Kitabı oku: «El Fuego dice Maravilla»
CELIA ALINA CONDE
EL FUEGO DICE MARAVILLA

Editorial Autores de Argentina
Conde, Celia Alina
El fuego dice Maravilla / Celia Alina Conde. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
ISBN 978-987-87-1143-0
1. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
Editorial Autores de Argentina
www.autoresdeargentina.com
Mail: info@autoresdeargentina.com
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Índice
Infierno, parte I
Insomnio, parte II
Incandescencia, parte III
Identidad, parte IV
Insurrección, parte V
Infierno, parte I
Capítulo 1
Sabía que su aspecto llamaba la atención, que le daba ventaja. Miró sus manos rosadas, indiferente unos segundos, buscando las cosas que se iba a llevar. Aventajar así por lo general le parecía deshonesto, pero ese último tiempo le pasó de disfrutar las ideas que se le ocurrían al respecto. Contradecían la lógica del mundo. Y eso le gustaba mucho.
Mientras continuaba preparándose, recordó que a los 8 o 9 años a la persona que ella más amaba en el planeta le dijeron “diablo con pollera”. Así que a partir de ese momento, aceptó que su perspectiva podría contradecir la lógica del mundo y cada vez se divertía más.
Amaba los fines de semana en la quinta con su abuela, el aire dulce y fresco de ese lugar y hacerse preguntas. Amaba el agua en general y en particular la pileta que le construyeron como regalo de su sexto cumpleaños en esa casa grande y suburbana.
Disfrutaba muchísimo quedarse metida hasta que se le arrugara la piel de los dedos y desde ahí escuchar a la abuela, a su madre y a su tía, reírse. El humor de esos encuentros era maravilloso. Raro, pero maravilloso. Las risas comenzaban de repente y se deslizaban como inquietos ríos en miniatura. Las observaba juntas considerando absurda la lógica del mundo. No existían seres más bellos, ni situación más encantadora.
María Doholov eludía responder cualquier cosa acerca de su tatuaje. Si su nieta le pedía historias acerca de su niñez, repetía con voz de serpiente y ese acento tan extranjero, tan ruso, “al quie ritcortdie, quie lie tsaquien un ojo, al quie olvitdie, quie lie tsaquien loss doss”. Jugando, se mostraba monstruosa.
La matriarca se ponía tan dura que parecía tallada en madera. De ella escuchó por primera vez “lo quie no tie mata, tie fortaliecie” frente a los raspones o a las caídas que sufría por treparse a los ciruelos en el fondo de la casona.
En 1990, todavía la abuela era inmortal y visitarla, un placer anfibio.
Guardó el libro haciéndole espacio con cuidado. Después se calzó mejor los lentes con un gesto de concentración que estaba buscando adquirir. Antes de seguir organizando el bolso, estiró un poco las largas piernas cómoda con su gastada ropa preferida, siempre se movía con cierta gracia, era de esa gente felina.
“¿Qué clase de mujer es la abuela?¿Qué somos las mujeres?”, repitió para sí el par de preguntas que se hizo frente al libro abierto esa mañana. Aún no lograba convencer a la gran María de que le permitiera leer durante las comidas. Leer en el viaje la mareaba, así que para retomar la lectura tendría que esperar. Había aprendido a sobrevivir a los interrogantes rebotándole adentro como pequeñas pelotas.
Con Alejandra, su mamá, aparecían otros asuntos que discutir durante el viaje. Todos muy cotidianos. Intercambiaba lo justo, pero se quedaba con la sensación de evitar lo importante. Siempre había creído que era ella quien dejaba a su madre afuera. Se daría cuenta de su error conforme avanzaran las consecuencias de haberse adueñado del libro.
Su tía intercedió. Que tiene catorce, que es muy buena estudiante... El resultado no tardó en producirse.
“Ya estás en una edad apropiada”, le dijo Alejandra extendiéndoselo, mientras Ana alzaba los brazos festejando y hacía ruido de hinchada. Desde entonces habían pasado un par de semanas y no lograba separarse de él.
Por la tarde, instalada en la habitación que habitualmente su abuela le preparaba se planteó nuevamente la incógnita: “Si somos tan diferentes. ¿Qué es la mujer?”. En El segundo sexo, página 17, se preguntaban casi lo mismo que ella, pero 20 años atrás. El texto había funcionado como diario para las hermanas Doholov. Estimaba que a la obra de Simone de Beauvoir le quedaban perfectas las anotaciones, los pensamientos, los dibujitos, incluso los debates que le habían sobrescrito. Su madre María Alejandra, su tía Ana María y su papá Rafael Corvino hicieron circular este ejemplar en su grupo de amigos, cuando cursaban Psicología en 1974. Lo llevaron consigo durante varios años convertido en un muestrario fantástico. Por ejemplo, la letra en rojo de su madre le contestaba dando un salto en el tiempo...“si lo supiera lo hubiese escrito. La mujer es un invento...”, remataba con el boceto de la roja cabeza de un dragón.
Bien entrada la noche, en el silencio del amplio comedor, leyó, en azul, con una caligrafía diminuta y uniforme, sobre el margen de las páginas 170/171 y 172 el siguiente párrafo :
“Estoy analizando un documento que se cree que formó parte del tristemente célebre Malleus Maleficarum, conocido también como El martillo de las brujas, un manual de los inquisidores Kramer/Spengler. Editado 19 veces. En este fragmento correspondiente a 1574 se reseña el caso de la hija del prestigioso médico Celio Aureliano de Padua. Esta admite bajo tortura mantener relaciones carnales con Satanás. Cuenta que su madre abrió una puerta para él en su alma con gritos y golpes que le infligía... que no se podía hacer nada porque la mujer había fallecido”. No me sorprende que los jueces llegaran sobre la base de esta confesión y de otras siempre a la misma conclusión: “La naturaleza impura de las mujeres propicia dichos vínculos impíos, todas ellas necesitan pronta tutela. Cuando esto no se realiza en nombre de Dios el Santísimo, las desdichadas criaturas, iniciadas a su propio arbitrio, quedan a merced de las furias demoníacas...
Ay de las pobres que se pierden en estos funestos caminos. En el hierro y en el fuego hallan su salvación”.
Capítulo 2
Mara revisó una vez más la necesidad de buscar a Silvia, aunque fuese prostituta.
Mientras lavaba los platos en el fuentón de metal, abría y cerraba las manos cada tanto porque el agua dolía bastante. Consideró que, en esas circunstancias, la ocupación de su tía era poco importante. Pero ignoraba dónde encontrarla. Tuvo miedo y percibió cómo la situación estaba arrinconándola...
Miró el almanaque de la pared, señalaba el martes 1 de agosto de 1992. En la parte de arriba tenía pegada la imagen de San Jorge y el Dragón. El Dragón... Enjuagó otro plato. En el pasado, cuando se sentía desgraciada realmente culpaba a su tatuaje. Ya no.
Marcela, la última pareja de su padre, les contó que estaba embarazada de 3 meses. Desde ese momento él se volvió más agresivo y usaba cualquier pretexto para descargarse con Mara. Ella sentía con crudeza cuánto se acercaba al filo del límite.
Recordó que ayer la bolsa de basura se le rajó junto a la cocina. Seguro algún desperdicio tenía punta. Fue un accidente. Él estaba dando vueltas cerca como esperando algo así. Instantes antes de que su papá explotara Mara lo intuyó, y vio claramente que no se calmaría hasta aplastar el aire y a ella misma con su rabia, aunque no consiguió reaccionar para quedar fuera de su alcance. Inmóvil lo observó pisotear y manchar todo a su alrededor. Hasta sus siluetas de cartón quedaron revueltas con aceite, yerba, cáscaras de papa y papel higiénico.
El tatuaje que tenía en la espalda alejaba a la gente. Las mudanzas, las borracheras de su padre y la pobreza la silenciaban de una manera cruel. En la escuela, especialmente Liliana, la portera, y una maestra, Raquel, hicieron mucho para que Mara—niña pudiera abrirse a pesar de todo. Al principio empezaron elogiando las figuritas que hacía, a medida que su empeño aumentó, pasaron a admirar su habilidad para dibujar recortando formas bastante más complicadas. Invertía horas. Animales fantásticos, elementos mágicos y algunas caricaturas. Una de las anécdotas que Mara recordaba especialmente era la cara de Betina, la más linda de las compañeras, cuando reconoció sus colitas en una criatura extraña. Se rieron juntas apuntando con el dedo la figura por unos minutos. Su imaginación descubría una manera de conectarse, un puente que la vinculaba con el mundo. Guardaba decenas de esos personajes en papel y en cartón, que no quedaron a salvo.
Ayer por la tarde estallaron los gritos de mono enloquecido. Y su ferocidad alcanzó toda esa frágil belleza. Entonces Mara practicó el primer distanciamiento completo. Anteriormente lo había hecho pero no con esa determinación. Su cuerpo se quedó inmóvil, su mente agitadísima, no. Nada, nada de quietud. Se imaginó una transformación total en un dragón. Un animal poderoso que desplegó unas enormes alas, capaces de alejarla del pánico y del sufrimiento. Desde allí vio todo como volando a la altura de un gigantesco titiritero, libre de la tensión que vapuleaba a los dos pequeños muñequitos.
Su padre rabioso terminó el episodio pasando por encima de los objetos tirados y yéndose. Marcela se escapó al primer gesto violento, dejándola sola. A Mara le tocó juntar los destrozos.
Bajar y llegar a moverse le tomó un rato. Temblaba sin parar y un dolor fuerte le dividía el pecho cada vez que miraba sus cosas esparcidas en el piso.
Sacó las manos del agua fría porque había terminado de lavar. Apretó un trapo para secarse y se alejó un poco de la pila de trastos.
Necesitaba dejar esa vida miserable. Necesitaba huir.
Observó el espacio desde los platos hasta la escoba y suspiró. Soltando el aire como de una jaula.
Caminó hasta una silla, oyó que la música traspasaba la medianera:
“En este film velado en blanca noche,
el hijo tenaz de tu enemigo,
el muy verdugo cena distinguido,
una noche de cristal que se hace añicos”.
De repente, una idea atravesó en línea recta desde la pared la cabeza de la chica: “Está loco, si no me voy me mata, o algo peor”.
Acomodó unas cajas en torno a ella para protegerse y dormir escondida en su rincón. Pensó en la utilidad de haberse quedado sin nada. Sería fácil no dejar rastros que permitieran seguirla. Sintió que se borraba como si nunca hubiera existido.
Capítulo 3
Los sueños en la vida de Mara eran fundamentales. Tenían un extraño vigor. Tanto que a veces parecían materializar otra dimensión de sí misma. Más poderosa y libre. Últimamente se habían enrarecido, reflejando el clima en su casa.
Esa noche tardó mucho en acomodarse detrás de las cajas y dormir. Tantas cosas le sucedían... Encontró perturbadoras formas de estar peor que muerta, tan deshecha como sus figuritas de cartón. Comprendió que pensar así no ayudaba y aceptó que, como sus sueños vaticinaban, se había largado una tormenta. Solo logró dormir cuando se concentró en la decisión de partir.
Comenzó a soñar con esa melodía que ya le resultaba familiar: “Tarán... pa (silencio), tarán... pa (silencio)”, mientras continuaba sonando, volvió a ver en un cielo azul sin estrellas al gran dragón en el que se había transformado hacía dos días. La música se aceleraba y luego se interrumpía con un sonido metálico, como siempre. En ese momento, la silueta del gran animal oscuro abrió decenas de ojos de diamante repartidos en su cuerpo, estuvo así mirándola unos segundos y desapareció. Ella supuso que el sueño iba a continuar como de costumbre con algo increíble, después de ese ruido a interruptor o algo así. Pero no. El argumento se puso mucho más realista de lo habitual. Se proyectó en su mente, como en una gran pantalla, una imagen de la calle y la casucha que ocuparon con su padre hacía unos 5 años. Castañares y Mariano Acosta, Bajo Flores. Caminaba como si estuviera despierta, viendo y sintiendo su cuerpo acercarse a las maderas de la entrada. Entonces, se desencadenó una intensa lluvia. Distinguió en el pasto objetos suyos que se mojaban formando pequeños montones, sus cosas más queridas, revueltas entre el barro y la mugre. Se agachó para observar su foto de séptimo grado. El día que se la regalaron fue el acto de fin de curso. La directora la llamó aparte, le contó que estaba muy satisfecha de la alumna en la que se había convertido y se la dio. Veía las caras ordenadas en dos filas de todos sus compañeros con claridad en la fotografía: Betina, que al final se hizo más amiga aunque las diferencias nunca desaparecían del todo; Mariela, que a veces la trataba con calidez copiando descaradamente a Betina; Roxana, que siempre tenía las manos frías y seguía a las dos anteriores; Sebastián, al que todos trataban como a un príncipe, sus escuderos: Sergio, el alto, Adrián, el canchero, y los demás. Al costado del grupo, Raquel, la maestra que orgullosa colgaba sus trabajos y Liliana, la portera, también sonreían.
La señora Lili, como la llamaban, sabía cómo preferían la merienda cada uno de los casi 300 chicos de la escuela. Le guardaba a Mara paquetitos con viandas. Muchas veces, sobre todo los fines de semana, esos paquetes fueron lo único que había para comer. Unos días antes de la ceremonia de despedida, le obsequió una remera con el hada Campanita y un par de hebillas con unas estrellas plateadas. Todo eso estaba arruinándose. A pesar de que el chaparrón la empapaba totalmente, su cuerpo hervía.
“No, papá, no”, dijo y cerró los ojos afiebrados.
Los abrió en otro escenario de su pasado. 1983. En el galpón que él cuidaba frente a las montañas de basura más enormes que vio jamás. Jugando con unas bolsas de polietileno gris, lo escuchó repitiendo indiferente “No seas tonta, es muy común. Muy común”, mientras anudaba el plástico oscuro en el que algo de cierto peso aún se movía.
Capítulo 4
Como decía la canción, el chaperío estaba inmóvil. La prefabricada destruida donde vivía se apoyaba muy oblicua en La Nave del Olvido, un boliche del Bajo Flores. Era el 4 de agosto de 1992.
La Nave del Olvido. Mara reiteró el nombre torciendo los labios apretados por la ironía y pensó en su padre. Miró alrededor y se levantó. No quiso que la contagie la madera vencida de la casa. Calentó un mate cocido.
Creyó que Emilio no tuvo la reacción del otro día por lo de la basura, ni por nada de lo que ella hizo o no hizo. Nada de eso. No fue por la manía de los muñequitos de cartón, ni por coleccionar palabras y escribirlas en las paredes, ni por ninguna de sus “rarezas”. Hasta permanecer en silencio, querer estudiar o que los gatos la sigan... todo le molestaba. Entonces en el fondo era otra cosa...
Admitió ser un poco “rara”, pero fue entendiendo que lo de él era una especie de revancha. Estaba grande y ya no la dominaba. Frustración. Bronca por no haber podido salir de la miseria, ni haber podido sacársela de adentro. Culpa. Ganas de regresar a Santiago y postergarlo siempre. El embarazo de Marcela... quizá todo. Su padre era alguien sin retorno. Porque antes que nada se llenaba de alcohol... en fin... elementos que empeoraran las cosas no faltaban. Pensó y volvió a torcer la boca.
Descolgó el colador tomando una taza. Era temprano. Aunque este año decidió no ir a la escuela, el hábito de levantarse a la mañana le servía para buscar trabajo o alguna changa, y la salvaba de ese círculo enfermo.
Dudó de si haber dejado de estudiar fue una buena idea. El trato de su papá siguió empeorando y conseguir plata se convirtió en su obligación.
“Si tuviera a mi mamá, ella me habría ayudado a estudiar. Estoy segura de que le hubiera gustado. A la edad en que a otras chicas les prometen fiestas, paseos, regalos, a mí me empujan a la nada... ¿Por qué no estás, mamá? ¿Qué te pasó? ¿Por qué alguna gente se muere y otra no? ¿Y si me voy yo?... Sería fácil. Irme en la nave del olvido. La nave de la nada... Basta”. Se detuvo.
Aunque le dolió haber visto su vida en la mugre, se apartó de la cocina caminando hacia la mesa. El calor del jarro de chapa la sacó del empantanamiento. Con la mano libre intentó relajar el cuello. Las que continuaban allí también, más persistentes que sus recuerdos, sus preguntas o sus sueños, eran las cicatrices de su tatuaje. Ese dibujo que llevaba desde no sabía cuándo cruzando su espalda del lado izquierdo de la cintura al omóplato derecho. Tocarlo era como asegurarse de ser quien era, por lo menos eso. No sabía cómo se lo hicieron, ni por qué. Su papá seguía sin responder.
Acercó una silla y se sentó cerrando los ojos. Nuevamente en su cabeza, apareció la enorme bestia de la visión de su distanciamiento. Por un instante dejó de respirar. Cayó en cuenta de la similitud entre ambas imágenes. La que cargó siempre en la espalda y la que se elevó en su mente con una gigantesca figura sobre un fondo rojo... La que se adelantaba en los sueños, la que impedía que su padre se le tirara encima.
Escuchó los apagados ronquidos de Marcela que dormía. Emilio no estaba. Tal vez en la panadería necesitaban una mano. La esposa del panadero la trataba bien. Las veces que trabajó para ella pararon para comer y le pagó como correspondía. Usaba aros finitos, circulares y un pañuelo de colores para sostenerse el cabello. Un amor.
Marcela no era así, ni un poco. Mezquina y quedada. Su perfil, un conjunto hinchado de curvas, se acomodó en la oscuridad.
No le tomó una hora juntar su ropa y borrar las marcas que había hecho en las paredes. Decidió deshacerse de lo que no iba a llevar usando unas bolsas negras... Tenía que esforzarse por apartar las señales que los sueños le sembraban a cada paso.
Exclusivamente le interesó conservar la guía de calles, un viejo diccionario y una mínima libreta morada, que compró para liberar un poco sus pensamientos de la tensión de esos días. Las tapas daban la impresión de ser la piel de un reptil. El primer dibujo que hizo fue una mujer sentada junto a un gato.
Recogió las últimas figuritas de cartón. Mezcló la frazada que usaba con el resto de trapos y cajas que hacían de ropero, nada de allí estaba usualmente ordenado. Nadie podía asegurar que alguien armaba su cama en ese rincón. Se abrigó y salió, llevándose todo lo que iba a tirar y la pequeña libreta. De algún modo el dibujo que hizo la tranquilizó bastante.
Capítulo 5
Le gustaba caminar. El frío le ardió en la cara. Se apuró, largando el aire a chorros, fabricando columnas de vapor más o menos altas. Las atravesaba con determinación, animándose. “Allá voy, futuro. Mirá lo que te hago”, decía. Pegó una vuelta por Castañares y Mariano Acosta, donde estaba la casucha del sueño. Respiró con algo de esfuerzo y avanzó. Allí vivieron con su papá por el 86. Un precario monoambiente de madera, cartón y chapa. Pocos metros cuadrados, piso de tierra, sin baño. Lo compartieron con otra de sus novias... Mabel, la paraguaya. Le caía bien esa mujer que le arreglaba el pelo y le contaba historias. Una de las paredes de la casilla era un chapón con un afiche pegado de La historia oficial. Mara nunca había ido al cine, pero Mabel le contó con tanta admiración que esa película ganó un premio muy importante que le dio curiosidad. Se prometió que si su suerte cambiaba iría a verla. “Oficial, rima con legal”, pensó. Desde que a su padre se le escapó lo de Silvia, “vos pará de joder o vas a terminar de puta como tu tía Silvia”, que la obsesionó la idea de sacarle los documentos. Los necesitaría para huir. Emilio siempre se los ocultaba y se ponía nervioso cuando los tenía que mostrar, sobre todo a la policía. Varias veces les pasó cirujeando. Cómo le cambiaba la cara. Escondía rápidamente su temperamento bajo un silencio que lo dejaba jorobado.
Recordó que cuando vivían con Mabel peleaba solo si tomaba mucho y no parecía quebrado, tampoco daba la impresión de odiarla todo el tiempo. Aunque dejaron de frecuentar conocidos y amistades por esos enfrentamientos inútiles.
En esa época Mara insistía en preguntar por su mamá. Él lograba esquivarla con facilidad, pero se irritaba cada vez más ante su perseverancia.
“Ustedes son mis mujeres ahora. ¿Entendés? No hay otras... Cuando yo me pongo malo, me traés un vaso, me das un besito y se nos acaban los problemas... No hace falta nada más”, dicho esto le palmeaba el culo y la empujaba, alejándola.
Dio vuelta la esquina y descubrió una fogata, observó a las personas que se calentaban quemando basura, se inclinó levemente a modo de saludo, se aproximó sin detenerse y tiró las bolsas al fuego. Creyó ver algunas siluetas de cartón achicharrarse con las llamas...
Deseó destruir su indefensión y su impotencia, quemarlas... y lo hubiera hecho. Las encerró adentro de ella haciendo una mueca de dolor que le deformó un instante el rostro.
Recordó el primer año en la escuela nueva. La secundaria. No logró acostumbrarse. Solo la profesora de Literatura se interesó por ella. No se acordaba el nombre... lástima...
Le dejó a una pibita que andaba por ahí su remera de hada y encaró para la panadería. Enfiló por Acosta y Riestra, pasando por la entrada del galpón que le cedieron a su papá para cuidar y hacerse una ranchada. Recién habían llegado de Santiago del Estero, en 1982 mientras él batallaba su propia guerra. A los seis años presenció la construcción de una plaza sobre el basural más enorme que jamás haya visto... Ahí, aparte de la suciedad, en una valija azul destartalada, debajo de una montaña de escombros que se desmoronaron no bien ella se corrió, descubrió un diccionario: Norma. Le encantaba que tuviese nombre de mujer... tal vez fuese una señal, tal vez fuese el nombre de su madre. Lo guardó desde entonces. “Quiero escribir palabras largas”, le dijo a Emilio con el diccionario en la mano. “Como tu mamá. Ella estudiaba mucho. ¿Sabés?”. Y nunca logró que contara nada más sobre ella.
Capítulo 6
Acarició el papel y miró a su abuela en la huerta. La máquina de coser que le servía de escritorio estaba ubicada delante del gran ventanal frente al terreno en la parte trasera de la propiedad. Ahí prefería sentarse Lucía a escribir, en la auténtica Singer peronista. Extendió la mano comprobando lo frío que estaba el vidrio. El ambiente olía a tierra mojada. Al fondo veía la pileta como un brillo fino que la silueta oscura de la mujer cortaba a la mitad. Toda vestida de negro tocaba las plantas y removía las matas de pasto en los surcos seleccionando algunas hortalizas para la cena. Sus botas de hule hasta el tobillo, el borde apenas visible de la enagua, la falda un par de centímetros por debajo de las rodillas, el saco de lana abotonado, la camisa, y el pelo blanco recogido en un rodete bajo. Toda ella era la postal viviente de su niñez. La imagen de su abuela lograba un indiscutible retrato de bruja, rematado con sus ojos verdes brillando a la distancia, a pesar de la sombra de la capelina negra que le llegaba hasta los pómulos.
Necesitaba saber más sobre brujería. El tema le resultaba misterioso y familiar a la vez. Por muchas razones lo vinculaba con ellas, con su abuela principalmente, pero también con su madre y su tía. Y justo en ese momento, a los dieciséis, se imaginó un futuro lleno de hallazgos e investigaciones trascendentes. Se imaginó alcanzando con honor un lugar en su linaje de mujeres sabias y poderosas. Porque así las veía.
Se inclinó apoyando el mentón sobre las manos encimadas que descansaban en la tapa de la Singer. Otro domingo en Longchamps. El tiempo en la quinta era de una consistencia plástica y generosa, que duraba lo que una quisiera. Sonrió con el libro abierto. Siempre había un rato para leer otro párrafo. Se masajeó los párpados y luego se acercó los anteojos. El segundo sexo era su lectura ineludible desde que Alejandra se lo dio contándole que fue una especie de biblia del feminismo en su época. A los 18 años lo hizo circular como diario de cursada. A Simone de Beauvoir le iban muy bien los debates armados en sus páginas, y Lucía lo completaba con sus reflexiones en lápiz veinte años después, viajaba en el tiempo.
Por lo menos reconocía cuatro bandos, verde, rojo, negro y un misterioso azul del que no sabía casi nada. Su madre formaba parte de los rojos e inauguró la crónica en 1968. En la página 589 Ana, usando el verde (los lideraba) en tono tranquilo, planteaba lo siguiente:
“¿Por qué la mujer no iba a estar sujeta a la angustia por la finitud y la insignificancia humanas? La mujer-parásito refleja el carácter parasitario y patético de las comunidades a las que pertenece”...
Continuaba en negro el padre de Lucía, fallecido muy joven, al que no llegó a conocer. Rafael, amigo de la que sería su esposa y de la tía Ana. Era muy fácil de reconocer por su humor... le seguía el planteo con un “querida gusAna”.
Más tarde leyó lo que el extraño de azul escribió como respuesta a ambos:
“Sean los unos o las otras, la travesía se da por el mismo valle de sombras (salmos 23:04). La cuestión desde mi punto de vista es creer que la tierra es un oscuro lugar de sufrimientos”.
Lucía concluyó en que la letra era la misma que citaba eso del martillo de las brujas y la soledad de ciertas iniciadas. Apretó la pequeña bolsa de terciopelo púrpura junto al libro. Su abuela ponía una abajo de cada almohada para perfumar. Percibió claramente el olor a lavanda.
Se quedó pensando en la “o” de solo, en la respuesta de su madre durante el viaje el sábado anterior y en su propia soledad. Lucía era fuerte, pero a veces la soledad le dolía de cualquier modo. Esa sensación persistente había motivado que le contara a su mamá. “A veces todos mis compañeros se alejan y no me gusta. No sé cómo hacer para acercarme”. Ella le contestó: “Uno de los aprendizajes más importantes y difíciles de estar vivo es aprender a estar solo”, con un silencio de unos segundos subrayó su respuesta.
El libro había empezado a cambiar las cosas entre su madre y ella.
Escuchando que el lápiz rascaba la página 138, escribió los nombres de Nadia Comaneci, Margaret Thatcher y Khieu Ponnary del régimen camboyano, al lado de los de Diego Armando Maradona, Henry Kissinger y Augusto Pinochet. Se levantó y buscó a María en la cocina.
Capítulo 7
Ya a cien metros Mara olió el pan y adivinó que el horno estaba funcionando. Beatriz, la panadera, la recibió con unas palmaditas en los hombros que también le aflojaron la frente.
Con una actitud muy dispuesta limpió un depósito grande y armó los pedidos que repartían a tres locales más. Trabajó duro, hasta sacó las hojas acumuladas en un techo de la parte más vieja de la edificación.
Como era liviana y ágil, se subió sin dificultad. Quedó inmóvil observando a por lo menos quince gatos que la miraban como estatuas. Permanecieron así unos segundos y saltando en todas direcciones, huyeron. Entonces se animó cautelosamente a avanzar ordenando los materiales tirados alrededor.
Por fin, al ir acomodando las cosas que tapaban la entrada pudo acceder al cuartito delante del que habían hecho ronda los animales. Al mover una chapa y una cantidad de cajones encontró dos crías sobre un pedazo de goma espuma. Eran tan pequeñas que casi no se movían. Las acomodó lo mejor que pudo sin tocarlas demasiado, arreglándoles los objetos que estaban cerca a modo de nido y asegurándose de que no fueran aplastadas por ningún derrumbe. Le pareció que no eran animales normales. El blanco con una mancha negra en la cabeza en forma de corona tenía la trompa exageradamente achatada y el otro, uno negro, un rabito excesivamente corto en vez de cola. Bajó de un salto desde la pared más despejada, con la imagen de los dos bultitos “raros” en la mente.
Pensó que su mamá se habría sentido orgullosa de su actitud. Jamás hubiese usado bolsas, jamás. Apartó el recuerdo de su mente. Una gran hembra azul de tan oscura, disimulada en un rincón le clavaba sus tremendos ojos verdes... “¿Decís que mi mamá puede estar tan cerca de mí, como vos de tus cachorros?... Ojalá”.
Afortunadamente a Beatriz le gustaban los gatos. Decidieron dejarle comida a la madre y se despidieron con un abrazo.
Regresaba cansada, pero feliz. Tocar su dinero en el bolsillo le aumentaba la sensación de incipiente seguridad en sí misma. A medida que caminaba hacia su casa sintió cómo el pecho se le contraía. Trató de aferrar un poco de ese gusto que había sentido y se imaginó una especie de laberinto interno, para guardarlo y dejarlo seguro.
Callada y tensa entró en la prefabricada. Marcela con gesto zombi ni se inmutó sentada adelante de la tele. Tomaba mate. Emilio revolvía todo con una alteración creciente. Quería seguir tomando y necesitaba efectivo. Mara tuvo la intención de salir corriendo, pero no lo hizo. Se quedó mirándolo con los ojos negros muy abiertos, suspendida como los gatos. “Hola, diablito lindo. ¿Trajiste algo de plata?”, le preguntó arrinconándola más. Mara se desesperó al ver unas hojas de su diccionario desparramadas en el piso. “Dale, que el papi necesita...”, insistió. “Dame”. Ella se agachó con la intención de recomponer su libro. Sintió que se prendía fuego, no tuvo tiempo de darse cuenta de que lloraba. Él la empezó a toquetear buscando billetes. Ella se quiso zafar y lo empujó. “Ah... pero qué hija de puta. Egoísta. ¡¿La querés toda para vos, eh?! ¡Entregá, boluda! ¡Te voy a hacer cruzar el Riachuelo de una patada, inútil! ¡De puta vas a trabajar, como tu tía! ¡Vas a ver si te hacés la mala!”. La agarró del pelo y le golpeó la cabeza. Ella respiró como pudo y sostuvo con fuerza la nuca para no desmayarse.
En una fracción de segundo entendió que, si lograba aprovechar la situación, su viejo terminaría por irse de boca. “Tengo que aguantar, tengo que aguantar”, se repetía.
La tormenta que estaba esperando era esta y así comenzaba.
Capítulo 8
Ahora podía buscar a Silvia que vivía cruzando el puente. Tan cerca. En un prostíbulo que se llamaba Insomnio. Por fin tenía un destino. La información que había soltado Emilio costó mucho, pero le señalaba un lugar para no huir a la nada. Intentó incorporarse y un dolor agudo le irradió la cabeza. Se palpó una costra de sangre en la mejilla derecha. La desanimó no poder caminar. De la nave del olvido venía una música, aunque sonaba triste la reconfortó. “Canción de amor para un vampiro”. Se quedó quieta y empezó a llorar. Estuvo así un rato hasta que se durmió...
Soñó con una mujer que la saludaba parada frente a su casa, mucho más oblicua de lo normal. Se fue acercando lentamente porque en la puerta y en la ventana vio revolverse una lúgubre niebla gris que le impedía ver en el interior. La mujer que la saludaba era extraña, porque su rostro no se definía durante el sueño, oscilaba entre ser familiar, desconocido y borrarse. Tenía el aspecto de pertenecer a una “alta” nobleza antigua. Cuanto más increíble le resultaba a Mara, más su ropa “de reina” se malograba. Hubiese deseado que fuese su madre, pero no, al final, reconoció el rostro y la apariencia de Beatriz. Aunque su cara continuaba sin definirse del todo.
Este personaje esperó a tenerla cerca para tomarla de la mano por sorpresa y metérsela hasta los codos en la oscuridad que se arremolinaba. Palparon algo vivo que a Mara le produjo una sensación nauseabunda. De a poco el efecto fue transformándose en lo que se siente al tocar el lomo de una enorme bestia, el abdomen de un caballo muy grande o algo así. Después de que se preguntó si sería la panza de su dragón, la superficie cedió y se redondeó, tomando la forma de dos cuerpos muy pequeños que entraban en sus manos. Las retiraron de esa nube grisácea sosteniendo a los dos gatos, esos que había acomodado en el techo de la panadería. El negrito tenía dos colas, y el blanco un enorme tercer ojo en la frente de su cara achatada.
Miró el rostro de Beatriz que le mostró unos fieros colmillos en una sonrisa humeante. Daba la impresión de estar esperando para levantar vuelo. En su espalda se abrieron un par de extraordinarias alas escamosas. Recién cuando Mara aceptó mentalmente emprender el viaje que este ser sobrenatural parecía proponerle, la rodeó con un brazo y se alejaron volando, llevándose a los misteriosos gatos con ellas.
Se despertó. Si bien estaba dolorida pudo caminar despacio hasta el baño. Estuvo segura de que la música, el sueño y el tatuaje la habían ayudado a recuperarse un poco.
Marcela avanzó hacia ella observándola, se detuvo en el marco de la puerta apoyando su voluminosa panza y le dijo:
—Ah, estás viva vos. Otra vez como esta y me hacen parir acá mismo... −Mara la miró indignada−. Sí, dale. Seguí con esas miraditas... no sé quién te creés que sos. Dale. Ya sabemos cómo vas a terminar. −Mara tomó aire y le contestó temblando:
—¡¿Qué decís?!¡¿No ves que casi me mata?! Mi viejo está enfermo, y me dio para que tenga y reparta.
—Sos terca, ¿eh? La paliza no te sirvió para nada. ¿No te das cuenta de que tenés que aprender a hacer lo que te dicen y cerrar la boca?
—Dejame sola... ¿Justo hoy te ponés a charlar?
—¡Qué desagradecida! Nosotros te damos un lugar para vivir, te cuidamos... ¿y vos, cómo nos pagás? Yo sabía, sos mala. −Dejó salir la palabra como si su lengua fuera un aguijón−. Por eso te hicieron esa marca... pero no hay cura para bichos como vos.
Por lo general Marcela no le hablaba. Tal vez realmente pensó que estaba muerta.
—Tu viejo tiene razón... Diablo.
Capítulo 9
Los dos camioneros charlaban juntando objetos para encender un fuego. “Y... vos ¡¿qué podés hacer?! Callarte, negro... ¡¿Quién te quiere escuchar?! Somos ignorantes nosotros, nadie”. “No soy negro, che, no confundas. Soy marronazo. Más bien indio-feo”... Se reían. Estaba oscuro de ese lado de los altos acoplados y había una leve niebla. No hacía tanto la zona fue un extenso pajonal poblado de ranas que se empantanaba, era normal que estuviese muy húmedo. Cuatro arbolitos raquíticos decoraban la esquina. Se escuchaba llegar apagado el rumor de Escalada. A ninguno de los dos hombres se les veía la cara, sus voces sonaban alegres y tanteaban el pasto de a ratos para hallar con qué alimentar la quema.
Cuando Mara se acercó siguieron divirtiéndose con sus ocurrencias, pero bajando la voz hasta que se animaron a preguntarle, para que no se sintiera incómoda (cortesía de gente del interior), si tenía frío, si andaba sola. Iban midiendo sus respuestas con la intención de no molestarla. Uno debía andar por los cincuenta, el otro era bastante más joven.
Mara se arrimó hasta llegar bien cerca de la pequeña fogata y se sentó. El cansancio le tironeó de las piernas doblándole las rodillas. Anduvo todo el día, estaba transpirada y le latía la frente del lado en que Emilio la golpeó.
Se quedó mirando las llamas que la fascinaron y recordó el momento justo en que dejó su casa. Serían la una o las dos de la tarde. Desde la nave del olvido se escuchaba “Under Pressure”, aunque ella no lo sabía en ese momento, iba a recordar esa melodía cuando ya no fuese la misma.
Enfrente, la hoguera hacía volar incandescencias que se retorcían dando mínimos latigazos. Las lágrimas le brotaron del pecho, raíz, tallo y flor, rodaban una tras otra enredándose. Se le juntaban en la nariz y le molestaban para respirar. Tragó varios sollozos. Uno de los hombres le alcanzó un pañuelo. Ni quería asomarse al miedo que se le insinuaba. Se concentró en la paz y en la esperanza que le transmitía la voz del fuego y su tatuaje, el poder del cielo vibrante en las alas de “su” dragón. Cada vez más un escudo protector que le cubría la espalda. Un dibujo feroz mezcla de lobo y reptil alado en el que abajo señalaba una fecha en números romanos y un nombre.
Volvió de sus pensamientos y se encontró con el brillo de unos ojos. Sus acompañantes la observaban detenidos, atentos y callados.
Se dio cuenta de su silencio y de la actitud de trastorno que debía transmitir, por lo que agradeció un vaso de agua que compartieron con ella, pidió otro más, por favor, gracias, y les dijo:
—Trato de encontrar un bar de por acá, parece que está abierto toda la noche. Tengo una tía que trabaja ahí.
Había recorrido desde Lanús hasta Puente Alsina sin suerte. Bajó por Pavón ubicando 17 boliches y bares. Más de la mitad estaban cerrados. Y justo a la hora que abrían no le quedaba resto para un paso más. Pensaba en eso cuando el joven le propuso:
—Yo te llevo. Por acá hay. A la vuelta uno y a un par de cuadras, otro. No sé los nombres.
Le contaron que esperaban una carga nueva para el camión.
—Manejamos seiscientos kilómetros, necesitamos descansar. Nos va a venir bien acompañarte. A él le gusta bailar, pero es temprano todavía para ir. Descansá si querés, en un rato salimos. Me llamo Ismael, y el viejo feo: Hipólito −agregó. Mara se acomodó junto a uno de los árboles flaquitos. Se quedó dormida y tuvo otro de sus sueños...
Capítulo 10
Unas aves negras cruzaron el cielo rojo. Tenían caras humanas que no logró distinguir. Mara se vio a sí misma dormir enroscada como un perro o un gato. Despertó en el sueño dentro de un hueco poco profundo en el piso de tierra de un descampado. Reconoció el lugar, un terreno baldío en el que se escondía a jugar cuando llegaron con Emilio de Santiago, cerca del cementerio de Flores. Era una fría noche neblinosa. Parecía una niña de cuatro o cinco años. Sintió el olor a sudor en la gastada ropa que llevaba puesta. Hubiese preferido ir desnuda. Escuchó un tiroteo y ruidos de un operativo policial. Observó alarmada la esquina del paredón del que vinieron los estruendos y los gritos. Se paró, pero agachada y se dio cuenta de que tenía diez años de golpe... “¿Cómo se llamaba el cuento en el que a una niña le pasaba eso de achicarse y agrandarse? Alicia... en el país de la maravillas. Mara-villa”.
Después de unos segundos de silencio se escuchó, más lejano, el llanto de un bebé. Llevaba las zapatillas de su padre, viejas y destrozadas. Decidió avanzar hasta un grupo de árboles alejados unos veinte metros. Para seguir se sacó las zapatillas, aunque el pasto estaba alto y había escombros. Inmediatamente los pies le crecieron. Al retomar el avance se dio cuenta de que la ciudad se transformó en monte. Sintió un espeso olor a planta. Se movió con sigilo. Otra vez escuchó el llanto del niño, pero más próximo. Luego se sumaron los insultos de una mujer a los gritos, el sonido metálico y esa melodía que ya escuchó soñando otras veces. Siguió adelante, aunque su curiosidad estaba helada de espanto.
Detrás de una arboleda distinguió un rancho, los alaridos y la música provenían de allí. Al lado de la edificación había una especie de quincho, una camioneta, y un perro grande entretenido con algo del piso. Con mucha cautela se aproximó hasta apoyarse en una de las paredes, la ventana de ese lado estaba tabicada. Percibió en la superficie una grasitud pegajosa que la asqueó. Adentro unos hombres hablaban y la mujer que gritaba se lamentaba dolorida. El perro comenzó a ladrar. Uno o todos los registros de alarma que tuvo detonaron. Salió corriendo con desesperación.
Se detuvo agitada. Agudizó el oído para captar si la seguían. Las mangas de la ropa le apretaron los brazos. Como si su cuerpo hubiese crecido y las mangas la ciñeran demasiado. Entre los ladridos sonaron voces y disparos viniendo de la ranchada. Apareció detrás de unos troncos cruzados un niño como de seis años, moreno, con la cara paralizada del terror, que al ver a Mara pegó media vuelta y escapó. Su espalda estaba ensangrentada. Entonces apareció el gran perro que la acechó mostrándole los dientes.
Le tocaron el brazo. Ismael se arrimó para despertarla.
—¿Estás bien?
Recordó la boca caliente del perro, el rancho, la partida, su búsqueda. Apoyó las dos manos en el suelo, respiró y tomó envión para acompañarlos. Los hombres le convidaron mate. La habían abrigado con una frazada. Tambaleó y se afirmó.
—Me llamo Mara, creo que no les dije.
El Sr. Indio hizo un gesto de estar listo. Estaba prolijamente peinado y vestido. Olía a perfume. Confió en él naturalmente. Pensó en la suerte de su padre, y en su figura maltrecha. Un algo se movió en su interior tironeándole el pecho, duro como una cadena que arrastró una sensación oxidada.
Ismael era bastante más alto que Hipólito. Aunque también se arregló para ir al boliche, llevaba una remera negra de Los Redondos, jean y alpargatas. Tarareaba una canción mientras acomodaba cosas en la baulera de la cabina.
—Una tipa rapaz como te gusta a vos, no es sincera pero te gusta oírla... −Cuando se estiró para empujar unos bultos, Mara apreció su cintura flaca, las costillas, y se dejó llevar los ojos por el brillo de la piel en la penumbra. Algo de su mirada quedó adherida al cuerpo del tipo.
Capítulo 11
A veces daba la impresión de ser alguien empequeñecido , débil y desamparado, pero Lucía ya le anticipaba los trucos. Quizá en algún momento lo fue, pero ya no, nunca más. “Sos frágil solo como estrategia para acercarte lo suficiente a tu presa, a tu rival, o a tu objetivo. Sos mi abuela-ninja”, reflexionó mientras caminaba hacia ella. A pesar de su silencio concentrado la abrazó y le dio un beso en la mejilla. Le estaba agradeciendo de antemano que hiciese su plato preferido: varénikes con crema y pastel de manzana. “Será que la comida es una manera de mostrar amor ¿Cuántos sabores habrá en el mundo hechos para acariciar el alma de la gente, para darle ánimo?”, pensó.
El aroma de la canela inundó la gran cocina. Lucía prendió la radio, su abuela frunció un poco el ceño, pero continuó picando albahaca y ajo. Le había dejado claro en varias oportunidades que no le gustaba la música. Carbonizó la piel de un par de morrones y los cortó en tiritas agregándoselas a la salsa. Se permitía variaciones criollas de la receta. En Eslovaquia no se conseguían de ese tamaño y de ese rojo encendido... aunque, si estuvieran allá, por su nieta los hubiera hecho aparecer. Otro truco suyo.
Empezó a sonar “Rhapsody in blue” de George Gershwin. Los dioses las premiaban poniéndoles frutillas en los oídos. La escena de las dos compartiendo ese momento se volvió mágica. Lucía sabía que no era sencillo convencer a María Doholov para sacarle fotos, así que no lo intentó, le bastó registrarla en su mente con el mayor detalle posible y ponerse a bailar. La abuela sonrió contemplando la gracia de Lucía que cada tanto le tironeaba el delantal. Pasó algo más de una hora y cenaron.
Antes de acostarse miró un poco Tato Bores. Le gustaban esos monólogos vertiginosos, aunque no los entendía completamente. Con el investigador de un futuro ruinoso de la Argentina se reía fuerte.
A María la llamaron de la casa de al lado. Tardó un rato en volver. Cuando lo hizo, guardó el centímetro en el costurero y le contó que el hijo mayor de la vecina estaba descompuesto. Le curó el empacho y el mal de ojo. Ezequiel. Ese buen partido. Su defecto principal: querer una buena chica... para Lucía “esto-recién-empieza”, ser una buena chica no era suficiente. Resultado: escuchar sin escuchar evitando que la abuela se diera cuenta.
En el hermoso sillón verde ojeó una National Geographic, casualmente del año de su nacimiento, 1975. Las coleccionaban. Leyó de la editorial: “Seguiremos viajando por el mundo libre de ideologías”... Se preguntó qué podía significar aquella frase. “¿Por qué alguien consideraría valioso ir libre de ideologías? ¿Es posible sacárselas de encima, de adentro? ¿Una idea, un conjunto de ideas, una compleja red de ideas sobre la sociedad, es una ideología? ¿Desde cuándo? ¿Dónde se guarda?... Uff... una más ¿Qué consecuencias traería extirpar a alguien SU ideología?” Ese órgano. La frase seguramente se refería al orden político del mundo, peor. La cosa se complicaba más. En fin, aceptaba ir con una especie de pesado edificio inmaterial en su cabeza.
Recordó una frase de su tía Ana (verde, sencilla y paradojal): “Hay que saber andar perdida”. Fue a buscar El segundo sexo al escritorio que se armaba en la Singer. Le costó un minuto dar con la página 241: “Hallar las respuestas dejando que solas encuentren las salidas del laberinto. Por eso hay que saber andar perdida”. Su papá en negro escribió en el margen de la página siguiente: “Futuro poblado de tinieblas, de oscuras buenas intenciones”. Abajo, Alejandra en rojo agregaba: “La oscuridad tiene que ver con una concepción equivocada, como mínimo retrógrada del sexo... ¿Es posible vivir la sexualidad de manera menos negativa? Es posible”.
Sonrió satisfecha, su mente tenía qué pensar.
Cepilló sus dientes imaginando que cada una lleva su propio edificio invisible sobre la cabeza. El de ella era una mezcla de una construcción viejísima con formas muy nuevas y pesaba.
Se fue a dormir y al pasar miró a su abuela peinarse tranquilamente frente al espejo sus cuarenta centímetros de pelo plateado. Reconoció el tatuaje en su espalda del que solo se veía una porción de cabeza y de ala. Fantaseó con el aspecto que tendría la torre en el cráneo de María.
Ya metida en la cama tuvo que moverse con frenesí para calentar las sábanas. Escuchó casi dormida el rumor de los árboles que susurraban algo de “prepararse”.
Capítulo 12
Los acompañaba algo retrasada. Varias veces se detuvieron para dejarla recuperarse. Continuaron avanzando en silencio por la vereda poco iluminada hasta que el Indio se puso a hablar de lo pintón que se veía con esas pilchas, Ismael se reía con ganas. En adelante intercambiaron una serie de comentarios criticándose mutuamente. Mara recordaría la situación con cariño cuando ya no fuese la misma.
Tomando la tercera esquina, a mitad de cuadra, le señalaron el primer local. Se lo distinguía de los otros frentes por una lamparita roja que iluminaba una de las angostas y desgastadas puertas. Los tres entraron siguiendo a la enorme morocha que les abrió. Los condujo por un extenso pasillo atravesando un patio, al interior del último PH devenido en bailable.
Adentro del departamento estaba casi tan oscuro como la calle, a no ser por los destellos de unas guirnaldas navideñas. Todo el resto del decorado lo constituían unos ramos de flores artificiales a los costados de unos parlantes sobre las paredes, y un espejo manchado con un marco antiguo que contrastaba con las tres mesas y sus sillas de caño. Los manteles de hule floreados reflejaban las luces titilantes. Al fondo del ambiente había una pequeña barra, con otra puerta abierta fuente de una luz más intensa.
Comenzó a escucharse “Quién puede detener la lluvia”. Esperaron a que la mujer trajera una cerveza que podría haber sacado de su escote. De la parte inferior del mostrador, tomó un canastito con maní y lo dejó con la botella. Se quedó muy cerca de Hipólito que arrancó:
—Cusco, lindura, esta hermanita nuestra está necesitando encontrarse con un familiar que trabaja la noche por acá...
—Señora, busco a mi tía que se llama Silvia y a un lugar que se llama Insomnio. −Mara miró fijamente la cara de su interlocutora y aunque pensó inmediatamente “sabe” esperó callada.
—Salen a Escalada, cruzan las vías por Palacios, siguen dos cuadras y giran a la derecha, hacia el río. Desde el puente se ve. El cartel es grande, cambió el nombre, antes se llamaba Abracadabra, ahora se llama como tú dices, Insomnio. Estos caballeros no lo conocen porque no son habitués. −La Cusco habló con Hipólito colgando de su cintura. Pegó la vuelta después de hacerle una seña y salió por el costado del mostrador. Él la imitó.
A Mara le pesaba la cabeza y el corazón le trotaba golpeándole el pecho, sintió los ojos de Ismael.
—Nos quedamos un rato, ¿no?
—Sí −contestó él, sirvió dos vasos y empezó a tararear “Todo un palo”, de Los Redondos, que comenzó a sonar:
“El futuro llegó hace rato
¡Todo un palo, ya lo ves!
Veámoslo un poco con tus ojos.
¡El futuro ya llegó!”.
Se miraron. Ninguno aflojó la vista.
—¿Y para qué buscás a tu tía? −preguntó Ismael.
—Porque necesito un lugar para vivir.
—Si fuera un boliche como este. ¿Te quedarías igual?
Mara se rio sin querer...
—Cualquier opción es mejor que el lugar de donde vengo. ¿Vos tenés familia? −La chica tragó un sorbo del suave líquido frío. Era la primera vez en su vida que tomaba alcohol. El cuerpo se le ablandaba. En ese instante supo con certeza qué clase de persona era Ismael... lo vio en su mente jugando con dos niños pequeños y un perro grande, en un amplio terreno verde. Sintió sed y pegó otro sorbo rápido.
—Mis viejos viven... −inició su respuesta, no terminó porque Mara le completó la frase.
—En el campo y tenés dos hermanos que querés más que a vos mismo −evidentemente relajarse le soltaba la lengua.
Ismael se apoyó en el respaldo y la observó sorprendido.
Mara levantó las cejas varias veces y también se reclinó hacia atrás. No terminaba de decidir de qué manera contarle su historia. Justo el “Indio feo” volvió escoltado por Cusco y los tres partieron al Insomnio.
Insomnio, parte II
Capítulo 13
Alguien repite “buscan a Silvia”. La mujer avanza entre las mesas ondulando la cadera con un tema que suena lento “Every rose has its thorn”. Les clava los ojos, sobre todo a Mara. Se dirige a los dos hombres con un par de ademanes amables y una sonrisa pidiéndoles que las dejen hablar solas. Se arrima a Mara y le susurra:
—Felicitaciones, nena, me encontraste.
Después de acomodarse una al lado de la otra, toma un poco de uno de los dos vasos que traía y agrega:
—Soy Silvia, pero acá me dicen La Lupe −la mira con asombro−. Nunca me imaginé que iba a ser tan fácil reconocer a alguien de la familia. −Se acerca todavía más balanceando la cabeza como si no creyera lo que ve, agita el líquido dentro de su vaso y deja el otro frente a Mara−. Sos igual a tu papá. Desde que me vine, no tengo muchas visitas de la familia. −Estira los labios rojos hacia adelante a la vez que alarga los brazos sobre la mesita sosteniendo su bebida−. A fin de cuentas es una ventaja, creeme que sí... pero no sé, ahora que te veo... −Le vuelve a fijar esos tremendos ojos negros y cambia de tema.
—¿No te dijo tu papá que somos un montón? −y se responde−. ¡Qué te va a decir ese, gracias que sabe hablar!... Y a mí con lo que me gusta usar la boca −explica riéndose−. Increíble lo diferente que se puede ser con un hermano. Siempre me gustó la gente que sabe hablar. Los que no esquivan ir directo al grano. Van y lo dicen bien. ¡Qué sé yo! Allá en Santiago todos me decían que hablaba demasiado, que era una lengua larga... boca sucia, y claro que era boca sucia... ¡¿Cómo no?! En ese pueblo de mierda... −Mara recorre la cara de su tía concentrada. Continúa sonando “Drive” de The Cars que las ayuda a no levantar la voz.
—Te vas a reír pero en este laburo ser bocona puede ser muy útil... −ante la expresión de Mara agrega−... Además, además, −y se vuelve a reír−. Es útil primero porque te podés defender y segundo porque si sabés chamuyarte a un tipo podés ganar más platita. Obvio que también ayudan unas buenas tetas, o una carita como la tuya... Sos linda, ¿eh? Una mezcla linda...
Mara se marea, pero intenta mostrar todo el interés posible. Silvia lo nota y quiere saber:
—Perdoname, a mí y a mi boca. ¿Cómo te llamás? No te pregunté... −Cuando escucha casi salta de la alegría−. ¿Mara?... ¿Maravilla? ¡Qué buen nombre! Alicia en el país de las maravillas... Es mi cuento favorito. ¡Es una señal! Me parece que este lugar conmigo es tú lugar.
Mara siente un pinchazo agudo en la cabeza y se toma la frente...
—¿No te sentís bien? −Le toca suavemente el hombro.
—Antes de buscarte tuve una pelea con mi viejo...
—... Y te pegó. Emilio sigue siendo un sorete. ¿Lo sabías? Claro... Sos dura si llegaste hasta acá. −La abraza unos segundos y luego le hace señas a una mujer que está ahí no más−. Una de las chicas te va acompañar a mi casa. Vivo arriba. Descansá todo lo que necesites. Allá... −apuntó con el mentón al techo— nadie te va a molestar. Después subo y seguimos charlando. Ahora descansá, descansá, mamita. −Le pasa la mano por la espalda con firmeza y la ayuda a pararse. La música cambia, rítmica y estridente “Roam”, de B-52’s. Con la piel manchada por las luces de colores se acercan las dos caminando despacio hasta un amplio dintel que da a una especie de vestíbulo. Rápidamente la sostiene “Pichí”, mano derecha de Silvia, es bajita, así que a Mara no le cuesta apoyarse.
Suben dos pisos por una escalera alfombrada. En el primero atraviesan una serie de pequeñas puertas numeradas a lo largo de un pasillo, en el fondo una escalera caracol. Suben y dan a un pequeño hall y luego a una habitación espaciosa donde Mara se siente tranquila al fin.
—Esa puerta antes del balcón es el baño, ¿querés? −Y lo señala.
—Sí, por favor −contesta Mara. La mujer redondita la acompaña y le abre la ducha. Deja un toallón y sale.
Mara observa el gran espejo de la pared hipnotizada por la lisa superficie brillante. No puede creer que en un baño haya tanta luz, tanto brillo, tanta limpieza y tanto espacio. El piso le parece hermoso, lo toca. Piensa que sería un buen lugar para festejar su cumpleaños de quince. Es la primera vez que se siente tan libre. “Tantotán”. Se sonríe mientras se desviste.
Capítulo 14
Mara se queda abajo de la lluvia caliente un rato. Observa la espuma, el vapor y los dibujos cambiantes que puede hacer con su pelo pegado a la cerámica clara de la pared. Está encantada con la sensación de la ducha y el brillo del agua. Es la primera vez en su vida que se baña con esa libertad. Se seca y entra en la habitación con una intensa necesidad de acostarse y encuentra a la mujercita esperándola al borde de la cama que le dice:
—Mirá, me llamo Pichí, acá a las chicas les enseño masajes. Si querés te hago un poquito. A la Lupe le pareció que por ahí te vienen bien... Vení. No tengas miedo. −Le hace un gesto con la mano golpeando el colchón. Mara se acerca segura de que el cambio que ha empezado también tiene que ver con este momento, con entregarse.
−Muy bien. Acostate acá, boca abajo. Ella se deja llevar, no tiene fuerzas para resistirse.
Lo último que escucha es un comentario lejano del tatuaje.
Durante el sueño se siente igual que si sobrevolara una colosal muñeca. Flotando sobre un inmenso laberinto de piezas que más o menos reconoce. En todas ellas se repite el símbolo, un dragón, mezcla de lobo y murciélago, los números romanos MDCXIV y el nombre “Csetje”, en distintos tamaños, muchísimas veces. Percibe una rara energía al acecho... mezcla de ansiedad, temor y enojo. “Una linda mezcla”. Escucha su ritmo respiratorio, hace circular ese aliento a través de todo el paisaje aun en los lugares más oscuros, animándolos. Libera oleadas de tensión. Sus músculos ceden y se relaja cada vez más profundamente. Al final, se observa a sí misma descansar en un capullo de suaves y luminosos tonos rosados.
La voz alegre de su tía la trae otra vez a tierra.
—¡Buen día, sobrina! ¡Qué bueno que te hayas despertado!... Dormiste un montón. ¿Cómo estás? ¿La cabeza? Preparé el desayuno... mejor dicho, almuerzo... bueno, merienda. −Silvia se pone su reloj pulsera. Está sentada al lado de Mara que recién abre un poco los ojos.
—Vino Luisa, una amiga enfermera de mucha confianza, y te revisó. Nos dejó más tranquilas a la Pichí y a mí, pero le tenemos que avisar que estás bien. −Se levanta a buscar su agenda. Va y viene vestida con una bata roja que le flamea por detrás igual que una bandera. Así continúa siendo hermosa, con sus ojos hinchados de la noche y el pelo a medio recoger. Mara, un poco aturdida, la sigue con la mirada y le sonríe, “parece la más puta de las campanitas”, piensa para sí. Alta sobre unas chinelas de pompón acomoda una pila de ropa y le pregunta:
—¿Cómo te fue con la Pichí...?, una genia, ¿viste? Es un avión la petisa. A mí también me enseñó −continúa−. nos conocimos trabajando en lo de otra amiga que te quiero presentar, Cusco.
—¿Cusco? −Mara levanta la cabeza sorprendida y repite señalando un gran tamaño con una mano levantada−. ¿Cusco? Ella nos guio a vos. Pasamos con los dos señores que venían conmigo por su casa antes de llegar acá.
—¡Esa bruja! Ella me cuidó cuando llegué de Santiago. ¿Sabés que nuestro pueblo se llama Matará? ¡Mamita! Yo no sabía nada de cómo vivir en la ciudad. Apenas el Bicho se enamoraba de tu mamá. Una gringa linda tu vieja. Yo la vi un par de veces en casa. Era maestra, muy jovencita. A ella yo le caía bien. No sé qué le agarró con Emilio. −La sensual campanita se queda mirando la pared sin darse cuenta del impacto que causan sus palabras, ante el silencio se aproxima, le acaricia la cara y la abraza.
—Es que no sé ni siquiera cómo se llamaba mi mamá. ¿Entendés?
Capítulo 15
Pasadas las siete del lunes 10 de agosto de 1992 el ambiente diluye sus contornos en sombras azuladas de frío. Mara se siente mucho mejor, pero algo nerviosa porque están por salir con la tía y no sabe cómo actuar. Hace mucho tiempo que no se siente tenida en cuenta, mucho menos protegida por alguien. Hace mucho tiempo-nunca. Que la inviten a pasear le resulta absolutamente desconocido e incomprensible... Así que se decide por la opción que le parece más razonable: copiar a su tía, quien está de buen humor constantemente. De a ratos Mara se observa y se marea. No puede creer lo feliz que se ve. Llega a convencerse de que su futuro va a ser diferente.
Salen en busca del lugar donde la Lupe merienda los lunes. Una esquina en la estación Lanús. En el camino Mara vuelve a preguntar por el nombre del pueblo del que venía la familia.
—Matará. ¿Podés creer? −le contesta Silvia y acto seguido le repite por décima vez la pregunta−. ¿Estás segura de que querés trabajar en el Insomnio? Mirá que conmigo te podés quedar igual. −Y Mara le da por décima primera vez su respuesta:
—Claro. Necesito trabajar. −Al principio a Lupe le pareció una idea estupenda, pero de a poco le entra miedo o algo, no sabe muy bien qué le entra, pero no puede parar de confirmar la decisión de su sobrina.
A Mara no la perturba tanto saber que va a estar con el “chongo capo” como mirar los ojos a su tía y pensar que si vieran a su madre podrían reconocerla.
La pizzería está llena. Una mesa se desocupa cerca de la pared del fondo junto a la gran ventana de la entrada a la izquierda. La gente pasa apurada y envuelta en sus abrigos. Mara inaugura el placer de observar sin sentirse amenazada.
No logra elegir nada del menú. Silvia pide un cortado y un café con leche con dos baybiscuit. Problema resuelto. Excelente.
Con los dedos flacos rompe las galletitas sumergiendo los pedazos en la taza que rebalsa. Se dedica a empujarlos hasta tocar la base, dejarlos salir y desarmarlos contra los bordes con la cucharita. Se imagina que son los pedazos de su antigua vida. Revuelve el líquido humeante y traga varios sorbos. Piensa que va quedando muy poco de la que fue. Este es un buen renacimiento.
Regresa al presente escuchando la charla de su tía que le cuenta sobre los hombres que trabajan allí. Se acuesta con tres de los ocho. Uno peludo y amargo. Que el problema de muchos hombres es el gusto y el olor. Literal. Algunos dan la impresión de estarse pudriendo. Que por eso las chicas del Insomnio se bañan tanto. Y son todas muy muy limpias. Ese otro, el gordito, siempre se anda quejando de la vaca de su mujer y del cajero, que tiene pinta de blindado, pero es un bombón de buen tipo con ella.
Mara le presta mucha atención y la observa tratando de aprenderse sus rasgos de memoria... Silvia está sentada bien derecha, realzando sus hombros fuertes y angulosos por una polera roja, los lunares en el cuello y la mejilla, los hermosos ojos negros maquillados por demás, cola de caballo, cinturón de charol... Si tiene la suerte de parecerse un poco a ella tal vez pueda cambiar su destino.
Silvia le pregunta desde cuándo es señorita. Mara se queda unos segundos recordando esa época. Ve la casa oblicua, una pelea de Emilio con la mujer que antecedió a Marcela, no se acuerda el nombre. Celos, plata. Recién cumple trece. La tristeza de dejar la primaria la parte a la mitad. Lo mal que le fue en la secundaria.
Entra al local una nena como de doce repartiendo estampitas. Se acerca hablando con una persona y con otra. Llega a su mesa. Mara cree reconocerla del barrio. Mantienen un instante la mirada. Tiene miedo. La idea de que su papá pueda rastrearla y llevársela le eriza la piel. El papelito con la imagen del santo la inquieta.
−San Jorge y el Dragón me siguen −murmura. Lupe le acaricia la mano, deja un par de monedas, se levantan para irse. Antes compran algo para llevar a lo de la Cusco. La tía coquetea con el cajero y salen. Son las nueve y hay neblina.
“La Campanita suburbana y atorranta” acomoda su larga cola de caballo, y toca con energía la puerta de madera que se ilumina con la luz de la vereda, y pasan. Atraviesan el pasillo igual de oscuro que cuando lo recorrieron con Hipólito e Ismael. Mara siente un calor en el pecho, una puntada. Sigue como si nada. Los pasos se escuchan nítidos en las baldosas, y desde la última puerta llega la voz de Tita cantando “El choclo”. Por suerte el dolor al final cede y deja solo una leve tensión. Una gran sombra termina de revisar las plantas del cantero pegado al muro y se incorpora afectuosamente para recibirlas. Su tamaño queda expuesto a contraluz.
Abrigada con un chal grueso la Cusco las guía pasando por el salón de las mesitas con manteles floreados y el antiguo espejo. Mara se aparta de él al percibir algo indefinido en la moteada superficie, se pega más a su tía y continúan avanzando hacia el fondo.
—¡Qué tanguera te has vuelto, lindura! −comenta ella y todas sonríen.
El aroma es fuerte y sabroso en la cocina. Tiene una ventana que da a la parte trasera del patio y dos puertas, una lateral y otra atrás del todo abierta que exhibe una cama de acolchado bordó iluminado suavemente.
La Cusco cocina su especialidad, “arroz chaufa con tres salsas y pan de coca”. Silvia con su brillo acharolado deja un paquete en la mesada. Se sientan alrededor de la mesa más grande que está en el centro. Mara vuelve a un molesto estado de alerta, no entiende por qué se imagina a un tipo de traje acechando en la última pieza, sus ojos husmean por allí y por donde está el espejo. Las interrumpen unos golpes que vienen de la entrada.
—Seguro que es la Pichí. ¿Habrá preparado sangría? Dios quiera porque le sale bien rica. ¡Qué mano tiene!
—¡Sí! ¡Qué mano tiene la muy chanchita! −agrega Silvia a las carcajadas. Y sí, efectivamente es ella. La pequeña rubia trae una canasta de mimbre con una olla de aluminio.
“Si la tía es campanita esta rubia es caperucita”, la ocurrencia la afloja un poco. Festejan que la olla está llena de manzanas flotando en vino tinto y sirven de inmediato. Es la segunda vez que Mara toma en su vida y la primera vez que toma de verdad. Es cierto, este es el renacimiento.
Capítulo 16
Eso de copiar a su tía le sale, pero aun divirtiéndose como las otras mujeres sigue inquieta por saber si hay alguien más en la casa y qué clase de espejo es ese...
—Mi primo se queda bastante, seguro que viste su ropa colgada... El espejo es una antigüedad familiar. Mi abuela, que era una mujer de misterios, decía que es un objeto de poder con un alma muy poderosa adentro −le explica Cusco con naturalidad mientras las invita a servirse la cena que había preparado.
—Mara es una de las nuestras, ¿eh? −Silvia se dirige a la Cusco con satisfacción.
—Eso parece, eso parece −comenta ella. Pichí cruza los dedos sobre sus redondos pechos con un gesto afirmativo achinando los ojos.
—Jovencita, pienso que estás muy segura con nosotras. Tranquila, el espejo no te va a mostrar algo que no puedas ver... Y la comida, ¿no te gustó? −le pregunta la gigante arreglándose el pelo lacio y negro detrás de su oreja.
Mara siente un impulso que le sube desde el pecho por la garganta y se desencadena con una picazón en los párpados. Dos lágrimas llegan hasta su mentón y se desprenden.
—Nunca nadie cocinó para mí, ni me regaló ropa, ni me hizo un lugar en su casa, ni me hizo masajes. Tengo miedo de estar soñando y que todo desaparezca después. −Mira a cada una y contagia un puchero rígido. Finalmente lloran juntas y se toman las manos varias veces.
Mientras Silvia lava con Mara a su lado, Pichí prende velas tomando licor de un vasito que deja siempre junto a ella y Cusco busca algo en su cuarto. Vuelve con un hermoso pañuelo violeta, un mazo grande de cartas y se oyen unos huaynos peruanos.
—Por fin, brujas. ¿Con quién empiezo? −dice y le acerca los naipes a Mara−. ¿Te animás a que te hablen a ti? −Corta la pila en dos.
—¡Que se anime, que se anime! −cantan a coro las otras imitando la ovación de una tribuna.
—Tienes que elegir 10 cartas. Te voy nombrando cositas y tú si puedes te las imaginas. −Aparta las preferidas y le pide a Pichí que detenga la música. El silencio irrumpe.
—La primera indica para el tarot cómo estás en el presente: El colgado, eres una víctima, estás siendo la que recibe los palos de alguna situación. −El clima de alegría desaparece bajo el peso de la imagen−. Cambien esa cara, que no es una cosa tan mala. Que ninguna derrota es definitiva y esta mujercita es una de las nuestras. El problema viene ahora, en la segunda carta. −Cusco da vuelta la próxima baraja sobre la anterior en forma de cruz−. La Reina de espadas, invertida. Una mujer poderosa, fría y calculadora actúa en tu contra. −Silvia se inclina hacia adelante y abre más los ojos−. ¿Qué hay en la base del problema? Dos de bastos invertida. La búsqueda tiene un buen inicio, pero se malogra y hay un hombre enloquecido que amenaza. −Mara cree escuchar los pensamientos de Cusco: “no está siendo buena idea, no está saliendo bien”. Algo en el aire cruje o gruñe a un costado de la cabeza de Cusco. Ella lo oye con claridad porque su actitud cambia de repente. Pichí abandona su posición más alejada y pega tres sonoras palmadas que las sobresaltan a todas. Cusco se ríe teatralmente y continúa−. Sí, hay mucho que limpiar rondando a esta señorita... ¿Cómo podemos entender mejor esto que nos estás diciendo? −le habla al tarot−. Cuarta carta, arriba, diez de oros también invertida. ¡Santa Madre del Camino! Uff... acá hay algo feo cocinándose en la familia hace mucho tiempo.
Su tía murmura:
—Pueblo de la Santa Mierda. −Y no les pasa desapercibido, pero Cusco retoma:
—Algo malo en la herencia, seguro. ¿Qué sale para el pasado?... A ver para el quinto lugar, un as de copas invertido. Tu padre, quizá. −Silvia casi grita y se acomoda inmediatamente pidiendo disculpas solo con señas.
—Obviamente puede ser alguien que se emborracha −agrega la tarotista sonriendo−, pero lo estás dejando atrás. No nos preocupemos ¿Qué nos dice el futuro? La muerte invertida, lo que está muerto, pero no muere... Bueno, esta tirada está brava, podemos parar acá si te sientes mal. −Mara tiembla, pero su curiosidad es muy fuerte.
—Sigamos −dice bajito. Cusco entiende y las otras dos asienten.
—Vas a tener que estar alerta a lo que se avecine. A ver, para el oráculo. ¿Cuál es la medida exacta de tu talla, hoy? Cuatro de copas invertida. Acá somos cuatro copas, y tú eres la cuarta. Estás angustiada, tienes miedo por algo, estás mal por algo. Y no me extraña, niña... −Mara observa tensa y callada lo que pasa afuera y también el quiebre que siente en su interior. Recuerda el instante de esa tarde sentada en la pizzería, en el que hacía rebalsar la taza humeante partiendo las galletitas, empujándolas al fondo y desarmándolas en el borde. Recuerda lo que pensó del renacimiento, su renacimiento. El interés que le genera todo este momento la mantiene a flote en esta revuelta interior.
—¿Cómo te ven los demás? −pregunta al aire Cusco más alta a pesar de estar sentada−. La templanza invertida −explica−. Claro, no estás segura de nada ahora, ¿no? En la posición de los miedos y de las esperanzas, que es la que sigue, qué te sale, qué te sale... Siete de oros invertida. Estás contemplando tu vida, que no ha sido fácil, no seas dura. Persevera en lo que empezaste... Y para el final, tarán, tarán. ¿Cómo terminas este aterrizaje?
Mara vuelve a percibir que capta los pensamientos de Cusco “que no salga algo terrible por favor, por favor Santa Madre del Camino” y ella entonces anuncia :
—Dos de oros, al derecho. Bien, respiremos. −Y todas respiran aliviadas−. Se soluciona aprendiendo a jugar, acompañando lo que pase como si fueses una bailarina o una acróbata de circo. ¡Que la Lupe te enseñe!
—Hermosas, hago mate. −La Pichí se para agitando su falda en dirección a la cocina, Silvia aprovecha para salir y se prende un cigarrillo. Mara no puede moverse, apoya la frente sobre las manos cruzadas encima de la mesa. Cuzco besa las cartas, y porque conoce el único alivio para ciertas heridas, las guarda y le acaricia la cabeza con una ternura de otro mundo.
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