Kitabı oku: «El general se confiesa»

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El general se confiesa

César Gavela


© César Gavela, 2015

© Punto de Vista Editores, 2015

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ISBN (Punto de Vista Editores): 978-84-15930-80-8

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“Un caudillo mira desde fuera. Desde otro hombre, que también es el mismo. Eso le otorga gravedad a cada paso, a cada palabra y cada gesto. Yo siempre me miro de ese modo”.

Sumario

Biografía del autor

El general confiesa

Biografía del autor

César Gavela (Ponferrada, 1953) se licenció en Derecho en Madrid y desde 1976 vive en Valencia. Ha publicado cinco libros de cuentos: Pobres del Sil (1989), Cuentos de amor y del norte (2005), El camino y otros pasos (2012), Nor Noroeste (2013) y Braganza (2015), y cinco novelas: La raya seca (1996) El puente de hierro (1998), El obispo de Cuando (2002), La sagrada familia (2004, con Alberto Gimeno) y De Ricardo Muñoz Suay (2006). Asimismo, el ensayo Ramón Carnicer (1993, ampliado en 2012) y el libro de artículos literarios Un hombre y un gato de Valencia (2006). Ha ganado los premios de narrativa Ciudad de Irún 1995, José María de Pereda 1998, Torrente Ballester 2001 y el Ciudad de Valencia en dos ocasiones: 2003 y 2006. Asimismo el premio Mario Vargas Llosa-Hoteles NH para libros de cuentos en 2004.

“No sé por qué me hablo así desde que llegué a esta sierra, en la que nunca había estado antes. ¿Será que me voy haciendo viejo? ¿Será una señal del cielo? No lo sé y tampoco creo que pueda averiguarlo. Pero siento que necesitaba hablarme de esta forma antes de morir. Aunque espero que mi muerte esté lejana, que así lo haya determinado Dios”.

“Es un hablar interior, pero no como las demás veces. Es más libre, va saliendo como quiere. Y aunque no sé adonde pretende ir, estoy seguro de que no ha de entrañar peligro alguno para la patria. Porque yo vigilo siempre, por encima de cuanto digo y siento. Toda mi vida es un permanente estar alerta y eso no cambiará nunca”.

“Yo soy Francisco Franco Bahamonde, y como Franco existo mucho. Aunque nunca es suficiente porque España lo quiere todo de mí. La patria me conoce, sabe que yo siempre actúo con lealtad y determinación, también con astucia. Así debe ser porque soy el militar que está en la vanguardia, el primero de todos, el vértice. El que se jugó la vida, el que ganó su puesto en la historia, el que salvó a España, el elegido por Dios”.

“Bahamonde, sin embargo, es distinto, representa otra actitud. A mí me gusta esa hache, hice bien en ponérsela. Sin ella Baamonde suena a aldea y a monte, a campos y vacas. A una gente que ya no es, realmente, la de mi familia. Dejó de serlo hace muchos años. Generaciones”.

“La hache le da honor a la palabra, armonía al trazo. Bien lo sé yo, que soy pintor aficionado. Bahamonde evoca a personas que vivieron en la zona alta de la sociedad. No en la aristocracia, pero sí en el acomodo de las casas amplias, los muebles antiguos, las ropas suaves, los ademanes refinados. Algo que no estaba al alcance de Baamonde”.

“Bahamonde también significa resistir y hacerlo con absoluta fe en la victoria. Si Franco es el que ataca, Bahamonde el que aguanta el embate del enemigo, el del ánimo inquebrantable. Todo eso nos lo inculcó mi madre a mí y a mis hermanos. Aceptar cualquier sacrificio para poder llegar lo más lejos posible. Saber encajar las adversidades, ser educado, no ceder nunca. Y no decir la verdad cuando no conviene. Porque siempre es mejor callar que mentir. Aunque si hay que mentir, se miente cuando la meta lo vale. Eso último no lo decía mi madre, pero lo digo yo”.

“Si Bahamonde viene de mi madre, Franco viene de mí, y ya más borrosamente de mi abuelo. Pero no de mi padre porque yo soy muy diferente a él, en realidad opuesto. Él se apartó de los Franco, se hizo Nicolás solo. Mi padre era Nicolás, pero Franco soy yo. El apellido lo llevo y a la vez, lo ilumino hacia el pasado. Elijo quién sí y quién no. Tengo derecho a hacerlo”.

“Franco es la voz de la patria, Bahamonde la de mi madre pero ambas son lo mismo en mí. Esas voces hablan, estoy a sus órdenes. Nadie sabe lo que yo acato, por mucho que sea el generalísimo de los ejércitos. Porque un militar siempre manda tanto como obedece y el primero de todos también debe hacerlo: es el destinatario de las palabras de la patria”.

“Alguna vez he pensado que si mis apellidos hubieran sido al revés todo me habría sido más fácil. Creo que el general Bahamonde suena mejor que el general Franco. Bahamonde es distancia, lo que parece histórico. Pero tal vez me habría hecho ser menos eficaz. Bahamonde habría sido más clemente y eso es un peligro para el soldado. Porque la clemencia casi siempre significa debilidad y no fortaleza, por mucho que digan lo contrario los filósofos y otras gentes que desconocen el corazón de la milicia. Bahamonde sería algo más compasivo que Franco y precisamente por eso Franco es lo que yo tenía que ser. Franco está donde le corresponde, donde siempre ha estado. Ser compasivo es fácil, es dejar hacer. No serlo solo está al alcance de los valientes. No me refiero a la crueldad de los despiadados, sino a la responsabilidad de los cirujanos. A la energía precisa para extirpar los males de la patria”.

“Me gusta este hablar tan libre, tan nuevo para mí. Este caudal de palabras que vienen a diferentes horas, que traen asuntos diversos, que piden paso y que yo dejo que salgan como quieran, a su aire, cuenten lo que cuenten. Mientras contemplo el monte, los bosques, los dos valles estrechos que nacen en esta sierra: de una parte el norteño, más verde, cuyas aguas van al Cantábrico; de la otra el que va hacia el sur, más seco y claro, pero no menos hermoso. Y yo en el medio. Franco y Bahamonde”.

El niño había ido bordeando el río, que cada vez era más estrecho y bravo. El valle estaba poblado por un manto mixto de robles, fresnos y abedules. Pablo nunca había llegado tan lejos en sus aventuras de pequeño explorador, pero no tenía miedo: llevaba un bastón con el pico de metal y también un cinturón con el cuchillo de monte que le había comprado su padre el año anterior en la feria de Vereda. Se sentía seguro.

Al llegar al último prado se apartó de la orilla y comenzó a subir por la vertiente, hacia el nordeste. Un centenar de metros más arriba vio un soldado entre los árboles. No tardó en surgir otro y luego vio dos más. Los cuatro formaban una patrulla de vigilancia.

Pablo no sentía ningún temor. Su padre le había dicho que el mérito más difícil de la vida era el valor y eso él no lo olvidaba. Además le había prometido que nunca sería un cobarde. Se lo había escrito en la primera carta que le envió a la cárcel.

A unos treinta pasos de distancia descubrió un camino forestal. Poco después se escuchó un fuerte ruido de motor y vio humo de tubo de escape ascendiendo entre los árboles. Era un camión del Ejército en cuya caja, cubierta por un toldo verde, iban varias personas sentadas en bancos. Parecían trabajadores, en el grupo había una mujer.

Pablo continuó avanzando por el bosque, en paralelo al camino. Unos cien metros después vio en lo alto de la ladera el pequeño descampado donde estaba la finca de Avelino Dámaso, un empresario de minas que había construido tiempo atrás una gran casa de montaña, con dos plantas y un piso alto, abuhardillado. Junto a la casa había una pequeña vivienda para el guardés, un edificio auxiliar para almacén y un pabellón de invitados. Todo estaba rodeado por una valla de piedra de un metro y medio de altura. Sobre la piedra se armaba una verja de hierro recién pintada de verde.

Delante del recinto se veían varios vehículos Land Rover y una tanqueta con un cañón giratorio. Pablo ya no podía seguir cobijado en el bosque: tenía que pisar el espacio abierto si quería continuar su camino. Y aunque consideró que muy probablemente allí iba a terminar su viaje, había que dar el paso.

Llevaba una gorra de paja y vestía pantalón corto azul celeste y camiseta blanca. Esos colores destacaban con los tonos verdes del monte y de los guardias. Se cruzó con varios, imaginó que alguno le interrogaría, pero nada le dijeron. Uno de ellos incluso le saludó sin detenerse, casi sin mirarlo.

Sintió que estaba ocurriendo algo nuevo. Como si hubiera vislumbrado otro modo de transcurrir el tiempo, de formarse la vida y los hechos. Como si se esfumara por el aire aquello que tendría que haber sucedido. Y nacer así otra cosa, la que él perseguía.

No se le ocurrió pensar que los guardias habían dado por hecho que él era hijo de alguno de los empleados temporales que trabajaban en las cacerías. Hombres rudos, reclutados en las aldeas de la zona, que se alojaban en un barracón de madera escondido en el bosque, a unos trescientos metros de la casa de Avelino Dámaso.

Aquellos hombres salían al monte en la madrugada acompañados de algunos militares. Iban a buscar a los venados en sus escondites, los azuzaban y luego los conducían por robledales y vaguadas hasta hacerlos pasar delante de los puestos de tiro.

-¡Fuego, mi general!

Y el general disparaba.

Pero ahora al niño no le habían disparado. A los niños no se les mata. Alguien debió decir eso, o pensarlo, aunque no era necesario. O quizá nadie pensó nada porque se pensaba poco entonces, no convenía. O daba lo mismo, o la gente ya no se acordaba de pensar. El tiempo era lento, la vida austera, el sol muy frío y el general Franco aún no demasiado viejo.

“Todo está en marcha. El año es bueno, el país progresa, las instituciones funcionan y la paz está garantizada. Pero es que además, y yo ahí sí que veo una señal de la Providencia, España ha ganado la Copa de Europa de selecciones nacionales a la Unión Soviética. Somos los mejores del continente en fútbol, el deporte más popular, y eso es un símbolo más. No solo una fuente de orgullo, también es un triunfo que recuerda y honra la victoria de España sobre el comunismo”.

“La guerra se hace para defender una patria, pero también para transformarla. Por eso hemos construido pantanos y carreteras, colegios y hospitales, puertos y ferrocarriles. La guerra continúa en la paz combatiendo la pobreza o la secular sequía de España. Es soldado el obrero que cava una zanja y el minero que pica la antracita en las entrañas de la tierra. El agricultor es un soldado, el obrero industrial también, y el médico, y el maestro, y el cartero y el viajante de comercio. Ellos creen que trabajan, que se ganan un sueldo, que mantienen a su familia. Pero aunque no lo sepan, también están luchando en el frente de batalla. Cada buen español siempre es un soldado”.

“El enemigo, que no perdona nunca, que solo tiene la destrucción de España como objetivo y esencia, como anhelo mortuorio, nunca podrá negar las nuevas ciudades sanitarias, las enormes empresas públicas siderúrgicas, las factorías de coches y de camiones. Hemos hecho más en los últimos diez años que los anteriores dirigentes de España en doscientos. Solo por eso mi tiempo es bueno; el tiempo de la patria en marcha”.

La tercera patada en el bajo vientre: los gritos de dolor de Luis Boeza fueron anegados con una toalla húmeda que el comisario Manuel Acebo le puso en la boca. El detenido cayó al suelo, se retorcía sobre las baldosas.

Acebo, que estaba acompañado por el policía Jacinto Mena, miró a Boeza como quien mira a una piedra. Para él no había nada en aquellos gemidos, tampoco en la sangre que corría por el rostro. Para él solo había un trabajo, un sueldo y unas horas que habían resultado perdidas porque aquel hombre no había contestado a ninguna de sus preguntas. Luego le hizo una señal a Jacinto Mena, que pateó la cabeza del detenido contra la pared. Era un golpe que podía matar.

Luis Boeza quedó inconsciente, encogido, amoratado. Movía la boca como quien está muriendo. Los dos hombres salieron de la celda de la Dirección General de Seguridad.

-Demasiado ímpetu –dijo el comisario.

-Usted estaba ahí.

-Por mí no hay problema, lo sabes. Está todo bien. Pero ahora hay que tener más cuidado. Lo que antes se podía hacer, parece que ya no conviene tanto. Quizá debí habértelo dicho, pero el hijo de puta me provocó. No aguanto esa cosa de fraile loco que tiene.

-¿Qué cambios ha habido, comisario?

-Presiones internacionales, acuerdos con el Mercado Común o no sé qué. Es lo que me han dicho. Que lo vea el médico.

Dos horas después ingresaron a Luis Boeza en el Hospital Militar Gómez Ulla. A Elva López no le dijeron nada ni se lo iban a decir. Ella solo sabía que en la madrugada del martes habían llegado a casa unos policías vestidos de paisano que se llevaron a su marido en una furgoneta gris.

Él apenas había dicho nada, tampoco ofreció resistencia. Le pidió a Elva que permaneciese tranquila: le dijo que todo obedecía a un malentendido aunque él sabía que no era así. Su hijo escuchó borrosamente pasos, incluso rumor de palabras, pero no llegó a despertarse.

Todo había sido muy rápido: los policías irrumpieron cuando Luis leía en el pequeño comedor y Elva y Pablo dormían. Ella ya no le esperaba, como antes, despierta en la cama. Donde él entraba cada vez más tarde, más ensimismado y obsesivo. Sin que ya casi nunca la abrazara. Se quedaba en una esquina y se dormía inmediatamente.

Un día hablaron de esas cosas. Luis Boeza dijo:

-Te entiendo, Elva; ¿cómo no te voy a entender? Pero ellos me reclaman.

-¿Ellos? Es estúpido decir eso. ¿Quiénes son ellos?

-Los trabajadores, los estudiantes, el país entero… No puedo defraudarles.

-Y entonces prefieres defraudarme a mí. Se ve que te resulta más cómodo.

-No Elva, aquí no estamos hablando de elegir. Mi lucha y mi compromiso para contigo van de la mano.

-¿Compromiso? Háblame de amor, no me hables de compromisos.

-Te amo a ti y amo al pueblo. Tengo que atender a su llamada.

-Eso son palabras vacías, Luis. Palabras que has leído en libros por ahí. Pero yo no quiero esas palabras, prefiero callarme y ya está. Sé que eres noble, no te voy a hacer sufrir. Además, he aprendido a resignarme.

-Elva, no hay ninguna razón para que hables así. No pasa absolutamente nada.

-La vida siempre es dura, la felicidad no existe y todo es una trampa. Alguna vez se lo oí decir no sé a quién, puede que a alguna amiga de mi madre. Me pareció entonces que no tenía razón, pero ahora sé que sí. Que la vida es eso, que la felicidad no existe. Y ya está.

-Yo te quiero.

-Me gustaría vivir de otra manera, Luis, aunque sé que es imposible. Además, noto que has cambiado mucho últimamente.

-¿Por qué dices eso?

-Te estás yendo de mí, de nosotros, y lo haces cada vez más deprisa. Sé que no querrías que pasara esto, pero pasa.

-No es verdad.

-Yo creo que hasta miras la casa de otro modo, incluso a mí. Y al niño…

-Al niño no… Ni a ti.

-Y yo me doy cuenta de todo.

“La libertad política es un señuelo. ¿Qué libertad había en la República? ¿La de insultar, la de matar? ¿La de desmembrar la nación y quemar conventos? ¿La de repartir insidias en todas las escalas de la sociedad? ¿La libertad del crimen y la venganza? Pues si esa es la libertad, yo la combato. Aunque me cueste la vida. Siempre me opondré a la falsa libertad que propicia el odio”.

“Creo que la libertad es un asunto personal. Y tiene su ámbito en lo familiar, lo profesional, lo mercantil… Cada uno es dueño de pensar como quiera, de casarse con quien quiera, de ejercer el oficio que mejor le cuadre, de vivir en la ciudad que más le interese. Esa es la libertad razonable, porque la otra solo conduce al conflicto. Si me dicen que hay países donde no sucede eso, lo acepto. Pero en España es así, yo no lo he inventado”.

Elva abrazó a Pablo.

-Todo se va a arreglar y muy pronto; ya lo verás.

-Papá está preso.

-No lo está, no digas esas cosas. Se lo han llevado para hacerle unas preguntas, eso es todo.

-¿Qué preguntas, mamá?

-No lo sé. Pero seguro que lo han confundido con otro.

Luego le dijo que tenía que ser fuerte. Y que siguiera durmiendo porque ella tenía que irse un rato.

-No quiero quedarme solo.

-Antes de que despiertes estaré aquí.

-¿De verdad?

-Mucho antes.

-¿Volverás con papá?

Ella le dio un beso y lo llevó de la mano hasta su cuarto. Luego se peinó, se vistió, pidió un taxi por teléfono y se presentó a las tres y cuarto de la mañana en la sede de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol. Pero allí lo único que lograría saber, después de una larga espera y de las palabras humillantes de los policías, fue la fría confirmación de que su marido estaba en una de las celdas. Ningún otro dato.

-Y ahora se tiene que marchar de aquí.

Volvió a casa antes de las siete de aquel día 13 de julio de 1964. Pablo estaba despierto, en la cama. Madre e hijo se abrazaron, permanecieron así un largo rato. Se necesitaban más que nunca, ella dijo que en aquel abrazo también estaba Luis Boeza. Que les quería, que pensaba en ellos. Luego se quedó sin palabras, su rostro parecía tallado por el dolor y la desesperanza. Se fue al baño, se lavó la cara y entró en la cocina para preparar el desayuno de Pablo: un tazón de leche y una rebanada de pan con mantequilla y miel.

El niño iría a clase, como todos los días: su madre se lo había pedido. Lo despidió fingiendo normalidad. Pablo se dio cuenta y agradeció esa actitud, que tanto necesitaba. Sin decir nada fue bajando las escaleras, el colegio estaba a unos trescientos metros.

Cuando se quedó sola, Elva rompió a llorar. Ahogaba sus gritos apretando la almohada contra la boca. Sus manos temblaban, le ardían los ojos. Consideraba que su vida había terminado, la vida mejor que había tenido, aunque no fuera perfecta. Sentía que solo iba a haber túnel y dolor a partir de entonces.

Se sintió desamparada. Como una niña que avanza por un desierto blanco. Entonces recordó a su padre, trató de protegerse así. Se llamaba Eliseo Martín Abenza y había muerto cuando ella tenía once años. Era conductor de tranvía y en la guerra fue miliciano en la defensa de Madrid, donde fue abatido en noviembre de 1936. Le alcanzaron los disparos de una ametralladora situada en el hospital clínico de la Ciudad Universitaria.

“Quédate por aquí, padre, en estos días me harás falta. Quiero que estés mucho más cerca que otras veces. Mirándome y que me escuches. Quiero sentir que no estoy sola, que tú me sujetas. Que me dices las palabras que necesito para vivir. Palabras que vienen de la muerte y que por eso valen tanto. Porque soy tan hija tuya en la muerte como en la vida”.

¿Y su madre? No hacía falta recordarla: la tenía presente en todo. Había muerto de un derrame cerebral tres años antes, a los 57. Carmen Canal Vila se filtraba en su vida en cada instante, sin decir nada. Ella sabía muchas cosas de su hija, aunque cada vez sabía menos. Porque el tiempo pasa y Elva ya notaba que los muertos también van perdiendo la memoria.

Luego se durmió, no se despertaría hasta que vino Pablo del colegio. El niño la encontró en la cama, pálida y azul, como si fuera otra madre.

-Ven, hijo mío, dame un beso.

No lloraron esta vez. Ella dijo:

-Tenemos que vivir como si papá estuviera con nosotros. Además, lo está.

Se levantó, preparó una ensalada y llamó a su trabajo para decir que no iría, que se encontraba mal, y se puso a ordenar la casa. Cambió las sábanas, aireó los cuartos y hasta saludó con naturalidad a las vecinas por el patio de luces. Luego se quedó dormida en el cuarto de estar.

En la cena apenas hablaron, no tenían ánimos. Una columna de silencio se había ido adueñando de los dos poco a poco. Ella intuyó que aquel silencio les iba a cuidar en cada momento de tristeza o de temor. Era un huésped tímido, pero también tenaz. Y bueno.

-El silencio habla, hijo mío, tienes que entenderlo.

-No sé qué quieres decir, mamá, pero eso debe de ser porque soy un niño.

-Cada día te dirá más y debes escucharlo siempre. El silencio te acaba indicando lo que hay que hacer, aunque sea duro. Y no eres tan niño, vas a cumplir doce años. A esa edad no se es un niño del todo.

-¿Y qué se es entonces? ¿Qué soy?

-Un niño mayor, algo así.

-¿Un adolescente?

-Yo creo que todavía no.

Si ella tuviera fe en Dios pensaría que aquel amortiguarse la vida era un regalo del cielo. Pero como no era religiosa, atribuyó la inesperada quietud que sentía a alguno de los misterios que guarda el cerebro. A mecanismos que solo se ponen en marcha cuando circunstancias muy excepcionales los reclaman. Herramientas que traen las destrezas más sutiles, decantadas por la Humanidad a lo largo de cientos de miles de años.

-¿Sabes una cosa, hijo? Los hombres primitivos nos están ayudando a los dos. Ahora, en estos tiempos tan difíciles.

-¿Los que vivían en las cavernas?

-También los de antes. Ellos fueron aprendiendo todo de padres a hijos, a lo largo de muchísimos años.

-¿Qué es aprenderlo todo, mamá?

-Lo que es la vida, Pablo. El nacer, el vivir, el morir, el que sucedan cosas buenas y malas. Ellos lo supieron mucho antes que nosotros. Es una luz que fue pasando de hombre en hombre, de mujer en mujer… Y eso lo llevamos dentro.

-¿Todos?

-Claro. Cuando nacemos no solo nos dan un cuerpo, unos sentidos. También nos dan ese secreto.

-Lo que dices es bonito. Es como si fuéramos amigos de los hombres primitivos.

Se acostaron, durmieron abrazados. Aquella noche Pablo soñó con su padre.

“Entonces, ¿es verdad que hay hombres malos?”

“Siempre los ha habido. La vida es así aunque no debería serlo. Hay personas egoístas y crueles que lo quieren todo para ellos, o a las que les gusta hacer daño.

“¿Y esos hombres que te vigilan, papá, son malos…?”

Se despertó asustado, llorando.

-¡Papá!

Elva López se dio la vuelta, le abrazó y le dijo:

-Papá va a venir.

-¿Cuándo?

-Dentro de un tiempo. No será muy largo, ya lo verás.

-Si no viene pronto iré a buscarlo y lo traeré. Seguro que puedo, mamá. ¿O tú crees que no?

-Lo que importa es que vas siendo un hombre. Lo demuestras en todo y yo estoy muy contenta.

-Soy un soldado, no soy un niño. Yo no lloro, yo mato.

Elva López sonrió.

-No debes decir esas cosas.

-Hay que matar a los hombres que se lo merecen, mamá.

-Nadie merece morir. Ni siquiera quienes han hecho mucho mal.

-Eso lo dices porque eres buena, mamá, pero no tienes razón.

“Un estadista está emplazado por la historia, no por los asuntos cotidianos. Él no sabe de lo pequeño ni tiene por qué saberlo. En realidad, deja de ser líder si atiende a lo que dicen periódicos y gentes. También si cede ante las torpes apetencias personales. Todo eso lo degrada, lo hace ser uno de tantos. Y lo que es mucho peor: allana el camino de su derrota”.

“Lo propio de un estadista son las décadas, los años le dicen poco. Él dialoga con la época, con la civilización incluso, pero nunca con lo perecedero. Cada paso que da hacia el porvenir tiene su origen en el pasado ilustre, no tanto en la actualidad. El estadista tiene perspectiva y firmeza. El político al uso, no digamos el politicastro, solo tiene presente y fragilidad”.

“Yo siento que tengo trato directo con la historia. Con lo inmortal, que es lo más verdadero de la patria. Con Fernando el Católico, Felipe II, Carlos III… Con lo muerto que no deja de llamarnos. Es la vida de España la que existe esencialmente, no la de los hombres, que no dejan de ser meros instrumentos. Es la historia de la nación la que aúna y conforma. Y yo estoy aquí para defenderla. Al precio que sea”.

“Es la historia y no el pueblo quien debe marcar el camino de una patria. El pueblo es el beneficiario de ese destino, pero por ser tan manipulable nunca está formado adecuadamente para interpretar la lección de los siglos. Por eso la llamada democracia liberal es una mentira. Imaginémonos que un buen día los españoles, irresponsables y ciegos, deciden desmembrar la patria. ¿Sería legítima esa determinación? ¡Nunca! Porque supondría una abominable traición a la historia y a los antepasados. Nuestro presente es indisoluble de los siglos, de tantas guerras y generaciones, de tantos aciertos y errores. De la fortuna y el sacrificio”.

“Lo ideal, con todo, es que vayan de la mano el pueblo y la historia. Que uno y otra se conozcan, se abracen. Algo que se volvió imposible durante la República. Ahora caminan juntos, aunque eso no es espontáneo: sucede porque yo impulso y vigilo. Y conmigo el ejército. Porque siempre está el enemigo, agazapado. Sembrando el odio entre padres e hijos, entre regiones y ciudades, entre patronos y obreros”.

“Los enemigos de la patria han sido derrotados por las armas, pero, sobre todo, porque actuaron en contra de España y de su glorioso pasado. Por eso, y pese a tener casi todos los barcos, tantos aviones, las principales ciudades, los periódicos, las fábricas… perdieron. Les faltaba lo esencial, les faltaba el espíritu. Y el espíritu de nuestra nación está en España, no en Moscú, en París o en Múnich. Está aquí, los españoles somos de aquí. Los soldados españoles son de España”.

“Ellos, los enemigos, perderían siempre porque se olvidaron de España. De lo que nuestra patria significa y exige. Yo lo sé, y muchos lo saben conmigo. Por eso hemos ganado, porque estábamos todos dispuestos a dar la vida por la patria. Y quienes íbamos a morir por ella seguimos en guerra, siempre. Mientras la amenaza de los derrotados persista, estaremos en armas. Y es evidente que el enemigo persevera. En realidad, es lo único que sabe hacer: perseverar y perder”.

“Y ahora creo que Baamonde se ha quedado en silencio, no parece que haya hablado en este rato. Tal vez se ha alejado un poco, pero ya volverá. Yo quiero que regrese porque lo que dice me gusta. Pero él se aparta cuando repito las verdades fundamentales, las que nunca podré callar. Lo hace no porque no piense lo mismo. Él está para otras cosas”.

“Veo corzos allí arriba, algún rebeco. Si yo fuera joven, si yo no fuera Franco, saldría a caballo cada mañana, muy temprano, para perderme a solas entre esos montes, esos valles en los que no vive nadie. Llevaría un pequeño almuerzo, no volvería hasta la noche. Haría vida de hombre libre, de la auténtica libertad. Que no es la falsa libertad de los políticos que odian a España”.

El 16 de julio de 1964 los policías Acebo y Mena fueron al Hospital Gómez Ulla. El médico militar Esteban Alea les dijo que el paciente había sufrido una fuerte hemorragia en el intestino, que tenía traumatismo craneal, un pómulo roto y que estaba muy grave. Con todo, se declaró optimista.

-Es joven, quiere vivir.

-Mejor que muriera, y pronto.

-Eso a mí no me incumbe, comisario. Yo tengo que curar a los enfermos.

Luis Boeza tenía los ojos cerrados, la cabeza vendada y el rostro ladeado. Se alimentaba con un gotero, estaba inconsciente y respiraba con dificultad. Esteban Alea lo miró unos instantes, en silencio. Aquella mirada respetuosa incomodó al comisario. Luego el médico se fue, hizo un gesto mínimo para despedirse. Avanzó unos metros por el pasillo pero cada vez iba más despacio. Se sentía muy descontento consigo mismo. Hasta que acabó por detenerse y volver a la habitación, donde los dos policías aún no habían descartado interrogar al detenido. El militar dijo:

-Este hombre ha sido maltratado. Y muy salvajemente.

El comisario, que tenía cincuenta y seis años y un largo historial de vilezas, irregularidades y éxitos siniestros, miró al médico con sorpresa. Luego la sorpresa se fue convirtiendo en desprecio: el propio de quien se siente inmune. ¿Qué detenido se atrevería a denunciarle? ¿Y con qué pruebas? Además, eran detenidos que serían, con toda seguridad, condenados. Encarcelados, aislados en celdas de castigo. Hasta desembocar en la vida larga y dura del penal. O peor todavía.

Él, además, sabía con quién podía extralimitarse. Antes de proceder a cualquier interrogatorio, Manuel Acebo era muy escrupuloso en averiguar con el máximo detalle el contexto de la persona detenida. Su familia, estudios, relaciones, el barrio donde vivía... Con Luis Boeza todo exceso estaba justificado porque los hechos que se le imputaban eran de la máxima gravedad, y porque el detenido era un hombre sin relevancia social alguna.

En sus veintitrés años de oficio el comisario había tenido oportunidad de bucear mucho en la debilidad de las personas, en sus desfallecimientos y bajezas, y jugaba con un cinismo muy cruel con la parte más oscura del ser humano. Si había llegado tan arriba en su profesión era, en buena medida, por haber sabido convertir en insólitos aliados a quienes formaban parte del enemigo. Lograba muchas veces que los detenidos traicionaran a los suyos. Y que, de ese modo, fueran traidores a ellos mismos. Él era muy eficaz trabajando en la caldera de la abyección, y muchas veces lo hacía entre sonrisas, con invitaciones a café o a fumar un cigarro. Incluso salía con los detenidos a la calle Carretas o la del Arenal, como si fueran amigos de tiempo atrás y se hubieran vuelto a ver. Vigilados por agentes de paisano, bebían cerveza, ojeaban la prensa deportiva. Y volvían a la celda, donde les aguardaba la rendición o la tortura. La rendición era un camino más cómodo. Pero quien lo recorría ya iba muerto: a Acebo le gustaba ver el rostro de aquellos muertos.

Después los mantenía varios días en los calabozos de la Dirección General de Seguridad. Estaba muy pendiente de ellos: no tenía horario, iba a verlos con frecuencia, trataba de humillarlos siempre. También detenía de cuando en cuando y sin razón alguna a quienes había dejado libres. Los amenazaba de nuevo y a algunos incluso los conducía a cámaras donde creían que, ahora sí, iban a ser torturados.

-Hay que provocar la confusión en el enemigo, aunque acabe trabajando para nosotros –le indicaba al policía Jacinto Mena–. Ellos tienen que llegar a sentir que nunca serán perdonados. Solo así nos garantizamos que su cobardía los va a destruir por dentro.

Manuel Acebo sentía el mayor de los desprecios por quienes accedían a sus propuestas de traición, pero aún odiaba más a los que no se plegaban a ellas. Éstos solían ser los dirigentes sindicalistas más concienciados, los que jamás vendían a los compañeros durante los interrogatorios. Con todo, los más aborrecidos eran quienes utilizaban la ironía para desenmascarar su lenguaje brutal. Un abogado se atrevió a recordarle algo que era conocido en secretos círculos de Madrid: que Manuel Acebo había sido un joven comunista durante la República. Y que había logrado salvar el pellejo amparado en un informe falso firmado por un sacerdote que era amante de su madre.

La vanidad del comisario había quedado herida en su conversación con el médico Esteban Alea. Se mordió los labios, se despidió de los policías uniformados que vigilaban la galería y continuó hacia el ascensor, seguido de Jacinto Mena.

Al salir del hospital estaba lloviendo. Le incomodó el agua, tenía el coche oficial a un centenar de metros. Lanzó unas blasfemias por lo bajo, y de ahí, inesperadamente, se fue a un extremo de sí mismo. Mientras su ayudante conducía, dijo:

-Mi vida es fango, pero yo la he elegido.

-¿Fango? ¡Pero cómo dice eso…! Es una locura.

-Es la puta verdad y alguna vez tenía que decirlo. Pues ya está dicho, tú lo has oído. Y ahora me callo. Y continúo.

-No tiene razón, comisario. Usted para mí es un ejemplo.

-¡Un ejemplo…! ¿Y de qué soy un ejemplo?

-De todo.

-Eso es porque no me conoces bien.

-Usted vale mucho, comisario. No entiendo qué le pasa hoy.

-Me pasa lo que has visto. ¿O no te has dado cuenta? ¡Ese cabrón me ha achantado!

-¿Lo conocía?

-No. Creo que ha venido del Hospital del Aire. A ti, ¿qué te ha parecido?

-He visto a un militar, nada más. Y, si le digo la verdad, más que a un militar, a un médico.

-¡Y más que a un médico, a un hijo de puta…! Pero es militar y está a salvo. Ese capitán de mierda. Como mi vida de mierda, mira. Todo se junta, todo se convierte en fango…

“Oscuros nombres de nuestra historia, parejas misteriosas: yo sé muy bien que vosotros ya erais españoles antes de que España existiera. Yo siempre os tengo presentes y ahora venís a mí para que os confiera otra fuerza, otro modo de perdurar en la vida, la que solo los vivos pueden dar. Y yo lo hago con fervor y cercanía”.

“Porque mi tarea como caudillo enraíza en vosotros, grandes precursores a los que evoco desde la soledad de estos montes. Indortes e Istolacio, iberos que fuisteis crucificados por Cartago. Indíbil y Mandonio, catalanes fieros. A todos os encumbro desde mi lejanía. Defiendo frente al paso del tiempo vuestro heroico mandato”.

“Y tampoco me olvido de ti, Orisón. Tú, que lograste derrotar al poderoso Amílcar Barca, aunque la victoria no fue duradera. Pero en ella los toros de España, con teas en los cuernos, ahuyentaron a los elefantes de Cartago. El ingenio de Iberia está en ti, Orisón, el talento y el valor. También la terrible muerte”.

“Indíbil, Mandonio, Indortes, Istolacio, Orisón… Qué nombres poderosos. Qué vidas breves y lejanas. Pese a ello, con cuánta intensidad siento vuestra eternidad ahora. El peso de una muerte que está llena de vida”.

“¿Y tú, Viriato, qué me traes? Lo que yo daría por hablar contigo, por pasar una larga tarde mano a mano. ¡Cuántos hechos de guerra me contarías, hechos que siempre quise conocer ardientemente…! Me hablarías de tu bravura, de tu habilidad para aglutinar a tantas gentes dispersas. De tu valor para enfrentarte al ejército romano”.

“Yo te contaría, Viriato, cómo he continuado tu obra, tantos siglos más tarde. El mismo ímpetu que tú tenías para liberar a Iberia del invasor, el mismo anhelo, es el que yo he tenido para salvar a España de tantas y tan crueles amenazas”.

“Te diría cómo han cambiado los tiempos y lo que sucedió tras tu muerte. Todos los siglos que vinieron después de ti, con sus guerras y monarcas, sus épocas malas y las buenas. La fabulosa conquista de América, con sus oros y sus dones; la gigantesca empresa de la cristianización de todo un continente. Coincidiríamos en alabar el gran vigor que sale del pueblo cuando la patria está en peligro”.

“La tierra y los muertos, Viriato. A nadie nos debemos más que a ellos. Y por encima de todo, nos debemos al Ser Superior. Cuando tu vivías no había nacido Jesucristo, pero seguro que creías en un dios, en un cielo, en un orden, en una justicia universal”.

“Y quién sabe si tú, Viriato, pasaste por aquí un día y contemplaste esta sierra de Dalma que yo ahora miro: las mismas peñas, estos montes aislados pero no hostiles. Y algo nuevo te dirías a ti mismo entonces: una confidencia grave y fecunda mientras ibas acompañado de fieras y soldados. Caminabas por el corazón de la vida más verdadera, la que solo los ejércitos conocen”.

El comisario Manuel Acebo había elegido la ignominia y vivía bien gracias a ella, sobre todo cuando estaba fuera de Madrid. Él podía viajar a la ciudad que le apeteciera: le bastaba con exagerar los términos de cualquier informe policial y escribir luego un oficio indicando que en San Sebastián, en Barcelona, en Málaga o en Alicante se había detectado la presencia de personas sospechosas y que era necesario su desplazamiento para dirigir “in situ” la investigación.

En las ciudades elegidas, casi siempre junto al mar, solía pasar tres o cuatro días. Se alojaba en fondas baratas, comía de menú y se guardaba el resto de las dietas para pagar sus visitas a los burdeles. En esos viajes se sentía muy feliz, se intensificaban sus emociones de hombre de acción. Vivía en guerra entonces, le gustaba decir eso a sus superiores porque la guerra era la mejor ocupación para un hombre. La guerra contra el mal, aunque él sabía que no era exactamente el mal lo que perseguía. Pero le tocaba hacerlo y lo hacía mejor que nadie. En realidad, le era muy útil no creer en nada. Solo así se podía ser el mejor funcionario. El más eficaz.

Cuando se emborrachaba, algo que sucedía en la mayoría de sus viajes, la guerra se adormecía por unas horas y el hombre de acción se convertía en otro muy diferente. En uno que también era él, no solo el fruto oscuro del alcohol. En un Manuel Acebo González que venía de muy lejos, de antes de la guerra. Un joven soñador de la calle de Eloy Gonzalo donde había nacido, en la mínima y pobre vivienda aneja a una portería. Allí prendió su rebeldía, su anhelo de vengarse de aquel origen. De la estrechez y de la casa sin ventanas donde había pasado la infancia y la adolescencia. Años más tarde, cuando su padre murió, se pudo colocar de oficinista en una compañía de seguros. A partir de entonces alquiló un piso pequeño pero digno en la calle del Almendro, donde viviría con su madre unos cuantos años, los dos solos en el mundo, sin hermanos ni él ni ella, casi sin parientes.

A Manuel siempre le dolió aquella soledad, aquel no tener nada más que su voluntad y su madre. Se vio obligado a construir su vida con muy pocos mimbres, que nunca quiso convertir en acicate para la bondad y la alegría. Para él su pasado sería camino hacia el rencor, la ambición y el disimulo.

En el Madrid republicano se enroló en el Partido Comunista después de haber coqueteado con las juventudes católicas. Fue un tiempo de expectativas, de peligros y búsquedas, de anhelos nunca cumplidos. Tuvo amores contrariados, intentó ser militar de carrera, también valoró estudiar derecho y opositar en su día a un cuerpo de funcionarios ilustres: hacerse diplomático, juez, inspector de Hacienda. Pero la Guerra Civil destrozó todos sus planes y a partir de entonces se convirtió en un superviviente. En un comunista ocasional, calculador y dubitativo, que un día de diciembre de 1937, sospechando la derrota del ejército republicano, pasó a la clandestinidad en aquel Madrid de bombas y hambre, de resistencia y miedo.

Un día lo dieron legalmente por muerto. Su madre fue capaz de tejer una malla de pruebas falsas con otras amigas y con unos hombres de influencia, y se dio por hecho que Manuel Acebo había caído en un bombardeo en el cerro de los Ángeles. Que se fundió su cuerpo en una masa plana y vacía, en la nada exactamente. Y así se tramitó su partida de defunción, así pasó a nacer otro hombre. Escondido en el doble fondo de una carbonera. Allí permaneció año y medio, detrás de una tolva de hulla, pero con su rostro cada vez más blanco. Su madre le llevaba la comida cada día, era evidente que algún vecino más de la casa estaba al tanto. Pero nadie lo delató.

La memoria de aquel mundo de la guerra, del escondite y de su madre, que murió un año después de la victoria de Franco, derrotada por el hambre y la tristeza, siempre aparecía en los viajes de Manuel Acebo. Pero nunca lo recordaba cuando estaba en Madrid. Él prefería aquella separación tan clara y definitiva. Era imprescindible estar fuera de la ciudad. Para que las imágenes del pasado no fueran refutadas por las calles nuevas, por las tiendas y los parques de la actualidad, por el bullicio de lo real.

¿Qué buscaba en aquella memoria? Ni él mismo lo sabía. Porque no era añoranza, no era nada. Como mucho era la necesidad de saber que había sido otra persona. Que no solo era aquel esbirro gélido que interrogaba a los detenidos más importantes de la Brigada Político Social. Que no solo era un hombre que siempre estaba actuando. En el trabajo, en la calle, en casa, con su mujer y sus hijos, hasta en sus sueños.

Pero en sus viajes no solo se demoraba en aquellos recuerdos. En muchas ocasiones, de la memoria pasaba a otro estadio. A uno que él no quería vivir, pero que venía. Y entonces Manuel Acebo no se escondía, en eso no era cobarde. Reconocía su capacidad para hacer el mal, sus interrogatorios feroces, sus órdenes de tortura. Aceptaba en las noches de alcohol y soledad su infamia moral. Hasta ahí llegaba, pero ya pronto se daba la vuelta. Como quien necesita tocar la piedra negra de su vileza antes de regresar del modo más rápido a la normalidad.

En algunas noches llegó a decirse a sí mismo que quería ser bueno, terminar la vida siéndolo. Salía entonces del hotel con una sonrisa de loco y todo le parecía bien. Estaba pendiente de los niños o de los ancianos que iban a cruzar una calle y daba limosna a cada mendigo que veía. Luego se acercaba al mar y trataba de justificarse frente a las olas en penumbra. Le brotaban entonces unas palabras sinceras, extrañas, que solo pronunciaba allí. Eran un balbuceo, una despedida. Le hablaba al Atlántico o al Mediterráneo como si fuese una persona. Pero el mar nada le devolvía, ni siquiera un reproche.

El niño ya tenía que estar muy cerca de Franco. Hasta ese momento todo había sido bastante fácil, como si fuera un sueño lo que vivía. Imaginó que algo tenía que pasar, algo que lo cerrara todo y le devolviese a la realidad. Pero no sucedía nada y él seguía caminando, cada vez más despacio.

Sintió que la tierra ardía: el monte, el mundo, el tiempo, él mismo. Había cruzado fronteras, ya estaba del otro lado.

-¡Chaval…! −gritó alguien−. ¡No puedes seguir!

Se detuvo. Esperó un poco pero nadie le dijo nada. Miró hacia la cumbre de la loma y allí estaba Franco, sentado en una butaca de cuero.

El general contemplaba la sierra: las cumbres, los robledales. Pablo no entendía cómo podían suceder así los instantes.

Estaba en el corazón de la extrañeza. Poco a poco el silencio se fue haciendo absoluto.

Pero era bien cierto que Franco estaba a unos setenta metros de distancia. Inmóvil, parecía Carlos V en Yuste, retirado y melancólico. Pero él no se había retirado ni tampoco era melancólico.

“España es quien lo sabe todo, a nosotros nos basta con defenderla. Aunque poco podamos hacer contra la maledicencia de tantos historiadores que la odian, que tuercen los hechos y manipulan su significado. Son insidias muy dolorosas, pero también inherentes a la labor de todo gobernante. Pues bien, yo acepto el reto y no solo eso: lo convierto en munición para mi lucha”.

“Con todo, qué ridículas las palabras que me tienen por fatuo o por incompetente. Qué vanos aquellos que dicen que yo, por mi edad, ya no controlo al ciento por ciento la nave del Estado. Que estoy viejo y decadente, despistado de mis obligaciones, engañado por los ministros. Qué estúpido pensar, qué equivocado y necio”.

Toda España se encontraba bajo el ruido incesante de los veinticinco años de paz que difundía la propaganda del régimen. Los edificios públicos, las estaciones ferroviarias, los aeropuertos, los muelles, las entradas a las ciudades, los campos de fútbol, las plazas de toros, los puentes sobre las carreteras… estaban engalanados con unos carteles con dibujos que parecían de metal, estética mussoliniana. Fuerza, tierra, muerte y miedo eran el escenario de las espigas de acero, de los motores, de los cielos y los barcos, de los crucifijos.

Los autobuses urbanos y los camiones llevaban las mismas imágenes en la gran ventanilla trasera. Había una intensa profusión de los papeles de la paz porque aún quedaba mucha guerra. Circulando por las miradas y las manos, por las normas y el miedo. Por el rencor y la vigilia.

La gente de cierta edad aún lo sabía todo. Pero muchos no querían recordar nada. Miraban al horizonte, callaban. Los camiones levantaban polvo por los caminos. Iban a los pueblos, a las aldeas más perdidas y llevaban la buena nueva del régimen ya viejo. La polvareda de los camiones podía tener mucha tristeza; era un cántico sordo de dolor. Bandada de nieve seca y a ratos negra, tanto luto. Porque los muertos de las guerras tardan mucho en morirse finalmente.

Ver los camiones: cómo se iban alejando de los pueblos, de las ciudades, verlos ya en las afueras, algo más lejos, entre los árboles que rodeaban las carreteras. Árboles pintados de blanco en el centro, y aquellos camiones que mecían el corazón de los niños.

-¡Usted aquí…! ¿En mi casa? ¿Pero qué es esto? ¿Qué quiere a estas horas? ¿Detenerme a mí? ¡Váyase, déjeme! Prefiero morir a tener que verle. ¡Váyase!

Manuel Acebo no estaba acostumbrado a recibimientos tan desabridos. Sonrió y dijo:

-Te dejo que me hables así, no hay ningún problema. ¿Y sabes por qué? Porque yo ahora no vengo como comisario.

-¿Y cómo qué viene? ¿Cómo James Dean?

Acebo entró en la casa.

-No aspiro a tanto, aunque me gustaría. En todo caso, yo creo que no soy feo. ¿Qué te parezco?

Elva López no dijo nada. Él continuó:

-Te voy a pedir un favor: no hagas ruido.

-Yo en mi casa hago lo que quiero.

-Te lo digo porque he venido aquí a hacer algo que no sé si querrás, pero yo sí quiero, y lo voy a hacer.

-En cuanto lo vi, lo imaginé. Pero, ¿quiere que le diga una cosa? No va a poder.

Manuel Acebo volvió a sonreír. Tenía toda la noche por delante. Se sentó en el sofá.

-Soy paciente, Elva, y además, no duermo. Fíjate, he aprendido a no dormir. Es algo maravilloso: tengo todo el día para vivir. Para trabajar, para pensar…

-Y para algo más.

-¿A qué se refiere?

Elva no respondió, las cosas se complicaban. Pero Manuel Acebo no iba a salir de aquella casa derrotado: había que esperar un rato. Hablar, jugar con las palabras, tratar de ganarse la confianza de Elva. Además, él sabía que algunas mujeres de detenidos estaban dispuestas a acostarse con él. A veces era por temor, pero sobre todo era por entender que así podrían mejorar la suerte de su marido.

Había otras mujeres, sin embargo −y esas eran las únicas que le interesaban al comisario−, que lo hacían por un extraño deseo de olvidar al cónyuge. Porque, aunque lo amaran, él era la causa de su nueva situación difícil y angustiosa. Entonces se acostaban como quien da un paso hacia la locura más que hacia la traición. Y a veces también lo hacían desde un inconfesable y jamás entendido anhelo de obsequiar al verdugo. A cambio de nada.

A Manuel Acebo esas mujeres le daban el placer más alto, el más buscado. Su gozo era ya pleno cuando terminaban reconociéndole que se habían entregado a él con una mayor generosidad que a sus maridos. Esas eran las palabras que el comisario perseguía. Aunque fueran falsas.

Elva volvió a decirle que se marchara, pero él no hizo caso: fue arrinconándola en una esquina de la sala de estar. Era un cuarto amarillo limón con tres cuadros que había pintado Elva a los quince años. Uno era un crepúsculo en el mar, con un galeón en sombra. Otro una playa con palmeras y un velero blanco. El tercero, una flor que ella había inventado a partir del dibujo de una rosa.

El comisario bajó los brazos y le ofreció tabaco. Elva lo rechazó.

-¿No tienes vicios?

-Los tengo todos. Pero con quien quiero.

-Así me gusta, Elva. Algún día te contaré los momentos más ilustres de mi vida amorosa.

-No me interesan.

-Algunos son apasionantes, de verdad. También para una mujer. Sobre todo para una mujer inteligente como tú. Estoy seguro de que te gusta romper límites, buscar lo que aún no has vivido. No conozco a ninguna mujer valiosa a la que no le guste eso.

-Muchas gracias por considerarme inteligente, comisario. Pero tengo otros principios. No soy como usted, afortunadamente.

-¿Principios? A mí me hacen mucha gracia los principios. ¿Sabes por qué? Pues porque son finales. Enseguida se olvidan, caen. ¿Y sabes qué pasa luego?

-No quiero hablar con usted. No lo puedo soportar.

-El final es hacer lo que pensábamos que no haríamos.

-¡Váyase, por favor…!

-No te voy a hacer nada. Ni a rozarte. ¿Qué te parece?

-Márchese. Ya es demasiado.

-He venido a leerte unos versos, solo a eso. ¿A que no te lo esperabas? Seguro que te vas a emocionar.

Eran poemas de Pablo Neruda. Cuerpo de mujer, muslos blancos. El comisario recitó el primero.

-¿A que te gusta?

-Suena un poco falso.

-¿Sabes que conocí a Pablo Neruda?

-¿Cómo iba a saber eso?

-¿Pero sabes quién es Neruda?

-Creo que un escritor. No leo mucho, pero lo conozco. Mi marido me regaló un libro suyo cuando éramos novios. Precisamente el de esos versos que leía usted.

-Veo que tienes bastantes libros.

-Son de Luis.

-¿Quieres que te cuente cómo conocí a Neruda?

-Con una condición, comisario.

-Ninguna, Elva. Tú no puedes poner ninguna condición porque eres la mujer de un criminal. No puedes. ¿Está claro?

Ella no dijo nada. Acebo continuó:

-Hace treinta años yo era militante del Partido Comunista. ¿Qué te parece?

Elva volvió al silencio, aunque ahora era un silencio lleno de curiosidad, que trataba de disimular.

-Nunca lo he negado, mis jefes lo saben. Pero me fui del comunismo y lo hice antes de la guerra. Tuve suerte, estuve fino ahí. ¿Que es raro pasar del comunismo a la Falange? Pues yo creo que no, todo lo contrario. Porque yo creía y creo en la revolución social de José Antonio Primo de Rivera. Yo creía en nacionalizar la banca, en que los trabajadores fueran los protagonistas de una nueva España. Pero no de una España sometida al marxismo internacional. Es todo bastante fácil de explicar.

-Usted habla como un político y me da asco, la verdad.

-Eres muy brava. Eso es excitante.

-Prefiero que me hable de Pablo Neruda.

-Un día me tocó ir a verlo. Vivía en Argüelles, en una casa que hace esquina. Neruda también era comunista y yo tenía que recogerle en un taxi y llevarlo a la Residencia de Estudiantes. En el viaje me habló de algunas cosas. Era muy activo, bastante gordo. Cuando terminó el recital, le llevé de nuevo a su casa. Me dijo que esperara un momento. Luego bajó con un libro que me dedicó allí mismo, sentado en un banco.

-Muy interesante –dijo Elva−. Pero ya son las dos de la mañana.

-Necesito que me ayudes si quieres que todo termine bien.

-¿Ayudarle?

-Claro. Tienes que desnudarte, poco a poco. Quiero conocer tu cuerpo, solo te pido eso. Luego te leo otros versos de Neruda y me voy. No volveré más. Te lo aseguro.

Elva se quitó la blusa. Lo hizo con firmeza, con rapidez. Después dijo:

-Dígame qué le espera a mi marido.

-He dicho desnuda.

Se fue despojando del pijama. Sus piernas eran largas, blancas, algo gruesas para el gusto del comisario.

-Es poco, Elva.

Saltó el cierre del sujetador: brotaron dos pechos redondos y grandes. Manuel Acebo sintió la fuerza de aquel cuerpo.

-Verás, Elva, pues…

-Por favor, hable. Hable más, cuente ya.

-Aún no. Falta un poco.

Ella se bajó las bragas.

-Demasiado rápido.

-Yo no soy una puta.

-Tiene un vello muy bonito. Bien tupido, me gusta.

-¡Por favor!

-Pues, Elva, yo creo que su marido tardará muchos años en volver a la libertad. Muchos.

-¿Dígame cuántos?

-Si es que vuelve…

Desnuda y blanca, Elva rompió a llorar.

-Me gusta vivir momentos mágicos, como este –dijo Manuel Acebo−. Pueden ser de cuerpos o no. Es la parte que más me interesa de mi trabajo. También creo que para un hombre lo más importante de la vida es una mujer desnuda. Lo demás no vale tanto. ¿Quiere que le lea otro poema?

El comisario miró a Elva, cerró el libro y se fue.

“Para los enemigos quiero la dura ley en tiempos de paz y el fuego en los de guerra. Extirpar el tumor de los que odian a España, acabar con ellos. En eso no habrá descanso, aunque no es lo mismo la lucha en la paz que en la guerra”.

“Lo ideal sería que todo fuera contienda, con armas y batallas. Pero también es cierto que así no hay progreso ni desarrollo. Y tiene que acaban llegando la paz, de una manera o de otra. Pero es en la guerra donde mejor se defiende a la patria. Donde se puede aniquilar al enemigo sin contemplaciones. Matar en la guerra es legítimo y conveniente. Es una ley universal, ahí no acepto reproches. ¿Qué piedad tuvo Napoleón de los españoles cuando sus ejércitos nos invadieron en 1808? ¿Qué piedad los británicos cuando bombardearon ciudades alemanas al final de la última gran guerra?”

“Se cometieron algunos excesos al terminar la Cruzada. Es cierto que se eliminó a personas de un modo inconveniente. Pero solo fueron errores de trámite, porque casi todas esas personas habrían sido ajusticiadas igualmente de haber pasado por un consejo de guerra. Las formas no siempre fueron las adecuadas, pero sí el resultado, que es lo que cuenta”.

“La historia es fría: piedras, tesón, heroísmo. La de España avanza por sus campos y ciudades, pero donde mejor se concreta es en las palabras. Y las palabras las dice el que ha vencido. El caudillo es el que declara y establece, se llame Viriato o se llame Franco”.

Luis Boeza había nacido en Dalma en 1925. La aldea tenía unos sesenta habitantes, era un lugar muy remoto y a muchos de sus pobladores les gustaba sentir aquella lejanía y aislamiento: la tenían por una fortuna de pobres felices. Una paz que les libraba en parte del tiempo y de la historia, aunque cada vez menos.

Sus padres tenían un huerto y unos pocos animales. Era un vivir sencillo, entre la naturaleza. En el verano el padre iba a segar a Tierra de Campos con una cuadrilla del pueblo. Allí lograba el dinero en metálico con el que luego la familia tenía que vivir el resto del año. La mayoría de esa renta era para pagar las compras de aceite, azúcar y telas que hacían en Vereda, una villa situada unos veinte kilómetros al sur.

Cuando Luis tenía nueve años, la familia se instaló en aquella población, que era la capital del municipio. Allí su padre había encontrado, gracias a un pariente, un trabajo en la brigada de obras. Luis fue a la escuela primaria –no había otra en Vereda– y a los dieciséis años terminó el bachillerato elemental, estudiando por libre. Meses después, en el otoño de 1943, empezó a trabajar como ordenanza en una agencia bancaria.

Era una labor que no le gustaba. Le producía tristeza y agobio y no soportaba tener que vestir aquel uniforme azul marino con adornos dorados. Para sus padres, sin embargo, no había destino mejor que trabajar en un banco, sobre todo desde que supieron que un importante jefe de finanzas de Valladolid había empezado como su hijo, recorriendo las calles de Vereda con una vieja cartera de cuero llena de letras de cambio.

“Todo es tiempo y espacio y la estrategia no es más que eso: saber actuar con el tiempo y con el espacio. Moldearlos poco a poco, limar lo que sobresale, perseverar cuando el acierto no llega, estar dispuesto a trabajar más que nadie en cada detalle. Y no ser claro nunca, no ser previsible”.

“Cada uno utiliza la estrategia para lograr sus propósitos, sean grandes o pequeños. El mío es el mismo ahora que hace cincuenta años, no ha variado un ápice ni lo hará nunca. Es una meta que comparto con España. Estoy íntimamente unido a ese empeño que no solo es histórico sino también sobrenatural. Porque hasta el propio cielo observa con la máxima atención y lo espera todo”.

“Quiero para mi patria el tiempo seguro, el que solo traen el temor y la cautela. También la fuerza de las armas, a las que las leyes siempre han de sujetarse. No al revés como sostienen, equivocados, quienes desconocen la verdadera alma de la patria. Porque sin armas, sin rebeldía, sin sacrificio, sin salir de casa y dejar allí el calor del hogar y de los hijos, no hay nación que resista el ataque enemigo. Sin esa entrega generosa solo hay derrota y justificación doliente de esa derrota. Mentira y flojedad. Y yo he venido al mundo para ganar. Con determinación y método, con la más alta exigencia. Solo desde esas cualidades se garantiza la pervivencia de España. Solo hay un camino, el del esfuerzo y el dolor”.

Vicente Anta era un maestro de escuela que había sido expulsado del escalafón debido a sus simpatías republicanas. Sin sueldo ni rentas, sobrevivía en Vereda muy austeramente vendiendo tabaco de contrabando por los bares, una práctica ilegal, pero tolerada por la policía.

Luis Boeza nunca había hablado con él. Pero una tarde del verano de 1945 se atrevió a llamar a su puerta.

-Vengo a pedirle un consejo.

-¡Qué sorpresa! ¿Y cómo has pensado en mí?

-No sé… me da confianza.

-¿Y eso por qué?

-Usted es una persona diferente a las demás de por aquí.

-¿Tú crees?

-Es lo que yo noto.

-¿Me vigilas?

Luis rió.

-Claro que no le vigilo, pero es lo que me parece. Usted es diferente, sí.

-Seguro que sabes algo de mí.

-No. Solo verlo.

-¿Y por qué crees que soy diferente?

-Porque sabe mucho más que la mayoría. Y lee. Le he visto leer en el balcón. Aquí nadie lee.

-Soy una persona cualquiera que vive y aguanta en estos tiempos tan malos. Eso es todo. Pero dime la verdad: ¿alguien te ha mandado venir?

-Nadie. Es solo cosa mía. Lo he pensado mucho antes de decidirme.

Vicente Anta lo miró fijamente. Los dos hombres seguían en la puerta de la casa, que era muy pequeña, con muy pocos muebles.

-¿Qué quieres de mí?

-Me gustaría saber qué cree usted que debo hacer para cambiar mi vida. No me gusta mi trabajo, tampoco quiero vivir en Vereda.

-Pues mira, si esa es la pregunta yo creo que es fácil de responder. Lo que tienes que hacer es estudiar, no veo otro camino.

-No puedo irme; para eso necesitaría un trabajo.

Entraron en el piso, se sentaron en la cocina. La inicial prevención que había sentido Vicente Anta se fue diluyendo al observar los gestos de Luis Boeza. Su mirar sincero, un tanto desvalido.

-Lo ideal sería que te fueras a Madrid. A estudiar y trabajar. Allí hay academias nocturnas, de compañeros a los que echaron de las escuelas, como a mí. Algunos dan clases a esas horas, cobran poco.

-¿Y el trabajo?

-En Madrid empieza a haberlo. Muy duro y con sueldos de miseria, pero lo hay.

Vicente Anta observó a Luis Boeza. Lo conocía de verlo alguna vez y lo tenía por un muchacho de tantos. Sin futuro, condenado a una vida irrelevante en una pequeña villa. Pero ahora estaba viendo en él a un hombre con muchas ganas de luchar.

-Pues mira, estoy pensando…

-¿Qué, don Vicente?

-Que a lo mejor yo te puedo ayudar en eso. Intentarlo, quiero decir. Conozco gente en Madrid. Viví allí algún tiempo, cuando la República.

-¿Y no ha vuelto desde entonces?

-No.

Luis sintió una emoción muy intensa.

-Yo solo venía a pedir un consejo; lo que me ha dicho ya es mucho.

-No es nada. ¿Quieres que intente ayudarte?

-¡Claro! Pero es que me parece increíble todo esto. Como si fuera un sueño.

-En esta basura de país todo lo que no sea crimen y desgracia parece un sueño. Todo lo que no sea tristeza parece mentira. Pero esto no lo cuentes por ahí.

-No diré nada.

-Verás, tengo un buen amigo en Madrid. Le escribiré. Él acaso pueda…

-Muchísimas gracias. No sé qué decirle.

-No te he dado nada, solo unas palabras. No tienes nada que agradecerme.

Luis Boeza se sentía feliz.

-¿Y usted? –dijo– ¿Por qué no se va también?

-Ya soy mayor, aunque no tenga tantos años. He podido ir a Argentina, donde vive la única familia que me queda: un primo al que quiero mucho. Pero he preferido estar a mi aire aquí, con estos libros. No creas que me va tan mal, aunque pueda parecerlo. Además, cuanto peor crean que vivo, mejor para mí. Resisto bien.

-¿Por qué?

-Porque le pido muy poco a la vida. Ahora ya le pido muy poco, y ese poco la vida me lo da.

“¿A quién me compararán en el futuro? A veces he pensado en los Reyes Católicos pero yo no puedo ofrecer tanto como ellos. Porque, aunque he salvado a la nación, no la he unificado. No he añadido nuevos territorios a España, ni siquiera el vecino Portugal, que nunca debió de desligarse del reino de León, gran desgracia que nunca olvido”.

“Tampoco mi lugar está al lado de Carlos I o de Felipe II, dada la magnitud de los hechos que ellos abordaron. No existe ahora, desgraciadamente, aquel esplendor de la España imperial: ya no somos el corazón del mundo. Pero sí me atrevo a afirmar que por mi obra soy más grande que cualquiera de los Borbones, más decisivo. En cuanto a los últimos Austrias, es cierto que eran muy poderosos, pero también lo es que no fueron grandes hombres. Lo suyo fue inercia y decadencia, abandono de su legítimo y obligado protagonismo”.

“De los reyes anteriores a Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, solo Alfonso X podría comparárseme. En definitiva, yo creo que soy el quinto o sexto español de la historia. Es mucho para mí y, a la vez, es lo justo. Mi obra y mi tiempo me sitúan en tan alto puesto”.

“Quería un lugar nuevo, me importaba poco que no hubiese mucha caza. Aunque ya debo de haber abatido a más de treinta corzos en los seis días que llevo aquí. Esta vez busco algo más que la caza, me di cuenta de eso desde el primer momento. Porque todo va siendo nuevo aunque yo sea viejo. También debe de influir que este año España cumple veinticinco años de paz. Un cuarto de siglo de prosperidad y asentamiento de los grandes valores del pueblo español. Todo ello me lleva a pensar que estoy en mis últimos días de plenitud. Como si a partir de ahora todo fuera declinar, lo que por otra parte es ley de vida. Lo que Dios ha determinado para el hombre”.

“Además, es cierto que llevo tres años yendo a menos. No solo por el accidente de caza, no solo porque tengo una enfermedad nerviosa que me va limitando gradualmente. Hay más razones. Yo creo que me estoy cansando un poco de gobernar, de llevar este peso tan grande. Pero continuaré hasta mi muerte, ha de ser así. Porque queda mucho trabajo por hacer. Sobre todo resolver cómo será la monarquía que habrá de sucederme. Tengo que elegir al futuro rey, algo que despierta muchas dudas todavía en mí, más de las que yo esperaba. Queda un trabajo ímprobo y yo me canso cada vez más.”

Luis Boeza llegó a Madrid en un tren correo. El amigo de Vicente Anta vivía cerca de la estación del Norte, en la calle de Segovia. Se llamaba Telmo Páez y era el encargado de un almacén de materiales de construcción. A Telmo le gustó la actitud de Luis Boeza, su sencillez y su determinación, y le ofreció un empleo en el almacén, que estaba en la calle Gasómetro. Además, le propuso dormir gratis en el propio local a cambio de su vigilancia.

El trabajo consistía en dedicar nueve horas diarias a ir y venir por las calles de Madrid con un carro de mulas cargado de ladrillos, de sacos de cemento, bovedillas y otros materiales. A Luis la tarea le gustaba porque le permitía ir conociendo la ciudad. Semanas después se matriculó en una academia nocturna. A partir de entonces se quedaba estudiando al volver de las clases hasta la una de la mañana. El déficit de sueño lo compensaba los domingos durmiendo hasta el mediodía.

Sentía placer en aquel vivir tan disciplinado, lo consideraba un privilegio. Porque estaba en Madrid, donde tenía un trabajo aunque fuera exigente y mal pagado. También tenía un lugar donde alojarse, lo que le parecía un gran triunfo. Y todo se lo debía a la inesperada ayuda de Vicente Anta, a quien solía escribir una vez al mes para contarle sus experiencias. Carta que era contestada inmediatamente. Siempre con ánimos, con palabras de afecto y de estímulo.

En junio de 1948 aprobó el bachillerato superior y el examen de estado. Tenía veintiún años y no había repetido ningún curso, algo muy meritorio en quien trabajaba tantas horas cada jornada. Los domingos por la tarde se vestía con el único traje que tenía, uno azul marino de entretiempo que había comprado de segunda mano en la calle de Hortaleza.

Los zapatos eran regalo de su padre. Los guardaba muy limpios y solo los utilizaba en aquellas horas de los días de fiesta. Más que zapatos, eran tiempo. Una forma de escapar de la soledad y la pobreza. Luis imaginaba que su padre le acompañaba escondido en sus zapatos cuando caminaba por las calles de Madrid con su andar algo lento, con su aspecto de príncipe modesto. Con el pelo rubio de suevo muy bien peinado, tal vez excesivamente. Con tantos deseos y preguntas y tan solo unas pocas verdades. Una de ellas se había ido abriendo paso en aquellos años de lucha personal, pero también de paulatina toma de conciencia. Así fue naciendo su indignación por la vida tan injusta que tenían los obreros, por la respuesta brutal del régimen ante el más mínimo indicio de desafección. Por los escandalosos abusos que personas cercanas al poder ejercían con la comercialización de alimentos y otros bienes de primera necesidad.

Se sentía cada vez más cercano a los cientos de miles de personas que vivían en la capital con tantas dificultades y asperezas. Pero, a la vez, no le gustaba regodearse en ese infortunio. Él había ido a Madrid para luchar y no para entristecerse. La clave estaba en la acción, en el esfuerzo, en no bajar la guardia. En su naciente compromiso con los más desfavorecidos. Los que bien podían envidiarle porque tenía un sueldo, un techo y una ilusión.

Sus cartas a Vicente Anta eran cada vez más reivindicativas, más intensas y arrojadas. Su interlocutor le felicitaba por aquella transformación generosa, pero también le hacía llamadas a la prudencia. Había que ir con mucho cuidado; el régimen de Franco era terrible y cualquier exceso lo pagaría muy caro. “Una cosa es que sepas lo que sucede, lo que ha pasado en estas décadas, y otra muy diferente que tengas que involucrarte en lo que es muy peligroso y aventurado. Tu labor está en las aulas, ahí es donde podrás ir construyendo una nueva sociedad española. Tus alumnos serán los hombres del mañana y tienen que ser diferentes, mucho mejores y más libres”.

El único asueto semanal de Luis Boeza eran aquellas horas de paseo de los domingos. Solía ir con un compañero de trabajo. Juntos entraban en el río de mujeres y hombres de la calle. Navegaban entre colonias baratas, sueños humildes, sonrisas bonitas. Nadie, o casi nadie, tenía dinero, pero todos vestían como príncipes de la modestia y el orgullo. Estaban vivos y querían la vida. La querían toda y tenían derecho. Aunque lo que fueran a tener, al final, fuese muy poco.

Lo más importante eran las miradas. Eran una fuente de vida, gotas de luz. Las miradas de las mujeres que pasaban, que casi no daba tiempo a verlas porque al instante surgían otras. Rueda de verse sin verse en aquel Madrid que ya era demasiado grande y que aún estaba muy gravemente herido.

Para entonces Luis Boeza estudiaba filosofía y letras como alumno no oficial, y ya no vivía en el almacén de materiales de construcción: había alquilado con otros dos alumnos de la academia un piso de sesenta metros cuadrados cerca de la ronda de Toledo. Él pagaba algo más porque tenía un cuarto individual.

-Te entiendo muy bien, has resistido mucho aquí. Más que nadie –le dijo Telmo Páez cuando Luis dejó de dormir en el almacén.

-Casi tres años.

-Verás… Yo he hablado poco contigo en este tiempo, y no es porque trabajes para mí. Hay que tener mucho cuidado, aunque empieza a haber algunas esperanzas. Sabes de qué te estoy hablando, ¿verdad?

-Sí.

-Te digo esto porque Vicente Anta me ha asegurado que eres persona de total confianza.

-¿Y en qué nota que puede haber cambios?

-El régimen está más débil. Aunque aquí no se sabe nada porque lo censuran todo, parece que están apretando mucho los ingleses y los franceses, también los americanos. Ahora se puede hacer algo que antes no se podía.

Luis Boeza quiso aprovechar aquel rato de confianza.

-Me gustaría saber dónde se conocieron usted y Vicente Anta.

-En Ávila. Dábamos clase, éramos socialistas. Y lo seguimos siendo, naturalmente. Nos echaron a los dos y tuvimos suerte de que todo quedó ahí. Él se fue a Vereda, allí tenía una tía que murió al poco. Yo soy de aquí, de Madrid, y aquí volví. Nada más llegar me detuvieron, pero había tantos presos que una mañana nos soltaron a más de cien. Estuve en la cárcel de Porlier, pero de eso no quiero hablar. Vi morir a varios compañeros.

-Lo siento.

-Los que mandan solo tienen odio. Y lo mismo esos curas asesinos que les apoyan. Es terrible, es la derrota. Yo, en realidad, estoy ya un poco muerto. Si no muero del todo es por esas noticias que alguna vez conozco. Me curaría si este fascismo cayera.

-Parece que vive bien…

-Manejo un dinero que no es mío. Pero estoy roto por dentro, estoy queriendo morirme, mira lo que te digo. Casi nunca tengo esperanza, y además creo que no merezco vivir cuando han muerto tantos amigos. Es todo muy duro y yo no quería hablarte de esto.

-Ha estado tres años sin hacerlo.

-Si lo hago ahora debe de ser por algo. Que yo no sé, pero que me da miedo.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
181 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788415930808
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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