Kitabı oku: «El hombre de ninguna parte - Magia en la Toscana»
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2013 Caroline Anderson
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
El hombre de ninguna parte, n.º 2543 - marzo 2014
Título original: Snowed in with the Billionaire
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-4126-0
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
Índice
Créditos
Índice
El hombre de ninguna parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Magia en la Toscana
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
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Capítulo 1
–Pero, ¿qué...?
Lo único que Georgia pudo ver en aquellas atroces condiciones fueron las luces del frenado, así que pisó el pedal del freno y se alegró de haber dejado una amplia distancia de seguridad con el coche que tenía delante.
El vehículo se detuvo y puso las luces de emergencia. Trató de ver por qué se habían detenido, pero la visibilidad era mínima. Aunque técnicamente todavía era de día, apenas se veía debido a la tormenta de nieve. Y la radio no ayudaba: no hacían más que decir que la nieve había llegado antes de lo previsto, pero no daban ninguna información sobre los atascos de tráfico en la zona.
El tráfico se había ido ralentizando durante los últimos minutos por la escasa visibilidad, y ahora estaban completamente parados. Georgia se había puesto a cantar las canciones navideñas de la radio mientras el tiempo empeoraba para conjurar el creciente pánico y fingir que todo iba bien. Estaba claro que su optimismo iba a tener mucho trabajo. ¿Cuándo aprendería?
Entonces la nieve disminuyó un poco y atisbó a ver las luces traseras de varios coches extendiéndose en la distancia. Lejos de ellos se divisaban las luces azules e intermitentes de los coches patrulla.
De acuerdo, así que había ocurrido algo grave. Pero ella no podía quedarse allí sentada a esperar que llegaran las ambulancias en medio de la tormenta. Corría el peligro de verse atrapada, y estaba muy cerca de casa, a menos de diez kilómetros. Tan cerca y a la vez tan lejos.
La nieve volvió a caer con fuerza y Georgia se mordió el labio. Había otra ruta, un camino estrecho que ella conocía muy bien. Un camino que solía utilizar en el pasado como atajo aunque ahora lo hubiera evitado, y no solo por la nieve...
–¿Por qué nos hemos parado, mamá?
Georgia se cruzó con la mirada de su hijo a través del retrovisor.
–A alguien se le ha roto el coche –o se trataba de un accidente, pero no quería asustar a su hijo de dos años. Vaciló. Estaba muy reacia a utilizar el camino, pero lo cierto era que no le quedaban opciones.
Tomó la única decisión que pudo, le sonrió a Josh y cruzó los dedos.
–No pasa nada, vamos a ir por otro sitio. Enseguida estaremos en casa de los abuelos.
Josh torció el gesto.
–Quiero ir ahora. Tengo hambre.
–Sí, yo también. No tardaremos mucho.
Georgia giró el coche y sintió cómo patinaba un po-
co mientras retomaba el camino por donde había venido. La carretera resultaba letal, y se pondría cada vez peor a medida que los coches compactaran la nieve.
Cuando tomó la desviación del camino, sintió cómo se le aceleraba el corazón. La nieve caía furiosamente alrededor del coche, cegándola prácticamente e impidiéndole la visión.
¡Esto no tendría que estar sucediendo todavía! No hasta que ellos estuvieran a salvo en casa de sus padres, calentitos y bien alimentados. Y no bajo las inclemencias del tiempo, en un camino estrecho que no iba a ninguna parte. Si hubiera salido un poco antes...
Comprobó el teléfono y gruñó. No había señal. Fabuloso. Más le valía no quedarse atrapada entonces. Aspiró con fuerza el aire y siguió conduciendo con cuidado.
Con demasiado cuidado. El implacable viento estaba levantando la nieve del suelo y llevándola hacia la derecha. El estrecho camino quedaría muy pronto bloqueado. Se dio cuenta de que si no se daba prisa no llegaría, así que tragó saliva y apretó un poco el acelerador. Al menos sobre la nieve recién caída tenía más tracción, y no era probable que se cruzara con alguien que viniera de frente. Le quedaba menos de un kilómetro para llegar a la otra carretera. Podía hacerlo.
Un alto muro de ladrillo apareció a la izquierda, cubierto por arriba de nieve como si fuera una tarta helada. Georgia sintió una oleada de alivio. Ya casi estaba. El antiguo muro rodeaba el camino hasta casi el final.
Y a mitad del muro la vio, sobresaliendo entre la neblina. La entrada a un mundo oculto, situada entre dos pilares imponentes coronados por dos criaturas mitológicas de piedra. Y entre ellas, las ornamentales puertas de hierro que no cerraban bien.
Aunque ahora estaban perfectamente cerradas.
También las habían pintado, y al acercarse más despacio y parar el coche, se dio cuenta de que ya no estaban torcidas. Siempre quedaba un resquicio abierto, suficiente para colarse dentro, y aquel hueco había sido un reclamo irresistible para una niña aventurera que salía a pasear en bicicleta con su hermano mayor, igual de temerario que ella.
Las criaturas de la entrada les habían asustado, bestias mitológicas con cabeza y alas de águila y cuerpo de león, pero aun así habían entrado, y al otro lado del muro encontraron un patio de juegos secreto que superaba cualquier expectativa. Acres de jardín salvaje con escondrijos y lugares abiertos, enormes árboles y un millón de sitios donde esconderse.
Y en medio de todo, la joya de la corona: la casa más bonita que Georgia había visto en su vida. La enorme puerta de entrada estaba encastrada bajo un pórtico sujeto con pilares y rodeado por nueve elegantes ventanas de guillotina.
Aunque no todas las ventanas se veían. La mitad de ellas estaba cubierta de glicina, que colgaba por el frente e invadía el tejado, y el aroma de las flores lila resultaba embriagador.
Llevaba años vacía. Con el corazón en la boca, Jack y ella encontraron el modo de entrar a través de la ventana de la bodega y recorrieron las vacías habitaciones con su decadente grandeza, asustándose el uno al otro con historias de miedo sobre la gente que podría haber vivido y muerto allí.
Años más tarde, cuando su hermano empezó a ir con Sebastian, Georgia también le llevó allí. Sebastian había ido a su casa a buscar a Jack, pero no estaba, así que fueron a dar una vuelta en bicicleta. No era una auténtica cita, pero a sus dieciséis años, a ella se lo parecía. Así que se llevó a Sebastian a la casa vacía. A él también le fascinó. Exploraron cada rincón tratando de imaginar cómo sería vivir allí ahora. Incluso fantasearon con los muebles: una mesa de comedor tan larga que no se podría ver a la persona que estuviera sentada al otro extremo, un piano de cola en lo que tendría que haber sido la sala de música, y en la habitación principal, una enorme cama con dosel.
En la fantasía personal de Georgia, la cama era lo suficientemente grande como para acogerlos a los dos y a todos sus hijos. Y habría muchos, el comienzo de una dinastía. Llenarían la casa de niños, todos concebido en aquella maravillosa cama vestida con almohadas de pluma y sábanas de fino algodón egipcio.
Y entonces Sebastian la besó.
Habían estado jugando al escondite, bromeando y coqueteando con la tontería propia de los adolescentes. Él la encontró en el armario del dormitorio y la besó.
Georgia se enamoró completamente de él en aquel instante, pero pasaron casi dos años hasta que la relación avanzó y la realidad y la fantasía comenzaran a converger.
Sebastian se marchó a la universidad, pero se veían todas las vacaciones, pasaban cada minuto juntos, y los besos se volvieron más urgentes, más osados, mucho más adultos.
Y entonces, el fin de semana que ella cumplía dieciocho años, Sebastian la llevó a la casa. No le dijo para qué, solo que se trataba de una sorpresa. Entonces la subió a la habitación principal, abrió la puerta y Georgia se quedó maravillada.
Había preparado el escenario: velas parpadeantes en la chimenea, una gruesa manta extendida sobre la moqueta apolillada y cubierta con pétalos de la glicina de la ventana. Sebastian le dio de comer delicados sándwiches de salmón ahumado y caviar y fresas con chocolate, y brindaron con champán rosado servido en pequeñas tacitas de cartón decoradas con corazones rojos.
Y entonces, lenta y tiernamente, dándole su tiempo aunque eso seguramente le mataría, le hizo el amor.
Georgia le entregó encantada su virginidad. Habían estado cerca muchas veces, pero él siempre había parado. Aquel día no. Aquel día le había hecho por fin el amor, le había dicho que la amaría siempre y ella se lo había creído porque también lo amaba. Seguirían juntos, se casarían, tendrían los hijos que ambos querían, se harían viejos juntos al calor de su familia. No importaba dónde vivieran ni si eran ricos o pobres, todo iba a ser perfecto porque estarían juntos.
Pero dos años después, guiado por la ambición y por algo más que Georgia no fue capaz de entender, Sebastian cambió, se convirtió en alguien que ella no conocía y todo se rompió. Su sueño se convirtió en una pesadilla y le dejó, pero se quedó destrozada.
No había vuelto allí en los últimos nueve años, pero justo antes de que Josh naciera se enteró de que Sebastian había comprado la casa y la había salvado de la ruina.
David y ella estaban en una fiesta, y alguien de Patrimonio Nacional comentó:
–Tengo entendido que un tipo rico ha comprado Easton Court, por cierto. Sebastian no sé qué –comentó.
–¿Corder? –sugirió Georgia con todo el cuerpo paralizado.
–Ese –asintió el hombre–. Le deseo buena suerte. Va a necesitarla, y también tendrá que invertir mucho dinero.
La conversación continuó por otros derroteros mientras ella trataba de encontrarle sentido a la adquisición de Sebastian. Cuando volvían a casa, David le preguntó por él.
–¿De qué conoces a ese tal Corder?
–Era amigo de mi hermano –respondió ella con una naturalidad que no sentía–. Su familia vivía en la zona.
No era mentira, pero tampoco era toda la verdad y se sintió un poco culpable. Lo cierto era que se había llevado una gran sorpresa. Pensaba que se había alejado de todo lo relacionado con aquel tiempo, y al darse cuenta de que no era así se sentía desconcertada. Asombrada, fascinada y horrorizada, todo al mismo tiempo, porque aquello estaba muy cerca de su casa, muy cerca de sus padres.
Demasiado cerca como para sentirse cómoda.
Pero unos días más tarde nació Josh, y pocas semanas después David murió, todo su mundo se vino abajo y olvidó el asunto. Olvidó todo, en realidad, excepto tratar de mantenerse fuerte por Josh.
Pero a partir de entonces, cada vez que visitaba a sus padres evitaba aquel camino, tal y como había hecho en aquella ocasión... hasta que no le quedó más opción.
El corazón le latía con fuerza contra las costillas. ¿Estaría él allí ahora, detrás de aquellas intimidatorias y renovadas puertas? ¿Solo? ¿O compartiendo la casa con alguien más, alguien que no compartía el sueño de...?
Detuvo sus pensamientos en seco. No quería ir por ahí. Ya no importaba. El sueño ya no existía y ella había seguido adelante. Había tenido que hacerlo. Ahora era madre y no tenía tiempo para sueños. Apartó la mirada y la mente de aquellas imponentes puertas y del hombre que podía estar o no estar detrás de ellas, le sonrió a su hijo y siguió avanzando.
Pero el coche tenía otros planes. Se deslizó con fuerza mientras ella trataba de salir y la nieve les rodeó. El viento golpeaba furiosamente el coche, recordándole lo peligroso de la situación. Apretó con fuerza el volante, pisó el acelerador con más cuidado y avanzó casi a ciegas por la neblina.
Apenas había recorrido unos cuantos metros cuando chocó contra un montículo con la rueda derecha. El coche resbaló y se quedó en medio del camino, encajado contra el montículo que tenía detrás. Tras unos instantes en los que giró las ruedas inútilmente, Georgia le dio un puñetazo al volante y contuvo un grito de frustración y de pánico.
–¿Mami?
–No pasa nada, cariño. Solo nos hemos quedado un poco atrapados. Tengo que ir a echar un vistazo fuera. No tardaré mucho.
Trató de abrir la puerta pero estaba encajada. Bajó la ventanilla y trató de mirar hacia fuera, protegiéndose los ojos de los cristales de nieve que parecían salidos del Ártico.
Estaba contra un ventisquero, pegada a él, y no podía abrir la puerta de ningún modo. Subió rápidamente la ventanilla y se sacudió la nieve del pelo.
–¡Vaya, qué viento! –dijo sonriendo al mirar hacia atrás.
Pero no consiguió tranquilizar a Josh.
–No me gusta, mami –dijo con el labio tembloroso.
–No pasa nada, Josh. Está nevando un poco fuerte en este momento, pero pasará enseguida. Saldré por la otra puerta a ver por qué estamos atrapados.
–¡No! ¡Quédate, mamá!
–Cariño, voy a estar fuera. No voy a ninguna parte. Te lo prometo –le lanzó un beso, se acercó a la puerta del copiloto y salió al frío polar para analizar la situación. Le resultó difícil con el viento helado azotándole el pelo contra los ojos y llegándole hasta los huesos, pero comprobó un extremo del coche y luego el otro y se le cayó el alma a los pies.
Estaba empotrado entre el montículo contra el que había topado a la derecha y la nieve que había caído detrás de ellos, probablemente al impactar de costado. No había nada que pudiera hacer. No podía sacarlo de allí sola. Ya estaba hundido varios centímetros. Pronto el tubo de escape quedaría cubierto de nieve, el motor se calaría y morirían de frío.
Literalmente.
Su única esperanza, pensó protegiéndose otra vez los ojos contra la nieve y analizando la situación, estaba en la casa que quedaba tras aquellas intimidantes puertas.
Easton Court. La casa de Sebastian Corder, el hombre al que había amado con toda su alma, el hombre al que había dejado porque iba tras algo que ella no podía entender ni identificar y que estaba minando su relación.
Sebastian esperaba que lo dejara todo y le siguiera en un estilo de vida que ella odiaba, que abandonara su carrera, a su familia, incluso sus principios, y cuando le pidió que lo reconsiderara, él se negó, así que Georgia se marchó y dejó su corazón atrás...
Y ahora su vida y la vida de su hijo podrían depender de él.
Aquella casa, la casa de la que tanto se había enamorado, la casa del único hombre al que de verdad había amado, era el único lugar del mundo en el que querría estar, su dueño la última persona a la que querría pedirle ayuda. Suponía que Sebastian estaría tan poco contento como ella, pero estaba con Josh y no tenía más opción que tragarse el orgullo y pedirle a Dios que Sebastian estuviera allí.
Se acercó a la puerta con el corazón latiéndole con fuerza, alzó una mano helada y apartó la nieve del portero automático con dedos temblorosos.
–Por favor, que estés ahí –susurró–. Por favor, ayúdame –y entonces, con el corazón en la boca, apretó el botón y esperó.
El persistente zumbido atravesó su concentración y Sebastian dejó lo que estaba haciendo, salvó el documento y se dirigió al vestíbulo.
Seguramente sería el pedido navideño. Benditas compras por Internet, pensó. Entonces miró por la ventana y parpadeó varias veces seguidas. ¿Cuándo había empezado a nevar así?
Miró la pantalla del portero automático y frunció el ceño. Durante un instante no vio nada más que un torbellino blanco, y entonces la pantalla se aclaró un momento y distinguió la figura de una mujer arrebujada en su abrigo con las manos bajo los brazos. Entonces ella extendió una mano para limpiar la nieve del portero automático y la vio con claridad.
¿Georgia?
Sintió cómo la sangre dejaba de irrigarle el cerebro y contuvo el aliento. No. No podía ser. Era un espejismo, producto de su imaginación, porque cuando estaba en aquella maldita casa no podía dejar de pensar en ella.
–¿Puedo ayudarla? –le preguntó con voz tirante sin fiarse de lo que veían sus ojos.
Pero entonces ella se apartó el pelo de la cara, se lo recogió en una coleta y se dio cuenta de que era realmente Georgia. Parecía aliviada cuando escuchó su voz.
–Sebastian, gracias a Dios que estás ahí. No estaba segura de... soy Georgia. Mira, siento mucho molestarte, pero, ¿puedes ayudarme? Se me ha quedado el coche atrapado justo al lado de tu entrada, y mi teléfono no funciona.
Él vaciló y contuvo la respiración mientras la miraba fijamente y trataba de encontrar algo a lo que agarrarse en un mundo que de pronto se había salido de su eje. Finalmente consiguió que prevaleciera el sentido común.
–Espérame ahí. Tal vez pueda sacarte.
–Gracias.
Georgia desapareció en medio de una nube blanca y Sebastian soltó el botón con un profundo suspiro. ¿Qué diablos estaba haciendo en aquel camino con aquella tormenta? No habría ido a verle, ¿verdad? ¿Por qué iba a hacerlo? No lo había hecho ni una sola vez en nueve años, y no tenía motivos para pensar que lo hiciera ahora. Él no le importaba lo más mínimo, al menos no lo bastante para haberse quedado a su lado.
Al final Georgia le había odiado y no podía culparla por ello. Él también se había odiado a sí mismo, pero también a ella por no haber tenido fe en él, por no quedarse a su lado cuando más la necesitaba.
No, no había ido a verle. Habría ido a pasar la Navidad con sus padres y al utilizar el atajo se veía por pura casualidad atrapada en su casa. Y él no tenía más remedio que salir a ayudarla. Y eso implicaba hablar con ella, verle la cara, escuchar su voz.
Resucitar toda la carga de recuerdos de un tiempo que preferiría olvidar.
Pero no podía dejarla allí bajo la tormenta. Y pronto anochecería. La ayudaría a salir y luego le diría adiós rápidamente, antes de que fuera demasiado tarde y tuviera que quedarse allí.
Dejó escapar un gruñido, agarró las llaves del coche, se puso el abrigo, buscó una pala y una cuerda para remolcar en la caseta del jardín y las puso en la parte de atrás del Range Rover.
Se dirigió hacia la entrada de su casa con los limpiaparabrisas a toda máquina, pero cuando llegó a las puertas y las abrió con el mando a distancia no había ni rastro de Georgia. Solo huellas en la nieve que giraban hacia la izquierda y luego desaparecían bajo la neblina. Se preguntó dónde diablos estaría.
Entonces vio el coche a varios metros de allí, con las tenues luces de emergencia apenas visibles a través del manto de nieve. Sebastian dejó el Range Rover en la entrada y salió, hundiendo las botas en la nieve mientras se acercaba a ella. No era de extrañar que se hubiera quedado allí atrapada al salir a la carretera con aquel temporal en aquel coche tan ridículo, pensó. Pero aquella noche no iría a ninguna parte más. Lo que significaba que tendría que quedarse con él.
Maldición.
Sebastian sintió cómo la ira se apoderaba de él y reemplazaba el shock. Bien. Era mejor eso que el sentimentalismo. Se subió el cuello del abrigo para enfrentarse al viento y a las agujas de hielo y se acercó al coche. Abrió la puerta y se inclinó. Una oleada de calor llegó hasta él mezclada con un aroma seductor que recordaba muy bien.
Fue como si le hubieran dado una patada en el estómago, pero cerró la puerta de la caja de los recuerdos.
Georgia estaba de rodillas en el asiento mirando algo que había atrás. Cuando se giró hacia él esbozó una sonrisa débil.
–Hola. Qué rápido. Siento mucho...
–No pasa nada –la atajó él tratando de no escudriñar su rostro para buscar cambios–. Venga, salgamos de aquí.
–¿Lo ves, Josh? –exclamó Georgia con alegría–. Te dije que vendría a ayudarnos.
¿Josh? ¿Había un «Josh» que podría haberla ayudado a salir?
–¿Josh? –preguntó él con frialdad.
–Es mi hijo.
¿Tenía un hijo? Sebastian inclinó la cabeza para mirar en el asiento de atrás y se encontró con unos ojos tan familiares que sintió que le atravesaban el alma.
–Josh, este es Sebastian. Nos va a sacar de aquí.
Por supuesto que lo haría. ¿Cómo iba a decepcionar a aquellos ojos verdes cargados de preocupación? Pobre niño.
–Hola, Josh –dijo antes de permitirse mirar a Georgia.
No había cambiado nada. Tenía los mismos ojos grandes e ingenuos de su hijo, los mismos labios carnosos, los pómulos altos y las cejas bien arqueadas que le habían encandilado tantos años atrás. Sus rizos, ahora perlados de nieve, seguían igual de brillantes y de salvajes que siempre. Tenía su rostro a escasos centímetros, y su aroma le envolvió, debilitándole las defensas.
Sacó la cabeza del coche y se estiró, llenándose los pulmones del helado aire exterior. Se sintió un poco mejor. Ahora solo tenía que volver a levantar sus defensas.
–Lo siento de verdad –repitió ella asomándose.
Pero Sebastian sacudió la cabeza.
–No lo sientas. Vamos a sacar tu coche de aquí y vais a entrar en casa.
–¡No! Tengo que llegar a casa de mis padres.
–Mira el tiempo, Georgia –le pidió él señalando al cielo–. No vas a ir a ninguna parte. No sé si podré sacar tu coche de aquí, y desde luego no vas a ir a ninguna parte ahora que casi es de noche. Ponte al volante, enciende el motor y cuando sientas un tirón suelta el freno y mete la marcha atrás mientras yo tiro, ¿de acuerdo?
Ella abrió la boca, volvió a cerrarla y asintió. Ya tendría tiempo de discutir con él cuando sacara el coche.
Lo consiguieron en un instante. El coche patinó un poco y por un momento, Georgia creyó que no iban a conseguirlo. Pero finalmente lograron sacarlo. Puso el freno de mano y dejó de apretar con fuerza el volante.
Fase uno finalizada. Ahora tocaba enfrentarse a la fase dos.
Abrió la puerta del coche y salió al temporal. Sebastian estaba allí mismo, comprobando que el lateral del coche no hubiera sufrido ningún daño.
–Parece que está todo bien.
–Qué bien. Es un alivio. Y gracias por la ayuda...
–No me des las gracias –le espetó él con brusquedad–. Estabas bloqueando el camino.
Ella tragó saliva ante aquel inesperado latigazo. Por supuesto, era la última persona a la que Sebastian querría ayudar, pero lo había hecho de todas formas, así que se tragó el orgullo y volvió a intentarlo.
–En cualquier caso, te lo agradezco. Ahora me pondré en camino y...
Él la atajó con un suspiro.
–Acabamos de tener esta conversación, Georgia. No puedes ir a ninguna parte. ¿Cómo diablos se te ocurrió tratar de llegar hasta aquí con este temporal?
Georgia parpadeó y se lo quedó mirando fijamente.
–Tenía que hacerlo. Voy a pasar la Navidad con mis padres y pensé que llegaría antes de que nevara.
–¿Y por qué has tomado este camino? No es la opción más inteligente, y menos con ese cacharro.
¿Cacharro? Aquello la irritó.
–No era mi intención venir por aquí, pero la carretera principal estaba cortada por un accidente. ¿Sabes qué? Olvídalo –le espetó perdiendo la paciencia–. Siento mucho haberte molestado. Vuelve a tu torre de marfil y te dejaré en paz.
Trató de regresar al coche, pero Sebastian le agarró la muñeca con fuerza.
–¡Madura de una vez, Georgia! Por muy tentado que me sienta a dejarte aquí para que te las arregles sola, no puedo permitir que los dos muráis por culpa de tu estupidez y de tu orgullo.
Ella abrió los ojos de par en par y lo miró fijamente mientras trataba de zafarse.
–¿Estupidez y orgullo? ¡Mira quién fue a hablar! No vamos a morir. No seas melodramático. No es para tanto.
Sebastian la atrajo hacia sí y observó su rostro mientras su aroma volvía a invadirle.
–¿Estás segura? –gruñó–. Porque puedo dejarte aquí para que lo compruebes si quieres. Pero no voy a dejar a tu hijo contigo. ¿Cuántos años tiene? ¿Dos? ¿Tres?
El desafío desapareció de los ojos de Georgia y fue sustituido por la preocupación.
–Dos. Tiene dos años.
Sebastian cerró los ojos un instante y tragó saliva para contener las náuseas. Él también tenía dos años cuando...
–De acuerdo –dijo con voz tirante pero pausada ahora–. Esto me gusta tan poco como a ti, pero la diferencia está en que yo me tomo en serio mis responsabilidades...
–¿Cómo te atreves? –gritó Georgia–. ¡Yo me tomo mis responsabilidades muy en serio! ¡Nada es más importante para mí que Josh!
–¡Pues demuéstralo! ¡Entra en el coche y por una vez en tu vida haz lo que te dicen antes de que todos muramos congelados!
Sebastian le soltó el brazo como si le quemara y ella volvió a entrar en el coche dando un portazo innecesario.
–¿Mami?
–No pasa nada, cariño –diablos, le temblaba la voz. Le temblaba todo el cuerpo.
–No me gusta. ¿Por qué está enfadado?
–Solo está enfadado con la nieve, Josh. Igual que yo. No pasa nada.
Una mano enguantada limpió el cristal y los limpiaparabrisas empezaron a moverse otra vez, de modo que Georgia ya podía ver el coche que tenía delante. Sebastian quitó la cuerda del remolque y se puso en marcha. Ella le siguió obedientemente mientras atravesaban las puertas de hierro. Cuando las cruzaron, vio cómo empezaban a cerrarse tras ellos, atrapándola en el interior de la propiedad.
Easton Court, el lugar de sus sueños rotos. Su próxima prisión durante quién sabía cuánto tiempo.
Tendría que haberse quedado en el atasco.
Capítulo 2
Sebastian siguió conduciendo y pasó por delante de las antiguas caballerizas que había detrás de la casa. Cuando se detuvo ya había logrado recuperar la calma. Si conseguía mantener la boca cerrada, tal vez no dijera algo de lo que pudiera arrepentirse.
Algo «más» de lo que pudiera arrepentirse. Ya era un poco tarde para las cosas que acababa de decir, y muy tarde para todo lo que dijo nueve años atrás, para la amargura y la destrucción que había llevado a su relación.
Tanto tiempo después seguía sin saber quién tenía razón y quién no, o si alguien tenía razón. Solo sabía que la echaba de menos, que no había dejado de echarla de menos a pesar de que durante todos aquellos años había tratado de ignorarlo.
Aspiró con fuerza el aire, bajó del coche y quitó la cuerda del remolque. Maldición. Si el tiempo no mejoraba se vería obligado a quedarse allí durante días con ella, con ella y con su hijo de dos años de ojos profundos capaz de romperle el corazón.
–¿Estás bien, cariño? –Georgia se giró para mirar a Josh.
El pequeño tenía una expresión de duda.
–Quiero ir con los abuelos.
–Ya lo sé, pero hoy no podemos llegar hasta allí por la nieve, así que vamos a quedarnos esta noche con Sebastian en esta casa tan bonita, ¿de acuerdo? –trató de sonreír, pero le salió una mueca falsa. Le daba miedo entrar con Sebastian en aquella casa que albergaba tantos recuerdos de su pasado.
Pero no era culpa suya que ella estuviera allí, y lo menos que podía hacer era mostrarse amable y aceptar su hospitalidad. Se dio la vuelta al verle acercarse al coche y abrirle la puerta.
–Lo siento –dijeron los dos a la vez.
Sebastian esbozó una sonrisa que le partió el corazón y se apartó para dejarla salir.
–Te ayudo a bajar las cosas –se ofreció él.
Cuando Georgia empezó a pasarle bolsas, Sebastian se preguntó cuántas cosas necesitaban una mujer y un niño pequeño para una sola noche.
–Con esto llegará por ahora –aseguró ella cuando le vio agarrar la cuna de viaje–. Tal vez tenga que volver luego a buscar algo más.
–De acuerdo –Sebastian cerró el maletero mientras ella salía del coche con su hijo.
«Su hijo», pensó él, sorprendido por la oleada de celos que le provocó que tuviera un hijo con otro hombre.
Los rumores no le habían llegado completos, porque no sabía que tenía un hijo pero sí se enteró de que su marido había muerto. De aquello hacía un año, tal vez dos. ¿Habría sido cuando estaba embarazada? Los celos fueron sustituidos por la compasión. Debió ser duro para todos.
El niño lo miró muy serio durante un instante con aquellos ojos que le atravesaban el alma y Sebastian se dio la vuelta, tragando saliva para pasar el nudo que se le había formado en la garganta, y los guio hacia el interior de la casa.
–¡Oh!
Georgia se paró en seco en el umbral y miró a su alrededor con la boca abierta. Habían entrado por la parte más antigua de la casa, a través de un vestíbulo que daba a una cocina cálida y acogedora que parecía sacada de una revista.
–Está un poco distinta, ¿verdad? –murmuró Sebastian con una sonrisa irónica.
Ella se rio sin dar crédito. La última vez que la había visto era una estancia oscura con nidos de pájaro.
Sebastian se quitó el abrigo y lo colgó en el respaldo de una silla antes de agarrar la tetera.
–¿Té?
Georgia dejó de observar los detalles de la cocina y lo miró con cierto recelo.
–Si no te importa...
Pero ya había quedado claro que sí le importaba tras sus tempestuosas palabras antes de entrar. Sebastian suspiró y se pasó una mano por el pelo. Estaba mojado por la nieve y las gotas le caían por el cuello. Seguramente a ella le pasaría lo mismo. Sacó un paño de cocina de un cajón y se lo pasó antes de agarrar otro para él.
–Toma –le dijo con un gruñido–. Tienes el pelo mojado. Ve a ponerte cerca de la estufa.
No era una disculpa, pero sí podía considerarse un gesto de paz, y así lo aceptó ella. Estaban atrapados el uno con el otro sin remisión y Josh tenía miedo y hambre. Georgia se colocó al lado de la estufa con Josh en la cadera y se secó el pelo con la mano libre mientras trataba de no observarle.
–Me encantaría tomar un té, gracias. Y seguramente Josh agradecería una galleta si tienes.
–Sin problema. Creo que podríamos aguantar un asedio, toda mi familia llega mañana para pasar la Navidad, así que la despensa está a rebosar. Es mi primera Navidad en la casa y me he ofrecido a ejercer de anfitrión para purgar mis pecados.
–Supongo que estarán deseando venir. Tus padres deben estar encantados de tenerte cerca otra vez.
Sebastian sonrió con cierta amargura y se giró, ofreciéndole una perfecta vista de sus anchos hombros mientras sacaba unas tazas.
–La necesidad obliga. Mi madre no se encuentra muy bien. Tuvo un ataque al corazón hace tres años y en Semana Santa le pusieron un by-pass.
Vaya. Sebastian quería mucho a su madre, pero su relación había sido siempre un poco tormentosa, aunque Georgia nunca llegó a entender por qué.
–Lamento oír eso. No lo sabía. Espero que ya esté mejor.
–Se está recuperando. ¿Y cómo ibas a saberlo? A menos que tengas vigilada a mi familia como me tienes a mí –afirmó girándose para mirarla con sus penetrantes ojos.
Ella se lo quedó mirando sorprendida.
–¡Yo no te tengo vigilado!
–Pero sabías que estaba viviendo aquí. Cuando respondí al telefonillo, sabías que era yo.
Como si no hubiera reconocido su voz en cualquier parte, pensó Georgia sintiendo un tirón en el pecho.
–No sabía que te hubieras mudado aquí –afirmó con sinceridad–. Eso ha sido un golpe de suerte para mí dadas las circunstancias. Pero no es ningún secreto que habías comprado la casa. Estabas rescatando varias casas históricas al borde de la ruina y la gente lo comentaba. No olvides que mi marido era agente inmobiliario.
Sebastian frunció el ceño. Aquello tenía sentido. Pensó en decir algo, pero, ¿qué? ¿Siento que haya muerto? Era un poco tarde para ofrecer sus condolencias. Y tampoco era momento para hablar de ello delante del niño.
Así que tras una pausa en la que llenó de agua la tetera, sacó el tema de la casa. Era más seguro, siempre y cuando pudiera mantener los recuerdos bajo control.
–No sabía que hubiera provocado tanto revuelo –afirmó con naturalidad.
–Por supuesto que sí. La casa era una completa ruina. Creo que todo el mundo esperaba verla caer antes de que se vendiera.
–Tampoco era para tanto, pero el dueño no podía permitirse nada más que reparar el tejado y tampoco quería convertirla en apartamentos ni en un hotel. Así que lo estipuló claramente en el testamento. Al parecer nadie quiere una casa como esta actualmente. Es demasiado cara de mantener. Así que esperé mientras los albaceas trataban de anular esa cláusula.
–Y luego la rescataste.
Porque no había podido olvidarla. Ni a la casa ni a ella.
–Sí, bueno, todos cometemos errores –murmuró poniendo la tetera al fuego y abriendo las alacenas para buscar galletas.
¿De verdad pensaba que había sido un error?, se preguntó Georgia. ¿Por todo el dinero invertido o por los recuerdos, recuerdos que a ella todavía le perseguían estando allí con él, en aquella casa en la que se habían enamorado?
Sebastian encontró finalmente una caja de galletas de almendra y se las mostró.
–¿Le gustarán? –preguntó.
–Sí, muchas gracias –asintió ella.
–Galleta –dijo Josh señalando la caja y mirando a Sebastian como si no se fiara del todo.
–Pídela por favor –le urgió su madre dejándole en el suelo y quitándole el abrigo.
–Por favor –murmuró el niño sin apartarse de la pierna de su madre.
Sebastian abrió el paquete y se lo ofreció al pequeño.
–Toma. Llévaselo a mamá por si quiere una.
Josh vaciló un segundo y luego soltó la pierna de Georgia para ir por el paquete con los ojos muy abiertos antes de volver con ella a toda prisa. Pero en su precipitación se la cayeron algunas galletas al suelo.
Sebastian se agachó para recogerlas.
–No pasa nada –aseguró mirando a Georgia–. El suelo está inmaculado. Lo han fregado esta mañana.
–¿No hay mascotas?
Sebastian negó con la cabeza.
–Creía que parte del sueño era un perro al lado de la chimenea –afirmó Georgia con naturalidad.
–Dejé de soñar hace nueve años –contestó él con rotundidad.
Ella dejó escapar un suave suspiro y le dio a Josh una galleta.
–Lo siento. Olvida lo que he dicho. ¿Puedo usar tu teléfono fijo? Quiero llamar a mi madre, debe estar preguntándose dónde estamos.
–Claro. Ahí está.
Georgia asintió, agarró el teléfono y se dio la vuelta.
Sebastian miró al niño, que seguía comiendo las galletas, y le sonrió. El pequeño le devolvió una sonrisa tímida que le encogió el corazón.
Pobrecillo. Esperaba llegar a casa de sus amorosos abuelos y había terminado con un ermitaño amargado. Buen trabajo, Corder.
–Ven, vamos a sentarnos en el suelo –le dijo dándole al niño un plato.
Y siguieron tomando galletas mientras Sebastian trataba de no escuchar la conversación de Georgia.
Ella miró hacia atrás y vio a Josh con Sebastian en el suelo devorando las galletas. Contuvo una sonrisa.
–Estamos bien, mamá. El dueño de la casa ha sido muy amable, nos ha ayudado a sacar el coche y estamos cómodos y calentitos. Solo nos quedaremos aquí esta noche, y mañana nos llevará a tu casa con su Range Rover –afirmó con optimismo.
–Bueno, me alegro de que estéis a salvo –reconoció su madre con alivio–. Estábamos muy preocupados. Nos veremos mañana, entonces. Dale un beso a Josh.
–Sí, mamá. Adiós.
Dejó el teléfono en su sitio y al girarse se encontró a Sebastian mirándola con una ceja enarcada.
–No les has dicho dónde estás, ¿verdad?
–¿Por qué iba a hacerlo? –parpadeó Georgia quitándose el abrigo y poniéndolo en una silla–. No he mentido, solo he omitido un hecho que no cambia nada.
Sebastian no dijo nada, solo le sostuvo la mirada durante un largo instante antes de darse la vuelta. El agua ya había hervido.
–Toma, tu té –le dijo sirviéndole una taza–. Dame las llaves del coche, voy a llevarlo al cobertizo. ¿Necesitas algo más?
–Bueno, en el maletero hay una bolsa con los regalos de Navidad. Hay algunas cosas que no me gustaría que se congelaran.
Georgia le pasó las llaves y Sebastian salió. Ella se subió a su hijo al regazo para leerle un cuento. Unos minutos más tarde, Sebastian regresó sacudiéndose la nieve de las botas y de la cabeza.
–No tiene pinta de que vaya a parar, ¿verdad? –preguntó ella con preocupación.
Él negó con la cabeza y le devolvió las llaves. Sus dedos se rozaron durante un instante, y Georgia se estremeció al sentir lo fríos que estaban. Sebastian se quitó el abrigo.
–Voy a prepararte la habitación.
–No tienes por qué hacerlo, será solo una noche. Puedo dormir en el sofá.
Él se la quedó mirando como si estuviera loca.
–Es una casa de diez habitaciones, no me supone ningún problema. ¿Dónde quieres que deje esto? –preguntó señalando la bolsa de los regalos.
–¿Puedes ponerla en algún lugar que no sea mi habitación? Para no correr riesgos.
–Claro –Sebastian recogió todas las cosas y salió de la cocina. Entonces Georgia sintió un tirón en la manga.
–¿Vamos a cenar a casa de la abuela? –preguntó su hijo esperanzado.
–No, cariño. Vamos a quedarnos aquí. Iremos mañana si deja de nevar –le subió en brazos y le dio un beso–. ¿Qué te parece si jugamos al escondite? –le propuso con alegría.
El niño se rio y se agitó para que lo bajara. Mientras Georgia contaba hasta diez, desapareció debajo de la mesa.
–¡Estoy escondido! ¡Mamá me tiene que encontrar!
–¿Dónde se habrá metido? Josh, ¿dónde estás? –canturreó ella fingiendo buscar por las alacenas.
–¡Mami, estoy aquí! ¡Debajo de la mesa!
Georgia se agachó y miró entre las patas de las sillas con el trasero hacia arriba, y por supuesto, aquella fue la postura en la que la encontró Sebastian cuando entró un segundo después.
–Hola –dijo ella incorporándose sintiendo cómo le ardían las mejillas–. Estábamos jugando al escondite.
Él se rio entre dientes.
–Hay cosas que nunca cambian, ¿verdad? –murmuró.
Georgia sintió una oleada de calor por todo el cuerpo. Habían jugado muchas veces al escondite en la casa después de aquella primera vez, y cada vez que Sebastian la encontraba, la besaba.
–Al parecer no –respondió ridículamente sonrojada–. Eh... será mejor que le cambie el pañal. ¿Dónde has dejado nuestras cosas?
–En la habitación. Os acompaño.
Georgia tomó a Josh de la mano y siguió a Sebastian por la elegante escalera de estilo georgiano, pasando con firmeza frente a la puerta entreabierta del dormitorio principal, donde le había entregado su cuerpo... y su corazón.
¿Por qué diablos había sacado el tema del pasado cuando le mencionó lo del escondite?
«Idiota», se recriminó. Había tenido que salir de la cocina con la excusa del coche cuando Georgia se quitó el abrigo y mostró aquellas curvas femeninas y lascivas que le había proporcionado la maternidad.
Siempre había tenido curvas, pero ahora eran más redondeadas, más dulces. Se moría por tocarlas, por tener entre las manos la redondez de su trasero.
–Es aquí –dijo abriendo la puerta de la habitación–. Tiene su propio cuarto de baño. Pero me temo que no he montado la cuna de viaje. No sabría por dónde empezar.
–No pasa nada, yo puedo hacerlo. Supongo que no tendrás una sábana pequeña o algo parecido, ¿verdad?
–Seguro que encontraré algo. Te veré en la cocina cuando hayas terminado –dijo Sebastian saliendo.
Georgia miró a su alrededor, hacia la bonita habitación decorada con muebles antiguos, y se preguntó quién se habría encargado de la decoración. Seguramente Sebastian habría pagado una cantidad obscena de dinero para que se encargara de ello. Pero le sobraba.
Le había ido mejor que bien, había conseguido un éxito rotundo en la Bolsa y luego había reinvertido el dinero en diferentes empresas. Tenía reputación de ser justo pero firme en los negocios.
–Ven aquí, Josh –suspiró Georgia–. Vamos a cambiarte el pañal.
Pero Josh estaba explorando, investigando el decadente cuarto de baño con su bañera de garras y brillante grifería de cobre a juego con la del lavabo. Había una pila de esponjosas toallas blancas y carísimos artículos de baño en la repisa.
Qué maravilla. Georgia miró la bañera con anhelo. Tal vez más tarde. Cuando por fin atrapó a Josh y pudo cambiarle el pañal, le sonrió triunfal.
–Muy bien. Ahora vamos a bajar a tomar una taza de té, ¿de acuerdo?
Y a ver a Sebastian otra vez. Se mordió el labio. Se estaba mostrando educado pero distante, y se dijo que así era como quería que fuese.
Pero al parecer su corazón no pensaba lo mismo, y una pequeña parte de ella se sentía decepcionada de que no pareciera contento de verla. Bueno, ¿qué esperaba? Le había dejado porque era demasiado ambicioso, muy distinto al chico del que se había enamorado cuatro años antes, y no había tratado siquiera de entender cómo se sentía ella.
Se dio la vuelta hacia Josh, lo tomó de la mano y le guio hacia las escaleras, pero entonces se le escapó y corrió hacia una puerta. La puerta del dormitorio principal. A Georgia le dio un vuelco al corazón.
–Josh, esa no es nuestra habitación –susurró.
Pero no obtuvo respuesta, así que no le quedaba más remedio que entrar.
Empujó suavemente la puerta y miró a su alrededor. Lo primero que vio fue la cama, grande, bonita, con ropa de lino blanco. Contuvo el aliento y apartó la vista de ella.
No había ni rastro de Josh... pero el armario estaba en la esquina, el armario en el que ella se había escondido, en el que Sebastian la encontró y la besó aquella primera vez.
–¡Mami, encuéntrame!
Georgia se llevó una mano al pecho y dejó escapar lentamente el aire. ¿Qué diablos estaba haciendo? No tendría que estar allí, en aquella habitación, en aquella casa. Los recuerdos la estaban volviendo loca.
Volvió a suspirar y esbozó una sonrisa.
–Allá voy –canturreó.
Escuchó aquellas palabras resonando años atrás por los vacíos corredores mientras ella se escondía en el armario y contenía su risa adolescente.
Y entonces Sebastian la besó y todo cambió...
Capítulo 3
Estaban tardando mucho.
Tal vez había decidido deshacer el equipaje, o bañar a Josh. O tal vez se hubiera perdido.
Sebastian resopló. Sí, claro. Georgia se conocía la casa como la palma de la mano. Seguramente estaría explorando por su cuenta. Siempre había considerado que la casa era suya. Fue a buscarla llevando el chal de lana suave que había encontrado para la cuna de Josh y vio la puerta de su dormitorio abierta de par en par. Escuchó voces dentro.
–¡Josh, sal ahora mismo de ahí o bajo sin ti!
Irritado, Sebastian entró y fue recibido una vez más por aquel delicioso trasero elevado hacia el techo. ¿Lo hacía adrede? Apartó la mirada.
–¿Algún problema? –preguntó con sequedad.
Georgia se incorporó de golpe con una mano en el corazón.
–Me has asustado. Lo siento mucho. La puerta estaba abierta y Josh entró corriendo. Está escondido debajo de la cama y no llego.
Parecía desesperada y avergonzada, y Sebastian le concedió el beneficio de la duda.
–¿Y si lo intentamos entre los dos? –sugirió con un amago de sonrisa dirigiéndose al otro lado de la cama y agachándose–. Hola, Josh. Tienes que salir, hombrecito.
Josh sacudió la cabeza y se rio dirigiéndose hacia el otro lado, donde su madre lo agarró del brazo y tiró suavemente de él.
–Vamos o te quedarás sin cenar.
–Quiero galletas.
Sebastian iba a abrir la boca para decirle que sí cuando vio la mirada de advertencia que Georgia le mandó por debajo de la cama.
–Nada de galletas –afirmó entonces–. A menos que salgas de ahí ahora mismo y cenes.
Salió al instante, y Georgia se lo colocó en la cadera. Sonreía a modo de disculpa, tenía el cabello alborotado y se mordía el labio inferior. Sebastian la deseaba tanto que apenas podía respirar.
El aire estaba cargado de tensión, y se preguntó si ella recordaría que fue allí donde la besó por primera vez. En aquel entonces pensó que había muerto y había ido al Cielo.
–Has conservado el armario –dijo ella mirando el mueble de reojo.
Sebastian supo entonces que lo recordaba.
–Sí, bueno, es útil –gruñó–. He puesto agua a hervir porque tu té se había quedado frío.
Georgia volvió a apartar la mirada, como había hecho con el armario.
–Sí. Venga, Josh, vamos a ver si encontramos algo de cenar –se giró sobre los talones y salió de allí con paso apretado.
Sebastian contuvo el aliento hasta que escuchó sus pasos por el corredor.
Entonces soltó el aire y se dejó caer pesadamente al borde de la enorme cama con dosel que el interiorista había escogido para él sin consultarle y que le obsesionaba cada vez que entraba allí. Aspiró otra vez con fuerza el aire, pero el aroma de Georgia lo impregnaba todo, así que cerró los ojos y trató de defenderse de la oleada de deseo que se apoderó de él.
¿Cómo iba a sobrevivir a aquello? La nieve no había cesado, y la predicción era atroz. Con el viento soplando con tanta fuerza y la nieve cubriendo el camino, no podrían salir de allí en días, con Range Rover o sin él. Maldijo entre dientes, estiró los hombros y se dirigió escaleras abajo.
Se mantendría alejado de ella. Sería educado pero distante, dejaría que se encargara de la cocina y de su dormitorio y se encerraría en el despacho. Pero cuando se acercó a la cocina y escuchó el sonido de unas voces se sintió atraído como por un imán.
Georgia se giró con una sonrisa cuando le vio entrar y puso una taza en la mesa.
–Te he hecho un té.
–Gracias. ¿Qué va a cenar Josh?
–No lo sé. ¿Puedo echar un vistazo a ver qué tienes? –sugirió ella.
–Tú misma –contestó Sebastian asintiendo–. Hay tantas cosas que yo no sabría por dónde empezar.
Se dejó caer en una silla y observó cómo Georgia miraba en los armarios y regresaba triunfante.
–¿Pasta con pesto y tomate, Josh?
El niño asintió y trató de subirse a una silla.
–Tengo que prepararlo, cariño. Cinco minutos. ¿Por qué no te sientas y lees un libro?
Pero al parecer la idea le resultaba aburrida, así que se acercó a Sebastian, se apoyó en una de sus piernas y lo miró esperanzado.
–¿Jugamos al escondite? –le preguntó.
Sebastian miró a Georgia con cierta desesperación, porque lo último que le apetecía era jugar al escondite con tantos recuerdos a flor de piel.
–Pero aquí en la cocina no hay donde esconderse, ¿no?
–Oh, te sorprenderías –aseguró ella con una carcajada cantarina–. Escóndete, Josh. Sebastian contará hasta diez y te buscará. Sabe cómo se juega –aseguró mirándolo con ojos traviesos.
Sí, claro que sabía cómo se jugaba, sobre todo la parte de encontrar. Georgia nunca se lo había puesto difícil después de la primera vez.
Sebastian cerró los ojos un instante, y cuando volvió a abrirlos, ella estaba cortando tomates. Entonces contó hasta diez, asaltado por los recuerdos que se negaban a permanecer en silencio, se puso de pie y dijo:
–¡Voy!
Sus miradas se cruzaron y Sebastian sintió cómo el corazón le golpeaba las costillas. La tensión era palpable en el ambiente. Georgia se dio entonces la vuelta y él pudo volver a respirar con normalidad.
–¿Ya se ha dormido?
–Sí, por fin. Siento que haya tardado tanto.
–Es normal, no conoce la casa. ¿Estará bien ahí arriba solo?
–Sí, además tengo el intercomunicador para bebés.
Sebastian asintió. Estaba sentado frente a la estufa con las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los tobillos, un brazo apoyado en la mesa del comedor y una copa de vino en la mano. Deslizó la botella hacia Georgia.
–Pruébalo. Está bueno. He encontrado unas pechugas de pavo para cenar.
Ella se sirvió un poco en el vaso limpio que había sobre la mesa y le dio un sorbo.
–Qué rico. Entonces, ¿quieres que haga la cena?
–No, yo lo haré.
Georgia parpadeó.
–¿Sabes cocinar?
–Por supuesto –afirmó él levantándose–. Llevo años cuidando de mí mismo. Y además, mi madre me enseñó. Dime, ¿qué te parece cenar pechuga de pavo a la plancha con verduras al vapor?
–Suena maravilloso –reconoció Georgia–. Pero, ¿serás capaz de prepararlo? –le preguntó traviesa.
Sebastian puso los ojos en blanco.
–No tientes a la suerte o terminarás cenando una lata de judías –le advirtió–. Si quieres puedes ayudarme poniendo la mesa. Los cubiertos están en ese cajón.
Sebastian se puso a cortar la verdura y ella se lo quedó mirando. Observó cada matiz de su cuerpo, buscando los cambios que se hubieran producido en aquellos nueve años. Entonces solo tenía veintiún años, casi veintidós. Ahora era un hombre de treinta y un años en la flor de la vida. Los hombros parecían más anchos bajo la camisa de algodón, más sólidos y musculosos, y estaba más alto.
–Voilà –exclamó él mostrándole el plato cuando terminó de cocinar–. Pruébalo.
Georgia metió el tenedor. Estaba tan delicioso como parecía y olía
–Mm –murmuró.
–¿Lo ves? No tienes fe en mí. Nunca la has tenido.
Georgia sacudió la cabeza.
–Siempre he tenido fe en ti. Siempre supe que tendrías éxito, y así ha sido.
Sebastian se encogió de hombros. Una cosa era el éxito y otra la felicidad. Eso seguía escapándosele debido a la incesante búsqueda de su identidad, de su «yo» primero. Eso le había llevado a perder a Georgia y todo lo relacionado con ella. Cosas que luego ella tuvo con otro hombre. Pero no quería pensar en ello. Así que cambió de tema.
–Josh parece un buen niño. No sabía que tuvieras un hijo.
Ella lo miró a los ojos con el tenedor a medio camino de la boca.
–¿Cómo ibas a estar al tanto si no sabías nada de mí?
–Touché –murmuró Sebastian–. Siento mucho lo de tu marido. Debió ser duro para ti. ¿Qué pasó?
Georgia dejó el tenedor sobre la mesa.
–Sufrió un ataque al corazón en el trabajo y murió en su despacho.
Sebastian se estremeció.
–Vaya. ¿No era muy joven para algo así?
–Tenía treinta y un años. Acabábamos de mudarnos y de ampliar la hipoteca, así que las cosas están un poco difíciles ahora para mí. Tengo que trabajar a tiempo completo y no puedo vender la casa.
Sebastian se pasó la mano por el pelo.
–Vaya, eso es duro. Lo siento.
–Sí, yo también, pero no hay nada que pueda hacer al respecto.
Sebastian frunció el ceño y giró lentamente el vaso de vino entre los dedos.
–¿Y qué haces con Josh mientras estás trabajando?
–Lo tengo conmigo. Trabajo en casa, sobre todo por la noche. Va a la guardería tres mañanas a la semana para que pueda trabajar más.
Sebastian le rellenó el vaso y se reclinó en la silla escudriñándole el rostro.
–¿En qué trabajas?
–Soy secretaria virtual –Georgia sonrió–. Mi jefe es muy comprensivo, pero no niego que es difícil.
–Me lo imagino –Sebastian pensó en cómo se las arreglaría si Tash no estuviera en la misma oficina que él.
–¿Cuánto tiempo tenía Josh cuando su padre murió?
–Dos meses.
Sebastian sintió náuseas.
–No tendrá ningún recuerdo de él –murmuró–. Es una lástima.
–Sí, lo es. Pero le hablo mucho de él, y también están sus abuelos. Los padres de David viven en Cambridge. No permitiré que viva en una burbuja.
Sebastian sintió cómo se le aliviaba algo de tensión, pero entonces llegó la tristeza. Él no había crecido en una burbuja, pero había vivido una mentira sin saberlo hasta los dieciocho años. Entonces se abrió un vacío, un agujero donde antes hubo certeza. Y desde entonces nada volvió a ser lo mismo.
–Oye, no pasa nada –dijo entonces Georgia al ver su cara de angustia–. Nos va bien. La vida sigue.
–¿David y tú erais felices?
En un principio Georgia no contestó, y tras unos instantes, Sebastian alzó la vista y la miró a los ojos.
–Era un buen hombre –dijo ella finalmente–. Vivíamos en una casa bonita y teníamos unos amigos encantadores. Estaba bien.
¿Bien? ¿Qué quería decir eso? Aquello sonaba muy frío.
–¿Y lo amabas?
Los ojos de Sebastian adquirieron una expresión neutra.
–Creo que eso no es asunto tuyo –murmuró dejando el tenedor en la mesa.
–Me lo tomo como un «no», entonces –insistió él porque le molestaba lo de Josh, le molestaba que hubiera estado jugando a la familia feliz con otro mientras él estaba solo.
–Tómatelo como quieras, Sebastian. Como te he dicho, no es asunto tuyo. Si no te importa, me voy a ir a acostar.
–¿Y si me importa?
Georgia se levantó y lo miró con gesto inexpresivo.
–Lo haré de todas formas. Gracias por la cena y por tu hospitalidad –dijo con educación–. Te veré mañana.
Sebastian la vio marcharse y maldijo entre dientes mientras dejaba caer la cabeza entre las manos. ¿Por qué no había mantenido la boca cerrada? Enfadarse con ella no cambiaría nada, como tampoco lo cambió nueve años atrás.
Iba a agarrar la botella de vino cuando se encendieron las luces del monitor y escuchó un sonido que podría haber sido un suspiro, un sollozo o ambas cosas.
–¿Qué le importa a él, Josh? No es asunto suyo si he sido feliz con otro hombre. Al final él no fue capaz de hacerme feliz, ¿verdad? Podría haberlo hecho, pero no le importó nada.
Sebastian cerró un instante los ojos, agarró el intercomunicador de bebés y subió las escaleras. Llamó suavemente a la puerta y se lo ofreció a Georgia cuando lo abrió.
–Ah, gracias.
–De nada. Y por cierto, sí que me importaba. Nunca ha dejado de importarme.
Georgia tragó saliva. En su rostro se notó que se había dado cuenta de que lo había oído todo. Se sonrojó, pero no apartó la vista, sino que le retó de nuevo en voz baja para no perturbar el sueño del niño.
–Pero no te importó lo suficiente como para cambiar por mí, ¿verdad? Ni siquiera quisiste hablar de ello. No intentaste explicarme por qué ya no tenías tiempo para mí.
No. No se lo había explicado. Seguía sin poder hacerlo.
–No podía cambiar –dijo desesperado–. No era posible. Tuve que hacer lo que tuve que hacer para triunfar, y eso no podría haberlo cambiado, ni siquiera por ti.
–No, Sebastian, sí podrías haberlo hecho. Pero no quisiste –dio un paso atrás y le cerró despacio la puerta en la cara.
Sebastian se quedó mirando la puerta fijamente.
¿Tenía razón Georgia? ¿Podría haber cambiado el modo en que hizo las cosas, facilitárselas a ella?
En realidad no. No sin renunciar a todo por lo que había luchado, a su intento de averiguar quién era realmente, bajo todas aquellas capas que había ido adquiriendo durante su infancia.
Seguía sin estar cerca de la respuesta, y tal vez nunca la encontrara. Pero no podía dejar de buscar, de explorar cada matiz, cada faceta de sí mismo, de forzarse hasta el límite para averiguar dónde estaba el límite para él.
Y en el proceso había descubierto cómo hacer dinero. Mucho dinero. El suficiente como para poder cambiar la vida de muchos niños. O eso esperaba. Las obras benéficas que apoyaba parecían pensar que así era.
Pero Georgia le importaba, y ella tenía razón. No encontró tiempo para ella en medio de todo aquello.
Sí, había sido duro. Para los dos. Él llevaba una vida frenética, trabajando todo el día, entablando relaciones durante las noches: cenas con personas influyentes, cócteles, fiestas para recaudar fondos... una sucesión interminable de oportunidades para conocer gente y forjar potenciales alianzas beneficiosas.
Aquello había supuesto trabajar dieciocho horas al día siete días a la semana. Apenas le quedaba tiempo para nada, y por supuesto, tenía que vivir en Londres. Y eso no era compatible con la visión que Georgia tenía de la relación, no con su deseo de seguir con su carrera... aunque ahora no parecía haber ni rastro de ella.
Su deseo había sido ir a la Universidad de Norwich, conseguir la licenciatura en Ciencias Biológicas y trabajar en el campo de la investigación. Pero al parecer ahora trabajaba de secretaria virtual con un jefe «muy comprensivo».
Aquel no era su plan de vida, pensó Sebastian con cierta amargura.
Sacudió la cabeza disgustado, se apartó de la puerta y bajó a la cocina. Se remangó y se dispuso a fregar los cacharros de la cena. Necesitaba algo que hacer.
El baño fue una pérdida de tiempo.
Tendría que haber sido algo relajante y maravilloso, y sin embargo se quedó tumbada en el agua caliente, incapaz de relajarse, incapaz de liberarse de la culpa que la aplastaba.
Salió, se secó con lo que le pareció la toalla más suave del mundo y se puso ropa limpia. Nada de camisón, sino vaqueros, sudadera y unas zapatillas. Agarró el intercomunicador y bajó en silencio las escaleras para ir en su busca.
La puerta de la cocina estaba entreabierta y le escuchó moverse allí dentro, seguramente limpiando. Georgia sintió otra punzada de culpabilidad. No tendría que haberse ido así, sin ofrecerse antes a ayudarlo, pero Sebastian estaba insistiendo tanto y parecía tan enfadado...
Abrió la puerta del todo y entró. Sebastian se dio la vuelta y la miró.
–Creí que te habías ido a acostar.
Georgia sacudió la cabeza.
–No he sido justa contigo en este momento. Sé que te importaba –dijo con voz repentinamente entrecortada.
Sebastian se quedó muy quieto y luego se giró, agarró un trapo y se dispuso a secar los platos.
–Entonces, ¿por qué lo has dicho?
–Porque era lo que parecía. Daba la impresión de que solo te importaba tu carrera, tu vida, tus planes para el futuro. Nunca había tiempo para nosotros, siempre eras tú y solo tú. Tú y tus nuevos amigos triunfadores, tú y tu meteórico ascenso hacia la cima. Sabías que quería terminar la carrera, pero eso no te parecía importante.
Sebastian se giró hacia ella con el trapo en la mano.
–Bueno, al parecer ya no es importante para ti tampoco, ¿verdad? Tienes un trabajo que podrías hacer perfectamente en Londres y que no tiene nada que ver con la investigación biológica.
–No ha sido mi elección, y además tampoco es cierto del todo. Trabajo para mi antiguo jefe en Cambridge. Empecé mi tesis y estaba trabajando en investigación cuando conocí a David.
–Y entonces lo tuviste todo –intervino él con amargura–. Todo lo que siempre quisiste. Tu carrera, el matrimonio, un hijo...
–No –lo interrumpió Georgia–. No, no lo tenía todo, Sebastian. No te tenía a ti. Pero tú dejaste claro que querías conquistar el mundo y yo odiaba tu nuevo estilo de vida y en lo que te habías convertido. Me sentía sola y abandonada. Y tú viajabas por todo el mundo para ganar más dinero...
–No era una cuestión de dinero. Nunca lo fue. Se me daba bien ganarlo, pero eso vino añadido. Sé cómo reflotar las empresas, cómo hacer que las cosas funcionen.
–No conseguiste que nuestra relación funcionara.
Sus palabras cayeron como piedras en el pozo oscuro de sus emociones.
–No, al parecer no –Sebastian dejó el trapo en el fregadero y apoyó los brazos en la encimera–. Pero tú tampoco. Era una cuestión de dos, de dar y tomar.
–Lo único que tú hacías era tomar.
Sebastian se dio la vuelta entonces y la miró a los ojos. Georgia vio el dolor reflejado en su rostro y también algo parecido al arrepentimiento.
–Yo te habría dado el mundo entero.
–¡Yo no quería el mundo! Te quería a ti, pero tú nunca estabas.
–Por eso me dejaste. ¿Te hizo eso feliz?
Georgia cerró los ojos.
–Por supuesto que no, pero poco a poco dejó de dolerme tanto. Entonces me mudé a Cambridge y conocí a David. Era un hombre amable y divertido, y yo le importaba de verdad, Sebastian.
–¿Y bastó con eso, con que fuera amable y divertido?
Ella lo miró con frialdad.
–Es más de lo tú me dabas al final.
Sebastian apretó las mandíbulas de un modo casi imperceptible, pero ignoró el comentario y cambió de te-
ma.
–¿Y qué paso con tu doctorado?
–Descubrí que estaba embarazada, pero para entonces a él le habían trasladado a Huntingdon y yo tenía que hacer largos trayectos para desplazarme. Entonces el mercado inmobiliario se vino abajo. Así que me puse en contacto con mi profesor y él me ofreció este trabajo con el que podíamos mantenernos. Entonces, justo después de que naciera Josh, David murió.
–¿Y le echas de menos? –preguntó Sebastian con naturalidad.
Pero en sus ojos había algo extraño, algo intenso y perturbador. ¿Serían celos?
–Sí, por supuesto que le echo de menos –murmuró ella–. Pero la vida sigue y tengo a Josh, así que estoy bien. Era un hombre bueno y yo lo quería, merecía más de mí de lo que yo podía darle, pero nunca sentí por él lo que sentí por ti, nunca sentí que me faltaba al aire si él no estaba. Como si no hubiera colores, ni música ni poesía.
Los ojos de Sebastian ardían cuando los clavó en los suyos.
–Y sin embargo me dejaste. Renunciaste a nosotros.
–Porque me estaba matando, Sebastian. No tenías tiempo para mí, me echaste de tu vida y me rompiste el corazón. Así que no quise que nadie volviera a acercarse tanto a mí. No, no sentía por David lo que sentía por ti. Pero me quería, cuidó de mí y me hizo feliz.
–¡Tú eras mía! –le espetó Sebastian con aspereza–. Y le diste a él todo lo que me habías prometido a mí. Matrimonio. Un hijo. Un hogar. Maldita sea, Georgia, teníamos tantos sueños... ¿cómo pudiste dejarme? Yo te amaba. Tú sabías que te amaba.
La voz se le quebró al pronunciar la última frase y a ella se le llenaron los ojos de lágrimas. Los cerró para no verle, incapaz de observar su rostro mientras desnudaba su alma ante ella.
–Lo siento –dijo con el corazón encogido por tantos dolores, equivocaciones y pérdidas–. Si te sirve de algo, yo también te amaba. Se me rompió el corazón al dejarte.
Georgia le escuchó maldecir entre dientes y luego oyó cómo se le acercaba.
–No llores, Georgia. No más lágrimas. Lo siento.
Ella sintió sus manos en los hombros, sintió cómo la atraía hacia su pecho y, exhalando un desgarrado suspiro, apoyó la mejilla en su camisa y escuchó el firme latido de su corazón mientras la abrazaba.
Georgia le pasó los brazos por la cintura y se quedaron en silencio mientras sus respiraciones se calmaban y la tensión desaparecía.
Pero entonces surgió otra tensión que nubló todo lo demás hasta que solo quedó un pensamiento, una razón para respirar.
Georgia sintió cómo movía la cabeza, notó el calor de sus labios apoyándose sobre su frente, y alzó la mirada hacia sus ardientes ojos.
Capítulo 4
El beso era inevitable.
Sus labios se rozaron lenta y dulcemente primero, con más premura después. Fundiéndose en uno hasta que Georgia no supo dónde terminaba ella y dónde empezaba él.
Le agarró con más fuerza la camisa, sintió como Sebastian le hundía los dedos en el pelo y le sostenía la cabeza mientras aplastaba la boca contra la suya tomando y entregando hasta que de pronto, se apartó de ella.
Georgia se llevó los dedos temblorosos a los labios. Sentía como si le hubieran arrancado los de Sebastian, dejándola en cierto modo incompleta. Alzó la vista. Los ojos de Sebastian parecían tan negros como la noche. El pecho le subía y le bajaba de forma agitada. Vio cómo apretaba las mandíbulas cuando dio un paso atrás.
–Creo que será mejor que te vayas a la cama –gruñó él dándole el intercomunicador para bebés que estaba sobre la mesa.
Ella asintió desconcertada, se dio la vuelta y salió corriendo hacia su habitación.
¿En qué estaba pensando al dejar que la besara? Después de todo lo que había pasado entre ellos, debía estar loca.
Por fin había encontrado la paz tras años esforzándose por lo que consideraba conformarse con el segundo plato. Aquello era muy injusto para David, pero lamentablemente no podía competir con Sebastian. Con el nacimiento de Josh y el lazo que habían formado tras la muerte de David, finalmente había conseguido alcanzar la paz.
Y ahora Sebastian se la había arrebatado, le había arrancado la fina capa de serenidad y había dejado al descubierto la angustia de su corazón. Porque todavía lo amaba. Siempre lo había amado, y ahora todo volvía a dolerle. El corazón le ardía por la certeza de lo que había perdido y lo que le había hecho a él, pero de ninguna manera podría regresar a aquel estilo de vida.
Se había puesto el pijama y se había metido en la cama, entre aquellas finas sábanas de algodón egipcio, mientras sus pensamientos vagaban hacia ninguna parte. Le escuchó subir las escaleras poco después de medianoche porque no podía dormir. Estaba escuchando cómo el viento aullaba alrededor de la casa, agitando las ventanas. No podrían salir de allí pronto. El camino estaría ahora completamente cubierto de nieve.
Y Josh y ella estaban allí atrapados con Sebastian.
¿Por qué había dejado que la besara? Había sido un error fatal. Había derribado las barreras entre ellos, había abierto la caja de Pandora de su relación y, por mucho que lo intentaran, no podrían volver a poner la tapa.
Georgia cerró los ojos. No quería que llegara el día siguiente.
Sebastian no había podido dormir.
Había pegado alguna que otra cabezada, pero la mayor parte del tiempo se la pasó despierto tratando de no pensar en aquel beso mientras escuchaba el viento azotando la casa.
Georgia no podría marcharse de allí ese día. Y el hecho de que él hubiera bajado la guardia solo servía para complicar las cosas. Tendría que haber mantenido la boca cerrada, ¿qué le había pasado? Si ya había superado a Georgia...
Suspiró con aspereza. De acuerdo, tal vez no del todo, pero no hacía falta que se lo expresara a ella con tanta claridad. Y desde luego, no hacía falta que la besara.
Podría haber sido peor, pensó mirando al techo. Al menos tenían a Josh. No se iban a pelear delante de él. Aunque el problema estaba en que el niño era la imagen de lo que Sebastian había perdido cuando ella le dejó. Josh podría haber sido su hijo. Tendría que haberlo sido. Su primer pariente conocido.
Su familia.
Tragó saliva para intentar aliviar el dolor que sentía en el pecho. Pero no sirvió de nada. No iba a poder dormir, así que se levantó de la cama, se vistió y bajó. Al menos podría adelantar algo de trabajo.
Pero no era capaz de concentrarse, así que acabó en la cocina preparándose un café poco antes de las seis de la mañana. Se hizo unas tostadas para darle un respiro a su estómago y se sentó en la mesa a comerlas.
No fue una buena idea.
Al parecer los niños pequeños se despertaban pronto, así que terminó teniendo compañía.
Georgia, con el pelo revuelto, los ojos hinchados y una arruga dibujada en la mejilla, apareció en la cocina con Josh en la cadera y se detuvo en seco.
–Ah. Lo siento.
Más lo sentía él. Georgia iba en pijama, pero era un pijama ajustado y el peso del niño provocaba que se abriera un poco la parte de arriba, dejando al descubierto una invitadora franja de blanca piel en la parte del escote. Los ojos de Sebastian se dirigieron hacia allí como atraídos por un imán.
Georgia siguió la dirección de su mirada y se recolocó el pijama sonrojándose. Sebastian apartó los ojos y señaló la tetera con la cabeza.
–Acabo de poner el agua a hervir para tu té.
–Gracias. ¿Tienes leche para Josh?
–Claro. ¿Qué te parece si salgo de aquí mientras tú haces lo que tengas que hacer? Sírvete lo que necesites.
Salió de la cocina con una prisa casi indecente. Georgia dejó a Josh en el suelo y exhaló un suspiro de alivio. Había olvidado lo guapo y lo sexy que estaba con el pelo revuelto y la barba incipiente.
–Galletas –dijo Josh.
–No –contestó ella–. Puedes tomar un batido de leche con plátano. Tiene que haber plátanos en algún sitio.
Abrió la alacena y encontró la fruta en un frutero. Le cortó un plátano a Josh mientras ella se servía el té y tomaba asiento donde antes había estado sentado Sebastian. Había dejado una tostada en el plato, y no pudo resistirse. Tendría que haber terminado de cenar la noche anterior en lugar de salir huyendo de él, y estaba muerta de hambre.
–Yo quiero tostada –dijo Josh.
–Te haré una enseguida. Pero primero vamos a vestirnos.
Lo subió escaleras arriba mientras el pequeño protestaba y escuchó el agua correr. Sebastian debía estar duchándose, y trató con todas sus fuerzas de no pensar en las veces en que se había unido a él en la ducha, abrazándole por detrás...
–Bien. Vamos a vestirte. Luego me vestiré yo y después tomarás tostadas –le prometió al niño. Pero alargó mucho el aseo y la operación de vestirle, y luego sentó a Josh en la cama con un libro mientras ella se arreglaba y hacía el cuarto.
Mientras hacía la cama se dio cuenta de que el agua de la ducha de Sebastian había dejado de correr. No se escuchaba nada, debía haber bajado. Con suerte estaría en el despacho, y si no, podría decirle dónde estaba el tostador para que no tuviera que revolver toda la cocina buscándolo.
Sacó del baño a Josh, que estaba jugando con el cepillo de uñas en el lavabo como si fuera un coche.
–¿Tostada? –le preguntó Georgia con una sonrisa.
El niño corrió hacia ella y tomó la mano que le tendía. Bajaron a la cocina, y Georgia encontró el pan pero no la tostadora. Estaba con el pan en la mano pensando en la posibilidad de ir a buscar a Sebastian cuando él entró en la cocina.
–No encuentro la tostadora –dijo ella agitando el pan.
–Ah, está dentro de este armario –Sebastian la sacó y se la dio–. Voy a salir a ver cómo está el camino.
Cerró la puerta al salir, y Georgia puso el pan a tostar. Olía tan bien que hizo una pila de tostadas con mantequilla sin poder evitar preguntarse con qué se iba a encontrar Sebastian allí fuera.
Cielos.
Sebastian observó con asombro el camino que quedaba desde cerca de las puertas. Bueno, todo lo cerca que podía estar sin una pala y unas cuantas horas de trabajo. Ya tenía la nieve por la rodilla y cada paso que daba se hundía más debido a la inclinación.
Y no parecía que la situación fuera a mejorar en breve. Aunque el viento había dejado por fin de soplar, hacía frío. Un frío brutal e inesperado. Sebastian se arrebujó dentro del abrigo y soltó una risita amarga.
No le habría hecho falta darse una ducha fría. Habría bastado con salir allí. Desnudo.
Echó un último vistazo al camino y se dio la vuelta para volver a la casa siguiendo el olor de las tostadas y el sonido de las risas. Durante un instante sintió el corazón alegre. Todavía tendría a Georgia allí al menos veinticuatro horas más. Y seguramente más. Nadie iba a preocuparse por aquel pequeño camino. Había visto en las noticias cómo estaba todo el condado. Una vez dentro de la casa se sacudió las botas y el abrigo, se los quitó y volvió a la cocina.
Georgia había preparado más té y estaba sentada a la mesa con Josh y una pila de tostadas calientes con mantequilla. El pequeño tenía la cara llena de migas, se reía de una forma deliciosa, y a Sebastian se le encogió el corazón.
–Huele bien –dijo frotándose las manos.
Georgia alzó la vista y lo miró a los ojos.
–¿Y bien? –le preguntó.
–No vamos a ir a ninguna parte –aseguró él sacudiendo la cabeza–. El camino está cubierto de nieve –sacó una taza del armario–. ¿Queda té?
–Sí. Y te he hecho más tostadas. No sabía si querrías más, pero como te hemos interrumpido el desayuno...
Sebastian se dejó caer en una silla frente a ella y agarró una tostada.
–No pasa nada, pero sí me tomaría más tostadas. Tengo hambre.
Hambre de todo tipo de cosas. De su calor, de su risa. De su niño, tan parecido a ella. Apartó rápidamente la vista y encendió la televisión para tener algo que hacer. Aquello era demasiado para sus barreras defensivas. Estaban hechas pedazos, caídas como unas vigas viejas tras un huracán. Georgia y su hijo las habían atravesado como si nunca hubieran existido.
Georgia estaba viendo en la pantalla las imágenes de la nieve que habían enviado los telespectadores del programa matinal. No eran los únicos que estaban atrapados. Y al día siguiente era Navidad.
–No cabe la posibilidad de que mañana estemos fuera de aquí, ¿verdad? –preguntó.
–Me temo que no. Lo siento –respondió él–. Tus padres se llevarán un disgusto.
Georgia asintió. Josh estaba jugando, moviendo un trozo de pan como si fuera un coche.
–Supongo que los tuyos también. ¿Iban a venir también tus hermanos?
–Sí. ¿Y tu hermano Jack?
–Tiene su propia familia –suspiró Georgia–. Quería que estas navidades fueran especiales. Josh era demasiado pequeño para entender sus primeras navidades, y el año anterior... bueno, fue lo de David, así que en realidad no hubo celebración.
Georgia tragó saliva para ocultar su desilusión, y Sebastian sintió que no podía dejarla así. Ni a ella ni a aquel niño pequeño que había perdido a su padre. Él no sabía cómo habían sido sus primeras navidades. Ni siquiera conocía la religión de sus auténticos padres, ni su nacionalidad, ni su edad. Nada. Solo un vacío. Y no podía soportar la idea de que Josh encontrara un vacío en el lugar donde debían estar las navidades.
Aspiró con fuerza el aire y sonrió.
–Bien, pues tendremos que asegurarnos de que sea un día especial –aseguró–. Tenemos comida de sobra, hay adornos de Navidad y un árbol fuera esperando a ser decorado. No podemos hacer nada más. Mi familia no va a poder llegar y tú no puedes salir de aquí, así que, ¿por qué no celebramos una Navidad que Josh recuerde?
Georgia se lo quedó mirando registrando sus palabras, consciente de lo que le debió haber costado hacer aquella oferta.
–Eso sería maravilloso –murmuró con los ojos brillantes–. Gracias. Sé que no tenías por qué...
Sebastian alzó una mano para silenciarla.
–Déjalo estar, Georgia. Vamos a divertirnos un poco y a darle a Josh sus navidades. Sin ataduras y sin recriminaciones. Y sin que se repita lo de anoche. ¿Crees que podremos?
¿Podrían? No estaba segura, pero quería intentarlo.
Sintió que las lágrimas se le agolpaban en los ojos, así que apretó los labios y sonrió.
–Sí, sí podemos. Gracias.
Sebastian le devolvió la sonrisa y se puso de pie.
–Entonces, ¿me ayudáis a decorar la casa?
Sebastian les hizo una visita guiada por la planta de abajo.
A Josh le encantó. Había muchos sitios donde esconderse, muchas cosas que explorar. Y a ella también le encantó, aunque de un modo diferente. Con un sabor agridulce por lo que podría haber sido una vez y no fue. Pero apartó de sí aquel pensamiento y trató de centrarse en lo que Sebastian había hecho con la casa.
Que era mucho.
–Vaya –dijo riéndose sorprendida cuando entraron en el comedor–. Qué mesa tan grande.
–Y además se abre –afirmó él.
–¿De verdad? –Georgia abrió los ojos de par en par, se fue al extremo de la mesa y se sentó–. ¿Me oyes?
Sus miradas se cruzaron durante un instante, y Georgia sintió un torbellino de emociones en el pecho. Se levantó y fue hacia él deslizando los dedos lentamente por la pulida superficie, evitando sus ojos mientras trataba de recuperar el control.
–¿Conseguiste el piano de cola para la sala de música? –preguntó con fingida naturalidad.
Él negó con la cabeza.
–No, me parecía inútil. No toco el piano. Pero a veces escucho música en esa sala. Ahora es mi despacho. Ven a ver el antiguo salón, el de estilo Tudor. Creo que es ahí donde deberíamos poner el árbol.
Georgia asintió. El salón era un lugar recogido y confortable situado cerca de la cocina. Tenía vigas de madera y una preciosa chimenea de estilo inglés.
Cuando Sebastian abrió la puerta, ella entró y suspiró.
–Vaya, esto es muy acogedor –había unos sofás grandes y cómodos y unos troncos de madera a la espera de ser arrojados a la chimenea. Se imaginó a sí misma acurrucada en la esquina de uno de los sofás con un libro, un perro apoyado en las rodillas y Josh jugando con sus coches en el suelo.
Ya estaba soñando otra vez.
–Voy a poner el árbol en aquella esquina –comentó Sebastian–. Hay un enchufe cerca.
–¿Cuánto mide?
Sebastian se encogió de hombros.
–Unos dos metros y medio –respondió con una sonrisa–. Si no cabe tendremos que recortarlo, pero solo hay una manera de saberlo.
Resultó ser una misión complicada. El árbol estaba en el jardín de atrás, cerca de la caseta, pero había demasiada nieve.
–No vendría mal una pala –murmuró Sebastian desde la puerta mirando la nieve con disgusto.
–Creí que tenías una en el coche.
–Así es. Mira cómo está el garaje –la nieve cubría la puerta, y sacarla sin pala no era una opción práctica–. Tendría que haber pensado en ello anoche.
Pero por supuesto, no se le había ocurrido. Ya tenía bastantes cosas en las que pensar. Igual que ella. Pero no quería recordar la noche anterior.
Subió a Josh en brazos y se quedó en la cocina mirando a través de la ventana cómo Sebastian se abría camino a través de la nieve hasta llegar a un bulto sin forma pegado a la puerta del garaje. Hundió el brazo en la nieve, sacó algo y lo agitó hasta que empezó a aparecer una forma cónica.
–Mami, ¿qué hace Sebastian?
–Buscar el árbol de Navidad, que está enterrado en la nieve. ¡Mira, ahí está!
–Ohh –Josh observó maravillado cómo el árbol salía bajo la capa de nieve.
Sebastian lo levantó hacia el cielo.
–¿Te ayudo a meterlo? –preguntó Georgia acercándose a la puerta.
–No, mejor échate un poco para atrás. Esto se va a poner perdido.
Ella obedeció y Sebastian arrastró el árbol por la entrada, soltando nieve, agujas de pino y otros residuos por toda la casa. Luego salió de debajo del árbol, lo colocó en la esquina y sonrió.
–Bueno, esta ha sido la parte fácil –dijo.
–¿Y cuál es la difícil? –quiso saber Georgia.
–Conseguir que se mantenga de pie y encontrar el ángulo adecuado.
–¿Qué te parece si preparo café mientras se seca? Y debería llamar a mi madre para decirle lo que pasa con las carreteras.
–Adelante, pero imagino que ya estará al tanto. En las noticias no se habla de otra cosa. Todo el condado está paralizado. Al menos vosotros dos estáis a salvo. Hay mucha gente que se ha quedado atrapada en las carreteras durante la noche.
–¿De veras?
–Sí. Vamos, llama a tu madre y yo haré el café –se ofreció Sebastian.
Así que Georgia descolgó el teléfono y marcó el número de casa de sus padres.
–Hola, mamá.
–¡Quiero abuela! –exclamó Josh– ¡Yo teléfono!
–Mamá, ¿puedes hablar un momento con él? Luego te cuento –le pasó el teléfono al niño.
–¡Abuela, Sebastian tiene un árbol muy grande!
Oh, no, ¿cómo no se le había ocurrido que aquello podría pasar? Extendió la mano para que le pasara el teléfono.
–Cariño, ya has saludado a la abuela. Deja que mamá hable ahora –Georgia agarró el aparato–. Hola, solo quería llamarte para decirte que estamos aquí atrapados y no sabemos cuándo podremos salir. El camino está cubierto de nieve y...
–¿Ha dicho Sebastian?
Maldición.
–Eh... sí.
–¿Se refiere a Sebastian Corder? ¿Estáis en Easton Court?
–Sí –a Georgia se le secó el cerebro, pero no importaba porque su madre tenía muchas cosas que decir.
–No puedo creer que no me lo hayas dicho anoche. ¿Estáis bien? De todos los sitios posibles en los que podrías quedarte atrapada... cariño, ten cuidado...
–No pasa nada, mamá.
–¿Cómo no va a pasar nada? ¡Te rompió el corazón!
–Bueno, fue algo mutuo –murmuró Georgia–. Escucha, mamá, sé que esto no es lo que quieres oír, pero estamos bien, que es lo importante, y Sebastian está siendo muy generoso con nosotros. No te preocupes. No va a pasar nada.
Nada más aparte del beso que se habían dado. Pero habían prometido que no se repetiría.
–Tengo que irme, mamá. Vamos a decorar el árbol. Te llamaré en cuanto sepa qué pasa con la nieve, ¿de acuerdo? Dale un beso a papá de nuestra parte.
Y dicho aquello colgó antes de que su madre pudiera decirle nada más.
Capítulo 5
Necesitaron casi una hora para colocar el árbol en la posición adecuada, y cuando terminaron Sebastian estaba acalorado, enfadado y se había hecho una herida en el dedo.
–Míralo desde el lado positivo –sugirió Georgia dando un paso atrás para observarlo–. Al menos es un suave abeto navideño, no un pino lleno de agujas. Y ha cabido bajo la viga. ¿Dónde están los adornos?
Sebastian salió de debajo del árbol y se quitó los restos vegetales del jersey de cachemir. Seguramente no había sido la mejor elección de ropa para aquella tarea, pero con Georgia en casa no era al parecer capaz de pensar con claridad.
–En el despacho. Ven a echar un vistazo.
Ella le siguió hasta la estancia que habían bautizado como sala de música. Había un escritorio colocado para disfrutar de las vistas del jardín, y aparte del ordenador portátil, nada revelaba que se trataba de un despacho. Georgia se preguntó si trabajaba mucho allí o se trataba únicamente de una casa de fin de semana.
Había una pila de cajas al lado del escritorio, y Sebastian sacó una de ellas y la abrió encima del escritorio.
–No sé si son aptas para niños.
Seguramente no, pensó Georgia. Los adornos eran de cristal y estaban cuidadosamente guardados, cada uno de ellos envuelto en papel de seda. Por muy bonitos que fueran, no quería dejarlos al alcance de Josh.
–¿No sirven? –preguntó Sebastian.
Ella se encogió de hombros.
–Son preciosos, pero Josh no estará a salvo con ellos. Podría cortarse.
–Podríamos colocarlos en la parte alta, lejos de su alcance.
–Así es. Y podríamos decorar la parte de abajo con otras cosas. Y mira, no todos son de cristal. Estos son de papel maché. Y puedo hacer estrellas y arbolitos de jengibre y decorarlos con glaseado. ¿Tienes azúcar glasé y colores?
Sebastian compuso una mueca.
–¿Cómo puedo saberlo?
–¿No dejaste toda la comida en la cocina?
–Fue mi madre la que lo guardó todo –aseguró él–. Yo no estaba aquí, estaba todavía en Londres.
–Bueno, en ese caso tendremos que buscarlo o ser imaginativos. Podemos buscar piñas en el jardín y...
–¿Necesito recordarte que en el jardín todo está sumergido bajo un metro de nieve?
Georgia sonrió.
–Estoy segura de que te las arreglarás. ¿Papel de colores? ¿Pegamento? ¿Celo?
Sebastian tuvo la horrible sensación de que el árbol terminaría pareciendo el de un programa de bricolaje, pero entonces Josh imitó en el suelo el sonido de un motor mientras deslizaba una grapadora y de pronto ya no le importó el aspecto que tendría el árbol. Solo quería que Josh fuera feliz y que todos se divirtieran decorándolo.
–Vamos a poner estos objetos en la parte superior –sugirió–, y luego saldré al jardín a ver qué encuentro mientras tú haces las galletas. Estoy seguro de que tengo lazos, celo y papel navideño que me ha sobrado de envolver los regalos.
Georgia sonrió y todo su rostro se suavizó.
–Gracias. Eso sería estupendo. De acuerdo, Josh, vamos a poner bonito el árbol, ¿te parece?
–Primero las luces –aseguró Sebastian agarrando la caja y dándole la espalda a Georgia para salir del despacho haciendo un gran esfuerzo por no aspirar el aroma de su perfume.
–Ha llamado tu madre.
Sebastian interrumpió el acto de quitarse las botas y la miró a los ojos.
–Ah. Le envié un mensaje antes para decirle que el camino estaba impracticable y que no podríamos celebrar la Navidad mañana. ¿Qué le has dicho?
Georgia puso los ojos en blanco.
–Nada. No soy tan estúpida. Vi quién era en la pantalla y no contesté.
–De acuerdo. Voy a llamarla.
–¿Has encontrado piñas o bolas de enebro?
–Solo piñas, pero también ramas verdes. Lo he dejado todo secándose un poco. Qué bien huele.
–Son las galletas.
–Mm. Habrá que probarlas. Pero primero voy a llamar a mi madre.
Sebastian entró en el despacho y marcó el número de su madre.
–Dime, ¿qué tal estás? ¿También atrapada?
–Sí, y tus hermanos tampoco han llegado. Iban a venir anoche pero al ver las noticias se lo pensaron mejor. Por lo menos van a pasar Navidad juntos.
–Entonces, ¿vais a estar solos?
–Bueno, espero que no. Todavía confiamos en que puedas sacar el Range Rover y venir a recogernos.
–Imposible. El camino está hasta arriba de nieve. Me temo que vamos a tener que retrasar la Navidad unos días.
–Oh, cariño, lo siento mucho. Qué desilusión. No puedo soportar la idea de que pases tu primera Navidad ahí solo.
No iba a estar solo, pero no se lo iba a contar a su madre bajo ningún concepto.
–Estoy más preocupado por vosotros –dijo cambiando de tema–. No sé qué vais a comer, yo tengo todas las provisiones aquí.
–No te preocupes, seguro que encontraremos algo en la nevera. Tú congela todo lo que no vayas a consumir. No quiero que comas nada que esté en malas condiciones.
–Mamá –le advirtió Sebastian.
Ella suspiró.
–Lo siento, pero no puedo dejar de preocuparme por ti. Aunque ya seas mayor, sigues siendo mi hijo.
Si al menos eso fuera verdad, pensó Sebastian con una punzada. Pero no quiso ir por ahí porque sabía que lo era en lo importante. Su corazón lo sabía, y ahora, después de tantos años, era por fin capaz de aceptarlo. Sin embargo, su cabeza todavía buscaba respuestas.
Escuchó un ruido y se dio cuenta de que Josh le había seguido hasta el despacho y andaba por el suelo jugando otra vez con la grapadora como si fuera un coche. Sebastian giró la silla y lo miró por el rabillo del ojo mientras escuchaba cómo su madre hacía planes alternativos y le contaba que iban a reunirse con los vecinos. Entonces Josh se levantó debajo del escritorio, se golpeó en la cabeza y empezó a llorar.
–Un momento –Sebastian dejó el teléfono y tomó a Josh en brazos, molesto consigo mismo por no haber anticipado lo que había pasado y molesto con Georgia por haberlo perdido de vista.
Y se había hecho daño. Le caían lágrimas, y sin pensárselo dos veces, Sebastian volvió a tomar asiento en la silla, le acunó entre sus brazos y le besó la cabeza murmurando palabras tranquilizadoras. Josh se acurrucó contra su pecho sollozando un poco, y Sebastian escuchó la voz de su madre desde el teléfono que había dejado en la mesa.
–¿Sebastian? ¿Sebastian? ¿Quién es ese niño?
¿Por qué no había colgado? Pero no lo había hecho, y ya no había vuelta atrás. Agarró el teléfono con un suspiro y se preparó para la bronca de su madre.
–Es el hijo de Georgia Beckett.
–¿Cómo? ¡No sabía que la estuvieras viendo! ¿Desde cuándo estáis juntos?
–No estamos juntos –se apresuró a aclarar Sebastian–. Iba camino de su casa ayer por la tarde y se quedó atrapada en mi puerta. Era casi de noche, así que lo lógico era dejar que se quedaran. Iba a llevarla a su casa hoy, pero el tiempo no lo permite, así que estamos tratando de pasar el rato lo mejor posible.
«¡Cállate! Demasiada información».
Pero por supuesto, su madre quería saber más.
–Vaya, ¿y cómo está? Esa pobre niña ha pasado por mucho...
–Está bien –la atajó Sebastian–. En este momento se encuentra haciendo galletas para decorar el árbol.
¿Por qué le había contado aquello? Sonaba acogedor y hogareño, y su madre se agarró a ello como un terrier.
–Oh, qué encantador. Siempre fue una chica muy inteligente. Perfecta para ti. Nunca entendí por qué la dejaste ir, pero en aquel entonces te comportabas de un modo tan extraño que supongo que eso la alejó de ti. ¿Hablaste en algún momento con ella, le explicaste algo?
Sebastian no dijo nada. No hacía falta.
–No, claro que no lo hiciste. En aquel entonces no hablabas con nadie, y menos con nosotros –su madre suspiró–. Ojalá te lo hubiéramos contado antes.
–Tendríais que haberlo hecho –afirmó con aspereza.
Escuchó cómo su madre suspiraba.
–Bueno, en cualquier caso, sé amable con ella. No te atrevas a hacerle daño otra vez. No se lo merece, Sebastian. Y trata de hablar con ella. Cuéntale lo que te pasaba entonces, cómo te sentías por lo de la adopción y todo eso. Cómo te sientes aún. Estoy segura de que lo entenderá. Es una chica maravillosa y sería estupendo que volvierais a estar juntos. Me encantaría verte feliz, y ese pobre niño...
Sebastian tragó saliva y apretó brevemente los labios en el oscuro y brillante pelo de Josh.
–Ya puedes sacarte eso de la cabeza. Eso acabó hace años. Bueno, te llamaré cuando sepa algo más, mientras tanto cuídate y no dejes que papá se ponga a quitar nieve con la pala.
–Se lo diré, pero no puedo garantizarte que me vaya a escuchar. Siento que no vayamos a estar contigo, pero me alegro de que estés con Georgia y con su hijo. ¿Cuántos años tiene?
–Dos –la misma edad que tenía él cuando...
–Oh, Sebastian, le va a encantar –aseguró su madre–. Me acuerdo de tu primera Navidad con nosotros...
–Mamá, tengo que colgar. Estoy esperando una llamada. Te llamaré mañana –colgó de forma brusca y cuando giró la silla se encontró con Georgia observándole fijamente.
–¿Qué es lo que tiene que sacarse de la cabeza?
–A nosotros dos –dijo él con sequedad poniéndose de pie–. ¿Qué puedo hacer por ti?
A ella se le ocurrían un millón de cosas, todas desastrosas para su seguridad emocional.
–Nada. Estaba buscando a Josh y le he oído llorar. ¿Qué ha pasado?
–Se ha dado con la cabeza en el escritorio. Pero ahora ya está bien, ¿verdad, muchacho?
Josh asintió y ella le tendió los brazos.
–La comida está lista, ven cuando quieras –le dijo a Sebastian–. Vamos, Josh, ven a comer.
Estupendo. Su madre debió haber oído a Josh llorar y habría preguntado quién era, abriendo la caja de los truenos. Tendría que disculparse porque era culpa suya por dejar a Josh salir corriendo, pero estaba demasiado ocupada con las galletas y cuando se dio la vuelta ya no le vio.
Sin embargo, parecía que la madre de Sebastian, a diferencia de la suya, quería que volvieran a estar juntos. Pero como él había dicho, aquello no iba a suceder. Ya había pasado por aquello y tenía cicatrices que lo probaban.
Sebastian también, y a juzgar por su tono de voz, estaba tan poco por la labor como ella. Llevó a Josh a la cocina, lo sentó a la mesa y cerró la puerta para que no se le volviera a escapar y causara más estragos. Había preparado sándwiches de queso y cebolla caramelizada, y había pequeñas estrellas y arbolitos dorados hechos de galleta. Georgia contuvo el aliento cuando escuchó cómo se abría la puerta y forzaba una sonrisa.
–Has tenido suerte –le dijo–. Algunos de los arbolitos se han roto y no pueden utilizarse para decorar. Y he encontrado unas pastillas de caldo que quedarán perfectas en el árbol envueltas en papel de regalo. ¿Puedo utilizar algunas?
–Adelante –Sebastian se dejó caer en una silla, escogió un sándwich y le dio un mordisco–. Qué bueno está.
Georgia volvió a poner la tetera con agua al fuego y se sentó frente a él.
–Siento que se me haya escapado Josh. Ha debido ser una situación incómoda con tu madre.
Sebastian puso los ojos en blanco.
–Ya sabes cómo es.
–Sí. Pero te quiere, aunque te pelees con ella todo el rato. Lo sabes, ¿verdad?
–Por supuesto que lo sé –Sebastian frunció el ceño y se levantó–. Mira, tengo trabajo, así que me llevaré unos cuantos sándwiches y me encerraré en el despacho. Te veré más tarde.
Estupendo. Había conseguido echarle. No le había costado mucho. Bastaba con mencionar a su madre. Georgia sintió que se le caían un poco los hombros cuando Sebastian salió de la cocina y dejó escapar un largo suspiro.
Habían acordado pasar la Navidad juntos e ignorar el pasado por el bien de Josh, pero el pasado no hacía más que interponerse de una manera u otra, manchando el ambiente.
Georgia miró por la ventana. La nieve seguía allí, incluso había vuelto a nevar de forma ligera.
Estaba claro que todavía no podían salir de allí. Recogió la mesa y sonrió a su hijo.
–¿Vas a ayudarme a glasear los adornos del árbol? –le preguntó.
Pero Josh parecía más interesado en comérselos, así que le puso una pila de recortes para mantenerle ocupado mientras ella glaseaba las estrellas y los árboles.
Guardó algunas galletas para Sebastian y se las llevó con una taza de té, llamando a la puerta antes de entrar.
No parecía estar trabajando. Estaba sentado con los pies en la esquina de la mesa y los dedos entrelazados sobre el abdomen. La miró y frunció el ceño.
–Lo siento. La llamada de mi madre me ha afectado.
–No te disculpes. Ha sido culpa mía por no vigilar mejor a Josh. Te he traído galletas y una taza de té.
–Gracias –Sebastian bajó los pies y suspiró–. Ojalá se quitara esta maldita nieve –murmuró.
–Creo que hay pocas posibilidades –reconoció ella–. Hace un momento ha empezado a nevar otra vez.
–Ya me he dado cuenta –Sebastian miró a su alrededor–. ¿Dónde está Josh?
–En la cocina, comiendo galletas.
–Creí que eran para mí.
–Tú te has ido, Sebastian.
–Bueno, para variar he sido yo el que se ha ido.
Ella contuvo el aliento, dio un paso atrás y se giró para marcharse. Llegó hasta la puerta y entonces se dio la vuelta.
–Yo no me fui –le recordó–. Tú me echaste. Hay una diferencia. Y si tuvieras la mínima posibilidad de hacerlo ahora, lo harías también. Pero no te preocupes. En cuanto se quite algo de nieve saldré de aquí y no tendrás que volver a verme nunca.
–Espera.
Su voz la detuvo en el umbral, y Georgia escuchó el crujido de la silla cuando se levantó y se acercó a ella.
Podía sentirle a su espalda, a escasos centímetros, inmóvil. Tras un instante, Sebastian le cubrió los hombros con las manos pero seguía sin moverse, sin decir nada, como si no supiera qué decir o qué hacer pero quisiera hacer algo.
Georgia se giró y lo miró a los ojos. Había confusión en ellos. Seguramente en los suyos también. Dejó escapar un largo suspiro, levantó la mano y le acarició la mejilla.
Aunque se hubiera afeitado aquella mañana, podía sentir su barba incipiente en la palma.
–Lo siento –murmuró Sebastian–. Sé que no fuiste solo tú. Sé que no era fácil vivir conmigo. Sigue sin serlo. Pero tenemos que celebrar la Navidad por Josh, y quiero hacerlo bien. Sé que había dicho que no hablaríamos del pasado y acabo de romper la regla. ¿Podemos empezar otra vez?
Ella dejó caer la mano.
–¿Empezar qué?
Sebastian guardó silencio durante un largo instante. Luego esbozó una sonrisa cargada de ternura y dolor.
–La Navidad. Nada más. Sé que no quieres nada más que eso.
¿No? De pronto no estaba tan segura, pero Sebastian no le estaba ofreciendo nada, así que asintió, dio un paso atrás y trató de sonreír.
–De acuerdo. No más comentarios sarcásticos, no más golpes bajos. Y tal vez un poco más de respeto por quiénes somos y dónde estamos ahora.
Sebastian asintió lentamente.
–Suena bien –murmuró.
Georgia no supo cuánto tiempo se quedaron allí de pie, pero entonces escucharon un estallido en la cocina y ella salió corriendo con el corazón en la boca.
Encontró a Josh en el suelo con cara de asombro, una galleta en la mano, la rejilla en el borde de la encimera y una silla tirada en el suelo. La culpabilidad volvió a apoderarse de ella.
–¿Se encuentra bien?
–Eso parece –Georgia tomó en brazos al pequeño, que se colgó a ella como un mono y sollozó en su hombro–. Creo que ha sido sobre todo el susto.
Ella también se había asustado. Y Sebastian, a juzgar por su expresión.
Sebastian estiró la mano y la puso con cuidado en la espalda de Josh.
–¿Estás bien, pequeño? Vaya día llevas, ¿eh?
–Le he dicho muchas veces que no se suba a las sillas.
–Es un niño. Se suben a las cosas. Yo estaba lleno de moretones por caídas hasta que cumplí los diecisiete años. Entonces empecé a conducir.
Ella lo miró con recelo.
–Gracias. Es una alegría saber lo que me espera.
Sebastian sonrió por encima de la cabeza de su hijo. Georgia tomó asiento en la silla que estaba de pie, abrazó al niño y buscó moretones y chichones. Al parecer solo había sido el susto y un pequeño bulto a un lado de la cabeza, pero ese podía ser de antes.
–¿Quieres un té? –le ofreció Sebastian.
Ella asintió.
–Es la panacea universal, ¿verdad? Cuando todo lo demás falla, se prepara té –Sebastian puso la tetera con agua el fuego y regresó al despacho para llevar su taza y sus galletas. Se detuvo un instante para aspirar un par de veces el aire y tranquilizar el ritmo de su corazón. No sabía qué se iban a encontrar, y sintió un gran alivio al ver que Josh estaba bien.
Qué diablos, se estaba encariñando demasiado con el niño.
Volvió a entrar en la cocina, dejó la taza en la encimera y le preparó a Georgia una taza nueva.
–¿Qué tal está?
–Está muy bien, ¿verdad, Josh? Es la hora de la siesta. Suelo ponerle a dormir un rato después de comer. Voy a subir con él y a leerle un rato hasta que se duerma.
Sebastian frunció el ceño mientras analizaba aquella sensación desconocida. ¿Era desilusión? ¿Qué le estaba pasando?
–Buena idea. Yo me pondré a trabajar y decoraremos más tarde el árbol.
¿Muérdago?
¡Había llevado muérdago, nada menos! Como si eso fuera a ayudar en algo.
–Lo sé, lo sé –afirmó Sebastian–. Pero es navideño, y todo lo demás era demasiado duro y no tengo ni idea de dónde están las tijeras de podar. También he traído un poco de acebo para el pudín navideño, como marca la tradición.
Georgia ladeó la cabeza mirándolo por el rabillo del ojo.
–Vaya, qué tradicional.
–Por supuesto. La Navidad es la Navidad, y hay que hacer las cosas como se debe. ¿Algún problema?
Ella esbozó una sonrisa lenta.
–¿Sabes qué? Tienes un buen corazón, Sebastian Corder, a pesar de ser tan gruñón. Y no, no tengo ningún problema con esto. Ninguno en absoluto.
Él se aclaró la garganta.
–Bien. Bueno. ¿Qué hay que hacer ahora? –preguntó esquivándole la mirada.
Sin dejar de sonreír, Georgia le pasó el caldo en cubitos y otras cosas que había encontrado que podían envolverse y se sentaron en la mesa, le dieron a Josh un trozo de papel y un lápiz para que dibujara e hicieron paquetitos para el árbol.
–Se te da bien esto –comentó ella–. Tal vez sea tu vocación.
–Ya tengo una vocación.
–¿Cuál, ganar dinero?
Sebastian suspiró y dejó los paquetitos que acababa de hacer con los demás.
–Georgia...
Ella alzó las manos.
–De acuerdo, lo siento. Ha sido un golpe bajo.
–Sí, lo ha sido. Y no me gasto todo mi dinero en mí. Tengo a mucha gente contratada y financio varias obras benéficas. Y no tengo por qué darte explicaciones.
Georgia lo miró a los ojos.
–Tal vez sí –le dijo con dulzura–. Tal vez deberías haberlo hecho antes.
–Bueno, han pasado muchas cosas desde entonces, y tal y como me dijiste tú amablemente cuando te pregunté por David, lo cierto es que no es asunto tuyo. ¿Vamos a terminar de decorar el árbol o no?
Se puso de pie y agarró los paquetitos con sus grandes manos antes de salir por la puerta. Ella agarró las piñas, los lazos y las tijeras y se levantó también. Sebastian no cambiaría nunca, nunca se comprometería. Aquella palabra no estaba en su vocabulario.
–Ven, Josh, vamos a decorar el árbol –le dijo a su hi-
jo.
El pequeño se bajó de la silla y la siguió hasta el salón.
Capítulo 6
–Está muy bien.
Georgia dejó el intercomunicador para bebés en la mesita, se sentó al otro extremo del sofá y observó el árbol con satisfacción.
No era precisamente elegante, con sus paquetitos desiguales y las piñas pastosas, pero tenía el aspecto de un árbol de Navidad familiar.
Y aquello le provocó un nudo en la garganta.
–Sí, es precioso –murmuró–. Gracias.
Sebastian giró la cabeza hacia ella y frunció ligeramente el ceño.
–¿Por qué me das las gracias? Eres tú la que me ha ayudado a decorar mi árbol.
–Y lo hemos hecho por mi hijo, lo que significa que no hemos podido colocar tus elegantes adornos como seguro que era tu intención. Así que gracias.
Sebastian frunció todavía más el ceño y luego sacudió la cabeza antes de volver a mirar hacia el árbol.
–La verdad es que me gustan los adornos caseros –afirmó–. Sobre todo las estrellas y los arbolitos de galleta.
Georgia apoyó la cabeza en los cojines del sofá con un gruñido de placer.
–Qué cómodo es esto –murmuró.
–Sí. Me encanta esta estancia. Creo que es mi favorita de toda la casa.
¿Porque nunca habían hecho planes para ella? Tal vez, pensó Georgia. Giró la cabeza hacia él y cambió de tema.
–Y dime, ¿cuál es el plan para mañana? Ya que tienes opiniones tan firmes sobre cómo deben hacerse las cosas...
Una sonrisa cruzó el rostro de Sebastian.
–Creo que depende de Josh y de ti. ¿Qué vas a hacer respecto a sus regalos? ¿Vas a esperar a estar con tus padres?
–No lo sé. No creo. Está muy emocionado con el árbol y sabe que habrá regalos debajo porque lo han hecho ya en la guardería, así que creo que mañana debe tener algo.
Sebastian se encogió de hombros.
–Como quieras, pero yo me voy a sentir incómodo porque no habrá regalo de mi parte para él, ni tampoco para ti.
Georgia se lo quedó mirando conmovida. Estiró la mano y le tomó la suya.
–Sebastian, nos estás dando una Navidad, ¿qué más podríamos pedir? Nos has abierto las puertas de tu casa y nos hemos apoderado de ella. Sinceramente, no creo que tengas que preocuparte de que no haya un juguete envuelto debajo del árbol.
Sebastian volvió a fruncir el ceño y apartó la mirada apretando las mandíbulas.
–Solo es un niño, Georgia –murmuró.
–Ya lo sé –respondió ella con dulzura–. Y por alguna razón, eso parece llegarte al alma.
Sebastian se encogió de hombros y apartó la mano, como si el contacto le resultara incómodo.
–No me gusta que los niños lo pasen mal en Navidad. Ni en ningún momento. Como te he dicho, yo no tengo nada que hacer ni ningún sitio donde ir. Así que ¿regalos sí o no?
Georgia pensó en ello durante un instante. Sus padres le habían cubierto de regalos por su cumpleaños, que había sido un mes atrás, y Josh había recibido tantos regalos que no había sabido con cuál jugar primero. Y en aquella casa no había nada con lo que pudiera jugar a salvo.
Y entonces tuvo una idea que podía resolverlo todo.
–Creo que sí, regalos. O al menos algunos. Yo le he comprado un tren de madera que viene en dos cajas. En la caja pequeña hay figuras, bancos, árboles y otras cosas. Tú podrías darle eso si quieres que haya algo de tu parte para él debajo del árbol.
–¿No te importa?
Georgia se rio.
–¿Por qué iba a importarme? Así tendrá algo constructivo con lo que jugar mientras estamos aquí. Y también le he traído un calcetín con bombones.
Ambos sonrieron y Sebastian asintió.
–Podrías colgarlo en la viga que hay encima de la chimenea.
–Sí, pero primero tendremos que esperar a que se apague el fuego para que no se derrita el chocolate.
–Sí, por supuesto. Buen plan. Si dejamos que el fuego se extinga debería estar apagado al final de la noche. Y espero que tengas hambre. ¿Has visto el tamaño del pavo?
–¿Vamos a cenar pavo? –Georgia se relamió–. Me encanta el pavo. ¿De qué está relleno?
–Pasas, manzana y brandy.
Ella se reclinó en los cojines sonriendo feliz.
–Oh, qué maravilla. Tráelo, por favor...
Sebastian se rio y se puso de pie, dándole una palmadita en la pierna.
–Eso es cosa tuya. Yo no tengo ni idea de cómo cocinar un pavo, así que confiaba en que lo hicieras tú. ¿Traigo los regalos?
–Iré yo. No quiero poner todos. ¿Dónde los has dejado?
–En mi habitación.
Ah, ¿Tenía la cara transparente? Porque Sebastian la miró, sonrió y sacudió la cabeza.
–Estás completamente a salvo, Georgia. No voy a cometer ninguna locura.
No. Y desear que lo hiciera sí que era una locura. Menos mal que uno de los dos estaba pensando con claridad. Asintió y se puso de pie.
–De acuerdo. Le pondremos solo las dos cajas del tren y el calcetín y guardaré el resto para cuando esté con mis padres.
Sebastian no quería que se fuera.
Se dio cuenta de pronto, sintiendo un nudo en el estómago, cuando subieron las escaleras hacia el dormitorio como si fueran a ir a acostarse.
Tenía que dejar de pensar en eso al instante antes de avergonzarlos a los dos. Abrió la puerta y encendió la luz.
–Aquí están –dijo guiándola hacia el vestidor. Había dejado la bolsa con los regalos dentro de uno de los armarios, que estaba prácticamente vacío.
Cuando la sacó y se dio la vuelta para dársela, vio que Georgia estaba observando fijamente el vestidor.
–Es estupendo. Aquí te cabe de todo.
–Sí. No entiendo cómo la gente puede apañárselas con solo un armario en el dormitorio.
–Tal vez no tengan tanta ropa. O quizá lo utilicen para jugar al escondite –comentó ella.
Sebastian se quedó pensando en por qué había dicho aquello. ¿Por qué añadir algo tan controvertido a la mezcla?
Tenía que salir de allí en aquel instante.
–Bueno, te dejo para que pienses lo que quieres bajar. Tengo cosas que hacer –Sebastian le devolvió la bolsa y se marchó a toda prisa, antes de caer en la tentación de agarrarla de los hombros y besarla hasta perder el sentido.
–Toma. Estas son las cajas del tren. ¿Quieres envolver la tuya en un papel diferente?
Sebastian se quedó mirando pensativo las cajas que Georgia había dejado sobre la mesa de la cocina y luego sonrió.
–Creo que no. No puedo competir con un papel que tiene trenecitos conducidos por Santa Claus.
Georgia sonrió también.
–Estoy de acuerdo. Y no creo que Josh piense en que son iguales, solo querrá quitar el papel. Ya sabe lo que son los regalos porque acaba de ser su cumpleaños.
–¿Qué día fue?
–Tres días después del tuyo.
Sebastian frunció un instante las cejas y Georgia se preguntó qué habría dicho esta vez. ¿Sería porque había recordado su cumpleaños? Lo dudaba. Siempre recordaba el cumpleaños de todo el mundo. Era su fuerte.
Decidió dejar de intentar saber qué pensaba.
–Entonces, ¿vamos a celebrarlo a la hora de comer, por la noche o cuándo?
Sebastian alzó las palmas de las manos y se encogió de hombros.
–Mira, esto lo hacemos por Josh. Haz lo que creas que le venga mejor a él.
–Seguramente comida, si te parece bien. Y dime, ¿dónde está el pavo? En la nevera no, así que espero que no lo tengas todavía en el congelador.
–Está en la fresquera –Sebastian se acercó a una especie de armario ancho y abrió la puerta. Se encendió automáticamente una luz que iluminó los estantes repletos de comida–. Siéntete libre para preparar lo que quieras.
Georgia recorrió los estantes con la mirada, planeando mentalmente el menú y luego cerró la puerta de la fresquera y se sentó otra vez en la mesa para escribir una lista de ingredientes. Alzó la vista cuando vio que Sebastian dejaba una copa de vino en la mesa.
–Toma, cocinera. Para que te animes.
–Gracias. Y hablando de cocineros, ¿vas a cocinar por casualidad o ha sido una indirecta?
–Ya he cocinado. Hay una pizza en el horno, ensalada y podemos tomar fruta o helado de postre. Pensé que mejor te liberaba hoy teniendo en cuenta todo lo que vas a cocinar mañana.
–Qué detalle –Georgia le dio un sorbo a la copa de vino y miró la lista–. ¿El pavo está ya relleno?
–Eso me han dicho. Listo para meterlo en el horno. Tiene que estar cuatro horas.
–Creí que no sabías cómo cocinarlo –apuntó ella.
Los ojos de Sebastian brillaron traviesos.
–No quería privarte de ese placer. Y así te ganarás mi adoración –murmuró.
Georgia no estaba muy segura, pero le dio la impresión de que había algo de coqueteo en su voz. Le mantuvo la mirada durante un instante y luego soltó una carcajada nerviosa y la apartó.
–Siempre que no queme el pavo.
–Yo me encargaré de que no lo hagas. Bueno, vamos a ponerle una nueva etiqueta a ese regalo.
Pero, ¿qué poner? Sebastian se quedó con el bolígrafo suspendido por encima de la etiqueta que había encontrado. ¿Qué más daba? El niño no sabía leer. Serviría con un «para Josh de Sebastian». Pero añadió «con cariño» porque le pareció bien. Extrañamente bien.
–Bien, esto ya está hecho. Tenemos que comernos la pizza o se estropeará.
Sebastian le pasó la caja por encima de la mesa, se levantó de la mesa y se ocupó en sacar los platos.
Georgia puso los regalos bajo el árbol y cuando terminaron de comer empezaron a pelar coles, patatas y zanahorias hasta que finalmente Sebastian puso fin a la operación.
–Ya es suficiente –afirmó quitándole el cuchillo de la mano y reemplazándolo por la copa de vino mientras la urgía a entrar en el salón.
El fuego estaba bajo, las brasas brillaban, y se sentaron en el sofá. Sebastian puso el brazo en el respaldo. Si llegara a mover los dedos un milímetro...
–Háblame de la reforma de la casa –dijo entonces ella alejándose un poco hacia la esquina.
Sebastian agarró su copa de vino y retiró un poco el brazo para evitar la tentación mientras le contaba lo que había hecho con la casa, pensando en lo mucho que iba a echarla de menos cuando ser fuera.
Josh se levantó temprano.
Siempre lo hacía, pero Georgia se había quedado hablando con Sebastian de la casa y de los planes que tenía para el jardín hasta que el fuego se extinguió y se convirtió en cenizas.
Sebastian había colgado el calcetín en la viga y luego se retiró a su despacho cuando ella se fue a la cama. Le oyó subir un poco más tarde, y entonces se puso de costado y se durmió profundamente hasta que la charla animada de Josh la despertó.
Que Dios le bendijera, lo quería con toda su alma, pero podría haber esperado media hora más. Abrió los ojos y el pequeño le sonrió desde la cuna, tendiéndole los brazos.
–Feliz Navidad, Josh –dijo ella abrazándole con fuerza.
Luego le cambió el pañal y bajaron a la cocina. Para asombro de Georgia, las luces estaban encendidas, el agua de la tetera hirviendo y olía maravillosamente. ¡Y eran poco más de las siete! ¿Cómo era posible?
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