Kitabı oku: «El yoga del comer»

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Trascender las dietas y los dogmas

para nutrir al ser natural

Charles Eisenstein


© 2018 EDITORIAL ACANTO S.A.

Comtes Alba de Liste, 8

Barcelona - Tel. 93 572 97 01

www.editorialacanto.com

Título de la edición original: The Yoga of Eating

© 2003 Charles Eisenstein

Traducción: Noelia Jiménez Díaz

Diseño y fotocomposición: Estudi Gràfic Vicenç Prims, SL

ISBN: 978-84-15053-95-8

Depósito legal: B 26719-2018

Impreso en España

El propósito de El yoga del comer es solamente informar y educar, y en ningún modo pretende ofrecer consejos médicos personales. Por favor, consulte con su médico profesional habitual cualquier cuestión relacionada con su salud.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra: www.conlicencia.com, 93 272 04 47 / 91 702 19 70

He debido de estar increíblemente borracho o loco para entrar a hurtadillas en mi propia casa y robar dinero, para saltar la valla y llevarme mis propias verduras. Pero ya no más. Me he liberado de ese puño ignorante que estaba pellizcando y retorciendo mi ser secreto.

YALAL AD-DIN RUMI

Yüeh : “complacer” o “deleitarse”.Los tres trazos de la izquierda componen el símbolo del corazón,mientras que el símbolo de la derecha significa “hacer efectivo”,como quien hace efectivo un cheque o una promesa. Juntos significan hacer efectivo lo que está en el corazón, es decir: hacer que se corresponda de forma apropiada lo que está fuera con lo que está dentro y, de ese modo, deleitarse en el mundo.


CONTENIDO

INTRODUCCIÓN

Capítulo 1 LA FALACIA DE LA FUERZA DE VOLUNTAD

Capítulo 2 CUERPO Y ALMA

Capítulo 3 NACIMIENTO, NUTRICIÓN Y AMOR

Capítulo 4 ALIMENTACIÓN Y PERSONALIDAD

Capítulo 5 EL KARMA DE LA ALIMENTACIÓN

Capítulo 6 LA RESPIRACIÓN NATURAL

Capítulo 7 LA PRÁCTICA PRINCIPAL

Capítulo 8 HACER QUE SEA PRÁCTICO

Capítulo 9 DESCUBRIR LA DIETA CORRECTA

Capítulo 10 DISTINGUIR EL APETITO DE LAS ANSIAS

Capítulo 11 AMAR EL CUERPO, AMAR EL SER

Capítulo 12 EL AYUNO

Capítulo 13 DIETAS Y AUTOACEPTACIÓN

Capítulo 14 LA GRASA Y LO BUENO

Capítulo 15 CARNE Y VIDA CARNAL

Capítulo 16 LA DULZURA DEL AZÚCAR

Capítulo 17 EL YOGA DEL BEBER

Capítulo 18 LOS SUPLEMENTOS

Capítulo 19 EL PROCESADO

Capítulo 20 EL YOGA DEL COCINAR

Capítulo 21 LA COMIDA ES SOLO COMIDA

Capítulo 22 LA SALUD Y LA BÚSQUEDA DE INTEGRIDAD

Capítulo 23 RELAJARSE PARA CAMBIAR

Apéndice I LA ENFERMEDAD BUSCA LA MEDICINA

Apéndice II LA ÉTICA DEL CONSUMO DE CARNE: UNA VISIÓN RADICAL

NOTAS FINALES

INTRODUCCIÓN

Si es usted como la mayoría de la gente, en algún momento de su vida decidirá mejorar su dieta. Inspirado, tal vez, por una crisis de salud o por un despertar espiritual o una nueva relación, decidirá comer de una forma más sana o ética.

Por desgracia, más tarde o más temprano va a descubrir que “mejorar su alimentación” no es tan sencillo como imaginaba. Compre cualquier libro sobre dietas o nutrición y encontrará cantidad de consejos convincentes sobre lo que debería o no debería comer. Consiga otro libro y encontrará consejos igual de convincentes que se contradicen directamente con los del primero. ¿Qué hacer?

Un libro puede alabar las virtudes de la soja; otro nos alertará sobre sus peligros. Un libro puede recomendar una dieta que se componga sobre todo de alimentos crudos, ricos en enzimas y vitalidad; otro nos advierte que limitemos la ingesta de alimentos crudos para no apagar el fuego digestivo. En un libro la miel se considera un superalimento; en otro se asegura que es tan dañina como cualquier otro azúcar. La mayoría de los libros convencionales sobre nutrición aconsejan limitar la ingesta de grasas, en particular, de grasas saturadas; una minoría que va en aumento sostiene que, en realidad, las grasas animales tradicionales son beneficiosas. Algunos expertos dicen que los suplementos son absolutamente esenciales para lograr una buena salud; otros dicen con sorna que solo sirven para que orinar salga más caro. Una filosofía propondrá una dieta basada en el grupo sanguíneo; otra, en el tipo ayurvédico, otra, en el elemento de la medicina china. Algunas prácticas éticas están basadas en el vegetarianismo, otras en el localismo, otras en cuestiones específicas de tipo social o medioambiental.

Los ejemplos son infinitos. El desventurado explorador de la comida sana se enfrenta a una desconcertante maraña de consejos contradictorios, todos ellos provenientes de fuentes acreditadas. ¿Hay una dieta, entre todas ellas, que represente el Verdadero Evangelio de la salud? ¿Estamos salvados si elegimos bien y, si lo hacemos mal, iremos al infierno de la salud? Si es así, ¿cómo la distinguimos de los cientos de dietas que se promocionan? ¿O tal vez todas ellas sean correctas, de alguna manera, a pesar de sus flagrantes contradicciones? ¿O tal vez ninguna de ellas sea correcta…?

Tras enfrentarme a este dilema a lo largo de una década explorando dietas y experimentando, decidí probar algo diferente. En lugar de confiar en una autoridad externa, confiaría en mi propio cuerpo e iría por donde él me llevara. Esta decisión me abrió todo un mundo de realización y descubrimiento: acerca del potencial no explotado del cuerpo y sus sentidos; sobre la relación entre nuestra forma de comer y nuestra forma de ser y estar; y sobre los aspectos espirituales de nuestros seres corpóreos. Lo más importante para mí es que mi práctica, que yo llamo el yoga del comer, me dejó libre para disfrutar, por primera vez que yo recuerde, del placer desinhibido de comer, y me aporta un bienestar y una vitalidad física que van en aumento.

Uso la palabra “yoga”, en un sentido muy general, para referirme a una práctica que aporta más integridad o unidad. El yoga del comer que describo es muy distinto de las “dietas yóguicas” que se proponen en los libros populares sobre Hatha yoga. Yo no le diré qué ha de comer y qué no ha de comer.

Este libro, por lo tanto, no es un libro de dietas, ni tampoco un libro de nutrición. Esos libros tienen su valor, por supuesto, pero no deben tomarse como autoridad sobre nadie; ni siquiera si esa autoridad representa todo el peso de la opinión científica. El propósito de este libro es hablar al lector de una autoridad mayor: su propio cuerpo. Pero, ¿por qué confiar en su cuerpo cuando tan a menudo parece llevarle por el mal camino? ¿Cómo podemos discernir lo que nuestro cuerpo nos dice? Exploremos con estas preguntas en mente, la filosofía y la práctica del yoga del comer.

Capítulo 1

LA FALACIA DE LA FUERZA DE VOLUNTAD

Aquellos que reprimen el deseo, lo hacen porque su deseo es lo suficientemente débil como para ser reprimido; y aquello que lo reprime (la Razón), usurpa su lugar y gobierna sobre el renuente.

WILLIAM BLAKE

Cuenta cuántos sobres eres capaz de lamer en una hora y, en la siguiente, ¡trata de batir ese récord!

DIRECTOR SKINNER (LOS SIMPSON)

Muchas personas se desesperan ante la idea de mejorar sus hábitos alimentarios porque piensan que no tienen suficiente fuerza de voluntad, que carecen de fuerza de voluntad. ¿Cómo, si no, se explica que tengamos hábitos alimentarios destructivos aun siendo conocedores de sus consecuencias? ¿Cómo, si no, se explica que un día nos pongamos como cerdos después de una semana de alimentación disciplinada? ¿Cómo, si no, se explica que nos zampemos unos donuts después de habernos comprometido en serio, totalmente motivados, a dejar de comer donuts? Parece que la fuerza de voluntad nos ha fallado y ha permitido que una compulsión momentánea nos traicione.

En nuestra sociedad se apela a la fuerza de voluntad en muchísimos ámbitos, además del de la dieta. Se diría que pensamos que, sin fuerza de voluntad, nos pasaríamos la vida holgazaneando, sin hacer nada en todo el día, excepto satisfacer nuestras necesidades y deseos más preciados. “¿Qué harías mañana —suelo preguntar— si de repente perdieras toda tu fuerza de voluntad?” La mayoría de la gente se imagina durmiendo hasta muy tarde, faltando al trabajo, tomándose un desayuno enorme y, después de eso, viviendo en una espiral infinita de indulgencia, indolencia y apatía.

La dependencia de la fuerza de voluntad revela una profunda desconfianza en el propio ser.Al parecer pensamos que lo que realmente queremos hacer es malo, es caprichoso, así que debemos ejercitar la fuerza de voluntad para obligarnos a comportarnos mejor. La vida se convierte en un régimen de interminables “debería” y “no debería”. Pero quizá esa falta de confianza está mal entendida. Pensemos en ello con más detenimiento: ¿Qué pasaría si realmente perdiera su fuerza de voluntad mañana? Sí, tal vez se quedaría hasta tarde en la cama, pero ¿sería por holgazanería o por una genuina necesidad de descanso? Tal vez faltaría al trabajo, pero ¿no puede eso significar que su trabajo no le llena de verdad el alma y que por tanto, dejaría de forzarse a realizarlo? Tal vez se quedara en la cama hasta las diez, o incluso hasta las doce, pero en algún momento seguir en la cama le resultaría incómodo. Tal vez se sentara sin hacer nada un rato, comiendo bombones y viendo la televisión, pero al final acabaría por levantarse, agitado. Sin trabajo ni tareas que desempeñar, evadirse pierde su atractivo. Tal vez se sentiría libre de atender algunas áreas de su vida que están descuidadas. Tal vez pasaría todo el día con sus hijos, con un amigo, o en la naturaleza. Tal vez retomaría ese proyecto creativo que no ha desarrollado por falta de energía y de tiempo. Quizá ese proyecto creativo se convertiría en una nueva carrera, en un trabajo estimulante para el que no le costaría madrugar. Tal vez, solo tal vez, la vida sin fuerza de voluntad sería más creativa, más abundante, más productiva y más dinámica que una vida de “debería” y “no debería”.

La verdadera función de la fuerza de voluntad y la autodisciplina es rescatar la propia sabiduría y conocimiento en los momentos en que falla la claridad, con el fin de recordar y aplicar los mensajes de la propia voz interior. Por ejemplo, si está haciendo algo que le procura alegría, cuando lleguen las distracciones tal vez necesite recordarse a sí mismo aquello que realmente quiere estar haciendo. O tal vez necesite recordar la felicidad que siente en los momentos de La falacia de la fuerza de voluntad intimidad con su familia cuando se presente el cosquilleo tentador de la cultura de consumo. En el matrimonio, si puede recordar la ligereza y el alivio que supone no andarse con mentiras y secretos, la infidelidad sexual podría dejar de seducirle.

Y en el comer, como veremos, la disciplina llega de forma natural cuando integramos en nuestra conciencia del presente la experiencia plena de nuestra alimentación. En realidad, la verdadera disciplina no es más que un autorecordatorio: no es necesario forzarse ni luchar.

La fuerza de voluntad, cuando se emplea de esta manera —como autorrecordatorio, para recuperar la congruencia— es natural y vigorizante, mientras que si la empleamos para luchar contra nosotros mismos resulta un suplicio. Con frecuencia, usamos la “autodisciplina” para acallar nuestra voz interior, prefiriendo confiar en la mente racional y en sus creencias recibidas, lo cual es desafortunado: ¿Qué pasa si nuestros apetitos e impulsos internos nos están diciendo algo importante? Pienso en el estudiante de ingeniería que se autodisciplina para estudiar sus ecuaciones, cuando en realidad lo que quiere es tocar la guitarra, y lo hace porque “sabe” que la música “no tiene salida”. Si tiene suficiente fuerza de voluntad, su talento musical permanecerá enterrado de por vida, pero nunca será un buen ingeniero ni un ingeniero feliz.

¡Cuánto más libres y felices seríamos, y cuánto más poderosos también, si dejáramos de ir en contra de nuestras inclinaciones y dones naturales, si dejáramos de intentar ser lo que no somos, y en lugar de ello usáramos la fuerza de voluntad para mantenernos fieles a nuestro propio propósito vital, el que nos estimula y nos da alegría de verdad!

Muchas veces intentamos usar la fuerza de voluntad para mejorarnos: queremos cambiar nuestra dieta, nuestros malos hábitos, nuestro egoísmo, nuestro carácter. El hecho es que cualquier esfuerzo que hagamos para mejorarnos o cambiar, incluidos los cambios de dieta, está destinado a fracasar si se basa en nuestra fuerza de voluntad. Cuando se dice: “Me obligaré a hacerlo”, está luchando consigo mismo. Significa que está dividido, que a algún nivel no quiere hacerlo. Más tarde o más temprano, tal vez en un momento de debilidad o de olvido de sí mismo, sus verdaderos deseos se expresarán como acciones. La atención del ingeniero se desviará, empezará a postergar, se saboteará a sí mismo de un millón de pequeñas maneras. El que hace dieta, picará, comerá lo que no debe, se inventará excusas, empezará otra vez mañana. En un ser dividido, la fuerza de voluntad es algo muy inconsistente.

El enfoque yóguico de la alimentación y la dieta consiste en aproximarse a la integridad para iluminar y reparar la división del ser, para dejar de luchar contra uno mismo. Después de todo, yoga significa unión.

Incluso aunque tuviera una voluntad de hierro, ¡qué triste sería que comer se convirtiera en un régimen de sacrificio! Hay tantas dietas que se definen por lo que no se puede comer… ¿Quién no se sentiría intimidado por la expresión “el yoga del comer”? Parece sugerir un tipo de disciplina, un camino de pureza, de austeridad. Es significativo que la palabra “dieta”, en nuestra cultura, haya pasado a designar a una “dieta restrictiva”, normalmente aquella destinada a la pérdida de peso. Con todo esto, tal vez piense que El yoga del comer es otra obligación más, otra dosis de sacrificio sobre uno de los placeres más grandes de la vida.

¡No es así! Ante lo ineficaz que resulta recurrir a la fuerza de voluntad coercitiva, El yoga del comer ofrece una alternativa: poner en armonía una alimentación placentera y nutritiva con las auténticas necesidades del cuerpo y del alma. Lograr ese alineamiento, esa unión, entre lo que se necesita y lo que se ansía, entre lo que el cuerpo quiere y lo que se ingiere. Llevar una dieta que se integre con la orientación particular de su vida y con el papel que desempeña en el mundo.

La alimentación saludable no consiste en suprimir apetitos rebeldes. No se trata de que la mente racional, con sus sofisticados conocimientos de alimentación, se imponga sobre el estúpido cuerpo, que ansía alimentos que son perjudiciales para él. Anticiparse al cuerpo e ignorarlo es lo que ha causado el problema, que desde luego no se va a solucionar imponiéndonos otro conjunto de principios alimentarios, por muy novedosos y mejorados que sean.

Mientras que la fuerza de voluntad implica enfrentar la mente contra el cuerpo, en el yoga del comer desarrollamos una mayor sensibilidad hacia el cuerpo; cultivamos la sensibilidad y la confianza.Dejamos de considerar el cuerpo y sus apetitos como enemigos y, en lugar de ello, escuchamos con atención los mensajes que hay detrás de los antojos y las ansias, del apetito y de los gustos. A medida que desarrollemos una confianza en esos mensajes, descubriremos niveles más sutiles de sensibilidad y una mayor unidad de cuerpo y mente. El yoga del comer no sacrifica el placer; al contrario, revela dimensiones del placer que no imaginábamos.

El yoga del comer requiere valentía. Valentía para abandonar los hábitos de desconfianza, restricción y negación, valentía para emerger de la sombra de la fuerza de voluntad y confiar en nuestro cuerpo, como en un amigo que nos dice la verdad; y valentía para actuar conforme a esa verdad aunque contradiga las creencias que hemos recibido sobre lo que es bueno y lo que es malo. No se trata de un pequeño paso, sino más de bien un gran salto de fe.

Capítulo 2

CUERPO Y ALMA

El cuerpo no es diferente del alma, pues es parte de ella; y ambos son partes del Todo.

FARID AL DIN ATTAR

El hombre no tiene un Cuerpo distinto de su Alma; porque ese llamado Cuerpo es una porción del Alma que se aprecia por los cinco sentidos, los principales accesos del Alma en esta era.

WILLIAM BLAKE

Los antiguos yoguis creían que comer es un acto sagrado, mediante el cual una parte de la naturaleza absorbe e integra a otra. En la era de la comida rápida, comer parece de todo menos sagrado: un vulgar acto fisiológico para sostener el cuerpo pero, desde luego, no el alma. Pensamos que la nutrición física y el placer corporal son reminiscencias de nuestra parte animal, mientras que el espíritu es algo mucho más refinado.

Pensamos así porque la cosmología dominante en nuestra sociedad, en su vertiente científica y también religiosa, sostiene que la materia está separada del espíritu y que el cuerpo está separado del alma. La ciencia afirma esto último categóricamente, mientras que la religión considera el cuerpo un vehículo o carcasa del alma, que lo anima durante un tiempo y después se marcha para habitar otro reino. La visión científica en su forma más pura fue expresada por Richard Dawkins: “El universo que observamos tiene exactamente las propiedades que deberíamos esperar que tenga si, en el fondo, no hay ningún diseño, ningún propósito, no hay bien ni mal; no hay nada más que una indiferencia ciega e implacable”.1 Según esta visión, incluso si existiera el espíritu, no tendría nada que ver con el mundo terrenal. Por lo que respecta a la visión religiosa dominante, se entiende que el espíritu es un reino separado, más elevado, y que las cosas terrenales son una distracción de la espiritualidad. En otras palabras, el mundo material apenas tiene nada que ver con el espíritu. La ciencia y la religión están de acuerdo.

La distinción entre cuerpo y alma es un reflejo de otra distinción: la que se establece entre hombre y naturaleza. Igual que el alma habita el cuerpo, consideramos que nosotros habitamos nuestro entorno: de alguna manera, estamos separados de él en esencia, aunque tal vez dependamos de él para cubrir ciertas necesidades prácticas. De hecho, muchas personas sueñan con que, algún día, abandonaremos la Tierra para colonizar otros planetas, de la misma manera que un alma abandona el cuerpo al morir. Mientras tanto, creyendo que estamos por encima de la naturaleza, suponemos que somos capaces de gestionarla y mejorarla; una idea que influye profundamente sobre las prácticas médicas actuales.

No siempre ha sido así. La distinción entre hombre y naturaleza comenzó probablemente con la aparición de la agricultura, cuando empezamos a manipular la naturaleza para que nos proporcionara alimentos en lugar de recolectar lo que ya estaba ahí. La leyenda del Edén podría codificar un recuerdo de esa transición: en el origen, todo estaba ahí para tomarlo, y no decidíamos qué plantas y qué animales debían crecer y cuáles no. Con la llegada de la agricultura, participamos del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal: los cultivos y los animales domésticos eran buenos, mientras que las malas hierbas y los depredadores eran malos. Supusimos que sabíamos mejor que la naturaleza lo que debía o no crecer en un determinado lugar.2 Y, por supuesto, sacar a la tierra de su estado natural de reposo requiere esfuerzo: la expulsión del paraíso a un mundo de trabajo duro.

La distinción entre la materia y el espíritu comparte un origen similar, pero solo alcanzó su conclusión lógica con la revolución científica. Antes de ese momento había poca distinción entre Dios y la Naturaleza. Los planetas se desplazaban en el cielo porque Dios los movía. Los animales vivían porque Dios les daba vida. Dios dirigía la meteorología y el clima. Pero, comenzando con Galileo, Newton y Descartes, los misterios de la naturaleza sucumbieron a una explicación racional, o eso parecía, y Dios se volvió innecesario y fue abstraído y confinado al reino celestial. Dios ya no era un participante en la naturaleza; en su lugar, teníamos a las “ciencias naturales”.

Antes de la revolución científica, la religión trataba de algo más que la vida interior del espíritu; solía incluir la cosmología, es decir, la explicación de cómo es el mundo. La ciencia ha usurpado esas funciones, y la religión se ha retirado ante el avance de la ciencia, que explica cómo funciona el mundo por medio del experimento y la razón. El reino del espíritu, por tanto, ha pasado a designar aquello que no pertenece al mundo terrenal.

Atendiendo a la creencia de que la naturaleza y el cuerpo son mera materia, no es de extrañar que, en gran medida, en nuestra cultura se haya separado la religión de la vida material, de la vida del mundo terrenal.3 Incluso la palabra “espiritualidad” implica que hay partes no espirituales de la vida, negando que la vida en sí misma sea un empeño espiritual. Clasificar las actividades en espirituales y mundanas refuerza precisamente esa fragmentación que el impulso hacia la espiritualidad pretende remediar. Dicho esto, por falta de una palabra mejor y por conveniencia, a lo largo de este libro seguiré hablando de “lo espiritual”.

La separación del cuerpo y del espíritu —y del hombre y la naturaleza— se ha convertido en un veneno para el mundo. Relegar el espíritu a un rincón intangible e hipotético de la vida hace que el resto de ella, la vida terrenal, carezca de consecuencias espirituales. Puesto que consideramos la materia esencialmente carente de alma, vemos el cuerpo como algo profano y creemos que “terrenal” y “mundano” son antónimos de “sagrado”. Y entonces, sin ningún reparo, destrozamos nuestros cuerpos y nuestro planeta. Al no considerarlos sagrados, nuestro abuso solo se encuentra con los límites que plantean las cuestiones prácticas. Lo cual supone una practicidad muy limitada y de miras muy cortas.

La desacralización del cuerpo y de lo físico no solo son un veneno para el mundo, sino que además suponen también una profunda incerteza. Porque el cuerpo no es la casa del espíritu, es el espíritu que ha tomado forma física. Y el mundo no es la creación de la divinidad, es la divinidad presente ante nuestros sentidos. Al menos esa es una hipótesis esencial de este libro. Aquello que tiene que ver con el autocuidado, la autoconfianza y la conciencia plena, incluso en el “vulgar y físico” ámbito de la comida, resuena con una importancia espiritual. Esto es así porque la vida es un viaje sagrado, y los asuntos de la carne tienen el potencial de convertirse en un vehículo para la transformación espiritual.

Según esta premisa, la crisis de salud que atraviesa el mundo moderno es una crisis espiritual, y también una valiosa oportunidad. El dolor y la enfermedad del cuerpo pueden arrojar luz sobre aquello que es importante en la vida, y ayudarnos a percibir lo valiosa y preciosa que es la vida en sí misma. El dolor y la enfermedad nos hacen regresar a nosotros mismos. La mala salud también puede ser un mensaje a muchos niveles de que algo no está bien. Desde la perspectiva de la ciencia mecanicista, el cuerpo es una máquina defectuosa y hace falta un experto que la repare; se trata de una actitud análoga a la de quienes promueven soluciones tecnológicas como respuesta a los problemas ambientales, enfoque muy criticado por los ecologistas. Pero si el cuerpo y el alma no están separados, sanar el cuerpo al nivel más profundo es un trabajo del alma, y escuchar y aprender del cuerpo es acercarse al propio Ser.4

La distinción convencional entre cuerpo y espíritu es una necesidad temporal, nacida de una idea de su aparente separación. A medida que exploramos la relación entre el cuerpo y el espíritu, su unidad subyacente se hace cada vez más obvia. Si el cuerpo es de hecho el espíritu hecho carne, y no solo su vehículo, entonces comer es sin duda un asunto espiritual. Comer define una relación primaria entre el ser y el mundo, la recepción del sustento y el alimento. Es la encarnación tangible de las relaciones elementales entre el dar y el tomar. Por medio de dichas relaciones, podemos responder a las preguntas: “¿Cómo decido estar en el mundo?” y “¿Cómo decido ser?”

Capítulo 3

NACIMIENTO, NUTRICIÓN Y AMOR

Dios creó al hijo, es decir, tu hambre, para que llorara, para que viniera la leche.

YALAL AD-DIN RUMI

Si en nuestra infancia no experimentamos plenamente el amor incondicional, total, sin juicios, nuestras almas lo anhelarán siempre. Es una necesidad muy profunda, un hambre muy profunda. La mayoría hemos vivido momentos así cuando éramos bebes o niños pequeños: momentos especiales con nuestros padres, con un pariente especial… momentos en los que nos sentíamos absolutamente seguros, en los que sentíamos que Todo estaba Bien.

Lamentablemente, en otros momentos tuvimos experiencias distintas. Recibíamos afecto cuando éramos “buenos” y castigos cuando éramos “malos”. En ocasiones, las expresiones enjuiciadoras de nuestros padres nos hacían sentir que teníamos que ser algo diferente a lo que éramos. Nos hacíamos conscientes de los mensajes de nuestros iguales, de los medios, del colegio, de la iglesia, que nos decían: “No eres como deberías ser”. Nuestro entorno de iguales nos enseñaba a amoldarnos ocultando o alterando nuestro ser verdadero; los medios creaban necesidades artificiales y nos prometían la felicidad si las colmábamos; la escuela ponía el trabajo por encima del juego y nos inculcaba la idea de que la autoestima es algo condicionado, por medio de las calificaciones; la iglesia nos decía que nuestros pensamientos y deseos naturales estaban impregnados de pecado. De mil maneras, nos decían: “No está bien ser como eres: tu cuerpo debería tener este aspecto, tu mente no debería tener esos pensamientos”.

Y así, todos nosotros, en mayor o menor grado, adquirimos el hábito de la automejora. La idea de que hay que mejorarse a uno mismo es atractiva pero maligna, pues supone un turbador rechazo de nuestra bondad innata. Viene a decir que hemos aceptado e interiorizado esos mensajes acerca de nuestra deficiencia, holgazanería y pecaminosidad. A veces, las personas hacen dietas estrictas porque quieren ser buenas, dignas o puras, estableciendo así una tendencia a negarse lo que realmente quieren o necesitan. E incluso sin esa tendencia, como las recomendaciones dietéticas convencionales son un batiburrillo confuso de “debería” y “no debería”, que al parecer tiene poco que ver con nuestros deseos tal y como se expresan en el cuerpo, una dieta de automejora se convierte inevitablemente en una dieta de sacrificio y autonegación.

Pero el sacrificio nos hace anhelar todavía más ese amor. Cuando la experiencia del amor incondicional y el bienestar no se ha interiorizado, el alma los busca en el exterior, por ejemplo, en la comida. Los alimentos, una expresión del amor y la generosidad de la Madre Naturaleza, nos hacen sentirnos queridos y nutridos. La comida es el recordatorio principal de que el mundo es bueno, de que el mundo nos proveerá con su abundancia.

Todos nosotros comenzamos la vida con una experiencia de separación: nuestra expulsión del útero. Antes de ese momento, habíamos pasado una eternidad de nueve meses en el Edén, en el paraíso, donde todas nuestras necesidades se cubrían sin esfuerzo. Pero entonces el paraíso se volvió restrictivo, crecíamos contra los límites del entorno materno. Finalmente, ese antiguo Edén, que ya no era un paraíso, se volvió contra nosotros, nos expulsó con gran fuerza y determinación a un mundo completamente desconocido. Ese viaje es uno de los grandes arquetipos de la psique humana: el viaje del héroe, la trascendencia y el renacimiento. ¿Cómo termina la historia? Con una llegada al hogar, un regreso al Uno, pero en un nivel más alto de conciencia. Para el niño, este toma la forma del pecho. La madre. Sí, la reconexión primaria con el Uno procede de la experiencia de ser amamantados por nuestra madre. El universo se ha vuelto del revés, pero todavía nos alimenta: todo irá bien.5

La experiencia de alimentarse, por tanto, se relaciona a un nivel absolutamente fundamental con nuestra sensación de seguridad y confort. En circunstancias ideales, el niño aprende que el universo es fundamentalmente nutritivo y amoroso; que el crecimiento, el cambio y la trascendencia no implican peligro; que no hay necesidad de aferrarse al útero o a las condiciones familiares cuando estas se han vuelto restrictivas, cuando llega el momento de avanzar hacia otro lugar. El bebé está seguro sabiendo que el mundo provee. Podemos imaginar lo que sucede cuando, en lugar del suave y cálido pecho, la primera experiencia del bebé tras el viaje del nacimiento es un mundo frío y duro donde se le azota, se le pincha con agujas y se le deposita en la soledad de la sala de neonatos, sujeto a una dolorosa mutilación sin anestesia (si es varón), y alimentado de una botella impersonal no cuando tiene hambre, sino según unos horarios arbitrarios. De hecho, para muchos de nosotros no es necesario “imaginar” lo que sucede, porque nos ha sucedido. El resultado de estas experiencias es un ansia insaciable de seguridad, una inquietud existencial en nuestra relación con el mundo, un miedo al crecimiento y al cambio, y una relación con la comida profundamente problemática y antinatural.

Recuerde que el amor y la atención son necesidades humanas genuinas. Combatir necesidades insatisfechas a base de fuerza de voluntad es ingenuo e inútil. Solo cuando sanamos la herida de la separación y nos aceptamos y nos amamos sin juzgarnos empieza a apagarse gradualmente nuestra necesidad de atenciones y cuidados externos. Una de las formas que tiene esto de manifestarse es en la dieta. Su relación con la comida cambiará sin que tenga que recurrir a la fuerza de voluntad, al sacrificio, a la autocoacción y a los “debería” y “no debería”.

No subestime la necesidad de atención y cuidado en el mundo actual. Incluso si usted proviene del seno de una familia unida y amorosa; si se ha ahorrado el trauma del nacimiento en un hospital; si creció en un pueblecito idílico, alejado de los efectos alienantes de la vida en la ciudad; si el mensaje “no eres como tendrías que ser” nunca alcanzó sus oídos; incluso dándose todas esas condiciones, esa intensa necesidad de amor y cuidado tal vez siga grabada en su bioquímica. Cualquier ser que haya nacido ha pasado por una experiencia de separación y, por lo tanto, al principio, tendrá como mínimo alguna necesidad de atención externa, de asegurarse la conexión con la fuente de donde proviene su alimento y su cuidado. Algunos nacemos mucho más necesitados emocionalmente que otros. El karma que encarnamos, según se expresa a través de nuestros genes y circunstancias, suele limitar en gran medida los cambios bioquímicos que podemos atravesar en una vida.

Nuestro hambre de amor, cuidados, y atención procede de un lugar mucho más profundo que la personalidad consciente y no se mitiga hasta que no comenzamos a sanar esa fragmentación y esa separación de nuestro propio ser, que es su origen.

Capítulo 4

ALIMENTACIÓN Y PERSONALIDAD

No des sermones a los demás sobre lo que deben comer; come lo que te sienta bien y quédate en silencio.

EPICTETO

Por lo general, la gente suele asumir que la aspiración a la iluminación consiste en abandonar las ambiciones mundanas e irse a vivir a las montañas como un ermitaño, para despejar la mente con los sonidos de la cascada y del viento entre los pinos. Pero eso no puede llamarse una verdadera aspiración a la iluminación. Una escritura dice: “Aquellos que viven recluidos en las montañas y bosques y piensan que son mejores que los demás por ello, no pueden alcanzar la felicidad, y mucho menos el despertar completo”.

MUSO KOKUSHI

El cuerpo es como una raíz de loto, la mente es como la flor de loto…Las personas de hoy que quieren evitar la muerte para siempre y abandonar el mundo ordinario son imbéciles que no comprenden el principio del Tao.

WANG ZHE

A lo largo de la historia, los seres humanos han reconocido que hay una conexión entre la comida y la espiritualidad. La mayoría de las religiones ofrecen una serie de reglas al respecto: el judaísmo y el islamismo prohíben el cerdo; los hinduistas no comen ternera; algunas sectas budistas y cristianas mantienen un vegetarianismo estricto. Es típico de las culturas tribales que haya alimentos que son tabú durante ciertas épocas del año, o para ciertas personas, así como otros alimentos que se consideran sagrados. En nuestra era secular, los códigos dietéticos religiosos han dado paso a sistemas racionales de ética alimentaria. En particular, muchas personas eligen alimentos vegetarianos o ecológicos por razones éticas: para evitar matar animales, destruir ecosistemas o usar una porción de recursos de la Tierra mayor de la que les corresponde.

La idea de que unos alimentos son más elevados y puros que otros se puede acomodar en varios paradigmas. Por ejemplo, podríamos clasificar los alimentos según el grado de consciencia que le atribuimos al ser que murió para convertirse en comida. Según esta visión, las frutas son el alimento más elevado y puro porque no conllevan ninguna matanza 6 y los alimentos vegetales son más elevados que los alimentos de origen animal porque los animales son (aparentemente) más conscientes que las plantas. También podríamos clasificar los alimentos según el lugar que ocupen en la cadena alimentaria: los alimentos que ocupan un lugar más bajo —es decir, los de origen vegetal— se considera que representan una vibración más elevada que los de origen animal, que ocupan un lugar más alto en la cadena alimentaria. Otra manera de clasificar los alimentos es de acuerdo con los efectos sociales y ecológicos de su producción: se estima que la industria de la carne es la que causa el mayor perjuicio, mientras que la recolección de plantas silvestres se dice que es lo que menos perturba el ecosistema. Muchas tradiciones espirituales sostienen que la carne es más densa, más congestiva o que tiene una frecuencia vibratoria más baja que las plantas; y que las verduras de hoja verde son más elevadas que los tubérculos; y que las frutas son las más elevadas de todos los alimentos. Esta jerarquía se corresponde de forma bastante ajustada a la eficiencia con la que dichos alimentos convierten la luz del sol en energía alimentaria. Según este paradigma, los alimentos más elevados y puros son las algas y los brotes. Evidentemente, la clasificación de los diversos tipos de alimentos es más o menos similar en todos estos paradigmas.

Por una cuestión de simplicidad, y porque una metáfora resulta útil, utilizaré la muy ridiculizada palabra “vibraciones” para resumir la cualidad bioquímica, ética y espiritual de un alimento. Que cada alimento tiene una vibración o densidad asociada es un concepto común en el yoga y en la literatura de la salud, especialmente entre grupos que defienden el vegetarianismo estricto o la dieta cruda. Por lo general, la vibración más baja, el alimento más denso, se considera que es la carne y, en particular, la carne roja. El pescado tiene una vibración más alta; los huevos y la leche aún más alta. Luego vienen los alimentos vegetales. De entre las verduras, los tubérculos son los que tienen una vibración más baja, y las verduras de hoja verde, la más alta. Cocinar la comida, se dice, reduce su nivel vibratorio. Las frutas son las que tienen la mayor vibración, superadas únicamente por las algas y los brotes. Por encima de todo ello se encuentra el agua mineral pura, y luego el aire y la luz del sol.

La jerarquía de las vibraciones — peligrosamente engañosa


Densidad de nutrición Lugar que ocupa en la cadena alimentaria
Alta Baja Grasas, vísceras Carne Leche Cereales y legumbres Tubérculos Verduras Frutas Arriba Abajo Carne Vegetales
Grado de consciencia de los seres sacrificados7 Eficiencia en la conversión de la luz del sol en energía alimentaria
Alta Baja Carne, aves, pescado Tubérculos Hojas Cereales Frutas Algas Leche8 Baja Alta Ternera Cerdo, pollo Pescado Leche Vegetales Brotes Algas

Entorno a esta clasificación existe una suposición: que las personas más “evolucionadas” pasan a alimentarse con alimentos de vibración cada vez más alta. Según este punto de vista, la dieta que escogemos refleja nuestro nivel de desarrollo moral y espiritual. De manera inversa, si usted quiere subir de nivel, si quiere volverse más limpio, más elevado, más puro y mejor, debe elevar su dieta al nivel correspondiente. Las personas que comen carne son moral y espiritualmente peores que las que comen verduras y pescado, que a su vez son peores que los ovo-lácteo-vegetarianos, que son peores que los veganos estrictos, que a su vez son peores que los frutarianos. Elevando el nivel vibratorio de los alimentos que se consumen, se eleva automáticamente el nivel vibratorio del ser. O eso se piensa.

Esta suposición gana credibilidad al observar a los monjes, yoguis y otras personas espirituales que llevan dietas muy extremas. En Asia muchos monjes budistas, toman una sola comida al día, que consiste en una modesta porción de arroz con verduras. Las leyendas de los inmortales taoístas, personas perfeccionadas, dicen que sobrevivían solo con el rocío de las montañas, y hay historias similares en India y en Occidente que hablan de ermitaños y ascetas que no comen nada en absoluto: yoguis que meditan en las montañas durante varios meses o años seguidos, y el bien documentado caso de la monja bávara Therese Neumann, descrita en Autobiografía de un yogui, de Paramahansa Yogananda. En Estados Unidos, los miembros de la secta de los respiracionistas aseguran que viven sin siquiera beber agua. Los practicantes de Chi Kung a veces cuentan que han entrado en el estado conocido como bigu (literalmente, “evitar los cereales”), en el que no tienen impulso de comer durante semanas, meses o incluso años y, sin embargo, mantienen niveles de energía normales y un peso corporal estable. 9 “Yo quiero ser como ellos”, piensa la gente. “Quiero ser puro. Quiero disfrutar de una salud y una vitalidad extremas”.

La lógica de la elevación espiritual por la elevación de la dieta tiene un defecto fatal. La falla se revela en el siguiente dicho: “No se puede cambiar una cosa sin cambiarlo todo”. Para que nuestra dieta sea sostenible y nos aporte salud, debe estar en armonía con nuestra manera de estar en el mundo.

Echemos otro vistazo a la idea de que los alimentos están compuestos de vibraciones. En breve emplearé la metáfora de la vibración para explicar las dinámicas de la relación entre la dieta y la personalidad; si las connotaciones New Age del término le echan para atrás, me gustaría que tuviera claro que eso no conlleva que yo defienda la idea de que “todos estamos hechos de vibraciones” como paradigma absoluto u ontológico. Tampoco es necesario hacerlo para que la metáfora resulte útil.

La jerarquía de las vibraciones, desde la carne hasta los vegetales, las frutas y la luz del sol, es peligrosamente simplista. Es simplista porque cada alimento no representa una sola vibración, sino un compuesto de muchas vibraciones de frecuencia variable, y es peligrosa porque uno se siente tentado a aplicar la misma jerarquía a los seres humanos, de modo que podría concluir que algunos de nosotros somos más elevados, más puros o sencillamente mejores que otros.

Para entender que cada alimento no representa una única vibración sino un compuesto de muchas vibraciones, piense en dos cabezas de brécol. Sus vibraciones representan la totalidad de su historia y producción, además de las características nutricionales innatas de la especie vegetal en sí. Imagine que la primera cabeza de brécol se produjo en una enorme explotación industrial que hace un uso intensivo de agua, combustibles fósiles, pesticidas y fertilizantes químicos. En dicha explotación se llevan a cabo prácticas que envenenan el agua y el suelo; sus productos son cosechados por inmigrantes explotados y se transportan en camiones a supermercados que están a miles de kilómetros de distancia. Un brécol con semejante historia tendrá unas vibraciones muy diferentes a las que tiene un brécol cultivado en un pequeño huerto ecológico. Una cabeza de brécol puede formar parte de la destrucción del planeta, mientras que la otra puede formar parte de su regeneración. Las dos cabezas de brécol tienen algunas vibraciones en común, pero otras son muy distintas.

Tal vez todas esas vibraciones estén codificadas en la bioquímica del brécol, o tal vez no. Las investigaciones científicas actuales cier tamente confirman que los agroquímicos y el suelo agotado afectan a la composición de una planta. Pero, ¿podría un análisis químico determinar si el jornalero que cosechó la verdura fue tratado de manera justa? Esta idea parece ridícula. Pero una premisa de este libro es que, ya sea a nivel bioquímico o por medio de algún otro mecanismo, toda la historia de un alimento está de alguna manera contenida en él.

Ahora, apliquemos la metáfora de la vibración a los seres humanos. Imaginar que la complejidad insondable de un ser vivo puede reducirse a una sola frecuencia vibratoria es irrisorio. Cada uno de nosotros está constituido por multitud de vibraciones, algunas altas y otras bajas. Piense en lo diferente que es su comportamiento cuando actúa movido por la rabia y cuando actúa movido por el amor. En situaciones diferentes sacamos versiones diferentes de nosotros mismos. ¿Acaso no nos hemos encontrado, en distintos momentos, en roles opuestos? Amigo leal y embustero; persona que comparte y persona que hace trampas; sabio y necio; persona que consuela y persona que daña. Las diferentes circunstancias resuenan de manera diferente con nuestro ser y sacan a la luz diferentes aspectos del mismo, diferentes acordes de nuestro espectro vibratorio. Y esas vibraciones no son notas aleatorias; están entretejidas en una sinfonía compleja en la que cada nota resuena y se armoniza con las demás para componer los grandes temas de nuestra vida.

Usted es una sinfonía de vibraciones que engloba cada uno de sus pensamientos, cada una de sus acciones, cada uno de los alimentos que toma, todo lo que usted es. Si cambia una sola cosa —un patrón de pensamiento, un hábito alimentario; en definitiva, una nota aislada— podría introducir una disonancia. La naturaleza aborrece la disonancia. La disonancia solo puede mantenerse con esfuerzo, porque la Naturaleza tiende a la armonía y a la integridad. Por lo general, aquello que se ha cambiado vuelve a su vibración original. Pero también puede suceder otra cosa: existe la posibilidad de que todas sus otras vibraciones se transformen para entrar en armonía con aquella que ha cambiado.

Por ejemplo, supongamos que tiene “mala postura” y decide dejar de encorvarse. Se da cuenta de que no sabe cómo estar de pie erguido. Puede tratar de cambiar solo los hombros, pero si está atento tendrá que ajustar también el tórax, la pelvis, el cuello… toda su postura. Puede dejar que los hombros vuelvan a la posición original, reestableciendo el viejo patrón corporal, o puede adoptar un nuevo patrón corporal en armonía con no estar encorvado. Y no solo cambiará todo su cuerpo, también lo hará su mente: se dará cuenta de que ciertos estados negativos mentales y emocionales sencillamente no son compatibles con “mantenerse erguido”. O bien su postura revierte a un patrón compatible con, digamos, una mentalidad derrotista, o bien su mentalidad cambia hacia un patrón compatible con una postura franca y abierta.

Así, uno puede descubrir que no existen “malas posturas”; que cualquier postura es parte de una forma de ser y estar integral, que refleja y respalda una identidad, una adaptación a las circunstancias psíquicas y experiencias físicas que surgen de ahí. No obstante, algunos de estos patrones de cuerpo-mente son mucho más dolorosos e infelices que otros. Los mismos principios se aplican a la dieta.

La alimentación también respalda nuestra manera de estar en el mundo y se armoniza con ella. El ajo, por ejemplo, está prohibido en las tradiciones budistas monásticas porque tiene la reputación de “inflamar las pasiones”: se dice que el ajo crudo estimula la rabia y que el ajo cocinado estimula el deseo sexual. Pero también podemos darle la vuelta a esto y decir que el ajo nutre un cuerpo sexualmente activo. La causalidad funciona en ambos sentidos. En el caso del ajo cocinado, comer ajo y ser sexualmente activo conforman un estado de ser integral, autorreforzado, mientras que abstenerse de comer ajo y de tener sexo constituye un estado de ser diferente, igualmente integrado. Abstenerse de una cosa y no de la otra podría causar discordancia.

De manera similar, una persona que no ha interiorizado plenamente la experiencia del mundo como un lugar acogedor, una persona que carece de un autocuidado interior, necesita alimentos que la reconforten para respaldar ese estado de ser. Una persona en ese estado podría adoptar una dieta crudivegana para demostrarse a sí misma que es pura y buena; de ser así, tal vez se esté negando los elementos nutritivos necesarios para existir en su estado. No estará alimentándose en sintonía con las necesidades de su cuerpo y de su alma. El resultado es una falta de armonía: enfermedades crónicas, falta de alegría y antojos que se hacen más intensos cuanto más se reprimen. Al final, morirá, o su dieta recuperará su armonía con el resto de su ser.

Ahora está claro por qué imitar la dieta de un santo no le va a convertir en un santo. La dieta de los monjes y santos normalmente no es una práctica, sino sencillamente el resultado de un cambio en sus apetitos. Therese Neumann no hizo un esfuerzo de autodisciplina monumental para resistir las punzadas de hambre; todo lo contrario: sencillamente, dejó de tener hambre. Si usó la fuerza de voluntad de alguna manera, debió de ser para recordarse a sí misma que no quería comer solo por hábito o por conveniencia social cuando en realidad no tenía hambre.

Lo mismo ocurre con los practicantes de bigu: ellos consideran la abstinencia de comida como un efecto secundario importante de su práctica. Para imitar de manera genuina a esas personas… ¡coma lo que quiera, cuando quiera!

Recuerde los orígenes psicológicos de la idea de la automejora: mensajes provenientes de los medios que dicen que somos feos, un paradigma médico que no confía en el cuerpo humano, doctrinas religiosas que dicen que nuestros pensamientos naturales son pecaminosos, refuerzo social y halagos de los padres hacia los niños cuando estos se comportan de una forma que en realidad no surge de ellos de manera auténtica, y vergüenza cuando sí lo hacen. La idea de que debemos limpiarnos, purificarnos y elevarnos espiritualmente implica que nuestro estado actual es sucio, impuro y bajo. Otra suposición implícita es que otras personas, que no han hecho cambios en su dieta, son sucias, impuras y bajas; insensibles, crueles, ignorantes o incultas. No solo en lo que respecta a la dieta, sino en todas las áreas de la vida, juzgarse a uno mismo siempre implica juzgar a los demás.

Este estado de ser (sentencioso, inseguro, necesitado de atención y cariño) no es compatible con una dieta alta o pura. La mayoría de las personas que se desarrollan de forma sana con dietas puras están de alguna manera separadas de este mundo, del mercado, del mundo terrenal. Para vivir plenamente en el mundo físico, tal vez necesitemos una dieta que sea más burda y más física. Las energías vibratorias que necesita un ermitaño que se pasa el día cantando el nombre de Dios pueden ser muy distintas de las que necesitamos aquellos que vivimos inmersos en el ajetreo del mundo terrenal. El menú de un monasterio o de un centro de retiros espirituales alimenta un estado de ser muy diferente al que alimenta el menú de una fonda para camioneros.

Si adopta usted una dieta monástica pero no un estilo de vida monástico, ansiará una alimentación más sustanciosa. Por otro lado, si se atiborra de hamburguesas mientras hace un retiro zen de un mes, su dieta le resultará una carga y pronto le parecerá repugnante. Si desea involucrarse profunda y plenamente en este mundo físico (y, en mi opinión, en él hay mucho trabajo útil y entretenido por hacer), entonces tal vez necesite procurarse una nutrición acorde con este mundo físico.

Del mismo modo, si está a punto de marcharse de este mundo tal vez le convenga comenzar a adoptar una dieta menos física, menos sustanciosa, para prepararse. El profesor tibetano Sogyal Rinpoche cuenta una historia referente a su tía abuela: un mes antes de su muerte, de repente dejó de preocuparse por la casa, se apartó de los ajetreos del mundo, dejó de comer carne y parecía estar en un estado de meditación constante, cantando canciones sagradas. Hasta entonces, su tía abuela había sido una mujer práctica y terrenal que disfrutaba comiendo carne.

Algunas personas no esperan hasta el final de sus vidas para comenzar a separarse del mundo de la materia. Quizá haya un momento en el viaje del alma en el que nos apartamos de lo físico, de la carnalidad. Los monjes y las personas que se embarcan en retiros espirituales lo reconocen cuando hacen votos de castidad y pobreza, viviendo sin complicaciones materiales. La desvinculación del mundo material va más allá de la dieta. Como descubrió el ex frutariano Tom Billings, una dieta compuesta solo de fruta le llevó a una especie de aislamiento social, y las enfermedades físicas con las que se topó, los pasos que dio hacia la muerte, podrían haberse interpretado literalmente como un alejamiento del mundo físico.10

Imagínese lo mucho que nos alejaríamos del mundo de la materia si descubriéramos que no necesitamos comer en absoluto. Muchos de nuestros comportamientos y ambiciones están impulsados por un instinto de seguridad, que está anclado a la alimentación a un nivel biológico profundo. Además, una experiencia tan extrema contradiría directamente la comprensión científica dominante de la realidad, y suele ocurrir que las personas con creencias radicalmente diferentes a las de la mayoría acaban encontrándose aisladas. Acabaría alejándose sin remedio del trabajo convencional y de la vida social convencional. Es muy difícil mantenerse durante mucho tiempo en consenso con la realidad en un ámbito de la vida y fuera de consenso en otro. Con el tiempo, algún ámbito acabará cediendo.

Con frecuencia, ese ámbito es la dieta. Es interesante y muy significativo que cuando las personas que aseguran que practican la abstinencia total de comida —o incluso alguna dieta menos extrema, como el crudismo— hacen pública su dieta, suelen comenzar a saltársela. En 1983, la mayor parte de los líderes del respiracionismo en California dimitieron cuando a su líder, Wiley Brooks (que aseguraba no haber comido en diecinueve años) le pillaron colándose en un hotel para tomarse un pastel de pollo.11 Lo primero que pensamos es que fue un fraude desde el principio. Pero otra interpretación que también cuadra con los hechos es que empezara a necesitar comida cuando se involucró en el mundo terrenal.

Mis experimentos con una dieta vegetariana con énfasis en los alimentos crudos me llevaron a experimentar una desvinculación parcial, aunque inconstante, del mundo carnal directo. Por un lado, perdí gran parte de mi deseo sexual y me costaba más involucrarme en la vida social normal. Me volví menos energético, mi salud se hizo menos robusta, como si ocupara un lugar más precario en el mundo. Al mismo tiempo, me resultaba más fácil inducirme estados alterados de conciencia y mantenerlos, como si estuviera menos atado al reino físico ordinario. Sin embargo, mi dieta no vino a mí de una manera fácil: luchaba constantemente conmigo mismo y me perdía aspectos de la vida que todavía quería experimentar. No estaba del todo preparado para retirarme del mundo de la carne y la materia.

Si la desvinculación del mundo físico se produce de forma prematura, sufrimos y nos resistimos. El alma sabe cuándo ha llegado el momento. Si está fuertemente involucrado en el mundo terrenal, por ejemplo, criando niños, desarrollando su carrera, tomando plena posesión de su reencarnación humana, entonces una dieta más densa o más sustanciosa le resultará de apoyo. Por supuesto, estoy generalizando: la combinación precisa de energías alimentarias que mejor respalda su estado de ser es tan única como lo es usted.

Recordemos que menospreciar la carnalidad y elevar la inmaterial “vida del alma” es de nuevo asumir que el cuerpo y la materia son vulgares y profanos, distintos del espíritu. La intersección de cada cual con lo físico tiene mucho que ver con el azar y el destino. Algunos estamos hechos para administrar nuestro hogar, tener niños, gestionar la riqueza material, dedicarnos a la política o desempeñar otros roles mundanos; pero todas estas actividades entrañan dilemas éticos, procesos de crecimiento espiritual y la posibilidad de hacer Buenas Obras. De alguna manera, es mucho más difícil ser rico y bueno que ser pobre y bueno. Pero si el mundo ha de sobrevivir y la humanidad realizar su potencial, necesitamos que las personas involucradas en el ámbito de lo material gestionen los asuntos mundanos de forma sabia y buena. Es solo un estadio temporal. No tenga prisa por sobrepasarlo. Hay mucho trabajo importante por hacer aquí.

Cuando hay discrepancia entre lo que comemos y nuestra identidad en el mundo, se genera una especie de tensión, que se resuelve cuando la dieta se vuelve a alinear con el rol encarnado de la persona, o cuando la vida entera de esa persona se armoniza con la nueva dieta. Por la fuerza, es decir, aplicando la fuerza de voluntad, se puede hacer que la dieta y el ser caminen separados, pero ese esfuerzo no puede prolongarse mucho. La tensión se irá acumulando, se manifestará en forma de antojos y aversiones intensas y, con el tiempo, enfermedades físicas. El cuerpo expresa su mensaje cada vez más alto, tratando de conseguir lo que necesita, aunque mientras tanto haga lo posible por funcionar con esas necesidades insatisfechas.

Capítulo 5

EL KARMA DE LA ALIMENTACIÓN

Eres lo que comes.

(DICHO POPULAR)

Wendell Berry ha afirmado que comer es un acto político, ya que tiene consecuencias que trascienden por mucho el ámbito individual. Cómo se producen los alimentos, cómo se procesan, cómo se transportan y cómo se preparan tiene grandes efectos sobre el suelo, las plantas, los animales y, de hecho, la salud del planeta mismo, así como sobre los agricultores, la economía rural y toda la sociedad.

La idea del karma parte de esta afirmación y va un paso más allá. Básicamente, la teoría del karma sostiene que, de alguna manera, todos esos efectos acaban regresando a uno; que usted mismo experimentará las consecuencias de todos sus pensamientos, palabras y acciones, incluidos los relacionados con el comer. Por consiguiente, las religiones que tienen enseñanzas explícitas sobre el karma suelen pronunciarse en contra del consumo de carne. La idea es que cuando usted come carne se está “comiendo” el sufrimiento de un animal asesinado y, con el tiempo, usted mismo experimentará ese mismo grado de sufrimiento.

En realidad, la teoría del karma es mucho más sutil. Las causas y los efectos no tienen una correspondencia de uno a uno; más bien, las causas se combinan de formas muy complejas para crear experiencias.12 Profundizar en detalle en el concepto del karma va más allá del alcance de este libro, pero probablemente la manera más sensata de entender y aplicar la teoría del karma sea preguntarse: “Con esta acción, ¿a qué le estoy diciendo que sí?”.

Consideremos algunos ejemplos. Según una visión simplista del karma, si es usted generoso, será recompensado porque alguien en el futuro será generoso con usted. Pero, por supuesto, cuando damos con la expectativa de obtener algo a cambio al cabo del tiempo, no es generosidad auténtica. Cuando damos de forma calculada, ¿a qué le estamos diciendo que sí? A un mundo en el que tenemos que proteger nuestros intereses, asegurarnos de que tenemos suficiente, y en el que recibir algo conlleva una obligación. En contraste, piense en lo que afirma cuando es usted caritativo y generoso sin pararse a pensar si se lo puede permitir. Está diciendo sí a un mundo en el que hay suficiente para todos, a un universo de abundancia. Una persona verdaderamente generosa sabe que hay de sobra para todos, actúa como si hubiera de sobra para todos y de hecho vive en un mundo de abundancia.

Del mismo modo, si instala un sofisticado sistema de seguridad en casa, tal vez esté afirmando la realidad de que el mundo no es seguro. Si está siempre en guardia, estará reforzando la realidad de que no se puede confiar en la gente. Si elimina fríamente a sus competidores, estará reforzando la realidad de que vive en un mundo despiadado. Los mecanismos por los que se manifiestan los efectos del karma no son necesariamente enigmáticos. A veces van más allá de lo que abarca el conocimiento científico actual, pero con frecuencia no es así. Por ejemplo, no es un misterio que tendemos a confiar en las personas que confían en otras personas.

Decir que porque alguien haya consumido mil pollos a lo largo de su vida va a experimentar una muerte violenta durante sus mil próximas vidas es no entender correctamente el karma. Al comer carne, no obstante, está diciendo sí a una determinada versión de la realidad, a una determinada idea del universo. Lo mismo se aplica a cualquier otro alimento, por supuesto; de modo que, por ahora, vamos a dejar la carne y el hecho de matar animales para detenernos en todas las ramificaciones de las opciones alimentarias.

Cuando comemos algo, nos comemos todo lo que ha sucedido para que ese alimento llegara a existir. Afirmamos una determinada versión del mundo. Por ejemplo, supongamos que se come usted una banana de una plantación de América de Sur, localizada en un terreno que antes había sido un bosque tropical que fue destruido y arrebatado violentamente a las tribus indígenas que lo poblaban, cuyos integrantes trabajan ahora en la plantación a cambio de sueldos de miseria, empleando pesticidas que contaminan el ecosistema. Esas bananas son transportadas miles de kilómetros en barcos contaminantes que se desplazan gracias al petróleo, comercializadas por una compañía que borra del mapa a los pequeños productores independientes por medio de prácticas corruptas. Al comer esa banana, usted refuerza ese estado de cosas aunque sea en pequeña medida, y hace que forme parte de su realidad y de su experiencia. Está diciendo que sí a ese mundo.

O supongamos que come pollo de cría intensiva en jaulas: un pollo que sufrió durante toda su vida en una jaula minúscula, sucia y abarrotada, tratado con hormonas y antibióticos, que fue sometido a un doloroso corte de pico para evitar que hiriera a sus compañeros de jaula debido al estrés extremo. Un pollo criado, básicamente, en el infierno. Cada vez que come uno de esos pollos, afirma el sufrimiento infernal que lo trajo hasta usted. De forma gradual, poquito a poco, va invitando esa experiencia a su realidad.

Ahora considere un escenario muy diferente: un nativo americano, cazador, mata un ciervo con un arco y una flecha y se come su carne. El ciervo vivió como le corresponde vivir a un ciervo: en libertad y en armonía con la naturaleza, aunque su vida acabó violentamente. El método de caza también es sostenible y está en armonía con la naturaleza. El cazador, por tanto, está afirmando una realidad de integridad y armonía, aunque con un elemento ocasional de violencia arbitraria. Es interesante que se trata de una caracterización bastante buena de la vida de los nativos americanos antes de la llegada del hombre blanco.

Ahora, considere el ejemplo de una calabaza comprada en una granja ecológica. Al comprar un producto local, estará reforzando los lazos comunitarios y, aunque sea en pequeña medida, debilitando el poder de las corporaciones alimentarias impersonales. Estará diciendo sí a un mundo que trata el suelo, el aire y el agua con respeto, tal vez un mundo en el que se respeta a todos los seres vivos. No obstante, incluso en una granja ecológica, lo típico es explotar un trozo de tierra sacándolo de su estado natural de reposo; porejemplo, evitando que se convierta en un bosque o en una pradera. Sigue siendo un mundo en el que se manipula la naturaleza para que nos dé lo que queremos. Al comer esa calabaza, aunque sea en pequeña medida, da forma a su realidad y a su experiencia para que se amolde a la serie de condiciones que trajeron esa calabaza a su mesa.

Ahora, pregúntese: ¿a qué clase de mundo le estamos diciendo que sí con nuestro sistema alimentario moderno? Cuando nuestro sistema de producción de alimentos desequilibra la naturaleza, ¿acaso ha de sorprendernos que nuestras vidas también acaben entrando en una espiral de desequilibrio? Cuando nuestro sistema de producción de alimentos está basado en el sufrimiento prolongado de seres humanos, animales, plantas y suelo, ¿ha de sorprendernos que muchas personas experimenten terribles sufrimientos físicos en su vida a causa de enfermedades crónicas debilitantes? Cuando es un extraño anónimo quien cultiva, procesa, transporta y cocina nuestros alimentos, ¿ha de extrañarnos que a menudo nos sintamos consumidos por la soledad, apartados del mundo? Cuando imponemos un orden antinatural sobre plantas y animales por medio del monocultivo, la ingeniería genética, etcétera, ¿es de extrañar que nosotros también nos sintamos encajonados y restringidos, que el florecimiento natural de nuestras almas se vea ahogado y acorralado para ajustarse al molde antinatural que la sociedad nos impone, y que supone una traición a nosotros mismos?

Cada porción de comida es un depósito de karma, una “sinfonía de vibraciones”, con notas altas y bajas, pasajes de eufonía y de cacofonía. ¿Está esa sinfonía de vibraciones en armonía con la suya propia? ¿Resuena con la persona que es usted a día de hoy, y con la persona que le gustaría ser el día de mañana? ¿Le nutre? ¿Está feliz con la realidad a la que está diciendo que sí? Con estas preguntas, llegamos a las prácticas fundamentales que definen El yoga del comer.

Capítulo 6

LA RESPIRACIÓN NATURAL

El proceso respiratorio, si podemos comenzar a entenderlo en relación a la vida al completo, nos muestra cómo soltar lo viejo y abrirnos a lo nuevo.

DENNIS LEWIS, EL TAO DE LA RESPIRACIÓN NATURAL

Las personas de verdad de la antigüedad dormían sin sueños y se despertaban sin preocupaciones. Su comida no era dulce, su respiración era muy profunda.

CHUANG-TZE

Como en muchos yogas, en el yoga del comer se emplea la respiración como herramienta y como metáfora. Es una herramienta porque la respiración es un vínculo muy potente entre la mente y el cuerpo; un puente que abarca varios niveles del ser. Es una metáfora porque los hábitos alimentarios antinaturales que imponemos a nuestro cuerpo tienen una naturaleza y un origen similar a los patrones antinaturales que imponemos a nuestra respiración.13 Igual que nos apresuramos cuando comemos, nos apresuramos cuando respiramos. Igual que nos hacemos insensibles a los auténticos apetitos de nuestro cuerpo, también hemos perdido el contacto con los ritmos naturales de nuestra respiración. Recuperar la respiración natural es una práctica y una herramienta para recuperar la naturalidad en el comer. En ambos casos, se trata de aumentar nuestra sensibilidad a los mensajes corporales y de aprender a confiar en dichos mensajes.

A medida que lea el siguiente debate sobre la respiración natural, trate de establecer paralelismos con actitudes sobre la alimentación y hábitos a la hora de escoger alimentos, percibirlos y comerlos.

Muchas personas que han estudiado yoga, meditación o artes marciales tienen alguna idea sobre los beneficios que comporta una respiración lenta y profunda. A un nivel puramente fisiológico, la respiración profunda masajea los órganos internos, promueve la circulación de la linfa y el reflujo de sangre, y conserva la energía. La respiración profunda es también esencial para el desarrollo taoísta y yóguico de las capacidades humanas latentes por medio del chi kung y el pranayama.14 Cuando las personas oyen hablar de estos beneficios y se percatan de lo superficiales y erráticos que son sus patrones respiratorios, comprensiblemente se sienten movidos a “mejorar” su respiración (igual que alguien podría “mejorar” su dieta) aprendiendo a respirar profundamente. Desafortunadamente, tratar de imponer una respiración profunda al cuerpo es inútil, cuando no peligroso. La respiración profunda no es algo que haya que “hacer”; es algo que debería suceder, algo que debería emerger.

¿No sería terrible que además de todas las cosas que nuestra cultura nos dice que debemos ser y hacer, la mismísima respiración se convirtiera en otra tarea más, en otra cosa que tenemos que hacer bien? Seguro que ya tenemos suficiente. La idea de respirar profundamente no consiste en imponer un cambio en la respiración, ni en dirigirla ni en controlarla de ninguna manera; más bien se trata de lo contrario: liberar la respiración, eliminar las limitaciones que ya existen sobre ella. Por este motivo, el fundamento de la respiración profunda es lo que yo llamo respiración natural.

Para empezar, es precisamente ese bombardeo constante de “debería”, “no debería” y “no puede” lo que encorseta nuestra respiración. Nos encogemos y nos contorsionamos para encajar en la imagen ideal que la sociedad nos presenta, lo cual hace imposible que estemos a gusto con quienes somos. Simplemente estar a gusto y relajados, de pie o sentados, es algo que raramente nos permitimos. Siempre mantenemos alguna postura física, facial o mental. Compruébelo ahora mismo: ¿Tiene la mandíbula relajada? ¿Tiene los labios relajados? Probablemente, en este momento nadie le esté mirando, y aun así, es muy probable que, por puro hábito, se esté “mostrando” a sí mismo. Todas sus posturas, ya sean manifiestas o sutiles, todas sus poses, se proyectan en su respiración. Por eso, la respiración profunda no se consigue por medio del aprendizaje, sino por medio del desaprendizaje. Y una lógica similar se puede aplicar a la dieta.

La práctica de la respiración profunda debe comenzar con la práctica de la respiración natural. E incluso eso es engañoso. Permítame reformularlo: no “practique” la respiración profunda. En lugar de ello, permita que sea un efecto secundario de la respiración natural, que emerja gradualmente de su práctica y sea un indicador de que esta está dando frutos.

Qué duro y opresivo sería si en cada respiración tuviéramos que alcanzar algún estándar aprobado de profundidad, preocuparnos por que cada inspiración o inspiración se ajuste a alguna regla. ¡Y qué gozo es liberar la respiración! El mismo gozo de liberación se aplica a la dieta, y de la misma manera requiere una liberación de los hábitos físicos y mentales, como por ejemplo los sistemas de creencias.

Un buen profesor de yoga, artes marciales y, por lo que yo sé, de canto, caligrafía, pintura, danza o cocina, puede ayudarle a redescubrir su respiración natural. Puesto que cada persona está en el mundo de una manera distinta, el deshacer esta manera de estar es algo intensamente personal. No obstante, se pueden aplicar algunas directrices.

Para comenzar, olvide todas las ideas preconcebidas que pueda tener sobre lo que constituye una respiración apropiada y forme la intención de empezar de cero para redescubrir su respiración. (Volveremos a estas ideas en relación a la dieta). No trate de respirar profundamente, ni lentamente, ni de hacer respiración abdominal, ni nada por el estilo. Sin tratar de cambiarla, observe su respiración, a qué partes de su cuerpo llega, cómo se expande y se contrae con cada inspiración y espiración. Cuando se haya familiarizado con la sensación de su respiración, entonces empiece a darse cuenta de las maneras en las que tal vez la esté conteniendo, restringiendo o canalizando. Cualquier tensión en el estómago, las costillas o el pecho es probable que limite su respiración, y tal vez se de cuenta de que las tensiones en partes del cuerpo que no parecen estar relacionadas con la respiración, como por ejemplo la cara, la pelvis o los hombros, también tienen un fuerte efecto sobre la respiración.

Cuando haya relajado totalmente la respiración, sentirá como si la respiración respirara su cuerpo, en lugar de su cuerpo respirar la respiración. Puede practicar la respiración natural en cualquier posición. Simplemente trate de relajar todo lo que no necesite para mantener dicha posición.

Ejercicio 1: torsión con rodilla en el suelo

Las posturas de hatha yoga son recursos especialmente útiles para liberar la respiración. Una de mis favoritas es la torsión con rodilla en el suelo, que es especialmente útil para descubrir cómo nuestra respiración habita todo el cuerpo. Túmbese boca arriba, con los brazos en cruz. Flexione la rodilla derecha y apoye el pie derecho sobre la rodilla izquierda. A continuación, gire el torso hacia la izquierda, dejando caer la rodilla derecha sobre el suelo, mientras gira la cabeza para mirar a la derecha. Es de ayuda correr un poco la cadera izquierda bajo el cuerpo.

Normalmente se aconseja mantener las dos escápulas en el suelo, incluso si la rodilla queda varios centímetros en el aire.

Ahora relaje la respiración, para permitir que se haga más profunda. Las torsiones como esta pueden abrir partes de los pulmones que normalmente no se usan, así que asegúrese de que le da a su respiración el tiempo y el espacio que necesita para terminar. Note cómo todo su cuerpo se mueve y se expande con cada respiración.


Muchas personas se dan cuenta de que su brazo izquierdo o su rodilla derecha suben con la inspiración y bajan con la espiración. Con atención y profundizando en la relajación se pueden advertir efectos sutiles en prácticamente todas las partes del cuerpo. Deje que la respiración le respire. Luego, después de un minuto más o menos, y siempre antes de que aparezcan molestias, eleve suavemente la rodilla, túmbese sobre la espalda y, después de descansar unos momentos, repita el ejercicio del otro lado.

Ejercicio 2: respiración Maha Mudra

Este ejercicio está orientado a usar la respiración para comunicarse con el cuerpo.

1.Siéntese con la pierna derecha extendida frente a usted y la pierna izquierda flexionada, con la planta del pie izquierdo apoyada en el muslo derecho.

2.Ajuste el isquion derecho llevándolo ligeramente hacia atrás, para que cuando se incline sobre la pierna derecha lo haga con la espalda recta.

3.Alargue el torso inclinándose hacia delante, agarrando el pie para hacer palanca. Si no llega a agarrarse el pie, sujete un cinturón al pie y agarre el cinturón.


Ahora, antes de tratar de intensificar el estiramiento, haga una inspiración larga y completa. No fuerce que la respiración sea profunda, permita que sea profunda. Dele el tiempo y el espacio que necesita para ser una respiración plena. Luego, en la espiración, intensifique la postura de una o más de las siguientes maneras:

•Inclínese hacia delante, alargándose, como si pudiera llevar el pecho al pie.

•Flexione el pie, alargando así la parte posterior de la pierna.

•Acerque la rodilla derecha al suelo.

•Presione la rabadilla y el glúteo derecho hacia atrás, pensando en acercarlos a la pared que tenga detrás.

Desde este nuevo punto, de nuevo, deje que la respiración entre profundamente. Fíjese en cómo todo el cuerpo se expande con la respiración. Si siente el estiramiento en la parte posterior de la pierna, probablemente se intensificará con la inspiración. Si la intensidad es tanta que siente que no puede hacer una respiración plena, está forzando demasiado, y debería soltar un poco durante la espiración. Si todavía se siente bien, entonces en la siguiente espiración puede intensificar un poco más. De esta manera está recurriendo a la respiración para preguntarle a su cuerpo: “¿Te gusta esto? ¿Te sienta bien? ¿Quieres más o menos?” Más tarde interrogaremos al cuerpo de forma similar en el ámbito de la alimentación.

Lo importante es estar de verdad atenta a las sensaciones y a la respiración. No escuchará ninguna respuesta si no presta atención. Después de haber explorado esta posición durante varias respiraciones, repita del otro lado.

Ejercicio 3: respiraciones solares

Puesto que nuestras posturas y actitudes físicas son habituales e inconscientes, es necesario profundizar si se aspira a establecer una respiración natural y profunda. El lastre más enorme y pesado es la prisa crónica.

Obsérvese alguna vez cuando coma: ¿se apresura a dar el siguiente bocado antes de haber terminado del todo el anterior? Y al respirar, ¿se apresura con la siguiente respiración antes de haber terminado de verdad la anterior? Podemos detectar más fácilmente si apresuramos la respiración haciendo series de posturas en movimiento, como las respiraciones solares. Póngase de pie con los pies separados unos 10-20 cm. En la inspiración, eleve los brazos haciendo que pasen por la posición en cruz y sigan subiendo hasta quedar por encima de la cabeza. En la espiración, baje los brazos haciendo el recorrido inverso.

Mientras continúa con este movimiento, fíjese en si está liderando la respiración con el movimiento, o liderando el movimiento con la respiración. Cuando el movimiento lidera la respiración, comienza a espirar cuando los brazos comienzan a moverse hacia abajo. Cuando llegan a los costados, independientemente de que la espiración se haya terminado del todo, comienza la inspiración y eleva los brazos. Impelido por el movimiento, está acabando las respiraciones antes de que estén realmente finalizadas; está apresurando la respiración para que no pierda el ritmo del movimiento. O, tal vez, está prolongando o aguantando artificialmente la respiración para mantenerla sincronizada con el movimiento de los brazos.


En lugar de hacer eso, deje que la respiración lidere el movimiento. Cuando los brazos lleguen arriba, no comience a bajarlos hasta que la inspiración se haya completado y la espiración comience por sí misma. Esto es más difícil de lo que parece. La mayoría de las personas que vivimos en la sociedad moderna tenemos una respiración superficial e irregular por hábito, o nos apresuramos con la siguiente respiración antes de terminar la anterior. Fíjese en lo que sucede en la transición entre inspiración y espiración. ¿Ha terminado la respiración o simplemente está pensando que es hora de moverse? Pensar: “Esta parte está terminada, es hora de moverse” es indicativo de lo que yo llamo una “mentalidad del éxito” o “mentalidad del logro”. Si lo piensa, el éxito y el logro implican terminar con algo. Sin forzarlo de ninguna manera, dé espacio a la inspiración para que alcance su plenitud. Entonces, cuando el impulso natural de espirar aparezca, deje que los brazos sigan la respiración bajándolos a los costados.

Ejercicio 4: el árbol

La respiración acelerada y superficial también es una consecuencia del estrés, de estar continuamente preparándose para lo siguiente. Si trabaja en una típica oficina, ya sabe a lo que me refiero. Esto surge de un instinto natural del cuerpo, que es el de prepararse para la acción, estar listo para luchar o huir. Lleve atrás el puño como si fuera a golpear algo y fíjese en lo que sucede con su respiración. Si es como la mayoría de personas, la contendrá. Esta reacción está muy bien, especialmente si vive en la selva y escucha el crujido de una rama detrás de usted. Ese tipo de acciones le podrían salvar la vida. Pero cuando el estímulo es crónico, la contención de la respiración también se vuelve crónica. Surge una sensación de urgencia e intentamos contener la respiración. Con el tiempo, esa contención y ese apresuramiento continuos hacen que se agarroten los músculos del torso y el hábito acaba arraigando.

Una buena manera de deshacer esos nudos es exponerse al estrés a propósito y practicar la respiración natural. Una postura de equilibrio como “el árbol” es apropiada para ello. De pie sobre un pie, se coloca el otro contra la parte frontal de la cadera, o bien apoyado sobre la parte interior del muslo opuesto, o sobre la pantorrilla (en el lugar que le resulte más confortable, pero trate de mantener la rodilla orientada hacia el lateral, formando un plano con el resto del cuerpo). Junte las palmas de las manos y elévelas sobre la cabeza. Si le resulta fácil mantener el equilibrio así, puede hacerlo más difícil cerrando los ojos. La idea es hacerlo difícil, tal vez incluso que se generen algunas sensaciones de ansiedad o frustración. Sobre todo, mantenga la respiración natural, uniforme y relajada. No contenga la respiración. Deje que el aire fluya y tómese su tiempo. Entre en la postura lentamente, a lo largo de varias respiraciones.


Si pierde el equilibrio, sencillamente vuelva a la postura en una nueva respiración. Mantenga la postura del árbol hasta que sienta molestias, y entonces deshaga la postura suavemente con una espiración, y repita cambiando de pie.

Los ejercicios anteriores ilustran la combinación de hábitos físicos y mentales que constriñen la respiración. Esperar y apresurarse, la ansiedad y la tensión, la presión por tener éxito y el miedo al fracaso; todo ello contribuye a que la respiración sea irregular, superficial e incómoda. No puede forzarse a respirar naturalmente sin deshacer los nudos mentales y emocionales, sin fe, sin aceptación y sin serenidad en su forma de abordar la vida. No puede compartimentar su ser y considerar la respiración como algo aislado del resto de aspectos de su vida. Aquí, de nuevo estoy aludiendo a esa “sinfonía de vibraciones”. Todo lo que está relacionado con usted está relacionado con todo lo demás, y no puede cambiar una cosa sin cambiarlo todo.

Aunque la esencia más profunda de nuestro ser abarca más allá incluso de nuestra respiración, la respiración está conectada a nuestro estado de ser de una forma mucho más íntima que la mayor parte de lo que ordinariamente consideramos “mente”. En otras palabras, la respiración es mucho más real y mucho más fundamental que cosas como los pensamientos y las emociones. Como tal, la respiración es un excelente vehículo para acceder a los niveles más profundos del ser. Al igual que el comer, el respirar puede ponerle frente a percepciones sobre sí mismo que de otra forma le resultarían inaccesibles. Es verdad que se puede calmar la respiración calmando la mente, pero también se puede calmar la mente calmando la respiración. El vehículo de la respiración puede llevarle muy, muy adentro.

La respiración natural es un tesoro del alma. Es un tesoro mucho más fiable que cualquier otra cosa en este mundo, porque mientras esté vivo no hay poder ni calamidad que se la pueda quitar. Y entonces, ¿qué sucedió? ¿a dónde se fue? Cuando era niño respiraba de forma natural, pero cuando empezó a sentirse incómodo con quién era, cuando aceptó que debería ser alguien distinto a su ser natural, su respiración natural también se apagó. No obstante, ha de saber que, a pesar de todas las imposiciones, contenciones y restricciones, su respiración natural persiste, y es un vínculo con esa inocencia infantil cubierta ahora por una gruesa capa de todo lo que usted ha intentado ser a lo largo de su vida. Liberar su respiración natural exige al final que libere su ser natural. De la misma manera, la respiración natural es un camino hacia la autoliberación.

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9788412026924
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