Kitabı oku: «De haberlo escrito antes»

Yazı tipi:

Carlos Skliar

De haberlo escrito antes

(fragmentos dispersos, reunidos)


Skliar, Carlos

De haberlo escrito antes : fragmentos dispersos, reunidos / Carlos Skliar. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2022.

(Perfiles)

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-538-906-9

1. Docentes. 2. Ensayo Filosófico. 3. Reflexiones. I. Título.

CDD 306.43

Coordinación editorial: Daniel Kaplan

Corrección de estilo: Liliana Szwarcer

Diagramación: Patricia Leguizamón

Diseño de cubierta: Pablo Gastón Taborda

Fotografía de cubierta: Xavier Martín

Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.

1º edición, marzo de 2022

Edición en formato digital: abril de 2022

Noveduc libros

© Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.

Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina

Tel.: (54 11) 5278-2200

E-mail: contacto@noveduc.com www.noveduc.com

ISBN 978-987-538-906-9

Conversión a formato digital: Libresque

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Índice

  Cubierta

  Portada

  Créditos

  N/A

  Z Zapatos

  Y Yo

  X X

  V Vagabundo Vagar Vaivén Valer la pena Variaciones Vejez Velocidad Ventanales Venus Verdad Verdadero Verosímil Verticalidad Viajar Vida Violencia Virtud Virus Vivir Voces Volver Voluntad Voz

  U Últimos Unanimidad Único Unidad Uno Urgencia

  T Tamaño Tardío Tarea Técnica Techo Telegrama Temblores Tempestad Tesoro Testimonio Texto Tiempo Tolerancia Tormenta Torpeza Totalidad Trabajo Tradición Traducción Traducir Trayectoria Travesía Tren Tristezas Tumbas Tumbos

  S Sábados Saber Sabor Salto Salvación Secreto Sed Seducción Ser Siglo Silencio Silencioso Singular Singularidad Síntomas Situación Situacionismo Soldados Soledad Solitario Solo Soñar Subrayar Subversión Sueño Suicidio Suposición

  R Radio Realidad Rebelde Rebeldía Rebelión Reciprocidad Recomposición Reconocimiento Recordar Recorrido Recuerdos Redes Regresar Reír Relación Relato Releer Rememorar Repetición Respirar Respuestas Revés Risa Rizoma Rostros Rotos Rozar

  Q Qué Queda Quería Quimera Quitarse Quizás

  P Padre Página Paisaje Palabras Pandemia Paradojas Pasión Pedir Peligros Pensamiento Pensar Pequeñez Percibir Percepción Perdón Pereza Permanencia Perros Petición Pianista Pobre Poder Poesía Poética Política Político Postergación Preferencias Pregunta Presencia Presente Primavera Principio Prodigio Progreso Pronunciación Punto de vista

  O Obediencia Objetos perdidos Ocio Ocupación Odio Oficio Oídos Ojos Olvidado Olvido Opción Oposición Oprobio Óptica Orden Orfandad Origen Orugas Ostras Otro

  N Nacer Nacido Nacimiento Narración Narrar Naufragio Ni Nieto Nieve Niña Niñez Niños Noctámbula Noche Nombrar Nombres Normal Normalidad Normalización Nostalgia Notas Noticiero Novedad Nudos

  M Madre Madurar Maestro Malestar Maleta Malhumor Manchar Manicomio Mar Margen Mariposa Medios Mejores Memoria Mendigos Mentir Mesura Metáfora Métodos Miedo Mirada Mirar Misterio Misterioso Mitades Modernidad Monólogo Monstruo Monstruosidad Moral Muerte Muertos Mujeres Mundo Muñeca Museo Mutación

  LL Llanto Llaves Llorar Llover Lluvia

  L Laberintos Lector Lectura Leer Lengua Lenguaje Lentamente Lentitud Liberación Libertad Libertad de expresión Librería Libreros Libros Limosna Loco Locura Ludicidad Luego Lugar Luminosidad Luna Luz

  J Jorobado Jubilado Juego Jugar Juntos Jurídico Justicia Juzgar

  I Idea Identidad Ignorancia Ignorante Ignorar Igualdad Imagen Imágenes Impaciencia Imperialismo Impropio Incertidumbre Incompleto Incomprensión Incorregible Individuo Ineficacia Inexistencia Inexplicable Infancia Infante Ínfimo Información Insignificancia Instante Intemperie Interrogante Intrusa Intuición Inutilidad Interrupciones Invierno

  H Haber Hábitos Habla Hablar Habría Hay Heredero Herencia Hierro Higienismo Hijo Hipérbole Historia Historias Hoja en blanco Homenaje Hora Horizonte Hospicio Hospitalidad Humillación Humillar

  G Gatos Género Gestos Gestualidad Globalización Goce Golpe Gracias Grafiti Gratitud Grieta Gritar Grito Guerra

  F Fábula Falta Fascinación Ficción Ficticio Filosofar Filosofía Filósofos Flauta Formación Fortuna Frágil Fragilidad Fragmentarse Frío Frontera Fuego Fuga

  E Educación Educar Educativo Enamoramiento Encierro Ensayar Enseñar Epidemia Época Equívoco Escena Escribir Escribo Escritura Escuchar Especialista Espectador Espera Esperar Estadística Estar juntos Estar siendo Estudiar Estudiantes Estudio Ética Ético Excepción Existencia Existente Éxito Experiencia Exposición Exterminio Extrañar Extraño

  D Dar Darse cuenta Decir Deficiencias Dejar en paz Demagogia Demencia Derrota Desacuerdo Desagradar Desamor Desaparecidos Desapercibido Desconocer Desconocerse Descuidos Desdichados Deseo Desgarro Desmemoria Desobediencia Despertar Despedida Después Destiempo Destino Deterioro Diario Dictado Diferencias Diferentes Dificultad Diluvio Discapacidad Distancia Distracción Dolor Dudar Duración

  C Callar Callarse Calle Calma Caminar Cansancio Cantidades Cárcel Cartas Celebridad Ciegos Cinematografía Cínico Coincidencias Cometa Complicidad Compromiso Comunidad Confesión Conocer Conocerse Consenso Contar Conversación Conversar Convivir Corrección Correo Crecer Cualesquiera Cuento Cuerpo Cuidado Cuidar Curiosidad

  B Banquete Barbarie Bárbaros Barullo Basura Basural Batalla Belleza Biblioteca Biografías Borrachera Brújula Brutalidad Búho

  A Abandonar Abertura Absurdo Abuela Afirmación Aforismo Afuera Agradar Agua Ahogo Alfabetizar Alteridad Amanecer Amantes Amenaza Amistad Amor Amorosidad Ancestralidad Anciano Ancianos Andén Anónimo Anotar Antes Año Apartarse Aporía Aprender Aprendiz Aprendizaje Aquí y ahora Asimilación Atención Aula Ausencia Autismo Autoría Autorretrato Azar

N/A
NOTA DEL AUTOR

Este libro expresa y refleja un largo ejercicio de reescritura y de relectura de escritos anteriores (tanto publicados como inéditos) que fui construyendo con el paso del tiempo. Más que un aparente diccionario de ciertos términos rígidos, conforma un glosario que extiendo en varias direcciones posibles. Las palabras que contiene habitaron y habitan mis acciones, mis gestos, mi escritura y mi lectura a lo largo de los años; recomponen una suerte de lenguaje vital al que he intentado ir y del que procuré volver como en un vaivén frágil pero permanente de sentidos –nunca definitivos, casi siempre indeterminados– atravesados por tonalidades educativas, literarias y filosóficas. Se trata, sin duda, de un ejercicio retrospectivo –y por eso está organizado de la Z a la A–que quisiera considerar como escrituras –o reescrituras– “hacia atrás”. Sin embargo, ese “atrás” no supone un regreso a algún lugar mítico personal, ni el afán por retroceder para identificar y exponer cierto hallazgo particular. Diría, más bien, que se trata de reescribir en tiempo presente una escritura irregular y cambiante de, al menos, veinte años de travesías. Las lectoras y lectores que con su generosidad me han acompañado en ellas quizás no demoren en reconocer ciertos trazos de frases o fragmentos aquí reunidos y modificados en parte, sobre todo pertenecientes a los siguientes libros: ¿Y si el otro no estuviera ahí? (Buenos Aires, Miño y Dávila, 2002); La educación –que es– del otro (Buenos Aires, Noveduc, 2007); Lo dicho, lo escrito, lo ignorado (Buenos Aires, Miño y Dávila, 2012); No tienen prisa las palabras (Barcelona, Candaya, 2012); Hablar con desconocidos (Barcelona, Candaya, 2014); Desobedecer el lenguaje (Buenos Aires, Miño y Dávila, 2015); Escribir, tan solos (Madrid, Mármara, 2017); Pedagogías de las diferencias (Buenos Aires, Noveduc, 2017); Como un tren sobre el abismo (Madrid, Vaso Roto, 2019); La inútil lectura (Madrid, Mármara, 2019, y Buenos Aires, Waldhuter, 2019); Los mares de la infancia (Paraná, La hendija, 2020) y Mientras respiramos –en la incertidumbre– (Buenos Aires, Noveduc, 2020). Además de los con-textos mencionados, se incluyen aquí retazos de diferentes artículos y capítulos de libros, poemas sueltos, fragmentos de un diario de la pandemia nunca concluido –Diario de un mal recuerdo–, de una novela imposible –La memoria partida– y de un futuro libro de ensayos todavía impreciso y en proceso de revisión: Como el mar que nunca vi.

Z
LETRA

Zapatos

Zapatos

“El mundo es una inmensa circunferencia agujereada por las excepciones”, dijo el zapatero, mientras pegaba la suela desgastada de un calzado impar que le había dejado un joven sonriente esa mañana. Su pierna ya sin pie había sido despedazada por un tren una noche antes, cuando se enamoró por primera vez y para siempre.

Y
LETRA

Yo

Yo

Al decir “yo soy”, es probable que una ligera sonrisa nos cruce el rostro, como un rastro de satisfacción, de conformidad o de autocomplacencia. Si se dice “tú eres”, todo se vuelve meridiana claridad y, tal vez, al mismo tiempo, ofensa, injuria, degradación. También es posible escuchar “nosotros somos” y entonces un tendal de hojas y frutos se desmorona desde lo más alto hacia la tierra seca, donde suelen percibirse los alaridos de los ausentes. Por ello la lectura. Sucede que yo soy y no soy algunos de los personajes que encuentro al leer. No se trata de mi apego o desapego a la identidad de ellos, de lo entrañable o lo detestable de algún carácter o de un rasgo o perfil que me acerque o me aleje de tal o cual composición literaria. Es más bien una vida –o una porción de la misma, o un fragmento de varias de ellas– lo que provoca una alteración en la mía, durante un tiempo impreciso que nada tiene que ver con la duración de la lectura, sino con su azarosa intensidad; y no es la nitidez de la historia en sí, sino algo que –con cierto pudor e imprecisión– podríamos llamar su atmósfera. Sobran ejemplos de esto, ahora mismo, en los libros que estoy leyendo, en los que he leído, en aquellos que otros han leído. Supongamos: un hombre con labio leporino atraviesa Sudáfrica en llamas. No tengo labio leporino, no conozco Sudáfrica ni siento el ardor del fuego. ¿Qué importancia tiene? No lo soy, pero podría serlo. Y ese “podría” lo cambia todo, lo puede todo. “Podría” no es poder: es temblor, es incógnita, es casi, es quizá. No se dice que soy en efecto ese hombre, sino que tal vez pudiera serlo, en algún pequeño fragmento o totalmente. O bien un niño prodigio canta, recita y es amado. No soy ese niño, no soy prodigio, no canto ni recito ni soy amado como él. ¿Debo serlo para conmoverme? ¿Debo ser exactamente lo escrito, lo representado? Ese niño deja de ser niño, deja de cantar con voz afinada, deja de recitar, deja de ser amado. No, no soy yo. Y, sin embargo, otra vez podría serlo en un instante de su travesía y de mi lectura, en un pequeño gesto de reconocimiento, en una mirada perdida y tal vez reencontrada. O también, aquel hombre en la Segunda Guerra Mundial, en medio de una trinchera, ese olor nauseabundo, el imposible regreso a casa, la mujer que espera, la muerte que también espera. ¿Quién soy, qué soy? ¿El olor, el agobio, el hogar, la muerte, el hombre, la mujer o el gesto de la espera? Una vez más: no lo soy, pero quién sabe si no podría serlo. Porque, cuando leo, yo no soy nadie ni nada, o bien dejo de ser algo o alguien aunque, quién sabe, mientras dura la lectura, quizá “podría llegar a serlo”.

X
LETRA

X

X

Todo aquello incógnito que es en verdad incógnita, que no es ni debería ser genérico, ni mucho menos de género masculino, que quizá no merezca y cuya neutralidad, cuya medianía, sea imposible. Todo aquello que feminiza, traviste, y hace nacer al mundo.

V
LETRA

Vagabundo

Vagar

Vaivén

Valer la pena

Variaciones

Vejez

Velocidad

Ventanales

Venus

Verdad

Verdadero

Verosímil

Verticalidad

Viajar

Vida

Violencia

Virtud

Virus

Vivir

Voces

Volver

Voluntad

Voz

Vagabundo

No, nada mendigo, nada procuro, no exijo nada, apenas si merodeo como una estrella apagada y rastrera por los suelos de la ciudad vacía o como un falso profeta de una religión desquiciada. No me hace falta un baño, ni comida, ni agua, ni centavos, ni el resguardo de una cama estrecha de falsa madera. Todo está al alcance, afuera, si uno es hábil y discreto para obtenerlo. Esto lo aprendí de los perros y de algunos niños que vagan por aquí. La lluvia, aunque finísima y esporádica, sirve para limpiar el cuerpo y apaciguar la sed de las entrañas; en las calles, a cierta hora, hay más desperdicios que enamorados; dormir, se duerme en cualquier parte, incluso cuando despertamos. Y aunque me echen de las esquinas invisibles de las catedrales, de los recovecos de los edificios, de las superficies terrosas de las plazoletas y de la vista ciega de los desdichados y comedidos, nada malo hago, nada malo pienso, no estoy en contra ni a favor de nadie, a nadie robo nada. Solo intento el desamparo, la vida fuera, ninguna obligación ni pendencia; yo perdí el trabajo hace dos décadas, mi familia está repartida entre cuatro cementerios, me enamoré una sola vez, eso creo, y nada más deseo que no desear más nada, a no ser la poca luz de la próxima mañana y que este cuerpo mío, acuchillado y abrasado por el fuego de esos extraños jóvenes a quienes no dirigí ni siquiera una palabra, no siga ulcerándose tanto ni sangrándome demasiado.

Vagar

Se trata, pues, del nomadismo enfrentado al sedentarismo. De vagar en lugar de acomodarse definitivamente, de andar errante y no quedarse inmóvil. Pero se trata también de un límite o de una frontera imprecisa acerca de la que nada se sabe y en la que poco se comprende: ¿cómo es que alguien ha llegado hasta aquí y está en esa situación, qué ha hecho o qué ha dejado de hacer –qué le han hecho o qué se ha dejado de hacer– para que esté de ese modo? ¿Es llegar o es encontrarse en ella, de pronto? ¿Alcanzan o sobran las explicaciones estructurales, las razones sistémicas, sean estas las que fueren? ¿Y alcanzan o sobran las justificaciones personales, los derroteros individuales? ¿Qué hay de su posible mezcla: se obtendría entonces la fórmula explicativa esperada? ¿Todo es cuestión de una pizca de un condimento sistémico y de otra pizca de lo singular?

Vaivén

Regresar o ir: esta es la cuestión que gira en torno de las percepciones acerca de la infancia: retrotraer el lenguaje hacia una lengua ventral y visceral –lo que parece imposible– o desplegarlo en un presente siempre actualizado, con una invención incesante. La literatura de infancia bien podría ser esa narración que insiste en crear una brecha al interior del tiempo voraz y apresurado, lineal y mortal, para encontrar por dentro, al horadar el segundo que insiste en pasar, un instante de detención para indagar allí sobre lo mínimo, lo ínfimo, lo inútil, lo inadvertido o ignorado. Se trata, sobre todo, de señalar la distorsión de la experiencia del tiempo que los conceptos proverbiales de las disciplinas niegan o no encuentran –porque no buscan, porque no miran, porque no escuchan–; esa disonancia entre inocencia y astucia, entre tiempo libre y tiempo muerto, entre el mundo a los pies o el mundo demasiado ancho y lejano, la infancia que se hace y la que se deshace, la de los siglos incalculables, la del tiempo desmesurado o el tiempo desesperado. Porque no son las formas del ser –ni las del conocer o reconocer al ser– las que nos dirán qué hay en la infancia, sino tal vez las formas de estar y las formas del hacer las que nos abrirán las puertas a un pequeñísimo descubrimiento; no se trata de la dicha o la desdicha de ser o no ser niño. Es decir: la infancia no es la niñez –aunque a veces ambas compartan la oportunidad de un mismo tiempo cronológico–, sino una experiencia de la intensidad –y no de la duración– que puede o no acontecernos a lo largo de la vida.

Valer la pena

¿Qué sería más decisivo: aquello cuya realidad es tan evidente que nada puede decirse al respecto, o aquello que nunca pasó y que permanecerá siempre incógnito, abandonado, imperceptible a la existencia, a la memoria y a la conversación? ¿Deseo de realidad o deseo de ficción? ¿Y qué se les dejará a los demás: un recuerdo intacto pero seco, vacío; una ley despótica; archivos pulcramente ordenados o una profunda invitación a mirar el mundo con buenos ojos, con mirada limpia? Roberto Bolaño, al despedirse de su hijo Lautaro poco antes de morir, le sugiere lo siguiente: “Lee a los viejos poetas, hijo mío, y no te arrepentirás”. Esto es, quizá, lo único que pueden decir un padre, una madre, un tío, una tía, un abuelo, una abuela, un maestro, una maestra; lo único que puede aconsejarse de verdad, sin la violencia de la obligatoriedad, sin el estruendo de fuegos de artificios que estallan en las propias manos. Decir, apartándose, despidiéndose, que ciertas cosas valen la pena; que valen y que dan pena porque se acaban, porque son limitadas, contingentes; que valen y que dan pena no solo por la experiencia individual, particular, privada, sino por la experiencia común, por la experiencia múltiple e infinita de lo humano.

Variaciones

La diferencia entre la mañana, la tarde y la noche se ha vuelto insustancial. A no ser por la absoluta oscuridad, nadie podría afirmar fehacientemente en qué momento del día se encuentra. Alguien relata que no duerme más que tres horas y no siempre cuando debería hacerlo. Alguien dice que percibe un olor completamente distinto en su cuerpo. Alguien cuenta que ha perdido el apetito pero que no hace más que masticar y masticar. Alguien se encontró a sí mismo planificando sueños y pesadillas. Yo voy borrando en un cuaderno, a modo de presidiario, todo lo que deseaba hacer y no hice, descartándolo para siempre.

Vejez

Hay algo que el envejecimiento ofrece de gracia, como si fuera un don, aunque dure poco tiempo: las novedades ya no surten efecto alguno, no despiertan ningún interés, y vivir de este modo consiste en desempolvar de vez en cuando, con cuentagotas, aquellos pocos acontecimientos del pasado que se quisieran duraderos. Ir en pos de lo nuevo no solo es asustador sino además extenuante, porque la novedad es infinita y, por lo tanto, inalcanzable. Desde tiempos inmemoriales, las novedades esconden una partecita de su materia para especular con la misma novedad un poco después, renovada entonces con la partecita que se creía faltante. Este mundo fue vilmente apuñalado por las novedades y permanece boquiabierto, exánime, sin saber si retomará el aire o si se morderá la lengua y se ahogará en su propio veneno. El paso de los años trae consigo otras posibilidades, aunque todas efímeras: ya no se siente prisa ni urgencia; lo hecho, pues hecho está; lo que no se hizo ya no se hará y una cierta serenidad, que en otras edades se viviría como un tormento, aflora como una austera y bella virtud, como un pequeño corazón apaciguado que aún late y escucha a su cuerpo desde dentro.

Velocidad

La velocidad es tanta que lo hecho y lo dicho no encuentran lugar para ser apreciados ni escuchados y se pierden en el aire espeso de la nada; las palabras que describen la celeridad se han vuelto ellas mismas rápidas, evanescentes; ninguna idea acaba por alcanzar algo del movimiento continuamente disparatado; todo rápido movimiento impide la pausa, hace zozobrar la calma, exige no perder el tiempo y destruye la posibilidad de la utilidad de lo inútil. Un tiempo voraz que determina, desde el mismo nacimiento, el imperativo rápido de una realización autopersonal condena a los individuos al esfuerzo y al sacrificio, aunque siempre matizado por una extraña sonrisa abierta, blanca, congelada, de aparente condescendencia y dicha. Se trata de una temporalidad absoluta, sin piedad para con los débiles, que no perdona la fragilidad y en la que todo aislamiento, reposo o descanso se vuelve superfluo o, para mejor decir, inconveniente. Hasta parece que no hace falta ni es posible dormir, mucho menos descansar. Y menos aún soñar en un tiempo donde el tiempo no sea puro tiempo demencial.

Ventanales

Estás condenado a mirar detrás de la ventana. Como una proposición indiscutible, como una acusación sin testigos, el detrás te deja de espaldas, solo y a solas, para mirar esa tierra donde no estás, ese cielo donde no estás, esa vida donde no estás, ese paisaje humano que nunca es tuyo. Te dejaron allí y parece que solo te es posible mirar hacia afuera. El mirar se ha vuelto la única posibilidad y, a la vez, la más terca de tus imposibilidades. Solo es posible mirar siendo imposible cualquier otra mirada, cualquier otro lugar, cualquier otro paisaje. Te dejaron allí para que mires todo lo que nunca podrás ser. Verás la alegría inmoral, cuerpos desatentos, amores y destierros. Pero no podrás mirarte. Mirar por la ventana se te ha vuelto una pena capital, un destierro. Quieto, inmóvil, sin nada más que hacer, la ventana se parece demasiado a un cerrojo definitivo. Podrás mirar, eso sí, todo lo que está vivo y te es ajeno. Porque te dejaron allí y no parece que puedas salir. Y mirar ese mundo que pasa, pero que no dejan que te pase.

Venus

Venus no sería Venus si no le faltaran los brazos, si no tuviera esas cicatrices horribles que le cruzan todo el cuerpo, si no hubiera sufrido el corte de su pie izquierdo, si su nariz no se viera ostensiblemente torcida en la punta, si su labio inferior no estuviese arrancado, si su antebrazo derecho no fuera un muñón. Pero es verdad también que Venus no sería Venus si a cada instante, en cada mirada, frente a cada imagen suya no surgiera la tentación de reponer sus brazos, curar sus cicatrices, normalizar su pie izquierdo, corregir la punta de su nariz y restituir su labio inferior. ¿Qué, quién, cómo es Venus, entonces? ¿Una mirada que se detiene en la belleza de lo fragmentario o la necesidad soberbia de proceder a su completamiento? ¿Es ese sabor finito de lo humano o la vana pretensión de un saber infinito? Venus es, fue y será considerada una de las figuras femeninas más bellas del mundo. Recordemos que cuando el poeta Heinrich Heine la vio, la llamó la “Notre Dame de la belleza”. Pero, ¿una belleza porque no se perciben las ausencias de su cuerpo? ¿Una belleza porque, con la mirada, todo se recubre de una más que obstinada presencia? Un juego, en apariencia ingenuo, pero que se transforma, rápidamente, en una trágica secuencia de claros y oscuros, de la luminosidad y lo sombrío, de lo divino y lo humano, de lo ideal y lo grotesco, de la transparencia y la opacidad.

Verdad

Cuando somos niños, dibujamos la soledad del sol y de las flores, de las casas y de las nubes. Y es cierto: la distancia con el mundo crea la sensación de que algo podría existir para siempre. Pero, con el paso de los años, ocurre con las formas lo mismo que con los sonidos: se las esquiva, se rehúye la similitud, se diseñan monstruos porque es en ellos en lo que nos transformamos. Obedecemos a la realidad de manera servil y cuanto más difusas se tornan nuestras percepciones, somos menos capaces de mostrar la desavenencia entre lo que nos pasa y su posible relato. Como si comenzáramos la vida en igualdad de condiciones y luego, cuando la espalda ya pesa, cuando los ojos se cansan, el poco tiempo nos hace dibujar sin gracia. Cuando somos niños nos obligan a dibujar la soledad y a explicarla, nos fuerzan una respuesta verdadera. Pero, ¿cuál era, cuál es, cuál será esa verdad? Que, si de verdad alguien exige la verdad, no es culpa nuestra que no la comprenda.

Verdadero

La otra verdad es el título para un punto de partida esencial, pero también tembloroso, incierto: ¿habría, acaso, “otra verdad” en La otra verdad, el diario escrito por Alda Merini? Y, de haberla, ¿cuál sería esa que no es la una o la otra, esa Verdad a la que habría que envolver en tinieblas, ensombrecer, y acaso multiplicar su sentido? Se trataría, pues, de otra verdad, sí, pero pequeña, sin ánimo de ley; una como un resoplido, como esas raras palabras y esos extraños silencios sigilosos que solo pueden ser expresados bajo condiciones de inhumanidad. Porque no se trata de la otra verdad, así, en singular, sino de distintas verdades: verdades sobre el cuerpo, sobre al amor, sobre lo siniestro, sobre el límite, la pasión, los experimentos de la institucionalización, el desasosiego, el abandono, la poesía. La otra verdad es un libro que indica la existencia de otros mundos y de otras vidas, verdades cuya razón de ser es justamente la de erosionar la idea de una única verdad, la verdad absoluta, la verdad naturalizada, la verdad omnipotente, la verdad violenta, la violencia de la verdad.

Verosímil

La verdad es la siguiente: no hay verdad. Sin embargo, es cierto que a veces estamos cerca, damos rodeos, llegamos casi a tocarla. Pero quema, y mucho. No es el sol que ilumina, es el fuego que abrasa. No es posible saber si acabaremos abrigados, chamuscados o hechos cenizas. En todo caso, allí quedará la verdad: cálida, pequeñita y herida, esparcida por la tierra.

Verticalidad

Se podría preguntar qué necesidad hay de escribir hacia abajo, verticalmente, con tantos espacios en blanco, con tan pocos vocablos, con esas palabras sustantivas, volviendo y revolviendo la sensibilidad original, la de las primeras cosas. Alguien podría cuestionar para qué sostener esa voz temblorosa que no hace más que asumir los variados rostros del viento: la brisa, el silbido, el vuelo, la bruma, la niebla, el aire en los ojos. Alguien podría argumentar, todavía, si es posible revolucionar la vida, los cuerpos e incluso el lenguaje con la mirada limpia –oscuramente limpia– de la escritura. Escribir, quizá, como si se tratara del fin del mundo, como si ya no hubiera tiempo ni palabras; escribir, quizá, como si ya no tuviéramos tiempo y la mudez reclamase de nuevo sus sonidos. El poema no es un saber luminoso sino un sabor extraño, casi ácido: ¿a qué saben la ignominia, el desamor, la niña que se pierde en el anochecer del parque, los frutos aplastados sobre el suelo, el retraso de una estrella, el hueso astillado, la incapacidad del pensamiento? Es tanta la existencia –y son tan pocas las palabras– que un poema debería descubrirse en el universo de sonidos que parecen familiares y absolutamente excéntricos: nos hablan a nosotros –claramente, sordamente, sabiamente– como si nos reconocieran en medio de una multitud. Nos hacen individuo, singularidad, pero también nos expulsan de la parsimonia, nos empujan y envuelven como un movimiento marítimo cuyo centro de gravedad fuera la tormenta interior: un tormento contra la falaz serenidad en un mundo indispuesto. Por suerte todavía hay quien escribe hacia abajo, para nadie y para todos, con un ritmo distinto al de la prisa, con un tono diferente al del grito y de la ofensa, como si la poesía fuese siempre poesía, como si temblara o respirara simplemente, haciéndonos creer, aunque más no sea por unos segundos y aunque no sea para nada cierto, que nadie está solo en este mundo todo el tiempo.

Viajar

De viajes y de lecturas, que es casi lo mismo. Viajar es sentir, sí; sentirlo todo excesivamente (Pessoa); viajar para no llegar posiblemente nunca (Magris); viajar con la amabilidad de quien atraviesa dos o tres veces un territorio que es pisado y que también es huella (Handke); viajar como pasear: la caminata distraídamente atenta de poeta (Walser); viajar como una ruta trágica y obligada que nadie ha deseado ni trazado (Tsvietáieva); viajar sin atrapar al mundo en la telaraña de grados de longitud y latitud (Nooteboom); viajar en línea recta y tener al sol y a la luna de uno y otro lado (Herzog); viajar y no saber dónde dejar exactamente las garras (Szymborska); viajar sin otra compañía que las propias sombras (Nietzsche); viajar para abandonar la ciudad y precipitarse hacia el puerto deseado (Ajmátova). En fin: viajar como mirar al cielo donde un sueño espera ser soñado (Maillard).

Vida

Nos hemos acostumbrado demasiado a la vida hacia delante: un niño crece, deja de ser niño, trabaja día y noche, muere; una niña se hace mujer, viaja, escribe sus memorias, desfallece en el intento, muere. Una respiración curiosa nos impulsa a los sueños después, a las ideas después, al descanso después; pero después no queda margen, no hay tiempo, la vida se aplana y estrecha en sus extremos. La vida hacia delante es una quimera cuyo sentido demora en comprenderse y, al hacerlo, en ese extraño instante en que nos damos cuenta de que no era hacia adelante sino hacia los lados, el sinsentido nos viste con ropas ya mojadas y luctuosas. Pero hay vidas cuya gravedad no se encuentra en lo que se despliega hacia delante, sino en todo aquello que se contiene hacia atrás, lo que estuvo y está a punto de decirse y aún no se ha pronunciado. Vidas que se someten a la ilógica de un doble vértigo: el de la pasión desordenada –el deseo rugoso, la terquedad de la belleza– y el de las palabras que no se dicen, que no suceden, guardadas en sigilosos cofres, siempre estrechos, incapaces de contener la explosión inminente de una lengua que vocifera y calla al mismo tiempo. La existencia como confesión casi secreta: algo se expondrá, pero luego, más tarde; algo fundamental, algo que después –quizá fuera de tiempo y fuera del cuerpo– cambia todo el argumento de la obra; algo que no puede decirse en el momento porque nunca hay un momento oportuno; algo que no puede imitar al deseo ni seguir como torpe traducción a la intensidad de lo vivido. Algo que requiere esperar, porque a veces es en la espera –y no en la voz– donde reside la única palabra.

Violencia

Se escuchan argumentaciones horrorizadas y circunspectas acerca de la violencia –la de los otros, nunca la propia–. La moral al uso se sorprende de los fuegos ardientes que encienden unos cuantos, pero no de las hogueras permanentes que avivan unos pocos y ahogan a la mayoría. Se habla de las llamas pero no del humo, del fósforo pequeño pero no de las antorchas gigantescas de un sistema ya teñido de perversión. La hipocresía es la violencia. Y no se puede medir la reacción de la gente del mismo modo que la mantención del statu quo de unos poquísimos personajes, siempre elegantes, siempre intactos, siempre sonrientes. ¿Justificación de la violencia? No. Conciencia de su orígenes, sí. De que irrita a cada paso, cada mañana, con cada ajuste de la economía y de los espíritus. Es fácil culpar y azotar a un niño porque ha roto un juguete de plástico. Pero los pueblos no son mujeres ni niños tontos. La vida que arde no se consuela con un juguete falso, con migajas de pan o con una broma hiriente. Violencia es una lengua que no acaba de soltarse. ¿Quién no tiene voz? ¿Quién no grita? ¿Acaso habría que dar silencio en lugar de cantidades ingentes de proposiciones desgastadas, pisoteadas, nulas? No existe ese privilegio, pero sí existe el don, la donación. Sin embargo, siempre se ha dicho que hay que dar voz a quienes no la tienen. Esto no es cierto, o no completamente: todos tienen voz. La cuestión es ir a los lugares en donde la gente ya habla. La cuestión es escucharla.

Virtud

No lo sé, no lo había pensado antes, me gusta esa palabra. Gustar de paladear, de saborear, de no morderme los labios, de hacerla permanecer en la punta de la lengua; el desfile de sus sonidos, el modo que tiene de llamar la atención a los distraídos. Y cómo, al escucharse, parece que se aplacara la furia de los soberbios, de tal modo que más que una palabra fuese en verdad la duración de un soplido que trastoca los rostros corroídos por la venganza o la desazón, sobre todo cuando, en el filo de la tarde, el sol se desvanece, va quitándose del rabillo y se hace inevitable que todos intenten aplacar su dolor con un par de lágrimas, no más, mientras la noche no solo oscurece lo que vendrá –el aire espeso de la incertidumbre–, sino que enceguece a los niños que se despiden del tiempo que les es propio por ser tales y guardan sus muñecos en cajas clandestinas bajo la cama desordenada del día anterior, cuando sueños y pesadillas trabaron la batalla por evitar crecer a toda costa, sin remedio, como si unos pocos sonidos pudieran solucionar la torpeza de la vida que insiste en asustarnos con olvidos, falsedades y patrañas; como si consiguieran arrancarnos de las fauces de la envidia y la desdicha y acabar con la trampa que reina en las calles malolientes y desperdiga el odio más artero, que hace que los desencuentros primen sobre la poquísima verdad, esa palabra, entonces, cómo decirla ahora, cómo es que se hace para hacerla, para no salirse, para estar, cómo ama, cómo arde esa palabra, cómo nombrarla sin que te nombre, no lo sé, cómo es que se la puede pronunciar sin temblar.

Virus

El tiempo se posterga a sí mismo, pero no hay después. Todo está en este ahora, en este ahora, en este ahora. Las fronteras conocidas se han confundido y deteriorado, y nadie es capaz de afirmar con precisión cómo se percibe a sí mismo. Escucho decir: me siento mal y no tengo nada; el hombre de la esquina se siente bien y muere dos días más tarde; hay una mujer que dice que prefiere no sentirse. Estamos navegando en un tiempo absurdo dentro de un espacio misérrimo. Incluso el sol se despereza con dolor y la luna no da señales de vida. Tengo a mi lado seis libros que quiero leer, una taza de té todavía tibia, tres anteojos de diferentes graduaciones y una lámpara encendida que no consigo apagar. No sé si sentirme a gusto con la atmósfera que creé o en la que fui creado; en otros tiempos, hasta hubiera experimentado una cierta alegría. Pero ahora no hago ningún gesto para abrir los libros, dejo el té a medio tomar, prefiero tener la vista desnuda y acabo de poner la lámpara debajo del escritorio para que no encandile más. Ya pasaron cinco horas desde que comencé a notar que hay sonidos que desconocía y que se expresan con descaro, a su gusto: la agonía de una cañería corroída por el óxido, quizá el paso ligero de algunas ratas, la sirena insistente de una ambulancia, el golpeteo por momentos estruendoso y por momentos detenido de mi propio corazón. Ahora mismo quisiera marcharme y no es posible. Cuando era posible, prefería acomodarme en las galanterías solitarias de este mismo espacio, que parecía infinito. Este jueves, dentro de dos días, voy a afeitarme y a abrir una lata de garbanzos.

Vivir

La vida es imprecisa. No hay más que ver que nadie mira, no hay más que oír que nada suena. Sin embargo, lo pequeño resucita y la voz renacida huele a viento blanco, luminoso, sabio. Entre lo dicho y lo ignorado, el silencio tiembla: es de miedo el susurro y de piel la primera palabra. Los escondites se revelan como una tímida verdad que aún espera su lugar. Entonces, la tierra se detendrá, todo amor acontecerá y, enseguida, continuará el mundo.

Voces

Violencia es una lengua que no acaba de soltarse. ¿Quién, acaso, no tiene voz? ¿Quién no grita? ¿Quién no decide sobre su propio silencio? No, no es dar voz: es escucharla allí donde ya estaba hablando.

Volver

Volver como venir. No se retorna: se hace presente una ausencia hasta aquí desconocida. Se extraña lo olvidado. Venir a uno para que alguien, quizá, nos reconozca. El tiempo es el único desperdicio que no regresa. Pero es posible encontrar partículas aún no deshechas, una mirada que descubre sus costados. Volver como escuchar: las vidas ajenas no demoran nada en conmover. Volver como callar: ninguna palabra hace falta.

Voluntad

La voluntad del ser infectada por la ilusión del poseer. Incluso el deseo de creer confundido por la urgencia del tener. Podría ser todo bien distinto: ni ser, ni tener, ni poseer. Estar siendo, hasta que la vida nos reúna o nos separe.

Voz

Encontrar la propia voz: descubrir el propio paso, el propio peso y la propia liviandad, la breve y fugaz medida de los átomos, las circunferencias y las páginas escritas o todavía blancas. Quitarse de uno, de lo que ya se es, de lo que ya se sabe: lo idéntico a sí mismo no provoca sino hartazgo. Irse al mundo: a las tumbas de los poetas, a los cielos próximos, al pasado menos reciente, a la duración de lo frágil, a los gestos que todavía están inmóviles. La voz como una retirada: irse lejos de casa, lejos de todo punto de partida. La voz como respiración: nada se dice en el ahogo. La voz como la huida de la apatía, la tiranía, el vozarrón. La propia voz como el regreso a ese sitio nuestro donde nunca antes estuvimos.

U
LETRA

Últimos

Unanimidad

Único

Unidad

Uno

Urgencia

Últimos

Ingeborg Bachmann escribió Últimos poemas (1999), un libro que trata, en efecto, de sus últimos poemas; de una renuncia explícita a la escritura, una declaración de guerra contra el lenguaje fútil y banal, el precipicio de la escritura en medio de la escritura; el hartazgo y la apertura infinita y desconsoladora hacia la alteridad: “(Que sea. Que sean los otros)/ Mi parte, que se pierda”. Existe una larga tradición de escritores que, en cierto momento, tomaron la decisión de desertar de la escritura ante la imposibilidad o el hastío de seguir escribiendo. Bachmann asumió hasta las últimas consecuencias un mundo que no era otra cosa que un barullo constante, desatinado, tortuoso. Tuvo la certeza de que la poesía había caído en su propia trampa: una hechura, un artificio, una voluntad falsa en la no menos falsa tarea de pretender esclarecer el mundo: “Pero usted ha de comprender que uno de repente puede estar totalmente en contra de cualquier metáfora, de cualquier sonido, cualquier obligación de juntar palabras”. No se trata de un simple abandono o de un caprichoso y repentino recelo. Tampoco de una huida. Hay algo más, muchísimo más, que muestra con honda complejidad esa relación singular del escritor con la lengua: “Sospecha de las palabras, de la lengua, me he dicho muchas veces, ahonda esta sospecha –para que un día, quizás, pueda originarse algo nuevo– o que no se origine nada más”. Entre el querer saber qué nos dicen las palabras y la desconfianza permanente hacia la lengua, en ese amplísimo espacio que se abre casi sin quererlo, tal vez se encuentre el claroscuro del lenguaje, de la escritura y de la lectura. Porque, de algún modo, narrar, escribir y leer tienen un movimiento que es a la vez de intencionalidad y de imposibilidad. Ese es su vaivén, su danza, tan vital como macabra. No dejarse tentar por el centro, por la centralidad del uno; no quedarse en sí mismo, huir de lo ya conocido y de esas formas de expresión que se dominan a voluntad, aunque duela quitarse, no poder salir, estar encerrados en el pequeño círculo de lo que ya se sabe. El lenguaje, como la tirantez del alma, como un péndulo cuyos extremos no llegan a tocar ningún punto fijo, ninguna medida reconocible de antemano.

Unanimidad

En las sociedades contemporáneas, puesto que las vidas se piensan solo en términos de inclusión/exclusión, las múltiples y complejas inserciones de cada sujeto y cada comunidad en el mapa social determinan que puedan y sean incluidos por algunas de sus condiciones y, al mismo tiempo, excluidos por otras. Para decirlo de un modo más literal: nadie parece estar completamente incluido, nadie parece estar del todo excluido. Visto de este modo, ¿tiene algún sentido hablar de exclusión y de inclusión cuando los sujetos –políticos, sociales, lingüísticos, sexuales– se hallan sometidos al mismo principio de unanimidad en el que todos están, al mismo tiempo, afuera y adentro de un sistema? Sí, lo tiene, pero en los mismos términos de conveniencia y funcionamiento del propio sistema, es decir, en la estructura que se consolida a partir de las oposiciones binarias y que hace que individuos y comunidades antes excluidos por un sistema sean ahora incluidos por él. ¿Acaso todo lo humano está aprisionado en una relación de exclusión/inclusión? ¿Es toda voz, todo cuerpo, cada gesto, cada mirada, todo espacio y todo tiempo “exclusión y/o inclusión”? Este binomio, ¿no constituye una forma estrecha e incluso perversa de mirar, pensar y actuar en el mundo y, además, un modo de esconder y oscurecer lo híbrido, lo inclasificable, lo indeterminable, lo ambiguo, lo ambivalente, la multiplicidad no jerárquica y fuera de todo ordenamiento? Y, sobre todo, ¿no es esta relación una forma de acabar justamente con la relación? Es decir, ¿no finalizarán así las contradicciones en las que la exclusión se diluye en la inclusión y la inclusión se ofrece como un Paraíso, aunque se mantenga intacta la expulsión y se sostenga la invención de la exterioridad como maleficio? Foucault analizó en detalle la genealogía de los procesos de exclusión e inclusión de los individuos en la Edad Media, a partir de las medidas tomadas en relación a los leprosos y a los enfermos de peste. Los primeros asumían la figura de la exclusión, del alejamiento, del desconocimiento, y hacia ellos iba dirigido un poder punitivo, negativo, de marginación. Los enfermos de peste, por el contrario, constituían la metáfora de la inclusión; sobre ellos se ejercía el poder del conocimiento, del examen, del cuidado. Para Foucault, la inclusión resulta ser una figura sustitutiva de la exclusión, aun cuando esta permanezca activa y activada en una sociedad determinada. Dicho en otras palabras: la inclusión no es lo contrario de la exclusión, sino un mecanismo de poder disciplinar que la reemplaza, que ocupa su espacialidad, siendo ambas figuras igualmente mecanismos de control. Dado el desorden de la exclusión, por el desconocimiento, por la lejanía de los excluidos, por la falta de control sobre ellos, la inclusión podría ser entendida como una estrategia de ordenamiento, de aproximación y reconocimiento para que se establezca algún saber, por más pequeño que sea, acerca de ese otro.

Único

Como bien señala Roudinesco, se trata de “resistir a la tiranía del Uno, del logos, de la metafísica (occidental) en la misma lengua en que se enuncia, con la ayuda del mismo material que se desplaza”. ¿Qué significa “resistir a la tiranía del Uno, del logos”? Supone deshacer y deshacerse de la metafísica de la presencia, la lógica del principio de identidad, la identidad del ser o no-ser; supone deshacer aquella metafísica poblada de binarismos, de oposiciones duales; supone, también, comprender cómo funciona la afirmación del primer término de la oposición y cómo opera la negación al segundo término, ese “no”, esa negación que se atribuye a aquello que no es el término jerarquizado, donde el otro y lo otro no son más que un yo espectral; supone, incluso, deshacer esa lógica de la identidad hasta rehacerla en otra metafísica bien distinta, ya no de la presencia, sino más bien de la diferencia.

Unidad

La diferencia o su pensamiento: existe el interés, la voluntad o el desparpajo de hacer presentes otras presencias en nuestro presente, de hacerlas presentes evitando al máximo ser uno mismo el punto de partida, la duración del conocimiento y la llegada a un puerto calmo. Pero, por lo general, sobreviene el fácil y débil gesto de la representación, y la diferencia queda atrapada en un juego de identidades que, como magro resultado, destila negatividad por todos sus poros. No hay asomo de algo que pudiera ser plural de otra cosa, sino la propiedad única de la primera persona del singular que se arroga el saber, el poder y su enunciado. El parentesco entre lo uno y lo único es evidente: dar por supuesto que el propio mundo de uno es el único modo de la realidad del mundo; dar por entendido que la propia vida de uno es la única forma de hacer la vida. Así, la diferencia queda apresada por la falsa noción de la semejanza, de la convergencia y de la armonía, y se hace alusión a ella solo en casos de extrema necesidad, cuando la contención de lo incontenible se vuelve imposible, cuando la excepcionalidad y la multiplicidad son de tal dimensión y tal magnitud que ya no hay modo de contarlas.

Uno

No estamos solos. O, en todo caso, sería más preciso decir que estamos reconcentrados en el uno en demasía y separados de la totalidad. Hay un sinnúmero de conexiones, eso sí, que dan la sensación de estar presentes en el mundo o el mundo en uno y de pertenecer sin dudas a él. Y, sin embargo, el imperativo de ser uno mismo el único constructor o destructor de su presente y su futuro transforma la dimensión del uno –uno, como ser único, singular– en un yo mismo de pura repetición, cuya única opción pareciera estar en el ser primer protagonista o un mero actor de reparto de una obra repetida, y siempre la misma.

Urgencia

La urgencia es tan torpe y de tal magnitud que, en buena medida, la vida se ha puesto rápida y la muerte, lenta. La prisa es una zancadilla que nos hacemos a nosotros mismos. La aceleración del pulso, el ánimo incierto y el corazón abroquelado no son más que los signos de un cuerpo extenuado por tener que mirar siempre hacia adelante, siempre hacia el progreso, siempre con el arco del alma tenso.

T
LETRA

Tamaño

Tardío

Tarea

Técnica

Techo

Telegrama

Temblores

Tempestad

Tesoro

Testimonio

Texto

Tiempo

Tolerancia

Tormenta

Torpeza

Totalidad

Trabajo

Tradición

Traducción

Traducir

Trayectoria

Travesía

Tren

Tristezas

Tumbas

Tumbos

Tamaño

Georg Lichtenberg atravesaba los metros que separaban su casa de la Universidad de Gotinga sintiendo sobre sus espaldas –allí donde su joroba parecía crecer día a día– la mirada sucia, impiadosa, de los habitantes de Ober-Ramstadt. Entonces, apuraba el paso –un paso corto, diminuto– hasta sentirse a salvo en las aulas de Física y Matemáticas, entre sus estudiantes, que lo admiraban incondicionalmente. En no más de trescientos metros a través de un poblado lleno de supersticiones, palacios de cristales rotos y el deambular de las ratas, Lichtenberg recorría sin desearlo la esfera completa de la mirada humana: la burla, el desprecio, el empequeñecimiento, la sorna, la humillación y la admiración, la pleitesía, la honra, la ingratitud. Era objeto de comentarios jocosos entre los vecinos debido a su apariencia particular y padecía el tormento de ser mal mirado, de ser visto borrosamente, por ojos que, por mal ver, eran asesinos. El matemático escribió en uno de sus tantos cuadernos: “Allí donde el ojo ve borrosamente, ya hay una especie de muerte”. ¿Cuál era su “pecado”, la culpa corporal con la que debía cargar, además de soportar el escarnio de la gente? Era un hombre bajo, sin llegar al enanismo, debido a una rara enfermedad padecida durante su infancia que había atrofiado su desarrollo y determinado que su cuerpo quedara reducido a un metro y medio de estatura. Como secuela, el mal también le había dejado una joroba prominente en la espalada, como una sombra persecutoria, una alteridad indiscreta que lo acechaba por encima de los hombros. Lichtenberg era, al mismo tiempo, de modo indisociable, un hombre enfermo, un brillante matemático y físico, y un escritor deslumbrante. Todo en él podía reducirse a lo mínimo y sustancial: las fórmulas acotadas, sintéticas, de la ciencia; su cuerpo abigarrado y estrecho, y sus aforismos, esa escritura reducida y decisiva como un látigo, como un relámpago. Pero la metáfora de lo pequeño resulta tan obvia como indignante. Tampoco habrá de cometerse el equívoco de la “grandeza”, recurrir a esa imagen igualmente torpe del gran hombre aprisionado en un cuerpo pequeño, su enorme sapiencia dentro de un envase reducido, su inmensa escritura de manos diminutas. En su rostro –frente alta, nariz en punta y labios prietos–, la expresión satisfecha de una soledad voluntariamente elegida, el punto de la esfera donde reside la patria de los gestos, la patria humana. Porque no es el tamaño de un hombre lo que explica su vida ni la joroba lo que la justifica, sino ese semblante que guarda en sí todas las consecuencias de la existencia: sus enfermedades, su amor por la filosofía y los números, su escritura breve e intensa: “Un rostro no se deja analizar en un instante: necesita una consecuencia”.

Tardío

El relato Matar a un niño da a conocer, en el primer párrafo, que un pequeño morirá atropellado por un auto en medio de una ruta desierta de un poblado perdido. Lo sabemos y no podremos hacer nada al respecto, a no ser demorar un poco más la lectura de sus cuatro páginas. La narración es demasiado breve para eso y los personajes que la habitan –la pareja que conduce el coche, los padres del niño, el propio niño– no saben nada de la muerte y hacen sus vidas como si lo que ocurriera fuera solo el suave paseo en coche, la dulce mañana en la que el niño al fin navegará con su madre, el leve desayuno al que le faltan unos terrones de azúcar, una visita al mar, en fin, un paisaje en el que prima una radiante e inmaculada felicidad. En cuatro páginas, el autor, Dagerman, enseña con maestría cómo se conjugan en el azar la habitualidad y la imprevisibilidad de las vidas, al hacer que el automóvil de una pareja feliz avance lentamente, que ellos recorran desprevenidos los paisajes abiertos de los pueblos anteriores a la muerte, que el niño comience a prepararse para cruzar la carretera, y que sus padres planeen en detalle lo que será un domingo de felicidad: “Y es que la vida está construida de manera tan despiadada que, un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, el hombre es todavía feliz”. Bastarán pocos fragmentos más para que esas vidas dichosas –y ajenas unas de otras, en apariencia–, se reúnan en el peor de los encuentros imaginables. Alcanzará con que el coche continúe un poco más su marcha, con que el niño dé unos pocos pasos más y todo estallará en mil pedazos. Y, entonces, la vida de la pareja que ahora pasea estará signada, para siempre, por ese instante posterior. Todo lo que suceda después les resultará demasiado tarde, y ya no podrán pasear jamás por ninguna parte. Pero también la vida de los padres del niño se recubrirá de luto y no habrá ningún mar que los consuele. Y el niño será ese niño solo un poco antes de ser atropellado y ya nunca más. Porque después ya es tarde. Después, siempre, es demasiado tarde.

Tarea

La tarea del educador no consiste solamente en recibir a los nuevos en tanto recién llegados, sino en invitarlos a salir al mundo para explorarlo, conocerlo, amarlo y cambiarlo, a lo largo de un delicado proceso de enseñanza de la fragilidad. Se trata de aprender a vivir con titubeos, hesitaciones, interrupciones, dudas, en una travesía en la que el mundo es ofrecido pero también la vida debe ser cuidada. Cuidar, se sabe, puede significar muchas cosas distintas: en la obra de Lévinas, por ejemplo, emerge como una relación de responsabilidad vulnerable a los aconteceres que ocurren al Otro, que debería poner en juego un amor no banal, una protección no agobiante. Todo cuidado supone, también, un espacio de diferenciación –antes quizá llamado libertad–, según el cual todo destino educativo desea que cada quien pueda ser quien es, teniendo la experiencia pedagógica una relación múltiple con otros seres que también están siendo. Toda violencia contra la alteridad del otro –es decir, toda asimilación– es, por definición, una educación perdida.

Técnica

En lugar de obsesionarse con la propia voz, habría que agudizar la parte más entrañable del lenguaje –acallarse, atender, escuchar– para que ella pueda inclinarse en dirección a la conversación y no al monólogo. Y, al escuchar, al extender la atención, el movimiento de la lengua podría describir el arco entre la proximidad y la lejanía de al menos tres tiempos, en su tensión o distensión, en su instante o duración: la voz, el texto de la vida que era hasta aquí; la voz, el texto de la vida que está siendo; la voz, el texto de la vida que pudiera ser de aquí en adelante. En todo ello no hay ninguna técnica, ningún método ni siquiera alguna particularidad o novedad a explicitar; de algún modo, siempre ha sido así, siempre la voz y el texto deambulan lúcidos o fantasmales entre el pasado, el presente y el devenir. La diferencia está en que ahora el presente no solo es tartamudo, dubitativo, sino sobre todo afónico o excesivamente gutural; allí habita el desconcierto y el pasaje entre los tiempos se hace –si acaso se hiciera– mediante un salto abismal, hacia un vacío atolondrado de palabras o un rellano de silencios.

Techo

El techo se desmorona, poco a poco, pero yo me encuentro en un recoveco en el que los trozos de yeso no pueden caer sobre mi cabeza. Debe ser medianoche; lo supongo porque todavía se escucha el arrastre de los pies del anciano de al lado, la temperatura ha bajado considerablemente y la televisión no ofrece ninguna imagen. Los fragmentos de cielorraso parecen arrancados de cuajo por una mano gigantesca, que en lugar de socorrerme y sacarme de aquí, apresura la demolición. Detrás de ese yeso húmedo y fláccido veo las vigas de hierro oxidadas, enrojecidas de ira. Por encima de ellas aparece el contrapiso de la vecina de arriba, una mezcla de cemento y madera de otra época, quizá de 1917, cuando el arquitecto alemán certificó su obra sobre el dintel del edificio. El ruido es insoportable, porque, debido a la altura desde la que caen, las esquirlas de la frágil construcción se desmoronan con lentitud inicial –casi una cámara lenta de colgajos que van perdiendo su adherencia– y enseguida se desploman como un peso metálico sobre el piso. El suelo comienza a dañarse más y más. Yo miro lo que ocurre con cierta pena y sorpresa, pero no muy grande, como si la destrucción fuera inevitable, el resultado de una larga serie de rupturas parciales, de caídas, de sensaciones abismales. Y, acurrucado en un canto, con cierta tristeza, me prometo a mí mismo que, apenas sea posible, dejaré de soñar con todo este derrumbe de una vez por todas.

Telegrama

Pero, antes que la muerte, está la lluvia. La lluvia –dicen los poetas, los malos y los buenos– es la patria húmeda de la soledad con la que se fabrica buena parte de la escritura. Dentro y fuera. Con el paso venturoso o aquietado. Detrás de una ventana. Su sonido, que repica sobre un pequeño campanario. El mensaje indescifrable. La decidida vocación del secreto. Podría llover siempre en un poema –vertical u horizontal, desmedido o mesurado–, ¿o querría el poema estar en lugar de la lluvia? Tormenta, refucilo, relámpago, destemplanza, cielo plomizo, nubarrones, trueno, garúa, llovizna, aguacero. Imagen obvia, literal, visceral, oblicua. Si algo te habla al oído es porque llueve, fuera y si algo dices es porque llueve, dentro. ¿Te has dado cuenta de que la lluvia no se repite; notaste que el suelo en donde cae la lluvia no se repite, que el desorden que provoca la lluvia nunca es el mismo, que los charcos son siempre diferentes, que demasiada lluvia mata siempre de nuevo y que una lluvia escasa parece un engaño? Lo irremisible de la lluvia también es lo indescifrable del fango, la inundación que se desborda hasta la agonía, el horizonte húmedo, el fuego que no enciende ni encenderá jamás. Muerte-lluvia-espera-poema. Ese telegrama ha sido enviado miles de veces. Y miles de veces no hemos recibido respuesta alguna.

Temblores

¿Estamos acaso solos delante de la escritura, en medio a ella? Uno: el silencio es cierto; dos: por eso, ella escribe; tres: está sola y escribe; cuatro: no, no está sola; cinco: hay alguien allí que tiembla. Cinco temblores, y la vida después. Cinco temblores, y la muerte después. Pero, ¿cómo pronunciar la palabra temblor, si el cuerpo es la prueba misma de su incesante vacilación? El temblor quedó dicho antes que su palabra y su destino será inevitable: cuando era niña sabía que el temblor estaba antes que el lenguaje; cuando sobrevino otra edad, fue imposible esconderlo. Nada mata tanto como el suicidio. Nada mata más que la ausencia del temblor. ¿Morir un 25 de setiembre de 1972, a los treinta y seis años? No, nunca, jamás: hay algo, hay alguien aquí que todavía tiembla.

Tempestad

No se piensa. La infinita tempestad del sentir apenas se detiene un instante por azar, distracción o dolor.

Tesoro

Existe un enorme tesoro en el lenguaje y poder encontrarlo es, en cierto modo, una tarea que nos relaciona no solo con el futuro sino, sobre todo, con el pasado. El pasado está lleno de novedades y, más allá de toda discusión sobre lo nuevo, lo novedoso, lo actual y lo contemporáneo del lenguaje, las preguntas esenciales siguen insistiendo con un temblor siempre pretérito, siempre presente: ¿podremos tomar la palabra, nuestra palabra? ¿Hay algo que decir? ¿Hay algo que escribir? Y, en relación con esa tentación al expresionismo y la productividad de la palabra, ¿hay alguien allí, por dentro de lo que dice, por dentro de lo que escribe? Y, aún más: si la cuestión es apenas un problema de quién y qué es lo que emite, ¿hay alguien del otro lado que escuchará y leerá? ¿Alguien que, simplemente, desee una detención, una pausa, dejar de escucharse a sí mismo y abrir su piel a la exterioridad?

Testimonio

Pero si todos lo vieron, no fui solamente yo, había muchísima gente y nadie se mostró en desacuerdo con que se lo llevaran esposado, arrastrado por el suelo, tomado de los pelos, golpeando sus rodillas y sus codos y su cabeza una y otra vez, qué doloroso, decíamos y qué bien merecido lo tenía, decíamos, pero ninguno se opuso, porque lo habíamos visto con nuestros propios ojos y fue él, sin duda, quien había toqueteado a la niña, una y otra vez, cuando pasaba por la plazoleta, sobre todo al fin de la tarde en que estábamos allí, paseando a nuestros perros, le decía cosas horribles, la amenazaba y la seguía con la mirada lasciva durante varios metros, cómo no iba a ser él cuando la niña le contó a sus padres que la habían manoseado y recordó, espantada, el olor animal que desprendía ese hombre, seguramente con las uñas sucias de escarbar los botes de basura para buscar comida, y luego, claro, se hacía el enajenado, el que no entendía, el que miraba atónito cómo las fuerzas del orden iban directo hacia él y lo atrapaban tirándolo al suelo, golpeándolo sin miramientos, abatiéndolo contra el piso, cómo no iba a ser él cuando los padres de la niña identificaron detrás de esa barba espesa, de un rostro negruzco, de unos ojos intimidatorios, de un pelo revuelto por la suciedad y la intemperie, si además él no quería hablar o murmuraba palabras incomprensibles que no hacían más que comprometerlo, un demente, alienado, miserable, que se pasaba las horas tirado al borde de la tierra, abonado por los excrementos de los perros y los pájaros, haciendo nada, con la ropa rasgada, la piel más oscura que los trapos que vestía, esa pose absurda, desquiciada, que nos ofendía a nosotros, que pasábamos raudos para llegar casi siempre tarde al trabajo, a nosotros que hacemos este país cada día, la nación, en síntesis, y seguía allí, acostado como un verme, un gusano desdentado y viscoso cuando regresábamos exhaustos, mientras él todo el día nada de nada, para colmo por la noche venía esa patrulla de Asistencia Social y lo llevaba a un refugio y le daba de comer y se dormía plácido, claro, mantenido con el pago de nuestros impuestos, sosteniendo esa ridícula farsa de la caridad, esa horrible tentación de la politiquería, por qué mejor no lo obligaban a trabajar, que barriera la calle, que recogiera la basura, que limpiase las aceras, que se bañase y tuviera algo digno que hacer, y con nuestro dinero, no, el maldito se la pasaba echado delante de nosotros todo el día, diciendo cosas sin sentido, qué violento era, cómo gritaba, cómo miraba a las mujeres con esa sonrisa abusadora, qué vida la de este vagabundo, para qué tenía que mostrar la úlcera de sus piernas, la piel despellejada, cómo nos irritaba con su desnudez impúdica, cómo nadie hacía nada, y por qué me lo pregunta, por qué me mira de esa forma, si todos lo supimos siempre, que ese maldito algún día nos robaría o violaría a alguna mujer inocente, qué tiene que ver que se haya sabido después que el de la agresión a la niña había sido otro hombre, ese con buena ropa, prudente y silencioso, tal vez la niña lo sedujo, nunca se sabe, así vestida qué quiere, con la falda corta, sí, trece años son pocos, pero vio cómo son las niñas ahora, tan precoces y tan procaces, quizá él se sintió hechizado por esa bruja pequeña, ese hombre bien entrazado y recién afeitado que veíamos pasar todas las mañanas y todas las noches por ese sitio infectado por el olor nauseabundo de aquel miserable que no había hecho nada de nada, y eso qué tiene que ver.

Texto

No se puede comenzar un texto con un “no se puede”. Ninguna cosa viva puede ser nombrada como “ninguna”. Nadie podrá decir de otros que son “nadie”. De haberla, solo existe una regla: el mundo es una afirmación de todas las excepciones y todo puede iniciar en cualquier “cualquiera”.

Tiempo

Las nubes se desplazan de derecha a izquierda y puedo seguir su recorrido en el espacio liberado de edificios contiguos al mío. Antes, nunca lo había hecho. Salía temprano, regresaba tarde, me ausentaba por varios días. No sabía que había aquí un cielo a disposición de mi mirada. Creía que debía abandonar la ciudad y buscar la llanura para poder divisar el cambio de tonalidades y de espesuras. También puedo apreciar ahora las diferencias de los sonidos de las mañanas, las tardes y las noches; asisto en detalle a la evolución de las plantas y aprendí a cocinar un plato nuevo. Además, hay momentos en que me sorprendo quitando y poniendo libros que ya ocupaban esos mismos lugares en la biblioteca. Durante un atardecer, prendí y apagué la lámpara ciento setenta y tres veces. Me despierto cuando debería acostarme y me acuesto con la luz del día. Se me rompieron dos copas de cristal, una de ellas me dejó una marca en la palma de la mano que parece un dragón o una constelación. Cuento los pasos entre el baño y mi cuarto, entre el cuarto y la sala, entre la sala y la puerta de salida. Me escucho hablar: generalmente me dirijo a personas que ya no están, para que sepan lo que está pasando. He descubierto dentro de mi casa una inmensa cantidad de objetos inservibles e inútiles que me fascinan y reniego de todo aquello cuya función sea demasiado precisa. Leo y releo la misma novela decenas de veces y no recuerdo nada. Enciendo la televisión solo para ver documentales de animales salvajes, de bosques tropicales y de playas remotas. Cuando pongo un pie en la calle me asusto del vacío, de la lejanía y de la ausencia de los niños. El teléfono no suena: soy huérfano. Tres veces por semana pido que me traigan comida para poder hablar con alguien. Cinco veces hago ejercicios pero cuatro de ellas, apenas comienzo, desisto de continuar. Seis días –los domingos, no– me propongo lavar algo de ropa pero solo lo cumplo dos. A diario escribo algo: aunque más no sea un pequeño fragmento que hable de las nubes que se desplazan, del crecimiento de las plantas, de las huellas que dejan los vidrios astillados sobre la piel, de aquella vez en que mi padre me puso en penitencia, de una colección de cajitas de fósforos que había olvidado. Y de cómo la escritura me quita de las obsesiones confinadas para ofrecerme otras obsesiones liberadas que, afortunadamente, no parecen ser las mismas que las mías.

Tolerancia

Aunque la idea de tolerancia parezca resonar en la actualidad, recordemos que a partir de los textos de Bayle y Locke, en el siglo XVII, y de Voltaire, en el XVIII, la tolerancia se revistió de virtud religiosa, de estoicismo moral y de probidad cívica. Ya no se trataba –ni se trata ahora– de una existencia común, sin duda conflictiva, sino de una pregunta por los derechos y las obligaciones, en un repertorio reglado y medroso que tiende a evitar toda crisis, toda perturbación. Si la esencia de la vida moderna consiste en aniquilar cualquier ambigüedad, entonces la tolerancia es una máscara que se otorgan los vencedores del control social e individual. Bauman lo afirma con severidad: la tolerancia consiste en decirle al otro “Tú eres detestable, pero yo, siendo generoso, voy a permitir que continúes viviendo”. Continuar viviendo… ¿cómo? Hoy la gente sigue muriendo de hambre, enfermedad, guerra y tristeza. Frente a una embarcación de africanos que nunca llega a destino, ¿quién, sino el indiferente, pronunciará esa palabra? Frente al olvido, la desaparición, la tontería, la desidia, el lenguaje vacío, ¿cómo no ser impacientes? La tolerancia puede ser una cruel invitación a la parsimonia y a la pérdida de sensibilidad, además de toda una definición acerca del límite con el que encuadrar a los demás: ¿quién es el otro a tolerar? Además, ¿cómo no escandalizarse con la muerte, nuestra muerte? ¿Cómo no sobresaltarse frente al sufrimiento, nuestro sufrimiento? No hay modo de conciliarse a través de la tolerancia. Ella parece apenas un compás de espera frente a la tragedia inminente, porque no supone aceptar el valor del otro, sino que afirma su inferioridad, su pequeñez. Y aunque suene un poco intolerante, cabe preguntarse si la tolerancia no estará proponiéndonos una estética brutal de la indiferencia.

Tormenta

La tormenta no es culpable de la muerte enardecida; eso sería como pedir a los niños que demuestren qué es la infancia. O al pájaro que explique una y otra vez por qué el campanario sí o por qué el cielorraso no. O que la aparición de lo extraño se verifique en estricto orden. O que la piel resuelva sin temblores el enigma del amor. Pensar es mirar ese suelo donde otro quiso detenerse. Hablar es confesarnos ignorancias. Conocer es una herida de la razón que aún no comienza a relamerse a sí misma.

Torpeza

Tengo la sensación de que, si no leyera –si no percibiese tantos mundos, tanta tierra, tantos rostros, tantas vidas–, hablaría, lloraría, amaría, pensaría y reiría de otro modo. Ya no me es posible averiguar si ese otro modo puede ser, quizá, mejor o peor que este, el que creo que es mío. Tampoco deseo saberlo. Después de todo, he habitado tantos mundos, tantas tierras, alrededor de tantos rostros, en medio de tantas lenguas y tantos libros, que mi único deseo es no es transformarme ni ser de otro modo, sino más bien seguir leyendo. Leer esos mundos en apariencia distantes; rostros que desconozco y que me hablan sin quererlo; vidas que no soy capaz de vivir. Y es que leer no es para cambiar uno, sino para quitarnos de la vida convencional y advertir cómo la alteridad, lo desconocido, las vidas ajenas, envuelven y revuelven nuestra torpe vida individual.

Totalidad

Todo aquello que fue velado en vida, sustraído de la vista y oculto bajo el espanto del silencio y la desmemoria. Todo aquello que fue arrancado de la boca a punto de ser dicho. Todo aquello que no conoció la voz con la que se pronunciaría incluso su silencio; todo lo que fue palabra despedazada antes de ser nombre o viento o cuerpo. Todo aquello que fue desaparición antes que presencia, desagote antes que río, sílaba apartada brutalmente de otra sílaba, muerte antes que vida. Todo aquello crecerá. Como una larga arboleda que abraza el suelo desde el cielo. Como un cementerio abierto día y noche. Como si la vida fuese, en verdad, verdad.

Trabajo

Le droit à la peresse fue escrito en 1880 por Paul Lafargue; es una refutación del derecho al trabajo, que apareció por primera vez en el semanario Egalité y se reeditó en 1883. En ese texto, el autor ataca con furia la nueva moral capitalista, acusándola de haber renegado de los pensadores franceses y del paganismo, obligando con su prédica a los obreros a abstenerse de todo deseo de cuerpo y espíritu, esa moral capitalista que supone “condenarle al papel de máquina que realiza un trabajo sin tregua ni piedad”. El manifiesto de Lafargue propone un camino para contrarrestar al naciente monstruo capitalista, que consiste en develar la hipocresía de una época que ve en la tierra, en el mundo, un simple y mortuorio valle de lágrimas de los trabajadores, una clase obrera impedida de dar rienda suelta a sus buenas pasiones y sometida a la atroz necesidad de trabajar y trabajar, casi sin pausas ni respiro. Esa concepción le inocula una suerte de novedosa y atormentada locura: el amor al trabajo. El gran triunfo del capitalismo de entonces, su gran éxito demencial, consistió en hacer creer al proletariado que aquello que de verdad deseaba no era la dicha –o el pensamiento, la diversión, las festividades, el trabajar menos, el tiempo libre o la lectura– sino la condena misma al trabajo. El manifiesto de Lafargue fue la expresión agónica de quien comprende que es urgente acceder a otra vida, otro hogar, otra familia –en fin, a otra sociedad– porque aquella por la que han luchado ya está destruida o se encuentra exánime: “De nuestra época se dice que es el siglo del trabajo y es, en efecto, el siglo del dolor, la miseria y la corrupción”. La contestación a la miseria y al confinamiento de los trabajadores a un tiempo forzado de labor se halla en la palabra “pereza”, de la que Lafargue extrae su sentido más formativo y pedagógico. Habría –dice– que revolucionar la propia exigencia del proletariado, instándolo a batallar por el tiempo libre –ni de producción ni de consumo– alejándose de las fórmulas perversas e infrahumanas de la fabricación excesiva y la sujeción a las mercancías. De aquí que la batalla por la liberación del tiempo, la batalla por el tiempo libre, sea una lucha por cierta escuela, quizá por cierto modo de hacer escuela. Tal vez se trata, sobre todo, de matar el tiempo que nos mata, de dejarnos estar –como modo de formación y de resistencia– en cierto régimen de la pereza. Porque si “descansar es salud”, como asevera un viejo proverbio, se entiende mejor –como bien apunta Facundo Giuliano– la frase que solía estar a la entrada de algunos campos de concentración: “El trabajo hace libre”.

Tradición

La vida podría parecerse al mundo si la pensáramos desde una infinita reelaboración de su propio pasado: una suerte de hilo, luego convertido en piedra, más tarde en mármol, después en yeso, en madera, en papel, en tejido. Se trata de cada uno de los fragmentos en los que se encuentran escritas e inscriptas todas las historias legibles e ilegibles de hombres y mujeres, conocidos y desconocidos, que han dejado trazos pequeñísimos, dobleces en el aire, arrugas de la noche o ventiscas del día, para que alguien cualquiera sea quien dice ser, o está siendo, o cree o imagina que es: una línea curva, inconclusa al nacer, frágil al crecer, errática al vivir, destinada a perecer. Y a continuar existiendo.

Traducción

Traducir también puede ser un mecanismo de manipulación de textos de la alteridad, una usurpación de voces que se transforman, primero, en otras parecidas pero no idénticas, para ser asimiladas, luego, a formas conocidas y reconocidas de decir y de nombrar. La traducción como una suerte de eterno retorno a la propia lengua, como si no se pudiera escapar de la gramática del idioma del traductor para leer toda y cualquier extranjeridad de sí mismo. La traducción que niega la pluralidad de las lenguas, su extrañeza, su confusión y dispersión. La traducción que corrige permanentemente al otro, que lo normaliza en la propia y única lengua del traductor, que paraliza toda multiplicidad y que evita cualquier diseminación.

Traducir

Traducía a mano, con lapicera de tinta negra, en un cuaderno escolar, bajo una lámpara silenciosa y cristalina, en las noches de insomnio, con el cuerpo detenido entre las lenguas. Cansado. Incansable. Como si pasar de un idioma a otro no afectara la imperturbable atmósfera del silencio. Traducía, solo para mí, a Cesare Pavese. Conocía algunos de sus textos en castellano desde la adolescencia, así como algunos de sus tormentos, sus desengaños amorosos, el asma atroz, su frágil comunismo y la promesa cumplida del suicidio. Y solía repetir de memoria aquella cita trágica pronunciada en el último instante: “Todo esto da asco. No más palabras. Un gesto. No escribiré más”. Comencé por algunas páginas de Il mestiere di vivere –su diario iniciado en octubre de 1935 y acabado, con su propia vida, en 1950–. Busqué, entonces, aquella repetida frase final: “Tutto questo fa schifo. Non parole. Un gesto. Non scriverò più”. Noté, enseguida, la diferencia de espesor entre “asco” y “schifo”; la diferencia de densidad entre “no más palabras” y “non parole” y la asimetría intraducible de los gestos. Los gestos, en medio de tantas palabras. La gestualidad italiana. Leía y traducía que un gesto no debería ser una venganza sino una renuncia serena, un acto íntimo y rítmico. Traducía mientras aprendía a balbucear la lengua italiana, exhalando un soplo indiscreto dividido en dos desiguales trayectorias: la travesía de Pavese, inexpugnablemente dura, y la mía, tímida, al descubierto, animada, torpe y extenuada. La traducción como un gesto de amor. También de silencio, de recomienzo, de dolor. En fin, El oficio de vivir.

Trayectoria

La claridad no es la transparencia, así como la distancia no es la ausencia. Hace falta la ternura de las arrugas, tres noches distintas bajo la lluvia y la timidez de la ignorancia para que la vida ocurra.

Travesía

La travesía es la diferencia entre el tiempo que pasa y lo que pasa en el tiempo. O, quizá, la múltiple diferencia que existe al interior del tiempo que pasa. Diferencia como intensidad. Tiempo como hondura. Podría decirse que la travesía son esos segundos que no quieren pasar, aun pasando. La percepción los congela, los retiene, los recuerda. El pensamiento dedica sus mejores horas a esos instantes que están pasando. El viaje; no, mejor dicho, el viajar, así, en infinitivo. No es el sitio en particular, es el estar atravesando los segundos de la travesía. No se trata del “yo paseo”, sino del “paseo sin yo”. Porque se atraviesan los segundos y lo que permanece es la paciencia por no desistir de todo lo que la mirada es capaz de atesorar. Como quien mira sobre todo a los costados. O quien balbucea, no porque no pueda decir, sino porque quiere el suspenso ante lo que dirá. O quien busca incesantemente una carta y se detiene en decenas de cartas anteriores. O quien quiere esa fotografía, pero no duda en demorarse siempre en la imagen posiblemente anterior. O quien recorre un bosque siguiendo de cerca las escenas de la infancia. La travesía pierde su destino porque no tiene meta, no es finalidad. La travesía es la duración del durante: la habitan cientos de desvíos anunciados con las palabras “tal vez”, “quizá”, “casi”, “sin embargo”. Y se recuerda remotamente el punto de partida: a veces es la infancia, de donde nunca se sale porque ella está desacompasada con el destino. Otras veces es un modo de pensar que el pasar –el pasaje– desviste, desnuda el pensamiento. Y en ciertas oportunidades es una palabra fijada a los labios que, en la travesía, parece que perteneciera a otra lengua y fuera sonido de otra época, lenguaje ancestral.

Tren

Todo va tan deprisa que no se alcanza a nombrar. Como si las palabras fueran el sonido de una ráfaga que no distingue entre la tarde y su sentido. El pasajero sentado a mi lado habla solo y yo escucho su compañía. Todo se desliza tan rápidamente que apenas hay bosquejos, siluetas, contornos. El túnel tiene miedo de sí mismo. Una montaña transita a través del tiempo y es un paso fugaz de la mirada. El mundo atraviesa en un abrir y cerrar de ojos. La velocidad no es de mi mundo. Retengo con los ojos cerrados cada milímetro que huye. El aire ahora tiene más urgencia que sus pájaros. Tres nubes se diluyen como polvo sobre la tierra. Cada recuerdo que convoco es más verdadero que lo ocurrido.

Tristezas

En una esquina de la habitación, la gata persa gris de veintiún años, seis meses y trece días, está durmiendo. Hace días que yace así pero, en verdad, no duerme: está abandonándose, perdiendo toda posibilidad de seguir siendo testigo de las luces y las sombras. Solía jugar con la brisa que atravesaba una planta maltrecha; una vez escapó por los techos y regresó como si hubiera presenciado la atrocidad del universo, amaneció en el cuello de su dueña y miró un punto fijo todas las mañanas durante dos décadas. Ahora se despide, desatenta, sin sonidos, sin alertas. Justo hoy, que acaban de anunciar la muerte del expresidente y que desfilan atónitos niños, jóvenes y ancianos en un cortejo de amarga cofradía; hoy, cuando se siente la desazón de miles de desconocidos, habrá que buscar un sitio para la eutanasia. Ella está en su jaula azul, no se queja, está inerte. Al fin, la sala lúgubre, el deslizamiento definitivo hacia la muerte. La gata lo sabía y allí, en una sala helada, apoya su cabeza sobre la mano de su dueña para acercarse al último sueño. Donde nació, sucumbe. Porque hoy, cuando la gata muere, la mujer siente que echará de menos la complicidad de su silencio y que perderá definitivamente la posibilidad de recordar un nombre sin tristeza. Y llora, inconsolable, por su gata y también por el expresidente.

Tumbas

Quizás los pensadores y poetas cuyas voces se han apagado, para regresar a este lado de la tierra requieren ciertos gestos inconfundibles de los vivos, pequeñas señas anónimas. Que los citemos, los recitemos, debatamos y nos enojemos con ellos; que nos inspiren; que a veces los acerquemos demasiado y otras les pidamos que se retiren un poco, que no estén tan presentes. Gestos mínimos que hilan la historia de una escritura, no ya como copia servil o travestida de novedad, sino en el revivir permanente de un modo de haberse pensado y escrito otra época, otra tierra. El gesto: dejarlos pasar de un tiempo a otro, no interrumpirlos, no quitarlos del medio, hacer que sigan existiendo. El gesto: una nueva voz compuesta por cientos de voces previas. Y es que los muertos no están muertos. En todo caso, algunos de ellos han sido olvidados, destituidos de presente, arrancados de su propio eco. Tal vez la palabra no sea “muertos”, porque la muerte indica fin, conclusión, evanescencia. Quizá haya que preguntarse por qué algo, alguien, continúa o no. ¿Qué hace que un cuerpo finito se sostenga en el obstinado recuerdo de otros y desmienta cada tanto su desaparición? Lo que no continúa muere dos veces: una en su propio tiempo, en su propio ahogo; otra, en la maniática imbecilidad del olvido. Los muertos están al alcance de la mano y con ellos sostenemos una conversación esencial. Pues, ¿qué mundo existiría sin el mundo? Gracias a esas páginas de voz y letras esparcidas en el cuerpo, es posible imaginar el deseo por venir, la vida por vivir, el sueño por oír. Lo inhumano arrasa con la memoria y, en ese alud de ignorancia y de soberbia impar, desaparecemos nosotros mismos. Quizá toda enseñanza proviene de una infinita duda anterior. Toda luz, tal vez, comienza debajo de la tierra.

Tumbos

Estos tiempos se parecen demasiado a dar tumbos, como si la pérdida de orientación a cada momento no fuese más que una suerte de derrota en la búsqueda de que algo dure, finalmente, unos minutos; que no todo se escurra como arena entre los dedos. Al menos, un sentido –aunque precario, inconcluso, débil– para comprender una mínima porción de por qué se hace lo que se hace –si es que acaso hacemos algo que valga la pena– o bien todo conduce a la parestesia. En medio de la frenética batalla entre el sosiego pueril y el desasosiego extremo, parece haberse perdido el hilo invisible que daba sentido a la intimidad y a la existencia en comunidad –por cierto, un hilo siempre frágil y caótico–: la experiencia no banal del tiempo o, para mejor decir, la experiencia del riesgo y de la diferencia en la travesía del tiempo.

S
LETRA

Sábados

Saber

Sabor

Salto

Salvación

Secreto

Sed

Seducción

Ser

Siglo

Silencio

Silencioso

Singular

Singularidad

Síntomas

Situación

Situacionismo

Soldados

Soledad

Solitario

Solo

Soñar

Subrayar

Subversión

Sueño

Suicidio

Suposición

Sábados

Mi abuela Elena tenía olor a sábados. A sábados, a papas y a estepa. Para pronunciar su idioma nuevo escribía un diario que ocultó hasta su partida. En su escritura cabíamos todos, como transeúntes o barullos de una vida siempre más sola. Conozco parte de mi infancia porque leo que un veintitrés de agosto rompí una enorme maceta con una pelota minúscula, porque un nueve de setiembre conversé toda una tarde con la tortuga Jacinta y porque un cuatro de marzo temblé con mi primera pesadilla. Un mal día, mi madre derramó en mí su muerte –como toda muerte, indeseable, impuntual, descabellada– y cualquier ideal de fortaleza quedó desvanecido, pulverizado. Mi abuelo Gregorio no sobrevivió demasiado. Solo una vez, después de Elena, conversé con él, ya en su silla de ruedas. Era un hombre que parecía no sentir nada, hasta que lo sintió todo de repente. Sus ojos secos se transformaron en glaciares y solo entonces tuvo ojos claros. En el fondo de la casa estaba su taller de sastre: de ahí venía el rumor constante de máquinas, tijeras, bordados y, quizá, una repetida y necesaria borrachera, como si de allí naciera un río helado de costuras, remiendos y trajes desahuciados, sin época. Murieron con diferencia de días, porque todo largo amor así lo requiere. Y yo escribo este recuerdo porque no hay más remedio. Y porque, de otro modo, me moriría de sed al olvidarlo.

Saber

A cada cosa que se replica “ya lo sabía” le cabe un siglo menos. Cuando un hombre impone su saber a lo que ve, escucha o toca, adquiere un poco de razón pero pierde toda percepción. Las cosas que se saben solo pueden guardarse en cajones estrechos y en botellas que permiten ser tapadas. Lo que no sabemos es quizá más interesante: por qué se mueven los ríos, qué colores tendrán las piedras y el porvenir de los secretos que nos mantienen vivos. Saber una flor es ya haberla marchitado.

Sabor

Saborear un texto, quedarse con un gusto amargo en la boca, aquello que permanece en la punta de la lengua, los lectores voraces, los que devoran la lectura, tragarse las palabras, que algo sepa mal, la obvia relación de El Banquete con cierta forma de conversación y sabiduría, el enseñar en tanto poner la mesa: todas son metáforas que ubican el saber en la esfera del sabor. Es bien cierto que un saber debe saber a algo: a la propia vida, a aquellas vidas distantes que se tornan próximas, a las vidas ancestrales, a la potencia de la vida, a la vida por conocer o desconocer, a la vida en otros tiempos y otros lugares, a un mundo que ignoramos. Y es cierto, también, que aproximar las figuras del saber al sabor provoca una necesaria reunión entre conocimiento, percepción y cuerpo, disociada en la actualidad por una absurda pretensión de dominio técnico y provecho o lucro personal que genera, sin más, la separación, la disolución y el probable fin de una cierta forma de explorar el mundo.

Salto

En el afuera, allí donde pareciera pronunciarse lo innombrable, no solo están las otras vidas y los otros mundos que la unicidad, la mismidad y la esencialidad pierden de vista. También reside lo incógnito de lo ignorado, el descanso de toda representación alternativa, la interrupción al pensamiento. Formas de estar siendo que no reclaman ubicuidad o pertenencia, límites y pasajes entre fronteras, aceptación o reconocimiento –o, peor aún, tolerancia–, la consideración del afuera fuera de toda interpretación del adentro, de sus atributos y supuesto virtuosismo: lo otro de todo mundo, que es también el mundo; lo otro de toda vida, que es también la vida. Asevera Deleuze: “En el momento en que alguien da un paso fuera de lo que ya fue pensado, cuando se aventura fuera de lo reconocible y de lo tranquilizador, cuando necesita inventar nuevos conceptos para tierras desconocidas, caen los métodos y las morales”. El paso afuera es un salto, porque no se regresa al sosiego como si nada hubiera pasado: sigue pasando y ya no es factible rehuir el presente. La indiferencia –o incluso la tranquilidad– bien podría ser un subterfugio para recuperar el método de observación y la moralidad del concepto establecido, pero se trataría de un acto más de violencia contra uno mismo y los demás, un acto de violencia esta vez distinto del precedente: el de la complacencia con las propias ideas, el inmovilismo, la complicidad con lo artero.

Salvación

Un ser que se envuelve de sí, que se encierra para desovillarse en libros, y una disyuntiva que no quisiera pronunciarse: la muerte o la escritura, es decir, dirimir si una soledad se emborracha mortalmente a sí misma o si escribir se embriaga de sí, de sus razones y sus sinrazones, de las estaciones que se suceden, del argumento único –pasional, ignorante, irracional– de la escritura. El límite podría ser, por supuesto, la grieta, el abismo, la inmensidad vacía, el terror de estar estrellándose en el fondo de un fondo y allí, casi al ras de la agonía, con el whisky en la sangre, con el veneno en la planta de los pies, con el corazón que se adormece antes y delante del pánico, descubrir que si algo salvará a Marguerite Duras, si algo podrá salvarnos alguna vez, si acaso salvarse fuese una necesidad, pues que ello sea la escritura. Sin embargo, la escritura es la duda que nace de la soledad. No se trata de una duda razonable, perecedera o expuesta a una respuesta sin escritura. Porque algo interrumpe a Duras, algo como una visita inesperada o como el vacío del alcohol de una última botella o la falta de fuerzas para ir hacia delante, hacia el fin de la historia, el abandono de los personajes, el desencuentro con la propia soledad. Es una la soledad de la mañana, la del pulso sostenido, la de las ventanas abiertas para que la luz se centre en el corazón de la página. Y es otra, completamente distinta, la soledad de la noche, el miedo de la cama sola, del sueño solo en una casa sola. Porque escribir es como no hablar, es callarse y aullar. Ocurre que, sin soledad, nada se hace, nada puede hacerse. Escribir es la soledad de un aullido que nadie percibe ahora. Ahora, que la bebida se ha acabado, que el sueño está por perecer, que las páginas guardan cierto orden, que la noche desvela a Duras, como si escribir fuese el grito ahogado, la presión repetida de todas esas palabras que nunca se escribirán.

Secreto

Esto digo: perdamos el tiempo. O, más aún: perdámonos en el tiempo. Pues de todos modos el tiempo pasa y quizá sea mejor no hacer cuentas. Todo lo que se cuenta se pierde o resta, como la división extrema entre lo que hubiéramos hecho sin nunca hacerlo. Y la derrota puede ser todavía más derrota: que alguien muera demasiado pronto y que el tiempo nos desaparezca.

Sed

Una palabra tiene sed de otra palabra y así se hace el lenguaje: un paisaje que parece infinito y, sin embargo, no es sino la obsesión de lo negro sobre lo blanco, del barullo sobre el silencio, la invalidez por decir y la desnudez del callar. Una palabra no dicha guarda el aliento de algo que alguien, tal vez en una noche de encierro, hubiera deseado escuchar.

Seducción

De modo alguno constituye un interés por lo exótico, por lo bizarro. No es la atracción por la espectacularidad, la visibilidad extrema y descarnada, la seducción por lo que acaba siendo o pareciendo monstruoso. Es, más bien, una suerte de inclinación, no tanto a lo desconocido –como si se tratara de un misterio recóndito, insondable– sino a los desconocidos, esos cuya presencia y existencia hace pensar y sentir la vida de otra manera. Esos que revelan así otras pequeñas verdades que no las propias, que parecen estar afuera –pero no a salvo– de toda mediación interpretativa. Importa todo aquello que deshace cualquier imperativo de normalidad, de habitualidad, de convencionalismo, de pura adaptación, de sometimiento, de adherencia a reglas que no existen aunque son, están. Un llamado de atención que proviene de las excepcionalidades, no de las normas; la experiencia singular, incluso padeciente, pero no complaciente; la esfera irregular de lo que escapa a la tiranía de lo fatalmente armónico. Es una atracción por la belleza despareja, por la interrupción o por la irrupción de la alteridad. El desatino de pensar que la realidad es objetivable y, en consecuencia, la emergencia de la indecisión y de la ambigüedad en tanto existencias y experiencias de lo poético. Celebrar la forma austera de la fragilidad y su no conversión en fiereza, en dureza, en sutura; los gestos mínimos por los que la vida presenta algún vestigio de amabilidad. Pero no hay ninguna virtud en todo esto. Es apenas una forma posible, entre otras, de estar en la vida y en el mundo. Sin énfasis, sin subrayados, sin vanagloriarse por nada.

Ser

Alejarse de uno. Lo suficiente como para volverse un sueño sin final, la voz inaudible de un desconocido. Un instante que no es distancia con lo reconocible, sino con su absoluta lejanía. Ser ese tren que se queda sin trazado, sin guardián, sin horario, a la espera de saber si es regreso o partida. Ser ese árbol de quinta fila al que el viento le llega como murmullo. Ser la voluntad de un camino todavía escondido.

Siglo

Los animales se extinguen. Los bosques se secan. Las almas penan. El universo es una esfera perforada por sus enigmas y sus civilizados salvajes. Yo lo vi de verdad, porque lo vi mil seiscientas cincuenta y seis veces: un hombre golpea a otro hombre cojo por puro hábito de desprecio; otro hombre abandona su amor para evitar las cenizas; una niña está siendo descuartizada dos veces; el martillo golpea sobre la cabeza de las focas, el lomo de las ballenas, la subasta de los ricos y la soberbia de los jueces. Nadie nunca escribirá el tratado de lo inhumano con suficiente entereza. Querría echarse a llorar en la tercera página. Se tomaría del cuello a la séptima. Arrojaría todo al desierto, si continuara. Una mujer lo intentó una vez, pero no pudo mantener los ojos abiertos de tanta tristeza. Yo quise abrazarla, pero éramos de siglos diferentes.

Silencio

Después del grito, lo humano quisiera pensar el silencio en lo que tiene de calma, aunque no de parsimonia; sentir al silencio como un aliado de la mirada, pero no del halago ni de la hostilidad; quisiera el silencio como una vigilia contra esos estafadores de palabras que creen doblegar con su hablar toda la fatalidad del universo; quisiera lo humano retirarse en silencio, bajar la voz, apagar todas las luces, no hacer nada que huela a lenguaje; quisiera no ser nombrada por nadie a toda hora, ni nombrar la soledad de ninguno todo el tiempo, en todas partes; quisiera un espacio de soledad, encontrar ese lugar solitario para ensalzar allí la inseguridad de pensar, el silencio tembloroso del pensamiento. No ya lo contrario de la voz, sino la memoria del cuerpo, la pausa de lo dicho y su posible devenir conversación.

Silencioso

Podrían coleccionarse las formas en que, paradójicamente, el silencio es pronunciado: el silencio en la noche, el testigo silencioso, el silencio de los inocentes, el silencio es salud, el silencio sepulcral, el silencio-hospital, el silencio de las bibliotecas, el crimen silencioso, el silencio cómplice, el silencio del bosque, el silencio del claustro, la muerte silenciosa, el silencio creativo, el muro de silencio, el silencio es oro, el silencio interior, el silencio del más allá, los sonidos del silencio, el silencio de los amantes, el silencio de la lectura, como también esa frase atribuida a Shakespeare: “Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”, o aquella cita que se dice corresponde a Beethoven: “Nunca rompas el silencio, si no es para mejorarlo”. El silencio como la falta de sonido, el lugar y el tiempo, donde nada ni nadie parecen querer ni poder decir, decirse. La simpleza de callarse se trasmuta en la complejidad de lo que parece ocultarse: es tan simple el silencio que no hay nada para comprender ni para interpretar. El silencio es como el reverso de la voz o bien como una voz que está pronta a evocar su forma más pura. Pareciera ser que el silencio tiene algo de concluyente, de definitivo, de decisorio, que la palabra ya dicha no tiene. Como si ocupara el espacio de lo innombrable, de lo indefinible e, incluso, de lo ambiguo, lo bizarro y tal vez de lo efímero; de aquello que irremediablemente se escapa, se pierde, se diluye. No hay palabra conocida que pueda con ello y es preciso encontrar ese lugar tan íntimo como remoto para celebrar allí –como bien señala Pascal Quignard– la inseguridad de pensar, el silencio tembloroso del pensamiento.

Singular

Sería mejor no pronunciar en plural todo aquello que solo se piensa o se siente en singular. Que la palabra “nosotros” no se dijera con la lengua afilada del “yo”. La multiplicidad es demasiado cielo y demasiada tierra para la mirada altiva, esquiva, ególatra. El amor, la amistad, la política –en cualquier orden o desorden– no obedecen a la punta de los pies ni a la lisura del espejo. Debería impedirse el plural cuando alguien solo se vanagloria de sí mismo o se aleja a su escondite y desde allí proclama su poquísima verdad. No se dice “te quiero”; quizá sería mejor decir “este amor de siglos”. O se calla uno. Uno se calla cuando el otro está en silencio o cuando dice palabras que no son para uno. Y no se escribe “mi vida”, cuando se trata de otras vidas. Se deletrean con temblores y con olores todas las ausencias y todas las presencias del universo.

Singularidad

Es conmovedor y adviene una profunda gratitud cuando la literatura incorpora con absoluta naturalidad la presencia de personajes que entrañan aquello que habitualmente es nombrado como discapacidad, sin hacerlos avergonzarse de sí mismos. Ni tampoco humillarlos, como si fueran raras excepciones a la norma, desvíos extravagantes, freaks de circo o pura tipificación de una deficiencia, esto es, de ausencia, de falta o de incapacidad. No se trata de juzgar la precisión o no del retrato de esos cuerpos habitualmente considerados anormales, o de cómo la literatura resuelve –si resuelve– todo aquello que no lograron la ética, la política y la justicia: su presencia entre los demás, su posibilidad de estar siendo como cualquiera, el límite al ensañamiento y la evitación de batallas jurídicas, culturales, políticas, lingüísticas y educativas que se tejen y se deshilachan a su alrededor. Aquello que está en juego no es quiénes son o qué son de verdad estos personajes realmente, como si se tratase de una obsesión por unas particularidades esenciales, sino la forma en que hacen cosas para sí y entre otros y cuya excepción resulta disimulada –pero no encubierta– por los avatares comunes de la experiencia humana. ¿Excepcionalidad o singularidad? Un relato no de deformidad o de una pretendida descripción del universo de lo humano en términos de confrontación entre lo regular, lo habitual, y lo que excede o desborda al imperioso orden y la aparente calma. Dicho de otro modo: que lo excepcional/singular surja en la literatura como un modo de alargar la experiencia de lo humano y no de acortarla, bajo la oposición de lo correcto o incorrecto, lo natural y lo bestial. Que la literatura, de vez en cuando, presente batalla a la infección del lenguaje del poder, diluyendo la estrechez de lo humano y haciendo ficción de una vida múltiple, sin los artificios normalizadores de la ciencia, ni los dispositivos violentos y erráticos de la ley. Porque un mundo –un lugar, un tiempo, un lenguaje– apenas dividido, por ejemplo, en términos de normal/anormal, eficiente/deficiente, no solo parece poco interesante y a la vez opresivo, sino también empobrecido, al perpetuar la indigna fijación a una forma de normalidad y de moralidad malolientes.

Síntomas

Una hija abandonada por su madre cuando todavía no puede valerse por sí misma. Un joven violado repetidamente por su padrastro. Una mujer que quisiera ser poeta y recibe las burlas de su entorno. Haber perdido siete embarazos. Tener miedo de unas sombras que llegan sin aviso. Un Dios demasiado próximo. Letras que se mueven solas. Leer un libro y convertirse en uno de sus personajes. Sentirse marioneta de un destino impropio, aborrecible. Llorar sin motivos. Reír sin motivos. Amar hasta el extremo de la apropiación indebida. Arrastrar un carretel de hilo por la calle como si se paseara a un perro. El alarido que se hace presente a la hora equivocada. Unos golpes sobre un cuerpo niño. Pequeñas violencias cotidianas que acaban en una sublevación incontrolable. Escucharse el corazón acelerado. No escucharse el corazón. Salir a hacer las compras o a visitar a una amiga y quedarse en medio de una calle desconocida, incapaz de saber adónde se va, de dónde se viene. Haberlo perdido todo incluso antes de desear poseer nada.

Situación

Una escena es un paisaje que tiende a describirse como una crónica de un espectador no implicado aunque quizá atribulado, sí, pero cómodamente acomodado en su poltrona o desde lo alto, precavido o a resguardo. Desde ese lugar se tiende a hablar de la condición del mundo, de la sociedad, de sus avatares, de sus complejidades, de sus laberintos; los diagnósticos se suceden, se aguzan las conciencias ante problemas tan lamentables como en apariencia irresolubles, el lenguaje informativo y las opiniones especializadas agitan y calman las aguas a la vez. A diferencia de la escena, la situación conlleva pura afección; no hay interioridad a salvo ni un horizonte lejano; todo está aquí a ras del suelo; no hay excepción o todo es excepción; los cuerpos aún respiran y la narración anhela ser una conversación acerca de todo aquello que aún late en la vida. Por el contrario, la descripción de una escena tiende a asimilarse a una toma de posición: aquello que se ve, que se escucha, que se lee, redunda en un discurso de alejamiento rayano en la separación y la indiferencia; la distancia entre el mundo y la vida deviene abstracta y a la vez determinista, como si el mundo fuera el único y gran hacedor de la vida, el que nos hace y deshace y sin que hubiera manera alguna de sustraerse a él y de no parecérsele, aunque fuera a regañadientes.

Situacionismo

El lenguaje de la situación se embebe de una forma de exposición y no de toma de posición: cada vida singular –parafraseando el conocido aforismo de Pessoa– constituye una excepción a una regla que no existe. Si consideramos por un momento que “regla” es mundo y “excepción” es vida, se percibe, entonces, la infinita tensión entre ambos términos, su posible resquebrajamiento y hasta la inversión del asunto en cuestión: son las excepciones, y no las reglas, las que hacen, crean y reinventan el mundo.

Soldados

La pintura Soldado de Tetsuya Ishida data de 1996 y preanuncia –o subraya– el ahogo del individuo en la sociedad contemporánea. Allí está ese otro, sentado, con traje marrón, camisa blanca y corbata a tono, en una actitud paradójica que salta a la vista de inmediato. Por un lado, parece paralizado, incrustado entre cuatro calles edificadas sin poder desencajarse, inmóvil entre paredes de departamentos idénticos. Por otro lado, exhibe –o quiere presentar, parece mostrar– un gesto desafiante y, aun así, tímido. Su pierna izquierda está herida y una mancha de sangre espesa sugiere el costo que se ha de pagar por desear la huida, por albergar la ilusión de quitarse de la asfixia ciudadana. La lesión está envuelta en una gasa deshilachada a punto de soltarse y de dejar expuesta la cicatriz; es una pierna maltrecha a la altura del tobillo, como si se hubiera desgarrado la piel al soltarse de un grillete. Ese otro está agigantado; se lo ve inmenso, desproporcionado y su tamaño transmite la sensación de una fuerza incontenible, de la supremacía del individuo sobre el control de la sociedad, esa dimensión siempre mayúscula de lo humano que pretende desafiar al sistema. Pero es la propia magnitud en que es pensado y dibujado la que le impide todo movimiento, como si tuviera que empequeñecerse, desfigurarse, hacerse otra cosa, desdibujarse, para poder quitarse de allí. En esa supuesta batalla, por el modo en que es asido entre sus manos, el paraguas quizá representa una suerte de arma, como un fusil a punto de dispararse. Lo que no queda claro es si la misma se utilizaría para la defensa o para el ataque, si el otro es un centinela que protege las propiedades en las que está encerrado o si es un guerrillero a punto de iniciar una ráfaga contra las estructuras inconmovibles de una ciudad que podría ser cualquiera. Su pose de indefensión también es ambigua pues, al apreciarla más de cerca, sugiere un atisbo de vigilia o, al menos, de prevención, como si quedara todavía un resto de lucidez frente a la ignominia, una suerte de alerta como gesto final frente a la disolución humana. ¿Soldado? Apostado en el suelo, entre el desafío y la angustia creciente, no da exactamente la impresión de serlo. O, en todo caso, habría que resolver si pertenece a un ejército –y a cuál, si es un mercenario, y pagado por quién– o si se trata más bien del último individuo de una cierta especie, atrincherado dentro de una arquitectura hermética, que expresa una guerra cuyo último fogonazo decidirá a favor de la gente o a favor de las máquinas. La muestra se titula Autorretrato del otro y expresa la batalla de todo y cualquier otro contra su propia deshumanización, contra su mutación o asimilación en máquina, ese gesto desesperado y desesperante de la agonía humana frente a los desconcertantes y brutales mecanismos del capitalismo impiadoso.

Soledad

Escuchar: eso es el mar, también. Escuchar a los otros: el mar revuelto. Escuchar a los otros que, creemos, se nos parecen tanto: la imposibilidad de las aguas calmas. Escuchar, de verdad: la pérdida irremediable de la jactancia. No somos el centro del universo porque nos asiste la duda ancestral de la soledad. Si ya nos sentimos solos en el umbral de una puerta cerrada cuando la noche brama, o delante de una pequeña sombra que no es la nuestra, ¿cómo no sentirnos aún más solitarios al mirar una calle y sin nadie, en una ciudad atravesada por la neblina, en un país que aún está habitado por desaparecidos, en una tierra de humaredas, en un mundo inasible, en un universo casi impronunciable? Todo lo que la soledad calla y clama es el contacto. El leve roce de un desconocido.

Solitario

El secreto de la soledad no desea traducir de afuera hacia adentro ni de adentro hacia afuera, como si se tratara de un lenguaje enmendado en su pasaje por la piel –la piel luminosa que mira en dirección al sol, la piel oscura que se topa con sus vísceras– sino, más bien, contradecir. Esa es su frágil voluntad: hacer que cada afirmación se vuelva torpe, que toda interrogación insista en preguntarse, que los adjetivos no encuentren calma ni reposo; en fin: que las palabras no sean como tibios pasajeros de un viaje de iniciación y, enseguida, desfallecimiento.

Solo

La soledad gira en sentido contrario a las agujas del reloj, en dirección opuesta a la traslación de la Tierra, en el camino inverso de la humillación y en el mismo abismo que la intensidad del amor. No ser nada, no ser nadie, no tener algo que decir o pensar o hacer que trascienda alguna frontera, alguna persona. Esto es, también, la voz de la soledad: la que nos confirma la nulidad del ser, la ausencia de sentido, los paisajes desiertos de símbolos que digan algo a propósito de dónde venimos y hacia dónde vamos. Viene a la mente la imagen de un secreto invertido, la inadvertencia de unas palabras que rozan el cuerpo, de uno en uno, dentro, como un escalofrío que enmudece y habla a la vez, bajo una suerte de descubrimiento sin nada en su interior, un escozor absoluto y vacío, fecundo y yermo. Hay algo, un susurro, un secreto que se calla, se silencia o empalidece, pero no para abandonar la palabra y que permanezca en la retaguardia del cuerpo y de la lengua, sino porque todo secreto es extraño a la palabra, es extranjero a su sonido.

Soñar

Soñarse es traer la vida del otro al deseo del uno, pero dejando su respiración intacta. Por ejemplo: soñar que aquí estás, aunque no sea cierto. Y rozarte, lo que es completamente verdadero.

Subrayar

El trazado de una línea que indica la atracción hacia una palabra, hacia un fragmento, ese lápiz grueso o fino –la huella rigurosa o tenue, imperceptible– que se ve impulsado a marcar y remarcar posibles sentidos, y la desatención de otros rasgos o trazos, hacen del relato de la vida un ejercicio de posturas e imposturas, de reconcentración y contracción, todo aquello que se quiere ocultar o disimular y de lo que se desea dar a ver; en fin, un ejercicio interminable de obediencia y desobediencia en relación con la textualidad personal y colectiva. Se evidencia la tensión con que el pulso ha señalado algo que no puede ni quiere ser olvidado; en otras ocasiones, las marcas son formas endebles, débiles, de apuntar hacia determinados tramos que quizá deberían recordarse más tarde. Hay severidad en lo que se escribe al margen, pero también una complicidad sin complacencia. Y hay palabras escritas sobre la escritura del autor que ya nadie comprende; letras agolpadas, mínimas, arrojadas como respuestas inmediatas, furiosas y espasmódicas, que seguramente alguna vez quisieron ocupar el sitio de autor de un libro ajeno. Fabio Morábito dedica a este tema uno de sus mejores relatos o crónicas, La vanidad de subrayar, que cuenta la historia de un hombre que siempre tiene un lápiz en la mano antes de abrir un libro. En verdad, el personaje aspira a escribir, no a marcar, pero su ilusión es inconducente, estéril. No presta sus volúmenes por miedo a que otro cometa el sacrilegio de subrayárselos. El círculo vicioso queda así expuesto: él no subraya porque se trate de sus libros sino que, al ser suyos, puede hacerlo con absoluta libertad, y solo serán suyos si tienen su propio subrayado: “Subrayaba de manera compulsiva, como un sustituto de la escritura misma. Al subrayar tanto se defendía de los libros, que mantenía a raya con sus rayas”. Un subrayado bien puede ser un gesto de respeto, de dejar intacto al autor, o un gesto mecánico, sí, de dócil persecución a una pista inconducente, o también un modo de alabar la estricta literalidad. Pero, además, puede ser una forma de rebelión: trazar una línea propia sobre un espacio ya escrito, darle al texto consagrado otra densidad y otra magnitud, profanarlo, doblegar su sentido sin acatarlo fielmente, crear el propio juego de luces y sombras, rehacer lo escrito, configurar otro texto, uno que a su vez alguien quizá subrayará y contra el que se rebelará a su modo y a su tiempo.

Subversión

Entre el tiempo lineal y el tiempo bestial, la potencia subversiva del instante.

Sueño

Hasta donde alcanza la vista, la campiña se despliega reflejando la extensión del cielo y se interrumpe a lo lejos por una hilera de álamos que apenas si deja entrever pequeños fragmentos de un horizonte plano. La tierra es fértil, los sembradíos parecen cabelleras de león alisadas por una brisa tenue que esparce simientes en todas las direcciones. Hombres y mujeres pasan el día laborando, viven de lo que siembran y cosechan; por la tarde, se sientan en las galerías de casas austeras y limpísimas, contemplando sin resoplidos la escena nunca idéntica del poniente, mientras las niñas corretean alrededor escondiéndose, buscándose, perdiéndose y reencontrándose. Cuando cae la noche, el cielo se recubre de una miríada de estrellas que parecen tocarse unas con otras como enredadas en la profundidad de los siglos, dándose luz y fuego recíprocamente; la luna, esbelta y callada, ilumina los distintos caminos que conducen al pequeño pueblo, donde algunas familias pasan a saludarse con vestidos nuevos. En una de las casas, situada en la parte más alta de la hondonada, una mujer de mediana edad levanta la vista y sonríe al apreciar la escena sosegada; bebe a sorbos un té de hierbas, observa la pradera y regresa a su cuaderno de notas, en el que esboza palabras sueltas de sonidos tenues, que más tarde serán quizá poemas sobre el amor, o sobre la parsimonia del tiempo, o acerca de la infancia como un recuerdo de amparo y alegría. El hombre la deja a solas, pues sabe que ella comienza ahora su ritual del lenguaje, en el que enhebra despaciosamente ritmos, imágenes y sonidos como si fueran collares de perlas antiguas que hay que cuidar, la prueba sabrosa del idioma en la que todo se reordena hacia la calma y el regocijo. Sus hijas, como rastros de tibiezas fantasmales, corren por la galería sin hacer el mínimo ruido pues también comprenden que la ceremonia de las palabras y del silencio ha comenzado y que este lapso es de su madre, el momento de la mujer, el instante de la poeta. Lo único que se escucha cuando la noche ocupa el ancho y el largo del tiempo es el trazado de una tinta espesa sobre unos papeles acartonados, trazos severos de palabras suaves, la composición precisa del negro sobre el blanco. Sería bello que todo esto existiera, que este sueño fuese realidad; de hecho lo es, es muy bello, quiero decir. Pero también es mentira, todavía no ocurrió o nunca sucederá. Yo no sueño con campos, con sembradíos, con la calma, ni con hombres atentos, hijas sigilosas y pájaros inmóviles sobre ramas tiesas. Aquí la luna huele mal, nadie juega alrededor y los caminos se interrumpen ante un portón inexpugnable, pero es el sueño que deseo. El sueño de la poesía que no es sobre el amor, sobre la parsimonia ni siquiera sobre la infancia. Es el deseo de un cuerpo encerrado que intenta desamarrarse de sus ataduras describiendo un sueño que es acerca de otro sueño que aún no pudo ser soñado.

Suicidio

Aquellos días, la nieve se había vuelto una presencia permanente, un manto impiadoso que recubría los suelos y los techos del poblado. Todavía era posible recorrer deprisa los pasadizos de la vecindad en horas del mediodía; los perfiles de los ventanales se ensanchaban hasta semejar gruesas fortalezas de vitrales claros que reflejaban la única y precisa hora de luz circular en que las personas se aprecian por sus siluetas, más que por sus dimensiones. Incluso los pájaros permanecían guarecidos en las oquedades de los árboles que todavía conservaban zonas verdes, aún no hundidas en el misterio de unos suelos que nadie recordaba qué contenían ni hacia dónde conducían. El lago, a cuyos pies se erguían pequeñas casas de solitarios y sedentarios, ya no estaba hecho de agua sino de la misma tonalidad enceguecedora que la tierra. El anciano lo había comentado sin mayores rodeos pocos días antes: no podría soportar demasiado tiempo más de reclusión, le resultaba imposible continuar la vida de ese modo, confinado, exiliado no por voluntad propia sino por la pereza de unos hijos que se habían marchado en el verano, prometiendo regresar en el invierno. El tiempo era tan inclemente que el viejo notaba la intemperie, incluso bajo sus párpados; la calefacción no era suficiente para esos días en que la noche volvía sin haberse ido del todo. Los pocos libros ya habían sido leídos una y otra vez, la radio emitía noticias de un mundo insoportable y no había nada para hacer, salvo buscar la bebida blanca y tragarla como si fuera la poca sangre que aún restaba. Los días no pasaban: se estancaban, como rituales de la muerte apenas entrecortados por labios que sangraban de frío. La lejana humareda de un fuego encendido cada vez más temprano anunciaba la inminencia de la escasa comida, compuesta siempre por col y patatas. El olor de la tarde era insulso, como cuando nadie se acerca a conversar o como cuando el musgo atrapado entre las piedras se consume bajo el peso indolente de la gravedad de la sombra. Y la noche lo era todo: principio y fin, sin medianías. El anciano pensaba demasiado; ¿qué otra cosa podía hacer si su cuerpo había sido abandonado sobre una silla de ruedas y la superficie que podía recorrer se limitaba a la distante entre la cocina y el cuarto? A esa edad, sus ideas no eran muchas ni variadas, pero la intensidad y la extensión anquilosada de la muerte se repetía, monocorde, como una herida expuesta al ritmo gutural de un viento estrepitoso que atravesaba la aldea a las siete de la tarde, más preciso que un reloj a cuerda. Fue mucho tiempo después, cuando el cielo ya se saturaba de gris y la estación del tiempo se había tornado algo más violácea, cuando notaron que, aunque las huellas no eran nítidas, permitían entrever con claridad una única y larga pisada, sigilosa y recta, a lo largo de siete metros, como un deslizamiento que mostraba, tímidamente, el inefable trayecto de ida sin retorno desde la puerta de la casa del anciano hasta el fondo de un lago, todavía enmascarado por la niebla.

Suposición

A esta hora ya no se escucha el rugido de la ciudad. Es demasiado tarde para sincerarse: lo que no se ha dicho hasta acá ya no podrá decirse y deberá esperar el próximo turno de la sombra. Una casa vacía, herencia de unos abuelos quizás nobles, un largo corredor, una puerta cerrada. Si se abriese, podríamos ver una lámpara rígida apoyada sobre una hoja blanca y un hombre encorvado, como subido a la página. Escribiendo, primero, a mano, la conversación directa, inescrupulosa, entre lo negro y lo blanco. Ningún miedo, nada del vacío, del terror, ese pánico de nadie, nunca. Caligrafía rápida, despierta. Y una detención: la mirada hacia los libros de Mitología. Nombres propios cada cuatro o cinco palabras, la escritura que se hunde entre los siglos. El hombre se volverá ciego, lo sabe, y morirá lejos, también lo sabe. Su soledad, en todo caso, será de lectura, no de escritura. Tiene puesto el traje gris, tan rígido como su cuerpo. Va de Norte a Sur, de Babel al Universo, de la memoria hacia la arena. Pasa la noche y allí están el hombre, su soledad y su vestimenta: como si todo ocurriera, como si nada se arrugara, a no ser el semblante, a no ser la víspera de una nueva velada, a no ser el sueño eterno de un relato universal.

R
LETRA

Radio

Realidad

Rebelde

Rebeldía

Rebelión

Reciprocidad

Recomposición

Reconocimiento

Recordar

Recorrido

Recuerdos

Redes

Regresar

Reír

Relación

Relato

Releer

Rememorar

Repetición

Respirar

Respuestas

Revés

Risa

Rizoma

Rostros

Rotos

Rozar

Radio

Viernes por la noche en Buenos Aires. Subo a un taxi. El conductor de ojos aturdidos escucha fútbol a máximo volumen. Me mira por el espejo y dice: “Perdone, voy a poner algo para usted”. Y sintoniza una estación de música clásica. Le pregunto por qué “para mí”. Y responde: “Es que usted me parece una persona de otra época”.

Realidad

Quizá una de las controversias sobre el qué leer provenga de la ambigüedad que surge entre una literatura de lo cotidiano y aquella que la trasciende, la rehúye o ignora. Por una parte, historias de personajes comunes para lectores corrientes, que no excedan el vínculo con lo posible o deseable; territorios más o menos reconocibles, tiempos imaginables, un lenguaje casi de época y el sobrevuelo permanente de una sensación de parentesco entre quien lee y su lectura, la adivinación o filiación con determinados personajes que resulten actuales, etcétera. Por otro lado, el desapego de este tiempo, la huida, la búsqueda desesperada de que exista “algo más allá” que aquello que está disponible alrededor. ¿Búsqueda de la simplicidad o imposibilidad de renunciar a la complejidad? ¿Apego a la comprensión de lo inmediato o desapego absoluto para permanecer entre los misterios más remotos y enigmáticos? Es como si, de pronto, desaparecieran los personajes mitológicos y ocuparan su lugar los gestos mundanos –y por ello cotidianos–; como si la belleza mudara definitivamente de sitio: ahora ya no está tan arriba, tan lejos; se encuentra en lo próximo, en lo mínimo, en lo más banal y terrenal. Pero, ¿a qué precio?, se pregunta Adam Zagajewski, rebelándose contra la reducción de la realidad, contra la instauración de una franja estrecha para la vida humana y para el arte, donde ya no caben el héroe ni el santo. Él responderá que lo sublime no es un rasgo formal ni puede conceptualizarse retóricamente; más bien, “es una chispa que salta del alma del escritor a la del lector. ¿Han cambiado muchas cosas? ¿Acaso no seguimos esperando con avidez aquella chispa?”.

Rebelde

Fue Imre Kertész quien reelaboró una frase esencial de Rimbaud: “Yo: una ficción de la que a lo sumo somos coautores”. Aquella frase tiene su historia: un día de mayo de 1871, desde Charleville, Rimbaud escribe una carta a George Izambard, su antiguo profesor. Es una misiva hiriente, en la que le anuncia que él, su discípulo, se apartará sin remedio del maestro; que le soltará su mano; que ya no desea escucharlo ni seguirlo, ni mucho menos obedecerlo. El tono de la carta no es solo quejumbroso; hay algo más: el poeta siente que está en el buen camino, pero que el suyo es completamente distinto del de su maestro y, en lugar de formar fila en la buena sociedad, debe comenzar a desarraigarse de todo sendero trazado de antemano. Por entonces, el joven Rimbaud se sostiene en el cinismo, inventando estupideces a cambio de unas pocas copas de vino, y su voz áspera no deja margen para otra cosa más que la acidez de la verdad: acusa a su maestro de entronarse en el “pesebre universitario” y vomita su furia sobre la escritura subjetiva. Allí mismo, en ese mes, en ese año, en ese sitio desde donde escribe, mientras él se confiesa en una permanente huelga, están muriendo centenares de trabajadores. Y Rimbaud escribe. Escribe que para ser poeta deberá uno esforzarse por convertirse en vidente; escribe que su única intención es llegar a lo desconocido, aunque nadie lo comprenda y aunque él no pueda jamás explicarse ni explicarlo; escribe que para tocar lo desconocido es necesario el absoluto desarreglo de los sentidos. Solo y a solas en el desarreglo, Rimbaud escribe aquellas frases que aún resuenan y nos quitan el poco suelo; esas que agujerean el tiempo de la vida, del mundo, de la lectura y de la escritura, y que resisten el paso furibundo del tiempo. Una: que es mentira cuando decimos “yo pienso” y que, en cambio, deberíamos decir “alguien me piensa”. Dos: que el “yo es otro diferente”, nunca igual a su pensamiento, nunca igual a sí mismo, imposible como “yo”. La escritura: alguien, algo nos piensa.

Rebeldía

Si existen los humillados y existe la belleza, y de nada de ello hay que olvidarse, todo lo que está siendo deberá resguardarse en una doble memoria que no se contraponga a sí misma: la vida, al mismo tiempo, como la luz y las tinieblas, la luminosidad y lo sombrío. Se podrá consentir, como escribe Camus, que se deja de lado la soledad ante la tiranía más brutal, y en verdad no se hace otra cosa que defenderla con la escritura. Soledad es lo contrario de estar solo: en la guerra nadie puede permanecer aparte, no es posible sustraerse al estruendo del bombardeo, pero aún en medio de la batalla soñamos con escribir sobre otra mujer o sobre otro hombre para salvarlos de su silencio humillado.

Rebelión

Rebelión, rebelarse, rebeldía. Rebelión: fin de la paciencia, un temblor de adentro hacia afuera, hacia la calle, hacia la plaza. Rebelarse: ser intolerante con un mundo que no tiene paz ni deja en paz. Rebeldía: sacudirse el polvo de donde ya se estaba, de lo que ya se pensaba. Pero rebelarse no es solamente contra qué. Es, también, junto a quién.

Reciprocidad

Para que algo parecido a una comunión ocurra, es necesario el transcurso del tiempo, el espacio cohabitado y toda una serie de implícitos del todo borrosos: la atmósfera inicial de igualdad, la extraña sensación de compartir incluso lo que no se ha dicho ni se dirá –ni hará falta que se diga–, la torpe ilusión de algunas referencias compartidas, alusiones casi secretas, el hacer cosas juntos, el guiño, la sonrisa de uno y otro en lugar de ese barullo molesto que oculta la incomodidad del silencio. Acontece, de vez en cuando –como en aquellas amistades imprevistas o en aquellos amores subrepticios pero no correspondidos–, que alguien se vuelve una presencia constante, una permanencia repetida y fantasmal, pero la reciprocidad no se avizora ni tiene por qué suceder. Ser recíprocos es una ilusión o un destello fugaz que ocupa algunos segundos de nuestras vidas, instantes en los que pareciera que la vida se torna una suerte de conjunción tan mágica como abrumadora, quizá sospechosa o, al menos, sorprendente.

Recomposición

En esta humareda oscura de los torbellinos y las urgencias por resolver lo que dicta la prisa a la que se le ha extraviado el sentido, y en esa disculpa repetida por no haber escrito antes lo que parecía valer la pena escribir, vuelve a resonar la complicidad con la palabra “fragilidad”, con absoluta contundencia, valga la paradoja. Complicidad para adelante, para atrás, y para todos los rincones, en donde se reconoce lo común-ignorado, lo común-deseado, lo común-no común que nos ha hecho cofrades de una batalla tan brutal como inspiradora: no solamente la vida de los demás considerados débiles, frágiles, incapaces, sino la vida nuestra, la de quienes nos hemos debilitado, fragilizado e incapacitado en comunión con ellos, y que hemos entendido, más tarde o más temprano, algo de una vida verdadera, de una vida “de verdad”, alejados del mercado capitalista de los cuerpos diseñados en su belleza impune, distantes de toda pretensión de absurda normalización y atentos a aquellos gestos mínimos que, al fin y al cabo, formarán parte del relato austero de nuestras vidas. Complicidad, sí, porque hay un punto de partida en que se afirma la vida en un sentido extramoral y porque educar se compone de un “sí” inicial, sin el cual no hay conversación, no hay transmisión, sino tan solo el encono de una obligatoriedad universal que descuida las historias singulares y plurales, el único “material” que da origen y destino a la travesía del educar.

Reconocimiento

El hombre recibe una larga carta, un pliego de quince o veinte páginas, hojas escritas con letra débil, exhausta, asfixiada por manchones de tinta. Ese hombre ignora el nombre de la remitente; jamás lo ha escuchado, le parece que se trata de una correspondencia equivocada y está a punto de arrojarla al cesto de la basura. Pero algo lo detiene. Una cierta forma de curiosidad o de presunción lo mueve a leerla. Una mujer desconocida le escribe un relato inaudito, la revelación inesperada de una vida en apariencia común: ¿es acaso posible que ese hombre no conozca la existencia de alguien para quien él ha sido el único argumento de su vida? ¿Es posible que su existencia haya obviado su sentido primordial al no haber reconocido la presencia ineludible de una desconocida frente a él? La carta se vuelve la memoria compartida de un par de vidas, hasta aquí ignorada por una de ellas; la reconstrucción de cada paso que se ha dado sin saberlo; el amor que se brindó sin pedir nada a cambio; el deseo furtivo; la espera de un otro sin uno. Y con esta carta comienza otra vida: la vida del hombre al revés, desde aquí hacia atrás, impedida de moverse hacia la impunidad de los días que vendrán, y ahora condenada, sujeta a una vida que ya era suya sin su presencia. La indiferencia suprema –voluntaria o no, desquiciada o no– que ha confinado otra vida a un relato sin “nosotros”, pura intimidad sin voz. Hasta que ya es imposible el ocultamiento y el silencio, y aparece frente a un espejo de décadas por el que nunca había pasado antes, como si nada se hubiera fijado en esa imagen que era propia, girando el rostro por azar, desidia o estupidez, para impedir mirarse de verdad. ¿De dónde provienen esas flores que celebran cada aniversario; de dónde ese aroma puntual; dónde está el hijo que no se conoce y que ahora se ha muerto sin poder volver atrás para renacerlo y conocerlo; cómo se hará para continuar una conversación cuyo inicio no fue jamás escuchado? ¿Cómo se hará para avanzar, si la verdad que se ofrece, la verdad del amor, ahora comienza a retirarse como una sombra bestial por debajo de cada una de las puertas, impedido de gritar, ausente de su propia creación, de su propia evidencia desatendida? El hombre no podrá sino mirar como si nunca hubiera mirado en cierta dirección, y darse cuenta de que el jarrón azul encima del escritorio, allí donde está inclinado leyendo la carta de una desconocida, ya no recibe flores, justo hoy, el día de su nuevo aniversario, el día en que comprende que todas las vidas están tan presentes como perdidas, el día en que sabrá de verdad de qué está hecho el estupor y cómo es de irreparable la muerte.

Recordar

Entonces ya no pensamos, y recordamos. No, mejor dicho, sentimos algo parecido a una atmósfera, un rumor de río estrecho y hondo, antes del estruendo de un golpe en la cabeza, contra una piedra; el frío del sudor del segundo anterior a un primer beso, a una primera travesía, a una melancolía original; la lluvia sobre el cuerpo durante cuarenta y siete calles, la noche de la despedida; una lejana música de un violín desafinado los domingos por la tarde, repitiendo una melodía nunca aprendida; las sirenas de las ambulancias, el olor pútrido a carne quemada de doscientos jóvenes y su impreciso correlato en un llanto unánime; la temperatura de la piel, a la salida del teatro; el cuerpo meciéndose a sí mismo a la hora de la siesta, frente a un ventanal agrietado que da paso a las montañas; un silencio indivisible; la duración de un adjetivo en un poema; la espera, durante la pasión.

Recorrido

Despedirse: dejar de pedir. Despedazarse. Hacerse trozos, ser fragmentos. ¿Dónde queda uno? ¿Cuál es el punto de partida? En este instante soy una frágil multiplicación de deseos, una unidad que no existe. El hombre que llegó no es el hombre que regresa: nadie puede ser igual a sí mismo. La travesía se ha cumplido. El puerto de partida y el desierto a recorrer serán mitad encuentro, mitad ausencia y un resto de lejanía. Venir, volver, partir, salir, llegar, ir, regresar a ningún sitio: embellecer la vida.

Recuerdos

“Se está bien afuera, ¿verdad?”, dije por decir, como más de la mitad de las cosas, que se dicen cuando somos incapaces de silencio. Sin girar su cabeza, sin siquiera dar muestras de sorpresa por mi presencia, mirando quizá hacia otros continentes, la anciana de piel de pergamino y de ojos acostumbrados a la calma, acodada en su balcón como cada día a las cinco de la tarde, me respondió: “Sí, se está bien afuera. Afuera, sí. Porque adentro hay demasiados recuerdos”.

Redes

En oposición al utilitarismo ya reinante y en nombre del desinterés por el actuar por actuar, Deligny anuda la idea de red a la percepción de su propia experiencia, y su relato fragmentario va tejiendo hilos que se entrelazan con la figura de la araña, como un modo de ser –y de estar– de cara a aquellos acontecimientos históricos que, por el contrario, se vuelven intolerables. Una idea de redes, por cierto, muy anterior al concepto en boga en la actualidad –redes de comunicación e información, entendidas como líneas y nodos que unen a actores en diferentes relaciones–, completamente distinta a esta en su materialidad y sentido, no impuesta desde el mercado tecnológico ni desde las instituciones de aprendizaje empresarial, sino más bien como lugares imprescindibles para quitarse de los espacios asfixiantes: “Cuando el espacio deviene concentracionario, la formación de una red crea una suerte de afuera que permite a lo humano sobrevivir”. Una red de sentidos que no concuerda con la forma arquetípica de la sociedad, ni con el lenguaje infectado de las instituciones, ni con las posiciones indefensas con que el mundo actual crea una industria para los solitarios, para aquellos que, vistos como individuos aislados, intocados y apenados, deben sumarse por fuerza a esa multitud de ciudadanos en apariencia felices y conectados, pero igualmente moribundos de sí.

Regresar

Tener una historia y regresar a ella. Darse cuenta de que, tal vez, al volver permanezcan aún esos sitios de la infancia –o de la memoria de la infancia– donde uno ya no está, ya no es. Así lo escribe Maillard: “He de irme. Ahora sé que no hay retorno. El lugar sigue estando, sigue siendo idéntico a sí mismo, pero yo no”. He aquí una de las formas de la travesía: regresar y saber que ya no se puede retornar; la travesía de la experiencia afectada, mutada o destruida. Como si hubiera un nuevo vacío, pero ahora habitado por el pasado, como si el paisaje de la herencia tuviera presencias y ausencias y como si escribir no fuera otra cosa que quedarse desprotegido, vaciado de toda luz y toda sombra. Y quizá también se trate de la decisión de no fijar en las palabras aquello que el tiempo tiene de movimiento, de imprevisibilidad, de quimera y, sobre todo, de parsimonia: “Hay una lentitud que permite estar en perfecta unión con lo vivido, ese es el tiempo de la infancia. Pero, a golpes apresurados de lanzadera, tejemos el tiempo de los calendarios”. Regreso. Retorno. ¿Dónde se encuentra la escritura, dónde buscarla, si no es en la batalla entre el tiempo de la infancia y el tiempo de los calendarios? ¿Y cómo no sentirse derrotados o, por lo menos, cansados sin remedio? Hay escrituras donde se puede leer la infancia. No se trata de una promesa, de una redención, de una solución al dolor por su pérdida; al contrario: cada palabra –y no los signos ya encorvados por su agotamiento de sentido– nace en voz alta, afirmada, con una fragilidad que habla con el mundo, lo interroga, le pide respuestas, le pregunta por qué, lo sacude, no lo deja en paz.

Reír

Durante aquel célebre episodio del to be or not to be de la tragedia de William Shakespeare, Hamlet recuerda con nostalgias a Yorick, el bufón, como aquel que fuera el “pedagogo de la ironía, la parodia; aquel que enseñaba lo cómico y lo grotesco”. Pues bien: la calavera está allí presente, pero el bufón, ausente. Y el llamado lastimoso de Hamlet podría comprenderse como un clamor frente a su destino trágico, como el llamado desesperado a que la risa y el humor se hagan presentes: “Si Hamlet –como dice Chantal Maillard– hubiese sido capaz de reír después de haber preguntado por el ser, la cuestión se disolvería”.

Relación

Estaban juntos desde hacía ya tres años, en un amorío estable, sin grandes zozobras ni crispaciones. El alborozo de los primeros meses –acorde con las lluvias de abril, la humareda fina de la salamandra en el pequeño cuarto, los nombres tatuados en los brazos y el trazado endeble con los dedos en el vapor adosado a las ventanas cerradas– daba paso ahora a las ceremonias previsibles, y no por ello menos amorosas: la cena después del trabajo al son de las velas encendidas con el último aliento, el olor a verduras bullendo, el relato austero de lo diario un poco antes de adormecerse y el beso algo esforzado rozando el confín de la medianoche. Al comienzo, debieron sortear ciertos prejuicios a propósito del amor que se profesaban: algunos de sus compañeros rechazaban su romance, pues solo comprendían el amor como el acople exacto de almas semejantes; otros, aún menos afables, no admitían intimidades entre compañeros de trabajo y los demás sentían absoluta indiferencia. Eran un hombre y una mujer, apenas. Ella vestía un largo abrigo amarillento y escotado, tenía el rostro blanquecino y lo ojos insistentemente verdes. Él usaba un pantalón de confección antigua y una camisa con tiradores, su nariz era achatada y sus ojos saltones. Se enamoraron a primera vista, el primer día en que trabajaron juntos. Luego, él la esperó en el pasadizo que conducía del escenario al terraplén oscuro y se lo anunció sin rodeos, aunque algo sonrojado. Ella dijo que sí, incluso antes que él hubiese acabado de hablar. Esperaron unos minutos a que se disgregara la gente y a que sus colegas marcharan a emborracharse en una cantina cercana para reunirse en la habitación de ella: un pequeño espacio, también amarillento, sin espejos, con fotografías opacas de viajes, animales y carromatos. Él la tomó por la cintura y allí se detuvo un tiempo largo, parecido a un siglo. Ella le acarició la cabeza con una ternura desusada. Él descorrió lentamente su vestido, como si fuera a permanecer entre sus piernas toda la vida; ella lo sentó en su regazo para contarle un secreto naciente. Corría el año 1923, en el barrio de Broadway, no muy lejos de la ancha avenida, la gasolinera y la tienda de tabacos y de periódicos. Ellos se amaban desde hacía ya tres años, sí, siguiendo el camino de un amor común y silvestre. Ella era la mujer barbuda y él el hombre enano del circo.

Relato

Se ha escrito mucho acerca de lo arduo que resulta elegir las circunstancias, los instantes o los hechos en el momento de contar la vida de alguien, la narración de una vida cualquiera, como si por la fuerza de la gravedad se buscase la sustancia de la vida en gestos inmensos y desproporcionados, perdiendo así de vista su materia auténtica, a saber: lo efímero, lo pequeño, lo menor, lo que de verdad vale la pena, no por su gigantesca relevancia sino por su intensidad. La literatura nos tuerce el rostro, la mirada y los oídos hacia esa fuerza de lo mínimo, la certeza de que las vidas no pueden ser contadas como un despliegue colérico de proezas y desgracias. Cierta filosofía también lo entiende de ese modo: en el texto de Nietzsche De mi vida. Escritos autobiográficos de juventud, el filósofo se pregunta cómo sería posible esbozar, con cierta justicia, el retrato de vida de una persona. Piensa, en un primer instante, que todo procede como si se tratara del esbozo de un paisaje que hemos ya visitado, esto es, recordando y describiendo sus formas, sus colores, sus olores, pero evitando a la vez toda tentación por las primeras impresiones, aquellas que él denomina “fisonómicas”. A continuación, plantea una fuerte apelación a no dejarse atrapar por los dones de la fortuna o por los giros caprichosos del destino, sino más bien a prestar atención a las experiencias mínimas, a esos acontecimientos interiores a los que por lo general no se les da importancia y que son, para el filósofo, aquellos que con más claridad muestran la totalidad del carácter de un individuo.

Releer

Entre la primera y la segunda lectura, entre la segunda lectura y las siguientes, acontece la diferencia. Una diferencia que da al leer, como al significar, su emergencia, su aparición, el sentido separado de su objeto. Afirmar la lectura como relectura no supone determinar qué es o qué no es el leer, sino más bien el hecho de dotarla del gesto de diferir siempre de sí misma, reuniendo así las varias formas posibles de relación entre lo leído y quien lee. Como si leer estuviese vinculado, al mismo tiempo, a dos tensiones por descubrir: la de comprender qué pasa con el lector cuando lee y la de reconocer qué le pasa a la lectura cuando es leída. El lector pone a prueba su creencia identitaria en la alteridad de la lectura: a cada fragmento, surge la posibilidad de una pregunta que comienza siendo exterior y se interioriza hasta confundir alteridad con intimidad: ¿de quién son, al fin y al cabo, las palabras que decimos, las frases que enunciamos, los sentidos que diseminamos?

Rememorar

En La palabra heredada, Eudora Welty propone un hondo ejercicio de memoria: ¿de dónde provienen los primeros sonidos, las primeras lecturas, la relación con lo visto? ¿Qué es lo que hace posible la escritura como inicio de una acción cuyo desenlace se ignora? ¿Cómo se conjugan las experiencias de escuchar y atesorar las palabras, de ser leído y, tal vez, escribir; de observar lo mínimo, lo que no tiene nombre, y denominarlo una y otra vez? Nadie sabe cómo se aprende, cómo es posible retener para sí la propiedad de la lengua, qué trayectorias o travesías se vuelven aciertos o desaciertos en la elección de una palabra, de una cadencia, una respiración. Ocurre que todo sucede quizá como recuerdo y no como propagación de una idea, tal vez como un fragmento de una memoria con claroscuros y no como una fuerza de voluntad; sucede, quién sabe, con la percepción ulterior de lo imperceptible y, aun así, no siempre, no seguramente, no de modo definitivo. Welty recuerda, por ejemplo, los vestigios poderosos del escuchar durante su infancia: escuchar las canciones que silbaban sus padres a través de la escalera de su casa –su madre en la planta baja, su padre en el cuarto de baño–; escuchar a su madre cantando día y noche; escuchar la primera vez que le fue ofrecida la lectura: “Desde la primera vez que me leyeron, y desde que empecé a leer por mí misma, jamás ha existido un solo renglón que no haya oído”. Recuerda, además, el fino y sinuoso aprendizaje de su mirada: el ver en el sentido de aprender a comprender o, mejor aún, de darse cuenta; aprender a dudar, a percibir la diferencia entre las luces y los volúmenes, las superficies y las tinieblas, la candidez del día y la abrumadora insensatez de la noche. Recuerda, en fin, el encuentro con la voz, con su propia voz: la emergencia del relato, el descubrimiento de lo decible, la pasión incontenible por narrar.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
12 aralık 2024
Hacim:
411 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9789875389069
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar