Kitabı oku: «Mujeres, cámara, acción»
“Bienvenido un libro que nos honre, que nos respete, que nos ayude a seguir caminando un paso tras otro como cualquier día de la vida, con esfuerzo, amor y voluntad. Gracias, chicos, con el alma.”
GRACIELA BORGES
“Este libro es un documento ineludible para reflexionar sobre la invisibilidad de las mujeres detrás de cámara y sobre los roles de las captadas por la imagen. De mala o santa a la emancipación de género, de mero objeto de deseo a sujeto de autodeterminación. Pero la equidad aún no se logró. No obstante, pensar esta problemática con rigor es colaborar a cambiar una realidad aún agobiante. Por testimonial, reflexivo y fecundo este texto representa un hito en los estudios de género relacionados con el arte en general y con el cine en particular. He aquí un desafío para seguir pensando.”
ESTHER DÍAZ
“El libro de Catalina Dlugi y Rolando Gallego viene a saldar una deuda: poner luz sobre las mujeres del cine. Tanto los personajes femeninos de ficción como las trabajadoras de la industria han recorrido un camino lleno de escollos. Este es un libro necesario para dimensionar ese proceso histórico desde la invisibilización al lugar reconocido de hoy, ganado a fuerza de lucha, talento y empeño."
CLAUDIA PIÑEIRO
“La experiencia, la calidez y el conocimiento de Catalina y Rolando puestos al servicio del cine con una visión de género. Este libro nos interpela y nos invita a seguir reflexionando sobre la construcción de modelos más igualitarios en los diferentes ámbitos. Un libro imprescindible en los tiempos que corren.”
CECILIA BARRIONUEVO
“Siento a este libro tan interesante como necesario, tan necesario como ineludible. El cine argentino está sostenido, expandido y elevado por la participación de mujeres, lesbianas y trans en sus distintos rubros. Y sabemos lo difícil que es ocupar estos puestos. Brindo porque, de esta manera, haya más participación en los espacios cinematográficos y porque más libros como este exhorten nuestra historia en común. ”
ÉRICA RIVAS

Catalina Dlugi es periodista y crítica de cine. Trabajó en Canal 13 durante 25 años y en medios como Canal TV, Antena y Radiolandia 2000, donde ocupó el cargo de directora. Acredita una vasta trayectoria en radio (Rivadavia, Radio Mitre, Radio Continental y la señal de cable TN donde condujo durante 16 años el programa “TN Show”). Es conductora de “Agarrate Catalina” (Radio Ciudad) y de “Conexión Catalina” (Radio Conexión Abierta), también es columnista de “La boca del Lobo” (Radio Ciudad) y editora de www.elportaldecatalina.com. Es colaboradora de “Terapia de noticias” (La Nacion+) y columnista en NET TV. Autora del libro Los hombres del deseo, es miembro de APTRA, ACE, ACCA, y jurado premios “HUGO”.

Rolando Gallego es licenciado en Ciencias de la Comunicación y Periodismo (UBA). Es periodista y crítico de cine y series en TV, radio, gráfica y web de medios como EscribiendoCine, HaciendoCine, Directores, EspectadorWeb, Lúdico, Cinemaboutique, El Planeta Urbano y “VozYShow” (de CN23). Es miembro de ACCA. Dicta talleres de periodismo, crítica cinematográfica y periodismo de entretenimiento.
Catalina Dlugi - Rolando Gallego
Mujeres, cámara, acción: empoderamiento y feminismo en el cine argentino

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía de los autores
Portada
Dedicatoria
Introducción
Capítulo 1. Pioneras
Capítulo 2. Actrices, el cine de las estrellas Tita, la arrabalera Zully Moreno, la Greta Garbo local Niní Marshall, la dueña del humor Libertad Lamarque, la reina del melodrama Coca Sarli, la imagen del deseo Nuestras actrices
Capítulo 3. Reflexiones sobre el cine hecho por mujeres
Capítulo 4. Guiones, palabra de mujer Sociedad creativa, el caso de Beatriz Guido y Leopoldo Torre Nilsson Aída Bortnik, la tregua para empezar Con guiones ajenos Apropiarse La heredera: Lucía Puenzo
Capítulo 5. Ellas son el cambio
Capítulo 6. Activas y organizadas Las fundadoras Mujeres audiovisuales ADDA, directores de arte audiovisuales ACCIÓN, agrupación autoconvocada Intenciones y realidades
Capítulo 7. Colectivos de defensa de derechos Tiempo de logros El colectivo Actrices Argentinas Del “Me Too” a Actrices Argentinas La unión de las mujeres La industria hoy
Capítulo 8. Festivales y cines regionales
Capítulo 9. El cuerpo en la pantalla 1, 2, 3, Érica Rivas otra vez Las hijas de la libertad La rebelión de las boquitas pintadas Violencia instalada
Capítulo 10. Frente a la desigualdad y el abuso Las cartas sobre la mesa La denuncia de Thelma Juan Darthés, la entrevista completa Abusos en el set de cine El cambio de la historia
Capítulo 11. El último tramo
A modo de conclusión
Posible recorrido de películas para acompañar la lectura
Bibliografía consultada y utilizada seleccionada
Créditos
Otros títulos de esta editorial
Para todas las que hicieron y hacen el cine argentino.
Para Gianni, Anabella y Fausto
Introducción
Como profesionales del periodismo asociado al entretenimiento y al espectáculo, hemos entrevistado a lo largo de los años a mujeres de la industria del cine y la televisión, y hemos visto, con sorpresa en algunos casos, la imperiosa necesidad de imponer criterios más allá de una perspectiva de género.
La mirada sobre el trabajo de la mujer en el cine se ha precipitado, con la activa participación de mujeres de la industria, en el proceso del compromiso femenino por causas sociales tan justas como el pedido mayoritario para frenar el alarmante crecimiento de los femicidios en nuestro país, cristalizado en el grito de “ni una menos”, con su organización espontánea y multitudinaria, que sorprendió a la sociedad que asistía anestesiada a las noticias sin involucrarse.
Luego, la lucha por la legalización del aborto, con los pañuelos verdes como estandarte y divisa, redobló la apuesta: mujeres del cine, actrices, directoras, productoras fueron la cara más visible de un fenómeno que trascendió fronteras y sumó adhesiones en el mundo entero.
La lucha sumaba espacios y exigía, cada vez más, un lugar de igualdad ante problemas sociales y creación artística, y a la vez, política.
Acompañando este fenómeno, apoyando cada palabra escuchada en entrevistas y asistiendo a funciones en las que la pantalla nos devolvía imágenes potentes, intercambiando ideas y reflexiones en todo el país, somos testigos de privilegio de un proceso que, con dificultad, pero irrefrenable, llegó para quedarse.
¿De qué se habla cuando se habla de cine feminista o simplemente cine hecho por mujeres?
¿Hay algo que lo caracteriza y define?
Ya no se trata de enunciar el empoderamiento femenino. Ya está, es un hecho. En la sociedad, en la industria del cine, en las productoras, actrices, directoras y equipos técnicos, todas configuran un fenómeno que es visto como de avanzada en el mundo, en comparación a otras cinematografías e industrias del entretenimiento en donde aún se discute y señala la poca participación de las mujeres y la voz masculina acalla el fenómeno conocido globalmente como #MeToo.
El camino recorrido desde la negación del nombre en los créditos de una producción a películas realizadas solo por mujeres es largo, rico, potente, justo, injusto, vigoroso, débil, pero siempre interesante, digno de ser escuchado e investigado.
Las protagonistas de este libro hablan y reflexionan. Voces diversas, contradictorias entre sí, pero no por eso en conflicto, sino complementarias, son las figuras de un camino posible que ofrecemos desde las páginas de este libro. Hay muchísimos más, los invitamos a recorrerlos y sumar ideas.

CAPÍTULO 1
Pioneras
“La mujer ha sido tan condicionada a desvivirse por los demás, que le cuesta tomarse en serio. Creo que esa es una de las razones por las que hay tan pocas mujeres directoras de cine en el mundo. De lo contrario, yo tendría que creer que soy genial y no lo soy”.
María Luisa Bemberg1
El cine, como práctica profesional, se ha establecido alrededor de un universo masculino con normas y leyes, implícitas y explícitas, que han imposibilitado el desarrollo de la mujer en el soporte a la par de la activa participación masculina, que impuso, desde sus orígenes, una mirada potente sobre el rol que las mujeres debían ocupar en él.
Si bien las historias protagonizadas por personajes femeninos se multiplicaron, su creación estuvo casi siempre condicionada por hombres que recurrían a estereotipos y estructuras obvias para narrar cuestiones asociadas a tramas que siempre revalidaban un punto de vista machista.
Así, en el largo desarrollo del cine en Argentina, estas historias fueron dirigidas, producidas, pensadas por hombres. Porque la Industria, si es que se puede hablar de una industria del cine en el país, siempre ha relegado a las mujeres a la participación en roles menores.
Son contadas con los dedos de la mano aquellas mujeres que se animaron a superar los obstáculos y la discriminación en el seno de la industria para poder participar como un miembro más de esa comunidad, dejando de lado las consecuencias desfavorables que por el afán de conseguir concretar sueños las han doblegado ante la escala jerárquica machista.
Contadas con los dedos de la mano, sí, pero estas pioneras, arriesgadas, valientes, iluminadas, forjaron un camino que ha posibilitado la posterior inserción de la mujer en el medio más allá de los encasillamientos más tradicionales, que la relegaban a roles como la confección de vestimentas, el maquillaje y peluquería, asociados a la división del trabajo machista. Ellas demostraron, con trabajo, empeño y creatividad, que el mundo del cine también es de las mujeres.
Al hablar de cine realizado por mujeres, los primeros nombres que aparecen en el panorama son los de Emilia Seleny, María B. de Celestini, Elena Sansinena y Renée Oro, directoras de los films La niña del bosque (1917), El pañuelo de Clarita (1919), Mi derecho (1920), Blanco y Negro (1920), La Argentina (192?), respectivamente, películas de corte documental en las que las directoras pudieron apropiarse de la técnica de una forma netamente intuitiva pero con conciencia sobre su rol en ella.
Estas producciones lograron cierta notoriedad, y en el caso de algunas, como en el de Oro, les permitieron trascender fronteras desarrollando también la dirección en países vecinos como Chile.
Por esa misma época, Camila Quiroga (Camila Josefa Ramona Passera), actriz de producciones como Resaca (1916), de Atilio Lipizzi, o Viento Norte (1937), de Mario Soffici, logró crear junto a su marido Héctor Quiroga su propia productora (primero en Platense Films S.A. y luego en Quiroga-Benoit Film), su propia compañía de actores, y hacia 1919 fue una de las impulsoras de la Asociación Argentina de Actores.
En ese arranque vigoroso del cine como industria, con miles de espectadores agolpándose a ver la nueva tecnología de entretenimiento, la disparidad entre mujeres y hombres ejerciendo el rol de dirección y otros de importancia es notoria y preocupante. Lamentablemente, eso fue algo que marcó el ritmo y el camino hasta la fecha, en que, si bien algunas realizadoras pueden imponer su nombre, su autoría, su fuerza, son solo casos aislados en los que sigue existiendo una notoria desigualdad en todo sentido.
Adelia Acevedo y Victoria Ocampo (codirigieron Blanco y Negro con Sansinena), Angélica García de García Mansilla (Un romance argentino), María Constanza Bunge Guerrico de Zavalía (argumento de El tímido), Antonieta Capurro de Renauld fueron algunas directoras que supieron explorar el cine pero sin continuidad.
Casos aislados también como el de Niní Marshall, quien con su impronta supo ponerse al hombro varios aspectos de aquellos proyectos en los que actuaba sus personajes de radio, y la fuerza de un puñado de actrices que encabezaron títulos cinematográficos con convocatoria, no pudieron trascender la presencia masculina del medio.
Vlasta Lah, nacida en Pola, provincia de Trieste, Austria/Hungría, en 1918, pudo hacia 1960 dirigir el primer largometraje de ficción sonora, Las furias, tras haber participado como asistente en las producciones que su marido, Catrano Catrani (Alto Paraná, En el último piso), realizaba. Rodó dos cortometrajes (La química en su bienestar, Conozca Atanor), llevando adelante una propuesta que narró las vicisitudes de un grupo de mujeres ante un hombre que ya no está presente.
El film sumó fuerza y atractivo para los espectadores con un dream team de actrices, Mecha Ortiz, Aída Luz, Alba Mujica, Olga Zubarry, en una historia intimista y opresiva que adaptaba a Enrique Suárez de Deza.
En esa misma película, Delia Manuele (compaginación) y Otilia de Castro (escenografía) fueron las únicas dos mujeres del equipo técnico para una película hito que fue recibida con cierta disconformidad por la prensa de la época: “La directora tiene un lenguaje poco preciso, y poco pasional” (La Prensa); “Ronda el melodrama. Dirección por completo carente de seguridad, inventiva y lógica” (El Mundo); “Vlasta Lah no es por cierto una realizadora original. A defectos de su trabajo se debe la inconvicción, lindante con lo ridículo, de la difícil secuencia de la sustitución de la muchacha por la tía. Si en un debutante la sobriedad es una condición, en Vlasta Lah dicha aptitud se desvirtúa para caer en pobreza de lenguaje fílmico y en falta de interés narrativo. El diálogo, flojo, es por momentos lamentable” (Héctor Grossi en Platea2).
El hecho de que Lah dirigiera rompía cánones de la industria de ese entonces (y vigentes hasta la actualidad), según los cuales era impensado que una mujer se ponga tras las cámaras, y menos para dirigir un largometraje. Esto queda plasmado en una extensa nota de la revista Platea por motivo del “rodaje” de Las furias. En la entrevista a Lah y actrices, el periodista avanza sobre la realizadora con preguntas como estas: “A propósito de su esposo: ¿cómo ve él que usted le invada el terreno? - Lah: Muy bien. Está muy contento. - Periodista: ¿La ayuda en la adaptación del libro o en los preparativos de filmación? - Lah: En absoluto. Si me equivoco, quiero que la responsabilidad sea toda mía. Además, sería muy difícil que colaboremos en ese sentido, pues mi visión del cine es muy distinta a la de él”3.
Otro dato curioso es que en las imágenes de la premiere que publica también la revista Platea no hay una sola imagen de Lah. Solo las protagonistas y personalidades de la época. La directora luego afrontaría Las modelos, Sonia y Ana (1961), protagonizada por Greta Ibsen y Mercedes Alberti.
Margarita Bróndolo acompañó muchas de estas producciones “cortando” negativo, una tarea que requería precisión, pero que a la larga siempre quedaba invisibilizada por el rol que luego se ejercía en el montaje y por la presión que ejercían para que ella no ocupara ese cargo.
“A mí nadie me regaló nada: entré porque quise, aprendí por vocación, me dediqué plenamente. Pero tuve que dejar con mucha pena la moviola porque eran muchos ánimos en contra. Me sentí muy mal por lo injusto de la situación. Algún día será, me consolaba, pero no fue”4, recordaba Bróndolo en un reportaje que la posicionó en el lugar que tenía que estar.
Realizadoras como Paulina Fernández Jurado (Mujeres, en 1965), Eva Fainsilberg Landeck (Barrios y teatros de Buenos Aires, Las ruinas de Pompeya, Horas extras, Entremés, El empleo, Gente en Buenos Aires, El lugar del humo), Marie Louise Alemann (Autobiográfico 1, El carro de mamá, Escenas de mesa, Sensación 77: mimetismo, Lormen, Ring Side, Legítima defensa, Paisajes para Ghédalia, Tazartés Transport, El retorno) y Narcisa Hirsch (Manzanas, Marabunta, Retrato de una artista como ser humano, Patagonia, Canciones Napolitanas, entre otros) trazaron puntos a tener en cuenta en una cartografía de películas encaradas por mujeres.
A este grupo, anclado en cortometrajes experimentales, intuitivos, de sensaciones, se sumaron otras directoras como Mabel Itzcovich (Soy de aquí, 1958), María Esther Palant (Conquista de la pampa, El Callao, 1965) y Alicia Míguez de Saavedra (asistente de dirección en El honorable inquilino, Turbión) y otras mujeres como ayudantes o “pizarreras”, como Susana Gallup y Rosa Blumkin.
Asociada a la televisión, medio que la formó y al que le ha brindado los mejores esfuerzos para elevarlo de categoría, María Herminia Avellaneda tuvo la oportunidad de dirigir la película Juguemos en el mundo (1971), aproximación al universo de María Elena Walsh (quien también coescribió el guion) que fue recibida con alegría por su dedicación para generar una propuesta sólida que no menospreciaba a los espectadores.
Además de las actrices, Perla Santalla, Eva Franco, Aída Luz, Virginia Lago, Zulema Katz, Susana Lanteri, Elena Cánepa y Cipe Lincovsky, solo Renata Schussheim, en vestuario, y Graciela Luciani, en coreografía, formaron parte de un equipo liderado por hombres. La prensa de la época dijo: “Imaginación y poesía en una película de inédita ternura” (La Opinión), “trae por fin al cine comercial argentino… la fantasía, la imaginación, la antisolemnidad, el delirio” (Panorama).
Avellaneda desarrolló luego una sólida carrera en la televisión, destacándose como directora, productora y como funcionaria pública encabezando la dirección de Argentina Televisora Color (ATC, hoy TV Pública). Antes de ese cargo, la dirección de la novela Rosa de lejos, un hito de la televisión, la posicionó como una de las mujeres clave del medio. De esa misma producción dirigiría una versión cinematográfica en 1980 que no alcanzó el éxito del suceso televisivo.
La escritora Beatriz Guido fue una de las primeras guionistas que recuerda la pantalla nacional. Su matrimonio con Leopoldo Torre Nilson le facilitó rápidamente desde adaptar su primera novela La casa del ángel, escrita en 1954 y llevada al cine en 1957, para luego escribir con continuidad, El secuestrador (1958), La caída (1959), Fin de fiesta (1960) y La mano en la trampa (1961), entre otros trabajos que la posicionaron como una de las escritoras dentro y fuera de la pantalla más importantes de la época.
También en guion, el trabajo destacado de Aída Bortnik, dramaturga teatral, que supo adaptar al cine La tregua (1974), novela de Mario Benedetti, llevada al cine por Sergio Renán, con Héctor Alterio y Ana María Picchio en sus roles centrales, la llevó a estar ligada siempre a la industria y al Óscar, ya que fue la primera película argentina nominada a ese premio; luego La historia oficial (1985) finalmente trajo al país el primer premio de la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood.
En el mismo rubro la escritora Martha Mercader se destacó por la realización del guion de La Raulito (1975), junto a Juan Carlos Gené, película de Lautaro Murúa que recorrió el mundo inspirada en la historia de una mujer que debió luchar para mantenerse fiel a sus ideales a pesar del entorno hostil. Poldy Bird también fue una figura clave de la literatura y el periodismo, que exploró la cotidianeidad del universo femenino. En 1980 Días de ilusión, de Fernando Ayala, llevó al cine una historia original suya en la que jugó con la fantasía y la realidad de una niña, interpretada por Andrea del Boca.
Otras guionistas o “argumentistas” fueron Lola Pita Martínez (Doce Mujeres), Elvira Quintana (Nativa), Pilar de Lusarreta (Petróleo), May Nilsson (La tía de Carlos), María Luz Regás (Vacaciones), Delia Morín (Tierras hechizadas), Adela Beltrán (Romance sin palabras), Nené Cascallar (Fuego sagrado), Celsa Martel (Rebelión en los llanos), María Antinea (La niña de fuego), Olga Casares Pearson (Surcos en el mar), Ana María Nieto Arana (Ensayo final), Marta Santoro (Con el más puro amor), Marta Viana (Una mujer diferente), Raquel Martínez Piñón (Continente blanco) y Mariofelia (De Londres llegó un tutor), que firmó el guion con seudónimo.
Es con la llegada al cine de María Luisa Bemberg (Momentos, Camila, Señora de nadie, Miss Mary, Yo, la peor de todas, De eso no se habla) que se comienza a hablar de un cine “realizado por mujeres”, y que marca un punto de inflexión para que otras mujeres comenzaran a imaginar la posibilidad de desarrollar algún tipo de carrera en el medio.
“Mi primera satisfacción en una tarea creativa fue el vestuario de La visita de una anciana dama, interpretada por Mecha Ortiz. Fue bien recibido y yo me sentí muy emocionada. Pero mis familiares no estaban contentos con lo que hacía. En realidad, preferían que no hiciera nada”, disparaba María Luisa Bemberg en la revista La Nación de marzo de 1990.
A fuerza de empeño y de pelear su lugar en la sociedad, esta mujer, perteneciente a una de las familias más tradicionales de Argentina, tuvo que romper los esquemas y el machismo que la agobiaba y le impedía trascender su género y clase para cumplir, tal vez, su deseo más anhelado: dirigir cine. Experiencias previas como la fundación del Teatro del Globo (junto a Catalina Wolff) y ser parte de la fundación de la Unión de Mujeres Feministas de Argentina reforzaron su compromiso con el arte y la militancia.
Los cortos Femimundo y Juguetes –en el marco de sendas ferias internacionales del juguete y de la mujer– le permitieron una aproximación a la dirección, algo para lo que venía preparándose durante años, y junto con la escritura de los guiones de Crónica de una señora (1971), basada en su pieza teatral corta La margarita es una flor, y Triángulo de cuatro (1975) la ubicaron dentro del panorama del cine nacional.
Su llegada no fue fácil; sin embargo, pese a los prejuicios de su familia y la poca participación femenina en la industria, su mirada sobre el universo, que distaba del orden patriarcal que seguía reproduciendo estructuras clásicas en las que las preocupaciones de la mujer quedaban en un segundo plano, la posicionó rápidamente como una de las realizadoras más importantes del cine argentino.
“A mí nunca me bastó la vida para la cual me habían programado… Ser una mujer de su casa, una buena madre, una buena esposa, una mujer que cuidara su aspecto físico, mundana… siempre me producía como un gran vacío”5.
“Me decidí a filmar el día que creí que estaba bastante reconstruida por dentro, como para poder bancarme un fracaso, porque con una película nunca se sabe. Es muy extraño lo que me mueve a haber elegido un medio tan exigente como es el cine para expresarme” 6 .
Bemberg se apropió del dispositivo, y se paró en la industria como una feminista que transgredía todo lo que se le había impuesto. “Las feministas estamos muy mal vistas. Mal vistas por la izquierda, que considera que dividimos las fuerzas contra los opresores. Mal vistas por la derecha, que piensa que somos subversivas. Y mal vistas por las mujeres, que consideran que somos unas entrometidas”7.
Sus películas trabajaron relatos íntimos acerca de la opresión y la necesidad de liberación de un machismo imperante dentro y fuera de los hogares, con temas adultos que, mediante la presión que ejercía la censura del momento, aún no habían sido trabajados dentro del cine, lugar en donde reinaba el pasatismo y relatos con mujeres objetos que no podían despegar su fuerza de la imagen dominante.
“Cuando yo empecé había más que un prejuicio de sexo, uno de clase: ‘esta señora que se larga a hacer cine porque tiene plata’; y que estaban esperando un poco verme caer. Quedaron bastante desconcertados cuando vieron que yo trabajaba en serio”8.
“En cuanto la mujer empieza a pensar, a expresarse, y de repente a pelear o a enojarse, puede desagradar… Entonces, muchas mujeres temen que si se afirman demasiado como ser humano, pueden perder al hombre”9.
“Si en mis películas prima el punto de vista femenino es porque yo soy mujer y porque creo que no hay una mirada neutra. La mirada de un cineasta está condicionada por el sexo al que pertenece, por todo lo que es”10.
En 1995 jugaría a ser actriz en La balada de Donna Helena, de Fito Páez, caso contrario al de aquellas actrices que luego se pusieron detrás de cámara. Acompañando a Bemberg, una figura clave del cine argentino, Lita Stantic, potenció el trabajo de la realizadora. Stantic venía con una tradición desde los márgenes del cine, impulsando a realizadores jóvenes como Pablo Szir, Néstor Paternostro, Mario David, asistiéndolos, creando sus propios cortos, volcándose al cine publicitario, apoyando la distribución clandestina de La hora de los hornos, de Fernando Solanas y Octavio Getino.
Ya hacia finales de la década del setenta acompañó desde la producción la realización de La Raulito, La parte del león (1978), ópera prima de Adolfo Aristarain, y dos producciones de Alejandro Doria, La isla (1979) y Los miedos (1980).
Luego comenzaría un camino de colaboración con Bemberg, con idas y venidas, una relación artística pasional que permitió el fortalecimiento de ambas. En 1993 se anima a la dirección con Un muro de silencio, personalísimo viaje hacia la época más oscura de la argentina, jugando con el cine en el cine para demostrar la permanencia de las heridas en la sociedad.
“El nombre de nuestra productora, GEA, lo puso María Luisa. Lo consultó con una amiga suya ultrafeminista, Leonor Calvera, y ella se lo sugirió. Tendríamos que haberle puesto Aries, porque las dos éramos de ese signo, pero ese nombre ya estaba tomado (…). Tita Tamanes me dijo que yo estaba loca, que cómo me iba a asociar con María Luisa: ‘esa mujer no sabe lo que quiere’. Aída Bortnik también me comentó algo así. En general en el ambiente desconfiaban, en ese momento era inédito que dos mujeres se asociaran para hacer una película”11.
Siempre presentes los obstáculos, siempre las insinuaciones que buscan disuadir decisiones sobre rumbos y profesionalización en un mundo masculino que impone una mirada que juzga y además imposibilita concretar deseos, en este caso, el de hacer cine.
Productoras como Sabina Sigler (Quebracho, El hombre del subsuelo, El exilio de Gardel, Tangos), Tita Tamames (La tregua, Las sorpresas), que también se dedicó al vestuario (Pobre mariposa, La tregua, Vení conmigo), ambientación (La revolución, Vení conmigo) y escenografía (Heroína, Vení conmigo), o Diana Frey (La hora de María y el pájaro de oro, La Raulito, Sola, Juan que reía, entre otras) también fueron casos de mujeres que se pararon de otra manera frente a la realidad que les exigía un rol diferente.
Hacia finales de los años setenta, se destacan figuras como Eva Fainsilberg Landeck (Horas extras, El empleo, Gente en Buenos Aires, Este loco amor loco), Nelly Kaplan (desarrollando su carrera en Francia, con películas como Charles et Lucie, Nea, La Fiancée du pirate); y ya en los años ochenta, varias mujeres pudieron comenzar su carrera en el cine, como Jeanine Meerapfel (Malou, La amiga), no solo dirigiendo, sino en rubros técnicos, pero siempre a la sombra de las decisiones masculinas que imposibilitaban una continuidad de trabajo y una igualdad en el medio.
En esa misma década, La Mujer y el Cine (1988), fundada por María Luisa Bemberg, Lita Stantic, Sara Facio, Beatriz Villalba Welsh, Susana López Merino, Gabriela Massuh y Marta Bianchi, propuso reunir en una entidad el trabajo de realizadoras, productoras y actrices para fomentar la producción cinematográfica femenina. Al poco tiempo de fundarse, Bemberg se alejó de aquella por considerar que terminaría siendo contraproducente, ya que creía que esto llevaba a “fomentar ghettos de cine de mujeres, cuando lo correcto es plantear y apoyar su integración a la industria del cine”12. Pese a la baja de Bemberg en la organización, el colectivo continuó con fuerza.
Hoy, con más de 30 años de camino, y presidida por Annamaría Muchnik, la organización avanza: “Hay mucho talento en juego para demostrar y para ser elegido y premiado en el exterior y mucha capacidad de trabajo que merece ser reconocida igual que el reconocimiento a los hombres”13.
A lo que Martha Bianchi agrega: “La Mujer y el Cine desarrolla una labor pequeña por lo modesta, pero muy grande por el contenido, por lo que significa la promoción de la mujer, la reflexión, el promover la reflexión entre los espectadores, entre la gente de la cultura”14.
Tímidamente, pero avaladas por una Ley de Cine que permitió la multiplicación de rodajes, las realizadoras comenzaron a trazar un mapa de realidades que hasta el momento no se había reflejado, con algunas experiencias previas a la sanción.
María Victoria Menis (Vecinas, A qué hora, Arregui, la noticia del día), Ana Poliak (Parapalos, ¡Que vivan los crotos!, La fe del volcán), María Teresa Costantini (El amor y la ciudad, Felicitas, Acrobacias del corazón), Gabriela David (Taxi un encuentro, La mosca en la ceniza), Carmen Guarini (Tinta Roja, Buenos Aires, crónicas villeras, La noche eterna), Paula de Luque (Cielo azul, Cielo Negro, codirigido con Sabrina Farji, Juan y Eva, Todas esas cosas), Paula Hernández (Herencia, Lluvia, Un amor), Inés de Oliveira Cézar (La entrega, Cómo pasan las horas, Extranjera, El recuento de los daños), aparecieron en el panorama cinematográfico con una impronta autoral única y precisa, nombres de un fenómeno que tal vez no tenga paralelismo en el mundo.
De esas camadas de nuevas directoras, Lucrecia Martel (La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza, Rey Muerto) se ha impuesto con su mirada lúcida sobre la realidad a partir de relatos sobre costumbres y usos, pero también con ambición de trascender su género adaptando, por ejemplo, la épica de Diego de Zama en Zama (2017), basada en la novela homónima de Antonio Di Benedetto, película por la cual ha vuelto a reafirmar su autoría y nombre.
“El gran conflicto y la gran pobreza que tiene el cine es que en estos cien años, en estos ciento y pico de años de existencia, ha sido un cine en manos de la clase media-alta blanca, en el mundo, al que han tenido muy poco acceso las mujeres y otras minorías; las mujeres no somos minoría, pero hemos tenido muy poco acceso, y ni hablar de grupos indígenas o directores indígenas, de la población negra”, afirma Martel.
“La incorporación de mujeres al cine es más rápida que la incorporación de otras clases sociales. El cine sigue siendo blanco y de clase media, como el turismo. Creo que el cine, sobre todo el que no tiene como única aspiración ser masivo, es una actividad riesgosa y muy agitada por las fluctuaciones del mercado y la tecnología. Eso significa una alta posibilidad de fracaso. En ese sentido me parece que las mujeres, por nuestra experiencia de estar lamentablemente en los márgenes del poder, estamos preparadas para fracasar. Y eso nos convierte en animales naturales para el cine. El riesgo no es algo que concebimos deportivamente. Es existencial. De modo que es inevitable que el cine más radical sea colonizado por nosotras. Ya verán. Como dijo Joslyn Barnes, sobrina de Djuna Barnes y coproductora de Zama, las mujeres fracasamos mejor”15.
Considerada en la actualidad como referente, su paso por festivales y premiaciones, y la profundidad de sus realizaciones, la han posicionado dentro y fuera del país como una directora única y una artista convocada por personalidades de otros campos, como, por ejemplo, la cantante y performer islandesa Björk.
“María Luisa Bemberg y Lucrecia Martel son dos personajes que, por distintos motivos, han sido muy importantes en mi carrera. Con María Luisa he tenido una vida más tranquila, más apacible, y con Lucrecia hemos tenido encuentros y desencuentros. Esos años en los que nos lanzamos con María Luisa con el descreimiento de todo el mundo a armar una productora y filmar cinco películas en una década, y algunas bastante complicadas de producción, fueron años en los que aprendí muchísimo, años que me llenan de mucha satisfacción”16, suma Stantic sobre dos directoras que han permanecido como estandartes en la realización cinematográfica local.
“Lucrecia Martel me parece que es de lo mejor del cine argentino que hemos tenido en muchísimas décadas. Mi sensación fue en Berlín y vi La ciénaga y me daba la impresión que fuera del cuadradito había un mundo, que estaba vivo, construía con tanto tejido. Además me encanta cómo trabaja el sonido y el lugar que le da en los rodajes y en la mezcla que muy pocos se lo dan. Eso te golpea en un lugar sensorial por este trabajo. Es alguien que logra películas muy vivas”, dice la realizadora Lucía Puenzo.
Una de las figuras relevantes, que ha logrado además desarrollar su carrera dentro y fuera del país, guionista, escritora de literatura y directora cinematográfica (Wakolda, XXY, El niño pez), heredera de una familia que ha mantenido el cine bien en alto.
“Yo escribía literatura y trabajaba como guionista en TV y cine; el cuento ‘Cinismo’17 lo leí desde que nació. Me enamoré y se lo pedí para escribir un guion pero para otro director. No estaba en mis planes dirigir. Cuando estaba buscando un director, apareció la beca de Cannes y la acepté. Ya había hecho un corto y estaba siempre en rodajes y lo dirigí con absoluta felicidad con el equipo de amigos que egresamos de ENERC y ninguno de los cabeza de equipo había hecho nada en largo y eso nos daba la sensación de estar haciendo un corto más”, reflexiona Puenzo sobre la experiencia de rodar XXY. Luego se sucederían El niño pez, Wakolda, la serie televisiva Cromo y La jauría, protagonizada por Daniela Vega (Una mujer fantástica), donde además ofició de showrunner.
En el último tiempo, y con la figura de estas directoras, otras han podido ejercer el rol con una mirada distinta del soporte, contando historias personales que a la vez pueden universalizar problemáticas.
Anahí Berneri, Sandra Gugliotta, Julia Solomonoff, Celina Murga, Natalia Smirnoff, Vera Fogwill, Ana Katz, Tamae Garateguy, Laura Citarella, Nele Wohlatz, Verónica Chen, Lucía Cedrón, Milagros Mumenthaler, Mónica Lairana, Florencia Percia, Majo Staffolani, etc., son solo algunos de los nombres que supieron forjar un camino en el universo de la realización.
Muchas de ellas lograron, tras estudiar y ponerse firmes en la concreción de su deseo, hacer carrera en el cine nacional, algo complicadísimo teniendo en cuenta costos, vaivenes económicos e intereses.
“Cuando empecé a interesarme seriamente por el cine (más como cinéfila que como cineasta), creía que el poder del cine era el de los sueños. En esa pantalla gigante, en esa oscuridad, en la calidad fotográfica estaba cifrada esa capacidad de transportarnos. Han pasado más de dos décadas. El cine y nuestra manera de verlo han cambiado radical, irreversiblemente. En muchos casos, pantallas gigantes han sido sustituidas por celulares. Entonces, es inevitable volver a preguntarse qué es el cine. Hoy mi respuesta es distinta. No es ya la magia de la imagen. Es el tiempo. Pero también el trabajo en el tiempo”18, dice Solomonoff (Nadie nos mira, El último verano de la Boyita).
En otros rubros también, como por ejemplo la dirección de fotografía, la carrera de una profesional como María Inés Teyssié (Tren Gaucho, La revelación, Potestad) ha doblegado una tarea que siempre había sido asignada a hombres.
En el 33 Festival Internacional de Cine de Mar Del Plata se decidió, una vez más, innovar al incorporar en el marco de la muestra el Primer Foro de Cine y Perspectiva de Género. Dato no menor es que por primera vez la muestra estuvo dirigida por una mujer, Cecilia Barrionuevo, quien hacía años se desempeñaba como programadora del Festival.
En las dos jornadas del foro participaron disertantes de diferentes espacios del cine (directoras, actrices, técnicas, productoras, periodistas, escritoras), como Lucrecia Martel, Calu Rivero, Muriel Santa Ana, Noemí Frenkel, Esther Díaz, Valérie Massadian, Julia Katherine, Florencia Etcheves, Marina Glezer, Camila Fanego, Silvana Di Francesco, entre otras, que expusieron ideas, compartieron conceptos, iluminaron a la audiencia con sus apreciaciones acerca del rol de la mujer y la necesidad del urgente cambio de paradigma e igualdad de condiciones.
El compromiso ha quedado plasmado en la Carta por la Inclusión y Paridad en el Cine, aquella que propone el 50/50 para el 2020. Por medio del documento, el Festival se compromete a compilar estadísticas desagregadas por género para disponer de datos fiables y reales sobre la presencia de proyectos liderados por mujeres, hacer pública la lista de miembros de los comités de selección y programación, y establecer un calendario de cambios en los órganos ejecutivos del festival para alcanzar la paridad en el actual período de mandato de dichas entidades.
En la misma línea, el INCAA sumó desde 2018 la Semana de Directoras Cinematográficas, impulsada también por la subgerenta de prensa y comunicación Mercedes Funes, y el por entonces vicepresidente de la entidad Fernando J. Lima (ambos estuvieron tras el foro del Festival): un espacio que repasa la producción cinematográfica realizada por mujeres, propone una revisión de películas actuales y, además, llama a la reflexión.
Durante la primera edición, la realizadora Sabrina Farji decía: “Les propongo que la próxima vez que se encuentren en un ámbito de trabajo observen cuántas mujeres hay en ese equipo, y de esas mujeres cuántas tienen roles de liderazgo o toma de decisiones… van a tener una idea de la disparidad”.
Esta demanda responde a un vacío en el espectro de muestras asociadas a la figura femenina, ya que, si bien desde 2012 se celebra el día del director audiovisual en el país, conmemorando la creación de Directores Argentinos Cinematográficos (DAC), con proyección de preestrenos con un precio simbólico en las salas, en dichas muestras, hasta la última de 2017, son contadas con los dedos las realizaciones que se exhiben dirigidas por mujeres.
De hecho, desde el INCAA organizaron un programa que se llama Gafas Violetas, que busca integrar la perspectiva de género en las diferentes áreas del instituto a través de una red de trabajo transversal que promueve acciones concretas. Pensado como espacio de formación continua en género y lenguaje audiovisual, propone una plataforma consultiva, de acción conjunta, y de asesoramiento técnico en materia audiovisual con perspectiva de género, así como un modelo de innovación en gestión pública para la promoción de buenas prácticas19.
Un reciente relevamiento informal del INCAA, en el que se revisaron las 1627 películas producidas en el período comprendido entre 2007/2017, arrojó que solamente 287 fueron dirigidas por mujeres, un 17,5 % sobre el total, con un pico de 24,5 % el año pasado, ya que de 220 películas, 54 fueron realizadas por mujeres. Desde este año la información de género, cruzada por la Gerencia de Fiscalización, será incluida en el anuario del INCAA como un indicador más para tener en cuenta.
El desafío ahora es grande, porque el cambio de paradigma llegó, y es hora de comprender que sin equidad de género la diversidad en el cine argentino no existe, y que sin la correcta toma de decisiones el trabajo y el espacio conquistado se diluye rápidamente.
“El machismo divide a los seres en inferiores o superiores según su sexo. Cuando el machismo no exista más, el feminismo no tendrá razón de ser. A la mayoría de los hombres los asusta tener una compañera de igual a igual”20, nuevamente nos invita a reflexionar Bemberg.
¿Existe un cine “femenino”, mujeres que hacen cine, o simplemente películas dirigidas por mujeres, en donde el género solo es una cuestión biológica y no determinante? El tiempo del cambio llegó y este volumen es la muestra de su fuerza.
1 La Nación, 19 de diciembre de 1986.
2 Revista PLATEA, número 32, 11 de noviembre de 1960.
3 Revista PLATEA, número 20, julio de 1960.
4 En Moira Soto, “La dama del celuloide”, Página/12, 9 de marzo de 2007.
5 En “En mi cine, las mujeres son transgresoras”, recopilación de frases en Página/12, martes 9 de mayo de 1995.
6 Revista Humor, número 80, abril de 1982.
7 Revista La Semana, 11 de febrero de 1982.
8 En Luis Trelles Plazaola, Cine y mujer en América Latina. Directoras de largometrajes de ficción, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1991.
9 Revista Humor, número 80, abril de 1982.
10 En “Crónica de una señora cineasta ‘La Bemberg’”, Revista La Nación, 27 de julio de 1986.
11 En Masimo Eseverri y Fernando Martín Peña, Lita Stantic. El cine es automóvil y poema, Eudeba, 2013.
12 Citado por Agustín Neifert en Cine. Desde las sombras hacia la luz, Bahía Blanca, 1998, pág. 48.
13 En Juan Batalla, “Directoras de cine argentinas, el prestigio y la vanguardia de la industria”, Infobae, 24 de enero de 2018.
14 En Paulina Bettendorff y Agustina Pérez Rial, Tránsitos de la mirada: mujeres que hacen cine, Libraria, 2014.
15 Revista Haciendo Cine, número 187, septiembre de 2017.
16 En Viviana Rangil, Otro punto de vista. Mujer y cine en la Argentina, Beatriz Viterbo Editora, Buenos Aires, 2005.
17 “Cinismo” fue escrito por Sergio Bizzio.
18 En Julia Solomonoff, Hermanas. El último verano de la Boyita. Scratch, Colección Guiones de Cine Argentino, Beatriz Viterbo Editora, Buenos Aires, 2014.
19 El material se puede consultar en http://www.incaa.gov.ar/wp-content/uploads/2019/01/CATALOGOGafasFebrero.pdf
20 Revista La Semana, 11 de febrero de 1982.
CAPÍTULO 2
Actrices, el cine de las estrellas
“Tita Merello no creó un personaje: fue el personaje el que la creó a ella (…) salió adelante en un mundo masculino y machista y se hizo respetar a la fuerza y triunfó donde otros solían fracasar”.
Ronald Melzer1
La historia de famosas inolvidables y populares en nuestro cine se puebla de actrices con personalidad contundente. Algunas encarnaron a la perfección el modelo de las divas del teléfono blanco. Otras quedaron atrapadas en el rol de mujeres fatales. Hubo un bando especialmente buscado de las ingenuas, heroínas blancas, dulces, tranquilizadoras. Algunas fueron geniales al cultivar el humor. Fueron cabeza de elenco, de compañías propias. Vivieron en un mundo donde las decisiones las tomaban los hombres, pero ellas se ganaron su lugar y plantaron bandera, con su fama lograron su porción de poder.
Tita, la arrabalera
En la gran tradición de las protagonistas femeninas, la figura de Tita Merello destaca por muchas razones. Por su longeva carrera, por independiente y por tomar iniciativas. Por plantarse en el mundo con una personalidad única, con una historia de vida que inspiró una obra de teatro que personificó Nacha Guevara, otra que interpretó Virginia Innocenti y una película que dirigió María Teresa Costantini.
De orígenes muy humildes, al punto que su madre la llevó a un asilo porque no tenía para darle de comer, boyerita en un campo con un trabajo prácticamente esclavo, analfabeta hasta la mayoría de edad, talló su carácter volcánico para poder sobrevivir y hacerse famosa.
A los 97 años, el 3 de diciembre de 2001, cuando ya vivía en la Fundación Favaloro, apareció por última vez en Canal 13, en un reportaje que le hizo quien escribe. La excusa era pedir ayuda para la fundación, luego del suicidio de su creador. Y ahí, un año antes de su muerte, vivaz y lúcida, dejó plasmadas algunas de sus sabias frases: “Me faltó un amor, me faltó haber tenido tal vez un hijo…”. “Los que recién llegan, los nuevos, que tengan paciencia, que la lucha es larga. Es como aquello de conservá la flauta que la serenata es larga...”. “La vida es dura, no es fácil… Por eso la mía fue una vida linda”. “¿Mi carácter? Es como tiene que ser todo carácter, desconfiá de los pasivos: son los que te encajan la puñalada. A mí se me conoce. Soy chinchuda, soy rebelde. Pero siempre tengo la mano en el bolsillo para dar. Eso es lo que cuenta…”. “¿Cómo me gustaría que me recuerden? Como a una actriz que no defraudó en su carrera. Cuando pisé por primera vez un escenario me echaron y yo les dije: no me voy a ir, voy a volver y volví…”.
Cuando terminó la entrevista, ya sentada en una silla de ruedas, le pidió a su asistente que la llevara a la calle para tomar sol. De su bolsito sacó un sombrerito de pescador y se lo puso con una acotación de puro recuerdo y emoción. “¿Sabés de quién era este sombrero? De Luis Sandrini…”. El hombre que fue el amor de su vida y la marcó a fuego durante tantos años, al que le escribió un tango y nunca olvidó. Por todo esto, y mucho más, su vida inspiró ficciones y una admiración indeleble.
Una lectura de sus actitudes la muestra en el centro de los derechos femeninos. Cuando llegó a la edad madura, en famosas apariciones televisivas abogaba para que todas se hicieran el Papanicolau, el estudio para detectar precozmente el cáncer cervicouterino. Contribuyó mucho a que las mujeres se apropiaran de su propio cuerpo para cuidarlo. Solía decir: “Al machismo no lo conozco, pero quien llegaba a mi vida y se ponía machista yo le daba el raje”.
Y por si fuera poco cuestionó y se impuso al modelo de belleza hegemónica de su época. Y aunque el amor por el hombre de su vida atravesó su mundo emotivo, también supo ejercer su libertad de deseo en una sociedad pacata e hipócrita.
Nació como Laura Ana Merello en San Telmo, en un conventillo, hija de un cochero, Santiago Merello, y de una planchadora, Anna Gianelli, que en ese momento era menor de edad. La muerte de su padre y la extrema pobreza impulsaron a su madre a una decisión que era común entre los olvidados de entonces, dejarla en un asilo para asegurarle el alimento.
Solo tenía diez años cuando la llevaron a trabajar al campo, supuestamente para mejorar su tuberculosis. En su libro autobiográfico, recuerda: “Trabajaba como un hombrecito entre los hombres. Pasaban los días, las noches y nunca un gesto de ternura”2.
Ya consagrada, con una mirada en su pasado, aseguró en un reportaje a Clarín: “Era una niña triste, pobre y además fea. Presentía que iba a seguir siéndolo siempre. Después descubrí que no hace falta ser bonita. Basta con parecerlo”.
Se reencontró con su madre años después, en Buenos Aires, pero ella estaba muy enferma y murió muy rápido. Empezó un camino difícil de actuaciones en tugurios y su encuentro con Eduardo Borrás la saca del analfabetismo a los 19 años, ya que él se preocupó por enseñarle a leer y escribir. Tita jamás pudo concurrir a una escuela.
Sigue un itinerario de vedette, de cantante y el reconocimiento de un estilo desenfadado, cómico y arrabalero, hermanado con Sofía Bozán, para el título del tango reo, pícaro, irónico y trasgresor. Esa marca distintiva la consagró como cantante antes de su llegada al cine por la puerta del famoso film Tango (1933). Dirigida por Luis Moglia Barth, ahí encabezaba el elenco con Azucena Maizani, Libertad Lamarque, Mercedes Simone, Alicia Vignoli. Era el 27 de abril de 1933, y el cine sonoro argentino daba su primer gran golpe, como lo definió Domingo Di Núbila: aunaba un argumento con letras tangueras, pero se animaba con algunos diálogos de sabor porteño.
Tita cantó “Yo soy así pa’l amor” y desató un conflicto cuando le dice a su enamorado que lo quiere “como a un amigo”. Entonó varios tangos, incluso uno propio, “Cantando”. Fue tal el éxito que el público concurría dos y tres veces a ver esta película, que se definió como “imán de multitudes”.
Después de este debut llegaron los títulos de una filmografía larga: Ídolos de radio (1933), Noches de Buenos Aires (1935), Así es el tango (1937), La fuga (1937), Ceniza al viento (1942), 27 millones (1942), Cinco rostros de mujer (1947, en México), Don Juan Tenorio (1949), La Historia del tango (1949), Morir en su ley (1949), Filomena Marturano (1950), Arrabalera (1950), Los isleros (1951), Vivir un instante (1951), Deshonra (1952), Guacho (1954), Mercado de Abasto (1955), Para vestir santos (1955), El amor nunca muere (1955), La morocha (1958), Amorina (1961), Los evadidos (1964), Ritmo nuevo, vieja ola (1964), La industria del matrimonio (1964), Los hipócritas (1964), ¡Esto es alegría! (1967), El andador (1967), ¡Viva la vida! (1964), La madre María (1974), El canto cuenta su historia (1976), Los miedos (1980) y Las barras bravas (1985).
Identificada con el peronismo, con el golpe militar de 1955 fue proscripta. Tuvo que alejarse del cine, del teatro, de la radio. Intentó volver a México, pero no logró acomodarse a un ambiente que era muy distinto del que conoció cuando viajó con Sandrini. Fue en los años sesenta cuando reapareció con todo su esplendor en Amorina, dirigida por Hugo del Carril.
Ya instalada en televisión aseguraba: “Necesito hablarles a las mujeres, obligarlas a que no duerman la siesta, porque la siesta engorda y envejece”. Aquí también dejamos otras de sus frases y testimonios emblemáticos: “Soy una tremenda pecadora, porque fui una buscadora del amor. No me daba cuenta de que el amor no se busca, se encuentra”; “A los 19 yo ya sabía lo que era la vida, sobre todo porque a esa altura ya se me habían destruido unos cuantos sueños”; “Creo en los santos porque nunca me han prometido nada y no me han mentido”; “Poca cosa hace falta para que el corazón de una mujer se encoja y quepa en una cajita de fósforos”.
Sin duda, una verdadera “mujer de fuego” que encendió llamaradas de independencia a los codazos, con poca ayuda y mucho fervor.
Zully Moreno, la Greta Garbo local
En las antípodas de Tita Merello, Zully Moreno es la figura de una verdadera diva al estilo hollywoodense que paseó su éxito por el mundo. Hermosa rubia platinada de cejas finitas y ojos entrecerrados logró llegar a los protagónicos a la medida de sus sueños de Villa Ballester.
Medía un metro setenta y dos, y aunque al principio lucía un poco gordita y desgarbada, se impuso un refinamiento con resultados de diva.
Elegante y misteriosa, conocedora de la moda, en su época de esplendor se compraba de su bolsillo un vestuario y joyas inaccesibles para cualquier presupuesto. Dotada para la comedia, fue en el melodrama y el drama donde imprimió su impronta de estrella poderosa en los años del cine nacional, y se preocupó especialmente para mejorar como actriz.
También su propia historia es digna de una película, con todos los matices. Un comienzo duro, el ascenso, la fama, el exilio, el dolor, la depresión y un retiro prematuro que cimentó aún más su leyenda. Solo tenía 39 años cuando desapareció de la vida pública.
Nació en Villa Ballester el 17 de octubre de 1920. Pero la infancia sin preocupaciones terminó cuando murieron su padre y su hermano mayor. Apenas pudo, trabajó para aportar al presupuesto familiar.
En esos comienzos en una tienda donde trabajaba con un famoso vestuarista, Ramón Both Deles, y en sus primeros pasos en el cine como extra llegaron las inevitables humillaciones: la criticaban por su altura y decían que no podía dedicarse al cine porque no entraba en cuadro y que era mucho mejor para las tareas domésticas. Los comentarios despreciativos para la figura de la mujer existieron siempre.
Cuenta la leyenda que quien reparó en ella fue Niní Marshall, una suerte de madrina artística, cuando hacía de extra en Cándida. Le pidió al director un primer plano para agregar belleza a la producción. Así fue como comenzó una carrera ascendente en la que demostró que sabía no solo de moda (introdujo a Horace Lannes al mundo del cine), sino también de iluminación.
Cuando se enamora de Luis César Amadori armaron un equipo de igual a igual, realmente imparable. Se casaron y llegó el éxito de Dios se lo pague, el primer film argentino en ser elegido para optar por un Óscar como el mejor film extranjero, de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.
La película se exhibió en Londres y Nueva York y marcó la entrada de la dupla a Argentina Sono Film, que terminó siendo de su propiedad. Después rodó muchos films: De México llegó el amor (1940), Por la luz de una estrella (1941), Orquesta de señoritas (1941), Los martes orquídeas (1941), Papá tiene novia (1941), Cuento de crímenes (1942), Fantasmas en Buenos Aires (1942), El pijama de Adán (1942), Un ángel vino del cielo (1942), El profesor cero (1943), En el último piso (1943), Apasionadamente (1945), Stella (1945), Su hermana menor (1945), Cristina (1946), Dos ángeles y un pecador (1946), Celos (1947), La gata (1947), Nunca te diré adiós (1947), el punto de inflexión con Dios se lo pague (1948), La trampa (1949), Nacha Regules (1950), Tierra baja (1951), Pecado (1951), María Montecristo (1951), Los no deseados (1951), La mujer de las camelias (1953 que ganó un Golden Globe), La dama del mar (1954), La calle del pecado (1954), El barro humano (1955), El amor nunca muere (1957), Madrugada (en 1957, por el que ganó un Goya), Amor Prohibido (1958), La noche y el alba (1958), Una gran señora (1959) y El fraude fabuloso (1960).
Con la caída de Perón, Zully Moreno se exilió con su marido en España. Ella siguió filmando, recibió premios y ofertas para trabajar con los actores más famosos del momento, como con Vittorio Gassman, pero no las aceptó. Regresó a nuestro país en 1970; un año más tarde fallece el hombre de su vida y la depresión en la que se sumerge por ese dolor fue terrible.
No volvió a trabajar como actriz. Apareció por última vez en público en el teatro Maipo, de su propiedad, espléndida y lejana en un palco, siempre inalcanzable. Fueron breves minutos durante los aplausos del final de función de una obra. Todas las miradas convergieron en esa mujer vestida con trajecito blanco, tan acorde con su misterioso perfil bajo.
Niní Marshall, la dueña del humor
Niní fue una marca registrada del humor en el cine argentino. Una mujer que con una enorme capacidad de observación creó personajes inolvidables; escribía también sus propios libretos con un trabajo minucioso en los detalles y una capacidad de retratar a toda una sociedad que había bajado de los barcos para instalarse en nuestro país o a quienes decían ostentar orígenes autóctonos de clase. La agudeza y el toque de ternura transformaban a sus criaturas en aceptables y singulares.
La galería de personajes incluye a Cándida, Catita, el Mingo (hermano de Catita), la bella Loli, doña Pola, la niña Jovita, Mónica (la señora bien orgullosa de sus orígenes), creaciones que luego llegaron al teatro y a la tele en su inolvidable show “Y se nos fue de repente”. Aceptadas y festejadas hasta 1943, cuando fue cuestionada y censurada en la presidencia de facto de Pedro Pablo Ramírez “por deformar la lengua e influir en el pueblo que no tiene capacidad de discernir”. No se la volvió a escuchar en la radio hasta 1954.
Cuando llegó la oportunidad de llevar sus creaciones al cine, Niní dudó mucho y contó en una entrevista: “Yo no quería hacer cine ni a cañón, porque tenía miedo de que el prestigio que había conseguido en la radio se echara a perder con mi imagen. Imagínense, salgo yo, petisita, feúcha…”.
Por suerte sus miedos fueron infundados. Marina Esther Traverso, su verdadero nombre, tenía el recelo de lo conseguido con mucho esfuerzo: huérfana de padre muy chica, la menor de seis hermanos en un hogar de clase media, trabajó mucho para conseguir su lugar en el mundo radial.
Periodista primero, redactora publicitaria después, se casó primero con un ingeniero ruso con el que tuvo a su única hija, Angelita; su matrimonio naufragó cuando el marido perdió todos sus bienes en el casino. Por eso fue recién a los 29 años que se vio obligada a trabajar y a transformarse en una mujer independiente.
Fue su manera de ser, tímida socialmente, un rasgo que se profundizó con los años, pero al mismo tiempo era profundamente payasa, tanto en los recreos del colegio como en su vida social. En los momentos de distensión imitaba a todo el mundo. Después de presentarse a varios concursos y ganar uno como cantante, alguien la pescó haciendo humor y ese fue su pasaporte a la ficción y el protagonismo.
Su segundo matrimonio, con Marcelo Salcedo, la ayudó a definir su nombre profesional, una mezcla de “Mar” por el nombre y “Sal” por el apellido (y unos agregados después por errores de impresión en sus notas).
Cuando llegó al cine, esta mujer creativa, una suerte de Lucille Ball de nuestras tierras, si bien no escribía los guiones, tenía la potestad de cambiar todas las líneas de diálogo de sus personajes, y otra leyenda asegura que su ojo inteligente y entrenado era de “ayuda” innegable para los directores.
Filmó durante 50 años 38 películas, 28 en Argentina, nueve en México y una en España. Entre nosotros filmó Mujeres que trabajan (1938), Divorcio en Montevideo (1939), Cándida (1939), Casamiento en Buenos Aires (1940), Los celos de Cándida (1940), Hay que educar a Niní (1940), Luna de miel en Río (1940), Yo quiero ser bataclana (1941), Orquesta de señoritas (1941), Cándida millonaria (1941), La mentirosa (1942), Cándida, la mujer del año (1943), Carmen (1943), Madame Sans Gene (1945), Mosquita muerta (1946), Santa Cándida (1945), Una mujer sin cabeza (1947).
Luego continuó con Buenos Aires canta (1947), Navidad de los pobres (1947), Porteña de corazón (1948), Mujeres que bailan (1949), Catita es una dama (1956), Cleopatra era Cándida (1964), Escándalo en la familia (1967), Ya tiene comisario el pueblo (1967), La novela de un joven pobre (1968), Vamos a soñar con el amor (1971) y ¡Qué linda es mi familia! (1980).
Teniendo en cuenta la cronología de sus películas, se advierte que en 1950 sufre una segunda censura. Los rumores de la época aseguran que en una fiesta imitó brevemente a Eva Perón, por entonces primera dama. Una de las testigos fue Fanny Navarro, la amante de Juan Duarte. Según Clarín, en una investigación de Florencia Werchowsky, la supuesta burla provocó que la actriz no pudiese filmar en nuestro país hasta 1952.
Niní conoció enormes éxitos, unos pocos fracasos, y quedó en la memoria popular como la propietaria de la risa. Aún hoy sus films conservan una gracia inocente pero innegable. Mujer poderosa a fuerza de talento. Inimitable.
Libertad Lamarque, la reina del melodrama
Según Ricardo Manetti, Libertad Lamarque supo, en su larga carrera cinematográfica, “entender el deseo de los espectadores, erigirse en mujer a quien los inconvenientes definitivos no consiguen sepultar, en ama de casa y en mujer casadera, en hermana, en hija y en madre. Supo derrochar simpatía y bañar en lágrimas las mejillas de sus maridos, novios e hijos de ficción. En la cinematografía mexicana, exigió personajes de buena mujer, con dignidad, sin la altivez esquiva de la divas aztecas”.
Menuda, dueña de una voz que le dio fama rotunda en todo el continente, aunque un “poco aflautada” según su autocrítica, fue una diva indiscutida. “La novia de América” cuando se estaba a años luz de figuras del entretenimiento en términos globales. Fue su papá quien impulsó su carrera. En realidad, la vida de Lamarque también da para un argumento excepcional de cualquier película de su estilo.
Su padre, que la bautizó con ese nombre por ser anarquista, era un hojalatero que se casó con doña Pepa, una viuda varios años mayor y con siete hijos. Con ella tuvo a la futura famosa: primero como cantante y luego consagrada como actriz. En su autobiografía recuerda esos tiempos en que se compraba ropa de segunda mano para guardar las apariencias lujosas en una sociedad que le daba al aspecto un valor superlativo.
Lamarque se casó antes de la mayoría de edad con Emilio Romero, un apuntador del teatro Smart. Y tuvieron una hija, Mirtha. Un confuso episodio dio por terminado el matrimonio cuando la cantante y actriz se cayó desde el balcón del dormitorio de un hotel en Chile en el medio de una gira, según lo cuenta ella en un intento de fuga mezclado con ganas de suicidarse. Otro episodio envuelto en aires de folletín ocurrió cuando debió rescatar a su hija en Montevideo porque su exesposo la había literalmente raptado. Fue su segundo marido, el director de orquesta Alfredo Malerba, su gran compañero.
Asociada para siempre con el supuesto cachetazo que le dio a Eva Duarte durante la filmación de La cabalgata del circo (1945), ella lo desmentía empeñosamente cada vez que se lo preguntaban. Y así lo publicó en su autobiografía. Pero la enemistad existió. Porque Libertad estaba disgustada con los supuestos beneficios de los que gozaba la dama joven del film, como llegadas tarde y la suspensión de filmaciones con todo preparado para rodar. Lamarque los enumera uno por uno y también confiesa que en dos oportunidades Eva Duarte le pidió ser invitada a tomar el té a su casa, porque quería ser su amiga, y ella no quiso saber nada. Ante testigos. Lo cierto es que la Lamarque se fue a México en aquellos años y prosiguió una carrera internacional que siguió prácticamente hasta su muerte.
Esta es su filmografía: ¡Tango! (1933), El alma del bandoneón (1935), Ayúdame a vivir (1936), Besos brujos (1937), La ley que olvidaron (1938), Madreselva (1938), Puerta cerrada (1939), Caminito de gloria (1939), La casa del recuerdo (1940), Cita en la frontera (1940), Yo conocí a esa mujer (1942), Una vez en la vida (1942), En el viejo Buenos Aires (1942), Eclipse de sol (1943), El fin de la noche (1944), La cabalgata del circo (1945), Romance musical (1947), Gran casino (1947), Soledad (1947), La dama del velo (1949), Otra primavera (1950), Huellas del pasado (1950), La marquesa del barrio (1951), La mujer sin lágrimas (1951), La loca (1952), Te sigo esperando (1952), Mi campeón (1952), Rostros olvidados (1952), Acuérdate de vivir (1953), Nunca es tarde para amar (1953), Ansiedad (1953), Reportaje (1953), La infame (1954), Cuando me vaya (1954).
Continuó con Si volvieras a mí (1954), La mujer X (1955), Historia de un amor (1956), Bodas de oro (1956), Bambalinas (1957), La mujer que no tuvo infancia (1957), Cuatro capas (1958), Sabrás que te quiero (1958), Mis padres se divorcian (1959), Yo pecador (1959), La cigüeña dijo sí (1960), Creo en ti (1960), Amor en la sombra (1960), Bello recuerdo (1961), El pecado de una madre (1962), El cielo y la tierra (1962), La canción del alma (1964), Canta mi corazón (1965), Los hijos que soñé (1965), Arrullo de Dios (1967), El hijo pródigo (1969), Esmeralda (1970), Rosas blancas para mi hermana negra (1970), La sonrisa de mamá (1972), Negro es un bello color (1974), La loca de los milagros (1975) y La mamá de la novia (1978). Su carrera continuó en televisión con participaciones especiales en telenovelas que la mantuvieron vigente hasta sus últimos días siempre en papeles de buenas mujeres sufridas.
Coca Sarli, la imagen del deseo
Una anécdota pinta la importancia internacional de esta actriz argentina que, en sociedad con Armando Bo, como estrella y director, desarrolló un cine de contenido erótico que en ese tiempo fue despreciado en la Argentina, pero de un éxito fenomenal en el mundo y mucho tiempo después revalorizado. En la edición número 20 del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI), el legendario director John Waters (el mismo de Pink Flamingos, Polyester, Hairspray) fue el invitado estrella. Creador políticamente incorrecto, pionero en la defensa de la diversidad cultural y crítico del establishment, sin dudas un referente del cine independiente, es además un ferviente admirador de Isabel “Coca” Sarli. Ya en Buenos Aires para participar de la muestra, no quiso perderse la oportunidad de conocer a la actriz. Ese encuentro quedó registrado en un video que se exhibió al público antes de la presentación del film Fuego.
Pero la historia de su protagonista, única en su tipo, habla de sencillez, timidez y entrega. Esa mujer abierta y adorable, sensual y deseada al mismo tiempo, que nació de una pareja no unida en los papeles, que sufrió la pérdida de su hermanito de pocos años y la desaparición de su padre biológico, luchó aunada a su madre para conseguir sobrevivir.
Alguna vez confesó en un reportaje de Radiolandia que su fantasía era tener una habitación forrada de fiambre: es que las privaciones se hicieron sentir cuando era chica. Su padre reapareció con el éxito de su hija, pero ella esquivó todo contacto.
Ya adolescente y dueña de una gran belleza en tiempos en los que el bisturí no intervenía, estudió para ser una secretaria perfecta y su dominio del inglés iba a resultarle fundamental en su vida. Tuvo un primer matrimonio breve con Ralph Jurgen Heinien, que duró menos de un año. Y después, cuando se consagró como Miss Argentina, conoció al amor de su vida: su socio creativo, Armando Bo. Él la llevaría a protagonizar El trueno entre las hojas, con el primer desnudo frontal del cine argentino (alguna vez Isabel contó que Armando Bo la engañó y la hizo nadar para la escena, asegurándole que solo haría tomas lejanas).
Desde ese momento hasta la muerte del realizador hicieron una vida y una carrera juntos. Lucharon contra la censura, en una sentada en Plaza de Mayo, y contra la pacatería de la época. Pero sus estrenos eran acontecimientos masivos e increíbles, con gente enloquecida por verla de cerca.
“Se puede entender el fenómeno Sarli (…) sin nunca desentenderse del contexto histórico que los produjo. Sarli era fruto prohibido, la mujer imponente e inquietante que surgía en El trueno entre las hojas y que mantendría un reinado de más de una década en ese ente inasible llamado imaginario popular”, analiza Diego Lerer en Clarín3.
La sensación Sarli-Bo pasó rápidamente las fronteras de nuestro país: esa mujer de medidas perfectas era una diosa que seducía al mundo. Su foto tamaño natural puede encontrarse en un restorán de Italia, sus películas aún hoy se repiten en los circuitos eróticos, o directamente son valorizadas con una mirada actual lejos de los prejuicios, por las cabezas más abiertas y divertidas.
Isabel Sarli fue en cine una mujer y en su vida, otra. Pero consciente de su poder. Ese amor por Armando Bo solo se cortó con la muerte. Con él nunca firmó ningún contrato, pero por su conocimiento del inglés ella era la que firmaba todos los papeles en el exterior que la acreditaban como socia del director, un detalle fundamental a la hora de que le fueran reconocidos sus derechos.
Armando Bo nunca se separó de su mujer legal. Isabel y su esposa aceptaron la relación, al igual que los hijos de Armando. Víctor trabajó con ellos, las hijas le encargaban a Isabel compras en el exterior que ella cumplía religiosamente. Todo un toque de modernidad en materia de acuerdos.
Por un lado, era la mujer que se plantaba junto a su pareja para luchar contra la censura, la que le podía pegar un cachetazo a un cura espantado que la trataba como el demonio personificado. Por otro lado, era la mujer sencilla, la que armó su familia con sus dos hijos adoptivos, la que vive en su mansión con sus muchos animalitos. Supo tener un ciervito al que le ponía cinta manillar en la terminación de cada cornamenta para que no lastimara. Había armado un microcine en su garaje donde le pasaba a su madre sus películas, cortando sus desnudos (es que cuando doña María Elena Sarli vio la primera película, la tomó tan de sorpresa que le dio a su hija una golpiza memorable).
Salvo cuatro películas, Setenta veces siete (1961) que filmó con Leopoldo Torre Nilsson, La diosa virgen (1973) con Dick de Villiers, La dama regresa (1966) con Jorge Polaco, con quien hizo también una participación en Arroz con leche, y Mis días con gloria, de Juan José Jusid, el resto de sus films lo hizo con Armando Bo como director: El trueno entre las hojas (1957), Sabaleros (1959), India (1959), Y el demonio creó a los hombres (1960), Favela (1961), La barrerita de Ipacaraí (1962), La diosa impura (1963), Lujuria tropical (1963), La leona (1964), La mujer del zapatero (1965), Los días calientes (1966), Mujer y tentación (1966), La señora del intendente (1967), La mujer de mi padre (1967), Carne (1968), Desnuda en la arena (1969), Fuego (1969), Embrujada (1969) y Éxtasis tropical (1970). Al año siguiente llegó Fiebre (1971), después, Intimidades de una prostituta (1972), Verano ardiente (1973), La diosa virgen (1974), Una mariposa en la noche (1979), El último amor en Tierra del Fuego (1979), Una viuda descocada (1980) y La viuda insaciable (1984).
Según Elena Goity en La Nación, “los que defendieron todo el cuerpo cinematográfico de la pareja Sarli-Bo lo hicieron desde una postura camp y posmoderna, consideraron meritoriamente la absoluta libertad creativa, fruto de la total ausencia de prejuicios”.
Isabel Sarli, la mujer que pobló las fantasías eróticas de millones, fue y es una señora plantada en el mundo para desafiar lo que sea.
Nuestras actrices
En esta larga tradición del protagonismo femenino, nuestra historia y nuestro presente cinematográfico es variado, rico, con personalidades excepcionales vigentes y recuerdos imborrables. Desde las pioneras en los albores de nuestro cine Orfilia Rico, María Padín y Camila Quiroga, por solo nombrar algunas.
En este repertorio nos encontramos con adorables heroínas blancas, puras como las incomparables María Duval de las comedias familiares de los años cuarenta (Su primer baile, La novia de primavera, Cada hogar es un mundo, Los chicos crecen) o como Delia Garcés (La maestrita de los obreros, La dama duende, Malambo), o personalidades como Mecha Ortiz, que se caracterizó por encarnar a mujeres fuertes, independientes, una de las figuras relevantes de la época de oro del cine argentino, con películas audaces como Safo, historia de una pasión, Madame Bovary, La rubia Mireya, Deshonra, Vidas marcadas, El gran secreto, El canto del cisne. Otra gran actriz, Amelia Bence, la de los ojos increíbles, famosa por El tercer beso, Lauracha, A sangre fría, La danza del fuego. Desde su participación en La guerra gaucha, Los ojos más lindos del mundo, Todo un hombre, tuvo una vida larga, premiada, de gran trayectoria en el teatro con giras internacionales.
Fanny Navarro, la de los policiales negros, con temáticas fuertes e innovadoras para la época: Morir en su ley, Marihuana, Suburbio, Deshonra. Su vinculación con el peronismo y su romance con Juan Duarte le valieron crueldades, olvidos, locura; destino trágico que inspiró documentales, investigaciones, obras.
Ana María Lynch (Los invictos, La suerte llama tres veces, La bestia humana, La Quintrala): una mujer bella y fuerte, con una historia amorosa tormentosa con Hugo del Carril, que luego emigró a Estados Unidos. Casada con el director Hall Bartlett, y con el nombre de Ana St. Clair intervino en dos filmes dirigidos por su esposo.
La gran tradición de mujeres cómicas, protagonistas de comedias exitosas, como Olinda Bozán, Paulina Singerman, Leonor Rinaldi. Matronas inolvidables como Amalia Sánchez Ariño. Grandes nombres como Julia Sandoval, Alba Mujica, Eva Franco, Nelly Panizza. Figuras que surgieron a veces en contraposición a otras, como Laura Hidalgo, la hermosa morocha rival de Zully Moreno, o Libertad Leblanc como la platinada frente a Isabel Sarli.
Y la audacia inolvidable de una Olga Zubarry cuando fue la protagonista de El ángel desnudo, de 1946, en el que se veía su espalda desnuda, toda una novedad para la época. Trabajó en el cine argentino hasta 1997, cuando se retiró y dejó films inolvidables como Los pulpos, Hijo de hombre, El extraño caso del hombre y la bestia, Marianela, El vampiro negro.
Imposible olvidar a las llamadas tres ingenuas jóvenes Elsa Daniel, Gilda Lousek y la de la trayectoria siempre reinventada, Graciela Borges. Elsa conquistó el estrellato como la ingenua en films de Leopoldo Torre Nilsson como La casa del ángel, La caída y La mano en la trampa. Su recordado trabajo con Leonardo Favio en El romance del Aniceto y la Francisca; y Los inconstantes y Ufa con el sexo, con Rodolfo Kuhn. Gilda Lousek, la de Los tallos amargos, con Fernando Ayala, o Una cita con la vida de Hugo del Carril. De todas ellas, Graciela Borges es la más vigente y prolífica. Considerada una primera dama del cine nacional, es reconocida y premiada en festivales nacionales e internacionales. Debutó en Una cita con la vida con Hugo del Carril, fue la musa de Torre Nilsson (Fin de fiesta, Piel de verano), la elegida por Raúl de la Torre (Pobre mariposa, Pubis angelical, El infierno tan temido), protagonista del último film de Juan José Campanella (El cuento de las comadrejas) y tiene una actuación especial en La quietud de Pablo Trapero. Elegida por Lucrecia Martel para La ciénaga. La trayectoria es larga; y posee un rostro único, emblemático.
Mirtha Legrand es otra de las protagonistas insoslayables. Hizo 36 películas. Entre ellas, Los martes orquídeas, La pequeña señora de Pérez, La vendedora de fantasías, La de los ojos color del tiempo, En la ardiente oscuridad, La patota, Bajo un mismo rostro, Con gusto a rabia.
Muchos nombres de protagonistas fuertes e inolvidables como Susú Pecoraro y su Camila; Luisina Brando (Boquitas pintadas, Juan que reía, Piedra libre, Señora de nadie, Darse cuenta, Miss Mary), Graciela Dufau (Los jóvenes viejos, Nadie oyó gritar a Cecilio Fuentes, Momentos, La isla, Volver), Martha González (Boquitas pintadas, El pibe cabeza), Leonor Benedetto (Rosa de lejos, Atrapadas, Las lobas, Lola Mora), Thelma Biral (La maffia, Los siete locos, El muerto, El juguete rabioso).
Cecilia Roth (Un lugar en el mundo, Vidas privadas, El ángel, Matrimonio, Una noche con Sabrina Love), Marilú Marini (Los que aman odian, Tigre, El eslabón podrido, Mientras tanto, Solo, Nocturna), Verónica Llinás (La mujer de los perros, Cerro Bayo, Pájaros volando, La flor, Rapado), Julieta Zylberberg (All inclusive, Aire, El rey del Once, La mirada invisible, Mi amiga del parque, Extraños en la noche, Las olas), Natalia Oreiro (Wakolda, Infancia Clandestina, Gilda. No me arrepiento de este amor, Re loca, Mi primera boda, Miss Tacuarembó), Valeria Bertucelli (Me casé con un boludo, Viudas, Hermanas, La reina del miedo, XXY, La suerte en tus manos), Dolores Fonzi (La patota, La cordillera, El futuro que viene, El aura, El crítico, Distancia de rescate, La misma sangre), Érica Rivas (Antes del estreno, Bruja, La cordillera, La luz incidente, Relatos salvajes, Pistas para volver a casa), Julieta Díaz (Refugiado, No soy tu mami, Juan y Eva, Dos más dos, El fútbol o yo), Eleonora Wexler (Fuego gris, El dedo en la llaga, Amateur, Pensando en él) supieron consolidarse y encabezar proyectos.
Norma Aleandro, recordada para siempre por su trabajo en La historia oficial y ese Óscar que ella misma anunció para el mundo. Con películas tan inolvidables como Sol de otoño, Cama adentro, El hijo de la novia, Cien veces no debo, Los siete locos, No toquen a la nena, entre otras, y algunas participaciones en producciones extranjeras como Los residentes, El sabor de la infidelidad, La guerra de un solo hombre y Gaby, una historia verdadera (por su interpretación fue nominada al Óscar como Mejor Actriz de Reparto).
Mercedes Morán, una de las más solicitadas, que en un año puede estrenar hasta cuatro películas argentinas (El ángel, Sueño Florianópolis, El amor menos pensado, Familia sumergida) interpretando roles completamente diferentes entre sí. Maracaibo, Betibú, Los Marziano, Cara de queso, Luna de Avellaneda, La niña santa, La ciénaga son también hitos de su larga trayectoria.
Algunas, luego, se animarían a dirigir, como Valeria Bertuccelli (La reina del miedo), Verónica Llinás (La mujer de los perros), María Alché (Familia sumergida), Mónica Lairana (La cama), Ana Katz (Sueño Florianópolis), Vera Fogwill (Las mantenidas sin sueños), Camila Toker (La muerte de Marga Maier), Victoria Carreras (Merello x Carreras), Jazmín Stuart (Pistas para volver a casa, Desmadre, Recreo), entre otras.
Protagonistas en una gran tradición del cine argentino. Presentes en el recuerdo. Vigentes. Las actrices argentinas han demostrado a fuerza de talento y pasión por qué son tan requeridas por el cine local y extranjero.
1 En Colección especial “Ídolos del Espectáculo Argentino” de Clarín.
2 En autobiografía La Calle y Yo.
3 En Colección especial “Ídolos del Espectáculo Argentino” de Clarín.
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