Kitabı oku: «Ricos y despiadados»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1998 Cathy Williams

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Ricos y despiadados, n.º 1058 - octubre 2020

Título original: A Reluctant Wife

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-887-5

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

ES LA comidilla del pueblo.

Katherine Taylor, con el cabello rubio rizado, los ojos castaños y una boca que parecía hecha para sonreír a la menor provocación, estaba sentada sobre la mesa de la cocina y mordisqueaba con gesto perezoso una zanahoria, pues estaba en la «semana de dieta», en contraste con la semana anterior en que el lema había sido: «come de todo pues las dietas son una estupidez». Mientras hablaba observaba a su amiga preparar un plato a base de verdura.

–Se rumorea que va a vivir por aquí –añadió.

–¿Y qué?

Sophie daba la espalda a su amiga, pero podía imaginar el brillo maligno en sus ojos mientras se entregaba al placer del cotilleo. En un pueblo pequeño, y suponía que había pocos pueblos tan pequeños como aquel, el chisme era el aceite que engrasaba las ruedas de la vida cotidiana.

–¿Y qué? ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir?

–¿Te parece poco? –Sophie añadió especias a la verdura y un poco de crema. Kat estaba a dieta, pero odiaría a cualquiera que la apoyara en su esfuerzo. Su amiga adoraba la comida y se sentiría ofendida si le ofrecieran algo sin calorías cuando se suponía que estaba de juerga, aunque la juerga consistiera en una cena casera para dos.

–¿Cómo puedes no morirte de curiosidad? –preguntó Katherine en tono acusatorio, como si Sophie intentara deliberadamente sabotear la conversación–. Todo el mundo habla de Gregory Wallace. Annabel y Caroline y las demás damiselas del lugar ya han previsto toda su vida social para los próximos quince años, si fuera verdad que va a vivir aquí.

–Pobre hombre. Bueno, la cena está lista.

Aquello desvió la conversación durante unos minutos, pero en cuanto estuvieron instaladas ante sus platos de espaguetis con verduras, Katherine recuperó el tema del día, empeñada en lograr que Sophie reaccionara.

Sophie escuchaba la charla incansable de su amiga, pero el asunto la aburría. Era la primera en reconocer que Gregory Wallace había hecho mucho por el pueblo. Su fortuna había estado detrás de la construcción del nuevo barrio residencial, que a pesar de las iniciales sospechas, se había hecho con buen gusto y respeto por el entorno. Era innegable que los nuevos habitantes, londinenses aburridos de la gran ciudad, harían despegar la maltrecha economía local.

Se hablaba ya de la apertura de un supermercado y el único hotel del pueblo, que había ido decayendo de año en año, se había visto obligado por los acontecimientos a un lavado de cara, y ahora parecía nuevo y casi elegante, dispuesto a recibir a los esperados turistas. Pero aquello no significaba nada. La gente se comportaba como si aquel hombre fuera un caballero vestido de armadura luchando por salvar al pobre Ashdown de su eminente ruina y decadencia, en lugar de lo que era realmente, un hombre de negocios que había encontrado un nuevo filón para aumentar su fortuna.

–No veo por qué ese hombre querría vivir precisamente aquí –comentó por fin Sophie, dejando cuchillo y tenedor sobre el plato vacío, y observando con indulgencia cómo su amiga se resistía unos segundos a repetir y luego sucumbía con un suspiro de placer–. Esa clase de hombres necesita las emociones de Londres. Y no me digas que piensa instalarse aquí, cultivar hortalizas y observar los pájaros en su tiempo libre.

–Eres tan cínica, Sophie –replicó Katherine tras un generoso sorbo de vino y una mueca de burla.

–Sólo soy realista. ¿Gregory Wallace es algo así como el soltero de oro y va a venir a vivir aquí? No es un lugar afamado por las bellezas locales.

–No digas eso delante de Annabel o le dará un ataque. Además –Katherine se irguió en la silla, acarició la copa de vino entre las manos y miró a su amiga con seriedad–… Estás tú. No eres exactamente una mujer fea, ¿verdad, querida? Aunque te pases la vida vistiendo como si quisieras serlo.

Sophie sintió que el calor subía por sus mejillas, y aprovechó para recoger los platos, ponerlos en el fregadero y abrir el grifo del agua.

–Por favor, no empieces con eso otra vez.

Odiaba que le hablaran de su aspecto. Todo el mundo parecía creer que la belleza física era una bendición, que abría puertas y hacía que todo fuera más fácil. Nadie se daba cuenta de que esa clase de físico cerraba tantas puertas como abría, y Sophie estaba harta de no ser comprendida por su amiga.

–¿Por qué no dejas de llevar esas faldas largas y esas botas de campesina? No será porque te falte el dinero.

–No –dijo Sophie con amargura–. Tengo dinero. Alan nos dejó lo suficiente, como sabes –se giró para mirar a su amiga–. La mala conciencia surte estos efectos.

Seguía costándole bromear. Incluso pasados cinco años, pronunciar su nombre se le atragantaba y la obligaba a carraspear.

–No me apetece hablar del tema –concluyó.

–¿Por qué? –replicó Katherine agresivamente–. Si no hablas conmigo, ¿con quién vas a hablar?

–No quiero hablar del tema con nadie, Kat –apretó los puños sin darse cuenta hasta que le dolieron los nudillos–. Jade y yo estamos bien. Soy feliz así. No quiero escarbar en el pasado –al pronunciar el nombre de su hija, los ojos de Sophie se dirigieron automáticamente hacia la escalera, pero sabía que la niña dormía profundamente.

–Vale –Katherine se encogió de hombros y aceptó el café que le tendía su amiga–. Pero te equivocas. Eres guapa, Sophie. Y no necesitas pinturas ni trajes para parecerlo. Pero te empeñas en encerrarte aquí y no dejarte ver.

–Tú también vives aquí. No te he visto correr a la estación y tomar el primer tren para Londres.

–Es verdad –Katherine sonrió y Sophie se relajó un poco.

Al menos la velada no iba a terminar con una nota amarga. Odiaba enfadarse con Katherine. Eran amigas desde que jugaban con muñecas, y a pesar de ello, el tema de Alan era demasiado doloroso para que pudiera hablar de ello abiertamente. Normalmente, Katherine respetaba su reserva.

Más tarde, cuando Katherine se hubo marchado, Sophie permaneció de pie en su dormitorio, pensando en lo que había dicho. Todo mentira. No era feliz. Al menos no era feliz en el sentido de despertarse cada mañana y sentirse llena de alegría de vivir.

Sólo se sentía así cuando miraba a Jade, pero la mayor parte del tiempo se sentía envuelta en una neblina de tristeza vaga y sin motivo. A veces lograba sacudirla, y percibir una bocanada fresca de alegría, pero en seguida la neblina volvía a asentarse alrededor de su cuerpo, como una segunda naturaleza de la que no podía desprenderse.

¿Cómo explicarle aquello a Katherine? Su amiga pensaba que el divorcio era algo habitual y que al menos ella había estado casada con un hombre rico que le había dejado el suficiente dinero como para vivir cómodamente. ¿Cómo podía hacerle entender toda la amargura y la humillación de su ruptura? ¿Cómo decirle que su autoestima había sido tan pisoteada que nunca pudo recuperarla del todo?

Dio la vuelta y en la semioscuridad del cuarto observó aquel rostro y cuerpo que según todos debían aportarle felicidad y suerte. Vio su cabello rojo resplandeciente, cayendo en rizos hasta su cintura, los ojos enormes y verdes, la nariz recta, la forma perfecta de la boca. Conocía de sobra la longitud de sus piernas, la delgadez de la cintura, la orgullosa curva de los senos.

Se miró con objetividad. De no haber sido tan llamativa, Alan no se hubiera fijado en ella y su vida hubiera sido diferente, sin duda mejor. Salvo por Jade, pensó, dándose la vuelta. Algo bueno había nacido de todo aquel desastre.

¿Era de extrañar que la idea de gustar a otro hombre, de utilizar su cuerpo como anzuelo la disgustara tan profundamente?

Eso era lo bueno de vivir en una pequeña comunidad. Los hombres eran todos conocidos y estaban comprometidos. Las pocas caras nuevas pasaban de largo. Cuando Annabel y sus amigas volvían de Londres para descansar en la casa de sus progenitores, inevitablemente se traían a unos cuantos amigos, pero le bastaba con rechazar las escasas invitaciones que recibía. En efecto, en Ashdown se sentía segura.

Cuando, unas semanas después, Katherine le anunció que efectivamente Gregory Wallace se instalaba en el pueblo, la noticia no la afectó en lo más mínimo. En lo que a ella se refería, podía vivir en Ashdown o en Tombuctú, igual daba.

–¡Lo he visto! –exclamó Katherine con excitación mientras tomaban un café en la nueva cafetería junto a Correos.

–Qué suerte –ironizó Sophie–. ¿Y la experiencia ha cambiado tu vida?

La réplica fue recibida con una mirada amenazante de su amiga.

–Es increíblemente guapo.

–Oh, en serio. En es ese caso, las solteras locales van a estar comiendo de su mano en pocas horas. Annabel y Caroline y las gemelas Stennor deben estar plantando las tiendas en su jardín. ¿Y dónde piensa vivir el hermoso salvador de nuestro pueblo?

–Ha comprado la casa Ashdown.

–¿La mansión Ashdown? –Sophie frunció el ceño–. Había oído que la anciana señora Frank no quería marcharse de la casa.

–Pues la ha convencido. Se ha instalado en una pequeña casa de campo junto a la mansión y las obras comienzan la semana próxima.

–Debe de tener mucha capacidad de persuasión.

–Ni te lo imaginas –suspiró Katherine y Sophie la miró con irritación–. Todo en él es persuasivo, empezando por su cuenta corriente. Y por favor, no me lances el pequeño discurso sobre que el dinero no lo es todo en la vida. Puedes sacar mucho de él para tu organización benéfica.

–No pienso correr hacia un extraño con la mano extendida –replicó Sophie secamente. Su obra caritativa era fruto del amor y no pensaba ponerse en la cola de gente dispuesta a conseguir algo del señor Gregory Arréglalo-todo. De hecho, todo el escándalo causado por el hombre la disgustaba y ofendía. En la biblioteca donde trabajaba, todo el personal estaba agitado por las historias de Wallace y sus mejoras imaginarias y reales.

–No, no lo conozco –tuvo que decir Sophie muchas veces en los días que siguieron. Y no podía evitar bostezar cada vez que el dichoso nombre salía a relucir.

Sin duda, acabaría por encontrárselo. En Ashdown era imposible evitarse, aunque el hombre saliera menos, según Katherine, desde que el otoño había dejado paso a un incipiente invierno que traía ya la promesa nevada de las Navidades.

–A lo mejor ha terminado su casa, se ha aburrido del pueblo y se larga de nuevo a Londres –dijo Sophie mientras su amiga suspiraba y abandonaba la biblioteca con un gesto teatral de ofensa.

Eran las cinco de las tarde y ya había anochecido, de modo que la biblioteca estaba prácticamente vacía. Ella misma saldría en pocos minutos a buscar a su hija y ambas dedicarían la tarde a decorar la casa para las navidades.

Dentro de pocos días, llegaría un regalo para Jade de parte de su padre, un presente extravagante y caro comprado en Nueva York que colocarían bajo el árbol. Aquella era la rutina de cada navidad, el regalo, la nota seca dando las gracias a un hombre sobre el que su hija nunca preguntaba. Jade tenía sólo cinco años y no había conocido a su padre, de manera que no hacía preguntas. Eso llegaría más adelante.

Sophie se disponía a marcharse y estaba cerrando los cajones de su mesa cuando observó que había alguien junto a la puerta de entrada. Ya había apagado casi todas las luces y en la penumbra sólo pudo distinguir que la forma era masculina y fuerte, lo que provocó en ella una reacción de temor.

–Estoy a punto de descolgar el teléfono –dijo en voz alta y clara que rebotó en la sala vacía y la hizo sentirse como la protagonista de una mala película de terror–. Si se acerca más, le aseguro que llamaré y la policía estará aquí en un instante.

Fuera quien fuera, era alto y fuerte. Su figura destacando en la penumbra lo decía y Sophie sintió que su corazón latía dolorosamente mientras se preguntaba si la policía no se habría marchado ya a casa.

–Qué dramático –comentó la voz masculina, una voz grave con una nota de ironía que la hacía no sólo interesante sino descaradamente sexy. Salió de las sombras y la voz se materializó en un hombre cuyo físico resultaba tan poderoso que entraba en la categoría de hipnótico. El cabello muy negro, los ojos negros, y un cuerpo, que incluso cubierto por el abrigo largo, mostraba ser fuerte, elástico, y lleno de gracia.

Conocía aquella clase de hombre. Le recordó mucho a su ex-marido, un hombre cuyo atractivo y encanto le habían hecho perder la cabeza. Comenzó a ponerse el abrigo tras guardar las últimas fichas.

–Es más dramático ser detenido por la policía –replicó secamente.

–¿La policía? ¿Se refiere a ese simpático agente que trabaja ahí cerca y hace de Santa Claus en la representación anual? –rió con ganas y siguió avanzando hacia la mesa de Sophie.

–¿Quién es usted? La biblioteca está cerrada. Si busca un libro, puede venir mañana –recogió su bolso y, como siempre, echó un vistazo alrededor para comprobar que todo estaba en orden.

–Soy Gregory Wallace –dijo el hombre y Sophie le dedicó una mirada de curiosidad sincera durante unos segundos. Después, se dirigió a la puerta.

–Pues yo me marcho, así que, si no le molesta, puede seguirme o quedarse aquí hasta las nueve de la mañana –al pasar a su lado, captó un aroma leve e intensamente masculino, y le sorprendió comprobar lo alto que era. No era habitual para ella encontrarse con un hombre al que no pudiera mirar a los ojos.

–He venido a por un libro –dijo el hombre y no la siguió, obligándola así a volverse, irritada porque la retrasara cuando tenía que recoger a Jade.

–Ya lo había supuesto –dijo con educada irritación–. La gente suele buscar libros en las bibliotecas –así que aquel era el hombre que había logrado convertir su tranquilo pueblo en un circo. Mirándolo con objetividad, era comprensible. Era guapo, nadaba en dinero y, si los chismes no mentían, estaba soltero. Si la gente pensara un poco más, podría ver los corazones rotos que aquel tipo había dejado en el camino.

–Y en general, esperan que les atiendan –dijo con ironía el hombre–. Ni siquiera sé su nombre.

–Soy la señora Turner –dijo Sophie sin molestarse en sonreír–. Y como ya dije, la biblioteca cierra a las cinco.

–Seguro que no le molesta buscarme un libro. Algo sobre la historia del lugar.

–Esto es demasiado pequeño para tener una historia. Si quiere saber algo, hable con el reverendo Davis –giró de nuevo, sacó las llaves y fue hacia la puerta sin volverse, apagando luces a su paso. Pensó que el hombre no iba a seguir hablando ante la evidencia de que Sophie lo encerraría dentro si no se daba prisa, y estaba en lo cierto. Pero no había previsto que se acercara tanto a ella: de pronto, el lugar le pareció claustrofóbico. Sophie no era una persona táctil por naturaleza. Odiaba que invadieran su espacio e, instintivamente, intentó poner distancia entre ellos.

–Es usted la primera persona que conozco que no se ha mostrado hospitalaria –comentó Gregory, mirándola a los ojos y obligándola de algún modo a sostener su mirada.

–¿Quiere decir aquí o en la vida en general?

–¿Le han dicho alguna vez que no parece una bibliotecaria?

–Aunque me encantaría seguir aquí charlando con usted, señor Wallace, tengo que irme –salió y cerró la puerta, asegurándose de girar la llave, aunque Ashdown no era precisamente un lugar con altos niveles de criminalidad. Era imposible asaltar a alguien que tomaba el té con tu madre los jueves y te había cuidado de pequeño, pensó Sophie.

Comenzó a caminar hacia su coche, aparcado a pocos metros, siempre con el hombre siguiendo sus pasos.

–¿Supongo –dijo Wallace mientras Sophie abría la puerta– que habrá oído que he comprado la casa Ashdown?

–Lo he oído –asintió Sophie sin comentar el hecho–. Bueno, adiós. Espero que encuentre lo que busca sobre el pueblo –se deslizó en el asiento, recogió su abrigo para que no lo pillara la puerta al cerrarse, algo que le sucedía a menudo, y encendió el motor.

El hombre golpeó la ventanilla y Sophie se vio obligada a bajarla.

–¿Puedo preguntarle algo? –dijo, inclinándose sobre el coche y provocando que el corazón de Sophie saltara alarmado, y esta vez no por temor. Su propia reacción la asustó. No le gustaba que los hombres se acercaran demasiado a ella. Deliberadamente, emitía toda clase de señales sobre su indisponibilidad para el amor y el sexo, y esperaba que los hombres las captaran y actuaran en consecuencia. Gregory Wallace le pareció entonces un hombre carente de sensibilidad hacia las señales que emiten los demás… la clase de hombre que sabe lo que quiere y lo persigue sin preocuparse por los sentimientos que pueda pisotear.

–¿Qué?

–¿A qué se debe esta manifestación tan clara de hostilidad?

–Es genético –replicó Sophie sin inmutarse.

–En otras palabras, ¿es usted así con todo el mundo?

–En otras palabras, tengo que irme, así que sea tan amable de apartarse de mi coche.

Obedeció. Sin perder tiempo, Sophie subió la ventanilla, maniobró para salir y se dirigió hacia la guardería de su hija. Llevaba casi media hora de retraso, y cuando entró se encontró a Jade sentada en el suelo del vestíbulo, dibujando felizmente con lápices de colores, totalmente inconsciente del retraso materno.

–¿Cómo se ha portado? –preguntó a Sylvia.

–Ha sido muy buena, como siempre. La pequeña Louise la ha invitado a tomar el té el viernes, y está nerviosísima.

Sophie sonrió y se alegró de la bendición de vivir en un lugar pequeño donde todos conocían a su hija y sabían reaccionar ante su problema. ¿Cómo se las hubiera arreglado de otro modo? Por supuesto que hubiera salido adelante, pero era grato estar rodeada de gente que la comprendía.

Se acercó a Jade y pasó unos minutos observando con pasión aquella miniatura de sí misma. Había pensado muchas veces que era muy triste que sus padres no hubieran vivido para conocer a su nieta. Después fue hacia Jade, poniéndose en su campo de visión, se detuvo y habló lenta y claramente, usando al mismo tiempo las manos para preguntarle cómo había pasado el día. Recibió una serie de gestos de las manos en respuesta.

–No es minusválida –le había explicado pacientemente el especialista años atrás, cuando Sophie empezó a observar que su hija no respondía a los sonidos–. Es sorda. No profundamente. Puede oír, pero los sonidos son muy distantes y no tienen sentido para ella. Pero no es algo que destroce la vida, Sophie. Necesitas tiempo para aceptarlo, pero te sorprenderá ver cómo Jade sale adelante.

Todo el mundo en el pueblo sabía que Jade era sorda, y como los niños habían crecido con ella, eran conscientes de que tenían que ponerse frente a ella para hablarle. Eran especialmente tiernos y considerados con ella, y su profesora, Jesse, había aprendido el lenguaje de las manos y se lo había enseñado a los alumnos, haciendo de ello un juego del que todos disfrutaban.

Sophie había leído todo lo posible desde que el diagnóstico se confirmó. Había aprendido a hablar con gestos y había comenzado a recoger fondos en el pueblo y en los alrededores para diferentes organizaciones de ayuda a la infancia. Al mismo tiempo, intentaba recuperarse de su fracaso matrimonial.

Poco a poco, había dejado de pensar que la sordera de Jade era una suerte de castigo por su incapacidad como madre y esposa, pero la ruptura con Alan seguía dejando un gusto amargo en su vida.

Intentaba no pensar en él, pero sabía que no volvería a confiar en un hombre, que no volvería a entregarse para ser brutalmente herida. En los cinco años transcurridos había crecido y había enterrado los sueños juveniles que la hacían vulnerable, creando una muralla a su alrededor para defenderse del mundo.

Por eso la enfureció aún más comprobar que aquella noche, mientras yacía desvelada, en su cama, la asaltaban imágenes de Gregory Wallace, como mosquitos en una noche tórrida, zumbando a su alrededor, dispuestos a picarla.

Por suerte, no volverían a encontrarse, o al menos a charlar, aunque se cruzaran. O siempre podía hacer como si no lo hubiera visto, lo que era como pretender no ver una mosca en un vaso de leche. Pero no era lógico pensar que aquel hombre se enterrara en Ashdown. Esa clase de hombres no buscan la paz del campo, sino un símbolo de estatus, la mansión campestre, en la que reposar de vez en cuando de la agitada vida londinense.

De manera que cuando al día siguiente, alzó los ojos del libro que leía y lo vio acercarse a su mesa de la biblioteca, no hubiera podido decir si se sintió desconcertada o asustada. Ambas cosas. Sólo supo que su estómago empezó a saltar espasmódicamente, y que su mesa, que normalmente la protegía, le pareció una jaula de la que era imposible escapar.

En la luz clara de la mañana, era aún más peligroso de lo que le había parecido la noche anterior. Podía observar su rostro con detenimiento, los rasgos duros, cortantes, la intensa luz oscura de la mirada, la línea agresiva de la mandíbula. Avanzaba con la confianza de un animal de la selva, sin titubeos, y se detuvo un momento para saludar a una persona que leía en la sala.

Para ser alguien recién llegado, no cabía duda de que se había dado a conocer, pensó Sophie con sarcasmo. Debía de ser por su natural encanto y belleza. Alan tenía un efecto similar sobre la gente. Había pasado toda su vida creando una impresión externa, recibiendo halagos de las personas que se dejaban seducir por su imagen sin preguntarse qué había debajo.

Así que Sophie lo miró con espíritu crítico mientras se acercaba a su mesa y se detenía frente al mostrador.

–He vuelto –dijo como si no fuera evidente.

–¿No me diga?

–¿Ha mejorado su humor este día frío y claro? –la miró y, aunque no hacía nada más que mirar, Sophie tuvo la desagradable impresión de que la estaba analizando, calibrando cada uno de sus gestos y rasgos.

Se sentiría muy decepcionado si había esperado encontrar una mujer provinciana fascinada por su mera presencia, o una belleza local, dispuesta a coquetear con él. Llevaba una falda larga, casi hasta los pies, un jersey amplio, y nada revelaba las formas del cuerpo. Se había recogido el cabello en un moño y no llevaba ni una gota de maquillaje.

–¿Supongo que ha vuelto a por su libro sobre la emocionante historia de Ashdown? –señaló una sección de la biblioteca a su espalda–. A lo mejor encuentra algo por allí.

–¿Le molesta enseñarme? –no sonreía, pero algo en su voz mostraba que lo hacía interiormente. Debía de ser una sonrisa mundana y divertida ante alguien que carecía por completo de modales.

–No puedo dejar mi puesto. Le diré a Claire que se lo enseñe.

–Es verdad. No puede alejarse del mostrador cinco minutos, por si se amontonan las personas buscando sus libros.

–Eso es –dijo Sophie, negándose a responder a la burla. Sabía que se estaba mostrando desagradable, pero no le gustaba esa clase de hombres y le daba igual no ser simpática.

–¿Por qué no le dice a Claire que la sustituya? ¿Dónde está?

–Oh, bueno –dijo Sophie y levantando la tapa del despacho, salió fuera–. Sígame, por favor –añadió mirando por encima del hombro. Y antes de que pudiera replicar, se dirigió a la sección local de la biblioteca, deteniéndose frente a una balda que señaló.

–Me temo que esto es todo –dijo–. Y lo mejor debe ser… éste –retiró un libro de tapas duras y se lo tendió al hombre, que lo tomó con gesto obediente.

–Muy bien –le sonrió y Sophie le devolvió una educada sonrisa.

–Como le dije ayer, señor Wallace, si quiere saber más cosas, lo mejor es hablar con algunos vecinos –aunque sin duda ya lo había hecho, pensó Sophie. A juzgar por los rumores, aquel extraño tenía una vida social mucho más intensa que ella.

–¿Y usted? –preguntó Gregory cuando Sophie regresó a su mesa y se dedicó a completar su ficha.

–¿Yo? –Sophie lo miró con sorpresa.

–¿Por qué no come usted conmigo –explicó pacientemente el hombre– y me habla de su pueblo?

–Lo siento –dijo Sophie al instante–, pero no puedo.

–¿Por qué?

–Porque trabajo a la hora de la comida.

Gregory miró a su alrededor, asombrado por la declaración.

–¿Por qué?

–Porque… –Sophie suspiró y cruzó los brazos sobre el pecho. Sin duda la biblioteca no era el centro de una agitada metrópoli. No había más de cinco personas leyendo, si descontabas un puñado de niños en edad preescolar acompañados por sus madres.

A veces, Sophie se ocupaba de los pequeños, les leía cuentos y les enseñaba el alfabeto mientras las madres descansaban de ellos y elegían lectura. Pero nada de todo ello le exigía trabajar durante la hora del almuerzo.

–Porque lo hago –terminó y, como el hombre no dejaba de mirarla, añadió–: Bueno, de acuerdo, no siempre trabajo a la hora de comer, pero me gusta quedarme aquí y leer –le lanzó una mirada desafiante que no le afectó en absoluto–. Y además, usted no debería tener tiempo. ¿No tendría que estar en su oficina de Londres? ¿Trabajando de sol a sol para construir emporios?

–Todo el mundo necesita descansar entre emporio y emporio –dijo el hombre y su boca ocultó la risa.

–No he dicho nada gracioso, señor Wallace.

–Por favor, deja de llamarme «señor Wallace». Ni siquiera mi gerente del banco me llama así.

Porque querrá hacerse el simpático con su mejor cuenta, pensó malévolamente Sophie. Alan tenía el mismo efecto en las personas, recordó. Todo el mundo parecía halagar su vanidad. Se estremeció interiormente, recordando su ingenuidad al principio de su relación, cuando estaba en las nubes, y pensaba tontamente que era su personalidad lo que le había atraído de ella.

Hasta que se dio cuenta de que había buscado un objeto ornamental que llevar del brazo. Todavía se ponía enferma de rabia al pensar en lo manejable que había sido entonces. Le había permitido que decidiera cómo debía vestirse, con vestidos que le parecían casi indiscretos y zapatos que la hacían sentirse como una gigante frente a otras mujeres.

–Te he perdido –dijo de pronto Gregory apoyándose en el mostrador, con una mano en el bolsillo.

–¿Qué? –Sophie volvió al mundo y se fijó en el hombre que la miraba. Ojalá no hubiera hablado nunca con él. La idea la asustó, y tuvo que recordarse que no tenía ninguna relación con él y que era imposible que aquel perfecto extraño tuviera el menor impacto en su regulada vida. Pero, de todos modos, se sentiría más tranquila si no exudara aquel increíble carisma.

–Estabas a cientos de kilómetros de aquí.

–Aquí está –Sophie ignoró el comentario y le tendió un carnet de la biblioteca que se guardó en la cartera.

–Y ahora que hemos dejado claro que no tienes que trabajar a mediodía, ¿aceptarás mi invitación?

Escuchó el encanto y la persuasión en su voz y se estremeció de terror.

–No.

Gregory la miró con impaciente perplejidad.

–¿Cuándo tengo que devolver el libro? –dijo, poniéndose recto y sin sonreír.

–Dentro de dos semanas como máximo o tendré que poner una multa.

–¿En qué consiste?

–No me acuerdo. Todo el mundo devuelve los libros a tiempo.

–Qué pueblo tan virtuoso.

–Es una comunidad virtuosa –dijo Sophie sin ironía aunque alzó las cejas.

–¿Tú incluida? –dijo él suavemente.

Sophie sintió que se sonrojaba y luchó contra el impulso de abofetearlo. No había dicho nada desagradable, pero el solo hecho de hacerla sonrojarse la irritó sobremanera.

–Yo especialmente –dijo, mirándolo sin pestañear–. Le conviene recordarlo –tras varios segundos en silencio, se dio la vuelta y comenzó a colocar libros sobre una bandeja para guardarlos.

Capítulo 2

CUATRO días más tarde, Sophie decidió ver con sus propios ojos qué estaba pasando en la mansión Ashdown.

No paraba de escuchar comentarios sobre la remodelación de la vieja casa y se dijo que la curiosidad la obligaba a comprobar los rumores. Por otra parte, razonó, tenía un día libre, Jade estaba en el colegio, y aunque hacía frío, el día era soleado, e invitaba a pasarlo fuera de casa.

Y para más seguridad, Gregory Wallace estaba en Londres, según los informes ofrecidos por Kat, que parecía estar al tanto de su vida íntima mejor que su propia secretaria. Lo que no era extraño en Ashdown, donde la intimidad era inexistente y la vida secreta una ilusión.

Tras dejar a Jade en la guardería, volvió a su casa y sacó de inmediato la bicicleta. Se puso cuantas capas de ropa era posible añadir sin entorpecer los movimientos del cuerpo y se dirigió alegremente hacia la casa.

El lugar no estaba alejado del pueblo, pero se situaba en un paraje pintoresco, en la cima de una colina que dominaba los campos adyacentes, ofreciendo una hermosa vista del conjunto.

En su día, había sido el lugar más importante del pueblo. Ángela Frank había vivido allí con su marido y su hijo. Hermosos cuerpos jóvenes habían desfilado por aquellos jardínes, bebiendo champán y vistiendo a la última. Habían organizado partidas de croquet seguidas de fiestas que duraban hasta el amanecer. A Sophie las historias le habían llegado de segunda o tercera mano, por lo cual no les otorgaba demasiada credibilidad.

Lo único que sabía con seguridad era que el día en que el marido y el hijo de Ángela Frank murieron en un accidente de coche, la vida social de Ashdown se detuvo dramáticamente. Aquello había sucedido treinta años atrás, y hasta el día en que decidió vender la propiedad, Ángela había vivido sola, rodeada de sus recuerdos, con la casa semi abandonada y cada vez más triste y decadente.

Hasta el presente, pensó Sophie pedaleando colina arriba. El viento enredaba su cabello, y la joven sabía que tardaría horas en desenredarlo. Hasta que el caballero de la armadura brillante, Gregory Wallace, se dignó aparecer en el pueblo, despertó al bello durmiente a la vida, y ahora se disponía a hacerse el amo del lugar.

Ante la idea, frunció el ceño instintivamente, y siguió con gesto de censura hasta llegar a la casa por la parte trasera, dejando tras ella los vastos campos que la rodeaban.

Oyó los ruidos de la obra, pero en lugar de dirigirse directamente a la parte frontal, dejó la bicicleta sobre la hierba y siguió a pie. Paseó por la fachada trasera, mirando por las ventanas abiertas y comprobando que, efectivamente, las cosas estaban cambiando.

No podía ser de otro modo, con un hombre rico y experto en construcción. Probablemente bastaba con que chasqueara los dedos para tener el mejor equipo trabajando para cumplir sus deseos, pensó mientras procuraba ver el interior entre los maderos apoyados en la ventana. Porque lo cierto era que él era el dueño.

El tipo se comportaba como la encarnación misma del encanto y la seducción, pero ella sabía de sobra que aquella imagen no hacía sino ocultar la determinación egoísta de los oportunistas de nacimiento. Podía ser divertido y cálido con el mundo exterior, pero cuando cerraba las puertas y se quitaba la máscara, no era más que otro hombre capaz de pisar a los más cercanos con tal de permanecer arriba.

Se rodeó el cuerpo con los brazos, repentinamente helada, y miró por otra ventana a un cuarto en el que los hombres trabajaban con eficacia. Estaban empapelando las paredes y los rollos de papel pintado descansaban en una esquina de la habitación. Intentó ver el dibujo, pero no lo logró.

Katherine no había mentido al decir que el lugar estaba viviendo una revolución. Evitó una mata de flores bajo una ventana y se apoyó en el alféizar de la siguiente, mirando al interior sin disimulo, cuando una voz sonó a su espalda.

–¿Te diviertes?

La sorpresa de ser descubierta cuando se creía sola, casi la hizo caerse sobre las matas de lilas. Pero logró darse la vuelta con dignidad y enfrentarse al propio Gregory Wallace, que la miraba con gesto divertido.

–¿Qué hace aquí? –Sophie hizo la incoherente pregunta mientras se sonrojaba profundamente por la vergüenza de ser pillada haciendo algo que jamás hubiera hecho en circunstancias normales, es decir, espiar a un vecino.

–¿Qué hago aquí? –el hombre reflexionó con intensidad unos instantes y luego su rostro se iluminó como ante una revelación–. ¡Oh, ya me acuerdo, vivo aquí!

Una ráfaga de viento hizo que el pelo de Sophie le tapara el rostro y lo retiró con rabia mientras replicaba:

–Me dijeron que estaba en Londres.

–No hay que fiarse mucho de los chismes, ¿verdad? –la miró con comprensión fingida mientras el rostro de Sophie se volvía granate–. Pues sí, tenía que estar en Londres hasta mañana, pero cambié una cita para volver hoy y comprobar cómo va la obra.

Sophie pudo observar que llevaba un traje gris bajo el abrigo y que el atuendo urbano parecía aumentar su estatura y fuerza, haciéndolo aún más impresionante.

–Siento haber entrado en su propiedad –dijo Sophie con rigidez y buscó con la mirada su bicicleta.

–Pero resulta que pasaba por aquí… ¿no?

–No.

–Entonces quiere decir que ha venido especialmente a ver qué pasaba.

–Eso es –ahora que no se movía le parecía que hacía mucho más frío de lo que había creído en un principio. Estaba helada.

–No vi un coche en la entrada.

–He venido en bicicleta –hizo un gesto en dirección a la abandonada bicicleta y reprimió el deseo de correr hasta ella y salir huyendo.

–Hace frío aquí fuera –el hombre miró a su alrededor, disfrutando, pensó Sophie con rencor, del mal rato que estaba pasando su víctima. El viento obedeció a su indirecta y una ráfaga más violenta sacudió los árboles cercanos–. ¿Por qué no entramos en la casa? Puedo enseñarte qué estamos haciendo con todo detalle y colmar así tu curiosidad.

–No siento tanta curiosidad, gracias.

–Oh, por Dios, pero, ¿qué te pasa?

–No me pasa nada, y hace demasiado frío para seguir aquí, discutiendo. Si me lo permite, me marcharé…

–No seas ridícula –la cortó con impaciencia–. Todo el pueblo siente curiosidad por la reforma y es lo más normal. Si no lo reconoces, eres una maldita hipócrita.

Sophie abrió la boca por la sorpresa.

–¿Quién se cree que es usted para hablarme así? –su voz sonó aguda por la indignación.

–El propietario de esta casa y un hombre que no soporta a las mujeres cabezotas que ocultan sus sentimientos.

Sophie lo miró, atónita.

–Puede que suela hablar con las mujeres que conoce de ese modo, señor Wallace, pero yo no…

–Oh, por favor. Es la segunda vez que te veo en mi vida y empiezo a creer que nunca he conocido a nadie tan cabezota. Qué te cuesta dejar esa actitud de dignidad ofendida, dejar de pasar frío y entrar a ver la casa. No hay peligro. Está llena de trabajadores.

Su mirada decía que, aunque la casa hubiera estado completamente vacía, ella no hubiera tenido nada que temer de él, y Sophie lo sabía.

También sabía la imagen que estaba dando. Aún más, contaba con su imagen de provinciana y mojigata para defenderse. No llevaba ni una gota de maquillaje, tenía el pelo revuelto por el viento, la ropa ocultaba perfectamente sus curvas, y para completar la imagen erótica, llevaba leotardos de lana, botas e incluso una camiseta térmica. Los mitones eran el toque final a tan hermosa estampa.

–Si no es molestia –dijo al fin Sophie, sonando pueril.

–Si me molestara –replicó el hombre acercándose a ella–, no te lo habría dicho.

Sophie se encogió de hombros y miró al jardín, preguntándose si también pensaría en arreglarlo. Quizás pensaba poner alguna fuente, o una estatua entre los árboles. A saber en qué pensaba aquel hombre.

Pero claro que le interesaba ver el interior de la casa. Había estado en varias ocasiones y siempre le había entristecido su decadencia.

¿Acaso no daría Kat su ojo derecho por ese privilegio?, pensó con una repentina sonrisa. Y acompañada por el señor importante en persona.

–Has sonreído –dijo Gregory a su lado, mostrando que la estaba observando–. Empezaba a preguntarme si sabías hacerlo.

–¿Qué quiere decir, señor Wallace?

–¿No te parece que es hora de dejar las formalidades? –caminaron alrededor de la casa, hasta llegar a una parte donde trabajaban varios hombres. Algunos eran de la zona y Sophie les saludó y se detuvo a charlar con uno que conocía bien.

–James, ¿puede saberse por qué nunca trabajaste con este ahínco cuando me arreglaste la cocina? –sonrió ampliamente al hablar, sujetándose el pelo con una mano. James tenía su edad y habían ido juntos al colegio.

–No parabas de ofrecerme tazas de té y me hacías perder la concentración –rió el hombre.

–¿Cómo están Claire y los niños?

–Ten cuatro hijos y no tendrás que hacer esa pregunta –de nuevo rieron,

–Me habías mentido sobre tu incapacidad genética –dijo Gregory con seriedad cuando entraron en la casa.

–¿De qué hablas?

–Eres amable. Así que sólo te molesto yo –se detuvo en la puerta y miró a su alrededor, captando todos los detalles.

Sophie ignoró su comentario, se olvidó de él y se puso a pasear, asombrada por los cambios. Las viejas alfombras raídas habían desaparecido. El suelo de baldosas blancas y negras ampliaba enormemente el vestíbulo. Las paredes estaban preparadas, aún sin cubrir de papel, y la escalera central rehecha.

–Te enseñaré todo esto –dijo Gregory y la tomó del brazo. Con educación y firmeza, Sophie se apartó.

–No pensaba molestarte –dijo el hombre con un gesto burlón.

–No pretendía indicar que así fuera –replicó Sophie fríamente, mirándolo sin pestañear–. Pero prefiero caminar sola.

El hombre masculló algo inaudible y comenzó a guiarla por la obra. La casa era una hermosa mansión victoriana, amplia y algo siniestra. La reforma se estaba haciendo con gusto impecable y cuidado de los detalles. Ya había varias habitaciones completas y el resto avanzaba velozmente.

–¿No es mucha casa para una persona sola? –preguntó Sophie mientras entraban en un salón cuya alegría contrastaba agudamente con el oscuro y decrépito lugar que ella recordaba. Reconoció sin embargo algunos muebles pertenecientes a la antigua propietaria, sin duda demasiado voluminosos para caber en su nueva y más modesta residencia–. A menos –continuó Sophie, mirándolo todo y reconociendo a pesar suyo el acierto de los cambios– que seas muy ambicioso en cuestión de hijos.

–Oh, me bastará con una docena –declaró él con seriedad–. ¿Alcanzo así la categoría de ambicioso en cuestión de hijos?

–Alcanzas la categoría de mentiroso compulsivo –replicó Sophie.

Gregory rió de buena gana y continuó mirándola, lo que no la molestó lo más mínimo. Podía mirar lo que quisiera mientras no pretendiera tocar. No se sentía amenazada porque sabía que el hombre la miraba con abierta curiosidad, como un espécimen perfecto de pueblerina. Sin duda, él creía que el maquillaje o la peluquería eran lujos sofisticados que nadie podía obtener fuera de Londres. Ya cambiaría de opinión cuando conociera a las joyas sociales de Ashdown, las damiselas residentes de fin de semana.

–Bueno –comentó cuando regresaron al vestíbulo–. Muchas gracias por la visita guiada. Ha estado muy bien.

–¿Por qué no tomas una taza de té antes de marcharte? –y añadió como explicación–. La cocina es lo primero que terminaron los obreros, como podrás comprender.

–Les gusta hacerse un té –confirmó educadamente Sophie. Miró el reloj y declaró que tenía que irse.

–¿Adónde?

–¿Cómo que adónde? –aquel tipo era un impertinente. ¿A él qué le importaba lo que tuviera que hacer?

–¿Vas a la biblioteca?

–No –estuvo a punto de añadir que no era asunto suyo, pero mientras él permanecía con la cabeza ligeramente ladeada a la espera de una respuesta, decidió morderse la lengua–: Tengo mucho que hacer en casa.

–¿Y las tareas no pueden esperar media hora? –comenzó a avanzar hacia la cocina, y Sophie lo siguió a su pesar. Cuando llegaron, le pareció inútil perder diez minutos discutiendo, así que se sentó a la mesa de madera y esperó a que le preparara el té.

–¿Dónde vives? –preguntó Gregory sentándose frente a ella. Se había quitado el abrigo, pero seguía teniendo un aspecto incongruente con el traje de ejecutivo en la cocina semiacabada. Habían quitado los muebles viejos sin colocar los nuevos, salvo la cocina y un aparador que mostraba las huellas de los trabajadores: la cafetera sobre la alacena, el enorme paquete de café, azúcar, leche, todo de tamaño gigante.

–Estoy a la distancia justa para ir en bici –respondió Sophie–. Como todo el mundo en el pueblo.

–¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?

–Mucho –bebió de la taza, disfrutando del calor que emanaba de ésta, y deseó que abandonara esa línea de conversación, o tendría que pararle en seco. Era obvio que no le interesaba ella como mujer, pero cualquier clase de interés sobraba. No tenía ganas de ponerse a hacer confidencias sobre su vida privada.

–Eso lo aclara todo.

Sophie no respondió.

–No pretendes vivir aquí todo el tiempo, ¿verdad? –preguntó a su vez, sin pedir perdón por su reserva.

–Puede que lo haga –fue la respuesta de Gregory–. ¿Por qué? ¿No te parece buena idea?

Sophie se encogió de hombros.

–Puedes hacer lo que quieras, pero francamente, no creo que este pueblo sea adecuado para una persona como tú –frase que sonó, a sus propios oídos, mucho más impertinente de lo que pretendía. Por su expresión, podía verse que a él tampoco le había gustado el comentario.

Pero, ¿por qué debía disimular lo que sabía? Los hombres como Gregory, como Alan, no estaban hechos para lugares tranquilos y aburridos. Alan la había acompañado tres veces a Ashdown y lo había odiado.

–Esto es como vivir en el cementerio –había dicho. Tumbada en la cama junto a él, llena de la energía y la sorpresa de su nueva vida en Londres, de su nuevo trabajo, de su nueva relación con un hombre del que había desconfiado al principio para luego dejarse embaucar, Sophie había enterrado la sensación de malestar que aquel comentario poco benévolo le produjo.

Salvo tres años en la universidad y seis meses en Londres, había vivido en Ashdown toda su vida y lo amaba. Si odiaba Ashdown, ¿qué pensaría de ella? Cuando pudo descubrirlo, ya se había convertido en la señora Breakwell.

–¿Una persona como yo? –preguntó con frialdad Gregory.

–Oh, perdona –Sophie se terminó el té y se puso en pie–. No quería ser grosera.

–¿Pero? –él no se levantó y, cuando sus ojos se encontraron, Sophie pudo ver que toda huella de humor había desaparecido de su semblante. De pronto, vio al hombre que había ganado millones y levantado una empresa. Se preguntó a cuántas mujeres habría roto el corazón, cuántas se habrían enamorado de aquel aire duro y voluntarioso bajo la capa de encanto mundano. Aunque era inmune a esa mezcla, Sophie no era idiota. Sabía que el hombre la atraía, y la tensión brillaba como un faro en la noche.

–Pero –dijo, dejando el bolso sobre la mesa, pero sin sentarse– pareces la clase de hombre que vive intensamente. Ashdown no ofrece oportunidades. La vida es lenta y previsible, señor Wall…, perdón, Gregory. No hay diversión, ni teatro, ni restaurantes de moda.

–¿Y por qué vives aquí? Eres una mujer joven y soltera. ¿No te atraen las luces de la gran ciudad?

Sophie lo miró con seriedad.

–Eso es asunto mío. Gracias por enseñarme la casa y por el té. Me marcho.

Antes de que pudiera responder, Sophie se dio la vuelta y salió de la casa.

Mientras pedaleaba hacia su casa, intentó reunir sus pensamientos fantasiosos y encerrarlos en el fondo de su mente. Se puso a pensar en las comidas de Navidad, en la invitación de Kat para pasar con ella y sus padres alguna fiesta, en si debía o no aumentar sus horas en la biblioteca ahora que Jade tenía una jornada escolar completa.

Pero Gregory Wallace volvía a su mente una y otra vez. «Admítelo», se decía, «ese hombre te ha gustado y te da rabia, pues no sentías algo así desde Alan». Y esto era diferente. El señor Wallace no sólo le gustaba, sino que además la sacaba de quicio. Su bien armada desconfianza hacia los hombres, nacida de la amarga experiencia, le servía para plantar cara a la fuerte personalidad de Gregory, pero sabía que ésta seguía ahí, dispuesta a saltar sobre ella y dominarla, si es que bajaba la guardia.

Pasó la siguiente semana manteniendo ocupada su mente con diferentes asuntos. Había empezado a reunir regalos para Jade y para sus amigos. Iba guardando los juguetes de Jade en el desván, y cada vez que subía, le asombraba comprobar la cantidad de cosas que había comprado. Por fortuna, la Navidad se acercaba. De lo contrario, tendría que abrir una tienda para dar salida a tanto capricho.

Sabía de sobra que mimaba demasiado a Jade, intentando compensar así que no tuviera padre, pero nunca logró dominarse a la hora de los regalos. La Navidad era un momento para el exceso.

Un día, al salir de casa, se encontró con una carta en su buzón y al abrirla descubrió que se trataba de una invitación.

Cualquiera hubiera pensado que ya la habrían dejado por imposible, se dijo mientra se guardaba la carta y pedaleaba hacia la biblioteca. Hacía tanto frío que no sentía las mejillas, y pensó que tendría que haber sacado el coche, que sin duda no arrancaría por la falta de uso.

Cuando llegó a la biblioteca, ya había olvidado la invitación, y no volvió a recordarla hasta la noche, cuando Katherine entró en su casa preguntando si estaba invitada.

–Oh, sí –dijo Sophie, que estaba preparando arroz con verduras y pescado, un plato delicioso pero de aspecto poco atractivo.

–¿Y? –Kat la miraba con emoción–. Vas a asistir, ¿verdad?

–No.

Katherine se llevó las manos a la cabeza y gimió teatralmente.

–¿Se te ha ocurrido alguna vez que tener cierta vida social sería bueno para ti?

–Ya tuve una vida social, Kat. En Londres descubrí que era algo opuesto a mi forma de ser –Alan era un animal social. Y no le faltaban las invitaciones. Sophie se había visto arrastrada a un torbellino de fiestas, que al principio encontró excitantes, luego aburridas y al final monstruosamente falsas y casi abyectas.

Había odiado la falsa alegría de la gente que le era presentada, la competencia entre mujeres, la falta de tiempo para uno mismo o para la intimidad. Aquello había sido un tema de continua disputa entre ellos. La sola idea de volver a retomar esa clase de vida la llenaba de espanto.

–Además –añadió, ya que su amiga la miraba en silencio–, tengo una vida social. O algo así.

–Es verdad. De vez en cuando comes con la madre de una compañera de Jade.

–A veces ceno –protestó Sophie, sabedora de que su argumentación estaba perdida de antemano.

–Oh, vamos. Me sorprende que puedas soportar tanta variedad y diversión.

–No seas injusta –se quejó Sophie.

–Nunca vas a Londres. ¿Cuándo viste por última vez a tus amigos?

–Hace meses –admitió Sophie, probando el arroz.

–Antes solías invitarlos a pasar algún fin de semana. Otra cosa que has dejado de hacer.

–Es que resulta cansado. Soy madre, Kat. ¿Qué quieres que haga con Jade?

–Buscar alguien que la cuide, como todo el mundo.

–¿Quién? Oh, vale, sé que hay gente, pero…

–Pero nada. ¿Tienes algo qué hacer la noche del treinta de noviembre?

–No lo creo –suspiró Sophie.

–Pues entonces te espero en la fiesta y punto. ¿Con quién quieres que hable toda la noche en la casa de Annabel? Sabes que la casa estará llena de toda esa gente elegante de Londres. Me sentiré como un pez fuera del agua.

–¡Oh, vamos! –rió Sophie–. Tú nunca te sientes como un pez fuera del agua. Eres capaz de hablar con cualquiera de cualquier cosa, aunque no sepas nada del tema. ¿Por qué crees que eres tan buena vendiendo casas? Puedes convencer a alguien que tiene cinco casas de que se muere por tener la sexta.

–Entonces, ¿vendrás?

–¿Qué celebran exactamente? –preguntó Sophie sin ceder, mientras recogían la mesa. Miró la vajilla sucia amontonada en el fregadero y decidió dejarlo para la mañana siguiente.

–La habitual excitación prenavideña –respondió Kat con ligereza–. Una ocasión para que Annabel y sus amigas se pavoneen en sus fantásticos trajes de diseño y aprovechen para mostrarnos a las chicas de aquí lo provincianas que somos.

–Oh, bien, suena como la clase de fiesta por la que yo me muero.

–La del año pasado no estuvo mal –dijo Kat preparando la cafetera con gestos precisos–. Hubo champán a raudales. Bebí para los doce meses siguientes –dio un bocado a una chocolatina y sonrió–. Me parece que también es para dar la bienvenida al nuevo chico de la zona.

–¿Nuevo chico?

–El divino Gregory Wallace. Lo recordarás. Ya sabes, el que te enseñó su choza.

Sophie se sonrojó y deseó que su amiga dejara de mirarla con unos ojos que contenían un centenar de preguntas sin respuesta.

–Otro motivo para que no vaya a esa fiesta.

–¿En serio? ¿Te importaría explicarme por qué?

En realidad, sí le importaba, pues no era capaz de explicárselo a sí misma.

–No me cayó bien –dijo con languidez hipócrita–. Me da mala espina. Se parece demasiado a Alan.

–No se parece en nada a Alan. Vale, admito que tienen en común el estar forrados, pero ahí termina el parecido. Alan, si no te importa que hable de tu ex, estaba enamorado de sí mismo. Se creía el astro rey y pensaba que todo el mundo giraba a su alrededor. Y no perdía un minuto por nadie que no halagara su ego, lo cuidara, le hiciera quedar bien o tuviera algo que ofrecerle.

–¿Y Wallace es distinto? –preguntó Sophie, amargamente consciente de que las críticas a Alan, aunque perfectamente acertadas, todavía le hacían daño.

–Ven y descúbrelo. Por otra parte –Katherine dedicó a su amiga una mirada larga, especulativa–… podría malinterpretar tu actitud.

–¿Cómo?

–Bueno, ya sabes cómo son estas cosas. Él podría llegar a pensar que tiene un efecto excesivo en ti si no te comportas con indiferencia.

Aquello había sido un golpe bajo, pensó Sophie mientras, más tarde, se desnudaba para acostarse. ¿Cómo podía rebatir el comentario de su perspicaz amiga? Le daba rabia que Gregory Wallace llegara a pensar que ella estaba interesada por él y el tipo era demasiado guapo para no pensarlo si no actuaba con normalidad.

Y por aquel motivo, en la tarde del treinta de Noviembre, Sophie se encontró en su habitación, mirando con desconsuelo los pocos vestidos que había conservado del periodo de su matrimonio. La mayor parte de su ropa frívola había sido regalada cuando aún actuaba con rabia y dolor. Después, sólo se había ocupado de su hija, y su colección había sido olvidada en varias cajas y maletas guardadas en el ático.

Jade estaba tumbada sobre su cama, vestida con un camisón antiguo, color crema, que su madre había rescatado de un rastrillo, y contemplaba cada prenda con mirada crítica.

Señaló un vestido negro escotado, tan breve que parecía caber en una polvera y su madre hizo un gesto negativo:

–Demasiado pequeño –comentó y ambas rieron a un tiempo.

–¿Y esto? –dijo mirando a su hija y poniéndose ante el cuerpo un vestido verde, largo, y algo menos provocativo que el resto.

–Aburrido –escribió Jade en un papel–. Pruébatelo –añadió y firmó–: Te quiero, mami –a eso siguió un ristra de corazones y besos que fueron convirtiéndose en flores mientras Sophie pensaba que si a su hija le parecía aburrido, estaría bien para ella.

Al menos no olía ya a cerrado. Había llevado al tinte algunos de los trajes, aquél entre otros. Annabel y sus amigas la consideraban ya una loca sin necesidad de que llegara oliendo a moho.

Se metió en el vestido, sin ni siquiera mirarse en el espejo del dormitorio y se sentó ante el tocador, pensando en qué hacer con su pelo. Jade se sentó a su lado y su madre reconoció el brillo en sus ojos. Comenzaba la operación peluquería, uno de sus juegos favoritos de los últimos tiempos. Pacientemente, se dejó cepillar el cabello por su hija y procuró no gemir cuando los pequeños dedos desenredaban sus nudos. Ojalá se hubiera decidido a cortarse los rizos tiempo atrás, pero por algún motivo, siempre le había dado pena.

Tras un cuarto de hora de operaciones, alzó los pulgares, la señal de triunfo para que su hija parara, aunque su cabello presentaba el mismo aspecto que antes, una masa de rizos indisciplinados y enredados.

Después, se puso maquillaje, extrañada de que sus productos, tan poco usados, no hubieran caducado. Comenzó con un toque de colorete rosado, con desgana se aplicó el rímel en los ojos y se pintó los labios. Cuando al fin se echó hacia atrás para mirarse, tuvo que reconocer que estaba guapa, aunque se sentía como la Sophie Breakwell de años atrás, la chica del brazo de un hombre que había sido el mejor partido de su círculo social, una joven cuya belleza había sido mucho más admirada que su inteligencia.

La canguro y Katherine llegaron a la puerta al mismo tiempo.

–¡Vaya! –exclamó Kat al verla, y expresó sincero asombro mientras Sophie suspiraba con desgana.

–Es culpa de Jade –dijo, y tomó del sofá su bolso de fiesta, ridículamente pequeño–. Ella ha elegido el vestido, me ha arreglado el pelo y –se volvió hacia Ann Warner, que vivía a pocas manzanas de su casa–… No muestra señales de cansancio –Jade, pegada a ella, sonrió con ganas aunque no había escuchado el comentario.

Sophie se arrodilló, besó a su hija, la informó de que le convenía portarse bien, pues quien ella sabía llegaría pronto sin regalos si no era buena chica, y se estiró para marcharse.

–Volveré antes de medianoche –declaró.

–No te preocupes. Jade y yo lo pasaremos muy bien.

–Así es –comentó Katherine mientras iban hacia el coche, apretándose los abrigos contra el cuerpo para protegerse del frío intenso–. Vas a estar tranquila y lo vas a pasar muy bien, y vas a ser la impresión de la fiesta.

–Es una orden, ¿no? –rió Sophie, entrando en el coche de su amiga.

–Terminante.

–En ese caso, querida, debo recordarte que odio obedecer órdenes.

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