Kitabı oku: «Jalisco 1910-2010»




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Jalisco 1910-2010 : anecdotario / Marco Aurelio Larios coord. : Carmina Nahuatlato… [et al.] – 1a ed. -- Editorial Universitaria: Red Universidad de Guadalajara, 2011.
Con semblanzas de jaliscienses ilustres.
Incluye referencias bibliográficas.
ISBN 978 607 450 453 8
1. Jalisco-Historia-1910-2010 2. Jalisco-Anécdotas I. Larios López, Marco Aurelio, coord.
II. Nahuatlato Frías, Carmina.
972.35 .J26 2010 DD21
F1296 .J26 2010 LC
Primera edición electrónica, 2011
Coordinador
Marco Aurelio Larios López
Autores
Marco Aurelio Larios López, Carmina Nahuatlato Frías, Carolina Laura Aranda Araiza, Luis Martín Ulloa, Gabriel Guillermo Gómez López, Ulises Bonifacio Zarazúa Villaseñor, Juan Manuel Sánchez Ocampo, María Guadalupe Refugio Ángeles Huizard, Ricardo Sigala Gómez, Ramón Gil Olivo, Francisco Javier Ramírez González, Gerardo Esparza Rivas
Investigación documental
Ana Zambrano Meza
Fotografía
Sara Nohemí Covarrubias Larios
Ilustración
José Luis García Valadez, “Josel”
Premio Nacional de Periodismo 2009
Caricatura
Jorge Javier Salazar Zepeda, “Jors”
Coordinación editorial
Sayri Karp Mitastein
Producción
Jorge Orendáin Caldera
Coordinación de diseño
Edgardo Flavio López Martínez
Diseño de forros e interiores
Sol Ortega Ruelas
Imagen de portada
Fragmento del mural Zapatistas (1931), de José Clemente Orozco
D.R. © 2011, Universidad de Guadalajara

Editorial Universitaria
José Bonifacio Andrada 2679
Colonia Lomas de Guevara
44657 Guadalajara, Jalisco
www.editorial.udg.mx
01 800 UDG LIBRO
ISBN 978 607 450 453 8
Conversión
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Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Índice
Las cinco y cuarto de la tarde
Marco Aurelio Larios
Bendita revuelta
Carmina Nahuatlato
Trayecto al olvido
Carolina Aranda
Agua que fluye entre piedras
Luis Martín Ulloa
Las llaves del secreto
Gabriel Gómez López
La ciudad y su cruz
Ulises Zarazúa
Confabulados
Juan Manuel Sánchez Ocampo
Lucía
Guadalupe Ángeles
La ilusión
Ricardo Sigala
Libertad condicionada
Ramón Gil Olivo
El barco borracho que murió en tierra ajena
Javier Ramírez
24 de mayo
Gerardo Esparza
Presentación
alisco 1910-2010 completa el proyecto editorial de conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, en fechas coincidentes de dos siglos del México moderno. Esta obra recrea acontecimientos curiosos, célebres, inusitados o inéditos, para quienes vivieron parte del pasado siglo XX, o para los más jóvenes jaliscienses que solamente escucharon historias de padres y abuelos, increíbles por tan lejanas, por tan desconocidas, además de que muchas de estas anécdotas históricas aún no son del dominio de la nueva cultura del saber global que es el internet.
El subtítulo resulta revelador: anecdotario circunstancial de la historia matria. Estas últimas palabras son un término feliz del gran historiador jalisciense Luis González, quien escribió la historia universal de su pueblo San José de Gracia, situado entre Mazamitla y Jiquilpan, Michoacán, usando como técnica la microhistoria: la pequeña historia debe revelar la gran historia. Todos los textos buscan ese objetivo sin declararlo.
Aparte del diálogo que se propone, como en el anterior volumen sobre el siglo XIX, este Jalisco 1910-2010 rinde homenaje básicamente a prohombres de la cultura artística y científica jalisciense, incluye a los escritores destacables a nivel regional del pasado siglo y a los nuevos escritores vivos de Jalisco y, de alguna manera, recupera lo que de pronto la moda cancela o pone en el olvido.
Estamos conscientes de que el siglo XX —a diferencia del XIX, del que no poseemos muchas imágenes ni muchos testimonios escritos—, está debidamente registrado por investigadores, periodistas, escritores, profesores, testimonios personales de la gente común, con un sinnúmero de fotografías, documentales, libros, notas de periódicos, saberes orales y familiares, que constituyen un tumulto de conocimientos sobre nuestro pasado inmediato. Este libro no subsana faltas de ninguna índole en el saber de nuestra región. Más bien debe verse como una selección de gusto, casi aleatoria, de lo que podría decirse de una centuria tan rica en constancias visuales y escriturales. Por eso el subtítulo predice al lector lo que hallará en el contenido: un anecdotario circunstancial, al que el buen lector le añadirá en voz personal lo que hiciere falta.
Esta edición constituye una opción, entre muchas otras maneras, de conmemorar el Centenario de la Revolución Mexicana, no en el sentido de una concelebración sino más bien de una recordación de nuestro pasado inmediato.
Nos congratulamos de realizar esta conmemoración de manera conjunta con toda la Red Universitaria, a través de la publicación de este libro.
Javier Espinoza de los Monteros Cárdenas Director Editorial Universitaria
1
unca fui a la escuela, y si ahora conozco el silabario es por querer leer lo que otros escribían en lugar de hablar, pues resulta otra manera de que te escuchen los que no están cuando hablas sobre cosas interesantes. Me entretenía en leer todo lo que cayera en mis manos.
Era mandadero en casas ricas, por allí, alrededor de Nuestra Señora del Carmen. Unas casonas de estilo francés, de puertas abiertas en los zaguanes y de cancel forjado para que el desconocido solamente admirara sus patios centrales, llenos de macetas y jaulas de jilgueros. Tocaba primero la aldaba de la puerta y luego la campanilla del cancel. Entonces me encargaban mandados hacia el mercado Corona o el Alcalde. Y se enojaban si tardaba mucho, pues mucho dependían de mí los guisos de las comidas.
Yo nomás iba de aquí para allá para juntar la oreja en los corrillos de la esquinas. Y todo era de alarmarse pues la revolución, que bien lejos se oía como si ocurriese a otros y no a nosotros, parecía por fin presentarse en la ciudad. Los tapatíos, que fuimos porfiristas (yo no), que fuimos reyistas (yo no), que fuimos del partido católico (yo no), esperábamos a que la venia de Dios nos salvase de los desmanes y de los muchos muertos y entuertos que consigo traía la mentada revolufia. “La revolución es un asunto de campesinos y no de comerciantes”, me decía el panadero del barrio de la Parroquia de Jesús María.
Pero el asunto crecía en el miedo de la gente. Qué ya derrotaron a Julián Medina, Pedro Zamora o Roberto Moreno, alegaban afuera del templo de Santa Mónica Bendita, sin ponerse de acuerdo si este o ese o aquel fueron muertos. “¡Vienen los carranclanes con el general Diéguez!”, gritaba una señora en los portales, greñuda, sucia, descalza, y más enloquecida por sus gestos de desesperación. Se le afiguraba que venía el fin del mundo. Y cómo no, si en verdad como dijo un señor en una conversación en “La Catedral” —una cantina que era pura burla del dueño al obispo, quien en contra esquina oficiaba misa— Diéguez llevaba un mes arrastrando doscientos carros y dos mil mulas para traer el equipo de guerra a lo largo de más de doscientos kilómetros entre Ixtlán, Nayarit, y Guadalajara por terrenos montañosos.
Llegaron el ocho de julio para proclamar el triunfo absoluto de la revolución. ¿Cuál revolución dijimos los presentes frente a Palacio de Gobierno, si no ha habido batalla, balazos, muertos ni heridos; si ni conocemos el olor de la pólvora fuera de los diablitos y cohetes en las fiestas barriales? En fin, Manuel M. Diéguez se convirtió en gobernador y comandante militar del estado de Jalisco. Sí, señor. Y yo con la panela en el morral y los birotes en las manos para la señora Olga Diaque, que seguramente no me perdonaría la tardanza.
2
Pues resultó que la Convención se hizo en Aguascalientes y no en Ciudad de México, nomás porque Pancho Villa no quiso ir. Porque estando acá y no allá, el Centauro del Norte se jugó todas las cartas. Habló de que la Patria estaba salvada, y luego de muchos aplausos, dice El Correo de Jalisco, uno de nuestros periódicos más verdadero, miró al general Obregón y le dijo: “La historia sabrá decir cuáles son sus verdaderos hijos”. “Exactamente, señor —repuso el general Obregón”. Como si anticipadamente supiera el resultado del futuro, platicaba Don Cosme, el de la cremería Tepatitlán del mercado Corona mientras pesaba panelas y chorizos de puerco, los más ricos de aquella región. “Para ser héroe hay que anticiparse a la historia a sabiendas”.
Locadio, el peluquero de la calle Santa Mónica Bendita, tenía una opinión no muy distinta pero sí dispareja cuando se refería a las palabras que el general Diéguez había dicho ayer a todos en la plaza sobre que era mejor evacuar la ciudad porque se acercaba Pancho Villa a Guadalajara y no quería verla rendida al enemigo.
—Tiene la táctica de Kutúzov. Deja que Napoleón llegue hasta Moscú, pero los moscovitas han abandonado la ciudad y la han incendiado para que nadie pueda vivir en ella pues ya nada hay —me hablaba el peluquero de una historia que yo no había escuchado ni leído.
—¿Y usted se va ir, don Locadio?
—¿Yo? No, muchacho. Como bien dice mi nombre: estoy Locadio y espero otra revolución.
Y en unos cuanto días después, el general Francisco Villa, al frente de sus “Dorados”, entró a Guadalajara la tarde del 17 de diciembre de 1914, un día después de mi cumpleaños. Venían con él los ejércitos de Pedro Zamora, Roberto Moreno, el padre Corona, Lucio Blanco y Julián Medina quien le allanó la entrada por el pueblo de Tonalá y la villa alfarera de Tlaquepaque; eran tres o cuatro veces superiores a las fuerzas constitucionalistas del general Diéguez.
La ovación fue realmente sonora, pintoresca, grande. Yo me encontraban un poco lejos, en el escalón más alto de la entrada lateral del templo de El Sagrario, a un costado de Catedral. Las mujeres hermosas agitaron sus pañuelos. Los gomosos, pintadas de carmín sus mejillas, saludaron con sus sombreros. Los monaguillos de todas las iglesias enronquecieron en un ban-zai de ensordecedores chillidos. Hurras y vítores. Las campanas se echaron a vuelo. Los próceres de las sacristías y del agio fueron reverentes al postrarse ante el Caudillo de la Revolución. ¡Qué mirada, qué oído! ¡Qué privilegio ver a los patrones rendidos ante ese hombre inculto (él lo dijo así de sí mismo en la Convención de Aguascalientes) que mueve la historia hacia los lados de quienes no quieren que se mueva nunca!
Salió al balcón central del Palacio de Gobierno para dirigirnos la palabra con un altavoz como cucurucho para agrandar su voz. Un Pancho Villa bigotón, cejijunto, con un contrastable sombrero de charro que se puso para la ocasión, nos gritó que de ahora en adelante el gobernador de Jalisco era Julián Medina. Y nos habló de su gran consejero el doctor Mariano Azuela, desde ahora Director de Instrucción Pública. “Porque hay mentes que clarifican con su consejo a los que nacimos para otros entendimientos que no sea la justicia y la igualdad entre los hombres”. Y se puso a tirar balazos al aire. Y toda la gente le aplaudía entre gritos de ¡vivas! y ¡hurras! Yo entonces alcancé a oler, por primera vez, el olor de la pólvora que despide una pistola cuando se dispara.
3
Guadalajara, poco después, comenzó a odiar a Pancho Villa. Y no por lo que decían los catrines cuando Julián Medina les pidió juntar un millón de pesos a los ricos de la ciudad. “Haiga como sea —les dijo a todos los citados en el patio de Palacio— pero mañana quiero ese dinero”. Y todos, o casi todos, o todos menos uno que otro, o todos a la vez, salieron mentándole la madre, y otras tantas para el coronel José Zertuche, comandante militar de la ciudad, quien se apresuró a sacar la pistola y a tirar de balazos con los ojos para matarlos pero sin herir a nadie, porque la vista como dice un corrido “es muy natural”, sea amable o maliciosa.
No, no fue por eso, parece, que los habitantes de esta noble y leal ciudad se enojaron con el general Francisco Villa, sino porque el caudillo revolucionario andaba en su tren particular, un pullman de lujo donde vivía y dormía, yendo y viniendo por El Bajío, bien acompañado de una señorita de “buena sociedad” de Guadalajara. Las mujeres tapatías la hacían comidilla en las tardes de bordado y canasta. La mala reputación de ella afrentaba a todas. No era natural brincar de casta y recatada a puta descarada. Bueno, así se lo oí a Doña Hortensia Farías y Álvarez del Castillo e igual lo repitió la señorita solterona Navarro Velarde, justo cuando le avisé que ya estaba su pedido anticipado de tamales de la Capilla de Jesús para el día de la Candelaria.
Se rumoraba por esos días que el carrancista Manuel M. Diéguez regresaba con sus tropas; venía tan molesto que estaba dispuesto a castigar a la veleidosa Guadalajara, que como a la Helena de Troya, ultrajada pero seducida (¿no perdona lo primero a lo segundo o al revés?) Quiso lo que no quería tener pero al tenerlo, quiso todo. Volvió a la misma vaina: reduciría a cenizas la ciudad y todas las vírgenes tapatías serían violadas al igual que todos los efebos, y todos los mochos, con sus propios blasones religiosos, serían ahorcados. Hasta entonces, tuve un miedo de a deveras (si lo tuve realmente).
Fue entonces que Julián Medina, organizando la resistencia en las afueras de la ciudad, volvió a Palacio, pero una multitud ya lo esperaba y le impedía el paso para entrar. La gente le gritaba que cuándo volvería Villa para defender la ciudad y acabar de una vez con Diéguez y no ver cumplido su deseo de destrucción. Y lo empujaban los varones con el hombro, pero las mujeres lo llevaban a empellones hasta el quiosco francés de la Plaza de Armas, con sus vientres y sus pechos. Y el coronel Julián Medina, seguido del doctor Mariano Azuela, se dejaba arrempujar. Y no teniendo más aislamiento que el quiosco, se encaramó en él. Había algunos guardias con sus rifles apuntando a la multitud.
Julián Medina, solo, en el centro del sitio, alzó las manos para que la gritería se acallara. Yo, ese día, no había hecho mandados; tenía miedo de la revolución, del incendio y de las violaciones a tanta jovencita que me enamoraba todos los días. Pero estaba justito frente al gobernador, a unos cuantos escalones de la plataforma del quiosco. Se hizo silencio con chis de boca callando unos a otros para escuchar lo que pudiera decir Don Julián Medina. Finalmente sólo el resoplido de los caballos se escuchaba al estornudar.
—¿Cuándo va a venir el general Pancho Villa a la ciudad para defendernos? —gritó una voz dura, sin quebrantar, de macho entrón.
—Vendrá en dos días, el 17 de enero, en su Pullman —respondió sereno Julián Medina.
—¿Y a qué horas exactamente? —le grité casi en son de burla sabiendo que la exactitud del tiempo no importaba mucho entre nosotros.
Y eso enojó al coronel gobernador Julián Medina.
Le arrebató el fusil a uno de sus guardias, apuntó hacia el reloj de Palacio de Gobierno y le hizo un hoyo, justo en el V de su numeración. Luego desenfundó su colt revólver y marcó otro orificio más pequeño en el III del reloj. Con gran entereza, luego gritó:
—A las cinco y cuarto de la tarde. Para que no lo olviden jamás, cabrones.
4
Pancho Villa no llegó y la batalla se inició, según me lo dijo un moribundo, desde las seis de la mañana, nomás despuntando el sol por el lado de Tonalá. Venía la gente de Diéguez desde los cerros del Gachupín pero el encuentro con las tropas de Julián Medina se dio en las faldas del Cerro del Cuatro. Era la mañana del 17 de enero y no terminó hasta que pardeó la tarde y todas las cosas y las gentes vivas y muertas se hicieron un bulto oscuro en las laderas del monte. Fueron los villistas quienes abandonaron sus posiciones (sabrá Dios quién dio la orden de retirada). Por mandato de Don Manuel M. Diéguez, el general Murguía se dirigió al centro de Guadalajara para tomar posesión de la ciudad, entre la oscuridad de la noche, las velas incandescentes de los vecinos, y el parpadear de la luz eléctrica que no quería alumbrar a los nuevos vencedores.
Yo me acerqué al lugar de la batalla en ese atardecer, como un Thénardier de Víctor Hugo en la batalla de Waterloo, para recoger despojos de los muertos.
Fue así como poseo esta gran chaqueta de militar revolucionario y puedo contar a propios y extraños que yo fui general de la Revolución.
No me lo creen del todo pero hoy vago por toda la ciudad, pacífica ahora de aquella revolución y de otros cristeros que la enardecieron, para contarles toda clase de aventuras que viví en la Revolución.

Enrique González Martínez (Guadalajara, 1871-Ciudad de México, 1952). Trabajó como médico rural en Sinaloa. Será recordado como el último poeta modernista de México. Su obra poética fue abundante y muchos lo recuerdan por algunos de sus poemas más recitativos: “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje”, “Busca en todas las cosas un alma y un sentido”. Estuvo nominado al Premio Nobel de Literatura en 1949.
Mariano Azuela (Lagos de Moreno, 1873-Ciudad de México, 1952). Es considerado el más importante novelista de la Revolución Mexicana por su obra Los de abajo, publicada en el diario El Paso del Norte en Texas a fines de 1915. En 1924, el crítico Francisco Monterde la descubre para la literatura mexicana y desde entonces es una de las novelas más leídas.
Francisco Rojas González (Guadalajara, 1903-1951). Escritor clasificado como indigenista por su conocida colección de cuentos El diosero que se publicó luego de su muerte, fue en realidad un escritor costumbrista. Su novela La negra Angustias, sobre una mujer revolucionaria, fue adaptada al cine y filmada por Matilde Landeta, la primera directora de cine profesional.
Francisco González León
POETA
Nació en Lagos de Moreno, el 10 de septiembre de 1862. Fue profesor de farmacia y dueño de una botica. En 1903, obtuvo la Flor Natural en los Juegos Florales pero decidió salir del pueblo, para evitar la ceremonia de premiación, por su excesiva modestia y nula ambición de reconocimiento. Contrariamente a su amigo Mariano Azuela, nunca dejó su lugar de origen para probar suerte en Ciudad de México. Ramón López Velarde, poeta zacatecano, le dio el sobrenombre de “El ermitaño de Lagos”. Es considerada su mejor obra Campanas de la tarde (1922). Falleció el 9 de marzo de 1945.
Pesarosa
Bajo la paz milagrosa
de este ocaso coral rosa,
¿dónde vas tan pesarosa
y tan pálida en tu pena,
que sugieres azucena
que besó la luna llena?
A mi olvido das ejemplo,
y extasiado te contemplo,
vas al templo… vas al templo.
Como en joyas celinesas
para frentes dogaresas,
en tus ojos, las tristezas
engastaron dos ancianos,
y en tus manos, en tus manos,
hay diez pétalos hermanos
que le forman relicario
de marfiles al himnario
que diadema tu rosario.
Bruno Vésper un corpúsculo…
Es final, como de opúsculo
melancólico, el crepúsculo,
y en la escena milagrosa
de la tarde, fuiste rosa;
una rosa pesarosa:
¡por tan triste… por tan triste, más hermosa!
Tomado de: Velasco, Sara, Escritores jaliscienses. Tomo I (1546-1899). Guadalajara: Universidad de Guadalajara, 1982, pp. 234-239.
Mariachi Vargas de Tecalitlán
Alejandra del Carmen Sahagún López
Corría el año de 1898 cuando el maestro Gaspar Vargas López agrupó en Tecalitlán una tradición de músicos que hoy en día identificamos como el Mariachi Vargas. En este periodo, la sociedad adinerada consideraba a los mariachis como un mero entretenimiento para campesinos, mas el éxito de esta agrupación fue tan grande que su fama opacó la falta de estímulos de la casta acomodada.
En 1931 el Mariachi Vargas presentó una evolución, en donde los músicos-campesinos se dedicaron en cuerpo y alma a las presentaciones y adquirieron un prestigio nacional que los hizo aparecer en el cine en repetidas ocasiones. Fue en este tiempo que se trasladaron a la Ciudad de México y con la integración del músico Rubén Fuentes, violinista de Ciudad Guzmán, el sonido y la imagen cambiaron pues se prepararon musicalmente.
En la mitad del siglo XX, y con base en su trayectoria, éxito y profesionalismo, los mariachis de otras agrupaciones tomaron como modelo al Vargas de Tecalitlán, de manera que la sonoridad se transformó y floreció la época de oro de la canción ranchera.
Sin duda alguna la actuación que ha tenido el mariachi en todo el siglo XX, ha ayudado en gran medida al emblema con el que hoy se le conoce: “El mejor mariachi del mundo”. Y es a esta agrupación a la que se le atribuye la introducción de las trompetas en el género y gran parte de la identidad que caracteriza al México actual.
sa última noche de julio, allá por 1926, cuando el Santuario se quedó en penumbras, se encendió tal angustia en los fieles que no se apaciguaron ni con las oraciones y alabanzas en voz alta ni con la promesa de salvaguardar su religión hasta el tormento.
Dos días después, a la gente no le llegaba ni la resignación ni el consuelo y seguía merodeando por el atrio sin un ápice de confianza en los gendarmes que se habían apostado en los alrededores por orden del presidente municipal Mariano González. El Santuario parecía congregar un rebaño revoltoso con el fervor depositado en distintas pasiones: unos para salvaguardar el recinto de su devoción y los tesoros que tenía dentro; otros, para hacerse los impávidos e incrédulos si no se acataba la orden presidencial de acallar el culto de cada templo, sin importar a qué virgen morena se venerara en sus altares.
Una mañana de esas mañanas no tardó tanto en llegar, estallaron los fervores. Las tropas militares que acompañaban al Capellán del Santuario de Guadalupe antes de desalojarlo por completo, fueron recibidas a tiros que provenían de las azoteas y de las personas que merodeaban el lugar y disimulaban sus armas entre sus ropas, coches y sombreros en plena vía pública haciendo un alboroto sin tregua. Quienes debían estar adentro del Santuario salieron, quienes no podían pasar entraron; las puertas cerradas se abrieron y las abiertas se emparejaron, las armas que no debían ser disparadas agotaron sus municiones, y los hombres y mujeres que nunca habían tirado un puñetazo, parecían fuera de sí dejando a quien se les pusiera en frente una guantada o un golpe bajo.
De tanta lluvia de balazos, el capellán entró corriendo encorvado y con las manos cubriéndole la cabeza hasta que se escondió debajo de las bancas frente al altar. Los soldados contestaron en defensa, pero después de un avivado campanazo y al grito de ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! marejadas de creyentes se dejaron llegar al atrio hasta que las calles que rodeaban el templo se desbordaron por completo de más gendarmes y beatas sollozantes.
Hasta la casa de Jovita sonaron las campanas.
—¡Válgame Dios! Ahora si nos truje —dijo Agripina y dio la última batida al atole que preparaba como refrigerio para la junta de esa noche.
Ella y Jovita dejaron los tamales a fuego lento y salieron envalentonadas a pesar del alboroto que se oía hasta aquella casa en la calle Alonso, cercana al Santuario. Mercedes las siguió más por devoción a esas mujeres que a la Guadalupana.
Bajo esa noche, en que hasta la luna llena parecía montar también la guardia, se encaminaron las tres mujeres: una con el corazón inquieto por el marido posiblemente perdido entre el remolino de gente; otra con la zozobra ante el inminente perjurio contra la imagen de la Morenita; y la última, como refuerzo por si las buenas intenciones del Espíritu Santo se trinchaban con las malas del otro espíritu más terrenal, el de los callistas.
No pudieron avanzar mucho: el olor a pólvora inundaba el aire y se hacía más denso con los pasos. Había una calma sospechosa, como esa que antecede a las atrocidades: las campanas se detuvieron, los soldados bajaron la guardia, la gente comenzaba a retirarse.
Se acercaron tanto como el gentío se los permitía al portón del atrio: Agripina y Jovita estiraban sus cuellos y se paraban de puntitas con la gracia de bailarina clásica que nunca tuvieron. La primera buscando a su marido que en veces la hacía de panadero pródigo y esa noche de valiente defensor del templo y la otra para asegurarse que al menos las pinturas sobre los muros no hubieran sido profanadas con raspones o manchones de pintura y la imagen de la guadalupana siguieran ahí aunque hubiera perdido su riquísima corona de oro.
La atrocidad silenciosamente anunciada resultó en el llamado a otros 250 gendarmes más. Al toque de nuevas campanadas la gente que ya se iba regresó acompañada de otra más y formaron una valla a la cual se unieron Mercedes y las otras con tal de no dejar que los soldados recién llegados irrumpieran en el Santuario. La valla se volvió desvarío y luego motín infortunado.
De estar apretujadas en la entrada al atrio, las mujeres terminaron junto al portón principal.
—¿Y yo qué tenía que andar haciendo aquí? Si yo nomás venía a que vieras que la corona siguiera en la pared, mírala —dijo Mercedes sin descruzar los brazos pero instando con sus ojos verdes a Jovita para que mirara la corona suspendida sobre el marco dorado de la imagen—. ¿Ahora cómo nos vamos?
Siguió ella diciendo que prefería el alboroto alegre de las fiestas parroquiales y no éste de zumbidos de pistolas y griterío.
Afuera, el pueblo profirió vivas a su ¡Cristo Rey! y los soldados contestaron con balazos. Los campaneros hacían su parte detonando su furia contra las campanas y estas a la vuelta y vuelta resonaban con estruendo.
Adentro, humo vetusto de las veladoras y los cirios formaba una espesa neblina en cuyo fondo se ocultaba un sagrario vacío. El olor rancio de las flores marchitas se disolvía con el de la pólvora; los crisantemos y las rosas sobrevivían entre las aguas turbias de los floreros apretujados bajo el altar. La eterna letanía de los rosarios se repetía a la sombra de la virgen morena que parecía rezar con sus hijas, las buenas mujeres que nunca faltaban a rezar en aquellos tiempos o en estos cuando se apiadaban de los solitarios corredores de las iglesias.
Los hombres se apostaron en las puertas de madera añeja como su peso y a los federales no les quedó más remedio que retirarse un poco. Ese puñado de fieles desbordándose del atrio, se transformó en una muchedumbre frenética por defender el Santuario.
Mercedes y sus amigas al notar cómo esa querella apalabrada se volvía contienda, se replegaron bajo los muros pidiendo a los evangelistas allí retratados, no les tocara un golpe o un balazo. Si ya todo pintaba para porrazos, la cosa empeoró cuando se dejaron venir los refuerzos del ejército en compañía de la policía municipal. Se volvió un apretuje sin sentido: todos golpeándose contra todos. ¡Viva Cristo Rey!, gritaban algunos. ¡Viva!, contestaban otros con la garganta casi para desgarrarse.
—A ver si fusilados gritan ¡fanáticos pendejos!— gritaban los soldados y disparaban sin más hasta que en medio de todos, el oficial al mando, un hombre regordete con acento norteño que había aceptado el uniforme a cambio de una brecha de siembras, caminó hasta el frente de su piquete de soldados y muy resuelto se dispuso a entrar al edificio resguardado por beatas y algunos hombres de la adoración nocturna que llevaban al cuello sus distintivos y en las manos un machete y un devocionario.
Al verlo acercarse a la puerta principal, los campaneros atizaron el tañir de sus aliadas pero un disparo, aparentemente mal atinado mas con toque de advertencia, enviado por el oficial los hizo callar. Mientras este hombre cruzaba el umbral, intempestiva una mujer brotó de entre el gentío y se le acercó silenciosa y a placer. Cuando lo tuvo cerca, un cuchillo emergió con disimulo de su cintura y se levantó filoso y altanero para hundirse en la espalda del hombre quien, de un grito sordo, impuso de nuevo el silencio mientras su sangre brotaba a raudales tiñendo de un color oscuro y húmedo su chaqueta verde de oficial y la falda blanca de la mujer que temblorosa pero decidida seguía parada junto al apuñalado.
Jovita que no estaba acostumbrada a ver tanta sangre en compañía de lastimeros quejidos, seguía enganchada a los hombros de Mercedes en el intento de salvaguardar su mirada de aquel horror. Ya no le importaba la corona dorada de la virgen. Mercedes, en cambio, no perdía el asombro ante esa luz antes quisquillosa en los ojos del oficial que ahora miraba a su alrededor con la súplica de un caído.
Los soldados pelaron los ojos cuando su oficial de carácter inasible caía de bruces. Y los pelaron todavía más cuando la sangre terminó por derramarle la vida. Al verse solos, no dieron providencia de socorrerlo y dejaron que su sangre tiñera algunas losetas del atrio y la banqueta.
Ya no se oían rezos lejanos. De pronto todo se volvió sigiloso, como si fuera un Viernes Santo en agosto y el luto que ya se venía llevando se hubiera acrecentado hasta alcanzar las íntimas gargantas de todos ellos. El gentío veía con admiración cómo la aguerrida mujer recogía la pistola del herido y la entregaba a los hombres de la adoración nocturna quienes llevaban puestos sus distintivos rojos:
—Tengan esto…para que se defiendan —les dijo. Luego un hombre la jaló del brazo y la llevó entre la multitud como si fueran a la sacristía.
Agripina de inmediato reconoció en esa voz a Aurelia, una de sus compañeras en la Escuela de las Damas Católicas y vio que Gabino, su marido, era quién la llevaba tras de sí.
—Encontré lo mío —dijo y dejando a sus ofuscadas compañeras fue tras Gabino y Aurelia.
Mercedes y Jovita, al verse solas, abandonaron su refugio tras el portón y se enfilaron entre el apretujón también a la sacristía.
Al encontrarse con Agripina, Gabino advirtió:
—Llévatela, a donde sea, menos a la casa. ¡Pero ya!
—Te espero en la casa de Jovita —alcanzó a susurrarle a su marido antes de jalar contra sí a Aurelia, que refregaba su mano contra la falda con toda la tranquilidad de quien se embarra algo cualquiera y que sin ser algo turbio desaparecerá entre sus pliegues.
Jovita, todavía atareada por la gresca, deslizó con cuidado su mano bajo el brazo de Aurelia. No quería mancharse las mangas con sangre blasfema. Mercedes caminó tras ella y las cuatro muy juntas se deslizaron por el lado izquierdo del altar hasta salir a espaldas al Santuario.
Mientras tanto, al ver el desorden, el General Izaguirre y el joven Lauro Rocha acordaron dar tregua a la revuelta liberando a mujeres y niños primero. Tan apremiado estaba el General que no atinó a resolver la causante de su oficial herido. Cuando quiso hacerlo, Aurelia ya estaba en camino a la casa de Jovita y aunque hubo decenas de testigos y todos se conocían a fuerza de reuniones clandestinas del boicot contra el gobierno y sus leyes anticlericales a lo largo de la ciudad, se fingió olvido y nadie se atrevió a delatarla.
Ya resuelto aquel gentío, algunos que tuvieron la infortuna de pasar junto a los soldados fueron apresados y conducidos al cuartel Colorado bajo los cargos de participación en actos subversivos contra el Gobierno Federal.
A pocos pasos del Santuario, Aurelia renegaba por tanta cautela innecesaria según ella y mejor se dejó acompañar por las vecinas que regresaban después del tumulto a sus casas.
—Escóndete aunque sea un poquito, ten mi mantilla —dijo Jovita extendiéndole un velo negro brocado de rosas, mismo que Aurelia tomó sin ganas y con descuido colocó sobre su trenza.
Esa noche, Agripina y Gabino presidieron la junta clandestina y celebraron el divino atrevimiento de Aurelia con el atole y los tamales preparados esa tarde. Mercedes no pudo conciliar el sueño a pesar de los tés de tila preparados por su tía Milagros, quien de pasada preparó unos para sí misma con la esperanza de dormir un poco luego del susto de escuchar a su sobrina contar todos esos disparates y haber salido viva.
Aurelia no necesitó de tés. Durmió y despertó como si la noche anterior, sus manos no se hubieran coloreado con sangre ajena. Su falda reposaba en vinagre blanco para devolverle su color y quitarle las manchas de rojo vivo con que se había impregnado. No se imaginaba entonces que esa no sería la única sangre que se vería correr.

Gerardo Murillo “Dr. Atl” (Guadalajara, 1875-Ciudad de México, 1964). De manera insólita, decidió en 1911 cambiarse de nombre por el “doctor agua”, cuando en una travesía a Europa una tormenta azotó el barco con tal furia que hasta el capitán se mareó. Un autorretrato suyo pintado al pastel recibió en una exposición en París en 1899 la medalla de plata. En medio de los suntuosos gastos del Centenario de la Independencia, consiguió que don Porfirio Díaz asignara una partida para realizar una colectiva en la Academia de San Carlos con los pintores nacionales; fue cuando pidió también “muros, en los edificios públicos, para pintar” anticipándose a la idea del muralismo de José Vasconcelos.
José Clemente Orozco (Zapotlán el Grande, 1883-Ciudad de México, 1949). A los 21 años sufrió un accidente en las manos con pólvora y terminaron por amputarle la izquierda. Cuando aún era desconocido, trabajó haciendo carteles de cine en Estados Unidos; años más tarde iría de nuevo al vecino país para pintar un gran mural en el Pomona College de Claremont en Califormia. Pintó 2,030 metros cuadros en Guadalajara, repartidos en el antiguo Hospicio Cabañas, la escalera del Palacio de Gobierno y el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara.
Roberto Montenegro (Guadalajara, 1887-Ciudad de México, 1968). Decoró el frontón del Teatro Degollado pero su trabajo fue suplantado en 1963 por el actual relieve. Ilustró los primeros libros de texto gratuitos de primaria a fines de los años cincuenta. Fue un artista polifacético: fue muralista pero también un pintor de caballete de vanguardia, realizó escenografía, trabajó con vitrales y cerámica, se desempeñó como funcionario de cultura, ilustró revistas y libros, y prefirió, a diferencia de sus contemporáneos, un arte más decorativo que narrativo. Su madre fue tía del poeta nayarita Amado Nervo.
Alfredo R. Placencia
SACERDOTE Y POETA
Nació el 15 de septiembre de 1875 en Jalostotitlán. A la edad de doce años ingresó al Seminario Conciliar de Guadalajara. Transitó por diversos curatos como ministro o vicario. Fue un hombre complejo que combinó su ministerio religioso con la inocencia mundana que le facilitó el alcohol, el amor a las mujeres y su irrenunciable poesía. Incomprendido por sus feligreses y por las autoridades diocesanas, fue desterrado a Estados Unidos y degradado en su rango eclesiástico (llegó a ser cura) por algunos años. A pesar de su pobreza material, fue generoso con el prójimo. En sus últimos años de vida, fue descubierto por los escritores de la revista literaria Bandera de Provincias (1929-1930). Agustín Yáñez, siendo gobernador de Jalisco, promovió la publicación de sus obras completas. Su libro de poesía más sobresaliente es El libro de Dios (1924). Murió el 20 de mayo de 1930 en Guadalajara.
Ciego Dios
Así te ves mejor, crucificado.
Bien quisieras herir, pero no puedes.
Quien acertó a ponerte en ese estado
no hizo cosa mejor. Que así te quedes.
Dices que quien tal hizo estaba ciego.
Alfredo R. Placencia
No lo digas; eso es un desatino.
¿Cómo es que dio con el camino luego,
si los ciegos no dan con el camino?...
Convén mejor en que ni ciego era,
ni fue la causa de tu afrenta suya.
¡Qué maldad, ni qué error, ni qué ceguera!
Tu amor lo quiso y la ceguera es tuya.
¡Cuánto tiempo hace ya, Ciego adorado,
que me llamas, y corro y nunca llego!...
Si es tan sólo el amor quien te ha cegado,
ciégueme a mí también, quiero estar ciego.
Lucha divina
¿Tú sostienes el orbe con un dedo…?
Eso, a decir verdad, no es maravilla.
Puedo yo más que Tú. Yo soy de arcilla
y, ya lo has visto en el altar: ¡Te puedo!
¿Piensas poder más Tú…? Te desafío.
Y si es así que tu potencia es mucha,
lucha conmigo, vénceme en la lucha
y a Ti no más te ame, Jesús mío.
Tomado de: Velasco, Sara, Escritores jaliscienses. Tomo I (1546-1899). Guadalajara: Universidad de Guadalajara, 1982, pp. 305-308.
La noche de bodas de María Félix en Chapala
Óscar Guillermo Solano García
Un edificio de ladrillos expuestos reclama la atención. Hay policías en las puertas, otros turistas como él toman fotografías, a lo lejos hay un hombre que vuelve la mirada para ver el edificio una vez más, antes de perderse entre el destello de árboles, luz y agua.
Las letras de la fachada le dicen que aquel edificio es el Palacio Municipal. ¿Eso es lo que mira la gente? Al centro, entre dos columnas, hay una placa que pretende dar una explicación: “Hotel Nido. Fundado a principios de siglo…” El turista levanta los ojos y valora la arquitectura, ¿esa construcción de estilo renacentista explica el ensueño que empieza a sentir? Regresa los ojos a la placa y continúa leyendo: “…en este lugar la actriz María Félix pasó su primera noche de boda” En su memoria, como si el viento trajera desde el lago la plática de dos ancianos que se empeñan en pescar, aparece una historia imprecisa: 8 de abril de 1914 en Álamos, Sonora, una niña nacida de yaqui y vasca; 1929, una adolescente llega a Guadalajara y desfila por sus calles coronada reina de la belleza estudiantil; 1931, la adolescente llega vestida de blanco a ese edificio de ladrillos expuestos –el turista alarga los dedos y los roza como tratando de anclar las memorias que vuelven mito-; 1940, Ciudad de México, en una calle llamada Francisco I. Madero una mujer mira los escaparates y alguien se le acerca para proponerle trabajar en el cine, la mujer le contesta “que si le da la gana, lo hará”.
Como una película que se sale del carrete, o se quema desde el centro hacia los bordes, aparece un personaje vuelto realidad: Doña Bárbara; unos ojos que se desperezan en un close up obsesivo: Enamorada; un rostro mimetizado con el de la Virgen: Tizoc. El turista prosigue su camino hacia el lago porque todavía tiene muchas cosas qué ver, porque estorba el paso en la acera. Más adelante, cuando vuelva la cabeza sobre su hombro para mirar la placa por última vez, aceptará que ante ese nombre no pudo sostener la mirada.
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