Kitabı oku: «Por siempre»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1997 Caroline Anderson

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Por siempre, n.º 1033 - febrero 2021

Título original: That Forever Feeling

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-118-4

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

DAN miró el pálido líquido que se agitaba en el fondo del vaso: un bourbon de doce años. Qué forma de malgastar una joya. Podría haber sido agua y le habría dado exactamente lo mismo. No le iba a ayudar, nada lo haría.

Se sujetó las costillas en espera del siguiente ataque de tos que sentía llegar.

Apoyó la cabeza sobre el respaldo del sofá y suspiró. Ni siquiera se podía sentar en su sillón favorito porque estaba el gato.

¡Era Noche Vieja, tenía un resfriado y había demasiada nieve!

¡Genial!

Su anuncio había salido en los periódicos profesionales. Pero, ¿quién se iba a molestar en buscar trabajo durante las navidades? Nadie.

No podía haber nadie tan descerebrado como para querer enterrarse en un lejano lugar en Norfolk. Estaba a punto de servirse otro trago cuando sonó el teléfono.

–¡Maldición! –estiró el brazo dolorido y agarró el auricular.

–¿Sí, dígame? Doctor Elliott al habla.

–Sí, verá, llamaba por lo del anuncio.

Dan dio un respingo, se atragantó y tosió, todo al mismo tiempo.

–Perdone, tengo un tremendo catarro. ¿Podría repetir, por favor?

Tenía una voz maravillosa, profunda, suave y deliciosa. Fluía como un río de seda y le hacía olvidar sus penas.

Tosió una vez más después de haber escuchado por segunda vez su solicitud.

–¿Quiere el trabajo? –preguntó incrédulo.

–Pues sí. Por eso he llamado.

Había cierto elemento de duda en su voz, pero estaba claro que el único responsable de aquella era él. Tenía que buscar las palabras apropiadas.

–¡Me parece estupendo! ¿Necesita que le haga una entrevista o le gustaría empezar sin más? Por cierto, cuándo estaría disponible?

–De inmediato. No tengo nada de momento. Estoy haciendo una sustitución en Norwich, pero odio las ciudades ruidosas. No pude encontrar otra cosa en su momento.

Ese comentario sonaba prometedor.

–Aquí no tendrá ese problema –dijo él. Precisamente ese había sido el problema de aquel lugar siempre–. Esto es tan tranquilo que se puede escuchar incluso el sonido de la nieve al caer.

–¡Maravilloso! –dijo ella con un tono suave, meloso, casi con un suspiro de voz que le aceleró el pulso a Dan. ¡Maldición! Seguramente tendría el mismo aspecto que un dinosaurio en pijama. ¡No es que a él le importara! Después de todo, no iba dignarse ni a mirarlo. No después de lo que le había ocurrido.

–¿Le gustaría pasarse por aquí?

–Sí, como no. ¿Cuándo quiere que empiece?

Él soltó una ligera carcajada que acabó por convertirse en un ataque de tos.

–Lo siento. ¿Podría empezar ahora mismo?

–¡Vaya! Realmente lo ha agarrado fuerte –dijo ella con cierta preocupación.

Dan trató de recordar cuándo había sido la última vez que alguien se había preocupado por él.

Tragó saliva.

–Es sólo un resfriado que no puedo quitar de encima.

–¿No tendrá bronquitis?

–No.

–¿Está seguro? ¿Se ha puesto el termómetro?

–Escuche, si necesitara un médico habría llamado a uno –dijo él.

–Pensé que eso era lo que pedía en el anuncio –dijo ella con una ligera carcajada que favorecía notablemente el tono de su voz.

–Pero no era para mí. Bueno, y respecto a la entrevista, ¿dónde está usted ahora?

–Cerca de Holt. A sólo seis millas de Wiventhorpe.

–¿Podría venir ahora? –le pidió él, dándose cuenta de que era una petición completamente descabellada.

–¿Ahora? ¿De verdad? –preguntó ella sorprendida.

–Bueno, tal vez mañana…

–No, no. Está bien. Puedo ir ahora. No son más que las cinco y media, así que podría estar allí a eso de las seis… si no tiene usted ningún problema.

Dan miró a su alrededor… después de todo esa era su parte de la casa. Arriba no estaba tan desordenado. La consulta estaba impecable… aunque de la cocina no podía decir lo mismo.

–Bien, me parece muy bien –dijo él, antes de que ella pudiera cambiar de idea. Pronto se dio cuenta de que se le había escapado hacer una pregunta si no de vital importancia, sí de buena educación–. Por cierto, ¿cuál es su nombre?

–Doctora Blake, Holly Blake –ella se rió–. Nací en Navidad…

–En ese caso, feliz cumpleaños, Holly Blake –dijo él y se sorprendió a sí mismo disfrutando de aquella conversación.

Ella se rió.

–Gracias, doctor Elliott. Enseguida estaré allí –colgó el teléfono.

Dan se quedó pensativo, con el auricular en la oreja. Holly. Cuando por fin reaccionó, colgó el teléfono rápidamente.

–Vamos chicos, en marcha –les dijo a sus perros y a su gato–. Tenemos visita.

Dos colas se movieron al unísono, pero esa fue la única respuesta que obtuvo. ¿Para qué iban a moverse?

Se puso de pie y estiró la pierna. Le dolía. Volvió a encogerla y a estirarla varias veces. ¡Maldición! Le dolía todo. Quizás sí que tuviera fiebre. Le dolían las costillas de un modo insidioso.

Se dirigió a la consulta, encendió las luces y comprobó que todo estaba ordenado. Las revistas estaban bien colocadas, las sillas estaban correctamente alineadas… Sólo un colorido juguete se había quedado olvidado bajo la mesa, amenazando con desdecir lo que el resto de la habitación afirmaba. Lo colocó en su sitio.

Bien, ya estaba.

La oficina estaba un poco destartalada, pero Julia iría al día siguiente y la ordenaría. Hasta entonces sería mejor que dejara las cosas como estaban, no fuera que interceptara su modus operandis y se encontrara con una reprimenda.

Fue a la cocina y metió los platos en el lavaplatos a toda velocidad. La señora Hodges ya se habría echado las manos a la cabeza de haberlo visto. Pero como no estaba allí y, sin embargo, Holly llegaría muy pronto, no tenía más remedio que hacer las cosas a su modo. O sea, mal.

Se apoyó ligeramente sobre el mostrado de la cocina. Holly. ¡Qué voz! Ya sólo el recuerdo de aquel susurro provocaba extraños efectos en su interior.

Lentamente se dirigió al espejo que había en el recibidor. Se quitó las gafas que ocultaban menos de lo que él habría deseado.

La mitad derecha de su rostro era tal y como él la había conocido, con sus varias versiones, durante treinta y cuatro años. Pero la izquierda, era otra historia. Ya desde la raíz de su abundante pelo negro partía una profunda cicatriz que recorría parte de la frente, la sien, tocaba el ojo, atravesaba la mejilla y finalizaba en la comisura de sus labios. Junto a esa marca había otras pequeñas, producto de la cirugía que había tratado de reconstruir su rostro.

Su sonrisa había quedado torcida, como un privilegio del que sólo podía disfrutar la mitad de su cara. La sonrisa de un borracho siempre sobrio.

Su otro rostro, el entero, seguía siendo masculino, con rasgos marcados y labios gruesos y prometedores. Pero, ¿a quién interesarían ya nunca más sus promesas?

Cerró los ojos. La voz de Holly le provocaba todo tipo de tormentos interiores.

¿Y qué? Aquella cara no incitaba más que a salir huyendo.

Ni siquiera podría conducir durante al menos dos años. Los dolores de cabeza lo mataban y le dolían la pierna y las costillas con el frío.

Por fin sonó el timbre. Los perros dieron un único y vago ladrido y levantaron ligeramente la cabeza.

–¡Sois unos guardianes impresionantes! –dijo él y se colocó las gafas de nuevo.

Se quedó helado al abrir la puerta.

Era preciosa y quería aquel trabajo. Forzó una sonrisa y abrió la puerta del todo.

–¿Doctora Blake? –preguntó él sabiendo de sobra la respuesta–. Pase. Acabo de poner la tetera al fuego.

Holly alzó la cabeza para mirar al hombre que estaba en la puerta.

Era alto, de pelo oscuro y, a contraluz, parecía llenar todo el vano de la puerta. Podría decirse que, incluso, tenía cierto aire amenazante.

Durante un rato se quedó allí, mirándola a través de los cristales ligeramente tintados de sus gafas, con una expresión imposible de descifrar. Holly sintió que el corazón le daba botes en el pecho.

Por fin, se apartó y la dejó pasar. La luz, entonces, iluminó con crueldad la profunda señal que había en su cara.

Ella entró, conteniendo las ganas de extender la mano y tocar el surco dejado por no sabía que desafortunado incidente. ¿Qué le habría ocurrido? ¿Por qué se escondía de aquel modo entre las sombras?

Lo miró directamente a los ojos o trató de hacerlo. El oscuro tinte de los cristales de daba un aspecto de misterio. La boca, torcida en una mueca involuntaria, guardaba un gesto de amargura y desesperanza.

A pesar de todo, había algo reconfortante en él. Era un caballero.

Y el aire de crueldad que su deformidad le daba era evidentemente superficial. La única persona con la que aquel hombre podría ser cruel era consigo mismo.

–Dan Elliott –dijo él y le tendió la mano.

Ella se la estrechó, sin sorprenderse de que estuviera cálida y seca, de que el gesto fuera firme. Así era él.

Holly sonrió.

–Soy Holly –respondió ella, dándole directamente derecho a que la tuteara. No le gustaban las ceremonias e intuía que a él tampoco. Tal vez lo había deducido por los viejos vaqueros con que la había recibido o por el jersey casero de lana gorda, seguramente cortesía de su madre.

Le soltó la mano y cerró la puerta.

Al fondo, Holly vio una estufa de hierro forjado que ocupaba el hogar de la chimenea y, tendidos junto a ella, dos perros. Uno de ellos la observaba con curiosidad, mientras el otro, mucho más grande, estaba demasiado cómodo en su postura para molestarse en abrir los ojos.

En el sillón más cercano, había un gato de color canela que reposaba plácidamente panzarriba sobre un cojín.

Holly sonrió al hombre que estaba a su lado.

–Por lo que se ve, te gustan los animales también. Mi casa estaba siempre llena.

–La verdad es que aquí han llegado siempre por efecto del azar. El gato me adoptó. Ese perro grande y horroroso me lo trajeron de cachorro. Fue el regalo que me dio un paciente después de mi accidente. Tenía que caminar para recuperarme y lo del perro debió parecerle una buena idea. ¡Desde luego que hice ejercicio! No hice más que recoger excrementos durante los primeros meses. El otro también fue regalo de un paciente, o algo parecido. Me lo dejó una temporada, pero él acabó en un asilo.

–De modo que te lo tuviste que quedar.

Él se encogió de hombros.

–Una vez que tienes uno, te da lo mismo tener dos.

–O tres o cuatro –sonrió ella–. Mi padre es veterinario. Siempre teníamos varios perros y gatos y, por supuesto, el eventual erizo recobrándose de una herida, dos gansos, etc… Además, le fascinan las razas raras, así que teníamos un pequeño rebaño de ovejas, siempre dos o tres caballos recuperándose de alguna operación y alguna vaca en observación.

–No parece que lo vieras con frecuencia.

Holly se rió.

–Sí, la verdad es que sí lo veía. Iba con él a todas su visitas y lo ayudaba con los animales.

–¿Por qué no te hiciste veterinaria?

Ella lo miró a los ojos.

–Porque quería trabajar con personas. ¿Por qué no te hiciste tú veterinario?

–Porque todo el mundo dio siempre por hecho que sería médico. Además, jamás había conocido a un verdadero veterinario hasta que llegué aquí. En Londres, no pasaban de tratar gatos de angora con indigestión y algún que otro pez tropical resfriado. Jamás habrían sabido que parte de la vaca debían evitar.

Holly se rió. Le caía bien aquel hombre. Tenía sentido del humor y eso siempre era de agradecer.

Extendió la mano y señaló la entrada al cuarto de estar.

–Sentémonos un rato y te contaré en qué consiste el trabajo y lo que busco. Después, si te parece bien, te enseñaré el lugar. No sé si lo ponía en el anuncio, pero la consulta está aquí mismo, porque no puedo conducir. Eso implica que la gente se presenta a veces a horas intempestivas. También se da alojamiento.

–Eso podría estar muy bien –dijo ella y se preguntó por qué él no podía conducir–. Mis padres no viven muy lejos de aquí, pero las carreteras son bastante precarias en esta zona y en invierno es mejor no tener que viajar.

–No hace falta que me lo digas. Vamos. Será mejor que yo me siente en el sillón o acabarás llena de pelo.

Se acercó y empujó suavemente al gato, que protestó ligeramente. Se sentó y pronto el minino ya estaba sobre su regazo, acurrucado y feliz.

Holly se dirigió al sofá y esperó a que el doctor Elliott pronunciara las palabras que tan cuidadosamente parecía estar elaborando.

–Tuve un accidente el pasado mes de Enero, hace ya casi un año. No puedo conducir y eso hace de las visitas a pacientes algo realmente complicado. A pesar de mis dificultades, querían que volviera, así que llegué a un acuerdo. Durante el día, no hago visitas y por la noche voy en taxi a donde me requieren. Cuando una visita es imprescindible durante el día, también la hago. Pero la verdad es que es tremendamente caro e ineficaz. Además, es demasiado trabajo para una sola persona. Siempre lo fue y por eso tuve el accidente.

–¿Estabas demasiado cansado para concentrarte?

Él bajó la mirada sin expresión alguna en el rostro.

–Me dormí al volante. El otro médico que compartía conmigo la zona se había marchado hacía algunos meses y yo cada vez estaba más y más cansado. Es casi imposible conseguir un colaborador permanente en esta zona. Los médicos en prácticas consideran que no aprenden lo suficiente, que no hay bastantes clínicas y que el trabajo es muy duro.

Se encogió de hombros. No podía olvidar que aún no sabía cómo sería Holly.

–Tuvimos una epidemia de gripe muy fuerte y yo estaba agotado. Me dormí y me choqué contra un árbol. Estuve cuatro meses en el hospital.

–¿Cuatro meses? –Holly abrió los ojos realmente impactada–. ¡Dios Santo! Debió de ser grave.

Él se encogió de hombros.

–El fémur, las costillas, la cadera…

–¡Tuvo que ser horrible!

Él se rió.

–Bueno, no me enteré. Se me ha olvidado mencionar que me rompí el cráneo y estuve tres semanas en coma. Cuando me desperté lo peor ya había pasado. Lo único que tuve que hacer luego fue rehabilitación.

–¿Fisioterapia? –preguntó ella.

–Un poco. Pero funcionó y estoy andando. Lo malo es que hasta dentro de dos años al menos no podré conducir, pues tuve una serie de ataques convulsivos cuando estaba en la UCI y no saben si pueden volver a darme.

Ella frunció el ceño.

–¿Algo parecido a epilepsia?

–Sí, algo así. Tengo que esperar a ver que pasa. No me ha vuelto a dar ningún ataque desde entonces, pero sólo el tiempo podrá decir si fue algo ocasional o no. Mientras tanto, he enseñado a mis pacientes que son ellos los que deben visitarme a mí, cuando es posible. Lo que necesito ahora es alguien que haga guardias nocturnas una noche sí y otra no, que atienda las visitas diarias y cubra las horas normales de atención al público. Yo me ocuparía de las clínicas, las horas extraordinarias de atención al público y todas la emergencias que se den aquí durante las veinticuatro horas.

Eso era mucho trabajo aún incluso para dos personas.

–¿Quién te ayudaba hasta ahora?

Él soltó una curiosa carcajada.

–¿Estás de broma? Nadie. No me ayudaba absolutamente nadie. La vida en el campo sólo es atractiva cuando hace sol.

–Hoy hacía sol.

–No suficiente.

–Así es que llevas semanas solo.

–Di mejor meses.

No era de extrañar entonces que pareciera tan cansado. ¿Es que llevaba gafas para ocultar las bolsas que había bajo sus ojos?

–¿Hay alguien que te ayude por las noches?

–En teoría sí, hay un médico en Holt. Pero a las gentes de por aquí no les gusta, así que, aunque yo no esté de guardia me llama a mí.

–¿Querrán que los atienda yo?

–¡Sí! A todos les gusta disfrutar de una cara bonita. Fuera de bromas, si estás trabajando aquí, no sentirían que están cometiendo ninguna falta de lealtad. Ese es el problema fundamental. ¡Están tan preocupados por serme fieles, que van a matarme!

Ambos se rieron a carcajadas, pero aquella risa pronto se desvaneció con un fuerte ataque de tos de Dan. Se agarraba las costillas como si tuviera la impresión de que se le fueran a salir de su sitio.

–No estás bien, realmente no lo estás –dijo ella.

–Sí, sí lo estoy.

–Déjame que te ausculte.

–No. Yo puedo hacerlo y ya lo he hecho. No hay nada. Es sólo un resfriado.

Ella se encogió de hombros en un gesto resignado.

–¿Eres siempre tan cabezota? –preguntó ella.

–A veces soy realmente cabezota.

–Bien. Así sé dónde piso.

La miró a los ojos y torció la boca en una mueca risueña.

–Estoy bien, de verdad. Lo que necesito es ayuda.

–Bien. Aquí estoy. ¿Cuándo quieres que empiece?

–Bueno, mañana es fiesta, así que, ¿podrías empezar el viernes?

Ella sonrió.

–De acuerdo. Dijiste que el paquete incluía un lugar donde vivir…

–Sí. Ven, te enseñaré todo.

Dan echó al gato de su regazo, quien protestó indignado. La llevó hasta la cocina, que estaba en un estado ligeramente caótico.

–Esta parte es compartida. Es zona de trabajo y de recreo –sonrió–. Por cierto, tengo una mujer que viene todas las tardes, limpia y hace la cena para mí y para quien viva aquí, siempre y cuando no sea comida vegetariana ni ninguna dieta especial. Le costaría asimilar algo así.

–No soy ni vegetariana ni caprichosa. Me educaron para comerme lo que hubiera en la mesa. Y, la verdad, la idea de no tener que cocinar me resulta francamente agradable. No se me da demasiado bien.

Dan se rió.

–A mí tampoco. Acabé por contratar a alguien porque no podía soportar ya la comida congelada y porque la casa estaba llena de pelusas.

Abrió una puerta y pasaron a un corredor donde había varias puertas. En una había un cartel que decía servicios. Otra, estaba abierta y llevaba a una sala de espera. Había una oficina con una recepción al lado y tres puertas más de dos consultorios y una pequeña sala de curaciones.

–La casa, originariamente, eran dos chalets contiguos. Mi predecesor las unió y quitó unas escaleras, lo que es francamente incómodo. Se lograría mucha más intimidad si estuvieran como antes. Pero, es lo que hay.

Los consultorios daban al jardín. Al fondo, en el horizonte, se podía divisar el mar.

A pesar de que no podía haber tenido tiempo de trabajar en el jardín, estaba sorprendentemente limpio y cuidado, aunque no tenía de nada en abundancia. Holly llegó a la conclusión de que también debía de tener un jardinero.

–Está muy bonito en verano –le dijo él. Ella se sintió, de pronto, sobrecogida por la presencia de aquel hombre alto, grande, que se imponía sobre todo lo que les circundaba. Tuvo, incluso, tentaciones de apoyar la cabeza sobre su torso, para comprobar si era tan firme y musculoso como parecía a primera vista. No obstante, prefirió contener su necesidad de experimentación–. Te enseñaré las habitaciones. Quizás cambies de opinión.

–Lo dudo –respondió ella y lo siguió a través de la cocina y atravesaron el cuarto de estar.

Holly miraba entusiasmada el juego que uno de los perros tenía con el gato y tuvo que frenar rápidamente para no chocarse con Dan, quien se había detenido de improviso.

–Como verás el felino no tiene más remedio que tolerar a los otros dos.

–Yo diría más bien que le gusta picarlos…

Dan sonrió.

–Tienes toda la razón. Ven, esta es la habitación.

Abrió una puerta y apareció un pequeño dormitorio, muy agradable, decorado con papel y cortina de florecitas. Había una cama, una cómoda, un armario y un escritorio. A través de la ventana se veían los campos verdes y las torres de la vieja iglesia.

Era una habitación realmente agradable. Se volvió con una sonrisa en los labios, pero él ya no estaba allí. Se había encaminado a la siguiente puerta.

–El cuarto de estar –le informó.

Tenía una aire muy similar al dormitorio, con florecitas de color miel decorando las paredes y un ventanal desde el que se veía el mar. Había un calentador eléctrico, con una pequeña llama fingida que trataba de imitar el efecto del fuego. Había un televisor y un sofá. Pero Holly no se pudo imaginar a sí misma acurrucada allí en soledad.

Por muy agradable que fuera, no era nada comparado con el cuarto de estar de Dan, con los perros, el gato y el fuego real. Sabía de antemano dónde pasaría las horas muertas.

–Hay un baño al final del pasillo. El mío está en la habitación, así que no tendremos que compartirlo.

Holly se preguntó a quién de los dos preocuparía más tener que compartir baño y llegó a la conclusión de que, sin duda, sería a él. Ella se había pasado toda su vida compartiendo baño y no era algo que le preocupara. Estaba habituada a hacer cola, a lavarse y ducharse a toda velocidad y a usar poca agua caliente. No sabía porqué, pero le daba la sensación de que Dan no estaba habituado a compartir nada. Tampoco quería hacerlo. Por algún motivo, ese pensamiento le provocó tristeza.

–¿Y bien?

–Es precioso.

–Es adecuado –la corrigió él–. ¿Y bien? ¿Crees que podrás trabajar aquí?

Ella alzó la cabeza para mirarlo y sonrió.

–Sí, supongo que podré tolerarlo durante una semana o dos.

La miró a los ojos. O, al menos, eso le pareció a ella. No era fácil decir si miraba o no, pues las gafas ocultaban su expresión. Le daban deseos, casi irrefrenables, de quitárselas.

Sin mediar palabra, se dio media vuelta y bajó las escaleras.

Volvieron al cuarto de estar y con una buena taza de café delante establecieron el salario, las horas de trabajo, la fecha de comienzo, etc…

Cuando Dan se disponía a acompañarla hasta la puerta, le volvió a dar un ataque de tos. Esa vez fue tan fuerte que no tuvo más remedio que apoyarse en la pared y sujetarse las costillas para aplacar el punzante dolor que sentía.

–Tienes una infección de pecho –le dijo ella

–No –protestó él.

–Quiero auscultarte. Déjame que lo haga. ¿Dónde tienes el estetoscopio?

La miró sin responder. Pero Holly no se molestó en volver a preguntar. Había visto uno en la consulta y se fue a buscarlo.

Al regresar, se acercó a él y le levantó la ropa sin reparos.

–¿Se puede saber qué estás haciendo?

Ella se puso el estetoscopio en los oídos y comenzó a escuchar el agitado sonido de su pecho.

Dan maldijo. Holly pensó que, al menos, aquella tarde iba a aprender un montón de vocabulario nuevo.

–¿Estás tomando antibióticos?

Él gruñó.

–Tienes una infección. Necesitas antibióticos, descanso, calor, agua y dormir mucho. No deberías estar trabajando –se cruzó de brazos y lo miró preocupada–. ¿Tienes antibióticos o voy al coche a por algo?

–Tengo –rugió él.

–Pues tómatelos. Ahora.

Él resopló indignado y se pasó la mano por la espesa mata de pelo negro.

–¡Maldita mujer! –susurró–. Supe que era un error desde el primer momento que la vi.

Ella sonrió complacida: un triunfo completo. Pero con una victoria era suficiente. Tenía que ponerse manos a la obra.

–Voy a casa a por mis cosas –le dijo–. Volveré en una hora. No salgas a menos que sea una cuestión de vida o muerte, ¿de acuerdo?

–¡No, por supuesto que no estoy de acuerdo! –gritó él–. ¿Quién demonios te crees que eres?

Ella sonrió con dulzura.

–Tu ángel de la guarda, por supuesto. Y ahora, a tomar el antibiótico y a portarse bien. Hasta pronto.

De haber tenido algo arrojadizo cerca de él, Holly sabía que lo habría hecho volar hacia ella. Por suerte, no había nada y la puerta estaba cerca.

En cuanto salió, soltó una carcajada.

¡Maldita bruja! Dan tosió unas cuantas veces más, sin dejar de agarrarse las costillas con fuerza.

Se metió una pastilla en la boca y se la tragó con un poco de agua.

Bajó de nuevo al cuarto de estar y se sentó en el sofá. Miró la botella de bourbon, pero no llegó a servirse nada.

Debía reconocer que aquella mujer tenía toda la razón. No podía arriesgar su salud. Demasiada gente dependía de él.

Se tumbó en el sofá. Uno de los perros se tumbó a su lado, mientras el gato se le colocaba en el regazo.

Dan se quitó las gafas y las dejó sobre una pequeña mesa.

Cerró los ojos. Se quedaría así diez minutos… sólo diez minutos.

Capítulo 2

ESTÁS segura de que es un hombre como es debido?

Holly miró a su padre con una sonrisa socarrona.

–Sí, papá –dijo con cierto tono condescendiente–. Tiene dos perros y un gato.

–Muchos maníacos pervertidos tienen dos perros y un gato.

Ella se rió suavemente.

–Estoy segura de que no hay problema, papá. Parece un poco malhumorado, pero es sólo porque está a la defensiva. Tiene unas cicatrices bastante profundas. Tuvo un accidente muy grave.

–Ya me acuerdo… salió en el periódico el año pasado. Tardaron dos horas en sacarlo del coche. Tenía el volante hundido en el pecho.

–¡Vaya! –exclamó Holly impresionada ante la imagen mental que se creó–. Necesita ayuda.

–Bien. Ya sabes dónde estamos.

Se acercó a él y le plantó un beso en la mejilla.

–Gracias, papi. Y no te preocupes, ya soy una mujer. Tengo veintinueve años.

–Recién cumplidos –protestó él.

Ella sonrió.

–De verdad, me las puedo arreglar –dijo ella.

Lo comprendía. Debía de ser muy duro ver cómo la más pequeña de la casa abría las alas y echaba a volar. Le dio otro abrazo y salió en dirección al coche.

Su hermano Richard, que la había ayudado a cargar el coche, estaba esperándola con el motor encendido. Abrió la puerta en cuanto la vio acercarse y le dejó su sitio.

–¿Estás segura de ese tipo? –le preguntó, en una segunda versión de lo acontecido sólo minutos antes con su padre.

–Sí, lo estoy.

–Bueno, ten cuidado, y usa protección.

Ella le dio un ligero puñetazo en el hombro.

–¡No es más que un colega de profesión! Además, está enfermo. Si quisiera tener una aventura me buscaría a alguien en mejor forma.

Su hermano sonrió y la abrazó.

–Ten cuidado –repitió una vez más.

Su madre se había marchado al pueblo para preparar la fiesta de Año Nuevo. En cuanto llegara y se enterara de que su pequeña se había marchado sin despedirse de ella la llamaría por teléfono. No podía hacer nada. Además, prefería evitar otra charla.

Condujo despacio y con cuidado. Aunque no nevaba, el cielo indicaba que no tardaría mucho en hacerlo. Lo único que pedía era que esperara media hora, para darle tiempo a llegar a su destino.

Tuvo suerte.

Aparcó el coche casi en la puerta.

La luz de fuera estaba encendida, pero dentro no había señales de vida.

Sacó sus maletas y llamó al timbre. Los perros ladraron desganados.

Pero seguía sin haber señales.

Quizás estuviera en el baño.

Probó a abrir la puerta y ésta cedió. Se sintió aliviada al comprobar que podía entrar.

Dejó las maletas y cerró. Los dos perros la miraban con interés.

Y, junto a ellos, tendido en el sofá, estaba Dan.

Parecían realmente cómodos los tres.

Dan estaba agotado. Agotado y enfermo. ¡No le extrañaba que hubiera aceptado a la primera candidata que se le había presentado!

Por fin tendría alguien que lo ayudaría. Por fin podría descansar, tal vez por primera vez desde el accidente.

Se había quitado las gafas. Holly lo estudió con detenimiento. No parecía haber ningún motivo claro por el que debiera llevarlas. Quizás había perdido un ojo y prefería ocultarlo. ¿Quién sabía?

Se inclinó sobre él, le agarró la mano y le tomó el pulso. Él ni se inmutó. Lo tenía muy acelerado. Parecía caliente, pero también era cierto que hacía calor allí dentro.

Se fue a la cocina y se preparó un té. Cuando ya había saboreado media taza, le pareció oír el timbre.

Los perros medio ladraron y ella miró por la mirilla.

Efectivamente, había un tipo con la cabeza manchada de sangre en la puerta.

Holly abrió.

–¿Qué le ha ocurrido? –preguntó con urgencia, mientras lo llevaba hacia la consulta.

–Me he caído. Acababa de ordeñar a la vaca y me tropecé…

–¿Ha venido conduciendo hasta aquí?

Él sonrió como pudo.

–No. Vivo allí, al otro lado de la iglesia. Soy el capataz del señor Simpkin. He tratado de limpiarme yo mismo la herida, pero me da la impresión de que necesita puntos.

–¿Con qué se ha golpeado? –preguntó Holly, para sopesar los riesgos de tétano y la posible suciedad interior de la herida.

–Con el borde del cubo de ordeñar.

–¿Estaba limpio?

El hombre se rió.

–Debería estarlo. Allí es donde cae la leche…

–Bien. ¿Cuándo le pusieron la vacuna del tétano por última vez?

–El año pasado… o el anterior. La verdad es que no estoy seguro. Pero estará en mi ficha. ¿Es usted una enfermera?

–No. Soy médico… la doctora Blake. Estoy aquí para ayudar al doctor Elliott. ¿Y usted es…?

–Joel Stephens.

–De acuerdo. Venga conmigo, por favor, señor Stephens. Voy a buscar la ficha.

Comprobó el archivo y, efectivamente, le habían puesto la vacuna del tétano en marzo del año anterior.

Limpió la herida y la observó con detenimiento. Tendría que coserla lo antes posible, para que no quedara señal alguna. El hombre era bastante atractivo, y sería una pena dejarle una cicatriz.

Se puso manos a la obra y cosió con todo esmero la herida, tratando de que la cicatriz quedara justo en la línea del pelo.

–¡Buen trabajo! –dijo Dan, que había estado observándola entre sombras.

Ella levantó una ceja.

–Gracias –respondió, con ánimo controvertido, pues el tono del halago había sido demasiado paternalista.

Dan se acercó al paciente.

–Hola, Joel. ¿De vuelta a la guerra?

El muchacho sonrió.

–Me resbalé en los establos. ¡Menos mal que no acabé con la cara en el barro! –miró a Holly–. Muchas gracias, doctora.

Ella sonrió complacida.

–De nada, señor Stephens. Pero procure no pasarse mucho esta noche. No quiero oír que ha estado en el pub tomando cerveza hasta las tres de la mañana.

Él sonrió.

–¿Cómo lo ha adivinado?

Acompañó al paciente hasta la puerta y lo despidió con una profesional sonrisa que acompañó de unos últimos consejos médicos.

En cuanto cerró la puerta, Dan se acercó.

–Muy buen trabajo –repitió él.

–Ya me lo habías dicho.

–Podrías haberme despertado.

–¿Para qué? ¿Para que le hicieras una chapuza porque estás agotado y no puedes pensar claramente?

Dan farfulló algo entre dientes que ella prefirió no escuchar, ni tratar de adivinar. Se limitó a darse media vuelta con una bonita sonrisa dibujada en los labios.

–¿Te apetece una taza de té? –le preguntó ella.

–Yo lo haré. ¿Tienes hambre?

Holly se dio cuenta de que estaba realmente hambrienta. No había comido nada desde hacía horas.

–La verdad es que sí. ¿En qué has pensado?

–La señora Hodge dejó hecho un guiso. ¿Te apetece un poco de arroz?

–Sí, estupendo. Enseguida bajo.

Le gustó esa repentina muestra de hacendosa voluntad doméstica. Pero al regresar a la cocina dos minutos después, lo que se encontró fueron dos bolsas de plástico con arroz precocido hirviendo en una cazuela.

–¡Arroz en bolsas!

–¿No te gusta? –preguntó consternado.

–Me encanta. Me recuerda a la universidad.

Agarró la taza que él le ofrecía generosamente.

–¿Te sientes mejor después de haber dormido?

–Sí, gracias –dijo él en un tono cortante que ella ignoró por completo.

–Parecías agotado. Por eso no quise despertarte.

Él se ruborizó, como si lo hubieran sorprendido en un terrible acto de debilidad. Quizás se sentía vulnerable, no le gustaba la idea de que lo hubiera visto dormido.

–Lo necesitabas –continuó ella–. ¿Cuándo ha sido la última vez que has dormido toda la noche?

–No lo sé.

–Bien. Pues yo me encargaré de todos los avisos que lleguen por la noche para que te puedas recuperar para el viernes, ¿de acuerdo?

–Realmente, no es necesario que te quedes aquí –protestó una vez más–. No es que no valore tu ayuda, pero me las puedo arreglar yo solo.

Holly sonrió.

–Por supuesto, cómo no.

Agarró el plato en el que había servido el guiso y se lo acercó a la nariz. ¡Tres hurras por la señora Hodges! Aquella delicia bien valía un hombre gruñón, dos perros, un gato y mucho trabajo.

Si cada noche aquella iba a ser la recompensa a un duro día, podría vivir con ello.

Sus dos habitaciones eran cómodas y agradables, que era justamente lo contrario de lo que podría decir de Dan .

Después de cenar y tomar café en la cocina, descartó cualquier vana esperanza de ser invitada a una segunda taza en el cuarto de estar del doctor Elliott.

–Hasta mañana –dijo él, sin dar opción a más–. Despiértame si es necesario.

Se fue a su rincón privado y cerró la puerta. La dejó allí, con la taza en la mano y la boca abierta.

¡Estupendo!, se dijo ella. Subió a su habitación y decidió deshacer la maleta y ver la televisión tranquilamente en su correspondiente cuarto de estar.

«Noche Vieja y aquí estoy, sola, y en manos de un desagradecido y desagradable doctor, con peor carácter que un cocodrilo», pensó. «¡Y encima he elegido yo estar en esta situación!»

En otras circunstancias, se habría reído. Pero la soledad no era un buen aliado del sentido del humor.

Se recordó a sí misma que estaba allí para ayudar a aquel pobre hombre que había estado trabajando sin descanso y sin ayuda durante demasiado tiempo. ¡Cómo podía estar quejándose por unos minutos de soledad!

El problema era que no estaba acostumbrada a ese vacío. En algún momento de su vida pensó que le agradaría estar consigo misma y nada más. Pero las pocas ocasiones en que había tenido que vivir o estar en soledad no le había resultado nada agradable. Le resultaba imprescindible tener cerca a alguien con quien hablar, a quien sonreír, con quien compartir una taza de té. Se preguntó cómo sería vivir del modo que lo hacía Dan. ¡No le extrañaba que tuviera tantas mascotas!

Los perros ladraron e, inmediatamente después, se oyó el timbre de la puerta. Holly bajó corriendo las escaleras.

Dan ya había atravesado la cocina y se dirigía a la consulta cuando ella llegó.

–¡Perdón, este es mi trabajo! –dijo ella con una sonrisa.

–Pero…

–Pero nada –lo cortó ella firmemente y lo apartó con la mano. Abrió la puerta.

La mujer que esperaba en la puerta se sorprendió ante tan concurrida bienvenida. Miró a Holly con desconcierto durante unos segundos, hasta que finalmente se dirigió a Dan.

–Hola, doctor Elliott –dijo ella–. Querría que viera a Becky. Lleva tosiendo toda la tarde y al acostarla se ha puesto mucho peor.

–Por supuesto, pase señora Rudge.

Dan posó suavemente una mano sobre el hombro de Holly y la quitó de en medio para que la mujer entrara y lo siguiera hasta la consulta.

–Por cierto, esta es la doctora Blake –dijo él–. Me va a ayudar durante una temporada.

La señora Rudge sonrió cortésmente a Holly, pero sin perder de vista ni un momento a su hija. Dan colocó a la niña en la camilla.

–Casi se ahoga. Cada vez que tose hace un ruido muy fuerte al respirar… lo ve, así….

La niña, que debía de tener unos cinco años, según le calculó Holly, comenzó a toser. De pronto, parecía que no podía soltar el aire que había contenido en sus pulmones.

Holly no se lo pensó dos veces. Al ver que la niña no respiraba, se acercó, agarró a la pequeña, le apretó el pecho y liberó el aire contenido.

–Dan, pon la tetera –le dijo, sin ni siquiera mirarlo.

–Ya está puesta –le respondió–. Bien, Becky, creo que tienes tosferina. ¿Está vacunada?

La señora Rudge asintió.

–Sí. La vacunamos cuando era un bebé.

–Bien, me alegro, porque la ha agarrado muy fuerte.

–¿Cómo puede tener tosferina si está vacunada?

–A veces ocurre. Pero de no estar vacunada sería mucho peor. Vamos a la cocina.

Fueron todos juntos hasta allí. La tetera estaba hirviendo.

Mientras Holly situaba a la mujer y a la niña en un lugar adecuado, Dan echó el agua hirviendo en un cacharro y puso unas gotas de mentol y eucalipto.

Rápidamente el vapor oloroso llenó la habitación.

Dan llevó el recipiente junto a la niña, le cubrió la cabeza con una toalla y le pidió que aspirara con fuerza.

Tosió varias veces, pero dejó de ahogarse y se liberó de parte de la mucosidad que estaba atrofiando sus pulmones.

Mientras tanto, Holly preparó té y lo sirvió en tazas. Al observar a Dan en acción se dio cuenta de que era un hombre realmente atractivo. Se preguntó qué aspecto tendría sin esas gafas y con una ligera sonrisa dibujada en los labios.

Tampoco era momento de reír.

–¿Alguna vez vomita? –le preguntó a la mujer.

–Sí, cuando tose mucho.

–Manténgase alerta. Va a tener que dormir con ella, para ayudarla a respirar si le viene un ataque fuerte. No es que tenga peligro real, pero los pequeños se asustan mucho cuando les ocurre.

–Los padres también –dijo la señora Rudge.

–Sí, lo sé –le puso la mano en el hombro y la mujer sonrió con afecto y respeto–. No se preocupe. No vamos a permitir que le ocurra nada a Becky. Se pondrá bien. Evite las corrientes y que no respire ningún tipo de humo, ni de chimenea, ni de cigarrillos, ya sabe. Tendrá que ponerle vapor varias veces al día.

–¿Con ese olor?

–Sería lo ideal. ¿Tiene algo de esto en casa?

La mujer dijo que no con la cabeza.

–Llévese este bote. Yo tengo más. Si vomita con mucha frecuencia, avíseme. En ese caso habría que llevarla al hospital. Haga que beba líquidos continuamente. Déle de comer poco y a menudo, para que su estómago no tenga que hacer grandes esfuerzos. ¿De acuerdo?

Le quitó la toalla de la cabeza a la niña y sonrió.

–¿Qué tal?

La pequeña sonrió también, con la cara congestionada por el calor del vapor.

–A veces no puedo respirar –le dijo.

–Lo sé. Pero no te preocupes que te pondrás bien. Mamá sabe lo que tiene que hacer y si nos necesitas estamos aquí para ayudarte.

Los ojos de la pequeña brillaron intensamente. Dan agarró a la pequeña y la abrazó antes de devolvérsela a su madre.

–Llévesela a casa y no deje que salga. Los cambios de aire son lo peor. Ponga una toalla húmeda sobre el radiador y mantenga la calefacción encendida todo el día si puede hacerlo. Si me necesita, llámeme y yo iré a verla.

–No quería molestarlo –explicó la señora Rudge.

Holly intervino.

–Yo estoy aquí y tengo un coche, así que puedo ir a cualquier hora del día o de la noche –le aseguró–. Llame sin reparos.

La joven madre asintió y la acompañaron hasta la puerta.

Estaba claro que, después de aquello, tocaba irse cada uno a sus correspondientes cuartos de estar. ¡Qué se le iba a hacer!

–¿Quieres beber algo?

Holly estuvo a punto de rechazar la invitación. Acababa de tomarse una taza de té. Pero la idea de verse sola arriba era demasiado tortuosa. Se volvió a él con una amplia sonrisa.

–Sí. Pondré la tetera al fuego.

Él hizo un gesto de disconformidad.

–Tenía en mente algo más fuerte: un bourbon o un vaso de whisky.

Holly miró al reloj. Eran las doce menos diez.

–De acuerdo. Pero uno pequeño. Puede que tenga que conducir y tú no deberías beber alcohol mientras tomas antibióticos.

Él suspiró.

–¿Nunca dejas de preocuparte?

–No. Yo los serviré.

–Eso era lo que me temía –dijo él y sacó dos pequeños vasos de un armario de la cocina.

Juntos se dirigieron al cuarto de estar.

Una vez allí, Holly comenzó a acariciarle las orejas al perro color chocolate.

–¿Qué raza es? ¿O qué mezcla.?

–A ver si lo adivinas.

Ella sonrió.

–Pues… tiene el mismo color que podría tener un perro labrador, pero nada más de esa raza. La constitución y la cara son de collie. ¡Es un collie de color chocolate!

El perro dio un ladrido satisfecho y miró a Dan.

–¿He acertado? –preguntó ella.

Dan asintió.

–Su madre era un labrador, llamada Kahlua, y su padre un perro pastor. Buttons era el más bonito de la camada.

–¿Se llama Buttons?

Dan asintió de nuevo y ella se rió.

–¿Como el perro de El Príncipe Encantado? ¡Vaya! –continuó con sus sonoras carcajadas.

Dan se levantó, se acercó a la ventana y apartó la cortina.

–¿Por qué demonios te he contratado? –dijo él.

–Porque necesitabas ayuda. Además, era la única opción que tenías. ¿Alguien más llamó para el trabajo?

Dan dijo un no tácito.

–Lo ves. Esa es la respuesta a tu pregunta. Soy de la zona, conozco las carreteras como la palma de mi mano. Está claro que era la persona ideal para este trabajo. Tampoco me asusta la nieve.

–Está nevando ahora –le dijo él.

Ella se levantó y se acercó a él. Juntos miraron por la ventana.

–Me encanta ver cómo cae.

–A mí también. Tiene un aspecto tan inócuo. La nieve es la peor de las farsantes.

Los copos caían lentamente y se deshacían contra el cristal.

De pronto, Holly se dio cuenta de la fuerza que tenía la presencia de Dan. Lo sentía cerca, muy cerca, con ese olor masculino mezclado con el aroma a jabón. Era grande, muy grande…

El reloj de la iglesia dio las doce y en la distancia se escucharon los ruidos de claxon y voces.

Dan soltó la cortina y miró a Holly a través de los cristales oscuros de las gafas.

–Feliz año, Holly –murmuró él.

Y, sin previo aviso, se inclinó y posó sus cálidos labios sobre los de ella.

A Holly se le encendió una hoguera en el vientre y el corazón comenzó a martillear con rabia. Incluso le temblaban las piernas.

Se apretó contra él y hundió las manos en su cabello espeso, mientras recibió su lengua y se deleitaba con el juego de sus labios.

Holly se olvidó de todo, de sí misma, del mundo.

Él agarró sus glúteos con firmeza y se dejó arrastrar por el deseo.

Ella ahogo un grito de placer dentro de aquel beso apasionado.

La mano masculina ascendió hasta encontrarse con unos senos deliciosos, turgentes, provocadores.

Y, de pronto, se apartó, como si acabara de tocar una brasa ardiendo.

Holly estuvo a punto de caerse, pues la acción la tomó completamente por sorpresa.

–¡Maldición! Holly, lo siento mucho –dijo él, con la voz rasgada y la respiración entrecortada.

Se dio la vuelta, apartó la cortina y apoyó la cabeza sobre el cristal frío.

Poco a poco fue recuperando la respiración.

Por fin, levantó la cabeza y la miró. Ni siquiera las gafas podían ocultar su expresión de angustia.

–No sé lo que me ha ocurrido. Perdóname, por favor.

–No hay nada que perdonar. No ha sido nada más que un beso.

Pero los dos sabían que no había sido así, que había ido mucho más allá.

Él se dio la vuelta y se dirigió hacia la chimenea. Abrió la puerta de la estufa y removió los leños.

Ella decidió que era momento de irse.

–Será mejor que me vaya a la cama –dijo con la voz estrangulada–. ¿Está conectado el teléfono de arriba?

–Sí –respondió él–. ¿Estás segura de que quieres hacer la guardia de hoy?

–Por supuesto. No te olvides del antibiótico.

Él soltó una carcajada reconfortante, que relajó un poco el ambiente.

–¡No me atrevería a hacerlo!

Ella se dirigió hacia la puerta.

–¿Holly?

Se volvió.

–¿Sí?

–No volverá a suceder.

Ella se quedó inmóvil unos segundos y, después, sonrió.

–¿Por qué me imaginaba que ibas a decir eso? –murmuró. Se dio media vuelta y salió del cuarto de estar.

Tenía el cuerpo alterado aún por los besos y caricias.

Se puso el pijama y se metió en la cama.

Y deseó más que nunca no estar sola.

Capítulo 3

DAN se dejó caer en la silla con desesperación y hundió el rostro entre las manos.

Sentía en la boca aún el dulce sabor a Holly. Sus labios eran como un néctar revitalizador y su cuerpo… ¡su cuerpo!

La deseaba tanto que se avergonzaba. ¡Maldición! ¿Cómo podía haber sucedido aquello? Un instante antes estaban allí, el uno junto al otro y al instante siguiente estaban enzarzados en un lío de besos y abrazos.

Aquellos ojos, de un azul claro embriagador, sobre esa piel divina, blanca y ligeramente coloreada de rosa en las mejillas; aquel pelo rubio, sedoso, enroscado en caracoles de oro y sujeto atrás como con miedo de ser demasiado hermoso. ¡Si ella supiera los deseos que había tenido de soltar aquella inmensa cascada para que le acariciara el rostro!

–¡Maldición!

Se levantó bruscamente. ¡Demasiado bruscamente! La pierna le dio un tirón y se tuvo que apoyar en el brazo de sillón.

Buttons le lamió la mano. Dan le acarició las orejas, mientras trataba de recuperar el aliento.

¡No había sacado a los perros a pasear en todo el día! Pero no estaba en condiciones.

–Lo siento, muchachos, pero hoy os tendréis que conformar con el jardín.

Se puso la chaqueta y los perros se levantaron entusiasmados. El mayor de ellos ya estaba en la puerta esperando ansioso el momento de ver la calle.

Una vez fuera, Dan los dejó jugar un rato.

El gato se unió a ellos momentáneamente, pero pronto decidió que prefería el calor del hogar.

Los animales eran una buena compañía.

Había habido momentos en los que la soledad lo habría vuelto loco de no haberlos tenido a ellos. ¡Claro que ellos también lo volvían loco a veces!

Por suerte, Buttons había pasado la peor edad y ya no se comía todo lo que encontraba.

Los dos paseos diarios a los que se veía obligado a veces eran realmente difíciles de llevar a cabo. Pero el esfuerzo valía la pena.

Los observó durante un rato.

¿Por qué estaban siempre tan contentos? Aunque, tal vez, la pregunta debía planteársela al revés. ¿Por qué estaba él siempre tan descontento con todo, con el mundo en general?

Silbó y los perros acudieron. Entraron todos en casa y cerró la puerta.

Dan sabía la respuesta a aquella pregunta. Parte de su estado se debía al continuo dolor de sus heridas y al exceso de trabajo.

La otra parte de la respuesta estaba en Londres, en la elegante casa de Regent’s Park, cerca de la consulta de la clínica de Harley Street.

Era una pena que su padre se hubiera olvidado por completo de pasarle consulta a él. Habría evitado una gran dosis de dolor y frustración.

Y hablando de frustración, en el piso de arriba estaba la más reciente de las frustradas incursiones en el mundo del placer… ¿Qué demonios le pasaba con la vida?

Fue una noche tranquila, con una única llamada a las seis menos diez. Holly acogió con gusto la interrupción, pues se había pasado toda la noche fingiendo dormir cuando le era completamente imposible. Se había mantenido alerta, con la tos de Dan como una alarma continua.

En cuanto sonó el teléfono, se vistió y corrió escaleras abajo. Se puso las botas y el abrigo y salió feliz a recibir el frío de la mañana.

Había estado nevando toda la noche, pero había cesado, dejando un cielo casi despejado.

Tenía que darse prisa, pues una mujer estaba a punto de parir en un coche. Un joven de la zona y su esposa se disponían a ir al hospital cuando el coche se le quedó atascado.

Por la descripción de los acontecimientos que le había dado el muchacho, la mujer estaba a punto de dar a luz.

Por suerte, Holly tenía un todoterreno, vehículo imprescindible para la parte del mundo en la que vivían.

Al llegar a su destino, aparcó donde el marido le había aconsejado.

Llamó al timbre y al abrirse la puerta oyó el llanto de un bebé. ¡El niño estaba bien!

–¿Cómo ha ido todo?

–Bien. Pero me alegro mucho de que esté aquí –él era el que realmente parecía necesitar primeros auxilios. No cabía duda de que acababa de pasar por una experiencia única y desconcertante, a la vez que maravillosa.

Al entrar en la habitación vio a la mujer con el recién nacido sobre el vientre. Parecía relajada y feliz.

–Hola, doctora. Siento mucho haberla sacado de la cama.

–Ha sido un placer, especialmente para algo así –dejó el maletín sobre la mesa y se quitó el abrigo. A primera vista todo parecía estar bien.

–Necesito lavarme las manos –le pidió al marido, que la condujo hasta la cocina.

–¿Pongo agua a hervir? –preguntó él muy eficiente.

Ella se rió.

–Me parece que has visto demasiadas películas del Oeste. Pero no estaría mal que pusieras la tetera. Nos vendría bien a todos una taza de té. Lo que sí voy a necesitar es agua templada, una esponja limpia y una toalla.

El muchacho pareció aliviado. Sin duda, era agradable tener cerca a alguien que sabía realmente lo que hacer.

Lo primero que hizo Holly fue comprobar que la placenta había salido entera y que no había riesgo de infecciones ni hemorragias.

Todo parecía estar en orden.

Gill Partridge, la nueva madre, había tenido un parto envidiable, de esos que cualquier mujer ansiaría para sí. Había sido breve, poco doloroso y fácil.

El bebé estaba perfectamente y parecía feliz.

Holly lo lavó, lo vistió y lo dejó en su cuco.

La mujer no tendría que ir al hospital y su marido podría ocuparse de ella, pues estaba de vacaciones.

Cuando ya estaba llegando al chalet de Dan, se dio cuenta de que estaba muerta de hambre. ¡Se iba a preparar un suculento desayuno!

Pero nada más parar, salió Dan a toda prisa.

–Vamos, hay una emergencia –le señaló con el dedo el sentido en que debía ir.

Adiós desayuno.

–¿Qué ocurre?

–Un anciano. Tiene dolores en el pecho. Su mujer no consigue que le diga mucho más que eso.

–¿Cuándo llamó?

–Hace unos diez minutos. ¿Por qué no te llevaste el móvil?

–¿Qué móvil? –preguntó ella–. No me dijiste nada de un móvil.

–Lo dejé sobre la mesa. Pero tienes razón, no te dije nada.

Ella suspiró.

–Creo que nos vamos a tener que sentar y dejar claros una serie de puntos –dijo ella–. Por ejemplo, porqué vienes conmigo.

–Porque conozco a este hombre.

–Los conoces a todo.

–Es diferente. Éste tiene alzeimer y no reconoce ni a su mujer.

–¿Entonces qué más le da quién vaya?

–A él le da igual. Pero a ella no.

Él no hacía ningún comentario sobre su modo de conducir, pero estaba pálido.

–Relájate. Llevo mucho tiempo manejando un coche en condiciones adversas.

–No es fácil relajarse cuando uno ha experimentado lo fácil que es estar a punto de matarse y pasarse cuatro horas interminables esperando a que lo rescaten con un volante hundido en el pecho.

–Creí que te habías quedado inconsciente.

–Eso fue después. Ahora, a la derecha en la siguiente calle. Es la segunda casa.

Era un pequeño chalet muy similar al primero que había visitado, sólo que la situación era muy diferente.

Aparcaron y se aproximaron a la casa. En cuanto la puerta se abrió apareció una pequeña mujer con el pelo gris que abrió los brazos y se lanzó a Dan.

Era muy tarde para hacer nada por su marido. Aparentemente había tenido otro ataque al corazón poco después de haber llamado y había fallecido de inmediato.

–Lo voy a echar mucho de menos –dijo la mujer algo después, cuando Dan ya había examinado el cuerpo de su marido–. A pesar de todo lo que me ha hecho pasar, lo voy a echar de menos.

–Lo sé –dijo Dan–. Fue usted realmente maravillosa con él. Cualquier otra persona se habría dado por vencida.

La mujer soltó entre llantos una pequeña risa nerviosa.

–Al menos no tendré remordimientos.

–No los tendrá….

La ambulancia llegó enseguida y la señora Gray vio cómo se llevaban el cuerpo de su esposo. La mujer se puso a llorar desconsoladamente otra vez.

–¿Ha avisado a su familia?

Ella asintió.

–Sí. He llamado a mi hija. Pero los niños estaban dormidos y van a tardar un poco en llegar hasta aquí.

–¿Tiene algún vecino que pudiera hacerle compañía? –en ese instante llamaron a la puerta.

Holly abrió y encontró a un hombre y una mujer en pijama, con batas de invierno.

–Buenos días, somos los Parker, de la casa de al lado. Hemos vista la ambulancia….

–¡Letty, Tom! –dijo la señora Gray y se lanzó en brazos de la mujer.

–Nosotros la cuidaremos –dijo ella.

–Su familia viene hacia aquí –informó Dan.

–Gracias, doctor Elliott. Ya lo llamaremos si es necesario.

–Hágalo. Gracias, señora Frans.

Volvieron al coche y pusieron rumbo a casa.

Dan se volvió hacia Holly.

–Gracias por llevarme.

–De nada.

En cuanto llegaron, Dan puso la tetera al fuego.

–¿Té? –le ofreció. Era la tercera taza que se iba a tomar, pero la necesitaba.

–Sí –aceptó ella. Se quitó las botas, se sentó a la mesa y comenzó a acariciarle las orejas al perro.

–¿Para qué fue la primera llamada?

–Gill Partridge ha dado a luz.

–¿Ya? Se ha adelantado.

–Sí, diez días. Pero tanto el bebé como ella están muy bien.

–¿La tuviste que coser?

–Sólo un par de puntos y más por motivos estéticos que nada.

Su marido sí que estaba descompuesto.

Dan se rió.

–No me extraña. Es abogado. No creo que jamás se imaginara que terminaría trayendo a su hijo al mundo.

Se rieron juntos y, finalmente, sus ojos se encontraron.

Hacía sólo ocho horas que la había besado apasionadamente. Parecía que habían pasado siglos y, al mismo tiempo, todavía sentía el palpitar de sus labios.

Holly apartó los ojos, consciente del rubor que acababa de colorear sus mejillas.

En ese momento, Buttons desapareció por la puerta a toda prisa, llevándose una de sus botas.

–¡Buttons! ¡Deja eso ahora mismo!

Salió detrás de él y lo siguió. Volvieron a entrar en la cocina, rodearon la mesa, hasta que Dan tomó cartas en el asunto y recuperó la bota.

Abrió la puerta y echó a los dos perros al jardín.

–Lo siento –dijo Dan.

De algún modo el juego había ayudado a suavizar la tensión que se había creado entre ellos. Dan estaba sonriente.

Holly se dio cuenta de que aquella sonrisa lo hacía aún más atractivo, cosa que no necesitaba en absoluto. Ya era devastadoramente atractivo. Mucho más de lo que ella necesitaba que él fuera.

–Gracias –dijo ella, mientras se ponía de nuevo la bota que el perro le había robado–. ¿Te apetecería un buen desayuno? Yo estoy literalmente muerta de hambre. ¿Hay algo que pueda cocinar?

–Sí, hay de todo en la nevera.

Efectivamente, estaba bien provista. En segundos, el mostrador de la cocina estaba lleno de huevos, bacon, salchichas, champiñones y tomates, además de un par de patatas cocidas que podría partir y rehogar.

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