Kitabı oku: «Sobre el orador»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 300


Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. C., la traducción de este volumen ha sido revisada por ANA ISABEL MAGALLÓN GARCÍA y JOSÉ ANTONIO BELTRÁN CEBOLLADA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2002.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO383

ISBN 9788424933302.

INTRODUCCIÓN

A. FECHA Y CIRCUNSTANCIAS DE COMPOSICIÓN: TESTIMONIOS CICERONIANOS

En el 57 vuelve Cicerón del destierro y, a pesar del calor y aun entusiasmo con el que en un principio fue recibido, no dejó de percibir pronto, como hombre inteligente que era, que no había demasiado espacio político a la altura de su dignitas 1 . El pacto —con el consiguiente reparto de poder e influencia— entre Pompeyo, Craso y César marcaba por un lado el terreno de juego. Y por el otro, el conjunto de personalidades ajenas y aun contrarias a dicho pacto —lo que de un modo vago podemos llamar optimates — no parecían dispuestas a que un homo novus , y además tocado por la crisis del 63, fuese su portavoz y, mucho menos, su líder.

Buena oportunidad, pues, para retirarse parcialmente de la vida pública y practicar ese otium que en el prólogo de nuestro diálogo reclama, aunque su dignitas estuviese un tanto maltrecha. Una carta a Ático (IV 13, 2) fechada en diciembre del 55 y en otra dirigida a Léntulo 2 , de ese mismo año o quizá del siguiente, ofrece mandarle al hijo de su amigo la obra supuestamente terminada.

Aunque en algunas ocasiones como en Sobre la adivinación II 4 o la ya citada carta a Léntulo se refiere a su dialogo con el título De oratore , en la también citada carta a Ático lo nombra mediante la expresión oratorii libri , en la que oratorius puede perfectamente ser considerado como derivado de orator y no de oratoria .

Asimismo podemos señalar dos rasgos del diálogo que en la misma carta a Léntulo Cicerón subraya en su obra: abhorrent enim a communibus praeceptis atque omnem antiquorum et Aristoteliam et Isocratiam rationem oratoriam complectuntur: «abominan de las recetas al uso y tratan de toda la teoría retórica de los antiguos, tanto la de Aristóteles como la de Isócrates 3 ». Y ya iremos viendo la distancia que tanto Cicerón en el prólogo como sus personajes en el diálogo mantienen respecto a los rétores y sus manuales.

En fin, queda por tratar cómo era visto por el propio Cicerón el género literario al que pertenece el De Oratore . De nuevo un pasaje de la carta a Léntulo: scripsi igitur Aristotelio more… tris libros in disputatione ac dialogo «de Oratore», quos arbitror Lentulo tuo fore non inutilis 4 . Que lo considera un diálogo, no hay duda, como era de esperar. Posiblemente en disputatione ac dialogo haya que suponer una hendíadis y traducir por ‘diálogo expositivo’ para distinguirlos de los de Platón. Está la cuestión del aristotelius mos , que aparece en otra carta (Cartas a Ático , XXX 9, 4) y en III 80. En la carta a Ático, del 45, Cicerón contrapone diálogos suyos como La República o el De Oratore , escritos como Heráclides y los que está escribiendo en el momento actual, es decir, los filosóficos, que Aristotéleion morem habent, in quo ita sermo inducitur ceterorum ut penes ipsum sit principatus 5 . Aludiría pues a que los perdidos diálogos literarios de Aristóteles como Grilo o Sobre los Poetas la intervención de quien expone no deja prácticamente espacio a otros intervinientes. ¿Cómo se compadece esto con la afirmación de la carta a Léntulo? Puede tratarse de un uso laxo del Aristotelius mos y que aquí esté usado tal como aparece en III 80: sin aliquis extiterit aliquando qui Aristotelio more de omnibus rebus in utramque sententiam possit dicere , donde Aristotelius mos se refiere a una exposición en la que una misma cuestión puede exponerse desde puntos de vista diferentes, y aun encontrados, como es el caso del De Oratore .

B. ÉPOCA DEL DIÁLOGO

Para quien gusta de la Historia y en particular del Mundo Antiguo, pocos periodos hay más apasionantes y decisivos, más preñados de acontecimientos y cambios, no sólo en la política y la sociedad sino también en el de la literatura, que el último siglo de la República Romana. Pocos hay también tan tensos y, en más de una ocasión, tan terribles y sangrientos. Tanto, que uno entiende la razón de esa, al parecer, maldición china: «¡Ojalá te toque vivir una época interesante!».

El comienzo de esa centuria está marcada en el exterior con la destrucción de Corinto, Cartago y Numancia, en el 146 las dos primeras y en el 133 la última; y las dos últimas, a manos del moderado y culto Escipión Emiliano, protector de intelectuales como Polibio y Panecio o artistas como Terencio o Lucilio. Un inequívoco aviso, desde Oriente a Occidente, por si no estaba claro quién mandaba en el Mediterráneo.

Pero la sociedad romana, así como el entorno itálico, no presentaba síntomas de una razonable cohesión políticosocial y económica. Setenta años de guerras casi continuas habían arruinado a buena parte del pequeño campesinado romano e itálico y los había convertido en proletarios, hacinados en Roma y excelente caldo de cultivo de todo tipo de corrupciones, demagogias y violencias. Un Senado que, al abrigo de una política exterior cada vez más compleja y la anualidad de las magistraturas, detentaba un poder que en modo alguno le otorgaba la «constitución» romana. Y una clase que dominaba el comercio a gran escala, la banca y el arrendamiento de impuestos —grosso modo , el orden ecuestre o equites — con una riqueza y poder crecientes, pero cuyos intereses políticos no siempre coincidían con los de la nobilitas .

Entre el año 133 y el 121 los tribunos de la plebe Tiberio y Gayo Sempronio Graco intentan regenerar el tejido social romano, devolviendo a los arruinados campesinos su antigua condición de propietarios a través de un conjunto de leyes agrarias. Y no es que se tratase ni mucho menos de quitarle las tierras a los ricos para dárselas a los pobres, sino de algo mucho menos revolucionario: consistía en que el Estado, titular del ager publicus —grandes extensiones de terreno en Italia y fuera de ella y producto de antiguas conquistas— limitase la extensión de terreno disfrutado por sus possessores 6 , compensándoles parcialmente y repartiendo el resto entre los ciudadanos sin tierras. La reforma era bastante razonable, y aun generosa para quienes de hecho estaban ocupando unas tierras públicas y sin arriendo alguno en muchos casos. Y quienes la proponían no eran peligrosos revolucionarios salidos del arroyo, sino hijos de un respetado cónsul y censor y sobrinos del poderoso Escipión Emiliano.

No es cuestión aquí de relatar los sucesos de estos dos tribunados. Ambos hermanos fueron asesinados —o murieron de forma violenta— en unos sucesos provocados y dirigidos a acabar físicamente con los tribunos por la facción más dura de los optimates: Escipión Nasica en el 133 y el cónsul Lucio Opimio en el 121.

La victoria política de la nobilitas en general y de su ala más intransigente fue tal que no hizo falta anular los repartos de tierras, aunque es probable que la falta de financiación por parte del estado provocase la ruina de buena parte de los nuevos propietarios 7 . En cualquier caso, la muerte violenta de los Gracos dejó heridas abiertas en amplias capas de la sociedad romana que no se cerraron sino tras dos sangrientas guerras civiles y el final de la República.

Pero aparte de la cuestión agraria y la proletarización creciente de la sociedad romana, había otra grave cuestión que sin duda estaba en la cabeza de los romanos más sensatos e inteligentes: la itálica. Los socii —teóricamente aliados, pero de hecho súbditos de primera— que habían contribuido a la formación del Imperio, querían ser ciudadanos de pleno derecho y participar de las posibles ventajas que ello suponía. Con lo que a un conflicto de clases se añadía otro de grupo 8 .

El problema era delicado, pues aun quienes veían la necesidad de integrar a los itálicos en el cuerpo político romano no dejaban de intuir los peligros que una ampliación tan espectacular del cuerpo cívico podría traer para el sistema. Y una ampliación del número de ciudadanos podía ser presentada a la plebe romana como una disminución de sus derechos o privilegios tanto por la demagogia de los optimates como por la de los populares .

Con todo, desde poco después del 121 al 91, año del diálogo que evoca el De Oratore , la lucha política, con momentos de gran tensión y violencia, continuó entre populares, optimates y equites . Los equites controlaban desde los Gracos los tribunales permanentes —quaestiones perpetuae — que juzgaban delitos económicos —de repetundis 9 en especial— y políticos —de ambitu, de maiestate 10 — y condenaban no siempre justamente a miembros de la clase senatorial. Escándalos de corrupción que podían afectar asimismo a la política exterior, como el caso de Jugurta en torno al 110 propicia la aparición de Mario, homo novus que, con el apoyo de los populares y antiguos simpatizantes y seguidores de los Gracos, gana el consulado y dos guerras y ocupa cinco veces más la máxima magistratura de forma casi ininterrumpida entre el 107 y el 100. Este año uno de sus más firmes y extremados partidarios —el tribuno Saturnino y otros populares — plantea tal enfrentamiento no sólo con el senado sino con la magistratura que Mario le retira el apoyo y es asesinado con un grupo de sus seguidores.

La desaparición de Saturnino y una discreta retirada de Mario de la escena política lleva a una facción moderada de la nobilitas a intentar disminuir la tensión política no sólo entre populares y optimates sino entre el ordo senatorius y el ordo equester , reforzar el papel del senado e intentar solucionar la cuestión itálica.

Precisamente en el 91 —el año de nuestro diálogo— se estaba sustanciando parte de este proyecto, aunque con la oposición de uno de los cónsules, Marcio Filipo 11 . Livio Druso, que mantenía excelentes relaciones con buena parte de la aristocracia de los itálicos es elegido tribuno de la plebe e inicia una reforma que, al parecer suponía duplicar el número de senadores a base de incorporar a 300 equites al tiempo que se disminuía su influencia en las quaestiones perpetuae y se planteaba la concesión —posiblemente de un modo gradual— de la ciudadanía a los itálicos. Y no se olvide que uno de sus más íntimos colaboradores de Druso era precisamente Sulpicio, uno de los participantes en el diálogo.

Esta esperanza de arreglo pacífico se vio truncada primero por la inesperada muerte de Lucio Licinio Craso, el protagonista del De Oratore y uno de los más firmes apoyos de Druso en el senado; y a los dos meses, por el asesinato del propio Livio Druso y la casi inmediata sublevación de los pueblos itálicos contra Roma. El Bellum Sociale 12 terminó militarmente con la victoria de Roma pero al final la extensión de la ciudadanía a los itálicos era un proceso irreversible.

Los años siguientes son particularmente dramáticos y terribles: en el año 88 una extraña alianza de Sulpicio y Mario intenta quitarle a Sila la campaña de Oriente contra Mitrídates que legalmente se le había concedido. A tal irregularidad o posible ilegalidad Sila responde conduciendo a su ejército acampado en Nola contra Roma y declarando enemigo público a Mario y a Sulpicio. Y después los consulados de Cina y el regreso de Mario con más proscripciones y la muerte de dos protagonistas de este diálogo. Y la dictadura de Sila y más proscripciones… Pero eso pertenece ya al principio del fin de la República y queda fuera de nuestra tarea.

C. LOS PERSONAJES DEL DIÁLOGO

Marco Licinio Craso, nacido en 140 (Bruto 161), fue discípulo de Celio Antípatro, el analista. Cuando tenía poco más de 21 años acusó a Gayo Papirio Carbón, antiguo partidario de Tiberio Graco y luego rescatado para la causa de los optimates . Los cargos no se conocen pero el ataque fue tan duro que Carbón se suicidó tomando una buena dosis de cantáridas (Cicerón, Ad famil . IX 21, 3, y Bruto 103). El joven prometía. Participó como triunviro en la fundación de Narbona en el 118 13 . Fue cuestor en la provincia de Asia en torno al 108, visitando a su regreso Atenas y entrando en contacto con los más famosos oradores y filósofos del momento. Tribuno de la plebe el 107, fue de tal discreción en su cargo que, como cuenta Cicerón en Bruto 160, de no haber contado Lucilio en un poema su cena en casa del pregonero Granio, no sabríamos de su existencia. A esta época pertenece posiblemente su discurso a favor de Sergio Orata 14 . En el 106 se decantó por el partido de los optimates , apoyando una ley promovida por Quinto Servilio Cepión y que pretendía arrebatar a los caballeros el control de las quaestiones perpetuae . Fue edil en torno al 100 y pretor en el 98. Alcanzó el consulado en el 95 junto con Quinto Mucio Escévola el Pontífice 15 . El acto más famoso de su magistratura fue la Lex Licinia Mucia de redigundis civibus , por la que se rectificaba el censo del 97 en el que se había inscrito como ciudadanos a numerosos itálicos, quizá con criterios no muy rigurosos. En cualquier caso —y aunque posiblemente respondía a una cierta xenofobia de los ciudadanos antiguos respecto a los itálicos— la medida fue muy inoportuna y un hito más que llevó a la guerra cuatro años más tarde. Que cuatro años más tarde, como he señalado antes, apoyase los planes de Livio Druso es, en el mejor de los casos, una rectificación de su torpeza anterior y seguramente una muestra de las contradicciones que la cuestión itálica provocaba en los grupos políticos romanos, tanto conservadores como progresistas. En el 94 fue procónsul en la Galia y el 92 censor con Gneo Domicio Enobarbo. Esta magistratura fue asimismo célebre: en el plano anecdótico, por su rivalidad con su colega en la magistratura, que se sustanció en una altercatio censoria (Bruto 164), amén de anécdotas que recoge Valerio Máximo (IX 1, 4), Plinio el Viejo (XVII 1) y Eliano. Otra dimensión tiene su edicto De coercendis rhetoribus latinis , que es aludido y aun justificado por el propio Craso (III 92-93), por el que se cerraban las escuelas en las que se impartía la enseñanza de la retórica en latín. En nota al lugar en cuestión expongo mi parecer, no tan comprensivo como el de Leeman y otros estudiosos. Su muerte casi repentina en el 91, como ya hemos señalado, y el posterior asesinato de Druso precipitaron sin duda la crisis itálica así como la romana. No hay que decir que la figura de Craso que aparece en nuestro diálogo —aunque respondiendo en lo básico a la realidad— está no sólo idealizada sino en cierto modo deformada en cuanto que es Cicerón el que en muchas ocasiones está hablando a través de su persona . El retrato que Cicerón de él da como orador en Bruto 143 y ss. es seguramente más cercano a la realidad.

Marco Antonio nació en el 143. Su primera actuación notoria en el foro fue la acusación de maiestate que presentó en el 112 contra Gneo Papirio Carbón por una derrota ante los cimbrios. Igual que su hermano años antes, se suicidó, en su caso, ingiriendo vitriolo (Ad famil . IX 21, 3). Fue pretor en el 103 y gobernó la provincia de Cilicia con poderes proconsulares y estuvo al mando de una flota con la que limpió por una temporada de piratas la zona. Esta acción le valió un triunfo en el 102. Habiendo luchado juntamente con Craso contra Saturnino y sus leyes, en su consulado del 99 se enfrentó al tribuno Sexto Ticio que pretendía aprobar una ley agraria. En el 98 tuvo uno de sus grandes éxitos ante los tribunales, su defensa de Manio Aquilio, cónsul en el 101 y que había dirigido con éxito una sublevación de esclavos que hubo en Sicilia, siendo con todo acusado por Lucio Fufio. Pero su proceso más famoso fue su defensa de Gayo Norbano, antiguo cuestor suyo en Cilicia y que era acusado de maiestate por el joven Sulpicio Rufo y teniendo el apoyo de los optimates y casi con seguridad del propio Lucio Craso, maestro de Sulpicio y partidario de Servilio Cepión, que era la supuesta víctima de Norbano 16 . Tras la muerte de Craso fue uno de los acusados de maiestate por el tribuno Quinto Vario. Logró eludir la condena con una apasionada y brillante defensa (Tusculanas II 56). Pero poco después, con la vuelta de Mario en el 87, no tuvo tanta fortuna: proscrito entre los primeros, era odiado de tal forma por el viejo Mario que cuando supo que había sido localizado, quería matarlo con sus propias manos. Anio y un piquete de soldados cumplieron la misión.

Publio Sulpicio Rufo, que tiene un papel muy modesto en el diálogo —es uno de los dos jóvenes, junto con Cota, que están para aprender de Craso y de Antonio— tuvo en la vida política un papel más destacado; en particular, a partir del 90, provocando en el 88 con su tribunado no sólo su propia muerte violenta sino dando justificaciones a Sila para actuaciones que terminarían llevando a su dictadura. A pesar de que ejemplos de sus discursos nutren la Retórica a Herenio , de claras simpatías hacia los populares, no quiere ello decir que perteneciese a tal grupo desde sus primeros años. Nacido en el 124 y de familia patricia, fue en su juventud, como explícitamente se dice en I 25, la gran esperanza del partido de los optimates . Discípulo de Craso y muy amigo de Livio Druso. Ya hemos visto su papel de acusador en el juicio contra Norbano, posiblemente a instancias de los optimates y de Craso. Wilkins (pág. 15 ) sugiere que la victoria de Antonio en el proceso de Norbano decidió su paso del partido de los optimates al de los populares . Seguramente fue el asesinato de su amigo Druso quien lo convirtió, no en un popularis , sino en su heredero político y desde entonces tuvo como norte en su política integrar a los itálicos en el cuerpo cívico romano. Cuando, terminada la guerra y en el consulado de Sila —año 88—, propuso como tribuno una ley que no sólo otorgaba la ciudadanía a los itálicos sino que los repartía en las treinta y cinco tribus, tuvo la oposición de los dos cónsules. Sulpicio, que sintió esto como una traición —lo que indica que contaba en principio un cierto apoyo de los optimates en su elección al tribunado— buscó apoyos en el viejo Mario. Aunque no es seguro quién de los dos dio el primer paso 17 lo cierto es que la guerra de Mitrídates —asignada en principio a Sila— fue la moneda de cambio para conseguir el apoyo del viejo vencedor de Jugurta y de los cimbrios. En unos disturbios sociales en parte propiciados por Sulpicio, Sila se retiró a Nola, donde había tropas que estaban bajo su mando, al parecer con la bendición de Mario, que previamente había acogido a Sila en su casa e impedido su linchamiento. No es seguro si cuando Sila abandona Roma estaba o no en marcha la concesión del mando de Oriente a Mario. Pero, en cualquier caso, dejar que Sila tomase el mando de tropas en tales circunstancias fue una imprudencia, quizá mayor por parte de Mario que de Sulpicio: posiblemente éste, por su juventud o falta de trato, no sabía los puntos que calzaba el antiguo cuestor de Mario en la guerra de Jugurta, pero éste no tenía excusa. La marcha sobre Roma y la proscripción de Mario y Sulpicio —con la muerte de este último— fueron alguna de las consecuencias de esta falta de previsión. Y la más siniestra de todas: que era posible hacer política en Roma con los soldados patrullando por el Foro, cosa hasta entonces inimaginable para cualquier romano.

Quinto Mucio Esvévola el Augur, a pesar de ser ajeno al mundo de la oratoria y de no participar más que en el primer libro, resulta —al menos a mi juicio— el personaje más simpático y entrañable del diálogo. Primo de Quinto Mucio el Jurisconsulto —cónsul el 133— y tío de Mucio Escévola el Pontífice (cónsul el 95) era asimismo suegro de Craso, que aprendió con él derecho. Eminente jurisconsulto, fue pretor el 121 y cónsul el 117. Aunque de delicada salud, mantuvo una firme oposición a Saturnino y siguió participando en las sesiones del Senado. Pero ni la bondad de su carácter ni su ideología conservadora impedían una firmeza poco común: así cuando en el 88 Sila, tras entrar en Roma al frente de su ejército, pretendió declarar hostis —enemigo público— a Mario, Escévola se encaró con el cónsul que lo amenazaba (lo cuenta Valerio Máximo en III 8, 5) y le dijo que ni aunque lo matara conseguiría su voto para declarar enemigo público a quien había salvado a Roma y a Italia. Valor —y coherencia como romano y patriota— que al parecer no tuvieron otros, como Marco Antonio o Lutacio Cátulo.

Quinto Lutacio Cátulo fue cónsul el 102 con Mario y compartió con él la victoria sobre los cimbrios en Vercelas. Era en su época el político con mayor cultura literaria y filosófica, decidido defensor de la cultura griega, protector de poetas y poeta él mismo. Como orador no destacó por su fuerza, aunque sí por su elegancia y la pureza de su estilo y dicción. En el 87, tras la vuelta de Mario, Cátulo figuraba en la lista de sus enemigos. Viejas ofensas y rencillas, quizá también falta de apoyos, pesaron más en el rencoroso y viejo político que el haber compartido el consulado cuando pidieron clemencia para él. A diferencia de Marco Antonio, a quien le cortaron la cabeza, a Cátulo se le permitió el suicidio, que llevó a cabo encerrándose en una habitación recién encalada con un brasero de carbón encendido.

Julio César Estrabón era hermano de madre de Lutacio Cátulo y asimismo hermano de Lucio Julio César, cónsul en el 90. Fue un afamado orador y abogado y cuenta Cicerón (Bruto 207) que quien no podía ser defendido por Antonio o por Craso, buscaban a Filipo o a César. Su oratoria no se distinguía por su vigor, como la de Antonio o Craso, sino por su gracia y sentido del humor (ibid . 103). No es de extrañar, pues, que Cicerón le encomiende en el libro segundo la larga sección sobre el humor. Edil curul en el 90, se presentó al consulado en el 88, pero competía con Sila, general victorioso en el Bellum Sociale y no alcanzó la máxima magistratura; fue asesinado por orden de Mario en el 86, junto con su hermano Lucio y sus cabezas, junto con la de Antonio, fueron macabro trofeo de guerra y clavado en los Rostra .

D. CONTENIDOS Y ESTRUCTURA DE LOS TRES LIBROS DEL SOBRE EL ORADOR

1. Libro primero

El libro se abre —como buena parte de las obras destinadas a su publicación en la Antigüedad— con un prólogo en el que Cicerón manifiesta al destinatario, su hermano Quinto, la situación personal desde la que se dispone a complacerle, rememorando el diálogo que sobre la elocuencia en su más noble sentido y el orador ideal mantuvieron cincuenta años atrás los más eminentes oradores del momento —Craso y Antonio— en compañía de otros conspicuos representantes de la oratoria y cultura del momento y en unas circunstancias sociales y políticas muy delicadas.

Así, y desde casi los primeros párrafos, Cicerón pone de relieve los dos afanes que han consumido su vida entera: la práctica de la oratoria junto con una reflexión sobre la misma desde una amplia perspectiva y —dadas las relaciones y estructuras de la sociedad romana— su reflejo en la vida pública y política del momento. Y parecía ya merecido que esos logros en el ejercicio de la política pudieran tener un merecido retiro —otium — que hiciese posible el cultivo de nobles aficiones que el ajetreo de la vida diaria había dificultado durante lustros. Naturalmente, era deseable que ese otium no fuera forzado sino desde una consideración, prestigio social —dignitas en latín— que Cicerón creía haber merecido y que merecía, según él, seguir conservando.

Pues bien, desde ese otium un poco forzado por las circunstancias del momento que lo apartaban de una primera línea de la política y desde la reciente herida de un destierro para él incomprensible e inmerecido; desde una dignitas maltrecha, pero con cariño y con entusiasmo inicia la rememoración de aquel diálogo que en el 91 tuvo lugar sobre oradores y oratoria. Con cariño, pues la obra es, entre otras cosas un munus (‘deber-regalo’) a su querido hermano Quinto 18 ; con entusiasmo, porque Cicerón, a través de ese pretérito diálogo, va a pergeñar el ideal de un orador, de una elocuencia que, rebasando el ámbito del foro y aun de la asamblea pública, aúne los rasgos más sanos de la praxis romana con los ideales de la cultura griega. Y este orador ideal, una vez encarnado, concretado con mayor o menor fidelidad en personas reales, servirá de base para una paideia , un modelo educativo y de praxis social en el que el atender mediante la palabra asuntos reales sea complemento y aun extensión natural de una sólida formación cultural y literaria.

Y si esto es mínimamente cierto, no es de extrañar que al final de este prólogo Cicerón le haga énfasis a su hermano en su voluntad de mantenerse distante, a la hora de hablar de oratoria, de esa turbamulta de rétores griegos y de manuales de retórica al uso, que, si los sigue considerando necesarios para un nivel inicial y aun simplificado del asunto, en modo alguno los tiene por suficientes para esa excelencia oratoria que evoca con los personajes del diálogo y que, indirectamente, quiere hacer realidad en la Roma de su tiempo.

Los parágrafos siguientes (§§ 24-29) le sirven a Cicerón para presentar el escenario del diálogo —una villa de recreo de Lucio Craso en las afueras de Túsculo—, las circunstancias que ahí los reúnen y una breve presentación de sus personajes 19 : Marco Antonio, excónsul y afamado orador como Craso, y dos más que jóvenes promesas, tanto en oratoria como en política, Publio Sulpicio Rufo y Gayo Aurelio Cota; también se había añadido el jurisconsulto, vecino y suegro de Craso, Quinto Mucio Escévola el Augur, asimismo excónsul y afamado jurisconsulto; todo ello, como transmitido en más de una conversación con unos de los intervinientes, el ya citado Gayo Cota. Tras una sesión de trabajo, como diríamos hoy, en la que se analiza la situación política y la estrategia a seguir, una cena para alimentarse, relajarse y, como es habitual en estos casos, una conversación que la corone. Ya desde el comienzo Cicerón subraya la extraordinaria calidad humana, temple —humanitas en latín— de Lucio Craso, capaz de pasar casi sin transición de la tensión y dureza de los temas de la política a la afabilidad, ingenio y afecto de una conversación entre amigos.

Dando un paseo por el exterior, el de más edad, Mucio Escévola, vecino y suegro de Craso, sugiere sentarse —pues sus pies están muy delicados— al pie de un plátano a cuya vera pasa un riachuelo: escenario —dice— muy similar al del Fedro de Platón 20 . No es de extrañar, pues, que con tal auditorio y con esas evocaciones literarias y filosóficas, el tema que fuese a surgir fuese el de la oratoria, la elocuencia y el orador en general. Tampoco es de extrañar —aparte de lo ya apuntado por mí— que la mención del Fedro apuntase a un tratamiento más cercano a la generalidad, a la filosofía que a cualquier cuestión menuda del arte, propia de los rétores que por Roma y el mundo grecorromano tanto abundaban.

Ésta va a ser, pues, la materia de todo el diálogo, que, dividido a efectos «editoriales» en tres libros responde a tres sesiones de los intervinientes. Intervinientes que cambian ligeramente, pues Mucio Escévola se ausenta al final del libro primero y en la segunda sesión se añaden otros dos personajes: Quinto Lutacio Cátulo, excónsul y hombre de refinada cultura y su hermano de madre Gayo Julio César Estrabón 21 , apreciable orador de la época.

El diálogo se inicia, como era de esperar, con una intervención de Craso —como anfitrión que es— sobre las excelencias de la elocuencia que toca dos puntos: la importancia de la misma en la historia de las sociedades humanas como elemento racional, civilizador, pacífico. Por otra parte, las dificultades que una elocuencia artística, digna de tal nombre, conlleva, ya que, de todas las artes, tanto en Grecia como en Roma, es casi la última que se ha desarrollado como tal. A esto se añade la circunstancia de que, así como en el resto de artes y ciencias —y aun la más alta como la filosofía— abundantes cultivadores de las mismas han alcanzado sus más altas cimas, en la oratoria son contados los oradores de primera, situación ésta particularmente perceptible en la historia de Roma. Y se debe ello —continúa Craso— a que el verdadero orador necesita dominar un amplio número de saberes y técnicas, desde la dialéctica a algo muy parecido al arte escénico, pasando por la psicología, la historia, el derecho, etc.

Este encendido encomio de la elocuencia y este subrayar la escasez, por lo difícil, de oradores realmente buenos 22 debería recibir una buena acogida por parte de los asistentes, pues, como —según Aristóteles 23 — Sócrates decía, no es difícil hablar bien de los atenienses en Atenas.

Pero no se produce así la cosa, entre otras razones, para que el diálogo pueda continuar. Mucio Escévola —que es sin duda el personaje más simpático, bondadoso y encantador del diálogo, un verdadero logro de Cicerón como «dramaturgo»— se opone suave pero firmemente a las pretensiones de su yerno respecto al papel de la elocuencia en la historia del hombre. A lo largo de unos cuantos parágrafos (35-44) Escévola recuerda que a la hora de constituir sociedades, a la hora de sacar al hombre de su estado agreste y reunirlo en ciudades ha jugado un papel mucho más decisivo la prudentia que la eloquentia . Se tiene constancia de la prudencia política de Rómulo, el fundador de Roma, de sabios reyes como Numa Pompilio, o de legisladores en el mundo griego como Solón o Licurgo, mientras que no hay constancia de que estos personajes eminentes en sus sociedades destacasen por su elocuencia.

Pero —continúa Escévola replicando a Craso— es peligroso que Craso vaya sosteniendo por ahí la pretensión de que la elocuencia engloba todo el resto de las artes. Por no hablar de la suya —el derecho— le avisa a su yerno que todos los filósofos, en sus distintas ramas y escuelas le pueden poner pleito, como si de la invasión y ocupación ilegal de una posesión ajena se tratase 24 .

Tras esta primera réplica a las pretensiones de Lucio Craso, que serán continuadas en la parte final del libro por Marco Antonio, Craso mantiene (45-73) que el orador no puede circunscribirse a las exposiciones técnicas propias de un juicio o del foro y que —incluso aquí— precisa de amplios conocimientos de derecho y psicología sin los que no puede llegar a tener éxito en las causas difíciles. Y que con este necesidad de amplios conocimientos —incluso los propios de la filosofía— por parte del orador no pretende ni mucho menos afirmar que estos saberes son competencia primera del orador: sólo mantiene que, si un orador está convenientemente pertrechado de filosofía moral o conocimiento del alma, ése puede disertar sobre la justicia o lo conveniente o las pasiones con más soltura y gracia que el mero especialista; es más, sostiene que esto mismo lo podrá hacer el orador en otros saberes tradicionalmente más alejados de la oratoria, como la arquitectura o incluso la geometría, siempre que previamente se haya informado.

Como puede observarse, la argumentación de Craso apunta en parte a identificar la oratoria como un medio de exposición general, en el que la claridad, amenidad e incluso ornato sea casi tan importante como el contenido mismo. Y si se me apura, yo diría que las razones de Craso —o de Cicerón, que a través de él habla— son en una primera instancia de tipo «profesional»: si un filósofo como Platón o como Teofrasto —dice en § 49— se han expresado divinamente y con elegancia a la hora de exponer sus materias, es porque han acudido a las técnicas propias del orador 25 . ¿Por qué el orador, desde esas técnicas y habilidades no puede hacerse con un saber ajeno, aunque no sea de un modo exhaustivo, sino tan sólo de un modo genérico, superficial, propio de un hombre culto y exponerlo ante cualquier audiencia con más amenidad y elegancia de lo que pudiera hacerlo el especialista?

Me he detenido un poco en exponer lo que —a mi juicio— en el fondo está argumentando Craso porque ello, unido al legítimo deseo de que la oratoria, la verdadera elocuencia, sea restituida al papel que según él tuvo hasta Sócrates y Platón, va a ser un leit-motiv de un buen número de pasajes de todo el diálogo.

Una breves y humorísticas palabras de Escévola cierran este debate entre suegro y yerno, dando paso a un parlamento de mediana amplitud (§§ 80-95) por parte de Marco Antonio y que cierra esta primera sección del libro primero.

Antonio, en principio, está de acuerdo con Craso en que la elocuencia, en su más alto y noble sentido, precisa de una muy amplia cultura, pero también afirma que ese conocimiento ni ha estado al alcance y difícilmente puede estarlo de los oradores que habitualmente frecuentan el Foro y que, por lo general, tienen otras ocupaciones 26 .

Respecto a las relaciones entre retórica y filosofía, recordaba Antonio las discusiones que en tiempos había presenciado en Atenas entre rétores y filósofos —de la Nueva Academia por lo general— en las que éstos intentaban demostrar que la retórica no constituía realmente un arte sino una serie de cualidades más o menos innatas según los individuos y que se desarrollaban mediante la práctica. Que cualquier otra cosa era competencia de la filosofía. Y en ese sentido alude Antonio a una obrita que sobre retórica había escrito años atrás en la que decía que, hombres disertos y de fácil palabra, había visto unos cuantos, pero que, elocuentes de verdad, ninguno hasta la fecha.

Esta intervención de Antonio, que no será la única en este libro, resulta a mi juicio un tanto engañosa, pues puede dar la impresión de alguien totalmente entregado a la filosofía, cuando en realidad está apuntando a que la técnica retórica se reduce a unas pocas y simples reglas y que todo lo demás es práctica, dotes naturales y adecuada imitación.

En este punto Cota y Sulpicio manifiestan su satisfacción por el hecho de que Craso se haya resuelto a hablar de oratoria y del orador ideal, pero desean que Craso sea más concreto y hable de lo que es preciso para acercarse a ese ideal. Pero, como sienten pudor de pedírselo directamente a él, recurren a la amabilidad de Escévola para que actúe como mediador. Tras un breve diálogo y la inicial resistencia de Craso (§§ 96-112), éste se dispone a hablar de esos elementos básicos.

Partiendo de una conocida tríada 27 (natura-ingenium, ars, exercitatio-usus = «naturaleza-dotes naturales, técnica, entrenamiento-práctica») Craso señala (§§ 113-133) que sin unas condiciones mínimas de partida —voz, salud y cierta soltura de palabra— toda técnica, imitación o práctica son inútiles.

Luego, a lo largo de unos diez parágrafos (134-145), Craso va desgranando lo que es obligado conocer para cualquier estudiante de retórica: tipos de causas (concretas y genéricas), los distintos status causae , los tres tipos de discursos —judicial, deliberativo y demostrativo o epidíctico—, los cinco elementos con los que ha de jugar para llevar a término su discurso (encontrar los argumentos que sean más favorables a la causa —inventio —, organizarlos de la más eficaz manera a lo largo de dicho discurso —dispositio —, exponerlos en un lenguaje claro pero elegante y brillante según los momentos y necesidades —elocutio —, memorizar el contenido para exponerlo del modo más seguro pero aparentando naturalidad —memoria — y, finalmente ejecutar todo ello mediante el adecuado juego de gestos, voz y mirada —actio —. Asimismo, tener claro que para conseguir que el juez o público asienta a nuestras tesis hay que: ganarse sus simpatías —conciliare —, demostrar que nuestra postura es la más creíble —probare — y mover, conmover o hacer cambiar de sentimientos a quien ha de juzgar —movere— . Y que el discurso ha de constar de una secuencia fija: proemio o exordio donde fundamentalmente se trata de granjearse las simpatías del juez, narración, donde se expone la causa con la mayor claridad posible, la parte central, donde por lo general se trata de probar los argumentos propios y refutar los contrarios —probatio/refutatio — y, finalmente, recapitular acentuando los elementos favorables y minimizando los contrarios, al tiempo que el orador procura atraerse —y modificar si es preciso— los sentimientos del público a la parte que mantiene —peroratio— .

He enumerado estos elementa artis casi con parecida extensión a la del original por varias razones: primero, porque a ellas se van a referir tanto Craso como Antonio en otras intervenciones de esta obra, aunque no en el mismo orden ni con la misma finalidad; y, en segundo lugar, porque todas estas partes, tanto en esta intervención de Craso como en otras ulteriores, se van a nombrar mediante perífrasis, sin emplear los términos técnicos que eran conocidos en Roma al menos desde la Retórica a Herenio y el juvenil tratado de Cicerón La invención retórica —en la década de los 80 ambos— y seguramente veinte o treinta años antes 28 . Y con esto quiero subrayar lo que ya se ha apuntado antes: y es la voluntad de Cicerón de evitar en este diálogo cualquier tecnicismo, cualquier rasgo que huela a manual. Leeman 29 ha señalado que a lo largo de este diálogo no aparece ni una sola vez el término inventio , a pesar de que de un modo u otro a este tema se le dedica un 75% del libro segundo, el más extenso de los tres 30 . Yo puedo añadir algún dato más en este sentido: el término elocutio sólo aparece una vez, en I 20, es decir, en el prólogo, no en la obra propiamente dicha, y otra vez tan sólo dispositio , mientras que la Retórica a Herenio en 9 y 16, así como Sobre la invención en 6 y 3.

En el tercer punto de su exposición —el entrenamiento o exercitatio —, que ocupa los parágrafos 146-159, Craso, como era de esperar, prácticamente no toca los aspectos más usuales de esta parte clásica del aprendizaje, sea memorizar discursos ajenos o imitar el estilo de un orador o improvisar sobre un tema con una mínima o nula preparación. Sin prohibir nada de eso, Craso insiste en la necesidad de escribir, ya traduciendo del griego y obligándose si es preciso a innovar el léxico del latín, ya escribiendo sus propios discursos: una pluma, dice Craso en § 150, es la mejor y más excelente maestra de oradores.

Esta recomendación de Craso, no de pasada sino deteniéndose en ella, me parece importante, y no tanto por poder documentar o no en Craso la costumbre de escribir sus discursos o, en ese caso, para podernos plantear por qué Craso no dejó nada o casi nada escrito, sino porque, sin duda, era una práctica que Cicerón cultivó antes y después de pronunciar sus piezas oratorias. Y, con todo, eso no es a mi juicio lo más importante, sino el que se considere por parte del Arpinate que el escribir es previo a la oratoria si se ha de buscar una oratoria brillante, rotunda, que levante entusiasmos en el auditorio. Más aún, que desde el momento en el que Cicerón identifica al orador con un escritor que previamente piensa y pule lo que va a decir, resulta fácil el paso que supone ese orador-escritor que, tras escribir, no expone oralmente lo que ha escrito sino que, simplemente, lo publica. Más adelante, en II 51-64, veremos alguna conexión con este tema.

Al terminar Craso su intervención sobre la tríada natura-ars-exercitatio , tanto Sulpicio como Cota quieren mayor concreción sobre los medios, técnicas y conocimientos para alcanzar al orador deseado. Aquí es otra vez el afable y bondadoso Escévola quien de nuevo intercede ante Craso para que sea más explícito; ante la resistencia de éste a hablar de temas que o él no conoce o que no son dignos de ser escuchados, Escévola le anima a que hable de otros asuntos relacionados con la elocuencia no tan banales, como la naturaleza humana, los mecanismos psicológicos a que obedece, la historia y pasado romanos, el derecho… Pues bien, de todo este abanico temático, es el último el que Craso elige para iniciar una larga exposición que se extiende a lo largo de unos cuarenta parágrafos (§§ 166-203).

Esta extensa digresión sobre un tema que, a lo que sabemos, no era específico del arte, ni en su versión griega ni en la romana, puede parecer en un principio extraña, pero no parece casual. Como tampoco lo es el más amplio espacio que en el libro segundo va a dedicar al humor, a lo ridiculum .

Hace ya mucho tiempo que los estudiosos de este diálogo y, en general, de la obra retórica de Cicerón —si no de su totalidad— han advertido el interés que Cicerón tuvo por el derecho 31 . También él en su juventud, como Craso en la suya, llegó a aprovecharse del saber jurídico de Mucio Escévola, el interviniente en este diálogo, estudios que continuó con el afamado jurista y pariente de los Cicerones Gayo Aculeón. No es de extrañar, pues, que Craso-Cicerón conceda gran importancia al conocimiento de las leyes y de su interpretación a la hora de defender un pleito, y en particular, en el sistema jurídico romano donde la forma, el procedimiento, era tan importante o más que el fondo de la cuestión a juzgar. Pero hay algo más, como veremos pronto.

Así pues, Craso pasa a desarrollar este tema, no desde lo importante que el derecho pueda ser en sí, sino desde la facilidad con la que se puede perder un pleito —incluso si está en principio ganado 32 — cuando se lo desconoce. Aparte de exponer en su primera parte lamentables casos, como el citado en nota anterior, de incompetencia jurídica por parte de patroni que pretendían defender a sus clientes, dedica la segunda (§§ 173-184) a criticar la falta de pudor -—impudentia — de tales abogados, reservando la tercera (§§ 185-200) para echarles en cara su descuido y pereza —inertia —, ya que, como suele decir el propio Escévola, nada es más fácil que el derecho, si se trata de conocer las leyes y las interpretaciones y legis actiones más usuales, por más que, según Craso, en un principio se mantuvieran secretas para no compartir con más gente el poder que implicaba conocerlas. Pero a continuación señala Craso que tales conocimientos están meramente acumulados, yuxtapuestos, no organizados, y que el derecho está necesitado de principios jerarquizadores que le han de venir de fuera —es decir, de una «lógica» u órgano metodológico— y que lo organice. Y, añade Craso, esa es una tarea a la que le gustaría dedicar sus últimos años.

No sabemos si Craso abrigó en realidad tales proyectos. Sabemos que no los pudo cumplir, pues a los pocos días de haber tenido lugar este diálogo murió. Sí que conocemos, en cambio, como se acaba de señalar, el interés de Cicerón por el derecho y, además, de su deseo de emprender ese proyecto que en este diálogo se le atribuye a Craso. El texto de Quintiliano (XII 3, 10) sobre tratados que trataban de scientia iuris parecen aludir a algo más técnico que el De Legibus . Gelio (I 22, 10) habla en cambio de una obra de Cicerón titulada De iure civili in artem redigendo («Sobre una sistematización del ius civile» . Igualmente, en el Bruto 152 —compuesto en el 47— Cicerón habla de la obra de su compañero y amigo Servio Sulpicio, el más eminente jurista de la época clásica, como la que tiene claramente un ars —«método transmisible, sistema», mientras que en los Escévolas y anteriores sólo había usus —«experiencia, saber práctico»—. No importa ahora el determinar la cronología de la obra de Sulpicio y la de Cicerón atestiguada por Gelio, o si esta fue una obra publicada y no es esbozo: lo fundamental, a mi juicio, es el subrayar que en la época de composición del De Oratore esta idea de sistematizar el derecho romano le rondaba a Cicerón y que, en cualquier caso, era preocupación de sus amigos que con él compartían la afición por el derecho.

Tras un breve intercambio de opiniones entre los participantes en la conversación (§§ 204-209a), Craso invita a Antonio a que manifieste su autorizada opinión sobre los puntos que se han expuesto.

La prolongada intervención de Antonio (§§ 209-262) se articula en tres secciones: definición y cualidades del orador (§§ 209-218), relaciones entre filosofía y elocuencia (§§ 219-233), así como entre derecho y oratoria (§§ 234-256).

Respecto a la primera Antonio mantiene que lo necesario para ser un buen orador es convencer al auditorio, ya mediante pruebas, ya manipulando sus simpatías y sentimientos a través de un lenguaje eficaz y agradable. Que mantener que todos esos conocimientos que Craso ha dicho que son necesarios es confundir los límites del orador medio con las extraordinarias capacidades de su amigo. Asimismo, que con los ejemplos que pone Craso de eminentes oradores que al tiempo han sido eminentes estadistas o conocedores de la filosofía y del derecho se corre el peligro de confundir la coincidencia de virtudes o habilidades con la pertenencia de un modo natural de dichas virtudes al orador ideal 33 .

Y con relación a la filosofía, Antonio mantiene que no es necesaria para cambiar la actitud del público 34 y ganar los pleitos. Es más, sostiene que, en ocasiones, con la filosofía más bien los pleitos se pierden. Pone como ejemplo de lo primero un famoso proceso contra Sulpicio Galba (§ 227 ss.) en el que este político y orador tan hábil como falto de escrúpulos ganó recurriendo a la sensiblería del pueblo 35 paseando en brazos unos tiernos infantes de los que era tutor. De lo segundo aduce el caso de Sulpicio Rufo, estudioso del estoicismo, que con motivo de un proceso en el que era el acusado, se limitó a defenderse diciendo la verdad y la justicia, como siglos antes lo hiciera Sócrates, y como Sócrates, fue condenado.

Tampoco cree Antonio que el orador necesite ser experto en derecho (§§ 234-256), sino que un mínimo de conocimiento de las leyes y una buena dosis de sentido común sirve para solucionar la mayor parte de los casos. Y que, en cualquier caso, ahí están los jurisconsultos para resolver los puntos difíciles.

Con esta intervención de Antonio, más realista, más pegada a tierra, se cierran la sesión y el libro. Craso lamenta el bajo perfil que Antonio ha asignado al orador, aunque eso lo atribuye a la inveterada costumbre que su amigo tiene de llevar la contraria en lo que —dice— nadie le lleva la delantera. Asimismo anuncia la partida de Escévola quien lamenta haber adquirido un compromiso previo con Lucio Estilón al tiempo que le dirige unas cariñosas palabras a Antonio 36 .

2. Libro segundo

Los once primeros párrafos también funcionan aquí como un prólogo dirigido a su hermano, con el que se inicia la segunda «entrega» de la obra. Evoca ahora Cicerón lo que en la Roma de su niñez y la de su hermano Quinto se decía a propósito de Craso y de Antonio: que el uno había recibido sólo una instrucción elemental y que el otro ninguna en absoluto.

Nosotros sabíamos —continúa Marco— que eso era falso, tanto por haber oído hablar griego a Craso como saber por nuestro tío paterno Lucio Cicerón de la amplia cultura de Antonio. Además, dice Cicerón, resulta imposible para quien los oyera que su elocuencia no tuviera como base una amplísima cultura. Lo que ocurría era que Craso miraba por encima del hombro la cultura griega al uso y prefería la sensatez y prudencia de los nuestros a la de los griegos. Antonio, por otra parte, consideraba que era más seguro en una sociedad como la romana el pasar por persona que no tenía instrucción griega alguna.

Así, tras subrayar la necesidad de amplios conocimientos para ser un orador de primera y asegurarle a su hermano que tampoco este libro va a tener mucho que ver con los manuales griegos al uso, se da paso a la segunda jornada en la que el personaje central va a ser Marco Antonio, como ya se ha anunciado al final del libro anterior.

En ese momento se presentan en la villa de Craso dos vecinos del Tusculano de los que ya se ha hablado 37 , Lutacio Cátulo y César Estrabón, presencia que en un principio provoca la alarma de Craso, sin duda por lo tenso de la situación política en Roma. Pero al decir que los ha enviado Mucio Escévola, son invitados a sumarse a la disertación de Antonio.

La intervención de Antonio, que ocupa todo el libro II si exceptuamos la intervención de César Estrabón sobre el humor (§§ 217-290) y breves intervenciones de Cátulo, Craso o Sulpicio y Cota, tiene en principio como objeto la oratoria como un todo, aunque a lo largo de la misma (I 123) se llega al acuerdo de que Antonio le dará vida y fortalecerá a través de la inventio, dispositio y memoria , dejándole a Craso la tarea de vestirla y adornarla mediante la elocutio y la actio .

El inicio de la misma (§§ 28-30) es espléndido —un magnífico ejemplo práctico de captatio benevolentiae al tiempo que de no tomarse en serio a sí mismo— pues en un tono distendido y humorístico presenta la retórica como el arte de convencer a personas de cosas que no saben por parte de otros que tampoco saben mucho de las cosas de las que están hablando; de convencer a un público que sobre lo mismo puede mantener opiniones diferentes por parte de oradores que mantienen asimismo criterios distintos sobre una misma cosa y aun un mismo orador que, sobre la misma cosa, puede mantener sucesivamente criterios encontrados.

Claro que si es así como el orador puede en ocasiones verse a sí mismo o ser visto por terceros, está también el lado serio de la cosa, y así —tal como Craso en el libro primero— se inicia otro encomio de la elocuencia (§§ 32-40). Aquí, como ya había apuntado Antonio en I 80-95, sigue manteniendo sus dudas sobre la posibilidad de que la práctica oratoria, los medios de persuasión, puedan en gran medida reducirse a ars , a método, fuera de las consabidas recetas de los manuales o incluso otras más afinadas. Y que aunque en el Foro ve a menudo cuáles son los éxitos y los procedimientos adecuados para ganar una causa, que no es posible establecer de un modo preciso esos pasos antes de iniciarse una causa concreta. En cualquier caso, sea o no un arte, dice Antonio, no hay nada más hermoso para él que un orador y una elocuencia plenas. Se vuelve aquí a oír, como antes en Craso, la capacidad del orador para convencer asambleas o para hacer cambiar de opinión a jurados; o para la alabanza y el vituperio, para recorrer los tres tipos de discursos tradicionales.

Pero es que a continuación (§ 36) —y tras una tan breve como famosa alabanza de la historia 38 — reclama dicho género para el orador, reclamación que más adelante veremos en detalle, y señala específicamente que el expresarse de un modo elegante y variado es tarea específica del orador, y que toda obra que no sea verso y que tenga que ver con el lenguaje artístico es competencia del mismo. Éste es el programa, prácticamente idéntico al de Craso y que en la sección siguiente se ejemplificará precisamente con la historia.

El siguiente apartado trata de lo que es propiamente el ámbito de la elocuencia, de la materia artis , y que ocupa los parágrafos 41-73. El primero de los apartados (§§ 41-50) trata de los ya sabidos y tratados tria genera causarum (judicial, deliberativo, epidíctico); pero mientras que los dos primeros —la esencia de la oratoria tradicional y realmente cultivada en Roma— la despacha en dos parágrafos, dice que el tercero es menos importante; ante una aclaración por parte de Cátulo e incidiendo en los encomios o laudationes , Antonio dice que sus preceptos son muy genéricos y que no precisan de ninguna técnica retórica. Y sigue argumentando hasta el § 50 a propósito de este tipo de temas o de otros semejantes, como las consolationes , ninguno de los cuales tiene reglas específicas, como no las tiene ni precisa el prestar declaración como testigo. Pero este ausencia de reglas para este tipo de temas no quiere decir que la oratoria no las pueda o deba tratar; todo lo contrario y, además, con los más elevados recursos.

Y es precisamente aquí —§ 51— donde Antonio le pregunta a Cátulo: «¿qué clase de orador y qué tipo de hombre se precisa para escribir historia?». «De los cimeros», dijo Cátulo, «si se escribe como los griegos; si como los nuestros, no hay que recurrir al orador; basta con ser veraz». Aquí se inicia una sección de casi quince párrafos en los que Antonio diserta sobre la pobreza de la historiografía romana hasta la fecha y lo que debería ser una historia romana digna de los modelos griegos. Es esta una sección más tratada por la historiografía latina y la historia de Roma que desde una perspectiva retórica 39 , ya que es la primera y más segura fuente acerca de los annales pontificum y su problemática recopilación por el pontífice máximo Mucio Escévola y donde la filología ha tenido que suplir a veces con la imaginación lo magro de la noticia.

Centrándonos en su conexión con la retórica, la inclusión de la historia como competencia del orador —munus maxime oratorium , dice Antonio más adelante— responde, en primer lugar, a la adscripción a la oratoria de cualquier tipo de exposición, como ya había señalado Craso y hace un momento Antonio; adscripción que, a mi juicio, reposa en la vinculación del discurso a la tarea de escribirlo, antes y después de pronunciarlo. También ha podido influir en Cicerón el mundo helenístico que, en el plano práctico, cuenta con una abundante escuela de historiografía «retórica» ligada a Isócrates y, posiblemente una consideración teórica por parte de Teofrasto en su perdida obra Perì historías y en la que se comparaba a Heródoto con Tucídides. Con todo, la historia era un género —como acabamos de señalar— asentado ya de antiguo en la literatura griega como para justificar por las razones anteriores una adscripción a la retórica. Más bien habría que ver aquí, como de antiguo ya se ha observado 40 , un particular interés de Cicerón en adentrarse en el género histórico con vistas a una obra relacionada con su consulado.

Un breve apartado (§§ 65-73) cierra esta sección insistiendo en los conocimientos de tipo general para un brillante ejercicio del oficio de orador.

A continuación vienen tres secciones: una dedicada a los elementa artis (§§ 74-84), una segunda al ingenium o dotes naturales (§§ 85-88) y la tercera a la exercitatio (§§ 89-98). Son, de hecho, tres puntos que ya han fueron tratados, aunque en diferente orden, en el libro primero por Craso (§§ 113-159). Y por más que haya variaciones y una perspectiva ligeramente distinta, no hay nada esencial que sea nuevo.

En el parágrafo 99 se inicia en este libro lo que, haciendo expresa referencia a ello, Cicerón denomina technología 41 . El primer gran bloque (§§ 99-306) viene a coincidir con esa orationis pars que la retórica denomina inventio; páginas atrás definía de un modo un tanto laxo la inventio como el encontrar los argumentos más favorables a la causa, pero sería más adecuado en concretar ese «encontrar» como un hallar los medios de persuasión más favorables y eficaces para la causa, pues no siempre esos medios son de índole argumentativa.

Pero antes de afrontar esta tarea hay que tener en cuenta otras divisiones y categorías que la retórica ha ido utilizando desde Aristóteles a la época de Cicerón. Están en primer lugar los llamados tria oratoris officia: probare, conciliare, movere; estos deberes o tareas del orador son distintos modos y medios con los que se afronta la finalidad última, que es la persuasión. Pues mientras que con la primera se alude fundamentalmente a la argumentación lógica (o, más bien, al silogismo retórico, que busca lo probable y verosímil y no la estricta verdad necesaria), con el conciliare y el movere se alude al éthos y al páthos; mediante el éthos el orador y/o su defendido se presentan ante el juez de la manera más favorable, mientras que a través del páthos el orador busca provocar —muchas veces, de un modo violento— un cambio de sentimientos en el juez o público. Si trasladásemos estos términos a las funciones jakobsonianas del lenguaje, hablaríamos de una función expresiva y una función conativa.

Por otra parte, esas tareas no se presentan siempre en una misma proporción ni mucho menos, sino que es el orador el que ha de decidirlo después de haber examinado cuidadosamente el status causae y, en particular, el grado de credibilidad que presenta la causa en el momento del juicio. Así, si nos centramos en una causa penal, habrá que decidir si se admite o no la comisión del hecho; si se admite, qué razones se aducen para justificarlo; o que excusas, en el peor de los casos. En función de cada posibilidad se argumentará en un sentido u otro, o se le concederá más peso al probare , al conciliare o al movere .

Teniendo en cuenta todo ello es por lo que encabezando la sección de la inventio hay dos apartados en cierto modo previos: el dedicado a los status quaestionis (§§ 99-113) y a los tria oratoris officia (§§ 114-131).

Otro apartado sobre la argumentación en general (§§ 132-151) y una digresión sobre la dialéctica griega (§§ 152-161) preceden la sección sobre los tópicos.

En el primero Antonio hace énfasis en el hecho de que, aunque la mayor parte de las causas que un orador trata son finitae —concretas, no genéricas—, sin embargo muchas veces esas causas concretas tienen como meollo una cuestión que es más bien general —por ejemplo en qué consiste la maiestas o el postliminium — y que, en consecuencia, el orador no ha de ir buscando y resolviendo casos individuales sino aprender los tipos de casos que pueden darse. Y estos modos de razonar genéricos o de buscar la cualidad de una determinada actuación (por ejemplo, lo justo o lo legal) llevan a Antonio y a Cátulo a un breve excursus sobre la dialéctica, como saber general que organiza y jerarquiza parcelas de la realidad. Tras hacer mención a la dialéctica estoica 42 y su aplicación a la retórica, Antonio concluye que es rígida en exceso y en cambio más útil la perspectiva que de la retórica había mostrado Carnéades en la famosa embajada del 155.

Esta digresión vuelve a enlazar con el tema de la argumentación general dando paso a la sección que trata de los tópicos (§§ 162-177) o loci , es decir, «plantillas» o «falsillas» lógicas que el orador al preparar la argumentación a usar en la causa va escogiendo. Hay común acuerdo 43 en el hecho de que la doctrina de los tópicos en Cicerón depende directamente de Aristóteles y que el Arpinate, de forma sistemática aunque abreviada va a tratar en su Topica , traducción—adaptación que va a dedicar precisamente al que años más tarde sería eminente jurista en tiempos de Augusto, Trebacio Testa. No es de extrañar, pues, que en § 165 y ss. la división, clasificación y enumeración sobre los distintos tópicos o loci sea el mismo que desarrolla en Topica 8 y ss.

El apartado siguiente de la inventio es el relativo al éthos y el páthos (§§ 178-216), a cuya función ya he hecho mención más arriba y cuya doctrina es asimismo aristotélica, dándosele igualmente en Cicerón una mayor extensión al páthos respecto al éthos , aunque haya diferencias entre ambos tratamientos 44 . A una primera parte teórica le sigue una sección práctica (§§ 197-204), un detallado relato por parte de Antonio del proceso contra Norbano en el que —en una situación casi desesperada para su cliente— consiguió darle la vuelta a la causa mediante un inteligente uso del éthos y el páthos , sin descuidar, por supuesto aspectos propios de la argumentatio .

Y para concluir con el gran bloque de la inventio —y dentro del éthos — tenemos un largo capítulo (§§ 217-290) dedicado al ridiculum («humor», «agudezas», «medios para hacer reír/sonreír») como medio de persuasión, sección que va a exponer el hermano de madre de Lutacio Cátulo, César Estrabón.

La inclusión del tema del humor como sección de un tratado más o menos atípico de elocuencia es tan extraño a la tradición que siempre se ha visto esto como una particularísima voluntad de Cicerón en tratarlo. Es sabida, tanto por Quintiliano —quien a imitación suya incluyó en el libro sexto de su Institutio una sección titulada De risu — como Plutarco o Macrobio, entre otros, la afición, muchas veces incontinente, de Cicerón por los chistes y dichos ingeniosos, de suerte que sus enemigos le llamaban scurra consularis («bufón que había alcanzado el consulado»).

Sean cuales fueran las intenciones o voluntades de Cicerón, lo cierto es que este capítulo es extraordinariamente interesante y que ha merecido varios trabajos en los últimos cien años; Leeman, en su tantas veces citado comentario ofrece no sólo un estado de la cuestión muy completo sino además aportaciones muy interesantes 45 . Así, Cicerón distingue dos tipos de humor —o, mejor dicho, dos modos de conseguir el ridiculum: uno es mediante la dicacitas , es decir, el dicho agudo, puntual, mordaz, y otro es la cavillatio , que en ocasiones llama festivitas , y que es un humor difuso, no hiriente, que testimonia más el ingenio de quien lo dice que una situación desairada de quien es objeto de él. Además, Cicerón ofrece una división del humor, del ridiculum , según que tenga como fundamento verba —palabras— o res —una situación—, división que sugiere una fuente griega influida por la retórica. Leeman, en cambio, cree que la división dicacitas/cavillatio-festivitas es de raigambre romana o, si se quiere, itálica.

Hay también que decir que en la tractatio del humor (§§ 235-290) la división en tomo a la cual se clasifican sus distintas manifestaciones es el eje res/verba . Pero, con todo, yo creo que con la división dicacitaslfestivitas Cicerón apunta a algo más allá de una nueva división ligada a la tradición romana y que a mi juicio no ha subrayado o apuntado Leeman. En efecto, en los primeros párrafos de la sesión y tras haber dado como división primera del ridiculum el de dicacitas y festivitas , César Estrabón pone como ejemplo de uno y otro dos discursos de Craso: en el primero, la defensa de Manio Curio contra Mucio Escévola el Pontífice, toda ella rezumaba buen humor, travesura, bonhomie; en ningún caso da ningún golpe que hiera, como sabía hacerlo, pues quiere preservar la dignidad del adversario y la suya propia. En cambio, en la causa con Bruto, acusador profesional y persona despreciable, utilizó, dice César, lo uno y lo otro y no se ahorró gracia por hiriente que fuera, pues eso era lo que quería.

Dicho de otro modo: a mi juicio, con la cavillatio o la festivitas Cicerón está refiriéndose a un tipo de humor que apunta al éthos , es decir, a presentar al orador desde la mejor situación posible; aquí, concretamente, como persona inteligente al tiempo que divertida y sin necesidad de herir a nadie para ello. Con la dicacitas , en cambio, el humor apunta al páthos , es decir, a la posibilidad de actuar mediante la risa, el ridículo, lo deforme, contra el adversario.

La segunda orationis pars de la que habla la retórica tradicional es la dispositio —táxis en griego— es decir, la tarea de colocar nuestros «hallazgos» en cada uno de los segmentos secuenciales 46 del discurso. Aquí también hay que combinar no sólo los elementos hallados en la inventio así como las otras orationis partes no tratadas —elocutio y actio en especial sigriega que romana y aunque lasno que hay que entrecruzarlos con los tria oratoris officia (probare/docere, conciliare/delectare, movere) .

Lo que Antonio sostiene (§ 310) es que, dentro de esos tres deberes del orador, —informar, granjearnos las simpatías del público, cambiar o influir en sus sentimientos— lo primero que hay que hacer es aparentar que lo único que estamos haciendo es informar. Que, asimismo, hay ciertas partes del discurso en las se espera un officium y un tono específicos: que la conciliatio es más esperada en el exordio, así como el movere en la peroratio y el docere en la narratio y el probare en la argumentatio , pero que la especificidad de cada causa determina cuándo hay que cambiar estas habituales correspondencias.

Un último apartado (§§ 333-349) antes de pasar a la memoria, lo dedica Antonio a la inventio y dispositio del género deliberativo y del demostrativo o epidíctico en sus vertientes encomiástica o de vituperio. En el género deliberativo Antonio repasa los temas que ha de dominar el orador y que coinciden con los que aparecen en la Retórica de Aristóteles, 1559b19 ss. También recuerda que este género en Roma se da en dos escenarios: la asambleas populares y el senado, y que la diferencia entre ambas audiencias requiere asimismo métodos y medios distintos; así, algunos procedimientos más efectistas o más vinculados al páthos son más adecuados a las asambleas del pueblo que al senado, órgano supuestamente compuesta de personas sabias y prudentes.

El género epidíctico es considerado en principio por Antonio menos importante. Es más, en conjunto lo considera una práctica más griega que romana y aunque las laudationes funebres sean típicamente romanas, no es esa la mejor ocasión, dice, para provocar las excelencias de un discurso. En cualquier caso, el género epidíctico, en cuanto que trata fundamentalmente en la exposición de temas relacionados con las virtudes o los vicios requiere del orador que lo practique un apreciable conjunto de amplios y varios conocimientos 47 .

Una sección sobre la memoria como elemento fundamental del arte (§§ 350-360) y sabrosas anécdotas al respecto cierran la sesión y el libro.

3. Libro tercero

El prólogo o introducción del tercer y último libro del diálogo (§§ 1-16) se abre con unas evocaciones y reflexiones por parte de Marco a su hermano Quinto, aunque aquí el tema y el tono es completamente diferente; en efecto, Cicerón evoca la muerte de Craso, ocurrida días más tarde del final de este diálogo y a consecuencia de lo que nuestro clásicos llamaban «dolor de costado», sobrevenido en una tormentosa sesión del Senado, en la que Craso se enfrenta al cónsul Marcio Filipo. En el resto del prólogo (§§ 7-16) discurren una serie de temas más o menos tradicionales: el dolor ante la muerte de un varón todavía con fuerza y facultades y cuando podía haber iniciado un honroso retiro y merecido descanso —otra vez el otium cum dignitate inicial— da paso a un tema consolatorio, seguramente tópico, y que años más tarde nos lo vamos a encontrar en el Bruto a propósito de la muerte de Hortensio: lo que ocurrió en Roma y en Italia al poco de su muerte fue tan terrible que parece, dice Cicerón, que los dioses inmortales no le arrebataron la vida a Lucio Craso, sino que le regalaron la muerte. Y da paso a una apretada y dramática evocación —al hilo de la guerra con los itálicos, la primera «marcha sobre Roma» de Sila, los consulados de Cina y el regreso de Mario— de la muerte violenta o no querida de Sulpicio, Antonio y Cátulo. En fin, un capítulo que debe ocupar un puesto de honor en una antología de Cicerón y de la literatura latina y que apunta a lo que Cicerón podía haber hecho escribiendo narrativa histórica o biografía, de no haber estado obsesionado con guardar memoria de su consulado.

Tras un breve paso (§§ 17-18) en el que Cota —el informante de Cicerón— recuerda a Craso, tumbado en la hora de la siesta, pero en realidad preparando mentalmente su intervención sobre la elocutio y la actio , se inicia la sesión de la tarde.

Comienza Craso manifestando lo imposible de su intento, en cuanto no se puede disociar la forma —verba— del contenido, que es sólo una manifestación más de la unidad de todo lo existente, para lo que se remonta no ya a escuelas conocidas, sino al parecer a los eléatas (§ 20). Y, asimismo, para dejar claro que el ornato del que va a hablar es uno entre los varios estilos que la oratoria y, en general, la expresión lingüística admiten, Craso se extiende sobre la variedad de estilos en las artes y, en general, en las literarias (§§ 25-37).

Pero antes de entrar en el terreno del ornato o la elocutio , Craso habla (§§ 37b-55) de dos cualidades o virtudes del lenguaje previos a todo lenguaje artístico, cual son la latinitas (utilizar un latín correcto y castizo al tiempo) y la perspicuitas (expresarse con claridad y transmitir con precisión lo que se pretende decir); es más, dice Craso, cumplir con estos requisitos no sólo es indispensable para cualquier aspirante a orador sino necesario para cualquier ciudadano digno de tal nombre.

A continuación viene un bloque ¿o dos?, desde el parágrafo 52 al 147 —más de un tercio del libro— en el que Craso habla del ornato, sí, pero de un modo muy genérico y que nada tiene que ver con el tratamiento que a este capítulo le había dado la Retórica a Herenio o el que le dará más adelante Quintiliano. De hecho la noción de ornato se cruza con la noción de aptum —es decir, la adecuación de la forma al contenido— y, desde ahí, Craso va retomando la noción de orador ideal que ya había tratado en el libro primero. Claro que la noción misma de orador ideal lleva a Craso a adentrarse en la historia de la filosofía, en los distintos modos de abordar el conocimiento y otros terrenos que no parecen tener mucho que ver con la elocutio .

Intentaré, con todo, ofrecer una cierta articulación y estructura de esta amplia parte, ahora ya sin la inestimable ayuda del comentario de Leeman:

En §§ 52-55 inicia el tema del ornato que, cuando es adecuado al contenido —aptum — da lugar a algo muy parecido al orador ideal y a la verdadera elocuencia. El tema del estilo y de lo adecuado se retomará en §§ 91-95, pero mientras tanto (§§ 56-89) Craso se adentra con nostalgia en la antigua unidad entre el dicere y el sapere , viva en Grecia hasta Sócrates. Frente al orador vulgar, reducido a sus pleitos, y el filósofo desvinculado por lo general de la elocuencia, sería deseable que el orador se acerque a la filosofía, entendiendo por tal un conocimiento lo más amplio posible. Claro que reconoce que la adquisición de tales conocimientos es imposible en la vida real y, en particular, en la tan ajetreada que él y sus compañeros llevan en Roma.

Entre el § 91 y el § 108 parece centrarse Craso en el ornato. Señala que ha de ser sencillo, pues la excesiva sofisticación cansa en el lenguaje artístico, del mismo modo que el gusto y la vista se hastía antes de lo excesivamente elaborado que de lo que es más simple. Asimismo subraya la necesidad de lo aptum , en cuanto que el estilo es un medio poderoso de realzar o aminorar el contenido. Y señala también la especial relación que tiene el ornato con el género demostrativo, ese tercer género tan recurrente a lo largo de todo el diálogo. La referencia al género epidíctico o demostrativo, le da pie para una breve vuelta a esta cuestión y, sobre todo, para hacer énfasis en los conocimientos que este tipo de discursos precisa. No es de extrañar que Craso aproveche tal afirmación para apartarse otra vez del tema propuesto: en §§ 111-119 diserta sobre los tres tipos de conocimiento —conjetura, definición y «consecuencia» 48 — para afirmar más adelante (§§ 120-124) que el orador puede y debe tener acceso a esos tipos de conocimiento. Una intervención de Cátulo (§§ 126-131) compara la postura de Craso con la de los sofistas, lo que le da a éste pie para reivindicar la unidad del saber (§ 132-143) y lamentar la excesiva especialización actual; al mismo tiempo subraya que en la Grecia antigua, de los llamados siete sabios, sólo Tales de Mileto había dejado de gobernar su ciudad y que tal unidad de saberes fue real hasta Pericles. A este respecto resulta muy curioso lo que Craso-Cicerón dice en § 141 de Aristóteles, y es «que habiendo Isócrates transferido sus lecciones del ámbito de las causas políticas y judiciales a un huero artificio estilístico, trastocó bruscamente casi todo el planteamiento de esta disciplina (…) En consecuencia, adornó e iluminó toda esa disciplina y conjugó el conocimiento teórico con la práctica del discurso» 49 . Una intervención de Cota y Sulpicio (§§ 144-147) pidiéndole a Craso mayor concreción cierra esta larga y al parecer errática disertación de Craso sobre el ornato… sin haber entrado propiamente en ello, cosa que ocurrirá de verdad a partir de ahora.

Con todo, podemos ver en toda esta sección una cierta unidad y una función, por más que no resulte demasiado clara: conectando el ornato con lo aptum como patrimonio del verdadero orador, y al subrayar la importancia que el estilo tiene en el género demostrativo, reclama para el orador la exposición doctrinal de todos los saberes que pueden ser objeto de ese tertium genus . La figura de Aristóteles, al incluir la léxis en un tratamiento sistemático de la retórica está avalando las pretensiones del Craso ciceroniano.

Como ya he dicho, Craso en §§ 148-212 desarrolla (¡por fin!) los fenómenos propios del ornatus o lenguaje artístico propio de la oratoria. Y lo hace en dos secciones: la una (§§ 148-170) trata de la palabra aislada y la otra (§§ 171-211) de las palabras en conexión, sea formando sintagmas, frase, o, lo que es más común, periodos.

La dedicada a la palabra aislada cubre tres temas: los poetismos y/o arcaísmos, los neologismos y la metáfora. Es esta última —ya definida y tratada por Aristóteles en su Retórica — la que es tratada por Cicerón con aportaciones propias muy valiosas y con mayor extensión que el Estagirita. Hace ya casi 40 años que Leeman 50 analizó muy agudamente el tratamiento que Cicerón hace de este fascinante fenómeno lingüístico. Y sigue siendo un pasaje ciceroniano que no deja de admirar, al tiempo que subraya, una vez más, la extraordinaria sensibilidad e inteligencia que el Arpinate poseía para cualquier cosa relacionada con los fenómenos del lenguaje.

La sección dedicada al ornato de palabras en conexión se articula asimismo en tres apartados: uno muy breve relativo a la colocación y orden de las palabras 51 (§§ 171-172), los fenómenos relacionados con el ritmo, y en particular con las cláusulas silábicas (§§ 173-198) y lo correspondiente a las figuras de dicción y pensamiento (§§ 199-211). La extensión que a cada uno de los temas se dedica habla por sí sola.

Dejando a un lado el primer apartado, el dedicado al ritmo es otra joya ciceroniana, donde al hilo de esta cuestión se abordan cuestiones que rebasan con mucho la lengua y plantean aspectos muy interesantes sobre la génesis de ciertas categorías estéticas, o la relación que a juicio del Arpinate existe entre lo estéticamente positivo y la necessitas o la utilitas (omne tulit punctum qui miscuit utile dulci dijo años más tarde Horacio). Lo esencial sobre el ritmo en el periodo está ya dicho en esencia aquí y sin ese tan enfadoso como inútil problema de aticismo/asianismo que subyacen a buena parte de Bruto y El Orador .

El último apartado sobre la figuras de dicción y de pensamiento —trece parágrafos en total— da una idea de la premura con la que Craso-Cicerón trata de este apartado, que representa más de un 60 o 65% del espacio que tratados antiguos o modernos dedican a la elocutio . Si se tiene en cuenta que los trece parágrafos se reducen en rigor a seis, y que materia semejante en el Manual de Lausberg ocupa no menos de cuatrocientos cincuenta parágrafos y cuarenta y cinco páginas de apretada letra y doctrina de la Antike Rhetorik de J. Martin 52 , se podrá apreciar el interés de Craso en tratar con un mínimo de claridad este apartado de la elocutio , sobre todo cuando se recuerda que ha dedicado un espacio más del doble a la metáfora y casi el triple al ritmo en el periodo.

De este modo, a lo largo de estos siete parágrafos, Cicerón nos inflige una catarata de términos sin definir o de perífrasis sin ejemplificar, que son un auténtico martillo de traductores al tiempo que áurea oportunidad de aguzar la imaginación y las dotes hermenéuticas de los filólogos. Y pobre consuelo es que, al final de la intervención de Craso, Sulpicio y Cota vengan a decir que no se han enterado de la mitad. Tampoco, el que el sesudo y verecundo Quintiliano —admirador incondicional de Cicerón— confiese que hay términos que, o están donde no corresponden, o que no sabe qué quieren decir. Y, mucho menos, la razón que da Craso ante las quejas de premura por parte de sus jóvenes oyentes: que es tarde y el sol se está poniendo; y donde ya no se sabe si se añade la mofa a la befa o al revés.

¿Podemos apuntar alguna razón de más peso que la astronómica? Resulta difícil. Está, por un lado, la inequívoca voluntad de apartarse de cualquier olor o sabor a manual que se mantiene a lo largo del diálogo; y yo creo que es un componente a tener en cuenta. Pero quizá haya otro, más humano —demasiado humano, posiblemente— que apunta a la inertia de nuestro Craso-Cicerón: ambos posiblemente —y seguramente, Cicerón— eran capaces de utilizar adecuada e inteligentemente las figurae que son aludidas en este lugar en un discurso. Otra cosa es que fueran capaces de definir y ejemplificar de un modo inequívoco tales figuras, del mismo modo que es más fácil hablar —incluso bien— que explicitar los mecanimos que nos llevan al aprendizaje y producción del lenguaje. Mucho me temo, a este respecto, que la siesta que no durmió Craso para poder exponer por la tarde se la tomó Cicerón para no hablar de las figurae , aprovechando que se ponía el sol.

Y aún quedó un poco de luz para tratar de la actio —ejecución, performance — la última pars de la retórica. A lo largo de unos quince parágrafos, se trata tanto de su importancia —a la que Demóstenes asigna no ya el primer lugar sino también el segundo y el tercero— sino lo relativo a los gestos y la voz. Hay observaciones interesantes y curiosas, como el esclavo que con una flauta le daba el tono a Gayo Graco cuando pronunciaba un discurso.

El diálogo se acaba con unas palabras en las que Craso augura al joven yerno de Lutacio Cátulo —Hortensio— un brillante porvenir como orador, tal como Sócrates se lo auguró al joven Isócrates en el Fedro . Es un toque literario más por parte de Cicerón; es, posiblemente, un homenaje a Hortensio. Claro que la fama de Isócrates, en la oratoria forense, real, fue superada por Demóstenes, como Cicerón superó a Hortensio. ¿Para quién es el homenaje?

E. ORIGINALIDAD DEL DE ORATORE Y SU VINCULACIÓN A LA TRADICIÓN ARISTOTÉLICA

Aun admitiendo que el De Oratore no es tanto un tratado de retórica —y mucho menos un manual o conjunto de preceptos escolares— cuanto un esbozo de la función y formación del orador ideal en la sociedad romana de su tiempo, sería legítimo plantearse la existencia de un bastidor teórico en el que sustentar los principios retóricos que Cicerón consideraba una buena parte, aunque quizá no la esencial, de la formación de ese orador ideal. Y dado que Cicerón en más de un lugar afirma la vinculación entre retórica y filosofía o, en todo caso, la estrecha imbricación de una y otra en su formación intelectual, este fundamento teórico ha de tener ese carácter filosófico o generalista y alejado de lo estrecho de un tratado escolar. Y sustenta tal pretensión el que a lo largo del De Oratore hay abundantes referencias no ya a la filosofía, sino a Platón, Sócrates, Aristóteles, Teofrasto, asi como eminentes miembros de la Estoa o la Nueva Academia, tal como Carnéades, Diógenes, Critolao…

Sin embargo, las fuentes griegas existentes —y en particular entre Aristóteles y Cicerón— distan de proporcionar una tradición mínimamente amplia y segura. Obras importantes como el Perì léxeōs de Teofrasto no han llegado a nosotros. Por otra parte, de las escuelas postsocráticas sólo tenemos fragmentos y, dentro de ellos, son escasos los que tienen que ver con la retórica 53 . En cuanto a la obra de Hermágoras 54 y su doctrina de los status causae cubre una pequeña parte de los temas y puntos de vista tratados en el diálogo ciceroniano 55 .

Es más, ni siquiera la Retórica de Aristóteles puede representar una base sólida a partir de la cual interpretar los fundamentos de la retórica ciceroniana en el De Oratore . Y ello por dos razones: la primera es que en modo alguno es seguro que Cicerón conociese de primera mano la Retórica de Aristóteles 56 y, en cualquier caso, no es seguro que sea la que ha llegado a nosotros; la segunda está ligada en cierto modo a la primera: y se concreta en el hecho de que, tal como ha llegado a nosotros la Retórica , presenta tal cantidad de contradicciones e incoherencias y ha dado lugar a tal cúmulo de hipótesis e interpretaciones en los últimos ciento cincuenta años, que difícilmente ha podido ser modelo de claridad y construir en su totalidad el universo retórico del mundo helenístico y romano.

En cualquier caso, lo que es evidente tras una cuidada lectura del diálogo ciceroniano es que, como ya se ha dicho, ni es un tratado sobre retórica ni mucho menos una retórica travestida de filosofía a fin de ganar respetabilidad ante el mundo intelectual griego 57 .

Se trata, simplemente, de vincular el ars dicendi tradicional, por un lado, con una cultura y sensibilidad lo más amplias posible y que no excluye, sino más bien exige una cierta familiaridad con la filosofía, como expresión más acabada de la búsqueda de lo genérico; y por el otro con la sapientia y prudentia romanas, virtudes estas que no se entienden en esta época sino ligadas a la vida social, civil. Y —last but not least — todo ello desde Roma, por un romano y para romanos.

Si se admite esto, pienso que todo lo demás, al menos de momento, ha de pasar a segundo plano. Y también desde esta perspectiva creo que no tiene demasiado sentido hablar de originalidad de Cicerón respecto al mundo griego, pues los griegos en esa época difícilmente podían plantear cuestiones relativas a la función social de la retórica que rebasaran el ámbito de lo personal. Por otra parte, no era un romano cualquiera el que formulaba tal propuesta: sin duda el mejor orador del momento —y eso desde el 70— era al mismo tiempo uno de los romanos más cultos y de más aguda inteligencia; y aun sin ser admitido por el nucleo duro de la nobilitas y haber vivido momentos duros en su vida personal y política, no dejaba de ser el consular que en el año 63 fue aclamado pater patriae .

Y si todas estas circunstancias son las que sirven, a mi juicio, para singularizar esta obra dentro de la historia de la cultura y de la retórica y, en particular, de la búsqueda de ese orador ideal que colocase la elocuencia en las regiones más elevadas de la paideía , el talento literario de Cicerón consiguió, además, hacer del De Oratore una verdadera obra de arte.

Pues sólo una perversión de lo que es la esencia de la obra de arte, de la obra literaria, puede considerar —como en la práctica ocurre— más ‘literarios’ discursos como las Catilinarias , las Filípicas o En defensa de Milón y relegar en cambio a la categoría de ‘tratado’ o ‘tratado técnico’ obras como la presente o las Tusculanas. Y no es mi intención adentrarme aquí en lo que, dentro de la prosa, es lo literario, pero sí dejar claro lo que para mí no lo es: discursos como los mentados pueden ser —y de hecho lo son— hitos en el desarrollo de una prosa artística en lenguas como el latín; son asimismo ejercicios de inteligencia, de habilidad a la hora de lograr la persuasión del auditorio a través del docere y del movere y mediante una expresión lingüística rotunda o plácidamente hermosa. Pero la inmediatez de la utilitas que toda causa —sea privada o política— hace casi imposible su inserción en la esfera estética que, como mínimo, ha de propiciar la transformación mediata del ‘en sí’ en un ‘para nosotros’, para decirlo en palabras de Lucáks.

El De Oratore , en cambio, reconstruye un diálogo habido unos cuarenta años antes entre eminentes personajes de la vida política y cultural romana, todos ellos desaparecidos. En medio de una situación política muy delicada —y precisamente para evadirse momentáneamente de ella— dichos personajes dedican día y medio en tres sesiones a exponer y discutir sus puntos de vista tanto sobre la esencia y función de la oratoria como en el diseño de ese orator perfectus , de ese vir vere eloquens que Lucio Craso propone como ideal dentro de una sociedad plenamente romana. Pues bien, Cicerón, con esos mimbres y alguno que otro propio consigue un diálogo notablemente vivaz si se tiene en cuenta lo grave —y aun árido— de la materia a tratar, y todo ello creando o recreando un ambiente de fina camaradería, de iocunditas y aun de festivitas , en fin, de civilizada inteligencia, que logra transformar ese «pedazo de romanidad» —real y al mismo tiempo imaginada— en algo vivo y tangible, pero, al mismo tiempo, en un modelo, en una referencia vital e intelectual, no sólo para los romanos que lo leyeron, sino para otros lectores más alejados de ese mundo y esa cultura.

Pero hay otro punto importante en el De Oratore que va más allá de ese papel eminente que el verdadero orador ha de tener en un sociedad como la romana, y ello es el ámbito o los ámbitos en los que ese orador ideal ha de ejercer su elocuencia. Claro está que aquí Cicerón —o el personaje que en el diálogo le es más afín, Lucio Craso, aunque contrapesado en parte por Antonio— trata fundamentalmente las llamadas quaestiones civiles (zētḗmata politiká en la terminología estoica y luego desarrollada por Hermágoras) y que se concreta en el género judicial, en el deliberativo o político y en el epidíctico o encomiástico 58 . Y aun dentro de este reparto tradicional de las clases de discursos hay que observar, a mi juicio, dos cosas: la primera es una ejemplificación casi constante de los temas de retórica ‘civil’ con casos judiciales, sean de carácter privado o penal, sin mencionar casi los de carácter deliberativo o político 59 . La segunda es que el género epidíctico en cuanto tiene por objeto laudationes y encomios, aunque es mentado y hasta se enumeran los loci adecuados para este género, es omitido de un modo explícito por Antonio en su larga intervención del libro segundo como poco serio y más bien propio de los griegos; a lo sumo, tomará en cuenta una variante que es específicamente romana, la laus funebris .

Pero esto, en el fondo, no es algo esencial, pues se trata de hacer énfasis en un género oratorio o de preterir otro por no considerarlo importante. Lo que sí resulta llamativo es que al tiempo que se omite el género encomiástico, Craso a lo largo del libro primero y tercero y Antonio en el segundo reclamen como espacio específico del auténtico orador el poder exponer —dicere o disputare en latín— con soltura y elegancia sobre cualquier materia, siempre y cuando tenga un conocimiento básico pero no profundo de la misma; y que esa capacidad del orador corresponde al tertium genus .

No hay que decir que la pretensión de Craso era lo suficientemente insólita como para despertar en sus compañeros de discusión —en especial Mucio Escévola— un rechazo casi de plano en su auditorio; y que tal pretensión puede irritar a un lector moderno y aun invitarle a no continuar con la lectura del diálogo. Lo que sí quiero es plantear las razones de esa aparente contradicción e indagar en las razones de esa desmesura a la hora de reclamar la retórica como ámbito de omni re scibili . ¿Mera megalomanía o borrachera de alguien que se sabe un maestro de la palabra hablada y escrita? Es posible, pero un tanto dudoso, si a Craso o a Cicerón le suponemos un mímimo de sapientia .

Se podría intentar explicar esta ampliación del objeto de la retórica por parte de Cicerón como una «vuelta a los orígenes», a esa época anterior al Sócrates platónico en la que aún no se había producido esa escisión, ese discidium entre la oratoria y el saber, la filosofía, y que tan amargamente lamenta Craso 60 ; en fin, a la época no ya de un Isócrates, sino de un Gorgias de Leontinos que, ante una asamblea, se mostraba dispuesto a hablar «a bote pronto» del tema que le propusieran. Es posible, pero improbable: el mundo de la sofística, aunque brillante y atractivo, quedaba un poco lejano, y, por otra parte, la figura de Aristóteles pesaba demasiado como para ser ignorada al respecto. Por otra parte, esa supuesta vuelta a la sofística en retórica se compadece mal con el cuasi-silencio de Craso sobre el género encomiástico y el rechazo de Antonio del mismo, pues precisamente ese género en su vertiente panegírica fue especialmente cuidado tanto por Isócrates como por los sofistas.

Y volviendo a la aparente contradicción entre un casi rechazo de lo encomiástico y el recurso como tema mayor al tertium genus por parte de Craso, la cosa podría parcialmente resolverse suponiendo que el tertium genus era mucho más amplio que su concreción en el encomio o el denuesto; e, inmediatamente —y velando por el buen nombre de Craso y Cicerón— suponer que tal maioratio no era capricho o delirio de estos romanos y que podría encontrarse su origen en el Estagirita. Es casi seguro que los famosos tres géneros —judicial, deliberativo y epidíctico— que aparecen en Retórica se deben a Aristóteles pero también hay que recordar: que si la denominación o clasificación es obra de Aristóteles, la cosa clasificada o nombrada era objeto de actividad retórica ya desde antes; es decir, que había juicios y asambleas en las que se ejercía la persuasión y que la vertiente encomiástica o panegírica es evidente en una buena parte del Panegírico de Isócrates —380 a. C.—. Y también tener en cuenta que la clasificación aristotélica —que parte del tipo de oyente al que se dirige el discurso— distingue entre los dos primeros géneros, que tienen por objeto a un oyente que actúa como árbitro —de lo pasado o de lo futuro— y el tercero, en el que el oyente es tan sólo un espectador que juzga ‘sobre la capacidad’ (supuestamente del orador) y que a ese tercer género o clase le llama de un modo habitual epidiktikós , no enkomiastikós o panégyrikós . Bien es verdad que Aristóteles a continuación habla sistemáticamente del encomio o alabanza y vituperio como objeto de este tipo de discurso… pero se podría suponer —sin retorcer mucho más de lo habitual el pensamiento y las palabras del Estagirita— que en el contenido acudió a lo que era la práctica en algunos discursos de su tiempo; y que en cambio mantuvo una indefinición mayor en su denominación 61 así como en el recurso al espectador relajado, no concernido con una decisión a veces dolorosa, y que es propicio a considerar, no ya el contenido del discurso , sino la capacidad de quien lo dice , convirtiéndolo en un juego en el que es posible conjugar lo agradable con lo útil, como siglos más tarde formularía el viejo Horacio.

Queda, con todo, el problema de cómo ampliar ese supuesto tercer género solamente objeto del encomio o del vituperio —o, a lo más, de lo agradable— a un discurso expositivo, casi científico. Y, lo más problemático, relacionarlo con el pensamiento aristotélico. Aquí habría que enlazar esta cuestión con lo de lo agradable y relajado para replantearlo, como un todo, en el mundo de la retórica aristotélica. O, dicho de otro modo, ¿el tercer libro de la Retórica fue pensado por Aristóteles desde el principio como parte de su obra? ¿contribuyó este apartado sobre el estilo o lenguaje no corriente a replantear algunos aspectos importantes de la retórica? No tengo la competencia ni el espacio para tratar con un poco de detenimiento el tema, que no me parece impertinente al aspecto del De oratore que estoy tratando. Remito a la amplia y densa Introducción de Quintín Racionero a la Retórica en el volumen 142 de esta colección. Me limitaré aquí a resumir algunos puntos expuestos por este autor:

Es claro que en la primera redacción de su Retórica Aristóteles no tiene sitio ni para la léxis —elocutio — ni para la táxis —dispositio — como medios de prueba —písteis— , por no hablar de la crítica explícita de la utilización del páthos y el éthos , pues todo ello lo considera ajeno al asunto y en cierto modo inmoral pues se trata de confundir o engañar al juez. Es posible que el tratado Perì léxeōs que figura en el catálogo de Dionisio sea el núcleo el libro III que más adelante Aristóteles integró en su tratado; en cualquier caso, hay que intentar reconstruir verosímilmente las razones que le llevaron a ello. Racionero 62 afirma que en el tratamiento de una prosa artística, alejada tanto de la de los poetas como de la vulgar o propia de la expresión científica, Aristóteles va descubriendo y concibiendo el lenguaje, no ya como mímēsis , sino como sýmbolon o medio de reconocimiento de los hombres en su trato social; que, a traves de la noción platónica de la adecuación —tò prépon — pero considerando ya al lenguaje no como signo de las cosas, sino como signo de los estados del alma, Aristóteles introduce las nociones de léxis ethikḗ («expresión del talante o actitud del que habla») y léxis pathētikḗ («expresión de las pasiones que se quieren inducir en el oyente») en las que, según Racionero, por primera vez se combinan las funciones denotativas y connotativas del lenguaje. Naturalmente que estos modos de expresión se presentan en el tercer libro de la Retórica como procedimientos de persuasión, pero es lícito ver en ellos uno de los pasos a través de los cuales ha considerado Aristóteles a la léxis como un modo de persuasión. Es más, en III 11 señala nuestro autor que una función de la léxis es «poner ante los ojos» (enárgeia, evidentia) lo que es objeto de persuasión. Y que este hacer vívido lo que tiene una base lógico-conceptual es persuasivo porque —y cito verbatim a Racionero— «‘aparece como verdad’ y porque propone, en este nivel, a una manera de ‘enseñanza’ semejante a la de las demostraciones científicas. Pero es, en todo caso, la sensibilización de un argumento lógico-retórico, de modo que, aun sin dejar de ejercerse éste en el tópos o lugar común que le corresponde, la persuasión resulta del uso de enunciados específicos que son susceptibles de contener en concreto a tal tópos o lugar común 63 ».

Si esta visión de la génesis de la Retórica aristótelica en su última etapa es básicamente aceptable y pudo haber un momento en el que el lenguaje artístico o cuidado era una especia de horma en el que poder ubicar argumentaciones retóricas y que la misma forma contribuyese a la persuasión en cuanto acercaba lo expuesto a la verdad y se asemejaba a la didaskalía , entonces pudo existir en la retórica peripatética esta idea más o menos latente en la obra de Aristóteles, que, por otra parte, no parece haber recibido de su autor una última mano. Que tal idea hubiese sido desarrollada por Teofrasto, autor de un Perí léxeōs perdido pero abundantemente citado por Cicerón, no es imposible.

Vuelvo, pues, al De oratore . Que tal utilización de la lexis , de la elocutio y dentro de un determinado estilo es legítima y aun deseable para la exposición de contenidos noretóricos, está patente en el diálogo. Es posible, como acabo de apuntar, un origen aristotélico o peripatético. Pero, sea cuál sea el origen de esta pretensión, lo que es claro es que está estrechamente relacionada con otra idea que recorre el De Oratore y , asimismo, las siguientes obras retóricas del Arpinate. Se trata de algo que parecerá obvio, pero que a mi juicio no deja de tener importancia, tanto en la práctica oratoria como en la actividad de Cicerón como escritor: la naturalidad con la que un término tan usual como oratio alude a la oralidad, de acuerdo con su étimo, como a la noción, más que de simple expresión escrita, de expresión escrita cuidada y con una cierta elegancia, de ‘estilo’. Los casos son tan abundantes que una cita o dos no son sino a modo de ejemplo 64 . Y se podría aducir como causa un ejemplo más de literaturización de la palabra viva, de algo así como la oralidad vencida por la literatura, pero eso es falso. Bien es verdad que en una primera fase de la oratoria ática, en la que se prohibía que el acusado pudiese defenderse ante el tribunal por terceros, propició la existencia de discursos escritos por profesionales —logógrafos, como Lisias— y el que tales discursos tuvieran que ser memorizados, pero ya en la época de Demóstenes no existían tales restricciones y, sin embargo, era habitual su publicación al poco de ser pronunciados 65 . En Roma, donde al parecer siempre fue posible que un patronus defendiese a su cliente, sabemos de discursos escritos desde Catón el Censor. También es sabido que, en ocasiones, el discurso publicado era sensiblemente distinto al que se pronunció, como es el caso del En defensa de Milón . Sin embargo, sabemos por el De oratore que, según Cicerón, Antonio y Craso escribían sus discursos antes de pronunciarlos y que recomiendan la lectura de discursos ajenos y la redacción de los propios antes de su pronunciación como el mejor modo de cultivar y adquirir un estilo propio. Y que esta labor de escribir había de complementarse con una cuidadosa lectura de otros oradores o escritores —supuestamente griegos—. No podemos dudar de la veracidad de lo que Cicerón dice de Antonio, por más que no deje de causar extrañeza el que tales oradores no los publicasen 66 . En cualquier caso, es casi seguro que Cicerón no dejó de hacerlo.

De este modo, para nuestro autor —y no sólo para él en su época— la oratio , que por esencia ha de ser enunciado o discurso único, no repetido, era fruto de discurso escrito, pulido y modelado sobre otros discursos ajenos o propios; y que el tal discurso, en tanto que luego publicado, subrayaba ante los demás su carácter de discurso repetido. Y en estas circunstancias, no es nada de extrañar que —aparte de otros calcos e impregnaciones semánticas procedentes del griego— oratio fuera al mismo tiempo que ‘discurso pronunciado’, ‘modo de expresarse’, ‘modo de escribir’, ‘estilo’.

Y, desde esta práctica y método de trabajo oratorios, sabiéndose el mejor orador así como el mejor prosista dentro de ese mismo género oratorio, y apoyándose quizá en alguna rama del aristotelismo que invitaba a utilizar los recursos de la léxis como bastidor de cualquier contenido sin pretensiones de verdad, no es de extrañar que pretendiese aplicar esa disponibilidad de excelente orator en el momento en el que estaba escribiendo este diálogo, y que no abundaba precisamente en plumas señeras. Quizá puede sorprender —y hasta irritar— la conocida afirmación de que la historia es opus maxime oratorium , pero tanto la tradición griega a partir de Isócrates como la triste historiografía que Roma padeció hasta Salustio pueden justificar las pretensiones ciceronianas respecto al género, que no llegó a cultivar por circunstancias que no son del caso.

Entre el 56 y el 43, año de su muerte, Cicerón escribió tratados que versaban de retórica —El orador y Bruto , aparte de otras menores— o de filosofía. No es seguro afirmar que cuando escribía de filosofía —entre la disertación y el diálogo— estaba actuando como un orator capaz de escribir de omni re scibili desde una excelente cultura —anterior o actualizada—. Yo me inclino a pensar que Cicerón nunca abandonó el «programa» de Craso en el libro primero del De oratore . Se puede afirmar que esas incursiones en la literatura relacionada con la filosofía tuvieron como motivo esencial la de demostrar a sus contemporáneos que era posible —aun siendo homo novus — el hacer compatible una apreciable actuación política con una vida intelectual y artística más intensa de lo habitual; que ni la falsa modestia ni la verdadera fueron nunca un problema para el Arpinate, nadie va a negarlo; y casi todos estamos de acuerdo en que Cicerón, cuando tenía oportunidades de actuar en la vida pública, las ponía por delante de cualquier otra. Pero creo que no se puede dudar de que Cicerón era un romano de cuerpo entero —con todas las debilidades y miserias que se quiera— y que una de esos rasgos de romanidad era la conciencia y aun officium de dar —o devolver— a la comunidad lo que la comunidad había hecho posible para él. Y que, cuando veía difuminarse un papel efectivo en la vida política romana, volvía a él la evidencia de sus sobresalientes cualidades —por casi nadie puestas en duda— y la posibilidad de ser de utilidad a sus ciudadanos a través de su cultura y de su palabra. Lo sustentaba una excelencia en el foro y en la política y que quizá tenía más de un sustento en la filosofía griega.

Y esta voluntad de compartir con el resto de sus conciudadanos los resultados de la cultura griega tomando como instrumento esas habilidades y aun excelencias en la exposición pueden haberse dado en Cicerón de un modo eminente, pero no es un rasgo extraño al hombre antiguo, mucho más comprometido con su entorno social que el actual, por mucho que se hable sobre sobre comunicación, redes —sit venia verbo — globales, los encantos de la wired society y otras zarandajas solemnes que tantas veces no sirven sino para disfrazar una negotiosa voluntas .

Pues, en efecto, parece que Aristóteles, ya en su madurez, percibió —precisamente a través de una léxis cuidada, elegante y agradable— los beneficios de la retórica como un medio de hacer llegar a un gran número de personas algo que, por moverse en el terreno de lo verosímil, de lo probable, se acercaba a la verdad. Y, de este modo, la retórica terminaba integrándose en la paideía , como formación total —intelectual, moral y estética— del ciudadano. Que este posibilismo quizá hubiese escandalizado a Platón, es casi seguro; pero no más de lo que algunos de sus discípulos pudieron sentir cuando comprobaban en la famosa Carta séptima para qué servía en el mundo real el maximalismo de la República .

Ya he señalado la posibilidad de que, posiblemente a través de Teofrasto, Cicerón tomase estas posibilidades de la retórica más allá del ámbito de los tribunales y del foro. También he resaltado el hecho de una estrecha conexión en la educación del orador entre expresión hablada y escrita, siendo ésta, en una medida apreciable, el yunque en el que aquélla se forja. Pero ese tránsito tan natural de la palabra viva a la palabra escrita no debe hacemos olvidar que la sociedad antigua es, aun en sus momentos más ricos y complejos, una sociedad en lo que lo oral predomina y en el que, por razones obvias, la escritura y sus medios de circulación siguen siendo algo muy costoso y reservado a unos pocos. En consecuencia, cuando Craso o Cicerón piensan en ese orador ideal como un guía o educador de la sociedad, en el dicere , en la oratio no deja de estar nunca presente la palabra, la exposición viva.

Y todo esto no es sino una manifestación más de una idea básica de la sociedad griega y luego heredada por Roma: que la palabra es el mejor medio para que el individuo exponga públicamente su parecer y para que los grupos de la sociedad diriman racionalmente sus diferencias. Expuesta por vez primera por los sofistas, su excesiva rotundidad y hasta ufanía provocó el rechazo del Sócrates platónico y del joven Aristóteles. Una evolución de su pensamiento al respecto la integra dentro de un sistema intelectual más amplio como arte autónomo que trata de la persuasión de lo probable a través de una expresión lingüística que se diferencia tanto de la poética como de la cotidiana y la científica.

Cicerón fue sin duda quien expuso por vez primera en Roma, y en el De Oratore , estas posibilidades de la palabra como manifestación de la razón humana y en ámbitos al parecer reservados a los saberes particulares o a la filosofía. No es éste el lugar de examinar o comprobar hasta qué punto su producción posterior se ajustaba a este ideal. Ni, mucho menos, atisbar si otros géneros en prosa dentro de la literatura latina pueden encuadrarse dentro del programa ciceroniano.

La retórica —como sistema, repito, que trataba de combinar lo agradable y lo verosímil mediante la exposición y persuasión de lo probable— prestó sin duda buenos servicios a la sociedad antigua y puede prestarlos a otras culturas que en parte de ella derivan. Pero, como todo lo humano, llevaba en sí misma el germen de su corrupción. Posiblemente se vislumbró la cosa cuando tanto los griegos como los romanos hicieron énfasis en lo aptum —tò prépon —, como elemento central de quien elabora un discurso o exposición y sin lo cual nada vale todo lo demás: la adecuación de los medios a los fines, la subordinación de lo accesorio a lo principal. Pero si pudo prever el mal, fue sin duda incapaz de curarlo, entre otras cosas, porque el número de necios que confunden la luna con el dedo que la señala es infinito.

F. TRADICIÓN MANUSCRITA 67 , EDICIONES Y COMENTARIOS

La transmisión manuscrita del De Oratore , en buena medida compartida con la del Orator y Brutus , es particularmente compleja. Hay dos ramas, al parecer diferenciadas desde el fin de la Antigüedad, y que responden, por un lado a M (= mutili) , el arquetipo de un conjunto de manuscritos (HAEK) que habían perdido las siguientes partes del De Oratore: I 128-157; I 193-11 12; II 90-92; III 17-110; por la otra L (Laudensis) , códice descubierto en 1421 en la catedral de Lodi, cerca de Milán y en el que figuraban, aparte del De Oratore , el De Inventione , la Rhetorica ad Herennium , el Orator , y el Brutus; aunque este códice, de escritura continua, se perdió en torno al 1428, antes se hicieron de él unas cuantas copias (VOPU); pero ninguna de ellas tiene completo el contenido del Laudensis .

De la familia M, el más antiguo y completo es el H (Harleianus 2736 en la Biblioteca del Museo Británico) de mediados del s. IX y escrito de puño y letra de Lupo de Ferrières; sigue el A (Abrincensis 238, en la Biblioteca Municipal de Avranches) de fines del IX ; el E (Erlangensis 848, en Erlangen) del s. X ; y un florilegio, K (Vaticanus Reg. Lat . 1762), de fines del IX .

Como señala Reynolds (loc. cit ., pág. 104 ) el arquetipo de los mutili era un manuscrito insular 68 que posiblemente se extendió por la Europa medieval a partir de Fulda, aunque no parece haber dejado muchas huellas en Alemania. Por otra parte, como este mismo estudioso señala, tanto H como, sobre todo A y E sufrieron modificaciones a partir de las primeras fechas que he señalado, por adiciones —algunas ya posteriores al descubrimiento del Laudensis — como por pérdidas.

Es natural que estos manuscritos hayan tenido descendientes 69 . El problema es que tales descendientes mantienen distintos añadidos o «capas» del original y a veces parecen estar contaminados con otras tradiciones que pudieran tener lecturas valiosas. Esto lleva a Reynolds a reclamar más atención a estos testimonios en futuras ediciones, mientras que Kumaniecki en la suya parece prestarles poca importancia 70 . Incluso en un nivel más básico del stemma codicum puede no haber acuerdo en las últimas décadas: así, mientras que desde E. Stroebel 71 se admite que E y K «descend from a sister of A» 72 , D. Renting mantiene una filiación directa de E respecto a A 73 .

En la tradición que desciende del Laudensis , el texto correspondiente al De Oratore se ha reconstruido, fundamentalmente desde V (Vaticanus lat . 2901) que Stroux 74 considera que es una copia de L cuyo escriba tuvo asimismo un codex integer ya corregido; O (Vaticanus Ottob. lat . 2057, que contiene asimismo el Brutus) y P (Vaticanus Palat. lat . 1469, que tiene también Orator) parecen derivar ambos de un apógrafo corregido de L; B (Bolonia 468) y U (Biblioteca de la Universidad de Cornell. B. 2) 75 . En cualquier caso, como Reynolds apunta a este respecto, quedan todavía testimonios que examinar.

Ya Stroux en su citado estudio apuntó a una doble tradición de las obras incluidas tanto en M como en L que partiría de la Antigüedad, siendo M la representante de una versión «filológica» o gramatical y L la más ligada a una tradición de rétores.

Ediciones, comentarios y traducciones

La editio princeps fue impresa en Subiaco —antiguo Sublaqueum , ciudad del Lacio— en 1465 en la primera imprenta que hubo en Italia, fundada un año antes por los monjes alemanes Amoldo Pannartz y Conrado Schweinheim. Aunque hay otras en medio, merece citarse la Aldina (Venecia 1514), la Juntina (Florencia 1514), la de Pearce (Londres 1716 y varias reediciones aumentadas, en especial las de 1732 y 1771), la de Emesti (1771) y Schütz (Leipzig 1814). Todas ellas tomaban el texto de la familia L, aceptando muy raramente las lecciones de los mutili .

La edición de Ellendt en 1840 fue la primera que empezó a dar más valor a los testimonios de M, aunque, como indica Kumaniecki —pág. XXI—, no a los más antiguos. Los estudios y colaciones de los códices HAE por Scheinedewin en 1842, Rülh en 1876 y Stroebel en 1884 llevaron a que las ediciones de Sorof (Berlín 1882), Friedrich (Leipzig 1902) y Wilkins (1892 y 1901) le prestasen a la tradición del Laudensis menos importancia de la debida.

Ya en el siglo XX , los trabajos de Stroux, Kroll y Kumaniecki han devuelto su peso al grupo L, tal como Courbaud en su edición de Les Belles Lettres, 1959 (3.a ed.) y Kumaniecki 76 (Teubner, Leipzig 1969).

6. NOTA SOBRE LA PRESENTE TRADUCCIÓN

Esta traducción sigue la edición de Wilkins (Oxford 1901) en todas sus lecturas, elección y totalidad que asumo 77 . Declaro desde aquí, en lo que a las notas se refiere, mi deuda con los ya mentados comentarios de Wilkins y, en especial, el de Leeman-Pinkster, por más que en más de una ocasión disienta parcial o totalmente de uno o ambos autores. El carácter de una traducción anotada ha impedido aprovechar buena parte de la información y sugerencias que estos magníficos comentarios ofrecen.

A lo que yo sé, esta es la primera vez que se traduce al español el De Oratore 78 . No voy a hablar de las dificultades de la obra a la hora de traducirla, que parece tópico o excusa para justificar los posibles fallos. Sólo espero que el espléndido latín de Cicerón pueda resistir unos y otras.


1 No tiene tanto la acepción moral de ‘dignidad’ cuanto la de ‘honra’ en el español del Siglo de Oro. Está determinada por el grado de consideración y deferencia que una persona tiene en un entorno social determinado. En Roma esto era tan importante que un personaje tan poco ‘calderoniano’ como Julio César justifica el paso del Rubicón y la guerra civil subsiguiente como un modo de restaurar la dignitas que sus enemigos habían atacado. Cf. nota 1 del libro I.

2 Se trata de la famosa y larga carta dirigida a Léntulo (Ad famil . I 9, 23), importante por otros extremos distintos.

3 Como veremos más adelante y en el propio diálogo Cicerón, por más que alabe el estilo y la práctica de Isócrates y su escuela, en la ratio , a mi juicio, está más cerca de Aristóteles.

4 «En efecto, he escrito, al modo de Aristóteles, tres libros Acerca del orador en forma de diálogo expositivo y que, a mi juicio, no les resultarán inútiles a tu Léntulo».

5 «Tienen la manera de los de Aristóteles, en los que la intervención de los demás es tal que él ocupa el primer lugar».

6 El término en esta época no significa ‘propietario’, que lo era el Populus Romanus . sino ‘ocupante legal’, mediante arriendo u otro tipo de compensación.

7 La Lex Thoria del 111 parece reconocer a los nuevos propietarios y establece un pago para los antiguos possessores .

8 Ambos se habían cruzado quizá ya desde el 133, pues parte de los possessores del ager publicus eran individuos pertenecientes a la nobleza itálica, creando las correspondientes tensiones entre el poder político de Roma y la aristocracia local, tradicionalmente bien avenidos.

9 Se trataba de exacciones ilegales cometidas por un magistrado y que habitualmente se ejercía sobre los provinciales.

10 Ambitus equivale por lo general a corrupción electoral. Sobre maiestas , cf. II 107 y nota.

11 Curioso personaje; en el 104 propuso como tribuno una ley agraria que no prosperó. En el 100 se le ve luchando contra Saturnino. Su oposición a las leyes de Druso y a la cuestión itálica no está clara (quizá por enemistades con los optimates) . Tras la guerra social y las terribles luchas de Cina, Mario y Sila logra sobrevivir; con los primeros llega a Censor y termina siendo legatus de Sila.

12 Es decir, guerra que los aliados —socii — provocaron al sublevarse contra Roma.

13 Aunque A. S. WILKINS , Cicero. ‘De Oratore’ libri III , Oxford, 18922 [reimpr. Hildesheim, 1990], pág. 9, relaciona la fundación de esta colonia con la Lex Thoria , quizá sea un error si su tribunado últimamente se ubica en torno al 111.

14 Cf. I 178.

15 Que no era su suegro, como afirma Der kleine Pauly , s.v. Crassus , sin duda confundiéndolo con su homónimo el Augur, que sí que lo era.

16 Cf. II 197 y ss.

17 Cf. ROBIN SEAGER , The Cambridge Ancient History , IX, Cambridge 1994, cap. 6, págs. 168 ss.

18 El sincero y profundo afecto que, al parecer, ambos hermanos se profesaron, no solamente refuerza de un modo general la confianza en la familia, sino que, en el caso de la romana, sirve para ahuyentar esa ominosa pareja fundacional de Rómulo y Remo —curiosa versión de Caín y Abel— y compensar esa cuasi-morbosa afición que los romanos tuvieron por la espantosa historia de Tiestes y Atreo.

19 Sobre las circunstancias políticas y los personajes del diálogo, cf. supra .

20 Sobre la consciente evocación del Fedro y de Platón en este diálogo, cf. A. D. LEEMAN , Orationis Ratio: the Stylistic Theories and Practice of the Roman Orators, Historians and Philosophers , Amsterdam, 1963, págs. 113-114, y G. ZOLL , Cicero Platonis Aemulus (Zúrich, 1962).

21 Sobre los participantes en el diálogo, cf. supra .

22 El mismo tópico se desarrolla tanto en el Bruto como en El Orador .

23 Ret . 1367b.

24 Los símiles jurídicos.

25 Recuérdese que escritura y exposición oral pueden ir estrechamente unidas en la práctica del orador.

26 No hay que olvidar que en Roma el orador (patronus) en pleitos civiles y penales es en rigor un protector de su cliens , que a él acude en situación de apuro para que lo defienda. Tal actividad forense —en principio no directamente remunerada— se simultanea con otras políticas o de administración de la propia hacienda.

27 En la teoría griega phýsis, téchnē, melétē .

28 Me estoy refiriendo, claro está, a la terminología retórica latina, pues la original griega circulaba sin duda en manuales desde más de un siglo antes.

29 A. D. LEEMAN , H. PINKSTER , E. RABBIE , M. Tullius Cicero: ‘De Oratore’ libri III , Band 3, Heidelberg, 1989, pág. 20.

30 En la Retórica a Herenio aparece diecisiete veces y en La invención retórica , doce.

31 LEEMAN , op. cit ., tomo 2, pág. 155.

32 Remito al lector al § 166, donde se narra —con el garbo y amenidad que un proceso in iure permite— un divertidísimo caso en el que los patroni litigantes eran dos excónsules.

33 Se trataría de un sofisma del tipo cum hoc ergo propter hoc .

34 No se olvide que la filosofía que según Craso sería precisa para el orador ideal sería la llamada filosofía moral y la que trata de la psicología.

35 Cf. nota ad loc ., en la que se testimonian otros procedimientos más alejados aún de la filosofía.

36 En Cartas a Ático IV 16, 3, Cicerón explica por qué Escévola sólo interviene en un libro; con ello quiere en primer lugar imitar al Céfalo de PLATÓN en su República , que sólo interviene en la primera sesión del diálogo. Y añade Cicerón que como las siguientes sesiones estaban dedicadas a la tecnología, huic ioculatorem senem illum, ut noras, interesse nolui . La interpretación del texto y en particular de ioculatorem —con variantes textuales y su condición de hápax legómenon — presenta problemas, sobre todo si se tiene en cuenta el cariño que Cicerón le profesaba.

37 Cf. supra el apartado sobre los personajes del diálogo.

38 Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis, qua voce alia nisi oratoris immortalitati commendatur?

39 Véase, con todo, LEEMAN , Orationis ratio , págs. 67-91.

40 Una obra clásica es la de M. RAMBAUD , Cicéron et l’histoire romaine , París, 1953.

41 Cartas a Ático IV 16, 3.

42 En especial de Diógenes de Babilonia.

43 A. D. LEEMAN , H. PINKSTER , E. RABBIE , M. Tullius Cicero: ‘De Oratore’ libri III , tomo 3, Heidelberg, 1989, págs. 102-103.

44 Cf. LEEMAN , op. cit ., tomo 3, pág. 129 y ss.

45 LEEMAN , op. cit ., tomo 3, págs. 172-212 y en esp. 188-189 para esta cuestión.

46 Se trata de lo que los manuales llaman asimismo orationis partes , pero siempre consideradas secuencialmente: el exordio o proemio, la narración, la argumentación (a favor o en contra) y el epílogo o peroración.

47 Aunque aquí Antonio está tratando el género stricto sensu , tanto él como Craso lo han considerado como el propio de cualquier exposición en el que —como decía Aristóteles— el oyente es mero espectador y no juez.

48 No es claro el sentido de consequentia en este pasaje, que Wilkins lo asimila a deducción.

49 Sin entrar a fondo en esta cuestión, parece que Cicerón, aun acertando en la valoración final de la renovación de la retórica por parte de Aristóteles, confunde las etapas: parece que Aristóteles en la «primera Retórica» pretendía dejerla reducida a los argumentos retóricos, que él introdujo de sus Tópicos . Pero al final terminó incorporando tanto la léxis como el éthos y el páthos como medios de convicción (vid . QUINTÍN RACIONERO en su Introducción a la Retórica de ARISTÓTELES , en esta colección).

50 Orationis Ratio , pág. 125 ss.

51 No se trata de fenómenos de colocación que impliquen ritmo, sino precisamente de evitar palabras en contacto que provoquen cacofonías, como el hiato.

52 Múnich, 1974, págs. 270-315.

53 Así, de la amplia colección de fragmentos de los estoicos (Stoicorum Veterum Fragmenta , ed. VON ARNIM , 4 vols., Stuttgart, 1902) sólo en el segundo tomo dedicado a Crisipo hay once testimonios —cinco de ellos de Cicerón y Quintiliano, y dos de Plutarco— y un solo fragmento —amplio pero lacunoso— de sus Logikà zētḗmata , pero cuyo contenido ni puede claramente relacionarse con la doctrina de Hermágoras ni parece ser citado en la tradición retórica posterior. Y del valor que Cicerón le daba al ars que sobre retórica escribió, da una idea lo que dice al respecto en Sobre los límites , IV 7: Quamquam scripsit artem rheroricam Cleanthes, Chrysippus etiam, sed sic ut, si quis obmutescere concupierit, nihil aliud legere debeat , «Por más que Cleantes, y también Crisipo, escribieron un tratado de retórica, pero de tal tenor que, si alguien desease volverse mudo, no debería leer ningún otro libro».

54 Retórico del s. II a. C. y cuya obra perdida —que ejerció una notable influencia en la retórica escolar romana— ha sido reconstruida, en un curioso pero no excepcional ejercicio de feed-back filológico, a partir de la Retórica a Herenio, La invención retórica, El Orador y Los tópicos ciceronianos, así como por el testimonio de Quintiliano. Sobre Hermágoras, cf. D. MATTHES , «Hermagoras von Temnos», Lustrum 3 1958, 58-214. Sobre los status causa , cf. L. CALBOLI MONTEFUSCO , La dottrina degli ‘status’ nella retorica greca e romana , Hildesheim, 1987.

55 II 99-113.

56 Cf. P. MORAUX , «Cicéron et les ouvrages scolaires d’Aristote», Estratti da Atti del II Colloquium Tullianum , Roma, 1975, págs. 1-19; sobre la influencia aristotélica, F. SOLMSEN , «The Aristotelian tradition in the ancient Rhetoric», Amer. Journal of Philol . 62 (1941), 35 ss y 167 ss.

57 Eso no quiere decir que en el De Oratore no estén tratados las cinco elementos o partes básicas del arte retórico. Está claro que —con todas las distancias respecto a un manual— el libro segundo, como hemos visto, trata de la elocutio la memoria y la dispositio y el tercero de la elocutio y la actio . Y que el mismo Cicerón en la mentada carta a Ático en la que explica la ausencia de Escévola fuera del primero dice que en esos dos siguientes se iba a tratar de technología . Lo que pretendo decir es que hay algo más que ese contenido común y que Cicerón quería trasmitir ese plus .

58 Doy de momento esta equivalencia entre los términos que más abajo precisaré.

59 Es un punto que no he visto tratado. Una vez descartado por inverosímil y aun absurdo que la razón se deba a escaso interés por el género, apunto a lo siguiente: en repetidas ocasiones tanto Craso como Antonio mantienen que la virtud, la habilidad de un orador se manifiesta en su capacidad para influir y cambiar —quiza manipular sea un término más adecuado— la actitud del juez a través del éthos o actitud con que el orador se presenta ante el público y del páthos , es decir, de cómo puede modificar en el público las páthē, passiones —amor, odio, compasión, miedo— que considera más beneficiosas para su causa. Pero buena parte de los discursos políticos se pronunciaban en la Roma republicana en el Senado, aunque las arengas en el Foro o las contiones no fueran ni mucho menos excepcionales. Quizá Craso y Antonio —y en el fondo Cicerón— que no dejan de ufanarse de su capacidad para manejar los sentimientos de su auditorio, tuvieran su reparo en poner a los patres o al soberano populus Romanus al mismo nivel de un juez o jurado. O, dicho de otro modo, que las discusiones en el Senado eran tan ausentes de páthos , tan racionales, que no precisa de tales medios. Algo de eso señala Antonio en II 333.

60 III 60.

61 Verdad es que epidiktikós tiene parte de su acepción orientada a la exhibición y al aparato, pero tampoco excluye otras acepciones más neutras, como demuestra su traducción al latín —demonstrativum .

62 Págs. 85 y ss.

63 Págs. 90-91. El subrayado es del autor.

64 Los cuatro primeros ejemplos de oratio (I 12, 17, 20 y 28) tienen esa acepción y no el de ‘discurso pronunciado’.

65 Cf. la anécdota de del discurso de DEMÓSTENES contra Tesifonte en III 213.

66 Cf. II 97 lo que dice Antonio, de quien se decía que no los escribía.

67 Sigo aquí en esencia la introducción de KUMANIECKI a su edición teubneriana (Leipzig, 1969) y, en particular Texts and Transmision (ed. L. D. REYNOLDS ), Oxford, 1983, págs. 102-109, sección correspondiente a De Oratore, Brutus y Orator , obra de WINTERBOTTON , REYNOLDS y ROUSE , citados por mí como Reynolds.

68 Pero no necesariamente escrito en capitales, como señala KUMANIECKI en el prólogo a su edición, por faltas comunes debido a ese tipo de letra. Muy justamente señala Reynolds que eso lo único que indica es que un antepasado del M estuvo escrito en capitales.

69 HEERDEGEN en su edición del Orator en Leipzig 1884 lista 36 descendientes de A que contienen asimismo el De Oratore (ap . REYNOLDS ).

70 Pág. VIII: … Qui omnes recentioris aevi, cum ex illis vetustistissimis originem ducant omnino neglegi possent …

71 «Ciceronis ‘de Oratore’ librorum codices mutilos antiquiores examinavit» en Acta Seminarii Erlangensis , III, Erlangen, 1884, págs. 1-74.

72 REYNOLDS , op. cit ., pág. 105, y KUMANIECKI , pág. VII.

73 D. S. A. RENTING , «The Manuscripts of Cicero’s De Oratore: E is a Descendant of A», Classical Quarterly 46, 1996.

74 JEAN STROUX , Handschrifttliche Studien zu Cicero De Oratore , Basilea, 1921.

75 El copista de este manuscrito asegura que es copia del apógrafo llevado a cabo por el humanista Giovanni Lamola, hoy perdido, pero según su autor en carta conservada, con extraordinario cuidado y escrupulosidad respecto al Laudensis . Pero ya en 1932 un estudioso norteamericano —N. Brightbill— demostró que este manuscrito estaba contaminado con la familia M, hecho que Kumaniecki —XV— ha confirmado con una muy amplia cata y con porcentajes de lecturas de M que llegan al 10% en el libro primero.

76 LEEMAN , quien la ha tomado como referencia en los tres primeros tomos de su casi exhaustivo e inacabado Comentario —vid. supra e infra — publica en las primeras páginas del cuarto tomo una lista de unos ciento veinticinco lugares (correspondientes a II 291-III 95) del aparato crítico, con erratas o ausencias en las variantes de los testimonios que documenta, fruto de los últimos trabajos de Renting (vid. supra) .

77 No quiere decir esto que no haya examinado los lugares en los que difieren las ediciones de Wilkins y Kumaniecki. Tengo contados no menos de 164 lugares en el libro primero, 232 en el segundo y 104 en el tercero. Más del 90 ó 95% de las variantes no suponen necesariamente un cambio en la traducción, y cuando esto ocurre ello no afecta seriamente a un punto importante de los tratados en la obra.

78 No figura en los catálogos de la Biblioteca Nacional —fondos antiguos o modernos— ni entre los libros publicados en los últimos 50 años. Pido excusas si así no fuera.

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SINOPSIS

LIBRO I

Introducción (1-23).

Circunstancias personales de Cicerón (1-4).

Quiere complacer a su hermano escribiendo sobre elocuencia: su peculiaridad (5-23).

Circunstancias políticas del diálogo: los personajes. Cambio de impresiones sobre la situación (24-29).

Elogio de la elocuencia por parte de Craso (30-34).

Réplica de Escévola sobre las excesivas pretensiones de Craso (35-44).

Contrarréplica de Craso (45-73).

Escévola renuncia al debate. Elogio de Craso (74-79).

Intervención de Antonio sobre el orador ideal expuesto por Craso (80-95).

Intervienen Cota y Sulpicio: Escévola le ruega a Craso que hable de la elocuencia: diálogo a que da lugar (96-110).

Craso inicia su intervención sobre la elocuencia: sus reservas (111-159).

Importancia del talento y las cualidades naturales (113-133).

Elementos básicos del arte (134-145).

La imitación y la práctica previos, elementos esenciales. La importancia de escribir (146-159).

Diálogo entre los participantes. Cota requiere de Escévola que le ruegue a Craso mayor concreción (160-165).

Importancia del derecho en el oficio de orador (166-203).

Falta de pudor de quienes, ignorando el derecho, ejercen de abogados (173-184).

Desidia de quienes ignoran la ciencia del derecho (185-200).

Observaciones finales (201-203).

Diálogo entre los participantes. Craso invita a Antonio a que exponga su punto de vista sobre el asunto (204-209).

Intervención y objeciones de Antonio (209-262).

Definición del orador (209-218).

Antonio habla sobre oratoria y filosofía (219-233).

Antonio habla sobre oratoria y ciencia del derecho (234-256).

Consideraciones finales (256-262).

LIBRO II

Introducción (1-11).

Visita inesperada de Lutacio Cátulo y César Estrabón: cambio de impresiones e invitación (12-28).

Primera intervención de Antonio (28-216).

Elogio de la elocuencia (28-40).

La materia y objeto del arte. Los tres tipos de discursos (41-73).

Consideraciones sobre el género demostrativo (41-50).

La historia, como tarea del orador: elementos de la misma (51-64).

Las cuestiones generales, competencia del orador; retórica y retórica forense (64-73).

Los elementos del arte. Importancia de la praxis. No todo puede formalizarse (74-84).

Dotes y cualidades deseables en un orador (85-88).

Modelos que ha de seguir el orador y entrenamiento (89-98).

Elementos de la invención (99-177).

Los estados de la cuestión (99-113).

Los tres deberes del orador: probar, ganarse las simpatías, cambiar los sentimientos (114-131).

Los argumentos propios del arte (132-151).

Digresión sobre la dialéctica: la dialéctica griega y su relación con la retórica (152-161).

Los tópicos en la argumentación (162-177).

Éthos y páthos como medios de persuasión (178-216).

Consideraciones generales (178-196).

Éthos y páthos en la práctica forense: el proceso de Norbano (197-204).

Sobre los sentimientos que el orador ha de saber manejar (205-211).

Consejos finales: paso de un estilo y tono a otros (212-216).

César sobre el humor como medio de persuasión (216-289).

Generalidades (216-234).

Tratamiento de lo risible (235-289).

Cuestiones previas y tipos (235-252).

Tipos de lo risible permitidos en la oratoria (253-289).

Lo risible basado en la palabra (253-264).

El humor basado en la situación (264-289).

Antonio retoma su intervención: consideraciones finales sobre los medios de persuasión. Un consejo: no perjudicar la propia causa por inadvertencia (290-306).

Antonio sobre la disposición y organización del discurso (307-332).

Antonio habla de los elementos específicos de la invención y disposición en el género deliberativo y demostrativo (333-349).

La memoria como elemento fundamental del arte (350-360).

Finaliza la intervención de Antonio y la sesión matinal (361-367).

LIBRO III

Introducción. Muerte de Craso a los pocos días de finalizar el diálogo. Fue dichoso al no vivir más (1-16).

Se reanuda el diálogo (17-18).

Craso sobre el ornato en el discurso (19-212).

Unidad de forma y contenido (19-24).

Variedad de estilos en la oratoria (25-36).

Corrección y claridad en el lenguaje (37-52).

El ornato en el lenguaje marca del verdadero orador. Excelencia de la oratoria como actividad humana (53-55).

Digresión sobre la antigua unidad de la sabiduría y la elocuencia, perdida a partir de Sócrates (56-73).

El filósofo, el orador vulgar y el orador ideal (74-81).

Ideal y realidad: estudio y dedicación al foro (81-90).

Adecuación entre el ornato y la finalidad de la elocuencia: escuelas y métodos (91-95).

Rasgos generales del ornato: variedad, elegancia, realce del contenido (96-107).

Digresión sobre los tres tipos de discursos: el orador, apartado por los filósofos del tercer tipo —demostrativo— (108-112).

Los tres modos de conocimiento: conjetura, definición y consecuencia (113-119).

El orador puede y debe ejercitar esos tipos de conocimiento (120-125).

Cátulo compara a Craso con los sofistas: elogio de Craso (126-131).

Craso reivindica y añora la unidad del saber: en Roma y en Grecia (132-143).

Cota y Sulpicio elogian la altura del discurso de Craso, pero le ruegan mayor concreción (144-147).

Craso reinicia su discurso sobre el ornato (148-212).

En la palabra simple: arcaísmo, neologismo, metáfora (148-170).

Arcaísmos y neologismos (152-154).

La metáfora: naturaleza y función (155-170).

El ornato en las palabras agrupadas (171-198).

Colocación y orden (171-172).

Ritmo en el periodo (173-198).

Figuras de pensamiento y de dicción (199-212).

La ejecución (213-227).

Su importancia (213-219).

El gesto (220-223).

La voz (224-227).

Finaliza la intervención de Craso y el diálogo (228-230).

LIBRO I

Introducción (1-23). Circunstancias personales de Cicerón (1-4)

Cuando muy a menudo reflexiono, [1 ] querido hermano, y rebusco en la memoria los viejos tiempos, me parece que fueron muy dichosos quienes, en la mejor de las repúblicas y en la cima de su vida pública y de la fama por lo que habían hecho, llegaron a trazarse y mantener un tenor de vida tal, que pudieron, o mantenerse en activo sin correr riesgos, o en un digno retiro 1 . Y hubo un momento en el que creía que iniciar mi descanso, al tiempo que reconducir mi espíritu a esas hermosas aficiones que compartimos 2 , sería algo justificado y que casi todos me concederían, una vez que —habiendo llegado al final de mi carrera pública y además con la inflexión de los años— hubiese cesado el inacabable ajetreo del foro y la dedicación que las relaciones sociales 3 suponen. [2] Mas estas expectativas que con mis pensamientos y planes acariciaba, las frustraron tanto las graves circunstancias que son comunes a estos tiempos cuanto mis propias y azarosas vicisitudes. Pues cuando parecía que un momento iba a estar lleno de paz y tranquilidad, ahí surgieron las mayores aflicciones y las más turbulentas tempestades. Y, en realidad, ni aun deseándolo o ansiándolo se nos ha dado el poder gozar de tiempo libre para practicar y cultivar entre nosotros de nuevo estas artes 4 a las que nos hemos dedicado desde nuestra niñez.

[3] Pues a una edad muy temprana caí de lleno en medio de la crisis de los viejos valores 5 , con el consulado llegué al centro mismo de la lucha y punto crítico de la realidad toda y en todo este tiempo tras mi consulado me he enfrentado a esa marea que, alejada por mí de la común perdición, ha terminado por arrastrarme a mí mismo. Mas, con todo e incluso en situación tan áspera y angustiosas circunstancias 6 , cederé a mis aficiones y, en la medida en la que las insidias de mis enemigos o las causas de mis amigos o la vida publica me permitan tiempo libre, me dedicaré sobre todo a escribir.

Quiere complacer a su hermano escribiendo sobre elocuencia: su peculiaridad (5-23)

Y en particular a ti, querido hermano, [4] que me lo ruegas y a ello me animas, no te voy a fallar, pues nadie, ni en autoridad ni en querencia puede ante mí tener más fuerza que tú. Y [2 ] voy a volver al recuerdo de una antigua historia, ciertamente no lo suficientemente vívido, pero, a mi juicio, adecuado a lo que vas buscando, a fin de que conozcas lo que los más ilustres y elocuentes varones han pensado sobre la elocuencia en su conjunto 7 . Porque quieres, según me lo has dicho [5] con frecuencia, (pues aquellos balbuceos y rudimentos que siendo muchacho o jovencito irreflexivamente di a conocer 8 a partir de mis apuntes de clase apenas son dignos de esta época y de esta experiencia que he acumulado en tantas y tales causas que he defendido) que sobre estos temas yo presente algo más pulido y más acabado. Y tú a veces, en nuestras conversaciones sobre este asunto, sueles disentir de mí en que yo mantengo que la elocuencia implica las artes de los varones más cultos. Tú, en cambio, sostienes que hay que mantenerla apartada de las precisiones que una teoría supone y que hay que ubicarla en un cierto tipo de práctica y talento naturales.

[6] Y por cierto que a mí, cuando dirigía la mirada a varones extraordinarios y dotados de extraordinario talento, muy frecuentemente me pareció digno de estudio el por qué ha habido más hombres admirables en cualquier otra cosa que en la oratoria. Pues a donde quiera que dirijas el espíritu y la reflexión, podrás ver en cualquier ámbito —y no en el de artes de poca monta, sino en el de las de mayor fuste— a [7] muchísimos que descuellan. ¿Pues quién hay que —si pretende medir los méritos de varones famosos con la utilidad o importancia de su actuación— no vaya a poner a un general por delante de un orador? ¿Y quién por otra parte va a dudar que tan sólo de esta ciudad podemos presentar ilustres generales casi sin cuenta, mientras a duras penas unos pocos que descuellen en la oratoria?

[8] Y en cuanto a los que son capaces, mediante su consejo y prudencia, de dirigir y guiar la comunidad, ha habido muchos en nuestra época, y muchos más en la de nuestros padres y antepasados, mientras que durante mucho tiempo no ha habido ningún orador realmente bueno, y apenas un orador tolerable en cada época. Y si es que alguien por ventura cree que este arte del decir 9 antes ha de compararse con otros estudios que tienen que ver más con saberes recónditos y con la literatura en general que con la gloria del general o la previsión de un senador de pro, que vuelva la mirada a esos mismos tipos de artes y mire en derredor quiénes florecieron en ellas y cuán numerosos son. Y así muy fácilmente podrá juzgar cuán grande es y ha sido la escasez de oradores.

Y no se te escapa el hecho de que la que los griegos [9] [3 ] llaman ‘filosofía’ es considerada por los más doctos varones como la procreadora y a modo de madre de todas las artes dignas de alabanza. Pues bien, es difícil enumerar, cuántos varones ha habido y de cuán gran ciencia, abundancia y variedad en sus intereses que no se han especializado en una de sus partes sino que, en la medida de sus posibilidades, han abarcado la totalidad, ya mediante un saber que se apoya en el investigar, ya mediante la exposición teórica 10 . ¿Quién ignora en qué temas más obscuros y en qué técnicas [10] tan abstrusas, sutiles y llenas de recovecos se mueven esos que se llaman matemáticos 11 ? Y sin embargo, en este tipo de actividad ha habido tantos individuos completos que parece que casi no ha habido quien se haya entregado a ese saber con el suficiente entusiasmo sin haber conseguido lo que se había propuesto. ¿Quién se ha entregado en cuerpo y alma a la música, quién a ese estudio de las letras que profesan quienes se llaman gramáticos 12 sin dejar de abarcar con su saber y conocimiento toda la esencia y materia prácticamente infinita de aquellas artes?

[11] Y con razón creo poder decir que de entre todos los que se han movido entre esas aficiones particularmente dignas del hombre libre, ha habido un muy pequeño número de poetas y oradores. Y aun dentro de ese mismo número en el que muy raramente surge alguien que descuella, si quieres hacer una cuidadosa comparación tanto entre los nuestros como entre los griegos, con todo se hallarán menos buenos [12] oradores que buenos poetas. Y aun debe parecer esto más admirable por el hecho de que la afición a las demás artes se nutre de fuentes ocultas y recónditas, mientras que toda la esencia de la oratoria, como a disposición de todos, en cierto modo se mueve en la práctica y conversación cotidianas de los hombres, y que así como en lo demás destaca en particular lo que está más alejado de la comprensión y sensibilidad de los no entendidos, en la oratoria el defecto mayor es, con mucho, apartarse del tipo habitual de habla y del sentir comunes.

[4 ] [13] Y ni siquiera puede realmente decirse o que hay más personas que se dedican a las demás artes o que los mueve a cultivarlas un mayor placer o la esperanza de una recompensa más sustanciosa. Pues, por no citar a Grecia —que siempre pretendió ser la primera en la elocuencia, y en particular Atenas, inventora de todas las técnicas con las que se ha descubierto y refinado la mayor eficacia de la oratoria 13 —, en nuestra misma sociedad nunca ha realmente florecido ninguna afición con tal fuerza como la de la oratoria.

Y cuando, tras haberse establecido el poder de Roma sobre [14] todos los pueblos lo duradero de la paz aseguró la posibilidad de la cultura 14 , casi ningún adolescente ansioso de gloria dejó de pensar que debía dedicarse con todas sus fuerzas a la oratoria. Y ciertamente ignorantes al principio de cualquier tipo de método, por creer que ni la práctica sistemática tenía fuerza alguna ni que existían reglas del arte, conseguían todo lo que su talento y entendimiento les permitían. Mas después de oír a los oradores griegos y conocer por escrito sus discursos y cuando se hicieron con sus maestros, nuestros hombres ardieron en una especie de increíble pasión por aprender. Les estimulaba la envergadura, [15] la variedad y número de causas judiciales de todo tipo, añadiéndosele así a la teoría que cada uno había logrado con su esfuerzo la continua práctica, y así superaban las reglas de todos sus maestros. Por otra parte, a la vista estaban, como ahora están, las recompensas de tales aficiones, para conseguir ya influencia, ya riqueza, ya consideración social. Y realmente el talento de nuestros conciudadanos, en lo que podemos juzgar en muchos aspectos, superó en mucho al del resto de todos los pueblos.

[16] Con estos antecedentes, ¿quién no se admirará con razón que de todas las generaciones, épocas y pueblos de los que hay memoria se encuentre un tan escaso número de oradores? Pero no hay que extrañarse de que esto de la oratoria sea algo mayor de lo que la gente piensa, y hecho de [5 ] muchas artes y aficiones. ¿Y quién puede pensar que —con tan gran multitud de aprendices y enorme abundancia de maestros, tan distinguidos talentos, tan ilimitada variedad de causas y recompensas de tal fuste que a la elocuencia se ofrecen— hay otro motivo 15 que la increíble magnitud y dificultad de esta tarea?

[17] Pues hay que abarcar un saber en muchísimos ámbitos, sin el cual las fintas verbales resultan hueras y ridículas 16 . Por otra parte, el discurso ha de conformarse no sólo mediante las palabras adecuadas sino también con su ordenación pertinente, y hay que conocer a fondo todas las pasiones con que la Naturaleza dotó al género humano, ya que toda la fuerza y esencia de la oratoria ha de manifestarse en calmar o excitar el ánimo de los oyentes; conviene añadir aquí un cierto donaire y sentido del humor y una cultura digna de un hombre libre, así como rapidez y agudeza tanto al responder como al atacar, todo ello unido a un sutil encanto y desenvoltura 17 .

[18] Hay que dominar, además, todo el pasado y el arsenal de sus ejemplos y no descuidar el conocimiento de las leyes y del derecho. ¿Y qué más podría yo decir acerca de la ejecución misma del discurso? Ha de modelarse mediante el movimiento del cuerpo, del gesto, del ademán, de la conformación y variedad de los tonos de voz 18 . Lo que esto por sí solo significa, el arte de la interpretación y la representación teatral —por ligera que sea— lo pone de manifiesto; pues esforzándose en estas artes todos en el dominio de los gestos y de la voz y del movimiento, ¿quién ignora cuán pocos hay y ha habido que podamos contemplar con ecuanimidad 19 ? ¿Y qué diré de aquello que atesora todo lo demás, la memoria? Pues si no se tiene como guardián de lo que hay que decir y de los argumentos y de cómo hay que decirlo, está claro que todo lo demás, aunque el orador lo posea en grado superlativo, no servirá de nada 20 .

Por lo tanto, dejemos de admiramos por la escasez de [19] hombres elocuentes, al constar la elocuencia en su conjunto de partes tales que brillar en cada una de ellas ya es algo muy grande. Antes bien, animemos a nuestros hijos y a aquellos cuya gloria y honra nos importa a que abracen con entusiasmo la magnitud de la empresa y a que no confíen en poder conseguir a lo que aspiran con las recetas o profesores o ejercicios que todos utilizan, sino con otros distintos.

Y a mi entender, nadie podrá ser orador coronado por la [20] [6 ] gloria si no ha conseguido el saber de los grandes temas y técnicas. Pues conviene que el discurso brote y rebose del conocimiento de las cosas, pues si éste no trata de cosas familiares y conocidas al orador, se reduce a palabrería huera [21] y poco menos que infantil. Y tampoco es que yo vaya a imponer, en esta ciudad y vida tan ajetreadas, un peso tan grande especialmente a nuestros oradores: opinar que no se les permite ignorar nada. Con todo, la esencia del orador y la profesión misma de hablar adecuadamente parece asumir y asegurar el ser capaz de hablar de cualquier cosa que se le proponga 21 con abundancia y elegantemente.

[22] Pero no dudo que esto parecerá a los más tarea inmensa e inacabable, al tiempo que observo que los griegos, hombres que andan sobrados no sólo de talento y ciencia, sino también de tiempo libre 22 y afán de saber, han llevado a cabo ya en cierto modo una división de las artes, y que nadie en particular se ha dedicado a fondo en su conjunto 23 , sino que han separado de las restantes manifestaciones del lenguaje aquella parte del hablar que tiene su ámbito en el debate forense, sea éste judicial o político, y que tan sólo esto se le ha reservado al orador. No voy a abarcar en estos libros más de lo que a esta materia —por haberse estudiado y discutido mucho este asunto— se le ha asignado casi por común acuerdo de varones muy ilustres.

Y no volveré a traer desde la cuna de nuestra añeja e infantil [23] disciplina esa especie de retahíla de recetas, sino aquellos temas que un día supe que habían estado presentes en una conversación de nuestros varones más ilustres y principales en todos los ámbitos 24 . Y no es que con esto trate de despreciar lo que esos griegos —artífices y profesores de retórica— nos han dejado, sino que al estar esto abierto y a disposición de todos y al no poder ni ser capaz mediante una traducción mía de exponerlo con más ornato ni expresarlo con más sencillez, creo que me permitirás, querido hermano, anteponer a la de los griegos la autoridad de aquellos a quienes los nuestros les concedieron la máxima gloria por su elocuencia.

Circunstancias políticas del diálogo: los personajes. Cambio de impresiones sobre la situación (24-29)

[7 ] [24] En los momentos en los que el cónsul Filipo 25 atacaba con más vehemencia la causa de la aristocracia y parecía quebrarse y debilitarse ya el tribunado de Druso, que defendía la autoridad del senado 26 , recuerdo que se me contó que, por las fechas de los Juegos Romanos 27 , Lucio Craso 28 se había marchado a Túsculo 29 , para tomar fuerzas, por así decirlo. Se decía que también había ido a allí Quinto Mucio 30 , que había sido su suegro, y Marco Antonio 31 , varón que compartía sus puntos de vista políticos y [25] unido a Craso por una estrecha amistad. Y habían salido de Roma con el propio Craso dos jóvenes muy amigos de Druso y en quienes los seniores a la sazón habían puesto las esperanzas de mantener su dignidad 32 , Gayo Cota 33 , quien se presentaba a tribuno de la plebe, y Publio Sulpicio 34 , de quien se pensaba que a continuación iba a presentarse a la misma magistratura.

El primer día mucho hablaron hasta el final de la tarde [26] acerca del momento actual y sobre la situación política en general, motivo por el que se habían reunido. Cota me contaba después las muchas lamentaciones y reflexiones que, como por inspiración divina, habían expresado aquellos tres ilustres excónsules 35 a lo largo de aquella conversación, de modo que ninguna desgracia le ha sucedido a esta ciudad que ellos con tanta anticipación no vieran que amenazaba. Que, concluida dicha conversación, tan grande fue el temple [27] de Craso que, tras disponerse a cenar después de un baño, desapareció toda aquella seriedad de la conversación anterior, y que tal era la simpatía de ese hombre y tal el encanto de sus palabras que para ellos el día pasó por ser del Senado 36 y la cena del Tusculano 37 .

Mas que al día siguiente, al haber descansado ya lo bastante [28] los de más edad y haber salido a pasear, Escévola, después de haber dado dos o tres vueltas, había dicho: «¿Por qué no imitamos, Craso, al famoso Sócrates 38 que aparece en el Fedro 39 de Platón? Pues me lo ha recordado este plátano tuyo, que no se extiende menos con sus frondosas hojas para dar sombra a este lugar que aquel cuya sombra buscó Sócrates, plátano que a mi juicio no creció tanto con el riachuelo que allí aparece cuanto con el verbo de Platón; y ya que éste hizo que Sócrates —por padecer de los pies— se tumbase en la hierba y así dijese lo que los filósofos cuentan que dijo como por boca de un dios, resulta más [29] justo que esto mismo se lo concedáis a mis pies». Y contaba que entones Craso dijo: «Incluso con más comodidad»; y que había pedido unos cojines y que todos se habían sentado en los asientos que había al pie del plátano.

Elogio de la elocuencia por parte de Craso (30-34)

[8 ] Y solía contar Cota que entonces, tras haberse relajado los ánimos de todos de la conversación anterior, Craso había iniciado otra sobre la afición [30] por la oratoria. Y tras haber empezado a decir que no era preciso a su juicio que él tuviera que animar a Sulpicio y a Cota, sino más bien ensalzar a uno y otro por haber alcanzado tal maestría que no sólo aventajaban a sus iguales sino que admitían comparación con los de más edad, dijo: «En verdad, nada me parece más digno que ser capaz de controlar el espíritu del público, atraerse sus simpatías e impulsarlos y hacerlos venir a donde y de donde uno quiera. Ésta es la única actividad que en cualquier pueblo libre y en particular en las sociedades en paz y sin tensiones siempre ha florecido y siempre ha dominado.

El orador, auténtico guia de toda sociedad racional y civilizada

»Pues ¿qué cosa hay tan admirable [31] como que de entre un sinnúmero de individuos sobresalga uno que ya solo o en unión de unos pocos pueda llevar a término lo que a todos se les ha dado por el hecho de nacer?, ¿o tan placentero a la inteligencia y al oído como un discurso pulido y engalanado con sabios pensamientos y solemnes palabras?, ¿o tan poderoso y magnífico como que el estado de ánimo del pueblo, los escrúpulos de los jueces o todo el peso de un senado pueda cambiar de dirección con el discurso de uno solo? En una [32] palabra: ¿qué hay tan propio de reyes 40 , tan digno de un hombre libre, tan generoso como el ayudar a los suplicantes, levantar a los abatidos, proporcionarles seguridad, liberarlos de los peligros, y mantener a los hombres en concordia? ¿Y qué, por otra parte, tan necesario como el tener siempre a mano las armas con las que tú mismo puedas estar, ya cubierto, ya iniciar el ataque o ya vengarte de una ofensa? Mas, ea, para no pensar siempre en el foro, en los escaños, en la tribuna o en la curia, ¿qué puede haber en la ausencia de ocupaciones más agradable o más propio de la condición humana que una conversación elegante y fluida en todo tipo de temas 41 ? Pues tan sólo en el hecho de hablar entre nosotros y ser capaces de expresar nuestras sensaciones mediante la palabra aventajamos particularmente a los animales.

[33] »Por lo cual ¿quién no ha de admirar con razón esto y juzgar que en ello hay que esforzarse en particular y aventajar así a los hombres mismos en la única cosa en que los hombres aventajan a los animales? Mas para llegar a lo más importante ¿qué otra fuerza ha sido capaz, ya de congregar a los hombres en un solo lugar o hacerlos pasar de una vida salvaje y agreste a este tipo de vida propio de hombres en comunidad y, una vez establecidas las sociedades, diseñar [34] las leyes, los tribunales y los procedimientos legales? Y para no ir buscando más ejemplos, que son casi infinitos, resumiré en breves palabras: afirmo, pues, que en la moderación y prudencia de un orador completo radica no sólo ya su propio prestigio, sino, sobre todo, la seguridad de muchísimos particulares y de la comunidad toda. En consecuencia, jóvenes, proseguid por vuestro camino y dedicaos a este afán en el que estáis, para que a vosotros os pueda servir de honra, a vuestros amigos de utilidad y a la vida pública de provecho».

Réplica de Escévola sobre las excesivas pretensiones de Craso (35-44)

[9 ] [35] Entonces Escévola dijo, afablemente, como solía: «En todo lo demás estoy de acuerdo con Craso, para no quitarle nada al arte o la gloria de Gayo Lelio 42 , mi suegro, o a la de este yerno mío 43 ; pero me temo, Craso, que no puedo concederte estas dos cosas: la primera, que has dicho que las sociedades humanas han sido en sus comienzos constituidas por oradores y con frecuencia salvadas; lo otro, que has afirmado que el orador, aun al margen del foro, la asamblea, los juicios y el senado, es un hombre completo en todo tipo de discusión y ámbito de la cultura.

»Pues ¿quién te concederá que en un principio la raza [36] humana, dispersa en montañas y bosques, no se ha visto empujada a protegerse con ciudades seguras y amuralladas por los consejos de los prudentes antes que deleitada por el discurso de los elocuentes? ¿o que el resto de los instrumentos para establecer o mantener las comunidades no han sido ideadas por varones sabios y valerosos, sino por hombres de palabra fácil y elegante? ¿O es que te parece que el [37] ilustre Rómulo reunió pastores y caminantes, que estableció lazos de matrimonio con los Sabinos o reprimió la violencia de sus vecinos con la elocuencia, y no con una prudencia y sabiduría únicas? ¿Y qué me dices de Numa Pompilio? ¿y qué de Servio Tulio 44 ? Y en el resto de nuestros reyes, de los que hay muchas e ilustres huellas en la constitución de nuestro estado, ¿es que hay vestigios de su elocuencia? Y tras la expulsión de los reyes —aun cuando está claro que la expulsión misma se llevó a cabo con la inteligencia, no con la lengua de Lucio Bruto 45 —, ¿es que no vemos que en adelante todo está lleno de prudencia y vacío de palabras?

[38] »Y si en realidad yo quisiera hacer uso de los ejemplos de nuestra ciudad y de los de otras, podría aducir —de lo que han traído varones muy elocuentes— más perjuicios que beneficios. Mas, por no hablar de otras cosas, creo que soy el único de los aquí presentes, si exceptúo a vosotros dos, Craso, que he oído a los muy elocuentes Tiberio y Gayo Sempronio 46 , cuyo padre 47 , persona prudente y seria, en modo alguno elocuente, en otras ocasiones y muy en particular como censor, prestó grandes servicios a la república. Pues éste, no con un discurso fácil y elegante, sino con decisión y pocas palabras concentró a los libertos en las circunscripciones urbanas 48 . Y si no hubiera hecho esto, el Estado, que hoy apenas podemos decir que existe, hace tiempo que hubiera dejado de existir. En cambio, sus hijos, elocuentes y preparados para la oratoria con todos los recursos de la naturaleza y de la educación 49 , tras hacer recibido una ciudad en todo su apogeo gracias a las decisiones de su padre o a los hechos de armas de sus antepasados, hicieron polvo el Estado 50 gracias a la elocuencia, ese ilustre timonel 51 de las ciudades, según tú dices.

»¿Y qué me dices de nuestras antiguas leyes y las costumbres [39] [10 ] de nuestros mayores? ¿Y qué de los auspicios, al frente de los que tú, Craso, y yo estamos con gran provecho de la república 52 ? ¿y qué sobre los ritos y ceremonias? ¿Y qué sobre este conocimiento del derecho, que ya de antiguo vive en nuestra familia sin tener fama alguna de elocuente 53 ? ¿Es que acaso ha sido inventado o conocido o en absoluto tratado por los oradores?

»Por cierto que no se me va de la cabeza la figura de [40] Servio Galba 54 , extraordinario varón cuando hablaba, y a Marco Emilio Porcina 55 y al mismísimo Gayo Carbón 56 —a quien tú cuando no eras más que un muchacho derrotaste 57 —, ignorantes en leyes, inseguros en las costumbres de nuestros antepasados, sin conocimientos en el procedimiento. Y si te exceptuamos a ti, Craso, que más por afición que como deber propio has aprendido conmigo la ciencia del derecho, tu generación es, por más que a veces me dé vergüenza decirlo, ignorante en este punto.

[41] »Mas en cuanto a lo que al final de tu intervención asumiste como por derecho propio, es decir, que el orador puede moverse a sus anchas en la discusión de cualquier tema, eso, de no estar en tus dominios 58 , no te lo hubiera permitido y me pondría al frente de los muchos que te desafiarían desde el tribunal a demostrar tu propiedad 59 por haberte metido tan temerariamente en posesiones ajenas. Pues, en [42] efecto, te pondrían pleito en primer lugar todos los pitagóricos y la escuela de Demócrito 60 y el resto de los filósofos de la naturaleza, varones de expresión grave y elegante, reivindicarían ante los tribunales lo que es suyo, y no te sería lícito luchar con ellos con pretensiones ajustadas a derecho 61 . Te acosarían además la tropa de filósofos que tienen como fuente y origen a Sócrates y te harían confesar que tú no habías aprendido nada acerca del bien y del mal, nada sobre las pasiones del alma, nada sobre la psicología humana, que no habías investigado sobre esto y que nada sabías. Y tras haberte atacado todos en bloque, entonces empezaría cada escuela a plantearte una batalla distinta.

»La Academia te acosaría y te obligaría a contradecirte [43] en cualquier cosa que hubieses dicho; nuestros queridos estoicos, por su parte, te mantendrían enredado con los lazos de sus sofismas y preguntas. Los peripatéticos por su parte te harían confesar que convenía recurrir a ellos en lo referente a esos mismos aspectos que tu consideras como instrumentos propios de los oradores y adornos de la oratoria, y te harían ver que Aristóteles y Teofrasto han escrito de estos temas no sólo mejor sino mucho más que todos los profesores de retórica 62 .

[44] »Y no cito a los matemáticos, a los gramáticos, a los músicos, con cuyas artes esa vuestra virtud oratoria no tiene la más mínima relación. Por lo cual soy de la opinión, Craso, que no hay que proclamar tantas y tales excelencias. Ya es suficientemente grande —y en eso tú eres capaz de brillar— que cualquiera que sea la causa que tu defiendes ante los tribunales, esa parezca la mejor y más plausible 63 , que en las asambleas y en tus intervenciones ante el senado tu discurso tenga la mayor fuerza persuasiva; en fin, que a los entendidos tu discurso parezca elocuente y al vulgo incluso verdadero. Y si puedes algo más que esto, no me parecerá que es el orador quien lo puede, sino Craso en virtud de unas facultades que le son propias, no comunes a los oradores».

Contrarréplica de Craso (45-73)

[11 ] [45] Entonces Craso respondió: «No ignoro, Escévola, que entre los griegos se suelen decir y discutir esas cosas. Y he asistido a las clases de ilustres varones, cuando llegué a Atenas procedente de mi cargo de cuestor en Macedonia 64 , en el apogeo de la Academia —según se consideraba en aquellas circunstancias 65 —, cuando la dirigían Cármadas 66 , Clitómaco 67 y Esquines 68 . Estaba además Metrodoro 69 , que juntamente con aquéllos había sido asiduo oyente del famoso Carnéades 70 , varón que, según decían, era cuando hablaba el más facundo y penetrante de todos. Y gozaba de fama Mnesarco 71 , discípulo de tu querido Panecio 72 y Diodoro 73 , del peripatético Critolao 74 . Había además muchos filósofos [46] ilustres y famosos, y yo veía que ellos poco menos que al unísono apartaban el orador del gobernalle de las ciudades, lo excluían de toda ciencia y saber de asuntos importantes y tan sólo se le lanzaba y confinaba —como si de galeras 75 se tratase— a los juzgados y asambleas de tres al cuarto.

[47] »Pero yo ni estaba de acuerdo con aquellos ni con el inventor de estas discusiones y con mucho el más grave y elocuente de todos sus jefes, Platón, cuyo diálogo Gorgias leí a la sazón en Atenas con particular interés bajo la mirada de Cármadas 76 . Y en esa obra lo que más admiraba de Platón era el que se me antojaba un orador consumado precisamente cuando se burlaba de los oradores. Pues la discusión sobre las palabras ya hace tiempo que atormenta a esos grieguecillos 77 , más ansiosos de disputas que de la verdad.

[48] »Pues si alguien ha establecido que es orador quien tan sólo pueda hablar con soltura ante el pretor 78 o en los tribunales, ante el pueblo o en el senado, con todo es forzoso que a este mismo se le atribuya y conceda muchas cualidades; pues sin una intensa práctica de todos los asuntos públicos, sin el conocimiento de las leyes, las costumbres, el derecho, y desconociendo la naturaleza y el carácter de los hombres, no es posible moverse en estos mismos temas con la suficiente soltura y pericia. Mas quien conociera estas cosas, sin las que nadie puede proteger en las causas ni siquiera los asuntos de menor entidad, ¿qué le podrá faltar a éste del conocimiento de las cosas más importantes? Pero si no quieres que nada sea propio del orador excepto el hablar con orden, elegancia y soltura, ¿cómo puede lograrse —te lo ruego— eso mismo sin ese saber que no le concedéis 79 ? Pues la excelencia en la expresión no puede manifestarse si quien va a hablar no comprende lo que va a decir.

»Por lo tanto, si se ha expresado con elegancia —según [49] se dice y a mí me lo parece— aquel ilustre filósofo de la Naturaleza, Demócrito 80 , la materia fue propia de un filósofo de la naturaleza, mas la manera de decirlo ha de considerarse propia del orador; y si Platón ha hablado como los ángeles —punto en el que estoy de acuerdo— acerca de asuntos muy alejados de las controversias políticas, y de igual modo si Aristóteles, si Teofrasto, si Carnéades fueron elocuentes y en su estilo agradables y elegantes en los asuntos de los que trataron, asígnese los temas de los que traten a otras disciplinas, mas la expresión misma es propia de esta específica metodología de la que estamos hablando e indagando. Pues [50] vemos que algunos, como Crisipo 81 , a quien consideran agudísimo, se han expresado acerca de esta mismas cosas de un modo pobre y descarnado y que no por carecer de la facultad de expresarse bien —procedente de un arte ajeno— habían dejado de cumplir con la filosofía.

[12] »En consecuencia, ¿qué diferencia hay o cómo distinguirías de los que acabo de nombrar: la riqueza y la abundancia en su expresión de la pobreza de los que no hacen uso de esta variedad y elegancia? En realidad, una cosa habrá que los que bien se expresan aportan como propia: un discurso bien dispuesto, elegante, y que se distingue por una cierta elaboración y pulimiento; mas si este discurso no encierra asunto comprendido o conocido por el orador, una de dos: o [51] no existe o será objeto de burla por parte de todos. ¿Qué cosa hay pues tan fuera de razón como el huero sonido de palabras, por excelentes y elegantes que sean y sin que debajo haya enjundia ni saber alguno? Por lo tanto, sobre cualquier arte, sobre cualquier tipo de conocimiento, si el orador se lo aprende como si de la causa de un cliente se tratase, hablará mejor y con más elegancia que el propio inventor y artífice de ese asunto.

[52] »Y si alguien hubiera que pueda decir que hay pensamientos y causas específicos de los oradores, y un saber de cosas concretas circunscrito al recinto del Foro, ciertamente he de confesar que estos discursos nuestros se mueven más asiduamente en esto; pero, sin embargo, que en estos mismos temas hay muchísimos aspectos que los propios maestros [53] que se llaman rétores, ni enseñan, ni dominan. ¿Pues quién ignora que el mayor poder de un orador consiste ya en incitar el ánimo de sus oyentes a la ira o al dolor, al odio, ya en hacerlos volver de estas pasiones a la mansedumbre y compasión? Y en cuanto a esto, no podrá lograr mediante el uso de la palabra sus propósitos quien no conozca a fondo la naturaleza humana, todas las virtualidades de la condición humana y las causas mediante las que los espíritus se excitan o se amansan.

»Cierto es que todo este asunto parece propio de los filósofos [54] y nunca un orador —si mi palabra vale de algo— mantendrá otra opinión; mas, tras haberles concedido a aquellos el conocimiento de esa realidad, reclamará para sí aquello en lo que ellos tan sólo han querido destacar, la elaboración del discurso, que, sin dicho conocimiento, a nada se reduce. Pues en efecto, es propio del orador lo que ya repetidamente he dicho: una expresión enjundiosa, elegante y acomodada a la sensibilidad y disposición del auditorio. Y [55] [13 ] he de confesar que Aristóteles y Teofrasto han escrito sobre estas cosas. Pero, ten cuidado, Escévola, no me vayas a dar toda la razón en este punto: pues no les tomo prestado lo que el orador tiene en común con aquellos 82 , mientras que esos mismos, al tratar de estos asuntos 83 , admiten que son propios de los oradores, y en este sentido al resto de sus tratados los titulan y denominan con el nombre de su disciplina, mientras que a éstos con el de ‘Retóricos’.

»Y así, cuando en un discurso surgen —lo que muy frecuentemente [56] sucede— aquellos puntos en los que hay que hablar de los dioses inmortales, de la piedad, de la concordia, la amistad, de ese derecho que es común a los ciudadanos, a los hombres y a los pueblos 84 , de la equidad, la contención, la magnanimidad y de cualquiera clase de virtudes, estoy seguro de que todos los centros de enseñanza, todas las escuelas de filosofía dirán a gritos que todas esas cosas son de su propiedad y que en absoluto tienen que ver con el [57] orador. Y yo, una vez que les haya concedido a éstos el que puedan hablar de estos temas en sus cenáculos para pasar el rato, no dejaré de asignar y dar al orador el ser capaz de expresar con todo tipo de amenidad y rotundidad las mismas cosas de que aquellos tratan con un lenguaje sin fuerza y más bien pobre. De esto es de lo que yo hablaba con los propios filósofos en Atenas. Pues me obligaba mi vecino 85 y amigo Marco Marcelo que ahora es edil curul y quien sin duda participaría en esta conversación si no tuviera que estar organizando ahora los juegos. Y ya entonces era un muchacho con una admirable dedicación a estos afanes.

[58] »Y en cuanto a establecer constituciones o discurrir sobre la guerra, la paz, los aliados, los tributos o los derechos de los ciudadanos distribuidos por linajes, clases sociales o edades, de acuerdo en que los griegos, si quieren, afirmen que Licurgo o Solón 86 —por más que creo de verdad que a éstos habría que reclasificarlos como elocuentes— han sabido esto mejor que Hipérides o Demóstenes 87 —oradores ya consumados y sin tacha—, o que los nuestros antepongan en este tipo de cosas a los diez varones que redactaron las Doce Tablas 88 —y que es forzoso que tuvieron capacidad de prever— a Servio Galba y a tu suegro Gayo Lelio 89 , de quienes todos están de acuerdo en afirmar que han aventajado a los demás en fama oratoria. Pues nunca diré que en [59] todo esto no hay partes que son específicamente de aquellos que han puesto todo su empeño en conocer y desarrollar todos estos temas, sino que es orador sin falla y acabado quien sea capaz de hablar de cualquier asunto con soltura y amenidad.

»Y a menudo en todos esos asuntos que todos confiesan [14 ] que son propios de los oradores, hay algo que hay que sacar y tomar, no de la experiencia del foro —cosa que tan sólo concedéis al orador—, sino de algún saber un poco más abstruse Pues estoy planteando la cuestión de si se puede [60] hablar a favor o en contra de un general sin tener experiencia de la vida militar o con frecuencia incluso sin conocimientos de la geografía marítima y terrestre. O si se puede hablar ante el pueblo para proponer o vetar leyes sin un extraordinario conocimiento y prudencia en los asuntos políticos; o si se puede utilizar un discurso ya para inflamar ya para apagar la disposición de ánimo y pasiones del auditorio —pues es esto tan sólo lo característico del orador— sin un estudio minuciosísimo de todas las particularidades que los filósofos exponen acerca de la naturaleza y psicología de la especie humana.

Incluso en asuntos tan específicos como las matemáticas o la arquitectura

[61] »Y no sé si voy a ser tan aplaudido por vosotros en lo que sigue. En cualquier caso, no voy a dudar en decir lo que siento: incluso esas ciencias de la naturaleza y las matemáticas y lo que poco antes has establecido como específico de las restantes artes, lo son de quienes las profesan, mas si alguien quisiera iluminar mediante el lenguaje artístico esos conocimientos mismos, tendría que recurrir a las habilidades del [62] orador. Y si es cierto que el famoso arquitecto Filón 90 , quien les construyó el arsenal a los atenienses, expuso al pueblo con particular soltura las particularidades de su obra, no hay que pensar que fue elocuente más por sus conocimientos de arquitecto que por lo de orador. Y si Marco Antonio, aquí presente, hubiera tenido que defender a Hermodoro 91 en la construcción de los astilleros —tras haber sido instruido en el asunto por aquél— no hubiera dejado de hablar con elegancia y soltura acerca de una especialidad ajena. Ni tampoco Asclepiades 92 —a quien hemos tratado como médico y como amigo— cuando vencía a los demás médicos en elocuencia, en el acto mismo de hablar con elegancia estaba haciendo uso de sus conocimientos de medicina, sino de los [63] de elocuencia. Y aunque es bastante plausible —aunque no verdad— lo que Sócrates solía decir, que todos son suficientemente elocuentes en lo que saben, es más cierto aquello de que nadie puede ser elocuente en lo que ignora y, por otra parte, que si lo conoce de maravilla y es ignaro en cómo construir y pulir un discurso, no es capaz de exponer con elegancia eso mismo en lo que es experto.

»Por lo cual, si alguien quiere delimitar y abarcar tanto [64] [15 ] las características genéricas como específicas del orador, en mi opinión será orador digno de tal nombre quien —sea cual sea el asunto que surja y que haya de ser expuesto mediante la palabra— pueda desarrollarlo sabiendo de antemano lo que ha de decir, con orden, elegancia, sin fallos de memoria, todo ello acompañado de una cierta dignidad en su ejecución 93 . Pero si a alguien le parece inconcreto en exceso [65] lo que he dicho de ‘sea cual sea el asunto’, por más que por este lado se recorte y ampute cuanto le parezca a cada cual, con todo seguiré manteniendo el que, si el orador ignora los contenidos de las demás artes y saberes y tan sólo domina lo que podría surgir en un discurso y en la práctica forense y con todo ha de hablar sobre estos mismos temas —una vez que aprenda de quienes lo dominan cada uno de los puntos de cada tema—, lo expondrá mucho mejor que aquellos mismo expertos en dichas artes.

»Así, si Sulpicio tuviera que hablar sobre la actividad [66] militar, se informará de mi pariente Gayo Mario 94 y, una vez enterado, lo expondrá de tal suerte que casi hasta al mismo Mario le parecerá que éste domina aquello mejor que él mismo. Mas si su tema fuese de derecho, se pondrá en contacto contigo, y a ti, que eres la persona más competente y experta, con su capacidad oratoria te superará en esos [67] mismos temas que ha aprendido de ti. Y si surgiera un asunto en el que hubiera que hablar sobre la naturaleza y los defectos del hombre, de las pasiones, de la mesura y la continencia, del dolor y de la muerte, quizá si a él le pareciera —por más que el orador debe conocer estos casos— se pondría en contacto con Sexto Pompeyo 95 , varón experto en filosofía. Con esto ciertamente conseguiría —sea cual sea el tema y de quién lo aprenda— exponerlo con mucha más elegancia que incluso aquél de quien lo ha tomado.

[68] »Pero si alguien me oyera —ya que la filosofía está dividida en tres distritos 96 : las oscuridades de la realidad, las sutilezas de la discusión y la vida y los caracteres 97 —, hagámosle un regalo a nuestra indolencia dejando a un lado las dos primeras. Mas si no conservamos la tercera, que siempre ha sido del orador, no le dejaremos a éste nada en [69] lo que pueda ser grande. Por esto, pues, el orador ha de dominar en su totalidad este aspecto sobre la vida y los caracteres; si no domina las otras partes, con todo podrá, si le hace falta, adornarlas mediante el discurso, si previamente se le ha llevado y entregado el material.

[16 ] »Y si entre los hombres cultos hay acuerdo en que Arato 98 , un hombre ignaro en materia de astros, escribió sobre el cielo y los cuerpos celestes en espléndidos y excelentes versos, y en que Nicandro de Colofón 99 , varón de lo más ajeno al agro, escribió luminosamente sobre asuntos del campo con la perspectiva de un poeta, no de un campesino, ¿por qué un orador no ha de poder hablar con suma elocuencia sobre temas de los que se ha informado para una causa y circunstancias concretas? En efecto, el poeta es muy [70] afín al orador: un poco más sujeto en cuanto a los ritmos, más libre en cambio en cuanto a las posibilidades de vocabulario, ciertamente compañero y poco menos que parejo en los distintos tipos de ornato 100 . Y, realmente, casi idéntico en que no circunscribe ni delimita su ámbito con mojón alguno, siéndole permitido, con el mismo cúmulo de posibilidades, seguir el curso que quiera.

»Y en cuanto a lo que, Escévola, dijiste, que no hubieras [71] tolerado —de no encontrarte en mis dominios— el haber dicho yo que el orador debía ser perfecto en todo tipo de conversación, en cualquier ámbito de la cultura, por Hércules que nunca yo hubiera dicho eso si yo mismo pensase que soy el orador ideal que trato de modelar.

[72] »Pero, como solía decir Gayo Lucilio 101 , —varón a quien tú no le caías muy bien y por eso mismo menos amigo mío de lo que hubiera querido, mas con todo de una exquisita cultura—, soy del parecer de que nadie que no se haya refinado en esas artes que son dignas de un hombre libre ha de ser tenido por un orador. Y aunque no hagamos uso de las mismas en nuestros discursos, sin embargo se transparenta y queda de manifiesto si somos bisoños o las dominamos. [73] Del mismo modo que quienes juegan a la pelota no utilizan en el juego mismo las técnicas de la palestra, mas sus propios movimientos indican si han practicado atletismo o no, o no es difícil colegir si quienes se dedican a la escultura saben pintar o no, aun cuando no hagan uso de la pintura. Del mismo modo, en nuestros propios discursos ante los tribunales, las asambleas o el senado, por más que no se aduzca específicamente el resto de las artes, fácilmente se da a entender si quien habla sólo está baqueteado en el trajín de declamar o si se ha presentado a hablar pertrechado de todas las artes de un hombre libre».

Escévola renuncia al debate. Elogio de Craso (74-79)

[17 ] [74] Entonces Escévola, riendo, dijo: «No voy a luchar más contigo, Craso, pues incluso en eso que has expuesto al responderme, has conseguido mediante un juego de manos darme la razón en lo que yo no quería que fuese propio del orador y al mismo tiempo —mediante no sé que retorcimientos— [75] asignárselo al orador como propio. Y respecto a esto, cuando yo llegué a Rodas en calidad de pretor 102 y contrasté con aquel ilustre profesor de retórica, Apolonio 103 , lo que le había oído a Panecio, él ridiculizó y despreció la filosofía, según acostumbraba, con más gracia que sensatez. Tu discurso en cambio ha sido de tal tenor que no ha hecho de menos ningún arte, sino que las has convertido a todas en acompañantes y servidoras del orador 104 . Y si alguien llega a abarcar [76] todas y al mismo tiempo les añadiese el encanto de una expresión elegante, no puedo dejar de decir yo que ése sería un varón digno de admiración; pero si ese ideal existiera o hubiera existido o pudiera existir, tan sólo lo serías tú, que a mi juicio y al de todos apenas has dejado gloria alguna al resto de los oradores —dicho sea con el permiso de los aquí presentes. Pero si a ti mismo no te falta de saber nada de lo [77] que se maneja en los asuntos del foro y de los tribunales, y con todo no has dominado ese saber que añades al orador, veamos de no atribuirle más de lo que la verdad misma del caso le concedería».

Entonces Craso dijo: «Ten en cuenta que yo he estado [78] hablando de las cualidades del orador, no de las mías. ¿Pues qué hemos podido aprender o saber quienes hemos llegado antes a la práctica que a una formación teórica? ¿A quienes en el foro, en la lucha política, en la vida pública y en la defensa de los intereses de nuestros amigos la realidad misma se ha apoderado de nosotros antes de que pudiésemos atisbar [79] algo de un asunto de tal enjundia? Pues si a ti te parece que hay tanto en mí a quien si bien a tu juicio no me ha faltado en particular el talento, sí que me ha faltado una formación adecuada y el tiempo libre 105 y ¡por Hércules! hasta ese acendrado afán de aprender, ¿qué opinas sobre la cualidad y talla del orador a quien se le añadiera a un talento incluso mayor que el mío los conocimientos que yo no llegué a tocar?»

Intervención de Antonio sobre el orador ideal expuesto por Craso (80-95)

[18 ] [80] Entonces Antonio dijo: «Estoy de acuerdo en lo que dices, Craso, y no dudo que si alguien dominara la esencia y naturaleza de todas las cosas y todas las artes sería mucho más rico en su expresión; pero, en primer lugar, es difícil de lograr, en particular en esta nuestra vida y ocupaciones; después, es de temer además que nos alejemos de esta práctica y costumbre oratoria ligada a la gente y al foro.

[81] »Y algo distinto me parece el estilo de esos varones a los que antes te has referido, por más que ellos traten con elegancia y enjundia acerca de la naturaleza y del hombre: es en cierto modo un estilo brillante y lucido, más propio de la exhibición gimnástica que de esta turbamulta ciudadana y [82] forense. Y yo mismo, tras haber llegado a Atenas —a pesar de haber aprendido griego tarde y mal— de camino a mi proconsulado en Cilicia, me detuve allí bastantes días debido al mal estado de la mar. Mas, como tratase a diario a doctísimos varones —poco más o menos los mismos que tú has nombrado hace poco 106 — y haber corrido no sé cómo entre ellos la noticia de que yo, como tú, solía moverme en pleitos de fuste, cada uno según sus fuerzas y posibilidades disertaba acerca de la actividad y esencia del orador.

»De entre éstos, unos como ese mismo Mnesarco 107 decía [83] que esos a quienes nosotros llamaríamos oradores, no eran otra cosa que unos practicones de lengua rápida y entrenada. Y que nadie a no ser el sabio era orador y que la elocuencia misma, al fundamentarse en la ciencia del hablar bien 108 , era en cierto modo la única virtud y que quien poseía esa excelencia 109 las poseía todas y que esas entre sí eran iguales y parejas; en consecuencia, que quien era elocuente, ése tenía todas las virtudes. Pero era éste un estilo descarnado y sin nervio y muy alejado de nuestra sensibilidad. Cármadas 110 , por su parte, se expresaba con mucha [84] mayor facundia sobre estos mismos temas, mas sin dejar clara su manera de pensar. Pues ésta era la inveterada costumbre de la Academia: oponerse siempre a todos en la discusión. Mas con todo daba en particular a entender que quienes recibían el nombre de rétores y enseñaban las reglas de la oratoria, no dominaban nada en absoluto, y que nadie podía alcanzar la maestría en el hablar si no habían aprendido antes los hallazgos de los filósofos.

[19 ] [85] »A su vez exponían su opinión atenienses elocuentes, con experiencia en política y los tribunales, entre los que estaba este Menedemo 111 que recientemente estuvo en Roma como invitado mío. Y cuando decía que existía una especie de sabiduría práctica que se manifestaba en intuir los procedimientos de establecer y gobernar las sociedades humanas, saltaba un individuo atento a todo, sobrado de todo tipo de saber y con una increíble variedad y abundancia de conocimientos 112 ; demostraba, pues, que todos los aspectos de esa sabiduría práctica había que buscarlos en la filosofía y que no se hallaban en ningún lugar de los manuales de los rétores aquellas cosas que en un estado había que establecer acerca de los dioses inmortales, la educación de la juventud, la justicia, capacidad de sacrificio, mesura y moderación en todas las cosas, y demás aspectos sin los que las sociedades [86] ni pueden existir ni tener sólidos fundamentos morales. Y si estos profesores de retórica con su arte abarcaban tal cantidad de asuntos de ese calibre, se preguntaba por qué sus libros estaban repletos de proemios, epílogos y bagatelas —pues así las calificaba— de este estilo, y en cambio no se podía encontrar en sus libros ni una palabra acerca de cómo regular ciudades, redactar leyes, acerca de la justicia, del respeto a la norma, de la confianza mutua, de aminorar los deseos, de conformar el carácter de los hombres.

[87] »Y de tal modo acostumbraba a ridiculizar los preceptos retóricos mismos que ponía de manifiesto que no sólo los rétores carecían de aquella sabiduría práctica que se arrogaban, sino que ni siquiera conocían la naturaleza misma y el método de la oratoria. Pues creía que la esencia del orador consistía en aparecer ante quienes actuaba tal como él desearía ser; que eso se lograba con una vida digna 113 , acerca de lo cual esos profesores de retórica nada habían dejado en sus manuales. Y que quienes le oyeran debieran mantener el estado de ánimo que el orador quisiera que tuviesen. Asimismo, que eso de ningún modo podía suceder si quien hablaba no conocía de cuántos modos y cómo y con qué tipo de discurso el ánimo del público podía moverse en cualquier dirección. Y que todo eso estaba oculto y escondido en el meollo mismo de la filosofía, meollo que esos rétores no habían llegado a degustar ni con la punta de la lengua. Menedemo [88] intentaba rebatir esto más con ejemplos que con argumentos. Pues recitando de memoria muchos hermosos pasajes de los discursos de Demóstenes demostraba que éste no ignoró el arte de cambiar a cualquier dirección y mediante el discurso el ánimo de los jueces y del pueblo 114 , y que con eso conseguía lo que aquél decía que nadie podía conseguir sin la filosofía.

»A éste le contestaba que él no negaba que Demóstenes [89] [20 ] hubiese tenido una enorme sabiduría práctica y capacidad oratoria, pero que éste, o esto lo había logrado por su talento natural, o —y esto era seguro— por haber gustado de oír a Platón 115 ; mas que la cuestión no era lo que aquél había podido [90] hacer, sino lo que esos rétores podían enseñar. Incluso en más de una ocasión su argumentación le llevaba al punto de asegurar que la retórica no existía; y esto lo demostraba con argumentos, en el sentido de que habíamos nacido de tal suerte predispuestos que éramos capaces de halagar sutilmente a quienes teníamos que sonsacar algo y asustar con amenazas a nuestros enemigos, exponer nuestra ejecutoria, justificar con argumentos nuestros propósitos, rebatir en lo que se nos contradice y, por fin, rogar y deplorar, y que en todas estas cosas consistían las habilidades oratorias. Y que la costumbre y el entrenamiento en el hablar agudizaba la capacidad de intuir y espoleaba la rapidez en el expresarse. Y también entonces se apoyaba en una gran cantidad de ejemplos.

[91] »En primer lugar decía que, como a propósito, ningún escribidor de manuales había sido ni medianamente hábil orador, y se remontaba hasta no sé qué Córace y Tisias 116 , quienes se asegura que fueron los inventores e iniciadores de este arte; mientras que varones muy elocuentes, que ni habían aprendido tales recetas ni se habían preocupado de saberlas, sin cuento los nombraba. Y entre éstos —no sé si por burlarse de mí o porque así lo creía— me ponía en el número de los que no habían aprendido aquellas cosas y con todo, como él decía, era alguien en la oratoria. Yo, de buena gana le daba la razón en lo primero —en que no había estudiado nada de eso—, pero en lo segundo creía que, o bien me estaba tomando el pelo o que él mismo se equivocaba. [92] Y, a fe mía, negaba que hubiera técnica alguna, a no ser la que se refería a conocimientos concienzudos y a fondo, y a cosas siempre seguras y que sólo admitían un resultado. Que todos estos asuntos que trataba el orador eran dudosos y engañosos. Puesto que habían de ser expuestos por quienes no podían saber a fondo todo eso y ser oídos por quienes no podían asimilar una ciencia, sino, en poco tiempo una opinión, bien falsa, bien, con seguridad, imprecisa 117 .

»¿A qué seguir? Así creía a la sazón convencer a los [93] demás de que no existía técnica oratoria alguna y que nadie que ignorase los puntos que exponían doctísimos filósofos podía hablar con maestría y soltura. Y entre éstos Cármades solía expresar su apasionada admiración, Craso, por tu talento: yo le parecía muy fácil de oír y tú muy batallador en la discusión.

»En consecuencia, yo, llevado de esta misma opinión, la [94] [21 ] puse por escrito en un librito 118 —que sin mi conocimiento y contra mi voluntad, llegó a ser del público— en el sentido de que conocía a algunos oradores disertos, mas a ninguno elocuente, ya que definía como orador diserto a quien fuese capaz de hablar con suficiente agudeza según la común opinión del público ante un auditorio de personas corrientes; en cambio, elocuente, a quien pudiera elevar y engalanar admirable y espléndidamente cualquier cosa, así como mantener en su inteligencia y su memoria las esencias de todos los temas que tuvieran que ver con su discurso. Y si esto es difícil para nosotros que, antes de iniciar nuestra formación oratoria, nos hemos sumergido en la carrera política y la abogacía, considérese con todo que la dificultad está en la [95] naturaleza de la cosa. Pues yo, en cuanto puedo prever, y viendo cuánto talento hay en nuestro entorno, no desespero de que alguna vez haya quien, con un afán mayor que el que tenemos y hemos tenido, con tiempo libre y oportunidad mayores de aprender en época más temprana y con esfuerzo y talento superiores, cuando se entregue en cuerpo y alma a oír, a leer y a escribir, ha de resultar un orador como el que estamos buscando, que por derecho propio pueda ser llamado no sólo diserto sino también elocuente. Y, con todo, a mi juicio, o éste es Craso, aquí presente, o si alguien hubiese con talento igual y que hubiese oído, leído o escrito mucho más que él, en poco podría superarlo».

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