Kitabı oku: «Un legado sorprendente»

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© 2020 Cathy Williams
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un legado sorprendente, n.º 2836 - febrero 2021
Título original: His Secretary’s Nine-Month Notice
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-211-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
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Capítulo 1
VIOLET DUDÓ durante un instante antes de enviar el correo. Había empezado a sentir cómo el vacío de la pérdida empezaba a clavarle los dientes. Respiró profundamente y trató de contener el pánico al pensar en lo desconocido, que se abría ante ella como si fuera un abismo insondable. Ya no era una niña, sino una adulta de veintiséis años. No resultaba apropiado tener miedo a lo que le esperaba a la vuelta de la esquina. Podía enfrentarse a ello.
Apretó la tecla, cerró los ojos y trató de ignorar todos los ruidos de fondo, los que indicaban que la vida seguía desarrollándose con normalidad en el exterior de su lujosa casa a las siete y media de una preciosa tarde de domingo del verano londinense.
Sabía exactamente cómo iba a reaccionar su jefe al recibir aquel correo. Para empezar, gracias a Dios, no lo leería hasta la mañana siguiente, cuando entrara en su despacho ridículamente temprano, a las seis y media. Se prepararía una taza de café bien cargado, se sentaría a su escritorio, que siempre estaba cubierto de papeles, notas, informes y una impresionante colección de objetos de papelería y empezaría su día.
Lo primero que haría sería leer sus correos y el de Violet estaría entre ellos. Lo abriría y entonces… enfurecería.
Violet se puso de pie y se estiró para aliviar sus doloridas articulaciones. Decidió que, en aquel momento, había un límite para las cosas en las que podía centrarse y, hacerlo en la reacción de su jefe cuando supiera que ella había dimitido tendría que esperar. No le quedaría más remedio que enfrentarse a él cuando fuera al trabajo al día siguiente. Había decidido hacerlo a las nueve y media, que era una hora mucho más segura. La oficina estaría llena de empleados y la posibilidad de que él perdiera el control delante del resto de todos ellos era menor.
En realidad, a Matt Falconer parecía importarle un comino lo que pensara el resto de la gente. Se regía por sus propias leyes. En los dos años y medio que Violet había estado trabajando para él, lo había visto abandonar hecho una furia reuniones de alto nivel porque alguien le había contrariado o porque no había logrado seguir su directa y brillante lógica. Ella había impedido que rechazara informes redactados incorrectamente y había trabajado con él hasta altas horas de la madrugada para completar un acuerdo simplemente porque no podía esperar. Violet también había sabido evitarle su presencia cuando él se había metido entre las cuatro paredes de su despacho, como en trance, porque la inspiración le había abandonado temporalmente.
Antes, se había preparado una ensalada, pero no le apetecía comer. Tenía la cabeza demasiado llena. En el espacio de solo una semana, su vida se había puesto patas arriba y aún no había conseguido serenarse.
A Violet no le gustaban los cambios. Ni las sorpresas. Le gustaba el orden, la estabilidad… la rutina. Le encantaban todas las cosas que, normalmente, las chicas de su edad despreciaban.
No quería aventuras. Nunca hubiera considerado dejar su trabajo, aunque, en lo más profundo de su ser, sabía que habría tenido que hacerlo más temprano que tarde porque… a lo largo del tiempo, los sentimientos por su inteligente, temperamental e imprevisible jefe se habían convertido en algo un poco incómodo. Sin embargo, verse obligada a dejarlo…
Apartó el plato y miró a su alrededor. Se sintió como si lo estuviera viendo todo por primera vez, algo que, por supuesto, no tenía ningún sentido. Llevaba viviendo en aquella hermosa y exclusiva casa desde que tenía veinte años. Sin embargo, la posibilidad de alquilarla a un perfecto desconocido le hacía considerar todo lo que tenía. Años de recuerdos perfectamente organizados, las estanterías cargadas de sus tomos de trabajos musicales, de manuscritos con anotaciones realizadas a lo largo de muchos años, de fotografías, de adornos….
Las lágrimas amenazaron con aparecer. Una vez más.
Tragó saliva y las contuvo. Se centró en recoger la cocina mientras la radio sonaba. Música clásica, por supuesto. Su favorita.
Solo se dio cuenta de que había alguien en la puerta cuando resonaron unos fuertes golpes, incansables e innecesarios, porque, fuera quien fuera, no había tenido la decencia de darle tiempo a reaccionar para poder llegar a la puerta.
Se apresuró a abrir antes de que los vecinos empezaran a quejarse. Y allí estaba él.
Matt Falconer. Su jefe y la última persona que había esperado ver allí en aquel momento. ¿Cómo demonios sabía dónde vivía? Ella ciertamente nunca se lo había dicho. Había convertido la reticencia de hablar sobre su vida privada en un arte.
Sintió que se sonrojaba. Se sentía totalmente desprevenida, sin haber tenido tiempo para prepararse para el impacto que él ejercía sobre ella, por lo que solo pudo mirarlo y admirar los hermosos rasgos de su rostro.
Dos años y medio y él aún ejercía el mismo efecto sobre Violet. Era muy alto y su constitución perfecta, con una estrecha cintura y unas largas y musculosas piernas. Llevaba el cabello algo largo y sus ojos azules estaban enmarcados por unas oscuras y espesas pestañas. Además, tenía un tono de piel muy exótico, ligeramente bronceado. Tenía sangre española por parte de su madre. A su lado, el resto de los mortales tenían un aspecto enfermizo y anémico.
–¿Cómo? Señor, ¿qué está haciendo aquí? –tartamudeó Violet mientras se recogía unos mechones de su cabello castaño detrás de la oreja.
–¿Señor? ¿Señor dices? ¿Desde cuándo me tratas de usted? Hazte a un lado. Quiero entrar.
Violet dio automáticamente un paso atrás, pero no retiró la mano del pomo de la puerta. Esta estaba ligeramente abierta, pero ella no podría impedirle el paso por muy suave que fuera el empujón que él le diera. Además, por el gesto airado que él tenía en el rostro, se veía que no iba a pensárselo mucho si tenía que forzar la entrada.
–Es domingo –dijo Violet con voz muy tranquila, la voz que reservaba para el trabajo y, en especial, para su temperamental jefe–. Supongo que has venido por mi… carta… bueno, por mi correo.
–¿Carta? –rugió Matt–. De algún modo, una carta implica que el contenido de la misma va a ser cortés.
–Vas a molestar a los vecinos –le espetó Violet.
–En ese caso, déjame entrar y así no los molestaré.
–Ha sido una carta de dimisión muy educada.
–¿Quieres tener esta conversación aquí fuera, Violet? A mí no me importa llamar a todas las puertas de tus acaudalados vecinos para invitarles a que salgan a escuchar. A todo el mundo le gusta estar al aire libre con este tiempo tan bueno y mucho más si hay algo interesante que ver.
–Eres imposible, Matt.
–Bueno, al menos volvemos a tutearnos. Eso es un comienzo. Ahora, déjame entrar. Necesito beber algo fuerte.
Violet suspiró y se hizo a un lado para que él pudiera pasar al pequeño pero elegante recibidor. Durante unos segundos, Matt no dijo nada. Se limitó a mirar a su alrededor mientras que Violet lo observaba, imaginándose las preguntas que él le haría y lamentándose de las respuestas que ella se vería obligada a darle.
Cuando por fin volvió a mirarla, el gesto de Matt reflejaba curiosidad además de la ira que lo había llevado hasta allí.
–¿Cómo has conseguido mi dirección? –le preguntó ella.
–No hace falta ser un genio como para que se me haya ocurrido mirar en los archivos del personal. Bonita casa, Violet. ¿Quién lo habría imaginado?
Violet se sonrojó y lo miró con desaprobación. Él respondió aquella mirada con una sonrisa, la sonrisa de un tiburón que, de repente, se había encontrado compartiendo espacio con un delicioso bocado.
Violet se dio la vuelta y se dirigió directamente a la cocina.
La casa no era grande, pero tampoco pequeña. Desde el recibidor, salía una elegante escalera que conducía hasta la planta en la que se encontraba el dormitorio. En la planta inferior, varias puertas conducían a un generoso salón, a un pequeño cuarto que ella utilizaba como despacho y sala de música, a un armario ropero que estaba aún decorado con papel pintado y pintura de la época victoriana y, por supuesto, otra puerta que conducía a la cocina. Esta era lo suficiente espaciosa como albergar una mesa a la que podían sentarse seis personas y que, en aquellos momentos, estaba cubierta totalmente de papeles. Violet los recogió precipitadamente y, tras meterlos en el vestidor, regresó a la cocina. Totalmente sonrojada, se apoyó contra la encimera y se cruzó de brazos.
Se sentía totalmente fuera de su zona de confort. Los elegantes trajes que utilizaba para ir a trabajar la protegían de él, estableciendo todas las separaciones necesarias entre jefe y secretaria. Pero allí, en su casa, vestida con un par de vaqueros y una camiseta vieja que había heredado de su padre, se sentía expuesta y terriblemente vulnerable. Sin embargo, no iba a permitir que su rostro la delatara.
–Nunca me dijiste que vivías en una joya exquisita como esta –murmuró él mientras se sentaba en una de las sillas de la cocina.
–Creo que nunca mencioné nada sobre dónde vivía –replicó Violet.
–De eso se trata precisamente. ¿Por qué me ocultarías algo así? La mayoría de la gente no habla sobre sus casas porque se sienten avergonzadas.
–Tengo café –comentó Violet–. O té. ¿Qué prefieres?
–¿Significa eso que no tienes una botella de whisky escondida en ninguno de los aparadores? En ese caso, tomaré un café. Ya sabes cómo me gusta, Violet, porque, en realidad, sabes todo lo que hay que saber sobre mí…
Matt se acomodó un poco más en la silla y estiró las piernas. Su lenguaje corporal parecía indicar que no tenía nada de prisa. Se colocó las manos por detrás de la cabeza y la observó con descarada curiosidad.
En lo que se refería a las pesadillas hechas realidad, aquella ocupaba los primeros puestos.
Matt Falconer, multimillonario y leyenda del mundo de la tecnología y las telecomunicaciones, adorado por la prensa y las mujeres, estaba allí, en su casa, husmeando, porque nada le agradaría más que sacarle información a Violet sobre sí misma, una información que ella siempre había hecho todo lo posible por ocultar.
Desde el momento en el que ella había entrado en su despacho, situado en uno de los edificios más icónicos de Londres, Violet había presentido que su jefe no iba a parecerse en nada a los otros dos hombres para los que había trabajado.
No. Matt Falconer había empezado llegando tarde el primer día y dejándola prácticamente sola, enfrentándose a todo sin orientación alguna. Violet se había sobrepuesto al desafío y había aprendido muy rápido. Había disfrutado cada segundo, incluso cuando entraba antes de su hora a trabajar y salía mucho después, del ritmo frenético de la empresa y hasta de lo informal que era el ambiente laboral cuando sabía que no iba con su modo de ser. Había salido adelante, ganándose el respeto de todos y consiguiendo varios aumentos de sueldo a lo largo de los dos años.
Se había mantenido firme contra la andanada de preguntas a las que había tenido que enfrentarse a diario cuando entró en la empresa. Había evitado hábilmente las que iban dirigidas a su vida privada y tampoco había mordido el anzuelo cuando, en la tercera semana, él le había dicho que las mujeres solían responder cuando él mostraba interés en su vida privada.
–Me temo que yo no –le había respondido–. Creo en mantener mi vida privada totalmente separada de mi vida laboral.
No había lamentado su decisión porque, a medida que había ido pasando el tiempo, había ido cayendo cada vez más bajo el embrujo de su carismático jefe por lo que había dado gracias a Dios porque el sentido común hubiera prevalecido desde el principio.
Por lo tanto, la presencia de Matt allí, en su encantadora casa, le había hecho sentirse presa del pánico.
–Por ejemplo –estaba diciendo él en aquellos momentos–. Supongo que me conoces lo suficientemente bien como para saber que yo debería haber estado con Clarissa en el ballet esta tarde… por lo que no habría leído tu correo hasta mañana por la mañana. Supongo que tenías la intención de llegar algo más tarde a trabajar con la esperanza de que yo hubiera digerido ya el mensaje de que quieres dejar el trabajo mejor pagado que podrías esperar encontrar. Por no mencionar el más estimulante.
Violet se secó las manos sobre los vaqueros y se puso a prepararle la taza de café tal y como a él le gustaba. Solo, sin azúcar. Así, de espaldas a él, podía evitar ver de frente la intensidad con la que aquellos ojos azules la estaban mirando.
Como ella, Matt iba vestido con ropa informal. Vaqueros negros, polo y mocasines. Lo había visto vestido así muchas veces, pero el hecho de que su propio atuendo también fuera informal hacía que Violet se sintiera vulnerable e incómoda.
–Eso no es cierto –dijo mientras le ofrecía la taza de café y se sentaba al otro lado de la cocina.
Lo conocía lo suficientemente bien como para saber que la curiosidad de Matt sobre ella no había cesado, pero, en aquellos momentos, el tema más urgente era el de su dimisión. A pesar de la aprensión que sentía, mantuvo una cortés sonrisa y una expresión afable y tolerante.
Exactamente la imagen profesional que siempre había querido transmitir.
–Entonces, no recordabas que yo debía estar en el ballet…
–¿Acaso importa?
–Estoy muy desilusionado contigo, Violet. Pensaba que éramos amigos y, sin embargo, estás aquí, demasiado asustada para decirme a la cara que me vas a dejar.
–Trabajo para ti, Matt, eso es todo –replicó Violet mientras que él sacudía tristemente la cabeza.
–Igual que los doscientos empleados que ocupan las cuatro plantas de esa jaula de cristal, pero ninguno de ellos me conoce tan bien como tú, aunque en realidad, si me hubieras conocido lo suficientemente bien, habrías sabido que Clarissa y yo estábamos a punto de romper. Ir al ballet con ella era demasiado…
–¿Has roto con ella?
Violet sintió compasión por la voluptuosa rubia de ojos azules. Tal vez no era muy inteligente, pero sí simpática, alegre. No se merecía el ramo de flores a modo de despedida que Violet tendría que enviarle en los próximos días. Eso si Matt no reaccionaba a su carta de dimisión despidiéndola fulminantemente.
–No te muestres tan sorprendida –le dijo él secamente–. Ya sabes que mi vida es demasiado ajetreada para relaciones a largo plazo. De todos modos, nos estamos desviando del tema. He venido aquí por esa carta de dimisión y quiero saber por qué has decidido tan repentinamente que estás harta de trabajar para mí. ¿Es el dinero? Si es así, simplemente me lo podrías haber dicho para pedirme un aumento de sueldo.
Violet se vio momentáneamente distraída por el hecho de que su jefe hubiera asumido que cualquier relación más larga de cinco segundos era a largo plazo. Parpadeó y sintió que el pulso se le aceleraba cuando las miradas de ambos se cruzaron, el profundo azul de él encontrándose con el tímido marrón de ella. Sabía que se estaba sonrojando y se odió a sí misma por no tener la capacidad de mantener un aire de indiferencia y neutralidad.
Tampoco su mente estaba muy centrada. Debería haber recordado que alguien como Matt, que era como un regalo divino para el sexo opuesto, iba siempre a por un cierto tipo de mujer. Largas piernas, grandes senos, rubias, muy rubias, y con una conversación muy limitada que incluía frases como «por supuesto», «claro» y «lo que quieras». Ciertamente, no le atraían las mujeres menudas, con cabello castaño, rasgos poco llamativos, pechos pequeños y que, además, se mantenían firmes fuera cual fuera la provocación.
–Por supuesto que no es el dinero –dijo ella tomando un sorbo de café–. Efectivamente, si estuviera descontenta con mi sueldo no dimitiría, Matt. Me dirigiría a ti para hablarlo contigo.
–Entonces, si no es el dinero, ¿qué es entonces? No me irás a decir que al trabajo le faltan desafíos. Violet, tienes más responsabilidad que ninguna de las mujeres que han trabajado para mí anteriormente.
–Eso es porque ninguna de ellas se ha quedado mucho tiempo.
–Tonterías –replicó él negando aquella afirmación–. Admito que algunas no estuvieron mucho tiempo, pero ninguna de ellas tenía lo necesario para poder realizar más del trabajo básico.
Violet bajó los ojos y guardó silencio. Cuando ella entró a trabajar en la empresa, el jefe de personal estaba desesperado.
–Es una situación muy difícil –le había dicho él con frustración–. Matt es… muy exigente. Muchos candidatos han descubierto que les es imposible trabajar para él. También dicen que les pone muy nerviosos. Son perfectamente capaces en el momento en el que entran en el edificio y han realizado las entrevistas destacando, pero, después de diez minutos con él, tienen los nervios destrozados…
Violet había comprendido perfectamente lo que él le había querido decir después de pasar cinco minutos en compañía de Matt. Era un hombre muy inteligente, muy intolerante y muy guapo, por lo que era increíble que alguien pudiera trabajar para él durante más de un día sin perder la cabeza.
Por suerte, Violet estaba hecha de una pasta más dura. La vida la había preparado para cualquier cosa y ella se había enfrentado a su jefe del mismo modo que lo había hecho con todas las personas imprevisibles e impulsivas que habían entrado en su vida y se habían marchado de su lado gracias a su padre. Se había protegido tras un muro de impenetrable tranquilidad.
–Si quieres más responsabilidad, solo tienes que decirlo. Te puedo dar un poco más de trabajo, proyectos variados. Lo que tú digas.
–No es el trabajo.
–Entonces, ¿qué demonios es? ¿Acaso te ha estado molestando alguien?
–¿De qué estás hablando? –le preguntó Violet sin comprender.
–Algunos de los hombres que trabajan conmigo pueden ser un poco insistentes. Me temo que viene con el puesto. Trabajar con aplicaciones informáticas y tratar con empresas emergentes e innovadoras requiere una personalidad muy diferente a la de los hombres que trabajan en puestos más tradicionales, como en la banca o los seguros. Existe la posibilidad de que te resulte complicado trabajar con alguno de ellos. Si me das el nombre, le despediré inmediatamente. Un momento… –añadió–. Durante las últimas semanas ha habido clientes yendo y viniendo por lo de la nueva absorción. Ya sabes a lo que me refiero. Esa aplicación de la comida que estoy a punto de comprar. ¿Te ha molestado alguno de ellos? He notado que ese tal Draper se ha estado acercando mucho a tu escritorio…
–Matt, te aseguro que soy capaz de cuidar de mí misma –replicó ella sonrojándose.
–¿Sí? –preguntó él suavemente–. Eres callada, Violet. Refinada. No eres la clase de mujer que recibe tanto como da.
–Ojalá pudieras escucharte, Matt Falconer. Te aseguro que no soy una completa idiota.
–Yo jamás he dicho que lo seas…
–La implicación estaba presente –le espetó ella. Entonces, vio una expresión de asombro en el rostro de Matt porque él nunca había visto aquel lado de su personalidad–. ¿De verdad crees que soy tan débil como para echarme a llorar y salir huyendo porque alguien me diga algo?
–En absoluto.
–¡Tengo más agallas de lo que tú probablemente piensas!
–Estoy seguro de ello.
–¡En ese caso, deja de tener esa actitud paternalista conmigo!
–Dios, Violet. ¿De dónde viene todo esto? ¡Solo he venido a hablar contigo para descubrir lo que estaba ocurriendo! –exclamó él mientras se mesaba el cabello. Violet se tranquilizó un poco, aunque con dificultad.
–Te he entregado mi dimisión, Matt, porque ha surgido algo inesperado y no me ha quedado elección. Sé que mi correo fue algo… breve, pero dar detalles habría sido muy complicado. No tenía ni idea de que tú ibas a ser tan insistente.
–¿Acaso pensabas que me iba a quedar sentado y que te iba a permitir que te marcharas así? –le preguntó Matt con incredulidad. Violet se sonrojó porque aquellas palabras habían sonado demasiado íntimas.
«¡Menos mal que te marchas!», se dijo. «¡Solo tienes que recordar lo peligroso que es ser tan estúpida como para que te guste tu jefe!».
–Me aseguraré de encontrar una sustituta adecuada antes de marcharme –respondió ella fríamente–. No te dejaré tirado.
–¿Y si decido que eres irremplazable?
–Nadie es irremplazable –respondió Violet encogiéndose de hombros.
–Dices que no tienes opción –comentó el como si estuviera pensando en voz alta. Entonces, abrió repentinamente los ojos y se incorporó en la silla. Violet lo observó llena de confusión–. Estás embarazada, ¿verdad? Yo soy muy progresista en lo que se refiere a ese tipo de cosas, pero, ¿es algo chapado a la antigua? ¿Es eso? ¿Se trata de un hombre que tiene una escala de valores más propia de la Edad Media? Debe de ser la clase de tipo que piensa que una mujer embarazada debe quedarse en casa.
Los ojos azules le miraron el abdomen y, horrorizada, Violet instintivamente se apoyó la mano sobre el vientre.
–¿Quién es, Violet? ¿Cómo es que no sé nada sobre él? ¿No te parece que es llevar el secretismo a un nivel exagerado? –le preguntó observándola atentamente–. Ahora, espero que me digas que eres lo suficientemente feminista como para saber que no se deja un trabajo maravilloso solo porque un tipo con opiniones anticuadas te sugiere que lo hagas.
De repente, Matt se levantó y se dirigió hacia la ventana de la cocina. Estuvo mirando a través de ella durante unos segundos antes de darse la vuelta para mirarla con desaprobación. Resultaba evidente que estaba muy ofendido.
–Ya no vivimos en la Prehistoria –prosiguió dejando a Violet sin palabras ante tan descabelladas conclusiones–. Deberías saber que soy más que considerado en lo que se refiere a mis empleados, sobre todo con los que tienen hijos. ¿Hay o no hay una guardería disponible en el octavo piso?
–Sí, pero…
–Hace mucho que hemos dejado atrás los días de la desigualdad entre géneros…
–¡No hay nada de malo en que una madre decida quedarse en casa! –exclamó Violet.
Francamente, a ella no se le ocurría nada más maravilloso, pero no iba a permitir que un tema irrelevante la distrajera. ¿Cómo era posible que alguien tan inteligente pudiera ser al mismo tiempo tan… obtuso?
–No llevas anillo –comentó él–. ¿Un hijo fuera del matrimonio, Violet? No es lo que yo hubiera esperado de ti, pero también es evidente que me has estado ocultando muchas cosas. Estoy empezando a pensar si te conozco en realidad. Tú nunca has dejado entrever nada, pero pensaba que conocía la clase de persona que eres. ¿Acaso ese tipo no ha tenido la decencia de pedirte en matrimonio o es que ha salido huyendo?
Matt sacudía la cabeza con indignación mientras Violet lo miraba asombrada.
–O tal vez está casado. ¿Es eso? ¿Te has dejado embaucar por una sórdida situación que te ha llevado a esto? Deberías haber acudido a mí para pedirme consejo. Yo te habría apoyado.
Violet estaba incrédula, tanto que casi no podía ni pensar.
–¿Un hombre casado? ¿Una sórdida situación? Además, Matt Falconer, no es que sea necesario, ¿pero por qué habría yo acudido a ti para que me dieras consejo?
Matt frunció el ceño.
–Porque soy un hombre de mundo.
–Sí, y también eres un hombre que no ha tenido nunca una relación que durara más de tres meses –le espetó ella sin poder contenerse.
En vez de sentirse enojado por aquella exclamación, Matt la miró completamente intrigado. Se acercó lentamente a Violet. Ella, hipnotizada en contra de su voluntad, tan solo pudo mirarlo fijamente. Entonces, se echó a temblar con una mezcla de ira y frustración por haber permitido que la situación se desmadrara de aquella manera.
–¡Esto es ridículo! –exclamó al ver que Matt tomaba una silla y la colocaba muy cerca de la que ella ocupaba.
–Lo sé. ¿Por qué no retiras tu dimisión y fingimos que no ha ocurrido nada de todo esto?
Matt la miraba fijamente y, de repente, de un modo inexplicable, sintió que su imaginación comenzaba a volar. Había algo atrayente en el rostro arrebolado de Violet, en su airada mirada y en sus labios entreabiertos. Frunció el ceño y parpadeó para volver a controlar sus sentidos.
–No he dimitido porque quiera un aumento de sueldo. Tampoco es porque quiera más responsabilidad –dijo ella enumerando cada razón lenta y cuidadosamente–. Si hubieras leído lo que te decía en mi correo, te habrías dado cuenta de que valoraba muy positivamente mi experiencia en tu empresa. Tampoco se trata de que alguien me haya estado molestando en el trabajo. Y si John Draper me ha pedido una cita, no creo que sea asunto tuyo.
–Sabía que ese tío estaba rondándote mucho y por nada bueno –replicó Matt con el ceño fruncido. Violet sintió ganas de darle un bofetón.
–Más concretamente, Matt Falconer, no he estado teniendo ninguna aventura con nadie. ¡Y tampoco estoy embarazada! Ciertamente, jamás me habría sentido atraída por alguien que pensara que tiene derecho a dictar las reglas sobre el lugar que debe ocupar una mujer. ¡Ninguna de esas afirmaciones es la razón de mi dimisión!
–Me alegro –comentó él visiblemente aliviado.
Violet lo miró con desaprobación. Era tan egoísta. Lo único que le molestaba era que pudiera encontrar una sustituta que pudiera adaptarse a su impredecible y exigente personalidad. No se podía creer que hubiera sido tan idiota como para haberse sentido atraída por él. Gracias a Dios, era lo suficiente inteligente como para saber que debía ocultar aquella reacción tan inapropiada. Gracias a Dios, desear a otra persona era una enfermedad curable, de la que ella se curaría en cuando abandonara su empleo.
–Entonces, dime a qué viene toda esta tontería –le dijo mientras se relajaba contra el respaldo de la silla y la miraba fijamente. Violet no pudo evitar beber de su masculina belleza tan solo durante un segundo antes de parpadear y regresar a la realidad.
Suspiró y se rindió.
Capítulo 2
SE TRATA de mi padre –dijo ella simplemente mientras Matt la miraba como si de repente ella hubiera empezado a hablar en otro idioma.
–¿Tienes padre?
–Sí, Matt. Claro que tengo padre. La gente tiene padres. Estas cosas ocurren.
Él sonrió y se movió ligeramente para poder estirar las piernas.
–Te diría que voy a echar de menos tu sarcasmo, pero no es así. Si esto tiene que ver con un sencillo caso de problemas familiares, estoy seguro de que podremos encontrar una solución.
–No soy sarcástica –respondió Violet cortésmente. Matt levantó las cejas muy sorprendido.
–Has realizado más comentarios sarcásticos sobre las mujeres con las que he salido de los que puedo recordar. ¿Recuerdas que me preguntaste si había pensado alguna vez en salir con mujeres que no se volvieran locas por ir a un balneario? ¿O la vez que me dijiste que no era cierto que las rubias se divirtieran más? Eso por no olvidar algunos de tus innecesarios comentarios sobre las muestras de afecto que yo enviaba cuando una relación, desgraciadamente, había llegado a su fin…
–¿Muestras de afecto? –repitió Violet–. Sinceramente no creo que los carísimos ramos de flores de la también carísima floristería de Knightsbridge se puedan considerar «muestras de afecto».
–He regalado mucho más que flores…
–En lo que se refiere a una ruptura, no se puede hablar de «muestras de afecto».
–Bueno, es mi manera algo arrogante de apaciguar mi conciencia.
–Lo has dicho tú, no yo.
–En realidad, sí que lo has dicho tú –replicó Matt sin pestañear–. En más de una ocasión, aunque admito que ha sido de maneras diferentes. No obstante, el mensaje siempre ha sido el mismo. La mayoría de las personas se lo piensa dos veces en lo que se refiere a dar su opinión cuando están conmigo. Sin embargo, tú nunca te has mostrado reticente a la hora de decir lo que piensas sobre mi vida personal. A tu manera, tan sosegada y tranquila, por supuesto. Bueno, ¿qué es lo que le ocurre a tu padre?
Violet sentía que la piel le ardía. ¿De verdad había sido tan obvia? Pensaba que siempre se había mostrado muy cuidadosa, pero, evidentemente, no tanto como había pensado.
–Yo… mi padre no está bien.
–Siento escucharlo, Violet. ¿Se trata de algo serio? ¿Cuántos años tiene?
Había verdadero interés en su voz y Violet sintió que algo se debilitaba dentro de ella. No estaba acostumbrada a compartir nada, pero, en aquellos momentos, no había nada que deseara más que contarle todo al hombre que estaba sentado frente a ella, mirándola con sus intensos ojos azules, de un modo especulativo y considerado.
–¿Que cuántos años tiene? –repitió ella–. Es joven. Aún no ha cumplido los sesenta.
–¿Y qué es lo que le ocurre?
–En realidad no es relevante, Matt –comentó ella encogiéndose de hombros e ignorando la tentación de decir más de lo que debería. Su intimidad era muy importante para ella, un rasgo propio de su personalidad, tan arraigado, que le resultaba imposible prescindir de él incluso cuando deseaba hacerlo.
Era una costumbre nacida de las circunstancias. La vida nómada había impuesto un peaje a las amistades. ¿Cómo se podía formar vínculos fuertes con las personas cuando siempre se estaba de paso? En especial, cuando se era demasiado joven como para pensar en el futuro y ver más allá. Por supuesto, cuando la vida había empezado a tranquilizarse, ese hábito ya había arraigado y esas raíces crecían ya demasiado profundamente.
–Claro que es relevante –afirmó él–. Estás disgustada.
–Y tú te estás imaginando cosas.
–No tienes que disimular todo el tiempo –replicó Matt. Ella se puso en alerta. No le gustaba el modo en el que él parecía estar acorralándola, haciendo que se sintiera perdida y vulnerable–. Habla conmigo. Me has entregado tu dimisión. Creo que es justo decir que me merezco una explicación.
Violet se dio cuenta de que tenía razón. En realidad, se dio cuenta de que se habría sentido muy desilusionada si él hubiera aceptado su carta de dimisión sin más, encogiéndose de hombros y sin hacer ninguna pregunta.
Llevaba dos años y medio trabajando para él y, efectivamente, lo conocía más profundamente que cualquiera de las mujeres con las que él salía. Conocía sus idiosincrasias, sus manías. Además, parecía que él también la conocía mucho mejor de lo que ella había imaginado. Aquello le resultaba turbador.
En realidad, nada de lo que él pudiera decirle le haría cambiar de parecer. ¿Qué podía haber de malo en confiar en él? Se marcharía de la empresa y lo dejaría atrás. Si ella le dejaba vislumbrar un lado más íntimo de su ser, después no tendría que verlo a diario en el trabajo ni se tendría que enfrentar a la curiosidad de Matt por su vida.
–Mi padre vive al otro lado del mundo –comenzó, frunciendo el ceño mientras trataba de poner en orden sus pensamientos–. En Australia para ser exactos.
–¿Cuánto tiempo lleva viviendo allí? ¿En qué parte de Australia vive?
–En Melbourne. Lleva allí ya casi seis años. Se marchó después… Bueno, volvió a casarse. Mi madre murió cuando yo era pequeña.
Se mordió los labios y apartó la mirada. Matt guardó silencio. Odiaba que las mujeres lloraran. Otro detalle que ella sabía sobre él. Por ello, hizo un gran esfuerzo para no dejarse llevar por la oleada de abatimiento que amenazaba sus buenas intenciones.
–Tómate tu tiempo. No tengo prisa.
–¿Estás seguro de que quieres tener esta conversación? –le preguntó Violet aligerando el tono.
–¿Por qué no iba a querer?
–Porque no te gustan las conversaciones intensas y largas con las mujeres. Creo que es algo que has compartido conmigo en el pasado.
–¡Qué bien me conoces! –murmuró Matt–. Sin embargo, tú no eres una de mis mujeres, ¿verdad? Por ello, es justo decir que no se aplican las reglas normales para las demás.
No era una de sus mujeres…
Violet sintió un dolor intenso dentro de ella, un dolor profundo y totalmente inapropiado. Se dijo que, afortunadamente, no era una de sus mujeres. Conociéndole tan bien como lo conocía, sería una receta perfecta para el sufrimiento, porque él representaba todo lo que Violet no quería en un hombre.
Tal vez se volvía loca por su pecaminoso atractivo como cualquier otra mujer, pero era lo suficientemente sensata para evitar ir más allá en el peligroso camino de la atracción.
Se encogió de hombros con expresión velada. Para matar el tiempo y ordenar sus pensamientos, le ofreció otra taza de café, que él declinó educadamente. Entonces, de mala gana, ella le sugirió una copa de vino, que él aceptó con avidez.
–Bueno, me estabas hablando de tu padre, el hombre del que has evitado hablar durante dos años y medio, que vive en Melbourne. Un lugar que yo conozco muy bien.
–Tiene problemas con el hígado, que ha ido llevando bastante bien, pero mi madrastra murió hace seis meses y, desde entonces, él está cada vez más deprimido –dijo Violet. Decidió que ella también necesitaba una copa de vino y se la sirvió antes de tomar asiento–. Me visitó hace dos meses y trató de hacerme ver que está bien, pero yo me di cuenta de que no era así.
–¿Problemas de hígado? ¿Bebe?
Violet se sonrojó. Era normal que hiciera aquella pregunta.
–Solía beber, pero, como sabes, la bebida siempre está al acecho en lo que se refiere a los ex… ex…
–¿Alcohólicos?
Violet asintió y apartó la mirada.
–La depresión es su enemigo y yo estoy muy preocupada de que, allí solo, pueda resultarle demasiado tentador.
–¿Sigue en Melbourne?
–Sí.
–¿Y por qué no vuelve a vivir aquí?
Matt miró a su alrededor. La elegante casa era pequeña y coqueta. Violet se dio cuenta de lo que él estaba pensando. No era una mansión, pero sí lo suficientemente grande para dos personas. Además, valía mucho dinero y se podría vender fácilmente para comprar algo más grande en un barrio menos exclusivo.
–¿Problemas de dinero?
–Si fueran problemas de dinero, yo no estaría viviendo en una casa como esta.
–Eso me lleva a la pregunta que llevo queriéndote hacer desde que entré por la puerta. Me importa un comino cómo puedes permitirte el alquiler de una casa como esta. Tal vez te gustan las casas pequeñas y caras y prefieres sacrificar tu sueldo en una en vez de hacerlo en vacaciones, coches o ropas de diseño. Eso es asunto tuyo. Lo que te quiero decir es que si no te puedes permitir mantener a tu padre cuando regrese, solo tienes que decirlo. Es decir, si lo que quieres es dinero, estoy dispuesto a darte todo lo que necesites. Podríamos decir que se trata de un préstamo sin intereses –comentó mientras se mesaba el cabello–. Pensé que nunca le suplicaría a una mujer, pero ya soy lo suficientemente mayor para admitir que siempre hay una primera vez para todo. Nunca había tenido una asistente que trabajara tan bien. Comprendes cómo pienso y no te vuelves loca si me acerco demasiado a ti.
Violet sabía que, entre aquellas palabras, había un cumplido escondido en alguna parte, pero en lo único en lo que podía pensar era en lo de «no te vuelves loca si me acerco demasiado a ti».
Los comentarios a lo largo de los años le habían informado a Violet que la única otra asistente personal que había aguantado con él, y lo había hecho a lo largo de toda una vida, era una mujer casada de sesenta años que se había jubilado anticipadamente y que le había dejado en la estacada hacía tres años. Antes de que apareciera Violet, el puesto lo habían ocupado una larga sucesión de atractivas candidatas, porque, según le había contado una de las chicas de contabilidad, a él le apetecía tener algo que le alegrara la vista todos los días. «Hasta que llegué yo», pensó Violet.
–Me siento muy halagada –le respondió a Matt–, pero no tiene nada que ver con el dinero.
Ella suspiró y se resignó al hecho de que él se quedaría boquiabierto al conocer un pasado que ella siempre se había guardado para sí misma. Se puso de pie, abrió uno de los cajones y sacó un álbum de fotos. Se lo entregó a Matt porque, en aquel caso, las imágenes hablarían mucho más claramente que las palabras.
Matt lo abrió y comenzó a hojearlo. Entonces, se incorporó un poco en el asiento y volvió a mirar las páginas más detenidamente, fijándose atentamente en cada una. Entonces, la miró asombrado.
–¿Tu padre es Mickey Dunn?
–En realidad se llama Victor. Me sorprende que hayas oído hablar de él.
–¿Y quién no? Se quemó muy joven. Alcohol y drogas.
–Deja de mirarme así –comentó Violet algo molesta. Se había tomado la copa de vino y sintió que el alcohol se le subía a la cabeza. Casi nunca bebía, resultado de haberse visto siempre rodeada de personas que bebían demasiado.
–Jamás me habría imaginado que eres la hija de alguien tan tremendo como Mickey Dunn –murmuró Matt sin ocultar su curiosidad. Entonces, miró a su alrededor–. Eso explica esta casa. Yo pensaba que ahorrabas todo lo que podías y evitabas irte de vacaciones porque pagar la hipoteca era más importante. Después, decidí que la alquilabas. Supongo que esta casa es tuya de arriba abajo, ¿verdad?
–Yo nunca te mentí –replicó Violet a la defensiva.
–En eso tienes razón.
–Mi padre me compró esta casa antes de que se marchara a Australia. No quería pensar que yo pudiera alojarme en cualquier sitio que pudiera ser peligroso. Yo siempre le dejé muy claro que no quería dinero de él, pero se empeñó –añadió con una sonrisa–. Cualquiera diría que le habría dado igual algo así, teniendo en cuenta lo descarriada que había sido su juventud, pero no fue así –comentó. Respiró profundamente y miró a Matt directamente a los ojos–. Mi madre murió cuando yo tenía ocho años en un accidente de motocicleta. Mi padre conducía y no se recuperó nunca del hecho de que ella fuera de acompañante. No había estado bebiendo. Simplemente derrapó. Había llovido aquella noche y tomó una curva demasiado rápidamente…
–¿Dónde estabas tú en aquel momento?
–En casa. Estaba con mi niñera. Ellos siempre estaban de fiesta, pero cuando mi madre estaba viva, no tan frecuentemente como todo el mundo piensa. En ocasiones me llevaban con ellos, pero normalmente se aseguraban de que alguien responsable me cuidara. Recuerdo que me desperté por la mañana y, después de eso, nada volvió a ser lo mismo. Para abreviar, la vida de una estrella del rock lo sacó totalmente de sus casillas. Se perdió en el alcohol y las drogas, a pesar de que seguía ocupándose de mí todo lo que podía. A veces, ese todo lo que podía era un poco errático… –añadió mientras sentía que los ojos se le llenaban de lágrimas. No se atrevió a mantener contacto visual con su jefe, por si acaso–. Tocaba música, tenía unas fans que lo adoraban y viajábamos por todo el mundo, pero era yo la que lo veía cuando estaba solo. Vi su tristeza. Al final, tal y como era de esperar, el grupo dejó de dar giras y, durante un tiempo, mi padre escribió canciones para otros músicos. En aquel momento, no hacía más que entrar y salir de clínicas de rehabilitación y yo me había convertido en su cuidadora. Más o menos.
–En su cuidadora…
–Esas cosas pasan –comentó ella encogiéndose de hombros. Por suerte, el momento de querer echarse a llorar había pasado y volvía a sentirse controlando la situación. El pasado era pasado y ella ya hacía mucho que lo había aceptado. Tal vez nunca había tenido una infancia normal, pero había sido variada y su padre, a pesar de todo, había estado siempre pendiente de ella. A su manera. Así que…
Hizo ademán de que estaba empezando a dar por terminada aquella conversación. Había dicho más de lo que había anticipado, por lo que daba las gracias de que el tiempo que ellos dos iban a pasar juntos estuviera a punto de llegar a su fin. Matt Falconer era muy insistente y seguramente la historia de Violet habría despertado su curiosidad. Una vez más, Violet se preguntó cómo habría sido seguir trabajando para él después de haberle dado tantos detalles sobre su vida.
–Mi plan es alquilar esta casa y marcharme a Australia durante una temporada para estar con mi padre. Él no quiere regresar a vivir a Londres. Le gusta mucho Melbourne y ha hecho muchos amigos allí. Le gusta el tiempo y el estilo de vida más relajado, pero yo tengo que asegurarme de que está bien mientras pasa por este bache.
Violet esperó a que Matt realizara algún comentario, pero él permaneció en silencio.
–Todo habría sido diferente si Caroline, mi madrastra, siguiera aún con vida.
Silencio.
–Está en lista de espera para un trasplante de hígado.
«Demasiados datos», pensó Violet, enfadada consigo misma.
–La conoció cuando estaba en rehabilitación. Ella trabajaba allí.
Violet chascó la lengua con impaciencia y se preguntó si ella iba a seguir dándole detalles de su vida para evitar quedar en silencio. Aquella actitud no era propia de ella, la reservada, distante y fría Violet Dunn a la que él estaba acostumbrado.
–¿Vas a seguir ahí sentado sin decir nada, Matt?
–Eras su cuidadora –repitió él, aún pensando y mirándola de un modo intenso y penetrante que le ponía a ella el vello de punta–. Debiste de sacrificar algunas cosas.
–¿Qué quieres decir?
–Suele ser así –dijo él lentamente, como si estuviera encontrando la solución a un complejo problema que solo se podía solucionar a través de una serie de cuidadosas etapas–. El cuidador siempre renuncia a algo. ¿Tengo razón? Creo que tus estudios debieron de ser algo erráticos, como poco, lo que dice también mucho de que, a pesar de todo, hayas terminado siendo una persona tan preparada. Debiste de ser muy estudiosa de adolescente.
Violet apretó los labios. Si Matt supiera lo cambiados que habían estado los papeles en su vida… Si miraba atrás en su vida, se encontraba con la adolescente que se quedaba en casa, leyendo, mientras su padre estaba de juerga bebiendo, drogándose y cayéndose de bruces en el sofá cuando llegaba a casa. Había sido ella la que le había recriminado las fiestas nocturnas y recordándole los peligros de las drogas. Se había asegurado de que se tomara sus vitaminas y que se alimentara bien. Cuando las giras terminaron y las visitas a los centros de rehabilitación comenzaron, ella estaba totalmente acostumbrada a ocuparse de todo lo que ocurría en la casa. Claro que había renunciado a cosas. Lo primero, a ser una adolescente despreocupada y feliz.
–Me gustaba estudiar –dijo ella–. Ahora, creo que ya es hora de que te marches. Me pediste una explicación sobre por qué he dimitido y ya te la he dado.
–No estoy dispuesto a marcharme.
–¿Qué quieres decir con eso?
–Me he pasado dos años y medio preguntándome qué era lo que más le importaba a mi megaeficiente secretaria. Además, sigo empeñado en hacer que cambies de opinión. Por lo tanto, tendrás que perdonar mi curiosidad.
–¿Podemos hablar de esto por la mañana? –le preguntó ella con gesto cansado.
–¿Cuándo vuelvas a estar con tu correcto trajecito, sentada detrás de tu escritorio, protegida por tu profesionalidad? Creo que prefiero hablar con esta Violet Dunn, que es ligeramente menos formal.
–¡No me importa lo que prefieras!
–He absorbido dos empresas de software y da la casualidad de que una de ellas está en Melbourne. ¿Sabías que Melbourne está a la cabeza en lo que se refiere a la cantidad de pequeños negocios? Estoy intentando arrancar ahí. Allí hay grandes promesas y te aseguro que voy a cuidarlas mucho. Siento que podría poner huevos de oro con el apoyo adecuado.
–¿Y qué tiene eso que ver conmigo? –le preguntó ella poniéndose de pie.. Se acercó a la puerta de la cocina y apoyó la mano sobre el pomo de la puerta.
–Necesitas rutina –le dijo Matt con una voz que le provocó una tremenda exasperación.
–Creo que podré continuar con mi vida sin ella durante un tiempo –respondió Violet descaradamente–. Ahora, levántate. Es hora de que te marches. Estoy agotada.
–Entiendo que no estás planeando en instalarte al otro lado del mundo –comentó Matt haciendo caso omiso a la indirecta de Violet.
–No –admitió ella después de un rato. Suspiró y volvió a sentarse. Las piernas le temblaban–. Yo no podría vivir allí. Sería mucho más fácil que mi padre se mudara aquí y eso va a ser parte de lo que quiero conseguir cuando vaya. Convencerle para que regrese a vivir a Londres.
–Si él sigue teniendo vínculos aquí, podría pensar que lo iban a llevar por el mal camino –sugirió Matt. Violet abrió los ojos de par en par.
–No se me había ocurrido pensar en eso –admitió–. Podrías estar en lo cierto. Aún tiene amigos entre los miembros de su grupo y, por supuesto, irían a un pub y terminarían bebiendo, lo que sería muy duro para él. Podría tratar de persuadirle para que se mudara más cerca de la costa, lo suficientemente lejos de Londres para evitar las tentaciones…
–Volvamos a hablar de esa empresa mía en Australia –dijo Matt. Violet parpadeó y lo miró fijamente–. La razón por la que la he mencionado es porque me vendría bien un par de manos en las que pueda confiar allí para dirigir el nuevo equipo, por así decirlo. De esa manera, nos vendría bien a los dos.
–¿A qué te refieres?
–Me refiero, Violet, a que tu plan para desaparecer durante meses sin tener nada que hacer en el otro lado del mundo más que tratar de animar a tu padre va a resultarte muy frustrante después de un breve espacio de tiempo. Eres una mujer inteligente y necesitas utilizar tu cerebro. ¿Cómo lo vas a hacer en Melbourne?
–Estoy segura de que sabré cómo ocuparme cuando esté allí.
–Claro, habrá trabajillos en los que puedas emplearte, aunque evidentemente no necesitas el dinero. En cualquier caso, siempre me había parecido que te gustaban los desafíos… Así que, vas a estar muy aburrida… y a mí me vendría muy bien alguien en quien pudiera confiar en las etapas iniciales de mi nueva empresa. Sería un ascenso muy importante para ti estar a cargo de una de mis empresas desde cero. Tendrías un nuevo puesto, nuevas responsabilidades y, por supuesto, un nuevo sueldo que refleje las dos cosas anteriores. No te preocupes sobre permisos de trabajo y todas esas banalidades. Considéralo todo hecho.
Matt dejó pasar unos segundos para que ella pudiera digerir las ventajas de todo lo que él le estaba ofreciendo. Violet tuvo que admitir que todo era muy tentador.
–Incluso te facilitaría un pequeño apartamento propio para que tu padre y tú pudierais mantener esa independencia a la que probablemente los dos os habéis acostumbrado a lo largo de los años. Sería una de las ventajas que tendrías con este trabajo.
–Es una oferta muy generosa, Matt…
–Entonces, ¿nos damos la mano para sellarlo? –le preguntó Matt mientras le dedicaba una de esas sonrisas con las que podría dejar sin aliento a una persona–. Por supuesto, habría un par de cosas que tendrías que tener en cuenta…
–Por supuesto –replicó ella secamente–. No hay nada que venga gratis. ¿Acaso no está eso escrito en algún lugar del manual de la empresa?
Matt soltó una carcajada. Sus ojos se oscurecieron con apreciación ante el modo en el que ella nunca se achantaba a la hora de decirle las cosas claramente. Iba a echarlo de menos.
–Tendrías que acceder a regresar a trabajar para mí en Londres después de un periodo determinado de tiempo. Yo diría que seis meses es bastante generoso. También tendrías que aceptar que yo fuera a supervisarte de vez en cuando para asegurarme de que todo está funcionando perfectamente.
–Te estoy muy agradecida por la oferta, Matt –dijo Violet–, pero voy a tener que decirte que no.
Matt siguió sonriendo unos segundos y luego frunció el ceño cuando asimiló lo que ella acababa de decirle.
–No hablas en serio….
–Todo esto ha sido muy repentino –dijo ella sinceramente–, pero me va a proporcionar la oportunidad para explorar otras áreas de mi vida además de trabajar detrás de un escritorio en un despacho.
–¿Qué otras áreas?
–Sé que en mi contrato figura que debo avisar con seis semanas, pero si encuentro una sustituta antes de entonces, ¿considerarías librarme de esa obligación antes? Naturalmente, no me tendrías que pagar por el tiempo que no trabajara. Tal vez podrías pensarlo esta noche y así podríamos hablar al respecto cuando llegue al trabajo mañana por la mañana.
–¡No me puedo creer que esté escuchando esto!
Violet había acudido a la puerta y él la había seguido con el ceño fruncido.
–No siempre tienes que conseguir lo que quieres –le dijo Violet delicadamente.
–Si estás tan desesperada por marcharte, no seré yo el que te encadene a tu escritorio y te obligue a trabajar esas seis semanas.
–¿Lo dices en serio? Cuanto antes pudiera estar con mi padre, mejor…
Violet pensaba que él iba a liberarla de su contrato. Siguió sonriendo mientras él la miraba furioso. Entonces, inesperadamente, Matt apoyó la mano sobre la puerta que conducía hacia el salón, que estaba entreabierta, y se medio tambaleó cuando esta se abrió de par en par. De repente, Matt había accedido al santuario de su salón.
Durante unos segundos, él se quedó sin palabras mientras observaba el piano de cola pequeño que estaba situado junto al mirador acristalado. Violet siguió su mirada. Sin pensárselo, entró en el salón y se acercó hasta el piano. Suavemente, deslizó la mano sobre la tapa de madera y luego sobre las teclas sin darse cuenta de la imagen que estaba pintando. Simplemente estaba haciendo algo que era totalmente instintivo.
–¿Tocas? –le preguntó Matt, hipnotizado por la esbelta y elegante figura de Violet de pie, de espaldas a él, etérea y pensativa, ejerciendo un profundo magnetismo sobre él.
Estaba justo detrás de ella. Violet podía sentir la calidez que irradiaba de su cuerpo y que la envolvía profundamente, pero ella no se sentía incómoda porque aquella era su zona de confort. Con gesto ausente, tocó algunas notas y una suave y melodiosa música tomó forma bajo sus dedos. De repente, se detuvo y se volvió hacia él, profundamente avergonzada.
–Sí –murmuró ella–. Debo de haber heredado parte del talento musical de mi padre.
Matt la miraba con una expresión velada, ligeramente turbadora. Ella sonrió, ansiosa por quitarle tensión al momento y volver al estado de ánimo de antes.
–No te sorprendas tanto, Matt. ¿Qué pasa porque sea algo más que la eficiente e invisible secretaria que te has pasado los últimos dos años y medio sin valorarla?
–¿Sin valorarte? Nunca –murmuró Matt. Deslizó los ojos por el rostro de Violet hasta llegar a la boca, perfecta y de labios gruesos, sorprendiéndole. Era una boca muy sexy. Una boca modelada para los besos–. ¿Invisible? De eso nada.
El ambiente había cambiado. Violet lo sintió y dio un paso atrás, chocándose contra el piano e irguiéndose inmediatamente para no sentarse sobre las teclas. Matt estaba tan cerca de ella y ya no era su jefe. Eran un hombre y una mujer, con las miradas entrelazadas, la respiración entrecortada y sumido en una carga eléctrica que, de repente, era tan potente que Violet sintió que podría desmayarse.
–Creo que deberías marcharte ahora –dijo ella con voz ronca. Durante unos segundos, Matt permaneció inmóvil y ella se preguntó lo que haría si ocurría lo impensable, si esa boca firme y sensual cubría la de ella.
Entonces, Matt dio un paso atrás y, cuando hubo una distancia segura entre ellos, dijo con voz ronca:
–Una semana. Después de eso, Violet, eres libre para marcharte.
Con eso, se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta principal. Cuando Violet llegó a su lado ya la había abierto. Su cuerpo aún ardía, como si se hubiera acercado demasiado a una hoguera que de repente hubiera cambiado de dirección.
–¿Quieres que te encuentre una sustituta? –le preguntó ella. Matt la miró fríamente.
–Me las arreglaré –dijo. Entonces, volvió a tomar la palabra y le hizo pedazos el corazón–. Pensaba que te conocía, Violet. Resulta que no podía estar más lejos de la verdad.
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