Kitabı oku: «Científicas de Acá»

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JULI ALCAIN * VALE EDELSZTEIN JULI ELFFMAN * CARO HADAD

Índice de contenidos

1  Portada

2  Prólogo (a ocho manos)

3  Nuestros posicionamientos

4  Doble clic: la situación de las mujeres en ciencia y tecnología

5  Efecto tijera

6 Cargos jerárquicos por género

7 Mujeres por área de estudio

8  Apuntes de historia de la (ciencia) argentina

9  Eugenia Sacerdote de Lustig

10  Un siglo de ciencia

11  Carolina Vera

12  Al calor del feminismo

13  Emma Pérez Ferreira

14  Energía inagotable

15  Silvia Braslavsky

16  Sembrar y cosechar

17  Emilia Ferreiro

18  Con la pluma, la palabra y las acciones

19  Felicitas Arias

20  El tiempo en sus manos

21  Las cuatro de Melchior

22  Irene Bernasconi

23  María Adela Caría

24  Elena Dolores Martínez Fontes

25  Carmen Pujals

26  Andrea Gamarnik

27  Viralizar el conocimiento

28  Rebeca Cherep de Guber

29  Los errores están en la cuenta del hacer

30  Inés Moisset

31  Construir la diversidad

32  Julieta Lanteri

33  La mujer que hackeó el sistema electoral

34  Fran Bubani

35  Ser

36  Rebeca Gerschman

37  Ideas radicales

38  Magda Choque Vilca

39  La reina de las papas

40  Cecilia Grierson

41  Maestra, usted primera

42  Miriani Pastoriza

43  Mirar más allá

44  Hetty Bertoldi de Pomar

45  Caminaré entre las piedras

46  SaSa Testa

47  Poner el cuerpo

48  Elisa Bachofen

49  Puente al futuro

50  Victoria Flexer

51  En la periferia de la periferia

52  Cora Ratto

53  Salir de las sombras

54  Gabriela González

55  Escuchar la música del Universo

56  Sara Bartfeld de Rietti

57  Latinoamericanista y feminista

58  Dora Barrancos

59  Insurgencia, insubordinación y valor

60  A hombros de gigantas

61  ¡Ahora te toca a vos!


Científicas de acá : historias que cambian la historia / Julieta Irene Elffman ... [et al.]. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Julieta Irene Elffman, 2021.Libro digital, EPUB - (En perspectiva ; 1)Archivo Digital: onlineISBN 978-987-86-9252-41. Mujeres. 2. Ciencias Naturales. 3. Ciencias Sociales. I. Elffman, Julieta Irene.CDD 305.435

© TantaAgua 2021

Av. Córdoba 6040

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

tantaaguaeditorial@gmail.com

www.tantaagua.com.ar

Corrección de textos: Gabriela Bing

Corrección de pruebas: Cuqui Gómez Sierra

Diseño: Cristina Angelini para TantaAgua Editorial

Digitalización: Proyecto451

Libro de edición argentina.

Queda hecho el depósito que establece la ley nº 11.723.


Científicas de Acá se distribuye bajo Licencia Creative Commons

Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Se permite el uso parcial o total de esta obra y su transmisión a través de todos los medios posibles con cita. No se autorizan usos comerciales de la presente obra.

No somos tan pocas ni estamos tan solas.

Elvira Rawson (1865-1954)

A las pioneras, a las luchadoras, a todas las mujeres que se animaron a romper los mandatos, enfrentar los prejuicios y hacer algo diferente de lo que se esperaba de ellas.

Y también a las que quisieron pero no pudieron, y a las que ni siquiera pudieron imaginarlo: la lucha es colectiva y cada generación avanza sobre la huella de las que caminaron antes.

A todas las mujeres de mi vida, desconocidas y gigantes, que no hay libro que las aguante.

Juli Alcain

A Tomi y a Sofi que, con sus preguntas, sus juegos y sus vivencias, me enfrentan día a día a la necesidad de seguir luchando por tratar de derribar los mandatos, desdibujar los límites impuestos y romper las estructuras que nos encorsetan; la necesidad de seguir luchando para que sean más libres.

Vale Edelsztein

A Mario y Juan, por la ayuda para que este libro y yo existiéramos. A la estirpe femenina de mi familia, mis amigas, mi socia, y muy especialmente a las mujeres de mi vida: Menia, Coty y Valen.

Juli Elffman

A Tomi, que se viene bancando la pandemia súper bien, y a Juan, que me acompaña siempre en todos mis proyectos.

Caro Hadad

PRÓLOGO (A OCHO MANOS)

Científicas de Acá es un proyecto que busca visibilizar a las miles de mujeres que trabajaron y trabajan en ciencia y tecnología en la Argentina: científicas que nos inspiran a nosotras y a toda la comunidad.

Queremos deconstruir la imagen del “científico loco” y que, cuando pensamos en una persona haciendo ciencia en nuestro país, dejemos de imaginar un varón cis, blanco, que experimenta en soledad y en un laboratorio lleno de tubos de ensayo ubicado en (o muy cerca de) la ciudad de Buenos Aires.

Para eso, te proponemos acompañarnos en un recorrido por más de 25 historias de vida. Atravesaremos diferentes épocas y regiones de nuestro país y conoceremos a investigadoras de distintas disciplinas. A lo largo de las próximas páginas hablaremos de ciencia con compromiso social, hecha en laboratorio y en territorio; y también de ciencia transdisciplinar, ciencias exactas y naturales, matemáticas y tecnología, ciencias sociales y humanas.

Nos gusta saber que el libro que tenés en tus manos no se agota en su última página: forma parte de un proyecto mucho más ambicioso que seguirá creciendo de manera abierta y colaborativa. Nuestras redes sociales, el listado en permanente crecimiento de las Científicas de Acá y todos los recursos que elaboramos están a disposición de los medios de comunicación y de quienes organizan eventos o toman decisiones en materia de política científica.

No es un secreto que durante siglos fuimos excluidas, ignoradas, subrepresentadas, silenciadas o expulsadas de los ámbitos de investigación, pero también de los de discusión y ejercicio del poder. Hoy, queremos ser cada vez más las mujeres y voces no hegemónicas que ocupemos cargos jerárquicos y espacios de toma de decisiones, para que nuestras preocupaciones, reclamos y necesidades finalmente tengan el lugar que merecen en la agenda pública de la ciencia y la tecnología argentinas.

Este es nuestro aporte para cambiar la representación social de la ciencia y para construir una realidad en la que nadie tenga que romper techos y paredes de cristal ni despegar con esfuerzo de pisos pegajosos que le impidan avanzar en sus carreras profesionales; una realidad en la que la maternidad no se convierta en otro factor de desigualdad. Queremos sumar nuevas voces en la conversación y enriquecer la representación de las personas que hacen ciencia situada en y desde la Argentina, por y para atender las necesidades de quienes habitamos este país.

Como señala la epistemóloga Sandra Harding, un problema no existe si no hay una persona o un grupo de personas que lo defina como tal y, de hecho, lo padezca: un problema es siempre un problema para alguien. Si la investigación científica es la búsqueda de respuestas a nuestras preguntas, necesitamos diferentes perspectivas y miradas sobre los distintos problemas. En un sistema pensado por y para el varón blanco cis heterosexual, los problemas de las mujeres y de otras identidades no son objeto de estudio. Necesitamos diversidad en la ciencia para hacernos otras preguntas.

Porque no podemos responder preguntas que nunca nos hicimos es que este libro es también una apuesta a futuro. Un futuro con mucha más ciencia, muchas más preguntas y, sobre todo, muchas más Científicas de Acá.


NUESTROS POSICIONAMIENTOS
(o por qué hacemos lo que hacemos de la manera en la que lo hacemos)

Nuestro grupo de Whatsapp es una catarata constante de reflexiones y debates sobre... bueno, ¡sobre todo! Hasta hemos olvidado compromisos por debatir apasionadamente cómo transmitir de la mejor manera posible nuestras dudas, nuestros interrogantes y nuestras contradicciones. Es más: las discusiones nos han hecho postergar o repensar decisiones tan fundamentales como el nombre del proyecto o incluso nuestro logo. Aprendemos muchísimo de las posturas y opiniones de las otras. Y nos atreveríamos a decir que es nuestra parte favorita del proyecto.

No siempre coincidimos, pero sí lo hacemos en lo esencial: queremos reconocer el trabajo de las mujeres que hicieron y hacen ciencia y tecnología en la Argentina. Los relatos que escribimos nos inspiran, nos enseñan y nos ayudan a imaginar otros mundos posibles. Para hacer este recorte debatimos largo y tendido sobre qué universos queríamos retratar. En esta sección, queremos compartir con ustedes algunos de los principios que guiaron la elección.

Momentos históricos

Los relatos de este libro abarcan más de 160 años de historia argentina. Hubo momentos de despegue de la ciencia en el país y momentos de desfinanciamiento y crisis, a la vez que gobiernos que invirtieron y funcionarios que mandaron a lavar los platos. Y durante todo este período, en la Argentina y a nivel mundial, abundaron los derechos conquistados por los movimientos feministas: derechos políticos, acceso a la educación universitaria y, más recientemente, la Ley de Identidad de Género y la de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

En este contexto, algunas de las científicas que seleccionamos se quedaron, otras eligieron irse, otras debieron exiliarse, algunas volvieron y algunas eligieron nuestro país para convertirlo en su casa. Decidimos contar, en estas páginas, esas historias de militancia, de lucha, historias de ciencia con compromiso social y político, pero también de sueños frustrados, exilios, despidos y dificultades.

Disciplinas

Este libro contiene historias de científicas sociales, psicólogas, arquitectas, matemáticas, químicas, biólogas y mucho más. Quisimos mostrar que hacer ciencia no es solamente trabajar en un laboratorio mezclando tubos de ensayo con líquidos coloreados. Contamos historias de trabajo con la comunidad, de exploración en lugares recónditos e investigaciones que nacen desde la vivencia propia; de científicas que proponen teorías y científicas que corroboran sus hipótesis empíricamente. También elegimos hablar de personas que dejaron su carrera científica o que la comenzaron luego de dedicarse a otras tareas.

Argentina, país federal

Quisimos, con nuestra selección, mostrar que hay científicas investigando a lo largo y a lo ancho del país: desde Jujuy hasta la Antártida y desde la Cordillera de los Andes hasta las Islas Malvinas. Hablamos de la falta de oportunidades locales que fuerzan mudanzas a las grandes ciudades, y también de algunas científicas que dejaron Buenos Aires para radicarse en otras provincias.

Nos costó, en las historias de las pioneras, balancear geográficamente la selección: nos resultó más fácil en épocas recientes que en el pasado, cuando los centros universitarios estaban muchísimo más concentrados en las grandes ciudades del país. Creemos que eso habla de la falta de oportunidades y, también, de la falta de registros históricos accesibles. Aunque hubo algunos avances en descentralización y hoy, gracias a las tecnologías, tenemos más voces sumando historias, todavía queda mucho por recorrer en la federalización y descentralización de la ciencia y la educación en la Argentina.

“De acá” se hace, no se nace

Debatimos bastante sobre qué es “ser de acá”. Para nosotras, no se trata de una cuestión de papeles, sino de un compromiso con nuestro país y las temáticas que son importantes para nuestro pueblo. En el libro encontrarán mujeres que nacieron en otras latitudes y eligieron estas tierras para estudiar, investigar y/o trabajar, y también historias de mujeres que nacieron aquí y decidieron, por distintos motivos, irse.

Representación

Entendemos el feminismo desde una mirada interseccional, y por eso buscamos explícitamente que hubiera en nuestra selección mujeres trans, personas no binarias y personas racializadas. Buscamos mucho para poder hacerlo pero, aun así, sabemos que es poco y que eso responde a una exclusión sistémica: estudiar en la universidad es un privilegio, y dedicarse a la ciencia también.

Por eso, no es casualidad que ciertos colectivos estén poco representados en este libro: las personas que integran estas comunidades muchas veces no acceden a ciertos espacios, son excluidas de ellos o no tienen visibilidad. Nos hubiera gustado que el libro tuviera mucha más diversidad y nos duele que la mayoría de las historias sean de personas blancas de Buenos Aires, pero nos parece que eso, también, evidencia la realidad en que vivimos. Este es nuestro aporte para ayudar a hacer más visibles esas historias.

El lenguaje construye realidades (y también es político)

A lo largo de nuestro libro elegimos usar lenguaje no sexista, visibilizador e inclusivo. Enfatizamos la palabra nuestro: nos parecía una hipocresía usar el masculino como representante universal cuando, justamente, estamos hablando de géneros y diversidades, por lo que solo los dejamos en citas textuales para respetar la voz y la función testimonial. Si se nos escapó alguna excepción, culpamos a los años de patriarcado sobre nuestras cabezas.

A, E, O, X, estrella, flecha

Sabemos que nuestro nombre, Científicas, con A, es una falencia: usar el término “mujer” o pronombres femeninos como plurales genéricos no es inclusivo con las personas que se identifican, por ejemplo, como lesbianas, travestis o trans ni con las personas no binarias que utilizan pronombres masculinos o neutros. Dado que este libro incluye un listado específico de personas, a todas ellas les preguntamos si les parecía bien que usáramos estos términos cuando estuviéramos hablando en general. En la historia de SaSa Testa explicamos en detalle por qué y cómo lo incluimos a él.

Intentamos utilizar otros nombres que dieran cuenta de estas discusiones, pero las alternativas que exploramos no nos convencían. Hicimos algunas pruebas y, si nos presentábamos como científiques o científicxs, la mayoría de las personas entendía que el libro contendría historias de varones. En el logo inicialmente pusimos una estrella, pero todas las personas a las que consultamos leían “científicos”.

Finalmente, decidimos presentarnos usando el femenino en las redes y jugar con esa problemática letra A en nuestro logo. Mientras pensábamos cómo resolverlo, una de nuestras hijas nos ayudó inventando una letra nueva, una suerte de flecha de GPS que, si bien no resuelve todas nuestras discusiones, al menos pone sobre la mesa el intento. Y, sobre el mapa, a las Científicas de Acá.

Trabajo colaborativo

Nosotras somos cuatro mujeres cis blancas de Buenos Aires y, como todes, tenemos nuestros sesgos. Creemos que para deconstruirnos es necesario leer, escuchar y aprender de y con otres. Por eso, entre otras cuestiones, es que creamos un equipo de asesoras que leyeran nuestras historias y las comentaran (aunque el equipo tiene dos varones, es en su enorme mayoría femenino, y por eso elegimos nombrarlo así).

El equipo está compuesto por personas cuyo trabajo admiramos por muchísimos motivos. Empezamos esta manera de trabajar como una prueba y estamos encantadas con el resultado.

Les agradecemos muy especialmente sus comentarios y aportes a:

 Nadia Luna (periodista científica, integrante de la Red Especie)

 Consuelo López (Chicas en Tecnología)

 Anna Torres y Constanza Verón (Wikimedia Argentina)

 Victoria Cano Colazo (RAGCyT)

 Mariana Silvestro (Las de Sistemas)

 Daniela Madanes (MyDAII)

 Daniela Ruiz

 Maia Buligovich

 Colectivo Ciencia sin Machismo (Mujeres del CENPAT)

 Carlos Borches (Programa de Historia de la FCEyN, UBA)

 Nicolás Camargo Lescano (periodista científico, Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM)

 Susana Gallardo (periodista científica, directora de la Especialización en Comunicación Pública de la Ciencia, UBA)

Devolver a la comunidad

La pandemia incrementó las inequidades sociales de nuestro país. Por eso, donaremos un 10% de todas las ventas de este libro a determinadas organizaciones que trabajan por la comunidad, como una forma de devolver aquello que recibamos.

Recorte arbitrario, pero nuestro

Con todos estos criterios hicimos la selección de las historias que nos interesaba contar. ¿Puede mejorarse esta selección? ¡Claro que sí! Por eso, en nuestra web, está disponible el listado completo, público y colaborativo de científicas.

¿Se puede no estar de acuerdo con los criterios que tuvimos o proponer otros? ¡Por supuesto! La discusión está abierta permanentemente y nuestra comunidad debate este y muchos otros temas junto con nosotras en la sección #CientíficasDiscute en Twitter.

¡La visibilización de las Científicas de Acá la hacemos entre todes!

DOBLE CLIC: LA SITUACIÓN DE LAS MUJERES EN CIENCIA Y TECNOLOGÍA

La exposición continuada a los sesgos y estereotipos de género desde nuestra infancia, las presiones sociales, las expectativas asociadas a los roles de género, y tantos otros factores sistémicos, tienen un impacto importante en la elección de las mujeres respecto a carreras vinculadas a la ciencia y la tecnología. No solamente influyen en nuestra concepción de la ciencia y las personas que a ella se dedican sino, también, en la propia percepción de nuestras capacidades y habilidades.

En el año 2017 se publicó una investigación en la revista Science en la que se analizó a partir de qué edad las ideas preconcebidas que asocian una mayor brillantez intelectual al género masculino empiezan a afectar a las niñas (1). Los resultados fueron estremecedores: los estereotipos que otorgan una mayor habilidad intelectual a los niños que a las niñas emergen ¡a los 6 años!

Estos resultados parecieran tener un vínculo directo con los de otros dos estudios en los que se analizó cómo el estereotipo del “genio” limita las carreras de las científicas (2). Las conclusiones fueron que las mujeres son menos propensas a cursar títulos superiores en campos que, según la creencia establecida, requieren brillantez intelectual. Es decir, que a mayor nivel de inteligencia percibida como necesaria para dedicarse a una disciplina, menor es la cantidad de mujeres en ella. Estos datos indican que la idea de “brillantez” está profundamente arraigada en el imaginario popular a la actividad científica (y tecnológica), y en tanto vemos que también está arraigada a la idea de masculinidad, puede funcionar como un factor detractor de la vocación científica en mujeres.

La brecha de género existe y se puede medir: en el acceso al mercado laboral, en los salarios, en la cantidad de horas trabajadas, en la distribución de las tareas domésticas y en muchos otros ámbitos. ¿Qué pasa en la ciencia y la tecnología?

Por eso, pese a los logros en materia de matrícula en educación y el número creciente de estudiantes mujeres en escuelas primarias y secundarias, la disparidad de género en ciencia y tecnología continúa presente en todo el mundo. A nivel global, según la Unesco, las estimaciones sobre participación femenina en la ciencia se ubican en un 29% del total del personal de investigación. ¡Menos de un tercio! América Latina, con un 44%, se destaca frente al 32% del promedio europeo, y constituye una de las regiones del mundo más cercanas a la paridad de género. Dentro de América Latina, Argentina se ubica cuarta en este indicador, con más del 50%, detrás de Bolivia, Venezuela y Trinidad y Tobago (3).

Esta alta participación nos alegra. Sin embargo, hay otros datos que son bastante desalentadores, porque aún persisten concepciones y prácticas institucionales no explícitas que se reflejan en la ya famosa metáfora del “techo de cristal”. Este concepto surgió en la década de 1970 para graficar una barrera invisible que limita el acceso de las mujeres a los lugares de mayor jerarquía y poder de decisión, y que hoy se extiende a las “paredes de cristal”. En otras palabras, ¡las mujeres no estamos en las mesas de decisiones! Miremos algunos números un poco más de cerca...

Muchas en la base, pocas en la cima: el “techo de cristal”

El Registro Unificado y Normalizado a nivel nacional de los datos curriculares del personal científico y tecnológico que se desempeña en las distintas instituciones argentinas (CVAr) indica que en el año 2020 había 59,5% de mujeres y 40,5% de varones. Este dato se mantiene casi en los mismos valores desde 2015. Es importante señalar que las estadísticas disponibles hacen referencia a sexo (no a identidad de género) y solo poseen opciones binarias varón/mujer. No tenemos acceso a estadísticas oficiales que distingan entre diversas identidades de género en el sistema científico-tecnológico y académico argentino. Tampoco sabemos si existen.

A pesar de que existe un alto porcentaje de mujeres que trabajan en ciencia y tecnología, las jerarquías se encuentran masculinizadas: cuanto más alto es el puesto, menor es el porcentaje de mujeres. De hecho, en las categorías más altas y los cargos de investigación de mayor jerarquía, el porcentaje de mujeres y varones se invierte con respecto a lo que ocurre en el nivel inicial (becarios y becarias). Esto se conoce como “efecto tijera”, por la típica forma que toma el gráfico con el que se representan las jerarquías. Como este, donde podemos ver el porcentaje de investigadores según el género en el Conicet durante 2019 (4).

EFECTO TIJERA


¿Cómo se reparte la torta?

En organismos como el Conicet, donde el sueldo está tabulado y depende directamente de la jerarquía, la disparidad de género impacta de manera directa en la economía de las mujeres. Pero no es todo: además de ganar menos, las investigadoras reciben un 25% menos de recursos que sus colegas varones para financiar los proyectos científicos que dirigen (5).

Este fenómeno no se observa solo en investigación. Los principales órganos de políticas científicas tienen autoridades en distintos cargos con un fuerte sesgo de género que tiende a la masculinización. También se observa que la participación de las mujeres en las instancias de evaluación es minoritaria, y lo mismo ocurre en los rectorados y secretarías de las universidades de gestión estatal y privada. Todo esto refuerza la hipótesis del “techo de cristal” también en el ámbito académico (6).

Estos datos, relevados en el Diagnóstico sobre la situación de las mujeres en ciencia y tecnología elaborado por el Programa Nacional para la Igualdad de Géneros del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Argentina (7), muestran claramente la distribución desigual de autoridades en organismos científico-tecnológicos y universidades nacionales de gestión estatal en el año 2020.


CARGOS JERÁRQUICOS POR GÉNERO

Segregación horizontal: las “paredes de cristal”

Si bien la paridad de representación no garantiza necesariamente tener injerencia, es evidente que allí donde somos menos, contamos incluso con menos probabilidades de participar en las decisiones acerca de qué, quién, cómo y dónde se investiga.

Pero... ¿qué disciplinas eligen en mayor medida las mujeres? Como ya mencionamos, las expectativas asociadas a ciertos roles de género nos acompañan desde que nacemos e influyen en nuestras decisiones académicas y laborales. Si miramos los números de la matrícula universitaria en 2017, vemos que aquellas disciplinas relacionadas con las tareas de cuidado son las más feminizadas (70% de mujeres) y las ingenierías e informáticas, las más masculinizadas (20% de mujeres) (8).


MUJERES POR ÁREA DE ESTUDIO (EN %)

En definitiva, las mujeres participamos del desarrollo científico nacional, innovamos, descubrimos y creamos, pero todavía somos muy pocas en algunas áreas, no estamos en los puestos jerárquicos más altos, y en consecuencia recibimos, en promedio, menor remuneración. ¿Cuántas de las actuales estudiantes se dedicarán a la investigación? ¿Cuántas sortearán las dificultades y continuarán en el área? ¿Cuántas se convertirán en Científicas de Acá? ¿Y cuántas de sus historias llegaremos a conocer?

1. Gender stereotypes about intellectual ability emerge early and influence children’s interests. Lin Bian, Sarah-Jane Leslie and Andrei Cimpian (enero 2017). http://web.apsanet.org/cswp/wp-content/uploads/sites/4/2015/08/bian-lin-et-al.-gender-stereotypes-abt-intell-ability-emerge-early-Science-Jan-2017.pdf

2. Messages about brilliance undermine women’s interest in educational and professional opportunities. Lin Bian, Sarah-Jane Leslie, Mary C. Murphy, Andrei Cimpian (mayo 2018). https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0022103117303098 y https://science.sciencemag.org/content/347/6219/262

3. Women in Science - The gender gap in science (junio 2019). http://uis.unesco.org/sites/default/files/documents/fs55-women-in-science-2019-en.pdf

4. Conicet en cifras. https://cifras.conicet.gov.ar/publica/grafico/show-publico/427

5. Medianas de montos financiados - Proyectos del Registro Nacional de Proyectos Científicos y Tecnológicos SICYTAR - Año de inicio del proyecto 2018 para Conicet y FONCYT. https://www.argentina.gob.ar/ciencia/sact/medianas-de-montos-financiados

6. Informe: La desigualdad de género se puede medir - Economía Femini(s)ta. https://economiafeminita.com/informe-desigualdad-genero/

7. Diagnóstico sobre la situación de las mujeres en Ciencia y Tecnología - Ministerio de Ciencia y Tecnología Argentina (febrero 2021).

https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/documento_n8_-_diagnostico_situacion_de_las_mujeres_en_cyt_-_febrero_2021.pdf

8. Visualización exploratoria - El lugar de las mujeres en el mapa universitario nacional, por Chicas en Tecnología. Datos agrupados en carreras de pre, grado y posgrado en todas las universidades del país.

https://nextjournal.com/chicasentecnologia/visualizacion-exploratoria-mujeres-estudiantes

APUNTES DE HISTORIA DE LA (CIENCIA) ARGENTINA

Entender cómo el paso del tiempo, de los gobiernos y el contexto internacional moldearon las instituciones científicas argentinas es el primer paso imprescindible para contextualizar las historias de este libro.

Aquí presentamos un recorte –sin pretensión de exhaustividad– de los eventos que nos parecen más relevantes para este fin. También es un aporte para pensar al sistema científico más allá de la contingencia, en función de una planificación que da forma a un proyecto de país, algo que muchas veces es decisivo en las trayectorias profesionales y personales de quienes investigan.

Somos conscientes de que el quehacer de la ciencia no es exclusivo de las universidades o de los institutos del Conicet, pero nos parece relevante explicar cómo se fue dando el proceso de institucionalización, cómo los objetivos e intereses se fueron modificando acorde al contexto social, político y económico, y cómo la investigación se convirtió en una profesión remunerada.

LOS COMIENZOS

La historia de la ciencia en nuestro territorio puede rastrearse desde antes de que la Argentina fuera un país como tal. Ya en la época del virreinato existían algunas investigaciones y universidades, como la de Córdoba, fundada en 1613.

En 1821 se inauguró oficialmente la Universidad de Buenos Aires (UBA) que, en sus comienzos, incluía estudios sobre medicina, ciencias exactas y naturales, derecho y ¡ciencias sagradas! También tenía a su cargo las escuelas primarias de la ciudad.

Sin embargo, el verdadero proceso de sistematización e institucionalización de la ciencia en Argentina recién comenzó a mediados del siglo XIX, junto con el proceso de organización del Estado Nacional que tuvo lugar después de la derrota de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros frente a Justo José de Urquiza, en 1852. La ciencia se pensaba como parte de la construcción y constitución del Estado, como sinónimo de progreso y de modernización.

En primer lugar, se crearon más instituciones dedicadas a la enseñanza o divulgación de la ciencia, como universidades, museos y observatorios; más adelante, surgieron las instituciones de investigación científico-tecnológica.

En 1869 egresaron los primeros doce ingenieros argentinos del Departamento de Ciencias Exactas de la UBA, que pasaron a la historia como “los doce apóstoles”. Entre ellos, Luis Huergo, quien años más tarde sería el primer presidente de la Sociedad Científica Argentina. Esta institución, creada en 1872, y que sigue existiendo hasta el día de hoy, constituyó el primer intento de coordinación del desarrollo científico en nuestro país. Ese mismo año, también se creó el Servicio Meteorológico Nacional y, tiempo después, en 1879, el Servicio de Hidrografía Naval y el Instituto Geográfico Nacional.

Para esa época, y hasta mediados del siglo XX, se dio un lento proceso de incorporación de las mujeres a la educación superior: lo veremos en historias como las de Cecilia Grierson y Elisa Bachofen. A diferencia de otros países, en donde se fundaron instituciones de enseñanza especial, en las universidades argentinas, en general, se dieron procesos de coeducación. Las profesiones más elegidas por aquellas primeras estudiantes fueron las consideradas como “típicamente femeninas”: ciencias de la salud, humanidades y ciencias de la educación. Muchas de estas primeras graduadas fueron pioneras en la región y el mundo.

LA REFORMA UNIVERSITARIA

Si bien desde sus comienzos las universidades argentinas tuvieron algunas actividades de investigación, recién a principios del siglo XX surgieron iniciativas y grupos de investigación reconocibles, especialmente en las instituciones más importantes.

La Universidad de La Plata, creada por ley en 1889 pero que comenzó a funcionar recién en 1897 y se nacionalizó en 1905, se convirtió en el centro de la ciencia experimental en el país gracias a sus carreras en medicina, ingeniería, química y farmacia, física y astronomía, algunas de las cuales no existían en otros centros de educación superior.

En febrero de 1912 se sancionó la Ley Sáenz Peña, que instauró en nuestro país el voto universal, secreto y obligatorio, con la salvedad de que la “universalidad” solamente incluía a los varones. Las mujeres recién podrían votar masivamente casi cuatro décadas después, en 1951 (aunque algunas lo hicieron antes, como Julieta Lanteri).

Esta ley fue sumamente importante porque permitió que las clases media y obrera empezaran a participar activamente de los procesos políticos antes restringidos a las élites. Y estas mismas personas fueron clave seis años más tarde, como parte de un movimiento estudiantil que tuvo su epicentro en Córdoba, pero se expandió por todo el país e, incluso, por toda Latinoamérica: la Reforma Universitaria.


Hacia 1918 había cinco universidades en Argentina. Todas ellas eran públicas: tres pertenecían a la nación (Buenos Aires, Córdoba y La Plata) y dos eran provinciales, y se nacionalizarían poco después: la del Litoral, en la provincia de Santa Fe, y la de Tucumán. Pese a que la Universidad de Córdoba ya llevaba más de 400 años de historia, y ahora formaba parte de un Estado nacional, sus autoridades clericales no parecían tener intenciones de modificar un sistema que todavía presentaba rasgos autoritarios, dogmáticos, elitistas, racistas, colonialistas y nepotistas. Sin contar, además, con que ninguna mujer pisaba sus aulas.

En junio de ese año, y con algunos antecedentes en meses anteriores, un grupo de universitarios cordobeses inició una protesta que llevó a una huelga estudiantil. Con apoyo de intelectuales y docentes, reclamaban la democratización del gobierno universitario, la autonomía, la gratuidad, la promoción de la ciencia y la investigación, el compromiso con la sociedad y la libertad de cátedra. El conflicto se extendió rápidamente a otras universidades del país y cruzó las fronteras: durante la década de 1920; la Reforma Universitaria estaba en la agenda de toda Latinoamérica. Las luchas reformistas en Argentina se extenderían en los años siguientes, en busca de nuevos avances y también tratando de impedir retrocesos.

LA DÉCADA INFAME

La década de 1930 se conoció históricamente como “década infame” porque significó el retorno al poder –vía golpe de Estado y posterior “fraude patriótico”– de la oligarquía terrateniente que se había visto desplazada de la arena política por las ascendentes clases medias acaudilladas por el naciente radicalismo. Pero este período, que se extendió hasta el golpe de estado al gobierno de Ramón Castillo en junio de 1943, no fue tan dañino para la actividad científica como para la institucionalidad democrática.

Durante estos años, se dio la confluencia de tres factores claves que marcaron el punto de partida para el desarrollo de la ciencia en Argentina: el proceso de industrialización nacional, el rol asignado por los sectores militares a la actividad científica y tecnológica, y las primeras iniciativas de organización de una comunidad científica nacional.


Un hito significativo lo constituyó la creación de la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias (AAPC) en 1933. A imagen y semejanza de sus análogas en Estados Unidos y Europa, tenía como objetivo impulsar estrategias de financiamiento, difundir la actividad científica en la esfera pública y elaborar diagnósticos del panorama científico a escala nacional. Su primer presidente fue Bernardo Houssay, quien para entonces estaba a cargo del Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UBA.

Esta asociación editaría, años más tarde, la revista Ciencia e Investigación, el primer intento de divulgación científica desde un ámbito académico en Argentina. La visión de la AAPC, que luchaba por hacer ciencia en las universidades con libertad de investigación e intervención estatal mínima, contrastaba con el modelo de planificación de la ciencia y la tecnología para la industrialización del país que surgía desde los sectores militares.

El 15 de octubre de 1943, apenas cinco meses después del golpe de Estado que derrocó a Castillo, un grupo de personalidades (entre ellas, profesores de la UBA como Houssay) publicó la Declaración sobre democracia efectiva y solidaridad americana, en la que solicitaban abandonar la neutralidad en la Segunda Guerra Mundial. Al día siguiente, se ordenó el cesanteo de todas las personas que habían firmado la solicitada. Esto generó tensión en las universidades, con tomas, suspensiones de clases y revueltas. El saldo final: cinco universidades intervenidas en diciembre de 1943. La historia de Eugenia Sacerdote de Lustig está fuertemente atravesada por este episodio. Desde entonces, y a lo largo de los tres años siguientes, se produjeron disturbios y fueron arrestadas autoridades, docentes y más de mil estudiantes. En total hubo 1200 cesantías y renuncias en solidaridad con las personas despedidas, que en su gran mayoría provenían del sector de la química, biología, tecnología y medicina.

En este marco, y gracias al apoyo de distintas fundaciones y a donaciones extranjeras, Houssay y otres colegas cesanteades fundaron en marzo de 1944 el Instituto de Biología y Medicina Experimental, un instituto privado sin fines de lucro en el que, hasta el día de hoy –como institución estatal–, se desarrollan investigaciones en ciencias biológicas y en medicina.

Tres años más tarde, en 1947, Houssay ganaría el premio Nobel de Medicina y se convertiría en el primer latinoamericano galardonado en ciencias.

LAS PRIMERAS PRESIDENCIAS DE PERÓN

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, se produjo una expansión y modernización del sistema científico en varios países de América Latina, entre ellos, la Argentina.

Durante los primeros dos períodos de gobierno de Juan Domingo Perón, entre 1946 y 1955, se crearon instituciones estratégicas en las áreas de ciencia y técnica ligadas a las prioridades militares y el desarrollo económico, como el Ministerio de Asuntos Técnicos, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), el Instituto Antártico Argentino, el Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas de las Fuerzas Armadas y los institutos de investigación en el Museo Argentino de Ciencias Naturales (MACN). La mayoría de los organismos estaban o pasaron a estar bajo la órbita militar.

Por otra parte, en noviembre de 1949, a la autarquía, la autonomía universitaria, el cogobierno y la libertad de cátedra –que habían sido resultado directo de la Reforma Universitaria de 1918–, se agregó la gratuidad.

En este período, el poder político-militar, con una mirada industrialista, continuó enfrentado con el sector académico y científico, que se oponía a que la planificación científica estuviera centralizada en el Estado. Mientras tanto, a nivel internacional (principalmente en los Estados Unidos), se producía el fenómeno inverso: se empezó a entender a la ciencia como un vector de desarrollo clave y que debía impulsarse desde el Estado. Así nació el concepto de big science, que implicaba grandes proyectos con erogaciones estatales importantes y creación de dispositivos específicos para articular política con ciencia.

A nivel local se profundizó la politización social en bandos irreconciliables: peronistas y antiperonistas. El gobierno acentuó la represión y sus tendencias autoritarias, con el monopolio total de la prensa radial y televisiva (y casi total de la impresa). La afiliación al partido peronista, en muchos casos, era obligatoria para poder obtener un empleo público (incluso en la universidad). Muches científiques, como Cora Ratto y Rebeca Guber, no pudieron renovar sus cargos por este motivo.

LA CREACIÓN DEL CONICET

En 1955, con el golpe de Estado que expulsó a Perón del gobierno, se inició una reorganización institucional de las actividades de ciencia y tecnología. El régimen militar buscaba centralizar la planificación y coordinación de las actividades de investigación, y el plan económico intentaba superar el atraso tecnológico en el sector agrícola. Se creó el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), cuyas responsabilidades eran la investigación y la asistencia social al productor agropecuario, y también el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) con el fin de resolver los problemas de la industria y aumentar el acceso del sector productivo a tecnologías modernas.

En las universidades nacionales se inició un período denominado “de modernización académica”, que se extendió entre 1955 y 1966, y que incluyó medidas que sentaron las bases para la profesionalización de la investigación. Entre ellas, dedicaciones exclusivas de profesores a la docencia y la actividad científica, la propuesta de crear departamentos como estructura organizativa y la creación de la extensión universitaria y de editoriales universitarias.


En paralelo, por fuera del ámbito universitario, en 1958 se creó el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (Conicet), un organismo autárquico, dedicado exclusivamente a la investigación y que disponía de presupuesto propio. Su primer presidente fue el mismo Houssay –quien ocupó este puesto hasta su muerte en 1971– y el vicepresidente, Rolando García, quien en 1967 se exilió en Suiza junto con su compañera, Emilia Ferreiro.

Una medida importante para construir un vínculo entre este organismo y las universidades fue la creación, en 1961, de la Carrera del Investigador Científico (CIC), que permitió la posibilidad de desarrollar actividades de investigación en cualquier ámbito institucional válido en la especialidad y la dedicación completa a las actividades científicas. También se empezaron a otorgar becas de formación y subsidios. Las primeras becas no incluían las disciplinas sociales ni las humanidades, porque para Houssay lo importante era el campo de las llamadas “ciencias duras”, las tecnologías y la medicina. Más tarde se incorporaron becas para las ciencias sociales gracias a la gestión de Rolando García y Eduardo Braun Menéndez.

También en 1961 se produjo la llegada de la primera computadora científica a la Argentina, conocida como “la Clementina”. Pese a que ya se había comprado en 1958, el dinero para hacerlo efectivo no se liberaba porque Houssay estaba en contra: argumentaba que él había ganado el Nobel sin necesidad de instrumentos tan costosos. García y Braun Menéndez lograron que se fuera de viaje el día que se firmó el acuerdo, y así pudieron avanzar. La historia de Rebeca Cherep de Guber se encuentra íntimamente entrelazada con la de “la Clementina”.

LA NOCHE DE LOS BASTONES LARGOS

Revolución Argentina fue el nombre con el que se autodenominó la dictadura cívico-militar liderada por Juan Carlos Onganía que derrocó al presidente constitucional Arturo Illia mediante un golpe de Estado en junio de 1966.

El directorio del Conicet tenía la esperanza de poder despegarse del vaivén político y asegurar la continuidad de la actividad de investigación, pero con el decreto ley 16.912 del 29 de julio de ese año, se suspendió la autonomía universitaria para “limpiarla de subversivos”. Decanos y rectores se convirtieron en interventores, y pasaron a depender del Ministerio de Educación.


El 29 de julio de 1966, estudiantes y docentes de la UBA se manifestaron en contra de la intervención y en defensa de la autonomía universitaria. Mientras varias facultades estaban en asamblea permanente, la policía ingresó durante la noche y forzó un violento desalojo, principalmente en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) y en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN), reprimiendo con palos incluso al decano de Exactas, Rolando García.


Durante la Noche de los Bastones Largos, nombre con el que se conoce este sangriento episodio, cientos de personas fueron detenidas. El resultado del ataque fue la renuncia en masa de más de 1300 docentes de la universidad y la mayor emigración de científicos del país, junto con el exilio organizado debido a la persecución política de figuras como Sara Rietti, Silvia Braslavsky y muchas otras. Como consecuencia de este episodio también se interrumpieron líneas enteras de investigación, algunas recién nacidas en el país, como la computación.


DICTADURAS, DEMOCRACIA, DICTADURA

Tras el golpe de Estado y la Noche de los Bastones Largos, la dictadura de Onganía descentralizó el sistema universitario. Su objetivo era evitar que se concentraran grandes masas de estudiantes en un mismo espacio y, para eso, fundaron trece universidades nacionales.

Bajo este mismo régimen militar, se creó en 1969 el Consejo Nacional de Ciencia y Técnica (CONACyT), con una secretaría cuyo objetivo era planificar y ordenar la dispersión institucional del sector.

Cuando Onganía fue destituido en 1970, la Junta de Comandantes convirtió la Secretaría del CONACyT en la Subsecretaría de Ciencia y Técnica. El plan que elaboraron para el sector científico era ambicioso y hasta el día de hoy sus objetivos siguen intentando ser alcanzados: que la inversión en ciencia y tecnología fuera equivalente al 1,5% del Producto Bruto Interno (PBI) y que el 50% de la financiación se destinara a investigaciones orientadas a resolver problemas de los distintos sectores económicos. También se propusieron promover el regreso al país de científicos y técnicos en el exterior y federalizar la ciencia por fuera de las áreas metropolitana y pampeana.

En 1973 asumió Héctor Cámpora, elegido de manera democrática. Ese mismo año comenzó a actuar la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), un grupo parapolicial de derecha que amenazó, persiguió y asesinó a personas cuya ideología asimilaban a lo que entendían como “marxismo” o “comunismo”. Entre ellos se encontraban estudiantes y docentes universitarios, artistas, intelectuales y militantes de diferentes partidos políticos. En su breve gobierno de 49 días, Cámpora dispuso la intervención del Conicet y las universidades, que duraría varios años más allá de su mandato. Tras su renuncia, y durante la tercera presidencia de Perón, una vez vuelto de su exilio en España, se crearon nuevas carreras, se abrieron cátedras y se cambiaron planes de estudio. También se produjeron cambios en el estatuto de la Carrera de Investigador Científico: sus investigadores pasaron a ser personal civil de la nación y ya no fue necesario que se desempeñaran como profesores universitarios.


Tras la muerte de Perón, durante el gobierno de María Estela Martínez (“Isabelita”), asumió como ministro de Educación Oscar Ivanissevich, quien ya había ejercido el mismo cargo entre 1948 y 1950, durante la primera presidencia de Perón. Ivanissevich instauró una política autoritaria y extremadamente conservadora en la universidad pública. En septiembre de 1974 designó a Alberto Ottalagano, autoproclamado fascista, como rector-interventor de la UBA. Ottalagano estableció el ingreso restrictivo y los cupos, despidió a miles de docentes y profundizó la vigilancia y la persecución. Durante su gestión, once estudiantes resultaron muertos y cuatro desaparecidos. Era apenas una muestra de lo que ocurriría en los años por venir.

LA ÉPOCA DEL TERROR

A partir de 1976, el gobierno militar implementó un control ideológico estricto en las universidades, desarticuló grupos de investigación y redistribuyó los recursos destinados a la investigación científica en estas instituciones, transfiriendo la mayor parte del presupuesto hacia el Conicet.

Si bien algunos centros de investigación fueron cerrados, gracias a un préstamo otorgado por el Banco Interamericano de Desarrollo en 1979, la creación de nuevos institutos dependientes del Conicet –la mayoría sin relación alguna con las universidades– alcanzó su número máximo entre 1980 y 1983. Este hecho, junto con la transferencia de recursos, ocasionó una mayor concentración de investigadores en esa institución.


Durante todo este período se produjo en simultáneo un declive de las universidades nacionales y un crecimiento del Conicet, lo que terminó generando un punto de quiebre que originó el alejamiento de este organismo respecto de las universidades con una separación tangible entre investigación y docencia.

En lo que sí hubo paridad entre las universidades y el Conicet fue en la expulsión de sus integrantes por causas ideológicas: “Hasta que no logremos purificar el área de enseñanza y los profesores sean todos de pensamiento e ideología cristiana, no habremos logrado el triunfo que buscamos contra la izquierda revolucionaria”, sostenía por esos días el general Acdel Vilas, comandante del V Cuerpo de Ejército.

Muchas personas del ámbito científico-tecnológico fueron detenidas de manera ilegal, al igual que personas de otros sectores de la sociedad. Los secuestros, las torturas y los asesinatos en centros clandestinos de detención culminaron muchas veces con la desaparición de los cuerpos, que aún hoy seguimos buscando.

VOLVER A LA DEMOCRACIA

Con la vuelta a la democracia en 1983, el gobierno de Raúl Alfonsín intervino nuevamente las universidades y el Conicet, aunque esta vez para desarmar los instrumentos de control ideológico establecidos durante la dictadura.

Entre otras acciones, se crearon el Consejo Interuniversitario Nacional y la Secretaría de Ciencia y Tecnología (SECyT) bajo la órbita del Ministerio de Educación y Justicia. Su primer secretario fue Manuel Sadosky, que había sido vicedecano de la FCEyN durante la Noche de los Bastones Largos. Su jefa de Gabinete era Sara Rietti.

En 1984 fue designado Carlos Abeledo como presidente del Conicet. Esta nueva gestión estableció medidas de política científica según tres grandes ejes: el ordenamiento institucional, el restablecimiento de los vínculos con las universidades nacionales y la inclusión de actividades de vinculación tecnológica, hecho que dio lugar a la creación del área de Transferencia tecnológica en ese mismo año.


A LAVAR LOS PLATOS

Durante el gobierno de Carlos Menem, entre 1989 y 1999, hubo dos etapas diferenciadas respecto de la política científica. En la primera época, conocida como reacción tradicionalista, se designaron como autoridades de las instituciones científicas a investigadores de ultraderecha que ya habían desempeñado cargos similares durante gobiernos militares.

En una segunda etapa, la modernización conservadora, se realizaron reformas en la educación superior y en ciencia y tecnología.

A partir de 1994 tuvo lugar un fuerte desfinanciamiento del sector científico y tecnológico. Ante el reclamo por más presupuesto para el área, Domingo Cavallo, ministro de Economía, le respondió a la socióloga Susana Torrado: “que se vaya a lavar los platos”. Esta frase, además de revelar su misoginia, concuerda con las políticas económicas de la época.

Pese a la falta de fondos, en 1996 se creó la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (ANPCyT), dependiente de la SECyT. Su objetivo era promover proyectos de investigación y la actualización tecnológica de las empresas con mayor transparencia ya que separaba las funciones de promoción (financiamiento) y ejecución (investigación), hasta entonces ambas a cargo del Conicet.

Durante todo este período, el organismo atravesó una gran crisis institucional y se interrumpió el ingreso de nuevos miembros a la carrera de investigación.


LA CIENCIA ARGENTINA EN EL SIGLO XXI

La crisis política, económica y social de 2001-2002 en Argentina, que incluyó la renuncia del entonces presidente Fernando de la Rúa y una sucesión de tres mandatarios hasta la asunción de Eduardo Duhalde, originó una gran restricción de la inversión en investigación. La ciencia quedó relegada y los esfuerzos se concentraron en reducir el gasto fiscal.

A partir de 2003, con la presidencia de Néstor Kirchner y con Daniel Filmus al frente del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología (MECyT), se trabajó para recuperar la confianza erosionada del sector en el gobierno. Por un lado, se relanzó el programa Red de Argentinos/as Investigadores/as y Científicos/as en el Exterior (RAICES), que existía desde el año 2000, pero sin mucha actividad. Si bien al principio fue un intento por tender redes entre investigadores en Argentina y en el exterior, se volcó más tarde a organizar la repatriación de les investigadores. Por el otro, se volvió a abrir la Carrera de Investigador Científico del Conicet: se pasó de 465 becas de doctorado (2002) a 1254 (2004) y de 15 ingresos a CIC (2002) a 715 (2004).

Entre 2004 y 2015, la inversión en Ciencia y Tecnología pasó de 0,18% a 0,35% del PBI, aunque nunca hasta la actualidad se llegó a la meta propuesta del 1%. Siguiendo la línea de su predecesor, y con la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva en 2007, durante la presidencia de Cristina Fernández se buscó jerarquizar la ciencia como una política de Estado. Sin embargo, esta jerarquización de la Secretaría no estuvo acompañada de un aumento de su poder sobre la distribución de los recursos presupuestarios dentro del sistema científico-tecnológico.

En 2012 se lanzó el Plan Argentina Innovadora 2020, tendiente a aumentar la cantidad de investigadores de planta y de proyectos de temas estratégicos. Hacia fines de la segunda presidencia de Cristina Fernández, el sistema científico-tecnológico parecía haber superado la crisis del 2001, existían algunas iniciativas de impulso a la industria tecnológica nacional y el número de investigadores, becaries y docentes universitaries había aumentado notoriamente.

Durante su campaña presidencial de 2015, Mauricio Macri propuso elevar la inversión en ciencia y tecnología al tan ansiado 1,5% del PBI. Luego de ganar las elecciones, anunció la continuidad de quien, hasta ese momento, había sido el único ministro de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao.

Sin embargo, durante su gestión bajo el gobierno de Macri, entre 2015 y 2019 la inversión en ciencia y tecnología se redujo significativamente, hubo numerosos despidos en organismos como el INTI y el INTA y las sucesivas devaluaciones causaron una caída de los salarios y subsidios.

CON FUERZA DE LEY

En 2018, el área de ciencia y tecnología perdió el rango ministerial y pasó a convertirse en una secretaría dependiente del Ministerio de Educación. El hasta entonces ministro y luego secretario dejó de integrar mesas de discusión y toma de decisiones, perdiendo autonomía y poder real. Los recortes presupuestarios motivaron protestas y una carta de repudio de la comunidad científica internacional, firmada por once premios Nobel y 1200 investigadores. En diciembre de 2019, el presidente Alberto Fernández revirtió esa decisión, creando el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación.

En 2021, durante su presidencia, el Congreso Nacional sancionó la Ley de Financiamiento del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación, que establece el incremento progresivo y sostenido del presupuesto nacional destinado a la ciencia y la tecnología hasta alcanzar el 1% del PBI en el año 2032.

Entre otros objetivos, esta ley se propone “propiciar la igualdad real y efectiva de la participación de las mujeres y la población LGBTI+ en todos los niveles y ámbitos del sistema científico-tecnológico”.

Que así sea.

Sin ciencia, no hay futuro.

MUJERES AL FRENTE

Durante mucho tiempo, el acceso de las mujeres a la educación superior y a la investigación fue limitado. Incluso en la actualidad, somos minoría en los puestos jerárquicos. Sin embargo, a lo largo de la historia de la ciencia en Argentina, algunas científicas han logrado romper el techo de cristal y pasar al frente.

En 2007, Carolina Scotto se convirtió en rectora de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), la primera mujer en ocupar este cargo en los 384 años de vida de esa institución.

En el año 2008, asumió la primera presidenta mujer del Conicet, la astrofísica Marta Graciela Rovira. Tendrían que pasar once años más para que otra mujer, la química Ana Franchi, ostentara el mismo cargo desde diciembre de 2019. En nuestras redes sociales pueden encontrar más información sobre ellas.

Susana Mirassou es ingeniera agrónoma, investigadora y docente. También, desde diciembre de 2019, es la presidenta del INTA.

En 2020, por primera vez en más de 150 años de historia, la Academia Nacional de Ciencias tuvo una presidenta: la química farmacéutica Beatriz Caputto, investigadora y profesora de la Universidad Nacional de Córdoba. Dicho sea de paso, esta institución, desde su fundación en 1869 y hasta el año 1995, solo contaba entre sus miembros a científicos varones.

NUESTROS DERECHOS

La lucha por nuestros derechos, nuestra autonomía y nuestra libertad también tuvo un lugar destacado en la historia del país.

Aquí repasamos algunas de estas conquistas:

Desde 1924, por medio de la ley 11.317, las condiciones de trabajo para mujeres estaban reguladas pero hasta 1934 (con la ley 11.933) no tenían garantizada ni la licencia por maternidad ni la conservación de su puesto de trabajo a su regreso.

Gracias al trabajo incansable de muchas pioneras y luchadoras, en 1947 se sancionó la Ley de voto femenino (ley 13.010), según la cual “las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos”.

En 1985 se restableció la patria potestad compartida a través de la ley 23.264.

La reforma de la Constitución Nacional de 1994 consigna que todos los tratados de derechos humanos incorporados en la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer tengan carácter constitucional.

En 2002 se prohibió a los establecimientos de educación pública tomar acciones que impidan el inicio o continuidad del ciclo escolar a alumnas embarazadas, y la ley 25.673 creó el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable.

En 2012 se sancionó la Ley de identidad de género (ley 26.743), que consagró el derecho de las personas a ser tratadas según su identidad de género autopercibida, al libre desarrollo personal de acuerdo con su identidad de género y se reconoció especialmente su derecho a ser inscriptas en documentos oficiales conforme a la identidad autopercibida. En las historias de SaSa Testa y Fran Bubani podemos ver cómo esta legislación produjo cambios efectivos y reales en las vidas de muchas personas.

En 2015, con la sanción del Código Civil y Comercial, se eliminó el sistema de patria potestad y se estableció un régimen de responsabilidad coparental igualitaria.

En 2020, se sancionó la Ley de interrupción voluntaria del embarazo (ley 27.610). Así, se garantizó el derecho de todas las personas con capacidad de gestar a decidir interrumpir su embarazo, requerir la asistencia necesaria para tal fin, y prevenir embarazos no intencionales mediante la información, educación sexual y anticonceptivos de su elección. Muchas Científicas de Acá militaron incansablemente para lograr este avance: entre ellas, y en nombre de todas, destacamos a Dora Barrancos.

FUENTES

 Ciencia argentina. Un proyecto inconcluso: 1930-2000. Diego Hurtado. Ed. Edhasa, 2010.

 “Construcción de las políticas de ciencia y tecnología en la Argentina (1989-1999). Un análisis de la concepción de las políticas estatales”. Francisco Aristimuño y Diego Aguiar.

 REDES, vol. 21, Nº 40, junio de 2015, pp. 41-80.

 “Las políticas públicas de Ciencia y Tecnología en Argentina: un balance del período 2003-

 2015 ”. Martín Unzué y Sergio Emiliozzi. Revista Temas y Debates. ISSN 1666-0714, año 21,

 número 33, enero-junio 2017, pp. 13-33.

 “Emergencia de las políticas de vinculación entre el sector científico-académico y el sector

 productivo en la Argentina (1983-1990)”. José María Buschini y Mariana Eva Di Bello.

 REDES, vol. 20, Nº 39, diciembre de 2014, pp. 139-158.

 Manuel Sadosky: El sabio de la tribu. Raúl Carnota y Carlos Borches. Libros del Zorzal, 2014.

  Para ver más fuentes utilizadas en esta sección: www.cientificasdeaca.com/fuentes


Un día ingresó un ciclista herido en el hospital donde trabajaba. La miró y le dijo: “¿Puede llamar a un médico de verdad?”.

Ella era Eugenia. La misma que durante la carrera de medicina tuvo que soportar que sus compañeros le pusieran pedazos de cadáveres escondidos en los bolsillos del guardapolvo o se ubicaran en dos filas en la puerta de la facultad, formando un pasillo que debía atravesar, mientras la empujaban, la golpeaban y le robaban el sombrero y el abrigo. La misma que tardó años en confesarle a su madre que había decidido estudiar medicina y no matemáticas. Tuvo que hacerlo cuando esta descubrió la verdad, el día en el que encontró en su casa los huesos humanos que usaba para estudiar.

Ella era Eugenia. Médica e investigadora, sería la responsable de introducir la vacuna contra la poliomielitis en la Argentina, el país que adoptó como propio cuando huyó de su Italia natal escapando de Mussolini, sus leyes raciales fascistas y la inminente guerra.

Ella era Eugenia Sacerdote de Lustig. Su historia es una historia de exilio, pasión y ciencia. Una historia de una científica a la que no conocemos demasiado, pero deberíamos.



UN SIGLO DE CIENCIA

Eugenia nació en 1910 en Italia, y apenas terminado el liceo ya estaba muy segura de cuál quería que fuera su profesión. El problema era que, a mediados de 1920, las mujeres no estudiaban medicina en Italia (ni en casi ningún país del mundo). Es más, ni siquiera podían aspirar a ingresar a la universidad: su formación en el liceo femenino no las preparaba en matemática, química o biología, sino en idiomas, historia y literatura. También en la confección de ajuares para futuros bebés.

Pero Eugenia no se daría por vencida sin dar pelea. Junto con su prima, Rita Levi-Montalcini (futuro premio Nobel de Medicina en 1986), estaban convencidas de que serían médicas. Debían preparar un plan. Lo primero: encontrar dos profesores. Uno que las capacitara en griego y latín; otro, para matemáticas. Con el resto de las materias podían arreglárselas solas. Sentadas frente a los libros, intentarían completar el estudio de ocho años en ocho meses. Eugenia aseguraría, décadas más tarde, que nunca había estudiado tanto en su vida.

CARRERA... DE OBSTÁCULOS

Quinientos varones y cuatro mujeres. Esa era la cantidad de estudiantes en la Facultad de Medicina de la Universidad de Turín, en 1929. Un año después, cuando Rita y Eugenia comenzaron a cursar, la situación no era muy diferente: ingresaron trescientos estudiantes, pero solamente siete eran mujeres.

Durante la carrera no recibieron el mejor trato, pero continuaron firmes en su empeño. A comienzos del cuarto año de medicina, Giuseppe Levi, profesor en la cátedra de Histología, seleccionó a quienes serían sus ayudantes de investigación. Levi era célebre por su reputación como científico, su oposición al fascismo y su pésimo carácter. Llegar a ser sus asistentes era un honor. Eugenia y Rita lo lograron junto con dos compañeros: Salvador Luria y Renato Dulbecco, ambos futuros premios Nobel de Medicina.

Rita y Eugenia se recibieron de médicas en 1936 con las más altas calificaciones. Tiempo después, las primas siguieron caminos separados: Rita comenzó su doctorado en neurocirugía y Eugenia se mudó a Roma con su marido, Maurizio Lustig. Allí empezó a ejercer su profesión en el hospital de la ciudad.

UN LARGO CAMINO A CASA

Un día de junio de 1938, Eugenia abrió el diario y se encontró con una noticia terrible: Mussolini había dictado las leyes raciales fascistas y los judíos ya no eran considerados ciudadanos italianos. Tampoco podían trabajar en instituciones públicas, y las empresas debían despedir a sus empleados judíos. Justo en esa época, Pirelli, la empresa para la que trabajaba Maurizio, estaba a punto de abrir una planta de fundición de cobre en la Argentina, y le ofrecieron el traslado. Unos meses después, junto con Eugenia y su pequeña hija Livia, se subieron a un barco y zarparon.

Luego del nacimiento de su segundo hijo, Eugenia quiso volver a trabajar, así que lo primero que hizo fue tratar de que le reconocieran su título de médica. No lo hicieron. Ni siquiera le reconocieron el título de escuela primaria. Terminó tocando la puerta de un edificio desvencijado en Pasteur y Cangallo. Ahí funcionaba la cátedra de Histología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Su carta de presentación fue explicar que había trabajado seis años con Giuseppe Levi en Italia y que sabía hacer cultivos celulares in vitro, una técnica que nadie más realizaba en todo el país.

El Dr. Paredes le dijo: “No tengo ningún cargo para darle. Pero si quiere venir al laboratorio, puedo ofrecerle una mesa y una silla”. Así, durante su estadía como asistente en la cátedra de Histología, Eugenia se dedicó a investigar, aunque sin un sueldo fijo. Existía un fondo de reposición para el material de vidrio dañado y ella podía cobrar lo que sobrara.

Durante los siguiente dos años tuvo mucho cuidado de que nadie en el laboratorio rompiera pipetas ni probetas.

CIENCIA Y POLÍTICA

El 15 de octubre de 1943, cuatro meses después del golpe militar conocido como la “Revolución del 43”, un grupo de ciento cincuenta personalidades políticas y culturales, encabezadas por Bernardo Houssay, firmaron la Declaración sobre democracia efectiva y solidaridad americana. Todas ellas fueron cesanteadas. Eugenia continuó trabajando en la Facultad de Medicina; no podía apoyar a Houssay porque corría el riesgo de ser deportada. Siguió investigando hasta que el Dr. Brachetto Brian la invitó a formar parte del Instituto de Medicina Experimental, hoy Instituto Ángel Roffo. Allí, Eugenia montó la sección Cultivo de Tejidos.

En 1950, aceptó un ofrecimiento del Dr. Armando Parodi y comenzó a trabajar por las tardes en el Instituto Malbrán. Por las mañanas, seguía yendo al Roffo. Afortunadamente para la organización familiar, su cuñada Adriana se encargaba del funcionamiento de la casa y del cuidado de les niñes que, a esa altura, ya eran tres: Livia, Leonardo y Mauro. Todo funcionó de maravillas durante unos meses hasta que, debido a tensiones políticas, en 1951, Parodi se marchó de un día para otro a Uruguay y Eugenia tuvo que hacerse cargo repentinamente del Departamento de Virología.

TIEMPO DE VACUNAS

Un día de enero de 1953, mientras estaba de vacaciones en Pinamar, Eugenia recibió un telegrama urgente del Ministerio de Salud Pública: había estallado una epidemia de poliomielitis en todo el país y, especialmente, en la provincia de Buenos Aires.

La epidemia avanzaba a pasos alarmantes. Ella era la encargada de hacer los diagnósticos y, como estaba en permanente contacto con el virus, su mayor temor era infectarse, que lo hiciera el personal, y llevarles la infección a sus familias. Por eso, antes de irse a sus casas a la noche, con su asistente juntaban todo el material que habían usado, lo ponían en el jardín del Instituto y lo prendían fuego. Después se cambiaban de pies a cabeza, hasta los zapatos. Tan grande era el miedo de infectar a su familia, que Eugenia decidió mandar a sus hijes a Montevideo unos meses, a la casa de un primo lejano. Ella viajaba a verlos cada sábado en avión, y volvía el domingo por la noche.

Cuando comenzaron a llegar las primeras noticias con resultados promisorios de la vacuna antipoliomielítica, que estaba desarrollando el virólogo Jonas Salk, Eugenia suspiró aliviada.

En 1954, viajó junto con investigadores de distintas partes del mundo a Estados Unidos y Canadá, gracias a una beca de la Organización Mundial de la Salud. Iban a estudiar los efectos de la vacuna que se estaba ensayando en animales. Allí, vio el efecto que esta tenía en monos: aquellos que eran inoculados y luego infectados con el virus no se enfermaban.

Poco después empezó a aplicarse en voluntaries, también con éxito.

CAMPAÑA DE VACUNACIÓN

Eugenia volvió convencida de la efectividad de la vacuna y de la importancia de aplicarla a la población. Llamó dos veces a Estados Unidos a su excompañero Renato Dulbecco, que ya era un especialista en virus, para que le comentara los nuevos avances: era un éxito.

En su viaje, Eugenia había aprendido a destruir el virus, así que insistió en preparar la vacuna y usarla, bajo su responsabilidad. Para demostrar que no era riesgosa, primero se vacunó ella. Luego, vacunó a sus hijes. Así, impulsó su importación y logró que el Ministerio de Salud la autorizara a aplicarla.

Cuando esta información llegó a los diarios, la gente empezó a acercarse al Instituto Malbrán. Al principio, la propia Eugenia se encargaba de la vacunación. Pero cuando empezó a venir más gente, le pidió al Ministerio que se hiciera cargo.

Gracias a la aplicación de la vacuna Salk primero, y de la Sabin después, la de 1956 fue la última gran epidemia de poliomielitis que sufrió la Argentina. Sin dudas, la decisión de Eugenia de impulsar la vacuna salvó la vida de miles de personas.

CIENTÍFICA POR SIEMPRE

Cuando Arturo Frondizi asumió como presidente de la Argentina en 1958, su hermano Risieri fue nombrado rector de la UBA, y decidió abrir nuevos concursos docentes y llamar a quienes habían sido echados. Así, Eugenia se convirtió en profesora universitaria, y logró que por fin le validaran el título.

Ese mismo año, Houssay regresó triunfante a la Facultad de Medicina y promovió la creación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (Conicet).

Eugenia se convirtió en investigadora en 1960. Lo seguiría siendo por cuarenta años más (hoy, su hija Livia también lo es). Años más tarde, a raíz de la Noche de los Bastones Largos, Eugenia renunció a su cargo de profesora junto con más de mil quinientos docentes de la Universidad.

INVESTIGAR HASTA EL FINAL

En 1970 murió Maurizio, su compañero de toda la vida. Pese a la tristeza de Eugenia, su pasión por la investigación siguió intacta. Cuando se enteró de la apertura de un nuevo concurso para el Departamento de Investigación Oncológica del Instituto Roffo, se presentó, ganó e incorporó a muches de quienes habían sido sus estudiantes en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales.

“No sé por qué he formado muchas más mujeres que hombres”, reflexionaba. “Supongo que lo hice porque conocía los problemas de las mujeres que tienen chicos. Cuando mis alumnas tenían que ir a buscar a sus chicos a la guardería y no habían terminado de investigar, les decía: “Ustedes vayan a terminar lo que tienen que hacer que yo les cuido a los chicos”. Y se quedaban hasta que la madre terminaba el experimento”.

Continuó trabajando en el laboratorio hasta pasados sus 80 años, cuando comenzó a perder la vista y, finalmente, tuvo que dejar la investigación. Cuando le preguntaron qué le gustaría hacer, a sus 98 años, respondió: “Si tuviera vista, trabajaría”.

Eugenia Sacerdote murió a los 101 años de edad, dejándonos un legado de un siglo de ciencia para recordar, honrar y perpetuar.

CULTIVOS Y GALLINAS

Eugenia fue quien introdujo la técnica de cultivo celular en el país. Prácticamente todas las personas que hoy realizan cultivos celulares en la Argentina son sus “descendientes”. En aquel entonces, necesitaba suero para trabajar y no había quien se lo diera.

Pero Eugenia se las arreglaba: iba al mercado de Plaza Once todos los días a la mañana en subte, compraba una gallina grande y se la llevaba al laboratorio. Le daba una propina al muchacho que limpiaba, le pedía que la sostuviera y le estirara bien el ala mientras ella le sacaba sangre. Después, le regalaba la gallina.

Investigación y entrevistas: Valeria Edelsztein Agradecemos a Livia Lustig por compartirnos su historia y la de su madre, y también por el material que nos proporcionó para que pudiéramos reconstruirla con la mayor fidelidad posible.


Carolina levantó la mano. Estaba en una reunión científica de meteorología, en Brasil, y quería expresar su desacuerdo con el reconocido investigador que había dictado la conferencia. Cuando lo hizo, el silencio de la audiencia fue abrumador. Luego, le pidieron que se disculpara en privado. Y él le espetó: “A mí no me gusta que me contradigas en público”.

En esta corta y patriarcal frase se encierra una realidad común a muchas mujeres, tanto en ciencia como en otros ámbitos: para nosotras, disentir con un varón puede tener un precio muy alto.

Muchas veces a lo largo de su carrera tuvo que enfrentar estas situaciones y, aunque logró salir airosa, sabe que no lo hizo sola. Por eso enarbola las redes de apoyo entre mujeres como un pilar de su trayectoria. Porque, como diría Elvira Rawson, no somos tan pocas ni estamos tan solas.

Hoy, es una prominente investigadora. También es la representante por Latinoamérica en la mesa directiva del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) y la jefa de Gabinete del Ministerio de Ciencia y Tecnología (MINCyT) de nuestro país. Ella es Carolina Vera, y esta es su historia.



AL CALOR DEL FEMINISMO
“Así como la red de mujeres que hoy guía al feminismo, en las ciencias del clima siempre hemos hecho red naturalmente apoyándonos entre científicas”

La familia Vera tiene una larga relación con el pronóstico del tiempo. En la casa de la abuela, en su ciudad natal de San Nicolás de los Arroyos, era común discutir si iba a llover o no para decidir dónde poner la mesa de fin de año. “Si se escucha el tren, es porque no va a llover”, decía su mamá, y entonces armaban todo para cenar en el jardín. Juntas, solían ver las nubes y maravillarse con las tormentas eléctricas que asustan a la mayoría. Y si bien sus primeros pronósticos fueron intuitivos y empíricos, Carolina creció para convertirse en una meteoróloga reconocida en el país y en todo el mundo.

SOLA Y ACOMPAÑADA

Cuando empezó a estudiar, había una proporción bastante alta de mujeres en su carrera. De hecho, en el año en que ella ingresó, eran mayoría. Obtuvo su título en 1986 y comenzó un doctorado analizando la matemática necesaria para la meteorología. Lamentablemente para ella, el director de su tesis aceptó poco después un puesto de trabajo en el exterior, se fue de la Argentina y la dejó en una especie de “orfandad académica”. Quien la “adoptó” fue Mario Núñez, pero trabajaban en temas de investigación muy poco relacionados, y no podía serle de mucha ayuda. Carolina siguió avanzando sola, como podía, leyendo trabajos y probando modelos.

Presentó sus primeros resultados en un congreso interamericano en el que, por casualidad, estaba Eugenia Kalnay. Esta meteoróloga argentina, quien había sido la primera mujer en doctorarse en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, en Estados Unidos), quedó impresionada por la calidad de su trabajo. No podía creer que Carolina hubiera hecho todo eso sin dirección. Aquella mala fortuna se transformaría en su golpe de suerte: Eugenia le ofreció ser su directora de tesis doctoral.

De Eugenia Kalnay, Carolina recuerda que le impresionó su vestimenta. Se vestía sencilla y sobria, con colores básicos y discretos. Nuestra protagonista empezaba a darse cuenta de la dinámica: todas las mujeres se vestían así. Era la manera de evitar que su apariencia le restara importancia a lo que tenían para decir. Aun así, no había vestimenta que disimulara el hecho de que ella era una mujer. Como tal, parecía ser que su aspecto físico siempre podía ser objeto de opinión.

En una ocasión, Carolina tuvo que exponer su trabajo frente a un colega muy reconocido en el área. El investigador luego le dio una devolución a Eugenia: “Excelente trabajo, ¡pero qué linda es!”. La indignación de su jefa fue total. Al día de hoy, Carolina recuerda que fue Eugenia quien la hizo feminista: le abrió los ojos a las injusticias de género en ciencia que nunca antes había sentido, quizá porque había transitado la carrera rodeada de mujeres.

Carolina terminó haciendo la mitad de su tesis en la Argentina y la otra mitad en Estados Unidos, y se doctoró en 1992.

En el área de la meteorología, se espera que todo el conocimiento que se produce sea aplicado, por ejemplo, a servicios de pronóstico. Si no es posible transferir ese conocimiento producido, de poco sirve la investigación. Por eso, a su regreso a la Argentina, Carolina trabajó para que el Servicio Meteorológico Nacional (por entonces bajo la órbita de la Fuerza Aérea) incorporara todo aquello que había aprendido y desarrollado.

Le fue difícil: era una mujer en un ámbito dominado casi totalmente por varones que, encima, tenían una relación históricamente complicada con Eugenia Kalnay. Porque la ciencia, muchas veces, también es cuestión de relaciones públicas.

¡VAMOS!

Frustrada con la experiencia fallida con el Servicio Meteorológico Nacional, en 1993 decidió cambiar de tema. En 1997 escribió un trabajo en el que proponía la existencia de monzones en Sudamérica; hasta entonces se creía que solo existían en la India. Ella y sus colegas plantearon que era posible, por las similitudes en ciertas características geográficas, que hubiera fenómenos equivalentes en ambas regiones. También querían detectar en Sudamérica la llamada “corriente en chorro”, un flujo de aire moviéndose sobre el continente en forma de lo que en Brasil llamaron “río volador”.

La Organización Meteorológica Mundial la convocó, junto con otras personas, para monitorear los monzones americanos. Entre ellas había varias meteorólogas, como Celeste Saulo, Paola Salio y Matilde Nicolini. Este grupo puso en marcha el VAMOS (el juego de palabras, propuesto por la misma Carolina, es el acrónimo en inglés de Variability of the American Monsoon Systems: “Variabilidad de los sistemas monzónicos americanos”).

VAMOS terminó siendo la iniciativa de observación meteorológica más grande de Sudamérica. El proyecto excedía largamente el presupuesto de cualquier país en forma individual, por lo que solo pudo llevarse a cabo gracias a la cooperación internacional entre los países de la región, a los que luego se sumó Estados Unidos. Las observaciones se hicieron entre 2002 y 2003, y los resultados fueron publicados en el año 2006. La investigación fue revolucionaria en sí misma porque permitió corroborar aquel trabajo de 1997 que decía que en América había fenómenos equivalentes a los monzones de la India, y que aquel “río volador”, del que hablaban en Brasil, efectivamente existía. VAMOS nos dejó, de yapa, un par de enseñanzas más. Nos enseñó, por ejemplo, que ante la falta de recursos es la colaboración, y no la competencia descarnada, lo que trae los mejores resultados. Y nos enseñó, también, que el conocimiento científico puede y debe coproducirse.

Además de un avión de alta tecnología (llamado “caza huracán”, porque literalmente vuela a la caza de estos fenómenos meteorológicos), VAMOS instaló globos sonda y pluviómetros que fueron operados, entre otros, por agricultores y comunidades originarias. Quienes se beneficiarían de esa investigación participaron activamente en ella.

“Al trabajar con antropólogues y agricultores me di cuenta de que para que la climatología sea verdaderamente aplicada se requiere también conocimiento social, cultural, económico e incluso político. Y más que todo, el diálogo de igual a igual con aquellos que se beneficiarán con nuestras investigaciones”, explica Carolina.

Porque el hecho de que la ciencia no puede (y no debe) hacerse encerrada en laboratorios, sin contacto con el resto de la sociedad, es algo que en meteorología parece haber quedado absolutamente claro.

CONTARLE AL MUNDO

Carolina entiende la información climática como una construcción social en la que hay que tener en cuenta no solo el contenido de lo que se comunica, sino también cómo se lo percibe. Quizá tenga que ver con su experiencia en el diario de su escuela secundaria católica del barrio porteño de Palermo. En 1978, durante el Mundial de Fútbol, habían salido a hacer entrevistas para el periódico, hasta que se encontraron con una movilización de las Madres de Plaza de Mayo. No pudieron plasmarla en un artículo; como muchas de sus compañeras de colegio eran hijas de militares, el cuerpo directivo de la escuela no les permitió escribir sobre las Madres, y Carolina sufrió así su primera censura. Ya formada profesionalmente, retomó su vocación de comunicadora dando charlas y entrevistas, y también a través de su cuenta de Twitter.

Pero no es solo la vocación lo que la mueve a comunicar sus investigaciones, sino también la urgencia para revertir el curso climático del planeta. Luego de la investigación del VAMOS, su trabajo viró para demostrar la relación entre la tendencia creciente de precipitaciones al sudeste de Sudamérica y la emisión de gases de efecto invernadero.

Hoy, Carolina es una referente y ocupa el cargo de vicepresidenta del Grupo de trabajo I del Panel Intergubernamental de Cambio Climático, iniciativa de la Organización Meteorológica Mundial. En 2019 fue la primera persona por fuera de Europa, Estados Unidos o Australia en ganar el premio Cleveland Abbe, que entrega la Asociación de Meteorología de los Estados Unidos. Es consciente de que, por más que en la academia se produzca conocimiento valiosísimo en materia de cambio climático, se necesita una interacción intensa con gobiernos, pueblos y organizaciones para revertirlo y mitigar sus efectos.

Carolina Vera siente pasión por lo que investiga, pero también una responsabilidad y una vocación muy fuerte de compartirlo con la sociedad: “La investigadora Corinne Le Quéré decía que deberíamos comprometer un 20% de nuestro tiempo en hacer eso. ¿Por qué? Porque hoy no se puede hacer ciencia si no le explicás al mundo para qué lo estás haciendo. Es nuestra responsabilidad”.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
16 ağustos 2024
Hacim:
278 s. 115 illüstrasyon
ISBN:
9789878692524
Telif hakkı:
Bookwire
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