Kitabı oku: «Monólogos de Lima»

CARMEN OLLÉ nació en Lima en 1947. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En 1981 publicó el poemario Noches de adrenalina, al que siguieron el conjunto de poemas y relatos Todo orgullo humea la noche (1988), el relato ¿Por qué hacen tanto ruido? (1992), y las novelas Las dos caras del deseo (1994), Pista falsa (1999), Una muchacha bajo su paraguas (2002), Retrato de mujer sin familia ante una copa (2007) y Halcones en el parque (2012). Fue profesora de Literatura en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle y actualmente conduce un Taller de Escritura Creativa en el Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar.

MONÓLOGOS DE LIMA
© Carmen Ollé, 2015
© Grupo Editorial PEISA S.A.C., 2015
Jr. Emilio Althaus 460, of. 202, Lince
Lima 27, Perú
Diseño de carátula: Renzo Rabanal Pérez-Roca / PEISA
Diagramación: PEISA
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com
Primera edición, noviembre de 2015
ISBN edición impresa: 978-612-305-084-9
ISBN edición digital: 978-612-305-158-7
Registro de Proyecto Editorial N.º 31501311500802
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.º 2015-16114
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Parte 1
Lo que no está prohibido, sucede.
STEPHEN HAWKING
SÁBADO POR LA NOCHE
(Cae la noche en la ciudad, algunos cerros iluminados, algunas estrellas, nunca fugaces)
Extraño las tormentas de las ciudades recias. Lima, eres ladina y pequeña sobre el desierto. Lo siento, pero no puedo decirte que te amo como quisiera. Y no te voy a escribir un poema, dejo las poesías para los noctámbulos, para las grullas y los pámpanos. Jamás he escrito un poema y no serás tú quien lo inspire.
Aún soy joven para merecer la noche, lástima que no tenga amantes o que el amante potencial esté lejos, aunque no creo que una mujer deba arrepentirse de vivir la vida a solas, solo porque su fiancé se esfumó. Sé bien que las mujeres jóvenes necesitan hacer el amor. Pues bien, la noche limeña es lo más parecido a hacer el amor, sientes la emoción de lo desconocido subiendo por la garganta hasta que al doblar una esquina o entrar a un bar desapareces en la bruma, como dice una aspirante a escritora moderna: en el éxtasis. O como diría una chica trans, con éxtasis, esa pastillita de cincuenta dólares que empieza a venderse en las discotecas exclusivas de los barrios pitucos.
Pero no frecuento los barrios pitucos, trato de ejercer la humildad. Claro, tratándose de una desempleada, cuyos ahorros se extinguen, es casi una exigencia; pero no es eso, siempre he esquivado los barrios exclusivos, el glamour que atrae a las divorciadas. Veamos, no está mal un bar en una avenida de San Borja o de Salamanca, pues en ellos recalan algunas actrices, bailarinas y agentes de policía vestidas de civil con sus parejas, pero ningún escritor premiado.
La barra de este bar me gusta, una mesa charolada, larga, como la de las películas americanas; arriba en la pared, un televisor encendido le brinda al parroquiano lo que el bar no le da: el show de las shakiras, las madonnas, las gloriatrevis. Al terminar tu trago necesitas irte a otra parte, harta de esos espectáculos. Buscas otro bar, quizá uno más íntimo, aunque estando sola, sin amante, no habrá una barra discreta para posar el pequeño y dejarlo ahí tranquilito hasta que tus neuronas terminen de procesar el alcohol.
Y sin embargo eso es lo que hago, peinar la noche limeña. Alguien llama a mi celular y me dice perra, perra alemana. ¿Alemana por qué? Vuelven a llamar, esta vez entiendo bien, me gritan perra, alimaña. Ah, era eso.
¿Alimaña por qué?, me pregunto también.
Yo estaba en mi noche franca y adoptando la identidad de una antropóloga o una escritora, pero lo que quería era absorber la parodia nocturna, el baile que esquiva el hastío. Sábado por la noche y domingo por la mañana es el título de una novela inglesa. Su autor es Alan Sillitoe, de origen obrero, casado con la poeta Ruth Fainlight, quien fue amiga de Sylvia Plath. En esa novela la clase obrera se divierte, expulsa la fatiga, ama, ríe, se juerguea, hay un aborto provocado por una noche de amor...
Pero en este bar, solo Madonna en la pantalla del televisor parece divertirse meneando las caderas dentro de una jaula, como si fuera una pájara.
* * *
Sábado por la noche y domingo por la mañana es el tipo de novela que me gustaría escribir. Solo tienes que tomarle el pulso a la gente trabajadora cuando está en vena y quiere divertirse; es decir, cuando busca su propio elixir de la juventud. Sobre qué se escribe hoy, no lo sé, pero las novelas tienen menos diámetro, de eso estoy segura. Hoy se persigue el vellocino de oro a través de un tema medieval, un duelo de espadachines, Tailandia y el turismo sexual en una semana de vacaciones, ese tipo de cosas.
Nina Berberova (San Petersburgo, 1901 - Filadelfia, 1993) es ya una anciana cuando publica su obra. Siento hacia ella una gran simpatía. Quizá no me inspire la misma admiración y respeto que Patricia Highsmith, mujer ermitaña, digamos que un poco maldita; en cambio, Nina me parece una amiga y Patricia un Herr Professor, así, en alemán.
Adoro cómo Nina presenta la vida de los exiliados rusos en París, con cierto sentimentalismo, pero sin llegar nunca al melodrama, gracias a la sutileza en la descripción de los estados de ánimo de sus personajes. A diferencia de Nabokov –tal vez más irónico que tierno–, Berberova prefiere escribir sobre el exilio interior, aunque sin perder de vista el mezquino y perverso mundo de fuera.
«Las damas de San Petersburgo» y «Zoia Andréievna» son dos relatos incluidos en Las damas de San Petersburgo en los que se engarzan perfectamente la anécdota y la historia secreta –esa que según Ricardo Piglia aflora en los buenos cuentos al final–. En ambos, Berberova nos narra la huida de tres mujeres de un San Petersburgo convulso en plena Revolución de Octubre. Junto a ellas viajan multitudes que se desplazan en vagones de mercancías o a pie a través del campo, moviéndose de noroeste a sudeste, hacia ciudades infestadas por el tifus, desbordadas de gente, «lanzando al aire un desgarrador e inútil sos» ante los avances de los bolcheviques.
Las protagonistas de estas dos historias han sido dos mujeres ricas y burguesas que han perdido títulos y fortuna; se nota en sus vestidos de encaje, en los sombreros de pluma o en las medias de hilo que llevan puestas y que tratan de ocultar a los militares en su recorrido, para no despertar sospechas. Precisamente, son esos detalles femeninos enfocados por Berberova los que desencadenan la historia secreta en el segundo relato al despertar la codicia y la envidia en la familia de aldeanas pobres que administra la pensión donde Zoia Andréievna se aloja.
En «Las damas de San Petersburgo», en cambio, una quinceañera y su madre tratan de buscar la paz en un pequeño pueblo y encuentran un desenlace fatal que pone a prueba el espíritu frívolo de una de ellas.
Pocos son los escritores rusos como Nina Berberova que han narrado en su vasta obra el día a día del exilio de las víctimas de la Revolución de Octubre y la manera cómo reaccionaron los pobres en su fuero interno ante la imagen de aquellos fugitivos aristócratas, culpables ante sus ojos de su miseria y olvido.
En este cuento la autora nos revela los sentimientos de venganza y la crueldad de las «mujeres que blandían agujas o espumaderas y que se encontraban presas de una sed de odio y destrucción».
Sábado por la noche y domingo por la mañana es diferente: no estamos en guerra y sucede allá por los años sesenta en Londres. Los empleados y obreros son la mira de los escritores obreros como Alan Sillitoe.
Este mismo autor tiene un personaje fascinante por vagabundo, supongo que eso de «fascinante por vagabundo» ahora no significa nada, pero para mí fue toda una revelación. Dejarlo todo, familia, trabajo, amor, para internarte en la nada; en este caso el personaje se sube a un camión que cruzará el Sahara. Punto final de la historia. Final abierto, totalmente incierto y a la vez misterioso. El lector se pregunta qué será de aquel fulano, si volverá a saber de él. Por supuesto que no volverá a verlo ni a saber de él, pero la pregunta es válida solo porque es intensa, razón esta de corazón de lector (o de jirafa).
No he dicho en dónde estoy perdiendo el tiempo con estas reflexiones literarias. Ni qué hora es, o si es de día o es de noche. A las ideas eso no les importa, pero a la acción sí. La ficción es tendenciosa, parcial, subjetiva.
Estoy en el baño tomando una ducha y suena el teléfono. Desde hace un par de horas el teléfono timbra cada quince minutos.
Pienso, si tuviera una hija o un hijo caminando en la noche por esta ciudad saldría despavorida a contestar el teléfono. ¿Por qué? Para darle gusto al miedo, a la desesperación, a la angustia, y puedo seguir enumerando más sensaciones típicas de un padre o madre limeños cuando sus hijos no están en casa durmiendo, protegidos del crimen organizado, y aunque estén dentro, arropaditos, también pueden ser presa del ogro de la ansiedad. Esta sí que es la parca mayor.
En mi caso puedo darme el lujo de dejar sonar el timbre del teléfono y que el estúpido o estúpida que quiere hablar conmigo se pegue la patinada del siglo, porque me gusta llegar hasta el final, cuando ya no soportas más la profundidad del lodo en el que hundes la cabeza. Sí, la vida se merece que te tomes tu tiempo para perderlo mansamente.
Perderlo, eso es, pienso en cuál sería la mejor manera de perderlo. Hace tiempo que me gustaría viajar a mi Tahití, así como Gauguin. Se trata de tomar un simple ómnibus hacia el sur, pasar el desierto de Atacama, llegar a Valdivia, visitar a una amiga poeta y seguir viaje a la Patagonia, y, ¿después?, pensar en ti, mi pequeña Fischlein, que te fuiste sin despedirte o a quien yo no alcancé a decir adiós, adiós a tu juventud de piel abrillantada, a tu olor a menta, a tus recuerdos balcánicos, pero, ¿de quién iba a despedirme? Tú no eras ya ese salmón saltarín, yo no era tampoco la osa en el río... Pero pensaría en ti y en tu olor a menta y luego tomaría de vuelta la misma ruta quizá a pie, claro solo un tramo, el suficiente para creerme tan intensa como para componer un haiku a tu vestido verde.
Dejemos que timbre el teléfono, será la llamada más importante de mi vida probablemente la que dejaré perderse en el silencio de la noche. Ay, qué alivio, no esperar nada importante ya, nunca más.
SAUDADE
(EL AMOR FICTICIO PARECE MÁS REAL)
En una oportunidad, cuando celebrábamos la aparición de su última novela, una amiga me confesó que había hecho el amor con su protagonista, un detective privado. Le pregunté si creía que se podían tener sensaciones lúbricas con los personajes de ficción; me aclaró que no se trataba de creer sino de poseerlo a él, a ella.
Para los bisexuales como mi amiga, la ficción es un terreno propicio donde no hay principios, solo probabilidades. Ella no le temía a la crítica, dividida como en el siglo XIX entre contenidistas y formalistas. Los primeros quieren saber qué pasa; los segundos, cómo pasa. No se dan cuenta de que nosotros apreciamos todo lo que sucede en una obra gracias a la forma cómo está contada por el narrador o la narradora: si es mostrado o solo dicho; si resumido o escenificado. Nos entusiasma la manera de utilizar las elipsis, es decir, las transiciones o saltos en el tiempo y en el espacio. Nos interesa el ritmo, la lentitud o velocidad en que son presentados los hechos, para lo cual el resumen o la escenificación y los cortes son esenciales. Pero el lector puede conocer mejor estos detalles en un manual de escritura creativa, a su disposición en cualquier librería especializada o en Internet.
Tienes que asesinar a x me dijo aquella amiga esa vez, mirándose las uñas mal cortadas de sus manos pequeñas. Para mí ella era un personaje ideal: misántropa, bisexual, soltera, amante de la cetrería –característica esta última muy extraña en una escritora limeña–. Me hubiera gustado darle vida eterna a ella como un personaje de ficción, pero no lo hice; sabía a lo que me exponía: conozco su carácter vengativo. Además, la vida eterna es incierta en las novelas que pergeñamos. Ya tengo bastante con plagiar a una de sus criaturas literarias más estimadas: el detective privado con el que había hecho el amor, y que yo suponía no era verdadero sino imaginario, pues mi amiga era casta. ¿Acaso puede calcarse un personaje literario de su supuesto homólogo de carne y hueso? La escritora rusa Nina Berberova escribe apasionadamente sobre la vida de los exiliados rusos en La peste negra y en Crónicas de Billancourt. Su mirada penetra las miserables buhardillas de Billancourt –barrio de París destruido durante la Segunda Guerra Mundial– donde viven los exmilitares de la Guardia Blanca y mujeres y hombres rusos que huyeron de la Revolución.
Ella registra las palpitaciones de aquellos condenados apátridas en las casas de empeño, en bares de quinta categoría de los suburbios parisinos. Y, sin embargo, qué fallida es Nina Berberova en sus novelas de amor; sus personajes languidecen y carecen de verosimilitud. El amor romántico no es verosímil, no en las novelas de Berberova.
¿Qué es verosímil tratándose de un romance? Una mujer relativamente joven encuentra a su amante con otra en una función de teatro sobre los celos y el engaño amoroso. La mujer que asiste a esta función es escritora y descubre que su amado le es infiel. He aquí el juego de las cajas chinas o de las muñecas rusas.
El sabueso con el que mi amiga hizo el amor no le pertenece, ni a mí ni a su sosias. El tema del amor tampoco nos pertenece en esta época; probablemente debería venir envuelto en un halo tragicómico como en los sonetos de la poesía medieval. ¿La pasión que nace del laboratorio en los trovadores, encajaría más en nuestro tiempo? Quizás el escarnio en Horacio o la falta de pathos en Catulo.
La escritora de la función de teatro ha de plantearse un dilema: escribir sobre el paralelismo que le tocó en suerte esa noche; sus divagaciones deberán leerse como si se tratara de una obra de teatro más, de lo contrario regresará a casa indignada para terminar con su amante.
En cuanto a x, tiene razón mi amiga, no existe otra solución sino la muerte, muere un crítico y nacen varios, cada uno con su estética indefendible. Harold Bloom –el crítico más intolerante del eje occidental frente a las tendencias reivindicativas de los lectores y el más odiado por gays, lesbianas, feministas, afrodescendientes, etcétera– se inmola inútilmente al defender una sola manera de acercarnos a la obra de arte, pues el sesgo es nuestro, decimos los lectores.
Escribir una novela a partir de personas reales es un riesgo. Por más esfuerzo que se haga en camuflar a los personajes, estos terminan por mostrar su verdadera identidad a los lectores paranoicos, aunque no necesariamente hayan sido el modelo de la inspiración; no obstante, algunos reivindican su supuesto papel a toda costa. Los autores no tienen otra salida sino tomarse un café pacientemente mientras esperan que se disipe la ira.
* * *
He vuelto a Luz de agosto: Faulkner y Lena, pero es como si hubiera reencontrado a mi amiga Fischlein y estuviéramos comiendo anticuchos en una fonda de La Victoria, conversando sobre lo único que nos importa, el personaje Lena, de la placidez de esta mujer, que está preñada y va en busca del padre de su hijo. Ella pasa por aserraderos donde dicen que lo han visto, aunque nadie sabe quién es Bunch, tampoco si estará donde dicen que está. Lena: sin ninguna certeza, sin dinero, con hambre, pero sin desesperarse. Lena no escucha a los demás, solo fija la mirada desde la carreta en la que viaja, que se pierde a lo lejos. La mirada obstinada en un camino que se desvanece.
BELÉN, BELÉN
(ESCENAS TURBULENTAS O TURBIAS)
Ningún pintor ha recreado tanta maravilla decadente en una ciudad como Iquitos y tanto horror ante la miseria en un solo barrio: Belén. Ahí encontré mi África, el rincón que andaba buscando. Volé hacia la vieja ciudad del caucho y del esplendor perdido para asistir a un seminario. Una pausa, necesaria y urgente.
¿Quién estuvo conmigo durante toda la semana que duró mi estadía en Iquitos? ¿Quién seguía mis pasos por el bulevar, contemplaba conmigo el río, paseaba en canoa por el agua estancada de Belén, bajaba también hundiendo sus pies por la calle de los carboneros? París del siglo XIX, Iquitos en el XX, XXI, XXII, solo el tirano sabe hasta cuándo.
En Iquitos el calor destroza el cráneo del forastero. De día, el sol y las iguanas que imagino: me espera un mundo más allá del río; de noche, aquella sombra arrastrando sus muletas por el bulevar: Noa Noa, estoy contigo, ¿nunca dejaré de ser tan esnob?, es verdad, pero sus ojos alargados, su quijada dura y pómulos sombríos, Dios, aquella sombra acurrucándose en mi hombro para contarme cosas que me guardaré para siempre.
¿Pero no había acaso un nexo entre esa sanguijuela y yo? Ambas alimentándonos del sol del pasado. Lo adiviné en la manera como ambas arrastrábamos las palabras comiéndonos los sufijos: paaquenombotnssnoora y un frío suspiro, es todo lo que puedo decir de las dos.
Aquella sombra sin padres deambula ahora por los bares y conversa con los turistas, se acurruca en el hombro de quien la escucha. Es soñada por un príncipe encantado, una rana que canta abajo, en la ribera; de noche hay un concierto de ranas en el bulevar.
Belén se ha quedado grabada en mi pensamiento: su apacible miseria, los estancos de peces de piel oscura, el bar flotante donde se citan las carachamitas de noche para hacer el amor en las canoas, en el río negro. Una escuela allá arriba, los servicios higiénicos cubiertos con un plástico celeste.
EL JIRÓN DE LA UNIÓN
(«LA CORTE DE LOS MILAGROS»)
En mi tiempo no había karaoke ni mendigos que usaran tecnología de punta para chillar con sus cánticos, pero sí pantomima, gitanas, vendedores de lotería –las antiguas bulas papales–, enfermos de párkinson a la entrada de la iglesia de La Merced, borrachines, alcohólicas despotricando o predicando.
Ahora mientras avanzo hacia la antigua estación del tren en Desamparados, hoy convertida en la Casa de la Literatura, la exhibición de la deformidad es algo que empieza a pasar piola en nuestras conciencias. Nadie se espanta, nadie hace ascos, ni un solo gesto de rechazo, con sus bolas de helado los niños, saboreando sus churros las mujeres embarazadas; apartas nomás la mirada del mendigo con un hombro tatuado al que le falta el brazo, ¿es un tatuaje o la cicatriz de una operación?, no me atrevo a voltear de nuevo, mucho menos a acercarme. ¿Por qué le temo al cantante de ojos sin córnea? Le temo al ciego porque no me expongo a que asome la sorna de una sonrisa en su rostro, ya que ha de saber que mi curiosidad no es santa sino la del hueleguisos. Pero hay otro personaje en el que no advierto cuál es la deformidad y, sin embargo, algo raro ha de tener por fuera o por dentro, y si no es así, qué hace con su calderilla (bella palabra que también me descorazona y me hace viajar al siglo XIX), ¿por qué usa un micrófono y da discursos que nunca terminan, con los que pretende inspirar lástima? En otras épocas la deformidad atraía, era el tema de la literatura gótica. Hay un escritor cubano Alfonso Hernández Catá (1885-1940) que en el siglo XIX le dedica cuentos a los chinos migrantes y los percibe como seres espeluznantes. El cuento «Los chinos» narra la llegada de un grupo de asiáticos para trabajar en una plantación ante la huelga de brazos caídos de los trabajadores. En los cuentos «Los chinos» y «El gato», se hace alusión a «la monstruosidad del cuerpo asiático», según afirma Sandra Casanova-Vizcaíno. «Los chinos son [...] una masa homogénea compuesta de partes igualmente espeluznantes», dice1.
Llegamos así al sublime contrahecho: Quasimodo, el rey de los locos, una especie de rey momo. No es necesario recordar una lectura tan antigua como Nuestra Señora de París y al anciano Víctor Hugo, quien se confiesa a sí mismo romántico al empezar la obra con una palabra que actúa como disparador de la historia: Anatkh (trágico final), solo para afirmar que hemos perdido en la actualidad el alcance de lo trágico. Tal vez el humor negro, el temperamento mórbido, el genio grotesco nos lleve a otro hemisferio, al de la risa soterrada, al de la autoironía... soy capaz de reírme de mí misma, santo remedio de todos los males, dicen. Soy capaz de ponerme la capa raída del cínico, de cargar los pinceles de Hokusai para ir por el mundo captando la gracia de una ola encrespada. Sobre esa ola donde jamás estaré. ¿Cómo ser el atleta que una debiera ser para izar la bandera al viento? Esa ola con la que soñó Julio Ramón Ribeyro al final de sus días en «Surf», un cuento póstumo maravilloso. «Surf» expresa todo lo que ya no podía ser ni alcanzar; filosóficamente –odio tener que recalar en el esnobismo del conocimiento bruto u ordinario– esa cresta de la ola señala el momento final, quiero decir, los breves segundos que nos quedan para ver la vida en panorámica. Luego el adiós, solitario y final.
¿Pero a dónde va Gringoire, el estudiante de Nuestra Señora de París, en la noche, sin casa, sin abrigo y con el jubón hecho jirones, solo y hambriento, después de fracasar en la representación de una alegoría en el Gran Salón del Palacio de Justicia?; episodio con el que se inicia la novela de Víctor Hugo. Aquel día festivo el autor de «El buen juicio de nuestra Señora, la Virgen» fue abucheado por el populacho que prefirió la coronación de quien ostentara la mueca más fea del París miserable del siglo XV. Ese sería el rey de los locos y los feos. Víctor Hugo narra la persecución de Gringoire a Esmeralda, una gitanilla de dieciséis años, a través de las callejuelas de la ciudad medieval. Nos dice que atraviesa infinitas callejas, infinitas plazas. En aquel tiempo las ciudades eran villas rodeadas de murallas, pero París era un conjunto de tres ciudades. Largo, sí, es el tiempo que debemos emplear en la lectura para seguir a Gringoire, a la gitana y a Djali –su graciosa cabrita– por las notas añadidas de Víctor Hugo, maestro de la digresión, al igual que Balzac. Una herramienta ausente al parecer en la novela realista burguesa: la elipsis, figura capital de la narrativa contemporánea.
Víctor Hugo escribe:
Gringoire, filósofo práctico de las calles de París, tenía observado que nada es más propicio para dejar volar la imaginación que seguir a una mujer bonita sin saber a dónde va.
Perfecto, asocio este párrafo incluso con los vagabundos que suelen sentarse en el parque frente a mi casa. No se me había ocurrido llamarlos así, filósofos prácticos, magnífico término, para señalar a los homeless, ya que cuando los escucho hablar atrapo siempre una frase genial que no abusa de la retórica, todo lo contrario, va directo al grano, a uno lleno de pus. En cambio, arteros, desde el ministro de cualquier cartera hasta el obispo de cualquier diócesis –pedófilos universales, estos clérigos– se las dan de sabios, pero, ni teóricos ni prácticos, la religión ha convertido a nuestros ancianos en beatos impurificados. Los homeless de Nueva York, echados cual zombis en Penn Station, estación terminal del metro de Manhattan, la habían convertido en un gran dormitorio hacia finales del siglo XX. Ningún alcalde se atrevía a expulsarlos, un pool de abogados defensores de los derechos humanos impedía tamaño atropello a los desheredados de la fortuna –así los llaman los traductores al español de la novela decimonónica–. Pero con derechos o sin ellos, si una descendía en esa estación para hacer una conexión o salir a la calle en busca de un taxi, harta de tanta oscuridad, podía verlos alzarse bajo sus sábanas blancas. Entonces apresurabas el paso y salías corriendo a la luz de la avenida.
«...en esta voluntaria abdicación del libre albedrío», continúa Víctor Hugo, «en este someterse de la fantasía a otra fantasía, la cual está ignorante de ello, existe una mezcla de independencia caprichosa... no hay mejor disposición de ánimo que no saber dónde dormir».
El estudiante se ve emboscado en el callejón de los menesterosos y truhanes, conocido como la Corte de los Milagros, y el rey de los ladrones Clopin Trouillefou decide ahorcarlo. Gringoire parece que no tiene sangre en las venas, contesta a las preguntas del pueblo que funge de jurado como si este estuviera compuesto de burócratas aburridos y obesos que solo quisieran dictar sentencia con tal de irse a beber, a dormir o a fornicar.
Que yo recuerde, lo que más me atrajo de la lectura de esa novela a mis catorce años, fue la emoción que descubrí en el arcediano o archidiácono por la gitana. Aislado en su torre, protector del jorobado, alquimista y célibe, aquel hombre serio y calvo que la observaba bailar desde lo alto, amparado y encubierto por las gárgolas de la catedral, era solo una sombra de una época teocéntrica, solo una sombra.
1. En «La China gótica de Alfonso Hernández Catá» por Sandra Casanova-Vizcaíno de la Universidad Nacional de Rosario, en Perífrasis, Universidad de los Andes, N.° 8, Volumen 4, julio-diciembre 2013, p. 60.
RECITAL NEOBARROCO
Recibí la invitación de una editorial para asistir a la presentación de un libro de ensayos sobre el neobarroco en la poesía latinoamericana. El evento se iniciaría con la lectura de un poema musical dedicado a Kurt Cobain. Qué oportuno, pensé, con la evocación del héroe legendario se atraería a las bandas de rock y se animaría el ritual, que de otra forma quedaría bastante alicaído, por cierto. En dichos eventos, que gozaban de una fama decadente muy merecida, solo participaban los amigos y parientes del autor o la autora. Hacía tiempo que yo me había prohibido ir a los recitales de poesía elíptica. Su pureza e incontaminación persiguen a toda costa la abstracción y la pesadumbre como un distintivo frente al melodrama y el grotesco garabato de la ciudad.
El bar quedaba en un sótano decorado como un baño del Imperio romano, con nichos en las paredes, pinturas de cazadores de pantera y piso de hormigón. Cuando llegué tocaban jazz y en el local –casi lleno– había jóvenes con pinta de estudiantes de Letras sentados alrededor de unas mesas diminutas, aunque también alguna que otra señora elegante de mediana edad, amante de la lectura. Me ubiqué en una mesa para dos personas y puse mi cartera en la otra silla como para guardar sitio, pese a que no me había citado con nadie. Ni bien me acomodé se me acercó sonriente una chica con un libro mío y un lapicero y me pidió un autógrafo. La muy fresca hizo a un lado mi cartera sin pedir permiso y se encaramó sobre la mesa para explicarme el tenor de la dedicatoria que quería para su mamá, asidua concurrente a mis presentaciones literarias; en cambio ella estudiaba Electrónica y amaba la música de Cobain, razón por la que había «venido a este antro», pues no tenía ni idea del libro que se iba a presentar. El término neobarroco le sonaba gracioso, paja. Una vez firmado el libro se fue como vino, sin despedirse. Volví a quedarme sola, situación bochornosa en ese preciso momento en que iba llegando más gente, lo que me obligaría a ceder la otra silla; la gente provenía del submundo del arte, es decir de una dimensión ajena tanto a la economía de mercado como al mercado de abastos. Se notaba por la ropa, los típicos dreads, la actitud desafiante, con el libro de la noche entre las manos, cual escudo de armas.
La chica regresó con una mujer de mi edad que me presentó como su madre y la chantó en el asiento que yo había estado guardando para nadie. Tomé mi cartera y le lancé una sonrisa misteriosa de esas que no dan cabida al diálogo.
Por suerte apagaron las luces, el jazz dejó de sonar y en el estrado un pozo de luz blanca saltarina empezó a perseguir a una muchacha pequeñita, casi una niña o una enana adolescente, sin zapatos, con un maquillaje lunar. Los versos salían a borbotones de su garganta, ríspidos, cortantes, y al final de cada estrofa se oía un golpe seco que provenía de la oscuridad, como el del martillo en una subasta; la ninfa, o el duende, se arrebujó en el pozo de luz y volvió a la carga. El manierismo se lucía más en el estilo de recitar que en el contenido de los versos.
Mi admiradora me susurró el nombre de la poeta, era la misma ninfa que ahora se retorcía con una carcajada muda ante el público. La performance, dijo mi fan, es lo último en los recitales, yo siempre vengo y arrastro a mi hija, que debe estar hecha un pichín porque no empezaron con el tal Cobain, nos aseguraron una primicia y ya ve, francamente...
Le volví a sonreír del mismo modo para que se callara, sumándome a los discretos aplausos del público. La ninfa de la luna se había esfumado. Por la dirección de las miradas de la gente debía estar ahogada entre un grupo de fanáticos, en una de las mesas cerca de la barra.
Dos jóvenes altos y blancos de cabellos largos y lacios informaron que la pieza de Cobain la pasarían después de la presentación del libro. De inmediato colocaron cuatro sillas y una mesa larga sobre el entarimado. Allí se sentaron dos de los tres ponentes anunciados y la autora, una profesora venezolana de formación lacaniana, según la gacetilla que nos repartieron. Iba con un traje negro entallado más largo en la parte de atrás, hasta casi rozar los tobillos; por adelante se podían ver sus piernas desnudas hasta un par de centímetros arriba de sus rodillas. Los otros ponentes, profesores de literatura y críticos literarios, mostraron la pose del investigador en asuntos reservados: mirada lánguida, indiferencia ante el público y complicidad entre ellos. Al parecer el tercer ponente les había fallado porque una chica dio un brinco deportivo hacia el estrado y retiró el cartelito con sus créditos.
Intuí por los gestos de mi persistente admiradora y por el vector que orientaba su rostro que estaba próxima a una confesión íntima y me deslicé hacia la salida, abandonándola en las alturas culturales, no sin antes dedicarle otra sonrisa filosófica. No necesitaba más barroco que el que me esperaba en la calle.
MI VIDA EN UNA PECERA
I
Ser directora de una ONG es casi lo mismo que jugar a la ruleta rusa. Con seguridad, estoy al frente de intereses altruistas y de un dinero colectivo que no espera reproducirse sino diseminar un escaso bien en todo el planeta: el desarrollo social y el cuidado del medioambiente. En esta curiosa empresa debo cubrirme la espalda, medir cada palabra que digo en las asambleas si no quiero cavar mi tumba y perder el puesto. No soy una persona que viva obsesionada con el bien de la humanidad, pienso sí en lo mal que va todo en el planeta y en lo terrible que a veces me siento cuando me aproximo a ese acto magistral del libre albedrío, el suicidio civil.
Si hay algo difícil de entender es la ética que debe sustentar mi cargo de directora, que a veces parece una carrera armamentista, sobre todo por la cantidad de excusas potentes que debo tener para tratar de solucionar las situaciones de riesgo en las que la población-meta está inmersa. En este tiempo he escuchado los argumentos más intonsos de parte de algunos ciudadanos para justificar la vigencia de las organizaciones sin fines de lucro. Me doy cuenta de que hay personas que pueden llenarse la boca hablando de espiritualidad y también del asco que sienten por sus congéneres, cuando son ellos y ellas los manipuladores, los narcisistas perversos.
Estaba sola en mi departamento pensando en esos detalles, nimios para cualquier persona que sufre de verdad hambre, tortura, acoso, depresión, etcétera, nunca tan bien encajado este último término que resume nuestro destino en la peste.
Mi hija, futura arqueóloga, había partido en un viaje de estudio a unas remotas ruinas de Casma y mi exmarido ya no pensaba en mí desde que había ingresado al seminario. Brillante idea la de Gerardo: separarse después de veinte años de vida en común para vestir los hábitos. Si hubiera huido con una chiquilla me habría sentido más tranquila. Gerardo encontró la solución perfecta para no pasarme un sol más en la vida. Brillante, amor mío. Estaba sola, como nunca. Evoqué la casa de mi adolescencia, llena de gente, los amigos de mis hermanos haciendo bulla con sus guitarras eléctricas, el piano que aporreábamos mi hermana y yo, y mi padre leyendo, mi madre carajeando a las empleadas, Perla, la perra blanca; la gata negra con nombre de perra astronauta, y el tocadiscos arrojando los acordes de Bartók, Dvořák, Cat Stevens, Patti Smith, hasta que me dormí.
* * *
El amanecer ha llegado, y yo sigo con la luz encendida. Una niebla densa oculta los cerros negruzcos y áridos de Lima.
Me preparé un café y quise fumar, pero tuve miedo al enfisema o al cáncer pulmonar. Había traído el proyecto rechazado por la financiera para estudiarlo por la noche... Un buen pretexto para quedarme en casa y trabajar en mi computadora.
Las cosas no iban bien en el trabajo: hacía tiempo que quería renunciar y largarme a mis cuarteles de invierno. El gobierno había perdido un jugoso contrato con una importante firma y nos amenazó de nuevo con el pago de la famosa deuda externa para endilgarnos más impuestos. La Red Novell instalada en la oficina con archivos cruciales para el servicio colapsó de un momento a otro. Telefoneé a la oficina para avisar que no iría. Durante toda la mañana el teléfono timbró. Querían mi opinión sobre determinado dato estadístico de la OMS, según el cual los humos tóxicos de las fábricas de Comas contaminan y ponen en riesgo la salud... ¿Comas? Qué cobarde y paranoica soy. En el barrio acabo de desenmascarar a un estafador que suele mendigar en nombre de su pequeña hija moribunda con falsas recetas de suero, sonda y varios medicamentos. El hombre me tiene tasada. Cada vez que lo veo pienso que me seguirá para darme una paliza.
Al personal de la oficina le advertí por teléfono que la OMS no era suficiente referencia, debían rastrear todas las ONG ambientalistas. Con lo lentos que son tienen para varios días, pensé.
Había pedido un día libre en la oficina y no sabía a dónde ir, la idea de entrar a un cine en matiné me desanimó de antemano. En realidad tenía sueño y hambre.
Mientras caminaba sin rumbo repasé las historias de raptos, trata, prostitución y otras joyitas de la sociedad contemporánea que a diario debo analizar desde mi posición en la ONG. Recientemente una colega me había contado del caso de un niño traído de Italia a quien se lo disputaban dos mujeres, pero nadie podía probar de quién era hijo. El chico no tenía papeles, los habían perdido a propósito o robado. Y las dos falsas madres decían que habían dado a luz al mismo tiempo, aunque ninguna podía probar que había estado embarazada. Esta historia demasiado melodramática no me pareció real.
Daba la impresión de que el tiempo me sobraba para hundirme en casos inverosímiles. Eso es, los oenegeístas gozan de demasiado tiempo libre. La ONG es la culpable. Los que trabajamos en ella somos una casta en medio de un mar de intocables. El equipo siempre me lo echaba en cara.
Cuando crezca, si es que logra sobrevivir a las enfermedades y a la delincuencia, ese niño supuestamente italiano tendrá problemas de identidad como especulan ahora los psicólogos y sociólogos, es decir, todo un pueblo con problemas de identidad. Parece un tema de ciencia ficción y no un trauma real. ¿Y si la identidad fuera una invención del self para no desestabilizar el sistema? Obviamente, esta es una reflexión de raíces marxistas. La mayoría de las ONG se han bautizado en las aguas del anticapitalismo con sociólogos, antropólogos y psicoterapeutas que contratan periódicamente e intentan dar en el clavo de lo que significa la identidad.
De hecho, el otro caso emblemático, como llaman mis colegas sociólogos a la historia de Lucero, tiene un pandemonio en la cabeza: Jacinta, su madre, había trabajado desde muy niña de cocinera en casas particulares. Lucero ya era una adolescente cuando su madre se volvió a casar. Sabía cuidarse e ingeniárselas sola. Recogía los restos que los cosechadores abandonaban en el campo de algunos asentamientos humanos, y los remataba en el mercado. «Mi mamá regaló a mi medio hermano a su antigua patrona». Digamos que esa frase es su derechazo. Jacinta pensó que no podía dejar a sus otros dos pequeños solos. Era mejor entregar al más chiquito a una familia adinerada. No, Jacinta no se arrepentía. Lucero era una sentimental.
La voz de mi secretaria a través de mi celular me sacó del ensimismamiento al recordarme que había concertado una cita con la representante de una asociación medioambientalista para estudiar el derecho al agua de las mujeres de zonas urbano-marginales.
La representante acababa de entrevistarse con un alto funcionario del Banco Prestatario y llevaba el sello humanitarista en el rostro. Venía cargada de folletos y trípticos que desparramó con ira en mi escritorio. Versaban sobre diversas campañas destinadas a defender los derechos de las féminas al agua y desagüe. La mujer impostó la voz cuando llegó el momento de hablar del capital espiritual invertido en años de esfuerzo, que se perdería irremisiblemente porque el banco les había negado el crédito; entonces ella llamaba a la solidaridad de todas las ONG. ¡Por la salud, por la paz, por el agua!, replicaba ante el enemigo invisible como una penitente. Su humanitarismo me exaltó. Reparé en lo bien puesta y peinada que iba. Sin vacilar, estampé mi firma en la solicitud de reconsideración de crédito dirigida al banco, y lo hice con toda la solidaridad puesta en mi mirada, humanitarista también.
¿Qué hago acá, en medio de estos corazones en penumbra? Todo lo que me rodea no tiene sentido. Quisiera mandar al diablo los talleres de capacitación para viajar a Torino, sentir su aroma a campo mezclado con el de una ciudad alternativa. Sí, porque Turín / Torino, como Nueva Jersey o Los Ángeles, es la tercera vía de la felicidad para los que andan sobrando en sus países. ¿Seré yo también una perdedora desde mi asiento de ejecutiva? Estoy en trance, inerme en mi oficina, debo respetar la misión de la ONG, nada de bostezar durante las ocho horas pagadas, como consta en mi contrato. Mi claustrofobia está en alza últimamente.
Mi secretaria me acaba de anunciar de inmediato a la representante de AROP: Asociación de Restauración del Ocle / Orto / Odio / Oprobio / Ocio Planetario, en realidad podía jugar a mi antojo con las siglas y reírme en la cara de la ceñuda cooperante con pinta de ama de casa, apachurrada en su traje verde y momificada en su maquillaje de peluquería. Me mira con desprecio, como si se diera cuenta de que mi sonrisa es una máscara que esconde dos impresionantes colmillos de pantera, lista a engullirla. Según ella debo organizar un taller creativo. Pregunto con qué fin. Para dejar que aplaste mi imaginación, pienso. Estos talleres son una especie de segunda escuela. Te obligan a una encerrona de tres días en un lugar campestre (sol y sombra), luego cantas, bailas, respiras profundo, pintas, armas un collage, como en el nido de la escuela, y en nombre de la igualdad nadie puede decir qué lindo ni expresar sus emociones.
Renunciaré ahora mismo. Llamo a mi secretaria. Siempre sonriente viene con su libreta, dispuesta a tomar notas. Desisto. Tengo varios pagarés de por medio entre su sonrisa y mi histeria. Punto final a mi renuncia, por hoy.
Todos los chicos y chicas de las ONG son edificantes, buenos muchachos que construirán el país del futuro, lástima que me duerma en sus narices. Trabajamos por la equidad, por las relaciones igualitarias entre los humanos, por la supervivencia de un planeta florido, brindemos por ellos en los lanzamientos de nuevos abonos antiquímicos, por una patata bella y lozana, por el pubis fosforescente de una prostituta rebosante de lujuria. Mejor aún, por el pubis fosforescente de una trabajadora sexual sin lujuria, digo, porque en los informes sobre prostitución limeña, lo que menos se encuentra es la lujuria, allí todo es más triste que concupiscente, y me duermo ante la retórica aburrida de la representante de AROP.
Pausa. Ya es otro día. Uno ni mejor ni peor, ni soleado ni totalmente oscuro, todavía la contaminación sonora no ha llegado a su cénit, eso sucederá en unos veinte años aproximadamente. Un día ni ruidoso ni silencioso, un día chicha, mesocrático, sin el drama de los boleros cantineros.
Avanzo por la plaza Mayor, escucho las campanadas del mediodía y el cielo se abre para mí. El repique se mezcla con la chirriante marcha del cambio de guardia que ya he presenciado otras veces. Siempre me aburre, no sé por qué este espectáculo atrae a los turistas.
Me parece que Lima desaparece en la niebla lentamente y asciende el inca Pachacútec, la gran estatua kitsch que construyeron en el Cusco, para reinar solo entre las ruinas del imperio. Santo remedio al problema de identidad nacional. Las ONG no tendrían razón de ser, ni sus talleres o mesas de concertación. Full impacto.
Mi agenda hoy es la siguiente: foro educativo por la mañana, foro ecológico por la tarde, foro urbano en la nochecita. El resultado: dismenorrea aguda en los tres casos.
Una reunión del Comité Nacional Feminista (CNF) para elegir a la nueva coordinadora nacional. Veré cómo nos manipulan, cómo intimidamos desde Lima a las mujeres del interior y las catapultamos con nuestras cultas referencias. En Lima están las iluminadas, protestan las de provincia. No sé de qué lado estar. Si me agito por la reivindicación popular me quedo sin trabajo; si callo, otorgo.
Ahora rumbo al CNF. La antigua coordinadora nos recibe en su oficina sin cielo. En una mesa, gigantes Coca-Colas, termos de café, té, mate de coca, manzanilla. Tomo asiento y escucho las inacabables cuestiones de orden que siempre suman más que los puntos de agenda.
De un total de nueve representantes, tres pretenden abstenerse, incluida la actual coordinadora.
–No entiendo –intervine, dirigiéndome a la mandamás, otra vez se imponía la imagen de mujer casta: pelo corto, lentes de carey, ropa holgada, mirada de enfado–. Si usted nos ha convocado con el propósito de elegir a una nueva encargada del CNF, ¿cómo es que ahora se abstiene?
–¿Es que van a obligar a mi institución a votar? –gritó la jefa–, no quiero que interpreten que deseo seguir en el cargo –siguió rugiendo–, por eso me abstengo de opinar, me abstengo de votar, ¡¡¡me abstengo!!!
–Su posición –insistí– es absurda, da a entender todo lo contrario.
No lo dije con las palabras exactas, nadie se refiere a nada con las palabras exactas, nadie roza la veracidad con una palabra pertinente. El rodeo, el circunloquio, el pleonasmo, el oxímoron fálico, el hipérbato histérico prevalecen. (Usted a lo único que aspira es a mantenerse en el puesto). Caray, debí decirlo yo, tú, ella, aquella, pero nadie confiesa nada directamente, nadie va al grano, todos reman hacia donde todos reman, y punto.
–¿Quieren saber mi opinión personal, no la de la institución que represento? –bufó la casta Susana, pese a que todos sabemos que su institución es ella misma y nadie más–. Mi opinión personal –continuó eufórica, resentida, como muy dolida– es que en esta ocasión ninguna de las dos candidatas se merece esta votación.
(Es decir, no lo hago porque sí y porque sí lo hago, y muero porque no muero, diría en olor de santidad poética.)
De todos modos se procedió con la elección. Permanecí quieta y esperé que las demás eligieran a su candidata. Votaron por otra y no por la casti connubii rugiente. Aplausos a la nueva coordinadora. Pocas horas después en la asamblea general del CNF aquella sería desconocida públicamente por las provincianas, y es que Lima quiere mandar, Lima y las iluminadas; entre tanto nosotras ratificamos a la vieja y antigua coordinadora que se mantiene en el cargo desde hace diez años, ejemplo de democracia, de renovación. Pero por qué no son ustedes provincianas honestas, obreras empeñosas, las que ostenten el nuevo título, pienso. Lima responde: ¿acaso podrían cumplir cabalmente nuestra agenda? Miren todo lo que significa cabalmente: organizamos, planificamos, difundimos, ideamos, comunicamos, formulamos, reformulamos, contabilizamos, optimizamos, visibilizamos...
Sí, es otra vez Lima la iluminada.
Regresé a casa agotada. A los pocos minutos llegó Lucero, «el segundo caso emblemático». Tenía una resaca increíble, los ojos en blanco, sus pechos se bamboleaban temblorosos. Unos desconocidos la habían dopado en un taxi con el cual recorrieron la ciudad toda la noche. Ella solo podía recordar a una mujer que la observaba insistentemente mientras hablaba con alguien por un celular.
–¿Estás segura de que no lo soñaste?
La chica no imaginaba el móvil de ese periplo nocturno. Se me ocurrió que Lucero iba a ser dada en prenda a algún mafioso pero no pasó el examen de rutina. Lucero se había salvado por un pelo o porque le faltaban unos centímetros de talla, como en los concursos de belleza.
En realidad quería desembarazarme del caso emblemático. Me habían pedido un ensayo sobre mi sensibilidad femenina para construir un personaje masculino y quería estar sola en casa para pensar en el tema.
Embarqué a Lucero en un taxi.
Estoy en el baño tomando una ducha y suena el teléfono. Desde hace un par de horas el teléfono timbra y timbra, se detiene unos minutos y vuelve a la carga.
Era mi secretaria. Me había olvidado la cena con míster Booth, el representante de la agencia canadiense.
Salí de la casa rumbo al hotel del gringo. Tomé un taxi a la volada sin saber que ese día me iba a jugar el puesto. Había conseguido financiamiento para un almanaque de frases célebres. Para conversar sobre ese asunto me esperaban míster Booth, el presidente de una financiera canadiense, y Madonna Barbie, su secretaria. Las frases que yo había elegido eran de Nietzsche, Cioran, Lou Andreas-Salomé y de otros escritores ateos.
Cuando llegué al hotel el ambiente parecía caldeado. Madonna Barbie y míster Booth consultaban el reloj con nerviosismo. Madonna Barbie no estaba de acuerdo con las frases seleccionadas, prefería oraciones sencillas, no relacionadas con el amor ni con la muerte sino con ideas más convenientes, tipo «sí, pero se mueve» de Galileo o que tuvieran que ver con el medio ambiente, por ejemplo. Una frase de Cioran le pareció del todo inadecuada para el proyecto: un almanaque de la agencia que ellos representaban no podía darse esos gustos nihilistas, autodestructivos.
Míster Booth permaneció callado, observándonos a las dos.
–Canadá es un país generoso, con bosques naturales como reserva –dijo Madonna Barbie, encarnada como su traje sastre. Medía casi dos metros de estatura. Su tez blanca, ahora completamente purpúrea como si padeciera de una enfermedad a la sangre, daba la impresión de hervir por dentro–. Canadá –prosiguió la gringa yuppie clavándome sus ojos azules inexpresivos– es un país razonable, ¿cómo puede hablarse de la demencia en un almanaque financiado por nosotros? Necesitamos un enfoque de desarrollo humano.
Se refería a la frase de Lou Salomé.
Pobre Lou, incomprendida por sus contemporáneos, igual que Sabina Spielrein fusilada por los nazis. Me cubrí la cara con las manos. Volví a oír algo sobre los bosques del Canadá y luego mi voz expulsó todo el aire de mis pulmones:
–¡Basta! ¡Basta! ¿Me oyó? No quiero sus bosques ni su generosidad, ¡basta!, ¡no quiero su dinero! Lou, Sabina, oh, pobre Sabina en manos de esa bestia alemana –reflexioné de súbito en voz alta–, el almanaque es mío, ¿me oyó, barbie? ¡barbie, ja, ja!
Cuando abrí los ojos Madonna Barbie ya no estaba. Míster Booth me miró sonriente:
–Me gusta, me gusta, oh yes, tiene carácter. Le daré el dinero. Quiero esas frases terribles en el almanaque financiado por nosotros.
II
En la oficina corría el rumor de que varias personas utilizaban el tiempo de la jornada laboral para sus asuntos privados, incluso llegó a mis oídos que alguien había copiado en un disquete la novela que venía escribiendo y guardaba en mi computadora –que yo hacía pasar como el «informe sombra» para la próxima Conferencia Mundial sobre el Medio Ambiente y los Derechos de las Mujeres en un nuevo Milenio de Equidad– como una prueba en mi contra que se daría a conocer en una asamblea de la asociación. También se decía que la digitadora tenía archivos de una firma comercial de productos de belleza en su disco duro, y que uno de los sociólogos preparaba tesis universitarias por encargo durante las horas de trabajo.
Un abogado llamado Portales, de nacionalidad franco-boliviana, me aseguró que lo guardado en el disquete no era prueba suficiente, pero podía ser efectivo ante el ánimo de la asamblea. Tenía que apresurarme con el informe ante la inminencia de mi despido. Pensé en recurrir a un detective, pero preferí contratar al abogadito de marras, aunque sabía que no tenía experiencia en asuntos de ONG ni renombre o bufete propio, pero algo haría para que yo pudiera salir de esta; quería que descubriera quién estaba detrás de todo. ¿No era una persona curiosa, chismosa, que fungía a veces de detective? No recordaba quién me lo había presentado, pero seguramente en alguna reunión de mi ONG, en una embajada donde pasan videoconferencias, ah, claro, el hombre representaba a una financiera alemana con un nombre muy altruista que alude a la lucha contra el hambre y que cuando lo mencionaba a mis amigos escritores no podían contener una sonrisa sardónica. Entre los buenos estilistas la compasión es una figura retórica sin asidero real.
Me acordaba de Portales por su dejo francés y su pañuelito al cuello, muy a tono con las canciones de Charles Aznavour que en algún momento del break en la embajada alemana me pareció oírlo tararear. Qué demodé, pensé.
Lo llamé por teléfono y le dije que estaba en peligro. El hombre se rio:
–¿Por qué? ¿No iba a renunciar? Usted misma me lo dijo cuando nos conocimos en...
–Claro, claro, lo recuerdo bien, pero no puedo aceptar una puñalada por la espalda. Eso no es ético ni justo, no me conviene.
–Si se trata de su currículum, es verdad, pero si piensa en lo justo, ya se lo dije, abandone esa oficina, ¿no dice que es escritora? Luche por ubicarse en el mercado internacional. Usted misma será la culpable de aburrirse en esta aldea. Haremos algo, Roxana. Dígame, ¿cuál es el flanco débil de la institución, su talón de Aquiles?
–La institución evade impuestos.
–Eso se lo achacarán a usted. Algo más. Haga memoria. Indague, meta las narices en todo y luego hablamos. Llámeme cuando tenga algo en mente. Adiós.
¿El talón de Aquiles de la institución? Hacía tiempo que sospechaba que la ONG transfería fondos clandestinamente a un partido político para publicitarlo, supongo, pero no tenía pruebas. La administración y un par de socias mantenían extraños vínculos con ese partido al que –estaba segura– subvencionaban con el pretexto de organizar talleres de capacitación a líderes juveniles en la sierra central. Llamé de inmediato a Portales.
–Transferencia de fondos al PUS, Partido de Unión Social.
–Ajá. Eso sí me gusta, un pez gordito su ONG. ¿Si lo sospechaba, por qué lo dejó pasar? Digamos que usted también se adaptó a la situación.
–No, no estaba segura, lo sospechaba pero tenía miedo de investigar y que me despidieran sin poder hacer nada.
–En el fondo no le importó mucho.
–¿Me quiere dar a entender que estoy involucrada?
–Escúcheme, Roxana, hará como que recién lo descubre. Pero debe conseguirme las pruebas con prontitud. Llámeme cuando las tenga. Ah, que no sea en quince minutos, como lo acaba de hacer porque no creeré en su inocencia.
No era fácil hallar las pruebas que pedía Portales. En el departamento de administración todo parecía en orden. No había nada anormal, ni una sola mención al PUS en las facturas sobre los talleres de capacitación. PUS, PUS, repetía todas las mañanas como un mantra. El contador me esquivaba como si se imaginara algo. Seguramente él recibía una comisión por las transferencias. Estaba segura de que una de las agencias financieras apoyaba la derivación de fondos al partido. Hasta creí poderla identificar. Se trataba de una financiera finlandesa que había tenido contactos con la antigua URSS.
Encontré por fin una carta en la oficina de contabilidad en la que leí entre líneas algo relacionado con el apoyo económico a los falsos talleres. La carta tenía que haber pasado por mi despacho, estar clasificada en mi archivador y no en contabilidad. Como esa perla probablemente había otra oculta en algún lugar. Estaba fechada dos años atrás. Perfecto. Tocaba averiguar si en efecto se habían dictado los cursos. ¿Cómo? Indagaría con la contraparte de la zona, una ONG campesina. Pero no conocía a nadie entre sus trabajadores. Lo pertinente era ir en persona. Me pregunté si valía la pena. El lugar era inhóspito, de difícil acceso. Se lo propuse a Portales, con gastos pagados, claro.
–Qué mala es usted, quiere que me aventure por esos abismos infernales hasta donde no llegan ni los aviones militares.
–¿Lo hará?
–Necesito conocer más detalles sobre su asunto.
Fotocopié todos los recibos y cartas que podían ser una pista y se los entregué a Portales dos días después. Entre ellos había un fax de la agencia finlandesa, que me pareció el más comprometedor, dirigido a la subdirectora. Había llegado durante mis vacaciones. La representante de la agencia le pedía la devolución de una fuerte suma de dinero por malversación de fondos, es decir, estos no habían sido destinados a los fines del proyecto que la misma subdirectora monitoreaba. Hice un rápido repaso de los reportes bancarios pero no encontré que dicha cantidad se hubiera enviado a Finlandia. Por el mismo monto figuraban cien talleres de alfabetización y capacitación a líderes juveniles en la sierra central. Sin embargo existía un correo electrónico impreso de la representante finlandesa acusando recibo del dinero.
En la oficina todos desconfiaban de mi repentina disposición de trabajar hasta tarde. Una noche recibí una llamada misteriosa, se trataba de una canción grabada en francés, cuyo contenido me pareció un mensaje cifrado. Sospeché de la subdirectora. De inmediato llamé a la ONG de la ciudad donde se encontraba Portales para averiguar los teléfonos de hoteles, hostales y albergues para turistas. Un guardián me dio el teléfono de un hotel lujoso. Gracias a su ayuda ubiqué al abogado en el menos aparente, un motel de poco rango. ¡Avaro!, tuve ganas de gritarle al teléfono, pero su voz sonó soñolienta. Probablemente estaba durmiendo dado lo avanzado de la hora.
–Ahora me toca el turno de decirle que no sea cobarde, Roxana.
–¿Acaso ya lo averiguó todo?
–¡Ja! Nada por ahora, cuento con dos o tres días más para seguir investigando. ¿En realidad, a qué le teme?
–En realidad, a que me despellejen viva, simplemente. Ya ha pasado, Portales. ¿Recuerda el caso del cooperante francés que dirigía una ONG de salud, al que asesinaron y luego hicieron creer que se había suicidado porque descubrió que el equipamiento médico de un hospital financiado por su institución era de ínfima calidad?
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