Kitabı oku: «Hoy camino con Dios»

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Hoy camino con Dios

Carolina Ramos


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Querido lector:

Encuentros con Jesús - 1º de enero

Aroma a sábado - 2 de enero

Objetos cotidianos - 3 de enero

Dios pregunta - 4 de enero

El poder de la música - 5 de enero

Historias de hoy - 6 de enero

Valores - 7 de enero

Encuentros con Jesús - 8 de enero

Aroma a sábado - 9 de enero

Objetos cotidianos - 10 de enero

Dios pregunta - 11 de enero

El poder de la música - 12 de enero

Historias de hoy - 13 de enero

Valores - 14 de enero

Encuentros con Jesús - 15 de enero

Aroma a sábado - 16 de enero

Parábolas modernas - 17 de enero

Dios pregunta - 18 de enero

El poder de la música - 19 de enero

Historias de hoy - 20 de enero

Valores - 21 de enero

Encuentros con Jesús - 22 de enero

Aroma a sábado - 23 de enero

Objetos cotidianos - 24 de enero

Dios pregunta - 25 de enero

El poder de la música - 26 de enero

Historias de hoy - 27 de enero

Valores - 28 de enero

Encuentros con Jesús - 29 de enero

Aroma a sábado - 30 de enero

Objetos cotidianos - 31 de enero

Dios pregunta - 1º de febrero

El poder de la música - 2 de febrero

Historias de hoy - 3 de febrero

Valores - 4 de febrero

Encuentros con Jesús - 5 de febrero

Aroma a sábado - 6 de febrero

Objetos cotidianos - 7 de febrero

Dios pregunta - 8 de febrero

El poder de la música - 9 de febrero

Historias de hoy - 10 de febrero

Valores - 11 de febrero

Encuentros con Jesús - 12 de febrero

Aroma a sábado - 13 de febrero

Objetos cotidianos - 14 de febrero

Dios pregunta - 15 de febrero

El poder de la música - 16 de febrero

Historias de hoy - 17 de febrero

Valores - 18 de febrero

Encuentros con Jesús - 19 de febrero

Aroma a sábado - 20 de febrero

Objetos cotidianos - 21 de febrero

Dios pregunta - 22 de febrero

El poder de la música - 23 de febrero

Historias de hoy - 24 de febrero

Valores - 25 de febrero

Encuentros con Jesús - 26 de febrero

Aroma a sábado - 27 de febrero

Objetos cotidianos - 28 de febrero

Dios pregunta - 1º de marzo

El poder de la música - 2 de marzo

Historias de hoy - 3 de marzo

Valores - 4 de marzo

Encuentros con Jesús - 5 de marzo

Aroma a sábado - 6 de marzo

Objetos cotidianos - 7 de marzo

Dios pregunta - 8 de marzo

El poder de la música - 9 de marzo

Historias de hoy - 10 de marzo

Valores - 11 de marzo

Encuentros con Jesús - 12 de marzo

Aroma a sábado - 13 de marzo

Objetos cotidianos - 14 de marzo

Dios pregunta - 15 de marzo

El poder de la música - 16 de marzo

Historias de hoy - 17 de marzo

Valores - 18 de marzo

Encuentros con Jesús - 19 de marzo

Aroma a sábado - 20 de marzo

Objetos cotidianos - 21 de marzo

Dios pregunta - 22 de marzo

El poder de la música - 23 de marzo

Historias de hoy - 24 de marzo

Valores - 25 de marzo

Encuentros con Jesús - 26 de marzo

Aroma a sábado - 27 de marzo

Objetos cotidianos - 28 de marzo

Dios pregunta - 29 de marzo

El poder de la música - 30 de marzo

Historias de hoy - 31 de marzo

Valores - 1º de abril

Encuentros con Jesús - 2 de abril

Aroma a sábado - 3 de abril

Objetos cotidianos - 4 de abril

Dios pregunta - 5 de abril

El poder de la música - 6 de abril

Historias de hoy - 7 de abril

Valores - 8 de abril

Encuentros con Jesús - 9 de abril

Aroma a sábado - 10 de abril

Objetos cotidianos - 11 de abril

Dios pregunta - 12 de abril

El poder de la música - 13 de abril

Historias de hoy - 14 de abril

Valores - 15 de abril

Encuentros con Jesús - 16 de abril

Aroma a sábado - 17 de abril

Objetos cotidianos - 18 de abril

Dios pregunta - 19 de abril

El poder de la música - 20 de abril

Historias de hoy - 21 de abril

Valores - 22 de abril

Encuentros con Jesús - 23 de abril

Aroma a sábado - 24 de abril

Objetos cotidianos - 25 de abril

Dios pregunta - 26 de abril

El poder de la música - 27 de abril

Historias de hoy - 28 de abril

Valores - 29 de abril

Encuentros con Jesús - 30 de abril

Aroma a sábado - 1º de mayo

Objetos cotidianos - 2 de mayo

Dios pregunta - 3 de mayo

El poder de la música - 4 de mayo

Historias de hoy - 5 de mayo

Valores - 6 de mayo

Encuentros con Jesús - 7 de mayo

Aroma a sábado - 8 de mayo

Objetos cotidianos - 9 de mayo

Dios pregunta - 10 de mayo

El poder de la música - 11 de mayo

Historias de hoy - 12 de mayo

Valores - 13 de mayo

Encuentros con Jesús - 14 de mayo

Aroma a sábado - 15 de mayo

Objetos cotidianos - 16 de mayo

Dios pregunta - 17 de mayo

El poder de la música - 18 de mayo

Historias de hoy - 19 de mayo

Valores - 20 de mayo

Encuentros con Jesús - 21 de mayo

Aroma a sábado - 22 de mayo

Objetos cotidianos - 23 de mayo

Dios pregunta - 24 de mayo

El poder de la música - 25 de mayo

Historias de hoy - 26 de mayo

Valores - 27 de mayo

Encuentros con Jesús - 28 de mayo

Aroma a sábado - 29 de mayo

Objetos cotidianos - 30 de mayo

Dios pregunta - 31 de mayo

El poder de la música - 1º de junio

Historias de hoy - 2 de junio

Valores - 3 de junio

Encuentros con Jesús - 4 de junio

Aroma a sábado - 5 de junio

Objetos cotidianos - 6 de junio

Dios pregunta - 7 de junio

El poder de la música - 8 de junio

Historias de hoy - 9 de junio

Valores - 10 de junio

Encuentros con Jesús - 11 de junio

Aroma a sábado - 12 de junio

Objetos cotidianos - 13 de junio

Dios pregunta - 14 de junio

El poder de la música - 15 de junio

Historias de hoy - 16 de junio

Valores - 17 de junio

Encuentros con Jesús - 18 de junio

Aroma a sábado - 19 de junio

Objetos cotidianos - 20 de junio

Dios pregunta - 21 de junio

El poder de la música - 22 de junio

Historias de hoy - 23 de junio

Valores - 24 de junio

Encuentros con Jesús - 25 de junio

Aroma a sábado - 26 de junio

Objetos cotidianos - 27 de junio

Dios pregunta - 28 de junio

El poder de la música - 29 de junio

Historias de hoy - 30 de junio

Valores - 1º de julio

Encuentros con Jesús - 2 de julio

Aroma a sábado - 3 de julio

Objetos cotidianos - 4 de julio

Dios pregunta - 5 de julio

El poder de la música - 6 de julio

Historias de hoy - 7 de julio

Valores - 8 de julio

Encuentros con Jesús - 9 de julio

Aroma a sábado - 10 de julio

Objetos cotidianos - 11 de julio

Dios pregunta - 12 de julio

El poder de la música - 13 de julio

Historias de hoy - 14 de julio

Valores - 15 de julio

Encuentros con Jesús - 16 de julio

Aroma a sábado - 17 de julio

Objetos cotidianos - 18 de julio

Dios pregunta - 19 de julio

El poder de la música - 20 de julio

Historias de hoy - 21 de julio

Valores - 22 de julio

Encuentros con Jesús - 23 de julio

Aroma a sábado - 24 de julio

Objetos cotidianos - 25 de julio

Dios pregunta - 26 de julio

El poder de la música - 27 de julio

Historias de hoy - 28 de julio

Valores - 29 de julio

Encuentros con Jesús - 30 de julio

Aroma a sábado - 31 de julio

Objetos cotidianos - 1º de agosto

Dios pregunta - 2 de agosto

El poder de la música - 3 de agosto

Historias de hoy - 4 de agosto

Valores - 5 de agosto

Encuentros con Jesús - 6 de agosto

Aroma a sábado - 7 de agosto

Objetos cotidianos - 8 de agosto

Dios pregunta - 9 de agosto

El poder de la música - 10 de agosto

Historias de hoy - 11 de agosto

Valores - 12 de agosto

Encuentros con Jesús - 13 de agosto

Aroma a sábado - 14 de agosto

Objetos cotidianos - 15 de agosto

Dios pregunta - 16 de agosto

El poder de la música - 17 de agosto

Historias de hoy - 18 de agosto

Valores - 19 de agosto

Encuentros con Jesús - 20 de agosto

Aroma a sábado - 21 de agosto

Objetos cotidianos - 22 de agosto

Dios pregunta - 23 de agosto

El poder de la música - 24 de agosto

Historias de hoy - 25 de agosto

Valores - 26 de agosto

Encuentros con Jesús - 27 de agosto

Aroma a sábado - 28 de agosto

Objetos cotidianos - 29 de agosto

Dios pregunta - 30 de agosto

El poder de la música - 31 de agosto

Historias de hoy - 1º de septiembre

Valores - 2 de septiembre

Encuentros con Jesús - 3 de septiembre

Aroma a sábado - 4 de septiembre

Objetos cotidianos - 5 de septiembre

Dios pregunta - 6 de septiembre

El poder de la música - 7 de septiembre

Historias de hoy - 8 de septiembre

Valores - 9 de septiembre

Encuentros con Jesús - 10 de septiembre

Aroma a sábado - 11 de septiembre

Objetos cotidianos - 12 de septiembre

Dios pregunta - 13 de septiembre

El poder de la música - 14 de septiembre

Historias de hoy - 15 de septiembre

Valores - 16 de septiembre

Encuentros con Jesús - 17 de septiembre

Aroma a sábado - 18 de septiembre

Objetos cotidianos - 19 de septiembre

Dios pregunta - 20 de septiembre

El poder de la música - 21 de septiembre

Historias de hoy - 22 de septiembre

Valores - 23 de septiembre

Encuentros con Jesús - 24 de septiembre

Aroma a sábado - 25 de septiembre

Objetos cotidianos - 26 de septiembre

Dios pregunta - 27 de septiembre

El poder de la música - 28 de septiembre

Historias de hoy - 29 de septiembre

Valores - 30 de septiembre

Encuentros con Jesús - 1º de octubre

Aroma a sábado - 2 de octubre

Objetos cotidianos - 3 de octubre

Dios pregunta - 4 de octubre

El poder de la música - 5 de octubre

Historias de hoy - 6 de octubre

Valores - 7 de octubre

Encuentros con Jesús - 8 de octubre

Aroma a sábado - 9 de octubre

Objetos cotidianos - 10 de octubre

Dios pregunta - 11 de octubre

El poder de la música - 12 de octubre

Historias de hoy - 13 de octubre

Valores - 14 de octubre

Encuentros con Jesús - 15 de octubre

Aroma a sábado - 16 de octubre

Objetos cotidianos - 17 de octubre

Dios pregunta - 18 de octubre

El poder de la música - 19 de octubre

Historias de hoy - 20 de octubre

Valores - 21 de octubre

Encuentros con Jesús - 22 de octubre

Aroma a sábado - 23 de octubre

Objetos cotidianos - 24 de octubre

Dios pregunta - 25 de octubre

El poder de la música - 26 de octubre

Historias de hoy - 27 de octubre

Valores - 28 de octubre

Encuentros con Jesús - 29 de octubre

Aroma a sábado - 30 de octubre

Objetos cotidianos - 31 de octubre

Dios pregunta - 1º de noviembre

El poder de la música - 2 de noviembre

Historias de hoy - 3 de noviembre

Valores - 4 de noviembre

Encuentros con Jesús - 5 de noviembre

Aroma a sábado - 6 de noviembre

Objetos cotidianos - 7 de noviembre

Dios pregunta - 8 de noviembre

El poder de la música - 9 de noviembre

Historias de hoy - 10 de noviembre

Valores - 11 de noviembre

Encuentros con Jesús - 12 de noviembre

Aroma a sábado - 13 de noviembre

Objetos cotidianos - 14 de noviembre

Dios pregunta - 15 de noviembre

El poder de la música - 16 de noviembre

Historias de hoy - 17 de noviembre

Valores - 18 de noviembre

Encuentros con Jesús - 19 de noviembre

Aroma a sábado - 20 de noviembre

Objetos cotidianos - 21 de noviembre

Dios pregunta - 22 de noviembre

El poder de la música - 23 de noviembre

Historias de hoy - 24 de noviembre

Valores - 25 de noviembre

Encuentros con Jesús - 26 de noviembre

Aroma a sábado - 27 de noviembre

Objetos cotidianos - 28 de noviembre

Dios pregunta - 29 de noviembre

El poder de la música - 30 de noviembre

Historias de hoy - 1º de diciembre

Valores - 2 de diciembre

Encuentros con Jesús - 3 de diciembre

Aroma a sábado - 4 de diciembre

Objetos cotidianos - 5 de diciembre

Dios pregunta - 6 de diciembre

El poder de la música - 7 de diciembre

Historias de hoy - 8 de diciembre

Valores - 9 de diciembre

Encuentros con Jesús - 10 de diciembre

Aroma a sábado - 11 de diciembre

Objetos cotidianos - 12 de diciembre

Dios pregunta - 13 de diciembre

El poder de la música - 14 de diciembre

Historias de hoy - 15 de diciembre

Valores - 16 de diciembre

Encuentros con Jesús - 17 de diciembre

Aroma a sábado - 18 de diciembre

Objetos cotidianos - 19 de diciembre

Dios pregunta - 20 de diciembre

El poder de la música - 21 de diciembre

Historias de hoy - 22 de diciembre

Valores - 23 de diciembre

Encuentros con Jesús - 24 de diciembre

Aroma a sábado - 25 de diciembre

Objetos cotidianos - 26 de diciembre

Dios pregunta - 27 de diciembre

El poder de la música - 28 de diciembre

Historias de hoy - 29 de diciembre

Valores - 30 de diciembre

Encuentros con Jesús - 31 de diciembre

Hoy camino con Dios

Carolina Ramos

Dirección: Natalia Jonas

Diseño de tapa: Nelson Espinosa

Diseño del interior: Marcelo Benítez

Ilustración de tapa: Shutterstock (Banco de imágenes)

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXX

Es propiedad. © 2020 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-290-9


Ramos, CarolinaHoy camino con Dios / Carolina Ramos / Dirigido por Natalia Jonas. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-290-91. Devocionario. 2. Jóvenes. I. Jonas, Natalia, dir. II. Título.CDD 242.63

Publicado el 30 de octubre de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Web site: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Querido lector: ¿Cuál es tu versículo preferido?

El mío es Romanos 8:28. Quizás el tuyo también. O quizás aún no hayas elegido uno.

Hoy te escribo para contarte sobre el versículo que transformó mi vida: “Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb. 4:12, NVI).

Siempre me gustó el cuerpo humano. A los seis años comencé a soñar con ser doctora, comencé a memorizar los nombres de los huesos, de algunos músculos y órganos, y anhelaba el día en que pudiera ayudar a sanar. Pero me pasaron algunas cosas tristes y, al no saber muy bien cómo manejarlas, comencé a “jugar” a lastimarme. Usaba trinchetas, cuchillos, y me producía quemaduras, mordeduras y golpes. Comencé a fantasear con la muerte. No había nada muy visible y las cicatrices no eran profundas; por lo menos no en la piel. Y así como quizá te haya pasado a ti cuando te sentías triste o pasaste por alguna situación difícil, para muchos tu dolor pasa inadvertido.

Odiaba las flores, que se morían antes que yo, y envidiaba a los pájaros, que se podían escapar volando. Tenía amigos buenos, amigos de verdad, pero por alguna razón me escudaba más en las lágrimas, en las noches, en las culpas, en los libros y en la soledad.

Hay cosas que podemos llegar a disimular muy bien, por muchos años, e incluso rodeados de amor y dentro de la iglesia. Podemos acostumbrarnos a ellas y llegar a considerarlas normales.

Pero en algún momento, indefectiblemente, nos encontramos con Dios. En realidad, él nos encuentra. Él nos busca. Y si dejamos de escondernos, aparece con toda su gracia para cambiarnos la vida para siempre.

Puede ser que lo encuentres en la belleza, en un abrazo, en una puesta de sol o en el pozo del más profundo dolor.

Es un encuentro independiente de tu religión. Es el verdadero comienzo de tu religión.

Ese versículo, que conocía de memoria como “adventista de cuna” de quinta generación, se volvió un versículo que le hablaba a una joven perdida, en un hogar deshecho y con una fe que no llegaba ni al techo.

Ese Dios me hablaba. El poder de su Palabra me atravesaba.

Hablaba de la vida, eso que yo no quería. Hablaba de poder y de perfección, algo que creía que nunca iba a alcanzar. Hablaba del filo, ese con el que jugaba. Hablaba de huesos y articulaciones, esos que estudiaba. Hablaba de pensamientos e intenciones, esos que en mi ignorancia creía que podía ocultar. Hablaba de la Biblia, ese tesoro que muchos conocemos desde chicos pero no valoramos ni leemos de verdad. Quizás en eso radicaba el mayor problema o la traba para la felicidad. Como dice Juan, la vida eterna es conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, quien fue enviado.

Al leer la Biblia más y más, comencé a conocerlo más y más.

Cuando bajo el microscopio y en tamaño real pude ver un hueso sano y un hueso enfermo, entendí que, en todo momento, él tenía el control. Me amaba hasta la médula. Me amaba a pesar del pecado. Me ayudó a discernir los pensamientos e intenciones de mi corazón y, sin quitar mi sueño de ayudar a sanar, lo redireccionó hacia donde más lo podría usar.

Mi historia, así como la tuya, está escrita con caídas y obstáculos, con fracasos y victorias. Pero cada día, a cada uno, Dios le da una página en blanco.

Quiere rompernos todos los esquemas para recordarnos que el diseño original es el que tiene que prevalecer, ese que tiene una impronta de eternidad y una genética celestial a pesar de todas las mutaciones del pecado.

Él es Verbo y, con su Palabra y mis palabras, hoy me permite contarte mi historia y muchas más. No sé qué momento de tu vida estás atravesando ahora. No sé en qué etapa estás, qué decisiones tienes que tomar, a qué personas puedes influenciar. Pero sé que esa Palabra también te puede transformar.

Cuando te dije “Querido lector”, no lo dije por formalismo, sino de verdad.

He orado cada día para que estas historias y reflexiones puedan acompañarte en tu caminar con Dios, para que encuentres en cada versículo mensajes poderosos y aplicables hoy, para que, al terminar el año, no solo conozcas 365 versículos e historias, sino también puedas encontrar al Dios que quiere impactarte poderosamente y acompañarte a escribir tu propia historia… una historia para la eternidad.

¡Que Dios te bendiga, inspire, transforme y use con poder cada día de este año y de tu vida!

Con todo mi cariño,

Caro

Si quieres ponerte en contacto conmigo para enviar sugerencias, hacer preguntas o recibir recomendaciones de recursos, no dudes en escribirme a carolina.ramos.pruzzo@gmail.com, o en seguirme en Facebook o Instagram con el mismo nombre. ¡Espero conocerte pronto!

A menos que se especifique de otro modo, las citas bíblicas se han tomado de la versión Reina-Valera Revisada 1960 (RVR 60).

Encuentros con Jesús - 1º de enero

Incluido Pedro

“Ahora vayan y cuéntenles a sus discípulos, incluido Pedro, que Jesús va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, tal como les dijo antes de morir” (Mar. 16:7, NTV, énfasis añadido).

Recuerdo aquella mañana nevada porque supe, después de leer este versículo, que de ahí en más vería las cosas de forma diferente. Un autor cristiano escribió una reflexión basada en este texto y, aunque la leí sin mucho cuidado, vi esta historia bajo una nueva luz. El autor mencionaba que en ella podíamos encontrar el “evangelio de la segunda oportunidad”.

Pedro había negado a Jesús, había visto su mirada en el patio, había llorado amargamente —arrepentido por su proceder—, y ahora probablemente extrañaba a su Maestro, quien ya descansaba. Seguramente, el nuevo día había amanecido sombrío sin su amigo tan querido.

No sé cómo habrá amanecido tu primer día de este nuevo año. Quizá comenzó lleno de expectativas y entusiasmo. Quizá, como Pedro, acarreas culpas del pasado. Quizá pensar en el futuro te resulta abrumador. Quizá tus resoluciones no son tan claras aún. Quizá sientes que el año no ha terminado en realidad y que el peso de otro número es más de lo que puedes soportar por tu cuenta. O también puede ser que el cambio de fecha no represente mucho para ti y hoy haya comenzado como comienzan tantos otros días.

Cada nuevo día, Dios nos recuerda que nos da una nueva oportunidad para vivir, llena de esperanza y alegría.

Jesús, al resucitar, dejó una invitación para sus discípulos, y mencionó específicamente a Pedro. Le aseguró que seguía incluido en el grupo, pero sobre todo, le aseguró que seguía amándolo y que quería verlo otra vez.

Al iniciar un año nuevo, tenemos la oportunidad de replantearnos ciertas cosas.

Aprovechemos esta fecha para recordar que Jesús nos está haciendo una invitación similar. Quiere recordarnos que está vivo, que está dispuesto a perdonarnos, que quiere darnos otra oportunidad y vernos otra vez.

Es que aún tiene muchos planes para nosotros y quiere usarnos de formas espectaculares cada día de este año para ser de bendición para otras personas. Quiere recordarnos que va delante de nosotros y que, así como cumplió tantas de sus promesas, también va a cumplir su promesa de volver. Escribamos nuestro nombre en lugar del de Pedro, propongámonos tener una relación íntima con él y aceptemos con gozo este “evangelio de la segunda oportunidad”.

Aroma a sábado - 2 de enero

Una canción para el sábado

“¡Cuán bueno, Señor, es darte gracias y entonar, oh Altísimo, salmos a tu nombre!” (Sal. 92:1).

¿Qué cosas son características del día sábado en tu hogar? Para muchos, es el aroma a alguna comida especial, la agradable sensación de limpieza o alguna actividad diferente realizada en esas horas sagradas. Para otros, tristemente, el sábado se ha convertido en un día en que las ideas de cosas para hacer se acaban; un día que se espera que pase rápido.

Richard Davidson, autor del libro A Song For the Sabbath [Una canción para el sábado], menciona en su obra algunas de las características que hacen que este día sea un deleite para su familia. Incluye algunas hermosas tradiciones que tenía el pueblo judío para celebrarlo de forma especial. Habla detalladamente de este salmo que fue escrito para el día de reposo y también menciona algo muy interesante: las personas siempre buscaban a Jesús para que él obrara milagros, pero los milagros de sanidad que Jesús realizó en sábado fueron todos por su propia iniciativa.

Jesús quería resaltar la dimensión redentora del día sábado ante un pueblo que la había ocultado bajo un cúmulo de restricciones. La sanidad de las dolencias de estas personas implicó no solo una mejora física, sino salvación, liberación y acción; lo opuesto a la indolencia ejercida por muchos en ese día (algo que vemos aún hoy). Las enfermedades de estas personas eran crónicas y, al curarlas, Jesús también buscaba resaltar el aspecto redentor involucrado en su accionar.

Te invito a aprovechar el día de hoy para leer con más detenimiento y gratitud el Salmo 92. También te sugiero que estudies más profundamente las historias de estos milagros realizados en sábado y que las enriquezcas con la lectura de El Deseado de todas las gentes.

El hombre de la mano seca (Mat. 12:9-14; Mar. 3:1-6; Luc. 6:6-11), la mujer lisiada (Luc. 13:10-17), el hombre con hidropesía (Luc. 14:1-6), el paralítico de Betesda (Juan 5:1-18) y el hombre nacido ciego (Juan 9) fueron los beneficiados en sábado hace miles de años.

Hoy, el beneficiado puedes ser tú. La esencia sanadora del sábado se aplica a nosotros hoy y, al elevar nuestras voces en adoración durante este día, podemos hacerlo no solo por la gratitud de una verdad teológica en la que creemos, sino por la experiencia de sanidad que también vivimos de primera mano.

Objetos cotidianos - 3 de enero

La honda, el pato y el perdón

“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia...” (Heb. 4:16).

Richard Hoefler narra la historia de un niño que estaba de visita en la casa de sus abuelos y había recibido su primera honda. Muy entusiasmado, salió al bosque a practicar, pero no pudo pegarle a nada. Después de un rato, se dio por vencido y emprendió el camino de regreso a la casa. Cuando llegó al patio, vio al pato que su abuela tenía de mascota y, sin pensarlo demasiado, le lanzó una piedra. Después de sus frustrados intentos con la honda en el bosque, lo último que se imaginó fue que este golpe sí daría en el blanco. El pato cayó muerto.

El niño entró en pánico. Rápidamente, lleno de desesperación, escondió el pato muerto entre un montón de leña pero, apenas levantó la mirada, vio que su hermana lo estaba observando. Sally había visto todo. Sin embargo, se quedó callada.

Ese mismo día, al terminar el almuerzo, la abuela le pidió a Sally que lavara los platos. Pero Sally contestó: “Johnny me dijo que él quería ayudar en la cocina hoy” y, de forma comprometedora, mientras miraba a Johnny, continuó: “¿No, Johnny?” Se le acercó y en un susurro le dijo: “Acuérdate del pato”. Así que Johnny se levantó y lavó los platos.

Más tarde, el abuelo les preguntó si querían acompañarlo a pescar, a lo que la abuela respondió: “Lo lamento, pero necesito que Sally me ayude a preparar la cena”.

Sally, con una sonrisa triunfante y confiada, dijo: “No hay problema, Johnny me dijo que él quiere ayudarte”. Nuevamente se acercó a Johnny y le susurró: “Acuérdate del pato”. Así que Johnny se quedó en la casa mientras Sally iba a pescar con el abuelo.

Pasaron varios días en los que Johnny tuvo que cumplir con sus tareas y también con las de su hermana, hasta que no aguantó más y le confesó a su abuela la verdad acerca de cómo había matado al pato.

“Ya lo sabía, Johnny”, le dijo mientras lo abrazaba. “Ese día estaba parada al lado de la ventana y vi todo. Como te amo, te perdoné. Pero me preguntaba hasta cuándo dejarías que Sally te tuviera esclavizado...”

Hoy, no nos dejemos esclavizar por el enemigo. Vayamos a Dios. Él sabe todo y está listo para ofrecernos su perdón.

Dios pregunta - 4 de enero

¿En qué dormirá?

“Si tomares en prenda el vestido de tu prójimo, a la puesta del sol se lo devolverás. Porque sólo eso es su cubierta, es su vestido para cubrir su cuerpo. ¿En qué dormirá? Y cuando él clamare a mí, yo le oiré, porque soy misericordioso” (Éxo. 22:26, 27).

¿Cuánta ropa habrá llevado el pueblo de Israel en su larga travesía por el desierto? Dios cuidó sus vestimentas y calzados para que no se estropeasen. En un momento dictó sus leyes de amor y cuidado para el prójimo e hizo esta pregunta: “¿En qué dormirá?”

Había instrucciones claras acerca del jubileo, de las ciudades de refugio, de la responsabilidad social y de muchas cosas más. (¡Con razón Balaam quedó impresionado al mirar el campamento y ver tanto orden, disciplina y prosperidad!) Pero en ese momento, ¡Dios se preocupó por cómo iban a dormir!

Recuerdo vívidamente dos imágenes. En primer lugar, recuerdo las pesadas puertas de hierro de una cárcel que visité en mi adolescencia como parte de una actividad comunitaria del Club de Conquistadores. Lo que menos esperaba era encontrarme con algunos compañeros de clase que habían sido detenidos sin que nos enteráramos. No puedo olvidar sus miradas de vergüenza, impotencia y dolor al reconocerme.

En segundo lugar, recuerdo el llanto desesperado de un niño que se había quedado sin su autito porque otro niño acababa de quitárselo. No era un llanto caprichoso. Vivía solo en la calle, tenía poca ropa y ese autito roto era su único juguete y propiedad.

Lamentablemente, el mundo está lleno de situaciones como estas, y otras muchísimo más desgarradoras. Y por alguna razón en mis oídos resuena esta pregunta: ¿En qué dormirá?

Muchas veces olvidamos la importancia de la preocupación por el prójimo y la correcta administración de nuestros bienes.

“Si los hombres cumplieran con su deber como mayordomos fieles de los bienes del Señor, no habría el clamor por pan, ni el sufrimiento por la miseria, ni la desnudez y la necesidad. La infidelidad de los hombres trae el estado de sufrimiento en el que la humanidad está hundida” (El ministerio de la bondad, p. 18).

Al ser misericordiosos, nos parecemos más a Jesús y podemos revelar mejor ante este mundo el carácter divino.

¿Recuerdas el caso de alguna persona que esté “sin vestido”?

Quizás esa ley dada en el Éxodo hace tantos años puede ser nuestra norma hoy.

El poder de la música - 5 de enero

¡Oh, qué amigo nos es Cristo!

“...los he llamado amigos, porque todo lo que a mi Padre le oí decir se lo he dado a conocer a ustedes” (Juan 15:15).

Joseph Scriven tenía 25 años. Estaba enamorado y a punto de casarse, pero el día previo a su boda, su prometida murió ahogada en un trágico accidente. Con el corazón roto, Joseph cruzó el océano Atlántico desde su Irlanda natal para comenzar una nueva vida en Canadá. Se estableció en Ontario y, al lado de un río, hizo un compromiso con Dios de vivir su vida de acuerdo con las enseñanzas del Sermón del Monte, para servir a otros y reflejar el amor de Cristo siempre. En ese pueblo comenzó a conocérselo como “el buen samaritano de Port Hope”.

Pasaron varios años y empezó a trabajar como maestro en una escuela. Allí se enamoró de Eliza, quien era pariente de uno de sus alumnos. Se comprometieron y estaban por casarse cuando, inesperadamente, las esperanzas y los sueños de Joseph se hicieron añicos otra vez. Eliza enfermó gravemente y murió semanas antes de la boda.

Este hombre, experimentado en dolor y soledad, recurrió una vez más a Dios para recibir fuerzas y consuelo. Su fe en él, así como su relación diaria tan cercana, lo ayudaron a salir adelante.

Poco después de que Eliza muriera, Joseph se enteró de que su madre estaba muy enferma. Como no podía volver a verla, le escribió una carta para darle ánimo y consuelo, y adjuntó uno de sus poemas titulado “¡Oh, qué amigo nos es Cristo!” Había conocido a un Dios que está dispuesto a sobrellevar nuestras cargas y sanar nuestro dolor.

Ya al fin de sus días, que habían sido empleados siempre en ayudar a los menos afortunados, un amigo lo visitó y se encontró con este y otros poemas.

Hoy es un himno cantado por millones de cristianos de diferentes denominaciones y culturas. Y es que el amor de Dios, que sostuvo a Joseph en sus peores momentos, es el mismo que nos puede sostener hoy.

Te invito a pensar en la letra de este himno y a cantarlo con convicción. Jesús, en su Palabra, nos llamó amigos. Nosotros, en nuestra vida, podemos demostrar que lo llamamos así también.

¡De cuánta paz nos perdemos! ¡Cuánto dolor cargamos innecesariamente! ¡Qué privilegio llevarle todo en oración!

Historias de hoy - 6 de enero

Vuelos perdidos

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Rom. 8:28).

Había perdido un vuelo y estaba a punto de perder otro. Transitaba los interminables pasillos del aeropuerto con dos mochilas pesadísimas en la espalda y el brazo izquierdo. Con la mano derecha acarreaba una valija. Pero esa valija no tenía ruedas, así que, por el cansancio, muchas veces la iba pateando lentamente para avanzar. Estaba concentrada en mi mal humor. De repente, una mujer me preguntó, con cara de dolor, si la podía ayudar. Tenía un brazo fracturado y venía haciendo malabares con su equipaje también. Me detuve a ayudarla, caminamos apresuradamente y, al llegar al mostrador donde nos tenían que asignar un nuevo vuelo, comenzamos a conversar más calmadamente en una mezcla de español y portugués. Hablamos de problemáticas sociales, familia, estudios, trabajo y… de Dios. Le conté que era adventista. Ella me dijo que había visto programas de familia y alimentación saludable en el canal Nuevo Tiempo y también me contó algunas otras inquietudes espirituales. Quería saber más sobre nuestras creencias y se la veía muy animada a pesar de la noticia: ya no había vuelos y nos tocaría esperar. A ella, en un hotel; a mí, en el piso del aeropuerto... cinco noches (aunque a esa altura aún no lo sabía). Antes de salir hacia el hotel, y aprovechando los tickets de comida que le habían dado, me invitó a desayunar. Eran las 4 de la mañana y nos sentamos en uno de los pocos locales abiertos. Decidimos intercambiar direcciones para seguir en contacto y, mientras ella escribía sus datos, aproveché a sacar mi Biblia para compartir mi versículo favorito con ella: Romanos 8:28, que tan apropiado resultaba para la situación que estábamos pasando. Ella terminó de escribir y me pasó el papel. Cuando lo vi, para mi sorpresa, me di cuenta de que además de sus datos había escrito con su letra de abuela en prolijo portugués: “Carol, todas as coisas cooperam para o bem daqueles que amam a Deus” (Rom. 8:28).

Seguramente, Dios quería recordarnos esa promesa a las dos. Él es especialista en transformar situaciones desafortunadas en una enorme bendición.

Seguramente, hoy quiere recordarte esta promesa a ti también. Ámalo. Él hará el resto.

Valores - 7 de enero

Los rocklets de la Regla de Oro

“Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes” (Mat. 7:12, NVI).

En mi pueblo venden un brownie bañado en chocolate y mini Rocklets. Una vez llevé ese postre para festejar el cumpleaños de una de mis alumnas. Entre globos, risas y actividades, la clase transcurrió normalmente, terminó y los chicos se fueron. Me quedé en silencio para limpiar y ordenar todo, y cuando fui a guardar lo que quedaba del brownie, me encontré con que a la porción le faltaban los mini Rocklets. Su ausencia había dejado un espacio vacío... y se notaba.

No sé quién los comió ni si hubo mala intención al efectuar ese robo tan pequeño. Pero sé que la actitud nació de donde nacen todos los males: de nuestro egoísmo humano innato.

¡Cuántas veces sacamos de los demás sin que nadie vea, sin que se den cuenta! Sacamos algo porque nos beneficia, y tener ese “mini Rocklet” es para nosotros más importante que el vacío que queda en su “porción”.

Hoy en día lidiamos con robos, usos y abusos mucho más grandes que ese, pero recordemos que el egoísmo no es la solución para las carencias o los apetitos; aunque sea grande o pequeño, nuestro accionar puede dejar un vacío innecesario en algo o en alguien.

Nuestra forma de manejarnos, al final, sí marca la diferencia, aunque sea en las personas que nos rodean.

No es tarde para restituir algunas cosas, o para llenar con gestos pequeños pero significativos los espacios que han quedado vacíos, a veces sin mala intención, a veces pensando que nadie lo notaría.

¿Qué “confites” crees que tienes a tu alcance hoy para “decorar” un espacio vacío?

En El discurso maestro de Jesucristo, Elena de White comparte unas citas respecto a este tema:

“En tu trato con otros, ponte en su lugar. Introdúcete en sus sentimientos, sus dificultades, sus chascos, sus gozos y sus pesares. Identifícate con ellos, y luego trátalos como quisieras que te trataran a ti si cambiaras de lugar con ellos. Esta es la regla de honestidad verdadera. [...] Y es la médula de la enseñanza de los profetas. Es un principio del cielo [...]. Cuando los que profesan el nombre de Cristo practiquen los principios de la Regla de Oro, acompañará al evangelio el mismo poder de los tiempos apostólicos” (pp. 123, 124, 126).

Encuentros con Jesús - 8 de enero

Eliminar etiqueta

“Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente. Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció” (Mat. 8:1-3).

Nos hemos acostumbrado a las etiquetas, pero algunas veces nos etiquetan no en fotos, sino con adjetivos que duelen.

¿Qué pasaría si todos anduviésemos por la calle con un cartelito con las etiquetas que otros nos ponen, o esas que a veces nos autoasignamos, que pueden tener un poco de razón, o solo ser un espejo de cómo se siente el otro?

El hombre de nuestra historia llevaba una etiqueta antigua que no podía esconderse detrás de una pantalla o de un perfil estratégicamente pensado. Tenía que gritar “¡Inmundo! ¡Inmundo!”, por si alguien no se había “actualizado”.

En El Deseado de todas las gentes, leemos que ellos, los leprosos, “no se atrevían a esperar que Jesús hiciese por ellos lo que nunca se había hecho por otro hombre. Sin embargo, hubo uno en cuyo corazón empezó a nacer la fe” (pp. 227, 228).

Una mañana se animó a salir de su escondite. No sabemos si vistió sus mejores ropas, si se lavó la cara y se peinó.

¿Lo sanaría él? ¿Lo maldeciría por sus pecados? ¿Le diría que se alejara para no contaminarse? ¿Lo rechazaría como todos los demás? ¿Lo miraría con asco?

Se acercó con temor, a lo lejos. Lo escuchó, lo vio poner sus manos sobre los enfermos. Quizás al final sí era real...

Intercambiaron dos frases que lo dijeron todo y, en ese instante, al desaparecer la lepra visible, Jesús arrancó de su pecho la etiqueta invisible, borró de sus cuerdas vocales el grito desesperado y puso en sus labios una historia para contar. Jesús no solo obra externamente; transforma la identidad, restaura, reúne a las personas aisladas, saca de la cueva y lleva a la casa, convierte a un montón de harapos en persona y a una víctima en testigo.

Es posible que hoy estés luchando con una etiqueta, mirando desde lejos a Jesús y preguntándote si realmente él es capaz de sanarte. Llévale todo. Deja que en tu corazón nazca la fe y permítele obrar un milagro en tu vida también. Está ahí, con el ícono de “Eliminar etiqueta” abierto, esperándote para hacer el clic.

Aroma a sábado - 9 de enero

Sábado en el hostal

“Anhelo con el alma los atrios del Señor; casi agonizo por estar en ellos. Con el corazón, con todo el cuerpo, canto alegre al Dios de la vida. Señor Todopoderoso, rey mío y Dios mío, aun el gorrión halla casa cerca de tus altares...” (Sal. 84:2, 3, NVI).

Nos encontrábamos de viaje con un grupo de amigos. Esa tarde habíamos recorrido un lugar que nos había quitado el aliento por su grandeza y su hermosura, y nos había hecho recordar las cuevas en las que David se escondía cuando huía de Saúl. Habíamos disfrutado intensamente de estar en la naturaleza y conocer nuevos lugares, pero el sol se había puesto y nos encontrábamos hospedados en un hostal. Aunque todos éramos adventistas, el ambiente afuera no era muy sabático. El hospedaje estaba ubicado en una de las avenidas principales, llena de gente, bullicio y agua que corría por las veredas debido a la copiosa lluvia que caía.

Era temprano, me había acostado y recordé este versículo porque era mi oración. ¡Cuántas ganas tenía de estar en un lugar más propicio para estar en sintonía con Dios!

Sin embargo, en esa cama prestada, esa noche pude sentir la paz de la compañía divina, que va con nosotros si la pedimos.

Como vivo en un pueblo tranquilo, vivir un momento de quietud no es algo que me resulte difícil los sábados y es algo que busco con alegría. Pero quizá tu situación sea diferente. Quizás a tu alrededor haya mucho ruido y gente que no tiene idea de las bendiciones prometidas para este día.

Quizá haya silencio, pero por dentro estás pasando un momento de “ruido” por cosas que te preocupan, que no te convencen o que te hacen dudar.

Quizás en este momento no puedas elevar la voz pero, como dice el salmista, ojalá puedas con tu corazón cantar a Dios.

Muchos sábados me tocó asistir a iglesias en galpones o gimnasios. Aunque esos lugares a veces parecían no ser tan reverentes, me dejaron una lección preciosa. Por los aleros del techo, siempre se colaban algunas palomas, gorriones y horneros que asistían al culto como nosotros. Aun ellos se sentían a gusto en la presencia del Altísimo y se unían a nuestro canto.

Ojalá anheles sus atrios y su presencia también. Dios concederá tus deseos y te acompañará donde sea y como sea que estés.

Objetos cotidianos - 10 de enero

El tintineo de las campanillas

“Y en sus orlas harás granadas de azul, púrpura y carmesí alrededor, y entre ellas campanillas de oro alrededor” (Éxo. 28:33).

En julio de 2011, Eli Shukron, reconocido arqueólogo israelí, encontró una pequeña campanilla en una antigua cañería de agua. Su origen data de dos mil años atrás y se la identificó como parte de la vestimenta del Sumo Sacerdote.

El manto tenía muchas campanillas que tintineaban con cada paso. Todos lo escuchaban llegar. Todos lo escuchaban irse.

El hallazgo de esta campanilla no solo prueba una vez más la fidelidad de la Biblia y la exactitud con que el pueblo judío cumplía con los símbolos que Dios había instituido en el templo, sino que nos lleva a reflexionar en el sacrificio que se realizaba cada día. Jesús caminó por las calles de Jerusalén y, probablemente, escuchó el tintineo de estas campanillas del manto del Sumo Sacerdote.

Jesús se convertiría en el sacrificio vivo que acabaría con todo ese sistema de rituales que tan bien ejemplificaba su amor y entrega, y que a la vez tan común y carente de sentido se había vuelto para quienes no entendían realmente quién era el Mesías.

El pueblo escuchaba el tintineo de las campanillas del Sumo Sacerdote. Mientras, Jesús caminaba a su lado.

Quizá hoy nosotros hemos perdido nuestra sensibilidad a las cosas espirituales o las estamos considerando simplemente como un “sonido” más, cuando en realidad nos están señalando el sacrificio vivo, Jesús, que camina a nuestro lado.

Al ascender al cielo después de su resurrección, Jesús comenzaría su obra como nuestro Sumo Sacerdote. Pablo dice: “En efecto, Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro” (Heb. 9:24, NVI).

“La obra de Cristo en favor de la redención del hombre y la purificación del pecado del universo se concluirá quitando el pecado del Santuario celestial y colocándolo sobre Satanás, quien sufrirá el castigo final” (Patriarcas y profetas, p. 372).

El Mesías, nuestro Redentor y Sumo Sacerdote, obtuvo la victoria final.

Ojalá decidamos caminar más conscientes de a quién tenemos al lado y qué triunfo ha ganado.

Hoy, presta atención a algún elemento cotidiano que te haga pensar en tu Salvador y memoriza algún versículo relacionado con él.

Dios pregunta - 11 de enero

Un nido en las alturas

“¿Eres tú quien ha ordenado al águila que ponga su nido en las alturas?” (Job 39:27, DHH).

El nombre de una de las escuelas secundarias en que me formé era “Las águilas de la libertad”. La verdad es que nunca había visto un águila y no me sentía muy identificada con ella, pero cuando la vi por primera vez en un zoológico, quedé realmente impresionada. Su porte era tan noble y sereno… Esta ave siempre ha sido utilizada como símbolo de fortaleza, poder, belleza, majestad y victoria. Las hay de varios tipos, tamaños y colores en todo el mundo; pero algo que las caracteriza a todas es que siempre vuelven a su nido. Los biólogos confirman que el águila aprovecha las diferentes corrientes de aire para volar mejor y llegar a su destino. Usa la fuerza de estas ráfagas para tomar mayor impulso y desplazarse a mayor velocidad. Lo que puede derribar a otras aves, favorece a las águilas.

El Creador puso en ellas el instinto de supervivencia, que las lleva a trasladarse para encontrar alimento o reproducirse y poner su nido en las alturas, lejos del alcance de otros animales y peligros.

Podemos confiar que, si las dotó de estas características, Dios también nos dará la capacidad de imitar algunas de estas cualidades.

Las ráfagas que se presentan inesperadamente pueden ser parte del propósito de Dios para llevarnos con más fuerza y rapidez a nuestro destino.

“El creyente tiene siempre en el Señor a un poderoso auxiliador. Tal vez no sepamos cómo nos ayuda; pero esto sabemos: Nunca falta su ayuda para aquellos que ponen su confianza en él. Si los cristianos pudieran saber cuántas veces el Señor ordenó su camino, para que los propósitos del enemigo acerca de ellos no se cumplieran, no seguirían tropezando y quejándose. Su fe se estabilizaría en Dios, y ninguna prueba podría moverlos. [...] Al enviar pruebas a sus hijos, Dios tiene un propósito. Nunca los conduce por otro camino que el que elegirían si pudiesen ver el fin desde el principio y discernir la gloria del propósito que están cumpliendo” (Profetas y reyes, pp. 422-424).

Ojalá busquemos poner la mira en las cosas de arriba y nuestro “nido” en las alturas, ya que está en nuestra naturaleza volver a nuestro hogar original.

El poder de la música - 12 de enero

He decidido seguir a Cristo

“Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús” (Fil. 3:13, 14, NVI).

Hay un himno muy conocido que uso siempre para enseñar el tiempo verbal presente perfecto del inglés. Este tiempo se caracteriza por narrar hechos que comenzaron en el pasado pero que siguen teniendo relevancia en el presente. Y es que, cuando decidimos seguir a Dios, esa decisión tiene que seguir vigente en nuestra vida.

La letra del himno “He decidido seguir a Cristo”, según varias fuentes, se basa en las últimas palabras de un hombre de Assam, al noreste de India, quien junto a su familia decidió seguir a Cristo a mediados del siglo XIX, gracias a los esfuerzos de un misionero de habla inglesa.

El jefe de su tribu quiso hacerlo renunciar a su fe, pero él declaró: “He decidido seguir a Cristo”. En respuesta a las amenazas a su familia, dijo: “Aunque nadie venga conmigo, yo seguiré igual” (lo que en español cantamos como “si otros vuelven, yo siempre sigo”). Este hombre tuvo que tomar la dificilísima decisión de dejar que su esposa muriese por no renunciar a su fe.

Tiempo más tarde, él fue ejecutado. Mientras, de sus labios brotaba la frase: “La cruz delante y el mundo atrás”. Esta manifestación de fe llevó a la conversión del jefe de la tribu y de muchos en su aldea.

A partir de estas frases dichas en diferentes momentos, un misionero indio compuso el himno y lo tituló “Assam”, en honor al lugar de su origen.

Si bien no conocemos con certeza la veracidad de esta historia, gracias a numerosas biografías y a los escritos inspirados de Elena de White, sabemos que muchos cristianos decidieron sellar su fe con su vida. Ya fuera en la hoguera, en el patíbulo o en la arena ante las fieras, los fieles fueron de testimonio en su vida y aún más en su muerte.

¿Te has preguntado alguna vez qué canción escribirían de ti?

Dios nos ha llamado a seguirlo. Olvidemos lo que queda atrás, tomemos esta firme decisión y mantengámosla hasta la meta final... sin volver atrás.

Historias de hoy - 13 de enero

“La de lentes”

“No te dejes impresionar por su apariencia ni por su estatura, pues yo lo he rechazado. La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón” (1 Sam. 16:7, NVI).

“¿Con cuál secretaria hablaste?” “Con la de lentes”, contestó.

Escuché ese diálogo en la calle. Vivo en un país en el que usar los rasgos físicos para describir a las personas es muy común.

No es que haya algo malo en describir a las personas de esa forma. A veces es lo que más fácil nos resulta, lo más práctico y rápido. Tampoco hay algo malo en cuidar nuestro aspecto. Es parte de lo que somos y es importante tenerlo en cuenta.

Pero ¿qué pasaría si viviéramos en un mundo sin fotos o en un mundo en que la tarea de describir a las personas la tuvieran los ciegos? ¿Qué sabrían de nosotros los demás? ¿Qué cosas nos esforzaríamos por resaltar?

¿Qué rasgos tienen las personas que te rodean? No me refiero a los rasgos genéticos, sino a los cultivados conscientemente.

Quizás algunas cosas cambiarían, en nosotros y en los demás, si la próxima vez alguien respondiera:

“La simpática”, “la servicial”, “la que da abrazos apretados”.

A la hora de tocar vidas, poco importa si usamos lentes o ropa al último grito de la moda; si nuestros padres son bajitos o altísimos. Poco importa el color de piel, de ojos o de pantalón.

La persona con el gusto más exigente, creativo, refinado y visionario del planeta, lo último que mira es tu exterior. Tampoco mira tu CV, tu billetera, o tu árbol genealógico. Mira tu corazón. Y no te dio un like. No hizo clic en un corazón virtual y siguió de largo a la siguiente imagen. Se detuvo, detuvo el universo y dio su vida por ti. Dijo: “¡Te amo! ¡Hasta la muerte y por toda la eternidad!” y lo dijo de verdad. Dejó una de esas huellas de amor también en nuestro corazón, para que la recibamos y sepamos darla hoy, para que aprendamos a ver con sus ojos y entendamos nuestro valor.

“La sabiduría y la excelencia reveladas en el carácter y la conducta expresan la verdadera belleza del hombre; la dignidad intrínseca, la excelencia del corazón, determina que seamos aceptados por el Señor de los ejércitos. ¡Cuán profundamente debiéramos sentir esta verdad al juzgarnos a nosotros mismos y a los demás!” (Patriarcas y profetas, p. 692).

Valores - 14 de enero

La trampa y el cordón

“Líbrame de las trampas que me han tendido y de los engaños de los que hacen el mal” (Sal. 141:9).

Se sentó en el cordón. Apoyó los codos sobre sus rodillas y hundió el mentón entre sus manos. Yo lo veía, desde la ventana, frustrado por algo que me parecía insignificante pero que en ese momento le había dado vuelta el mundo.

Unos segundos antes había estado jugando con sus amigos, como de costumbre, en la calle que separa su casa de la mía. Sus juegos y sus risas me hacían recordar a las tardes de mi infancia, y su alboroto inocente me hacía sonreír.

Pero las cosas cambiaron repentinamente. El juego cesó y dio lugar a la pelea. Ahí lo escuché gritar suplicante: “No seas tramposoooo”.

Claramente, no hubo pedido de disculpa y el juego se disolvió. Cada participante salió hacia un lugar diferente y en la calle reinó el silencio, pero también la tensión. El silencio despertó mi curiosidad y me hizo espiar desde la ventana. Ahí estaba él, sentado en el cordón, desconsolado.

La trampa duele, aunque sea (y sobre todo) a los niños.

Al verlo, pensé en todas las veces que hice trampa con cosas pequeñas y con cosas más grandes también. Trampas que quizá solo Dios vio pero que a la larga terminaron trayendo dolor, a otros y a mí, momentáneo o duradero.

Es que... es muy fácil engañar y muy difícil reconocerlo.

Hay trampas en el juego, trampas en el trabajo, trampas en el amor no perfeccionado e incluso trampas en la religión.

No sé cuál es tu tentación hoy, qué trampa estás tramando llevar a cabo, aunque pienses que es dentro de todo “inocente” o que hasta puede pasar como algo “inconsciente”.

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:8, 9).

Oremos para que las trampas con las que nos enfrentamos hoy no sean obstáculo sino motivo para ir corriendo a quien es Fiel y Verdadero.

Al día siguiente, el cordón estaba vacío, y la calle llena de alboroto hablaba de reconciliación.

Que tu corazón y el mío, así como el cordón, queden limpios.

Encuentros con Jesús - 15 de enero

El techo roto

“Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho a un hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro y ponerle delante de él. Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud, subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el lecho, poniéndole en medio, delante de Jesús” (Luc. 5:18, 19).

Este techo fue muy especial. No sabemos cuántas personas había bajo él, no conocemos los nombres de los amigos del hombre paralítico, cuántos años llevaban de amistad, cómo se conocieron, qué días solían reunirse o con cuál tenía más afinidad. No sabemos si hicieron chistes al cargarlo en el lecho, si lo ayudaron a prepararse para estar más presentable, si ese día hacía frío o calor. Desconocemos qué acción específica pasada era la que atormentaba tanto al hombre como para que le resultara más valioso sentir el perdón de Jesús que valorar su curación física. No se nos dice quién se quedó a juntar los escombros del techo, o si alguien decidió dejarlos tal como estaban como monumento al gran milagro.

Solo sabemos que hubo fe y que Jesús sigue haciendo milagros. Desde que rompió con su gloria el techo de nuestra atmósfera para venir como niño, crecer y vencer, trajo la opción de la salvación para todo el que cree en él. No hay límites ni techos para las manifestaciones de poder en la vida de sus hijos que eligen creer.

¿Qué está pasando debajo de tu techo?

¿Hay una multitud y bullicio que obstaculizan el milagro? ¿Hay prejuicios que pesan más que la verdad sencilla?

¿Hay un amigo que está intentando llevarte a los pies de Jesús?

¿Hay un pasado que te atormenta y te hace sentir indigno?

¿Y si dejas que el techo se rompa y no te preocupas por los escombros por un rato?

“El efecto producido sobre el pueblo por la curación del paralítico fue como si el cielo, después de abrirse, hubiese revelado las glorias de un mundo mejor. Mientras que el hombre curado pasaba por entre la multitud, bendiciendo a Dios a cada paso y llevando su carga como si hubiese sido una pluma, la gente retrocedía para darle paso [...] murmurando entre sí: ‘Hemos visto maravillas hoy’ ” (El Deseado de todas las gentes, p. 236).

Permítele al Maestro entrar en tu casa. Que tu techo tenga una historia para contar.

Aroma a sábado - 16 de enero

El arbolito caletense

“No dejen que el mal los venza, más bien venzan el mal haciendo el bien” (Rom. 12:21, NTV).

Los viernes de tarde eran especialmente cansadores. Y ese viernes, con un esguince en el pie izquierdo, la mochila llena de libros, un bidón de agua de ocho litros y el cansancio de toda la semana, venía caminando en mi diaria lucha contra el viento característico de la ciudad donde me encontraba colportando. Todo era árido y había solamente un par de arbustos secos en la especie de vereda que me llevaba a casa, además de mucha basura.

Sin embargo, había algo que siempre me llamaba la atención: en medio de toda las bolsas y plantas sin vida, había un arbolito que se erguía valiente y le daba un poco de verde al paisaje. Tenía un montoncito de tierra que rodeaba el tronco que intentaba crecer a pesar del clima poco favorable.

Ese viernes descubrí la razón de esa prolijidad.

Un hombre que peleaba contra el viento como yo, con una pala y mucho cariño, lo cuidaba, limpiaba y regaba. Tuve que parar para agradecerle por lo que estaba haciendo y su respuesta quedó registrada en mi mente para siempre: “Yo sé que este lugar es feo, pero este pedacito de tierra es mío y yo lo voy a cuidar. Si hago lo mejor en la pequeña parte que me toca, se nota la diferencia”.

A veces pensamos que simplemente con no hacer el mal ya podemos quedarnos tranquilos. Pero en este mundo eso no alcanza. Este lugar es feo, aunque Dios lo creó hermoso.

No alcanza con no hacer cosas malas. Tenemos un pedazo de tierra, un templo que cuidar, una misión que realizar. Y para eso se necesita acción, no simplemente la pasividad de algo malo no realizado. Para vencer el mal, se necesita hacer el bien, ocupar los huecos, los tiempos “muertos” con cosas buenas y emplear los momentos productivos en hacer justamente el bien. Solo así podemos asegurarnos de estar cuidándonos, y marcar una diferencia aunque sea en la vereda en que nos toque estar.

Una pequeña acción hoy puede llevarte a un sinfín de buenas acciones mañana, en el pedacito de tierra que se te asignó. ¡Defiéndelo! Dios te lo dio y pedirá cuenta de él.

Hoy venzamos el mal... haciendo el bien.

Parábolas modernas - 17 de enero

Reflejos imperfectos

“Ahora vemos todo de manera imperfecta, como reflejos desconcertantes, pero luego veremos todo con perfecta claridad” (1 Cor. 13:12).

Cierta vez, mi teléfono celular voló accidentalmente hacia el suelo y, por primera vez después de tantas caídas, se rompió.

Ver su pantalla resquebrajada y su funcionamiento resiliente me hizo pensar. Recordé todos los celulares que he visto, con pantallas mucho más frágiles que la mía, arruinados por alguna caída accidental también. Y siguen funcionando. ¡Cuán fácilmente nos acostumbramos a verlos así: quebrados! Nos acostumbramos a ver las imágenes distorsionadas que proyectan. Adaptamos nuestros ojos a las líneas que dificultan el manejo y la visión.

Quizás algo que costó mucho esfuerzo, en cuestión de segundos queda con marcas imborrables. Quizás alguna astillita de vidrio aún se clava en los dedos y hace sangrar. Y aceptamos esa realidad y seguimos funcionando.

No sé si tu celular costó cien dólares o mil, pero todos pueden quebrarse... todos podemos quebrarnos. El daño nos puede ser infligido o podemos infligirlo nosotros también.

Lo importante es recordar que hay arreglo. No nos acostumbremos a ver todo con líneas que recuerdan las caídas. No adaptemos nuestra visión ni veamos la vida solamente desde la perspectiva de algo quebrado o distorsionado.

Así como al entrar a un salón de espejos, donde nuestra figura queda totalmente distorsionada, reconocemos que lo que tenemos frente no siempre es un reflejo fiel de la realidad y que nuestra mente está siendo engañada, reconozcamos que en este mundo solo veremos reflejos imperfectos.

Pero estas noticias no son desalentadoras, porque en sí mismas esconden una promesa esperanzadora.

Hay ayuda disponible, aunque sea, y en primer lugar, en Dios. Es gratuita, aunque a él le costó todo. Es misericordiosa, paciente y llena de amor perfecto.

Él es experto en arreglarnos, pero más que eso: hoy quiere transformarnos y prepararnos para cuando veamos todo con perfecta claridad. Puede ser como ese paño limpio que borra las imperfecciones y suciedades del lente a través del que vemos todo. Puede mostrarnos, a través de su mirada limpia, cuál es su plan.

Dios pregunta - 18 de enero

¿Entiendes lo que lees?

“Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y dijo: Pero ¿entiendes lo que lees?” (Hech. 8:30).

Cuando era pequeña, jugaba a memorizar las historias y el momento exacto de dar vuelta las páginas. De esta forma pretendía “leerle” a mi hermana. ¡Tenía tantas ganas de poder leer de verdad!

La pregunta de hoy no la hace Dios, sino un hombre dirigido por Dios. Esta historia no es común. Un hombre acepta cambiar la agenda de su día y sale a caminar por el desierto. De repente, comienza a hablar con un extraño. Ni siquiera sabemos si Felipe saluda al etíope; solo se le acerca, lo observa y le pregunta: “¿Entiendes lo que lees?” Luego, procede a hacer con él un ejercicio de comprensión lectora y, para terminar, lo bautiza. ¡Qué insólito!

Sin embargo, todo tiene sentido si comprendemos quién es Dios y cuál es su plan, si entendemos cómo actúa y cómo actúan quienes lo siguen y lo aman.

Todo aquel que regala libros, que enseña a leer, a gustar de las buenas historias y a valorar los innumerables beneficios que produce el hábito de la lectura desde la niñez, no solo abre el mundo ya conocido, sino que además brinda herramientas para comprender mejor la Palabra de Dios.

Hoy muchos no entienden lo que leen y están ansiosos por encontrarse con alguien que les recuerde el valor de la historia más hermosa que se haya contado alguna vez.

“Este etíope simboliza una numerosa clase de personas que necesita ser enseñada por misioneros como Felipe; esto es, por hombres que escuchen la voz de Dios y vayan adonde él los envíe. [...] En todo el mundo hay hombres y mujeres que miran fijamente al cielo. Oraciones, lágrimas e interrogantes brotan de las almas anhelosas de luz en súplica de gracia y de la recepción del Espíritu Santo. Muchos están en el umbral del reino esperando únicamente ser incorporados en él. [...] Hoy también los ángeles guiarán los pasos de los obreros que consientan en que el Espíritu Santo santifique sus lenguas y refine y ennoblezca sus corazones” (Los hechos de los apóstoles, pp. 90, 91).

¡Qué hermoso! Dios tiene un plan para cada uno de sus hijos. No solo lo cumplió en un camino desierto a Gaza, ¡puede cumplirlo hoy!

¿Entiendes lo que lees? Pregúntatelo y también prepárate para preguntárselo a otros.

El poder de la música - 19 de enero

Secretos de rodillas

“Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19:1).

Los niños prestan especial atención cuando nos arrodillamos frente a ellos, a su altura. Con muchos alumnitos me ha pasado que, al posicionarme de esta forma, ellos se animan a contarme sus secretos. Se acercan y con su cálido aliento y aguda vocecita me cuentan las verdades más importantes de su vida: que tienen un gatito nuevo, que fueron invitados a una fiesta de cumpleaños, que ayer se rasparon la rodilla, etc.

A niños como ellos, Isaac Watts quería enseñarles del amor de Dios, de la creación, de la salvación y del gran sacrificio que significó que Jesús viniera a esta Tierra, el mayor motivo de alegría para el mundo.

Escribió el primer himnario para niños y uno de los himnos que hoy cantamos, trescientos años después, enseña del maravilloso poder de Dios.

En nuestro himnario mantiene una melodía inglesa, pero con la letra del español José Zorrilla, del poema “Las nubes”. Esta extensa y magnífica obra narra el comienzo de una tormenta y toda la respuesta de la naturaleza ante ella. Pero sobre todo, resalta la presencia del “Hacedor supremo del Universo”.

La grandeza del Creador, la maravilla de un amor tan profundo, que atraviesa los cielos y atravesó las manos de quien nos dio vida para siempre, puede ser algo que reconozcamos inmediatamente al contemplar su obra natural.

Su oído atento quiere escuchar nuestras alegrías y tristezas, pero también tiene la capacidad de escuchar cuando no tenemos más palabras. A punto de desatarse una tormenta en nuestra vida, él nos recuerda que está por encima de todas las cosas, controlando todo.

El Universo entero lo adora y nosotros muchas veces nos damos el lujo de ni dirigirle la palabra.

Ojalá hoy podamos cantar:

“Señor, yo te conozco, mi corazón te adora, mi espíritu de hinojos ante tus pies está; pero mi lengua calla, porque mi mente ignora los cánticos que llegan al grande Jehová”.

Nos imagino arrodillados a su lado, listos para contarle algo en confianza, porque él se acercó a nosotros y se puso a nuestra altura. Pero al querer decir algo, quedamos mudos de asombro, gratitud, y reverencia en su presencia. Y disfrutamos simplemente del acto de alabar en silencio.

Historias de hoy - 20 de enero

La basílica de Santa Fe

“El Señor está cerca de quienes lo invocan, de quienes lo invocan de verdad” (Sal. 141:18, NVI).

La mujer tenía una mochila de Barbie rosada, una cartera marrón cargada de cosas grandes que no suelen llevarse en una cartera, una bolsa de plástico y una mirada perdida.

Abrimos juntas la puerta de la basílica y entramos con esa reverencia que caracteriza a los que saben que entran a un recinto sagrado no porque el edificio en sí tenga algo especial, sino porque saben a quién fueron a buscar.

Con la angustia, la desesperanza y la impotencia pintadas en un rostro de 35 años prematuramente avejentado, se arrodilló. Dejó sus bártulos a la misericordia de los cuidadores del lugar y se entregó completamente a rezar.

Era pleno mediodía.

Adentro estábamos solo nosotras dos y, aunque intercambiamos un par de frases cortas antes de entrar, decidí otorgarle ese espacio que me daba la impresión que necesitaba.

Me senté unos bancos más adelante y, aunque no recé y mis creencias probablemente diferían de las suyas, compartimos la sinceridad de corazón.

Cinco minutos después, se fue. Un hombre me invitó a retirarme también. Apagó las luces, movió las llaves y cerró.

Salí en silencio, pensando que ese día había conocido a una Ana moderna, pero también consciente de que no hay iglesias, ni catedrales, ni monasterios, ni mezquitas que puedan contener al Dios en el que creemos.

Nadie puede venir a echarnos si nos dimos cita con el Rey. Podemos conversar con él adentro, pero también del lado de afuera.

Todos aquellos con quienes nos crucemos este mediodía estarán sumidos en sus preocupaciones y vivencias, y tienen una necesidad.

Presta atención. Quizá te encuentres con alguna Ana moderna por quien interceder. Quizá necesites volcar tu corazón como lo hizo ella.

No dejes pasar aunque sea un rato para conversar con él. Está cerca de quienes lo invocan.

“La oración de Ana no fue escuchada por oídos humanos, pero llegó al oído del Dios de los ejércitos. Fervientemente le rogó a Dios que le quitara su afrenta [...]. Ana había estado en comunión con Dios. Creía que su oración había sido escuchada, y la paz de Cristo llenaba su corazón” (La oración, p. 134).

Que esa misma paz llene tu corazón hoy, donde sea que estés.

Valores - 21 de enero

Agua en la madrugada

“Pero el que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna” (Juan 4:14, NVI).

Como algunas madrugadas me despierto con mucha sed, adopté la costumbre de tener una botella de agua al lado de la cama. Al lado también tengo mi Biblia.

Una madrugada, desperté con sed y pensé que, ya que estaba despierta, podía comenzar a hacer mi culto más temprano. Pero al final opté por dormir un rato más hasta que sonara el despertador. La verdad es que después ya no pude dormir muy bien.

¿Te pasó alguna vez?

Ese día aproveché e hice mi culto con la lectura de la historia que nos habla de la importancia de beber del agua de vida.

Me di cuenta de que, como esa madrugada, a veces pospongo mi hidratación espiritual, como si fuese algo sin consecuencias.

La enciclopedia médica MedlinePlus nos muestra algunos datos interesantes acerca de la hidratación.

Te invito a leerlos y a pensar cómo podrías aplicar cada uno de esos consejos a tu vida espiritual.

 La deshidratación ocurre cuando el cuerpo no tiene tanta agua y líquidos como debiera. Puede ser leve, moderada o grave, según la cantidad de líquido corporal que se haya perdido o que no se haya repuesto. La deshidratación grave es una emergencia potencialmente mortal.

 Expectativas (pronóstico): Si nota signos de deshidratación y los trata a tiempo, debe recuperarse completamente.

 Prevención: Tome mucho líquido todos los días, incluso cuando esté bien de salud. Beba más cuando el clima esté cálido o si está haciendo ejercicio.

“El que trate de aplacar su sed en las fuentes de este mundo, bebe tan solo para tener sed otra vez. Por todas partes hay hombres que no están satisfechos. Anhelan algo que supla la necesidad del alma. Un solo Ser puede satisfacer esa necesidad. Lo que el mundo necesita, ‘el Deseado de todas las gentes’, es Cristo. La gracia divina, que solo él puede impartir, es como agua viva que purifica, refrigera y vigoriza el alma” (El Deseado de todas las gentes, p. 157).

Prueba comenzar este día hidratado física y espiritualmente.

Vas a ver que Jesús es mucho más que agua en la madrugada.

Encuentros con Jesús - 22 de enero

Cuatro actos

“Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo. Habiendo dicho esto, fue y llamó a María su hermana, diciéndole en secreto: El Maestro está aquí y te llama” (Juan 11:27, 28).

Esta es una historia en cuatro actos. Si estudiamos los encuentros de las personas con Jesús, muchas veces encontramos este mismo patrón. En el caso de Marta y María, se dio así:

Primer acto

Marta, la que antes levantaba la voz y se quejaba de que su hermana no la ayudaba, le llevó a María buenas noticias en secreto. Probablemente en ese momento no era lo más sensato armar mucho revuelo por la llegada de Jesús. También podemos aprender que algunos corazones solo son receptivos a los llamados en secreto, con dulzura y tacto.

Segundo acto

María, al oír esto, se levantó de prisa y fue a él (Juan 11:29).

Tercer acto

Jesús se acercó a la tumba y llamó a Lázaro, quien resucitó y salió (Juan 11:41-44).

Cuarto acto

Muchos de los judíos que habían ido para acompañar a María, vieron lo que Jesús hizo y creyeron en él (Juan 11:45).

En resumen:

1 Él llama.

2 Alguien va corriendo a él.

3 Él obra un milagro.

4 Otros creen.

Historias así a veces toman más de un día. Pueden resultar incomprensibles y estar plagadas de interrogantes sin respuesta; pero no dudes de que él quiere que todos esos actos se cumplan en tu vida.

“Cristo no solo tenía que pensar en quienes amaba en Betania; tenía que considerar la educación de sus discípulos. Ellos habían de ser sus representantes ante el mundo, para que la bendición del Padre pudiese abarcar a todos. Por su bien permitió que Lázaro muriese. Si le hubiese devuelto la salud cuando estaba enfermo, el milagro, que es la evidencia más positiva de su carácter divino, no se habría realizado” (El Deseado de todas las gentes, p. 486).

Confiémosle nuestra vida a Jesús. Dejemos que él escriba la historia. Corramos hacia él en respuesta a su llamado, sabiendo que él ve todo y sus propósitos se cumplirán para que la historia sea de mayor bendición para todos.

Aroma a sábado - 23 de enero

Un corazón limpio

“Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve” (Sal. 51:7).

Cierto viernes de noche, me encontraba en un aeropuerto. Era mi tercera noche durmiendo ahí y esperaba ansiosamente que hubiese lugar en algún vuelo.

Verónica se acercó corriendo con su equipaje de mano y con ella llegó el aroma a un perfume de marca. Ya nos habíamos visto la noche anterior y estaba al tanto de mi situación.

Yo estaba sucia, sin perfume, con la misma ropa de cuatro días (aunque la lavaba y secaba cada día en el baño). Esa noche, el vuelo se canceló otra vez. Verónica volvió a su casa; yo, a mi rincón en el piso.

Al día siguiente, la encontré nuevamente y me trajo un paquete de toallas húmedas: uno de los regalos más valiosos de mi vida.

Desde esa vez, no volví a acostarme sucia un viernes de noche, hasta que unos años después, en un camporí, me pasó otra vez.

No es que sea pecado no estar bañado cuando comienza el sábado, pero es lindo comenzar este día limpios.

En medio de tantas actividades del camporí, ese viernes no había tenido tiempo para bañarme y el agua ya se había cortado... pero había llevado las toallas húmedas que me habían sobrado del regalo de Verónica aquella vez.

En el silencio de la madrugada, mientras a oscuras me limpiaba los pies, pensé en la humildad que debemos tener y cuán difícil es querer limpiar el exterior si en nuestro corazón aún albergamos pensamientos negativos, desánimo y falta de fe. Dios puede limpiarnos por fuera y por dentro. Me recordó que, así como me había cuidado esos días en el aeropuerto, y así como había provisto un detalle para hacerme sonreír aquella vez, volvía a asegurarme que lo verdaderamente importante ese día era comenzar con el corazón limpio, y pasar tiempo con él.

Con su “nada”, un simple paquete de toallas, me demostró que es mi todo.

¿Qué detalles pequeños te recuerdan el amor y el cuidado divinos?

¿De qué malos sentimientos te tiene que limpiar Dios hoy?

¿Qué cosas necesitas entregarle?

Hoy quiere limpiarnos. Hagamos la oración del salmista y permitámosle a Dios que, aunque sea con algún gesto mínimo, nos recuerde cuánto nos cuidó hasta ahora y que lo poco o mucho que nos da, en sus manos, significa todo lo que realmente necesitamos.

Objetos cotidianos - 24 de enero

Pensamientos robados

“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Isa. 26:3, énfasis añadido).

Era la medianoche y ya habíamos cerrado y apagado todo, pero mientras leía tranquilamente, escuché que un auto paraba enfrente de casa y unos pasos apresurados se acercaban a mi ventana. Sentí un ruido de algo que rozaba contra la persiana. Enseguida, se cerró fuertemente la puerta del auto, que arrancó nuevamente. Me pareció muy raro todo, así que salí para ver qué pasaba, y lo primero que le dije a mi hermano, al ver el porche vacío, fue: “Nos robaron los pensamientos”. Me sonó extraña la frase. Nunca imaginé decir algo así, pero me estaba refiriendo a una maceta con las flores que tienen ese nombre.

Me acosté y comencé a pensar en esa frase y me di cuenta de que muchísimas veces nuestro enemigo, también de forma muy rápida, roba nuestros pensamientos. De hecho, en ese momento, en vez de agradecer porque no nos habían robado otra cosa o nos habían hecho algo peor, pensé en la maldad tan innecesaria de esas personas.

Es muy difícil entender cuán importantes son los pensamientos en nuestra vida y en cuántas cosas influyen. Y es que no nos damos cuenta de que los pensamientos son los que nos llevan a las acciones, las acciones a los hábitos y los hábitos a nuestro estilo de vida.

Quien los domine o controle, ciertamente tendrá un rol prominente en nuestra vida. De esto dependerá el desencadenamiento de muchas cosas, buenas o malas.

En Mente, carácter y personalidad, tomo 1, leemos: “La razón por la que Satanás tiene tanto control sobre la mente y el corazón de los hombres, es porque no han hecho de la Palabra de Dios su consejero, y todos sus caminos no han sido probados mediante la prueba verdadera. La Biblia nos mostrará el curso que debemos seguir para llegar a ser los herederos de la gloria” (pp. 89, 90).

En la concordancia bíblica hay cerca de cien referencias a los pensamientos. Busca algunas hoy y ora específicamente para que el enemigo no se adueñe de tus pensamientos, ni robe la atención que debe estar puesta en Jesús.

Dios pregunta - 25 de enero

¿Qué te pasa?

“Cuando Dios oyó al niño sollozar, el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo y le dijo: ‘¿Qué te pasa, Agar? No temas, pues Dios ha escuchado los sollozos del niño. Levántate y tómalo de la mano, que yo haré de él una gran nación’ ” (Gén. 21:17, 18, NVI).

El desierto era árido. Ella era un personaje secundario, muchas veces sin voz; esclava de la casa, pero también de las circunstancias.

Conociendo el comienzo de su historia, quizá podríamos pensar que su vida estaba destinada al fracaso.

Sin embargo, Dios no olvidó ni dejó abandonada a esta mujer extranjera, privada de libertad, sin riquezas ni honra. Él se le manifestó, no una, sino dos veces. Ambas en el desierto. La primera vez Agar había huido, pero después regresó a las tiendas de Canaán y se sometió al mandato de su ama Sara, por orden de un ángel del Señor. Con el reproche, también se mezcló la consolación de la promesa de la multiplicación de su linaje (Patriarcas y profetas, p. 142).

Aproximadamente quince años después, con una hogaza de pan y un odre de agua que Abraham les entregó con pesar, Agar e Ismael salieron del “confort” de su conflictivo hogar y se internaron en el desierto yermo con rumbo incierto.

Dios había prometido que haría de Ismael una nación grande. Agar, a lo largo de los años, probablemente había visto a Dios actuar un sinnúmero de veces. Sin embargo, en ese momento Agar había abandonado a Ismael bajo un arbusto, porque no podía soportar verlo morir, como si toda esperanza estuviese perdida, como si años atrás no hubiese reconocido que Dios ve las necesidades de sus hijos aun en los lugares más recónditos del planeta. Olvidó que había nombrado un lugar como recordatorio del auxilio divino (Gén. 16:13, 14).

A veces nos encontramos en la misma situación.

Dios, en su infinita misericordia, nos hace reaccionar, nos abre los ojos y nos pregunta: “¿Qué te pasa?”

Hoy recordemos que no somos esclavos, sino hijos amados, depositarios de grandes promesas, a quienes no abandonará.

Pero también recordemos que sus ordenanzas y preceptos son santos y, al obedecerlos, nos ahorraremos muchos dolores innecesarios.

“La instrucción impartida a Abraham tocante a la santidad de la relación matrimonial debía ser una lección para todas las edades. [...] Los derechos y la felicidad de esta relación deben resguardarse cuidadosamente” (ibíd., p. 143).

El poder de la música - 26 de enero

Sublime gracia - I

“Nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados!” (Efe. 2:5, NVI).

John Newton nació en 1725 en Londres. Su mamá murió antes de que él cumpliese siete años. Creció sin una formación religiosa sólida. Su padre, un duro capitán de barco, se lo llevó con él al mar cuando tenía once años. Después de muchos viajes y una juventud en el alcoholismo, Newton entró a las fuerzas navales inglesas. Intentó desertar, pero lo azotaron 96 veces y lo sublevaron.

Sirvió por muchos años en un barco de esclavos. Cuando estaba volviendo a su hogar, el barco quedó atrapado en una horrible tormenta cerca de la costa de Irlanda y casi naufragó. Newton oró a Dios y el cargamento se salvó milagrosamente. Tomó esto como una señal de que el Todopoderoso estaba con él y marcó ese día como el de su conversión al cristianismo. No cambió radicalmente su estilo de vida; su transformación fue más gradual. Comenzó a leer la Biblia y comenzó a ver a los esclavos con más simpatía.

Siguió con el tráfico de esclavos unos años, pero luego se retiró para estudiar teología. Fue ordenado como sacerdote anglicano y escribió 280 himnos para acompañar sus servicios. “Sublime gracia” fue escrito en 1772. Él publicó un artículo al renunciar a su cargo de barquero de esclavos. Mencionó que ese siempre sería un tema que lo haría temblar, pero la gracia de Dios era un tema del que siempre cantaría.

Se han hecho muchísimas versiones e interpretaciones de este himno. Te invito a que busques algunas y las escuches, meditando en la letra.

Tu historia seguramente es muy diferente a la de Newton, pero quizá hoy puedes pensar en momentos en que la gracia de Dios se manifestó en tu vida.

El apóstol Juan, conocido como “hijo del trueno”, también vivió una transformación. “Semejante transformación de carácter como la observada en la vida de Juan, es siempre resultado de la comunión con Cristo. Pueden existir defectos notables en el carácter de una persona, pero cuando llega a ser un verdadero discípulo de Cristo, el poder de la gracia divina le transforma y santifica. Contemplando como por un espejo la gloria del Señor, es transformado de gloria en gloria, hasta que llega a asemejarse a Aquel a quien adora” (Los hechos de los apóstoles, p. 461).

¡Sublime gracia!

Historias de hoy - 27 de enero

El ayuno verdadero

¿No es acaso el ayuno compartir tu pan con el hambriento y dar refugio a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no dejar de lado a tus semejantes? (Isa. 58:7, NVI).

Hacía mucho calor. Yo corría para no llegar tarde a una reunión, y acarreaba un bolso y una bolsita con sándwiches, papas fritas y un vaso grande de té helado recién comprado. En medio de esa corrida, recordé el libro que tenía para regalar dentro del bolso. Haciendo malabarismos, me las arreglé para sacarlo y, casi sin aire, le extendí el libro.

Por su aspecto, me di cuenta de que estaba bastante perdido y que probablemente no era la mejor idea, pero sí definitivamente la más arriesgada, acercarme tan espontáneamente a hablar con él. Me miró con desconfianza y al extenderle el libro, comencé con mi discursito de presentación en el que, entre otras cosas, le decía que ese libro me había ayudado mucho y quería regalárselo. Me sorprendió un poco que lo rechazara tan fríamente. Intenté explicarle que era un regalo y que no tenía que pagarme nada, pero él no quitaba la vista de la bolsa de comida y, con una mirada y una frase que nunca voy a olvidar, me preguntó si tenía algo para comer o tomar. Hacía calor, estaba drogado y hambriento, ¡y yo quería darle un libro!

Jesús se acercaba a las personas buscando hacerles el bien. Satisfacía sus necesidades inmediatas porque conocía su condición (El ministerio de curación, p. 92).

No sé si alguna vez te pasó como a mí, que con buenas intenciones te saltaste pasos importantes, pero Dios nos vuelve a dar oportunidades para compartir su amor. No sé con quién nos vamos a encontrar hoy, pero ojalá sigamos el método de Jesús.

Te invito a leer todo el capítulo de Isaías 58, y a meditar en esta cita de Elena de White, en El ministerio de la bondad: “Con la labor de defender los mandamientos de Dios y reparar las brechas que se han hecho a la ley de Dios, debemos mezclar la compasión por la humanidad doliente. Hemos de mostrar el supremo amor de Dios. Hemos de exaltar su monumento conmemorativo, el cual ha sido hollado por pies sacrílegos. Y con esto hemos de manifestar misericordia, benevolencia y la más tierna piedad por la raza caída. [...] El amor revelado hacia la humanidad doliente da significado y poder a la verdad” (pp. 35, 36).

Valores - 28 de enero

¡Trágame, tierra!

“Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno” (Efe. 3:6).

¿Alguna vez dijiste algo e inmediatamente tuviste ganas de que te tragara la tierra?

Cierta vez hice un comentario del que hasta ahora me avergüenzo. Estábamos trabajando en una comunidad en Brasil y uno de mis amigos me escuchó decir algo negativo e inapropiado. Me reprendió. Él tenía razón, así que tragué mi orgullo y usé esa oportunidad para grabar la importante lección. Por eso, en mi Biblia, al lado de este texto, coloqué las letras BR, para no olvidar nunca esa verdad que tenía que tener presente siempre, pues lucho mucho con lo que se me escapa al hablar y también con algunos temas de conversación que sé que no debería alimentar. Ese episodio quedó entre mi amigo y yo. Pero ¿cuántas veces nuestro descuido enciende fuegos muy difíciles de apagar? ¿Cuánto daño hacemos al hablar sin pensar?

“¡Cuán cuidadosos debiéramos ser, para que nuestras palabras y actos estén en armonía con las sagradas verdades que Dios nos ha encomendado! [...] Cuando se asocien entre sí, pongan guardia a sus palabras. Que su conversación sea de tal naturaleza, que no tengan necesidad de arrepentirse de ella” (La voz: su educación y uso correcto, p. 118).

“Pocos se dan cuenta, de que ahuyentan al Espíritu de Dios con sus pensamientos y sentimientos egoístas, y su conversación necia y frívola. [...] La pureza en la conversación y la verdadera cortesía cristiana, deberían practicarse constantemente” (ibíd., pp. 118, 119).

Hoy, conscientemente, midamos nuestras palabras. Seamos agentes de bendición con ellas y, si podemos, apaguemos los “fuegos” también.

Podemos ser combustible que alimente las llamas, o agua que las apague. Para esto, se requiere un examen cuidadoso no solo de conciencia, sino de todo lo que compartimos en las redes, lo que comentamos en las fotos u otras publicaciones, lo que fomentamos con esas acciones, e incluso a quiénes seguimos.

Hoy decimos más con nuestra conducta en las redes que con comentarios verbales, cara a cara. Aunque ciertas interacciones se estén perdiendo por el protagonismo que gana el mundo virtual, debemos cuidar nuestra lengua y también los teclados de nuestros dispositivos. Pero Dios promete darnos sabiduría y control, para que ese elemento sea usado con poder a favor del bien.

Encuentros con Jesús - 29 de enero

La alegoría de los emoticonos

“El corazón me dice: ‘¡Busca mi rostro!’ Y yo, SEÑOR, tu rostro busco” (Sal. 27:8, NVI).

Hoy en día los emoticonos son muy populares. Por medio de ellos se transmite mucho. Cuanto más conocemos a nuestros amigos, más posible nos resulta imaginárnoslos haciendo las mismas caras o expresiones que los emoticonos reflejan, y en cierta forma eso facilita la conversación y nos permite entender mejor las intenciones que los acompañan. Pero ¿cuántas veces somos conscientes de la forma en que Dios nos ve? ¿Realmente es un amigo tan cercano como para poder imaginarnos qué piensa o siente con nuestra conducta? ¿Lo conocemos lo suficiente como para identificar a qué se refiere con algunas de sus señales o mensajes?

El Dr. Jiri Moskala, en uno de sus artículos, habla acerca de la importancia de pasar tiempo con Dios para reflejarlo mejor.

Jacob, antes de encontrarse con Esaú, después de tantos años de separación, tenía miedo. Había organizado estratégicamente una secuencia de entrega de regalos para apaciguar la ira justificada de su hermano.

Luego luchó toda la noche con Dios, hasta recibir su bendición y un nombre nuevo. Fue ahí que dijo: “Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma” (Gén. 32:30).

Cuando Jacob ve que Esaú se acerca con sus hombres, se inclina hasta llegar a su hermano, pero Esaú viene corriendo, lo abraza, lo besa y lloran juntos (algo muy poco probable dadas las circunstancias y las características de su discordia).

Jacob le dice: “Si he hallado ahora gracia en tus ojos, acepta mi presente, porque he visto tu rostro, como si hubiera visto el rostro de Dios...” (Gén. 33:10).

Ahí encontramos el secreto de esa interacción tan pacífica y sanadora: cuando hemos pasado tiempo con Dios, es más fácil ver a los demás (y que nos vean) de una manera distinta.

Cuanto más lo conocemos, más fácil es imaginar qué hay detrás de sus “guiños” aparentemente incomprensibles.

Cuando hemos visto las diferentes facetas de su amor, es más fácil buscar la forma de reproducirlas.

No sé cuál es tu relación con Dios, si hay comunicación fluida o no. Tampoco sé si tuviste alguna lucha personal con él. Pero si hoy buscamos su rostro, con reverencia, sin temor, sin distracción, como nos invita a hacerlo el salmista, nuestra comunicación mejorará significativamente. Y así como él ya conoce perfectamente nuestras expresiones, podremos conocerlo mejor también.

Aroma a sábado - 30 de enero

La pregunta del estanque de Betesda

“Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?” (Juan 5:6).

¿Conoces a alguien que haya acarreado cuarenta años una enfermedad? La Biblia nos habla de un hombre así; un hombre acostumbrado al dolor y a la indiferencia. Tan acostumbrado estaba, que cuando Jesús ese sábado le preguntó: “¿Quieres ser sano?,” él ni siquiera expresó su voluntad. Solo presentó datos acerca de su realidad. Parecía resignado. “Sus esfuerzos perseverantes hacia su único objeto, y su ansiedad y continua desilusión, estaban agotando rápidamente el resto de su fuerza” (El Deseado de todas las gentes, p. 172).

A veces, nosotros también respondemos de memoria, demostrando un entumecimiento emocional y espiritual que no nos permite reconocer que Jesús se ha acercado para hacernos una pregunta simple pero profunda.

Contamos nuestra historia separados de lo que verdaderamente queremos y anhelamos, resignados a nuestra realidad actual, incapaces de ver a quien tenemos delante.

A veces, también nos sentimos ansiosos, desilusionados y sin fuerzas. Pero Jesús está listo para sanarnos y transformarnos.

No permitamos que nuestra vida funcione en piloto automático; que las rutinas, las costumbres y los hábitos en todos los ámbitos sean un reflejo de una parálisis similar a la que vivía este hombre.

Quizá nos hemos desconectado de nuestro anhelo de ver a Jesús volver. Quizás olvidamos que, como aquel sábado de tarde, él se acerca para hacernos la pregunta más obvia, esa que quizá no estamos listos para responder.

En esta historia, jugó un pequeño pero importante factor humano. Así como duele estirar las piernas después de un largo viaje, a este hombre anónimo le puede haber costado un poco levantarse por fe... pero lo hizo. La transformación que Jesús realiza en nuestra vida puede costar un poco, pero siempre vale la pena. Ojalá hoy depongamos nuestras excusas y pretextos empapados de dolor y resignación, de comparación con los demás, de búsqueda en vano, y respondamos afirmativamente a la pregunta de Jesús, esa pregunta que en sí misma trae libertad.

Ojalá las plantas de nuestros pies, así como las de este hombre, este sábado dejen como huella una decisión de fe.

Objetos cotidianos - 31 de enero

La danza de los zapatos

“Tú cambiaste mi duelo en alegre danza; me quitaste la ropa de luto y me vestiste de alegría, para que yo te cante alabanzas y no me quede callado. Oh Señor, mi Dios, ¡por siempre te daré gracias!” (Sal. 30:11, 12, NTV).

Un día gris conversamos con Guillermo. Él tenía su taller, pero prefería pasar el día pintando en los concurridos adoquines de Caminito, una zona turística de Buenos Aires. Entre tantas cosas, me dijo que con su esposa bailaron por todo el mundo sobre una lona blanca que extendían en el suelo. Ponían pintura en la suela de sus zapatos y dejaban que el ritmo del tango fuese quedando plasmado sobre esa superficie, mientras ellos se movían en un vaivén tan íntimo como internacional. Cuando el bandoneón dejaba de sonar y ellos dejaban de bailar, quedaba inmortalizado un cuadro musical, con mezclas de taco ancho cuadrado y puntitos de taco de aguja.

Pensando en los zapatos, se me ocurre recordar el recorrido que hacen. ¡Cuántas historias tendrían para contar!

Son testigos de caídas, tropiezos, triunfos y oportunidades, y dejan una marca que de cierta forma nos hace “inmortales”, aunque sea por un rato, en la vida de las personas que nos rodean. Puede haber baile torpe, no perfeccionado, con intentos, con algunos aciertos sublimes y a veces algunos yerros estridentes.

Pero el cuadro final puede ser motivo de perseverancia y será tanto más hermoso si refleja la imagen de quien nos creó, quien nos da fuerzas cuando faltan, quien inventó los colores, la música y con ellos nos permite ir dibujando algo aunque no seamos del todo conscientes de que lo estamos haciendo; aunque no sepamos qué es lo que él ve en nosotros, aunque no sepamos que él nos ve...

¿Qué está quedando cuando el bandoneón para y la pintura se gasta?

Nuestra vida, como cristianos, debe dejar una huella positiva; y el apóstol Pablo, parafraseando al profeta Isaías, nos hace una invitación: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” (Rom. 10:14, 15).

Dios quiere grabar una alegre danza con tu vida hoy. Quiere llevar buenas nuevas por medio de ti y de tus pies dispuestos.

Dios pregunta - 1º de febrero

¿Quién tocó mi túnica?

“Jesús se dio cuenta de inmediato de que había salido poder sanador de él, así que se dio vuelta y preguntó a la multitud: ‘¿Quién tocó mi túnica?’ ” (Mar. 5:30, NTV).

¿Alguna vez te preguntaste cuál sería tu reacción si una muchedumbre descubriera algo que querías que pase inadvertido?

La mujer con flujo de sangre mencionada en la Biblia muchas veces había sido rechazada, aislada e insultada debido a su enfermedad y al trato que habitualmente recibían en aquellos tiempos las personas en esa condición. Por eso mismo su acto fue tan valiente.

Pero si nos pusiéramos en su lugar, podríamos sentir también el momento de pesado silencio que acompañó la pausa y la pregunta de Jesús. Se nos dice que Jesús se dio cuenta de que había salido poder sanador de él y que, después de preguntar quién lo había tocado, siguió mirando alrededor para ver quién lo había hecho.

No sé cuántos segundos pasaron desde la pregunta de Jesús hasta la confesión de la mujer, pero la Biblia cuenta que ella se acercó y se arrodilló ante él, asustada y temblando.

Sin embargo, la timidez con que la mujer extendió su mano y se acercó a él muestra que, en lo más íntimo de su corazón, ella sabía quién era él. Tenía fe. ¡Cuánto tenemos que aprender de ese día!

Quizás a veces no nos animamos a acercarnos a Jesús, cuando él es el único que puede limpiarnos. ¿Tenemos la fe suficiente como para creer que un simple toque puede restaurar nuestra vida? ¿Acaso estamos entre la multitud que aleja a los que con toda fe y sinceridad lo buscan? ¿Será que alguna vez Jesús sintió poder que salía de él, miró alrededor y nos vio a nosotros? ¿Ya “tocamos su túnica”? ¿Ya lo hemos buscado con esa fe que dejó a toda una multitud en vilo?

En El Deseado de todas las gentes, Elena de White dice: “No es suficiente creer acerca de Cristo; debemos creer en él. [...] La fe salvadora es una transacción por medio de la cual quienes reciben a Cristo se unen con Dios en una relación de pacto. La fe genuina es vida” (pp. 312, 313, énfasis añadido).

¡Al comenzar un nuevo mes se nos regala una nueva oportunidad de buscarlo con fe, y de tener esa vida!

El poder de la música - 2 de febrero

Fuente de la vida eterna

“Al que tenga sed le daré a beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida” (Apoc. 21:6).

Robert Robinson era un niño pequeño cuando su papá falleció. Como el sistema de asistencia social de esa época no estaba muy desarrollado, tuvo que salir a trabajar ya desde muy joven. Sin un padre que lo guiara y disciplinara, Robert comenzó a pasar su tiempo con malas compañías.

Un día, su pandilla acosó a una gitana que apuntó su dedo hacia él y le dijo que viviría para ver a sus hijos y nietos. Esto lo conmovió y pensó “Si voy a vivir para ver crecer a mis hijos y nietos, tendré que cambiar mi estilo de vida. No puedo seguir como ahora”.

Robert decidió ir a escuchar a George Whitefield, un predicador metodista que con su sermón lo concientizó un poco más acerca del pecado. Con el pasar de los años, decidió hacerse pastor también, y en 1757 escribió un himno que expresaba el gozo de su nueva fe. En él, le pedía a Dios que afinara su corazón para cantar de su gracia y que le enseñara los melodiosos sonetos que se entonan en el cielo. Agradecía por la forma en que Dios lo había rescatado y hablaba acerca de su corazón, tan propenso a alejarse del Dios a quien amaba.

Tiempo después, dejó el metodismo y se hizo bautista. Más tarde comenzó a predicar ideas muy controversiales. Aunque aún seguía amando a Dios, se había alejado mucho del estilo de vida piadoso que llevaba.

Se cree que una vez viajaba en un carruaje y una mujer comenzó a tararear el himno que él había compuesto años atrás. Él le confesó que era el autor, y con tristeza y nostalgia rememoró las épocas en que estaba más cerca de Dios. Le dijo que daría mil mundos por volver a esa intimidad con él. La parte final del himno, en su versión original en inglés, es una oración que dice: “Señor, toma mi corazón y séllalo”.

Quizá tu corazón, como el de Robert, es propenso a vagar y alejarse del redil, pero hoy puedes elevar esa misma oración. Ten la seguridad de que Dios la responderá. Él es la fuente de vida eterna y su piedad inagotable se deleita en perdonar.

Historias de hoy - 3 de febrero

El “ángel” del auto blanco

“Antes que me llamen, yo les responderé; todavía estarán hablando cuando ya los habré escuchado” (Isa. 65:24).

La casa tenía aspecto de dejadez. De un lado había casas abandonadas, del otro una esquina vacía, y enfrente un terreno baldío que daba a la ruta provincial por la que transitaban, casi de forma única, las camionetas de los trabajadores que se veían muy a lo lejos.

Estaba colportando, y me preguntaba si realmente valía la pena golpear la puerta a esa hora, ya que lo más probable era que no hubiese nadie o que estuviesen durmiendo. Pero golpeé de todas formas.

La puerta se abrió lentamente y, apenas lo vi, me di cuenta de que ese hombre estaba ebrio. Me invitó a entrar, asegurándome que no me haría nada. Le agradecí amablemente, pero me mantuve en la puerta. No iba a poder hacer bien la presentación, pero decidí dejarle un libro misionero de regalo. De repente, salió un hombre desde otra habitación y aunque lo saludé, fue más un saludo de despedida que para iniciar una conversación. Se miraron, se rieron y continuaron insistiendo en que entrara. No era tan fácil irme… Si seguía caminando, lo iba a hacer sola por muchas cuadras y tranquilamente podían alcanzarme si se lo proponían. No había a quién llamar. Solo podía orar.

En todo el tiempo que seguí viviendo en ese pueblo, no vi pasar ni un auto más por esa calle, pero ese día, en ese minuto en el que oraba, un auto blanco paró. Era una mujer que había visto una sola vez pero que, de forma “casual”, necesitaba decirme algo en ese momento.

Con la excusa perfecta me alejé de los hombres para hablar con ella, aunque todavía sentía los dos pares de ojos clavados en mi espalda. “Sal de aquí inmediatamente. Esos tipos son peligrosos. Ya me atacaron un par de veces. Vete ya”, me dijo la mujer.

Ella no era un ángel, pero sé que Dios la envió en ese momento, en respuesta inmediata a mi oración. ¿De qué tienes miedo hoy? Ora y recuerda que él responde nuestras oraciones, aún antes de que lo llamemos.

“Así que, aunque expuesto al poder engañoso y a la continua malicia del príncipe de las tinieblas y en conflicto con todas las fuerzas del mal, el pueblo de Dios siempre tiene asegurada la protección de los ángeles del cielo” (La verdad acerca de los ángeles, p. 11).

Valores - 4 de febrero

El regalo de Giuli

“Mas yo esperaré siempre, y te alabaré más y más. Mi boca publicará tu justicia y tus hechos de salvación todo el día, aunque no sé su número” (Sal. 71:14, 15).

“¡Mami!”, se quejó Giuli alzando los hombros, con cara de reproche al ver que lo que habían pactado con su mamá no se estaba cumpliendo según el plan. Y es que su mamá había olvidado el regalito que ella me había preparado con mucho cariño. Después de buscarlo, volvieron. Giuli golpeó la puerta, salí para recibirla y me entregó un pequeño paquetito, con una sonrisa tímida y triunfante a la vez.

La clase anterior habíamos ido a tomar un helado, pero antes habíamos preparado un diálogo para practicar cómo preguntar el precio, pagar y agradecer. Como era parte de la clase, me hice cargo del gasto y las cuatro niñas disfrutaron mucho el momento al vivir una clase diferente.

Y ahora tenía a Giuli parada frente a mí, con sus brillantes ojos negros, esperando ver mi reacción. Su regalo me conmovió.

Había usado sus ahorros para pagar el heladito de la clase anterior y había envuelto muy cuidadosamente el dinero en un sobre improvisado de papel, que había rotulado con prolijidad.

Por alguna razón, ella había sentido la necesidad de devolverme lo que le había regalado, aunque les había asegurado que no hacía falta. Pensé que en la clase les había enseñado algo, pero la lección finalmente me la estaba dando ella.

¡Qué hermoso sería si fuésemos más agradecidos, si diéramos alegremente parte de lo que tenemos para mostrar gratitud por las innumerables bendiciones que se nos otorgan desinteresadamente, si creyéramos como un deber y placer el hecho de demostrar gratitud de forma premeditada!

Marco Tulio Cicerón dijo que “la gratitud no es solo la mayor de las virtudes, sino la madre de todas las demás”.

Por otro lado, William Arthur Ward afirmó: “Si se siente gratitud y no se la expresa, es como envolver un regalo y no darlo”.

Nunca podremos retribuir todo lo que Dios nos ha dado, pero a veces no hacemos ni siquiera un intento. La gratitud en sí puede ser uno de los mejores presentes que lleguemos a dar como criaturas.

¿Cómo podríamos hoy mostrar un gesto de gratitud hacia el Creador?

¿A quién podríamos hacer sonreír hoy con un gesto similar?

Encuentros con Jesús - 5 de febrero

Un amague de amor

“Llegaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba más lejos” (Luc. 24:28).

Dos personajes que los lectores de los evangelios probablemente no identificamos con los seguidores habituales de Jesús en las narraciones previas recorrían los doce kilómetros entre Emaús y Jerusalén.

Hay muchas similitudes en la historia de estos personajes y la nuestra. Muchas veces caminamos tristes, con ojos cargados de lágrimas y manos cargadas de decepción. Muchas veces no somos los protagonistas de grandes eventos que quedan registrados.

Parecemos, como estos hombres, personajes secundarios. Pero siempre hay “doce kilómetros” que Dios puede usar para despertarnos y recordarnos las verdades que están en su Palabra.

Cada día, él se dispone a hacer esa caminata con nosotros, incluso cuando, como aquellos discípulos, caminamos alejándonos de él. Nos hace preguntas para que reflexionemos y nos demos cuenta de que aquel que estamos esperando está en realidad a nuestro lado.

Con nuestras palabras, muchas veces, sin darnos cuenta, damos evidencia de que realmente las cosas se están cumpliendo como debían cumplirse, y aun así permanecemos sorprendidos y chasqueados como si no conociéramos a nuestro Salvador.

Estos hombres habían escuchado el testimonio de las mujeres que habían ido al sepulcro, pero nada parecía alcanzar.

¿Hasta dónde le exigimos evidencias a nuestra razón?

Jesús, con amor pero firmeza en su voz, los reprendió, y más adelante amagó con irse.

“Si los discípulos no hubiesen insistido en su invitación, no habrían sabido que su compañero de viaje era el Señor resucitado. Cristo nunca impone su compañía a nadie. Se interesa en quienes lo necesitan. Gustosamente entrará en el hogar más humilde y alegrará el corazón más sencillo. Pero si los hombres son demasiado indiferentes para pensar en el Huésped celestial o pedirle que more con ellos, pasa de largo. Así muchos sufren una gran pérdida. No conocen a Cristo más de lo que lo conocieron los discípulos mientras caminaban con él por el camino” (El Deseado de todas las gentes, p. 741).

Hoy nos da doce kilómetros para que en su presencia podamos recordar quién es, para que nuestro corazón arda, para que lo invitemos a permanecer con nosotros un rato más y luego salgamos corriendo, sin importar las distancias, a contar que él está vivo. No demos ocasión a que pase de largo.

Aroma a sábado - 6 de febrero

Hijo de paz

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Hace más de cincuenta años, Don y Carol Richardson llegaron a Papúa, la región noroccidental de Papúa Nueva Guinea. Eran un matrimonio misionero, que llegaba con su hijo de siete meses.

Carol era enfermera y atendía a las personas de la tribu que estaba ahí, los sawi, conocidos por ser caníbales y cazadores de cabezas. Les enseñaron higiene y reglas básicas de cuidado de la salud.

Cuando Don logró aprender el idioma, comenzó a contarles la historia de Jesús, pero quedó sorprendido al ver su reacción al hablarles de Judas. Acostumbrados a ufanarse de ser una tribu muy traicionera, que por medio de sus artimañas lograba engañar a sus enemigos para después comerlos, vieron a Judas como el héroe.

A Don se le hacía cada vez más difícil contarles del amor de Dios.

En un enfrentamiento que hubo entre dos tribus vecinas, Don amenazó al jefe sawi con irse; ya no aguantaba más estas luchas. Como la gente no quería verse privada del cuidado sanitario que esta familia les proveía, decidieron hacer las paces con la otra tribu. Y en ese momento fue que Don descubrió la forma perfecta de ilustrar el amor de Dios por nosotros.

Esta tribu tenía la costumbre de engañar; su palabra no valía nada, pero si un hombre entregaba a su hijo a la otra tribu, eso era un pacto que demostraba que habría paz entre ellos mientras el niño estuviera vivo. Eso convertía al dador del hijo en alguien digno de confianza.

Don aprovechó esto para explicar que existe un Dios en el cielo que dio a su hijo para que hubiese paz entre los pueblos y que, mientras él estuviese vivo, podíamos creer que el pacto se mantendría vigente también. Pero la mejor noticia de todas es que ese “hijo de paz”, como ellos lo llamaban, está vivo para nosotros hoy.

Este padre, al entender lo que Don le explicaba, ayudó a convencer a toda la tribu del amor de Dios.

Cientos de personas lo aceptaron y la tribu entera se convirtió y dejó el canibalismo. Se erigió una enorme iglesia que sigue en pie.

¿Qué le dejarás hacer a ese “hijo de paz” en tu vida hoy?

Objetos cotidianos - 7 de febrero

Juego de tronos

“Después de estas cosas el rey Asuero engrandeció a Amán hijo de Hamedata agagueo, y lo honró, y puso su silla sobre todos los príncipes que estaban con él” (Est. 3:1).

Seguramente en alguna fiesta jugaste al juego de la silla. No era posible que dos personas se sentaran en el mismo asiento.

En este caso, el trono lo ocupaba Asuero, y le había dado a Amán una silla que, por lo que leemos, era bastante especial y le confería cierta autoridad. Todos se arrodillaban ante Amán, pero para él eso no era suficiente. Mardoqueo no lo hacía y esto lo airaba.

¿Qué nos pasa cuando algo o alguien se interpone en el camino de lo que nosotros creemos que es lo mejor? ¿Cómo reaccionamos cuando no podemos manejar las circunstancias y las personas a nuestra manera? ¿Qué pasa por nuestra mente cuando los planes de Dios, la respuesta de alguien, o una eventualidad, van en contra de nuestro “sabio” parecer? ¿Quién está sentado en el trono de nuestro corazón?

Los siervos del rey le preguntaban a Mardoqueo, cada día, por qué él traspasaba la orden del rey. Mardoqueo, cada día, tomaba la decisión de tener en el trono de su corazón a Dios. A Amán no le alcanzó con atrapar a Mardoqueo, sino que planeó destruir a todos los judíos del reino (uno de los tantos resultados de vivir por el orgullo).

En cambio, en Ester 6:1 al 12 vemos de forma muy marcada uno de los resultados de tener a Dios en el trono. En este libro no se menciona a Dios, pero lo vemos actuar de forma maravillosa. Si Dios está en el trono de tu corazón, no habrá lugar para nadie más y los resultados hablarán solos.

Que tu orgullo no te llene de ira ni se adueñe de una silla que no llega a ser trono, como esa que le dio Asuero a Amán. Que el príncipe de este mundo no te venda un poder falso. Que en cada cavidad de tu corazón haya una pata del trono donde, cada día, se siente el Rey del universo.

Si hay que pedir perdón, agachar la cabeza y ceder el paso, hagámoslo. Hay personas que se preguntarán por qué no nos arrodillamos ante los poderes de este mundo, gente que nos observará para ver a quién servimos. ¿Quién está ocupando el trono?

Dios pregunta - 8 de febrero

¿Dónde estás tú?

“Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?” (Gén. 3:9).

Una tarde, sin querer, cerré fuertemente la puerta sobre los dedos de un compañerito. Enseguida comenzó a salir sangre de la herida, se armó un revuelo en la casa, y comencé a sentir una culpa que antes desconocía. Sentía que merecía el peor de los castigos. Me encerré en un armario y comencé a llorar desconsoladamente. Unos minutos después, escuché la voz de mi papá que acababa de llegar del trabajo y preguntaba: “Cachi, ¿dónde estás?”

Me encontró acurrucada en la oscuridad, sofocada por el calor, las lágrimas y el dolor de un corazón de seis años que no soportaba tanta angustia. Y, para mi sorpresa, me abrazó.

Al salir de la habitación, vi la condición en la que se encontraba mi compañerito. Fuimos a la clínica para que lo atendieran. Sufrí al verlo así, al ver el resultado de mi error y precipitación. Pero antes de eso, había recibido el consuelo paternal. Antes de enfrentarme a las consecuencias, había recibido esperanza.

Lo mismo pasó con Adán y Eva aquel día, en el Edén. Tal como lo narra Elena de White, ellos “antes de oír hablar de la vida de trabajo y angustia que sería su destino, o del decreto que determinaba que volverían al polvo, escucharon palabras que no podían menos que infundirles esperanza” (Patriarcas y profetas, p. 51).

El conocimiento del mal y la tendencia a errar son cosas inherentes a nuestra naturaleza desde aquella primera vez, pero es maravilloso que, antes de dar la sentencia, Dios nos recuerde que hay esperanza y victoria al final.

Miles de años más tarde, Dios vuelve a hacernos la misma pregunta. No sé si hoy su pregunta te encuentra escondido en la oscuridad del pecado, o caminando con libertad en la luz de la paz que él te da por haberte tomado de su mano. Pero esta pregunta nos habla de un Dios que no solo crea, sino que desde el principio del mundo toma la iniciativa para hablar y quiere restaurar su relación con nosotros. En medio de nuestras justificaciones ante el pecado, siempre está presente su llamado de esperanza. ¿Cómo responderemos hoy?

El poder de la música - 9 de febrero

Castillo fuerte

“Te amo, oh Jehová, fortaleza mía. Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio. Invocaré a Jehová, quien es digno de ser alabado. Y seré salvo de mis enemigos” (Sal. 18:1-3).

El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero colgó sus 95 tesis en la puerta de la catedral de Wittenberg, en Alemania, dando inicio a los eventos más sobresalientes de la Reforma protestante.

El himno más poderoso de este período fue el compuesto por el mismo Martín Lutero. Se convirtió en el canto de batalla de las personas y en una gran fuente de fortaleza e inspiración incluso para los que se enfrentaron al martirio por sus convicciones.

Este himno se ha traducido a prácticamente todos los idiomas y se lo considera uno de los clásicos.

Así como el salmista, Lutero debió refugiarse muchas veces de sus enemigos y protegerse de sus ardides incansables.

En una ocasión, le tocó permanecer escondido mucho tiempo en el castillo de Wartburg, una fortaleza sobre una montaña aislada. Allí, aunque muchos pensaban que su labor se había extinguido, tradujo al alemán el Nuevo Testamento y siguió escribiendo tratados que circularon entre sus compatriotas con el mensaje de censura y esperanza.

En el fascinante capítulo que narra la vida de Lutero en El conflicto de los siglos, Elena de White nos dice que Dios no solo lo libró de sus enemigos, sino que lo puso fuera del alcance de las alabanzas y de la admiración de los hombres (p. 156). De esta forma, Lutero mantuvo siempre presente que Dios era su Salvador, protector y su castillo fuerte.

Quizá no te enfrentas a enemigos que desean tu muerte, como le pasaba a Lutero en ese momento, pero puede ser que hoy tengas la necesidad de recurrir a Dios como tu fortaleza. No olvides que su ayuda sigue vigente y que te ayudará a encontrar algo bueno para hacer, aunque aparentemente estés en uno de los momentos más infelices de tu vida.

Historias de hoy - 10 de febrero

De Jope a Las Heras

“Había en Jope una discípula llamada Tabita (que traducido es Dorcas). Esta se esmeraba en hacer buenas obras y en ayudar a los pobres” (Hech. 9:36).

Podría reescribir este versículo como “Había en Las Heras una discípula llamada Rosita. Ella se esmeraba en hacer buenas obras y en ayudar a los pobres... y a los colportores”.

Rosita entregó su profesión al servicio de Dios y no hizo falta que me lo dijera. Lo noté la primera vez que hablé con ella y lo confirmé la primera vez que fui a su casa.

Una tarde, salí a colportar como de costumbre, y un perro tuvo el descaro de morderme, así que mi pantalón había quedado dañado y, como no había llevado muchos, necesitaba arreglarlo porque me iba a hacer falta. Además, ¿cuán bien podía hablar de mí ese pantalón roto si era lo primero que la persona veía en mí como carta de presentación?

Rosita lo arregló, y no solo lo arregló, sino que lo mejoró. Gratis.

Vi en su taller que la mujer que trabajaba allí era una abuela amada, una vecina hacendosa y misionera, una encargada de congregación y una luz en ese lugar.

Cada persona que entraba allí tenía la oportunidad de escuchar acerca del amor de Dios. Sus bibliotecas estaban repletas de libros cristianos y de agendas y revistas que regalaba para compartir su esperanza. No es millonaria, pero creo que está guardando tantos tesoros en el cielo…

Rosita me enseñó el valor de un gesto pequeño pero significativo en un momento de necesidad. Me recordó que, con lo poco que tenemos, podemos hacer mucho, que podemos no solo arreglar las cosas sino mejorarlas. Podemos mostrar que las sorpresas y las buenas noticias muchas veces son gratuitas y que no conocerlas nos puede costar caro.

¿Qué ve la gente cuando entra a tu hogar? ¿Te recuerdan como alguien que se “esmera en hacer buenas obras”?

Cuando Dorcas murió “a Dios le pareció bueno traerla de vuelta del país del enemigo, para que su habilidad y energía siguieran beneficiando a otros y también para que, por esta manifestación de su poder, la causa de Cristo fuese fortalecida” (Los hechos de los apóstoles, p. 109).

Hoy, Dios puede arrebatarnos del terreno enemigo para que usemos nuestras fuerzas para fortalecer su causa también.

Puedes buscar la forma de poner en práctica esta historia y el mensaje de Mateo 5:16.

Valores - 11 de febrero

En la sala de espera

“...porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Tim. 1:12).

Las salas de espera suelen ser lugares angustiantes. Esto lo escribo en una de ellas. Hay más de veinte personas a mi alrededor. Algunas esperan que sus familiares salgan de una cirugía complicada. Otras, que sus nietos, sobrinos, o hijos salgan del vientre materno. Todo detrás de la misma puerta.

Algunos dormitan sentados mientras esperan a quienes están del otro lado de la zona restringida (dormidos también, pero por una anestesia). Otros hablan por teléfono, leen, tejen, quizás imitando la delicada labor que los profesionales realizan puertas adentro.

También están los que no pueden mantenerse quietos, sostienen globos y regalos para los recién nacidos y charlan animadamente.

Una puerta divide la conciencia de la inconciencia, por decirlo de alguna manera. En este instante, detrás de la puerta, todas esas vidas dependen de otras manos. Sin una mano maestra, no habría garantía de nada. Y en este caso, la mano maestra puede ser la de los médicos, pero ¿y si hay algo más para reconocer?

¿Qué pasaría si el zoom se alejara y alguien viera nuestra vulnerabilidad también? ¿Qué pasaría si en el momento de mayor prueba alguien reconociera nuestra confianza, esa que nos permite permanecer afuera tranquilos a pesar de la incertidumbre; o adentro, seguros de la capacidad del experto?

Podríamos decir que las salas de espera son reflejo de una espera que vivimos en esta tierra, pero que en este caso viene acompañada de la certeza de buenas noticias, pase lo que pase “de este lado”.

Cuando nuestra vida está en sus manos, nada nos puede separar de su amor. Ni la muerte, ni la vida misma. Las mismas puertas nos pueden ver salir y entrar: así de limitada es nuestra existencia.

En la vida, estamos a una oración de distancia; en la muerte, a un pestañear.

No importa el lado de la puerta en el que estás. Importan las manos que te sostienen y qué es lo que esperas.

Encuentros con Jesús - 12 de febrero

Entre paréntesis

“(María, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo, fue la que ungió al Señor con perfume, y le enjugó los pies con sus cabellos.)” (Juan 11:2).

La mesa estaba servida. Simón, el anfitrión de esta cena, había sido curado de lepra y desde ahí seguía a Jesús. Esta enfermedad repugnante que lo había aislado de la sociedad, una vez curada, le había permitido recuperar su dignidad.

Simón recordaba muy bien a María y todo lo que había hecho. Pero en esta historia vemos que aunque Jesús había obrado en ambas vidas, Simón solo albergaba el recuerdo de su sanación exterior. La trató con desprecio al ver el regalo que ella le hacía a Jesús.

Él también había sido inmundo y todo se le había devuelto gracias a Jesús, pero no demostraba una actitud de agradecimiento y reconocimiento sincero. María, sí.

Muchas veces tenemos la costumbre de recordar los errores nuestros y de los demás. Quizás en ese momento muchos recordaran a Simón como el leproso, y a María, como la endemoniada.

Pero Juan demuestra que había pasado tiempo con Jesús, que había aprendido a rescatar los aspectos positivos de las personas. Al iniciar el relato de la resurrección de Lázaro y mencionar a sus hermanas, podría haber escrito: (María, la mujer endemoniada y de mala vida). Pero no lo hizo así. Al aclarar quién era ella, resalta las cualidades por las que verdaderamente sería recordada para siempre. ¡Cuánto esconde esta aclaración entre paréntesis!

“Cuando a la vista humana parecía un caso perdido, Cristo vio en María aptitudes para lo bueno. Vio los mejores rasgos de su carácter. […] Por medio de su gracia ella llegó a ser participante de la naturaleza divina. La que había caído, y cuya mente había sido habitación de demonios, fue puesta en estrecho compañerismo y ministerio con el Salvador” (El Deseado de todas las gentes, p. 521).

María fue partícipe directo de muchos de los eventos más importantes de la vida de Jesús.

Puede ser que aún te recrimines tus errores del pasado, pero Jesús recibe a todos.

“A las almas que se vuelven a él en procura de refugio, Jesús las eleva por encima de las acusaciones y el chismerío” (ibíd., p. 522). Te invito a que escribas una aclaración entre paréntesis que cuente lo que Jesús hizo en tu vida, que muestre esas aptitudes para lo bueno, que muestre cómo él te eleva.

Aroma a sábado - 13 de febrero

Un símbolo radical

“El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

Los primeros misioneros que fueron a China se enfrentaron con un obstáculo enorme. Tuvieron que aprender el sistema de escritura de allí. Como occidentales acostumbrados a escribir con alfabetos europeos de aproximadamente 26 letras, se desalentaron al ver que la escritura china usaba un sistema basado en 214 símbolos llamados “radicales”.

Las cosas empeoraron cuando descubrieron que esos 214 radicales, ya de por sí una pesadilla, se combinaban para formar ¡entre 30.000 y 50.000 ideogramas!

Eso alcanzaba para desanimar al santo más paciente. Sin embargo un día, uno de los misioneros dejó de quejarse. Estaba estudiando un ideograma chino en particular: el que significa “justo”. Notó que contenía una parte superior y una inferior. La parte superior era el símbolo chino para “cordero”. En la parte inferior había un segundo símbolo: el pronombre personal “yo”. De repente, se dio cuenta de que en el ideograma había, en su codificación, un mensaje escondido que era tremendamente maravilloso: ¡Yo, bajo el cordero, soy justo!

No era nada más y nada menos que el corazón de ese evangelio que había cruzado el océano para predicar. Los chinos quedaron asombradísimos cuando él les señaló este mensaje oculto. Nunca lo habían notado, pero una vez que se los mostró, lo vieron con claridad. Cuando él les preguntó: “¿Bajo qué cordero debemos estar para ser justos?”, ellos no supieron qué responderle. Con gran deleite, les contó acerca del “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apoc. 13:8).

Como vemos en esta historia, no hay barreras para que ese mensaje llegue. Cerca o lejos, hay personas que aún no han conocido el hermoso regalo de la salvación.

“Como uno de nosotros, debía llevar la carga de nuestra culpabilidad y desgracia. El Ser sin pecado debía sentir la vergüenza del pecado. El amante de la paz debía habitar con la disensión, la verdad debía morar con la mentira, la pureza con la vileza. [...] Sobre el que había depuesto su gloria y aceptado la debilidad de la humanidad debía descansar la redención del mundo” (El Deseado de todas las gentes, p. 86). Hoy podemos buscar una forma creativa de enseñarles a otros acerca de ese Cordero que nos rescató y que aún quita el pecado del mundo.

Objetos cotidianos - 14 de febrero

Bajo su bandera

“Y temerán desde el occidente el nombre de Jehová, y desde el nacimiento del sol su gloria; porque vendrá el enemigo como río, mas el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él” (Isa. 59:19).

Hay varios tipos de banderas. Las vemos flamear como símbolo patrio. Son parte habitual de los actos escolares y municipales. No faltan en los partidos de fútbol, sostenidas por los seguidores de cada equipo. Podemos verlas en las casillas de guardavidas en las playas, indicando el grado de peligro de las aguas. Y entre otras tantas situaciones más, también aparecen prolijamente alineadas en el Club de Conquistadores. Cada banderín representa a una unidad.

En el pueblo de Israel, cada tribu tenía su bandera también y acampaba bajo ella. Esas banderas encabezaban las marchas. Representaban a un grupo de personas.

Esa sigue siendo una de las funciones que cumplen las banderas hoy.

¡Cuántas veces vemos imágenes de personas abrazándolas o usando orgullosamente los colores que las representan!

Pero ahora te invito a imaginar que estás bajo la bandera del Espíritu de Jehová y que eres parte de ese equipo sin fronteras... de ese equipo ganador.

La bandera de Jehová nos recuerda dónde está nuestra patria en realidad, nos ayuda a recordar a qué equipo pertenecemos, nos advierte cuando estamos entrando en aguas peligrosas y nos da un sentido de pertenencia con otras personas que comparten nuestras creencias.

Él es el capitán de nuestra unidad y nos promete levantar su bandera cuando el enemigo asedie. Asegura que defenderá a quienes estén marchando detrás de ella.

No importa nuestro lugar de procedencia. Jesús dio su vida para que tengamos acceso a una ciudadanía celestial.

No nos conformemos con una bandera temporal ni defendamos tanto las barreras que nos separan cuando lo que de verdad nos tiene que representar es la bandera de Jehová, de una patria que no tiene lugar en este mundo. Recuerda esto al ver banderas hoy.

Recuerda esto al ver tantos corazones y alusiones al amor.

Como dice el conocido canto: “El Salvador es mi amigo. Su escudo, sobre mí, es amor”.

Él es la definición de amor. Es su esencia. Es su carácter. Nuestro corazón debiera estar para siempre escondido en él, en su identidad, en su inmensidad, en su sencillez... en su forma de ser.

Dios pregunta - 15 de febrero

¿Estás dormido?

“Simón –le dijo a Pedro–, ¿estás dormido?” (Mar. 14:37).

Cuando mis amigas venían a mi casa a dormir o yo iba a dormir a la de ellas, nos quedábamos conversando hasta tarde. En esos momentos, en voz baja y con las luces ya apagadas, surgían los temas más íntimos. Llegar a contar algo muy secreto realmente requiere valor y, sobre todo, mucha confianza en la otra persona. Pero ¡cuántas veces les hice una pregunta al terminar toda mi perorata, solo para descubrir que hacía rato ya se habían quedado dormidas! ¡Cuántas veces a ellas les pasó lo mismo conmigo! Nuestros secretos terminaban siendo revelados a la nada, y en ese silencio solo se percibía la sensación de una profunda desilusión, verbalizada por la tímida pregunta: “¿Estás dormida?”

Una noche, Jesús hizo esta pregunta a un círculo íntimo de amigos que estaban totalmente inconscientes de la magnitud de los eventos que estaban a punto de ocurrir.

¡Qué escena tan triste! Esa pregunta sigue tan viva y penetrante como esa noche…

Elena de White nos dice que varias veces los discípulos habían ido con Jesús a pasar la noche ahí. Oraban un rato pero después se dormían “apaciblemente a corta distancia de su Maestro, hasta que los despertaba por la mañana para salir de nuevo a trabajar” (El Deseado de todas las gentes, p. 637). Esta noche Jesús sí quería que lo acompañaran en vigilia y oración; pero ellos no estaban acostumbrados. Con su amor tan característico, les dijo: “Vigilen y oren para que no caigan en tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil” (Mar. 14:38).

¿Cuántas oportunidades de acercar a otros a Dios por medio de la oración dejamos pasar por el uso ocioso de nuestro tiempo?

Jesús, con la misma confianza y cariño que sentía por Pedro, nos pide que velemos y oremos por nosotros y por otros, para que no caigamos en tentación y seamos capaces de discernir la magnitud de los eventos que están ocurriendo y a punto de ocurrir, para que podamos disfrutar su compañía el mayor tiempo posible y no nos perdamos todas las cosas que quiere compartir en su Palabra y en su accionar diario.

Así como Pedro y como las vírgenes de la parábola, podemos pensar que estamos listos y dormirnos a las puertas del evento más importante de la historia del mundo. ¿Estamos dormidos?

El poder de la música - 16 de febrero

Tal como soy

“Porque así dijo el Alto y el Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” (Isa. 57:15).

Charlotte Elliott nació en la época victoriana de Londres, en 1789. Su abuelo era un famoso predicador evangélico y desde pequeña aprendió acerca del amor de Dios.

En su juventud, Charlotte era una poeta humorística, pero a los 32 sufrió una grave enfermedad que la dejó incapacitada por el resto de su vida. Su mentor espiritual, César Malan, un ministro e himnólogo suizo, le aconsejó que reemplazara su ira y conflicto interior por la paz y la fe en Dios. A partir de ese momento, ella comenzó a emplear sus talentos literarios para escribir himnos.

Aunque algunas veces se deprimía por su enfermedad, siempre se sentía renovada con la certeza de la salvación y respondía a su Salvador por medio de himnos.

En 1934 publicó El himnario del inválido, con unos 150 himnos. El más conocido es “Tal como soy”, que se incluyó en muchísimos de los himnarios ingleses y norteamericanos.

Sus himnos, sencillos y de consuelo para los que están pasando por enfermedad o sufrimiento, conforman seis voluminosos tomos.

Este himno en particular fue escrito una tarde en que Charlotte se quedó sola. Su familia había salido a una actividad de la iglesia y ella tuvo que permanecer en casa por su enfermedad. Se sentía inútil y deprimida. Pero recordó el mensaje que su mentor le había compartido: “Ven a Cristo tal como eres”. Se repuso y escribió esta preciosa letra.

Dios nos invita y nos llama tal como somos y estamos. Hoy tenemos una nueva oportunidad de responder a su llamado.

De esta historia se desprenden al menos dos lecciones.

En primer lugar, sabemos que Dios nos recibe como somos pero, así como le pasó a Charlotte, puede hacer que nuestros talentos obren para su gloria y puede transformarnos en bendición. Podemos, con ellos, contrarrestar los momentos difíciles que nos toque vivir.

En segundo lugar, podemos ser mentores, como lo fue César, para llevar mensajes de consuelo.

¿Quién sabe cuánta bendición saldrá de eso?

Historias de hoy - 17 de febrero

El regalo de Santi

“Los justos claman, y el Señor los oye; los libra de todas sus angustias. El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido” (Sal. 34:17, 18, NVI).

Aquel día volví triste a casa porque él estaba triste. Sus pequitas coloradas y sus ojos azules muchas veces me animaban en los días en que más cansada estaba. Muchas veces me esperaba con mi chocolate favorito o con un simple mensajito dibujado en el pizarrón; pero ese día estaba apagado, un poco aislado y me confesó que le dolía la cabeza.

Más tarde me enteré que era, en parte, porque su papá había tenido que viajar unos días por trabajo. A su edad, yo tenía la misma reacción cuando mi papá viajaba por trabajo, así que enseguida simpaticé con él.

Lo cierto es que con sus ojitos llenos de inminentes lágrimas nos despedimos esa tarde y volví caminando a casa.

Oré por él, porque lo entendía, pero mientras subía por la calle me puse a pensar que su vivencia no solo me hacía recordar mi niñez.

Y es que ese día yo también estaba extrañando a mi Papá celestial. Me había alejado un poco de él, al estar llena de cosas para hacer y no dedicarle tiempo. Sentía que me hacía mucha falta charlar con él, pasar más tiempo juntos, escucharlo más... Y aunque no me dolía la cabeza, veía en mí la sintomatología típica de la aridez espiritual.

Santi me hizo ver que no siempre reaccionamos con tanto dolor cuando nos alejamos de Dios, que a veces somos más indiferentes a esa distancia y hay días que terminan con una comunicación insuficiente sin que parezca afectarnos demasiado.

Unos días más tarde, con una sonrisa triunfal en el rostro, entró al aula de la mano de su papá y me regaló una riquísima torta.

¿Y tú? ¿Sientes que quizá te has alejado de él o que lo extrañas?

Nuestro Padre celestial no se cansa de mostrarnos, hasta en los más mínimos detalles, que está ansioso por pasar tiempo con nosotros y que a su lado las lágrimas pueden convertirse en gozo.

“Su corazón está abierto a nuestros pesares, tristezas y pruebas. [...] Podemos apoyar el corazón en él y meditar todo el día en su bondad. Él elevará al alma, por encima de la tristeza y perplejidad cotidianas, hasta un reino de paz” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 17).

Valores - 18 de febrero

El valor del perdón

“¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miq. 7:18, 19).

La sala estaba en silencio. Las persianas estaban bajas y afuera ya había dejado de brillar el sol hacía rato. Apagué las luces adentro también y me senté en un sillón a pensar un rato. Por la calle, que hasta ahora estaba silenciosa, pasó un chico hablando por teléfono con su novia y, mientras avanzaba, sus pasos coincidieron con mi ventana justo cuando decía: “Perdón por hablarte mal, mi amor. Lo que pasa es que...”

No agucé el oído para ver si llegaba a escuchar los motivos que le presentaría. No hacía falta.

En esos dos segundos entendí una vez más que los momentos de oscuridad y aparente silencio muchas veces son lo único que necesitamos para recordar algunas cosas importantes.

¿Cuántas veces vamos a las personas que lastimamos y pedimos perdón justificándonos? ¿Cuántas veces vamos a Dios y hacemos lo mismo? Hasta que no aprendamos a pedir perdón sin exponer excusas, no vamos a llegar a entender realmente su amor que no expone razones.

En El camino a Cristo, leemos: “Si no hemos experimentado ese arrepentimiento del que no hay que arrepentirse, y si no hemos confesado nuestros pecados con verdadera humillación de corazón y quebrantamiento de espíritu, aborreciendo nuestra iniquidad, entonces nunca hemos buscado verdaderamente el perdón de nuestros pecados; y si nunca lo hemos buscado, jamás hemos encontrado la paz de Dios” (p. 34).

Su perdón es maravilloso; su amor, indescriptible. No necesitamos justificarnos, solo reconocer. No necesitamos entender, solo aceptar. Pero ese perdón maravilloso no es un pase libre para pecar, ni ese amor indescriptible es algo para pisotear.

No son dones otorgados para “salirnos con la nuestra”, sino para demostrar la gratitud y entrega que un perdón y amor tal merecen.

Podemos ir, como hice muchas veces, a algún lugar cerca del mar y contemplar el infinito, en un intento por encontrar el punto exacto donde él sepulta y esconde nuestros errores… y por más que nos esforcemos, no lo encontraremos.

Como el profeta, simplemente nos queda decir: “¡¿Qué Dios como tú?! Perdón. Gracias”.

Encuentros con Jesús - 19 de febrero

¿Heridas o cicatrices?

“Luchó con el ángel, y lo venció; lloró y le rogó que lo favoreciera. Se lo encontró en Betel, y allí habló con él; ¡habló con el Señor Dios Todopoderoso, cuyo nombre es el Señor!” (Ose. 12:4, 5, NVI).

Tuve un compañero que siempre hacía alarde de las cicatrices que tenía y le gustaba contar las historias detrás de ellas. Y es que muchas veces las cicatrices son fuente de entretenidos relatos, pero generalmente recuerdan momentos de intenso dolor o malestar también.

No sabemos si la “cicatriz” que le quedó a Jacob después de su encuentro con el ángel fue algo de lo que hablaba con frecuencia, pero seguramente esa cojera era un recordatorio diario del encuentro que había tenido con Dios.

En El conflicto de los siglos se nos dice: “Mediante la humillación, el arrepentimiento y la rendición ese mortal pecador y descarriado prevaleció sobre la Majestad del cielo. Se había aferrado con un apretón tembloroso a las promesas de Dios, y el Amor infinito no podía rechazar la súplica del pecador. Como evidencia de su triunfo y estímulo para que otros imitasen su ejemplo, se le cambió el nombre; en lugar del que recordaba su pecado, recibió otro que conmemoraba su victoria” (p. 675).

Quizá hoy necesitamos un encuentro como el de Jacob, en el que sin orgullo ni presunción, pero sí llenos de confianza, le pidamos que se quede y nos bendiga.

Puede ser que la de hoy sea una herida por enfermedad, por la pérdida de un ser querido, por traición, orgullo, rechazo, decepción, malentendidos... O, ¿por qué no?, la herida del autorreproche que muchas veces nos convierte en nuestro peor enemigo.

Sea lo que fuere, recordemos que, cuando nosotros vemos heridas abiertas y seguimos luchando en medio del dolor, Jesús llega, apoya su mano en nuestro hombro y, en vez de heridas, ve cicatrices. En vez de recordar nuestro pecado, nos quiere dar un nombre nuevo que conmemore esa victoria.

¿Y si en vez de usar las heridas como excusa para no avanzar, comenzamos a usarlas como motor para llegar y llevar a otros hasta el final? Siempre es interesante escuchar la historia detrás de una cicatriz. Generemos un espacio para que otros se enteren de su amor.

Aroma a sábado - 20 de febrero

Huyendo de la serpiente

“Pero me temo que, así como la serpiente con su astucia engañó a Eva, los pensamientos de ustedes sean desviados de un compromiso puro y sincero con Cristo” (2 Cor. 11:3).

Me encontraba en un retiro de jóvenes en un hermoso parque, y todos nos habíamos esparcido para orar. Me adentré en el bosquecito, alejándome cada vez más. Buscaba un lugar tranquilo donde sentarme... y ahí la vi. Se deslizaba silenciosa y lentamente entre unas ramas, y al ver sus colores sentí un pánico que pocas veces había experimentado.

Comencé a correr desesperadamente en otra dirección, aunque creo que nunca me vio. Pero corrí. Corrí consciente, como nunca, de que así está Satanás muchas veces merodeando y deslizándose silenciosamente para atacarnos y hacernos caer.

No sé si esa serpiente era venenosa o si me hubiese hecho algo en realidad, pero sí conozco el carácter de mi peor enemigo. Él siempre nos quiere hacer caer, siempre nos busca para arruinarnos la vida. Y muchísimas veces lo hace así: escurridiza y silenciosamente.

Corrí hasta que llegué nuevamente a la silla donde había estado sentada durante el sermón. Me senté, agarré mi Biblia y oré agradecida a Dios, no tanto porque me había salvado de una posible picadura, sino porque en esos segundos de corrida me había mostrado con cuánto afán tengo que tratar de alejarme lo más rápidamente posible del mal que acecha constantemente.

Muchas veces, olvidamos esa lucha aparentemente invisible.

Seguramente el plan original no era que anduviésemos corriendo despavoridos, pero desde que el mal entró, esa lucha es inevitable. Hoy es un día especial para recibir la paz que Dios nos quiere dar, para recordar que aunque estemos en continuo enfrentamiento con nuestro enemigo, y este día no sea la excepción, en Dios podemos encontrar a un fiel amigo.

¿De qué cosas debes huir hoy? ¿Qué pensamientos está desviando el enemigo? Pídele fuerzas a Dios para mantener firme tu compromiso con él.

Así como le pasó a Eva, puedes estar acercándote a terreno enemigo y exponiéndote a que el diablo intente sus ardides confusos y gane una pequeña batalla que no tiene porqué ganar.

Por eso, comienza este día poniéndote en las manos de Dios, y ora por tres tentaciones en particular, para que puedas obtener la victoria sobre ellas.

Objetos cotidianos - 21 de febrero

Había luz

“Durante ese tiempo los egipcios no podían verse unos a otros, ni moverse de su sitio. Sin embargo, en todos los hogares israelitas había luz” (Éxo. 10:23, NVI).

Una noche de verano se cortó la luz. Había tormenta fuerte, de esas que se anuncian con mucha antelación, con humedad y concierto de chicharras. Debido al corte, no se veía absolutamente nada.

En ese momento recordé la novena plaga de Egipto e imaginé la densa oscuridad que se debe haber vivido esos días. Pero según el relato bíblico, en los hogares de los hijos de Israel había luz.

No importa cuán oscuro esté alrededor. Con Dios, hay luz. Siempre. Para los egipcios, las tinieblas duraron tres días y ninguno veía a su prójimo ni podía moverse de su lugar.

El hecho de tener luz hace que podamos vernos unos a otros con mayor claridad y eso nos da la posibilidad de actuar. Si verdaderamente Dios está con nosotros, esto puede ser un hecho.

Pero ¿no resulta extraño que a veces, aunque decimos ser el pueblo que más luz ha recibido y aunque creemos estar tan cerca de Dios, en realidad estemos estáticos? ¿No resulta extraño que, habiendo tanta necesidad alrededor y tanta gente que podemos ver, actuemos tan poco?

Quizá podemos sentirnos parte del pueblo de Israel, cuando en realidad estamos teniendo un comportamiento más parecido al de los egipcios en esos tres días.

Las tinieblas de esos días no fueron solo una oscuridad pasajera. El firmamento realmente dejó de mostrar las estrellas, la atmósfera se volvió pesada, y el poder de los dioses sol y luna, que los egipcios tanto veneraban, se vio burlado. Algo desconocido se había apoderado del imperio más poderoso.

En los últimos días sucederá lo mismo. Las tinieblas serán tan pesadas, que muchos andarán errantes, palpándolas. Todo lo que vemos como poderoso demostrará carecer de poder cuando Dios se manifieste en gloriosa majestad al regresar a buscar a su pueblo.

Si alguien tuviera que contar tu historia, al hablar de tu casa, ¿podría decir: “...había luz”?

Jesús, en el sermón del monte, dio la breve pero poderosa orden: “Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo” (Mat. 5:16, NVI).

Esa primera orden, “Sea la luz”, sigue resonando vigente hasta hoy.

Dios pregunta - 22 de febrero

¿Quién encerró el mar?

“¿Quién encerró el mar tras sus compuertas cuando este brotó del vientre de la tierra? ¿O cuando lo arropé con las nubes y lo envolví en densas tinieblas? ¿O cuando establecí sus límites y en sus compuertas coloqué cerrojos? ¿O cuando le dije: ‘Solo hasta aquí puedes llegar; de aquí no pasarán tus orgullosas olas’?” (Job 38:8-11, NVI).

Cierta vez, fui a la isla Gorriti, en la costa atlántica de Uruguay. Me paré en la orilla. El agua venía con fuerza, pero al llegar a mis pies parecía una débil caricia que casi pedía permiso. Allí, por primera vez pensé en la pregunta que Dios le hizo a Job: “¿Quién encerró el mar tras sus compuertas?”

Pensé en un Dios que cierra con candado una puerta detrás de la que se esconde el elemento más importante y presente del planeta, que arropa el mar con nubes y colores diferentes cada día, que pone límites y que les habla a las olas enfurecidas para calmarlas y decirles hasta dónde llegar.

Nuestra mente finita no llega a comprender la dimensión de su grandeza, creatividad y poder.

Pero ese Dios que cuida de los grandes monstruos marinos y de las aves más pequeñas, que como Arquitecto maestro diseñó todo y lo mantiene en vigor, es el mismo Dios que nos formó y que nos dio la razón para que podamos adorarlo por las cosas que conocemos, y también por aquellas que no entendemos.

Lo mejor es que no hay necesidad de ir hasta una isla para pensar en estas cosas. Alcanza con mirar a nuestro alrededor. “Dios ha unido nuestros corazones a él con señales innumerables en los cielos y en la Tierra” (El camino a Cristo, p. 8).

Job necesitaba escuchar estas preguntas. Necesitaba callar y después alabar más. Necesitaba estar dispuesto a ser enseñado.

Descubrió que el Dios capaz de poner límite a todo dejó voluntariamente que su amor fuese ilimitado.

Nosotros necesitamos las mismas preguntas, lecciones y respuestas. Necesitamos recordar que el mismo Dios que pone límites a las olas cada día puede ponerle límite al pecado en nuestra vida. Puede ayudarnos a establecer cimientos firmes en la verdad y a tomar decisiones para la eternidad.

Puede ayudarnos a decirle al enemigo hoy: “De aquí no pasarán tus malvados planes. Tengo un Dios grande. El mar y el viento lo obedecen... y yo también”.

El poder de la música - 23 de febrero

En Jesucristo, mártir de paz

“Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes” (2 Cor. 13:14, NVI).

Fanny Crosby quedó ciega a las seis semanas de edad. Cuando tenía 6 años, comenzó a componer himnos. Se inscribió como alumna en el Instituto para ciegos a los 15 años, y a los 22 ya formaba parte del personal de ese lugar. Amaba la literatura y compuso más de ocho mil himnos, basada en la inspiración de su fe.

Uno de los himnos más populares, “En Jesucristo, mártir de paz”, fue compuesto cuando Fanny se encontraba en la casa de Phoebe Palmer Knapp, una amiga que solía componer melodías. En dicha ocasión, Phoebe comenzó a probar el piano de la casa y tocó una melodía a la que, inmediata y simultáneamente, Fanny comenzó a ponerle letra. De allí nació el himno.

Este himno se hizo inmensamente popular y formó parte del repertorio de las cruzadas de evangelismo que se hicieron durante varios años. Tocó muchos corazones que se identificaron con la alabanza que se le rendía al “Redentor, quien por nosotros quiso morir”, y a la “gracia del Salvador” a quien en el himno le pedimos que “dirija nuestro vivir”. Incluso muchos pastores titularon sus sermones con fragmentos de la letra del himno. Y es que Fanny solía escribir una poesía hermosa y relacionada con las creencias del cristianismo.

Gracias a su extensa composición musical, Fanny se hizo muy conocida y llegó a relacionarse con varios presidentes estadounidenses, y hasta llegó a influir en la vida espiritual de ellos.

No sé qué acostumbras hacer cuando te reúnes con tus amigos, o si la música forma parte de las actividades que realizas con ellos. Poco nos damos cuenta de la importancia de pasar nuestros ratos de ocio en la compañía de personas que nos acercan a Dios y que comparten nuestros pasatiempos para glorificar su nombre.

Pídele a Dios que te ayude a tener buenos amigos y a usar de forma creativa tus talentos en compañía de ellos hoy.

Averigua qué proyectos tiene la iglesia, a nivel mundial y local, para la inclusión de personas no videntes. Involúcrate en algún ministerio y busca historias de personas inspiradoras que hayan usado esta carencia como su mayor fortaleza. Están mucho más cerca de lo que te imaginas.

Historias de hoy - 24 de febrero

La sabiduría del opa

“Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos” (Juan 21:15).

El opa, como le decíamos cariñosamente, era muy alto, de pelo blanco y ojos azules un poco cerrados que se escondían bajo sus cejas blancas. Tenía un humor inteligente que se veía reflejado en una de sus posesiones más preciadas: un pequeño cuaderno con frases escritas prolijamente a mano, en el que leí por primera vez “Del dicho al hecho hay mucho trecho”.

Cuando leemos la pregunta de Jesús: “Pedro, ¿me amas?” y la respuesta de él: “Señor, tú sabes que te amo”, a nuestra mente quizá vienen la negación, el perdón, la oportunidad, la misión...

Sin embargo, te invito a ver que este diálogo también encapsula en cierta forma el sentido del Universo. Un padre habla con su hijo. Pero no cualquier padre y no cualquier hijo: es el amor en su máxima expresión; sin forcejeos pero totalmente sencillo, profundo y sincero.

Muchas veces olvidamos que Jesús quiere entablar esta misma conversación con nosotros. Hoy podríamos practicar dos diálogos internos basados en los dos grandes mandamientos:

1. Si Dios me preguntara si lo amo, ¿qué le respondería? ¿Me animaría a que otros me escucharan decirlo también? ¿Me creerían?

2. ¿Amo tanto a las personas con las que me junto como para cuidar lo que digo y hago, a fin de no perjudicarlos? Y si no es así, ¿por qué no le pido a Dios que me dé ese tipo de amor, paciencia y entrega?

Es cierto que del dicho al hecho hay mucho trecho y es posible que a veces digamos cosas y después hagamos otras. Pedro dijo que amaba a Jesús y tiempo después igualmente tuvo que ser reprendido por otras actitudes. Pero su dicho mostró su actitud y decisión, y hoy lo conocemos por muchos de sus grandes hechos. Dios puede hacer lo mismo en nuestra vida.

Ojalá hoy nos acerquemos a Dios y acortemos la distancia que hay entre los dichos y los hechos.

Ojalá le respondamos que lo amamos, y él pueda asignarnos una misión llena de menos palabras y más acciones.

Valores - 25 de febrero

La multiforme gracia de Dios

“Dichosos los que lloran, porque serán consolados” (Mat. 5:4, NVI).

Una noche abracé mi almohada y lloré. Lo hice por muchas razones y una de esas era justamente la patética imagen de estar abrazando una almohada. Sin embargo, lo necesitaba. Comencé a orar porque estaba agotada por las actividades del día, la carga emocional y el esfuerzo al llorar.

En silencio le pedí a Dios: “Señor, abrázame con tu paz para poder dormir, por favor”. Y en ese momento, recordé un versículo que una amiga me había escrito en una tarjetita. Era un versículo que sabía de memoria, pero que cobró otro significado: “Dichosos los que lloran, porque serán consolados” (Mat. 5:4, NVI). Ahí, a pesar de mi debilidad y confusión, sentí la fuerte y clara impresión de una idea que me ayudó a ver las pruebas de una manera totalmente diferente. Esa bienaventuranza no solamente nos muestra una promesa venidera, sino que nos muestra una faceta del amor de Dios que solo puede ser experimentada cuando lloramos. ¿Cómo podremos sentir consuelo si estamos en nuestro mejor momento, rodeados de alegría y buenas noticias?

Otra de las bienaventuranzas dice que seremos saciados, pero eso solamente se entiende realmente cuando pasamos hambre y sed.

Dios tiene muchas formas de demostrarnos su amor. Solo que a veces pareciera que no entendemos tan fácilmente las cosas y no llegamos a disfrutar todas sus facetas hasta que no pasamos por ciertas cosas que nos las recuerdan más marcadamente.

Pedro, en su primera carta, en el versículo 4, dice: “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”.

Te invito a que, cuando estés pasando por alguna situación difícil hoy, te preguntes qué faceta de su multiforme gracia puedes experimentar de forma especial y le agradezcas puntualmente por eso.

“Cristo levanta el corazón contrito y refina el alma que llora hasta hacer de ellos su morada” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 17).

“Mientras compartan el amor de Jesús, tendrán parte en su doloroso trabajo para salvar a los perdidos. Compartirán los sufrimientos de Cristo, y también compartirán la gloria que será revelada. Fueron unos con él en su obra [...] por tanto, también son participantes de su gozo (ibíd., p. 18).

¡Hermosas promesas que puedes hacer tuyas hoy!

Encuentros con Jesús - 26 de febrero

Debajo de la higuera

“–¿Dé dónde me conoces? –le preguntó Natanael.

–Antes de que Felipe te llamara, cuando aún estabas bajo la higuera, ya te había visto” (Juan 1:48, NVI).

No sé si alguna vez te sentaste debajo de una higuera. Unas tías bisabuelas tenían una muy frondosa en su patio y recuerdo que algunas tardes de verano me sentaba en sus largas ramas que casi tocaban el suelo. Era el lugar perfecto para esconderse del sol.

Aparentemente, a Natanael también le gustaban, porque eligió una higuera para sentarse a orar y evaluar si el Jesús que había conocido era realmente el Mesías. Ese era su lugar habitual de oración con Felipe. (¡Qué hermoso que dos amigos compartieran algo así!)

Te recomiendo que leas el capítulo 14 de El Deseado de todas las gentes, titulado “Hemos hallado al Mesías”, para conocer más detalles de esta historia que aparece solo en este evangelio.

Natanael no había quedado muy convencido con Jesús. Había quedado un poco desilusionado por su apariencia, aunque el mensaje había tenido tanto poder, que no podía rechazarlo por completo. Así que había optado por orar y meditar sobre las profecías.

Cuando Felipe lo invitó, quiso creer y lo vio como una señal, pero cuando se enteró de que Jesús venía de Nazaret, nuevamente sus prejuicios lo hicieron dudar. Sin embargo, Felipe lo hizo ir con él para ver a Jesús. Sabía que este encuentro terminaría de convencer a su amigo. Y, efectivamente, así sucedió.

Podemos extraer varias lecciones de esta historia, y es porque muchas veces pasamos por situaciones parecidas a las de Natanael.

A veces dudamos de la existencia o la naturaleza de Jesús. A veces vemos que las multitudes siguen algunas cosas que a nosotros no terminan de convencernos. A veces necesitamos que alguien nos incentive a tener un encuentro con él.

Es importante que, así como lo hizo Natanael, busquemos a Jesús personalmente. Pero también es importante dejar de lado nuestros prejuicios y conocer a Jesús como realmente es.

Quizá sabemos cosas acerca de él, pero es importante conocerlo a él.

Intenta buscar un lugar tranquilo para orar y meditar. Y ojalá, al encontrarte con él, también pueda decir que ya te conoce.

Aroma a sábado - 27 de febrero

La fosa de las Marianas

“Ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Rom. 8:39, NVI).

Me encantan los mapas. El que tengo al lado de mi cama tiene bien marcados los relieves con diferentes colores. En su caso, el celeste oscuro marca las zonas más profundas. Y el celeste más oscuro de todos se posa sobre las Islas Marianas, más específicamente en su extremo sur. El abismo de Challenger es el punto más profundo que se ha medido en los océanos.

James Cameron, el renombrado director de cine, descendió en el Deepsea Challenger hasta los 10.898 metros de profundidad. Y así se convirtió en la primera persona que bajó sola al punto más profundo de la tierra.

Pero en realidad, hace más de dos mil años, mi “director de cine” favorito bajó mucho más que eso, también solo y con un desafío. Pero no para batir récords, sino para cambiar todas nuestras historias; las personales, esas que a veces no se escriben en los libros de historia o no aparecen en las noticias. Sin embargo, gracias a él, pueden quedar registradas en el libro más importante: el de la vida.

El hombre ha llegado a la cima del Everest y también a la sima Challenger. Pero Jesús se humilló hasta el polvo y ascendió a los cielos. No hay límites mayores que los que él traspasó por nosotros.

Quizá ves que la gente alrededor festeja los logros humanos y olvida a quien nos dio libertad y volverá a buscarnos. Quizá ves que tus esfuerzos por hacer el bien a veces pasan desapercibidos. Quizá parece que Dios está demasiado lejos como para acercarte a él. Pero no olvides que las profundidades para él son algo relativo.

Ojalá no te concentres tanto en la profundidad del pecado en que estamos inmersos, sino que captes la profundidad de su amor.

Ojalá hoy pases de la sima a la cima. Que esa única letra de diferencia la pueda hacer él. Que lo dejes mostrarte cuán cerca está.

Y es que “ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Rom. 8:39).

Objetos cotidianos - 28 de febrero

Zanahoria, huevo y café

“Jabes le rogó al Dios de Israel: ‘Bendíceme y ensancha mi territorio; ayúdame y líbrame del mal, para que no padezca aflicción’. Y Dios le concedió su petición” (1 Crón. 4:10, NVI).

En la Biblia, hay libros que cuentan de forma detallada las historias de algunos personajes, pero hay algunos que apenas reciben mención. Jabes es uno de ellos. Solo hay dos versículos acerca de él.

Jabes recibió un nombre que recordaba continuamente el parto doloroso de su madre. Imaginemos que cada vez que lo llamaban, sonaba algo así: “Dolor, ven aquí”, o “Tú que naciste en dolor, haz esto”. El panorama no parece muy agradable para el personaje de nuestra minihistoria. Pero lo que se nos dice de él es alentador.

La Biblia menciona que Jabes fue más ilustre que sus hermanos y que invocó al Dios de Israel. Su oración fue más bien un anhelo o suspiro expresado en voz alta. Dijo: “¡Oh, si me dieras bendición, y ensancharas mi territorio, y si tu mano estuviera conmigo, y me libraras de mal, para que no me dañe!”

Jabes pide exactamente por eso mismo que lo acompañó toda su vida: el dolor. Le pide a la persona correcta. Pide que su mal no sea impedimento para lo que Dios puede hacer con él.

No sabemos más de él, pero con lo que sabemos es suficiente.

Y de Jabes podemos aprender una lección de actitud.

Imaginemos, como dice una ilustración popular, que hay una gran olla con agua hirviendo que representa un mar embravecido con tormentas de la vida. Imaginemos que hay una zanahoria, un huevo y unos granos de café. Los colocamos en el agua hirviendo y, después de un rato, los resultados serán muy diferentes. Ante esa misma “tormenta”, cada uno de ellos habrá reaccionado de forma distinta. La zanahoria se habrá debilitado. El huevo se habrá vuelto más duro. Pero los granos de café… los granos de café se habrán mezclado con el agua y le habrán dado un delicioso sabor. Se habrán adaptado sin por eso perder su identidad, y habrán transformado su entorno.

Jabes, en medio de su tormenta, clamó a Dios. Lee el versículo nuevamente y fíjate cómo termina su historia.

¡Animémonos a orar como él!

Dios pregunta - 1º de marzo

¿Qué tienes en tu mano?

“Y Jehová dijo: ¿Qué es eso que tienes en tu mano? Y él respondió: Una vara” (Éxo. 4:2).

Imagino a Jocabed preparando con sumo cuidado la cestita donde colocaría a su hijo. Debió de haber sido muy habilidosa y detallista, porque depositó en el río Nilo su mayor tesoro y tuvo que asegurarse de que estuviese bien protegido. Quizás ese día, al verla pasar caminando presurosamente, la gente haya pensado que en sus manos llevaba una simple cesta, sin saber que adentro se encontraba la liberación de la esclavitud.

Años más tarde, Dios tuvo que enfrentarse a un Moisés que había perdido toda confianza en sí mismo, que temía la reacción del Faraón y que dudaba del éxito de la empresa de liberación divinamente encomendada. En su soberana paciencia, Dios le presentó un par de demostraciones de su vigente poder y lo invitó a experimentar con sus manos lo que lograría por medio de él.

“¿Qué tienes en tu mano?”, le preguntó. Era necesario que tomara conciencia de su posesión más rudimentaria. Quizás antes haya llevado en sus manos las riendas de los caballos más briosos del mayor imperio; y se le haya prometido llevar en ellas el cetro del Imperio Egipcio también. Ahora, en sus manos había alguna oveja desobediente y una humilde vara de pastor, que más tarde usaría en la realización de memorables portentos.

El objeto en sí puede carecer de valor, pero si está dirigido por Dios puede abrir aquel mar Rojo que tan difícil te parece de cruzar (Éxo. 14:16), puede ayudarte a saciar la sed de los que están a tu alrededor (17:5), o acompañarte al interceder por tus seres queridos (17:9).

Elena de White dice: “El hombre obtiene poder y eficiencia cuando acepta las responsabilidades que Dios deposita en él, y cuando con toda su alma busca la manera de capacitarse para cumplirlas bien” (Patriarcas y profetas, p. 260).

¿Qué tienes en tu mano? Recuerda que Dios lo puede usar o transformar para bendición. Así como usó la vara para infundirle confianza a Moisés y luego despertar admiración y asombro en un pueblo pagano, puede usar lo que sea para recordarte su presencia, su poder y su propósito en tu vida.

Usó las manos de Moisés para escribir los primeros capítulos de la historia de este mundo y puede usar tu vida para escribir los últimos.

El poder de la música - 2 de marzo

¿Le importará a Jesús?

“Depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes” (1 Ped. 5:7, NVI).

Había perdido a una de mis mejores amigas hacía poco. Me encontraba desconsolada y decidí ir a mi lugar preferido de oración. Detrás de la iglesia a la que asisto hay una cancha de fútbol que suele estar llena durante el día, pero que queda vacía al ponerse el sol.

El pasto se extiende por varios metros, sin detenerse, sin importarle el límite que ponga el alambrado. A lo lejos se ve una tupida arboleda. Solo el arco queda en pie como señal de la presencia humana. El resto presenta toques del Creador por todos lados.

He ido incontables veces a orar allí y la música ha sido mi compañera en más de una ocasión.

Me senté sobre un tronco, miré al cielo, oré con este versículo en mente y, casi sin quererlo, comencé a tararear la melodía del himno “¿Le importará a Jesús?” (Himnario adventista, Nº 391).

Aparentemente, Frank E. Graeff tuvo en cuenta este mismo texto al componer el himno que tantas veces hemos cantado para recordar la compañía divina en los momentos de mayor aflicción.

Así como él encontró consuelo y alivio en esta promesa, y así como los encontré también en mi momento de pesar, puedes tener la certeza de que, si depositas tus preocupaciones sobre él, cuidará de ti de forma especial.

Cuando nuestro corazón está doliente, a él le importa.

Cuando nuestros días son tristes y nuestras noches son negras, a él le importa.

Cuando le decimos “adiós” a nuestros seres más queridos, a él le importa.

Puede ser que hoy estés presa de la ansiedad por algún motivo que te agobia. Puede ser por algo pequeño o algo grande, por algo nuevo o algo que vienes arrastrando desde hace tiempo.

Jesús nos invita, como invitó de forma personal a quienes lo rodeaban hace tantos años. “El que anda en el camino de los mandamientos de Dios camina en compañía de Cristo, y en su amor el corazón reposa” (El Deseado de todas las gentes, p. 298).

Te invito a que cantes este himno o a que lo escuches en algún momento del día y reflexiones en su letra. Si es posible, busca un lugar donde puedas orar tranquilo y depositar tu ansiedad sobre él.

Pedro sabía de quién estaba hablando en su epístola. Nosotros también.

Historias de hoy - 3 de marzo

Amor condicional

“Vengan, pongamos las cosas en claro –dice el Señor–. ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve!” (Isa. 1:18, NVI).

Un hombre decidió cruzar los Andes e instalarse en Argentina. No supe si tenía cuarenta o sesenta años. Las pisadas de una vida alejada de Dios le habían dejado huellas más profundas que las arrugas.

Como muchas otras personas en situación de calle, estaba acostumbrado a las miradas de indiferencia. Pero esa tarde se encontraba con decenas de rostros atentos que escuchaban su testimonio con avidez en una pequeña iglesia.

Los miembros del grupo “Ayuda Urbana” le habían brindado auxilio y, sobre todo, esperanza. Esa tarde, él miraba una pared blanca y lloraba. La pared proyectaba la imagen de su madre, que hablaba en un video casero.

Hacía seis años que este hombre no escuchaba esa voz familiar. Y, en esta ocasión, esa voz le decía: “Hijo, vuelve a casa. Entrégate a Dios. Deja las cosas malas que estás haciendo. Vuelve a casa”.

Él lloraba. Se pasaba la mano por la cara con cierta desesperación y no ocultaba la conmoción interna que estas palabras le causaban.

El mismo hombre que había grabado el video, que había cruzado la cordillera, encontrado su casa y conocido a su madre, ahora se acercó para abrazarlo y repetirle la invitación.

Para sorpresa de los presentes, que nos sentíamos en medio de un programa televisivo de encuentros inesperados, además de abrazarlo le ofreció llamar por teléfono a su madre. Todos fuimos testigos de esa interacción, ahora en vivo, y pudimos escuchar a la mujer decir una vez más: “Hijo, vuelve a casa”.

Él, gozoso, respondió: “Cualquier día de estos vuelvo”.

La madre agregó: “...pero vuelve cuando ya estés bien. Recupérate primero y luego ven”.

Pocas veces vi una mirada de desilusión tan grande en el rostro de alguien.

Sin pretender conocer o juzgar el dolor y el accionar de esta mujer, me quedé con su frase y con la reacción de su hijo.

¡Cuán importante es recordar que Dios nos invita a que vayamos como estamos! Hoy también nos dice: “Hijo, vuelve a casa”.

¡Claro que quiere transformarnos! Pero antes quiere que vayamos a él. Sin “peros”.

No sé con cuál de los personajes de esta historia te identificas más. Pero la invitación divina es para todos y es actual. ¿Qué responderás?

Valores - 4 de marzo

Esclavo para siempre

“Si compras un esclavo hebreo, este podrá estar a tu servicio por no más de seis años. El séptimo año ponlo en libertad, y no te deberá nada por su libertad. [...] Sin embargo, el esclavo puede declarar: ‘Yo amo a mi señor [...] no quiero ser libre’. Si decide quedarse, el amo lo presentará delante de Dios. Luego el amo lo llevará a la puerta o al marco de la puerta y públicamente le perforará la oreja con un punzón. Después de esto, el esclavo servirá a su amo de por vida” (Éxo. 21:2-6, NTV).

Gracias a incansables luchas por parte de los movimientos abolicionistas, la esclavitud ha dejado de ser algo común en gran parte del mundo.

Pero en tiempos bíblicos era un asunto que debía regirse. Aunque la esclavitud estaba lejos del ideal original para la sociedad, Dios instituyó leyes que protegieran y vindicaran a los esclavos.

Según el Talmud (Kidushin 22), el hecho de que se perforase la oreja y no otra parte del cuerpo representaba que la persona no había escuchado que Dios había declarado que los hijos de Israel eran sus siervos, no esclavos. Y debía hacerse en la puerta de la casa, porque la puerta y su dintel habían sido testigos de que Dios había liberado a su pueblo de la esclavitud en Egipto.

Si bien podemos percibir cierta lealtad de parte del esclavo que se sometía voluntariamente a su amo para vivir en esa condición prolongada, Dios nos recuerda que no es su intención que vivamos de esa forma.

Hoy quizá no haya cadenas, ni punzones, ni orejas horadadas. Y ¡qué bueno que sea así!

Sin embargo, muchas veces corremos el peligro de someter a otros a nuestra voluntad, de manipular situaciones, de sacar ventaja de los más débiles e imponer cargas difíciles de llevar.

Independientemente de nuestro estatus social, todos tenemos gente indefensa a nuestro alrededor, gente a la que podríamos considerar en situación de inferioridad.

En Patriarcas y profetas, Elena de White, haciendo referencia a los israelitas dueños de esclavos, dice: “El recuerdo de su propia amarga servidumbre debía capacitarlos para ponerse en el lugar del siervo, guiándolos a ser bondadosos y compasivos, y tratar a los otros como ellos quisieran ser tratados” (p. 319).

Dios nos ha dado libertad, tanto al crearnos como al darnos la posibilidad de la salvación. Y hoy nos da la oportunidad de actuar con misericordia y justicia en cada ámbito de nuestra vida.

Encuentros con Jesús - 5 de marzo

En el camino

“Y guiaré a los ciegos por camino que no sabían, les haré andar por sendas que no habían conocido; delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura. Estas cosas les haré, y no los desampararé” (Isa. 42:16).

Bartimeo mendigaba junto al camino. A diferencia de muchas de las personas que ya habían visto a Jesús manifestarse de forma milagrosa como enviado del Cielo, Bartimeo no lo había visto, pero sí creía... incluso más que muchos de ellos.

Bartimeo era consciente de su condición y su necesidad; y al saber que Jesús pasaba por allí, comenzó a gritar con fe.

No sabemos si los discípulos se sintieron molestos por estos gritos persistentes, pero Jesús lo mandó llamar, y él dejó su única posesión, se levantó y fue hacia donde estaba Jesús.

Su pedido fue específico y Jesús respondió de forma específica. También le dijo que se fuera, pero este hombre lo siguió. Ya había dejado su capa. Ya había dejado su vida de incapacidad pasada. No tenía nada que perder. Acababa de ganarlo todo.

Antes, mendigaba junto al camino, ahora Jesús lo había puesto en el camino. A Bartimeo lo había salvado mucho más que un grito y Jesús le había devuelto mucho más que la vista.

En el Comentario bíblico de William MacDonald, leemos: “Su gratitud se expresó con un agradecido discipulado, siguiendo a Jesús en su último viaje a Jerusalén. Tuvo que haber alentado el corazón del Señor encontrar una fe así en Jericó, mientras seguía su camino a la Cruz. Fue bueno que Bartimeo buscase aquel día al Señor, porque el Salvador nunca volvió a pasar por aquel camino” (p. 599).

En su novela Ensayo sobre la ceguera, José Saramago plantea un escenario entre fantástico y real, donde los personajes luchan por sobrevivir a una ceguera que va más allá de la enfermedad física. En un momento, dice: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos; ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.

Sería muy triste que, con toda la luz que hemos recibido, sigamos en nuestra condición de perdidos o ciegos espirituales.

Hoy Jesús escucha nuestro grito (¿estás gritando?), nos saca del borde del camino y nos pone en el medio del camino. Aprovechemos esta oportunidad. Jesús está pasando hoy.

Aroma a sábado - 6 de marzo

La guardia de Diego

“Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer” (Luc. 4:16).

El viernes terminaba con lluvia; mi pierna, hinchada por la mordida de un perro; mis cajas, llenas de libros que aún debía vender; y muchas preguntas sin responder. Creía que Dios tenía un propósito en medio de los cambios repentinos de planes que hacían que ese sábado lo recibiera así. Pero me quedaba esperar.

A la mañana siguiente fui a la iglesia, y a la tarde emprendí mi trabajosa marcha hacia el hospital para consultar en la guardia por mi herida. Me atendieron rápidamente. La tarde estaba lluviosa, ventosa y fría. Como faltaba poco para la reunión de jóvenes en la iglesia, decidí quedarme en el hospital para resguardarme del mal tiempo y leer cómoda en algún asiento.

El hospital estaba vacío. En la sala de espera solo había un guardia de seguridad: Diego.

Comencé a orar por él, me senté, abrí mi Biblia y empecé a leer.

“¡Qué raro ver a alguien de tu edad leyendo la Biblia!”, lo escuché decir después de unos minutos. Es una de mis frases favoritas; mi objetivo se había cumplido.

“¿Qué estás leyendo?”, preguntó. Estaba leyendo uno de los milagros de Jesús en sábado. Le comenté lo que me había pasado y le dije que estaba recordando cómo Jesús muchas veces hizo el bien en sábado. También le dije, intencional pero sutilmente, que estaba dejando pasar el tiempo hasta la hora de ir a la iglesia.

“¿A la iglesia? ¿En sábado?” Otra vez sonreí para mis adentros. Conversamos un rato, leímos algunos versículos juntos (entre ellos, el de hoy), compartimos problemas y pedidos de oración. Él anotó varias referencias en la tapa del libro misionero que le regalé y quedó con mucha intriga. Quería conocer más a Dios.

Llegó la hora de irme, pero él pudo dedicar el resto de su tarde de guardia a leer tranquilo en el hospital vacío.

Diego fue la respuesta a mi oración de ese viernes de noche lleno de incertidumbre. Así como Dios respondió mi oración aquel día, vino muchos años antes a responder a las profecías sobre él, y también responderá tus súplicas hoy, en la medida que lo busques y pases tiempo con él. Seguramente después te presentará a algún “Diego” para que le hables de él.

Objetos cotidianos - 7 de marzo

La paradoja del aguijón

“Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 12:10).

“Hija, yo creo que ese es tu aguijón”, me dijo sin más preámbulo una tarde mi papá cuando me retorcía de dolor por una de las frecuentes migrañas que me acompañan desde pequeña. Quizás esa declaración sonara fuerte, pero entendí a qué se refería. Estaba familiarizada con la mención que Pablo hace de su aguijón en la carne (2 Cor. 12:7) y, aunque la Biblia no especifica en qué consistía ese aguijón, Pablo dice que le había sido dado para que no se enalteciese. Le había pedido a Dios que fuera quitado de él pero, como tantas otras veces, Dios tenía otros planes.

No recuerdo si esa tarde oré para pedir que mi dolor me fuese quitado. Sí recuerdo que, a partir de esa vez, pensé dos veces antes de pedir que mi migraña desapareciera por completo.

En un artículo de la revista Ministerio Adventista, titulado “El milagro del aguijón”, el pastor Charles Wesley Knight menciona que lo que a menudo consideramos lo más molesto o doloroso puede ser justamente el antídoto contra nuestra perdición.

Sé que este ejemplo resultará un tanto burdo y limitado, pero me ayudó a entender este concepto un poco mejor.

Un día tuve hipo por muchas horas. Estaba harta del ruido que hacía, de no poder disimularlo, de lo inoportuno que resultaba. En un momento, pensé: “¡Qué bueno sería no tener hipo nunca más! Mañana, cuando ya no lo tenga, voy a recordar lo feo que fue y voy a estar agradecida todo el día. Voy a recordar lo mal que la pasé en compañía del hipo”.

Pero no fue así. Llegó el nuevo día y, efectivamente, el hipo se había ido. Pero no recordé mi promesa de gratitud.

Ahora, a mayor escala, ¿no será que nos puede llegar a suceder algo parecido si olvidamos que somos imperfectos, que no somos autosuficientes y que necesitamos recurrir diariamente a Dios para que nos recuerde quiénes somos y que es él quien nos sustenta?

No es un plan maquiavélico permitir esas molestias, sino una solución divina, dentro de nuestras malas decisiones y las consecuencias del pecado, a nuestro problema de egoísmo y orgullo.

Nuestro aguijón puede transformarse en nuestra mayor fortaleza y bendición, si está puesto en las manos del Todopoderoso. Él explica las paradojas. Él muestra su maravillosa fortaleza en la más grande debilidad y puede transformar tu desazón en la mejor oportunidad.

Dios pregunta - 8 de marzo

¿Qué ves tú?

“La palabra de Jehová vino a mí, diciendo: ¿Qué ves tú, Jeremías?” (Jer. 1:11).

“Veo, veo” “¿Qué ves?” “Una cosa” “¿Qué cosa?” “Maravillosa...”

Este sencillo juego hace que designemos esas cosas que vemos como “maravillosas”.

Dios le hizo esta pregunta a Jeremías en una de las épocas de mayor apostasía y rebelión del pueblo de Israel. Él fue llamado a experimentar la soledad, el menosprecio, la burla y el abandono de sus compatriotas. Todo por ver una cosa maravillosa por fe.

Dios le preguntó varias veces: “¿Qué ves?”

En una ocasión, vio una vara de almendro (Jer. 1:11); en otra, una olla hirviente (1:13). Y la última vez, vio higos (24:3). Cada una de estas visiones representaba algo que Dios quería mostrarle en cuanto al futuro de su pueblo y al papel que él desempeñaría como profeta.

En este libro, leemos algunos de los clamores más desgarradores, pero también algunas de las promesas más reconfortantes de la Biblia.

El futuro no parecía muy alentador, pero Dios prometía su compañía. Demandaba firmeza y lealtad, arrepentimiento y conversión, pero la esperanza que contagiaba era tan brillante, que le permitía a Jeremías vislumbrar, por fe, lo que sucedería más adelante.

La vida de Jeremías no fue fácil, pero vio en el inminente cautiverio y desolación la perpetua fidelidad y la abundancia provista por Dios para sus hijos.

¿Qué vemos nosotros? Muchas veces, ante las pruebas, la perspectiva no parece precisamente maravillosa. No siempre tenemos esa fe que nos permite ver más allá de lo que está pasando.

Al enfocarnos en nuestra incapacidad para hablar y al insistir en que somos niños, no dejamos que Dios toque nuestra boca y nos envíe. No creemos que el llanto que acompañará nuestra misión nos mostrará al Dios que consuela. No creemos que la soledad que provocará nuestro mensaje nos revelará la constante compañía del Espíritu Santo.

Que nuestra fe nos lleve a ver lo que Dios ve. Que de nosotros también se pueda escribir: “Sin embargo, en medio de la ruina general en que iba cayendo rápidamente la nación, se le permitió a menudo a Jeremías mirar más allá de las escenas angustiadoras del presente y contemplar las gloriosas perspectivas que ofrecía el futuro, cuando el pueblo de Dios sería redimido de la tierra del enemigo y trasplantado de nuevo a Sion” (Profetas y reyes, p. 300). ¿Qué vio? ¿Qué veo? ¡Una cosa maravillosa!

El poder de la música - 9 de marzo

El poder de un rayo

“Sus relámpagos alumbraron el mundo; la tierra vio y se estremeció” (Sal. 97:4).

Carl Boberg, de la costa sudeste de Suecia, tenía 25 años cuando escribió la letra del himno “Señor, mi Dios” después de una caminata en medio de una tormenta eléctrica, al salir de una reunión de su iglesia, en 1886. Carl escribió un poema sin saber que se convertiría en himno. Pero, más tarde escuchó que a su poema le habían puesto la música de una conocida melodía sueca.

Más de cuarenta años después, un misionero inglés, Stuart Hine, y su esposa escucharon esta canción por primera vez en Rusia, en una traducción rusa del himno original.

Mientras Stuart ministraba en los montes Cárpatos, una noche se desató una amenazante tormenta. Un relámpago cruzó el cielo a lo largo de toda la montaña y fue tan grande, que a Hine le hizo recordar el hermoso himno ruso que hablaba acerca de la grandeza de Dios manifestada en la naturaleza. A partir de lo que conocía de la letra en ruso, comenzaron a venir a su mente posibles estrofas en inglés, y de allí surgió el himno tal como lo conocemos hoy.

“Y al oírte en retumbantes truenos, y al contemplar el sol en su esplendor, te amo y proclamo por tu gran poder; ¡cuán grande eres, oh Jehová!”

Las fulguritas nacen cuando hay una descarga de los rayos en el suelo, o cuando la electricidad se transmite a una piedra. Los minerales se convierten en vidrio y se enfrían rápidamente. Las fulguritas pueden surgir de la arena, de la roca o de la arcilla y, curiosamente, adoptan la forma del rayo. Pueden ser de diferentes colores, según la composición de la arena.

Este fenómeno es poco frecuente, pero de él podemos sacar una gran lección.

Muchas veces es en medio de las tormentas más amenazantes que se demuestra nuestra esencia. Sin importar las diferencias de composición, podemos reflejar la forma de nuestro Creador. Pero solo podremos hacerlo cuando con su grandeza toque nuestra vida.

Así como Carl, y así como Stuart, podemos permitirle al Dios de gran poder a quien le cantamos que produzca un fenómeno sobrenatural en nuestra existencia y que no solo lo alabemos nosotros sino también motivemos a otros a adorarlo.

Este himno se convirtió en uno de los favoritos del cristianismo. Hoy puedes cantarlo, convertirlo en tu oración personal y recordarlo la próxima vez que pases por una tormenta.

Historias de hoy - 10 de marzo

Las cajas de Miguel

“No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gál. 6:9).

En la terminal de ómnibus de una ciudad cercana hay una oficina para el envío de encomiendas. Cuando llegué al lugar donde estaba guardada la caja que me habían enviado, el hombre que me atendió estaba muy malhumorado. Trataba de forma áspera a sus empleados y estaba claramente molesto por mi llegada. Mientras revisaba la ficha donde estaban mis datos, imaginé que estaba pasando por alguna situación difícil y lamenté haberme olvidado los libros misioneros que había separado para llevar de regalo.

Hacía días venía orando por esa caja y tenía miedo de que ya no estuviese ahí, así que a la vez que le agradecía a Dios por haberla cuidado, pedí por este hombre también.

Al día siguiente, tuve que ir a buscar otra caja. Llegué al mismo lugar, pero el hombre estaba más tranquilo. Amablemente le pidió a su empleado que me ayudara y, mientras le agradecía, saqué un libro que esta vez había recordado llevar. Lo tomó entre sus manos, abrió torpemente la tapa y pasó algunas hojas sin mirarlas, porque estaba muy nervioso intentando contener las lágrimas que comenzaban a caer por su rostro. “Gracias. En serio, gracias”, me dijo. “No sabes qué bien me viene. Mi esposa está pasando por un problema muy grave de salud, y...”, llegó a decir antes de que se le quebrara la voz.

Le hablé del amor de Dios, de la promesa de su compañía y de la esperanza que tenemos al creer en él. Le aseguré que estaría orando por ellos, y después de un rato se calmó y comenzó a sonreír otra vez.

¿Cómo iba a saber yo que ese hombre necesitaba tanto una palabra de aliento en ese momento? No lo sabía, pero Dios sabe.

Todos pasamos por momentos difíciles. Un trato nervioso hacia otros puede ocultar una tristeza enorme. Un gesto sencillo de bondad puede descubrir una gran necesidad. Estemos atentos para hacer el bien. En esa misma carta, Pablo les dice a los gálatas que lleven los unos las cargas de los otros (vers. 2).

Dios quiere usarnos todo el tiempo para alcanzar a otras personas porque él... él sí sabe. Puede levantar las pesadas cargas de hombros ajenos por medio de nosotros.

Presta atención a las necesidades ocultas de las personas con las que te relaciones hoy.

Valores - 11 de marzo

Petit espagnol

“El temor del Señor imparte sabiduría; la humildad precede a la honra” (Prov. 15:33, NVI).

Pau Casals fue uno de los músicos españoles destacados del siglo XX. Se lo considera uno de los mejores violoncelistas de todos los tiempos. En la biografía escrita acerca de él, Josep M. Corredor narra una curiosa anécdota de la adolescencia del músico, que nos enseña una gran lección de humildad. Casals cruzó los Pirineos con su madre y sus hermanitos desde España. Iba entusiasmado, pero al llegar a Bruselas se enteró de que quien él quería como profesor no le daría clases. En cambio, este hombre le sugirió que fuera al Conservatorio para que lo oyera un profesor de allí.

Muy desanimado, se presentó de todas formas al día siguiente a la clase del señor Jacobs, quien era en ese momento el profesor de violoncelo. El Conservatorio de Bruselas era el más famoso en ese momento, así que Casals sentía mucha timidez en ese entorno. Se sentó al fondo del aula y, al terminar la clase, el profesor, en tono de burla, le preguntó al petit espagnol si quería tocar algo. Casals, humillado, se levantó, tomó un violoncelo y comenzó a ejecutar “Le souvenir de Spa”, que en ese momento era el caballo de batalla de la escuela belga. De repente reinó el silencio. Todos estaban asombrados. Al terminar, el señor Jacobs le prometió el primer premio si estaba dispuesto a entrar en su clase. Pero el petit espagnol le respondió que, después de los hirientes momentos que le había hecho pasar, no quería quedarse ni un segundo más. Así se fue, y la escuela belga perdió la oportunidad de contar con este prodigio por más tiempo.

Al hablar sobre el rito de humildad, Elena de White dice: “Hay en el hombre una disposición a estimarse más que a su hermano, a trabajar para sí, a buscar el puesto más alto [...]. El rito que precede a la Cena del Señor está destinado a aclarar esos malentendidos, a sacar al hombre de su egoísmo, a bajarlo de sus zancos de exaltación propia y darle la humildad de corazón que lo inducirá a servir a su hermano” (Consejos para la iglesia, pp. 433, 434).

No hace falta esperar a la próxima Santa Cena para arreglar cuentas con alguien a quien le hayas demostrado poca humildad. Hoy Dios quiere enseñarnos a parecernos a él en este aspecto también.

Ojalá no seamos como aquel arrogante profesor.

Encuentros con Jesús - 12 de marzo

Andrés, el presentador

“Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo). Y le trajo a Jesús” (Juan 1:40-42).

En tres breves versículos, se nos narra una búsqueda de toda la vida de Andrés. Había buscado al Mesías hasta hallarlo. Tenía que compartir su alegría con quien entendiera lo que ese hallazgo significaba, así que trajo a su hermano a Jesús. Pero esta no fue la única ocasión en que Andrés trajo a alguien a Jesús.

Cuando Jesús vio la gran multitud que se agolpaba a su alrededor y notó que tenían hambre, notó también que sus discípulos no sabían bien cómo resolver el enigmático asunto económico que se les planteaba de improvisto.

Una vez más, Andrés se acercó. El relato bíblico dice: “Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos” (Juan 6:8, 9).

Por alguna razón, el apóstol Juan decide mencionar estos casos particulares en que este discípulo de perfil un poco más bajo cumplió una de las tareas más nobles y elevadas, una que el Señor nos llama a cumplir también hoy. Solo Juan resalta esta actitud, pero con ello nos deja una gran lección.

En El Deseado de todas las gentes, con respecto a los comienzos de estos dos discípulos, leemos: “Si Juan y Andrés hubiesen estado dominados por el espíritu de incredulidad de los sacerdotes y los príncipes, no se habrían presentado como aprendices a los pies de Jesús. [...] Es la contrición, la fe y el amor lo que habilita al alma para recibir sabiduría del cielo. La fe que obra por amor es la llave del conocimiento, y todo aquel que ama ‘conoce a Dios’ ” (pp. 112, 113).

Es posible que muchas veces sientas que no te tocan los roles protagónicos, que no eres la figura principal de algunos milagros conocidos, pero esta actitud loable de Andrés, que fue reconocida para siempre, no es poca cosa ante los ojos de Dios.

De forma silenciosa, sin grandes pretensiones, hoy puedes presentarle a Dios a una persona también. Como sucedió en esas dos ocasiones, él puede hacer milagros grandes con esas personas después. Está en nuestras manos qué haremos con ese deber.

Aroma a sábado - 13 de marzo

Casi

“El lugar seco se convertirá en estanque, y el sequedal en manaderos de agua” (Isa. 35:7).

Mi hermana nació en una provincia argentina que tiene unas sierras hermosas con arroyos muy característicos, limpios y caudalosos.

Con mi familia nos tocó vivir varios años en la capital de esa provincia, y los fines de semana solíamos ir a las afueras a pasar tiempo tranquilos en la naturaleza. El campamento adventista se encontraba a una hora de la ciudad, así que era uno de nuestros destinos acostumbrados.

Allí había un arroyo que, en una parte de su recorrido, dejaba una pileta natural en la que muchas veces se hacían bautismos y más adelante se convertía en cascada que caía sobre una olla. De niña recuerdo que pasábamos horas nadando en ese arroyo bastante profundo.

Aquel sábado de tarde, varios años después, me encontraba sentada al lado de ese mismo arroyo. Solo que ahora estaba prácticamente seco. Solo corría un hilo de agua, y en algunos lugares directamente se cortaba la corriente. Al borde había unas hojas de sauce llorón que, colgando, acariciaban la tierra, como queriendo consolarla por la ausencia de agua. La sequía era seria. La paradoja, profunda. Era curioso que el sauce que lloraba fuera en ese momento el que consolara. Pero así estamos muchas veces, consolándonos en una Tierra que pierde la cuenta de sus años de sequía y de dolor.

El paisaje, una vez verde, ahora era en su mayoría marrón.

Pero vi, inesperadamente, una flor amarilla que nacía entre algunos juncos; juncos de esos acariciados por las lloronas hojas del sauce. Representaba la esperanza nacida en medio de la pobreza; la esperanza que nosotros, en nuestra tristeza, tenemos la obligación de compartir; la esperanza que permanecerá hasta que haya estanques y manantiales de agua por todos lados otra vez, aguas cavadas en el desierto, torrentes en la soledad.

Leí el capítulo 35 de Isaías en silencio, con oración, y recordé lo que se dijo sobre este profeta en Profetas y reyes: “¿Qué importaba que el mensajero del Señor hubiese de encontrar oposición y resistencia? Isaías había visto al Rey, a Jehová de los ejércitos; había oído el canto de los serafines: ‘Toda la tierra está llena de su gloria’ (Isa. 6:3) [...]. Durante el cumplimiento de su larga y ardua misión, recordó siempre esa visión” (p. 230).

Recordemos nosotros también a dónde estamos yendo y que, aunque casi todo se seque, aún hay esperanza.

Objetos cotidianos - 14 de marzo

La cajita musical

“Pero tú aumentarás mis fuerzas como las del búfalo; seré ungido con aceite fresco” (Sal. 92:10).

Las cajas de música consisten en un cilindro giratorio que tiene muescas en relieve. Cuando estas, al girar, tropiezan con las láminas del teclado de metal, se reproducen melodías breves. Podríamos pensar en ellas como precursoras de los CD, aunque con un repertorio más que limitado. La reproducción se activa con el movimiento de una manivela. Hay cajitas de varios tamaños y muchas de ellas tienen una bailarina que se mueve al compás de la melodía que suena.

En mi habitación tengo una cajita musical de muchos años, parte de una colección de antigüedades traídas de Europa. No conozco a su fabricante, aunque me gusta pensar en quién habrá sido su dueño antes, sobre qué mueble habrá estado...

Lo curioso con estos aparatos es que se necesita paciencia, aunque sea en esos momentos en que se da vuelta a la manivela. No se activa simplemente con tocarlo, como pasa con casi todo hoy en día.

Su melodía dura seis minutos. Así que paré seis minutos para escucharla, y para recordar que tengo que ser paciente conmigo misma también. Es bueno y sano que en nuestro día encontremos momentos para hacer una pausa, respirar, pensar, orar y reunir fuerzas para seguir.

La melodía comenzó muy vivaz, pero fue haciéndose cada vez más lenta. No dejó de ser hermosa en ninguna de sus etapas o velocidades. Lo que me sorprendió fue que, al dejar de sonar, la rocé sin querer y comenzó a sonar otra vez, como si hubiera recuperado fuerzas.

Recordé ese tiempo gratuito que muchas veces se nos otorga, como esas fuerzas adicionales que creíamos que se habían terminado, pero descubrimos que siguen presentes.

Dios también puso en nosotros un intrincado sistema de funcionamiento, con engranajes y piezas delicadas que fueron colocadas intencionalmente para reproducir la melodía de nuestra vida.

Es importante que nos demos ese descanso, y también que recordemos que hay fuerzas donde a veces parecen haberse acabado.

En la Biblia hay muchas menciones de personas cuyas fuerzas flaqueaban y Dios las levantó y fortaleció.

No sé cómo te encuentras hoy, pero busca alguno de esos versículos, ora y ten paciencia. Las fuerzas vendrán, ya sea para ti o para que las uses para ayudar a alguien más que parece haberse rendido.

Dios pregunta - 15 de marzo

¿Quién dicen que soy yo?

“–Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mat. 16:15, NVI).

Cierto sábado de tarde, un pastor dijo que había tres preguntas importantes que debíamos hacernos: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?

Varias veces luché para responder la primera pregunta, y al leer la Biblia veo que muchos personajes también lo hicieron.

Pero, cuando leemos la pregunta que Jesús hace acerca de su identidad, la formulación es bastante diferente. No imagino a Jesús con una preocupación adolescente acerca de lo que la gente pensaba de él. No es que estuviese sufriendo una crisis de identidad o cuestionando su valor propio. Su identidad y su autoestima no dependían de la opinión de los demás. (Tampoco deberían hacerlo las nuestras.)

Jesús no necesitaba saber quién era o qué pensaba la gente de él, pero los discípulos sí. Nosotros también.

Esta pregunta, además de tan profunda y antigua, es sumamente personal y actual. Es incluso más importante que las otras tres mencionadas. A fin de cuentas, para entender quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos, es necesario conocer al YO SOY y tener un concepto claro de lo que creemos y sabemos acerca de él.

Si tenemos una vida diaria de comunión con Dios, no debería ser difícil tener cientos de cosas para decir acerca de él.

El problema es que muchas veces no lo conocemos y nos conformamos con lo que otros nos cuentan de él. O, peor aún, creemos las características negativas que otras personas le atribuyen, distorsionadas por el enemigo. Buscamos nuestras propias respuestas a estos interrogantes en vez de ir a la Roca. Nos valemos de la ciencia para investigar nuestros orígenes y trazamos de forma independiente los planes más sofisticados para llegar hacia donde queremos ir. Y, en el medio, nos olvidamos de que él tiene respuestas para esas tres preguntas y muchas más. Nos olvidamos de que no hay comienzo ni fin que entender, si no conocemos al Alfa y la Omega.

No, Dios no se vale de lo que nosotros creemos de él para existir. Sin embargo, toda nuestra existencia tambalea si no sabemos quién es él.

Su Palabra nos revela una y otra vez características que nos pueden dar fundamento y evidencia suficiente para creer, disipar dudas, generar respuestas a esas tres preguntas nuestras, y dirigir a otras personas a él.

¿Quién decimos que es?

El poder de la música - 16 de marzo

Jesús y la música

“De mañana sácianos de tu misericordia, y cantaremos y nos alegraremos todos nuestros días” (Sal. 90:14).

En el libro La música, de Elena de White, encontramos preciosas verdades acerca de la importancia del canto en nuestra vida; de todos los beneficios que brinda no solo física y emocionalmente, sino también espiritualmente.

Allí se nos mencionan algunos usos que Jesús le daba al canto, y podemos aprender algunas cosas de su niñez que quizá no sean tan conocidas.

En primer lugar, se nos dice que Jesús fue tentado a pecar cuando era niño, pero “los cantos que su madre le había enseñado a entonar acudían a su mente, y él elevaba su voz en alabanza”. Además, su canto era contagioso, y sus compañeros comenzaban a cantar con él (p. 12).

La poderosa asociación que existe entre la memoria y la música es una herramienta valiosísima a nuestro favor, para traer una y otra vez a nuestra mente pasajes bíblicos que de otra forma serían más difíciles de recordar. Aún estamos a tiempo de grabar mensajes espirituales en el “disco duro” de nuestro cerebro. Podremos reproducirlos cuantas veces queramos después.

En segundo lugar, se nos dice que Jesús le daba la bienvenida al día con su canto. Cantar formaba parte de su culto personal. De esa forma, él “llevaba la alegría del Cielo a los rendidos por el trabajo y a los descorazonados” (p. 12).

Para un par de materias, los alumnos de la Universidad Adventista del Plata tenían que cumplir con el requisito de levantarse temprano, salir a hacer ejercicio y cantar. Era común escucharlos en la plaza a la mañana, y el Dr. Pedro Tabuenca, propulsor de esa actividad, acostumbraba recetarles a sus pacientes una dosis de canto también, algo que reportaba mejorías en el ánimo y la salud de ellos.

¡Es un remedio gratuito que podemos probar hoy!

En tercer lugar, se nos dice que Jesús usaba el canto como forma de expresar su alegría. “A menudo los moradores de Nazaret oían su voz que se elevaba en alabanza y agradecimiento a Dios” (ibíd.). ¿Qué registro de voz habrá tenido? No lo sabemos. Pero ¡qué hermoso debió ser escucharlo cantar alegremente!

Cada vez que cantamos mensajes positivos, anulamos la posibilidad de emitir un mensaje negativo.

Hoy podemos imitar a Jesús en este aspecto también y cantar con alegría al comenzar un nuevo día.

Historias de hoy - 17 de marzo

Una turbulencia, dos Biblias

“Jehová el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de ciervas, y en mis alturas me hace andar” (Hab. 3:19).

–¿Cómo te llamas? –pregunté mientras me inclinaba hacia delante para llamar su atención.

–Lautaro, ¿y tú?

El ruido hacía que la comunicación no fuera tan sencilla, aunque estábamos a solo unos metros de distancia. Le respondí y, aunque ya sabía la respuesta, pregunté:

–Eso que estás leyendo ¿es una Biblia?

–Sí. Tú también, ¿no? –dijo, mientras señalaba la especie de mesita sobre la que tenía apoyada mi Biblia.

–Sí. ¿Qué parte estás leyendo?

–Las genealo... ¿cómo es que se dice? Acá en Génesis... Me la regalaron ahora y estoy comenzando a leerla desde el principio. Me encanta. ¿Y tú?

–La historia de cuando Jesús calma la tempestad. Me pareció oportuna –dije con un guiño cómplice.

Es que estábamos a miles de metros de altura, en medio de la tormenta más grande que viví en avión. Los dos estábamos sentados en la última fila, con cuatro asientos vacíos y un pasillo de distancia.

Entre turbulencia y turbulencia, saltábamos de nuestros asientos y nuestras cabezas se golpeaban contra la ventana.

Lo felicité por estar leyendo la Biblia a su edad tan joven, en esas extrañas circunstancias, y aunque alrededor reinaba el caos, los dos continuamos ensimismados en la lectura y envueltos en la paz que nos daba sabernos en las manos de Dios.

En ese momento, recordé el relato del niño que viajaba solo y permanecía tranquilo en medio de una gran tormenta. A su alrededor la gente estaba preocupada, pero la azafata, al verlo tranquilo, le preguntó por qué no temía, y él le contestó: “No tengo miedo porque mi papá es el capitán. Confío en que nada malo nos pasará”.

Esa misma seguridad sentí esa madrugada al volar, y el texto bíblico de hoy cobró otro significado.

Puede ser que hoy no te encuentres en un vuelo a miles de metros de altura, pero puedes abrir tu Biblia en medio de una tremenda batalla espiritual que se está librando, en medio del caos y del ruido. Lo único que te permitirá descansar confiado y hacerles frente a las turbulencias que se presenten hoy es saber que Jesús es el capitán de tu vida. Aunque nuestros pies estén apoyados en el piso todo el día, él puede hacernos andar en las alturas. Confiemos en él. Es nuestra fortaleza.

Valores - 18 de marzo

El impacto del discurso

“Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Rom. 12:3).

“¡Torpe, torpe!”, se dijo a sí misma con furia. Se le había caído un plato de sopa al piso, pero ese error cotidiano le hacía desatar una tormenta de autorreprensiones. La visión que tenía de su persona era negativa, y condicionaba el resto de sus pensamientos. Tenía muchísimas virtudes intactas a pesar de sus numerosas décadas de vida, pero solía escucharla decir las cosas más feas sobre sí misma.

Dios nos dice que nos puso nombre, que somos suyos (Isa. 43:1), que somos su especial tesoro (Éxo. 19:5), entre un montón de cosas más; y a veces nos lanzamos los peores insultos.

¡Cuánto lo deshonramos o menospreciamos de esta forma!

Incluso, en nuestra concepción religiosa, por hacer énfasis en que no somos nada, a veces corremos el peligro de olvidar que para él somos lo más valioso de la Creación.

A veces nos limitamos a los patrones de este mundo y olvidamos tener en cuenta cuál es la imagen que él tiene de nosotros y el plan que trazó desde el comienzo para nuestra vida. Si hiciéramos más lo que él nos dice y creyéramos más en lo que él opina, nos pareceríamos más a eso de lo que tanto habla.

Algunos eligen repetirse frases positivas a la mañana al mirarse al espejo. Si bien puede ser efectivo, quizá no sea un método con el que todos se sientan cómodos, y además puede ser peligroso para los más vanidosos.

Pero, sobre todo, podemos probar repetir en nuestra mente aquellos versículos que nos hablan del valor que tenemos a la vista de Dios. Nos darán una visión equilibrada del lugar que ocupamos en el Universo y, en sus manos, podremos ser partícipes del cumplimiento de sus promesas.

Aunque el texto de hoy habla acerca del concepto elevado que muchos suelen tener de sí mismos, el consejo es igual de aplicable para aquellos que suelen tener un concepto disminuido.

Pablo nos aconseja pensar con cordura. Cuidemos el impacto de nuestro discurso porque, al final, como dice el texto, esa cordura está íntimamente relacionada con la medida de fe que demostramos tener.

Encuentros con Jesús - 19 de marzo

Los embajadores de la bienvenida

“Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho” (Luc. 2:20).

Son muchas las lecciones que podemos sacar de los primeros encuentros con Jesús, aunque no hayan consistido en charlas profundas.

Las primeras personas que vieron a Jesús, después de María y José, fueron los pastores.

Los ángeles estaban expectantes en el cielo. Casi no podían aguantar las ganas de contar las buenas nuevas al mundo, y esperaban la señal para hacerlo. Cuando en la ciudad nadie parecía estar listo para recibir a Jesús, los pastores, en las colinas a las afueras, lo tenían como centro de su conversación y oraban para que viniera. Estos trabajadores solitarios, acostumbrados a las inclemencias del tiempo y a la responsabilidad del cuidado confiado a ellos, reunían los requisitos para recibir esta noticia que los más encumbrados no tuvieron el privilegio de oír por su soberbia.

No hubo debate sobre la naturaleza de los ángeles ni dudas respecto al mensaje celestial. En vez de una reunión de escepticismo, nos enseñaron con su inmediata y rápida caminata hacia el pesebre que ellos sabían quién les había hablado y creían lo que se les había dicho.

¡A ellos se les reservó el privilegio de ese cuadro maravilloso en el cielo y esa bienvenida nocturna en la Tierra!

“El cielo y la Tierra no están más alejados hoy que cuando los pastores oyeron el canto de los ángeles. La humanidad sigue hoy siendo objeto de la solicitud celestial tanto como cuando los hombres comunes, de ocupaciones comunes, se encontraban con los ángeles al mediodía, y hablaban con los mensajeros celestiales en las viñas y los campos” (El Deseado de todas las gentes, p. 32).

Los pastores no conversaron directamente con Jesús. Quizá solo lo hayan visto dormir plácidamente. Pero lo cierto es que este primer encuentro con él los marcó para siempre y alcanzó para que, sin dudas en el corazón, salieran a contar lo que habían visto. Alababan al mismo Dios al que habían estado orando hacía unas horas, y al que ahora habían visto en forma de bebé.

Hoy tienes el privilegio de hablar con el mismo Dios de esta historia, de ser más consciente de la compañía de los seres celestiales que nos rodean, y de cumplir sus instrucciones, así como lo hicieron los pastores esa noche siendo embajadores de las buenas nuevas.

Aroma a sábado - 20 de marzo

La torta de chocolate

“Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos” (Sal. 34:15).

Cada viernes de tarde, la cocina desprendía un aroma delicioso. ¡Era la tan ansiada torta de chocolate!

Gracias a los receptores olfatorios de nuestra nariz, se envían señales al bulbo olfatorio, y este a su vez se conecta con la corteza cerebral, el sistema límbico y el hipotálamo. Es gracias a eso que hay respuestas emocionales asociadas a los olores. Y esta torta de chocolate despertaba respuestas positivas, no solo por ser rica, sino también porque estaba asociada al momento más especial de la semana.

Con mi mamá y mis hermanos, nos estábamos hospedando provisoriamente en la casa de una familia amiga. Ya hacía varios meses que vivíamos allí y comencé a notar este ritual de los viernes. Cuando la casa ya estaba limpia y faltaba poco para que se pusiera el sol, llegaba un chico que vivía en situación de calle. En realidad, creo que tenía un hogar, pero pasaba gran parte de su tiempo trabajando en la calle para reunir algo de dinero que lamentablemente nunca era para él. Muchas veces la situación en su casa era tan triste, que era mejor estar afuera que adentro. Él llegaba, saludaba a todos y entraba a ducharse un buen rato con agua caliente. Al salir, parecía una persona totalmente diferente. Entonces se sentaba con nosotros, los chicos, a merendar esa deliciosa torta de chocolate.

Muchas veces lo miré en silencio comer varias porciones de torta. Compartíamos ese momento feliz y nos preparábamos para todas las demás bendiciones que ese día traería.

El sábado de mañana lo encontrábamos en la iglesia y, aunque después con mi familia nos mudamos y no supe más de él, tengo grabado en la memoria el recuerdo de su sonrisa por la torta de chocolate.

Vi muchísimos actos desinteresados de servicio en ese hogar, y recuerdo que muchas veces escuchábamos y cantábamos una canción titulada “Nada escapa de su mirar”.

Como dice el versículo, los ojos de Jehová están sobre los justos, tanto para suplir las necesidades de los que no tienen como para hacer conscientes a los que tienen de lo mucho que pueden ayudar con tan poco.

¿Qué acción generosa puedes proponerte hacer cada viernes a partir hoy?

Objetos cotidianos - 21 de marzo

La rueda gigante

“Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Col. 1:17).

En los parques de diversiones, algunos prefieren las montañas rusas. Otros, los autitos chocadores. Personalmente, elijo la rueda gigante, también conocida como noria, o rueda de la fortuna. No he subido a muchas, pero siempre he disfrutado estar en su punto más alto y ver desde arriba toda la ciudad iluminada.

En una oportunidad, hice fila por largo rato para subir a la que estaba junto a un puerto muy concurrido en Chicago. Allí se había construido la primera rueda gigante del mundo, como atractivo para la Exposición Mundial de 1893. Unos años antes se había estrenado la torre Eiffel, para esa misma exposición, en París, así que el desafío era grande. Pero contó con el apoyo de ingenieros, arquitectos y demás encargados, y tuvo gran éxito.

Ahora me encontraba ante la segunda versión, que aunque no era tan alta, resultaba muy imponente y pintoresca igual. Comencé a observarla con detenimiento, y me di cuenta de que muchas veces somos como las ruedas gigantes. Nos acostumbramos a que las cosas giren siempre en torno a un eje (muchas veces, nuestro “yo”), pasamos por altibajos, nos acostumbramos a ellos y a veces hasta queremos permanecer en ese ciclo un tanto inestable. Nos conformamos con sentir la adrenalina de la altura, aunque sea de vez en cuando.

Pero, hay otro aspecto muy importante de las ruedas gigantes: sin importar su tamaño, antes de arrancar el recorrido, el encargado se acerca para corroborar que la barra de protección esté bien asegurada y dar algunas indicaciones. A veces las personas van sentadas en un asiento de a dos y otras veces van paradas en una estructura cerrada, con capacidad para varias personas. Independientemente del caso, se requiere una medida de seguridad y obediencia por parte de los viajeros para evitar riesgos innecesarios.

¡Cuán diferentes serían las cosas si recordáramos que nuestro eje debe ser Cristo; si nuestra vida girara en torno a él; si reconociéramos que tanto los puntos bajos como los altos de nuestro trayecto son momentos valiosos del recorrido y que en ambos podemos aprender formas necesarias de ver la vida! Además, Dios se acerca cada día a nosotros y nos recuerda la mejor forma de comportarnos para disfrutar del viaje.

Dios pregunta - 22 de marzo

¿Dónde está tu hermano?

“El Señor le preguntó a Caín: –¿Dónde está tu hermano Abel? –No lo sé –respondió–. ¿Acaso soy yo el que debe cuidar a mi hermano?” (Gén. 4:9, NVI).

Si tienes hermanos, probablemente recuerdes tus peleas con ellos. A veces eran efímeras y a veces tenían consecuencias que duraban días. Pero muchas veces sacaban lo peor de nosotros. Quizás hoy aún lo sigan haciendo.

Con la entrada del pecado, estos rasgos se vieron manifestados de forma temprana en el primer par de hermanos. Así se cumplía la promesa de enemistad entre la serpiente y la simiente de la mujer.

Caín y Abel habían sido puestos a prueba, como sus padres lo fueran tiempo atrás. “Además de [sacrificar las primicias del ganado] debían presentar ante el Señor, como ofrenda de agradecimiento, los primeros frutos de la tierra” (Patriarcas y profetas, p. 58). Y Caín, a diferencia de su hermano, obedeció solo parcialmente la orden.

La pregunta que Dios le hace a Caín es posterior al asesinato. Adán y Eva se escondieron cuando desobedecieron, pero Caín parecía ser más temerario. Cuando Dios le preguntó dónde estaba su hermano, además de mentir con su respuesta, hizo una pregunta llena de sarcasmo. ¿Cómo se atrevía a dirigirse a Dios de esa manera?

Pero, en su tono de voz no solo había burla y desdén, sino también en su frase notamos la motivación subyacente de su accionar. La obediencia de Caín había sido por obras, como por un deber impuesto que él no quería cumplir plenamente.

La obediencia de Abel había sido por fe, con gratitud por aquello que representaba su ofrenda y con un accionar justo ante los ojos de Dios.

Quizás hoy no estemos pensando en matar a nuestros hermanos, pero cada vez que nuestra forma de actuar va en contra de los principios divinos; cada vez que obedecemos a Dios de forma reticente, más por deber que por amor, más por obras que por fe, caemos en el mismo gravísimo error en que cayó Caín aquel día.

Aunque podemos sentirnos lejos de parecernos a él, hoy podemos evaluar nuestras acciones y motivaciones, y ver si realmente somos tan diferentes.

En un mismo día podemos mostrar actitudes similares a las que tuvieron estos dos hermanos.

Y ojalá, aunque sabemos que nuestra salvación es personal y por fe, no descuidemos la salvación de nuestros hermanos y velemos por ellos también. Pero asegurémonos de que lo estamos haciendo por gratitud y fe, como lo hizo Abel, no por obras ni para gloriarnos.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
561 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789877982909
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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