Kitabı oku: «Juegos políticos (tomo II)»

| © Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) | |
| Autores: | Jorge Illa Boris, Bruno Rivas Frías y Oscar Sánchez Benavides (eds.), Andrea Cabel García, María José Castro Bernardini, Brenda Galagarza Alfaro, Sharún Gonzales Matute, José Miguel Guerra Tacilla, Kike La Hoz, Marco Antonio Lovón Cueva, María Luisa Palacios McBride, Jaime Pulgar Vidal Otálora e Iván Villanueva Jordán |
| Edición: | Luisa Fernanda Arris |
| Corrección de estilo: | Luigi Battistolo |
| Diseño de cubierta y diagramación: | Dickson Cruz Yactayo |
| Editado por:Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas S. A. C.Av. Alonso de Molina 1611, Lima 33 (Perú)Teléfono: 313-3333www.upc.edu.pePrimera edición: febrero de 2021Versión e-book: febrero de 2021 | |
| Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC)BibliotecaJorge Illa Boris, Bruno Rivas Frías y Oscar Sánchez Benavides (eds.)Juegos políticos. El deporte y las pugnas que mueven el mundoLima: Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), 2021ISBN de la versión epub: 978-612-318-318-9.DEPORTES, ASPECTOS SOCIALES, DEPORTES EN LA CULTURA POPULAR, MEDIOS DE COMUNICACIÓN MASIVA Y DEPORTES, INTEGRACIÓN SOCIAL, DEPORTES Y ESTADO, DISCRIMINACIÓN EN LOS DEPORTES, PERSONAS CON DISCAPACIDAD, ÉTICA DEPORTIVA796.01 ILLA | |
| DOI: http://dx.doi.org/10.19083/978-612-318-318-9Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú n.° 2021-02223.La publicación fue sometida al proceso de arbitraje o revisión de pares antes de su divulgación..Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo, por escrito, de la editorial..El contenido de este libro es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente la opinión de los editores. | |
PRÓLOGO.
Ese deporte existe (siete notas sobre los estudios del deporte)
1.
He escrito varias veces historias, balances y agendas de los estudios sobre deporte en América Latina. Hasta hace diez años, podía jactarme de poder listarlo todo: de saber con bastante precisión quién, cuándo y dónde había escrito qué; de poder contar las zonas de vacancia e, incluso, alertar sobre algunas redundancias —con la excepción de la producción brasileña, que ya en los primeros años de este siglo había estallado en una plétora de tesistas posgraduados y había vuelto imposible conocerlo todo—.
Recientemente, en cambio, el colega Carlos Aguirre —peruano radicado en Estados Unidos— produjo una bibliografía exhaustiva de la producción, concentrada en los estudios sobre el fútbol. Ocupa treinta y seis páginas. Si agregara todo lo que se ha hecho sobre otras zonas del deporte latinoamericano —con balones y sin balones, masculino y femenino, integral y paralímpico, en tierra y en agua, en vivo o televisado—, seguramente esa cifra se duplicaría. Primera anotación: hemos producido mucho. Segunda: deberíamos poder vivir sin el fútbol.
2.
Son contados los textos latinoamericanólogos: es decir, aquellos que proponen todo el subcontinente como unidad de análisis. Los pocos trabajos, producidos siempre desde fuera de América Latina, se limitan nuevamente al fútbol, y en particular a la costa del Atlántico (los consabidos Argentina, Brasil y Uruguay). El gran libro de Joshua Nadel, mucho más amplio, es deudor de otro gran libro, el de Brenda Elsey dedicado a Chile, que permitió saldar la deuda chilena e incorporar la costa del Pacífico. Pocos hemos reparado en México como parte del mapa, aunque el diálogo de los estudiosos mexicanos con los del resto del continente es largo y fructífero. En una etapa más reciente, han surgido algunos tímidos intentos de comparación entre estudios locales: después de todo, los estudios latinoamericanos sobre deporte —aunque, insisto, sean centralmente futboleros— comienzan en el diálogo que posibilitó el Grupo de Trabajo Deporte y Sociedad de Clacso allá por 1999, que se ha renovado con un nuevo grupo desde 2018, ahora llamado Deporte, Cultura y Sociedad, coordinado por la argentina Verónica Moreira y el chileno Rodrigo Soto Lagos. Es decir: son estudios que nacen del diálogo y del intercambio, pero aún no han redundado en el establecimiento de comparaciones extensas y provocativas. Propongo una: la cuestión de los atletas afroamericanos en Brasil, Perú y Honduras. Sabemos aún poco sobre cada caso —un poco más sobre la historia de los negros en el fútbol brasileño—, no sabemos nada de su puesta en relación. Y otra idea arrojada al mar: la relación entre deporte y televisión en el subcontinente, con énfasis en los casos de la cadena Globo brasileña, el grupo multimedios argentino Clarín y la Red Televisa. Nadie puede decirme que no sería divertido.
Y una más, nuevamente mediática: la prensa popular deportiva, donde parecen restallar los casos de la Olé argentina y la Lance! brasileña, pero solo porque nadie se ha parado a escribir sobre la prensa peruana.
3.
Estudios locales, en primer lugar, porque la ausencia inicial de trabajos en cada comarca estimulaba la producción solo sobre las realidades o las historias inmediatas. De la iniciativa de cada pionero o grupo de pioneros nacionales, luego se establecían las redes más amplias en cada academia: la brasileña y la argentina, primero; la mexicana y la colombiana, luego; la chilena y la uruguaya, poco más tarde. No es el lugar para hacer una lista pionerística, aunque siempre y en todos lados las figuras de los brasileños Simoni Lahud Guedes y Roberto DaMatta, el argentino Eduardo Archetti y el mexicano Andrés Fábregas Puig estarán en el cuadro de honor de los fundadores. De entre ellos, la presencia de Simoni destaca por dos razones bastante obvias, pero que es preciso resaltar en cada texto: porque fue la primera —su tesis O Futebol Brasileiro - Instituição zero es de 1977, y fue la primera tesis de posgraduación dedicada al deporte en toda América Latina— y porque es una mujer. Los estudios sobre deporte y sobre fútbol (ambos al mismo tiempo) fueron fundados por una mujer.
Entre las anécdotas de esos periplos fundacionales, que tuve la suerte de conocer con bastante minucia, hay una casi desconocida: la primera reunión en la que colegas de distintos países latinoamericanos se juntaron a discutir las posibilidades de estudiar temas deportivos ocurrió en Lima en 1998. Fue aprovechando una reunión de Felafacs, la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social, y solo fructificó —nada menos que— en la edición de un dossier de la revista Contratexto, editada por la Universidad de Lima al año siguiente: el número 12, con colaboraciones peruanas, mexicanas, argentinas, colombianas e incluso españolas —por ahí anduvo Miquel de Moragas i Spà, que a la sazón había inventado los estudios olímpicos—, está en la web (es fácil acceder en https://revistas.ulima.edu.pe/index.php/contratexto/issue/view/72).
Fue la primera edición de una revista académica latinoamericana que dedicó al deporte un número especial. La primera vez fue peruana. Y, además, allí nos conocimos con Aldo Panfichi.
4.
Tampoco cabe duda de que Panfichi fue el fundador de los estudios peruanos sobre deporte —en su caso, como en el mío, el de Simoni, el de Archetti, el de DaMatta, el de Fábregas, estrictamente futbolísticos—. Aunque conocí con más detalle su trabajo desde comienzos de este siglo, su primer texto es de un lejano 1994, contemporáneo a los intentos clandestinos y dispersos que estábamos haciendo otros en el resto de América Latina. Cuando investigué sobre el fútbol peruano para mi Historia mínima del fútbol en América Latina, su trabajo y el de David Wood me reenviaron a una cita incluso más antigua: el trabajo de Steve Stein, Lima obrera, 1900-1930, de 1986. Pero la obra de Stein no era futbológica, aunque demostraba con creces que no podía construirse una historia de la cultura popular peruana sin pasar por el deporte. Lo mismo que hizo David Wood en su De sabor nacional: el impacto de la cultura popular en el Perú, de 2005.
En esa investigación, que concluí en 2017 (el libro se publicó en 2018), las citas de Panfichi, Stein y Wood pudieron sumarse a las de Alonso Pahuacho Portella, Jaime Pulgar Vidal y Gerardo Tomás Álvarez Escalona. Seis autores, dos de ellos extranjeros. No permitían aún hablar de un campo.
5.
Dieciocho autores y autoras, en cambio, sí lo construyen. La amplitud de sus trabajos lo consolida; la perspicacia de sus análisis lo define. Este libro señala con precisión que, más de veinte años después de esa reunión iniciática en Lima, los estudios peruanos se instalan con tanta solvencia como potencia en el mapa del subcontinente. Era esperable, y también deseable, que la academia peruana desplegara este arsenal: en todos los casos latinoamericanos, es la presencia de figuras fuertes y fundantes la que habilitó ese despliegue —a la lista que propuse más arriba, habría que agregar al colombiano Gabriel Restrepo; aunque haya sido más parco en publicar, su generosidad institucional con los más jóvenes que comenzaron a producir estudios hacia 2005 abrió el camino—. Una figura como la de Panfichi, entonces, si lo que hemos descrito presenta alguna regularidad, tenía que dar frutos en un campo, como dije, tan solvente como potente.
(Quizá la excepción sea chilena: su fundación ha sido especialmente juvenil, sin figuras restallantes que empujaran a las nuevas generaciones).
6.
Y, sin embargo, y en contra de la fundación futbológica extendida, este volumen escapa a la trampa monodeportiva y monotemática. Hay vida más allá del fútbol, de la masculinidad y de la violencia. Hay espacio para leer el género y la discapacidad, la política y la ética, el racismo y la religión, las industrias culturales y los juegos electrónicos.
(Hay espacio para leer el tenis: en treinta años de fatigar el campo y acumular textos, solo conocí hasta hoy un artículo sobre el tenis, dedicado al tenista argentino Guillermo Vilas y debido al colega norteamericano Robert McKee Irwin. Este sería entonces, nada menos, el primer trabajo sobre tenis escrito por un latinoamericano. Mejor aún, por una latinoamericana. No obstante, aquí es donde la multiplicación del campo me puede jugar una mala pasada: no puede no haber algo escrito sobre Guga Kuerten. Lo que sí puedo asegurar, porque acabo de hacer una búsqueda intensa, es que nadie ha escrito sobre Norma Baylon, una tenista argentina devenida peruana por adopción; y menos aún, nada hay sobre los años en que ella y la brasileña María Esther Bueno disputaban el ranking continental. “Disputaban”: como corresponde, siempre ganaba la brasileña. ¿Sabemos, acaso, que una mujer y brasileña fue la mejor del mundo durante cuatro años? ¿Lo sabemos, o caemos en la trampa machista de esconderla detrás de Vilas, Kuerten y el chileno Marcelo Ríos?).
¿Estudios comparados, dije? Ya tenemos el campo peruano a nuestra disposición para esos diálogos.
7.
Bienvenido sea este libro al campo latinoamericano; y también, bienvenido sea el campo latinoamericano a este libro.
Pablo Alabarces
(Conicet-UBA, Argentina)
INTRODUCCIÓN
Durante las últimas décadas, el concepto de inclusión ha logrado penetrar como nunca antes en las prácticas deportivas. En la actualidad, siguiendo la tendencia de la época, deportes que antes se consideraban solo para hombres le han abierto sus puertas al género femenino, los atletas paralímpicos tienen la oportunidad de participar en eventos de primer nivel y se ha vuelto un sentido común en órganos públicos y privados el reconocer al deporte como un vehículo de movilidad social. No obstante todo lo avanzado, aún estamos lejos de haber llegado a la panacea. Sería un error considerar que las atletas mujeres tienen las mismas oportunidades que sus pares masculinos o que el movimiento paralímpico no debe afrontar obstáculos impensables en otras expresiones deportivas. Asimismo, aunque hay avances en inversión pública y privada, el deporte aún no ha terminado de consolidarse como eje del cambio social. Por el contrario, no es raro encontrar en el ambiente deportivo discursos que promueven la exclusión y que contravienen los esfuerzos realizados durante las últimas décadas. Este tomo tiene como objetivo seguir reflexionando sobre los vínculos entre el deporte y la política, pero esta vez fijando la mirada en tres áreas: la inclusión, el racismo y el género. Como en la entrega anterior, los autores buscamos plantear un diálogo que permita reconocer cómo el deporte termina siendo parte de los juegos políticos que mueven el mundo.
Si hacemos un repaso a los orígenes del deporte paralímpico, podremos darnos cuenta de que sus conexiones con la política son mucho más estrechas de lo que se piensa. En el documental Rising Phoenix: historia de los Juegos Paralímpicos se recuerda que Ludwig Guttmann, el considerado padre del movimiento paralímpico, inició su cruzada tras experimentar los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Guttmann era un convencido de que el deporte era el mecanismo ideal de rehabilitación física y reinserción social para las personas que habían sufrido heridas que les dejaron algún tipo de discapacidad. Es por ello que en 1948, buscando que coincidieran con las Olimpiadas de Londres, realizó la primera edición de los Juegos de Stoke Mandeville, en los que sus pacientes participaron en competencias como el tiro con arco y el lanzamiento de jabalina. En poco tiempo dicha competencia lograría relevancia internacional y en 1960 se celebraría inmediatamente después de los Juegos Olímpicos de Roma, en los que son considerados los primeros juegos paralímpicos de la historia. No obstante, el documental hace referencia a los vaivenes que ha sufrido el movimiento paralímpico. Por ejemplo, tras el éxito de Londres 2012, los juegos estuvieron cerca de no celebrarse en Brasil 2016 porque las autoridades locales usaron el presupuesto de los paralímpicos para cubrir gastos de los olímpicos. Solo la presión ejercida por el comité y los deportistas permitió que se realizaran, en lo que fue un éxito de recaudación. Como podemos observar, sin dejar de lado los grandes avances, para algunas autoridades el deporte paralímpico sigue siendo una actividad de segundo nivel. La inclusión no termina de ser comprendida.
Para reflexionar sobre dichos temas, la primera parte de este tomo está comprendida por cuatro artículos que revisan el concepto de inclusión desde diferentes perspectivas. En Deporte y discapacidad en el Perú: una aproximación, María Luisa Palacios efectúa un repaso acerca de los modelos de tratamiento de la discapacidad y cómo se ha terminado aplicando en el deporte peruano. Luego, en Ni víctimas ni héroes: hacia una inclusión de los deportistas con discapacidad desde el periodismo narrativo, Kike La Hoz reflexiona en cuanto al enfoque que se les suele dar a los atletas con discapacidad en la prensa deportiva y resalta el papel de la crónica como una opción ante el estereotipo. Asimismo, en Alto Perú, el surf como vehículo de inclusión ciudadana en zonas marginales de Lima, Andrea Cabel analiza el caso de la iniciativa del colectivo Alto Perú, su papel como alternativa y las limitaciones de la misma. Finalmente, en La ruta invisible: una aproximación semiótica a las interacciones entre runners, sociedad y Estado, José Miguel Guerra aborda las dinámicas sociales que discurren en la práctica del running. Con ellos, buscamos discutir acerca de todas las acepciones del concepto de inclusión aplicado al deporte.
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El 2020 no solo estuvo marcado por el COVID-19: también fue un año en el que la protesta contra el racismo dejó huella. En plena pandemia se dieron dos eventos que volvieron a poner en agenda el racismo estructural que se vive en países como Estados Unidos. Los ataques contra los ciudadanos afroamericanos George Floyd y Jacob Blake realizados por agentes del orden —el primero murió asfixiado y el segundo quedó paralítico tras recibir siete disparos— despertó al movimiento Black Lives Matter. Y a esa cruzada se unieron deportistas de todo el mundo. Al igual que en 2013 cuando se dio el caso de Trayvon Martin, otro afroamericano que fue asesinado por un vigilante blanco, atletas afroamericanos se plegaron a las protestas del movimiento. Sin embargo, a diferencia de episodios anteriores en los que deportistas como Muhammad Ali, Tommie Smith, John Carlos, Craig Hodges y Colin Kaepernick fueron vetados por sus discursos o gestos, esta vez las protestas fueron aceptadas e incluso respaldadas. Una de las pocas voces discordantes fue, tal como se esperaba, Donald Trump.
Por ejemplo, la burbuja de Orlando en la que se completó la temporada de la NBA estuvo repleta de mensajes en contra del racismo. Gracias a un acuerdo entre la liga y los jugadores, los deportistas pudieron llevar polos y camisetas con mensajes alusivos a la lucha contra el racismo. Asimismo, las graderías y el tabloncillo fueron intervenidos con lemas vinculados al movimiento social. Finalmente, los jugadores realizaron gestos como poner la rodilla en el piso durante el himno nacional. Pero manifestaciones de este tipo no solo se dieron en la arena de Orlando: también tuvieron lugar en otros deportes e incluso fuera de Estados Unidos. Vale la pena recordar que ligas como la NHL o la MLS se paralizaron como protesta por el ataque a Blake. Asimismo, la tenista Naomi Osaka estuvo a punto de abandonar el US Open por el mismo suceso. Incluso la Premier League participó en las manifestaciones al incluir en las camisetas de los jugadores de todos los equipos la frase Black Lives Matter en la fecha de reanudación del campeonato. Este tipo de eventos pone en evidencia el cambio de perspectiva sobre el papel de los deportistas como agentes políticos. Si antes la protesta estaba proscrita en los campos de juego, en la actualidad ha empezado a ser aceptada y aplaudida. De acuerdo con la propuesta de Rivero y Tamburrini (2014), la política y el deporte se han asociado con fines progresistas y en los momentos en los que la competencia no está en juego. Como nunca antes, los deportistas se han vuelto protagonistas de la lucha contra el racismo.
Siguiendo esas ideas, en la segunda parte de este tomo se presentan tres artículos dedicados a las conexiones entre racismo y deporte. En Black Lives Matter: protestas contra el racismo en la arena deportiva durante el siglo xxi, Sharún Gonzales hace un repaso del uso que le han dado los deportistas afrodescendientes a su posición de referentes culturales para manifestarse ante la exclusión racial y visibilizar los abusos contra su comunidad. Luego, en Racismo y lenguaje en el deporte peruano: una explicación desde la raciolingüística, Marco Lovón pone en evidencia cómo el discurso deportivo ha participado en la perpetuación de un lenguaje racista en el que los atletas son constantemente agredidos. Finalmente, en ¿Superando los prejuicios? El deporte como vehículo de inclusión/exclusión de la población afroperuana, Jaime Pulgar Vidal muestra la paradoja que ha terminado siendo el deporte para la población afrodescendiente peruana. Por un lado, le permitió acceder a espacios tradicionalmente restringidos para su comunidad, pero, por otro, la encasilló en ciertas prácticas que la condenaban al estereotipo. Por lo tanto, estos artículos tienen como objetivo reflexionar sobre el deporte como un espacio en el que existen luchas en contra de las prácticas racistas, pero que también es empleado para perpetuarlas.
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Durante el tiempo en que Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos, no fueron pocos los deportistas que se negaron a celebrar sus logros en la Casa Blanca. Equipos de la NBA como los Golden State Warriors o de la NFL como los Philadelphia Eagles manifestaron su rechazo al discurso del mandatario, evitando una visita a su residencia. Sin embargo, la atleta que tuvo la confrontación más álgida con Trump fue Megan Rapinoe. Durante el ejercicio del Mundial de Francia 2019, la capitana de la selección de fútbol femenino de Estados Unidos lanzó un claro desafío al presidente al negarse a cantar el himno nacional durante los partidos y posteriormente declarar que, de ganar la competencia, no iba a visitar la “puta Casa Blanca”. Como era de esperarse, el mandatario le respondió minimizándola e instándola a cumplir su trabajo primero. Sin embargo, Rapinoe terminó ganando la disputa al conducir a su selección a la obtención del torneo, en el que fue elegida como la Balón de Oro. Tras el triunfo, cumplió su promesa de no acudir a la Casa Blanca. Los festejos se terminaron realizando en Nueva York, en un evento organizado por la alcaldía en los que fue la más ovacionada. Desde entonces, Rapinoe no ha cesado en sus ataques contra Trump, un personaje al que acusa de discriminar a todo lo que ella representa. Y es que Rapinoe, además de deportista, es una activista LGTBI.
La disputa que tuvo con Trump no ha sido la única cruzada política que Rapinoe ha desarrollado durante estos años. La delantera ha sido una de las caras más visibles en la campaña por la lucha por la igualdad salarial entre hombres y mujeres en el fútbol. Una que hasta el momento no ha logrado resultados satisfactorios. Solo hay que recordar que en mayo de 2020 un juez estadounidense desestimó la demanda de igualdad salarial interpuesta por las futbolistas. Rapinoe sigue la senda de esfuerzos que se han dado en diferentes deportes y que hasta ahora no han logrado frutos. Por ejemplo, lo mismo ocurre en deportes como el tenis, en que estrellas de la talla de Serena Williams han manifestado su descontento por la discriminación de la que son objeto. Si bien han terminado esos días en los que mujeres como Kathrine Switzer eran empujadas para que no participaran en una maratón1, aún tienen que bregar con obstáculos que las separan de sus pares masculinos. Es por ello que las deportistas han tenido que alzar su voz y tornarse en actores políticos relevantes en la búsqueda de la igualdad de género.
Así, la tercera parte de este tomo está dirigida a los temas de género. En Nuestra sangre invisible: un acercamiento a la menstruación en el deporte, María José Castro busca visibilizar un tema que es tratado como tabú, pero que puede terminar siendo un factor decisivo en el rendimiento de las atletas. Luego, en Serena Williams: voz y agencia en la disputa contra el discurso patriarcal en el tenis, Brenda Galagarza apela al caso de la exitosa tenista estadounidense para poner en evidencia las limitaciones con las que tiene que bregar incluso una estrella en un sistema dominado por el discurso patriarcal. Finalmente, en De fútbol y superhéroes: episodios del recuento de un niño recordado, Iván Villanueva expone los estereotipos de género que impone la práctica deportiva. No es casualidad que este ensayo cierre esta publicación. Nuestra intención es generar una reflexión sobre los marcos identitarios que ha creado el deporte durante siglos y cómo existen otras alternativas tanto de recreación como de subjetividad.
Jorge Illa Boris
Bruno Rivas Frías
Oscar Sánchez Benavides
PRIMERA PARTE.
Inclusión y deporte
Deporte y discapacidad en el Perú: una aproximación
María Luisa Palacios McBride
Introducción
El 13 de diciembre de 2012, el Congreso de la República del Perú promulgó la Ley 29973, Ley General de la Persona con Discapacidad. La finalidad de la ley era “establecer el marco legal para la promoción, protección y realización en condiciones de igualdad, de los derechos de la persona con discapacidad, promoviendo su desarrollo e inclusión plena y efectiva en la vida política, económica, social, cultural y tecnológica” (Ley 29973, 2012, art. 1). El capítulo V de esta ley está dedicado a la educación y el deporte. Los artículos 41, 42, 43 y 44 están vinculados específicamente al deporte y tratan temas como su promoción, las federaciones deportivas de personas con discapacidad, los reconocimientos deportivos y el descuento en el ingreso a actividades deportivas, culturales y recreativas (Ley 29973, 2012).
La ley 29973 es reflejo de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (en adelante, “la Convención”), que impulsó la ONU y que el Estado peruano suscribió. La Convención es de 2006, y en ella se incluye un artículo específico sobre el acceso al deporte (artículo 30). Lo que es interesante en ella es la definición de lo que se entiende por persona con discapacidad. En el primer artículo de la Convención se sostiene lo siguiente: “Las personas con discapacidad incluyen a aquellas que tengan deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales a largo plazo que, al interactuar con diversas barreras, puedan impedir su participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con las demás” (ONU, 2006, art. 1). Esta definición difiere de anteriores leyes referidas a personas con discapacidad y corresponde a una nueva forma de entender la discapacidad que ha costado luchas de muchos años.
Para entender lo novedoso de esta definición vale la pena hacer una revisión de cómo se ha visto la discapacidad a lo largo del tiempo. Describiremos los tres modelos de tratamiento de la discapacidad utilizando el esquema que proporciona Agustina Palacios (2008): el modelo de la prescindencia, el modelo médico rehabilitador y el modelo social. Luego de ello, presentaremos lo que la Convención y la Ley 29973 dicen con respecto al deporte para personas con discapacidad. Finalmente, estudiaremos las principales características del deporte para personas con discapacidad y cómo este se ha desarrollado en el Perú en los últimos años.
1. Los modelos de tratamiento de la discapacidad
Nadie dudaría hoy de que la persona con discapacidad es sujeto de derechos y que como tal debe ser tratada, pero, hasta hace muy poco, esto no era así. Las personas con discapacidad han tenido una dura lucha, de años, para alcanzar los derechos de los que hoy gozan. Si quisiéramos hacer un recuento de cómo se ha tratado la discapacidad a lo largo del tiempo tendríamos que referirnos a los tres modelos mencionados anteriormente: el de la prescindencia, el médico rehabilitador y el social. Si bien estos modelos han surgido de manera cronológica y pueden ser situados en contextos históricos específicos, esto no significa que la aparición de uno implique la desaparición del otro. Hay momentos de la historia de la humanidad en que los tres modelos han coexistido. Pasaremos a revisar brevemente cada uno de ellos y veremos cómo el último, el modelo social, es el que está vinculado a la Convención y a la ley a las que nos referimos en párrafos anteriores2.
1.1 El modelo de la prescindencia
Una de las definiciones de “prescindir” es “Renunciar a una persona o una cosa, o dejar de contar con ella” (Léxico, 2020). En la Antigüedad se pensaba que las personas con discapacidad tenían esta condición por razones religiosas. La discapacidad era un castigo de los dioses (generalmente por un pecado cometido por los padres) o una advertencia de estos de que la alianza con esa comunidad estaba rota y que pronto llegaría una catástrofe. Se creía, además, que la persona con discapacidad era un lastre para la comunidad, pues no tenía nada que aportar a esta. Dentro de este modelo se consideran dos submodelos: el eugenésico y el de marginación (Palacios, 2008). En el submodelo eugenésico se piensa que la vida de las personas con discapacidad no merece ser vivida (no es una vida digna), que constituyen una carga para su familia y para la comunidad y que, por ello, se opta por prescindir de esta recurriendo a prácticas eugenésicas y al infanticidio. El ejemplo más conocido es el de la sociedad espartana, en que los niños que nacían con algún tipo de deformidad eran arrojados desde lo alto del monte Taigeto (Palacios, 2008).
Es importante recordar que en la Antigüedad el concepto de persona no era el mismo que tenemos hoy en día. A las personas con discapacidad se les tomaba como “monstruos”, no se les veía como seres humanos (Palacios, 2008). Además, el niño o niña era considerado como una propiedad de sus padres o de la comunidad y no se le reconocía el derecho a la vida (Palacios, 2008).
En el caso del submodelo de marginación la persona con discapacidad es excluida, ya sea por menosprecio o por miedo. En algunos casos, se le subestimaba pensando que solo podía ser objeto de compasión; en otros, se le rechazaba porque se creía que era sinónimo de maleficios o la advertencia de un peligro próximo para la comunidad. A diferencia del submodelo eugenésico, ya no se recurre al infanticidio. Las personas con discapacidad dentro de este submodelo sobreviven ya sea de la caridad, del ejercicio de la mendicidad o como objetos de diversión (Palacios, 2008).
Los ejemplos relacionados con este modelo los encontramos en la Edad Media. Dentro de las creencias cristianas se consideraba que la diversidad funcional era inmodificable y que debía ser aceptada con resignación. Por influencia del cristianismo, se emitieron edictos en los que se prohibía el infanticidio, se denunciaba el aborto y se consideraba que incluso los no nacidos tenían alma. La visión que transmite el Nuevo Testamento con respecto a las personas con discapacidad es la de una finalidad divina: la prueba del poder y la misericordia de Dios cuando estas son curadas (Palacios, 2008). Al respecto, Palacios (2008) cita el Evangelio de san Juan. Las frases son reveladoras. Incluimos aquí una versión más amplia que la que emplea Palacios (2008), por ser de especial interés:
Yendo de camino vio Jesús a un hombre que había nacido ciego. Los discípulos le preguntaron:
—Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres o por su propio pecado?
Jesús les contestó:
—Ni por su propio pecado ni por el de sus padres, sino para que en él se demuestre el poder de Dios. Mientras es de día tenemos que hacer el trabajo que nos ha encargado el que me envió; luego viene la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo.
Dicho esto, Jesús escupió en el suelo, hizo con la saliva un poco de lodo y untó con él los ojos del ciego. Luego le dijo:
—Ve a lavarte al estanque de Siloé [que significa “enviado”].
El ciego fue y se lavó, y al regresar ya veía (Evangelio de san Juan 9:1-7, la negrita es nuestra).
Durante la Edad Media las personas con discapacidad ocupaban el lugar de los marginados, incluidas dentro del grupo de los pobres y los mendigos. En el caso de que la persona con discapacidad fuera de una familia rica, ya no tenía que recurrir a la caridad pública, sino a la de su familia. Como consecuencia de esto, ya no formaba parte del grupo de los marginados (Palacios, 2008). Muchos niños y niñas con discapacidad fueron a parar durante esta época a asilos y orfanatos regentados por la Iglesia católica. Los cuidados que allí recibieron fueron muy básicos y, por ello, una gran cantidad no sobrevivió. Los que sí lo hicieron se convirtieron en mendigos y fueron utilizados como objeto motivador de caridad. Para esto último era muy importante saber exponer los defectos o enfermedades, para poder inspirar la mayor lástima posible (Palacios, 2008).
Durante la Edad Media también existieron personas con discapacidad que recurrieron a otro medio de subsistencia: ser objeto de diversión y de ridículo al convertirse en bufones. La anomalía era, pues, motivo de diversión (Palacios, 2008).
La llegada de la peste negra a Europa durante la Baja Edad Media significó un duro golpe para las personas con discapacidad. Los mendigos fueron vistos como una amenaza, pues se les asociaba con el contagio. A muchos de ellos se les acusó de brujería y artes diabólicas. Por influencia de la Inquisición, las personas con discapacidad “pasaron a ser consideradas hijas del pecado y obra del demonio” (Palacios, 2008, p. 64).
1.2 El modelo médico rehabilitador
El modelo médico rehabilitador tiene dos premisas centrales: las causas que explican la discapacidad ya no son religiosas sino científicas y las personas con discapacidad pueden tener algo que aportar a su comunidad. Con respecto a la primera premisa, ya no se entiende la discapacidad como un castigo de los dioses o una vía para que se demuestre en ella el poder de Dios; por el contrario, la discapacidad se entiende en términos de salud o enfermedad. En cuanto a la segunda premisa, la persona con discapacidad tendrá algo que aportar en la medida en que se encuentre rehabilitada o normalizada (Palacios, 2008).
Esta nueva forma de ver la discapacidad lleva a la aparición de medios de prevención, tratamientos de rehabilitación, la educación especial, la institucionalización y, en definitiva, una mejora de la calidad de vida de las personas con discapacidad. Sin embargo, esta mirada se encuentra muy focalizada en las cosas que la persona no puede hacer; por lo general, se subestiman las posibilidades de la persona con discapacidad, lo que genera como consecuencia una actitud paternalista. De allí se derivan, por ejemplo, prácticas como la asistencia social y el empleo protegido (Palacios, 2008).
Los primeros indicios de este modelo aparecen con el nacimiento del mundo moderno, pero su consolidación se dio a inicios del siglo xx. Esta consolidación está relacionada con dos factores: los accidentes laborales y la Primera Guerra Mundial. Fue a fines del siglo xix e inicios del xx que se comenzaron a promulgar en diversos países leyes laborales que protegían a los obreros en el caso de un accidente en el trabajo (se incluía en ellas, por ejemplo, el pago de pensiones o indemnizaciones). En el caso del Perú, la primera ley de accidentes de trabajo se promulgó en 1913, durante el gobierno del presidente Billinghurst. Por otro lado, la Primera Guerra Mundial trajo como consecuencia la aparición de una serie de “mutilados de guerra”. Se pensaba con respecto a estos últimos que la sociedad estaba de cierta manera en deuda con ellos y que algo se debía hacer para reparar el daño que habían sufrido (Palacios, 2008).
La Segunda Guerra Mundial también originó cambios importantes. Ya durante ella se incrementaron los servicios de rehabilitación para excombatientes y mutilados de guerra. Hacia el final de esta se dio el nacimiento del movimiento médico y de la psicología de la rehabilitación. Es significativo constatar que en esta época la rehabilitación no solo era física, sino que también había en ella variables psicológicas y sociales que se debían considerar. Es por ello que en el proceso de rehabilitación comenzaron a intervenir psicólogos y profesionales de otras disciplinas. También fue importante en el proceso de rehabilitación la recuperación del empleo. Los gobiernos empezaron a asumir su responsabilidad en la mejora de esta problemática e inició la aparición, ya desde fines de la Primera Guerra Mundial, de legislación referida a pensiones de invalidez, beneficios de rehabilitación y cuotas laborales (Palacios, 2008).
En el centro del modelo médico rehabilitador está la persona y su “deficiencia”, que le impide desempeñar actividades “normales” y debe ser “curada” a través de un proceso de rehabilitación llevado a cabo por profesionales de la salud (médicos, terapistas, etcétera). Es un asunto, pues, individual, y en el análisis no se toma en cuenta la influencia del contexto social. A diferencia de los otros modelos examinados, la persona con discapacidad sí tiene algo que aportar a la sociedad siempre y cuando sea rehabilitada. Es una mirada paternalista que subestima las capacidades de la persona con discapacidad y lleva a la discriminación. En este modelo es muy importante la intervención estatal, que se expresa en asistencia pública, trabajo protegido, educación especial, tratamientos médicos y aplicación de avances científicos (Palacios, 2008).
Al poner énfasis en la “normalización” y en el aspecto médico de la discapacidad, el modelo no considera las condiciones propias de la niñez en su aproximación. Por ello, no da respuestas a aspectos básicos de la niñez como el ocio, el juego, el aprendizaje, la vida en familia, etcétera. Es en la institucionalización de niños con discapacidad que se pueden ver más claramente las carencias de este modelo, al impedir actividades básicas de todo niño, como jugar con otros niños o tener el cariño y la protección de una familia (Palacios, 2008).
Dentro de este modelo, un elemento esencial en el proceso de rehabilitación es la educación especial, cuyos orígenes se remontan a los siglos xviii y xix, pero que se implementó a gran escala a principios del siglo xx gracias al apoyo de diferentes Gobiernos, que asumieron la responsabilidad. Cuando nacieron las escuelas de educación especial fueron vistas como un gran avance, pero hoy están siendo cuestionadas y hay un amplio debate sobre su eficacia (Palacios, 2008).
Este modelo promueve dos medios de subsistencia para las personas con discapacidad: la asistencia social y el empleo protegido. La asistencia social es la ayuda que el Estado provee a personas con discapacidad, pero en términos ya no de caridad (como había sido en el pasado), sino de beneficencia. La beneficencia veía la pobreza como un obstáculo para el desarrollo económico y un riesgo por los posibles levantamientos sociales asociados a ella. Asimismo, entiende que la ayuda debe ser dada solo a aquellos que están imposibilitados de trabajar (Palacios, 2008).
En cuanto al empleo protegido, es el trabajo que se le puede dar a una persona con discapacidad en centros especiales, empresas protegidas o centros ocupacionales. Al igual que en el caso de la educación especial, algunos autores cuestionan su eficacia, pues un empleo protegido sigue excluyendo a las personas con discapacidad “de los ámbitos ordinarios de la sociedad” (Palacios, 2008, p. 87). El acceso al empleo de las personas con discapacidad es todavía un tema pendiente en la mayoría de países, y ciertamente en el Perú. La Primera Encuesta Nacional Especializada sobre Discapacidad 2012 (2014; en adelante, “la Enedis”) sostiene que, a 2012, solo el 21,7% de las personas con discapacidad en el Perú estaban incorporadas a la PEA (INEI, 2014).
En el modelo médico rehabilitador la discapacidad debe desaparecer mediante la rehabilitación u ocultarse a través de la institucionalización. Es por ello que durante la primera mitad del siglo xx muchas personas con discapacidad fueron encerradas en instituciones aun contra su propia voluntad. El argumento para defender esta práctica era que se hacía por el propio bien del paciente, para que pudiera ser asistido y rehabilitado de manera adecuada. Además, esto evitaría que fuera una carga para la sociedad. La persona con discapacidad perdía así el control de su propia vida y su libertad, y se restringían y violaban sus derechos fundamentales. Con el tiempo, estas instituciones se convirtieron en lugares de maltratos y abusos diversos. Muchos fueron denunciados (Palacios, 2008)3.
El modelo médico rehabilitador ha sido duramente criticado por varios motivos. Resumiremos algunos de ellos. En primer lugar, este modelo permite que la persona se integre a la sociedad solo si se rehabilita y, como consecuencia de ello, disimule u oculte su diferencia (no se valora la diversidad). Así, el objetivo perseguido es lo idéntico más que la igualdad (Palacios, 2008). En segundo lugar, los médicos asumen un papel que va más allá de los asuntos propios del tratamiento, llegando a opinar sobre el futuro de sus pacientes y sus derechos, y tomando el papel de “consejeros de vida” (Palacios, 2008). Sostiene la autora:
pareciera que lo que se persigue a través de la rehabilitación es la imitación de las capacidades, la igualación con ellas, planteando de este modo la posibilidad de adquirir una casa propia, aspirar a un trabajo, a cierta vida social, etc... como los demás —al igual que las personas normales—. Ello porque se entiende que lo defectuoso debe tomar lo estándar como modelo. Por tanto, el éxito de la integración puede depender de una variedad de estrategias de asimilación, pero existe detrás de cada acción una perturbada ideología, la que Stiker denomina: el ideal social de la goma de borrar —the social ideal of erasure— (Palacios, 2008, p. 100).
En resumen, según este modelo pareciera que las personas con discapacidad se encontraran obligadas a ser como los demás.
1.3 El modelo social
Las premisas de este modelo son dos. En primer lugar, las causas que originan la discapacidad no son religiosas (modelo de prescindencia) ni científicas (modelo médico rehabilitador), sino sociales, o fundamentalmente sociales. En la raíz del problema de la discapacidad no están las limitaciones individuales, sino las que impone la sociedad (por ejemplo, prestación de servicios, consideración de las necesidades de las personas con discapacidad en la organización social). En segundo lugar, las personas con discapacidad tienen mucho que aportar a la sociedad o, en todo caso, en la misma medida que las personas sin discapacidad. Lo que las personas con discapacidad puedan aportar a la sociedad está estrechamente vinculado con la inclusión y la aceptación de la diferencia (Palacios, 2008).
De estas dos premisas se deriva una serie de consecuencias para abordar la problemática de las personas con discapacidad (Palacios, 2008):
Si las causas de la discapacidad son sociales, las soluciones deben estar dirigidas a la “rehabilitación” de la sociedad más que al individuo.
Las personas con discapacidad deben ser aceptadas tal cual son. Se deben valorar sus capacidades más que poner énfasis en sus discapacidades.
La educación debe tender a ser inclusiva. Se ha de recurrir a la educación especial solo en los casos extremos. Niños y niñas, con o sin discapacidad, deben tener las mismas oportunidades de desarrollo. La institucionalización y la segregación deben ser eliminadas. En una educación inclusiva el currículo deber ser adaptado de acuerdo con el ritmo de aprendizaje del alumno. La evaluación de su rendimiento deberá considerar no tanto su comparación con un grupo normativo, sino sus propios avances en su proceso de aprendizaje. Dicho de otro modo: al evaluar los aprendizajes de un alumno con discapacidad la comparación será con él mismo y no tanto con sus compañeros. También es importante tener en cuenta dentro de la educación inclusiva los apoyos y servicios necesarios para el alumno con discapacidad. Finalmente, la educación inclusiva requiere de un cambio en la ética de la escuela. No basta que los profesores aprendan una serie de herramientas para trabajar con alumnos con discapacidad, sino que es preciso que la diversidad sea valorada además de aceptada.
Las personas con discapacidad deben subsistir de la seguridad social y del trabajo ordinario. Se ha de recurrir al empleo protegido solo de manera excepcional. Para promover el trabajo de personas con discapacidad se deben implementar diferentes estrategias, como medidas de acción positiva (incentivos a las empresas que contraten a personas con discapacidad), medidas de discriminación inversa (sistema de cuotas), ajustes razonables en el entorno laboral, etcétera.
Se busca la inclusión a través de la igualdad de oportunidades mediante la accesibilidad universal, el diseño universal y otras medidas.
El fenómeno de la discapacidad debe ser visto con un enfoque holístico. Las políticas públicas no solo deben centrarse en resolver problemas referidos a la falta de empleo o a la pobreza de las personas con discapacidad, sino también a la exclusión que sufren en muchos otros campos. El empleo no es la única vía de inclusión dentro de la sociedad. El ocio, el juego, la cultura, los deportes, entre otras, son actividades que permiten que las personas con discapacidad puedan participar en la vida social. Estas actividades deben poder ser aprovechadas por las personas con discapacidad en igualdad de condiciones que las personas sin discapacidad.
Las personas con discapacidad deben tomar el control de sus propias vidas.
Toda vida humana es igualmente digna, y por ello todo ser humano, incluida la persona con discapacidad, tiene derecho a un cierto estándar de vida, a poder participar de la vida cívica de su comunidad (ejercer sus derechos ciudadanos) y a ser tratada con respeto. En la medida de lo posible, las personas con discapacidad deberán utilizar los mismos servicios que las personas sin discapacidad. Deberán tener acceso a formas de vida y a condiciones de existencia lo más parecidas posibles a las que tienen las personas sin discapacidad. Esto es lo que se conoce como normalización.
El origen de este modelo se encuentra a fines de la década de 1960 en Estados Unidos e Inglaterra. En esta época se comenzaron a criticar los postulados del modelo médico rehabilitador. La lucha fue liderada por las mismas personas con discapacidad. Condenaron su categoría de “ciudadanos de segunda clase”. Denunciaron las diferentes barreras que discapacitaban a las personas con discapacidad: transportes y edificios inaccesibles, actitudes discriminatorias, estereotipos. La lucha se dio inicialmente en Estados Unidos con el Movimiento de Vida Independiente, cuyo lema más famoso fue “Nada sobre nosotros sin nosotros”, y sus banderas principales la desmedicalización, la desinstitucionalización y los derechos civiles. El concepto de independencia de la persona con discapacidad fue redefinido como el control que una persona tiene sobre su vida. La independencia debía ser medida en relación con la calidad de vida que se podía lograr con asistencia y no por la cantidad de tareas que podían realizarse sin asistencia. El Movimiento de Vida Independiente entendió la discapacidad como un problema fundamentalmente social. Este movimiento tuvo una gran influencia en otros países y fue una guía para la legislación antidiscriminatoria que comenzó a aparecer en diferentes partes del mundo. Es bajo la influencia del Movimiento de Vida Independiente que un activista y académico británico, Mike Oliver, presentó en 1983 estas ideas como el modelo social de la discapacidad (Palacios, 2008).
Un término utilizado en este modelo es el de barreras. Las barreras vendrían a ser las dificultades que se presentan para las personas con discapacidad, como, por ejemplo (Palacios, 2008):
Inaccesibilidad a la educación, a los sistemas de comunicación e información, a los entornos de trabajo, al transporte, a las viviendas, a los edificios públicos y de entretenimiento
Sistemas de beneficencia inadecuados
Servicios de apoyo social y sanitarios discriminatorios
Invisibilidad o representación negativa en los medios de comunicación (películas, televisión, periódicos, etcétera)
Otro elemento importante en este modelo es la distinción entre deficiencia (o también llamada por algunos autores “diversidad funcional”) y discapacidad. Según la Union of the Physically Impaired Against Segregation, citada por Palacios (2008), deficiencia y discapacidad se definen de la siguiente manera:
- Deficiencia es la pérdida o limitación total o parcial de un miembro, órgano o mecanismo del cuerpo.
- Discapacidad es la desventaja o restricción de actividad, causada por la organización social contemporánea que no considera, o considera en forma insuficiente, a las personas que tienen diversidades funcionales, y por ello las excluye de la participación en las actividades corrientes de la sociedad (p. 123).
Un ejemplo puede ayudar a entender mejor esta diferencia (Morris, 1991, como se citó en Palacios, 2008):
una incapacidad para caminar es una deficiencia, mientras que una incapacidad para entrar a un edificio debido a que la entrada consiste en una serie de escalones es una discapacidad. Una incapacidad de hablar es una deficiencia, pero la incapacidad para comunicarse porque las ayudas técnicas no están disponibles es una discapacidad. Una incapacidad para moverse es una deficiencia, pero la incapacidad para salir de la cama debido a la falta de disponibilidad de ayuda apropiada es una discapacidad (pp. 123-124).
Las deficiencias son inevitables, pero las discapacidades sí se pueden impedir. La solución para eliminarlas está en la utilización de herramientas como la accesibilidad y el diseño universal. Estos conceptos proponen pensar en diseños que puedan ser usados por todos. No necesariamente están vinculados a personas con discapacidad, pues hay personas que, no teniéndola, requieren diseños adaptados (por ejemplo, niños, ancianos, embarazadas, personas con sobrepeso, personas de muy alta o muy baja estatura, etcétera) (Palacios, 2008). Como sostiene la autora, “la accesibilidad es un asunto que concierne a todas las personas, y no solo a una minoría” (Palacios, 2008, p. 124).
2. La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (2006) y su relación con el deporte
La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad fue aprobada el 13 de diciembre de 2006 luego de un trabajo de discusión de cuatro años en el que participaron varios actores, entre los que destacan muchos vinculados a la ONU (Estados miembros, observadores, cuerpos y organizaciones, relator especial sobre discapacidad), instituciones de derechos humanos nacionales y organizaciones no gubernamentales. Entre estas últimas tuvieron un papel fundamental las organizaciones de personas con discapacidad. Influyó en ello la consigna del Movimiento de Vida Independiente que ya hemos mencionado líneas antes: “Nada sobre nosotros sin nosotros” (Palacios, 2008).
La relevancia de la Convención es enorme, y es el resultado de una larga lucha de las personas con discapacidad por sus derechos y su visibilización dentro del sistema de protección de derechos humanos de las Naciones Unidas. Gracias a ella se hizo evidente que el fenómeno de la discapacidad era una cuestión de derechos humanos. Además, y no menos importante: la Convención de la ONU proporcionaba un instrumento jurídico internacional con fuerza vinculante para que las personas con discapacidad puedan hacer valer sus derechos en cada uno de sus respectivos países (Palacios, 2008).
La Convención está inspirada en el modelo social de la discapacidad que ya hemos descrito anteriormente. Contiene una serie de derechos sustantivos que son abordados desde la perspectiva de la no discriminación. Se buscaba asegurar el principio de no discriminación en cada uno de los derechos, y para ello “se debió identificar, a la hora de regular cada derecho, cuáles eran las necesidades extras que debían garantizarse, para lograr adaptar dichos derechos al contexto específico de la discapacidad” (Palacios, 2008, p. 269).
Uno de los puntos de mayor discusión en la elaboración de la Convención fue la definición del término persona con discapacidad (Palacios, 2008). Esta definición es la que hemos mencionado en la primera página de este artículo y, como se recordará, en ella se recogen los postulados del modelo social con respecto a las personas con discapacidad.
Al firmar la Convención, los Estados parte asumen tres tipos de obligaciones: de respeto, de protección y de cumplimiento (Palacios, 2008). Para poder analizar cómo la Convención influye sobre el desarrollo del deporte, esta última obligación es la más importante. Algunos ejemplos de este tipo de obligación serían los siguientes:
los Estados deben adoptar todas las medidas legislativas, administrativas, de políticas o programas y de otra índole que sean pertinentes para hacer efectivos los derechos de las personas con discapacidad; emprender o promover la investigación y el desarrollo de bienes y servicios pertinentes; proporcionar información que sea accesible para las personas con discapacidad sobre tecnologías de apoyo, así como otras formas de asistencia y servicios e instalaciones de apoyo, y promover la formación de los profesionales y el personal que trabajan con personas con discapacidad (Palacios, 2008, p. 278).
Otro elemento importante de la Convención, y que está relacionado con el apoyo al deporte, es el referido a la accesibilidad. La accesibilidad permite la igualdad material de las personas con discapacidad. La Convención obliga a los Estados parte a tomar medidas para que las personas con discapacidad puedan vivir de manera independiente y participar plenamente en todos los aspectos de la vida. Así, en su artículo 9 se establece lo siguiente:
A fin de que las personas con discapacidad puedan vivir en forma independiente y participar plenamente en todos los aspectos de la vida, los Estados Partes adoptarán medidas pertinentes para asegurar el acceso de las personas con discapacidad, en igualdad de condiciones con las demás, al entorno físico, el transporte, la información y las comunicaciones, incluidos los sistemas y las tecnologías de la información y las comunicaciones, y a otros servicios e instalaciones abiertos al público o de uso público, tanto en zonas urbanas como rurales
(ONU, 2006, art. 9).
El artículo 30 de la Convención está referido a la participación de las personas con discapacidad en la vida cultural, las actividades recreativas, el esparcimiento y el deporte. Los incisos asociados específicamente al deporte, y que reproducimos aquí por ser de especial interés para el propósito de este artículo, son los siguientes:
5. A fin de que las personas con discapacidad puedan participar en igualdad de condiciones con las demás en actividades recreativas, de esparcimiento y deportivas, los Estados Partes adoptarán las medidas pertinentes para: a) Alentar y promover la participación, en la mayor medida posible, de las personas con discapacidad en las actividades deportivas generales a todos los niveles; b) Asegurar que las personas con discapacidad tengan la oportunidad de organizar y desarrollar actividades deportivas y recreativas específicas para dichas personas y de participar en dichas actividades y, a ese fin, alentar a que se les ofrezca, en igualdad de condiciones con las demás, instrucción, formación y recursos adecuados; c) Asegurar que las personas con discapacidad tengan acceso a instalaciones deportivas, recreativas y turísticas; d) Asegurar que los niños y las niñas con discapacidad tengan igual acceso con los demás niños y niñas a la participación en actividades lúdicas, recreativas, de esparcimiento y deportivas, incluidas las que se realicen dentro del sistema escolar; e) Asegurar que las personas con discapacidad tengan acceso a los servicios de quienes participan en la organización de actividades recreativas, turísticas, de esparcimiento y deportivas (ONU, 2006, art. 30).
3. La Ley 29973, Ley General de la Persona con Discapacidad (2012), y su relación con el deporte
Seis años después de la aprobación de la Convención, en 2012, se promulgó en el Perú la ley para personas con discapacidad, que es casi un espejo de los artículos que aparecen en la Convención. Para el propósito de este artículo vamos a examinar dos aspectos: lo que entiende la ley como persona con discapacidad y lo que se sostiene en el capítulo dedicado al deporte.
Con respecto a lo que se entiende como persona con discapacidad, la ley afirma
lo siguiente:
La persona con discapacidad es aquella que tiene una o más deficiencias físicas, sensoriales, mentales o intelectuales de carácter permanente que, al interactuar con diversas barreras actitudinales y del entorno, no ejerza o pueda verse impedida en el ejercicio de sus derechos y su inclusión plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones que las demás (Ley 29973, 2012, art. 2).
Como se puede ver, la definición de lo que significa persona con discapacidad es casi idéntica a lo que establece la Convención, e inspirada también en el modelo social y en el enfoque de derechos.
Lo referido a la práctica del deporte aparece en el capítulo V, dedicado a la educación y al deporte. Los artículos asociados con esto último son los 41, 42, 43 y 44, en los que se sostiene lo siguiente:
Artículo 41. Promoción del deporte
41.1 El Instituto Peruano del Deporte (IPD) promueve y coordina la participación de la persona con discapacidad en las actividades deportivas generales y específicas, y la formación y capacitación de técnicos, dirigentes y profesionales deportivos en cuestiones relativas a la práctica del deporte de la persona con discapacidad.
41.2 Las federaciones deportivas nacionales y el Comité Olímpico Peruano promueven la participación de la persona con discapacidad en las distintas disciplinas deportivas a su cargo.
Artículo 42. Federaciones deportivas de personas con discapacidad
42.1 Las federaciones deportivas de personas con discapacidad desarrollan, promueven, organizan y dirigen la práctica deportiva de la persona con discapacidad en sus diferentes disciplinas y modalidades específicas, y promueven su participación en competencias internacionales. El Consejo Nacional para la Integración de la Persona con Discapacidad (Conadis) y el Instituto Peruano del Deporte (IPD) promueven la creación de las correspondientes federaciones deportivas de personas con discapacidad que demanden las diferentes discapacidades, a fin de que el Perú pueda integrarse al Comité Paralímpico Internacional (CPI) y otros entes o instituciones del deporte para la persona con discapacidad.
42.2 El Instituto Peruano del Deporte (IPD) asegura la disponibilidad de infraestructura, equipamiento y recursos necesarios para el desarrollo de la actividad deportiva de la persona con discapacidad.
Artículo 43. Reconocimientos deportivos
El deportista con discapacidad que obtenga triunfos olímpicos y mundiales es reconocido con los Laureles Deportivos del Perú y los demás premios, estímulos y distinciones que otorga el Instituto Peruano del Deporte (IPD) y el Comité Olímpico Peruano, en igualdad de condiciones que los demás deportistas.
Artículo 44. Descuento en el ingreso a actividades deportivas, culturales y recreativas
44.1 La persona con discapacidad debidamente acreditada tiene un descuento del 50% sobre el valor de la entrada a los espectáculos culturales, deportivos y recreativos organizados por las entidades del Estado. Este descuento es aplicable hasta un máximo del 25% del número total de entradas.
44.2 Tratándose de espectáculos culturales, deportivos y recreativos organizados por empresas e instituciones privadas, el descuento es del 20% y hasta un máximo del 10% del número total de entradas (Ley 29973, 2012, arts. 41-44).
Como suele ocurrir en el Perú, una cosa es lo que dice la ley y otra lo que ocurre en la realidad. A continuación, veremos las principales características del deporte para personas con discapacidad o, como también se le conoce, deporte adaptado, paradeporte o deporte paralímpico, para luego analizar qué tanto se ha desarrollado el deporte para personas con discapacidad en el Perú.
4. Deporte para personas con discapacidad
La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que hay más de 1000 millones de personas que tienen algún tipo de discapacidad; esto es alrededor del 15% de la población mundial (OMS, 2017). Sostiene también que las “tasas de personas con discapacidad están aumentando a causa del envejecimiento de la población y del aumento de las enfermedades crónicas a escala mundial” (OMS, 2017, párr. 3). Es importante anotar que las cifras con las que contamos con respecto a las personas con discapacidad no son tan confiables, pues dependerán de los instrumentos que se han utilizado para recoger la información y lo que se entienda como persona con discapacidad.
De este 15% de la población mundial, ¿cuántos se dedican al deporte adaptado? Es difícil saberlo, y más difícil es conocer las cifras para el Perú.
No contamos para nuestro país con un estudio acerca del deporte para personas con discapacidad como el que tiene España preparado por el Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (Cermi), el Comité Paralímpico Español (CPE) y la Fundación ONCE: Libro blanco del deporte de personas con discapacidad en España (2018; en adelante, “el Libro Blanco”). Este es un excelente y amplio estudio sobre la situación del deporte para personas con discapacidad en España, cuyo marco teórico puede servir para entender la práctica deportiva de las personas con discapacidad en cualquier parte del mundo. Utilizaremos el capítulo 2 de este estudio para entender algunas cuestiones terminológicas con respecto al deporte de personas con discapacidad.
El deporte paralímpico es el practicado por deportistas con discapacidad de alta competición. En cuanto al término, hay dos posibles orígenes. El primero sostiene que la palabra proviene de yuxtaponer los términos parapléjico y olímpico, pues fueron las personas con este tipo de discapacidad (principalmente veteranos de la Segunda Guerra Mundial) los primeros en practicar el deporte competitivo gracias al impulso de sir Ludwig Guttmann en el Hospital de Stoke Mandeville (Gran Bretaña). El segundo origen argumenta que la palabra tiene que ver con una competición que está al lado de o junto a lo olímpico. Se utiliza el término para todos aquellos deportistas que han participado en los Juegos Paralímpicos o que practican los deportes que están incluidos en el programa oficial de estos juegos, pero su uso se ha extendido a todos aquellos deportistas de competición con discapacidad (Cermi, 2018).
Deporte “adaptado” es un término comúnmente utilizado para referirse al practicado por personas con discapacidad. Luis Leardy Antolín afirma que este no es el mejor concepto para referirse al deporte para personas con discapacidad, pues puede ser incompleto (si solo se menciona “deporte adaptado”, no se entiende bien adaptado a quién). Por otro lado, el término no va en consonancia de otros ámbitos de la persona con discapacidad como la educación, el empleo o la accesibilidad, en los que se evita utilizar expresiones referidas a adaptaciones (Cermi, 2018).
Paradeporte es el término que se utiliza en el interior de las federaciones para distinguir a los deportistas con discapacidad de los deportistas sin discapacidad. Este prefijo, para-, puede tener una connotación negativa, pues en español se emplea para expresar cierto tipo de similitud, pero de categoría inferior (por ejemplo, paramédico, paramilitar, etcétera). Por ello es aconsejable usar el término paralímpico para referirse a los diferentes deportes (por ejemplo, ciclismo paralímpico, vela paralímpica, etcétera). Otra opción podría ser emplear el nombre del deporte y el colectivo que lo practica: ciclismo para personas con discapacidad, vela para personas con discapacidad, etcétera (Cermi, 2018).
Deporte inclusivo es el término que se utiliza para referirse a la práctica deportiva realizada por personas con y sin discapacidad de forma conjunta. Al igual que en el caso de “deporte adaptado”, es algo incompleto si es que no se añade el colectivo al que va dirigido. De ningún modo es sinónimo de “deporte para personas con discapacidad” (Cermi, 2018).
5. Deporte para personas con discapacidad en el Perú
Los datos más certeros sobre personas con discapacidad en el Perú son los que proporciona la Enedis. Según esta, se calcula que en el país el “5,2% de la población nacional [1 575 402 personas] padece de algún tipo de discapacidad o limitación física y/o mental. Esta condición afecta, en mayor proporción, a la población de 65 y más años (50,4%) y de 15 a 64 años (41,3%)” (INEI, 2014, p. 9). En cuanto a la diferencia hombres/mujeres, 820 731 personas con discapacidad son mujeres y 754 671 son hombres (INEI, 2014).
Como hemos mencionado antes, la información estadística con la que contamos en el Perú con respecto a las personas con discapacidad no es abundante, y la poca que tenemos no es muy confiable por muchas razones, la principal: el concepto de lo que es una persona con discapacidad no está muy claro ni para el entrevistador ni para el entrevistado. La Enedis resume muy bien esta situación en las primeras páginas del informe:
Los estudios sobre la discapacidad en nuestro país han sido producto en muchas ocasiones de esfuerzos no sistemáticos y por lo general, difíciles de comparar debido a la naturaleza dinámica del concepto mismo. La falta de información estadística confiable, oportuna y completa sobre la prevalencia de la discapacidad en el país representa por tanto una limitación para diseñar e implementar políticas, planes, programas y proyectos de desarrollo integral de las personas con discapacidad. Los datos existentes a la fecha son limitados, debido a que se han obtenido mediante la realización de diferentes operaciones estadísticas con objetivos diferentes y de diverso alcance (INEI, 2014, p. 17).
Para diseñar y aplicar políticas públicas es indispensable, en primer lugar, conocer con la mayor exactitud posible las características de la población y los problemas que afectan a esta. En el caso de las personas con discapacidad en el Perú, estamos muy lejos de contar con información cierta, incluso menos para temas que no se han considerado entre los más “importantes”, como el deporte. Es vital generar herramientas y fuentes estadísticas que permitan conocer mejor a las personas con discapacidad y sus necesidades con respecto a la práctica del deporte (Cermi, 2018).
Un punto de partida para ahondar en esta problemática es la información que nos proporciona la Enedis en las pocas páginas dedicadas al ocio y al deporte. De un texto de 588 páginas, solo cuatro han sido enfocadas al tema de manera explícita. Esto nos indica la poca importancia que se ha dado al deporte para personas con discapacidad. Sin embargo, esta situación ha cambiado en los últimos años, como veremos más adelante.
¿Qué información nos proporciona la Enedis con respecto al deporte y a las personas con discapacidad? Un primer dato importante es la pertenencia o no a algún club o asociación deportiva. La mayoría de las personas con discapacidad no pertenece a ningún tipo de asociación, organización o agrupación, y si son parte de alguna, esta es mayoritariamente religiosa. El vínculo a un club o asociación deportiva solo es del 0,4% (INEI, 2014). Estos son los datos que nos proporciona con respecto a este tema la Enedis:
Gráfico No 1. Personas con discapacidad según pertenencia a alguna asociación, organización o agrupación del Perú (porcentaje)

Fuente: Enedis (INEI, 2014)
Con respecto a las razones por las que no pertenecen a ninguna asociación, organización o agrupación, la principal es que desconocen su existencia (INEI, 2014). Estas fueron las respuestas:
Gráfico No 2. Personas con discapacidad según razón por la que no pertenecen a alguna asociación, organización o agrupación del Perú (distribución porcentual)

Fuente: Enedis (INEI, 2014)
Con relación a la misma pregunta, pero según el área de residencia (rural o urbana), los resultados son los siguientes:
Gráfico No 3. Personas con discapacidad por razón por la que no pertenecen a alguna asociación, organización o agrupación del Perú, según área de residencia (distribución porcentual)

Fuente: Enedis (INEI, 2014)
En cuanto a las actividades a las cuales dedica su tiempo libre: “El 85,0% de personas con discapacidad realizan alguna actividad en sus ratos libres como pasatiempo, en tanto que un 14,2% no desarrollan ninguna actividad. El 0,8% no especificó respuesta alguna” (INEI, 2014, p. 176). Este es el gráfico que presenta la encuesta:
Gráfico No 4. Perú: personas con discapacidad que realizan actividades en su tiempo libre (porcentaje)

Fuente: Enedis (INEI, 2014)
¿Qué actividades realiza en su tiempo libre este 85% de personas con discapacidad? Estas fueron las respuestas que se obtuvieron en la Enedis (nótese el bajo porcentaje, de 2,5% personas con discapacidad que declaran que en sus tiempos libres se dedican a practicar algún deporte):
Gráfico No 5. Perú: personas con discapacidad según actividades
que realizan en su tiempo libre (porcentaje).
Respuesta con opciones múltiples

Fuente: Enedis (INEI, 2014)4
Si comparamos las actividades que realizan las personas con discapacidad en su tiempo libre de acuerdo con su lugar de residencia, tenemos que las preferidas en el área urbana son ver televisión (47,5%), descansar sin hacer nada (32,8%) y escuchar radio o música (27,9%); mientras que en el área rural destaca descansar sin hacer nada (41%). También es importante anotar que un alto porcentaje del área rural, de 23,1%, indica que no realiza ninguna actividad (INEI, 2014).
Gráfico No 6. Perú: personas con discapacidad por área de residencia según actividades a que dedican el tiempo libre (porcentaje).
Respuesta con opciones múltiples

Fuente: Enedis (INEI, 2014)
Como vemos en los cuadros hasta aquí presentados, la participación de las personas con discapacidad en actividades deportivas es escasa. Aunque en los últimos años se han hecho esfuerzos notables para mejorar esta situación (los veremos más adelante), las barreras a las que se enfrentan las personas con discapacidad para dichas actividades son variadas. Entre ellas tenemos las siguientes (Cermi, 2018):
Problemas de acceso y movilidad plena en las instalaciones deportivas (problemas de accesibilidad - barreras arquitectónicas)5.
Dificultad para desplazarse hacia y desde los centros deportivos (problemas de transporte).
Falta de acceso a la educación escolar.
Escasa formación especializada en las singularidades de los alumnos con discapacidad entre los profesionales de la educación física. El deporte de personas con discapacidad debería figurar en cada plan de estudio de docentes y especialistas dedicados al tema.
Brecha en el acceso a la práctica deportiva de las mujeres con discapacidad (muy desigual con respecto al de los hombres).
Falta de programas apropiados y de oferta de actividad física.
Costo elevado de materiales indispensables para la práctica de algunos deportes paralímpicos (silla de ruedas adaptadas para básquet y atletismo, prótesis especiales para correr, handbikes, etcétera).
Poca inversión pública o privada en materia de deporte de personas con discapacidad.
Falta de personal de apoyo imprescindible para numerosos deportistas con discapacidad.
Para desarrollar el deporte para personas con discapacidad se han de tener en cuenta todos los problemas señalados líneas antes, así como poner especial atención en el desarrollo de programas de deporte inclusivo en las escuelas. Esto es especialmente importante, pues la escuela es uno de los primeros lugares en los que entramos en contacto con la actividad física y es el marco donde las personas con discapacidad están más localizadas (Cermi, 2018). Con respecto a la promoción del deporte en la escuela, el Libro Blanco propone lo siguiente6:
Dado que es en la edad escolar donde se generan los hábitos de práctica y es posible basarse en el potencial educativo del deporte, es fundamental la realización de programas pedagógicos de sensibilización, captación e iniciación deportiva para el colectivo en este entorno. Una de las mejores vías de promoción consistiría en transformar en inclusivas las actividades deportivas ya existentes en los diferentes servicios ofertados a la población (tanto públicos como privados). Con ello se podría ampliar con mayor eficiencia el número de actividades donde pueden participar las personas con discapacidad, favoreciendo la movilidad, con mayor proximidad al domicilio y ofreciendo una mayor variedad de posibilidades que si se desarrollan servicios específicos únicamente dirigidos a personas con discapacidad
(Cermi, 2018, p. 338).
El mismo informe sostiene que es necesario crear o ampliar las secciones de personas con discapacidad e inclusivas en contextos deportivos convencionales como clubes, centros de entrenamiento, etcétera (Cermi, 2018).
Los beneficios del deporte para las personas con discapacidad son múltiples y considerables. Entre ellos tenemos la mejora de la condición física, de la salud mental y de las habilidades para la vida diaria. Pero es fundamental considerar que las propias características de cada clase de discapacidad van a determinar, en parte, el tipo de práctica más adecuada a la persona (Cermi, 2018).
El ente internacional más importante del deporte para personas con discapacidad es el Comité Paralímpico Internacional (IPC, por sus siglas en inglés). Fue fundado en 1989, pero operó plenamente después de los Juegos Paralímpicos de 1992. Actualmente cuenta con 179 comités paralímpicos nacionales como miembros (entre ellos el del Perú). También forman parte de él las federaciones internacionales dedicadas al deporte de personas con discapacidad (Cermi, 2018).
La Asociación Nacional Paralímpica del Perú (ANPPERÚ) es la institución más importante relacionada con el deporte de competición de personas con discapacidad en nuestro país y es nuestra representante ante el IPC. Fue fundada el 11 de noviembre de 2015 y reconocida por el Comité Olímpico Peruano, el Instituto Peruano del Deporte y el IPC (ANPPERÚ, 2020). La ANPPERÚ es la única asociación deportiva dentro del organigrama del IPD (IPD, 2019). Cuenta con una página web que todavía falta completar (www.anpperu.org), pero con redes sociales más activas, entre las que Facebook tiene mayor alcance:
Facebook (https://www.facebook.com/PeruParalimpico/): se creó el 23 de febrero de 2016. Me gusta: 16 368 / Seguidores: 17 270
Canal de YouTube (https://www.youtube.com/channel/UCV7m4FbJzRP33Y3ee2umfYA): se unió el 24 de febrero de 2016. Vistas: 4648
Instagram (https://www.instagram.com/paralimpicoperu/): Publicaciones: 665 / Seguidores: 3063 / Seguidos: 292
Twitter (@PeruParalimpico): se unió en febrero de 2016. Seguidores: 2752 / Siguiendo: 203
5.1 Los Juegos Parapanamericanos Lima 2019
Como vemos, la presencia de los deportistas con discapacidad es todavía pequeña en redes sociales, y lo es más aún en los medios de comunicación “tradicionales” (radio, TV y prensa escrita). Sin embargo, hoy en día es mucho mayor que la que tenían antes de 2019. El punto de inflexión de la presencia de los deportistas con discapacidad en los medios de comunicación fue la realización de los Juegos Panamericanos y Parapanamericanos en Lima ese año. Como ya había sucedido en otras partes del mundo, Barcelona por ejemplo (Juegos Olímpicos y Paralímpicos de 1992), los juegos representaron, por un lado, la visibilización social de las personas con discapacidad (no solo de los deportistas con discapacidad), pero también un cambio hacia una percepción más positiva de ellas. En el Libro Blanco se sostiene que la cobertura de los medios al deporte paralímpico contribuye a los procesos de integración de las personas con discapacidad. Asimismo, la transmisión de los Juegos Paralímpicos se ha convertido en un fenómeno mediático de gran trascendencia (Cermi, 2018).
Los Juegos Parapanamericanos de Lima se realizaron del 23 de agosto al 1 de setiembre de 2019. Participaron 1890 paradeportistas (1247 hombres y 643 mujeres) de 33 países, en 17 deportes y 18 disciplinas. La delegación peruana contó con 139 deportistas (94 hombres y 45 mujeres) en 16 de los 17 deportes. La presencia de los deportistas peruanos fue como sigue (Andina, s. f.):
Vóleibol sentado (24 deportistas)
Baloncesto en silla de ruedas (24 deportistas)
Fútbol PC (14 deportistas)
Paratletismo (14 deportistas)
Golbol (12 deportistas)
Fútbol 5 (10 deportistas)
Parabádminton (10 deportistas)
Tiro paradeportivo (6 deportistas)
Tenis en silla de ruedas (5 deportistas)
Bochas (4 deportistas)
Paranatación (4 deportistas)
Parapowerlifting (4 deportistas)
Parataekwondo (4 deportistas)
Paratenis de mesa (4 deportistas)
Paraciclismo (2 deportistas)
Judo (1 deportista)
Un elemento que llama mucho la atención del deporte de competición de personas con discapacidad es el sistema de clasificación de la discapacidad para cada una de las competencias. En estas pueden participar personas con discapacidad física, intelectual, visual, auditiva, con parálisis cerebral o daño cerebral adquirido, pero para cada una de ellas se elabora una clasificación en la que los integrantes tienen limitaciones similares. El objetivo de esta clasificación es que los deportistas puedan competir en igualdad de condiciones y que sean las capacidades de cada deportista las que determinen el resultado de la contienda. Cada deporte posee su propio sistema de clasificación, en el que se detallan los tipos de deficiencias admitidos para competir en cada modalidad. También se establece el criterio de mínima deficiencia que se exige para poder competir. Otro aspecto importante que se debe considerar es que algunos deportes están diseñados para un solo tipo de deficiencia (por ejemplo, en el golbol solo pueden participar deportistas con discapacidad visual). Otros deportes están abiertos a atletas con cualquiera de las diez deficiencias elegibles (por ejemplo, natación o atletismo) (Cermi, 2018).
La cobertura de los Juegos Parapanamericanos Lima 2019 por los medios de comunicación contribuyó, como hemos mencionado líneas antes, a la visibilización de las personas con discapacidad y a una imagen más positiva de estas (incluidos, por supuesto, los deportistas con discapacidad). Sin embargo, a más de año y medio de los Juegos Parapanamericanos Lima 2019, los medios continúan otorgando al deporte de personas con discapacidad una cobertura mucho menor que la que le dan al resto de deportes. El periodismo deportivo en el Perú se dedica básicamente al fútbol. El resto de deportes, para personas con o sin discapacidad, casi no está presente. Otro problema con respecto a la cobertura de deportistas con discapacidad es que muchas veces los reportajes se centran más en sus historias personales (llegando incluso a caer en lo que se conoce como el “porno inspiracional”) que en sus logros como atletas. Lo que ellos reclaman es que se les trate como deportistas más que como personas con discapacidad.
5.2 Cine y deporte para personas con discapacidad
El deporte para personas con discapacidad tampoco ha estado muy presente en el cine peruano. Contamos con pocos ejemplos de películas o documentales que traten esta temática. Uno de los más conocidos documentales es el titulado Rodar contra todo (2016), de la directora Marianela Vega, que muestra la historia del primer equipo de rugby en silla de ruedas del Perú. Fue estrenado el 24 de setiembre de 2016 y se presentó con mucho éxito en la muestra itinerante del 23 Festival de Cine de Lima de la PUCP como parte del programa cultural de los Juegos Parapanamericanos Lima 2019 (Lúcar, 2019)7. Un caso muy interesante de presencia de deportistas con discapacidad en el cine de habla hispana es la película Campeones (2018), un fenómeno social en España. Es una comedia dramática dirigida por Javier Fesser en la que se narra la historia de un entrenador de baloncesto que, obligado por las circunstancias, tiene que hacerse cargo de un equipo formado por personas con discapacidad intelectual. La imagen que ofrece la película de las personas con discapacidad es novedosa, más cercana al modelo social que al modelo médico rehabilitador de los que hemos hablado inicialmente. En ella se ve a las personas con discapacidad retratadas con una serie de cualidades: apasionadas, tiernas, esforzadas, perseverantes, empáticas, valientes, capaces de practicar un deporte y dispuestas a sacrificarse por el equipo. La película ha sido un éxito total. En su semana de estreno en España alcanzó los 250 000 espectadores y se convirtió en el segundo mejor estreno en la historia del cine español. Hasta noviembre de 2018 la habían visto casi cuatro millones de personas y había sido un éxito de taquilla, con más de 18 millones de euros recaudados (Cermi, 2018). Fue candidata a los premios Óscar (categoría de mejor película de habla no inglesa), obtuvo varias nominaciones a diferentes galardones y ganó en los premios Goya (2019) las siguientes categorías: mejor actor revelación, mejor canción original y mejor película (Premios Goya, 2019). El discurso de Jesús Vidal al recibir el premio como mejor actor revelación es quizá uno de los más emotivos de la historia del cine y un ejemplo de los frutos que trae la aplicación del modelo social (RTVE, 2019).
Reflexiones finales
En la ceremonia de clausura de los Juegos Parapanamericanos, Julio César Ávila Sarria, presidente del Comité Paralímpico de las Américas, sostuvo que los juegos de Lima habían sido los mejores de la historia de este evento, con casi 200 000 asistentes, récord absoluto para unos Juegos Parapanamericanos. Indicó también que Lima 2019 fue una demostración del creciente interés que hay hacia el paradeporte en toda América. Ningún evento antes había hecho tanto en pos de la inclusión real a la sociedad peruana de todas las personas con discapacidad (Legado#SeguimosJugando, 2019).
El legado más importante de los Juegos Parapanamericanos es haber ayudado a cambiar el modo en que la gente ve a los paradeportistas y, por extensión, a todas las personas con discapacidad. Ahora el reto es que ese cambio no sea pasajero y fruto del entusiasmo del momento, sino que verdaderamente la sociedad peruana sea una en la que, siguiendo el lema de los Parapanamericanos Lima 2019, juguemos todos.
Referencias
Agencia Peruana de Noticias (Andina). (s. f.). Las cifras de los Juegos Parapanamericanos 2019. Recuperado de https://www.andina.pe/agencia/interactivo-las-cifras-los-juegos-parapanamericanos-2019-458.aspx
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Maldonado, R. (2020). Lima 2019. Para siempre. El documental oficial de los Juegos Panamericanos y Parapanamericanos. Recuperado de https://documental.lima2019.pe/#video
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Vega, M. (s. f.). Rodar contra todo. Recuperado de http://www.rodarcontratodo.com/
Ni víctimas ni héroes: hacia una inclusión de los deportistas con discapacidad desde el periodismo narrativo
Kike La Hoz

Introducción
Sábado 2 de julio de 1904. Un hombre sin una pierna se ha convertido en noticia. Se llama George Eyser, y The St Louis Republic, el diario más prominente de Missouri, ha decidido incluirlo en uno de los párrafos de un diminuto artículo periodístico perdido en la página cinco. En medio del reporte sobre el Turners International Gymnastic y sus primeras pruebas válidas por los Juegos Olímpicos de 1904, Eyser es el hecho extravagante. El dato de color. El atleta ‘incompleto’ que compite en desventaja. “George Eyser de The Concordia Turnverein atrajo mucha atención por el hecho de que solo tiene una pierna. Su miembro izquierdo está cortado justo debajo de la rodilla y tiene una pierna de madera”8. El anónimo autor del artículo lo ha presentado casi como un atractivo circense, una rareza de feria, pero ignora un dato crucial: Eyser es ahora el primer deportista con discapacidad en participar en unos juegos olímpicos. Acaba de hacer historia, pero las tres líneas que lo perfilan son insignificantes al lado de un anuncio del doctor Nathaniel King —experto en curar varicoceles testiculares, problemas prostáticos y de vejiga—, que incluye un eslogan por demás sugerente: “No necesitará pagar un dólar hasta que esté curado”.
Ni siquiera tras ganar seis medallas como gimnasta en aquellos juegos olímpicos9 Eyser se pudo sacudir del rasgo que marcaría su vida: ser el primer medallista con una prótesis de madera en la pierna izquierda. Se han cumplido 150 años de su nacimiento (Kiel, 1870), pero un estereotipo no ha perdido vigencia: su condición de discapacidad, producto de una pierna amputada en la niñez tras ser arrollado por un tren, de algún modo sigue estando por delante de sus méritos como atleta y ser humano. Para aquellos que hoy intentan rememorar sus proezas deportivas, resulta un dilema esquivar su “pata de palo”. ¿Se puede recordar a Eyser sin necesidad de remarcar su condición física? No existe una respuesta definitiva. Por un lado, se debería evitar trazar su vida a partir de su discapacidad. Pero, por otro, resulta legítimo que ambos componentes sean indivisibles para entender su historia. En tiempos de normalización de las discapacidades e inclusión de las poblaciones más vulnerables, Eyser es sin duda un pionero en la lucha por la diversidad, pero también el recordatorio de una sociedad en permanente construcción: las personas con discapacidad han tardado décadas en alcanzar una categoría lingüística que las identifique y visibilice; sin embargo, esa misma categoría podría ser, a su vez, una etiqueta de exclusión.
Así como Eyser, Arnie Boldt y Oscar Pistorius —por citar solo dos casos más recientes— se convirtieron en símbolos de superación a partir del relato entusiasta de los medios de comunicación. Uno por saltar 2,04 metros con el impulso de una sola pierna en 1981; el otro por emular a Eyser en la pista olímpica en 2012, con dos prótesis de fibra de carbono reemplazando sus piernas amputadas. “Héroes deportivos que vencieron sus propias limitaciones” sería el titular más conveniente, así como lo hicieron “Nellie” Zabel Willhite, la primera mujer piloto con sordera; Stephen Hawking, físico con esclerosis lateral amiotrófica; o Helen Keller, escritora y conferencista ciega, sorda y muda. ¿Pero realmente vencieron sus limitaciones o aprendieron a convivir con sus cuerpos, como todos aquellos que no tienen alguna discapacidad? Desde una perspectiva condescendiente, la discapacidad acaba siendo el componente articulador de estas historias. Pero lo es más en el ámbito deportivo, en que el cuerpo es examinado y expuesto a sol y sombra. Así, al ser abordados a partir de la máxima de Juvenal, mens sana in corpore sano, no solo son definidos desde sus diferencias, sino que podrían acentuar la exclusión de un 15% de la población mundial (más de mil millones de personas), según la OMS10.
Por supuesto, pensar en el tratamiento informativo del deporte para personas con discapacidad va más allá de cuestionar el enfoque freak del artículo sobre George Eyser. E incluso mucho más allá de emplear las palabras adecuadas, aquellas políticamente correctas que colindan con los eufemismos. Se trata de abordar la discapacidad con un verdadero enfoque de inclusión: sin indolencia ni conmiseración, teniendo presentes las diversas aristas que complejizan el lugar y el rol de los deportistas con discapacidad en la sociedad. La periodista argentina Rosario Gabino, reportera de la BBC de Londres, explica muy bien estas tensiones que dificultan un abordaje libre de accidentes. “¿Cuál es la barrera entre lo políticamente correcto y el eufemismo, entre el heroísmo y la compasión?”, se pregunta en el único artículo periodístico escrito en español encontrado en internet que se atreve a exponer estas dudas. Reconoce que no es sencillo abordar los Juegos Paralímpicos solo desde lo deportivo, separando la historia del deportista de los retos que ha vivido dada su condición física. “Al destacar uno sobre el otro corremos el riesgo de caer en la cursilería o hasta en la hipocresía”, advierte (Gabino, 2012). Un tratamiento equilibrado, que no anteponga un aspecto en detrimento del otro, es lo que evita caer en lugares comunes como calificar los logros de los deportistas como “hazañas”, tratarlos como “héroes” o decir que sus historias son siempre “inspiradoras”. Para dejarlo claro, cita al actor británico Jamie Beddard: “La mayoría de epítetos, tales como inspirador o valiente, se utilizan como una forma de separarnos a nosotros [los discapacitados] de ellos [los no discapacitados]” (Gabino, 2012). Términos como “héroes”, “valientes” o “sobrehumanos”, que intentan destacar el carácter competitivo y temible de los deportistas con discapacidad, podrían ser una forma velada de cierta compasión. Sin embargo, Gabino (2012) admite que no se pueden obviar las cualidades extraordinarias de atletas que en muchos casos se han sobrepuesto a episodios dolorosos como un accidente o una enfermedad. Sin duda, se habla de personajes fuera de toda regla. El desafío es presentar de manera positiva lo que normalmente es presentado de forma trágica. Pero sin caer en eufemismos. En este punto, afirma Gabino, los términos elegidos para denominar a esta población siguen siendo imprecisos por contener una carga negativa: discapacitado, impedido, minusválido. Todos implican carencia o ausencia de capacidad, cuando paradójicamente se está hablando de “deportistas de élite que destacan por su capacidad”. Sin embargo, la Asociación Paralímpica Británica ha propuesto emplear la no menos debatible “personas con discapacidades”. Detrás de esta y otras sugerencias está el deseo de proscribir expresiones que denoten debilidad y tragedia o que sean estigmatizantes, como la palabra “anormal”. “¿Acaso Usain Bolt es ‘normal’?”, se pregunta Gabino (2012), provocadora.
En el Perú, el reducido o subestimado tratamiento de la discapacidad en el deporte entró en cuestión a partir de los Juegos Parapanamericanos de Lima 2019. Una invisibilizada porción de la sociedad, que representa el 10,4%, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI, 2018)11, cobró un moderado protagonismo en la agenda periodística, pero aparentemente desde tópicos acostumbrados: la superación, la mirada compasiva y la heroicidad maniquea. El presente artículo busca hacer un repaso del tratamiento informativo que se dio en los principales medios digitales de alcance nacional sobre los deportistas con discapacidad antes y durante la competencia. Evidenciar no solo la subrepresentación de ese colectivo en la agenda pública, sino también la perpetuación de estereotipos y estigmas que dificultan una inclusión plena de sus miembros en la sociedad. Antes, se desentrañará el concepto de discapacidad desde los distintos modelos y enfoques más críticos en la actualidad, se revisará la relevancia de los medios de comunicación en la construcción de este concepto social y se mencionarán los principales estudios que han evaluado el tratamiento periodístico y la representación de los deportistas con discapacidad. En la última parte, se propone al periodismo narrativo como un modelo para abordar las historias de la discapacidad en el deporte desde una perspectiva inclusiva, que no suponga la elección de personajes o acontecimientos como una forma de explotar o romantizar las diferencias. La comprensión de una subcultura desde la mirada compleja de la crónica termina siendo una alternativa para garantizar coberturas con la dignidad como premisa. Algunos textos de Leila Guerriero, Julio Villanueva Chang y Alberto Salcedo Ramos, tres de los principales referentes de la crónica latinoamericana, servirán de ejemplo sobre el final del artículo.
1. Discapacidad y deporte

El pasado es el repositorio de nuestros intentos fallidos, por más bienintencionados que hayan sido. Pero también de nuestras vergüenzas. En el caso de la discapacidad, un repaso fugaz lo pone en evidencia: Patronato Nacional de Anormales (1914), Patronato de Rehabilitación y de Recuperación de Inválidos (1957), Asociación Nacional de Inválidos Civiles (1958), Servicio Social de Asistencia a Menores Subnormales (1968). Como lo indica Barriga (2008), todas estas instituciones, con títulos hoy cuestionables, fueron creadas en España, una de las naciones de habla hispana que más ha desarrollado la investigación sobre discapacidad.
Por supuesto, el desprecio por los discapacitados es aún más remoto, y cuanto más atrás se mira las atrocidades van en aumento. Fernández (2008) recuerda que
en la Grecia del siglo iv a. C. sacrificaban a las personas con discapacidad a los dioses. En la Edad Media, la Inquisición servía, entre otras cosas, para eliminar a los diferentes, discapacidad incluida. En el siglo xx, muchos miles de miembros de este colectivo fueron gaseados en los campos de exterminio nazi por el hecho de no ser perfectos, según sus criterios (p. 178).
Pero no hace falta ir tan atrás. Basta remontarse apenas a 1976 para encontrar que la situación de las personas con discapacidad seguía siendo crítica en varios aspectos, pese al reconocimiento de sus derechos. El 26% de los encuestados en España por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) consideraba que “minusválido” era lo mismo que “subnormal” (Barriga, 2008). El paso de los años y las reivindicaciones han permitido que la percepción social de las personas con discapacidad mejore. Pero aún siguen siendo un colectivo invisibilizado y/o víctima de subestimaciones acerca de su valía.
En el deporte han logrado tener una presencia cada vez más significativa a lo largo de la historia. Desde la primera referencia de actividad física, que data de 2700 a. C. en China, donde el kung-fu se usaba para prevenir y aliviar trastornos físicos, pasando por los apuntes del pedagogo Klein en su libro Gimnasia para ciegos (1847), hasta la semilla de los Juegos Paralímpicos sembrada en 1943 por el neurólogo alemán Ludwig Guttmann, quien introdujo el deporte como método rehabilitador para personas con discapacidad y excombatientes con graves secuelas de la Segunda Guerra Mundial12. La primera competición deportiva, los Stoke Mandeville Games, coincidieron con los Juegos Olímpicos de Londres 1948 (Cid, 2008).
En poco tiempo, los torneos en el ámbito local en Inglaterra dieron paso a eventos internacionales a partir de 1952. Ocho años después, Guttmann conseguiría lo inimaginable: la organización de los primeros Juegos Paralímpicos en Roma, en la misma sede de los Juegos Olímpicos. Desde 23 países, más de cuatrocientos deportistas acudieron en sillas de ruedas. A partir de ahí, la historia cuenta que ambas competiciones no coincidieron geográficamente por diversos motivos políticos y organizativos. Seúl 88 primero, y Barcelona 92 luego, resultaron claves para el proceso de unificación en una sede, algo que se consolidó desde comienzos del nuevo siglo gracias a acuerdos firmados por el Comité Olímpico Internacional (1894) y el Comité Paralímpico Internacional (1989), dos instituciones que permiten comprender el enorme peso de un desfase histórico: casi cien años las separa. Las últimas competencias, a partir de Pekín 2008, se realizan en los mismos escenarios, una detrás de la otra, por el mismo comité organizador (Comité Paralímpico Español, 2019).
De los cuatrocientos atletas con discapacidad y una organización modesta en Roma 1960 se ha pasado a 4328 atletas representantes de 159 Estados, 25 000 voluntarios y más de 2,1 millones de entradas vendidas para las diferentes competencias en Río 2016. Sobre ello, Solves (2018) indica lo siguiente: “En los últimos años, los Juegos Paralímpicos han supuesto un avance en la visibilidad social de las personas con discapacidad y puede que estén cambiando incluso la percepción social de la discapacidad en algunos contextos” (p. 173). Un estudio, elaborado por la consultora Nielsen a petición del Comité Paralímpico Internacional y publicado a finales de 2016, confirmaría esa tendencia: en países como Japón (90%), España (86%), Reino Unido, Australia o Francia (entre 83% y 85%), buena parte de la población tenía conocimiento sobre el deporte paralímpico. Otro informe de 2017, a cargo de MKTG y divulgado por el Comité Paralímpico Español, muestra que la presencia del deporte paralímpico en los mass media españoles se incrementó en un 43% del periodo 2009-2012 al cuatrienio 2013-2016 (Paralímpicos, 2017).
En el caso peruano, uno de los pocos datos que permiten tener una idea —aunque solo tangencial e incompleta— acerca del interés de la ciudadanía por el deporte paralímpico es una encuesta realizada por Ipsos Perú sobre las expectativas por los VI Juegos Parapanamericanos Lima 2019. En el sondeo, el 67% de los limeños afirmaba estar enterado de la realización de la competencia, pero apenas el 23% revelaba que era “muy probable” y “probable” que asistiera a alguna de las actividades del programa (Falen, 2019). Al término del evento, además, el presidente del Comité Organizador, Carlos Neuhaus, reveló que los Parapanamericanos de Lima 2019 batieron el récord de venta de entradas del certamen continental, con 170 341 boletos adquiridos (Lima 2019, 2019). Por cierto, ese masivo respaldo en las tribunas se tradujo en 15 históricas medallas logradas por la delegación peruana, conformada por 139 paratletas13 (Cruz, 2019).
Pero las cifras y el entusiasmo patriotero podrían resultar engañosos. Si nos remitimos a alguna estadística de carácter nacional que aborde el deporte y la discapacidad, quizá el único hallazgo sea aquel 2,5% de personas con discapacidad que afirma practicar algún deporte en sus tiempos libres. El dato está incluido en la Primera Encuesta Nacional Especializada sobre Discapacidad (Enedis), correspondiente a 2012 (INEI, 2014), y solo evidencia una de las tantas y enormes brechas que separan a este colectivo del resto de la población. Un rasgo de su elevada vulnerabilidad, como ese otro dato que muestra que un porcentaje considerable de personas con discapacidad apenas acaba la primaria (41,4%).
Mejorar el porcentaje de participación de las personas con discapacidad en el deporte debería ser una de las prioridades de la sociedad. A juzgar por los postulados del Comité Paralímpico Internacional (2020), el deporte opera como un mecanismo de inclusión: “A través del deporte [los deportistas con discapacidad] desafían estereotipos y transforman las actitudes, lo que ayuda a aumentar la inclusión al romper barreras sociales y la discriminación hacia las personas con discapacidad” (párr. 13). El paralimpismo define la esencia de sus paratletas a partir de cuatro valores: coraje, determinación, inspiración e igualdad. Y sus principios ideológicos se fundaron en empoderar a sus atletas “con la esperanza de que sus actuaciones inspiren a otros a grandes logros” (Howe, 2008, como se citó en Meléndez, 2019). Por esa razón, McNamee y Parnell (2018, como se citó en Meléndez, 2019) concluyen que dentro de un contexto filosófico y ético el paralimpismo debe entenderse como “la celebración de la diferencia deportiva” (p. 52).
Pasión, alegría, adrenalina, diversión, ganas, placer, satisfacción, liberación. Estas son algunas de las palabras con que las propias personas con discapacidad describen lo que sienten al realizar el deporte que practican: emociones tradicionalmente negadas y ausentes en las vivencias de la discapacidad desde la mirada del modelo médico hegemónico. Ferrante (2012) sostiene que así cuestionan el destino social asignado existencialmente y disputan los sentidos que adquiere la discapacidad. De todos modos, si bien tales efectos positivos justifican la existencia de una oferta deportiva específica (deporte adaptado a personas con discapacidad), Ferrante (2012) plantea sus limitaciones al señalar lo siguiente:
no existen estudios que comprueben que realmente el deporte “integre a las personas con discapacidad” ni que analicen cómo el ethos específicamente construido a partir del deporte influye en la reproducción o en el cuestionamiento de los procesos de estigmatización asociados a la discapacidad. No obstante ello, sí es posible encontrar tratamientos parciales, polarizados en dos posturas antagónicas, que afirman que “el deporte incluye” o que “el deporte excluye”. Un conjunto de estudios provenientes desde la educación física sostienen que el deporte “transforma a la persona con discapacidad en un pleno ciudadano integrado” (Pappous, 2007; Gutiérrez & Caus Pertegáz, 2004; Martínez Ferrer, 2002; Sagarra, 2002; Usabiaga, 2002; Fantova, 2007) […] En tanto desde el modelo social anglosajón se señala que “en el deporte existe una ideología implícita que aumenta los procesos de exclusión de las personas con discapacidad al exigir una mera domesticación del cuerpo discapacitado de acuerdo a las exigencias del cuerpo capaz, dejando intactas las estructuras sociales discapacitantes y propiciando el desarrollo de la industria de la rehabilitación” (UPIAS, 1976; Oliver, 1984; Finkelstein, 1993; Abberley, 2008; Campbell, 1990) (p. 65).
Por lo tanto, si bien las personas con discapacidad han encontrado en la práctica deportiva un espacio de desarrollo y reconocimiento social, la inclusión a través del deporte sigue siendo un tema en debate que requiere una revisión más profunda.
2. Un concepto transitorio, inconcluso

Anormales. Lisiados. Minusválidos. La elección del término siempre ha sido fallida. Imprecisa. O por lo menos transitoria, vista desde la luz de cada momento de la historia. Lo mismo ocurre con el término más actual, consensuado y de uso vigente: personas con discapacidad (people with disabilities), según Davis (2013, tal como se citó en Meléndez, 2019).
A raíz de la reivindicación de los derechos civiles de afrodescendientes, mujeres y colectivos LGTB a principios de la década de 1960, el activismo del Movimiento de Vida Independiente consiguió que la Organización Mundial de la Salud (OMS) adoptara esta nueva catalogación a partir de la distinción de tres conceptos: deficiencia (toda pérdida o anormalidad de una estructura o función psicológica, fisiológica o anatómica), discapacidad (toda restricción o ausencia, debida a una deficiencia, de la capacidad de realizar una actividad dentro del margen considerado normal) y minusvalía (una situación desventajosa para un individuo, consecuencia de una deficiencia o una discapacidad, que limita o impide el desempeño de un rol que es normal en su caso)14.
Este avance permitió entender la situación de desventaja, creada por la sociedad, en la que se encuentran las personas con discapacidad ante la ausencia de oportunidades. Dell’Anno (2012) cita un documento del Programa de Acción Mundial para los Impedidos de las Naciones Unidas en el que se indica lo siguiente:
La minusvalía está por consiguiente en función de la relación entre las personas con discapacidad y su ambiente. Ocurre cuando dichas personas se enfrentan a barreras culturales, físicas o sociales que les impiden el acceso a los diversos sistemas de la sociedad que están a disposición de los demás ciudadanos. La minusvalía es, por tanto, la pérdida o la limitación de las oportunidades de participar en la vida de la comunidad en igualdad con los demás (p. 13).
Pero el término personas con discapacidad no consigue erradicar del todo la carga estigmatizante y ese tufillo de inferioridad que recae sobre este colectivo. Como sugiere González Bonet (2015), corresponde preguntarse críticamente: ¿cuál es la causa de la asignación de un desvalor? La respuesta quizá esté en la concepción más honda del capitalismo, que considera a estas personas no productivas, al carecer de las habilidades de aquellos que no comparten sus características. “De esta manera comienza el diseño ideológico de un hombre normal, es decir, funcional a las estructuras económicas de producción capitalista que nos llevarán a la actual determinación de la discapacidad” (p. 4)
Según el artículo 1 de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, promovida por la Asamblea General de las Naciones Unidas (2006) bajo el lema “Nada sobre nosotros y nosotras sin nosotros y nosotras”, la definición exacta de las personas con discapacidad es la siguiente:
Las personas con discapacidad incluyen a aquellas que tengan deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales a largo plazo que, al interactuar con diversas barreras, puedan impedir su participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con las demás (p. 4).
El principal inconveniente de la elección del término, además del propio término, son los modelos que conviven en él: el modelo médico-clínico, que habla de la discapacidad entendida como “construcción social desde el déficit y la anormalidad” (Baquero, 2015, p. 168); el modelo social, que rechaza que este fenómeno sea inherente a los sujetos en lugar de ser el resultado de las interacciones complejas a nivel social; el modelo ecológico, que pone el acento en “la interacción entre las actitudes individuales y sociales y el entorno físico, económico y político”; y el modelo biopsicosocial, impulsado por la OMS (2011), que presenta a la discapacidad como “un hecho complejo y multifacético”, según Necchi, Suter y Gaviglio (2014, tal como se citó en Meléndez, 2019). Otros modelos críticos han surgido en los últimos años: el modelo universalizante, con la discapacidad como parte de la experiencia de vida de cualquier ser humano; el modelo de la diversidad, que busca promover la desmedicalización, la transversalidad y la promoción de la autonomía moral; y, por último, el modelo feminista, que reconoce que la discapacidad es una narrativa del cuerpo fabricada culturalmente, así como las ficciones de raza y de género (Meléndez, 2019).
Los nuevos abordajes plantean dudas sobre la pertinencia de la palabra discapacidad. Por un lado, “este término tiene la utilidad de funcionar como un identificador de un colectivo que, en general, reclama derechos en nombre de ese nombre”, explica Rosato (2012, p. 6). Pero, según esta autora, el riesgo es definirlo solo en función de sus usos. Las actividades estatales y las agencias se nutren de esto, intentando dar una expresión única y unificadora a lo que, en realidad, son experiencias históricas, multifacéticas y diferenciadas de diversos grupos dentro de la sociedad, a los que se les niega su carácter particular, imponiendo, al mismo tiempo, el modo en que deben expresarse las desigualdades.
Desde el programa “La producción social de la discapacidad” de la Facultad de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Entre Ríos, Argentina, Dell’Anno (2012) reconoce que el término personas con discapacidad “no es el más adecuado para referirse a quienes, poseedores de múltiples capacidades, tienen alguna limitación física y/o intelectual que les lleva a desenvolverse de un modo diferente en sus actividades y/o en la interacción social” (p. 15). No obstante, considera que esa denominación sigue teniendo valor, porque “borrar el término ‘discapacidad’ es riesgoso en esta sociedad, donde los derechos no están plenamente reconocidos y garantizados; pudiendo llegar a restar un argumento de reivindicación” (p. 15). El uso del término discapacidad también presenta otro inconveniente: reduce la identidad de las personas con discapacidad a una sola, “la discapacidad”. Baquero (2015) la califica de “restringida y monofónica”, y la inserta dentro de lo que Appiah denomina como “imperialismo de la identidad”. Baquero, tomando las reflexiones de Nussbaum (2012, como se citó en Baquero, 2015), dice lo siguiente: “Reducir la identidad de las personas con discapacidad ‘al discapacitado’ no solo es restringir su identidad, sino, además, volcarla a la tiranía de la exclusión y denegación de sus capacidades, afectando su dignidad y su valía” (p. 172).
Una de las alternativas es reflexionar sobre la narrativa de la exclusión como una forma de convocar al debate y a la transformación. Baquero (2015) nos presenta la propuesta pedagógica de McLaren (1997) para deconstruir narrativas de dominación hacia la reconstrucción de narrativas para la emancipación. Así como se espera que la escuela asuma el reto de una sociedad incluyente, que reconozca y valore la diversidad, y problematice la enseñanza “con capacidad de elaborar narrativas que permitan fortalecer a los excluidos, como es el caso de las personas con discapacidad” (p. 72), este ejercicio podría ser asumido también por los medios de comunicación.
La construcción de una ética de la memoria y la compasión es una opción para forjar otras formas de relacionamiento sustentadas en el reconocimiento de la otredad, del respeto y la capacidad de ser responsable por la vulnerabilidad de quienes la viven. El cultivo de la compasión, según Nussbaum (como se citó en Baquero, 2015), puede lograrse a partir de tres elementos: el pensamiento de que el sufrimiento del otro es grave, que esa persona no es la causa principal de su propio sufrimiento y —en muchos casos, si no en todos— que ese sufrimiento se debe a cosas “como las que le pueden pasar a cualquiera” (p. 181).
Ante las nuevas perspectivas críticas, se hace necesario una mejor conceptualización de la discapacidad. Kipen (2012) plantea una, que no busca ser ni única, ni última, ni definitiva. Reconoce su transitoriedad. Desde ese aporte, se piensa a la discapacidad
como una producción social, inscripta en los modos de producción y reproducción de una sociedad. Ello supone la ruptura con la idea de déficit, su pretendida causalidad biológica y consiguiente carácter natural, a la vez que posibilita entender que su significado es fruto de una disputa o de un consenso, que se trata de una invención, de una ficción y no de algo dado. Hablamos de un déficit construido (inventado) para catalogar, enmarcar, mensurar cuánto y cómo se aleja el otro del mandato de un cuerpo “normal”, del cuerpo Uno (único) […] Es, también, una categoría dentro de un sistema de clasificación y producción de sujetos. El parámetro de una normalidad única para dicha clasificación es inventado en el marco de relaciones de asimetría y desigualdad, cristalizadas en una ideología de la normalidad. Esas relaciones asimétricas producen tanto exclusión como inclusión excluyente (p. 128).
El principal peligro de las representaciones estereotipadas y sobresimplificadas de las personas con discapacidad, que pueden confirmar o reforzar patrones hegemónicos de interpretación, es que “gran parte de la información que el público en general recibe sobre la discapacidad es difundida por los medios y no directamente por personas con experiencias vividas” (Maika & Danylchuk, como se citó en Meléndez, 2019, p. 48).
En tiempos en los que el concepto de discapacidad se ha ido transformando y revisando de manera crítica, como se ha constatado, el papel de los medios es fundamental. Sin embargo, para algunos autores dicha evolución no ha sido reflejada aún: “Los diarios y revistas, la televisión y la radio han conservado cierto lenguaje y formas de transmitir la información que corresponden a modelos anteriores, que no se condicen con la manera en la que percibimos hoy en día a la discapacidad” (González Bonet, 2015, p. 2).
3. La representación de la discapacidad en los medios deportivos

Un viejo enunciado de la década de 1960 se repite cual mantra hasta el día de hoy cuando se trata de medir el enigmático e insondable poder del periodismo: “La prensa no tiene mucho éxito en decir a la gente qué tiene que pensar, pero sí lo tiene en decir a sus lectores sobre qué tienen que pensar” (Cohen, 1963, como se citó en Rivarola & Rodríguez, 2015). Pero, además de decirle a la gente sobre qué pensar, los medios tienen la influencia suficiente para reforzar las normas existentes: perpetuar representaciones estereotipadas (Lazarsfeld & Merton, 1948, como se citó en Alcántara, 2011), como las que se han visto vinculadas a la discapacidad, transmitiendo sensaciones de pena, debilidad y dependencia; o, por el contrario, promover imágenes más positivas, contribuyendo al proceso de inclusión de las personas con discapacidad (Pappous et al., 2009, p. 33). Es decir, desempeñan un rol crucial en la estigmatización o desestigmatización de este colectivo.
Con acierto, el periodista español José Luis Fernández Iglesia (como se citó en Pappous et al., 2009) afirma lo siguiente:
El mundo mediático adquiere una gran importancia para la normalización del colectivo de personas con discapacidad, primero porque vivimos en una sociedad donde el que no sale en los medios no existe, y después porque para salir de una situación de discriminación se necesita la complicidad social, pero la sociedad no se hace cómplice de lo que no conoce y ahí es donde los medios de comunicación pueden jugar el importante papel de acercar la discapacidad a la sociedad y viceversa (p. 31).
Pero el deber de los medios no es solo moral, sino que está enunciado en las normas internacionales: el Programa de Acción Mundial para las Personas con Discapacidad, aprobado en 1982 por la Asamblea General de las Nacionales Unidas, detalla que los medios de comunicación deben desarrollar pautas para mostrar “una imagen comprensiva y exacta” sobre las personas con discapacidad (ONU, 1982, párr. 149). Y la Declaración de Madrid, firmada en 2002 por el Congreso Europeo sobre las Personas con Discapacidad, recoge este compromiso: “Al referirse a cuestiones de discapacidad, los medios de comunicación deberían evitar enfoques de condescendencia o humillantes y centrarse más bien en las barreras a las que se enfrentan las personas con discapacidad y en la positiva contribución que las personas con discapacidad pueden hacer una vez que se eliminen esas barreras” (punto 6).
¿Los medios de comunicación, y más concretamente los medios deportivos, están cumpliendo con este encargo? Según Cebrián (2010), la representación de las personas con discapacidad sigue siendo marginal, debido a la incapacidad de los medios audiovisuales de reflejar el desempeño de este colectivo en otras labores a nivel social. Newlands (2012), por su parte, considera que los medios de comunicación “desacreditan la discapacidad” en el ámbito deportivo a través del uso de narrativas insuficientes para explicar el sistema de clasificación (médico), ignorando la discapacidad en fotografías y videos (invisibilizando los rasgos visibles de los cuerpos diversos), y representando a los paratletas por medio del modelo supercrip “como individuos que están superando la adversidad o como héroes discapacitados”, lo que, a la larga, los coloca en “estructuras socioculturales más bajas” (como se citó en Meléndez, 2019, p. 74). De este modo, se refuerzan las nociones de que los deportistas con discapacidad no son valorados por su competencia atlética y de que los Juegos Paralímpicos son deportes minoritarios. En suma, para Ramírez y Álvarez-Villa (2008), la cobertura mediática del deporte para personas con discapacidad ha estado caracterizada por las nociones de exclusión y estereotipo. En la construcción del relato deportivo, los medios “persisten en ignorar, dramatizar y estigmatizar” (p. 2).
La particularidad de los estereotipos es que pueden llegar a tener una doble influencia: alentar en la población en general actitudes prejuiciosas y conductas discriminatorias hacia los grupos más vulnerables, pero además fomentar la interiorización del estereotipo entre las mismas personas con discapacidad, y, de ese modo, configurar parte de la autopercepción de ese colectivo (Álvarez-Villa & Mercado-Sáez, 2015).
A mediados de la década de 1990, los propios paratletas alertaron altos niveles de estigmatización: sus identidades enteras se interpretaban “en términos de sus discapacidades” (Hardin & Hardin, 2004, como se citó en Meléndez, 2019, p. 66). En este caso, el estigma, expresado como marca o atributo para reconocer a un grupo, es la alteración visible en el cuerpo: la discapacidad física. El concepto de estigma, desarrollado por Goffman (1963, como se citó en Mercado, 2012), es entendido también como la desviación de las normas establecidas, que coloca en una categoría social, culturalmente inferior, a quien tiene cierto rasgo o conducta. A partir de esa definición, diversos estudios han mostrado que las personas con discapacidad, a causa de su diferencia corporal, reciben sentimientos de compasión, pena, aversión, perplejidad, por ser vistos y tratados como dependientes y frágiles (Pappous et al., 2009).
Uno de los estereotipos más comunes es precisamente mostrar a los deportistas paralímpicos como “superhombres en sillas de ruedas” (Álvarez-Villa & Mercado-Sáez, 2015). Lo que Barnes (1992, como se citó en Meléndez, 2019) definió con el término super cripple o supercrip (el supercojo). “Es el modelo más usado para presentar al héroe con discapacidad en los medios de comunicación y exacerba los ya existentes desafíos que la persona en esta condición enfrenta” (Figueiredo, 2014, como se citó en Meléndez, p. 78). Si bien este estereotipo ha sido aceptado por presentar de forma positiva a las personas con discapacidad, al destacar su calidad inspiradora, detrás oculta estándares irreales de comparación que pueden generarles juicios desfavorables o sobrecompensación (Meléndez, 2019, p. 79). Para autores como Rius y Solves (2010), el estereotipo del héroe forma parte de la construcción de una breve historia que recorre las fases de desolación, lucha, superación y triunfo, el llamado síndrome Dickens, por tomar del escritor Charles Dickens esa inclinación por personajes desvalidos que atraviesan, como Oliver Twist o David Copperfield, por estos pasos antes de alcanzar el éxito (p. 111). La combinación del relato épico y el sensacionalismo sería la “fórmula” para garantizar un tratamiento que apunta a las emociones. Pero esto genera que la discapacidad se presente al final desde una posición compasiva. Tras el exceso de admiración se escondería la pena y se sostendría una relación de desigualdad de manera solapada (Retana & Zárate, 2018).
El uso del lenguaje discapacitante también es otro de los cuestionamientos al tratamiento mediático de la discapacidad, al configurar representaciones sociales y reforzar estereotipos (Pate & Hardin, 2015, como se citó en Meléndez, 2019). Fernández (2006), autor de Guía de estilo sobre discapacidad para profesionales de los medios de comunicación, ha tratado —como se ha hecho en tantas otras guías15— de recoger vocablos erróneos y con connotaciones negativas que no deben utilizarse: anormal, deficiente, disminuido, impedido, incapacitado, inválido, lisiado, minusválido, entre otros. Sin embargo, el uso de un lenguaje igualitario debe ser el resultado del desmontaje de prejuicios y no de la imposición. Manfredi (2011) aclara que no se debe acudir a lo “políticamente correcto” (p. 8), y Alcántara (2011) sugiere evitar los eufemismos en la medida de lo posible, porque lo verdaderamente importante es lograr una normalización plena de la información sobre deporte y discapacidad (p. 18).
Los recientes estudios sobre el tratamiento de las personas con discapacidad en el deporte, que se han incrementado a partir de los Juegos Paralímpicos de Pekín 2008 y más significativamente desde Londres 2012 y Río 2016 (Meléndez, 2019), permiten observar una moderada mejora del abordaje de esta temática. El tratamiento creció en cantidad, pero sigue siendo estereotipado en su construcción. Los estudios más antiguos denuncian el uso de una excesiva adjetivación, mientras que los más actuales señalan cierta normalización del tema (Retana & Zárate, 2018, p. 27). Los referidos a la cobertura de Río 2016 muestran que permanece el enfoque medicalizado, así como la representación del “héroe discapacitado” (Meléndez, 2019). A medida que pasa el tiempo, los medios abordan más y con mayor corrección la discapacidad, pese a tener aún poca visibilidad en la prensa (Rivarola & Rodríguez, 2015). Sin embargo, el tratamiento no llegar ser óptimo. La cobertura aún se considera escasa y deficiente, con predominio de la épica o el sentido caritativo o “victimista” por encima del hecho deportivo en cuestión (Campos & Martínez, 2014, p. 55). En otros estudios realizados en países latinoamericanos como Ecuador (Lemos Vargas, 2018), Costa Rica (Retana & Zárate, 2018) y Colombia (Meléndez, 2019) se reconoce un adecuado uso del lenguaje para referirse a las personas con discapacidad, pero aún la existencia de estereotipos y prejuicios los presenta como víctimas o héroes. Es decir, permiten visibilizar un poco más a este colectivo, pero sin lograr normalizarlos.
Los cambios evidenciados en estos estudios ya habían sido advertidos por Pappous et al. (2009), al cuantificar que el número de imágenes y artículos publicados sobre paratletas estaba en continua progresión desde 1996 hasta 2004, pero aún con cierta estigmatización mediante representaciones pictóricas de pasividad, fragilidad, dependencia e infantilización. Para estos autores, esto confirma que los cambios culturales se dan de forma progresiva. “Nuestros datos indican que estamos en un periodo de transición […] en el cual las imágenes que siguen enfocadas en la discapacidad están co-existiendo con unas imágenes más inclusivas” (p. 40). Por lo tanto, la normalización de la discapacidad, a través del deporte, es un proceso en marcha que requiere de una cobertura periodística que se aleje de los tópicos habituales.
4. El escenario peruano antes y durante los Parapanamericanos 2019

La escasez de estudios que exploren el tratamiento de los deportistas peruanos con discapacidad es una primera señal del nivel de avance de la inclusión en este campo. El deporte paralímpico le ha dado ocho medallas al Perú, cuatro más que las logradas por los deportistas olímpicos en más de cien años de historia, pero apenas cinco investigaciones académicas, cuatro de ellas surgidas como tesis de grado universitario, han explorado la representación de las personas con discapacidad en los medios locales. Solo una ha dedicado parte de su esfuerzo al tratamiento en las secciones deportivas.
El estudio más remoto corresponde al de Jaime Tipe (2007). Después de analizar nueve diarios de cobertura nacional durante treinta días, confirmó una sospecha: la poca presencia de las personas con discapacidad en la agenda informativa. Similar hallazgo es el de Mayra Motta (2018), que calificó de insuficientes la cobertura y la extensión de noticias, además de esporádicas y subordinadas a la aparición de otros sucesos. Constató que el diario El Comercio suele utilizar más a menudo el término “persona con discapacidad”, a diferencia del diario Trome, que emplea un lenguaje peyorativo. El hallazgo más significativo para el presente artículo es que el 41% de las notas periodísticas publicadas en El Comercio aparecieron en la sección “DT - Deportes” (41%), e incluso tres llegaron a ser parte de la portada, al coincidir con los Juegos Paralímpicos de Río 2016. Motta (2018) señala que “es probable que, sin la cobertura a este evento, la frecuencia de publicación hubiera sido mínima” (p. 15). Otra de las conclusiones remarca un comportamiento recurrente en medios de otras latitudes: El Comercio y Trome suelen representar a las personas con discapacidad como víctimas o héroes, mostrándolas vulnerables o resaltando sus logros, respectivamente. Según la autora, este tratamiento no estaría contribuyendo a la inclusión social, pues la mayoría de relatos periodísticos son notas informativas que solo describen una versión de la realidad que no promueve la reflexión sobre las barreras que existen para que las personas con discapacidad puedan desenvolverse con normalidad.
Por su parte, las investigaciones de Ramos (2019) y de Constantino, Ramos, Bregaglio y Verano (2019) arriban a conclusiones similares: presencia limitada de las personas con discapacidad, aunque no infrecuente. La discapacidad en muchos casos se hace patente como un obstáculo para el desarrollo del personaje retratado. En general, los datos son escasos. El propio director de Políticas en Discapacidad del Conadis, Luis Vásquez, ha mencionado que los Juegos Parapanamericanos realizados en Lima eran una oportunidad para evaluar y comparar la cobertura de los medios peruanos, tal como se ha realizado en países como España durante los Juegos Paralímpicos (ConcorTV, 2019).
En defensa de los medios periodísticos se puede decir que la normativa nacional (Ley General de la Persona con Discapacidad 27050, promulgada en 1998, y reemplazada por la actual Ley 29973 en 2012) apenas está sentando las bases para un paulatino cambio cultural que tardará en visibilizar y normalizar a las personas con discapacidad en el Perú. Una evidencia de ello en el deporte es que recién a finales de 2015 el Comité Olímpico Peruano (COP) logró promover la creación de la Asociación Nacional Paralímpica del Perú. La realización de los Juegos Paralímpicos de Lima 2019 sirvieron para dinamizar la capacitación a periodistas a través de talleres para entender el movimiento paralímpico.
Al margen de estar frente a un incipiente panorama de cambio, la primera sensación es que la inclusión marcará la pauta de aquí en adelante. Una rápida y empírica revisión de las secciones deportivas de tres principales portales noticiosos (RPP, El Comercio y América TV), así como del contenido de las versiones digitales de los diarios deportivos (Líbero, Todo Sport y Depor) muestra que, en la mayoría de casos, las notas con la etiqueta digital “Juegos Parapanamericanos” fueron encabezadas con titulares en los que se destacaba el resultado deportivo o el logro conseguido por algún atleta con discapacidad. Sin embargo, en la presentación de historias de vida o perfiles/retratos se remarca la condición de discapacidad del deportista y se apela a conceptos antes vistos, como la “heroicidad”, la “superación” y la “inspiración”. Algunos ejemplos: “Efraín Sotacuro: la historia de superación de nuestro mejor atleta paralímpico” (Depor, 28 de abril de 2019), “Juan León, el nadador sin piernas que quiere brillar en los Parapanamericanos Lima 2019” (RPP, 7 de abril de 2019), “Lima 2019: Carlos Felipa y una historia llena de superación tras la pérdida de su pierna izquierda” (RPP, 31 de agosto de 2019), “Lima 2019: la emotiva historia de superación de Juan Ignacio Cáceres, oro en canotaje K4 500” (Líbero, 28 de julio de 2019), “Juegos Parapanamericanos: las asombrosas historias de quienes también serán nuestros héroes” (El Comercio, 13 de agosto de 2019), “Lima 2019: conoce la ejemplar historia de Pilar Jáuregui, la para atleta que retó al alcalde de Lima” (Líbero, 20 de agosto de 2019), “Una historia de superación. De Vinatea es la principal carta de Perú para ganar una medalla en parabádminton” (Todo Sport, 23 de agosto de 2019b), “Joven que fue amputado de las piernas representará a Perú en los Parapanamericanos. La historia de Juan León es conmovedora y aleccionadora” (América TV, 1 de abril de 2019), “Pilar Jáuregui: la historia de inspiración de la ganadora de oro en para bádminton” (América TV, 3 de setiembre de 2019), “Efraín Sotacuro: la historia de superación del medallista de los Parapanamericanos 2019” (El Comercio, 27 de agosto de 2019), “La historia de Alejandro Pacheco, el atleta ciego que cantaba en el Metro de México y ganó una medalla” (Depor, 31 de agosto de 2019), “Fiesta por la superación” (Todo Sport, 23 de agosto de 2019a). Doce notas en total.
Si bien representan un porcentaje menor del total de artículos analizados (352)16, estos casos sirven para comprobar que, más allá de la nota informativa, limitada al resultado o al evento deportivo, los medios periodísticos peruanos necesitan apelar al modelo épico para construir el relato sobre la vida de los paratletas. “Cubrir el tema de la discapacidad de forma proporcionada, sin caer en la conmiseración ni presentar a la persona con discapacidad como un héroe” es una de las recomendaciones, incluida en la Declaración de Salamanca (2002), que los medios informativos peruanos no consideran del todo.
5. El periodismo narrativo para narrar la discapacidad

Una mujer astronauta, un afrodescendiente congresista, un futbolista gay. En algún momento, todos ellos fueron una singularidad para contar. La simplificación de una historia que necesariamente debía destacar algo poco frecuente. Una manera enmascarada de aceptar que las mujeres apenas pueden cruzar la calle y no la estratosfera, que los negros con suerte empezaron a votar aún con el rumor de los grilletes y que los machos no permitirían jamás abrir las puertas del camerino. Aún en tiempos de reivindicaciones, a nadie se le ocurriría titular hoy: “La diputada Martínez, una historia de superación”.
En la larga fila de espera de aceptación de las distintas diversidades, las personas con discapacidad hacen cola muy atrás. Siguen siendo noticia por su propia condición. Un discapacitado astronauta, una congresista en silla de ruedas, un futbolista sin una pierna. Abordar sus historias sin reduccionismos debería ser más que una obligación moral. Mucho más que persignarse ante una guía de tratamiento para buenos periodistas. La falsa compasión no tendría que ser la coartada perfecta para huir de una cobertura periodística condicionada por una muleta, un bastón o un andador: retratar las complejidades de una persona sin excusarnos de que se trata de una persona con discapacidad.
“La inclusión es para todos porque todos somos diferentes” debe ser una de las frases más hermosas que se hayan acuñado en los últimos tiempos. Forma parte de un librito publicado en Asunción, en 201017, en el que se les dice a los periodistas algo que nos recuerda por qué el champú viene con instrucciones: una sociedad inclusiva tiene un compromiso con las minorías, y no apenas con las personas con discapacidad. Debería tratarse de un mensaje que, ni bien leído, acabara autodestruyéndose. Pero no. Por algún motivo, que tiene que ver con esa primitiva inclinación a señalar al otro, siempre extraño y desconocido, debemos leer ese mensaje una y otra vez para recordar que la inclusión significa sacarnos las anteojeras para ver la diversidad en todos, no solo en los que parecen más distintos. Se trata de pasar de una “ética de la igualdad” —que Claudia Werneck, en su libro ¿Tú eres una persona? (2003), advierte como el mecanismo para valorar única y exclusivamente lo que los humanos tienen de semejante— a una “ética de la diversidad”, bajo la certeza de que la humanidad encuentra infinitas formas de manifestarse (Agencia Global de Noticias, 2010, p. 16). Así, no se admite la comparación entre diferentes condiciones humanas ni se privilegia a una de ellas en detrimento de otras. Se trata, entonces, de reconocer al frente a una persona. No a una persona con discapacidad, sino a un semejante. Tan distinto como lo somos cada uno de nosotros ante cualquier otra persona que se nos pare delante.
El periodismo narrativo tiene ese credo: cuenta historias de personas. Personas y punto. Sin distingos. Sin reduccionismos. No solo busca la singularidad, como sí lo haría el periodismo informativo (referencial, denotativo e instrumental, bajo la doctrina de la objetividad) (Chillón, 2001), sino, sobre todo, la complejidad. La compleja contradicción. Por eso, de saque, está vacunado contra los estereotipos. Mientras la discapacidad o la “superación” de ella puede ser lo noticiable en un reporte deportivo, para el periodismo narrativo es apenas una de las múltiples condiciones que tiene un ser humano. “Tendemos a pensar que quienes tienen alguna discapacidad son como ángeles y eso es perderles el respeto, es como amputarles la posibilidad de ser seres tan complejos como los que no tienen discapacidad”, dijo Leila Guerriero en una entrevista al diario El Comercio de Quito. La cronista argentina mencionó, además, dos errores frecuentes en el abordaje de la discapacidad: pecar de paternalistas, lo que genera historias dulces y cándidas sobre las personas con síndrome de Down que logran tener un trabajo, por citar un ejemplo; y encasillar estas historias en el manido tópico de la superación de vida. Para Guerriero existe un estereotipo que se debe derribar: “Que la gente con discapacidad es como niña y que necesita de nuestra ayuda, que no tiene facetas y que la discapacidad es lo que la define. No creo que la discapacidad sea lo que los marque” (Flores, 2017).
En el caso de Guerriero, hay dos buenos ejemplos para mostrar cómo llevar a la práctica esta mirada que prioriza la complejidad: Opus Gelber, retrato de un pianista no solo es un libro que cuenta la vida de Bruno Gelber, sino que es la historia de una vocación, como apunta Jaime Cabrera Junco (2019), donde la cronista se convierte en una partera de sentencias deliciosas y consigue que temas morbosos —como la presunta homosexualidad y la discapacidad motora de Gelber— aparezcan de manera natural. Del mismo modo, en el perfil “René Lavand. El mago de una mano sola” (o “El mago manco”, en la edición de Soho de Colombia), como la propia Guerriero cuenta, el acento al momento de retratarlo estaba en su carácter paranoide. “Era complejo, tortuoso, retorcido. Que le faltara una mano era solo un detalle”, explicó. La discapacidad puede ser un elemento más para entender al personaje retratado, pero no el que eclipse a todos los otros. “Creo que lo importante es enfocarnos en cómo hizo esa persona para ser quien es”, sugirió la cronista.
Otra crónica que podría resultar engañosa por su título pero que sirve para entender esa búsqueda de escapar del corsé de los estereotipos es “El alcalde ciego” de Julio Villanueva Chang, uno de los referentes de la crónica latinoamericana. El exdirector de la revista Etiqueta Negra cuenta la historia de Apolinar Salcedo, exalcalde de Cali, ciego y afrodescendiente, con excentricidades como tener a una astróloga de cabecera, memorizar quinientos números telefónicos e incluir versos del poeta uruguayo Benedetti en el reverso de su tarjeta de visita. La mira, sin embargo, está puesta en retratar a Colombia y su cóctel de realidades donde criminalidad, narcotráfico y guerrilla se entremezclan. Presentar a Cali como una síntesis de América Latina. Como sugiere López-Calvo (2013) en un ensayo sobre Villanueva Chang, “la figura del alcalde es una excusa narrativa para hablar de la psicología nacional colombiana, la corrupción y la política latinoamericana” (p. 24). Uno de los méritos de Villanueva Chang es “traducir” el mundo que lo rodea por medio de sus crónicas y perfiles, a menudo tratando de expresar lo inefable por medio de paradojas, antítesis y contradicciones salpicadas de humor, ironía y quizá cierta resignación mal camuflada (López-Calvo, 2013): “Sus personajes son el reflejo de las relaciones humanas en los lugares en los que vive o que visita; al mismo tiempo, las ciudades que describe se hacen eco de las sorprendentes contradicciones de la naturaleza humana” (p. 29).
Una máxima del músico brasileño Caetano Veloso ha sido apropiada por Villanueva Chang para explicar la necesidad de observar más allá del camuflaje de la apariencia: visto de cerca, nadie es normal. Esta premisa debería terminar de diluir cualquier intento por distinguir entre la supuesta y ficcionada normalidad de las personas sin discapacidad y la también aparente anormalidad de las personas con discapacidad. El periodismo narrativo, a través de la crónica, es la alternativa más adecuada para aproximarse a esa diversidad que planteaba Claudia Werneck. “Y en estos tiempos también de confusión, para un lector una crónica ya no es tanto un modo literario de ‘enterarse’ de los hechos, sino también una forma de ‘conocer’ el mundo”, escribió Villanueva Chang (2005, p. 16).
De vuelta a Guerriero, queda claro que la diversidad de recursos a los que apela el periodismo narrativo, muchos de ellos tomados de la literatura, no solo son para retratar la realidad, sino también para poder enfocarla en su gran inmensidad y complejidad. Un mal perfil o una mala crónica, para Guerriero, es aquel retrato convertido en una caricatura del personaje, en el que solo se resaltan rasgos sobresalientes o llamativos, como, por ejemplo, la ceguera o la ausencia de un brazo. “Cuando yo escribo […] trato de que no me salga una persona rígida y sin matices: para mí eso lo convierte en un retrato poco interesante e irreal. Es importante mostrar la complejidad, que el retrato sea en sí mismo contradictorio” (Moreno, 2018). Así como el periodismo narrativo se rehúsa a aceptar un mundo “donde las personas no son personas sino ‘fuentes’, donde las casas no son casas sino ‘el lugar de los hechos’, donde la gente no dice cosas sino que ‘ofrece testimonios’”, Guerriero recuerda que el periodismo narrativo desprecia “un mundo plano, de malos contra buenos, de indignados contra indignantes, de víctimas contra victimarios” (2014, p. 69).
El cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos también ha conseguido transitar por el territorio del periodismo narrativo cumpliendo tres de sus deberes máximos: recuperar una dimensión humana caótica, contradictoria, llena de claroscuros, que permite ir más allá del concepto del bien y el mal, entender esas complejidades que son inherentes a la naturaleza humana y dimensionar más claramente al ser humano como producto de los fenómenos sociales de su entorno, pero también de sus elecciones (Gutiérrez, 2014, p. 81). En El oro y la oscuridad, la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé no reduce al boxeador Antonio Cervantes a la categoría de ángel o demonio. Pero esta búsqueda de lo multifacético y universal también ha quedado expresada en su vasto trabajo periodístico, en el que se cuentan crónicas y perfiles sobre personas con discapacidad. “Un país de mutilados”, por ejemplo, es una crónica que recoge los testimonios de víctimas de explosiones de minas antipersonales en las regiones de Antioquia en Colombia. La discapacidad, visualizada en la mutilación, se emplea como recurso metonímico en dos dimensiones: para mostrar cómo “la violencia mutila el orden racional y de ese modo se vuelve una experiencia cotidiana” y cómo “el no acceso a la educación ya había ‘mutilado’ simbólicamente” a las víctimas de esta tragedia dejándolas fuera del sistema (Chehin, 2014, p. 6).
Si Salcedo Ramos nos recuerda todo el tiempo que contar historias es hacer visible lo invisible, de igual forma tiene otro mensaje evangelizador: la crónica es un género que incluye a los invisibles. “Permite traducir, en forma de historias, ciertas lastimaduras de nuestra realidad: desaparecidos, desempleados, enfermos, desplazados por las distintas violencias” (Estrada, 2020, párr. 6). A lo que se puede añadir: personas estigmatizadas por su condición física o mental. “Al convertir esos temas en relatos, el lector los siente más cercanos, acaso porque entiende que la situación que le contamos pudo haberle sucedido a él” (Estrada, 2020, párr. 6). Así como le ocurrió a Darío Silva, el delantero uruguayo que perdió una pierna producto de un accidente de tránsito. En el perfil “El último gol de Darío Silva” (2014), Salcedo Ramos se aproxima a las fibras más remotas de un futbolista que ha vivido bajo sus propias reglas y que ha aprendido a lidiar con las consecuencias de ellas. Una escena, corta pero poderosa, basta para entender que Silva encontró la receta para sobrevivir: ser un hombre con una pierna artificial capaz de dominar una pelota:
De pronto, sin ningún aviso, se pone a dominar. Me pide que vaya contando en voz alta. Veo su rostro grave, concentrado —va una—, veo su pie izquierdo apoyado en el piso —van dos—, veo cómo el balón rebota suavemente en su pie derecho —tres—, veo cómo se tensa su cuerpo magro —cuatro—, veo sus brazos venosos —cinco—, veo cómo su camiseta lila se infla y se encoge —seis—, veo su nariz aguileña, veo sus pómulos angulosos —siete—, veo su piel cobriza —ocho—, veo su pelo ensortijado, ahora del color negro original —nueve—, veo la bota de su pantalón blanco arremangada hasta la rodilla —diez—, veo su pierna artificial cubierta con espuma de poliuretano —once—, veo cómo el muñón delgado de la prótesis naufraga en la abertura de su zapato. Me pregunto cómo se sostiene, por qué no se mueve.
Doce.
Trece.
Veo que Darío esboza una sonrisa burlona.
Catorce.
Descubro que no estoy contando con la vista sino con los oídos. Sigo oyendo, sigo contando.
Oigo el golpe de la pelota contra el empeine —quince—, oigo el jadeo de Silva —dieciséis.
Y ahora oigo su voz.
—Bueno, ya está.
Reflexiones finales
Así como Guerriero, Villanueva Chang y Salcedo Ramos ofrecen ejemplos concretos de cómo emplear la crónica y el perfil periodístico para abordar la diversidad funcional, cierro este artículo con la mención de dos esfuerzos recientes y alternativos: la revista Sudor, en la que se han publicado las crónicas “Goalball, un deporte a oscuras” (Blanco, 28 de junio de 2017), acerca de la selección nacional de este deporte para personas con discapacidad visual, y “Su voz el skate” (Blanco, 16 de agosto de 2017), un perfil sobre Luis Portugal, campeón latinoamericano de skateboarding que nació sordomudo; así como el libro Largo aliento. Sudores, mitos y héroes del fondismo wanka (Gómez Vega & La Hoz, 2019), que incluye el perfil del paratleta Efraín Sotacuro, “El hombre que aprendió a correr”, escrito por Jesús Rodríguez y Renzo Gómez Vega. Ambos se tratan de esfuerzos conjuntos para entender el deporte desde dos perspectivas fundamentales: primero, como fenómeno cultural y síntesis de una realidad social compleja; y segundo, como herramienta de cambio social. Estas dos iniciativas de unir periodismo narrativo y deportes han servido para visibilizar a atletas con discapacidad desde la normalización y la diversidad. Otros esfuerzos serán bienvenidos.
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