Kitabı oku: «Más fuerte que nunca»

Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Carolyn Davidson
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Más fuerte que nunca, n.º 308 - febrero 2015
Título original: Texas Gold
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Este título fue publicado originalmente en español en 2004
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6051-3
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Índice
Portadilla
Créditos
Índice
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Epílogo
Publicidad
Uno
Benning, Texas.1898
Maxwell McDowell. Como si el nombre escrito en aquel pedazo de papel quemara, Faith lo dejó caer al suelo, cerró los ojos y con un nudo en la garganta contempló el desastre anunciado de la vida que había conseguido sacar adelante durante los tres últimos años.
—Yo diría sin temor a equivocarme que conoce ese nombre.
Alzó la mirada y guardó silencio. El hombre la miraba fijamente, con los labios apretados, y por un momento sintió la tentación de usar su pecho para refugiarse en él.
Faith negó con la cabeza tanto en respuesta a la pregunta del sheriff como ante la idea que acababa de ocurrírsele.
—¿A quién ha dicho que buscaba? —preguntó con voz algo temblorosa.
Brace Caulfield tocó su brazo, un gesto lleno de respeto.
—¿Puedo hacer algo por usted, señorita Faith? No pienso permitir que alguien se presente de buenas a primeras aquí y le haga pasar un mal rato —luego, con un suspiro, se dispuso a contestar a su pregunta—: Ha dicho que venía buscando a una mujer llamada Faith McDowell. Creo que es su esposa. Le dije que no había nadie con ese nombre por aquí, pero que si me lo escribía junto con el suyo, intentaría encontrarle información al respecto.
Se agachó y recogió el papel arrugado que ella había tirado y lo estiró hasta que la escritura firme de su marido, con su nombre escrito debajo, apareció claramente.
—Conoce a este tipo, ¿verdad?
Faith se encogió de hombros.
—Es posible, pero digamos que no quiero verlo, sheriff. Si usted está en la obligación de darle noticias de mi paradero, no me quedará otro remedio, pero no me gustará lo más mínimo.
Las ideas se le agolpaban en la cabeza sólo para ser descartadas al instante. Lo primero que se le ocurrió fue huir; luego esconderse, ocultar su verdadera identidad y encontrar un lugar en el que refugiarse hasta que el peligro hubiera pasado. Pero todo ello dependía de disponer de una cierta seguridad económica, una seguridad que ella no tenía. Vivía en una casa prestada, ganándose la vida como podía, y pasarse los días temiendo que aquel preciso momento llegara no le había proporcionado seguridad alguna.
Pero no podía, honradamente, mentirle a un hombre que le había dado suficientes pruebas de amistad a lo largo de aquellos últimos tres años.
—Dejé a mi marido en el Este hace ya mucho tiempo por razones personales, y…
Brace levantó una mano.
—No le estoy pidiendo explicaciones, señorita Faith —le dijo. Era obvio que se sentía desilusionado, porque a pesar de ser un hombre considerado y sutil, el sheriff Caulfield siempre había mostrado por ella un interés más allá de la amistad. Es más, el instinto femenino le decía a Faith que había estado haciendo acopio de valor para cortejarla, y saber que estaba casada era un chasco.
—¿Le tiene miedo, señorita? —preguntó. Su interés por su seguridad no era nuevo.
—¿Que si creo que puede hacerme daño? No. Max no es un hombre violento, al menos con las mujeres y los niños. No me gustaría oponerme a él en los negocios, pero como mujer estoy segura con él.
—¿Y como su esposa? —preguntó sin rodeos—. Si le ha costado mucho localizarla, puede que no se muestre demasiado paciente ahora.
Faith volvió a encogerse de hombros.
—Se siente herido en su orgullo, eso es todo. Dudo que le preocupe demasiado conseguir que vuelva a casa con él. Lo más probable es que quiera que le firme el divorcio para poder deshacerse de mí.
Brace se cruzó de brazos.
—En fin… ¿qué quiere que le diga? ¿Quiere que le dé su dirección o prefiere ir usted al centro y reunirse con él en mi despacho?
—Envíelo aquí —le dijo, y el peso de lo que iba a ocurrir resultaba evidente en su modo de hundir los hombros—. Ya me las arreglaré, sheriff.
—Sabia decisión.
El tono oscuro y profundo de aquella voz le era familiar, y no necesitó volverse para saber quién había hablado. Aun así lo hizo, decidida a enfrentarse a él.
Llevaba a un caballo por las riendas cuando apareció por la esquina de la casa y se detuvo, mirando fijamente al sheriff.
—Lo he seguido —dijo, echándose hacia atrás el sombrero.
—No me parecía usted de esa clase de hombres —respondió el sheriff, apoyando la mano en la culata de su revólver.
—Simplemente me dio la impresión esta mañana de que sabía más de lo que quería decirme. No he creído hacer ningún mal siguiéndolo.
Brace murmuró algo entre dientes y se puso colorado al descubrir que no había sido capaz de mantener en secreto el paradero de Faith.
—No tiene importancia —dijo Faith al ver que el sheriff se interponía entre los dos con intención de protegerla—. Hablaré con Max. Le agradezco su preocupación, pero no es necesaria.
Max asintió.
—Creo que mi esposa me conoce lo suficientemente bien para saber que no debe temer por su seguridad.
—¿Está segura? —insistió el sheriff, tomando las riendas de su caballo—. ¿Quiere que hable con Garvey?
—No es necesario involucrar a nadie más —contestó Faith.
Brace Caulfield montó su caballo y lo hizo girar.
—No pienso tolerar ninguna tontería, McDowell. La señorita Faith está bajo mi protección mientras viva en este condado.
La mirada que Max le dirigió hablaba de lo poco que le gustaban las interferencias.
—Creo que mi esposa ya le ha dicho que no soy un hombre violento, sheriff. ¿Es que no le basta con eso?
—Max…
Oír cómo lo llamaba por su nombre bastó a modo de advertencia.
—No se preocupe por la dama —dijo Max, con la voz cargada de desprecio—. Nunca le he hecho daño, y no voy a empezar ahora.
Con un movimiento preciso que sorprendió a Faith, Max soltó la cincha de su montura. Su marido nunca había sido un jinete experimentado, a pesar de que siempre tenía un caballo en el establo, que utilizaba para hacer ejercicio y liberarse de las tensiones del trabajo de vez en cuando.
Brace asintió de mala gana, miró por última vez a Faith y, cuando ella asintió para tranquilizarlo, puso el caballo al trote y tomó la dirección de la ciudad.
El hombre con quien se había casado hacía ya más de seis años había cambiado. Max McDowell empezaba a mostrar la edad que tenía. El blanco le teñía ya las sienes, lo que añadía un poco de dignidad a su descarada apariencia, y su aspecto general era bueno. Siempre lo había sido.
Él nunca tendría el estómago de los hombres que comían bien y no hacían ejercicio. Su cuerpo siempre había sido el de un hombre que trabajaba duro y había desarrollado una musculatura que muchos envidiarían. Tenía el pelo oscuro y lo llevaba corto. Su rostro, de facciones armoniosas que le hacían ser codiciado por las mujeres allá donde fuera, no había cambiado.
Severas sería el mejor adjetivo para su firme mandíbula, su nariz recta y sus ojos oscuros y algo hundidos, cuya mirada podía atravesar a quien tuviera delante como un rayo.
Y en aquel momento tembló al ver cómo la miraba. A lo mejor se había equivocado al despedir a Brace.
—¿Vamos a quedarnos aquí fuera toda la mañana? —preguntó Max—. Si te parece, dejaré mi caballo en el pasto o en el granero, donde quieras.
—Yo me ocuparé —dijo, aprovechando la oportunidad para separarse del hombre que la había seguido por medio país—. Siéntate mientras lo suelto atrás.
—Te ayudo —contestó, echando a andar a su lado. No le quedó ni un momento de soledad para hacer acopio de fuerzas antes de la confrontación que sabía que iba a llegar. Él rozó su mano, y ella se separó inmediatamente.
Max se rió y ella lo miró con desconfianza.
—¿Qué es tan divertido?
—Tú. Que intentes evitar un simple roce de mi mano, cuando los dos sabemos que hace tiempo no tenías tantos remilgos.
Faith sintió que enrojecía.
—Un comentario desafortunado, Max, aunque dice mucho de la opinión que tienes de mí. No sabía que mereciera tan poca consideración a tus ojos…
—No tienes ni idea de lo que pienso de ti —espetó—. No me diste la oportunidad de contestar a ninguna de tus acusaciones, ni a ofrecerte un compromiso que pudiera haber salvado algo del desastre de nuestro matrimonio.
—No merecía la pena —contestó ella, al tiempo que abría la puerta del corral. Fue a quitar la silla del lomo del animal, pero Max se la quitó de las manos y la colocó sobre el cercado
—¿No merecía la pena? —repitió él, cerrando la puerta del prado.
Había tres caballos allí, dos de ellos caballos de labor. El tercero era una yegua que al verlos llegar relinchó a modo de saludo y se acercó con alegría.
—Maldita sea… —murmuró entre dientes—. ¿De dónde has sacado esta yegua? —preguntó, con la atención puesta en la criatura dorada que se les acercaba. Su melena de color crema volaba como una bandera al viento, la cola enhiesta, era un caballo digno de admiración.
—La he comprado.
—Está preñada. ¿Cuándo tiene que parir?
—En cualquier momento.
Y si se estaba imaginando que iba a poder asistir al parto, iba listo.
—¿Tienes comprador apalabrado? —preguntó, acariciándole el cuello al animal, y la yegua meneó la cabeza, como si estuviese acostumbrada a recibir atenciones de las visitas.
—El potro es de mi vecino, Nicholas Garvey. Es hijo de su semental. Volverá a montarla dentro de unos veinte días, y el siguiente que para será mío.
Max la miró sorprendido.
—¿Y no piensas cobrarle? ¿Se lo vas a dar sin más?
—El trato lo he cerrado yo —respondió—. Esta casa es suya y y vivo aquí sin pagar alquiler. Además, suele echarme una mano. Digamos que… cuida de mí.
Max apretó los dientes y su mirada de volvió dura.
—Así que cuida de ti, ¿eh? Y te deja su casa gratis, ¿no? ¿Dónde pasa tu vecino la noche?
—El interés que mi vecino pueda sentir por mí no es asunto tuyo —contestó, ofendida.
—Yo diría que sí. Eres mi mujer. En el bolsillo llevo un acta que lo demuestra. Y un hombre que cuida de ti no…
La frase quedó cortada por una bofetada que sonó como un disparo.
—No te atrevas a insultarme de esa manera. Ni a mí, ni a Nicholas. Es mi vecino, no mi amante. Su esposa no lo permitiría, aparte de que mi propio sentido de la decencia…
Max cortó su frase tapándole la boca con una mano y rodeándole la cintura con el otro brazo.
—Perdona —dijo, inclinando levemente la cabeza—. No tenía derecho a decir algo así.
Faith se revolvió. No quería sentir el calor de su cuerpo. No quería sentir… la inconfundible forma de su erección.
—Lo siento —se disculpó Max—. Hace mucho tiempo que no tenía a una mujer tan cerca. No pretendía ser tan descarado —sonrió—. Pero tú siempre has tenido este efecto en mí, ¿verdad, Faith? El más mínimo contacto, una sonrisa tan siquiera, y estoy comiendo de tu palma.
—En el dormitorio, puede que sí —contestó, empujando contra su pecho, y él la soltó—. Nunca me quejé en ese sentido, al menos hasta los últimos meses que estuvimos juntos.
—Y ese cambio lo pediste tú —le recordó, guardándose las manos en los bolsillos como si fuese el único modo de tenerlas controladas.
Ella lo miró enfadada.
—No quiero hablar sobre lo que pasó en mi dormitorio. Haz el favor de decir lo que hayas venido a decir y márchate. Mejor aún —añadió un segundo después—: no me digas nada. Súbete a tu caballo y márchate, Max.
—No es tan fácil. Hay cosas que arreglar, documentos que firmar… —respiró hondo—. ¿Podemos pasar el día juntos, Faith?
—¿Para que te firme el divorcio?
—¿Divorcio? —repitió él—. ¿Qué te hace pensar que he venido para divorciarme de ti?
—Que sería la razón más lógica para explicar tu presencia aquí —respondió, irguiéndose. No quería que se diera cuenta del efecto que causaba en ella: del temblor de sus manos, de la velocidad con que le latía el corazón, y lo peor de todo, del deseo de que la besara.
—Esa no es la razón. Nada más lejos de la realidad —contestó, poniendo énfasis en cada palabra.
—Pues yo pensaba que querrías seguir adelante con tu vida. Volver a casarte. Tener familia.
—Ya estoy casado —le recordó—. Y mi esposa me ha demostrado que es capaz de darme hijos.
El dolor que provocó su comentario fue intenso, penetrante, y se rodeó la cintura con los brazos, como si pudiera con el gesto aliviar la puñalada.
—Te di un hijo, y luego demostré que no soy una buena madre —el estómago le dolía como si una mano invisible se lo retorciera—. Nuestro hijo murió, Max. Y fue culpa mía.
—Yo nunca he dicho tal cosa.
—¿Ah, no? —su risa fue forzada y áspera—. Puede que tú no, pero otros sí lo hicieron.
—¿Te refieres a mi madre? —quiso saber, mirándola atentamente—. Si fue ella, lo único que puedo decir es que es una mujer muy difícil de complacer y que sufrió mucho al perder a su primer nieto.
—¿Y con eso pretendes arreglarlo todo? ¿Diciendo que es que sufrió mucho?
—No entremos en eso ahora. Hay otras cosas de las que tenemos que hablar. Sé que esto es duro para ti, cariño.
—¿Cariño? No —espetó—. Hace tiempo que perdiste el derecho a llamarme así.
Su mirada era hiriente como una daga. De hecho, aquella mujer se parecía poco a la esposa que hacía ya tres años había perdido. Faith nunca le había hablado con tanto odio. Pocas veces la había visto enfadada, y menos aún se había opuesto a él o contrariado sus deseos.
Pero una nueva luz brillaba en sus ojos azules, que parecían juzgarlo con aquella mirada. Juzgarlo y condenarlo.
—Lo que a mí me hace sufrir es que no me permitas tocarte, Faith. Que me mires con desconfianza y odio.
—¿Y eso te hace sufrir? Entonces no tienes ni idea de lo que es el sufrimiento, amigo mío. Lo mismo que tu querida madre.
—¿Y tú, Faith? —preguntó, consciente de que en su mirada no había ni un ápice de comprensión—. ¿Has sufrido, o te alivió el dolor dejar nuestra casa? ¿Has podido dejar atrás el pasado y seguir adelante con tu vida?
No pretendía ser ofensivo ni sarcástico, y lamentó aquellas últimas palabras, así que se disculpó.
—He dicho una tontería. Sé que llevas cicatrices.
—¿Ah, sí? ¿Y tú qué sabes de mis cicatrices, Max? Tu principal interés en la vida es tu negocio y el dinero que puedas ingresar en el banco.
—¿Tan mal marido fui, entonces?
La vio fruncir el ceño y reconoció los signos. Faith estaba pensando, desarrollando una respuesta, y cuanto más considerase sus palabras, peor sería el cuadro que pintase de él.
—Mira —le dijo rápidamente—. ¿No podemos olvidarnos de todo esto por un momento? Al menos hasta que me haya tomado un café. ¿Me invitas a desayunar?
Ella se volvió a mirar a los caballos, que habían trotado al unísono hasta el otro extremo del corral.
—¿Es que no has desayunado esta mañana?
Él se encogió de hombros.
—Fui a ver al sheriff nada más levantarme. Después de hablar con él, y cuando me hizo firmar ese ridículo papel, supe que me estaba engañando y que sabía exactamente dónde estabas, así que decidí seguirlo. Tardé un poco en conseguir un caballo de alquiler y luego fue cuestión de mantenerme lo bastante lejos como para que no pudiera verme —hizo un gesto de derrota con las manos—. Cuando tengo hambre me pongo de muy mal humor, Faith. ¿Podrías compadecerte de mí, Faith?
Ella suspiró. Estaba a punto de perder la paciencia, y echó a andar hacia la puerta.
—Una tostada y un par de huevos —dijo, resignada, subiendo las escaleras delante de él.
Iba vestida con ropa de grueso algodón, y aun así, su figura le parecía tan hermosa como cuando vestía de seda y encaje. Puede que incluso más. Había una madurez nueva en ella, una belleza que le habían conferido los años, seguramente perfilada por el cincel de la lucha que había mantenido allí. ¿Cómo no sentirse aún más atraído por aquella mujer en la que se había convertido?
Cuando se casaron, Faith era una joven de veintidós años de rostro delicado y magnífica figura, y su matrimonio era la promesa de entrar en la sociedad de Boston y de contar con un marido que la tenía en muy alta estima. Pero no dejaba de ser una muchacha herida por las circunstancias que el destino administraba con crueldad, e insegura de sí misma y del lugar que le correspondía en el mundo.
Había cambiado, desde luego. Era una mujer, completamente adulta. La promesa de la belleza que llevaba como un chal sobre los hombros había florecido convirtiéndose en una especie de aura intensa que la iluminaba como el sol. Tenía una mirada inteligente y las pequeñas arrugas que partían del rabillo de sus ojos añadían cierta madurez a su profundidad.
El pelo se le había aclarado bastante, seguramente por pasar muchas horas al sol. Y estaba delgada, pero con unas curvas rotundas moldeadas por el trabajo de aquel lugar.
Entonces desapareció de su vista al entrar en la cocina, y se apresuró a seguirla. Parpadeó varias veces para acostumbrarse al interior oscuro de la vivienda, y la vio caminar hasta la cocina. Había una cafetera sobre el quemador del fondo y la colocó en el delantero; luego descolgó una sartén del lugar en el que colgaba de la pared, junto a unas cuantas cacerolas.
—¿Dos huevos? —le preguntó, echando mano a una cesta de huevos morenos que había sobre la encimera. Una alacena ocupaba una de las paredes de la cocina, con puertas de cristal en la parte superior que dejaban ver una colección de platos, y unas sólidas puertas en la parte inferior en la que al parecer guardaba la comida.
—Sí, dos está bien. Tres estaría todavía mejor, pero me conformaré.
Ella se encogió de hombros.
—Puedo permitirme darte de comer.
Con habilidad y destreza cortó dos rebanadas de pan y las colocó sobre la placa del horno. Luego cascó los huevos y los echó con cuidado en la sartén, a la que había añadido una cucharada de mantequilla.
—¿Ese pan lo has hecho tú? —quiso saber, al tiempo que se acomodaba en una silla con las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los tobillos. Luego dejó el sombrero en una esquina de la mesa.
—La tienda más próxima está a una hora de camino —contestó—. Aquí todas las mujeres cuecen su propio pan.
—¿Y la mantequilla? ¿También has aprendido a hacerla tú?
—Cualquiera puede aprender a batir la leche. Lo más difícil fue encontrar a un vecino que tuviese una vaca.
—¿Y por qué no te has comprado una? —preguntó, deleitándose en su economía de movimientos mientras ponía la mesa, terminaba de freír los huevos y rescataba las tostadas del horno.
—Por una menudencia: el dinero. No tengo grandes reservas, ¿sabes?
—¿De dónde sacas la leche entonces? —preguntó, intrigado por sus métodos de supervivencia.
—Ya te lo he dicho —contestó con impaciencia, sirviéndole los huevos y el pan—. Me las arreglo. Hago trueques con los vecinos. Hay un par de familias lo bastante cerca como para intercambiar leche por huevos o por productos de la huerta. En este momento, la leche que consumo es de la vaca de Lin —lo miró directamente a los ojos—. Lin es la esposa de Nicholas Garvey. Le enseñé a ordeñar, y como yo tengo gallinas y ella no tiene tiempo de criar pollos, yo le proporciono huevos.
Max asintió. Desde luego, era una mujer de recursos.
—¿Y cómo te las arreglas con el resto de cosas?
—Tengo una buena cantidad de gallinas ponedoras. Vendo los huevos una vez a la semana en la ciudad, y coso y remiendo por encargo. Y tengo la huerta.
—¿Cultivas tu propia comida? —desde luego, los huevos estaban buenos: frescos y de yema anaranjada. Y el pan era suave y consistente. Extendió en una tostada un poco de mantequilla y tomó un bocado—. Has tenido un buen maestro.
—En la mayoría de casos ha sido a base de probar. Aunque tenía una vecina, cuando todavía era una intrusa, que compartía su harina conmigo.
—¿Una intrusa?
—Sí, intrusa. Sé que no es un término agradable, pero es exactamente lo que era yo. Viví en una cabaña en el bosque en una propiedad que no era mía.
—Sé perfectamente lo que es una intrusa, pero no me puedo creer que te vieras reducida a eso. ¿Por qué no te llevaste algo de dinero al marcharte de casa? Sabías la combinación de la caja.
—Tenía mi propio dinero. Y vendí las joyas de mi madre.
—Lo sé. Yo las compré de nuevo en la casa de empeño. Así te localicé la primera semana, pero luego te desvaneciste como la niebla.
Sin querer dio un golpe con el tenedor sobre el plato, y sorprendido por el ruido inesperado, lo dejó con cuidado sobre la mesa.
—Llegué a pensar que estabas muerta. Que te habían asesinado, o que habías muerto en un accidente y que alguien había ocultado tu cuerpo. Sé que la ciudad no es un lugar seguro para una mujer sola.
Ella suspiró.
—Lo siento. Lo siento de verdad, Max. Me temo que no era capaz de pensar con claridad cuando me fui. Pero te dejé una nota.
Hizo una pausa, como si esperase que él admitiera la lista de acusaciones que le hacía en aquella nota, el relato de sus pecados uno a uno.
—Porque la leíste, ¿verdad? —insistió.
—Por supuesto que la leí. Es más, la he leído varias veces desde entonces y sigo sin entenderla del todo. En cualquier caso, nunca he llegado a comprender las razones por las que me dejaste.
—Casi me sorprende que te dieras cuenta de que me había marchado…
—Te habías convertido en una sombra, Faith —afirmó dolido—. Pensé que lo mejor sería dejar que asimilaras tu dolor como a ti te pareciera mejor. Yo, desde luego, no te ayudaba nada con mi presencia.
Ella se rió de un modo que más pareció sollozo que risa.
—No recuerdo que hablases ni una sola vez de la muerte de nuestro hijo, Max. Y mucho menos que me ofrecieras consuelo.
Se volvió hacia él y sus facciones estaban desfiguradas por el dolor, los ojos llenos de lágrimas que no podía ocultar.
—Por favor, acábate el desayuno y márchate. No tenemos nada más que hablar.
—Ni siquiera hemos empezado —replicó—, así que no pienso irme a ninguna parte.
—¿Y qué pasa con tus negocios? Seguro que se vienen abajo en cuanto no estés trabajando dieciséis horas al día.
Aquel fue el primer momento en que la vio perder el control. Ni siquiera las lágrimas que derramó en el funeral de su hijo le dolieron tanto como aquellos sollozos ahogados.
—Lo he dejado todo en manos competentes.
—Pues venir aquí no ha sido una de tus mejores decisiones, Max. No quiero que te quedes en mi casa —y se encaminó hacia la puerta de atrás. Tenía que librarse como fuera de su presencia—. Vete. Déjame en paz.
—¡Faith! —llamó una voz desde fuera de la casa—. ¿Qué ocurre?
Max se volvió. Un hombre había subido las escaleras del porche y entraba en la casa. Alto y bronceado por el sol, tenía el pelo oscuro, ojos azules y una presencia que habría dejado mudo a cualquiera.
Lo mejor sería ceñirse a la verdad.
—Faith es mi esposa —dijo, y el hombre detuvo su avance.
—¿Faith? —le preguntó a ella, que se apoyaba pesadamente en el marco de la puerta. Con los puños apretados, era un oponente formidable, se dijo Max. Ojalá no tuviera que pelear con él.
—Sí —su respuesta fue apenas un susurro—. Max es mi marido.
—¿Te ha amenazado? —preguntó, pendiente de cualquier cambio de expresión, de cada respiración de Max.
—No como tú piensas, Nicholas.
—Ah. Así que es usted el vecino que ha acogido a mi esposa —dijo Max, intentando que su voz no mostrase ningún sarcasmo.
—Faith vive en una casa de mi propiedad, así que supongo que podría decirse así.
—En ese caso, debería darle las gracias —dijo, levantándose despacio.
—En ese caso, debería usted marcharse de mi casa —espetó el hombre—. Creo que mi inquilina le ha dejado muy claro que no desea su compañía.
—Por favor, Max —intervino Faith—. Márchate. Aquí no hay nada para ti.
Tenía las mejillas húmedas por las lágrimas, los hombros caídos y los brazos alrededor de la cintura en muda agonía.
—Me marcharé, Faith. Pero pienso volver. Tengo derecho a hablar contigo. Es más, si quisiera también tengo el derecho legal de llevarte conmigo de vuelta a Boston, si quisiera llegar a ese extremo.
—Yo no lo intentaría, señor Hudson — habló Nicholas—. Faith tiene muchos amigos aquí.
—¿Hudson? —repitió. Le había dolido que no usara su apellido—. Se llama Faith McDowell. Señora McDowell. El día que se casó conmigo, dejó de necesitar usar su apellido de soltera.
—Puede que lo que necesite sea hablar con un abogado para poder volver a usarlo legalmente.
—No, Nicholas —intervino ella—. No le des importancia a algo que no la tiene. Estoy bien. Sólo quiero quedarme sola.
Max bajó la cabeza, desilusionado. No pretendía tener una confrontación con ella. Sólo pretendía hablar de sus problemas, quizás solventar algunas cosas. Y había echado a perder la oportunidad. Quedándose no solucionaría nada.
—Hay un hotel en la ciudad —dijo Faith.
—Lo sé. Tengo el equipaje allí. Ayer alquilé una habitación.
—Mañana sale un tren hacia el Este. Si quieres, puedo ir mañana a la ciudad y vamos a ver a un abogado para firmar los papeles del divorcio.
Max negó con la cabeza.
—No. Ahora me voy al hotel y decidiré lo que hay que hacer. Si es que puedes contener a tu perro guardián, claro.
—Hablando de perros, ¿dónde está Lobo? —preguntó Nicholas con el ceño fruncido.
—Hay una hembra en celo en la granja de Clay Thomas. Me imagino que ha debido irse de novias.
—¿Lobo? —repitió Max, imaginándose a un enorme perro guardián. Menos mal que la criatura se había sentido empujada a marcharse por la llamada de la naturaleza.
—Sí, mi perro. Yo no me daría mucha prisa en volver, Max. A Lobo no le gustan los desconocidos.
Dos
La mañana puso fin a una noche de inquietud, pero lo que no consiguió fue devolverle su habitual alegría. Alguna alimaña debía haber amenazado su gallinero muy temprano, a juzgar por el modo de ladrar de su perro, pero se escabulló antes de que ella pudiera verla al asomarse por la ventana. Aun sí, decidió armarse con su rifle para salir al porche trasero, dispuesta a alejar con un disparo al intruso.
Pero lo que vio la dejó plantada en el sitio: Max había vuelto, y estaba ganándose la amistad de Lobo. Su perro guardián estaba tumbado boca arriba y se retorcía de gusto mientras Max le acariciaba la barriga.
—¡Lobo! —lo llamó enfadada.
—No parece tener tendencias salvajes, tu perro —contestó Max, sonriendo.
Luego se levantó, y ella tuvo que hacerse sombra con la mano para poder mirarlo a los ojos una vez más. En la otra mano seguía llevando el rifle, con el cañón empuñado hacia el suelo, pero su presencia no parecía estar causando efecto alguno en su visitante.
Max se levantó para ir a sentarse junto a Max, tan cerca de su bota izquierda como le era posible. La lengua le colgaba fuera de la boca, le brillaban los ojos y los miraba alternativamente a ambos como esperando que alguno de ellos siguiera con la diversión.
—Yo diría que necesita algo de entrenamiento para ser un perro guardián eficaz —comentó Max—. No siquiera he tenido que ganármelo con el trozo de panceta que le traía.
Del bolsillo sacó una servilleta en la que debía llevar envuelta la panceta que le hubiera sobrado del desayuno.
El animal detectó su aroma inmediatamente y miró el paquete con una oreja alzada y la otra a media asta. Max se echó a reír con la exuberancia que ella recordaba, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo. Y era posible que así fuera.
—Me hiciste creer que tu perro podía comerme vivo —la acusó.
—Es obvio que no he sabido enseñarle bien, pero…
Algo se movió detrás de él y Faith, apuntando inmediatamente con su rifle, disparó.
Al oírlo, Lobo salió de estampida, pero Max permaneció inmóvil, mirándola fijamente.
—¿Qué ha sido eso? ¿Una advertencia?
Ella se encogió de hombros.
—No quería que esa serpiente de cascabel picara a mi perro.
Y con el cañón del rifle, señaló a un paso de Max. El cuerpo de la serpiente se retorcía con los estertores de la muerte.
—Supongo que debería darte las gracias —murmuró Max—. ¿O sólo te preocupaba tu perro?
—Respóndete tú solo —replicó ella.
—Bueno, al menos a tu perro sí que le gusto —dijo con una sonrisa—. Recuerdo…
—Lo sé.
Incluso el pequeño perrito faldero que le había regalado a ella cuando se casaron le prefería a él si se le daba a elegir.
—No has dormido bien —concluyó, después de mirarla atentamente.
—Nunca duermo bien cuando tengo problemas.
—¿Y lo has solventado dando vueltas en la cama? —preguntó, acercándose a ella para rozar con la yema de los dedos una ojera violácea.
Faith se apartó violentamente.
—Así que no has encontrado solución, ¿eh?
—Si tú fueras un hombre razonable, sería todo mucho más sencillo.
Max era un hombre testarudo y posesivo, por lo cual estaba convencida de que no iba a rendirse fácilmente.
—Yo me considero un tipo decente —contestó él, sonriendo en un intento de comunicarle su buen humor—. El abogado de la ciudad ha sido muy amable. He ido a verlo antes de venir aquí.
—No me digas… ¿Y qué es lo que te ha dicho que te ha puesto de tan buen humor?
—Bah. Que la ley me respalda, si decido exigir algo de ti.
—¿Exigir? —el corazón dejó de latirle un segundo para lanzarse a una loca carrera después—. ¿Acaso estás pensando en acostarte conmigo, Max?
—Yo no he dicho eso —contestó, y luego una sonrisa parecida a la de Lobo ante la comida se le dibujó en el rostro—. ¿Es que la idea te resulta atractiva?
—Ya sabes qué opino de ese tema. Hace mucho tiempo que te dejé a ti y a mis responsabilidades como esposa. Por lo que a mí respecta, nuestro matrimonio está disuelto, y si insistes en lo contrario, vamos a tener problemas.
Su sonrisa desapareció y la rodeó por la cintura con los brazos.
—Creo que no tienes una sola oportunidad de vencer en esa batalla, cariño, aun suponiendo que yo estuviera dispuesto a tal cosa. Te olvidas de que peso más que tú, que soy más alto que tú y que, aunque te has fortalecido bastante en estos tres años, podría tumbarte en la cama en un abrir y cerrar de ojos.
Y, sin soltarla, la besó levemente en los labios. Un beso que ella deseaba, pero que terminó apenas había comenzado.
—Aunque no voy a hacer tal cosa. Y no es que no me gustara. De hecho, no se me ocurre nada más que pudiera darme tanto placer como pasarme un día entero en tu dormitorio.
—¿Ah, sí? —respondió casi sin aliento. Le temblaban las rodillas y, con la respiración bloqueada en la garganta, pasó de largo junto a él en dirección al gallinero, donde las gallinas esperaban su desayuno. Iniciar la rutina diaria le parecía el mejor camino en aquel momento. Le había dado a Max la respuesta que él quería, cayendo en sus brazos como si fuera una mujer desesperada, y lo que tenía que hacer era dar de comer a las gallinas, recoger los huevos e ignorar su presencia.
—¿Te ayudo? —se ofreció Max, siguiéndola al corral.
Ella apoyó el rifle en la valla y lo miró.
—Si no te importa mancharte esas relucientes botas de excrementos de gallina —contestó secamente—. Dentro hay una cesta colgada junto a la puerta. Será mejor que recojas los huevos mientras yo les doy de comer a las gallinas. No les gustan nada los desconocidos.
—Lo mismo me dijiste del perro —le recordó, mirando a Lobo, que sentado a la sombra contemplaba el ritual de las gallinas.
—Lobo es un traidor —contestó ella, haciendo un gesto de desinterés con la mano.
—No le juzgues tan a la ligera —contestó él, abriendo la puerta del gallinero—. En las circunstancias adecuadas, será un defensor leal. Lo que pasa es que sabe que yo no represento una amenaza para ti.
Ella lo miró por encima del hombro.
—¿Ah, no? —hundió el cazo en el saco de comida para desparramarla sobre la tierra del gallinero, llamando a sus gallinas a comer—. Y si quieres ser útil, deshazte de esa serpiente —añadió, y la mirada de disgusto de él fue un pequeño triunfo para ella.
Tras deshacerse de la serpiente, entró en el establo y comenzó a limpiar la paja de las cuadras, algo que Faith no suponía que fuese a hacer, ya que sin duda tendría después que limpiarse las botas. En los recuerdos que guardaba de él siempre lo veía con unos pantalones de raya trazada con tiralíneas y zapatos relucientes, además de la tendencia a parecer siempre en perfecto estado, aun cuando se acabara de levantar de la cama.
Pero ella se sentía normalmente como un trapo de cocina usado, cansada y caliente aún por sus besos y las caricias que le dedicaba durante las horas de la noche. Cuando decidía dormir en su propia habitación, ella se quedaba anhelando sus brazos, pero nunca había sido capaz de ir a buscarlo.
Max era quien llevaba la voz cantante. Y ella se lo había permitido. Recatada e incómoda con la relación matrimonial, era lo que su suegra denominaba la esposa ideal, que conoce su sitio en la vida de su esposo y en la sociedad. La excusa más triste que había oído jamás para mantener un matrimonio. Sin embargo, y durante un tiempo, fue una experiencia muy gratificante para ella.
Se estremeció, a pesar de estar en lo alto del granero, donde la temperatura alcanzaba casi el punto de cocción, y echó heno al suelo desde lo alto de la escalera.
—¿Vas a quedarte ahí todo el día? —le preguntó Max desde abajo.
Su voz la sobresaltó de tal modo que estuvo a punto de dejar caer la horca con la que había estado manejando el heno, pero no consiguió mantener el equilibrio. Cayó de espaldas sobre el suelo. No se hizo daño, y rápidamente se levantó sobre la cama de heno.
—¿Estás bien? —la cabeza de Max apareció por el hueco del suelo, y enseguida subió para ayudarla—. Tienes el pelo lleno de paja —le dijo, riendo y quitándole briznas del cabello y la frente. El movimiento de su mano se hizo más lento y cesó antes de rozar sus labios con el dedo índice—. Faith —susurró.
—Estoy bien. Anda, baja. Quiero echar heno suficiente para un par de semanas. Así no tendré que volver a subir.
—Se está bien aquí —dijo él, mirando hacia un rincón en el que un pájaro había construido su nido y estaba en aquel momento alimentando a sus crías—. Si no hiciera tanto calor, sería estupendo tumbarse aquí un rato y poder charlar.
—Charlarías contigo mismo —contestó Faith, hundiendo la horca en el heno para echarlo por el hueco del suelo.
—Déjame a mí —dijo él, quitándosela de las manos—. ¿Cuánto quieres tener abajo?
Ella retrocedió y respiró hondo. Max estaba intentando tomar las riendas de las cosas, y no le gustaba. Es más, no tenía intención de seguirle el juego.
—Lo bastante para llenar aquel rincón —dijo, señalando hacia abajo—, junto a la última cuadra.
—De acuerdo —contestó, y tras enviar varias paladas más, retrocedió para dejarla pasar—. Después de ti —le dijo.
Faith bajó rápidamente. Mejor que no hubiera bajado primero él. No quería que hubiera podido verle las piernas al tener que levantarse las faldas para bajar por la escalera.
—Dame la horca —le pidió—. Voy a apilarlo en el rincón.
—Yo lo haré —replicó Max de mala gana, como molesto por su testaruda independencia—. Trabajas demasiado, Faith —dijo, bajando la escalera—. Este trabajo no es para una mujer.
—¿Qué tiene de malo, si se pude saber? —replicó—. Es un trabajo honrado, y no voy a disculpame por ganarme la vida. Aquí soy más feliz que en la ciudad, Max. Sé que te cuesta trabajo creerlo, pero es cierto.
Colgó la horca en la pared y tomó sus manos para ponerlas a la luz.
—Mira estas durezas —dijo—. Deberías tener las manos suaves y sin marcas, pero te pasas el día trabajando, de la mañana a la noche. Detesto que tengas que vivir así.
—¿Es que no me escuchas? —respondió, soltándose—. Me gusta mucho estar aquí. Disfruto con lo que hago. Me gusta cultivar lo que como, cocinarlo y comérmelo después. Lo que sobra lo almaceno para el invierno. Es ganarse la vida, Max.
Él bajó la mirada.
—No hay nada de vergonzoso en trabajar. Es que me duele verte tan cansada. Has perdido peso, Faith.
—Estaba demasiado gorda. Estoy fuerte y sana, así que ya puedes olvidarte de lo que trajeras en mente. No voy a volver contigo, Max. Digas lo que digas o hagas lo que hagas, me quedo aquí.
—Al sheriff le gustaría que te quedaras, ¿verdad?
—¿Qué quieres decir?
Faith enrojeció.
—Lo sabes perfectamente. Está enamorado de ti.
—Pues yo no lo estoy de él. No lo estoy de nadie —dijo, y salió del granero en dirección a la casa—. Quiero que me dejes en paz —añadió, ya en los escalones del porche—. Vuelve a Boston y búscate otra mujer, que yo firmaré lo que quieras. Serás libre como un pájaro.
Él se quedó plantado donde estaba.
—Ya te he dicho que traigo unos documentos para que los firmes, Faith —contestó con una expresión indescifrable—. Con tanto jaleo, no te he explicado de qué se trata. Será mejor que entremos para que los leas.
Faith sintió una extraña pesadez en el pecho. Si de verdad se había rendido a la idea del divorcio, aquella bien podía ser la última ocasión en que lo viera. Un juez podría ocuparse de todo el asunto, si ella renunciaba a sus derechos.
Subió las escaleras, abrió la puerta de la cocina y esperó a que entrase Max. Él dudó, esperando como dictaba la buena educación que fuese ella quien lo precediera, pero Faith lo miró con impaciencia y él obedeció.
En unos minutos se lavó las manos, se apartó unos mechones de pelo que se le habían soltado del moño y se sentó frente a él al otro lado de la mesa.
—Tu padre te dejó sus propiedades cuando murió, hace ya catorce años —empezó—. Sin embargo, la herencia quedaba retenida por el juzgado hasta que cumplieses la edad de veinticinco años. No sé por qué pensó que a esa edad ya serías madura, pero por alguna razón, decidió que fuese entonces.
Miró los documentos que le presentaba. Aquello era una sucesión interminable de términos legales indescifrables para ella y los empujó hacia él.
—Léemelos tú y dime qué tienen que ver conmigo todos estos latinajos.
—Eres una mujer con recursos. Las propiedades son tuyas.
—Y al ser mías lo son también tuyas automáticamente, si no recuerdo mal de las clases de tutoría de tu madre.
—¿Tutoría?
—Más bien eran simples sermones sobre lo afortunada que había sido al haber sido elegida por el gran Maxwell McDowell.
Él apretó los labios.
—No me imagino a mi madre describiéndome en esos términos.
—Puedes pensar lo que quieras, y no es necesario que te diga que, en su opinión, yo nunca estuve a la altura de la esposa que tú necesitabas. Era demasiado joven, demasiado aburrida, demasiado…
—Basta —la cortó—. Mi madre tiene siempre buena intención, pero a veces se excede.
—Ya. No sé cómo se me ha olvidado que siempre serás su caballero de blanca armadura.
Lo vio apretar los dientes mientras las mejillas se le teñían de rojo. Era obvio que estaba haciendo un enorme esfuerzo para no hablar.
Faith hizo un gesto con la mano como quitándole importancia.
—Explícame qué significa todo esto, dime qué documentos se supone que debo firmar y cuánto dinero me dejó mi padre.
—Al firmar, el dinero pasará a tu poder.
—¿Puedo ingresarlo en un banco aquí y utilizarlo como quiera? —le preguntó—. Supongo que no, ¿verdad?
—El dinero se ingresará en un banco de Boston, bajo mi supervisión. Tendrás acceso a él en calidad de esposa mía. Tu padre se sentía tranquilo pensando que yo iba a ocuparme de ti y de todas tus necesidades.
—Bien —contestó en voz baja, recuperando los documentos—. Dame una pluma y dime dónde he de firmar.
—¿No quieres hacer más preguntas? —inquirió, sacando del bolsillo una pluma y quitándole el capuchón.
Faith la examinó un instante.
—¿Es la que yo te regalé? —le preguntó, y creyó ver que al asentir lo hacía entristecido—. Es el único regalo que te compré con mi propio dinero. A partir de entonces, utilizaba el que tú me dabas. Qué absurdo me parecía comprarte regalos cuando tú podías conseguir lo que quisieras con tan sólo chasquear los dedos.
—Me diste mucho más que una pluma o un pañuelo bordado; incluso más que aquella acuarela que tengo colgada junto al cabecero de mi cama.
—¿Ah, sí?
—Todos tus regalos fueron algo muy especial para mí. Atesoraba cada gesto de afecto que me ofrecías.
Hizo una pausa y ella contuvo la respiración.
—Y muy especialmente guardo los recuerdos de las ocasiones en que te tuve en mis brazos. Me diste el placer de amarte.
—¿Amarme? ¿Me estás diciendo ahora que me querías?
—Sabes perfectamente que sí —contestó, frunciendo el ceño.
—Al contrario, Max. Jamás me dijiste que me querías. Me decías lo guapa que era, lo que te complacía, la gracia que podía tener llevando la ropa que tú me comprabas, pero ni una sola vez me dijiste que…
—Tú lo sabías —la acusó—. No intentes decirme ahora que no.
—¿Y dónde estabas cuando más te necesité? —le preguntó, y levantándose, le dio la espalda—. No. No te molestes en contestar, por favor. No quiero oír excusas sobre lo mucho que trabajabas o los viajes que te viste obligado a hacer para expandir tu negocio. Tu madre me las dio todas ya, y no las digerí mejor oyéndoselas a ella de lo que las asimilaría oyéndotelas a ti.
—Ni siquiera me permitías entrar en tu dormitorio —la acusó—. Ni que te tocase.
—¿Y quién te dijo eso?
—Estaba implícito en tu comportamiento.
Faith se volvió, llegó a la mesa, tomó la pluma y firmó con vehemencia todos aquellos papeles en el lugar marcado por el abogado.
—Ya está —dijo—. Ahora haz el favor de marcharte. Tu cuenta tendrá unos cuantos dólares más cuando llegues.
Max se recostó en la silla, sin prestar atención a los papeles arrugados que habían pagado el precio de su ira.
—No quiero tu dinero —dijo al fin—. Y no voy a marcharme. De hecho, he dejado instrucciones para que me traigan aquí mis cosas desde el hotel. Voy quedarme a vivir contigo, Faith, y lo único que puedes hacer para evitarlo es llamar a tu vecino y pedirle que me dispare o que nos eche a ambos de su propiedad.
—¿Por qué? ¿Por qué me acosas de esta manera, Max? De nuestro matrimonio no quedan más que cenizas, créeme. Yo no te quiero.
Él guardó silencio un instante.
—¿Ah, no? Pues al besarte me dio otra impresión.
—Te equivocas. Respondería del mismo modo ante cualquier otro hombre que supiera besar tan bien como tú. De hecho…
—No me mientas —la cortó—. Los dos sabemos que te estás agarrando a un clavo ardiendo, y eso de que reaccionarías igual con cualquier otro hombre no es propio de ti. Es una impertinencia.
—Nunca he conocido a alguien tan arrogante como tú —le espetó, apretando los puños—. ¿Una impertinencia, dices? Encaja con lo que tu madre me dijo apenas un mes después de nuestra boda: que era una buscona.
Él enarcó las cejas sorprendido. Parecía incómodo.
—Al parecer, mi madre dijo varias cosas de las que debería pedirle cuentas. ¿Una buscona? ¿De verdad utilizó esa palabra?
Y se sonrió.
—Maldita sea, Max. No tiene la más mínima gracia. Me hizo sentirme una basura, indigna de haberme atrevido a casarme con el gran Maxwell McDowell.
—¿Haberte atrevido, tú? Pero si tuve que suplicarte que te casaras conmigo. Incluso me puse de rodillas.
Su sonrisa era contagiosa, y Faith sintió la tentación de sonreír también.
—Tú no te has puesto de rodillas en tu vida.
—Me parece que voy a tener que hacerlo antes de que esto termine —contestó, pensativo, mientras ella se acercaba a la cocina, quitaba la tapa de una cacerola y, con una cuchara de madera, removía el contenido—. ¿Es la comida? —preguntó.
—Sí. Maté una gallina antes del desayuno y la estoy haciendo estofada.
—¿Estoy invitado?
—No soy capaz de echarte a la calle sin comer.
—Yo diría que eso es una invitación —contestó él, levantándose y colocando la silla. Luego recogió todos los documentos, los ordenó y los dejó en un montón sobre la mesa.
—Supongo que podré enviárselos a mi abogado por correo —dijo—. Quizás podamos arreglarlo para que te envíen el dinero y que puedas utilizarlo desde aquí.
—Imagino que contando con tu supervisión —contestó ella, dejando la cuchara y tapando la cacerola.
—Es tu dinero, Faith. En cuanto al resto, pretendo supervisar todo lo que hagas durante un tiempo. El que sea necesario.
Sabía que no sería difícil encontrar la casa del rancho vecino. Sin embargo, al verla cambió su opinión acerca de Nicholas Garvey. Aquel hombre debía tener una buena situación financiera, a juzgar por el diseño de su casa. Estaba plantada a la sombra de árboles corpulentos, como si llevase allí muchos años, a pesar de que resultaba evidente que era nueva. Como una joya en una caja de terciopelo, aquella casa atraía la mirada y Max, que siempre apreciaba la belleza. Entonces sintió envidia de aquel hombre. No es que él no pudiera construirse una casa el doble de grande, pero aquel emplazamiento tan lleno de perfección podría no existir en ninguna otra parte.
Una mujer menuda de pelo rojizo salió al porche trasero cuando Max daba la vuelta a la casa. Sonreía y lo miraba con curiosidad.
—Bienvenido —le dijo—. Soy Lin Garvey. ¿Busca usted a mi marido? Nicholas está montando con nuestra hija.
—¿Siempre da usted bienvenidas así de calurosas? —le preguntó, sonriendo sin más remedio.
—Es que sé quién es usted, señor McDowell. Casi lo esperaba, sabiendo por Nicholas que ha estado usted con Faith.
—Me sorprende que no haya venido a echarme.
—Nicholas me advirtió que no me metiera —admitió—, aunque admito que tuve que contenerme.
—¿Y ahora?
Tardó un instante en contestar.
—Creo que se merece una oportunidad. No suelo equivocarme al juzgar a las personas, y creo que no es usted un peligro para Faith. Necesita ser feliz, y si es usted el hombre que lo consigue, le estaré agradecida —se acercó al borde del porche y se guardó las manos en los hondos bolsillos del delantal—. Sin embargo, voy a hacerle una advertencia: si me entero de que le ha hecho daño, sepa que tengo muy buena puntería.
—Entonces, usted y mi esposa hacen una buena pareja —contestó, ocultando la sonrisa, no fuera a pensar que se burlaba de ella, cuando en realidad le causaba admiración—. Me considero advertido, señora. Y ahora, voy a ver si puedo encontrar a su marido para hablar un momento con él.
Ella miró hacia la lejanía y sonrió de nuevo.
—No va a costarle nada encontrarlo. Ya viene.
Nicholas dejó a la niña que debía ser su hija al cuidado de su madre, desmontó y, tras indicarle a Max que hiciera lo mismo, caminaron hacia la sombra de un árbol. Una vez allí, Nicholas se quitó los guantes y se los guardó en el bolsillo trasero.
—Supongo que quería verme —le dijo, mirando hacia la casa.
—Me ha parecido que debía decirle que voy a quedarme un tiempo con Faith. He venido a hacerle una oferta por el alquiler de la casa mientras permanezca en ella.
—Faith es mi inquilina. Si ella decide permitir que viva en la casa, yo no tengo nada que decir al respecto. No es que me parezca bien —añadió—, pero es ella quien decide.
—La verdad es que no es así —admitió Max—. He sido yo quien lo ha decidido, y a ella no le hace demasiada gracia.
—Pero como es su esposa, usted se aprovecha de ello.
—Poco más o menos. Yo no soy un hombre retorcido, Garvey, y estoy aquí con una misión que cumplir, de modo que no voy a permitir que nadie se interponga en mi camino.
—¿Es una advertencia? —le preguntó, mirándolo directamente a los ojos.
—Puede llamarlo como quiera. También soy un hombre pacífico, y no tengo intención de enfrentarme a usted —miró hacia la casa y sonrió—. Aunque su esposa ya me ha advertido que tengo los días contados si le hago daño a Faith. Tengo entendido que no se le da mal disparar a la señora Garvey.
Nicholas no pudo evitar sonreír.
—Si yo estuviera en su lugar, no le daría motivos. Es una oponente formidable.
—Lo tendré en cuenta —asintió Max—. Ahora me voy. Ya le he robado suficiente tiempo.
—Volveremos a vernos.
—Contaba con ello.
Tres
La lluvia caía formando una pesada cortina, escurriendo del tejado en tal cantidad que nublaba la imagen del granero, lo cual servía para que Faith se hiciera una imagen clara de hasta qué punto acabaría calada si se decidía a desafiar a los elementos y salía a darles de comer a las gallinas. Sin embargo, al huerto le venía bien aquella agua, y disfrutó pensando en lo mucho que iban a beber sus sedientas plantas de aquel líquido engendrador de vida.
A las gallinas no les haría tanta gracia. Aunque algunas, más valientes que las demás, saldrían revoloteando y estirando las alas para revolver en los jardines del corral, la mayoría se quedarían al calor de dentro del gallinero.
—No estarás pensando en salir con lo que está cayendo, ¿no?
Max había aparecido a su espalda, y el calor que desprendía le resultó reconfortante, sobre todo al llegarle una ráfaga de viento acompañada de gotas que atravesó el porche y llegó hasta la puerta.
—Pues sí, lo estaba pensando —confesó—. Las gallinas deben tener hambre.
—Sobrevivirán sin comer un par de horas. Porque eso es lo que va a tardar en aclarar, por lo menos.
Ella asintió.
—Ya lo sé. Será mejor que vaya preparando el desayuno —dijo, dando la vuelta.
—¿Dónde está el perro? —se acercó a la ventana a mirar—. Anoche no lo oí.
—No ladra a menos que se acerque alguien a la casa o alguna alimaña al gallinero. Ahora seguro que está bien seco acurrucado en algún rincón del porche. Le he hecho una caseta en un lado, y le he puesto una manta dentro.
—Todas las comodidades de un hogar —dijo Max, estirándose un poco, y Faith se preguntó si la cama que le había ofrecido le resultaría un poco pequeña. Desde luego no se parecía nada a la que tenía él en Boston.
—¿Cuánto tiempo hace que lo tienes? No parece muy mayor.
—No lo es. Nicholas y Lin me lo dieron el año pasado, cuando se construyeron la casa nueva y dejaron esta. Pensaron que a mí me hacía más falta que a ellos.
—Seguramente sí. Siempre viene bien tener un perro.
Faith guardó silencio, pensando en el animal que había dejado al marcharse de Boston.
—Está bien —dijo Max, como si le leyera el pensamiento—. Te echó mucho de menos al principio. Pasó un par de noches aullando y luego le dejé entrar para que durmiera en la alfombra junto a mi cama.
—Hubiera querido llevármelo conmigo, pero no encontré el modo de hacerlo.
—A lo mejor, si piensas en volver a verlo, te resulta más atractiva la idea de volver conmigo.
—Me temo que no —contestó. Mejor pararle los pies antes de que pudiera atacar de un modo más letal sus defensas.
Él sirvió dos tazas de café.
—Al menos, concédeme los puntos por intentarlo.
—Ya te he dado más ventaja de la que debiera —contestó ella, cascando un par de huevos—. Que te vinieras a vivir aquí desde luego no formaba parte de mi plan. Si no fuera porque no quiero que el sheriff o Nicholas te abran la cabeza, nunca habría ocurrido.
—Así que debo darte las gracias por el favor, ¿eh? —murmuró, abriendo la caja del pan y sacando de un paño blanco un par de rebanadas—. El sheriff no puede obligarme a separarme de ti —comentó —al menos, legalmente. Y en cuanto a tu vecino, será mejor para él que se ocupe de sus asuntos.
Faith lo miró brevemente antes de echar los huevos en la sartén caliente.
—¿Se lo has dicho a ellos? —preguntó—. Me sorprende que Nicholas no te pusiera de patitas en la calle.
—Su esposa es quien me advirtió de que me jugaba el cuello si te hacía daño. Es una mujer increíble —sonrió—. Me dijo que tiene una puntería excelente. Y su marido me hizo saber que estaría aquí mientras tú quisieras.
—Son unos amigos maravillosos, y me temo que un poco sobreprotectores. Lin y yo conectamos nada más conocernos, y la ayudé a dar a luz a su niño.
—Yo vi a una niña.
—Seguramente estaría dormido. Lin tiene ayuda… una mujer que se llama Katie, que lleva la casa con mano de hierro.
—Es un lugar grande. Parece más propio de Boston que de este desierto. Nicholas debe ser un buen ranchero.
—Es banquero —confesó—. De hecho, sigue siendo propietario de un banco en una ciudad al sur de aquí. Lin y él tienen mucha historia.
—Me interesa más la tuya de estos últimos tres años. Quiero saber cómo terminaste aquí.
Ella se quedó pensativa un instante. Recordaba bien el día en que decidió marcharse de la casa de Boston.
—Quería encontrar un lugar en el que no necesitara mucha ropa de invierno, y Texas estaba al sur, así que tomé esa dirección —recordar lo inocente que había sido le hizo sonreír—. No tenía ni idea de que el invierno en Texas puede ser brutal a veces. De todos modos, viajé todo lo lejos que pude en tren y luego caminé hasta donde me llevaron las piernas. La mujer de un ranchero me habló de una cabaña en el bosque, y pensé que podría servir.
—¿Una cabaña? ¿Estaba bien aislada? ¿Tenías muebles? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Un poco de cada cosa. Apenas tenía goteras, una cama, y una cocina de leña. Gracias a la amistad de las personas que vivían por aquí antes de que Nicholas y Lin aparecieran en escena, la cabaña se convirtió en mi hogar. Cuando me quedé sin dinero, pregunté por ahí si alguien necesitaba una costurera o que le remendaran la ropa. Incluso el sheriff me dio trabajo pidiéndome que me ocupara de sus asuntos financieros y de escribirle cartas y cosas por el estilo.
—Yo creo que tenía en mente algo más —comentó Max entre dientes.
—Me da igual lo que tú pienses. Brace ha sido un buen amigo, y le agradezco su ayuda. Un día vino a buscar su ropa y me dijo que había oído que se vendía un caballo. El propietario iba a trasladarse, necesitaba dinero urgentemente y no podía llevarse al animal. Brace lo pagó y yo fui devolviéndoselo poco a poco.
Max apretó los dientes para no contestar y Faith lo miró fijamente al servirle los huevos en el plato. Recogió las dos rebanadas de pan que había puesto a calentar en el horno y se sentó.
—Cuando los propietarios originales de esta casa decidieron venderla, estuvo vacía durante un tiempo, y me dieron permiso para sacar de ella lo que quisiera para mejorar mi cabaña. Lo que me llevé fueron los libros.
—¿Los libros? No recordaba que fueses una gran lectora —comentó, untando de mantequilla las dos rebanadas de pan y ofreciéndole una a ella—. ¿Qué eran? ¿Clásicos?
—Un par de ellos eran libros de textos sobre la curación con hierbas; otro era de medicina, de anatomía más concretamente. Aquel invierno leí todo lo que pude. Parecía que nunca fuese a llegar la primavera.
Su voz sonaba pensativa y se aclaró la garganta. No quería que Max pensara que estaba pidiéndole compasión.
—¿Te sentiste sola?
Parecía interesado de verdad. No porque sintiera lástima por ella, sino porque quería saber cómo había sobrevivido.
—Un poco. Pero aprendí mucho. Daba de comer a los pájaros y los animalillos que venían al porche por los restos de mi comida. Recogía los cereales que quedan en los campos después de la cosecha y me daban el salvado de la granja que queda al Este. Así tenía algo que darles de comer, y me hacían compañía.
Ella lo miró, consciente de que la observaba con atención.
—Te parecerá absurdo que disfrutara tanto de cosas tan absurdas, Max, pero aprendí mucho sobre mí misma durante aquellos dos años. Descubrí que era capaz de sembrar el huerto y de vivir de la tierra. Un vecino me regaló una gallina ponedora y una docena de huevos y empecé con mis gallinas. En un año construí el gallinero hecho con todos sus ponederos.
—¿Lo construiste tú sola?
—Brace me ayudó. Encontré un granero que se había desmoronado en una granja abandonada y me traje toda la madera que necesitaba. Solo me costó los clavos y Brace me prestó el martillo hasta que pude comprarme uno.
Max parecía boquiabierto.
—No tenía ni idea. Quise seguirte cuando te marchaste, Faith, pero…
Ella dudó, pero al final se decidió a decirle algo que tenía ganas de decirle desde que había aparecido allí.
—¿Y por qué no lo hiciste? La verdad es que algunas veces me he preguntado por qué me dejaste ir con tanta facilidad. Y cuando pasó el tiempo y no habías hecho intento alguno de encontrarme, pensé que habías llegado a la conclusión de que estabas mejor sin mí.
—Pues no es cierto. Ocurrieron cosas cuando tú te marchaste. Mi hermano tuvo un accidente al día siguiente de tu marcha y estuvo en cama durante varios meses, y tuve que decidir entre atender el negocio familiar o salir en tu busca.
—Y ganó el negocio.
—Tenemos muchos empleados, y la mujer de Howard estaba deshecha. En un principio temimos incluso por su vida, y mis días se dividieron entre el hospital y el trabajo durante mucho tiempo. No podía dar media vuelta y marcharme sin más, por mucho que deseara intentar encontrarte.
Ella se encogió de hombros.
—Supongo que tienes razón. De todos modos, dudo que me hubieras encontrado.
Él entornó los ojos.
—Te habría encontrado, no lo dudes. De hecho, cuando contraté a varios detectives para que se pusieran tras tu pista, ya era muy difícil seguir tus huellas y tuve que ofrecer recompensas por todo el país para que alguien llegara a decirme que había visto a una mujer que encajaba con tu descripción aquí en Benning.
Ella enarcó las cejas.
—¿Pagaste una recompensa por mí?
—Por la información que me condujo hasta ti.
—¿Y cómo te las arreglaste para dejar tu trabajo, una vez me tuviste localizada?
—Howard estaba en deuda conmigo. Yo había hecho su trabajo y el mío casi durante un año y le dije que tendría que ocuparse él de todo durante el tiempo que me fuera necesario para encontrarte y llevarte de vuelta a casa.
—¿De verdad esperas que vuelva contigo? —le preguntó—. Después de todo lo que te he dicho, ¿sigues pensando que…
Él alzó la mano para pedirle que callara.
—Ya te he dicho que voy a hacer todo lo posible por convencerte, Faith. No pienso rendirme. No puedo dejar de imaginarte en una cabaña en medio del bosque mientras yo estaba en Boston en una casa acogedora y caliente, con comida suficiente en la despensa para abastecer a un ejército mientras tú tenías que hacer lo imposible para sobrevivir.
—Nunca pasé hambre. Y al final conseguí ganar el dinero suficiente para vivir cómodamente.
—Y después Garvey te dejó esta casa.
—Sí. Y después de que ayudara a nacer a su hijo me dijo que tenía casa todo el tiempo que quisiera. Y cuando volvieron a Collins Creek durante un tiempo, me dejaron su carreta y sus mulas.
Max comió en silencio durante unos minutos, digiriendo algo más que comida. Y luego se rió suavemente, casi como si se burlara de sí mismo.
—Y yo pensando que acudía en tu rescate como un caballero andante.
—No necesito que me rescates, Max. Estoy muy cómodamente aquí, y muy satisfecha con mi vida —rebañó el plato y se levantó—. ¿Quieres mermelada con la tostada?
—Sí, por favor —contestó, y ella abrió un bote y sacó un par de cucharadas—. ¿La has hecho tú?
—Claro. Si quieres tener algo dulce que comer con el pan, hay que empezar por recorrer el bosque en busca de arándanos. Estos los encontré bastante cerca de aquí.
—Eres una mujer de muchos talentos —murmuró, untándose la mermelada. Talentos de los que él nunca había sido consciente. La consideraba una joya que contribuía al esplendor de su casa, un lujo por el que había pagado bien. Su presencia en la habitación de al lado le garantizaba satisfacción cuando sentía la necesidad, y se consideraba un buen marido.
—Te las arreglas bien sin tener un hombre a tu lado —comentó, sorprendiéndose incluso a sí mismo. Y él no era dado a hablar sin pensar antes lo que iba a decir. Le ofreció la tostada untada de mermelada y ella la aceptó sorprendida.
—La mayor parte del tiempo, sí. Llegué a la conclusión de que era preferible vivir sola y depender de mí misma antes que ser el trofeo de un hombre. No me gustaba mucho mi vida de antes, Max.
—¿Te sentías como un trofeo mío? ¿Así te hacía sentir yo?
Ella se encogió de hombros.
—Yo permití que lo hicieras. Me casé contigo y luego me limité a quedarme sentada en una vitrina, a asistir a tu lado a eventos de la buena sociedad, a decorar tu mesa cuando recibías a tus socios y a sus esposas. Y de vez en cuando, venías a visitarme a mi dormitorio y me encontrabas atractiva. Al menos, eso decías.
—Me sentía orgulloso de tenerte en mi casa, Faith. Y lo que encontraba en tu cama iba mucho más allá del entretenimiento. Llenabas una necesidad muy importante en mi vida.
—Me alegro de saberlo. Pensaba que en ese sentido, los sentimientos estaban sólo de un lado.
Su comentario lo sorprendió y le molestó al mismo tiempo.
—Tú sabías perfectamente lo que yo sentía por ti. Cuando me dijiste que íbamos a tener un niño, me hiciste muy feliz.
Ella se levantó y comenzó a recoger la mesa; aún con los platos en la mano, lo miró a los ojos.
—Siempre he pensado que el mejor modo de asegurarse de que alguien sabe lo que sientes es expresándolo con palabras —estaba pálida, y una sombra de tristeza le nubló los ojos—. Entonces no podía decírtelo, pero ahora sí puedo hablar de mis sentimientos, Max. Entonces era demasiado tímida, demasiado insegura para admitir en voz alta que te quería sin medida… pero ahora, ya he superado la necesidad de quererte.
—¿Me querías, y ahora has dejado de quererme? —se levantó, le quitó los platos de las manos y le rodeó la cintura—. Entonces, ¿qué sientes por mí? ¿Deseo sin más? ¿Lujuria? Hay algo más, Faith. Lo sé. Y tu beso lo ha delatado.
Bajó la cabeza, pero ella se apartó.
—Eso no va a funcionarte —murmuró él, obligándola a volverse—. Desde que el otro día probé tus labios, no he podido pensar en otra cosa. Y puesto que me consideras un animal sin sentimientos, no te sorprenderá mi falta de fineza, ¿no?
Y la besó sin dejarle posibilidad de retirada, lo que le hizo recordar las veces que en el pasado había tenido que vencer su timidez hasta conseguir que ella diera rienda suelta a su pasión.
Pero el pasado había terminado y ella ya no era la misma. La diferencia no consistía sólo en su suficiencia, en su habilidad con el rifle o para cocinar y trabajar con sus animales. Era otra mujer.
Tenía entre los brazos a una criatura fuerte y vibrante cuyas curvas se fundían a la perfección con su cuerpo; cuyos senos, más firmes que en otro tiempo, despertaban su pasión al más mínimo contacto con su pecho. Pero había cosas que no cambiaban nunca, pensó, porque su boca era tan suave y perfecta como lo había sido siempre, y su olor seguía siendo el mismo, el que tanto había echado de menos por las noches al entrar en su dormitorio y encontrarlo vacío. Aquel aroma de mujer que se desprendía de su cuerpo llenándolo con su perfume de deseo.
—Faith… —susurró, y vio cómo abría muy despacio los ojos, como con desgana, como si quisiera seguir perdida en aquel momento—. ¿Vas a permitir que…
Ella retrocedió de pronto negando con la cabeza, y él maldijo cien veces su torpeza. Lo que debería haber hecho era tomarla en brazos y llevarla a su dormitorio, a cualquier dormitorio. A cualquier superficie plana en la que…
—No —contestó ella con firmeza y en voz alta. Le dio la impresión de que perdía el equilibrio y la sujetó por la cintura—. No esperes eso de mí, Max.
—Está bien —contestó. No tenía sentido discutir. Le había devuelto el beso con una pasión inconfundible. Era consciente de su propia vulnerabilidad, y tenía que admitir que había demostrado valor al separarse de él, manteniendo intacta su dignidad.
—Estás aquí porque… bueno, puede que porque necesite satisfacer mi curiosidad. Porque me gustaría saber qué tenías para que estuviera tan locamente enamorada de ti cuando nos casamos —lo miró un instante en silencio.— Te parecerá una tontería, pero necesito saber…
—¿Qué? Dime qué necesitas saber y yo intentaré constestarte. Intentaré ser lo que tú quieras que sea, Faith. Yo creía ser un buen marido, pero es obvio que me equivocaba.
Ella asintió y se dio la vuelta.
—En eso tienes razón.
La ira que había controlado volvió a pujar por salir y decidió que lo mejor sería salir un poco. Abrió la puerta, cruzó el porche y echó a andar hacia el granero con la lluvia cayendo a gruesos goterones. Cuando llegó al granero estaba calado, y las botas se le hundían a cada paso en el barro.
Ni siquiera el frío de la ropa empapada y la fuerza que tuvo que hacer para luchar contra el aire y abrir y cerrar la puerta del granero, bastó para dar rienda suelta a la rabia que rugía en su interior. Faith nunca había tenido la capacidad de enfurecerlo así durante los años que vivieron juntos. Y tenía que reconocer que era porque le importaba de verdad.
Quizás incluso demasiado. Se había burlado de él, lo había despreciado diciéndole que ya no lo quería y allí seguía él, pidiéndole más castigo.
Su caballo se volvió a mirarlo en aquel momento, y Max se sintió tentado. Su orgullo estaba sufriendo. Sería muy fácil ensillar al animal, a pesar del aguacero, y obligarlo a llevarlo hasta la ciudad, al hotel. En veinticuatro horas, algún tren pasaría en dirección al Este.
Si tuviera sentido común, eso haría: disponerlo todo para que Faith pudiera recibir su herencia en el banco, una vez entregados los documentos pertinentes a los abogados de Boston.
Los documentos… Estaban en su alforja, junto a la cama. Qué gracia. La casualidad había decidido por él. No podía marcharse. A menos que se marchara mientras estaba todavía lo suficientemente enfadado como para hacerlo, tenía miedo de que la necesidad que sentía de Faith lo retuviera bajo su techo hasta que consiguiera abrir brecha en sus defensas y… ¿y qué?
¿Hacerle el amor? Su excitación había cedido algo al caminar bajo la lluvia helada, pero en aquel momento volvió a surgir con la misma fuerza al imaginarse a Faith en su cama. O él en la de ella. Cualquiera de las dos posibilidades le valía, pensó con una sonrisa triste. Pero ninguna parecía posible en un futuro cercano.
Cuánto deseaba tener la oportunidad de volver a ver las formas de su cuerpo, las suaves curvas de sus senos, de sus caderas y su cintura, los cambios que el tiempo debía haber llevado al cuerpo del que una vez tuvo el privilegio de disfrutar como marido.
El amor de su vida. La idea lo dejó desconcertado. Él siempre había pensado que podía colocarla en un apartado de su vida etiquetado con la palabra esposa y mantenerla allí, sacándola de vez en cuando para su propio disfrute o para lucirla de su brazo o sentada a la cabecera de la mesa como anfitriona. No conocía de verdad a la mujer que habitaba dentro de la elegante belleza que poseía.
Pero ahora era libre, se había escapado de los confines del molde que había diseñado para ella, y al liberarse le había llenado el alma, el corazón y la mente con su presencia.
¿Sería ella el amor de su vida? ¿Podría encontrar a otra mujer que lo atrajera del mismo modo que lo hacía Faith? La respuesta a esa pregunta era sencilla y clara, clara como si se mirase en un espejo y se enfrentara a la amargura que sabía que contenía su rostro en aquel momento.
—Perdóname, Faith.
Max estaba en la puerta, con una expresión tan afligida que parecía imposible en él. Hacía ya un buen rato que había dejado de llover, y Faith había dado de comer a las gallinas y recogido los huevos, siempre sin perder de vista la puerta cerrada del granero, tras la cual su marido estaba encerrado deliberando consigo mismo.
El sol brillaba con fuerza y una agradable brisa soplaba desde el Oeste, secando los charcos que salpicaban el jardín. Había ido a la casa sorteándolos, el pelo se le había secado pero lo tenía completamente desordenado y la ropa húmeda y pegada al cuerpo. De la camisa se había desprendido para colgarla a secar, del mismo modo que también se había quitado las botas y los calcetines sentado en las escaleras del porche. Y en aquel momento estaba frente a ella descalzo, desnudo de cintura para arriba, despeinado y sin afeitar; nada que ver con el hombre que ella conocía en Boston y que se enorgullecía de presentar siempre un aspecto inmaculado y elegante.
—¿Me estás pidiendo perdón? —repitió ella, que no estaba muy segura de querer oírle una disculpa.
—Sí. Necesito que me perdones por mi comportamiento de antes.
El adjetivo humilde nunca lo habría utilizado para describir al Max que ella recordaba, y sin embargo encajaba a la perfección en aquel momento.
—¿Que te perdone? —repitió de nuevo, intentando digerir la situación—. ¿Por el beso, o por haber dado por sentado que iba a invitarte a compartir mi cama?
Él tardó un momento en contestar.
—Has cambiado, Faith.
—¿Ah, sí? ¿Porque digo lo que pienso?
Max asintió despacio.
—No sólo por eso. Te has vuelto muy independiente —aclaró con una sonrisa, y pasando de largo, se acercó a la cocina para calentarse—. Tu granero no es un sitio demasiado cómodo que digamos. Hace frío.
Ella se encogió de hombros.
—Te has pasado allí la mañana por decisión propia. Espero que por lo menos hayas sacado a pastar a los caballos.
Él asintió enseguida.
—Si te lo pido con cortesía, ¿me invitarás a una taza de café?
Estaba disfrutando mucho con aquel comportamiento de penitente, así que tardó un poco en contestarle.
—Creo que queda suficiente para una taza en la cafetera. Puede que esté demasiado fuerte, pero si estás desesperado, te lo tomarás.
—Lo estoy —contestó, y la mirada que le dedicó amplió el sentido de su respuesta.
«Mejor no analizarlo», se dijo, y se limitó a sacar una taza del armario y a llenársela de café.
—¿Has limpiado el establo? —le preguntó.
—Sí. Lo he sacado todo con la carretilla al montón del estiércol. Por cierto, que me he destrozado las botas. Tendré que comprarme otras.
Ella se encogió de hombros.
—Aprenderás a limpiártelas si te quedas el tiempo suficiente. Yo me las arreglo sólo con un par.
—Porque llevas zapatillas en casa. Tus botas se pasan el día en el porche.
—Donde deberían estar las tuyas también —espetó, dándose la vuelta para limpiar uno de los inmaculados cristales de la alacena.
—Por cierto… que pienso quedarme —continuó él—. No he renunciado a hacerte cambiar de opinión. ¿Me acompañarás a la ciudad, Faith? Necesito enviar los documentos que has firmado, y me gustaría comprarte algunas cosas en el almacén.
—¿Qué clase de cosas?
—Date la vuelta y mírame.
Faith obedeció, apoyándose en el borde de la alacena.
—Ya te miro.
—¿Por qué tienes que hacerlo todo tan difícil? ¿No podemos ser simplemente… agradables el uno con el otro aunque sea sólo durante un día?
—¿Y ser agradable significa gastarte dinero en mí, por cosas de las que puedo prescindir perfectamente?
—Quiero comprarte vestidos nuevos. Nada lujoso —se apresuró a decir al verle intención de negarse—. Algodón. Colores alegres quizá. Algún camisón. O lo que necesites.
—¿Por qué? —preguntó, guardándose las manos en los bolsillos del delantal—. ¿Por qué quieres gastarte dinero en mí? ¿Para que esté en deuda contigo? ¿Para que te mire de un modo distinto?
—Simplemente porque quiero —contestó—. Porque me complacería comprarte algo para que resaltara tu belleza y tu figura algo mejor que eso que llevas. Y porque me siento culpable de que tú no tengas nada nuevo que ponerte mientras yo tengo armarios llenos en Boston.
—Aquí no me hacen falta cosas bonitas —respondió—. Tampoco soy tan atractiva como era antes. Debe haberte empeorado la visión con los años.
Él sonrió.
—No tienes ni idea de lo preciosa que eres, Faith. Ahora eres una mujer madura, mientras que cuando me casé contigo eras sólo una muchacha, y creo que elegiría a la mujer que eres ahora.
—Bueno, me alegro —contestó, sin saber qué más decir—. Supongo que puedes gastarte dinero en mí si quieres. Mi vestuario es tan escaso que no me vendrían mal algunas cosas más.
Su sonrisa fue inmediata.
—¿Quieres que vayamos hoy mismo?
—Por qué no… De todos modos, tengo que ir a llevar huevos al almacén. Ayer tendría que haber ido a buscar el correo.
—¿Dentro de media hora te parece bien? —sugirió, apurando su taza—. Tengo que lavarme y cambiarme de ropa —se pasó la mano por la mandíbula—. Y afeitarme.
—Media hora, de acuerdo.
Los huevos iban colocados en un saco, envueltos uno a uno en papel de periódico y protegidos por una capa de paja. Había descubierto por el método de prueba y error, que era un buen método de transporte. Así también había ido aprendiendo a sobrevivir.
Leía y releía los periódicos, su único lujo, y luego los guardaba con aquel fin. Max observó un instante cómo lo hacía y comenzó a arrancar las hojas y a cortarlas del tamaño que ella utilizaba.
—¿Llenas los sacos?
—No. Se romperían los huevos de abajo por el peso—. Ato uno a cada lado de la silla de montar. Podría utilizar la carreta y las mulas, pero es que me gusta mucho salir con la yegua. He aprendido a disfrutar de las cosas pequeñas.
—Lo que estoy haciendo yo en este momento —contestó él, mirándola.
Ella se echó a reír. Se había olvidado de su ingenio.
—Era divertido estar contigo —dijo sin pensar.
—Gracias. Yo también disfrutaba de tu compañía. Debía ser uno de los hombres más orgullosos de todo Boston cuando salía contigo.
—¿Ah, sí?
—¿E que no te dabas cuenta de lo que significabas para mí?
Se quedó pensativa un instante y el quehacer metódico de sus manos perdió velocidad.
—Supongo que nunca pensé que lo fuera. Creía que me considerabas un simple adorno, alguien con quien bailar cuando te apetecía —contestó, poniendo una capa de paja sobre los huevos, mientras recordaba cómo solían acabar las noches en que salían: Max iba a visitarla a su dormitorio—. ¿Te parecía más atractiva cuando iba vestida de otro modo?
—Nunca te he encontrado más atractiva que en este momento —contestó él, rozando su mano al ayudarla a extender la paja en el fondo del saco. La paja cayó y él entrelazó los dedos con los de ella. Faith no intentó escapar, y en aquel momento de intimidad, se sintió tremendamente femenina y deseable, sintiendo el calor de la mano de un hombre en la suya, y reconociendo el deseo brillándole en los ojos.
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