Kitabı oku: «Vaticinio de amor»
VATICINIO DE AMOR
Christine Cross

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EPÍLOGO
A mi padre, soñador de historias y poemas,
que me enseñó el arte de escribir.
Segunda edición en digital: Enero 2020
Título Original: Vaticinio de amor
© Christine Cross
©Editorial Romantic Ediciones, 2020
www.romantic-ediciones.com
Diseño de portada: Olalla Pons
ISBN: 978-8418616105
Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los
titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.
I
Roma, año 68 d.C.
Le dijeron que nunca se casaría.
No es que Lavinia fuese supersticiosa, bueno, tal vez un poco, pero es que a la tierna edad de diez años, cuando apenas despertaba su feminidad, aquellas palabras le cayeron encima como una losa. Fue incapaz de moverse cuando le pidieron que se retirase de la sala, y su madre tuvo que sacarla casi a rastras del templo del oráculo.
A favor de Lavinia habría que decir que no lloró ni montó un espectáculo; se irguió cuan alta era, toda brazos y piernas, y caminó como la más noble de las matronas romanas al paso de su madre, que de tanto en tanto le dirigía una mirada de preocupación.
Flavia había sido y continuaba siendo una mujer hermosa. Los dioses le habían concedido ser madre de cuatro muchachas. Las tres mayores se parecían a ella, y en cuanto habían llegado a la edad casadera, habían logrado poderosas alianzas con algunas de las familias patricias más notables de Roma.La cuarta hija, Lavinia, había heredado el corazón y la dulzura de su madre, algo de su rostro, tal vez la inclinación de las cejas, pero nada más; el resto pertenecía sin duda a su padre, Quinto Lavinius, miembro del senado romano. A la edad de once años, Lavinia sobrepasaba ya a sus hermanas en estatura; su cabello—no del color del oro como el que poseían sus hermanas, sino de un simple color castaño— no caía en encantadoras ondas, como el de ellas, sino que permanecía liso incluso durante los cálidos meses de verano cuando el clima se tornaba demasiado húmedo en la capital del Imperio y todo el mundo huía hacia sus villas situadas en las afueras de la urbe. Sus ojos tampoco eran azules, ni verdes, ni siquiera negros, sino de un marrón parduzco que asemejaba—decía la propia Lavinia—al lodo de las márgenes del Tiberis.
Flavia dejó escapar un suspiro. Su hija Lavinia no sería considerada hermosa cuando alcanzase la edad casadera, pero quien la esposase se llevaría un verdadero tesoro, no solo porque era afectuosa y poseía un corazón generoso además de un carácter firme y una voluntad leal, sino porque poseía esa rara belleza que emana de dentro y no se percibe en el exterior a primera vista, sino que va cobrando atractivo con el paso del tiempo.
Lo difícil, en aquel momento, sería convencer a su hija de estas cosas, especialmente después de haber escuchado las palabras del oráculo. Tal como había hecho con sus hermanas, Flavia había llevado a su hija a visitar el oráculo de la diosa Fortuna en Preneste, a las afueras de Roma. Al llegar su turno, Lavinia había dicho su nombre y había interrogado a la diosa sobre su destino, tal como marcaba el ritual. Un niño había mezclado las sortes, las tablillas de la fortuna, y había extraído una. El destino había sido interpretado por las sacerdotisas. ¿Por qué, en nombre de Venus, se les había ocurrido decirle que no se esposaría? ¿No podrían haber mentido, o al menos haber endulzado un poco la verdad, habida cuenta de que la muchacha solo contaba diez años? Volvió a suspirar justo en el momento en que los porteadores se detuvieron ante ellas con la litera. Se recogió la túnica y se acomodó en el interior dejando espacio a Lavinia que enseguida la siguió. Los seis esclavos alzaron la litera e iniciaron un suave trote por la vía de regreso a la ciudad.
Lavinia fue la primera en romper el silencio:
—No te preocupes, madre, lo superaré. De todas formas, no me apetecía casarme.
Se felicitó a sí misma por decir tamaña mentira sin balbucear y sin derramar ni una sola lágrima. No le apetecía casarse. ¡Dulce Minerva, si no soñaba con nada más desde que era niña! El amor y la complicidad entre sus padres la había fascinado desde su más temprana edad, y se había convertido en su propio sueño encontrar a alguien que la amase tanto como su padre a su madre y a quien, a su vez, ella pudiese amar. Era consciente del hecho de que los matrimonios entre las familias patricias se concertaban en base a alianzas y consideraciones políticas, tal como había sucedido con sus padres, pero creía firmemente que el amor surgía fruto de la convivencia cotidiana y de los cuidados de la esposa al esposo.
Ignoraba la muchacha que no todos los hombres tenían el carácter paciente de su padre ni todas las mujeres la naturaleza plácida de su madre, e ignoraba también la voluntad decidida de esta última para conquistar a su esposo, lo que le había acarreado múltiples disputas e infinidad de lágrimas antes de conseguirlo.
Flavia volvió la mirada hacia su hija y vio las lágrimas contenidas. Lavinia hacía un valiente esfuerzo para no derramarlas apretando con fuerza los puños sobre su hermosa túnica blanca. Soltó un suspiro casi inaudible. Desgraciadamente, Lavinia también había heredado la disposición a la terquedad y el orgullo de su padre, así que sabía que no aceptaría el consuelo ni sus sabias palabras por mucho que se las ofreciera, al menos por el momento. Su hija era todavía joven, aún había tiempo para hacerle cambiar de idea, así que le dio unas palmaditas en la mano y se contentó con decirle unas pocas palabras.
—Ya veremos.
No hubo nada que ver, sino el fatídico cumplimiento del oráculo. Una tarde llegó un mensajero para entregar una misiva a Quinto Lavinius, que este enseguida compartió con su esposa. Flavia rompió a llorar nada más leerla, y su marido, poco adepto a las lágrimas, y torpe en el arte de consolar a su mujer, prefirió encarar la tarea de transmitir las noticias a su hija. Le explicó que era un gran honor el que se le concedía;le dijo que tenía que estar a la altura de las circunstancias y un montón de cosas más o menos coherentes a las que Lavinia no prestó atención, horrorizada como había quedado tras el anuncio de su padre. El oráculo se había cumplido. No se casaría nunca; iba a convertirse en una de las seis vírgenes que guardaban el templo de Vesta.
Cuando Flavia pudo controlar sus lágrimas, corrió a la habitación de su hija para ayudarla a controlar las suyas. La encontró sentada, mirando con ojos vacíos la pared. Se sentó a su lado y comenzó a hablar con la esperanza de que reaccionara.
—Lavinia, querida —la llamó suavemente mientras le colocaba detrás de la oreja un mechón que había escapado del hermoso recogido que llevaba—, ¿sabes que lo que te ha dicho tu padre puede no suceder? Quiero decir que tal vez no te conviertas en sacerdotisa. Igual que tú, han sido elegidas otras diecinueve muchachas de entre las familias nobles. Cuando se echen las suertes en el senado, solo seis de entre las veinte servirán en el templo de las vestales. No tienes por qué ser tú una de ellas, mi niña.
—Seré yo —manifestó con una vocecilla temblorosa esforzándose para contener las lágrimas—; lo dijo el oráculo. Yo no les he hecho nada a los dioses, entonces, ¿por qué me odian?
—No te odian, cariño, eres una niña muy buena —le aseguró su madre enjugando con los dedos aquel dulce rostro bañado en lágrimas.
—Pero es que te mentí, mamá; yo sí que quería casarme.
Se arrojó en sus brazos y Flavia pudo sentir las convulsiones de su pequeño cuerpo al sollozar. Le acarició la cabeza y le besó el cabello mientras derramaba sus propias lágrimas rogando a la diosa Fortuna que cambiase el destino de su niña.
La caprichosa diosa no quiso escuchar sus ruegos de madre. Le bastó ver el rostro de su esposo para saberlo. Entre las veinte niñas de entre seis y diez años, propuestas por el Pontífice Máximo, se habían echado las suertes, y esta había recaído sobre Lavinia. Flavia miró a su esposo angustiada, y aunque él lo ocultaba mejor, pudo ver la tristeza en el rictus de su rostro. Al menos no la perderían inmediatamente. Quedaban todavía tres meses para el tiempo de la cosecha, momento en el que se celebraría el ceremonial de ingreso al orden de las vírgenes. Flavia aprovechó ese tiempo a ratos para instruir a su hija, a ratos para consolarla.
—¿Sabes?, convertirte en una de las sacerdotisas de la diosa Vesta no es tan malo. Tienen muchos privilegios —le aseguró—. Podrás asistir a las fiestas y banquetes más importantes; tendrás un puesto de honor en las obras de teatro y en los mejores espectáculos; podrás disponer de tus propios bienes; y, sobre todo, tendrás el poder de liberar a cualquier reo de la muerte —le dijo apelando a la naturaleza generosa de Lavinia.
La muchacha se desprendió de sus brazos y la miró con aquellos ojos marrones de espesas pestañas cuajados de lágrimas.
—¿De veras?
Flavia sonrió.
—De veras.
El conocimiento de aquellos privilegios de los que podría gozar mitigó un poco el dolor que suponía la imposibilidad de contraer matrimonio. Flavia sabía que aquellas lágrimas derramadas se correspondían más con la pérdida de un sueño que con la pérdida de una realidad. Al fin y al cabo, su hija era demasiado joven para saber lo que conllevaba el matrimonio, los placeres y dolores que se aunaban en él, y esperaba que, para cuando alcanzase la edad de esos anhelos, ya se hubiese acostumbrado a su condición de virgen, de tal forma que nunca echase de menos lo que nunca había tenido ni llegaría a tener.
Los días tibios de primavera se deslizaron perezosamente hacia la calidez del verano mientras toda Roma se preparaba para la ceremonia de ingreso de las jóvenes vestales que se celebraría a fines de julio. Quienes se habían retirado a sus villas a las afueras de la urbe cuando había comenzado el calor, regresaron justo a tiempo para acudir al Foro romano, junto al templo de Vesta.
Lavinia apretó con fuerza la mano de su madre mientras se acercaban al inmenso edificio circular. Rodeado por una veintena de columnas de mármol y rematado por una cúpula, se trataba de un edificio hermoso, pero Lavinia no se fijó en eso, solo tenía ojos para el anciano sacerdote y la hermosa mujer de rostro severo que aguardaban al final de las escaleras junto a la puerta del templo.
Quinto y Flavia, situados uno a cada lado de su hija, se unieron a la fila de las elegidas por la diosa Vesta y sus padres. El anciano sacerdote inclinó la cabeza a modo de saludo y al ver que estaba completo el número de las niñas, levantó el brazo pidiendo silencio.
—Junto a la morada de nuestra amada deidad, damos comienzo al rito de la Captiovirginis; rito por el cual estas jóvenes vírgenes entrarán al servicio de la diosa Vesta, un gran honor y un inmenso privilegio.
Lavinia echó un vistazo a sus compañeras mientras el anciano se explayaba en la explicación de los deberes y responsabilidades que correspondían a las vestales. Había otras dos niñas que debían de ser más o menos de su edad, pero las tres restantes eran más pequeñas. Sin embargo, ninguna parecía asustada; por el contrario, tenían los ojos brillantes mientras miraban fascinadas al anciano y a la joven sacerdotisa que lo seguía mientras descendían las escaleras.
Todas sus compañeras le parecieron muy guapas. Una de ellas, que tendría alrededor de seis años, poseía una hermosa cabellera rubia llena de rizos que le caía casi hasta la cintura. Sintió una punzada de envidia que cayó rápidamente en el olvido cuando la voz grave del sacerdote pronunció su nombre.
—¡Lavinia!
A punto estuvo de dar un brinco y salir corriendo, pero la suave presión de la mano de su madre sobre la espalda la impulsó hacia delante. El sacerdote se hallaba frente a ella, con la mano extendida. Ella miró confundida aquella mano apergaminada y trató de recordar las explicaciones de su madre sobre el rito, entonces alargó el brazo y depositó su mano en la del anciano.
—SacerdotemVestalem, quae sacra faciat, quaeiussietsacerdotemVestalemfacere pro populo Romano Quiritibus, utiquae optima legefuit, ita te, amata, capio.
Con una fuerza inusitada para un anciano, que la tomó por sorpresa, tiró de ella hasta colocarla junto a su costado. La joven sacerdotisa la sujetó firmemente por los hombros mientras el anciano se dirigía hacia la siguiente muchacha y repetía la fórmula.
Cuando hubo terminado la recitación de la fórmula ritual sobre la última niña, los padres hicieron una inclinación de cabeza en señal de respeto y se retiraron. Lavinia siguió con la vista a sus padres y comenzó a sentirse nerviosa, pero se distrajo al momento cuando aparecieron seis jóvenes portando unas hermosas vestiduras blancas. Con manos expertas, Lavinia fue vestida con una túnica de lino blanco adornada con una orla púrpura sobre la que colocaron un sencillo manto que colgaba sobre el hombro izquierdo, sujeto con un broche.
—Ya no pertenecéis a vuestras familias —declaró el sacerdote—, ahora lleváis las vestiduras sacerdotales, símbolo de vuestra fidelidad como servidoras de la diosa Vesta. A continuación, cortarán vuestros cabellos como símbolo del sacrificio que realizáis por Roma.
Lavinia escuchó los sollozos de la pequeña cuyos hermosos cabellos rubios había contemplado con envidia y unas lágrimas de solidaridad descendieron por sus propias mejillas. Cuando terminaron de cortarles el pelo, les colocaron una banda de lana de color púrpura alrededor de la cabeza.
—Se os ha colocado la vitta, símbolo de vuestra posición sagrada en la sociedad y de vuestra condición virginal.
El anciano alzó los dos brazos y el público aplaudió fervoroso. Lavinia buscó a sus padres con la mirada y quiso acudir a ellos, pero una de las jóvenes vestales la agarró con fuerza del brazo y tiró de ella hacia las escaleras del templo. Antes de que se cerraran tras ella las enormes puertas de leño, Lavinia había visto a su madre que agitaba la mano despidiéndola con una sonrisa. Si la hubiese visto un minuto después, sollozando apoyada contra el pecho de su esposo y rodeada por sus fuertes brazos, quizás Lavinia habría acudido corriendo a sus brazos; pero no la vio, y entró dócilmente en el recinto del templo con un nudo atenazándole la garganta.
La voz severa de la sacerdotisa reverberó en el silencio del lugar:
—¡Bienvenidas a la casa de la diosa Vesta! Mi nombre es Laelia y presido el orden de las vírgenes con el cargo de Virgo Vestalis Maxima. De ahora en adelante todas me obedeceréis —ordenó con una dureza de voz que contrastaba con la belleza casi etérea de su rostro—, y seguiréis las normas que rigen nuestra sagrada orden. Permaneceréis en el templo durante los treinta años de vuestro servicio. Los diez primeros años os instruiremos, los diez siguientes desempeñaréis vuestro servicio, y los diez últimos, al igual que estas jóvenes —dijo señalando a las jóvenes vestales situadas detrás de ella con la cabeza gacha— os convertiréis en maestras para las nuevas vírgenes.
Lavinia gimió para sus adentros. ¡Treinta años! Aquello era como enterrarse en vida. Iba a protestar cuando los acerados ojos grises de la sacerdotisa se detuvieron fijamente sobre ella silenciándola al instante antes de desviarse hacia los rostros de sus compañeras.
—Durante el tiempo que permaneceréis aquí, estas serán vuestras normas: no llorareis, no os quejaréis ni os lamentaréis. No habrá gritos ni alzaréis nunca la voz; os conduciréis siempre con modestia, como corresponde a una virgen, y mantendréis la cabeza inclinada en mi presencia a menos que me dirija directamente a una de vosotras. ¿Está claro?
Lavinia contempló a las vestales que se alineaban detrás de Laelia con los ojos abiertos por el temor. Un sollozo irrumpió en el silencio que siguió a las palabras de la mujer. La sacerdotisa se acercó con paso majestuoso a la niña de cabellos dorados, que inconscientemente se llevaba la mano a sus desaparecidos rizos, y la abofeteó con fuerza secando eficazmente la fuente de sus lágrimas. Lavinia se mordió con fuerza el labio inferior para no llorar; las cosas no se parecían en nada a lo que su madre le había contado y aquello no le gustaba, pero no se atrevió a decirlo.
Un orificio en lo alto de la cúpula que coronaba el templo permitía que saliese el humo producido por el fuego de un inmenso brasero que iluminaba y caldeaba el interior, pero ella sentía frío. Las palmas de las manos le sudaban y pensó que se desmayaría. La voz endurecida de la sacerdotisa la disuadió de hacerlo.
—Sois servidoras de Vesta, diosa de la tierra, del fuego y de la familia. Vuestra función más importante será mantener encendido el fuego sagrado —explicó, señalando el brasero—, noche y día, sin descanso. Cuando salgáis del templo, os cubriréis el rostro con un velo y portaréis una lámpara como signo de vuestra condición de vírgenes y sacerdotisas. No tendréis trato con ningún hombre. No los miraréis ni hablaréis con ellos. Si alguna de vosotras permite que el fuego, símbolo de la perennidad de Roma, se extinga, o mantiene relaciones con algún hombre violando su voto de virginidad, será castigada —proclamó con un tono afilado que provocó un escalofrío en Lavinia— con la pena de muerte. Ahora os acompañarán a la casa de las vestales para acomodaros en vuestros aposentos. Si necesitáis algo, vuestras maestras os ayudarán. Eso es todo. Podéis retiraros.
Las jóvenes sacerdotisas se inclinaron ante Laelia y se apresuraron a llevarse a las neófitas por una de las puertas laterales. Accedieron a un largo corredor que desembocaba en unos hermosos jardines con piscinas, el AtriumVestae, circundados de construcciones de dos plantas. Bajo el pórtico de los edificios, separadas por columnas de mármol, se alineaban las impresionantes estatuas de las Vestales Máximas. En el piso inferior se hallaban las estancias para las nuevas vestales. Lavinia fue acomodada en una de ellas, y en voz baja le explicaron las normas, la disposición de los diversos lugares de la casa y lo que se esperaba de ella. Luego la dejaron sola.
Aquella noche, Lavinia rompió la primera regla de las vestales. Lloró desconsoladamente.
II
Roma, año 83 d.C.
El tirón de pelo le indicó lo molesta que se encontraba su sierva.
—No deberías haberlo hecho —le reprochó esta mientras continuaba haciéndole las trenzas con menos delicadeza que de costumbre.
Lavinia soltó un suspiro de resignación.
—Lo sé.
—Casi se apagó el fuego—le espetó con voz chillona.
Se dio cuenta de que la sierva temblaba y se apresuró a tranquilizarla.
—Pero no sucedió, Lidia; además —agregó rápidamente al ver que la muchacha se disponía a protestar—, no podía dejar sola a la niña. Yo he estado en su lugar y sé lo que significa equivocarse y tener que recibir el castigo de la Vestalis Maxima.
—Has tenido suerte de que Laelia no se haya enterado. Esa mujer te odia.
Lavinia reprimió un escalofrío.
—Creo que, desde que ingresé aquí hace quince años, he hecho demasiadas cosas que le desagradan.
—No hace falta que te culpes a ti misma—le dijo con tono risueño—;reconozco que eres demasiado terca, pero también sé que posees un corazón generoso.
Lavinia se sintió incómoda ante estas últimas palabras, pues sabía bien en qué pensaba Lidia. Hacía tres años había asistido, junto con otras jóvenes sacerdotisas, a un acto público. Atravesaban las calles de Roma en el carpentum, un carro de dos ruedas cubierto. Delante de ellas iba un lictor con su vara y su hacha para infligir el castigo a quienes no respetasen su condición de vestales o sus derechos, como el de preferencia de paso. Lavinia había visto una vez al lictor golpear a un anciano que no se había apartado a tiempo del camino por el que ellas viajaban; al verlo, se había puesto tan furiosa que había asomado la cabeza por la ventanilla del carro increpando al lictor delante de una multitud de curiosos. Naturalmente, Laelia se enteró y le impuso un duro castigo.
Así que en esta ocasión, cuando el vehículo se detuvo, recordando el incidente del anciano y la propensión del lictor a los golpes, descendió apresuradamente del carro dispuesta a enfrentarse con el hombre antes de que este pudiese herir a alguna persona; sin embargo, se encontró una escena muy diversa. A través del velo que cubría su rostro, pudo ver cómo un grupo de soldados escoltaba a una joven a quien llevaban encadenada. Con la cabeza inclinada, su pelo negro caía sobre su rostro ocultando sus facciones. Vestía una túnica de esclava.
Sin pensar demasiado en lo que hacía, pidió al cortejo que se detuviera. El capitán, viendo la túnica y el velo que proclamaban su condición de vestal, levantó el puño frenando así el avance de sus hombres. Contempló con apreciación la alta figura de la mujer que se erguía ante él con porte regio y esperó, lamentándose en silencio por el desperdicio de toda aquella belleza, porque se decía que detrás de aquellas blancas telas se escondían los rostros más hermosos de toda Roma. Se fijó en sus manos jóvenes de cremosa piel igual que se había fijado en el tono melodioso, aunque firme, de su voz.
—¿A dónde conducís a esta mujer?
—A prisión, mi señora.
—¿Qué delito ha cometido? —Quiso saber Lavinia.
—Un delito que se castiga con la muerte —repuso el capitán alzando la voz—. ¡Es cristiana!
Un murmullo recorrió las filas de curiosos que se agolpaban en torno a la escena atraídos por la visión de las sacerdotisas, una visión menos frecuente en las calles que la de los soldados escoltando prisioneros.
Lavinia contuvo una exclamación. Conocía la obsesión del emperador Domiciano por el retorno a la antigua religión romana y al culto tradicional, y el desprecio por los judíos y los adeptos a la nueva religión que se expandía rápidamente, los cristianos. A pesar de todo, y aun sabiendo el riesgo que corría de contrariar al emperador, Lavinia no podía dejar pasar el hecho de que la vida de una persona estaba en riesgo.
—Apelo al derecho otorgado por la diosa Vesta a las sacerdotisas —exclamó en voz alta— de otorgar el perdón.
Vio cómo la joven alzaba súbitamente la cabeza al escuchar sus palabras. Debía tener más o menos su misma edad y era muy bella. El cabello negro rizado le caía casi hasta la cintura y sus ojos verdes, agrandados ahora por el asombro, destacaban en su rostro atezado. En cambio, la cara del capitán había palidecido. Desafiar las órdenes del emperador podía acarrearle la pena de muerte, lo que era casi tan malo como desafiar el poder de la diosa Vesta y los privilegios de las sacerdotisas. Se encontraba en un grave dilema. La gente cuchicheaba a su alrededor esperando el desenlace de la situación y él sintió el sudor correr por la parte posterior de su cuello que ocultaba el casco. Tenía que encontrar una solución.
—La diosa Vesta ha hablado —declaró—, pero el emperador exigirá un castigo. Esta mujer no puede permanecer libre si no abjura de sus creencias.
Lavinia vio que la muchacha negaba con la cabeza y trató de pensar rápidamente.
—A partir de este momento esta joven servirá a la diosa Vesta —indicó rogando a los dioses estar haciendo lo correcto—; nos acompañará al templo y permanecerá allí.
El capitán permaneció en silencio y Lavinia comenzó a ponerse nerviosa.
—¡Liberadla!
La atronadora orden del soldado hizo que se le aflojaran las rodillas de alivio y le zumbasen los oídos. No se había dado cuenta de lo tensa que se encontraba. El ruido que produjo el entrechocar de las cadenas le devolvió el valor. Vio cómo los soldados empujaban a la muchacha hacia ella y tuvo que contenerse para no sujetarla cuando trastabilló. Se giró majestuosamente hacia el carro y deseó que ella la siguiese sin oponerse. No sabía qué haría si la joven se resistía a acompañarla o, peor aún, si intentaba fugarse.
El silencio a su alrededor era tan denso que casi podía palparse, como si todo el mundo contuviese el aliento a la espera de que sucediese algo más. Afortunadamente, la sierva la siguió con la cabeza gacha y, sin pronunciar palabra, subió al vehículo.
Abandonó sus recuerdos al sentir otro tirón de pelo. Se giró y vio los ojos verdes de Lidia clavados en los suyos. Aunque vivía en el templo y se había convertido en su sierva, no había renegado del cristianismo. A Lavinia no le importó; consideraba su amistad como un don precioso.
—No me estabas escuchando —le reprochó Lidia.
—La verdad es que no —admitió mientras se frotaba la cabeza en el lugar donde aún le escocía el tirón—, pero podrías encontrar otro modo de llamar mi atención, ¿o es que en Hispania no os enseñan modales? —agregó burlona.
—¡Oh, claro que sí! Pero yo prefiero los métodos prácticos —le respondió con una dulce sonrisa que destilaba sarcasmo—, son mucho más eficaces, ¿no crees?
Lavinia se volvió hacia ella con el ceño fruncido aparentando enfado, pero Lidia sonrió y, finalmente, las dos estallaron en carcajadas.
Cuando se calmaron, la sierva continuó con la tarea de trenzarle el pelo y recogérselo sobre la cabeza antes de colocarle la banda púrpura de las vestales. Lavinia dejó escapar un suspiro.
—¿Estás segura de que la niña se encuentra bien? —le preguntó cambiando de tema.
—Por supuesto —le aseguró—. Después del riesgo que corriste abandonando el fuego sagrado para ayudarla, no podía dejar que todo se echase a perder; cuando regresaste al templo la llevé a su habitación.
—Gracias.
Lidia sacudió la cabeza.
—Me diste un susto de muerte, ¿lo sabes? Cuando entré en el templo y no te encontré…
Lavinia se giró hacia ella, le cogió las manos y se las apretó con suavidad.
—Lo sé, y lo siento de verdad, créeme, pero volvería a hacerlo.
—Estoy convencida de ello —le dijo dejando escapar un largo suspiro—, pero recuérdalo, esta vez has tenido suerte.
Unos golpes en la puerta interrumpieron la conversación. Lidia se apresuró a abrir. En la puerta se encontraba una de las jóvenes que servían en el templo.
—Laelia te manda llamar —le dijo después de saludarla con una inclinación de cabeza—. Te espera junto al fuego sagrado.
La muchacha le dirigió una mirada llena de compasión y se marchó. Lidia cerró la puerta y se giró hacia Lavinia con los ojos agrandados por el miedo.
—Lo sabe —musitó con un estremecimiento.
—No puede saberlo, Lidia —replicó ella poniéndose de pie—; tú misma lo has dicho. Nadie nos vio, así que nadie ha podido contárselo.
Un escalofrío le recorrió la espalda mientras decía las palabras tratando de convencerse a sí misma. La niña apenas contaba seis años. Había entrado en el recinto del templo, mientras ella vigilaba el fuego, y se había introducido en el Penus Vestae, la habitación donde se custodiaban las reliquias que garantizaban el poder de Roma. Había tomado la pequeña efigie en madera de la diosa Minerva que, según decían, Eneas había traído desde Roma, y se la había llevado para jugar con ella. Gracias a los dioses que Lavinia había salido tras la pequeña y que no había nadie en los jardines. Le había costado convencer a la niña de que le entregara la estatuilla y, nerviosa por si alguien las descubría, sin querer le había levantado la voz antes de arrebatársela. Por suerte en ese momento había llegado Lidia, quien se había quedado consolando a la pequeña.
¿Y si alguien, al oír el llanto de la niña, se había asomado desde el piso superior y las había visto? ¿Qué castigo le impondría Laelia por sacar de su lugar las reliquias sagradas? No tendría más remedio que averiguarlo. Inspiró hondo para calmarse y se irguió en toda su estatura.
—Espérame aquí —le indicó a Lidia mientras salía por la puerta.
Atravesó los jardines distraídamente mientras se preguntaba qué podría decirle a Laelia para justificarse. No era dada a los engaños y siempre asumía la responsabilidad de sus propios actos; sin embargo, y a pesar de haber pasado ya quince años en la casa de las vestales, no terminaba de aceptar todas las normas ni las exigencias de la Vestalis Maxima, lo que había dado lugar a numerosos castigos que Lavinia había soportado pacientemente.
Cuando enfiló el pasillo que conducía al templo, le sudaban las palmas de las manos. «No eres una cobarde», se dijo a sí misma. Alzó la cabeza con orgullo y penetró en el amplio espacio circular. La oscuridad repentina le hizo parpadear hasta que se acostumbró a la tenue luz que desprendía el fuego sagrado. Poco a poco vislumbró las formas de los objetos que la rodeaban. Una de las sacerdotisas se encontraba arrodillada ante el brasero encendido con la cabeza gacha, como si orase; en cuanto la oyó entrar, se levantó y abandonó el templo. No se veía a Laelia por ningún lado. ¿Se habría equivocado la sierva al indicarle el lugar? La voz la sobresaltó.
—He servido con fidelidad a la diosa Vesta durante más de cuarenta años —comentó Laelia saliendo de entre las sombras y avanzando hasta detenerse frente al fuego sagrado—. He acompañado a tres emperadores como Pontífices Máximos de la casa de las vestales, aunque nunca se me ha permitido hablar con ellos.
Lavinia no se atrevió a interrumpir el torrente de palabras que brotaba de los labios de la sacerdotisa mientras daba vueltas en su cabeza rebuscando todas las faltas que había cometido en los últimos días y por las que podía ser castigada. ¡Dulce Minerva, había tantas! Ella era una muchacha tranquila y razonable, pero podía volverse obstinada cuando se trataba de defender lo que consideraba una injusticia o cuando creía que las normas eran absurdas o irracionales, y, por algún motivo, se había enfrentado a estas dos razones en más ocasiones de las que desearía. Le pareció que quizás, con los años, se estaba volviendo menos tolerante o, lo que era mucho más peligroso, que ya no aceptaba su condición de sacerdotisa vestal con tanta resignación. El tono de amargura que percibió en Laelia, que seguía contemplando fijamente el fuego como si hablase solo consigo misma, le hizo prestar atención a sus palabras.
—Me hicieron renunciar al amor de mis padres, a mis sueños de formar una familia. Mi carne, ahora envejecida, no ha conocido el roce de la carne de un hombre ni los placeres y goces del lecho nupcial. Mis entrañas nunca se abrirán a una descendencia y ninguna voz me llamará madre, porque como máxima sacerdotisa de Vesta, diosa del hogar, diosa de Roma, soy madre del estado, madre del pueblo —declaró con voz fría y amarga—; una árida maternidad que ha secado mis entrañas y mi corazón, y me ha dejado sola.
Aunque quisiera consolarla, Lavinia no podría hacerlo, pues las palabras de Laelia le habían recordado sus propios sueños perdidos. Primero había derramado lágrimas infantiles, nada comparable a las amargas lágrimas que había vertido cuando había despertado a su condición de mujer y se había encontrado sepultada en una fría prisión de normas y privilegios. Había sentido un gran vacío interior, como si algo le desgarrase las entrañas, al darse cuenta de que nunca conocería el placer del amor ni el significado de la pasión, de la que solo había oído hablar en las leyendas de Venus, diosa del amor. Entonces había odiado profundamente su condición de virgen sacerdotisa. Después, con el tiempo, se había resignado a la voluntad de los dioses; pero ahora los antiguos sentimientos habían vuelto a brotar con fuerza sumiéndola en la confusión.
La voz de Laelia era un murmullo de fondo en el caos de sus emociones hasta que escuchó los ecos de un odio antiguo en las palabras que le llegaban.
—… tu padre, el senador; tu madre, una matrona de reconocida belleza. Todo fue fácil para ti, llegaste aquí con tu dulce carita y tu mirada inocente y conquistaste a todas… salvo a mí —admitió girándose bruscamente y acercándose a ella con paso majestuoso. Aunque Lavinia era más alta que ella, el profundo rencor que vio en sus ojos la asustó, aunque no se permitió dar un paso atrás. La mujer continuó—: Te odié desde que te vi porque supe que un día ocuparías mi lugar. Y ahora te odio mucho más porque has logrado lo que yo nunca pude lograr.
La voz fría se le clavaba en las entrañas mientras las palabras seguían cayendo de aquella boca destilando odio.
La puerta se abrió de golpe y Lidia brincó en su asiento. Lavinia entró en la habitación con el rostro tan pálido como su túnica.
—Necesito mi manto y el velo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Lidia nerviosa mientras se apresuraba a hacer lo que le habían pedido.
—Me han convocado al palacio del emperador—soltó ella de golpe.
A Lidia se le cayó el manto de las manos cuando se giró rápidamente hacia Lavinia. Su rostro moreno se había puesto blanco.
—El em… emperador —balbuceó—. ¿Habrá descubierto que me salvaste la vida? ¡Ay, mi señor! —exclamó haciendo el signo de la cruz—. Iré contigo.
—¡Por supuesto que no! ¿Te has vuelto loca? —le espetó debatiéndose entre la ira y los nervios—. No puedes entrar en el palacio siendo cristiana, Domiciano te mandaría matar.
—Pero tú no puedes ir sola, lo sabes bien.
—Pues pediré a otra sierva que me acompañe —respondió decidida. Al ver que Lidia se retorcía las manos con nerviosismo, agregó—:No me va a pasar nada, ya lo verás. Volveré enseguida y podrás seguir regañándome todo lo que quieras por mi terquedad.
Esbozó una sonrisa tranquilizadora rogando en su interior por estar en lo cierto. Tomó el manto, que todavía se encontraba tirado en el suelo, y el velo de la mano de Lidia y le dedicó otra sonrisa antes de salir.
Cerró la puerta tras ella y se apoyó sobre la áspera madera dejando escapar un tembloroso suspiro. ¡Todopoderoso Júpiter, en qué lío se había metido esta vez!
III
A pesar de la multitud que se congregaba en el patio abierto, el silencio era sepulcral. Solo se escuchaba el entrechocar del hierro y la respiración agitada de los dos contrincantes. Los dos hombres jóvenes, desnudos de cintura para arriba, parecían igualarse en musculatura y agilidad, si bien el más alto de ellos, de cabello rubio y rostro anguloso que recordaba al de los antiguos dioses celtas, poseía mayor habilidad y experiencia que el otro, algo más bajo y de cabello negro.
El hombre levantó el gladius tensando toda la musculatura de la espalda y asestó un fuerte golpe a su compañero, pero este se encontraba ya prevenido y elevó su escudo aprovechando el impulso de su oponente para empujarlo, lo que desestabilizó al más bajoy le hizo caer por tierra encontrándose de pronto con la afilada punta de la espada del más alto sobre su garganta. Soltó el aire lentamente y esbozó una sonrisa mientras apresaba la mano que el gigante rubio le tendía.
—Ha sido un buen combate, Lucius—le dijo al joven de cabello oscuro.
—Es un placer machacarte de vez en cuando, Marcus —se jactó su compañero esbozando una mueca irónica al limpiarse la tierra que se había adherido a sus calzones de piel al caer al suelo derrotado.
—Al menos lo intentas —le replicó con una media sonrisa antes de girarse hacia los soldados que contemplaban la escena en silencio. Sus ojos, que se veían de un azul más intenso en contraste con su rostro moreno, se clavaron en sus hombres. Entonces levantó la espada y alzó la voz—: Esta, soldados, es vuestra salvación en la batalla y vuestra única esperanza en un combate cuerpo a cuerpo si sabéis utilizarla con inteligencia y destreza. Cuando aprendáis a usarla, seréis dignos de llamaros legionarios.
Su alta estatura, el cabello rubio, su cuerpo formado por poderosos músculos, y el rostro de mandíbula cuadrada y pómulos altos, le conferían el aspecto de un dios nórdico.
Volvió a mirar a sus hombres, muchachos jóvenes que acababan de comenzar su adiestramiento, e hizo un pequeño gesto de asentimiento para que sus oficiales emprendiesen de nuevo los entrenamientos. Observó cómo bajo las órdenes de aquellos, los reclutas se cargaban a la espalda los pesados sacos de arena, a modo de coraza, y tomaban los bastones de madera —el doble de pesados que una espada— preparándose para combatir. Asintió satisfecho, entregó el gladio que había usado para la demostración, sin filo y sin punta, a uno de los oficiales y este le devolvió su propia espada. Luego, echó a andar al lado de su amigo en dirección a los edificios de acuartelamiento.
Lucius contempló el pomo y la empuñadura de marfil de la espada y esbozó una sonrisa.
—Veo que aún conservas la espada de tu padre. ¿Siguen tus padres en Britania?
Marcus asintió.
—Mi madre no quería abandonar su tierra natal y mi padre nunca la abandonaría a ella, así que… —concluyó encogiéndose de hombros.
—Tu madre es una mujer formidable —comentó con tono de admiración.
—Lo es —admitió su amigo.
—Y bien, ¿cuándo te vas a buscar una como ella? —le preguntó Lucius con una sonrisa mientras le palmeaba con fuerza la espalda levantando una nube de polvo.
Marcus negó con la cabeza.
—Mi vida es servir al Imperio, no tengo tiempo para otras responsabilidades.
Responsabilidad. Una carga. Eso suponía para él el matrimonio. Algunos años atrás no pensaba así; creía firmemente que el amor implicaba amistad profunda, confianza, respeto y fidelidad, como en el caso de sus padres, hasta que lo habían traicionado. Siendo aún un muchacho, acababa de hacer su juramento como legionario y se jactaba orgulloso de ello. En aquel entonces, se había enamorado hasta los huesos de una noble patricia que parecía corresponder a sus sentimientos. Sus padres le habían dicho que aún era joven, pero él no los había escuchado y se había comprometido con Julia. Imaginaba su vida junto a ella, formando una familia, riéndose juntos, gozando de los placeres del amor. Hasta que había descubierto que ella ya gozaba de esos mismos placeres con otro. La muchacha había conocido a un joven senador, y abandonó a Marcus para irse con él. La dura realidad le había hecho comprender que sus sueños solo eran estupideces juveniles. El matrimonio no era otra cosa que una responsabilidad, una carga, y solo eso.
—¿Y qué me dices de los placeres, amigo? —le preguntó Lucius interrumpiendo aquellos oscuros recuerdos—. ¿Tampoco tienes tiempo para eso?
Marcus sonrió haciendo que la piel de la cicatriz que le atravesaba la mejilla desde la base de la mandíbula hasta el ojo se frunciese aún más. Conocía el carácter mujeriego de Lucius, que aprovechaba cualquier oportunidad para ocuparse de sí mismo, aunque nunca dejaba insatisfecha a ninguna mujer y por eso lo adoraban, además de por su cuerpo y sus ojos negros que siempre parecían soñolientos y despertaban todo tipo de pensamientos en las féminas. Marcus sabía que esos ojos podían volverse tan fríos como el aire en el norte de Britania cuando empuñaba una espada.
—¿A qué has venido, Lucius? —le preguntó deseando cambiar de tema—. No creo que haya sido únicamente para que te diese una paliza delante de mis hombres.
—Te he dejado ganar. No podía permitirme humillar a un centurión delante de sus tropas —le aseguró con fingida sinceridad—. ¿Qué sería de tu reputación?
Marcus gruñó y le asestó un fuerte codazo en las costillas. Lucius soltó una carcajada que acentuó los hoyuelos de sus mejillas. Se conocían desde que eran niños y jugaban juntos a entablar combates de los que habían salido ganando solo algunas contusiones y heridas sin importancia, pero que los había convertido en verdaderos hermanos.
—Te han convocado al palacio del emperador —le soltó Lucius de pronto, recuperando la seriedad.
—¿Por qué?
Su amigo se encogió de hombros.
—Yo solo soy el mensajero.
Continuaron avanzando en silencio, sumido cada uno en sus propias reflexiones. Marcus frunció el ceño mientras se preguntaba, con preocupación, si no le habría ocurrido algo a su padre. Un legionario lo era para toda la vida y, al fin y al cabo, su padre todavía se mantenía joven y apto para la lucha. Por otro lado, sus padres vivían en una de las provincias romanas que más problemas tenía en sus fronteras, ya que debían defenderlas constantemente de los galeses, los ordovicos y, especialmente, de los bárbaros caledonios que aún no se habían sometido al dominio de Roma. ¿Habrían llamado de nuevo a su padre a la lucha?
Lucius, por su parte, reflexionaba en la llamada que él mismo había recibido. En realidad, no fungía solo como mensajero, también él debía presentarse ante el prefecto de la legión, a pesar de que pertenecía a un cuerpo diferente; desempeñaba el cargo de tribuno en la Guardia Pretoriana. ¿Para qué lo requería entonces el prefecto de la legión? La voz de Marcus interrumpió sus reflexiones.
—¿La llamada es de Domiciano?
—No, tenemos que presentarnos ante el prefecto Marzius.
Marcus se detuvo.
—¿Tenemos? —repitió arqueando las rubias cejas sorprendido.
—Así es.
—Pero tú perteneces a la Guardia Pretoriana; tenéis vuestro propio prefecto.
—¿Acaso crees que no lo sé? —le espetó Lucius. Se notaba la frustración en su voz—. Averiguaremos qué sucede cuando lleguemos al palacio.
Entraron en el campamento por la puerta pretoria sorteando las tiendas hasta alcanzar la de Marcus. En el interior, un esclavo se apresuró a entregarles unas copas con vino agrio mientras otro disponía todo para que se lavaran.
—¿Cuántas unidades se están entrenando? —se interesó Lucius sabiendo que no tocarían de nuevo el asunto de la convocatoria hasta que no se encontrasen a solas.
—Dos centurias, aproximadamente unos trescientos hombres.
Lucius emitió un silbido de admiración. Marcus continuó:
—La mayoría de los reclutas han pasado las pruebas físicas —le explicó—, ahora trabajan con las armas y, dentro de poco, podrán hacer su juramento.
Lucius tomó un trago de su copa y contuvo una mueca de desagrado, nunca le había gustado esa bebida agriada. Observó a Marcus eliminar el polvo de su pecho y brazos con un paño húmedo.
Después de la traición de Julia, su amigo había descargado su furia en el combate, así lo atestiguaban las numerosas cicatrices que surcaban su espalda. Había abandonado Roma uniéndose primero a las legiones que protegían las fronteras del Danubio, siempre en constante guerra con los germanos; después, cuando en el año 69 se habían disputado el Imperio cuatro emperadores, Marcus se había unido a las tropas de Vespasiano, a quien conocía porque había sido comandante general de su padre durante la invasión de Britania. En la segunda batalla de Brediacum las legiones de Vespasiano obtuvieron la victoria y el emperador entró triunfante en Roma a mediados del año 70.
Cuando volvió a encontrarse con su amigo, Marcus había dejado atrás la furia que lo había arrancado de Roma, pero se había transformado en un hombre cínico y serio que vivía solo para el deber. Su rostro parecía mostrar siempre un rictus de amargura.
—¿No te cansas de ser instructor? —le preguntó con curiosidad.
Marcus se encogió de hombros.
—Mientras pueda servir al Imperio y blandir una espada…
—Sabes que eso no es lo único en la vida.
—¿Ah, no? —replicó con ironía—, ¿qué otra cosa puede haber?
—Tener una vida —respondió Lucius con un suspiro de cansancio—, construir un hogar, formar una familia.
Marcus elevó una ceja y le lanzó una mirada cargada de escepticismo. Su amigo, con su metro ochenta de estatura, su cabello ondulado y ojos negros como la pizarra, sus pestañas largas, las cejas delgadas y alzadas, la nariz rectilínea y un cuerpo endurecido por largos entrenamientos, era un mujeriego consumado.
—¿Y eso me lo dice un hombre que forma parte de la Guardia Pretoriana, la guardia personal del emperador, y que va de mujer en mujer como un insecto libando de flor en flor?
Lucius negó con la cabeza exasperado.
—Esto te lo dice un amigo que se considera tu hermano.
—Pues mi hermano debería vivir lo que predica —le gruñó arrojándole el paño húmedo.
Lucius lo atrapó antes de que le golpease en la cara y fue a lavarse.
—Lo haré en cuanto encuentre a la mujer adecuada —le replicó.
—No hay mujeres adecuadas; todas son iguales, traicioneras, vanidosas e interesadas—declaró con la voz teñida de amargura.
—No todas las mujeres son como Julia, Marcus.
—Déjalo así —le espetó con sequedad—. ¿Tienes las órdenes?
Lucius resopló con frustración.
—Algún día aparecerá la mujer que te hará tragar esas palabras—le aseguró.
Dejó la copa a un lado y se vistió la túnica corta que solía usar con los pantalones. Se dirigió hacia un rincón de la tienda y hurgó en el interior de sus alforjas, extrajo un rollo de pergamino en el que se apreciaba el sello imperial y se lo entregó.
Marcus lo leyó atentamente.
—¿Qué pone en el tuyo? —le preguntó extendiéndole el rollo.
Lucius le echó un vistazo por encima.
—Más o menos lo mismo, que me presente lo antes posible ante Marzius. El por qué queda velado por las frases pomposas que han utilizado.
Marcus asintió mirando el pergamino con el ceño fruncido.
—Apelan mucho al honor y a la defensa de Roma. Como dices, sabremos más en cuanto lleguemos allí. ¿Por qué has venido tú a entregarme el mensaje? —Quiso saber—. Podría haberlo hecho cualquier mensajero.
—Me preguntaron si sabía dónde te encontrabas y me ofrecí voluntario para traértelo.
—¿Haciendo un viaje de más de tres semanas? —le preguntó escéptico.
—Está bien, no tenía ganas de enfrentarme solo a los leones y vine a buscarte —admitió con un gruñido—. ¿Estás contento?
Marcus le dio una palmada tan fuerte en la espalda que lo hizo tambalear. Lucius era alto, pero Marcus debía de sacarle al menos una cabeza.
—Además, no tardé tanto tiempo —agregó Lucius—. Viajé en barco.
—No pretenderás que el viaje de regreso lo hagamos en una nave, ¿no?
Lucius sonrió maliciosamente conociendo la predisposición de Marcus al mal de mar; a pesar de todo, negó con la cabeza.
—No puedo permitir que llegues a Roma en malas condiciones —convino—. Tendremos que viajar a caballo, aunque eso suponga algo más de tiempo.
Marcus tomó uno de los muchos mapas que se apiñaban sobre su mesa de trabajo, empujó a un lado todo lo que había en ella y lo extendió encima.
—Nuestro campamento se encuentra aquí, en Canalicum, al lado del río Var.
Lucius dejó escapar un silbido.
—No sabía que había viajado tan lejos.
—El río es la frontera con la Galia; nos hallamos en los Alpes marítimos —le señaló—. Para viajar a Roma tendremos que seguir la costa. Tomaremos la vía Julia Augusta hasta Genua, luego la Aemilia Scaura hasta Luna, y, desde Pisae, la vía Aurelia hasta llegar a Roma.
—Podremos cambiar de caballos cuando lo necesitemos.
—Sí —convino Marcus.
—Y quizás haya tiempo para otras cosas…—sugirió meneando sus espesas cejas negras.
—No —respondió tajante Marcus sin volverse a mirar a su compañero.
Lucius soltó una carcajada. Su risa grave arrancó una sonrisa a Marcus por primera vez desde que habían iniciado la conversación.
—Muy bien. Esta vez renunciaré a mis placeres por ti, amigo mío, pero quiero que me prometas que en cuanto dejemos a Marzius me acompañarás a alguno de los lupanares de la urbe para buscar a las mejores prostitutas y pasarlo bien antes de enrolarnos en lo que sea que nos vayan a encomendar, ¿de acuerdo?
—Ya veremos —respondió sin comprometerse—. Ahora tengo que ir a hablar con el comandante en jefe para transmitirle mis nuevas órdenes antes de prepararnos para partir.
—¿Saldremos hoy? —Quiso saber Lucius.
Marcus negó con la cabeza.
—Necesito dejar instrucciones a los suboficiales para el adiestramiento de los reclutas. Otro centurión ocupará mi lugar, pero es bueno que sigan una misma línea. Partiremos al amanecer.
—Entonces, quizás pueda ir preparando las cosas para el viaje.
—Harías mejor en acercarte a los baños —le recomendó mientras se dirigía hacia la entrada de la tienda—, ¡apestas como un caballo!
La risa de Lucius le siguió mientras salía y encaminaba sus pasos hacia la tienda del comandante. Se preguntaba qué diría el hombre ante aquel intempestivo cambio de órdenes.
No dijo nada. Leyó pausadamente el pergamino y luego se lo devolvió.
—¿Cuándo partirás?
—Mañana al amanecer. Esta noche me reuniré con los suboficiales para explicarles el plan completo de entrenamiento.
El comandante asintió.
—Que vaya también Cornelius; él será el centurión que te supla. Puedes retirarte.
Marcus se llevó el puño al corazón, golpeando la coraza, y se giró para abandonar la tienda. Mientras salía, le llegó la voz del comandante en un murmullo.
—Espero que de verdad sea para la gloria de Roma.
También lo esperaba él, aunque con Domiciano nunca se sabía. El emperador se había obsesionado con su propio poder y veía traiciones por todas partes. Era un loco, pero representaba a Roma, y Marcus amaba Roma y la grandeza que esta representaba. Acataría las órdenes fueran cuales fueran.
Cuando los primeros rayos de sol aparecieron furtivamente por el horizonte, Marcus y Lucius galopaban velozmente por la vía Julia Augusta. Sin frenar el ritmo, atravesaron las diversas provincias romanas con la costa siempre a su derecha.
Al atardecer del vigesimotercer día de su partida, atravesaron la Puerta Aurelia con aspecto cansado y el cuerpo entumecido, pero felices de encontrarse de nuevo en la gloriosa Roma. Esa noche descansarían; por la mañana, se presentarían ante Marzius.
IV
Marzius se paseaba arriba y abajo por una de las estancias de la villa que poseía a las afueras de Roma mientras fruncía el ceño con preocupación. Su vida había transcurrido en los campos de batalla prácticamente desde que tenía quince años, saltando de una guerra a otra por la gloria de Roma. Ahora que tenía las sienes plateadas y que su cuerpo prefería las comodidades de un hogar a la austeridad de las tiendas de campaña, seguía prefiriendo un buen combate a los juegos políticos.
Conocía muy bien a Gneo Julio Agrícola y aprobaba sus métodos. No en vano estos habían salvado la vida de miles de sus soldados. La campaña de Britania había probado el acierto en su modo de actuar. Como general de las legiones romanas, usaba una férrea disciplina; como gobernador de Britania, la astucia. Después de la conquista del territorio, había dejado a un lado su pericia militar para emplear una hábil política que favoreció que los britanos aceptasen la soberanía romana. Les había enseñado las artes y los placeres de la vida civilizada, como la construcción de viviendas cómodas y templos, y había establecido un sistema educativo para los hijos de los caudillos britanos, que se enorgullecían de llevar la toga como prenda de moda. Sí, lo había hecho bien, a pesar de que aún faltaba por someter el territorio de Caledonia.
Marzius sabía que no era empresa fácil. Los caledonios o pictos, como se les llamaba por las pinturas que usaban sobre sus cuerpos durante las batallas, eran un pueblo bélico por naturaleza. Se les consideraba indomables, y se habían convertido en una espina en el costado de Roma. El pueblo entero se había obsesionado con su conquista; sin embargo, la propuesta de Domiciano rayaba en la locura. Desgraciadamente, él no podía oponerse a los manejos de un loco que se llamaba a sí mismo dios.
—¿Señor?
Marzius se detuvo y se giró hacia la voz del esclavo que aguardaba tras la cortina de damasco que separaba el atrio del tablinium.
—¿Qué sucede?
—Ha llegado el senador Quinto Lavinius.
—Hazlo pasar—ordenó.
Las cortinas se abrieron y entró el senador. Marzius se acercó a recibirlo y ambos hombres se saludaron con un férreo apretón de antebrazos.
—Me ha extrañado que me convocases en tu villa rústica —comentó Quinto con una sonrisa—, ¿acaso te has amansado tanto que no soportas vivir en la gran urbe?
—Aquí no hay sorpresas. Los oídos del emperador no llegan tan lejos —declaró con voz endurecida y rostro grave. Quinto se quedó rígido.
—¿Qué tratas de decirme?
Marzius observó la alta y corpulenta figura de su amigo que permanecía con los músculos tensos, y le indicó que tomase asiento en uno de los triclinios. Dejó escapar un suspiro.
—No es lo que tú piensas —le aseguró.
Los dos sabían lo fácil que resultaba perder el favor del emperador. Unas pocas palabras susurradas en los oídos equivocados o apresadas furtivamente en una conversación ajena, y el desenlace era una condena a muerte.
—¿De qué se trata entonces?
Marzius sabía que, aunque no se tratase de la situación política de Quinto, el golpe sería igual de duro.
—Se trata de tu hija.
—¿Cuál de ellas? —preguntó con voz tensa.
Apretó los dientes repasando mentalmente si alguno de los esposos de sus hijas había dicho o hecho algo recientemente para incurrir en la ira del emperador.
Bastaba poco para encender una chispa, dado el carácter volátil de Domiciano. Algunos años atrás, Nerón, en su locura, había provocado un incendio que había devastado gran parte de la ciudad. Domiciano poseía esa misma veta de locura.
—Lavinia.
Quinto abrió los ojos sorprendido y confuso.
—¿Lavinia? —repitió parpadeando—. Pero ella es una sacerdotisa de Vesta. ¡Por Baco! ¿Qué ha podido hacer ella para atraer así la atención del emperador? —espetó enfurecido mientras se levantaba bruscamente del triclinio y comenzaba a caminar a grandes zancadas por la estancia.
—Tranquilízate, Quinto —le pidió su amigo.
—¿Que me tranquilice? —gritó con el rostro contraído por la rabia—. ¡Dime, maldita sea, cómo voy a tranquilizarme cuando me dices que mi hija puede ser condenada a muerte por culpa de ese loco que tenemos por emperador!
—No se trata de una condena a muerte —le aseguró, y agregó con firmeza—, haz el favor de sentarte y te lo explicaré todo.
Quinto soltó un gruñido de frustración, pero obedeció. Marzius comenzó su explicación:
—Conoces a Cneo Julio Agrícola y su modo de llevar adelante las campañas —dijo. Esperó el asentimiento de Quinto y continuó—: Ha tenido mucho éxito y el pueblo lo aclama como a un héroe, lo que ha despertado la envidia de Domiciano.
—¿Qué tiene que ver eso con mi hija?—gruñó con impaciencia.
—Ten paciencia, a eso voy. Agrícola lleva como gobernador de Britania desde el año 78, y ha culminado con éxito las campañas en el territorio de los ordovicos, al norte de Gales, y contra las tribus que habitan en las costas frente a Hibernia. Sin embargo, no ha tenido éxito contra los caledonios —explicó—. Domiciano, para ganarse el favor del pueblo, quiere imitar los métodos de Agrícola; ha propuesto una medida pacífica para la conquista de Caledonia: hacer un pacto por matrimonio.
Marzius observó la confusión en el rostro de su amigo y dejó escapar un profundo suspiro. Tendría que decírselo directamente.
—Domiciano quiere ofrecer a Lavinia como esposa para el hijo de Calgaco, jefe de los pictos.
—¡Está loco! —gritó poniéndose de nuevo de pie—. ¡No pienso permitirlo!
—No puedes oponerte al emperador —replicó el prefecto con sensatez.
Quinto se dejó caer consternado sobre el triclinio. Sabía que Marzius tenía razón. Si se negaba a cumplir las órdenes, no solo corría peligro su vida, sino la de Flavia, la de sus hijas, sus esposos y sus nietos. La venganza de Domiciano les alcanzaría a todos. Se cubrió el rostro con las manos en un gesto lleno de desesperación.
—Estoy de acuerdo contigo en que la propuesta constituye una locura —señaló Marzius—. Incluso estoy convencido de que Agrícola pensará lo mismo, y por eso creo que podemos confiar en que no hará nada que pueda poner en peligro la vida de tu hija.
—El solo hecho de viajar hasta aquellas tierras ya constituye de por sí un peligro —repuso Quinto con voz ronca por la emoción—. ¡Júpiter todopoderoso, lleva encerrada quince años en un templo!, ¿cómo va a poder sobrevivir entre rudos legionarios o entre bárbaros infieles? ¡Es una maldita virgen! —espetó furioso sin que le importase en ese momento si la diosa Vesta lo fulminaba con un rayo.
—Por eso he reclutado a los dos mejores soldados de toda Roma —declaró en un intento por tranquilizarlo—. Ellos cuidarán de Lavinia y la protegerán.
—¿La protegerán incluso contra las órdenes del emperador? —preguntó con amarga ironía.
—Lo harán —le aseguró con firmeza.
Quinto se dejó caer sobre el asiento.
—No sé cómo se lo diré a Flavia —murmuró derrotado—. ¿Quiénes son esos hombres?
—Uno es Marcus Vinicius, hijo de Séptimo Vinicius, comandante en jefe de la IX Legión. Luché junto a su padre en diferentes batallas y conozco bien a su hijo. Confío en su honor y en su capacidad para proteger a tu hija.
Quinto asintió.
—¿Y el otro?
—El otro es…
La voz de un esclavo los interrumpió.
—Señor, ya han llegado.
—Muy bien, hazlos pasar—le indicó.
Oyeron el ruido metálico de las corazas al aproximarse los dos hombres. Entraron y se detuvieron en medio de la estancia llevándose el puño al pecho.
—Marcus —lo saludó Marzius acercándose al joven y aferrando su antebrazo—, es un placer verte de nuevo.
—Lo mismo digo, señor.
Se giró hacia el otro joven con una sonrisa.
—Lucius.
—Hola, padre.
Marzius inclinó la cabeza en un gesto de reconocimiento antes de envolver a su hijo en un apretado abrazo.
Quinto observó atentamente a los dos jóvenes. A pesar de que él era alto, Marcus le sacaba casi una cabeza, debía de medir alrededor de un metro noventa, y tenía una musculatura poderosa, fruto del constante adiestramiento al que se veían sometidos los legionarios; sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron sus ojos. Nunca había visto tanta dureza y cinismo en alguien tan joven, pues el muchacho rondaría aproximadamente los treinta años.
Lucius, más bajo que el otro, poseía también una buena musculatura, y era de sonrisa fácil.
Marzius hizo las presentaciones. Marcus se tensó. No le agradaban los senadores, aunque Quinto no pareciese uno de ellos. Era casi tan alto como él y de espaldas anchas. El pelo, de un castaño leonado, se le rizaba en la nuca. Tenía los ojos del color de la miel silvestre y revelaban una profunda pena.
Quinto miró los yelmos que los hombres portaban ahora bajo el brazo y se volvió hacia Marzius con curiosidad.
—Tu hijo no es legionario —comentó señalando el casco en el que sobresalía un penacho de color azul.
Marzius gruñó.
—Siempre quiso ser soldado, pero no deseaba servir a las órdenes de su padre —explicó—. Por eso ingresó en la Guardia Pretoriana.
Su rostro esbozó una mueca de disgusto, pero cada una de sus palabras llevaba impresa el orgullo que sentía por su hijo.
—Señor —interrumpió Marcus—, me gustaría saber por qué nos ha hecho llamar.
—Claro, claro —convino el prefecto mirando a Lucius—. Será mejor que os cuente todo antes de que nos alarguemos comentando otras cosas. Tomad asiento.
Mientras efectuaba paseos por la estancia, les contó lo que ya le había dicho a Quinto.
—Vuestra misión consistirá en protegerla en todo momento, no debe sufrir daño alguno.
—¿Cuántos hombres nos acompañarán? —Quiso saber Marcus.
—Ocho, seréis diez en total. Un número mayor significaría mayor visibilidad y mayor posibilidad de ataques, especialmente cuando atraveséis la Galia —le explicó—. Tendrás que escoger a hombres de total confianza.
Marcus asintió.
—¿Y la ruta?
Marzius se acercó a la enorme mesa de piedra labrada sobre la que solía trabajar y que en ese momento se encontraba atestada de documentos y mapas, y les pidió que se aproximasen mientras elegía uno de los mapas y lo exponía sobre la mesa.
—Viajaréis en una nave desde el puerto de Ostia hasta Massilia, en la Galia; eso os evitará tener que cruzar los Alpes. Desde allí atravesaréis la Galia hasta Gesoriacum, uno de los mayores puertos marítimos, y zarparéis en una nave hasta Dubris—expuso—. Desde allí tendréis que subir hacia el noroeste para alcanzar el campamento Deva Victrix.
Marcus miró con fijeza a Marzius y este asintió.
—Podrás encontrarte con tus padres, muchacho. Lavinia se encontrará segura allí.
—¿La dejaremos entonces con ellos?
—Vosotros dos os uniréis a la XX Legión Valeria Victrix, al mando del gobernador de Britania y comandante en jefe Cneo Julio Agrícola. Le entregaréis las órdenes del emperador y un mensaje mío, y acataréis sus órdenes respecto a la muchacha.
—¿Cuándo debemos partir? —preguntó Lucius.
El tintineo de unas copas hizo que Marzius pospusiese su respuesta. Un sirviente asomó la cabeza por entre la cortina y el prefecto le hizo señas de que entrara. Obedeció y entró, seguido por otro esclavo que portaba una bandeja con copas y una jarra con vino que depositó sobre una mesa pequeña situada cerca de la mesa de piedra. El sirviente tomó la jarra y sirvió las copas, abandonando luego la estancia junto con el esclavo.
Marzius tomó las copas y se las fue ofreciendo.
—Mi mejor mulsum—indicó oliendo el contenido de la copa—, una mezcla fresca de vino y miel; la mejor bebida cuando se tiene el estómago vacío.
—Veo que sigues manteniendo tus costumbres, padre.
Marzius le devolvió la sonrisa a su hijo.
—Así es. Ahora bien —continuó—, con respecto a cuándo debéis partir, mañana por la mañana deberéis presentaros ante el emperador. No sé exactamente qué quiere—comentó con un encogimiento de hombros—, probablemente transmitiros las órdenes en persona. Una vez que abandonéis el palacio imperial, tendréis tiempo para aprovisionaros con todo lo que necesitéis. Os entregaré una bolsa para costear los gastos del viaje. Una vez que tengáis todo listo, podréis partir.
—¿La muchacha estará lista? —Quiso saber Marcus.
Marzius asintió.
—Lo estará.
Quinto apuró su copa de un trago y se volvió hacia su amigo.
—Tengo que regresar a la ciudad para darle a Flavia las noticias —le dijo despidiéndose de él y encaminándose hacia la entrada. Se detuvo y volvió su mirada a los dos jóvenes—. Os agradezco desde ahora la protección que brindaréis a mi hija, y confío en que haréis todo lo posible para mantenerla a salvo—manifestó. Luego se volvió hacia el prefecto que lo había acompañado para despedirse—. ¿Habrá posibilidad de que veamos a Lavinia antes de partir?
—Mañana tendrá que comparecer también ella ante el emperador. Arreglaré las cosas para que podáis verla antes de eso. Creo que convendría que vosotros mismos le explicarais la situación antes de que se encuentre con Domiciano. Así se hallará preparada. No quisiera que la impresión le provocase un desvanecimiento en presencia del emperador.
Quinto negó con la cabeza.
—Lavinia no se desmayaría. Ella es fuerte. De todas formas, quiero que seamos nosotros quienes se lo contemos; somos su familia.
Marzius asintió satisfecho.
Marcus observó a Quinto mientras se despedía del prefecto y conversaban en voz baja. A pesar de su condición de senador, lamentaba la situación en la que se encontraba. Perder a una hija por una orden rayana en la locura, aunque proviniese del mismísimo emperador, ya constituía por sí mismo una injusticia; pero perderla por ofrecerla como tributo a los infieles paganos, especialmente si eran pictos, era una crueldad.
Se preguntó cómo recibiría la muchacha la noticia. Probablemente se mostraría aterrorizada hasta el punto de la histeria, y no la culparía si se pasaba todo el viaje llorando, aunque no por eso lo toleraría; pero sí, la comprendería. En el fondo, ya la compadecía. ¿Qué clase de muchacha sería para que la sacrificasen de esa manera?
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la voz grave de Quinto.
—Marcus, Lucius, hay una cosa que deberíais saber sobre Lavinia.
—¿Sí, señor?
Miles de opciones fueron sopesadas en la mente de Marcus en apenas unos segundos; una característica que lo hacía peligroso en el combate y un gran estratega. «Quizás la muchacha no sea más que una niña», pensó. A partir de los doce años las niñas entraban en la edad casadera y sus padres podían concertar alianzas matrimoniales ya a esa edad. Tal vez fuese asustadiza o débil, y le costaría demasiado realizar el viaje.
Se encontraba preparado para cualquier cosa, menos para lo que escuchó.
—Mi hija es sacerdotisa de Vesta.
V
Lavinia atravesaba uno de los corredores del palacio escoltada por dos soldados pretorianos que la conducían en presencia del emperador. Todavía seguía conmocionada por el encuentro con sus padres. Había sido una alegría verlos y escucharlos, al menos al principio, mientras le hablaban de sus hermanas y de los sobrinos a los que aún no conocía. Luego su padre la había mirado con rostro grave y le había soltado de golpe la noticia, moviéndose incómodo en el asiento mientras su madre sollozaba en silencio. Ella se había quedado rígida, con todo el cuerpo en tensión como un volcán a punto de estallar, mientras su mente registraba cada una de las palabras de su padre. Entonces su rostro se había vuelto tan blanco que hasta su madre había dejado de llorar para acudir a su lado por si se desmayaba. No había sido necesario, ella nunca se desmayaba, pero agradeció la reconfortante presión de la mano de su madre en la suya.
Por lo demás, su rostro había permanecido impasible, sin rastro de la conmoción interior que le había provocado la noticia. Había aprendido a mantener un estricto control sobre sus emociones para que Laelia no pudiera advertir su miedo cada vez que se enfrentaba a ella.
Su mente, sin embargo, giraba en un torbellino de preguntas, de las que no estaba segura si su padre poseería las respuestas. Aun ahora, mientras la conducían ante Domiciano, las preguntas y las dudas zumbaban en su interior, como molestos insectos, y no se detuvieron incluso cuando su cuerpo lo hizo obedeciendo a una orden de los soldados.
—No os mováis de aquí.
Ni siquiera había prestado atención al enorme palacio imperial. Habían iniciado su construcción en el año 81, y la inmensa estructura se elevaba sobre el monte Palatino atrayendo la atención del pueblo. Por primera vez, el palacio imperial unificaba el palacio oficial con la vivienda privada del emperador y con el estadio, constituyendo un único y grandioso complejo unido mediante pasillos y atrios decorados con fuentes.
Pero Lavinia no veía nada de esto mientras permanecía a la espera en el corredor abierto que se elevaba sobre un atrio interior. El aire fresco penetraba a través de la diminuta red que conformaba su velo refrescándole las mejillas. Hubiera deseado levantarlo para gozar mejor de la brisa, pero corría el riesgo de que alguien la viese, lo que constituía una grave falta para una sacerdotisa.
La palabra reverberó en su mente con ecos aterradores. Pronto perdería su condición de sacerdotisa para unirse en matrimonio a un bárbaro. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Gracias a los dioses, el sonido metálico de armaduras distrajo a su mente de recorrer aquellos pensamientos que podían llegar a transformarse en pesadillas.
Observó atentamente el fondo del pasillo, pero no había trazas de los soldados que la escoltaban. Su mirada se desvió entonces hacia el atrio inferior y allí se detuvo fija, como hipnotizada, sobre el gigante rubio que parecía llenar todo el espacio con su presencia. Seguramente era más alto que su padre; tenía anchas espaldas y exudaba arrogancia por todo su cuerpo, como alguien acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Sus antebrazos y pantorrillas desnudas, permitían ver unos músculos bien formados y una piel atezada que el sol había besado muchas veces.
Aunque el hombre se había quitado el yelmo, desde donde se encontraba Lavinia no podía ver sus ojos, aunque sí el perfil de nariz aguileña y una mandíbula firme y decidida mientras hablaba en voz baja con el otro soldado, que asintió y se alejó perdiéndose a través de uno de los ingresos que daban acceso al atrio.
Marcus observó a Lucius alejarse en busca del prefecto de los pretorianos para informarle de su regreso. Esperaba que no tardase mucho, ya que no sabía exactamente cuándo serían llamados a la presencia del emperador. Se quedó contemplando el agua que reposaba tranquila en la fuente que habían erigido en el centro del atrio, y entonces lo sintió, el cosquilleo en la nuca. La experiencia le había hecho agudizar sus instintos y era consciente de que alguien lo vigilaba. Se giró despacio, tranquilamente, como si solo sintiese curiosidad por el lugar. Fue entonces cuando la vio. Una figura de mujer, cubierta con la túnica y el manto, cuyo rostro se escondía tras un velo blanco. La virgen vestal.
Sabía que ella lo estaba mirando a pesar de que no podía ver sus ojos. En ese momento deseó, aunque no supo por qué razón, que alzase el velo que los separaba y le permitiese verla. La mujer giró la cabeza cuando dos pretorianos se acercaron a ella. Vio cómo alzaba la cabeza y los seguía sin volver ni una sola vez la mirada hacia él. Cuando desapareció por una puerta, su cuerpo se relajó. Ni siquiera había sido consciente de la tensión repentina que lo había asaltado.
Lavinia avanzó tras los soldados mientras se esforzaba por borrar de su mente la imagen del hombre del patio observándola atentamente. Había sentido una corriente atravesarla de la cabeza a los pies, una poderosa fuerza que la había asustado y le había hecho desear escapar corriendo, aunque sabía que le hubiera sido imposible apartar los ojos de aquel gigante.
Los pretorianos se detuvieron frente a una puerta con cortinajes rojos.
—El emperador la espera —indicó uno de ellos alzando la pesada cortina para que ella entrase.
Avanzó despacio por la sala, admirando las alfombras y tapices que decoraban el lugar hasta que vio al prefecto de la Legión que le hacía señas para que se acercara. Lo había conocido esa misma mañana antes de dejarla con sus padres; después de la noticia, le había comentado que él permanecería a su lado durante la audiencia con el emperador.
Lavinia se apresuró a llegar hasta él y este le señaló discretamente al frente. Al mirar, se encontró con la imponente figura de Domiciano.
—Recuerda lo que te he enseñado —le susurró Marzius—, arrodíllate y dirígete a él como dios y señor.
Ella obedeció y permaneció arrodillada sin atreverse a levantar la cabeza. Sentía que las manos le temblaban a los costados del cuerpo y la respiración se le aceleraba; intentó tranquilizarse. La voz grave del emperador la sobresaltó.
—¡Álzate, vestal!
No sabía qué esperaba encontrar al levantar su mirada, pero desde luego no a un hombre apuesto portando el manto púrpura. Era alto, bien proporcionado, de rostro ovalado y ojos grandes. Sin embargo, su mirada resultaba inquietante, como si sus pupilas fuesen incapaces de detenerse un momento sobre algo, sospechando de todo lo que había alrededor.
—¿Eres tú la hija del senador Quinto?
—Soy la menor de sus hijas, mi dios y señor —admitió.
Domiciano le dirigió un gesto de aprobación al escuchar el uso del título que él mismo se había otorgado.
—Levántate el velo, quiero verte. Yo soy tu Pontífice Máximo, no rompes tus votos al mostrarme tu rostro.
Ella obedeció echando el velo hacia atrás. Domiciano la contempló en silencio con aquella mirada furtiva que le hacía parecer un loco.
—No te pareces a tu madre.
Su tono de decepción y sus palabras la enfurecieron. No, no se parecía a su madre, todo el mundo se lo había dicho desde su niñez. Flavia era menuda y hermosa, ella era alta y corriente. Controló la rabia que bullía en su interior sin reflejarse en su rostro y se obligó a adoptar un tono sereno.
—No, mi señor, no me parezco.
Domiciano frunció el ceño, como si algo en sus palabras no le hubiese gustado. Su rostro había enrojecido. Lavinia miró de reojo al prefecto, que permanecía impasible a su lado. Al no ver alarma en su rostro, se tranquilizó.
—No importa —le aseguró el emperador—, servirás. Supongo que Marzius te ha explicado ya lo que esperamos de ti. Es un honor y un gran privilegio los que se te ofrecen. Tu condición de virgen y de sacerdotisa te harán más deseable para el hijo de Calgaco, y tu sacrificio engrandecerá a Roma.
Ella deseó gritarle que no deseaba sacrificarse por Roma ni por nadie, pero se mantuvo en silencio sabiendo que su vida dependía de ello.
Domiciano se levantó haciendo ondear su manto púrpura.
—Roma te lo agradece —declaró haciendo con su mano un gesto de despedida—. Marzius, recibiré al centurión y al tribuno en el Aula Regia.
El prefecto asintió. Se inclinó ante el emperador y esperó a que la muchacha lo imitase. Abandonaron la estancia y Lavinia colocó de nuevo el velo sobre su rostro. Marzius le palmeó torpemente la mano a modo de consuelo antes de dejarla con los soldados para que la escoltasen de nuevo a sus aposentos.
Observó la alta figura de la joven mientras esta se alejaba. Caminaba erguida, con la cabeza alzada; tenía el porte de una reina. Meneó la cabeza y se marchó en busca de Lucius y Marcus. Solo cuando se encontraba lo suficientemente lejos de oídos indiscretos, dejó que su ira aflorase. «Cretino», murmuró para sí.
Encontró a los muchachos en el atrio interior y los condujo hasta el Aula Regia. Era una sala magnífica, circundada de columnas de mármol, con el suelo ajedrezado y las paredes revestidas de rojo. Al fondo, bajo un ábside, se hallaba situado el trono sobre el que descansaba la regia figura del emperador. A su lado, vigilante, se levantaba la imponente estatua de Júpiter.
Domiciano clavó la mirada en ellos mientras permanecían arrodillados. Un centurión y un tribuno pretoriano. Odiaba y temía a la guardia pretoriana a partes iguales. Habían depuesto a muchos emperadores, y aunque llevaban un tiempo sin inmiscuirse en la política de Roma, nunca se podía estar seguro de que no interviniesen de nuevo. Alejar al hijo del prefecto de la Legión le parecía sumamente adecuado.
—¡Levantaos! —ordenó—. Vuestro dios y señor, y Roma os necesitan a su servicio. ¿Estáis dispuestos a cumplir vuestra misión por la gloria de Roma y el honor de vuestro emperador?
—¡Lo estamos! —respondieron al unísono.
Domiciano asintió.
—Estoy seguro de que ninguno de vosotros osaría desafiar a su emperador —comentó con una velada amenaza—. Sin embargo, os permitiré demostrar vuestra lealtad recitando una vez más el sacramentum, vuestro sacrosanto juramento de fidelidad al emperador.
A un gesto de su mano, surgió de entre las columnas laterales un soldado portando el estandarte con el águila romana que avanzó hasta situarse frente a ellos.
Marcus apretó los dientes con fuerza. Era un hombre orgulloso y no le agradaba que se dudara de su lealtad; sin embargo, se arrodilló junto a Lucius y ambos juraron.
—Muy bien —aprobó satisfecho Domiciano mientras se levantaban. Luego ordenó—:Marzius, trae a la mujer.
El prefecto se sorprendió.
—¿Ahora?
—¿Acaso cuestionas mis órdenes? —le repuso airado.
—No, mi señor —respondió sumisamente—. Iré a buscarla.
—Vuestra misión será proteger a la sacerdotisa hasta dejarla sana y salva en manos del gobernador Agrícola —explicó una vez que el prefecto salió—. Le entregaréis un mensaje de mi parte.
El portaestandarte, que se había marchado una vez pronunciado el juramento, apareció de nuevo con la misiva en la mano. Marcus la tomó y la colocó en su cinturón. El hombre se retiró de nuevo a su lugar entre las sombras.
—La mujer será ofrecida al hijo del bárbaro como pacto de alianza.
—¿Y si el bárbaro no la acepta? —Quiso saber Lucius.
El rostro del emperador se tornó alarmantemente rojizo mientras apretaba con fuerza los brazos de su trono.
—¡La aceptará! —tronó—. ¡Por Júpiter, nadie rechaza un regalo del emperador de Roma!
Ni Marcus ni Lucius quisieron contradecirlo, aunque ambos pensaban que eso era precisamente lo que sucedería, o bien Calgaco aceptaría a la mujer rompiendo luego la alianza. Los caledonios no parecían dispuestos a entregar sus tierras sin derramar sangre, y menos a cambio de una mujer.
Los fuertes pasos del prefecto resonando en la sala detuvieron el arrebato de Domiciano. Sostenidos por sus muchos años de disciplina, ninguno de los soldados se giró, a pesar de que Marcus sentía cierta curiosidad por la figura de blanco que había visto cuando se encontraba en el atrio.
Las ligeras pisadas que habían acompañado los pasos del prefecto, se detuvieron junto a él.
—¡Centurión, tribuno, aquí tenéis vuestra misión!
Marcus se tensó ante aquella insensibilidad del emperador presentando a la mujer como si fuera un objeto. La figura a su lado no se movió. Él observó sus manos que caían suavemente a sus costados. La piel blanca aparecía suave, sin arrugas. Eran las manos de una mujer joven, y se sorprendió.
—Lavinia, hija del senador Quinto, estos soldados te escoltarán sana y salva hasta Britania. El centurión Marcus Vinicius—indicó mientras la muchacha se giraba hacia ellos— y el tribuno de la Guardia Pretoriana, Lucius Massimo.
Marcus la observó atentamente con el cuerpo en tensión, como si se encontrase a la espera de una batalla. Algo en ella despertaba su instinto de lucha, le advertía del peligro, a pesar de que la mujer se mantenía tranquila y no había abierto la boca. El tupido velo no le permitía ver sus rasgos y le hormigueaban los dedos por la curiosidad de levantárselo. Gruñó por lo bajo ante estos pensamientos.
Lavinia oyó el gruñido y se puso más nerviosa de lo que ya se encontraba. Necesitaba salir de allí, y lo necesitaba ya. Ni todos los emperadores de Roma podrían detenerla si comenzaba a gritar como una mujer histérica. Había aguantado en ese día más de lo que creía poder aguantar. Sabía que su control tenía un límite y estaba a punto de sobrepasarlo. Lidia le diría que respirase profundamente y contase hasta cien antes de cometer ninguna tontería. El pensamiento sobre su amiga le hizo sonreír y liberó un poco de la tensión.
—Aunque el camino hacia la victoria sea duro —continuó el emperador ajeno a la tensión que se acumulaba en la sala—, el día de su amanecer será glorioso. Y vosotros os convertiréis en testigos de ello. ¡Por la gloria de Roma!
Un denso silencio siguió a sus palabras. Domiciano esperó frunciendo el ceño.
—¡Ave Imperator!—proclamaron.
Los tres hombres se llevaron el puño al pecho e inclinaron la cabeza. El emperador asintió satisfecho y les hizo un gesto para que salieran. Todos se movieron, excepto Lavinia.
—¿Mi señor?
Súbitamente la tensión se hizo palpable en la sala y Lavinia notó la presión de la mano de Marzius sobre su brazo. ¿Acaso pensaban que estaba tan loca como para desafiar a Domiciano oponiéndose a sus órdenes? Con un suave movimiento del brazo se desprendió de la prisión férrea de los dedos del prefecto.
—Dime, mujer —le espetó con voz dura el emperador.
¿Así que ya no era una sacerdotisa ni una virgen vestal, sino solo una mujer? Alzó la cabeza con orgullo, pero el gesto de desafío perdió su efecto a causa del velo que le cubría el rostro. Marzius tenía todo el cuerpo en tensión mientras esperaba sus palabras, y Marcus apretaba la mandíbula con tanta fuerza que notaba cómo le latía la cicatriz en la mejilla. Lucius era el único que permanecía tranquilo esperando a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.
—¿Podría llevar conmigo a una de mis esclavas?
Lavinia casi pudo escuchar un silencioso suspiro colectivo.
—Que así sea.
—Gracias, mi señor.
Se inclinó ante el emperador y se dirigió majestuosamente hacia la puerta. Los hombres la siguieron.
Lavinia temblaba de pies a cabeza. En esos momentos necesitaba consuelo y comprensión, y anhelaba sentir el abrazo de unos brazos cariñosos. Parpadeó para contener las lágrimas. Cuando se aclaró su mirada, se dio cuenta de que se encontraba prácticamente sola. Marzius había desaparecido y los dos soldados se alejaban rápidamente. Corrió tras ellos.
—¡Centurión! —lo llamó—, ¿cuándo partiremos?
Marcus no se detuvo y apenas le echó una mirada por encima del hombro.
—Al alba, dentro de dos días, desde el puerto de Ostia.
Ella soltó una exclamación ahogada al escuchar la respuesta y ver cómo los hombres se alejaban sin dar ninguna explicación más, sin tomar en cuenta sus sentimientos.
Clavó una mirada furiosa en la espalda del centurión y deseó que en ese momento cayesen sobre él todos los tormentos y castigos que la diosa Vesta reservaba para los hombres insensibles y arrogantes.
Lo odió con toda su alma.
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