Kitabı oku: «Hong Kong Hacker (versión española)»
HONG KONG HACKER
CHAN HO-KEI
Traducción: Constanza Fantin Bellocq

“Una novela aguda e intensa, revela un peligroso submundo de batallas virtuales, crímenes cibernéticos y la existencia de un depredador que acecha en Hong Kong”.
—Booklist.
“Los giros de la trama son lógicos y sorprendentes, y Chan nos presenta personajes profundos y reales. Ideal para los fans de los tecno-thrillers como los libros de Stieg Larsson”.
—Publishers Weekly.
“Hong Kong Hacker es prácticamente irresistible, con vueltas y manipulaciones que no se ven venir y garantizan que los lectores se mantengan despiertos hasta altas horas de la madrugada”.
—Shelf Awareness.
“Chan Ho-Kei se merece completamente ser el escritor de thrillers número uno en chino. No solo ofrece una lectura acelerada, con giros inteligentes y sin fisuras hasta la última página, también muestra una visión cruda y rica de los diversos mundos de Hong Kong: la vida en espacios mínimos; los adolescentes, sus amistades, celos, pero también el acoso e hipocresía en temas de género. Imposible dejarlo hasta la última página, imposible de olvidar… ¡hasta el próximo libro del autor!”.
—Trini Vergara, editora.
Título original: 網內人
Edición original: 皇冠文化出版有限公司
Traducción: Constanza Fantin Belloqc
Corrección de estilo: Cristina Martín Sanz
Diseño de colección y cubierta: Raquel Cané
Diseño interior: Flor Couto
© 2017 Chan Ho-Kei
Derechos de traducción gestionados por Crown Publishing Company, Ltd. en asociación con The Grayhawk Agency a través de International Editors’ Co.
© 2021 Trini Vergara Ediciones
www.trinivergaraediciones.com
© 2021 Motus Thriller
www.motus-thriller.com
España · México · Argentina
ISBN: 978-84-18711-20-6
Índice de contenido
Portadilla
Citas elogiosas
Legales
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
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Chan Ho-Kei
Sinopsis
Manifiesto Motus
PRÓLOGO
CUANDO NGA-YEE SALIÓ DE SU apartamento a las ocho de la mañana, no tenía idea de que ese día iba a cambiarle la vida.
Después de la pesadilla del año anterior, sentía que les esperaban tiempos mejores solamente con que apretasen los dientes y se mantuviesen firmes. Estaba convencida de que el destino era justo y de que, cuando sucedía algo malo, después, naturalmente, seguía algo bueno. Por desgracia, a los poderes de turno les encanta gastar bromas crueles.
Pasadas las seis de la tarde, Nga-Yee, extenuada, decidió irse a casa. Mientras regresaba a pie desde la parada del autobús, calculó mentalmente si tendría suficiente comida en el frigorífico como para cocinar para dos. En apenas siete u ocho años los precios habían aumentado de forma alarmante, mientras que los sueldos se habían mantenido igual. Recordaba cuando medio kilo de carne de cerdo costaba veintitantos dólares, pero ahora con eso apenas alcanzaba para doscientos cincuenta gramos.
Seguramente en el frigorífico habría un poco de cerdo y algunas espinacas, suficiente para preparar un salteado con jengibre. Un acompañamiento de huevos al vapor completaría una cena simple y nutritiva. A su hermana Siu-Man, que era ocho años menor, le encantaban los huevos al vapor, y Nga-Yee a menudo preparaba ese plato suave y sedoso cuando la despensa estaba casi vacía: una buena comida con cebolleta y un toque de salsa de soja. Lo más importante de todo era que costaba poco. En el pasado, en la época en que estaban todavía más ajustadas económicamente que ahora, los huevos las habían sacado de apuros muchas veces.
Tenían suficiente para esa noche, pero se preguntó si debería probar suerte en el mercado, de todos modos. No le gustaba dejar el frigorífico completamente vacío; desde pequeña sabía que había que tener siempre un plan de apoyo. Además, varios vendedores bajaban los precios justo antes de cerrar, y tal vez encontraría buenas ofertas para el día siguiente.
Iiiii-uuuu-iiiii-uuuu.
Un coche de la policía pasó a toda velocidad, y la sirena interrumpió los pensamientos de Nga-Yee. Solo entonces se percató de la multitud congregada delante de su edificio, la Casa Wun Wah.
¿Qué podía haber sucedido? Nga-Yee siguió caminando a la misma velocidad. No era la clase de persona que disfrutase de sumarse a la excitación general, razón por la cual muchos de sus compañeros de clase la habían etiquetado como solitaria, introvertida, empollona, bicho raro. No la había molestado. Cada uno tiene derecho a elegir cómo vivir la vida. Tratar de encajar dentro de las ideas de los demás es pura tontería.
—¡Nga-Yee! ¡Nga-Yee! —Una mujer regordeta, de unos cincuenta años y cabello rizado la llamaba agitando desesperadamente las manos entre la docena de espectadores. Era Tía Chan, la vecina del piso veintidós. Se conocían lo suficiente como para saludarse, pero nada más.
Tía Chan cubrió a toda prisa la corta distancia que la separaba de Nga-Yee, la agarró del brazo y tiró de ella hacia el edificio. Nga-Yee no comprendía una palabra de lo que estaba diciendo, salvo su nombre; el terror hacía que su voz sonara como un idioma extranjero. Comenzó a entender, por fin, cuando reconoció la palabra “hermana”.
A la luz del atardecer, Nga-Yee avanzó por entre la gente y por fin pudo ver la horripilante escena.
La multitud se arremolinaba alrededor de un cuadrado de pavimento, a unos diez metros de la entrada principal, donde yacía una adolescente con uniforme escolar blanco y el cabello desgreñado sobre el rostro. Un líquido rojo oscuro formaba un charco alrededor de su cabeza.
Lo primero que pensó Nga-Yee fue: ¿No es alguien del instituto de Siu-Man?
Dos segundos después, comprendió que la figura que yacía inmóvil en el suelo era Siu-Man.
Su hermanita, tendida sobre el frío hormigón.
La única familia que tenía en el mundo.
En un instante, el mundo a su alrededor se volvió patas arriba.
¿Sería una pesadilla? Tal vez estaba soñando. Miró los rostros que la rodeaban. Reconoció a los vecinos, pero los sintió como desconocidos.
—¡Nga-Yee! ¡Nga-Yee! —Tía Chan la aferró del brazo y la sacudió con fuerza.
—¿Siu... Siu-Man? —Ni siquiera pronunciando el nombre en voz alta podía relacionar el objeto tirado en el suelo con su hermana menor.
Siu-Man tenía que estar ahora en casa, esperándola para que preparara la cena.
—Atrás, por favor. —Una agente de policía con uniforme cuidadosamente planchado se abrió camino entre los curiosos, mientras que dos paramédicos se arrodillaban junto a Siu-Man con una camilla.
El paramédico de más edad colocó una mano debajo de su nariz, le presionó con dos dedos la muñeca izquierda y, luego, le abrió un párpado e iluminó la pupila con una linterna. Todo eso llevó unos pocos segundos, pero para Nga-Yee fue como una sucesión de escenas congeladas.
Ya no sentía el paso del tiempo.
Su subconsciente estaba tratando de salvarla de lo que sucedería después.
El paramédico se incorporó y negó con la cabeza.
—Por favor, hacia atrás, despejen el camino —ordenó la agente de policía. Los paramédicos se alejaron de Siu-Man con expresión sombría.
—¿Siu... Siu-Man? ¡Siu-Man! ¡Siu-Man! —Nga-Yee apartó a un lado a Tía Chan y corrió hacia su hermana.
—¡Señorita! —Un policía alto se movió rápidamente para sujetarla por la cintura.
—¡Siu-Man! —Nga-Yee luchó en vano para soltarse, luego se volvió para suplicar—: ¡Es mi hermana! ¡Tienen que salvarla!
—Señorita, por favor, cálmese —dijo el policía, como sabiendo que sus palabras no surtirían efecto.
—¡Por favor, sálvenla! ¡Médicos...! —Nga-Yee, pálida, se volvió para implorar a los paramédicos que se alejaban—. ¿Por qué no la tienden en la camilla? ¡Rápido, tienen que salvarla!
—Señorita, ¿usted es la hermana? Cálmese, por favor —le indicó el policía con el brazo alrededor de su cintura, tratando de hablar con la mayor compasión posible.
—Siu-Man... —Se volvió para contemplar la figura desmadejada que yacía en el suelo, pero ahora otros dos policías la estaban cubriendo con una lona verde oscura—. ¿Qué están haciendo? ¡Deténganse! ¡Deténganse ahora mismo!
—¡Señorita! ¡Señorita!
—No la cubran, ¡tiene que respirar! ¡El corazón le sigue latiendo! —Nga-Yee se inclinó hacia delante, sin energía. El policía ya no la sujetaba, sino que la sostenía—. ¡Sálvenla, tienen que salvarla, se lo suplico! Es mi hermana...
Y así, en esa noche de un martes cualquiera, delante de la Casa Wun Wah, en la urbanización Lok Wah, del distrito de Kwun Tong, los vecinos, que por lo general eran locuaces, guardaron silencio. El único ruido que se oía entre los edificios fríos era el llanto desesperado de una hermana mayor; los sollozos golpeaban como el viento en los oídos de todas esas personas, llenándolos de un dolor indeleble.
CAPÍTULO 1
1.
—SU HERMANA SE HA SUICIDADO.
Cuando Nga-Yee oyó al policía pronunciar esas palabras en el depósito de cadáveres, no pudo contenerse y replicó con voz pastosa:
—¡Es imposible! Tiene que haber un error. Siu-Man nunca haría algo así. —El sargento Ching, un hombre delgado y de unos cincuenta años, con canas en las sienes, tenía un leve aire de gangster pero algo en sus ojos decía que se podía confiar en él. Sereno ante la incipiente histeria de aquella joven, habló con una voz profunda y una calma que la hizo callar.
—Señorita Au, ¿está usted segura de que su hermana no se ha suicidado?
Nga-Yee sabía muy bien, aunque no quería reconocerlo, que Siu-Man tenía muchos motivos para buscar la muerte. La presión que había soportado durante los últimos seis meses era mucho mayor de lo que merecía cualquier chica de quince años.
Pero deberíamos comenzar con los muchos años de desgracias de la familia Au.
Los padres de Nga-Yee nacieron en la década del sesenta; eran inmigrantes de segunda generación. Cuando en 1946 estalló la guerra entre los nacionalistas y los comunistas, una gran cantidad de refugiados comenzaron a emigrar de la China continental a Hong Kong. Los comunistas emergieron victoriosos e instauraron un nuevo régimen que reprimió cualquier oposición, por lo que cada vez más gente comenzó a refugiarse en esa colonia británica. Los abuelos de Nga-Yee eran refugiados de Guangzhou. Hong Kong necesitaba mucha mano de obra barata y raramente rechazaba a aquellos que entraban de manera ilegal en el territorio, por lo que sus abuelos pudieron asentarse, conseguir sus documentos con el tiempo y convertirse en ciudadanos de Hong Kong. Aun así, sus vidas fueron difíciles: hacían trabajo manual durante largas horas y por muy poco dinero. Las condiciones de vida eran durísimas, también. No obstante, Hong Kong atravesaba un período de auge económico y, si uno estaba dispuesto a sufrir un poco, las circunstancias mejoraban. Algunos hasta cabalgaron la ola y alcanzaron el éxito.
Por desgracia, los abuelos de Nga-Yee nunca tuvieron esa oportunidad. En febrero de 1976, se declaró un incendio en el barrio de Shau Kei Wan, en la bahía Aldrich, que destruyó más de mil casas de madera y dejó a unas tres mil personas sin hogar. Los abuelos de Nga-Yee murieron en ese infierno; sobrevivió su hijo de doce años, Au-Fai, el padre de Nga-Yee. Debido a que no tenía ningún otro familiar en Hong Kong, Au Fai fue adoptado por un vecino que había perdido a su esposa en el incendio. El vecino tenía una hija de siete años llamada Chau Yee-Chin, quien sería la madre de Nga-Yee.
Por ser tan pobres, Au Fai y Chau Yee-Chin no tuvieron una educación formal. Ambos comenzaron a trabajar antes de alcanzar la mayoría de edad, Au Fai como obrero en un depósito y Yee-Chin como camarera en un restaurante de dim sum, una típica comida cantonesa. Aunque trabajaban duramente para ganarse la vida, nunca se quejaban, y hasta pudieron disfrutar de unas migajas de felicidad cuando se enamoraron. Pronto comenzaron a hablar de boda. Al enfermar el padre de Yee-Chin en 1989, se casaron rápidamente para poder cumplirle al menos uno de sus deseos antes de que muriera.
Durante algunos años después de eso, la familia Au pareció haberse liberado de la mala suerte.
Tres años después de casarse, Au Fai y Chau Yee-Chin tuvieron una hija. El padre de Yee-Chin había sido educado en China. Antes de morir, les pidió que llamaran a su hijo Chung-Long si era varón y Nga-Yee si era una niña: “Nga” por elegancia y belleza, “Yee” por felicidad. El matrimonio y la niña se mudaron a una pequeña vivienda situada en un bloque de apartamentos de To Kwa Wan, donde llevaban una vida austera pero feliz. Todos los días, cuando Au Fai volvía de trabajar, al ver los rostros sonrientes de su esposa y su hijita sentía que no podía pedirle nada más al mundo. Yee-Chin manejaba bien el hogar. A Nga-Yee le gustaban los libros y se comportaba muy bien, y todo lo que Au Fai deseaba era ganar un poco más de dinero para que ella pudiera ir a la universidad algún día y no tuviera que ponerse a trabajar antes de terminar la enseñanza secundaria, como habían tenido que hacer él y su esposa. Actualmente, se necesitaba preparación académica para salir adelante en Hong Kong. En los años setenta y ochenta, si uno estaba dispuesto a trabajar duro, conseguía empleo con facilidad, pero los tiempos habían cambiado.
Cuando Nga-Yee cumplió seis años, el dios de la fortuna sonrió a la familia Au: después de estar varios años en lista de espera, finalmente les llegó el turno de conseguir una vivienda del gobierno.
En la superpoblada Hong Kong, donde escaseaba el terreno, las viviendas subvencionadas por el gobierno no bastaban para satisfacer la demanda. En 1998, Au Fai recibió la notificación de que les había sido adjudicada una unidad en la urbanización pública Lok Wah. Sucedió justo en el momento indicado: después de la crisis financiera asiática, la empresa para la que trabajaba Au Fai había hecho una gran reestructuración, y él fue uno de los primeros obreros a los que despidieron. Su jefe lo ayudó a conseguir otro trabajo, pero el sueldo era mucho menor y le costaba pagar la educación primaria de Nga-Yee. La carta de la Autoridad de la Vivienda fue como maná caído del cielo. El nuevo alquiler sería menos de la mitad de lo que pagaban actualmente, y, si vivían con frugalidad, hasta podrían comenzar a ahorrar.
Dos años después de mudarse a la Casa Wun Wah, Chau Yee-Chin volvió a quedar encinta. Au Fai estaba encantado de ser padre otra vez, y Nga-Yee ya tenía edad para comprender que ser la hermana mayor significaría tener que trabajar duro para ayudar a sus padres. Como su suegro le había dejado solamente un nombre para cada sexo, Au Fai recurrió a su vecino —un antiguo maestro de escuela— en busca de ayuda para elegir el hombre de una segunda hija.
—¿Qué le parece llamarla Siu-Man? —sugirió el anciano, sentado con Au Fai fuera del edificio, en un banco—. “Siu”, que significa ‘pequeña’ y “Man”, que significa ‘nubes coloreadas por el atardecer’.
Au Fai miró hacia donde apuntaba el anciano y vio cómo el sol poniente teñía las nubes con una paleta de vivos colores.
—Au Siu-Man... Es un nombre que suena bien. Gracias por su ayuda, señor Huang. En mi ignorancia, nunca se me habría ocurrido algo tan bello.
Ahora que eran cuatro, el apartamento de la urbanización Wun Wah comenzó a resultarles apretado. Eran viviendas diseñadas para dos o tres personas y no tenían tabiques. Au Fai presentó una solicitud para mudarse a algo más amplio. Les ofrecieron sitios en Tai Po o Yuen Long, pero, después de hablarlo, Yee-Chin sonrió y dijo:
—Nos hemos acostumbrado a vivir aquí. Esos sitios están muy lejos. Para ti, ir todos los días al trabajo sería una pesadilla, y Nga-Yee tendría que cambiar de instituto. Puede que aquí estemos algo apretados, pero ¿recuerdas cuánto más pequeña era nuestra choza de madera?
Así era Chau Yee-Chin, siempre satisfecha con su suerte. Au Fai se rascó la cabeza y no se le ocurrió ningún argumento mejor, aunque siguió esperando poder darle una habitación a cada hija antes de que comenzaran la secundaria.
No imaginó que no viviría para ver ese día.
Au Fai murió en un accidente ocurrido en su lugar de trabajo en el año 2004. Tenía cuarenta años.
Después de la crisis financiera de 1997 y la epidemia de síndrome respiratorio agudo grave (SARS) de 2003, la economía de Hong Kong agonizaba. En un esfuerzo para reducir costes, muchos empresarios comenzaron a subcontratar operaciones o a contratar empleados por períodos breves para evitar así las cargas sociales. Una empresa grande contrataba a una más pequeña para realizar ciertas operaciones, y esta última subcontrataba los trabajos a unidades más pequeñas. Una vez que todas ellas se llevaban su parte, los sueldos de los empleados eran mucho menores que antes, pero, en ese clima precario, no les quedaba otra opción que callar y aceptar lo que se les ofrecía. Au Fai tenía que acudir a esos contratistas y pelear con otros obreros por los pocos puestos disponibles. Por fortuna, llevaba en el almacén el tiempo suficiente como para haber obtenido una licencia para manejar las carretillas elevadoras, lo que le proporcionaba una ventaja en trabajos de reparto o cuando operaban en el puerto. Allí, lo que elevaba no eran productos, sino cables. Los cables de amarre de los cargueros eran demasiado gruesos y pesados para amarrarlos a mano y había que moverlos con la elevadora. Para maximizar sus ingresos, Au Fai tenía dos empleos, el del almacén de Kowloon y el de descargar barcos en las terminales de contenedores de Kwai Tsing. Quería ganar la mayor cantidad posible de dinero mientras todavía tuviera energías. Sabía que la fuerza no le duraría para siempre y que llegaría el día en que no podría exigirle tanto a su cuerpo ni aunque quisiera.
Una tarde lluviosa de julio de 2004, el encargado del Muelle Cuatro de Kwai Tsing notó que faltaba una de las máquinas elevadoras. Au Fai había estado conduciendo hacia la Zona Q13, y allí sus colegas descubrieron un poste muy golpeado en un costado. Junto a él había restos de plástico amarillo que reconocieron de inmediato como parte de la máquina elevadora, que por accidente Au Fai había hecho caer al agua. Terminó atrapado entre el vehículo y las pinzas, que quedaron a medio enterrar en el lecho marino, a siete metros de profundidad. Cuando pudieron sacar la elevadora con una grúa, Au Fai estaba muerto desde hacía horas.
Nga-Yee tenía doce años cuando perdió a su padre, y Siu-Man, cuatro.
Yee-Chin, aunque estaba destrozada por la muerte de su amado esposo, no se permitió hundirse en el dolor, ya que sus hijas ahora dependían por completo de ella.
Según la legislación laboral, la familia de cualquier empleado que moría en el trabajo debía recibir como indemnización el salario de sesenta meses, cosa que les habría permitido vivir durante varios años. Lamentablemente, la mala suerte golpeó otra vez a la familia Au.
—Señora Au, no es que no quiera ayudarla, pero esto es todo lo que la empresa puede ofrecerle.
—Pero, Ngau, Fai trabajó mucho para Yu Hoi, durante muchos años. Salía de casa antes de que amaneciera y volvía cuando las niñas estaban durmiendo. Casi nunca veía a sus propias hijas. Ahora soy una pobre viuda con dos hijas que no tienen padre. No tenemos a nadie que nos ayude. ¿Y usted me dice que solamente nos puede dar esta suma insignificante?
—La empresa está bastante mal, para serle sincero. Es posible que tengamos que cerrar el año que viene y, si eso sucede, ni siquiera podríamos darle esta pequeña suma.
—¿Pero por qué tiene que salir de ustedes el dinero? Fai tenía el seguro de empleado.
—La cobertura de Fai... Al parecer hay un problema con eso.
Ngau llevaba en la empresa más tiempo que Fai y había visto a Yee-Chin varias veces, por lo cual el jefe, el señor Tang, le había pedido que tuviera una “conversación” con ella. Según él, era cierto que la empresa lo había asegurado, pero cuando la aseguradora puso a un inspector a examinar el caso, la reclamación fue denegada. El accidente había tenido lugar después de que finalizase el turno de Au Fai, y no había forma de demostrar que hubiera estado manejando la elevadora por motivos laborales. Además, no le habían encontrado ningún desperfecto al vehículo, por lo que no podían descartar la posibilidad de que Au Fai simplemente se hubiera quedado dormido o se hubiera desmayado.
—Tengo entendido que hasta querían reclamarle los daños ocasionados a la elevadora, pero el jefe dijo que no había que hacer leña del árbol caído. Fai trabajó mucho para la empresa, y aun si la aseguradora no quiere hacerse cargo, tenemos que hacer algo por él. Así que la compañía le ofrece esta pequeña suma a modo de pésame. Esperamos que la acepte.
Yee-Chin cogió el cheque con manos temblorosas. Las palabras “reclamarle los daños ocasionados a la elevadora” la habían enfurecido de tal forma que casi se echó a llorar, pero sabía que Ngau solamente repetía lo que le habían dicho. Ese dinero —el equivalente a tres meses de sueldo de Au Fai— sería una nimiedad.
Yee-Chin intuyó que el jefe le estaba ocultando algo, pero no veía la forma de defenderse. Se vio obligada a aceptar el cheque y dar las gracias a Ngau.
Ella no había trabajado a jornada completa desde que nacieron las niñas, solamente había ayudado de tanto en tanto en una lavandería para ganar un poco de dinero para sus gastos. Ahora no le quedaba otra opción que volver a ser camarera en un restaurante de dim sum. Si bien el coste de la vida se había disparado en los diez años transcurridos desde que trabajó por última vez, los sueldos seguían casi iguales. Comprendió que no había forma en que ella y sus hijas pudieran sobrevivir, de manera que tuvo que buscar un segundo empleo. Tres veces por semana, trabajaba el turno de noche en un supermercado. Salía a las seis de la mañana y dormía apenas cinco horas antes de partir hacia el restaurante.
Varios vecinos quisieron convencerla de que dejara de trabajar y aceptara los planes de ayuda social, pero ella se negaba:
—Sé que solamente gano un poco más de lo que me daría la ayuda social, y que podría ocuparme de Nga-Yee y de Siu-Man todo el día —respondía, sonriendo con dulzura—, pero si lo hiciera, ¿cómo les enseñaría la importancia de valerse por sí mismas?
Nga-Yee la escuchaba y recordaba sus palabras.
Perder a su padre fue un gran golpe para ella. Estaba comenzando la enseñanza secundaria, y Au Fai le había prometido que después de los exámenes finales, toda la familia haría un viaje de tres días a Australia para celebrarlo..., pero las dejó antes de que eso pudiera suceder. Nga-Yee siempre había sido una niña introvertida, y después de la muerte de su padre se retrajo aún más. Pero no se entregó a la desesperación: el ejemplo de su madre le mostró que, por más cruel que fuera la realidad, había que ser fuerte. Con Yee-Chin entregada a su trabajo, Nga-Yee pasó a ser la encargada de la casa: la limpieza, la compra, la cocina y el cuidado de su hermana de cuatro años. Cuando cumplió los trece, ya era experta en todas esas tareas y comprendía cómo ser austera y ahorrar. Todos los días, después del instituto, tenía que rechazar invitaciones sociales y perderse actividades extraescolares. Sus compañeros la llamaban solitaria y bicho raro, pero no le importaba; comprendía dónde estaban sus responsabilidades.
Siu-Man, en cambio, no pareció verse afectada por la muerte de su padre.
Protegida por su madre y su hermana mayor, tuvo una niñez normal. Nga-Yee, a veces, se preocupaba pensando que la malcriaba, pero la sonrisa inocente de su hermanita la convencía de que era perfectamente normal sentir adoración por ella. De tanto en tanto, Siu-Man hacía demasiadas travesuras y Nga-Yee se veía obligada a poner cara seria y regañarla. Sin embargo, cuando Nga-Yee se sentía abrumada y se echaba a llorar —después de todo, solo era una adolescente de secundaria— Siu-Man la reconfortaba, le acariciaba el rostro y murmuraba: “No llores, por favor, hermana”. Había ocasiones en que Yee-Chin volvía a casa tarde por la noche y encontraba a sus hijas acostadas en la misma cama, habiéndose reconciliado tras una pelea.
No fueron fáciles para Nga-Yee los cinco años de estudios, pero sobrevivió, y hasta logró obtener unos de los mejores resultados de los exámenes de su año. Sus calificaciones fueron lo suficientemente buenas para permitirle acceder a los dos años de preparatoria para la selectividad, y su profesora le dijo que estaba segura de que no tendría problemas para ganarse una plaza en una universidad de primer nivel. Pero, por más que los docentes trataran de convencerla, ella se mantenía firme e insistía en que quería conseguir un empleo. Era una decisión que había tomado el día que murió su padre: por mejor que le fuera en los exámenes, renunciaría a la posibilidad de una educación universitaria.
—Mamá, una vez que comience a trabajar, tendremos dos sueldos y podrás relajarte un poco.
—Yee, has trabajado duro y te has esforzado mucho. No te rindas ahora. No tienes que preocuparte por el dinero. En el peor de los casos, puedo buscarme un tercer empleo de media jornada...
—¡Basta, mamá! Vas a destrozarte la salud si sigues con este ritmo. Para ti, ha sido una lucha pagarme el instituto en estos últimos años. No puedo permitir que sigas preocupándote.
—Son solamente dos años más. Me han dicho que las universidades tienen planes de asistencia, así que no tendremos que preocuparnos por pagar.
—Se llaman préstamos para estudiantes, mamá..., tendría que pagarlos de todos modos una vez que me gradúe. Hoy en día los sueldos para graduados que están empezando son bajos, y los estudiantes de humanidades como yo no tienen tanta amplitud de oferta laboral. Seguramente terminaría pagando el préstamo con un sueldo de miseria. No me quedaría nada. Cinco años más manteniéndonos tú y, luego, otros cinco en los que yo apenas podría contribuir algo. Tienes cuarenta años, mamá. ¿De verdad quieres seguir trabajando así hasta que tengas cincuenta?
Yee-Chin no supo qué responder. Nga-Yee llevaba casi dos años ensayando el discurso, por lo que la argumentación era bien sólida.
—Si consigo trabajo, todo cambiará —prosiguió Nga-Yee. En primer lugar, puedo empezar a aportar dinero ahora, no dentro de cinco años. En segundo lugar, no le deberé dinero al gobierno. Y tercero, puedo adquirir experiencia laboral, siendo joven. Y lo más importante de todo, si ambas trabajamos mucho, cuando Siu-Man termine el instituto, habremos ahorrado lo suficiente como para que ella no tenga que preocuparse por ninguno de estos temas y pueda enfocarse en sus estudios. Quizás hasta podamos enviarla a una universidad del extranjero.
A Nga-Yee nunca se le habían dado bien los discursos, pero esas palabras sinceras le brotaron fluidas y persuasivas.
Yee-Chin terminó por ceder ante su hija. Al fin y al cabo, objetivamente, tenía razón en muchas cosas. De todos modos, no pudo por menos que sentir tristeza. ¿Sería una mala madre por tener una hija que iba a sacrificar su futuro por el de su hermana menor?
—Mamá, créeme, todo esto valdrá la pena.
Nga-Yee lo tenía todo planeado. Entre el trabajo de la casa y el cuidado de su hermana, el único pasatiempo para el que le quedaba tiempo era la lectura. Como no tenían dinero, la mayoría de los libros provenían de la biblioteca pública, donde ahora esperaba poder conseguir un empleo. Y así fue: se presentó con éxito para el puesto de ayudante de bibliotecaria en la sucursal de la Bahía East Causeway y pasó a ser empleada del Departamento de Servicios Culturales y Tiempo Libre de Hong Kong.
Si bien Nga-Yee trabajaba para el gobierno, no se la consideraba funcionaria pública, por lo cual no recibía ninguno de los beneficios correspondientes. Para reducir gastos, el gobierno de Hong Kong, como muchas empresas privadas, había reducido los empleados permanentes y pasado a tener empleados contratados, generalmente por uno o dos años. Al cabo de ese tiempo, el contrato caducaba sin problemas ni indemnizaciones. De ese modo, en tiempos de dificultades económicas la nómina de empleados se reducía de manera natural, y si había dinero para gastar, se renovaban los contratos, pero siempre el control quedaba en manos del empleador. Además, el gobierno subcontrataba algunos trabajos, de modo que era muy posible que un reponedor de estanterías de la biblioteca pública estuviera trabajando para un contratista, en condiciones aún peores que las de los empleados contratados. Cuando Nga-Yee se enteró de todo esto, no pudo dejar de pensar en la forma en que habían tratado a su padre ni de verlo en el rostro de algunos de los guardas de seguridad más ancianos.
Con todo, no estaba desconforme. Su puesto no era de jerarquía, pero llevaba a casa unos diez mil dólares de Hong Kong al mes, lo que mejoraba ampliamente la situación de la familia Au. Yee-Chin pudo dejar su segundo empleo y aliviar la carga de tantos años. Siguió trabajando en el restaurante, pero ahora con más tiempo para estar en casa y retomar poco a poco la tarea de criar a Siu-Man. Los turnos de Nga-Yee cambiaban continuamente, por lo que no tenía un horario fijo; en consecuencia, dejó de pasar tanto tiempo con su hermana. Al principio, Siu-Man se abalanzaba sobre su extenuada hermana en cuanto esta volvía de trabajar y no paraba de hablarle de esto y lo otro, pero con el tiempo pareció aceptar que ella estaba ocupada y dejó de molestarla. La familia de Nga-Yee lentamente fue tornándose normal. Madre e hija ya no vivían preocupadas por pagar los gastos. Después de tanto sufrimiento, por fin podían saborear algo mejor a medida que sus vidas, antes tan caóticas, se asentaban en la regularidad.
Desgraciadamente, este respiro duró solamente cinco años.
En el mes de marzo, Yee-Chin se cayó en el restaurante y se rompió el fémur. Cuando Nga-Yee recibió la noticia, se tomó el resto del día libre y fue a toda prisa al hospital, sin saber que recibiría noticias aún peores al llegar.
—La señora Chau no se ha roto el hueso por la caída: se cayó porque el hueso se le partió —le informó el médico—. Sospecho que debe tener mieloma múltiple. Necesitamos hacerle más pruebas.
—¿Múltiple qué?
—Mieloma múltiple. Es un tipo de cáncer de la sangre.
Nga-Yee esperó con temor el diagnóstico, que llegó dos días más tarde. Chau Yee-Chin tenía un cáncer avanzado. El mieloma múltiple es una enfermedad autoinmune en la que una mutación de las células plasmáticas causa cáncer de médula en varias partes del cuerpo. Si se detecta tempranamente, los pacientes pueden sobrevivir cinco años o más. Con el tratamiento adecuado, algunos viven más de una década. Pero en el caso de Yee-Chin, era demasiado tarde para quimioterapia o un trasplante de células madre. Los médicos pensaban que le quedaban seis meses.
Yee-Chin había notado los síntomas —anemia, dolor en las articulaciones, debilidad muscular—, pero los atribuyó a artritis y agotamiento. Aun cuando consultó, los médicos no vieron nada salvo una degeneración normal de los cartílagos e inflamación de los nervios. El mieloma múltiple por lo general ataca a hombres mayores, raramente a una mujer de cuarenta años.
Para Nga-Yee, su madre siempre había sido tan resiliente como Úrsula Iguarán, la esposa de Buendía en Cien Años de Soledad, y estaba segura de que llegaría con buena salud a una edad avanzada. Solamente al mirarla con atención, se dio cuenta con asombro de que esa mujer de casi cincuenta años ya no era joven. Tantos años de trabajo extenuante la habían carcomido, y ahora las arrugas que tenía alrededor de los ojos eran profundas como grietas en la corteza de un árbol. Sosteniendo la mano de su madre, lloró en silencio, mientras que Yee-Chin mantuvo la compostura.
—Nga-Yee, no llores. Por lo menos has terminado el instituto y tienes trabajo. Si me voy ahora, no tendré que preocuparme por vosotras dos.
—No, no, no digas...
—Yee, prométeme que serás fuerte. Siu-Man es delicada, tendrás que cuidarla.
Por lo que respectaba a Yee-Chin, la muerte no era algo a lo que temer, sobre todo porque sabía que su esposo la estaría esperando en la otra orilla. Lo único que la ataba a este mundo eran sus dos hijas.
Al final, Yee-Chin no llegó a vivir el tiempo que predijeron sus médicos. Murió dos meses más tarde.
Nga-Yee contuvo las lágrimas en el funeral de su madre. En ese momento, comprendió cómo se habría sentido ella al despedir a su padre: por más destrozada y dolorida que estuviera, tenía que mantenerse fuerte. De ahora en adelante, Siu-Man no tendría a nadie más que a ella.
En Siu-Man se vio a sí misma una década atrás: con los ojos hundidos, llorando la muerte de su padre.
Aun así, Nga-Yee sospechaba que la muerte de su madre había golpeado todavía más fuerte a su hermana pequeña. Nga-Yee siempre había sido callada, mientras que su hermana pequeña era la conversadora. Pero ahora Siu-Man se volvió callada y retraída. El contraste fue tan grande, que pareció convertirse en una persona completamente diferente. Nga-Yee recordaba lo animadas que habían sido las cenas familiares, con Siu-Man charlando animadamente sobre temas del instituto, contando qué maestro había quedado mal al decir algo equivocado en la asamblea, a qué maestra el alumno ayudante le iba con chismes, cómo era el juego absurdo de adivinar la suerte al que todos estaban jugando. Aquellos momentos felices podían muy bien haber sido parte de otro mundo. En la actualidad, Siu-Man se introducía la comida en la boca casi sin levantar la vista, y si Nga-Yee no hacía el esfuerzo de iniciar una conversación, su hermana se limitaba a decir “ya estoy llena” y a levantarse de la mesa. Se refugiaba en su “habitación” (cuando Nga-Yee empezó a trabajar, Yee-Chin había reordenado los muebles para darles un poco de intimidad a sus hijas, y había construido dos rincones con estanterías para libros y armarios) y se enfrascaba ciegamente en su teléfono móvil.
Debería darle tiempo, pensaba Nga-Yee. No quería obligar a su hermana a hacer nada, sobre todo a la incómoda edad de catorce años. Solo empeoraría las cosas. Estaba segura de que, dentro de poco tiempo, Siu-Man encontraría su propia manera de salir de esa depresión.
Y así fue: transcurridos unos seis meses, Siu-Man volvió a ser la de siempre. Nga-Yee se alegró de ver su hermana sonriendo otra vez. Ninguna de las dos podría haber imaginado que el destino les depararía una calamidad aún mayor.
2.
El 7 de noviembre de 2014, unos minutos después de las seis de la tarde, Nga-Yee recibió una llamada telefónica inesperada y se dirigió con el corazón encogido a la comisaría de policía de Kow-loon. Un agente la guio hasta un despacho del Departamento de Investigaciones Criminales donde Siu-Man, con el uniforme escolar, estaba sentada en una banqueta, en un rincón, junto a una mujer policía. Nga-Yee corrió a abrazarla, pero Siu-Man no reaccionó, sino que se limitó a dejar que su hermana la rodeara con los brazos.
—Siu-Man...
Cuando ya iba a empezar a hacerle preguntas, Siu-Man pareció volver en sí y se aferró a ella con fuerza, ocultando el rostro contra su pecho y derramando una lluvia de lágrimas. Después de sollozar durante diez minutos, pareció calmarse.
—Señorita, no tenga miedo —la alentó la agente de policía—. Ya ha llegado su hermana. ¿Por qué no nos cuenta lo que sucedió?
Al ver un brillo de vacilación en los ojos de su hermana, Nga-Yee le cogió la mano y se la apretó para darle valor. Siu-Man miró a la agente de policía, luego posó la vista en la declaración que descansaba sobre la mesa, donde ya habían escrito su nombre y su edad. Soltó un suspiro y comenzó a hablar con voz temblorosa sobre lo sucedido hacía una hora.
Siu-Man estudiaba en el Instituto de Secundaria Enoch de la calle Waterloo, en Yau Ma Tei, ubicado muy cerca de otras escuelas preparatorias de élite, tales como la Kowloon Wah Yan, el centro de estudios para señoritas True Light y el Instituto Luterano ELCHK. Los resultados de los exámenes de Enoch no eran tan buenos como los de esos otros centros educativos, pero, de todas formas, se lo consideraba uno de los mejores institutos religiosos de ese distrito y era conocido dentro de los círculos educativos por su énfasis en la informática, las tabletas para los alumnos y otras tecnologías innovadoras. Todas las mañanas, Siu-Man cogía un autobús desde la urbanización Lok Wah hasta la estación Kwun Tong, y de allí tenía media hora en metro hasta Yau Ma Tei. Las clases terminaban a las cuatro de la tarde, pero ella a veces se quedaba en la biblioteca a hacer los deberes. Fue por eso por lo que el 7 de noviembre se fue a su casa un poco más tarde de lo habitual, pues se había quedado en el instituto hasta alrededor de las cinco.
Aquel septiembre se habían producido protestas masivas como reacción a las reformas electorales propuestas, y el gobierno había agravado la situación enviando a la policía antidisturbios. Gran cantidad de ciudadanos malhumorados tomaban las calles y ocupaban las arterias principales de Admiralty, Mong Kok y la Bahía Causeway, con lo que paralizaron parte de la ciudad. Con las calles bloqueadas y los autobuses obligados a desviarse, muchos optaban por tomar el Ferrocarril de Tránsito de Masas, conocido como el MTR, lo que provocaba una congestión masiva, sobre todo en las horas punta, cuando los andenes se llenaban de tal manera que había que esperar a que pasaran dos o tres trenes antes de que fuera posible tomar uno. Dentro de los vagones, la situación era todavía peor: ni hablar de sujetarse de una barandilla, era imposible hasta girar el cuerpo. Los pasajeros iban como sardinas en lata, espalda contra espalda o pecho contra pecho, de puntillas, balanceándose hacia atrás o hacia delante según si el tren aceleraba o frenaba.
Siu-Man subió en la estación de Yau Ma y encontró un hueco en el cuarto vagón, aplastada contra la puerta de la izquierda. En la línea que va a Kwun Tong, las dos únicas estaciones en las que se abren las puertas de la izquierda son Mong Kok y Príncipe Eduardo, por lo que, después de pasarlas, Siu-Man quedaba protegida en su rincón. Era su lugar habitual. Como se apeaba en la última estación, podía permanecer inmóvil en lugar de tener que apartarse a un lado en cada estación para dejar subir y bajar a otros pasajeros.
Según la declaración de Siu-Man, el problema comenzó en cuanto el tren salió de la estación Príncipe Eduardo.
—Sentí que alguien me tocaba...
—Que te tocaba, ¿dónde? —preguntó la agente de policía.
—En... en el trasero —balbuceó Siu-Man. Había estado sujetando su mochila, de frente a la puerta, y no veía a quién tenía detrás, pero sintió que una mano la tocaba. Se volvió y vio muchas caras. Aparte de unos pocos extranjeros hablando entre ellos, un oficinista regordete que bostezaba y una mujer de cabello rizado que hablaba por teléfono en voz alta, todos los demás tenían la cabeza gacha y miraban sus teléfonos. Por más atestado que estuviera el tren, nadie quería perderse un solo segundo de redes sociales, conversaciones o películas en streaming.
—Al principio... pensé que me había equivocado... —La voz de Siu-Man era aguda como el zumbido de un mosquito—. El vagón estaba tan lleno que tal vez alguien quiso sacar el móvil del bolsillo y me tocó de forma accidental. Pero instantes más tarde sentí que... eh...
—¿Qué te tocaban de nuevo? —preguntó Nga-Yee.
Siu-Man asintió, agitada.
Mientras la policía le hacía preguntas, Siu-Man se ruborizó de vergüenza, pero continuó con el relato. Sintió que aquella mano le recorría lentamente el glúteo derecho, pero cuando quiso aferrarla, no fue lo suficientemente rápida debido a la cantidad de gente que había. No había forma de girar el cuerpo, por lo que volvió la cabeza todo lo que pudo pensando que podría fulminar al pervertido con la mirada para advertirlo, pero una vez más, no tuvo ni idea de quién había sido. ¿El hombre de traje que estaba justo detrás de ella, el anciano calvo que iba a su lado, o alguien que estaba fuera de su campo de visión?
—¿No pediste ayuda? —preguntó Nga-Yee, y se arrepintió de inmediato. No quería dar la impresión de que estaba culpando a su hermana.
Siu-Man negó con la cabeza.
—Tenía miedo de causar un alboroto...
Nga-Yee la entendía. Una vez había visto a una chica gritar y apresar a su atacante después de que este la manoseara en el tren, pero todos miraron con desagrado a la víctima y el culpable le gritó, burlón: “¿Piensas que eres una supermodelo, o algo? ¿Por qué iba yo a querer tocar tus tetas?”.
Siu-Man permaneció en silencio unos instantes, luego se rehízo y comenzó a hablar otra vez, despacio. La policía tomó nota de todo. Siu-Man contó que había empezado a sentir pánico, y que luego la mano desapareció. Justo cuando comenzaba a respirar aliviada, sintió que le levantaba la falda del uniforme y le acariciaba el muslo. Sintió una oleada de náuseas, como si tuviera cucarachas caminándole sobre la piel, pero el vagón estaba tan atestado que no podía moverse, y solo pudo rezar para que no siguiera subiendo aquella mano.
Por supuesto, no obtuvo respuesta a sus plegarias. El pervertido regresó a sus glúteos, se coló por debajo de la ropa interior y comenzó a avanzar hacia sus partes privadas. Aterrada, solo pudo atinar a tirarse de la falda hacia abajo, tratando de impedirle que avanzara.
—No sé cuánto tiempo estuvo toqueteándome... En mi cabeza solo podía suplicar que me dejara en paz. —Siu-Man temblaba al hablar. Nga-Yee sufría de solo verla—. Luego, una señora me salvó.
—¿Qué señora? –preguntó Nga-Yee.
—Varios pasajeros ayudaron a detener al abusador —explicó la agente de policía.
Cuando el tren entraba en la estación de Kowloon Tong, resonó en el vagón la voz potente de una mujer. “¡Eh, tú! ¿Qué estás haciendo?” Era la mujer de mediana edad que Siu-Man había visto hablando ruidosamente por teléfono.
—En cuanto la mujer gritó, la mano desapareció —relató Siu-Man, nerviosa.
—¡A ti te hablo! ¿Qué estás haciendo?
La mujer le gritaba a un hombre alto que estaba a dos o tres pasajeros de Siu-Man. Parecía de unos cuarenta años, con piel cerúlea y amarillenta, pómulos prominentes, nariz plana y labios delgados. Había algo turbio en su mirada. Vestía una camisa de un color azul apagado, lo que hacía resaltar su palidez.
—¿A mí me habla?
—¡Sí, a ti! ¡Te he preguntado qué estás haciendo!
—¿Qué estoy haciendo? —El hombre parecía algo nervioso. El tren se detuvo en Kowloon Tong y se abrieron las puertas del lado derecho.
—A ti te hablo, pervertido. ¿Has toqueteado a esta chica? —La mujer movió la cabeza en dirección a Siu-Man.
—¡Está loca! —El hombre negó con la cabeza y trató de bajar con los pasajeros que salían.
—¿Adónde crees que vas? —La mujer empujó y lo asió del brazo antes de que pudiera apearse—. Oye, niña, ¿este hombre te ha tocado el trasero?
Siu-Man se mordió el labio inferior y miró de un lado a otro, sin poder decidir si debía decir la verdad o callar.
—¡No tengas miedo, hija! ¡Yo seré tu testigo! ¡Vamos, dilo! —Asustada, Siu-Man asintió.
—¡Están locas las dos! ¡Déjenme bajar! —chilló el hombre. Los otros pasajeros comenzaban a darse cuenta lo que estaba sucediendo y alguien pulsó el botón de emergencia para avisar al guarda.
—¡Lo he visto con mis propios ojos! ¡No intentes negarlo! ¡Vendrás con nosotras a la comisaría de policía!
—¡Apenas la he rozado sin querer! Mírela, ¿cree que yo me molestaría en tocarle el trasero? Si no me suelta, la acusaré de detención ilegal. —El hombre la apartó de un empujón y trató de abandonar el tren, pero entre los pasajeros había un hombre fornido, con camiseta sin mangas, que lo detuvo.
—Señor, ya sea culpable o no, será mejor que vaya a aclararlo a la policía —dijo en tono algo amenazante.
Entre el alboroto, Siu-Man se quedó en su rincón, sintiendo que los otros pasajeros la miraban, algunos con lástima, otros con curiosidad o expresión lasciva. La forma en que la miraban algunos hombres la hacía sentirse incómoda, como si le estuvieran preguntando: “¿Así que te han metido mano? ¿Te ha gustado?”. Le temblaban las piernas. Se dejó caer al suelo y comenzó a sollozar.
—Oye, no llores, yo te ayudaré —declaró la mujer con voz potente. Ella, el hombre musculoso y otra mujer que parecía oficinista la acompañaron hasta la comisaría para hacer una declaración. Según la primera mujer, todos los demás pasajeros estaban mirando sus pantallas, pero ella notó que Siu-Man parecía alterada. Después, en la estación Shek Kip Mei, mientras la gente se movía para bajar del tren, vio que le levantaban la falda y le tocaban el trasero. En cuanto lanzó la alarma, varios pasajeros comenzaron a filmar con sus teléfonos. Hoy en día, hay cámaras por todas partes.
El hombre al que detuvieron se llamaba Shiu Tak-Ping. Tenía cuarenta y tres años y era dueño de una papelería en Lower Wong Tai Sin. Negó todas las acusaciones, y declaró que había rozado a Siu-Man sin querer y que ella estaba montando un escándalo porque antes habían tenido una discusión. Según su versión, Siu-Man había visitado el kiosco de la estación Yau Ma Tei y había tardado tanto para pagar que se había formado una fila detrás de ella. Shiu Tak-Ping estaba justo detrás y le dijo que se diera prisa. Ella se molestó, y al verlo de nuevo en el tren, decidió vengarse con una acusación falsa.
La policía interrogó al cajero del kiosco, que confirmó que había sido un momento incómodo. Recordó que Shiu Tak-Ping perdió los estribos y siguió quejándose aun después de que Siu-Man se hubo marchado. “Los jóvenes de hoy son unos inútiles. Arruinarán Hong Kong, siempre causan problemas”. Sin embargo, esto no bastó para demostrar que Siu-Man estuviera resentida con él, y las acciones de Shiu Tak-Ping eran ciertamente sospechosas: había lanzado insultos y, luego, había intentado huir de la escena, puesto que Kowloon Tong no era su parada; vivía y tenía su comercio en Wong Tai Sin.
—Señorita, por favor, lea esto y asegúrese de que no hay nada con lo que no esté de acuerdo —le indicó la policía poniendo la declaración delante de Siu-Man—. Si no hay ningún problema, firme al final.
Siu-Man cogió el bolígrafo y firmó, nerviosa. Era la primera vez que Nga-Yee veía una declaración policial. Por encima de la firma estaba escrito: “Entiendo que mentir en una declaración policial es delito y que soy susceptible de ser llevada a juicio si así lo hiciere”. Sonaba serio. Nga-Yee casi nunca había tenido que firmar un documento legal y aquí estaba su hermana, una niña todavía, teniendo que lidiar con la responsabilidad de poner su firma en un documento de tanto peso.
A medida que el caso fue avanzando por el sistema legal, aparecieron algunas noticias pequeñas en los medios, en los que se nombraba a Siu-Man solo como “la señorita A”. Un periodista trató de crear escándalo revelando que la papelería de Shiu vendía revistas indecentes, algunas de las cuales mostraban colegialas japonesas, y diciendo que Shiu era un entusiasta de la fotografía; en ocasiones, él y sus compañeros de afición contrataban una modelo para sesiones, y el artículo daba a entender que se interesaba particularmente por chicas menores de edad. Sin embargo, un caso de indecencia pública como ese no recibía mucho espacio en las noticias y casi nadie le prestaba atención. Al fin y al cabo, este tipo de incidentes sucedía todos los días, y a esas alturas todos los periódicos y revistas estaban ocupados con el movimiento Occupy y otras noticias de la política.
El 9 de febrero tuvo lugar la primera audiencia y Shiu Tak-Ping fue formalmente acusado de acoso indecente. Se declaró inocente y su abogado pidió un aplazamiento, argumentando que “la amplia cobertura mediática” hacía imposible que recibiera un juicio justo, pero la solicitud fue denegada. El juez decretó que el juicio comenzaría a fin de mes y Nga-Yee recibió una notificación que ordenaba a Siu-Man presentarse en el tribunal, donde se le permitiría prestar testimonio por vídeo o desde detrás de una pantalla. A Nga-Yee la preocupaba que su hermana tuviera que estar allí sola, respondiendo las preguntas del abogado de Shiu, que sin duda se mostraría implacable y la interrogaría sobre todos los detalles del delito y de su vida personal.
Por cómo se dieron las cosas, Nga-Yee no tenía necesidad de preocuparse.
Cuando comenzó el juicio, el 26 de febrero, Shiu Tak-Ping cambió repentinamente la estrategia y se declaró culpable, eso significaba que nadie iba a tener que testificar. Lo único que faltaba era que el juez leyera la evaluación psiquiátrica y otros materiales y dictara sentencia. El 16 de marzo, Shiu fue enviado a prisión por tres meses, aunque, debido a que se había declarado culpable y mostrado arrepentido, solo tendría que cumplir dos meses de condena, comenzando inmediatamente.
Nga-Yee pensó que allí terminaría el asunto y que Siu-Man podría olvidar ese horrible suceso y volver lentamente a su vida normal. Pero un mes después de que Shiu iniciara su condena, comenzó la pesadilla que con el transcurso de los días llevaría a su hermana a no aguantar más.
El viernes 10 de abril, una semana antes de que Siu cumpliera quince años, apareció una publicación en Popcorn, un foro de chat local:
PUBLICADO POR Kidkit727 el 10/4/2015, a las 22:18 ¡Una putita de catorce años envía a mi tío a la cárcel!
No puedo más. Tengo que defender a mi tío.
Mi tío tiene 43. Vive con mi tía en Wong Tai Sin y tiene una papelería. Trabaja duro todos los días para mantener a su familia. Dejó de estudiar después del tercer año de instituto, pero es un buen tipo. Antes era cajero en la tienda, y era tan honesto y amable que el dueño anterior dejó que lo sucediera cuando se jubiló. Nunca lo he oído decir una mentira y sus precios son justos, todos los vecinos pueden dar fe. Pero una putita de catorce años lo acusó de algo que no hizo y ahora está en la cárcel. Esto fue en noviembre del año pasado, en el tren de la línea KwunTong. Una colegiala de catorce años acusó a mi tío de tocarle el culo. ¡Es mentira! ¡La chica solo quería vengarse! Antes de esto, mi tío se detuvo a comprar cigarrillos en la tienda de Yau Ma Tei. Estaba en la fila detrás de esta chica, que al parecer estaba comprando una tarjeta telefónica, pero cuando quiso pagar, no le llegaba el dinero. Tardó siglos en buscar cambio en su bolso, mientras la fila que tenía detrás se hacía cada vez más larga. Por fin, mi tío le gritó: “¡Date prisa, toda esta gente está esperando a que termines! ¡Hazte a un lado si no lo puedes pagar!”. Ella se volvió y comenzó a gritarle, así que, por supuesto, mi tío le dijo que era una maleducada y que sus padres deberían avergonzarse. Ella se quedó mirándolo. No abrió la boca mientras mi tío la regañaba, pero la muy perra se vengó después acusándolo falsamente. Él no había hecho nada, así que por supuesto no podía confesar, pero todos los periódicos se le pusieron en contra. Mi tío y mi tía lo pasaron muy mal. A él le gusta la fotografía, es su único pasatiempo. No tienen demasiado dinero, así que solo tiene equipos baratos o de segunda mano. Tiene revistas de fotografía en la tienda y, a veces, se junta con amigos aficionados para fotografiar paisajes o figuras humanas. Los periódicos lo mostraron como un pedófilo que fotografiaba chicas desnudas. ¡Ay, por favor! En la tienda de mi tío hay docenas de álbumes fotográficos. Los periodistas encontraron uno o dos que contenían chicas de uniforme y lo convirtieron en un escándalo. Esas sesiones solo las hacían una o dos veces al año, y ellos hicieron que pareciera que era una orgía mensual.
Mi tío temía que estas historias influenciaran al juez. Sabía que había sido una tontería huir cuando esa zorra lo acusó. El abogado le dijo que, como había tratado de escapar y la denunciante era menor de dieciséis, tenía pocas probabilidades de que el tribunal lo creyera. Al menos, si se declaraba culpable, tenía posibilidades de que le redujeran la condena. De otro modo, estaría “obligando” a la chica a revivir toda la experiencia en el estrado, el juez pensaría que no estaba arrepentido, y terminaría pasando más tiempo en la cárcel. Mi tío se mantuvo firme un tiempo, pero finalmente cedió. Mi tía no está bien, y él teme que no pueda arreglárselas sola. Le pareció que era mejor terminar pronto con todo. Desde que salieron esas historias disparatadas en los periódicos, la gente va a la tienda y señala a mi tía y hablan a sus espaldas. Mi tío la ama, por lo que decidió ceder ante la injusticia e ir a prisión. ¿Cómo un hombre bueno y amable como él podría haber toqueteado a una chica en el tren?
El caso tiene bastantes lagunas:
Mi tío mide más de uno setenta y ocho y la chica apenas si llega al metro sesenta. Son casi veinte centímetros de diferencia. Ella dice que mi tío le levantó la falda para tocarle el culo. ¿No tendría que haberse inclinado bastante para hacerlo? ¿Y nadie lo notó?
Es obvio que mi tío quiso huir. ¿No lo harían ustedes? Imaginen que una persona horrible los acusa de algo que no han hecho; ¿se quedarían como si nada? Hoy en día en Hong Kong todo está patas arriba, hay poder, pero no justicia. La ley no significa nada, uno puede decir que lo negro es blanco y todos estarán de acuerdo. ¿Por qué iba a creerle nadie?
La policía dijo que era un caso grave porque la víctima era menor de dieciséis. ¿Por qué no tomaron muestras de inmediato? Si lo que ella dijo era cierto, tendría fibras debajo de las uñas y habría sudor de él en su ropa interior. ¿Hicieron pruebas de ADN?
Lo más importante es que mi tío no es tan tonto como para arriesgarse de ese modo. Podría perder su familia, su negocio, su vida entera… ¿Y para qué? ¿Por una chica feúcha menor de edad?
Mi tío se declaró culpable para ponerle fin a todo esto. Yo iba a dejar que todo siguiera su curso, pero hoy me han contado una cosa que me ha enfurecido de nuevo.
Una amiga ha averiguado cosas sobre esa chica de catorce años. Al parecer, en su instituto todos saben que es una perra a la que le gusta causar problemas. Puede parecer buenita en la superficie, pero siempre está tramando cosas a espaldas de los demás. Le robó el novio a otra, después lo dejó cuando se aburrió. Por eso no tiene amigos. Nadie de su clase quiere tener nada que ver con ella. Fuera del instituto se junta con parásitos a beber, seguramente también se droga y se acuesta con cualquiera, quién sabe.
Según una compañera, se ha criado sin padre. Cuando el año pasado murió su madre y se quedó sin nadie que la controlara, se puso peor. Por lo que entiendo, está desquitándose con los demás por su infelicidad. Hace la jugadita del tren y se victimiza para que todos le tengan lástima. ¿Pero qué culpa tiene mi tío, qué hizo de malo? ¿Tienen que sacrificarse él y su familia por los caprichitos de ella?
¡Perdóname, tío, sé que solo quieres que todo esto termine, pero yo ya no puedo quedarme callado!
Menos de veinticuatro horas después de que fuera publicada esa diatriba, se convirtió en el tema más popular del sitio y muy pronto se tornó viral en Facebook y en otras redes sociales. La Revolución de los Paraguas estaba logrando que mucha gente sospechara que la policía abusaba de su poder y utilizaba la fuerza en exceso, y hasta se decía que estaban conchabados con las tríadas. Cuando los agentes trataban de mantener el orden, los manifestantes decían que eran totalitarios y que reprimían los derechos de la población. En ese estado de cosas, en Popcorn muchos se pusieron del lado del publicador anónimo. Les servía para su discurso: no había justicia, la policía no cumplía con su deber, lo que significaba que Shiu Tak-Ping tenía que ser inocente. Amenazaron a “la señorita A” diciendo que la expondrían al público. Días más tarde, alguien subió una fotografía de Siu-Man al hilo, junto con su nombre completo, el de su instituto y su dirección. Como es ilegal revelar información sobre un menor, los moderadores enseguida borraron la publicación, pero no antes de que muchos hubieran hecho capturas de pantalla con la imagen y la información, borrando una o dos palabras para esquivar a la ley: “Esta es la zorra Au... Man del instituto E... en Yau Mat Tei” o “La zorra de catorce años de la urbanización Lok... Siu-Man”. Publicaban cosas horrendas sobre ella y hasta utilizaban Photoshop para adosar su cara a todo tipo de fotografías humillantes.
A Nga-Yee le encantaba leer libros, pero era casi analfabeta en lo que se refería a internet. No tenía amigos, por lo que las redes sociales y los sitios de chat eran como países extranjeros para ella. Había tenido que aprender a utilizar el correo electrónico por su trabajo en la biblioteca, pero hasta ahí llegaba su conocimiento. Fue por eso por lo que no se enteró de la existencia de esa publicación hasta tres días después de que apareciera, cuando una de sus colegas se lo contó el lunes. Solo entonces comprendió por qué Siu-Man había pasado el fin de semana encerrada en casa, con aire ensimismado. El polvoriento ordenador de casa era un modelo económico que habían instalado junto con internet. Había muchos residentes en esa urbanización, por lo que los proveedores ofrecían una tarifa mensual barata. Eso había sido un par de años después de que Nga-Yee comenzase a trabajar, cuando ya no estaban tan justas con el dinero, y su madre no pudo resistirse al vendedor, que le aseguró que conectarse “ayudará a que a su hija le vaya todavía mejor en los estudios”. La realidad era que el ordenador de sobremesa casi no se usaba. Cuando Siu-Man comenzó la secundaria, se compró un smartphone económico y lo utilizaba con la wifi de casa.
Cuando Nga-Yee terminó de leer todo en la tableta de su colega, se sintió invadida por la furia. Esas calumnias sobre “drogarse” y “acostarse” eran horrorosas, pero cuando logró calmarse comprendió lo serio que era el asunto. Sintió pánico; no tenía idea de qué hacer. ¿Debería llamar a su hermana? Pero Siu-Man estaría en clase. Llamó al instituto y pidió hablar con la profesora encargada de la clase de Siu-Man, la señorita Yuen. Se enteró de que ella estaba al tanto de los rumores por otros profesores y que habían formado un comité para tratar el problema.
—No se preocupe, señorita Au. Hoy su hermana ha estado muy normal en clase. La vigilaré, y haremos que hable con una trabajadora social —la tranquilizó la profesora.
Después del trabajo, Nga-Yee volvió a casa preparada para consolar a su hermana —aunque no sabía bien qué decir—, pero su respuesta la pilló por sorpresa.
—No quiero hablar del tema —dijo en tono lacónico.
—Pero...
—Estoy agotada. Los profesores han estado hablándome todo el tiempo. No puedo más.
—Siu-Man, solo quiero...
—¡No! ¡No quiero hablar de eso, no vuelvas a tocar el tema! —La actitud de Siu-Man la impactó. No recordaba la última vez que su hermana había perdido los estribos.
Nga-Yee estaba segura de que el sobrino de Shiu Tak-Ping decía una sarta de mentiras. Sin duda quería tapar el comportamiento de su tío y no le importaba cuánto había que mentir ni reforzar argumentos débiles para hacerlo parecer inocente. No dudaba en hacer quedar mal a Siu-Man para mejorar la imagen de su tío. Para usar una frase de su texto, ¿acaso no estaba sacrificando la felicidad de Siu-Man por los deseos egoístas de su tío? Cuando llegó a casa y se encontró con el extraño comportamiento de su hermana, no pudo por menos que dudar un poco. De ninguna manera creía que ella fuera capaz de mentir de esa forma para hacer daño a alguien, pero todas esas otras cosas que había dicho sobre ella ese chico... ¿tendrían algún ínfimo porcentaje de veracidad?
Como semilla que cae de un árbol, la duda se enraizó en su corazón sin que lo notara, y allí comenzaría a crecer cada vez más.
Además de la publicación original, a Nga-Yee le quitaban el sueño muchos de los comentarios de la gente.
Sus colegas la enseñaron a navegar por los sitios de chat y las redes sociales, y todas las noches, cuando Siu-Man se iba a dormir, ella encendía el ordenador viejo y leía con cuidado todo lo que aparecía. Ya en el instituto había oído comentarios horribles sobre lo solitaria que era ella, por lo que comprendía que la mayoría de los seres humanos tenían un lado oscuro, pero quedó impactada por el alcance y la brutalidad del ataque. Los que comentaban parecían haberse convertido en un monstruo gigante que se devoraba la racionalidad.
—¡Joder, todo Hong Kong debería darle la espalda a esta mentirosa! Solo quiere dar lástima al juez.
—¿Te encamarías con alguien con esa cara?
—No vale nada, pero sí, lo haría.
—Es una puta, te la consigues por trescientos… Yo no le tocaría un pelo ni aunque me pagaras los trescientos, es un baño público.
—A la escoria como ella habría que practicarle la eutanasia.
Nga-Yee se horrorizó de ver cómo su hermana se convertía en blanco del hostigamiento público y de cosificación por parte de desconocidos. Nunca en su vida habían visto a Siu-Man, pero hablaban como si la conocieran íntimamente, proyectando sus imaginaciones en ella y usando eso como arma. Los mensajes estaban llenos de palabras soeces, como si hablar desde el otro extremo de un cable de fibra óptica les diera excusa para ser lascivos y desagradables, aún más refiriéndose a una menor de edad. En realidad, era justamente porque Siu-Man era menor por lo que pensaban que la ley se inclinaría a su favor, por lo que tenían que equilibrar la balanza para satisfacer su necesidad de “justicia”.
Había bastantes personas jugando a ser detectives, y también “psicólogos” que analizaban los motivos de Siu-Man para haber hecho esa acusación falsa y diagnosticaban los síndromes o trastornos de personalidad que debía de tener. De tanto en tanto, alguien intentaba mostrar la otra cara de la historia, pero invariablemente se lo refutaba de mala manera y la discusión volvía a ataques personales y argumentaciones sin sentido.
Nga-Yee sentía que estaba viendo una imagen de la humanidad desnuda, tendida ante ella en la más desagradable de las poses. Y su hermana pequeña había quedado atrapada inocentemente en esa refriega. Durante las dos semanas siguientes, una atmósfera de inquietud invadió el hogar. La publicación hizo que los medios volvieran a centrar la atención en el caso, con mucha más intensidad que al principio. Aparecieron periodistas en la puerta un par de veces, pero Siu-Man se negó a hablar con ellos. Algunos hasta fueron a Wong Tai Sin e intentaron hablar con la esposa del recluso, con el mismo resultado: la señora Shiu evitaba a los periodistas, por lo que la papelería estaba cerrada. Periódicos y revistas trataban la historia desde ángulos diferentes; algunos coincidían en que no se estaba haciendo justicia, otros criticaban el comportamiento de la gente como una forma de hostigamiento. Estuvieran a favor o en contra, no cambiaba el hecho de que Siu-Man se había convertido en una figura pública. En el trayecto diario de casa al instituto y de vuelta a casa, la gente la señalaba y susurraba.
No había nada que Nga-Yee pudiera hacer para aliviar esa presión. Pensó en no enviar a Siu-Man al instituto durante una temporada, pero a ella no le gustó la idea. Quería vivir con la mayor normalidad posible y no dejar que aquel “sinsentido” pusiera su vida patas arriba. Nga-Yee se sentía impotente, pero no quería parecer débil delante de su hermana, por lo que apartó a un lado sus sentimientos encontrados y se mostró sonriente para tratar de alegrarla. En varias ocasiones, tuvo que esconderse en el baño del trabajo para que nadie la viera llorar.
En mayo, comenzaron a aparecer menos historias en los medios y los trolls parecieron perder interés. Siu-Man empezó a hablar y a volver a ser la de antes, aunque había perdido mucho peso y su mirada reflejaba una cierta inestabilidad. Nga-Yee decidió que, si su hermana había tenido las fuerzas suficientes para aguantar esas tres últimas semanas, seguramente podría lidiar con lo que tuviera por delante. Siu-Man tenía razón: seguir con la vida normal era el mejor remedio.
Pero se equivocó.
Justo cuando Nga-Yee pensó que todo estaba volviendo a su cauce, Siu-Man se arrojó por la ventana desde el piso veintidós.
Nga-Yee no podía creer que su hermana se hubiera suicidado. Las cosas habían comenzado a calmarse, sus vidas habían vuelto a encarrilarse y ya no giraban en el vacío como antes.
—¡Siu-Man no tomaría la decisión de matarse! Alguien debe de haber entrado y debe de haberla empujado —dijo al sargento Ching.
—Tenemos abundantes pruebas de que se arrojó por la ventana. —Esa tarde, la vecina, Tía Chan, había llamado a un albañil para que le reparara la puerta de entrada y ambos vieron a Siu-Man llegar a casa pasadas las cinco, sola. A eso de las seis y ocho minutos, el momento en que Siu-Man dio su salto al vacío, dos residentes del edificio On Wah, situado directamente enfrente del Wun Wah, lo vieron todo. Era la hora de la puesta de sol, momento en que a muchas personas mayores les gusta sentarse a mirar la calle. Estas dos personas vieron que Siu-Man abría la ventana, salía al alféizar y se arrojaba al vacío. Uno de los dos se horrorizó tanto que se desmayó, y la mujer comenzó a gritar que alguien llamara a la policía. Los dos aseguraban que no había nadie detrás de Siu-Man cuando saltó. Además, las cámaras de seguridad capturaron los momentos finales de Siu-Man. La filmación confirmaba la declaración de los dos testigos.
Nga-Yee no advirtió ninguna señal de violencia dentro del apartamento. Cuando abrió la puerta, todo estaba igual que siempre..., salvo la ausencia de Siu-Man. Esto era la vida real, no una novela ni un asesinato perfecto disfrazado de suicidio. Ese tipo de cosas no sucedían, al menos con una niña común de quince años.
Lo único extraño era que no había dejado una nota.
—En realidad, muchos suicidas no dejan notas. A veces, se debe a que actúan por impulso y no tienen tiempo —explicó lentamente el sargento Ching—. Señorita Au, su hermana hacía meses que estaba sufriendo una presión tremenda. He visto muchos casos como este. Por favor, confíe en que la policía investigará minuciosamente. En vista de toda la controversia que rodea a su familia, decididamente no vamos a escatimar esfuerzos para averiguar todo.
Nga-Yee comprendía perfectamente bien que una chica de quince años pudiera verse arrastrada al suicidio por una presión implacable, pero, de todas formas, no podía aceptar que Siu-Man se hubiera matado debido al hostigamiento anónimo. Era una muerte por miles de heridas, causadas por desconocidos que le habían ido arrancando trozos de carne, que la habían torturado hasta la muerte. Deseaba poder hacer justicia con cada una de las personas de internet que habían participado en esto, pero por supuesto, no era posible. Por más que lo intentara, jamás llegaría a identificarlos a todos.
—¿Pero qué sucede con la persona que escribió esa primera publicación? ¡Ese la ha matado! ¡El sobrino de Shiu Tak-Ping! ¡Él es el asesino! —exclamó Nga-Yee.
—Por favor, trate de controlarse, señorita Au —dijo el sargento Ching. Comprendo que esté alterada y enfadada, pero no hay mucho que pueda hacer la ley en esta situación. Usted afirma que esa persona es un asesino, pero lo máximo que podría lograr es demandarlo por calumnias. Lo único que hizo fue escribir palabras. Lo que usted necesita ahora es apoyo psicológico. La pondré en contacto con voluntarios que se dedican a brindar ayuda en momentos de dolor y pérdida. Espero que pronto pueda sentirse mejor.
Lo que decía tenía sentido, pero Nga-Yee no estaba en condiciones de asimilar nada. Rechazó el ofrecimiento, pero, para callarlo, aceptó unos folletos de dicha organización. Sentía el corazón lleno de odio e impotencia.
En las semanas posteriores a la muerte de Siu-Man, Nga-Yee se ocupó de organizar el funeral. No había esperado que la experiencia adquirida con el de su madre, el año anterior, le fuera a servir tan pronto. Muy pocas personas asistieron al velatorio, aunque se veían muchos reporteros acechando fuera. Más de una vez, la detuvieron para preguntarle: “¿Cómo se siente ahora? ¿Qué nos puede decir sobre el suicidio de su hermana? ¿Cree que los verdaderos asesinos son los internautas?”, y solicitarle información indiscreta. Una revista publicó una historia con el titular: “Quinceañera se suicida: ¿Admisión de culpa o acusación?” En una esquina había una fotografía pixelada del rostro de Siu-Man. Cuando Nga-Yee la vio en un kiosco de periódicos, tuvo que contenerse para no destrozar toda la pila.
Para ella, los medios eran tan culpables como los usuarios de internet. Si los internautas eran los “verdaderos asesinos”, entonces los reporteros que habían acosado a Siu-Man en nombre del “derecho de la gente a informarse” eran sus cómplices.
En el funeral de su madre, el año anterior, se hizo presente una numerosa concurrencia. Durante todo el día había circulado gente para expresar su respeto: sus superiores y colegas del restaurante, los vecinos con quienes conversaba, antiguos amigos de To Kwa Wan y hasta Ngau, el compañero de trabajo de Au Fai. En contraste, solo un puñado de personas asistieron al de Siu-Man. Lo que más le extrañó fue que, cuando llegó la noche, no había aparecido ninguno de sus compañeros de clase, solamente la profesora encargada del curso, la señorita Yuen.
¿De verdad su hermana podía haber sido tan poco querida?
Recordó que la publicación alegaba que no tenía ni un solo amigo en el instituto.
Imposible. Siu-Man era animada, conversadora, no era posible que se hubiera aislado. Sentada en el sector para familiares, Nga-Yee comenzó a inquietarse cada vez más. No por la idea de que su hermana no tuviera amigos, sino por el temor de que la acusación anónima de internet fuera cierta.
Por fortuna, alrededor de las siete y media de la tarde, pudo calmar sus temores cuando vio aparecer a dos figuras de uniforme: una chica de cabello corto del brazo de un muchacho.
Se acercaron al altar y se inclinaron. Nga-Yee notó que tenían los ojos enrojecidos por el llanto. Le pareció haberlos visto antes. ¿Serían los que habían traído a Siu-Man a casa la Nochebuena del año pasado, cuando se sintió mal en una fiesta? Su madre se había quedado levantada toda la noche para cuidarla. La pareja no le dirigió la palabra, solamente la saludaron con un movimiento de cabeza y se marcharon. Más tarde apareció otra alumna, y eso fue todo. Era un jueves por la noche; tal vez los compañeros no podían quedarse despiertos hasta muy tarde teniendo clases al día siguiente, por lo que solamente habían enviado un par de representantes.
Después del funeral y de la cremación, con las cenizas de Siu-Man en una urna junto a las de sus padres, el peso del dolor cayó de lleno sobre Nga-Yee. Durante las últimas dos semanas, había estado ocupándose de todo, corriendo de un lado a otro, y no había tenido tiempo de pensar en nada. Ahora, con todo terminado, a solas en el apartamento silencioso, se sentía vacía y herida. Recorría cada rincón con la mirada, como si todavía pudiera ver allí a su familia: Siu-Man jugando con la muñeca de trapo sobre la alfombra que había junto al sofá, su madre preparando la comida en la cocina, su padre junto a Nga-Yee, comentándole algo a su esposa con su voz sonora.
—Siu-Man... Mamá... Papá...
Esa noche, Nga-Yee se durmió aferrada a recuerdos de felicidad aun a pesar de la pobreza.
Unos días más tarde, recibió una carta que la privó de este último oasis.
La Autoridad de la Vivienda le informaba que tenía que mudarse de la Casa Wun Wah y dejar el apartamento con todos sus recuerdos.
—Señorita Au, espero que comprenda que solamente estamos cumpliendo con el reglamento —le explicó un gerente en la sede de la Autoridad de la Vivienda en Ho Man Tin. Ella había solicitado una reunión para quejarse de manera personal, y ahora estaba sentada en una sala de reuniones con ese hombre.
—He vivido en ese apartamento desde mi niñez. ¿Por qué tengo que mudarme?
—Voy a ser franco con usted, señorita Au —dijo el gerente examinando unos papeles—. Ahora está usted sola, y la Casa Wun Wah es para familias de dos o tres personas. Según nuestro reglamento, las viviendas unipersonales están restringidas a apartamentos de veinte metros. Actualmente, usted está ocupando una vivienda para más personas. Le encontraremos un sitio nuevo más adecuado a sus necesidades.
—¡Pero es mi hogar! ¡Necesito quedarme allí para recordar a mi familia! —suplicó Nga-Yee—. Todos han muerto, ¿y ustedes quieren echarme? ¿Tan inhumanos pueden ser?
—Señorita Au, —respondió el funcionario de traje impecable y gafas de montura dorada, mirándola directamente a los ojos— siento mucho su situación, pero ¿sabe cuántas familias tenemos en lista de espera? Si no les encontramos apartamentos lo antes posible, seguirán hacinadas en viviendas inadecuadas. Usted nos califica de inhumanos, señorita Au, pero ¿no podría yo llamarla egoísta a usted por aferrarse a su apartamento cuando hay gente que lo necesita más?
El rostro de Nga-Yee se enrojeció, luego palideció. No tenía respuesta.
—Mire, señorita Au, le ofrecemos tres meses más en ese apartamento y, luego, podrá elegir su vivienda nueva de una lista que le propondremos. —Cada vez que el funcionario abría la boca, lo primero que decía era su nombre, como para acentuar que el problema era ella—. Si bien puede que sean lugares más alejados, como tal vez Yuen Long o el Distrito Norte de los Territorios Nuevos, son todas construcciones nuevas, por lo que las instalaciones son mucho mejores que las de la urbanización Lok Wah. Le informaremos si surgen novedades, señorita Au, y, por favor, notifíquenos si decide viajar fuera de Hong Kong.
Claramente, era el fin de la reunión.
Nga-Yee se puso de pie, abatida. Justo cuando ya se disponía a marcharse, el funcionario se quitó las gafas y dijo:
—Señorita Au, no crea que soy un funcionario público a quien le pagan sumas exorbitantes. Yo también me preocupo por pagar el alquiler. Hoy en día, los apartamentos privados se venden por millones, aun aquellos en los que ha muerto gente. La situación habitacional aquí es terrible. La única forma de vivir es cogiendo lo que se pueda, aun si no es lo que queremos. Trate de ser un poco más flexible y le irá bien.
Durante todo el trayecto de vuelta a casa Nga-Yee fue hirviendo de furia por lo último que le había dicho aquel funcionario. Le estaba diciendo que abandonara toda esperanza y aceptara su destino.
El accidente de su padre, la enfermedad de su madre, el suicidio de su hermana... Esas fatalidades eran parte del destino y no había forma de esquivarlas.
Sentada en el autobús, Nga-Yee no tenía idea de lo severa que era su expresión: ceño fruncido, ojos enrojecidos, mandíbula apretada, como si estuviera a punto de estallar por el esfuerzo de contener esa monstruosa injusticia.
¡No pienso aceptar mi destino!
No podía olvidar cómo se había sentido al hablar con el sargento Ching en el depósito de cadáveres: una mezcla complicada de dolor, amargura y rencor.
¡El asesino es la persona que escribió ese mensaje! ¡Siu-Man se mató por culpa de él! Tengo que ir a ver al sobrino de Shiu Tak-Ping... Esos eran los pensamientos que se le arremolinaban en la mente.
No tenía idea de qué lograría yendo a ver a esa persona; o, mejor dicho, no sabía qué sucedería si lo veía cara a cara. ¿Le gritaría que era un asesino a sangre fría? ¿Lo obligaría a tumbarse de bruces ante la tumba de Siu-Man y suplicar su perdón? ¿Le pegaría? ¿Le exigiría que muriera él también para reparar el daño? ¿Ojo por ojo, vida por vida?
Fuera cual fuere el resultado, era lo único que deseaba. Era su forma de resistirse a su destino, una protesta inútil contra la cruel realidad.
Recordó que su colega Wendy tenía un pariente, el señor Mok, que había abierto una agencia de detectives. Se lo había mencionado el año anterior mientras ordenaban una caja de viejas novelas de detectives en la biblioteca. Nga-Yee lo llamó a la agencia y le preguntó si estaría interesado en aceptar el caso y cuánto le cobraría. La tarea era bastante sencilla: averiguar el nombre del sobrino de Shiu-Tak-Ping, dónde trabajaba o estudiaba y cómo era físicamente. Era todo lo que necesitaba ella para tenderle una emboscada y decirle lo que pensaba. Un caso común, quizá más fácil que los habituales, debido a que en los últimos tiempos Shiu Tak-Ping había estado mucho en los medios.
—Este tipo de trabajo por lo general cuesta tres mil dólares al día más gastos, y me lleva cinco o seis días, lo que daría un total de veinte mil dólares. Pero como usted es colega de Wendy, señorita Au, y me compadezco de su situación, le haré un descuento: dos mil al día. Así que calcule que le costará unos doce mil dólares —dijo el señor Mok, un hombre de unos cincuenta años, cuando se reunieron por primera vez. Aunque Nga-Yee había gastado bastante en los funerales de su madre y su hermana, tenía ahorrados más de ochenta mil dólares para la educación universitaria de Siu-Man y ahora no tenía en qué usar ese dinero. Accedió de manera inmediata.
Cuatro días más tarde, la noche del 5 de junio, el señor Mok la llamó y le pidió que se reunieran, pues tenía información que darle.
—Señorita Au —dijo el detective solemnemente mientras su asistente les servía café y luego se retiraba—. Me he topado con un problema durante la investigación.
—¿Se trata de dinero? —El señor Mok le había parecido honesto, pero ahora Nga-Yee se preguntó si eso no sería un preludio para aumentarle los honorarios.
—No, no, no me ha comprendido. —Rio—. Permítame decirle, antes de todo, que yo mismo me he encargado de esta investigación, en lugar de adjudicársela a mis empleados. Estoy cansado de seguir a cónyuges adúlteros, y me gustó la oportunidad de formar parte de una investigación importante. Durante los últimos días, mi asistente y yo hemos estado husmeando en los alrededores de la casa de los Shiu, en Wong Tai Sin. A decir verdad, esto lo averigüé el día dos, pero me tomé otros dos días para tener absoluta certeza.
—¿Ha encontrado al sobrino de Shiu Tak-Ping?
—Bueno, ahí está el problema. —El señor Mok extrajo un fajo de documentos y fotografías del maletín mientras hablaba—. Shiu Tak-Ping no tiene hermanos, es hijo único.
—¿Sí? —Nga-Yee no terminaba de comprender.
—Lo que significa que no puede tener un sobrino ni una sobrina —explicó el señor Mok, señalando las fotografías—. El padre de Shiu Tak-Ping murió hace cuatro años, y actualmente él vive con su esposa y su madre de setenta años en el piso diez de la Casa Lung Gut, en la urbanización Lower Wong Tai Sin. No solamente no tiene hermanos, sino que su único primo emigró a Australia hace muchos años y no tiene hijos, aunque, aun si los tuviera, Shiu técnicamente no sería su tío.
Nga-Yee se quedó mirando al señor Mok.
—¿Quién escribió esa publicación, entonces?
—No lo sé, y tampoco lo sabe la familia de Shiu Tak-Ping.
Nga-Yee lo miró, sin poder hablar.
—Me puse a conversar con un vecino que conoce bien a la anciana señora Shiu, y parece ser que no tienen idea de qué está sucediendo. —El señor Mok se encogió de hombros—. No sé por qué alguien iba a fingir ser sobrino de Shiu y escribir esa diatriba. Pensé que podía ser obra de la señora Shiu o de la madre, ya que, si fue alguna de ellas, sin duda aprovecharían el interés de la prensa para hacer quedar bien a Tak-Ping, pero hasta ahora han rechazado todas las entrevistas.
—Señor Mok..., en ese caso, ¿podría usted ayudarme a averiguar quién es Kidkit727? —dijo Nga-Yee con los ojos fijos en las fotografías y los documentos.
—Podría resultar difícil. —El señor Mok suspiró—. Esta es una agencia de detectives tradicional y no estamos realmente equipados para hurgar en internet en busca de alguien que se esconde allí. Como mucho, podríamos recoger pistas superficiales a partir de las palabras empleadas. He pasado bastante tiempo examinando ese sitio de chat, y he encontrado un detalle curioso: ese tal Kidkit727 solamente publicó esa única vez en Popcorn y creó la cuenta ese mismo día. Después, ya no volvió a entrar. Se diría que esa cuenta existió solamente para apuntalar la reputación de Shiu Tak-Ping. Pero, señorita Au, son solo especulaciones mías.
—Señor Mok, si desea aumentar sus honorarios, estoy dispuesta a...
—No es eso —la interrumpió él—. De verdad, no es por el dinero. Para ser sincero, no voy a cobrarle nada más, porque la investigación ha sido un fracaso. Me he construido una reputación en el negocio por ser digno de confianza. Hago todo lo posible por un caso, pero si no puedo avanzar más, no acepto un dólar adicional. Me temo que no voy a poder devolverle el depósito de cuatro mil dólares. No me importa no cobrar, pero no puedo pedirle a mi asistente que trabaje gratis.
—Pero... —Nga-Yee miró con impotencia al detective, luego los papeles que descansaban sobre el escritorio. La sensación de carecer absolutamente de poder le comprimía el pecho y se le extendía por todo el cuerpo. Sentía que no podía hacer nada que sirviera. Le volvió a la mente lo que le había dicho el funcionario de la Autoridad de la Vivienda: “La única forma de vivir es cogiendo lo que se pueda”.
—No se ponga así, señorita Au —dijo el detective, y le pasó un pañuelo de papel. Solo entonces ella tomó conciencia de que le caían lágrimas por las mejillas.
—¿Tengo que aceptar con resignación mi destino, entonces? —exclamó, revelando lo que tenía en el corazón.
El señor Mok pareció contenerse para no hablar. Finalmente, meneó la cabeza y tomó una tarjeta de la caja que tenía en su escritorio. Escribió algo en ella con un bolígrafo y luego se la entregó con aire vacilante.
—¿Qué es esto? —preguntó Nga-Yee.
—Si realmente quiere averiguar quién escribió eso, señorita Au, vaya a ver a la persona que vive aquí.
—¿Así se llama? ¿N?
—Está especializado en casos de alta tecnología. Es un tanto peculiar y tal vez no quiera aceptarla como cliente. Y, si lo hace, no sé cuánto podría cobrarle.
—¿Es detective privado, también?
—Podríamos decir que sí. —El señor Mok sonrió con un toque de ironía—. Pero no tiene licencia.
Nga-Yee frunció el ceño.
—¿No tiene licencia? ¿Pero es... de fiar?
—Señorita Au, cuando se topa con un problema que no puede resolver usted misma y necesita que alguien lo investigue, ¿a quién llama?
—¿A... usted?
—Exacto, a un detective. —El señor Mok volvió a sonreír—. ¿Pero se ha puesto a pensar a quién llamamos los detectives cuando nos topamos con un caso que nos supera?
Nga-Yee miró la tarjeta antes de responder.
—¿Llaman a N?
El señor Mok sonrió ante la respuesta acertada.
—Como le digo, no sé si aceptará su caso, pero tal vez sirva que le muestre esta tarjeta.
Nga-Yee cogió la tarjeta. No sabía qué pensar. ¿Podía este tal N ser tan bueno como decía el señor Mok? Al menos no le decía que aceptara su destino, sino que le estaba dando una opción para luchar. Se sintió agradecida por eso.
El señor Mok la acompañó hasta la puerta.
—Se me ha olvidado comentarle una cosa, señorita Au.
—¿Qué? —preguntó ella, volviéndose para mirarlo.
—Se me ha ocurrido otra posibilidad: que la persona que escribió esto tuviera otro motivo en mente que no estuviera relacionado en absoluto con Shiu Tak-Ping. Su verdadero blanco tal vez fuera su hermana pequeña. Tal vez no quería limpiar el nombre de Shiu, sino destruir la reputación de su hermana. Esa podría ser una razón por la que un completo desconocido fingiría ser el sobrino de Shiu. Le daría credibilidad, como si estuviera pidiendo justicia, cuando en realidad lo único que quería era presionar a su hermana hasta que se derrumbase.
Las palabras del señor Mok fueron un puñal helado directamente al corazón de Nga-Yee. Sintió una oleada de frío subiéndole por la espalda.
—Y si eso fue lo que sucedió —prosiguió el señor Mok—, estaríamos ante un caso de asesinato.
Martes, 5 de mayo de 2015
| ¡!!!!! | |||
| ¡El diablo ha muerto!!!! | 20:05 | ✓ | |
| ¡El diablo ha muerto!!!! | |||
| ¿? | 20:06 | ||
| ¡Au Siu-Man!!!! ¡Se suicidó!!! | |||
| http://nes.appdaily.com/ hk/20150505/realtime/ a72nh12.htm | 20:07 | ✓ | |
| Últimas noticias: Quinceañera se arroja por el balcón en Lok Wah | |||
| Y ahora, ¿qué? | |||
| ¡Responde! | 20:07 | ||
| No te preocupes | 20:12 | ✓ | |
| No lo van a poder relacionar con nosotros | 20:14 | ||
| ¿De verdad? ¡Pero la matamos! | 20:14 | ✓ | |
| A ver, ¿cómo la matamos? Solo dimos a conocer algunos hechos | 20:16 | ||
| Deja de pensar tonterías | 20:23 | ||
| ¿Dónde estás? | |||
| Iré a buscarte | 20:25 |
CAPÍTULO 2
1.
NGA-YEE ESTABA DELANTE DE UN bloque de apartamentos de la calle Dos de Sai Ying Pun, mirando la numeración, confundida.
Ciento cincuenta y uno... ¿Sería este el lugar?
Volvió a mirar la dirección escrita a mano en la tarjeta, luego los números que había junto a la puerta, tan gastados que estaban casi ilegibles. El edificio debía de tener unos setenta años por lo menos. La pared externa era de un color gris desvaído, que a juicio de Nga-Yee debía de haber sido blanco originalmente. El canalón se estaba despegando del techo de la galería, y no había buzones. Un sencillo portal llevaba a una escalera que se perdía en la oscuridad de la planta baja. El edificio no tenía nombre, solamente el número 151, aunque la mitad inferior del 5 estaba casi borrada.
Eran las once de la mañana del día siguiente a la reunión de Nga-Yee con el señor Mok. Había seguido la dirección de la tarjeta, adentrándose en Sai Wan, en la isla de Hong Kong. Esperaba encontrarse con un edificio comercial, pero cuando salió de la estación de tren de Sai Ying Pun y tomó por la calle Dos, solo vio bloques de edificios vetustos. Claro, el señor Mok había dicho que N no tenía licencia, así que era poco probable que tuviera su empresa en un rascacielos reluciente.
Con todo, el edificio era muy diferente de lo que había imaginado. No parecía habitable para seres humanos, no porque estuviera descuidada la fachada, sino por el aspecto de abandono que lo envolvía. Todas las ventanas menos las del piso superior estaban cerradas y ningún piso tenía unidades de aire acondicionado, a diferencia del edificio amarillento de cinco pisos que estaba justo enfrente, que contaba con aparatos de aire acondicionado de diferentes tamaños y marcas en todos los pisos y tendederos de ropa con camisetas, pantalones y sábanas. El número 151 tenía el aspecto de estar deshabitado desde hacía años, uno de esos edificios que pasan a ser ocupados por vagabundos, delincuentes, drogadictos... hasta fantasmas. La única señal de que no estaba abandonado era que las ventanas estaban intactas y el portal no estaba clausurado con tablas de madera.
¿Estarían a punto de demolerlo y reconstruirlo?, se preguntó Nga-Yee. Miró a su alrededor, pensando si no estaría mal la dirección. La calle Dos era levemente curva y atravesaba el antiguo vecindario de Sai Ying Pun. Había edificios altos y modernos en cada extremo, pero en la parte donde estaba el número 151 eran todos bloques antiguos. Excepto una papelería y dos ferreterías, la docena de otros locales de la zona tenían las persianas bajadas, pero no pudo distinguir si era porque estaban clausurados o solamente cerrados a esa hora. Casi no se veían peatones en la calle, que tenía espacio para dos carriles de tráfico. Había una camioneta negra aparcada a unos metros de Nga-Yee, bloqueando uno de ellos. A dos manzanas, la alborotada calle Queen Oeste era algo completamente diferente. ¿Se habría equivocado el señor Mok con el nombre de la calle o con el número? Tal vez había querido escribir Calle Uno o Calle Tres, un error comprensible.
Mientras Nga-Yee vacilaba, preguntándose si debía subir por la escalera oscura o dar media vuelta y buscar en otra parte, oyó pasos ruidosos. Una mujer con vestido azul oscuro bajaba por la escalera.
—Disculpe, ¿este es el 151 de la Calle Dos? —preguntó Nga-Yee.
—Así es —respondió la mujer. Tendría unos cincuenta años.
Miró a Nga-Yee de arriba abajo mientras ella estudiaba el cubo de plástico rojo lleno de productos de limpieza, guantes de goma y un paño.
—¿Usted vive aquí? Quería preguntar si en el sexto piso...
—¿Busca a N?
Entonces era el sitio indicado, sí.
—Está en el sexto piso, correcto —dijo la mujer, echando un vistazo a la tarjeta que Nga-Yee tenía en la mano y sonriendo amablemente—. Hay un solo apartamento por piso, lo encontrará enseguida.
Nga-Yee le dio las gracias y observó cómo se alejaba hacia la calle Water. Si esta residente —¿sería la encargada de la limpieza?— conocía a N, debía de estar en el lugar indicado. Con el corazón en la boca, subió por la oscura escalera. No tenía idea de si N podría ayudarla o no, pero este sitio le daba escalofríos. Sentía que una criatura horrenda se le abalanzaría encima desde cualquier rincón.
Después de subir despacio cinco tramos de escaleras, llegó al sexto piso. El descansillo tenía una puerta de madera blanca con una reja metálica por delante. No había nada en la reja ni en la puerta: ni un letrero de detective privado ni la habitual efigie del dios de la puerta ni la bandera roja que proclamaba “Llega y vete en paz”. En la pared había un timbre negro antiguo, como de la década de 1960 o 1970.
Una vez que se aseguró de que la placa de la pared decía 6, tocó el timbre.
Tak-tak-tak-tak-tak-tak. Un zumbido antiguo.
Aguardó unos instantes, pero no hubo señales de movimiento.
Tak-tak-tak-tak-tak-tak. Lo intentó de nuevo.
Transcurrieron otros treinta segundos. La puerta permaneció cerrada. ¿Habría salido? Pero entonces oyó un ruido amortiguado procedente del interior del apartamento.
Tak-tak-tak-tak-tak-tak-tak-tak-tak. Mantuvo el dedo sobre la perilla y el ruido enloquecedor se prolongó como el de una ametralladora.
—¡Basta! —La puerta blanca se entreabrió y dejó ver la mitad de un rostro.
—Eh... Hola, soy...
La puerta se cerró con violencia. Nga-Yee se quedó boquiabierta en el silencio. Volvió a tocar el timbre, desatando de nuevo un alboroto.
—¡He dicho que basta! —La puerta se abrió de nuevo, esta vez dejando ver un poco más del rostro.
—¡Señor N! ¡Espere, por favor! —suplicó ella.
—Nada de por favor. ¡Hoy no atiendo a nadie! —exclamó el hombre, y cerró la puerta otra vez.
—¡Me envía el detective Mok! —gritó Nga-Yee con desesperación antes de que se cerrara del todo.
Las palabras “detective Mok” parecieron surtir efecto. El hombre se detuvo, luego volvió a abrir la puerta. Nga-Yee buscó la tarjeta de Mok y se la pasó por la reja.
—¡Maldición! ¿Qué asunto estúpido me manda el cretino de Mok esta vez? —Cogió la tarjeta y abrió la reja para dejar pasar a Nga-Yee.
Una vez dentro, Nga-Yee pudo mirarlo bien, y lo que vio no era lo que esperaba. Tendría unos cuarenta años y no era ni alto ni corpulento. Un sujeto común, más bien flacucho. Tenía el pelo enmarañado y el flequillo le caía por debajo de la frente sobre unos ojos letárgicos que contrastaban con una nariz aristocrática. Tenía la barba a medio crecer y, combinada con la camiseta gris sucia y los gastados pantalones cortos a cuadros azules y blancos, le daba el aspecto de alguien que duerme en la calle. Nga-Yee había crecido en una urbanización gubernamental y había visto muchas de esas figuras desaliñadas. El marido de Tía Chan era así. Todos los días ella se plantaba frente a él con los brazos en jarras y le gritaba que era un inútil, mientras que Tío Chan la ignoraba y seguía bebiendo cerveza.
Nga-Yee desvió la mirada y quedó impactada una vez más. Tres palabras le vinieron a la mente: “nido de ratas”.
Todo tipo de objetos se apilaban junto a la puerta: periódicos, revistas, ropa, zapatos, cajas de cartón de todos los tamaños. Más allá de la entrada, la sala también era un caos. Dos librerías ocupaban toda la pared posterior y rebosaban de libros desordenados. Sobre la mesa redonda situada frente a ellas había tres cofres de madera del tamaño de cajas de zapatos llenos de cables, alargadores y componentes electrónicos que Nga-Yee nunca había visto. Todas las sillas de la mesa estaban llenas de cosas, incluso un ordenador viejo y amarillento que estaba patas arriba.
En el costado izquierdo de la sala había un escritorio, tan desordenado como el resto de la estancia: cubierto de papeles, sobres, libros, botellas de cerveza vacías, papeles de golosinas y dos ordenadores portátiles. Frente al escritorio había dos sillones color verde oscuro, enfrentados. En uno de ellos había una guitarra eléctrica y una maleta rosa. Entre los sillones, una mesa baja: el único mueble que no estaba atestado de basura. Los estantes a cada lado del escritorio contenían un equipo de sonido vetusto y cientos de CD, discos de vinilo y casetes de cinta. En el estante inferior estaba el amplificador de la guitarra eléctrica, con los cables enrollados en el suelo, como una madeja de lana. A la derecha de la librería había una planta de un metro frente a una ventana. A pesar de que la persiana estaba rota y a media asta, la luz del sol lograba colarse y entrar, e iluminaba la gruesa capa de polvo que cubría todas las superficies, así como también las manchas de las tablas de madera del suelo.
¿Qué clase de detective famoso tendría el aspecto de un vagabundo y viviría en una cueva como esta? Nga-Yee casi se hizo la pregunta en voz alta.
—Disculpe, ¿usted es el señor N? Soy...
—Siéntate. Acabo de despertarme —replicó el hombre, pasando por alto su pregunta. Bostezó; descalzo, se dirigió al baño que estaba a un costado del vestíbulo. Nga-Yee miró a su alrededor, pero no había dónde sentarse, por lo que se quedó de pie, incómoda, junto al sofá.
Desde el baño llegaron ruidos de agua del inodoro y del grifo. Nga-Yee estiró el cuello y vio que la puerta estaba abierta, por lo que se volvió para quedar de espaldas al baño. Junto a la estantería había una puerta entreabierta. Distinguió una cama deshecha con cajas, ropa y bolsas de plástico todo alrededor. Todo eso le daba escalofríos. No era una fanática de la limpieza, pero este apartamento era un basurero. Solamente porque estaba en el último piso y el techo era alto no le resultaba completamente sofocante.
El otro motivo de su incomodidad salió en ese mismo instante del baño.
—¿Por qué te quedas de pie, así, como una boba? —dijo el hombre desaliñado, rascándose una axila—. ¿No te he dicho que te sientes?
—¿Usted es el señor N? —preguntó Nga-Yee, esperando que él respondiera: “El detective ha salido, yo solo soy su compañero de apartamento”.
—Llámame N. Nada de “señor”. No me gusta. —Agitó la tarjeta que le había dado ella—. ¿No es eso lo que ha escrito Mok aquí?
N quitó la guitarra del sillón y se dejó caer pesadamente. Miró a Nga-Yee y le indicó con los ojos que moviera la maleta. Ella lo hizo; era tan liviana que debía de estar vacía.
—¿Por qué te ha dicho Mok que vengas a verme? Tienes cinco minutos para explicármelo. —Se reclinó en el sillón, completamente desinteresado en ella. Volvió a bostezar.
Pero qué patán tan arrogante. Nga-Yee sintió la tentación de dar media vuelta y marcharse de ese lugar tan desagradable.
—Me... me llamo Au, y quiero contratarlo a usted para que me ayude a encontrar a una persona.
Nga-Yee le hizo un rápido resumen de todo lo que había sucedido: un hombre había acosado a Siu-Man en el tren, luego se había declarado culpable, alguien había publicado en Popcorn que no se había hecho justicia, habían hostigado a su hermana por internet, los reporteros la habían perseguido y, finalmente, ella se había suicidado.
—Le pedí al señor Mok que me ayudara a encontrar al sobrino de Shiu Tak-Ping, para que yo pudiera ir a hablar con él, pero ha descubierto que el señor Shiu no tiene hermanos y, por lo tanto, tampoco tiene sobrinos. —Buscó el informe del señor Mok en el bolso y se lo entregó. N miró la primera página, hojeó el resto y lo dejó caer sobre la mesa baja.
—Conociendo las habilidades de Mok, diría que ha llegado hasta donde ha podido —ironizó N.
—El señor Mok no tiene los conocimientos tecnológicos necesarios para buscar la identidad de una persona a partir de una publicación de internet, por lo que me ha dicho que hable con usted. —A Nga-Yee no le gustó el tono desdeñoso de N. Al fin y al cabo, el señor Mok era una buena persona que había tratado de ayudarla.
—No acepto casos de este tipo —declaró N, sin rodeos.
—¿Por qué? No he dicho cuánto estoy dispuesta a pagar.
—Es demasiado fácil, así que no voy a aceptarlo. —Se puso de pie para acompañarla a la puerta.
—¿Demasiado fácil? —Nga-Yee se quedó mirándolo, incrédula.
—Demasiado fácil, superfácil —replicó N, impávido—. No acepto casos aburridos. Soy detective, no técnico. Nunca acepto casos de poco nivel que solo me requieren que siga los pasos para llegar a la respuesta. Mi tiempo es muy valioso, no pienso desperdiciarlo en un caso de mierda como este.
—¿Cas... caso de mierda?
—Sí, de mierda: es aburrido y carece de todo sentido. Este tipo de cosas suceden todos los días. La gente se pasa la vida buscando online la identidad de alguien para vengarse de alguna tontada. Si aceptara casos como este, sería poco más que una línea de teléfono de atención al cliente. Mok se está poniendo sentimental otra vez. Ya le dije que no me mandase basura. No soy su empleado de la limpieza.
Nga-Yee había estado esforzándose para mantener el control, pero ese breve discurso la hizo estallar de furia.
—¡No... no sabe cómo hacerlo, por eso busca excusas para decir que no!
—¡Ah!, ¿te vas a poner emocional? —N sonrió ante el enfado de ella—. Podría resolver este caso con los ojos cerrados. Es simple. Todos los servidores de los foros de chat tienen un registro de las direcciones IP. Tardaría solo unos minutos en meterme en el back end de Popcorn y descargar el archivo que necesito. Después, solo tendría que introducir la dirección IP en una base de datos, hacer una búsqueda inversa del ISP, ver el historial de entradas del ISP y calcular la ubicación real del ordenador cliente. ¿Crees que la policía no sabe rastrear a las personas que distribuyen material sensible o convocan manifestaciones políticas online? Para ellos es una tontería. Y si ellos lo pueden hacer, yo también.
Nga-Yee no tenía idea de qué era un servidor ni un ISP, pero la explicación metódica de N la convenció de que sabía lo que hacía, lo cual la enfureció aún más. Si todo era tan fácil, ayudarla a identificar a Kidkit727 no le costaría nada, pero aun así la rechazaba.
—Si tan fácil es, buscaré otra persona que me lo haga —le espetó, tratando de quedarse con la última palabra.
—Pues no has entendido nada, señorita Au —dijo N con tono arrogante—. Esto es fácil para mí. Hasta donde sé, en Hong Kong existen unos doscientos hackers que podrían entrar en el servidor de Popcorn, pero menos de diez que lograrían hacerlo sin dejar rastro. Buena suerte con tratar de conseguir a uno de esos diez... Ah, no, espera: son nueve, porque yo ya te he dicho que no.
Nga-Yee comprendió en ese instante que N era uno de esos hackers de los que había oído hablar, individuos que acechaban en la oscuridad de internet, ganando sumas astronómicas solamente por mover los dedos. Delincuentes electrónicos que extorsionaban a los famosos invadiendo su intimidad y pidiendo dinero a cambio de no revelarla.
Sintió escalofríos; ese sujeto la aterraba, pero era la persona perfecta para ayudarla. Decidida a encontrar una explicación por la muerte de Siu-Man, apartó a un lado la ira, tomó aire para afianzarse y volvió al ataque.
—Señor N, por favor, ayúdeme. Ya no sé qué hacer. Si me rechaza, no tengo adónde ir. Si quiere que me ponga de rodillas, lo haré. No puedo soportar la idea de que mi hermana haya muerto a manos de un desconocido...
—Listo —dijo él, batiendo las palmas.
—¿Listo?
—Han pasado tus cinco minutos. —Fue hasta el escritorio y cogió la sudadera roja con capucha que colgaba del respaldo—. Hazme el favor de irte. Voy a salir a desayunar.
—Pero...
—Si no te vas, llamaré a la policía. —Se dirigió al vestíbulo y se puso las chancletas. Abrió la puerta principal y la reja y le hizo un ademán con la cabeza para que saliera.
A Nga-Yee no le quedó otra opción que recoger los documentos de la mesa baja, volver a guardarlos en el bolso y salir. Se quedó en el descansillo de la escalera, sin saber qué hacer. N pasó caminando por su lado sin mirarla y bajó.
Al verlo desaparecer, volvió a sentirse presa de la impotencia. Bajó por la oscura escalera, sintiendo que el alma se le iba a los pies con cada piso que dejaba atrás. El señor Mok le había advertido que tal vez N no aceptara su caso, pero no había pensado que pudiera ser tan grosero. Tuvo la sensación de que, por más que luchara, no podría escapar de lo que el destino le tenía preparado. La humillación bajo la que la había enterrado N no era más que un aviso del destino.
Volvió a recordar el consejo del funcionario de Vivienda en cuanto a que fuera un poco más flexible.
Cuando salió del edificio oscuro a la calle, la luz del sol la sacó bruscamente de sus pensamientos. Se llevó la mano hacia los ojos para protegerse y oyó unos pasos apresurados cerca de ella.
—Tú..., ¡eh!
Delante de sus ojos dos hombres se abalanzaron sobre N. El más alto era joven y musculoso. Sus brazos eran más gruesos que los muslos de Nga-Yee y tenía un tatuaje de un dragón en la muñeca izquierda. El más bajo no tenía aspecto tan atemorizador, pero llevaba el pelo rubio afeitado en las sienes y vestía una camiseta ajustada, lo que le daba el aspecto distintivo de un gangster de alguna organización criminal de la tríada.
El hombre del tatuaje le sujetó las manos a N, luego le rodeó el cuello con un brazo, apretándole la tráquea para que no pudiera gritar. El rubio le pegó un par de puñetazos en el estómago, corrió hasta donde estaba aparcada la camioneta negra y abrió la portezuela para que el tatuado lo empujara adentro.
Nga-Yee no sabía qué hacer, estaba aturdida, como en una nube. Pero no tuvo demasiado tiempo para pensar, tampoco.
—Mira, D, esa chica parece estar con él —dijo el rubio.
—¡Tráela a ella también! —gritó el tatuado. Antes de que Nga-Yee pudiera echar a correr, el rubio la agarró de la muñeca.
—¡Suéltame! —gritó ella.
Él le cubrió la boca con una mano y tiró con fuerza. Nga-Yee trastabilló, y habría caído si él no la hubiera sostenido para empujarla al interior de la camioneta.
—¡Vámonos! —rugió el tatuado en cuanto el rubio hubo cerrado la portezuela de un golpe.
Nga-Yee comprendió lo que estaba sucediendo: el tatuado y el rubio seguramente pertenecían a alguna organización mafiosa de la tríada que habría tenido un problema con N, y ella no era más que un daño colateral. Forcejeó con fuerza, pero el rubio le oprimía el hombro y le hundía la rodilla en el muslo, manteniéndola inmóvil. Lo fulminó con la mirada y se topó con sus ojos asesinos.
Por lo menos N estaba en la camioneta con ella. Seguramente ya habría pasado por muchas situaciones similares. Sin duda era un experto luchador, como el Jack Reacher de Lee Child, y estaría peleando con el tatuado...
—Gggg...
N estaba inclinado hacia delante en su asiento, sujetándose el estómago y haciendo arcadas. Había una hilera de asientos contra cada pared. El tatuado estaba sentado junto a N en una de ellas, y parecía tan sorprendido como Nga-Yee. Los dos estaban pensando lo mismo: N era bastante patético.
—Ggg... Mierda... ¿qué necesidad teníais de pegarme tan fuerte? —Escupió algo que podía haber sido bilis o simplemente saliva. Se echó hacia atrás, con el rostro pálido. El tatuado y el rubio, este último aún sujetando a Nga-Yee, intercambiaron miradas, sin saber del todo cómo manejar el asunto. Por lo general, a esas alturas sus prisioneros ya trataban de liberarse y ellos respondían con puñetazos o armas.
—¿Eres N? Nuestro Hermano Tigre quiere hablar contigo —dijo el tatuado, sin poder encontrar algo más amenazante que decir.
N no respondió; metió una mano en el bolsillo izquierdo de la sudadera. El tatuado inmediatamente se le abalanzó y le sujetó la muñeca.
—No intentes nada o te... —gruñó.
—Perfecto, no voy a tocarlo —dijo N, levantando las manos—. Sácalo tú.
—¿Qué dices? —El tatuado no tenía ni idea de qué estaba hablando.
—Ggg... Lo que tengo en el bolsillo. Por favor, cógelo.
—¿Qué pasa, quieres sobornarnos? —Se burló el tatuado. En ocasiones, sucedía: algunos le ofrecían dinero para que los liberara. Nunca era tan tonto como para aceptar. Si se enteraba su jefe de la tríada, las cosas no terminarían bien para él.
El tatuado buscó dentro del bolsillo de N y sacó un sobre blanco. Era demasiado delgado para que fuera dinero; como mucho, contendría una o dos hojas de papel. Lo volvió y de pronto su cara se desfiguró, como si hubiera visto un fantasma a plena luz del día.
—¿Qué es esto? —exclamó.
—¿Qué sucede? —preguntó el rubio, y aflojó la presión sobre Nga-Yee.
—¡Te he preguntado qué es esto! —gritó el tatuado, con miedo. Sin prestar atención al rubio, agarró a N del cuello de la camiseta.
—Gggg... Una carta para ti —respondió N con tranquilidad, sin dejar de hacer arcadas intermitentes.
—¡No me refiero a eso! ¿Cómo sabes mi nombre? —El tatuado apretó el cuello de N con más fuerza.
Nga-Yee echó un vistazo al sobre, que tenía escrito Ng Kwong-Tat con bolígrafo azul.
—Ábrelo y te enterarás —repuso N.
El tatuado lo empujó de nuevo hacia atrás en el asiento y rompió el sobre para abrirlo. Una fotografía cayó del interior. Ni Nga-Yee ni el rubio pudieron verla, pero sí observaron cómo el tatuado palidecía y se le agrandaban los ojos.
—Hijo de...
—Ni lo intentes —replicó N.
El tatuado había estado a punto de abalanzarse sobre N otra vez, pero quedó paralizado al oírlo.
—Tenía lista esa imagen, lo que significa que vengo completamente preparado. Aun si me cubres con hormigón y me arrojas a la bahía Hau Hoy, mis compañeros se asegurarán de que todos vean esa fotografía.
—¿Qué sucede, D? —quiso saber el rubio. Soltó a Nga-Yee.
—¡Nada, nada! —Con movimientos frenéticos, el tatuado se guardó la fotografía y el sobre en el bolsillo del pantalón.
El rubio miró con desconfianza a N y, luego, a su cómplice.
—También tengo una para ti —dijo N. Sacó otro sobre y se lo entregó al rubio, que quedó boquiabierto al ver su nombre escrito en él. Lo abrió y palideció. Nga-Yee se inclinó para mirar. La fotografía mostraba al rubio en un sillón de color marrón, con los ojos cerrados y una botella de cerveza en la mano derecha. Parecía profundamente dormido.
—¡Hijo de puta! —El rubio parecía haberse olvidado por completo de Nga-Yee. En el comprimido espacio del interior de la camioneta, extendió el brazo para agarrar a N del cuello. —¿Cómo te metiste en mi apartamento? ¿Cuándo has hecho esa foto? ¡Si no me lo dices, te mato!
El tatuado apartó al rubio mientras Nga-Yee miraba la escena, confundida. ¿Por qué el mafioso ahora ayudaba a N?
—Gggg... —N se sacudió con una arcada—. Vosotros, los jovencitos, os alteráis mucho hoy en día. Siempre estáis hablando de pegar y matar. —Se frotó el cuello y siguió hablando—: Wong Tsz-Hing... ¿o prefieres tu apodo, Blackie Hing? Da lo mismo, supongo. Y no importa cuándo entré en esa pocilga que llamas tu casa, me puse a tu lado y te saqué la foto. Lo que debería preocuparte es que lo hice sin que te dieras cuenta. Estuve así de cerca y estabas indefenso. ¿Te has puesto a pensar si la cerveza que bebes todos los días es realmente cerveza? ¿Si alguien le ha puesto algo en el pan que comes? Y respecto de los... eh... artículos que guardas en la cisterna del inodoro, ¿si alguien te los ha cambiado por pastillas comunes para el dolor de cabeza?
—¡Maldito...! —El rubio intentó nuevamente estrangular a N.
—Si me pones una mano encima, aunque te queden nueve vidas, no bastarán para salvarte. —De pronto la expresión de N se volvió diabólica; se acercó al rostro del rubio y lo miró directamente a los ojos—. Podría arrancarte los ojos mientras duermes. Extirparte los riñones. Colocarte parásitos comecerebros en el agua que bebes para que te vacíen el cráneo. No creas que tienes huevos solo porque te has metido en algunas peleítas por orden de tu jefe. Nunca serás ni la mitad de duro que yo. Puedes matarme ahora mismo, pero te garantizo que en adelante no te valdrá la pena vivir, ni siquiera por un segundo.
En unos pocos segundos, N pasó de estar a merced de aquellos rufianes a ser el que los amenazaba. El tatuado y el rubio parecían asustados, perdidos, como si de pronto no pudieran controlar la situación. Nga-Yee estaba estupefacta.
—Ah, y también tengo algo para el conductor. ¡Oiga, señor Yee! —gritó N al hombre que iba en la cabina—. Déjeme en el puesto de fideos de la calle Whitty... De otro modo, no podré garantizarle que no vaya a haber un misterioso accidente en la guardería de Santo Domingo Savio de Tsuen Wan.
El conductor frenó de manera tan brusca que Nga-Yee estuvo a punto de caer al suelo. Con cara de terror, el conductor giró la cabeza para fulminar a N con la mirada y balbucear, furioso:
—Pedazo de... Si te atreves a tocar a mi hija...
—¿Por qué no iba a atreverme? —repuso N, otra vez imperturbable—. Señor Yee, usted tiene un buen empleo. ¿De verdad necesita ayudar a escorias como estas para ganar un poco más? Si se mete en problemas, se hundirá junto con su mujer y su hija. Lo más inteligente sería hacer girar el vehículo ahora mismo. Si tarda más de un segundo, tal vez no haya nada que pueda hacer yo.
La camioneta estaba cerca del Centro Shun Tak de la calle Connaught Oeste, en Sheung Wan. El conductor dirigió una mirada nerviosa al tatuado, que masculló:
—Haz lo que dice.
Cinco minutos más tarde, estaban de regreso en Sai Ying Pun, cerca de la calle Whitty. En el breve trayecto, Nga-Yee sintió una extraña tensión en el interior de la camioneta. No lograba comprender qué estaba sucediendo. Era una de las víctimas, pero ahora, de pronto, se sentía como si estuviera en posición de ventaja. El tatuado y el rubio no dijeron ni una palabra; se limitaron a mirar con temor a N —y, tal vez, a ella también— como si pudieran convertirse en monstruos horrendos si no los vigilaban.
Mientras se apeaba del vehículo, N buscó en su bolsillo y le entregó un tercer sobre al tatuado:
—Coge esto —dijo.
El tatuado vaciló.
—¿Qué es?
—Es para tu jefe —repuso N—. Vas a volver con las manos vacías, ¿no? Llévate ese sobre y dáselo a Chang Wing-Shing. No solamente no te echará la culpa de nada, sino que jamás volverá a molestarme a mí.
El tatuado no pareció convencido, pero extendió la mano para coger el sobre. N lo retuvo un instante.
—Te lo advierto: no lo leáis. —Esbozó una sonrisita—. La curiosidad puede costaros caro. No podéis permitiros jugar con las vidas de mierda que lleváis.
El tatuado y el rubio se quedaron paralizados. N soltó el sobre, cerró la portezuela sin mirar atrás y golpeó la parte trasera de la camioneta para indicarle al conductor que arrancara.
Nga-Yee observó cómo se alejaba la camioneta, sin poder creer lo que acababa de ver.
—Señor N... —comenzó a decir, pero no supo cómo seguir.
—¿Por qué sigues aquí? Ya te lo he dicho, no voy a aceptar tu caso, llévatelo a otra parte. —N frunció el ceño, mirándola con fastidio. Por un instante, ella se preguntó si habría soñado todo lo sucedido.
—No. Solo... Solo quería saber... ¿Qué diablos ha sido todo eso? —Se estremeció al recordar el momento en que la habían subido a la camioneta.
—¿Tienes mierda en el cerebro, o algo así? ¿No es obvio? Esos matones querían pelear conmigo —respondió N despreocupadamente.
—¿Pero por qué? ¿Les ha hecho algo?
—A ellos, no. Un ejecutivo corrupto idiota perdió dinero y les pidió que se vengaran de mí. El Hermano Tigre, Chang Wing-Shing, es el nuevo jefe de la Tríada de Wan Chai, o sea, la mafia. No lleva suficiente tiempo en el puesto para saber cuáles son sus límites...
—Entonces, ¿por qué nos han soltado? —interrumpió Nga-Yee.
N se encogió de hombros.
—Todo el mundo tiene un punto débil. Siempre y cuando descubras el de tus adversarios, podrás hacer básicamente lo que desees.
—¿Qué punto débil? ¿Qué era esa foto que le ha enseñado al tipo de tatuajes?
—Se acuesta con la mujer de su jefe. Era una foto de ellos en la cama.
Nga-Yee se quedó mirándolo, horrorizada.
—¿Y cómo la ha obtenido usted? —Pensó un instante, luego se le ocurrió algo todavía más extraño—. No, espere... Se han sorprendido mucho de ver sus nombres en los sobres. ¿Ya sabía usted que venían a secuestrarlo?
—Por supuesto. Antes de hacer algo, las tríadas investigan los lugares, igual que los detectives siguen a los sospechosos e investigan el sitio en cuestión. Se llama reconocimiento. Hace casi una semana que están espiando mi vecindario. Solo un estúpido no los habría visto.
—¿Pero cómo sabía usted cómo se llamaban? ¿Lo ha averiguado todo sobre ellos, se ha colado en sus casas para hacer esas fotos? ¿No eran gangsters habituales, de esos que están en todos lados?
—¿Qué estabas diciendo hace exactamente quince minutos, jovencita? —N esbozó una sonrisa burlona—. Me resulta muy fácil descubrir la identidad de una persona. Lo puedo hacer sin despeinarme. En cuanto al resto, es un secreto de la profesión, y no te lo voy a contar a ti.
—Dado que usted ya conocía sus puntos débiles, ¿por qué ha permitido que lo subieran a la camioneta? ¿Por qué no los asustó desde el principio? —Nga-Yee todavía no podía comprender lo sucedido.
—-Hay que dejar que los adversarios se adelanten un poco, para que piensen que tienen la situación bajo control. De ese modo, cuando golpeas, el impacto será más fuerte y causará más daño. ¿No sabes que a las presas hay que darles un poco de cuerda antes de la estocada final?
—Pero...
—¿No te cansas de hacer preguntas? Ya he dicho todo lo que quiero decir. Aquí termina nuestro tiempo juntos. Gracias por venir. Adiós. —N entró en el local de venta de comida.
—¡Hola, N! ¡No te he visto en toda la semana! —lo saludó un hombre que parecía ser el dueño.
—He estado ocupado —rio N.
—¿Lo de siempre?
—No, no tengo tanto apetito. Acaban de pegarme en el estómago. Voy a llevarme una sopa con wantán, nada más.
—Ja, esos idiotas no saben en lo que se meten, provocándote a ti.
Nga-Yee permanecía fuera del local, escuchando el ir y venir de las bromas. N parecía una persona completamente diferente del hombre astuto e implacable que había visto en la camioneta. El restaurante era pequeño, y los diez asientos estaban todos ocupados, pues era la hora del almuerzo. No sabía si seguir a N y entrar, pero después de pensarlo comprendió que seguir allí solo le causaría más desazón, por lo que echó a andar por la calle Whitty hacia la estación de metro.
Subió al tren, oprimida por un sentimiento de pesar.
Él puede perfectamente ayudarme a encontrar a la persona que provocó la muerte de Siu-Man...Esa idea no se le iba de la cabeza. Había visto la facilidad con la que N los había salvado a ambos del peligro, manteniéndose muy por delante de los rufianes, descubriendo sus secretos incluso antes de que le pusieran una mano encima. Con esos poderes cuasi divinos, seguramente podría encontrar a Kidkit727 y averiguar sus motivos.
Cada día que pasara sin que supiera qué había sucedido no sería más que otra espina en su corazón.
Más que nada, tenía el deber de averiguar la verdad.
2.
Durante la semana siguiente, Nga-Yee fue a Sai Ying Pun todos los días. Su horario laboral era irregular, de manera que unas veces iba antes de trabajar, otras veces iba después. Trató de volver a ver a N, pero por más tiempo que se quedara pulsando el botón del timbre, nunca obtenía respuesta. Al principio no supo si él estaba en casa, pero el tercer día, cuando oyó que ponía música a todo volumen dentro del apartamento, supo que la estaba ignorando deliberadamente. Golpeó la puerta con fuerza, pero la respuesta fue un aumento del volumen de la música. Esperó media hora, y, durante todo ese tiempo, sonó una y otra vez la misma canción en inglés. Se dio por vencida y bajó las escaleras, con la melodía retumbándole en los oídos. N se estaba burlando de ella. El primer verso de la canción decía: “No puedes conseguir siempre lo que quieres”.
Nga-Yee temía que, si N seguía tratando de ahuyentarla con música fuerte, sus vecinos terminarían por notarlo y la acusarían de hostigarlo. Tal vez hasta llamaran a la policía. Para no meterse en problemas, a partir de ese momento se quedó fuera del edificio, pero nunca vio a N. Miraba la ventana del sexto piso mientras esperaba, pero ni de día ni de noche, con la ventana abierta o cerrada, con luces encendidas o apagadas, llegó a tener siquiera un atisbo de él.
Todo esto le llevaba dos o tres horas cada día, pero no pensaba rendirse. En algún momento se toparía con él. En cuanto a qué le diría, no había podido decidirlo todavía.
La tarde del 12 de junio, corrió a la calle Dos después del trabajo y siguió esperando en vano. Llovía copiosamente y tenía los pantalones empapados, pero se quedó junto a una farola, protegiéndose con el paraguas y comiendo a toda prisa la hamburguesa de McDonalds que se había comprado para cenar, sin apartar los ojos en ningún momento de la puerta del número 151. Al día siguiente no trabajaba, y justo cuando intentaba decidir si quedarse allí toda la noche, a pesar del mal tiempo, sonó su teléfono. Sacó del bolso su Nokia de diez años de antigüedad y vio que indicaba un número desconocido.
—¿Sí?
—Por favor, deja de esperar delante de mi apartamento, queda muy feo.
—Señor N... ¿Cómo ha conseguido mi número? —balbuceó.
—Secretos del oficio.
—Señor N, por favor, escúcheme... —Decidió dejar pasar el asunto del número telefónico—. Le suplico, le daré lo que quiera, solamente averígüeme quién es esa persona, es lo único que le pediré en la vida, por favor...
—Puedes dejar de decir disparates. Voy a aceptar el caso.
—Por favor, piénselo, señor N, le prometo que ... ¿Cómo ha dicho?
—Sube. Veremos si puedes pagarlo.
N cortó la comunicación. Nga-Yee se sintió abrumada por la sorpresa y el júbilo. Tragó el resto de la hamburguesa y subió corriendo al sexto piso. Antes de que pudiera tocar el timbre, N le abrió la puerta y la hizo pasar. Estaba igual de desaliñado que la vez anterior. Tenía menos barba a medio crecer, sin embargo, lo que significaba que en algún momento se había afeitado.
—Señor N...
—N a secas —repuso él, mientras cerraba la puerta. Parecía ofuscado como un jefe que da órdenes.
—Por supuesto, lo que usted diga. —Nga-Yee sabía que estaba siendo sumisa y servil, pero a esas alturas ya había perdido toda la dignidad—. N, ¿va a ayudarme a encontrar a Kidkit727?
Él se dirigió al escritorio y se sentó.
—Veremos si puedes pagar lo que cobro.
—¿Cuánto? —preguntó Nga-Yee, nerviosa. Dejó el paraguas empapado en el vestíbulo y se acercó a él.
—No es tanto, solamente 82.629,50 dólares.
Nga-Yee no respondió. Era mucho dinero, pero si estaba tratando de ahuyentarla, ¿por qué no pedir directamente un millón o diez millones? Eso sí que quedaría fuera de su alcance. ¿Y por qué una suma tan específica?
Justo cuando comenzaba a pensar que algo no andaba bien, le vino una imagen a la mente.
—¿Pero eso no es...? —Esa mañana había hecho un reintegro por cajero automático y el saldo en la pantalla había sido... —. ¡Pero qué grandísimo...! ¿Cómo lo...? —Se interrumpió. Estaba claro que N se había metido dentro de su cuenta bancaria. Se sintió completamente desnuda, como si ese hombre tan grosero pudiera ver cada centímetro de su cuerpo. Comprendió cómo se habían sentido el rubio y el tatuado al ver sus nombres en los sobres.
—¿Me pagarás esa suma? —preguntó N, reclinándose contra el respaldo de la silla.
—¡Sí! —respondió Nga-Yee sin vacilar. Ahora que él había cambiado de idea, quería asegurarse la oportunidad, antes de que su estado de ánimo volviera a modificarse.
N sonrió y le extendió la mano.
—Perfecto, trato hecho. Esto no es nada legal, así que no esperes que te firme un contrato ni nada.
Nga-Yee se adelantó y le estrechó la mano. A pesar de que era muy delgado, apretaba la mano con firmeza. Sintió la energía que emanaba de aquella mano y supo que N encontraría a la persona que había llevado a Siu-Man a la muerte.
—No necesito un depósito. Quiero todo el dinero antes de comenzar a trabajar —declaró N.
—Muy bien —se apresuró a decir Nga-Yee.
—Y lo quiero en efectivo.
—¿En efectivo?
—Sí, o en bitcoins —dijo N mientras le indicaba con un ademán que se sentara junto al escritorio—. Pero supongo que no tienes la menor idea de qué es eso.
Nga-Yee negó con la cabeza. Había oído esa palabra en los informativos pero no conocía su significado.
—¿Quieres la suma exacta en efectivo, hasta las monedas? —preguntó.
—Sí. No aceptaré que falte tan siquiera un centavo.
—Comprendido. Pero...
—Pero ¿qué? Si no estás conforme, no hay trato.
—No. Solo quería preguntarte por qué has cambiado de parecer.
—¿Sabes por qué he puesto esta cifra exacta de honorarios, señorita Au? —preguntó N.
Nga-Yee negó con la cabeza.
—Porque quería asegurarme de que este caso fuera lo que más te importa en el mundo. Has aceptado inmediatamente. Muchos han venido a verme, pero cuando les pido los ahorros de toda su vida, enseguida se retractan. No están dispuestos a entregarlos, en cambio pretenden que yo, un desconocido, corra riesgos para...
—Entonces... ¿estos últimos días has estado poniéndome a prueba?
—¿Tengo cara de buen samaritano? —se burló N—. Estoy dispuesto a aceptar tu caso porque resulta que es mucho más interesante de lo que pensé al principio. Por supuesto, si hubieras valorado más tu dinero que encontrar la respuesta, no habría aceptado ayudarte por más fascinante que fuera.
—¿Es... interesante? —repitió Nga-Yee, desconcertada.
—Sí, mucho. Si fuera solo cuestión de rastrear a alguien, como te dije al principio, no lo tocaría, ni siquiera si te quedaras en la calle lo suficiente como para que empezaras a pudrirte y te crecieran hongos—. N apartó a un lado un paquete vacío de cacahuetes y dos botellas de cerveza, abrió un ordenador portátil y giró la pantalla hacia Nga-Yee. Allí estaba la publicación de Popcorn sobre la “Putita de catorce años”.
—Estos son los datos de entradas en Popcorn de ese día, con la ubicación de cada usuario. —N abrió otra ventana y aparecieron filas y filas de texto denso en una plantilla.
—¿Ya... ya me lo has averiguado?
—Jovencita, vamos a dejar clara una cosa. Yo no “te” he hecho nada. Solo estaba aburrido —respondió N—. Aun si hubiera encontrado el nombre de la persona, su edad, domicilio, empleo y árbol genealógico de dieciocho generaciones, no te lo habría contado.
Nga-Yee permaneció en silencio, aunque maldiciéndolo mentalmente. Solo tendría que aguantarlo un poco más.
—Esta es la dirección IP de Kidkit727 —prosiguió N, y señaló una serie de números—: 212.117.180.21.
—¿Qué es IP?
N la miró como si fuera un animal extraño.
—¿No sabes lo que es una dirección IP?
—-No entiendo de ordenadores.
—Qué primitiva. —Se burló él—. Significa dirección de Protocolo de Internet, o Internet Protocol, en inglés. Para simplificar, es el número de serie que nos dice dónde está alguien cuando aparece online. Igual que cuando vas al banco o al médico y te dan un número para atenderte. Cuando te conectas a internet, el proveedor de servicios te adjudica un número que es solo para ti. Cuando navegas, juegas online o participas en chats, todo sucede con este número.
—¿Los sitios de publicaciones y noticias como Popcorn también?
—Lo acabo de decir, todo el mundo que está en internet tiene uno de estos números. Si quieres publicar en un boletín de noticias como Popcorn, el servidor, es decir, la “maquinaria” del boletín, tomará nota de todas las direcciones IP. Lo que significa que puedes hacer una búsqueda en sentido inverso de cualquier publicación para averiguar de qué ordenador salió. ¿Comprendes?
Nga-Yee asintió enfáticamente.
—Entonces, ¿sabes desde dónde salió ese mensaje de Kidkit727?
N sonrió con ironía.
—De Steinsel, un pueblo situado en la región central de Luxemburgo.
—¿En Europa? —Nga-Yee estaba anonadada. —¿Entonces Kidkit727 no está en Hong Kong?
—Este amiguito está queriendo engañarnos. —N señaló la dirección IP en la pantalla. Esto es un relay. —Utilizó la palabra en inglés.
—¿Un relay?
—En chino le diríamos un repetidor, una estación de transferencia. Si quieres esconder tu identidad en internet, la forma más sencilla y eficaz de hacerlo es a través de un relay, un repetidor que te conecta con un ordenador situado en el extranjero. Ese ordenador después hace la conexión, que se registra como que viene de ese otro ordenador y no desde tu verdadera ubicación.
—Entonces, ¿solamente tenemos que buscar a los que usaron ese ordenador de Luxemburgo ese día y encontraremos la verdadera dirección IP de Kidkit727?
N arqueó una ceja.
—Eres rápida para entender. Sí, estás en lo cierto, eso funcionaría en teoría, pero no en este caso.
—¿Por qué?
—Porque me he fijado, y estoy seguro de que este sujeto utilizó más de un repetidor. Esa IP de Luxemburgo ha aparecido en mis archivos varias veces. Es un punto común de repetición y pertenece a la red Tor, o, como le decimos en chino, “el Router Cebolla”.
—¿Cebolla?
—El nombre viene de los principios fundamentales de la red. No quiero entrar en detalles, básicamente es una red anónima gigantesca. Mucha gente la utiliza para entrar en la internet oscura, esos sitios ocultos que se usan para cosas como pornografía o venta de drogas, pero Tor fue inventada, en primer lugar, para que la gente pudiera ocultar sus huellas digitales. La forma más fácil de utilizar Tor es con un software independiente llamado el “Explorador Cebolla”. Este va saltando automáticamente entre miles de repetidores de todo el mundo, así que, aun si yo hackeara el servidor de Luxemburgo y obtuviera los registros de ese día y examinara todas las direcciones IP de ese repetidor, debería poder descubrir si el usuario estaba en Norteamérica, Francia, Brasil o donde fuera. Tendría que hacerlo varias veces para tener la oportunidad de descubrir la ubicación verdadera. Y si uno de todos esos repetidores no tiene registros recuperables, el camino muere ahí. Es como buscar una aguja en el fondo del océano.
Nga-Yee sintió una gran desazón.
—Al toparme con una pared respecto de la dirección IP, intenté buscar otras pistas. Kidkit727 abrió y registró la cuenta el mismo día en que subió la publicación —N señaló una línea en la pantalla—. La dirección de mail asociada a la cuenta es rat10934@yandex.com. Yandex es un servicio de correo electrónico ruso que no necesita verificación telefónica para abrir una cuenta. Estoy seguro de que esto era una cuenta anónima. —N movió el dedo por la línea de Kidkit727 y se detuvo más adelante en la cuadrícula—. Lo que es más importante es que este tal Kidkit727 se tomó el trabajo de borrar otra información. Cuando un usuario accede a un sitio web, el explorador envía una hilera de caracteres que revelan qué dispositivo se está usando (se denomina agente de usuario) para que el otro ordenador sepa si estás usando Microsoft o Apple, un smartphone o una tableta, o incluso qué versión de explorador estás empleando. Por ejemplo, Windows Nt 6.1 es el número de la séptima versión. OPiOs es Opera, el explorador de Apple iOs, y así todo. Pero en los registros de Popcorn hay solamente un carácter donde debería estar el agente de usuario de Kidkit727.
Nga-Yee dirigió la vista a la casilla que decía HTTP-AGENTE_USUARIO. Todos los otros eran complicadas combinaciones de letras y números, como había dicho N, pero en la línea de Kidkit727 solamente había una X.
—¿X?
—Nunca he visto un agente de usuario tan corto. Debió de codificarlo a mano el mismo usuario. Algunos navegadores permiten que sus usuarios cambien la fila de caracteres para ocultar el dispositivo o navegador que están usando. Tor es uno de ellos.
—Espera... Has dicho “uno de ellos”. ¿Eso significa que pudo haber usado otro?
—Jovencita, sigues sin entender. —N se echó hacia atrás con las manos entrelazadas sobre el escritorio—. Haya usado Tor o no, esta persona evidentemente ocultó su rastro. Kidkit727 se registró como usuario de Popcorn el mismo día en que apareció la publicación y entró solamente una vez, para publicar eso. No hay registros de ninguna otra actividad. No solo eso, sino que utilizó un repetidor para hacer todo esto, así que no hay rastro de qué explorador ni qué dispositivo usó. Eso es una forma casi perfecta de borrar su identidad. Si solo buscaba defender a Shiu Tak-Ping, ¿por qué iba a tomarse todo ese trabajo? Lo que está diciendo es: “Entiendo que esta publicación va a recibir mucha atención y la gente va a querer indagar, pero no quiero que nadie sepa quién soy”.
Nga-Yee comprendió por fin adónde quería llegar N. Lo miró, incrédula.
—La persona que publicó esto sabía perfectamente bien lo que provocaría. Debe de tener experiencia en informática —dijo N—. La pregunta es: ¿este misterioso individuo quería de verdad probar la inocencia de Shiu Tak-Ping, o esto fue una campaña de acoso virtual dirigida a tu hermana?
| Estoy en casa. | 21:41 | ✓ | |
| Papá me ha preguntado por qué he llegado tan tarde. Le he dicho que estaba estudiando con unos amigos. | 21:43 | ✓ | |
| Creía que estaba contigo. | 21:44 | ✓ | |
| ¿Soy una asesina? | 21:51 | ✓ | |
| pero qué disparates dices | 21:53 | ||
| ella eligió tirarse | 21:53 | ||
| no tiene nada que ver con ninguna otra persona | 21:54 | ||
| la gente que hace acusaciones falsas como esas merece morir | 21:55 | ||
| ¿Estás seguro de que nadie sabrá que fuimos nosotros? | 22:00 | ✓ | |
| no empieces con eso otra vez | 22:01 | ||
| no hay forma | 22:02 | ✓ | |
| no tiene nada que ver con ninguna otra persona | 22:03 | ||
| confía en mí, sé lo que hago | 22:04 | ||
| aun si la policía se involucra, no va a encontrar nada | |||
| OK | 22:05 | ✓ | |
| Pero tengo que contarte otra cosa | 22:06 | ✓ |
CAPÍTULO 3
1.
—OYE, NAM, EL JEFE ESTÁ vigilando.
Ante la advertencia de Ma-Chai, Sze Chung-Nam se apresuró a guardar el teléfono de nuevo en el bolsillo.
—Te pasas el día mirando el teléfono. ¿Estás tratando de ligar con alguna chica? —rio Ma-Chai.
Chung-Nam se encogió de hombros, sin negarlo.
Estaban en el piso quince del Centro de Negocios Fortune de Mong Kok. Chung-Nam estaba delante de un ordenador, al igual que sus cuatro compañeros. GT Tecnología, Sociedad Limitada, constaba de cinco empleados y el jefe, apretujados en los 55 metros cuadrados de la oficina abierta y sala de reuniones. El jefe no tenía despacho propio, pero, para el caso, Jack Dorsey, el CEO de Twitter, tampoco tenía un escritorio propio. Según él, cualquier sitio podía ser un lugar de trabajo, siempre y cuando tuviera un ordenador.
Por supuesto que el jefe, Lee Sai-Wing, no estaba ni cerca de la liga de Dorsey, en comparación era un don nadie. El señor Lee soñaba con llevar la empresa al terreno internacional, pero no tenía el talento, la visión ni la motivación necesarios. Se había hecho cargo del negocio familiar, una empresa textil de China, pero después de varios años de pérdidas la había vendido y había fundado una empresa de informática en Hong Kong.
GT Tecnología, Sociedad Limitada tenía un año de antigüedad; su negocio principal era un foro de intercambio de opiniones y chat llamado GT Net. Chung-Nam y Ma-Chai, los empleados con más conocimientos tecnológicos, estaban a cargo de la creación y el mantenimiento del sitio. Los otros eran Thomas, el diseñador gráfico; Hao, el moderador y encargado de atención al cliente; y Joanne, una joven recién salida de la universidad que trabajaba como asistente personal del señor Lee. Al poco tiempo de incorporarse a la empresa, Chung-Nam comenzó a sospechar que la relación de Joanne con el señor Lee era más “personal” que de “asistente”.
Hao era unos años mayor que Chung-Nam, y estaba más curtido.
—Sí, claro, el jefe le lleva medio siglo, pero no tiene nada de malo, los dos son solteros. Además, es agradable tener un bombonazo en la oficina.
Chung-Nam coincidía con él, pero no estaba conforme con la situación. Joanne no era ninguna supermodelo, pero era joven y la única mujer de la oficina. Por supuesto, él se había interesado por ella hasta que descubrió, por Hao, que el jefe se le había adelantado. De hecho, el señor Lee había hecho su jugada un mes después de que Joanne hubiera comenzado a trabajar para él. De modo que Chung-Nam dio un paso al lado: quería conservar su empleo.
En los últimos seis meses, aun con un equipo tan pequeño de empleados, gracias a la combinación de los mejores elementos de redes sociales y foros de chat, GT Net se había vuelto el sitio web más popular de Hong Kong. La sección más importante era el Mercado de Rumores, que tenía su propia moneda virtual: dólares G. A diferencia de otros sitios de pago, aquí el pago se basaba en la valoración y la cantidad de visitas. Al igual que en el mercado de valores, había ganadores y perdedores: todo lo que tenía que ver con celebridades, por lo general, explotaba, mientras que algunos temas más aburridos se desplomaban y hasta llegaban a ser gratuitos.
—¿Ya habéis terminado de hacer las pruebas de funcionamiento del streaming de vídeo? —El señor Lee se acercó justo cuando Chung-Nan guardaba el teléfono.
—Casi. Estaremos en condiciones de lanzar la versión beta la semana que viene —respondió Ma-Chai. Actualmente, GT soportaba imágenes, pero los vídeos debían subirse a través de otra plataforma como YouTube o Vimeo, lo que significaba que los usuarios podían esquivar el proceso de pago.
—Es prioridad absoluta. Resolvedlo pronto.
A pesar de que GT estaba online hacía ya unos meses, seguían implementando diversas mejoras. Al comienzo, el señor Lee había nombrado tres elementos clave: pago seguro, un motor de búsqueda potente y streaming de vídeo. Solamente faltaba completar el tercero.
Chung-Nam estaba muy orgulloso del motor de búsqueda: era su criatura. Si uno buscaba un actor famoso, por ejemplo, también aparecían todos los chismes sobre las mujeres con las que se lo había relacionado. En un mundo en el que todos tenían acceso a quince minutos de fama, cualquier cosa trivial como una pelea en un restaurante o en el autobús podía filmarse y subirse a GT. Una vez que se subía, se convertía en un tema indeleble que aparecería en las búsquedas. Con el auge del “motor de búsqueda de carne humana”, en el que la identidad real de las personas podía quedar expuesta si una horda de internautas salía a buscarla, todo el mundo tenía miedo de que se violara su intimidad. Pero esa tendencia también podía convertirse en un arma, y los que entendían las reglas del juego estaban en condiciones de sacarle provecho.
—No os preocupéis si necesitáis más mano de obra. Si todo va bien, nos expandiremos pronto —dijo el señor Lee palmeando el hombro de Chung-Nam—. Ahora tengo una reunión. Mañana quiero que me muestres el prototipo del streaming.
En cuanto el jefe se fue, Ma-Chai se acercó a su compañero.
—¿Por qué dice que no nos preocupemos por la mano de obra? ¿Ahora tenemos dinero?
—¿No sabes con quién va a reunirse?
Ma-Chai negó con la cabeza.
—Es un programa nuevo del Consejo de Productividad. Organizan citas a ciegas entre capitalistas y start-ups tecnológicas locales.
—Ah, ¿como cuando les dieron veinte millones a 9GAG? Qué bien nos vendrían veinte millones a nosotros —comentó Hao, que pasaba por allí—. Podríamos mudarnos a una oficina mejor y contratar a más moderadores.
—El mundo está lleno de capitalistas que tienen más dinero del que podrían gastarse en la vida. Tal vez uno o dos sean lo suficientemente estúpidos como para mandarnos veinte millones. —Chung-Nam sonrió—. Eso sí, que logren recuperarlos es otro asunto totalmente distinto.
—Ja, ¿así que opinas que GT no tiene ningún valor? —preguntó Hao, acercándose una silla para sentarse con ellos.
Chung-Nam miró a Joanne, los ojos y oídos del jefe, para cerciorarse de que estuviera demasiado ocupada con el teléfono para espiarlos.
—No es rentable, y es muy fácil de reemplazar. Actualmente emitimos dólares G libremente, así que, por supuesto, la gente disfruta gastándolos. Una vez que empecemos a cobrar, ¿quién va a sumarse? Además, no hay forma de mantener la exclusividad de los chismorreos jugosos: todo termina en Popcorn al día siguiente.
—Eso depende de vosotros, muchachos. —Hao se encogió de hombros—. Poned un candado a los vídeos para que sea difícil compartirlos, y la gente se matará por sus dólares G. Es lo mismo que comprar una revista de entretenimiento.
La gente que no sabe codificar siempre cree que todo es fácil, pensó Chung-Nam. De hecho, sería casi imposible impedir que cualquier vídeo pudiera ser descargado del sitio y vuelto a subir a YouTube.
—Esto podría funcionar aun sin encriptar —acotó Ma-Chai—. Antes de que Apple lanzara iTunes, todos decían que no funcionaría por la piratería..., pero muchísimas personas se mostraron dispuestas a pagar.
—Sigo sin convencerme —dijo Chung-Nam—. Si buscas chismes y rumores, ¿por qué no ir a Popcorn directamente? Es gratis.
—No tenemos suficiente penetración —se quejó Hao—. Popcorn tiene treinta millones de visitas al mes. Si nosotros tuviéramos números como esos, ganaríamos un buen dinero solamente con la publicidad.
—Si tuviéramos números como esos —enfatizó Chung-Nam.
—Estoy con Nam —intervino Ma-Chai—. Popcorn está a kilómetros de distancia; podríamos pasarnos diez años intentándolo y no los alcanzaríamos nunca. ¿Os acordáis de la chica de catorce años que hizo una acusación falsa de acoso contra un sujeto? La historia se hizo viral solamente porque la subieron a Popcorn.
—No podemos hacer nada si ellos llegan primero. —Han extendió las manos—. ¿Pero no creéis que eso demuestra que hay sitio para que GT se expanda? Pensadlo: esa historia apareció primero en Popcorn, pero si hubiéramos sido nosotros los que publicamos la información, la gente de todos modos se habría registrado y habría pagado para descubrir su verdadero nombre.
Ma-Chai frunció el entrecejo.
—Esa chica se suicidó, hermano. ¿De verdad quieres ganar dinero así?
—Ma-Chai, amigo, no seas inocente —repuso Hao—. El dinero es dinero, no hay nada malo ni bueno en él. Si obtienes ganancias en la bolsa, se las estás quitando a otros inversores. ¿Eso lo convierte en dinero sucio? Digamos que crees en el karma. ¿Cómo sabes que el suicidio de esa chica no era exactamente lo que se merecía? Cada cosa que codificas podría llevar a una tragedia algún día. ¿Vas a hacerte responsable de eso? Siempre y cuando no estemos quebrantando las leyes ni posibilitando que nos interpongan acciones legales, deberíamos coger el dinero que está sobre la mesa. Las prostitutas hacen negocio en la sección “Amigos Adultos” de Popcorn... ¿Significa eso que Popcorn es un proxeneta? En esta ciudad sobrevive el más apto: esquilmas o te esquilman. Hoy en día, las buenas obras no reciben recompensa. En Hong Kong, lo único que importa es el capitalismo y el mercado.
—Pero es distinto cuando se trata de la vida de las personas... —Ma-Chai vaciló, sin saber bien cómo expresar sus pensamientos con palabras. —¿Tú qué piensas, Chung-Nam?
—Hum, los dos tenéis razón —respondió Chung-Nam diplomáticamente—. Esa chica decidió suicidarse. Si quieres culpar a otro, podríamos decir que es culpa de toda la sociedad, ¿no? En fin, hablaremos de eso cuando nos suceda a nosotros. Lo importante ahora es terminar de montar nuestra plataforma.
Hao hizo una mueca como para decir: “Cobarde, no tomas partido” y volvió a su puesto de trabajo. Ma-Chai se giró nuevamente hacia su teclado y las líneas de códigos comenzaron a volar otra vez por la pantalla del monitor.
Ninguno de los dos vio la sonrisa de oscura satisfacción de Chung-Nam. ¿Cómo podrían haber adivinado que el que había matado a la chica estaba directamente delante de ellos?
2.
Desde que salió de la cárcel, Shiu-Tak había adoptado la costumbre de usar gorra cada vez que salía de casa. Se bajaba la visera sobre la frente y lograba evitar el contacto visual con otras personas.
Hacía un mes que ya estaba en su casa, pero no había regresado a la papelería: su mujer era la que se ocupaba ahora de eso. La chica se había suicidado diez días antes de que lo liberaran a él, y, por supuesto, los periodistas habían vuelto a acechar. La única forma de evitar a esas pirañas era quedarse en el apartamento.
Por suerte, la prensa perdió interés al cabo de un mes o dos, y ahora solamente tenía que enfrentarse a las miradas torvas de los vecinos. De tanto en tanto salía a almorzar, pero nunca en hora punta. Tampoco iba a su puesto de comidas favorito, situado en la urbanización Lower Wong Tai Sin, sino que caminaba un poco más hasta el Restaurante Buena Fortuna de la calle Tai Shing. En el pasado solía mirar a su alrededor mientras caminaba, prestando especial atención a las mujeres de vestimenta sensual, pero ahora mantenía los ojos fijos en el camino.
—Tofu con arroz y cerdo asado, y un té con leche caliente —le indicó a la camarera. Miró alrededor para ver si reconocía a alguien. El incidente le había mostrado la verdadera naturaleza de las personas. Antes sonreían y bromeaban con él en la tienda, pero ahora volvían la cara hacia el otro lado al verlo en la calle o, peor aún, le gritaban insultos cuando pasaba. La tienda había perdido la mitad de la clientela, y con el aumento del alquiler estaban justos de finanzas. Las quejas continuas que le expresaba su mujer cuando volvía a casa por las tardes le estaban formando callos en los oídos.
Tak-Ping observó cada una de las caras del restaurante y se alegró de no reconocer a ninguna. Al ver una cámara en la mesa contigua, pensó por un instante que los paparazzi lo habían descubierto, pero de inmediato se dio cuenta de que estaba equivocado: la cámara era una réflex antigua, de objetivos gemelos. Ningún periodista utilizaría esa antigüedad.
Era tan original que no pudo quitarle los ojos de encima, ni siquiera cuando el camarero le trajo el té.
—Disculpe —dijo el hombre de pronto.
—¿Có... cómo dice?
—¿Podría pasarme el azúcar? —Señaló el azucarero que había en la mesa de Ping.
Tak-Ping se lo entregó, sin dejar de mirar la cámara.
—Gracias —El otro cogió el azucarero y echó dos cucharadas dentro del café—. ¿Le gusta la fotografía?
—Sí. ¿Es una Rolleiflex 3.5F?
—No, 2.8 F.
Tak-Ping estaba asombrado. Rollei era una marca alemana muy conocida y el modelo 3.5F era bastante común, se podía conseguir por unos pocos miles de dólares de Hong Kong. La 2.8F era mucho menos conocida, y una en buenas condiciones podía costar una buena cifra de cinco números.
—¿Alguna vez ha utilizado una cámara de objetivos gemelos? —preguntó el hombre.
Tak-Ping negó con la cabeza.
—Demasiado caras. La única que me pude permitir es una Seagull 4B. —Era una marca de Shangai que costaba unos cientos de dólares.
—Olvídela. —El hombre sonrió—. Las Seagull tienen buen aspecto, pero las fotografías que hacen no tienen vida.
—El año pasado un amigo vendió una Rolleicord de segunda mano por mil quinientos. Estuve a punto de comprársela —dijo Tak-Ping.
—No esta mal. ¿Por qué no la compró?
—Mi mujer dijo que no. —Tak-Ping hizo una mueca—. Ay, las mujeres. Se queja incluso si compro un rollo de más.
—¿Rollo? ¿No usa cámara réflex digital?
—No. Tengo una Minolta X-700 y un par de objetivos.
—Bueno, eso está bastante bien. —El hombre asintió—. Pero hoy en día es todo digital. Yo utilizo las dos cosas.
—Las cámaras réflex digitales son muy caras.
—Se puede comprar online las de segunda mano a muy buen precio. ¿Quiere que le recomiende un sitio web?
Tak-Ping negó con la cabeza.
—No, gracias, no hay necesidad. No entiendo mucho de sitios, de foros ni chats ni nada. Además, dicen que si vas a tomar fotografías digitales necesitas tener un ordenador muy bueno. No puedo gastar esa clase de dinero.
—Solamente si uno va a hacer mucho trabajo de edición. ¿No tiene ordenador en casa?
—Sí, pero casi nunca lo usamos. Me lo vendieron hace unos años con el sistema de cable. Solamente lo uso para jugar al ajedrez y para ver vídeos. ¿De verdad no se necesita un ordenador muy avanzado?
—Si es solamente para guardar fotografías y verlas, cualquier modelo viejo sirve —explicó el hombre—. Eso sí: una vez que compre la cámara, deberá instalar un par de programas. ¿Conoce a alguien que entienda de ordenadores?
—Pues sí... si no es algo muy difícil. —Tak-Ping estaba pensando en algunos de sus amigos con quienes compartía el interés por la fotografía, aunque no había estado en contacto con ellos después de haber salido de prisión; no sabía si querrían seguir tratando con él. La idea lo deprimía—. No importa. Mi mujer me matará si me compro otra cámara.
—Ya, bueno, entonces no hay nada que hacer.
Llegó la comida. Comieron en silencio y Tak-Ping decidió no quedarse después de haber terminado.
—En fin, ya me voy —dijo.
—Sí, claro. Adiós. —El hombre hizo un ademán con la cabeza y bebió otro sorbo de café.
Mientras regresaba andando a su casa, Tak-Ping no podía dejar de pensar en la cámara. Por primera vez desde su liberación, caminó con paso ligero, sin pensar en su familia ni en la chica ni en la cárcel. Decidió que se daría un gusto: compraría una cámara digital o una Seagull más económica. Y que su esposa se quejara si quería, se dijo. En este mundo, hay que fluir con la corriente y darse los caprichos cuando se puede.
3.
—Shiu Tak-Ping es un cabrón —anunció N cuando le abrió la puerta.
Había accedido a llevar el caso de Nga-Yee el viernes por la noche. A la mañana siguiente, ella había ido al banco a vaciar su cuenta. El cajero le preguntó varias veces si había sido víctima de una estafa, y ella tuvo que sonreír y asegurarle una y otra vez que sabía lo que estaba haciendo. De hecho, se había preguntado si esto no sería lo mismo que darle el dinero a un estafador. ¿Y si N le decía que no había podido conseguir la información? No habría nada que hacer. De todos modos, le entregó todos los billetes y las monedas. Él le dijo que la llamaría si tenía noticias y la condujo de nuevo hacia la puerta menos de un minuto después de su llegada. No fue hasta que llegó a su casa cuando se dio cuenta de que no tenía forma de comunicarse con él. Trató de calmarse y se convenció de que pronto la llamaría. En su cabeza no paraba de repetirse lo que le había dicho el cajero del banco: “Espero que no la estén estafando, señorita” y las palabras del señor Mok describiendo a N como un experto.
Después de entregarle todos sus ahorros a N, le quedaron solamente el billete de cien dólares que tenía en el bolso, la tarjeta de transporte Octopus con unos cincuenta dólares de carga y unos diez dólares en monedas. Había ido a la compra el día anterior, por lo que tenía suficiente comida por el momento, pero todavía le faltaban dos semanas para cobrar el sueldo. Aun si hasta entonces viviera a base de sopa instantánea de fideos, los desplazamientos le costarían veinte dólares diarios, y claramente no podía dejar de ir a trabajar. Además, estaban las facturas de agua y de electricidad. Lamentó no tener una tarjeta de crédito, pero la advertencia de su madre de no gastar dinero que no tenía le había calado muy hondo.
Cuando fue a trabajar a la biblioteca el sábado por la tarde, le pidió a su compañera Wendy un préstamo hasta el día de cobro. Wendy se sorprendió, pues sabía que Nga-Yee por lo general era cuidadosa con el dinero. Cuando le preguntó al respecto, ella respondió algo impreciso sobre unos gastos inesperados.
—No hay problema, aquí tienes ochocientos. Me los puedes devolver el mes que viene —dijo Wendy mientras sacaba todos los billetes de cien dólares de la cartera.
—Gracias, pero con quinientos me basta.
—No te preocupes, sé que me los vas a devolver. Si estás con algún problema, ya sabes que me lo puedes contar.
Wendy había sido transferida a la Biblioteca Central desde la sucursal de Sha Tin hacía dos años. Era una persona cálida y abierta, unos cinco años mayor que Nga-Yee. A ella le resultaba un poco demasiado amistosa, y siempre buscaba una excusa cuando Wendy organizaba una salida a comer o al cine. Sin embargo, fue la calidez de Wendy lo que la llevó a pedirle ayuda. Su propia preocupación, sumada a las preguntas del cajero esa mañana, logró que se sintiera como una de esas víctimas bobas de estafas del programa de televisión Crimewatch, lo que le generaba todavía más ansiedad en cuanto a los progresos de N. Revisaba una y otra vez el teléfono por temor a haberse perdido una llamada de él.
Después de tres días, perdió la paciencia.
El martes 16 de junio, volvió a Sai Ying Pun, decidida a pedirle un informe de sus progresos, pero vaciló al llegar a la esquina de la calle Dos.
¿Me estaré comportando como una idiota? ¿Y si lo fastidio tanto que deja de investigar y me pone cualquier excusa? A pesar de que le estaba pagando, sentía miedo, como una rana que ve una serpiente y de inmediato la reconoce como un depredador natural.
Llevaba allí diez minutos, sin poder juntar fuerzas para seguir caminando, cuando sonó el teléfono.
—Será mejor que subas, ya que estás aquí, o terminarán confundiéndote con un merodeador y llamarán a la policía —dijo N, y cortó.
Nga-Yee miró a su alrededor como una demente. Ni siquiera estaba cerca del número 151 y no había forma de que N pudiera haberla visto desde la ventana. Corrió hasta el edificio y subió los seis pisos.
—Shiu Tak-Ping es un cabrón —anunció él, al abrirle la puerta—. Pero no es Kidkit727.
—¿Qué? —Había esperado que la regañara por hostigarlo, no que le diera información real del caso.
—Shiu Tak-Ping no tuvo nada que ver con esa publicación. —N logró despejar suficiente espacio en el caos del apartamento para que ella pudiera sentarse en el extremo del sofá—. El informe de Mok decía que Shiu no tenía idea de quién había sido, pero, como es la principal persona mencionada en la publicación, he tenido que cerciorarme.
—¿Me estás diciendo que has ido a verlo en persona? ¿No podías averiguar lo que necesitabas por internet?
—Hay cosas que son más fáciles de preguntar en persona.
—¿Lo has visto? ¿Y se lo has preguntado personalmente? ¿Por qué iba a decirte la verdad?
—Las personas son criaturas extrañas, señorita Au. Una vez que logras que bajen la guardia, hablan más con un desconocido que con su propia familia. —N puso la cámara sobre la mesa, delante de ella—. Lo seguí durante dos días. Ayer fingí ser un fanático de la fotografía e inicié una conversación.
—¿Cómo... cómo hiciste, te acercaste y le preguntaste: “¿Usted es Kidkit727?”.
N rio.
—No seas tonta. Estuvimos hablando de cámaras. —Nga-Yee cogió la cámara de objetivos gemelos y la estudió—. ¿Y así de la nada, averiguaste que no tenía nada que ver con Kidkit727?
—Para empezar, ni Shiu Tak-Ping, ni su mujer ni su madre saben absolutamente nada de ordenadores ni de internet. Dijo que no hacía nada online salvo jugar al ajedrez y ver vídeos de pago; lo verifiqué con el historial de búsqueda de su casa y de sus móviles. Ninguno de esos tres tiene la menor idea de cómo no dejar rastro en un foro de chat. También le pregunté si alguno de sus amigos era experto en ordenadores, pero ese tampoco era el caso.
Nga-Yee escuchaba con atención.
—En segundo lugar, las políticas de Shiu van en contra de lo que aparece expresado en esa publicación —prosiguió N—. Si el cerebro que hay detrás de eso fuera él o alguien cercano a él, el mensaje habría estado escrito de otra forma.
—¿Te refieres a su postura política?
—Shiu en cierta ocasión hizo campaña para un candidato pro-establishment. Todavía tiene el cartel en su papelería. Y el empleado de la tienda de Yau Ma Tei dijo que Shiu se quejó de que los jóvenes de hoy en día son todos inútiles y la causa de los problemas de Hong Kong. Es evidente que es de derechas. —N pasó el ordenador del escritorio a la mesa baja. Seguía abierto en el foro de Popcorn—. Sin embargo, es evidente que el que escribió esto es un libertario y además una persona joven, ya que usa eslóganes populares de la resistencia. Por ejemplo: “Hoy en día en Hong Kong todo está patas arriba, hay poder, pero no hay justicia. La ley no significa nada, uno puede decir que lo negro es blanco y todos estarán de acuerdo”, o esto: “ceder ante la injusticia”. Un conservador nunca diría esas cosas... al menos, jamás emplearía la frase cargada “hay poder, pero no hay justicia”. Dios los cría y ellos se juntan. No creo que Shiu frecuente gente con posturas tan opuestas a la suya, ni que tenga relación con alguien que pudiera escribir algo así por mandato de él.
—De acuerdo, pero siempre hay excepciones, ¿no? —replicó Nga-Yee—. Por lo que sabemos, Shiu puede perfectamente bien haber conocido a un experto en informática, haberse hecho amigo de él y haberle pedido que limpiara su nombre. Las frases y todo eso podrían ser parte del plan.
—Bien, supongamos que Kidkit727 es un engaño brillante, creado por alguien cuyos procesos de pensamiento son tan agudos como los míos, por lo que sabe crear una personalidad falsa con las palabras que usa. Alguien con el suficiente control de sí mismo como para retirarse después de la primera publicación en lugar de seguir avivando las llamas —dijo N—. ¿Este genio sería lo suficientemente estúpido como para actuar mientras Shiu estaba en prisión y la situación era más difícil de controlar?
—¿Difícil de controlar? ¿Por qué?
—Imagina que eres Shiu Tak-Ping. ¿Le pedirías a tu amigo experto en informática que publicara eso en Popcorn mientras estás en la cárcel, sin poder hacer nada cuando tu mujer y tu madre sean sitiadas por los periodistas? ¿O esperarías a estar libre para poder hablar directamente frente a las cámaras?
Nga-Yee comprendió por fin hacia dónde iba N.
—La relación de Tak-Ping con su mujer tampoco es almibarada como sugiere la publicación, pero no es tan tonto como para perjudicar su negocio. La papelería era el único ingreso de la familia, y su mujer lo estuvo manejando mientras él estaba preso. Tratar de establecer su inocencia mientras todavía está en la cárcel no parece que valga tanto esfuerzo. Se perdió sus quince minutos de fama: cuando lo liberaron, un mes más tarde, los medios ya habían perdido interés. Seguramente su astuto amigo Kidkit727 estaba al tanto de eso. —N hizo una pausa y prosiguió—. Y lo más importante: después del suicidio de tu hermana, Shiu recibió aún más críticas y manifestaciones de repudio. Si realmente hubiera sido él, se habría perjudicado casi tanto como perjudicó a tu hermana.
La mención de Siu-Man le provocó una oleada de tristeza.
—¿Entonces estás diciendo que mi hermana fue el blanco? —preguntó, tratando de reprimir el dolor.
—Sí, es lo más probable. Por supuesto, no tenemos pruebas concretas, así que todavía no podemos descartar nada.
—Si Shiu no tiene nada que ver con Kidkit727, ¿por qué no se lo dice directamente a la prensa?
—¿Y qué va a decirles? —N rio—. “Miren, no tengo sobrinos, pero un misterioso desconocido me defendió online y trató de atenuar mi culpa”. Eso solo enturbiaría las aguas y lo pondría aún más en el ojo de la prensa y del público.
Nga-Yee lo pensó. Tenía sentido.
—A propósito, ahora que he conocido a Shiu, hay partes del texto que no comprendo. —N se había puesto serio y tenía las manos entrelazadas sobre el pecho.
—Te refieres a...
—Lo que dice sobre Shiu Tak-Ping es acertado en algunas partes y, en otras, exagerado. —N señaló la cámara que sostenía Nga-Yee—. Es cierto que le gusta la fotografía y solo tiene cámaras de segunda mano. Estuve en su tienda y es verdad que tiene algunos álbumes fotográficos en venta, aunque no sé si se habrá deshecho de los que mostraban chicas atractivas. Por la oferta variada que tiene, se nota que su interés es genuino. Y se mostró a gusto conversando de cámaras antiguas conmigo, un desconocido, por lo que sabemos que no es solo una fachada. Oye, mejor deja esa cámara, me la han prestado y vale veinticinco mil. No puedes permitirte causarle ningún tipo de daño.
Nga-Yee se sobresaltó tanto que casi se le cayó la cámara de la mano. Con cuidado, se apresuró a dejarla de nuevo sobre la mesa baja.
—Pero el texto publicado en Popcorn se equivoca respecto de su matrimonio —prosiguió N, apoyándose contra el escritorio—. Dice que él fue a la cárcel para calmar las cosas, que amaba tanto a su esposa que no quería causarle más problemas. Son todas idioteces. Desde que Shiu salió, ha estado ocultándose en la casa en lugar de ir a trabajar a la tienda, porque teme que la gente lo moleste. Es un cobarde. Cargó a la esposa con toda la responsabilidad de mantener a la familia y no solo se muestra completamente desagradecido, sino que incluso se quejó delante de mí, alguien a quien acababa de conocer, de que ella no le permitía comprarse una cámara.
—Entonces, ¿por qué te parece que es falso? —preguntó Nga-Yee—. El que lo escribió debe de conocer a Shiu, si escribió toda la parte que es cierta.
—¿Lo has leído con atención? ¿No te parece que tiene un tono particular?
—¿Particular en qué sentido?
—Como el de un abogado que defiende a su cliente en el tribunal.
Nga-Yee se quedó mirándolo.
—Remarca lo bueno y oculta lo malo. Muestra el mejor lado del cliente y, a la vez, se esfuerza para distorsionar detalles subjetivos como su matrimonio. Después de todo, si la señora Shiu dice: “Somos una pareja que se ama”, ¿cómo haría la otra parte para demostrar lo contrario? Eso es básicamente lo que se espera que diga uno cuando declara en el tribunal. Sospecho que el que escribió y subió esta publicación está conectado de algún modo con el abogado defensor de Shiu, aunque no creo que el propio abogado sea tan tonto como para involucrarse directamente: no le serviría a su cliente. —N tomó una hoja de papel de la pila que había en el escritorio—. Este es Martin Tong, el abogado. Es bastante conocido en la profesión. Organiza charlas comunitarias de asesoramiento jurídico y hace trabajos sin ánimo de lucro. No va a arriesgar su impecable reputación rebajándose a hacer jugadas sucias. Se perjudicaría a sí mismo.
—Pero, aun si no lo hubiera hecho él, ¿podría estar involucrado?
—Es posible, pero no es fácil cruzar espadas con un abogado. —N se encogió de hombros—. Seguiré investigando el tema, pero hay otra línea de investigación que me parece más interesante seguir.
—¿Cuál es?
—Tu hermana.
Nga-Yee sintió que le corría un escalofrío por la espalda.
—¿No quieres entrar en ese tema, señorita Au? —preguntó N con aire indiferente—. Por las pruebas que tenemos, lo más probable es que este post haya sido escrito y publicado para perjudicar a tu hermana, tal vez por un rencor personal o porque el que lo escribió creía genuinamente que se había cometido una injusticia con Shiu Tak-Ping y quería repararla. Voy a necesitar que me cuentes todo lo que hay que saber sobre Au Siu-Man: en qué círculos se movía, cómo era su vida personal, cuál era su forma de pensar y qué enemigos podía tener.
—Pero Siu-Man tenía solo quince años. ¿Qué enemigos podía tener?
—Eres demasiado inocente —ironizó N—. Hoy en día, las chicas de catorce o quince tienen muchos más secretos que nosotros los adultos, y sus relaciones sociales son increíblemente complejas. Con las redes sociales y los mensajes instantáneos, es muy fácil para los adolescentes entrar en el mundo adulto. Antes, las chicas que ofrecían sexo dependían de sus proxenetas, pero hoy en día tienen aplicaciones para conseguir clientes. Algunas de estas chicas no saben en lo que se meten: imaginan que ser “acompañante” significa salir con alguien de paseo y darse la mano. Las llevan a la cama con engaños, tal vez las fotografían o las filman, y las convierten en blancos de extorsión. No pueden pedir ayuda porque se arriesgan a ser arrestadas por prostitución, así que lo toleran. Y, mientras tanto, sus familias suponen que cualquier comportamiento extraño se debe a que son adolescentes. Esta publicación dice que tu hermana bebía, se drogaba y vendía su cuerpo. ¿Puedes mirarme a los ojos y decirme con toda seguridad que Siu-Man no era esa clase de chica?
Nga-Yee lo miró y quiso hablar, pero luego recordó que solamente un puñado de compañeros de clase de Siu-Man habían expresado sus condolencias, y no le vinieron las palabras a la boca. No fue hasta después de la muerte de Siu-Man cuando se dio cuenta de que, en realidad, no había comprendido tan bien a su hermana. A menudo volvía tarde a casa por los turnos que le tocaban en la biblioteca, y nunca se había preguntado si Siu-Man volvía a casa directamente del instituto o si de verdad, en las pocas ocasiones en las que llegaba más tarde, había estado estudiando en la biblioteca como decía. ¿Se habría mezclado con malas compañías porque ella no le prestaba atención? ¿Tendría secretos que sentía que no podía compartir con su hermana? ¿Podría haber usado esa ventana de tiempo para llevar a cabo actividades ilícitas a fin de obtener dinero para sus gastos?
Con la muerte de Siu-Man, en el corazón de Nga-Yee quedó sepultada una semilla de duda. Sin que ella lo notara, había germinado y crecido, y se había convertido en una hiedra venenosa que se le había enredado alrededor del alma y le estaba devorando toda certidumbre.
Al ver que Nga-Yee se echaba atrás, N no la presionó, sino que dijo en tono más suave:
—Señorita Au, si quieres saber quién es la persona que mueve los hilos, tendrás que escarbar en el pasado de tu hermana. Puede haber cosas que no quieras descubrir. ¿Lo entiendes?
—Sí —respondió Nga-Yee sin vacilar—. Cueste lo que cueste, quiero encontrar a la persona responsable de la muerte de Siu-Man.
—Bien, entonces necesito que vayas a casa y busques si tu hermana llevaba un diario o cualquier tipo de cuaderno. ¿Tenía ordenador?
—No, solo un smartphone.
—Necesitaré verlo. La gente lleva el teléfono encima todo el tiempo. Se puede comprender perfectamente a una persona con solo examinar su teléfono.
—¿No quieres venir y registrar nuestra casa?
—Ya he pasado dos días siguiendo a Shiu Tak-Ping, señorita Au. No vas a decirme a mí lo que debo hacer. No soy tu asistente personal. —N volvió al escritorio y se sentó en la silla de trabajo—. Llama a este número si necesitas hablarme, aunque no puedo prometerte que vaya a responder. Si es importante, deja un mensaje y te llamaré cuando tenga tiempo.
Le entregó un trozo de papel con ocho dígitos escritos a lápiz.
Acto seguido, le señaló la puerta para indicar que la reunión había terminado. Nga-Yee tenía más preguntas, pero ya conocía lo suficiente a N como para saber que, si se las hacía, lo único que conseguiría sería más maltrato. De camino a casa, reflexionó que, si bien le había hablado con dureza, no había intentado andarse con evasivas ni decirle “la investigación está en curso”. Por el contrario, había discutido el caso seriamente con ella. El señor Mok tenía toda la razón: era un personaje excéntrico.
Supongo que tendré que confiar en él, pensó mientras miraba la nota con el número telefónico.
Para ahorrar en el viaje, Nga-Yee tomó el tranvía, luego el ferry y el autobús en lugar del MTR, que era más caro. Eso lo reservaba para cuando iba a trabajar, que necesitaba llegar puntual. Ahora no tenía importancia tardar más. Eran más de las diez cuando llegó a la Casa Wun Wah.
Encendió las luces y, sin siquiera detenerse a cambiarse la ropa, fue hasta la estantería que separaba la “habitación” de Siu-Man del resto del apartamento. No había tocado nada desde su muerte, así que todo estaba como siempre: el pequeño escritorio, la litera colocada encima de la estantería y el armario ropero. De niña, cuando murió su padre, Nga-Yee clasificó sus cosas con su madre; luego, al morir esta, lloró a solas mientras guardaba su ropa. Sin embargo, con Siu-Man, no había podido hacer lo mismo. La profesora encargada del curso de Siu-Man había llamado a fines de mayo para avisarle que su hermana había dejado libros en su taquilla, por si quería pasar a buscarlos. Nga-Yee le contestó que estaba demasiado ocupada y lo postergó una y otra vez, pensando que ver las pertenencias de su hermana le resultaría demasiado doloroso.
Examinó ahora los cajones del escritorio y la estantería, pero no encontró nada parecido a un diario, solamente maquillaje, accesorios y un par de paquetes de papel de carta decorado y cinta de pegar. En los estantes solo había cuadernos de deberes y algunas revistas de moda, y en la mochila, solamente libros de texto. Nga-Yee examinó cada centímetro del ropero, pero tampoco encontró nada.
¿Cómo puede ser que no tuviera ni siquiera una agenda?, se preguntó Nga-Yee, que era la clase de persona que anotaba todo en papel. De pronto lo comprendió: ¡por supuesto, el teléfono!
Lo que llevó al siguiente problema: el teléfono no estaba por ningún lado.
Recordaba claramente que su hermana siempre dejaba su teléfono, de un rojo brillante, en la esquina superior derecha del escritorio, donde estaba el cargador. El cargador estaba vacío. Examinó la cama, pero tampoco lo encontró.
Reflexionó un poco más a fondo y se dio cuenta de que no había visto el teléfono desde la muerte de Siu-Man.
Sacó su propio teléfono y marcó el número de su hermana, pero se activó el buzón de voz. Obviamente, después de casi un mes, la batería debía de estar descargada.
A menos que... el teléfono hubiera caído por la ventana junto con ella...
Hasta el momento, Nga-Yee se había resistido a pensar en el momento exacto del suicidio de su hermana, pero ahora se vio obligada a contemplar esa posibilidad. Pero no: si hubiera sido así, habría caído cerca de ella y la policía lo habría descubierto y se lo habría devuelto, sin duda.
¿En dónde podía estar, entonces? ¿Estaría en el instituto?
Sacó el trozo de papel y marcó los ocho números.
—Este es el contestador automático de 61448651. Por favor, deje su mensaje después de la señal —dijo una voz automatizada.
—Hola... Hola... Soy Au Nga-Yee. He hecho lo que me has dicho, pero no he encontrado ni un diario ni tampoco el teléfono. Esto... ¿tal vez deberías venir a buscar tú también? —balbuceó, y cortó.
Volvió a buscar, solamente para asegurarse. El dinero de Siu-Man y las llaves estaban allí; lo único que faltaba era el teléfono.
Esa noche durmió peor que nunca. No podía dejar de pensar en el teléfono, y N no le devolvió la llamada. Cuando sonó el despertador a la mañana siguiente, sintió como si hubiera pasado despierta toda la noche. Fue a trabajar como de costumbre, pero cometió muchos errores al dar entrada y salida a los libros. Finalmente, para evitar las quejas, la jefa la sacó de la recepción y la envió a las estanterías.
Llamó a N después del almuerzo, pero saltó otra vez con el contestador.
Al llegar la noche, N todavía no le había devuelto la llamada.
—Hola, soy Au Nga-Yee. ¿Podrías llamarme cuando escuches este mensaje? —Su voz sonaba irritada. ¿Para qué le daba el número telefónico, si nunca iba a responder?
Esa noche no obtuvo respuesta, pero se despertó a las siete del día siguiente y encontró un mensaje de texto en su bandeja de entrada: “¿Eres ciega o tonta? Asegúrate de buscar por todo el apartamento”.
El mensaje había sido enviado a las 04:38. Completamente despierta ahora, Nga-Yee pensó con furia que N la subestimaba. Desde la muerte de Siu-Man no había tenido fuerzas para sentarse a pensar, por lo que se había distraído continuamente con tareas domésticas Había limpiado cada centímetro del apartamento, además de todas las pertenencias de su hermana. Si el teléfono hubiera estado en un estante de la cocina, junto al televisor o debajo de un almohadón del sofá, lo habría visto, sin duda. Estuvo a punto de enviarle una respuesta furibunda, pero logró calmarse.
Trabajó hasta las ocho de la noche y, luego, decidió ir a casa de N y arrastrarlo por la fuerza, si era necesario, para demostrarle que no había dejado de buscar en ningún lado. Pero justo cuando estaba a punto de tomar el tranvía que la llevaría al oeste de la isla de Hong Kong, le vino una idea a la mente.
Había un sitio donde había evitado buscar con demasiada atención: la ventana desde la que Siu-Man había saltado al vacío. Estaba junto a la lavadora, y durante el último mes, cada vez que ponía ropa a lavar imaginaba a su hermana apoyándose contra la máquina, subiéndose a las sillas plegables que había al lado, abriendo la ventana y lanzándose por ella.
¿Habría estado sosteniendo el teléfono hasta el último momento?
Volvió a casa toda prisa, juntó valor y fue a inspeccionar la zona de lavado.
Cuando se puso de rodillas y apoyó la cara contra el suelo, lo vio.
El teléfono de Siu-Man estaba debajo de la lavadora. Alargó el brazo para buscarlo, pero la mano no pasaba por el estrecho espacio que quedaba debajo de la máquina. Miró a su alrededor y vio unas perchas de metal. Con manos temblorosas, desarmó una e introdujo un extremo por debajo de la lavadora.
Allí estaba: tenía un medallón en forma de gato colgando y una grieta en la pantalla causada por el golpe contra el suelo. Apretó el botón de encendido, pero no sucedió nada. El alma se le fue a los pies. ¿Se habría roto al caer? Corrió hasta el escritorio de Siu-Man; temblaba tanto que solo pudo conectar el teléfono al cargador al tercer intento.
Ping.
La pantalla se iluminó y apareció el símbolo de carga. Nga-Yee suspiró, aliviada. Dirigió la vista a la ventana y se preguntó cómo habría ido a parar allí. ¿Se le habría caído a Siu-Man? Se necesitaba fuerza para que fuera a parar allí, debajo de la máquina. ¿Lo habría arrojado? ¿O le habría dado un puntapié sin querer? ¿Habría caído por entre la máquina y la pared?
¿Qué había estado haciendo Siu-Man justo antes de morir? Nga-Yee no tenía idea, y abandonó el intento de comprender qué había sucedido.
Lo más importante era que estaba en posesión del teléfono. Mientras se cargaba, volvió a oprimir el botón de encendido. La pantalla se iluminó con el logo del proveedor de servicio, luego con una cuadrícula de nueve círculos. Deslizó el dedo sobre ellos, pero apareció el letrero de “contraseña incorrecta”. Después de varios intentos, abandonó y dejó que siguiera cargándose.
N es un hacker, pensó. Sabrá cómo desbloquearlo.
Su primer impulso fue el de ir directamente a casa de N con el teléfono, pero cuando se le pasó el entusiasmo inicial, se dio cuenta de que era demasiado tarde para salir. Tendría que tomar un taxi para volver, lo que le costaría caro. Además era posible que, después de ir corriendo a verlo, él lo arrojara a un rincón. Decidió esperar hasta salir del trabajo al día siguiente, para poder mirar por encima del hombro de N cuando este lo desbloqueara.
“He encontrado el teléfono. Te lo llevaré mañana, después del trabajo” le escribió en un mensaje de texto cuando vio que no respondía a su llamada.
Esa noche soñó con Siu-Man. Estaba sentada en el sofá, concentrada en el teléfono, como siempre. Ella le decía algo y su hermana respondía, pero cuando despertó no pudo recordar de qué habían hablado.
Lo único que recordaba era el rostro sonriente de Siu-Man.
Por la mañana, se lavó los rastros de lágrimas de la cara, se bañó y se vistió, se guardó el teléfono cargado en el bolso y salió hacia la biblioteca.
—Últimamente estás muy distraída, Nga-Yee —le dijo Wendy durante la pausa del almuerzo—. ¿Estás bien, de verdad?
—Sí. Estoy preocupada, nada más —respondió ella.
—¿Es por la investigación? ¿Mi tío no ha podido averiguar nada, todavía? —Wendy no tenía idea de que el caso había pasado a manos de un detective hacker sin licencia.
Nga-Yee se mostró evasiva.
—Ha habido avances, sí.
—Si es un problema de dinero, te puedo ayudar —le dijo Wendy con generosidad. Desde la muerte de Siu-Man se había mostrado muy solícita con ella.
—Ya me prestaste ochocientos hace unos días. Con eso está bien.
—Si mi tío te está cobrando mucho dinero... Mi tía me quiere mucho. Podría pedirle que te rebaje los honorarios... —Wendy cogió el teléfono, lista para enviarle un mensaje por Whatsapp de inmediato a la señora Mok.
Cuando Wendy deslizó el dedo por el teclado para desbloquear el teléfono, Nga-Yee se paralizó. Una imagen le vino a la mente: Siu-Man haciendo lo mismo. Por un segundo, creyó que era por el sueño de la noche anterior, pero luego comprendió.
Era un recuerdo de momentos que había vivido: Siu-Man desbloqueando el teléfono.
Abajo a la izquierda, al centro a la izquierda, arriba a la derecha, al medio, arriba a la izquierda.
Sacó el teléfono del bolso e introdujo el patrón que recordaba. Esta vez la pantalla de la contraseña desapareció.
Introducir el código correcto le provocó un momento de júbilo, pero cuando vio las palabras que aparecieron en la pantalla, sintió que todos sus órganos se desplomaban en caída libre y se le helaba el cuero cabelludo. Cuando hizo clic, lo que vio le aceleró el corazón de forma tan repentina que pensó que dejaría de respirar.
—Wen-Wendy, por favor ayúdame a decir que necesito medio día libre —balbuceó, tratando de recuperar la compostura.
—¿Qué sucede? Nga-Yee, ¿te encuentras bien?
—Es... Necesito... Necesito salir a resolver algo urgente. Por favor, por favor, ayúdame a... —Dejó caer el teléfono en el bolso y, haciendo caso omiso de las exclamaciones de Wendy, salió corriendo del edificio.
Nga-Yee nunca había usado un smartphone, pero, instintivamente, había hecho clic en el icono del correo electrónico, lo que abrió el mensaje más reciente:
De: kid kit <Kidkit727@gmail.com>
Para: Siu-Man <ausiumanman@gmail.com>
Asunto: RE:
Au Siu-Man:
¿Tienes valor suficiente como para morir? ¿No estás haciendo lo mismo de siempre, intentar que te tengan lástima? Tus compañeros no van a dejarse engañar otra vez. La escoria como tú no tiene derecho a seguir viviendo.
Kidkit727
Jueves, 21 de mayo de 2015
| Hay una cosa que no te he dicho | 22:07 | ✓ | |
| Le he mandado un correo electrónico a Au Siu-Man | |||
| ¿Puede ser un problema? | 22:07 | ✓ | |
| es posible | 22:09 | ||
| ¿cómo lo has enviado? | 22:10 | ||
| ¿como te enseñé? | 22:11 | ||
| ¿borrando tus huellas online? | 22:12 | ||
| Sí. | 22:15 | ✓ | |
| todo bien entonces | 22:16 | ||
| no te preocupes | 22:17 |
CAPÍTULO 4
1.
—¡ESCUCHADME, TODOS! ¡ASEGURAOS DE IR vestidos como es debido mañana! Ordenad las mesas y deshaceos de todos vuestros artículos personales hoy mismo. Si el fondo de pantalla de vuestro ordenador de sobremesa es alguna chica porno, cambiadlo. ¡Revisaré todo mañana por la mañana, y si veo algo que haga quedar mal a la empresa, os descontaré quinientos dólares del sueldo!
El señor Lee había estado hablando por teléfono, y ahora se encontraba en el centro de la oficina de GT Tecnología, arengando a sus empleados. Su actitud era severa, pero a todos les resultaba evidente que debajo había una gran emoción.
—¿Qué sucede, jefe? —quiso saber Hao.
—¡Mañana vendrá un capitalista! Un empresario extranjero de capital riesgo; acaba de unirse al programa del Consejo de Productividad y se ha interesado por nosotros. ¡Tal vez quiera invertir! —exclamó el señor Lee. Ma-Chai y Sze Chung-Nam dejaron de codificar y se volvieron hacia él.
—¿Existe otro idiota así en el mundo? —susurró Ma-Chai a su amigo.
—¿De qué país es el capitalista? —quiso saber Chung-Nam.
—¡No quiero meteros presión, pero se trata de la norteamericana SIQ! —Chung-Nam, Hao y Joanne dieron un respingo al oír ese nombre, pero Ma-Chai y Thomas no reaccionaron.
—¿SIQ es famoso, Chung-Nam? —preguntó Ma-Chai.
—Thomas es diseñador gráfico, por lo que puedo perdonarle que no lo sepa. Pero se supone que tú eres programador... ¿No deberías estar al tanto de lo que sucede en ese campo? —Chung-Nam frunció el entrecejo—. SIQ es el inversor número uno en tecnología de internet de los Estados Unidos. Es tan famosa como Andreessen Horowitz.
—¿Andre... qué?
—No puedo hablar con semejante ignorante —replicó Chung-Nam—. En fin, tienen mucho dinero y visión de futuro.
Comprendía el motivo del nerviosismo del jefe: que vinieran de SIQ Ventures a conocerlos era una oportunidad de esas que se dan una vez en la vida. El nombre provenía de sus fundadores: Szeto Wai, Satoshi Inoue y Kyle Quincy. En 1994, mientras todavía estaban en la Universidad de California en Los Ángeles, Satoshi, un genio de la informática, había ideado un método de compresión que permitía que se transmitieran más imágenes al mismo tiempo, aunque el ancho de banda fuera limitado. Eso cambió toda la trayectoria de internet. Junto con su compañero de clase Szeto Wai, creó en Silicon Valley una compañía de software, Isotope Technologies, y establecieron nuevos algoritmos para transferir imágenes, vídeos y música. Luego se dedicaron a encriptar las comunicaciones inalámbricas y registraron cientos de patentes. Gracias al sentido para los negocios que tenía Szeto Wai, las tecnologías patentadas de Isotope se utilizaron en todo el hardware y software de las grandes compañías. Esto colocó a Szeto y a Satoshi en las filas de los talentos más importantes de Silicon Valley antes de que hubieran cumplido treinta años, y los hizo ganar cientos de millones de dólares. En 2005, se asociaron con Kyle Quincy para crear SIQ, una sociedad de capital riesgo que invertía en empresas de tecnología pequeñas y medianas. Del mismo modo en que Andreessen Horowitz obtuvo inmensas ganancias en unos pocos años por invertir en Facebook y Twitter, SIQ logró convertir sus inversiones iniciales de cuatrocientos millones de dólares estadounidenses en casi tres mil millones.
A pesar de que GT no estaba ni remotamente en la misma liga que Isotope, el señor Lee tenía esperanzas infundadas de que podría obtener la misma riqueza y reputación que Satoshi y Szeto. Chung-Nam intuía las aspiraciones de su jefe y lo desdeñaba por haber esperado a tener más de cuarenta años para vender la empresa familiar, una fábrica textil, y comenzar de cero en informática. Una persona así nunca iba a convertirse en un magnate de la tecnología. De hecho, Chung-Nam tenía sus propias ambiciones: fundar un negocio propio y convertirse en el próximo Jack Ma o Larry Page.
Al menos tengo estudios de ciencias, no como este perdedor de Lee Sai-Wing, se dijo.
Al terminar la universidad, Chung-Nam empezó a trabajar en una empresa pequeña con la intención de utilizarla como un trampolín hacia cosas mejores. Con sus buenos antecedentes, podría haber buscado algo más grande, pero conocía sus limitaciones y sabía que en una empresa más grande sería difícil llamar la atención de los superiores y conseguir ascensos. Se negaba a luchar en silencio durante décadas y no alcanzar el éxito hasta la mediana edad. GT tenía menos de diez empleados, lo que le facilitaba acercarse al jefe y, además, le daba más oportunidades para destacarse.
Pronto, por ejemplo, se toparía cara a cara con las personas clave de SIQ.
No le interesaba en absoluto ayudar al despreciable señor Lee a convencer a SIQ de que invirtiera en ellos, pero se esforzaría al máximo para sacar provecho de la situación. Si causaba una buena impresión, tal vez lograra la oportunidad de trabajar con ellos y ganar una buena suma para fundar su propio negocio. Había oído hablar de un inversor local que se reunía con emprendedores a tomar café y decidía allí mismo si invertía millones de dólares americanos en sus empresas. En el mundo de la tecnología, los empresarios de capital riesgo estaban dispuestos a invertir mucho en alguien que tuviera talento e ideas; siempre y cuando lograra convencerlos de su capacidad, cualquier pobretón podía transformarse en un magnate. Esta era la oportunidad que había estado esperando, se dijo Chung-Nam.
—Así que el jefe ha conseguido una reunión con SIQ —comentó Hao a Chung-Nam en el ascensor, cuando salían del trabajo—. Parece que algunas personas nacen con suerte. Agotó la fábrica de ropa de su padre, pero extiende la mano y le llueve dinero... Te apuesto a que Ma-Chai dice que es una recompensa por sus buenas acciones o algo así.
Chung-Nam no creía en la justicia cósmica. Durante muchos años había visto cómo canallas inescrupulosos jugaban sucio y obtenían rédito, mientras que la gente buena recibía maltrato. Aunque nunca lo decía, despreciaba a los débiles, pero la sociedad obligaba a todos a ser “buenas personas”, y él cumplía. La hipocresía de esas reglas era evidente. Los funcionarios del gobierno y los magnates utilizaban la moralidad como pantalla y la ley como herramienta para obtener todavía más ventajas y mantener oprimida a la gente común. Las buenas acciones no recibían recompensa; era un sálvese quien pueda. Si realmente existía la retribución, las cosas que había hecho él habrían recibido castigo hacía mucho tiempo, pero de hecho, lo que veía era que aquellos que habían hecho cosas todavía peores seguían subiendo la escalera. Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos, pensó.
A las nueve de la mañana siguiente, el personal de GT estaba listo para las visitas, aunque no se esperaba que llegaran antes de las once. Thomas, que por lo general lucía un aspecto informal, se veía incómodo con un traje que no era de su talla y continuamente tenía que tirarse del cuello de la camisa para poder respirar. Joanne llevaba blusa blanca y falda negra, un atuendo mucho más sombrío que de costumbre. Si bien el señor Lee era bastante laxo en cuanto a la vestimenta, Chung-Nam pensaba que, siendo ingeniero de software, tenía que vestirse de manera profesional. Si andaba por ahí con aspecto de ratón informático, nunca llegaría a ser otra cosa que eso.
—Nam, yo hablo fatal el inglés. Si los de SIQ me preguntan algo, tendrás que ayudarme —dijo Ma-Chai, cuya ropa habitual proclamaba a gritos que era un bicho raro de sistemas. Llevaba trabajando solo un par de años y, como muchos estudiantes de ciencias de la computación, sus calificaciones en humanidades no habían sido buenas y el inglés había sido la asignatura que más le había costado.
—Tranquilo. Si hacen preguntas técnicas, ya me encargo yo. —Chung-Nam adoptó la expresión del colega algo mayor y digno de confianza, y Ma-Chai asintió, más calmado. Chung-Nam venía queriendo hablar con la gente de SIQ desde un principio, y no quería que sus colegas más jóvenes intervinieran. Aunque tenían el mismo título, para él Ma-Chai nunca había sido otra cosa que alguien a quien utilizar. Si en algún momento algo salía mal, él sería el primero en echar la culpa a Ma-Chai.
A diferencia del habitual ambiente relajado, las dos horas siguientes transcurrieron en un silencio de muerte. Todos estaban demasiado tensos para conversar de trivialidades. Chung-Nam no estaba de humor para trabajar. Tenía la herramienta de programación abierta en la pantalla, pero no paraba de mirar el reloj del rincón para calcular al segundo cuánto faltaba para las once.
Cuando sonó el timbre, todos se enderezaron de repente y el señor Lee se levantó de un salto. Joanne también lo hizo, corrió a la puerta principal. GT podía ser una empresa pequeña, pero de ninguna manera podía permitir que el jefe abriera la puerta.
Chung-Nam, Ma-Chai y Hao mantuvieron los ojos fijos sobre las pantallas de sus ordenadores, pero con el oído atento. En la puerta principal, Joanne saludó a los visitantes en inglés, en cambio recibió una respuesta en cantonés.
—Tenemos una cita a las once con el señor Lee Sai-Wing —dijo una voz enérgica de mujer.
—Pasen... Por aquí —balbuceó Joanne, cambiando al cantonés.
Al oír los pasos en la oficina, Chung-Nam no pudo resistir el impulso de volverse a mirar. Junto a Joanne venía una atractiva mujer de veintitantos años, menuda, con el cabello castaño y unas facciones que hablaban de un legado asiático y occidental. Al igual que Joanne, vestía un traje, aunque con pantalones en lugar de falda, lo que le daba un aire ejecutivo. No llevaba bolso, solamente una iPad gris oscuro, lo que acentuaba su aspecto cuidado y profesional. Era lo suficientemente bonita como para que los ojos de Chung-Nam se detuvieran en ella unos instantes, hasta que le llamó la atención el hombre que la seguía. Parecía unos diez años mayor que él, y vestía un elegante traje gris; la corbata negra contrastaba con el pañuelo blanco que asomaba del bolsillo. Detrás de un par de gafas sin montura, sus ojos irradiaban seguridad. Con sus cejas marcadas y su pelo lacio y bien peinado, se parecía a Richard Gere en Pretty Woman... versión asiática, desde luego.
Sin embargo, a Chung-Nam no le llamó la atención su atractivo. No sabía por qué, pero le resultaba conocido.
—Buenos días, soy Kenneth Lee, de GT Tecnología —dijo el señor Lee acercándose para estrechar la mano de los apuestos visitantes.
—Qué tal —saludó la mujer euroasiática, e hizo un ademán hacia el hombre que la acompañaba—. Le presento a Szeto Wai, de SIQ Ventures.
Al señor Lee se le cayó la mandíbula hasta el suelo, y Chung-Nam casi saltó por el aire de emoción. Comprendió ahora dónde había visto a ese hombre: había encontrado una antigua fotografía suya en una web de noticias tecnológicas del extranjero. Szeto Wai y Satoshi Inoue mantenían un perfil bajo y dejaban que Kyle Quincy lidiara con la prensa. Una década atrás, cuando fundaron Isotope, brindaron algunas entrevistas a los medios, y las fotografías dispararon comentarios jocosos. Satoshi era el clásico bicho raro que vivía en camiseta y pantalones cortos, mientras que Szeto Wai, que tenía aproximadamente la misma edad, se vestía con trajes rígidos, como un señor mayor chapado a la antigua. Puestos uno al lado del otro, parecían un hombre de negocios y su hijo adolescente.
Al mirar de cerca a Szeto Wai, Chung-Nam no dudó de que era realmente el hombre que recordaba de la fotografía. En ningún momento había imaginado que SIQ enviaría a su número dos a visitar una empresita de solamente cinco empleados.
—Señor Sze... Szeto Wai, es... es un... un gusto conocerlo —balbuceó el señor Lee en inglés, aunque estaba tan nervioso que casi no se le entendió.
—Puede hablar cantonés si lo desea —dijo Szeto. Tenía un leve acento, pero hablaba con claridad—. Mi madre es de Hong Kong, y fui al colegio de primaria aquí. No se me ha olvidado el cantonés.
—Sí... claro... eh... un placer verlo. He oído grandes cosas de... —farfulló el señor Lee, nervioso, mientras intercambiaban tarjetas profesionales—. Señor Szeto..., quiero decir..., es usted el señor Szeto.
—Soy yo. El título no es falso, de verdad. —Sonrió, señalando la tarjeta—. Todos me preguntan lo mismo cuando visito una empresa.
—Disculpe la presunción —dijo el señor Lee, enredándose todavía más y olvidando el halagador discurso de bienvenida que había preparado—. No esperaba que el famoso señor Szeto viniera en persona. Bienvenido a nuestra humilde oficina.
—Estaba en Hong Kong visitando a unos amigos. Le he entregado la mayoría del negocio a Kyle y me he mudado a la Costa Este. Ya no hago demasiado, excepto vídeoconferencias cortas con ellos. Pero en ocasiones me aburro de llevar una vida de casi jubilado, y cuando veo un proyecto interesante me gusta involucrarme personalmente. —Szeto sonrió—. En la era de internet, el tamaño de una compañía no se relaciona necesariamente con su potencial. Cuando fundé Isotope con Satoshi, éramos solamente cuatro. Las empresas pequeñas pueden terminar siendo mucho más rentables. Para serle sincero, prefiero compañías pequeñas antes que esas enormes que tienen cientos de empleados. Cuando se trata de talento, lo importante es la calidad, no la cantidad.
—Es un honor tenerlo aquí. Pasemos a la sala de reuniones y le contaré más cosas sobre nuestros servicios y proyectos. —El señor Lee hizo un gesto para que los visitantes lo siguieran.
Mientras ellos pasaban a la sala de reuniones, Hao se acercó a Chung-Nam y susurró:
—¡Por Dios, han enviado a los peces gordos! ¿De verdad ese es el fundador de SIQ?
—Sí. He visto su foto. —Chung-Nam abrió el explorador y buscó los nombres de Szeto y Satoshi. El primer resultado fue la imagen del bicho raro y el caballero.
—Entra en la web de la empresa, quiero verla —dijo Ma-Chai, señalando uno de los enlaces.
Chung-Nam hizo clic, y la página de inicio de Capitales SIQ llenó la pantalla. No tenía nada de vistosa ni de elegante: consistía de una serie de textos e imágenes sobre todo tipo de temas; la dirección que estaban tomando las redes sociales, ejemplos de colaboración entre Silicon Valley y los militares estadounidenses, el futuro de la realidad virtual, los vaivenes del mercado de videojuegos y algo sobre computación cuántica que ni siquiera Chung-Nam pudo descifrar.
—¿Por qué tienen una pestaña que dice “Cartera”? —preguntó Hao, señalando una esquina de la pantalla.
—Me parece que se refieren a la cartera de inversiones. —Chung-Nam hizo clic y, efectivamente, el buscador se llenó de una lista larga de empresas, los nombres de sus CEO, y los enlaces a sus páginas web. Reconoció varias como empresas de internet.
—Veamos qué dice en “Equipo” —sugirió Ma-Chai señalando la siguiente pestaña.
Tenían menos empleados de los que Chung-Nam había esperado: en la pantalla aparecieron unas cuarenta y tantas fotografías de rostros. Por supuesto, tal vez fueran solamente algunos de los ejecutivos de más rango.
—Aquí está: Szeto Wai. —Chung-Nam movió el ratón hacia la fotografía de un hombre trajeado. La mayoría de las personas de las otras fotografías estaban vestidas de modo informal. Muchas ni siquiera llevaban corbata.
De pronto se abrió la puerta de la sala de reuniones. Hao regresó de un salto a su asiento y Ma-Chai se inclinó rápidamente sobre el teclado. Chung-Nam presionó alt-tab para volver a la pantalla de programación. Después de todo ese esfuerzo, la única persona que salió fue Joanne, que había sido enviada a preparar café para los visitantes.
Ma-Chai y Hao se quedaron en sus sitios una vez que Joanne volvió a entrar, pero Chung-Nam quiso averiguar más sobre Szeto Wai. Al hacer clic sobre la fotografía, apareció su perfil de LinkedIn, pero no había nada interesante en sus antecedentes laborales, por lo que volvió a la web de SIQ.
Mientras desplazaba la pantalla hacia abajo, se regañó por ser descuidado. Cuando el señor Lee anunció el día anterior que iban a recibir la visita de SIQ, estuvo ensayando respuestas a cualquier pregunta técnica que pudieran hacerle en inglés, pero no se le ocurrió investigar sobre SIQ y cerciorarse de saber más de dicha empresa que el propio señor Lee, para causar buena impresión a tan prestigioso visitante. Por fortuna, todavía estaba a tiempo, podía aprovechar el momento para absorber toda la información posible.
Cuando llevaba unos veinte minutos investigando los inversores de SIQ y familiarizándose con la lista de empleados, la puerta de la sala de reuniones volvió a abrirse y él minimizó el buscador rápidamente.
—Señor Szeto, permítame presentarle a algunos de nuestros empleados más sobresalientes —dijo el señor Lee frotándose las manos y trotando hacia ellos—. Este es nuestro director de tecnología, Charles Sze, y junto a él está nuestro principal ingeniero de software, Hugo Ma. —Chung-Nam se sintió algo desconcertado ante esa presentación. Era cierto que su nombre en inglés era Charles, pero casi nunca lo utilizaba, salvo tal vez con algunas mujeres. Y no tenía la menor idea de que Ma-Chai se llamaba Hugo. Pero, más que los nombres occidentales, lo que lo dejó al borde de la risa fueron los títulos. Eran los dos únicos programadores que había allí. Aun con esos títulos grandilocuentes, ¿no eran responsables de todo, hasta de las tareas más básicas?
—Encantado de conocerlos. —Chung-Nam y Ma-Chai estrecharon la mano de Szeto Wai. Chung-Nam notó que tenía un monograma con su apellido en las mangas, y llevaba gemelos de plata y esmalte negro.
El señor Lee le presentó a Thomas y a Hao, con los rimbombantes títulos de director de arte y diseñador de experiencia del cliente.
—Me interesan sus sistemas —dijo Szeto, volviéndose hacia Chung-Nam y Ma-Chai—. Por ejemplo, ¿su servidor podría soportar un aumento de cien veces más usuarios? ¿Han considerado el procesamiento de datos en paralelo? Pronto van a ofrecer streaming de vídeo, lo que requerirá un gran esfuerzo a su servidor y a su base de datos y tendrá un efecto dominó sobre la experiencia del cliente.
—Estamos preparados para eso —respondió Chung-Nam—. Cuando un usuario suba un vídeo, el programa lo cortará en segmentos de treinta segundos, lo que reducirá la presión sobre el servidor y también evitará que otros usuarios descarguen el vídeo utilizando un plug-in externo.
Chung-Nam pasó a explicar los sistemas de streaming y de encriptado de GT. Aunque el encargado de diseñarlos había sido Ma-Chai, Chung-Nam temía que le robara protagonismo, por lo que no le permitió decir una palabra. A continuación, Szeto hizo varias preguntas sobre la mecánica del comercio de dólares G, los algoritmos de búsqueda de palabras clave y demás. Chung-Nam las respondió todas con aplomo.
—Charles es nuestro empleado más destacado. Sus habilidades tecnológicas están decididamente a la altura de una expansión de GT —interpuso el señor Lee cuando se produjo una pausa en la ametralladora de preguntas de Szeto.
—Voy a serle franco, Kenneth —dijo Szeto, con una sonrisa, negando con la cabeza—. Claramente, Charles posee talento y conoce muy bien el sistema, pero tengo mis reservas sobre el negocio central de GT de comprar y vender información..., digamos que no es lo que esperaba. No creo que ese modelo vaya a ser rentable a largo plazo.
El señor Lee quedó paralizado. Se esforzó por mantener la sonrisa, pero la rigidez de su rostro y el movimiento de sus ojos delataban cómo se sentía.
—Eso... Eso no es... no es lo único que podemos ofrecer —balbuceó—. Nos estamos preparando para ampliar nuestros servicios.
—¿Cómo? —quiso saber Szeto.
—Pues...
—Vamos a empaquetar dólares G y comercio de información como si fueran productos financieros —intervino Chung-Nam de manera inesperada.
Szeto se mostró interesado.
—Ah, ¿sí?
—Sí, sí, claro —asintió el señor Lee frenéticamente.
—¿Podrían darme más información al respecto?
—Sí... Esto... —De nuevo el señor Lee se quedó sin nada que decir.
—Todavía lo estamos diseñando y, por supuesto, es información de la empresa, por lo que no podemos revelar demasiado —dijo Chung-Nam—. Pero puedo adelantarle que, al tratar la compra y venta de información como si fuera la bolsa de valores, podremos proveer futuros financieros y opciones. El siglo veintiuno es la era de la explosión de la información, y el futuro de GT depende de que sea capaz de mantener la información cerrada para que se convierta en un producto que pueda comercializarse.
—Hum, eso tiene sentido. —Szeto se pasó los dedos por el mentón.
El señor Lee asintió enérgicamente.
—Por supuesto, claro: es la dirección en la que nos estamos expandiendo, aunque todavía estamos en las primeras etapas, por eso no he mencionado nada en mi informe de hace unos momentos.
—En ese caso, ¿podría pasarme una propuesta? —Szeto se volvió hacia el señor Lee—. No tengo inconveniente en firmar un acuerdo de confidencialidad. Le garantizo que no diré una palabra a nadie sobre la información de su empresa.
—Pues... Veamos...
—Vamos a necesitar un poco de tiempo para elaborarla —interrumpió Chung-Nam, otra vez—. ¿Cuánto tiempo piensa quedarse en Hong Kong, señor Szeto?
—No hay prisa. —Szeto sonrió—. Me quedaré un mes entero, vuelvo a Estados Unidos a mediados de julio. Mientras me lo hagan llegar antes de que regrese, no hay problema.
Chung-Nam asintió y sonrió. Dirigió una mirada al señor Lee, que intentaba congraciarse con una sonrisa forzada. Todo lo que había dicho Chung-Nam era completamente improvisado: GT no tenía ningún plan de ese tipo. Él se había dado cuenta de que la única forma de aprovechar esta oportunidad de oro era jugándose el todo por el todo, y no dudó en decir lo primero que le vino a la mente con tal de que le permitiera volver a encontrarse con Szeto y seguir causándole buena impresión. Se preguntó si habría ido demasiado lejos y dejado a la vista sus motivos ulteriores. Por otra parte, los estadounidenses parecían muy proactivos, y Szeto seguramente no pensaría mal de él por aprovechar la oportunidad.
—Bien, terminemos aquí, dado que volveremos a reunirnos —dijo Szeto recorriendo la oficina con la mirada por última vez—. Tienen una oficina muy ordenada y limpia, cosa que tampoco me esperaba.
—Hemos ordenado y limpiado porque venían ustedes —confesó el señor Lee.
—Las empresas de informática no deberían estar demasiado ordenadas. Cuando Satoshi y yo desarrollábamos software en la residencia de la universidad, nuestro dormitorio era una zona de desastre. Satoshi solo podía codificar al ritmo de música rock, por lo que mantenía el volumen al máximo todo el tiempo. Discutíamos mucho por eso —recordó Szeto sonriendo.
—¿No le gusta el rock, señor Szeto? —preguntó el señor Lee.
—Soy más de la música clásica —confesó Szeto, y movió su mano derecha como un director de orquesta—. Mañana, la filarmónica de Hong Kong ofrece un concierto con la famosa pianista chino Yuja Wang... De hecho, es uno de los motivos principales por los que he decidido pasar mis vacaciones aquí.
—La filarmónica de Hong Kong... No había oído hablar de ella. ¿De verdad es posible ganarse la vida en Hong Kong tocando música clásica? —preguntó el señor Lee dejando de manifiesto su ignorancia.
—¡Claro que sí! —dijo Szeto—. La filarmónica de Hong Kong es una de las más famosas de Asia: tiene varios músicos de renombre mundial. Pero el director, Jaap Van Zweden, es holandés. El director invitado principal, Yu Long, es de Shan-ghai y el primer violinista, Jing Wang, es chino-canadiense. Digamos que parece no haber demasiados talentos locales.
Las palabras de Szeto Wai sembraron una idea en la mente de Chung-Nam, que se mantuvo impávido mientras el señor Lee y el visitante conversaban. Después de diez minutos de charla sobre la deliciosa gastronomía de Hong Kong, los paisajes y el clima, Chung-Nam había recolectado ya bastante información: Szeto se alojaba en un apartamento de alquiler de Wan Chai, no iba a visitar ninguna otra empresa además de GT, y la mujer euroasiática que lo acompañaba era Doris, su asistente personal.
—Bien, lo dejamos aquí, entonces. —Szeto se puso de pie—. Un placer haberlos conocido. Cuando tengan lista la propuesta, pónganse en contacto con Doris y ella organizará una reunión. Será un placer trabajar con ustedes.
Szeto Wai estrechó las manos de todos y se marchó con Doris.
—¡Fiuuuuuú! —Una vez que el señor Lee y Joanne los despidieron, todos dejaron escapar un suspiro de alivio, como si hubieran estado conteniendo el aliento desde el principio.
—Char... perdón, Chung-Nam, esos “productos financieros” que has mencionado... ¿Tienes idea de cómo serían? —preguntó el señor Lee aflojándose la corbata.
—Por supuesto que no. Fue lo primero que me vino a la mente. —Chung-Nam se encogió de hombros.
—Entonces... Hao, en las próximas dos semanas quiero que te dediques a ayudar a Chung-Nam a elaborar esa propuesta.
—¿Eh? ¿Por qué yo? —chilló Hao.
—Porque eres el diseñador de experiencia del cliente —dijo el señor Lee—. Chung-Nam, depende de ti que nuestra empresa consiga la inversión. Hay mucho en juego, así que no me falles. Ma-Chai se encargará de todos tus proyectos para que puedas dedicarte a la propuesta. Si hay algo urgente, pásaselo a Ma-Chai entre mañana y pasado mañana.
—De acuerdo.
Chung-Nam hizo rodar su silla hasta la mesa de Ma-Chai para explicarle el trabajo, pero vio que él estaba examinando la web de SIQ.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Antes he visto una cosa —respondió Ma-Chai.
—¿Qué cosa?
—Satoshi Inoue no está en el organigrama de la compañía. —Ma-Chai movió el ratón por la pantalla, de un lado a otro. La fotografía de Satoshi no aparecía en ninguna parte, ni en tecnología ni en inversiones.
—Supongo que eso muestra la parte de negocios. El fuerte de Satoshi es el desarrollo de programas. No debe de gustarle interactuar con gente.
—Puede ser. A mí me gusta codificar, pero si me pidieran que fuera asesor, se me pondría la carne de gallina —concordó Ma-Chai.
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