Kitabı oku: «De viento y huesos»
Charlie Jiménez
Viento y huesos

Primera edición en ebook: octubre, 2020
Título Original: Viento y huesos
© Charlie Jiménez
© Editorial Rara Avis
ISBN: 978-84-17474-90-4
Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.

Para Oscar Bouzo.
Por susurrarle al viento.
Y luchar con los huesos.

PRÓLOGO
Mario lo tenía todo atado. Ni sus padres lo echarían de menos, ni su novia le podría reprochar nada. Su mejor amigo ya no era su mejor amigo. Habían discutido hacía unos años y desde entonces no se habían vuelto a ver.
Siempre había evitado pensar en escribir esa carta que ahora estaba ultimando. En ella mencionaba cosas que había hecho y de las que se arrepentía, cosas que no había hecho y otras que le quedaban por hacer. Lo que peor llevaba era pensar en todo lo que les dejaba a sus seres queridos. Aquellas tormentas interiores, que siempre hacían acto de presencia en momentos culminantes y que hoy pasaban desapercibidas. Todo estaba decidido, ya no había vuelta atrás.
Su novia, Blanca, nunca se lo perdonaría. También se trataba de una última lección que les daba a sus padres, al fin y al cabo, estaban de vacaciones en Cuba y tampoco le daban demasiada importancia a las decisiones que tomaba su hijo, así que una carga menos para ellos. Lo que de verdad le importaba es lo que pensarían sus amigos cercanos, sobre todo Álex, la persona más importante de su vida, ya que le partía el alma tener la certeza de que no lo volvería a ver. Aunque Mario sabía perfectamente que lo que estaba a punto de acontecer era un reflejo reprimido durante toda su vida. Siempre había estado dispuesto a ayudar a los demás, aun sabiendo que el esfuerzo nunca se vería recompensado. Pero así era él, fuerte en los momentos en los que los demás se sentían débiles y débil en aquellos en los que los demás eran más fuertes. El porqué es algo que siempre se había preguntado. Echando la vista atrás, a menudo había sido una persona sociable, vestía con alegría una gran sonrisa que le caracterizaba. Contagiaba e irradiaba buenas vibraciones. Era la típica persona que querrías tener a tu lado, como amigo. Siempre dispuesto a ayudar… Sin embargo, en el fondo, Mario sabía que eso era solo una fachada. Un escudo con el que se enfrentaba a sus problemas diarios. Un insulto a su propia integridad. ¿Estaba dispuesto a convivir con ello? Por supuesto que sí. Y así lo había hecho hasta sus treinta y dos años. Pero ahora todo era distinto. Ya no quería ser la persona que siempre estaba preocupándose por los demás. Ahora quería ser libre, desatarse de sus responsabilidades.
Vivir en Mallorca le supuso seguir atado a todo aquello que no le permitía abrir sus alas. La isla es un paraíso turístico a los ojos de cualquier persona que viva o no viva en ella. Pero para él, ese paraíso no existía. Su sonrisa se había ido difuminando poco a poco hasta tal punto de sentirse ahogado en ella. Tenía sus propios motivos. Mario no dejaba cabos sueltos, tenía un plan y quería dejar plasmados sus motivos en papel. Pero antes de escribir aquella carta, se mudó a Barcelona, una ciudad cultural in crescendo. Quería demostrarse a sí mismo que podía salir del bache en el que se había metido. Aunque, por desgracia, al cabo de dos años, la vida le volvió a demostrar que había tomado malas decisiones. Los problemas le perseguían, e incluso, Carmen, la única hermana que tenía, se animaba a reprocharle el abandono a su familia. ¿Qué le importaba a ella? Siempre había sido la niña mimada de papá y jamás se preocupó por lo que pensara su hermano al respecto. Su padre le había regalado un yate cuando se sacó la carrera de Derecho, mientras que a Mario no le regalaron ni la tarta en su último cumpleaños. Cuando Mario regresó a Mallorca, su hermana lo recibió con un «aquí vuelve el desheredado con el rabo entre las piernas». No es que siempre se hubieran llevado como el perro y el gato, simplemente antes vivían tiempos mejores, incluso Carmen llegó a ser el principal apoyo de Mario, pero todo cambió cuando él decidió dejar de sonreír. Mil veces le había dicho su hermana que se había vuelto un borde y un prepotente. «Desde la fiesta del yate, no has vuelto a ser el mismo», le decía.
Entonces se refugiaba en los besos y abrazos de Blanca. Aquella chica tenía algo especial. Siempre lo miraba de tal manera que a Mario le calmaba los nervios. Ella siempre estaba dispuesta a consolarlo. Blanca se había enamorado de Mario nada más verle, aunque, por desgracia, entre ellos no surgió la chispa inmediatamente, ya que ella no estaba en el mejor momento de su vida. Aquella primera vez habían coincidido en un cumpleaños de un amigo que tenían en común. Desde el primer momento entablaron una conversación sobre series de televisión que les mantuvo entretenidos durante toda la noche. Conversaban sobre los entresijos de Juego de Tronos, el final poco convincente de Perdidos, el relleno intencionado de The Walking Dead o el enrevesado argumento de Homeland. Dos años después, tras varias relaciones infructuosas y dos novios de Blanca, esta se dio cuenta de que estaban hechos el uno para el otro. Un día, en una de esas cenas que hacían mensualmente en el restaurante hindú de siempre, Mario se sinceró: «No pienso esperar a que te enrolles con un tercer tío si ese no soy yo. No es justo ni para ti ni para mí. Además, no es agradable estar observando cómo los demás te rompen el corazón. Nunca me atrevería a hacerte algo así. Creo que ya ha pasado el tiempo suficiente como para que me conozcas. ¿Capisci?». A Mario se le daba bien ligar con mujeres, no es que fuera un mujeriego, para nada, pero cuando quería a alguien, no tenía fijación para nadie más, y podía estar años esperándola hasta que esa persona se diera cuenta de que también lo deseaba. O al menos, eso pensaba él. Fue así como Blanca le respondió con un tremendo beso y continuó con el deseo liberado en el colchón. Desde entonces habían sido uña y carne, pero, aunque Mario era el típico caballero que derrochaba aires de bohemio y que contenía miradas risueñas, también cometía errores. La sólida amistad de Álex se vio truncada enfocándose en lo que siempre había necesitado: dedicarse tiempo a sí mismo. Por desgracia, se vio obligado. Se lo debía a sí mismo. Álex, su mejor amigo, se había mostrado sempiterno, es decir, le había prometido estar siempre a su lado. Ambos se necesitaban, aunque contrariamente, su comportamiento era muy distante. No obstante, el fragor de una buena amistad se puede quebrar con un simple pensamiento. ¿Entonces por qué no se habían vuelto a dirigir la palabra después de tres años? Podría tratarse de falta de confianza, pero ya había demostrado que la relación entre Álex y él, sobrepasaba cualquier otro límite. Aunque eran almas muy distintas, solían percibir las cosas con la misma intensidad.
Abandonó a Álex por falta de fe. Se apoyó fervientemente en Blanca, quien se desvivió plenamente por él.
Sus padres, Juan Antonio y María del Mar, eran harina de otro costal. Se afianzaban en la seguridad de su empresa, un bufete de abogados muy prestigioso en las islas Baleares. Bufete Amengual, lo llamaron, en honor al padre de Juan Antonio y abuelo de Mario. Por último, Carmen, muy pendiente de sacarse el máster en derecho, se las ingeniaba para ser el ojito derecho de la familia. Alguien en quién poder confiar. Si dependiera de ella, su hermano Mario no habría tenido la oportunidad de regentar el bufete cuando sus padres se jubilaran. Por suerte, su hermano había rechazado la oportunidad de heredar el negocio. Fue tal la ignorancia de su familia, que no se dieron cuenta de que Mario había montado un negocio con el dinero que había ahorrado durante sus años trabajando de camarero junto a la ayuda económica que le dejó en herencia su abuela cuando murió. Así nació Varados, el pub que regentó Mario durante tres años y que luego vendió al mejor postor con tal de pasar más tiempo libre consigo mismo. Durante esos tres años intentó demostrar a sus padres que valía para algo. Es cierto que Carmen se mostró positiva con la adquisición del local y colaboró algún que otro fin de semana como camarera, pero, al fin y al cabo, no era accionista y, por lo tanto, no hacía hincapié en opinar. Su hermano vendió Varados a un joven al que la vida le había sonreído tocándole la lotería. Mario sabía que su hermana era capaz de esforzarse y demostrar su lado más humano. Fueron días felices, pero se hacían cuesta arriba. No solo por el cansancio que conlleva dirigir un local nocturno de éxito, sino también porque eran días inciertos. Sus amigos, sus primos, sus tíos… todos acudían a verle, y Mario siempre vestía con habitual sonrisa. «Tranquilo, primo, a esta invita la casa». «Kovak, esta es la última que nos conocemos». «Álex, no te pases, que luego tienes que conducir. Una más y ya». Mario se fiaba. Ese era su lema. Total, ¿a quién le importaba? Dejar el local en manos de otro fue su mejor decisión hasta la fecha. Aun así, sus padres nunca vieron con buenos ojos que su hijo tuviera un local de copas, y de vez en cuando le recordaban su disgusto. Carmen se pasó defendiéndolo esos últimos tres años, pero cuando Mario vendió el bar, se le agrió el carácter y su hermana se aprovechó de las circunstancias para ganar puntos de autoestima. Ganó puntos en la familia, pero no se sabe a ciencia cierta si es que su hermana los ganaba intencionadamente o es que Mario los perdía con facilidad. Hubo rencores, sobre todo por sus padres. Esas disputas se fueron consolidando con el paso del tiempo.
Quizá fuera una de las razones por las que estaba escribiendo esa carta, pero no era la única, claro. Fueron un cúmulo de circunstancias.
Mario no sabía muy bien por qué se acordaba de todo aquello precisamente en ese momento. Solo se sentía en paz, pero había cierta pincelada de tristeza, porque sabía que dejaba muchas cosas a medias. Entonces, meditó una última vez y escribió las últimas frases de la carta.
Blanca:
Puede que mis palabras te parezcan puñales, pero ya que me iba a ir por la puerta grande, me armé de valor para ser feliz una última vez. Hay que reconocer, que estos días a tu lado han sido increíbles. Gracias por darme tanto, Blanca. Eres unas de las mejores personas que ha pisado suelo terrestre y, por tanto, todo tu valor y tu energía debería ser recompensado. Está claro que tu camino no es el de proporcionarme consuelo. No puedo arrastrarte a ti también. Tan solo te pido que me perdones cuando creas que estás preparada para hacerlo. Cuida de Álex, posiblemente me odiará y no lo entenderá. Con Kovak tengo una charla pendiente, y prometo que la mantendré, así que cuando su alma descanse le estaré esperando en algún rincón recóndito del universo. Él sabrá perdonarme. Por último, no quiero olvidarme de mi familia. Mi hermana Carmen necesita que alguien le diga qué es lo correcto y qué no, buscará mil formas de darse consuelo y no lo encontrará. En el fondo se siente perdida, como yo, pero tiene un alma bondadosa por mucho que la disfrace con palabras crueles. Es lo que la vida le ha enseñado de momento. No me juzgará, pero fingirá que lo hace, y sé que tarde o temprano sabrá que esta decisión no la he tomado a la ligera. Seguramente al principio le producirá rechazo, pero tratará de buscarle una explicación. Creo que debería hablar más con Kovak, parece mentira que todavía no se hayan dado cuenta de que se entienden a la perfección. De mis padres no puedo decir mucho. No los juzgues. Mi madre ha nacido en la pobreza y ha sido educada con unos principios algo primitivos, pero que le han ayudado a sobrevivir. Tiene una mente privilegiada, y sabe utilizarla cuando es debido. Es muy posible que cuando todo esto suceda no quiera asimilar que su hijo también ha cometido errores. Mi padre, por el contrario, vestirá su armazón como si se tratara de una chaqueta, para después reconocer, que su hijo es el mejor del mundo. Es lo que le enseñó mi abuelo Matías. Ojalá hubiera recibido algún abrazo suyo cuando mi vida comenzaba a desmoronarse, pero la vida a veces es un rompecabezas que no sabes cómo encajar. Carga con una coraza de acero, pero por dentro es corazón fundido. Entenderá que no haya seguido su ejemplo al no aceptar ser el nuevo socio del bufete. También aceptará mi naturaleza. No te preocupes por él, ya me ha pedido perdón. Así lo he sentido. Solo puedo decir que, a pesar de todo, los quiero. Y tampoco es plan de arrepentirme de la familia que me ha tocado, porque la familia no se elige. Es la que es, y hay que aprender a convivir con ella…
Mario frenó la pluma en ese instante. Le pasaban miles de imágenes por esa cabeza angustiada. Recordaba la claridad de un embalse llamado Gorg Blau, la silueta majestuosa de una catedral impetuosa en la costa, las largas excursiones por las montañas de la Sierra de Tramontana, o los momentos cómicos que vivía con cada uno de sus amigos, familiares o conocidos. Aquellas imágenes, ambiguas a más no poder, rebotaban con fuerza y destrozaba sus emociones. Cuando recordó el amor, lo invadió la desazón y sus paredes cognitivas recobraron el desamor. Sintió cómo un escalofrío le invadía todo el cuerpo y le destrozaba las entrañas. Intentó dejar la mente en blanco, pero no pudo. Sabía que aquellos últimos minutos le producirían tal efecto. En su cabeza se lo había imaginado miles de veces. Solo quedaba una cosa por hacer. Despedirse a lo grande, entre sonrisas no forzadas o malgastar su energía en sí mismo; cosa que no era propia de él. No pudo contenerse y se desfogó. Mientras las lágrimas se deslizaban por el rostro, un labio atormentado luchaba por no temblar. El pulso se le agitaba sin compasión. Tomó aire para tranquilizarse y poder terminar la carta, pero de momento no le funcionaba. Su cuerpo no reaccionó a ningún estímulo. Ya no había vuelta atrás. La decisión estaba tomada. Volvió a coger aire e hinchó sus pulmones. Por momentos conseguía tranquilizarse. Después expulsó el aire y creó conciencia. Era mejor enfocar sus sentidos en otros intereses, conseguir dejar la mente en blanco. Se levantó de la silla y abrió la ventana. Respiró la humedad del día. Olió a lluvia y tierra mojada. A ropa recién lavada y a jazmín de la maceta que colgaba en su ventana. Esos olores los echaría de menos, así como también el sabor del café con leche condensada, la soledad de leer un buen libro en la tenue luz de una lámpara, las visitas a las playas cristalinas de su isla, las conversaciones sencillas en un bar, la sensación de libertad al correr por el Paseo Marítimo de Palma, el placer momentáneo que le producía traducir un texto antiguo que encontraba por la red, entre otras muchas otras cosas que ahora se asomaban por el rabillo del ojo.
Después de unos instantes agónicos en los que la carta parecía avanzar sola, decidió firmarla:
Siempre vuestro, siempre.
Mario Amengual.
La pluma descansó. Dobló la carta y la metió en un sobre beige. Por último, escribió un «Para Blanca» en la cubierta. Se fue hasta su habitación y lo dejó apoyado en la lámpara de la mesita de noche. Ya en el aseo, se mojó la cara y se la secó con la toalla, se peinó los ondulados rizos dorados con cera de brillo, se cepilló los dientes y se dirigió hasta la salida del piso que compartía con su novia. Una brisa fría se filtró al abrir la puerta. Reparó en que alguien se había dejado la ventana del rellano abierta. Cogió un abrigo, se lo abrochó y subió dos pisos más hasta la azotea del edificio.
Una vez arriba se asomó al bordillo que daba a la calle principal. «Por aquí no, puedo llamar demasiado la atención», pensó. Hacía frío, mucho frío. Estaba siendo un invierno muy crudo. Se asomó por el lado contrario que daba al patio interior. Un barullo de cuerdas de tender iba de un lado al otro de la fachada. Un poco más abajo, varios toldos cubrían algunos patios. «Son cinco pisos, tengo que calcular bien por dónde caer para no darme contra los toldos», meditó. La crudeza de aquellas palabras no le hacían perder la compostura. Se puso en pie en el borde con un impulso. Un vendaval casi lo empuja hacia su abismo personal y tuvo que luchar por mantener el equilibrio.
En un instante se hizo un silencio atroz y llenó sus pulmones de aire. Cerró los ojos. Ahora sí que había conseguido dejar la mente en blanco. El mundo se quedó mudo a sus pies. Notó cómo la sangre dejó de correrle por sus venas. Es como si todo el Universo se hubiera quedado en pausa. Cerró ambos puños con mucha fuerza con la intención de sentir algo. Después, solo vería niebla. No tenía miedo. Solo sentía paz por dejar atrás todo lo que le hacía daño.
Se lanzó.
La gravedad hizo el resto.
Se oyó un tremendo golpe; instantes después, los gritos desmesurados de una vecina anunciaban la tragedia.
PRESENTE
Pip, pip, pip, pip…
El monitor cardíaco de Mario resonaba por toda la habitación. En la pantalla se mostraban el trazado de la función del ritmo, la irrigación cardíaca, la frecuencia respiratoria por minuto, la frecuencia cardíaca y la capacidad de la sangre para oxigenar los órganos del cuerpo. Todo parecía correcto, pero Mario seguía durmiendo. Tenía el rostro hinchado, y un tubo metido por la boca. Su frente estaba envuelta en un vendaje y una gran parte de la cara morada. La peor parte de la caída se la había llevado su cuerpo: el lado derecho estaba escayolado casi en su totalidad.
Carmen le observaba el rostro mientras le sujetaba la mano mientras sollozaba a la vez. Desde que la vecina del primero diera el aviso, habían transcurrido dos días, y en el primero de ellos habían tenido que operar de urgencia a Mario. Cuando los médicos llamaron a Carmen ya habían terminado, pero el trayecto hasta la clínica fue un completo calvario.
Lo único que pensaba ahora era en esa dichosa pregunta: ¿por qué? Negaba una y otra vez con la cabeza mientras observaba a su hermano. Agarraba con tanta fuerza su mano que, por un instante, tuvo miedo de estar haciéndole daño. «Despierta, Mario, despierta», se decía a sí misma, pero Mario no despertaba, y las señales del monitor cardíaco no presagiaban buenas noticias a corto plazo. Ella lo sabía, pero esperaba que ocurriera un milagro. «¿Un milagro? Ya ha ocurrido un milagro. Ha sobrevivido». Se frotó los ojos porque los tenía abotargados de tanto llorar y comenzaban a picarle. Eran las cuatro de la madrugada y su hermano sufría un profundo coma del que no lograba despertar.
Al cabo de un rato, Blanca apareció por la puerta. Carmen observó que no traía mejor cara que ella. Llevaba un vaso caliente en la mano.
— Te he traído un café de la cafetería —le ofreció a Carmen.
—Gracias. Déjalo encima de la mesita, enseguida me levanto —le contestó sin apartar la vista del rostro de su hermano.
Blanca se recogió la melena castaña y se hizo una coleta. Luego se acercó hasta la cama de su novio y se quedó observándolo con la misma mirada perdida que no desentonaba con Carmen.
—¿Crees que va a despertar? —le preguntó a Blanca.
—Eso espero…
—¿Mañana? —Carmen alzó el rostro, pero sin apartar la mirada de su hermano. Una sonrisa fingida se asomó.
—Carmen… Está en coma. —acató Blanca. Carmen escondió su sonrisa—. Ya has escuchado al doctor. Con estas cosas nunca se sabe. Es probable que despierte, pero no pueden confirmarlo. Tiene los órganos muy afectados. La recuperación será muy lenta. Además, el doctor nos comentó ayer que sufrió un derrame cerebral. No quiero ser aguafiestas, pero es poco probable que despierte mañana. Tenemos mucha suerte de que siga con vida…
Tras un breve silencio, en el que Blanca aprovechó para esconder las lágrimas que le caían, Carmen le soltó la mano para coger ese café que ya empezaba a enfriarse. Las dos se miraron y asintieron en silencio. Poco más podían hacer por Mario, salvo estar a su lado en esos momentos.
La hermana del afectado dio por hecho que el apoyo entre ellas dos era fundamental en esos momentos. Sus padres seguían en Cuba, y hasta entonces desconocían todo acontecimiento relacionado con su hijo. No sabían que Mario había intentado suicidarse.
En ese instante solo se tenían la una a la otra.
—¿Por qué, Blanca? ¿Por qué habrá pensado que esa era la única solución?
—No creo que este sea un buen momento para hacernos esa pregunta —le contestó Blanca mientras le acariciaba un brazo—. Ahora lo importante es que nos apoyemos; cuando vengan tus padres ya pensaremos en todo lo que ha pasado.
—Tienes razón —dijo Carmen.
—¿Cuándo vuelven?
Carmen le pegó un trago lento al café.
—Pasado mañana —contestó al fin.
—¿Se lo dirás el mismo día que lleguen?
—No, esperaré a que descansen. Tras doce horas de vuelo es lo mínimo que puedo hacer.
Ambas se quedaron mirando el paisaje a través de la ventana de la habitación. En esa clínica, todo parecía tan tranquilo… A lo lejos, las luces de la ciudad de Palma mostraban todo su esplendor. Mallorca siempre había sido un paraíso. Pero contemplar ese panorama solo era posible si subías en plena noche a la montaña o si la sobrevolabas en avión. Eso le recordó una anécdota a Blanca, que le obligó a sonreír.
—Recuerdo la primera vez que Mario y yo viajamos en avión.
—Eso fue a los dos años de conoceros, ¿verdad? —le preguntó Carmen.
—Sí. Empezábamos a salir. Después de mi último novio necesitaba desconectar. Tu hermano apareció con un sombrero de paja en el restaurante hindú al que siempre íbamos. Llegó, se sentó y me echó un buen discurso.
—¿Qué te dijo?
—Que no estaba dispuesto a esperar cómo me volvían a romper el corazón. Luego me cogió de la mano y me dijo que si él no era el tercero no merecía la pena esperarme más. Luego me sacó dos billetes de avión y me los puso en la mano. Yo estaba sorprendida. Mario siempre me había gustado, tenía algo especial… pero nunca consideré tener algo serio con él hasta ese momento. Hay que reconocerle que siempre ha tenido un encanto particular. Le hice prometer que, si cedía a su chantaje, dejaría de usar ese espantoso sombrero de paja.
—Veo que cedió. —Sonrió Carmen.
—Durante un tiempo así fue, luego volvió a ponérselo de vez en cuando —continuó Blanca.
—Me lo creo. Siempre ha sido un poco cabezota.
—Y que lo digas, pero se convirtió en mi cabezota preferido. —Se secó con la manga algunas lágrimas que se asomaban.
—Pero la carta… —Carmen intentó preguntar, y lo consiguió con cierto temor—. Después de leerla, ¿sigues pensando lo mismo? Es decir, hay varias cosas que menciona que nadie sabía. Bueno, quizá tú sí, aunque una de ellas nunca quise creérmela, no sé muy bien por qué…
Blanca la miró por el rabillo del ojo. Estaba claro que ese era un tema peliagudo, un tema del que le costaría hablar. Carmen y ella nunca se habían llevado especialmente bien, pero todo cambió el día que unieron fuerzas para ayudar a que Mario saliera de su depresión. Aunque, eso sí, Carmen siempre desde la sombra. De vez en cuando compartían historias personales mediante videoconferencia. En ese momento, Blanca sabía que sincerarse era la mejor opción que tenía. Carmen siempre se había mostrado como lo que era: una niña consentida con mucho orgullo, pero que cuando le hacías entrar en razón podía llegar a convertirse en una gran persona en la que poder confiar. Si por algo destacaba, era por saber guardar un secreto.
Blanca lo sabía; lo recordó. Todos aquellos malentendidos que pudieran tener en el pasado, los olvidó de golpe. Ella misma lo había dicho: lo importante ahora era que se apoyaran mutuamente.
—Le sigo queriendo —confirmó Blanca finalmente—. Ese es un hecho que no puedo negar.
—Pero… —Carmen no esperaba esa respuesta—. La carta dice que…
—Sé lo que pone la carta —le cortó—. Y debo aceptar el hecho de que Mario no me quiere. O por lo menos no me quiere de la misma manera que lo hago yo. Pero míralo.
Acto seguido, las dos dirigieron sus miradas hasta la cama donde Mario descansaba.
—¿Le crees capaz de que haga daño a alguien?
—Bueno… —contradijo Carmen—. A decir verdad, ahora mismo nos lo está haciendo.
—Carmen, estoy segurísima de que tu hermano nunca ha hecho nada para fastidiarte.
—No es eso…
—Sí es eso —le insistió Blanca—. Siempre ha sido eso. Crees que tu hermano está ahí por gusto, por llamar la atención, pero nadie tiene ni idea por lo que ha tenido que pasar para llegar a estar postrado en esa cama.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Carmen sorprendida.
—Mario estaba pasando por una crisis, por una depresión de la que últimamente no levantaba cabeza. Me costó mucho hacerle ver que todo tenía solución… Y creí que lo había conseguido, pero veo que no.
—No sabía nada… —contestó Carmen con tristeza.
—Nadie lo sabía. Era una lucha que daba por perdida. Ya conoces a tu hermano, la procesión va por dentro.
—¿Por qué nunca dijo nada?
—Vamos, no te enfades. —Blanca trató de tranquilizarla—. No lo sé muy bien. Quisiera pensar que nunca quiso preocupar a nadie… pero ya sabes, después de leer la carta, no sé muy bien qué pensar.
Abstraídas, decidieron dejar que los minutos pasaran. Carmen apuró el café y tiró el vaso a la papelera, luego se sentó al lado de su hermano y volvió a cogerle la mano. Por el contrario, Blanca decidió seguir mirando hasta el infinito por la ventana de la clínica. Meditó minutos, horas… elucubrando sola. ¿Era cierto que Mario nunca la quiso como ella a él? Puede que no. Puede que Mario solo la utilizara para sentirse bien consigo mismo. Blanca, de cierta manera lo sabía, quizá por eso estuvo un par de años tonteando con varios chicos que la hicieron sufrir, porque no estaba segura de los sentimientos hacia Mario. ¿Era ese el castigo por haber cedido a los encantos de su novio? Blanca no quería pensar en eso. El intento de suicidio era algo más serio que unos simples sentimientos. ¿Y si realmente Mario utilizó a Blanca, qué problema había? Nunca se portó mal con ella, al contrario, siempre se sintió cómoda con él. Mario siempre había sido una persona en la que se pudiera confiar, y Blanca lo hacía. Entre ellos nunca había secretos. Ese es el pilar fundamental de una relación. Puedes tener altibajos, como todas las parejas, pero Blanca y Mario nunca los tenían… Hasta que Mario sucumbió a aquella depresión que le llevó a quitarse la vida. Pero su novio empezó a perder algo más que la sonrisa. Perdió kilos, perdió el apetito, perdió la mayoría de sus hobbies, perdió sus ganas de vivir. Perdió la sonrisa. Por perder, perdió hasta el contacto con sus seres queridos. Menos con Blanca, que siempre le apoyó en todo momento. Y ahora no iba a ser menos.
La carta le había destrozado. Las razones de suicidio de su novio no la convencían, pero sabía que tenía que aceptarlas. En la carta, Mario hablaba de todas sus cosas buenas y todas las malas. Hablaba de Kovak, uno de sus mejores amigos, hablaba de su hermana Carmen, de sus padres, de Blanca, pero especialmente hablaba de Álex, su mejor amigo.
Álex… ese ser que fue su mejor amigo, que le prometió que nunca se separaría de él, que le hizo creer que siempre confiarían el uno en el otro… Mario se lo había dicho por activa y por pasiva a Blanca: «Álex es el mejor amigo que voy a tener nunca, si algún día lo pierdo, yo también estaré perdido». Esas palabras ahora resonaban en su cabeza con más fuerza que nunca. ¿Era Álex el mayor motivo del intento de suicidio? Esas páginas narraban una verdad universal. Blanca lo sabía, pero se engañó durante años conformándose con estar a su lado. ¿Qué más podía hacer si ya estaba con la persona por la que tanto había suspirado? Pero la realidad era muy distinta. La verdadera verdad universal es que Mario estaba postrado en una cama en un limbo casi permanente y que Álex estaba durmiendo plácidamente en su casa.
Blanca decidió tragarse el orgullo.
—Carmen, ¿has llamado a Álex?
—No… —contestó—. No estoy muy segura de hacerlo. ¿Tú qué opinas?
—Opino que, si lo llamas, vendrá.
—¿Crees que ayudaría en algo que…?
—Sí. —Blanca no le dejó terminar—. Claro que le ayudará. Mario lo sabrá.
Al día siguiente, un hombre moreno con una peculiar perilla picuda, recibió una llamada inesperada.
Cuando Álex colgó el teléfono no podía apartar esa cara de incredulidad. Eran las 11:29 de la mañana. Lo normal es que no cogiera el teléfono en el trabajo, pero cuando vio que se trataba de Carmen, le pareció extraño. Lo primero que pensó es que estaba relacionado con su hermano y sus sospechas fueron confirmadas. Álex fue inmediatamente en busca de Kovak. Aquella tienda de electrodomésticos no vivía sus mejores días. La crisis económica había hecho mella en la facturación diaria, así que tenían pocos clientes a los que atender. Se recorrió todos los pasillos, pasando por la zona de informática, luego por la de ocio, hasta cruzar por la de electrodomésticos, que era la que le correspondía a su amigo. Kovak y Álex trabajaban juntos. Ambos habían superado la treintena. Se llevaban un par de años de diferencia y habían estudiado juntos en una importante escuela de artes escénicas. Después de varios años de casting y audiciones decidieron optar por la vía fácil: echar currículums a mansalva por toda la ciudad. El primero que lo consiguió fue Kovak, pero no por sus propios métodos, fue gracias a Mario que tiró de contactos para conseguirle el puesto. Es lo que tenía ser el hijo de un prestigioso bufete de abogados. Juan Antonio y María del Mar habían hecho favores a mucha gente de la isla. Mario detectó cómo los planes de Kovak se truncaban cuando le rechazaban en la mayoría de las audiciones, así que optó por hablar con un cliente de su padre —el encargado de la tienda de electrodomésticos de la calle Aragón— sobre las dotes carismáticas de su amigo; este cedió y concertó una entrevista. Juan Antonio tenía poder, sí, pero por desgracia no era muy ducho en el sector artístico, así que sus contactos eran más bien profesional inmobiliario, el sector del metal o siderúrgico, farmacéutico y comercial. Pocos días después, Kovak ya disponía de uniforme. Un año más tarde le tocaría el turno a Álex, que vivió una situación parecida a la de Kovak , no se le había dado bien la búsqueda de trabajo. En este caso, Mario no utilizó sus dotes, ya que, para entonces, habían perdido el contacto, pero Kovak se encargó de hablar maravillas de él y cuando hubo una vacante en la empresa le llamaron. Antes de que Álex empezara a trabajar con Kovak, los dos fueron ayudantes en el pub nocturno indie Varados, creado con los ahorros del mismo Mario. Ese sí que era un trabajo de ensueño.
—Kovak, escucha, tengo que hablar contigo —abordó Álex, mientras Kovak le explicaba a un cliente.
—¿Me disculpa, caballero? —le preguntó Kovak al cliente. Este asintió—. ¿Qué pasa, tío? Tenía el frigorífico vendido, espero que sea importante.
—Lo es, créeme. —Álex le cogió del brazo y se lo llevó a un monitor de venta cercano.
—¿Qué te pasa en la cara? Me estás asustando.
—Se trata de Mario… —contestó apenado.
—¿Os vais a reconciliar? ¡Joder! Eso sería estupendo. —Kovak notó que el rostro de Álex permanecía inamovible—. Vale, en serio, ¿qué pasa, tío? Ahora sí que estoy acojonado.
—Se ha intentado suicidar.
—¡¿Cómo?! —Kovak no podía creerlo. ¿Mario suicidándose?—. Pero ¿cómo? Joder, Álex, no te quedes así. ¡Cuéntame qué coño ha pasado!
—Se ha tirado desde la azotea de su edificio. Está en la clínica. En coma. No saben si sobrevivirá.
—Pero… si su edificio tiene cinco pisos… ¡Dios mío! —exclamó Kovak incrédulo—. ¿Cómo ha podido…?
—¿Crees que ahora mismo eso me importa? —le preguntó Álex con sensatez—. Tenemos que ir a verle.
—Sí, claro, claro —Kovak asintió sin terminar de creérselo—. Bien, vayamos a hablar con el jefe a ver qué nos dice.
El primero en entrar en la habitación fue Kovak, y desde ese momento no pudo apartar la vista del cuerpo de Mario. Se llevó una mano a la boca mientras Carmen le recibía con todo el entusiasmo del que era capaz. Pocos segundos después entró Álex, quien abrazó fuertemente a Carmen. Kovak ya se había instalado cerca de Mario, pero Álex, en primera instancia se mostró distante.
—Acércate a él —le animó Carmen.
Kovak se apartó para que Álex pudiera observar a su amigo. Un terror acompañado de sudor frío le recorrió toda la espalda. No podía ver el estado en el que había quedado Mario. ¡Apenas lo reconocía! Se le escapó el aire por la boca, para inmediatamente girar la cabeza. No podía seguir observando el cuerpo demacrado del que había sido su mejor amigo.
Kovak percibió su rechazo y le puso la mano en el hombro para consolarlo.
—¿Cómo está? —le preguntó a Carmen.
—Ahora mismo estable —contestó apesadumbrada—. Pero ha estado once horas en el quirófano. Tiene los huesos y algunos órganos destrozados…
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Kovak.
—El doctor dice que ve poco probable que salga del coma, pero que hay esperanza, porque está respondiendo bien al suero y los medicamentos —continuó Carmen—. Eso sí, nos ha confirmado que si algún día despierta… no volverá a caminar.
—Carmen… —Álex contuvo el llanto. Seguía sin poder ver a su mejor amigo postrado en una cama.
—Lo sé, Álex. Lo sé. —Carmen abrazó de nuevo a Álex. Por momentos, su porte parecía resquebrajarse—. ¿Me acompañas a la cafetería? Creo que nos vendrá bien una taza de café. Kovak, necesito despejar un poco la mente, estoy algo mareada, ¿te importa quedarte unos minutos con Mario?
—No hay problema. Si veo cualquier cambio os llamo al móvil. Por cierto, ¿no estaba Blanca contigo?
—Sí, pero se ha ido a casa a descansar… Estaba agotada —contestó—. Gracias, Kovak, no tardaremos.
Kovak analizó el rostro de Mario. Habían compartido un pasado, crecido juntos, y ahora no podía creer que ese rostro que había visto tantas veces en su vida se mostrara sereno y en paz. ¿Dónde estaba la sonrisa? Kovak se sentía triste, quería ver ese rostro con los ojos abiertos y esos dientes tan perfectos de los que tanto presumía.
Estaba resultando uno de los peores días de su vida. El hombre de pelo castaño recordó momentos que había vivido a su lado. Desde parvulitos habían congeniado. Ver a Mario en ese estado solo le producía rechazo. Era como habérsele roto una pierna o un brazo. Una parte muy importante de su ser. Pero lo que tenía roto era el corazón por escuchar el monótono pitido de aquella máquina que monitorizaba su actividad cardíaca. Es como si respirara al mismo compás, siguiendo unas pautas que no se regían en este mundo, sino que pareciera estar atrapando entre el mundo de los vivos y los muertos. Una sintonía inalcanzable para él, que por momentos resultaba iracunda, o poco convincente. Su figura se difuminaba entre el presente o el pasado. En ese momento recordó cuánto lo había echado de menos, y se maldijo por no haber estado a su lado en los momentos previos al intento de suicidio. Kovak no consentía que su amigo estuviera en aquel limbo personal. Era muy injusto. La sangre recorría todas sus venas, pero la impotencia frenaba cualquier orden que su cerebro diera.
Sus vidas se habían entrelazado de tal manera, que parecía imposible que la persona que había compartido tantas aventuras con él, estuviera postrado en esa cama. Parecía más bien otra persona distinta. El Mario que él recordaba se podría dibujar como atlético, dicharachero y unos rizos dorados perfectos. Todo aquello parecía emborronado en aquel lugar. Incluso el aire parecía cargado. El sufrimiento podía respirarse con cierta soltura. Pero lo peor no era eso, sino que, aunque Mario despertara del coma, no podría volver a caminar. ¿Qué haría entonces? Estaba claro que Kovak siempre estaría a su lado, al fin y al cabo, siempre había sido su amigo y siempre lo sería, pero lo que veía entre las sábanas de esa cama le compungía el corazón. ¿Qué atrocidad le habría pasado por la cabeza para cometer un intento de suicidio? Kovak nunca había notado nada extraño. No era la clase de persona que tomaba ese tipo de decisiones. ¿Quitarse la vida? ¿Mario? Era su principal fuente de apoyo, siempre había estado para él, sobre todo en los momentos en los que Kovak se sentía más inseguro de sí mismo. Mario se las ingeniaba para realzar sus aptitudes. Así es como su amigo aprendía a sobrevivir contra su timidez. Pero para Kovak, que Mario se quitara la vida significaba que había algo de él que no conocía, que le había ocultado algún secreto del que no estuviera orgulloso. En realidad, en aquel momento le fue imposible reconocerlo.
Rezó en silencio para que Mario despertara. Tenía tantas preguntas… Todavía recordaba aquella vez en la que su amigo abandonó la isla apresuradamente para mudarse a Barcelona. Le prometió una charla. Habían dejado temas pendientes, pero ahora mismo esa charla estaba lejos de realizarse.
Kovak se puso a hablar consigo mismo durante unos minutos. Después se preguntó que por qué no dialogar directamente con Mario. Sabía que no le contestaría, pero ¿lo escucharía? Necesitaba desahogarse.
—Mario, ¿qué has hecho? ¿No ves que no puedes hacer esto? ¿No has pensado en la gente a la que le importas? ¿Qué ha sido tan importante como para que pienses que quitarte la vida era la mejor solución?
Era cierto. Kovak pensaba que el acto de suicidio había sido muy egoísta por su parte. Aunque claro, Carmen poseía una carta que aclaraba cualquier circunstancia. Por supuesto, él desconocía este dato. La única que compartía aquel secreto era Blanca. Lo que le preocupaba realmente a Kovak es que no pudiera volver a contar con Mario como lo hacía antes. Y si lo hiciera, ya nada sería igual. Le entristecía imaginar a su amigo en una silla de ruedas, pero le producía más dolor imaginárselo en estado vegetativo. La muerte era una variante a tener en cuenta.
—¿Qué haríamos sin ti? —continuó Kovak—. Sabes que Álex, desde que sale con Carlota, se ha vuelto un casero. Apenas hacemos planes. También es cierto que últimamente tampoco te apetecía quedar… Pero nunca sospeché que te sentías tan mal… Mario, ¿por qué no me lo dijiste? Podría haberte ayudado.
Kovak comenzó a sospechar lo absurdo que resultaba hablar con una persona en coma. Pero la terapia que estaba usando, le funcionaba. Ahora podía decirle todo lo que siempre había pensado de él. Lo que pensaba de su amistad. Recordó la infancia a su lado, las clases que habían compartido. Las risas al sacarle motes a los profesores. Las lecciones que habían aprendido tras los castigos. E incluso aprendieron a compartirlos cuando hacían pellas. Después recordó las escapadas a la montaña, a la playa. Esas excursiones que, con los amigos que tenían en común, le reportaban tanta paz.
Haciendo retrospección sobre su pasado, no pudo evitar recordar una anécdota en la que Mario estaba involucrado. Se trataba de uno de sus primeros ligues, Catalina, una chica que le hizo soñar con el amor y con quién llegó a perder la virginidad. Con ella tanteó todos los terrenos carnales, así como fantasías adolescentes. Catalina fue la primera relación seria que tendría, pero no era de ella de quien se enamoraría.
Kovak sonrió.
—¿Te acuerdas de Catalina? —asintió para sí mismo—. Sí, ¿verdad? Menudas tetas que tenía… Creo que nunca te agradecí lo suficiente lo que hiciste por mí aquel día.
PASADO
Mario y Kovak habían quedado en el bar de siempre para tomar unas cañas. Esas cañas, con el paso de las horas se convirtieron en tercios y después en jarras. Ambos eran jóvenes, con veinte y veintiún años, respectivamente, así como las hormonas revolucionadas. Ese verano fue uno de los más calurosos que se recordaban en Mallorca.
Kovak comenzó a divagar una vez le pegó el primer sorbo a la tercera cerveza.
—Joder, qué buena está —dijo, mientras se le dibujaba un bigote de espuma.
—¿De quién hablas? ¿De la tía que acaba de pasar o de la cerveza? —comentó Mario con guasa.
—Mario, tío, ¿cómo puedes tener siempre el radar activo?
—No sé, no puedo evitarlo. —Le quitó importancia.
—Pues mira, precisamente de ese tema quería hablar contigo.
—¿De cervezas? —preguntó Mario con ironía.
—No te hagas el sueco conmigo, mamón. —Rio Kovak—. Necesito ayuda con una tía.
—Eso está hecho. ¿Está buena?
—Siempre. La conocí hace unos días en clase de interpretación. Es morena, ojos verdes…
—Para, para, que a ver si me la voy a imaginar y luego no voy a poder quitármela de la cabeza.
—En fin —continuó Kovak, que no le dio importancia a la interrupción de su amigo—, me gusta mucho y no sé cómo lanzarme.
—Dile que se apunte este finde a la excursión —propuso Mario.
—¿Tú crees? ¿No es muy atrevido?
—¿El qué? ¿Que se venga a una excursión? Sí, mucho… —contestó Mario irónico—. Vamos, Kovak, que es una excursión. No la estás invitando a un fin de semana en un albergue en la montaña. Además, si coges la iniciativa le demostrarás que tienes interés en conocerla. Las excursiones son una buena forma de conocer a una persona. ¿Quién dice que no a un buen paseo por la Sierra de Tramontana?
—Pues no lo había pensado —asintió Kovak—. Por cierto, ¿a dónde vamos?
—Al castillo de Alaró. No es una excursión muy larga, pero el castillo mola. Y hay unas vistas… Creo que le puede gustar, es una buena manera de impresionarla.
—¿Y si cuando se lo proponga me dice que no? —preguntó dubitativo.
—No te enteras, Kovak, el «no» ya lo tienes por adelantado. Es cuestión de actitud. Nunca aceptes un «no» por respuesta. Insiste.
—Vale, lo intentaré.
—No lo intentes —recomendó su amigo—, hazlo.
—Vale, vale, lo haré. —Kovak advirtió cómo Mario le guiñaba un ojo—. Y en la excursión, ¿de qué le hablo?
—Kovak… —Rio Mario—. ¡Te preocupas demasiado! Simplemente háblale. No sé, siempre puedes contarle la historia de tu apodo.
—Es verdad. —Kovak se quedó pensando unos instantes, luego frunció el entrecejo—. Espera, ¡si tú nunca me has contado la historia de por qué me llamas Kovak!
—Ah, ¿no? —Mario fingió sorprenderse—. No sé, como hace tanto tiempo ya de eso ni me acuerdo…
En realidad, sí que lo recordaba. El problema es que Kovak padecía de memoria selectiva. Había cosas de las que no se acordaba por interés, y había otras que sí precisamente por lo mismo. Mario no quería ponérselo en bandeja. Prefería que fuera él mismo el que hiciera el esfuerzo y sorprendiera a la chica.
Kovak no se llamaba Kovak. Su nombre real era Mark Bou, y tenía una forma particular de firmar, pero ¿por qué Mario había decidido llamarle Kovak? Por pura diversión. Mark era un tipo inteligente, algo limitado en actitud, pero un tipo listo, al fin y al cabo. ¿Cuál era el mayor defecto de Mark? Su letra. Escribía realmente mal, y eso se traducía en unas firmas un tanto irregulares. Los trabajos que se presentaban en clase de tecnología debían estar firmados en todas sus páginas, como si de una escritura de una propiedad se tratara, pero Mark tenía una extraña costumbre de superponer nombre y apellido en su firma. Para más inri, su «M» parecía más bien una «K», mientras que sus «U» se confundían perfectamente por las «V». Esa acción, para un profesor suplente, era un punto flaco. Suelen llamar a sus alumnos por los nombres del trabajo, así que cuando le tocó el turno a Mark Bou, le llevó un buen rato descifrar su nombre. El profesor Espinilla, un mote que le otorgó Mario por hablar de una forma un tanto molesta, descubrió que la firma de Mark era terriblemente ilegible, así que interpretó la firma con el nombre de Kovak. Tampoco ayudada que Mark Bou fuera hijo de madre inglesa. Al mencionarlo en voz alta delante de sus compañeros de clase, sentenció su apodo para toda la vida. Mark se levantó ante la mirada atónita de toda la clase. Rieron a carcajadas, y a partir de ahí, ya no sería Mark, sino Kovak, el de la firma. Así son los adolescentes. A Mario le bastó poco para cogerle el gusto a eso de llamarle Kovak. Es más, a Mark no parecía importarle demasiado. Naciendo así su apodo, se sentiría extraño cuando lo llamaran por su verdadero nombre.
—Ah, eso sí. Si de verdad quieres conquistar a esa chica, córtate el pelo —le recomendó Mario a su amigo, retomando la conversación—. Es raro que ese flequillo rubio todavía no la haya ahuyentado…
—Claro, para ti es fácil decirlo —contestó Kovak—. Como tú eres un tipo atractivo, con carisma, sonrisa encantadora y uno rizos rubios perfectos, pues lo tienes más fácil.
Kovak era un personaje de cuidado. Solía vestir informal, aunque le gustaba portar alguna sudadera con gorro de recambio. Castaño, y de pelo corto, tipo militar, mostraba unos dientes algo imperfectos por culpa de su desalineación, pero, aun así, su sonrisa era bonita. Era delgado, pero cumplía con el promedio de peso recomendado, así que no solía tener carencias que le afectaran en demasía a su personalidad. Tal vez, ser una persona tímida le había puesto freno en algún que otro momento de su vida, pero lo que realmente lo caracterizaba es la capacidad nata que tenía para mencionar comentarios fuera de contexto. Ya podía estar despejado y sin probabilidad de lluvias durante una semana, pero él siempre diría que al final del día llovería. Quizá por llamar la atención, o porque simplemente, lo creía con firmeza. Eso sí, su falso altruismo lo compensaba con su sinceridad. Siempre decía lo que pensaba (para bien o para mal). Mario era su alter ego, o más bien, una figura a la que seguirle la pista. Confiaba en sus consejos, y en ese caso, no había más que decir. Si quería obtener alguna posibilidad con Catalina, debería cortarse el flequillo rubio que se había teñido por moda.
Ambos se miraron y luego rieron.
Ese domingo de excursión, el día les acompañó plácidamente. Hacía un sol de escándalo, pero los chicos iban cargados de provisiones para no deshidratarse. Durante la mañana, la humedad cubría el 85 % del aire que respiraban, pero eso no fue ningún impedimento para disfrutar de aquel día. Aparcaron los coches cerca del punto de partida y cargaron las mochilas a la espalda. Minutos después ya estaban subiendo por la ladera de la Sierra de Tramontana camino al castillo de Alaró. Kovak estaba orgulloso porque había convencido a Catalina, la chica que le gustaba, para que viniera a la excursión. El trayecto constaba de hora y media de ida y una hora de vuelta. Tiempo suficiente para que Kovak hablara largo y tendido sobre los gustos, costumbres y hobbies de Catalina.
A Mario le hacía gracia la forma en la que Kovak abordaba a la chica. Aunque era algo retraído, se le veía nervioso, e incluso de vez en cuando se trababa al hablar. Estaba claro que Kovak no tenía práctica con el arte de ligar, cosa que Mario demostraba con soltura.
Mientras subían por un sendero rocoso en el que era necesario agarrarse de ramas y follaje, Mario aprovechó para charlar con Catalina sobre Kovak. Su amigo, que quedó rezagado unos metros atrás, lo miraba con cierto desconcierto. ¿Qué pretendía hacer Mario? No se la arrebataría delante de sus narices, ¿verdad? Tampoco era la primera vez que lo hacía, y no es que le hubiera importado mucho, pero esta vez era distinto. Esa chica le gustaba de verdad y tenía la necesidad de conquistarla. Kovak tomó la decisión de observar la situación, quería ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Mario se acercó a Catalina, sigilosamente, procurando que no se percatara de su presencia. La chica era alta en comparación. A Mario le sacaba media cabeza, y eso que era de la misma altura que Kovak. De extremidades delgadas, con el pelo corto, y un flequillo ladeado que realzaba la belleza aguda de su rostro. Clavó su mirada en unos ojos grandes, y de pestañas largas.
—Bueno, Catalina, cuéntame —avasalló Mario. Catalina pegó un pequeño bote. Ella rio, fingiendo que no se había asustado—. ¿Por qué te dio por ser actriz?
—No sé, siempre he soñado con serlo —titubeó—. Sé que en la isla hay pocas salidas, pero el teatro sigue ahí al pie del cañón. Por lo menos en Palma sigue teniendo público activo.
—¿Por qué crees que quieres ser actriz? —Mario la incitó a abrirse.
—Porque es lo que me hace sentir bien. No sé, cuando interpreto, dejo de ser yo por un instante. Eso me gusta. Además, me encanta ser otra persona, aunque solo sea durante un tiempo. A veces ser yo misma me cansa. Necesito un cambio de vez en cuando. Ser de otra manera. No sé por qué te estoy contando esto, la verdad. Apenas te conozco. —Rio.
—De hecho, me conoces de aproximadamente… media hora —bromeó Mario. Catalina rio de nuevo—. ¿Puedo decirte algo sin que te ofenda?
—Claro, ¿por qué no?
—El hecho de que necesites ser una persona diferente a la que eres, ¿no será porque no estás cómoda contigo misma?
—Vaya… —meditó Catalina—. Nunca lo había pensado.
—Te lo digo porque me recuerdas mucho a una persona a la que quiero.
—Ah, ¿sí? —Mario había despertado su curiosidad—. ¿Conozco a esa persona?
—Lo tienes justo detrás.
Catalina se giró y observó a Kovak. Resbaló con una roca, pero Mario fue hábil y le agarró por el brazo. Subieron un par de rocas más hasta retomar el sendero. El angosto camino les dificultaba la conversación, así que hicieron pausas cada trescientos metros para tomar un poco de aliento. Momento que Kovak aprovechaba para observarlos minuciosamente.
—Kovak es único en su especie —continuó Mario. Había pasado por alto la mirada acusadora de su amigo—. También se hace pasar por una persona que no es. Vale, es tímido y a veces le cuesta dialogar, pero detrás de eso existe una de las mejores personas que conozco. Hemos crecido prácticamente juntos. Desde parvulitos, y ¿sabes qué? Siempre me ha apoyado en todo. Ha sido el primero que ha ofrecido su ayuda siempre que lo he necesitado. Kovak es una persona amable, cariñosa, simpática, agradable… El problema es que esconde su gran corazón.
—¿Por qué crees que hace eso? —preguntó Catalina, que no sabía realmente qué contestar.
—Porque se siente incompleto. No está cómodo consigo mismo porque cree que le falta algo. Por eso necesita ser otra persona. Lo que ves ahora, es el reflejo de lo que le da miedo. Y cuando algo le llama la atención se muestra tal que así.
—¿Qué es lo que le da miedo? —Mario mantenía toda la atención de Catalina.
—Vamos, ya lo sabes —dijo quitándole importancia.
—De verdad que no. Cuéntame.
—Mientes, creo que sabes perfectamente de lo que hablo.
Claro que lo sabía, pero cuando una persona descubre que otra se siente atraído por ti, prefieres mil veces a que te lo digan. Catalina no era ninguna excepción. Es como resolver un enigma incompleto. Cuando descubres el resultado, lo demás deja de tener tanto sentido.
—¿Crees que le gusto a Kovak? —preguntó Catalina sorprendida.
—Bueno, es una forma de verlo. Solo sé que Kovak es una gran persona. Una persona que nunca falla, que siempre está ahí cuando lo necesitas. Es más, siempre lo demuestra. No sabes la de veces que me ha salvado el cuello.
—¡Cuenta, cuenta! —Mario notaba el ansia de Catalina por saber más sobre su amigo.
—Cuando hacíamos pellas en el instituto, Kovak asumía casi siempre la responsabilidad. Él sabe que la situación en casa de mis padres es algo complicada, creo que en parte lo hacía por eso, para que no tuviera problemas con mi familia. Lo he llevado por el mal camino, no tengo perdón. Pero él… Siempre lo ha hecho voluntariamente, nunca le he pedido nada. En cuanto puede me salva el culo. —Rio.
—Vaya… —dijo Catalina casi en un susurro.
Los chicos pararon de nuevo para beber agua de sus botellas y termos. Mario le dejó unos minutos a solas para que asimilara la información que le había dejado caer. Quería que sus palabras volaran, como lo hace un papel al viento, y calaran en su imaginación. Cuando creyó que ya había pasado el tiempo necesario, retomó la conservación.
—Otras de las cosas buenas que tiene, es que suele prestar atención a todo lo que dices. Y hablamos de Kovak, una persona despistada de por sí. —Rio.
—Es como un superhéroe. —Sonrió Catalina.
Los jóvenes se quedaron un rato en silencio, meditando. Tanto hablar durante la subida a la montaña los había dejado exhaustos. No obstante, a Mario todavía le quedaba algo por decir.
—Es más que un superhéroe. Es una persona maravillosa. —Mario notó un brillo especial en los ojos de Catalina. ¿Estaría emocionada? Algo le decía que sí—. Anda, ve a hablar un rato con él, que nos está mirando con cara de cordero degollado.
Mario no solía adular tanto a las personas. Más bien esperaba a conocerlas en profundidad para dar su veredicto. Con Kovak siempre hacía una excepción, ya que solía necesitar este tipo de ayudas debido a su timidez. La charla no había sido espontánea, sino meditada.
Catalina no tardó en posicionarse a la misma altura de Kovak. Mario continuó en silencio por el camino durante un buen rato y no podía parar de sonreír. Todos los compañeros del grupo hacían inciso sobre las vistas que la excursión les estaba obsequiando. No solo el sendero era ya de por sí paisajístico; las vistas desde la loma de la montaña eran impresionantes. Desde aquel lugar se podía contemplar la suave niebla matinal que bañaba la superficie de la isla. Los poblados estaban cubiertos de una capa blanquecina en la que solo se asomaban torres rurales y campanarios. Alrededor de la explanada, la montaña se pronunciaba perpendicular para dejar al descubierto sus bosques llenos de encinas, garrigas de acebuche y pinos. Tras media hora más de subida llegaron a los restos del castillo de Alaró.
Antes de nada, los chicos dejaron sus mochilas para descansar. El castillo tenía una verja para que nadie pudiera acceder al recinto, pero se las ingeniaron para poder sortearla por debajo y consiguieron entrar. Ya desde lo alto de la atalaya contemplaron una de las más majestuosas vistas de la isla de Mallorca. A lo lejos podían divisar las bahías de Alcudia, la de Palma y la Sierra de Tramontana. Y el mar… cómo brillaba ese mar azul. Muchos de los chicos se ponían la mano a modo de visera dado que el sol mostraba todo su esplendor. No era de extrañar, pasaban las dos de la tarde y el sol apretaba. Decidieron reponer fuerzas con un buen bocadillo y bebidas refrescantes, momento en que Mario aprovechó para contar la historia del castillo.
Les explicó cómo esa fortificación, construida por los Rum —antiguos cristianos descendientes de los romanos—, tenía como principal finalidad defenderse de los piratas y las razzias de la Alta Edad Media y cómo resistieron ocho años y seis meses bajo asedio musulmán en la plaza. También les narró lo ligados que estuvieron Cabrit y Bassa, dos mártires a medio camino entre la historia y la leyenda que defendieron el castillo cuando las tropas catalanas del rey Alfonso III de Aragón ocupó la isla de Mallorca, mientras ondeaban la señera de Jaume II de Mallorca. Esa era la parte histórica. De la mística se decía que el mismo rey Alfonso dirigió el asedio personalmente y ordenó la entrega del castillo a Guillem Capello (llamado posteriormente Cabrit) y a Guillem Bassa, en calidad de defensores. Más tarde, en un diciembre de 1285, el rey Alfonso III de Aragón (coronado recientemente por la muerte de su padre), ordenó quemar vivos a los defensores como si fueran cabritos. De ahí que el seudónimo de Guillem Capello pasara a ser «Cabrit». Mas tarde se produciría la excomunión del rey. A Mario le gustaban las metáforas. Cómo la historia cambia drásticamente en cuestión de años. Quería contar aquella historia, porque a estos dos defensores que dieron su vida por Mallorca, les venerarían como santos siglos después. Sant Cabrit y Sant Bassa.
Esa historia no dejaba indiferente a nadie. No era la primera vez que Mario visitaba el castillo y tal y como él pensaba, era todo un privilegio poder contar parte de la historia a sus amigos. Siempre le habían apasionado las ruinas. Tenía una especial fascinación por cualquier habitáculo derruido. Le encandilaba pensar en toda la historia contenida que pudiera tener cada piedra. Por eso investigaba en su tiempo libre, que no era precisamente mucho. Ser camarero tenía sus contras, era un trabajo muy sacrificado, y eso Mario lo sabía. Las horas libres las aprovechaba yendo a correr, estudiar, o leer cualquier artículo sobre civilizaciones perdidas e incluso traducir textos que encontraba por Internet para saber más sobre ellas. Una de tantas pasiones que le gustaba compartir con los suyos.
Para Kovak ya era habitual escuchar aquellos pequeños relatos. No le sorprendían, pero admiraba la forma en la que Mario se explayaba. Las historias de su amigo siempre habían sido de su agrado. Es más, aprendía mucho con él. A veces envidiaba su intelecto. Mario lo tenía todo: atractivo, carismático, simpático, inteligente, esbelto, con presencia, buena forma física, exitoso entre las mujeres… Esos pensamientos confundían mucho a Kovak. En ocasiones, no se trataba solo de envidia, sino más bien, de fascinación. Quería a su mejor amigo con todo el corazón.
Aprovechó un descuido de Catalina para acercarse hasta Mario que estaba contemplando el mar a solas mientras comía unas Quelitas, galletas tradicionales de la isla.
—Mario, no sé lo que le habrás contado a Catalina, pero no para de hablar conmigo —le confesó a su amigo.
Mario le hizo una señal para que se sentara a su lado.
—Decir, lo que se dice decir, no le he dicho mucho. Solo le he contado cómo eres, porque si tiene que esperar a que se te pase el tembleque del labio cada vez que lo intentas, puede morirse sentada.
—Tío, no te pases. —Kovak le pegó un empujón—. Sabes mi problema con las chicas.
—Solo tienes que creer en ti —dijo Mario mirándole directamente a los ojos—. Vamos, Kovak. Eres un buen tipo, solo tienes que hacer que la gente se lo crea. No tienes ni que convencerlos, solo mostrarte tal y como eres. A esa chica le gustas.
—¿Sí? —preguntó Kovak con los ojos bien abiertos. Mario asintió.
—Confía en mí. Sé cuándo una persona mira a otra de manera diferente.
Kovak no tardó en darle un abrazo. Poco después se levantó y regresó junto a Catalina. Mario se quedó oteando el horizonte mientras se perdía en sus propios pensamientos. ¿Cuál sería su próximo movimiento? Seguir trabajando de camarero, ahorrar, aguantar a sus padres el tiempo suficiente para que se pudiera independizar, soportar y ayudar a su hermana Carmen, conocer una buena chica con la que compartir momentos, viajar… Aspirar a ser traductor, aunque fuera de novelas… ¿Quién sabe? La vida le deparaba grandes acontecimientos. Aunque muchas veces, la vida te depara cosas que no entra en tus planes. Algo que llama a la puerta de tu casa, y como visitante desconocido suscita con la mirada afabilidad y desconfianza. Dos factores contradictorios, pero fundamentales para entender de qué trata esto de seguir vivo. Te trastoca por dentro y cuando te has dado cuenta, ya es algo tarde.
Mario todavía no era consciente de que muy pronto, su vida iba a cambiar por completo.
Kovak continuó quedando con Catalina. Poco tiempo después, perdieron la virginidad juntos y, aunque la relación duraría tan solo seis meses, aprendió una gran lección en su vida. Tener a Catalina cerca le reportó una gran confianza sobre sí mismo de la que tiempo más tarde sacaría provecho. Siguieron siendo compañeros de clase de interpretación, y años más tarde seguirían quedando de vez en cuando para «recordar» viejos momentos. Pero lo que estaba claro es que Kovak creció. A nivel personal y a nivel emocional. Se podría decir que, gracias al pequeño empujón de Mario, Kovak aprendió a confiar más en sí mismo. Eso ya era algo que jamás hubiera aprendido solo.
Después de que Catalina y Kovak hicieran el amor por primera vez, esta le susurró al oído: «Me gusta mucho tu nuevo corte de pelo».
PRESENTE
Había un reloj enorme colgado en una de las paredes de la cafetería de la clínica de Palma. Álex y Carmen llevaban un par de minutos observándolo en silencio. Ese reloj marcaba las 23:38 horas y tan solo se oía un leve tintineo cuando el segundero repasaba las demás agujas. Había cuatro o cinco personas que intentaban llenar sus estómagos con algo que no fuera angustias. Algunos se llevaban el tenedor o cuchara a la boca, intentando abrir el apetito, otros simplemente fingían que comían y tragaban mientras el alimento se les hacía un nudo en la garganta. Los restaurantes de hospital nunca habían sido el sitio más animado de la ciudad, pero reconfortaba tener un sitio donde charlar que no estuviera rodeado de enfermos. Carmen ya tenía otro vaso de café entre las manos. Álex le acompañó con una tila, nunca había sido muy dado al café. Se pasó una mano por la perilla que se había arreglado dos días antes para, acto seguido, reposarla sobre la mano de Carmen.
—Lo siento tanto… —dijo apenado—. Si hubiera estado a su lado…
—Álex, no es culpa tuya —animó Carmen acariciándole los dedos—. Mario tenía problemas incluso antes de que tú y él discutierais.
—Lo sé, pero lo abandoné cuando más me necesitaba. —La tristeza asomaba en cada parpadeo—. Nunca me lo perdonaré.
—No te martirices así, por favor —suplicó su amiga—. No es culpa tuya. No es culpa de nadie. Mario estaba pasando por una crisis severa de la que nadie era consciente. La única que lo ha vivido de cerca es Blanca, y así y todo nunca se imaginó que Mario fuera capaz de hacer algo así.
—Tengo que hablar con Blanca…
—Lo harás, pero no hoy. Déjala que descanse. Está siendo muy duro también para ella.
—¿Crees que querrá hablar conmigo? —preguntó Álex. Blanca y él, apenas habían mantenido el contacto. Intercambiaron unas cuantas llamadas y se habían visto un par de veces por Palma desde que ella y Mario se mudaran desde Barcelona a la capital de Mallorca.
—Fue ella la que me propuso avisarte —confirmó Carmen.
—No sé qué decir, creo que a mí no me lo hubiera dicho directamente —contestó algo disgustado.
—Oye, no lo pagues con ella, ¿vale? Aquí todos estamos por una razón, y la razón es que mi hermano se ha intentado suicidar y está postrado en una cama de la que ni siquiera saben si va a salir. Así que vamos a dejar todas nuestras diferencias para otra ocasión y recemos para que Mario despierte.
—Tienes razón —sosegó él—. Lo siento.
Carmen se puso tensa durante un segundo, pero fue mirar los ojos del que fuera el mejor amigo de su hermano y se relajó. No podía enfadarse con él. Recordaba perfectamente esa mirada tan apacible. Álex y ella habían compartido un pasado, pero jamás llegó a materializarse. Ella todavía recordaba con gran fervor el disgusto que se llevó Mario cuando se enteró de que estaba colada por Álex. Eran otros tiempos, más jóvenes, pero esa mirada no desaparecía nunca… Álex era tan entrañable… Imposible enfadarse con él. ¿Cómo le iba a reprochar nada? Luego cayó en la cuenta de que Carlota, su actual pareja, no había venido con él.
—¿Cómo está tu novia? —le preguntó.
—Bien, supongo que estará en casa, esperándome —contestó Álex preocupado—. Todavía no le he dicho nada.
Mario no era el único que había abandonado la isla. Se mudó a Barcelona con el propósito de mejorar su vida, pero no había contado con la posibilidad de compartir piso con Álex. Sin duda, se trataba de una experiencia única, la mejor forma de cambiar de aires, pero la convivencia en Barcelona pasó por muchos estados. E incluso, los distanció como amigos. Finalmente, Álex acabó volviendo a la isla, pero se trajo a Carlota consigo. Una chica que conoció una alocada noche de verano y con la que había congeniado. Carlota tenía familiares en Mallorca, así que no le supuso ningún problema buscar piso y compartirlo con él. Álex ya tenía la mejor excusa para volver; Kovak, que trabajaba en una empresa de electrodomésticos, le consiguió una entrevista y comenzó a trabajar con él. Y allí intentó rehacer su vida. Nadie se explicaba los motivos reales por los que Mario y Álex se habían distanciado. Lo único que se sabía con certeza, es que llevaban casi tres años sin hablarse.
—¿No la has llamado? —insistió Carmen.
—No. Las cosas no nos van muy bien últimamente. Estamos discutiendo más de lo habitual. Hemos pensado en darnos un tiempo, pero no sabemos qué hacer.
—Siento oír eso —reconoció Carmen.
—No te preocupes —asintió.
Apuraron el café y la tila que tenían entre las manos y decidieron subir a la habitación de Mario.
Kovak se percató de la presencia de sus amigos y dejó de susurrar a Mario. Tras un largo rato y una gran charla después, decidió irse para casa a descansar, pero no sin convencer a Carmen de hacer lo mismo. Conocía perfectamente a la hermana de Mario, y su rostro ya mostraba ojeras, síntoma de que estaba agotada. En conclusión, aceptó la recomendación de Kovak y se marchó con él, cediendo el turno de noche al joven que llevaba unos años sin verle.
Álex meditó profundamente mientras observaba el cuerpo desalentado de Mario. Tantas cosas juntos, tantos momentos a su lado… Aventuras que no olvidaría jamás en su vida. ¿Las repetirían? Compartir experiencias junto a su mejor amigo era una de las cosas que más le habían llenado a lo largo de su existencia. ¿Y ahora? ¿Qué se suponía que iba a hacer? Recordó y se arrepintió de nuevo. No era la única vez. Durante esos últimos tres años, no había querido retomar el contacto. En la última charla que mantuvieron los dos, se les fue de las manos. Ninguno de los dos tenía previsto que acabara de forma tan abrupta, pero así fue. Mario seguiría luchando por hacerse escuchar, y Álex, sin embargo, continuaría huyendo de su lado. Pero ahora estaba recordando los motivos por lo que lo hizo, aunque jamás los olvidó. De nuevo hizo memoria. Él había tomado aquella decisión. No lo consultó, tan solo lo abandonó a su suerte, esperando que la distancia pusiera solución a la amistad tan compleja que compartían. «He sido un cobarde», se dijo. Tenía razones para culparse… ¿Cómo había podido dejar que pasaran tres años sin dirigirle la palabra? ¿Qué osadía permitía aquellos actos? Las sensaciones que habían compartido juntos eran motivo más que suficiente para retomar la amistad desde hacía tiempo… Sin embargo, Álex nunca movió un dedo por recuperarlo. ¿Por qué no admitía de una vez que solía dejarlo todo a medias?
Temblaba de terror. No quería perderlo. Desde ese momento supo que tenía que hacer todo lo posible para que Mario volviera… y recuperarlo. Las cosas con su novia Carlota no estaban muy bien, pero desgraciadamente tendrían que esperar. Mario era su total prioridad.
Le cogió la mano y la apretó con fuerza. Sintió su tenue calor, algo que, reconocía, echaba de menos. Por desgracia, Mario no la apretaba. Estaba sumido en un sueño permanente, y nadie podía tantear con las consecuencias de sus sueños. Quiso transmitirle toda su energía. Observó su rostro, y vio que ya no era el mismo. Pero en el fondo, seguía palpitando un corazón. Aquellos latidos le reconfortaban como nunca. Los había escuchado tiempo atrás, cuando todo era más complicado, si cabe. Tenían un sonido particular, como mecido por el viento. No lograba descubrir el porqué de aquel sentimiento. Solo lo sentía cuando estaba cerca de él. Es como si siempre lo oyera, a través del tiempo y la distancia. Mario había sido la razón por la que seguía vivo. ¿De verdad se había pasado tres años sin dirigirle la palabra? ¿Cómo había podido? Claro… Hacer memoria trae consecuencias. Pensamos que las personas estarán siempre a nuestro lado, pero cuando menos te lo esperas, la realidad te abofetea la cara. Quizá fuera el momento de dejar las diferencias de lado. Sin ir más lejos, nadie puede presumir de ser perfecto.
—Hola, Mario —dijo con voz quebrada, mientras se le humedecían los ojos—. Volvemos a vernos, ¿eh? Aunque no de la manera que esperaba. He tardado en volver, pero esta vez, no pienso apartarme de tu lado. Hemos vivido muchas cosas juntos como para olvidarlas a la fuerza.
Tragó saliva, emocionado, mientras se le escapaba alguna que otra lágrima. Quiso contenerlas, pero no pudo, era superior a él. El hecho de haber compartido tantas emociones a su lado bombeaba con fuerza en su interior.
—¿Qué se supone que va a pasar ahora? —le preguntó sin obtener respuesta—. ¿Cómo debo encajar este golpe? Otro palo más que me llevo. Debí haberte escuchado cuando todavía no era demasiado tarde. No podré perdonarme el hecho de haberte ignorado. Mario… no te mueras, por favor te lo pido. Siempre has sido único para mí. Me has apoyado y has creído en mí desde el primer día que nos conocimos. Si no hubiera sido por ti… yo… vaya. La cantidad de veces que he pensado en que acabaría muerto y mira ahora. Parece que se han girado las tornas. Debes pensar que estoy loco por hablarle a una persona que no me puede contestar. Pero ya sabes, quizás yo tampoco sea de las personas que siguen las reglas. Siempre me has dicho eso. —Rio, natural—. De hecho, recuerdo perfectamente el momento en el que me lo dijiste. Fue el mismo día que nos conocimos. ¿Te acuerdas?
PASADO
Estaban un poco cansados de acudir todos los fines de semana a locales donde predominaba el heavy metal. Especialmente Mario, que detestaba esa música —aunque luego se sorprendía escuchando a Metalica y AC/DC—, no obstante, Kovak disfrutaba de esos grupos. Aquella vez, Mario accedió por un motivo: esa noche tocaba un gran amigo de Kovak. Iba con él a clases de interpretación y desde el primer momento hicieron buenas migas. Le había hablado tanto de él que tenía ganas de que ambos se conocieran. Kovak siempre hacía hincapié en que los dos tenían ciertas similitudes. Ambos solían ser risueños, aunque Mario lo exteriorizaba y Álex lo interiorizaba. Quizá por eso Kovak le insistía en que se tenían que conocer. Cuando Mario finalmente accedió, su amigo empezó a dar saltos de alegría. Nunca había visto a Kovak así. Ahora estaban ahí, frente a la entrada del garito.
Era una noche despejada de otoño, cuando ya empezaban a soplar vientos fríos. Lo justo para llevar manga larga. Dentro estaba Álex a las cuerdas de la guitarra de su grupo «Black Petals», y esa noche tocaban en directo.
El barullo de la gente les llegó bajando las escaleras que les conducía al interior. Kovak comenzó a quejarse del pestazo proveniente de los baños y Mario no tardó en recriminarle que dejara de quejarse, ya que estaba cansado de escuchar siempre la misma retahíla. Es como si fuera tradición hablar sobre el tema cada vez que pasaban por delante, destinado a repetirse una y otra vez como en la película Atrapado en el tiempo con el Día de la Marmota. Fueron sorteando algunos metaleros hasta llegar a la barra donde les esperaba Icíar, la primera novia formal de Álex. Black Petals ya había comenzado su repertorio. La chica alzó la mano para que a los dos amigos les fuera más fácil localizar su posición. Icíar, una chica de mente abierta, ágil, de espíritu hippie y ataviada con pulseras, collares y piercings en ombligo, labio y orejas. Poseía un carácter maduro, como si llevara años recorriéndose el mundo, pero se presentía algo alocada o extravagante. Portaba algunas rastas en su larga cabellera castaña y eso le confería cierta personalidad pizpireta. Sobre todo, destacaba como pieza original en una noche donde predominaba el gris y el negro.
—¡Llegáis tarde! —gritó Icíar dibujando una sonrisa.
—Lo sentimos, no encontrábamos aparcamiento —se disculpó Kovak.
—Esta zona es un desastre para aparcar, por eso hay que salir antes, Kovak. —Icíar agitó un dedo.
—En eso no te quito razón. Y mira que Mario ha pasado a recogerme puntual, pero bueno, ya me conoces, soy un desastre con la puntualidad.
—¿Él es Mario? —preguntó observando a su acompañante.
Kovak los presentó sin muchas formalidades. En definidas cuentas, era una noche de concierto, y allí todo el mundo se saludaba. Muchos otros se tomaban ciertas confianzas.
—Encantado —dijo Mario.
—Lo mismo digo. Vaya, eres más guapo de lo que imaginaba —se sinceró Icíar. No era coqueteo. Era su opinión—. ¿Sabes que Kovak no para de hablar de ti?
—Gracias por el cumplido —no era habitual en él, pero Mario se puso algo rojo. Por suerte, la luz del garito lo disimuló bastante bien—, y sí, Kovak puede llegar a ser tremendamente pesado. Es lo que tiene haber crecido con una persona, que lo llegas a conocer tan bien que ya no te sorprende.
Estuvieron hablando brevemente sobre los talentos ocultos de Kovak para luego acercarse al escenario. Mario y Kovak se pidieron un Pitufo, una bebida azulada a base de licor de manzana y vodka. Tuvieron que abrirse camino entre saltos, empujones y derrames de cerveza para colarse en primera fila, pero al final mereció la pena. Kovak gesticuló con la cabeza, indicándole a su amigo quién era Álex. Lo primero que le llamó la atención a Mario fue su particular vestimenta. Como no podía ser de otra manera, llevaba un atuendo negro como el resto de los componentes del grupo. Una gorra gris hacia atrás y una cadena que le colgaba desde la parte delantera del bolsillo hasta la trasera. Mario observó detenidamente su rostro y detectó cierta familiaridad en él. Pómulos firmes, facciones marcadas, pelo largo oscuro, ojos claros y una perfilada perilla que le hizo recordar a uno de los grandes novelistas y poetas de la geografía hispana: Miguel de Cervantes.
Kovak intentaba bailar al son de la música, pero no era muy ducho en ese arte. Una de las razones por las que prefería estar detrás de las cámaras. Las clases de interpretación eran provisionales, pero nadie nace director si no conoce el talento de un actor. Además, intentar bailar heavy metal es como intentar pintar con el codo, se puede intentar, pero el resultado sería espantoso. No obstante, Icíar lo estaba dando todo. Tenía un salto tan ligero como su peso, y por lo visto, no padecía problemas de garganta, ya que gritaba a su novio a pleno pulmón. Álex desde el escenario se dio por aludido y le guiñó un ojo, después secundó un saludo a Kovak y le dedicó una mirada singular a su acompañante. Mario no tuvo más que reconocer lo obvio: era encantador. ¿Se trataría de una seria competencia a la hora de ligar? Mario no solía tener problemas, pero el nuevo candidato había entrado en filas y su atractivo se lo pondría difícil.
Segunda copa en mano, y ya finalizado el concierto, Kovak y Mario se retiraron a comentar el concierto. Mario le dio una palmada en el hombro y se pidieron otra copa para compartir. Al rato aparecieron Icíar y Álex, pero esta vez sin gorra y sin guitarra. Álex observó a Mario antes de saludar a Kovak.
—Tú debes de ser el famoso Mario —comentó Álex. Kovak le había estado hablando continuamente de él.
—¿Famoso? —Rio—. Pero ¿qué te ha estado contando Kovak? —Todos rieron—. Por cierto, muy buen concierto.
—No te creas —contestó Álex—. El grupo ha perdido mucho desde que hemos cambiado al batería.
—Esto… —dijo Kovak para llamar la atención—. Álex, yo también me alegro de verte, majo.
—Perdona, Kovak —se disculpó, luego le dio un abrazo—. Uno no se topa todos los días con una leyenda.
—Tampoco nos pasemos —se quejó Kovak con cierta desazón.
Los cuatro empezaron a beber y conocerse. Justo en ese orden. Todos rondaban los veintitrés años. Kovak aprovechaba cualquier excusa para contarle a sus amigos las experiencias que habían vivido Mario y él cuando eran pequeños. A medida que entraba el alcohol salían las historias. Icíar participaba en todas las conversaciones con efusión. Álex se mostraba distraído, pero pendiente de su novia. Mario detectó que era un tipo celoso, pero no había nada que reprocharle, ya que él también lo era, o por lo menos, eso creía él. Mientras discutían acaloradamente sobre si un tipo con greñas se le había acercado a Icíar para coquetear con ella o no, sonó una de las canciones más sonadas en cualquier garito heavy. Se trataba de Wellcome to the Jungle de «Guns N´ Roses». En ese instante todo el mundo se puso como loco y empezaron a ovacionar al DJ. Olvidaron por un momento sus asuntos y se unieron a la moción. Compartieron saltos, pisotones, empujones y vodka. Esa canción sirvió para unir al grupo mientras el alcohol fluía por sus venas y comenzaba a producir su efecto.
Al cabo de un buen rato, y tras escuchar canción tras canción, Icíar y Álex comenzaron a discutir por una estupidez. Estaba claro que parte de la culpa la tenía el alcohol que ambos habían ingerido, pero el detonante final fue el abordaje de un chico con melena y vestimenta gótica hacia Icíar —el mismo que momentos antes le había estado rondando—. Esta, al principio pareció darle coba, cosa que a Álex no le hizo ninguna gracia. Tardó una fracción de segundo en acercarse al metalero y pegarle un empujón. La cosa no se complicó demasiado, pero Icíar se sometió a un profundo ofuscamiento del que no quería salir. Álex no lo llegaba a entender, ¿por qué se molestaba con él y no con el baboso que le había estado acosando? ¿Qué pretendía Icíar? La cogió del brazo y se la llevó fuera del local para hablar de ello. Mario y Kovak contemplaron atónitos la escena.
—¿Esto es normal? —preguntó Mario un tanto preocupado.
—Demasiado —contestó Kovak quitándole importancia al asunto—. Están todo el día igual.
—Y si están siempre igual, ¿por qué no le ponen remedio?
—Porque Álex está completamente enamorado de Icíar.
—¿Y ella de él? —le preguntó Mario directamente, sin titubeos.
—Sabes que nunca se me han dado muy bien este tipo de respuestas, así que me abstengo de contestar.
Kovak prefirió no mojarse. Si algo había aprendido Mario con el tiempo, es que su amigo era parco al hablar de sentimientos.
Mario se pidió la última copa y salió a tomar el aire. Fuera vio a Álex, sentado en un banco de piedra fumándose un cigarro. Se preguntó si sería un buen momento para hablar con él. No veía a Icíar por ningún lado. Tenía que averiguarlo, solía preocuparse por cosas que escapaban a su comprensión, así que decidió arriesgarse.
—No sabía que fumabas —dijo Mario abordando a su reciente nuevo amigo.
—¿Quieres? —le ofreció Álex.
—No, gracias, no fumo.
—Haces bien. El tabaco es una mierda —Álex hablaba con cierto agotamiento.
—¿Y por qué no lo dejas?
—Bueno, de algo hay que morir, ¿no?
—Esa era precisamente la respuesta que esperaba. —Mario le sonrió y consiguió que Álex también lo hiciera —. ¿Qué ha sido de Icíar?
—Se ha largado. Mucho mejor, no estoy para aguantar tonterías esta noche.
Mario le ofreció un trago de Pitufo. Tras una pequeña pausa, continuó:
—¿Una gran bronca? —le preguntó.
—Algo así, como casi todos los días. —Álex le pegó otro trago al cubata y luego se lo devolvió a Mario—. Te juro que no la entiendo. Icíar es una chica genial, pero su forma de ser a veces le delata. Me jode que se vaya pavoneando delante del primer tío que se le cruza por delante. Estoy cansado de que no quiera ver que eso no me gusta.
—Lo entiendo. A mí tampoco me parecería correcto.
—¿Verdad? —preguntó Álex acogiendo su aprobación—. No sé qué hacer, porque siempre estamos discutiendo por tonterías. Ya no sé qué pensar.
—Aun así, ella tiene todo el derecho del mundo a hacer lo que le plazca. No por el hecho de que sea mujer se debe privar de ser quien es.
Álex le observó con el ceño fruncido. No estaba muy seguro de haberle entendido. ¿Lo estaba apoyando o se estaba contradiciendo?
—¿La quieres? —preguntó Mario de súbito. Ni él mismo se lo esperaba.
—¿Cómo dices?
—Que si la quieres.
—¡Sí! —contestó inmediatamente, algo desubicado.
—Vaya, has contestado rápido —asintió Mario—. Eso es porque es verdad. Lo normal es que hubieras tardado en responder. En ese caso significaría que tendrías dudas de lo que sientes por ella. Pero tu respuesta ha sido sincera y directa.
—¿Esto qué es? ¿Una escena de Titanic? —preguntó Álex algo disgustado.
—No, porque tú no eres Rose —contestó Mario intentado suavizar el ambiente.
—Ni tú Jack —contraatacó Álex algo brusco.
Cuando una persona muestra genio ante otra persona que intenta animarle es por pura necesidad. Mario no fue muy oportuno con sus comentarios, pero rompió una barrera que muy pronto le traería consecuencias. Preocuparse por un extraño no estaba en sus planes, pero Álex no era cualquier extraño. Esa persona estaba ahí sufriendo en silencio, y Mario había conseguido sonsacarle más información en cinco minutos que Kovak en todos esos meses en clases de interpretación. Álex estaba perdido, y pedía ayuda a gritos, solo que nadie más lo veía. Mario se podría haber marchado en cualquier momento, después de todo se le daba bien analizar las razones por las que una persona actuaba con prepotencia. Su nueva amistad no denotaba esos mismos aires, así que decidió darle la vuelta a la situación y otorgarle el beneficio a la duda.
—Perdona —se disculpó Mario—, no es que ponga en duda tus sentimientos, nos acabamos de conocer y no quiero que te lleves una mala impresión de mí, es solo que no creo en el amor verdadero. Por eso me ha impactado tu respuesta.
—¡Claro que la quiero! —explayó—. Es el amor de mi vida.
—¿Te ves con ella formando una familia a largo plazo? —Mario continuó con su interrogatorio intimidatorio.
—Sí —afirmó sonriendo—. Es decir, no es que me vea casado con ella y con hijos. No me gustan los niños, pero sí me veo viviendo con ella, levantándome todos los días a su lado… Ver su rostro todas las mañanas…
—Te creo —mintió Mario.
—¿Qué podría hacer para…?
—Hazle saber que siempre estarás para ella —le cortó su amigo—. Compréndela, entiéndela. Ella es así, y las personas no cambian. Lo que cambia es el camino. No siempre es igual y puede que de vez en cuando te topes con alguna intersección, pero al final vuelves a elegir otro camino. Cuanto antes entiendas estas palabras, antes dejarás de sufrir. Si de verdad estáis enamorados, ella empezará a hacer lo mismo y llegaréis a respetaros. Podréis empezar a pensar como si fuerais uno solo. El amor es cosa de dos. Dos personas no se entienden si una de ellas no quiere. Icíar es una chica de mente abierta, es la impresión que me ha dado. Creo que es normal que atraiga a los hombres, no puede evitarlo, es una chica atractiva, preciosa, y con una personalidad marcada. Eso no desaparecerá del día a la noche. Tendrás que aprender a convivir con ello. Si se le acerca algún chico para ligársela, deberás confiar en ella. ¿El amor no se basa en la confianza?
Mario había ensayado el soliloquio por si alguna vez se topaba con este caso.
—Ese es el problema —contestó Álex—, que no sé si confío en ella.
—¿Te ha dado algún motivo para no hacerlo?
—¿Te parece poco lo de esta noche?
—Álex, vas a odiarme por esto, pero ella no te ha faltado el respeto en ningún momento. Ha estado escuchando tus canciones en primera fila, te ha estado animando y lo ha disfrutado. Sobre todo, sonreía cada vez que le guiñabas un ojo y te dedicaba alguna canción. El hecho de que esté hablando con un tipo que se le ha acercado, no la convierte en una mala persona. No lo ha besado, ni se han estado magreando. Ella está contigo, y lo sabe. Creo que lo que más le apetecía esta noche era disfrutar con nosotros. Reconócelo: eres celoso.
—La Virgen, Mario —se quejó Álex—. Se supone que deberías animarme, no deprimirme.
—Lo siento —volvió a disculparse Mario—. No suelo seguir las reglas. Tiendo a decir lo que pienso, y pienso pocas veces en saber cómo se lo puede tomar la gente. Y aunque suena contradictorio, no suelo hablar abiertamente de todo lo que pienso. Solo cuando veo la necesidad.
—Pues, tío, no sé si darte un puñetazo o un abrazo.
—Me conformaría con un abrazo. —Rio—. Pero veo que tú tampoco eres de seguir las reglas, aunque prefiero a las personas pacíficas.
Los dos firmaron un contrato en el frío de la noche. Un contrato que estipulaba la confianza por ambas partes y por el que primaba la lealtad del uno con el otro. Las firmas bailaron al unísono de las palabras y fueron formándose poco a poco con la languidez de aquella charla hasta fundirse en un abrazo. Los contratos de amistad no se ven, pero se sienten. Y cuando alguien descubre a un amigo verdadero, lo tiene para toda la vida.
—Volvamos adentro —dijo Mario—, tenemos a Kovak abandonado.
PRESENTE
Cuando Blanca cerró la puerta de casa, se derrumbó. Estaba abotargada. Después de dejarse caer y apoyar la espalda en la puerta, los sucesos de los dos últimos días regresaron con fuerza a su cabeza. No pudo contener más las emociones que le provocaba la decisión de Mario, así que optó por dejar que las lágrimas le brotaran de su ser. Se llevó las manos a la cabeza y lloró. Lloró todo lo que necesitaba llorar. Era momento de descargar tensiones en el piso que había compartido con él.
Sin embargo, ¿había sido buena idea regresar al piso? En realidad, en Mallorca no tenía a nadie más. Toda su familia vivía en Barcelona. El único contacto que mantenía en la isla era Tomeu Salou, un antiguo compañero de clase que se había mudado a Palma con la intención de casarse y formar una familia, cosa que consiguió. Era abogado, y por circunstancias de la vida consiguió un puesto de trabajo en el bufete Amengual, la empresa que regentaban los padres de Mario. Pero ahora, Blanca necesitaba respuestas. Tampoco sabía si buscarlas sería la solución a todos sus dilemas, solo intentaba dejar la mente en blanco, pero lo único que proyectaba su cerebro eran preguntas sin respuesta. Se desfogaba, ahí tirada en el suelo, arrancándose los pelos por intentar asimilar que ahora estaba sola, que, aunque Mario no había muerto, no podría volver a sentir las mismas vivencias con él. Sabía perfectamente que, si su novio sobrevivía al coma, nada volvería a ser como antes. Un antes y un después. ¿Y la carta? ¿De verdad debía creerse todo el contenido que se mencionaba? No… Blanca necesitaba respuestas. Y las necesitaba ya.
Tras crear consciencia de la situación, se frotó los ojos y se puso en pie con cierta dificultad. Mientras se tambaleaba por el pasillo se acercó al salón y se dejó caer en el sofá. Aquella casa le recordaba demasiado a él. Tenía su presencia impregnada por todas las paredes y muebles. No sabía muy bien por dónde empezar. La situación era la siguiente: podría encender el ordenador personal de Mario —ya que sabía la clave— y empezar a investigar los sucesos de los últimos tres años que quedaron registrados en sus redes sociales. O bien, poner la casa patas arribas para encontrar alguna pista que le ayudara a comprender el contenido de la carta. Pero, en ese instante, Blanca no se preguntaba qué método era el más eficaz, si no, ¿cómo era posible que Mario hubiera cometido un acto tan egoísta? No era propio de él. Tampoco había secretos entre ellos. Se lo contaban todo. Es más, Blanca ejercía de psicóloga terapéutica y ayudó a su novio en todo lo que pudo y en lo que se dejaba ayudar. Pero, en cualquier caso, la terapia no habría surtido efecto, porque Mario se intentó suicidar. Entonces, ¿en qué demonios había fallado? Su pareja siempre había sido propensa a caer en ciertas tentaciones, pero siempre lo había hecho con cabeza. ¿Por qué le habría escrito aquella carta? ¿Qué razón se perfilaba detrás de todo ello? Esa pregunta traía de cabeza a Blanca.
Se acercó a la cocina y se preparó un café. Por desgracia, cada paso que daba a cualquier parte de la casa, le recordaba alguna escena vivida con Mario. Eso hacía del trayecto un gran esfuerzo. Taza en mano, y habitación tras habitación fue desgranando cada detalle que le venía a la mente, buscando algún comportamiento extraño de los últimos días que le ayudara a comprender algún detalle que le había pasado desapercibido. En su habitación todo estaba tal cual la había dejado el último día. No era capaz de volver a dormir en la misma cama si no estaba él. Cuando inspeccionó el aseo, descubrió algunos pelos de barba en el lavabo, también encontró restos de pasta de dientes cerca del desagüe. «Se afeitó y se cepilló los dientes antes de tirarse por la azotea, ¿por qué lo haría?», se decía. ¿Tendría algún sentido aquel detalle para ella? Claro que no, nada tenía sentido. Volvió a la habitación y recogió el portátil. Se sentó de nuevo en el sofá del salón y encendió el MacBook Pro. Puso la contraseña: «viento&huesos». El escritorio le dio la bienvenida. Pegó un sorbo al café que ya comenzaba a enfriarse. Indagó entre las aplicaciones para encontrar alguna pista, pero lo descartó rápidamente. Le fallaban las fuerzas. Se volvió a frotar los ojos, los tenía rojos de tanto llorar. Se reclinó en el sofá para reposar la espalda y cerró los ojos. Miles de imágenes volvieron a bombardearla. Era necesario volver a abrirlos, no se podía permitir dormirse por muy cansada que estuviera. Eso no iba con ella. Siempre había sido fuerte, ya se lo había demostrado a ella misma durante todos esos años. Desde que Mario le confesara parte de las verdades que se mencionaban en la carta de despedida. Ella lo había aceptado y asumido. Las personas son como son y no puedes cambiarlas. Blanca, como psicóloga que era, lo sabía muy bien. Mario era un torbellino de emociones, pero siempre se habían ayudado entre ellos ante cualquier adversidad. Siempre se confesaban cualquier secreto. «¿Qué secreto, Mario? ¿Tu depresión? Tú me pediste que no se lo contara a nadie», recordó. Aunque pensándolo bien, lo único que preocupaba a Blanca en esos instantes, era comprender. Comprender. Comprenderlo.
Se fijó en la barra de tareas. Había una página abierta en Word. Maximizó la ventana y leyó las primeras líneas para volver a llorar…
Blanca, cariño:
Sé que ahora estarás como loca intentando comprender los motivos de mi suicidio.
Te pido de todo corazón que no lo hagas. Sabes muy bien que esto era cuestión de tiempo. Tarde o temprano iba a morir, nadie lo hubiera impedido. Creo que el que tiene poder para decidir soy yo. Yo decido cuándo quiero morir.
No espero que lo entiendas, tampoco intentes entenderlo. Solo respeta mi decisión.
Siempre has sabido estar a mi lado en los momentos buenos y en los malos.
También sé que últimamente me he mostrado más receptivo con mi avance… Pero no, no puedo dejar de sentir lo que siento. Esto no va a parar nunca. No puedo evitarlo, va contra mi naturaleza.
Solo quiero que sepas que te quiero. Que te quiero de verdad, y que nunca he pretendido hacerte daño. Tú eres la única que puede comprender todo esto. No me odies, aunque yo lo haría si tú me hicieras lo mismo.
Solo puedo desearte lo mejor, encontrarás a alguien que te haga mucho más feliz que yo.
Te lo prometo.
Mario la conocía. Daba por hecho que una de las primeras cosas que haría su novia sería entrar en su ordenador. No podía creerlo. Le había dejado otra carta especial para ella.
No sabía muy bien si esa carta le habría provocado la reacción que Mario quería, pero sí sintió lástima. Lástima por darse cuenta demasiado tarde de que en realidad nunca la había amado. Ni tan solo una vez. La quería, sí, pero nunca de la misma forma que ella le quiso a él. El odio que le recorría el cuerpo eran síntomas inequívocos de que en lo más profundo de su corazón siempre lo había sabido, pero mantuvo la esperanza hasta el último momento porque Mario sintiera lo mismo. Él no podía ir contra natura. ¿Quién le recompensaría por haber estado tanto tiempo cuidando de su estado de ánimo, de su depresión? ¿Quién le devolvería aquellos años? Quizá su error fue esperar algo a cambio. No se puede esperar nada de las personas. Cada una de ellas actúa bajo sus propios intereses. Los humanos somos egoístas por naturaleza, siempre buscamos cómo sentirnos mejor. La decisión de cómo debemos comportarnos ante cualquier situación es plenamente nuestra. Blanca actuó, recapacitó. «Mierda», se dijo. Volvieron a asomarse las lágrimas por sus ojos… Y, sin esperarlo, una arcada le recorrió todo el estómago. Después vino otra. Y otra. Cerró el portátil y se dirigió corriendo al lavabo. Expulsó el café reciente, el anterior y los tres primeros del día.
Se quedó un rato así, a horcajadas, contemplando los azulejos. Intentando averiguar si su vida actual tendría algún sentido.
Se llevó una mano al vientre.
Regresó al sofá, se tumbó y cerró los ojos.
No los volvió a abrir hasta doce horas después.
Al despertar, la cabeza le daba vueltas. Un síntoma más cruel que la peor de las resacas. Había un cierto olor amargo que le resultaba familiar y le sacudía los sentidos. Una mancha oscura en el parqué le recordó su torpeza: era el café que, tras haberse quedado traspuesta, derramó por el suelo. Recogió la taza y la dejó justo al lado del portátil. Aquel hecho le devolvió a la realidad. No a la suya, sino a la de todos.
Limpió el lavabo del baño —se había acostumbrado a ese hábito por las mañanas—, puso ambas manos en forma de cuenco para llenarlas de agua y se las llevó a la cara para espabilarse.
Un sonido la alertó. Era su tripa, que reclamaba su ración de cada día. Debía alimentarse. No tenía ni pizca de hambre, pero lo necesitaba.
Se hizo unas tostadas con mermelada de fresa, una pieza de fruta y unas lonchas de jamón york y se las sirvió de desayuno. No obstante, el reloj de su muñeca marcaba las 17:16 minutos.
Regresó al portátil y empezó a hojear las fotografías que Mario tenía colgadas en su perfil de Facebook. Mario y Kokav; Kovak con el reflejo de Kovak en un espejo, Mario y Blanca, Mario y Álex, Mario y Álex de nuevo, Álex y Mario en una montaña, Mario y Álex en el interior de un vehículo, Álex y Mario en la playa, Álex, Álex, Álex… A Blanca le invadió una ola de animadversión. Era un odio irracional hacia Álex que aprendió a controlar hace ya algún tiempo. Solo ver su rostro provocaba en ella pura ansiedad. Estaba por todas partes. Mario tenía más fotos de él en Facebook, que de ella en todos sus álbumes.
Respiró profundamente. Contó hasta tres. Necesitaba llamar a Carmen.
—Hola, Blanca —respondió—, ¿cómo estás? ¿Has podido descansar?
—Hola, Carmen —contestó algo más tranquila—. Sí, gracias por preocuparte. ¿Hay noticias de Mario?
—Nada… He vuelto hace un par de horas. Álex se ha quedado toda la noche.
—¿Está ahora contigo?
—No, hace un rato que se ha marchado, quiere hablar con su jefe para pedirle unos días libres.
—De acuerdo, voy para allá. Nos vemos en un rato.
Colgó con cierta desazón. Regresó al portátil y volvió a sucumbir al infierno que le provocaban aquellas fotografías. Álex… Solo Álex. Dichoso el día que llegó a su vida. «Todo esto es culpa tuya, lo sé», murmuró. Era cuestión de tiempo que se vieran las caras. Después de tanto tiempo, ¿estaría preparada? Si Mario le tenía en alta estima, era por algo, un algo que Blanca sabía muy bien.
PASADO
Podría haber esperado un tiempo. Debería haber intentado disimular las ganas que tenía de salir de casa de sus padres y desconectar un rato. Carmen observó cómo su hermano se dirigía como un rayo hacia la puerta sin despedirse.
Discutió con sus padres una vez más. Lo habían contratado en un conocido restaurante vegetariano del centro de Palma y a sus padres la noticia no les había sentado muy bien. Mario solo quería ganar un sueldo con el sudor de su frente, sin tener que recurrir al ahorro de sus padres o tirar de la herencia de su abuela. Juan Antonio y María del Mar seguían insistiéndole a su hijo que debería retomar los estudios para ser abogado, tal y como su padre había hecho cuando era joven. No veían con buenos ojos que Mario hubiera adoptado esa postura bohemia y rebelde que no encajaba con la familia.
Cada decisión tomada por Mario era una decepción constante para sus padres. Sus planes eran totalmente contradictorios a los deseos de la familia. Si por ellos hubiera sido, Mario sería uno de los más reconocidos abogados de las islas Baleares, postergando el apellido Amengual generación tras generación, tal y como habían hecho sus padres, y los padres de sus padres… Vamos, que eran una familia adinerada y capitalista que lo único que le interesaba es que su apellido siguiera siendo uno de los más reconocidos de la isla. Bastaba con ver su hogar: un caserón en mitad de una finca rodeada de palmeras, higueras, limoneros y naranjos muy cerquita d’Es Coll d’en Rebassa.
Pero Mario nunca había querido ser abogado, sino traductor. Los idiomas era algo que le apasionaban fervientemente. Su afición le vino por los videojuegos, dado que, en España, la mayoría de ellos suelen llegar localizados en inglés con subtítulos en castellano, cosa que Mario agradecía ya que ayudaba a poner en práctica su aprendizaje. También disfrutaba de la mayoría de las series en su versión original, tal y como hacía con el cine. Le apasionaba. Sus dos diplomas de inglés tipo C2 y alemán tipo A1 lo demostraban. Su sueño había sido ser traductor de videojuegos, pero, por desgracia, era un trabajo con pocas salidas en la isla y que, en su mayoría, ya estaban ocupados. Así que decidió recorrer otra senda totalmente distinta: la noche. Otra de las cosas que Mario amaba con total devoción. Para él, era uno de los mejores momentos del día. Tener todo el silencio reunido para concentrarse en temas que reclamaban totalmente su interés como la lectura, la escritura, la traducción de escritos, documentación sobre civilizaciones perdidas… Se pasaba horas frente a su ordenador buscando información, indagando en blogs, páginas de Internet, periódicos digitales extranjeros y todo cuanto se le pusiera por delante con un simple clic. Pero Mario era realista. Sabía que no hay recompensa sin esfuerzo, y si aspiraba a ser alguien en la vida tendría que currárselo. Trabajar de verdad, no seguir soñando. Quería aprovechar parte de la herencia que le había dejado su abuela Isabel cuando murió cuatro años antes. Su objetivo: montar un bar de copas para costearse la oportunidad de ser… ¿naturalista? Tal vez. Lo único que tenía claro es que necesitaba viajar, vivir experiencias y absorber información de todos los rincones del mundo. Y para eso hacía falta dinero. Mucho dinero. Al fin y al cabo, era su meta a corto plazo.
Carmen no lo entendía. No apoyaba a su hermano. ¿Tan difícil era comprender que Mario era un inconformista? Cuando le dio la noticia a su hermana de que el fin de semana entraría a trabajar en aquel restaurante de camarero casi le da un patatús. Decepcionada, mostró su disgusto. E incluso se hizo la sorprendida. Claro, como ella estudiaba en el colegio privado de mayor prestigio de Palma y, presumía de ello, no estaba en sus planes que tuviera un hermano que quisiera ser un simple camarero. ¿Qué pensarían sus amigos? ¿Su familia? Mario estaba cansado de aguantar la misma historia una y otra vez. Juan Antonio, su padre, le había reprochado una y otra vez que era la oveja negra de la familia; por otra parte, María del Mar, su madre, siempre había apoyado a su marido. No aceptaría que tuviera un hijo con las ideas tan claras. Pensándolo bien, era normal, nunca había tenido la oportunidad de elegir por ella misma. Sus padres también provenían de familias acaudaladas y ya se sabe, de la mentira, comerás, con la verdad, ayunarás.
¿Por qué debía aguantar tanta crítica y tanta estupidez de su familia? ¿Cuándo recibiría Mario un poco de apoyo? Era inconcebible. Mario estallaría en cualquier momento, pero, mientras tanto, lo mejor era huir a un lugar mejor.
Por eso no disimuló su enfado cuando cerró la puerta de un portazo. Se puso los auriculares para evadirse de la realidad y comenzó a caminar.
Recorrió el casco antiguo de Palma en dirección al Paseo Marítimo. En una de aquellas rurales e intrincadas calles —cerca de la plaza de la Mercè—, observó a una anciana sentada en cuclillas vestida con traje oscuro y pañuelo con flores estampadas envolviéndose el cabello, ambos muy sucios. En una mano sujetaba un vaso de plástico y en la otra… Bueno, en la otra no tenía mano, solo un muñón. La anciana vagabunda presentaba arrugas en cualquier recodo de su rostro, y observaba con ojos atormentados a Mario, que se mostraba reacio a ese tipo de personas. La señora susurraba algo que Mario no lograba entender, quizá por el hecho de llevar los cascos con su música preferida puestos, o bien por el hecho de que aquella anciana no hablaba español a la perfección. Aunque el que agitara un vaso de arriba abajo para hacer sonar las monedas que había dentro lo traducía directamente en lenguaje universal. Mario leyó el lema del cartel de cartón que había improvisado la vagabunda y que rezaba así: «Echa monedo para comer. a tu sobra, a mi falta. Mi familia agradece, tus sonreír todo el dia». A Mario le invadió la melancolía. ¿Qué historia ocultaba aquella anciana? ¿Sería cierto que necesitaba monedas, o sería una pantomima más de personas que se hacen pasar por vagabundos? Los tiempos habían cambiado, y Mario no se fiaba ni de su sombra. Sin embargo, se rascó el bolsillo y le depositó tres monedas de dos euros en el vaso. La señora le dio las gracias con un guiño y Mario sonrió. El lema había funcionado.
Corrió durante dos horas por el Paseo Marítimo. Uno de los grandes paisajes que regalaba Mallorca. Dio un tour por la Almudaina y La Seu —o también catedral de Santa María de Palma de Mallorca—, enormes edificaciones que custodiaban las antiguas murallas romanas y renacentistas de la ciudad. Sin embargo, era el templo gótico levantino lo que embelesaba a Mario. La belleza de la catedral no tenía parangón, podía pasarse minutos contemplando cada una de sus esquinas mientras escuchaba Tubular Bells de Mike Oldfield por los auriculares.
Mallorca era un paraíso. Siempre se lo había dicho a sí mismo. Pero mientras meditaba sobre el significado de aquella frase, sentía punzadas en el pecho. Quizás y solo quizás, no era el paraíso que la vida le tenía reservada.
Era su primer día de trabajo. Por la tarde, se vestiría de traje para servir platos en el mítico restaurante vegetariano de Plaza de España. Para recargar energías, necesitaba una buena charla con alguien de confianza. El primero que le vino a la cabeza fue Álex, pero lo descartó de inmediato, ya que apenas lo conocía de un día. ¿Por qué habría pensado directamente en él? Estaba claro que Mario había visto en él a una persona en la que se podía confiar. Cosa poco común, pero solía tener buen ojo para ese tipo de situaciones. Traspasaba a las personas más allá de su propia apariencia. El segundo fue Kovak, pero también lo descartó. Solía estar tan ensimismado en sus propios problemas que de poco servía que Mario le contase los suyos. Así que finalmente optó por alguien con mayor experiencia en la vida. Mario quería saber si su decisión había sido la más acertada para todos, así que acudió al consejo de su abuelo Matías.
Bastón en mano, Matías abrió la puerta de su casa, una planta baja situada en pleno centro de Palma. No hizo ni un amago de sorpresa al ver a su nieto, tan solo levantó levemente las cejas, una de sus tantas señas de identidad.
—Dichosos los ojos que te ven, Mario —saludó su abuelo.
—Yo también me alegro de verte, abuelo.
—¿Qué? —se quejó Matías—. Con el tiempo que llevas sin pasar por aquí, ¿te regodeas de mí?
—Abuelo… Que nos conocemos. No he podido venir antes. —Mario apretó los labios, incómodo—. ¿Vas a dejarme pasar o me vas a repasar la cartilla en la puerta?
Su abuelo se apartó y ambos se dirigieron al salón.
—Ve tú delante, que yo ya no tengo las rodillas como antes —comentó a su nieto—. Anda, pórtate como un buen nieto y sírveme un vermut.
—Abuelo, vas a comer dentro de poco. ¿No puedes esperar?
—No me seas rancio y sírveme. Con estos años encima uno no está para perder el tiempo.
Mario cogió la botella que siempre tenía preparada en la encimera de la cocina. Cogió un vaso pequeño y se lo sirvió. Observó a su abuelo. Un anciano con las arrugas suficientemente marcadas por el paso del tiempo y la experiencia, su vestimenta tampoco le rejuvenecía, vestía con un atuendo grisáceo y marrón, y una boina negra en la cabeza. Reposaba las manos en esa incipiente barriga redonda, mientras miraba la televisión. Su bastón estaba cerca de la butaca donde descansaba y se cubría las piernas con una manta de punto color granate. «Un anciano en una casa anciana», pensaba Mario. Aunque tenía un jardín con varios limoneros y múltiples plantas, y unas vistas impresionantes de la playa más concurrida de Palma, era mucho más acogedor estar dentro de esa casa donde almacenaba multitud de recuerdos de su infancia. Eso le hizo sonreír.
—Te echaba de menos, abuelo —dijo sin borrar la sonrisa de su rostro.
—Sí, claro. Se nota —se quejó el anciano—, por eso llevas dos meses sin verme.
—Han pasado muchas cosas últimamente.
—Ahora entiendo para qué has venido —dijo el anciano pegándole un trago al vermut.
—Vamos, abuelo. Solo puedo contar contigo. Eres el único que me entiende.
—A ver… —Matías recapacitó. El enfado siempre era algo provisional cuando se trataba de su nieto—. Cuéntame. ¿Qué pasa? ¿Otra vez problemas en casa?
—Algo así… La verdad, no sé por dónde empezar.
—Se empieza por el principio —dijo su abuelo con cierta sorna.
Mario no se hizo esperar.
—Hace meses que ando barajando ciertas posibilidades. Hoy es mi primer día de trabajo como camarero en el restaurante vegetariano que está en Plaza de España. Debería estar contento o nervioso, sin embargo, no siento nada. No dejo de pensar por qué mis padres siguen desaprobando mi decisión. He estado ilusionado desde que me llamaron para decirme que había sido seleccionado, hace ya dos días, pero hoy… Cuando se lo he dicho a mis padres, no se lo han tomado nada bien. Mamá me ha mirado con una cara de «te voy a matar como aceptes» y papá… papá me miraba fijamente a los ojos y me hace sentir la peor de las personas instándome a llamar al restaurante para decirles que no quiero ese puesto. No lo entiendo, abuelo. ¿Sabes qué es lo peor? —le preguntó más con la mirada que con la voz—. Carmen. Es mi hermana, sí, pero me saca de quicio. No puede evitar darle la razón a papá en todo. Claro, ella quiere ser abogada como papá, así que hace todo lo posible para ser su ojito derecho. Mamá, como siempre, calla y asiente, eso es lo peor, pero no se da cuenta de que así hace más daño que si dijera algo. Carmen se ha convertido en una persona muy estúpida. Ya sé que está mal que hable así de mi hermana, pero es lo que pienso. Quiere conseguir a toda costa ser la mano derecha de papá, postergar el apellido Amengual. Llevar el bufete cuando papá se jubile. Lo sé, se le nota en la mirada. Yo soy la oveja negra de la familia, está claro, pero es que, abuelo, yo no sirvo para ser abogado.
—Eso es cierto, no lo puedes negar —opinó Matías.
—¿A qué te refieres con eso de que «no lo puedes negar»? —preguntó su nieto con cierta desazón.
—Que no sirves para ser abogado porque estarías aceptando ser algo que no eres. Tú estás hecho de otra pasta. ¿No lo ves? Aunque hayan pasado dos meses desde la última visita, sigues viniendo. Tus padres llevan medio año sin pasar por aquí. Siempre envían a alguno de sus criados cuando me hace falta algo. Con Carmen es distinto. Carmen es una persona muy influenciable y se deja pisotear por tu madre. Esa arpía. No sé cómo mi hijo decidió casarse con semejante insulto. Pero bueno, todavía habrá que darle las gracias, si no, no hubierais nacido vosotros dos. A lo que iba, que me ando por las ramas. Tu madre solo piensa en conseguir más poder, y está demasiado ocupada pensando en el qué dirán, por eso pisotea e intenta influir sobre las decisiones que toma tu padre. Hace lo mismo con tu hermana. Si por ella fuera, la empresa la llevaría Carmen. Pero tú no eres como ellos.
—¿Y cómo soy? A veces ni yo mismo lo sé…
—Ambicioso. Soñador. Elocuente. —A Mario le sorprendió la rapidez con la que contestó su abuelo—. Aunque a simple vista no lo veas, está todo relacionado. Si tú llevaras el bufete Amengual te sentirías encerrado en esas cuatro paredes de tu despacho. Y no me cabe duda de que serías el mejor abogado de todos. Inteligencia tienes de sobra; entereza, también; decisión, quizá un poco. Pero seguirías buscando algo con que complementar tu vida.
—¿Crees que eso es malo? —Mario no disimuló el temor de formular la pregunta.
—Nunca hay que temer lo que uno siente —contestó su abuelo sin apartar la vista del televisor. Mario le acarició el brazo e hizo un ademán para que lo apagara. Su abuelo cedió y continuó consolando a su nieto. Esta vez sin la interrupción constante de los anuncios televisivos—. Voy a ser más claro: nunca dejes de soñar. Que nadie te robe los sueños, ni tampoco te los dejes robar.
—A veces me siento tan perdido…
—Estar perdido es sinónimo de ser inconformista. Eso nunca puede ser malo.
—Entonces, ¿crees que he tomado una buena decisión?
—Mario, te voy a contar una historia y quiero que me escuches con atención. Si tras escucharla decides que has tomado una mala decisión te la volveré a contar, pero narrándote otro final. ¿Estás preparado?
Mario asintió, ansioso por escuchar la historia de su abuelo.
—Bien, allá va:
»Mallorca también estaba en guerra. Puede que la Guerra Civil asolara toda la península ibérica, pero aquí en Mallorca, la guerra se sentía por igual, hasta diría que con más intensidad. No olvidamos nuestras raíces, nuestros antepasados, los payeses que labraban la tierra para darnos de comer ya las pasaron canutas. Cuando las milicias desembarcaron en las costas de Mallorca mis padres se temieron lo peor. Siempre habían tenido un sueño: regentar una cafetería en pleno centro de Palma. Un sueño que se vio truncado por tropas, bombarderos y los cañones que asolaban cualquier fachada que se cruzara en su camino. Hacía apenas tres meses que habían inaugurado la cafetería. Una cafetería reformada con cariño y con los ahorros que les había aportado trabajar de sol de sol en las tierras de la isla labrando para cosechar patatas. El Bar Nacional. Así se llamó durante un período de tiempo muy corto.
Yo todavía era un renacuajo, así que todo aquel desfile de balas para mí era como ver una película bélica de la época, pero el sufrimiento que denotaban las caras de mis vecinos… Eso a uno se le queda grabado para siempre. Un triste día, mis padres cerraron el bar a su hora habitual y me propusieron que les ayudara a organizar el sótano para el día siguiente. Es curioso cómo te puede cambiar la vida en una fracción de segundo. Mi madre sujetaba una caja de botellas entre sus manos, mi padre estaba apoyado en una columna mientras se fumaba un cigarro y yo… Bueno, yo me quedé paralizado. Oí un zumbido que sobrevolaba por encima de nuestro edificio. Luego se hizo un silencio atroz. Después se oyó una explosión, para pasar a otro silencio más aterrador. El polvo cubrió toda la estancia. El silencio hizo hueco a la tos. La bodega ya no estaba tan oscura, ahora entraba cierta luz que se filtraba entre las nubes de polvo… A todos nos sangraban los oídos. El mundo se había derrumbado y nosotros estábamos dentro. Mis padres, con gran rapidez, acudieron a mi lado para abrazarme. Cuando fuimos conscientes de lo que había ocurrido, mi padre escaló sobre un montón de escombros a la planta baja, pero no la reconoció en absoluto. ¡La cafetería ya no estaba! En su lugar había polvo, hierro, tierra y fuego. Mi padre se dejó caer al suelo y observó la escena. La calle donde siempre había deseado tener su ansiada cafetería ya no la reconocía. Poco a poco comenzó a recuperar el sonido… Y ya comenzaron a escucharse los primeros lamentos de nuestra barriada. Recuerdo ver a mi padre de rodillas, llorando, maldiciendo a todo cuanto tenía a su alrededor —que no era otra cosa que almas en pena—, y cuando nos vio… Oh, cuando nos vio. Nos agarró con tanta fuerza que apenas podíamos respirar. Le habían arrebatado su sueño, la cafetería tal y como la recordábamos hacía escasos minutos ya no existía, pero seguíamos los tres con vida. Mi padre se aferró al milagro como clavo ardiente.
Podría haber desistido, o resistirse a ser valiente, pero nos cogió a los dos de la mano y nos dijo: «Podrán bombardear Palma, destruir nuestro hogar, pero jamás nos arrebatarán nuestras ganas de vivir, nuestro trabajo y nuestras esperanzas. Construiremos otra cafetería. Os lo prometo».
Pasaron los días, y descubrimos que la casa de mis abuelos había sido víctimas de más bombardeos y cañonazos, ya que compartían barrio. Mis abuelos habían desaparecido junto a nuestros hogares. No teníamos a donde ir, así que acudimos a uno de tantos refugios que había en el subsuelo de la ciudad. La Cueva del Moro, le llamaban algunos. Los túneles se comunicaban entre sí en la mayoría de los comercios y así fue cómo pudimos sobrevivir durante aquellos tiempos aciagos.
Años más tarde, mi padre lo volvió a intentar. La guerra terminó y mi padre unió fuerzas junto a los vecinos para reconstruir el barrio. Gracias a su esfuerzo y al de cientos de personas más, Palma se convirtió en lo que hoy en día podemos ver por las calles. Una capital de isla digna de mención como reclamo turístico.
El apoyo de los ciudadanos fue decisivo para generar nuevos ingresos. Mis padres empezaron de nuevo. Tu bisabuelo se hizo un hueco en la construcción y lo llegaron a conocer como un albañil de prestigio. Madre hizo lo mismo con la costura. Consiguió abrirse paso como modista en una tienda de la calle Aragón que actualmente ha desaparecido. Yo también arrimé el hombro. Cuando crecí lo suficiente, dejé los estudios y comencé a ofrecer pólizas de seguro. Los tiempos que corrían nos hizo ganar mucho dinero y ahorrar lo suficiente para construir un nuevo sueño… El resto ya lo sabes. Conocí a tu abuela Isabel y todo cambió un poco.
Mario se quedó pensativo. Era la primera vez que su abuelo debía contar aquella historia. Aunque siguiera teniendo la mirada fija en el televisor —el cual seguía apagado—, pronunciaba, con una vibración especial aquellas palabras.
—… Bien, ahora ya he desarrollado la trama de la historia —continuó el anciano—. Ya solo queda contarte el final.
Matías pegó otro trago al vermut para hacer una pausa.
—La primera conclusión es la siguiente: mis padres y yo reunimos todos nuestros ahorros y montamos una nueva cafetería. El apellido Amengual se había extendido como la pólvora por toda la ciudad. Así es como bautizamos nuestro nuevo hogar: Cafetería Amengual. Nuestra historia cautivó y colmó de esperanza los corazones de los palmesanos, así que, muy rápidamente, la cafetería creció y creció y mis padres pudieron cumplir, una vez más, el sueño de servir el mejor café de Palma. Aunque como siempre sabes, después de la calma llega la tempestad y tuvimos que vender la cafetería porque mi padre estuvo a punto de entrar en quiebra tras las deudas que nos generó el estreno del nuevo bar. Fue pues, cuando la cafetería Amengual, cambió de seudónimo y de postor, y nosotros invertimos en otra cosa. Mis padres ya se habían hecho lo suficientemente conocidos en la ciudad como para hacerse notar. Pero sus ambiciones llegaban más lejos. Querían defender al pueblo que los había acogido, así que idearon un plan. Un buen día mi padre se levantó más animado que de costumbre y nos preguntó «¿y si creamos un bufete de abogados?». Tu bisabuela sabía el trato tan injusto que habíamos recibido tras el traspaso de la cafetería. En cierto modo, nos vimos obligados a aceptar aquellas ridículas cláusulas dado que la guerra había hecho estragos por toda la ciudad y no estaba el horno para bollos, pero ¿y si hubiera alguien que luchara por los derechos y sueños de todos los palmesanos? A mi madre no le pareció una idea descabellada. Fuimos pioneros. Creamos un imperio para defender los sueños, y para ayudar a los que podían hacerlos posibles. Y ahora te pregunto yo, Mario, ¿qué es lo que deseas hacer tú?
Después de haber vivido la historia de su abuelo como si fuera la suya propia, tragó saliva y se aclaró la voz. Necesitaba salir de su ensimismamiento, así que, sin previo aviso le cogió el vaso de vermut a su abuelo y le dio un buen trago.
—Creo que he tomado la decisión correcta —dijo Mario sin parar de parpadear—. Es lo más justo.
—¿Lo más justo para ti? ¿O para todos? —preguntó su abuelo.
—Para mí —aunque Mario contestó escuetamente, fue sincero.
—Entonces, ¿ya lo tienes decidido?
—Sí, ¿pero no crees que es un acto egoísta por mi parte?
—¿Qué sentirías si no lo hicieras?
—Que me estoy fallando, y de cierta forma, también estaría fallando a las personas que creen en mí.
—Eso es lo que pensó mi padre cuando subió por aquel montón de escombros y vio su cafetería derruida. Si no hubiera tomado la decisión de continuar hacia delante, habría fallado a toda esa gente que necesitaba esperanza. Mi padre ofrecía café, pero era una metáfora de insuflar esperanza en los corazones rotos. De algún modo u otro, alguien tenía que volver a levantar el bar, ¿no crees?
—¿Qué fue lo que le impulsó a continuar? —preguntó Mario con media sonrisa.
—Supongo que vernos con vida después de la explosión de aquella bomba. —Ahora Matías miraba a su nieto a los ojos —. No voy a juzgar a tu padre por no aprobar que quieras ser camarero cuando podrías ser el mejor abogado de toda Mallorca, él cree que es lo correcto para ti, pero tampoco voy a juzgarte a ti por querer seguir tu propio camino.
—Gracias, abuelo —dijo Mario emocionado—. Muchas gracias.
Mario hinchó de aire sus pulmones. Meditó y barajó sus opciones. Su abuelo le había hecho replantear la forma en la que tomaba sus decisiones. Quizá por ello lo respetaba tanto. Cuando lo sopesó a conciencia, se levantó decidido a irse. Ya era hora de prepararse para aquella tarde. Él tenía el control de su vida.
A medida que se acercaba a la puerta hizo balance de todo cuanto le había explicado su abuelo. Entonces, cuando ya llegaba a la puerta, retrocedió sobre sus pasos.
—Abuelo —incidió Mario—, antes me has dicho que la historia tenía dos finales. ¿Cuál es el otro final? Es solo por curiosidad.
—La segunda conclusión es que mis padres y yo montamos el bufete de abogados justo después de terminar la guerra.
—¿Te refieres a que no vendisteis la segunda cafetería?
—No —sonrió su abuelo—, me refiero a que nunca hubo segunda cafetería.
—En cualquier caso —meditó el nieto—, la historia termina igual.
—Así es, pero su recorrido es diferente. A veces queremos recorrer un camino directo al triunfo, pero no tenemos en cuenta todas las variantes con las que nos podemos encontrar. En la primera conclusión tuvimos que trabajar duro para que el apellido Amengual fuera uno de los más reconocidos de la ciudad; en la segunda, el apellido Amengual se hizo famoso gracias al bufete. Tanto el principio como el final es el mismo, pero no su contenido.
—Eres un genio —pronunció Mario con orgullo.
—Mario, tú decides con qué versión te quedas.
—Ya veo. Solo necesito un motivo para continuar.
—Cualquier motivo —aclaró el anciano—. Al humano, con poco le basta. Pero a ti no. Como he dicho, estás hecho de otra pasta.
PRESENTE
Las personas tienden a temer todo aquello que no comprenden. Está en nuestra naturaleza. Es instintivo, primitivo, no lo podemos evitar. Álex tampoco era una excepción. Su jefe le había dado unos días libres para que pudiera estar con su mejor amigo, pero en ese momento no se encontraba en la clínica. Estaba en casa, esperando a Carlota, su pareja, que llegaba de trabajar.
Durante un instante, Álex debió pensar que todo había sido producto de su imaginación, que el intento de suicidio de Mario se lo había inventado, o que era un castigo por haber estado tanto tiempo sin verle, sin oírle. Pero no, al ojear la página de Facebook de su amigo, y ver la muestra de apoyo de sus seres queridos lo devolvió a la pura realidad. Mario se había intentado suicidar. No era un acto regresivo. A partir de aquí, todo era decisivo. «¿Y si Mario muere…? No me podré perdonar el no haber escuchado su voz una vez más…», pensó.
Álex estaba hecho un manojo de nervios. Tres días para meditar quizá no eran suficientes. Se acarició la perilla mientras indagaba en sus recuerdos. Desde que comenzó a salir con Carlota, no había tenido ocasión de pensar demasiado en Mario. Hubo un tiempo en que, entre ellos dos, existió la paz, pero la última vez que vio a Mario las cosas eran muy distintas. Mario hizo algo que nunca pensó que llegaría a hacer. «Sé que no estabas loco, Mario», se decía Álex, pero lo de la última discusión era algo difícil de perdonar. «¿Y ahora? Me obligas a verte por las malas, aunque para ello hayas tenido que tirarte desde la azotea de un edificio. Así no. No era como me imaginaba nuestra próxima visita», se dijo. Una cosa era cierta: Álex sabía que, tarde o temprano, volvería a retomar el contacto con el mallorquín. Era imposible olvidar todos aquellos ratos que vivieron juntos. La vida tiene esa extraña forma de no recordarte el valor, pero te recuerda el trayecto, el camino que te ha hecho recorrer hasta alcanzar el final. Y el final no es un final si no se tiene en cuenta el presente. El de Álex era un tanto peculiar, dado que su naturaleza le impedía sentir amor verdadero por las personas. Solía aferrarse a aquellas cosas que le reportaban algo de felicidad, en las que se refugiaba en un acto egoísta por sentirse mejor, por evadirse los problemas a su alrededor. Hacía ver a sus seres queridos que sí le importaban sus problemas y quehaceres, sin embargo, la realidad era muy distinta. Él no sentía fascinación por ayudar al prójimo como sí hacía Mario. Él solo entendía el efecto de la causa. Nada reprochable si tenemos en cuenta que se había criado sin madre y en un ambiente poco amigable. Su madre murió cuando Álex tenía cuatro años. Para entonces, Elías contrató a un músico para que diera clases personalizadas de guitarra. Pensó, quizá, que la música le ayudaría a olvidar por el infierno que estaba pasando aquella ya de por sí, familia destrozada. Sin embargo, el músico bohemio resultó ser un fraude para él. Álex no se llegaba a concentrar, y para cuando lo hacía, se refugiaba en los brazos de su padre sin muy bien saber por qué. Años después descubrirían la verdad. Ese hombre, un músico hippie con gafas redondas a lo John Lennon, había traicionado su confianza… y anulado su inocente juventud. Dejó de aparecer por casa el día que Álex le contó la verdad a su padre. Y es que el músico se había tomado ciertas licencias con ese joven que empezaba a despegar. Su padre le falló hasta en eso. Álex nunca lo superó, pero con el tiempo, supo ver la ceguera del padre y terminó perdonándolo, hasta tal punto de hacerse inseparables. Así pues, todas esas emociones que le martilleaban por dentro, debía gestionarlas él mismo. Necesitaba armarse de valor, aunque fuera por esta vez, y empezar a decidir no por su propio bien, sino por el de todos.
Álex parpadeó varias veces seguidas. Agitó las llaves en el rellano y estas tintinearon brevemente. Después seleccionó la llave correcta y abrió la puerta de su caja.
Sin gran animosidad, recibió a Carlota.
—Siéntate, tengo que hablar contigo —le dijo Álex sin apartar la mirada del suelo.
—Ya ni me dedicas un simple «hola» —le reprochó su novia.
Carlota y él habían discutido hacía un par de días. Esta vez, la excusa perfecta fue que Álex había hecho la cena, pero Carlota no puse el lavaplatos. Una ambigüedad sin sentido, pero se sumaba a muchos otros malentendidos diarios. Se habían conocido en una fiesta en Barcelona. La historia de Carlota era algo curiosa. Cuando apareció en la vida de Álex, este sintió una tremenda atracción hacia ella la cual era recíproca, sin embargo, decidió ser fiel a sí mismo. Su relación pasó de ser esporádica a continua. Mario no fue consciente de este hecho hasta más tarde. Descubrió que su amigo Álex se había mudado con Carlota a Mallorca y ni siquiera se despidió de él. Algo había cambiado. Álex solía dejar todo a medias, pero le sorprendió la decisión tan radical en aquel momento. Sin embargo, la relación entre Carlota y Álex tenía los días contados. Cuando se mudaron a Palma, ya traían consigo algunas faltas de entendimiento. Pasar tanto tiempo juntos les insuflaba negatividad.
—¿Vas a quedarte ahí de pie, o vas a sentarte conmigo? —le preguntó Carlota un tanto irónica. Por el contrario, Álex cogió una silla y se sentó frente ella.
—Quiero que escuches atentamente. Tengo mucho que decirte, y no quiero que me juzgues precipitadamente. —Álex observó cómo Carlota ladeaba la cabeza con cierto aire de disconformidad, pero al final aceptó sus condiciones—. Habrás notado que últimamente estoy más raro de lo normal, y no tiene nada que ver con la discusión del otro día. Pero es obvio que no estoy pasando por mi mejor momento.
—Quién lo diría… —Su novia apartó la mirada con prepotencia.
—Vengo de la clínica —contraatacó Álex haciendo caso omiso al desprecio de su pareja—. Mario se ha tirado desde un quinto piso. Ha sobrevivido, pero está en coma.
Carlota no conocía personalmente a Mario, pero su novio le había hablado de él hasta la saciedad. Ahora observaba a Álex con los ojos en órbita.
—Álex, no bromees con esas cosas… —contestó.
—No es ninguna broma. Está vivo de milagro. No saben si despertará, pero si lo hace, se quedará parapléjico. Tiene la columna destrozada.
La joven estaba absorta.
—¿Me estás diciendo que se ha intentado suicidar?
—Sí.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Hace dos días que ocurrió…
—Tenemos que ir a verle. Es tu amigo.
Carlota cambió de tercio cuando empezó a crear conciencia. Se dirigió hacia él y se sujetó de los hombros afectuosamente. Álex, por el contrario, no mostró ningún cambio en su rostro. Frío por fuera, caliente por dentro.
—Acabo de venir de allí. Es mejor que no vayas, tú no lo conoces. De todas formas, ese no es el motivo principal por el cual quería hablar contigo. —Sus palabras era tan duras como un martillo, pero no era la única noticia que le reservaba—. Quiero que tú y yo lo dejemos. No quiero verte más. Podría extenderme y darte explicaciones, pero la verdad es que no me apetece y estoy cansado de hacerlo. He dejado pagado dos meses del alquiler del piso. Posiblemente yo me vaya al piso de mi padre, todavía no lo sé, ya lo veré, pero no quiero estar contigo en estos momentos. No es bueno ni para ti ni para mí. Así no podemos continuar.
Carlota se apartó de Álex y dejó una buena distancia entre ellos. Se apartó un mechón rubio de la cara y se lo recogió detrás de la oreja. Intentó sopesar la información que acababa de recibir, pero en ese instante se sentía cual péndulo de un reloj de madera vieja, levitando de un lado para otro como si la cosa no fuera con ella.
—Primero me dices que tu mejor amigo se ha intentado suicidar y luego me apuñalas en el pecho dejándome tirada. —Si por sus ojos se asomaba el brillo de unas lágrimas, lo disimulaba muy bien—. Estupendo. El mejor día de mi vida.
Como alma que lleva el diablo, se levantó del sofá y le propinó una buena bofetada. Álex no se resistió. Sabía de sobra que se la merecía, así que se dejó maltratar. ¿Qué es una bofetada comparada con vivir una mentira?
—Dime al menos una cosa —dijo Carlota con los ojos inyectados en sangre—, ¿alguna vez, por pequeña que fuera esa posibilidad, me quisiste?
Álex podría decirle que sí, que hubo un tiempo —relativamente al principio— en que sí, o que la quiso con gran devoción. Que hubiera dado cualquier cosa por estar con ella, a su lado, o que si alguna vez sintió el amor, fue muy parecido a lo que sentía por ella. Pero esta vez no dijo nada. Se quedó callado, su silencio fue tan frío y frágil como el témpano que se forma en las aguas cristalinas de una montaña. Lo que sí sabía con certeza eran sus sentimientos hacia ella. La adoraba, sí, pero siempre desde el cariño que ejercía sobre él. Algo muy parecido a lo que Mario sentía por Blanca. Por eso dejó que Carlota sacara sus propias conclusiones y abrazara la soledad que sentía en ese momento, pero a sorbitos.
—Ah, claro. No me vas a responder —dijo afligida—. Pues muy bien, si es lo que quieres que así sea.
Ahora Carlota ya no contenía la rabia, pero sí lo hicieron sus lágrimas. Pocos segundos después, recogía su bolso dispuesta a largarse y le dedicó a Álex unas últimas palabras.
—Eres un cerdo. Un egoísta asqueroso. No puedo creer que me estés haciendo esto. Te quedas ahí callado, como si no hubieras roto un plato en tu vida, pero yo te conozco Álex, sabes muy bien que eres un cobarde y un manipulador. Mírame a la cara y dime la verdad —incitó furiosa—, todo esto es por Mario, ¿verdad?
Álex no se hizo esperar.
—Enteramente —contestó.
Y el portazo de Carlota acompañó a la soledad de una persona que sujetaba los cuatro muros de aquella casa con los brazos.
Horas después hizo las maletas, dejó las llaves encima de la mesa y arrancó el coche en dirección ningún lugar. Mario le necesitaba, se lo debía.
PASADO
Uno de los primeros días húmedos de invierno, Mario decidió invitar a sus amigos a pasar el fin de semana en casa. La suave llovizna había cubierto las calles de una fina oscuridad perpetua. Como si las nubes hubieran conferido un manto oscuro de perplejidad. Sus padres, Juan Antonio y María del Mar no estarían ese fin de semana, habían decidido visitar a los padres de María del Mar, ya que vivían en Málaga, así que tendrían dos días para hacer lo que quisieran en casa y que nadie quebrantara sus planes.
Mario había visitado varias veces a sus abuelos andaluces, pero casi siempre por obligación. Era algo que intentaba evitar a toda costa, ya que sus parientes le evocaban al lado más amargo del ser humano. Ya lo dijo el escritor británico Israel Zangwill: «El egoísmo es el único ateísmo verdadero; el anhelo y el desinterés, la única religión verdadera».
Por supuesto, Carmen no estuvo de acuerdo al principio. Su hermana era dura de mollera, pero Mario sabía cómo encandilarla. Kovak había presentado a Álex en sociedad hacía seis meses. De vez en cuando, Mario, Álex y Kovak, hacían planes juntos y a ella no le quedaba otro remedio que escuchar su nombre a todas horas. Debido a ello, el interés por conocerlo había crecido exponencialmente. Cuando supo que su hermano lo había invitado a la fiesta, no puso objeciones. Ese día, por fin, le pondría rostro a su presencia.
El plan era el siguiente: Mario prepararía una cena sabrosa a base de pasta con salsa de nata, tomate cherry y un toque de albahaca y pimienta. Después verían una película de terror, y beberían cerveza hasta agotar la noche. Los invitados se podían quedar a dormir, ya que había habitaciones de sobra. Además, el día acompañaba perfectamente a su plan, ya que no había parado de llover desde que amaneció. Era perfecto para tenerlos a todos juntos. Mario estaba impaciente, se duchó y le pidió a su hermana que le ayudara a colar la pasta, ya que los invitados estaban a punto de llegar.
Pasados unos minutos, Kovak tocó el timbre. Iba acompañado de Álex y su novia hippie, Icíar.
—¡Buenas noches y a la paz de Dios! —saludó Kovak jocoso.
—Hola, chicos —saludó Mario. Luego los abrazó uno a uno. Algo que había cogido por costumbre en cuanto los veía—. Pasad, poneos cómodos.
—Icíar ha comprado esta botella de vino —dijo Álex ofreciéndosela a Mario—. No entiendo mucho de vinos, pero ella dice que, de los más baratos, es el mejor.
—No te tendrías que haber molestado, Icíar —le contestó Mario muy respetuoso—, pero gracias de todas formas. Creo que va a durar muy poco en la cena…
Los chicos se dirigieron al salón y se distribuyeron cerca de la chimenea que Mario había encendido previamente para que entraran en calor.
El salón sabía acoger a sus visitantes. El fuego abrazaba las paredes y las pintaba de un ocaso particular. Todo estaba decorado con gusto. El mobiliario consistía en estantes y mesas de madera de abedul, así como figuras de animales salvajes en plata, cobre y oro, relojes de pared con sus correspondientes sonidos característicos. Había diferentes cuadros de temática realista del autor mallorquín Joan Aguiló.
A los pocos minutos apareció Carmen con unas copas para despachar el vino. Saludó a todos por igual, pero al ver que su hermano no la presentaba en sociedad como debía, le pegó un tierno codazo.
—Ah, sí. Perdonad que no os haya presentado. Álex e Icíar, esta es Carmen, mi hermana.
—Masturbado de conocerte, Carmen —interrumpió Kovak con una sonrisa de oreja a oreja. Carmen vestía con un vestido azul ceñido que realzaba su figura y con su oscuro cabello.
—Puaj, ¡Kovak, qué asco! —contestó Carmen. Los chicos rieron al unísono—. A ti ya te conozco, merluzo.
—No tiene remedio —cortó Álex. Icíar le secundó estrechándole la mano—. Es un placer. Mario nos ha hablado mucho de ti.
—Ah, ¿sí? —Miró hacia su hermano con curiosidad, luego frunció el ceño.
Carmen intentó abrir la botella de vino, pero de los nervios no atinaba o no encontraba fuerzas suficientes para hacerlo. Álex se ofreció y la abrió en un instante con el sacacorchos. Carmen quería deslumbrar esa noche con un propósito. Si su hermano tenía razón y Álex era tan atractivo como lo había descrito, debía aprovechar la oportunidad y llamar su atención. Aunque pasó por delante un pequeño detalle: no contaba con que tuviera novia. Su hermano le había omitido ese detalle, pero no fue motivo suficiente para mostrar sus encantos. Esa noche podría ser una gran noche. Y no era habitual que Carmen compartiera diversión con los amigos de su hermano. Quizá era un buen momento para experimentar qué se sentía estar en su círculo de amistades.
Mario se dirigió a la cocina para terminar la cena. Mientras tanto, Carmen se esforzaba por prestar atención a la conversación que mantenía con Kovak, que no paraba de echarle piropo tras piropo. En esencia, solía mantener las distancias con él, ya que su humor no iba del todo con ella. Era como si tratara de crear algún tipo de barrera, como antiguamente hacía la alta Edad Media para no mezclarse con la plebe. Como combinar dinero y educación en una coctelera y no servir la copa.
Los chicos se sentaron a la mesa en cuanto Mario comenzó a servir los platos. Comieron con gran devoción, cosa que el anfitrión agradeció. La albahaca confería a la pasta un sabor inusual, y la salsa de nata le daba ese toque suave que embelesaba la lengua. Los chicos agradecieron la cena. Poco después, tras acabarse la botella de vino y la cena, Mario presentó la segunda parte del plan. Trajo de la cocina unas botellas de cerveza. Hizo palomitas para todos y puso Scream en DVD, un clásico de terror adolescente de los 90. Curiosamente, ninguno de sus amigos la había visto, salvo Kovak, que era un devorador de filmes como Sé lo que hicisteis el último verano, La casa de cera, Viernes 13, Pesadilla en Elm Street, Leyenda Urbana, Destino Final, Jeepers Creepers, The Faculty y un largo etcétera de los que se sabía prácticamente todos los diálogos.
La película fue del agrado del grupo, salvo Carmen que escondía el rostro con la manta cada vez que aparecía el asesino en pantalla. Kovak aprovechaba los momentos de tensión para asustarla aún más, y como esos momentos no eran de su agrado, Carmen le atizaba una colleja cada vez que tenía oportunidad.
Tras unos buenos sustos y unas largas risas, los chicos decidieron tomarse un rato para entablar conversación. Mario aconsejó retomar algún documental sobre los mayas, civilización perdida que le apasionaba, pero la idea no fue bien recibida por la mayoría, ya que se trataba de un día de desenredos y diversión. Una diversión que estaba a punto de bifurcarse. Icíar propuso un plan alternativo.
—Chicos, ¿fumáis? —preguntó Icíar levantando una ceja mientras rebuscaba en su bolso.
—Mario no fuma, es antitabaco —explicó Álex, que ya iba calando a su amigo.
—No creo que le diga que no a esto…
Icíar extrajo un cogollo de marihuana del bolso. Los chicos se sorprendieron, aunque Kovak era el único que no paraba de sonreír. Carmen, por el contrario, levantó una ceja.
—Un momento, no iréis a fumar aquí, ¿verdad? —preguntó ella con disconformidad.
—Vamos, Carmen —animó Kovak—. No me digas que nunca te has fumado un porro.
—Pues claro que me he fumado un porro —contestó. Mario se le quedó mirando, sorprendido—. Pero no en mi casa. ¿Estáis locos? Como vengan mis padres nos va a caer una buena.
—Carmen tiene razón —secundó su hermano—, no es buena idea fumar aquí.
—Pues fumemos fuera —propuso Icíar.
—Cariño, está cayendo un chaparrón, ¿o es que no lo oyes? —contradijo Álex—. Nos empaparíamos. Eso sin contar con el frío que hace.
—Vamos, Mario —insistió Kovak—, fumemos aquí dentro. Tus padres no se van a enterar.
—No sé, no creo que sea lo correcto.
—¿Correcto? Joder, Mario, déjate de correcciones y fuma. Las reglas están para incumplirlas —animó Kovak.
—Kovak tiene razón, ¿acaso no eras tú el que no seguía las reglas? —Álex le guiñó un ojo. Recordaba aquellas palabras fuera del garito de heavy metal la primera vez que se vieron. Mario sonrió.
—No sé, no sé…
—Mario, ni se te ocurra —amenazó su hermana—. Sabes que si se enteran papá y mamá nos va a caer una buena.
—¿Qué más da, Carmen? —cedió Mario—. Total, a ti no te dirán nada, eres el ojito derecho de los dos. Si se enteran me echas la culpa a mí y listo. Una bronca más tampoco me hundirá.
—Así se habla —dijo Álex orgulloso.
Carmen observaba la escena con indignación. Kovak tuvo que pegarle un codazo para que reaccionara. Fue cuestión de tiempo que aceptara, ya que era la primera que quería pasar más tiempo para conocer a Álex, aunque eso supusiera rivalizar contra la belleza de su novia Icíar, quién llevaba una falda corta para mostrar pierna y que, aun tratándose de ser invierno, no tenía reparos en mostrar. Un reto que estaba dispuesta a superar.
—Está bien… —cedió al final—, pero que conste que va contra mi voluntad, y que si se enteran te comerás tú el marrón.
—Hecho —contestó Mario.
Kovak celebró la decisión. Poco después, Icíar empezó a liar el cigarro mientras Álex no paraba de acariciarle la espalda. Ese día había complicidad entre ellos. Carmen lo notó. Mario lo notó. Kovak, ansioso por probar la primera calada, empezó a pegar sorbos de cerveza de botellas ajenas. Al final tuvo que acercarse a la cocina para traer una remesa nueva.
El improvisado plan de la noche trastocó las intenciones de Mario. Hubiera sido una noche perfecta para hablar con sus amigos de los acontecimientos recientes. Les contaría su experiencia como camarero en el restaurante vegetariano, en el que ya llevaba cerca de cinco meses y en los que, posiblemente pronto le promocionarían a maître. Podría haberles contado con mucha ilusión, que se sentía orgulloso que, en tan poco tiempo, fueran a ascenderlo. Mario sabía perfectamente que su buena atención, su porte y su presencia habían contribuido enormemente a que contaran con él para el puesto. Pero todo eso había quedado a un segundo plano. Quizá era momento de reprimir sus emociones y dejarlas para otro día. Se convenció rápido gracias a las tres cervezas que llevaba encima.
Icíar terminó de liar el porro y le pegó la primera calada. Acto seguido se lo entregó a Kovak, que iba con ansia, suspiró y se entregó al respaldo del sofá. Después le llegó el turno a Álex, le pegó una calada y se lo ofreció a Carmen que lo recibió con una sonrisa. Carmen se lo entregó a Mario, pero antes, Álex le advirtió:
—Espera, Mario, ¿has fumado marihuana alguna vez?
—No… —respondió.
—Ok. Dale una primera calada suave. No te excedas.
Mario cogió el cigarro con dos dedos como novato que era. Se lo acercó a los labios. Todos estaban expectantes, en especial Álex, que no le apartaba la mirada. Mario absorbió. El humo recorrió un camino equivocado o bien Mario no supo conducir el humo, ya que con la primera calada comenzó a toser. Era de esperar que todos se rieran, pero Álex simplemente le sonreía, ya que, como fumador habitual de tabaco, estaba experimentado en el tema.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Sí… —respondió Mario entre tos y tos.
—Te has pasado con la primera calada. Tienes que darle más suave. Mira. —Álex le quitó el porro de las manos y le pegó una calada a modo de demostración—. ¿Ves el humo? Si sale espeso, es que lo estás haciendo bien.
—A ver…
Volvió a pegarle otra calada, pero esta vez, el humo aterrizó en sus pulmones.
—Muy bien, ahora retén el humo todo lo que puedas —aconsejó Álex—. Bien, expúlsalo.
Mario reaccionó. A medida que expulsaba el aire y se condensaba el humo en el exterior, comenzó a invadirle una extraña armonía. Como si toda la tensión que había acumulado durante el día se hubiera esfumado en ese preciso momento. Decidió pegarle otra calada, estaba claro que esa sensación le hacía sentir bien.
—Con calma, Mario —sugirió Álex de nuevo—. Las caladas tan seguidas no son buenas.
Por supuesto, hizo caso omiso a su amigo. Ansiaba volver a experimentar ese sosiego inconsciente. Después vino otra calada, y otra… Hasta que Kovak le quitó el cigarrillo de las manos y fue compartiendo con el resto de los participantes. Icíar observaba a Mario mientras cuchicheaba algo al oído de Álex. Su novio amplió la sonrisa. Carmen analizó la situación y decidió sentarse en el sofá junto a Kovak.
La visión de Mario hizo un zoom que amplió la escena de sus amigos. Entrecerró los ojos para observar cómo Kovak no dejaba de examinar a su hermana. La cabeza le tambaleaba, pero apenas le importaba, ya que por primera vez en mucho tiempo se sentía feliz, y tenía todo cuanto deseaba cerca de él. Incluso su hermana, que era la víbora personificada, ahora se mostraba plácida y amable. Contemplaba cómo, una y otra vez, Icíar se acercaba al oído de su novio, para después besarle el cuello, sonreírle y besarle otra vez, pero en los labios. A Mario aquella parafernalia empezaba a resultarle monótona, así que se le ocurrió levantarse de la butaca para hacer el payaso.
Los efectos de la marihuana gratificaban los primeros estragos. Mario creyó ser una mosca. Sí, una mosca danzante que iba de lado a lado del salón con su continuo siseo. Revoloteaba apoyando las manos por doquier mientras los brazos actuaban de alas. Al imitable siseo le acompañaron las carcajadas de sus amigos. A medida que Mario exageraba más los gestos y los sonidos, las risas se agravaban más y más.
Después de pasar un buen rato, Mario retomó su trono personal y aprovechando que había captado toda la atención de sus amigos, expuso un buen tema de conversación, en la que cada uno podría divagar a su gusto.
—¿Creéis que estamos solos en el Universo? —expuso.
—¿Quieres decir que si hay más moscas revoloteadoras en otros planetas como tú? —contestó Kovak. Carmen comenzó a reírse con ganas. Mofarse de su hermano era uno de sus mayores placeres que le había otorgado la noche.
—Mirándolo así, sí —contestó Mario con cierta aspereza hacia su hermana—. ¿Lo creéis?
—Yo creo que no —continuó Icíar—. El Universo es infinito, o al menos eso creo.
—¿Y tú, Álex? —le preguntó Mario con verdadero huroneo.
—Es imposible —contestó—. Es imposible que estemos solos en el Universo. Tiene que haber alguien más por ahí. Creo sinceramente que hay especies que ya nos han visitado y que nos superan en inteligencia y tecnología…
—Carmen, estás muy buena —interrumpió Kovak, divagando gracias a los efectos de la marihuana.
Carmen intentó contener las carcajadas, pero le fue imposible. Todos se unieron al jolgorio y perdieron el hilo de la conversación.
—¿De qué estábamos hablando? —se preguntó Álex dubitativo. Tras un buen rato en el que todos quedaron en silencio, retomó el tema—. Ah, sí. Ya me acuerdo. Por cierto, ¿no hay más birra? Bueno, es igual. Hablábamos del Universo, ¿no?
Mario, que estaba empotrado en la butaca sin conseguir mover un músculo, alcanzó el porro que le ofrecía su hermana y le pegó varias caladas más. Lo peor de todo es que, en ese instante, pensaba que podría acostumbrarse a eso. Mientras Álex continuó dando su explicación de la visita de seres extraterrestres a nuestro planeta, Mario comenzó a preguntarse hasta qué punto era necesario haber sacado ese tema. Esa pregunta le llevó a otra, más contundente, más directa. Se cuestionó si era necesario haber reunido a todos sus amigos para sentirse mejor. Y si realmente lo necesitaba, ¿por qué había caído tan bajo? Nunca había necesitado de nadie para labrarse un buen camino. De pronto se percató que ya no era el centro de atención y eso le enfureció por dentro. La marihuana volvía a hacer estragos entre ellos haciéndoles perder el hilo con bastante facilidad.
—Tú también eres bastante majete, Kovak —contestó Carmen poco después, interrumpiendo a Álex y sacando a Mario de su ensimismamiento—. Pero no te hagas ilusiones, no saldría contigo ni en un millón de años.
Volvieron a reír a carcajadas. Salvo Mario, que era incapaz de pillarle la gracia. Entonces recordó la conversación que tuvo con Matías unos meses antes en los que le recomendaba seguir su propio instinto. «Por qué pienso ahora mismo en mi abuelo?», se preguntó.
Mario empezó a notarse el pulso. Luego notó cómo el corazón le bombeaba con fuerza. Sintió cada sonido como si solo estuviera él en la sala. Nada más lejos de la realidad, los sonidos le parecían ecos en una oscuridad pertrecha. Las arterias se le dilataron y percibió cómo la sangre le circulaba velozmente por sus venas. De pronto se vino abajo y la ansiedad le consumió. Necesitaba dejar de pensar esas cosas, de lo contrario, temía caer en un pozo sin fondo del que nunca más lograría salir.
—Mario, ¿estás bien? —le preguntó Álex un tanto preocupado.
El joven de pelo rizado continuaba en una burbuja personal. Los veía a todos. Reían, hablaban, compartían experiencias… Pero él solo oía los ecos que arrastraban sus voces. Seguía paralizado sin poder articular palabra.
—¿Mario? —insistió Álex.
Consiguió llevarse una mano a la boca. La tenía más seca que la canela.
—Carmen, tráele agua a tu hermano. Necesita beber.
Carmen, que sufrió en sus carnes el peso de la maría, consiguió llegar hasta la cocina y traerle el vaso de agua. Mario se reclinó con gran esfuerzo y se bebió medio vaso del tirón.
—¿Estás mejor? —preguntó Álex de nuevo—. Te veo muy pálido.
—No —llegó a contestar Mario. Su tez se había tornado amarillenta—. Necesito tomar el aire.
—De acuerdo. Icíar, acompáñalo, por favor.
—¿Qué te pasa, Mario? —preguntó Kovak, que por fin había recobrado un poco el sentido.
—Le ha dado un amarillo —aclaró Álex—. Es normal, la primera vez casi siempre pasa.
Icíar levantó a Mario con la ayuda de Álex y se lo llevó afuera. Había dejado de llover, aunque el jardín era pasto de la fragancia de la noche. El frío les azotaba el rostro, pero apenas sentían nada al estar tan desinhibidos. Icíar le hizo sentarse en un banco que, previamente, había secado con la manga de su chaqueta, después se sentó a su lado. Las nubes grises habían dejado mostrar un pedacito de luna llena por uno de sus recovecos. La leve luz que se intuía era suficiente para que ambos pudieran verse los rostros. Icíar comenzó a frotarle la espalda. Mario hizo lo propio con su cara. El aire y la humedad produjeron su efecto. Poco a poco, fue recobrando la compostura. Icíar le sonrió y se alegró de ver mucho mejor a su nuevo amigo. El chico de veintitrés años clavó sus ojos en su cabello. Hasta ese momento, no se había fijado en que la novia de Álex había cambiado de peinado.
—Llevas más rastas —afirmó él.
—¿Y te fijas ahora? —Rio.
—Sí, perdona. He estado toda la tarde planeando lo que podríamos hacer este fin de semana y ya ves… Me he esforzado tanto para que este plan saliera a pedir de boca que no me he dado cuenta de otros detalles. Creo que lo he fastidiado todo.
—¿Qué dices? —preguntó Icíar con mirada pícara—. Tú no has fastidiado nada.
Icíar no le apartó la mirada en todo momento. De frotarle la espalda, pasó a acariciarle el brazo. Mario notó un pequeño pinchazo en su sexo. Un leve escalofrío le recorrió la columna vertebral hasta materializarse en una leve erección. Un bulto creció en su pantalón.
—Eres mucho más guapo cuando estás cerca —piropeó Icíar próxima a su oreja—. Creo que ya estás mejor, ¿verdad?
—Eso creo…
No podía apartar la mirada de sus labios. Unos finos labios que parecían suaves, tan rojos como la piel de una manzana. Icíar acercó más el rostro al suyo, pero no hizo amago de besarle. Mario notó cómo su mano le estrujó el miembro. Mario pegó un respingo mientras el bello se le erizaba de nuevo.
—Sí, ya estás mucho mejor —confirmó ella notando el calor de su pene a través del pantalón.
Mario reaccionó. De un topetazo apartó su mano y frenó el primer intento de besarle.
—¿Qué haces?
—Vamos… —insistió Icíar apretando de nuevo el sexo de Mario—. Sé que lo deseas. Sé que me deseas. No has parado de mirarme en toda la noche.
—Te estás equivocando —corrigió Mario, que volvió a apartarle la mano—. No puedes hacer esto. Estás con Álex, ¿te has olvidado?
—Si ese es el problema, puedo esperar a que se duerma esta noche. Luego puedo acercarme a tu cuarto. No se enterará de nada. Cuando fuma, no hay quien lo despierte.
—No puedo creer que me estés planteando esto… Estás saliendo con él. ¿No tienes ningún escrúpulo?
Estaba enojado. ¿Cómo podía pensar en ponerle los cuernos a su novio a escasos metros de él? Álex tenía razón. No era una cuestión de pavonearse delante del primero que se le pasara por delante. Lo de Icíar iba un paso más allá, su mentalidad abierta no tenía límites y así lo demostraba.
De golpe, se oyó el cierre de una puerta corredera.
—¿Interrumpo algo? —Álex salió al jardín sin previo aviso.
Por suerte, no había escuchado la conversación que Icíar mantuvo con Mario. O por lo menos, así lo creyó él.
—Traigo unos pastelitos —continuó Álex—. El dulce te sentará bien, Mario.
Icíar se levantó y le guiñó un ojo a Mario. Les dejó a solas para que ambos pudieran charlar. Pero Mario apenas tenía ganas de charlar con nadie.
—Gracias por molestarte, pero creo que es mejor que os vayáis.
—¿Cómo?
Álex no comprendía su comportamiento. ¿Qué había pasado?
—Necesito que os vayáis. Todos —insistió.
Se levantó y como trueno que lanza Poseidón se dirigió al salón. Álex e Icíar lo siguieron.
—Lo siento, chicos, no me encuentro muy bien y creo que lo mejor es que os vayáis a casa —dijo añadiendo también a Kovak.
Álex no dijo nada. Solo dirigió la mirada hacia su novia que recogía el bolso con una sonrisa puesta. Kovak puso cara de no haber roto un plato en su vida.
—Vamos, Mario. No me jodas —se quejó—. Ahora que lo estábamos pasando bien.
—Tú cállate de una vez, que no has parado de echarle los tejos a mi hermana desde que has entrado por la puerta.
Cada vez estaba más enervado. Necesitaba cuanto antes perder de vista a sus amigos, o cada vez que abriera la boca sería peor.
—Eres un puto aguafiestas —le reprochó su hermana que, de un impulso, se levantó del sofá y subió las escaleras hacia su habitación. De la propia rabia, no se despidió de sus amigos.
—Se supone que nos íbamos a quedar a dormir todos aquí… —dijo Kovak con aprensión—. Mario…
Mario no reaccionó a ningún estímulo. Estaba obcecado y no consentiría que, en ese instante, se le llevara la contraria.
—Por favor, idos.
Y los chicos se marcharon.
PRESENTE
«… Nos enseñan desde pequeño a que hay que amar. Lo que no nos enseñan es cómo se aprende a amar sin que te hagan daño. O sin que sea tan doloroso hacerlo. No te preparan para ello…».
Carmen sostenía las cinco páginas arrugadas en la mano mientras contemplaba la vista de la ciudad de Palma desde la tercera planta de la clínica. Si os preguntáis cómo había llegado a sus manos, fue por decisión de Blanca. Quería tener una segunda opinión, aunque en realidad, lo que buscaba era deshacerse de ella a toda costa, pero quizá no le correspondiera a ella tomar esa decisión. Había leído esa dichosa carta de Mario una y otra vez. Y esa frase se le repetía en la cabeza sin que pudiera evitarlo. Cinco páginas de sinceridad. De verdades como puños. De amargura, de emociones, de amor, de desamor… De cómo era Mario y de lo que sentía. Y de cómo era el mundo que le rodeaba o, por lo menos, de como él lo veía.
Decirle a sus padres que esa carta no los ponía precisamente bien, no sería fácil. Por eso retuvo la idea hasta que el camino recorriera otros derroteros. Lo importante ya estaba dicho, Juan Antonio y María del Mar habían regresado de Cuba justo tres días después del suceso. Habían descansado lo suficiente para recuperar fuerzas. Fue entonces cuando su hija Carmen decidió llamarles para darles la triste noticia. Tras una breve charla por teléfono, se dirigieron rápidamente a la clínica. Ella guardó la carta en el sobre beige y se lo introdujo en el bolsillo de su chaqueta. Unos minutos después, sus padres entraban por la puerta.
—¿Dónde está mi hijo? —María del Mar estaba angustiada. Si vio a Carmen no le dio la menor importancia. Se dirigió directamente hacia la cama de Mario y se llevó una mano a la boca—. Oh, Dios mío… Mi hijo…
Juan Antonio no mostraba la misma compostura que su mujer. En su negocio, había aprendido lo suficiente como para guardar las apariencias cuando era necesario, y, aunque se tratara de su propio hijo, había costumbres que eran difíciles de erradicar. Eso sí, un extraño fruncimiento del entrecejo se asomó al ver a su hijo postrado en una cama con la cara parcialmente vendada y la mitad de su cuerpo escayolado.
Carmen se acercó hasta ellos para abrazarlos, pero María del Mar la apartó sin miramientos. Su hija no supo cómo tomarse ese desprecio, así que simplemente se apartó y dejó que su madre explayara sus emociones a gusto.
—¿Cuántos días lleva ingresado? —preguntó María del Mar furiosa.
—Cuatro días —contestó Carmen serena.
—¡¿Cuatro días?! —gritó su madre—. ¿Y nos llamas hoy para contárnoslo? ¿Cómo te atreves? ¡Es mi hijo!
—Sí, mamá. Es tu hijo —dijo su hija con disconformidad—, pero también es mi hermano. Y estabais en Cuba, ¿qué querías que hiciera? ¿Que os llamara y os contara que Mario había intentado suicidarse aprovechando que sus padres estaban de viaje? ¿Cómo habríais llegado a Mallorca? ¿Cómo habríais soportado esas doce horas de viaje?
—Es mi hijo —repitió su madre—, tengo todo el derecho a saberlo.
—Mar, tranquilízate, mujer —intervino Juan Antonio—. Estamos aquí ahora, y nuestro hijo sigue vivo, que es lo importante.
Carmen sintió cómo la mirada de su padre le atravesaba el alma. Por una parte, esa mirada le otorgaba aprobación, por otra, era recriminatoria, ya que conocía muy bien a su padre y eso significaba que no estaba de acuerdo con la decisión que había tomado respecto a avisarle un día después de llegar.
—¿Cómo está? —preguntó su padre dirigiéndose a Carmen—. ¿Qué dicen los médicos?
—Pues creo que es mejor que os lo explique el doctor. Yo ya no puedo con esto… —Carmen fingió un ademán despreocupado—. Ahora que estáis aquí, voy a buscarlo. Vuelvo enseguida.
El rato que Carmen estuvo fuera, el matrimonio comenzó a discutir sobre la decisión de su hijo por quitarse la vida. ¿Puede que en parte se sintieran culpables? Es posible, pero lo que más preocupaba a María del Mar, era no haber estado más cerca de él. Mucho antes de que Mario decidiera mudarse a Barcelona, perdieron el contacto. Al volver, sus padres pensaron que sería la mejor oportunidad que tenían de recuperar a su hijo, pero una vez más, se equivocaron. Fueron ellos los que le dieron la espalda. Carmen fue la que —a regañadientes— se alegró de la vuelta de su hermano. Y parte de ese júbilo fue gracias a Blanca, ya que Mario se la trajo desde Barcelona para comenzar una vida juntos.
Mientras a María del Mar se le revolvía la consciencia por no haber pasado el tiempo suficiente con su hijo, Juan Antonio trataba de tragarse el orgullo y coger la mano de su hijo. Hizo el amago, pero no lo consiguió.
En ese instante, apareció Álex, que venía a pasar un rato con su mejor amigo, pero no esperaba encontrarse allí a sus padres. La reacción de María del Mar al verlo fue inmediata.
—¡Tú! —gritó histérica—. ¡Tú tienes la culpa de que mi hijo haya intentado quitarse la vida!
María del Mar lo señaló con dedo incriminatorio y Álex quedó estupefacto. No recordaba exactamente la última vez que los había visto, pero por supuesto, fue en condiciones totalmente contradictorias. Álex quiso decir algo, pero no se atrevió por miedo. ¿Culpable? ¿Él? Culpable tal vez de no haber pasado los últimos años a su lado, pero nada más. Juan Antonio intentó apaciguar la histeria de su mujer agarrándole del brazo y retomando el testimonio.
—¿Tienes la poca vergüenza de venir hasta aquí después de lo que le has hecho a nuestro hijo?
La situación era exasperante. No solo porque Álex tuviera un recibimiento poco merecido, sino por el hecho de que le acusaban de algo que no lograba intuir.
En vez de defenderse, Álex se quedó callado y dejó que los padres de Mario descargaran toda la ira sobre él. Tampoco hubiera servido de nada.
—Todo esto es culpa tuya —continuó amenazando María del Mar—. Maldigo el día que te cruzaste en su camino.
—Perdonadme, pero no sé a qué viene todo esto —se escudó Álex.
—¿Que no lo sabes? —María del Mar fingió estar sorprendida—. Ya lo sabes, ya. Ahora no te hagas el tonto.
—Creo que es mejor que te vayas —dijo Juan Antonio. Aquellas palabras ya las había oído antes. Era indudable que quien las pronunciaba era el padre de Mario—. Aquí no pintas nada.
En ese instante entró Carmen acompañada del doctor.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
—Nada, Carmen, creo que he llegado en mal momento —contestó Álex airado—. Yo ya me iba.
—De aquí no se va nadie —amenazó Carmen.
—¡Que se vaya! —insistió María del Mar.
—Mamá, por mucho que te fastidie, Álex forma parte de la vida de Mario y tiene el mismo derecho de estar aquí que tú y que papá, así que guarda el rencor que le tienes para otra ocasión porque hoy no es el mejor día.
María del Mar estuvo a punto de contraatacar, pero Carmen le dirigió una mirada inquisitiva que había heredado de su padre. Por el contrario, Juan Antonio se sorprendió al ver cómo su hija tomaba las riendas de la situación. Por lo general siempre había sido una persona seria y poco comunicativa, y esta vez, tampoco fue la excepción. El doctor esperó pacientemente a que se respirara un mejor ambiente en el silencio que se había creado tras la indirecta de Carmen. Refunfuñando, María del Mar aceptó las condiciones de su hija, pero eso no logró que la tensión entre Álex y ellos desapareciera.
—Doctor, dígame, ¿cómo está mi hijo? —le preguntó Mar un tanto condescendiente.
—Puedo venir en otro momento si lo prefieren… —se excusó el doctor ante la adversidad de la disputa.
—Por favor, ¡suéltelo ya de una vez! —insistió María del Mar con su tacto habitual.
—Está bien. Soy el doctor Guillem Martorell y haré todo cuanto esté en mi mano para ayudaros. Doy mi palabra. Sé que son días aciagos para la familia y sus conocidos —al percibir impaciencia en sus visitantes, decidió continuar—. Durante estos cuatro días hemos estado observando metódicamente el estado de su hijo. Hoy puedo darles más o menos un veredicto de las lesiones, pero me temo que tengo malas noticias en general.
—Por Dios… —se quejó María del Mar.
—Ánimo, mujer —animó su marido—, no todo puede ser tan malo, ¿verdad, doctor?
—Efectivamente. Hay malas noticias, pero también hay buenas. Quiero decirles que, ante todo, nos encontramos ante un auténtico milagro. Que Mario haya sobrevivido a una caída de cinco pisos de altura, dice mucho de su fuerza interior. Quizá si el trayecto hubiese sido limpio, vuestro hijo… Bueno, ya me entendéis. Os resumiré los daños que más nos están preocupando ahora mismo.
El doctor Guillem hizo una pausa para buscar entre los papeles del portafolios. Levantaba la ceja cada vez que recordaba alguno de los síntomas de su paciente.
—La cuerda de tender le produjo una fractura a la altura del hombro, pero no nos preocupa demasiado porque no es una lesión considerable. Debemos dar las gracias al toldo desplegado que frenó la caída, si no hubiera sido por ese detalle la contusión que sufre en su cabeza habría sido determinante. Es más, podríamos estar hablando de una hemorragia interna leve, que, de otra forma, no sería posible tratar.
María del Mar escuchaba al doctor con los ojos salidos de sus órbitas. El resto de las personas se mantenían impasibles ante el informe del médico, salvo Álex, que ya temía lo peor de su mejor amigo.
—Por otra parte —continuó el doctor—, tenemos una serie de fracturas que podrían afectar a la recuperación total del paciente. Estamos hablando de roturas en el maléolo externo del pie, la cabeza del peroné, la rótula, parte de la cresta ilíaca y la cabeza del húmero del brazo. Casi la totalidad derecha de su cuerpo. Del izquierdo tiene la escápula rota debido a la cuerda que se topó en la caída, así como las falanges de la mano izquierda. También tiene una pequeña fractura en el parietal del cráneo, pero es pequeña y tiene claras señales de mejoría.
Dio el tiempo suficiente para que los familiares del paciente asumieran todo el parte médico. Y aunque Carmen ya conocía la mayoría de los síntomas, ignoraba la gravedad del asunto. Pero lo peor estaba aún por venir; el doctor Martorell tan solo había preparado el terreno para lo peor.
—Sin embargo… —hizo una pequeña pausa para observar a los padres—lo que más nos preocupa es la lesión de dos vértebras de la columna lumbar. Fíjense.
Extrajo una radiografía de un sobre adjunto al portafolio y la sujetó a contraluz para mostrársela a los familiares.
—¿Ven esta forma ovalada de aquí? —señaló el doctor—. Si se fijan bien, podrán apreciar que esta especie de «U» está formada por trozos pequeños sólidos. Es la base de una vértebra hecha añicos. Reparar esta zona supone un gran problema, y muy posiblemente haya que incorporarle un injerto óseo. Sea como fuere, no podemos arriesgarnos en el estado en el que se encuentra ahora mismo su hijo. Dependemos de su mejoría en los próximos meses.
—Perdone —interrumpió Álex—, ¿ha dicho meses?
—Sí —contestó el doctor rotundamente—. Quizá se reduzca a semanas. Todo depende de que Mario despierte o no del coma.
—Vamos a recapitular —pronunció Juan Antonio como si estuviera en una de sus reuniones—. Usted quiere decir y, para resumir, que mi hijo tiene la espalda destrozada. Entonces es poco probable que pueda andar, aun operándolo. ¿Me equivoco?
—Es exactamente así —contestó el doctor Martorell bajando la mirada—, siento ser tan sincero con ustedes, pero ante estas situaciones, es mejor que todos estén preparados.
—¿Qué quiere decir? —preguntó María del Mar, preocupada.
—Mamá, ¿es que no lo ves? —le contestó su hija—. Tenemos que prepararnos para lo peor.
La madre observó a la hija, atónita. No daba crédito a todo lo que estaba sucediendo. ¿Disfrutar de unos días maravillosos en las playas doradas de Cuba y a los pocos días recibir la peor de las noticias? El contraste era demasiado atroz. Un azote de realidad. Un mensaje que le llegó profundamente, pero no lo suficiente para hacerla reaccionar.
—Aun así, dejen espacio para la esperanza —continuó el médico—. Hemos contenido la hemorragia a tiempo y sigue respondiendo favorablemente al suero y al medicamento. Es posible que las lesiones terminen por curarse con el tiempo. Todo depende de que Mario logre despertar. Ahora mismo, todo depende de él.
—Doctor —incidió Álex, que todavía estaba perplejo por la noticia—, ¿y si Mario despierta?
—Entonces le preguntaremos si quiere operarse. Pero, aunque diera su consentimiento, hay que dar por hecho que no volvería a andar.
Todos los presentes comenzaron a mirarse. María del Mar y Juan Antonio, por primera vez se mostraron apacibles. Sin embargo, Carmen no podía evitar esconder el rostro entre sus manos. Aunque ya supiera la noticia, escucharla tan tajante de la mano del doctor que había asumido la tutela de Mario, le provocaba temor y pavor a partes iguales. Mario no volvería a andar, esa era la realidad. Aunque en el aire todavía se respiraba cierto atisbo de incertidumbre, y es que, cabía la posibilidad de que el joven se despertara.
—¿Cuánto cree que puede estar en coma? —preguntó Álex algo ensimismado.
—No hay certezas. Nadie en su sano juicio podría dar una fecha concreta. Todo depende de la voluntad del paciente, pero hay que contemplar todas las posibilidades. Incluso es posible que no vaya a despertar nunca. —La realidad volvió a azotar a María del Mar, que dejó de observar al doctor fijamente para buscar compasión de su marido—. Nadie sabe por los estados que está pasando Mario ahora mismo. Su cabeza está viajando constantemente a lugares en el que el entendimiento no ha estado nunca.
—¿Y qué pasaría en ese caso? Es decir, ¿si no despertara nunca?
—Esa respuesta no está al alcance de mi jurisdicción —respondió el doctor Martorell mansamente—. Llegado el momento, la familia decidirá qué es lo mejor para Mario. A menos que el paciente muestre signos de urgencia, será la clínica quien asuma la responsabilidad. Lo siento. Si me permitís el consejo, a riesgo de que me toméis por loco, en estos casos, hablarle al paciente es una terapia más. Os parecerá absurdo, pero ayuda de verdad. Ya que el subconsciente suele retener mucha información.
Carmen buscó la mirada de Álex y no se hizo esperar. Se sincronizaron a la perfección. Si Mario no despertaba nunca, habría que dejarlo volar…
¿Quién decía que ya no estaba volando?
La mente es el arma más poderosa que tiene el ser humano. Normalmente, la utilizamos para avanzar, retroceder o quedarnos atorados ante las adversidades. La de Mario en particular, buscaba incansablemente la manera de viajar en el tiempo, buscar entre sus recuerdos algún motivo de peso por el que volver de entre los muertos. Y mientras viajaba, contemplaba el infinito con el mismo temor con el que había observado a los vivos.
Álex decidió dejar que la familia procesara la noticia, así que se fue de la clínica y retomó el camino, pero esta vez, en dirección ningún lugar.
Encauzar aquella sentencia no iba a ser tarea fácil. Le quedaba un camino metafóricamente amplio, por una parte, debía asumir que su relación con Carlota por fin había terminado; por otra, necesitaba hacer frente a la tristeza que le provocaba ver a su mejor amigo en una cama y con los peores pronósticos asociados. Temer no era una cosa que se podía permitir, esta vez no. Por delante le quedaba un gran trecho por recorrer. Era hora de hacer balance y tomar las riendas de su camino, tal y como Mario había hecho tiempo atrás, y del que había aprendido mucho.
Paradójicamente, el trayecto hacia casa le resultó apacible. Paseó por las calles que tantas veces había recorrido a pie con su amigo, recordando en cada esquina las múltiples experiencias que ambos habían vivido. En esa ocasión, quiso dejar la mente en blanco, intentando usurpar aquella situación negativa con los padres de Mario, por unos pensamientos mucho más positivos. Y lo consiguió. Consiguió recordar por qué Mario se convirtió en su mejor amigo, y por qué estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por él para que despertara. Iba a intentarlo a toda costa, y para eso, lo mejor era seguir los consejos del doctor Martorell. Le contaría todas las historias que hiciera falta, para que aquella persona a la que le tenía tanto afecto no caminara solo por las sendas oscuras de la mentalidad.
Pero todavía le quedaba algo por hacer. Antes de dedicarse en cuerpo y alma a Mario. Ahora que estaba sin hogar, que había roto con su novia Carlota, que su jefe le había otorgado unos días, que necesitaba ocupar su tiempo libre, y que tenía el vehículo cargado de cajas, se obligó a ir a casa de su padre y reclamar lo que era suyo por derecho.
PASADO
Mario recibió una visita inesperada dos meses después de haber fumado marihuana en su casa.
Dio por sentado que, Icíar, la novia de Álex, habría tenido una charla con él para explicarle los motivos que la habían empujado a meterle mano aquel día lluvioso en el jardín de su casa. Aquel motivo no había sido circunstancial. Icíar intentó seducir al joven agarrándole el pene en un descuido. Esa acción, que a priori puede parecer morbosa, no hizo más que incomodar a Mario ante próximas quedadas con sus amigos. Por ese motivo, había estado tanto tiempo desaparecido y sin dar señales de vida. Tan solo Kovak pudo hablar con él un par de veces para que le explicara su decisión. «El trabajo me deja hecho polvo, tío», se excusaba él, «no tengo ganas de salir».
El estado emocional de Mario había cambiado paulatinamente desde que Álex entrara en su vida. Al principio se mostró tácito y comprensivo, pero poco a poco, esa relación se iba haciendo más estrecha y estaba derivando en algo que le despistaba soberanamente. El hecho de estar unos meses a solas, no era otra que crear consciencia de todo lo que había pasado esa misma noche. Había sido su cumpleaños, y nadie había reparado en ello. Para Mario ese día era muy importante. No es que le diera demasiada importancia a aquella fecha, pero le hubiera gustado tenerlo todo organizado. Tenía que salir todo perfecto. No podía fallar nada. Después de tanto tiempo suplicando por una oportunidad como aquella, deseaba celebrar su evento con la gente que más le apetecía. Incluso convenció a su hermana Carmen con una simple mención de Álex —cosa que, a Mario, por otro lado, le desconcertó—. Pero cuando sus invitados llegaron a casa, y vio cómo se desarrollaba la noche… Digamos que, simplemente no era lo que esperaba. En sus planes no estaba sufrir un amarillo debido a los porros. Eso hizo que su ilusión fuera menguando con las horas. Para colmo, las libertades que se cogió Icíar sin apenas conocerle le trastocaban. Cuando Icíar le agarró del miembro… Bueno, sí. Mario se encendió, como haría cualquier persona excitada. La libido se le disparó, pero de súbito, la imagen de Álex le recordó que el simple hecho de pensarlo ya significaba traicionar su confianza. Y Mario sabía cuándo una persona se merecía estar en su vida. No estaba dispuesto a arriesgar una amistad como la suya por una absurda tontería. Se apartó del círculo vicioso que había generado aquella imagen y se refugió unos meses en su habitáculo. No podría ver a Álex durante un largo tiempo. ¿Fue un ignorante por creer que Icíar hablaría con Álex sobre el tema?
Mientras intentaba traducir unos textos sobre los Incas que se había descargado de la red, sonó el timbre de casa. Carmen se acercó hasta la habitación de Mario.
—¿Qué pasa? —le preguntó a su hermano—. ¿No has oído el timbre?
—¿No está Emilia? —contestó Mario refiriéndose a la sirvienta.
—Hoy es su día libre. A ver si te pones las pilas de una vez y te enteras un poco más de lo que va pasando por casa.
— Ve a abrir, anda —le ordenó él con un ademán de mano.
Mario continuó ojeando esos fascinantes textos, mientras intentaba descifrar y comprender qué tipo de herramientas utilizaban los Incas para poder comunicarse con los demás y poder narrar su legado. Divagando entre aquella apasionante cultura, percibió por el rabillo del ojo cómo una silueta se apoyaba en el marco de su puerta.
—¿Se puede?
—Un momento… —Mario terminó de apuntar una última idea sin prestar atención a esa voz.
Intuyó no una, sino dos presencias en la entrada a su habitación.
—El señor marqués de Sade tiene visita y no le presta la menor atención —ironizó Carmen con su clásica prepotencia—. Qué bien.
Mario se giró en la silla y reconoció a su amigo.
—¡Álex! —Sonrió—. Qué alegría verte. ¿Qué haces por aquí?
Carmen ya se había esfumado.
—Pues te diría el clásico «pasaba por aquí» y todo eso, pero, en realidad he venido a verte —contestó.
—Vaya sorpresa.
Mario estuvo un buen rato mostrándole los cachivaches de su habitación, ya que Álex lo observaba todo sin disimulo. Al principio el visitante quedó asombrado con la cantidad de mapas que Mario tenía colgados en todas las paredes. Muchos de Latinoamérica, otros de Asia, de Australia e incluso de Groenlandia y el Polo Norte. Álex preguntaba con gran curiosidad por todos ellos y Mario, con gusto, le daba una explicación coherente del porqué se merecía un hueco en una de sus paredes. Acto seguido bajaron para tomar un refrigerio en el patio, ya que la primavera había traído consigo un agradable día. Estuvieron charlando de cosas de poco interés, pero de entendimiento fácil, y ambos se sintieron afablemente cómodos.
Al rato, Mario le propuso salir a dar una vuelta por la ciudad y ponerse al día sobre los tres meses que habían estado sin comunicarse. Por supuesto, el joven moreno de barba picuda accedió con gusto, era una mañana agradable y apetecía recorrer las calles de Palma con una persona de mente afilada. Así que Mario cogió la chaqueta y anduvieron hasta Plaza de España.
Por el camino, los jóvenes empezaron a sentir cierta conexión. Ambos compartían sus gustos por las películas independientes más punteras, obras de teatro de comedia, planes de escapada a la montaña, a la playa, pero cuando llegaron al tema de la música, sus opiniones quedaron divididas. Mientras Álex escuchaba grupos musicales independientes como La casa Azul, Amor Bizarro, La bien querida, Los Planetas o El columpio asesino —la gran mayoría de repertorios eran deprimentes a más no poder—, Mario defendía a capa y espada el estilo musical de grupos como Second, Lory Meyers, Los Elefantes, Miss Caffeina, Vetusta Morla, Xoel López y Love of Lesbian, por mencionar unos pocos. El chico «Cervantes» comparaba las letras de sus cantantes favoritos como un gran cuento, una gran historia que relata una persona imperfecta en un mundo imperfecto. Un acercamiento brutal a la realidad que viven diariamente millones de personas en el mundo y con las que es fácil sentirse identificado. Mientras caminaban sin rumbo fijo, Álex insistió en la importancia que tenían esas letras para él. Por mucho que formara parte de un grupo de heavy metal, su verdadera pasión, era escribir historias, cantarlas y mostrárselas al mundo. Quizá por eso también estudiaba en una escuela de interpretación. La finalidad era conseguir la misma meta: transmitir a las personas lo que él sentía por dentro. Mario respetaba su concepto de vida, es más, lo compartía. Ya que eso le recordaba las ganas que siempre le ponía a sus gustos, hobbies o como quieran llamarse a esos pequeños placeres que nos hacen sentir tan bien en un espacio de tiempo realmente escaso.
Los chicos habían congeniado. Lo mostraban en sus rostros. Se sentían cómodos el uno con el otro.
En más de una ocasión, Mario estuvo tentado de sacarle el tema de aquella fatídica noche de cumpleaños (ocultando previamente ese pequeño detalle), pero no creyó que fuera el mejor momento, ni el mejor lugar para hablar de las intenciones sexuales de Icíar, a sabiendas de que aquel acto no dejaba en buena posición a su amigo. Por eso quiso disfrutar del paseo y compartir nuevos y agradables con su persona. Lo estaba conociendo en profundidad y haciéndose un hueco importante en su corazón.
Mario tuvo la acertada idea de llevar a Álex a la catedral, dado que él nunca había contemplado su interior. Era una excusa verdaderamente extraordinaria. ¿Ser mallorquín y no haber visto el interior de La Seu? Eso tendría remedio. Recorrieron las callejuelas del casco antiguo mientras esquivaban a los viandantes, y atajaron por varias otras, tal y como le gustaba a Mario. Andar a destajo, mientras observaba la arquitectónica del casco antiguo, con sus fachadas típicas mallorquinas, conteniendo rincones, patios y secretos, conseguían trasladar a los chicos a otra época medieval.
En una de aquellas rurales calles, el joven de rizos dorados hizo un alto y observó de arriba abajo el callejón —que, en ese instante, estaba totalmente vacío—, a continuación, señaló una parte del suelo empedrado.
Arqueó una ceja.
—Qué raro —le dijo a su amigo—, aquí debería estar una anciana mendiga a la que suelo darle alguna moneda.
Álex se encogió de hombros. Los jóvenes retomaron el camino hacia la catedral. Mario lo hizo sereno, preguntándose qué habría sido de aquella mujer de rostro arrugado, debido al marcado paso de la experiencia, mientras Álex caminaba a su lado observando los adoquines y sugiriendo que, quizás, contaba sus pasos. Cuando hubieron dejado atrás aquellas callejuelas, contemplaron desde lo alto de una bifurcación, el brillo del mar golpeando con fuerza. Ante ellos se abría el Paseo Marítimo de Palma. Estaban cerca. Tan solo girar una esquina más y… Ahí estaba. La gran catedral de Santa María de Palma de Mallorca. Un auténtico regalo para los ojos. Mario no se cansaba de contemplarla.
Aquel majestuoso templo rectangular estaba formado por tres naves de ocho tramos cada una. La cubierta hacía frente a la intemperie con sus catorce pilares octogonales, y que luchaban por alcanzar el sol. El estilo gótico de la catedral le confería cierto aire de misticismo, pero su fachada quedó desfigurada a causa de un terremoto en 1851. Cuando sugirieron a Antonio Gaudí para remodelación de la misma, allá por el año 1904, esta perdió parte de su lobreguez, pero mantuvo su esencia. Mario se acercó al portal Mayor y se fijó en su decoración renacentista. Se sorprendió al ver que la entrada era gratuita. Debía celebrarse alguna misa o evento especial, ya que por norma general es de pago. Una vez dentro, le narró a Álex la historia contenida sobre la basílica gótica. De cómo su construcción se planteó desde el principio sobre el acantilado de la antigua ciudad romana, destacando su silueta por encima de la muralla, convirtiéndola así, en uno de los grandes hitos de la ciudad. Continuó su sermón narrándole que, antiguamente, ese acantilado estaba limitado por el mar, ya que llegaba hasta la misma muralla —salvo que hoy en día, existe un lago artificial llamado Parque del Mar, que refleja perfectamente su silueta—, dotándola de un aspecto imponente. Álex observó la planta basilical y las tres naves cerradas por una cabecera formada por tres ábsides. Se quedó atónito. Sencillamente era magnífica. ¿Cómo había podido vivir todo ese tiempo sin visitarla ni una sola vez? Luego alzó la vista hasta la cúspide y temió marearse debido al vértigo. Su altura era imponente. Mario, que notó su cara de entusiasmado, aprovechó para indicarle las dimensiones de aquellas naves laterales. Su altura aproximada era de veintinueve metros, pero su amigo no pareció escucharle, ya que seguía absorto por la magnitud y amplitud de la catedral. Parte de la culpa la tenían sus pilares octogonales que separaban las naves.
—Estos pilares se construyeron con piedra arenisca que se extrajo de las canteras de Lluchmajor y Santanyí —le explicó Mario haciendo alusión a dos pueblos del sur de la isla.
Álex llegó a contar hasta catorce pilares, siete en ambos lados. Eran extremadamente delgados y muy altos. Después observó la fachada interior del edificio. En sus laterales, logró vislumbrar hasta siete rosetones adheridos. Sin embargo, lo que más llamó su atención fue la cantidad de ventanales de los que disponía la basílica. Ochenta y tres, para ser exactos. Aunque lo más impresionante, si es algo de lo que podía presumía el templo, era el flamante rosetón central de trece metros de diámetro.
—¿Ves el gran rosetón? —señaló Mario—. Dicen que es el más grande de todas las catedrales góticas del mundo. También es una de las catedrales más altas. Cuarenta y cuatro metros, que se dice pronto. Superada por la catedral de Beauvais de Francia, y por la catedral de Milán, por cuatro y un metro, respectivamente. Estos dos datos son muy importantes, porque gracias a su altura, hace que la luz penetre con soltura dando esa sensación de ingravidez que sientes ahora mismo. Esa emoción que experimentas, lo hemos sentido todos la primera vez que tuvimos la oportunidad de entrar. Pero es algo que se repite al estar aquí dentro. Es mágico. Creo que por eso la llaman La catedral de la luz.
Su amigo estaba asombrado. Ahora ya no observaba al rosetón. Observaba a Mario, con la boca desencajada. Álex estaba maravillado por su explicación, y no solo eso, quedó prendado de la sabiduría que desbordaba. Mario parecía no mostrar interés en narrar aquella historia, pero nada más lejos de la realidad. Para él algo así era lo más natural del mundo. Disfrutaba contando historias, cultivar la mente de otras personas. A Álex le impresionaba su capacidad para hacerlo. No había sido ninguna excepción.
—Un momento… —Mario extrajo el móvil del bolsillo y miró el reloj—. ¿Hoy es dos de febrero?
Álex asintió. Mario lo observó de reojo y mostró una mueca de orgullo. Supo de inmediato el porqué de la entrada gratuita.
—No hemos podido tener más suerte —le dijo—. Observa el techo.
—No veo nada…
—Espera… —Mario extrajo el móvil de nuevo. No dejaba de sonreír—. Debería empezar ahora mismo. Allí, en el centro.
Como si aquel suceso estuviera programado por el Universo, los ventanales y rosetas comenzaron a emanar contrastes cromáticos por propia voluntad. Los rayos de luz se atravesaban unos a otros creando un gran espectáculo luminoso. Era un día soleado, perfecto para que el templo mostrara todo su esplendor. Álex no podía creer que presenciara aquella representación de los colores primarios. Atónito, compaginaba miradas entre los haces de luz y su compañero.
—Ahora observa bien —le aconsejó Mario—. Los rosetones más grandes. Los opuestos.
Una luz que entraba y se filtraba por el rosetón principal comenzó a dibujarse en la fachada interior contraria. Justo debajo del rosetón mayor. La esencia multicolor esbozaba trazos de naranja ocaso, rojo carmesí y pinceladas de un azul marino en la piedra de la catedral. Aquella luminosa esfera poco a poco subió, hasta colocarse justo debajo del rosetón de cristal.
—El espectáculo del Ocho —aclaró Mario, y su sonrisa se amplió mostrando unos dientes perfectos.
Los turistas que habían esperado impacientes a que llegara ese momento, comenzaron a aplaudir y la basílica se llenó de ovaciones y silbidos. Solo entonces, Álex reparó en la cantidad de gente que había acudido para ver tal espectáculo.
Muchos de aquellas personas, abandonaron La Seu al terminar. Mario y Álex los imitaron. Habían tenido tiempo suficiente de contemplar su magnitud. En un par de horas, el reloj marcaría las dos en punto, así que los jóvenes se fueron a comer juntos. Buscaron un restaurante cercano y estuvieron charlando largo y tendido de la impresionante escena que habían vivido hacía escasas horas en la catedral de Mallorca. Ya era media tarde cuando Álex propuso que se acercaran a Ca’n Joan de s’Aigo a tomar un café. Uno horchatería y chocolatería tradicional emblemática de la capital, fundada en el año 1700. A Mario le pareció una gran idea, ya que solía acudir a dicho local con asiduidad, así que dirigieron sus pasos hasta ese lugar.
Tuvieron que esperar cerca de media hora a que algún cliente despejara alguna de las mesas. Descubrieron que el local apenas había cambiado con el paso de los años y aunque se sentaron prestos y enérgicos, ver las caras de los camareros que servían las mesas les dejó una sensación agridulce debido a la ignorancia que mostraban hacia sus clientes. Diez minutos después, se acercó un camarero alto, delgaducho, con diferentes manchas en el uniforme de trabajo. Al principio se mostró tosco y torpe, después volteó un par de hojas de su cuadernillo para tomarles nota. Su presencia no presagiaba grandes dotes educativas, ya que evidenció un tono molesto al atender a sus nuevos clientes. Sin despegar la mirada del cuaderno les tomó nota. Mario pidió un café bombón y un helado de almendra.
—¿Y usted? —preguntó el descortés camarero a Álex sin prestar más atención de la adecuada.
—Un café con leche y una ensaimada —contestó.
—Muy bien. Gracias.
Como si eso hubiera servido de algo, los dos amigos empezaron a conversar mientras el camarero se tomaba su tiempo en servirles.
—¿Cómo es posible que sepas tanto sobre catedrales? —le preguntó Álex a su amigo con curiosidad.
—Digamos que me gusta investigar —respondió—. Indago por Internet cuando me aburro.
—Entonces te debes aburrir mucho. —Rio su amigo.
—La verdad es que no. Apenas tengo tiempo. Desde que trabajo en el restaurante vegetariano no paro.
— Ah, claro, es verdad. Por cierto, ¿cómo llevas eso de ser camarero?
Mario cogió aire para llenar los pulmones. Era la primera vez que alguien le preguntaba por su trabajo.
—Bien, bien —dijo apenas sin convicción—. Me habían promocionado para ser maître, pero al final han elegido a un compañero que llevaba siete años en la empresa.
—Vaya, lo siento.
—No te preocupes, en verdad lo prefiero. Hubiera sido demasiada responsabilidad para un joven de veintitrés años como yo. Además, estoy contento de que hayan elegido a mi compañero, se lo merecía mucho más que yo.
El desconsiderado camarero hizo acto de presencia y depositó los cafés en la mesa con brusquedad. Ambos jóvenes se miraron y levantaron una ceja. Por culpa del camarero, parte del café de Mario se había derramado en el plato. No habría tenido importancia si aquel camarero delgaducho con cara de pocos amigos les hubiera pedido disculpas, pero no fue así, y Mario se molestó, pero fue Álex el que intentó abrir la boca para quejarse. Sin embargo, su amigo negó con la cabeza dándole a entender que no valía en absoluto la pena quejarse. Además, el camarero ya se había largado.
—Creo que no volveré a este sitio —se sinceró Álex—, y mira que me gusta.
—Es una lástima. El local siempre está a tope, pero se han acomodado.
Se pusieron a gusto el café. Álex le echó un sobre de azúcar moreno a su café con leche mientras Mario agitaba la cucharilla en su taza para que la leche condensada y el café se fusionaran en uno solo adquiriendo aquel delicioso color chocolate.
—Bueno, ¿vas a decirme para qué has venido esta mañana a casa? —preguntó Mario con media sonrisa dibujada.
—Para verte —contestó Álex sin más, pero a Mario, que no se le escapaba ni una, detectó cierto brillo pícaro en sus ojos—. Está bien… En verdad quería invitarte a mi cumpleaños. El caso es que me has propuesto salir un rato por ahí, y como tenía tiempo, he accedido.
—¿A tu cumpleaños? ¿Cuándo es?
—La semana que viene. Concretamente el miércoles. Aunque la idea es celebrarlo el sábado y domingo… En la montaña.
—¿En la montaña? —preguntó Mario, que tenía su atención puesta en la suculenta sugerencia.
—Sí. Una acampada. Había pensado en la explanada que queda cerca de Lluch, ¿cómo lo ves?
—Pues es un lugar precioso. Perfecto para hacer barbacoa. Porque habrá barbacoa, ¿verdad?
—Por supuesto. Y alcohol para la noche. De hecho, es de lo que más hay.
—Suena muy apetecible.
—Entonces, ¿vienes? Me haría mucha ilusión si lo hicieras. Contigo seríamos cuatro. Cinco contando a tu hermana, que también me gustaría invitarla.
—Entonces vendrá Icíar, ¿verdad?
—Claro —contestó Álex con obviedad—. ¿Por? ¿Hay algún problema?
No parecía saber nada de lo ocurrido la noche que fumaron marihuana en el jardín de su casa.
—No, no… —Mario fingió poco interés en el tema, pero en realidad, sí que le importaba. Mucho— es solo que no sé si me darán dos días seguidos libres en el curro.
—El día que hiciste la fiesta en tu casa te los dieron.
—Sí, es verdad. Pero era la primera vez que los pedía. No sé si una segunda vez con tan poco tiempo de margen —dijo taciturno.
—Vamos, Mario, quiero que vengas. —Le cogió del brazo, y eso le hizo recordar inevitablemente a Icíar—. Necesito que vengas.
—Veré qué puedo hacer. —Sonrió.
—¡Eso es! —celebró Álex—. ¿Te importaría comentárselo a tu hermana? Estaría bien que viniera.
—No te preocupes, creo que ya puedes contar con ella.
Apuraron sus cafés y continuaron con la segunda parte. Mario emprendió la batida con su helado de almendras, mientras Álex despedazaba progresivamente la ensaimada. Prosiguieron con su charla, contándose cosas de la infancia, temas sobre los lazos que ambos compartían con Kovak y cómo se conocieron.
Al terminar, pidieron la cuenta. Para sorpresa de ambos, el bochornoso camarero apareció al instante con el tique en mano. Se marcharon sin dar las gracias al personal. Ya afuera, vieron la cola de personas que esperaban para entrar al local. Se sintieron afortunados, pero solo a medias, ya que, por culpa del personal, los chicos tardarían mucho tiempo en volver.
Álex tenía que coger un bus, mientras Mario necesitaba llegar a casa, pegarse una ducha y prepararse para acudir al restaurante. Así que le acompañó hasta Plaza de España.
Mientras esperaba el bus, Mario aprovechó para dedicarle unas palabras a su amigo.
—Oye, Álex —le dijo con la cabeza gacha y sin mirarle a la cara—. Siento mucho cómo me comporté el otro día en mi cumpleaños…
—¿Tu cumpleaños? —preguntó Álex sorprendido.
—Mierda.
Entonces Álex cayó en la cuenta. Mario se estaba disculpando sin motivo. Por eso su amigo puso tanta atención y esmero aquel día. Álex creyó que esa era la principal causa de que los echara a todos.
El bus hizo su parada y se abrieron las puertas. La gente que esperaba comenzó a subir. En breve le tocaría a Álex.
—Mario, tío. ¿Por qué no lo dijiste?
— No te preocupes, no es algo que me preocupe.
Dos personas para entrar al bus.
—A mí sí —contestó Álex cuando su amigo estaba a punto de subir.
—¿Por qué?
—Porque tú sí que me importas.
Se cerraron las puertas. Mario se quedó observando cómo su amigo sonreía. Luego le levantó el pulgar como símbolo de aprobación.
—¡Te veré en la acampada! —gritó Álex, pero el bus ya había arrancado.
Mario llegó al trabajo sonriendo. Se sentía pletórico y por suerte, la noche se pasó volando. E incluso flirteó con una chica asidua al vegetariano y con la que consiguió intimar. Esa misma noche pudo elegir si irse con esa chica preciosa a su casa, o irse a casa sin más. Y prefirió la segunda opción sin entender muy bien por qué. Regresó a la suya y se metió en la cama satisfecho. Había sido un gran día. Tenía espíritu para unas cuantas horas más despierto, pero decidió ceder al cansancio e intentar dormir. Entró en una especie de duermevela. A Mario le invadió la nostalgia, pero, sobre todo, la impaciencia. Había pasado un día formidable junto a una persona que, con honradez, se estaba ganando un hueco en su corazón. Mario dudó: dejarle entrar o esperar. Quiso ser previsor y esta vez, ante todo pronóstico eligió esperar. Típicas decisiones que el joven tomaba antes de meditarlo a fondo con la almohada. Mientras vacilaba entre las sábanas, hizo memoria de lo vivido ese magnífico día. Habían estado conversando de música, de arquitectura, de civilizaciones perdidas, habían buscado sin éxito —y sin mostrar más interés— a la anciana extranjera que pedía limosna, habían visitado el templo por excelencia de Mallorca, habían compartido el milagro del espectáculo del Ocho, habían reído sobre las maneras del despachador de clientes en Ca’n Joan de S’aigo, habían disfrutado de un café en mutua compañía, habían intercambiado opiniones y se habían copiado las maneras de despedirse las dos últimas veces. Sin demasiadas explicaciones y abruptamente. Pero, sobre todas esas cosas brillaba tan solo una: a Álex le importaba, y era motivo suficiente para, por fin, dormir del tirón.
Sonrió orgulloso y se imaginó haciendo planes con aquella persona que se había buscado un hueco entre sus pensamientos. Por fin podría decir que había encontrado a su mejor amigo. Lo de Kovak, era distinto, algo parecido a lo que sienten los hermanos cuando crecen juntos. Pero lo de Álex era diferente. Sintió que podía confiar en él, y que el sentimiento era recíproco. Y mientras cavilaba, por fin logró dormir a pierna suelta.
PRESENTE
No era rencor. Quizá fuera envidia. Cosa que Kovak no estaba dispuesto a admitir. Desde que se enteró del intento de su amigo por quitarse la vida, había tenido tiempo suficiente para meditar. Mario había sido su ejemplo a seguir desde que tenía uso de razón. El hermano que nunca tuvo. El apoyo en los momentos fáciles y difíciles… hasta que le presentó a Álex. Un error del que no estaba orgulloso. O eso pensaba, mientras contaba los minutos que le quedaban para terminar la jornada del día.
Se quitó el uniforme nada más llegar a casa. Después intentó dejar la mente en blanco y se puso a jugar a la videoconsola. Tampoco le sirvió de mucho. Estaba siendo una épica complicada. No solo sus deseos de ser un actor de élite se habían frustrado, sino que tenía que lidiar con que su amigo Álex hubiera decidido darse de baja por depresión. Es más, había funcionado. Ahora Kovak tendría que llevar su sección en la tienda. Informática y gama blanca (lavadoras, neveras, lavavajillas, secadoras, etc.). «Menuda mezcla», pensó. Faltó una fracción de segundo para darse cuenta lo egoísta del pensamiento por su parte. Hacía días que no sabía de Álex. Es más, había días que tampoco sabía nada del estado de Mario. Quizá era momento de regresar al hospital.
Los padres de Mario lo recibieron con los brazos abiertos. Era la primera vez que Juan Antonio y María del Mar mostraban un ápice de felicidad. Carmen había decidido tomarse el día de descanso. Tampoco había rastro de Blanca. La mujer iba y venía y muy pocas veces lograban coincidir.
Cuando Kovak preguntó sobre el estado de Mario, los padres se mostraron poco esclarecedores. Les explicaba con rodeos las pocas posibilidades que su hijo tenía de sobrevivir. El colmo fue cuando María del Mar, muy tajante, le dio la noticia sobre la más que probable invalidez permanente de su hijo. Kovak ya no mostraba signos de asombro. Había dado por hecho que lo ocurrido había sido una tremenda tragedia para todos y que, por consiguiente, el desenlace no tendría un final feliz.
Puede que hiciera falta sincerarse consigo mismo para darse cuenta de que la envidia que sentía por su amigo Álex, con el que había compartido tantas clases de interpretación, se había esfumado como por arte de magia. Entendía perfectamente que Álex no le cogiera el teléfono, ni le contestara los mensajes, ni le devolviera las llamadas. Todo parecía indicar que su despreocupación solo podía significar una cosa, y es que su baja por depresión no era ningún farol. Álex iba a volcarse en cuerpo y alma para la pronta recuperación de Mario. Kovak escrutó el rostro de su eterno amigo mientras divagaba por los recuerdos de su infancia. Su serena cara estaba tan magullada que apenas lo reconocía. Se tomó unos segundos para suspirar. Después escrutó los rostros de los progenitores de Mario. Quizá fuera en ese instante cuando se percató de la gravedad del asunto. Pero no podía darse por vencido, y necesitaba estar a solas con su amigo una vez más, como cuando compartían secretos en el patio del recreo. No iba a ser fácil si los susodichos iban a estar presentes en el hospital cada dos por tres. Tampoco les pondrían las cosas precisamente fáciles. Menos mal que Kovak siempre había sido bien recibido por la familia y le tenían un gran aprecio en general. Después de todo, Kovak había sido el amigo con el que Mario había crecido. Habían ido juntos al colegio, al instituto, de fiesta, de acampadas, de excursión, de viaje… Lo hacían todo juntos, hasta que Álex ocupó un lugar que jamás creyó posible.
—Kovak, qué alegría verte —saludó María del Mar propinándole un abrazo. Juan Antonio le estrechó la mano.
—Me alegro de verlos, señor Amengual, señora Herrera —contestó Kovak con educación, como había hecho desde la infancia—. Espero que por lo menos hayan podido disfrutar del viaje.
—Sí… —respondió Juan Antonio—, pero la vuelta no ha sido muy agradable.
—Lo sé… —parpadeó Kovak—. Ha sido muy duro para todos.
—Ahora que estás aquí, seguro que Mario despierta —dijo María del Mar mintiéndose a sí misma—. Ya lo verás. El doctor Martorell dice que Mario escucha todo lo que decimos, aunque esté en coma. Así que ya sabes qué hacer. Seguro que le ayudas.
—Deposita demasiada confianza en mí, señora Herrera.
Cuando se lo proponía, Kovak podía llegar a ser un encanto.
—No seas modesto —contestó la mujer—, sabes que siempre has sido como de la familia. Y deja de llamarme señora Herrera. No será que te lo he dicho veces.
—La costumbre, perdóneme.
—Estamos convencidos de tus buenas intenciones, Kovak —intervino Juan Antonio Amengual—, lo demuestras viniendo hasta aquí.
—Gracias.
—Sabemos también la buena influencia que has sido siempre para nuestro hijo —continuó.
—Gracias otra vez. Mario se merece más que eso. Le debo mucho.
—Creo que, de alguna forma, podrás ayudarle… —insistió María del Mar.
—Eso ya me ha quedado claro, María del Mar, pero no sé cómo puedo hacerlo, la verdad. No creo que contándole batallitas mientras está en coma sirva para algo.
—El doctor dice que sí, que detecta algo así como vibraciones. Que su cerebro interpreta las tonalidades de la persona que está hablando y absorbe esa especie de energía. El subconsciente, lo ha llamado.
—Ya veo —respondió Kovak, disconforme—. ¿Y qué pretendéis que haga?
El matrimonio se miró a los ojos. Tramaban algo.
—Necesitamos que le recuerdes la persona que ha sido. Háblale de vuestra infancia. Pero no le hables de Álex. No queremos que le recuerdes lo traumático que ha sido para él conocerle. Él ha sido el responsable de que esté ahora mismo en una cama postrado y de la que es posible que no vaya a levantarse.
Kovak continuaba en sus trece pensando que no servía de nada hablarle a una persona en coma o que estuviera soñando con Dios sabe qué, por eso detectó cierta extrañeza en aquellas palabras. Las intenciones del matrimonio eran totalmente cuestionables. ¿Qué pretendían conseguir con aquel propósito?
—No entiendo muy bien lo que me estáis pidiendo —dijo Kovak algo desorientado.
María del Mar miró a su marido y este asintió dándole su aprobación.
—Ven. Acompáñame fuera —le dijo agarrándole del brazo obligándole a salir al pasillo.
—¿Qué me propone, señora Herrera?
—Por Dios, Kovak, deja de llamarme señora.
—Está bien, perdone.
—Los dos sabemos que aprecias muchísimo a mi hijo… —su voz se tornó melosa, pareciendo casi un susurro.
—Por supuesto, es mi amigo.
—Esta tragedia —continuó María del Mar—, nos ha cogido a todos por sorpresa. Mi hijo tiene pocas probabilidades de sobrevivir, pero quiero que quede claro una cosa: soy su madre y haré todo cuanto esté en mi mano para que Mario se recupere. Y cuando digo todo, es todo. Sé que tú le tenías mucho aprecio, pero mi hijo no siempre se mostró muy fiel contigo, ¿me equivoco?
—Mario siempre ha sido un poco suyo —contestó—, pero es mi amigo, y nunca hemos dejado de serlo.
—Lo sé, lo sé… —prosiguió María del Mar acariciándole la barbilla—. Tú eres la persona que siempre ha debido estar a su lado. Estarás de acuerdo conmigo, ¿no?
Kovak asintió a regañadientes.
—Por eso creemos que puedes ayudar a que nuestro hijo se recupere. Mi marido y yo, tenemos mucha fe en ti. Nunca hemos puesto en duda tu amistad con Mario.
—Todavía no sé muy bien qué es lo que queréis que haga, María del Mar. Estoy algo confuso.
Los focos del pasillo hicieron aparecer un destello pétreo en la mirada de María del Mar.
—Tú trabajas con Álex, ¿no es cierto? —le preguntó.
—Así es.
—Entonces verás todos los días a esa sabandija —continuó amenazante.
—Digamos que sí. Y no es una sabandija, es una persona. Pero ahora está de baja en la empresa.
Ese dato sorprendió a la señora Herrera, la cual mostró cierto enojo comedido. Para entonces, Kovak comenzó a atar cabos. Notaba cierto aire cargado en ese pasillo y no se trataba solo de las vibraciones que emitían los pacientes enfermos de la planta. Había algo más que solo Kovak podía percibir. Era esa mirada macabra de la madre de Mario. Estaba escupiendo fuego contra una persona a la que despreciaba con toda el alma. Era su amigo, su compañero de trabajo y su mejor confidente. Sintió el escaso apego que sentía esa familia por Álex, esas ganas de dejar claro quién mandaba sobre su hijo. Esas ganas de crear barreras sólidas para que nadie ni nada traspasara los muros familiares.
—¿Qué es lo quieren? —preguntó Kovak serio, adusto.
—Queremos que seas tú el que se encargue de que ese energúmeno no vuelva a pisar este hospital —contestó finalmente—. No lo queremos cerca de mi hijo. Su presencia solo puede empeorar su recuperación. Necesitamos que te encargues de que no venga. Por nosotros, por Mario.
Al fin. Kovak confirmó sus sospechas. Los padres de Mario le estaban pidiendo —o exigiendo más bien— que consiguiera vetar la poca amistad que quedaba entre Mario y Álex. Ahora cuando todo parecía derrumbarse, ahora que finalmente Kovak se demostró que había sido él el que había fallado a su amigo Mario durante tanto tiempo, ahora, en ese instante, vio crueldad en sus ojos, tanto que le advirtiera su amigo años antes. María del Mar dejó mostrar el lado más amargo de la tristeza y desesperación, intentó manipular a Mark Bou de la forma más deshonesta posible. Pero no lo consiguió.
—No me lo puedo creer. Mario tenía razón —dijo para sí—. Siempre me lo repetía y yo no le hacía caso. Creía que llevándole la contraria estaba haciéndole un favor, pero no era así. Cada vez que se quejaba de sus padres yo le decía que no debía hablar así de vosotros, que no podía ser que las cosas estuvieran tan mal como para que no os dirigiera la palabra, pero ahora veo que tenía motivos suficientes.
Entonces levantó la vista y traspasó a María del Mar con sus ojos. Una mirada tan fría y firme que sorprendió al mismo Kovak.
—Le voy a decir una cosa, señora Herrera —ironizó Kovak—. Por mucho que le duela, Álex ha sido y será una parte fundamental de la vida de Mario. Puede ser que yo haya tardado un tiempo en darme cuenta, pero lo he hecho. Creo que va siendo hora de que asimiléis de una vez por todas que quien está matando a vuestro hijo sois vosotros mismos. No voy a consentir que me manipuléis ni a mí ni a nadie si no sois capaces de ver realmente lo que está pasando. Álex lo ha sido todo para Mario. Y si se lo arrebatáis, tened por seguro de que morirá de pena, y no debido a la caída. Hoy he venido a ver a mi amigo y estar con él un rato, como hacía antes, cuando todavía sonreía y no tenía los ojos cerrados las veinticuatro horas del día. Quizás deberíais meditar un poco en ese detalle y dejar de desear algo que no encaja con vuestro hijo. Mario no es como vosotros, y nunca lo será. Él no está hecho para llevar el bufete. Es así de simple. Deberíais estar preocupados por la recuperación de vuestro hijo en vez de jugar con las esperanzas de la gente que sí le quiere.
Hizo una pausa para coger aliento, luego continuó:
—Álex vendrá a verle, es más, yo mismo me encargaré de que así sea, estén o no estén ustedes aquí. Y ahora, si me perdona, tengo mejores cosas que hacer que estar perdiendo el tiempo o hacerles entrar en razón.
Dio medio vuelta y se marchó dejando a María del Mar con la palabra en la boca.
El trayecto hasta su casa se hizo corto mientras Kovak pensaba en lo que acababa de ocurrir. Jamás se había mostrado tan firme y seguro de sí mismo. Sentaba demasiado bien. Qué ciego había estado siempre y qué poco apoyo había mostrado a su amigo. Siempre contándole sus propios problemas, pero sin reparar en los que tendría el propio Mario. Qué egoísta se sentía en ese momento. Qué poco acertado había estado en mostrar celos hacia Álex por su amistad. Quizá si él hubiese querido estar más cerca de Mario, habría ocupado el lugar que pertenecía por derecho a Álex. La estupidez es el peor ataque del hombre, un punto flaco que defiende otro hombre con perfecta sagacidad.
Era un buen momento para buscar a Álex y asegurarle de que podía contar con él para todo cuanto hiciese falta. La lucha por garantizar la supervivencia de Mario había comenzado.
Toc, toc, toc.
Los nudillos golpearon con fuerza. No parecía haber nadie en el piso de Álex. Kovak puso la oreja en la puerta y pudo escuchar un leve murmullo a lo lejos. «Hay alguien, eso seguro», se dijo. Volvió a tocar con más ímpetu. Al cabo de unos segundos oyó unos pasos. Después, Carlota abrió la puerta.
Su rostro mostraba el mayor de los enojos, llevaba una sudadera, los pelos alborotados e iba descalza. Miró a Kovak de arriba abajo y le indicó con un gesto de cabeza que entrara. El joven castaño observó el pasillo principal que estaba abarrotado de cajas.
—¿Os mudáis? —preguntó directamente sin saludar.
—Yo no, Álex —contestó Carlota disgustada y recogiendo cachivaches por el pasillo.
—¿Y eso?
—Eso, deberías preguntárselo a tu amigo. —Kovak le cortó el paso y le miró a los ojos—. Hemos cortado, ¿vale?
—¿Habéis cortado? —preguntó incrédulo.
—Más bien, Álex ha cortado conmigo. Por lo visto ya no le sirvo para nada.
—¿Por qué dices eso?
—Kovak, no te ofendas, pero ahora mismo no tengo ganas de hablar del tema. —El hombre castaño se quedó en silencio—. ¿A qué has venido?
—Quería hablar con Álex, pero ya veo que tampoco está aquí. No contesta las llamadas, ni…
—Ni los mensajes, ni da señales de vida —le interrumpió Carlota—. Ya, típico de él. Su forma de enfrentarse a los problemas es esconderse, como hace siempre.
—¿No sabes dónde puede haber ido?
—Ni idea. —Carlota se cruzó con Kovak, que le estorbaba el paso y le arremetió un empujón con el hombro sin percatarse de ello—. Dijo algo de reencontrarse con su padre o algo por el estilo, pero la verdad, no le escuché. Me quedé paralizada cuando me dijo que ya no me quería.
Carlota metió ropa en la caja mientras Kovak se quedaba observándola en silencio. A los pocos segundos reaccionó y decidió ayudar a su amiga. Mientras Kovak se mostraba presto a ayudar, a Carlota parecía incordiarle su presencia. No paraba quieta, iba de un lado para otro con gran nerviosismo y no atinaba en qué caja era mejor guardar el objeto que tenía en sus manos. Su amigo, que ya había presenciado suficiente exaltación, le cogió el objeto de las manos y le animó a que se sentara en el sofá. Sin embargo, a Carlota le disgustó aún más la iniciativa de su amigo y lo volvió a empujar, esta vez a propósito. Kovak rechazó el impulso y cogió a Carlota por los hombros, pero esta intentó zafarse con brusquedad manifestando un llanto sin consuelo. Kovak la zarandeó de los hombros para que volviera a la realidad, pero su amiga ya había dejado de resistirse para abandonarse al lamento. Se dejó caer al sofá desconsolada, mientras expulsaba improperios de difícil comprensión por su boca. Kovak había apaciguado la furia contenida de Carlota, pero ella, ahora expuesta, mostraba toda su debilidad.
—Carlota, entiendo que estés disgustada.
—¿Disgustada? —Sorbió por la nariz y se secó las lágrimas con la manga de la sudadera—. Disgustada no es la palabra. Me siento furiosa. Álex me ha dejado de la peor de las maneras. Ni motivos, ni razones. Tan solo me ha dicho que ya no podíamos seguir juntos. Ya está. Y se queda tan ancho. No creo que haya sido la mejor forma de dejarme.
—¿Acaso hay forma correcta de dejar a alguien? —le preguntó Kovak intentando que entrara en razón. Esta negó con la cabeza.
—No es solo eso… Son las formas. Tendrías que haberle visto la cara cuando cortó conmigo. Fue seco y áspero. Nunca lo había visto así.
—He de confesar que no me lo esperaba.
—Ya, ni yo.
—Pero reconozco que tampoco me sorprende.
—¿A qué te refieres? —preguntó Carlota con ojos rojos.
—Estabais siempre discutiendo. Creo que era cuestión de tiempo que esto pasara.
Carlota le miró a los ojos y se preparó para contestar, pero de su boca no salió palabra alguna. Los dos hicieron una pausa obligada.
—Quizá tengas razón… —reconoció Carlota—. Ya sabes que a Álex siempre le persiguen los fantasmas. La culpa de todo la tiene esa jodida Icíar. Siempre he tenido la teoría de que Álex nunca se olvidó de ella. Aunque creo que quien más le ha afectado ha sido Mario. No sabes lo que es estar escuchando su nombre a todas horas. Lo que más rabia me da es que ni siquiera lo conozco en persona y tengo la impresión de que todo ha girado en torno a él. Incluso nuestra relación. Creo firmemente que todo cambió cuando discutieron por última vez. Según Álex, cuando nos mudamos a la isla, hace tres años, Mario hizo lo propio para seguirle la pista. Por lo visto, tenían un tema pendiente del que hablar, pero nunca llegué a saber el motivo por el que discutieron. Solo sé, que un buen día, vino con un ojo morado y con la ropa hecha jirones. Ahí fue cuando la cosa se empezó a complicar entre nosotros. Llegó a casa a las diez y media de la mañana, bebido y con el rostro lleno de lágrimas. Me había pasado la noche en vela, estaba muy preocupada porque no había dado señales de vida, así que cuando llegó, le pregunté que dónde había estado. No me quiso contestar. A partir de ese día, su actitud conmigo cambió radicalmente. Todo le crispaba y se enfadaba por cualquier cosa. Nunca supe qué pasó ese día, pero sé que fue algo grave. Ya sabes cómo es Álex. Callado. Desde entonces nada volvió a ser lo mismo. A mí me trataba con desprecio siempre que tenía ocasión, pero yo aguanté, porque le quería y estaba enamoradísima de él. Y sigo estándolo…
—¿Qué crees que pudo pasar? Estuvo unos días sin venir a trabajar, y cuando lo hice le pregunté por sus moratones, pero me dijo que había tenido bronca en el tugurio de heavy metal. Teniendo en cuenta su historial con la bebida, tampoco me sorprendió en exceso.
—No lo sé, pero sé que fue algo gordo que le cambió por dentro. Ya lo conocí en extrañas circunstancias cuando todavía vivía en Barcelona. Ellos dos vivían juntos, ¿lo sabes, verdad? —Mark asintió—. Pero tampoco se llevaban muy bien. Al poco de conocernos, me propuso que nos fuéramos los dos juntos de allí, y que viviéramos en Mallorca. A mí esta isla siempre me ha gustado, además, tengo familia, así que le dije que sí, pero ya me pareció raro que tomara una decisión tan precipitada. Para entonces desconocía la importancia de aquella amistad.
—¿Crees que llegaron a hablar después de ese día?
—Puede ser, pero no lo creo. Por lo que a mí respecta, han estado sin hablarse estos últimos tres años. Lo hubiera sabido tarde o temprano.
—O no. Recuerda, Álex para según qué cosas es una tumba.
Carlota asintió, reconociendo de nuevo, que Kovak tenía razón.
—Ahora que lo pienso me resulta gracioso. —En el rostro de Carlota se dibujó media sonrisa—. ¿Sabes cuál ha sido el motivo real por el que Álex ha cortado conmigo?
—¿Cuál?
—Mario.
—Mario —repitió Kovak, luego convirtió la voz casi en un susurro—. ¿Qué nos ha hecho Mario para que todos estemos tan destrozados?
—No lo sé, pero lo único que puede llegar a destrozar a una persona, es el amor que siente por otras —contestó Carlota algo más serena.
Kovak asintió.
—¿Cuál habrá sido nuestro error? —preguntó él.
—Creer que estaría para siempre, supongo.
Carlota se había calmado lo suficiente como para invitar a Kovak a un café. Los chicos estuvieron charlando pausadamente de los últimos acontecimientos. El intento de suicidio de Mario, la precipitada despedida de Álex, la desaparición misteriosa de Blanca, la inoportuna charla con los padres de Mario, del cambio de actitud de Carmen frente a lo sucedido y de cómo había tomado las riendas del asunto con gran capacidad optativo al mostrar su optimismo por la recuperación de su hermano. Pero, sobre todo, hablaron de Mario, y de lo que posiblemente había hecho que Álex cortara definitivamente con Carlota. Kovak le hizo razonar abriéndole un campo de visión nuevo. Quizá Álex se hubiera sentido tan culpable durante los últimos tres años, que necesitaba retirarse a algún tipo de zulo espiritual para afrontar el tiempo que le quedaban por delante. O quizá simplemente meditaría a fondo a solas mientras buscaba la solución más adecuada para coger fuerzas y continuar. En cualquier caso, era prácticamente lo mismo y, fuera cual fuera la decisión, ninguna iba a hacer que Mario despertara en los próximos días. La realidad es que mientras sus amigos discutían sobre cómo afrontar sus vidas, Mario se desvanecía, luchando por la suya.
—¿Volveré a verte alguna otra vez? —preguntó Kovak.
—Quién sabe —dijo ella encogiéndose los hombros—. Me quedaré aquí un tiempo, pero luego me mudaré de nuevo a Barcelona. A casa de mis padres. Si algún día vienes de visita, házmelo saber.
Terminaron de preparar las cajas para la mudanza. Carlota miró a Kovak con ojos llorosos. Esa mirada sonaba a despedida. Pero no una despedida cualquiera, sino una despedida que significa algo así como «ha sido un placer conocerte, pero no me vais a ver el pelo nunca más». Carlota desaparecería de la vida de Álex y de todo cuanto le rodeaba. Kovak se mostró decepcionado ante la decisión de su amiga, pero no la culpó. Es más, se mostró comprensivo. Finalmente, se dieron un gran abrazo.
—Por cierto, ya sé dónde puede estar Álex —le dijo Carlota al oído. Luego se separaron—. Antes te he dicho que suelen perseguirle los fantasmas. ¿Eso no te da ninguna pista?
Kovak sonrió.
—Ahora que lo dices…
Carlota le susurró un lugar y él asintió en silencio.
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