Kitabı oku: «La hija oculta»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1998 Catherine Spencer

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La hija oculta, n.º 1062 - enero 2021

Título original: The Secret Daughter

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-102-3

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

TANYA sacó la invitación arrugada de la papelera, donde Imogen la había tirado, la alisó y dijo:

–¿Qué quieres decir con eso de que vas a escribir diciendo que no vas? La directora del instituto se va a jubilar y tu pueblo natal celebra su centenario. Es una oportunidad caída del cielo.

–¿Para hacer qué? –Imogen ni se molestó en levantar la cabeza del diseño en el que estaba trabajando para las ventanas de la señora Lynch-Carter.

–Pues para hacer las paces con tu madre. ¿O vas a esperar a que se muera para reconciliarte con ella? Porque si eso es lo que vas a hacer, te aseguro que vas a tener sentimiento de culpa durante el resto de tu vida.

–Si mi madre quiere verme, Tanya, sabe dónde vivo.

–Pero tú fuiste la que dijiste que no ibas a volver a su casa nunca más. Yo creo que tienes que ser tú la que dé el primer paso –Tanya adoptó un tono convincente, el mismo que utilizaba para dirigirse a los clientes que pensaban que el dinero y el buen gusto iban parejos de la mano–. Enfréntate a ello, Imogen. Te duele tener desavenencias con tu madre. Y seguro que a ella también.

–Lo dudo –respondió Imogen, recordando la rapidez con la que Suzanne Palmer la había echado del pueblo e incluso del país cuando supo que su hija había caído en desgracia–. Cuando más la necesitaba, mi madre me abandonó.

–¿Y te sientes mejor castigándola por ello? –insistió Tanya–. ¿Nunca has pensado que a lo mejor está arrepentida y que quiere reconocer su error? Si esperas más tiempo, puede ser demasiado tarde para rectificar. Hazlo ahora mientras puedes, ése es mi consejo.

A decir verdad, Imogen había pensado lo mismo muchas veces. Últimamente, echaba mucho de menos a su madre. Tener a alguien que quisiera manejar todo lo que hacías en la vida era mejor que no tener a nadie.

¿Podrían empezar una nueva relación, no como madre hija, sino como dos adultos que se respetan? La adolescente con problemas, que no supo dónde acudir, se había convertido en una mujer de veintisiete años, independiente. ¿Debería comerse su orgullo y tender una ramita de olivo?

–Es viuda y tú eres la única persona que tiene en este mundo –insistió Tanya.

La sola idea de imaginarse a Suzanne vieja le pareció ridícula. Seguro que su madre no se lo había permitido a sí misma. Habría hecho cualquier cosa, antes que someterse al paso del tiempo. Ya tenía sesenta años.

Notando que estaba ganando la batalla, Tanya intentó aprovecharse.

–Si lo que estás buscando es una excusa, ésta es una buena –le dijo, señalando la invitación–. ¿Qué mejor razón para ir a verla y decirle que pasabas por allí y decidiste visitarla, para ver qué tal le iban las cosas?

–Mi madre no es tonta, Tanya. Se dará cuenta de que es mentira.

–¿Y qué más da si se da cuenta? A veces una mentira piadosa es lo mejor, en especial si con ello se evita tener que restregarle a uno por las narices los errores que cometió en el pasado.

Visto de esa manera, le pareció un gesto de inmadurez no aprovechar la ocasión para poner fin a aquel distanciamiento. A Imogen le gustaba pensar que, durante todos los años que habían pasado desde que Joe Donnelly había entrado y salido de su vida, con el mismo impacto que causa un meteoro surcando el espacio, había madurado lo suficiente como para enfrentarse a lo que se tuviera que enfrentar, sin derrumbarse en el proceso.

Sin embargo, volver a Rosemont implicaba muchas más cosas que tener que enfrentarse a su madre.

–Claro que, si hay otra persona allí a la que temas ver, a lo mejor…

La sonrisa tan sagaz que Tanya le dirigió, dio en el blanco. Poniéndose a la defensiva, Imogen le preguntó:

–¿Quién?

–A mí se me viene a la mente Joe Donnelly, por ejemplo.

–No sé por qué. Llevo años sin pensar en él.

Tanya era una mujer alta y delgada, muy guapa y sofisticada, con cultura y muy agraciada. Pero, sin embargo, no pudo evitar gritarle, como si fuera una niña:

–¡Mentirosa, mentirosa, mentirosa!

Lo peor de todo era que tenía razón. Si tenía que ser franca, tendría que admitir que nunca había podido olvidar a Joe Donnelly. Y no era porque no lo hubiera intentado. A veces casi lo había logrado. Semanas, incluso meses, pasaban sin que se acordara de él, en especial cuando estaba realizando algún proyecto. Ayudar a un cliente a decidir entre mármol o pintura sintética para las paredes no eran situaciones muy evocadoras.

Pero cuando salía con algún amigo, no podía evitar compararlo con un rebelde de pelo negro, y una sonrisa tan varonil y peligrosa que incluso podría pervertir a un santo.

Lo más probable sin embargo sería que en los nueve años que había pasado sin verlo se hubiera convertido en un señor con barriga, que habría perdido el pelo como su padre.

–Por tu silencio, puedo decir que he tocado la fibra sensible –comentó Tanya.

–En absoluto.

–¡No me digas eso, Imogen! Todavía estás colgada de ese tipo. Admítelo.

–Me acuerdo de él, por supuesto –dijo Imogen, intentando ser objetiva–. Pero de eso a decir que estoy colgada de él va un abismo. La última vez que lo vi, tenía dieciocho años recién cumplidos y acababa de salir del colegio. Era una niña que se encaprichó de un hombre que parecía atractivo, porque era unos años mayor que yo, y tenía cierta reputación en el pueblo. He madurado desde entonces.

–Una mujer nunca pierde su fascinación por el hombre que le enseña a amar.

–Yo sí.

–Entonces no hay razón para que no vayas a tu casa, ¿no?

–Ninguna –le dijo Imogen, con el mismo orgullo que la había mantenido alejada de su madre.

–Y dado que eres tan madura, podrías ir a ver a tu madre y hacer las paces.

¿Por qué no? Imogen mordió el extremo de su lápiz y se quedó pensando en ello. Volver a casa suponía tener que volver a vivir algunos momentos dolorosos de su pasado, pero ya era hora de enterrar los fantasmas que habían estado acosándola durante años. Lo importante era ser selectiva en sus recuerdos, centrase sólo en la relación con su madre y no ponerse a pensar en arrepentimientos inútiles sobre un hombre que seguramente no había vuelto a pensar en ella.

Si lograba tener eso presente y controlaba sus emociones, nada podía salir mal. O al menos eso esperaba.

–Está bien, me has convencido –le dijo a Tanya–. Aceptaré la invitación y veré si logro solucionar las cosas con mi madre.

Pero nada le salió como lo había pensado. Empezando con su llegada, una tarde de finales del mes de junio, en Deepdene Grange, la finca de su familia y posiblemente la única propiedad en el pueblo a la que se le podía dar el nombre de «mansión».

–La señora no está en casa –la criada, a quien no conocía, le informó, quedándose en la puerta, como si temiera que Imogen entrara en la casa.

Imogen se quedó mirándola, sin decir una palabra. El mes antes de haber salido de Vancouver, se había planteado varias veces si volver a casa de nuevo era una decisión acertada, sensación que fue más acuciante cuando se subió al coche que había alquilado. ¿Y si lo único que conseguía era empeorar las cosas?

Cuando llegó a Clifton Hill y cruzó las puertas de hierro de Deepdene, se le hizo un nudo en la garganta. Había hecho un camino muy largo para arrepentirse en ese momento.

Pero lo que no esperaba era aquel recibimiento.

–¿No está en casa? –preguntó, moviendo la cabeza de la misma manera que la mueve la gente que no está segura de que hayan entendido el idioma en que le están hablando.

La criada ni siquiera parpadeó.

–Mucho me temo que no.

Eran las cuatro de la tarde y sábado, la hora en la que, desde que Imogen se acordaba, Suzanne Palmer tomaba el té en el solarium, antes de vestirse para asistir a algún acto social.

Para verificar que no se había confundido de sitio, Imogen miró por encima del hombro de la criada. La lámpara de cristal de Waterford brillo a la luz del sol, la balaustrada de roble también, al igual que la alfombra persa que cubría la escalera. Incluso el ramo de rosas que había sobre la consola, debajo del espejo con marco dorado, podría ser el mismo que había en aquel mismo sitio el día que ella se marchó de aquella casa, hacía nueve años, decidida a no volver nunca más.

La criada se puso de puntillas para impedirle que mirara al tiempo que cerraba un poco la puerta.

–¿Quién le digo que ha venido?

–¿Qué? –ensimismada en los recuerdos, la pregunta la pilló desprevenida–. Oh, su hija.

El imperceptible alzamiento de cejas dio cuenta de su sorpresa.

–La señora se ha marchado a pasar el fin de semana fuera, pero vendrá mañana por la tarde. No me dijo que fuera a venir nadie.

No dispuesta a darle la oportunidad a que su madre la rechazara una segunda vez, Imogen había reservado habitación en un hotel. Una buena precaución, al ver que Suzanne Palmer no había informado a sus criados de que tenía una hija.

–No me esperaba. Me voy a quedar en el Briarwood. De todas maneras, me gustaría dejarle una nota diciéndole dónde estoy.

–Yo le daré el mensaje.

–Prefiero dejarle una nota –sin darle tiempo a protestar, Imogen entró en el vestíbulo.

Imogen había pensado que la criada, al darse cuenta de que conocía aquel sitio, le iba a conceder cierta credibilidad, pero sin embargo no se despegó de ella en ningún momento.

–A la señora no le gusta que toquen sus papeles –objetó la criada, cuando Imogen se sentó a la mesa de despacho.

–No se preocupe, que no le haré responsable de mis actos –le respondió Imogen–, y para tranquilizarla le diré que no tengo intención alguna de fisgonear en los asuntos privados de mi madre.

Aunque de hecho era lo que estaba haciendo. Al intentar sacar una hoja de papel, por accidente, se cayeron varios cheques pagados, algunos de los cuales fueron a parar a sus piernas y otros al pulido suelo de madera.

La criada, después de una exclamación, se agachó y recogió los que había en el suelo, mientras Imogen recogía el resto.

–No ha pasado nada –le dijo, colocando el taco de cheques otra vez en su sitio.

–Pero es que estaban ordenados por número –la joven criada se quejó–. La señora es muy exigente en asuntos como éste.

Poco había cambiado.

–Siempre lo fue –le dijo Imogen–, pero si los dejamos como los encontramos, no se dará ni cuenta.

Empezó a ordenar los cheques por número. El 489 estaba extendido a nombre del Ayuntamiento de Rosemont, para el pago de los impuestos municipales. El número 488 era para el pago de un recibo del teléfono. El 487 era por una suma bastante considerable a nombre del colegio St. Martha, el colegio donde su madre iba de pequeña, en Norbury, a cuarenta millas al oeste de las cataratas del Niágara.

Aquello no le produjo a Imogen ni curiosidad, ni sorpresa. Suzanne siempre había contribuido generosamente a ese tipo de causas. Aunque no hacía lo mismo con su hija, ni con determinados grupos sociales de Rosemont.

Una vez ordenados y metidos en su sitio, Imogen le escribió una nota.

–Sólo me voy a quedar por aquí unos días –le dijo a la criada, mientras le daba la nota–. Le agradecería que le entregara esto a mi madre tan pronto vuelva a casa.

Tan pronto puso el pie en la calle, la criada cerró la puerta. Como le quedaba mucho tiempo por delante, sin nada que hacer, Imogen condujo despacio hacia el centro del pueblo, buscando sitios que le resultaran familiares y comprobando que había demasiados.

Las pancartas proclamando el centenario del pueblo adornaban las columnas de los juzgados. La calle Mayor estaba adornada con flores. La casa del juez Merriweather se había convertido en una gestoría y el centro médico de Rosemont, en un centro juvenil.

Pasada la estación de ferrocarril, la calle Mayor se dividía en dos, la de la derecha iba al lago y la de la izquierda a Lister’s Meadows, donde vivían los Donnelly.

–Es el sitio menos indicado para ir –le había dicho su madre, aquel verano, cuando tenía quince años, en el que Imogen había insistido en ir a la fiesta de cumpleaños que allí se celebraba. Pero a Imogen le encantaba aquella zona. Aunque las casas eran pequeñas y estaban muy juntas, con jardines también muy pequeños en la parte de atrás, no había vallas de separación, ni ninguna señal que prohibiese el paso a extraños.

La casa de los Donnelly estaba al final de la última calle. No sabía si se habrían trasladado. Hacía años que no tenía noticias de Patsy Donnelly. La última vez que la vio fue antes de que ella se fuese a la casa de la prima de su madre. Y Joe…

Joe Donnelly no se había preocupado demasiado en seguir la relación con ella y se había ido de Ontario a los pocos días de su aventura con la chica más rica del pueblo. No merecía la pena pensar en él.

Por tanto, no había ninguna razón para tomar el camino del este, camino que llevaba hasta la gasolinera de los Donnelly, abierta quince horas al día, siete días a la semana. ¿De verdad pensaba que podría ver a Sean Donnelly manejando el surtidor de gasolina, o arreglando algún coche? ¿O a Joe Donnelly en su Harley Davidson, con una corte de chicas dispuestas a hacer cualquier cosa, para que les diera una vuelta?

Más o menos fue lo que pensó. ¿De qué otra forma se podría explicar el sentimiento de decepción que la invadió, cuando vio que aquella gasolinera se había convertido en una estación de servicio moderna, propiedad de una empresa petrolera? Debería haberse alegrado de que no hubiera habido allí nada que la hubiera traído recuerdos.

–Compórtate como una persona adulta –se dijo a sí misma–. En vez de gastar el tiempo en un hombre que, a excepción de en una ocasión memorable, nunca se preocupó por ti, piensa en lo que le vas a decir a tu madre cuando la veas, porque haya pasado lo que haya pasado, nunca podrá negar que eres su hija.

Giró el coche en sentido contrario y se fue al hotel. Eran casi las seis. Cuando acabara de ducharse y de cambiarse, sería la hora de la cena.

La habitación de Imogen, en el segundo piso de Briarwood, estaba muy bien amueblada y tenía vistas al lago. Prefiriendo la brisa con olor a flores que el estéril aire acondicionado, abrió las ventanas y salió al balcón, que daba a los jardines. Justo debajo se estaba celebrando una boda, con las mesas en el césped y una novia con traje blanco bajo un arco de rosas.

Imogen no estaba preparada para el sentimiento de envidia que le produjo ver a aquella mujer. No porque ella tuviera marido e Imogen no, ya que había elegido estar soltera, sino porque la novia tenía un aire de inocencia que Imogen había perdido cuando era una adolescente.

Aunque sólo tenía veintisiete años, se sintió vieja. Amargada. Sin embargo, poseía todo lo que importaba tener en este mundo. Tenía éxito, dinero y los hombres la encontraban atractiva. Un par de ellos le habían propuesto matrimonio.

Pero, por dentro, que era lo que contaba, estaba vacía. Había estado vacía desde hacía nueve años. Y tendrían que cambiar muchas cosas para que sintiese la alegría y optimismo que sentía la novia.

Ojalá…

¡No! Podría haber nacido y crecido en Rosemont, pero su futuro estaba en Vancouver. Mejor sería que lo tuviera muy en cuenta.

El reloj del juzgado dio las siete. Estaba demasiado nerviosa como para irse a cenar. Se cambió el vestido que se había puesto para ir a ver a su madre, por un vestido de algodón y unas sandalias. Un paseo la ayudaría a relajarse más que una opípara cena en el restaurante del hotel.

Aunque no hacía frío, la brisa agitaba la superficie del agua del lago. Se puso unas gafas de sol. Giró a la derecha cuando salió del hotel y se fue hacia el embarcadero. Pasó al lado de la playa pública y se dirigió al parque, terminando, cuarenta minutos más tarde, en el Rosemont Tea Garden.

Como muchos otros sitios, aquel también había cambiado. Un elegante toldo cubría el patio donde las sombrillas habían dado en otros tiempos sombra a los clientes. Muebles de mimbre habían sustituido a las antiguas mesas y sillas de plástico. Y en vez de tortitas con mermelada y té, servido en tazas de loza, una cartel colgado de la puerta ofrecía una selección de sopas frías, ensaladas y platos de pasta.

Tentada por la ensalada de langostinos, Imogen atravesó la puerta y esperó a que la sentaran. Cuando se estaba dirigiendo a una mesa, oyó una voz que exclamaba:

–¿Es Imogen Palmer la que se esconde tras esas gafas de sol?

Se dio la vuelta y vio a Patsy Donnelly, levantándose de una mesa de al lado, sus ojos azul oscuro y pelo negro muy parecidos a su hermano. Todas sus resoluciones de no perder el control pasara lo que le pasara se desvanecieron en el aire.

Confundiendo su silencio por un no reconocimiento, Patsy le dijo:

–Imogen, soy yo. Patsy Donnelly. ¿Ya te has olvidado?

–Claro que no –respondió Imogen con voz débil–. Es que me ha sorprendido verte aquí.

Aunque le dio una respuesta con poco entusiasmo, Patsy ni lo notó. Invitó a Imogen a que se sentara con ella, retirando un poco una de las sillas.

–No sé por qué. Es el centenario de Rosemont. Casi todos los que íbamos al colegio han venido, incluso Joe. Yo soy una de las primeras caras conocidas que te vas a encontrar hoy. ¿Cuánto te vas a quedar?

–No mucho –le dijo Imogen , reprimiendo su impulso de salir corriendo hasta el hotel, hacer sus maletas, correr al aeropuerto y tomar el primer avión a casa. ¿Por qué habría ido Joe Donnelly, cuando el único interés que había demostrado en su vida por el colegio era cuando se celebraban los partidos de baloncesto?

Patsy llamó a un camarero y le pidió que llevara otro vaso. Después, se sentó y miró con expectación a Imogen.

–Cuéntame cómo te va. ¿Te has casado? ¿Tienes niños?

–No –le respondió de forma escueta, casi grosera, porque saber que Joe Donnelly estaba en el pueblo era demasiado para ella. No podía verlo. Tan simple como eso.

Patsy se inclinó hacia delante, mirándola con cara de preocupación.

–¿Te ha molestado mi pregunta?

Dándose cuenta de que estaba teniendo una actitud que habría hecho a su madre morirse de vergüenza, Imogen trató de recomponerse.

–No, no, es que… me sorprende que te acuerdes de mí.

Fue una respuesta tan estúpida. Había estado con una profesora particular hasta que tuvo trece años, y la habrían enviado a un colegio interna, si Suzanne se hubiera salido con la suya. Pero Imogen, deseosa de tener una vida como los demás jóvenes, había convencido a su padre para que la dejara ir al colegio de Rosemont.

Pero nunca se había integrado. Su círculo de amigos se había limitado a las pocas chicas que su madre había decidido eran buenas para una Palmer. De hecho, podía contar con los dedos de una mano a los que les habían permitido entrar en Deepdene, para jugar un partido de tenis o darse un baño en la piscina.

Aunque Patsy había sido muy popular entre sus compañeros, no cumplía los rígidos estándares de Suzanne, y la única relación que había podido mantener Imogen con ella había sido una especie de asociación, que, aunque siempre amable, sólo había sido mantenida en el recinto escolar.

–¿Cómo no me iba a acordar de ti? –exclamó Patsy, haciendo un gesto al camarero, para que llenara los vasos de vino–. Imogen, eres la única chica que estuvo en el colegio que no podría olvidar. Cuando no estábamos asustadas de ti, queríamos ser como tú. Eras –se detuvo y movió las manos, como invocando la intervención divina–… una princesa entre nosotros. Misteriosa. La Grace Kelly de Rosemont High. Por eso es por lo que…

–¿Qué? –sorprendida por el silencio de Patsy, Imogen se inclinó hacia delante, intrigada–. ¿Qué ibas a decir?

Patsy se encogió de hombros y colocó una servilleta alrededor de la base de la copa de vino.

–Solo que, bueno, pensaba que podrías estar con alguien…

–Pues no.

–Ya –dando muestras de incomodidad, Patsy continuó jugueteando con la servilleta–. ¿Dónde vives y qué haces?

Imogen la miró con gesto de curiosidad. La chica que ella había conocido en el colegio, nunca se había quedado sin palabras y, sin embargo, Patsy no sabía qué decir.

–Trabajo en una empresa de diseño de interiores, en Vancouver.

–¡Diseño de interiores! –su vivacidad resurgió y sonrió–. Eso es fascinante.

–Lo único que hago es ayudar a las señoras con dinero a decidir el color de sus cuartos de baño.

–No creo que hagas sólo eso. Siempre has tenido mucho gusto. Eres la única chica que conozco que puedes hacer que unos simples pantalones vaqueros y una camiseta parezcan lo último en moda.

–Posiblemente porque la única forma que tenía de convencer a mi madre de que me dejara llevar esa ropa era si era de marca. ¿Y tú qué tal? ¿Te has casado y tienes hijos?

–No tengo marido, pero sí sobrinos. Dennis tiene siete años y medio y Jack va a hacer seis en octubre. Son adorables, ya los verás –levantó la copa de vino–. ¡Salud! Me alegra verte. Joe se ha ido con los niños a pescar y yo he quedado con algunos compañeros del colegio. Como no tengo coche, va a venir aquí a recogerme.

Imogen se quedó petrificada, incapaz de emitir una respuesta coherente, ante aquella información que le acababa de dar Patsy. Nunca se habría podido imaginar que Joe pudiera llevar algo parecido a una vida familiar. Si le hubiera caído un rayo, el dolor no habría sido tan agudo.

–¿Estudiaste para enfermera, como querías? –logró preguntarle, intentando utilizar un tono normal.

–Sí. Conseguí el título y he estado trabajando en la maternidad de Toronto General desde entonces, cuidando de los niños prematuros. Me encanta, aunque a veces es triste. Pero el milagro de la vida nunca deja de impresionarme, especialmente cuando un niño logra sobrevivir.

El sol todavía se reflejaba en el lago, pero Imogen estaba perdida en la oscuridad. ¿Cómo era posible que pudiera sentir tanto dolor que le oscureciera la visión y sintiera como si una mano le estuviera estrujando el corazón?

–Tengo que irme –le dijo, levantándose de la silla, casi de forma violenta.

–¡Pero si acabas de llegar!

–Ya lo sé. Pero es que me he acordado de que…

En sus prisas, se tropezó con una mesa y tiró lo que había sobre ella. A ella se le cayó el bolso y se le abrió el monedero, desperdigándose las monedas por debajo de las mesas.

Como si hubieran estado esperando que algo parecido pasara, dos niños pequeños salieron de las sombras y empezaron a recoger las monedas, emitiendo gritos de alegría.

Imogen no tuvo que esperar mucho tiempo para darse cuenta de que había esperado demasiado tiempo para irse. Nadie más que los Donnelly tenían aquel cabello tan negro y los ojos tan azules. Los niños que estaban recogiendo las monedas eran una réplica de Joe. Si ellos estaban allí, Joe no podía estar muy lejos.

Capítulo 2

DADLE el dinero otra vez a la señorita, chicos –suave y seductora como el negro satén, la voz de Joe casi le acarició el cuello.

Si por ella hubiera sido, los niños podrían haberle robado hasta el último céntimo. En ese momento, lo que más le preocupaba era no hacer el ridículo. La última vez que había visto a Joe Donnelly había estado destrozada. No estaba dispuesta mostrar la misma actitud. Si alguien tenía que estar en situación de desventaja, tendría que ser él.

Ejerciendo una altanería que ni siquiera su madre hubiera podido igualar, Imogen giró su cabeza y le dirigió una mirada por encima del hombro.

–Ah, hola. Tú eres Joe, ¿no?

Aquel esfuerzo mereció la pena, sólo por ver cómo se quedaba boquiabierto.

–¿Imogen? –su voz cambió. Perdió su resonancia de barítono y tomó una tonalidad oxidada.

–Así es –aunque ella por dentro estaba consumiéndose, le dirigió una mirada implacable y una sonrisa impersonal mientras metía sus cosas en el bolso.

–Imogen Palmer. Patsy y yo fuimos al colegio juntas y estábamos recordando viejos tiempos.

–¿Pero qué estás diciendo?

Sonó como si lo estuvieran estrangulando. Si no hubiera estado tan dolida, habría disfrutado con su desconcierto. Sin embargo, dado que no había otra forma de marcharse de allí, a no ser que fuera saltando por encima de la verja de hierro que separaba el patio del parque, se serenó y lo miró de frente.

Era guapísimo. Era el hombre que cualquier mujer deseaba. A pesar de la poca claridad que había bajo el toldo, pudo ver que su rostro estaba más cincelado que cuando tenía veintitrés años, definiendo más el carácter del hombre en el que se había convertido. Era un hombre alto, mostrando su orgullo, el rebelde que llevaba dentro controlado, pero no domado.

–Bueno –dijo ella, dándose la vuelta, antes de que él pudiera leer la desolación que ella estaba segura se reflejaba en su mirada–. Ha sido un placer verte de nuevo, Patsy. Siento no tener tiempo para quedarme a charlar.

Patsy la miró a ella y después a Joe, su rostro en total estado de confusión.

–Pero…

Uno de los chicos extendió una mano un tanto sucia.

–Aquí tiene su dinero, señorita.

–Gracias –dijo Imogen, evitando la mirada del niño. No podía mirarlo ni a él ni a su hermano. Pasó al lado de los niños y de Joe–. Siento tener que marcharme tan deprisa, Patsy, pero seguro que nos veremos mañana o pasado. Adiós, Joe. Tienes unos hijos encantadores.

Confió en hacer una salida digna. Con la espalda recta, trató de moverse con gracia, como una modelo en una pasarela repleta de mesas a las que había que sortear, hasta llegar a la puerta. Sólo después de haber recorrido unos cincuenta metros, a una distancia prudencial del restaurante, se apoyó en la pared que encontró más cerca y se cubrió el rostro con una mano temblorosa.

De pronto, descubrió que estaba llorando. No de la forma que había llorado cuando Joe Donnelly la había dejado nueve veranos antes. No con la misma desesperación con la que había llorado cuando había salido de la clínica Colthorpe esa misma primavera, con los brazos tan vacíos como su corazón, sino de forma silenciosa.

De pronto oyó pasos y un sentimiento de premonición se apoderó de ella, advirtiéndole que todavía no estaba a salvo. Un segundo más tarde, descubrió que no se había confundido.

–No tan rápido, Imogen.

Un poco confusa, sacó un pañuelo del bolso, se limpió las lágrimas y se sonó la nariz.

–¿Qué quieres? –le preguntó, agradeciendo la poca luz que había–. ¿Me he olvidado de algo?

La tocó, poniéndole una mano en el hombro, como si la estuviera arrestando por haber cometido algún delito.

–Eso parece.

–¿De verdad? –trató de quitarse su mano de encima, mirando en su bolso con mucha intensidad, como si esperara encontrar una serpiente escondida allí. Cualquier cosa, con tal de no mirarlo–. ¿Qué?

–De nosotros –le dijo, obligándola a darse la vuelta–. ¿O creías que había olvidado que Patsy no era el único de los Donnelly con el que te relacionabas?

–Es un hombre inmoral, insolente y socialmente inaceptable –le había dicho su madre a Imogen, cuando se había enterado de que Joe la había llevado a casa, después de una fiesta que celebró Imogen con sus amigos–. Si se le ocurre otra vez poner un pie en esta casa, haré que lo arresten por allanamiento de morada.

Pero aunque Joe tenía bastantes defectos, la franqueza había sido una de sus virtudes y no se acobardó con aquella advertencia. Mientras que otros chicos habrían fingido no tener ninguna relación con ella, él retó a su madre.

–Esperaba que te comportaras como un caballero y no me lo recordaras tú –le dijo Imogen.

–Pero yo no soy un caballero, Imogen. Nunca lo fui. Seguro que no te has olvidado de eso.

¿Qué tenía que responderle? ¿Le tendría que confesar que estaba deseando que la besara? ¿Tendría que admitir, para ser tan franca como él, que era el hombre más excitante que había conocido en su vida?

–¿Cómo podría haber olvidado? –le preguntó ella, abrumada por el recuerdo–. Un caballero habría…

–¿Qué? –le preguntó él, mirándola a la cara–. ¿Qué habría hecho un caballero que yo no he hecho?

Quiso responderle que un caballero se habría mantenido en contacto. Un caballero le habría escrito, habría ido a buscarla y se habría negado a apartarse de su lado. La habría apoyado cuando más lo hubiera necesitado, sin importar lo que pudiera pensar su madre. Habría compartido su desolación. Pero él no lo había hecho, porque al fin y al cabo ella le daba igual.

–¿Qué es lo que pasó con exactitud, Imogen?

Estaba retándola a que hablara con tanta franqueza como estaba hablando él. ¿Por qué no? ¿Por qué se tenía comportar de forma delicada, como si tuviera miedo de herir sus sentimientos mientras él estaba pisoteando los suyos?

–Nos acostamos juntos, Joe. Una sola noche. La princesa de hielo tenía que aprender y qué mejor que un chico que se había acostado con casi todas las chicas del pueblo. ¿Es eso lo que quieres oír?

–No –respondió él, quitándole la mano de encima–. Yo nunca me he engañado sobre por qué te acostaste conmigo aquella noche, Imogen. Pero te juro que yo pensaba que guardabas un mejor recuerdo de aquel encuentro.

–¿Qué más da, Joe? A ti seguro que no se te quemó el cerebro pensando en ello.

–¿Tú crees?

A unos cincuenta metros, la cúpula iluminada del hotel brillaba en la noche, como un faro. ¿Por qué no salía corriendo al refugio que la llamaba? ¿Por qué se dejaba provocar para desvelar sus verdaderos sentimientos?

–Estás casado, ¿no? –le dijo, mirándolo a la cara–. Tienes dos hijos, los dos van al colegio, lo cual quiere decir que has estado bastante atareado desde la última vez que te vi. Por lo que se ve, aquel encuentro no te ha impedido seguir con tu vida, sin ningún arrepentimiento.

–¿Y eso te molesta, Imogen?

–En absoluto –le respondió, sacando a relucir su orgullo–. ¿Por qué me iba a molestar?

–No lo sé –le dijo con un cierto tono de humor en su voz–. Aunque he de decirte que ni estoy casado, ni soy el padre de esos dos niños.

–Pero Patsy me dijo que era su tía, con lo cual tú eres… ¡Dios mío! La risa que trató por todos los medios reprimir sonó como un balido de una oveja–. Qué estúpida soy.

–Yo soy su tío –le aclaró él.

–Bueno, ha sido un error natural por mi parte –dijo ella, deseando desaparecer de allí lo antes posible, antes de que la pudiera humillar más–. Sean era un año más joven que yo. No se me ocurrió que él se hubiera casado.

–De nuevo te confundes, Imogen. Se casó con Liz Baker cuando tenían diecinueve años y Dennis nació a los seis meses.

En la última media hora, Imogen había ido de sorpresa en sorpresa. Esa era la única excusa que había para el comentario que hizo:

–¿Quieres decir que se tuvieron que casar a la fuerza?

La mirada que le dirigió, medio de pena, medio de disgusto, le puso la carne de gallina.

–Nosotros los mortales tendemos a cometer esos fallos Imogen. Nos dejamos llevar por nuestros apetitos animales. Aunque no creo que alguien de tu refinada sensibilidad pueda entender eso.

Claro que lo entendía, más de lo que él se imaginaba.

Pero no merecía la pena decírselo. Intentando buscar una forma de escapar de aquella situación, llegaron por fin a la puerta de entrada a Briarwood. No deseando otra cosa que desaparecer cuando antes, se obligó a mostrar la buena educación que le habían enseñado desde pequeña.

–Encantada de verte otra vez, Joe. A lo mejor nos encontramos otra vez.

Cualquier otro hombre habría entendido la indirecta, le habría dado la mano y se habría marchado. Pero no Joe Donnelly. Lo primero que hizo fue mirar la mano que ella tenía extendida, después la fachada iluminada del hotel, antes de mirarla de nuevo a la cara.

–¿Me estás diciendo que te alojas en el Briarwood, o es que quieres que me vaya cuanto antes para que nadie te vea conmigo?

–No, me alojo en este hotel.

–¿Por qué? ¿Por qué no te quedas en tu casa?

–Porque no está mi madre y no quise poner a los criados en un compromiso.

–¿Y por qué se ha ido si sabía que venías?

–Porque… –se detuvo y respiró hondo–. Haces muchas preguntas, Joe Donnelly.

–Supongo que eso significa que me vas a dejar que te invite a una copa mientras me cuentas lo que has hecho desde la última vez que nos vimos.

–No, gracias. Estoy cansada.

–En otras palabras, que no me meta donde no me llaman.

–Más o menos.

Se quedó mirándola durante un rato.

–Muy bien. Siento haberte molestado. No lo haré más.

Y a continuación hizo lo que ella había querido que hiciera. Se dio la vuelta y se fue por donde había venido. La dejó por segunda vez, sin siquiera dirigirle una segunda mirada. Y ella, como una tonta, sintió una punzada en el corazón.

Perdió todas sus fuerzas. Tanto fue así, que se tuvo que apoyar, por miedo a caerse. Una pareja que pasaba por allí, hasta pensó que estaba algo bebida.

–Parece que ésa ha agarrado una buena –comentó la mujer.

A Imogen poco le importó lo que pensaran. Porque sólo podía pensar en una cosa, en marcharse a su habitación a enfrentarse con sus emociones. Porque acababa de darse cuenta de que, a pesar de todos los años que habían pasado, todavía seguía enamorada de Joe Donnelly.

Había estado huyendo años para al final ir a Rosemont a enfrentarse a la realidad.

El teléfono estaba sonando cuando entró en su habitación. Era Tanya.

–Estas cansada –le dijo, cuando Imogen le contó sus sentimientos–. Has hecho un viaje muy largo en avión, además de lo que has conducido en coche.

Pero aquello no convenció a Imogen. Se estaba dando cuenta de que no era posible desenterrar sólo partes de su pasado. Era un todo o nada, y ella no estaba preparada para aquello.

Patsy estaba estirada en el sofá, viendo las noticias de las once, cuando Joe entró en casa.

–Hola –le saludó ella, apagando la televisión–. ¿Qué tal?

–Bien –se dejó caer en el sofá, al lado de ella y se quedó mirando la televisión–. ¿Has llevado a los niños a casa?

–Claro que sí. ¿Por qué estás de tan mal humor?

–Yo no estoy de mal humor.

–Pues yo diría que sí –le respondió, mirándolo a la cara fijamente.

–¡Deja de mirarme así, que no soy uno de tus pacientes!

–Parece que no te han ido muy bien las cosas con Imogen.

–Eso es agua pasada.

–Pues cualquiera lo diría, al verte salir corriendo detrás de ella…

–¡Déjalo, Patsy!

–Lo siento, no sabía que Imogen fuera tan importante para ti.

–No lo es –se apoyó en los cojines y miró el techo–. Es que hay algunas cosas que no cambian, por mucho tiempo que pase. Yo no me porté bien con Imogen Palmer y tendría que haber imaginado que no me lo iba a perdonar. Fin de la historia.

–Yo creo que siempre la has juzgado mal. Ella nunca fue una esnob.

–No me digas eso. Sólo tienes que ver a su madre.

–Papá bebe –comentó Patsy–. Y nosotros no somos alcohólicos.

–Lo sé –le respondió, suspirando de frustración–. Pero reconoce una cosa Patsy, la gente como Imogen Palmer se va al final con los suyos, con la gente que tiene dinero.

–Por lo que yo sé, tú no vives en la miseria, Joe. Y las mujeres se han estado rindiendo a tus pies desde que te empezaste a afeitar. ¿Cuál es el verdadero problema?

La culpa, eso era. Y la vergüenza. Pero no estaba dispuesto a abrir su corazón, y menos delante de Patsy.

–Y yo qué sé –le respondió–. A lo mejor es que está con otro hombre y no quiere complicarse la vida con…

–No está saliendo con nadie. Lo sé porque me lo dijo.

–Pues más a mi favor. Prefiere estar sola que pasar el tiempo con alguien como yo.

Patsy le dirigió una de esas miradas que tanto le molestaban.

–No debería decirte esto y no lo haría si no fuera porque te quiero, a pesar de su testarudez, pero sé que esa «diosa» a la que adoras tiene pies de barro como el resto de los mortales. No se fue del pueblo aquel verano después de licenciarnos sólo por un capricho…

–Lo sé –le respondió él–. Se fue a uno de esos colegios de Suiza, lo cual demuestra lo que yo digo.

–No, no fue allí. Estaba embarazada y su madre la envió a vivir con unos familiares que vivían en la otra punta de los Estados Unidos, donde nadie pudiera encontrarla.

Cuando Joe empezó a trabajar en un establo, uno de los caballos le había dado una coz en las costillas, solo de refilón. En aquel tiempo, pensó que se le había hundido el pecho. En esos momentos sintió lo mismo.

–Tú nunca has ido contando rumores falsos por ahí, Patsy, así que no empieces ahora.

–No es un rumor, Joe. Para sacar un poco más de dinero, estuve haciendo horas para el doctor Rush y allí fue donde vi su informe.

Los poros de su piel se empezaron a cubrir de sudor. Patsy nunca había contado cotilleos.

Sin embargo, él lo siguió negando.

–Yo creo que estás confundida –le dijo–. O eso, o es que viste el informe de otra persona.

–No.

–¿Por qué estás tan segura? Hay un montón de chicas que se quedan embarazadas. Mira Liz.

–Pero no chicas como Imogen Palmer, Joe. Piénsalo en serio. Casi nunca quedaba con ningún chico y, cuando quedaba, el chófer la llevaba a ella y al chico con el quedaba a donde quisieran. Ian Lang se vanagloriaba de que él sólo había quedado con ella por montar en aquel Mercedes negro.

–Ian Lang siempre fue un imbécil.

–Sí –Patsy lo miraba de aquella forma que tan poco le gustaba a él–. Y sé que lo que te acabo de decir no se lo vas a decir a nadie, Joe.

¡Qué confundida estaba! Porque había una persona a la que sí se lo diría.

–Es agua pasada y a nadie le va a importar.

–Te lo he contado para que dejes de tener ese ridículo complejo de inferioridad con respecto a Imogen.

–Seguro. ¿A quién le va a importar? –dijo mientras bostezaba–. Bueno, me voy a la cama.

–Y yo. ¿Quieres algo antes de irte a la cama?

Claro que quería, fundamentalmente respuestas, pero prefirió dejarlo pasar de largo.

–No, gracias. Vete a la cama, yo sacaré a Taffy a dar un paseo.

El porche de la parte trasera estaba muy oscuro. El brillo de la luna se reflejaba en la botella de Jack Daniel que había en el pasamanos. Apoyándose en uno de los pilares que soportaba el tejado, con Taffy, el perro que había encontrado abandonado hacía diez años, Joe se quedó mirando el jardín, preguntándose cómo podía permanecer todo tan tranquilo, considerando el torbellino de emociones que había dentro de él en conflicto.

El sonido de las campanadas del reloj de la casa anunciando la medianoche atravesó el aire. Otras nueve horas a esperar respuestas. ¿Qué iba a hacer para pasar el tiempo?

Taffy se estremeció, se quejó y movió sus artríticas extremidades, a la caza de los conejos que veía en sus sueños. Joe sabía todo sobre los sueños. Fueron los que lograron que no perdiera la esperanza cuando estuvo en Pavillion Amargo, la cárcel en la que le habían encerrado por la muerte de Coburn.

Se conocieron cuando se había enrolado en un barco que iba a hacer la travesía desde Ecuador a San Diego. Como todo el mundo a bordo, Joe sabía que Coburn era muy violento, pero los problemas empezaron en Ojo del Diablo, una isla en el Caribe donde echaron anclas, para aprovisionarse.

Coburn se enzarzó en una pelea y golpeó a uno de los del pueblo. Joe intervino para separarlos y Coburn se cayó y se partió el cráneo. A los pocos minutos, llegó la policía. Tenía las manos ensangrentadas, y había dos hombres en el suelo, uno de ellos muerto.

La justicia, como pronto descubrió, tenía principios muy básicos en las repúblicas bananeras. Antes de que se diera cuenta, le habían metido en la cárcel y los demás habían continuado su travesía.

Logró sobrevivir durante los meses siguientes recordando el lago de Rosemont, sus aguas impolutas, el olor a sábanas secadas al sol, el sabor del pastel de manzana recién sacado del horno… Tan sólo clichés, pero que le sirvieron para no volverse loco.

Y algunas veces, cuando las quejas de otros prisioneros se oían por la noche, soñaba con Imogen, toda vestida de blanco, agarrándose a él y llorando en sus brazos y en cómo él había sido capaz de hacerla sonreír. Se había preguntado si se acordaría de él si lo volviera a ver otra vez. Pero nunca, en ninguno de sus sueños, se habría imaginado que la hubiera dejado embarazada.

¿Sería verdad? Y si lo era, ¿qué había ocurrido con el niño?

Se bebió el vaso, agarró la botella y se marchó con lentitud al otro extremo del porche, donde estaba la vieja hamaca. Iba a ser una noche muy larga. Mejor sería ponerse cómodo.

Imogen estaba lista a eso de las ocho. Con la mente más despejada después de haber dormido, los temores de la noche anterior se habían desvanecido. Todo había sido por ver otra vez a Joe Donnelly. Por estar tan cerca como para tocarlo. Claro que se había puesto nerviosa. ¿Quién no se habría puesto?

Pero sin embargo, no quería encontrárselo de nuevo. Había visto en el periódico que había una subasta en un sitio cerca de Baysfield y aprovechó aquella oportunidad para escaparse.

Llego a Rosemont a las cuatro, y se fue directamente a Deepdene. Su madre le abrió la puerta. Y después de haber pasado años sin verla, lo único que se le ocurrió fue:

–Ah, eres tú, Imogen.

Decidiendo que aquel recibimiento ni siquiera se merecía un beso, Imogen le respondió:

–Sí, mamá. ¿Qué tal estás?

–Bueno… sorprendida. Cuando Molly me dio tu nota, no supe qué pensar.

Imogen reprimió un suspiro. ¿Qué había esperado, que la dama de la alta sociedad de Rosemont se hubiera transformado tanto como para que, por amor materno, la hubiera abrazado y llamado para que hicieran una opípara cena en su honor? ¡Ni hablar!

–¿Es tan sorprendente que, ya que estoy en el pueblo, me pase a verte?

–¿Pero por qué, después de tantos años?

–Porque tenemos que aclarar cosas, mamá. Yo te… he echado de menos.

–Bueno –le dijo Suzanne–. Será mejor que entres.

Capítulo 3

IMOGEN la siguió hasta el estudio, donde Suzanne acostumbraba a recibir a los visitantes.

–¿Quieres un té, Imogen?

–Me encantaría. ¿Lo sigues tomando en el solarium?

–Es mi ritual diario –respondió su madre, esbozando una sonrisa–. Cómo me gusta que te acuerdes.

–Claro que me acuerdo. Ayer, cuando vine, me extrañó mucho que hubieras roto tu costumbre.

Suzanne se levantó y jugueteó con el collar de perlas que llevaba al cuello.

–Es que ayer había quedado.

Imogen se dio cuenta en ese instante de que los años no se habían portado bien con su madre. De hecho, parecía que estaba un poco enferma.

–¿Has estado enferma, mamá?

Suzanne estiró su espalda y miró a Imogen.

–En absoluto. ¿Qué te hace suponer algo así?

–Tienes aspecto de cansada.

–Es que he estado muy ocupada –tiró de una cinta que había al lado de la chimenea para llamar a la criada–. Pediré que nos traigan el té y mientras lo tomamos puedes contarme qué es lo que has estado haciendo desde que te fuiste al oeste. ¿Sigues trabajando de decoradora de interiores?

–Sí –dijo Imogen, siguiéndola por el pasillo, hasta el solarium.

–Yo había pensado –dijo su madre, sentándose en el borde de uno de los sofás y cruzando sus elegantes piernas– que el dinero que te dejó tu padre habría servido para que no tuvieras que trabajar.

Por el tono con que lo dijo, parecía que trabajar era algo parecido a robar a los demás.

–Es que prefiero ocupar mi tiempo en algo. Me gusta trabajar.

–¿Eres la dueña de la empresa, querida?

–No.

–Qué extraño. No creo que ningún Palmer haya trabajado en su vida para otra persona. Aunque hay que reconocer que tú nunca te has portado como de ti se esperaba.

–Y menos aquel verano en el que me gradué.

La criada entró con el carrito del té. Imogen supo, al ver la expresión de la cara de su madre, que aquel tema de conversación era el menos indicado en esas circunstancias.

Esperó hasta que estuvieron solas de nuevo, antes de plantear lo que quería hablar con ella.

–Ya sé que no te apetece mucho, pero creo que es importante que las dos hablemos tranquilamente de esa época.

–¿Por qué quieres hablar de algo que ya está olvidado?

–Porque yo perdí más cosas que un hijo. Perdí una madre, también. Y tú perdiste una hija. Y creo que es una pena que pasemos más tiempo sin intentar reparar de alguna manera el daño que hicimos a nuestra relación –miró alrededor de la habitación–. Ésta era mi casa. Es parte de mí, de lo que yo soy. Ésta es la primera vez que vuelvo desde que me enviaste a vivir con tu prima Amy.

–Podrías haberlo hecho cuando hubieras querido –añadió Suzanne, un poco dubitativa.

–Pero no lo hice, sólo para castigarte, porque sentía que me habías abandonado cuando más te necesitaba.

–Hice lo que pensé que era mejor para ti. ¿Qué querías que hiciera? ¿Tenerte aquí, donde todo el mundo te conoce, incapaz de continuar viviendo sin que te recordaran tu pasado a cada instante?

–Mi pasado me ha marcado de todas maneras. ¿O es que piensas que me he olvidado de mi hija?

–Eso pensé yo.

–¿Te habrías olvidado tú de mí, mamá? ¿Olvida alguna vez una mujer a sus hijos?

–La verdad Imogen, esta conversación me está molestando, para serte franca.

–Ya veo. A lo mejor me he confundido y no podemos hacer las paces. A lo mejor hay cosas que ninguna de las dos podemos perdonarnos.

–Eso no es cierto, por lo menos por mi parte. Me alegra mucho verte. Si es posible que empecemos de nuevo, yo estoy dispuesta a intentarlo. Pero te advierto que en nada va a ayudar que saques asuntos que es mejor dejarlos donde están.

–¡Pero para mí son importantes! Yo estuve embarazada, sentí las patadas en mi barriga. Y a los pocos días, se había ido para siempre, y se suponía que yo me tenía que haber comportado como si nada hubiera pasado. Pues así no es como funcionan las cosas, madre. Antes de que tú y yo podamos reanudar la relación, tendré que encontrar la forma de cerrar esa herida.

–¡Imogen, te lo suplico! –Suzanne, blanca como la pared, puso la taza en el plato y se empezó a dar masajes con los dedos en las sienes.

Imogen se dio cuenta de que su madre tenía aspecto de enferma. El sol de la tarde, iluminando sus delicados rasgos patricios, revelaban las marcas de la desdicha alrededor de los ojos y de la boca, una marcas que sólo podía dejar el dolor recurrente.

Por fortuna, es ese momento entró la criada.

–¿Habrá una persona más a cenar, señora?

–Me temo que no –respondió Suzanne–. Está empezándome a doler la cabeza. Lo siento, Imogen, pero me voy echar un rato, con un paño frío en la frente.

–Claro, claro. ¿Quieres que te traiga algo? ¿Una aspirina, quizá?

–No, gracias. Tengo una medicación especial para las migrañas. Ya me la dará Molly.

La visita había terminado. Recogió sus cosas y se preparó para marcharse.

–Bueno me voy. Te llamaré mañana, si quieres.

–Claro.

Imogen estuvo dudando unos segundos, tentada en darle un abrazo. Pero cuando Suzanne se levantó del sofá, se tambaleó un poco, evidenciando que de verdad le estaba doliendo la cabeza. Imogen le tocó la mano y le dijo:

–Siento mucho si mi presencia te ha producido esa jaqueca.

–Mucho me temo que no has sido tú, querida –empezó a retorcerse los anillos de los dedos y enarcar las cejas. Al cabo de unos segundos, levantó la mirada y dijo muy bajo:

–¿Por qué no te quedas aquí mientras estás en el pueblo? Me encantaría que te quedaras. Todos estos años he echado de menos una hija.

Era lo último que había esperado oír. Aquellas simples palabras la conmovieron y sirvieron para que empezara a curarse la herida.

–No quiero ser una molestia. Además, el Briarwood es muy cómodo.

–Pero no es tu casa. Y si tenemos que encontrar una solución a nuestra relación, la mejor forma es aquí, bajo el mismo techo donde todo empezó.

–Tienes razón. Gracias, mamá.

Salió sonriendo de la casa y no dejó de sonreír hasta llegar al hotel.

–Me voy del hotel. Por favor, preparen la factura y también me gustaría que enviaran dentro de media hora a alguien para que me ayude a bajar las maletas.

–¿Algún problema con el servicio, señora?

–No –respondió ella, todavía sonriendo–. El servicio es perfecto.

Cuando veinte minutos más tarde oyó que alguien llamaba a la puerta, Imogen la abrió, esperando encontrarse al botones. Pero en lugar del botones, el que estaba allí era Joe Donnelly.

–Harías mejor invitándome a pasar –le dijo, al ver que ella se había quedado inmóvil, sin saber qué hacer–. No creo que quieras que se entere de que estoy aquí toda esta planta del hotel.

Si no la hubiera pillado tan de sorpresa, Imogen le habría contestado que no le interesaba descubrir la razón de aquella visita tan inesperada y le habría dado con la puerta en las narices. El sentido común le decía que, como mínimo, le debía pedir que la esperara en alguno de los salones de la parte de abajo del hotel. El instinto de conservación le decía que lo mejor era negarse a verlo. Normalmente, Imogen hacía caso de sus instintos. Pero cuando vio el rostro de Joe, comprendió que ésa no era una situación normal.

La noche anterior, la oscuridad había escondido lo que la luz del día revelaba. Joe había perdido el gesto de despreocupación en su rostro. De su boca había desaparecido cualquier vestigio de suavidad. Sus ojos, a pesar de que seguían teniendo el mismo tono azul, poseían una sabiduría que Joe Donnelly no había tenido a los veintitrés años.

A esa edad, se había puesto el mundo por montera, creía en sus posibilidades, se creía invencible. Pero la arrogancia de la juventud había dado paso a un cinismo que se podía convertir en un sentimiento de ira a la menor provocación. Y de alguna manera, ella era la que le había provocado.

–¿Qué quieres? –le preguntó, retrocediendo unos pasos, para dejarle entrar en la habitación.

La siguió y cerró la puerta tras él.

–Parece que he llegado justo a tiempo –le dijo, sin hacer caso de la pregunta que le acababa de hacer, mientras hacía un gesto con la cabeza, indicando la maleta que estaba abierta encima de la cama–. Veo que estás preparando todo para salir corriendo otra vez.

–No me voy, Joe Donnelly. Es que me voy a alojar en casa de mi madre, aunque la verdad es que no te debo ninguna explicación.

–Claro que me la debes, Imogen –le respondió, acercándose cada vez más, mientras ella retrocedía, hasta que sus piernas tocaron el borde de la cama–. Y puedes empezar diciéndome por qué te fuiste del pueblo tan de repente, a las pocas semanas de que nos acostáramos, justo cuando te graduaste. ¿Por qué te fuiste tan de repente, Imogen?

–Eso a ti no te importa.

Se cruzó de brazos y plantó los pies con más firmeza en el suelo, para que viera que no estaba dispuesto a cejar en su intento.

–Pues, para tu información, sí me importa.

A Imogen no le gustaba la forma que él tenía de intimidarla. Había algo un poco siniestro en su voz aterciopelada y sus ojos la miraban con un aire gélido.

–Estoy esperando –le dijo.

Ella tragó saliva, intentando encontrar una respuesta que pudiera satisfacerle y pusiera fin a aquel interrogatorio.

–Me fui a Suiza un año –le dijo–. A un colegio.

Joe hizo un movimiento, le agarró las muñecas con sus manos y la levantó.

–¡Mentirosa! ¡Tuviste un bebé! ¡Mi bebé!

Imogen palideció. El Joe Donnelly que ella había conocido y adorado nunca la habría arrinconado de forma tan despiadada. Aquel hombre era un extraño.

–¿No es verdad? –agarrándole las dos muñecas con una sola mano, le levantó la barbilla con la otra y la obligó a mirarlo a los ojos.

Sin decir una sola palabra, ella lo miró, su silencio una admisión de su culpa. Hubo un tiempo en que le habría encantado que él la hubiera sujetado de aquella forma, tan cerca que incluso podía ver la barba creciendo en su mentón. Pero no en ese momento, con una expresión de rabia en sus ojos y en su boca. Como si se hubieran violado sus derechos como ser humano, como hombre.

Y la verdad era que sus derechos habían sido violados porque había sabido por alguna otra persona lo que ella tendría que haberle dicho hacía bastantes años.

Considerándolo desde su punto de vista, sabía que su comportamiento había sido inexcusable.

–¿Cómo te has enterado? –le preguntó ella.

–Por casualidad.

–Lo siento –replicó ella en un tono muy débil.

–¿Por qué? –gritó él–. ¿Por la forma en que me he enterado de que era padre, o por haberme enterado? Y no me digas que es algo que no me concierne, Imogen, porque sí me concierne.

–Siento mucho que hayas tenido que enterarte de esta forma –murmuró ella.

–Podrías haberlo evitado. Podrías habérmelo dicho tú misma.

–Yo…

–Déjame que adivine por qué no lo hiciste –el desprecio en su tono de voz le llegó al corazón–. Los genes de los Donnelly no podían mezclarse con los de los Palmer. Era más fácil decir que todo fue un error y solucionar ese error antes de que nadie pudiera enterarse. ¿Voy demasiado deprisa, princesa?

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