Kitabı oku: «La persona en la empresa y la empresa en la persona»





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Versión impresa, ISBN: 978-607-99201-7-3
Versión digital, ISBN: 978-607-99201-9-7
Dirección editorial y diseño de portada: Miryam Meza Robles
Corrección de estilo: Óscar Díaz Chávez
Cuidado editorial: Felipe G. Sierra Beamonte
Diagramación: Daniel Prisciliano Estrella Alvarado
Impreso en México

Índice
Agradecimientos
Prólogo
Prefacio
Introducción
1. Justificación de la necesidad de una aproximación filosófica al estudio de la empresa
2. Algunas dificultades
3. Estructura general
CAPÍTULO 1
Fundamentos teóricos para una aproximación filosófica en perspectiva antropológica al estudio de la empresa
1.1. La naturaleza humana y el trabajo
1.2. La empresa como un lugar natural de trabajo
1.3. Tres paradigmas para entender la empresa
1.4. Las cuatro finalidades de la empresa
a) Creación de valor económico agregado
b) Satisfacción de alguna necesidad de la sociedad
c) Autocontinuidad
d) Creación de valor humano agregado
1.5. Modos de generar valor humano agregado en la empresa
CAPÍTULO 2
El trabajo como prâxis y la formación del carácter
2.1. El trabajo, la autorrealización humana y la felicidad
2.2. La virtud como principio de acción
2.3. Prâxis y poíesis
2.4. La dimensión práctica del trabajo productivo
2.5. El trabajo y el valor humano agregado
CAPÍTULO 3
La empresa como comunidad
3.1. La noción de comunidad aristotélica
3.2. “Racionalidad instrumental” y “racionalidad teleológica”
3.3. Polis, comunidad y autorrealización
A. Predominio de la inclusión sobre el rango
B. Fomento de las motivaciones asociativas sobre las motivaciones de preponderancia
C. Trabajo en equipo
D. La amistad en la empresa
CAPÍTULO 4
El valor humano agregado y la articulación de la experiencia en la nueva teoría del management
4.1. La especialización del management como disciplina
4.2. El management: ¿arte o ciencia?
4.3. El arte del management y la antropología filosófica
CAPÍTULO 5
Un modelo de evaluación
A) Eje uno. De mecanicista a humanista: la empresa humana
B) Eje dos. De la eficacia operativa a la plenitud en comunidad: la empresa plena
C) Eje tres. De la experiencia a la teoría: la empresa inteligente
Conclusiones
La etapa de las personas
Hacia un estudio de la empresa en clave antropológica
Referencias

Con todo cariño y gratitud
a mis padres, a quienes tanto les debo:
María de Lourdes González de Ruiz
Ing. Carlos Jorge Ruiz Coutiño
No importa cuán lejos lleguemos,
nuestros padres siempre están en nosotros.
Brad Meltzer
Agradecimientos
En primer lugar, quisiera agradecer a mi editora, Mariana Flores Rabasa, que con paciencia y mucho empeño me acompañó en la labor de volcar mi tesis doctoral en un libro que expusiera con claridad las bases filosóficas que la sustentan, cuidando con atención su edición. Un trabajo que no fue sencillo y que Mariana enfrentó con serenidad y aplomo.
Este libro nunca hubiera visto la luz si no fuera por la insistencia de mi maestro y amigo, el Dr. Fernando Múgica Martinena, quien se empeñó en que las ideas y modelos expuestos en mi tesis doctoral quedaran plasmados en un texto que pudiera compartirse con otros. Un gran maestro, siempre preocupado por las personas. Sus muchos discípulos, entre los que orgullosamente me cuento, atestiguan los resultados de su labor como formador. Para mí ha sido un privilegio conocerlo y contarme entre sus amigos.
Al Dr. Alberto Ross, quien me manifestó su interés de publicar este trabajo en su naciente proyecto editorial, Notas Universitarias, lo cual me pareció estupendo; agradezco mucho su interés en el libro y también que haya escrito el prólogo; para mí representa un inmerecido reconocimiento a las ideas expresadas en esta obra.
Como los lectores sin duda se darán cuenta, este libro está basado en muchas de las ideas de quien fuera mi maestro, amigo (y además codirector de mi tesis), el Dr. Carlos Llano Cifuentes. A 10 años de su partida no sobra decir que lo extrañamos; nos hace mucha falta. Aquí se aplica con mucha precisión la frase de Bernardo de Chartres, filósofo neoplatónico, canciller precisamente de la bellísima catedral de Chartres de 1117 a 1124: “Somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura”. Creo que es una frase que se aplica muy certeramente a quienes seguimos al Dr. Llano.
Finalmente, soy un hombre de familia, y a la mía siempre le he agradecido su apoyo y comprensión. Reconozco por tanto el sostén de mis hijos Carlos y Pili, no sólo en el proceso de elaboración de este libro, sino también en toda mi vida. En cuanto a Nora, mi esposa, tengo la certeza de que no sería lo que soy sin su constante apoyo e interés en mí, lo cual agradezco de corazón.
Prólogo
El filósofo mexicano Carlos Llano decía que ser original no es simplemente pensar o actuar de modo distinto del resto de las personas. La originalidad implica algo más, pues conlleva conocer algo desde su origen, remontarnos a sus principios y repensar personalmente desde ellos. Sin duda, el libro de Carlos Ruiz refleja muy bien este sentido de la originalidad, pues nos ofrece una obra que despliega una reflexión filosófica acerca de un fenómeno complejo, pero también muy relevante para nuestra época: la empresa. El presente texto aborda esta realidad contemporánea a la luz de los principios de la filosofía clásica, lo cual dota de una indiscutible actualidad tanto a su marco de referencia como al objeto estudiado.
Los libros sobre teoría de la empresa y management no escasean en nuestros días. Encontramos obras tanto académicas –sobre todo, desde el ámbito de las ciencias sociales–, como de divulgación. Sin embargo, lo original y lo novedoso del presente libro es que se trata de un estudio hecho desde el ámbito de la filosofía práctica. De esta forma, el texto de Carlos Ruiz se inserta en una vía de reflexión sobre el humanismo y la empresa que fue inaugurada en México hace algunas décadas por el filósofo Carlos Llano.
El estudio aquí presentado lleva de la mano al lector por los distintos desafíos que presenta la reflexión filosófica acerca de la empresa. En primer lugar, el autor nos ofrece una justificación de la necesidad de hacer este tipo de aproximaciones al mundo de las organizaciones. Carlos explica las dificultades a las que nos enfrentamos ante esta clase de reflexión interdisciplinaria y defiende con buenas razones su viabilidad y conveniencia. En consonancia con ello, el libro continúa con una exposición de los fundamentos teóricos de una aproximación filosófica en clave antropológica al estudio de la empresa y su dirección.
El análisis de Carlos Ruiz nos presenta al trabajo como un cierto tipo de prâxis y, por tanto, nos explica el papel que desempeña en la formación del carácter, la autorrealización humana y la felicidad. La empresa, por su parte, es abordada como una comunidad en sentido aristotélico y, por ende, como un espacio para el despliegue de las virtudes y para la realización personal. Esto permite que el autor reflexione sobre la naturaleza del management y su relación con la antropología filosófica, lo cual nos aporta elementos muy valiosos para comprender mejor el estatuto de esta disciplina y un modelo de evaluación al respecto.
La reflexión de Carlos Ruiz desemboca, finalmente, en la formulación del principio del valor humano agregado que sintetiza su aportación al debate contemporáneo sobre el tema. El autor concluye, a partir de estos elementos, que cuando la empresa no logra cumplir satisfactoriamente con la vocación antropológica que le es inherente, entonces corre el riesgo de autodestruirse. La comprensión del alcance de esta afirmación supone una lectura cuidadosa del libro y una atención especial a los argumentos desarrollados a lo largo de sus páginas.
El presente libro acercará a los filósofos hacia un mejor entendimiento del mundo de la empresa y ayudará a que los empresarios se acerquen a la filosofía y a una comprensión de su propia actividad desde un horizonte más amplio. Sin duda, el diálogo que se suscite entre la comunidad académica y el mundo empresarial a partir de la lectura de esta obra será muy interesante y muy fecundo para todos los participantes en la discusión. Ojalá que esto repercuta en un acercamiento entre ambos mundos y más trabajos colaborativos entre ellos sobre la materia en cuestión.
Alberto Ross
Ciudad de México, marzo de 2021
Prefacio
El presente libro constituye, sustancialmente, la primera parte de mi tesis de doctorado, defendida en 2012 en la Universidad de Navarra.[1] Originalmente, dicho trabajo estaba constituido por dos grandes partes: una, eminentemente teórica, tuvo como objetivo desentrañar los conceptos antropológicos clave para construir un modelo a partir del cual fuera posible analizar la creación de valor humano agregado (vha) como criterio para abordar antropológicamente la realidad de la empresa; otra, de carácter más bien práctico, tuvo en su propósito el análisis de algunas de las principales corrientes o escuelas de management del siglo xx para evaluarlas a la luz de dicho modelo.
Como puede preverse, y considerando el tiempo que separa la defensa de mi tesis respecto de la presente publicación, no se trata de una simple reimpresión de esas ideas. El tiempo me ha dado la oportunidad de madurarlas aún más y de profundizar en ellas, así como de pulir algunos cabos sueltos que inevitablemente siempre quedan en los escritos de este tipo. Por otra parte, y debido a la extensión del trabajo original, también las he separado, mas no desvinculado, de la segunda parte de la tesis original, pues cada una es una propuesta sólida interesante y que tiene sentido por sí misma. En cualquier caso, espero tener la oportunidad de publicar la segunda parte más adelante.
Por lo pronto, en este texto me centraré con mayor profundidad en las bases filosóficas que me permitieron enriquecer esta teoría sobre el valor humano agregado, propuesta que retomo tanto de Antonio Valero como de Carlos Llano, a la luz de la antropología filosófica de corte clásico. Se trata de una reflexión profunda sobre una realidad que, desde mi quehacer cotidiano como profesor durante más de 40 años en el ipade, considero que no puede dejarse de lado: la persona en la empresa y la empresa en la persona, idea central sobre la que orbita el presente trabajo, y que le ha dado título a este libro.
[1] Carlos Jorge Guillermo Ruiz González, Elementos para una filosofía de la empresa en perspectiva antropológica; El Valor Humano Agregado a la luz de diversas teorías sobre la empresa, tesis doctoral, director de tesis: Prof. Dr. Fernando Múgica Martinena, Universidad de Navarra, Facultad de Filosofía y Letras, Departamento de Filosofía, Pamplona, España, 2012, defendida el 17 de abril de 2012.
Introducción
1. Justificación de la necesidad de una
aproximación filosófica al estudio de la empresa
Uno de los temas que ha generado una gran cantidad de literatura desde finales del siglo xix hasta nuestros días es el de la empresa, particularmente enfocada desde el punto de vista de su gestión. Aquí, como en cualquier otra materia, existen autores más reconocidos que otros; unos son más pragmáticos, otros más teóricos. Hay quienes escriben desde su propia experiencia con el fin de transmitir algunos consejos útiles, mientras que otros aportan los conocimientos construidos como investigadores universitarios o como consultores. Generalmente, estos últimos son quienes poseen mayor autoridad en el tema, por lo que reciben el término coloquial de gurús, pues, en analogía con los maestros espirituales hindúes, sus propuestas, aparentemente novedosas, son capaces de conducir al éxito a los encargados de guiar una organización económica cualquiera.
Igualmente, el campo general de la administración, cuya aportación conforma la columna vertebral de las organizaciones, ha presenciado una profesionalización y especialización sin precedentes. Entre los conocimientos que forman parte del curriculum de cualquier estudiante del área económico-administrativa en el ámbito profesional se encuentran aquellos relacionados con finanzas, estadística, mercadotecnia, cálculo, derecho, economía e, incluso, ética profesional; situación que también se verifica en el caso de las ingenierías. A lo largo del tiempo, toda esta cantidad de información ha sido acumulada de tal manera que ha llegado a formar una disciplina con vida y objetivo propios. Esto ha permitido que, a diferencia de hace dos centurias, actualmente cualquier persona que desee participar en la cuestión administrativa y/o directiva de una empresa cuente con las herramientas necesarias –llámese conocimientos, métodos, competencias, técnicas y habilidades bien establecidas y delimitadas– que lo guiarán para tomar mejores decisiones en su respectiva organización.
Sin embargo, la empresa posee una dimensión que, a diferencia de su faceta lucrativa, apenas ha tomado relevancia en los últimos tiempos. Me refiero a su aspecto antropológico, sin el cual su función económica carecería de sentido. Una mirada atenta pone de manifiesto que la empresa, construida sobre la base del capital, el trabajo y los recursos materiales, ha ocupado una función protagónica en la vida de las sociedades actuales, no sólo como pieza decisiva para el equilibrio de las economías nacionales –e internacionales–, sino también como vehículo para el desarrollo personal y el progreso social. En efecto, su papel ha trascendido el ámbito de lo puramente económico para hacer eco en la dimensión personal e íntima de quienes trabajan en ella, al promover la trascendencia en el tiempo y el espacio del esfuerzo individual, mientras da cauce a algunas de las aspiraciones humanas más íntimas, articulando fines y objetivos particulares en proyectos de alcance regional o global vitalmente significativos.
Además, muchos y distintos talentos individuales han encontrado en la empresa el soporte adecuado para su despliegue y perfeccionamiento, así como un vehículo seguro para incidir positivamente en otros, sin mencionar que algunos de los retos más acuciantes de la época contemporánea, tales como una adecuada gestión del conocimiento, el desarrollo y aplicación de nuevas tecnologías o el compromiso con la racionalización o reducción del deterioro ambiental sólo pueden ser afrontados mediante la conjunción organizada de talento y virtud que pueden encontrar en la organización empresarial un fértil campo de cultivo.
En resumen, la empresa se ha constituido en una de las instituciones más importantes, influyentes y definitivas de nuestros tiempos, y su indiscutible rol en el desarrollo económico, social, cultural e incluso personal de quienes conforman las sociedades actuales me lleva a proponer la necesidad de abordarla desde una perspectiva filosófica que, más allá de los retos de índole estructural y económico a los que se enfrenta cotidianamente, indague en las posibilidades de plenitud que, mediante su trabajo, puede encontrar el ser humano en ella. Parafraseando el concepto de vita activa de Hanna Arendt, en analogía con la antigua polis griega, la empresa también puede ser un lugar para llevar a cabo grandes acciones y pronunciar grandes palabras, mediante las cuales la persona se manifieste a sí mismo y muestre activamente su única y personal identidad, haciendo su aparición en un mundo auténticamente humano. La revelación de las distintas y numerosas capacidades humanas en el quehacer cotidiano del trabajo reclama a la empresa la responsabilidad de convertirse en un foro apropiado que no sólo posibilite dicha manifestación, sino que, más aún, la empuje y aliente.
La propuesta principal de esta obra radica, pues, en sostener que, más allá del valor económico agregado que siempre la ha impulsado como motor principal, la empresa también es capaz de generar valor humano agregado para quienes laboran en ella. Esto es, las posibilidades de aprendizaje y desarrollo que la empresa ofrece, así como su dinamismo y estructuración, puede otorgar a sus trabajadores una ganancia no sólo económica sino personal en el sentido más profundo de la palabra, al ser una plataforma para desplegar, de forma organizada y articulada, sus capacidades intelectuales, morales, sociales y técnicas, y llevar a plenitud los talentos dados por la naturaleza en favor tanto del propio individuo como del bien común. Carlos Llano, gran mentor, y de quien echaré mano continuamente a lo largo de este trabajo, no lo puede expresar mejor:
de nuestra parte, somos partidarios de incluir a la empresa dentro de los ámbitos principales en los que se desarrolla el carácter del hombre. Y, esto, por varios motivos. No es el menos importante el hecho de que la empresa ha adquirido en el mundo contemporáneo una legitimidad e importancia decisivas: la incorporación del capitalismo por parte de los países del Este de Europa ha puesto en manos de la empresa privada responsabilidades nuevas que debe encarar: una de ellas es, precisamente, la de la educación laboral de los ciudadanos, que incluye sin duda la formación de las personas.[1]
Este trabajo constituye, por tanto, una indagación filosófica sobre las posibilidades antropológicas de esta propuesta.
2. Algunas dificultades
La consecución de esta finalidad como una tarea propia e irrenunciable no es sencilla ni mucho menos obvia para la gran mayoría de los empresarios de nuestro país ni del mundo. Además, una propuesta de este tipo, por demás ambiciosa, y por ello arriesgada, no se encuentra libre de obstáculos que sin duda han retrasado y entorpecido la discusión que ahora se propone. En primer lugar, parecería que la filosofía, disciplina teorética por antonomasia, poco o nada tiene que ver con la empresa, cuyos fines y métodos parecen guiarse únicamente por juicios de carácter pragmático o utilitarista. Mientras el nivel abstracto de una actividad como la filosofía se enfoca en las causas y principios generales del ser, la estructura, finalidad y operación de la empresa parece provenir exclusivamente de conocimientos concretos y bien delimitados a su propia función. Esta total asimetría entre ambas entidades pronto desafía la necesidad, e incluso la posibilidad, de abordarla filosóficamente.
Ciertamente, al examinar un poco las causas de esta aparente incompatibilidad es posible enfrentarse con cierta actitud de rechazo o indiferencia hacia el tema por parte de la comunidad académica. Es un hecho que para la mayoría de los círculos de estudiosos más reconocidos en filosofía –llámese instituciones de educación superior, asociaciones filosóficas, facultades, etc.–, el mismo compuesto “filosofía de la empresa” resulta por completo ajeno o, en todo caso, refiere en un sentido casi equívoco, a los principios constitutivos que supuestamente rigen una empresa en particular.[2] A reserva de falsear nuestra tesis mediante algunos contraejemplos, actualmente, al menos en nuestro país, no es posible hallar algún proyecto académico de especialización o investigación en el área; igualmente, las discusiones sobre el tema se caracterizan por su poca relevancia o completa ausencia en los congresos filosóficos nacionales, seminarios, jornadas, revistas y otros espacios de discusión y divulgación.
En este sentido, resulta significativo el reducido número de filósofos y pensadores que han dirigido su atención al fenómeno de la empresa desde un ángulo que vaya más allá del establecimiento de hipótesis para lograr mejores niveles de ingreso, u organizaciones más eficientes, para inquirir de modo más profundo en los principios antropológicos fundamentales que subyacen en su estructura. Lo anterior no significa que el problema se encuentre excluido completamente del horizonte filosófico, pues actualmente es posible encontrar una respetable cantidad y calidad de producción escrita al respecto, y prueba de ello es la extensa obra de quien fue el primer director de la tesis que daría origen a este manuscrito, Carlos Llano,[3] o el propio Instituto de Humanismo y Empresa perteneciente a la Universidad de Navarra, España, cuya labor docente e indagatoria también constituye un precedente importante. Pero más allá de estas excepciones, sospechamos, en última instancia, que el motivo del poco desarrollo de un programa de este talante se debe a ciertos prejuicios en torno al cariz predominantemente mercantil y lucrativo que caracteriza a la empresa y que se opone a la condición particularmente contemplativa y especulativa de la filosofía.
En un breve recorrido por el desarrollo de la filosofía occidental en torno al tema del trabajo productivo,[4] acción primordial sobre la cual se forja la empresa, podemos percatarnos del poco interés que éste ha generado como motivo de investigación, particularmente hasta antes de la llamada Revolución Industrial. Así, por ejemplo, sabemos que Platón, en una jerarquización de los ciudadanos de la polis de acuerdo con su tipo de alma, defendía que los encargados de satisfacer las necesidades surgidas de la vida corriente tenían alma de bronce, mientras que aquellos encargados de gobernar –estirpe a la cual pertenece el filósofo rey– tenían alma de oro.[5] Por su parte, Aristóteles,[6] quien también distinguía entre actividades libres y serviles, desdeñaba estas últimas porque “inutilizaban al cuerpo, al alma y la práctica de la virtud”.[7] Este rechazo por las actividades de carácter “económico” [8] también era moneda corriente durante la Edad Media, época en la que los “asuntos lucrativos” eran menospreciados en beneficio de cuestiones relativas a la vida religiosa, académica o pública,[9] de manera que el aristócrata, el bachiller o el clérigo tenían un estatus social muy superior al del mercader o el negociante.
Un panorama muy diferente lo encontramos a partir del siglo xvi con el surgimiento del pensamiento económico mercantilista, preocupado por la preservación de la fuerza del Estado mediante el reforzamiento del mercado interno. Con el fin de asegurar la expansión de la riqueza de los príncipes o reyes, en el ámbito de lo público los valores religiosos comenzaron a ser poco a poco relegados, y las cuestiones morales relativas a la usura o la adquisición desmedida de riqueza perdieron vigor en favor de las “razones de Estado”.[10] Desde entonces las prácticas políticas se separarían de las cuestiones éticas o morales,[11] y con el tiempo, este tipo de razonamiento también se trasladaría a las mismas materias económicas.
Los siglos xvii y xviii se caracterizaron por las grandes revoluciones científicas e ideológicas que delinearon las pautas de la modernidad. Desde Copérnico hasta Newton, desde Diderot hasta Voltaire, desde Descartes hasta Kant, la preocupación de la ciencia y la filosofía se tornó hacia el hombre y su condición racional, capaz de combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía, para conducirlo hacia un progreso perpetuo: “Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la Ilustración”.[12] Las preocupaciones intelectuales, políticas, sociales y culturales de aquella época recayeron sobre la posibilidad de llevar a cabo el proyecto ilustrado. En ese ambiente fue posible el surgimiento de la economía política como ciencia moderna, gracias a las aportaciones de los fisiócratas (cuya doctrina queda bien resumida en la conocida expresión laissez faire), y sobre todo del liberalismo de Adam Smith y su obra La riqueza de las naciones.
Uno de los principales temas tratados en ese libro, emblemático para el sistema económico capitalista posterior, y por ende para la historia de la empresa como institución cardinal, es el de la división del trabajo y su capacidad para crear riqueza. El trabajo se concibe además como la fuente de propiedad, pues de acuerdo con filósofos como John Locke, Dios ha ofrecido el mundo a los seres humanos y por tanto cada hombre es libre de apropiarse de aquello que sea capaz de transformar con sus manos.[13] Esta corriente de ideas ocasionó una glorificación teórica del trabajo, pues éste, incorporado al producto, constituía ahora la fuente de propiedad y de valor. De esta forma, el papel del trabajo productivo quedó reivindicado y su poderoso influjo como vehículo transformador de la sociedad fue sellado definitivamente con la Revolución Industrial, comenzada en Inglaterra hacia la segunda mitad del siglo xviii.
Sin embargo, el conjunto de transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales devenidas, al tiempo que impulsaron el desarrollo de las industrias modernas y la manufactura, también se enfrentaron a nuevos retos de carácter social. El éxodo masivo del campo a las ciudades, aunado a un considerable aumento de la riqueza de éstas (que fundamentalmente se tradujo en una mejor alimentación y el mejoramiento de las condiciones higiénicas y sanitarias), implicó un crecimiento demográfico sin precedentes en la historia de Europa. El capitalismo triunfante logró transformar una sociedad rural, tradicional y agrícola en una sociedad industrial y urbana, que no se libró de nuevos retos. La gran mayoría de los obreros, llegados por miles para amontonarse en los suburbios de las grandes ciudades industriales, vivía en condiciones miserables y sin trabajo garantizado. Las epidemias de tifus o cólera abundaban, las condiciones laborales eran en general muy malas y las jornadas demasiado extensas (12 a 14 horas diarias), sin mencionar que incluían el trabajo de mujeres y niños de muy corta edad, carentes de toda protección legal.
Frente a esta paradójica situación de pobreza y precariedad comenzaron a surgir críticas y fórmulas que intentaron ponerle solución. Una de las más sobresalientes, debido a su profunda influencia filosófica, ideológica y política, cuyo eco aún resuena en nuestros días, fue el llamado “materialismo histórico”, de Carlos Marx, el cual presupone una interpretación de la historia en la que las fuerzas económicas constituyen la infraestructura que determina en última instancia los fenómenos “superestructurales” del orden social, político y cultural. Desde esta perspectiva, el trabajo llevado a cabo en un sistema capitalista es degradado, según Marx, a una actividad “enajenante”, pues éste no le pertenece al trabajador, quien tiene que sacrificar la energía de su espíritu y la fuerza de su cuerpo en beneficio de otro.[14] Su consecuencia más palpable sería a la postre la instauración de los regímenes comunistas, que teóricamente se propusieron la abolición de las clases sociales y la apropiación de los medios de producción por parte de la única clase que históricamente persistiría, es decir, el proletariado.
Las críticas a la ideología anterior no se hicieron esperar; se enfocaron tanto en elementos concretos de la obra de Marx, como en las interpretaciones que de ésta hicieron las organizaciones políticas y los intelectuales socialistas o comunistas posteriores; empero, su preocupación se centró más bien en la moralidad o viabilidad de los nuevos sistemas económicos derivados de las distintas ramas de la ideología marxista, así como en el papel del Estado y su función reguladora. Por su parte, las naciones autodenominadas “capitalistas” se enfrentaron al reto de generar diversos mecanismos de control que impidiesen la explotación laboral en un sistema de libre mercado y proporcionar en cambio condiciones más dignas para el desempeño del trabajo.
Tanto el surgimiento del liberalismo económico como de su crítica marxista detonaron el interés por el estudio del tema del trabajo desde distintas perspectivas y disciplinas. Sin embargo, esta renovada atracción intelectual mantuvo en casi todas sus vertientes el mismo denominador común: una concepción meramente utilitaria. El trabajo es únicamente el medio para ganarse la vida y colocarlo como fin vital resulta perverso.
Hannah Arendt tiene una explicación plausible de esta actitud intelectual. El problema no radica tanto en la actividad del trabajo en sí misma como en “la generalización de la experiencia de fabricación en la que [se había establecido] la utilidad como modelo para la vida y el mundo de los hombres”.[15] A juicio de Arendt, el Homo faber, que en la antigüedad clásica pertenecía al ámbito de lo privado, de la casa, se había trasladado al dominio de lo público, desplazando lo auténticamente político,[16] convirtiendo la vida en pura instrumentalización. La acción personal, base de la polis griega, que se manifiesta en forma de discurso o hazaña, queda relegada y es sustituida por el comportamiento económico de las masas, “sometidas [ahora] al imperio de lo impersonal, a las leyes necesarias de los grandes números, ante las que casi nada puede el discurso razonable o la acción libre. La política se convierte en administración y la filosofía política en economía política. Los acontecimientos sociales pierden su sentido humano”.[17] Todo parece haber quedado mediatizado, los fines en realidad son medios para otros fines y el ámbito de lo público se ha diluido en el ámbito de lo social y lo económico. La vida contemplativa ha sido hipostasiada por la vida activa, y ésta, a su vez, ha quedado bajo el gobierno del Homo faber, con su afán de instrumentarlo todo. Ante este panorama no resulta extraño que el filósofo viera invadido su terreno; lo que él hace no es importante porque carece de utilidad. La estrategia defensora pareció ser el castigo del menosprecio, mediante el cual aún intenta resguardar su amor desinteresado por la sabiduría: consciente o inconscientemente parece subyacer la crítica marxista al trabajo, y por ende a la libre empresa como su herramienta por excelencia, como factor de enajenación humana, que no vale la pena ser estudiado, a riesgo de trivializarse con él.
Sin embargo, a la par de esta concepción instrumentalista, es posible encontrar otra tradición mucho más positiva, que sincrónicamente localiza su inicio en la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII, escrita hacia finales del siglo xix. Ahí se afirma que el castigo al pecado de los primeros padres no consistió en integrar el trabajo a la vida, sino en sumarle dolor al trabajo, pues “la realidad es que entonces su voluntad [la del hombre] hubiese deseado como un natural deleite de su alma aquello que después la necesidad le obligó a cumplir no sin molestia, para expiación de su culpa”.[18] A diferencia de la perspectiva utilitarista anterior, en esta interpretación el trabajo queda concebido como actividad connatural al hombre, y no como castigo aberrante, añadido con posterioridad a la falta original. En el mismo tono leemos a Pío XI quien en Quadragesimo Anno afirma que “el hombre ha nacido para el trabajo como el ave para volar”,[19] o a Pablo VI, para quien el trabajo es el medio de cumplir con el mandato bíblico de perfeccionar la tierra que nos ha sido dada.[20] Pero el culmen lo encontramos en la carta Centesimus Annus, de Juan Pablo II, donde no sólo se plasma un crecido interés por ahondar en la dimensión antropológica del trabajo, sino también se manifiesta, aunque brevemente, la enorme responsabilidad que recae en la empresa como institución social posibilitadora de aquél, en la mayoría de sus formas actuales:
En efecto, la finalidad de la empresa no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras, buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad entera. […] La empresa no puede considerarse únicamente como una “sociedad de capitales”; es, al mismo tiempo, una “sociedad de personas”, en la que entran a formar parte de manera diversa y con responsabilidades específicas los que aportan el capital necesario para su actividad y los que colaboran con su trabajo. Para conseguir estos fines, sigue siendo necesario todavía un gran movimiento asociativo de los trabajadores, cuyo objetivo es la liberación y la promoción integral de la persona.[21]
Este orden de ideas es el que ha inspirado en gran medida el contenido de esta investigación: si bien para muchos resulta difícil aceptar que el trabajo productivo es fuente de dignificación personal, vehículo para el desarrollo de las capacidades personales y, en suma, un medio para ensanchar el espíritu, el propósito de este estudio es mostrar que se trata de una actividad indispensable, no sólo para garantizar la supervivencia de la humanidad en un sentido meramente material, sino más aún, para el despliegue de su condición racional, por lo que es necesario reconocer que se trata además de una labor fundamental, de una obligación moral y social devenida de nuestra propia naturaleza, indispensable para construir una vida plena y armónica. En consecuencia, la actividad económica en general –antes despreciada y relegada por algunos filósofos como actividad servil e inferior– se evidencia hoy como un instrumento relevante para alcanzar un objetivo superior: el desarrollo humano y social. Pero no sólo eso, si el trabajo productivo en todas sus vertientes actuales se ha erigido como la actividad más importante de nuestros tiempos, es preciso que las empresas contemporáneas asuman con plena conciencia la responsabilidad que tienen, pues al propiciar el trabajo en la mayoría de sus formas actuales, se han convertido en sitios de desarrollo e identificación social y personal.
Si las personas contemporáneas se revelan a si mismas en su trabajo, la empresa toma preeminencia al ser uno de los lugares más importantes donde de forma organizada se lleva a cabo dicha revelación. En consecuencia, el desarrollo de un programa sobre filosofía de la empresa y, en particular, sobre los principios antropológicos que subyacen a la empresa, como el que se propone en esta investigación, tiene como uno de sus principales objetivos llamar la atención sobre la necesidad de examinar filosóficamente no sólo el trabajo, sino también a la empresa moderna, y colocar ambos temas, así como todos aquellos relacionados, entre los nuevos problemas de interés especulativo.
Una revalorización de la importancia antropológica de la empresa permite, además, llamar la atención sobre un tercer obstáculo que posiblemente ha limitado el impulso de un proyecto como el que ahora nos proponemos desarrollar: en la actualidad, el papel de la filosofía respecto de la empresa se ha visto sumamente restringido al desarrollo de una pequeña área relacionada: la ética empresarial o la ética en los negocios, que en la mayoría de los casos se limita al estudio de los valores que deben orientar la acción de las organizaciones económicas, desarrollados muchas veces sobre suposiciones metafísicas y éticas no explicitadas, poco estructuradas o poco fundamentadas. Desde luego, resulta imposible negar la relevancia de este vínculo, que en todo caso debería ser más bien supeditación (de los principios de la empresa a los de la ética). Sin embargo, las especulaciones que la propia filosofía puede aportar a la empresa no se reducen únicamente a la enumeración de valores morales a los cuales ésta se debe atener. Por el contrario, el amplísimo bagaje teórico con el que cuentan sus representantes, su capacidad de análisis, así como su carácter dialógico, le acreditan como materia autorizada para examinar el fenómeno de la empresa desde una perspectiva mucho más amplia, que involucre especulaciones provenientes de la ética sí, pero también de la antropología filosófica, de la política e incluso de la metafísica.
3. Estructura general
Más allá de la necesidad de ir superando los obstáculos mencionados, el propósito de este libro es demostrar que existen múltiples formas en que la empresa puede ensanchar las capacidades humanas a través del trabajo, aportación que hemos denominado con el nombre de valor humano agregado. La propuesta es que tal variedad puede ser agrupada en tres rubros principales, que dan lugar a los tres capítulos que conforman esta obra. El primero de ellos, que será tema del primer capítulo, es el del ámbito moral o, mejor dicho, de la virtud. Atendiendo a la distinción aristotélica entre poíesis y prâxis, se argumentará que el trabajo no sólo es actividad productiva sino también acción autotransformadora. El fruto del trabajo es extrínseco al agente que lo produce y también posee una dimensión metamórfica que incide en quien lo realiza, pues el fortalecimiento de la experiencia profesional particular produce mejores resultados externos y simultáneamente exige un cambio disposicional del sujeto como principio de acción, que habitualmente ejercido deviene en virtud. En otras palabras, una labor eficaz y fructífera sólo es posible si se acompaña del cultivo de hábitos buenos que sean capaces de transformar a su agente desde una perspectiva caracteriológica más íntima y vital. Los griegos bautizaron tal clase de hábitos con el nombre de virtudes, de modo que la formación del carácter es sinónimo de la formación de virtudes que permitan este señorío sobre sí y para el cual, además de la voluntad del sujeto, se requiere un entorno favorable que lo facilite y aliente. Y aunque la familia es la primera encargada de esta formación, la empresa, en tanto sociedad intermedia, no puede quedar excluida de dicha tarea. En consecuencia, el primer ámbito en el que la empresa puede ser formadora de hombres y aportarles valor es en su capacidad para desarrollar un ambiente propicio en el que sus miembros puedan forjar su carácter mediante el ejercicio de la virtud que exijan sus labores, de cara a la plenitud.
Dado que la mayoría de las virtudes perfeccionan aquellas acciones que están orientadas hacia los demás, este ámbito reclama como consecuencia natural la consideración de la empresa desde una perspectiva social, en tanto que es propicia para el reconocimiento interpersonal y también, por qué no decirlo, para la amistad. No debe perderse de vista que su subsistencia depende de la coordinación y conjugación de las ideas, aspiraciones y deseos de muchas personas, hacia la consecución de una meta común, en la que cada uno de los involucrados vea realizada, simultáneamente, sus metas individuales. Si la vida laboral no es una parte aislada de los intereses y necesidades humanos sino su continuación, la empresa también posee la misión de articularlos e integrarlos con sus propios fines, en aras de crear riqueza y servir a la sociedad de forma sostenida.
Con el fin de que la empresa concilie los fines organizacionales que le dan sentido con los fines particulares de quienes participan en ella, es importante que desarrolle un ethos propio en ese sentido. Es decir, una cultura organizacional tal que, sin desatender la especificidad de su actividad, no sea ajena a la naturaleza propia de su principal componente, que es el hombre junto con su deseo de autorrealización en un sentido no sólo profesional sino personal. Este conjunto de valores, vividos en el ethos de la organización, bien pueden constituir el nuevo norte ético con el que el ser humano contemporáneo se guíe, y lograr así, la seguridad de tener una identidad moral, vivida en común, en su interior. La exploración de esta posibilidad es abordada en el segundo capítulo.
Pensamos que la empresa también es capaz de generar valor humano agregado al ser un elemento imprescindible de las sociedades contemporáneas para la generación de conocimiento. Al funcionar como un instrumento que permite canalizar adecuada y eficazmente algunos de nuestros rasgos más racionales, tales como nuestra capacidad de imaginar, planear, delinear y ejecutar proyectos comunes que superan el beneficio personal para aspirar al bien de la sociedad, la empresa se convierte en un espacio ideal para que quienes participan en ella no sólo tengan acceso al conocimiento y aprendizaje continuo y permanente, sino que, además, en un círculo virtuoso, lo promocionen. Tanto en las empresas como en las universidades recae la tarea de dar el impulso necesario a las nuevas ideas en todos los ámbitos. Para satisfacer necesidades se requiere generar cada vez mejores ideas y hallar soluciones más eficaces. Las empresas son organizaciones que precisamente cuentan con plataformas tecnológicas y humanas capaces de materializar todas estas propuestas y dotarlas de realidad en la solución de las necesidades de la sociedad para cumplir muchos de los sueños que para hombres y mujeres de otras épocas parecían entonces inalcanzables.
En este orden de ideas, es posible afirmar que la empresa toma un cariz antropológico cuando considera la generación de conocimiento como una responsabilidad inherente a su labor. Como dice Aristóteles, no basta saber qué es lo que se hace, es decir, la experiencia, sino saber las causas de por qué se hace, esto es, la técnica y la ciencia. Un management que se enfoque no sólo en la experiencia acrecentada por los retos cotidianos, sino en su capacidad para generar conocimiento, reflexionando en las causas de lo que se hace, ya sea para mejorar procesos, ya sea para innovar o crear, permite desplegar la condición racional del hombre, tal como mostraremos en el tercer capítulo.
Cabe destacar que el desarrollo teórico de estos supuestos sobre los cuales puede medirse la creación de valor humano agregado están cimentados sobre algunos conceptos de raíz predominantemente clásica, tal como se irá desvelando a lo largo de este libro. Con la ética y la política aristotélica, así como con su revitalización cristiana llevada a cabo por Tomás de Aquino, compartimos una gran cantidad de presupuestos metafísicos de gran relevancia. Son sus conceptos e ideas los que nos han permitido desarrollar los aspectos desde los cuales puede afirmarse que la empresa juega una dimensión antropológica importante. En concreto, hemos retomado tres ideas fundamentales desarrolladas en la Ética nicomáquea, en la Política, de Aristóteles y en la Metafísica: la primera de ellas es que el hombre sólo puede alcanzar su felicidad mediante el ejercicio de la virtud; la segunda es que el ejercicio de la virtud se vive y se promueve en el interior de las comunidades sociales que incluyen desde la familia hasta la polis, pasando sin lugar a dudas por la propia empresa, y la tercera es que la virtud más importante es la del conocimiento como alimento propio de la dimensión racional de la persona.
Sin embargo, no podemos negar que también han surgido algunas contrariedades con ciertas ideas políticas y económicas aristotélicas. Adelantándonos un poco, éstas giran en torno a la comprensión y distinción entre los hábitos de la poíesis y la prâxis, así como sobre las comunidades en las que el ser humano puede encontrar la “vida buena” y que, a nuestro parecer, van más allá de la mera comunidad política, o polis; además, la complejidad de la economía moderna exige una reevaluación crítica de algunas ideas aristotélicas acerca del tema del lucro y el intercambio comercial. Desde luego, está de sobra expresar nuestro desacuerdo en torno a las ideas referentes a la esclavitud natural, así como a la rígida jerarquización política que prevalece en la filosofía política del estagirita en detrimento de muchas personas, quienes a su juicio no merecen la ciudadanía como atributo a pesar de sus aportaciones. Al contrario, ello ha sido motivo para desarrollar una estrategia de pensamiento más renovada, aunque, como ya se dijo, partiendo de las bases fundamentales ya mencionadas. Esperamos que la reconsideración de estas ideas quede debidamente justificada a lo largo del texto.
Una vez que el propósito del presente estudio ha quedado explicitado, cabe hacer una última aclaración: el modelo que planteamos para evaluar nuestro objetivo pretende ser una herramienta útil para poder obtener un mayor conocimiento de la empresa como institución compleja, donde confluyen por igual aspectos económicos y antropológicos; pero también para poder intervenir positivamente en ella. En este sentido, la relación con la filosofía tiene una direccionalidad recíproca, pues por un lado se trata de utilizar algunos términos filosóficos en el estudio de la empresa, y por otro, también de extraer conclusiones especulativas relevantes. En otras palabras, se busca analizar la empresa con categorías que nos permitan comprender y poner a la luz su realidad ontológica, así como su relevancia no sólo social sino también y, sobre todo, antropológica, a la vez que extraemos algunas consecuencias filosófico-antropológicas importantes a partir de sus fines y funciones, que nos permitan comprender mejor al hombre moderno, para quien el trabajo se realiza predominantemente en dichas instituciones. Pero no sólo eso. El propósito de esta investigación no se reduce únicamente al deseo de una mayor comprensión del fenómeno de la empresa en términos filosóficos, sino también, y más importante aún, a que dicha comprensión sirva como guía para construir mejores empresas, unidades económicas de producción y distribución de bienes y servicios que sean más acordes con sus elementos y fines propios. Así, queda delimitado el carácter del presente estudio. Se trata de una investigación filosófica –pues se inquiere por las causas–, sobre la empresa, que se circunscribe al ámbito de lo práctico, es decir, aquél donde, de acuerdo con santo Tomás de Aquino, se estudia a la razón en cuanto que considera las acciones voluntarias,[22] pues nuestro propósito último no es el de saber más, sino el de actuar mejor, “ya que de otro modo ningún beneficio obtendríamos de ella”.[23]
Desde luego, esto no significa que nuestro estudio, o el modelo devenido de él, sea exhaustivo, pues no dudamos que en un futuro se elaboren modelos y teorías más completas que puedan juzgar con mejores parámetros lo que se ha intentado en este trabajo. En cambio, quizá el aporte más valioso radica en la reconsideración de la empresa como un instrumento positivo para la sociedad y para las personas que se desempeñan en ella, no sólo en cuanto trabajador, sino en cuanto persona, contra otras perspectivas obstinadas en clasificarla como un dispositivo “opresor” que juega en favor del mercado y en contra de los trabajadores. Pero esto sólo será posible siempre y cuando ésta se fundamente a sí misma en consonancia con la naturaleza de sus elementos constitutivos, y particularmente con el más importante de ellos, a saber, el ser humano. Más aún, dicha reconsideración no debe llevarse a cabo sin el aporte especulativo que puede dar la filosofía. Por ende, nuestro propósito último es llamar la atención sobre algunos de los problemas que deben formar parte del itinerario de las investigaciones filosóficas que se emprendan sobre el tema de la empresa, así como apuntar a sus posibles soluciones, cuya pertinencia sólo podrá ser juzgada a posteriori.
[1] Carlos Llano, Análisis de la acción directiva, México, Limusa Noriega Editores, 1996, p. vii.
[2] Con esto queremos decir que cuando una empresa cualquiera afirma sostener cierta “filosofía”, ésta se reduce, en la mayoría de los casos, a una breve y en ocasiones poco profunda descripción de los valores que la caracterizan.
[3] En México son muy pocos los autores que se han dedicado a escribir sobre el tema de la empresa desde una perspectiva filosófica. En el ámbito internacional es posible encontrar mayores ejemplos entre los que se encuentran Adela Cortina, Robert Solomon, Rafael Alvira, Juan Antonio Pérez-López, Pablo Cardona, Alberto Ribera y Josep Rosanas.
[4] Cuando hablamos de productivo nos referimos a cualquier trabajo que produce cosas, ya sea materiales o intangibles, que tienen vida independiente del sujeto productor. En este sentido, la administración o la dirección de empresas también son trabajos productivos en tanto que producen, por ejemplo, la configuración de una organización. Este concepto quedará más claro en el primer capítulo de esta obra, al tratar el concepto aristotélico de poíesis.
[5] Cfr. Platón La República, Madrid, Gredos, 1981, III, XX, 451a.
[6] Cabe aclarar que Aristóteles sí hizo un estudio sobre el tipo de actividad que representaba el trabajo productivo al cual designa con el calificativo de poiético y que será objeto de investigación más adelante. Sin embargo, eso no excluye el poco aprecio que tuvo el estagirita por el trabajo manual, que se encuentra en condición de inferioridad respecto de la contemplación teorética y la actividad política. Cfr. Aristóteles, Política, Madrid, Gredos, 2000, III, 5, 1278a 3 y VII, 9, 1328b 3.
[7] Cfr. Ibid., VIII, 2, 1337b 9-15.
[8] Utilizamos el término económicas en su sentido etimológico más primitivo, como el arte de administrar (νέμεωιν) un hogar o un patrimonio (οἶκος), y que en su sentido aristotélico se entiende como el “arte de utilizar” (Cfr. Ibid., I, 8, 1256b 13-15).
[9] En este punto seguimos parcialmente la tesis de Max Weber, para quien la incubación del sistema capitalista en los países de mayoría católica fue mucho más difícil debido en parte al cariz predominantemente “ascético” propio de la religión, que despreciaba el éxito mundano en beneficio de la vida contemplativa. Cfr. Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Premia Editora, México, 1991, pp. 15 y ss. Aunque esta tesis weberiana ha sido ampliamente criticada debido a su carácter un tanto reduccionista –el ethos religioso protestante como explicación del surgimiento y preponderancia del sistema capitalista en gran parte de los países llamados occidentales–, nos parece un tanto acertada la idea de que el advenimiento del cristianismo, y su poderoso influjo, principalmente durante la Edad Media y el Renacimiento, influyeron decisivamente en la jerarquización de los fines considerados como valiosos, respecto de los cuales quedaron rebajadas las cuestiones mercantiles, calificadas como “mundanas”. Esta postura también explicaría en parte el nulo avance que hubo en cuestiones relacionadas con la administración durante aquellas épocas, de lo cual se queja por ejemplo Claude S. George, en su libro History of Management Thought: “Durante la época medieval no se escribió virtualmente ningún libro concerniente a los conceptos de administración. Esto no es sorprendente cuando nos detenemos a considerar el ambiente, los autores y sus factores. El pueblo vivía bajo condiciones hostiles […]. Quienes escribían eran escribas, miembros de órdenes religiosas, o líderes instruidos de la corte. Los libros fueron laboriosamente escritos a mano y sólo los conceptos más importantes fue valioso registrarlos bajo esas tediosas y penosas circunstancias. Los temas típicos incluyeron la religión, el gobierno del reino, las empresas bélicas y las leyes de la tierra […]. No se le dio alta prioridad al arte de la administración, a pesar de su importancia para cada uno de esos grupos […]. No es sorprendente, bajo esas circunstancias, que pocos o ningún escrito sobre administración se realizara durante ese periodo”. Claude George, Lourdes Álvarez, Historia del pensamiento administrativo, México, Pearson Education, 2005, p. 27.
[10] Friedrich Meinecke define la razón de Estado de la siguiente manera: “Razón de Estado es la máxima del obrar político, la ley motora del Estado. La razón de Estado dice al político lo que tiene que hacer, a fin de mantener al Estado sano y robusto. Y como el Estado es un organismo, cuya fuerza no se mantiene plenamente más que si le es posible desenvolverse y crecer, la razón de Estado indica también los caminos y las metas de este crecimiento... La ‘razón’ del Estado consiste, pues, en reconocerse a sí mismo y a su ambiente y en extraer de este conocimiento las máximas del obrar”. Friedrich Meinecke, La idea de la razón de Estado en la Edad Moderna, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1983, p. 3. Esta idea se atribuye originalmente a Maquiavelo, fundador de la filosofía política moderna, quien sostenía la autonomía de lo político respecto de lo ético y lo moral. Cfr. Felipe Giménez Pérez, “La Razón del Estado en Maquiavelo y el antimaquiavelismo español y particularmente en Quevedo”, en El Catoblepas, Revista Crítica del Presente, núm. 13, 2003, p. 19.
[11] Cfr. Nicolás Maquiavelo, El príncipe, México, Porrúa, 2003, particularmente capítulo XVIII.
[12] Inmanuel Kant, “¿Qué es la Ilustración?”, Filosofía de la historia, México, Fondo de Cultura Económica, 2006, p. 25.
[13] Cfr. John Locke, Segundo Tratado del Gobierno Civil, Madrid, Alianza Editorial, 1990, capítulo V, sección 25 y ss.
[14] “¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo? Primeramente, en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de autosacrificio, de ascetismo. En último término, para el trabajador se muestra la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro, que no le pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a sí mismo, sino a otro. [...] Pertenece a otro, es la pérdida de sí mismo.” Carlos Marx, Manuscritos económicos y filosóficos, Biblioteca de Autores Socialistas [en línea], disponible en <http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/index.htm>, consultada el 29/07/19.
[15] Hannah Arendt, La condición humana, Barcelona, Paidós, 2005, p. 175.
[16] Hannah Arendt distingue tres tipos de vida propuestos por Aristóteles, que no están sujetas a “la necesidad y las exigencias humanas”: la vida dedicada a los placeres, la vida política y la vida contemplativa. En particular la vida política se desarrolla en la esfera pública, por lo que, al contrario de la vida privada, vive en el ámbito de libertad, que le permite articular grandes palabras y llevar a cabo grandes acciones frente a sus iguales. En cambio, la modernidad traslada el ámbito de la necesidad a la arena pública, trastocando lo que originalmente se concebía como político, es decir, lo público-libre. Cfr. Ibidem.
[17] Alejandro Llano, “Hacia una teoría general de la acción”, epílogo del libro Carné Doménech Melé, Ética en el gobierno de la empresa, Pamplona, eunsa, 1996.
[18] León XIII, Rerum Novarum, II.
[19] Pío XI, Quadragesimo Anno, 61.
[20] Cfr. Pablo VI, Populorum Progressio, 22.
[21] Juan Pablo II, Centesimus Annus, 35 y 43.
[22] De acuerdo con Tomás de Aquino la razón tiene cuatro modos distintos de ordenar dependiendo del tipo de objetos y fines a los cuales esté dirigida su atención: “Hay un cierto orden que la razón no hace, sino solamente considera, como es el orden de las cosas de la naturaleza. Otro es el orden que la razón, considerando, hace en su propio acto, por ejemplo, cuando ordena sus conceptos entre sí y los signos de los conceptos que son las palabras. En tercer lugar, se encuentra el orden que la razón al considerar hace en las operaciones de la voluntad. En cuarto lugar, se encuentra el orden que la razón, considerando, hace en las cosas exteriores de las que ella misma es la causa, como en un arca y en una casa” (Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Ética a Nicómaco, I, lección 1, 1). Así tenemos que las áreas de investigación concernientes a la filosofía práctica –como la que intentamos desarrollar en la presente investigación– pertenecen al tercer tipo de razonamiento, por cuanto que su interés en última instancia son las acciones voluntarias.
[23] Con esto hacemos referencia a Aristóteles, para quien, en última instancia, el estudio filosófico de la virtud, punto neurálgico de su ética, no es el de saber más sino el de actuar mejor. Cfr. Ética nicomáquea, II, 2, 1103b 26-30.
CAPÍTULO 1
Fundamentos teóricos para una
aproximación filosófica en perspectiva
antropológica al estudio de la empresa
1.1. La naturaleza humana y el trabajo
La naturaleza humana, esencialmente racional, se encuentra siempre en potencia;[1] la persona no es un ser terminado, completo y cerrado en sí mismo. No está dada de una vez y para siempre, sino que necesita, de acuerdo con una terminología heideggeriana, estar constantemente haciéndose. Posee múltiples facultades y potencialidades que deben ser guiadas –en el caso del hombre, racionalmente– hacia su fin que es su perfección.[2]
El hombre, a diferencia de Dios, no es un ser perfecto, porque es actualidad mezclada de potencialidad. Pero en contraposición al resto de los seres tiene razón, así como capacidad y libertad de elección. Por ello, es un ser moral, y de su libertad depende el perfeccionamiento de su naturaleza que está llamada a actuar de acuerdo con la razón, del modo más virtuoso posible:
Mas todos los seres se sienten naturalmente inclinados a realizar las operaciones que les corresponden en consonancia con su forma; por ejemplo, el fuego se inclina por naturaleza a calentar. Y como la forma propia del hombre es el alma racional, todo hombre se siente naturalmente inclinado a obrar de acuerdo con la razón. Y esto es obrar virtuosamente.[3]
Sólo el hombre se puede encarar con su propio ser como una tarea por hacerse, como un proyecto que, si seguimos la tradición ética que comienza con la filosofía aristotélica y que tendrá su punto más alto en el cristianismo, apunta hacia un bien determinado: la felicidad. El ser humano no está ya completo desde la primera vez que aparece sobre la faz de la Tierra, sino que su paso por este mundo implica estar autoconstruyéndose tanto a sí mismo como al mundo fáctico que lo rodea.
Esto no quiere decir, nos advierte Carlos Llano, que el hombre carezca de naturaleza; por el contrario, “significa que la naturaleza humana es naturaleza de un modo más apropiado, profundo y rico: porque no es una naturaleza sólo limitante del ser al que corresponde, sino además fuente expansiva de él, de nuevas posibilidades, origen de enriquecimiento entitativo, principio de propias plenificaciones. Y estos significados precisamente –fuente, origen, principio– es lo que los griegos querían indicar con la palabra physis-naturaleza, que Sartre se niega a pronunciar para el hombre”.[4]
La vida del hombre no puede comprenderse de otra manera más que en su hacerse cotidiano (hacerse que jamás terminará sino con la muerte misma), así como en el hacer del mundo que la rodea. En este orden de ideas, el trabajo es uno de los medios principales para este hacerse y se nos impone como una ley inexorable a la que todos, de una manera u otra, estamos sometidos. A diferencia de los demás animales, que encuentran en la naturaleza todos los recursos para satisfacer de forma directa sus necesidades, el hombre precisa transformar esa misma naturaleza mediante el trabajo para obtener de ella los insumos que requiere. Mientras los demás seres vivos se encuentran adaptados biológicamente al ambiente en el que se desenvuelven, de manera que pueden interactuar con el medio que les rodea con relativa facilidad, la naturaleza, en cambio, desde su seductora desnudez, es hostil e indiferente a las necesidades del ser humano, quien, al carecer de las características morfológicas apropiadas para sobrevivir, debe transformarla. Precisamente esta metamorfosis es lo que denominamos con el nombre de trabajo. Vemos así que el trabajo es concomitante a la misma naturaleza del hombre, y es inherente a su condición racional originaria.[5]
A esta dimensión objetiva del trabajo se suma una subjetiva. El trabajo no sólo permite descubrir y manifestar las perfecciones escondidas en el mundo,[6] para servirnos de ellas en una dinámica meramente instrumental, sino que también es expresión de la fuerza activa que es inherente a la persona, totalmente propia de quien la desarrolla, y en cuyo beneficio ha sido dada. En otras palabras, el trabajo también es medio de expresión y realización de la propia vocación personal.[7] El trabajo permite exhibir las capacidades y talentos humanos, en su extensa variedad, aprovecharlos, engrandecerlos y ponerlos al servicio de las propias necesidades y de las de toda la sociedad.
De ahí que ningún otro ser natural o artificial puede realizar una actividad que reciba la denominación genuina y verdadera de trabajo. Las máquinas, aunque transformen la naturaleza, no hacen trabajo; por el contrario, son ellas mismas un producto más de éste. A diferencia de un robot, el hombre es único e irremplazable, capaz de autodeterminación, racional y emocional, sujeto a un crecimiento sin fin;[8] por ello, es el único ser que puede trabajar en el sentido pleno del término. Desde esta óptica específica, el hombre es causa eficiente suya, su hacedor.
El trabajo se nos impone entonces como una actividad tan humana como pensar, diseñar, educar o amar, porque el hombre busca construir un entorno al cual pertenecer, para cumplir una función donde vea el propósito de sus acciones y perciba la relevancia de llevarlas a cabo. Por medio del trabajo, el hombre puede encontrar su propia autoafirmación. Su importancia reside no sólo en los fines buscados mediante él, en los productos terminados o los servicios obtenidos, sino también en su propia ejecución. El fin del trabajo es el propio hombre: el hombre ha de ser el fin del trabajo, de cualquier índole que éste sea.[9] De lo contrario, estaríamos hablando de “enajenación”: realizar una actividad tendiente a un objetivo que es por completo ajeno a quien lo realiza, sin poder apropiar a su naturaleza, de algún modo, dicha actividad.[10] Y esta enajenación se hace palpable justo cuando el hombre es considerado sólo como medio para el trabajo y no también como su fin.
1.2. La empresa como un lugar natural de trabajo
Uno de los lugares donde el hombre moderno puede trabajar, es decir, donde puede dar a conocer esas capacidades para transformar su entorno es la empresa. La palabra empresa como concepto genérico hunde sus raíces en la noción de dificultad, de acción ardua; a lo largo del tiempo este término se ha utilizado para señalar actividades de muy diversa índole, pues igualmente podemos emplearla para referirnos a un proyecto artístico, militar o familiar, como a uno mercantil, comercial o de servicios, entre muchos otros.[11] De ahí que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la defina en primer lugar como “toda acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo”. No obstante, de entre todos los proyectos cuya realización requiere del arrojo y voluntad de sus creadores, existe uno que ha materializado este verbo, convirtiéndolo, por derecho propio, en sustantivo común: se trata de la empresa, entendida como “unidad de organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos”.
La empresa es un tipo de organización; incluso muchos simplemente la llaman “la organización”. Una organización es una unidad social: una agrupación de personas orientada a la obtención de ciertos fines que en solitario no podrían obtener o que obtendrían de modo muy difícil o costoso. Las relaciones entre los miembros de una organización están dispuestas según una estructura que distribuye entre ellos roles, funciones, tareas, posiciones jerárquicas y responsabilidades. Esta estructura hace que las relaciones dentro de la organización estén, al mismo tiempo, ordenadas y estructuradas, de modo que su coordinación sea más o menos eficaz en cuanto al logro conjunto de los fines. El fin al que están orientadas las acciones en la organización, y que explica la división de funciones o roles dentro de ella, es su razón de ser o propósito.
A diferencia de otras organizaciones tales como la escuela, la iglesia o los sindicatos, la empresa se dedica a la producción de bienes de consumo o servicios ofrecidos dentro de un mercado.[12] La empresa no sólo es parte de la sociedad, también del sistema económico con el que opera la sociedad. Como las demás organizaciones, la empresa también se dirige al logro de unos fines, pero el hecho de que éstos no puedan entenderse sin la mediación del mercado, hace que para el caso de la empresa la obtención de beneficios económicos sea definitoria. El modo como la empresa opera como unidad económica, las características del sistema económico y del tipo de sociedad dentro de los que se inscribe, influyen directamente en el modo en que determinará su configuración.[13]
Para muchos pensadores, como la filósofa Adela Cortina o el ya fallecido asesor Peter Drucker, la nuestra es una “época managerial”, y nuestra sociedad una “sociedad de organizaciones” en la que la empresa constituye el paradigma de todas las restantes, “de suerte que algunos llegan a afirmar que, si la salvación de los hombres ya no puede esperarse únicamente de la sociedad, como quería la tradición rousseauniana, ni tampoco del Estado, como pretendía el “socialismo real” de los países del Este, ni, por último, de la conversión del corazón, de la que hablaba cierta tradición kantiana, es una transformación de las organizaciones la que puede salvarnos, siendo entre ellas la empresa la ejemplar”.[14]
Existen varios motivos por los cuales la empresa se ha convertido en una de las organizaciones económicas, sociales y culturales más importantes de nuestro tiempo:
i. La empresa optimiza la división del trabajo. De manera natural, los seres humanos son distintos entre sí, pues muestran capacidades y habilidades diversas. Mientras unos poseen mayor destreza matemática, otros se inclinan por las actividades físicas o manuales; hay quienes tienen preferencia por las investigaciones teóricas, en tanto que otros se interesan por cuestiones de carácter administrativo o incluso artístico. La división del trabajo, es decir, la diferenciación y especialización de las distintas actividades requeridas para lograr una mayor eficacia productiva, al tiempo que genera riqueza, es capaz de conseguir que la multiplicidad de formas y ámbitos en los que se pueden desarrollar todas las potencialidades humanas esté articulada y pueda ser explotada al máximo. Además, la división del trabajo fomenta la cooperación y la solidaridad de toda la sociedad, pues es la forma más óptima de cubrir todas sus necesidades. De hecho, hay quienes sostienen que la división del trabajo, que nació en la familia y que de algún modo dio pie, entre otras cosas, al proceso de hominización, es tan primaria como la sociedad, de manera que no está llamada a desaparecer en una culminación de la historia.[15]
En este orden de ideas, son las empresas las instituciones actuales que pueden aprovechar esta multiplicidad de talentos para perfeccionarlos, integrarlos y desarrollarlos en su organización. “De la relación entre la división de trabajo del entorno que rodea a la empresa, y la división de trabajo que ha asumido la empresa, se definirá el objetivo de la misma, que a la vez condicionará su éxito o fracaso”.[16] Nuestras empresas actuales permiten una división del trabajo mucho más organizada, racionalizada y eficaz, con lo que contribuyen así tanto a la creación de riqueza como a la satisfacción de las necesidades de la sociedad.
ii. La empresa como motor de progreso. Generalmente por progreso entendemos avance, mejora, adelanto, términos todos con connotación positiva. En el medievo, Tomás de Aquino ya advertía que “es natural para la razón avanzar gradualmente de lo imperfecto a lo perfecto”,[17] mientras que Kant pensaba que el progreso de la humanidad era lineal e irrefrenable.
El progreso implica una superación de las limitaciones humanas tanto en un sentido cuantitativo (material) como en uno cualitativo (moral), aunque el camino en ambos aspectos no está necesariamente aparejado. Su idealización surge en el Siglo de las Luces cuando, tras la popularización del conocimiento a causa del nacimiento de la ciencia moderna en el siglo xvii, los intelectuales ilustrados creyeron ver en la ola de descubrimientos científicos el camino para el perfeccionamiento máximo de la humanidad.[18] Y aunque este avance no siempre ha sido lineal y ascendente –baste pensar en las bombas nucleares lanzadas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, o en las armas químicas utilizadas en diversas guerras en Medio Oriente en defensa de intereses no pocas veces egoístas y cuestionables– esta profecía en gran medida ha visto su cumplimiento. A nadie razonable le cabe la menor duda de que hoy vivimos mucho mejor en nuestros artificiales hogares de ladrillos, cristal y cemento, que cuando habitábamos las oscuras y húmedas cuevas del Neolítico. No sólo somos mucho más longevos porque nos alimentamos mejor y nos desgastamos menos, sino que además hemos aprendido a disfrutar de este intervalo de tiempo entre el nacimiento y la muerte que es la existencia. El bienestar y el placer han sustituido en gran medida la lucha por la mera supervivencia fisiológica. Y si lo anterior no es cierto para todos, bien podría serlo, porque el potencial para ello existe, pues incluso aquellos que aún en el siglo xxi padecen las condiciones de vida más infames, experimentan una situación comparativamente mejor de la de nuestros antepasados de Altamira.
En este ir y venir de avances y retrocesos, la empresa ha jugado un papel primordial como vehículo de desarrollo técnico y material. Son las empresas las instituciones que han asumido la misión de impulsar y distribuir la gran mayoría de los artefactos y servicios, las medicinas y los libros, la tecnología y el alimento que han conducido a la humanidad, en términos generales, a mejorar su calidad de vida. La empresa es un vehículo para satisfacer de modo eficiente muchas de las demandas de la existencia y ello constituye una razón más para considerarla como una de las instituciones más importantes de nuestro tiempo. E incluso puede ser un instrumento de progreso moral, cuando se asume a sí misma como ámbito para la acción responsable y colaborativa.
iii. La empresa como motor de desarrollo económico. El imperativo deber de satisfacer necesidades humanas ha dado lugar a la economía y al mercado, donde se busca maximizar la relación de costo-beneficio para tener utilidades, crear más con menos o vender más con un mejor precio. Esto ha permitido a las empresas crear riqueza para la sociedad. La generación de riqueza, en su concepto más originario, está ligada a lo que se produce en la tierra: minerales, petróleo, productos agrícolas, etc. Posiblemente por esta razón, la riqueza se asocia con la abundancia de productos y cosas como el dinero.
De lo anterior resulta el concepto de riqueza como la abundancia de bienes y objetos de valor. Un bien es aquello que es bueno, útil o agradable, es decir, que tiene un beneficio para las personas. Por ello, no son empresas las organizaciones cuyos productos dañan a la sociedad, como la pornografía o la drogadicción, ya que perjudican y deterioran las capacidades humanas. En cambio, sí lo son aquellas dispuestas a generar riqueza, lo que a su vez les da la garantía de continuar con la prestación de sus servicios y con la atención de las necesidades de la sociedad. Además, las empresas generan empleos, pagan impuestos y retribuyen a los inversionistas el capital que pusieron para su creación. Compiten, se exigen y siempre aspiran a ser mejores para ganar la preferencia del mercado y beneficiar así a los consumidores. Innovan, hacen desarrollos tecnológicos o se apropian tecnologías que mejoran las condiciones competitivas frente a otros países del mundo. Ayudan a distribuir de manera más equitativa las oportunidades y los ingresos entre los ciudadanos. Por éstas y muchas otras razones, las empresas son esenciales para fomentar el desarrollo económico sostenible, por lo que se convierte en una prioridad ampliar la base empresarial y garantizar la permanencia de las empresas existentes.
iv. La empresa como lugar de cooperación. El ser humano en soledad no es autosuficiente; necesita de otros para cubrir todas sus necesidades. La mayoría de las empresas están conformadas por dos o más integrantes que logran articular su trabajo cooperativamente con el fin de lograr metas comunes. La empresa, como institución, es capaz de organizar distintas capacidades y habilidades; diversos insumos y herramientas en un todo coherente que da lugar a resultados concretos y útiles. Pero no sólo eso: también facilita la conectividad de las distintas regiones de un país, y del país con el mundo globalizado. La empresa, por tanto, hace más productiva y organizada la cooperación en todos los niveles.
v. La empresa como producto racional. Gracias a nuestra condición de animales racionales, tenemos la capacidad de imaginar, planear, delinear y ejecutar de manera integrada todas nuestras acciones. La empresa como organización es un ejemplo tangente y concreto de esta habilidad. Se trata de instituciones conformadas para lograr fines especificados de antemano, que involucran la dirección racional de estas potencialidades humanas y muchas otras, que se concretan en el trabajo y que se integran mediante la dirección. En este sentido, la empresa funciona como un espacio ideal para que las personas que laboran en ella tengan acceso al conocimiento y aprendizaje continuo y permanente, por lo que ayudan a la formación del capital humano.
Entre todas las capacidades que fomenta la empresa existen al menos dos que son fundamentales para su crecimiento y desarrollo: se trata de la creatividad y la innovación. Las empresas, junto con las universidades, son los vehículos por excelencia de la sociedad civil para el impulso de nuevas ideas en todos los ámbitos. Para satisfacer necesidades se requiere generar ideas cada vez mejores y hallar soluciones cada vez más eficaces. Las empresas son organizaciones que precisamente cuentan con plataformas tecnológicas y humanas capaces de materializar todas estas aspiraciones animándolas e introduciéndolas en la vida corriente, con lo que hacen realidad muchos de los sueños que para hombres y mujeres de otras épocas parecían entonces inalcanzables.
vi. La empresa como motor de renovación social. En la actualidad, la empresa también es un motor de renovación social que goza de cualidades de las que carecen las viejas instituciones anquilosadas por la burocracia, asfixiadas por el imperio de los mediocres. Tiene en sus manos la creación de riqueza sí, pero por ello también ha adquirido la obligación de cumplir con su responsabilidad social. La empresa se ha convertido en un actor social más que debe responder tanto ante sus accionistas, clientes, proveedores y empleados, como ante la sociedad a la cual aporta, y el medio en el cual se desenvuelve. Gran parte de las empresas más importantes de nuestro país manifiestan compromisos explícitos con la calidad de sus productos o servicios, con el respeto a sus clientes y trabajadores, y también con el desarrollo de las comunidades más inmediatas que las rodean en cuestiones relacionadas con su salud, educación, cultura o cuidado del medio ambiente. Asimismo, dicha responsabilidad le ha otorgado mayores derechos: la empresa también actúa como interlocutor y representante autorizado de los intereses de la comunidad frente al Estado en temas tan diversos como economía o seguridad. Al poseer una personalidad legal, las empresas también pueden exigir y participar más activamente en la configuración de las sociedades en las cuales se encuentran inmersas.
1.3. Tres paradigmas para entender la empresa
El siglo xx fue testigo de un importante auge en el tema de la conformación, diseño y finalidad de la empresa, así como sobre su administración y dirección. Entre otros aspectos, se puso de manifiesto que la comprensión y conformación de la empresa, en cuanto organización humana, no debía restringirse únicamente a cuestiones meramente técnicas y procedimentales, sino que también debía partir de ciertos presupuestos teóricos de carácter ético y antropológico, ya fueran explícitos o no, a partir de los cuales se podría determinar gran parte de sus tareas, responsabilidades y modos de funcionamiento.
Juan Antonio Pérez López nos habla de al menos tres paradigmas o modelos diferentes que surgieron durante el pasado siglo con el propósito de explicar el funcionamiento de las organizaciones humanas, y principalmente de la empresa mercantil, construidos sobre al menos tres distintas concepciones filosóficas referentes a la persona humana y particularmente sobre el tipo de motivaciones que funcionaban como resortes para impulsar la acción.[19]
En primer lugar, se encuentran los modelos mecanicistas, los cuales parten del supuesto de que la acción humana ha de ser explicada en términos de su reactividad a las distintas circunstancias externas en las que ésta se desenvuelve. Implícitamente, asume que el grueso de los individuos carece de una interioridad original capaz de autodefinir fines propios, o en todo caso, carece de relevancia, por lo que sus deseos y acciones sólo son resultado de los estímulos del entorno. De ahí que, en el ámbito laboral, son los incentivos, principalmente los económicos, los únicos capaces de motivar su desempeño. La estructura empresarial subsecuente a esta concepción de carácter antropológico es, pues, un sistema técnico en el que la organización se considera como una simple coordinación de acciones humanas cuya finalidad es la de producir una serie de objetos o servicios; el modelo de explicación es el de una máquina, más o menos compleja, que en respuesta a un input produce un output.[20]
La reacción a este limitado diagnóstico de la naturaleza humana tiene lugar en los modelos psicosociológicos, segundo paradigma que surgió debido a la necesidad de tener una mirada más amplia, aunque todavía incompleta, sobre la condición humana. Desde aquél se reconoce que los motivos que impulsan la acción no son extrínsecos al ser humano sino intrínsecos; las razones que impulsan a un hombre a trabajar no pueden limitarse únicamente a aquellas de carácter económico, pues el ser humano también tiene la necesidad de forjar vínculos significativos en los que los individuos puedan obtener reconocimiento y protección. De ahí que el paradigma psicosociológico asuma la condición social de la persona humana como un aspecto por valorar en la conformación de las organizaciones mercantiles, cuya importancia puede ser incluso superior al aspecto meramente material o monetario.
Frente al sistema técnico anterior, esta nueva concepción invita a concebir la empresa como un organismo social. De acuerdo con Pérez López, un organismo trata de explicar la coordinación de acciones para la satisfacción de motivaciones actuales, es decir, las motivaciones que actualmente sienten las personas que componen la organización. Así como en un sistema técnico se mira a la empresa como si ésta fuera una máquina –acoplado de elementos materiales–, en un organismo se la contempla como un conjunto social, como una agrupación de individuos en una sociedad en la que se integran voluntariamente para satisfacer todo un conjunto de motivos.[21]
Sin embargo, la limitación de este modelo radica en su punto de partida, el cual se restringe a consideraciones de índole psicológico y sociológico, que levantan la teoría de la empresa sobre bases conductivistas y constructivistas con tendencias reduccionistas. Cimientos más sólidos, profundos y unitarios para la conformación de una verdadera teoría sobre la empresa, según el juicio de Pérez López –y del propio Carlos Llano–, sólo pueden hallarse mediante la filosofía, concretamente de la antropología filosófica. Es así como se delimita un tercer modelo, el modelo antropológico de la organización, desde el cual ésta es concebida además de como un sistema técnico, o como un conjunto social, como una institución.
Así como en un sistema técnico únicamente se contemplan las cosas que se hacen y en un organismo las cosas que se hacen y cómo se hacen, en una institución, aparte de esos dos planos, se considera también el para qué se hacen. La institución se propone como finalidad no solamente la propia de un organismo, sino también la de proporcionar una finalidad que dé sentido a toda la acción humana que coordina. Lo característico de una institución es la consideración explícita de unos valores con los que trata de identificar a las personas, perfeccionando los motivos de sus acciones, y educándolos en ese sentido.[22]
El modelo antropológico persigue centrarse en el hombre tal como es, en su condición de persona individual e intransferible, que desea ser feliz. Es capaz de articular, de manera acumulativa y balanceada, los diferentes fines y razones que mueven la acción humana individual, ya sean de carácter extrínseco, intrínseco o incluso trascendente,[23] y de relacionarlos armoniosamente con los fines propios de la organización. Y aunque no puede afirmarse que en este momento predominen aquellas empresas que persiguen un modelo antropológico en su diseño, es verdad que éste ha tenido un considerable auge en los últimos años.
1.4. Las cuatro finalidades de la empresa
La posibilidad de desentrañar un sentido para la acción humana coordinada mediante la empresa tal como se lo proponen las organizaciones que se acogen bajo el paradigma del modelo antropológico, reclama de manera natural la necesidad de clarificar las razones que justifican la existencia de la propia empresa, y en particular, de su causa final, pues a partir de ésta se puede definir su identidad y justificar su preponderancia en el mundo actual.
De acuerdo con Aristóteles, existen cuatro diferentes tipos de causas: formal, es decir, la esencia[24] (pues el porqué se reduce, en último término, a la definición, y el porqué primero es causa y principio); material, es decir, el sujeto o substrato donde inhiere la forma; eficiente, que explica el origen desde el cual se inicia todo movimiento y, por último, final, el bien para el cual se hace algo (fin al que tienden la generación y el movimiento).[25]
En cuanto a las primeras tres, claramente podemos delimitarlas en la empresa contemporánea. En primer lugar, su causa formal o esencia es su propia constitución como entidad mercantil; es decir, la configuración o tipo de ordenamiento relacional que da lugar a una unidad económico-social que conjuga trabajo, capital, organización y dirección, y que deviene incluso en una cultura empresarial determinada y particular para cada organización. En segundo lugar, su causa material está conformada tanto por todos los miembros o stakeholders[26] relacionados con ella, como por los insumos materiales y virtuales necesarios para llevar a cabo las tareas específicas para las cuales ha sido creada. Su causa eficiente coincide con la causa material, aunque desde un enfoque diferente. En un sentido muy original podríamos creer que quien “inicia el movimiento”, es decir, quien pone en marcha a una empresa, son los inversionistas, aquellos que proporcionan los recursos necesarios para su creación; pero en realidad, para que dicho movimiento se continúe también es necesaria la acción tanto de los directores como de los trabajadores de todos los niveles. La diferencia con la causa material es que, en este caso, todos los stakeholders son tomados desde el punto de vista de la acción, es decir, no sólo se consideran como un insumo más –sin duda el más importante– sino también como aquellos en quienes recae la responsabilidad y la voluntad de poner en marcha y mantener una empresa.
En cambio, la delimitación de la causa final de la empresa, esto es, los bienes a los que aspira, es la que más controversia ha generado a lo largo del tiempo. ¿Cuál es en última instancia su razón de ser, la causa o motivos de su existencia? Ya se ha esbozado un número bastante amplio de respuestas posibles: la satisfacción de las necesidades de la sociedad, la generación de empleos, el pago de impuestos para impulsar el desarrollo de un país, el crecimiento del capital particular, un beneficio económico… Al parecer, una forma de organización tan rica y compleja tiene más de una razón para su existencia.
Nosotros entendemos por empresa una organización que tiene cuatro objetivos fundamentales, esenciales, que bien pueden denominarse “objetivos genéricos”. Se les ha calificado así porque todas las empresas los buscan, o al menos deberían buscarlos si han de preservar su influyente papel al interior de la sociedad. Su exposición ya la encontramos en la obra de Carlos Llano, Análisis de la acción directiva, donde se afirma lo siguiente:
Además de los objetivos específicos que cada empresa persigue, toda empresa, por el hecho de serlo, tiende a un objetivo genérico común. […]: A) Proporcionar un servicio a la comunidad social. B) Generar un valor económico suficiente. C) Generar una compensación “humana” suficiente. D) Lograr una capacidad de auto-continuidad. [27]
La admisión de esta cuádruple finalidad también la encontramos en la filósofa española Adela Cortina, quien no ha dudado en aceptarla como válida:
Desde entonces hasta hoy, la empresa es la unidad productora de riqueza en la sociedad, que se distingue por su contribución al crecimiento económico y cuyos objetivos son los siguientes: 1) producir bienes y/o servicios, 2) aumentar el valor económico añadido (lograr beneficios) a fin de: a) atender las rentas de trabajo y de capital y b) poder invertir para garantizar la viabilidad de la empresa; […] 3) promover el desarrollo humano y 4) garantizar la continuidad de la empresa.[28]
Existe pues, cierto consenso en torno a las finalidades que definen o caracterizan la esencia de una empresa, sobre todo en el contexto actual. Más aún, estos cuatro objetivos se conciben interrelacionadamente, aunque son irreductibles entre sí. Como si se tratara de una red, dependen unos de otros, pero ninguno puede anular o prevalecer por encima de los demás, tal como se mostrará a continuación. A su vez, coincidimos con Antonio Valero, cofundador del iese, en el hecho de que dichas finalidades no provienen o se legitiman por deseo de la organización para cumplirlas, porque el juicio de esos grupos no es índice de la naturaleza moral ni del valor social de lo que hace la organización.
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