Kitabı oku: «¿Por qué el diablo se convirtió en diablo?»

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Por qué el diablo se convirtió en diablo

Celina Plasencia

© Por qué el diablo se convirtió en diablo

© Celina Plasencia

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Editado por Tregolam (España)

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Imágen de portada: © La autora

Diseño de portada: © Tregolam

1ª edición: 2021

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

A los más queridos colaboradores, que me han apoyado en la culminación de este libro.

A Ana Katherine López Estrada, la dulce Kat, por estar ahí con su presencia y por sus hermosas ilustraciones hechas con tanto amor. Desde Panamá.

A Roderick Cortés, por permitirnos usar la imagen de su cara para recrear a Ojos Negros, el protagonista de esta historia. Desde Panamá.

A Karla Key y Jessica Laine, por su complicidad, por la compañía nutritiva aun en la distancia, por su asesoría, por el apoyo logístico y por ese espíritu dulce de hermosa solidaridad incondicional que ha sido tan importante para completar esta obra. Desde Barcelona, España y desde Nueva York, EE. UU.

A Juan José Cardozo, por su apoyo técnico en el montaje gráfico de la portada y contraportada. Desde Córdoba, Argentina.

A Olga Scandella Fuentes, el soporte, la luz, la mamá consejera siempre presente.

Y a mis muy queridos amigos, mi querida familia adoptiva de Panamá, Ana, Claudio Mendoza y su tribu, por estar ahí para mí en estos años de vida en Panamá.

Antes que nada, ¡un instante de gratitud!

Para ustedes… habitantes de mi corazón…

Me siento indescriptiblemente honrada, contenta y satisfecha de poder dedicarles estas páginas, sin ustedes, quizá no tendría sentido haber escrito este libro.

Porque me conectan con el entusiasmo, con la fuerza y las ganas de reinventarme. Porque es gracias a ustedes que me despierto cada día, que me río a solas —cuando recuerdo las cosas que hemos hecho, ¡ja, ja, ja!— y en los que pienso cada vez que me pregunto por qué o para qué hago cada cosa que hago, son una hermosa justificación de mi existencia. Porque he elegido, mientras me dure el trayecto en esta experiencia de vida, seguir encontrándome con «mi gente», disfrutando de lo que cada uno es y de la genialidad y la potencia que somos cuando estamos juntos… ¡Disfruto mucho imaginar de lo que somos capaces!, cabe destacar. ¡Ja, ja, ja!

A ustedes, toditos ustedes, ¡poderosa e imparable gente de mi corazón!

A mis padres valientes y generosos que eligieron traerme a este planeta ¡gordito y redondito! Hicieron bien, ¡no hay quinto malo!, ja, ja. A mis bellos hermanos, generosos y exigentes e increíblemente virtuosos, sabios y sólidos en su amor incondicional, siempre puliéndose en la mejor versión que pueden ser y completando mis espacios internos. A mis sobrinos y sobrinas que, aunque no nacieron de mí, se convirtieron en hijos y se instalaron a sus anchas en mi corazón, haciendo que todo sea importante, que lo que haga tenga valor y tenga sentido de ser llevado a cabo, y que sea cada vez más expansivo y nutritivo para mi mundo de esta vida. A mi querido cuñado, el invicto pater Charlie, ¡el hermano mayor!, una gran pieza de este engranaje de mujeres. Siempre a nuestro lado, queriéndonos, apoyándonos, siendo auténtico y estando presente con su «casi imperceptible» voz. ¡Ja, ja! A todos mis tíos y primos, a cada uno de ustedes que han estado presentes. ¡Son invaluables! A mis grandes amigos, que tengo la fortuna de no poder contar, son la familia extensiva que he integrado en mi vida y están ahí, acompañando mi recorrido sin falta, haciéndose presentes de todas las formas valiosas en estas distancias.

A toditos ustedes, que son la magia y el espíritu que pone todo en movimiento. Que me inspiran a ser la mejor «yo» que pueda ser. Que son el horizonte y, a la vez, el camino hasta él.

Sepan que los amo

Prólogo

Cuando son las diez y diez minutos de la mañana, de hoy martes 2 de marzo, de este desafiante año 2021, a través de mi ventana, veo el cielo limpio de un vibrante azul celeste, y llega hasta mi cara la brisa caliente de esta temporada en el intenso verano de la Ciudad de Panamá donde vivo.

Rondan los 32 ºC por estos lados, y acabo de decidir que es mejor que haga algo pronto para atenuar esta temperatura. Entre el aire acondicionado que puede ser muy frío y el calor del ambiente, opto por activar mi poderoso ventilador de pie, fiel amigo, magnífico colaborador, que trabaja sin cansarse y no tiene quejas ante las largas horas que transcurren cuando me instalo frente a mi computador. ¡Qué maravilla!, ¿no? ¡Ja, ja!

Hoy, elegí compartir con todos ustedes, que se han permitido darse un paseo entre estas páginas, un tema del que en verdad poco se habla, o quizá, no tanto desde este enfoque, pues es un asunto que está muy envuelto en un vistoso traje de misterio y secretismo.

Supongo que eso se debe, en gran parte, al hecho de que no haya sido del interés de muchos saber quién es en realidad ese personaje tanto mítico como místico que ha sido y sigue siendo EL DIABLO. Nos guste o no, lo aceptemos o no, lo entendamos o no, forma parte ineludible de nuestras vidas, en las más diversas formas, de acuerdo a cómo cada uno lo perciba, lo interprete o lo reconozca, según sus referencias y creencias.

Es probable también que no se le haya querido brindar mucha importancia, porque existen numerosas ideas, presunciones, suposiciones y dogmas asociadas al miedo que giran en torno a esta figura. Y, sin pretender excluir ningún punto de vista aquí, también pueda tratarse de que no se le ha considerado muy importante como para dedicarle un rato de observación, de análisis o reflexión. O tal vez, porque hay «algo» dentro de nosotros que pueda formar parte de su misma esencia y que no se haya notado, no lo hayamos identificado o no se haya querido aceptar como tal.

Los puntos de vista en referencia a esos asuntos mágicos, místicos, energéticos o invisibles que giran en torno a ese nombre casi impronunciable pueden ser infinitos, es mucho lo que se puede especular al respecto.

EL DIABLO es, sin duda, el protagonista y dueño de las más impresionantes y fantásticas definiciones e historias que se han tejido a lo largo de la vida reciente del hombre, convirtiéndolo en una muy cruenta y tenebrosa criatura, que, como es de esperar, ¡nadie quiere tener a su lado!

Los invito a ponerse cómodos, a soltar sus prisas y dejar aquí sus dudas antes de entrar en este espacio. Un lugar que, aunque no estén conscientes de ello, ¡lo han elegido ustedes mismos!

Manténganse entonces en el presente, porque esto puede ser ¡muy movilizador!

Celina Plasencia

A partir de las siguientes páginas, estamos por internarnos en un espacio distinto.

En un tipo de contenido que quizá no hayan considerado antes de ahora y deben saber que va a mover algunos cimientos internos para dejarles un regalo. Uno que ustedes aprovecharán si lo eligen así.

El regalo de comprender por qué el diablo se convirtió en diablo y, sobre todo, por qué debería importarnos a nosotros saber eso.

EL DIABLO representa a esa figura mitológica oscura, descrita a través de los incontables relatos de terror y de crueldad que lo hicieron aparecer como el amo del infierno. Ese espacio o lugar donde van a parar las almas de quienes no tuvieron en sus vidas una conducta aceptable, en relación con aquello que para distintos grupos de humanos se entiende por «aceptable».

Serán revelados, a partir de esta historia, algunos aspectos de lo que esa figura significa e implica para nuestras vidas en el sentido pragmático, y, para ello, nos sumergiremos en los cimientos de su origen.

En esta historia, permítanse descubrir por ustedes mismos la semilla y la razón de donde parte todo lo que tiene que ver con esa «consciencia».

Lo que él es en verdad y de cuya semilla, sepan ustedes, ¡todos tenemos un poco!

Vamos a adentrarnos por un rato en una realidad no muy luminosa, repleta de zonas de confusión, de pasajes inciertos, de algunas fantasías. Si logran salirse de la superficie para entrar a mayor profundidad, probablemente, habrá un poco más de respeto en lo que a su vida se refiere.

Deben saber que sucederán muchas cosas aquí, en algunas no sabrán distinguir si las escuchan en sus cabezas, si son solo parte de los murmullos de su imaginación ¡o si provienen de afuera!

Así como también podrían sentirse observados…

¡Claro!, estarán internados en los asuntos de este ser, y él será, como es de esperar, ¡su distinguido «anfitrión»!

Por favor, pónganse cómodos y, por encima del resto, suelten todas sus prisas, puesto que aquí permanecerán, créanme, ¡hasta que hayan concluido!

Entiendan bien esto, no porque parezca simple lo es; no porque parezca fábula lo es; no porque parezca mentira lo es; no porque parezca real lo es.

¡Es simplemente lo que ustedes «crean» que es!

Hagamos silencio, por favor, estamos por entrar.

Sean bienvenidos a los insospechados territorios del corazón de nuestro protagonista…

Al mundo privado e inesperado ¡del DIABLO!



ARCA I

Más allá de lo que mi memoria alcanza a recordar, entre tantos siglos recorridos de mi vida, de incontables experiencias, de lecciones difíciles, de acciones impulsivas y decisiones poco o casi nada acertadas, aquí estoy yo, Lorcan Danann Tara de Clare y Newgrange, como mis padres me dieron a conocer, hijo de Liam Danann de Clare y Moira Tara Danann de Newgrange, hermano de Aidan Danann Tara de Clare y Newgrange, y dueño de Indi, un extraordinario, leal y amoroso amigo de cuatro patas, de brillante y larga cabellera dorada, de las que ondean al caminar y que, con su eterna lengua siempre jadeante, sus incesantes juegos y su cola imparable, era un ser inolvidable, que me amaba más de lo que yo mismo creo que merecía entonces.

Transitábamos tempranos tiempos —más de veintidós siglos de distancia del presente ruidoso de la vida de hoy—, algunos pocos, antes de la era cristiana, esa gran línea del pensamiento que marcó la historia reciente de la raza humana.

¡Una de muchas líneas, debo destacar!

Eran tiempos desafiantes para la vida, mis padres no daban abasto con el trabajo de siembra, en las largas jornadas de hasta doce horas cada día, para aprovechar las temporadas que se podía, pues, en invierno, los frutos no eran los mismos y la caza de animales en esas zonas altas no abundaba tanto, apenas alcanzaban a capturar algunos tejones, zorros rojos, venados, liebres, hurones y alcatraces, ya que la pesca, aunque estábamos rodeados de mares, no se hallaba tan cerca e implicaba un proceso laborioso que tomaba demasiado tiempo para quienes ocupábamos lo que en esa época se conoce como Antrim, uno de los seis condados de Ulster, que constituyen lo que hoy es Irlanda del Norte.

Por los recuerdos que aún conservo de esa parte de mi historia, mis padres, mi hermano, y mi magnífico amigo cuadrúpedo Indi, podría decir que tenía una familia feliz, ¡más que la mayoría de los aldeanos y de los clanes de ese tiempo!

Teníamos comida, una buena reserva de agua, una casa de piedras resistente a las prolongadas lluvias que nos azotaban durante algunas temporadas, a las esporádicas nevadas o al granizo que caía en esta temporada fría, que no era algo fijo.

Mi hermano menor Aidan y yo teníamos espacios para jugar, y nuestro padre sacaba tiempo de sus agotadoras jornadas de siembra, de conservación de alimentos y del cuidado que tenía que darles a los animales que teníamos, de cortar la leña para abastecernos durante los inviernos fríos y los meses de lluvia, para compartir un poco con nosotros.

Él nos fabricaba algunos juguetes y nos enseñaba sus trucos para sembrar y para todo lo que sabía hacer.

Decía que debíamos prepararnos para que, cuando creciéramos, pudiéramos ayudar con el trabajo y para que, cuando él faltara algún día, supiéramos cómo sostener la casa y mantenernos con vida.

Teníamos unos árboles grandes en nuestras tierras, y mi padre nos hizo un gran columpio, ahí podíamos pasearnos, literalmente, ¡hasta el cielo! Ja, ja, ja, eran momentos divertidos que me gustaba recordar.

Allí pasábamos muchas tardes disfrutando, corriendo, abordando a las ovejas, persiguiendo a los perros y subiéndonos a volar por los aires, ¡en ese rústico, pero divertido columpio!

Al llegar el invierno, observábamos el espectáculo de la naturaleza, los brillantes relámpagos que iluminaban la planicie y las tormentosas lluvias, que podían durar por varias horas o días, mezcladas con esos robustos vientos oceánicos del Atlántico ¡que enfriaban todo a su paso!

En algunos de esos descampados, se encontraban asentadas pequeñas aldeas con muy pocos pobladores, en esos parajes accidentados, rodeados de montañas, impregnadas todas ellas de la magia de sus creencias y la mitología que heredaron de sus ancestros, y combinadas con la recurrente y protagónica compañía de espesas y misteriosas nieblas, y de la presencia de muchos extranjeros que adoptaban como suyos esos parajes de impresionante belleza y verdor.

Una región, desde luego, repleta de simbología sagrada, con sus monumentos del Neolítico, sus cuevas, las piedras históricas, las infinitas costas de ese hermoso azul indescriptible.

Todos, paisajes extraordinarios, como sacados de cuentos de hadas, a los que le agregaban el tinte de su propia cultura, dando lugar a esta singular y magnética forma de mestizaje.

En esas llanuras llegaban las tribus paganas y se daban lugar particulares rituales druídicos de la religión celta.

Con su famosa admiración hacia la planta «mágica» y sagrada del muérdago, que ellos creían que lo curaba todo, y hasta hacían suculentos banquetes bajo los árboles que lo sostenían.

Acerca de esos rituales de los druidas se contaban muchas historias que le atribuían un poder mágico especial, aunque, a veces, les confieso que podían inspirar mucho temor, debido a que, entre los poblados, se difundían testimonios ¡que podían quitarle el sueño a los más valientes!

Con toda esa atmósfera de magia y el misterio con el que se envolvían las cosas que giraban en torno a esos rituales, los aldeanos siempre tenían mucho de qué hablar, y ¡a lo que temer también!

Entre eso y el tránsito más o menos regular de vikingos, normandos, galeses e ingleses, que eran los vecinos naturales de esa parte de la isla, por estos asentamientos nunca faltaban las invenciones, las historias de combates, los encantamientos y, con ellos, los fraudes y las estafas que a menudo atrapaban a los incautos que confiaban en ellos.

Mientras esto sucedía en los poblados de las insipientes ciudades campestres, abajo, en las inmensas costas de azul profundo, mostrándose como grandes guardianes, se localizan ahí más muestras del trabajo hermoso e impactante de la naturaleza. Erguidas e increíblemente orgullosas, las más imponentes paredes rocosas de Irlanda, tan altas, que llegan a medir varios cientos de metros de altura.

En medio de tanta belleza, de la inmensidad y la diversidad que la naturaleza se ha esmerado en crear, allí, donde se juntan las brisas frías de las corrientes del Atlántico por el norte y del mar de Irlanda por el este, con sus vientos más que animados, estábamos nosotros, helándonos las caras y las manos desnudas, con esos respetables siete u ocho grados centígrados que, en la realidad, se sentían como si estuviéramos a unos cuantos ¡bajo cero!

En los espacios de esta, que es mi historia, en ese tiempo de vastos espacios de silencios, de una muy primitiva época, donde lo salvaje y lo extremo eran parte de lo normal, como atrapado en el tiempo de mis memorias, se encontraba un pequeño territorio.

Apartado en medio de una enorme nada y enmarcado entre un magnífico verdor que invadía todo, acompañado por la música que producían las decenas de pequeñas y grandes caídas de aguas frías entre esas inmensas rocas que atravesaban los bosques y el contraste con esa interminable llanura, en ese punto del paraíso en la Tierra, estaba lo que antiguamente se conocía como Eburonigg, en los linderos de lo que es conocido hoy como Antrim.

Allí, justo ahí, se hallaba mi hogar.


ARCA II

Todo lo que se veía en el entorno desde donde yo estaba en esas fechas era alentador, asombroso y hasta sobrecogedor al estar rodeado de tanta belleza.

Recuerdo haber pasado horas de cada día corriendo con Aidan y el peludo de Indi o ¡asustando a las ovejas en su corral!

¡Ja, ja, ja!

No parábamos, éramos incansables realmente, hasta que nuestra madre nos llamaba para que tomáramos un baño o para cenar.

Sin embargo, no siempre era así de radiante o divertido, y las horas podían ser más lentas para nosotros, o quizá no eran lentas, sino pesadas.

Los cielos grises que cubrían el sol en esta otra parte del año, teniendo a esas montañas interminables como un techo sobre ti, se veían tan oscuras y rocosas que, ante mis ojos de niño, lucían siempre como fortalezas impenetrables e intimidantes.

La brisa, ¡ah!, la brisa de invierno era tan caprichosa que podía hacer que, dentro de esos pequeños bosques mixtos, las copas de los árboles ondearan a su voluntad y que sus hojas se desprendieran y volaran ¡muy por encima de ellos!

Aunque año a año el ciclo se repetía en ciertos aspectos, no podía decirse que por ello era más fácil que el anterior, las faenas no se tornaban menos intensas por realizarlas más veces.

A mi padre le tomaba unos dos o tres días salir de pesca para llegar a las costas, adentrarse en el mar, hacer su trabajo y regresar a casa.

El arado y la siembra de la tierra, cada temporada de plantación, era un procedimiento que tomaba mucho tiempo, incluso empleando ese sistema de arado que es más mecánico y práctico que hace un tiempo atrás, porque contaba con un par de caballos, atados a una silla de arrastre con dos ruedas, a las que enganchaba las cuchillas que eran las encargadas de abrir los surcos de esa tierra que tenía tantas rocas bajo la superficie. Mi padre solo guiaba el proceso o resolvía los atascos que podían presentarse en el terreno.

También estaban las otras tareas, transportar el agua del arroyo, reparar empalizadas rotas, reponer la paja del techo de las casas o una tan simple como cortar la leña para la chimenea de la casa, hacer o reparar los martillos y herramientas de trabajo, entre las labores más importantes. Se hacía mucho más rudo, impredecible en ocasiones, y mi hermano Aidan y yo todavía éramos muy pequeños para ayudar en esas faenas, así que mis padres hacían todo por ellos mismos.

En invierno, también los bueyes necesitaban más fuerza para empujar y requerían más alimentos para menos horas de trabajo. Nuestro padre, a veces, no tenía la misma energía, toda la que necesitaba, para sacar adelante la labor de sembrar y luego recolectar las hortalizas —de los ajos, zanahorias, guisantes, rábanos, coles, habas y demás frutos del campo— que eran los alimentos básicos de la casa —y de la aldea también—, pues nos intercambiábamos los productos de la cosecha entre las familias de la comunidad. Inclusive se sembraban algunas plantas medicinales sencillas, como la caléndula y la borraja, para los quebrantos por males de fiebres o para curar heridas y algo muy común, como la piel que se agrietaba con el frío y con el rudo trabajo del campo.

En esas temporadas de invierno, la niebla podía ser tan gruesa que cubría cada metro del lugar con una especie de velo de humo espeso, que no podías disipar ni soplándolo con todas tus ganas o moviéndola con tus manos, simplemente estaba ahí, y quería, a como diera lugar, ser la protagonista, lucirse y hacerse sentir. Envolvía a su paso todo lo que encontraba, hasta que no podían verse esos árboles, tampoco a los animales, de hecho, nada alrededor se apreciaba cuando esta bruma llegaba, era una cortina infinita y no podías saber ¡en qué punto terminaba!

Ahí, todo se hacía demasiado borroso y peligroso, y si no eras suficientemente precavido, podías quedar atrapado sin poder ver ni caminar.

Era, sin duda, ¡la otra cara de ese paraíso!, con un tipo de frío filoso, amenazante, que llegaba a cortarte o quemarte la piel que no llevabas cubierta.

Sí, ¡es verdad!, cuando se aparecía la niebla y quería protagonizar, todos debíamos buscar un sitio seguro donde resguardarnos, puesto que hasta respirar podía representar un desafío, en el intento de que, en ello, no enfriaras demasiado tus pulmones y pudieras enfermarte o incluso morir.

El frío intenso del invierno era un clima bestialmente rudo para la supervivencia de cualquiera. De cierta forma, nos habíamos acostumbrado, aunque no todos los inviernos eran iguales, algunos se presentaban más ligeros, pero no este.

Nuestro hogar, por su parte, en medio de la inmensidad de lo que se ve en estos territorios, tenía calor, un espíritu cálido y era verdaderamente acogedor. Aunque también poseía su propia personalidad y misterios.

Recuerdo claramente cuando llegamos al poblado, solo había una docena de casas y familias allí, todas ellas en forma circular, con paredes de barro, arcilla, ramas muy compactas y techos cónicos tejidos con varias capas de ramas flexibles que se entrecruzaban con troncos ligeros para que conservaran su estructura y soportaran las lluvias.

En su mayoría, los campos eran labrados, y los animales que apoyaban nuestra vida campesina de la granja eran los caballos, grandes bueyes, ovejas, vacas, cerdos, perros y liebres, lo que abundaba en casi todas las aldeas como la nuestra.

En el centro, había un pequeño mercado, muy improvisado, donde cada familia vendía el excedente de la producción de sus granjas; hortalizas y frutas de muchos colores, así como animales que ellos mismos criaban y, en general, todo lo que no era para el consumo de su familia.

En esos mercados, también se reunían los artesanos, herreros, poetas, narradores de historias y músicos que componían y cantaban el folklore de sus tierras originales.

En el entorno más alejado de las casas, había un par de silos donde se conservaban los granos cosechados para la aldea, y existía una casa muy peculiar, sin paredes, solo unos barrotes de madera y un techo de paja bastante más alto que las casas, con un agujero en su centro, unas zanjas o fosas rectangulares poco profundas con unas estacas cruzadas que formaban una rejilla, donde ponían a ahumar la carne y el pescado y, de este modo, se podía conservar para el invierno.

Le decían el «ahumadero», y era el responsable de esparcir esos olores de carnes y pescados ¡por toda la comunidad! No había forma de no notarlo, como si fuera un sello distintivo, bastaba pasar cerca de la aldea para percibirlo, tan delicioso que, cuando tenías hambre…, ¡casi no podías esperar a llegar a casa para comer!

Era un olor expansivo, que se podía percibir todo el año, excepto en las temporadas de chubascos, porque no había manera de sostener el fuego ni el humo de cocción en medio de esas lluvias.

Nuestra casa era la tercera después de la entrada principal, el único acceso a la aldea, entre la gran empalizada de maderos entrelazados con grandes extensiones de sogas, tejidas de las ramas muy flexibles y finas de algunos arbustos muy abundantes de la región.

Mi padre, Liam Danann, era agricultor y ganadero, como lo fue su padre, mi abuelo. Era un hombre de complexión fuerte, bastante alto, cabellos largos castaños, de tez curtida por tanto sol, brazos robustos —el arado y el trabajo con los animales requería mucha fuerza en los brazos—. Su cara, por otro lado, se destacaba por lo prominente de su mandíbula cuadrada, ojos pardos, voz ronca y una nariz bastante grande y afinada. Medía alrededor de 1.85 metros, lo que, en conjunto con el resto de su fisonomía, lo hacía ver muy portentoso e imponente en su aspecto, y, ciertamente, inspiraba respeto a quienes lo veían.

Bastante parco también, de poca conversación, y se las arreglaba en medio de tantas tareas diarias, aunque fueran solo unos minutos, para compartir con nosotros, sus hijos y nuestra madre, alguna de esas viejas historias cargadas de imaginación, cantar algún fragmento de la misma canción de siempre, jugar un poco en la pradera y darnos atención y amor.

Mi madre era muy hermosa, su cabello a la cintura, siempre trenzado, era dorado como las espigas del trigo, su rostro de facciones más livianas era delicado y gentil, y portaba una mirada tan dulce como la miel. Era más bajita de estatura y más delgada que mi padre. Su tez, que era bastante clara originalmente, se había teñido de bronce, como la de mi padre, por la exposición permanente al sol en el trabajo del campo, y sus manos, aunque finas, de dedos delgados, se volvieron muy rústicas con la manipulación de animales y el trabajo áspero que hacía cada día con ellas, y, ni aun así, dejaban de ser suaves y sanadoras, bastaba un abrazo de ella y cualquier discordia, literalmente, ¡se esfumaba!

Era una mujer única, en un medio agreste, donde la gente trabajaba tanto cada día y se quejaban por todo, ella, sin embargo, no paraba de reír a toda hora, tenía siempre palabras amables para nuestros vecinos, para mi padre y para sus hijos. Trabajaba tan duro como mi padre, ordeñando, recolectando la cosecha, limpiando los graneros, buscando pasto, cocinando y lavando toda la ropa de la familia en el río. Era imparable, nunca dejó de ser amable, no había forma de hacerla enojar, ni aun cuando estaba tremendamente cansada después de esas faenas tan exigentes y agotadoras.

Nuestra casa era lo confortable que podía ser un hogar con los recursos de una época que no ofrecía demasiadas comodidades, tal como las entendemos hoy en día. Con un techo vegetal muy alto, quizá en su parte central tendría unos siete u ocho metros de altura, un techo, igual que el resto de las casas del entorno, de espigas, juncos, varas y ramas fuertes de abedul, entretejidas de modo tan compacto como lo permitía un trabajo artesanal como ese. Tenía la forma de un sombrero chino, circular y curvo hacia adentro, y las paredes eran una mezcla de adobes de arcilla y rocas, adosadas con pasto, más o menos gruesas, para conservar la temperatura interna por encima de la del medio ambiente. Tenía una sola puerta de entrada o salida y una única ventana también. Por dentro, mi padre hizo dos compartimientos para las habitaciones, y en el centro había un peristilo o tronco central, alrededor del cual se distribuían los espacios para cocinar y comer, sobre un suelo de troncos lisos de madera. Teníamos camas de madera y pieles de animales y, por lo común, entre nosotros, nos sentíamos en un hogar donde no faltaba nada, había de todo lo que pudiéramos necesitar para vivir en bienestar.

Yo, que era el hijo mayor de mis padres, contaba con once años apenas, y por la profundidad del color intenso y brillante de mis ojos, de mis espesas cejas y mis pestañas tan pobladas, en lugar de Lorcan, como era mi nombre original, me llamaban «Ojos Negros». En casa, mi hermano menor Aidan de ocho años y mis padres se acostumbraron a llamarme de esa manera, y yo atendía por ese nombre, así me reconocían todos, como Ojos Negros, la mirada más profunda que un niño puede tener, eran frases que recuerdo que compartían en casa.

Mis padres y abuelos, a menudo, me decían que parecía un viejo en el cuerpo de un niño, debido a que era muy maduro para mi edad y mi mirada tenía un singular encanto, como ellos decían, que sentían que los paralizaba al observarlos sostenidamente.

Esas son sus anécdotas, yo de eso no recuerdo mucho, no prestaba atención a esas conversaciones de adultos y no sabía nada al respecto, solo deseaba aprender a cazar y salir de aventuras, o lo que, para mí, ¡eran aventuras!, claro.

En mi mente de niño, quería explorar el mundo, y el miedo a los peligros, como en la mayoría de los niños, no estaba presente.

Por su parte, mi padre y mi madre, así como mi peluda mascota, Indi, una bestia amorosa que lucía como podrían figurarse algo similar a un golden retriever salvaje, juguetón y bastante más grande de los que viven por las calles de hoy, pesaba al menos unos treinta kilos, creo yo, ¡en realidad, jamás lo pesé! ¡Ja, ja, ja!, no existía nada como una báscula ni soñábamos que algo como pesarse tuviera alguna importancia, ¿para qué?, ¿verdad?


ARCA III

Nuestro padre, aunque era de poca conversación, de tez, rasgos y carácter fuertes, en realidad, en su corazón guardaba una natural generosidad e inclinación protectora hacia toda la familia y hacia todos los que conocía.

Siempre estaba en una natural disposición de contribuir, de atender las necesidades de cuantos podía, y no faltaba el intercambio de los frutos de la caza y los alimentos que lograba recolectar, no deseaba que nadie que él pudiera ayudar pasara miserias. Enseñaba a todos lo que sabía para que pudieran ayudarse y que el pequeño pueblo saliera adelante.

No obstante, nuestro padre podía ser muy estricto en las exigencias a sus hijos, nos estaba preparando para que nosotros, sobre todo yo, que era el mayor, estuviéramos listos para suplirlo en caso de que llegara a faltar, pues él pensaba que cualquier jornada podía ser «el día de morir».

Me encontraba yo una tarde bastante fría de enero, puesto que el invierno había sido más fuerte ese año de lo usual, en el mercado de las afueras de la aldea, y como niño al fin, estaba ahí, sin prestar atención a nada más que buscar animalitos en las pequeñas ranuras del suelo, que era de piedras y tierra en muchas partes del poblado, más aún en esta época, donde los verdes se llenaban de neblinas gruesas.

Entre varios niños que vivíamos en los alrededores, lanzábamos piedras al lago o, como ese día, escarbábamos en el suelo, jugando a ver quién encontraría primero algún gusanito o lagartija. Cualquier animalito, hubiera dado lo mismo.

Después de mucho rato de revisar, de hurgar y llenarme de tierra la ropa, las uñas y las manos, atrapé a un gusanito marrón muy peludo, bastante pequeño, pero suficiente para ganar a mis amigos. Aquel día, ¡me alcé con ese pequeño triunfo!

¡Era una jornada de suerte para mí!

Eso creí en ese instante.

Las horas pasaron y cayó la noche pronto, los días son cortos en invierno, y todos nos regresamos a nuestras casas, allí nos esperan.

De repente, me acordé de que tenía una encomienda de mi padre, algo que me había ordenado hacer y que debía llevar al regresar a casa conmigo, pero yo ¡me había olvidado por completo!

«¿Cómo pude olvidarme de algo tan importante?», decía para mí mismo. Esa distracción ¡me podía costar una paliza! Sabía que me había metido en problemas…

Se me ocurrió devolverme y correr fuera de la aldea, a ver si aún alcanzaba a buscar lo que mi padre muy seriamente me había pedido.

Mis amigos siguieron a sus casas y ¡yo corrí saltando las calles como loco!

Casi no se veía el camino, ya estaba más oscuro, y la neblina había empezado a bajar, aunque corrí con todas mis fuerzas, con todo lo que mis piernas me dieron, no pude llegar, no veía nada hacia donde iba, estaba todo el suelo humedecido, me resbalaba a cada paso y no me hallaba tan cerca como para llegar a tiempo.

No tuve más alternativa que regresarme a casa antes de que me perdiera entre la capa de la niebla.

Entre vergüenza y miedo, seguí adelante, mi padre era muy paciente, pero no le gustaba que lo desobedeciera, y sabía que no tenía salida, en esos tiempos, los hijos no preguntábamos a nuestros padres, ellos nos daban una tarea y había que cumplirla sin chistar.

Abrí calladamente la puerta de nuestra casa y, sin poder ocultarme, mi padre se encontraba allí, justo frente a ella, con su rostro entre preocupado y molesto, porque ya había oscurecido y mi hermano y yo no tenemos permiso de estar fuera de casa después del atardecer.

Con su voz ronca, me preguntó:

—Lorcan, ¿dónde está lo que te pedí?

Cuando se enfadaba, no me llamaba Ojos Negros.

Yo solo fui capaz de guardar silencio, no tenía ningún pretexto que ofrecerle.

—¿Qué te he dicho de faltar a tu palabra, de desobedecer una orden mía? ¿Acaso no escuchaste que era muy importante que lo trajeras?

Con mi cara hacia el suelo, le dije que lo había olvidado y que por eso regresé más tarde, porque, cuando lo recordé, me había devuelto a buscarlo y me di cuenta de que ya no podía ver nada en el camino para llegar al lugar y regresar antes de que anocheciera.

—Lo siento, padre, ¡no ocurrirá otra vez, lo prometo…

Y así fue. No sucedió otra vez. No desobedecí nunca más a mi padre Liam en ningún otro momento de mi vida.


A la mañana siguiente, estábamos todos en casa, protegiéndonos de ese frío que se colaba entre las ranuras del techo y de la puerta o la ventana de la casa, harían unos seis o siete grados centígrados.

Al frío se sumaban esos hilos de viento que no podían pasar a sus anchas y generaba una música particular de silbidos, típicos del viento cuando cruza entre espacios muy pequeños y choca con los objetos, haciendo que la casa se mantuviera en esas temperaturas, a pesar del fuego de la hoguera que ardía desde la noche anterior.

Yo sentía que algo más pasaba. Había señales por todas partes.

Mi padre, que siempre se levantaba antes del amanecer a atender su trabajo fuera de casa, aún estaba allí, y eran casi las siete de la mañana.

Se encontraba sentado al pie de su cama, muy cerca de mi madre, que permanecía acostada.

Que no se hubiera levantado a esa hora era inusual, porque ella, para cuando amanecía cada día, ya habría horneado algo y estaría haciendo el desayuno para todos, pero no había ni olor ni movimiento alguno en la cocina de nuestra casa.

Era extraño, pensé, ellos madrugan a diario y suelen salir de casa muy temprano, las tareas de campo lo exigen así.

ARCA IV

No pasó mucho rato para que entrara a la casa, invitado por mi padre, un personaje de túnica blanca, con un gran abrigo gris de piel de oveja muy largo y un gorro que apenas dejaba ver su cara del color del cobre.

Mi hermano y yo no sabíamos de quién se trataba, no lo habíamos visto antes.

Eran especialmente comunes, en estas zonas del norte de Irlanda, que las túnicas se realzaran con esos pequeños botones semiesféricos de bronce, distintivos en las prendas de vestir de las élites, de los magos o de los religiosos. Y este extraño visitante portaba una así.

Para mí, en mi visión de niño y preadolescente, el extraño era alguien con atributos especiales, no era agricultor ni ganadero o herrero, y venía a ver a mi madre por alguna razón que no podía entender, ya que los padres nunca explicaban mucho a sus hijos sobre las cosas que ocurrían en el entorno familiar ni en la aldea. Ellos manejaban la información a su discreción, y los niños nunca interveníamos en sus conversaciones, ni siquiera nos permitían estar cuando charlaban.

Entre tanto, ese hombre de aspecto raro podría haber sido un chamán, quienes se consideraron los primeros médicos de la humanidad, se decía de ellos que ejercían su sabiduría y su sanación a partir de hierbas, raíces, sugestión o rituales e, inclusive, eran ellos los que presidían los llamados «ritos de transición» —pubertad, fecundidad y muerte—.

De mi memoria, solo puedo asociar esa imagen, como la de ese hombre que llegó a mi casa casi al amanecer, con la tarea de reconocer la condición de salud de mi madre, que yacía en su cama todavía.

Mirando un poco hacia atrás en mis recuerdos, en esas últimas semanas de este invierno que había hecho tanto frío, junto a esa humedad que calaba todo a nuestro alrededor, Aidan, mi hermano, y yo notamos que ella no lucía tan fresca ni tan animada como siempre, y nosotros, siendo niños, no entendíamos mucho de enfermedades ni padecimientos, porque no habíamos vivido nada de eso en nuestra familia. Por ello, ignorábamos que lo que le ocurría a nuestra madre era que estaba enferma y que no respiraba bien.

Entonces supimos que ella en verdad estaba mal, que necesitaba ese brebaje que la podría haber ayudado a tolerar y superar esa condición de debilidad, a disminuir las altas fiebres intermitentes que estaba padeciendo, que la sostuviera a salvo en medio de esa crisis.

Pero… ¡eso no sucedió!

Se había debilitado mucho, sus pulmones colapsaron con esa terrible neumonía y no resistieron.

Y el encargo de mi padre, ese que no cumplí, era un preparado de raíces, que habría hecho que la fiebre disminuyera, que su cuerpo reaccionara, sin embargo, no fue así, ya que nunca recibió ese remedio del curandero.

¡Y fui yo quien lo olvidó! Apenas caía en cuenta de las consecuencias. Mi madre había muerto, yo era el único responsable. ¡No tengo perdón! ¡Acabé con su vida sin saberlo!

Mi padre, que siempre ha sido un hombre de gran fortaleza, de temple firme y sosegado, había roto en llanto inconsolable.

El chamán lo había confirmado, ya no había nada que hacer…

Desde ese momento, ¡todo cambió!

Recuerdo que, sin pensarlo, salí corriendo de ahí, de la casa, de la aldea, y corrí sin detenerme, corrí y corrí tan rápido como podía hacerlo, sin parar, atravesando los senderos hasta las montañas, quería perderme, que me tragaran los árboles, la tierra, las ciénagas del camino, morirme, no merecía estar vivo… Me alejé lo más que pude, ¡no deseaba ser encontrado por nadie!

Rato después, ya fatigado, las horas habían pasado, escuchaba el riachuelo que estaba cerca de mí y me senté por horas, sin darme cuenta del tiempo.

Allí, sentado entre las piedras, en esa mañana tan gris y triste de mi vida, donde creía que nadie podía encontrarme, me quedé, enmudecido, paralizado, recuerdo que no podía llorar, ni hablar, apenas respirar, no tenía fuerzas para moverme. No quería pensar, deseaba dejarme morir ahí mismo.

No tenía ganas de volver a la aldea ni a nuestra casa, solo pensaba en que acabara rápido y marcharme junto a ella, ir a hacerle compañía a mi madre.

Lo que había hecho no tenía nombre, ¿en qué me había convertido?

Con solo once años, había sido capaz de ignorar una petición tan importante de mi padre. Mi madre yacía enferma, mientras yo jugaba sin tenerlo en consideración. Únicamente tenía una tarea simple: buscar ese brebaje y llevarlo a tiempo para que ella pudiera sanarse.

Pero no, tenía que quedarme ahí, como un tonto, jugando a buscar gusanos, a competir y a ganarle a mis amigos, a desobedecer una petición urgente que mi padre, que nunca nos molestaba a mi hermano ni a mí, me hizo antes de salir de casa.

¡Solo me pidió que fuera al pueblo a traerle eso!

¡Por qué no lo hice!

¡Era tan fácil! Me entregó una receta que debía darle al curandero y traerlo a casa…, eso era todo.

En ese momento, y por mucho tiempo después, me recriminaba todo eso, cada día era una tortura, no podía perdonarme, ¡la culpa se había instalado en mi corazón!

¿Cómo pude ser tan irresponsable, tan cruel, tan descuidado?

Mi madre, el ser más maravilloso y dulce, el más alegre del mundo, ya no estaría más.

¡Por mi culpa!

Fui yo, Ojos Negros, el único responsable de su muerte.

Daba lo mismo que le hubiera enterrado una daga en su corazón o que le hubiera dado un sorbo de veneno, acabé con ella, sin ninguna razón, y no había nada que pudiera hacer para cambiarlo.

Pasaron algunas horas más desde que llegué a ese paraje, ya era de tarde y ni el frío ni el hambre habían podido hacerme olvidar ese dolor tan intenso, tampoco fui capaz de aclarar mi mente tan confundida, atormentada… Escuchaba sus voces en mi cabeza, ¡todas al mismo tiempo! Susurrando y gritando a la vez… en mi mente enloquecida…

«¡Mataste a tu madre!», clamaba mi padre.

Mientras, mi pobre hermano Aidan, sin percatarse de nada de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, no reaccionaba, era aún tan pequeño, su inocencia lo protegía de la realidad.

En esos instantes, yo solo quería una cosa: ¡retroceder en el tiempo y deshacerlo todo!

Era tanto el dolor, el arrepentimiento por mis acciones, que, incluso siendo niño, sentía que estaba enloqueciendo.

Ya no quería vivir, no había razón para seguir.

Anhelaba morirme de frío, meterme en el río y ahogarme, o como fuera, pero no quería continuar con vida, no lo merecía, no era justo con ella. Pero era muy niño para quitarme la vida. Para eso, supongo, se necesitaba ¡más valentía de la que yo tenía!

Imagino que mi madre, desde el cielo, me estaba impidiendo que avanzara en mis deseos y me cuidaba de nuevo.

Las horas del día habían transcurrido mientras estuve ahí sentado.

Desde que llegué a estas piedras, en las primeras horas de la mañana, no tenía noción de cuánto había transcurrido, pero, sin duda, pasé todo el día en ese lugar. Estaba sudado, con la ropa humedecida por correr tanto rato, más el frío y la humedad que reinaba en el ambiente —era invierno—. El sol solo mostraba su luz, no obstante, su calor se escondía en algún lado, porque ¡no se notaba para nada!

Supongo que las nubes tan pesadas se lo roban todo o lo usan para poder ¡soltar sus chaparrones!, los que abundan mucho en esta temporada.

Fue hasta ese instante que me percaté de todo lo que recorrí en la mañana para llegar a donde estaba. Cuando corrí todo ese rato sin parar, había avanzado mucho en la falda de la montaña, justo donde están los sitios a los que mi padre se refería cuando nos decía que no debíamos venir solos. Había caídas de agua, por muchos lados, bajando de las partes más altas, mojando todo alrededor, y el suelo resbalaba, con huecos en los senderos por donde bajaba el agua y donde podría haberme precipitado. Las muchas y grandes raíces de los árboles sobresalían al piso, donde caer y romperse las rodillas resultaba muy fácil, además de algunas otras cosas propias de este lado más salvaje de mi mundo.

Estando ya bastante oscuro, la temperatura bajaba un poco más, y en medio de mi mente ya agotada de tanta intensidad comencé a escuchar sonidos que venían de la montaña, espeluznantes, parecía que habían salido algunos animales a cazar sus presas ahora que, prácticamente, no se ve nada.

¡Casi no puedo describirlos, solo recordarlos y se me eriza la piel!

Me empezaba a temblar un poco el cuerpo de miedo, los extraños ruidos de las lechuzas, esos que todos narraban en las historias de la aldea, que son aves de mal agüero, que acechan a todos en la montaña, que vuelan silenciosamente durante la noche y que hacen ruidos que parecen sonidos de duendes y espectros, como siseos tan fuertes, atemorizadores, que, en esos momentos, en vivo, yo presenciaba.

No sabía si era mi mente…

Pero los estaba escuchando todos, las lechuzas detuvieron sus ruidos por unos minutos, y, sin previo aviso, ¡me quedé paralizado, el pánico me tomó por completo!

Un zorro rojo, famoso por su sigilo para moverse en la noche sin ser notado, se hallaba a unos metros de mí, como observando, no podía ver claramente por la bruma de la niebla, pero estaba seguro de que era un zorro rojo, era el que más abundaba en la región, y los había visto con anterioridad, en la distancia, pero su fama de ferocidad ¡lo precedía!

Yo había pedido morir desde que llegué a ese lugar, pero ahora que me sentía amenazado, esa idea ya no me parecía tan importante, ahora, ¡me encontraba en peligro de verdad!

Se detuvo muy cerca de donde yo estaba, parecía merodear buscando su presa. Podía distinguir a medias su silueta, debido a que la espesura de la neblina no me permitía verlo nítidamente.

Pero, si me quedaban dudas de que fuera uno de ellos, se disiparon, deben creerlo, ¡cuando escuché su grito! ¡Por todos los cielos!

Fue corto, explosivo, ¡un chillido portentoso y escalofriante!, como el que podría emitir una persona a quien persiguieran, que tuviera mucho mucho miedo o quien estuviera en algún ¡grave apuro!

¡Nunca me había asustado tanto en mi vida!

Me sentí en pánico, ¡sudaba a mares!, el frío helaba el sudor, pero no podía parar de hacerlo, mi corazón estaba a mil por segundo. ¡Los hilos de sudor me corrían por todo el cuerpo! Es lo más terrorífico que hubiera presenciado en mis escasos once años.

No sabía qué hacer, si correr hacia abajo por las piedras o quedarme quieto donde estaba, si esconderme y meterme en el río, pero temía tanto que el ruido que yo pudiera provocar al moverme me pusiera en mayor riesgo y ¡que el zorro decidiera atacarme!

¡Qué indecisión! La cabeza me daba vueltas, no sabía qué hacer, ¡nunca había vivido algo parecido!

Tenía tanto miedo que sentía que el corazón se me iba a salir por la boca, ¡me parecía que el zorro escucharía mis latidos! Tenía que aguantar mi miedo, respirar o aguantar… ¡lo más que pudiera!

¡No supe cómo lo conseguí!, pero supongo que, por instinto, logré quedarme tan quieto como uno de esos árboles y me mantuve así por unos minutos ¡que se me hicieron eternos! Suponía que, si no me movía, el zorro no me vería bien y no se acercaría, eran apenas unos seis u ocho metros o algo así, pero la niebla y algunos arbustos me protegían de que diera conmigo, bueno, eso pensaba yo.

Pasaron pocos minutos en ese suspenso, en la mayor tensión de mi vida, cuando, por fin, ¡el zorro optó por irse! ¡Oooh!

¡Se había marchado!

¡No lo podía creer! Mi madre debió intervenir desde su nueva morada para que ese peligro pasara sin dañar a su primogénito.

Pude respirar de nuevo, continuaba sudando como loco y ¡me había mojado los pantalones del susto!

Cuando pude relajarme un poco, me moví de ahí, tenía que buscar un espacio donde guarecerme en las siguientes horas de la noche, protegerme del frío y de los animales que pudieran acercarse.

No sabía exactamente dónde estaba, había corrido mucho, sin pensar hacia dónde, y estaba un poco perdido, desubicado y aturdido entre todo lo que estaba sucediéndome, ¡sin contar ese gran susto que acababa de pasar!

Caminando un poco hacia abajo, encontré un pequeño agujero debajo de unos árboles, hecho de las mismas raíces, y pensé que podía ser un poco más seguro para mí. Entre las ramas hice un poco de espacio hasta que pude sentarme y ahí me oculté.

Cubrí mis pantalones con ramas para camuflarme ante los animales que pudieran pasar y tapé un poco la entrada también con unas cuantas ramas grandes que conseguí ahí mismo.

Pero ¡eso no fue suficiente!

Era inaudito, me encontraron unos sapos marrones, grandes y babosos que saltaban entre las hojas y ¡croaban casi encima de mí!

No pude quedarme más ¡en aquel refugio que me había inventado!

Los sapos reclamaban su espacio, sus sonidos eran fuertes.

No alcancé a ver a todos, apenas observé unos cuatro, muy cerca, y decidí que no me quedaría a averiguar si venían con el resto de su familia. Enseguida me levanté con un gran esfuerzo, me sentía demasiado cansado, hambriento, con frío y con la ropa mojada, entre sudor y esas otras cosas —más vergonzosas que les pasan a las personas— ¡cuando se asustan bastante!

Tenía mucho miedo, no puedo negarlo, ni pudiera haberlo negado entonces, y esa emoción tan movilizadora me había permitido comprender lo que decía mi padre acerca de que era peligroso estar fuera de casa de noche, sobre todo en épocas invernales de nieblas espesas como esta, era verdad.

¡Qué razón tenía!

Estando ahí, en esa cueva improvisada de raíces y ramas, sentado, con los pantalones mojados y fríos, con hambre, sin energía y con tanto en qué pensar, lo único que me venía a la mente eran las peores cosas.

Parecía hecho a propósito, no me llegaban memorias de nada que no sumara a mi confusión.

Hubo apenas unos segundos de calma, los primeros que me sentí a salvo.

Luego recordé las historias que contaban en el mercado acerca de los ritos que hacían los famosos hechiceros druidas en esas regiones, los sacrificios de los que siempre hablaban y de los muertos de las guerras entre tribus, cuyos fantasmas pululaban en esas montañas, y de ellos se comentaba que salían de noche a dar paseos por la oscuridad.

Llegaron a mi mente todas las otras, las que contaban de ranas ponzoñosas que lanzan lamentos horribles cuando se sienten amenazadas; las de esas inmensas arañas escorpión con aguijones y enormes patas verdes peludas en forma de tenazas, que medían más de diez centímetros y pueden morderte, encajarte su aguijón y envenenarte o cortarte con sus tenazas si no estás atento al camino. Con todo eso que me llenaba la cabeza, no era posible conseguir la calma, sabiéndome en sus reinos, en los dominios de la montaña misteriosa, sentado ahí, vulnerable, entre ramas, raíces y hojas húmedas.

¡Todo eso era escalofriante!

Al imaginarme rodeado y sin alternativas, ¡entraba en pánico otra vez!

No podía más que correr de nuevo y salir de ahí, pero ¿cómo? ¡Sin ser capaz de ver más allá de mis propias manos!, todo tan oscuro y resbaladizo, ¡no tenía oportunidad!

«¿Y qué hago ahora?», me repetía cada minuto.

Solo pensaba en el gran error que había cometido al haberme escapado así de casa, hallarme en esa situación y preocupar a mi padre por mi ausencia.

Únicamente me restaba permanecer ahí, ponerme tan a salvo como pudiera.

Pero ahora, ¡mi realidad era estar expuesto a todo eso tan temible, con todos mis miedos juntos y con tanta tristeza a la vez!

Recuerdo que, en el lugar donde me había ocultado, pedía a los dioses, de quienes tanto había escuchado en la aldea, para que me llevaran junto a mi madre. No sabía cómo orar ni a quién dirigirme en los cielos. Era consciente de que existían dioses, pero ignoraba a cuál de ellos podía pedir un milagro para que me trajera a mi madre de regreso…

No podía creer que todo se había terminado para ella y que se había ido sin despedirse de mí, ¡sin abrazarme una última vez!

¿Cómo podría seguir viviendo de ese modo?

¡Todo esto es demasiado triste!

Y como suele suceder cuando esperas algo, la marcha se hacía lenta, como esta noche de espanto, una memorable noche… ¡que se estaba tornando eterna!

Y, así, en algún momento de inconsciencia, caí exhausto y me quedé dormido profundamente, como hipnotizado de cansancio, del dolor, del miedo de estar tanto rato expuesto al peligro, extenuado de mi propia mente, acorralado por mis sentimientos y con mi corazón arrepentido, lleno de culpa y avergonzado.

Cuando abrí mis ojos de nuevo ¡ya había amanecido! Me había salvado, ¡sobreviví! Y adivinen, no supe cómo había sucedido, cómo había llegado hasta allí, pero estaba en mi casa, metido en mi cama, envuelto en mantas calientes, literalmente, ¡cubierto hasta la cabeza!

Mi padre, cuando notó que me había marchado, junto a otros hombres salió a buscarme muy preocupado, porque era muy tarde, había pasado muchas horas fuera de casa y era peligroso que pasara la noche desprotegido del frío y de los animales que rondaban la montaña, además, había una de esas capas de neblina densa y, si no me encontraban, podía perderme o enfermarme solo de recibir esa temperatura tan baja.

Hasta que dieron conmigo, como por obra de los dioses, y me encontraron ahí, acurrucado y fulminado con el frío. Me trajeron de inmediato a casa para calentarme, el cuerpo se había puesto muy gélido.

Ya habiendo tomado consciencia, dentro de lo que cabía en mi consciencia de niño, sentía que mi mundo había cambiado radicalmente, y era para mal, así como el de mi familia, a un punto donde no hay retorno.

Comí, dormí bien y me había recuperado a mitad de la tarde. Me embargaban mis pensamientos, me llenaba de desesperación, de culpa, de tristeza, de vergüenza y del mayor desaliento que puede sentir alguien.

La casa se sentía vacía.

El tiempo se detuvo, se congeló todo a mi alrededor; en mi mente, el mundo se había parado.

Nadie emitía ni una palabra, solo se escuchaba el rugir del viento, que parecía amenazarnos permanentemente con su silbido penetrante, y hasta Indi estaba en duelo, no se levantaba del suelo junto a mí, sentía la ausencia de nuestra madre, igual que todos.

Ese silencio llenaba el espacio más de lo que se imaginan, y no es algo que podamos medir, pero, sin duda, se había extendido, había penetrado cada milímetro de nuestro hogar, que ahora se sentía tan hueco, y que apenas el día anterior se llenaba con los gritos y juegos de dos niños incansables y su mascota.

Recuerdo que todo estaba en negro para mí.

En mis recuerdos de esas horas desafortunadamente memorables, no veía futuro para mi mente de niño —que había crecido de golpe—, estaba en un paréntesis, sin nada en medio de ellos.

En verdad, no quería estar ahí, solo correr una vez más, huir… ¡hasta donde me llevaran mis piernas y mis fuerzas!

Mi padre, en la casa, con esa pesadumbre propia de su corazón adolorido, con su cabeza apoyada entre sus manos, sin fuerzas, peleaba con su propia tristeza como podía, intentando ocultar su fragilidad ante nosotros para que no nos derrumbáramos también, pero era tarde. Únicamente mi hermanito estaba en su propio mundo, no tenía comprensión de qué ocurría. Mi padre le decía que mamá había ido al cielo con los dioses, ¡pero nada más!

Yo sentía que mi padre moría también un poco esos días, como yo, pero por razones distintas. Él, debido al estruendoso silencio que producía la ausencia de mi madre. Yo, a consecuencia de mi remordimiento.

Se disponía a visitar la necrópolis en donde se hallaban los restos de los miembros de la familia que ya partieron al más allá para iniciar los preparativos del banquete funerario y de incineración del cuerpo en la pira que se disponía para tales fines.

Buscaba en la habitación lo que fueron sus objetos de valor, sus joyas y pertenencias más imperecederas, porque en ese tiempo creíamos que, al poner junto a sus cenizas el mejor ajuar y las más valiosas pertenencias materiales que logró acumular el difunto mientras estuvo en vida, su espíritu llegaría más rápidamente con los dioses.

Le corresponde a mi padre liderar los procesos que este ritual implica junto al chamán que estuvo con ella hasta su último aliento.

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175 s. 26 illüstrasyon
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9788419277008
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