Kitabı oku: «El odio y la clínica psicoanalítica actual»




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Santiago de Chile.
www.polvoraeditorial.cl


CARMEN GLORIA FENIEUX & RODRIGO ROJAS (EDITORES)
EL ODIO Y LA CLÍNICA PSICOANALÍTICA ACTUAL
1ª EDICIÓN, SANTIAGO: PÓLVORA ED., 2020. ;
(COLECCIÓN JUEGOS ANALÍTICOS)
ISBN: 978-956-9441-32-5
ISBN DIGITAL: 978-956-9441-56-1

© 2020, Pólvora Editorial
DISEÑO EDITORIAL Y PORTADA: CAMILA GONZÁLEZ S.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com

A nuestros pacientes, que nos sorprenden en su devenir
y que nos regalan la posibilidad de seguir pensando.
ÍNDICE
Prólogo Gonzalo López Musa
Introducción Carmen Gloria Fenieux C.
Parte I: En torno al odio y el concepto de pulsión de muerte
* La pulsión de muerte: perspectivas fenomenológicas en la teoríakleinianacontemporánea David L. Bell
* Amor versus odio. La inspiración para vivir Robert D. Hinshelwood
* Consideraciones acerca del concepto de ataque al vínculo y odio (+ −H). Un caso clínico Jani Santamaría Linares
* Agresión: ¿Vida o muerte? Una investigación sobre las raíces de la agresión Gonzalo López Musa
Parte II: El odio y su relación con el desarrollo
* Volver a concebir la destrucción: sobre “El uso de un objeto y la relación por medio de identificaciones” de Winnicott Thomas H. Ogden
* Del egocentrismo al compañerismo. Una perspectiva Anna-Freudiana de la relación entre hermanos Inge-Martine Pretorius y Fernanda Ruiz-Tagle G.
* Winnicott, Little y Benjamin: el diálogo sobre el odio Adriana Anfusso y Laura de Souza
* Desde el impulso agresivo al rol crucial del odio Susana Trochón
* Aportes para una metapsicología del relacionarse (apasionadamente). Odio, destructividad y telón de fondo dialógico Lucio Gutiérrez
Parte III: El odio en la construcción de otredad
* La constitución del odio: el lazo social y su negativo Rodrigo Rojas Jerez
* Sobre el odio, su producción y la Otredad Joseph Eaton Cabello
* Trauma, odio, silencio. Posibles consecuencias en la traumatogénesis por violencia sexual infantil Valeria Schulz
* Anorexia y bulimia: “La enfermedad del ideal” Vanessa Yankovic
* La clínica del odio y el odio en la clínica. Una aproximación relacional Carla Fischer C., María José Mezzera G., y Paula Vera G.
Parte IV: El odio y la clínica de lo negativo
* Odio y narcisismo Marie France Brunet
* Del odio a la representación. Una concepción de Piera Aulagnier Liliana Messina Schwartz
Parte V: Clínica Psicoanalítica: acerca del odio en la transferencia y la contratransferencia
* Actitud profesional Lesley Caldwell
* El sostén de un tratamiento psicoanalítico. En los límites de la desesperanza Ana María Fabre
Parte VI: Clínica psicoanalítica: consideraciones en la técnica
* El espacio entre dos líneas: acerca de la sobrevivencia del objeto y del sujeto Carmen Gloria Fenieux
* Cuentos de la vida y la muerte Anna Lucia Melgaço Leal Silva
* Transferencia delusional: una oportunidad para el odio Lilian Tuane
Parte VII: Algunas consideraciones del odio a la luz de las artes
* El odio en la vida cotidiana María Alejandra Rey
* El odio en un poema de amor. Una lectura psicoanalítica de Neruda Ricardo Readi
Parte VIII: Reflexiones en relación al odio y lo social
* Odio, el sentido coagulado Jean-Luc Nancy
* “Primero como tragedia, luego como farsa” o ¿cómo es posible la clínica hoy en tiempos de capitalismo hacendal? Ricardo Espinoza Lolas
* El perdón: ¿Un regalo a cualquier precio? Adrian Sutton
PRÓLOGO
Tomar este libro, en el que también he participado con un artículo, para leerlo, es como abrir una puerta hacia el interior de la naturaleza misma de la vida, pero vida pensada y dibujada con pensamientos que encuentran su marco en el psicoanálisis. Pienso que habla de la diversidad y de la vida, lo que resulta muy sorprendente debido al título del mismo: El odio y la clínica psicoanalítica actual.
Siguiendo a Freud, tendríamos que pensar en la muerte más que en la vida; en el fin —en el sentido de término— de la vida, en lo que se opone a ella y trata de llevarla a su conclusión de la manera más rápida. Sin embargo, nos topamos con la vida en cada uno de los escritos de los distintos autores, lo que me lleva al libro de Winnicott, La naturaleza humana (1988), donde nos dice de entrada: “Naturaleza humana es prácticamente todo lo que tenemos”, lo que nos involucra en todo lo que somos y lo que hemos aprendido. Pero al mencionar esto, Winnicott se refiere a quienes la estudiamos, a los psicoanalistas que pensamos desde esta perspectiva para orientar nuestro trabajo con los pacientes, como algo que no es solo un constructo, sino que una esencia del sujeto y del ambiente, y para también seguir existiendo como sujetos al pensar en el odio y trabajar con sus múltiples expresiones en nuestras consultas día a día.
Pero en psicoanálisis no pensamos en la naturaleza del odio sin pensar en la pulsión y su naturaleza, en el trasfondo teórico que nos ofrece para ser pensada e investigada en la clínica para seguir sus caminos y determinar si en ellos hay una naturaleza destructiva, a la manera de la pulsión de muerte, es decir, una dialéctica inevitable de toda vida o, por el contrario, si es el resultado de la vida misma donde lo que se manifiesta es el trazado de ella y lo vital que se perturba y se agota. Distinción relevante que abarca tanto la biología como el mundo de lo inconsciente, el ambiente y las relaciones. Estos cuatro ámbitos de la existencia humana marcan todas las propuestas de este libro, toda la diversidad de los desarrollos de pensamiento y, aún más importante, la clínica con nuestros pacientes y el destino de sus análisis.
Con lo anterior, me refiero a la idea de la dirección de la cura, de la salida del ser humano a la destructividad y el odio, ¿hay en nuestra naturaleza una salida de lo destructivo a lo amoroso como un continuo de una misma energía? O simplemente, ¿nos tenemos que conformar con morigerar o someter a la fuerza del yo aquello que nos es natural y debe ser “domeñado”, en el decir de Freud?
Insisto sin temer a repetirme que este es un libro sobre la naturaleza humana, sobre la naturaleza de la pulsión, y su título nos pone en contacto directo con nuestro trabajo y pensar sobre aquello con lo que trabajamos: el otro y nosotros en una interacción teórico-clínica que puede pensarse a sí misma.
El odio somos nosotros y nuestros pacientes; somos humanos que pensamos nuestra humanidad, la que manifiesta el empuje de la naturaleza que nos compone. Más aún, somos humanos pensando en la naturaleza del odio, de la destructividad, pero con dedicación y cariño. Eso es lo novedoso a destacar en este libro: el cariño y la vitalidad con que los distintos autores se han dedicado a pensar el odio y la destructividad. Esto muestra que las distintas versiones del pensamiento sobre esta materia humana relatan la diversidad del psicoanálisis y la gran riqueza de un pensar que, aunque esté alojado en un mismo y más amplio marco teórico, es divergente.
Es inquietante no poder resolver un tema de manera satisfactoria para todos, que nos deje a cada uno tranquilos, pero este libro, en toda su riqueza, permite alegrarnos de esta falta de tranquilidad que nos pone a trabajar con todo lo que somos, con todo lo que contamos para hacerlo, como resultado de nuestra historia y vida que ha moldeado nuestra naturaleza y la respuesta frente al vivir y pensar el odio y la destructividad.
Todas estas inquietantes diferencias y por qué no decirlo, estas muchas veces irritantes diferencias entre los distintos autores que decidieron hablar de sus pensamientos, compartirlo con los lectores y los otros autores del libro, están planteadas también en su clínica, como el campo donde se pone en juego la diversidad
Agradezco a los editores por esta invitación en la que ellos, al igual que el resto, exponen sus propias ideas, nos alientan a que los acompañemos a disentir o pensar diferente de modo de abrir un abanico de posibilidades para presentarlas a los demás, como lo han hecho tantos autores en tantas disciplinas distintas; variaciones sobre un tema, ya sea de ellos mismos como las 32 variaciones de Beethoven o sobre un tema de otro autor como las variaciones de Chopin sobre el aria “Là ci darem la mano” que alcanza vuelos musicales que no estaban presentes en la ópera de Mozart “Don Giovanni”, una gran creación de la música de la humanidad, sobre la que, a pesar de toda su perfección, Chopin tuvo algo que decir y aportar.
En el caso de este libro, la pieza se llama “el odio” y está compuesta por la vida misma. El instrumento con el que vamos a construir las variaciones es el psicoanálisis, lo que nos abre y acota el campo de nuestros pensamientos, para finalmente hacer las variaciones que surjan de nuestra creatividad.
Nunca llegaremos a agotar las posibilidades y nunca dejaremos del todo satisfechos a los que nos escuchan, por lo que siempre habrá interés en seguir componiendo sobre odio y psicoanálisis por distintos autores, como los convocados a este libro, que tienen distintos idiomas (que fueron traídos al español), culturas y formaciones, así como también distintas trayectorias y notoriedades en nuestro campo, marcando aperturas novedosas que espero nunca lleguen a agotar las posibilidades de hacer variaciones, tanto si se contraponen como si se armonizan.
Quedan todos invitados a esta aventura que, a pesar de ser temática, es sobre la naturaleza humana.
MG. GONZALO LÓPEZ MUSA
Psicoanalista
INTRODUCCIÓN
Odio, es la palabra que nos convoca. Odio y la clínica psicoanalítica actual. La sola palabra odio parece resonar en el cuerpo, impacta, se hace huella, no suena indiferente, tal vez porque nos remite a la complejidad y recovecos de la psiquis, vislumbrando algo del enigma de la existencia humana.
Considerando la contundencia filosófica, epistemológica, psicológica del concepto del odio, así como su condición pivotal en la estructuración de distintas teorías psicoanalíticas, decidimos convocar para el libro El odio y la clínica psicoanalítica actual a diversos autores, representantes de distintas corrientes del psicoanálisis, a escribir y reflexionar sobre este tema angular del acontecer psíquico. La convocatoria fue impactante. De distintas partes del mundo, psicoanalistas, filósofos y grandes pensadores contemporáneos del psicoanálisis aceptaron el desafío de contribuir y matizar con sus propios colores los diversos prismas de este concepto. Impulso, pulsión, sentimiento, emoción, logro, oportunidad, destrucción, muerte, negativo, coagulación, el odio, como quiera que se le pueda considerar, es analizado por treinta autores quienes contribuyen a profundizar en su comprensión.
Freud inaugura la teoría psicoanalítica y con ello crea un nuevo lenguaje (Ogden, 2005). De esta manera, se enarbolan, nuevas concepciones y otras formas de relación humana. Surge el inconsciente, la represión, el aparato psíquico, el ello, el superyó, entre muchos otros conceptos. El mundo toma estos conocimientos y los hace suyos creándose un nuevo lenguaje que genera profunda resonancia en la cultura occidental del siglo XX y XXI. En este proceso, Freud tira el guante con el constructo teórico ‘pulsión de muerte’. Con ello, aborda el innegable tema de lo destructivo en la especie humana. La pulsión de muerte, un concepto eminentemente especulativo y ligado solo al psicoanálisis, “por ver hasta dónde llega” diría Freud (1920), marca el inicio de una profunda discusión al interior de las distintas corrientes del psicoanálisis, definiendo tendencias que continúan desarrollando y construyendo pensamiento, con el deseo siempre imposible, de aprehender el entramado de lo humano. Sin lugar a dudas, estas formas metapsicológicas de comprender lo destructivo, definen muchas veces el acontecer clínico y el manejo técnico en el tratamiento.
A pesar de las diferencias, este libro surge con la idea de convocar estas diversas posturas teóricas y clínicas dentro del psicoanálisis y, desde esta convocatoria, enriquecernos y comprender algo de la complejidad del concepto. La invitación es a tomar los textos y mirarlos a la luz de un caleidoscopio para comprender las infinitas formas que puede tomar el odio como condición ineludible del acontecer psíquico humano. De alguna manera, es un intento de desideologizar la teoría. Esta, si bien es cierto, nos permite pensar, ordenar las ideas, agudizar la mirada, también puede estrechar los márgenes de la imaginación, las ideas, los sentidos, rigidizando la plasticidad necesaria para ejercer el trabajo clínico. Pensamos que, para recrear un psicoanálisis fresco, vivo con cada paciente y en cada sesión, es necesario movernos de la comodidad de la teoría para ir más allá, permitiéndonos que surjan nuevas inquietudes. De esta manera, este libro es una invitación a hacernos preguntas que paradójicamente no podremos responder, ya que son preguntas que en sí mismas son una trampa debido a que no hay certezas, pero pese a ello nos permiten la libertad de seguir pensando.
Naturalmente, la manera en que están organizados los capítulos de este libro es arbitraria, en tanto cualquier separación en el contexto de la estructuración de la psiquis, resulta caprichosa. Sin embargo, hemos tomamos la decisión de dejar en la primera parte la discusión en torno a la pulsión de muerte, sus significados y su implicancia en la clínica. Los autores se plantean principalmente en torno a la teoría de Klein, quien sostiene un modelo de psiquismo donde la pulsión de muerte tiene un lugar central y la envidia aparece como la evidencia de aquella fuerza destructiva. Sustentados en la idea que la ansiedad proviene del amor y odio o, mejor dicho, del amor versus el odio, los autores reflexionan en torno al ataque al pensamiento y el placer por la destructividad asociada a la existencia de la pulsión de muerte. Todo ello desde una metapsicología donde priman los montos de pulsión constitutiva que definen de manera importante el acontecer psíquico. ¿Es el odio un instinto? ¿Existe la necesidad de odiar? ¿Es lo mismo muerte que destrucción? En el tema de lo destructivo, ¿es el retorno de lo reprimido el problema? Son parte de las preguntas que surgen de estas lecturas.
En la segunda parte del libro, se enfatiza la problemática del odio como un logro del desarrollo que depende del ambiente, de la naturaleza de las relaciones y del encuentro con el otro. Lo agresivo se entiende como la forma que tiene el niño de construir realidad, atacando voraz e ingenuamente al objeto anhelado el que, gracias a su sobrevivencia, le permite el acceso a la realidad. Este desarrollo es posible siempre que haya existido un alguien que estuvo no solo dispuesto, sino también, que anheló ser devorado. Así surge el odio, el que es parte del amor, de la excitación, el que se moviliza en los músculos, en el triturar de la comida, en la decisión de ocupar un espacio en el mundo, odio que aparece en el acontecer constructivo/destructivo, que permite la creación del mundo. Los autores en este capítulo se refieren a aquel odio que se constituye como telón de fondo en la estructuración psíquica, dándole profundidad y volumen a dicha estructura. Desde este lugar, se reflexiona en torno a lo violento como una perturbación o patología en la relación entre el pequeño niño y el ambiente.
La consideración del odio como advenimiento de la alteridad se enfatiza en esta tercera parte del libro. Los autores dialogan en torno a la presencia del odio como la dialógica necesaria para la constitución de la separación con el otro. Así, el odio surgiría como una posibilidad de relación para estructurarse en la diferencia. Por ende, el odio aquí es un conflicto en el acaecer del ser en relación con otro ser, el que perturba con su sola existencia. La posibilidad de sentir odio, conlleva el apoderarse de la experiencia como algo propio, “mío”, como un fenómeno que solo le pertenece al sujeto en cuestión. En relación con los desarrollos patológicos del odio, los autores profundizan en la problemática de desubjetivación y anulación del otro como una forma de destruirlo sacándolo de su condición de sujeto. También, desde la vereda de la patología, se reflexiona acerca del odio como un ataque directo al cuerpo, así como un ataque al vínculo. Ello implica una movilización inconsciente cuya fuerza se dirige a no dar espacio a la existencia del otro. Una fuerza destructiva que rechaza la vulnerabilidad y que, por ende, busca aplacar el deseo y la necesidad.
En la cuarta parte del libro, el odio se entiende como una estructuración en la ausencia de lo amoroso, como un negativo que se actualiza. Desde esta mirada, el odio surgiría secundariamente a la pérdida del amor del objeto, a pesar de su presencia física, con la consiguiente pérdida del sentido para el sujeto. Estos fenómenos serían el resultado de un mecanismo de desinvestidura, esencialmente del objeto primario, y que afecta la estructuración del narcisismo primario, las tramas representativas y el pensamiento. El trabajo de lo negativo se ve aquí gobernado por el predominio de lo que Green llamó ‘pulsiones destructivas’, denominación que busca liberarse del componente más teleológico del concepto de pulsión de muerte. Lo negativo se expresa entonces como una organización defensiva que niega la vivencia del cuerpo, de los sentidos arrojando al sujeto al vacío existencial. Implica el rechazo a representar el deseo, la necesidad del cuerpo. Rechazo a representar el sentido, la vivencia, la existencia. Ante ese rechazo, se configura el negativo del odio como expresión de pulsión de muerte dirán algunos, como expresión del vacío existencial o como expresión de pulsión destructiva, dirán otros.
La clínica psicoanalítica y el interjuego del odio en la transferencia y contratransferencia constituyen la quinta parte del libro. A través de casos clínicos de trabajo con pacientes que actualizan lo violento, las autoras enfatizan la importancia de la contratransferencia como brújula en el trabajo analítico. ¿Qué implica la actitud profesional desde una perspectiva winnicotiana? ¿Cuál es el límite frente al odio en la transferencia? ¿Cómo distinguir el sobrevivir a la desesperanza y la arrogancia del odio, del masoquismo del analista? Son algunas de las preguntas que surgen de este capítulo.
Consideraciones técnicas específicas en la clínica del odio, tipos de intervención y conceptos teórico-prácticos, están representados en la sexta parte del libro. Dialógica entre relación objetal y relación de uso, transferencia delusional, self en transición y su manejo en la clínica. Escuchar el silencio, desentrañar lo no dicho, lo oculto, lo sentido, para quedarse en las señales del cuerpo, aquello soñado y no soñado, lo imaginado, la emoción no elaborada del analista en el espacio analítico, se utilizan para descifrar, comprender y generar un espacio analítico propicio para algunas intervenciones terapéuticas.
La relación del odio y el arte como expresión de lo sublime en lo humano y expresión de aquello que se palpa con el alma y los sentidos, está representado en la séptima parte del libro. La gran mayoría de las obras de arte requieren integrar en su concepción aspectos destructivos, oscuros, tal vez violentos. Si ello no está presente, es probable que esta sea una producción ficticia y boba que no refleje la complejidad y lo ominoso como representación de lo extraño y sutil en lo humano. Neruda, la poesía y el arte cinematográfico, surgen como oportunidades que los autores nos proponen para acercarnos a otra arista del odio y su relación con el amor.
En la octava parte del libro, los autores discuten acerca de la presencia irrevocable de lo destructivo a través de la historia. Las leyes y el orden social, tal como lo planteó Freud en Tótem y tabú (1913), han surgido como un intento de delimitar las manifestaciones del odio y los procesos violentos sociales. Sin embargo, la brutalidad y las guerras parecen ser tan antiguas como la humanidad. El odio surge como síntoma en el femicidio, el racismo, el machismo, el chovinismo, la xenofobia. El resurgimiento de regímenes fascistas y autoritarios en el mundo contemporáneo actualiza una estructuración política que se fundamenta y sustenta en el odio. Odio a lo distinto. Así surgen gobiernos cuya administración del odio, como defensa frente al miedo, es una manera efectiva de conservar el poder. Los autores reflexionan en torno al odio como respuesta al miedo a ser vulnerados en la propia identidad, a ser robados de nosotros mismos, miedo a no tener existencia, todo lo que se vuelca en el enemigo común. El odio, en el decir de Jean-Luc Nancy, uno de nuestros autores, “supone significados cerrados. El odio está hecho de sentido coagulado”. En esta parte del libro, está el interesante artículo de Adrian Sutton que nos lleva a preguntarnos acerca del perdón: ¿Es el perdón una manera de enfrentar la reparación? ¿Cómo se enfrenta el desastre emocional luego de circunstancias sociales dramáticamente violentas?
Esperamos que el lector disfrute, tanto como nosotros hemos disfrutado de la realización de este libro, de las lecturas, la reflexión y las preguntas que surgen. El trabajo de aunar a autores que confluyen en una compilación ecléctica, compleja y siempre abierta, nos ha permitido seguir pensando. Tal vez la palabra ‘intersticio’ (Ogden, 2019, comunicación personal) con toda su potencia y resonancia ontológica, es una buena forma de ligar los trabajos presentados en este libro.
Intersticios como el espacio infinito entre dos seres vivos que definen un acontecer vitalmente impredecible. A su vez, entendemos que el odio en su condición “tumoral”, constituye el límite desde el cual no podemos seguir pensando, soñando o creando. Allí se instala la omnipotencia como confín que niega la complejidad de lo verdadero.
CARMEN GLORIA FENIEUX
Parte I
En torno al odio y el concepto de pulsión de muerte
LA PULSIÓN DE MUERTE: PERSPECTIVAS FENOMENOLÓGICAS EN LA TEORÍA KLEINIANA CONTEMPORÁNEA1
David L. Bell
En la obra maestra de Goethe, Fausto, su protagonista, es un buscador del conocimiento, que se lamenta de sus frustraciones en el fruto de su trabajo, y las emprende contra la naturaleza limitada y los obstáculos que se interponen en su camino. Él dice:
Ninguna nueva fuerza emana en mí
No soy ni un pelo más alto
Ni estoy más cerca del infinito.
Fausto ansía el infinito, por lo que sus escasos logros en su incesante labor por el conocimiento, palidecen al ser comparadas con el objeto de su añoranza: la omnisciencia. Fausto está empecinado por las ‘consideraciones de la realidad’ y este estado mental provee un suelo fértil para el trabajo del diablo. Mefistófeles ofrece un mundo sin obstrucciones, donde todo deseo puede ser realizado.
Mefistófeles se presenta a sí mismo como el espíritu “que lo niega todo”, Fausto agrega:
Todo lo que existe merece perecer
Mejor si nada hubiera nacido
Él personifica el principio negativo, la antítesis del pensamiento y la creatividad. Sabemos que Fausto no tiene una existencia propia independiente, pero es llamado a ser por la presencia del bien. Algunos consideran al mal/odio humano solo como la ausencia de, pero tanto Freud como Goethe, no veían la destructividad humana en términos pasivos; no es solo el negativo del bien, sino más bien la negación del bien.
El Señor A, un paciente de unos 30 años, manifestaba un aire de extremo desapego y represión de sentimientos. Relataba su vida como una serie de acontecimientos carentes de significado. Los hechos importantes ocurridos en su vida que sugerían un real crecimiento y desarrollo en el análisis, aparentemente no tenían para él, ninguna vinculación con el trabajo analítico. Era característico que cierta letalidad inundara la consulta. En los inicios del análisis, trajo el siguiente sueño: “Hubo una explosión nuclear. El polvo, la lluvia reactiva, cayó todo sobre mí. Fue placentero y pacificador”. Este sueño pareciera mostrar claramente el funcionamiento de una actividad destructiva. Pero la forma como cada cual la comprende, no es evidente.
Dentro del pensamiento kleiniano contemporáneo, la pulsión de muerte es conceptualizada acorde a diferentes modelos. La mayoría tiende a descolgar el concepto de la teorización biológica de los inicios de Freud y conceptualizan su funcionamiento en términos puramente psicológicos. Parecen distinguirse tres modelos, aunque exista cierto traslape entre ellos.
El Modelo 1 se enfoca en la pulsión que busca destruir la vida y todo lo que se identifica con vivir, particularmente el pensamiento y la capacidad para percibir de la cual depende el pensar. Usamos dichos términos como ‘aniquilación’ de la parte del self (o una función psíquica). Es inducida a actuar por tales factores como la presencia de bondad que se encuentra separada del self, consciencia de la limitación u obstrucción. El placer que entrega es un placer purificado instantáneo de destrucción, a menudo considerado como una expresión de profunda envidia. Esto es muy parecido a la descripción de Mefistófeles del “espíritu que lo niega todo”. La fenomenología de esta actividad tiende a ser violenta y ruidosa, intermitente y por lo mismo claramente manifiesta. Este modelo contrasta con los otros dos, que ponen énfasis en una actividad más que en un acto o evento, operando de una manera más silenciosa.
El Modelo 2 también pone énfasis en la aniquilación del self y del objeto, pero describe una fenomenología distinta. Opera como una tendencia continua o disposición que se manifiesta como una seducción hacia la desmentalización. Se podría señalar que persigue activamente una pasividad morigerada.
El Modelo 3 es similarmente silencioso y busca un estado adormecido/ evitativo del desarrollo, pero su propósito no es la aniquilación, sino que mantener un particular tipo de parálisis, necesitando que el objeto se mantenga vivo para que siga siendo tratado de la misma forma. El placer obtenido es de carácter sádico. Como el Modelo 2, es de una naturaleza más continua y su fenomenología tiene el carácter de algo muy sutil y frecuentemente difícil de notar.
Volviendo al sueño del Sr. A:
- Si nos concentramos en la explosión, entonces podemos trabajar con la hipótesis del Modelo 1.
- Si pensamos en la continua lluvia reactiva que atenúa los objetos y llevando silenciosamente al self a un placentero estado desmentalizado, y a una silenciosa destrucción de la función psíquica, estamos en el Modelo 2.
- Alternativamente, si pensamos en la lluvia reactiva como la representación de una actividad continua, una irradiación del self y de sus objetos manteniéndolos en un extraño estado semivivo asociado a un placer cruel, entonces estamos en el Modelo 3.
La ambigüedad en la fenomenología de la pulsión de muerte ha existido desde que Freud la introdujo por primera vez. Él utiliza el concepto para dilucidar un fenómeno que, al menos desde un nivel manifiesto, pareciera ser muy diferente. En Más allá del principio del placer, lo que está descrito es un empuje silencioso, una tendencia siempre presente hacia un estado mental que se aproxima a la ausencia de tensión, la desmentalización, la inercia, el ‘principio de nirvana’,2 idea que se origina en el Proyecto como la tendencia de la mente a descargarse de la energía. Sin embargo, particularmente en el Esquema (1938), Freud describe, como en el
Modelo 1, algo que es bullicioso en su carácter destructivo, dirigido tanto hacia afuera como hacia el self “[cuyo] objetivo final es deshacer conexiones y así destruir las cosas” (Freud, 1938, p. 147).
La desmentalización que Freud describe, produce un tipo particular de placer que de inmediato nos enfrenta con una de las contradicciones centrales del Más allá del principio del placer. Lo que comenzó en la vida como un principio usado para explicar la repetición de lo displacentero, como algo que está ‘más allá’ del placer, misteriosamente se transforma, a través de su capacidad de atraer a un estado anterior de cosas, descargando a la psique de tensión a una pulsión que busca el placer, pero uno particular y definitivo. Entonces, lo que está más allá del principio del placer no lo está en lo que no se refiere al placer, sino que está más allá, en el sentido que no se relaciona con ningún tipo particular de placer. No es el placer derivado de la satisfacción de ningún deseo en particular, sino que se deriva de la negación de todo deseo. Pensar, instala en la mente una demanda por trabajo, mientras que el placer al que se aspira a través del ‘Modo del principio de Nirvana’ es un placer que surge de la ausencia de trabajo, desde un estado desmentalizado. En su trabajo “La negación” (1925) Freud diferencia una negación más benigna3 con algo cualitativamente diferente, el negativismo desplegado por algunos psicóticos, que él vincula con la “pulsión de destrucción” (p. 238).
En el caso Schreber (Freud, 1911), esta negación psicótica es descrita en términos pasivos, como el repliegue de la libido, pero para comprender su naturaleza, Freud cita las siguientes líneas de Fausto:
¡Wo! ¡Wo! Entonces eso destruyó el hermoso mundo Con un poderoso puño En ruinas lo arrojó Por el soplo de un semi-dios roto. (p. 69)
Freud intuye que los procesos que estaba describiendo eran manifestaciones de una violencia extrema.
Klein, en su definición de la pulsión de muerte, describe estados de la mente que son tanto violentos como sádicos. Para controlar la ansiedad temprana, ella explica cómo la destrucción que surge desde dentro (pulsión de muerte) es desviada al exterior creando un mundo persecutorio. El bebé que odia crea un pecho odioso que luego internaliza transformándose en la base psicológica para ataques violentos contra el self y el objeto. El pecho antivida internalizado también es el prototipo de una relación interna envidiosa (heredero de la pulsión de muerte). Aunque Klein habla de la aniquilación de objetos, por supuesto, estos nunca son realmente destruidos, es más bien una dialéctica infinita de destrucción que puede no terminar nunca, ya que todo objeto atacado reemerge como un perseguidor.
Bion hace explícito lo que, a mi juicio, Freud postula implícitamente sobre la negación psicótica. Él centra su atención en las funciones mentales (más que en los objetos), particularmente aquella función que llamó ‘pensar’. El pensar involucra vincular los objetos en la mente, entrelazando ideas con emociones, dándoles así significado.4
Entonces, para Bion el pensamiento es una expresión de la pulsión epistemológica de Freud y Klein. Él describió el principio Mefistofélico que se opone al pensamiento: separa el pensar del sentir, despoja las ideas de su significación y ataca todo significado. Bion lo llamó el ‘principio −K’ y es esto lo que enfatiza el tipo de negación más maligna a la que se refiere Freud en su trabajo. Para Freud, Klein y Bion, este proceso es una manifestación de los procesos mentales más destructivos. La negación bajo la égida de este principio no es un primer paso hacia el juicio, sino que es la ‘eliminación’ de la función lo que hace que este sea posible.
Cuando la mente se confronta con la toma de conciencia, la necesidad o del deseo insatisfecho, hay un número de caminos posibles. Uno de ellos es buscar la satisfacción, otro es aniquilar la experiencia de la necesidad, como también el experienciar/percibir el self que nos trae la conciencia de la necesidad (ver Segal, 1993). Existe aún otra posibilidad: distorsionar el mundo de tal manera que se crea la ilusión de que la necesidad ya está satisfecha. Esto ocurre manifiestamente en las alucinaciones y de manera más subyacente en distintas formas de ilusión.
El pensamiento, en el modelo Klein/Bion, representa simbólicamente el trabajo creativo de la pareja parental interna, que genera nuevos pensamientos equivalentes a los bebés. Para Bion, una de las características más importante de este principio −K, es “su odio hacia cualquier nuevo desarrollo, como si el nuevo desarrollo fuera un rival a ser destruido” (Bion, 1962, p. 82), haciéndose eco del relato de Goethe sobre Mefistófeles.
Pareciera, entonces, que tanto Klein, Segal y Bion ponen mayor énfasis en el evidente ataque violento, la destrucción de los objetos buenos, objetos muy vinculados a la capacidad de pensar. Sin embargo, ellos claramente reconocen una forma de destructividad que posee una cualidad más continua. Bion escribe: “[Afirma] su superioridad al encontrar falla en todo” (1962, p. 96) y, uno podría agregar que hace valer la superioridad de la ignorancia por sobre el conocimiento.
Esta perspectiva, desarrollada particularmente por Betty Joseph y Michael Feldman (ver Feldman, 2000), pone mayor énfasis en el control sádico de la pareja interna impidiendo la copulación.
Si volvemos ahora al sueño de mi paciente: “Ha habido una explosión nuclear. El polvo, la lluvia reactiva cayó todo sobre mí. Fue placentero y pacificador”, pienso que hay otro rasgo típico de estas situaciones: el sueño hace referencia a algo que es muy violento, que, sin embargo, no es presenciado, y que es comunicado en la voz pasiva “ha habido una explosión nuclear”.
Tiempo después y luego de un fructífero trabajo en el cual mi paciente fue más consciente de la realidad de mi presencia como ser humano (en vez de un tipo de máquina interpretadora), sorpresivamente enmudeció. Al preguntarle qué estaba pensando, dijo, débilmente, “Nada”. Continuó explicando que podía ver los colores azul, amarillo y blanco, y que era una experiencia irrelevante y placentera. Cuando le hice notar el hecho que la cubierta del diván tenía exactamente esos colores, me confirmó que no se había dado cuenta de ello.
En ese momento pensé lo siguiente: la realidad del contacto analítico, representado por la cubierta del diván, ha sido negada y evacuada a través de sus ojos como nubes de lluvia reactiva que son a la vez insignificantes y placenteras.5 Como en el sueño el ataque violento a su capacidad para pensar no fue presenciado, el paciente no experimentó la explosión sino solo sus secuelas, la lluvia radioactiva placentera que sirve para paralizar todo pensamiento.
Aquí uno puede pensar en el placer derivado de la aniquilación del contacto (la explosión nuclear). Alternativamente, uno podría dar énfasis a la atracción hacia un tipo de estado agradable y anestesiado, nada excepto nubes de colores placenteras, removiéndolo de la consciencia de deseo, separación y frustración. He aquí una doble negación: la violenta negación de aspectos de la realidad, y la negación del hecho de que esto ha ocurrido. Por último, uno puede considerar el placentero estado de satisfacción derivado del sentimiento de haberme controlado/paralizado, manteniéndome vivo, pero en un estado severamente reducido y debilitado (Feldman, 2000). Aquí la lluvia reactiva que cae, representa el instante del ataque destructivo al contacto que continúa después de la explosión.
Los tres modelos tienen en común la importancia que se le da al ataque del pensar. Pero la pregunta natural que surge es si el odio al pensar es un tipo de dato irreductible o la manifestación de un proceso más profundo. Freud describió el rechazo primario del yo al mundo externo, a cualquier cosa que no sea el sí mismo. Britton (2003, p. 127), ha llamado a este impulso “xenocida”; esta fuerza omnipotente odia cualquier cosa que se sienta como una obstrucción. Por supuesto, la realidad externa actúa simplemente como una obstrucción de la omnipotencia, pero esto solo se vuelve un problema psicológico cuando hay consciencia de esto, que incluiría el reconocimiento de la pérdida del objeto y la inevitable insatisfacción del deseo.
En algún nivel, el pensar se presenta a la mente como una obstrucción, y es por esta razón que es odiado, tanto porque es solo un pensamiento (y no acción) como también porque tal pensamiento trae a la mente la conciencia de que la realidad impone limitaciones/obstrucciones. En cierto sentido, es como dispararle al mensajero (consciencia de la realidad) porque el mensaje (las limitaciones y obstrucciones impuestas por el mundo) no se pueden asumir.
Pensar, como hago uso del término aquí, depende de la capacidad de diferenciar inicios, términos, fronteras entre espacios, aceptándolas como limitaciones en vez de obstrucciones a ser destruidas.
Marietta, una adolescente psicótica niega toda diferenciación en un estado de continua excitación. Luego de tres años de análisis, Marietta aún reclama no saber a qué hora comienzan o terminan sus sesiones. Su mundo es ‘unidimensional’: lo que es bueno es verdad, lo que es verdad es bueno y está dentro mío. Lo que es malo está fuera de mí.
Como es su costumbre, Marietta llega a sus sesiones cantando de manera libre y despreocupada. Lo hace mientras sale del ascensor, cuando entra y sale por la puerta de mi consulta, luego continúa en la sala de espera, y cuando entra y sale del baño. Pensé en la canción como algo concreto, una especie de cuerda que va uniendo todos los espacios, negando así cualquier diferenciación. La puerta de la consulta, ella insistía, debía mantenerse abierta.
Sin embargo, como resultado de pequeños progresos, comenzó a ser posible pensar en cerrar la puerta. Cuando se lo mencioné, me replicó: “Yo puedo hacer lo que quiera, cuando quiera”. Entonces cerré la puerta. Cuando se retiraba de la consulta, la escuché murmurarse suavemente: “La puerta está abierta”. Siguiendo a Freud (1924), podemos señalar que ella negaba (renegaba) la realidad y en su lugar “instaló un delirio como un parche donde originalmente se había producido una rasgadura en la relación del yo con la realidad” (p. 150).
Durante la siguiente sesión, Marietta demostró haber tenido suficiente tiempo para recuperarse de este procedimiento de emergencia. Al entrar a la consulta, dejó la puerta abierta, se volvió hacia mí muy lentamente y haciéndolo coincidir con el momento en que yo reunía fuerzas para levantarme a cerrarla, ella gritó: “Anda y cierra la puerta, pelotudo”.
En este caso, ella acepta la realidad del cierre de la puerta, pero niega su significado, y de manera aparente, la somete a su control. De esta forma, ella destruye su capacidad para percibir, mantiene su omnipotencia, evade el pensar y, por lo tanto, el conocimiento.
Hay algunos rasgos más que agregar a esta interacción que me gustaría discutir. Pareciera ser que la respuesta inmediata, el ‘delirio’, era el proceso de mayor malignidad, y lo pensé así durante un tiempo. Pero ya no. Primero, no pienso que esto fuera estrictamente un delirio. Ella sabía que la puerta estaba cerrada y al murmurar “la puerta está abierta” fue, pienso, más bien un intento desesperado de lidiar con alguna situación interna terrible. En ese sentido, ella estaba muy conectada con la realidad.
Sin embargo, el material de los días siguientes trajo un tipo de dificultad completamente diferente. Lo que existió en su mente como una consciencia real del mundo fuera de su control, estaba ahora radicalmente alterado. Ella ya no necesita pretender que la puerta está abierta. Acepta que está cerrada, pero el significado de esto radica en que está en línea con su omnipotencia. Es ella quien demandó que la puerta se cerrara. Para ella, el regreso de su control omnipotente estuvo asociado con una gran excitación interna, mientras que para mí trajo desconcierto y un profundo sentido de desesperanza.
Este es el movimiento que quisiera considerar por un momento, ya que me parece que ofrece una salida a un dilema no poco común que surge cuando intentamos discutir los procesos mentales destructivos. Pienso, por ejemplo, en aquellas situaciones donde un escenario perverso particular, entendido como una manifestación de procesos psíquicos mortíferos, es reinterpretado como un procedimiento defensivo necesario que mantiene al individuo vivo.
Un ejemplo reciente de la literatura servirá como ejemplo. Feldman (2000) describe a un paciente que parecía obtener un placer y una gratificación muy particular en morigerar a sus objetos. Al discutir el material, Alexander (2000) ve al paciente desesperado y defendiéndose a sí mismo de un dolor intolerable; una actividad que no puede ser destructiva, en efecto estaría más al servicio de la vida, una interpretación completamente opuesta.
No obstante, si nos enfocamos en la forma cómo funciona la actividad destructiva, a menudo observarmos una transformación. Para muchos, tales procesos mentales se originan como una defensa contra algo que es experimentado como insoportable y, en este sentido, es protector (como Marietta pretendiendo que la puerta está abierta). Pese a ello, lo que nace como una defensa puede sutilmente alterarse de manera tal que adquiera una forma idealizada de vida propia, alejada de su origen defensivo y frecuentemente evidenciando un tipo de cualidad maníaca. Uno puede pensar en pacientes temerosos del contacto con otros seres humanos, pero que ven su capacidad de absoluto desapego como evidencia de superioridad.
Freud (1937) describe cómo los individuos buscan recrear en la vida situaciones que les sirven para racionalizar sus defensas, funcionando como una fuerza poderosa contra cualquier cambio, “una resistencia contra el develar las resistencias” (p. 238), una ‘meta-resistencia’ (mi término) contra cualquier movimiento y, por lo tanto, totalmente opuesto a cualquier desarrollo, ya sea en la vida o en el análisis. Freud consideró esto como una manifestación de la pulsión de muerte. Otra forma de señalarlo (ver Feldman, 2000) es considerar el empeño de la mente en recrear externamente su imagen interna del mundo para convertir la fantasía en realidad. El paradigma de este estado es la gratificación alucinatoria del deseo que Freud relacionó con la ‘identidad perceptiva’ obtenida de los sueños. El enactment a través de su intento por asegurar esta identidad entre lo interno y lo externo, busca recrear esta ‘identidad perceptiva’. La ilusión, y es siempre una ilusión, como una identidad completa, no puede, por supuesto, nunca ser lograda, remueve los fundamentos (percepción de la diferencia) sobre los cuales se asienta el pensar; y el alcance logrado es la extensión en la cual el pensamiento (o el uso del término de Freud ‘juicio’) se hará imposible. La creación de este tipo de identidad entre lo interno y lo externo puede asociarse con un placentero estado de ausencia de conflicto, de ausencia de tensión; en consecuencia, este empuje hacia la desmentalización se revela como heredera del estado de ‘nirvana’ referido por Freud en Más allá del principio del placer: “Este esfuerzo por mantener constante o por remover la tensión interna debido al estímulo” es, según Freud, “una de nuestras razones más fuertes para creer en la existencia de la pulsión de muerte” (1920, pp. 55-56).
Volviendo a mi paciente Marietta, el ataque a la realidad puede parecer violento y repentino al destruir de una manera maníaca su propia capacidad para pensar, terminando en un estado lamentable. Lo que podrían haber sido pensamientos se convirtieron en “mierda” (conformando el Modelo 1). Sin embargo, en otras situaciones el logro de la ilusión de identidad es experimentado como una especie de desmentalización asociada con el placer (Modelos 2 y 3).
Estos procesos son fáciles de observar en pacientes abiertos y ruidosos en sus esfuerzos por inmovilizar el análisis. Sin embargo, en otros pacientes, fuerzas similares pueden ser movilizadas, pero de una manera más sutil. El Señor C se esforzaba por generar un estado de mucha cordialidad acompañado de una ausencia de movimiento. Me debatía en cómo comprender esto. Por momentos me parecía que la inmovilización le servía como protección contra una desolación insoportable, mientras que en otros momentos me preguntaba si la re-creación en su vida del escenario familiar de ser abandonado estaba asociado a un placer oculto.
El Sr. C
El Sr. C, un profesor de secundaria de origen alemán que se había trasladado a Londres hacía 10 años, tenía un trabajo muy debajo de sus capacidades. En los primeros años de análisis, aparentemente parecía ocupar una posición muy grata; abiertamente dedicado a su análisis conmigo, el que sentía como un privilegio, hacía grandes sacrificios para mantenerlo. Por ejemplo, accedió a pagar unos honorarios que solo más tarde reparé en que no podía costear. Sin embargo, yo a veces vislumbraba una faceta distinta de él, que mantenía el registro de mis errores.
Al terminar las sesiones él solía permanecer en el diván por un momento más, como si revisara cuidadosamente mi última interpretación. Entonces se levantaba, se volvía hacia mí y me decía antes de irse: “Gracias”. Nunca supe por qué me agradecía, ya que su vida se mantenía como cuando lo conocí, perseguido e infeliz y dominado por propiciar objetos de los que él desconfiaba, pero de los cuales dependía. A diferencia de otros pacientes que utilizan el análisis en sus vidas para quejarse de mucha gente, el Sr. C aparentaba utilizarlo (al menos abiertamente) para perdonar a sus objetos malos. Su mirada del análisis se podría describir de la siguiente manera: “A través del análisis yo puedo aprender cómo distorsionar mis objetos, proyectando en ellos aspectos de mí mismo, de los cuales mi análisis me los hace propios, entonces me permitirá verlos como buenos, en vez de verlos como malos”. Con el fin de alterar la realidad de sus objetos, esta exposición energética de sí mismo acontece en una atmósfera altamente cargada de moralismo. Este paciente buscó un análisis kleiniano, en parte, porque lo consideraba como un apoyo a este procedimiento.
Sin embargo, está claro que, a pesar de asegurar la bondad de sus objetos, había una profunda sospecha en torno a ellos que él desconocía. Al existir una identificación proyectiva con una versión mía llamada “Dave”, lo protegía de ser el objeto de escrutinio de una atemorizante figura llamada “Dr. Bell”.
Normalmente, él describía una situación indignante, como la promesa de su novia de acompañarlo a un evento de suma importancia, por ejemplo, a una comida de trabajo, para luego “no aparecer”, o encontrarla citándose con posibles nuevas parejas. Sin embargo, antes de que pudiera recuperarme del impacto de su relato, descubro que mi paciente se ha olvidado del hecho y ahora le ayudada con el arreglo de su nueva casa.
Remitiéndose a Freud, se podría señalar que su vida estaba estructurada para racionalizar sus defensas y resistirse a develar sus resistencias.
En una ocasión, él descubrió que su novia, B, mantenía una relación con otro hombre, pero cuando la confrontó, ella le aseguró que lo “arreglaría”, de tal manera que mi paciente pareció aceptarlo rápidamente, pero, para mí, resultó ser poco convincente. Posteriormente intentó telefonearle, pero la línea estuvo siempre ocupada. En una ocasión, fue hasta su departamento y al mirar por la ventana, la vio cenando con su amante. La llamó a su teléfono móvil preguntándole qué hacía y ella le respondió “que estaba cansada y se acostaría temprano”. Él agregó: “Eso no es lo que parece desde donde estoy parado mirándote”.
En la sesión siguiente me señaló la forma cómo lo habían resuelto (con B); ahora se entendían mutuamente y mantenían una relación muy particular. Vale decir, él se había disociado de toda consciencia del significado de lo ocurrido. Así, su conocimiento de la historia de su relación con B a través de la proyección, se situaba ahora en mí. Me descubrí observando a estos ‘románticos amantes’ que habían superado sus diferencias, queriendo decirles: “Esto no es lo que parece desde donde yo estoy mirando”.
No obstante, tengo claro que esta manera del Sr. C de administrar su vida le sirve como una defensa ante situaciones que no puede manejar y que le producen una desesperación considerable. Pensando sobre esto comencé a preguntarme si hubo veces en que sintió cierta excitación asociada a su demostración reiterada de lo inadecuado de sus objetos. Cada vez que un objeto le fallaba, una voz interna parecía decirle con algún grado de satisfacción, “esto es típico”. Ocasionalmente esto parecía servir como un modo de paralizar el análisis, y nunca tuve claro hasta qué punto esto actuó como una defensa necesaria contra un dolor intolerable y cuánto estuvo asociado a un placer.
Narraré un sueño de una sesión reciente que muestra más abiertamente su cualidad amenazante, la que probablemente siempre estuvo presente, pero que ahora se muestra de una manera más accesible.
El sueño surgió luego de un periodo en el cual hubo un considerable avance, transmitiéndome de una manera muy conmovedora un mayor contacto conmigo como de alguien que luchaba por conseguir cosas que valían la pena. Él estuvo discutiendo, con algo de carga emocional, el hecho de haber observado que el edificio de departamentos (donde está mi consulta) lo estaban remodelando. Notó que era un trabajo arduo y meticuloso. Le pareció que este hecho le mostraba una imagen mía como de alguien que hubo trabajado muy duro para lograr cosas (en vez de, por así decirlo, de ser alguien alimentado con cuchara de oro):
Él visita a Wilhem [su único amigo íntimo]. En el sueño, Wilhem es propietario de una enorme hacienda. El paciente camina por los jardines que se encuentran en distintos niveles [él no usó la palabra, pero sonó algo así como terrazas]. Miró los alrededores, parecía muy impresionado, pero entonces ve un gorila moviéndose alrededor de los matorrales. Él no pensó que esto era correcto; comparó la escena doméstica con el animal salvaje merodeando en los matorrales. En el sueño pensó: Ellos [los animales salvajes] debiesen estar separados, y no entremezclados de esta manera.
También se dio cuenta de que era el único que parecía estar preocupándose del peligro. Hay una tarima [un tipo de plataforma]. El gorila aparece y se para en ella y también se mueve por ella en cuatro patas. Asocia la tarima con el ir a una exhibición de motocicletas BMW sobre una plataforma [el paciente es un entusiasta motociclista].
Entonces hay gente sobre el césped estirando manteles, no parecían estar molestos con el gorila y le vuelve a parecer que no es correcto.
Se va al interior de la casa con Wilhem y aparece un gato muy peludo. El gato ataca a Wilhem —lo muerde en el tobillo—. Wilhem no puede hacer nada y él [mi paciente] se siente indefenso de poder alejar al animal de él.
Durante la sesión comprendimos los siguientes elementos:
- Él llamaba mi atención hacia algo peligroso que pasaba desapercibido entre los matorrales. Concretamente, creyéndome muy complacido con mi trabajo (quizás parado sobre la plataforma) y, por lo tanto, desconociendo que algo salvaje y amenazante se estimulaba en él, sin ver cuán peligrosa se había convertido la situación.
- En sus asociaciones al sueño, el paciente me señaló un error cometido por mí en los honorarios. Lo dijo con una sonrisa “amistosa”, como una aparente amistad civilizada. Sin embargo, pensé que su sonrisa también representaba un triunfo de esa parte suya que me observaba como merodeando para aferrarse de algo y usarlo para decirse a sí mismo: “típico” y de esta manera revelarme ante él como alguien no muy diferente a los otros objetos.
- Cautamente él advierte mi fragilidad, mi “Talón de Aquiles” y luego se aferra a ella como un gato, mientras que otra parte de él observa impotente y con horror.
He sugerido que cierto estado de desmentalización era característico en mi paciente y esto se manifestaba de diversas maneras. A veces, parecía provenir desde un ataque oculto y violento sobre sus objetos. Desde esta perspectiva, el sueño es muy beneficioso ya que hace que esta actividad esté más disponible.
Sin embargo, en el Sr. C el ataque al pensar tenía una cualidad más continua, al empujarlo una y otra vez a representar el mismo escenario central. Aquí la desmentalización se logró a través de constantes ataques contra su propio yo, al recrear en el mundo externo las relaciones de objeto familiares generando sutilmente una parálisis en el trabajo analítico, parecido al Modelo 2. Aunque esto debe haberse originado como una defensa, me pareció que adquiría un carácter de excitación en sí mismo, de la manera como lo he descrito más arriba. Se hace evidente aquí el apoyo probatorio del concepto de Freud sobre la pulsión de muerte, por el mero hecho de la compulsión a la repetición.6
El sueño también puede interpretarse como la demostración de una actividad continua en la que el paciente se aferra a cualquier debilidad que ve en mí. De esta manera, él mantiene su limitada visión de sí mismo y de sus objetos. El placer cruel que obtiene en aferrarse a lo que él considera mi punto débil y, de esta forma, paralizar el trabajo, es sugerente al Modelo 3.
Me produjo interés la manera en cómo la buena sesión previa con dejos de cierta normalidad (la imagen de un trabajo duro y meticuloso), se había transformado en una versión mía logrando un vasto patrimonio sin ningún costo ni esfuerzo. Podría pensarse que esto generaba envidia, pero creo que esta visión de mí es más bien el resultado de la envidia. No hay necesidad de ser envidioso de un objeto que no tiene capacidades propias y que solo las adquiere como una herencia.
Una nota acerca del placer en la destrucción
Segal sugiere que el placer en la destrucción se deriva parcialmente de la ‘libidinización’ y ‘sexualización’ de la pulsión de muerte, pero también reconoce que existe un tipo de placer que surge como una satisfacción natural y concomitante a la pulsión de muerte. Algunos autores han tendido a equiparar el placer con el Eros, explicado por el placer derivado de la destructividad solo a través del concepto de fusión de instintos. No obstante, esto se vuelve tautológico (es decir, cualquier placer proviene de Eros, y así es por definición). Sin embargo, si descolgamos el placer de Eros, entonces podemos permitir un lugar al placer en la destructividad.
Laplanche (1976) señaló que no podemos escapar al problema del masoquismo ubicando el placer en otras partes, por ejemplo, sugiriendo que el masoquista obtiene el placer mediante la identificación con el sádico que ataca al objeto; en otras palabras, el dolor se sufre como una manera de obtener un placer en otra parte. Laplanche sostiene que si eso fuera así, no habría un “problema económico del masoquismo”. El placer que él señala debe estar donde el dolor se encuentra.
Pienso que un argumento similar puede darse con respecto al placer en la destrucción, es decir, el placer no está en cualquier parte, sino donde está la destrucción. Aquí, nuevamente podemos distinguir dos tipos de placer: el que deriva de la destrucción en sí misma y el que proviene del continuo empuje hacia un estado de desmentalización pasajero.
Conclusión
Algunas veces se ha sugerido que el descubrimiento de Freud sobre la pulsión de muerte proviene de factores ajenos, tales como el hecho biográfico de su cáncer y de la deprimente coyuntura histórica de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, este tipo de argumentos parten desde la premisa que se quiere demostrar, es decir, que el concepto no tiene sentido para luego justificar lo que es visto como una desviación bizarra de Freud con un poco de ‘análisis salvaje’. Aun cuando fuera cierto que estos factores ajenos jugaron un rol en sensibilizar a Freud en la importancia de la actividad destructiva, esto no constituiría un argumento contrario al concepto. Uno podría argumentar fácilmente que la constelación familiar de Freud estaba relacionada de alguna manera con su descubrimiento del complejo de Edipo, pero sin duda esto no sería considerado un argumento contra la veracidad del concepto. La procedencia de una idea no tiene una relación transparente con su contenido de verdad, más aún muy buenas ideas pueden provenir de lugares muy extraños. Un concepto como el de pulsión de muerte debe demostrar que proporciona una mejor explicación para fenómenos clínicos que no han sido explicados adecuadamente por otras teorías existentes, debiendo llevarse a cabo el trabajo teórico necesario. Wollheim (1971), en su magistral pequeño libro sobre Freud, argumentó convincentemente que el concepto de pulsión de muerte trató un problema teórico existente desde el trabajo del narcisismo, que amenazaba el dualismo necesario para la teoría de Freud. Wollheim argumenta que la teoría de la pulsión de vida y la pulsión de muerte restituyeron una profunda dualidad de la vida mental. De modo muy interesante Norman O. Brown (1959) hace un planteamiento muy similar. Sugerí que el uso del concepto de pulsión de muerte en la teoría kleiniana contemporánea, cubre tres procesos diferentes cuya fenomenología es distintiva.
1. Actos violentos de destrucción/aniquilación, incluyendo el fenómeno interno como la aniquilación del pensar (Modelo 1).
2. La atrayente seducción en el mundo de no-pensamiento, al modo placentero del estado de ‘nirvana’ de Freud. (Modelo 2).
3. El control sádico de los objetos previniendo cualquier movimiento, esto asociado a un placer extraño (Modelo 3).
Estas actividades destructivas pueden ser consideradas como eventos (como en el Modelo 1) o procesos (como la atracción hacia un no-vacío, o una actividad sádica continua), Modelos 2 y 3. Más aún, el objetivo de destrucción puede ser un objeto o una función. Freud, lo ejemplifica en Fausto: “El Diablo mismo se define a sí como el adversario, no de lo que es sagrado y bueno, sino del poder de la Naturaleza para crear, la de multiplicar la vida: esto es Eros” (1930, p. 121, las cursivas son mías).7
Una mayor diferenciación se encuentra en aquellos procesos que son más ‘ruidosos’, manifiestamente destructivos, buscando aniquilar todos los límites y aquellos otros procesos que se desarrollan silenciosamente.
El concepto de la pulsión de muerte aún tiene mucha oposición, pero todavía cuando ahora podemos estar menos seguros de si es útil concebirlo en términos biológicos, la existencia de una fuerza psíquica que se opone a la vida y al desarrollo y en particular al pensar, me parece que posee una solidez sustancialmente empírica y ha entregado un convincente marco teórico para comprender la profunda dualidad que gobierna la vida psíquica. Las pulsiones de vida y de muerte pueden ser consideradas como las tendencias de poderosas fuerzas siempre presentes en la mente.
En el corazón de la visión trágica de la humanidad de Freud, se encuentra la ineludible lucha entre la vida y el odio a vivir, entre el pensar y el odio al pensamiento. Sugiero que el concepto de pulsión de muerte expresa esa visión trágica en su forma madura.
Referencias bibliográficas
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Britton, R. (2003). Sex, death and the superego. Londres: Karnac Books.
Brown, N. O. (1959). Life against death: The psychoanalytical meaning of history. Middletown, CT: Wesleyan University Press.
Feldman, M. (1997). Proyective identification: The analyst’s involvement. International Journal of Psychoanalysis, 78, 227-241.
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Freud, S. (1911). Psycho-analytical notes on an autobiographical account of a case of paranoia (dementia paranoides). The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud. Volumen 12. Londres: The Hogarth Press and the Institute of Psycho-analysis, 1975.
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Laplanche, J. (1976). Life and death in psychoanalysis. Baltimore, MD: Johns Hopkins UP.
Segal, H. (1997). The clinical usefulness of the concept of death instinct. En Psychoanalysis, literature and war. Londres: Routledge.
Wollheim, R. (1971). Freud. Londres: Fontana.
1 Publicado originalmente en The International Journal of Psychoanalysis 96(2): 411-423. Traducido del inglés por Rodrigo Rojas Jerez.
2 Freud tomó prestado el término de Barbara Low, pero es un nombre erróneo. ‘Nirvana’ se refiere a la capacidad de vaciar la mente de manera de acceder a los aspectos más profundos de la conciencia, por lo que es muy diferente de un tipo de aniquilación del pensar como la señalada por Freud.
3 La negación más benigna es un tipo que está a medio camino del conocimiento del self, como en la siguiente ilustración: un paciente relata un sueño en el cual él ve una mujer muy atractiva que está vestida seductoramente y le hace señas. Él estaba muy excitado. Luego de un silencio de varios minutos dijo: “Bien, no era mi madre”. La idea de que fuese su madre había entrado en su mente consciente, se hubo cesado la represión, pero la continuidad de la represión es indicada por el signo de la negación.
4 El desarrollo de la capacidad de pensar requiere que los “objetos se hayan perdido una vez que se ha logrado una satisfacción real” (Freud) lo que se compara fácilmente con “el no-pecho llega a ser un pensamiento” de Bion.
5 Bion describe un fenómeno similar en “Ataque al vínculo” (1977).
6 Esta situación me recuerda a un grupo de pacientes que parecían entender y coincidían con las interpretaciones del analista, pero nos damos cuenta que silenciosamente las alteran y, en consecuencia, las perciben de una manera muy distinta. Ellas no introducen nuevas preguntas ni posibilidades y solo confirman la imagen de mundo del paciente, solo le muestran lo que ya “sabe”. “Muestra” por ejemplo, que el analista está irritado o es seductor. Si el analista está alguna vez un poco irritado, entonces esto es todo lo que el paciente reconoce y cualquier otro aspecto es eliminado, confirmando así un cuadro interno de la situación analítica en el que el paciente cree, y que, en su fuero interno, estima que el analista comparte sin reconocerlo.
7 Lo primero (lo que es santo y bueno), lo entiendo como un objeto, lo segundo (el poder de crear) una función.
AMOR VERSUS ODIO. LA INSPIRACIÓN PARA VIVIR8
Robert D. Hinshelwood
El psicoanálisis clásico ha tendido a priorizar la analogía del flujo de energía y sus vicisitudes. Esta analogía dependía del descubrimiento del arco reflejo en siglo XIX y las teorías psicofísicas como las de Fechner (Elements of Psychophysics, así como Elemente der Psychophysik, publicadas en 1860). Recientemente ha habido un cambio lento, pero definitivo, que nos aleja del modelo de los instintos y del modelo energético y que nos acerca al estudio de los afectos y de sus significados. Como lo observó Brierly: “Con pocas excepciones, [nuestros pacientes] todos y cada uno de ellos se quejan de algún desorden en el plano de los sentimientos” (Brierly, 1937, p. 267). Este cambio de énfasis que está dirigido hacia los sentimientos y las significaciones va más en la línea de una teoría de la información, que de una teoría de la energía. Al mismo tiempo, está más dirigido hacia la tecnología de las computadoras, que hacia la analogía del sistema eléctrico.
Freud fue ambiguo acerca de su énfasis sobre la energía. A veces, parecía seguir a sus pacientes en el énfasis que ponían a sus sentimientos en relación a otros, así como en relación a sus objetos. De esta manera, en trabajos como “Duelo y melancolía” (Freud, 1917) priorizó las relaciones con objetos y los sentimientos asociados —en el caso del texto de melancolía, los afectos fueron los de tristeza y duelo—. En cambio, en su trabajo sobre las vicisitudes de los instintos (Freud, 1915), una de sus ideas centrales fue opuesta a lo anterior: “El amor no solo admite un opuesto, sino tres. Además de la antítesis ‘amor- odio’, hay otra que es ‘amar- ser amado’; y además de esto, amar y odiar tomados juntos, son lo opuesto a la condición de despreocupación o indiferencia” (p. 133).
Como esta cita insinúa, Freud habló de sentimientos como una manera de caracterizar los instintos. Sin embargo, la condición resbaladiza entre biología por un lado y experiencia mental por el otro, fue resuelta por él en el curso de la historia del psicoanálisis a favor de los instintos.
El psicoanálisis británico siguió un curso diferente, y Melanie Klein encontró rápidamente una afinidad con ello cuando se instaló en Londres en 1926. Ellos tendían a mantenerse relativamente independientes de Viena. Cuando Anna Freud (1927) publicó su fuerte crítica a Klein, el psicoanálisis británico apoyó mayoritariamente a Melanie Klein (ver simposium en la International Journal of Psychoanalysis en 1927). Klein no se formó como médico o bióloga y, por lo tanto, no estaba constreñida por los modelos conceptuales clásicos que se derivan de la aproximación científica de la medicina y la psicología. Ella fue directo al sufrimiento de los pacientes:
Frecuentemente se me ha preguntado cómo fue que yo abordé a los niños de la manera que lo hice, la cual es una manera enteramente no ortodoxa y en muchos casos, opuesta a las reglas que existen para el análisis de adultos. Aún no puedo responder qué fue lo que me hizo sentir que la ansiedad era lo que debía tocar y porqué procedí de esa manera, pero la experiencia confirmó que yo estaba en lo correcto y hasta cierto punto, el comienzo de mi técnica de juego me remonta a mi primer caso. (Klein, 1959, p. 24)
Aparentemente su foco fue distinto desde un comienzo, y ella pensaba que ¡iba en contra las reglas! Klein se concentró en los afectos y realmente no entendía la naturaleza científica de los instintos, o quizás ella no estaba interesaba en tales abstracciones científicas. Nunca usó en sus escritos términos como ‘energía psíquica’ o ‘modelo económico’. Así es, como uno de los comentadores de la teoría psicoanalítica de los afectos concluyó: “Alguno de los conceptos centrales de la teoría de Klein puede provechosamente ser leído como un discurso sobre los afectos y sus leyes de funcionamiento” (Stein, 1999, p. 79).
Klein enfocó su atención en el sentimiento de ansiedad, y no solo en la teoría metafísica. La ansiedad fue también el foco de sus interpretaciones:
Klein enfocó su atención en el punto de máxima ansiedad en la transferencia […]. Inicialmente […] las interpretaciones pueden aumentar la ansiedad, la resistencia y la hostilidad, sin embargo, la ansiedad se reduce cuando el analista entrega la interpretación con el temple correcto y está dispuesto a adaptarse y corregir sus ideas de acuerdo a las respuestas del paciente. (Steiner, 2017, p. 16)
Más aún, las defensas y resistencias no son en contra de la energía instintiva, sino en contra de las ansiedades: “Klein principalmente atribuye la resistencia a los cambios en la producción de la ansiedad” (p. 26). De esta manera, las dinámicas psíquicas ocurren en relación a la ansiedad y los afectos, más que en relación a la energía o los instintos. Nunca fue parte de la práctica de Klein ni de la escuela de las relaciones objetables la evaluación cuidadosa por parte del analista de las investiduras versus las contrainvestiduras.
Entonces, ¿de dónde viene la ansiedad? Nuevamente hay supuestos distintos. Para Freud surge de la acumulación de la energía instintiva que es reprimida por las defensas del yo operando en relación a una realidad inclemente o sobre un superyó castigador. Para Klein, la ansiedad provocaba las defensas. Sin decirlo, ella reescribió los orígenes de la ansiedad en sus primeros trabajos. La ansiedad proviene del amor y odio, o, mejor dicho, del amor versus el odio.
La técnica de juego para niños y niñas
Como muchos psicoanalistas que siguen el trabajo de Freud (1909) con el Pequeño Hans, Klein observó a los niños que atendía incluyendo al propio. Sus observaciones eran detalladas y sensibles. Primero Ferenczi (su primer analista) y luego Abraham (su segundo analista) la animaron a desarrollar un método para analizar niños. Otros analistas de la época trabajaban adaptando el método psicoanalítico para infantes, pero principalmente con el objetivo de confirmar, como el caso del Pequeño Hans lo había hecho, las teorías elaboradas por los psicoanalistas de pacientes adultos.
Klein, hasta cierto punto, adoptó una aproximación más libre y observó las emociones que los niños expresaban. Le entregaba a cada uno un set de pequeños juguetes. Esto le permitía ser testigo de los dramas emocionales que preocupaban al niño, especialmente aquellos que lo perturbaban.
Las narrativas de los juegos de niños le entregaban un acceso directo a lo que Freud había llamado ‘fantasía inconsciente’ (Freud, 1910, p. 266). Al principio tendía a observar el núcleo de la principal fantasía que Freud describió, la historia de Edipo, con los juguetes representando las figuras clave, en todas sus formas. Sin embargo, observó más allá de eso y se dio cuenta de aspectos de la historia que perturbaban a los niños/as. Esta perturbación podía ser manifestada directamente como ansiedad, pánico o cólera. Pero, frecuentemente, era la inhibición del juego el punto en que la fantasía era sentida como peligrosa por el niño.
Una de sus niñas más pequeñas era Ruth, una niña de 4 años y medio que Klein atendió en 1924 (Frank, 2009). Ruth estaba tan ansiosa, perturbada y desconfiada de los otros, que no podía quedarse en la misma habitación con el analista extraño. De modo que su hermana adolescente tenía que permanecer en la habitación todo lo que durara las sesiones. La hermana había comentado a la analista que no tenía ninguna esperanza de que Ruth jugara con ella:
Un día, mientras Ruth nuevamente le daba toda la atención exclusivamente a su hermana, dibujó un vaso de vidrio con pequeñas bolas dentro y una especie de tapa encima. Le pregunté para qué era la tapa, pero no me respondió. Al repetirle su hermana la pregunta, ella dijo que era “para evitar que las bolas rodaran fuera”. Antes de esto ella había revisado el bolso de su hermana cerrándolo con fuerza “de manera que nada se cayera fuera”. Hizo lo mismo con el monedero dentro del bolso de manera de mantener las monedas seguras adentro. Más aún, el material que ahora me traía era muy claro, incluso en sus sesiones previas. Ahí me aventuré. Le dije a Ruth que las bolas en el vaso, las monedas en el monedero y los contenidos del bolso, significaban los bebés en el interior de su mami, y que ella quería mantenerlos seguros adentro para así no tener más hermanos y hermanas. (Klein, 1932)
Esta fue una interpretación profunda, alcanzando la profundidad de la ansiedad que claramente perturbaba mucho a Ruth. Aquí la interpretación es sobre el resentimiento hacia los nuevos pequeños hermanos y hermanas, y el percatamiento de la rabia de Ruth de la necesidad de embotellarlos para siempre. Klein estaba muy impresionada por el cambio que produjo la interpretación: “El efecto de mi interpretación fue increíble. Por primera vez Ruth puso su atención en mí y comenzó a jugar de una manera diferente, menos constreñida” (1932, p. 54).
Klein presentó este caso para demostrar no solo la ansiedad de esta pequeña niña, sino que también para mostrar que al hablar acerca de ello de manera realista tuvo, en cierto modo, un efecto dramático. No fue solo jugar con Ruth lo que permitió algún manejo de su ansiedad. También fue la forma cómo el analista expresó en palabras el drama que percibió a través del juego con sus juguetes. Ese drama le provocó tanta ansiedad que la transformó en una niña temerosa. Y poner este drama en palabras, marcó tal diferencia que dejó a Klein asombrada. Debe haber sentido que descubría un método de suma importancia para demostrar tanto la ansiedad como el trastorno que la causaba, y luego cómo interpretarlo. Ruth estaba perturbada por la constante ira que le producía la inminencia de nacimientos de hermanos y hermanas.
Este tipo de demostraciones tuvo un particular objetivo en sus escritos de esa época. El conflicto con Anna Freud desde 1927, desafió el modo de interpretar de Klein. Anna Freud enfatizaba que reconfortar era la primera prioridad en el análisis con niños, y que eso simplemente se lograba jugando con ellos. Debatían sobre las consecuencias de una interpretación que desplegaba el inconsciente y que para Klein demostraba que era lo que aliviaba la ansiedad de la niña, mientras que Anna Freud consideraba que causaba un sentimiento de persecución. Incluso recientemente en un debate con Angela Joyce, quien planteó el contraste entre simplemente jugar y hacer interpretaciones, Irma Brenman-Pick dijo:
¿Entramos en el dominio del antiguo conflicto del jugar versus la interpretación, entre Anna Freud y Melanie Klein? Concretamente, ¿está el analista obligado a encontrar una manera de llevar o de seducir al niño hacia el tratamiento, como defendía Anna Freud?, o ¿existe alguna manera de alcanzar el punto de urgencia/máxima de ansiedad e interpretarla a partir de ahí, como señalaba Klein? (2011, pp. 170-171)
De acuerdo a Klein, este énfasis en hablar de lo inefable es válido incluso en los niños y continúa siendo un punto crítico del psicoanálisis de niños que está en el tapete hasta el día de hoy. El propósito crucial es verbalizar la narrativa ansiosa, en contraste a la alternativa de Anna Freud. Esa alternativa era el manejar, de manera cuidadosa (cariñosa), la redistribución de la energía desde los intereses instintivos que preocupaban al niño/a, hacia actividades más egosintónicas como fuera, por ejemplo, el simple hecho de jugar con el analista de una manera libre de ansiedad.
Esta aproximación, como he sugerido, apunta decididamente hacia la relevancia de la fantasía y no del instinto, hacia las narrativas de los dramas de las relaciones de objeto, más que al flujo de la energía psíquica. Incluso la pequeña Rita, de tan solo 2 años y 9 meses, ya sufría de severos síntomas obsesivos y demostraba muy explícitamente en sus narrativas las batallas que le causaban ansiedad y ataques de pánico. Klein escribió: “Luego de un ceremonial que fue claramente obsesivo, arropó a su muñeca para irse a dormir y un elefante fue ubicado al lado de la cama de la muñeca. La idea era que el elefante evitara que la “niña” se levantara y se escabullera a la habitación de los padres, y les hiciera algún daño o les arrebatara algo”.
La niña estaba exponiendo la idea que algo en ella le podía hacer daño a sus padres. Incluso a su edad esto causaba un impulso para detenerse a sí misma:
El elefante (la imago del padre) estaba ahí para actuar como la parte de sí misma que (previene) impide que algo malo pase. En la mente de Rita, su padre, a través del proceso de introyección, ya cumplía con ese rol. Desde que tenía un 1 año y tres meses hasta los 2 años deseaba haber usurpado el lugar que tenía su madre junto a él, robar el bebé del cual su madre estaba embarazada y dañar y castrar a ambos padres. Las reacciones de furia y ansiedad que ocurrieron cuando el bebé era castigado en los juegos, mostraban que, en su mente, Rita representaba ambos roles: el de las autoridades que infligían castigo y el de la niña que lo recibía. (Klein, 1929, p. 136)
La niña se debate entre el deseo lleno de odio de cometer algún acto violento o un robo y, al mismo tiempo, queriendo impedir provocarle algún daño a quienes ama. La historia en el juego es muy explícita, aunque concreta en relación a la ansiedad de la niña por el daño que su odio podría ocasionar. Ella amaba y protegía a sus padres, pero también quería dañarlos. He aquí una narrativa ansiosa de amor y de odio expuesta de una manera muy explícita y detallada.
La ansiedad está directamente relacionada con equilibrar el amor y protección contra el daño encolerizado. En las presentaciones de su trabajo con niños, Klein mostró una y otra vez este patrón y el efecto de alivio cuando el analista podía mostrar su comprensión al poner en palabras este conflicto. De manera muy interesante podemos seguir con interés su avance desde el trabajo con niños hasta el trabajo con adultos. Esto ocurrió alrededor de 1930 cuando ella se convirtió en analista didacta de la Sociedad Británica. Existen algunas notas en los archivos de sus observaciones clínicas en 1934 con pacientes adultos que pueden ser datadas por referencias históricas de lo que ocurría en Alemania en ese tiempo. Su aproximación pareciera ser una reminiscencia de su técnica de juego basada en la observación de la narrativa ansiosa que ocupaba la mente de su paciente adulto. Replicaba su comprensión de las fantasías de los objetos en relación a uno y otro, narrando historias simples acerca de la amenazante intrusión del odio. De esta manera, Klein transfirió su método de observación de las narrativas del juego de los niños a aquellas que tiene el adulto en su proceso de pensar. Una ilustración breve de sus notas muestra a un paciente adulto que describe la narrativa en su mente, notablemente similar a las descripciones del despliegue de la narrativa ansiosa de los niños en sus juegos:
St […] se siente continuamente obstaculizado en su trabajo por su ansiedad, de que si tiene una buena idea, tan buena que valga la pena, esta podría ser robada por los enemigos que hay dentro de él. De manera que la ansiedad aumenta si la idea es realmente buena. Asociaciones de subir una montaña, pastoreando ovejas mientras él tiene que controlar a los enemigos que lo siguen y que requiere controlarlos continuamente para que no molesten a las ovejas. Entonces si es encontrado por los enemigos, será tumbado cerro abajo, pero podría ser ayudado si se encuentra con un amigo. (Notas publicadas en Hinshelwood, 2006, p. 31)
Uno observa aquí el ‘juego’ con los pensamientos como si estos fuesen juguetes. Ella está tratando de mostrar cómo interactúan los “buenos” pensamientos y los enemigos malos, como si fueran manipulados por un niño/a en el espacio del juego analítico. Este paciente era un adulto, y la pieza de juego, una sala interna donde las fantasías inconscientes estaban constantemente puestas en escena. Hay enemigos diabólicos a quienes él odia; se involucra como si estuviera en una batalla por quién poseerá los buenos pensamientos que él tiene y espera poder encontrar a un amigo quien lo apoye en su lado en la batalla.
Emociones primarias y secundarias
Este es un tipo interno de lucha que ha sido descrito frecuentemente por las mitologías religiosas y los sistemas éticos. Pareciera ser una parte de la condición humana y el teatro cósmico en el cual estos dramas ocurren; es el mundo interior de cada individuo. Para desarrollar la secuencia del pensamiento de Klein sobre estos poderosos estados emocionales, es necesario discutir la naturaleza de estos sentimientos que trataba de entender y evaluar.
En el transcurso de su carrera, Klein se refería constantemente a cómo su propio pensamiento se apoyaba en el de Karl Abraham. Abraham fue el segundo analista de Klein quien enfermó en el transcurso del primer año de análisis, falleciendo luego (en 1925). Sin embargo, ella continuó haciendo referencia a él y comenzó a usar sus ideas al menos hasta fines de los años cincuenta e incluso hasta su propia muerte en 1960. Abraham hacía una distinción entre lo que él llamó objetos ‘parciales’ y objetos totales. Más bien usó el término ‘amor de objeto total’, pero fue Klein quién desarrolló esa idea luego de las especulaciones iniciales de Abraham, al formular el concepto de posición depresiva y su relación con el principio de realidad. La idea de objetos parciales era que estos representan lo que el sujeto ve, pero deteriorado en parte por su mundo interno de necesidades y frustraciones. Por ejemplo, un objeto parcial es el pecho que alimenta y satisface. Más aún, es visto como pretendido a dar satisfacción y es apreciado por ese intento. Entonces, mutatis mutandis, un pecho que no alimenta es visto desde el punto de vista del sujeto frustrado, como diabólicamente intencionado tratando de provocar frustración y alguna catástrofe.
En consecuencia, los objetos no son solo objetos de satisfacción o frustración. Son sujetos en sí mismos quienes se convierten en foco de aprecio o de frustración. Esta reacción secundaria a la satisfacción parece ser lo que Abraham llamó ‘amor de objeto total’, es decir, el aprecio al objeto como un objeto generoso con intención en sí mismo. Klein fue responsable en reconocer esto como una tarea progresiva y del desarrollo. La realidad del objeto como dador, ya sea de satisfacción o de frustración, se convierte en el foco del principio de realidad en la teoría de las relaciones de objeto. En particular, la realidad de la capacidad del objeto total de satisfacer y también de frustrar en momentos distintos, implica la difícil mezcla de dos objetos en uno. Entonces, el objeto es un sujeto que puede tanto ser apreciado como también molesto. Esta ambivalencia Klein la llamó posición depresiva. Y por esto la realidad debe ser alojada, es decir, que el objeto que es necesitado y que amorosamente satisface es, al mismo tiempo, odiado por la frustración que a veces provoca.
En los términos de Freud, este es el principio de realidad (Freud, 1911). Mientras Freud enumeraba seis funciones importantes del principio de realidad que el Yo debía desarrollar, Abraham señalaba a un aspecto diferente. El objeto que satisface y a veces frustra es evaluado. Hay un segundo orden de reconocimiento de los objetos los cuales son evaluados como buenos y malos ya que están relacionados emocionalmente sobre esa base. El amoroso y amado pecho es vivido no solo como satisfactorio porque alimenta, sino que es sentido como ‘bueno’ en sí mismo porque satisface. De este modo, los sentimientos acerca de la sensación de satisfacción se sacan a luz; estos sentimientos son aprecio y gratitud por el objeto. Estos sentimientos de aprecio y gratitud existen en correspondencia a los sentimientos de generosidad y amor que la madre siente hacia el bebé.
La satisfacción de los impulsos no existe por sí sola; hay complementos como el aprecio hacia otra persona que entrega satisfacción. Es un segundo orden de sentimientos, el sentimiento-acerca-de-sentimientos que complementan una relación completa; esto fue lo que Abraham llamó ‘amor de objeto total’. Abraham no definió el sentimiento-acerca-de-sentimientos como de segundo orden, pero si los describió de tal manera. En una semejanza simétrica, el objeto frustrante que retiene satisfacción también atrae sentimientos de segundo orden acerca de su frustración. Es odiado por el sujeto por su aparente odio hacia el sujeto. Nosotros deberíamos —o Abraham debió— llamarlo ‘odio de objeto total’.
La perdida interna y la posición depresiva
Esto describe dos niveles de experiencia emocional en una relación de objeto: la experiencia de satisfacción, y sumado a ello, el aprecio por la experiencia emocional de satisfacción. El interés de Klein en estas evaluaciones puede ser datado a principios de 1934 en las notas y citas anteriores. Su descripción del paciente St (descrito anteriormente) cuyos pensamientos en su mente estaban en peligro, parecieran estar en el comienzo de su investigación que sale a la luz en su trabajo sobre los mecanismos esquizoides de 1946. Describió los dramas paranoides, tales como el temor al ataque, a ser robado de los buenos pensamientos (ovejas/ pensamientos), y las defensas específicas usadas en contra de aquellas ansiedades basadas en la escisión de la personalidad. Estas son defensas contra ansiedades que ocurren dentro de la mente. Y los pensamientos tienen una existencia casi tan concreta como los juguetes.
Klein desarrolló esta línea de pensamiento y luego se volcó a su otra gran contribución, la posición depresiva. El desastre era algo que les ocurría a los objetos internos. Esta interioridad puede verse en las notas del caso St. El sentido de un desastre interno probablemente la presionaba en 1934 cuando ella misma sufrió una desgracia.
En abril de 1934, su primogénito, Hans, murió en un accidente de montañismo. Ella pareció alejarse de su interés por los mecanismos de defensa tempranos (que más tarde llamó ‘defensas esquizoides’ [Klein, 1946]). No fue sorprendente que se interesara en el estudio del duelo. Probablemente basada en los trabajos de Freud y de Abraham sobre duelo y depresión (Freud, 1917; Abraham, 1924) trabajó en la situación interna. El espacio mental presenta un espacio que alguna vez ocupó el hijo amado, de la misma manera que un niño puede tener ataques violentos contra los juguetes y destruirlos.
Esta es la narrativa interna que describió en su propio y personal trabajo de duelo por su pérdida. Prontamente, en julio de 1934 (publicado en 1935), escribió su trabajo sobre “Una contribución a la génesis de los estados maníaco-depresivos” donde bosqueja las narrativas de ese trabajo de duelo. Eventualmente, entregó en 1937 (publicado en 1940) otro trabajo, “El duelo y su relación con los estados maníaco depresivos”. El desastre que describió en el segundo artículo, el de una madre que pierde a su hijo, era claramente su propio sentir sobre la pérdida y del amor faltante dentro de ella.
En la segunda semana de su duelo, la Sra. A encontró algo de consuelo mirando lindas casas en el campo y deseando tener alguna de ellas. Pero este consuelo fue rápidamente interrumpido por embates de desesperación y tristeza. Ahora lloraba desconsoladamente encontrando alivio en sus lágrimas. El solaz alivio que encontró observando casas provenía de su fantasía por reconstruir su mundo interno, y de su interés y satisfacción de saber que la casa de otras personas y los buenos objetos existían. (Klein, 1940, p. 141)
No era el temor por los enemigos, era la sensación de pérdida en su propia mente lo que necesitaba ser reconstruido. Tomó consciencia sobre la particularidad de esta brecha, o de ese vacío interno, que representaba el triunfo de la muerte. Esto comprendía los sentimientos y el estado de la depresión. Así como en las fantasías de sus pequeños niños pacientes y el temor de St a los enemigos internos, Klein luchó con el estado interno que generó su pérdida.
El reconocimiento de Klein situó la brecha como algo interno; vale decir, el lugar en su corazón donde su hijo debía estar, tal como la pérdida del Hans real en el mundo concreto. La violencia de su muerte tocó sin dudas la sensación de la existencia de una fuerza destructiva, postulando en Klein la fantasía de que si la brecha estaba dentro de ella (como también en el exterior), entonces la muerte violenta había ocurrido adentro (como también en el mundo exterior) y se sintió como el resultado de alguna fuerza destructiva interna.
El impacto de la pérdida sentida como interna, lleva a distintas reacciones emocionales:
- Una sensación de responsabilidad como si uno hubiera transgredido con el propio odio y agresión lo que genera culpa que merece castigo y arrepentimiento.
- La negación que la pérdida (debida a la destructividad) tiene alguna importancia. El objeto no tiene ningún valor real y su pérdida no importa (conocida como ‘defensa maníaca’).
- Nuevamente un sentido de responsabilidad por la destrucción que genera culpa que requiere remordimiento y reparación (más que castigo).
La respuesta más madura es esta última, el impulso a reparar. Es la fuerza creativa por medio de la cual la vida expresa creatividad y va en busca de sublimaciones. La reparación es el despliegue exitoso del amor como un antídoto contra el odio, junto con su capacidad para cancelar los efectos del odio ya sea directamente o de alguna manera simbólica. Y, significativamente, los esfuerzos de reparación en el mundo externo ayudan, aunque la pérdida perturbadora tenga esa dimensión interna de duelo.
Instintos o reacciones
Este conjunto de fantasías inconscientes ha generado un debate constante y sin resolver acerca de si el odio es un instinto como lo es el amor. Podríamos preguntarnos si hay una necesidad innata de odiar. Tal como hay una necesidad de obtener satisfacción, ¿hay una necesidad instintiva de odiar? Con frecuencia se asume que Klein es una teórica de lo instintivo, así como Freud pareció serlo en su tardía teoría donde sostenía que había una destructividad que innatamente derivaba del instinto de muerte. Creía que había una necesidad de morir, de la misma manera que había una necesidad de vivir.
Como he señalado, Klein no tenía formación en la comprensión sobre instintos biológicos. Sin embargo, intentó utilizar la terminología debido a su preocupación por la posible exclusión de analistas si mostraban un desacuerdo explícito con Freud. Aunque Abraham nunca aceptó explícitamente la idea de instinto de muerte —falleció antes—, probablemente habría entrado en un serio desacuerdo con Freud.
Klein estaba dispuesta a no cometer el error de Jung, Adler y de otros de sus contemporáneos que abiertamente manifestaron sus divergencias. Siguiendo a Abraham, evitó cualquier disputa compleja acerca del instinto de muerte, y no fue sino hasta 1932 que utilizó explícitamente el término ‘instinto de muerte’. En su libro sobre el análisis infantil (Klein 1932), señaló que, a modo general, la destructividad se proyectaba afuera para transformarse ya fuera en agresión contra alguna persona o al temor a ser agredido por alguien. Sin embargo, también planteó que una parte del instinto de muerte se mantiene internamente atacando al Yo. Esa parte era el núcleo inicial del superyó y explicaba cómo el superyó temprano era tan irrealmente duro. Esto fue notado casualmente por Freud en un pie de página que refrenda la comprensión de Klein con respecto a su propia visión: “La experiencia muestra, sin embargo, que la gravedad del superyó que un niño desarrolla, no se corresponde en absoluto con la severidad del tratamiento que él mismo ha recibido” (Freud, 1930, p. 130).
La concepción de Freud de un instinto de muerte innato siempre ha sido discutible, y la idea de una necesidad de destruir como equivalente a una necesidad de satisfacer, frecuentemente ha sido rechazada. Algunos han sido fóbicos acerca de esta destructividad en un bebé inocente. Más tarde, Klein en su trabajo de 1955 sobre la envidia (publicado en 1957) señala una aversión al comúnmente conocido impulso a ‘morder la mano que te da de comer’. Sin embargo, con el reconocimiento de este impulso, lo que realmente decimos es que la necesidad instintiva de morder la mano generosa, es solo el instinto del bebé de succionar el pecho.
El odio en el trabajo profesional
Para concluir, debemos considerar las implicancias que esta teoría de la ansiedad y las emociones tienen para el trabajo clínico. Considerando que los sentimientos son aquello que los pacientes escogen para traernos a sesión, tal como lo planteó Brierly, ¿apuntaría esto a una técnica particular? La respuesta es sí. Muchos analistas sienten que un interés directo en la ansiedad y las emociones dolorosas los acerca a la experiencia del paciente. El término ‘contener’ es la evolución coherente del modelo clínico resultante de la descripción de Klein sobre los mecanismos esquizoides. En 1959, Bion escribió:
Cuando el paciente luchaba por eliminar de si sus temores a la muerte que eran sentidos como demasiado poderosos como para ser contenidos por su personalidad, los escinde y los pone en mí, la idea aparentemente es que si ellos pudieran reposar en mi por un tiempo suficiente, ellos serían transformados por mi psique y podrían ser re-introyectados de manera segura. (p. 312)
A pesar que en esta transacción interpersonal de estados internos hay muchas cosas que pueden salir mal, ahora es común aceptarlo como un proceso que el paciente busca y el analista provee. La reintroyección del paciente es un paso importante. Conllevará la introyección de una función del Yo que ahora podrá identificar la experiencia, tal como el analista lo ha hecho, y podrá darle un significado acorde a la realidad. Hay entonces una reintroyección de una experiencia modificada más una función del Yo (ver Segal, 1978, p. 317).
Más aún, esta función de contención que provee una útil y realista modificación es un modelo que se asume ocurre en la interacción madre-infante, incluso pre y no verbal. Esto implica un proceso psicoanalítico del desarrollo del Yo del paciente para sanar justamente dónde no se ha podido desarrollar en el pasado.
Mucho se ha escrito sobre la noción de contención psicológica de la ansiedad y de los sentimientos dolorosos, incluso reconociendo que esta puede fallar haciendo sentir al analista estresado y posiblemente provocando en el paciente formas agresivas de interrupción de la contención. Una mayor comprensión de esto se puede encontrar en otras fuentes, incluyendo al propio Bion (1962a; 1962b; Segal, 1978; Hinshelwood, 2016).
Conclusiones
En esta contribución he intentado mostrar la importancia que Melanie Klein le dio a la ansiedad por la sobrevivencia del amor y cómo podría ser invadida y amenazada por sentimientos destructivos. El amor y el objeto de amor es el centro de la ansiedad en todas las fases del desarrollo, de tal manera que la naturaleza de la ansiedad difiere de acuerdo a, primero, el temor a que el objeto no entregará suficiente protección, y luego, más tarde, el temor a que el amor en sí mismo puede ser dañado y perdido. De una manera u otra, el equilibrio entre la pérdida o sobrevivencia del yo amoroso y de los objetos de amor es un foco de ansiedad a lo largo de toda la vida, hasta que en las etapas finales las luchas deben pasar a la generación siguiente. Klein creía que este enfoque era importante e intentó demostrar con muchos ejemplos la manera en que su interpretación del destino del amor causaba alivio a pacientes de todas las edades.
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8 Traducido del inglés por Rodrigo Rojas Jerez.
CONSIDERACIONES ACERCA DEL CONCEPTO DE ATAQUE AL VÍNCULO Y ODIO (+ −H). UN CASO CLÍNICO
Jani Santamaría Linares
Cuando dos personalidades se encuentran, se crea
una tormenta emocional [...] si hacen suficiente
contacto, se produce un estado emocional por la
conjunción de estos dos individuos
Wilfred Bion, Seminarios clínicos y cuatro textos
Los psicoanalistas vivimos inmersos en el mundo afectivo, es este el escenario de nuestra actividad profesional. La situación psicoanalítica nos ofrece un modo sin igual de explorar todo tipo de afectos y es en el proceso analítico que el analista abre las puertas de la transferencia con el objetivo de que el paciente escenifique los afectos que habitan en la vida psíquica.
¿Qué puede decir un psicoanalista sobre el odio? ¿Desde qué vértice se posiciona para observar y pensar este afecto? Las teorías acerca del odio han acompañado a la historia del psicoanálisis. Las primeras pistas las encontramos en el autoanálisis de Freud (Anzieu, 1975) donde toma conciencia de la forma en la que en sus sueños aparecen deformados los deseos asesinos que tenía hacía de su padre y relaciona este afecto en el marco del Complejo de Edipo. Algunos de los trabajos centrales para comprender este tema son Tótem y Tabú (1913) y Moisés y la religión monoteísta (1938), donde Freud expone con claridad la relación entre el odio que causó el asesinato del padre y, posteriormente, el remordimiento y la culpa que son el origen de la ley simbólica de interdicción, es decir, del lazo social y de la cultura.
Más adelante, en 1915 en “Pulsiones y destinos de pulsión”, Freud escribió “el odio es, en su relación con el objeto, más antiguo que el amor”.
Considera que se odia todo aquello que es parte del mundo externo debido a que, dentro de la órbita del principio de placer, el displacer adquiere un carácter hostil. Desde este vértice, el odio funciona como una barrera para proteger al Yo.
Los puntos de contacto entre experiencia analítica y algunos fenómenos sociales de odio como el terrorismo, la migración y la misoginia, convocan lo más extremo y radical de la violencia y merecen un capítulo aparte. La historia tiene infinitos ejemplos, uno es la fábula mítica de Abel y Caín la cual nos muestra que el odio es un asunto personal que adquiere diversas formas y que, en ocasiones, nos aterra el carácter concreto de este poderoso afecto. No abordaré en este momento la serie de crímenes de odio ni discutiré los odios prototípicos milenarios ya que no deseo caer en una lógica reductiva de psicoanálisis aplicado; lo menciono porque considero que ahondar en la comprensión de la dinámica del odio que se despliega entre la mente individual y la mente colectiva merece la pena ser estudiada a fondo. En la sala de análisis, este material sobre el odio y sobre los horrores del mundo, está presente cada vez más en las sesiones, a veces las inunda y sacude la intimidad.
En el proceso analítico, dentro de la multitud de sentimientos transferenciales dirigidos hacia el analista, el odio es probablemente el más difícil de soportar. Se presenta de manera persistente y tiene una participación importante en la reacción terapéutica negativa, el impasse y la reversión de la perspectiva (Etchegoyen, 1986).
En el presente trabajo me propongo considerar una particular modalidad de odio a través de lo que Bion (1957) llamó ‘ataques al vínculo’ y ‘vínculos en H (odio)’ (1962). Mi objetivo es compartir la circulación de estas vicisitudes dentro de la diada analítica.
Las contribuciones de Wilfred Bion son una fuente continua de inspiración en psicoanálisis (Bronstein & O’Shaughnessy, 2017). La originalidad de sus investigaciones en el trabajo de la mente y de sus funciones, ha abierto la puerta a una variedad enorme de avenidas para su exploración. Su forma de teorizar el odio es uno de los carriles organizadores de su pensamiento a lo largo de toda su obra. Sus aportes sobre el papel de la agresión y el odio en la constitución y funcionamiento del psiquismo son de un inestimable valor clínico.
A continuación, iniciaré resumiendo brevemente la descripción que el autor plantea sobre el concepto de ‘ataque al vínculo’; luego desarrollaré la manera como se relaciona con la parte psicótica de la realidad y con los vínculos de odio (vínculos en H y −H); continuaré con la presentación de un caso clínico y, finalmente, expondré algunas reflexiones.
Al igual que Freud (1924), Bion sugirió que el psicótico, en su intento por liberarse de la experiencia de una realidad odiada y temida, ataca al Yo perceptor, es decir, a aquella parte de su mente que tiene como objetivo la percepción de la realidad. Plantea que el ataque lleva a una fragmentación del Yo; los elementos eliminados mediante la escisión, son proyectados en los objetos. Esto da como resultado cambios en el Yo, debido a que éste es vaciado en el proceso, produciendo un cambio en el objeto que es alterado por el uso del mecanismo de la proyección.
Bajo el imperio del odio, el paciente podrá presentar la combinación de curiosidad, arrogancia y seudoestupidez descrita por Bion (1959). En esencia, el paciente, al no poder tolerar la frustración, intenta destruir los medios de comunicación entre él y el analista para borrar la conciencia de su propio odio. La intolerancia del objeto se refleja en el intenso temor y odio del paciente al analista percibido como persecutorio. Esto lleva a desarrollos paranoides en la transferencia que pueden ir tan lejos como para convertirse en una psicosis de transferencia (Rosenfeld, 1987). Bion escribió: “He tenido ocasión, al referirme a la parte psicótica de la personalidad, de hablar de los ataques destructivos del paciente a cualquier cosa que siente como teniendo la función de vincular un objeto con otro” (1957, p. 128).
El prototipo de todos los vínculos que el autor considera se refieren al pecho y/o pene primitivo; le interesa subrayar la función de proporcionar un vínculo entre dos objetos, ya que considera los ataques fantaseados al pecho como el prototipo de todos los ataques a objetos que sirven de vínculo, siendo la identificación proyectiva el mecanismo utilizado por la mente para deshacerse de fragmentos del Yo producidos por su propia destructividad. Bion agregó que este tipo de ataques apuntan también hacia el intercambio parental, incluso intercambios de tipo sexual. Otro resultado importante de la identificación proyectiva, particularmente cuando se da en forma masiva, es que se presenta en la comunicación a través de las ecuaciones simbólicas (Segal, 1957). Estas ecuaciones son pensamientos concretos que aparecen como producto de la incapacidad de diferenciar claramente el sí mismo del objeto.
Bion describe que las características que predisponen a la psicosis son: una preponderancia de impulsos destructivos en que aun el impulso a amar es convertido en sadismo; un odio a la realidad interna y externa y a todo lo que pueda despertar conciencia de la misma como son las funciones incipientes de la propia personalidad, el cual está unido a una hipersensibilidad, a un pánico al dolor mental y a la esperanza de que no pensar, no sentir, no aceptar los problemas que plantea la vida, sobre todo los emocionales, brindará un alivio transitorio.
El autor demostró que esta clase de personalidad posee la tendencia a romper en partes muy diminutas lo que duele, lo que se teme; lo que devendría en un pensamiento elaborativo que esta personalidad usa de manera expulsiva, alejando de sí mismo partes y funciones muy valiosas de su personalidad. Además, menciona que en las personalidades psicóticas las relaciones de objeto son frágiles, prematuras y contienen matices absurdos. La parte psicótica hace referencia a un estado mental que se manifiesta en la conducta, en el lenguaje y coexiste con una parte no psicótica.
Además de los factores constitucionales asociados a la intolerancia a la frustración, al odio y la envidia, el predominio de las partes psicóticas está asociado a la falta de reverie de la figura materna; es a través de la función continente de la madre, que el bebé puede integrar sus propios contenidos psíquicos. En este contexto, la mente de la madre, con la capacidad de recibir, contener y transformar las ansiedades y temores del bebé, funciona como un vínculo.
Con toda seguridad Bion amplió el horizonte teórico y práctico de los vínculos, convirtió esta noción en un punto de anclaje de su importante investigación y extendió el concepto cuando planteó magnitudes negativas de los mismos. El autor eligió postular tres tipos de vínculos: amor (L), odio (H) y conocimiento (K), con las valencias negativas de −K, −L y −H.
De acuerdo a Bion, los ataques al vínculo se originan en lo que Melanie Klein llamó ‘fase esquizoparanoide’ (1946). Este periodo, como sabemos, está dominado por relaciones con objetos parciales, de ahí que las relaciones de objeto parcial no se establecen con las estructuras anatómicas, sino con la función; no con la anatomía, sino con la fisiología; no con el pecho, sino con la alimentación.
Ataques al vínculo, menciona Bion, son también sinónimos de ataques al estado receptivo de la mente del analista, originariamente de la madre. La capacidad de introyectar es transformada por la envidia y el odio del paciente en una avidez que devora su mente. De la misma manera, un estado apacible se transforma en −H, esto es, se transforma en indiferencia.
El vínculo que nos ayuda a comprender y tratar la psicosis o sus estados y núcleos es el vínculo en −K, que está determinado por la envidia como depósito de todo lo bueno, significativo o valioso. Es el ataque al conocimiento y al crecimiento y se efectúa desde un superyó de moralidad vacía, desde la arrogancia y la superioridad, en la cual se devalúa cualquier objeto nuevo que promueva el desarrollo y el cambio.
Otra idea central que propone Bion apunta a que el ataque se dirige no solo al mundo externo y los objetos que contiene, sino que también ataca nuestra capacidad para experimentar la realidad tal como es. La idea de que el paciente utiliza ataques destructivos en todo lo que tenga la función de unir un objeto con otro es de gran valor clínico, ya que nos lleva a tomar en cuenta el campo dinámico y todas las fuerzas y fantasías que provienen de la vida misma.
De las muchas avenidas teóricas que pudieran seguirse, he decidido presentar una viñeta clínica con el objetivo de brindar una experiencia singular acerca de una vicisitud, me refiero a los ataques al vínculo y al odio con el que Diana se relaciona y que también predomina en sus relaciones objetables, especialmente en la relación de pareja. Me limitaré a trazar específicamente el concepto del odio en Diana sin adentrarme a una exposición total del caso. Invitemos a Diana a la escena para intentar comprender algunos de estos planteamientos.
Cuando llega al consultorio, Diana, una mujer de 32 años de profesión arquitecta, me deslumbró con los recursos intelectuales que poseía. Dueña de una gran capacidad de reflexión, gran conocedora de autores del psicoanálisis y convencida que el psicoanálisis es el mejor camino para garantizar un bienestar emocional. Todos estos atributos, me conquistaron de inmediato. Al ser recomendado por una persona muy valiosa para ella, aceptó trabajar cuatro sesiones semanales en el diván a pesar de la distancia geográfica en la ciudad. Simultáneo a esta alegría de trabajar con una paciente tan rica en contenidos, desde un inicio me hizo sentir como si estuviera en un examen. Varios colegas le habían brindado altas recomendaciones de mí, pensé entonces que este factor pudo haber contribuido a mi sensación de “tener que ser la analista perfecta”.
Durante el primer año y medio de trabajo, el clima se desarrolló en un ambiente armonioso, ella trabajaba en el diván, era muy puntual, pagaba a tiempo, traía sueños y casi en las cuatro sesiones de la semana hacía referencia a la experiencia analítica en otro país con un colega, afirmando que le había ayudado muchísimo. “Sin él, no sería lo que soy” solía expresar. Al escuchar su historia de origen, coincidía plenamente en esta afirmación. Diana habitaba un mundo de mucha angustia de tipo persecutoria en la que imperaba la envidia y fantasías de destrucción, que coloreaban las sesiones. En ocasiones me pedía referencias bibliográficas sobre psicoanálisis con el argumento de que deseaba entender más. Me confesó en una sesión que, para poder dormir, necesitaba leer por lo menos unas líneas sobre psicoanálisis. Yo entendía este relato como si el psicoanálisis cumpliera una función de chupón, de pacificador, evocando la imagen de una bebé dormida sobre el pecho de una madre (de un libro). En algunas sesiones, Diana lograba tener una narrativa tan exitosa que provocaba en mí el siguiente pensamiento “sin duda podría ser una gran analista”.
Observaba también, en esta mujer de fácil trato, pero de difícil acceso, el desarrollo de un sistema “evacuativo” en el cual, a través del mecanismo de identificación proyectiva, expulsaba partes de su mundo interno. Gradualmente se fue desarrollando un sentimiento ambiguo en el que ella no podía tolerar percibirme como un objeto bueno; su voracidad le hacía demandar más tiempo, más atención, más interpretaciones para sistemáticamente destruir todo lo que recibía; a esas grandes construcciones analíticas les seguía destrucción. Diana en ocasiones consideraba mis intervenciones inadecuadas y “demasiado intelectuales”. Mi sensación era que con la mano derecha escribía y con la izquierda borraba lo que escrito.
Una de las verdaderas paradojas que encontraba en ella era que buscaba de manera ansiosa y repetida un tratamiento, cambió de analista varías veces y terminó con todos de manera prematura. Estas experiencias la dejaron con sentimientos de decepción y de resentimiento cada vez mayor. Recordaba de manera frecuente todos los análisis previos, decía que simplemente los dejó porque no cumplían con lo que ella esperaba, me decía: “una de ellas era agradable, pero tenía un exceso de empatía. Otra era buena persona, pero no era análisis, fue una especie de coaching. Otro me quedaba muy lejos de mi casa”. De todos estos colegas, solo uno era preservado como el “único que le había sido útil”, se refería a esta experiencia como “mi analista me decía”. Me llamaba la atención que no decía “mi exanalista”, ya que habían pasado diez años desde el termino de ese proceso, “oficialmente hablando”. Esta manera de expresarse, me llevó a pensar que, en su mente, ella seguía fusionada en análisis con él. Esta fantasía se rompió de manera violenta cuando, se enteró de una triste noticia: el “analista bueno” había fallecido. Ella se quedó paralizada con esta noticia, le fue imposible llorar. Todo parecía indicar que la incapacidad de elaborar un duelo la colocó en una posición vulnerable ante mí. Se inició entonces una demanda mayor y una exigencia hacia “los resultados del análisis”. Sesión tras sesión me provocaba y me exigía que yo aceptara que ella debía ser medicada porque, en su opinión, el análisis no era suficiente. En ocasiones, se automedicaba con Ravotril y con antidepresivos y estaba molesta porque no lograba que yo le diera el “visto bueno” en el uso de los mismos. Asociaciones posteriores demostraron que mis interpretaciones eran constantemente fragmentadas por ella.
En esta etapa, Diana manifestaba expectativas y demandas muy concretas como exigirme un diagnóstico para estudiarlo a profundidad. Poseía fuertes tendencias sádicas y narcisistas, además de procesos de escisión del yo y del objeto. Lo más importante en esos momentos era que la dependencia total del objeto (de la transferencia) era negada a través de la omnipotencia. Cuando le recordaba algún insight obtenido en alguna sesión, lo negaba y me retaba diciendo: “a ver, ¿lo grabaste como para demostrar que me dijiste eso? ¿Cómo me lo compruebas?”, riéndose de manera muy irónica.
Diana esperaba obtener lo inalcanzable y al mismo tiempo, no podía disfrutar de lo posible, permanecía esperando que el árbol de olmos le diera peras. Tampoco podía disfrutar de la sombra y de la dura y apreciada madera que el olmo, que por ser un árbol muy frondoso y corpulento nos puede brindar. Estaba atrapada en lo que Kancyper (2006) llamó memoria del rencor.
Es posible observar en este material que la mayor parte del tiempo Diana estaba comunicándose desde la parte psicótica de su personalidad, la que había dominado su vida desde el inicio. Era frecuente que dijera “soy hija de una madre esquizofrénica y un padre con rasgos de carácter narcisista, eso me hizo ser agresiva, ¿qué esperabas? ¿Puras alegrías?”.
Considero que esta catástrofe de vida tan temprana no solo la condenó a un desarrollo anormal muy alejado del desarrollo neurótico, sino que también provocó que padeciera una sensación dolorosa y amenazante de aniquilación inminente. Ella lograba acceder a un saber muy primitivo de que estas experiencias la dejaron con secuelas emocionales que la limitaban y la hacían vivir en agonía. Establecía vínculos que parecía lógicos, casi matemáticos, pero no eran emocionalmente razonables, como consecuencia, los vínculos que perduraban tenían características perversas, crueles y estériles.
Estas dolorosas experiencias me hacían sentir que tenía que tener muy presente la advertencia de Margaret Little (2017) respecto a que podemos observar transferencias neuróticas y no neuróticas durante el transcurso de la misma sesión. Dos dimensiones coexistentes de funcionamiento se desplegaban en diferentes grados y se requería reconocerlos y aprehenderlos en la totalidad de su compleja dinámica. En una misma sesión, tenía la impresión de estar frente a distintas configuraciones, podía trabajar y asociar un sueño, por ejemplo, pero después destruía las interpretaciones que ella misma había realizado de manera exitosa. En ese momento, yo entendía las expresiones de odio como el aferramiento a un objeto interno de una manera implacable. El vínculo de odio (−H) la unía a ese objeto con la fuerza de un rencor antiguo.
Diana ejercía conductas crueles con el ambiente y las racionalizaba diciendo que, por las heridas narcisistas, edípicas y fraternas y por los daños traumáticos externos que pasivamente había experimentado, ella era así, “sádicamente inteligente”.
En una sesión, Diana inició la sesión nuevamente quejándose de su esposo, tuve la intuición de que ella estaba tratando de convencerme de que él realmente era un ser humano detestable y así se lo hice saber. Le comenté que parecía que deseaba convencerme de que lo mejor era divorciarse de él “porque no servía”. Mi intención era invitarla a reflexión sobre una conducta repetitiva de descarga y de destrucción que estaba condensada y desplazada en él, pero mi observación, para mi sorpresa, despertó tanto enojo que Diana amenazó con suspender el tratamiento. Suspendió la sesión unos minutos antes del final. Regresó a la siguiente sesión acusándome de falta de empatía, de ser fría y estaba convencida que yo tenía que pedirle una disculpa por mi “estupidez”. Las siguientes sesiones continuaron en la misma queja, mis esfuerzos por conversar reforzaban el funcionamiento esquizoparanoide en el que el pensamiento era “si no estás conmigo, estás contra mí”.
Así fue por varias sesiones, pocas veces me había sentido tan impotente, tan frustrada, “no era eso lo que quise decir” quería gritarle, pero me fue muy útil convocar a Winnicott (1947) y recordar la importancia de reconocer el odio hacia el paciente; antes de él, Sandor Ferenczi (1932) ya había planteado el sentimiento negativo del analista al paciente. Sin duda, la clínica con pacientes difíciles les permitió escribir acerca de estos temas, con los cuales, en esos momentos, me fueron de gran ayuda y me hicieron pensar que tal vez Diana prefería odiarme con el fin de negar la dependencia que sentía hacia mí, así que decidí guardar silencio y esperar. Ella mostraba, según me parecía, la combinación de curiosidad, arrogancia y pseudoestupidez que Bion describe en pacientes que no toleran el reconocimiento de su intensa avidez y envidia. De hecho, sus intentos de aprehender todo lo que estaba en mi mente, eran extremadamente ávidos y ella evidenciaba una intensa envidia de mis contribuciones, las desmentía categóricamente en su totalidad, exceptuando cualquier afirmación en la que yo hubiera “acordado” plenamente con sus afirmaciones de indignación justificada. Le señalé también que parecía que, si no pensaba idéntico a ella, mi destino era la basura. Agregué lo doloroso que debía haber sido vivir sintiendo que tenía que adivinar lo que la madre esperaba de ella.
Mi persistente y consistente análisis de la repetición de la transferencia de la relación interna con sus figuras rechazantes gradualmente hizo impacto y comprendimos que ella había pagado un precio muy alto por no ser idéntica a la madre. Diana recordó ciertos momentos en los que tendría cuatro, cinco años de edad, donde se negó a obedecer a la madre; recordó que de manera firme le gritaba que ella no tenía que vestirse como la madre quería, eran recuerdos que podríamos calificar de “autónomos”.
Como respuesta, la madre le escupió en la cara. En otra ocasión, en que ella tenía cinco años de edad, la madre la sacó al jardín para que durmiera con los perros; agregó que era frecuente que “la congelara”, es decir, no le dirigía la palabra durante semanas hasta que Diana tenía que disculparse, aunque no fuera culpable. El relato era una réplica exacta de mi sentir, solo que ahora ella era la madre y yo era Diana.
La relación con esta paciente me demandó estar permanentemente atenta a mi registro contratransferencial. En ocasiones, quería negar la frustración y el odio que me hacía sentir, estaba consciente que, si me privaba a mí misma de ese sentimiento, estaba privando a Diana del uso de la expresión de este. Winnicott (1947) nos recuerda que para el paciente es indispensable que el analista pueda odiar, ya que solo así él podrá tolerar su propio odio. A mi mente venía el siguiente párrafo de Winnicott:
Existe una inmensa diferencia entre los pacientes que han vivido experiencias satisfactorias en la primera infancia, experiencias que puedan descubrirse en la transferencia, y aquellos otros pacientes cuyas experiencias han sido tan deficientes o deformadas que el analista tiene que ser la primera persona en la vida del paciente que aporte ciertos puntos esenciales de tipo ambiental. (1947, p. 273)
En este tiempo de análisis, tres años después del inicio de las sesiones, empecé a diferenciar los ataques a la función vinculante de los ataques a los objetos. Diana recordaba que cuando era pequeña, no sabía cuál era el estado emocional que la madre iba a expresar porque sus emociones eran desproporcionadas e impredecibles. Entendí entonces que cuando el dolor psíquico se volvía inmanejable, Diana recurría a cortar las funciones del Yo como la percepción, la memoria (no se acordaba más que de lo negativo) y/o la atención como un intento de preservar el pequeño pedazo de Yo, que le ayudaba a organizarse.
Quedaban entonces dos preguntas: ¿El Yo de Diana tenía que defenderse de un sentimiento de destrucción interna que, desde Bion, podemos llamar ‘sentimiento de aniquilación’? o ¿debíamos de hablar de un Yo que odiaba desde una identificación? ¿Será que Diana se identificaba con esa “madre esquizofrénica” y se convertía en la madre que la devaluaba y yo en la pobre niña asustada, con miedo a sus ataques?
A través de la reversión de la perspectiva (Bion, 1957), ella intentaba colocarme en una posición de una niña arrinconada, incapaz de discutir ni de conversar.
Pensar la función vinculante del odio, y en tanto vinculante, también libidinal (H), me ayudó a transformar los embates que recibía cuando el ataque se condensó en el género. Era el primer análisis que tenía Diana con una mujer y en ocasiones me reclamaba que no sentía avances: “Tal vez por ser mujer, esto es más lento”, me decía; para Diana nada que viniera de una mujer podía ser bueno, así que yo tendría que pagar un precio muy alto. En este relato, apareció un recuerdo, me dijo: “Cuando supe que estaba embarazada, el doctor se equivocó y me dijo que iba a tener un hombre, pensé que la noticia era terrible porque los peores homicidas y genocidas de la historia han sido hombres” y continuó: “Mi madre perdió un hijo antes de mí, en realidad fue un segundo hijo porque cuando era joven, tuvo un aborto de un novio; ya casada con mi papá se embarazó y cuando estaba por nacer, descubrieron que el bebé era niño y estaba muerto, fue horrible, tuvo que hacer el trabajo de parto con un bebé que ya estaba muerto, después ya nacimos cinco mujeres y cuando el doctor me dijo que se había equivocado e iba a tener una niña, salí feliz y fui corriendo a comprar unos vestidos color rosa en una tienda que mi mamá me compraba la ropa cuando era niña”. Encontraba curioso que Diana se arreglara de manera muy femenina, pero odiaba a esas mujeres que en sus palabras “se visten todas de rosita, hablan como tontitas con voz suave y son todas dulces, pero en realidad son hipócritas”; idealizaba el desarrollo intelectual del padre y alternaba entre idealizar y devaluar a su esposo.
Observé que el núcleo de su ser dependía de atacar una relación libidinal. El vínculo en H (−H) siempre debía producirse a costa del odio. El nivel tan alto de resentimiento que la acompañaba me recordaba la descripción que hace Wiesel (citado por Kancyper, 2006) sobre el resentimiento interminable:
El resentimiento no conoce fronteras ni muros de contención y pasa sobre etnias, religiones, sistemas políticos y clases sociales. No obstante ser obra de los humanos, ni Dios mismo lo puede detener. Ciego y enceguecedor a la vez, el remordimiento es el sol negro que, bajo un cielo de plomo, voltea y mata a quienes se olvidan de la grandeza de lo humano y la promesa que encierra. Es preciso, por lo tanto, combatirlo oportunamente, despojándolo de su falsa gloria, que le confiere su escandalosa legitimidad.
Entendí también, que en ese vínculo tan particular que describía con la madre, el odio representaba el único y último vínculo posible con ese objeto primario, el abandono de este tipo de relación simbiótica y parasitaria significaría el derrumbe definitivo de la ilusión y la aceptación de que, efectivamente, se había perdido este objeto para siempre.
Mi tarea consistió en un esfuerzo continuo de autoanálisis que tenía como fin sobrevivir a los ataques, esto era una prueba de mi existencia como una figura externa, sólida, que tenía una existencia real fuera del control omnipotente de Diana; solamente de esta manera, nos dijo Winnicott en 1968, el analista se toma como un objeto que puede ser usado puesto que existe de forma autónoma.
En el artículo “El odio en la contratransferencia”, Winnicott escribió sobre la contratransferencia objetiva, y nos recordó que el amor y odio que siente el analista como reacción ante la personalidad y el comportamiento del paciente, trata de sentimientos que no provienen exclusivamente de la historia de su desarrollo emocional, sino de la observación objetiva del analista. Diana debía encontrar este odio justificado para ser capaz de encontrar un amor objetivo.
Reflexiones finales
La experiencia analítica con una mujer como Diana, ha planteado un reto casi constante a mi tolerancia a ser depositaria de contenidos de odio. Conservar en mi mente que se trataba de una mujer cuya experiencia de vida ha sido una sucesión continua de agresión, carencias y abandonos me fue de gran ayuda. La secuela y con frecuencia la defensa que ella empleaba fue el odio, odio que se dirigía hacia ella misma y se expresaba en el cuerpo (presentaba desde hacía muchos años una úlcera, migrañas y diarreas constantes), hacia el vínculo analítico y hacia todas sus relaciones objetales. Diana parecía estar condenada a no tener cercanía con una figura femenina en la que predominara lo benigno. Toda su existencia había estado aferrada a mantener una apariencia, una fachada que ocultara su identidad difusa, sus contradicciones y tristeza; la sustancia del odio que la llena, escondía un gran dolor, desamparo y desolación.
Las demandas insaciables y el rechazo de toda intervención de mi parte, resultaba difícil de tolerar, su devaluación casi constante de mi trabajo, su reclamo de estar igual a pesar de todos sus logros, su necesidad de depositar en mí todo lo negativo, por momentos me provocaba impaciencia e irritación, pero, simultáneo a estos sentimientos de rechazo y de odio, alojé sentimientos de cariño, fantasías de arrullo cargados de ternura, momentos de gran cercanía emocional. No tengo duda de que Diana es extraordinaria por la fuerza y determinación que la habilitó para salir adelante frente a las circunstancias tan adversas que rodearon su infancia y adolescencia y le agradezco que me ha permitido acompañarla en su descenso a los infiernos.
Freud nos legó un cuerpo de doctrina abierto hacia el futuro para seguir ampliando, desarrollando y extendiendo el pensamiento psicoanalítico, es éste uno de los grandes méritos del psicoanálisis: su apertura para la evolución de nuevas ideas. Es gracias a esta apertura que el psicoanálisis se ha visto enriquecido en los últimos tiempos por valiosos pensadores como Bion.
A lo largo de este trabajo, hemos confirmado que la investigación de Bion ha esclarecido dos formas de funcionamiento mental que muestra la enorme complejidad de la estructura psíquica y que se extiende como un continuo desde el polo neurótico hasta el polo psicótico. Estos conceptos tomaron cuerpo en el caso de Diana. Montado sobre el odio, en un inicio, encontré diversos devenires patológicos en ella, donde eclipsaba las dimensiones temporales del presente y del futuro para reconducirlos al pantano temporal de un ayer que la detenía en un pasado atizado de reproches y ofensas; se cegó con un afán vengativo y cosió los ojos con hilos de arrogancia. Esta experiencia requirió de un prolongado proceso de metabolización en la contratransferencia para movilizar la parálisis de la narrativa. Construimos una nueva costura con hilos de colores que incluyeran: una relación continente-contenido, una mayor capacidad de espera y tolerancia a la incertidumbre.
Gracias al trabajo que yo y Diana hemos realizado, confirmo una vez más la importancia de la matriz transferencia-contratransferencia para “rehistorizar lo traumático”. Es bajo este ángulo que nuestro trabajo analítico se enriquece y se convierte en un oficio apasionante. Lo relevante de la propuesta de Bion (1962) acerca del concepto de ataques al vínculo, es que ofrece vértices posibles de observación. Los tres tipos de vínculos que trabajamos: vínculo de conocimiento (K), de amor (L) y de odio (H) ofrecieron una nueva manera de modularse entre éstos, con la condición de que el movimiento y la tensión entre todos sean indisolubles y además se hallen, durante toda la existencia, intrincadamente activos y en proporciones diversas.
Diana inició un periodo de duelo, le fue posible establecer un contacto más cercano con sus tres hijas. Ha llorado y con mucha culpa ha “confesado” que las maltrataba “sin querer hacerlo”. El proceso de integración de sus partes violentas y sádicas implicó esfuerzos y dolor mental indescriptibles tanto para ella como para mí.
La transformación de los vínculos de amor, de odio y de conocimiento, han comenzado a ceder sitio a pensamientos que llevan a la reflexión. Gradualmente he sido testigo que cuando Diana dejó de ver a su madre con los ojos de una niña, descubrió a la mujer que le ayuda día a día a alumbrarse a sí misma.
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AGRESIÓN: ¿VIDA O MUERTE? UNA INVESTIGACIÓN SOBRE LAS RAÍCES DE LA AGRESIÓN
Gonzalo López Musa
Siguiendo a Winnicott en su artículo de 1939, “La agresión y sus raíces”, donde cuestiona de manera radical las raíces de la agresión propuestas por distintos autores en psicoanálisis, intentaré en este trabajo desarrollar la pregunta que lo nombra: ¿Vida o muerte?, pero involucrando de manera central la propuesta de Freud y sus consecuencias en su obra posterior al año 1920 para la clínica y el lugar del analista y la pulsión de muerte y su desarrollo teórico, desde un empuje a cero cantidad y una resistencia a la ligadura, hasta la idea posterior del sadismo y lo destructivo determinados por una fuerza originaria destructiva, la que luego fue tomada por Klein y su propuesta de la “envidia-pulsión de muerte”, y cuestionada posteriormente por Winnicott.
Iniciaré el camino de esta pregunta con una revisión crítica del desarrollo teórico de Freud sobre la pulsión de muerte, haciendo hincapié en las ideas relacionadas con el retorno a lo inorgánico, el apoyo en la biología y la herencia. Esto fue determinante en la postura kleiniana, y luego en los aportes de Winnicott en relación al ambiente y su lugar en la comprensión de la agresión, y su camino de logro hacia la construcción de la realidad y la subjetividad, o de fracaso y advenimiento del odio y la destructividad envidiosa.
Todo parte, en el largo recorrido hacia la pulsión de muerte, desde el postulado en el Proyecto de psicología de 1895 del principio tomado de la física, la inercia, la búsqueda de los sistemas del retorno a cero cantidad o excitación, de la manera más rápida y eficiente posible. Es un principio general del funcionamiento y equilibrio de los sistemas de intercambio de energías. Dada la naturaleza de la materia a tratar, establece Freud una modificación de este principio, que llama ‘principio de constancia’, que propone la búsqueda del sistema de una vuelta al estado de reposo a través de la descarga del exceso de la cantidad, por medio de la descarga motora. Ya no es una vuelta a cero, sino que, a un cero relativo, a un nivel “suficiente para la sobrevivencia”. Este postulado vuelve a ser puesto en juego 25 años después en su polémico texto Más allá del principio del placer (Freud, 1920), donde vuelve a necesitar del apoyo del funcionamiento de los sistemas y de la biología para plantear el concepto de la ‘pulsión de muerte’, la vuelta a lo inerte o lo inorgánico, que nuevamente nos pone en contacto con un cero, lo no manifiesto. Esta idea irá sufriendo transformaciones que mencionaremos más adelante y que llevan finalmente a la propuesta de Winnicott de revisar estas raíces conceptuales, en palabras de Green, “ir hasta el fondo” (2010, p. 175).
Siguiendo especialmente la idea de Freud de cero, pienso que la reflexión sobre esta cero cantidad, perturbada por exigencias externas, nos puede llevar a Winnicott con su propuesta de ‘no integración’ como la condición de inicio del bebé humano, lo que desarrollaré en el transcurso de este artículo.
Se atreve Freud, en su texto de 1920, a ser creativo, a especular, a avanzar con sus ideas buscando y encontrando novedades que han hecho pensar y crear a todos los distintos e importantes autores del psicoanálisis y, también, a todos los que nos interesamos por el tema, ya sea desde la clínica y/o desde la teoría.
La teoría de las pulsiones se planteó desde los inicios de la obra de Freud, hasta que en el texto de 1920 culmina en la dualidad pulsional con la idea de Eros y Tánatos. Una construcción metapsicológica propia del psicoanálisis que, como mencioné anteriormente, propone un sistema que busca la vuelta al estado de reposo o de no cantidad, planteado por Freud en el Proyecto de psicología (1950 [1895]); una vuelta al mínimo necesario para la sobrevivencia, un cero relativo posterior a la experiencia de gratificación. Sin embargo, en este primer momento, no conceptualizó una oposición o una resistencia de la cantidad, un empuje contrario y opuesto de la no actividad a la actividad, sino que una búsqueda eficiente y rápida de la vuelta a cero. En el texto de 1920, este cero registra dos novedades importantes que implicaron un cambio radical en la mirada del psiquismo, sobre todo en Freud y Klein, y por lo tanto, un cambio relevante en el lugar del analista y la mirada sobre el paciente y sus procesos de cura: primero, una oposición a la investidura y, segundo, una significación destructiva de esta oposición: la muerte se equiparó a cero, la destructividad se equiparó a la oposición a la investidura.
Freud se pregunta sobre este principio de la búsqueda de la vuelta al estado de reposo o de placer, lo propone como el funcionamiento primario de la pulsión, y ya al inicio del texto plantea que “ciertas otras fuerzas contrarían [al principio del placer]” (1920, p. 9), pero aquello que lo contraría proviene de la pulsión de conservación que empuja secundariamente al ‘principio de realidad’, que vela por la autopreservación del individuo. Desde este lugar, la represión (que para Winnicott es central en el fracaso de la destructividad como precursora de la comunicación) ocupa un lugar fundamental en el proceso del desarrollo del sujeto y la tensión en relación al principio del placer y las pulsiones sexuales. Como se observa, es primario el juego de las investiduras o la ligadura, pero esto se complica puesto que el paso de no-ligado a ligado se llena de significaciones hasta que se transforma en búsqueda de muerte en vez de vuelta al estado de reposo (que tiene esa cercanía con el estado de no integración de Winnicott).
El modelo de la resistencia en análisis adquirirá relevancia; aquello que ocurre en el yo y sus defensas va a ser extrapolado a una energía originaria que se comporta de la misma manera. Dado que en las propuestas del desarrollo de Winnicott no hay un yo temprano, de inicio, y que por lo tanto, la representación no tiene lugar en este primer momento, la resistencia, que va a ser derivada en muerte y destrucción primaria para Freud, no tiene lugar en Winnicott.
La compulsión a la repetición, que le da evidencias a Freud de esta energía primaria regresiva y resistente a la novedad —necesaria para el postulado de la pulsión de muerte—, es posible pensarla como lo que expresa lo traumatico, que repite lo que no se puede metabolizar y que nunca fue placentero para ninguno de los sistemas, tema del que se ocupan Ferenczi y Winnicott posteriormente. Pero Freud privilegia un sesgo demoniaco en su vivenciar y va a ir a buscar en la biología este sesgo; lo mismo que Winnicott ha criticado a Melanie Klein: ir a la biología, a la herencia, saltándose el ambiente y su influjo sobre el desarrollo humano.
Sin embargo, lo que le interesa a Freud de la repetición no tiene que ver con el contenido o el origen de lo repetido, sino con la manifestación de un principio de funcionamiento de las energías que expresa un más allá e independiente del placer, más originario, más pulsional y que lo destrona. Hay entonces un tiempo anterior al cumplimiento del deseo, un momento previo a la primera investidura, previo al principio del placer, es en este momento donde Freud especula y pone una marca duradera y determinante en su pensamiento, que va a ir derivando hasta sus escritos posteriores pasando por El yo y el ello (1923), El malestar en la cultura (1930 [1929]) y en Esquemas del psicoanálisis (1940 [1938]).
“Una pulsión sería entonces un esfuerzo, inherente a lo orgánico vivo, de reproducción de un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas” (Freud, 1920, p. 36). Todavía es el resultado de la inercia de la vida orgánica, pensamiento que va a ir derivando hasta sus escritos posteriores llegando a ser la expresión de la destructividad primaria. En esta propuesta, la pulsión no es un empuje al desarrollo, sino que la expresión de su naturaleza “conservadora”. Volver a un estado de reposo evoluciona en su propuesta a volver a un estado más originario y luego a lo inanimado, la muerte, y que después deriva en matar a otro como defensa o deflexión de lo destructivo en uno mismo; matar para sobrevivir a la propia destructividad, como lo propone Klein.
Usar el funcionamiento de la célula para la pulsión, nos propone una energía que funciona de manera semejante en la biología y en el aparato mental, como si lo inorgánico, lo inerte, tuviera que ver con la destructividad, y la muerte fuera una consecuencia de ello. Continuando con este apoyo en la biología, especula Freud la idea de que no hay evidencias de una energía que empuje hacia lo nuevo, solo empuja a lo previo, a lo inorgánico. Morir por causas internas es una frase que, continuando con la evolución del texto de Freud, nos empuja a la destrucción, destruirse por causas internas, como una célula que busca su muerte, que se “suicida” en el planteamiento de Green (2010). Se identifica muerte con destructividad o con autodestructivo, que la célula muera no es lo mismo a que la célula se autodestruya. Muerte y destrucción no son idénticas, la muerte como el resultado del paso del tiempo que agota a la materia no es lo mismo que la materia que se autodestruye.
Pulsiones de muerte que derivarían del comienzo de la vida en la tierra. Esto nos hace notar que empieza a producirse en el texto este hecho extraño de hablar de pulsión en la célula, en los protozoos; pulsiones sexuales activas en cada célula y se pierde por tanto la definición de pulsión, ya que pareciera no ser necesaria la diferencia entre pulsión e instinto, energía vital y pulsión. “La mantención de la dualidad pulsional obliga a poner desde el lado de la pulsión de muerte lo destructivo como expresión de un empuje inicial, independiente de la experiencia o de la relación con el ambiente” (Freud, 1920, p. 46).
La neutralización de la pulsión de muerte de las células singulares se logra al desviarla hacia el mundo exterior, por la mediación de un órgano particular. Este órgano es la musculatura (en lo que concuerda Winnicott al plantearla como la vía de expresión de los aspectos destructivos no intencionados del inicio del desarrollo del bebé), medio por el cual se exterioriza y se manifiesta como pulsión de destrucción que no es más que la pulsión de muerte volcada al exterior.
Expresa la ligadura de la energía libre como la expresión de la pulsión de vida y la resistencia a la ligadura o desligar como la expresión de lo más primario de la pulsión, una energía opuesta que resiste y empuja primariamente a lo inerte, a lo previo, lo que mantiene y rescata la dualidad propuesta por Freud desde el inicio de su postulado pulsional.
En 1923, en El yo y el ello, ya aparece, en esta segunda pulsión, el sadismo como su representante:
Sobre la base de consideraciones teóricas, apoyadas por la biología, suponemos una pulsión de muerte, encargada de reconducir al ser vivo orgánico al estado inerte […]. Como consecuencia de la unión de los organismos elementales unicelulares en seres vivos pluricelulares, se habría logrado neutralizar la pulsión de muerte de las células vivas singulares y desviar hacia el mundo exterior, por la mediación de un órgano particular, las mociones destructivas. (pp. 41-42)
La mirada de Freud sigue necesitando de la biología para apoyar la pulsión de muerte y la diferencia entre biología y metapsicología se diluye y confunde. Postula, para continuar la dualidad tan necesaria para su desarrollo, la idea de la mezcla y desmezcla pulsional que resuelve el tema de la pulsión agresiva y de los componentes destructivos de la pulsión sexual, quedando entonces la pulsión de muerte teñida de la destructividad primaria. Como consecuencia de esto, muerte y destructividad se aúnan en una búsqueda de la muerte a través de la destrucción y no como el fin de lo manifiesto por agotamiento del material. La célula agota su tiempo, pero en esta mirada se destruye.
En El malestar en la cultura (1930) escala un paso importante Freud sobre esta idea y plantea una “hostilidad primaria” (p. 109), que ya ni siquiera es la destrucción como resultado de la deflexión de la pulsión de muerte, sino que es propiamente hostilidad primaria que espera la oportunidad para manifestarse y que “desenmascara”, dice Freud, a los “seres humanos como bestias salvajes que ni siquiera respetan a los miembros de su propia especie” (p. 108), como muestra de la naturaleza humana originaria. Como vemos, la raíz de la agresión que plantea Freud para llegar a la comprensión de esta destructividad que hace al ser humano una “bestia salvaje” y actuar como tal en determinados momentos de desmezcla, debe ser investigada puesto que supone una naturaleza cuestionable y que interroga al análisis en su búsqueda de develar la esencia del sujeto. Pienso, como veremos más adelante, que “actuar como” y “ser” no son necesariamente sinónimos. Esta confusión e igualación queda expresada cuando Freud plantea “El supuesto de la pulsión de muerte o de destrucción” (1930, p. 115).
Finalizando el camino con Freud, en Esquemas del psicoanálisis (1940 [1938]), dice: “nos hemos resuelto a aceptar solo dos pulsiones básicas; Eros y Pulsión de destrucción y la meta de esta es disolver nexos y así destruir las cosas del mundo” (p. 146). Nuevamente la idea de disolución y destrucción se hacen sinónimos, al mismo modo que inerte y muerto. En palabras de Green, aquí se plantea un cuestionamiento considerable: el postulado de identidad entre reposo y muerte, ¿cómo se convierte la búsqueda del primero en la aspiración de la segunda? ¿Se convoca la pulsión de muerte para reposar, o bien para “matar el ruido de la vida? (Green, 2010, p. 49).
Daremos paso a Winnicott con esta frase de Freud “la inclinación agresiva es una disposición pulsional autónoma, originaria del ser humano” (1930, p. 117), a la que Winnicott va a agregar agresiva no intencionada, no dirigida a un objeto, lo que nos pone en el camino de la revisión de la raíz de la agresión propuesta por él.
¿Sería la ligazón, el establecimiento de las ligaduras, una defensa o implica una actividad primaria del sistema? En este sentido, el establecimiento de la relación con el otro, que no es tal desde la perspectiva del bebé, tiene que ver con la idea de Freud de la ligadura, pero vista como un aspecto primario de la naturaleza humana, algo que no permite diferenciar dos fuerzas opuestas en el amor y el odio. La destructividad que deviene en odio surge de una complicación, no de la naturaleza destructiva primaria del ser humano. Reprimimos la destructividad producto del hecho de estar vivos, pero ¿qué hacemos con lo que retorna? El dilema entonces no es con la destructividad, sino con el retorno de lo reprimido que puede tomar formas de odio que parecieran hablar de la naturaleza, de lo que nos constituye y no de la represión. La idea de Winnicott respecto de que el verdadero problema tiene que ver con la represión debe ser profundizado, puesto que nos pone en un camino de pensamiento de la clínica del odio completamente distinto al propuesto por la pulsión de muerte, que nos coopta la relación con el paciente y su posible camino de salida hacia la vitalidad.
El tema entonces es la ligadura y no la muerte, palabra que nos lleva a la destructividad desde la muerte y no desde la expresión de la vitalidad y sus derroteros en torno a la represión. Si esto lo llevamos a la pulsión de muerte versus la muerte de la célula, genera un problema: pensamos al paciente limitado y determinado por la pulsión de muerte, una fuerza inescapable de la naturaleza de cada uno de nosotros.
Dentro de la línea de Klein, Wilfred Bion nos devuelve a la idea de la ligadura en Freud, lo que rescata en su artículo, ataque al vínculo (al vincular diría más precisamente) donde lo relevante es la función del pensamiento de vincular dos objetos más que el vínculo mismo. Pensamiento que cuando es atacado de manera masiva por la destructividad de la pulsión de muerte, se transforma en una evacuación más que en un pensamiento. Bion sostiene la idea de la ligadura como efecto de la pulsión de vida y la desligadura como resultado de la pulsión de muerte.
Posteriormente, Winnicott hace una revisión de la propuesta de Klein de la pulsión de muerte o de la envidia como una continuación del desarrollo de Freud del último tiempo de su obra. En su propuesta de la destructividad primaria o envidia constitucional, acude a la biología, a lo hereditario, que ofrece una mínima organización yoica en el momento del nacimiento, donde los mecanismos de defensa intentan lidiar con esta destructividad primaria a través de la proyección en el objeto y posterior introyección del objeto investido con aspectos persecutorios y destructivos que le dan nombre a la primera posición propuesta por la autora, ‘posición esquizoparanoide’, nombre que es cuestionado por
Winnicott por las implicancias yoicas y de estructuración que el nombre propone, dado que, de acuerdo a su postulado del desarrollo temprano, no estarían presentes en los primeros momentos ni el yo ni algo así como una estructura.
Respecto de esto mismo, en el artículo “Melanie Klein, sobre su concepto de envidia” (1959), el autor dice:
La palabra envidia es fácil de seguir cuando describe los elementos destructivos presentes en la relación de un paciente con el analista si el paciente considera satisfactorio a este último. … debe admitirse que hay fuerzas destructivas que no corresponden a la rabia reactiva y que se alinean en la salud con el impulso amoroso. Pero discrepo totalmente con la Sra. Klein cuando remonta el asunto a la infancia misma. (p. 185)
Al iniciar su artículo “Envidia y gratitud”, Klein plantea que la envidia es: “uno de los factores más poderosos de socavamiento, desde su raíz, de los sentimientos de amor y gratitud […] considero que la envidia es una expresión sádico-oral y sádico-anal de impulsos destructivos que opera desde el comienzo de la vida y tiene una base constitucional” (1946, p. 9). El sistema trabaja primordialmente para bloquear esta destructividad primaria, lo que según Klein es también el trabajo fundamental del analista. La culpa entonces, muy temprana en el desarrollo, proviene de la destructividad primitiva, desconsiderando en su propuesta a la realidad. Esta versión de la pulsión de muerte era completamente dominante en el campo teórico y clínico de la época, el paciente está sometido a su destructividad, y el odio es la expresión de este empuje que no ha podido ser refrenado por el yo. Como lo planteé anteriormente respecto de Freud, Klein al recurrir a la biología produce un trastorno de la significación de la idea de muerte y destructividad, como si viniera alojada en un sistema de representación primario que le da articulación y anticipación, como una idea innata con tonalidad destructiva primaria. Al respecto, Winnicott cuestiona la envidia primaria y dice “para mí la palabra envidia entraña un alto grado de sofisticación, vale decir un grado de organización yoica en el sujeto que no está presente en el comienzo de su vida” (1959, p. 186).
El ambiente no tiene un lugar entonces en esta raíz teórica de la agresión, el desarrollo teórico va directamente a la herencia y respecto de esto Winnicott dice: “Para mí ninguna descripción de un bebé puede excluir el comportamiento de la persona que lo atiende […]. En término de las relaciones objetales el bebé depende por entero del modo en que se le aporta cada fragmento del mundo” (1959, p. 186). La dependencia absoluta propia de este momento de la primera infancia deja al bebé en manos del ambiente y en manos de su potencial heredado, el que, si bien incluye potencialmente la destructividad como un aspecto del amor primario, no incluye una preconcepción destructiva del objeto, como algo de lo que debemos defendernos y al que primariamente intentaríamos destruir, como sí está en la metapsicología de los últimos desarrollos de Freud respecto de la pulsión de muerte. “¿Puede una argumentación metapsicológica pasar a dar cuenta de los fenómenos por referencia a la herencia, antes de haber alcanzado una plena comprensión de la interacción entre los factores personales y los ambientales?” (Winnicott, 1962, p. 189). Esta pregunta no solo tiene que ver con su cuestionamiento a la pulsión de muerte, sino que refiere a todo el desarrollo metapsicológico temprano del aporte del autor tanto en lo teórico como en lo clínico.
Entonces, plantea que “la envidia carece de raíces profundas en la naturaleza del bebé y su surgimiento es una reacción ante las fallas de adaptación de la madre” (Winnicott, 1959 p. 187), es decir, solo tiene lugar cuando algo falla, no cuando todo va bien como ocurre en la propuesta de Freud y de Klein con la pulsión de muerte.
Empieza a tomar lugar una pregunta diferente que involucra estos cambios teóricos relevantes: ¿Si nos encontramos con la envidia en el paciente, es una envidia inevitable (primaria) o es producto de algo ocurrido con el analista y el análisis? ¿La envidia surge porque es envidioso o bien cuando algo ocurre que la provoca? Esta pregunta sobre la naturaleza establece una división muy radical y fundamental de la concepción metapsicológica de la dupla analista-paciente y del destino del análisis, entre Klein y Freud por un lado y Winnicott por el otro.
¿Qué tiene que ver la muerte con la destructividad? ¿Se expresa en ella un impulso primario que apunta a la destrucción como meta, por lo que destruimos porque somos destructivos? No estará más bien la respuesta a este interrogante en el cuando, destruimos cuando, odiamos cuando, matamos cuando. Las madres suelen decir “este niño salió…” refiriéndose a esos componentes que vienen desde el nacimiento, con la herencia. Salió rabioso, impulsivo, bueno, etc., como aspectos relacionados con la naturaleza humana y no con los resultados de una naturaleza en interacción con el ambiente; una base de construcción que requiere del ambiente con el que interactúa para obtener un resultado, que promueve y bloquea las distintas expresiones posibles de nuestra naturaleza.
Winnicott nos propone considerar al ambiente y la falla de este, como elementos relevantes de la envidia. Si se considera entonces en las raíces de la agresión la relación del ambiente con el bebé en dependencia absoluta y no en relación-con, “la idea de la envidia no enriquece la teoría de las raíces de la agresión; produce confusión al no considerar ni abordar seriamente el efecto de un quehacer materno que es suficientemente bueno o no lo es. Solo se retrotrae a los factores hereditarios” (1962, p. 199). Klein desconsidera el ambiente, pero sí incluye en los factores hereditarios la cantidad constitucional de pulsión de muerte, lo que encontramos desarrollado en Bion en su compleja propuesta sobre el sujeto psicoanalítico.
Un elemento determinante en el potencial de desarrollo del bebé va a ser la cantidad constitucional de pulsión de muerte, lo que para Winnicott no tiene lugar en su propuesta de este sujeto psicoanalítico (en el decir de Bion); el impulso agresivo no es una variable de la naturaleza humana, que puede resultar destructivo, ya que forma parte de la construcción de la realidad y del self, la que puede fracasar o no hacerlo, dependiendo de la falla del ambiente. La agresión es condición de posibilidad para el desarrollo y la construcción del mundo, mirada que revierte y nos lleva a la cuestión de la destructividad como un aspecto de la creación y el desarrollo cuyo fin primario no es la destrucción. El advenimiento del odio como un sentimiento que ocupa un lugar en el desarrollo humano y que forma parte de su naturaleza nos propone una pregunta sobre su génesis, la que por su sofisticación es secundaria a las vicisitudes de la crianza. La envidia y el odio que son hacia aquello distinto de mí (not me) tiene como precursora la relación con el objeto todavía-no-separado, que que Winnicott a llamado objeto subjetivo (Winnicott, 1959).
La cualidad de la envidia se ve afectada por la cualidad de la provisión ambiental, es decir, sí hay una diferencia, para el bebé y su desarrollo, entre tener una madre neurótica, limítrofe o psicótica (Green, 2010). En esta consideración de Winnicott resaltada por Green, de la importancia de la madre y del analista, se desprende una ampliación de los límites del trabajo con el paciente en relación a su destructividad, al haber una diferencia y un efecto para la construcción de subjetividad del paciente/
niño, producida por el ambiente. La relación de trabajo con el analista también puede generar una diferencia en el destino de la regresión y la destructividad del paciente.
En su artículo “Raíces de la agresión” de 1968, Winnicott hace una afirmación que me parece central para este artículo y que me voy a permitir citar en extenso:
Al reexaminar las raíces de la agresión, nos encontramos con dos conceptos que debemos erradicar deliberadamente, para ver si vuelven otra vez por sus fueros o si estamos mejor sin ellos. Uno es el concepto de instinto de muerte de Freud, producto colateral de sus especulaciones en el que parece haber alcanzado una simplificación teórica comparable a la eliminación gradual del detalle en la técnica de un escultor como Miguel Ángel. El otro es el concepto de envidia, de Melanie Klein […]. No nos será posible avanzar en el debate científico a menos que estemos dispuestos a echar por la borda estos dos conceptos, desvinculando al primero de Freud y al otro de Melanie Klein. (pp. 200-201)
Comparto con él que la erradicación debe involucrar una abierta posibilidad de volverlos a incluir, con reparos, modificaciones o en su totalidad, luego de una revisión profunda de la clínica y los desarrollos y propuestas por los diferentes autores, incluido el autor de este texto.
Más adelante volveré sobre la pulsión de muerte en Freud y posibles consideraciones sobre ella, que me parece que pueden aportar a la reflexión y la clínica, pero ahora creo necesario detenerme sobre la cita anterior dado que propone una idea central: no hay avance posible en el debate sin cuestionar y/o sacar del esquema referencial estos dos conceptos. Me parece que, en la clínica, la escucha del analista respecto de los contenidos de su paciente, con un referente de la pulsión de muerte sostenida desde la biología y la herencia, detiene la investigación sobre lo inconsciente y limita la salida del paciente de los atrapamientos de la repetición atribuidos a la pulsión de muerte, es decir, en un momento dado del curso del análisis, la situación del paciente es inescapable e independiente de lo que está ocurriendo en el proceso con su analista. ¿Nos plantea entonces la pulsión de muerte un tope para la posibilidad de pensar en la destructividad y el odio en la clínica como la expresión de la vitalidad?
Creo, como lo planteé en un artículo anterior (López, 2018), que los esquemas referenciales generan una limitación en la escucha, lo que ocurre a mi parecer con la idea de la pulsión de muerte. Si Freud hubiera limitado su curiosidad frente al síntoma de la histérica como un lenguaje, por la propuesta de Charcot que era el resultado de un problema orgánico y por lo tanto desprovisto de significación y no aportaba al conocimiento y cura posible de la histeria, no tendríamos el psicoanálisis. Pensar en esta pulsión de muerte primaria y expresión de una energía diferenciada de la pulsión de vida, orgánica e inevitable, no aporta a nuestro conocimiento y trabajo con el paciente, es un dato de la causa.
Winnicott nos recuerda que Klein propone que “como todo es heredado, algunas personas pueden nacer con una fuerte herencia por el lado de la agresividad” (1968, p. 203), lo que deja a los analistas y su propuesta clínica, limitados para ayudar a los pacientes y su destructividad determinada por la herencia, sin un trabajo interpretativo o de cuidado profundo con las raíces de ella, dado que la herencia no puede ser interpretada, la naturaleza humana no puede ser modificada (como si fuera el color de ojos o de piel).
Vuelvo nuevamente a la pregunta ya enunciada antes en este trabajo: ¿Es la ligazón —el establecimiento de las ligaduras— una defensa o implica una actividad primaria del sistema? En este sentido, el establecimiento de la relación con el otro, relación que no es tal desde la perspectiva del bebé, tiene que ver con la idea de Freud de la ligadura, pero vista más bien como un aspecto primario de la naturaleza humana, una fuerza primaria que empuja a la ligadura (a la integración dice Winnicott), que no requiere dividir en dos fuerzas diferentes el amor y el odio; la destructividad que deviene en odio surge de una complicación, no de la naturaleza destructiva primaria del ser humano. Reprimimos la destructividad producto del hecho de estar vivos, pero ¿qué hacemos con lo que retorna? El dilema entonces no es con la destructividad, sino que con el retorno de lo reprimido que puede tomar formas que parecieran hablar de la naturaleza que nos constituye y no de la represión.
En el ámbito de la pulsión de muerte como retorno al cero absoluto, que ya había adelantado Freud en 1895, Winnicott propone una versión novedosa y diferente de regresión como un elemento que nos pone en este camino: la vuelta a cero, pero no como una condición de la biología, sino como una condición de la ausencia de integración, el estado de soledad fundamental y de no existencia subjetiva, que es el momento del narcisismo primario. Concuerdo con Green al decir que el estado de no integración puede pensarse como un momento de la existencia donde hay cero, que es ausencia de sujeto y presencia absoluta de existencia a cargo del ambiente. Sin embargo, quisiera agregar que este estado de no vida subjetiva no es producido por un empuje primario a la no existencia, a la destrucción y a la muerte, es completamente lo contrario, ya que es una base necesaria del desarrollo, precisamente hacia la vida, lo que permite pensar la destructividad desde un inicio vital, un aspecto del amor primario de Winnicott y su idea de ‘fuerza vital’ necesaria para la construcción de la realidad. Es determinante la sobrevivencia del objeto para que surjan las condiciones para la comunicación propios de la destructividad no reprimida.
La idea de soledad fundamental y de narcisismo primario encuentran un correlato en la obra de Freud y Winnicott, que hacen una metapsicología sostenible para pensar desde un vértice en el cual la pulsión de muerte no tiene lugar como causa de la destructividad, que es en un inicio “no intencionada”, palabra relevante para la consideración de la naturaleza humana desde Winnicott.
Lo no vivo, lo previo de la existencia, la no vida de algunos pacientes, como lo plantea Winnicott, da una idea de nada, cero, que nos permite pensar en un inicio cero, pero no destructivo. La retirada de las investiduras planteada en introducción del narcisismo (Freud, 1915) y lo no integrado nos ponen lejos de la idea relacional de algunos autores que tratan de identificar a Winnicott con sus postulados (Green, 2010). Al inicio no hay, que no es lo mismo que proponer al inicio un empuje en reversa y opuesto a la vitalidad. Green habla del agotamiento de la libido, “la muerte no era en suma sino el agotamiento del potencial de la vida y por lo tanto de la libido, versus la idea de Klein de una libido ahogada en un baño de sangre” (Green, 2010, p. 101). Escena que nos pone de manera muy visual en la escena analítica propia del marco de referencia kleiniano del trabajo analítico.
Lo propiamente originario y pulsional del empuje a la vida o, por el contrario, lo propiamente originario del empuje como anhelo de lo inorgánico y destructivo por consecuencia, determinan cada uno la construcción metapsicológica del paciente con el que trabajamos, nuestra escucha e intervenciones psicoanalíticas y sus posibilidades de desarrollo hacia la salud.
Si vemos, a la manera de Freud (1930) a los “seres humanos como bestias salvajes que ni siquiera respetan a los miembros de su propia especie” (p. 108) como muestra de la naturaleza humana originaria, entonces el análisis tendría que fortalecer las defensas del yo para que esta naturaleza no se manifieste y quede reprimida a favor de las construcciones culturales permitidas por la libido. Si por el contrario vemos, a la manera de Winnicott, en los seres humanos una esencia del ser donde está el espacio de la creatividad y el gesto espontáneo, entonces el camino del trabajo del análisis es la conexión con el verdadero self y la esencia del sujeto, donde se pueda encontrar con lo más verdadero y vital.
En todos los ámbitos de la consideración de la naturaleza humana como objeto de estudio y de interés para pensar la clínica, encuentro necesario reafirmar, tal como lo plantea Winnicott, la necesidad de revisar en profundidad las raíces teóricas de la destructividad, de modo de ampliar la clínica y la comprensión del devenir del proceso analítico de nuestros pacientes, lo que espero haber hecho en alguna medida en este artículo
Referencias bibliográficas
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______ (1950 [1895]). Proyecto de psicología. En Obras completas. Tomo I. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1979.
Green, A. (2010). ¿Por qué las pulsiones de destrucción o de muerte? Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Klein, M. (1946). Envidia y gratitud. En Obras completas. Volumen 6. Buenos Aires: Hormé, 1980.
López, G. (2018). Bombas sobre Londres. Metapsicología de la escucha del analista. En Melgaço Anna et all Winnicott Integraçao e Diversidade. Rio de Janeiro: Editorial Prospectiva.
Winnicott, D. W. (1939). La agresión y sus raíces. En Deprivación y delincuencia. Buenos Aires: Ediciones Paidós, 1991.
______ (1959). Melanie Klein: Sobre su concepto de envidia. En Exploraciones psicoanalíticas II. Barcelona: Ediciones Paidós, 1989.
______ (1962). Los comienzos de la formulación de una evaluación y crítica del concepto de envidia enunciado por Klein. En Exploraciones psicoanalíticas II. Barcelona: Ediciones Paidós, 1989.
______ (1968). Raices de la agresión. En Exploraciones psicoanalíticas II. Barcelona: Ediciones Paidós, 1989.
Parte II
El odio y su relación con el desarrollo
VOLVER A CONCEBIR LA DESTRUCCIÓN: SOBRE “EL USO DEL OBJETO Y LA RELACIÓN POR MEDIO DE IDENTIFICACIONES” DE WINNICOTT9
Thomas H. Ogden
“El uso del objeto y la relación por medio de identificaciones”, es quizás el artículo de Winnicott más difícil y probablemente uno de los más importantes. Hay una historia lamentable asociada con la primera presentación de este artículo en el Instituto de Psicoanálisis de Nueva York el 12 de noviembre de 1968. Con decepción Winnicott recibió una respuesta al texto desconcertante y escéptica. Milrod, en un minuto determinante de la reunión, escribió: “En una encantadora y juguetona actitud el Dr. Winnicott respondió diciendo que su concepto había sido roto en pedazos y que estaría feliz de darse por vencido (Rodman, 2003, p. 328). Inmediatamente después de la reunión, Winnicott sufrió un ataque al corazón. Una versión adaptada del artículo presentado en Nueva York, fue publicado al año siguiente en el International Journal of Psychoanalysis (Winnicott, 1969a), y una versión ligeramente revisada de ese artículo fue publicado póstumamente en Realidad y Juego (1971). Winnicott habría estado “aún revisando el artículo para su publicación en Realidad y Juego el día de su muerte, el 25 de enero de 1971” (Samuels, 2001, p. 23). Discutiré aquí la versión del año 1971 del texto de Winnicott.
Mucho de lo escrito en este texto está solamente sugerido de tal manera que uno no solo debe leerlo, sino también tiene que participar en escribirlo. Las ideas que desarrollo en este artículo representan mí propia lectura y escritura del texto de Winnicott; lo que hago de él, y más importantemente, lo que hago con él.
El tema de este texto
Winnicott, en el párrafo inicial del artículo, escribe de una manera íntima y coloquial que establece el tono del resto del texto.
Me horroriza pensar cuanto cambio profundo he impedido o retrasado en pacientes de una categoría especial por mi necesidad de interpretar. Si solo pudiéramos esperar, el paciente llegaría a un entendimiento creativamente y con inmenso placer, y yo ahora disfruto ese placer más de lo que disfrutaba la sensación de estar siendo inteligente. Pienso que interpreto principalmente para hacer saber al paciente los límites de mi entendimiento. El principio es, que es el paciente y solo el paciente, quién tiene las respuestas. (1971, pp. 86-87)
Mientras este párrafo toca en mí un acorde de verdad, me pregunto qué tenía Winnicott en mente cuando dice “interpreto principalmente para hacer saber al paciente los límites de mi entendimiento”. Deja al lector libre de desarrollar su propia respuesta a esta pregunta (tal como trata de hacer con el paciente). Como veremos, Winnicott hace uso de la experiencia que tiene el lector al leer el artículo para mostrarle, más que decirle, qué es lo que tiene en mente, ya que lo que tiene en mente no puede ser dicho o explicado, sino que tiene que ser experienciado.
Winnicott inmediatamente después de esta afirmación acerca de no interpretar continúa con una afirmación acerca de la importancia de la interpretación:
En contraste con esto, está el trabajo de interpretación que el analista debe de realizar, el cual distingue al análisis del autoanálisis. La interpretación del analista, si tiene efecto, debe estar relacionada con la habilidad de ubicar al analista fuera del área de los fenómenos subjetivos. Lo que está involucrado es la habilidad del paciente para usar al analista, lo cual es el tema de este texto. (p. 87)
Winnicott, en párrafos consecutivos, presenta dos ideas aparentemente contradictorias: uno no debe ceder a la “necesidad de interpretar” y, a la vez, que existe “el trabajo interpretativo que el analista debe realizar”. Winnicott no explica relación entre estas ideas, pero ofrece cierta guía cuando dice: “La interpretación del analista, para que tenga efecto, debe estar relacionada con la habilidad de ubicar al analista fuera del área de los fenómenos subjetivos”. La interpretación del analista, “para que tenga efecto” (para que tenga consecuencias en la vida real del paciente) debe ser realizada solo después que el paciente haya desarrollado la capacidad de “ubicar al analista fuera del área de los fenómenos subjetivos”. Winnicott no se explaya acerca de qué significa esta frase, pero dice que “es el tema de este texto”. Interesantemente, más adelante, Winnicott vuelve, solo en una breve alusión, a estas ideas esencialmente importantes relacionadas con el uso del analista de la interpretación (o el abstenerse del uso).
En esta coyuntura del texto, el lector se queda sin entender realmente qué tiene Winnicott en mente con respecto del lugar de la interpretación en el análisis y mucho menos cómo llegó a sus ideas.
Una hipótesis teórica
En la segunda parte del artículo —las “secciones” no están nombradas ni numeradas, sin embargo veo el artículo como si estuviera dividido temáticamente en cuatro aspectos— Winnicott clarifica la diferencia entre los dos tipos de relaciones de objeto, de las cuales está preocupado en este artículo: la relación de objeto [subjetiva] (object-relating)10 y el uso objetal (object-usage).11
Cuando hablo de uso objetal […] doy por garantizado la relación de objeto [subjetiva] y le agrego nuevas características que involucran la naturaleza y el comportamiento del objeto. Por ejemplo, el objeto, si tiene que ser usado, tiene necesariamente que ser real, en el sentido de ser parte de la realidad compartida, no manojo de proyecciones. (1971, p. 88, la cursiva es mía)
Aquí, Winnicott revierte la terminología convencional del psicoanálisis al usar el término ‘relación de objeto’ (usualmente utilizado para referirse a una relación de objeto madura y total) para referirse a una forma de relación de objeto más primitiva (narcisística), en la cual el objeto es un “atado de proyecciones”, una extensión del self. Por otra parte, utilizó el término ‘uso-objetal’ (usualmente asociado con explotación de otra persona) para referirse a una relación de objeto madura en la cual el objeto vive en el mundo externo de la realidad compartida y a la vez se experiencia al objeto como genuinamente externo al sí mismo. Este cambio genera que el lector deje de aferrarse a aquello que pensó que sabía para abrirse a no saber.
Winnicott concluye su argumentación teórica con una historia:
Dos bebés se están alimentando del pecho. Uno se está alimentando de sí mismo, ya que (para el bebé) el pecho y él mismo, aún no son fenómenos separados. El otro se está alimentando de una fuente que es otro-distinto-de-mí o de un objeto al que se le puede dar un tratamiento displicente sin efecto para el bebé, a no ser que este objeto, retalíe. Las madres como los analistas, pueden ser buenas o suficientemente buenas, algunas podrán y otras no podrán llevar al bebé desde la relacionalidad al uso. (p. 89)
En este párrafo quedan dos “asuntos pendientes” que anuncian el tema central de este texto, que se desarrolla en las siguientes secciones. Una es la idea que la fuente otro-distinto-de-mí “puede darle al bebé un tratamiento displicente”. La otra es la ominosa frase que no augura nada bueno y que viene inmediatamente después de “tratamiento displicente”: “A no ser que retalíe”. Una vez más los significados no son explícitos, solo son sugeridos.
Un conjunto revolucionario de ideas
Habiendo definido sus términos, Winnicott comienza de una manera sorprendente y radical esta tercera parte del texto: “Ahora estoy listo para ir directo al establecimiento de mi tesis. Pareciera que me preocupa llegar allí, como si temiera que una vez planteada la tesis, el propósito de mí comunicación estaría finalizado, ya que es tan simple”.
Esta manera de dirigirse al lector es única de Winnicott. Ningún otro psicoanalista escribe de esta forma. Aquí creo que Winnicott nos muestra cómo se siente usar a los objetos. Él está “listo” para exponer el tema central de su texto, pero teme hacerlo porque una vez planteado esto, cae en manos de otras personas (el lector) que son reales, y porque son reales y son personas separadas con sus propias mentes, son libres de hacer lo que deseen con sus ideas, a pesar de lo que él quisiera que hicieran. Esta es la “tesis” de Winnicott en el texto, la que cobra vida para el lector en la experiencia de lectura.
Su tema principal no es del todo simple: “Para usar un objeto el sujeto debe haber desarrollado una capacidad que le permita el usar objetos. Es parte del paso al principio de realidad” (1971, p. 89).
La primera de estas dos frases puede parecer absurdamente obvia: “Para usar un objeto el sujeto debe haber desarrollado una capacidad de usar objetos”. Sin embargo, a lo que Winnicott se refiere no es evidente. De hecho, esta puede ser la primera vez que un analista ha explorado el proceso de desarrollar una capacidad para usar objetos (“incluso puede no haber sido nunca [antes] específicamente estudiado” [p. 86]). Winnicott sugiere en la segunda de estas frases que su concepción del proceso de desarrollar esta capacidad cambia nuestra concepción de cómo el individuo desarrolla la habilidad para enfrentarse al mundo real (como el principio de realidad se convierte en una dimensión de la conciencia humana).
Para darle fuerza al tema central de su texto, Winnicott empieza por decir que el movimiento desde la relación de objeto [subjetiva] al uso-objetal es un proceso de maduración innato que depende, para su desarrollo exitoso, de personas reales (“un ambiente facilitador” [p. 89]).
En este punto, Winnicott realiza una sorprendente afirmación sobre las implicancias de su “tema principal”.
En la secuencia (bajo discusión) uno podría decir que primero existe la relación de objeto [subjetiva], luego al final existe el uso-objetal. Entremedio, sin embargo, está la parte más difícil quizás, en el desarrollo humano o el más molesto de todos los fracasos tempranos que luego acuden para ser reparado. Esto que está entremedio de la relación de objeto [subjetiva] y el uso, es la ubicación del objeto fuera del área del control omnipotente; esto es, la percepción del sujeto acerca del objeto como un fenómeno externo, no como una proyección, lo que implica el reconocimiento de este como una entidad por derecho propio. (p. 89)
El escenario está ahora preparado para lo que considero las tres frases más difíciles, enigmáticas y ricamente evocativas del texto. Este párrafo es también uno de los más inusuales en la literatura psicoanalítica en términos de su forma literal: una conversación imaginaria entre el bebé y su madre. En la primera frase de este párrafo Winnicott “arroja el guante”: “Este cambio (desde la relacionalidad hacia el uso) significa que el sujeto destruye al objeto” (p. 89).
Winnicott se anticipa a las objeciones de esta afirmación a través de la idea de un “filósofo sentado en su sillón” que plantea que “si el objeto es externo, el objeto será destruido por el sujeto” (pp. 89-90). En otras palabras, si el objeto externo es destruido por el sujeto, puede no existir algo así como un objeto externo.
Winnicott contesta diciendo que si el filósofo estuviera “sentado en el piso con su paciente” [viviendo una experiencia analítica con su paciente], “él encontrará que allí hay una posición intermedia”: “Después que el ‘sujeto se relaciona con el objeto’ viene el ‘sujeto destruye el objeto’ (a medida que se hace externo)” (p. 90).
Estas palabras me detienen en mi comprensión. Genuinamente no comprendo qué significa para el sujeto destruir al objeto a medida que se hace externo. (Estoy experienciando aquí algo que solo muy gradualmente se va aclarando para mí, en la medida que leo y releo el texto: la palabra “destruir” es rehecha en esta oración. Tiene un significado que nadie antes le dio, y yo solo estoy empezando, en este punto del texto, a aprender algo de lo que significa esa palabra).
La frase termina con estas palabras: “Y luego [después que “el sujeto destruye al objeto”] puede venir ‘el objeto sobrevive a la destrucción del objeto’” (p. 90).
Winnicott está en efecto diciendo que para moverse desde la relación de objeto [subjetiva] como un “atado de proyecciones” a relacionarse con un objeto como una persona separada, el sujeto debe destruir al objeto. Me pregunto, ¿Winnicott está hablando sobre la fantasía de destruir el objeto o el sujeto realmente destruye el objeto como una entidad separada? ¿Y qué es lo que significaría en realidad destruir el objeto externo? Si la destrucción es simplemente una fantasía, ¿qué es lo distinto de la proyección implicada en la relación de objeto [subjetivo]? y ¿qué significa para el objeto “sobrevivir” si la destrucción es real y no una fantasía de destrucción?
Es aquí cuando el texto se vuelve más electrificantemente vivo:
De este modo, una nueva característica aparece en la teoría de la relación de objeto [subjetiva] en la medida que se desarrolla el uso-objetal. El sujeto le dice al objeto “Te destruí” y el objeto está allí para recibir la comunicación. Desde ahora el sujeto dice: “¡Hola objeto!”, “Te destruí”, “Te amo”. “Tienes valor para mí por tu sobrevivencia a mi destrucción”. “Mientras te estoy amando, todo el tiempo te estoy destruyendo en mi fantasía (inconsciente)”. (p. 90)
Por décadas, he leído las palabras “¡Hola objeto!”, “Te destruí”, “Te amo”, “Tienes valor para mí por tu sobrevivencia a mi destrucción”, como la experiencia del infante destruyendo (renunciando a su dependencia del) al objeto materno interno omnipotente (Ogden, 1983). Pensé que la renuncia (destrucción fantaseada) del objeto materno interno permitía la emergencia en el niño de la capacidad para experienciar la cualidad de realidad de la madre como objeto externo.
Esta lectura de la “destrucción” del objeto es opuesta a la manera en que hoy entiendo lo qué está ocurriendo cuando el “sujeto destruye al objeto”. Me parece hoy que mi entendimiento de la destrucción de objeto no incluía un elemento clave de la concepción de Winnicott de cuando el “sujeto destruye el objeto”: es el objeto real externo (no el objeto interno) que es destruido en el proceso del movimiento de la relación de objeto [subjetiva] hacia el uso-objetal. Como lo veo hoy día, mi mala lectura resultaba de mi incapacidad de entender qué significa para un objeto real externo, una persona real, ser destruida.
Después que el infante “le dice” a su madre, “Te destruyo y el sujeto está ahí para recibir la comunicación”, lo que el bebé le dice a su madre es expresado de una manera inolvidable: “Desde ahora en adelante el sujeto dice ¡Hola objeto!”, ¿qué mejor manera que poner en palabras el alivio y la alegría del saludo que el bebé le da a su madre, quien ha sobrevivido y a quien ama (y por quien se siente amado) de una manera que nunca antes experimentó porque solo puede ser experimentado con una madre que es una persona separada de él mismo? Los signos de exclamación aquí son un punto importante.
Luego el niño orgulloso y jubilosamente vuelve a gritar sus logros, esta vez con más confianza y orgullo: “Te destruí”, “Te amo”, “Tienes valor para mí porque sobreviviste a mi destrucción”.
Cada vez que leo estas exuberantes palabras, recuerdo vívidamente a uno de mis hijos —que debe haber tenido alrededor de seis meses de edad— sentado en su silla alta como un rey con su bandeja de comida en frente de él. Recuerdo su sonrisa de oreja a oreja. Mientras me miraba directamente a los ojos, tomó el pequeño trozo de salchicha que yo había puesto en su bandeja. Recuerdo su excitación al usar toda su fuerza muscular al tirarla al suelo mientras gritaba con placer. Yo recogí la salchicha para ponerla en la bandeja de nuevo, sin nunca perder el contacto visual con él, y él riéndose, gritando burlona y alborozadamente, con júbilo la lanzaría nuevamente al piso. (Unos pocos meses antes, él había empezado a jugar algo similar, el peek-a-boo [juego que consiste en esconderse y reaparecer], sin embargo, este juego no tenía la excitación del juego de lanzar la salchicha).
Pero esta imagen feliz no es equivalente a la “posición intermedia” (p. 20) entre relación de objeto [subjetiva] y el uso-objetal. Más bien, es la imagen del gran alivio y alegría sentida por el infante al descubrir que sus objetos primarios son fuertes y pueden ser tratados desconsideradamente, displicentemente, despreocupadamente, indiferentemente, juguetonamente, desdeñosamente, furiosamente y todo eso mientras el objeto puede sobrevivir a ello. “El sujeto puede ahora usar al objeto que ha sobrevivido” (p. 90). Agregaría que esta es también la imagen del logro de la permanencia y constancia objetal y el gran logro en la capacidad de simbolización con la subsecuente diferenciación del mundo interno y externo (si hay un objeto externo, debe existir un self interno separado que siente esa externalidad), y así como también lo que implica la separación de los aspectos conscientes e inconscientes de la mente. “Aquí la fantasía comienza para el individuo” (p. 90).
Antes de esta etapa de uso-objetal, existe la “posición intermedia” que es el tema principal del texto de Winnicott. En esta posición intermedia “el sujeto destruye al objeto”. Y “hay un precio que tiene que ser pagado” (p. 90) por el sujeto (el infante) por la continua destrucción del objeto en la fantasía inconsciente. Pero ¿cuál es el precio pagado por el objeto, la madre real, un ser humano concreto, que, a diferencia del objeto-interno materno, (una madre fantaseada), siente el dolor de estar destruyéndose como madre?
Winnicott no responde esta pregunta, pero plantea algo que yo creo tiene directa relación con esto. Lo hace en una oración que considero fundamental para la comprensión del texto como un todo.
Esta es una posición [la posición intermedia entre la relación de objeto [subjetiva] y el uso-objetal] que puede ser alcanzada por el individuo en tempranas etapas del crecimiento emocional solo a través de la sobrevivencia real de los objetos catectizados que al momento de estar siendo destruidos porque son reales, se convierten en reales porque son destruidos (siendo destruible y prescindible). (p. 90)
Este párrafo es complejo tanto en estructura sintáctica como en la estructura paradojal que crea. La primera parte puede ser parafraseada como sigue: el uso-objetal puede ser logrado en el desarrollo emocional temprano solo a través de la sobrevivencia de la persona con la cual el infante o el niño tiene un lazo emocional (el objeto ‘catectizado’). Este es un pensamiento decepcionantemente simple ya que parece ser una repetición de lo que ya se ha dicho: el uso-objetal puede ser logrado solo a través de la sobrevivencia del objeto. Sin embargo, las palabras que destaco en esta parte del párrafo son “sobrevivencia real”. Winnicott no está hablando metafóricamente: el objeto de hecho (en la realidad) puede no sobrevivir emocionalmente (y quizás también físicamente).
Esta frase continúa con varias ideas que considero las más originales del texto: la sobrevivencia real del objeto es fundamental en el momento que la madre está “en el proceso de estar siendo destruida porque es real, se convierte en real porque es destruida” (la cursiva es mía). Mi mente se estremece, incluso ahora, cuando leo estas palabras. He estado muchas horas —hasta llegar a mi propio entendimiento— tratando de hacer algo con este par de ideas ¿Qué significa decir que el objeto “está destruyéndose porque (es) real”? Aquí, uno no tiene más alternativa que “escribir” el texto de Winnicott porque él plantea ideas fundamentales de una manera especialmente elusiva; ideas que no son explicadas, sino meramente sugeridas.
Escribiría esta parte del texto diciendo que el objeto (el objeto materno real, vivo, que respira y que es emocionalmente receptivo) está (inevitablemente, ineludiblemente) “siendo destruido” en el proceso del desarrollo que lleva al infante al logro del uso-objetal. Lo que quiero decir cuando digo que la madre concreta está destruyéndose, es que su experiencia de sí misma como madre suficientemente buena para su bebé, está bajo un severo ataque y “está en proceso de destruirse”. Winnicott a veces en este texto usa la frase “estar siendo destruida” y en otras ocasiones usa la palabra “destruida”, una única palabra con connotación más fuerte, para describir al objeto (la madre) en ese momento del desarrollo de la relación madre-infante. Me parece que ambas formulaciones son precisas. En distintos puntos de este proceso, la madre y el infante sienten como si la madre estuviera destruyéndose (está comenzando a destruirse) y en otros momentos sienten que ella ha sido destruida.
Winnicott no habla en torno a la realidad de que algo importante ocurre en la experiencia de la madre (así como en la experiencia que tiene el infante de ella) en tanto madre que es realmente destruida en el curso del movimiento desde la relación de objeto [subjetiva] hacia el uso-objetal. ¿Qué madre no ha tenido la triste experiencia de sentir que ha fracasado completamente como madre, y más aún, que ha dejado de ser la persona que era antes de tener al bebé? La destrucción de la experiencia de la madre de ella misma como madre puede tomar innumerables formas, por ejemplo, a través de sentir que no es adecuada como madre porque es incapaz de consolar a su bebé cuando está muy irritado, o no es suficientemente amorosa para amamantar, o incapaz de ayudar al bebé a dormir precisamente cuando necesita de manera desesperada hacerlo o cuando odia a su bebé por alejarla de todos los placeres y fuentes de orgullo, competencia y creatividad que ha tenido en su vida antes de que el bebé naciera, o una de las miles de las otras maneras en que un infante o un niño puede destruir la creencia de la madre de su adecuación como madre (y por momentos, su adecuación como una persona que vale en cualquier sentido). El bebé no hace esto con el objetivo de atacar o destruir a su madre, lo hace simplemente por ser el bebé que es: un infante que plantea demandas físicas y psíquicas incesantes, demandas que ninguna madre puede atender. El sentimiento de la madre de estar siendo destruida es simplemente parte de la experiencia de ser una madre de un infante o niño, una experiencia que es una de las más mundanas e inimaginablemente intensa, dolorosa, desgastante, gratificante, aterradora y dichosa.
El sentimiento de la madre de “estar siendo destruida” no está restringido para los primeros meses de vida de la madre y el infante. Ocurre a través de toda la vida de la madre y el bebé (y más tarde del padre y el bebé), con frecuencia más visible durante los “terribles dos”12 y más violento durante la adolescencia.
La manera en que estoy concibiendo la destrucción concreta de la madre es muy afín con la idea de Loewald (1979) del asesinato del padre edípico. Un asesinato que no es simplemente simbólico: “Si no nos limitamos en el lenguaje, en nuestro rol como hijos de nuestros padres, a través de la emancipación genuina [genuinamente convertirnos en adultos independientes] nosotros asesinamos algo vital en ellos, no de una sola vez y no en los sentidos, pero contribuimos a su muerte” (p. 39).
Como padres, debemos permitirnos ser asesinados (psicológica y físicamente) por nuestros hijos, “no vaya a ser que los disminuyamos” (p. 395) interfiriendo el logro de su autonomía. La etapa de desarrollo que Loewald plantea es más tardía que aquella involucrada en el logro del uso-objetal. Sin embargo, creo que la concepción de Loewald de la realidad de la destrucción del objeto (“asesinamos algo vital en ellos”) es también cierto para la destrucción de la madre en el proceso constante del desarrollo de la capacidad para el uso-objetal. La madre no es simplemente una facilitadora del desarrollo del sentido de su externalidad (y su propio mundo interno), ella se sacrifica en ello. Ella hace nada menos que permitir ser destruida.
Ahora volveré a la segunda frase (en realidad son dos frases unidas) “se convierte en real porque es destruido” (1971, p. 90). Aquí el objeto es “real porque [el infante percibe la manera en que la madre se está sintiendo] se destruye”. En otras palabras, simultáneamente con la madre destruyéndose porque es una persona real, está el infante percibiendo la experiencia de la madre de estar siendo destruida como madre. El infante siente el dolor que su madre (como una persona real, no como su creación omnipotente) realmente siente que está destruyéndose. Esta es una parte critica del periodo entre relación de objeto [subjetiva] y el uso-objetal: el niño ve en los ojos de la madre, escucha en su voz, siente en la manera en que ella lo toma, el dolor que ella está experimentando mientras “está destruyéndose”.
Nada es más importante para un niño o un infante que la conciencia e inconciencia que él tiene del estado emocional de la madre, al cual él es exquisitamente sensible (Beebe & Lachmann, 2004; Fraiberg, 1980; Green, 1972; Winnicott 1960, 1963). El registro del niño y la respuesta emocional, al dolor de su madre mientras “está destruyéndose”, (cuando está empezando a sentirse incapaz para ser una madre) es una parte esencial de la ‘posición intermedia’ entre la relación de objeto [subjetiva] y el uso-objetal. La madre “se vuelve real porque se destruyó”, es decir, ella se vuelve real para el infante porque sus sentimientos de estar destruyéndose se vuelven reales para él.
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