Kitabı oku: «E-Pack Bianca y Deseo febrero 2021»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Bianca y Deseo, n.º 228 - febrero 2021

I.S.B.N.: 978-84-1375-309-6

Índice

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Capítulo Catorce

Epílogo

Si te ha gustado este libro…


Capítulo Uno

Diez años era mucho tiempo aunque, al parecer, no lo suficiente para cambiar ni una sola maldita cosa.

Nada podía demostrarlo más que encontrarse apoyado en la balaustrada de la casa de sus padres, contemplando a toda aquella gente deambulando por el jardín, todos ellos esperando poder verlo.

Y la única persona a la que él quería ver era a la mujer de la que debía mantenerse alejado.

Las parejas bailaban y reían, tomando champán en flautas de delicado cristal, celebrando su vuelta como si se hubiera pasado aquella década disfrutando de una isla privada, y no en la cárcel. Pero ni el lujo ni la diversión podían ocultar la tensa espera, el regodeo en sus expresiones, la sed de cotilleos. Aquella velada era una farsa cuyo final avanzaba inexorablemente hacia él, y no había maniobra que pudiera impedir lo que sabía que iba a ocurrir. Anderson Stone, el hijo pródigo, por fin estaba en casa, y todo aquel que fuera alguien en la sociedad de Charleston se había puesto sus mejores galas para poder examinarlo de arriba abajo y cuchichear a sus espaldas.

Al menos, en la cárcel, el enemigo era fácil de identificar, pero allí todo eran sonrisas justo antes de arrastrar tu reputación por el barro en cuanto se presentase la oportunidad.

–Cariño, ¿qué haces aquí arriba? Deberías estar en el jardín. Tus amigos están deseando darte la bienvenida.

Stone se volvió. Su madre ya había cumplido largamente los sesenta, y seguía estando preciosa. Su cabello oscuro se había trenzado de plata en los últimos diez años y algunas arrugas más partían de sus ojos, pero nada –ni siquiera ver cómo sacaban a su hijo de la sala del tribunal esposado– podía apagar la luz que brillaba en el fondo de sus ojos azules, o disminuir la confianza serena de su sonrisa.

Se acercó a él y le ofreció la mejilla para un beso, un cariño que él le mostró sin dudar. Ya le había dado bastantes sinsabores. Pero no hizo ademán de decidirse a bajar las escaleras para sumergirse en aquellas aguas repletas de tiburones.

–Cariño –dijo su madre en voz baja, y apoyó delicadamente una mano en su espalda, viendo cómo apretaba en la mano el vaso de whisky. ¿Quién se iba a imaginar que a los treinta, con todo lo que había visto y vivido, iba a seguir necesitando el contacto de su madre para que lo calmara como un niño asustado por una pesadilla?–. Sé que en este momento estás luchando contigo mismo, pero estas personas han venido a apoyarte.

Sí, ya. Le costaba creerlo, pero no iba a destruir la dulce visión que su madre tenía del mundo.

Había sido condenado por asesinato. Había matado a otro miembro de la jet-set. Daba igual que ese bastardo mereciera la muerte, porque solo una persona más conocía esa verdad, y él haría lo que fuera para conseguir que eso siguiera siendo así. Incluso declararse culpable y cumplir condena.

–Quedarte aquí de pie no te lo va a poner más fácil.

En eso tenía razón, así que respiró hondo y apuró el vaso. Sí que había echado de menos un buen licor como aquel. Se obligó a sonreír con la esperanza de que su madre no se diera cuenta de lo falso del gesto, y se encontraba ya cerca de la escalera cuando su voz dulce lo detuvo.

–Anderson.

Ella era la única persona que lo llamaba por su nombre de pila. Se detuvo y se volvió a mirarla.

–Estoy orgullosa de ti, hijo.

Pues no podía comprender cómo era posible, pero lo había educado bien y no era el momento de empezar a discutir con ella.

–Tienes todo el tiempo del mundo para decidir qué quieres hacer. Sé que tu padre te ha ofrecido un puesto dentro de la empresa, y a los dos nos encantaría que aceptaras, pero ni él ni yo esperamos que tomes esa decisión ahora mismo. Tómate tu tiempo. Disfruta de la libertad.

Stone asintió. No tenía valor para decirle que no le interesaba unirse a Anderson Steel. La empresa se llamaba así por el abuelo de su madre. En una época en la que pocas eran las mujeres que podían ocupar puestos de responsabilidad en los negocios, sus padres habían ocupado los cargos de gerente y vicepresidente desde mucho antes de que él naciera.

Siempre le había maravillado su capacidad para trabajar juntos todo el día y seguir tan enamorados. Él era lo más importante para ellos, pero nunca había sentido esa profunda conexión. De hecho, nunca había deseado entrar en la empresa, aunque diez años antes no se le habría ocurrido pensar que deseaba tomar otro camino. Sin embargo, en aquel momento… perder diez años de libertad te hacía replantearte hasta la decisión más simple de tu vida.

Ya no le interesaba cumplir con lo que se esperaba de él, en particular en lo referido a participar en Anderson Steel, pero el problema era que aún no tenía otro camino. Aún.

Ya cruzaría ese puente más tarde. Los problemas, de uno en uno.

No había puesto el pie en el último peldaño de la escalera cuando la música suave que se deslizaba por el salón de baile cesó, y todas las miradas de la sala aterrizaron en él.

No tenía ni idea de lo que estarían viendo o pensando y, francamente, no le importó. Bueno, no exactamente. Había una persona que sí le importaba, aunque no debería.

Había sentido su presencia nada más entrar ella en el salón, pero iba a hacer cuanto pudiera por ignorarla, al igual que iba a ignorar miradas y susurros.

Piper Blackburn permanecía en la zona menos iluminada del salón y, a pesar de la copa de Merlot que se había tomado, seguía sintiendo la garganta seca y áspera.

No podía apartar la mirada de él, como tampoco podía controlar el temblor de las manos. Mejor dejar a un lado la copa, no se le fuera a caer. Lo último que quería era llamar su atención. O mejor dicho: no quería llamarla aún. Tenía que estar más tranquila antes de enfrentarse a él. Antes de dar rienda suelta a la frustración acumulada durante diez años, al dolor, a la culpa.

Cerró los ojos y respiró hondo varias veces, empleando las técnicas de relajación que enseñaba a sus pacientes. Cuando se sintió un poco más centrada, los abrió de nuevo, e inmediatamente perdió lo conseguido, pues Stone seguía en su línea de visión, alto, fuerte y guapo como el mismo demonio. Estaba parado, como desafiando a quienes lo escrutaban.

Parecía distinto, pero no podía esperar otra cosa. Diez años en la cárcel cambiarían a cualquiera, ¿no? Lo veía más grande. No más alto, porque con veinte años ya medía más de metro ochenta, pero sí más musculado, con más volumen. Más duro, no solo en cuerpo, sino en actitud. El muchacho que ella conocía se movía con gracia, y esa gracia seguía presente, pero era como si su exterior de seda cubriese un interior de puro acero.

Un brote de risa histérica siguió a su propio chiste. Interior de acero para el hijo de los magnates del acero. Tenía que controlarse si quería que el discurso en el que había estado trabajando saliera como tenía planeado. Lo contrario la cabrearía sobremanera.

Aquella noche era la vuelta de Stone a la sociedad y la libertad, pero al mismo tiempo era también el cierre de una etapa, la última pieza que ella necesitaba para dejar atrás el pasado de una vez por todas.

Los murmullos se recuperaron poco a poco. La gente comenzó de nuevo a moverse. Alguien se abrió paso entre los asistentes para propinarle una palmada en la espalda a Stone y darle la bienvenida. Durante casi una hora, Piper permaneció en la parte más alejada, viéndole saludar a personas que conocía de toda la vida con una expresión vacía. No sonrió, ni rio. Se mostró solo educado y confiado, remoto e inalterable.

Era distinto, y la culpa era suya.

Sin embargo, no por ello iba a dejar de hacerle las preguntas para las que llevaba diez años esperando una respuesta.

Aguardó a que llegase su momento y, cuando lo vio acercarse a su madre para decirle unas palabras al oído y encaminarse después a la escalera, supo que era ahora o nunca.

Respiró hondo y echó a andar pegada a la pared, evitando la escalera principal que Stone había utilizado en favor de otra más pequeña, reservada al personal de servicio. Aquella casa le era tan familiar como si fuera suya. Puede que incluso más. La conocía de cabo a rabo. La había explorado con el hombre que intentaba escapar de la fiesta organizada en su honor.

Escapar de ella. Pero ya se había cansado de que la ignorase.

La pesada puerta de madera que cerraba el paso al final de la escalera daba a un tranquilo corredor, y llegó justo a tiempo de ver cómo se cerraba la puerta de la biblioteca que había al otro extremo. Tendría que haberse imaginado que iría allí, al lugar en el que tantas horas habían pasado juntos. La estancia llena de felicidad y buenos recuerdos.

De niños, se sentaban sobre la alfombra ante la enorme chimenea y reían leyéndose historias de las más rocambolescas aventuras. De adolescentes, acomodados en los sofás, hacían los deberes y fantaseaban con el futuro. La vida era entonces tan increíble, estaba tan llena de posibilidades… Hasta que, de pronto, dejó de estarlo.

Ni siquiera aquel doloroso recuerdo logró evitar que abriera la puerta y entrase. Las palabras que durante tanto tiempo había practicado se arremolinaron en su cabeza mientras cerraba y apoyaba la espalda en la puerta.

Una luz cálida que provenía de varios apliques de pared bañaba la estancia en dorado. Stone estaba de pie ante el ventanal curvo, de espaldas a ella, y sin darse la vuelta, dijo:

–Me preguntaba hasta cuándo ibas a esperar.

El timbre de su voz acabó de desatar el nerviosismo que amenazaba con apoderarse de ella, y sintió una corriente eléctrica recorrerle la piel. Era así de simple y así de complicado. La reacción que experimentaba ante aquel hombre llevaba años siendo un embrollo de emociones en conflicto.

Se sentía tan congelada como uno de aquellos cisnes de hielo que adornaban el bufé de abajo cuando Stone giró la cabeza para atravesarla con la mirada. Su expresión remota fue como una patada en el vientre.

Imbécil… Habían pasado demasiado juntos para que la mirara con la misma expresión desapasionada y vacía que había dedicado a todos los demás. Se merecía más de él.

De pronto echó a andar con paso decidido hacia él. Todas las palabras que había practicado se ordenaron detrás de los labios, dispuestas a salir.

Stone se volvió, parado con las piernas abiertas y las manos apretadas.

Cómo deseaba abofetearlo, escuchar el sonido del impacto de su mano en la mejilla, pero no lo hizo. Aun estando enfadada, seguía alegrándose de verlo al fin.

La velocidad que había ganado la empujó contra él, y rodeándolo con los brazos, lo apretó contra sí. Calor, felicidad y arrepentimiento se le clavaron en el vientre, y cerró los ojos. Era maravilloso poder abrazarlo.

Hasta que se dio cuenta de que él no se había movido. Seguía teniendo los puños apretados y los brazos a lo largo del cuerpo.

Se separó e intentó interponer algo de espacio.

–Lo siento.

–¿Qué sientes?

–Acabo de ver a un par de docenas de personas a las que les importas un comino revolotear a tu alrededor como si fueses Cristo redivivo mientras, en silencio, las condenaba por ser hipócritas y falsas.

–Entonces, ya somos dos –replicó él, y un brillo que duró apenas una décima de segundo hizo resucitar sus ojos castaños.

–Y yo acabo de hacer prácticamente lo mismo.

–Casi.

–Pero tenía que elegir entre abrazarte o darte una bofetada.

Stone pareció sonreír.

–Estás enfadada conmigo.

–¡Pues claro que estoy enfadada contigo, pedazo de idiota!

–No tienes por qué.

–¿No tengo por qué? Stone, llevas diez años negándote a verme o a hablar conmigo, después de que mataras a mi hermanastro para protegerme.

Su relación se había complicado un poco entonces, pero aun así, seguían estado unidos. Eran los mejores amigos. Y de pronto… desapareció.

Cuando más lo necesitaba.

Pero no era esa la razón de su enfado. Había logrado asimilar lo ocurrido con años de terapia, que la había ayudado a superar la ira y la culpa. Lo que no había podido superar había sido su empecinamiento en bloquearla, en dejarla fuera, en no permitir que ella lo protegiera del mismo modo en que él siempre la había protegido a ella.

–No me diste oportunidad, Stone. No me dejaste admitir que Blaine llevaba años intimidándome, acosándome. Lo sacrificaste todo, para luego negarte a hablar conmigo.

Estaba tan ciega por la irritación que no se dio cuenta del cambio que se había obrado en la postura de Stone y en su expresión.

–¿Llevaba años acosándote? –preguntó, agarrándola por los brazos. Su expresión se había vuelto asesina–. ¿Aquella no fue la primera vez que te hacía daño?

El cambio la pilló desprevenida y negó con la cabeza.

–No. Bueno, sí.

–¿Sí o no?

–No. Sexualmente no me había atacado nunca antes de aquella noche, pero me había pegado. Me pellizcaba. Me asustaba. Una vez, me cortó con unas tijeras, pero dijo que había sido un accidente y no pude demostrar lo contrario.

Esa parte de la historia con Blaine era la razón por la que no había hablado. Todo había ocurrido muy deprisa, sí, pero cuando se dio cuenta de lo que Stone había hecho… tuvo miedo de que nadie la creyera si decía la verdad. Cualquier prueba que pudiera tener contra Blaine había desaparecido. Tenía miedo, se sentía dolida y perdida.

Stone abrió las manos despacio y las dejó caer rozando sus brazos, despertando con el contacto una cascada de sensaciones que contrastaban notablemente con la expresión de su rostro. La esquivó y se alejó de ella.

–¿Dónde vas? –lo llamó. Ni de lejos habían terminado con aquella conversación.

–Quiero desenterrar a ese hijo de perra para poder volver a machacarle el cráneo –masculló.

Piper sintió que las rodillas no la sostenían. Simplemente, dejaron de hacerlo. Pasó de estar de pie a estar hecha un manojo de brazos y piernas en el suelo. Mierda… así no iba a transmitir precisamente la imagen de una mujer de éxito y poderosa, que era lo que pretendía. Que, sin él, estaba bien.

Vio cómo los ojos de Stone se abrían de par en par y casi sin saber cómo se encontró en el aire, mientras el mundo se movía a su alrededor, aunque dejó de hacerlo cuando apoyó la cabeza en su cuerpo firme.

Su olor la envolvió y su calor le llegó a la piel de inmediato. Tenía los labios apretados, y estaban tan cerca… ¿Qué narices le pasaba? ¿Por qué quería acercarse y saborearlos? No era la primera vez que sentía esa necesidad, pero había pasado mucho tiempo. Y ella que creía tener el control absoluto de sus reacciones.

La dejó en el sofá más cercano, una enorme monstruosidad de piel que resultó ser mucho más cómoda de lo que parecía, y se agachó delante de ella. En otro tiempo habría podido saber con exactitud lo que estaba pensando, pero en aquel momento no encontró nada. Ni rastro de lo que podía pensar o sentir.

Y, por primera vez desde que planeó aquella confrontación, se paró a pensar cómo le haría sentir su encuentro.

En realidad no era cierto. Lo había pensado, pero había descartado la única opción lógica: que estuviera tan enfadado con ella por lo que había ocurrido, por haberle destrozado la vida, que no podría siquiera soportar su presencia.

Lo que no entendía era por qué había sacrificado su libertad y su futuro por ella, si aquello era cierto. Él fue quien quiso romper el contacto.

Llevaba un vestido de diseño sin mangas y con cuello alto que lucía una sensual abertura en la espalda, y le vio seguir la línea del brazo que tenía apoyado a lo largo del torso y la cadera. Y lo que hicieron sus ojos lo repitió su mano, desde el hombro hasta llegar a sus dedos, con un contacto que era apenas un suspiro y no debería bastar para encender una llama en su interior. Pero es que su cuerpo no respondía bien cuando Stone estaba cerca. Al menos, así había sido desde los quince.

–¿Por qué nunca dijiste nada?

Piper se encogió de hombros.

–¿Qué iba a decir? Tú sabías que Blaine era un malcriado.

Su expresión volvió a endurecerse de tal modo que sintió una imperiosa necesidad de tocarlo, de calmarlo. Pero no tenía ese derecho.

–Hay una gran diferencia entre meterse con una persona y atacarla físicamente, Piper.

–Lo sé perfectamente. No ocurría de continuo. A temporadas parecía que las cosas iban bien, o todo lo bien que podían ir con Blaine, y de pronto, al pasar a mi lado por el pasillo, me daba un golpe que me dejaba huella. Pero siempre se cuidaba de hacerlo en un sitio en el que nadie más pudiera verlo.

–Deberías haber dicho algo.

–¿Y qué ibas a hacer? Si me hubiera imaginado adónde iba a llegar, lo habría hecho, pero es que ya casi era libre. Un par de meses más, y me habría largado de la casa y de su alcance.

A menudo se había preguntado si precisamente eso fue lo que lo desencadenó todo aquella noche, pero la pregunta siempre se había quedado sin respuesta y parecía que iba a seguir así.

–No tiene sentido darle más vueltas –dijo, haciendo un gesto con la mano. Se había pasado años en terapia y había logrado un sentimiento de paz en cuanto a Blaine.

Lo que ahora necesitaba era pasar página con Stone. Dejar atrás el anhelo que se había pasado años intentando convencerse de que no existía.

Había entrado en aquella estancia enfadada con él y consigo misma, pero debajo de todo eso siempre había palpitado una burbuja de necesidad y desconcierto y, en aquel momento, mirando sus ojos dorados, sintió la necesidad imperiosa de encontrar el modo de purgar todo aquello.

–Lo siento –dijo, casi sin darse cuenta de que quisiera decirlo.

–¿Qué sientes?

¿Que qué sentía? ¿Cómo podía dudarlo?

–Haberte arruinado la vida.

Capítulo Dos

Las palabras de Piper fueron para él como un puñetazo en el pecho, pero seguía hablando ajena a su efecto.

–He trabajado mucho para poder dejar atrás lo que Blaine me hizo. Ahora ya no tiene ningún poder sobre mí. Lo que no consigo dejar atrás es lo que tú me hiciste.

Esa era, exactamente, la razón por la que no podía tocarla. No podía culparla por odiarle. Él se odiaba a sí mismo por cómo habían salido las cosas, aunque seguramente no cambiaría ni una coma. No, si con ello conseguía que Piper estuviera a salvo.

Solo los años de práctica controlando todo lo que llevaba dentro le permitieron seguir sin que su expresión reflejase nada en absoluto, pero no porque sus palabras no le dolieran más que la herida de arma blanca que le infligieron el primer año de cárcel, antes de que encontrase el modo de amasar poder e inspirar miedo y respeto.

De pronto Piper le empujó por el pecho. En circunstancias normales habría podido permanecer perfectamente equilibrado, pero aquella situación era cualquier cosa menos normal, de modo que se encontró sentado en el suelo, mirándola.

El absurdo de todo aquello le hizo estallar en carcajadas. Si Finn y Gray lo pudieran ver, ellos también se morirían de risa. Dejándose llevar se tumbó sobre la alfombra y siguió riendo con los ojos cerrados. Dios, incluso aquello resultaba sorprendente.

–¡Para! –oyó que le decía y, de mala gana, abrió los ojos. Se encontró con que lo miraba incrédula–. Nada de todo esto tiene gracia.

–Te equivocas. No sabes cuánto –contestó, levantándose. Ver cómo pasaba de la irritación a la preocupación volvió a provocarle la risa. Siempre había sido una mujer inteligente.

Se acercó al ventanal y se guardó las manos en los bolsillos. Así, a lo mejor, dejaba de desear tocarla.

–Muchos hombres más grandes y más fuertes que tú han intentado derribarme. ¿No te parece divertido que una mujer de apenas metro sesenta logre lo que ellos no han podido? A mí, sí.

–He entrenado defensa personal –contestó, y eso le hizo perder las ganas de reír, porque estaba clara la razón por la que había querido aprender.

–Yo, también –contestó, aunque él lo había aprendido por la vía dura.

Cuando accedió a declararse culpable, su abogado le dijo que iría a una cárcel de mínima seguridad, la clase de lugar a la que llevaban a los delincuentes de guante blanco. Pero fueran como fuesen, los delincuentes eran eso, delincuentes, y a ninguno le gustaba tener a un asesino entre ellos, menos aún a uno famoso, que había accedido a una sentencia menor gracias a sus influencias.

Tampoco ayudaba el hecho de que la historia de la muerte de Blaine y su rápida confesión apareciera en todas las redes. Y su negativa a hablar sobre lo ocurrido fue como echar leña al fuego. Se había limitado a decirle a su abogado que adujera que había sido un accidente. Pasaron meses antes de que los periodistas dejaran de perseguirlo.

–¿Por qué lo hiciste?

Sabía exactamente qué le estaba preguntando, pero prefirió fingir que había malinterpretado la pregunta.

–¿El qué? ¿Matarlo? Creo que es obvio. En realidad no pretendía matarlo. Por eso no me acusaron de asesinato.

Debería haber sabido que Piper no iba a dejar que se fuera de rositas con esa respuesta.

–Ya sabes que no me refiero a eso. ¿Por qué reconociste la culpabilidad? ¿Por qué no me dejaste que le dijera la verdad a la policía? Ni siquiera me interrogaron. ¿Qué les dijiste? ¿Por qué te negaste a verme y a hablar conmigo?

Con cada palabra, la voz de Piper había ido creciendo en intensidad hasta acabar rebotando en las librerías que los rodeaban. Si no tenía cuidado, todo el mundo abajo la oiría, y los años que había pasado encerrado no habrían servido de nada.

Se acercó a ella solo con la intención de pedirle que bajara la voz, pero el fogonazo de miedo que vio en sus ojos no le pasó desapercibido, y se detuvo antes de llegar a su lado.

–No habría supuesto ninguna diferencia –le dijo, consciente de que el calor que emanaba de su cuerpo le estaba haciendo hervir la sangre.

–Eso es una tontería. Lo habría cambiado todo. ¡Me estabas defendiendo!

–Lo maté –sentenció–. No tenías por qué volver a contar el horror por el que te hizo pasar delante de su padre y de su madre, así que daba igual.

–¡A mí no me daba igual!

Pero no lo bastante para… no. No iba a terminar ese pensamiento. No había querido que saliera en su defensa. No había querido que tuviera que sufrir más.

–Y luego, me dejaste completamente fuera. Eras mi mejor amigo, Stone. La persona en el mundo a quien le contaba todo.

–No todo –la corrigió.

–¿Por qué no me dejaste que te fuera a visitar? –contraatacó, después de un segundo de silencio–. Que estuviera ahí para ti, igual que tú lo estuviste para mí.

No había comparación, y de ningún modo iba a permitir que lo viera como estaba aquellos primeros meses, magullado y medio roto. También se había negado a que lo viera su madre, aunque seguramente eso Piper no lo sabía. La única persona a la que había permitido que lo visitara era su padre, y solo porque le había arrancado la promesa de que no le revelaría a nadie cómo se encontraba. Era la primera vez que lo trataba como a un hombre y no como a un muchacho. Quizás fuera la primera vez que había sido de verdad un hombre.

–Mira, Piper, tú no tenías por qué acercarte a ese lugar.

–Tú tampoco –espetó, la viva imagen de la infelicidad y la pena.

–Se acabó –resumió, encogiéndose de hombros–. Es historia. No hay por qué diseccionarlo ahora.

–Diseccionar el pasado es lo que hago para ganarme la vida como psicóloga –se explicó con la sonrisa más triste del mundo–. ¿No lo sabías?

Sabía perfectamente a qué se había dedicado aquellos años. Su padre le había puesto al corriente de todo aquel que le importaba.

–Aunque te diera la razón, que no te la doy, ¿qué hay de las cartas que te escribí y que tú me devolviste? ¿Eh?

Stone intentó no fijarse en que, al cruzar Piper los brazos, los senos se le habían subido bajo el vestido. O en cómo el tejido brillante le dibujaba la cadera que había ladeado exasperada. La erección que pugnaba detrás de los pantalones era bastante inconveniente.

Si fuera un hombre más débil, intentaría convencerse de que aquella reacción física tenía más que ver con el tiempo que llevaba sin disfrutar de las suaves curvas del cuerpo de una mujer. Pero sería una mentira, y procuraba no mentir nunca, sobre todo a sí mismo. Su reacción solo tenía que ver con la mujer que tenía delante porque era algo contra lo que llevaba luchando desde los dieciséis para no poner en peligro la amistad que tanto significaba para él. Y después… después, no la había merecido. Seguía sin merecerla.

Intentó encontrar algún centímetro más en aquellos condenados pantalones de esmoquin, pero por mucho que se moviera, aquella prenda parecía estarle estrangulando.

–¡Stone!

Sí, las cartas.

–No quería leerlas, así que te las devolví.

De no haberse encontrado sometido a aquella tortura, habría encontrado un modo más sutil de responder, pero ser franco podía ser la mejor solución a largo plazo.

Desde el minuto en que puso el pie en casa de sus padres, supo que, en algún momento, tendría que enfrentarse a Piper. Obviamente, tenía preguntas, mucha ira y nunca había rehusado enfrentarse a un desafío, pero llevaba días temiendo aquel encuentro.

Quizás aquellas palabras fuesen el empujón que los sacaría a ambos de la tristeza, que pondría punto final a aquella tortura porque, pasara lo que pasase, no podía tener a Piper en su vida.

Si ella no veía a un monstruo al mirarle, él sí. Y no solo por lo que le había hecho a Blaine, sino por todo lo que había hecho desde entonces. Y lo que no. Su vida se había congelado diez años atrás mientras que la de Piper había florecido. Había alcanzado el éxito. Había luchado contra los efectos secundarios de lo que había tenido que pasar, y estaba muy orgulloso de ella por haberlo logrado, pero no quería ser un recordatorio constante para ella, y no tenía ni idea de cómo impedirlo. ¿Cómo podía estar en la misma habitación que él y no volver mentalmente a aquella noche?

Ya había pasado bastante, y no podía ser la fuente de más dolor para ella, de modo que herirla en aquel momento era el mejor modo de evitar que hubiera más tristeza.

Sus palabras la atravesaron de lado a lado, aunque no era más de lo que se esperaba. ¿Qué otra explicación podía haber? Obviamente la culpaba de que su vida se hubiera convertido en un infierno. Nunca habría estado en la cárcel de no ser por ella.

Movió la cabeza e intentó respirar hondo. Perder la compostura en aquel momento no serviría de nada y lo miró en silencio durante varios segundos.

Ya no estaba segura de qué esperaba conseguir forzándolo a mantener a aquella conversación. Bueno, no. Quería verlo con sus propios ojos. Necesitaba verlo. Saber que la necesidad que sentían los dos seguía estando allí. Y para maldición de ambos, lo estaba.

Se había mentido a sí misma, diciéndose que solo quería poner punto final y no dar alas a la fantasía de que la mirara, la tomase en brazos y la besara como si no hubiera un mañana.

Por desgracia, estaba claro que la fantasía era solo de ella. Él nunca le había dado señal alguna de que quisiera otra cosa que no fuera amistad así que, en resumen, punto final es lo que iba a llevarse. No había nada que revivir, ni siquiera esa amistad.

Se obligó a hablar a pesar del nudo que tenía en la garganta.

–Oírte decir eso duele, pero lo entiendo y no te molestaré más.

Con una sonrisa enferma, echó a andar dejándolo atrás, ansiosa por llegar a la puerta antes de que las emociones la desbordaran y las lágrimas la avergonzasen. Lo último que quería era que Stone la viera vulnerable.

Aquella puerta era todo lo que podía ver. Era el modo de escapar. Por eso no estaba preparada para sentir que una mano caliente y dura se posaba en su brazo.

–Piper…

–¿Qué quieres de mí, Stone? –le preguntó sin mirarlo.

El corazón le latía con tanta fuerza que, en el silencio que se extendió entre los dos, seguro que él podía oírlo. Stone no se movió. No la sujetó, pero estaba muy cerca.

Cuando ya no pudo aguantarlo más lo miró, y lo que encontró en sus ojos la dejó paralizada por dentro. La ira, la desesperación y la esperanza llenaban su mirada. Ojalá pudiera tocarle la cara para calmarlo, para asegurarle que todo iba a ir bien.

Pero no le correspondía a ella.

–No quiero nada de ti, Piper.

–Entonces, deja que me vaya.

Le vio apretar los puños y pensó que iba a hacer lo que ella le había pedido, pero inesperadamente se iluminó la pantalla de su reloj de pulsera. La tensión desapareció al dejar de mirarse, aunque una ansiedad de otro tipo le contrajo el pecho al leer las palabras que habían aparecido en su pequeña pantalla.

Me gustaría hablar con usted sobre la muerte de su hermano. Llámeme para que podamos concertar una cita y que pueda darme su versión de la historia.

Un sudor frío le bañó el cuerpo. Lo último que quería era hablar con algún periodista sobre Blaine. Había conseguido asimilar lo ocurrido, pero no por ello estaba dispuesta a contárselo al mundo.

Diez años atrás, su nombre apenas había sido un pie de foto en la historia, dado que la muerte de Blaine había ocurrido en su fiesta de graduación. Nadie la había relacionado con lo sucedido. Se había especulado con mujeres, drogas, negocios que habían salido mal… pero nadie había considerado que ella podía ser el centro de la controversia que rodeó aquel escándalo, lo cual había obrado en su favor.

Los buitres habían vuelto a la carga, buscando algún pedazo de información con que poder transformar la puesta en libertad de Stone en una noticia de alcance nacional.

–¿Pero qué narices…? –se enfureció él, y tiró de su mano para poder leer mejor lo que acababa de aparecer en la pantalla. Ella ni siquiera intentó impedírselo, y dejó que se acercase más. Era egoísta por su parte, pero se dejó envolver por su calor. Iba a durarle poco.

–¿Quieres explicármelo?

–Pues la verdad es que no.

Stone respiró hondo.

–Da igual. Habla.

–Los periodistas llevan meses molestándome –confesó, encogiéndose de hombros.

–¿Y por qué acabo de enterarme?

–Pues no sé… ¿Será porque te has negado a hablar conmigo durante diez años, y pensé que te importaría un comino?

Stone se pasó las manos por el pelo casi como si quisiera arrancárselo y, aunque no debería, Piper se sintió mejor. Verle tan frustrado como se había sentido ella era reconfortante.

–Esto no tiene nada que ver contigo –le dijo.

–Y unas narices.

–En realidad, no.

–Te ha escrito a tu número particular –señaló él.

–Lo sé.

–¿Y cómo lo ha conseguido?

–Soy fácil de encontrar –respondió, cruzándose de brazos–. Tengo que estar accesible por la naturaleza de mi trabajo.

Un sonido parecido a un rugido reverberó en el pecho de Stone.

–Hace un instante estabas a punto de echarme de tu vida para siempre –continuó–, así que finjamos que no has visto ese mensaje y déjame salir.

–Eso cambia las cosas.

Piper alzó las cejas.

–No cambia nada –replicó, disponiéndose a marcharse–. No te debo nada, y menos aún explicaciones de lo que esté pasando en mi vida en este momento.

Tomó el pomo, pero antes de que pudiera accionarlo, él apoyó la mano en la hoja de la puerta con tal fuerza que el sonido se extendió por la biblioteca.

–Puede que tengas razón, pero vamos a hablar de ello de todas formas.

–¿O qué, si yo no quiero? –espetó.

–O te cargo al hombro y te encierro en una habitación hasta que te calmes un poco.

–Te deseo suerte con eso.

–No me pongas a prueba, Piper. Maté a un hombre para protegerte.

Su tono parecía indicar que lo que había hecho le parecía horrible, pero ella nunca podría pensar en él como un asesino, ni como ninguna otra cosa que no fuera su salvador.

De pronto se sintió muy cansada. Agotada en realidad. Había pasado unos días cargados de emociones. De hecho, no recordaba la última noche que había dormido del tirón. Hacía semanas, incluso meses.

–Es solo una periodista, Stone. Soy perfectamente capaz de no hacerle ni caso.

Stone cambió de postura y las solapas de su chaqueta le rozaron la espalda. La imperiosa necesidad de apoyarse en él y dejar que su fuerza la empapara fue difícil de contener, pero dio media vuelta y, respirando hondo, alzando la barbilla y cuadrando los hombros, se dirigió a la silla en la que había estado sentada antes.

Cuando el caos se apoderaba de todo, el mejor modo de mantener la calma era controlar las cosas que sabía que podía controlar, como su postura y sus actos.

–¿Qué quieres saber?

–Dices que los periodistas llevan meses poniéndose en contacto contigo. ¿Por qué?

Piper ladeó la cabeza como si no pudiera creerse la pregunta.

–No lo sé. Puede que porque con tu puesta en libertad se haya renovado el interés por la historia.

–Eso ya lo sé. Los de Recursos Humanos en Anderson Steeel han estado recibiendo llamadas a diario. Lo que quiero saber es por qué tú. Por qué ahora, si antes te habían dejado en paz.

Piper fue a darle réplica, pero se detuvo un instante para pensar.

–¿Cómo sabes eso? –le preguntó, despacio.

–¿Cómo sé qué?

–Que me habían dejado en paz.

–Me lo dijo mi padre.

–¿Porque tú se lo preguntaste, o simplemente era información general?

Le vio apretar los dientes y pensó que no iba a contestar.

–Porque yo se lo pregunté.

Piper lo miró sin saber qué hacer con esa confesión. Quiso preguntarle, pero tenía miedo de que no le diera una respuesta sincera. O que a ella no le gustara lo que le fuera a decir.

–Creo que solo están intentando pescar algo. Antes no se fijaban en mí porque tenía apenas dieciocho años. Ahora soy adulta, con una carrera exitosa en Psicología, lo que les proporcionaría no solo información desde dentro, sino la opinión de una experta profesional.

–No estarás hablando con ellos.

Le irritaba que no pusiera la frase entre interrogaciones.

–No estás en disposición de darme órdenes.

Volvió a pasarse las manos por el pelo, a tirarse de algunos mechones. Parecía una nueva costumbre en él cuando se encontraba frustrado.

–Por favor, no hables con ellos.

De pronto volvió a sentirse agotada, como si estuviera intentando empujar un muro que ya no se movía.

–¿Por qué iba a hacerlo?

Era fácil darle lo que pedía, teniendo en cuenta que era lo que había decidido hacer.

–Bueno, esta noche no ha salido como estaba planeado –dijo, y se levantó de la silla–. Me voy a casa.

–No. No hemos terminado esta conversación.

Le dedicó un esbozo de sonrisa.

–Mírame –dijo, y abrió la puerta.

Capítulo Tres

Por segunda vez aquella noche, Stone se encontró en la balaustrada del primer piso, contemplando a la gente que había en el jardín, aunque en aquella ocasión tenía un cometido. No había perdido de vista a Piper mientras ella se abría camino entre personas a las que conocía de toda la vida. Se detenía, sonreía, hablaba, reía. Actuaba como si lo ocurrido en aquella última media hora no hubiese sucedido.

Era increíble lo contenida que podía mostrarse cuando a él le costaba lo indecible no estrellar el puño contra la pared que tenía detrás.

–¿Ha ido tan mal como esperabas?

Gray Lockwood se le acercó y apoyó las manos en la balaustrada para mirar también a la gente del jardín.

–Peor.

Gray se rio con cierta ironía.

–Ya. Qué me vas a contar. A ti por lo menos tu familia te ha montado una fiesta. La mía no quiere saber nada de mí.

–Qué mierda, tío.

Gray, Finn y él se habían conocido en la cárcel, y tras unos momentos iniciales algo turbulentos, habían llegado a ser más que amigos. Eran hermanos, y se habían pasado los últimos años cuidándose las espaldas. Gray había sido puesto en libertad el primero, once meses atrás, después de cumplir sentencia por sustraer cuarenta millones de dólares de la empresa de su familia, lo cual no dejaba de ser gracioso porque, incluso después de devolverles veinte de los millones que él juraba no haberles quitado, le quedaba dinero suficiente para comprar varios países.

–Así son las cosas –contestó, encogiéndose de hombros–. Estoy en paz con ello.

Pero aún se percibía una amargura en su tono de voz que no lograba ocultar del todo.

–Ya verás como todo mejora –añadió.

–Eso espero, porque si todos los días van a ser como este, creo que prefiero que vuelvan a encerrarme.

–Tonterías –contestó, volviéndose de espaldas a la balaustrada.

–Sí, tienes razón.

–¿Me vas a decir quién es esa preciosidad del vestido ajustado?

Sabía exactamente de quién estaba hablando, pero prefirió hacerse el tonto.

–Hay muchas mujeres guapas ahí abajo. Tienes que ser más concreto.

–Es posible, pero solo hay una a la que llevas un rato mirando como si fuera el conejo de un mago y pudiera desaparecer en cualquier momento.

–¿De dónde te sacas eso?

–No intentes distraerme, que no te va a servir.

–No es importante.

–Entonces, no te importaría que bajase y la invitara a cenar, ¿no?

No había modo de explicar la ira posesiva que lo sepultó.

–Está fuera de tu alcance, Gray.

–Ya. Me lo imaginaba. A ver si lo adivino. ¿Piper?

Podía mentir, pero no le serviría de nada.

–Sí.

–¿Es ella la culpable de la mezcla de ira, irritación y abandono que tienes en la cara?

Demonios… Estaba convencido de llevar puesta la máscara, pero al parecer, se equivocaba. O igual Gray lo conocía tan bien que podía ver más allá.

–Acertaste.

–Imagino que eso significa que vuestro encuentro no ha ido bien.

–Digamos que terminó con ella cabreada y saliendo como un huracán de la habitación.

–¿Pero qué le has dicho, hombre?

–Nada que no fuera absolutamente necesario.

Gray movió la cabeza.

–¿Alguna vez te he dicho que eres un idiota?

–Últimamente, no.

–Pues lo eres.

–Ya no importa. Mi plan era dejarla en paz, pero ahora eso ya no es una opción.

–¿Por qué?

–Porque es demasiado terca para darse cuenta de que se está poniendo en peligro.

–Eres consciente de que no es tu responsabilidad, ¿verdad? No tienes por qué pelearte con cada dragón que aparezca en su vida, tío. Es demasiado guapa para estar sola, así que deja que sea quien ocupe su cama el que se preocupe del problema.

Stone se sorprendió tanto como Gray al encontrarse agarrando a su amigo por las solapas.

–No vuelvas a hacer comentarios de ese tipo sobre ella.

Gray alzó las manos en señal de rendición.

–Mensaje recibido, tío.

Dios bendito, ¿qué narices le pasaba? No había vuelto a estar tan irascible desde el primer año de cárcel. Después, había aprendido a controlar sus respuestas y acciones pero, imaginarse a Piper en la cama con otro…

El cerebro se le había cortocircuitado porque quería ser él quien durmiera a su lado, y eso no podía ser. No lo merecía.

–Perdona –se disculpó.

–Ha sido culpa mía. Además, lo he hecho a propósito.

–¿Porque eres imbécil?

–Porque soy tu amigo y estoy preocupado por ti. Pero ¿por qué no dejamos la conversación trascendental para otro momento y nos centramos en lo que ha cambiado a tu chica?

–No es mi chica.

–Claro, claro.

Stone suspiró.

–Al parecer los medios también han venido persiguiéndola a ella.

–No me sorprende.

–¿Ah, no? Pues yo no me lo esperaba. Cuando pasó la dejaron en paz.

–Están intentando encontrar algo nuevo, Stone. Pero tú sabes cómo detenerlo.

–No pienso hacerlo, tío.

Gray se encogió de hombros.

–Sí, ya lo sé, pero no sería tu amigo si no te lo dijera. Una vez más.

–Bueno, ¿qué quieres que haga? –se ofreció Gray.

–¿Quién dice que quiero que hagas algo?

–Porque te conozco, colega, y no sabes dejar pasar las cosas. Es una de tus mejores cualidades y tu mayor defecto.

Stone se sonrió. Su amigo tenía razón.

–Quiero saber más de la periodista que ha escrito a Piper. No me gusta que esté tan expuesta. No se preocupa de protegerse.

Gray miró hacia abajo, pero a Stone no le hacía falta seguir la dirección de su mirada para saber que buscaba a Piper.

–No sé, tío. A mí me parece que es muy capaz de cuidarse sola.

Quizás, pero la costumbre era difícil de erradicar.

–Información, eso es todo. Tú, mejor que la mayoría, sabes lo valiosa que puede ser.

Gray asintió con un sonido sin palabras.

–Y ahora ya tienes un objetivo, que por lo que veo te atrae más que meterse en las oficinas ejecutivas de Anderson Steel.

El problema con tener amigos que lo sabían todo de uno era que no dudaban en usar esa información en el momento más inoportuno.

–Podría ser.

–Nada de podría, señor consejero. ¿O señor director general? ¿Cuál de los muchos títulos que has amasado entre rejas estás pensando utilizar?

A Gray le gustaba pincharle con aquello cada vez que podía.

–Mira, tío, que me tengas envidia porque soy más listo que tú no te da derecho a picarte tanto.

–Pues yo diría que sí. Los dos sabemos que eres como un hámster sin rueda cuando no tienes un proyecto entre manos. Te vuelves triste y peligroso. Yo solo estoy diciendo que necesitas algo en lo que concentrarte, al menos por ahora. Y estás de suerte. Yo tampoco tengo en qué ocuparme estos días, y me vendría bien una distracción. Así que tienes un equipo de dos.

–Ay, dios…

A pesar de su exclamación, Stone se alegraba de contar con su ayuda. Iba a proteger a Piper, tanto si ella quería como si no.

Piper metió la llave en la cerradura y abrió. Estaba deseando quitarse los tacones y aquel condenado sujetador que se le clavaba en las costillas. Dejarse caer en la cama también le sonaba a las mil maravillas.

Pero el plan se evaporó cuando entró en la cocina y se encontró con que su mejor amiga estaba esperando sentada a la mesa. Había abierto una botella de vino y tenía una copa vacía delante y otra cerca de los labios.

En parte deseó que Carina no estuviera allí, pero por otro lado no le vendría mal el apoyo y el consuelo que podría darle. Era la persona que mejor comprendería lo agotadora que había sido aquella noche.

–Has sobrevivido –dijo Carina tras servirle una copa de vino.

–A duras penas –contestó, lanzando los zapatos al otro lado de la habitación. Tendría que sentirse mal por maltratar su par favorito de Louboutin, pero no fue así–. Deja que me cambie.

Su casa era pequeña, pero perfecta para ella. Era una construcción emplazada en la parte de atrás de la propiedad de su madre y su padrastro. Un par de años antes, después de sacar el doctorado, pensó en buscarse una casa, pero su madre no quiso ni oír hablar de ello. Decía que les hacía un favor ocupándola.

Y la guinda era que Carina viviese también en la propiedad, en la casita de la piscina.

Se quitó el vestido y se puso unos pantalones cortos de algodón y una camiseta muy usada y cómoda, y descalza volvió a la cocina. Tomó un buen trago de su copa y el riesling le explotó en la boca. Con un suspiro se acomodó en la silla que Carina le había acercado.

–Está bueno, ¿eh?

Carina era la prometida de su hermanastro. Dado que era unos años mayor que ella, no habían estado particularmente unidas antes de la muerte de Blaine, pero después sus padres la habían acogido, ya que estaba destrozada y sola en el mundo, y en los años transcurridos había llegado a ser tan de la familia como lo habría sido si Blaine y ella se hubieran casado.

Nunca le había contado la verdad. No podía destrozar la imagen que tenía de Blaine. No serviría para nada.

–Dejemos lo de esta noche durante un segundo. Primero quiero saber cómo estás –dijo Piper, tomando su mano. Al fin y al cabo, el asesino de su prometido acababa de salir de la cárcel.

Carina intentó sonreír.

–Estoy bien.

–¿De verdad?

Su cabello rubio claro le rozó las mejillas.

–Estoy tan bien como cabe esperar. Digámoslo así. Es difícil no enfadarse.

–Y eso es normal, Carina. Me preocuparía que no estuvieras afectada. Lo importante es que tomes conciencia de tu reacción, que reconozcas lo que desencadena la emoción y lo canalice de un modo sano.

–Sí, doctora –sonrió.

–Perdona…

–Sé que solo quieres hacerme bien.

–No lo dudes.

–Hay una parte de mí que siempre sentirá ira hacia Stone, pero entiendo que tu relación con él es más complicada que la mía. Estuvisteis muy unidos durante mucho tiempo.

–Quizás, pero ahora ya no es así.

Llevaba un tiempo sin serlo y lo ocurrido aquella noche se lo había terminado de demostrar. Stone se había vuelto una persona distinta, más dura. Ya no lo conocía como antes, y estaba claro que no quería tenerla en su vida.

–Hemos hablado. No tengo la sensación de punto final que buscaba, pero estoy segura de que es todo lo que voy a conseguir de él –movió apesadumbrada la cabeza–. Tendré que aprender a vivir con ello y a encontrar el modo de dejarlo atrás.

Lo mismo que también tendría que dejar atrás su ansia de él.

–Es más fácil de decir que de hacer –musitó Carina.

–Cierto, pero no te he contado aún todo lo que ha pasado esta noche. Esa periodista ha vuelto a escribirme.

–Creía que le habías dicho que no estabas interesada.

–Y se lo dije, pero es muy persistente. A mí no me preocupa gran cosa, pero Stone vio el mensaje y no le ha hecho gracia.

–Me lo imagino –comentó con sarcasmo.

–Carina…

–Lo siento. Es que me gustaría poder entender lo que ocurrió.

–Lo sé –respondió, aunque si dependía de ella, nunca sabría la verdad. Era una verdad que solo serviría para hacer daño a su amiga y dañar irreparablemente el recuerdo que tenía del hombre que amaba–. Pero no va a hablar.

Piper estaba absolutamente segura de ello. Stone lo había dejado bien claro. Cierto era que había cambiado, pero estaba segura de que no iba a cambiar de opinión.

–Lo sé –suspiró Carina–. ¿Qué vas a hacer?

Piper recogió las piernas y apoyó la mejilla en la rodilla.

–¿Ahora? Pues voy a terminarme esta copa de vino y me voy directa a la cama. Mañana llamaré al jefe de la señora Black y le amenazaré con presentar cargos por acoso si no me deja en paz.

Capítulo Cuatro

Stone sostenía en la mano el móvil, apretándolo tanto que el aparato crujió, a punto de romperse.

–Anda, suéltalo antes de que lo rompas, que acabas de comprarlo.

–No me importa –replicó entre dientes. Podía comprarse mil más. Lo que le importaba era la foto que llenaba todos los píxeles de la pantalla.

–¿Cómo ha podido ocurrir? –exigió saber, volviéndose a los dos hombres que estaban al otro lado de la estancia.

En realidad habría querido preguntarlo a gritos, pero no serviría de nada.

Mitchell, el jefe de seguridad de su padre, habló.

–No estamos seguros. Estamos revisando ahora mismo las grabaciones de seguridad por ver si podemos identificar al que tomó la fotografía.

La fotografía. Piper y él, en la biblioteca, la noche anterior. Debían haberla sacado desde el balcón del segundo piso, una parte de la casa que estaba estrictamente prohibida para los invitados.

–Nuestra preocupación es que fuese alguien de la fiesta de anoche, lo cual hará que localizarlo sea tarea casi imposible. Lo único que hemos visto por ahora es una figura en sombras de la que ni siquiera podemos decir si era hombre o mujer.

Genial. La frustración no lo dejaba parar quieto, y comenzó a pasearse de un lado al otro de la estancia, tirándose del pelo. El pequeño dolor que se provocaba le ayudaba a centrarse en el problema.

–No es tan grave, tío –le dijo Gray cuando pasó a su lado.

Aparentemente su amigo no se equivocaba, pero tampoco estaba en lo cierto. La fotografía, robada en el momento en que había recogido a Piper del suelo tras su desvanecimiento, había captado un momento íntimo. Pero no era solo la imagen lo que lo tenía desasosegado. Era el pie de foto que la acompañaba.

De enemigos a amantes: el asesino confeso y la hermanastra de la víctima.

Esas palabras lo eran todo. Todo lo que llevaba queriendo tanto tiempo y todo lo que no podía tener. Piper y él no eran amantes. Nunca lo serían. Era una certeza que había asumido hacía ya mucho tiempo.

Ahora toda la ciudad podría verlo. Todos podrían cuchichear sobre la persona tan horrible que era, y ahora arrastrarían el nombre de Piper por el barro junto al suyo, haciéndose cruces porque una respetada psicóloga se pudiera liar con un exconvicto.

Quien hubiera tomado la fotografía, había calculado el momento a la perfección para que encajase con aquel titular sensacionalista.

–¿Estás seguro de que no fue ella?

Stone se volvió como un rayo a mirar al hombre que estaba dos pasos por detrás de Mitchell.

–¿Qué has dicho?

Aquel tío o era idiota, o tenía ganas de morir.

–Ya me has oído. ¿Podría haberlo preparado ella?

Gray le apretó con fuerza el brazo.

–¿Con qué fin? –preguntó.

–Quizás para vengarse de ti por su hermanastro. Igual quería hacértelo pagar un poco más en los medios. O puede que haya vendido la historia por dinero.

Stone se rio.

–Piper no necesita dinero.

–¿Estás seguro? Corrígeme si me equivoco, pero el que tiene el dinero es su padrastro, ¿no? Ella vive en su finca.

–Es una psicóloga con consulta propia –respondió entre dientes.

–Una psicóloga que no gana mucho dinero, teniendo en cuenta el estilo de vida al que estaba acostumbrada. Además, suele admitir casos pro-bono.

Sí, eso era propio de Piper.

–Déjame adivinar. La mayoría son víctimas de asalto.

–¿Cómo lo has sabido? –preguntó, sorprendido–. Trabaja como voluntaria en varios grupos de asistencia a las víctimas.

–Te aseguro que no necesita dinero.

–Su cuenta bancaria parece sugerir otra cosa.

El tío no se daba por vencido.

Stone iba a contestar, pero Gray se interpuso entre ellos.

–Hace diez años que no la ves, tío –le reconvino, mirándolo con el ceño fruncido–. ¿Cómo puedes estar tan seguro? La gente cambia.

¿Acaso no era él mismo el ejemplo perfecto de lo acertado de aquella sentencia? ¿Podía haber vendido Piper la historia a la prensa amarilla? Las tripas le decían que no, pero el tiempo pasado en la cárcel le había enseñado a no fiarse de nadie, excepto de Gray y Finn.

Volvió a cruzar la habitación y recogió su teléfono del suelo para leer el artículo que acompañaba a la fotografía. Se hablaba de la relación que Piper y él habían tenido de jóvenes, pero su amistad no había sido un secreto. Lo que sí le llamó la atención era que se especulase con la razón por la que había cortado todo contacto con ella mientras estuvo en la cárcel, un detalle que solo unas pocas personas conocían. Y la primera en esa lista era ella, Piper.

Cada latido del corazón le reverberaba en la cabeza. Era como si alguien tuviese un martillo neumático horadándole el cerebro. Estaba claro que no debería haberse acabado la botella de vino que Carina había dejado a medias cuando se fue.

Abrió solo un ojo y miró a las ventanas. Se le había olvidado echar las cortinas. No era exactamente así como tenía pensado pasar el domingo.

Tenía el móvil en la mesilla y lo oyó vibrar. La palabra mamá apareció en la pantalla, y no estaba de humor para hablar con ella en aquel momento, de modo que se levantó por el otro lado de la cama. En cuanto puso los pies en el suelo, notó el dolor de cabeza.

Ah, no. Que no era la cabeza. Alguien aporreaba la puerta de su casa. ¿Quién demonios iba de visita a aquella hora?

Se puso la bata y al pasar por delante de la cómoda, vio el reflejo que le devolvía el espejo. Qué cara de muerta.

Bajó la escalera a trompicones y abrió de golpe.

–Deja de aporrear la…

La última persona en el mundo que esperaba encontrarse estaba allí. Stone. Tenía el ceño fruncido y las piernas abiertas como si fuera un pirata que aguantara la tormenta en la cubierta de su navío, y el puño a media altura, dispuesto a descargar sobre un panel de madera que ya no estaba allí.

Parecía tan poco contento como ella.

–¿Pero qué…?

Ni siquiera esperó a que lo invitara a pasar. Algo que no iba a hacer.

–¿Lo hiciste tú?

Piper cerró la puerta y se quedó mirándola unos segundos. No podía ignorarlo, ni llamar a los de seguridad de su padre para que lo acompañasen a la puerta exterior, aunque la tentación era grande.

Se dio la vuelta y lo miró. Mejor no llamar a nadie. Stone parecía un fardo de pólvora a punto de estallar. Su propia seguridad no le preocupaba. Sabía de sobra que no le tocaría ni un pelo.

Aunque, en el fondo, deseaba que lo hiciera.

–¿Que si he hecho qué?

–Vender la foto. Hablar con alguien de los detalles de nuestra relación.

–¿Qué relación? Hace mucho tiempo que no somos amigos.

Bajo la soflama de la ira, le vio palidecer. Esa fue la única prueba de que con sus palabras le había llegado a un punto doloroso que no pretendía.

Stone sacó un móvil del bolsillo y se lo puso delante de la cara. Una fotografía que no conocía llenaba la pantalla. En ella aparecían los dos, y ella llevaba puesto el vestido de la noche anterior.

–Dios mío…

–O has desarrollado unas dotes de interpretación que no conocía, o no tienes nada que ver con esto.

Piper lo miró pretendiendo encontrar en él algo más que aquella acusación, porque en aquel momento estaba conteniendo una necesidad acuciante de tocarlo, de rozar su mejilla sombreada por la barba, de tirar de él y llevarlo a la cama de la que acababa de levantarse y hacer que se arrugaran las sábanas, y no de dar vueltas toda la noche.

Qué idiotez. Igual seguía medio borracha.

Volvió a mirar la fotografía.

–Déjame en paz.

Le quitó el teléfono de la mano para poder leer el artículo. Era corto y estaba lleno de insinuaciones y con muy pocos hechos.

–Dado que has aparecido en mi puerta, doy por hecho que no tienes ni idea de quién es responsable de esto –le dijo.

–No –contestó, y un músculo le tembló en la línea de la mandíbula–. El equipo de seguridad está revisando las grabaciones mientras hablamos. Aparece una persona en el balcón del segundo piso mientras nosotros estábamos en la biblioteca, pero apenas se distingue. Ni siquiera podemos decir si es hombre o mujer, pero parecía saber exactamente dónde estaban las cámaras.

–Qué bien. Me estás diciendo que podría ser cualquiera, ¿no? Un empleado de la casa, un invitado…

–Tengo un amigo que está probando con otra táctica. Estamos intentando ir de la fotografía hacia atrás para tratar de adivinar dónde se originó, y puede que descubramos quién se la vendió al medio que la ha publicado.

–¿Puedes hacer eso?

Compuso una media sonrisa, un gesto bastardo de la hermosa sonrisa que antes solía regalar con frecuencia.

–Yo no puedo, pero conocemos a gente que sí.

–¿Conocéis gente? ¿Gente que no tiene problema en transgredir la ley?

¿Era eso lo que quería decir?

Stone se encogió de hombros y la camisa se encogió con él. Mejor no pensar en cómo se le marcaban los músculos bajo la tela.

–No están transgrediendo la ley… exactamente.

Piper compuso una mueca rara.

–Qué alivio –se burló–. ¿Es que quieres que vuelvan a meterte en la cárcel?

–No soy yo el que va a transitar por la zona gris de la ley.

Qué bien. Cuánto le gustaría poder meter algo de buen juicio en esa cabezota suya.

–Es un consuelo, sí.

La sonrisa que le dedicó entonces sí que le provocó una tormenta de energía en la piel. Sí, tenía que irse. Sus defensas y su cerebro seguían afectados por el vino de la noche anterior.

–Bueno, gracias por venir a despertarme. Siento no poder ayudarte más, pero ya es hora de que te vayas.

Y en dos pasos se plantó ante la puerta y la abrió.

Stone permaneció inmóvil unos segundos, en los que la miró de arriba abajo.

Le costó Dios y ayuda morderse la lengua y no llenar el silencio espeso que se había instalado entre ellos, pero es que eso era lo que él quería, razón de más para que no lo hiciera.

Despacio, Stone dio varios pasos. Y no, ella no estaba siendo consciente de cómo se movía su cuerpo, o cómo se marcaban sus cuádriceps en la tela envejecida de sus vaqueros. Parándose junto a ella, le apartó un mechón de pelo que le rozaba la mejilla, y un estremecimiento le corrió por la espalda. Se le había puesto la carne de gallina. Stone no se detuvo ahí, sino que con el dorso de la mano recorrió la línea del hombro y el brazo hasta llegar a la mano. Por un momento pensó que iba a entrelazar los dedos con los suyos, hasta que… hasta que se dio cuenta de que lo quería era el teléfono.

–Mejor me lo llevo –dijo en voz baja.

Lo soltó de inmediato. Si él no hubiera estado preparado para recogerlo, habría caído al suelo.

Pero a Piper le daba igual. Cualquier cosa valía para cortar aquella conexión, que llevaba acompañándola desde los seis años, desde el día mismo en que conoció a Stone. Había sido su mundo, su amigo del alma, hasta que a los quince dejó de serlo. Pensó que diez años sin contacto habrían roto la conexión, pero al parecer no había sido así, al menos para ella, y ahora no sabía qué hacer.

Una sonrisa cargada de ironía afloró a los labios de Stone. Dios, cómo desearía abofetearle…

–Ya te contaré lo que encontremos.

–No te molestes, que no me importa.

–Puede, pero a mí, sí.

Genial. Pues sí, le importaba, pero no estaba dispuesta a admitirlo delante de él, y desde luego no quería que se preocupara por ella.

–Estoy bien, Stone. Vete y vive tu vida. Disfruta de tu libertad, y déjame vivir la mía.

En aquel momento era eso, y no otra cosa, lo que quería, tanto para él como para sí misma, pero por desgracia no iba a bastar con desearlo para que se hiciera realidad.

El puño de Stone se estrelló contra la piel suave del saco de boxeo, y el impacto reverberó por su brazo. Era una sensación reconfortante y familiar. Los brazos y los hombros le dolían del ejercicio, y el sudor le caía por la cara y le entraba en los ojos.

El escozor no solo le recordaba que estaba vivo, sino que le ayudaba a quitarse del pensamiento la imagen de Piper, recién levantada de la cama y con los ojos adormilados, que no había modo de sacarse de la cabeza porque su cuerpo se había empecinado en que tuviera que soportar una erección permanente y la sensación de que no iba a poder hacer nada al respecto.

–Tío, puede que tú tengas energía para veinte asaltos más, pero yo no –protestó Gray, que sujetaba el saco mientras Stone volvía a golpearlo.

–Dos más –le pidió, jadeando.

–Da igual que te pases el día dándole al saco, que no vas a conseguir solucionar tu problema así.

–¿Ah, no? ¿Y qué problema es ese?

–Que no consigues que haga lo que tú quieres que haga.

–¿Y qué quiero que haga?

Gray soltó el saco y se acomodó en una vieja silla plegable que había en un rincón, vació media botella de agua y, después, contestó.

–Preferirías que estuviera encerrada en una torre sin ventanas ni puertas.

–Me parece a mí que ves demasiado cine infantil, tío. Igual deberías probar algo un poco más duro.

–Es curioso que no hayas sugerido que estoy equivocado. Solo has atacado mi elección de entretenimiento.

–En serio. Deberías probar con algo de porno. A lo mejor te ayudaba a encontrar tus testículos y a darle al saco como un hombre.

Gray agarró lo primero que encontró, que resultó ser una toalla sudada, y se la lanzó.

–Insultarme no va a conseguir que lo que te he dicho sea menos acertado. No puedes conseguir que haga lo que tú quieres, y eso te cabrea. No es la niña que te seguía a todas partes como un perrito.

–Ella no hacía eso.

Gray lo miró con sorna.

–¡Vale! Puede que cuando era pequeña estuviera un poco deslumbrada por el héroe que creía que era yo.

–Y ahora también. La otra noche te estuvo observando.

–¿Qué?

–En la fiesta. Me di cuenta.

Stone tenía una botella de plástico en la mano y la apretó con tanta fuerza que salió un chorro por la boca.

–Cálmate, que no me refiero a eso. Bueno, que está tremenda es cierto.

–Ve al grano.

–Yo andaba por ahí, sin meterme en el meollo de la fiesta, porque no conocía a nadie ni pertenezco a ese grupo. Estaba claro que ella sí, aunque tampoco se la veía muy metida en la fiesta. Era educada con la gente, charlaba, pero permanecía distante, y me pregunté por qué habría ido, estando tan claro que no deseaba estar allí.

Gray se recostó en la silla, relajado, algo que nunca se había imaginado que podría ver. La gente lo consideraba intenso e intimidante, y podía serlo. En su grupo, Finn era el amante de la juerga al que todo el mundo quería y que hacía reír a cualquiera, mientras que la cabeza de Gray nunca paraba. Siempre estaba calculando, ajustando, observando.

–Entonces me di cuenta de que estaba allí porque te observaba, aunque manteniendo la distancia, y eso me mosqueó.

En el lugar en el que habían estado, o estabas siempre alerta o podías recibir una cuchillada por la espalda cuando menos te lo esperases, y de manos de quien menos te lo imaginabas.

–En un primer momento, me pregunté si estaría cabreada, o si querría vengarse de alguna manera, pero luego me fijé en cómo te miraba… estaba enfadada contigo, sí, pero había más. Y algo me dice que siempre lo ha habido.

Stone movió la cabeza. No necesitaba oírle decir eso precisamente en aquel momento, después de haber ido a casa de Piper aquella mañana.

–No importa. Quiero mantenerme alejado de ella. Haré cuanto pueda por desviar la atención de los medios, y los dos seguiremos adelante con nuestras vidas.

Gray respiró hondo.

–Pues buena suerte, tío.

Capítulo Cinco

Piper equilibró la bandeja con los cafés que acababa de comprar. El asa del bolso se le deslizó hasta el final del hombro, amenazando con caerse y dar al traste con el equilibrio. Tal y como le estaba yendo la mañana, sería ya la guinda del pastel.

No había dormido bien, así que por la mañana se había quedado dormida y llegaba tarde, algo que detestaba. Seguramente no debería haberse parado a tomar café, pero era el único modo de que su mañana volviera a encarrilarse. Sin ese café, sería un completo desastre en una primera sesión, algo que odiaba aún más que llegar tarde.

Después de los últimos días, había sentido la necesidad de ponerse algún tipo de armadura, y de ahí el traje de chaqueta y los Louboutin de tacón infinito en los que se había encaramado y que, después de veinte minutos, le recordaron por qué estaban al fondo del armario. Preciosos, sí, pero incómodos como ellos solos.

Menos mal que siempre dejaba un par de zapatos de emergencia en la consulta.

Un sonido salió de lo más hondo de su bolso. Quienquiera que fuese iba a tener que esperar a que descargase todo lo que llevaba en precario equilibrio.

Giró en la siguiente esquina, y apenas cinco pasos después, reparó en la melée que se había organizado ante uno de los edificios de la calle; tres pasos más, y vio que era justo delante de su consulta.

O allí estaban antes de que unos veinte se lanzasen hacia ella como un tsunami. Paralizada, parpadeó varias veces, incapaz de procesar lo que estaba pasando.

–Señora Blackburn, ¿qué opina su padrastro de que esté saliendo con el asesino de su hijo?

–¿Puede revelarnos qué pasó entre Anderson y Blaine?

–¿Se ha adaptado el señor Stone a su vida fuera de la cárcel?

–¿Cómo se siente durmiendo con un asesino?

Piper los miró con los ojos de par en par mientras sus palabras se estrellaban contra ella como las olas de la marea.

Alguien le tiró del brazo para llamar su atención y la bandeja del café se ladeó antes de que las tazas se volcasen y el café saliera disparado hacia todas partes. La gente dio un salto hacia atrás y gritó.

Aunque le sentó fatal perder la cafeína que necesitaba tan desesperadamente, el accidente despejó una salida, que Piper aprovechó para salir corriendo como una profesional, dejando las tazas detrás, rodando sobre la acera.

Subió las escaleras a todo correr, entró y cerró de un portazo.

Elizabeth, una joven de treinta y tantos, divorciada y madre, que estaba a cargo de la oficina, acudió corriendo a la entrada. La preocupación velaba sus ojos verdes, pero mantenía la serenidad. Era una de las mujeres más capaces que Piper había conocido.

–Lo siento –dijo.

–¿Por qué?

–He intentado avisarte por teléfono. Anna ha tenido una crisis esta mañana con un proyecto para el cole y llegaba tarde.

Piper se rio.

–Me parece que todos hemos tenido una mañana complicada.

Elizabeth sonrió.

–Me parece que ganas tú. Llevas el traje perdido de café.

Ni siquiera se había dado cuenta.

–Maldita sea mi sombra.

–Y la mía.

En aquel instante, alguien intentó abrir la puerta. La hoja le golpeó en el hombro y volvió a cerrarse.

–¿Pero qué…?

Reconoció la voz de la señora Collins, su primera cita del día. Rápidamente se apartó y abrió la puerta. La señora Collins era una mujer que rondaba los sesenta años. Su peinado, siempre perfecto, parecía haber pasado por una tormenta; su eterno collar de perlas se había desplazado a un lado y traía la americana descolgada de un hombro.

Detrás de ella, el grupo de buitres empujó, utilizando la oportunidad para lanzarle más preguntas a Piper.

Agarró a la señora Collins por un brazo, tiró de ella y cerró la puerta de golpe. La pobre parecía completamente anonadada. Abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla sin emitir sonido alguno. Se soltó de ella y fue a dejarse caer en el sillón más cercano.

Genial. Aquello no iba a ayudarla en su recuperación. A la pobre la habían asaltado en la calle.

Piper se agachó delante de ella y le tomó las manos.

–¿Está usted bien?

–Un poco… aturdida, pero bien –contestó, tras pensarlo un instante. A continuación fue ella la que apretó las manos de Piper–. ¿Y tú, estás bien?

Piper intentó sonreír.

–Sí.

La buena mujer la miró de arriba abajo, deteniéndose un instante en las manchas de café que empezaban a secarse.

–No sé si sabes que no te hace ningún bien, ni a ti ni a quienes te rodean, que no seas sincera con tus sentimientos.

Piper se echó a reír de verdad.

–No sé muy bien qué me parece eso de que use mis propias palabras contra mí.

La mujer se encogió de hombros.

–A veces necesitamos escuchar las cosas más difíciles de labios de los demás.

–Cierto. Pues estoy agobiada. Y cabreada. Pero lo voy a superar.

–Eso se parece más a la verdad.

–Siento muchísimo que se haya encontrado con todo esto –dijo, y miró a Elizabeth–. Tenemos que reorganizar la agenda de esta mañana. Por favor, diles a todos los pacientes que pueden llamarme directamente si hay algo de lo que tengan que hablar antes de la nueva cita que vamos a darles.

Lizzy asintió y se puso manos a la obra.

–Señora Collins, lo siento pero creo que lo mejor es que pospongamos también su cita. Le voy a pedir a Anthony que la acompañe hasta su coche. Pueden salir por la puerta de atrás.

La señora Collins se levantó con una sonrisa y le hizo una carantoña en la mejilla.

–Perfecto. Anthony es un muchacho encantador. Me recuerda a mi Douglas.

Una vez se hubo ocupado de la señora Collins, volvió a salir al vestíbulo. Su consulta estaba en una preciosa casa del centro ubicada en una parte de la ciudad que había pasado de ser residencial a comercial, el lugar perfecto para ella: acogedor y desenfadado. Había puesto mucho cuidado en su diseño. El vestíbulo era una mezcla de salón y recepción, con un sofá y unas sillas muy cómodas, y una chimenea que se encendía en invierno. Su despacho estaba en la parte de atrás.

Se acercó al ventanal y descorrió las cortinas. Había un montón de gente en la acera. Lizzy se puso a su lado.

–Enseguida estoy contigo –le dijo Piper. Era lo único que podía decir.

–¿Quieres hablar de ello? –se ofreció su compañera, cerrando las cortinas para dejar fuera aquel caos.

–La verdad es que no.

Aunque asintió, Lizzi no parecía dar crédito a su respuesta.

–Hay que reconocer que es guapo.

–¿Qué?

–Anderson Stone. Estoy diciendo que el tío es guapo.

–No me había fijado…

Lizzi enarcó las cejas.

–¡Venga!

–Es que solo éramos amigos. Antes. Ahora ya no somos nada.

–Ya. Pues esa foto no parece decir lo mismo.

Y ese era el problema. La razón por la que había un montón de periodistas acampados delante de su clínica. El momento que había capturado aquella imagen era inocente, pero bajo la superficie se intuía algo más.

Siempre había habido algo más.

Y el mayor problema era que ella quería mucho más, aunque no debería quererlo. Aunque con desearlo no fuese a lograr nada.

En lugar de contestar, abrió de nuevo la cortina. Al menos, aquel era un problema que sí podía solucionar. Sacó el teléfono del bolso que había dejado caer junto a la puerta y marcó el número de su padrastro. Nunca había necesitado la ayuda de su equipo de seguridad, pero sus pacientes se estaban viendo afectados y, aunque no le hacía especial ilusión tener que pedírselo, aquello tenía que cesar.

Stone estaba mirando por el ventanal del despacho de su padre. Abajo varios camiones salían cargados de acero y, a su espalda, se oían los ruidos de una oficina en horario de trabajo, a pesar de estar cerrada la puerta. Si se acercara al siguiente edificio, oiría el golpeteo de una industria a pleno rendimiento, gente trabajando en el negocio que su familia había erigido.

Y se sintió culpable porque, en realidad, él no deseaba estar allí.

No había nada en Anderson Steel que lo encandilase pero, diez años atrás, estaba decidido a dedicar su vida a la empresa porque era lo que se esperaba de él. Porque era su legado. Porque no quería desilusionar a sus padres.

Era increíble cómo perder la libertad podía cambiar tu perspectiva. Ya había perdido diez años de su vida y, aunque no lamentaba haberlo hecho, no estaba dispuesto a comprometer el resto de su vida haciendo algo que no le gustaba.

El problema era que no sabía qué quería hacer, con lo cual decir que no a sus padres le parecía muy egoísta.

La puerta del despacho se abrió, pero no se molestó en volverse. Ya sabía que era su padre. Venía dando instrucciones al personal que lo seguía a todas partes.

–Asegúrate de que tenga el informe de Tokio en mi mesa antes del final del día. No pienso aceptar más excusas.

Y oyó cerrase de nuevo la puerta.

Stone sintió lástima por quien se hubiera retrasado con aquel informe.

Su padre no dijo nada. Se acercó y se quedó junto a él, contemplando en silencio la actividad que se desarrollaba abajo.

–Para, hijo –dijo un momento después.

Stone se volvió despacio a mirarlo.

–¿Qué?

–Oigo tus pensamientos como si fueran un tren de mercancías, y no te he pedido que vinieras hoy aquí para obligarte a hacer algo que no quieras hacer, así que deja de preocuparte.

–No entiendo.

Su padre movió la cabeza y fue a sentarse tras su mesa.

–Eres mi hijo, Stone, y siempre he sabido que asumir el mando de Anderson Steel nunca ha estado en la lista de cosas que deseas hacer.

–¿Qué? Entonces, ¿por qué me presionaste para que estudiase en Harvard?

Su padre se encogió de hombros.

–Cuando eras más pequeño no parecías tener preferencia por nada, así que te empujé a que estudiases la carrera con la esperanza de que algo en ella despertara tu pasión… y si no era así, al menos estarías preparado para tomar las riendas de esta empresa.

–¿Y por qué me ofreciste un trabajo cuando terminé?

–Porque quería asegurarme de que sabías que no solo tenías mi apoyo, sino también el de la empresa y el consejo. ¿Crees que me habrían permitido incorporarte de saber que no valías?

Seguramente no. Dios, qué idiota había sido al no darse cuenta. Debería haber reflexionado sobre las implicaciones de la oferta, y no meterse en barrena sobre cómo responder. Otro fracaso más que añadir a la lista.

Quizás en la base de todo estaba el hecho de que no se sentía merecedor de formar parte de Anderson. Al fin y al cabo, el máster se lo había sacado en la cárcel…

–No tienes que contestarme hoy. Ni siquiera el mes que viene. La oferta está sobre la mesa, y no tengo intención de retirarla. Pero quiero que te tomes el tiempo que necesites para sentirte cómodo y saber qué es lo que quieres de verdad. Tu madre y yo solo deseamos tu felicidad, Stone.

Miró a su padre y comparó a su familia con la de Gray, que lo había desheredado a pesar de que se ratificaba en su inocencia.

Y allí estaba él, culpable de asesinato, y sus padres lo aceptaban tal y como era, aunque no había compartido con ellos las circunstancias atenuantes que rodearon la muerte de Blaine. Simplemente habían aceptado que él jamás haría algo así sin justificación.

–Te quiero, papá.

Los ojos castaños de su padre brillaron.

–Yo también te quiero, hijo.

De pronto se sintió desbordado, agotado, y se dejó caer en la silla del otro lado de la mesa de su padre. Cerró un instante los ojos. Un peso que no era consciente de llevar a cuestas disminuyó un poco.

El cómodo silencio que se había impuesto en la estancia quedó roto por el timbre de un móvil. Su padre contestó.

–Morgan, ¿cómo estás?

Stone se tensó. Su padre y el padrastro de Piper eran algo más que vecinos. Llevaban años siendo amigos, y se reunían todos los meses para jugar al póker con algunos otros miembros de la élite empresarial de Charleston. Esa amistad había continuado a pesar de la muerte de Blaine y la prisión de Stone, así que no había nada de extraño en que Morgan McMillan llamase.

Nada excepto la expresión de su padre.

–No, nuestro equipo de relaciones públicas ha contestado a todas las solicitudes, rechazándolas. Stone no se ha alejado mucho de casa precisamente para que no pudieran abordarlo. Siento mucho que Piper se haya visto involucrada.

Las manos le dolían. No era consciente de que se había agarrado al borde la mesa de su padre y que apretaba tanto que tenía los nudillos blancos. Soltó.

–No. Insisto, Morgan. Esto es responsabilidad nuestra. Sabíamos que podía haber dificultades, así que mi equipo está preparado… siento mucho que Piper esté pasando por esto, pero nos ocuparemos de que no le ocurra nada.

Su padre colgó y se recostó en su silla.

–Maldita sea…

–¿Qué pasa?

–Al parecer, como no han podido echarle el guante a nada más, los paparazzi han decidido acampar delante de la consulta de Piper, lo cual es un problema grave, teniendo en cuenta su profesión. No puede permitir que los medios graben a sus pacientes entrando y saliendo de la consulta. Es una violación de su intimidad.

Su padre empezó a hacer llamadas. Lo primero que oyó era que le pedía al jefe de seguridad de Anderson Steel que enviase un equipo a la consulta de Piper, lo cual era genial.

Pero Stone no se iba a quedar esperando de brazos cruzados.

Capítulo Seis

–Lo siento mucho –se disculpó Piper, mientras dejaba vagar la mirada por la ventana de su despacho–. Sí, claro que podemos concertar una cita para la semana que viene si te parece que lo necesitas pero, Margaret, yo creo que no va a ser así. Estás avanzando muchísimo, y confío en tu capacidad para manejar estos días por ti misma. Y además, sabes que no tienes más que marcar mi número si me necesitas.

Cuando concluyó la llamada, se levantó y se acercó a la ventana. Sí, seguían acampados ante su puerta.

Miró el reloj. Habían pasado ya tres horas desde que llamó a su padrastro. Algunos oficiales se habían presentado allí para despejar la calle, pero en cuanto se marcharon, los periodistas volvieron. Un par de guardias de seguridad no tardarían en llegar.

Se había pasado las dos últimas horas hablando con los pacientes cuya cita había tenido que retrasar, y se sentía inquieta e impaciente. Solo dos cosas dispersarían a los buitres de fuera: una historia más jugosa que seguir, o un pequeño bocado de algo que satisficiera su apetito.

Una de las periodistas le sonaba. No solo porque fuera conocida en la televisión local, sino porque se le había acercado en persona unas semanas antes, en cuanto se anunció la puesta en libertad de Stone. Quizás pudiera utilizar su pequeña interacción en su favor, pensó, cruzándose de brazos. De un cajón de su mesa sacó la tarjeta que le había dejado y la manoseó sin leerla.

No estaba convencida de que el paso que estaba valorando dar fuese el mejor, pero es que no se le ocurría nada más, así que marcó el número y concertó una cita. Estaba colgando cuando oyó jaleo en el vestíbulo.

Una puerta se cerró con fuerza.

–No puede entrar aquí como…

Era Lizzi. La puerta de su despacho se abrió y rebotó contra la pared contraria antes de volver a chocar contra el hombro de Stone.

–Lo siento, Piper –se disculpó Elizabeth asomándose por encima de su hombro–. He intentado detenerlo.

–No pasa nada –sí que pasaba, pero no era culpa suya–. He terminado de llamar a los pacientes. Por favor, dile a todo el mundo que si no tienen nada urgente, se tomen el resto del día libre. Esperemos que mañana se haya calmado todo.

–Yo no contaría con ello –espetó Stone entre dientes.

Piper decidió ignorarlo.

–Gracias por toda la ayuda que me has prestado hoy. A última hora me pondré en contacto con todos para haceros saber cómo nos organizamos mañana.

–¿Estás segura de que no puedo hacer nada más por ti? –preguntó Elizabeth, y miró de arriba abajo a Stone antes de volver a dirigir una mirada significativa a Piper.

Habían trabajado juntas mucho tiempo y habían desarrollado un lenguaje sin palabras, de modo que Piper sabía exactamente que Lizzy le estaba preguntando si quería quedarse a solas con Stone.

Si fuera lista, la respuesta sería no, pero no por lo que Elizabeth podía imaginar.

–No, estoy bien. Te lo prometo.

–Si estás segura… –se encogió de hombros.

En cuanto se cerró la puerta y los dos se quedaron solos, deseó poder cambiar de opinión, pero ya no podía. No iba a hacerlo.

Con un gesto de la mano, lo invitó a sentarse en uno de los sillones que utilizaba para las sesiones. Quizás debería tratar aquello –y a él– como a cualquier otra persona a la que intentase ayudar.

Stone frunció el ceño, pero acabó sentándose.

–Lo siento –dijo en un tono duro.

–No, no lo sientes.

Él ladeó la cabeza y la estudió unos segundos antes de contestar.

–Tienes razón. No lo siento.

–Antes nunca me habías mentido. No sé por qué has tenido que empezar ahora.

Eso podía decirlo con total certeza: siempre se habían dicho la verdad aunque, obviamente, había cosas que entonces y ahora decidían evitar. Y, por primera vez, empezó a preguntarse qué se habría guardado él.

–¿Qué haces aquí, Stone?

–Morgan llamó a mi padre para decirle lo de los periodistas que tenías delante de la consulta.

–Y se te ocurrió que el mejor modo de mantener a raya las habladurías era aparecer aquí, ¿no?

–He entrado por la puerta de atrás –explicó, incrédulo.

–Ah, claro. Porque nunca se les ocurriría estarla vigilando.

–He tenido cuidado, Piper. Estoy acostumbrado a cuidarme las espaldas y a no perder de vista lo que me rodea.

Dios bendito…

–Cada vez que dices cosas así, me siento más culpable.

–No es mi intención.

–Soy consciente de ello, lo que lo empeora todavía más.

–Esa no es la razón por la que estoy aquí.

–Obviamente. ¿Cómo vas a salvarme esta vez?

Apenas había pronunciado las palabras cuando deseó no haberlo hecho. Parecían engreídas y desagradecidas, lo que no podía estar más lejos de la realidad.

–No tengo ni idea.

Tardó un momento en registrar lo que le había oído decir.

–¿Perdón?

–Ya me has oído.

–Sí, pero estaba segura de haberte entendido mal. Si no, ¿para qué ibas a venir hasta aquí, arriesgándote a ser visto y a empeorar las cosas? En serio, Stone, ¿es que el tiempo que has pasado en la cárcel te ha secado la inteligencia? Porque esa es la cosa más estúpida que te he oído decir.

Recostándose en la silla, se tapó la cara con las manos durante unos segundos hasta que rompió a reír.

Su sonido, profundo y rico, hizo que la piel se le erizara y que partes de su anatomía en las que no quería pensar en aquel momento temblasen.

–Sí, seguramente no ha sido el movimiento más inteligente de mi vida.

¿Por qué hacerlo, entonces? En realidad, no quería preguntárselo, seguramente porque no estaba preparada para oír la respuesta.

Stone permaneció mirándola con una expresión tan… seria. Tan directa. Piper estaba sintiendo su mirada en el centro de las tripas, y una energía inquieta, incómoda y no deseada comenzó a crepitar bajo su piel.

Necesitaba moverse, así que se levantó y dio un par de pasos.

–Bueno, pues gracias por haberte pasado.

Pero no llegó lejos porque Stone se levantó y la sujetó por el brazo.

–Piper.

Con eso bastó. Con oírle decir su nombre. Pero detrás percibió mucho más: frustración, negación, deseo.

Igual era ella la que estaba proyectando sus sentimientos.

–¿Qué? –contestó, tirando de su brazo, intentando alejarse de aquellas sensaciones tan peligrosas. Pero él no la soltó, sino que se acercó más.

Había estado tan cerca como en aquel momento más veces de las que podía contar. De niños, dormían en la misma habitación. Muchas noches de verano buscaban un pedazo de hierba en la propiedad de su padrastro y se tumbaban, ella con la cabeza apoyada en su regazo, mientras competían por ver quién se sabía todos los nombres de las constelaciones. Incluso siendo ya adolescentes, antes de que las cosas cambiasen, se tocaban constantemente. Inocente intercambio.

Nada en aquel momento le pareció inocente, al menos a ella.

Por eso necesitaba sacar a Stone de allí, antes de hacer o decir algo inconveniente.

–¿Qué vas a hacer? –preguntó él.

Su calor le llegaba al costado y deliberadamente no se dio la vuelta hacia él, negándose a rendirse a aquella necesidad que se negaba a desaparecer.

–Piper…

–¿Qué?

–¿Qué vas a hacer?

–¿Sobre qué?

–Los periodistas que tienes acampados ante tu puerta.

Ah, ya. Eso.

–Bueno, un par de hombres de seguridad de mi padre están al llegar y ellos se encargarán de despejar la acera. Otra vez.

–Eso va a ser una solución temporal.

–Cierto. Por eso he contactado con una periodista local y le he concedido una entrevista en exclusiva.

–¿Que has hecho qué?

Había algo en su tono de voz que la hizo mirarlo. La ira brilló en sus ojos, que le recordaron aquella piedra de ojo de tigre que había comprado en un viaje al museo de historia natural siendo niña. La había escogido porque le recordaban a sus ojos, mezcla de marrón y dorado, en un patrón que la hipnotizaba.

–Vamos a vernos… –miró el reloj de la pared– en un par de horas.

–¿Por qué vas a hacerlo?

–Porque es el mejor modo de apartar su atención de mí. Una de mis pacientes ha tenido que entrar esta mañana abriéndose paso entre ellos. La mayoría de mis pacientes se están recuperando de experiencias traumáticas, Stone. ¿Te haces idea de lo devastadora que ha sido para ella esa situación? Temblaba como una hoja cuando entró. He tenido que retrasar las citas a todos mis clientes de hoy.

–No me imaginaba que eras de las personas a las que les importa tanto perder horas facturables.

La desilusión y la tristeza la invadieron. Quería estar enfadada, pero no lo lograba. Aquello era prueba más que clara de que Stone ya no la conocía, y eso dolía.

–Puede que ya no me conozcas, Stone, pero sabes de mí lo suficiente como para comprender que mis motivos no tienen absolutamente nada que ver con el dinero.

–Lo siento –dijo, arrepentido–. Sé que lo que te mueve es el deseo de ayudar a la gente.

Su disculpa le ayudó, pero no consiguió borrar del todo el dolor, o el lamento por lo que habían perdido.

–Pero eso no significa que lo de conceder una exclusiva sea una buena idea, Piper. Hablar con la prensa va a agitar el avispero y convertirte más aún en su objetivo, no menos.

Ella se encogió de hombros.

–No estoy de acuerdo. Les daré lo que ellos creen que quieren, y se marcharán.

–Tú sabrás. Llevas tiempo más que de sobra con ellos para comprender cómo funcionan. Ignóralos unos días y surgirá una historia más gorda que desviará su atención.

–¡Vamos, Stone! Tú no estuviste aquí. Te perdiste la tormenta mediática que siguió a la muerte de Blaine y tu confesión. Todo el mundo lleva años esperando conocer la historia completa.

–Pues ya pueden esperar cien más, porque no lo van a conseguir.

–Por supuesto que no, pero ignorar a los medios por completo no va a servir para que desaparezcan. Los distraerá un rato, sí, pero volverán. Si han pasado ya diez años y no han perdido interés… pero podemos utilizarlo en nuestro beneficio. Darles una pizca a saborear que los haga desaparecer para siempre.

Stone se rio en aquel momento, y el sonido fue para ella como el de unas uñas en una pizarra.

–Si hay algo que he aprendido dentro, Piper, es que no debes meterte nunca con alguien que tenga más poder que tú. Al menos, nunca antes de que estés seguro de poder derrotarlos. Hablar con quien sea en este momento sería un error. No tienes nada de valor que ofrecer, y mientes fatal. Lo más probable es que pases a interesarles todavía más de lo que les interesas ahora.

–Perdona que no sea una maestra del engaño, pero voy a tener que correr el riesgo.

No había soltado su brazo y aumentó un poco más la presión que ejercía en él antes de acercarse un poco más. Piper sintió que el aire se le congelaba en el pecho, y los pulmones se quejaron por la falta de oxígeno.

Necesitaba espacio y dio un paso atrás, pero Stone no tenía intención de dejar que lo tuviera, así que la siguió. Un paso. Dos. Cinco. Hasta que su espalda tropezó con algo sólido.

–No, Piper –insistió con voz ronca–. No hables con ellos.

–Por desgracia para ti, no hay nada que puedas hacer para impedírmelo. Soy una mujer. Stone, perfectamente capaz de cuidar de sí misma y de tomar sus propias decisiones. Llevo tiempo haciéndolo bastante bien sin ti.

No podría decir qué le dificultaba más la respiración: si la proximidad de Stone, o el dolor provocado por la verdad que acababa de poner en palabras.

Él murmuró algo entre dientes y cambió de postura, rodeó su cintura con el brazo y la levantó, dejándola de puntillas. Antes de que ella pudiera darse cuenta de lo que pasaba, la besó en la boca. Y todo cambió.

No tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero no le importó. En la décima de segundo en que el calor de su boca rozó sus labios, todo lo demás dejó de importar.

Como si hubiese importado alguna vez…

Apoyó la palma en la puerta, junto a su cabeza, y sintió la pierna de Piper enroscarse en su cadera, acercándose más a él. Jamás había querido devorar algo o a alguien tanto como deseaba devorar a Piper.

Ella abrió los labios para darle el acceso que tan desesperadamente necesitaba. Su sabor, dulce con una pizca de café le taladró, y quiso más.

Probar una sola vez nunca iba a ser suficiente.

No le importó dónde estaban, ni quién pudiera estar cerca, o lo que pasara a su alrededor. Todo lo que le importaba era Piper y cómo se estaba derritiendo junto a él.

Le hizo ladear la cabeza para poder tener más de ella y sus lenguas iniciaron un baile que llevaban años esperando. Se aferró a él de tal modo que le dejó un rastro de medias lunas en la piel, pero su respiración entrecortada hizo que ese escozor le resultara insignificante.

Necesitaba más de ella, así que comenzó a desabrocharle la blusa. Uno, dos, tres botones, y se apartó un poco para poder verla. Llevaba tanto tiempo fantaseando con aquel momento que no quería perderse un solo segundo.

Piper apoyó la cabeza contra la pared sin dejar de mirarlo, en sus ojos el mismo ardor que él sentía dentro, pero en lugar de dejarle terminar con los botones, le sujetó la mano. Sus labios, enrojecidos por la pasión de sus besos, brillaban húmedos, y volvió a inclinarse sobre ella para lamerla, para saborearla una vez más.

Pero Piper susurró una palabra que lo detuvo.

–Déjame.

Stone bajó de inmediato las manos y se alejó varios pasos.

Jamás consideraría insistir cuando ella le había dicho bien claro que quería que parase, pero el rubor rosado de su piel y el brillo de su mirada eran lo mismo que él estaba sintiendo por dentro.

–Lo siento.

–Dices eso con mucha frecuencia, Stone.

–No debería haber hecho eso –dijo, aunque el significado de aquellas palabras no le pareciera correcto. Todo en su interior seguía pugnando por volver a besarla. Debería haberlo hecho mucho tiempo atrás.

Tocarla, saborearla, desearla… estaba bien. Lo mejor que había hecho en su vida. Pero Piper se merecía mucho más de lo que él podía darle.

–Hace mucho tiempo que no he tocado a una mujer, Piper –confesó, apoyando la frente contra la pared.

–Vaya. Qué halagador. He sido tu amiga durante años y jamás expresaste interés alguno por mí como mujer, pero diez años de celibato han hecho que puedas llegar a desearme.

–No quería decir eso.

Se dio la vuelta para apoyar la espalda. Piper lo miraba cruzada de brazos, desafiante. Dios, qué hermosa era.

–Vamos a aclarar un par de cosas –dijo, acercándose.

Tenía que admitir que era admirable cómo estaba manteniendo el tipo, aunque no podía ocultar su deseo de alejarse de él. Sus ojos azules brillaban con fuego y se irguió.

–En primer lugar, nunca he necesitado utilizar el sexo para lograr lo que quisiera conseguir, y no voy a empezar ahora. Y sí, eso significa exactamente lo que estás pensando, teniendo en cuenta dónde he estado metido los últimos diez años.

Piper frunció el ceño e hizo ademán de hablar, pero cerró la boca sin decir nada.

–En segundo, llevo mucho tiempo deseándote, Piper, pero te necesitaba como amiga y no iba a arriesgarme a perderte por un impulso de lujuria. Los dos éramos demasiado jóvenes, y no estábamos preparados para algo permanente.

Acercó la mano y le acarició la mejilla, la curva del cuello y la superficie sedosa del hombro. Las pupilas de Piper se dilataron, el negro derrotando al azul que siempre le recordaba el cielo perfecto de un día de verano, y vio que tenía la piel de gallina.

–Por fortuna, ni tú ni yo somos jóvenes ya –sentenció, y puso distancia de por medio.

Era eso, o derribar cuanto había sobre su mesa y tomarla allí mismo, y Piper se merecía algo mucho mejor que eso. Mucho mejor que él.

Capítulo Siete

La cabeza de Piper seguía dando vueltas sobre sí misma. Pero ¿qué narices había querido decir con que ya no eran jóvenes?

Habían pasado varias horas, pero la piel seguía ultrasensible donde él la había tocado. El eco de sus caricias seguía reverberando en su cuerpo, algo tremendamente inconveniente teniendo en cuenta quién estaba sentada frente a ella en aquel momento, al otro lado de la mesa.

–¿Crecisteis juntos?

Madelyn Black se retrepó en su silla. Era una profesional, atractiva y conocida por ser ética y justa. Piper no era tonta del todo y se había informado sobre ella antes de acceder a que la entrevistara.

–¿Te refieres a Blaine, o a Stone?

Un atisbo de sonrisa se dibujó en la boca color ciruela de Madelyn. El color oscuro le iba de maravilla a su piel, y encajaba a la perfección con el traje de chaqueta de falda ajustada que llevaba. Sabía bien cómo dar la imagen que pretendía dar.

–A ambos.

–Sí. Yo tenía seis años cuando mi madre se casó con el padre de Blaine.

–Tu madre era profesora, ¿verdad?

–Sí, en el colegio al que asistía Blaine.

–Pero tú no ibas a ese mismo colegio.

–Fui más tarde.

Madelyn emitió un sonido y escribió algo en un cuaderno de notas que tenía delante.

–Conocí a Stone poco después de trasladarnos. Nuestras familias siempre han estado unidas.

–Por lo que parece, Stone y tú erais inseparables de niños.

–Sí. Hasta que se graduó en el instituto y se marchó a la universidad, nos veíamos a diario.

–Debió ser difícil.

–¿El qué?

–Separaros.

Piper se encogió de hombros.

–La vida es así. No fue fácil, pero tampoco era una sorpresa. Quería que hiciera las cosas que deseaba hacer y vivir la vida con la que soñaba.

–Pero, en lugar de eso, acabó en la cárcel por asesinar a tu hermanastro.

Madelyn aguardó en silencio, esperando seguramente a que Piper dijese algo, llenase el silencio. Ya podía esperar.

–¿Sabes por qué discutieron aquella noche?

–Era mi fiesta de graduación, y yo estaba ocupada con mis amigos.

Otra sonrisa. Esperaba que le lanzase una serie de preguntas rápidas para intentar cazarla en algo y obtener más información, pero de pronto pareció cambiar de táctica.

–Háblame de la fotografía.

Piper tragó saliva. Bajo la mesa abrió la mano para dejar de apretarse los dedos que había entrelazado.

–Un malentendido.

–Siempre lo son.

Aquella vez Madelyn no se preocupó de ocultar su reacción y dejó que la sonrisa que le había ganado hordas de seguidores aflorase a sus labios, la misma que la catapultaría a las noticias nacionales más temprano que tarde. Por eso la había elegido. Estaba hambrienta de información, y seguramente aceptaría aquel regalo.

–Stone y yo estábamos… manteniendo una conversación.

–Una conversación apasionada.

–Podría decirse así. Estaba enfadada con él.

–¿Sigues estándolo?

Piper se echó a reír.

–Según el momento. No le había visto, ni había hablado con él desde hacía diez años, y teníamos un par de cosas que discutir. La fotografía fue sacada de contexto. Sé que parece que estábamos a punto de besarnos, pero no era así. Los dos estábamos enfadados.

–¿Y lo habéis hecho?

–¿El qué?

–Besaros.

Abrió la boca y volvió a cerrarla. La piel se le acaloró. Dios… no sabía mentir. Tal y como había dicho Stone, se le daba fatal, y su expresión iba a delatarla.

–Sí.

–Interesante.

–No particularmente. No nos besamos aquella noche, y no hay nada entre nosotros. Nunca lo ha habido.

Madelyn cambió de postura y la miró en silencio unos segundos.

–No estoy segura de a quién estás tratando de engañar: a mí, o a ti misma.

–A ninguna de las dos. Te prometí una entrevista en exclusiva, pero la cuestión es que no hay una historia que contar. Al menos, una que pueda resultar interesante para el público. Tanto mi familia como la de Stone está intentando dejar atrás el pasado. Estamos buscando nuestro camino. Nuestras familias están unidas, aunque como ya te imaginarás, lo ocurrido dejó mucha tensión en esos lazos.

–Por supuesto, pero no la suficiente para que boicotearas le fiesta de bienvenida del siglo que se le dispensó al asesino de tu hermanastro.

–Las relaciones humanas son complicadas. La gente y las situaciones rara vez se pueden contemplar a través de una lente de blanco y negro.

–Tus padres no asistieron a la fiesta.

–Por supuesto que no.

–Pero es bien sabido que tu padrastro y el padre de Stone siguen siendo amigos. Los dos juegan al golf, asisten semanalmente a una partida de póker y son miembros del mismo club de campo.

–Son colegas profesionales. Y adultos. Ambos tienen la sensatez necesaria para darse cuenta de que castigarse el uno al otro por los actos de su descendencia no tiene sentido.

–Interesante.

–¿Qué?

–Eh… nada, que no estoy segura de por qué el padre de Stone tendría que castigar al padre de Blaine.

Piper tragó saliva.

–Es una forma de hablar.

–Claro, claro.

Piper estaba empezando a sudar bajo su blusa de seda azul. ¿Es que habían puesto la calefacción?

Llamaron suavemente a la puerta y Lizzy se asomó.

–Siento interrumpir, pero me pediste que te recordara tu próxima cita.

Gracias a Dios que Lizzy, al enterarse de lo de la entrevista, había decidido quedarse.

–Gracias, Elizabeth. Enseguida estoy.

Madelyn se levantó y le ofreció la mano, que Piper estrechó.

–Te agradezco el tiempo que me has dedicado. Me pondré en contacto contigo si necesito hacerte alguna pregunta más.

–Cuando quieras –contestó, aunque no tenía la más mínima intención de ponerse a tiro si volvía a llamar o a presentarse–. Te acompaño a la puerta.

En cuanto se cerró la puerta, Piper se dejó caer en una silla. ¿Cómo era posible que una entrevista de veinte minutos la dejara tan agotada como si hubiera corrido una maratón? ¿Acababa de empeorarlo todo?

Apoyó la cabeza y cerró los ojos, lo cual no ayudó mucho porque los recuerdos acudieron en tropel. ¿Por qué en aquel momento? ¿Por qué la habría besado?

Durante años había fantaseado con cómo sería sentirlo y saborearlo. El calor y el roce de su piel. Pero había renunciado a esa fantasía hacía ya mucho tiempo. Incluso antes de Blaine.

Porque entonces Stone no había dado señales de que estuviera interesado en ella en ese sentido. Era su mejor amiga, prácticamente su hermana pequeña. Pero ahora, su beso sugería que no era ese el caso.

Y ¿qué narices iba a hacer con esa información? ¿Cambiaba en algo las cosas?

–Estoy pensando en alquilarle mi piso a un duende para mudarme a la Antártida.

Stone se volvió para mirar a Gray.

–¿Qué?

–Solo quería asegurarme de que sigues conmigo, tío.

–Estoy contigo.

–Y yo estoy seguro de que no has oído una sola palabra de lo que te he dicho en los últimos cinco minutos.

–Sí que te he estado escuchando.

Mentía. Desde que había tocado los labios de Piper, su cabeza era un completo desastre.

–Ya. ¿Qué te he dicho?

–Me estabas hablando de lo ineficaz que es nuestro contacto.

–No. Mi hombre es el mejor.

–No sé cómo puedes decir eso cuando no nos ha dado ningún resultado.

–No es culpa suya. Esas empresas tienen capa sobre capa de protección para ocultar sus fuentes. Es más, está seguro de que han usado una indecente cantidad de dinero en efectivo. ¿Quién usa ahora efectivo? Lo han hecho para proteger la fuente de esta jugosa golosina, seguramente con la esperanza de conseguir más.

–Piper no es una golosina.

Gray le dio una palmada en la espalda.

–¿Estás seguro? –se rio–. Si los medios no lo pensaran, es evidente que tú sí.

Stone pensó en darle un puñetazo, pero no lo hizo por dos razones. La primera, porque podía tener razón. Y la segunda, porque Gray era una máquina con los puños. Podía pasar por un tío tranquilo cuando lo veías trajeado, pero se movía como Ali, y había dominado el circuito de peleas clandestinas mientras estaban dentro.

Le vio sonreír de medio lado.

–Mi hombre no se va a rendir. Simplemente le está costando un poco más de lo que pensaba. Además, no somos su único proyecto.

–Eso es un problema. ¿Qué hace falta para que seamos su prioridad?

Gray se acomodó en un sillón de cuero y lo estudió unos segundos.

–Tengo que serte sincero. Creo que no obtendremos ningún beneficio de invertir más dinero en esto ahora.

–Pues yo creo que sí. Necesito que esta historia se acabe para poder seguir con mi vida.

–Nunca me has contado con detalle lo que ocurrió –dijo, pasándose la mano por la cara.

A diferencia de Gray, que había terminado compartiéndolo todo con él, y de Finn, que se lo contaba todo a todo el mundo, Stone no hablaba de su pasado, ni siquiera con sus amigos más íntimos.

–No me lo has preguntado.

–Es que no necesitaba saberlo. Sé reconocer a un hombre íntegro, y en tu caso sé que, pasara lo que pasase, tendrías buenas razones para lo que hiciste.

Stone apretó los dientes en silencio. Sería fácil y natural compartirlo todo con Grey. Durante diez años habían estado muy unidos, teniendo en cuenta que los dos estaban encerrados. En más de una ocasión, había puesto, literalmente, su vida en sus manos, y sabía que podía confiar en él.

Pero es que aquella historia no era suya, y cuanta más gente supiera lo ocurrido, más posibilidades había de que algo se les escapara.

–¿Me lo estás preguntando ahora?

–No tengo que hacerlo, tío. Te conozco lo bastante bien para rellenar algunos de los huecos. Lo que no me puedo imaginar es lo que hizo su hermanastro exactamente, aunque puedo imaginármelo.

Mierda. Gray era demasiado listo. Intentó ofrecer una respuesta que no fuese la verdad, pero que tampoco fuese una mentira, pero Grey lo ganó por la mano.

–No importa. Averiguar de dónde salió la foto es irrelevante, y por eso pienso que ofrecerle a nuestro hacker más dinero no va a solucionar nada. El artículo de la entrevista de tu chica va a publicare en… –miró el reloj–, dos horas.

–¿Qué?

–En realidad, eso es lo que he venido a decirte. Mi chico no ha descubierto aún la fuente, pero sí se ha enterado de que Associated Press está a punto de salir con una gran historia basada en la entrevista que le concedió a esa periodista.

–Le advertí de que no lo hiciera.

–Pues algo me dice que decidió ignorarte. Qué sorpresa.

–Cállate. ¿Es mucho el daño?

–Lo suficiente. En lugar de disipar las conjeturas, parece como si hubiera añadido leña al fuego. El artículo está lleno de especulaciones sobre que ella y tú estabais en pleno asunto… privado cuando el hermanastro entró y se puso hecho una furia. Para colmo hay una fuente anónima que ha proporcionado detalles sobre la relación de Piper con Blaine. Que no estaban unidos y que él se portaba muy mal con ella.

Un oscuro pozo le ardió en el estómago. ¿Cuántas veces iba a tener que salvarla de sí misma antes de que se diera cuenta de que sabía bien de qué hablaba?

–La mierda está a punto de llegar al ventilador.

Stone hizo una mueca.

–No. ¿En serio? ¿Y qué podemos hacer? Supongo que tu hombre habrá intentado ahogar la historia.

–No lo ha conseguido. Podría retasar la publicación con un par de obstáculos, pero la información ya está por ahí, y buscarían otro canal. Podrías intentar demandarlos para impedirla, pero tú y yo sabemos que no hay base legal. Lo más que lograrías sería ganar algo de tiempo.

–Y que la historia se volviera aún más dañina.

–Exacto.

Si Piper había pensado que el frenesí que había delante de su consulta era malo antes, a ver qué pensaba cuando se volviera diez veces peor.

–¿Qué me sugieres?

–¿Crees que se avendría a desaparecer un tiempo?

Stone se rio.

–Piper no sabe lo que significa mantener un perfil bajo. Es más terca que una mula, y no le gusta que le digan lo que tiene que hacer.

–Sin embargo, tú sigues intentándolo. Igual deberías probar con otra táctica.

En eso tenía razón. Piper no se había mostrado demasiado receptiva a sus sugerencias. Es más, había hecho precisamente lo contrario, así que lo mejor era no darle elección.

Necesitaba que se alejara de los focos, que se mantuviera lejos de los medios para que no pudiera empeorar las cosas. Lo mejor sería aislarla durante un tiempo.

Una idea se le formó en el pensamiento y le dio unas cuantas vueltas en busca de algún posible fallo.

–Ya he visto otras veces esa mirada tuya, tío, y no suele conducir a nada bueno. ¿En qué estás pensando?

–En que tienes razón.

–¿Y por qué no me alegro de que me lo digas? La última vez que tuviste esa mirada calculadora y decidida, acabé en la enfermería con un agujero en el costado y tú te quedaste solo durante una semana.

–Sí, pero valió la pena, ¿no?

–Por verles la cara a algunos sí que la valió, pero no estoy convencido de que hubiéramos pensado lo mismo si hubiera salido de otro modo.

–Pero no fue así. Confía en mí.

–Si confío, pero no por eso dejo también de estar seguro de que lo que planeas va a acarrear un buen montón de problemas.

–A ti te gustan.

–Esa suerte que tienes.

Capítulo Ocho

Estaba completamente exhausta. Sentía el cuerpo como si hubiera disputado un par de asaltos con un luchador de la MMA. Tenía la cabeza frita. Había tenido que cancelar sus citas por segundo día consecutivo, y eso la cabreaba sobremanera. Sus pacientes no tenían por qué aguantar aquel lío. Ninguno se había quejado, pero ya tenían bastante con los dramas a los que todos ellos se enfrentaban en su vida cotidiana.

Después de una copa de vino, y no de toda una botella, como era su intención, y un rato metida en la bañera, empezó a encontrarse más centrada. Aún agotada, pero por lo menos no parecía a punto de venirse abajo bajo el peso de todo aquello.

Con su pijama más viejo y cómodo, decidió permitirse otro capricho y poner alguna comedia romántica en la tele mientras cenaba una ensalada y el brownie de chocolate que se había estado reservando. El chocolate lo arreglaba todo, al menos durante unos minutos.

Estaba a punto de empezar a verla cuando la puerta delantera de su casa reverberó bajo la sólida palma de una mano. El ruido le hizo dar un respingo. Uno de los beneficios de vivir en la casita era que no mucha gente podía presentarse sin más ante su puerta. Por desgracia, eso también significaba que nadie había previsto el beneficio de instalar una mirilla, de modo que tenía que abrir la puerta o gritar. Estaba a punto de hacer lo segundo cuando Stone le ahorró la molestia.

–Abre, Piper. Sé que estás en casa.

–No –replicó, cruzándose de brazos–. Vete. No estoy de humor para más sermones.

Ni para más besos. Ya tenía las defensas demasiado bajas.

Se preparó para una discusión que no tenía intención de perder. Estaba en su casa, y ella decidía quién entraba y quién no.

Pasaron unos segundos. Y algunos más. Un minuto, y sin respuesta de Stone. Dio un paso y pegó la oreja a la puerta. Nada. Se encogió de hombros y volvió frente al televisor.

Igual, por una vez, la había escuchado.

Apenas había puesto las posaderas en el sofá cuando la puerta se abrió de par en par. Piper gritó. El brownie se le cayó al suelo bocabajo.

Stone estaba en la puerta, iluminado desde atrás por la farola del porche, que parecía proporcionarle un halo a su cabeza. ¡Venga ya! Aquel hombre no tenía ni un pelo de santo.

–¿Pero qué narices…? ¡Lo había estado reservando! –exclamó, mirando al plato que había acabado a sus pies.

Sin mostrar remordimiento alguno, Stone entró, recogió el dulce del suelo y lo plantó en el plato.

–Como nuevo.

–Ya. ¡Fuera!

–Claro.

Nada con Stone era tan fácil.

Sin mediar palabra, le pasó un brazo por la cintura y la sacó hasta la puerta.

–¡Suéltame! –protestó ella, clavando los pies al suelo.

–Por supuesto. En cuanto lleguemos a un lugar seguro.

–¿Cómo que seguro? ¡Stone, para!

–La entrevista que has concedido te va a hacer la vida más difícil que antes. Tienes que desaparecer durante unos días.

–¿Y te parece que el mejor modo de hacerlo es colarte en mi casa y sacarme de ella sin más?

–Pues sí –contestó, encogiéndose de hombros.

–¿No se te ha ocurrido hablarlo antes conmigo? ¿Pedirme opinión?

–Claro, pero la última vez que te pedí que no hiciera algo, acabaste haciéndolo de todos modos, y empeorándolo todo, así que esta vez he decidido hacer lo que hay que hacer.

–Eres insoportable. Lo sabes, ¿verdad?

–Eso dicen, pero no cambia nada, Piper. Cuando ese artículo llegue a la calle, no tendrás paz.

–Mi consulta…

–Cerrada hasta que todo esto se calme. Lo que has tenido que pasar estos últimos dos días te va a parecer un pícnic comparado con las hordas de buitres que van a posarse ante tu puerta. La historia se va a hacer viral.

Piper levantó las manos en alto.

–¿Y dónde se supone que voy a ir? Si es viral, no habrá lugar donde esconderse.

Stone sonrió. En cualquier otra ocasión, su sonrisa lobuna la habría tranquilizado, pero en aquel momento… parecía dispuesto a enfrentarse a su peor enemigo con un as en la manga.

–Por suerte, tengo el lugar perfecto. Mi familia posee una isla privada en el Caribe. Y un avión que nos puede trasladar allí.

–No pienso irme al Caribe ahora, Stone, y dejar a los demás lidiando con este lío.

–Les estamos haciendo un favor si desaparecemos, créeme. Van a ser solo unos días, para que el frenesí inicial se calme. Así tendremos la oportunidad de encontrar una estrategia que nos sirva –Piper iba a protestar y se adelantó–. Una estrategia en que los dos estemos de acuerdo –dio un paso hacia ella–. Te lo prometo, Piper. Estoy intentando ayudar. Por favor, déjame hacerlo.

Su olor era una tortura para ella. Estaba tan cerca que podría tirar de él y apoderarse de su boca. Los labios le palpitaron solo con pensarlo. ¿Cómo podía ser que, estando tan frustrada con él, siguiera necesitándolo con tanta intensidad que le impedía pensar con claridad?

Quería que se fuera con él a una isla privada. ¿Cómo iba a poder resistir aquella necesidad urgente si estaban solos y no podía escapar?

Pero casi más fuerte que la necesidad de tocarlo y de saborearlo era el deseo de dejarle ayudar. Quería volver a aquel tiempo de su vida en el que podía apoyarse en su calor, sentir el peso de sus brazos, saber que podía solucionar cuanto necesitara.

Pero eso no era justo para él. Y tampoco para ella. Era lo bastante fuerte para solucionar sus propios problemas aunque, ¿cuántas veces le había dicho a un paciente, mirándolo a los ojos, que pedir ayuda no era admitir una debilidad? ¿Que hacía falta gran fortaleza para admitir que a veces no se podía enfrentar algo solo con tus propias fuerzas, y confiar en alguien lo suficiente para compartir la carga?

Cerró los ojos un instante.

–Está bien –claudicó.

Ser ignorado estaba empezando a cabrearlo, y Piper había decidido fingir que era invisible.

Durante las seis horas de vuelo, había esperado a que él eligiera asiento para acomodarse ella en el más alejado de la cabina. Luego, había abierto su tablet y no había despegado los ojos de la pantalla hasta que las ruedas del avión tocaron tierra.

El recorrido en barco hasta Isle D’Acier había sido otro tanto de lo mismo. Si podía no establecer con él comunicación alguna, lo hacía, y si eso no era posible, se limitaba a responder con monosílabos.

Y ya estaba harto. Apenas le quedaba paciencia, y la irritación estaba a punto de imponerse.

Había dado vacaciones al personal que solía ocuparse de la casa y sus alrededores. Dado que aquella historia se había hecho viral, el dinero era siempre un factor difícil de ignorar, aun para empleados que llevaban años trabajando para ellos, de modo que no iba a haber espectadores en el enfrentamiento que llevaba cociéndose unas cuantas horas.

Abrió la puerta de la casa de casi mil metros cuadrados y se hizo a un lado para que Piper entrase. Ella lo hizo con sumo cuidado de no rozarse con él ni lo más mínimo, lo cual no impidió que la energía le erizase la piel.

–Dime dónde está mi habitación –le pidió, soltando en el suelo la bolsa de viaje.

Estaba claro que ella también era consciente de la energía que vibraba entre los dos.

Stone soltó la puerta y el vestíbulo se sumió en una oscuridad amenazadora. Y tuvo que reconocerle el mérito de que no moviera ni un músculo cuando invadió su espacio personal para decirle:

–Deja de actuar como la niña malcriada que nunca fuiste, Piper. No das el perfil.

–Parece que no, pero ahora no estoy de humor, Stone –carraspeó–. Dime dónde está mi habitación. Me parece que este sitio es lo bastante grande para que podamos evitarnos el uno al otro durante unos cuantos días.

–¿Es que vamos a ignorar lo que pasó?

No intentó fingir que no sabía a qué se refería.

–No pasó nada. Tú mismo dijiste que llevabas diez años sin estar con una mujer, y eso es mucho tiempo, en particular para alguien con tus apetitos.

–¿Qué sabes tú de mis apetitos?

–Digamos que tu reputación es bien conocida –se encogió de hombros–. La verdad es que se trata de algo que me resultaba embarazoso cuando era más joven. ¿Sabes cuántas chicas se acercaron a mí para pedirme información y poder ligarse al legendario Anderson Stone?

La espesa amargura que rezumaba su voz le sorprendió.

–¿Por qué nunca me lo dijiste?

–¿Y qué narices querías que te dijera, Stone? ¿Que me molestaba cuando alguien cotilleaba sobre tu última proeza sexual? ¿Es que habría cambiado algo que te lo dijera? No lo creo.

Fue a abrazarla, aunque no sabía qué pretendía conseguir. Bueno, no. Eso no era cierto. Quería calmar el eco del dolor que no tenía ni idea de haberle causado tanto tiempo atrás, pero ella se apartó.

Stone apretó los puños y bajó los brazos.

–Lo siento.

Ella esbozó una sonrisa.

–¿Qué sientes exactamente?

–Haberte hecho daño.

–Ya. Es fácil decirlo ahora. El problema es que no te das cuenta de que sigues haciéndolo. Creo que ni siquiera sabes cómo parar. Bueno, ¿dónde está mi habitación?

La irritación, la indignación que se había acumulado durante horas, se deshicieron, dejando solo aturdimiento y desconcierto.

–Quédate con el dormitorio principal. En el segundo distribuidor, a la derecha, al final.

Piper dio la vuelta y algunos pasos antes de pararse en seco.

–¿Dónde estarás tú? –preguntó, sin volverse.

–En la habitación de al lado.

Bajó la cabeza y un mechón de pelo castaño le rozó la espalda. La luz le arrancaba destellos dorados, haciéndole desear enterrar la mano en su melena, tirar de ella y reclamar su boca. Tocarla y domesticarla. Calmarla y prometerle que no volvería a hacerle daño, intencionada o accidentalmente.

Pero no lo hizo porque no era lo que ella quería de él en aquel momento.

–Me cambio a otra habitación.

–No. Yo lo haré.

Lo miró por encima del hombro. No se había maquillado antes de salir y, por primera vez en años, vio las pecas que salpicaban su naricilla.

Adoraba aquellas pecas.

–¿Lo harás?

–Sí.

Ella asintió y se alejó.

Fiel a su palabra, ni oyó ni vio a Stone en toda la noche. No sabía dónde se había acomodado, pero no era cerca.

No le irritaba que por fin le hubiera escuchado y hecho lo que le pedía. No le molestaba haber tenido que recorrerse aquel casoplón ella sola para encontrar la cocina y prepararse algo de comer.

Quien se había ocupado de equipar la casa, lo había hecho a conciencia. Había una gran variedad de comidas preparadas donde elegir, y se había tomado un pollo delicioso y una ensalada, todo ello en el patio privado que tenía su habitación, desde el que se podía contemplar el reflejo de la luna en el agua.

Había dormido fatal y se levantó de mal humor. Necesitaba un café. Y dado que iba a estar encerrada en aquella cárcel durante unos cuantos días, había decidido disfrutar.

Se había pasado el vuelo intentando ocuparse de todos sus pacientes. A los que no podían prescindir de sus sesiones, los había puesto en contacto con un amigo, que también había accedido a estar disponible en caso de que ocurriera algo. Por primera vez desde que había abierto las puertas de su clínica, no tenía responsabilidades.

Y se sentía muy rara. Quizás eso contribuyera también a su mal humor.

En la isla de la cocina había un cuenco con fruta. Escogió un plátano y, con una taza de café, volvió a su habitación y, al ver la maleta, volvió a maldecir a Stone. No le había dado casi ni veinte minutos para prepararla, y ya que lo de irse de vacaciones al Caribe no solía estar en su agenda, se había olvidado de meter un bañador.

Por si acaso, entró en el enorme vestidor y lo encontró lleno a rebosar.

En un primer momento pensó que serían cosas de la madre de Stone, pero luego se dio cuenta de que todas tenían la etiqueta colgando. Eran prendas nuevas. Lo iba a matar…

Abrió varios cajones hasta dar con lo que buscaba: un buen puñado de trajes de baño en todas las formas y colores.

Se desnudó y se probó varios. No debería sorprenderle que fueran de su talla.

Descartó un par de ellos y, con el tercero, se quedó contemplando su imagen en el espejo. ¿Tendría valor para ponérselo? Bueno, no era esa la pregunta. Lo que se preguntaba en realidad era si sería sensato.

El bikini era de un azul zafiro intenso que realzaba sus ojos sin que ella supiera cómo. La parte de arriba podría ser calificada de conservadora, excepto por las tiras que se cruzaban sobre el pecho y que llamaban la atención sobre su escote. La parte de abajo le tapaba el trasero, pero era tan baja que parecía poder caerse en cualquier momento y dejarla desnuda.

Debería probarse otro, pero en realidad no quería. Aquel le hacía sentirse sexy, algo que nunca había echado en falta hasta aquel momento, así que… se lo iba a dejar puesto.

Escogió una toalla de las que había en su baño y salió a la playa. La arena, aún fresca de la noche, se hundía bajo los pies y, a su alrededor, la vegetación salvaje de la isla crecía sin restricciones. La madre naturaleza reclamaba lo que la familia de Stone le había arrebatado.

Al borde del agua sintió la absoluta soledad que la rodeaba. Era una sensación inusual. Echó atrás la cabeza, cerró los ojos y respiró. Nada más. Habían ocurrido tantas cosas en los últimos días que no se había tomado el tiempo necesario para ser, nada más.

Una paz maravillosa la invadía cada vez que una ola llegaba a sus pies y volvía retirarse, dejándola cada vez más hundida en la arena.

No podría decir cuánto tiempo permaneció allí, pero sí sabría identificar el momento en el que supo que ya no estaba sola.

El peso de su mirada era casi tangible, despertando en ella una energía que le recorrió la espalda y se derramó por sus venas. Nadie excepto Stone le había hecho sentirse así.

–¿Quieres que me vaya?

¿Quería?

–No –la respuesta fue sencilla. La razón que la sustentaba, no tanto–. Es tu casa y puedes estar en la playa si quieres.

Pero ella no, así que dio media vuelta y echó a andar hacia la casa, pero Stone se interpuso en su camino.

–Quédate –dijo, sin tocarla, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones de deporte.

Aquella postura no era para nada intimidatoria, pero dio igual porque, en cuanto la miró de arriba abajo someramente, Piper se quedó sin aire en los pulmones. Jamás en la vida se había sentido tan desnuda, lo cual no dejaba de tener su gracia, porque se había puesto sobre el bikini un ligero caftán que lo cubría todo.

–No es buena idea –dijo al final.

–¿Por qué?

–Porque sigo enfadada contigo.

–Ya, pero eso ¿cuándo te ha detenido? No es la primera vez que te cabreo a lo largo de los años.

–Tengo la impresión de que lo de esta vez no se parece a cuando me llenaste el pelo de serpentinas gelatinosas.

De pronto sus ojos empezaron a brillar y la risa iluminó su cara, aunque no salió sonido alguno de sus labios. Daría lo que fuera por hacerle reír, pensó de pronto.

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