Kitabı oku: «Querida María»

González Táboas, Carmen
González Táboas, Carmen. Querida María: cuando el psicoanálisis no es un sueño / Carmen González Táboas; editado por Nicolás Cerruti; María Magdalena. - 1a ed mejorada. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Las Furias, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-47774-3-0
1. Clínica Psicoanalítica. 2. Ensayo. 3. Autobiografías. I. Cerruti, Nicolás, ed. II. Magdalena, María, ed. III. Título.
CDD 150.195

PRIMERA EDICIÓN Editorial Tres Haches, 2008
EDICIÓN María Magdalena / Nicolás Cerruti
DISEÑO Romina Luppino
COMUNICACIÓN Lila Magdalena
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito de los editores. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
ISBN 978-987-47774-3-0
EDICIÓN EN FORMATO DIGITAL: enero de 2021
Conversión a formato digital: Libresque
CARMEN GONZÁLEZ TÁBOAS
Nace en Buenos Aires, Argentina. Es miembro, en grado de Analista Practicante (AP), de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). En sus libros publicados su mirada ha tomado diferentes sesgos, siempre con Lacan. Querida María. Cuando el psicoanálisis no es un sueño fue publicado por primera vez en el año 2008.
De la misma autora: La salvación por el síntoma. Una apuesta lacaniana (2003, Tres Haches, edición agotada), Querida María. Cuando el psicoanálisis no es un sueño (2008, Tres Haches, edición agotada). Semblantes de Occidente. La apuesta lacaniana por el síntoma (2009, Tres Haches, edición aumentada de La salvación por el síntoma), Mujeres. Claves místicas medievales en el Seminario 20 de Lacan (2010, Tres Haches), El siglo XXI en su laberinto (2012, Grama), Abrir el juego del decir de Lacan (2013, Letra Viva), Un amor menos tonto. Una lectura del Seminario 21 de Lacan (2015, Grama), Lecturas de una Argentina. Con Lacan (2016, Letra Viva), La cita fallida 1. El continente mestizo. Una mirada, con Lacan, La cita fallida 2. Mutaciones americanas. Una mirada, con Lacan (2017, Grama), La cita fallida 3. En Argentina. De la mirada al inventario (2019, Grama), El amor, Aún. Una lectura del Seminario 20 de Lacan y sus fuentes antiguas (2020, Grama).

A Ramiro, María y Gonzalo
Ladrón de Guevara
Índice
Cubierta
Portadilla
Créditos
Sobre la autora
Portada
Dedicatoria
Índice
Epígrafe
En 2020, este libro
Prólogo. Juan Carlos Indart
Cero / Antepórtico
Uno / Palabras indicativas
Dos / La lengua que nos habla
Tres / Ni eclecticismo, ni humanismo
Cuatro / Hay vida lejos de Buenos Aires
Cinco / Sucesos Argentinos
Seis / Hacer la América
Siete / Una excursión pueden ser muchas
Ocho / El amor y el psicoanálisis
Nueve / Una lógica que incluye un vacío
Diez / Los confines de una experiencia
Tal vez mi sueño anunciaba el riesgo de concluir…
En 2020, breve. Post scriptum
Bibliografía de consulta para los temas argentinos y latinoamericanos
Acerca de este libro
Las Furias editora

“Pensar y actuar no consiste en superponer capas planas de realidad y cortar lo que sobresale, hasta darle al mundo la forma de nuestros fantasmas, sino en aceptar su diversidad y su amenaza, aunque al contacto de su ardor nuestra omnipotencia quede chamuscada”.
JUAN JOSÉ SAER1
1. En El concepto de ficción.
En 2020, este libro
Hace tiempo que este libro desapareció de las librerías. ¿Un libro de psicoanálisis, situado en Argentina, decididamente coloquial, que se sirve de las libertades formales que ofrece el ensayo y a la vez riguroso en los conceptos?
Su primera edición ¿cómo ha sido leída?
Desde 2008 no he dejado de recibir noticias de mis lectores. Ellos me han permitido formarme una idea de dos modos de abordarlo; unos se han sentido atraídos por su lectura al punto de no poder soltarlo, en algún caso hasta pensar “no quiero que se termine”. Otros se han lanzado a buscar en el libro los trazos de mi propia vida deslizados en él; pero esos trazos que hasta se atreven a reflejar mis diferentes experiencias de análisis, están allí para permitir una trama sostenida y crítica, guiada por el discurso analítico, donde se cruzan los hilos de un tejido vivo; también se trata de la Argentina en la que vivimos, de los complejos movimientos de la cultura, de la inserción del psicoanálisis en ella. Limitarse a rastrear la anécdota personal es privarse de una verdadera lectura.
Consentir al síntoma, o no solamente
El lector de hoy encontrará a continuación el precioso prólogo que Juan Carlos Indart1 escribió para la primera edición. Allí se refiere a uno de los hilos principales del libro, “el que deriva de la salida del análisis por la identificación al síntoma, como la autora nos dice que le fue dicho”. En efecto, Querida María se cierra con una experiencia de análisis notable; lo fue por su transcurso en París, por su extraño final en 2003 y por mi decisión de presentarme al pase en 20042. Se había constatado “un final de análisis por identificación al síntoma”, lo cual J. C. Indart leyó así: “es cosa diferente y muy divertida, porque la niña discutidora obstinada y verborrágica que se nos describe es la misma que ahora discute algo con tenacidad, una y otra vez, y otra vez, a lo largo de todo el libro. Es evidente que ha consentido con su síntoma, y que quiere hacer algo con él diferente al sostén de una neurosis”. Nada más cierto. Sin embargo, ser “la misma que discute con tenacidad” empezó a molestarme; no quise más eso y diez años más tarde decidí retomar otro análisis que ya no pertenece a este libro. En realidad, si el sujeto identificado con su síntoma dobla la apuesta, un nuevo análisis puede permitirle un mejor fin.
Diez años después
Esta vez debía ser en Buenos Aires. La difícil elección de un analista se vio resuelta por casualidad, fue algo impredecible; la nueva experiencia me condujo a lo que Lacan enseña3 cuando dice: “Trabajo en lo imposible de decir. Decir no es lo mismo que hablar. El analizante habla; sólo hace poesía (solo dice) cuando le sucede hacerla”. Y Lacan prosigue, el analista corta (tranche) porque lee; pero el corte es del orden de la escritura. “Ni en lo que dice el analizante ni en lo que dice el analista hay otra cosa que escritura”. ¿Qué quiere decir todo eso? Que más allá del sentido de las palabras, el decir del analizante encuentra en sí el silencio que permite otra relación consigo y con los otros. Se escribe otro modo de gozar4. Yo había escrito en Querida María (“Diez / Los confines de una experiencia”) los hitos de una secuencia inolvidable y la salida del análisis en un abrupto e inexplicable final. Sí. Sin duda faltaba una vuelta más. Esa vuelta fue posible.
1. Juan Carlos Indart es miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana. Sus enseñanzas y publicaciones tienen amplia difusión en toda la extensión del Campo Freudiano.
2. El dispositivo del pase recibe el pedido de quienes desean testimoniar sobre su experiencia de análisis sobre la cual se pronuncia después, a partir de un exhaustivo análisis.
3. Lacan, J., Le Seminaire XXV, Le moment de conclure, inédito (20/12/77).
4. Se trata del goce genuino que resta después de la travesía de un análisis, menos molestado por el síntoma.
Prólogo
JUAN CARLOS INDART
De los diversos sentidos que se han acumulado sobre la función de un prólogo me atengo al muy simple que consiste en defender el mérito de la obra y la necesidad de que exista. Sobre todo eso último, la necesidad de que exista, porque la intensidad del derecho a pensar y el derecho a luchar que emana de la misma es su mérito, inusual, y lo que hoy hay que defender como necesario.
Dicho lo cual me deslizo a las primeras impresiones que, como un lector entre otros, me ha suscitado este texto presentado como larga serie de cartas de una madre a su hija. La intriga inmediata no debe encandilar, pues no se trata de cómo una mujer que en su primera juventud decide una vocación religiosa, ingresa en una congregación y pasa muchos años de formación en el noviciado, deja de pronto todo eso, se casa, tiene hijos, y cuenta a uno de ellos las razones de ese cambio. La intriga de fondo radica en que, ya de niña, y luego de monja, y luego de esposa y madre, y pasando por las más diversas actividades, siempre estaba lo que no cambiaba respecto de un profundo y sufrido anhelo.
Hasta que encontró la solución por vía del psicoanálisis, del psicoanálisis de orientación lacaniana, y en su última experiencia como analizante.
Ese es uno de los hilos principales del libro. Es desde ahí, si el lector capta la solución por algún sesgo, que vale la pena leer y releer el testimonio que se nos ofrece. El punto de inflexión está evocado de muchas maneras, porque en esto se verifica que no puede decirse todo. A mí me evocó una pequeña historia narrada por Lázaro Carreter, quien se la oyó a su amigo don José Artero, un canónigo de la Santa Catedral. En un convento de Alba de Tormes una monja presentaba estigmas sangrantes, de modo que se abría la pregunta acerca de si Dios no la habría elegido para su predilección. Enviaron de indagador a don José, y así nos cuenta Lázaro Carreter su astucia: “Con tan peliagudo encargo este recordado amigo tomó el camino de Alba. Y, reunida en torno suyo la comunidad, preguntó con inocencia casi infantil: ‘Veamos, hermanas, ¿quién es la santita?’. Una voz sumisa, llena de arrogante humildad, brotó del grupo: ‘Una servidora’. Le bastó a don José”. Por un cierto vaciamiento de esa pasión, y ya con cierta distancia, me explico que a medida que avanza el texto, aquí y allá, aparezca una prosa que vira a lo poético en la pintura de las pequeñas escenas familiares, o de barrio, o de río, o de charlas con amigos, o de viajes, o de lecturas. Hay aroma local en esto, sin duda, pero justamente porque ya es sin otra trascendencia.
Cosa diferente es el otro hilo principal del libro, el que deriva de la salida del análisis por la identificación al síntoma, al resto incurable, como la autora nos dice que le fue dicho. Es cosa diferente y muy divertida, porque la niña discutidora obstinada y verborrágica que se nos describe es la misma que ahora discute algo con tenacidad, una y otra vez, y otra vez, a lo largo de todo el libro. Es evidente que ha consentido con su síntoma, y que quiere hacer algo con él diferente al sostén de una neurosis. Lo que quiere hacer, se me ocurre decirlo así, mide bien el tamaño de su esperanza. Quiere sacar a luz la estructura del síntoma argentino, la del llamado ser nacional, o simplemente la de qué es lo argentino como tal. No quiere saber de eso por afán de erudición, aunque semejante empresa la lleve a leer y pensar muchísimo de lo que se ha escrito al respecto. Quiere saber para incidir en eso de un modo nuevo, de un modo psicoanalítico, y es por eso que abre la discusión a los analistas miembros de la misma Escuela a la que ella pertenece, alertándolos sobre un aspecto tan conocido como insuficiente del síntoma: enajenarse en problemas que son de afuera, e ignorar la invención de un bien decir para los problemas que son de acá.
Siendo, como soy, miembro de la misma comunidad analítica a la que la autora se refiere, no puedo negar la implicación, y si ella me concede el privilegio de ser primer lector que le puede responder por escrito, eso podría abrir la serie de las muy deseables y diversas respuestas que su libro merece:
- Creo que las incesantes preguntas y los esbozos de tantas respuestas, en el plano de las ideas y los hechos sociales, económicos, políticos y culturales de la Argentina, desde los más recientes hasta los más remotos, que el texto ofrece, dicen bien que no se trata de historiar ese pasado “sin historia” que sería el nuestro, sino de sostener una memoria. No es lo mismo, y pienso que no seré el único lector alcanzado de la buena manera en su tendencia al olvido gracias a las páginas que prologo.
- También creo que lo que más se repite en esa memoria es: a) la creencia en lo argentino como una potencialidad no realizada (aquí está lo más unitivo); b), luego, los fracasos en la realización de esa potencialidad en una dirección cualquiera (acá esta la desunión); c) por último, si algo se realiza, su falta de reconocimiento, a buscar en solitario y en otra parte (acá bastan pocos casos para así retroalimentar a)). Y así siguiendo. Por eso, si llega poco a poco a haber, por extensión de lo analizante, efectos de interpretación sobre el síntoma que ocupa y preocupa a la autora, será en tanto sacudan la creencia señalada en el punto a).
Que el lector de Querida María entre en la aventura, pues lo que creía que era sueño puede que no lo sea, y lo que creía que no lo era puede que sí lo sea1.
1. Prólogo a la edición de 2008.
Cero / Antepórtico
Querida María,
Muchas veces, desde chica, mostraste curiosidad.
¿Cómo fue tu vida, mamá?
Y más tarde: ¿qué te llevó de la religión a la práctica lacaniana?
Ahí seguía un: “lo tenés que escribir”.
Aquel verano me encontré anotando sin ningún orden cosas y tiempos de nuestra vida; trazar en ella los senderos de la mía me condujo más lejos.
¿La mía? ¿La de la niña neurótica?
¿La de mis veinte años, cuando huí del mundo para rebotar en él a los treinta, sin idea de nada? ¿La que siguió, tardía, urgida, animada por…?
Veía cómo las ficciones verdaderas que hilvanaba surcaban muy diferentes épocas de la vida argentina y del psicoanálisis en Argentina.
Veía entrelazarse ahí, más invisible o más expuesto, el largo hilo rojo de los trabajos y los días que habían hecho de mí una analizante1. Ese verano escribí; obtuve un anillado de 90 páginas. Había encontrado una manera de decir esas cosas. ¿Un estilo?
Al concluir esas páginas me pareció ver el esbozo de un libro.
¿Qué libro me volvió de semejantes páginas?
Un libro inquieto (mío); conversado, extraño, errático, por saltos, y sin embargo, María, muy ceñido a los temas que se habían ido formando aquel verano.
La buena educación
De algún modo, todo había empezado en una temprana neurosis (la mía), nutrida en el Otro2 del orden dogmático, parte de una mezcla explosiva de amores edípicos y de simultánea y feroz resistencia a ellos.
Angustia, pecado, culpa, obediencia, deber, deuda, sacrificio, elementos de la religión del Padre, permiten una extraordinaria erótica nutrida en la espiritualidad que la Iglesia transmitió a través de los siglos (como a través de los siglos ocultó sus pecados; los antiguos padres decían: “La corrupción de lo mejor es lo peor”).
De la Iglesia pude saber más durante los diez años que vestí un hábito religioso.
Todo eso ¿no está pasado de moda? No estoy tan segura.
Muchos creen haber salido de la religión porque abandonaron sus prácticas. O porque la odian o porque la ignoran.
Este libro quiere mostrar que no es tan fácil salir de la religión, suponiendo que se lo desee. Se puede hacer una religión con cualquier cosa; cualquier religión puede servir para justificar lo peor de nosotros.
Diré que los nuevos síntomas pacen junto a los viejos, o enredados con ellos.
Me interesa observar lo que sucede en la Argentina.
La Escuela de la Orientación Lacaniana
Aquel verano te contaba también cómo me había ido involucrando en una práctica, y en una formación que elegía el psicoanálisis lacaniano, y cómo un día formé parte de una Biblioteca, y más tarde de la Escuela3.
Escribiéndote, me aparecía que la enseñanza de Oscar Masotta, a fines de los años sesenta, había preparado y esperaba a la Orientación Lacaniana de Jacques-Alain Miller, de la que tuve noticias en 1982, diez años antes de que se creara la Escuela.
Desde 1992 participé intensamente de la vida de la colmena; en los últimos años pude empezar a verla por el revés, en sus filigranas y sus paradojas.
Sobre todo, empecé a ver un problema actual de la Escuela. La Escuela parece distraída de lo que pasa “en casa”, casi desinteresada. Si bien sus miembros están por todas partes en la vida de la ciudad, o en la extensión de las acciones que caracterizan la fuerte presencia del psicoanálisis en la región, o tomando su lugar en la práctica del dispositivo, parece estar pendiente de la guerra que libran los colegas europeos con las TCC4 (quebequenses, norteamericanas y europeas) y sus expertos burócratas que, metidos en las instancias gubernamentales, arremeten contra los psicólogos clínicos y atacan el psicoanálisis.
¿Es un problema argentino tal vez? Digo que no.
Descubro que la aparente “distracción” de la Escuela es también (sin que ella lo sepa) un tratamiento práctico del silencio argentino, del que forma parte.
Ninguno de nosotros ignora que no es el conductismo lo que nos domina, ni la magia del número clasificatorio la que pinta nubarrones en el horizonte.
Al respecto, para empezar, a muchos les contaría algunas de Fontanarrosa5.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
Ni siquiera hemos estudiado cuál es nuestra guerra, no sólo difusa y difícil de localizar. Mucho más que eso, si pensamos en las últimas décadas.
¡La Argentina!
Me la había encontrado ese verano entre las líneas, mientras te escribía. Me nacía una “curiosidad argentina” y nacía con mil preguntas debajo del brazo.
Antes de mis veinte años había mirado a la Argentina con ojos de poeta, desinteresada del matete político que dejé atrás cuando me ausenté del país entre la revolución Libertadora de 1955 y la revolución Argentina de 1966, dos de las gemas argentinas que brillaron en el siglo XX. Faltaba la peor.
A mi regreso, había empezado para mí una vida ajena al psicoanálisis.
Muchos años después me encontré en el campo de Freud.
Durante ese tiempo padecí la Argentina como cualquier argentino, pero ella no estaba para mí en el foco de una interrogación cualquiera.
¿Me atrevería a ensayar una lectura? Necesitaba hacerlo. Me puse a hacerlo.
Quería saber más.
¿Dónde había estado yo antes de ahora? ¿Hacia dónde miraba la Escuela? ¿Por qué hablábamos como si nuestros problemas fuesen los de los colegas europeos?
No digo que ignoremos que hoy, en todas partes, también acá, el hombre tiende a llenarse “como un espantapájaros, de un puñado de certezas adquiridas o dictadas por la presión social”6.
Digo que no hemos construido una pregunta que nos concierna particularmente; que no somos europeos, ni brasileros, ni venezolanos, ni lo que sea, sino argentinos.
¿No resulta extraña la homogeneización, que avalamos con nuestro silencio, de las problemáticas contemporáneas que conciernen al psicoanálisis?
¿Alcanza con señalar el silencio argentino como única razón de que no podamos hacerle lugar a una diferencia? (¿Acaso son preguntas retóricas? Te aseguro que no para mí). ¿Por qué estamos tan ajenos a los sedimentos que diferencian lenguas y culturas, a los discursos en los que habitamos, a la repetición que los agita?
¿Sabés, María? Los trabajos y la práctica de los colegas argentinos y la de los latinoamericanos reflejan muy bien los discursos de la época en los respectivos países. ¿Qué consecuencias extraemos de ahí, que podamos llevar al ámbito de lo público?
Los intelectuales de izquierda
Cuando empecé a leer, mis preguntas se atropellaban unas a otras.
¿Qué pasó en Argentina? ¿Qué peso tuvieron acá los intelectuales marxistas, los comprometidos sartreanos, o los orgánicos gramscianos expulsados del Partido7 por interesarse en el fenómeno del peronismo? ¿Qué Argentina imaginaron las juventudes del peronismo revolucionario? Hubo un saldo monstruoso de asesinados y desaparecidos.
A los exiliados/retornados o a los nunca idos, ilustrados o confundidos, el neoliberalismo “tardomoderno” parece no dejarles más que el sabor amargo de “la revolución cancelada”8. ¿Dónde está el análisis de las responsabilidades?
Poco a poco fui viendo que, tal vez por haber sido casi ajena a la universidad9 y a las derechas de este país, cercana al catolicismo popular, extraña a las izquierdas marxistas, podía seguir el impulso de una curiosidad disponible.
Tomar coraje, leer, escribir, atar unos cabos y dejar otros sueltos, sueltos.
Me parece que los hijos de familia ilustrados miraron a la Argentina con los moldes del marxismo leninista, o trotskista, o gramsciano, o castrista, o guevarista.
Y la Argentina, María, se resiste. Un día dijo: no, no es por ahí.
Ni marxista, ni cognitivista conductual.
¿De dónde salió el peronismo? ¿Qué había habido antes? ¿Y mucho antes? ¿Qué está pasando ahora? ¡Oh! Me conformaría con vislumbrar algo de todo eso.
La experiencia analítica como tal
En el anillado del verano, María, te hablaba de mis diferentes experiencias de análisis; cada una era una nueva vuelta; después un naufragio. Y nueva travesía. Nada de eso me parece ahora ajeno a los avatares argentinos de aquellos años, los setenta, los ochenta, los noventa. Es cierto, son terrenos sumamente pedregosos, pero no les temo.
¿Hasta dónde puede llegar un psicoanálisis?
¿Por qué no hablar de los lugares donde puede naufragar, ayer y hoy?
Yo tuve suerte. Porque finalmente algo pude saber de los confines de la experiencia y porque podía escribirlo conversando con vos.
Mi larga travesía, sólo mía e imposible de generalizar, tampoco era inefable.
Pero, ¿cómo pasarla a un libro, ponerla a correr mundo? Yo podía exponerme, lo elegía. Es mi locura. A mi riesgo.
¿Y los analistas locales? Los analistas de los que hablo ya no existen.
Han pasado los años; el discurso analítico es un discurso vivo que trabaja, no sin nosotros, y que también nos trabaja a nosotros. Nos modifica. Nos vuelve analizantes.
Pero, sobre todo, “tu analista” nunca es “mi analista”, aunque sean la misma persona, ni el analista de ayer es el de hoy, aunque el de ayer y el de hoy sea la misma persona. Ni El psicoanálisis no es un sueño de dos. Y las que escribo son las briznas que extraigo de una sola experiencia, la mía. El “analista”10 de la lista –la lista de la Escuela que lo incluya– puede faltar a su acto en el instante que sus pasiones perturben su función y ganen la mano.
1. Lacan llama “analizante” a quien se implica en una experiencia propiamente psicoanalítica.
2. De la manera más simple, el Otro es el lugar donde la Palabra cobra para el niño Autoridad y Verdad. Aquí me refiero a una educación católica muy rigurosa.
3. La Escuela de la Orientación Lacaniana, creada junto con la Asociación Mundial de Psicoanálisis de la que la EOL forma parte. De ambas soy miembro “analista practicante” (AP).
4. Terapias cognitivo conductuales.
5. Historietista rosarino, lamentablemente fallecido en 2007.
6. Son palabras recientes de Jacques-Alain Miller.
7. El Partido Comunista argentino era cerrado, prosoviético/stalinista.
8. Volveré varias veces al libro de Nicolás Casullo, Las cuestiones, al que remiten los entrecomillados.
9. Cursé mis estudios en la Facultad de Filosofía de la Universidad Central de Barcelona.
10. Malicioso, Lacan jugaba con la homofonía; en francés se podía leer: los asnos en la lista. En verdad, no existe “el profesional analista”; el practicante se vuelve analista en su acto, si éste se verifica por sus efectos.
Uno / Palabras indicativas1
Querida María, quiero hablarte en voz bajita; por todas partes hay demasiado ruido.
Una de estas noches tuve un sueño atropellado en el que sucedían muchísimas cosas, y lo único claro era que todas convergían y me conducían a un punto de máximo peligro.
Me gustaría anteponer a estas páginas una pregunta tuya: la Orientación Lacaniana del psicoanálisis (así, con mayúsculas), ¿es acaso diferente de otras enseñanzas lacanianas?
Voy a responder por mí; me parece que sí.
Intentaré dar cuenta de lo que digo con mi escritura.
¿Por qué me involucré en la Orientación milleriana hace muchos años, como analizante y como practicante? Ya sabía que se puede ser practicante de muy diversas prácticas bajo el nombre de psicoanálisis.
Más tarde iba a saber que cada analista, efecto de una transmisión, debe reinventar el psicoanálisis; no puede ser de otro modo, para bien o para mal.
El acto pasa por uno, por lo que del analista resuena con el psicoanálisis.
Identificaba diferentes voces; hubo hitos que me permitieron anhelar la creación de la escuela que amanecía amalgamada por la enseñanza de Jacques-Alain Miller.
Ninguna idea actual de lo escolar te acercaría al concepto de Escuela de Lacan, a menos que lo conviertas en “decolar”2 o “despegar” (sí, sí, como los aviones), pues debe despegarse de algo parecido a un sindicato o a un gremio o a una mutual.
El psicoanálisis es un discurso diferente, una forma de lazo que exige algo más que una enseñanza teórica; su práctica abre en lo que se dice una dimensión tal que quienes lo practicamos debimos antes encontrarnos en ella como analizantes.
Tendré ocasión de hablarte de estas y muchas otras cosas, María, pero hoy todas ellas han quedado ligadas al descubrimiento –terriblemente tardío e interesante– de que nací en Argentina, de que Argentina es América, de que esta América del Sur no es Europa, de que ser hija de españoles no es, sin más, ser hija de europeos, de que eso tiene consecuencias, unas favorables, otras indeseadas. Reconozco haber sido –desde mis lecturas de la pubertad– una argentina que amaba la Europa de los libros, la Europa admirable; de la otra sabía poco.
Siempre amé, palpité, caminé, elegí Buenos Aires, la ciudad donde nací. Sin embargo, las resonancias que necesitaba no me venían de aquí. Necesitaba irme.
La ortodoxia católica en la que crecí me dejaba libre el ancho campo de la literatura y un poco más, donde me sumergía de modo que podía ignorar la trama difícil que se tejía ahí afuera, a un paso de mí; si bien leía la literatura argentina, nunca supe leer en clave que no fuera poética. Yo soñaba; ni la historia nacional que aprendí en la escuela, ni la política pudieron retenerme.
En la primaria estatal había convivido con el ascenso del peronismo; la clase obrera, cuyas luchas habían empezado antes, ingresaba a la historia nacional, pero mi padre iba a tener un lugar destacado en las paritarias del lado de la patronal. El secundario estatal, en cambio, transcurrió durante los años en los que se apagaba la estrella del peronismo. A la hora horrible del final, yo descubría y preparaba mi elegido exilio religioso.
Mamá nos mandó a una célebre procesión del Corpus Christi, a todas luces un acto de la oposición. En junio de 1955 la revolución Libertadora estaba a las puertas, sucedió en septiembre. En marzo de 1956 me fui al noviciado en Santiago de Chile.
Necesito volver la mirada por una vez –y por primera vez– a esos años y a los que siguieron, a los del místico exilio y a los del retorno, en 1966, a un país más desconocido para mí.
Me resulta indispensable hacerlo, ante la tarea de pensar qué responsabilidades conlleva practicar el psicoanálisis en este lado del mundo. No será sin al menos vislumbrar una serie de cuestiones argentinas. Sobre estas cosas quiero escribir, porque es lo que sé hacer, porque no lo hice antes y porque hacerlo no me parece una tontería. Más bien me parece un atrevimiento andar por ciertos desfiladeros.
¿Qué pasó? ¿Qué me pasó?
En el libro que ahora se hace mientras te escribo, trato de leer cómo fui enseñada a leer por quienes me transmitieron el psicoanálisis de Lacan. Aprender a leer fue cosa de años, porque para poder “leer” hace falta despejar el pensamiento y formarlo.
Siendo muy joven, hice de la religión la nube que me alojó, hasta que la angustia me desalojó de ahí y me obligó a saber algo de mí.
Los judíos leerán e interpretarán la Midrash3 hasta el fin de los tiempos.
Los católicos no necesitan leer; de eso se encarga la Iglesia, Mater et Magistra de los hijos del Padre, mientras alienta la esperanza en una promesa trascendente al mundo, lo cual finalmente desresponsabiliza del estado de las cosas.
El descenso de las cimas religiosas me exigió sinuosos rodeos de los que te hablaré, María. Un día me iba a encontrar –con mi modo de meterme en lo que me interesa– en una deriva extraña; fui a dar con cierta trama institucional que tomó el cauce de la Orientación Lacaniana.
Había estado afuera –entre Chile y Europa– durante diez años decisivos de nuestra historia política y cultural. A mi regreso, el psicoanálisis no figuraba en mi programa.
Estaba ocupada en aterrizar en Argentina, atravesar unos complejos estados de espíritu, ver formarse una familia, y buscar un rostro más actual de la Iglesia que me había moldeado, refrescarme en los aires de la Iglesia aggiornada por un Concilio.
Militar en esta Iglesia era una nueva versión del encierro; habría otras. Hay mil maneras de encerrarse, aunque se iban ensanchando un poco los espacios cada vez.
Más tarde la escuela de psicoanálisis, en lo que tiene de institucionalizado, pudo convertirse también en un nuevo encierro, ya no entre paredes ni en la sujeción dogmática que pide la Iglesia. Pero las instituciones son polos de atracción para los efectos neuróticos; los narcisismos se acomodan ahí muy fácilmente y acentúan el movimiento centrípeto sobre los elementos estabilizadores.
Freud ya sabía que hay tres tareas imposibles: educar, gobernar, psicoanalizar.
Después de todo, también la institución de psicoanalistas es imposible de gobernar. Lo más indeseado se cuela y se colará siempre. A cada uno su parte de responsabilidad.
Lo cierto es que yo, de un encierro en otro, no podía ver mucho.
Se necesita la libertad de tomar distancia de las cosas, de prestar atención a los silencios y a las palabras, de tener la disposición del juicio, cosa que el neurótico cede, tanto como se pierde de sí.
Lo que pasa es que se las arregla para imaginar que hay otro que sabe lo que se debe hacer, decir, pensar, y de ese modo se provee de un Otro, en este caso especie de garante imaginario al que se hace objeto de amor, o de odio.
(Hagamos esa convención provisoria: escribo ese Otro con mayúscula).
Tuvo que existir en mí la libertad de juzgar. La debo a que tuve analistas.
Esta Escuela mía, argentina hasta los huesos
Entonces hoy puedo ver –y puedo decir, María– que esta Escuela mía, tan francesa, sólo puede ser argentina, argentina hasta los huesos, como lo demuestra el perfil de sus tropiezos. Si la veo así, veo más. Si la veo así, me vuelvo responsable de pensarla en su marco argentino. Un marco poco tranquilizador que, al parecer, preferimos ignorar.
En nuestro país, la guerra no es, como en Francia, de cognitivistas y conductistas contra clínicos y psicoanalistas. Ni siquiera sabemos cuál es.
Las hebras indicativas de los discursos argentinos, cuyas consecuencias están instaladas en la sociedad y se presentan en nuestras prácticas, seguramente podrían ser extraídas y estudiadas, pues llegamos a muy diferentes ámbitos, privados y públicos. Son el reflejo de la cultura nacional, pero, ¿qué interés tenemos en ella? (Si lo tenemos, ¿por qué no pasa a través de nosotros?).
La Escuela es para el discurso analítico, pero este discurso no existe sin los otros discursos. “El discurso analítico emerge en el pasaje de un discurso a otro”. Cava en los discursos corrientes el lugar vacío donde un genuino pensamiento, una pregunta, un acto son posibles. Es la clínica del sujeto. Es lo que le daría su verdadero lugar al psicoanálisis en la cultura4.
¿Qué lugar tienen hoy en la Escuela las manifestaciones del gusto, quiero decir lo diferente que cada uno puede poner de sí en ella? ¿Podemos ser ajenos a las variaciones del discurso en la literatura, el arte, el ensayo, la política, las ciencias, el cine argentinos más contemporáneos? ¿Las virtudes indicativas no se encuentran entre el psicoanálisis y todas las creaciones de la cultura?5 Las décadas pasadas nos han dejado congelados y sin pensamiento, no sin motivos.
Lacan nunca se cansó de leer a los autores de la cultura francesa, ni de diagnosticar la suya, ni de anticipar los tiempos. Jacques-Alain Miller tampoco6. Salvando distancias que no debemos ignorar, ¿qué sabemos de la nuestra?
Dice Jorge Luis Borges, citado por Germán García, “nuestra tradición es toda la cultura occidental”. Muy bien, pero con una salvedad: la historia argentina –habla el mismo Borges– “puede definirse sin equivocación como un voluntario querer apartarse de España”7. Fue y es así; negación rampante de una impronta visible.
Una sociedad actual “de perjudicados sociales”
Vivimos en la Argentina donde nuevos dogmas reemplazan a los antiguos. El de la discriminación social de cualquier tipo se ha convertido en un dogma.
Lo podríamos ver como un avance civilizatorio: “no discriminar”.
Pero si eso equivale al borramiento de lo particular, y a la nivelación por la cota más baja, esa especie de cruzada nacional sólo encubre el odio y el rechazo del trabajo que exige encarar la diferencia; exaspera la segregación. Expulsa. Que los maestros no existan como maestros –que no puedan enseñar– es un ejemplo de las consecuencias; forma subterránea de la violencia: todos iguales.
Resultado: “vivimos en una sociedad de perjudicados sociales y de ‘enfermos’ que reclaman ser resarcidos”8. Excelente diagnóstico.
Los que reclaman ser resarcidos son el cliente, la víctima, el paciente, el que espera; del Otro. Cada uno tiene su Otro al que demandar, con toda la consistencia9 que le otorgue.
Los antiguos dogmas eran al menos más interesantes, nos involucraban más.
Interpelaban al sujeto, pedían su respuesta, lo comprometían, lo emplazaban, y el sujeto podía resistirse, enfrentar, interpelar, desviarse de la obediencia, ser hereje, como el adolescente Joyce10 cuando se trenzaba con la ortodoxia de sus maestros jesuitas.
Oponerse al amo antiguo (el Padre, el Maestro, el Clérigo, el General) quizás movilizaba el ingenio, la actividad productiva del pensamiento. Pero en esta sociedad de perjudicados no deja de brillar “la buena educación” católica romana a la española, que todo lo espera del Padre, y que impregna la América que llaman latina.
Basada en imposiciones y prejuicios, mortificó la sexualidad, excluyó el ejercicio del juicio particular y lo sometió al universal. El sujeto que la recibe se encarga de asimilarla a su manera. La ataca, la repite, la olvida, la amplifica, la suprime, la reproduce, etc., etc. También puede servirse de ella11.
Todo va en la dirección de un vuelco contrario, al menos en la gran urbe, hacia una libertad sin reglas, y hacia los objetos de consumo sin límites, si se pudiera.
La rigidez de la norma o aplasta, o provoca. Pero la libertad sin brújula vacía.
Que la América de habla castellana esté cruzada por raros oleajes inmigratorios de lenguas y etnias, y también diseminada por el mundo, no borra las improntas de la lengua hispana cuando esa es nuestra lengua.
Puedo ver por todas partes una mezcla rara y a veces explosiva de fe, esperanza y solidaridad católica, cómo no; y de sueños, decepciones, deseo, aburrimiento, miedo. Ideales y vaciamiento de los ideales; creencias e incredulidades; excesos y calamidades en versiones y grados múltiples, modernos y contemporáneos. Aquí aún se mezclan el amo antiguo autoritario y el amo moderno capitalista (dinero, sexo, drogas y rock’n roll).
Las viejas cristalizaciones subyacen a lo tan nuevo. Quizá “la generación actual” de jóvenes analistas accede de una manera muy diferente y menos convencional a la formación analítica y a su práctica. Es tu generación, María. Pienso en las cabezas nuevas, cibernéticas, mejor ventiladas, curiosas; en este caso, argentinas.
¿Acaso se acortarán los tiempos de sus análisis? ¿Llegarán a sus análisis más libres de las improntas argentinas? ¿Tropezarán antes en el callejón sin salida del narcisismo? ¿Enfrentarán mejor las peripecias subjetivas del amor? ¿La insistencia repetitiva del síntoma? ¿Es asunto de generación? ¿O de la lengua que lo habla a cada uno?
Actualidad de H. A. Murena
Héctor A. Murena escribió hace cincuenta años, María; un escritor argentino con el cual acuerdo en el punto en el que ve a América latina surgir de una fractura histórica.
El conquistador, que no había llegado para quedarse, se quedaba y se mestizaba y muchos indígenas se mestizaban; otros defendieron desesperadamente –a muerte– su libertad. Los indios iban siendo desposeídos de sus tierras, de sus culturas, de sus vidas; recibieron a cambio el invalorable caballo y otros beneficios de la mestización. Las oleadas de inmigrantes de cualquier parte del mundo traerían sus oficios; eran gentes cargadas de terribles duelos, trasplantadas a la inmensidad sin historia, arrancadas de una lengua y de una tierra. Tal vez estaban aquí por un fracaso: otros países les habían cerrado las puertas. La mestización se complejizó. Ascendieron el ganadero y el terrateniente y el político.
De ese conjunto ve salir Murena “el conglomerado argentino, los bancos coralíferos de hombres sin nada espiritual en común”, el pasado sin historia. Para el porteño, vuelto hacia ese mar Atlántico –siempre fiesta del contrabando y mercado de novedades extranjeras– Europa resplandece hasta hoy como una gema.
Pero ¿qué Europa? ¿La de los filósofos? ¿La del surrealismo? ¿La del joven Lacan? ¿La de las avanzadas del arte contemporáneo?
Sí, María. La civilizada, la exquisita. No la Europa oscura, cruzada por vientos furiosos, regada con sangre de guerras más o menos injustas, de masacres y de infinitas codicias, cuyos motivos y saldos sórdidos suelen silenciarse.
¿Qué idea podemos tener de lo que fue el proletariado nacido de la revolución industrial? ¿De sus luchas y de sus miserias? ¿Qué podemos saber de las guerras y entreguerras y posguerras europeas?
Hay una Europa de la que sabemos muy poco. A menos que algo nos haya tocado en nuestra carne, sólo sabemos lo que mostraron Shakespeare, o los Caprichos de Goya, o las pinturas de Otto Dix, tal vez el cine de ayer y de hoy y no sólo Hollywood.
Cómo no serían misteriosos y fascinantes para nosotros, habitantes de países apenas bicentenarios, los inagotables tesoros y laberintos de las culturas de Oriente y Occidente.
Pero nosotros habitamos países muy jóvenes; la globalización es una ola gigante que podría ahogarnos si no nos ponemos a descubrir cuál es el síntoma de América; en cada país –tan diferente uno de otro– lo particular, lo diverso, lo problemático y lo aprovechable. En Europa se habla de posmodernidad, María; en París, del hombre sin cualidades12, disecado por las evaluaciones y las estadísticas. Acá, repetimos esas cosas sin interrogarlas. Por otra parte, si esa interrogación tuviera lugar, tomarían cuerpo las voces de los colegas que trabajan en las provincias argentinas13.
Una serie de preguntas
¿Es cierto que en Sudamérica nos amenazan los aparatos estatales de evaluación y control que disecan al hombre? ¿Cuáles fueron entre nosotros los efectos de la modernidad? ¿Qué nos vino de la España de la Conquista con el aluvión de su lengua y con la Iglesia? ¿En qué medida y de qué manera llegaron al Virreinato del Río de la Plata las grandes corrientes del pensamiento europeo? ¿Qué significó en 1910 la entrada del psicoanálisis en la Argentina? ¿Qué psicoanálisis llegó y cuál se introdujo en la cultura? ¿Qué sucedió durante los peronismos? ¿Cómo incidió el estructuralismo? ¿Cómo sucedió que el psicoanálisis lacaniano prosiguiera su lectura y su práctica silenciosa durante los avatares del proceso militar? ¿Con qué consecuencias?
¿Cómo servirnos hoy los analistas del cauce que forman los argentinos que pensaron y escribieron antes? ¿Hasta qué punto la ciencia se ha vuelto la nueva fe de los argentinos? ¿Cómo se presenta en estas latitudes el rechazo del inconsciente? ¿Qué conductismo se propaga? ¿Dónde se encarna? ¿En qué tejido social? ¿Qué psicoanálisis existe hoy, aquí y ahora? Necesito pensarlo. Tenemos que estudiarlo.
Me parece que en esta América existen restos aluvionales de sus culturas fundacionales, de sus movimientos populistas, de sus ideales revolucionarios y de sus heridas y derrotas, de las maneras desprolijas y autóctonas de la vida política. Eso no se cancela así nomás; determina e impregna. ¿Por qué creer sin más que la globalización, económica, financiera, cultural, universal, es una probabilidad irremediable y cierta? En ese caso, en nada nos diferenciamos del pensamiento probabilístico que criticamos. Insisto, María: no somos Europa.
Hace poco me reí con una tira de Clemente, de nuestro argentinísimo Caloi14. Clemente le dice a su pariente: “El 50% de los jóvenes tatuados dice que es una moda, y el 40% dice que así dispone de su cuerpo y que no se lo han impuesto los padres o la autoridá, pero… ¿de dónde viene la moda?”. –“Y… de Estados Unidos, de Uropa”. Clemente no duda: “Y si esos no son los padres, la autoridá, ¿qué son?”. Un chiste a buen entendedor.
Un Foro muy argentino; más preguntas
Me gustaría una Escuela que tuviera mayor contacto con el suelo de los discursos en los que habita. ¿Te acordás del Foro Americano del 2005, en Buenos Aires? Los Foros de París habían hecho tope a cierto proyecto de Ley, aprobada la cual, las tenazas del Estado se habrían metido en los consultorios imponiendo las terapias cognitivas-conductuales. En América latina ¿sucede esto? Algo. ¿De esa manera? No. El Estado no da para tanto. Son los medios masivos de comunicación los que machacan lo que la avidez de los grandes intereses exige.
Claro que es común ahorrarse pensar creyendo que los medios reflejan “la realidad”. Apagado el televisor, la gente sufre, pone más cerrojos en las puertas. Depresión o pánico son los nuevos nombres frente a las pesadillas ciudadanas; delito, inflación, corrupción.
La Orientación Lacaniana se dirige a “la reconfiguración del psicoanálisis en el siglo xxi”. Te preguntarás de qué hablo. Simplemente de lo que ves todos los días, de unas transformaciones de la sociedad donde se generan “nuevos síntomas y nuevas angustias”.
Pregunto, esa “reconfiguración” ¿puede obviar las enormes diferencias entre los países y regiones en el siglo xxi? Si los nuevos síntomas y las nuevas angustias tienden a ser universales, no podemos obviar las variaciones en las sociedades donde aparecen.
Me parece que lo americano de nuestro foro de 2005, fuera de programa, se presentó en la persona de un médico puntano. Cubierto con poncho norteño, habló de su lucha por la desmanicomialización del hospital psiquiátrico en San Luis; él estaba en lo que decía. Se lo aplaudió a rabiar; también a los conductistas presentes que, imperturbables, rebosaban de simpatía. ¿Y los psicoanalistas?
¿Un Foro dedicado a las TCC, dando por seguro que es el problema más urgente que tenemos los psicoanalistas en Latinoamérica sin haberlo examinado antes?15
¿Por qué no tuvieron la palabra en el Foro los colegas de la Escuela que trabajan en los hospitales, las prepagas, el poder judicial, las cárceles, los barrios, o con agrupaciones nuevas surgidas después de la dictadura, o nacidas de la crisis argentina (2001/2002)? ¿Por qué no hablaron los colegas de Santa Fe que estuvieron a la hora del desastroso desmadre del río Salado? ¿Por qué no hablaron los colegas de otras provincias, o los de otros países americanos, próximos por algunos problemas que afrontan?
Si lo hiciéramos, tendríamos una dimensión más real de las cosas16.
¿Por qué no estudiamos más las incidencias clínicas, en nuestra práctica, de las variaciones y de los entrecruzamientos de los discursos y de las mutaciones que conllevan?
¿De los síntomas y las angustias en sus modos ligados a nuestra cultura? ¿Cuál es nuestro Otro (que no existe)? ¿Cuáles nuestros comités de ética?17
Las migraciones, la demografía, las multietnias; las inmensas distancias; las huellas indelebles de enfrentamientos históricos, los golpes militares, el peronismo, la dictadura; los jóvenes bajo las consecuencias nefastas del neoliberalismo económico y de la descomposición de la vida política, ¿en qué medida son propicias a la corriente cognitivo-comportamental que se origina en el hemisferio norte y se impone en los países ricos de Europa? ¿Por qué no le damos más lugar a la particularidad de una experiencia?
Tal vez porque aún no era el tiempo de hacerlo.
¿No será el tiempo de empezar a pensar?
La escuela parece formar parte del mismo silencio argentino, hoy sumido en un baño de discursos políticamente setentistas y acciones y juicios a los culpables.
De ese modo, la necesidad de justicia de los perjudicados por los crímenes de la dictadura deriva en un uso de la glorificación y la victimización de todos, y un importante rédito: que no exista análisis ni debate político.
En estos días parece removerse algo. “Mucho más que un fenómeno editorial”, dice el título; nuevas obras y reediciones de clásicos del peronismo actualizan esta “marca indeleble de la cultura argentina”18. ¿Se anuncia algo diferente que la eterna nostalgia?
Al menos se escriben ensayos argentinos y yo escribo este libro.
(¿Qué nos deparará la idea kirchnerista de la reconstrucción de la vida política?)
Mis lecturas argentinas de estos meses, María, me hacen pensar que, desde mucho antes de 1976, el país real se volvió invisible para los jóvenes intelectuales argentinos que soñaron con hacer la “revolución”. ¡Qué paradoja! Miraron a la Argentina con la lupa del marxismo/leninismo soviético, incluso stalinista; o con los ojos del marxismo francés, o con los del marxismo italiano, o con los del cubano. Cuando comprendieron que debían estudiar el gran fenómeno colectivo argentino del peronismo, porque la clase obrera era peronista, lo hicieron con aquellas herramientas.
Como remover clavos con destornillador.
Se entiende, no eran peronistas: eran hijos de la clase media argentina, cansados de los discursos sin consecuencias de la universidad; si los discursos no servían para cambiar el mundo, no servían. Fueron enseñados por otras izquierdas: “aceleración de los conflictos y acción directa”19, les tenía que ser muy difícil, o imposible, juzgar la oportunidad de los tiempos en su propio país.
Me recordó lo que relata Nicolás Casullo. Es Alemania de 1919. Cien mil trabajadores en las calles de Berlín, Rosa de Luxemburgo asesinada y 1500 más. Son “las equivocaciones categóricas de las vanguardias sobre las relaciones de fuerzas, una mitología desastrosa sobre las posibilidades militaristas de la violencia popular, una ceguera mayúscula sobre el estado de la sociedad”20.
La cuestión del “populismo” agitó los debates del exilio después del 74, pero en el exilio el propio país se convertía en una lejanía enrarecida, por mucho que se hablara.
Durante los años negros, agrupaciones y gobiernos les daban a los exiliados21 una legitimidad que dé apariencia; deliraban con la resistencia montonera, y “la memoria perdió el tiempo histórico propio”. Retornada la democracia, los militantes que se salvaron sufrieron una “despolitización desmemorizante”. En 2007 escribió Casullo que, desde un planteo “reparador de justicia” y “prescindente de historia”, prosigue “la suspensión argumentativa de la historia social, política e ideológica de los 70”.
Los psicoanalistas de la Orientación Lacaniana formamos parte de este silencio argentino, absortos en la homogeneidad ideal de una pertenencia cuyas convocatorias nos entusiasman, no sin motivo. Se trabaja intensamente, se estudia; se amplifica la enseñanza. Cada tanto, el chasquido de la piedra en el agua, la expansión de sus ondas circulares.
(¿Qué valor y qué cabida tienen en las escuelas de los psicoanalistas las voces diferentes?)
Es importante, María, que a los analistas reunidos nos reúna una Orientación, pero ¿no será el tiempo de pensar en el suelo que habitamos? Sabemos de cierto avance del conductismo entre nosotros; muchos buscan eso: “Usted puede, veamos juntos cómo hacerlo, cuestión de voluntad”; otros se aferran a una etiqueta y a un psicofármaco (“es Dios”, me dijo hace poco un taxista).
Pero también sé, por ejemplo, que hay veinte cuadras de cola para encontrarse con San Cayetano, que al Premio Clarín de Novela se presentaron casi mil autores, que hay legión de psicólogos varios y escasez de ingenieros, y que estas y otras cosas suceden de cierta y determinada manera. Por ejemplo, diría que hay más “ñoquis”22 que burócratas y expertos (estos suelen perder el empleo “por falta de presupuesto” o por cambio de gobierno).
Made in Argentina
Éric Laurent, invitado a un multitudinario Congreso de Salud Mental en Buenos Aires, captó rápidamente el made in argentina en una observación indicativa. Presente en el Congreso, Éric observó que los terapeutas usaban libremente y según la ocasión una variedad de teorías y clasificaciones clínicas, entre las cuales se contaba el psicoanálisis.
Digo, esa variedad incluye buenas transferencias, y efectos terapéuticos.
Se me ocurre, María, que los “psico” argentinos no se dejan reducir tan fácilmente ni al DSM IV, el manual obligatorio de clasificación diagnóstica, ni a los dictados de las TCC, aunque los mientan o los inventen en las historias clínicas.
En Argentina la práctica de la charlatanería no tiene orillas muy definidas; circula por infinidad de cauces, afluentes, arroyos, escondites, donde “el mar de falsa ciencia” que sin cesar nos llega del Norte y del viejo mundo hasta se desnaturaliza un poco, se vuelve mito, cuento, chiste. No nos lo tomamos tan en serio. Ni lo serio ni la serie ¡ay! son nuestro fuerte.
Pero sospecho que en esa charlatanería está la reserva lenguajera de Latinoamérica.
En la rara mezcla de lo argentino no podemos ignorar el espacio gozoso de la historieta. Es increíble la saga de los dibujantes y humoristas, su capacidad de reflejar –siempre que pudieron– la inestable vida nacional; bastaría mencionar a la Nelly, Inodoro Pereyra, Diógenes o Clemente (“Viejos tiempos” los de Mafalda y sus amigos).
El mismo Éric, del que antes te hablé, en un reciente viaje (en el que notó “el aplauso argentino”) deslizó, en una entrevista publicada en el diario Perfil de Buenos Aires, esta pregunta: “¿Qué es ser un argentino?”; podés imaginarte mi sorpresa23.
Pregunto, la señal emitida ¿habrá sido notada?
¿Un psicoanálisis argentino?
Un día me preguntaste, María, “¿vos pensás en un psicoanálisis latinoamericano o argentino?” ¡No, nada de eso!, te contesté.
El dispositivo analítico opera dondequiera que el hablanteser pueda encontrarse en la palabra, sin importar su color, país, credo o condición.
En la extensión de su práctica el psicoanálisis se hará parisino, porteño, correntino o andaluz, simplemente porque no puede sino colorearse de la cultura en la que el hablanteser se baña24. Pero, precisamente, si el psicoanálisis tiene algo para aportarle al país que lo acoge es porque recibe los discursos que agitan a la sociedad en la época.
Los discursos argentinos instalados, sus rodeos, sus evitaciones, sus silencios, sus omisiones, las ideologías que subyacen a ellos, ¿no nos conciernen? Si el psicoanálisis es rechazado y hasta prohibido donde prevalecen las posiciones dogmáticas, o prejuiciosas, es porque las agujerea, puesto que le da voz al sujeto y lo responsabiliza de su acto.
¿Sería posible involucrar estos temas, estas lecturas, en un país donde aún se respira por las heridas, por los dolores de las desapariciones, por el desengaño de una derrota, o por el prejuicio del “algo habrán hecho?” Realmente, María, no lo sé. Al menos parecen surgir algunas voces responsables.
¿Qué relación existe entre una interminable historia argentina de violencia, de caudillismo, de fusilamientos, de golpes militares, y la actual corrupción del Estado, el desinterés político y la desmemoria?
¿Qué relación entre la desmemoria o la memoria declamatoria, demagógica, y el silenciamiento de los métodos militares de las guerrillas y de las responsabilidades de la conducción? ¿Entre estos métodos y el hecho de que fuera arrasada la juventud que nutría las bases y su entorno, en 350 campos de concentración y exterminio en 11 provincias argentinas, pero en verdad desde mucho antes, muchos, una y otra vez?25
América ¿pasado sin historia? ¿O sin historizar?
Me doy cuenta que para hablar de la contemporaneidad argentina hay que atreverse a entrar en ciertas cuestiones fuertes. Para H. A. Murena, pasado sin historia es también el de Argentina, oculto bajo la orgullosa ostentación del supuesto estilo europeo.
Ya en 1954 Murena escribía: “En unas décadas, sucesión impresionante de golpes de Estado, caos, miseria incipiente, prueba de la índole americana de la Argentina que se hace patente en esas negatividades por la soberbia de una comunidad que se empeñó en creer en las apariencias, que desatendió así los riesgos de su situación original”26.
En este libro tan conversado con vos, María, intento emprender una tarea que necesita de la última enseñanza de Lacan, esa parte de su enseñanza en la que Lacan se preguntaba si el psicoanálisis no era un sueño. ¿Cómo tiene que ser el psicoanálisis para no ser apenas un sueño? ¿Por dónde pasa su eficacia real? ¿Cómo pasa al ámbito público?
Los países europeos se enfrentan a panoramas diferentes, ligados a otras derivas de la cultura. De este lado del Atlántico sur, la globalización, la posmodernidad, el nihilismo, lo que quiera que sea, viene a encabalgarse, se sobreimprime a algo que en cada país latinoamericano, y en este caso en Argentina, tenemos que estudiar.
En los años sesenta, María, Cuba marchaba de la mano del marxismo soviético; en los setenta el marxismo-leninismo había lucido en el cielo de Allende, aunque por poco tiempo. Cada vez más, la esperanza revolucionaria se propagaba por Latinoamérica.
“Todos marxistas”.
Pero, CIA mediante, Chile tuvo a Pinochet, y Argentina tuvo a las Juntas militares; estaban en juego los intereses económicos del imperio americano. En los ochenta se iba a deshacer la Unión Soviética. Entre Reagan y la Dama de Hierro iban a terminar de empujar al capitalismo mundial al cenit. Ya no estaría la URSS para estorbarlo.
En nuestro país, pues, otra vez las Botas pisaron fuerte y decretaron el Bien para todos. Un agujero negro como un abismo se tragó miles de vidas; para terminar muerto bastaba una idea política, una militancia, un parentesco, repartir volantes en la iglesia, una tarea en un barrio, unos libros en la biblioteca, un entusiasmo, un disenso; un descuido, haber sido un testigo indeseado, una denuncia falsa, tu nombre en una lista. El pecado capital, y más que todos, mortal, era cuestionar a los poderes.
Los Servicios de inteligencia estaban metidos por todas partes.
Hubo unos miles mal armados, cuya fiebre revolucionaria los hizo carne elegida, utilizada por unos para ser ofrecida a otros en sacrificio. En estos casos el sacrificio era seguro; bastaba con golpear a los amos del Estado, dueños del aparato i-legal y de una maquinaria de guerra.
Armados o no, María, los militantes cayeron por miles; una generación desapareció. Los tormentos “ilimitados e indiscriminados” siguieron a las innumerables delaciones. También hubo resistencia, y hechos cotidianos que desmentían los binarios blanco-negro, buenos-malos, militantes-milicos.
Es importante para mí, María, detenerme en estas cosas.
El psicoanálisis no barre debajo de la alfombra las experiencias de un sujeto, tampoco debe hacerlo con las experiencias de una cultura.
El sujeto latinoamericano
Necesito preguntarme: ¿existen un sujeto europeo, un sujeto latinoamericano, un sujeto musulmán, etc.? El sujeto del psicoanálisis no es el individuo, no es el ADN, ni es la persona.
Nietzsche decía que el hombre es el único animal que puede morirse de sed en un desierto delante de un vaso de agua. Pero ese hombre no es cualquiera, sino un hombre y ese sujeto del acto, impredecible, que no escapa a lo que hizo en él su encuentro primero con el deseo de su Otro (la madre o quien haya estado donde los cuidados siembran de palabras los cuerpos inermes) o su encuentro con el agujero negro de una ausencia.
Pero entonces vuelvo a mi pregunta.
¿Hay un sujeto latinoamericano? Lo hay en la medida que el sujeto juega su partida en una lengua, en un suelo lenguajero de significantes cuya singular impronta de goce lleva escrita en su cuerpo pulsional. No somos sin eso.
El sedimento americano, hecho del cruce de las lenguas y las culturas originarias con los discursos venidos a conquistarlas, a colonizarlas, a impregnarlas, a evangelizarlas, a ilustrarlas, aún resiste y se manifiesta –está ahí, esperando ser historizado.
Y si no es historizado, situado, leído, pensado por cada uno, tampoco genera una responsabilidad. Es lo que Murena intenta; es como en el análisis ¿de qué se ha gozado? ¿De qué se goza? ¿Qué goces presionan a favor o bien en contra de la vida del sujeto o de la ciudad o de la nación?
¿Dónde trabaja la freudiana pulsión de muerte? Hace un tiempo trasladaron los restos de Perón a la Quinta de San Vicente; quedó a la vista el sindicalismo de pura cáscara, opulento y brutal, aferrado a su poder de convocatoria de otros tiempos27. El viejo aparato represor en las sombras insiste en el terror28. A la vez se recubre de mil maneras lo que no se quiere mostrar, mientras se pulveriza al oponente.
Más reconfortante que saber es condenar o salvar en bloque; el nombre arrojado sobre el otro como una injuria disfraza los restos laxos pero resistentes de las ideologías congeladas o los simples prejuicios.
Me gustaría ver un poco mejor qué pasó en Argentina, de qué vaciamiento surge una ciudadanía ignorante de lo político, desinteresada de lo público, lo cual se refleja por todas partes en la vida cotidiana, en la política, incluso en la mugre de la ciudad y en sus calamidades diarias, y si esos discursos vacíos son lo único con lo que contamos hoy.
Es notable: al mayor desinterés en la política se corresponde una verdadera proliferación de los partidos políticos que se acentuó a partir de 2001. La Cámara Electoral Nacional tiene en su registro más de setecientos29. Otro fenómeno argentino.
Qué capital del mundo maravillosamente científica
Volvamos a Buenos Aires. Escribo en una laptop y Vicente lleva un marcapaso de última generación, por mencionar lo más próximo. Si están a nuestro alcance, las maravillas de la ciencia alargan nuestra vida y la hacen más confortable. Acá como en cualquier otra parte. Muchas veces me pregunto qué es esta pasión de eternizar la vida humana, y creo que es tan poca pasión como la que mueve a los devotos del botox, de la ingeniería estética o del psicofármaco del desayuno y la cena.
O a los devotos del “por si acaso”; se someten una y otra vez a penosas verificaciones y reaseguros alentados por la medicina actual, una de las versiones del pluscuamperfecto amo moderno (para bienaventuranza de los laboratorios que lo promueven). Leí sobre dos mujeres, creyentes del probabilismo genético, que se extirparon los pechos “por si acaso”. ¡Bravo! Lo harán otras.
El asunto es que el pánico, el perpetuo miedo a la muerte, el reaseguro constante contra el paso del tiempo van encajonando la vida en su versión más pobre y automática. La vida de un porteño de clase media puede parecerse a la que muestran los medios de comunicación masiva que nos dicen –cada mañana o cada anochecer– qué nos conviene tener, dónde está el enemigo, a quién debemos temer, y qué debemos ver. Después de todo cuentan con el indicador infalible de influencia pública/éxito económico: la medición de sus audiencias.
Audiencias que ponen de manifiesto la vastísima clase media, muy heterogénea y extendida en extremos muy alejados entre sí, los que al parecer se acercan en la constancia de algunas aspiraciones comunes.
Las aspiraciones “comunes” que ya no incluyen a los que no esperan la inclusión.
En la misma ciudad y en el llamado cono urbano, hay zonas, barrios30, asentamientos, villas de emergencia multiplicadas de manera colosal en espantosas condiciones de vida. ¿En qué creen, qué esperan, de que sufren los sujetos que provienen de esa franja y acuden a los servicios de psicopatología? ¿Qué hacemos ahí?
La gran ciudad crece empujando para extenderse como una mancha de aceite si pudiera. Sí, crece ensanchando los márgenes. Hay barrios cerrados y barrios cerrados. Unos son countries (como les dicen), otros son villas y zonas de exclusión. De estas sabemos poco y mal.
La información masiva no informa, María; es tendenciosa y reiterativa, y si la dejara envolverme me asaltaría con un millón de palabras.
Me gusta salir temprano a la calle, caminar un poco, mirar el cielo mientras despunta el fragor ciudadano, tomar el café de cada día y leer ahí un rato. Cuánto me costó encontrar un lugar medianamente silencioso. Todo parece invadirnos. La música/ruido que nos imponen. El zumbido de las noticias sin parar, sin parar, sin parar.
A la cotidiana y reiterativa “revelación” periodística de los más diversos desastres o enredos políticos se agregan las hazañas científicas. Te cuento una: “se ha descubierto la hormona del amor; en aerosol, calmaría la agresividad”. Se trata de la oxitocina.
Es la nueva fe, obtusa como la del carbonero, y lo peor es que puede provenir de las universidades más prestigiosas del mundo. Ante eso que nos inunda, María, mejor ser como el trapero, que junta de aquí y de allá, elige y separa, guarda y desecha.
La estupidez me parece el mayor insulto al pensamiento orientado. En rigor, eso depende de lo que cada uno quiera meterse en la boca o por los ojos, pero es cierto que el ser hablante y pensante está expuesto a ser aplanado, aplanarse y dejarse aplanar como una moneda de cinco centavos.
Los españoles venidos para no quedarse y para quedarse
Querida María, también sería bueno echarle una mirada a la España de la conquista.
Esta América no nació tocada por el aura de cierta decepción filosófica que en Europa se convertía en impulso hacia los estudios científicos y experimentales. No. ¡No!
Sobre el filo del siglo XVI, España, comparable en poder con Francia, no era Francia. Ancestrales y rudas historias, en aquella soledad de península alejada y extrema, surcaron un rostro apenas europeo. En tiempos de Colón, la Corona afrontaba, por un lado, los costos financieros propios de sus lazos dinásticos, y por otro, las enormes erogaciones de una guerra de siglos contra los moros. Si un día los reyes mandaron a Colón a sus delirios, fue una tirada de dados con suerte.
No soñaron que se encontrarían con ese pedazo de oro en bruto que se llamó América, fiebre, avaricia y coraje de gobernantes y navegantes, justo en el siglo del Concilio de Trento, con un papado decidido a impedir la diáspora de sus fieles hacia el protestantismo y una Inquisición española que se le había anticipado con eficacia.
De modo que la España barroca del siglo XVI y el Virreinato de Nueva Méjico serían los escenarios donde la Iglesia iba a mostrar que no estaba muerta, donde el arte devoto exhibiría los cuerpos martirizados, la liturgia reluciría en pompas de oro, plata, policromía, polifonía y mucho más, y en las sombras, la Inquisición chuparía a los interesados en las novedades perniciosas (el luteranismo antes, después la Ilustración). Salve Roma, la tua luce non tramonta31.
En la Iberia católica y orgullosa, muchos se lanzaron y a otros los mandaron a la aventura del nuevo mundo; los que no habían dejado en el viejo nada que valiera algo se quedaron.
Pero de lo que pasó en los siglos XVI y XVII en nuestro suelo los argentinos solemos no saber nada. No nos privamos de reiterar vagas generalidades. Los analistas no parecemos interesados en estas cuestiones. ¿Será que no hay nada que leer en ellas?
Me interesa pensar qué quedó y qué no quedó de la empresa de la Conquista. Sin duda quedó una lengua y una forma de venir a apropiarse del nuevo mundo. Trataron tierras, riquezas y hombres como bienes de expropiación. La explotación económica comenzada iría cambiando de manos y de destinos con el beneplácito nacional.
Pero no voy a tratar con unos plumazos generalizadores la dominación de España.
Quedó la descendencia de los que se mestizaron –hablo de una vasta y compleja mestización– y quedó la fe de la Iglesia, por mucho que haya sido metida a la fuerza.
Porque la Iglesia fue siempre dos: la jerárquica de la injerencia en los poderes, y la del abrazo fraternal del amor cristiano, ambas inexorable y necesariamente ligadas al mandamiento del Padre, con su lógica universal; no es poca cosa ese Padre que invita a decir Abba! la voz hebrea a la vez coloquial y entrañable que lo invoca.
Lógica tan universal como la lógica del materialismo dialéctico. Y tan atractiva.
Pero mientras el catolicismo impone ciertos sacrificios y promete un eterno cielo, el marxismo prometía el Bien del proletariado, una vez que la revolución lo librara del yugo capitalista. A precio de sangre.
El problema de estas lógicas universales en los movimientos sociales y políticos, María, es que, una vez que se sabe cuál es el Bien, alcanzarlo implica la liquidación del mal con fines de Bien. Por esa pendiente, tanto la Iglesia como los marxismos han podido caer del lado de los totalitarismos.
La exaltación del bien esconde lo peor.
Recuerdo el impacto que me causó hace muchos años el libro de Huizinga32 cuando aparecieron delante de mis ojos las multitudes cristianas de la Edad Media, tan enloquecidas de gusto ante los tormentos públicos, las hogueras y los patíbulos como cualquier otra multitud.
Con el abrazo fraternal los misioneros trastornaban las antiguas creencias indígenas, cuando no a los indios; con el mismo ímpetu les ofertaban sus vidas hasta el martirio. Un joven trapense asesinado hace poco con otros once cerca de Argel dejó un poema. En fin, queridos amigos / es necesario que entre nosotros quede esto bien claro / Soy suyo, sigo sus pasos / voy hacia mi plena verdad pascual.
América tuvo una larga lista de santos y de mártires cristianos. Yo pienso que en estos lados, María, muchas cosas todavía pasan por el Dios –como decía la quechua y querida Doña Paula de tu infancia– y por los dioses y por las abundancias lenguajeras de nuestros pueblos, que no han desaparecido. Aún. Los curas tercermundistas de los sesenta lo sabían. También están las trazas de lo que en Argentina fue construido, generado, propuesto, soñado, abandonado, destruido, reconstruido, ganado y otra vez perdido, pensado y de golpe borrado; de nuevo prometido, iniciado, otra vez robado e incumplido.
El síntoma nacional y su repetición.
¿Por qué es tan argentino el peronismo?
En nuestras impredecibles ciudades todo puede volverse precario; hasta el minúsculo comerciante, bajo el agobio de las obligaciones impositivas y legales puede resultar un explotador en toda regla. Pero al mismo tiempo, María, esta América, y esta Argentina en ella, es también tierra de artistas, escritores y poetas; de lectores, estudiosos y memoriosos; de intuitivos, de ingeniosos y de chantas33. En los bares de la ciudad van desapareciendo pero no faltan conversadores inspirados.
En Buenos Aires parece juntarse todo. Miseria, cartonero, piquete, delito, paco. Bienes, negocios, viajes, mentiras y pecados de nivel. En el “entre” habita el enjambre ciudadano de la clase media, muy pobre o casi rica, pero indestructible.
Club, cultura, libros, prejuicios compartidos. El que no “va a teatro”, pinta. O va al coro, o a clase de salsa, o de tango, o al taller literario, o al curso de cocina, o al cyber, o se anota en la maratón, o es loco por el fútbol; se reúne aquí, se desplaza allá, se las ingenia en otro lugar; si no puede pagar hallará el lugar gratuito. Protesta. Reclama. Olvida. Tiene un celular, usa Internet, colma los eventos musicales en los espacios públicos, se encolumna en alguna marcha, opina de todo, discute y afirma, como ciudadano no participa; es cuentapropista en el sentido más extenso del término. Disponible a las promesas mientras se declara escéptico. Malmandado. Indisciplinado.
Hace poco, María, un autor de izquierda citaba –para criticarla– a Elisa Carrió: “Elegimos la lucha contra el hambre pero sabiendo también que nuestra utopía es una sociedad de ingresos medios. Este país nunca tuvo una identidad de clase obrera, el obrero siempre fue clase media”.
Es cierto que dicho así, fuera de su contexto, disuena, es discutible, pero resuena con algo verdadero. En los setenta, a Tito, todavía cura villero, lo desesperaba la apatía de la gente de la villa; tenían aspiraciones de clase media. Sí. Un fenómeno no ajeno al peronismo, aunque hoy se han producido otros fenómenos sociales y ya no es tan así.
¡Los diversos peronismos y los antiperonismos! Indefinida gama de colores argentinos. ¿Por qué es tan argentino el peronismo? Tal vez la respuesta se anticipa en esta definición sorprendente: “todos sabemos que el peronismo es una desorganización organizada”34.
El interior del interior
Tengo aquí el libro de Martín Caparrós35 del que te hablaré. Al abrirlo, encontrás un mapa y sobre él la traza de un recorrido por el Noreste y Noroeste de la Argentina; en la página siguiente, el comienzo: un auto cargado y un largo viaje que se emprende. Escribe que la Argentina es un invento, una abstracción. Una entelequia, “casi tres millones de kilómetros de confusiones, variedades, diferencias, inquinas y querencias y un himno una bandera una frontera y, a veces, mismos goles”. Si somos de Buenos Aires, dice, hacemos equilibrio en una línea inexistente; podemos ir al interior o al exterior, si esto fuera un todo, en el medio no hay nada; “nosotros somos esa nada”.
Son “kilómetros de confusiones” y: en Buenos Aires “somos esa nada”. Buenos Aires capital, ¿no es más bien lugar de cruce de las culturas, feria de vanidades, mercado de saberes, perpetua importación y exportación de talentos y de ideas? ¿Somos quizás nada de algo que pudiera precisarse?
Recorriendo las regiones que elige transitar, Caparrós busca en “el interior del interior”, y encuentra la patria pos-menemista, y esa mirada sí que necesita que nos detengamos en ella y quizás nos diga a los de Buenos Aires cosas que aún no habíamos pensado.
Otro libro que te mostré en estos días, María, me trajo diferentes ráfagas de nuestra tierra argentina. Un pequeño libro que en una jornada de la Escuela me ofreció una colega de Pergamino, Bettina Boniffati: Cinco años a caballo. Su viaje. A sus veinte años.
Desde Tierra del Fuego hasta Salta pasando por algunos países vecinos. A caballo. Por el retorno más fortuito de eso que a los cinco años había conmocionado su infancia: “Olí por primera vez el cuero en 1973, en una talabartería”. Te copio unas líneas de Bettina escritas en su cabalgata por el Litoral, que tomo casi al azar entre mis marcas verdes sobre las páginas blancas: “Estar alerta ante la gente muy devota. También ante la hechicería. Los que te hacen gualichos son menos nocivos que los que te convierten en esperanza y traen los chicos a la ruta para que los beses. Me recuerda la facilidad con que se hace una religión. Da una sensación de que confían en cualquiera”. Lectura. Luminosa escritura, páginas preciosas de la que es hoy talentosa escritora y artista plástica.
El libro de Caparrós es más duro, porque su viaje por elinterior (así, todo junto, pegado, dice) es más reciente; por donde pasaba había pasado antes el proceso militar, había caído la metalurgia. Habían prosperado el menemismo, la convertibilidad, la soja, las empresas, las alianzas corruptas y una regia e inédita colección de desastres argentinos. ¿Qué quedó de la Patria sanmartiniana? ¿O de los sueños alberdianos? ¿Qué pasó con la Patria peronista?
Argentina es Argentina
Sí, María, la Argentina está a su modo involucrada en el matete mundial, a la vez que –como los demás países latinoamericanos– se diferencia del matete mundial. A cada uno su real, es decir, es diferente lo que para cada país se presenta impredecible e indomeñable. Estos son los países donde los aviones pueden volar a medio radar, o donde los políticos pueden transmutarse, morir y resucitar varias veces, o donde la ilegalidad es moneda corriente, etc., etc., etc.
Otro es el real interior al psicoanálisis, el goce que se presenta en el síntoma, que desborda, que mortifica al ser que habla.
Un capital de creencia
Es mi pregunta, María; ¿existe un capital de creencia, de confianza, de deseo, de ideal, aún disponible entre nosotros? ¿Seremos la presa obligada del conductismo?
Si pienso en las tres últimas décadas, se me ocurre que algunos argentinos, quizás los que no descendimos mucho hacia la pobreza, preguntamos poco. Tal vez ya nos habíamos convencido de ser un país perdido, donde unos lloran a sus muertos y otros fluctúan entre la vorágine sin tiempo del consumismo (con o sin el dólar “uno a uno”) y la eternidad sin tiempo de los jóvenes excluidos sin remedio (como los chicos del poxiran)36.
Sin embargo, en ese entre sucedieron y suceden muchas cosas de las que no sólo quiero saber, de las que quiero hablarte.
En ese arco enorme de muchas décadas inquietantes, todas las transformaciones no lograron terminar con los dioses, más desdibujados pero no ausentes. Están en los cultos populares, en las prácticas de los curanderos sabedores, en la proliferación de tratamientos alternativos, en las iniciativas solidarias, en el ojo del curioso que compra libros en el quiosco, en los tatuajes supersticiosos, en los mil santuarios, en la gente que pudo escuchar de pie y embobada a Fidel o al bolivariano Chávez, que no paraban de hablar, y volverían a hacerlo; en los taxistas que se persignan cuando pasan por las iglesias.
Uno, puntano, que en ese momento volvía de Plaza de Mayo, había visto por primera vez los túneles construidos por los contrabandistas en tiempos de la Colonia; entonces, el pasado no era un cuento, “existían, existían” repetía devotamente el hombre, parte de la latinidad parlanchina cuya solidaridad sin programa sale de los arranques del corazón, cuya expansividad permite que todo se hable, todo se sepa y todo pueda confundirse. La Ley federal de educación es un ejemplo nacional: juntar opiniones diversas para sobrevolar los problemas de siempre.
Pero “el hombre, antes de pensar habla”. Y si habla, podrá tropezar y pensar.
Me gustaría transitar, María, por los discursos de los que el sujeto no ha sido aún barrido.
El sujeto está en las preguntas angustiosas, ¿qué pasa, qué condena, qué prueba divina, qué mala suerte, qué maldición, qué destino? O bien, ¿qué pasa en el país, cómo se llega a esto, cómo se sale? ¿Quién dice que “nunca más”? ¿Qué nos espera?
El sujeto del inconsciente apremia en el síntoma que me sacude íntimamente; ¿qué me pasa? ¿Qué es esto que se repite? ¿Qué me está sucediendo? ¿Qué salida? ¿Cómo puedo saber? ¿A quién preguntar que no se trague mi pregunta en sus sabias respuestas?
La cara oscura de la ciudad
Sí, las personas enfrentamos cada mañana la cara oscura de la ciudad. Las noticias de delitos horribles –secuestros, asesinatos, violaciones, mutilaciones, ataques vandálicos, robos, estafas– repercuten en discursos amplificados y manipulados cuyo trasfondo amenazante fija las habituales y desesperantes incertidumbres políticas y económicas.
Se transporta todo eso por una vida y en una familia, hasta que estalla el cuerpo, o no se puede más. Ayer, María, hablé con Daniel, nuestro amigo de Rosario, azorado por el número de jóvenes con patologías feroces. “Entre anatomopatólogos hablamos de chernobilización” me dijo. Cuando no estallan los cuerpos jóvenes, aparece esa vaguedad llamada estrés, a menos que tome la forma de ataques de pánico, depresiones, consumos fatídicos, anorexias y bulimias que se agregan a los padecimientos de siempre, los síntomas de los tiempos de Freud con otros rostros.
Sin duda, esta ciudad, como tantas otras del planeta, enfrenta de alguna manera las consecuencias de la macroeconomía y de la macropolítica, como nunca interdependientes.
La transformación continua de los lazos sociales, familiares y sexuales va socavando lo que queda de las tradiciones, se van encontrando otros anclajes, o no se encuentra ninguno, y entonces el goce sin ley irrumpe, pulsa la espera, sobrevuela la inminencia fantasmal de la locura, del delito, de las catástrofes.
Migraciones forzadas, segregación y exclusión, drogas, trata de blancas y de niños, desocupación y trabajo precarizado, etc. El ser que habla parece capaz de soportar las peores cosas. En el caso particular, con el síntoma o la angustia, surge el llamado al analista. Pero ¿qué función para el analista en la urgencia del desamarre desastroso?
Puedo hablar de las Escuelas del Campo freudiano, donde los psicoanalistas enfrentamos “el deber de responder a la subjetividad de la época” (J. Lacan), “y operar en relación a ella”, como se ha dicho recientemente37, lo cual orientó en Europa la creación de los CPTC38, centros barriales donde los analistas reciben a todo el que llega “con su sinsentido, con su dolor”, sin importar cuánto dinero tiene.
En esos Centros barriales, el psicoanálisis “aplicado a la terapéutica” acude con una clínica pragmática, inmediata, de tiempos breves. Son casos donde el síntoma se presenta bajo las formas de la adicción, en el pánico, en la catástrofe subjetiva.
En Europa, inundada de conductismo, es una jugada innovadora. ¿Y acá?
En Argentina, María, tenemos que preguntarnos: ¿cuál es la “innovación”?
¿Qué diferencia esta clínica pragmática de otras?
Homenaje al Dr. Mauricio Goldenberg
En Argentina vivimos a los saltos hace muchos años. No es de hoy que los analistas practicamos la clínica con el pragmatismo que impone la necesidad de acudir, estar, atajar, ir al punto de urgencia. No es de hoy que salimos de los consultorios para trabajar en los rincones más pobres de la ciudad.
El psicoanálisis argentino acudió a los más necesitados, estuvo en los hospitales, incluso se encendieron debates entre psiquiatras, psicoanalistas e integrantes de izquierda.
Hubo un Dr. Enrique Pichon-Rivière39, psiquiatra psicoanalista sui generis, cultísimo, humanísimo, inclasificable, de intuiciones geniales en el campo social. Hubo un Dr. Mauricio Goldenberg, por cuyo Servicio en el Aráoz Alfaro (Policlínico de Lanús) pasaron muchos de mis colegas. El Dr. Goldenberg había ganado por concurso la jefatura del Servicio de psicopatología en 1956.
Cuando dejó el Servicio, en el 72, los jóvenes practicantes habían aprendido a su lado la elucidación de la clínica, la psiquiatría próxima al psicoanálisis, un modo de dirigirse a las personas, el hábito del diálogo interdisciplinario, un estilo para abordar a las familias y una manera de estar en contacto con el barrio que circundaba al hospital.
Habían modificado las costumbres manicomializantes (los electroshocks, los chalecos de fuerza y recursos por el estilo) y el Servicio ya era parte de la vida del hospital. “¿Qué no se habrá experimentado allí –escribe una colega– empujados por el torrente de sus invenciones?”40
Agrega que el Dr. Goldenberg “exigía el discernimiento más riguroso” en el campo de las psicosis, exigencia que mi colega encontraría más tarde en el Dr. Jacques Lacan.
Mauricio Goldenberg estuvo entre quienes, en el 66, renunciaron a sus cátedras en la UBA la noche de los bastones largos, cuando el ejército arrasó la mejor universidad de América latina, que perdió su autonomía. El Dr. Goldenberg se exilió en 1976. ¿Qué quedó de lo hecho? “No desapareció, queda como causa”.
Vuelvo a mi pregunta de hace un momento. ¿Cuál es la innovación?
El pragmatismo del acto
La innovación, María, consiste en el pragmatismo del acto analítico, y esto se dice rápidamente, pero implica abordar los confines de la enseñanza de Lacan. Puesto que operamos con otra idea del inconsciente, con otro uso de la lengua, con otros modos de acceso al nudo que somos, la rara trenza entre lo que pensamos, imaginamos y sentimos.
¿Qué hace el analista en la inmediatez del pánico, la depresión, la anorexia, las soledades, las adicciones?
¿Qué hace frente al goce desregulado y mudo del síntoma, en la precariedad simbólica del sujeto, a falta de las envolturas palabreras que arman una novela familiar?
El analista debe saber hacer con lo que ahí se presenta; tira de los hilos, zurce, enlaza, bordea, inventa, en esta clínica pragmática en la que se juega su arte diagnóstico, el cálculo rápido de los riesgos, la oportunidad de su intervención; su acto41.
¿Qué hace con los atolladeros subjetivos contemporáneos del sexo y del género, la familia disfuncional, los niños psicologizados y psiquiatrizados, los jóvenes sin porvenir, las víctimas de la violencia ciudadana, los fracasos, los derrumbes y los duelos argentinos? Otra cosa y esa; lo que deba en cada caso hacer.
En la increíble y psicodélica y extrañamente peronista Argentina, todavía hablamos, y todavía se cuentan por millones los economistas, psicólogos y politólogos de café y de los otros.
En ese heteróclito conjunto, María, también se extiende la oferta múltiple de los analistas de la Orientación Lacaniana, en cualquiera de sus formas institucionales y fuera de ellas, en la práctica de los analistas.
La muerte anunciada del psicoanálisis
Más adelante espero ver con vos los años que siguieron a los de la dictadura.
Los gobiernos se sucedieron. Hubo variados y particulares fenómenos colectivos de índole diversa. Pero en cualquier tiempo y lugar, la gente se junta, habla, pregunta.
Consulta astrólogos, tarotistas, videntes y manosantas. Hace grupos de reflexión. Se junta para tratar las conductas adictivas.
Busca tratamientos psicológicos, individuales o en grupo, en lugares públicos de atención, o en los consultorios de psiquiatras, psicólogos, terapeutas de diversas tendencias e iluminados maestros orientales. Consulta psicoanalistas así dichos freudianos, junguianos, kleinianos, lacanianos; es el pragmatismo sui generis de la ingeniosidad argentina.
Por supuesto, no se sabe cuánto de lo que circula como “psicoanálisis” lo es.
También prosperan las prácticas diagnósticas y clínicas que no cuentan con lo que se lee en la palabra del paciente; intentan anular la angustia y suprimir el síntoma, con lo cual cierran la vía hacia la responsabilidad subjetiva.
Así suele ser la práctica espontánea; la formación es larga y cara. Casi siempre es una buena excusa. De la EOL puedo decir que desde su inicio sus puertas están abiertas; las enseñanzas diurnas libres y gratuitas se desarrollan cada día. Hay otras42.
El psicoanalista digno de su nombre sabe que “la ética del psicoanálisis hace emerger los derechos de las personas por el acontecimiento de un decir”43. Eso difícil te lo digo más fácil: el psicoanálisis hace que el hablante se encuentre de otro modo en lo que dice, a la manera de una ética de las consecuencias frente a su propio acto.
Son muchos, María, los analistas de diversas líneas y tendencias que trabajan en la formación (análisis, control, estudio) de muchos practicantes en muchos lugares públicos y privados, donde alguna versión del psicoanálisis tiene presencia. La demanda es enorme.
Existe, en Buenos Aires y en Rosario, una gran Convergencia de grupos lacanianos diversos, en la que cada grupo aporta a la conversación su democrática diferencia44.
Han decidido aceptar la fragmentación. Obviar las escisiones dolorosas. Ejercitar las diferencias. No incurrir en “la burocracia AMP” y no caer bajo “el dogma milleriano”.
(¡Ah! ¡Eso sí que es extremo! ¡Eso es robarle a la AMP su espíritu!)
Cada tanto se oye anunciar la muerte del psicoanálisis; antes había gente que sabía de qué hablaba y la deseaba realmente, a conciencia. Ahora es marketing periodístico. Aquí el tema vende, Freud y Lacan venden. Curiosidades. ¿Quién no se refiere a su analista en esta ciudad, incluidos políticos y famosos? ¿Qué historieta no lo aprovecha?
Por doquier se escucha a los “pacientes” desengañados, “del psicoanálisis”.
En ocasiones toman voz pública unos “psicoanalistas” desengañados, que los hay. Sí, sí. En serio, si el psicoanálisis es como ellos lo pintan está bien muerto.
Sin embargo, yo creo que aún está vivo. Porque “hay del analista”, como decía Lacan para significar que de eso, hay.
Me parece que este libro mío quiere decir que analista “hay”.
Lacan también decía que cada analista puede decirlo de sí mismo: “al menos yo lo soy, analista”, pero no será sin los otros analistas, sin una comunidad de experiencia. ¿Le suceden a mi práctica efectos verdaderos, no efectos pasajeros de sugestión, no sólo inestimables resultados “terapéuticos” (“ando mucho mejor”), sino otra cosa, otra vida?
La salvación por el síntoma
La insistencia pesada del malestar puede hacer del mal sintomático, un bien.
Salvarse por el síntoma quiere decir eso.
Quiere decir la paradoja de que el padecimiento del síntoma a la vez involucra y recubre lo más propio. Es la vía para llegar al nudo de sí, “que ya no se franquea, que se goza, y que se vive” de la mejor manera que se puede, o lo menos mal que se puede.
De su real modo de gozar, de ese síntoma que somos45, nadie se salva.
Por el síntoma llega a vernos esa joven que perdió el arnés provisto por unos años de psicoterapia conductista y pedalea en el vacío frente al retorno de la angustia.
O el adolescente que se tomó las pastillas cuando ya no entendía nada de lo que pasaba en él y a su alrededor y después seguía sin entender nada de lo que pasaba en él y a su alrededor.
O ese hombre que agotó los recursos de la sexología con un problema que permanece como un iceberg burlón en medio de sus éxitos y sus sueños.
Otros, que pasaron años en un diván de analista sin que el síntoma haya hecho mucho más que desplazarse mostrando sus mil rostros, sin calmar el agobio de la repetición, y vuelven a confiar en el psicoanálisis.
Una vacilación, una pregunta, la angustia, pueden encontrar en un psicoanálisis una nueva oportunidad.
Prospectiva
Por todo lo dicho antes, pienso que la extensión del psicoanálisis en Latinoamérica va a incidir en el porvenir del psicoanálisis.
1. Evoco el título de un precioso pequeño libro: Germán, G., La virtud indicativa. Psicoanálisis y literatura, Buenos Aires, Colección Diva, 2003. Son palabras tomadas de los Escritos de J. Lacan sobre aquello que, en el psicoanálisis, “reducido a fórmulas preestablecidas, ha perdido toda virtud indicativa”.
2. Germán García ha jugado con D’Escolar. Ensayos sobre psicoanálisis, Buenos Aires, Atuel, 2000.
3. Lectura rabínica del Talmud, que extrae cada vez un decir diferente del texto. El Talmud, a su vez, es una colección que interpreta la Ley de Moisés en dos libros. Lacan habla de la Midrash en “Radiofonía”.
4. Las reiteradas invitaciones a personas de diferentes ámbitos de la cultura, tienen una preparación nula y una respuesta pobre. ¿Qué conversación, con autores que no se han leído? Voces cantantes para públicos mudos.
5. Tomo el “entre psicoanálisis y literatura” de G. García.
6. ¿Cuántos hemos leído a Borges como Miller? Tal vez Macedonio sea más argentino, pero ¿más leído?
7. García, G., La virtud indicativa, Op. cit., p. 29.
8. Gez, B., “El interés sociológico del psicoanálisis”, Conferencia de apertura de las V Jornadas de Salud Mental del Colegio de Psicólogos de Jujuy (22/11/07).
9. De esa consistencia, puramente imaginaria, gozan las representaciones inconscientes de cada uno.
10. Joyce, J., Retrato del artista adolescente, Buenos Aires, Rueda, 1973.
11. Atesoro la voz de mi madre: “No juzguéis y no seréis juzgados”; ni ella lo hacía, ni nos permitía hacer del juicio moral un arma de blanca contra los otros.
12. El hombre sin atributos es un libro de Robert Musil. Es el hombre desencantado, propio de la época del pensamiento estadístico y probabilístico que le provee un saber anticipado y coagulado; nada por descubrir.
13. Internet nos permite seguir el trabajo de las Secciones de la Escuela, Rosario, Córdoba, Santa Fe, La Plata y lo que de ellas se extiende en sus provincias.
14. En Clarín de algún día de septiembre de 2006.
15. Ese Foro mostró que así ningún Foro “americano” puede ser posible. No hubo otro Foro.
16. Sé bien que no estaban dadas las condiciones para eso. Justamente, lo que propongo es construirlas.
17. El Otro que no existe y sus comités de ética es el nombre del curso que J.-A. Miller compartió con E. Laurent en París en 1998, traducido y publicado por Paidós, cuyas referencias –lógicamente– son enteramente europeas.
18. En “Ñ”, Revista de cultura, Clarín, 16/2/08.
19. Calveiro, P., Política y/o violencia, Buenos Aires, Norma, 2005, p. 124.
20. Casullo, N., Las cuestiones, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 244.
21. Ibíd., p. 260.
22. “Ñoquis” se llama a los “acomodados” que obtienen un puesto, cobran el sueldo pero no trabajan.
23. El e-mail que le envié recibió inmediata y breve respuesta: “Chère Carmen, à bon entendeur, salut”.
24. Tengo en cuenta la diferencia lógica y topológica aportada por Lacan en la “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela” (Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012) entre intensión y extensión del psicoanálisis. La territorialidad surge con la extensión.
25. Agradezco a Marion Beckerman su amistad y todo lo que al respecto aprendí a su lado.
26. Murena, H. A., El pecado original de América, Bs. As., Fondo de cultura económica, 2006, p. 12.
27. Los restos de Perón volvían a un lugar cargado de sentido para un nacional populismo hoy inexistente. El sindicalismo, vaciado de su sentido de lucha, creyó que mágicamente crearía una fiesta peronista. Hubo trifulcas y heridos entre una multitud artificial a la que nada genuino animaba ni conducía.
28. El albañil Julio López desapareció el día en el que se leía la sentencia contra el represor Etchecolatz.
29. Serra, L., “Récord histórico: en la Argentina ya hay más de setecientos partidos políticos” (La Nación, 19/2/08).
30. Existe la “promesa” de que las cloacas del inmenso cono urbano estarán completas para el 2017…
31. “Salve Roma, tu luz no tiene ocaso”. ¡Es el himno del Estado Vaticano!
32. Me refiero a un clásico: El otoño de la Edad Media.
33. Improperio argentino para el que habla sin fundamento, y, en la ocasión, no cumple su palabra.
34. Javier Auyero, politólogo, en la entrevista de Jorge Halperín publicada en Página/12 (27/11/07), p. 20.
35. Caparrós, M., El interior, Buenos Aires, Planeta/Seix Barral, 2006.
36. Pegamento que inhalan los chicos de la calle; hablo de lo que en varios países se llama “la pega”.
37. Hugo Freda, en su intervención en el Encuentro Pipol III, París, 2007.
38. Centros Psicoanalíticos de Consultas y Tratamientos.
39. El Dr. Enrique Pichon-Rivière fue quien puso en manos de Oscar Masotta los textos, que había traído de París, del Dr. Lacan. En la época hubo también un Fernando Ulloa, una Silvia Bleichmar, psicoanalistas argentinos que dejaron con sus libros y enseñanzas una impronta argentina que perdura.
40. María Esther Prado, “A causa de Mauricio Goldenberg”, artículo inédito.
41. El acto del analista se orienta hacia el sinthome, del que Lacan dice “es sufrir por tener un alma” (Seminario 23). Es el pivote de esta clínica, lo que nos constituye de manera indeleble, la exsistencia.
42. Que son la Red Asistencial de la EOL; PAUSA para el tratamiento de la urgencia subjetiva; el IOM, Instituto Oscar Masotta, con sus Centros de Investigación y Docencia a lo largo y a lo ancho de la Argentina; el programa de Atención analítica –de la Fundación Descartes– en la perspectiva de los CPCT. Al CIEN me refiero en otro lugar.
43. Varios autores, Psicoanálisis de los derechos de las personas, Buenos Aires, Tres Haches, 2000, p. 7.
44. Roberto Harari propició la inclusión de Convergencia en la Assotiation Freudienne International.
45. Lacan le inventó un nombre al síntoma que somos, lo llamó sinthome.
Dos / La lengua que nos habla
Querida María, a los veinte años –estudiante alegre de mirada triste– vivía en la ciudad donde había nacido, en una cotidianeidad para mí sin relieves políticos. No me interesaban. Como cualquier neurótico, estaba en otro planeta, o para decírtelo con más propiedad, estaba en una “burbuja de deseo y realidad”. Basta para impedirte estar verdaderamente en las cosas. Desde siempre transitaba por una vía solitaria de colores católicos; Freud mostró qué cosas podían sucederle a un sujeto desde los años más tiernos.
¿El sujeto? Sí, eso en mí que le buscaba la salida a un yo entontecido, confundido y desde siempre furioso. Un día, mi desencuentro con el mundo se metió decididamente por el largo pasillo de la religión, y lo anduvo, hasta cierto umbral que iba a franquear con el psicoanálisis muchos años después.
Me bastaron algunas lecturas. Inventé una solución hecha de kilómetros y clausura.
Nada era más ajeno a mí que un convento, pero ahí llegué. Dice Gombrowicz. “Fue como si una mano enorme me hubiese agarrado del cuello, sacado de Polonia y depositado en esa tierra perdida en medio del océano y sin embargo europea”. El escritor vino a parar a Buenos Aires, yo fui a parar a otra parte, pero así, como si una mano me hubiese transportado, impulsada desde mí, sin saber yo nada de mí.
Por eso, María, buscando escapar de esa bola que no era una esfera, aunque lo parecía, inicié unos rodeos que empezaron en la urgencia de salir de la Argentina.
No rechazaba a este país; al contrario, siempre lo quise.
Cuando volví diez años después tuve que salvar mi vida; me gusta decirlo así.
Lo primero que me pasó fue encontrarme con tu padre y juntos desear una familia. Lo segundo que me pasó fue encontrarme hablándoles a otras personas que venían a escucharme, de cosas en las que no había pensado antes. Lo tercero fue abordar una catequesis posconciliar de avanzada. Entretanto, se me iban deshilachando las prácticas y las creencias.
Las consecuencias no tardarían en aparecer.
Ya alejada de la religión, tenía que salvarme de desaparecer en la hormigación (mi hermano Eduardo dixit) o de quedar sepultada debajo del “discurcurso corriente” (como bromea Lacan en francés). No era muy difícil puesto que desde chica había sido intratable y molesta, precisamente “desobediente”.
Igual me había enredado en el Otro (en sus diferentes versiones) al que llamaba aunque bajo la modalidad de enfrentarlo, lo que dice que ya era una chica neurótica.
Pero también era intratable para mí misma, de manera que decidí, a poco de regresar de Roma y una vez que la angustia hizo su reaparición, dirigirme a alguien que me escuchara. Tomé esa vía bastante accidentada y larga antes de alcanzar ciertas orillas.
Por supuesto, la primera persona que consulté pertenecía al ámbito católico y junguiano. Después de un tiempo descubrí en ese tratamiento una forma encubierta de dirección de las almas; por suerte recordé mis lecturas y Freud apareció en el horizonte.
De todo te iré hablando, porque no fue sin eso que me impliqué en el psicoanálisis.
Necesité el tiempo de comprender que el lenguaje no está hecho para comunicar (que en realidad comunica poco y embrolla mucho) y que por suerte el síntoma nos apremia y la lengua siempre dice más y menos de lo que nuestras intenciones querían decir. Cuando admitimos eso, se va reduciendo el ruido de las cabezas, y otra relación con el lenguaje es posible.
¿Sabés, María? Tengo un gran interés en ir siguiendo con vos la huella de mis análisis, de sus trayectos. Lo dije antes. Un análisis encendía una luz, removía un obstáculo; después la luz se apagaba y todo parecía inmóvil. Y así fui yendo de uno a otro durante muchos años. Esto todavía le sucede a los sujetos trabajados por las palabras.
Es verdad que cada vez son más las personas que consultan en la urgencia. Un menos se encarna y se ensaña. O un exceso arrasa. La urgencia tensa el arco, necesitan efectos en el corto plazo, el analista debe responder. Y los efectos (que llamamos “efectos terapéuticos rápidos”) suceden, justo donde ninguna intención o manipulación terapéutica encaminó la acción del analista, sino la función de un deseo, la lectura de lo que oye en lo que le dicen, y su acto, el pragmatismo del acto.
En el dispositivo1 el movimiento mismo del discurso afecta al hablante por mínimos desplazamientos, o torsiones, o inflexiones, o saltos, lo cual cambia la mirada sobre sí y sobre el mundo, al rasgar la obviedad de las cosas.
Te lo resumo: ir sesión tras sesión a ver al analista es la condición necesaria pero no suficiente para que un análisis tenga lugar.
La entrada en análisis parece un asunto cada vez más difícil; también en Buenos Aires, una ciudad locamente acelerada. Cuando hay un poco de plata tironean las más diversas adicciones y se impone la medicalización de la vida; donde hay menos plata las drogas no faltan, y se animan las guerras fuboleras, el reality show, o Tinelli vociferando (quecuerpos, quecuerpos). Eso dis-trae. Entre los extremos están los que buscan el poder de la palabra, aunque tal vez sólo apelan a su poder de sugestión. Como cuando el pastor clama: Jesús Jesús e invita a una ética neoliberal de los bienes2. Otros buscan la palabra “psicológica”, tan automática como el psicofármaco. Son elecciones.
No, no, el psicoanálisis va en otra dirección. Aun si alguno declara: “deseo hacer un análisis”, eso no asegura que se vaya a poner en función el dispositivo, quiero decir, otra dimensión del tiempo y otro sesgo de la palabra.
“¿Qué de dónde amigo vengo?”
Tiro de mi hilo. En realidad, María, le hablo a la analizante que hay en vos, la que también quiere saber cómo, después de cruzar por el corazón mismo de la religión, su madre se implicó en el psicoanálisis de Lacan. Fuiste, María, a lo largo de los años, testigo de mis desplazamientos y cambios, trabajos y entusiasmos, enojos y hartazgos, convicciones y preguntas en una trama fuerte que involucraba el cambio de la época, nuestra vida, el amor y sus conmociones, mis elecciones lacanianas en el psicoanálisis, las transformaciones de la práctica analítica.
No voy a pasar rápido por la zona enigmática de la vida en el claustro.
Lo primero que evoco es el final, febrero de 1966. Me encontraba en Roma en una instancia particular: el año de la Tercera probación que la Regla de San Ignacio de Loyola prescribe antes de la profesión perpetua. Aquel día, a la hora acordada, salí de la diminuta celda que ocupaba en aquel convento, una casa digna del elegante barrio de Monte Parioli. Dejaba incumplido el año de probación. Aquel día dejaba aquella forma de vida atrás.
Puedo decirte que volvía muchas veces en mis sueños. ¿A qué? ¿Por qué?
Había llegado a Roma un año antes de la probación para terminar mi profesorado de Ciencias Sagradas en Regina Mundi, con religiosas de todo el mundo. Era digno de verse; ese revuelo de hábitos, esas sonrisas celestiales, ese bullicio discreto, la alegría de pertenecer a algo que bien podía incluir las penas y las tentaciones del espíritu, pero excluía las patrañas del mundo, puesto que el mundo no era más que eso: el lugar donde se desarrollaba el drama de la redención. Un lugar de paso.
La religión enfocada como “la gran cuestión”
Hoy, María, me llevé una verdadera sorpresa. Leí con sumo interés el libro3 de un intelectual marxista exiliado en 1974, conocedor tal vez como pocos del devenir político de los últimos años, cuando en los tramos finales encuentro una propuesta ¡religiosa!
Las cuestiones lo habían conducido hacia “la (gran) cuestión”, la religión4.
Tal deriva de Nicolás Casullo, no era azarosa; desde el principio, dirá más adelante, la pregunta por la religión configuró el texto que lo fue conduciendo a la profundidad de lo religioso, “a las extrañas formas de Dios en uno mismo”5.
Hoy se desfondan los credos laicos con la irrupción de las peores violencias de signo religioso, “fundamentalistas, puritanas u ortodoxas”; resurgen los sustratos ignorados que el tardocapitalismo no logra manipular. “Consumación de un desencuentro” que trae aparejada “la cuestión de Dios como pregunta” y la preocupación por “la disolución de lo sagrado en el vínculo del hombre con su propia existencia”6.
En estos caminos Casullo sigue a Emmanuel Levinas7 cuya fuente fue por cierto el Antiguo Testamento, y otros filósofos europeos contemporáneos8 a los que cita.
No son las vías del psicoanálisis; el inconsciente es asunto de pura lógica.
¿Qué se quiere decir con “Dios” y “lo sagrado”?
“Lo sagrado arranca nuestros ojos de la tiranía ilusoria del presente”, es “radicalidad crítica contra el espejismo discursivo de los saberes”9, sorteando orillas que se esfuman y ausencias impronunciables, “un más allá del límite, sin rostro”.
Se me presentó esta lógica: frente a la revolución/religión marxista cancelada, sobre la que escribe notables páginas, Casullo elige lo íntimo de una religión individual, no sin evocar la Biblia de su abuelo pastor metodista “severo, duro”, la voz del padre en los versículos, las vivencias benéficamente fijadas por la escuela dominical donde las palabras “irisaban el espacio de la voz y el oído”. De ahí la atracción de “lo sagrado”.
Pero entonces eso sagrado mantiene el sentido común e íntimo, y es el aura del recuerdo infantil, que no tiene otro uso de goce que el suyo particular. No alcanzo a vislumbrar otro10.
Yo me atreveré a una pregunta:
¿Será por esa cepa metodista que un libro dedicado a una prolija lectura de lo argentino apenas le hace algún lugar a la impregnación española y católica de la cultura y de la política argentina? ¿O más bien por su condición de intelectual de izquierda nutrido sólo de lecturas europeas? ¿Qué significaba en Argentina ser “intelectual de izquierda”?
Son preguntas por lo menos necesarias.
Por supuesto, yo sabía que los “genuinos intelectuales”, los pensantes, eran expulsados del Partido Comunista oficial marxista/leninista/prosoviético, cuya estrechez rechazaba las manifestaciones diversas que configuraban una cultura de izquierda.
Encontré el libro de Oscar Terán sobre los años sesenta, y la formación “de la nueva izquierda” (te imaginás, María, mi sobresalto al encontrar en la tapa de un libro11 los años 1956-1966, el preciso período de mi fuga mundi, de mi hueco argentino).
Además, me atrajo el autor que de entrada decía responder a intereses inscritos en su trayectoria personal e intelectual, y “no a un ajuste de cuentas con su conciencia ideológica”. Empezar a leerlo fue como entrar en un cuarto oscuro; sólo al permanecer en él dándole muchas vueltas pude ver algo. Fue así.
De Jean-Paul Sartre a Roberto Arlt
¿Cómo había nacido la nueva izquierda?
¿Quiénes son los que se ponen a leer a Jean-Paul Sartre, el filósofo marxista?12
La Europa ilustrada había seguido sus propios avatares. En 1961 Lacan había hablado en su seminario de una trilogía de Claudel anterior a la guerra de 191413. Aparecían los signos de la degradación del padre, la manifestación de su inconsistencia, la caída de su oscura autoridad, que se profundizó durante las dos posguerras siguientes.
La primera guerra fue sanguinaria, la segunda incluyó el crimen sin precedentes del exterminio judío. El reparto del botín al fin de la guerra, la posición codiciosa e indigna de los aliados puso el germen de la segunda gran guerra. Europa occidental envejeció.
El existencialismo europeo, una ola que venía de lejos en la filosofía14 y que en Sartre terminaba de encresparse, inundaba desde la literatura misma las arenas de la política para atacar el confort pequeño-burgués con la idea existencialista de la libertad.
Finalmente la libertad era una doble condena; es mi libertad pero –de ahí la angustia– decidiendo por mí, decido por todos los otros.
Yo también sabía del Sartre del existencialismo en los 50 y me sentía “condenada a ser libre”; pero nada cerca de mí se abría a las derivas políticas (dado que “esa libertad conlleva el compromiso de mi acción concreta”). En cambio, los jóvenes sartreanos forasteros en la universidad y sus críticos, como Oscar Masotta o Eliseo Verón, rechazaban la figura del intelectual puro que se limitaba al rigor de la práctica teórica.
Durante el peronismo, María, la filosofía espiritualista que se respiraba en los medios católicos reinaba en el escenario de la cultura –fenomenología, o neotomismo, o existencialismos espiritualistas–, eran las antípodas del humanismo sartreano. El hombre del existencialismo francés, inmerso en la situación, iba claramente hacia el materialismo dialéctico. Entonces ¿cómo abordarían los jóvenes sartreanos el fenómeno del peronismo, “el dato terco de la realidad que desafiaba toda comprensión de la situación nacional”?15
La conciencia burguesa ilustrada
El materialismo dialéctico es una teoría científica de la historia. ¿Científica cómo? Como un saber universal que guía la práctica política para obtener resultados previsibles.
En estos tiempos, el obrero vende “su fuerza de trabajo” y el capitalista se apropia de ella; los análisis económicos de Marx son implacables y geniales. Para el Manifiesto comunista (1848) el capitalismo burgués creaba sus propios sepultureros; el proletariado industrial bien podía asociarse y constituirse en fuerza de dominación. La burguesía industrial “ha desgarrado las ligaduras feudales sin piedad”; “no ha dejado subsistir entre los hombres otro vínculo que el frío interés”.
En Argentina, María, los contestatarios de la Universidad tardaron bastante en leer a Carlos Marx, un alemán (Tréveris, 1818), hijo de judíos convertidos al evangelismo luterano. ¿A qué capitalismo se enfrentó Marx, el joven hegeliano pobre, el proletario intelectual, el periodista censurado, el filósofo al que no le aprobaron la tesis? ¿El Karl que vivía en la miseria en el exilio londinense desde 1850, esposo, padre tierno, hombre enfermo, rescatado cada vez por el dinero de Engels, hijo de un industrial inglés?
Engels se dedicó a hacer comprensibles y a propagar las sesudas teorías de su amigo. Después entró en escena Vladimir Ilyich Lenin para capitalizar las desgracias y las infinitas revueltas del pueblo ruso contra el zarismo decadente.
Comprenderás, María, que no iban a ser los proletarios los que hicieran realidad la revolución. Tenía que entrar en acción “la conciencia burguesa ilustrada”. ¿Qué procesaba “la conciencia burguesa ilustrada” del intelectual argentino de izquierda, que era tan hijo de familia como Marx, Engels y Lenin? ¿Sentía el atractivo de un pensamiento universal, generoso y totalizante?
Cuando el jovencito Masotta escribió “el corazón de la vida es totalitario, toda verdad es síntesis, recuperación global de la totalidad de los niveles de existencia histórica” hizo algo más que un discurso presuntuoso. Se ve la expansión gozosa del intelectual.
(¿“Niveles de existencia históricos” en una Argentina casi colonial, inmensa, dividida, despoblada, hasta ayer nomás escenario de virreinales y eclesiásticos, de señores de fraque y de caudillos, de estancieros y de pobrerío, de blancos, indios, negros y mulatos? ¿Ayer nomás, puerto para gallegos, italianos, judíos, y algunos otros? 1810, 1853, 1930, 1943, 1956). Aquellos contestatarios forasteros sartreanos de la universidad polemizaron, escribieron, publicaron. En el debate de ideas, sintieron la urgencia de ser el intelectual cuya función protagónica socorriera al país necesitado de urgentes transformaciones.
Enseñados por Jean-Paul Sartre, fueron a buscar en la literatura argentina las trazas del ser nacional. Había una literatura argentina a la espera de ser redescubierta. Lo verás.
Presencia de la angustia
Te vuelvo a llevar a Roma. Son mis años sesenta.
Después de los exámenes en Regina Mundi llegó el día de mi traslado (de una casa a la otra) en Roma. A Monte Parioli llegué con la reaparecida angustia. No imaginaba entonces que la angustia es “el único afecto que no engaña”; tampoco sabía quién era el francés Jacques Lacan, ni sabía que en esos días era “excomulgado” por la internacional freudiana, mientras hacía sentir la fuerza de su enseñanza en el hervidero del existencialismo y del surrealismo, del marxismo y del maoísmo del París de los años sesenta. Yo sólo pensaba en cumplir con ese año de íntima preparación para los votos perpetuos. Ni una duda en el horizonte, salvo el inexplicable desasosiego que sentía.
¿Acaso podía imaginar que ese año de probación no iba a llegar a su buen fin?
Es cierto que a los veinte años yo no ignoraba qué lugar ocupaba París en la cultura de Occidente. Además, Péguy, León Bloy, Camus, Claudel, Gabriel Marcel, Bernanos, Gide, Simone Weil, Julien Green, Mauriac, Maurois, habían formado parte de mis lecturas. Había nacido y crecido bajo la lente divina del catolicismo español, no sólo más ortodoxo, sino también más riguroso, pues se trataba de un duro amor que pedía el sacrificio de la propia vida. Tal vez por eso hice tan mía una lengua cuyos escritores entraban en las almas, se atrevían en los laberintos de la fe y la duda, del pecado, el mal, las crisis y la angustia.
Yo me encontraba a gusto en la literatura francesa.
Infancia de hija segunda molesta y difícil; lectora, augurio de pubertad oscura y de adolescencia perturbada, solitaria, mal llevada, metida en un revoltijo de lecturas cultas, con un par de ojos que registraban las oleadas circundantes con disgusto creciente, al fin me abracé a la religión; me escapé en ese encierro luminoso, o más bien numinoso16, porque allí mi espíritu escapaba por completo a todas las significaciones en las que yo envolvía mi aventura. Lo cierto es, María, que sólo tras ese largo mutis del mundo, una y muchas torsiones impredecibles me llevarían hacia el psicoanálisis.
Estrecheces de la aldea del sur del mundo
Los supuestos del marxismo mal podían ser un buen método de análisis para la sociedad argentina y menos los incentivos populares de una revolución.
Todo lo que leo me deja la impresión de que las izquierdas se negaron ver que el catolicismo era acá como una tela de araña bien entreverada en los discursos de la derecha liberal, de la derecha nacionalista, del peronismo ortodoxo, de las Fuerzas Armadas, de la clase obrera peronista. De los más pobres y de los más ricos.
Es cierto que la vida de Buenos Aires, el ansia porteña de leer lo que llegaba de Europa, el eterno contrabando de libros prohibidos, el rechazo visceral hacia las estructuras de poder, pese a todo hispanas –la Iglesia, el Ejército, la oligarquía– y la necesidad de conmoverlas, animaba a esta intelectualidad porteña redoblada en Córdoba “la docta”.
Pero nunca llegaron a captar que el color de catolicismo español no declarado, más de impronta que de doctrina, también estaba metido en los mitos, sentires y prejuicios populares más antiguos; en la connivencia casi natural de la clase media tan heterogénea como se quiera con las “fuerzas del orden” y eso desde la colonia.
Catolicismo de restos, de sustrato, aluvional, bien mezclado en una fe ambigua de fantasmas borrosos.
Moral de apariencia, rechazo de lo nuevo, voluntarismo, juicios severos, crítica de todo, pacatería, afectividad intensa y desbordada que vira fácilmente a la violencia. Intolerancia a lo diferente. Orgullo y talante de una clase media pagada de sí misma que me recuerda unos versos de Lope de Vega: El español / con rábanos y queso / preciado de llevar la corte en peso.
La sociedad pre-estructuralista de los años cincuenta, y su perturbación.
Después de 1955, la Universidad pos-peronista estuvo “crecientemente partidizada”; los liberales se manifestaron incapaces de hacer la crítica del peronismo, sólo se trataba de extirparlo. Ernesto Sábato imaginó la fábula del líder perverso y las masas candorosas.
Ezequiel Martínez Estrada escribió Radiografía de la pampa; el peronismo no había sido sin causa, había revelado “la feroz ignorancia de los intelectuales”. No podría reflejar las infinitas polémicas de esa hora. Terciaron los nacionales populares, Jauretche y Fernández Arregui; Rodolfo Walsh escribió en Operación masacre, una de las más terribles crónicas del intento de aniquilación del peronismo por “la Libertadora”.
No por azar el artista actual León Ferrari17 llamó a una obra suya (realizada a partir de otra de Miguel Angel18) ¡“Luchando contra el juicio universal”!
Esa es, María, la esencia católica y castrense: el juicio universal.
Freud estudió “las dos masas artificiales: la Iglesia y el Ejército” para decir que en ambas toda la ilusión consiste en ser todos amados por igual por el Jefe (sea este Cristo o sus vicarios, o el General). Meritocracia encubierta, digamos.
Afectados pero no subsumidos
Necesito saber más.
Me parece que la sociedad de la que te hablaba antes no es exactamente el pasado.
Que unos sujetos enredados en las variedades “tardomodernas” (como bien diría Nicolás Casullo) del complejo de Edipo, todavía imaginan del psicoanálisis (y tal vez eso sucede) al intérprete de la palabra, de los síntomas y de los sueños. Aún piensan que la culpa la tuvieron papá y mamá, o sus pocos o muchos equivalentes y sucedáneos, aunque aparezcan en otras tramas significantes.
Tampoco estamos en un país donde el objeto del consumo ocupa el cenit del espacio social19. Ni donde “la inserción social se hace por medio del consumo”. No; se hace de las maneras más particulares y cotidianas, “tomando mate”. Digo, en impulsos, ensayos, esbozos, peleas, palabras. Bien, mal, peor, pero se hace; se teje y se desteje.
Ni la búsqueda de satisfacción tomó el lugar de las identificaciones simbólicas, ni “todo se vuelve adictivo”. Pasa de eso, pero también pasan otras terribles o interesantes cosas.
En Latinoamérica las redes internacionales (narcotráfico, prostitución infantil, trata, tráfico de niños y de órganos, y un largo etcétera) se ceban en la corrupción del Estado, se propagan en las ciudades de manera amenazante. Pero, al mismo tiempo, estos países latinoamericanos responden por un lado y obstaculizan por otro los negocios globales.
No terminan de satisfacer las necesidades del mercado internacional, no se logra hacer de estos países democracias tecnificadas, organizadas, homogéneas, pacíficas, aptas para “públicos”, “clientelas” y “consumidores”; evaluadores, expertos y tecnócratas.
Tenemos que estudiar nuestro devenir en la lengua de la que se nutre su tejido social, sin duda afectado de mil maneras por el estado de las cosas a nivel global, por la macro economía, el ecosistema y todo lo demás, pero no subsumido. No confundido.
¿No se trata de encontrarnos en la lengua que nos habla?
Disciplinadamente
El último día caminé por los pasillos desiertos y salí de la clausura casi con indiferencia. Diez años atrás había emprendido ese extraño viaje; había transcurrido entre deberes y sagradas presencias. El arquetipo femenino era la madre virgen, un destino de elección para una mujer.
Al salir me encontraría, sin remedio, en el punto de partida; si hago una lectura freudiana, “inhibición, síntoma y angustia” me confrontaban a mi ignorancia de mí. Los enigmas de la sexualidad, mutilados como tales, pasaban a la balanza de la teología moral. Asuntos de pecado.
Cambié el hábito religioso por la ropa seglar. Lo hice sin emoción, disciplinadamente; doblé cada prenda del hábito como había aprendido a hacerlo casi diez años atrás, y me vestí con ropa de buena clase que me esperaba sobre una silla, y que no había elegido.
En un convento, María, se elige no elegir. En un convento católico de cualquier lugar cada uno de sus moradores se compromete con votos de pobreza, castidad y obediencia. La pobreza se extiende a todo aquello de lo que pudiera ser posible apropiarse: las cosas, las costumbres, el amor propio, la propia voluntad. La castidad se extiende a toda forma de concupiscencia, supone abarcar y dominar la vida erótica, en el duro combate contra el atractivo de los frutos terrestres. La obediencia es entregar el resto de sí, lo mejor del espíritu –que es el espíritu de ese modo trabajado y probado– a la Voluntad divina, en la vía que se ha elegido. Este es el ideal al que se tiende, donde no se corrompe.
Parece extraño. Esta clase de desprendimiento, esa voluntad ascética había estado en mi vida desde el comienzo: “¿no quieres sopa? taza y media”. Ahí se resumía la política propiamente jesuítica de mi madre. ¿No fui a elegir una congregación que se santificaba con las Reglas de la Compañía de Jesús? Ignacio de Loyola había concebido esa Regla para formar verdaderos miles Christi, o sea, soldados de Cristo, al servicio del pontificado romano herido por la Reforma luterana. Un ejército inteligente, ubicuo, osado; admirado, temido, odiado, acosado, expulsado.
Consumismo religioso
Hay un consumismo religioso que aspira a una Iglesia lista para llevar, la salvación por una módica cuota. Ni siquiera sospechan los exquisitos y singulares goces que la fe devota promete y entrega, de lo cual algo puedo decir. No cualquiera es un ateo, tampoco cualquiera es un creyente; sin embargo, cualquier reafirmación de la ortodoxia enfurece al mundo Light.
Brota la sonrisa irónica ante los gestos de un Papa Ratzinger que se atreve a reflotar el uso litúrgico del latín, o el del canto gregoriano.
¿Por qué se inquietan tanto los que están afuera del redil? Seguramente necesitan un redil más confortable y a su alcance para garantizarse alguna cosa; la muerte es siempre un asunto inquietante. La soledad del propio juicio es difícil sobre todo ante la incertidumbre del más allá. Para estos casos se me ocurre un trabalenguas: “desearía comulgar con la fe de la Iglesia, la cual debería cambiar las condiciones de esa comunión para que yo, que no puedo autorizarme en mi propio juicio, adopte una iglesia que se haga cargo de mí; claro que si esa Iglesia cambiara su Verdad, yo perdería las garantías de su autoridad”. ¡Oh!
La cultura popular busca más sensiblería y menos teología para gozar de la fe.
También hay “católicos pese a quien pese”, que hacen un uso libre y práctico de los medios de la religión, y guardan particulares y a veces pintorescos hábitos y creencias.
En algún momento de El interior, un cura cordobés se queja de que la Iglesia le pone palos en la rueda a la educación sexual, o a la distribución de anticonceptivos o a lo que sea. No siempre se sale con la suya, dice el cura, pero tiene poder.
A lo que Caparrós responde: “La Iglesia tiene ese poder porque mucha gente cree que lo tiene, eso le da más poder, y entonces más gente cree que lo tiene, y así de seguido”. Es más, la religiosidad popular en Argentina aún tiene fuertes y míticas raíces católicas.
Un día en Lourdes (Francia)
Con el asunto del latín, recordé una visita a Lourdes, breve desvío camino a Roma.
Las tres religiosas bajamos del tren. Altos Pirineos franceses. Sólo sabía que en ese santuario un joven Alexis Carrel había certificado el irreversible daño en una médula, y que al día siguiente debió certificar que, milagrosamente, esa médula estaba bien. Él, incrédulo, había caído de rodillas ante “la incógnita del hombre”.
Bajamos, pues, del tren; la pureza del aire me trastorna un poco. Caminamos. Cerca del santuario asciende el rumor del río humano. Parece una escena sacada del evangelio: ciegos, paralíticos, hemipléjicos y otros cuerpos acribillados, a cual peor, de toda edad, color, lengua y condición. Pequeño mundo organizado a la francesa, de callecitas soleadas; vemos la gruta y el manantial que hizo brotar la Virgen, las Iglesias, misas, exvotos, las imágenes santas y los devotos que les besan los pies.
A mediodía, vamos a la misa concelebrada en la cripta. Llegamos antes.
Arquitectura de avanzada, cataratas de luz en el vasto subterráneo. Llegan los enfermos llevados por los voluntarios; el extraño halo de cuerpos maltrechos ciñe al altar. Detrás, la multitud de los peregrinos. El silencio es total.
Me estremece la voz que entona: Introibo ad altare Dei y la de los fieles que a una dicen: Ad Deum que laetificat juventutem meam. Sí, ¡del Dios que alegra mi juventud!
Pero cuando el sacerdote canta: Credo in Unum Deum, “creo en un solo Dios”, le responde, más que gregoriano, un estallido que me deja temblando. El canto, que sube en una sola lengua y en una sola voz terriblemente joven, parece salir sobre todo de esos despojos vivos; trepa por las paredes desnudas, se exalta, se afirma, se amplifica.
En una lengua, el latín, cada uno clama a “su Dios” de su ser.
La espiritualidad ignaciana
Afronté una vez en esos años romanos los famosos Ejercicios espirituales que abarcaban cuatro semanas continuadas y agotadoras. Era lo que el vasco de Loyola se había impuesto a sí mismo en la soledad de la cueva de Manresa, en 1523, antes de peregrinar a Jerusalén. De ahí se fue a estudiar a París, donde reclutó los primeros seguidores decididos, y donde Rabelais, que había abandonado el hábito de benedictino, se divertía con la excentricidad del esmirriado español.
Ignacio escribió los “Ejercicios espirituales para vencer a sí mismo y ordenar su vida, sin determinarse por afección alguna que desordenada sea”; consistían en un apretado sistema de ejercitaciones para cada día, porque cada día se daba un paso más hacia la conversión completa. No menos se requería para servir a la Iglesia de manera que “si yo veo negro y la Iglesia blanco, siempre acertaré diciendo que es blanco, perinde ac cadáver”, lo mismo que un cadáver; con la misma indiferencia hacia mi impropio parecer.
Por supuesto, a nosotras nos daba las pláticas un jesuita; señalaba los pasos, dirigía las almas. Desde muy temprano, hora tras hora se sucedían los exámenes de conciencia, la oración vocal y mental –meditar y contemplar– “y otras espirituales operaciones” muy detalladas. En esos días desfilaban los misterios de la fe, el pecado y la muerte; se hacía un recreo breve después de varios días. Recuerdo bien mi desconcentración, una sorda resistencia pasiva a la que nunca conseguí sustraerme. Para mí fue un fracaso redondo, un fiasco, un tiempo perdido. Estaba muy confundida, no entendía qué me pasaba.
Me disgustaba ese aparato de una lógica obvia e ingenua, que invitaba a imaginar escenas, a compungirse o a gozarse según un argumento, todas cosas a las que nunca había estado inclinada, y mucho menos ahora, tal vez porque estaba a punto de descubrir que en cierto modo yo era ajena a esa mística del guerrero aplicado al sacrificio.
Es cierto que en un convento de mujeres los Ejercicios no revestían tono militar como en las huestes ignacianas, de las que el ejercitante –era la idea de Loyola– debía salir “tan disciplinado que sea capaz de detener o poner en marcha, como una manivela, sus ideas, sus afanes, sus impulsos”.
Al dogmatismo, el jesuita le suma la exigencia de la eficacia de la acción misionera, el uso y la disponibilidad de los medios, sea en las Cortes, en la China o en la selva paraguaya con los guaraníes. Una congregación ignaciana de monjas no es la Compañía de Jesús, pero de la Regla jesuítica hará regla de hierro contra la femineidad. Todas Madres.
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