Kitabı oku: «La prometida del conde - Deseos del corazón»

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© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 139 - enero 2021
© 2014 Christine Rimmer
La prometida del conde
Título original: The Earl’s Pregnant Bride
© 2014 Christine Rimmer
Deseos del corazón
Título original: A Bravo Christmas Wedding
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2015
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1375-222-8
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
La prometida del conde
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Epílogo
Deseos del corazón
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Epílogo
Si te ha gustado este libro…
La prometida del conde
1
Genevra Bravo-Calabretti, princesa de Montedoro puso la escalera recta y la apoyó en el alto muro de piedra. Esta se inclinó y cayó de lado con estruendo al rozar las antiguas piedras. Genny se estremeció y, nerviosa, miró a su alrededor, pero no apareció ningún criado, así que levantó la escalera y repitió la operación. Esa vez, la escalera no se movió. Ya estaba todo listo.
Pero Genny no lo estaba ni sabía si llegaría a estarlo.
Con un «uf» poco apropiado para una princesa, se sentó jadeando en la hierba que crecía al lado del muro. Cuando hubo recuperado el aliento miró el cielo. La luna brillaba con intensidad, aunque las luces del puerto oscurecían las estrellas. Era una hermosa noche de mayo en Montedoro.
Genny lanzó un leve gemido. Era injusto. Debería estar con sus amigos en un café o paseando por la playa, en vez de vestida de negro como una ladrona y dispuesta a saltar el muro que rodeaba Villa Santorno.
Estuvo a punto de echarse a llorar, pero se tragó las lágrimas, cosa que llevaba haciendo ya un tiempo. Estaba preocupada y frustrada, y tenía las hormonas revolucionadas.
No quería saltar. Se sentía ridícula.
Pero ¿qué alternativa le había dejado él?
—No voy a llorar —susurró secándose con la mano las lágrimas que pugnaban por salir.
Había arrastrado la escalera colina arriba y no iba a rendirse. Tenía que acabar de una vez.
Se levantó y se sacudió los trocitos de hierba seca de los vaqueros negros. Puso el pie en el primer peldaño de la escalera y comenzó a subir. Al llegar al último peldaño suspiró: le faltaban muchos metros para llegar al final del muro.
—No ha sido una buena idea —susurró.
En ese momento deseó tener la fuerza de un hombre para poder darse impulso con las manos apoyadas en la piedra del muro. Pero su deseo no le fue concedido, por lo que tenía dos opciones: darse la vuelta o continuar. Lo primero era impensable.
Lanzó un gruñido puramente animal y se dio impulso. No le salió bien. Los pies se le separaron de la escalera y esta volvió a inclinarse y a caer.
¿Habrían oído el ruido en la villa? ¿Iría alguien a ayudarla? ¿O se quedaría allí colgada hasta que le fallaran las fuerzas y se rompiera el cuello?
Rafe tendría que ir a recoger su cuerpo. Le estaría bien empleado.
Gruñó y gimió mientras sus pies buscaban apoyo en las piedras del muro. Y entonces milagrosamente cayó en la cuenta de que lo que debía hacer era sostenerse con sus débiles brazos y utilizar los fuertes músculos de las piernas para trepar por el muro.
Al llegar al final pasó una pierna por encima. Y allí estaba, sentada a horcajadas sobre el muro.
A salvo.
Apoyó la mejilla en la piedra hasta recuperar el aliento.
Vio la villa por entre las ramas de las palmeras y los olivos. Las luces estaban encendidas, pero parecía que nadie había oído el ruido de la escalera al caer. El jardín que rodeaba la casa estaba tranquilo.
Se incorporó y miró la hierba que crecía del otro lado. Había mucha distancia hasta allí.
Tal vez debería haberlo planeado mejor.
Tal vez lo que debería hacer en aquel momento fuera comenzar a gritar hasta que Rafe o el ama de llaves salieran a ayudarla.
Pero no, no podía pedir ayuda. Había llegado hasta allí sola, así que bajaría también sola.
«Ten compasión de mí, Señor».
Pasó la pierna izquierda por encima del muro y se quedó colgando. Cerró los ojos con fuerza.
«Tienes que soltarte, Genevra», se dijo.
Tampoco tenía alternativa. Aunque por instinto trataba de sujetarse, las fuerzas la habían abandonado.
Chocó contra el suelo como una roca. Sintió un agudo dolor en el tobillo que le subió por la pantorrilla. Ahogó un grito y una maldición.
—¡Ay! —exclamó agarrándose el tobillo. Se lo frotó gimiendo mientras se balanceaba y se preguntaba si podría ponerse de pie.
—Gen —la voz procedía de un arbusto a su derecha—. Debí habérmelo imaginado.
Ella volvió la cabeza bruscamente.
—¿Rafe?
Rafael Michael DeValery, conde de Hartmore, salió de detrás del arbusto. Y el estúpido corazón de Genny saltó de alegría al verlo, imponente y enorme, en las sombras.
—¿Te has hecho daño?
Ella lo fulminó con la mirada y siguió frotándose el tobillo.
—Sobreviviré. Pero podías haberme abierto la puerta las veces que he venido o, no sé, haber respondido a mis llamadas.
Él tardó unos segundos en contestar. Incluso en la oscuridad, ella sentía sus ojos negros que la miraban. Por fin, Rafe habló en tono compungido.
—Me pareció más sensato mantener el acuerdo al que llegamos en marzo.
A ella se le volvieron a llenar los ojos de humillantes lágrimas.
—¿Y si te necesitaba? ¿Y si te necesitara ahora mismo?
—¿Me necesitas? —preguntó él al cabo de unos segundos.
Ella no podía reconocerlo. Aún no.
—No decías eso en los mensajes que me has dejado —la reprendió él.
Ella había controlado las lágrimas, pero tenía el pulso desbocado y le ardían las mejillas. Los recuerdos de su amor de cuatro días parecían girar en la noche entre ambos, gloriosos pero horribles a la vez, por la sensación de pérdida y de desesperación que la atenazaban.
—Todavía me queda algo de orgullo. No voy a decirle al ama de llaves que te necesito, ni a escribirlo en un SMS, ni a decirlo en un mensaje para tu buzón de voz.
Él dio un paso hacia ella.
—Gen…
¿Qué había en su voz? ¿Añoranza, dolor? ¿O eran imaginaciones suyas? No lo sabía.
Si realmente había sentido alguna clase de emoción, Rafe recuperó el control rápidamente y dijo con calma:
—Vamos dentro.
—Muy bien.
Genny puso la mano en el muro y, apoyándose en el pie sano, se incorporó. Al apoyar el otro, gimió.
—Deja que te ayude —dijo él acudiendo inmediatamente a su lado. Era extraña la gracia con la que se movía, que no se compadecía en absoluto con su tamaño. Se había roto una pierna seis meses antes, en el accidente. Dos meses antes todavía cojeaba, pero la cojera había desaparecido.
Pero cuando la luna le iluminó el lado derecho del rostro, la cicatriz seguía allí, aunque no tan roja como antes. Le comenzaba en el rabillo del ojo y le descendía por la mejilla en forma de media luna, como la que había esa noche, y el final parecía tirarle de la comisura de los labios como si quisiera obligarlo a sonreír, aunque sin éxito.
Rafe raramente se reía. Ella le había preguntado si pensaba hacerse la cirugía estética y él le había dicho que no.
Tomó la mano de Genny. Su contacto hizo que volviera a ser para ella real, cálido y sólido. ¿Y por qué olía tan bien? Siempre había olido bien, incluso cuando solo eran amigos. Era un olor limpio y sano.
Daba igual cómo oliera. Ella debía concentrarse en contarle lo que debía saber.
Se apoyó en él para no tener que hacerlo en el pie derecho y tomaron el sendero de piedra que cruzaba el césped para llegar al patio y, de ahí, a la cocina-comedor.
Él la condujo hasta una silla.
—Mejor no —dijo ella—. Tengo los vaqueros manchados de hierba y tierra.
—No importa. Siéntate.
—Como quieras. No parece la misma habitación.
La habían remodelado. Habían cambiado los muebles del comedor y la cocina tenía electrodomésticos nuevos y encimeras de granito.
—A los turistas con dinero no les gustan las cortinas pesadas ni las neveras antiguas. Quieren estar cómodos y tener buenas vistas.
Rafe señaló la puerta cristalera que daba a la terraza. En aquel lado, la villa no necesitaba muro en el jardín, ya que este acababa en el acantilado. Desde donde estaba sentada, Genny veía el mar Mediterráneo.
Los DeValery eran ingleses, pero también tenían sangre montedorana. La Villa Santorno había ido pasando de generación en generación, propiedad de una mujer nacida en Montedoro que se había casado con un DeValery.
—Entonces, ¿lo de alquilarla va en serio?
—Sí.
Dos meses antes, Rafe había llegado a Montedoro para reformar la villa. Habían pasado cuatro meses del accidente en que había perdido la vida Edward, su hermano mayor, por lo que él había heredado el título de conde de Hartmore, además de conservar la cicatriz de recuerdo.
Dos meses antes…
Habían hecho el amor en aquella misma habitación, rodeados de pesadas cortinas y muebles barrocos y neoclásicos.
—¿Tienes que poner esa cara de tristeza? —preguntó él con brusquedad.
—Me gustaba cómo estaba antes.
Durante la infancia de Genny, varios miembros de la familia de Rafe iban de vez en cuando a la villa a una fiesta o a algún acontecimiento social. Algunas veces, durante esas visitas, invitaban a la familia de Genny a comer o a cenar allí. Se recordaba con diez años sentada junto a la puerta cristalera con una taza de porcelana de Sèvres en la mano mientras maquinaba cómo conseguir que la abuela de Rafe, Eloise, la invitara a Hartmore, la finca de los DeValery en Derbyshire. Para Genny, Hartmore era el lugar más hermoso del mundo.
Él se arrodilló ante ella.
—Voy a echarle un vistazo, ¿te parece?
Antes de que ella pudiera responder, le agarró el pie con su gran mano y le desató los cordones con la otra. Le quitó el zapato y comenzó a palparle el tobillo. Su tacto era cálido y firme.
—No parece que te hayas roto nada. Puede que tengas un pequeño esguince.
—Ya estoy bien, de verdad. Me ha dejado de doler.
—Lo mejor será que te lo vende, por si acaso.
Estuvo a punto de lanzarle duras acusaciones, pero se limitó a decir con firmeza:
—Déjalo, Rafe. Estoy bien.
—De acuerdo —dijo él levantándose.
Ella miró su cuerpo fuerte y grande mientras lo hacía. Y lo deseó. Era extraño. Siempre lo había querido como persona, pero como hombre le resultaba tosco y carente de atractivo.
¡Qué ciega había estado!
—Dime a qué has venido —dijo él mirándola con sus ojos oscuros que veían todo y nada revelaban—. Dímelo, Gen, por favor, sea lo que sea.
—Muy bien —afirmó ella respirando hondo. Tenía que saberlo. Había estado a punto de partirse el cuello subiendo el muro para verlo y decírselo—. Estoy embarazada. Es tuyo.
—¡Por Dios, Gen! —exclamó él en voz baja—. ¿Cómo es posible? Tuvimos cuidado.
—Parece que no el suficiente. Si quieres una prueba de paternidad, estoy dispuesta a…
—No me hace falta prueba alguna. Te creo.
Ella experimentó cierto alivio. Por fin se lo había contado y él no le había dado la espalda. Seguía allí, frente a ella, observándola con paciencia, sin rencor ni recriminaciones.
Ella apoyó la cabeza en el respaldo de la silla, cerró los ojos y lanzó un suspiro.
—Pues ya lo sabes.
—¿Estás bien?
Ella abrió los ojos y vio que él se había vuelto a arrodillar.
—Perfectamente.
—¿Has ido al médico?
—Todavía no. Pero me he hecho cuatro pruebas en casa y todas han dado positivo.
—Deberías ir al médico.
—Lo haré, pero estoy bien —frunció el ceño—. O tal vez pienses que no estoy embarazada.
—Ya te he dicho que te creo, pero me parece que es aconsejable que te vea el médico.
—Sí, desde luego.
—Me ocuparé de todo.
—¿A qué te refieres?
—Vamos a casarnos —afirmó él sin vacilar.
Ella estuvo a punto de gritar, en parte de alivio, y en parte porque todo aquello era un error.
Hubo un tiempo en que soñó casarse con el hermano de Rafe. No era muy adecuado intercambiar un hermano por el otro. Además, desde aquellos cuatro días maravillosos, Rafe la había evitado. El hombre con el que te ibas a casar no se dedicaría a huir de ti durante semanas para luego, al mencionar el bebé, caer de rodillas a tus pies y pedirte que te casaras con él.
—Rafe, sinceramente, no sé si…
—Claro que lo sabes. Es lo que debemos hacer.
Ella debía ser fuerte y orgullosa. Y nadie se casaba porque hubiera un niño en camino, tal vez con la excepción de sus hermanos, Alex y Rhia.
Y pensándolo bien, sus matrimonios funcionaban.
Además, ella sentía algo especial por él. Y su hijo tenía derecho a heredar Hartmore, y para hacerlo debía ser legítimo, o al menos todo sería más fácil si lo fuera.
Y estaba Hartmore, su querida Hartmore…
«Ser dueña de Hartmore», le susurró una voz al oído. Su sueño se haría al fin realidad, a pesar de haber creído que lo había perdido con la muerte de Edward.
Edward.
Solo de pensar en su nombre se sentía culpable y confusa. Había creído que lo amaba. Pero al sentir lo que sentía por Rafe, ya no estaba tan segura sobre sus sentimientos hacia Edward, sobre sus sueños de casarse con él. Ya no estaba segura de nada.
—Dime que sí —le pidió aquel desconocido gigante y seductor que había sido su gran amigo.
Ella lo miró temblando.
—¿Estás seguro?
—Sí. Dime que sí.
La palabra estaba allí, en su interior, esperando. Apartó el sentimiento de culpa y la confusión y la dejó salir.
—Sí.
2
Antes de que Genny se marchara esa noche, acordaron casarse en Hartmore el sábado siguiente.
Rafe le dijo que lo primero que haría por la mañana sería llamar a su abuela. Eloise se encargaría de los preparativos. También hizo que Genny le prometiera que verían inmediatamente a sus padres, los soberanos de Montedoro.
No era necesario, y ella trató de decírselo.
—Ya sabes cómo son mis padres, Rafe. No me van a repudiar ni nada parecido. Se pondrán de nuestra parte y de lo único que querrán estar seguros es de que hemos tomado la decisión correcta.
—La hemos tomado —afirmó él.
—Lo que quiero decir es que no debes…
Él alzó la mano.
—Sí que debo.
Y se mostró tan inflexible que ella estuvo de acuerdo. Después, él llamó un taxi para que la llevara a casa.
La casa de Genny era el Palacio Real, situado sobre un acantilado con vistas al Mediterráneo. Dentro del edificio ella tenía un apartamento.
Se pasó en vela la mitad de la noche pensando en su decisión de casarse con Rafe. Al final, ya muy tarde, se quedó dormida.
El teléfono sonó a las ocho. Era Rafe para recordarle que fijara una hora para hablar con sus padres.
—Y no les digas nada del niño ni de que nos vamos a casar hasta que esté contigo.
—Ya te he dicho que no lo haría.
—Estupendo.
—¿Has llamado a Eloise?
—Voy a hacerlo ahora.
—Tal vez deberías esperar y se lo decimos juntos.
—La boda será el sábado. Estoy seguro de que tus padres querrán acudir. Alguien tiene que hacer los preparativos.
Tenía razón. Eloise se encargaría de todo.
—De acuerdo.
—Llámame cuándo sepas la hora para ver a tus padres.
—Así lo haré.
Genny se duchó, tomó un desayuno ligero y estaba esperando en la recepción del despacho de su madre cuando esta llegó.
Su Alteza Real, tan elegante como siempre con su traje de chaqueta de Channel, le sonrió con afecto, y accedió a reunirse con Rafe y con ella.
—Cariño, ¿para qué tenemos que vernos?
Genny sabía que su madre lo entendería y quiso contárselo y acabar de una vez. Pero le había prometido a Rafe que esperaría. Pronto sería su esposo, y quería que confiara en ella.
Rafe, su esposo.
¿Era real todo aquello?
Su madre le tocó el brazo.
—¿Estás bien, cariño?
—Sí, muy bien. Te prometo que te explicaremos todo cuando llegue Rafe. Nos vemos a las dos —afirmó ella y le pidió que también estuviera presente su padre.
Y se fue corriendo antes de que su madre le hiciera más preguntas.
De vuelta en su apartamento, llamó a Rafe para decirle la hora a la que habían quedado. Él llegó a la una y media y fue directamente a su habitación, como ella le había pedido.
—Está bien que hayas llegado pronto, así tendremos tiempo para trazar un plan.
—¿Es que hay algo más que planear?
Ella retrocedió para mirarlo.
—Tienes un aspecto estupendo.
Lo tenía, con su traje ligero, sus espesos rizos negros, labios carnosos, ojos negros y cuerpo enorme.
—Y tú eres hermosa —dijo él en tono formal.
Genny no lo creía. Su madre sí que era hermosa, y sus cuatro hermanas. Ella era la menos agraciada de todas. Con el pelo rubio y los ojos castaños, era bastante guapa, pero nada espectacular.
Se alisó el cabello y se estiró la chaqueta blanca que llevaba sobre un vestido azul.
—Gracias. ¿Has hablado con Eloise?
—Sí.
—¿Le has dicho que vamos a tener un hijo?
—Sí.
—¿Y cómo se lo ha tomado?
—Se ha puesto muy contenta.
—¿No le ha sorprendido que seamos amantes?
Él la miró con infinita paciencia.
—Deberías saber que nada le sorprende.
—Sí, supongo que sí.
Eloise nunca había ocultado que deseaba que Genny entrara a formar parte de la familia DeValery y había sido clara partidaria de su unión con Edward. Genny, además de adorar a la familia y Hartmore, tenía mucho dinero. Y un lugar antiguo y enorme como Hartmore requería una fortuna para su mantenimiento.
El dinero de Genny procedía de su madrina, Genevra DeVries, que no se casó ni tuvo hijos y siempre consideró a Genny hija suya.
Como Edward ya no estaba, Eloise, una mujer práctica, no vería mal que Genny se casara con su otro nieto, el nuevo heredero.
—Mi abuela te quiere, no lo dudes.
—Claro que no lo dudo.
Él la miró fijamente y ella, como le sucedía con frecuencia, tuvo la impresión de que él le leía el pensamiento.
—A ver, ¿cuáles son esos planes de lo que quieres que hablemos?
Ella lo miró mientras se mordía los labios tratando de decidir cómo empezar.
—Pues he estado pensando que no deberíamos contarles a mis padres todavía que estoy embarazada.
Él enarcó una ceja sin decir nada. Ella prosiguió como sin darle importancia.
—Creo que podemos hacerlo más tarde.
—¿Cuándo?
—Cuando nos hayamos instalado en Hartmore. Cada cosa a su tiempo.
—¿No crees que les extrañará la prisa en casarnos?, ¿que te cases conmigo, ni más ni menos?
—¿Por qué ni más ni menos? —preguntó ella como si no lo entendiera.
Edward, se tenía que haber casado con Edward.
Él la miró con solemnidad.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
Genny estuvo a punto de enfadarse. Al fin y al cabo, había sido él quien le había pedido que esperara hasta que estuvieran juntos para hablar del niño. Si ella se lo hubiera contado a su madre esa mañana, esta se lo hubiera dicho a su padre y no habría nada más que hablar.
Pero ahora Rafe y su padre estarían presentes. Genny se dio cuenta de que debía haberlo pensado mejor, ya que no estaba preparada para sentarse frente a su progenitor y hablarle de su embarazo.
Su padre era un hombre maravilloso, y no soportaba la idea de decepcionarlo.
Rafe la agarró del brazo, por lo que se percató de que se había tambaleado levemente.
—¿Quieres sentarte, Gen?
Ella lo miró, muy consciente de su cercanía, de su aroma, de la negrura aterciopelada de sus ojos.
—Estoy bien —afirmó retirando el brazo.
—¿Estás segura?
—Sí. Lo único que quiero es que me dejes hablar a mí cuando estemos con mis padres.
Él la examinó con el ceño fruncido. Era evidente que no pensaba que se fuera a desmayar porque no trató de agarrarla de nuevo. Después se encogió de hombros.
—¿No quieres que les pida tu mano? —preguntó en tono burlón.
—Pues claro que no —dijo ella agitando una mano.
Él la atrapó al vuelo y se la llevó a los labios. Un delicioso escalofrío recorrió el brazo de Genny. Para ser un hombre tan enorme, tenía una boca muy suave.
—Como quieras, cariño.
Siempre la había llamado así, al menos desde que Genny tenía trece años, y a ella siempre le había gustado.
Pero en aquel momento recordó que él no la quería como debería querer a su prometida.
Genny carraspeó.
—¿Listo?
Él le ofreció el brazo y ella lo tomó.
—Muy bien —prosiguió—. Acabemos con esto de una vez.
En el despacho de su madre habían servido el té en la zona de estar, donde había un sofá y unos antiguos y valiosos sillones de orejas.
Al principio, charlaron sobre temas triviales y sobre la familia de Rafe. Él les contó que su sobrino Geoffrey, al que Genny adoraba, estaba interno. Su madre, Brooke, hermana de Rafe, estaba bien. Su abuela se encontraba bien de salud y seguía tan activa como siempre en la casa y el jardín.
Pronto se agotaron los temas de conversación y los padres miraron a Genny expectantes.
Ella se dio cuenta de que no sabía cómo enfocar aquello. No había planeado expresamente qué decir porque no quería hacer un mundo de ello y porque creía que lo que debía decir le saldría de forma espontánea.
Se había equivocado.
Sintió un nudo en la garganta mientras el pulso se le aceleraba y se estremecía de miedo.
—Gen —dijo Rafe con dulzura mientras ponía la mano sobre la de ella.
Ella lo miró con ojos implorantes.
—Yo…
Y él se hizo cargo de la situación. Inclinó su gran cabeza con lentitud y solemnidad.
—Sé que esto puede sorprenderlos, pero amo a su hija con todo mi corazón.
¿Que la quería con todo su corazón? ¿Había dicho eso? Genny tragó saliva y trató de sonreír.
Rafe continuó hablando con calma y claridad sin soltarla de la mano.
—Y Genevra me ha hecho el honor de aceptar ser mi esposa. Hemos venido a pedir su bendición.
Genny miró a sus padres, que parecían sorprendidos, pero no irritados. ¿O eso era lo que ella deseaba creer? Sus progenitores se miraron durante unos segundos.
Y fue su madre la que habló.
—No teníamos ni idea.
Rafe apretó la mano de Genny. Esta sabía que debía decir algo, pero no se le ocurría nada. El pobre Rafe tuvo que volver a contestar en su lugar.
—Es muy repentino, lo sé, pero estamos deseando vivir juntos, hasta el punto de que hemos decidido casarnos en Hartmore el sábado.
El padre de Genny frunció el ceño.
—Faltan solo cuatro días para el sábado.
—Cinco, contando hoy —apuntó Genny,
—¡Qué prisas! —exclamó su madre antes de volver a mirar a su esposo.
Pero este no la vio, ya que miraba a su hija.
—¿Te encuentras bien, Genevra?
Genny se dio cuenta de que no podía seguir callada y dejar que Rafe mintiera por ella. Así que reveló la verdad.
—Estuvimos cuatro días juntos en marzo, cuando Rafe vino a ocuparse de las reformas de Villa Santorno. Y, bueno… Estoy embarazada. Y Rafe insiste en hacer lo que es debido y casarse conmigo.
Rafe la corrigió.
—Los dos creemos que es lo que hay que hacer. Y, desde luego, quiero casarme con su hija.
Se produjo un interminable silencio.
Por fin, la madre dijo:
—Entiendo.
El padre de Genny miró a Rafe.
—Sabes que tenemos una excelente opinión de ti, Rafe. Pero ¿en qué demonios estabas pensando…?
La madre lo interrumpió pronunciando su nombre.
—Evan.
Este le dirigió una mirada furiosa y después suspiró.
—Muy bien, Adrienne.
Genny se sentía fatal por los tres. Por sus padres, ya que habían pasado por aquello con otros dos de sus hijos, por lo que odiaba que tuvieran que volver a hacerlo. No era tan difícil utilizar métodos anticonceptivos correctamente.
Y ellos lo habían hecho. Habían usado preservativos todos los días.
Y para el pobre Rafe, que tenía en alta estima a sus padres, debía de ser terrible darles aquella noticia.
—Sois adultos y os corresponde decidir —dijo la madre—. Lo único que deseamos es que estéis seguros de que habéis tomado la decisión correcta.
—Lo estamos —afirmó Rafe.
Su madre fijó sus oscuros ojos en Genny.
—¿Y tú, cielo? ¿Estás segura de que es lo mejor para ti?
Genny repasó mentalmente sus motivos: el bebé, que tenía derecho a reclamar su herencia, y el cariño que sentía por Rafe. Sin duda conseguirían que su matrimonio funcionase sobre la base de su amistad. Y tener relaciones íntimas con él no le supondría un problema. Pero, bueno, ¿a quién pretendía engañar? El sexo con Rafe era estupendo.
Y estaba Hartmore.
Sí, tendría Hartmore, a pesar de que se sentía un poco avergonzada de que la finca le importara tanto.
—¿Genevra? —insistió su padre.
Genny apretó la mano de Rafe.
—Sí —dijo con firmeza—. Casarme con Rafe es lo mejor para mí.
Después de tres días de compras, preparativos y visitas a abogados para negociar los acuerdos legales y financieros, Genny y Rafe llegaron el viernes al aeropuerto de East Midlands, acompañados de los padres de ella y de Aurora, a quien todos llamaban Rory.
La boda sería una ceremonia íntima y familiar. El padre de Genny la llevaría hasta el altar y Rory haría las fotografías. Era la benjamina de la familia, un año más joven que Genny y todo lo que ella no era.
Rory se salía de lo común. Le encantaba la naturaleza y la aventura. Estaba licenciada en Bellas Artes, en la rama de Fotografía, y ya había publicado fotos en National Geographic, Country Digest y Birds & Blooms. A Genny la intimidaba un poco.
Pero, en realidad, la intimidaban todos sus hermanos. Todos sabían lo que querían y trataban de obtenerlo con pasión y determinación. Y aunque Genny sabía lo que deseaba, ser miembro de la familia DeValery y dueña de Hartmore, la ambición de sus hermanos era mucho mayor que la suya.
Dos coches los esperaban en el aeropuerto para llevarlos a Hartmore. Genny, Rafe y Rory fueron en uno. Los guardaespaldas de ambas hermanas se sentaron delante y uno de ellos condujo.
El trayecto duró una hora. Rafe apenas habló y Genny tampoco tenía muchas ganas de hacerlo. Rory, siempre llena de energía y planes, trató de conversar con ellos, pero acabó dándose por vencida. Genny se quedó dormida.
Se despertó bruscamente, con la cabeza apoyada en el hombro de Rafe, cuando el coche se detuvo en la entrada norte de Hartmore. Un bosque de robles y hayas se extendía ante la vista hasta la mansión, de estilo georgiano.
La fachada se conservaba magníficamente, pero Genny sabía que, en su interior, el agua procedente de las goteras del tejado había dañado algunas de las doscientas habitaciones. Habría mucho que hacer en los meses y años venideros. Pero en aquel momento solo pensó en la primera vez que había visto la casa, cuando su madre había llevado de visita a las cinco hermanas, Arabella, Rhiannon, Alice, Rory y Genny. Ella tenía cinco años.
Para Genny, aquella visita fue una revelación; de pronto, a la tierna edad de cinco años, supo lo que quería. Veinte años después, seguía sintiendo lo mismo. Había llegado a su hogar para, por fin, quedarse.
—Ya estamos en casa —afirmó Rafe como si le hubiera leído el pensamiento.
Ella se alisó el pelo, aplastado por haberse dormido, y le dedicó una temblorosa sonrisa.
Una hora más tarde, después de que los padres y Rory hubieran ido a sus habitaciones, Genny y Rafe se reunieron en el salón del ala este del edificio con Eloise, la abuela de Rafe, duquesa de Hartmore.
Alta, de aspecto mucho más joven del que correspondía a su edad, Eloise tenía un rostro alargado y lleno de arrugas, ojos azules y el cabello casi blanco y recogido en un moño. Siempre llevaba pantalones viejos y botas e iba acompañada de Moe y Mable, sus dos collies.
Genny quería a Eloise de forma incondicional. A esta le encantaba la jardinería y cuidaba de los jardines de la finca. Y lo hacía bien. En general, el terreno de la finca estaba en mucho mejor estado que la casa.
—Moe, Mable, sentaos —ordenó la anciana a los perros señalándoles un lugar al lado de la chimenea. Los animales la obedecieron dócilmente. Después, Eloise se volvió hacia Genny—. Mi niña querida.
Genny lanzó un gritito y corrió hacia ella.
Eloise la abrazó riéndose.
—Así que, por fin, serás uno de los nuestros.
Genny la abrazó con fuerza.
—Me alegro mucho de verte.
—Déjame que te vea —Eloise la agarró por los hombros y la separó de ella—. Estás un poco pálida.
—Estoy bien, de verdad.
—Así me gusta. Pronto haremos que se te coloreen las mejillas y que ganes unos kilos —le acarició la mejilla—. Estoy muy contenta de que vayas a ser mi nieta.
Genny se mordió los labios sin saber qué decir.
—Me siento un poco abrumada.
Se oyó ruido en el pasillo. Los perros irguieron las orejas y la puerta se abrió de golpe.
—¡Genny!
Vestido con el uniforme escolar, Geoffrey, de ocho años de edad, entró como una exhalación.
—¡Estás aquí!
—Despacio, jovencito —le ordenó Eloise ocultando una sonrisa.
Genny y el niño se abrazaron estrechamente.
—Me han dejado salir del colegio por la boda. La bisabuela dice que vas a ser mi tía.
—Así es.
—Mi madre quiere que vuelva al colegio el lunes —afirmó Geoffrey frunciendo el ceño.
Genny le acarició el cabello.
—Me alegro mucho de que hayas podido venir.
—Y yo estoy muy contento de estar en casa —dijo el niño sonriendo de oreja a oreja. Después se volvió y se lanzó hacia Rafe—. ¡Tío Rafe!
Este lo levantó del suelo riendo.
—Bájalo, Rafe.
Brooke DeValery Landers, hermana de Rafe y madre de Geoffrey, se hallaba en el umbral de la puerta. Su aspecto era estupendo, como siempre, pero los miraba con desaprobación.
—Está muy nervioso y se porta como un salvaje —se apartó el negro cabello de la frente y sus ojos azul turquesa se fijaron en Genny—. Encantada de verte, Genevra —dijo en un tono que desmentía sus palabras. Brooke estaba divorciada de un americano que se había vuelto a casar y tenía dos hijos.
—Hola, Brooke. Tienes buen aspecto.
Genny y Brooke no se llevaban bien. Mantenían una actitud educadamente fría. Genny se le acercó y ambas se besaron en las mejillas.
Brooke miró a Rafe.
—Supongo que debo daros la enhorabuena.
—Así es. Gen me ha hecho el hombre más feliz del mundo.
—Genny —dijo Geoffrey tirándole de la mano—. ¿Sabías que Samson ha tenido gatitos?
Genny lo miró con los ojos como platos.
—¿Cómo es posible?
—Porque resulta que es una gata —afirmó el niño riendo.
—Geoffrey, ven aquí —Brooke los interrumpió bruscamente al tiempo que extendía la mano—. Quítate el uniforme antes de que te lo manches.
—Pero quiero llevar a Genny a la cuadra y enseñarle…
—Ahora mismo, Geoffrey.
Este fue hacia su madre arrastrando los pies y ambos salieron y cerraron la puerta.
Cenaron a las ocho sin Geoffrey. Brooke dijo que estaba agotado y que se había acostado. La conversación fue trivial. Rory hizo algunas fotos antes de que sirvieran la cena. Afirmó que se iría el lunes a Colorado, a la ciudad de Justice Creek, para visitar a su prima. Eloise habló de sus plantas, que estaba deseando enseñar a Genny. Los padres de esta se mostraron amables y encantadores.
Y Rafe estuvo callado y observando como de costumbre. Comía despacio, sin hacer ruido con los cubiertos ni con las copas. Genny trató de no mirarlo para no perderse en fantasías sobre los cuatro días que habían pasado juntos, dos meses antes.
Ni en recuerdos más lejanos del niño salvaje que había sido, siempre deambulando por los jardines o por el bosque, sin control de los adultos. Su madre, Sabrina, lo adoraba y se negaba a atarlo corto. Su padre, Eduardo II, apenas se relacionaba con él salvo para castigarlo cuando el conde consideraba que se había portado mal. Los castigos eran frecuentes y severos.
Genny había conocido a Rafe en su primera visita a Hartmore, cuando ella tenía cinco años y él trece. Seguía siendo un salvaje. Se dejó caer de un roble prácticamente sobre ella, que salió corriendo y gritando. Al día siguiente, él no la asustó y, al final, el segundo hijo del conde y la princesa de Montedoro se hicieron amigos. Él le dijo que odiaba a su padre y ella le confesó que deseaba quedarse en Hartmore para siempre.
Ese otoño, Rafe fue a estudiar a Londres, donde, para sorpresa de todos, le fue muy bien. De Londres pasó a Cambridge, donde obtuvo las mejores calificaciones de su clase. Eloise le había dicho muchas veces a Genny que su nieto tenía un cerebro tan grande como su cuerpo, y aptitudes para ganar dinero. Rafe invirtió con enormes beneficios una modesta herencia que había recibido de un tío abuelo. Las cosas le iban muy bien.
En la mesa, Brooke, que se hallaba sentada al lado de Rafe, se echó a reír.
—¿Qué miras, Genevra? —preguntó a Genny, aunque lo sabía perfectamente.
Esta trató de no ponerse colorada y le contestó rápidamente para que Rafe no tuviera que salir a defenderla.
—A ti, naturalmente, Brooke. Me encanta ese vestido.
Brooke sonrió burlona y levantó la copa de vino.
—Por la felicidad matrimonial, aunque, en mi experiencia, no es tan buena como la pintan.
3
Una parte de la mansión de Hartmore estaba abierta al público de jueves a domingo, de doce a cuatro de la tarde. En ella se habían rodado algunas películas y series de la BBC.
También se alquilaba para bodas. Había dos al día siguiente, a la una y a las cuatro de la tarde, ambas en la capilla de Santa Ana, que era la de la mansión.
A las cinco y media, los asistentes a la segunda habían salido de la capilla. A las seis menos cuarto, Genny, del brazo de su padre, recorrió la nave de la iglesia. El vestido de novia lo había comprado tres días antes en Montedoro, y el ramo de rosas era de la rosaleda de Hartmore. Rafe la esperaba en el altar vestido de frac. A Genny, todo aquello le parecía irreal.
En el altar, pronunció los votos obedientemente. Rafe la besó. Sus labios rozaron los suyos por primera vez desde que se habían despedido con un beso dos meses antes. Ella se estremeció levemente y su cuerpo lo deseó.
Realmente, era extraño. Habían estado juntos cinco días desde que ella había escalado el muro de la villa para decirle que estaba embarazada, pero no habían hablado de nada salvo de los planes para la boda y de lo que harían después.
Y no habían hecho el amor. Él se había mostrado distante y atento.
Después de la ceremonia, mientras posaba con Rafe y la familia para que Rory les hiciera fotos, se preguntó si estaba bien de la cabeza. Estaba embarazada, se había casado con Rafe, su amigo del alma, que en aquel momento le parecía un desconocido, y era la dueña de Hartmore.
Le parecía mentira, un sueño extraño e imposible.
Cenaron en el comedor del ala este, donde vivía la familia. La celebración de las bodas anteriores seguía en el ala central de la mansión. Al acabar de cenar, tomaron tarta y champán.
A las once, Genny estaba en los aposentos de Rafe, que constaban de un dormitorio principal, un salón, un vestidor, un cuarto de baño y un segundo dormitorio. En el dormitorio principal había muebles antiguos y una enorme cama con dosel.
Con un camisón de satén blanco que había comprado el mismo día que el vestido de novia, estaba sentada frente al espejo del tocador y contemplaba su reflejo al tiempo que pensaba que tal vez Rafe no fuera a reunirse con ella.
Se inclinó hacia el espejo y susurró furiosamente a su propio reflejo:
—Si no viene, no te vas a quedar sentada esperándolo, sino que vas a ir a buscarlo.
Y cuando lo encontrara, insistiría en que durmieran juntos como marido y mujer.
Porque por algún sitio tenían que empezar a construir un matrimonio de verdad. Y como el sexo se les había dado muy bien, esperaba que haciendo el amor pudiera echar abajo el muro de contención emocional que él parecía haber levantado a su alrededor.
—No hace falta que lo hagas, Gen. Estoy aquí.
Ella reprimió un grito y se giró.
—¡Casi me matas del susto, Rafe! —exclamó mientras trataba de recordar cuánto de lo que estaba pensando había verbalizado.
—Perdóname —dijo él.
Genny pensó en el niño salvaje que había sido, atormentado por su padre, precavido con todos, salvo con ella. Pero en aquel momento también se mostraba precavido con ella. No sabía qué pensaba.
—¿Estás bien? —preguntó él frunciendo el ceño.
—Sí, desde luego.
¡Por Dios! Era horrible. Parecían dos desconocidos entre los que se producían largos silencios. Ella se levantó y se sintió muy expuesta con el finísimo camisón.
—Muy bien —dijo él—. Volveré dentro de unos minutos —y fue al cuarto de baño.
Ella se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. La soltó de golpe y se preguntó si de verdad volvería. Había otro dormitorio al que se podía acceder desde el vestidor. ¿Qué debía hacer? ¿Ir detrás de él para asegurarse de que…?
No, ya habría tiempo para eso después. Apagó todas las luces salvo la de la mesilla de noche y se sentó en la cama, bajo las sábanas, a esperarlo.
Se llevó la mano al pecho. El corazón le latía temeroso. Pero la puerta se abrió y ahí estaba él, enorme y musculoso, maravilloso, vestido solo con unos boxers. Se dirigió directamente a ella. Y el corazón de Genny comenzó a latir a toda prisa de excitación, no de miedo.
Él apagó la luz de la mesilla antes de meterse en la cama. Ella siguió sentada sintiendo su presencia y su calor a su lado. Y su silencio.
Era ridículo. Soltó una risita histérica, a pesar de sus esfuerzos por reprimirla. Se llevó la mano a la boca, pero no consiguió dejar de reírse.
—Te parece gracioso, ¿verdad? —preguntó él en la oscuridad.
Ella siguió riéndose hasta que oyó que él reía también.
Rieron juntos a oscuras, y ella recordó que solían reírse de las cosas más sencillas: de las travesuras de Moe y Mable cuando eran cachorros o de la forma en que él surgía de pronto de cualquier sitio sorprendiéndola. Se reían de cualquier cosa en aquella época. Él no lo hacía con nadie más, por lo que Genny se sentía orgullosa de que con ella no sintiera la necesidad de contenerse ni de estar alerta.
Dejaron de reír y se hizo un silencio completo en la habitación.
Entonces, él se volvió hacia ella despacio y la rodeó con el brazo atrayéndola hacia sí.
Ella lanzó un suspiro de alegría y apoyó la cabeza en su hombro.
—Creo que me he puesto histérica.
—Deben de ser las hormonas —afirmó él mientras le acariciaba el brazo.
—Es la ventaja de estar embarazada. Cada vez que me porte mal, puedo atribuirlo a las hormonas.
—No lo has hecho.
—¿El qué?
—Portarte mal —rozó su cabello con los labios.
Ella frotó la mejilla contra su hombro y deseó que las cosas fueran siempre así entre ellos.
—¿Has olvidado lo que sucedió cuando le dije a mis padres que habíamos decidido casarnos? Te hice prometer que no les diríamos nada del bebé, y yo se lo solté mientras tú tratabas de guardar el secreto.
—Eso no fue comportarse mal. Tú eres así.
—¿Incapaz de atenerme a un plan trazado?
—No, incapaz de ocultar la verdad, a pesar de no querer decepcionar a tus padres.
—Soy sincera, ¿verdad?
—Sí —afirmó él sin vacilar, de lo que ella se alegró.
Pero entonces pensó en su matrimonio, que no hubiera tenido lugar de no haber sido por el embarazo. Y debido a ello había conseguido el sueño de toda su vida: ser la condesa de Hartmore.
—Pero no soy sincera.
—Shhh.
—Rafe, yo…
—Shhh —repitió él. Le acarició el cuello y le alzó la barbilla—. Gen —su aliento rozó la mejilla de ella.
Y entonces, sus labios se posaron en los suyos leve y tiernamente.
Un beso. Por fin.
Ella abrió los labios dándole la bienvenida.
Él aceptó la invitación y le introdujo la lengua al tiempo que la apretaba más contra sí. Ella gimió de placer al sentir que sus senos presionaban el ancho pecho masculino. Lo agarró por el hombro sintiendo que se derretía.
Siguieron besándose, y Gen lo empujó para que se pusiera boca arriba. Él se tumbó de espaldas para que ella pasara una pierna por encima de su cuerpo.
El camisón se le había escurrido hasta la cintura, pero a ella no le importó. Estaba tumbada sobre él.
Rafe la agarró por las caderas para apretarla aún más contra sí. Ella sintió su excitación a través de la fina seda de los boxers.
La deseaba.
Y ella lo deseaba. Era indudable que conseguirían que las cosas fueran bien entre ellos la noche de su boda.
Le acarició el rostro y le recorrió la curva cicatriz con los dedos. Y gimió de excitación y placer, y de compasión por lo todo lo que él había sufrido.
De pronto, Rafe se quedó inmóvil. Ella le acarició el hombro para que se relajara y siguiera besándola y acariciándola.
Pero él se mantuvo rígido y le estiró el camisón para taparla. La apartó de sí y se colocó encima de ella.
—Rafe, ¿qué?
Lo miró en la oscuridad esperando que le diera una explicación, pero no lo hizo. Al cabo de unos segundos se tendió a su lado y volvió a abrazarla.
—Dejémoslo así esta noche —dijo él en voz baja—. Todo saldrá bien.
Ella quiso creerlo, pero no pudo, lo cual, por algún extraño motivo, la hizo pensar en Edward.
Edward, alto y delgado, de ojos azules y pelo castaño. Era tan elegante y encantador como Rafe estoico y tierno. Había sido el protagonista de sus primeras fantasías. Flirteaba con ella descaradamente. Y a Genny le encantaba.
Edward…
Tal vez lo que Rafe y ella necesitaran fuera hablar de lo más difícil: la muerte de Edward, un tema que Rafe siempre evitaba. Dos meses antes, cuando ella había tratado de sacar el tema a colación, él se había negado repetidamente a hablar de ello.
Volvió a intentarlo.
—¿Es por Edward?
—Duérmete, Gen.
—Te he acariciado la cicatriz y se ha estropeado todo.
—No.
—Rafe, creo que debemos hablar de eso.
—Déjalo estar.
—No, no voy a hacerlo. Sé lo que sucedió esa noche. Me lo contó Eloise. Sé que volvíais de una fiesta en Tillworth, la casa de Fiona.
Fiona Bryce-Pemberton y Brooke eran amigas de la infancia. A los diecinueve años, Fiona se había casado con un rico banquero que le había comprado una casa de campo no lejos de Hartmore.
—Eran las dos de la mañana y Edward conducía. Brooke se había quedado a dormir en casa de Fiona. Solo estabais Edward y tú en el coche cuando él se salió de la carretera y chocó contra un árbol. Eloise me dijo que la investigación fue concluyente con respecto a que tú hubieras tenido culpa alguna, que había sido un accidente, una de esas cosas terribles que suceden en cualquier momento.
Rafe al principio se mantuvo inmóvil, pero luego se separó de ella lentamente quedándose tendido a su lado, sin que sus cuerpos se tocaran.
—Si ya sabes lo que pasó, no hay nada de que hablar.
Ella se sentó en la cama, encendió la lámpara de la mesilla y se volvió hacia él.
—Hay muchas cosas de que hablar: de cómo te sientes por lo sucedido, de cómo estás y de por qué no quieres que un cirujano plástico te examine la cicatriz.
Los ojos de Rafe centellearon.
—Me siento fatal por lo que sucedió. Y estoy entero, gozo de buena salud y soy conde de Hartmore, así que diría que estoy bien. En cuanto a mi rostro, puede que la cicatriz no resulte muy bonita, pero no me importa. Si no quieres mirarme, no lo hagas.
—No es justo, Rafe. No puedes…
Él hizo que se callara tirando de ella hacia sí y besándola con ira y dureza.
Ella lo empujó por los hombros hasta que la soltó.
—¿Qué te pasa?
—Déjalo estar —le ordenó él con frialdad.
—Tú no eres así.
—Lo digo en serio, Gen. Edward está muerto. No hay nada más que decir.
—Claro que lo hay. Sé que lo querías, como él a ti. Estoy segura de que el hecho de que ya no esté te está matando, que…
—Basta —Rafe apartó las sábanas y se levantó—. Buenas noches —dijo. Y se marchó sin más ni más.
Ella lo vio abrir la puerta del otro dormitorio y cerrarla sin hacer ruido.
Su impulso fue seguirlo.
Pero no lo hizo.
Lo había intentado y no había salido bien. Tenía que dejarlo estar, al menos de momento. Volvió a tumbarse en la cama y a arroparse y se puso la mano sobre el vientre.
Las cosas mejorarían.
De algún modo conseguirían volver a ser amigos, ser amantes, ser marido y mujer.
Se negó a reconocer que había cometido un error al casarse con un hombre al que ya no conocía.
Se quedó dormida a las tres de la madrugada. Se despertó a las nueve pasadas sintiéndose exhausta, como si no hubiera dormido. Se levantó, se duchó y se vistió. Y tuvo que contenerse para no mirar en la otra habitación.
Justo antes de salir para bajar a desayunar, llamó a la puerta del otro dormitorio.
Nadie respondió.
Volvió a llamar. Al no recibir respuesta, abrió la puerta. Rafe ya se había ido. La ropa de la cama estaba revuelta, y ella se sintió satisfecha al comprobar que tampoco él había dormido bien.
En el pasillo, Caesar, su guardaespaldas, la esperaba y la acompañó hasta el comedor. Se situó en la puerta del mismo por si ella necesitaba protección. No la necesitaba, pero, después de que su hermano Alex hubiera estado secuestrado durante cuatro años en Afganistán, toda la familia tomaba medidas de seguridad cuando salía de Montedoro.
Su boda con Rafe cambiaría eso. Había pasado a formar parte de su familia, por lo que podría decidir si necesitaba o no un guardaespaldas. Creía que no.
Había un bufé para desayunar. El comedor estaba vacío, la mesa puesta y las bandejas alineadas y esperando.
Genny tenía el estómago revuelto, a causa del embarazo y de la discusión en su noche de bodas, por lo que agarró una tostada y un zumo de manzana y se sentó a la mesa.
Rory entró.
—¿Hay noticias?
—¿Noticias de qué?
Rory se sirvió café y se sentó al lado de su hermana.
—¿No te lo han dicho?
—¿De qué hablas?
—Geoffrey ha desaparecido. Brooke fue a su habitación esta mañana a las ocho a prepararlo para llevárselo a Londres y no estaba. Había dejado una nota en la almohada diciendo que odiaba el colegio, que se escapaba y que no iba a volver.
4
A Genny se le contrajo el estómago.
—¿Que Geoffrey se ha escapado?
Rory asintió.
—Rafe, Eloise, dos jardineros y uno de los mozos de cuadra lo están buscando. Me he ofrecido a ayudarlos, pero Eloise ha rechazado mi ayuda. Me ha dicho que tal vez después, si no lo encuentran en sus sitios preferidos.
—¿Y Brooke? ¿Y papá y mamá?
—Brooke está en su habitación con un ataque de nervios. Papá y mamá, en la terraza esperando a que alguien vuelva trayendo buenas noticias.
—¿Dónde han ido a buscarlo?
—Han hablado del sendero del lago, del embarcadero y de un par de sitios más.
—¿Y del castillo?
Construido en el siglo xiii, el castillo de Hartmore estaba en ruinas. El verano anterior, Geoffrey y ella se habían pasado una tarde explorándolo.
—Creo que no. ¿Adónde vas?
Genny ya se hallaba cerca de la puerta.
—A buscarlo en el castillo.
—Voy contigo.
—No, quédate aquí.
Rory protestó, pero su hermana apenas la oyó mientras corría a su habitación a ponerse unos vaqueros y unas deportivas. Salió de la casa por una puerta lateral y tomó el camino más corto para llegar al castillo. Su guardaespaldas la seguía de cerca.
Se sentía fatal con respecto a Geoffrey. El día anterior se había prometido que le dedicaría un poco de tiempo, pero no lo había hecho. Si lo encontraba en el castillo, se quedaría un rato con él e intentaría hacerle ver que escaparse no solucionaba nada. Esperaba lograr convencerlo de que volviera a la escuela voluntariamente.
A paso ligero se tardaba más de media hora en llegar a las ruinas del castillo pasando por la capilla y el antiguo cementerio, hasta llegar a un sendero lleno de curvas que llevaba directamente hasta el castillo.
Antes de tomar la última curva, Genny se volvió para dirigirse al guardaespaldas.
—Espero que Geoffrey esté en el castillo y quiero hablarle a solas. Manténgase alejado. Lo llamaré si lo necesito.
—Desde luego, señora.
El guardaespaldas abandonó el sendero y se adentró entre los árboles. Ella llegó a las ruinas. El patio y el vestíbulo de piedra eran bonitos, a pesar de los destrozos causados por las inclemencias del tiempo. La torre aún se mantenía en pie.
Genny fue a llamar a Geoffrey, pero lo pensó mejor. Incluso en una mañana soleada como aquella, el lugar producía la impresión de estar embrujado, y no quería asustar al niño.
Seguro que no estaba dentro, ya que se le había repetido que era peligroso porque podían caer piedras. Rodeó las ruinas hasta llegar a la torre.
Enseguida lo vio. Estaba sentado junto a la muralla abrazándose las rodillas. Parecía triste, pero estaba ileso.
Ella experimentó un inmenso alivio.
—Hola, Geoffrey.
Él la fulminó con la mirada.
—Ahora sí tienes tiempo para mí.
Ella se sentó a su lado en la hierba.
—Ayer tuve que hacer muchas cosas y… —Genny se calló porque el niño merecía algo más que un puñado de mentiras.
—Siento no haber estado ayer contigo. A veces incluso los buenos amigos meten la pata.
Él niño apretó los labios y apartó la mirada.
—No voy a volver. Me voy a escapar y no voy a volver nunca.
—No quiero que te vayas. Todos te echaríamos mucho de menos.
—No me echaríais de menos en absoluto. No os importo. Mi padre tiene otros hijos y se ha olvidado de mí. Vive en Estados Unidos y le daría igual no volverme a ver.
Genny quiso preguntarle quién le había dicho eso, pero supuso que había sido Brooke, que solía olvidar que supuestamente era una persona adulta.
—Tu padre te quiere. ¿Te gustaría vivir con él?
—No, quiero vivir aquí, contigo, el tío Rafe y la bisabuela Eloise.
—Ya vives aquí, aunque te marches para ir al colegio.
—Porque nadie quiere que esté aquí.
—Eso no es verdad. Te queremos. Te quiero, Geoffrey, aunque ayer te fallara. Si piensas en todos los ratos que hemos pasado juntos, te darás cuenta de que me importas mucho. Si te escapas, no podré soportarlo.
Él la miró con los ojos entrecerrados, como si tratara de ver lo que había en el interior de su cabeza para saber si decía la verdad. Después, suspirando, se inclinó hacia ella.
Genny lo abrazó y el niño apoyó la cabeza en su hombro.
—Odio el internado. Tengo casi nueve años. La mayor parte de los niños que va a mi colegio no vive allí, y yo tengo que hacerlo en una casa donde todos son mayores y me tratan como a un bebé. ¿Por qué no puedo quedarme en Hartmore contigo, con Rafe y con la bisabuela? ¿Por qué no puedo ir al colegio del pueblo, o a otro que esté cerca, como St Anselm’s, y continuar con mi tutor hasta los trece, como hizo el tío Rafe?
—Porque eres muy listo. Por eso es importante que recibas la mejor educación posible.
—St Anselm’s es uno de los mejores colegios del condado. No es justo. Mi madre solo quiere librarse de mí.
Genny no se lo creyó, a pesar de que Brooke no le caía muy bien. Brooke era egocéntrica y con tendencia a dramatizar, pero quería a su hijo, aunque no sabía cómo tratarlo.
—No, tu madre no quiere librarse de ti. Quiere lo mejor para ti, y el nuevo colegio es lo mejor.
—Lo odio.
—Pues tendrás que aprender a que te guste.
—No podré.
—Claro que podrás. Además este trimestre está a punto de acabar.
—No, todavía falta un mes.
—Aunque te parezca una eternidad, acabará y estarás en casa, con nosotros, todo julio y agosto. Me muero de ganas.
—Y los niños son horribles. No tengo ningún amigo.
—Ya encontrarás el modo de tenerlos.
—Hacer amigos requiere un esfuerzo —dijo una voz profunda desde arriba—. Pero los harás.
—¡Tío Rafe!
Geoffrey se levantó de un salto, tan contento de ver a Rafe que se olvidó de lo enfadado que estaba.
Rafe se bajó del caballo en el que había llegado hasta allí. Su mirada se cruzó con la de Genny, pero ambos apartaron la vista. Geoffrey miraba a su tío con una mezcla de adoración y sentimiento de culpa. Este le tendió los brazos.
El niño dio un grito y se lanzó hacia ellos. Rafe lo levantó, lo abrazó y lo dejó de nuevo en el suelo. Ambos se sentaron, Geoffrey a la izquierda de Genny y Rafe junto al niño.
Rafe sacó el teléfono móvil y llamó a la casa.
—Hola, Frances.
Frances Tuttington era el ama de llaves y cuidaba de la familia.
—Dile a mi hermana que lo hemos encontrado. Ha sido Gen, sí. Geoffrey está bien. Estamos en el castillo… Sí. Volveremos enseguida —dicho lo cual, guardó el teléfono.
Geoffrey volvía a estar enfurruñado.
—Lo digo en serio: no quiero volver.
—Ya lo vemos —le respondió Rafe con suavidad—. Pero ¿lo harás por Gen, por mí? Por ti, sobre todo.
Geoffrey apartó la vista.
Rafe prosiguió.
—Yo también odié la escuela la primera vez que me mandaron interno.
—Pero eras mayor.
—Sí, pero la odié hasta que me di cuenta de que allí aprendía cosas que no podía aprender en Hartmore.
—Me gusta la clase de Ciencias —reconoció el niño de mala gana—. El críquet no me hace mucha gracia, pero el aikido es interesante.
—En la escuela del pueblo no podrías estudiar aikido.
—¿Hiciste amigos en el internado?
—Al principio no. Estaba seguro de que me odiaban y me propuse odiarlos yo también.
—Sí, eso es —masculló Geoffrey.
—Pero descubrí que algunos echaban de menos su hogar tanto como yo, que éramos muy parecidos, o al menos más de lo que había creído en un principio. Durante el segundo trimestre ya me llevaba bien con algunos e incluso dos de ellos siguen siendo mis amigos.
Genny los observaba. Rafe no apresuraba las cosas, no tenía prisa por volver a la casa. Al comprobar lo bien que trataba a Geoffrey y que decía lo adecuado para tranquilizar a un niño de ocho años que tenía miedo y se sentía solo, recordó todo lo que admiraba de él.
Y estuvo segura de que superarían la distancia que había entre ellos y forjarían una unión basada en el amor y el respeto.
—Vale —dijo Geoffrey por fin—. Supongo que todos me estarán esperando y que mamá estará llorando. Vamos a volver.
—Muy bien —dijo Rafe.
Se levantaron y se sacudieron la ropa.
Volvieron andando los tres juntos. Rafe llevaba al caballo de la brida. Y Caesar cerraba la comitiva. Al llegar a la casa, un mozo se hizo cargo del caballo.
Brooke los esperaba en el vestíbulo de la entrada este, todavía en bata, sollozando y tapándose con las manos la cara, que le cubría el largo cabello. Al oír sus pasos, alzó la cabeza y se apartó el cabello del rostro.
—¡Por Dios, Geoffrey! ¡Me has dado un susto de muerte! —se levantó de un salto y corrió hacia él. Se arrodilló y lo abrazó al tiempo que decía sollozando—: ¿Cómo has podido hacerme esto?
Genny y Rafe se miraron. Ella sabía que él quería intervenir tanto como ella para calmar a Brooke, pero que hacerlo empeoraría las cosas.
Así que no dijeron nada mientras Brooke gritaba:
—¡Eres un ser horrible y cruel!
—Lo siento, mamá.
Era evidente que se sentía muy desgraciado.
—¿Que lo sientes? —lo agarró por los hombros y lo miró furiosa—. No vuelvas a…
—Brooke —la interrumpió Rafe—. Ha vuelto y sabe que ha obrado mal. ¿Puedes bajar un poco el tono?
Brooke soltó al niño y se levantó. Lanzó a su hermano una mirada venenosa que pareció rebotar en su hombro y aterrizar directamente sobre Genny, a la que espetó:
—Rory nos ha dicho que te fuiste al castillo sin decir nada a nadie.
—Lo acabas de decir, Brooke: se lo dije a Rory.
—Pero tenías que habérmelo dicho a mí, que soy su madre y, por tanto, la que tiene derecho a saber cualquier novedad en una situación como esta. Pero no me lo dijiste, sino que te fuiste corriendo a salvarlo para que el mérito fuera solo tuyo.
—Brooke… —le advirtió Rafe.
Genny le tocó el brazo para que se callara.
—Te pido disculpas por no habértelo dicho —dijo con suavidad para aplacar a Brooke.
Pero solo consiguió aumentar su indignación.
—Por favor, sé perfectamente que no lo sientes en absoluto.
En ese momento llegaron Eloise y el ama de llaves.
—Te conozco, Genevra —prosiguió Brooke—. Tú, tan dulce y sincera, tan amable con todos.
Geoffrey le dio un tirón de la bata.
—Mamá, no…
Su madre no le prestó atención y siguió hablando mientras los demás la observaban incapaces de decir nada, como los testigos de un horrible accidente.
—Todos te adoran, ¿verdad? Eres un encanto, pero siempre consigues ser el centro de atención.
—¡Basta! —gritó Rafe.
Geoffrey cerró los puños y gritó:
—¡Ya vale, mamá! ¡Deja en paz a tía Genny! —y se marchó corriendo al piso de arriba.
Brooke lanzó un grito.
—¡Geoffrey, cariño! —y fue detrás de él.
Los demás se quedaron en el vestíbulo mirándose. Genny se sentía fatal, como si fuera la causante de la rabieta de Brooke. Y estaba muy preocupada por Geoffrey.
Rafe la atrajo hacia sí y ella lo dejó hacer de buen grado. En ese momento se olvidó de los problemas que habían tenido la noche anterior. Rafe era tan grande, tan cálido y tan fuerte que su simple contacto hacía que se sintiera mejor.
Eloise negó con la cabeza.
—¡Qué drama! Y eso que ni siquiera es mediodía. ¿Estás bien, mi niña? —le preguntó a Genny.
Genny apretó los labios y asintió.
Entonces aparecieron Rory y sus padres. Parecían desconcertados. Era indudable que habían oído los gritos.
—Frances —dijo Eloise al ama de llaves—, ocúpate de que todos tomen algo. Voy a subir a ver si la tempestad ha pasado.
Genny y Rafe desayunaron; el resto tomó café mientras charlaban de temas cotidianos.
Eloise se reunió con ellos y dijo que Brooke llevaría a Geoffrey en coche a Londres.
—¿Y si vamos después al lago? Podemos hacer un pícnic.
Todos estuvieron de acuerdo en que hacía un día estupendo para ir al lago.
—Haré más fotos —dijo Rory.
Geoffrey y Brooke se presentaron unos minutos más tarde. Brooke se había vestido y maquillado. Geoffrey llevaba el uniforme escolar.
—Comed algo antes de marcharos —dijo Eloise.
Así que ambos llenaron los platos en el bufé y se unieron al resto. Todos hicieron lo posible por aparentar que no había sucedido nada.
Brooke apenas probó bocado. Cuando acabó dijo a Genny:
—¿Puedo hablar contigo?
Rafe fue a decir algo, pero Genny se le adelantó.
—Desde luego —afirmó levantándose.
Ambas salieron al jardín. Se sentaron en un banco, junto a una fuente, cada una en un extremo.
Se produjo un silencio largo y tenso.
—Lo siento —dijo Brooke, por fin—. Soy una arpía. Me he puesto y he puesto en evidencia a mi familia ante la princesa Adrienne y tu padre. No sé lo que me ha pasado.
Genny quería hacer las paces, pero estaba enfadada por Geoffrey, por todo lo que su madre le hacía sufrir. Recordó luego que Geoffrey estaba bien, que Brooke lo quería, aunque no sabía cómo hacerlo.
Sabía que se sentía excluida en su familia. Edward había sido el favorito del conde; su madre adoraba a Rafe; y ella nunca había sido la preferida de ninguno de los dos.
Y después había aparecido Genny. Desde los cinco años había sido la princesa de Hartmore. El conde la mimaba, la madre de Brooke la llenaba de afecto y Eloise la recibía con los brazos abiertos. Brooke siguió sin ser especial para nadie, pero, a partir de entonces, culpó de ello a Genny.
Además, estaba Geoffrey. Lo sensato hubiera sido que Genny no le hubiera prestado mucha atención ni lo hubiera querido tanto. Pero ¿cómo no hacerlo? Era dulce, listo y gracioso. La había conquistado desde que lo conoció, cuando tenía tres años, el verano en que Brooke se divorció y llevó a su hijo a Hartmore.
—¿No tienes nada que decir? —murmuró Brooke.
—Acepto tus disculpas.
Brooke la miró desafiante.
—No me lo creo.
—¿Qué quieres de mí, Brooke? —preguntó Genny reprimiendo las ganas de gritar.
—No sé. ¿Todo lo que me has arrebatado?
Genny sintió náuseas. Al bebé no le sentaba bien tanta tensión. Se puso de pie.
—Sé que estás resentida conmigo y hasta entiendo por qué. Pero, en realidad, yo no he ocupado tu sitio, y lo sabes. Que te sientas en cierta manera excluida es problema tuyo, y lo seguiría siendo estuviera yo aquí o no.
Brooke suspiró. Y, por una vez, no lo hizo de forma dramática.
—He prometido a mi abuela que haría las paces contigo, y también a Geoffrey. Debemos aprender a llevarnos bien.
Genny se llevó la mano al vientre y tomó aire.
—Muy bien. Hagamos una tregua y un esfuerzo por llevarnos bien.
Brooke la miró con los ojos entrecerrados.
—Estás embarazada, ¿verdad?
A Genny le hubiera gustado negarlo, no darle la satisfacción de saber por qué se había casado Rafe con ella, pero se enteraría de todos modos.
—Sí.
—Todo cobra sentido.
Genny no mordió el anzuelo.
—Rafe y yo estamos encantados. Y también Eloise.
Brooke esbozó una sonrisa malvada.
—Enhorabuena.
—Gracias.
—¿Sabías que Eloise me ha pedido que me vaya una semana? Voy a casa de Fiona, en Londres. En parte es un castigo por mi conducta de esta mañana. Pero sobre todo es por ti, desde luego, para darte tiempo de que te asientes como condesa de Hartmore sin tener que vértelas conmigo.
—¿Quieres que le pida a Eloise que deje que te quedes? ¿Es eso?
—Ni en sueños.
—No te voy a rogar que te quedes, Brooke —sería un alivio perderla de vista.
—Muy bien —Brooke se encogió de hombros—. Marcharme de aquí durante un tiempo para estar con alguien que me quiere es lo que necesito.
—¿Por qué tiene que ser culpa mía que no te sientas querida en Hartmore?
—¿He dicho yo eso?
—No ha sido necesario. ¿Querías decirme algo más?
—Nada más.
—Entonces, volvamos dentro.
Brooke se levantó y ambas se dirigieron a la casa.
El resto del día pasó sin más incidentes. Geoffrey y Brooke se fueron a Londres.
Por la tarde, fueron paseando hasta el lago. Rory hizo más fotografías y merendaron allí, en el mismo lago. Y esa noche cenaron divinamente en honor de los novios y de los padres de la novia.
Después de cenar, el padre de Genny y Rafe fueron al despacho de este. Eloise afirmó que estaba agotada y se fue a acostar. Genny, su madre y su hermana salieron a la terraza y se sentaron bajo el cielo estrellado.
A las once y cuarto, Rafe y el padre de Genny volvieron del despacho. Genny miró a su marido a los ojos y se preguntó si volvería a dormir sola esa noche.
Su madre y su hermana se levantaron y todos se dieron las buenas noches.
Rafe y Genny se quedaron solos. Él le tendió la mano y ella se levantó y fue hacia él.
—¿Qué ha pasado esta mañana cuando has salido con Brooke? —preguntó Rafe.
Habían ido al cuarto de baño uno después del otro y, en aquel momento, se hallaban sentados en la cama, apoyados en un montón de almohadas. Él llevaba los boxers y ella se había puesto un corto camisón de verano, que le dejaba mucho menos al descubierto que el de la noche anterior y se ataba con lazos rosas en los hombros.
Las lamparillas de ambas mesillas iluminaban el ancho pecho de Rafe. Y cada vez que ella lo miraba, sentía un vacío en el estomago provocado por el deseo.
—¿Qué ha pasado? —repitió él enarcando una ceja.
Ella salió del trance en que se hallaba sumida por el deseo y le contestó.
—Hemos declarado una tregua y hemos decidido intentar llevarnos mejor. Le he contado lo de mi embarazo; mejor dicho, lo ha adivinado ella.
—¿Has tenido ganas de estrangularla?
—No pocas.
Él emitió un sonido de enfado o de disgusto.
—Es increíble que Geoffrey no sea el mismo demonio teniendo en cuenta cómo lo trata.
—Pues no lo es ni tiene visos de serlo.
—Esta mañana se ha escapado, Gen.
—Sí, pero casi todos los niños lo hacen alguna vez.
—¿Tú lo hiciste?
—No, pero lo pensé. Todos los miembros de mi familia eran mucho más interesantes y atrevidos que yo.
—¿Te planteaste escaparte para ser más interesante? —preguntó él con ojos risueños.
—Sí. Tú te pasaste los primeros trece años de vida viviendo en libertad en Hartmore. No necesitabas escaparte. Y con respecto a Geoffrey…
—¿Sí?
—Os tiene a Eloise y a ti. Y aunque Brooke sea un desastre, lo quiere, y creo que él lo sabe.
—Y te tiene a ti.
—Sí, claro. ¿Y qué ha pasado esta noche con mi padre en tu despacho?
—Nos hemos fumado un puro y bebido un brandy y me ha dado algunos consejos.
—¿Ha sido terrible?
—En absoluto. Tu padre me cae bien. Es sabio y bondadoso.
—¿Qué consejos te ha dado?
—Lo siento —dijo él acariciándole la barbilla—. No puedo decírtelo —su dedo índice le recorrió la mandíbula y se le introdujo en el cabello—. Siempre hueles a rosas y a vainilla.
A ella le dolía el pecho de deseo.
—Es el perfume que uso —susurró.
—No, hueles así desde que eras una niña. ¿Sabes que cada vez que huelo a rosas me acuerdo de ti?
Ella lo miró a los ojos.
—Qué bonito.
Él le acarició la oreja con el dedo y le enrolló un mechón de cabello en ella. Genny dejó de respirar. Estaba absolutamente inmóvil, esperando.
Si no hacía nada que lo hiciera marcharse, ¿le haría el amor esa noche?, ¿la besaría, abrazaría y acariciaría toda entera?
Él le puso la mano en el hombro y tocó el lazo rosa del camisón con el pulgar. E inclinándose hacia ella le rozó la mejilla con la suya. Ella lo oyó aspirar por la nariz.
—También hueles a almizcle y a nata. Esa es la Gen adulta, la mujer. Mi mujer.
—Rafe…
Ella deseaba todo de él. Sentir su cuerpo desnudo apretándola; sentirlo dentro de ella moviéndose y haciendo que el mundo desapareciera después de que todas las barreras hubieran caído.
Esas barreras la asustaban. Y la primera era lo que Rafe no quería decirle sobre la noche del accidente con Edward.
Pero se había casado con ella y la había llevado a Hartmore, al lugar en que siempre deseaba haber estado, a vivir con Eloise y con él, y con Geoffrey cuando volviera a casa. Y con el bebé.
Su hijo crecería allí. Rafe le había dado todo lo que deseaba.
Esperaría hasta que él estuviera dispuesto a decirle lo que le ocultaba, hasta que estuviera dispuesto a perdonarse por lo que hubiera sucedido la noche en que Edward había muerto.
Él la besó en la oreja.
—La primera vez que te besé, pero de verdad, en la villa…
Fue en el vestíbulo. Ella había aporreado la puerta hasta que él la abrió. Y le rogó que lo dejara en paz, que se fuera y no volviera. Ella comenzó a gritarle por negarse a verla cuando él más la necesitaba. Llevaba cuatro meses evitándola. Cuando ella había ido a Hartmore para el funeral, él seguía en el hospital recuperándose de las heridas. Estaba consciente y recibía visitas. Pero cuando ella fue a visitarlo, se negó a verla.
Genny le envió correos electrónicos, mensajes e incluso cartas, sin obtener respuesta. Lo llamó por teléfono, pero él no le devolvió las llamadas.
Al final, cuando él había ido a Montedoro para ocuparse de las obras de la villa, ella lo acorraló allí. Se le partió el corazón al volver a verlo: la roja cicatriz, la luz mortecina de los ojos, la ligera cojera… Y cuando él le dijo que se fuera, ella perdió los estribos.
Comenzó a gritar y le dijo que no se iría hasta que hablara con ella y le contara lo que le pasaba, qué le había hecho ella para que la tratara así. ¿Cómo podía portarse así cuando habían perdido a Edward, cuando ella lo necesitaba y él la necesitaba?
—Recuerdo que repetías mi nombre sin parar intentado interrumpirme y que me fuera.
—Pero no te fuiste.
—Y acabaste agarrándome y besándome. Eso me hizo callar, desde luego.
—Tu sabor… —su voz baja y ronca despertaba en ella oleadas de excitación—. Te besé y no quise parar.
—Pero paraste. Y nos quedamos allí los dos, jadeantes, fulminándonos con la mirada…
—Hasta que no pude seguir soportándolo y volví a besarte.
—Y esa vez no paraste. Me tomaste en brazos y me llevaste al dormitorio más próximo.
—Cojeando.
—Estaba muy contenta, aunque me preocupaba que te hicieras daño en la pierna —sonrió—. Encontramos una caja de preservativos en el cajón de la mesilla de noche, ¿te acuerdas?
—¿Cómo iba a olvidarme?
—Me alegré porque sabía que, si teníamos que salir a comprarlos, tendrías tiempo de recapacitar y no acabaríamos lo que habíamos empezado.
—Pero acabamos.
—Fue maravilloso —dijo ella acariciándole la mejilla intacta.
—¿No lo lamentas?
—No. ¿Y tú?
«Por favor, dime que no lo lamentas», pensó.
Pero él no lo hizo.
—Me aproveché de ti.
—No lo hiciste. Ya no soy una niña. Hice lo que quería hacer. Te deseaba… y te tomé.
—¿En serio?
—Sí. Y no lamento haberlo hecho, aunque reconozco que hubiéramos debido comprobar la fecha de caducidad de la caja de preservativos.
Él apoyó su frente en la de ella y la agarró por los hombros. Tomó los extremos de los lazos del camisón.
Y tiró.
5
Los lazos se deshicieron.
Muy despacio, comenzó a bajarle el camisón.
—Rafe…
—¿Tienes algo que objetar?
Ella miró hacia abajo. El comienzo de sus senos asomaba por debajo del camisón.
—¿Quieres que pare?
—No.
—¿Estás segura?
—No me tortures, no seas cruel.
El camisón apenas le cubría los pezones.
—¿Qué sabrás tú de crueldad?
Ella inspiró con fuerza. Todo su cuerpo deseaba sus besos, sus caricias, unirse a él.
—No pares. Si lo haces, me pongo a gritar como hice en la villa. Mi padre vendrá corriendo, y supongo que no querrás tener problemas con él. Parece agradable, pero nació y se crio en el oeste americano. Puede ser peligroso si lo provocas.
—Me muero de miedo. Pídemelo por favor.
Ella apretó los muslos bajo las sábanas para aliviar el deseo que sentía. Pero se excitó aún más.
—Por favor.
Pero él se quedó inmóvil, sosteniendo los lazos en las manos.
—En serio, Gen. Creo que estás tan caliente que vas a quemarme.
—Por favor.
—Que me reducirás a cenizas.
—Bájame el camisón, Rafe. Hazlo.
—La dulce Genevra. ¿Quién lo hubiera dicho?
Ella se dio por vencida y no le rogó ni le ordenó más, sino que lo miró a los ojos.
Por fin, muy despacio, el siguió bajándole el camisón hasta que ella sintió el aire frío de la habitación rozándole los senos desnudos y los pezones endurecidos a causa de la excitación.
Él lanzó un juramento en voz baja y apartó las mantas y las sábanas.
—Siéntate sin recostarte en las almohadas.
Ella obedeció, con la respiración agitada y el corazón desbocado.
Él agarró el dobladillo de la prenda y se lo subió. Ella lanzó un gemido de agonía y placer.
—Levántate.
Ella lo hizo y él le subió el camisón hasta la cintura. Estaba desnuda por encima y por debajo, ya que no se ponía braguitas para dormir.
—Qué hermosura —susurró él. Se inclinó y la besó en los rizos dorados entre sus muslos.
Qué sensación tan agradable sentir sus labios tan cerca del lugar donde ardía por él. Ella le puso la mano en la cabeza.
Pero él la levantó.
—Alza los brazos.
—Rafe…
—Hazlo. Levántalos bien arriba. Así. No te muevas.
Ella soltó una palabrota, pero no se movió.
Él inclinó la cabeza hacia un lado estudiándola detenidamente con el camisón en la cintura y los brazos en alto. Después se pasó la lengua por los labios y repitió:
—Qué hermosura.
—Te voy a matar —afirmó ella en voz baja.
—Harás conmigo lo que quieras, no me cabe duda alguna al respecto. Sigue con los brazos en alto y no te muevas.
Ella lo hizo mientras le miraba el estómago, los enormes muslos y la profunda cicatriz que le surcaba la pierna derecha, desde la mitad de la pantorrilla hasta la rodilla.
Y la parte delantera de los boxers, que estaba tensa y empinada.
La invadió un dulce recuerdo, lleno de significados que en el pasado no había comprendido.
¿Cuántos años debía de tener?, ¿catorce? Entonces él tendría veintidós, una época en que a ella no se le hubiera ocurrido que llegaría a pasarse cuatro días desnuda con él en Villa Santorno.
Sí, ese verano tenía catorce años. Había ido a Hartmore a pasar tres semanas. Entonces, la familia no tenía guardaespaldas. Habían ido su tía Genevra y ella. La tía estaba cansada y se retiró a su habitación.
Edward estaba allí y la saludó con un beso en la mejilla. Le sonrió y flirteó con ella. Ella se sintió mayor y femenina, y le encantó. En presencia de Edward, siempre se sentía inteligente, encantadora y divertida.
Llegaron unos amigos de Edward a buscarlo y él se montó en el coche con ellos y se marchó. Ella estaba deseando ver a Rafe para contarle… ¿qué? Lo había olvidado, algo que en su momento le pareció muy importante.
Lo encontró en el embarcadero del lago con una bonita mujer de pelo oscuro, más o menos de su edad. Al verlos, se ocultó tras unos arbustos. Estaban sentados con los pies en el agua. Hablaban en voz baja y ella se reía. Entonces, él se inclinó y la besó.
Genny se tapó la boca para no gritar y sintió una furia que no era capaz de explicar.
No tenía ni idea de lo que sucedió después entre ambos, porque se dijo que tenía que salir de allí sin ser vista. Volvió corriendo a la casa mientras se decía que era idiota por espiar a Rafe y alterarse tanto por lo que había visto. Pensó que lo mejor era olvidarse de la mujer a la que había visto con él y del beso en el embarcadero.
Rafe estaba solo cuando, más tarde, lo vio en la cena. A la mujer no volvió a verla. Y aunque en aquella época le contaba a Rafe todo lo que sucedía o lo que se le ocurría, nunca le dijo que lo había visto besar a aquella mujer.
Rafe la observaba atentamente, como hacía siempre.
—Gen, cariño, ¿dónde estás?
Genny pensó en revelarle el antiguo secreto en aquel momento. Pero ¿y si se le quitaban las ganas de seguir con lo que estaban haciendo?
—Estoy aquí, con un trozo de tela alrededor de la cintura y deseándote. Y se me están empezando a cansar los brazos.
—¿Has dicho que me deseas?
—Si me dejas que baje los brazos, te demostraré cuánto.
—En seguida.
—Te voy a matar, en serio.
Él se inclinó y ella aspiró su olor mientras él le rozaba el hombro con la mejilla y le susurraba algo al oído que ella no entendió.
Pero no le importó. Lo único que le importaba era la caricia de su aliento y el roce de su pelo negro en la piel.
Y entonces…
Le pasó la lengua por un pezón y después sopló, lo que a Genny le produjo un escalofrío que la recorrió de arriba abajo. Y lanzó un gemido.
Él tomó el pezón con la boca.
Fue demasiado.
Ella bajó los brazos y le agarró la cabeza mientras él le hacía cosas maravillosas en aquel seno y luego en el otro.
Después se separó de ella, que gimió y trató de agarrarlo.
—Espera —dijo él.
Ella se quedó quieta mientras él le quitaba el camisón por la cabeza. Ella fue a hacer lo mismo con los boxers, pero él se le adelantó y los lanzó a una silla.
Ella le tendió los brazos lazando un leve grito.
Y él no la rechazó, sino que, abrazándola, la tumbó en la cama envolviéndola en su deseo. El tamaño de su cuerpo la excitaba, ya que era como ser tragada por la encarnación de la masculinidad.
Él la acarició y ella alzó el cuerpo hacia él ofreciéndole todo, deseando que lo tomara, que la tomara inmediatamente.
Pero, por supuesto, él se demoró.
La lamió y la mordió mientras ella emitía sonidos a modo de ruego.
Pero él no se apresuró. Le acarició todo el cuerpo con las manos y la boca.
Ella se sumergió en una mar de sensaciones. Él estuvo durante un buen rato con la cabeza entre sus muslos abiertos besándola sin cesar, sirviéndose de la lengua y de la boca para volverla loca.
Totalmente loca.
Ella se agarró a las sábanas y se elevó aún más, para apretarse más contra su boca hasta que explotó y oleadas de placer se extendieron por todos sus nervios.
Y él siguió besándola.
Cuando ella alcanzó el clímax gritando su nombre, él siguió utilizando la lengua, los labios y los dientes para hacer que lo alcanzara de nuevo.
Después de una tercera vez, cuando ella estaba lánguida y somnolienta y apenas se podía mover, él se colocó sobre ella sosteniéndose sobre los antebrazos para no aplastarla.
Ella sintió su masculinidad, dura y potente y gimió, excitada de nuevo y olvidándose de la languidez anterior.
Lo abrazó por la cintura y descendió hasta sus nalgas agarrándoselas, deleitándose en la fuerza de sus músculos, del sudor entre sus cuerpos, de la presión que él ejercía donde ella más deseaba.
—Rafe…
—Shhh…
—Por favor… —ella elevó las caderas y le rodeó la cintura con las piernas tratando de atraerlo.
Funcionó hasta cierto punto, ya que el extremo de su masculinidad se introdujo en ella, que estaba húmeda y abierta. Su cuerpo lo reclamaba.
Abrió los ojos y lo miró.
—Voy a matarte…
Él esbozó una sonrisa.
—Ya lo has hecho.
Y, de pronto, ella no solo deseó desesperadamente tenerlo en su interior, sino que también experimentó unas enormes ganas de llorar.
—Creí que no volveríamos a estar así.
—Shhh…
Él la penetró más profundamente.
Genny empezó a llorar.
—No contestabas a mis llamadas. Intenté hablar contigo por todos los medios. Si no fuera por el niño…
—No lo entendí. Creí que lo mejor para ti era que no volviéramos a vernos.
—Mentiroso.
—Te lo juro, Gen —la besó en las mejillas y en las sienes para secarle las lágrimas. Y después en la boca con suavidad y dulzura al principio, hasta que sus lenguas se entrelazaron.
—Ahora —susurró ella—. Por favor.
Y, por fin, él hizo lo que ella anhelaba, introduciéndose lentamente y por completo en su interior.
Ella lo miró a los ojos cuando comenzaron a moverse al unísono. Él no apartó la mirada mientras oleadas de placer los recorrían.
Duró mucho. Y ella gozó de cada embestida, de cada suspiro, de cada gemido.
Le dieron igual las preguntas, los secretos, el dolor por la terrible pérdida e incluso las mentiras.
Tenían aquello, y era maravilloso.
Juntos, allí al menos, fueron libres.
6
—Me preguntaba… —Rafe la apretó contra sí. Habían apagado la luz.
Ella flotaba en un mar de satisfacción.
—¿Quieres que vayamos de luna de miel?
Ella apretó los labios contra su hombro.
—Tal vez, en algún momento…
—Eso no es muy concreto —apuntó él mientras le acariciaba el cabello.
—Sinceramente, ahora de momento preferiría quedarme aquí, en Hartmore, para instalarme, cuidar el jardín con Eloise, estar con mi esposo…
—Muy bien, pero, recuerda, si te cansas de eso…
—No me cansaré.
—De acuerdo, pero, si te cansas, dímelo y nos iremos de viaje.
Ella le acarició la mejilla intacta.
—He estado pensando en el tejado del ala oeste.
—Qué romántico.
—Escucha.
—¿Tengo otro remedio?
—No. Recuerdo que hace un par de años me dijiste que habías animado a Edward a que encargara un examen de la estructura del ala oeste.
—Así es.
—El año pasado me contaste que dicho examen confirmó lo que esperábamos, que el tejado estaba muy dañado.
—En efecto.
—Pues creo que deberíamos cambiar el tejado. Estoy dispuesta a pagarlo de mi herencia.
—¿El tejado sería tu regalo de bodas a Hartmore? —pregunto él riendo.
—Es un modo de verlo, sí.
—Eres muy generosa, pero no será necesario.
—Pero, Rafe, si hay que repararlo…
—Hay que hacerlo, sí, y las reparaciones comenzarán en noviembre, cuando se cierra la casa al público durante el invierno. Se calcula que las obras durarán todo el invierno. El examen estructural reveló que hay que cambiar todo el tejado de la casa, y eso es lo que haremos, además de reparar la estructura y el interior del ala oeste.
—¿Ya has encargado la reparación de todo el tejado?
—Sí.
—Rafe, me has dejado…
—¿Muda? —preguntó él en tono burlón—. Pues será la primera vez —ella le mordió el hombro por decir eso—. ¡Ay!
Genny le besó el lugar en el que lo había mordido.
—Sé perfectamente cuándo debo permanecer callada.
—Claro que sí —afirmó él, poco convencido.
Muy pocas de las mejores mansiones campestres eran de propiedad privada, debido a los elevados costes de mantenimiento. La mayoría pertenecían al Patrimonio Nacional. Y en Inglaterra había reglas estrictas para los edificios históricos. Hartmore House era un edificio de máximo interés arquitectónico e histórico, lo que implicaba que el nuevo tejado tendría que adecuarse lo más posible al estilo y los materiales del original, al igual que la restauración interior. Todo ello suponía un gasto considerable.
—De todos modos, déjame contribuir económicamente. Los daños son muy amplios.
—Lo son, pero podemos hacernos cargo.
—Habrá que restaurar todas las habitaciones dañadas por el agua. Y también deberíamos hacer algo con el castillo antes de que se acabe cayendo del todo.
—Cada cosa a su tiempo. Pero, desde luego, podrás gastarte el dinero como quieras.
—Y quiero participar en la toma de decisiones.
—Por supuesto —afirmó él acariciándole el cabello.
—Es extraño. Sabía que las cosas te habían ido bien. Y te prometo que presté atención durante las reuniones que tuvimos con los abogados la semana pasada… —Genny intentó hallar el modo de acabar la frase.
Sin embargo, no tuvo que hacerlo, porque él la entendió.
—Siempre te has considerado la salvadora de Hartmore, ¿verdad?
—Eso es. Llegaría montada en un caballo blanco con un talonario en la mano.
—Eso era cuando ibas a casarte con Edward —dijo él en tono neutro.
—Ni siquiera me lo pidió.
—Lo habría hecho.
La conversación se estaba adentrando en terreno prohibido, pero ella insistió.
—¿Cómo lo sabes?
—Gen, por favor, lo sabíamos todos, al igual que sabíamos que no perderías un segundo en aceptar la proposición.
«Porque quería ser dueña de Hartmore», pensó ella, sin valor para afirmarlo en voz alta. No era de extrañar que Brooke la odiase.
Genny era princesa de nacimiento, una heredera con dinero para dar y tomar. Lo tenía todo, pero deseaba más: ser condesa de Hartmore y miembro de la familia DeValery, y en su fuero interno sabía que se hubiera casado con Edward para conseguirlo.
Pero hasta hacía poco tiempo se había mentido a sí misma pensando que amaba a Edward, que era el hombre de su vida y que estaba esperando a que él se diera cuenta para que obrara en consecuencia.
Pero las mentiras ya no servían. Habían dejado de hacerlo dos meses antes, desde que Rafe la había besado en el vestíbulo de Villa Santorno.
—Duérmete —susurró él.
Dormirse: era una buena idea, mucho mejor que tratar de hablar de cosas difíciles.
Mucho mejor que afrontar la dolorosa verdad.
Al día siguiente, después de desayunar, se fueron los padres de Genny y Rory.
Genny pasó la mitad del día en el ala oeste de la mansión intentando hacerse una idea de las obras que habría que realizar.
Más tarde, Rafe la llevó a su despacho y le enseñó los planos del tejado nuevo.
En primer lugar, había que poner andamios y construir un tejado temporal sobre el existente para que las reparaciones pudieran llevarse a cabo con independencia de las condiciones meteorológicas.
—Qué emocionante —exclamó ella.
Estaban inclinados sobre el escritorio. Él le pasó el brazo por la cintura y la atrajo hacia sí. Una oleada de deseo recorrió a Genny de arriba abajo cuando él le besó el cabello.
—Solo a ti te parece emocionante reparar un tejado
Ella pensó en lo que habían hecho la noche anterior y en lo que harían esa noche y las siguientes. Qué a gusto se sentía cuando él apretaba su gran cuerpo contra ella. Después volvió a centrarse en lo que estaban hablando.
—Hartmore obtendrá lo que necesita, y eso es lo que me emociona. Voy a revisar todo el mobiliario que se ha sacado y almacenado y quiero que contratemos a los mejores para restaurar las habitaciones. Tiene que hacerse todo como es debido.
—Te brillan los ojos —dijo él acariciándole la cara.
Ella se sentía muy feliz, pero, de pronto, su alegría desapareció y tuvo ganas de llorar.
—Deja de pensar en lo que estás pensando —dijo él apoyando la barbilla en su cabeza.
Genny aspiró el maravilloso olor de su piel.
—Son las hormonas —mintió ella.
—Calla.
—Últimamente me mandas callar mucho —afirmó ella mirándolo a la cara.
—Porque lo necesitas —dijo él besándole la punta de la nariz.
—No lo entiendes, Rafe. Mis hermanas son brillantes y tienen un gran talento que despliegan en su trabajo. ¿Y yo? No tengo profesión ni trabajo, salvo esto que estamos haciendo ahora: ser parte de tu familia.
—Ahora es la tuya.
—He estudiado un poco de todo: Literatura inglesa, Botánica, Diseño paisajístico, Diseño de interiores, Arquitectura… Todo para Hartmore, para poder hacerme cargo de la casa cuando llegara el momento.
—Ya lo sé, Gen.
—Es lo que siempre he deseado, cuidarla y darle un heredero.
—Pues mira con qué rapidez lo has logrado.
—No tiene gracia, Rafe.
—No te enfades. Veo que tendré que distraerte —le levantó la barbilla y la besó en la boca.
Funcionó, ya que durante unos segundos ella no pensó en nada más que en el placer de que la abrazara y en la pasión de sus besos. Cuando por fin Rafe se separó de ella, le dijo:
—Muy bien, naciste para esto y ahora vas a llevar la vida a la que estabas destinada. ¿Qué hay de malo en ello?
—Nada —respondió ella riéndose—. Visto así…
—¿Hay otra forma de verlo? Es la verdad.
—Sí, pero no toda.
La expresión del rostro de él se oscureció.
—No busques problemas, Gen.
Él tenía razón.
—Me encanta que me beses.
Había tenido dos amantes antes de Rafe, hombres agradables a los que recordaba con cariño, pero que no se podían comparar con él.
—Cuando me besas… Bueno, antes de que lo hicieras por primera vez no sabía lo que era un beso ni lo que el sexo podía lograr: vaciarme y llenarme a la vez, llevarme a un lugar donde nada importa salvo que me beses y me acaricies y me hagas esas cosas que tan bien sabes hacer —lo miró levemente avergonzada por lo que le acababa de decir.
Pero él no parecía sentirse incómodo.
—Si sigues diciéndome esas cosas, vamos a tener que probar sobre el escritorio.
—¿Y no te parece una excelente idea? —preguntó ella sin aliento.
Él se dirigió a la puerta.
—¡Espera! ¿Adónde vas?
Rafe cerró la puerta con llave y volvió a su lado.
—Pues será sobre el escritorio.
Cerró el programa del ordenador portátil y dejó el aparato en una silla. Después apartó con su fuerte brazo todo lo que había en el escritorio, bolígrafos, plumas, un pisapapeles y unos libros, que salieron volando.
—¡Vaya! —susurró ella con los ojos como platos.
Él la agarró y la atrajo hacia sí.
—No se deben decir esas cosas a menos que se busque entrar en acción.
Ella se pasó la lengua por los labios.
—Pues creo que sí, que quiero entrar en acción.
Él sonrió y la besó en los labios.
No habían pasado ni dos minutos cuando ella ya estaba desnuda sobre el escritorio. Él la había desnudado en un tiempo récord. Él no se había desnudado, y no lo hizo.
Se bajó la cremallera de los pantalones y colocó a Genny en el borde del escritorio. Ella lo miró a los ojos.
Y todo desapareció salvo la maravilla de sus caricias y su forma de penetrarla de una sola larga, lenta y profunda embestida. Ella alzó las piernas para enlazarlas al cuerpo masculino y dejó que la llevara al lugar donde solo estaban ellos dos y el placer que los unía.
Durante la siguiente semana, su historia apareció en periódicos sensacionalistas y en blogs. Internet se llenó de fotos de ellos.
Rafe se quejó de la falta de respeto a su intimidad.
Genny le dijo que diera gracias a que los tabloides no la consideraban muy importante, ya que sus hermanos mayores no podían dar un paso sin que los paparazzi los siguieran fotografiándolos y haciéndoles preguntas groseras.
—¡Qué horror! —exclamó él.
—Sí, pero así son las cosas. Y ahora eres príncipe de Montedoro.
Durante esa semana, Rafe encargó un examen de la estructura del castillo y de las cuadras y Genny recorrió los jardines con Eloise mientras hablaban de cómo conseguir que Hartmore fuera autosuficiente mediante nuevos eventos y celebraciones.
Desde Colorado, Rory les envió el álbum de la boda, con fotos de la ceremonia y el banquete, pero también con las que había hecho en el lago y la mansión. Había fotos muy bonitas de Brooke, y muchas de Genny y Rafe. Parecían felices y enamorados. Al verlas, Genny sintió renacer sus esperanzas de cara al futuro.
Llamó a su hermana por teléfono.
—Las fotos son muy bonitas. No sabes cuánto te lo agradezco.
—Me alegro de que te gusten. También te las he enviado por Internet.
—Sí, ya lo he visto.
—Que seas muy feliz.
—Lo seré —prometió Genny, y le contó a Rory lo del bebé.
Esta la felicitó antes de colgar.
A la mañana siguiente, Genny fue a ver al médico de cabecera de la familia DeValery, al pueblo de Bakewell. Este le dijo que tanto ella como el bebé estaban bien, le recetó unas vitaminas y le indicó que saldría de cuentas el veinte de diciembre.
Los días estaban llenos de actividad y las noches eran mágicas.
Rafe y ella no habían vuelto a hablar de lo sucedido la noche en que Edward murió. Genny se dijo que no le importaba, que confiaba en que, a medida que pasara el tiempo, su esposo le confesara las cosas más difíciles.
De momento, la vida no la trataba mal. Estaba contenta y se sentía realizada, ya que estaba viviendo como siempre había deseado, aunque hubiera sido con Edward. Pero la vida le había deparado a Rafe.
Y las cosas iban bien.
El segundo lunes de junio, Rafe se marchó a Londres para acudir a diversas reuniones de negocios. Genny se quedó en Hartmore y comenzó a echarlo de menos nada más despedirse de él. Estaría fuera dos días.
Brooke llegó esa tarde de Londres, acompañada de Fiona Bryce-Pemberton. Fiona tenía los ojos verdes, la nariz respingona y era pelirroja. Vivía con su marido la mitad del año en Chelsea y la otra mitad en su casa de campo de Tillworth, situada cerca de Hartmore. Gerald, su esposo, iba los fines de semana y los días de fiesta. Sus hijos gemelos acudían a la escuela de Bakewell y vivían en Tillworth, donde había personas encargadas de cuidarlos cuando sus padres no estaban.
Hacía un día precioso, por lo que las cuatro mujeres, Eloise, Brooke, Fiona y Genny cenaron en la terraza.
Fiona había decidido quedarse a dormir.
—Sinceramente, no me apetece ver a los niños ahora. Lo haré mañana —dio un trago de la copa de vino y miró con desdén a Genny mientras la dejaba en la mesa.
Genny siempre se había sentido nerviosa en presencia de ella. Estaba segura de que a Fiona no le caía bien, lo que no era de extrañar, ya que Brooke y ella eran amigas desde la infancia.
Brooke se estremeció.
—Después de Londres, aquí hay demasiado silencio —dirigió una sonrisa forzada a Genny—. Qué pena que Rafe haya tenido que marcharse. Apenas lleváis una semana casados y ya te ha abandonado.
Eloise le lanzó una mirada de reprobación, y Brooke agitó la mano.
—Es una forma de hablar, abuela.
—Se ha tenido que ir por negocios hasta el miércoles. Quería que fuera con él, desde luego —al menos le había preguntado si quería ir—. Pero he decidido quedarme con Eloise. Esta época del año es maravillosa para las flores.
Fiona reprimió un bostezo.
—Sí, el campo. ¿No es encantador?
—Lo es —replicó Eloise con firmeza y se lanzó a describir las bellezas del jardín.
Cuando hubo acabado, Brooke les habló de la ropa que se había comprado en Londres, en la tienda de Melinda Cartside, la hija de los dueños de la oficina de correos del pueblo.
—¿Te acuerdas de ella, abuela?
—Claro que sí. Se fue a París, ¿verdad?
—Sí, pero ha vuelto y tiene una tienda maravillosa en Chelsea.
Fiona bebió más vino y afirmó que todo lo que Brooke había comprado era precioso. Y Brooke les dijo que había invitado a Melinda a que les hiciera una visita.
—Será corta. Solo se quedará a dormir.
Eloise estuvo de acuerdo en que sería estupendo verla, y Genny pensó en lo que estaría tramando Brooke, lo que era malvado por su parte, ya que, ¿acaso no podía tener Brooke amigos que la fueran a visitar?
La cena prosiguió y, después del postre, Brooke decidió abrir otra botella de vino.
—Mañana te dolerá la cabeza —le dijo Eloise.
—¡Por Dios! ¡Pero si solo es un poco de vino, abuela!
—Un poco de vino es lo que ya te has tomado. Otra botella será mucho vino.
—Así me sentiré contenta por todo.
—No estaré aquí para verlo. Me voy a acostar.
—Buenas noches, abuela —dijo Brooke.
—Buenas noches. La cena estaba deliciosa —apuntó Fiona.
Genny se levantó.
—Te acompaño.
—No —dijo Brooke—. No te vayas, Genny.
Brooke nunca la había llamado así. ¿Era buena señal?
—Sí —dijo Fiona—. Quédate y tómate una copa de vino. Hablaremos de los viejos tiempos.
Brooke, Fiona y un exceso de vino no eran una buena combinación. Genny sabía que, si se quedaba, las cosas podían ponerse feas. Estaban resentidas con ella porque lo tenía todo por ser hija de quien era. A ellas les sucedía lo mismo, desde luego. Habían nacido en una buena familia y se habían casado con un hombre rico. Pero Genny era más afortunada que ellas. Su familia era más rica y su herencia mucho mayor, y se había casado con un hombre muy rico.
Rafe.
Ojalá estuviera allí con ella.
Entonces, Brooke y Fiona no se atreverían a excederse.
Ese pensamiento hizo que se sintiera débil, un pelele que deseaba que su esposo estuviera a su lado para protegerla.
—Gracias, pero estoy cansada.
—Muy bien, como quieras —Brooke la miró con cara de pocos amigos.
—Buenas noches, Brooke —dijo Genny con una sonrisa—. Ha sido un placer verte, Fiona.
Las dos asintieron con una mueca y Brooke sirvió más vino.
Genny se bañó, se puso el camisón y la bata y vio la televisión durante un rato.
A las once, se sentía nerviosa y no tenía sueño. Echaba mucho de menos a Rafe, lo que era ridículo, ya que solo hacía catorce horas que se había marchado.
Tendría que pasar aquella noche y la siguiente sin él. Su cuerpo lo deseaba. Era extraño, le había sucedido lo mismo tras los cuatro días que habían pasado juntos en marzo.
A pesar de que se sentiría sola en la cama sin él, tenía que acostarse e intentar dormir.
Lo iba a hacer cuando llamaron a la puerta.
Genny se alarmó. Quienquiera que hubiera llamado no traería buenas noticias a esa hora de la noche.
Volvieron a llamar, y Genny fue a abrir.
—Vaya —dijo Fiona. El aliento le oía a vino—. Ya veo que estás lista para acostarte —la amiga de Brooke tenía el brazo derecho apoyado en el marco de la puerta y la miraba con expresión atontada. Llevaba los zapatos en la mano, y era evidente que había bebido mucho más desde que Eloise y Genny se habían levantado de la mesa—. ¿Puedo entrar?
¿Para qué? Genny no recordaba haber conversado con Fiona en su vida.
—Es tarde y estaba a punto de…
—Solo un ratito para hablar las dos solas, te lo prometo. Un par de minutos.
Genny podía empujarla y darle con la puerta en las narices o dejarla entrar. Le indicó que entrara con un gesto de la mano.
—Estupendo —dijo Fiona dirigiéndose al sofá donde se dejó caer mientras tiraba los zapatos al suelo. Alzó los brazos y los extendió por el respaldo—. Creo que debo felicitarte. Un hijo. Está muy bien.
—Gracias.
Genny se sentó en una silla. No le sorprendió que Fiona lo supiera, pues Brooke se lo habría contado.
—Rafe y yo estamos muy contentos.
—Seguro —afirmó Fiona inclinándose levemente hacia la izquierda para luego enderezarse—. ¿Cuándo sales de cuentas?
—El veinte de diciembre.
—Ah, nacerá en Navidad.
—Sí.
—Creo que trae suerte. Me parecen que me contaron que… — Fiona dejó la frase sin acabar.
—¿Quieres que te acompañe a tu habitación? —preguntó Genny.
—Dentro de un minuto. Tengo cosas que decirte.
Fiona tenía un aspecto horrible y Genny se preguntó si se iba a desmayar. Tenía que ir a su habitación antes de que sucediera.
—Fiona, sería mejor que…
—Solo un minuto. Quería decirte cuánto lo siento por Rafe. Tiene que ser muy difícil para él.
A Genny no le gustó el cariz que tomaba la conversación.
—Debe de ser terrible saber que no es un DeValery, sino el hijo bastardo de un jardinero.
Genny tragó saliva. Aquello no se lo esperaba.
—Ya basta, Fiona. Estás diciendo tonterías.
Pero aquella horrible mujer no se calló.
—Rafe tiene buen corazón y buenas intenciones, y hace lo que puede. Todos lo sabemos. Y debe de sentirse culpable por el accidente. Es evidente. Por eso no ha hecho nada con respecto a su terrible cicatriz. Se la ha dejado como penitencia por el accidente, ¿verdad?
—Claro que no, Fiona…
—Ya sé, ya sé que él no conducía, según se demostró en la investigación. Pero ¿llegaremos a saberlo con certeza alguna vez?
—No sabes lo que dices.
—¿Ah, no? Te sorprendería todo lo que sé, por lo que he pasado, lo que he sufrido —a Fiona se le llenaron los ojos de lágrimas—. Lo que he tenido nunca lo tendrás. Te sorprenderías, desde luego.
—Fiona, tienes que…
—Nunca lo sabremos. Lo único que sé es que Edward no está —sollozó Fiona—. Y Rafe imita a los que son mejor que él y finge ser el dueño y el heredero de lo que nunca le corresponderá —se secó los ojos—. No lo soporto. A veces desearía morirme.
Se tapó el rostro con las manos y cayó de lado sobre el sofá resoplando y sollozando.
Genny se quedó inmóvil durante unos segundos. Se quedó sentada viendo llorar a Fiona al tiempo que deseaba agarrarla por el cabello y abofetearla.
7
Genny contó hasta diez para calmar sus violentos impulsos, que se transformaron en una ira sorda.
—No sé de qué hablas, Fiona. Siento que Edward ya no esté, pero Rafe es el conde de Hartmore. Y lo mejor sería que dejaras de decir mentiras.
Fiona siguió sollozando.
—No lo soporto. No me esperaba que él… Que todo acabara. No puede acabar.
Era evidente que no tenía sentido tratar de hablar con ella.
Genny se levantó y se dirigió a la puerta, que abrió de par en par. Después entró en el dormitorio para agarrar la caja de pañuelos de papel que había en la cómoda. Con ella volvió al salón y se plantó frente a Fiona.
—Fiona.
—¿Qué? —Fiona volvió a sentarse. Se le había corrido el rímel. Parpadeó al ver los pañuelos—. Gracias —agarró un puñado y se limpió el rostro—. Yo… —soltó un tremendo eructo—. ¡Uy, perdón!
—Toma —dijo Genny al tiempo que le tendía la caja.
Fiona la agarró mientras miraba a Genny como si comenzara a darse cuenta de lo que pasaba.
—Supongo que estarás harta.
—Así es.
Genny agarró los zapatos de Fiona con una mano y con la otra la tomó del brazo y la levantó del sofá.
—Vas a irte a tu habitación.
—No creo que sea una buena idea. Estoy un poco mareada y…
Genny no le hizo caso. Le levantó el brazo y se lo pasó por los hombros.
—¡Ay! ¡Me haces daño!
—Ahora vas a irte —le ordenó Genny mientras la llevaba hacia la puerta.
A duras penas consiguió mantenerla erguida y llevarla por el pasillo. Fiona soltó la caja de pañuelos.
—Para —gimió—. Se me ha caído la caja.
—Da igual.
Tardaron una eternidad en llegar a la habitación. A cada paso, Genny temía que Fiona se desmayara o que vomitara todo el vino que había bebido.
Por fin llegaron. Genny dejó los zapatos en el suelo y abrió la puerta. Tiró de Fiona hasta la cama, donde la sentó. Esta se tambaleó durante unos segundos y cayó sobre el lecho.
Genny la miró asqueada. Y Fiona comenzó a roncar.
Genny volvió a la puerta. Agarró los zapatos y los metió a la habitación. Después, cerró sin hacer ruido y volvió a su habitación recogiendo la caja de pañuelos de camino.
Se acostó, pero tardó horas en conciliar el sueño pensando en Rafe y en que, a la mañana siguiente, Fiona no recordaría lo que había dicho.
¿Y la vieja historia de que Rafe era hijo de un jardinero? Genny había oído las murmuraciones sobre el «verdadero» padre de Rafe mucho tiempo atrás. El hecho de que Fiona, en estado de embriaguez, hubiera decidido contarle aquel antiguo rumor le daba igual, ya que a Genny nunca le había importado que Rafe fuera la consecuencia de una relación prohibida entre su madre y un miembro del personal.
Pero Rafe y ella nunca habían hablado de eso. Era una cosa más de la que no se hablaba, como de la mujer en el embarcadero o de la noche en que murió Edward o del vergonzoso hecho de que ella hubiera estado dispuesta a casarse con Edward para conseguir Hartmore.
Creía que Rafe sabía lo que se murmuraba de él y que le dolería. Estaba segura de que los problemas con su padre tenían su origen en dichos rumores. El viejo conde era orgulloso y no lo repudió, pero nunca lo trató como si fuera hijo suyo.
Ojalá pudieran hablar de ello. Pero Genny se temía que, si sacaba el tema, sucedería lo que había pasado la noche de bodas: él se enfadaría y se marcharía.
A la mañana siguiente, Fiona no se presentó a desayunar.
A Brooke, con una tremenda resaca, no pareció importarle.
—Se ha marchado. Tenía mucho que hacer en Tillworth.
Genny se sintió aliviada.
Ese día, Eloise y ella fueron a la zona de jardín que servía de huerto. Era grande y estaba bien cuidado, con modernos invernaderos. Siempre producía mucho más de lo que los DeValery consumían. Lo que sobraba lo vendían en el mercado del pueblo.
Esa tarde, antes de volver a la casa, Eloise y ella se sentaron en un banco bajo un roble del jardín y hablaron del futuro. Eloise le dijo que su sueño era abrir un restaurante en las cuadras y el patio.
Ya no tenían muchos caballos, por lo que podían construir cuadras más pequeñas, más lejos de la casa.
—Me resulta muy satisfactorio ver que, por fin, vamos a algún sitio, que estamos haciendo lo imposible por restaurar la casa. No es fácil mantener en pie un edificio como Hartmore —observó la anciana.
—Creo que Rafe está haciendo un trabajo excelente
—Desde luego. Dios sabe que queríamos a Edward, pero no sabía planificar. Era encantador, eso sí.
Genny deseaba confiar en Eloise, hablarle de lo que le había dicho Fiona la noche anterior, preguntarle si creía que era cierto.
Pero no sabía por dónde empezar. ¿Y si Eloise no había oído los rumores? Entonces, sería mejor que no se enterara de su existencia. Fuera cual fuera su cuna, Rafe era conde Hartmore, y ningún viejo secreto lo cambiaría.
—¿Vamos? —preguntó Eloise.
Durante la cena, Brooke se mostró agradable. Faltaba un mes para el cumpleaños de Geoffrey, que para entonces habría vuelto a casa. Su madre quería celebrarlo dando una fiesta. Eloise le recordó que al niño no le gustaba el jaleo.
—Pero si hacemos algo pequeño y sencillo…
—Pues ese es justamente mi plan —respondió Brooke.
Genny pensó que lo de la fiesta era una buena idea y que la nueva actitud de Brooke era algo positivo.
Rafe debía volver el miércoles por la tarde. Ese día, Genny se despertó pensando: «Vuelve hoy».
Estuvo nerviosa toda la mañana, como un niño al que le hubieran prometido un regalo especial. Trató de mantenerse ocupada ayudando en lo que se necesitara. Esa mañana tuvieron muchos visitantes.
A la una estaba ansiosa. Se moría de ganas de ver a Rafe. El corazón le latía a toda prisa.
En realidad, era ridículo.
Decidió hacer ejercicio para librarse de la tensión. Era un día claro y luminoso, perfecto para correr. Se puso unos pantalones cortos y unas deportivas y se recogió el pelo en una cola de caballo. Después se dirigió al lago con los perros.
Corrió hasta la mitad del camino, con Moe y Mable saltando delante de ella. Cuando no pudo seguir corriendo, buscó palos para lanzarlos y que los perros fueran a buscarlos. De vuelta a casa, estaba bañada en sudor y llevaba la cola de caballo medio deshecha. Tenía las deportivas y las pantorrillas manchadas de barro. Debía ducharse y cambiarse de ropa.
Pero se sentía más tranquila. Era gracioso cómo estaban saliendo las cosas. A pesar de todo aquello de lo que no habían hablado Rafe y ella, a pesar del sentimiento de culpa que experimentaba por haberse quedado embarazada y de la tristeza por la trágica muerte de Edward, estaba contenta de haberse casado con Rafe.
Y no por Hartmore.
No podía seguirse engañando: quería a su marido, pero no solo como al amigo del alma que era, sino que para ella había algo más que una mera amistad. Se estaba enamorando de él.
¿Y cómo no iba a hacerlo? Era inteligente, sincero y bondadoso. A ella le encantaba su preocupación por Geoffrey, la forma de tratar a su abuela, con afecto y respeto, su paciencia con Brooke, que era una mujer capaz de acabar con la de un santo. También era amable con el personal a su servicio y la gente del pueblo, por no mencionar lo bueno que era en la cama.
Quería decirle: «Rafe, me estoy enamorando de ti cada día un poco más».
Pero no sabía cómo reaccionaría él. Después de tantos años de esperar a Edward y de decirse que estaba enamorada, ¿no le resultaba muy conveniente decidir de repente que quería a Rafe?
No debía apresurarse, tenía que reflexionar. Una mujer no le espetaba algo así a un hombre desprevenido.
Aunque fuera su esposo.
Dejó los perros con Eloise, que estaba trabajando en la rosaleda, entró en el ala este de la mansión y se dirigió al primer piso tras comprobar que las suelas de las deportivas ya no estaban manchadas de barro.
Oyó voces procedentes del salón, situado cerca de las escaleras: eran la de una mujer y la de Rafe.
—No cambies nunca —dijo él en tono afectuoso.
La mujer soltó una risa ronca.
—No hay peligro de que eso suceda.
Genny se dirigió al salón. Rafe y una mujer morena y delgada miraban por la ventana que daba al parque que se extendía al norte de la mansión.
Rafe la vio.
—Ah, estás aquí, Gen.
La mujer se volvió y le sonrió.
Era la misma a la que Rafe había besado en el embarcadero once años antes.
Genny se quedó en blanco y comenzó a marearse. ¿Qué sucedía allí? No le gustaba.
Él le tendió la mano.
—Ven aquí, cariño. Te presento a Melinda Cartside.
Melinda. Así que se llamaba así. Era un nombre que Genny recordaba haber oído.
Eso era: la dueña de la tienda de Chelsea de la que Brooke había hablado y que se había criado en el pueblo.
Rafe le había hablado en un tono demasiado afectuoso y ella se había reído de un modo…
¿Había todavía algo entre los dos, al cabo de tantos años? Rafe acababa de volver de Londres. ¿Había estado allí con ella?
A Genny le entraron ganas de sacarle los ojos a Melinda. No solo era muy guapa, sino que tenía estilo. Llevaba una falda larga hasta los tobillos, una blusa blanca y zapatos de tacón.
Genny se tiró de la cola de caballo medio deshecha y se guardó la goma en el bolsillo. Quería ducharse y ponerse algo muy bonito.
Y después mataría a Melinda Cartside.
Aquellas emociones desbordadas, ¿se debían a que estaba enamorada?
—¿Gen? —Rafe la miró preocupado.
Y debería estarlo si estaba tonteando con esa mujer. Aunque se hubieran casado porque estaba embarazada, aunque él no la quisiera del modo que ella estaba comenzando a quererlo, estaban casados. Tendría una charla con él sobre lo que el matrimonio significaba para ella.
Y sobre lo que debería significar para él.
Rafe la seguía observando con aire de preocupación.
Genny forzó una expresión alegre.
—Hola —dijo mientras dirigía a Melinda una sonrisa radiante.
Rafe la agarró por la cintura y la atrajo hacia sí. Ella se soltó bruscamente.
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