Kitabı oku: «La venganza del cordero atado»
«Escribir allí adentro no era una metáfora de la libertad. Era moverme sin salir de la celda. No experimenté ningún poder de la imaginación; las ideas no abrían los candados, mis ilusiones literarias no hacían que la requisa nos dejara de pegar. Escribir en ese entonces, fusionado con la claustrofobia hasta hacernos uno, conviviendo apretado con otros colegas, prisioneros también de la industria del delito, me sirvió como trampolín hacia los misterios más lejanos de una interioridad que se conecta con lo más tangible de lo que hay afuera del cuerpo. Escribía y seguía adentro de una celda; las rejas seguían igual de duras. No fui libre por la literatura, todo lo contrario, mientras más leía más consciente era del juego perverso de este sistema asesino.»
CÉSAR GONZÁLEZ
Nació en el año 1989; es oriundo de la villa miseria Carlos Gardel de las afueras de Buenos Aires. Estuvo preso desde los 16 hasta los 21 años. Al recuperar la libertad estudió algunos años la carrera de Filosofía. Lleva realizados cuatro largometrajes de ficción: Diagnóstico Esperanza (2013), ¿Qué puede un cuerpo? (2014), Exomologesis (2016), Atenas (2019); un documental: Corte Rancho (2014); y dos cortometrajes: Truco y Guachines, ambos de 2014.
Como escritor, publicó tres libros de poesía: La venganza del cordero atado (Ed. Continente, 2010), escrito durante su estadía en prisión; Crónica de una libertad condicional (Ed. Continente, 2014) y Retórica al suspiro de queja (Ed. Continente, 2015). En la cárcel creó la revista Todo Piola, un espacio literario que funcionó entre 2009 y 2012. Es columnista en distintos medios independientes. También ha trabajado como productor musical.
César González
la venganza del cordero atado

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía del autor
Portada
Prefacio a la segunda edición
Prólogo
Parte I. Poesía y candados La venganza del cordero atado Plaza Devoto domingo a la tarde A la naturaleza Desconfianza Ciudad panóptica Delirios deleuzeanos Ciudad de Buenos Aires Ferrocarril angustia Si fuera por amor El sol tiene voz Buenos Aires está nublado Pronóstico reservado Sobre la muerte Pregunto y respondo Llamando al cielo Colifas Educación Alegato de un Inca ante Dios Racing Club de Avellaneda Rezándole al rey, en fletes de rutas de ricota Megáfonos en una mañana soleada Un rato de hermosura Fantasma imperceptible
Parte II. Insomnios (relatos de ansiedades) Destellos de prosa en honor al insomnio Villas: la vida en un mundo aparte Sensaciones de un domingo en cana Diferencias invisibles Siesta en el Agote Descuartícenme los tímpanos Panóptico Describiendo con realismo El castigo de pensar Reflexión sobre el abismo Analizando instantes Breve discurso para los esclavos voluntarios Razón sin verdad Silencio a los gritos Esto es la soledad Poesía a los martillazos Plegaria para la libertad Rimas para resistir Represión Virreinato del Río de la Plata (¿Bicentenario?)
Parte III. Mutante devenir ¿El mundo escondido? Miedos moribundos Diagnóstico de esperanza Poemas candados Simplemente sensaciones La plenitud de no fugarse Himno Explicaciones Encerrado pero no anestesiado (todavía) Interrogantes Ráfaga de aire en medio de una celda Observando a mis colegas Observando a mis colegas 2 Mientras duele el engome Poesía para todo preso Camión de traslados Hablando después de una requisa Descarga encefálica La calle parece tan lejos Poesía para el penitenciario Un pájaro sonríe en la ventana Viendo aviones en Ezeiza Estar pálida Poesía para los reclusos del engaño Cosas simples que piensa un pibe (preso) Anhelo de ¿libertad? Buzones Deseo de un engomado Comparendo El ocaso del mundo
Créditos
Otros títulos de esta editorial
PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN*
Corregir también es crear. Hice esta nueva versión no porque me estoy recriminando errores o por estar bajo efectos del arrepentimiento, sino porque quería mejorar algo que fue hecho sin la pausa que se merecía la particular atmósfera de donde surgieron los poemas que componen este libro. No cambié el ritmo ni atenté contra su espíritu enrejado, solo me di un tiempo reflexivo más, que allá adentro no tenía ni por accidente. En la cárcel no hay vacío, todo lo llena la ansiedad. El estereotipo dicta: «hay que respetar lo que uno sentía en ese momento»; adhiero al vaticinio. Desde lo emocional el libro es el mismo; los temas se mantienen intactos. Pero la niebla del encierro, reciclada en literatura, exigía un parsimonioso trabajo de corrección que la primera edición no tuvo. Me taladraba el cráneo saber que había miles de ejemplares dando vueltas con algunas fallas, a mi entender más que evitables. Pero la adrenalina de ese momento no me dejó frenar. Por lo tanto, si uno está vivo puede volver sobre sus pasos. Al fin de cuentas, toda literatura es decir lo mismo de otra forma.
Estos poemas fueron escritos entre los pocos paréntesis que la desesperación carcelaria permitía. La única expectativa mientras los plasmaba era justamente escribirlos. Me costaba vislumbrar que más allá de los paredones podía haber una continuidad de la existencia: el mundo finalizaba en la parte superior del muro. Escribir allí adentro no era una metáfora de la libertad. Era moverme sin salir de la celda. No experimenté ningún poder de la imaginación; las ideas no abrían los candados, mis ilusiones literarias no hacían que la requisa nos dejara de pegar. Escribir en ese entonces, fusionado con la claustrofobia hasta hacernos uno, conviviendo apretado con otros colegas, prisioneros también de la industria del delito, me sirvió como trampolín hacia los misterios más lejanos de una interioridad que se conecta con lo más tangible de lo que hay afuera del cuerpo. Era materializar el veneno espiritual que me carcomía por dentro. Escribía y seguía adentro de una celda, las rejas seguían igual de duras. No fui libre por la literatura, todo lo contrario, mientras más leía más consciente era del juego perverso de este sistema asesino; más leía, más pesaba el aire, más confinado me sentía, más ganas de gritar. Escribía y así encontraba que esas rejas omnipresentes estaban en toda fase de la vida y de la sociedad. Que la cárcel era un resumen del mundo. Tenía visiones y alucinaba, pero sin necesidad de ninguna sustancia. Viajaba pero sin irme a ningún lado, gritaba y bailaba, obligado a estar quieto y callado.
Si el formato elegido fue la poesía se debe a que en su brevedad hallé un modelo acorde donde poder comunicar mis pensamientos y nuevas emociones de un modo coherente con la permanente cuenta regresiva hacia la muerte que se vive en prisión. Otro formato literario exigía otro grado de relación con el tiempo, una constancia casi de deportista que el ecosistema del encierro y sus pautas de convivencia no toleraban y al que a mi deseo tampoco le seducía. Había que ser breve y certero ya que nada garantizaba arribar al ocaso (que las paredes tapaban) con vida. Cada línea podía ser la última con el privilegio de respirar.
Jamás escribí para desmentir mi pasado ni para exhibir una pasteurización moral de mi conducta. Desafié a los profesionales de la psicología, del trabajo social y el derecho penal que intentaban corregirnos con sermones que nada tenían de ciencia, ya que jamás nos mencionaban el saldo de las cuentas del mundo. Reducían toda nuestra historia y los motivos por los cuales terminamos haciendo lo que hicimos, a supuestas decisiones individuales que nada podían ni debían reprocharle al entorno socio-económico en el que vivíamos antes de arribar a rejalandia. El daño que cometimos a los demás es irreparable, pero a diferencia de otros, nosotros pagamos y con exorbitantes intereses ese daño cometido. Los amos de las finanzas, los herederos, la clase dominante, cierto periodismo y hasta parte de la educación ejercen todo tipos de violencias sobre los demás, pero nunca pagan por las muertes a gran escala que provocan. En cambio, si un pobre comete un error lo espera un infinito camino de calvarios. Fui castigado y torturado por presentar queja ante ese dispositivo moderno de la culpa eclesiástica, ejercida por mecánicos de la meritocracia que, paradójicamente, se declaraban iluministas y agnósticos y que rivalizaban furiosos con los sacerdotes católicos y pastores evangelistas. Constatar tanta hipocresía ejercida por personas que votan progresismo pero se comportan como reaccionarios, fue triste, pero a la vez un soplo divino para mis intenciones literarias. Así fue que a través de la lectura y posterior verificación de lo leído, pude comprobar que había un sistema que exigía que existamos, que «el delito produce riqueza» como dijo Marx. Que muchos de quienes en teoría estaban para ayudarnos, reproducían con discursos moralizantes el mismo orden que organizó nuestro desamparo: ¡a pesar de que ellos habían leído los mismos libros que estaba leyendo yo! Los mismos autores, las mismas teorías, pero su comportamiento era absolutamente inverso a lo que pregonaban los conceptos que los formaron.
Lectura y escritura fueron la terapia que allá adentro no tuve. Fueron mi psicoanálisis plebeyo y comunista. Los libros fueron el terapeuta que no le echaba toda la culpa al sujeto, fue una técnica para dialogar desde el afecto y no desde la amonestación. Los mismos psicólogos, afuera de la cárcel, a sus clientes siempre le están hurgando entre los secretos de su infancia para explicar hechos del presente. En cambio, a los presos se nos prohibía citar algún hecho de la infancia porque supuestamente eso era victimizarnos. Aclaro que así como me crucé con un ejército de chantas también conocí muchos profesionales y talleristas de un amor que rozaba lo incomprensible; eran quienes me suministraban los libros, con un poco de desconfianza, pero arriesgándose a poner unas fichas en mi disparate. Muchas de esas personas tienen que lidiar con la limitación intrínseca del aparato institucional penitenciario, que si llevan una propuesta diferente a la meritocracia y a la culpa, son rápidamente despedidos o perseguidos.
Mi primer cómplice fue Patricio, un mago proveniente de la clase-media, aquel que arribó a la cárcel como uno más de esos talleristas, a transmitirnos la técnica de la magia, pero también a presentarnos los secretos que la institución carcelaria con sus esbirros ocultaba sin delicadeza. Patricio fue inmediatamente leal a mi propuesta delirante de ser poeta en el infierno y para el infierno. Jamás aprendí un truco, pero conversábamos largos ratos de igual a igual, eso que a priori no parece nada extraordinario, en mi vida fue todo un acontecimiento. Nunca un burgués me había hecho sentir una persona normal. Yo encarnaba el peligro, sus miradas me decían eso. De todos los talleristas, es el único que se animó a ser mi amigo, y esa amistad continuó, una vez afuera, en esta otra cárcel, y perdura acorazada hasta el día de hoy.
La rabia me empujó a reclamar el derecho a la creatividad artística que se niega a la clase de donde provengo. La sociedad me había convencido que era un monstruo (malo) y un ser inferior, incapaz de la poesía. La lectura me obligó a reírme de esa predeterminación. La ecuación que hice fue simple: si hay tantos escritores que pueden aprovechar la experiencia vivida para producir sus obras, inspirándose en sus biografías y donde quizás la ausencia vivida, en muchos casos, es en términos sentimentales, ¿cómo no hacerlo quienes tuvieron todas las ausencias juntas, materiales e inmateriales, afectivas y alimentarias, decretadas por la sociedad antes de la concepción misma? Ausencias impuestas, no elegidas. Si una experiencia de leve adversidad motiva a tantos burgueses a dedicarse al arte, ¿cómo es, entonces, que aquellas personas que tuvieron una vida donde la adversidad es la norma, no se atreven no solo a dedicarse al arte sino siquiera a levantar la mirada? No pretendo decir que esto sea una verdad irreprochable, pero no puedo negar que en esa desigualdad del derecho a ejercer tareas relacionadas a las artes, encontré una inspiración fulminante. Está naturalizado que un burgués puede hablar, criticar, analizar, interpretar, juzgar, recomendar, tutelar, adoptar, predicar, salvar, recuperar, reinsertar, regenerar, representar, defender, sancionar, enseñar, permitir y escuchar a los pobres, pero nunca de los nunca es al revés.
Es digno de un tratado analizar las razones por las cuales el mundo de la marginalidad y en particular el de la cárcel produce tanta fascinación entre los burgueses. Les fascina ver cómo los pobres se aniquilan entre ellos, piden que la sangre de esos pobres inunde la pantalla, protestan si ven un acto de cariño entre esos seres caricaturizados hasta la infamia.
A la tierra nos arrojaron para construir el infierno y entre las celdas más ardientes andan cuerpos sin mañana pero con el alma despierta. Los presos saltan y juegan sin llorar por el encierro. La cárcel es un chiste macabro de quienes tienen el corazón sin rojo. Se organiza una pelea eterna entre los mismos presos para que millones de espectadores disfruten desde el palco la orgía del castigo.
Mis compañeros de encierro, al comienzo, un poco se burlaban, otro poco sentían lástima; me consideraban, y con razón, un chiflado. Pero mi constancia los fue convenciendo y mi locura terminó siendo un beneficio para todos. Sabían que contaban con alguien que podía redactar con prolijidad y astucia desde hábeas corpus hasta pedidos de audiencias y apelaciones. Pero no solo eso: escribí también muchas cartas para novias de presos, logré reconciliaciones, perdones y suspiros. Bajo ese mecanismo conocí mi primera remuneración por la escritura; mis compañeros me pagaban con atados de cigarrillos, tarjetas telefónicas o mercadería. Hoy, a una década de distancia y con la manipulación inevitable de los recuerdos («que siempre mienten un poco» como diría el cacique Solari) siento mi experiencia en la cárcel como haber vivido la poesía. No escribir, no cantar, no memorizar, lo de allí adentro fue ser la carne del poema.
Solo en mi barrio son muchos los amigos que han quedado en el camino; mi generación fue aniquilada a puro plomo. Muchos de los amigos que hice allá adentro también fueron muriendo. El que llegó a los treinta vivo o sin un balazo es una rareza. El espejo me perturba, porque al mirarlo siempre veo a alguno de ellos. Me sonríen, me respaldan, y algunos me recuerdan que no sea caprichoso y prenda una vela a la potencia del azar, eso que hizo que a pesar de ser baleado esté acá. A algunos les respondo que no fue solo el azar, sino también la poca distancia que había entre el lugar donde fui acribillado y el Hospital Posadas. Meras razones geográficas; si dicho hospital público no hubiese estado tan cerca de los hechos, estoy convencido de que no hubiera sobrevivido. Pero el hospital es solo un edificio inerte; lo concreto fueron las manos de esos médicos, de esos cirujanos, de esas enfermeras y enfermeros, que a pesar de ser en ese momento un negrito pibe chorro, que la sociedad normal seguramente hubiese dejado morir, decidieron no abandonarme, reanimarme luego de dos paros cardíacos, unirme la arteria ilíaca cortada por las balas, acomodarme los huesos del fémur destruido, pelearse hasta con la misma policía que exigía que no hagan nada, que no valía la pena salvar a un «delincuente». Esos son los verdaderos poetas, el resto es pura abstracción. A ellos dedico este libro.
César González
* La primera edición del presente libro se publicó en el año 2010 bajo el seudónimo de Camilo Blajaquis, en esta misma editorial.
PRÓLOGO*
La primera parte de esta historia ocurrió hace once años y monedas, cuando escuché hablar de César González por primera vez –e imaginé, de inmediato, que no volvería a saber de él. La balanza se inclinaba para ese lado, y del modo más ominoso: se trataba de un adolescente internado en el Instituto Agote, con su cuerpo de tallo verde ya cosido por balas, que se desplazaba balanceando el vientre vendado sobre un par de muletas. Venía de La Carlos Gardel, lidiaba con adicciones y purgaba condenas por delitos de esos que causan escalofríos entre los fariseos. Todo indicaba que se lo iba a devorar el dragón del sistema. ¿Qué posibilidades tenía de escapar de sus fauces? Estaba marcado de acá a la China. Solo era cuestión de tiempo. (Esta primera parte de la historia, aviso, tiene una segunda parte que retomaré al final.)
Años después me hablaron de un poeta joven que se hacía llamar Camilo Blajaquis. El nombre llamaba la atención. Camilo podía prestarse a equívocos, pero el Blajaquis era un índice de neón que apuntaba hacia ese Sócrates porteño que fue Domingo Blajaquis: el militante de la Acción Revolucionaria Peronista (ARP) que cayó baleado en la confitería Real durante 1966 y a quien Rodolfo Walsh convirtió en un personaje inolvidable de ¿Quién mató a Rosendo? Apenas rasqué un poquito la corteza, entendí que el «Camilo» también era deliberado y homenajeaba a Cienfuegos, aquel que se atrevió a vivir la Revolución Cubana a carcajadas, como un sueño desaforado del que no quería despertar. Entonces leí uno de los poemas del joven del nom de plume incendiario –«Villas», se llamaba–, y me asombré. Era bueno de verdad. Pero más me asombré cuando, al poco tiempo, la tele le dedicó unos minutos a la película con que el poeta Blajaquis debutaba como director de un largo (Diagnóstico esperanza, 2013) y mi compañera, al verlo en la pantalla por encima de mi hombro, me dijo, enfática:
—Es César... ¡Camilo Blajaquis es César!
Y se le llenaron los ojos de lágrimas. Lo cual me sacó de la pantalla del asombro pasándome a aquella de la alarma. En el combo afectivo de nuestra pareja, el que llora cada dos por tres soy yo. Mi compañera puede ver morir a E.T. mientras mira el reloj de reojo y se pregunta cuánto falta para que termine esta pavada. Pero esa vez se había emocionado. Y tardó unos segundos en ayudarme al recordar al César a quien había conocido en el Agote entre 2007 y 2008, cuando fungió de asistente de una psicóloga mientras se aprestaba a recibirse de ídem. Me había hablado incansablemente de ese chico, el flaco baleado, vendado y en muletas que –este había sido su descubrimiento– era capaz de hablar durante horas de Cortázar y de Foucault; del Loïc Wacquant que había escrito maravillas como Parias urbanos y Las cárceles de la miseria.
Camilo era César, nomás. Y el gusto de entenderlo al fin –de conectar a aquel pibe condenado que conmovió a mi compañera con el poeta libre que se había anotado en la senda de Cienfuegos y Blajaquis– fue mío, todo mío.
Lobo atado
En 2012 murió Leonardo Favio, el más grande de nuestros cineastas, y quise dedicarle un texto largo. Empecé a investigar, con la mira puesta en un libro. En eso estaba todavía a fines de 2014 cuando recibí un mail de parte del Indio Solari convocándome a darle una mano en su autobiografía. Postergué a Favio entonces –pienso retomar el proyecto, ahora que salió el libro del Indio– sin mayor dolor, porque respondía a la misma necesidad: contar la historia de los grandes artistas populares de este país, que surgieron de la clase laburante y no de la academia y aun así construyeron una obra exquisita.
Sentado en el sofá de Luzbulo –el playground de Solari–, encontré La venganza del cordero atado (2010), primera compilación de poemas de Camilo Blajaquis, dedicada de puño y letra al inspirador de su título. (Para los que no tienen por qué saberlo: el sexto LP doble de Los Redonditos de Ricota data de 1993 y se llama Lobo suelto / Cordero atado.) El círculo se cerraba: además de Cienfuegos y de Blajaquis y de émulo de Favio –el negrito que se había animado a dialogar de igual a igual con Fellini y Kurosawa–, César era ricotero.
A partir de entonces presté atención a cada aparición pública suya que caía en mis manos o titilaba ante mis ojos. El efecto alucinado era siempre el mismo: aun a pesar de la mediación que opera la traducción periodística –y que casi nunca está a la altura de la persona real–, me parecía estar escuchando al César a quien mi compañera había pintado tan vívidamente. Que no solo había sorteado la infinidad de trampas que el destino le había echado a los pies, con los pies ágiles de un Fred Astaire (diría Verbitsky) o de un Indiana Jones (diría yo): ante todo, las sorteó gracias a la lucidez deslumbrante a que había arribado respecto de la esencia de esas trampas y del sistema que las había puesto allí.
César cayó a un «Reformatorio» a los 16, con seis balas policiales, clavos en las piernas y pesando 50 kilos, pero se las arregló igual, porque ya era quien era: el de sangre toba (¡otro indio!), el hijo de un padre alcohólico y violento, el mayor de seis hermanos, aquel que se colgaba del cable para ver pelis con su madre. En el Agote** le tocó –por carátula y por ascendiente– el sector de los más bravos. Al tiempo conoció a Patricio «Merok» Montesano, a quien definió como «un loco que daba talleres de magia dentro de la cárcel». (Si César fuese oriundo de Baltimore o de Macondo, el escritor local que contase su historia realzaría la figura del extraño que llega a traer luz, sucumbiendo a la tentación de convertirlo en mago de verdad. Pero nosotros somos cabeza, y nos parece más lindo que un pibe al que le gusta practicar nudos y hacer pases de manos sea capaz de crear magia verdadera en la vida de alguien.)
«Nos trataba bien –recordó César durante un reportaje–, no venía desde un lugar de profesor, al estilo ‘a ustedes, negritos, les voy a enseñar cómo es la vida’, que es muchas veces la postura de los talleristas en la cárcel. Daba su taller en el pabellón, derribando muchos prejuicios. Nos enseñaba un truco de magia mientras nos hablaba de Walsh, de Cooke, del Che, de lo que pasó en los ’70. Nos hablaba de arte, de poesía... Al principio no le di importancia, ‘este salame, qué importa lo que dice, si total me quedan un montón de años acá adentro’. Y comenzaron las preguntas: por qué nací en una villa, por qué tuve que ser pobre, por qué me tocó crecer en un contexto tan de mierda, por qué tuve que ver cuerpos acribillados a los 7, 8 años... Todo lo que sos es consecuencia de mamá y papá, te dicen. ¿Y alrededor de mamá y papá no pasa nada?, ¿en qué contextos se criaron ellos? Yo soy consecuencia de dos presidencias de Menem, del año 2001; no es poco lo que hicieron tantas basuras en este país. Yo era un niño pero me acuerdo del hambre que había en el barrio. ¿Cómo el psicólogo puede saltearse eso que es tan obvio?»
Los libros fueron cruciales, pero no lo fueron todo. «Hay gente que lee sin parar y hasta habla en latín y cree que un pobre es alguien que no llega a la categoría de individuo», contó otra vez. «Entonces un libro no garantiza nada, lo importante es lo que se siente en el corazón: si amor u odio, si sentís amor por la humanidad y te reflejás en el otro y te ponés en el lugar del otro y encima leés es una cosa; pero si sentís odio y leés, podés usar lo que leíste para justificar tu odio y desprecio por los demás... El arte fue siempre un privilegio aristócrata, determinado por lo material, por la clase en que naciste. En mi caso sirvió para darme una antorcha en la caverna y ayudarme a salir a la luz y transformarme como sujeto, para sentirme creador y no un número más de la matrix judicial».
Uno de los tramos más crueles de su historia fue el que tuvo lugar entonces. Desde nuestra existencia privilegiada, lo primero que se nos ocurre es que debería haberse encarrilado todo a partir de su vocación flamante: ¿o no es eso a lo que aspira la institución tutora, que el chico salvaje devenga algo productivo –por ejemplo, artista– y se produzca la transformación que le permita reintegrarse a la sociedad? Pero no pasó así. Un día, inspirado por una crónica de Arlt en Aguafuertes porteñas, César escribió un poema y se lo mostró a una psicóloga del Instituto Belgrano. Ella lo leyó, lo apartó y le dijo: «Muy lindo esto, pero cuando salgas tenés que trabajar. Vos cometiste un delito, tenés que resarcir a la sociedad y la única forma es que te rompas el lomo. Con esto no resarcís el daño. A ver si se te mete en la cabeza».
Ese encuentro fue el germen inevitable de otro poema, donde César puso así lo que sintió: Una psicóloga me dijo / que no puedo ser escritor / esa piña / duele más que la del guardia.
El otro vuelo
«Seguramente (mi poema) estaba lleno de limitaciones; al principio escribía con rima, no podía escaparle», rió tiempo después. «El poema empezaba así: Vamos hombre no se achique, aunque seamos dedo meñique frente al dedo mayor… (Pero) Algo se había desatado, el candado se quebró cuando lo escribí. No es una figura menor el psicólogo dentro de la cárcel; es el juez cotidiano de tu vida. Yo le llevaba un poema que me había hecho sentir persona... Tuve doce psicólogos diferentes y todos me dijeron más o menos lo mismo. Yo necesitaba que alguien lo leyera, que me dijera: Está feo, pero seguí. Era algo motivador para mí, pero me lo reprimían. Cuando se lo di a Patricio, me dijo: ¿Es la primera vez que escribís? Seguí, probá, no está nada mal. Y me trajo varios libros de poesía».
Aun cuando su cuerpo seguía prisionero, César se animaba a hacerse preguntas que muchos de los que vivíamos afuera ni siquiera concebíamos. A fines de junio de 2009, desde el Penal de Marcos Paz, donde acababa de leer El vuelo de Horacio Verbitsky, le escribió una carta a Luis Mattini, un ex dirigente del ERP que terminaría prologando la primera versión de La venganza del cordero atado (2010). Allí le decía:
«Yo puedo estar escribiéndole acostado en la tarima de una celda (…) puedo ser el pibe chorro y el negro de mierda culpable de la inseguridad del país, pero yo, Luis, cuando leo sobre la persecución y la monstruosa tortura que sufrieron muchos de ustedes, no puedo menos que entristecerme y llorar, como me pasó con este libro y con otros tantos, también porque incansables veces me he preguntado cuál hubiese sido el destino de mi generación si hubieran triunfado y el pueblo hubiese entendido la alternativa que proponían».
«Si no escribiera –continuaba– creo que esta herida que sangró desde mi nacimiento se transformaría en gangrena y me haría morir frente a la resignación, esa que tienen todos los pibes, mis colegas de calvario, que están acá adentro ranchando conmigo. La resignación de que el futuro no nos traerá otra cosa que cárcel o balazo policial. No sé de qué, pero mantengo la esperanza».
Si quieren ver algo del César cineasta, arranquen por Diagnóstico esperanza. Es como si el poema «Villas» comenzase a andar y a moverse por sí solo en la pantalla. Está hecha con dos mangos pero trasunta un dominio natural de los recursos narrativos: César hace malabarismos con historias múltiples sin perder nunca el equilibrio. Y en el medio hace tres cosas muy pillas.
En primer lugar, apunta hacia un clímax a lo Tarantino pero te lo escamotea, como si dijese: Allá no sé, pero acá la violencia no resuelve nada. («Las balas son pocas y este mundo está blindado», reza uno de sus poemas.) En segundo lugar, ubica la raíz de esa violencia en la ambición de un clase media cacerolero, corroído por la envidia. («Pongo en cuestión los valores de la sociedad, desde el consumismo hasta la carrera loca por el poder, donde todos se están ‘tumbeando’ todo el tiempo. La lógica del pabellón, de ver quién supera a quién, se reproduce en todos los ámbitos, desde una carnicería, una empresa, un canal de televisión o un diario», piensa César.) Y en tercer lugar, reemplaza el clímax violento por una consumación verdadera: el momento en que descubrimos que el morochito a quien su madre bardea durante toda la peli porque quiere cantar (Alan Garvey) tiene una voz pulenta, que además usa para contar quién es y de dónde viene. Así –como si rindiese homenaje al mago de salón de Merok–, reemplaza la violencia por el arte y te deja girando como un trompo.
Si les sorprendía que existiese un negro que piensa, no quiero ni saber lo que les produce la existencia de un negro que además crea.
Más que Roma, Atenas
Remarco su deseo de no quedarse encasillado, la elegancia con que incursiona en territorios nuevos. Por supuesto, sigue siendo quien es y no niega el odre que lo contiene. «¡Estalla el carnaval de la mano dura!», dice La danza que salpica sangre; «Hay muertes que despiertan el debate público / otras que duermen a la compasión / Unos muertos izados como emblema / otros dispuestos como alfombra. / Corazones reducidos a una estadística / sometidos a una jerarquía nupcial / el mercado de la morgue / hasta en los gusanos de tu cuerpo / está la lucha de clases».
Pero también están las consideraciones que derivan de su presente. Dice en «Bifurcación»: «Ahora estoy solo / pero nadie me regula el sueño. / Ni me dice para pintar / cuáles son los colores permitidos / hasta dónde puedo correr / o cuál es el límite del patio. / Mordí para desatar nudos bien ajustados / charlé con langostas / que derrocaron dictadores / langostas llenas de comunismo, / de todos los pecados el menos perdonado». En «Hija de guerra» –dedicada a ya-me-imagino-quién– le dice a la pequeña: «Qué pena que crezcas / que te enteres de lo que hicimos los grandes». Y en «A mi parte cobarde» admite: «Ahora cargo esta voluntaria fatiga / llevo este devenir mendigo / escondo deseos empresariales / tardo en cada frontera». Pero ni siquiera así puede olvidar la matriz que lo convirtió en quien es, y por eso remata el poema con una imagen que remite al Solari que a su vez había abrevado en un giro tumbero, y así el círculo se cierra, inmarcesible: «Nada sería sin el dolor / si mis lágrimas no caen / es porque las rejas te dejan los ojos secos / y los párpados pálidos».
Pero en otros poemas las referencias al pasado dejan de ser explícitas, salen de cuadro, se funden con la manera de mirar. A simple vista, algo como «Aventureros sociológicos» podría ser confundido con el poema de un egresado de Puan, a partir de su enumeración exquisita: «Esa pulsión a los delantales blancos... / La literatura fantástica de los diagnósticos médicos / Los certificados de evolución / Todos los candados que hay que cerrar / Los ángulos soberbios de nuestras pasiones... / Un baile de robots filósofos / del cristianismo a Grecia / arquitectura sin afecto / sanciones para salvarse».
Pero no. En «Deseo», el anhelo grande no puede estar expresado de manera más clara: «Lo que no quiere / ser definido».
La peli Exomologesis (2017) rompe con su imaginario más predecible. Es como si levantases el telón sobre el que viste Diagnóstico esperanza y ¿Qué puede un cuerpo? (2015) para descubrir qué hay detrás. El color es desplazado por el blanco y negro, el paisaje urbano es reemplazado por un apartamento asfixiante. Pero los temas son los mismos: nuestra natural tendencia a la subordinación, a someternos, a contentarnos con los espejitos de colores con que nos entretienen, a abusar del poder tan pronto se nos da la posibilidad. Se hace difícil de ver porque la purgó deliberadamente de la humanidad que trasuntan sus otras pelis, pero esa es la idea: montar las ideas de Foucault en un dos ambientes –un Samuel Beckett del «verdadero conurbano».
Los estilos cambian, implosionan para reinventarse. Pero la voz es la misma: la de un artista en llamas con conciencia de clase. Algo que se torna más revulsivo hoy que nunca, en el marco de una sociedad que extravió su rumbo cuando, seducida por el canto de sirena neoliberal, quiso renegar de su origen social. Para César, el estamento del cual proviene no entraña limitación en términos creativos; como Favio, como el Indio, encuentra natural permitírselo todo sin pedir permiso ni esperar bendiciones. Al contrario, la conciencia de clase lo dota de aquello por lo cual tantos artistas estarían dispuestos a matar: un punto de vista infrecuente del que se desprende una voz inconfundible.
Desde el fondo de la olla, César advierte que hasta los que creen estar encima suyo se cocinan al mismo fuego. Desde la experiencia de la privación de la libertad, César percibe que el afuera es simplemente otro tipo de cárcel, cuyos prisioneros ignoran que lo son mientras devienen víctimas de los mismos ciclos de sometimiento y violencia que, a la primera de cambio, no dudan en reproducir. Por eso sus obras nos lanzan a un universo que la mayoría del público tradicional considera ajeno, cuando no remoto: la Argentina federal que está por detrás del decorado de cartón piedra, aquello que ocurre mientras –y donde– no vemos ni queremos ver. Pero mientras nos pasea por el paisaje extrañado, no echa luz tan solo sobre su vida sino particularmente sobre las nuestras –sobre lo que hasta entonces creíamos familiar, forzándonos a desconocerlo, a verlo bajo una luz nueva.
De no haber filmado Atenas hace un par de años (recién pudo estrenarla este 2019), habría que decir que César creó el negativo perfecto de la Roma de Cuarón. Pero Atenas es lo que es por mérito propio. Para mí –sepan disculpar– Roma apela a la belleza estética deslumbrante para paliar un sentimiento de culpa al cual se diluye en el marco de la Historia; es, en algún sentido, un poema a la inmovilidad social, un rizo artificial propio de la sofisticación inherente al Imperio. Pero la Buenos Aires que sirve de escenario a Atenas es tan solo una aldea, un enclave salvaje, el sitio improbable del cual nació una idea tan fulgurante como la democracia y donde germinan, asimismo, las semillas de su potencial frustración.
César González narra en el mismo registro de sus otros films de lo que llama La Trilogía Villera: la cámara a la altura de la mirada de sus criaturas, un relato coral, una desnudez que no es ascetismo impostado sino intemperie real y una voluntad de nunca llamar la atención sobre el relato mismo –que parece abrevar en el naturalismo puro– hasta que, a último momento, le pega un tirón a la alfombra sobre la que invitaba a caminar y nos pone de rodillas. Atenas es una peli que la va de simple pero te come el cerebro. (En este momento, aun mientras escribo, no puedo dejar de ver los párpados que a Perse –Débora González– se le hincharon de tanto llorar; da la sensación de que, si reventasen, su agua se lo llevaría puesto todo.) Atenas es una peli que parece que va de otra cosa y de repente revela que este sigue siendo un país que desaparece gente.
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