Kitabı oku: «Miami Blues»

Yazı tipi:



Charles Willeford


Traducción de Íñigo García Ureta


Título original inglés: Miami Blues.

Autor: Charles Willeford.

© Charles Willeford, 1984.

© de la traducción: Íñigo García Ureta, 2012.

© del prólogo: Antonio Lozano, 2019.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.

Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

www.rbalibros.com

Primera edición: marzo de 2012.

Primera edición en esta colección: mayo de 2019.

REF.: OEBO213

ISBN: 9788490064290

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

CONTENIDO

1  Capítulo 1

2  Capítulo 2

3  Capítulo 3

4  Capítulo 4

5  Capítulo 5

6  Capítulo 6

7  Capítulo 7

8  Capítulo 8

9  Capítulo 9

10  Capítulo 10

11  Capítulo 11

12  Capítulo 12

13  Capítulo 13

14  Capítulo 14

15  Capítulo 15

16  Capítulo 16

17  Capítulo 17

18  Capítulo 18

19  Capítulo 19

20  Capítulo 20

21  Capítulo 21

22  Capítulo 22

23  Capítulo 23

PRÓLOGO EL BLUES DE CHARLES WILLEFORD O CÓMO LA VIDA NO ES MÁS QUE UN CHISTE MACABRO
RUDO Y SENSIBLE

Seguramente resultaría más creíble para el lector el argumento de cualquiera de las novelas que escribió Charles Willeford que el relato de su vida, experiencias que recopiló en su autobiografía I Was Looking for a Street (1988, 2010). Con ocho años era huérfano (la tuberculosis se llevó a sus padres). Con doce escapó de la custodia de una abuela para pasarse dos años saltando clandestinamente de tren en tren, con los que cruzó los estados sureños más castigados por la Gran Depresión. Con dieciséis mintió sobre su edad para poder alistarse en el ejército, dando inicio a dos décadas en las que fue entrando y saliendo de sus filas. Durante este tiempo, fue conductor de camiones y cocinero en Filipinas, encargado de caballerizas en Monterrey, se le condecoró con un Corazón Púrpura por sus servicios al frente de una división de tanques en la batalla de las Ardenas y dirigió una emisora radiofónica castrense en las islas Kyushu de Japón. Tras colgar el uniforme, ejerció de entrenador de caballos, boxeador profesional, vendedor en un mercadillo y actor en anuncios publicitarios y en un film de Roger Corman.

¿Un tipo rudo? Mucho más que eso. Estudió historia del arte en Lima, pintura en Francia y literatura anglosajona en Miami, editó la Alfred Hitchcock Mystery Magazine, comenzó a publicar poesía, fue crítico literario en The Miami Herald y dio clases de humanidades, filosofía y literatura en dos universidades. Escribió mucho y variado, aunque el mercado le dio la espalda con frecuencia, llegando a pasar dos décadas en el dique seco. Tardó sesenta y cinco años en saltar al estrellato con Miami Blues y empezó a ganar dinero en abundancia cuatro después, el mismo año de su muerte.

EL CRIMINAL ES LA ESTRELLA

Si las décadas de 1920 y 1930 significaron la época dorada de revistas pulp como Black Mask, que acogió las historias de Chandler y Hammett, las de 1950 y 1960 fueron el momento de los paperbacks, una suerte de reencarnación de aquellas en formato de libro cutre, con las que compartían una producción en serie, una edición basta, unos precios asequibles, unas portadas chillonas y, sobre todo, una amplia libertad creativa. Sin embargo, fue en su seno donde Willeford, junto con autores como Jim Thompson y David Goodis, contribuyó con ocho novelas a reformular los códigos del hard-boiled impuestos por los padres de Marlowe y Spade, desviando el foco del detective al criminal. La espeluznante mente del sociópata y sus actos de destrucción toman el mando, al tiempo que la violencia se ve con frecuencia empujada hasta extremos grotescos que conducen al género por sendas más oscuras y turbias.

De aquí que, hablando en una ocasión sobre Pulp Fiction, Quentin Tarantino señalara que «no es noir. No hago neo-noir. Creo que Pulp Fiction es más cercana al género noir moderno, a alguien como Charles Willeford».

LA VIDA, UN CHISTE MACABRO

Con Miami Blues, Willeford inauguró una constante en su carrera, un cambio de título, ya que él quería llamarlo Kiss Your Ass Good-Bye. Lo que no pudo anticipar es que se convertiría en un éxito comercial y se vería presionado a dedicarle una serie al sargento Hoke Moseley. Tal fue su resistencia al principio que escribió una secuela, Grimhaven, en la que Moseley, cual Medea masculina y contemporánea, mataba a sus hijas para evitar hacerse cargo de su custodia. Acabó en un cajón. Entre 1985 y 1988 Willeford completó tres entregas más. La tetralogía fue reeditada por el sello Black Lizard en su colección Vintage Crime durante los años 2004 y 2005, lo que supone algo así como entrar en la American Library del género noir. Atención a la alfombra roja de nombres que se encargaron de los prólogos: Elmore Leonard, el de Miami Blues («Nadie ha escrito una novela negra mejor»); James Lee Burke el de New Hope for the Dead («Si necesitabas un consejo sobre cómo hacer que tu novela funcionara y que ganara punch, acudías a Charles»); Lawrence Block, el de Sideswipe («Willeford escribía libros atípicos protagonizados por personajes atípicos, haciendo evidente un magnífico desinterés por lo que pensara nadie») y Donald E. Westlake el de The Way We Die Now («La actitud ante la vida que adquirió a partir de sus propias experiencias fue de ironía sin maldad, de una comicidad profundamente atenta»).

Todos los admiradores y estudiosos de su obra destacan su capacidad de transgredir cualquier norma del género, arrinconando la investigación policial, el suspense o la acción en beneficio de detalles sobre vestimenta (una de sus pasiones, compartida con Elmore Leonard), alimentación, climatología, estados emocionales, tareas mundanas… Donde parece que no ocurre nada, discurre todo. Estamos hablando de un escritor que podía pasar de citar a Bártok o el Ulises de Joyce a instruirte acerca de la mejor manera de freír un bistec, de disertar sobre los surrealistas a detallar una técnica infalible para moler café.

Willeford, además, procuraba amar a sus criaturas por encima de sus actos, perdonándoles su estupidez o su crueldad a la mínima ocasión posible. La vida, pensaba, no había que tomársela más que como un chiste macabro. Por ello James Crumley, autor de El último buen beso, dijo de él: «Bromea cuando no bromea», mientras que su tercera mujer, Betsy, aseguró que el único consejo que tenía para los jóvenes escritores aspirantes era: «Limítate a contar la verdad y te acusarán de recurrir al humor negro».

NEÓN, VICIO Y PLOMO

Con sus cálidas temperaturas, sus playas, su vegetación exuberante, su turbulenta vida nocturna, sus mujeres con curvas, su inmigración caribeña y sus mafiosos horteras, Florida es cuna de un hedonismo tirando a salvaje que la convierte en un alegre marco para el género noir. John D. MacDonald la colocó en el mapa por medio de Travis McGee, especialista en recuperar objetos robados que vive en un barco customizado en un puerto de Fort Lauderdale. Sin embargo, fue el Miami ochentero de Willeford, una ciudad en plena latinización tras el desembarco de los marielitos, en transición de la decadencia gerontocrática al baño de neón, vicio y plomo, el que haría más por sacar punta al potencial delictivo del sunshine state. De escritores como Carl Hiaasen o James W. Hall, a series de televisión como Corrupción en Miami o Dexter, todo rastro de sangre que contenga ADN de Miami ensucia las manos de Willeford.

DUELO BAJO EL SOL

Y así llegamos al Miami de Miami Blues, una urbe de calor pegajoso, de guayaberas azul claro con calcetines a juego y de pantalones de lino, tomada por las hordas de cubanos facinerosos de los que se deshizo Fidel Castro, donde la ley contra la vagancia ha sido derogada, un 20 % de conductores circula sin carnet y abundan los edificios art déco en ruinas. Como en los wésterns, este lugar no es lo suficientemente grande para acoger a dos tipos.

En el bando de los teóricamente buenos, Hoke Moseley, sargento del Departamento de Policía, sección Homicidios. La mitad de su sueldo se lo lleva su exmujer para la manutención de sus hijas. Por ello, uno: reside en un cuchitril en el irónicamente llamado Hotel Eldorado, mezcla aromática de sábanas sucias, calcetines y ropa interior sin lavar, ron y humo de tabaco rancio; y dos: procura siempre llamar desde los bares y no desde las cabinas públicas, porque si saca la placa no le cobran y encima le invitan a una copa.

Moseley tiene cuarenta y dos años, conduce un destartalado Le Mans de 1974, viste un traje de popelina, mezcla cerveza con whisky, al café le echa edulcorante Sweet´n Low y leche en polvo, y hace meses que no echa un clavo. Su mayor cruz es una dentadura postiza que remoja en agua por las noches y que sus enemigos disfrutan extrayéndosela.

En el bando de los teóricamente malos, Frederick Frenger Jr., aunque prefiere que lo llamen Junior a secas. Un «despreocupado psicópata de California» de apenas veintiocho años, aunque una existencia pasada entre reformatorios, institutos para delincuentes juveniles y centros penitenciarios le ha pasado factura y parece bastante mayor. Hacer pesas le ha provisto de unos brazos musculados y algunas mujeres encuentran atractiva su nariz rota. Tras tres años alojándose en San Quintín por robo a mano armada, lo primero que hace al salir es cometer tres atracos, así que decide poner cinco mil kilómetros de distancia y establecerse en Miami. Allá se especializa en sacarle el máximo provecho a tarjetas de crédito ajenas, roba en centros comerciales, asalta a delincuentes y se sirve de una porra y una placa de policía para confundir y magullar al personal. La mayor lección que le ha brindado la vida es el error que supone comportarse de forma altruista con los demás. No soporta las preguntas estúpidas. No ríe. Se ve reflejado en un haiku protagonizado por una rana y aprende lecciones de los lagartos.

Asegura que lo único que desea es llevar una vida normal.

Y mientras el lector disfruta de este duelo Moseley-Junior bajo el inclemente sol de Florida, una pregunta no dejará de zumbarle por los oídos: ¿de verdad es posible matar a un Hare Krishna tirando con fuerza de su dedo medio?

ANTONIO LOZANO


PARA BETSY

Barrotes de luz matutina, dedos sobre el corazón endurecido: duele, duele como un demonio.

Haiku, F. J. FRENGER, JR.

1

Frederick J. Frenger, Jr., un encantador psicópata de California, pidió a la azafata de primera clase otra copa de champán y material de escritura. Ella le trajo un benjamín frío que descorchó, y regresó momentos después con papel con membrete de la Pan Am y un bolígrafo negro. Mientras sorbía champán, durante la siguiente hora, Freddy practicó las firmas de Claude L. Bytell, Ramón Méndez y Herman T. Gotlieb.

Las firmas de su colección de tarjetas de crédito, carnets de conducir y otra documentación eran difíciles de imitar, pero al cabo de una hora y todo el champán, cuando llegó el momento del almuerzo (martini, bistec pequeño, patata asada, ensalada, pastel de chocolate y dos copas de vino tinto), Freddy decidió que lo hacía lo bastante bien como para salir adelante.

La mejor manera de falsificar una firma era darle la vuelta y dibujarla, en lugar de tratar de imitar la caligrafía. Esa era una forma segura, cuando un hombre contaba con tiempo y privacidad para falsificar un documento o un cheque. Pero sabía que para usar tarjetas de crédito robadas tendría que firmar papeles sin más, delante de empleados y dependientes que podrían estar alerta para detectar irregularidades.

Sin embargo, para Freddy, con hacerlo bastante bien era más que suficiente. No era una persona metódica, y para él una hora era mucho tiempo invertido en cualquier actividad que no le permitiera dejar vagar la imaginación. Mientras inspeccionaba las tres carteras se encontró preguntándose cosas sobre sus respectivos dueños. La primera era una cartera de piel de anguila; la segunda estaba hecha con una imitación de piel de avestruz, y la tercera era de piel de vaca y contenía fotografías en color de niños. ¿Qué impulsa a un hombre a llevar en la cartera fotos de niños tan feos? ¿Y por qué iba alguien a comprar piel de imitación de avestruz, cuando se podía conseguir una cartera de auténtica piel de avestruz por solo dos o trescientos dólares más? La otra se podía entender: la piel de anguila era suave y duradera, y cuanto más tiempo se llevaba en el bolsillo, más suave se volvía. Decidió que se quedaría la de piel de anguila. Guardó en ella todas las tarjetas de crédito y los carnets junto con las fotos de los niños feos, y escondió las otras dos en el bolsillo del asiento de enfrente, detrás de la revista de a bordo.

Satisfecho, con la tripa llena y algo achispado por el martini y el vino, Freddy reclinó el asiento y se abrazó a la pequeña almohada del avión. Durmió a pierna suelta hasta que la azafata lo despertó con suavidad y le pidió que se abrochara el cinturón de seguridad para aterrizar en el Aeropuerto Internacional de Miami.

Freddy no había facturado equipaje, así que deambuló por el enorme aeropuerto y escuchó los anuncios que surgían de los altavoces, primero en español y luego en inglés. Estaba ansioso por conseguir un taxi y buscar un hotel, pero también quería agenciarse un poco de equipaje, algo con clase. Dos piezas serían mejor que una, pero se conformaba con un baúl de Vuitton, si es que podía encontrar uno. Hizo una pausa para encender un Winston y vio una larga fila de turistas estadounidenses y diminutos hombres y mujeres indios provenientes de la península de Yucatán. Los turistas se mantenían pegados a su equipaje, y los indios vigilaban grandes cajas de cartón, pegadas con tiras de cinta adhesiva gris. Nada para él.

Un Hare Krishna camuflado tras unos pantalones vaqueros, camisa deportiva y chaqueta azul claro, con la cabeza cubierta con una peluca de color castaño mal ajustada, se acercó a Freddy y le colocó un pin en forma de bastón de caramelo en la solapa de la cazadora de cuero gris. Cuando el pin perforó la solapa de la chaqueta de doscientos ochenta y siete dólares, con cargo el día anterior a la tarjeta de un tal señor Claude L. Bytell, en los almacenes Macy’s de San Francisco, Freddy se cabreó de inmediato: podía sacar el pin, por supuesto, pero sabía que aquel diminuto agujero estaría allí para siempre, por el descuido de ese gilipollas.

—Quiero ser tu amigo —dijo el Hare Krishna— y…

Freddy asió al Hare Krishna por el dedo medio y tiró de él hacia atrás, con fuerza. El Krishna gritó y Freddy hizo aún más presión sobre el dedo, rompiéndolo. Ahí, el Krishna dejó escapar un alarido y se derrumbó. Freddy le soltó el dedo, que quedó colgando. Al caerse al suelo, al Hare Krishna se le cayó la peluca, dejando al descubierto una cabeza rapada.

Dos tipos que parecían hermanos y que habían observado lo sucedido se echaron a reír y aplaudieron. Una mujer de mediana edad, vestida con un poncho colombiano, oyó a uno de los turistas exclamar «Hare Krishna», y de inmediato sacó de su bolso un artefacto de metal denominado Krishna Kricket o «espantakrishnas» y comenzó a hacer ruidos con aquel objeto metálico en la jeta del compañero del Krishna herido, que también iba vestido de forma similar, aunque con una peluca negra. Este segundo Krishna se acercó desde el mostrador de Aeroméxico, donde estaba trabajando, para abroncar a la mujer por usar el «espantakrishnas». Entonces, el mayor de los dos hombres que reían se le acercó por detrás y le arrebató la peluca, que arrojó por encima de las cabezas de la multitud que hacía cola.

Freddy, que ya había escapado de allí, entró en el servicio de caballeros junto al bar de la zona D y se quitó el bastón de caramelo de la solapa. Examinó el agujero ante el espejo y se alisó la solapa. Decidió que aquel agujero no se advertía a simple vista, aunque allí estaba, a pesar de no ser tan malo como había pensado en un principio. Freddy guardó el bastón de caramelo en el bolsillo de la chaqueta, echó una meada rápida, se lavó las manos y salió.

Una joven dormía a pierna suelta en una hilera de sillas de plástico duro del aeropuerto. Sentado a su lado en silencio, un niño de dos años se abrazaba a un oso panda de peluche. El niño tenía los ojos abiertos, babeaba un poco y había apoyado los pies en una maleta con el logo de Cardin estampado en azul claro. Freddy se detuvo frente al niño, sacó el caramelo y se lo ofreció con una sonrisa. El niño sonrió, agarró el caramelo con timidez y se lo llevó a la boca. Mientras el niño lo chupaba, Freddy agarró la maleta y echó a andar, tomó la escalera mecánica que conducía al exterior y se montó en un taxi amarillo. El taxista era cubano y casi no hablaba inglés. Al final sonrió y asintió con la cabeza cuando Freddy le dijo:

—Hotel. Miami.

El taxista encendió un cigarrillo con la diestra y con la zurda giró el volante para meterse en el carril de la izquierda, por lo que casi atropella a una anciana y a su nieta. Se plantó de improviso frente a un Toyota, obligando a su conductor a dar un frenazo, y se dirigió a la Dolphin Expressway. Allí se las arregló para conseguir dejar a Freddy frente al Hotel International, en pleno centro de Miami, en solo veintidós minutos. El taxímetro marcaba ocho dólares y treinta y siete centavos. Freddy le dio un billete de diez, bajó del taxi, entregó la maleta al portero y se inscribió como Herman T. Gotlieb, oriundo de San José, California, mostrando una tarjeta de crédito a nombre de Gotlieb. Cogió una habitación con baño a ciento treinta y cinco dólares la noche y luego siguió al botones, un latino gordinflón, hasta el ascensor. Justo antes de llegar al séptimo piso, el botones le dijo:

—Si hay algo que desee, señor Gotlieb, por favor, hágamelo saber.

—No se me ocurre nada.

—No sé si me explico…

Y ahí el botones se aclaró la garganta.

—Te explicas —repuso Freddy—. Pero ahora mismo no quiero una chica.

La habitación era pequeña, pero el salón estaba agradablemente amueblado con un cómodo sofá y un sillón tapizado a rayas blancas y azules, un escritorio con superficie de cristal y un pequeño bar con dos taburetes. En la nevera, detrás del bar, había vodka, ginebra, whisky y bourbon, un par de mezcladores y champán. También había una lista de precios pegada a la puerta. Freddy la miró y consideró escandalosos los precios. Luego le soltó al botones dos pavos de propina.

—Gracias, señor. Si me necesita, solo tiene que llamar a recepción y preguntar por Pablo.

—Pablo. Vale. ¿Dónde está la playa, Pablo? Tal vez quiera darme un chapuzón más tarde.

—¿La playa? Estamos en Biscayne Bay, señor. Esto no es el océano. El océano está allá al fondo, en Miami Beach, pero acá tenemos una bonita piscina en la azotea, y una sauna, y si lo que quiere es un masaje, pues…

—No, está bien. Pensaba que Miami daba al océano.

—No, señor. Aquello no es Miami, sino Miami Beach. Son dos ciudades distintas, señor, unidas por una carretera, aunque de todos modos no le gustaría, señor. En Miami Beach no hay más que delincuencia.

—¿Quieres decir que Miami Beach no está en Miami?

—Señor, señor, aquí, en Brickell Avenue, no hay playa. Esto es la zona más rica de Fat City.

—Me ha parecido ver algunas tiendas en el vestíbulo. ¿Puedo comprar un traje de baño?

—Ya se lo conseguiré yo, señor. ¿Qué talla?

—No importa. Ya me encargaré más tarde.

El botones salió, y Freddy descorrió las cortinas. Podía ver el imponente edificio AmeriFirst, una parte de la bahía, el puente sobre el río Miami y los rascacielos en Flagler Street. Brickell Avenue estaba llena de brillantes edificios con fachadas de espejo. El aire acondicionado zumbaba suavemente.

Tenía al menos una semana por delante antes de que alguien diera la alarma por la desaparición de la tarjeta de crédito, pero no tenía intención de permanecer en el Hotel International más de un día. A partir de ahora se mostraría más cauto, a menos que, por supuesto, quisiera algo. Si de pronto se encaprichaba de algo, esa ya era otra cuestión. Pero lo que quería ahora, antes de que se le echaran encima, era pasar un buen rato y hacer algunas de las cosas que había echado en falta durante sus tres años en San Quintín.

Por ahora le gustaba la mirada limpia y blanca de Miami, pero se había sorprendido al enterarse de que la ciudad no daba al mar.

2

La sala vip —o Golden Lounge, como se la llamaba a veces, por el dorado de las tarjetas de plástico emitidas a pasajeros de primera clase por las tres aerolíneas que la mantenían— estaba inusualmente llena de gente. El hombre muerto tendido sobre la moqueta azul no era el único que estaba allí sin una tarjeta oro.

Hoke Moseley, sargento del Departamento de Policía de Miami, sección Homicidios, se sirvió café en un vaso de plástico —el tercero—, cogió un dónut glaseado para volver a dejarlo caer sobre la bandeja de plástico transparente y luego le echó al café edulcorante Sweet’n Low y leche en polvo. El sargento Bill Henderson, compañero de Hoke, estaba sentado en un sofá azul marino y leía la columna de humor de John Keasler del Miami News. Junto a la puerta, vestidos con chaquetas deportivas de color azul eléctrico, dos tipos de seguridad del aeropuerto ponían cara de no estar dispuestos a acatar órdenes de nadie.

Un hombre negro, relaciones públicas del aeropuerto, vestido con una camisa de seda marrón de cien pavos y unos pantalones de golf amarillos de lino, tomaba notas con un lápiz dorado en un cuaderno con tapas de cuero negro. Se metió el cuaderno en el bolsillo del pantalón y cruzó la moqueta azul para hablar con dos hombres que al parecer eran de Waycross, Georgia: John e Irwin Peeples. Ambos le miraron con el ceño fruncido.

—No se preocupen —dijo el relaciones públicas—. Tan pronto como aparezca el fiscal del Estado y haya tenido la oportunidad de hablar con él, ustedes estarán en el próximo vuelo para Atlanta. Y hay vuelos a Atlanta cada media hora.

—No queremos volar en cualquier compañía —dijo John Peeples—. O Irwin y yo volamos en Delta o no volamos.

—No hay problema. Si es necesario, sacaremos a una pareja del avión y les conseguiremos asiento en Delta en una hora.

—Yo en tu lugar —le comentó Bill Henderson, quitándose las gafas de presbicia de montura negra— no les prometería nada a estos dos. Tal vez nos estemos enfrentando a un asesinato en segundo grado. Por lo que sé, podría tratarse de un complot para asesinar a ese Krishna, y estos dos podrían estar compinchados. ¿No es cierto, Hoke?

—No lo sé todavía —dijo Hoke—. Primero esperaremos a ver lo que tienen que decir el forense y el fiscal. En cualquier caso, señor Peeples, usted y su hermano van a estar ocupados. Vamos a tener que interrogarles en comisaría como testigos materiales en el caso de —señaló el cadáver— la defunción de este Hare Krishna, y el fiscal bien puede decidir que deben permanecer aquí bajo custodia durante varios meses.

Los hermanos se quejaron. Hoke hizo una seña a Bill Henderson para que se acercara al sofá.

El otro Hare Krishna, el compañero del muerto, comenzó a llorar de nuevo. Alguien le había devuelto la peluca y se la había metido en el bolsillo de la chaqueta. Tenía por lo menos veinticinco años, pero parecía mucho más joven. Intentaba contener el llanto y se secaba las lágrimas con las yemas de los dedos. Le brillaba la cabeza recién afeitada por el sudor. Nunca antes había visto a un muerto, y aquí estaba su hermano de cuerpo presente, un hombre con el que había rezado y comido arroz integral, se encontraba tirado sobre la moqueta azul de la sala vip y estaba cubierto —a excepción de los pies, enfundados en unos calcetines de algodón blanco y unos zapatos Hush Puppies— con una manta de color crema de Aeroméxico.

El doctor Merle «Doc» Evans, médico forense, llegó con Violet Nygren, una joven adjunta, rubia y algo sosa, de la oficina del fiscal. Hoke les hizo una seña a los guardias de seguridad de la puerta para que los dejaran pasar. Hoke y Bill Henderson le dieron la mano a Doc Evans, y los cuatro fueron a la parte de atrás del salón para evitar que los hermanos Peeples, el relaciones públicas o el Krishna lloroso escucharan sus palabras.

—Soy nueva en las calles —dijo Violet Nygren al presentarse—. Solo llevo en la oficina del fiscal desde el pasado junio, cuando terminé derecho en la Universidad de Miami. Pero estoy ansiosa por aprender, sargento Moseley.

Hoke sonrió.

—Eso está bien. Este es mi compañero, el sargento Henderson. Usted es abogada, señorita Nygren, ¿dónde ha dejado el maletín?

—Llevo una grabadora en el bolso —dijo, sosteniendo el bolso de cuero entrelazado.

—Estaba bromeando. Siento un gran respeto por las abogadas, señora. Mi ex tenía una, y durante los últimos diez años he visto cómo la mitad de mi sueldo desaparecía como por arte de magia, para ir directamente a pagar la pensión y la manutención de nuestras hijas.

—No me había topado con un homicidio hasta ahora —repuso ella—. Por lo general mis casos han sido en su mayoría robos y atracos. Pero, como he dicho, estoy aquí para aprender, sargento.

—No adelantemos acontecimientos: puede que no sea un homicidio. Por eso quería a alguien de la oficina del fiscal del Estado aquí, con Doc Evans. Esperamos que no lo sea. Ya llevamos suficientes muertes este año. Pero eso les toca decidirlo a Doc Evans y a usted.

—Eso es muy considerado por tu parte, Hoke —respondió Doc Evans—. Y ahora dime, ¿qué demonios es lo que te preocupa?

—Mira, esto es todo lo que hay. El cadáver bajo la manta es de un Hare Krishna. —Hoke cotejó su cuaderno—. Se llamaba Martin Waggoner y, según lo que nos ha dicho ese otro Hare Krishna de allí, sus padres viven en Okeechobee. Vino a Miami hará nueve o diez meses, se unió a los Krishnas, y ambos residían en el nuevo Krishna ashram de Krome Avenue, en los East Glades. Ambos han estado trabajando en el aeropuerto durante unos seis meses, ese era su cometido. La gente de seguridad del aeropuerto los conocía y ya les había advertido un par de veces que no debían molestar a los pasajeros. El muerto llevaba más de doscientos dólares en la cartera, y ese otro Krishna tiene alrededor de cincuenta. Eso es todo lo que han recaudado desde las siete de la mañana. —Hoke miró el reloj de pulsera—. Ahora solo es la una menos cuarto, pero aquel Krishna de allí afirma que en un día podían recaudar quinientos pavos entre los dos.

—Eso es mucho dinero. —Violet Nygren enarcó las pálidas cejas—. Jamás habría imaginado que sacaran tanto.

—La gente de seguridad me ha comentado que hay otros dos grupos de Hare Krishnas en el aeropuerto, además de este. No hemos notificado nada a la comuna ni hemos llamado a los padres del Krishna en Okeechobee. De momento, todavía no.

—Ni nos has dicho nada del otro jueves, tampoco —se quejó Doc Evans.

—Nuestro problema, Doc, son los testigos. Había como treinta, todos en la cola de Aeroméxico, pero tomaron el vuelo a Mérida. Nos las hemos arreglado para retener a esos dos tipos de allí —Hoke señaló a los dos hermanos de Georgia, que parecían tener unos cuarenta años—, pero solo porque el más feo, el de la derecha, le robó la peluca a la víctima. Los empleados de la aerolínea atendían el mostrador en ese instante y afirman no haber visto nada porque estaban demasiado ocupados, y como estaban embarcando a los pasajeros supongo que así era. Tengo sus nombres y podemos hablar con ellos más tarde.

—Es una lástima —dijo Henderson— que no podamos encontrar a la dama del Krishna Kricket.

—¿Qué es un Krishna Kricket? —preguntó Violet Nygren.

—Los venden aquí, en librerías y farmacias. Es solo un grillo de metal con una pieza dentro, un resorte de acero que produce un chasquido metálico. Uno lo hace sonar cuando los Krishnas empiezan a molestarle. Por lo general, el ruido les espanta. Antes había un tipo que odiaba a los Hare Krishna y él se los regalaba a todo el mundo, aquí y allá, pero se le acabó el dinero, o los grillos, o la mala leche, no lo sé. De todos modos, los dos hermanos de allí afirman que la señora estaba cerca del lugar donde ha sucedido todo, y que siguió usando el «espantakrishnas» hasta que el Krishna dejó de gritar.

—¿Cómo lo mataron? —preguntó Doc Evans—. ¿O quieres que le eche un vistazo ahora y te lo diga luego? Tengo que volver a la morgue.

—Esa es la cuestión —contestó Hoke—. El caso es que en realidad no estaba muerto. Al parecer, molestó a un tipo que llevaba una chaqueta de cuero. El tipo le torció el dedo hacia atrás hasta que se lo rompió. Y luego se alejó y desapareció. El Krishna se puso de rodillas, empezó a gritar y entonces, tal vez cinco o seis minutos más tarde, falleció. Los de seguridad traen el cadáver aquí y el relaciones públicas habla de homicidio. De modo que ya ves, un Hare Krishna muerto por culpa de un dedo roto. ¿Qué le parece, señorita Nygren, es un homicidio o no lo es?

—Nunca oí que nadie muriera por culpa de un dedo roto —dijo ella.

—Debe de haber muerto del shock —dijo Doc Evans—. Te lo confirmaré después de haberle echado un vistazo. ¿Qué edad tiene, Hoke?

—Veintiún años, según el carnet de conducir.

—Eso es lo que quiero decir —dijo Doc Evans, apretando los labios—. Los jóvenes de hoy en día simplemente no saben hacer frente al dolor. Este estaba quizá desnutrido y en una forma pésima. El sufrimiento fue inesperado, demasiado para él. Que te retuerzan el dedo duele un horror.

—Y que lo digas —afirmó Violet Nygren—. Mi hermano solía hacérmelo cuando yo era niña.

—Y si se dobla hacia atrás del todo —continuó Doc Evans—, hasta que se rompe, duele la hostia. Así que probablemente entró en shock. Nadie le dio té caliente o le cubrió con una manta, y eso fue todo. No se necesita mucho tiempo para morir a causa de un shock.

—Unos cinco o seis minutos, según los hermanos Peeples.

—Eso es bastante rápido. —Doc Evans sacudió la cabeza—. La muerte por shock suele tardar quince o veinte minutos. Pero no quiero hacer ninguna conjetura. Por lo que sé, sin examinar el cadáver, podría tener también un agujero de bala en algún lugar.

—No lo creo —dijo Bill Henderson—. Todo lo que vi fue el dedo roto, y además parece una rotura limpia, sin más.

—Si fue un accidente —señaló Violet Nygren—, podría tratarse de una simple agresión. Por otro lado, si el hombre de la chaqueta de cuero tenía intención de matarlo de esta manera, sabiendo que había un historial de personas que mueren por shock en el entorno de los Hare Krishna, entonces podría muy bien tratarse de asesinato en primer grado.

—Eso me parece un poco forzado —indicó Hoke—. Vamos a tener que conformarnos con el homicidio, creo.

—No estoy tan segura de eso —continuó ella—. Imagina que le disparas a un hombre y más tarde este muere debido a complicaciones causadas por el balazo. Pues bueno, a pesar de que en un principio el tipo resultó herido leve por el disparo, en cuanto muere, el cargo pasa a ser asesinato en segundo grado o incluso en primer grado. Voy a tener que investigar este caso, eso es todo. Aunque de todos modos no podemos hacer nada al respecto hasta dar con el hombre de la chaqueta de cuero.

—Eso es todo lo que tenemos para seguir adelante —apuntó Hoke—. Una chaqueta de cuero. Y ni siquiera sabemos de qué color es. Un hombre dijo que había oído que era de color crema. Otro tipo dijo que había oído que era gris. A menos que el hombre se entregue, no tenemos la menor oportunidad de encontrarlo. En este momento podría estar en un avión rumbo a Inglaterra o a cualquier otro lugar. —Hoke sacó un Kool mentolado de un paquete arrugado, lo encendió y le dio una calada para tirarlo de inmediato en un cenicero de pie—. El cuerpo es todo tuyo, Doc. Nosotros nos quedamos con lo que llevaba en los bolsillos.

Violet Nygren abrió el bolso y apagó la grabadora.

—Tengo que contarle este caso a mi madre —dijo—. Cuando mi hermano solía doblarme los dedos hacia atrás ella nunca hacía nada. —Rio nerviosa—. Ahora puedo decirle que solo estaba tratando de matarme.

3

Frederick J. Frenger, Jr. prefería que lo llamaran Junior en lugar de Freddy y tenía veintiocho años. Parecía mayor, porque su vida había sido dura; las líneas en la comisura de los labios eran demasiado profundas para alguien que no llegaba a los treinta años. Sus ojos eran de color azul oscuro, y las cejas rubias, casi albinas. Tenía la nariz rota y mal rehecha, pero algunas mujeres consideraban este rasgo atractivo. Su piel era bonita y estaba muy moreno, por las largas tardes pasadas en el patio de San Quintín. Medía un metro setenta y pocos centímetros y debería haber tenido una constitución más delgada, pero había ensanchado el pecho, los hombros y los brazos hasta alcanzar proporciones casi grotescas gracias a las prolongadas sesiones de pesas en el patio de la cárcel y a la práctica del balonmano. También había desarrollado los músculos del estómago hasta el punto de que, con los brazos en jarras, lograba hacer olas con unos abdominales de tableta de chocolate.

Freddy había sido condenado a una pena de cinco años por robo a mano armada. La Autoridad Penal de Adultos de California le había reducido la condena a cuatro, y había fijado la libertad condicional a los dos años. Después de cumplir esos dos años, Freddy habría podido optar por salir con la condicional, pero no quiso, prefirió cumplir dos años más y dejar la cárcel sin más complicaciones. Asumía que su expediente —en la oficina del alcaide había un fichero repleto de documentos sobre él— lo definía como un criminal de carrera. Sabía que tan pronto como saliera de allí, cometería otro crimen, y que si lo pescaban mientras estaba en libertad condicional sería devuelto a prisión por violación de la condicional. Y quebrantar la libertad condicional podría suponerle ocho o incluso diez años más de prisión, y eso antes de empezar a hablar de la condena que le caería por lo que hubiera hecho al salir.

San Quintín estaba atestado de gente, por lo que no había trabajo suficiente para todos y los reclusos debían esforzarse de veras si deseaban conseguir empleo. A Freddy le gustaba trabajar y era eficiente. Asignado, después de varios meses de inactividad, al servicio de cocinas, había estudiado de cerca el protocolo que se seguía en los fogones. Después había escrito un memorando de diez páginas que envió a la dirección de la cárcel, en el que explicaba con todo lujo de detalles cómo se podía reducir personal y mejorar el servicio con solo librarse de algunos funcionarios de prisión y algunos cocineros. Para su sorpresa, lo volvieron a arrojar al patio de la cárcel.

Su informe, que en una clase de gestión empresarial de la universidad le habría valido un notable alto, le ganó en cambio la enemistad de varios funcionarios destinados en la cocina. Estos oficiales contaban con sólidos vínculos en la estructura de poder de los reclusos y exigieron que se le diera una lección por su temeridad. De modo que una tarde dos negros acorralaron a Freddy en el patio y le atizaron de lo lindo. Al ser interrogados por el capitán del patio, alegaron que Freddy había saltado sobre ellos sin más y que solo se limitaron a defenderse de un ataque psicópata y racista. Y dado que Freddy había sido diagnosticado como psicópata y sociópata (al igual que los otros dos reclusos, dicho sea de paso), le enviaron seis días al agujero para que se le quitasen las ganas de atacar a presos inocentes. Ya puestos, el capitán del patio le soltó, asimismo, una breve filípica sobre las maldades del racismo.

En aquellos malditos seis días de castigo en el agujero, castigo que incluía la revocación de los privilegios de fumar y dieta de solo pan y agua, con un plato de judías cada tercer día, Freddy dio un repaso a su vida y se dio cuenta de que su mayor error había sido empeñarse en creer que debía mostrar una actitud altruista ante la vida.

En su época de delincuente juvenil le habían enviado al reformatorio de Whittier, donde se organizó una protesta en el comedor, en un esfuerzo por conseguir repetir postre en domingo (arroz con leche y pasas, al que Freddy era muy aficionado). La protesta fracasó y Freddy tuvo que cumplir en Whittier los tres años completos de condena.

En otra ocasión, en Ione, California, en el Instituto Preston para Delincuentes Juveniles, Freddy también se había esforzado por hacer el bien: en esta ocasión planificó la fuga de un chico llamado Enoch Sawyers. El padre de Enoch había sorprendido a su hijo masturbándose y lo había castrado, pues el señor Sawyers era un hombre muy religioso y consideraba la masturbación una grave ofensa a Dios. El señor Sawyers fue arrestado, pero gracias a sus contactos en el entorno religioso y al testimonio laudatorio de su ministro eclesiástico, solo fue sentenciado a dos años de libertad condicional. Cuando el joven Enoch, de solo quince años de edad, se recuperó de aquella intervención quirúrgica que jamás habría querido para sí, se convirtió en el terror del barrio. Privado de testículos, soportando casi a diario las burlas de sus compañeros de clase, decidió demostrar su hombría dando unas palizas terribles a cualquiera que se riera de él. No tenía miedo y podía aguantar una increíble cantidad de golpes sin, al parecer, mostrar preocupación o fatiga por la paliza recibida.

En definitiva, cuando cumplió diecisiete años, Enoch era considerado una amenaza incorregible para la pacífica comunidad de Fresno, California, y muy pronto fue condenado a pasar un tiempo a la sombra en Preston. Y allí, entre reclusos jóvenes, duros de pelar, Enoch se sintió obligado a demostrar su hombría una vez más. Su técnica consistía en acercarse a alguien —daba igual quién fuera— y atizarle un derechazo en el vientre o en la mandíbula. Y seguía golpeando a la víctima hasta que esta se defendía o echaba a correr.

Para los demás internos la presencia de Enoch en el dormitorio era algo inquietante. Para resolver el problema, Freddy se hizo su amigo y elaboró un plan de escape, diciéndole a Enoch que no había mejor modo de demostrar su hombría de una vez por todas ante las autoridades que protagonizando una fuga. Fugarse de Preston no era tan difícil, y con la ayuda de Freddy, Enoch se escapó con facilidad. Lo pillaron en Oakland cuatro días más tarde, cuando se peleaba con tres agricultores chicanos a los que pretendía robarles la furgoneta. Los agricultores le dieron una paliza, le saltaron a golpes los incisivos que le quedaban y después le entregaron a la policía. En comisaría, Enoch confesó a los funcionarios de Preston que era Freddy quien había planeado su fuga, por lo que en lugar de dieciocho meses, Freddy pasó allí tres años. Y para colmo recibió también una buena tunda tan pronto como Enoch fue devuelto a la prisión.

En el agujero de San Quintín, que no era del todo tenebroso —una franja de luz mortecina se filtraba por debajo de la puerta—, Freddy meditó sobre la existencia. Su deseo de proporcionar bienestar al resto del mundo estaba en la raíz de sus problemas, por lo que en vez de mejorar su propia vida la empeoraba. Y para colmo no había ayudado realmente a nadie. Decidió que a partir de entonces solo se preocuparía de sí mismo.

Dejó de fumar. Si los privilegios de fumar le eran revocados, pero él ya no fumaba, el castigo no tenía la menor repercusión. De vuelta al patio, Freddy se unió a los deportistas, en silencio, y levantó pesas a diario. Y ejercitó también la mente, así como el cuerpo: leía la revista Time todas las semanas y se suscribió al Reader’s Digest. También renunció al sexo: logró un trueque en el que se desembarazaba de su protegido, un chicano algo fondón del este de Los Ángeles, a cambio de ocho cartones de Chesterfield y doscientas chocolatinas Milky Way. Luego cambió los Chesterfield (la marca favorita entre los presos negros) y ciento cincuenta de las Milky Way por una celda para él solo. También hizo las paces con la estructura de poder entre los reclusos. Dejó el desinterés para abrazar el propio interés, para aprender la lección que todos deben asumir antes o después: que aquello a lo que un hombre renuncia voluntariamente ya no le puede ser arrebatado.

Ahora Freddy estaba libre. Debido a su buena conducta le habían soltado después de tres años, en lugar de tenerlo entre rejas los cuatro que le tocaban. En San Quintín necesitaban el espacio, y su perfil no iría en su contra, dado que dos de cada tres reclusos estaban clasificados como psicópatas. El día en que Freddy fue puesto en libertad, el director adjunto le aconsejó no volver a Santa Bárbara, California. Le dijo que se largara a otro estado.

—De esa manera —le explicó el director adjunto— cuando te pesquen de nuevo, lo que es seguro, en ese estado solo contará como un primer delito. Aquí, en cambio, estaríamos hablando de reincidencia. Y Frenger, ten en cuenta que de todos modos nunca fuiste muy feliz en California que digamos.

El consejo había sido beneficioso. Después de realizar tres atracos en San Francisco —con su poderosa musculatura, le bastaba con retorcerle el brazo a cualquiera y estampar su cabeza contra la pared—, Freddy había puesto cinco mil kilómetros de distancia entre él y California.

Freddy abrió el grifo del agua de la bañera y ajustó la temperatura. Se desnudó y leyó la información del cartel situado al lado de la puerta del pasillo. Debía dejar la habitación al mediodía, lo que le daba veinticuatro horas de margen. Estudió el gráfico de evacuación y qué hacer en caso de incendio, y luego se llevó el menú del servicio de habitaciones al cuarto de baño. Cuando la bañera estuvo llena, cerró el grifo. Volvió al mueble bar, llenó un vaso alto con hielo y ginger ale y se metió en la bañera para leer la carta.

Echó una mirada al menú del servicio de habitaciones y luego estudió la lista de vinos. No sabía nada de vinos. Una añada u otra no significaba nada para él, pero le sorprendió lo de los precios: la idea de pagar cien dólares por una botella de vino, incluso con una tarjeta de crédito robada, se le antojaba algo escandaloso de verdad. Y debía ser cauteloso: sabía que mientras no comprase nada que costara más de cincuenta dólares, la mayoría de los empleados no iban a llamar al número 800 para comprobar el estatus de la tarjeta de crédito usada. Al menos esa era la política habitual: en los hoteles, por lo general nadie solía mover un dedo para interesarse por una tarjeta hasta el día del check-out. Pero él había alquilado una suite a ciento treinta y cinco pavos al día. Bueno, decidió que no se preocuparía, y al recordar el atraco a Herman T. Gotlieb en un callejón se sintió un poco más seguro: eso era lo mejor de robar a gais, que a la policía le importaba un carajo lo que les sucediera. Y, además, el señor Gotlieb había sufrido una terrible conmoción cerebral y durante algún tiempo sería un hombre muy muy confundido.

Freddy salió de la bañera, se secó con una toalla que se puso alrededor de la cintura. Necesitaba un afeitado, pero no tenía nada con que afeitarse. Aunque su cara estaba limpia, se sentía sucio con la pelusilla rubia. Revisó de nuevo la cartera de piel de anguila. Tenía setenta y nueve dólares en billetes y algo de calderilla. Los ciudadanos de San Francisco que había asaltado llevaban muy poco dinero en metálico. Tenía siete tarjetas de crédito, pero iba a necesitar algo más de pasta contante y sonante.

Dejó la maleta robada Cardin en la mesita de café. Estaba cerrada con un candado. Si dentro había una maquinilla de afeitar tal vez podría afeitarse. No tenía un cuchillo, pero en el mueble bar había un sacacorchos. Le llevó cinco minutos forzar las dos cerraduras. Abrió la maleta y se humedeció los labios. Ese era siempre un momento emocionante: aquello era como abrir una caja de sorpresas y nunca sabía lo que iba a encontrar.

Allí solo había ropa de mujer: camisones, faldas, blusas, zapatillas y zapatos del número treinta y seis, y medias de punto. Contenía un vestido de noche negro de seda de talla treinta y seis, un suéter azul claro de cachemira de la talla treinta y ocho y unas gafas de sol Cardin en una funda de piel de lagarto. Los artículos eran caros, pero no había ninguna maquinilla; al parecer, la joven madre propietaria de la maleta no se afeitaba las piernas.

Freddy marcó el número de recepción y pidió hablar con Pablo.

—Pablo —dijo cuando el chico se puso al aparato—, soy el señor Gotlieb.

—Sí, señor.

—Quiero una chica. Una pequeñita, que use la talla treinta y seis.

—¿De qué altura?

—No estoy seguro. ¿Cuánto mide una chica que usa una treinta y seis?

—Pueden llegar a ser altas, desde el metro y medio al metro setenta y ocho más o menos.

—Eso no tiene ningún sentido. ¿Cómo podría caberle el mismo vestido a una mujer de metro y medio y a otra de casi metro ochenta?

—No lo sé, señor Gotlieb, pero las tallas femeninas son una locura. Mi esposa usa una veintidós de sombrero. Yo uso una siete y medio, y eso que mi cabeza es mucho mayor que la suya.

—Está bien. Envíame una bajita.

—¿Por cuánto tiempo?

—No lo sé. ¿Es importante?

—Todavía rigen las tarifas del mediodía. Tengo una ahora, pero acaba el turno a las cinco. Eso es todo lo que tengo ahora. Aunque esta noche puedo conseguirle otra aún más bajita.

—No. Está bien. Ni siquiera sé si la querré hasta las cinco.

—¿Dentro de unos veinte minutos, entonces?

—Dile que me suba un club sándwich con rodajas de pepinillo.

—Ella no puede hacer eso, señor, pero le enviaré al camarero del servicio de habitaciones con el sándwich.

—Bien. Luego arreglaremos cuentas.

—Sí, señor.

El club sándwich, con carne de pavo, beicon, queso americano, lechuga y rodajas de tomate sobre pan tostado, costaba doce dólares, más un cargo de otro dólar por el servicio de habitaciones. Freddy firmó la cuenta y le dio al camarero un dólar de propina. A pesar de que llevaba pepinillos en vinagre, patatas fritas, ensalada de col, mayonesa y mostaza, a Freddy su precio le pareció prohibitivo. ¿Qué demonios le había sucedido a la economía mientras él estaba en la cárcel?

Freddy se comió la mitad del sándwich y todas las rodajas de pepinillo y, a continuación, puso la otra mitad en la nevera. «Esta mitad —se dijo— vale seis dólares. ¡Santa Madre de Dios!».

Sonó un golpe suave en la puerta. Freddy soltó la cadena y abrió, y entró una chiquilla con dientes pequeños. Era bajita, de pie mediría un metro sesenta, y eso con tacones. La barbilla bien definida y los pómulos le hacían el rostro ovalado, como en forma de corazón. Llevaba unos vaqueros ajustados con el logo de Rolls-Royce bordado en la pernera izquierda en letras mayúsculas blancas, una camiseta púrpura y pendientes de oro. Su bolso de piel de canguro era lo bastante grande para guardar un buen surtido de libros escolares. Freddy le echó unos quince años, tal vez dieciséis.

—¿El señor Gotlieb? —preguntó sonriendo—. Me dijo Pablo que quería hablar conmigo.

—Sí —respondió Freddy—. ¿Cuántos años tienes, criatura?

—Diecinueve. Me llamo Pepper.

—Sí. Claro que sí. ¿Tienes alguna identificación?

—Mi carnet de conducir. Parezco menor porque no uso maquillaje, eso es todo.

—A ver, enséñame el carnet.

—No tengo por qué mostrártelo.

—Claro que no. Anda, sal por esa puerta.

—Pero si te lo enseño, sabrás mi nombre.

—Aun así te llamaré Pepper.

Ella sacó la cartera del bolso y le mostró un carnet expedido en Florida. La titular de la licencia era una tal Susan Waggoner, de veinte años… no diecinueve.

—Aquí pone que tienes veinte.

Ella se encogió de hombros.

—Me gusta ser una adolescente.

—¿Y cuánto cobras?

—Con la tarifa del mediodía y un mínimo de media hora, cincuenta dólares hasta las cinco de la tarde. Luego sube a setenta y cinco. Pero yo salgo a las cinco, por lo que para ti serán solo cincuenta pavos, a menos que quieras algún extra.

—Está bien. Vamos al dormitorio.

Pepper retiró el cubrecama y luego abrió las sábanas. Se quitó los zapatos, la camiseta y los vaqueros. No llevaba sujetador, ni lo necesitaba. Solo con las bragas, se tumbó en la cama, y puso las manos detrás de la cabeza mientras abría sus piernas flacas. Cuando cruzó los dedos detrás de la cabeza los pequeños senos casi desaparecieron, a excepción de los pezones, tersos como frambuesas. Su largo pelo castaño, recogido en una coleta atada con una cinta de goma, dibujó un signo de interrogación sobre el lado derecho de la almohada. Su vello púbico, bien lubricado, era de color trigueño.

Freddy se quitó la toalla y la dejó caer al suelo. Sondeó la lubricada vagina con tres dedos de la mano derecha. Sacudió la cabeza y frunció el ceño.

—Aquí no hay suficiente fricción para mí —dijo—. Estoy acostumbrado a los tíos. ¿Te dejas dar por el culo?

—No. Lo sé, lo intenté una vez, pero me dolió mucho. Simplemente no puedo hacerlo. Te puedo hacer una mamada, si quieres.

—Gracias, pero no me apetece. Tienes que aprender a dejártelo hacer por el culo. Ganarás más pasta y aprenderás a relajarte.

—Eso es lo que me dijo Pablo, pero no puedo.

—¿Qué talla usas?

—Depende. Puedo usar una treinta y cuatro, pero por lo general me sienta bien una treinta y seis o una treinta y ocho. Depende de la marca. Todas tienen diferentes tamaños.

—Pruébate esto, vamos.

Freddy le trajo el vestido negro de seda de la sala de estar.

—Ponte los zapatos, y luego mírate en el espejo. Hay uno de cuerpo entero en la parte trasera de la puerta del baño.

Pepper se puso el vestido, se volvió hacia un lado y otro mientras se miraba en el espejo y sonrió.

—Se ve bien, ¿verdad? Tendría que ajustármelo un poco en la cintura…

—Te lo dejo por cincuenta dólares.

—Solo llevo veinte, pero te puedo hacer una mamada gratis.

—¡Eso no es un trato! Cualquiera puede conseguir una mamada gratis en cualquier sitio. A la mierda. No soy un vendedor. Quédate el vestido. Y ya que estamos, quédate esa maleta llena de cosas. Hay algunas faldas y otras cosas, un suéter de cachemira… Quédate también la maleta.

—¿De dónde has sacado toda esta ropa?

—Es de mi mujer. Cuando me fui de casa me llevé sus cosas. Yo las pagué, por lo que son mías.

—¿Has dejado a tu mujer?

—Sí. Estamos divorciándonos.

—¿Por los tíos?

—¿Qué tíos?

—Me has dicho que te gusta montártelo con tíos y he pensado que…

—¡Virgen santa! ¿Cuánto hace que trabajas para Pablo?

—Desde el comienzo del semestre. Estudio en el Miami-Dade Community College. Necesito el dinero para pagar la matrícula de la universidad.

—Bueno, una de las primeras cosas que debes aprender es a no hacer preguntas personales a tus clientes.

—Lo siento. No quiero ser una entrometida.

Ella se puso a llorar.

—¿Por qué lloras ahora, por amor de Dios?

—No sé, no lo estoy haciendo bien, ni siquiera con los del mediodía, y cuando me vea Pablo sin el dinero me va a…

—Hay una bolsa de plástico para la ropa sucia en el armario. Pon la ropa ahí, y dale a Pablo la maleta vacía. Si repara los candados tendrá una maleta de doscientos dólares. Y ya me las arreglaré yo con él más tarde, ¿de acuerdo?

Pepper dejó de llorar, se secó los ojos y volvió a observar la ropa, que guardó perfectamente doblada en la bolsa de plástico.

—¿Qué haces normalmente cuando sales a las cinco?

—Suelo ir a pie al centro, ceno algo y luego voy a clase. Esta noche tengo una de literatura a las seis y cuarto que dura hasta las ocho menos veinte, a menos que el señor Turner nos deje salir antes. A veces, cuando tenemos que hacer algún trabajo, nos permite ir a casa a hacerlo.

«¿Por qué me mientes?», se preguntó Freddy. Ninguna universidad aceptaría a esa joven increíblemente estúpida como estudiante. Por otra parte, había conocido a un universitario en San Quintín. Aunque, por lo general, allí a esos les daban los mejores trabajos, aquel tipo no parecía más espabilado que la mayoría de los reclusos. Tal vez la joven no le estuviera mintiendo. Él no sabía nada acerca de los requisitos de acceso a la universidad, pero tal vez el listón fuera más bajo para las mujeres que para los hombres. Y era buena idea contar con una chica que tuviera coche para que le mostrase la ciudad. Hasta ahora solo había visto edificios blancos y poco más.

—Te voy a decir una cosa, Pepper. Te invito a cenar y espero a que salgas de clase. Y así luego puedes llevarme por ahí. Tienes carnet, así que supongo que también tienes coche, ¿no?

—El coche es de mi hermano. No dispongo de él todo el tiempo, pero debo reunirme con él en el aeropuerto esta noche a las ocho y media para recoger algo de dinero. Trabaja allí, y me da el sueldo todos los días para que se lo deposite en el banco. Donde trabaja no le permiten tener coche.

—¿Y no vivís juntos?

—Ya no. Lo hicimos al principio, cuando llegamos por primera vez a Miami desde Okeechobee, pero ahora tengo un apartamento para mí sola.

—Eso está bien. No me importa ir al aeropuerto de nuevo. Solo quiero familiarizarme con la ciudad. Te voy a dar una propina decente, o invitarte a una copa, o tal vez te llevaré a ver una película. ¿Qué me dices?

Ella sonrió.

—Me gustaría mucho. No he tenido una cita desde que llegué aquí, señor Gotlieb.

—Puedes llamarme Junior.

—¿Junior? Muy bien, y tú puedes llamarme Susie. Pablo me dijo que me llamara Pepper para que los clientes pensaran en algo picante. Pablo es mi mánager, y lo sabe todo acerca de estas cosas. Lo cierto es que la mayoría de los hombres se ríen cuando les digo que me llamo Pepper. Tú no, Junior, y eso es de agradecer.

—Está bien, Susie, me gustas. Te voy a decir una cosa. Deja la bolsa de ropa aquí y lleva la maleta abajo, dásela a Pablo. De esta manera no va a enterarse de que tienes la ropa, y yo puedo llevártela cuando nos veamos luego.

—Yo normalmente ceno en el restaurante Granny’s. Es un restaurante de comida sana y queda cerca del campus, a unas ocho manzanas de aquí. Voy a pie, porque dejo el coche en el garaje de la facultad, pero tú puedes tomar un taxi. Todos los taxistas saben dónde está, incluso los que no hablan inglés.

Ella le entregó la bolsa de la ropa.

—Te veré en Granny’s a las cinco en punto, entonces.

—Más bien cinco y cuarto, pero intentaré llegar lo antes posible.

—Bien. Que tengas una buena tarde.

—Gracias, pero por favor no se lo digas a Pablo. Se supone que una chica no debe salir con un cliente. Por eso quiero que nos veamos en Granny’s.

—Pablo es un imbécil. Voy a decirle que tenía jet lag y que no he podido cumplir. Y luego le soltaré diez pavos y se pondrá más contento que unas castañuelas. Pero no le comentaré nada sobre nuestra cita. No te preocupes.

Susan se ruborizó y bajó la mirada.

—Puedes darme un beso en la mejilla y así sellamos nuestra cita. De esa manera sé que realmente vas a venir esta tarde. Yo sé que a los clientes no les gusta que les besemos en la boca…

—No me importa que me beses en la boca.

—¿No?

Freddy la besó en los labios castamente, casi con ternura, y luego la condujo hasta la puerta. La chica agitó sus dedos y sonrió, y luego cerró la puerta tras ella. Se había olvidado la maleta vacía y la bolsa de ropa. Freddy decidió que le daría la maleta a Pablo en lugar de los diez dólares que tenía la intención de soltarle. Sabía que ella se presentaría siempre y cuando él tuviera la ropa.

Aún le quedaba mucho tiempo para hacer algunas compras.

4

Durante el resto de la tarde, Bill Henderson y Hoke Moseley trabajaron en sus correspondientes informes en el pequeño despacho de paredes de vidrio que compartían en la nueva comisaría de policía de Miami. Como sargentos que eran tenían derecho a una oficina con puerta cerrada con llave, pero aquel despacho era más incómodo que el espacio que los otros detectives de paisano tenían en la sala grande. La estancia estaba sin decorar, a excepción de un póster de cincuenta por setenta centímetros sin enmarcar que cubría la pared. En él se veía una mano que sostenía una pistola, con el cañón apuntando directamente al espectador. El mensaje, en letras mayúsculas de color negro debajo de la pistola, decía: MIAMI, DISFRÚTALA COMO SI FUERAS DE AQUÍ.

Tomaron declaración a los hermanos Peeples, a pesar de la estrechez del espacio. Irritados por la actitud poco cooperativa de los georgianos, dejaron que aquellos hombres volvieran en taxi al aeropuerto, en lugar de devolvérselos al relaciones públicas en un coche patrulla.

Lo echaron a suertes. Henderson perdió, lo que significaba que tuvo que llamar al padre de Martin Waggoner en Okeechobee y darle la triste noticia. Mientras Henderson llamaba, Hoke bajó a la cafetería y pidió dos cafés en vasos de plástico. Bebió el suyo en la cafetería y le llevó el otro, ahora apenas tibio, a Henderson. Este tomó un sorbo, volvió a ponerle la tapa y lo tiró a la papelera.

—El señor Waggoner me ha dicho que su hijo tiene una hermana que vive con él aquí, en Miami, y que no aceptará su muerte hasta que ella identifique el cadáver. Ha manifestado que su hijo era un tipo muy religioso, y no de los que se meten en peleas. Le he dicho que no había habido ninguna pelea y le he contado cómo ocurrió todo. No se lo ha creído. Sé cómo se siente, el pobre diablo. Cuando le he explicado que su hijo había muerto por culpa de un dedo roto me he sentido como si le estuviera contando una trola.

—Pero no murió por culpa de un dedo roto. Murió del shock.

Henderson se encogió de hombros.

—Lo sé. Le he contado lo que nos dijo Doc Evans acerca del shock. De todos modos, te toca a ti llamar a la hermana, la señorita Waggoner, para que pueda identificar el cadáver.

—Pero has perdido tú.

—Sí, y por eso he llamado al señor Waggoner. Lo de la hermana es otro asunto y mi esposa me espera en casa para cenar. Vamos a tener compañía. Y tú estás soltero.

—Divorciado.

—Sí, pero ahora estás soltero, sin responsabilidades ni obligaciones.

—Pago la pensión alimenticia y la manutención de dos hijas adolescentes.

—A veces me rompes el corazón. Pobrecito, seguro que tus noches son tristes y vacías, y no tienes amigos.

—Vaya, y yo que pensaba que tú y yo éramos amigos.

—Lo somos. Por eso te vas a encargar de la hermana mientras yo voy a casa con la parienta, un hijo adolescente y una hija con acné. Para que pueda dar de beber y entretener un poco a unos amigos de mi mujer que me caen como el culo.

—Está bien, ya que compartes tus alegrías conmigo, iré yo. ¿Tienes su dirección?

—Te la he escrito ahí, y he hecho algunas llamadas. Vive en Kendall Pines Terrace, cerca de la avenida Ciento cincuenta y siete. Apartamento cuatro-uno-ocho.

—¿En Kendall? Eso está en el quinto pino.

Hoke pasó la información de la libreta amarilla a su cuaderno de notas.

—Por suerte para ti no está en casa. Susan Waggoner va al campus de Miami-Dade. Va a estar en clase a las seis y cuarto. Ya he llamado al registro de la universidad, por lo que te van a enviar un asistente a la clase para que te busque a la chica. Incluso te da tiempo a tomar un trago antes. Dos tragos.

—Y así todo sale mejor, ¿no? Tú te vas a casa a cenar y a mí me toca acompañar a una joven histérica a la morgue para que vea a su hermano muerto. Claro que puede que desde el infierno hasta Kendall ya se haya calmado. Y aún entonces yo tendré que ir de regreso a Miami Beach. Tal vez, si tengo suerte, llegaré a casa a tiempo para ver las noticias de las once.

—¿Qué demonios te pasa, Hoke? A fin de cuentas son horas extras, ¿no?

—Tiempo compensatorio. Este mes ya he agotado mi cupo de horas extras.

—¿Cuál es la diferencia?

—Veinticinco dólares. Oye, ¿no hemos tenido esta conversación antes?

—El mes pasado. El mes pasado fui yo quien tuvo que sentarse en una ferretería hasta las cuatro de la madrugada mientras tú dormías a pierna suelta.

—Pero te pagaron las horas extras, ¿no?

—No, fue tiempo compensatorio.

—¿Y cuál es la diferencia?

—Veinticinco dólares.

Los dos rieron, pero la risa no ocultó el malestar de Hoke. Él no sabía qué era peor, si decirle a un padre que su hijo había estirado la pata o contarle a una hermana que su hermano estaba muerto. Lo único que le alegraba era no tener que decírselo a ambos.

5

Con aquella ropa nueva Freddy parecía un tipo de Miami. Vestía una guayabera azul claro, pantalones blancos de lino con pequeñas raquetas de tenis de oro bordadas a intervalos irregulares en ambas perneras, mocasines blancos de charol, un cinturón con la hebilla en forma de delfines y calcetines azul claro que hacían juego con la guayabera. Se había hecho un corte de pelo de veinte dólares y un afeitado de ocho dólares, que había cargado a la habitación, tras dejar una generosa propina para el peluquero. Podía haber pasado por un tipo de la zona, o por un turista de Pensilvania dispuesto a quedarse la temporada completa.

Freddy llegó al restaurante Granny’s un poco antes de las cinco y pidió una taza de té de ginseng. Le dijo a la camarera cubana de anchas caderas que estaba esperando a alguien. Nunca había probado el té de ginseng, pero se las arregló para matar su amargor con tres cucharadas de azúcar moreno de caña. El menú no tenía mucho sentido. Después de echarle un vistazo, decidió que lo mejor sería esperar a Susan y pedir lo mismo que ella. El té de ginseng era malo, pero le había parecido una opción mejor que el té gunpowder que la camarera le había recomendado. Se había quedado sin cigarrillos, el primer paquete que había fumado desde que salió de la cárcel. Cuando le pidió a la camarera que le trajera un paquete de Winston 100, ella le dijo que en Granny’s no se permitía fumar y que los cigarrillos eran veneno para el cuerpo.

En realidad, Freddy se dio cuenta de que no quería fumar. Dejar el vicio en la cárcel le había costado mucho. Seis días en el agujero sin un cigarrillo había sido un buen comienzo, algo que ayudó a su cuerpo a deshacerse de la nicotina almacenada, pero no le había quitado la dependencia psicológica. Hay muy pocas cosas que un hombre pueda hacer solo en la cárcel. Fumar es una de ellas: no solo ayuda a matar el tiempo, sino que además le da al hombre algo que hacer con las manos. Hasta que comenzó a levantar pesas en serio, los largos días de vagar por el patio sin un cigarrillo habían sido duros, sus peores momentos entre rejas. Y, sin embargo, lo primero que hizo cuando llegó a la terminal de autobuses de San Francisco fue comprar un paquete de Winston 100. Los había elegido por el color rojo oscuro de la cajetilla. De alguna manera su mente había relacionado fumar con la libertad, a pesar de que era en sí una forma de esclavitud. No volvería a engancharse. De lo contrario, cuando regresara a la cárcel tendría que pasar por todo eso de nuevo.

Aún vestida con su ropa de trabajo, Susan llegó unos minutos después de las cinco. Le saludó con la mano desde la puerta y luego se unió a él en la mesa para dos pegada a la pared. Se sentó debajo de una cesta suspendida del techo de la que brotaba una maraña de helechos colgantes. Estaba contenta de ver a Freddy, eso estaba claro.

—Se te olvidó la maleta —dijo Freddy—, pero se la di a Pablo. La ropa está en la bolsa de debajo de la mesa.

—No se me olvidó. Lo quise así. Muchos de los empleados saben lo que hago en el hotel y no les gusta. Las chicas no les gustamos, porque nosotras sacamos mucha pasta. Así que si hubieran visto a una chica con una maleta habrían llamado a seguridad y les habrían dicho que se la había robado a un huésped o algo así. Y luego, cuando yo hablase con seguridad y les contase la verdad, tendrían que consultarlo contigo, y alguien sabría que no tienes otro equipaje. Esto podría causarte algunos problemas. Además, si lo he entendido bien, el asunto es que cuando te fuiste de casa tomaste la maleta equivocada, ¿no? La de tu mujer en vez de la tuya, ¿eh?

—Algo por el estilo. Eso es interesante, Susan. No pensé que fueras capaz de pensar en algo tan complicado.

—No siempre he sido una persona reflexiva. Cuando estaba en la escuela secundaria en Okeechobee de lo único que me preocupaba era de pasarlo bien. Pero en Miami-Dade los profesores quieren que usemos la cabeza.

—¿Dónde queda Okeechobee?

—Cerca del lago, al norte, por la carretera de Disney World.

—¿Qué lago?

—¡El lago Okeechobee! —Susan se echó a reír—. Es el lago más grande de todo el sur del país. Todo el mundo saca el agua del lago Okeechobee.

—Soy de California. No conozco una mierda de Florida.

—Yo tampoco sé nada de California. De modo que estamos en paz.

—El lago Tahoe es bastante grande, queda en California. ¿Has oído hablar de Tahoe?

—Me suena, pero no sé dónde está.

—Una parte pertenece a Nevada, y el resto está en California. En el lado de Nevada se puede jugar en los casinos.

—En Florida el juego está prohibido, si exceptuamos el hipódromo, el canódromo y el frontón. Claro que también puedes apostar en las peleas de gallos y de perros, si sabes cómo encontrarlas. Pero según el gobernador todos los demás juegos de azar son inmorales.

—¿Es ese gobernador jesuita, por un casual?

—Eso de ser jesuita es como ser católico, ¿no?

—Un católico con buena educación, eso es lo que me han dicho.

—No, él es protestante. Aquí sería una pérdida de dinero darle un cargo público a un católico.

—Háblame de Okeechobee, y dime por qué has venido a Miami.

—Hace más calor que aquí, para empezar. Y llueve más, también, por el lago. Es un pueblo pequeño, no tan grande como Miami, y no hay mucho que hacer, solo jugar a los bolos o ir de pesca y a nadar. Si no te gusta el campo, no te gustará Okeechobee. Si una chica no se casa antes de cierta edad no tiene futuro, y a mí nadie me pidió en matrimonio. Cocinaba para papá y mi hermano, pero eso no impidió que me quedara embarazada. Por eso vine a Miami, en realidad, para abortar. Mi papá me dijo que quedarme embarazada de esa manera era una desgracia y que no volviera.

—Pero el Reader’s Digest asegura que cerca de un cuarenta por ciento de las chicas que se quedan embarazadas no están casadas. ¿Por qué le molestó tanto?

—Mi hermano Marty discutió con él por eso mismo. Le dijo a papá que solo Nuestro Señor tiene potestad para castigar a la gente, y que por lo tanto el viejo no tenía ningún derecho a juzgarme. Así que Marty tuvo que venirse conmigo. Papá no cree en casi nada y Marty es muy religioso, de modo que ya ves cómo está el patio.

—¿Así que os mudasteis a Miami…?

Ella asintió.

—En autobús. Marty y yo somos uña y carne. Nacimos con solo diez meses de diferencia, y él siempre se ha puesto de mi lado, contra papá.

La camarera les interrumpió.

—¿Quieres más té o vais a pedir la comida?

—Yo tomaré la ensalada Circe —dijo Susan—. Siempre la pido.

—Yo también —añadió Freddy.

—Pide la ensalada Circe, sí. Papá siempre se pone de mal humor, pero en el fondo es un buenazo. Creo que podríamos volver y él no diría esta boca es mía. Pero nos va tan bien aquí que pensamos quedarnos mucho tiempo. Cuando tengamos ahorrado lo suficiente Marty quiere volver a Okeechobee y pillar una franquicia de Burger King. Él lo llevará durante el día, y yo me ocuparé por las noches. Vamos a construir una casa en el lago y tendremos una lancha rápida y todo eso.

—Así que Marty lo tiene todo resuelto, ¿eh?

Susan asintió.

—Por eso voy a Miami-Dade. Cuando apruebe las asignaturas de ciencias, literatura y sociedad me graduaré en administración de empresas.

—¿Y vuestra madre? ¿Qué piensa de vosotros dos?

—No sé dónde está, y papá tampoco. Trabajaba en una cafetería de camioneros, y una noche, cuando yo solo tenía cinco años, se escapó con uno de ellos. Papá le siguió la pista hasta Nueva Orleans, incluso pagó a un detective privado, pero ella desapareció.

»Sin embargo, a Marty y a mí nos va de perlas aquí. Él pide dinero para los Hare Krishna, y todos los días me da por lo menos cien dólares para que se los ingrese en el banco. En comparación con la mía, la de Marty es una vida dura, porque noche tras noche debe dormir a la intemperie y tiene que levantarse a las cuatro de la madrugada para rezar. Pero a él no le importa trabajar siete días a la semana en el aeropuerto: no cuando gana cien pavos al día para nosotros, para ahorrarlos.

—De hecho, creo que vi a uno en el aeropuerto, pero no entiendo eso de los Hare Krishna. ¿Quiénes son, realmente? No parecen de este país.

—Ahora, sí. Es una especie de secta religiosa de la India, un grupo de mendigos profesionales… Y ahora se han extendido por todo Estados Unidos. Debe de haber algunos en California, también…

—Tal vez sea así. Nunca había oído hablar de ellos, eso es todo.

—Bueno, Marty vio las ventajas de su negocio de inmediato, porque se les permite mendigar de forma legal.

Susan se inclinó hacia delante y bajó la voz.

—Mira, él se mete un dólar en un bolsillo para los Hare Krishna, y otro dólar en otro bolsillo para nosotros. Al ser una organización religiosa, los Hare Krishna pueden mendigar legalmente en el aeropuerto, mientras que si vas tú por tu cuenta y riesgo acabas en la cárcel.

—En otras palabras, que tu hermano les roba a los Hare Krishna.

—Supongo que puedes decirlo así. Me contó que si le pescaban lo pondrían de patitas en la calle. Pero eso no va a pasar. Marty y yo nos vemos cada noche en el buzón de la entrada del hotel que está justo dentro del aeropuerto. Mientras hace ver que echa una carta en el buzón me desliza el dinero en el bolso. Él va con otro que se supone que lo vigila, pero Marty siempre puede tener un minuto para ir al baño, ¿no? Lo que no alcanzo a entender es por qué los pasajeros le sueltan billetes de cinco y diez pavos, y a veces de veinte, solo porque él se lo pida. Él afirma que es porque tienen miedo, porque todos se sienten culpables de algo que han hecho. Lo cierto es que saca una buena tajada para un turno de doce horas.

La camarera les trajo las ensaladas Circe: grandes hojas de lechuga, gajos de naranja, judías y brotes de trigo, coco rallado, yogur de vainilla y un relleno de caña de azúcar, empapado todo en ginseng. La ensalada venía en un cuenco de porcelana en forma de una concha de almeja gigante.

—Nunca había comido en un restaurante de comida sana.

—Yo tampoco, al menos no hasta que llegué a Miami. No tienes que comértelo si no te gusta.

—No me gusta la raíz de ginseng. ¿Es que aquí se lo ponen a todo?

—Más o menos. Se supone que te hace sentir sexi, pero lo cierto es que le echan ginseng porque no sirven carne. Esa es la razón, creo yo.

—Prefiero la carne. Esto sería comestible de no ser por el ginseng. ¿Cuánto has sacado esta tarde?

—Cincuenta dólares. Un colombiano y un anciano de Dayton, Ohio. Si a eso le sumamos la ropa que me has dado, ha sido un buen día. Además, te he conocido. Tú eres el hombre más bueno que he conocido por aquí.

—Tú también me gustas.

—Tienes unas manos preciosas.

—Nadie me lo había dicho antes. Toma el resto de mi ensalada.

—Ni siquiera has probado el yogur.

—¿Yogur? Pensé que era un helado con la fecha de caducidad pasada.

—No, es yogur. Se supone que su sabor es un poco ácido.

—No me gusta.

—Lo siento, Junior. Supongo que debería haberte llevado al Burger King. Está justo enfrente de la facultad.

—No pasa nada, no tengo hambre. Me comí un sándwich en la habitación, antes de comprar esta ropa.

—La camisa azul te hace juego con los ojos. ¿La has comprado por eso?

—No, porque me gustó que tuviera tantos bolsillos. Hace demasiado calor para usar chaqueta y necesito los bolsillos. ¿Siempre hace tanto calor aquí?

—No llega a los treinta grados. Eso es normal en octubre. En verano hace mucho calor, especialmente en Okeechobee. Y luego están los mosquitos. Hace tanto calor que no se puede hacer nada. Cuando vas al autocine por la noche únicamente bebes cerveza, sudas y usas el aerosol Cutter.

—¿Cutter?

—Es un repelente de mosquitos que funciona de perlas. Los bichos te siguen rondando, pero no te llegan a picar. No, si es de la marca Cutter. Hay otro, pero cuando te lo echas te sale una erupción. Sin embargo, no es tan malo, porque para entonces ya te ha salido un sarpullido. Oye, mejor pagamos y nos vamos a clase, ¿no?

—Yo me encargo. Dame la cuenta.

—No, te invito yo. Si quieres, puedes venir a clase conmigo. Hay aire acondicionado y al profesor Turner no le importará. Va a pensar que eres uno de sus alumnos, de todos modos. Nos dijo que no se aprendería nuestros nombres. Que se aprenderá los de los que saquen sobresalientes y suspensos, y que los del resto no le importan. En literatura saco un aprobado justito, de modo que no sabe cómo me llamo.

Había treinta y cinco estudiantes en la clase, treinta y seis, contando a Freddy, quien se sentó en la última fila junto a la pared, detrás de Susan. No había ventanas y las paredes, a excepción de la pizarra verde, estaban cubiertas de corcho. No se oía ningún ruido de la ciudad. Los estudiantes, en su mayoría latinos y negros, guardaron silencio mientras observaban al profesor escribir la palabra «Haiku» en la pizarra con una tiza de color naranja. El profesor, un hombre corpulento y barbudo, de cuarenta y tantos años, no pasó lista, tan solo esperó a que se hiciera el silencio antes de ponerse a escribir en la pizarra.

—El haiku —dijo con voz bien entrenada— es un poema japonés de diecisiete sílabas de muchos siglos de antigüedad. No hablo japonés, pero según tengo entendido gran parte de la belleza del haiku, que se pronuncia «jai-kú», se pierde en la traducción a nuestra lengua.

»Es sabido que la lengua inglesa no es buena para las rimas. Las tres cuartas partes de toda la poesía escrita en inglés no tiene rima, debido a la escasez de palabras que rimen. Desafortunadamente para los estudiantes latinos, el español tiene muchas palabras que terminan en vocal, lo que presenta la misma dificultad pero a la inversa.

»En cualquier caso, aquí os pondré un haiku en inglés.

Y escribió en la pizarra:

El sol de Miami sube en los Everglades: bollo redondo.

—Este haiku —continuó—, que me inventé en la barra del Johnny Raffa antes de venir a clase, es un poema realmente infecto. Os aseguro que nadie me ha echado una mano para hacerlo así de mal. Si el gran poeta japonés Basho hubiera sabido inglés y si aún estuviera vivo, lo detestaría con todas sus fuerzas. Pero él lo reconocería como un haiku, porque tiene cinco sílabas en el primer verso, siete en el segundo y cinco en el tercero. Contad y tendréis diecisiete sílabas, todo lo necesario para un haiku, y todas ellas encaminadas a brindar al lector una idea perspicaz.

»Probablemente, aquellos de vosotros que meditan las cosas estén preguntándose por qué estoy hablando de poesía japonesa. Os diré por qué: porque quiero escribir oraciones simples. Sujeto, verbo, predicado. Quiero usar palabras concretas que transmitan significados exactos.

»Me consta que los estudiantes que hablan español no saben muchas palabras anglosajonas, pero eso es porque se empeñan en hablar en español fuera de clase, en lugar de practicar el inglés. Salvo en ponerles un suspenso en sus trabajos no puedo ayudarles, pero les ruego que al escribir escarben, «es-car-ben» en los diccionarios en busca de palabras concretas. Cuando se escribe en inglés, uno debe forzar al lector a sacar algo en claro.

Hubo una carcajada en la parte posterior del aula.

—Basho escribió haikus en el siglo xvii, y todavía se le lee y se habla de él en el Japón de hoy. Hay un par de cientos de revistas japonesas sobre haikus y todos los meses se publican artículos sobre el haiku más famoso de Basho. Os voy a dar la traducción literal en lugar de una traducción de diecisiete sílabas.

Escribió en la pizarra:

El estanque antiguo, salta una rana. El ruido del agua.

—Ahí está —dijo Turner, rascándose la barbilla con la tiza—: «El estanque antiguo, / salta una rana. / El ruido del agua». Lo que falta, por supuesto, es la onomatopeya del sonido del agua. Pero el significado es obvio, ¿no? A ver, ¿qué significa?

Miró a su alrededor pero no obtuvo éxito, todos los ojos le rehuyeron. Los estudiantes, con la boca triste y los párpados caídos, parecían estudiar los libros y documentos que tenían sobre la mesa.

—Puedo esperar —advirtió Turner—. Me conocéis lo bastante para saber que puedo esperar durante quince minutos a que salga un voluntario antes de que se me agote la paciencia. Me gustaría poder esperar más, porque mientras estoy esperando a un voluntario no tengo que enseñar.

Se cruzó de brazos.

Un joven vestido con vaqueros rotos, una camiseta sin mangas de un azul desvaído y zapatillas de deporte sin calcetines, levantó la mano derecha apenas unos centímetros por encima del pupitre.

—Venga, dale —dijo el profesor, señalándole con la tiza.

—Lo que significa, creo yo… —comenzó el estudiante— es que hay un viejo estanque de agua. Esta rana, con ganas de entrar en el agua, viene y salta. Y cuando brinca en el agua hace un sonido como un chapoteo.

—¡Muy bien! Esa es la interpretación más literal que se puede obtener. Pero si eso es todo lo que hay en el poema, ¿por qué los jóvenes en Japón siguen escribiendo artículos acerca de este poema en sus revistas? De todos modos, gracias. Por lo menos ahora tenemos la traducción literal.

»Ahora, vamos a suponer por un instante que Miami representa el viejo estanque. Tú, y la mayoría de vosotros, al menos, habéis venido de fuera. Habéis llegado a Miami a saltar en este viejo estanque. Tenemos un millón y medio de personas aquí, por lo que el salto que hagáis no va a hacer un ruido muy fuerte. ¿O tal vez sí? Seguramente depende del tipo de rana que seáis. Algunos de vosotros, me temo, causaréis un impacto tan grande que todos lo oiremos. Algunos harán un ruido tan débil que no lo oirá ni el vecino de al lado, pero lo cierto es que al menos estamos todos en el mismo estanque y…

Se oyó un ruido afuera, en el pasillo. Molesto, el señor Turner se acercó a la puerta y la abrió. Freddy se inclinó hacia delante y susurró a Susan:

—Lo que está diciendo es algo muy muy profundo. ¿Sabes de qué está hablando?

Susan negó con la cabeza.

—¡De nosotros! De ti, de tu hermano y de mí. ¿Qué significa esa otra palabra que ha usado… «onomatopeya»?

—Es cuando una palabra reproduce un sonido real. Como cuando decimos «¡splash!» para representar el ruido del agua…

—¡Muy bien! ¿Te das cuenta? —A Freddy le brillaban los ojos—. Tú y yo, Susan. Vamos a causar un gran revuelo en esta ciudad.

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Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
252 s. 4 illüstrasyon
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9788490064290
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