Kitabı oku: «Seducidos por el amor - Un retorno inesperado - Nunca digas adiós»
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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 517 - enero 2021
© 1999 Carole Mortimer
Seducidos por el amor
Título original: A Yuletide Seduction
© 2015 Jackie Braun Fridline
Un retorno inesperado
Título original: The Heir’s Unexpected Return
© 2001 Linda Susan Meier
Nunca digas adiós
Título original: Marrying Money
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2015
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-171-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Seducidos por el amor
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Un retorno inesperado
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Nunca digas adiós
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
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Prólogo
ORO.
Brillante y resplandeciente.
Pero ella ni quería ni necesitaba sentir su contacto; el metal parecía abrasarle la mano.
Se quitó la alianza. No le resultó difícil. Estaba mucho más delgada que el día que habían deslizado aquel anillo en su dedo. De hecho, era tan ancho para su dedo que había estado a punto de caérsele al suelo.
Oh, cuánto deseaba que se hubiera caído. Que se hubiera caído y se hubiera perdido, para no tener que verlo nunca más. Debería habérselo quitado semanas atrás, meses atrás, pero había estado ocupada con otras muchas cosas. Y la delgada hebra dorada que descansaba en su mano no le había parecido entonces importante.
Pero en ese momento sí lo era. Era el único recuerdo físico que tenía de lo que ella había sido…
Cerró la mano alrededor del metal con tanta fuerza que se clavó las uñas en la palma de la mano. Pero era inmune al dolor. Casi lo agradecía. Porque aquella sensación le decía que, por lo menos, todavía era real. Todo lo que había a su alrededor parecía haberse desmoronado hasta quedar reducido a la nada. Ella era la única realidad.
Ella y aquella alianza.
Abrió la mano lentamente mientras se defendía de los recuerdos que aquella visión evocaba.
Mentiras. ¡Todo mentiras! Y él ya estaba muerto, tan muerto como lo había estado siempre su matrimonio.
¡Oh, Dios, no! No lloraría. Jamás. No volvería a llorar nunca.
Pestañeó rápidamente para apartar las lágrimas. Tenía que recordar, continuar recordando antes de olvidar. Porque si alguna vez lo hacía…
Pero antes tenía que deshacerse de aquella alianza. No quería volver a verla cerca de ella. Ni que nadie volviera a verla en su dedo.
Cerró la mano nuevamente sobre ella y alzó el brazo para lanzar con todas sus fuerzas la alianza. La vio volar en el cielo, girar en el aire a cámara lenta y hundirse en el agua para ser arrastrada por la corriente del río que tenía ante ella.
Tardó algunos segundos en darse cuenta de que por fin se había ido. Irrevocablemente. Y con su pérdida recuperaba la libertad. Una libertad que había perdido durante mucho, mucho tiempo.
¿Pero libertad para hacer qué?
Capítulo 1
–LLÉVATE estas tazas a… –Jane se interrumpió bruscamente al ver que una de las delicadas tazas de porcelana terminaba hecha añicos en el suelo de la cocina. Las tres mujeres que estaban en la habitación bajaron la mirada hacia el suelo. La causante de aquel estrago estaba completamente horrorizada por lo que había hecho.
–Oh, Jane, lo siento –gimió Paula–. No sé lo que me ha pasado. La pagaré, por supuesto.
–No seas tonta, Paula –contestó Jane.
Hubo un tiempo, y no muy lejano, en el que un accidente como aquel le hubiera provocado a Jane un ataque de pánico. El dinero que habría que pagar por una pieza de porcelana como aquella reduciría los beneficios que obtendría por servir aquella cena. Y podía asumir el coste de una pérdida como aquella sin considerarla un desastre. Además, si la cena resultaba tan exitosa como Felicity Warner esperaba, Jane dudaba que le preocupara que una de sus tazas hubiera sufrido un accidente.
–Lleva las tazas –Jane sustituyó la taza rota por otra–. Rosemary llevará el café y yo me ocuparé de limpiar esto –apretó cariñosamente el brazo a Paula antes de que esta saliera junto a Rosemary para servir el café a los Warner y a sus seis invitados.
A Jane casi le entró la risa al verse con el recogedor y la escoba en la mano. Durante los últimos dos años, el tiempo que llevaba dedicándose a su servicio exclusivo de catering, había pasado de trabajar sola a poder contratar a personas como Paula y Rosemary que la ayudaban a servir. Sin embargo, pensó al verse de rodillas recogiendo los añicos de porcelana, había cosas que nunca cambiaban.
–Querida Jane, yo solo… ¿Jane? –Felicity Warner acababa de entrar en la cocina y se detuvo bruscamente al ver a Jane en el suelo–. ¿Qué ha pasado?
Jane se levantó con el recogedor en la mano.
–Le reembolsaré el precio de la taza, por supuesto y…
–Ni se te ocurra, querida. Después de esta noche, espero poder comprarme una vajilla nueva y desprenderme de estos vejestorios.
«Estos vejestorios» eran unas delicadas piezas de porcelana china que debían de costar una fortuna.
–¿Entonces la cena ha sido el éxito que esperaba? –preguntó Jane educadamente.
–¡Todo un éxito! –Jane rio feliz–. Querida Jane, después de la maravillosa cena que has servido esta noche, Richard se va a divorciar de mí para casarse contigo.
La profesional sonrisa de Jane no tembló siquiera, aunque la idea de volver a casarse, aunque fuera con un hombre tan encantador como Richard Warner, le repugnaba.
Aun así, se alegraba de que las cosas les estuvieran saliendo bien a los Warner. Habían acordado que se hiciera ella cargo de la cena en el último momento, un encargo que Jane había podido aceptar gracias a la cancelación de otro servicio de su apretada agenda. Por lo que Felicity le había contado, los negocios de su marido no habían marchado muy bien durante los últimos meses. Y, desde luego, aquella agradable pareja se merecía que cambiara su suerte.
Aunque era la primera vez que Jane cocinaba para Felicity, esta última había sido muy amable y cariñosa con ella. De hecho, habían estado charlando durante toda la tarde. Felicity le había hecho consciente de la importancia que aquella cena tenía para ellos. Había compartido con ella todos sus temores, hasta el punto de que Jane tenía la sensación de conocer ya íntimamente a toda la familia.
–Por supuesto, nadie ha dicho nada de forma explícita –continuó explicándole Felicity excitada–, pero Gabe le ha dicho a Richard que le gustaría que se reunieran mañana a primera hora en su despacho –sonrió con placer–. Y estoy segura de que esta comida maravillosa ha servido para convencerlo –la miró con expresión conspiradora–. Me ha dicho que normalmente nunca come postre, pero yo le he convencido de que probara tu maravilloso mousse de chocolate blanco… ¡Y no ha dicho una sola palabra mientras devoraba el postre a dos carrillos! Cuando ha terminado estaba tan relajado que, en cuanto Richard le ha pedido que se vieran mañana, se ha mostrado de acuerdo.
Así que en realidad había sido Richard el que había solicitado la reunión, pensó Jane. Pero en fin, todo el mundo tenía derecho a permitirse alguna licencia poética en circunstancias difíciles. Richard Warner era el propietario de una empresa de ordenadores a punto de la quiebra y, por lo que Felicity le había contado a Jane, ese Gabe era un tiburón de los negocios capaz de arramplar con cualquier otra empresa sin pensar en las consecuencias. Al parecer, el hecho de que hubiera aceptado su invitación a cenar ya era más de lo que jamás habrían esperado de él.
A través de la información que Felicity le había transmitido, Jane había llegado a considerar al tal Gabe como un perfecto canalla con el que no le gustaría tener que hacer nunca un negocio. Pero los Warner no parecían tener otra opción.
–Me alegro mucho por ti, Felicity –le dijo con calor–. ¿Pero no crees que deberías volver con tus invitados? –y de esa forma ella podría comenzar a limpiar la cocina.
–¡Dios mío, claro que sí! –Felicity rio ante su propio olvido–. Estaba tan emocionada que tenía que venir a contártelo. Hablaremos más tarde –le dio a Jane un agradecido abrazo y salió corriendo de la cocina.
Jane sacudió la cabeza con pesar y comenzó a lavar los platos del postre. En otras circunstancias, Felicity y ella habrían llegado a ser amigas. Pero, en su situación, sabía que probablemente no volvería a ver a Felicity hasta que esta requiriera nuevamente sus servicios, si alguna vez lo hacía.
No le costaba nada admitir que era una vida extraña la que había elegido. Su hablar refinado y su exquisita educación, a los que había incluido, gracias a Dios, un curso de cocina cordon bleu, la distanciaban de mucha gente. Y, aunque fuera la propietaria de su negocio, el hecho de ser empleada por personas de la categoría de Felicity significaba que tampoco podría pertenecer nunca a aquellos círculos sociales.
Una vida extraña, sí, pero la única que le había proporcionado alguna satisfacción, a pesar de que a veces la hiciera sentirse terriblemente sola.
–En realidad es un auténtico tesoro –oyó decir a Felicity en el pasillo–. No sé por qué no abre su propio restaurante. Estoy segura de que sería un éxito –su voz fue oyéndose cada vez más cerca y finalmente Felicity entró en la cocina–. Jane, uno de nuestros invitados está deseando conocerte –anunció feliz–. Creo que se ha enamorado perdidamente de tu forma de cocinar.
No hubo ninguna advertencia previa. Ningún signo. Ni campanas de alarma. Nada que la advirtiera a Jane de que su vida estaba a punto de volverse del revés por segunda vez en tres años.
Tomó un paño de cocina para secarse las manos y fijó una sonrisa en los labios antes de volverse. Sonrisa que se heló en su boca al ver al hombre que Felicity había llevado a la cocina.
¡No!
¡No podía ser él!
¡No podía ser!
Ella era una mujer independiente. Libre.
No podía ser él. No podría soportarlo después de lo mucho que le había costado conquistar su libertad.
–Este es Gabriel Vaughan, Jane –lo presentó Felicity inocentemente–. Gabe, aquí tienes a nuestra maravillosa cocinera de esta noche: Jane Smith.
¿Así que el Gabe del que Felicity había estado hablando durante toda la tarde era Gabriel Vaughan?
Por supuesto que sí. El mismísimo Gabriel Vaughan estaba cruzando en ese momento la cocina para acercarse a una completamente paralizada Jane. Estaba más viejo, por supuesto. Sin embargo, las duras facciones de su rostro continuaban pareciendo haber sido esculpidas sobre granito, a pesar de la sonrisa que en ese momento le estaba dedicando.
–Jane Smith –la saludó Gabe en un tono de voz que encajaba perfectamente con la rigidez de su rostro.
Debía de tener ya treinta y un años. Tenía el pelo ligeramente largo y los ojos de mirada intensa y un color azul casi idéntico al del mar de las Bahamas.
–¿O puedo llamarte Jane? –añadió con encanto. El acento americano parecía suavizar la dureza de su voz.
El traje negro y la camisa blanca que Gabriel Vaughan llevaba no conseguían ocultar en absoluto la perfección del cuerpo que cubrían. Era más alto que cualquiera de los hombres que Jane conocía, tanto que Jane tenía que inclinar la cabeza para poder ver su rostro. Un rostro que parecía haberse vuelto más sombrío con los años, a pesar de la encantadora sonrisa que Gabe le estaba dirigiendo en ese momento.
Oh, Paul, se lamentó Jane para sí. ¿Cómo podría haber pensado nunca que podía enfrentarse a aquel hombre y ganar?
–Sí, puede llamarme Jane –contestó en el tono suave y tranquilo que había aprendido a utilizar durante los últimos tres años. Aunque la sorprendía ser capaz de hacerlo en aquellas circunstancias.
Estaba hablando con Gabriel Vaughan, el hombre que había irrumpido en su vida como si fuera un tornado y que, estaba completamente segura, jamás se había parado a pensar en los destrozos que había dejado tras él.
–Me alegro de que haya disfrutado de la cena, señor Vaughan –añadió, deseando que saliera cuanto antes con su anfitriona de la cocina. A pesar de la calma que aparentaba, las piernas le temblaban y dudaba de que fueran capaces de sostenerla durante mucho tiempo.
–Tu marido es un hombre con suerte –añadió Gabe suavemente.
Jane resistió a duras penas el impulso de desviar la mirada hacia su mano izquierda para mostrarle que no había en ella ninguna alianza.
–No estoy casada, señor Vaughan –contestó.
Gabe la miró fijamente durante unos segundos que a Jane se le hicieron interminables. Era consciente de todo lo que Gabe podía ver: el pelo insulsamente castaño que se había recogido con una cinta de terciopelo negro. El rostro pálido y sin maquillar, dominado por sus enormes ojos oscuros y una figura bastante más delgada que la última vez que se habían visto, aunque la blusa de color crema y la falda negra que se ponía para trabajar no hicieran nada por realzarla.
–¿Puedo decir entonces –murmuró Gabriel con voz ronca– que es algo por lo que muchos deberíamos felicitarnos?
–Querido Gabe –bromeó Felicity–, voy a empezar a pensar que estás coqueteando con Jane.
Gabe le dirigió a su anfitriona una mirada burlona.
–Mi querida Felicity, ¡claro que lo estoy haciendo! –se volvió de nuevo hacia Jane con expresión desafiante.
¿Coqueteando? ¿Con ella? Imposible. Si solo supiera…
Pero no lo sabía. No la había reconocido. En caso contrario, no estaría mirándola con la admiración con la que lo estaba haciendo. ¿Tanto habría cambiado? Seguramente. Su rostro había madurado, sí. Pero el cambio principal había sido el de su pelo. Un cambio deliberado. Tiempo atrás, tenía una melena de rizos dorados como el maíz que le llegaba hasta la cintura. Un peinado completamente distinto a la melena corta y castaña que enmarcaba en aquel momento su rostro. Ella misma se había sorprendido de la transformación que se había operado en su aspecto con un simple cambio de pelo. Sus ojos, a los que siempre había considerado de un vulgar color castaño, habían adquirido una nueva profundidad y la pálida piel, que tan corriente parecía en una rubia, hasta parecía haber adquirido una nueva y más cremosa textura.
Sí, había cambiado deliberadamente, pero hasta ese momento no había sido consciente del éxito de su cambio de imagen.
–Señor Vaughan –dijo por fin, con voz lenta pero firme–, creo que está perdiendo el tiempo.
Gabe continuó sonriendo, aparentemente sin inmutarse, pero en sus ojos se adivinaba un nuevo interés.
–Mi querida Jane, puedes estar segura de que yo nunca pierdo el tiempo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Jane, que aun así consiguió continuar manteniendo su aparente calma.
–Gabe –intervino Felicity riendo–, no puedo dejar que molestes a Jane. Volvamos al salón a tomar una copa y dejemos a la pobre Jane en paz –le dirigió a Jane una sonrisa de disculpa–. Estoy segura de que ya tiene ganas de volver a su casa. Vamos, Gabe, o Richard pensará que nos hemos fugado juntos.
Gabe no se unió a las risas de su anfitriona.
–Richard no tiene que preocuparse por eso, Felicity. Eres una mujer hermosa –añadió, quitando crudeza a su anterior comentario–, pero nunca me he encaprichado por las mujeres de los demás.
Jane contuvo la respiración. Porque ella sabía la razón por la que Gabriel Vaughan jamás se había encaprichado de «las mujeres de los demás». Oh, sí, lo sabía perfectamente.
–Estoy segura de que Richard estará encantado de oírlo –contestó Jane con una tranquilidad que hasta a ella misma la admiraba–. Pero Felicity tiene razón: tengo muchas cosas que hacer y su café debe de estar enfriándose.
Y necesitaba que Gabe abandonara inmediatamente la cocina porque corría el serio peligro de derrumbarse ante sus ojos.
Ella creía haber conseguido olvidar el pasado, pero en ese momento estaba reviviendo nítidamente lo sucedido tres años atrás, cuando había aparecido una fotografía suya al lado de otra de aquel hombre en todos los periódicos del país.
En aquel momento, había deseado huir y esconderse para siempre, y lo había conseguido. Pero aunque ni siquiera fuera consciente de ello, y esperaba que nunca lo fuera, el hombre que durante tanto tiempo la había perseguido en sus pesadillas, había conseguido alcanzarla.
–Ha sido un placer haberte conocido, Jane Smith –murmuró Gabe al cabo de una eternidad y le tendió la mano.
Paula y Rosemary, tras abrir los ojos como platos al encontrar a la anfitriona y a uno de los invitados en la cocina hablando con Jane, se dispusieron a lavar los platos que Jane no había podido fregar por culpa de aquella interrupción. Felicity sonreía feliz, todavía emocionada por aquella cena que había considerado un éxito. Solo Jane parecía ser consciente de que estaba mirando aquella mano como si fuera una víbora a punto de morderla.
–Gracias –contestó fríamente. Pero sabía que no le quedaba más remedio que estrechar la mano que le tendía. Nadie entendería que no lo hiciera, a pesar de que ella sabía exactamente por qué no quería tocar a aquel hombre.
Sintió su mano fría y firme durante las décimas de segundo que se permitió estrechársela.
–Quizá nos veamos en otra ocasión –sugirió Gabe, cuando se separaron.
–Quizá –contestó ella.
¡Y quizá no lo hicieran! Habían pasado tres años sin verlo y, si por ella fuera, no volvería a encontrarse con él en su vida! Y, puesto que Gabriel Vaughan pasaba la mayor parte de su tiempo en América y solo se adentraba en aguas inglesas cuando veía alguna presa apetecible, no sería difícil conseguirlo.
–Voy a estar en Inglaterra durante tres meses –comentó, como si acabara de leerle el pensamiento–. He alquilado un apartamento. No puedo soportar la frialdad de los hoteles.
¡Tres meses!
–Espero que disfrute de su estancia en Inglaterra –replicó ella sin interés y se volvió. Ya no era capaz de seguir mirándolo. Y necesitaba sentarse, las piernas le temblaban terriblemente. ¿Por qué no se iría aquel hombre de una vez por todas?
Comenzó a colocar los platos limpios en su sitio y, para cuando volvió nuevamente la cabeza, Gabe ya se había ido.
–¡Cielos! Qué hombre tan atractivo, ¿verdad? –comentó Rosemary suspirando.
¿Atractivo? Sí, Jane suponía que lo era. Pero tenía más razones para temerlo que para encontrarlo atractivo. Aunque era obvio por la sonrisa de Paula que a ella también se lo había parecido.
–El aspecto es solo una cuestión superficial –replicó Jane–. Y tengo entendido que, a pesar de ese barniz de civilización, Gabriel Vaughan es una piraña.
Paula hizo una mueca ante su vehemencia.
–Parece que le has gustado –comentó con expresión especulativa.
–A los hombres como Gabriel Vaughan no les gustan las mujeres que trabajan para ellos –añadió bromeando, y se levantó–. Y ya es hora de que os vayáis vosotras dos a casa con vuestros maridos. Yo puedo arreglármelas sola con todo esto.
De hecho, casi se alegró de poder quedarse sola. De esa forma, prácticamente pudo convencerse de que todo había vuelto a la normalidad, de que el encuentro con Gabriel Vaughan no había tenido lugar…
Una hora después, cuando todo estaba limpio y ya se había marchado el último invitado, Felicity volvió a la cocina. Parecía tan feliz que Jane no tuvo corazón para transmitirle sus dudas acerca del supuesto éxito de la noche.
–Jamás podré agradecértelo lo suficiente, Jane –sonrió con cansancio–. No sé cómo me las habría arreglado sin ti.
–Seguro que estupendamente.
–Yo no estoy tan segura –hizo mueca–. Pero mañana será cuando pueda decirte de verdad si tu esfuerzo ha merecido o no la pena.
Jane deseaba con toda su alma que aquella pareja no sufriera una decepción. Aunque, teniendo en cuenta lo que sabía de Gabriel Vaughan, no le extrañaría nada.
–Creo que ya es hora de que vaya pensando en irme a la cama –comentó Felicity bostezando–. Richard traerá ahora a la cocina las copas que quedan, pero no se te ocurra lavarlas. Debes de estar mucho más cansada que yo –se dirigió hacia la puerta de la cocina–. Por favor, vete a casa, Jane. Y, por cierto –añadió antes de salir–, definitivamente esta ha sido tu noche. Gabe se ha mostrado muy interesado en ti.
Jane tuvo que hacer un serio esfuerzo para mantener la compostura.
–¿Ah sí?
–Desde luego. No me extrañaría nada que volvieras a encontrártelo.
–¿Y qué te hace pensar algo así? –preguntó, disimulando su tensión.
–Bueno, él… Ah, Richard –Felicity se apartó para dejar pasar a su marido–, estaba diciéndole a Jane que estoy segura de que Gabe y ella volverán a verse.
Richard miró a su esposa con una sonrisa.
–Deja de hacer de casamentera. Estoy seguro de que, si Jane y Gabe quieren volver a verse, son perfectamente capaces de quedar ellos.
–Pero nunca viene mal una ayuda en estos casos –replicó Felicity.
–¿Quieres hacer el favor de irte a la cama? –le pidió su marido–. Yo acompañaré a Jane hasta la puerta y después me reuniré contigo.
–De acuerdo –admitió Felicity con voz somnolienta–. Y muchas gracias por todo, Jane. Has estado maravillosa.
–Ha sido un placer –respondió ella–. Por cierto, no puedo evitar sentir curiosidad sobre por qué pensáis que el señor Vaughan y yo volveremos a vernos –insistió.
–Porque nos ha pedido tu tarjeta, cariño –contestó la otra mujer–. Ha dicho que era porque quería llamarte la próxima vez que tuviera una cena en casa, pero yo tengo la sensación de que tendrás noticias suyas mucho antes. No tardes mucho, cariño –le dirigió una sonrisa radiante a su marido y fue después hacia el dormitorio.
–Siento todas estas tonterías –se disculpó Richard–. Felicity ha estado muy preocupada durante estas últimas semanas, y no le conviene nada, teniendo en cuenta que está en los primeros meses de embarazo. Pero hazme caso: Gabe Vaughan es el último hombre con el que te convendría tener ningún tipo de relación. Es capaz de devorarte y engullir tus restos antes de que hayas tenido oportunidad siquiera de decir «no».
Jane, que se había quedado completamente helada desde que Felicity había anunciado que le había pasado su tarjeta a Gabriel Vaughan, comenzó a ponerse precipitadamente la chaqueta.
–No sabía que Felicity estaba embarazada –dijo lentamente. No dudaba de que aquella feliz pareja estaría encantada con la idea de tener un tercer hijo, pero, al mismo tiempo, era consciente de que el bebé llegaba en un momento difícil para ellos.
–Todavía está en las primeras semanas de embarazo. Bueno, Jane. Muchas gracias por lo que has hecho por nosotros esta noche. Aunque, al contrario que Felicity, yo creo que hace falta algo más que una cena excelente para convencer a Gabriel Vaughan de que merece la pena salvar mi empresa.
Y Jane estaba completamente de acuerdo con él. Desde luego, no envidiaba en absoluto la suerte de Richard, que al cabo de unas horas tendría que volver a vérselas con aquel tiburón de las finanzas.
–Espero que todo salga bien. Ahora, tengo que irme. Y creo que deberías subir cuanto antes a dar un abrazo a tu encantadora esposa. Tienes mucha suerte al poder contar con el apoyo de una mujer como Felicity y una familia adorable –añadió.
–Desde luego, Jane, desde luego.
Por mal que fueran las cosas al día siguiente, pensó Jane mientras se marchaba, aquel hombre continuaría teniendo a su esposa, dos hijas maravillosas y un bebé que se hallaba todavía en camino. Y eso era ya mucho más de lo que otras personas tenían.
Y a veces, recordó Jane con desolación, todas esas cosas por las que realmente merecía la pena luchar, podían desaparecer repentinamente de tu vida. Y un buen ejemplo de ello había sido el encuentro de aquella noche con Gabriel Vaughan. Había trabajado tan duramente para levantar su negocio, para construir algo por sí misma, que no podía permitir que volvieran a arrebatárselo.
Aquella no había sido una buena noche para Jane. Se había encontrado con el último hombre al que hubiera querido volver a ver en toda su vida. Y Felicity, pobre romántica, le había entregado su tarjeta.
Las cosas no podían haber ido peor, se dijo.
Sin embargo, no tardaría en darse cuenta de que sus desgracias no habían hecho nada más que empezar.
Capítulo 2
JANE estuvo a punto de atragantarse con el primer café de la mañana siguiente. La mano le temblaba de tal manera que terminó derramando parte del café sobre el periódico. El negro líquido se extendió sobre el semblante sonriente del causante de su zozobra: el mismísimo Gabriel Vaughan.
Desde la noche anterior, nada parecía salirle bien. A la una de la madrugada, había descubierto que la furgoneta no arrancaba. Había mirado hacia la vivienda de los Warner, pero ya no había luz en ninguna de las ventanas. Y, en aquellas circunstancias, Jane no había querido molestar a la pareja. Además, había decidido, era bastante probable que en ese momento estuvieran haciendo el amor y, desde luego, no tenía intención de interrumpirlos.
Pero era demasiado tarde para encontrar un taller abierto y en aquel lujoso barrio residencial encontrar una cabina para llamar a un taxi tampoco había sido tarea fácil. Para colmo de males, acababa de salir de la cabina cuando comenzó a llover de forma torrencial.
Cansada, empapada y extremadamente disgustada, Jane había llegado a su apartamento cerca de las dos y media de la madrugada. De manera que encontrarse seis horas y media después con el rostro sonriente de Gabriel Vaughan era lo último que necesitaba.
Aquel era uno de los pocos momentos del día en el que disfrutaba de unas horas de relajación. Lo primero que solía hacer nada más levantarse era salir a correr y comprar el periódico y cruasanes recién hechos de una de las mejores pastelerías del barrio.
Pero aquella mañana acababan de amargarle el placer del desayuno. Y todo por culpa de aquella fotografía en la que aparecía Gabriel Vaughan saliendo de una fiesta organizada por un conocido político del brazo de una rubia despampanante.
Jane se levantó con impaciencia. La relajación matutina había desaparecido por completo. ¡Maldito fuera aquel tipo! Le había arruinado la vida en una ocasión y no permitiría que lo hiciera por segunda vez después de lo duramente que había trabajado para labrarse una carrera como Jane Smith.
Jane Smith.
Tomó aire, intentando controlar el pánico y el enfado y retomar la calma que tan necesaria había llegado a ser para ella durante los últimos años de su vida.
Tenía trabajo que hacer, otra cena que preparar para la noche y la primera tarea del día era llamar al taller con el que se había puesto en contacto a primera hora de la mañana y comprobar si habían podido arreglar ya la furgoneta. En caso contrario, tendría que conseguir un transporte alternativo para los próximos días.
Sí, tenía un negocio que dirigir y pensaba hacerlo.
A pesar de Gabriel Vaughan.
* * *
–¡Demonios, odio esos aparatos! ¡Si estás ahí, Jane Smith, contesta el maldito teléfono!
Jane alargó la mano y apagó con dedos temblorosos el contestador, como si temiera que la máquina pudiera hacerle algún daño. Cosa que, por supuesto, no era cierta. Pero la voz de aquel impaciente mensaje era fácilmente reconocible: era la voz de Gabriel Vaughan.
Jane había llamado al taller antes de meterse en la ducha. Le habían comunicado que podría ir a buscar su furgoneta al cabo de media hora, en cuanto le hubieran cambiado la batería. Después, se había dado una ducha rápida y se había marchado, no sin antes conectar el contestador, como hacía cada vez que salía de casa.
Al llegar, la luz parpadeante del contestador anunciaba que tenía cinco mensajes. Los primeros habían sido completamente inocuos, llamadas para solicitar sus servicios, que contestaría antes de salir a comprar lo necesario para la cena. Pero la tercera llamada… Gabriel ni siquiera había tenido que decir quién era. Jane habría reconocido aquella forma de hablar en cualquier parte.
No habían pasado doce horas siquiera desde que había salido de casa de los Warner y aquel maldito ya había intentado ponerse en contacto con ella.
¿Qué querría?
Fuera lo que fuera, no le interesaba. A nivel profesional, no le hacía ninguna falta. Y a nivel personal, aquel era el último hombre con el que querría tener algo que ver. No quería tener el menor contacto con Gabriel Vaughan.
De modo que decidió ignorar su llamada. Actuar como si no la hubiera oído. Al fin y al cabo, Gabe no había dejado su nombre en el contestador.
Tras tomar aquella decisión, volvió a conectar el contestador para oír los dos mensajes que faltaban.
–¡Jane! Oh, Jane… –se hizo una breve interrupción en el cuarto mensaje, antes de que la mujer que estaba hablando continuara–. Soy Felicity Warner. Llámame en cuanto llegues. Por favor… –¡Felicity parecía estar llorando!
Y Jane no necesitaba esforzarse demasiado para imaginarse a qué se debía aquel dramático cambio de humor. Sin duda, Richard se había reunido ya con Gabriel Vaughan.
Quizá debiera haberle hecho alguna advertencia a Felicity la noche anterior, al darse cuenta de quién era el hombre con el que Richard estaba negociando. Pero en ese caso, Felicity habría querido enterarse de por qué sabía tanto sobre él. Y a Jane le había costado casi tres años llegar a olvidar el cómo y el porqué había conocido a Gabriel Vaughan.
Pero Felicity parecía muy afectada, realmente desesperada. Algo nada recomendable en su estado.
–¿Es que no apagas nunca esa maldita máquina, Jane Smith? –el quinto mensaje comenzó a sonar. En aquella ocasión, la voz de Gabriel Vaughan tenía un tinte burlón–. Bueno, yo me niego a hablar con una máquina, así que intentaré llamarte más tarde.
Colgó bruscamente el auricular, sin decir el motivo de su llamada.
Dos llamadas en una hora, pensó Jane alarmada, ¿qué podía querer aquel hombre?
Si los llantos de Felicity tenían que ver con él, eso quería decir que también había hablado con Richard en la última hora.
Aquel hombre era una máquina. Un autómata. Disponía de los bienes de personas que estaban al borde de la ruina sin pensar en las consecuencias. Y, teniendo en cuenta que Felicity estaba embarazada, en aquel caso las consecuencias podían ser terribles.
Jane volvió a apagar el contestador. No quería verse envuelta en aquel asunto desde ningún punto de vista. Pero si contestaba la llamada de Felicity, lo estaría. Si realmente no lo estaba ya.
En realidad, ella no tenía mucha información sobre los Warner. Durante los años que llevaba trabajando, Jane había puesto especial cuidado en guardar una prudente distancia con sus clientes. Era una persona a la que ellos contrataban y jamás había cometido el error de creerse otra cosa. Pero, de alguna manera, el día anterior había sido diferente. Evidentemente, Felicity estaba muy preocupada, necesitaba desesperadamente hablar con alguien. Y había elegido a Jane como confidente, probablemente porque era consciente de que su propio trabajo la obligaba a ser extremadamente discreta sobre sus clientes.
A Jane nunca le habían gustado los cotilleos, pero, además, había una muy buena razón para que nadie pudiera enterarse de nada de lo que Felicity le había contado: simplemente, no tenía a nadie a quien pudiera decírselo.
Jane tenía una vida muy ocupada y conocía cientos de personas en su trabajo. Pero a los amigos, a los verdaderos amigos, había tenido que renunciar.
Su vida había cambiado de forma dramática tres años atrás, pero la determinación y el trabajo duro le habían permitido tomar las riendas de su propia vida y de su negocio. Y había triunfado.
Una parte importante de su triunfo había consistido en haber sido capaz de alquilar aquel bonito apartamento con suelo de parqué, muebles antiguos y mullidas alfombras. No tenía televisión; porque no tenía tiempo para verla y porque no le gustaba. Cuando tenía algún rato de ocio, prefería pasarlo escuchando música o leyendo. Hacía tiempo que su idea de diversión había dejado de estar asociada a la vida social. Su mayor diversión consistía en quedarse en casa escuchando una de sus cintas favoritas de música clásica y leyendo cualquiera de sus muchos libros.
Pero, de alguna manera, los tres últimos mensajes del contestador parecían haber invadido la paz y la tranquilidad de su hogar.
Por mucho que simpatizara con Felicity y la compadeciera, no podía devolverle aquella llamada.
Sencillamente, no podía.
Cuando aquella noche llegó a su casa, cerca de la una de la madrugada, estaba agotada. En realidad la cena había sido un éxito y el principal motivo de su cansancio eran los cambios que se habían producido en su vida desde la noche anterior.
Aunque quizá se estuviera comportando de forma paranoica. Gabriel Vaughan no parecía dispuesto a tomarse muchas molestias por ninguna mujer, y menos por una que se dedicaba a cocinar para los demás. Sin embargo, en su último mensaje había dicho que volvería a llamarla…
Jane suspiró. Estaba cansada. Era tarde. Y quería irse a la cama. ¿Pero sería capaz de dormir sabiendo que tenía seis mensajes en el contestador?
Probablemente no, admitió con enfado. Aquello no le gustaba. No le gustaba en absoluto. Estaba profundamente resentida con la intrusión de Gabriel Vaughan en su vida, pero también con su propia reacción. No podía vivir con miedo eternamente. Aquella era su casa, maldita fuera, su espacio, y Gabriel Vaughan no tenía cabida en ella. No iba a permitir que lo invadiera.
De manera que, con gesto decidido, alargó la mano y encendió el contestador.
–Hola, Jane. Soy Richard Warner. Felicity me ha pedido que te llame. He tenido que llevarla al hospital. Los médicos dicen que puede perder su bebé. Yo… Ella… Gracias por la ayuda que nos prestaste anoche –el mensaje se interrumpía bruscamente. Era evidente que Richard no sabía qué decir.
Porque no había nada más que decir, comprendió Jane. ¿Pero qué le había dicho Gabriel a Richard, qué le habría hecho para dar lugar a tal…? ¡No! No podía dejarse involucrar en aquel asunto. No podía arriesgarse.
Pero Felicity la había llamado ese mismo día diciendo que la necesitaba. Y, por la llamada de Richard, era obvio que no había exagerado. ¿Cómo iba a ignorar Jane una llamada de ayuda? O quizá fuera ya demasiado tarde…
Sin embargo, aunque contestara a la llamada de Richard, nada cambiaría. ¿Qué podía hacer ella? Era la última persona a la que Gabriel Vaughan querría escuchar, en el caso de que ella decidiera revocar su decisión de no volver a hablar nunca con él.
¿Pero qué podría ocurrirle a Felicity?
Era casi la una y media de la mañana. Demasiado tarde para llamar a Richard al hospital. Así que se acostaría, disfrutaría de una buena noche de sueño y llamaría a Richard al día siguiente. Quizá Felicity hubiera mejorado para entonces.
O quizá no.
Escuchó distraídamente el resto de los mensajes. Eran todas llamadas relacionadas con su trabajo. Gabriel Vaughan no había vuelto a llamarla.
–Lo que los médicos dicen es que se ha estabilizado –le explicó Richard cuando a la mañana siguiente lo llamó para saber cómo estaba su esposa–. Pero no sé lo que eso significa.
–¿Qué es lo que ha ocurrido exactamente, Richard? –le preguntó Jane bruscamente.
–¿A ti que te parece? Lo que ha sucedido es Gabriel Vaughan –respondió Richard con amargura–. Pero preferiría no tener que habar sobre ello, Jane –añadió Richard agitado–. En este momento mi empresa está destrozada y mi mujer en el hospital… Me basta mencionar a Gabriel Vaughan para que me suba la tensión. Le diré a Felicity que has llamado. Y una vez más, Jane, gracias por tu ayuda –colgó el teléfono.
Jane suspiró y colgó su propio auricular. Gabriel Vaughan, claro. No podía haber sido otra cosa. Aquel tipo no tenía ninguna clase de…
Estuvo a punto de caerse de la silla cuando el teléfono volvió a sonar. Eran solo las ocho y media de la mañana. Había llamado a Richard a esa hora para poder hablar con él antes de que abandonara el hospital. ¿Pero quién diablos podría llamarla a ella tan temprano?
–¿Diga? –contestó un tanto asustada.
–¿Te he sacado de la cama, Jane Smith? –le preguntó Gabriel Vaughan en tono burlón.
Jane se aferró con fuerza al auricular.
–No, señor Vaughan –contestó con calma–, no me ha sacado de la cama.
–¿Y tampoco interrumpo nada? –continuó burlándose.
–Solo mi primer café de la mañana –respondió secamente.
–¿Cómo lo tomas?
–¿El café?
–Claro, el café –confirmó, riendo.
–Solo y sin azúcar –respondió. Inmediatamente deseó no haberlo hecho. ¡Solo se le ocurría una razón por la que aquel hombre pudiera estar interesado en saber lo que desayunaba!
–Procuraré recordarlo –contestó él con voz ronca.
–Estoy segura de que no me ha llamado para saber cómo tomo el café –respondió Jane bruscamente.
–En eso te equivocas, Jane Smith. Ya ves, quiero saberlo todo sobre ti. Todo, incluso cómo te gusta el café.
Jane exhaló un trémulo suspiro. La mano le dolía de la fuerza con la que sujetaba el auricular.
–Soy una mujer extremadamente aburrida, señor Vaughan, no hay muchas cosas que saber sobre mí.
–Gabe –sugirió él–, llámame Gabe. Y dudo mucho que seas una mujer aburrida, Jane.
Pero a Jane le importaban muy poco sus dudas. Su vida consistía en trabajar, descansar, leer, escuchar música y dormir. Una vida perfectamente estructurada. Era una vida rutinaria, segura, sin complicaciones. Y aquel hombre amenazaba con complicarla de una forma que ella no deseaba en absoluto.
–¿Es usted consciente de que Felicity Warner está ingresada en un hospital y corre el peligro de perder a su hijo –lo atacó.
Se hizo un breve silencio al otro lado de la línea. Un silencio muy corto. No duró más de un par de segundos, pero Jane lo advirtió. Y la sorprendió. Tres años atrás hubiera sido imposible que Gabriel Vaughan permitiera que algo así lo afectara.
–No sabía que Felicity estaba embarazada –dijo con rudeza.
–¿Y hubiera supuesto alguna diferencia que lo supiera? –conocía de antemano la respuesta.
–¿Alguna diferencia para qué? –preguntó él con voz sedosa.
–No se ande con rodeos, señor Vaughan. Está negociando con Richard Warner y al parecer todo este asunto está afectando a la salud de su esposa. Y a la de su bebé… ¿No cree usted que…?
–No estoy seguro de que te gustara oír lo que yo creo, Jane Smith –la interrumpió Gabriel Vaughan bruscamente.
–Tiene razón. No me gustaría en absoluto. Pero creo que ya es hora de que alguien le diga algo sobre su falta de consideración por las vidas de las personas con las que negocia. Su manera de tratar con los demás deja mucho que desear, señor Vaughan y… –se interrumpió bruscamente. Sentía un silencio de hielo al otro lado de la línea. Y al mismo tiempo era consciente de que había hablado demasiado.
–¿Y qué sabes tú sobre mi forma de tratar con los demás, Jane Smith?
Evidentemente, había hablado demasiado.
–Es usted un hombre conocido, señor Vaughan –replicó, intentando mitigar las posibles consecuencias de su error.
–No en Inglaterra –respondió con frío enfado.
–Qué raro, porque estoy segura de que ayer mismo vi su fotografía en un periódico –respondió intencionadamente. Tenía que salvar aquella conversación lo mejor que pudiera.
Lo último que quería era incrementar el interés de aquel hombre en ella. Lo que verdaderamente le habría gustado era hacerle olvidar que había conocido alguna vez a una mujer llamada Jane Smith, cosa que era imposible. De modo que tendría que conformarse con hacerle perder el interés en ella. Y no iba a conseguirlo como continuara desafiándolo.
–Por lo visto, asistió a una fiesta organizada por un importante político –añadió.
–Soy una persona con vida social, Jane –contestó él secamente–. Y esa es la verdadera razón de esta llamada.
¿Iba a pedirle quizá que le organizara una cena? Porque Jane no tenía la menor intención de trabajar para él.
–En esta época del año tengo una agenda de trabajo muy apretada, señor Vaughan –le contestó inmediatamente. Faltaban solo dos semanas para Navidad–. Pero puedo recomendarle otras empresas de catering que estoy segura le complacerán.
Se oyó una risa al otro lado del teléfono.
–No me has entendido bien, Jane. Lo que quiero pedirte es que cenes conmigo, no pretendía contratar tus servicios como cocinera, por mucho que me hayan impresionado tus cualidades culinarias.
Entonces fue Jane la que se quedó callada. Y no porque se hubiera enfadado, como le había pasado minutos antes a su interlocutor. No, estaba perpleja: ¡Gabriel Vaughan estaba pidiéndole una cita!
–No –contestó bruscamente.
–¿No? ¿Ni siquiera quieres un poco de tiempo para pensártelo?
–No –repitió cortante.
–Entonces no me queda más remedio que pensar que tenía razón al asumir que había otra persona en tu vida.
Jane frunció el ceño. ¿En qué momento de aquella conversación habría llegado a pensar Gabriel Vaughan que había otro hombre en su vida?
–No sé de qué me está hablando.
–Se me ocurre, Jane, que tienes un interés insano, por lo menos para Felicity, en los asuntos de Richard. ¡Y no estoy hablando en este momento de negocios! –añadió con dureza.
–Es usted repugnante, señor Vaughan. Yo tampoco he tenido nunca ningún interés por los maridos de los demás –contestó, e inmediatamente colgó.
Gabriel Vaughan acababa de insinuar que tenía una aventura con Richard Warner.
¿Cómo se atrevía?
Capítulo 3
–VOLVEMOS a encontrarnos, querida Jane Smith.
Jane se quedó paralizada. Estaba a punto de meter una bandeja de merengues recién sacados del horno en la nevera y cerró los ojos, esperando que aquella fuera una pesadilla de la que pudiera despertar en cualquier momento.
Cerrar los ojos no sirvió de nada porque podía oler la fragancia de su loción y sabía que en cuanto se volviera iba a descubrir a Gabriel Vaughan. ¿Y podría ser solo casualidad que aquella fuera la segunda cena en la que coincidían en el curso de una semana?
Abrió los ojos e irguió los hombros antes de volverse para enfrentarse a él. El corazón le dio un vuelco al ver a aquel hombre virilmente atractivo dominando la cocina en la que tan armoniosamente había estado trabajando durante las últimas cuatro horas.
Gabriel iba vestido con un traje negro y una camisa blanca. Exudaba masculinidad y seguridad en sí mismo mientras clavaba sus desafiantes ojos azules sobre ella.
Jane lo saludó con una fría inclinación de cabeza.
–Sí, ya me dijo que era una persona con vida social.
–Y tú me dijiste que ibas a tener mucho trabajo durante estas semanas –se encogió de hombros–. Así que Mahoma ha decidido venir a la montaña.
Jane entrecerró los ojos con recelo. ¿Podría aquel hombre…? No, descartó inmediatamente aquella idea. No podía creer que hubiera recurrido al extremo de hacerse invitar a una cena simplemente porque sabía que iba a prepararla ella. ¿O sí? Al fin y al cabo, la anfitriona la había llamado esa misma mañana para pedirle que añadiera dos comensales más a la cena. ¿Sería uno de ellos Gabriel Vaughan?
–Ya veo –musitó–. Espero que esté disfrutando de la cena, señor Vaughan –añadió.
–Desde luego –contestó, mirándola con admiración–. Tienes mucho genio, ¿verdad, Jane Smith? –había un deje de admiración en su voz burlona, como, si lejos de enfadarlo, le hubiera gustado que le colgara el teléfono dos días atrás.
–Hizo usted una acusación muy desagradable –replicó ella.
–A Richard tampoco le gustó –contestó él, divertido.
–¿Le repitió esa ridícula acusación a Richard? –preguntó Jane con incredulidad.
–Mmm –reconoció Gabe con pesar y una mirada ligeramente burlona–. Y dime, Jane, si no estás saliendo con nadie, ¿qué te gusta hacer en tu tiempo libre? ¿Practicas algún otro tipo de ejercicio?
Jane sacudió la cabeza, totalmente sorprendida por aquella ofensiva conversación.
–Corro, señor Vaughan, me gusta correr –contestó furiosa–. Realmente, me cuesta creer que sea tan insensible como para haber repetido delante de Richard una acusación de ese calibre en un momento como este…
–Felicity está ya fuera del hospital –Gabe no parecía ya tan relajado como al principio. De hecho, hasta podría decirse que se había puesto a la defensiva. Volvió a sus ojos un brillo desafiante.
–¿Y durante cuánto tiempo cree que podrá seguir estando fuera? ¿Cuándo pretende hacer el próximo asalto a la compañía de Richard? –preguntó disgustada.
–Yo no asalto compañías, Jane, las compro.
–Pero atacando directamente la yugular de sus pobres propietarios –lo acusó acaloradamente–. Primero busca a los débiles y después va a por ellos.
Gabe parecía no haberse dejado inmutar por su acusación. Pero había entrecerrado ligeramente los ojos y la dureza de su boca parecía haber aumentado. Quizá no fuera tan despiadado como ella pensaba…
No, se contestó a sí misma inmediatamente. Tres años atrás había sido absolutamente cruel, no había mostrado ni una sola gota de compasión. Había sido su conducta la que había convertido la vida de Jane en un infierno. Ese era el motivo por el que la situación de Felicity y Richard la afectaba tanto.
–Cuando una empresa está en crisis, ella misma lo anuncia –se burló–, pero yo solo compro aquellas que me interesan. Jane, no me gustaría alarmarte, pero me parece que está saliendo humo de…
¡La segunda bandeja de merengues!
Estaban completamente quemados, descubrió en cuanto abrió la puerta del horno. La cocina estaba llena de humo.
–¡No seas tonta! –la regañó Gabe duramente, apartándola a un lado cuando vio que Jane iba a sacar la bandeja del horno–. Abre la puerta de la cocina. Yo sacaré la bandeja al patio –le quitó el guante de cocina–. ¡La puerta, Jane! –repitió al ver que ella no se movía.
Maldito fuera, pensó Jane cuando por fin fue a abrir la puerta. No podía recordar siquiera la última vez que se le había quemado una cena. Y menos cuando estaba trabajando.
–Apártate, Jane –le pidió Gabe antes de salir con la bandeja de pasteles carbonizados al jardín.
Jane observó en silencio cómo caían los merengues ardiendo sobre la nieve. Sí, la nieve. En algún momento, en medio de lo que prometía convertirse en una noche terrible, la segunda en una semana, había comenzado a nevar.
–¿Y dónde corres?
Jane se volvió y comprobó desolada que Gabriel Vaughan estaba a solo unos centímetros de ella.
–En un parque que está cerca de mi casa –frunció el ceño y lo miró con recelo, asaltada de pronto por las dudas.
–Era simple curiosidad –comentó él.
Jane sacudió la cabeza, sin dejarse afectar de forma visible por su cercanía. Pero tenía los nervios destrozados. Aun así, era consciente de que, si se apartaba, Gabriel se daría cuenta de cuánto la turbaba estar cerca de él. Y en lo que a ella concernía, aquel hombre ya tenía suficientes ventajas respecto a ella… aunque ni él mismo lo supiera.
¡Y podía guardarse su maldita curiosidad para otra! En cualquier caso, tampoco había por qué preocuparse. Gabriel no sabía dónde vivía, y, consecuentemente, tampoco podía saber dónde estaba el parque en el que ella corría.
–Por el aspecto de esta nieve… –alzó la mirada hacia el cielo–, me temo que mañana no voy a poder correr en ninguna parte –el ejercicio matutino la ayudaba a despejar su mente y a tonificar los músculos para el resto del día. Encontrarse a Gabriel Vaughan allí, anularía completamente los beneficios del ejercicio.
–Así que solo te gusta correr cuando hace buen tiempo, ¿eh?
–Yo no… –comenzó a contestar Jane indignada.
–Ah, Gabriel, así que aquí es donde te has escondido –se oyó una seductora voz femenina–. ¿Qué es ese olor tan espantoso? –Celia Barnaby, la anfitriona de la noche, una rubia alta y elegante, arrugó la nariz al percibir el olor de los merengues quemados.
Gabe miró a Jane y le guiñó el ojo con expresión de complicidad antes de cruzar la cocina a grandes zancadas para reunirse con su anfitriona.
–Me temo que es el postre –contestó con una carcajada. Agarró a Celia del brazo con intención de sacarla de la cocina–. Creo que deberíamos dejar a Jane sola para que pueda ponerle remedio a ese postre.
–Pero…
–¿No estabas antes a punto de hablarme de esa semana que vas a pasar esquiando? –preguntó Gabe, ante la obvia reluctancia de Celia a abandonar la zona del desastre–. Pensabas ir a Aspen, ¿no es cierto? –miró a Jane por encima del hombro de la otra mujer con una sonrisa de complicidad.
–Maldito sea –musitó Jane para sí mientras intentaba reparar el desaguisado. No tenía tiempo que perder. Sus dos ayudantes acababan de volver con los platos vacíos de la ensalada y había que servir ya el plato principal.
Para cuando Jane terminó de colocar el merengue y la fruta, ligeramente cubiertos de salsa de frambuesas, nadie habría sido capaz de imaginar que en realidad debería haber servido dos merengues en cada uno de los platos.
Excepto Gabriel Vaughan, por supuesto. Pero él era el culpable de aquella omisión. Si no hubiera estado tan ocupada eludiendo sus preguntas, nada de eso habría ocurrido. Jane era suficientemente profesional y eficiente para que en circunstancias normales le ocurriera algo así. Pero aquellas estaban lejos de ser circunstancias normales.
De hecho, estuvo al borde de un ataque de nervios durante toda la noche, temiendo que Gabriel Vaughan irrumpiera de nuevo en la cocina.
Era extremadamente tarde cuanto terminó de recoger el último de los platos de la cena y tenía que admitir que estaba agotada. Y no tanto por el trabajo físico como por la tensión bajo la que lo había realizado. Desgraciadamente, no consiguió escapar antes de que Celia entrara en la cocina tras despedir al último de sus invitados.
Desgraciadamente porque Celia no le caía bien. Era una mujer divorciada que, evidentemente, se había casado con su marido solo por dinero y tras el divorcio había conseguido hacerse con una parte considerable de sus millones. Jane la consideraba una mujer cínica y condescendiente.
Sin embargo, sonrió educadamente a la otra mujer. Al fin y al cabo, no tenía por qué gustarle la gente para la que trabajaba.
Celia la miró arqueando sus cejas perfectamente delineadas.
–¿Gabriel y tú os conocéis desde hace mucho tiempo? –le preguntó.
Jane la miró perpleja. Desde luego, aquella mujer no se andaba con rodeos.
–¿Desde hace mucho tiempo? –repitió aturdida. ¡Gabriel y ella no se conocían en absoluto!
–Gabriel me ha dicho que sois viejos amigos.
–¡Pero…! ¿Qué ha dicho qué? –frunció el ceño, con preocupación.
–No seas tímida, Jane. Yo siempre he pensado que eras una persona que escondía grandes secretos. Y nunca he podido comprender por qué te teñiste de morena, cuando todo el mundo dice que las rubias son más divertidas.
Jane estaba completamente estupefacta. Por una parte, le extrañaba que Celia Barnaby le hubiera prestado nunca la menor atención. Y el comentario sobre las rubias la había dejado completamente sin habla.
Habían pasado ya dos años y medio desde que se había cortado y teñido el pelo. Aquella había sido una parte muy importante de su paso a una nueva vida. Gabriel Vaughan no había sido el único que no la había reconocido; tampoco lo había hecho mucha de la gente para la que trabajaba, que ni siquiera sospechaba que en otro tiempo había disfrutado de un nivel de vida similar al suyo. De modo que su cambio de imagen había servido para un doble propósito. Hasta ese momento, Jane había estado convencida de que el disfraz había funcionado. Se tomaba la molestia de teñirse el pelo una vez al mes y nadie parecía haber notado nunca que en realidad era rubia.
Pero lo que menos comprendía era que Gabriel Vaughan hubiera dicho que eran viejo amigos. Haber coincidido dos veces durante una semana de sus vidas no los convertía en viejos amigos.
A no ser que Gabriel Vaughan recordara quién era ella tres años atrás y en ese caso estuviera entreteniéndose a su costa…
–No, no nos conocemos desde hace mucho.
–Es una pena –Celia hizo una mueca de desilusión ante su respuesta–. Tengo curiosidad por saber cómo era su esposa. Sabías que había estado casado, ¿no?
Oh, sí, claro que sabía que había estado casado, pensó Jane mientras intentaba reprimir un escalofrío. La muerte de la esposa de Gabriel Vaughan había sido otro de los elementos que había contribuido al desastre en el que tiempo atrás se había convertido su vida.
–Sí –confirmó Jane bruscamente–. Supongo que tú también viste la fotografía del accidente que publicaron los periódicos –parecía tener problemas para hablar. Hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie de todo aquello…
–Todo el mundo la vio. Menudo escándalo –comentó Celia con evidente placer–. Jennifer Vaughan era tan hermosa que provocaba la envidia de cualquier mujer –añadió–. No, ya sé el aspecto que tenía, Jane. Solo me estaba preguntando cómo era. En aquella época yo no conocía a Gabriel, de modo que no tuve oportunidad de tratar directamente con ella.
Jane tampoco la había conocido. Pero sí había llegado a temerla; a ella y al efecto de su belleza.
–Me temo que en eso no puedo ayudarte, Celia –contestó, deseando salir cuanto antes de allí–. Yo también he conocido a Gabriel después de la muerte de su esposa –contestó vagamente.
Si por ella hubiera sido, no habría tenido ningún inconveniente en explicarle que había hablado por primera vez con él hacía menos de una semana, pero no quería contradecir a Gabe y despertar de esa forma la curiosidad de Celia.
–Oh, bueno –comentó Celia, comprendiendo que no iba a obtener más información–. La cena de esta noche ha sido maravillosa, Jane. Me mandarás la cuenta, como siempre, ¿verdad?
–Por supuesto –y como siempre también, Celia retrasaría todo lo posible el momento de pagarla.
De hecho, se lo había pensado mucho antes de aceptar servir aquella cena. Y tras haber descubierto que Gabriel Vaughan era uno de los invitados, lo mejor que podía haber hecho era hacer caso de su intuición y haber dicho que no.
Acababa de abandonar la casa de Celia cuando alguien le quitó de las manos la caja de utensilios de cocina que llevaba siempre a aquellas cenas.
–Dame, déjame llevártela –Celia alzó la mirada y se encontró frente a un sonriente Gabriel Vaughan–. Corre, Jane –la animó Gabriel al ver que permanecía inmovilizada–. Todavía está nevando.
De hecho, nevaba con una fuerza extraordinaria. Todo estaba cubierto de nieve, aunque afortunadamente la nieve no había cuajado en la carretera. Pero no eran ni la nieve ni las condiciones del asfalto las que en ese momento la preocupaban. ¿Qué estaría haciendo Gabriel Vaughan allí cuando ella pensaba que había abandonado la casa hacía más de una hora?
Esperaba que Celia no los viera irse juntos. Aunque, tras haber hablado con ella y haberse dado cuenta de lo poco que sabía sobre Gabriel, la otra mujer parecía haber perdido todo su interés. Jane esperaba que Celia no hubiera interrogado a Gabriel como lo había hecho con ella. Y rogaba al cielo que no se le hubiera ocurrido comentar nada sobre su pelo teñido.
–Vamos, Jane –la urgió Gabriel con impaciencia–. Abre la furgoneta, por lo menos allí no nos mojaremos.
Jane se dirigió automáticamente hacia la furgoneta, abrió la puerta y entró. En cuanto se volvió, encontró a Gabe sentado en el asiento de pasajeros. A juzgar por la sonrisa de safisfacción de su rostro, parecía muy complacido consigo mismo.
–¿Por qué demonios se ha subido en mi furgoneta? –le preguntó Jane irritada. Por aquella noche, ya había tenido más que suficiente.
–Esa es una pregunta muy brusca, Jane.
–Soy una persona muy brusca, señor Vaughan –contestó con sarcasmo–. Y ya ve, creo que ya nos hemos dicho todo lo que teníamos que decirnos.
Gabriel se reclinó en su asiento y la examinó atentamente con la mirada.
–¿Qué es lo que te he hecho, Jane, para despertar en ti tanta animosidad? Oh, acepto que no te gusten mis tácticas comerciales –continuó diciendo antes de que ella tuviera tiempo de contestar–, pero me dijiste, y Richard lo ha confirmado, que no tenías ninguna aventura con él, y Felicity no me dio la impresión de que fuerais grandes amigas, así que no comprendo por qué te preocupan tanto los negocios que haga o deje de hacer con Richard. Tampoco das la sensación de ser un adalid de cualquier lucha en contra de la injusticia. Más bien todo lo contrario.
–¿Qué se supone que quiere decir con eso?
Gabriel se encogió de hombros.
–Quiero decir que no me pareces una persona a la que le guste llamar la atención. Es más, al igual que yo, prefieres pasar desapercibida.
Jane apretó los labios ante aquella declaración.
–Me parece un poco raro que diga eso una persona cuya fotografía acaba de aparecer en un periódico –había vuelto a leer otra noticia sobre él en la que se informaba de su asistencia a una cena benéfica–. Pero bueno, al fin y al cabo ya dejó claro que es usted una persona con una gran vida social.
–Lo creas o no, Jane, la verdad es que odio las fiestas. Y las cenas son todavía más aburridas. Te toque quien te toque al lado, tienes que soportarlo durante un par de horas por lo menos. Y esta noche me he visto atrapado entre Celia y una mujer que podría ser mi abuela.
De hecho, Jane sabía que la dama de la que hablaba era en realidad la abuela de Celia. Una mujer de más de setenta años y ligeramente sorda. Al sentarlo a su lado, probablemente Celia había intentado asegurarse de que Gabriel no hablara con nadie más durante toda la noche.
–Pues disimula muy bien su aversión por las fiestas –respondió Jane secamente.
–Sabes exactamente el motivo por el que fui a cenar a casa de Richard y Felicity –replicó Gabriel–. ¿Y te gustaría conocer el motivo por el que he venido aquí esta noche?
Jane lo miró y reconoció inmediatamente el desafío que encerraba su mirada. Supo entonces, a la luz de la llamada que Celia le había hecho aquella mañana para advertirla de que iban a contar con otros dos invitados, que la razón por la que Gabe había asistido a aquella cena era la última que le gustaría escuchar.
–Es tarde, señor Vaughan –se enderezó en su asiento y metió la llave en el encendido, preparándose para marcharse–. Y me encantaría poder irme a casa –añadió intencionadamente.
Gabe asintió.
–¿Y exactamente dónde está su casa? –le preguntó suavemente.
–En Londres, por supuesto –contestó ella con ironía.
–Londres es muy grande –comentó Gabe, arrastrando las palabras–. Sé que vives cerca de un parque… del parque en el que corres. ¿Pero no podrías ser un poco más específica?
No, no podía. Su privacidad era algo que defendía con la fiereza con la que una leona protegía a sus crías. Su apartamento era para ella su refugio.
–Eres una mujer difícil de conocer, Jane –murmuró Gabe ante su continuado silencio–. Ninguna de las personas con las que he hablado parece tener idea de dónde vives. Tus clientes se ponen en contacto contigo por teléfono, en tu furgoneta no llevas propaganda. ¿A qué se debe tanto secreto, Jane?
Jane se quedó mirándolo con sus enormes ojos castaños abiertos como platos. Había estado hablando con gente sobre ella, había estado intentando averiguar dónde vivía, ¿pero por qué?
–¿Por qué? –repitió Gabe, haciéndole consciente de que había expresado la última parte de sus pensamientos en voz alta–: ¿Tienes idea de lo hermosa que eres, Jane Smith? –le preguntó con voz ronca–. Y tu condenada forma de eludirme te convierte en una mujer mucho más seductora –se había acercado peligrosamente a ella. Estaban tan cerca que Jane podía sentir el calor de su aliento.
Y era incapaz de moverse. Se sentía atrapada en la intensidad de aquellos ojos azules como el mar, paralizada por la repentina intimidad que había brotado entre ellos.
–Jane…
–Yo no lo creo, señor Vaughan –se enderezó en su asiento, alejándose al mismo tiempo de él–. Y ahora, ¿le importaría salir de mi furgoneta? –exigió con enfado, sin estar del todo segura de si su irritación estaba dirigida a él o a sí misma.
¿De verdad había estado a punto de sentir la tentación de besarlo cuando se había acercado a ella? Habría sido una locura. Habría podido destrozar en décimas de segundo los pocos vestigios de paz que había conseguido reunir durante los últimos dos años.
Pero Gabe no se movió. Se quedó mirándola con el ceño fruncido.
–¿Me equivoco al pensar que hay algún hombre en tu vida? ¿Es esa la razón por la que proteges con tanto celo tu intimidad?
¿Y por la que no le había permitido besarla? No lo había dicho con palabras, pero la pregunta flotaba en el aire. Jane era consciente de que para Gabe, un hombre acostumbrado a obtener todo lo que quería, cualquier mujer incluida, detrás su rechazo debía de haber alguna explicación.
–Sí, se equivoca –contestó secamente.
–Ningún hombre. ¿Y una mujer, quizá? –añadió como si acabara de ocurrírsele.
–Tampoco hay ninguna mujer –contestó Jane, descartando aquella posibilidad con un movimiento de cabeza.
–Mira, Jane, he sido completamente sincero contigo desde el principio. Me gustas. En cuanto…
–Por favor, no continúe –lo interrumpió bruscamente–. Lo único que va a conseguir va a ser ponernos a ambos en una situación vergonzosa.
Una ráfaga de enfado cruzó el rostro de Gabriel. Pero rápidamente la controló y apareció en sus labios una relajada sonrisa.
–Yo rara vez me avergüenzo de algo, Jane. Y nada se consigue sin pedirlo previamente.
Jane le dirigió una mirada glacial.
–La mayor parte de los hombres habrían tenido la elegancia de conformarse con un no.
–La mayor parte de los hombres quizá –admitió Gabe–. Pero yo he descubierto que la mayor parte de las cosas que merecen la pena son aquellas que no se consiguen fácilmente. Parece que está nevando más fuerte, quizá deberías irte a tu casa. Conduce con cuidado.
Jane procuraba ser extremadamente cuidadosa en todo lo que hacía. Y una de las cosas en las que más cuidado había puesto durante los últimos tres años había sido en evitar cualquier posibilidad de volver a encontrarse con aquel hombre. Sin embargo, no había podido evitarlo. Gabriel no solo la había encontrado, sino que, por alguna extraña razón, la encontraba atractiva.
Tres años atrás, había estado intentando encontrarla. La había perseguido hasta hacerle sentir que ya no podía seguir huyendo, que la única posibilidad de escapada era desprenderse de todo lo que hasta entonces había sido. Y así lo había hecho: había cambiado de nombre, de aspecto, y por fin había sido capaz de labrarse su propia vida. Qué ironía. Después de todo lo ocurrido, todavía tendría que darle las gracias a Gabriel Vaughan por haberlo hecho posible.
¿Pero cuánto tiempo tardaría Gabe en descubrir quién se escondía bajo aquel disfraz? Y lo que más temía era que, cuando lo hiciera, la atracción que decía sentir por ella se transformara en un sentimiento mucho más amenazador.
Capítulo 4
–NO TENGO ni idea de lo que le dijiste, Jane –anunció Felicity feliz–. Pero fuera lo que fuera, te lo agradezco.
Jane había ido a ver a Felicity dos días después de la cena en casa de Celia Barnaby. Había otras muchas cosas que podría haber hecho en aquel día libre, pero no había ido a visitar a Felicity desde que esta había salido del hospital. De modo que, después de comer, la había llamado para decirle que pensaba acercarse a su casa.
Aunque a esas alturas, no podía decir que realmente le gustara el rumbo que estaba tomando la conversación.
–Lo siento, Felicity. Pero no tengo ni idea de lo que estás hablando –sonrió vagamente, intentando parecer perpleja, aunque en el fondo estaba bastante segura de a qué se refería.
Felicity sonrió de oreja a oreja.
–Por lo que Richard me ha contado, tengo la impresión de que le dijiste a Gabe exactamente lo que pensabas de él.
Jane sintió que el rubor teñía sus mejillas.
–Solamente desde el punto de vista de los negocios.
–¿Es que hay otro punto de vista? –preguntó Felicity, arqueando significativamente las cejas.
–En lo que a mí me concierne, no –contestó Jane con vehemencia.
–Sea lo que sea, el caso es que, en vez de comprar la empresa de Richard, Gabe se ha mostrado de acuerdo en financiarla hasta que vuelva a obtener beneficios.
–¿Por qué? –Jane frunció el ceño. Parecía demasiado bueno para ser verdad.
–Richard le hizo la misma pregunta –contestó Felicity–. ¿Y sabes cuál fue la respuesta?
Jane ni siquiera se atrevía a imaginársela, pero tenía la sensación de que, quisiera o no, Felicity iba a decírselo.
–No tengo ni idea.
–Gabe dijo que era por algo que alguien le había dicho. Y el único «alguien» en el que se nos ha ocurrido pensar eres tú.
Jane no creía que nada de lo que ella le había dicho a Gabriel Vaughan pudiera haberle hecho cambiar de planes respecto a la empresa de Richard. Tenía que haber alguna otra razón. Aunque dudaba de que ninguno de ellos estuviera en condiciones de averiguarla hasta que el propio Gabe lo quisiera.
–No creo que sea yo la responsable de su cambio de planes. Aunque me alegro por vosotros –y esperaba sinceramente, por el bien de Felicity, que no cambiara nuevamente de opinión–. Pero, si yo fuera Richard, procuraría firmar cuanto antes un contrato blindado.
–Ya lo ha hecho –le aseguró Felicity contenta–. Gabe tiene su propio equipo de abogados y entre ellos y el abogado de Richard llegaron a un acuerdo ayer por la tarde. No sabes lo bien que me siento ahora, Jane –suspiró satisfecha.
Jane era consciente de lo relajada que estaba Felicity, y le habría encantado sentirse igual que ella. Pero era imposible.
Mientras conducía hacia su casa, se sentía terriblemente inquieta. ¿Qué motivos tendría Gabriel Vaughan para haber dado aquel giro a su política respecto a la empresa de Richard?
Jane se negaba a pensar que pudieran tener algo que ver con nada que ella le hubiera dicho. Aquel hombre era demasiado cruel, demasiado duro para dejarse conmover por algo como la salud de Felicity.
De modo que aquel no era el mejor momento para encontrarse, al llegar a casa con los brazos llenos de bolsas de comida, un enorme ramo de flores en la puerta del apartamento.
Ya de por sí las flores, fueran de quien fueran, y tenía la sensación de que sabía exactamente quién se las había enviado, no le causaron ninguna alegría. Después del dolor y la desilusión que había sufrido tres años atrás, había tomado la decisión de no volver a dejar que ningún hombre, por agradable que fuera, volviera a acercarse a ella lo suficiente como para estar en disposición de destrozarle la vida.
Por otra parte, no conseguía entender cómo habían llegado las flores hasta allí. Se suponía que aquel era un edificio seguro. Su apartamento estaba en el cuarto piso, solo se podía llegar a él en ascensor o por la escalera de incendios. Y si alguien hubiera enviado las flores al edificio, estas deberían haberse quedado entre la puerta de salida y la puerta de seguridad, una puerta que solo podía ser abierta por cualquiera de los cuatro residentes.
Así que, ¿cómo habría llegado aquel ramo de flores hasta su puerta?
–La mujer que vive en el tercero me ha dejado entrar –Gabriel Vaughan salió de pronto de entre las sombras del vestíbulo, donde evidentemente había estado sentado esperando su llegada–. Es una mujer muy romántica. Cuando le he contado que soy tu prometido y que he venido desde los Estados Unidos para darte una sorpresa, se ha mostrado totalmente dispuesta a abrirme.
Jane todavía estaba boquiabierta, intentando comprender qué estaba haciendo Gabriel Vaughan en la puerta de su casa. Pero, poco a poco, su mente fue registrando la explicación de Gabriel. Y en cuanto comprendió cómo se las había arreglado para entrar, su estupefacción se transformó en enfado. ¡Aquella era su casa, su santuario privado! Lo miró con expresión glacial.
–Llévese las flores, señor Vaughan. Y…
–Espero que no estés a punto de decir una grosería, Jane –la interrumpió él burlón.
–Y váyase ahora mismo de aquí –terminó con dureza–, antes de que llame a la policía –lo advirtió–. No sé cómo ha averiguado dónde vivo, pero…
–La otra noche, hacía tan mal tiempo que decidí seguirte a casa, para asegurarme de que llegabas bien –le explicó suavemente.
–Señor Vaughan, comienzo a sentirme acosada por su conducta. Y si continúa presionándome de esta forma, me veré obligada a denunciarlo –pero ella era la primera en saber que jamás acudiría a la policía. Tres años atrás, se había visto obligada a soportar la irrupción de la policía en su vida. Llegaban a su casa a cualquier hora, investigaban su vida personal, la de Paul… Jamás se metería voluntariamente en un torbellino como aquel.
–Solo quería asegurarme de que llegabas a casa sin ningún problema –se excusó Gabe.
Jane lo fulminó con la mirada.
–¡No le creo! Y tampoco le creerá la policía.
–¿No crees que te estás tomando todo esto demasiado en serio, Jane?
La había seguido hasta su casa, se había servido de mentiras para entrar en su edificio con el pretexto de dejarle unas flores y se había quedado a esperarla, ¡y todavía se atrevía a decir que estaba exagerando!
–Es posible que Evie, la mujer que vive en el tercero –le explicó con impaciencia–, encuentre romántica su actitud, señor Vaughan –esa misma vecina había estado intentando averiguar durante meses si había algún hombre en la vida de Jane. Evie estaba saliendo con un hombre casado–. Pero si yo hubiera querido que supiera dónde vivo, se lo habría dicho.
Gabe la miró con expresión de tristeza.
–¿No eres capaz de compadecer a un hombre que se encuentra solo en un país extranjero?
–No cuando ese hombre tiene cientos de mujeres dispuestas a hacerle compañía.
–Pero yo prefiero elegir mi propia compañía.
–¿Y me ha elegido a mí? –Jane suspiró exasperada.
–En una palabra, sí –asintió Gabe–. Jane, eres una mujer inteligente, independiente, capaz de dirigir tu propio negocio, Y además eres muy hermosa –añadió con voz ronca.
Jane tragó saliva. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que un hombre le había hablado de esa forma. Así lo había decidido ella. ¿Pero por qué extraño designio del destino el primer hombre que volvía a hacerlo tenía que ser Gabriel Vaughan?
–No creo que sea la única mujer atractiva que conoce.
Gabriel hizo una mueca.
–No –respondió con una mueca–, conozco a mujeres indudablemente hermosas. Pero también son egoístas, frívolas, y normalmente no tienen otro objetivo en la vida que casarse con un hombre rico. Para así poder seguir siendo egoístas, frívolas, etcétera, etcétera –concluyó.
Por lo poco que Jane sabía sobre ella, Gabriel acababa de describir a su propia mujer: Jennifer Vaughan. Jane suspiró y cerró los ojos brevemente antes de volver a enfrentarse a él.
–Gabe…
–Esta es la primera vez que no me llamas señor Vaughan –exclamó Gabe, satisfecho de aquella primera victoria–. ¿Traes las cosas para la cena? –le quitó dos bolsas de las manos, antes de que Jane tuviera tiempo de detenerlo–. Espaguetis a la boloñesa –aventuró segundos después–. Yo puedo hacer la salsa mientras tú preparas la pasta –se ofreció.
–Tú…
–Deja que alguien cocine para ti para variar –la interrumpió–. Soy perfectamente capaz de hacer una salsa.
Jane repasó mentalmente el estado en el que había dejado el apartamento horas atrás; un lugar cómodo, confortable, pero también impersonal. No había en él fotografías del pasado ni nada que pudiera recordar a la mujer que en otro tiempo había sido.
Pero no, se dijo seriamente, no estaba contemplando la posibilidad de invitar a Gabriel Vaughan a su casa. ¿O sí?
¡Eso era exactamente lo que estaba haciendo!
¿Pero qué tipo de magia estaba ejerciendo aquel hombre sobre ella para que fuera capaz de considerar siquiera aquella idea? Quizá hubiera sido el argumento sobre su soledad. Ella, mejor que nadie, sabía lo terrible que podía llegar a ser la soledad.
–De acuerdo, pero nada de quedarte mirándome trabajar cuando estemos dentro –le advirtió mientras tomaba las flores y abría la puerta de la casa.
Entró y abrió la puerta de par en par, permitiéndole contemplar su apartamento. La cocina estaba forrada de paneles de madera. En las estanterías podían verse toda clase de hierbas y especias. De las paredes colgaban sartenes y cazuelas de bronce relucientes y en el centro de la habitación había una antigua mesa de roble.
–Exactamente como me la imaginaba –dijo Gabe mirando admirado a su alrededor.
¿Como se la imaginaba? ¿Desde cuándo había empezado Gabe a imaginarse cómo era su casa?
–Desde la primera noche en casa de Felicity y Richard –contestó Gabe al ver su mirada acusadora–. A través de la casa de una persona, es más fácil averiguar cómo es ella.
Y esa era la razón por la que Jane no había querido invitar nunca a nadie a la suya.
–Esta es la cocina de un chef –anunció Gabe feliz, mientras empezaba a vaciar las bolsas de la compra–. Aquí puede encontrarse cualquier objeto necesario para cocinar, todos los cuchillos cortan perfectamente e ¡incluso hay una botella de vino tinto, a temperatura ambiente, por supuesto, para disfrutar a la vez que se cocina! –miró a Jane con expresión interrogante mientras sostenía la botella que había encontrado en la mesa.
Gabe tenía razón, había sacado aquella botella para que hubiera adquirido la temperatura adecuada en el momento de hacer la cena. Pero eso de disfrutar cocinando le sonaba excesivamente íntimo, habiéndolo dicho él.
–Alegra esa cara, Jane –le aconsejó Gabe al advertir su expresión. Comenzó a descorchar la botella mientras Jane ponía las flores en agua–. Te estoy sugiriendo que compartamos una botella de vino, no la cama –se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de una silla.
Jane dejó el jarrón de flores en la ventana.
–Tienes copas en ese armario –señaló bruscamente, y cruzó precipitadamente la cocina.
¡Compartir la cama! No había compartido la cama con nadie desde que… Se estremeció ante la idea de haber compartido su cama con Paul.
Para cuando Gabe dejó las copas en la mesa, ya estaba concentrada preparando la pasta, de modo que no había podido verla estremecerse. De otro modo, se habría preguntado por qué una mujer de veintiocho años reaccionaba de esa forma ante la idea de compartir su lecho.
Gabe comenzó a cortar una cebolla y Jane no pudo menos que admirar su estilo. Era evidente que disfrutaba cocinando. Había adoptado una expresión de total relajación y canturreaba mientras cocinaba. Era extraño. Ella siempre se había imaginado a Gabriel Vaughan como un hombre altivo y poderoso de rostro adusto. Y aquella imagen no encajaba en absoluto con la del hombre que tenía a su lado, friendo cebolla totalmente complacido.
Gabe se volvió para tomar su copa.
–Qué divertido, ¿verdad? –comentó con una enorme sonrisa.
Jane sonrió con cierto recelo. Se sentía como si de pronto hubiera sido arrastrada por un tornado; ni siquiera conseguía explicarse todavía cómo era posible que hubiera terminado cocinando con Gabriel Vaughan en su apartamento.
–¿Jane? –preguntó Gabe suavemente, frunciendo el ceño ante su silencio.
Jane reaccionó inmediatamente a la desaparición de su sonrisa.
–Has cortado esas cebollas con un estilo muy profesional –le dijo animada, tras tomar un sorbo de vino–. Supongo que es algo que ya has hecho antes.
–Docenas de veces. Siempre me ha gustado cocinar, aunque tengo que admitir que no he tenido muchas oportunidades de hacerlo. Jennifer, mi esposa, pensaba que no merecía la pena molestarse siquiera en sentarse a la mesa si no había nadie que pudiera admirarla mientras lo hacía.
Su esposa, Jennifer. Cuánto le había dolido en otro tiempo la sola mención de aquel nombre. Pero al oírselo decir al que había sido su marido, no sentía nada, ni siquiera esa especie de entumecimiento mental que en otra época había sido tan necesario para ella.
–Desgraciadamente –continuó explicando Gabe mientras cocinaba–, Jennifer era una mujer a la que le preocupaba más lo que pensaban los maridos de otras mujeres sobre ella que interesar a su propio marido.
Ante el rumbo que estaba tomando la conversación, Jane se había olvidado por completo de que tenía un cuchillo en la mano, y no fue consciente de ello hasta que vio gotear la sangre frente a ella. Qué ironía, pensó a través de su dolor, se había cortado el mismo dedo en el que tres años atrás llevaba una alianza.
–Era algo que yo… ¡Diablos, Jane! –Gabe vio entonces la sangre, apartó la sartén del fuego y se acercó a ella–. ¿Qué te ha pasado? ¿Crees que puedes necesitar puntos? Quizá debería llamar…
–Gabe –lo interrumpió Jane suavemente al verlo tan asustado–. Solo es un corte. Son gajes del oficio –añadió alegremente, decidiendo olvidar por el momento los problemas que aquel corte le supondría a la hora de cocinar durante las siguientes semanas.
Maldita fuera, no podía recordar la última vez que había hecho una tontería como aquella. Por supuesto, habían sido los comentarios de Gabe sobre su esposa los que le habían hecho perder la concentración.
–Encontrarás esparadrapo en el armario que está encima del lavaplatos –le dijo a Gabe mientras metía el dedo bajo el chorro de agua fría. El intenso dolor la ayudaba a recuperarse de la impresión que le había causado el oírlo hablar de su esposa con tanta naturalidad.
Gabe le colocó el esparadrapo tras secarle el dedo.
–Ya no estoy casado, Jane –le explicó, escrutando su rostro con la mirada.
Así que pensaba que había sido la idea de cenar con un hombre casado la culpable de aquel accidente. Quizá fuera preferible que continuara creyendo que había sido esa la razón de su despiste.
–Me alegro de oírlo. Porque, si lo estuvieras –añadió al ver el brillo triunfal de sus ojos–, Evie, la vecina de abajo, se iba a llevar un disgusto. Tendría que olvidar todas sus ilusiones románticas de un plumazo.
–Ya entiendo –suspiró y asintió bruscamente antes de volver a prestar atención a la salsa–. Mi mujer murió –dijo precipitadamente, sin mirarla.
Así que el recuerdo de Jennifer continuaba resultándole doloroso, pensó Jane. Ella, mejor que nadie, debería haber sabido que no era necesario que una persona fuera especialmente amable y bondadosa para que alguien se enamorara de ella.
Y Jennifer Vaughan no había sido ninguna de las dos cosas. Era una belleza extremadamente peligrosa, que sentía la necesidad imperiosa de seducir a cuanto hombre se cruzara con ella sin comprometerse nunca lo más mínimo. Solo un hombre había podido retenerla durante algún tiempo a su lado: Gabriel Vaughan. Y por lo que acababa de contar de Jennifer y lo poco que de ella sabía por propia experiencia, su relación había sido bastante agridulce. Y probablemente más amarga que dulce. A pesar de todo, Gabe parecía continuar enamorado de su esposa.
–Jennifer era una bruja –exclamó de pronto Gabe, volviéndose hacia ella con una intensa mirada–. Hermosa, inmoral… Su único placer en la vida parecía consistir en destrozar lo que otros construían –dijo con amargura.
Jane tragó saliva. No quería seguir escuchándolo.
–Gabe…
–No te preocupes, Jane. La única razón por la que te estoy contando todo esto es porque quiero que sepas que no estoy a punto de empezar a contarte lo maravilloso que fue mi matrimonio.
–Pero tú la querrías…
–Claro que la quise –le espetó–. Me casé con ella. Quizá fue ese el error. No lo sé –sacudió la cabeza con impaciencia–. A Jennifer solo le gustaban los desafíos. Lo último que quería era una amor cautivo.
–Gabe, realmente yo…
–¿No quieres oírlo? Pues es una pena, porque pretendo contártelo, quieras oírlo o no –contestó, agarrándola del brazo con firmeza.
–¿Pero por qué? –preguntó Jane con la voz atragantada. Lo miraba con gesto suplicante–. Yo no te he pedido nada, no quiero saber nada de ti. No quiero que nadie…
–No quieres que nadie interrumpa la paz que has alcanzado en tu torre de marfil –dijo sombrío–. Lo comprendo, Jane. Supongo que es muy cómodo para ti, pero no deja de ser una torre de marfil y yo quiero que te des cuenta de que quiero derrumbar esas paredes y…
–¿Y eres tú el que acabas de describir a tu esposa como un ser destructivo? –lo interrumpió Jane. Tenía todos los miembros en tensión y permanecía tan lejos de él como la mano con la que la tenía sujeta se lo permitía.
–Mi esposa pertenece al pasado, Jane. Eso no me convierte en una persona parecida a Jennifer. Yo no destruyo por el poder de la destrucción. Yo quiero construir…
–¿Para no aburrirte durante el par de meses que vas a pasar en Inglaterra? –replicó disgustada–. No, gracias, Gabe. ¿Por qué no lo intentas con Celia Barnaby? Estoy segura de que estaría encantada de…
Sus palabras fueron bruscamente interrumpidas cuando los labios de Gabe alcanzaron su boca, robándole el aliento. Aprovechándose de la ventaja que le proporcionaba la sorpresa, Gabe se regodeó en el beso, disfrutando cuanto quiso del néctar de sus labios. Pero en cuanto comenzó a ser consciente de su falta de respuesta, amainó la violencia de su beso. Le enmarcó el rostro con las manos y movió lentamente sus labios contra su boca… ¡Hasta que Jane comenzó a responder!
Algo muy dentro de ella había comenzado a liberarse bajo las caricias de los labios de Gabe. Era el anhelo de algo que se había negado a sí misma durante años, una cálida emoción que hacía una eternidad no se permitía sentir.
Pero Gabe no la amaba. Y, desde luego, ella tampoco lo amaba a él. Y cualquier cosa que pudieran empezar a construir entre ambos se haría añicos en el momento en que Gabe descubriera quién era realmente ella.
Gabe alzó la cabeza lentamente y buscó sus ojos. De los suyos había desaparecido el enfado para dar paso a un sentimiento completamente diferente.
–No tengo ningún interés en Celia, Jane –le dijo con voz ronca–. La única razón por la que fui a cenar la otra noche a su casa era porque sabía que ibas a estar allí.
Era lo que la propia Jane se había imaginado. Pero aun así le costaba creer que fuera cierto.
–Te deseo, Jane…
Jane se separó bruscamente de él.
–Pero no puedes tenerme. Porque yo no te deseo –añadió al ver que abría la boca para protestar–. Comprendo que debe de ser difícil para un hombre tan solicitado que una mujer no lo desee, pero…
–Basta ya de insultos, Jane. Te he entendido perfectamente. Lo que me gustaría es comprender el efecto que tienes sobre mí –añadió, sacudiendo la cabeza al mismo tiempo que la recorría con la mirada–. Te deseo desde el primer momento que te vi. Y no solo eso. Me he descubierto a mí mismo pensando, e incluso hablando como hace unos minutos, en mis esposa, a la que he estado intentando quitarme de la cabeza durante los últimos tres años. ¿A qué crees que se debe, Jane? –volvía a brillar el enfado en sus ojos, pero era imposible discernir si iba dirigido contra Jane o contra sí mismo.
Jane sabía exactamente por qué ella no había dejado de pensar en el pasado y en Paul durante la última semana. La aparición de Gabriel Vaughan había despertado recuerdos que creía ya prácticamente muertos. Y Gabe, aunque fuera inconscientemente, parecía haberla reconocido.
¿Cuánto tiempo tardaría en llegar a ser consciente de aquellos recuerdos que estaban trabajando a escondidas en su mente?
–No tengo el menor interés en saber por qué, Gabe. La única respuesta que puedo darte es que no tengo ningún interés en ti –lo miró desafiante, sintiendo los violentos latidos de su corazón en el pecho.
–Sabes condenadamente bien que eso no es cierto –replicó él–. Pero quien quiera que fuera él, Jane, no se merece que vivas escondida en…
–¿En mi torre de marfil? –terminó Jane por él. Estaba enfadada consigo misma y con Gabe. La enfurecía el rubor que había cubierto sus mejillas cuando Gabe había desmentido su negativa. Y estaba enfadada porque Gabe estaba derrumbando las barreras que había levantado en torno a sus sentimientos–. ¿Y Jennifer merecía la pena? –le preguntó con toda intención.
–Muy ingeniosa, Jane, pero no te va a servir de nada. Jennifer, y todo lo que hizo mientras estaba viva, ha perdido toda la capacidad de hacerme daño.
–¿Y el dolor causado por su muerte? –preguntó con crueldad. Pero en cuanto vio la mirada escrutadora de Gabe deseó no haberlo hecho. Los nervios le estaban haciendo bajar la guardia.
–Jennifer murió en un accidente de coche, Jane –le explicó Gabe suavemente–. Y no hay nada más definitivo que la muerte. A partir de ella, la gente deja de hacerte daño.
–¿Estás seguro? –preguntó ella con voz ronca.
–Si Jennifer no hubiera muerto cuando lo hizo, habría terminado estrangulándola yo mismo.
No era cierto. Jane sabía que no era cierto. Porque tres años atrás, Gabe parecía haberse vuelto loco tras la muerte de su esposa; necesitaba culpar a alguien de lo ocurrido y, al haber muerto la única persona a la que podía responsabilizar, había dirigido su furia y su humillación hacia la única persona que había quedado en una situación tan lamentable como la suya.
Gabe tenía razón al imaginar que había sido un hombre el que la había obligado a refugiarse en su torre de marfil. Era el mismo hombre parcialmente responsable de su cambio de vida.
El mismo del que había estado huyendo durante tres años.
Y ese hombre era Gabriel Vaughan.
Capítulo 5
–NO TE preocupes tanto, Jane –se burló Gabe–. Esos instintos asesinos estaban exclusivamente dirigidos a Jennifer. En realidad, aborrezco la violencia.
Y ella también. Pero, sin embargo, no era ajena a ella…
–Dicen que es muy pequeña la barrera que separa el odio del amor.
Y ella también lo sabía por experiencia. Se había casado con Paul estando perdidamente enamorada de él, pero al final de los cuatro años de matrimonio, lo odiaba. Por lo que le había hecho a su familia y por todo lo que le había quitado a ella.
Y también sabía que por difícil que hubiera sido vivir con ella y por egoísta que Jennifer fuera, Gabe la había amado. Al menos lo suficiente como para salir en busca de toda persona a la que creía involucrada con su muerte.
–¿No deberíamos terminar de hacer la cena? –sugirió Gabe.
Jane continuó mirándolo en silencio. Ya no tenía ningún interés en cocinar, y mucho menos en cenar. No, después de lo que Gabe había dicho… Y de la forma que la había besado.
–Vamos, Jane –la animó Gabe alegremente–. A los dos nos sentará bien comer –se volvió y continuó cocinando como si no hubiera nada más que discutir. Se notaba que era un hombre acostumbrado a dar órdenes y a ser obedecido.
Pero no fue aquel ejercicio de autoridad el que impulsó a Jane a seguir cocinando. La razón fue mucho más sencilla. Cuando cocinaba, se sentía creando algo y era capaz de olvidarse de todo lo que la rodeaba. Y, después de haber estado pensando en su matrimonio con Paul, necesitaba urgentemente evadirse.
–¡Excelentes! –exclamaba Gabe tiempo después, tras haber terminado los espaguetis de su plato–. Creo que deberíamos hacer negocios juntos.
Jane le dirigió una dura mirada, pero pronto adivinó que Gabe estaba bromeando.
–No te imagino trabajando para nadie –replicó entonces Jane sonriente.
–Yo estaba pensando en algo más parecido a una sociedad.
–¡Y yo estaba pensando en el tipo de clientes para los que trabajo!
Gabe rio suavemente.
–¿Por qué una cocinera de tu categoría no se decide a poner un restaurante, como sugirió Felicity la otra noche? –le preguntó con interés–. Seguramente, en un restaurante, tendrías más clientes, más…
–Más gente trabajando para mí y, en definitiva, más complicaciones –se encogió de hombros.
Cuando había comenzado a montar su negocio, no habían sido esas las razones que la habían decidido a trabajar sola. No tenía dinero suficiente para invertirlo en un restaurante. Con lo único que había podido contar había sido con ella misma y su talento para la cocina.
–Y tú eres una persona a la que le gusta evitarse complicaciones, ¿verdad?
–Pensé que tendría más posibilidades de éxito si nadie dependía económicamente de mí.
–Pero eso fue al principio. ¿Y ahora? Ya has consolidado una importante clientela, no te costaría mucho…
–No todo el mundo es tan ambicioso como tú, Gabe. Hace tres años ni siquiera tenía este negocio…
–¿Qué pasó hace tres años? –la interrumpió Gabe suavemente–. Es simple curiosidad –le aseguró al advertir su mirada asustada–. Aunque quizá no haya formulado la pregunta de forma correcta. Quizá debería haberte preguntado a qué te dedicabas antes de montar este negocio.
Hasta los dieciocho años, Jane se había dedicado a estudiar. Cumplidos los dieciocho, en vez de matricularse en la universidad, había decidido ir a Francia a tomar un curso avanzado de cocina. A los veinte, pocos meses antes de regresar a su casa, había conocido a Paul y se habían comprometido. A los veintiuno estaba casada. Y viuda a los veinticinco. En los detalles de la vida con Paul, prefería no pensar.
–Estaba ocupada con otras cosas –contestó vagamente–. Pero siempre había querido montar mi propio negocio –en vez de vivir agazapada tras la sombra de otro.
–Y ahora lo tienes –admitió Gabe–. ¿Y es tan divertido como pensabas?
¿Divertido? Jane nunca había esperado que fuera divertido. Ella quería independencia, libertad. No buscaba nada más. Y su negocio le había dado todas esas cosas.
–En la vida hay más cosas que el éxito, Jane –añadió Gabe al ver que no contestaba.
–¿Como cuáles? –lo desafió burlona. No le parecía el hombre más indicado para darle ese tipo de consejos.
Gabe se encogió de hombros.
–El amor, por ejemplo.
Jane rio con desprecio.
–No entiendo cómo puedes decir eso cuando es evidente que tuviste una relación amor-odio con tu esposa.
Gabe apretó los labios.
–Jennifer no me hizo feliz, es cierto. Yo creía que había encontrado a la mujer perfecta y tuve que ver cómo desaparecía ante mis ojos –miró a Jane con expresión de dolor–. No he sido capaz de mirar a otra mujer durante todo este tiempo sin ver las facciones de Jennifer dibujadas en su rostro. Hasta hace seis días…
–¿Qué ocurrió…? Oh, no, Gabe. No seas ridículo. No puedes sentirte atraído por mí.
Gabe inclinó la cabeza y la miró con expresión pensativa.
–Esa es una forma interesante de plantearlo.
Jane volvió a darse cuenta de su error cuando ya era demasiado tarde. Lo último que quería era que Gabe supiera por qué había dicho una cosa así.
–No creo que yo sea una mujer de tu tipo –dijo con impaciencia.
–¿Así que hay un tipo de mujeres para mí?
–Claro que sí –respondió ella irritada–. Te gustan las mujeres altas, elegantes, rubias. Te casaste con una mujer así. Mientras que… –se interrumpió bruscamente al darse cuenta de que Gabe la miraba con los ojos abiertos como platos. Había vuelto a hablar demasiado.
Parecía no poder evitarlo. A ella no se le daban nada bien los sofisticados juegos con los que personas como Gabe o Paul disfrutaban. Esa era una de las razones por las que Paul había empezado a aburrirse de ella. Se había dado cuenta de que la mujer con la que se había prometido no había cambiado al convertirse en su esposa. Y lo que antes de su matrimonio parecía encantarle, había comenzado a fastidiarlo. No soportaba su timidez, su devoto amor lo irritaba…
Su matrimonio había llegado a convertirse en un infierno. Con el paso del tiempo, Jane había transformado su timidez en frialdad como única manera de protegerse de las burlas de Paul; y su amor se había deteriorado hasta convertirse en una compasión que evidentemente Paul no era capaz de sentir por sí mismo.
–¿Cómo sabes que mi esposa era rubia? No creo haberlo mencionado.
Había una dureza en su voz completamente nueva. Jane comprendió que todo dependía de su siguiente respuesta.
–Celia Barnaby insistió en hablar conmigo la otra noche –le dijo, aliviada al ver que la tensión desaparecía de su rostro. Eso era verdad, aunque Celia no le hubiera dicho que su esposa era rubia–. Creo que lo que pretendía insinuar era precisamente eso, que siendo rubia y alta, tenía posibilidades de despertar tu interés.
–Hace tiempo que dejaron de gustarme las rubias –contestó Jane.
–Celia me aseguró que las rubias son más divertidas.
–Eso depende del tipo de diversión que busques. ¿Cuántos años tienes, Jane? –preguntó, cambiando bruscamente de tema.
Jane pestañeó, parecía haber evitado una catástrofe, pero no estaba muy segura de que no se estuviera dirigiendo hacia otra.
–Veintiocho –contestó con el ceño fruncido.
–Y yo treinta y nueve.
–No entiendo lo…
–Porque no me has dejado terminar. Tengo treinta y nueve años, he estado casado y ahora no lo estoy. Soy un hombre sano, puedo hacer lo que quiera y con quien quiera. Pero para mí no es suficiente. Cuando mi esposa murió hace tres años… ¿Es extraño, verdad? Tu vida parece haber cambiado al mismo tiempo que la mía –añadió pensativo.
Jane contuvo la respiración y esperó a que continuara.
Gabe se encogió de hombros, como si eso fuera algo que pudiera dejar para otro momento.
–Cuando Jennifer murió, todas mis ilusiones se fueron con ella. Y también desapareció la ilusión de la perfección.
No era sorprendente en sus circunstancias. Debía de haber estado verdaderamente enamorado de Jennifer para haber llegado a pensar que era perfecta. Pero, al fin y al cabo, ella había cometido el mismo error con Paul.
–O al menos eso parecía –añadió, mirándola significativamente.
–Pues puedo asegurarte que no soy en absoluto perfecta –replicó con firmeza mientras se levantaba para llevar los platos al fregadero. Por lo que a ella concernía, la velada había terminado–. Te deseo suerte en tu búsqueda de la mujer perfecta, Gabe. Pero déjame a mí fuera. Me gusta mi vida tal y como es.
Gabe también se levantó.
–¿Nunca deseas algo diferente, Jane? Como casarte, o tener hijos…
Jane sintió una punzada de dolor. Pero fue solo por un instante. Rápidamente contuvo sus emociones y su mirada se tornó tan impenetrable como el acero.
–Al igual que tú, Gabe, ya lo he intentado antes –se mordió los labios–. Y la respuesta es no, no deseo ninguna de esas cosas –se pertenecía a sí misma, no quería volver a sentirse jamás como si fuera propiedad de alguien.
–¿Has estado casada? –preguntó Gabe, mirándola con los ojos entrecerrados.
Había vuelto a inducirla a hablar de cosas que no quería.
–¿No lo ha estado prácticamente todo el mundo? Con las estadísticas actuales de divorcio, es prácticamente imposible no haberlo estado.
–¿Entonces estás divorciada? –insistió Gabe sin apartar los ojos de su rostro.
Oh no, no iba a sacarle ni una sola gota de información más.
–Mi padre me dijo en una ocasión que había que probarlo todo alguna vez –contestó burlona–. Y que, si la primera vez no te ha gustado, lo mejor es no repetir la experiencia –no había contestado a su pregunta y la expresión de Gabe le decía que era plenamente consciente de ello.
–¿Tus padres viven en Londres?
Jane tomó aire. Nada parecía detener a aquel hombre.
–No –contestó–. ¿Y los tuyos viven en América?
Gabe apretó los labios.
–Sí –contestó secamente. Parecían haber quedado en tablas en aquella ocasión–. En Washington D.C. Mi padre se dedicaba a la política, pero actualmente está jubilado.
Si pensaba que hablándole de su familia iba a conseguir que ella le hablara de la suya, estaba completamente equivocado.
–¿Los políticos se jubilan?
–En realidad no –Gabe sonrió ante aquella pregunta–. Pero eso es lo que le gusta decirle a la gente. Él y mi madre llevan cuarenta años casados.
Y sus propios padres cerca de treinta. De hecho, al día siguiente celebraban su aniversario y ella pensaba ir a pasar un rato con ellos el sábado. Desgraciadamente, eran solo unas horas las que se sentía capaz de disfrutar en su compañía.
Cuando era una niña todo era completamente diferente. Sus padres la adoraban. Pero lo que Paul había hecho tres años atrás los había afectado a todos. Su padre se había convertido en una sombra de lo que era, por mucho que su madre intentara disimularlo cada vez que Jane iba a verlos para no hacer sufrir a su hija. Pero Jane no se había engañado nunca. Sus visitas eran cada vez más breves y distantes en el tiempo. Y tan tensas para ella como para sus padres.
–Alguien debería darles una medalla –le dijo a Gabe con ironía–. Quedan pocos matrimonios como ese.
–Eso no es cierto. Hay miles de parejas felices. Como Richard y Felicity –expuso triunfante.
–¡Pero no dudaste en acusarme de tener una aventura con Richard!
–Un error natural, en aquellas circunstancias.
–¿Se puede saber qué circunstancias eran esas? –le preguntó exasperada.
–Bueno, lo defendiste con mucho ardor…
–Dicen que es una característica de los ingleses –contestó secamente. Y añadió ante la mirada perpleja de Gabe–: siempre apostamos por el caballo perdedor.
–No creo que Richard y Felicity se consideren a sí mismos perdedores.
–Hoy he ido a ver a Felicity.
–Y supongo que te habrá hablado del contrato que he firmado con Richard. Y que ahora te estás preguntando qué es lo que en realidad me propongo. ¿Serviría de algo que te dijera que no me propongo nada? ¿Que se trata de un contrato sin trampa y que no escondo segundas intenciones?
Jane lo miró con escepticismo.
–¿Y qué consigues tú con ese acuerdo? –por lo que Felicity le había dicho, no lo beneficiaba nada en absoluto.
–Poder dormir con la conciencia tranquila.
–No me digas que tienes conciencia, Gabe.
–¿Te cuesta creerlo?
Jane se encogió de hombros. Tres años atrás, lo había considerado un hombre sin conciencia ni sentimientos y no iba a cambiar tan pronto de opinión.
–La respuesta es sí.
–Oh, pues claro que tengo. Y te aseguro que se ha dado cuenta del esfuerzo que has hecho hace unos minutos para cambiar de tema –añadió burlón.
Jane lo miró con expresión de fingida inocencia. En realidad, habían sido tantas las veces que había cambiado de tema que no sabía a cuál de ellas se refería exactamente.
Gabe echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
–¿Normalmente te funciona esa cara de niña inocente? –preguntó.
–Normalmente sí –contestó ella, sonriendo a pesar de sí misma.
–Dios, Jane, ¡estás preciosa cuando sonríes! –dijo con admiración–. ¡Oh, estás intentando cambiar de tema!
–¿Tú crees?
–Estoy seguro. Dime, ¿sabes jugar al bridge?
–Pues la verdad es que sí.
–¿Y al ajedrez?
Jane volvió a sonreír, sabiendo exactamente a qué se estaba refiriendo.
–Sí –confirmó.
–Desgraciadamente para ti, ¡yo también! –bromeó Gabe–. Dime, Jane, ¿tú crees en el amor a primera vista? –añadió suavemente.
–No –contestó ella sin vacilar–. Ni a segunda, ni a tercera ni a cuarta.
–¿Tan terrible fue tu matrimonio?
–A su manera, sí. ¿Pero acaso no fue también terrible el tuyo? –lo desafió. No tenía ninguna intención de hablar de su matrimonio con Paul. «Terrible» era una palabra demasiado blanda para describirlo–. A pesar de todo lo que amabas a tu esposa.
–Jane, me gustaría contarte algo sobre mis sentimientos hacia Jennifer.
–Gabe, no tengo ningún interés en saber cómo fue tu matrimonio –lo interrumpió Jane nerviosa; ya sabía todo lo que necesitaba saber sobre aquel período de la vida de Gabe–. Si todavía no has conseguido superar lo ocurrido y necesitas hablar con alguien sobre ello, te sugiero que recurras a un consejero matrimonial, ¡o a un sacerdote! –añadió en un tono insultante.
–¿Por qué te resulta tan terrible que te hable de mi matrimonio? –preguntó Gabe con mirada sombría.
–No tengo ni idea, Gabe –suspiró–. No sé por qué no quiero saber nada de tu matrimonio, pero no quiero. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
–Es evidente que me cuesta aprender –musitó pensativo, mientras tomaba su chaqueta del respaldo de la silla en la que la había dejado–. Pensaba que eras diferente, Jane –frunció el ceño–. Todavía lo pienso. Y también sé que no eres tan indiferente a mí como te gusta pensar –se puso la chaqueta–. Gracias por la cena. Y por la conversación. Lo creas o no, he disfrutado de ambas.
A Jane le resultaba difícil creerlo. Algunos momentos de la velada, los menos, habían sido agradables. Pero sus besos habían tenido un efecto devastador en las barreras con las que Jane pretendía proteger sus sentimientos, y de la conversación sobre su esposa no había disfrutado nada en absoluto. De hecho, le costaba creer que Gabe lo hubiera hecho. Además, se arrepentía de haber revelado tantos detalles sobre su vida.
–Gracias por las flores –le dijo muy tensa–. Pero no vuelvas a utilizar a Evie para entrar aquí –dijo con dureza–. Es posible que ella sea una romántica, pero yo no lo soy.
–Y pretendes dejarle las cosas claras sobre tu supuesto prometido de América –aventuró Gabe–. Pero no tienes por qué preocuparte. La próxima vez que venga a aquí, Jane, será porque tú me hayas invitado –le prometió.
En ese caso, no habría próxima vez, se aseguró Jane mientras lo acompañaba a la puerta.
Una vez allí, Gabe se volvió hacia ella y le enmarcó el rostro con las manos.
–No pretendo hacerte ningún daño, Jane –le dijo con voz ronca.
No lo pretendería, pero ya había hecho temblar los cimientos de su nueva vida.
–No permitiría que lo hicieras –le aseguró con firmeza.
Gabe sonrió con ironía.
–Cuídate, Jane Smith –le dijo suavemente–. Porque dudo mucho que permitas que nadie lo haga por ti.
Jane cerró la puerta y echó el cerrojo antes de que Gabe hubiera tenido tiempo de llegar al ascensor, se inclinó contra ella y cerró los ojos exhausta.
Pero aquel gesto tuvo el efecto de conjurar la imagen de Gabe en su apartamento, besándola hasta hacerla responder a su beso.
Capítulo 6
LA CASA tenía el mismo aspecto de siempre. Todavía había nieve sobre la cerca y los árboles del jardín, pero no en el camino de grava que conducía hacia la casa, lo que significaba que sus padres habían salido durante los últimos días.
A Jane siempre le había encantado aquella casa situada en Berkshire. Había pasado allí su infancia y su adolescencia, rodeada de bosques y praderas. Aquella era la casa de sus padres, en la que siempre había conocido el amor y la felicidad de contar con el afecto de una familia.
Pero no sentía ninguna de esas cosas mientras aparcaba la furgoneta. Aquella ya no era la casa que una vez había sido. Hacía falta volver a pintar el exterior y en el interior solo una pequeña parte permanecía habitable.
Jane salió de la furgoneta, sacó la tarta que había hecho para celebrar el aniversario de sus padres y un ramo de flores.
Abrió la puerta de la entrada y se detuvo en el vestíbulo. Dejó la caja de la tarta en una mesa que allí había antes de alzar la mirada hacia las escaleras y recordar el baile que habían organizado en su casa el día que había cumplido dieciocho años. Se recordaba bajando esas escaleras con el precioso vestido negro que su madre la había ayudado a elegir.
En esa época, Jane parecía tener el mundo entero a sus pies. Pero la vida se había encargado de destrozar los sueños de diez años atrás. Y en cuanto a su deseo de aquella noche de encontrar pronto al hombre de su vida y ser feliz para siempre con él… Tal como le había dicho a Gabriel Vaughan dos noches atrás, tampoco creía ya que eso fuera posible.
Gabriel Vaughan…
Había intentado no pensar en él durante esos dos días. El haber estado particularmente ocupada le había servido de mucha ayuda, aunque tenía que admitir que había sentido una ligera aprensión ante la posibilidad de encontrárselo como invitado en la cena que había servido la noche anterior.
Afortunadamente, había sido una noche libre de problemas. Llevaba por tanto dos días sin tener noticias de Gabe. Y, extrañamente, tras el inicial bombardeo de Gabe a su privacidad y a sus emociones, encontraba su silencio casi más enervante. ¿Qué se propondría hacer a continuación?
–Janette, querida –la recibió su madre con cariño cuando Jane entró en el salón. El fuego ardía en la chimenea, la única fuente de calor, además de la chimenea del dormitorio, que tenían en la casa desde que la calefacción central se había convertido en un lujo fuera de su alcance.
Su madre, tan elegante y hermosa como siempre, se levantó para darle un beso. A pesar de sus cincuenta y un años, Daphne Smith-Roberts seguía estando tan delgada como en su juventud.
Casi inmediatamente, Jane se volvió hacia a su padre. Y tuvo que hacer un serio esfuerzo para no permitir que su rostro mostrara la impresión que le causaba ver aquel cuerpo encorvado y falto de espíritu. Aunque solo era diez años más viejo que su madre, parecía mucho mayor; hacía tres años que había dejado de ser el hombre vitalista y atlético de tiempos atrás.
Jane se obligó a forzar una sonrisa mientras su padre se levantaba a besarla y abrazarla.
Y la asaltó nuevamente un angustioso sentimiento de culpabilidad.
La sobrecogía cada vez que iba a ver a sus padres. Si no se hubiera enamorado de Paul, si no se hubiera casado con él, si su padre no hubiera permitido que su yerno fuera asumiendo cada vez más responsabilidades en la empresa, si…
Porque Paul había abusado de la confianza que habían depositado en él. Y habiendo sido su esposa, y siendo en ese momento su viuda, Jane no podía menos que sentirse culpable y desesperada porque las mentiras de Paul habían terminado arrebatándoles a sus padres el cómodo retiro del que ambos esperaban poder disfrutar juntos.
–Tienes un aspecto maravilloso, hija –dijo su padre, mirándola con orgullo.
–Tú también –mintió Jane con inmenso cariño.
Su padre había perdido mucho más que un negocio tres años atrás. Había perdido también el respeto que se tenía a sí mismo por haber convertido su empresa de electrónica en una de las más importantes del país. A los cincuenta y ocho años se había sentido demasiado viejo y derrotado para empezar de nuevo. De modo que sus padres se habían visto obligados a pasar aquellos años con una rígida austeridad, en vez de recorriendo el mundo juntos, como durante toda su vida habían planeado.
Culpable, sí. Jane se sentía culpable.
–Creo que estás un poco pálida, Janette –comentó su madre con preocupación–. No estarás trabajando demasiado, ¿verdad?
Sí, también sus padres se sentían culpables, pero por razones diferentes. La vida que Jane llevaba, cocinando y sirviendo cenas, no era la que habían imaginado para su adorada hija. Pero tres años atrás, ninguno de ellos estaba en una situación económica que les permitiera algo más que darse apoyo emocional.
Las cosas ya iban mejor para Jane. Y sin que ellos se dieran cuenta, intentaba ayudarlos de todas las formas que podía. Esa misma tarde, antes de irse, le dejaría a la señora Weaver, la única ayuda con la que su madre contaba para atender aquella enorme casa, algunas cosas como el salmón ahumado que su madre adoraba, unas botellas del whisky que más le gustaba a su padre y otros muchos caprichos que ellos no podían comprar. Su madre probablemente fuera consciente de aquellos extras que Jane les suministraba puesto que había sido ella la que había llevado siempre las cuentas de la casa. Pero por tácito acuerdo, ninguna de ellas mencionaba esos pequeños lujos que aparecían tras sus visitas.
–En absoluto –le aseguró Jane a su madre–. El negocio marcha maravillosamente. Y esta es la época del año en la que estoy más ocupada. Pero no he venido a hablar de mí –sonrió y le tendió el ramo de flores a su madre–. ¡Feliz aniversario!
–Oh, querida, qué encanto –su madre pestañeó para apartar las lágrimas que amenazaban con desbordar sus ojos mientras miraba el ramo de lilas y orquídeas, sus flores favoritas.
–Y esto es para ti, papá –le tendió a su padre una botella de whisky y abrió los ojos de par en par al ver justo en ese momento el plantel de rosas que cubría el alféizar de la ventana–. Dios mío, papá –exclamó, admirando aquellas rosas amarillas y blancas, absolutamente hermosas–. ¿Has cultivado tú esas rosas en el jardín?
–Me temo que no –contestó su padre con una mueca de pesar–. Ojalá. Son bonitas, ¿verdad?
Eran preciosas. Pero, si su padre no las había cultivado, ¿de dónde habrían salido?
El círculo de amistades de sus padres se había visto reducido a un par de parejas que conocían de cuando estaban recién casados, y Jane no creía que ninguna de ellas se las hubiera enviado. Había por lo menos quince capullos allí y debía de haber costado una pequeña fortuna.
El cambio en la situación económica de sus padres había tenido un efecto extraño en la mayoría de las personas que hasta entonces consideraban amigas. La mayor parte de ellas evitaba a la pareja, casi como si temieran contagiarse de su desgracia.
¿Quién podría haber enviado aquellas rosas?
–Ayer tuvimos visita, querida –su madre hablaba en un tono animado, pero evitaba mirarla a los ojos–. Por supuesto, él no sabía que era nuestro aniversario, pero las rosas son adorables, ¿no te parece?
¿Él? Una sensación de peligro comenzó a extenderse dentro de ella. ¡Él! ¿Pero qué él?
Las manos comenzaron a temblarle y sintió que le faltaba el aire. Sentía la sangre abandonando su rostro mientras continuaba mirando fijamente a su madre.
–Oh, Janette, no pongas esa cara –su madre se acercó a ella y le tomó las manos con cariño–. No pasó absolutamente nada. El señor Vaughan no se quedó mucho tiempo, solo el suficiente para compartir una taza de té con nosotros –admitió–. Venga, vamos a tomar el té –añadió desesperada al ver a Jane cada vez más angustiada–. Creo que le pediré a la señora Weaver que nos vaya trayendo…
–¡No! –exclamó Jane cuando por fin recuperó el habla.
¡El señor Vaughan! Sus peores temores se convertían en realidad: era Gabe el que había ido a casa de sus padres y les había llevado aquellas flores tan hermosas.
¿Pero por qué? Habían pasado ya tres años. ¿Por qué no podía dejarlos en paz? ¿O habría ido para comprobar los daños que junto a Paul le había ocasionado a su familia?
El hombre con el que había cenado la semana anterior no parecía ser tan cruel. Su actuación con Felicity y Richard Warner tampoco había sido la de un hombre malo. ¿Pero qué razón podría haberlo inducido entonces a ir hasta allí?
–Llevaré el ramo a la cocina para ponerlo en un jarrón –les dijo a sus padres–. Y le diré a la señora Weaver que vaya preparando el té –necesitaba escapar aunque solo fuera durante unos minutos, tenía que encontrar algún sentido a lo que estaba ocurriendo. Y necesitaba alejarse de sus padres para poder hacerlo.
–Janie…
–No tardaré, papá –le aseguró rápidamente.
Su padre había utilizado el nombre con el que la llamaba cuando era niña para consolarla cuando lloraba. Sabía que al abandonar tan bruscamente el salón estaba preocupando a sus padres, pero era indispensable que lo hiciera.
En cuanto salió al pasillo, respiró hondo, intentando recuperar el aire que había abandonado sus pulmones y encontrar una explicación a lo que su madre acababa de decirle.
¡Gabe había estado allí! En casa de sus padres. En la casa en la que ella había crecido.
¿Pero por qué?, volvió a preguntarse.
Oía el murmullo de la conversación consternada de sus padres tras ella y sabía que su reacción los había inquietado. Normalmente, se guardaba sus sentimientos para sí, consciente de que sus padres ya habían tenido que enfrentarse a suficientes problemas. Pero enterarse de que Gabe había estado allí, le había causado tal impresión que le había sido imposible disimularlos.
Pero tenía que tranquilizarse, poner las flores en un jarrón, pedirle a la señora Weaver que sirviera el té y llevar al salón la tarta que había hecho para celebrar el aniversario de sus padres. Tenía que procurar mantener una imagen de normalidad. Al fin y al cabo, sus padres no sabían que había vuelto a encontrarse con el señor Vaughan…
El ama de llaves, como siempre, se mostró encantada de ver a Jane. Aquella mujer había trabajado en la casa desde que Jane era niña. Las dos estuvieron charlando amigablemente mientras Jane arreglaba el ramo de orquídeas y lilas, intentado analizar las cosas con cierta distancia. Merendaría tranquilamente con sus padres y a continuación volvería a sacar el tema de Gabriel Vaughan. Quería saber de qué había hablado Gabe durante su visita. Y, especialmente, lo que le habían contado sus padres a él.
Sus padres parecieron aliviados al verla más relajada cuando volvió a reunirse con ellos. Se emocionaron al ver la tarta que les había hecho y disfrutaron de ella junto a una taza de té.
Pero la tensión que reinaba entre los tres era evidente.
–¿Te quedarás a cenar con nosotros, cariño? –preguntó su madre expectante al cabo de unos minutos.
–No puedo, mamá.
–¿Tienes que encargarte de otra cena? –aventuró su padre con pesar.
–Estamos prácticamente en Navidad, papá –le recordó–. Esta es la época del año en la que más ocupada estoy.
Su padre suspiró pesadamente.
–Nunca conocerás a nadie si te pasas la vida metida en las cocinas de los demás.
¡Lo último que Jane quería era conocer a alguien! Y además, incluso dentro de la cocina había llegado a conocer a alguien: al mismísimo Gabriel Vaughan.
–Prefiero ser la dama de honor a la novia –bromeó–. Pero, contadme, además de traeros unas rosas, ¿qué quería exactamente Gabriel Vaughan?
Tras regresar de la cocina, Jane había observado atentamente el salón, en busca de alguna fotografía que pudiera delatarla. Pero no había encontrado allí ninguna foto reciente que indicara que Jane Smith había sido en otro tiempo Janette Smythe-Roberts. Y tampoco nada que indicara que había estado casada con Paul Granger, por cierto. Al igual que Jane, sus padres habían destrozado todo lo relacionado con él, incluso sus fotografías de boda.
–En realidad no podría decírtelo –contestó su madre vagamente–. No parecía querer nada en específico, ¿verdad, David? –miró a su marido en busca de apoyo.
–No, en realidad no –el padre de Jane pareció contestar para tranquilizar a Jane–. Pasamos un rato bastante agradable, hablando de esto y lo otro –se encogió de hombros.
Por lo poco que conocía a Gabe, mucho dudaba que su único interés hubiera sido pasar un rato agradable hablando con ellos.
–Papá, ese hombre estuvo tranquilamente sentado, esperando a que tu empresa estuviera prácticamente en ruinas, y justo entonces te hizo una oferta que tú no podías rechazar –protestó exasperada–. ¿Cómo es posible que hayas estado tomando el té con él?
–Lo que sucedió entonces fue una cuestión de negocios, Janette –contestó su padre con firmeza, con un ánimo que Jane ya creía perdido–. Y deberías concederle a Gabriel Vaughan el mérito de haber mantenido a la mayoría de los empleados de la empresa y haber conseguido reflotar la compañía.
Ella no pensaba concederle a Gabriel Vaughan el mérito de nada. Pero sus padres desconocían la insistencia con la que había estado acosándola tres años atrás. Oh, Gabe también les había preguntado a sus padres por ella, pero, en aquel momento, sus padres habían decidido que Jane ya había sufrido suficiente y se habían negado a decirle dónde estaba.
Había sido entonces cuando habían comenzado las mentiras.
Lo que no sabían sus padres era que Gabe había ido a ver a cada uno de sus amigos para plantearles la misma pregunta. Durante meses, Jane no se había atrevido a ponerse en contacto con nadie por miedo a que Gabriel Vaughan consiguiera encontrarla. Tampoco sabían sus padres que Gabriel Vaughan era parte de la razón por la que había decido abrir su negocio con el nombre de Jane Smith. La habían creído cuando les había dicho que prefería que nadie supiera que en otro tiempo ella era Janette Smythe-Roberts. Ellos mismos habían tenido que sufrir ya suficientes humillaciones como para creerla.
–Tú también podrías haberlo hecho si él te hubiera dado un respaldo financiero, en vez de haberse quedado con la empresa.
Su padre sacudió la cabeza sonriendo con tristeza.
–Gabriel Vaughan no es una institución benéfica, Janette. Es un hombre de negocios. Además, yo tenía casi sesenta años, era demasiado viejo para desenterrar el entusiasmo y las fuerzas que se necesitan para sacar adelante una empresa.
Jane intentó contener su enfado, consciente de que en el fondo su padre tenía razón sobre Gabe. No había sido él el único responsable de la falta de ánimo de su padre. El principal culpable estaba ya muerto. Paul, su propio marido, había sido el causante de todo lo ocurrido tres años atrás.
Volvía a cerrarse de esa forma el círculo de culpabilidad que la acosaba cada vez que iba a ver a sus padres.
–Aun así, me parece muy raro que Gabriel Vaughan haya venido a veros –musitó.
De hecho, era tan raro que, en cuanto tuviera la menor oportunidad de hacerlo, averiguaría cuál había sido la intención de Gabe al ir a visitar a sus padres.
–¡Jane! –la saludó Felicity al otro lado de la línea al reconocer su voz–. ¡Qué maravilla! Estaba a punto de llamarte.
–¿Ah sí?
Jane llevaba veinticuatro horas intentando encontrar la mejor forma de solucionar su problema. Su problema continuaba siendo Gabriel Vaughan, pero frente a todo pronóstico, aquella vez la cuestión no residía en evitarlo, sino en volver a coincidir con él sin que pareciera que lo estaba haciendo de forma intencionada.
Había llamado a Felicity con intención de ir a verla y al mismo tiempo dirigir la conversación hacia Gabriel Vaughan.
–Pues sí –Felicity rio feliz–. Me encuentro mucho mejor y Richard y yo queríamos darte las gracias por tu ayuda.
–No es necesario…
–En eso estamos en total desacuerdo contigo –la interrumpió Felicity–. Yo sugerí que te invitáramos a cenar, pero Richard decía que eso era como llevar carbón a Newcastle. Sin embargo, yo no pienso lo mismo que él. Sé lo maravilloso que es que alguien cocine para ti de vez en cuando.
Felicity tenía razón, por supuesto. Como Jane se dedicaba profesionalmente a la cocina, la mayor parte de la gente pensaba que se preparaba platos tan exquisitos para ella misma como los que servía en sus comidas y cenas. Cosa que no era cierta, por supuesto. De hecho, uno de los pocos lujos que de vez en cuando se permitía era comprarse una pizza para llevar a casa.
–Te agradezco mucho la idea, Felicity –contestó a la otra mujer–, pero de verdad que no hace falta. Y además, no quiero tener que hacer de carabina…
–¡Y no tendrás que hacerlo! –anunció Felicity triunfal–. Porque voy a invitar a Gabe para que seamos cuatro.
Jane quería ver a Gabe. Necesitaba verlo. Al fin y al cabo, ¿no era esa la razón por la que había llamado a Felicity? ¿Pero realmente quería ir a cenar con ese hombre?
La respuesta era definitivamente no: la última vez que había cenado con Gabe, este la había besado hasta hacer que le temblaran las piernas. Pero, por otro lado, en aquella ocasión no iba a estar sola, así que Gabe no tendría oportunidad de tomarse esas libertades.
–¿Jane? –preguntó Felicity ante su continuado silencio.
Jane tomó rápidamente la agenda que tenía al lado del teléfono. Faltando solo una semana para Navidad, estaba verdaderamente ocupada. Pero también era consciente de que no iba a encontrar una oportunidad mejor para verse con Gabe en un terreno neutral.
No tenía idea de cómo iba a poder sacar el tema de la visita a sus padres, pero esperaba que el momento se presentara durante la noche.
–La única noche que tengo libre es la del miércoles. Tendríamos que quedar a las ocho y media, si no os viene mal…
–Estupendo –aceptó Felicity al instante–. Iremos a Antonio’s. ¿Quieres que te llevemos? O quizá podría ir Gabe a…
–Nos veremos en el restaurante –la interrumpió Jane rápidamente–. Tendré que esperar a terminar de servir un cóctel, así que no puedo garantizar que vaya a estar allí a las ocho y media.
Y, sobre todo, no tenía ninguna intención de que Gabe entrara con ella en un restaurante en el que todo el mundo la conocía, dando la impresión de que era su pareja.
–Entonces nos veremos allí. Hasta el miércoles, Jane –y colgó el teléfono.
Jane colgó su propio auricular mucho más lentamente. Su deseo se había cumplido: iba a ver a Gabriel Vaughan otra vez, ¡y esperaba no tener que arrepentirse!
Capítulo 7
¡JANE! –Antonio, el propietario y chef del restaurante, salió de la cocina para saludar personalmente a Jane cuando esta llegó, poco después de las ocho y media del miércoles.
No había llegado deliberadamente tarde; tal como le había advertido a Felicity, había tenido que retrasarse a causa del cóctel. Además, había tenido que cambiarse para asistir a la cena. Afortunadamente, se había llevado un vestido negro y unos zapatos de tacón y había podido salir directamente desde el cóctel hacia el restaurante en cuanto había terminado de recoger.
Antonio y ella eran viejos amigos. Dos años atrás, Jane no estaba particularmente familiarizada con la pasta, así que había decidido acudir a un experto para aprender antes de poner en funcionamiento su negocio. Había pasado un mes en aquel restaurante, trabajando en la cocina junto a Antonio, y a pesar de todo lo que había oído sobre el carácter temperamental de los chefs italianos, de los que Antonio constituía un buen ejemplo, había disfrutado mucho durante aquel mes. Al final de aquel período, Antonio y ella habían llegado a ser grandes amigos.
Tras besarse mutuamente en las mejillas, Jane le dirigió una sonrisa radiante al atractivo italiano.
–He venido a cenar con el señor y la señora Warner.
Antonio arqueó las cejas con expresión traviesa.
–Y con el señor Vaughan –añadió.
¡Gabe estaba allí! Jane no había vuelto a hablar ni con Felicity ni con Richard desde la llamada del sábado, de modo que no sabía si Gabe había aceptado o no la invitación. La sonrisa de Antonio indicaba que no solo la había aceptado, sino que ya había llegado al restaurante.
–Y el señor Vaughan –repitió ella–. Deja de sonreír así, Antonio. Esta es una cena de negocios –lo cual no era estrictamente cierto, pero, al fin y al cabo, tampoco era aquella la cena de placer que Antonio parecía creer.
–Tú siempre trabajando, Jane –alzó las manos, haciendo un gesto de exasperación–. Aunque nunca has venido a mi cocina vestida de ese modo –contempló con gesto de admiración el vestido negro, un modelo corto que realzaba la perfección de su figura y la largura de sus piernas.
–Dime en qué mesa están, Antonio –le pidió Jane, consciente de que se estaba retrasando demasiado.
–Haré algo mejor que eso –la tomó del brazo–. Esta noche tú eres mi cliente, Jane. Te mostraré personalmente tu mesa.
Ser conducida hasta su mesa por el atractivo propietario del restaurante, no era la forma más discreta de llegar. Todos los comensales volvían la cabeza para verlos pasar y Jane ni siquiera se atrevía a mirar a los tres que la estaban esperando. Era consciente, sin embargo, de que Richard y Gabe se habían levantado en cuanto Antonio había sacado su silla y le estaba señalando con un historiado gesto que se sentara.
A continuación, Antonio le tomó la mano y se la besó.
–Ha sido maravilloso volver a verte, Jane –dijo con voz ronca. Le dirigió una significativa mirada y se alejó de allí.
Aquel hombre era el diablo en persona, pensó Jane irritada, mientras intentaba dominar el rubor de sus mejillas. Había insinuado deliberadamente que…
–¿Mutuo reconocimiento profesional? –intervino entonces una voz ya familiar para ella.
Jane se volvió lentamente para encontrarse con la mirada burlona de Gabe, esperando ser capaz de disimular el nerviosismo producido por aquel nuevo encuentro con él.
–Exactamente, Gabe –le contestó con altivez–. Admiro las cualidades profesionales de Antonio. Y creo que él también me respeta profesionalmente –añadió con expresión desafiante.
Que el cielo la ayudara. Gabe estaba devastadoramente atractivo. Se había puesto para la ocasión un traje negro y una camisa blanca como la nieve. Jane contuvo la respiración mientras le sostenía la mirada.
Con el pretexto de extender la servilleta sobre sus rodillas, intentó aplacar el temblor de sus piernas. Había sido un error, decidió, haber vuelto a reunirse con Gabe.
–Buenas noches, Felicity, Richard –se volvió sonriente hacia la pareja–. Y, una vez más, quiero agradeceros que me hayáis invitado.
–Gracias a ti por haber aceptado la invitación –le aseguró Richard, mucho más relajado que la última vez que Jane lo había visto.
–No sabía que conocías a Antonio –comentó Felicity con una intencionada sonrisa.
Jane le devolvió pesarosa la sonrisa. Mientras lo hacía, podía sentir los ojos azules de Gabe fijos en ella. ¿Nadie le habría explicado a ese hombre que era de mala educación mirar así a la gente? Probablemente, pero Gabe estaba acostumbrado a dictar sus propias normas, a hacer siempre lo que le apetecía. Y en ese momento, por incómoda que pudiera sentirse ella, lo que le apetecía era mirarla.
–Estuve trabajando aquí durante un tiempo –le explicó a Felicity. No encontraba nada malo en decir la verdad. Ella trabajaba para ganarse la vida y, por mucho que sus padres odiaran que tuviera que hacerlo, era un hecho irreversible–. Fue aquí donde aprendí a esquivar objetos de cocina voladores –la paciencia de Antonio era inexistente en lo que a sus ayudantes de cocina se refería.
–Es un hombre temperamental, ¿eh? –comentó Gabe, con cierta indiferencia.
–Como la mayor parte de los hombres que he conocido –respondió Jane suavemente.
–Te refieres a los que has conocido en la cocina, por supuesto –replicó Gabe desafiante.
–Por supuesto –respondió ella secamente.
Gabe se echó a reír, sacudiendo ligeramente la cabeza.
–Me alegro de volver a verte, Jane Smith –dijo con voz ronca.
Jane no estaba muy segura de lo que sentía al estar nuevamente cerca de él. El pulso se le había acelerado considerablemente al ver lo atractivo y poderosamente masculino que estaba con aquel traje. Al mismo tiempo, todavía temía lo que Gabe podía haber averiguado sobre ella durante la visita que había hecho a sus padres. Y no podría decir cuál de esos dos sentimientos era más fuerte.
–¿Cómo están las flores? –preguntó Gabe ante su continuado silencio–. ¿O las regalaste en cuanto me fui?
Jane miró a Felicity y a Richard. Ambos parecían estar concentrados en sus respectivas cartas. Pero Jane estaba segura de que Felicity no se estaba perdiendo detalle de aquella conversación.
En cuanto a las flores, en un primer momento Jane no estaba segura de si se refería a las flores que le había regalado a ella o a las que les había llevado sus padres. Afortunadamente, su pregunta lo aclaraba.
–Eso habría sido de muy mala educación, Gabe –le respondió fríamente–. Sobre todo teniendo en cuenta las molestias que te tomaste para entregármelas –señaló.
–Oh, no fue ninguna molestia en absoluto –respondió Gabe divertido–. Y además, conseguí que me invitaras a cenar después en tu casa.
¡Aquel hombre era terrible! Y por la sonrisa de Felicity, era evidente que había ganado el primer asalto.
–Es muy divertido cocinar en pareja –la efervescente Felicity ya no era capaz de seguir manteniéndose al margen de la conversación–. Nosotros solíamos hacerlo, ¿verdad? –se volvió sonriente hacia su marido.
Richard levantó la mirada de la carta.
–A juzgar por tu estado, todavía seguimos haciéndolo –bromeó.
Felicity se sonrojó intensamente.
–Estaba hablando de cocinar, querido –le reprendió entre risas.
Jane no pudo menos que admirar la evidente felicidad de aquella pareja. Felicity tenía la misma edad que ella y contaba ya con un marido maravilloso que la adoraba, dos hijas encantadoras y un tercer bebé en camino.
Jane había añorado todas aquellas cosas en otra época. Y, durante algún tiempo, incluso había llegado a pensar que realmente las tendría. Se entristeció al pensar en lo fugaces que habían sido sus sueños.
Pero se dio entonces cuenta de que Gabe estaba mirándola, arqueando las cejas con gesto interrogante mientras observaba las diferentes expresiones que cruzaban su rostro.
Jane recompuso sus facciones en su habitual inescrutable expresión.
–Creo que ya deberíamos pedir la cena –musitó, sonriendo a Vicenzo, que se había acercado a ellos y le había dirigido una amistosa sonrisa al reconocerla.
Pero la sonrisa de Jane tembló en sus labios cuando se volvió y comprobó que Gabe continuaba observándola. En aquella ocasión con una dura expresión, como si quisiera decirle que no le había gustado nada aquel intercambio de sonrisas con el camarero.
¿Pero qué demonios esperaba?, se preguntó Jane. Tenía veintiocho años, y el hecho de que los hombres la hubieran desilusionado no significaba que ellos hubieran dejado de coquetear con ella. Al fin y al cabo, él mismo lo había hecho en cuanto los habían presentado. Sin embargo, por su expresión parecía estar diciendo que era él el único hombre que tenía algún derecho a hacerlo.
Por otra parte, que a la mayor parte de los hombres les gustara flirtear, no significaba que quisieran ir más allá. Y Vicenzo era el primer ejemplo de ello. Jane sabía que adoraba a su esposa. Además, la propia Anna se encargaría de dejarle las cosas claras a su marido en el caso de que este se propusiera algo más que un inocente coqueteo.
Gabe despejó ligeramente el ceño al ver a Vicenzo hablando amistosamente con Jane. Y cuando esta lo miró con expresión burlona, se encogió ligeramente de hombros, como si quisiera decirle que admitía haberse equivocado.
Pero no era solo con Vicenzo con quien se había equivocado, decidió Jane irritada. Gabe no tenía ningún derecho a sentir celos de ningún hombre. Un ramo de flores y una cena compartida no le concedían ningún derecho sobre ella.
A medida que fue avanzando la cena, fue siendo más obvio para Jane que iba a ser prácticamente imposible sacar un tema tan delicado como la visita que Gabe había hecho a sus padres de forma casual. Hasta las más inocentes preguntas de Felicity sobre su trabajo en Inglaterra fueron contestadas vagamente por Gabe diciendo simplemente que continuaba estando muy ocupado.
Al final de la noche, Jane se sentía extremadamente frustrada al no haber sido capaz de averiguar lo que realmente quería saber: por qué motivo había ido Gabe a ver a sus padres.
–¿Has venido en coche, Gabe? –le preguntó Richard, cuando se estaban preparando para salir del restaurante–. ¿O quieres que te llevemos a tu casa?
–Estaba esperando a que Jane se ofreciera a llevarme –contestó Gabe, con los ojos fijos en ella–. He visto que solo has bebido media copa de vino, así que imagino que piensas volver a casa en la furgoneta. Yo he venido en taxi.
–Yo te llevaré a casa –se ofreció entonces. Al fin y al cabo, era la única posibilidad que todavía le quedaba de sacar el tema sobre la visita a sus padres–. Gracias por la cena –se volvió hacia Felicity–. Lo he pasado muy bien.
Y era cierto. La comida estaba exquisita, como siempre, y con la otra pareja presente, la conversación había transcurrido de forma fluida. Ni siquiera la presencia de Gabe la había molestado. Tras la tirantez inicial, se había mostrado encantador durante el resto de la noche. De modo que la única preocupación de Jane había sido la cuestión de sus padres.
–¡Jane! –Antonio abandonó la cocina por segunda vez para salir a despedirse de ella con un cariñoso abrazo–. Tengo dos recetas nuevas que estoy seguro te encantarían –le dijo con voz seductora–. Ven a verme en cuanto tengas tiempo, ¿de acuerdo?
Jane le contestó afirmativamente, explicándole que tendría que esperar hasta después de Año Nuevo, pues de momento estaba ocupada. Gabe permaneció atento a la conversación con mirada escéptica y sonrisa burlona en los labios.
–Siento este retraso –se disculpó Jane mientras caminaban hacia la furgoneta tras haberse despedido de la otra pareja–. Antonio y yo somos viejos amigos.
–Ya lo has dicho antes –afirmó Gabe mientras ella abría las puertas–. Y el hecho de que te haya invitado a probar sus recetas es una buena forma de demostrarlo.
En cuanto ambos estuvieron sentados en la furgoneta, Jane se volvió hacia él y le dirigió una dura mirada.
–¡Antonio es un hombre casado!
–Y a ti no te interesan los maridos de otras mujeres –le recordó Gabe secamente.
–No me interesan, no –contestó ella mientras ponía en marcha la furgoneta–. Jamás le causaría a otra mujer esa clase de dolor.
Gabe se reclinó en su asiento, completamente relajado.
–Entonces es mejor que yo no esté casado, ¿verdad? –dijo con satisfacción.
Jane no contestó. No estaba muy segura de lo que pretendía decir, ¡ni tampoco de querer estarlo! Eran tantos los motivos que tenía para no involucrarse de ninguna manera en la vida de Gabe, que el que hubiera estado casado habría sido el menor de los problemas.
–¿No crees que deberías decirme adónde quieres que te lleve? –le preguntó.
–A Mayfair.
¿Cómo no?, se preguntó Jane. Aquel hombre siempre disponía de lo mejor.
–Te llamé este fin de semana,
Jane miró a Gabe de soslayo antes de concentrar nuevamente toda su atención en la carretera. No había encontrado ninguno de sus crípticos mensajes en el contestador durante el fin de semana. Pero Gabe ya había dejado suficientemente claro que odiaba esos aparatos.
Se encogió de hombros antes de contestarle:
–Ya te advertí que en esta época iba a estar muy ocupada.
–Te llamé el sábado por la tarde.
Y el sábado por la tarde Jane había estado en casa de sus padres…
–Estaba fuera de la ciudad –le explicó. El corazón le latía violentamente en el pecho. Quizá fuera aquella la única oportunidad de abordar el tema que la preocupaba–. En Berkshire. Fui a ver a los Smythe-Roberts, unos conocidos que viven allí –añadió casi sin respiración.
–Yo también he ido a verlos –asintió él sin darle demasiada importancia–. Así que trabajando el sábado por la tarde –sacudió la cabeza–. Gira a la izquierda. Mi apartamento está en ese edificio de la derecha.
¿Cómo que él también había ido a verlos? Jane por fin había conseguido sacar a colación el tema de la visita y él se lo quitaba de encima con una sola frase. Había ido a verlos justo un día antes que ella y les había llevado un ramo de rosas. Quizá mereciera la pena mencionar aquella coincidencia.
–Qué coincidencia –comentó.
La expresión de Gabe era inescrutable.
–¿Que haya alquilado un apartamento en Mayfair? –frunció el ceño–. ¿Conoces a alguien que viva aquí?
¡Difícilmente! Quizá en otra época de su vida había tenido amigos que frecuentaban esa clase de ambiente, pero al igual que los amigos de sus padres, la mayor parte de ellos le habían dado la espalda cuando su situación económica había cambiado.
Además, ¿estaría siendo Gabe deliberadamente obtuso? Probablemente no, admitió a regañadientes, al advertir que todavía parecía confundido por su comentario.
–Me refería a que también conoces a los Smythe-Roberts.
–Conocer quizá sea una palabra exagerada. Conocía mucho mejor a su hija.
Jane se quedó mirándolo fijamente. Todo su cuerpo se tensó ante aquella respuesta. ¿Cómo podía estar diciendo que la conocía cuando tres años atrás prácticamente ni siquiera se habían visto?
–¿A su hija? –preguntó, sin mostrar excesivo interés, a pesar de que sentía los nervios a punto de estallarle–. No la vi cuando estuve allí.
–Y no me sorprende –dijo Gabe disgustado. Alzó la mirada hacia su bloque de apartamentos–. ¿Te apetece subir a tomar una copa?
¿Le apetecía? Realmente no. Pero si quería continuar aquella conversación con…
–Preferiría un café –aceptó. Salió de la furgoneta y la cerró antes de seguir a Gabe al interior del edificio.
En realidad lo último que le apetecía era tomar a esas horas un café que probablemente la mantendría despierta durante toda la noche. Pero quería saber por qué a Gabe no le había sorprendido que Janette Smythe-Roberts no estuviera en casa de sus padres el día del trigésimo aniversario de su boda.
–¿Descafeinado? –preguntó Gabe cuando entraron en el apartamento.
–Sí, gracias –contestó ella, mientras lo seguía a su ultramoderna cocina–. ¿Debo suponer que tuviste una relación con la hija de los Smythe-Roberts?
Sabía perfectamente bien que no había estado involucrado de ninguna manera con ella, pero necesitaba continuar con aquel tema de conversación.
–Jamás. Tampoco he tenido nunca el menor interés en las niñas ricas y mimadas.
¡Niñas ricas y mimadas! Aprovechando que Gabe estaba de espaldas, Jane lo fulminó con la mirada. Podía haber sido mimada por sus padres cuando era joven, pero el matrimonio con Paul había apartado toda clase de mimos de su vida.
–Los Smythe-Roberts no me parecieron gente especialmente rica –comentó, cuando Gabe se sentó a la mesa con ella.
–Ni a mí. Pero tenían mucho dinero hace tres años. Lo sé porque yo le compré a David Roberts su empresa. Así que lo único que puedo suponer es que su hija se quedó con todo.
Jane se quedó mirándolo fijamente. ¿Sería eso realmente lo que pensaba? Que se había marchado con el dinero y había dejado a sus padres viviendo, en comparación con su anterior ritmo de vida, rozando la escasez?
¿Acaso no sabía nada Gabe de los gastos a los que habían tenido que hacer frente para saldar las deudas de juego de Paul? ¿Desconocería también que Paul había estado sacando dinero de la empresa para poder mantener aquella ruinosa afición?
Al final, ni siquiera eso había sido suficiente para Paul y había comenzado a firmar pagarés que jamás había pagado. Pagarés que al morir él habían pasado a su viuda. Consciente de la precaria salud de Janette en aquel momento, su padre había decidido hacerse cargo de las deudas, empleando para ello el dinero obtenido por la venta de la empresa.
Para cuando Jane había comenzado a sentirse suficientemente bien como para empezar a enfrentarse a todo ello, ya era demasiado tarde; su padre se había desprendido de todo.
Lo único que había sobrevivido de aquel desastre había sido el deseo de venganza de Gabriel Vaughan. Y la única persona con la que podía satisfacerlo era Janette Granger, la viuda de Paul Granger, que de esa forma había pasado a convertirse en el objetivo de su venganza.
Porque, en el momento de su muerte, la esposa de Gabe acababa de abandonarlo. Y el hombre con el que se había fugado era Paul Granger, el marido de Janette.
Capítulo 8
JANE se humedeció nerviosa los labios y frunció el ceño con expresión sombría.
–Quieres decir que la hija…
–Janette Smythe-Roberts, o Janette Granger si utilizas su nombre de casada –la informó Gabe con gesto burlón.
–¿Estás insinuando que sus padres le dieron a ella todo su dinero y les dejó a ellos sin… sin…? –¿cómo describir la situación financiera de sus padres?
–Prácticamente sin un penique, por lo que pude ver la semana pasada –terminó por ella Gabe–. Por lo que me dijeron sus padres, la hija está viviendo actualmente en el extranjero –dijo con evidente disgusto–. Tengo que admitir que era muy hermosa, la mujer más bella que he visto en toda mi vida, con excepción de la presente, claro está…
–Por favor, Gabe –protestó en tono regañón.
Gabe sonrió divertido.
–De acuerdo, me ahorraré los cumplidos. Pero Janette Smythe-Roberts tenía un rostro perfecto, un cuerpo perfecto y la melena rubia más gloriosa que mis ojos han visto –dijo sombrío–. Y toda esa perfección solo servía para ocultar su egoísmo. ¿Sabes lo que hizo hace tres años aquella mujer, después de que su marido muriera y cuando la empresa de su padre se encontraba en una situación delicada? –sacudió la cabeza–. En vez de mostrarse como una viuda conmovida, o como una hija deseosa de apoyar a sus padres, desapareció, Jane. ¡Simplemente desapareció! –repitió con incredulidad.
Jane se quedó mirándolo fijamente, sorprendida por su forma de interpretar su desaparición.
Pero había habido una buena razón que la justificaba. Que justificaba el que no hubiera querido enfrentarse a la vorágine de la publicidad que había acompañado la muerte de su marido. Existía una razón por la que sus padres habían decidido ocultarle la delicada situación de la empresa.
Porque al igual que Felicity Warner en ese momento en el que su marido estaba pasando por serias dificultades financieras, Janette estaba embarazada de tres meses cuando su marido había muerto. Y al enterarse de la doble vida que había llevado Paul, del dinero que había robado a la empresa de su padre y de que pensaba abandonarla, Janette había perdido al bebé que tanto había deseado.
¿Dónde diablos estaba el egoísmo al que Gabe se refería?
Porque Janette no había desaparecido en absoluto. Había estado ingresada en una clínica privada, bajo la protección de sus padres y un médico, hasta que había estado lo suficientemente bien como para regresar a casa. No a la casa que había compartido con Paul, ni a la casa de sus padres, sino a una casa que había alquilado en Devon, lejos de las miradas de los curiosos.
Gabe había decidido interpretar aquella desaparición a su manera. Pero estaba completamente equivocado.
–¿Realmente es posible desaparecer en estos tiempos? –preguntó Jane con aparente despreocupación.
–Desaparecen miles de personas al año –Gabe se encogió de hombros–. Y Janette Smythe-Roberts lo hizo muy bien, porque nadie parece haber vuelto a verla desde entonces.
–Me resulta difícil creerlo. ¿Nadie ha intentado localizarla desde entonces?
–Yo cometí el error de querer ayudarla hace tres años.
–¿Sí? –su sorpresa no era en absoluto fingida. ¿Ayudarla? Tres años atrás, no era eso lo que parecía, sino precisamente lo contrario–. Antes has dicho que no habías tenido ningún tipo de relación con ella –intentó hacerlo sonar como una broma, pero lo único que consiguió fue un tono ligeramente acusador.
–Y no la he tenido –Gabe volvió a sonreír, mientras le acariciaba la mano–. ¿Detecto celos en tu voz?
¿Cómo podía estar celosa de sí misma? Jane apartó la mano como si le quemara.
–No seas ridículo –replicó, y se levantó–. Creo que ya es hora de que me vaya…
–Solo estaba bromeando, Jane –Gabe rio suavemente mientras se incorporaba–. Por alguna razón que se me escapa, tengo la sensación de haber pasado la noche hablando de una mujer a la que ni siquiera conoces, ¡y a la que yo no veo desde hace tres años! –frunció el ceño–. ¡Con lo bien que estábamos haciéndolo hasta ahora! –añadió en tono seductor.
Esa era su interpretación de la velada; para ella, solo hacía unos minutos que había tenido oportunidad de plantear el tema que verdaderamente le interesaba. Aunque, de alguna manera, Gabe tenía razón. Había sido la conversación sobre Janette y sus padres la que había vuelto a causar fricciones entre ellos. Hasta entonces, habían disfrutado de una agradable velada. Sorprendentemente, se dijo Jane. A Felicity y a Richard los había visto agradablemente relajados y Gabe había sido encantador.
Pero al mirarlo a los ojos, advirtió que el alegre brillo de su mirada se estaba convirtiendo en algo mucho más peligroso y comprendió que, definitivamente, aquel era el momento de marcharse.
Desgraciadamente, pronto supo, al ver que Gabe inclinaba la cabeza para reclamar sus labios, que había llegado demasiado tarde a esa conclusión.
Apartó bruscamente su boca.
–No, Gabe…
–Sí, Jane –gimió él, enmarcando su rostro con las manos mientras la besaba con una delicadeza embriagadora. Primero los ojos, después la nariz, y a continuación los labios otra vez.
Y era esa delicadeza la que hacía estragos en ella. Si Gabe hubiera sido exigente, o incluso apasionado, se habría resistido. Pero había vuelto a besarla con aquellos labios acariciantes y…
–No ha sido tan terrible, ¿verdad? –murmuró contra su frente.
–No –admitió con voz ronca–, no ha sido tan terrible –de hecho había sido maravilloso. Tanto que estaba deseando que volviera a besarla.
Gabe sonrió, hundiendo su mirada azul en las profundidades de los ojos castaños de Jane.
–¿Cuánto tiempo crees que vas a poder continuar escondiéndote, Jane? –musitó cariñosamente.
Todos los dispositivos de alarma de Jane se pusieron en guardia. Abrió los ojos de par en par y sintió ponerse cada uno de los músculos de su cuerpo en tensión.
–No me estoy escondiendo de ti –le espetó con enfado, apartándose de él.
Gabe respiró hondo y la miró pensativo.
–No pretendía decir que te estuvieras escondiendo de mí –señaló suavemente.
Jane tragó saliva, recordando lo que Gabe acababa de decir. No, no había dicho exactamente eso, pero…
–¡Ni de ti ni de nadie!
Gabe sacudió la cabeza.
–Me has malinterpretado totalmente.
¿Sería cierto? Hacía solo unos minutos, Gabe le había estado hablando de Janette Smythe-Roberts, comentando el hecho de que hubiera desaparecido tres años atrás sin dejar rastro y de pronto le preguntaba durante cuánto tiempo pensaba seguir escondiéndose. ¿A qué otra conclusión se suponía que podía llegar? Sin embargo, hasta el momento Gabe no había dado ningún indicio de saber que Jane era en realidad aquella joven desaparecida. Sí, quizá Gabe tuviera razón y ella se hubiera precipitado a sacar conclusiones sin sentido.
Tragó saliva y lo miró con los ojos entrecerrados.
–Entonces ten la amabilidad de explicarme qué querías decir.
Gabe se encogió de hombros. Una sonrisa asomaba a sus labios sensuales.
–Me estaba refiriendo al papel que asumes en la cocina, manteniéndote siempre en un segundo plano.
–Prefiero ser la dama de honor a la novia –respondió de la misma forma que había contestado a su padre.
–Exactamente –asintió Gabe sonriendo con amplitud–. ¿Pero por qué esconderte siempre en las cocinas de los demás? ¿No tienes ganas de cocinar en la tuya propia?
–Ya tengo mi propia cocina, tú mismo has podido verla –contestó burlona.
–Estás eludiendo el tema, Jane. Lo que quería decir era…
–Sé perfectamente lo que querías decir, Gabe –lo interrumpió–, y tu pregunta presupone que estoy deseando tener una familia. Me gusta mi vida tal y como es, Gabe –le aseguró mientras tomaba su bolso–. Gracias por el café.
–Y adiós otra vez –añadió él.
Jane volvió a mirarlo, sin dejarse conmover por el brillo tentador que iluminaba sus ojos.
–Exactamente. Aunque hasta ahora esa palabra no parece haber funcionado demasiado bien contigo.
–¿Estás segura de que quieres que lo haga? –le preguntó suavemente.
–Por supuesto que quiero.
–Jane, tengo que hacerte una confesión…
Jane lo miró con recelo.
–¿Cuál?
Gabe suspiró pesadamente.
–Bueno, no sé hasta qué punto estáis unidas Felicity y tú…
–Ya te lo expliqué. Es muy poca la relación que tengo con los Warner. Pero no soporto ver injusticias.
–Tu punto de vista sobre el tema ya quedó suficientemente claro en su momento. La cuestión es que creo que deberías saber, por si acaso Felicity siente la tentación de mencionarlo en algún momento, que yo… bueno… yo… le comenté a Richard este fin de semana que sería agradable que nos reuniéramos los cuatro a cenar –admitió, haciendo una mueca de dolor ante la respuesta que esperaba recibir.
En condiciones normales, Jane habría enfurecido ante semejante maquinación, pero, en aquellas circunstancias, era imposible no sonreír. Ella había estado devanándose los sesos para encontrar la forma de volver a verlo y, durante todo ese tiempo, él había estado organizando un nuevo encuentro.
–Te gusta salirte siempre con la tuya, ¿verdad? –le preguntó disgustada–. Está bien, Gabe, has conseguido que cenáramos juntos. Pero ahora tengo que irme –añadió con firmeza.
–Podemos decirnos buenas noches, en vez de adiós. El adiós es algo definitivo, mientras que despedirse diciendo buenas noches permite conservar una pequeña esperanza… de que volvamos a vernos otra vez.
Jane no lo pudo evitar. En aquella ocasión soltó una carcajada. Aquel hombre era realmente imposible.
–Buenas noches, Gabe.
–¿Ves como no es tan difícil? –contestó él satisfecho mientras la acompañaba a la puerta, tomándola del brazo–. Conduce con cuidado –le recomendó suavemente, y esperó con la puerta abierta hasta que Jane estuvo en el interior del ascensor.
Pero no hacía falta que nadie le dijera a Jane que condujera con cuidado; jamás lo había hecho de otro modo. Era perfectamente consciente de lo frágil que era la carrocería de un coche. Tanto como las personas que iban en su interior.
Después del accidente de Paul, no había sido ella la que había ido a identificar su cadáver. Aquella desagradable tarea había recaído en su padre. Jane había sido ingresada en la clínica casi tan pronto como se había enterado del accidente, delirante de dolor por la pérdida del bebé que durante nueve semanas había llevado en su vientre.
Jane se había quedado embarazada en el peor momento de su matrimonio; Paul rara vez paraba en casa y Jane no se molestaba siquiera en preguntarle por sus largas ausencias. De hecho, casi eran un alivio para ella.
Pero cuando se había quedado embarazada, había sabido que deseaba aquel hijo, lo deseaba intensamente, y había llegado a pensar que quizá él pudiera salvar su matrimonio. Pero Paul la había desengañado rápidamente, informándola entre risas de que pensaba marcharse con Jennifer Vaughan.
Que era precisamente lo que estaba haciendo el día del accidente.
El escándalo que había seguido a su muerte había sido insoportable para Jane en aquel momento de intenso sufrimiento. Los periódicos hablaban constantemente de lo ocurrido, su fotografía y la de Gabriel Vaughan aparecieron numerosas veces una al lado de la otra, en medio de un torrente de especulaciones.
Jane estaba emocionalmente destrozada y había tardado semanas en enterarse de que Gabriel Vaughan la estaba buscando. Y solo había sido capaz de imaginar una razón para su búsqueda: de alguna manera, la culpaba de que su marido hubiera tenido una aventura con su esposa.
Había sido entonces cuando había decidido desaparecer. Y había desaparecido.
¡Pero no el miedo que Gabriel Vaughan le inspiraba! No era al Gabe que bromeaba con ella y la tentaba a quien temía. Era extraordinariamente fácil tratar con él. Era al Gabe que había ido a visitar a David Smythe-Roberts la semana anterior. Al Gabe que todavía hablaba con desprecio del egoísmo de Janette Granger; sí, definitivamente, era un hombre al que todavía debía temer.
–Buenos días, Jane. Una mañana adorable para correr, ¿verdad? –la saludó Gabe en cuanto la alcanzó.
Jane se sobresaltó ligeramente ante la aparición de aquel inesperado compañero de carrera, pero continuó corriendo a su ritmo.
Y Gabe tenía razón en cuanto al tiempo. Hacía uno de aquellos días despejados que tan a menudo se daban en Inglaterra a mediados de diciembre. Habiéndose derretido la nieve, el día era perfecto para correr, aunque la llegada de Gabe hubiera estropeado aquella perfección.
Corrieron en silencio. Jane estaba decidida a no permitir que su rutina se viera perturbaba. Disfrutaba de aquel ejercicio matutino con el que se olvidaba de sus preocupaciones y despejaba la mente. Y aquella mañana no iba a ser diferente. Gabe no parecía tener ningún problema en mantener su ritmo, a pesar de ser un hombre que pasaba la mayor parte de su vida detrás de un escritorio.
–Cuando estoy en mi país, también me gusta correr –comentó, como si acabara de leerle el pensamiento–. Y cuando me veo obligado a trabajar fuera, procuro encontrar un gimnasio cerca del lugar en el que esté instalado.
Jane no se había creído ni por un instante que su encuentro en el parque fuera pura coincidencia. La semana anterior le había dicho que solía correr en un parque situado cerca de su casa y, tras haber localizado su apartamento, Gabe no habría tenido ninguna dificultad para averiguar dónde estaba. Lo que la sorprendía realmente era que hubiera estado allí esperándola a las siete de la mañana.
Gabe la miró de reojo.
–Mientras estaba esperándote, la gente me miraba de forma muy rara –una vez más, parecía haber vuelto a leerle el pensamiento.
¡Jane se lo imaginaba perfectamente! Las únicas personas que había a aquella hora en el parque eran los vagabundos que habían conseguido encontrar un banco libre para pasar la noche y la gente que iba a correr, como ella. Gabe, con sus zapatillas recién estrenadas y su lujoso atuendo deportivo, no encajaba en ninguna de las dos categorías.
–No me sorprende –contestó ella, sin dejar de correr.
Jane no se detuvo hasta llegar a la misma puerta por la que había entrado en el parque. Gabe se detuvo a su lado, respirando mucho más pesadamente que ella. Al parecer, había tenido más problemas para seguirla de los que en principio Jane había pensado.
Gabe la miró con el ceño fruncido.
–De acuerdo, de acuerdo –dijo con la respiración entrecortada–. No he podido volver al gimnasio desde que llegué hace dos semanas. He estado demasiado ocupado persiguiendo a la mujer más esquiva que me he encontrado en mi vida.
Jane se tensó.
–¿Janette Granger?
–¡Tú! –contestó Gabe con impaciencia–. Dame un respiro, Jane. ¿Todavía no te he demostrado que no soy tan cruel como creías al principio?
Gabe lo miró con los ojos entrecerrados.
–¿Así que lo hiciste por eso? ¿Cambiaste de actitud respecto a la empresa de Richard Warner para impresionarme?
Gabe la miró con enfado.
–¿Sabes una cosa? Eres la mujer más… –se interrumpió bruscamente–. ¿Te propones intencionadamente ser ofensiva, Jane, o lo haces sin querer?
Jane había contestado bruscamente, impulsada por lo que creía era una referencia a su propio pasado, pero realmente tenía que reconocer que había sido excesivamente ruda. Al fin y al cabo, si ella había cambiado durante aquellos tres años, ¿por qué no iba a hacerlo él?
–Lo siento –se disculpó.
Gabe se relajó visiblemente. Asomó a sus labios una sonrisa.
–¿Y ahora qué sueles hacer? –preguntó, cambiando alegremente de tema–. ¿Te vas a casa a darte una ducha o todavía tienes alguna otra forma de tortura física en mente?
Jane sonrió.
–Lo que ahora toca es café, cruasanes y el periódico.
–¡Por fin se te ocurre algo sensato! –la agarró del brazo y comenzó a caminar con ella–. Estoy deseando sentarme.
–Oh, todavía no nos vamos a sentar –respondió Jane, sonriente–. Lo que hago después de correr es ir a comprar el periódico y los cruasanes y vuelvo a casa corriendo a preparar el café. Normalmente –añadió burlona, al ver la expresión desilusionada de Gabe–. Pero es evidente que tú ya has corrido bastante por hoy, así que haré una excepción –admitió, mientras se dirigían a la pastelería en la que normalmente compraba los cruasanes.
Como era habitual, la puerta del establecimiento estaba abierta y antes de llegar percibieron el aroma del café recién hecho. Ya había algunas personas sentadas en las mesas, tomando café y disfrutando de los mejores cruasanes que Jane había probado en su vida.
Aun así, no era un lugar que llamara particularmente la atención y Jane advirtió que Gabe la miraba con expresión interrogante.
–Confía en mí –le dijo suavemente.
El hombre que estaba tras el mostrador alzó la mirada del periódico que estaba leyendo al oír que alguien llegaba. Su rostro se iluminó al ver que era Jane, su cliente.
–Jane, chérie –la saludó con un marcado acento francés, mientras abandonaba el mostrador para darle un beso en ambas mejillas–. ¿Lo de siempre? –preguntó con voz seductora.
–¿Lo de siempre? –musitó Gabe a su lado con evidente dureza.
–Esta mañana he venido con un amigo, François –le explicó, al ver que miraba especulativamente a Gabe–. Así que lo de siempre, pero hoy doble ración –pidió, antes de dirigir firmemente a Gabe hacia una mesa situada al lado de una ventana.
–Primero un italiano y ahora un francés –musitó Gabe mirando a François con resentimiento.
Jane soltó una carcajada.
–Me llaman Jane, la multinacional –dijo entre risas–. Aunque estoy teniendo algunos problemillas con cierto norteamericano.
Gabe la miró con expresión de absoluta inocencia.
–¿Conmigo?
Jane rio ante su tono de incredulidad.
–Esa cara de pobre inocente ofendido no te sienta nada bien, Gabe.
–Yo… –la llegada de François a la mesa con los cafés y un par de platos con cruasanes, mantequilla y miel, le hizo interrumpirse–. Esto tiene un aspecto maravilloso, François –dijo alegremente–. Yo me llamo Gabe Vaughan, por cierto –le tendió la mano.
François se la estrechó en cuanto terminó de distribuir los platos y las tazas.
–Cualquier amigo de Jane es amigo mío –contestó con cierta frialdad.
Una frialdad que Gabe debió de advertir, porque en cuanto el francés se fue, miró a Jane con expresión interrogante.
–Exactamente, qué tipo de…
–También es un hombre casado, Gabe –lo cortó Jane–. Y ahora, prueba tu desayuno.
–¡Sí, señora! –respondió burlón, y concentró su atención en el plato.
–Al fin –exclamó Jane segundos después–. ¡Por fin he encontrado la forma de callarte! –le explicó al ver su expresión de sorpresa primero, y después de placer en cuanto se metió el primer bocado de cruasán con mantequilla y miel.
–Este tipo podría hacer una fortuna en los Estados Unidos –dijo Gabe admirado en cuanto pudo volver a hablar.
–Este tipo, como tú lo llamas, está perfectamente donde está –le advirtió Jane–. ¡Y como se te ocurra tentarlo a marcharse, te arrepentirás! –era incapaz de imaginar una mañana que no comenzara con los maravillosos cruasanes de François.
–Si no estuviera casado, me casaría con él –murmuró Gabe tras el segundo mordisco–. ¿Qué tal te salen a ti los cruasanes, Jane? –preguntó, arqueando las cejas con gesto esperanzado.
–No tan bien como a François –contestó bruscamente. Ni siquiera bromeando quería hablar de matrimonio con Gabriel Vaughan.
Capítulo 9
–DIME –apuntó Jane divertida mientras disfrutaban de una segunda taza de café–. ¿Qué habrías hecho si yo no hubiera ido a correr al parque esta mañana?
Gabe se encogió de hombros.
–Tenía fe en tu fuerza de voluntad, Jane, a pesar de lo que dije anoche.
–¿En mi fuerza de voluntad? –preguntó ella con recelo.
–No tienes aspecto de correr únicamente cuando hace buen tiempo –respondió, deslizando admirativamente la mirada por su espléndida figura.
Y a Jane no le importó en absoluto que lo hiciera.
–Después de la maravillosa cena a la que nos invitaron anoche, pensé que debería reunirme contigo esta mañana. No estaba seguro de a qué hora empezabas, aunque supuse que sería pronto, teniendo en cuenta tu apretado horario de trabajo.
–Tengo que reconocer que eres un hombre insistente.
–Es una cualidad que he heredado de mi padre.
–El político.
–El político jubilado –respondió Gabe. Parecía complacerlo que todavía se acordara.
–Eso es lo que él dice ser –añadió Jane. Recordaba aquella conversación perfectamente. De hecho, recordaba cada uno de los detalles de las conversaciones que había mantenido con Gabe–. Los fines de semana no suelo salir a correr –le explicó, todavía sorprendida por su insistencia– porque suelo estar más ocupada. De todas formas, normalmente salgo a correr más tarde. Hoy he venido antes porque tengo que servir un almuerzo.
–Entonces he tenido suerte. Habría sido todavía más agradable si no hubiéramos tenido que separarnos anoche, pero soy consciente de que no puedo tenerlo todo –la miró divertido.
–Por lo menos no puedes tenerme a mí –respondió ella riendo mientras se levantaba. Prácticamente, había renunciado ya a intentar evitar aquellas insinuaciones de Gabe. Al fin y al cabo, sus protestas no servían nunca de nada–. Hora de marcharse. Tengo muchas cosas que hacer.
–Y yo también, señora –respondió Gabe mientras la seguía al mostrador–. Déjame…
–Invito yo –insistió ella mientras le tendía el dinero a François–. Gabe piensa que deberías irte a los Estados Unidos, dice que allí podrías hacer una fortuna –le explicó al francés alegremente.
–¿Y privarme del placer de pagar la enorme cantidad de impuestos que me exigen los ingleses cada año? –respondió François con ironía–. No, además, mi suegra es inglesa –le confió a Gabe. Este lo miró divertido y el francés continuó explicándole–: Una suegra inglesa es una de las cosas más extraordinarias del mundo. No habría forma de convencerla para que me permitiera llevarme a sus nietos conmigo, y mucho menos a su hija… Y tampoco creo que a mi mujer le hiciera mucha gracia la idea de marcharse. Ya sabes cómo son estas cosas, hace diez años, cuando la conocí, era una mujer dulce y hermosa, siempre complaciente. Pero a medida que pasa el tiempo, va pareciéndose cada vez más a su madre.
–¿Y nadie te comentó nada sobre la madre antes de que te casaras con su hija? –preguntó Gabe burlón.
–¿Os importaría decirme cuándo pensáis terminar? Porque yo tengo que marcharme –los interrumpió Jane. ¿Haría Gabe aquello con todo el mundo? Parecía capaz de entablar conversación con cualquiera y adaptarse a cada situación. Era extraño, tres años atrás, a ella le había dado la impresión de ser un hombre mucho más rígido e individualista.
Gabe la miró divertido.
–Quizá sería buena idea que me llevaras un día a conocer a tu madre…
En realidad ya la conocía. Y por los comentarios que había hecho sobre los Smythe-Roberts, ambos parecían agradarlo.
–Siento desilusionarte. Pero no me parezco nada a mi madre –su madre era una mujer dulce y amable, completamente enamorada de su marido. Ella, sin embargo, había vivido ya un matrimonio fracasado y no tenía ninguna gana de repetir la experiencia.
Los dos hombres se echaron a reír ante su comentario, pero la sonrisa de Gabe desapareció en cuanto salieron.
–¿Sabes, Jane? No todos podemos tener la misma suerte que tuvieron nuestros padres al elegir su pareja. De hecho, a veces pienso que fue el feliz matrimonio de mis padres el que me hizo concebir la idea equivocada de que todos eran igualmente felices.
En eso podía tener razón, admitió Jane. Ella misma, a los veintiún años, veía su matrimonio como un compromiso que llenaría toda su vida de amor y felicidad. Pero a los pocos meses se había dado cuenta de que con Paul iba a ser prácticamente imposible.
–Los matrimonios como los de nuestros padres en realidad son una excepción.
–Probablemente –Gabe miró pensativo su reloj–. Ahora te debo un desayuno y una cena. ¿Crees que hay alguna posibilidad de que comencemos por la cena? –para terminar desayunando juntos a la mañana siguiente, añadió con la mirada.
Aquel hombre no se daba jamás por vencido.
–¿Te he dicho alguna vez que en esta época del año estoy muy ocupada?
–Hasta Santa Claus es capaz de sacar un rato libre antes del gran día –razonó Gabe en tono persuasivo.
–Yo también tengo algún que otro rato libre. No suelo organizar una comida y una cena en el mismo día –le explicó.
–¡Y hoy tienes un almuerzo! –exclamó Gabe satisfecho–. ¡Así que esta es mi noche de suerte!
Quizá sí, o quizá no, si lo que pretendía era conquistarla.
–¿Y cómo sabes tú que Santa Claus se toma tiempo libre de vez en cuando? –le preguntó.
Gabe soltó una carcajada.
–Ya sabía yo que terminarías descubriéndome –volvió a mirar su reloj.
–¿Te estoy retrasando? –le preguntó Jane.
–Tengo una cita a las diez y quiero pasar por mi casa para ducharme y cambiarme antes de ir a la oficina.
Jane esbozó una sonrisa carente por completo de humor.
–¿Con algún otro desgraciado cuya empresa tiene problemas?
Gabe sacudió la cabeza y la miró con los ojos entrecerrados.
–Me gustaría saber quién te ha transmitido esa visión tan negativa de mis negocios –dijo irritado–. Se lo agradecería personalmente.
Era imposible. Porque había sido Paul el que le había hablado de Gabriel Vaughan y de su forma de hacer negocios.
–No creo que tenga ninguna importancia.
–Quizá no la tenga para ti, pero te aseguro que sí la tiene para mí. Es cierto que he comprado empresas que estaban al borde de la ruina. ¡Pero, si yo no lo hubiera hecho, lo habría hecho otro! –se defendió ante su expresión escéptica–. Y por lo menos yo he intentado conservar la plantilla, e incluso a los antiguos directores de la empresa, siempre que no fueran ellos los causantes de la quiebra.
Así lo había hecho con la empresa de su padre… Aunque su padre no había tenido la misma suerte que sus empleados.
–Por favor, Gabe, no intentes deslumbrarme con tu imagen de caballero andante.
–Sé perfectamente cómo deslumbrarte, Jane –le espetó muy tenso–. Y voy a hacer todo lo posible para demostrarte lo equivocada que estás.
En realidad ya lo estaba consiguiendo. Porque, desde que lo conocía, habían sido muchas las veces que la había sorprendido con su actitud. Encontraba serias dificultades para asociar a aquel hombre que acababa de conocer con la imagen que tenía de él.
–Oh, al infierno con todo esto –exclamó Gabe con impaciencia–. Dime dónde y a qué hora quedamos esta noche. E intenta que no sea en otro de esos establecimientos en los que los dueños te reciben como si hubierais sido amantes durante años.
¡Estaba celoso! De Antonio y de François. Y sin embargo había sido muy amable con ellos, y especialmente con François.
–En Caroline’s –le dijo y añadió la dirección de su restaurante francés favorito–. Espero que podamos conseguir una mesa para las ocho, aunque estando tan cerca de Navidad es algo difícil.
–¿Debo suponer que Caroline es una mujer?
–Sí, debes, aunque es Pierre, su marido, el que cocina –añadió con una sonrisa.
–¡Me doy por vencido! –Gabe suspiró disgustado–. Y estoy seguro de que no tendrás ningún problema para conseguirnos una mesa… ¡Ni siquiera el día de Navidad! Te veré a las ocho. Y ahora, tengo que irme –se inclinó y le dio un beso en los labios antes de volverse y dirigirse hacia la carretera con la esperanza de encontrar un taxi que pudiera llevarlo a su casa.
Jane lo observó marcharse y sacudió la cabeza con pesar. Aquel hombre tenía una capacidad asombrosa para entrar y salir de forma fulminante en su vida.
Jane estaba esperando, sentada a la mesa. Fruncía el ceño inconscientemente mientras recordaba el mensaje que se había encontrado en el contestador al llegar a casa después del almuerzo.
–Janette, querida –su madre parecía emocionada–. Tu padre y yo hemos decidido ir a Londres a pasar el día y hemos pensado que sería maravilloso que pudiéramos quedar a tomar el té en el Waldorf, como solíamos hacer antes. Estaremos allí sobre las cuatro y media, pero no te preocupes si no puedes venir –había añadido un tanto dubitativa–. En ese caso, te volveré a llamar dentro de unos días.
Imposible. Jane no tenía paciencia suficiente para retrasar el momento de averiguar qué había impulsado a sus padres a acercarse a Londres.
La casa que tenían en Londres la habían vendido tres años atrás y con ella habían perdido también a la mayor parte de sus amigos londinenses. Además, Jane sabía que no era en absoluto barato pasar un día en Londres y menos si incluía un té en el Waldorf.
Un día en Londres…
Sus padres rara vez iban a Londres para pasar un solo día, y menos de forma tan espontánea. Cuando iban hasta allí, normalmente se quedaban en casa de Jane a pasar unos cuantos días.
De modo que allí estaba, cavilando con el ceño fruncido cuando faltaba un minuto para las cuatro y media.
Al ver a su madre entrando en el hotel, Jane abrió los ojos de par en par. Era increíble la transformación que se había operado en ella. Estaba radiante, vestida con un traje de lana rosa y el pelo teñido y peinado como si acabara de salir de la peluquería. Sonrió cordialmente a las personas que conocía mientras se dirigía junto a su marido a la mesa en la que Jane estaba sentada.
El padre de Jane parecía haber vuelto a ser el hombre alto y atractivo de cuando la joven era adolescente. Y su sonrisa era tan radiante como la de su madre.
Pero la alegría que a Jane le producía ser testigo de aquel cambio estaba empañada por la preocupación y la curiosidad de saber a qué se debía.
–¡Cariño! –su madre la besó cariñosamente cuando Jane se levantó para recibirlos.
–Janette –la saludó su padre más tranquilo. En sus ojos brillaba una alegría que hacía tiempo que Jane echaba de menos en ellos.
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