Kitabı oku: «Un cuento de magia», sayfa 3

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Barrie se quedó en silencio mientras pensaba en el consejo que le acababa de dar su hermana. Despacio, pero con seguridad, la semilla del optimismo que ella había sembrado empezó a crecer. Barrie asintió con determinación y respiró hondo como si estuviera a punto de saltar de un acantilado altísimo.

—Tienes razón —dijo—. Solo tengo que relajarme y concentrarme.

Brystal soltó la barbilla de su hermano para seguir remendándole los botones de la toga mientras ella también remendaba su confianza en sí misma.

—Ahora, la Ley de Fronteras del 274 —dijo—. Inténtalo de nuevo.

Barrie se concentró y no dijo nada hasta estar seguro de que tenía la respuesta correcta.

—Tras la Guerra Mundial de las Cuatro Esquinas del 250, los cuatro reinos acordaron dejar de luchar por las tierras y sus líderes firmaron la Ley de Fronteras del 274. El tratado fijó las fronteras de cada reino y la zona del Entrebosque.

—¡Muy bien! —lo alentó Brystal—. ¿Qué hay de la Ley de Neutralidad del Entrebosque del 283?

Barrie pensó con mucho cuidado y sus ojos se iluminaron cuando encontró la respuesta.

—¡La Ley de Neutralidad del Entrebosque del 283 fue un acuerdo internacional que declaró el Entrebosque zona neutral para que ninguno de los reinos pudiera reclamar su territorio como propio! Como resultado, el Entrebosque se quedó sin autoridad que lo gobernara y se convirtió en un lugar muy peligroso. Lo cual nos lleva a la Ley de Caminos Protegidos del año 296... ¡Ay!

Brystal estaba tan orgullosa de su hermano que, a causa de la emoción, lo pinchó sin darse cuenta con la aguja de enhebrar.

—¡Correcto! —dijo—. ¿Lo ves? ¡Sabes toda la información que necesitas para aprobar el examen! Solo tienes que creer en ti tanto como yo.

Barrie se ruborizó y su rostro al fin recuperó el color.

—Gracias, Brystal —dijo—. Estaría perdido en mi propia cabeza si no fuera por ti. Realmente es una lástima que seas..., bueno, ya sabes..., una niña. Serías una jueza increíble.

Brystal bajó la cabeza y fingió que seguía cosiendo el último botón para que no viera la tristeza en sus ojos.

—Ah. En realidad, nunca lo había pensado —dijo ella.

Sin embargo, era algo que Brystal quería más de lo que su hermano podía imaginar. Ser jueza le permitiría redimir y hacer ascender a las personas, le proporcionaría una posición desde la que propagar esperanza y comprensión, y contar con los recursos para hacer del mundo un lugar mejor para las niñas. Lamentablemente, en el Reino del Sur era casi imposible que una mujer tuviera otro papel que no fuera el de esposa o madre, por eso Brystal había descartado esas ideas antes de que se convirtieran en falsas esperanzas.

—Tal vez, cuando seas juez supremo, puedas convencer al rey para que permita leer a las mujeres —le propuso a su hermano—. Ese sería un buen principio.

—Tal vez... —dijo Barrie con una sonrisa débil—. Mientras tanto, al menos tienes mis libros viejos para mantenerte entretenida. Lo que me recuerda otra cosa: ¿ya has terminado Las aventuras de Tidbit Twitch? Me muero de ganas de hablar contigo sobre el final, pero no quiero arruinarte nada.

—¡Solo me quedaban siete páginas! Pero mamá me ha descubierto esta mañana y me los ha quitado todos. ¿Puedes pasar por la biblioteca y ver si tienen algunos que se estén deshaciendo? Se me han ocurrido otros escondites donde ocultarlos.

—Claro. Hoy saldré tarde del examen, pero pasaré mañana y... —La voz de Barrie se apagó antes de terminar de decir lo que estaba pensando—. De hecho, supongo que a partir de ahora será más difícil... La biblioteca queda junto a mi universidad y, si me aceptan en el programa de jueces adjuntos, estaré trabajando en el tribunal. Podrían pasar una semana o dos antes de que tenga tiempo de escabullirme.

Hasta ese momento, Brystal no había caído en lo mucho que la graduación de su hermano la afectaría a ella. No había duda de que Barrie aprobaría el examen con unas calificaciones ex­celentes y que empezaría a trabajar como juez adjunto muy pronto. Durante los siguientes años, dedicaría todo su tiempo y energía a procesar y defender criminales en el tribunal. Abastecer de libros a su hermana menor sería la última de sus prioridades.

—Está bien —dijo Brystal con una sonrisa forzada—. Encontraré algo que hacer mientras tanto. Bueno, todos tus botones están listos. Será mejor que ponga la mesa antes de que mamá se enfade.

A continuación se dirigió hacia el comedor a toda prisa para que su hermano no percibiera la angustia en su voz. Cuando Barrie había dicho semanas, ella había entendido que podrían pasar ser meses, o incluso años, antes de tener otro libro en sus manos. Tanto tiempo sin poder distraerse de su vida mundana sería una tortura. Si quería mantenerse cuerda, necesitaría buscar fuera de casa algo para leer, pero debido a los severos castigos que el reino imponía a las lectoras femeninas, tendría que ser astuta, mucho, si no quería que la descubrieran.

—¡El desayuno está listo! —anunció la señora Evergreen—. ¡Venid a comer! ¡El carruaje de vuestro padre llegará dentro de quince minutos!

Brystal puso la mesa del comedor rápidamente, antes de que llegaran los demás miembros de su familia. Barrie se sentó a la mesa con las tarjetas y las repasó, una por una, mientras esperaban a que empezara el desayuno. Brystal no sabía si eran los botones que acababa de remendar o su confianza renovada, pero Barrie parecía mucho más alto de lo que lo había encontrado en el suelo. Se sintió muy orgullosa de los cambios físicos y mentales que acababa de concederle.

Su hermano mayor, Brooks, fue el primero en unirse a Brystal y Barrie en el comedor. Era alto, musculoso, con el cabello completamente liso, y siempre parecía que tuviera un lugar mejor en el que estar; sobre todo cuando estaba con su familia. Brooks se había graduado en la universidad, hacía dos años que asistía al programa de jueces adjuntos, y, al igual que todos los adjuntos, llevaba una toga gris y negra a cuadros y un sombrero un poco más alto que el de Barrie.

En lugar de saludarlos, Brooks les gruñó y, cuando vio a Barrie pasando las tarjetas, puso los ojos en blanco.

—¿Todavía estás estudiando? —preguntó con desdén.

—¿Qué hay de malo en estudiar? —le respondió Barrie.

—Es la forma en que lo haces —le dijo Brooks para ridiculizarlo—. En realidad, hermano, si retener la información te exige todo este tiempo, tal vez deberías buscar otra profesión. He oído que los Fortworth necesitan un nuevo mozo de cuadra.

Brooks se sentó frente a su hermano y colocó los pies sobre la mesa, a pocos centímetros de las tarjetas de Barrie.

—Qué interesante, yo también he oído que los Fortworth están buscando yerno, porque su hija ha rechazado tu propuesta —contestó Barrie—. Dos veces, según dicen.

Brystal no pudo evitar reírse. Brooks se burló de la risa de su hermana imitándola y luego miró a Barrie con los ojos entornados mientras pensaba en cómo volver a ofenderlo.

—Hablando en serio, espero que hoy apruebes el examen —dijo.

—¿De verdad? —preguntó Brystal con sospecha—. Bueno, eso sí que no es típico de ti.

—Sí, de verdad —respondió Brooks—. Estoy deseando enfrentarme cara a cara con Barrie en el tribunal. Estoy aburrido de humillarlo solo en casa.

Brooks y Barrie se miraron con el complejo odio que solo existe entre hermanos. Por suerte, su intercambio fue interrumpido antes de que subiera de tono.

El juez Evergreen entró en el comedor con un montón de papeles bajo el brazo y una pluma entre los dedos. Era un hombre imponente con una tupida barba blanca. Tras una larga carrera juzgando a otros, varias arrugas profundas se le habían formado en la frente. Al igual que todos los jueces ordinarios del Reino del Sur, Evergreen llevaba una toga negra que lo cubría desde los hombros hasta los pies y un sombrero negro y alto que lo obligaba a agacharse cada vez que cruzaba una puerta. Sus ojos eran del mismo azul que los de su hija, e incluso compartían astigmatismo, lo cual era un beneficio grandioso para Brystal, pues lo que su padre no sabía era que, siempre que el juez desechaba un par de gafas de lectura viejas, su hija conseguía unas nuevas.

Al verlo llegar, los jóvenes Evergreen se levantaron y se quedaron de pie junto a las sillas. Era costumbre levantarse ante la llegada de un juez al tribunal, pero Evergreen esperaba que su familia hiciera lo mismo en casa.

—Buenos días, papá —dijeron todos al unísono.

—Podéis tomar asiento —les permitió sin mirar a ninguno a los ojos.

Él se sentó a la cabecera de la mesa y, de inmediato, enterró la nariz en sus papeles, como si en el mundo no existiera nada más.

La señora Evergreen apareció con una olla de avena, un tazón inmenso de huevos revueltos y una bandeja caliente de panecillos. Brystal la ayudó a servir, y solo cuando los platos de los hombres estuvieron llenos, las mujeres se sirvieron el suyo y se sentaron.

—¿Qué es esta basura? —preguntó Brooks mientras pinchaba la comida con el tenedor.

—Huevos y avena —le contestó su madre—. Es el desayuno favorito de Barrie.

Brooks se quejó como si aquella comida le pareciera ofensiva.

—Debería habérmelo imaginado —se quejó de nuevo—. Barrie tiene los mismos gustos que un cerdo.

—Lamento que no sea tu desayuno favorito, Brooks —dijo Barrie—. Tal vez mamá pueda prepararte para mañana crema de gatitos y lágrimas de bebé.

—¡Por Dios, estos críos me van a matar! —gritó la señora Evergreen, y miró hacia el techo, desesperada—. ¿Sería mucho pediros a vosotros dos que me ahorrarais solo un día de todo este sinsentido? ¿Sobre todo en una mañana tan importante como esta? Cuando Barrie apruebe el examen, tendréis que trabajar juntos mucho tiempo. Os vendría bien aprender a ser civilizados.

Por muchas cosas, a Brystal la aliviaba no poder estudiar para ser jueza: así evitaba la pesadilla de tener trabajar con Brooks, por ejemplo. Su hermano era muy conocido entre los jueces adjuntos, y a Brystal le preocupaba que usara sus contactos para sabotear a Barrie, ya que, desde su nacimiento, siempre había visto a su hermano pequeño como una especie de amenaza, como si solo a un Evergreen le estuviera permitido tener éxito.

—Discúlpame, mamá —dijo Brooks, fingiendo una sonrisa—. Y tienes razón, debería ayudar a Barrie a prepararse para el examen. Déjame que te diga algunas de las preguntas que yo apenas supe responder durante mi examen; preguntas que, te lo aseguro, no verás venir. Por ejemplo, ¿cuál es la diferencia entre el castigo por invadir una propiedad privada y el castigo por invadir una propiedad de la realeza?

Barrie sonrió con confianza. Sin duda, estaba mucho más preparado para el examen que su hermano.

—El castigo por invadir una propiedad privada son tres años de prisión y el castigo por invadir una propiedad de la realeza son cincuenta años —contestó—. Y el juez al cargo deberá decidir el tipo de trabajo forzoso que será aplicable.

—Me temo que la respuesta es incorrecta —dijo Brooks—. Son cinco años para la invasión de una propiedad privada y sesenta para la propiedad de la realeza.

Por un momento, Brystal creyó haber oído mal a Brooks. Ella estaba segura de que la respuesta de Barrie era correcta; podía visualizar la página exacta del libro de Derecho en el que lo había leído. Barrie parecía igual de confundido que su hermana y se volvió hacia el juez Evergreen, con la esperanza de que su padre corrigiera a su hermano, pero su padre no levantó la vista de los papeles.

—Te digo otra —prosiguió Brooks—. ¿En qué año la pena de muerte pasó de ser «arrastrar y descuartizar» a «decapitar»?

—¡Por el amor de dios, Brooks! ¡Estamos comiendo! —lo regañó la señora Evergreen.

—Eso fue..., eso fue... —musitó Barrie mientras intentaba recordar—. ¡Eso fue en el año 567!

—Incorreeecto de nuevo —canturreó Brooks—. La primera decapitación pública no tuvo lugar hasta el 568. Vaya, vaya, no se te da muy bien este juego.

Barrie empezaba a dudar de sí mismo y su confianza se hundió igual que sus hombros. Brystal se aclaró la garganta para captar la atención de su hermano, con la esperanza de dejar en evidencia el juego de Brooks con una mirada, pero Barrie no la oyó.

—A ver qué tal algo más sencillo —dijo Brooks—. ¿Puedes nombrar los cuatro tipos de pruebas que necesita la acusación para culpar a un sospechoso de homicidio?

—¡Esa es fácil! —contestó Barrie—. Un cuerpo, un motivo, un testigo y..., y...

Brooks disfrutaba viendo cómo su hermano se esforzaba para acertar la respuesta.

—Frío, frío. Probemos con otra —dijo—. ¿Cuántos jueces se necesitan para apelar la sentencia de otro juez?

—¿De qué estás hablando? —preguntó Barrie—. ¡Los jueces no pueden apelar!

—Otra vez incorrecto —anunció Brooks con una voz chillona que recordaba el graznido de un cuervo—. No puedo creer lo poco preparado que estás; sobre todo teniendo en cuenta el tiempo que llevas estudiando. Si yo fuera tú, rezaría porque el examinador esté enfermo.

Barrie se quedó blanco. Abrió unos ojos como platos y apretó las tarjetas con tanta fuerza que empezó a doblarlas. Volvía a estar igual de desesperanzado y asustado que cuando Brystal lo había encontrado en la sala de estar. Cada brizna de autoestima que ella le había infundido se había desvanecido con la diversión de Brooks. No podía soportar otro minuto más de su juego cruel.

—¡No lo escuches, Barrie! —gritó ella, y la habitación se quedó en silencio—. ¡Brooks te está haciendo preguntas trampa a propósito! Primero, el castigo por invadir una propiedad privada son tres años en prisión y el castigo por invadir una propiedad de la realeza son cincuenta años; ¡son cinco o sesenta solo si la propiedad resulta dañada! Segundo, la primera decapitación pública tuvo lugar en el 568, pero la ley cambió en el 567, ¡tal como tú has dicho! Tercero, no se necesitan cuatro elementos para culpar a un sospechoso de homicidio, solo tres, ¡y los has nombrado todos! Y cuarto, los jueces ordinarios no pueden apelar la sentencia de otro juez ordinario, solo un juez supremo puede anular una...

—¡Brystal Lynn Evergreen!

Por primera vez aquella mañana, el juez Evergreen encontró una razón para levantar la vista de sus papeles. Su rostro estaba completamente rojo y las venas se le marcaban en el cuello de gritar con tanta fuerte que incluso los platos temblaron sobre la mesa.

—¡¿Cómo te atreves a regañar a tu hermano?! ¿Quién te crees que eres?

Brystal tardó unos segundos en recuperar la voz.

—P-p-pero, papá, ¡Brooks no está diciendo la verdad! —gritó—. Yo..., yo no quiero que Barrie suspenda el...

—¡Como si Brooks dice que el cielo es violeta! ¡Una niña no puede corregir a un hombre! Si Barrie no es lo suficientemente listo como para darse cuenta de que lo están engañando, ¡entonces no es digno de ser juez adjunto!

Las lágrimas empezaron a brotar de los ojos de Brystal, que temblaba en su silla. Miró a sus hermanos en busca de apoyo, pero estaban igual de asustados que ella.

—Lo... Lo siento, papá...

—¡No tienes derecho a saber nada de lo que acabas de decir! ¡Si te encuentro leyendo de nuevo, que Dios me juzgue, pero te echaré a la calle!

Brystal se volvió hacia su madre, rogando que no comentara nada sobre los libros que había encontrado en su habitación esa mañana. Al igual que sus hijos, la señora Evergreen permaneció quieta y en silencio, como un ratoncito ante la presencia de un halcón.

—N-n-no, no he estado leyendo...

—Entonces, ¿dónde has aprendido todo eso?

—Su-su-supongo que de oír a Barrie y Brooks. Siempre hablan de leyes y del tribunal en la mesa...

—¡Pues tal vez sea mejor que comas fuera hasta que hayas aprendido a no entrometerte! ¡Ninguna hija mía va a desafiar las leyes de este reino con una actitud tan arrogante!

El juez continuó gritando la decepción y el desprecio que sentía por su hija. Brystal no era ajena al temperamento de su padre; de hecho, apenas le hablaba salvo cuando él le gritaba, pero nada era peor que recibir toda su ira. Con cada latido de su corazón, Brystal se hundía más en su silla y contaba los segundos para que aquello terminara. Por lo general, si no dejaba de gritar antes de que llegara a cincuenta, la ira de su padre podía convertirse en algo físico.

—¿Ya está ahí el carruaje? —preguntó la señora Evergreen.

La familia se quedó en silencio mientras intentaba oír lo mismo que había oído la señora Evergreen. Unos instantes más tarde, el leve tintineo de unas campanas y un galope fuerte inundaron el comedor a medida que el carruaje se acercaba a la casa. Brystal se preguntó si su madre lo había oído de verdad o si su interrupción simplemente había sido oportuna.

—Será mejor que os preparéis, si no queréis llegar tarde.

El juez Evergreen y sus hijos cogieron sus cosas y salieron a encontrarse con el carruaje. Barrie se tomó su tiempo para cerrar la puerta de entrada detrás de él y despedirse de su hermana.

—Gracias —articuló en silencio.

—Buena suerte —le respondió ella.

Brystal se quedó sentada hasta que estuvo segura de que su padre y sus hermanos se habían alejado lo suficiente por el camino. Para cuando se hubo recompuesto, la señora Evergreen ya había limpiado la mesa del comedor. Brystal fue a la cocina para ver si su madre necesitaba ayuda con los platos, pero se encontró con que no estaba lavando sino inclinada en el fregadero, mirando con intensidad los cacharros sucios, como si se hubiera quedado en trance.

—Gracias por no mencionarle los libros a papá —le dijo Brystal.

—No deberías haber corregido a tu hermano de esa forma —dijo la señora Evergreen en voz baja.

—Lo sé.

—Lo digo en serio, Brystal —prosiguió su madre, volviéndose hacia ella con los ojos muy abiertos y temerosos—. Brooks es muy querido entre la gente. No te gustaría tenerlo de enemigo. Si empieza a hablar mal de ti a sus amigos...

—Mamá, no me importa lo que Brooks diga de mí.

—Pues debería —contestó la señora Evergreen con severidad—. Dentro de dos años cumplirás dieciséis y los hombres querrán cortejarte para casarse contigo. No puedes arriesgarte a tener una reputación que espante a todos los buenos. No querrás pasar el resto de tu vida con alguien cruel e ingrato..., créeme.

Los comentarios de su madre dejaron a Brystal sin palabras. No sabía si solo era su imaginación o si en verdad las ojeras de su madre estaban mucho más oscuras que antes del desayuno.

—Vamos, vete a la escuela —le dijo la señora Evergreen—. Ya me encargo yo de lavar esto.

Brystal estaba decidida a quedarse y discutir con su madre. Quería enumerarle todas las razones por las que su vida sería diferente de las de otras niñas, quería explicarle por qué ella estaba destinada a hacer grandes cosas que iban más allá del matrimonio y ser madre, pero luego recordó que no tenía ningún tipo de prueba que respaldara sus creencias.

Tal vez su madre tenía razón. Quizá Brystal era tonta por pensar que el mundo era algo más que oscuridad.

Sin añadir nada, Brystal salió de casa y se dirigió hacia la escuela. Mientras caminaba en dirección al pueblo, se dio cuenta de que la imagen de su madre sobre el fregadero se había quedado grabada con mucha fuerza en su mente. Y le preocupaba que, en realidad, fuera una visión que perteneciera a su propio futuro y no tanto un mero recuerdo de su madre.

—No —susurró para sí—. Esa no va a ser mi vida... Esa no va a ser mi vida... Esa no va a ser mi vida... —repitió la frase mientras caminaba con la esperanza de que, si la decía suficientes veces, acallaría sus miedos—. Puede parecer imposible ahora, pero yo sé que algo está a punto de ocurrir... Algo está a punto de cambiar... Algo está a punto de hacer que mi vida sea diferente...

Brystal hacía bien al preocuparse, escapar de los confinamientos del Reino del Sur era imposible para una niña de su edad. Pero, al cabo de unas pocas semanas, lo que ella entendía por imposible iba a cambiar para siempre.

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451 s. 36 illüstrasyon
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9788412407426
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