Kitabı oku: «Errores del corazón - Un hombre enamorado - Alma de hielo»
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28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 424 - septiembre 2020
© 2009 Cynthia Rutledge
Errores del corazón
Título original: Claiming the Rancher’s Heart
© 2008 Linda Lael Miller
Un hombre enamorado
Título original: A Stone Creek Christmas
© 2007 RaeAnne Thayne
Alma de hielo
Título original: The Daddy Makeover
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009, 2009 y 2010
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-616-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Errores del corazón
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Epílogo
Un hombre enamorado
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Alma de hielo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
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Capítulo 1
HAY todo un rebaño —Stacie Summers se detuvo en mitad de la acera. Desde que había llegado a Sweet River, Montana, dos semanas antes, había visto algún que otro vaquero. Pero nunca tantos. Y menos en grupo—. ¿A qué se debe?
Anna Anderssen, amiga de Stacie y nativa de Sweet River, se detuvo a su lado.
—¿Qué día es hoy?
—Miércoles —contestó Stacie.
—Dos de junio —dijo Lauren Van Meveren. La estudiante de doctorado había estado sumida en sus pensamientos desde que las tres compañeras de casa habían salido del supermercado Sharon. Pero en ese momento, a pleno sol y al lado de Stacie, no podría haber estado más centrada.
Aunque Lauren normalmente sería la primera en decir que era de mala educación mirar con fijeza, observaba a los vaqueros que salían del café Coffee Pot con obvio interés.
—Miércoles, dos de junio —repitió Anna. Sus ojos azules se estrecharon, pensativos, mientras sacaba el mando a distancia del bolsillo y abría las puertas del jeep que había aparcado junto a la acera.
Stacie se pasó la bolsa de comida al otro brazo, abrió la puerta de atrás y la dejó dentro.
—Bingo —anunció Anna con satisfacción.
—¿Estaban jugando al bingo? —a Stacie le parecía raro que tantos hombres se reunieran un miércoles por la mañana para jugar. Pero estaba descubriendo que Sweet River era un mundo en sí mismo.
—No, tonta —se rió Anna—. La Asociación de Ganaderos se reúne el primer miércoles del mes.
Aunque eso tenía más sentido que el bingo, Stacie se preguntó qué temas podía tratar una asociación de ese tipo. Ann Arbor, Michigan, donde ella había crecido, distaba de ser el paraíso de los ganaderos. Y en los diez años que llevaba residiendo en Denver, nunca se había cruzado con un vaquero.
Cuando Lauren había propuesto trasladarse al pueblo natal de Anna para investigar la compatibilidad macho-hembra para su disertación de doctorado, Stacie la había seguido. La búsqueda del trabajo perfecto, su edén personal, como le gustaba llamarlo, no iba bien y un cambio de escenario le había parecido buena idea.
Por razones que se le escapaban, había creído que Sweet River sería como Aspen, una de sus ciudades favoritas. Había esperado bonitas tiendas de moda y una plétora de médicos, abogados y hombres de negocios que disfrutaban del aire libre.
Vaya si se había equivocado.
—Nunca he visto tantos tipos con botas y sombrero.
Eran hombres grandes de espalda ancha, piel curtida y cabello que nunca había pasado por las manos de un estilista digno de ese nombre. Hombres seguros de sí mismos que trabajaban duro y vivían la vida a su manera. Hombres que esperarían que su esposa renunciara a sus sueños para vivir en un rancho.
Stacie se estremeció de horror.
—¿Sabíais que los primeros vaqueros llegaron de México? —dijo Lauren con la mirada perdida y distante.
Stacie miró a Anna suplicante. Tenían que detener a Lauren antes de que se lanzara. Si no, se verían obligadas a escuchar una conferencia de la vida y milagros de los vaqueros desde sus inicios.
—Entra, Lauren —Anna señaló el jeep—. No queremos que se derrita el helado.
Aunque Anna había impreso un deje de urgencia a su voz, la mirada de Lauren seguía clavada en los hombres que hablaban y reían con voz grave y varonil.
Un tipo captó la atención de Stacie. Con pantalones vaqueros, sombrero y piel bronceada, parecía igual a los demás. Sin embargo, había atraído su mirada de inmediato. Debía de ser porque estaba hablando con el hermano de Anna, Seth. No había otra explicación posible. Su radar nunca había captado a un hombre desbordante de testosterona. Le gustaban de tipo artístico y prefería a un poeta con pinta de muerto de hambre que a un futbolista de espalda cuadrada.
—¿Sabes, Stace? —Lauren se golpeó el labio inferior con el dedo índice—, algo me dice que podría haber un vaquero en tu futuro.
La investigación de Lauren se basaba en identificar a parejas compatibles y Stacie era su primer conejillo de Indias o, como prefería decir ella, su primer sujeto de investigación.
A Stacie se le encogió el estómago al imaginarse emparejada con un hombre varonil que montaba a caballo y tiraba el lazo. «Dios mío, por favor. Cualquiera menos un vaquero», rezó.
Unas semanas después, Stacie se sentó en el sillón de mimbre que había en el porche de Anna, dispuesta para la batalla. Lauren acababa de volver de correr y Stacie le había dicho que tenían que hablar. Llevaba demasiado tiempo rugiendo en silencio por el emparejamiento que le había propuesto.
Aunque sabía que para la investigación de Lauren era importante que al menos conociera al tipo, le parecía mal hacerle perder el tiempo. Y perderlo ella.
Stacie seguía formulando mentalmente su discurso de «No me interesan los vaqueros» para Lauren, cuando una brisa fresca de la montaña agitó la fotografía que tenía en la mano. Alzó el rostro, disfrutando del aire en las mejillas. Aunque llevaba cuatro semanas en el estado del «cielo abierto», seguía asombrándose por la belleza que la rodeaba.
Paseó la vista por el enorme jardín delantero. Todo era verde y frondoso. Y las flores… Junio acababa de empezar y los jacintos silvestres, la hierba de oso y la castilleja ya habían florecido.
La puerta mosquitera se cerró de golpe. Lauren cruzó el porche para sentarse frente a Stacie.
—¿Qué ocurre?
—Tu ordenador ha tenido un fallo. Es la única explicación —Stacie alzó la fotografía—. ¿Acaso se parece a mi tipo?
—Si hablas de Josh Collins, es muy agradable —dijo Anna, saliendo al porche—. Lo conozco desde el colegio. Él y mi hermano, Seth, son buenos amigos.
Stacie contempló inquieta la bandeja de bebidas que Anna intentaba mantener en equilibrio. Lauren, que estaba más cerca, se levantó de un salto y le quitó a la rubia la bandeja con la jarra de limonada y tres vasos de cristal.
—Vas a romperte el cuello con esos zapatos.
—Me da igual —Anna se miró los zapatos verde lima de tacón de aguja—. Son totalmente yo.
—Son bonitos —concedió Lauren. Ladeó la cabeza—. Me pregunto si me valdrían. Tú y yo usamos el mismo número…
—Hola —Stacie alzó una mano y la agitó en el aire—. ¿Te acuerdas de mí? ¿De la que pronto tendrá que enfrentarse a una cita con Don Incorrecto?
—Cálmate —Lauren sirvió un vaso de limonada, se lo dio y se sentó con una gracia que Stacie envidiaba—. No cometo errores. Recuerda que te di un resumen de los resultados. A no ser que mintieras en tu cuestionario o él mintiera en el suyo, Josh Collins y tú sois muy compatibles.
Ella deseaba creer a su amiga. Al fin y al cabo, su cita con el abogado de Sweet River, Alexander Darst, había sido agradable. Por desgracia no había habido chispa.
Stacie alzó la foto del curtido ranchero y la estudió de nuevo. Incluso si no hubiera estado montado a caballo y no lo hubiera visto hablando con Seth tras la reunión de la Asociación de Ganaderos, su sombrero y sus botas confirmaban su teoría sobre un error informático.
Emparejar a una chica de ciudad con un ranchero no tenía sentido. Todo el mundo sabía que ciudad y campo eran como aceite y agua. No se mezclaban.
En el fondo se sentía decepcionada. Había tenido la esperanza de encontrar a un compañero de verano, un hombre estilo renacentista que compartiera su amor por la cocina y las artes.
—Es un vaquero, Lauren —Stacie alzó la voz—. ¡Un vaquero!
—¿Tienes algo en contra de los vaqueros?
La voz grave y sexy que llegó de la escalera delantera atravesó a Stacie como un rayo. Dejó la foto en la mesa, se dio la vuelta y se encontró con una mirada azul y sostenida.
Era él.
Tenía que admitir que de cerca era aún más atractivo. Llevaba una camisa de batista que hacía que sus ojos parecieran imposiblemente azules y unos vaqueros que se pegaban a sus largas piernas. No lucía sombrero, sólo montones de pelo oscuro y espeso que le llegaba al cuello de la camisa.
Él siguió estudiándola. El brillo de sus ojos indicaba que sabía que ella había metido la pata y buscaba desesperadamente cómo sacarla.
No podía contar con Lauren, que parecía estar luchando contra la risa. Anna, bueno, Anna se limitaba a mirarla expectante sin ofrecer ayuda.
—Claro que no —dijo Stacie, sintiéndose obligada a poner fin al silencio—. Los vaqueros hacen que el mundo gire sobre su eje.
La sonrisa de él se amplió hasta convertirse en una mueca y Lauren soltó una carcajada. Stacie la miró con censura. Su respuesta no había sido la mejor, pero podría haber sido peor. La había pillado por sorpresa, distrayéndola. Con sus ojos… y su inoportunidad.
Deseó haber mantenido la boca cerrada.
—Bueno, no puedo decir que recuerde haber oído eso antes —dijo él—, pero es verdad.
Era generoso, una cualidad que escaseaba en la mayoría de los hombres con los que había salido y que Stacie admiraba mucho. Era una lástima que, además de ser un vaquero, fuese enorme. Debía de medir al menos un metro ochenta y siete, tenía la espalda ancha y era musculoso. Curtido. Viril. El sueño de muchas, pero no su tipo.
Aun así, cuando los risueños ojos azules la buscaron de nuevo, se estremeció. Había inteligencia en su mirada y exudaba una confianza en sí mismo de lo más atractiva. Ese vaquero no era ningún tonto.
Stacie abrió la boca para preguntarle si quería una cerveza, pero Anna se le adelantó.
—Me alegro de verte —Anna cruzó el porche taconeando y abrazó a Josh—. Gracias por rellenar el cuestionario.
—Cualquier cosa por ti, Anna Banana —Josh sonrió y le tiró suavemente del pelo.
Stacie y Lauren se miraron.
—¿Anna Banana? —a Lauren le temblaron los labios—. No nos habías dicho que tenías mote.
—Seth me lo puso cuando era pequeña —explicó ella antes de volver a centrarse en Josh. Agitó un dedo—. Se suponía que ibas a olvidarlo.
—Tengo buena memoria.
Stacie captó el brillo de sus ojos.
—Yo también —lo pinchó Anna—. Recuerdo que Seth me dijo que tú y él preferíais la forma tradicional de conseguir citas. Sin embargo, ambos rellenasteis el cuestionario de Lauren. ¿Por qué?
Stacie se preguntó si Josh y Anna habían salido juntos, parecían llevarse muy bien. Sintió un pinchazo de algo muy parecido a los celos; una locura. No estaba interesada en Josh Collins, vaquero, por extraordinario que fuera.
—Seth probablemente lo hizo porque sabía que si no, lo matarías —explicó Josh—. Yo lo hice porque Seth me lo pidió y le debía un favor —metió las manos en los bolsillos y se meció sobre los talones—. No esperaba que me emparejaran.
«Está tan poco motivado como yo», pensó Stacie. Apartó la silla y se levantó, reconfortada.
—Intentaré que la velada sea lo menos dolorosa posible —Stacie cubrió la distancia que los separaba y le ofreció la mano—. Soy Stacie Summers, tu cita.
—Lo había imaginado —sacó una mano del bolsillo y le dio un cálido apretón—. Josh Collins.
Para su sorpresa, Stacie sintió subir un cosquilleo por su brazo. Liberó su mano, desconcertada por su reacción. La mano del guapo abogado había rozado la suya varias veces durante la cita, y no había sentido nada de nada.
—¿Te gustaría acompañarnos? —preguntó Anna—. Hay limonada recién hecha. Y podría sacar las galletas que hizo Stacie esta mañana.
Él mantuvo la sonrisa, pero Stacie intuyó que preferiría montar un caballo salvaje a tomar limonada y galletas con tres mujeres. Sin saber por qué, decidió acudir en su rescate.
—Lo siento, Anna, Josh accedió a una cita con una mujer, no con tres.
—Antes de que mi compañera de casa te secuestre, deja que me presente —Lauren se levantó—. Soy Lauren Van Meveren, la autora del cuestionario que rellenaste. Quiero darte las gracias por participar.
—Encantado de conocerte, Lauren —Josh estrechó su mano—. Eran preguntas de lo más interesantes.
Stacie y Anna se miraron. Obviamente, Josh no sabía que corría el peligro de abrir la compuerta. Si había algo que apasionara a Lauren, era su investigación.
—Trabajo en mi tesis doctoral —el rostro de Lauren se iluminó, como siempre que alguien expresaba interés por su trabajo—. El cuestionario es una herramienta para reunir datos que confirmarán o negarán mi hipótesis.
—Seth mencionó lo del doctorado, pero no supo decirme qué pretendías demostrar —dijo Josh.
Stacie contuvo un gemido. La compuerta había quedado abierta oficialmente.
—¿Conoces el proceso? —preguntó Lauren.
—Algo —admitió él—. Mi madre está trabajando en su doctorado en enfermería. Recuerdo por lo que tuvo que pasar para que aprobaran su tema.
—Entonces lo entiendes —Lauren señaló la silla de mimbre que había a su lado—. Siéntate, te explicaré mi hipótesis.
—Sugiero que nos sentemos todos —dijo Anna con una sonrisa—. Puede que esto se alargue un rato —añadió en voz baja, de modo que sólo Stacie lo oyera.
Stacie volvió a sentarse. Josh ocupó el asiento que había a su lado, centrando su atención en Lauren. Incluso si Stacie quisiera salvarlo, ya era demasiado tarde.
—Casi bailé de alegría cuando aprobaron mi tema —Lauren esbozó una sonrisa satisfecha.
—¿Y qué es lo que estudias? —la animó Josh.
«Que me disparen», pensó Stacie. «Que alguien apoye una pistola en mi sien y dispare».
—Tener información relevante y personalizada sobre los valores y características determinantes en las relaciones interpersonales incrementa la posibilidad de establecer y mantener ese tipo de relaciones con éxito —dijo Lauren de un tirón—. Es un concepto que ya utilizan muchas agencias de relaciones por Internet. Pero mi estudio se centra más en lo necesario para entablar una amistad, no sólo en la pareja amorosa.
—Muy interesante —dijo Josh. Sonó sorprendentemente sincero—. ¿Qué te llevó a decidir hacer la investigación aquí?
—Anna sugirió que lo considerase…
—Le hablé del elevado número de solteros —Anna sirvió un vaso de limonada y se lo ofreció a Josh—. Y dije que tenía una casa en la que podía quedarse sin pagar alquiler. Yo vine con ella porque no tenía nada que hacer en Denver.
—Seth mencionó que habías perdido tu trabajo —Josh volvió su atención a Anna.
—Se suponía que mi jefa iba a venderme su boutique —Anna ocupó la última silla libre—. Pero se la vendió a otra persona.
—Eso es terrible —Josh movió la cabeza y la miró compasivo.
—Dímelo a mí —suspiró Anna.
El guapo vaquero parecía llevarse tan bien con sus dos compañeras de casa, que Stacie se preguntó si alguien lo notaría si ella se ponía en pie y se iba. Cuando volvió a mirar la mesa, se encontró con los ojos de Josh.
—Me ha encantado charlar —dijo él, apurando su vaso de limonada—. Pero Stacie y yo deberíamos irnos ya.
Se levantó y Stacie, automáticamente, lo imitó. Adoraba a sus amigas, pero salir con su cita le parecía mejor opción que seguir allí hablando de investigación con Lauren o reviviendo la decepción laboral de Anna.
Josh la siguió a la escalera. Aunque ya le había echado un vistazo al llegar, ella notó que la miraba subrepticiamente.
A juzgar por sus ojos, aprobaba sus pantalones caqui y su blusa de algodón de color rosa. Stacie notó que la tensión de sus hombros empezaba a relajarse. Anna había dicho que era un tipo agradable y el modo en que había interactuado con sus compañeras lo demostraba.
No tenía ninguna razón para sentirse estresada. Sin embargo, cuando empezó a parlotear sobre el tiempo, Stacie comprendió que tenía los nervios a flor de piel.
Josh no dio muestras de que el tema lo aburriera. De hecho, parecía más que dispuesto a hablar de la escasez de lluvia que experimentaba la zona. Le comentaba un incendio forestal que había tenido lugar un par de años antes cuando llegaron a su todoterreno negro.
Él fue a abrirle la puerta y le ofreció la mano para ayudarla a subir al vehículo.
—Gracias, Josh.
—De nada —dijo él con una sonrisa.
A Stacie le dio un vuelco el corazón. No sabía por qué se sentía tan encantada. Tal vez porque Don Abogado Sweet River había suspendido la asignatura de galantería: no le había abierto una sola puerta y la había llevado a ver una película de acción que había elegido él sin consultarla.
Josh, en cambio, no sólo le había abierto la puerta, sino que esperó hasta que estuvo sentada para cerrarla e ir hacia el lado del conductor.
Lo observó por el parabrisas, admirando su paso firme. El vaquero exhibía una confianza en sí mismo que muchas mujeres encontrarían atractiva. Pero cuando ocupó su asiento, ella vio el rifle que colgaba de la ventanilla, tras su cabeza. Sus reservas resurgieron, pero no sabía cómo decirle a un hombre tan agradable que no era su tipo.
—No consigo acostumbrarme a lo planas que son las calles —dijo—. Cuando Anna hablaba de su pueblo natal, siempre imaginé un pueblo de montaña, no uno situado en el valle.
—Puede resultar decepcionante que las cosas no sean lo que uno espera —comentó él.
—No siempre —Stacie lo miró a los ojos—. A veces lo inesperado es una sorpresa agradable.
Condujeron en silencio unos minutos.
—¿Sabías que soy vidente?
—¿En serio? —ella se giró para mirarlo.
—Mis poderes me están enviando un mensaje.
—¿Qué mensaje es? —Stacie no sabía mucho de asuntos paranormales, pero sentía curiosidad—. ¿Qué te dicen tus poderes?
—¿De veras quieres saberlo? —los ojos azules de Josh parecían casi negros en las sombras del vehículo.
—Desde luego —afirmó Stacie.
—Me dicen que no te apetece esta cita.
Stacie se quedó inmóvil, sin respirar. Se ajustó el cinturón de seguridad, no quería cometer la grosería de admitirlo, pero tampoco quería mentir.
—¿Por qué dices eso?
—Para empezar, por lo que dijiste sobre los vaqueros —su sonrisa quitó todo atisbo de censura a sus palabras—. Eso y tu mirada cuando me viste.
Aunque no había insinuado que hubiera herido sus sentimientos, Stacie supo que lo había hecho.
—Pareces muy agradable —dijo con voz suave—. Es que siempre me ha atraído otro tipo de hombre.
—¿Es que hay más de un tipo? —las cejas de él se juntaron y ella captó la sorpresa en sus ojos.
—Ya sabes —tartamudeó ella, intentando explicarse—. Hombres a quienes les gusta ir de compras y al teatro. El tipo metrosexual.
—¿Te gustan los hombres femeninos?
—No femeninos… —se rió al ver el asombro que él intentaba disimular—. Sólo sensibles.
—¿Y los vaqueros no son sensibles?
—No —contestó Stacie sin dudarlo—. ¿Lo son?
—En realidad, no —Josh se encogio de hombros—. Al menos, no los que yo conozco.
—Eso pensaba —Stacie soltó un suspiro, preguntándose por qué la decepcionaba la respuesta a pesar de ser la que había esperado.
—Así que estás diciendo que este emparejamiento no tiene posibilidad de éxito.
Stacie titubeó. En justicia debería darle una oportunidad, aunque sólo supusiera posponer lo inevitable. Además, había algo en ese vaquero…
«Vaquero», la palabra la golpeó como un cubo de agua helada.
—Ninguna —afirmó con convencimiento.
Josh escrutó su rostro y ella se ruborizó.
—Agradezco la sinceridad —dijo él finalmente, sin mostrar emoción alguna—. Durante un segundo he creído que lo negarías. Qué tontería, ¿no?
Durante un segundo ella había sentido la tentación de negarlo, pero había ganado la cordura. Josh podía ser caballeroso y tener los ojos más azules que había visto nunca, pero ellos dos eran demasiado distintos.
—Eso no significa que no podamos ser amigos —dijo Stacie—. Aunque tendrás amistades de sobra.
—Ninguna tan bonita como tú —dijo él. Carraspeó y redujo la velocidad al aproximarse al distrito comercial—. Si tienes hambre, podemos comer algo. O puedo enseñarte las atracciones turísticas y hablarte de la historia de Sweet River.
Stacie consideró las opciones. No estaba de humor para volver a casa ni para cenar. Aunque Anna les había enseñado el pueblo a Lauren y a ella a su llegada, no recordaba su historia.
—O puedo llevarte a tu casa —añadió él.
—No, a casa no —descartó ella. Ya que habían aclarado las cosas, no había razón para no disfrutar de la tarde—. ¿Qué te parece la visita guiada? Después, si nos apetece, podemos cenar.
—Adelante con el tour.
Recorrieron lentamente la zona comercial con las ventanillas bajadas. Stacie se enteró de que el restaurante de la esquina había sido un banco en otro tiempo, y que el supermercado había sido resucitado por una mujer que había regresado a Sweet River tras la muerte de su marido. Josh hizo una narración interesante e informativa, salpicada de humor y anécdotas del pasado.
—…y entonces el pastor Barbee le dijo a Anna que aunque vistiera al cordero como a un bebé, no permitiría que lo llevase a la iglesia.
Stacie dejó escapar una risa burbujeante.
—Es increíble que Anna tuviera un cordero de mascota —su voz dejó traslucir cierta envidia—. Mis padres ni siquiera me dejaron tener un perro.
—¿Te gustan los perros? —la miró sorprendido.
—Los adoro.
—Yo también —se rió él—. Más me vale, tengo siete.
—¿Siete? —Stacie enarcó una ceja.
—Sí.
—Vaya, tenemos mucho en común —abrió los ojos como platos—. Tú tienes siete perros y yo siete avestruces —bromeó.
—Lo dijo en serio.
—Ya, seguro.
—Bueno, un perro y seis cachorros —aclaró—. Bert tuvo perritos hace ocho semanas.
—¿Has dicho que «Bert» tuvo perritos? —insistió ella, aún sin creerlo del todo.
—En realidad, la perra se llama Birdie —dijo él con expresión de desdén—. Se lo puso mi madre.
—Apuesto a que son encantadores. Los perritos.
—¿Quieres verlos?
—¿Podría? —Stacie se enderezó en el asiento.
—Si no te importa viajar por carretera un rato —comentó él—. Mi rancho está a sesenta kilómetros.
Josh, con sutileza, estaba haciéndole saber que si accedía, pasarían el resto del día juntos. Y ofreciéndole la oportunidad de rechazarlo. Stacie no lo dudó, adoraba a los perritos. Y estaba pasándolo bien con él.
—Hace un día precioso —dijo, sin mirar al cielo—. Perfecto para conducir un rato.
—No intentes engañarme —sonrió él—. Te da igual conducir un rato o el tiempo. Sólo te interesan los perritos.
—No, no —Stacie intentó mantener el rostro serio, pero se echó a reír.
Estaba claro que la entendía muy bien. Deseó que su interés se limitara de verdad a los perritos. Porque si no era así, iba a tener problemas.
Capítulo 2
JOSH aparcó ante su envejecida casa y se preguntó cuándo había perdido el sentido común. Tal vez al ver a la belleza morena sentada en el porche y sentir un pinchazo de atracción. O cuando había empezado a hablar del tiempo y ella lo había escuchado con toda atención. O quizá cuando sus ojos se iluminaron como un árbol de Navidad al oírle mencionar a los perritos.
Fuera por lo que fuera, llevarla al rancho había sido un error.
La miró de reojo y vio cómo miraba a su alrededor con los ojos abiertos de par en par. Cuando su mirada se detuvo en la pintura agrietada y levantada, luchó contra el deseo de explicarle que tenía brochas, rodillos y latas de pintura en el granero para remediar eso en cuanto trasladara al resto del ganado. Pero calló.
Daba igual lo que pensara de su casa; era suya y estaba orgulloso de ella. Situada junto al límite del bosque Gallatin y en la base de las montañas Crazy, la propiedad había pertenecido a su familia durante cinco generaciones. Cuando llevó a Kristin allí, de recién casada, la casa había estado recién reformada y pintada. Aun así, ella le había puesto pegas.
—Es tan… —empezó a decir Stacie, luego se paró.
«Destartalada. Vieja. Aislada», rememoró automáticamente las palabras que su ex esposa le había lanzado cada vez que discutían.
—Impresionante —Stacie miró el prado que había al este de la casa, ya cubierto de nomeolvides azules—. Es como tener tu propio trocito de paraíso.
Josh, sorprendido, dejó escapar el aire que había estado conteniendo sin ser consciente de ello.
—Oh… —gritó Stacie, inclinándose hacia delante y apoyando las manos en el salpicadero al ver al perro de pelo corto, y tan negro que parecía azul, que se aproximaba al vehículo—. ¿Es Bert?
—Sí —Josh sonrió y paró el motor.
—Estoy deseando acariciarla.
De reojo, Josh vio que se inclinaba hacia la manija de la puerta y le sujetó el brazo.
—Espera a que te abra yo —dijo.
—No hace falta —Stacie se liberó de su mano—. Por esta vez, puedes saltarte la caballerosidad.
—No —Josh volvió a rodear su brazo con los dedos. Al ver cómo lo miraba ella, la soltó e intentó explicarse—. Bert puede ser muy territorial. Eres una desconocida y no sé cómo reaccionará.
No quería asustar a Stacie, pero la semana anterior, Bert le había enseñado los dientes a un mensajero que fue a llevarle un paquete.
—Ah —Stacie se recostó en el asiento—. Claro. No sé por qué no se me ha ocurrido.
—Seguramente no habrá problema —dijo él, molesto por el instinto protector que había surgido en él—. Pero no quiero correr riesgos.
Ella lo miró con gratitud, pero él prefirió fingir que no lo notaba. Abrió la puerta y bajó del vehículo. No necesitaba su agradecimiento. Habría hecho lo mismo por cualquier mujer, incluyendo a la anciana señorita Parsons, que le había golpeado los nudillos con una regla de madera en tercer curso. Lo haría por cualquier fémina, no sólo por una chica bonita que hacía que volviera a sentirse como un colegial.
Josh centró su atención en la perra negra y gris que tenía a sus pies, agitando el rabo como loca.
—Buena chica —se inclinó y rascó la cabeza de Bert. Había sido un regalo de cumpleaños de su madre, seis meses antes de que Kristin se marchara. A ella nunca le había gustado la perra. Lo cierto era que para entonces, a Kristin no le había gustado nada: ni el rancho, ni la casa, ni él.
—¿Puedo bajar ya?
Josh sonrió al captar la impaciencia de su voz. Descartó los recuerdos del pasado y corrió a abrirle la puerta, con Bert pegada a sus talones.
—Sentada —dijo, mirando a la perra. Bert obedeció, clavando en él sus inteligentes ojos color ámbar, con las orejas tiesas y alerta—. La señorita Summers es amiga, Bert —dijo Josh, abriendo la puerta—. Sé buena.
A pesar de la advertencia, el pelaje del cuello y el lomo de Bert se erizó cuando la morena bajó del vehículo. Josh se interpuso entre la perra y ella.
—Perra bonita —la voz de Stacie sonó grave y serena. Rodeó a Josh, dio un paso adelante y extendió la mano—. Hola, Bert. Soy Stacie.
Bert miró a Josh, luego dio un par de pasos adelante y olisqueó con cautela la mano de Stacie. Para sorpresa de Josh, empezó a lamerle los dedos.
—Gracias, Birdie. Tú también me gustas —la sonrisa de Stacie se amplió al ver que la perra seguía lamiéndola—. Estoy deseando ver a tus bebés. Seguro que son tan bonitos como su mamá.
Bert agitó el rabo de un lado a otro y Josh la miró con asombro. Para ser una mujer que había crecido sin mascotas, Stacie tenía buena mano con los animales.
—Los pastores ganaderos australianos, como se denomina su raza, tienen fama de ser listos y fieles. Son fantásticos con el ganado —Josh hizo una pausa—. Aun así, no mucha gente diría que son bonitos…
—Es muy bonita —Stacie se inclinó y puso una mano sobre las orejas de la perra, lanzando a Josh una mirada de advertencia.
—Mis disculpas —Josh se llevó una mano a la boca para ocultar la sonrisa—. ¿Quieres ver a las seis versiones en miniatura?
—¿Lo dudas? —Stacie se enderezó y le dio la mano—. Vamos.
La mano le pareció muy pequeña dentro de la suya, pero su firmeza denotaba fuerza interior. Cuando había descubierto que había sido emparejado con una de sus amigas de Denver, se había preguntado si Anna había manipulado los resultados de la investigación.
Pero empezaba a darse cuenta de que Stacie y él tenían más en común de lo que había pensado. Y le gustaba esa chica de ciudad. Por supuesto, eso no implicaba que fuera una buena pareja.
Ya había estado antes con una chica de ciudad. Se había enamorado de ella y se había casado. Pero había aprendido la lección; esa vez se guardaría el corazón para sí.
—Me siento culpable —Josh pinchó el último trozo de tarta de manzana con el tenedor—. Has pasado toda la tarde en la cocina.
Stacie tomó un sorbo de café y sonrió por la exageración. No había pasado toda la tarde en la cocina. Habían jugado con los cachorros mucho tiempo y luego Josh le había mostrado las destrezas de Bert, incluida su habilidad para atrapar un frisbee en pleno vuelo. Para entonces ambos estaban hambrientos y ella se había ofrecido a preparar la cena.
—Ya te dije que la cocina es una de mis aficiones —Stacie paladeó el denso café colombiano—. Me encanta crear algo de la nada.
—Me has impresionado —Josh dejó el tenedor sobre el plato vacío—. Esos fideos con salchicha y pimientos eran dignos de un restaurante de lujo.
—Y no hemos tenido que ir a uno —Stacie miró la moderna cocina de estilo campestre. Tras ver el exterior de la casa, había sentido cierta aprensión sobre cómo sería por dentro. Pero el interior la había sorprendido agradablemente.
Estaba bien cuidada y muy limpia. Cuando había alabado a Josh por ello, él había admitido, avergonzado, que una mujer iba durante la semana para cocinar y limpiar.
—Te habría invitado a cenar —dijo Josh, mirándola a los ojos—. Espero que lo sepas.
—Lo sé. Pero esto ha sido más divertido.
—Estoy de acuerdo —Josh sonrió y unas atractivas arrugas de expresión rodearon sus ojos. Apartó su silla—. ¿Qué te parece que tomemos el café en la sala?
Stacie se levantó. Miró los platos que había en el fregadero y luego los que quedaban en la mesa.
—Ni lo pienses —Josh le puso la mano en la parte baja de la espalda y la empujó hacia la puerta—. Yo recogeré más tarde.
Momentos después, Stacie estaba sentada en un sofá de cuero borgoña escuchando a Josh terminar la historia sobre el incendio que había amenazado con destruir ciento ochenta mil acres de terreno unos años antes.
—Fui afortunado —dijo Josh—. Mi propiedad sufrió daños mínimos. Podría haber sido terrible.
—Te encanta, ¿verdad? —Stacie estudió al curtido vaquero, sentado a un palmo de ella.
—¿El qué? —ladeó la cabeza.
—La tierra. Tu vida aquí —dijo Stacie—. Lo veo en tus ojos y lo oigo en tu voz. Esto es tu pasión.
—Desde que era un niño siempre he deseado ser ranchero —se puso serio—. Esta tierra es parte de mí y será parte de mi legado.
—¿Y tus padres? —preguntó Stacie, comprendiendo que ni siquiera habían mencionado a sus familias—. ¿Están por aquí?
—Viven en Sweet River —contestó Josh—. Mi padre dirige el banco. Mi madre es jefa de enfermería en el hospital.
—Creía que habías crecido en el rancho —comentó ella, asombrada por la mención del banco y el hospital.
—Así es —aseveró él—. Pero a mi padre nunca lo atrajo. En cuanto volví de la universidad, me cedió el rancho.
—Parece que la pasión por la tierra se saltó una generación —dijo Stacie.
—Es una gran vida, pero no para todo el mundo —Josh se encogió de hombros.
Stacie deseó que su familia tuviera esa misma actitud. Eran incapaces de entender que sus gustos e intereses no eran los de ella. Por eso había dejado Michigan para estudiar en Denver y se había quedado allí después de licenciarse.
La brisa que entraba por la puerta mosquitera del patio llevó consigo el aullido de un coyote en la distancia. Stacie se estremeció.
—Esto es tan silencioso, está tan aislado… ¿No te sientes solo a veces?
—Tengo amigos —la sonrisa que había acariciado sus labios casi toda la velada desapareció; tensó los hombros—. Veo a mis padres al menos una vez a la semana.
—Pero vives solo —Stacie no sabía por qué insistía en el tema, pero la respuesta le parecía importante—. A casi una hora de la civilización.
—A veces me siento solo —dijo él—. Pero cuando tenga mi propia familia, será distinto.
—La soledad me volvería loca —Stacie tomó un sorbo de café—. Necesito a la gente. Cuanta más, mejor.
—Es importante saber lo que uno quiere y lo que no —apuntó Josh, inexpresivo—. Necesito a una mujer que pueda ser feliz con este tipo de vida.
—Táchame de la lista —dijo Stacie con voz risueña.
—Nunca me han gustado las listas —afirmó Josh, sin dejar de mirarla.
A pesar de que era obvio que no quería herir sus sentimientos, Stacie supo que él ya había decidido, como ella. Pensara lo que pensara el ordenador, Josh y ella no cabalgarían juntos hacia el ocaso.
Tomó otro sorbo de café, sintiendo cierta tristeza por ello, aunque no tenía ningún sentido.
—Lo bueno es que nuestra primera cita aún no ha terminado y ya sabemos que no va a funcionar.
—¿Qué tiene eso de bueno?
—No tenemos que perder tiempo… —empezó ella, que intentaba ver el lado positivo.
—¿Estás diciendo que lo de hoy ha sido una pérdida de tiempo?
—No, pero… —soltó el aire con exasperación.
—Yo no creo que lo fuera en absoluto —dijo él—. No recuerdo la última vez que lo pasé tan bien o comí una cena tan deliciosa.
Sonrió y el corazón de ella se saltó un latido. Nunca había pensado que un vaquero pudiera ser tan sexy. Dejó la taza en la mesa.
—Es hora de que vuelva a casa.
—Aún no —Josh se inclinó hacia delante y tocó su rostro con suavidad, deslizando un dedo por la curva de su mandíbula.
«Va a besarme. Va a besarme. Va a besarme», repitió ella mentalmente, como un mantra.
Se dijo que debía apartarse, poner distancia entre ellos. Decir que no. Al fin y al cabo, era amigo de Anna y estaba buscando a alguien especial. Pero en vez de alejarse, se inclinó hacia la caricia, sintiendo un cosquilleo en el cuerpo.
Él se acercó más. Y más aún. Tanto que pudo ver las chispas doradas de sus ojos y sentir su aliento en la mejilla. Ya saboreaba mentalmente el sabor de sus labios cuando él se echó hacia atrás con brusquedad y dejó caer la mano.
—Eso no sería buena idea.
Ella se desinfló por dentro, como una niña a quien le hubieran quitado su juguete favorito. Se miraron unos segundos.
—Tienes razón —aceptó ella—. Es tarde. Debo volver a casa.
Se puso en pie y él no intentó detenerla. Para cuando llegó a la puerta, su corazón había recuperado el ritmo habitual. Se detuvo en el porche e inhaló el fresco aire de la montaña, esperando que aclarase sus pensamientos. Había caído la noche, pero se veía muy bien gracias a la brillante luna y el cielo tachonado de estrellas.
Por el rabillo del ojo, vio a Bert cruzar el jardín, corriendo hacia ella. Se le levantó el ánimo y se detuvo en el último escalón para darle un abrazo de despedida. Bert correspondió frotando la nariz húmeda contra su mejilla. Stacie se rió y le dio un último abrazo.
Cuando se irguió, vio que Josh la contemplaba.
—¿Qué puedo decir? Los animales me adoran.
—No me extraña —farfulló él entre dientes. Stacie no supo si lo había oído bien.
El todoterreno estaba a unos veinte pasos, pero a ella se le hicieron eternos. Pronto descubrió que los tacones de sus sandalias y el camino de gravilla no eran buena combinación. Además, cada vez que daba un paso, Bert la empujaba en dirección a Josh.
Josh se inclinó por delante de ella para abrirle la puerta del acompañante. Stacie inhaló el aroma especiado de su loción para después del afeitado y sintió el anhelo de jugar a «besar al vaquero».
Pero en vez de rendirse a la tentación dio un paso atrás, incrementando la distancia entre ellos. Estaba felicitándose por su sentido común cuando unos dientes agudos se clavaron en su talón. Chilló y saltó hacia delante, chocando con el ancho pecho de Josh.
—¿Qué ocurre? —Josh la envolvió en un abrazo protector, con expresión preocupada.
—Birdie me ha mordido el talón —Stacie giró la cabeza y miró con reproche a la perra.
El animal ladeó la cabeza y agitó el rabo de lado a lado, muy despacio. Su boca se curvó hacia arriba hasta dar la impresión de que sonreía.
—Morder talones es una de sus maneras de reunir al ganado —explicó Josh en tono de disculpa—. Es su naturaleza.
—Pues no me gusta esa parte de su naturaleza —Stacie agitó el dedo ante Bert—. No vuelvas a hacerlo.
La perra la miró un momento, después alzó una pata y se la lamió.
—Lo siente mucho —dijo Josh con una sonrisita.
—Ya, claro —Stacie casi pensó que la perra quería verla en brazos de Josh y había hecho lo posible para conseguir su propósito.
—Nada te hará daño nunca —dijo Josh con ojos oscuros e intensos—. No en mi presencia.
—¿Estás diciendo que el vaquero me protegerá de la gran perra mala? —bromeó ella, burlona.
—No lo dudes —miró sus labios.
Aunque sabía que estaba jugando con fuego, Stacie le rodeó el cuello con los brazos y pasó los dedos por su espeso cabello ondulado.
—Lo que me gustaría saber es quién va a protegerme de ti.
No supo si él había oído la pregunta. Porque apenas había abandonado sus labios cuando la boca de Josh se cerró sobre ellos.
Capítulo 3
LA besaste? —Seth Anderssen soltó una carcajada que resonó por todo el café Coffee Pot.
Josh hizo una mueca y cerró los dedos alrededor de la taza, deseando haber mantenido la boca cerrada. Al fin y al cabo, Anna, la hermana de Seth, era amiga de Stacie. Si Seth le decía que había comentado su cita, podía llegar a oídos de Stacie. Y ella podría suponer, erróneamente, que estaba interesado.
No lo estaba, en absoluto.
—¿Volvió a entrar en la casa? —preguntó Seth en un tono de voz exageradamente inocente—. ¿Para que pudierais empezar a conoceros mejor?
—¿Estás preguntándome si me acosté con ella? —Josh se enfrentó a los ojos azules de su amigo.
Aunque no había nadie cerca, Josh había bajado el volumen de su voz. El fracaso de su matrimonio había sido la comidilla del pueblo mucho tiempo y no pensaba repetir la experiencia.
—¿Lo hiciste?
—Claro que no —contestó Josh con voz firme, para no dejar lugar a dudas—. Acabábamos de conocernos. Además, no es mi tipo. Y yo no soy el suyo. Me lo dijo.
—Eso cuéntaselo a quien pueda creérselo —dijo Seth con una sonrisa ladeada.
—Es amiga de Anna —Josh recalcó cada palabra, irritado por las mofas de su amigo, sin saber por qué. A Seth siempre le había gustado pincharlo. Era una actitud habitual en él.
—También es muy bonita —señaló Seth.
—Es una chica de ciudad. Una flor de invernadero, inadecuada para este clima.
«Igual que Kristin», pensó para sí.
—A veces esas variedades híbridas dan sorpresas…
—Entonces, sal tú con ella… —Josh se calló al darse cuenta de que la idea de que Stacie saliera con Seth lo incomodaba en cierto modo.
—No soy su pareja perfecta —Seth tomó un sorbo de café—. Tú sí.
Las palabras flotaron en el aire un momento.
—No creo en eso —protestó Josh—. Piensa en Kristin y en mí. Todos decían que éramos la pareja perfecta. No duramos ni tres años.
Aunque había comprendido que estaban mejor separados, el fracaso de su matrimonio seguía irritándolo. Había pronunciado sus votos muy en serio y había estado dispuesto a hacer lo que fuera para que funcionase. Pero había descubierto, de la peor manera, que para que un matrimonio tuviera éxito, ambas partes debían ser partícipes de ese compromiso.
—Eso es porque a ti y a la bruja malvada no os emparejó un ordenador.
—No digas chorradas. Crees en eso tan poco como yo.
—Rellené los cuestionarios, ¿no?
—Sólo porque sabías que Anna no te dejaría en paz si te negabas.
—Hablando del rey de Roma… —Seth miró hacia la puerta—. Tenemos compañía.
Josh supo, sin girar la cabeza, quién estaba allí. El ruido de los tacones había sido la primera pista. El leve olor a jazmín, mezclándose con el de la comida grasienta del café, fue concluyente.
—Stacie, Anna, ¡qué sorpresa! —Josh empezó a levantarse, pero Anna hizo un gesto negativo.
—Tranquilo. No vamos a quedarnos. Vi la furgoneta de Seth aparcada en la puerta y quería hacerle una pregunta rápida.
—¿Qué puedo hacer por ti, hermanita? —Seth se recostó en la silla y se llevó la taza a los labios.
—Necesito más hombres —Anna miró de reojo a Stacie—. Es decir, necesitamos más hombres.
—Siento que Josh no fuera lo bastante hombre para ti —dijo Seth con voz compasiva, mirando a Stacie.
Josh le lanzó una mirada fulminante. Los ojos de Seth chispearon.
—Yo no he dicho eso —las mejillas de Stacie adquirieron un favorecedor tono rosado.
—Seth es un bromista —la tranquilizó Josh con una sonrisa. Odiaba verla incómoda. Su expresión preocupada hacía aflorar su instinto protector y deseó tomarla en brazos…
Atónito, controló sus pensamientos diciéndose que no eran más que una reacción a su aspecto.
Estaba tan bonita como los jacintos silvestres que alfombraban su prado. En vez de llevar pantalones vaqueros, como la mayoría de las mujeres de Sweet River, llevaba unos pantalones cortos del color del cielo de verano y una blusa suelta y sin mangas, blanca, con algo azul debajo.
Aunque los pantalones le llegaban a medio muslo y la blusa era discreta, Josh recordó la sensación de ese cuerpo contra el suyo. De hecho, aún saboreaba la dulzura de sus labios y la caricia de su sedoso cabello en la mejilla.
—Por mí, de acuerdo —dijo Seth—. ¿Qué dices tú, Josh?
Josh volvió a centrar su atención en las tres personas que lo contemplaban, expectantes. Pensó que podía admitir que su mente había estado divagando por un camino sin salida o aceptar. Al fin y al cabo, Seth ya había accedido.
—Me parece bien —dijo.
—Fantástico —Anna sonrió—. Os veremos a las ocho.
Una vez concluida su misión, las mujeres fueron hacia la puerta levantando miradas de admiración a su paso.
—Podría resultar interesante —dijo Seth.
—¿El qué?
—Ya sabía que no estabas escuchando.
A Josh no lo preocupó la sonrisa irónica de Seth, sino el brillo travieso que vio en sus ojos.
—Suéltalo —lo urgió, con el estómago encogido.
—Anna quiere que convenza a más tipos para hacer el cuestionario —dijo Seth—. La mayoría de los rancheros de la zona irán al baile de esta noche. Le he prometido buscar candidatos.
—¿Así que sólo tenemos que reclutar? —Josh sintió una oleada de alivio. Su imaginación se había desbocado un segundo.
—Eso es lo que tengo que hacer yo —recalcó Seth—. Tú tienes una tarea distinta.
—¿Cuál es? —Josh se quedó inmóvil. Tenía la extraña sensación de que debía preocuparse.
—Escoltar a Stacie al baile —Seth hizo un gesto a la camarera para que sirviese más café—. Anna cree que cuando los tipos vean lo bien que te emparejaron, querrán participar.
—No me veo bien —Stacie se miró al espejo y arrugó la frente. Con pantalones vaqueros y una camisa de manga larga con botones de perla, parecía una extra de una película del Oeste, en vez de una elegante mujer del siglo xxi.
—Lo sabía —Anna miró los pies de Stacie y las botas Tony Lama que habían comprado en el pueblo—. Ya te dije que sería mejor comprar medio número más…
—Me están bien —la tranquilizó Stacie, presurosa.
Si las botas eran de rigor en los bailes del Oeste, había encontrado unas perfectas para ella. Las de cabritilla de color rosa eran las más bonitas que había ofrecido la tienda.
—Vale —Anna ladeó la cabeza, confusa—. Si no son las botas, ¿qué es lo que falla?
—Yo. Josh —todos los miedos que habían inquietado a Stacie desde que oyó el plan de Anna, salieron a la luz—. El que vayamos juntos al baile. No quiero hacerlo.
Anna abrió los ojos como si ésa fuera la primera noticia que tenía. Era ridículo, considerando que no habían dejado de discutir el tema desde que Anna había soltado la bomba en el café. A Stacie la había anonadado que Josh aceptara el plan. Cuando la había llevado a casa, tras su primera y única cita, ambos habían tenido claro que un romance entre ellos no tenía cabida.
—Pensé que te gustaba —Anna sonó dolida, como si Stacie estuviera criticando a su amigo.
—Ya te he dicho que Josh es un tipo fantástico —Stacie se sentó en la cama y soltó un largo suspiro—. Pero no es el hombre para mí. Y esto… —tocó el cuello de la camisa de estilo vaquero— no soy yo.
Anna no dijo nada un momento. Luego cruzó la habitación y el estrás que decoraba su falda vaquera destelló a la luz. Se sentó en la cama, junto a Stacie.
—No digo que tengas que quedarte en Sweet River y casarte con él. Sólo que vayáis juntos al baile. Diviértete un poco.
—Ir como pareja suya parece tan… —Stacie se esforzó por encontrar las palabras que pudieran expresar sus sentimientos sin herir a su amiga.
—¿Engañoso? —Anna la miró a los ojos.
Stacie asintió, aliviada al ver que Anna entendía por fin.
—Fuimos emparejados, pero no somos pareja.
—Creo que piensas demasiado —Anna se llevó un dedo a los labios y escrutó a su amiga.
Stacie parpadeó, atónita. Era la típica respuesta que solía darle su familia…, como si la considerasen demasiado estúpida para entender. Lo esperaba de ellos, no de su amiga.
Alzó la barbilla, pero cuando se enfrentó a la mirada de Anna, no vio condescendencia en sus ojos azules.
—¿Por qué crees que rellenaron el cuestionario la mayoría de los hombres? —preguntó Anna.
—Porque tu hermano los obligó.
—Buena respuesta. ¿Por qué más?
—Se sienten solos y buscan su alma gemela.
—Puede —concedió Anna—. ¿Por qué más?
Stacie se removió en el sitio, intrigada.
—El proyecto de Lauren en realidad no se centra en el matrimonio o en las relaciones de larga duración —explicó Anna.
—¿No? —Stacie no pudo ocultar su sorpresa. Había estado segura de que el objetivo final de Lauren era el emparejamiento.
—Josh y tú tenéis mucho en común, ¿verdad?
—Me gusta cocinar. A él le gusta comer —contestó Stacie tras pensarlo un poco.
—¿Qué más? —Anna controló una sonrisa.
—A ambos nos gustan los animales —añadió Stacie—. Y es muy fácil charlar con él.
—Disfrutaste con su compañía —afirmó Anna con desparpajo—. Y él con la tuya.
Stacie asintió. No podía negarlo. De hecho, Josh la había llevado a casa por la ruta larga, para charlar un rato más. No había parecido incómodo, a pesar de lo sucedido. Aunque no había vuelto a besarla, era obvio que le habría gustado hacerlo.
—Algunos tipos sí buscan esposa —Anna se levantó y fue a mirarse al espejo—. Pero muchos se conformarían con conocer a alguien que disfrute con su compañía. Alguien con quien salir y pasarlo bien. Alguien que sea su amiga y palie su soledad.
Stacie tardó un momento en asimilar eso. Recordó la tarde pasada con Josh. Ambos se habían divertido. Tal vez sí fuera suficiente.
—Vale. Lo haré —aceptó a regañadientes, deseando no estar cometiendo un error—. Pero me niego a llevar sombrero y a participar en los bailes de cuadrilla.
Capítulo 4
SALTAD hacia arriba y no volváis a bajar, a vuestra bonita chica tenéis que hacer girar».
Stacie giraba y sus botas rosas se deslizaban por el suelo cubierto de serrín. Jadeaba y el corazón le bailaba en el pecho.
La enorme estructura de madera que alojaba el Centro Cívico de Sweet River estaba llena a rebosar. La pista de baile, llevada especialmente para la ocasión, ocupaba un tercio del edificio. El resto estaba lleno de mesas decoradas con manteles de cuadros blancos y rojos. Cestas de cacahuetes hacían la función de centros de mesa.
La comida preparada por las mujeres de la comunidad estaba en largas mesas, junto a la pared del final, al lado de los barriles de cerveza.
Aunque muchas de las parejas más jóvenes habían abandonado la pista de baile cuando el maestro de baile de cuadrilla subió al podio, Stacie y Josh se habían quedado. Ella se ajustó el sombrero vaquero de Josh durante el cuadro del Paseo, con los labios curvados por una sonrisa.
Su empeño había sido no cubrirse la cabeza. Pero cuando Josh le puso su Stetson, declarando que era la vaquera más bonita que había visto en su vida, fue incapaz de quitárselo. Y cuando se inició el baile de cuadrilla y él le pidió que lo intentara, no había tenido corazón para negarse.
Sorprendentemente, Stacie estaba disfrutando con la experiencia. Pero no había imaginado lo agotador que podía ser ese tipo de danza. El ritmo rápido de doble paso del baile country ya le había resultado difícil, pero lo que estaba haciendo en ese momento, girar a la izquierda durante lo que parecía una eternidad, le había desbocado el corazón y quitado el aliento.
Cuando acabó el cuadro y el maestro de ceremonias empezó de nuevo, Stacie miró a Josh y negó con la cabeza. Inmediatamente, una pareja mayor ocupó su lugar. Era casi medianoche, pero la fiesta no daba muestras de ir a decaer.
Stacie se adentró entre las mesas y se apartó justo a tiempo para evitar que un vaquero borracho chocara contra ella. Josh le rodeó los hombros con un brazo, protegiéndola con su cuerpo. Lanzó al tipo una mirada fulminante.
—Mira por dónde vas, Danker. Casi chocas con la señorita.
Danker, que debía de pesar ciento treinta kilos, se detuvo y se dio la vuelta. A Stacie nunca le habían gustado los hombres demasiado grandes y fornidos, su tamaño la inquietaba. Pero ése no lo hizo. Con los ojos de un color marrón chocolate y el cabello rizado, parecía un osito de peluche.
Un enorme osito de peluche muy borracho.
—¿Qué he hecho? —los ojos vidriosos intentaron enfocar—. Ah —miró de Josh a Stacie y una enorme sonrisa dividió su rostro en dos—. ¿Es ella? ¿Tu nueva chica?
—Es Stacie Summers —dijo Josh. Después pasó a presentar a Wes Danker.
Explicó que Wes criaba ovejas en un rancho situado a unos treinta kilómetros del suyo. Cuando mencionó que Wes acababa de regresar a Sweet River tras pasar una época trabajando como corredor de bolsa en Wall Street, Stacie no pudo ocultar su sorpresa.
—Necesito otro trago —bramó el hombre, concluyendo con un sonoro eructo.
—Dime que vas a pasar la noche en el pueblo, hasta dormir la borrachera —exigió Josh, achicando los ojos.
—Podría dormir contigo —la expresión de Wes se iluminó al mirar a Stacie—. Si me dejas.
—Eso no va a ocurrir —los ojos azules de Josh se transformaron en rayitas plateadas bajo la luz.
—Era broma —Wes soltó una carcajada—. Sé que es tuya—se puso serio—. Ojalá yo tuviera una mujer.
—Por eso tienes que rellenar el cuestionario —comentó una voz conocida. Seth se abrió paso entre la gente y se situó junto a Wes—. Te lo dije, amigo. Necesitas una mujer. Haz el cuestionario.
—Lo más probable es que no consigan emparejarme —Wes le quitó dos vasos de plástico llenos a un hombre que pasaba por allí. Dio un gran trago a uno y luego al otro.
El vaquero cuyas cervezas acababa de robar se rió y siguió andando.
—No lo sabrás si no pruebas —Seth miró a Stacie y a Josh—. Mira a Collins. ¿Quién habría pensado que él conseguiría pareja?
—Eh —Josh dio un empujón a Seth—. Cuidadito.
—Quiero una tan guapa como ella —dijo Wes mirando a Stacie, como si estuviera pidiendo una ración de patatas bien fritas.
Ella tuvo la sensación de que el brazo de Josh se tensaba sobre sus hombros.
—Ve a casa de Anna mañana y rellena un cuestionario —Seth le dio una palmada en la espalda—. Hará cuanto pueda por ti.
—Vale —Wes terminó la cerveza de la mano derecha y estrujó el vaso de plástico—. Tengo que ir a vaciar la vejiga.
—No me lo imagino en Wall Street —dijo Stacie, conteniendo la risa que burbujeaba en su garganta.
—Se le daba muy bien. Ganó montones de pasta —dijo Josh con una sonrisa.
—Pues parece que rellenará el cuestionario —Stacie miró a Seth con admiración—. ¿Te han dicho alguna vez que se te da muy bien reclutar?
—Aún no he terminado —Seth le guiñó un ojo y después miró a un grupo de vaqueros que había en una mesa cercana—. Con cinco más cumpliré mi cuota —se alejó de ellos sin decir nada más.
—Espero que Wes encuentre a alguien —dijo Josh, pensativo—. Aunque no sea su mejor noche, es un buen tipo. Le resultó muy duro regresar para ocuparse del rancho cuando su padre enfermó. Sé que se siente solo.
El corazón de Stacie se conmovió por el dulce gigante. En dos semanas había descubierto que lo que les decía Anna a Lauren y a ella era cierto: no había suficientes mujeres para todos. Esa noche los hombres las triplicaban en número.
—Seth está esforzándose para ayudar a formar parejas —murmuró Stacie mientras Josh la conducía hacia una mesa alejada de la pista—. Por encima de lo que se esperaba de él.
—Quiere mucho a su hermana —Josh apartó una silla para Stacie y se sentó en la contigua.
Ella pensó que, sin duda, Josh era el hombre más guapo de toda la sala. Inhaló profundamente y sintió un cosquilleo en el corazón. Además olía de maravilla. El aroma especiado de su colonia le aceleraba el pulso.
—Le hace feliz que haya vuelto a Sweet River —añadió Josh.
—Mis padres y hermanos también se alegrarían si yo volviera a Ann Arbor —comentó Stacie con ironía—. Es difícil dirigir mi vida a distancia.
Josh acercó la cesta que había en el centro de la mesa, agarró dos cacahuetes y le ofreció uno.
—No recuerdo que mencionaras a tu familia la otra tarde —comentó.
—Alégrate —susurró Stacie en tono lúgubre—. Alégrate mucho.
Josh no se echó a reír ni cambió de tema, a diferencia de lo que ella esperaba. La miró fijamente y rompió la cáscara del cacahuete.
—Entiendo que no os lleváis bien.
—Yo no diría eso —Stacie intentó mantener un tono de voz ligero. Nunca había querido ser una de esas personas que se quejaban de su vida o de su horrible infancia. Podría haber sido mucho peor. Además, tener aspiraciones elevadas para un hijo no podía considerarse maltrato—. Todos han triunfado. Yo soy la proverbial oveja negra.
—Creer que tu familia no respeta y valora la persona en la que te has convertido debe de ser doloroso —Josh buscó su mirada con los ojos.
—Su opinión no me molesta —se le había hecho un nudo en la garganta al oír el tono compasivo de Josh—. Al menos, la mayor parte del tiempo.
Para evitar su mirada, Stacie agarró un puñado de cacahuetes. Peló uno y se lo metió en la boca. Cuando sus ojos volvieron a encontrarse, Stacie había controlado sus emociones.
—Además, probablemente tengan razón.
—No puedes creer eso.
—A veces sí —Stacie titubeó. No quería mentir, pero tampoco abrirle su alma—. Otras me digo que lo único que ocurre es que yo no defino el triunfo de la misma manera que ellos.
—Eso me ocurría a mí en la universidad —la mirada de Josh se perdió en la distancia—. La mayoría de mis compañeros querían ganar dinero. Yo sólo quería volver aquí y ser ranchero.
—Eso mismo quiero yo —hizo una pausa y se echó a reír al ver su mirada de asombro y analizar lo que había dicho—. No. No quería, ni quiero, ser ranchero. Quiero ser feliz haciendo el trabajo de mi vida. Pero, a diferencia de ti, aún no he encontrado el camino hacia mi edén.
Sorprendentemente, Josh no se rió. Si acaso, su expresión se tornó aún más seria.
—Si pudieras hacer cualquier cosa, ¿qué harías?
Parecía interesado de verdad. Por desgracia, a lo largo de los años ella había descubierto lo peligroso de compartir sus sueños. Sabía que la mayoría de los hombres estarían encantados de dirigir su vida si ella lo permitiera. Sin embargo, Josh no parecía ser de ésos.
—Vamos, dímelo —la animó Josh, como si percibiera su debate interno—. Sé guardar un secreto.
Tal vez el calor y el baile le habían recalentado el cerebro. O quizá fuera que Josh entendía que el dinero no lo era todo. O las cervezas que había bebido le habían soltado la lengua. Pero el caso era que decidió compartir su sueño con él.
—Tendría una empresa de catering y crearía platos divertidos. Nada me gusta más que las fiestas, cocinar y ser creativa. Poder hacer eso a diario sería… increíble.
Sintió un anhelo tan intenso que se quedó sin aire. Creía haber enterrado su sueño, pero hacía falta muy poco para avivar el rescoldo.
—A juzgar por la cena que hiciste la otra noche, creo que tendrías mucho éxito —afirmó él. El tono sincero de su voz la reconfortó—. Aunque me imagino que tendrías que vivir en una gran ciudad para tener suficientes clientes para sobrevivir.
—Hice un plan de negocio hace varios años —Stacie se sonrojó, avergonzada sin saber por qué. Aunque sólo había estudiado Empresariales para complacer a su padre, tenía que admitir que parte de lo aprendido resultaba útil a veces—. Las conclusiones me sorprendieron.
—¿Qué descubriste? —Josh enarcó una ceja.
—Que no tendría que ser una ciudad como Nueva York o Los Ángeles. Ni siquiera una del tamaño de Denver —contestó Stacie—. Una ciudad de doscientos mil habitantes sería suficiente.
Una mirada que Stacie no pudo interpretar cruzó los ojos de Josh. Desapareció rápidamente.
—En esta parte del mundo tendrías que sumar las poblaciones de Billings, Missoula y Great Falls para pasar de doscientos mil habitantes.
—Vaya. No suponía que esas ciudades fueran tan pequeñas —dijo ella—. Es…
—Stacie, tienes que venir conmigo —Lauren se acercó a la mesa, perfecta para el ambiente con sus Wranglers ajustados y el sombrero vaquero.
La misión de Lauren esa noche era alternar y pasar el mayor tiempo posible en la pista de baile. Había animado a Anna y a Stacie a hacer lo mismo, alegando que sería buena publicidad.
Pero si Lauren pretendía arrastrarla de nuevo a la pista, no lo conseguiría. A Stacie le dolían los pies y estaba disfrutando demasiado de su conversación con Josh.
—Ahora estoy ocupada.
—Esto no puede esperar. Más bien, tu hermano se niega a esperar —miró a Stacie, a Josh y de nuevo a Stacie—. Insiste en hablar contigo ahora.
Stacie clavó los dedos en la manga de Josh. Paul la llamaba con regularidad, normalmente para hablarle de alguna oferta de empleo que creía adecuada para ella. Pero dedicaba los sábados por la noche a su familia. No interrumpiría una velada con su esposa e hijos para llamarla. Y tampoco tenía sentido que hubiera llamado a Lauren. A no ser que fueran malas noticias y supiera que iba a necesitar el apoyo de su amiga.
Le estremeció pensar que pudiera haberle ocurrido algo a uno de sus progenitores. Su relación con ellos era tensa, pero los quería muchísimo. Se levantó de un salto.
—¿Te ha dicho qué ha ocurrido?
Percibió más que ver a Josh situarse a su lado y rodear su cintura con un brazo, dándole apoyo.
—Paul no está al teléfono —explicó Lauren—. Está aquí, en Sweet River. Voló a Billings y condujo directo aquí. Te espera en la entrada.
—¿Por qué iba a venir hasta aquí para darme malas noticias? —las piezas del rompecabezas no encajaban en la mente de Stacie.
—No sé por qué, pero no es para eso —le aclaró Lauren, captando su preocupación—. Le pregunté por la familia y dijo que todos estaban bien.
Stacie soltó el aire que había estado conteniendo y cerró los ojos. Dio gracias a Dios.
—¿Por qué crees que ha venido? —preguntó Josh.
—No tengo ni idea —Stacie cuadró los hombros y miró a Lauren—. Llévame a su lado.
—Te acompañaré —se ofreció Josh.
—No —sonó más duro de lo que ella había pretendido. Suavizó la respuesta con una sonrisa—. Gracias, pero no.
Lo último que deseaba era someter a Josh a los modales imperiosos de Paul, o que su hermano se hiciera una idea equivocada de su relación con él.
—¿Estás segura? —frunció el ceño y la miró dubitativo.
—Segurísima —Stacie se quitó el sombrero y se lo devolvió—. Gracias por prestármelo.
Josh aceptó el sombrero, pero no se lo puso.
—No entiendo por qué ha venido aquí.
—Yo tampoco —dijo Stacie, intrigada—. Pero voy a averiguarlo.
Capítulo 5
JOSH observó a Stacie y a Lauren hasta que desaparecieron de la vista. La adrenalina surcaba sus venas.
Aunque no había mencionado a Paul en concreto, si no estaba unida a su familia, tampoco estaría unida a él. Y aunque no se trataba de una cita en el sentido tradicional, Stacie había ido allí con él. Eso lo hacía responsable de su seguridad.
Josh se decidió y se internó entre la gente, saludando a amigos sin aflojar el paso. Llegó a la puerta delantera esperando ver a Stacie y a su hermano, sin embargo encontró al pastor Barbee y a su esposa en la puerta.
La pareja había estado en la pista de baile desde que empezó el baile de cuadrilla, así que Josh no había tenido oportunidad de saludarlos ni de presentarles a Stacie. Deseó que supieran quién era.
—¿Habéis visto a Stacie Summers? —preguntó en tono indiferente y casual—. Es la amiga de Anna. La chica con la que estuve bailando antes.
—La bonita morena de las botas rosas —la señora Barbee asintió con aprobación.
—Ésa es —Josh miró a su alrededor, pero no vio a nadie—. ¿La habéis visto?
—Ha salido fuera —el pastor señaló la puerta.
—Estaba con un hombre —añadió la señora Barbee con expresión compasiva—. Atractivo, pero no tan guapo como tú.
Josh no supo qué responder a eso, así que lo dejó pasar.
—Gracias por la información —Josh abrió la puerta y salió al aire fresco de la noche. Se detuvo en la acera y echó un vistazo a la calle. La vio al otro extremo de la manzana.
Estaba con su hermano junto a un Lincoln último modelo. Aunque tenía los brazos cruzados y la espalda tiesa como la de un soldado, no parecía inquieta. Una vez comprobado que estaba bien, los buenos modales le exigían que volviera dentro y respetara su intimidad. Pero algo lo inquietaba y había aprendido a fiarse de su instinto. Así que se apoyó en la pared y siguió observando a la pareja.
Su intención era mantenerse al margen. Pero cuando ella alzó la voz y el hombre de traje oscuro aferró su brazo, Josh corrió a su lado.
—Quítele las manos de encima —gruñó. Hermano o no, ningún hombre iba a amenazar a Stacie. No si Josh podía impedirlo.
El hombre se dio la vuelta, soltándola, y apretó los labios con disgusto.
Incluso si Josh no hubiera sabido que era hermano de Stacie, lo habría adivinado. Paul le sacaba una cabeza a su hermana y tenía el cabello un tono más claro, pero los ojos almendrados y la nariz griega clamaban a gritos su parentesco.
—No sé cómo serán las cosas en su tierra —dijo Josh—, pero aquí no maltratamos a las mujeres.
Paul achicó los ojos y Stacie se alejó un paso de él, acercándose a Josh. A él le pareció natural ponerle un brazo sobre los hombros, pero ella se zafó, dejando claro que esa batalla era suya.
—Dime que no estás rechazando la oportunidad de tu vida por un vaquero de medio pelo —Paul esbozó una sonrisa burlona, mirando a Stacie.
—Él no es la razón de que haya dicho que no —argumentó Stacie con voz serena—. Josh es un conocido, no un novio.
Josh se erizó al oír la definición. Era «un conocido» de la bibliotecaria, pero nunca la había abrazado ni sentido sus labios en los suyos.
—Entonces tu tozuda negativa no tiene sentido —Paul taladró a Stacie con la mirada—. ¿Por qué ibas a rechazar una oferta tan sensacional?
—Es lo que he estado intentando explicarte —dijo Stacie—. Pero no dejas de interrumpirme.
Josh disimuló una sonrisa. Hacía poco que conocía a Stacie, pero incluso él sabía que no se amilanaba fácilmente.
—Pues ahora te escucharé —Paul se cruzó de brazos.
Su lenguaje corporal no expresaba la más mínima intención de tener en cuenta una postura distinta a la suya, pero al menos su voz sonó conciliadora. Eso bastó para que los hombros de Stacie se relajaran y un destello de esperanza asomara a sus ojos.
—Nunca he querido trabajar en la América empresarial —dijo en tono suave—. No va conmigo.
—Estás licenciada en Empresariales —Paul centró toda su atención en ella—. Ese puesto te permitirá utilizar tus estudios y, además, estar cerca de nosotros.
Stacie abrió la boca, pero Paul siguió hablando.
—Ni siquiera tendrás que hacer una entrevista. El director ejecutivo es amigo mío y está dispuesto a contratarte basándose en mi recomendación.
—Paul… —Stacie alzó una mano, pero su hermano parecía dispuesto a llegar hasta el final.
—Mejor aún, como estás en paro, podrías empezar la semana que viene —se dio una palmadita en el bolsillo de la chaqueta—. Tengo dos billetes de vuelta. Puedes estar en casa mañana.
Josh sintió que se le helaba el corazón al pensar en la marcha de Stacie.
—No volveré a Ann Arbor —Stacie alzó la barbilla con determinación—. Ni mañana, ni en una semana, un mes o un año.
Para sorpresa de Josh, Paul no contestó de inmediato. Escrutó el rostro de Stacie largo rato.
—No te entiendo —dijo con la voz teñida de desilusión—. Allí tienes amigos que te echan de menos. Familia que te echa de menos. Y ahora te sirven un trabajo en bandeja de plata. ¿Por qué no consideras al menos la idea de volver?
A pesar de su brusquedad, el hombre parecía sincero y sus argumentos eran buenos. Josh miró a Stacie y vio que ella no había cedido en absoluto.
—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No quiero estar detrás de un escritorio —sus ojos llamearon y Josh habría jurado que le salía humo por la nariz. Parecía un toro a punto de embestir—. Sólo estudié Empresariales porque papá insistió.
—Papá quiere que tengas una buena vida. Un futuro seguro —su tono de voz indicaba que él era de la misma opinión—. Te quiere, Stacie. Todos te queremos. Y nos preocupamos por ti.
Stacie enarcó una ceja.
—Bueno, soy yo quien se preocupa —a Paul se le quebró la voz. Tardó un momento en recomponerse. Miró a Josh de reojo—. Envía al vaquero de vuelta al rancho. Esto es un asunto de familia.
Aunque a Josh no le hacía ninguna gracia escuchar esa conversación íntima, plantó los pies en el suelo. Se iría si se lo pedía Stacie.
—Él se queda —afirmó ella.
Paul cerró los ojos y resopló.
—Mamá y papá siempre han querido lo mejor para ti —repitió Paul, sonando totalmente sincero—. Todos lo queremos.
Stacie dio un paso hacia él y puso una mano en su brazo.
—El problema es que lo que creéis mejor para mí no es lo que yo deseo.
—¿Qué quieres hacer, hermanita? —los ojos de Paul destellaron con ira—. ¿Pasarte la vida paseando a los perros de otros? ¿Haciendo cafés en una cafetería? ¿O acaso quieres casarte con un vaquero y vivir en mitad de la nada?
Stacie apartó la mano y enrojeció como si la hubiera abofeteado. Si Paul había creído que la dureza y la manipulación iban a conseguir algo, sólo tuvo que mirar sus ojos para comprender que había perdido todo el terreno ganado.
—Me da igual lo que pienses de mis elecciones, Paul —su voz sonó fría como el hielo—. El que tenga objetivos diferentes, que quiera otras cosas de la vida no…
—Tú y Amber Turlington, siempre buscando el maldito edén —Paul apretó los labios, como si se esforzara por mantener el control.
La frase sonó como una maldición, pero Stacie no pudo evitar sonreír al oír ese nombre. Amber y ella habían sido amigas íntimas durante toda su etapa escolar.
—Amber y yo solíamos decir que éramos gemelas que habían sido separadas al nacer.
—Ella tampoco era feliz en Ann Arbor —dijo Paul con amargura—. Siempre quiso algo más. Y ya ves adónde la llevó eso.
—¿Adónde la llevó? —Stacie alzó la voz. No soportaba la arrogancia de su hermano—. Puede que la escuela de Los Ángeles en la que da clases no tenga renombre nacional y que no esté ganando una fortuna, pero cada día influye positivamente en la vida de sus alumnos.
—No lo has oído —afirmó él. La mirada vacía de Paul provocó a Stacie un escalofrío.
—¿Oído qué? —sabía que Amber y Paul seguían en contacto. Muchos años antes, Paul había deseado con desesperación casarse con su amiga. Aunque había seguido adelante con su vida y se había casado con otra mujer, Stacie sabía que Amber seguía ocupando un lugar especial en su corazón.
—Pensé que Karen y tú ya habríais hablado —un músculo se tensó en la mandíbula de Paul.
Karen era una de las hermanas de Stacie. Le había dejado varios mensajes la semana anterior, pero Stacie aún no le había devuelto las llamadas.
—Karen y yo no hemos hablado. ¿Ha tenido noticias de Amber?
—Amber ha muerto —el músculo de su mandíbula empezó a moverse espasmódicamente—. Un gamberro le pegó un tiro en el aparcamiento de la escuela.
Las palabras parecían llegar de muy lejos. Stacie sintió calor y luego frío. La imagen de Amber, pelo cobrizo, ojos verdes y perenne sonrisa, destelló en su mente. Se preguntó cómo podía estar muerta su amiga. Había sido la persona más vivaz que había conocido en su vida.
—No es verdad —Stacie movió la cabeza, intentando desterrar la imagen de Amber tendida en un charco de su propia sangre—. Te lo estás inventando. Quieres que vuelva y renuncie a mi sueño. Igual que querías que Amber renunciase al suyo por ti. Pero ella no lo hizo y yo no…
—Shh. Tranquila —Josh se acercó a ella y, esa vez, cuando le puso un brazo sobre los hombros, no lo rechazó.
—El funeral fue el jueves —dijo Paul con voz de cansancio infinito.
Stacie se tragó un sollozo. Parecía más fácil centrarse en su ira que en el dolor que le estaba partiendo el corazón en dos.
—¿Por qué no me avisaste? —su voz sonó aguda, estridente casi—. Habría ido. Era mi amiga. Mi mejor amiga.
—Karen y yo te dejamos mensajes pidiéndote que telefonearas. No podía dejar una noticia como ésa en el buzón de voz —respondió Paul.
Stacie sintió una oleada de remordimiento y vergüenza. Se apoyó en Josh, sacando fuerzas de su apoyo. Había hecho mal acusando a Paul. La culpa era suya por no haber devuelto las llamadas. Había retrasado el momento porque siempre que hablaba con él o con Karen, al colgar se sentía como una fracasada. En consecuencia, los padres de Amber seguramente pensaban que su amiga no le importaba lo suficiente como para ir al funeral.
—No puedo imaginar lo duro que debe de ser esto para su familia.
—Yo sé bien cómo se sienten —dijo Paul—. Por eso estoy aquí. Te quiero, Stacie. Quiero asegurarme de que no te ocurra lo mismo que a Amber.
El sol de media mañana atravesaba los visillos de encaje de la ventana de la cocina y el olor a café recién hecho se respiraba en el aire. Stacie miró su humeante taza de café, aún perturbada por los acontecimientos de la noche anterior.
Alzó la vista y vio que Lauren y Anna la contemplaban, esperando que acabara su historia.
—Convencí a Josh de que mi hermano me traería a casa sana y salva. Paul y yo pasamos un par de horas hablando, llorando y hablando otra vez. Durmió tres o cuatro horas y luego condujo de vuelta a Billings para tomar su vuelo.
Aunque Paul y ella estaban en desacuerdo sobre la mayoría de los temas, ambos habían querido a Amber. Stacie sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero parpadeó para contenerlas. Nunca le había gustado llorar en público, incluso si, como era el caso, el «público» eran sus amigas.
Anna, pensativa, con la bayeta en la mano, dejó de limpiar la encimera y miró a su amiga.
—Sigo confusa. Tu hermano quería que volvieras a casa porque una amiga de instituto falleció. No lo entiendo.
—Yo sí —Lauren dio un mordisquito a su sándwich de huevo—. Amber buscaba su edén y murió. Stacie está haciendo lo mismo y a Paul le preocupa que pueda ocurrirle algo.
—Eso no tiene sentido —Anna dio una pasada a la encimera—. Stacie está en Montana, no en la gran y malvada ciudad de Los Ángeles.
—Su hermano ha perdido a alguien a quien amaba —Lauren dio unos golpecitos en la mesa con el dedo—. Al ver que Stacie no respondía a sus llamadas, sintió pánico y temió que a ella también le hubiera ocurrido algo.
—Ya ha comprobado que no —Stacie dejó escapar una risita seca. Se trataba de reír o de echarse a llorar—. ¿Cuántas mujeres tienen su perro guardián personal?
Lauren le lanzó una mirada interrogativa.
—Josh vino a buscarme —explicó Stacie—. No estaba seguro de que Paul fuera de confianza.
—Bienvenida al mundo del Viejo Oeste —Anna sonrió—, donde los hombres creen que todas las mujeres necesitan su protección.
—Fue muy tierno de su parte —admitió Stacie—, teniendo en cuenta que apenas nos conocemos.
Lauren se atragantó con su sándwich y Anna soltó un resoplido muy poco femenino.
—¿Qué pasa, chicas? —Stacie las miró con el ceño fruncido.
—Por favor —dijo Lauren—. Anoche vi cómo os mirabais y cuánto os apretabais al bailar. Sólo habría conseguido mejor publicidad para mi investigación si hubierais estado desnudos y haciéndolo en el suelo.
—Oh, Dios mío, Lauren —la carcajada de Anna resonó por la habitación—, eres terrible.
—Bueno, pero ésa fue nuestra última cita —Stacie, ruborosa, tomó un sorbo de café.
—¿Por qué? —preguntó Anna—. Yo vi química.
—Montones de química —añadió Lauren con una sonrisa traviesa en los labios.
—Josh y yo decidimos en la primera cita que no éramos… —Stacie hizo una pausa. Decir que no eran buena pareja sería una crítica a la investigación de Lauren—. Que aunque nos llevamos muy bien, no buscamos lo mismo en la vida. Un caso parecido al de Amber y Paul.
—Podría volver a introducirte en el sistema —ofreció Lauren—. Emparejarte otra vez.
Stacie negó con la cabeza. Hablar con Paul de sus sueños había reforzado su deseo de encontrar su edén personal. Paul había creído que enterarse de lo de Amber la llevaría a volver corriendo a Ann Arbor, pero había tenido el efecto opuesto.
Independientemente de lo que pensara su hermano, Amber había sido feliz en Los Ángeles, en un sentido en el que nunca habría podido serlo en Ann Arbor. Stacie tampoco sería feliz hasta que no encontrara su propósito en la vida.
Lauren no intentó hacerle cambiar de opinión. Pinchó un trozo de tarta de café.
—Recuérdame que te dé el cuestionario post-cita a la vuelta de la iglesia.
—¿Vas a ir a la iglesia? —los ojos azules de Anna chispearon—. ¿Después del comentario que acabas de hacer sobre Stacie y Josh en el suelo?
—Es su penitencia —dijo Stacie, incapaz de controlar el burbujeo que sintió al pensar en Josh y ella sobre el suelo… desnudos.
—Le prometí al pastor Barbee que estaríamos allí y soy una mujer de palabra —dijo Lauren, muy digna—. El servicio religioso empieza a las once.
—No cuentes conmigo —Anna se sentó—. Necesito un descanso de la gente de Sweet River.
—Déjate de rollos —protestó Lauren—. Cada vez que te miraba anoche, sonreías de oreja a oreja.
—Lo pasé bien —admitió Anna—. Pero crecí aquí. Sé cómo es esto y no permitiré que vuelvan a incluirme en el rebaño. El instinto de supervivencia me obliga a mantener las distancias.
—A mí también —dijo Stacie, consciente de que si no lo hacía, podía acabar en la cama con un vaquero desnudo.
—Bueno, pues podéis empezar a mantener las distancias mañana —declaró Lauren—. La iglesia organiza una subasta de comidas para recaudar fondos después de misa y las tres estamos inscritas.
Capítulo 6
EL sol lucía y la temperatura era de unos veinticuatro grados cuando Josh se unió a los ciudadanos de Sweet River en el jardín trasero de la Primera Iglesia Congregacionista.
Se había quedado en el baile hasta muy tarde y cuando por fin llegó al rancho, no pudo dormir.
Tenía la impresión de que acababa de conciliar el sueño cuando sonó el despertador. Había sentido la tentación de quedarse en casa y empezar a rascar la pintura exterior, pero le había prometido al pastor Barbee que participaría en la subasta de almuerzos.
El evento anual subvencionaba el programa de Escuela Bíblica de la iglesia, que necesitaba fondos urgentemente. El año anterior había hecho mal tiempo y había escaseado la participación.
Siguiendo la tradición del Salvaje Oeste, las solteras preparaban un almuerzo campestre para dos y los solteros pujaban por las decoradas cestas de comida.
Dos años antes, Josh había acabado almorzando con Caroline Carstens, que había vuelto a pasar allí las vacaciones estivales. Había sido una tortura. Ella se había pasado toda la comida hablando de su exclusivo teléfono móvil y de su ciberdiario personal. No se parecía en nada a él. Esperaba que ese año le fuera mejor. Si Stacie participara…
En cuanto se le ocurrió, descartó la idea. Habían ido al baile en pareja para hacerle un favor a Lauren. No había razón para que pasaran más tiempo juntos.
La subasta ya había empezado cuando Josh se sentó en la loma cubierta de hierba. El pastor, que complementaba sus ingresos parroquiales trabajando como subastador, estaba mostrando una cesta decorada con girasoles. Josh la reconoció de inmediato. Mantuvo la boca cerrada. Tenía sus límites, por más que se tratara de beneficiar a la iglesia.
El hermano menor de un amigo de Josh ganó la cesta. Lanzó un triunfal grito de guerra cuando el pastor señaló a su dueña, Caroline.
Sólo quedaban un puñado de cestas cuando Stacie y sus compañeras llegaron y dejaron las suyas a los pies del ministro.
Se oyó un murmullo entre la audiencia y las pujas se animaron cuando las cestas de Lauren primero y de Anna después salieron a subasta. La siguiente era la de Stacie.
Muchos hombres aún no habían pujado, incluido Wes Danker. Josh se preguntó quién disfrutaría del placer de la compañía de Stacie.
El pastor Barbee empezó su retahíla, pero en vez de pujas se produjo un intenso silencio. El prelado dio un golpecito en el micrófono, para comprobar que seguía encendido.
—Empecemos con veinticinco. ¿Quién da veinticinco?
Nadie dijo una palabra, no se oyó ni una puja. Stacie se puso roja como la grana.
Cuando Wes se dio la vuelta y miró a Josh fijamente, él comprendió lo que ocurría. Para los ciudadanos de Sweet River, Stacie era su chica y no iban a pujar en contra suya.
Pero Stacie no podía saber eso. Pensaría que nadie quería comer con ella. Josh se había jurado mantener las distancias, pero no podía permitir que se sintiera humillada. Se puso en pie.
—Cien dólares.
Por supuesto, era una puja excesiva. Sin oposición, podría haberse llevado la cesta por cinco. Sin embargo, eso habría dado muy mala impresión a Stacie y al pueblo. Habrían pensado que no valoraba su compañía.
—Número quince vendida a Josh Collins por cien dólares —anunció el pastor con expresión de alivio.
Stacie volvió la cabeza, estaba deliciosa con un vestido veraniego rosa y blanco. Alzó la mano y le saludó. Él estaba demasiado lejos para poder interpretar la expresión de su rostro.
Las cestas restantes se vendieron rápidamente. Llegó el momento de que Josh reclamara su cesta y a Stacie. Fue hacia el podio y agarró el asa de mimbre antes de volverse hacia la bonita morena. Josh cambió el peso de un pie a otro, sintiéndose tan inseguro como un potrillo recién nacido.
—Juntos de nuevo —dijo.
—Eso parece.
Él vio que tenía los ojos rojos y recordó su expresión la noche anterior, al conocer la noticia de que su amiga había sido asesinada.
—Mira, no tenemos por qué hacer esto.
—Yo creo que sí —los labios de Stacie se curvaron en una débil sonrisa—. Me has librado de ser la única mujer por cuya cesta no pujó nadie.
—No ha sido por ti —dijo él—. Ni por tu cesta.
—¿Por qué iba a ser si no? —lo miró dubitativa.
Josh vio que la esposa del pastor iba hacia ellos. Lo último que Stacie necesitaba tras la emotiva noche anterior era un interrogatorio, por bienintencionado que fuera.
—Ven conmigo —le colocó la mano bajo el codo y puso rumbo hacia donde había estado sentado. Cuando llegaron allí, Josh no disminuyó el paso—. Te han etiquetado como mi chica y los tipos de por aquí no se meten en territorio ajeno.
—¿En serio? —Stacie se detuvo y lo miró con sorpresa.
—Ya, lo sé —puso la mano en su espalda y la urgió a cruzar la calle, hacia un parque rodeado por una verja de hierro forjado—. Parece una locura, pero…
Josh no supo qué más decir. En muchos sitios se consideraba juego limpio intentar atrapar a una mujer bonita, pero no en Sweet River.
—Me parece admirable —dijo Stacie—. Esa clase de lealtad ya no es habitual.
—Pensé que te enfadarías —musitó Josh, sorprendiéndose a su vez.
—¿Por qué? —Stacie frunció el ceño.
—Para empezar —dijo Josh—, he arruinado tus posibilidades de conocer a alguien nuevo y comer con él.
—No quería comer con nadie más —afirmó Stacie con naturalidad.
—¿No querías…? —el corazón de Josh se saltó un latido—. ¿No quieres?
—¿Qué sentido tendría? La mayoría de los hombres buscan esposa —le dio un apretón en la mano—. Tú y yo ya conocemos nuestra postura.
Eso debería haber alegrado a Josh, sin embargo, él sintió un gran peso en el estómago.
Stacie le quitó la cesta y la situó sobre una mesa de picnic. Abrió la tapa y sacó un mantel.
—Espero que te apetezca experimentar.
Él extendió el mantel azul y blanco mientras ella sacaba una botella de vino y dos copas.
—¿Experimentar?
—No he traído la típica comida campestre.
—Me gusta lo que se sale de lo corriente —dijo Josh, comprendiendo de repente que era verdad. Stacie era distinta a cualquier mujer que hubiera conocido y empezaba a disfrutar de la montaña rusa emocional que provocaba en él.
—Entonces disfrutarás.
—No lo dudo —dijo Josh, mirando los ojos castaños y los húmedos labios rojos de Stacie.
El aire, que había sido fresco y ligero momentos antes, se volvió pesado y cálido. Todo se desvaneció y Stacie sólo pudo ver a Josh: las largas pestañas oscuras que enmarcaban los ojos azul brillante, los labios firmes de dulce sabor…
—¿Qué has preparado?
La frase la golpeó como agua fría. Stacie parpadeó y volvió a la realidad: besar a Josh la primera vez había sido un error, besarlo una segunda sólo incrementaría ese error.
—Traigo pasta de tomate, albahaca y queso brie para untar, ensalada de arroz y gambas y barritas de cereales y frambuesa. Pero mi plato favorito es la ensalada gourmet de atún sobre trigo —anticipando el refrescante sabor de la mezcla de atún, alcaparras y almendras, a Stacie se le hizo la boca agua—. El atún es uno de mis ingredientes favoritos. Las aceitunas verdes y la salsa Worcestershire lo transforman de algo común en…
—¿Atún?
Stacie dejó los cubiertos y las servilletas y le prestó su atención.
—¿Te encuentras bien?
—Sí. Es sólo que no soy hombre de atún.
Claro, pensó ella. Estaban en tierra ganadera. Carne asada con queso suizo habría sido una elección más segura. Además, el atún podía ser bastante insulso, dependiendo de quién lo preparara. Sin embargo, el suyo era espectacular. No dudaba que se aficionaría a él en cuanto lo probara.
—El mío te encantará.
—Creo que no me he explicado bien —dijo Josh—. No lo soporto, me pone enfermo.
Su tono no dejó lugar a duda o a discusión. Stacie se inclinó hacia la cesta para ocultar su desilusión. Se dijo que no debía tomárselo a mal.
—No importa. Hay muchas otras cosas.
—Sólo el olor me da náuseas —añadió él.
—Lo entiendo —la decepción dio a su voz un tono algo áspero. Alzó el rostro y le sonrió—. Todos tenemos comidas que no nos gustan. De hecho, esto me recuerda una historia que solía contar mi madre.
Josh descorchó el vino y sirvió dos copas. Entregó una a Stacie y se sentó a la mesa. Ella se sentó frente a él.
—¿Esa historia tiene que ver con el atún?
Stacie, riéndose, sacó el resto de la comida.
—No, con las patatas al gratén.
—Uno de mis platos favoritos —los ojos de Josh se iluminaron.
—Mío también —afirmó Stacie—. Le gusta a toda la gente que conozco, excepto a mi madre. Una vez tomó una ración enorme y le sentó fatal. Desde entonces, el plato pasó a encabezar su lista de «nosoportonisuolor».
Josh agarró un trozo de pan y empezó a untarlo con la pasta de brie.
—Lo curioso es que un par de veces al año lo preparaba para mi padre —Stacie rememoró la expresión de sorpresa y placer de su padre cuando el plato llegaba a la mesa.
—¿Por qué hacía eso? —Josh se sirvió una buena ración de ensalada de arroz y gambas—. Estoy seguro de que él no esperaba que lo hiciera.
—Tienes razón. No lo esperaba en absoluto —Stacie esbozó una sonrisa—. Siempre que le preguntaba el porqué, se reía y decía «nada expresa el amor como unas patatas al gratén».
—Lo hacía para demostrarle cuánto significaba para ella —musitó Josh tras pensarlo un momento.
—Yo no lo entendía cuando era niña, pero cuando crecí, llegué a la misma conclusión —Stacie tomó un sorbo de vino—. Era su manera de decir «te quiero» sin palabras.
—Parecen una pareja agradable —Josh dio un mordisco al pan untado y murmuró con aprecio.
—Lo son —admitió Stacie—. Su único fallo es su intenso anhelo de que me parezca más a ellos.
—Lo entiendo —la mirada de Josh se perdió en la distancia—. Desde que era pequeño me presionaron para que me dedicara a los negocios, no al rancho.
Stacie sabía muy bien lo que era eso. Nunca había aceptado la rígida definición de éxito de su familia. Y por esa razón siempre la habían considerado un bicho raro.
—Mi padre tiene un exitoso concesionario automovilístico en Ann Arbor. Mi madre es auditora contable y cuenta con su propia empresa —Stacie movió la cabeza—. Todos mis hermanos heredaron ese espíritu empresarial.
—Al menos tenéis eso en común —apuntó Josh.
—¿A qué te refieres?
—A tu sueño de crear un negocio de catering. Es difícil ser más empresarial que eso.
—No estoy de acuerdo —Stacie tomó un bocado de ensalada de arroz y gambas y masticó pensativamente—. Lo haría porque es mi pasión, no porque quiera ganar montones de dinero.
—El éxito y la pasión no tienen por qué ser excluyentes —Josh la miró a los ojos—. Yo necesito obtener beneficios para que el rancho funcione.
—Me doy cuenta de eso. Pero no quiero que el objetivo primordial sea económico —Stacie suspiró. A veces tenía la impresión de que nunca alcanzaría su edén—. Al menos Amber consiguió vivir su sueño —se le hizo un nudo en la garganta. Miró su plato de comida, ya no tenía apetito.
—Perder a una buena amistad —dijo Josh con voz cálida—, es como perder a un miembro de la familia.
—Era pura vitalidad. Y muy buena persona —los ojos de Stacie se llenaron de lágrimas—. No se merecía morir así.
Dejó caer el tenedor en el plato de cartón y se tapó la cara con las manos. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. No oyó a Josh levantarse pero, un momento después, él se sentó a su lado.
—Tienes razón. No se merecía morir así.
—Perdona. Creía que ayer había llorado cuanto podía llorar —sacó un pañuelo de papel del bolsillo y se sonó la nariz—. Me siento vacía por dentro.
Una familia entró al parque. Los niños corrieron hacia los columpios mientras los padres empezaban a vaciar la cesta de comida en una de las mesas. El hombre saludó a Josh con la mano y la mujer miró a Stacie con curiosidad.
—Marchémonos antes de que tus amigos se acerquen a saludar —sugirió Stacie, limpiándose la humedad del rostro con los dedos.
Josh escrutó su rostro con preocupación.
—Hay un lugar en mi rancho. No sé si tiene buena energía cósmica, o qué, pero siempre me siento mejor tras estar allí. Además, es completamente privado.
Stacie no creía que existiera un lugar en el mundo que pudiera aliviar su pesar. Pero volver a casa y encerrarse a llorar en su dormitorio no la atraía en absoluto.
—¿Quieres enseñármelo?
—Claro —dijo él. Sonrió—. Créeme, cuando lleguemos vas a decir: «Josh Collins, eres muy listo. Esto es justo lo que necesitaba».
—Supongo que también esperarás que te dé un beso.
Ella no supo quién se había sorprendido más por las palabras, pero la lenta sonrisa que se extendió por el rostro de Josh no le dejó duda de que le gustaba la idea.
Él bajó la vista a sus labios y Stacie sintió un cosquilleo inmediato.
—Que me beses o no —murmuró él—, lo dejo a tu libre albedrío.
Capítulo 7
TRAS dejar la cesta de la comida en casa de Anna y ponerse unos vaqueros, por insistencia de Josh, Stacie volvió a subir al todoterreno.
Una cierta excitación paliaba su melancolía. Pero no sonrió hasta que bajó la ventanilla y el aire fresco y limpio le acarició el rostro. Fue una gran ayuda que Josh mantuviera la conversación viva e intrascendente. El tiempo pasó rápido hasta que llegaron al cartel que anunciaba su llegada al rancho Doble C.
Entraron en el largo camino que llevaba a la casa y Bert salió de entre los árboles como una exhalación. Corrió junto al vehículo, ladrando y agitando el rabo, hasta que llegaron.
En cuanto el coche se detuvo, Stacie bajó y dio un gran abrazo a Bert, que lamió su mejilla. Josh le explicó que pretendía que fueran al misterioso lugar a caballo y estuvo a punto de negarse. Pero brillaba el sol, hacía un día perfecto y, además, Josh le ofreció una yegua tan mansa que un niño de tres años podría haberla montado. Aceptó.
Brownie tenía una sola velocidad: lenta y pausada. A Stacie le gustaba más a cada paso que daba.
El caballo de Josh, un semental negro llamado Ace, era muy brioso, pero Josh lo controlaba bien. Cuando se pusieron en marcha, Bert y varios perritos corrieron tras ellos.
Estaban a más de diez minutos de la casa cuando dos de los perritos se marcharon en otra dirección. Stacie se preocupó al ver que desaparecían de la vista.
—¿Deberíamos ir tras ellos? —preguntó.
—No hace falta —dijo Josh—. Los pastores australianos son inteligentes, y los cachorros ya tienen edad para empezar a explorar. Encontrarán el camino de vuelta a casa.
—Si estás seguro… —Stacie lo miró dubitativa.
—Segurísimo —la tranquilizó él—. ¿Cómo te va con Brownie?
—Empiezo a sentirme como una auténtica vaquera —dijo Stacie. Pensó que no era mala cosa, siempre que fuera algo temporal. Le dio una palmadita en el cuello a Brownie—. Tienes razón. Es muy tranquila.
—Nunca te pondría en peligro —dijo él.
—Te lo agradezco —Stacie sintió una oleada de calor que no se debía en absoluto al sol.
—Parece que te encuentras algo mejor.
—Así es.
Tal vez fuera por el sol o el aire fresco o la compañía de Josh… Fuera por lo que fuera, el nubarrón negro que había sentido sobre su cabeza se había disipado.
—Pero me siento culpable por disfrutar del día.
—¿Por qué ibas a sentirte culpable?
—Amber no lleva muerta ni dos semanas. Pero en la última hora apenas he pensado en ella.
Josh asintió y ella captó su mirada compasiva. Cabalgaron en silencio durante unos minutos, hasta que él giró en la silla de montar para mirarla.
—Cuando tenía doce años, mi abuelo falleció. Pensé que mi vida se había acabado —su voz rezumaba tristeza—. A mi abuelo le encantaba el rancho. Él me enseñó a lanzar el lazo, a cabalgar y, sobre todo, a respetar la tierra.
—Debes de echarlo mucho de menos —dijo ella, comprendiendo que Josh no había perdido sólo a su abuelo, sino también a su mentor.
—Al principio, muchísimo —corroboró él—. Entonces, un día me di cuenta de que no había pensado en él durante una semana. Como tú, me sentí culpable. Hasta que mi padre me dijo algo.
—¿Qué fue?
—Que era imposible que olvidara a mi abuelo —esbozó una sonrisa—. Que era tan parte de mí como esta tierra. Cuando echo el lazo a una vaca o arreglo un trozo de cerca, pienso en él. Estará conmigo para siempre. Igual que tu amiga Amber. Lo que compartisteis siempre será parte de ti.
Stacie sintió una oleada de gratitud. De alguna manera, Josh había conseguido articular sus miedos y preocupaciones y reconfortarla sin hacer que se sintiera estúpida. Buscó las palabras adecuadas para expresar su gratitud sin ser empalagosa.
Josh malinterpretó su silencio y soltó una risita avergonzada.
—No suelo hablar tanto —se disculpó. Sin darle tiempo a disentir, dio un golpe con los talones y Ace subió la colina que había ante él.
Stacie esperó a que su yegua lo siguiera. Al ver que Brownie no se movía, Stacie golpeó suavemente sus costados con los talones. La yegua siguió quieta.
De repente, una serie de silbidos rasgaron el aire. Por el rabillo del ojo, Stacie vio a Bert salir disparada de entre los arbustos e ir directa a las patas traseras de Brownie. Segundos después, la gentil yegua marrón se ponía en marcha y subía la colina. Cada vez que bajaba el ritmo, Bert la animaba con unos ladridos.
Cuando Brownie estuvo junto a Ace, Bert volvió a desaparecer. Josh, aparentemente hechizado con la panorámica, ni siquiera la miró.
Stacie soltó las riendas y se estiró, disfrutando de la caricia del sol en el rostro. Había pasado los últimos diez años en Denver, rodeada de edificios altos y de gente. Y había adorado cada minuto.
Sin embargo, al respirar el aire puro y limpio y ver la hierba verde y dorada que se extendía como una colcha de parches hasta las distantes montañas, entendió que a Josh le gustase eso. Sintió una inmensa paz.
—Arrebatador —dijo.
—Sí que lo es —Josh miró el valle un momento más antes de volverse hacia Stacie—. Pero éste no es nuestro destino final. Para llegar allí seguiremos a pie.
Se bajó del caballo y luego ayudó a Stacie a bajar de Brownie.
—¿Y los caballos? No podemos dejarlos aquí.
—Bert los vigilará —el agudo silbido de Josh volvió a rasgar el aire. La perra llegó corriendo—. No está demasiado lejos —la tomó del brazo y la guió hacia un sendero—. Ten cuidado con las ortigas y con… —carraspeó—. Simplemente no salgas del camino y todo irá bien.
Stacie no recordaba el aspecto de las ortigas y no sabía qué más debía evitar. Pero siguió andando y decidió que no necesitaba saberlo mientras siguiera el sendero de tierra.
Varios pájaros de cabeza negra volaban en círculos sobre ellos y las hojas de los árboles susurraban con la brisa, pero aparte de esa música de la naturaleza, todo era silencio. Sonriente, Stacie siguió a Josh.
—Aquí es —él se detuvo y se hizo a un lado para hacerle sitio.
La vista desde donde habían dejado a los caballos había sido fantástica, pero lo que tenía ante sí le quitó el aliento. Kilómetros de jacintos silvestres alfombraban la pradera que se extendía bajo ellos. A la derecha, junto a un burbujeante arroyo, pastaba una enorme manada de reses.
—¿Tuyo? —dijo ella, demasiado asombrada para formular una pregunta coherente.
—Hasta donde abarca la vista —repuso él, abriendo los brazos.
—Increíble.
—Confiaba en que te gustara.
—No parece algo que se pueda poseer —Stacie hizo un esfuerzo para ordenar sus pensamientos—. Es como si una persona reclamara el cielo para sí.
Vio un extraño destello en la mirada de Josh y temió haberlo ofendido. Le tocó el brazo.
—No estoy diciendo que no deba ser tuyo, sólo que…
—No te preocupes —Josh le agarró la mano—. Yo he tenido esos mismos pensamientos.
—¿En serio?
Josh asintió.
—Mis antecesores se instalaron aquí a principios de 1800. Aunque las escrituras dicen que esta tierra es mía, me considero más bien su cuidador. Mi función es asegurarme de que la tierra siga aquí, intacta, por muchas generaciones.
—Para tus hijos. Y los hijos de ellos.
—Para ellos y para cualquier otro —Josh sonrió—. No hace falta ser propietario de un terreno para apreciar su belleza.
Stacie pensó en los viajes de vacaciones que había hecho con su familia. Muchos estados y lugares la habían llenado de admiración. Lugares que le gustaría volver a visitar. Iba a tener que añadir ése a su lista.
—Siempre recordaré esto —se volvió hacia él—. Volveré algún día.
Josh se acercó y captó su aroma a jazmín. Se preguntó si podría volver a olerlo sin pensar en ella.
—Siempre serás bienvenida, así como tu esposo y tus hijos.
—¿Esposo? —lo miró confusa.
—Para cuando regreses a Montana seguramente estarás casada —dijo él con tanta serenidad como pudo—. Y es posible que tengas un par de hijos.
Aunque su voz no desveló lo que sentía, era como si le hubieran puesto un hierro candente en el corazón. De repente, comprendió la razón. Quería que ella fuera feliz, sin duda, pero con él. No con algún ejecutivo sin rostro que no sabría cómo nutrir su alma.
«¿Nutrir su alma?», Josh rezongó para sí. Empezaba a sonar como una tarjeta del Día de los Enamorados. Como si él pudiera nutrir el alma de Stacie. No había sido capaz de cubrir las necesidades de Kristin, no tenía razón para pensar que podría cubrir las de Stacie.
—Para eso falta mucho tiempo —la vista de Stacie se perdió en el horizonte—. Quiero hacer y conseguir muchas cosas antes, empezando por encontrar mi edén personal.
—Lo encontrarás —dijo él—. Luego conocerás a alguien, te enamorarás…
—Te veo a ti con más posibilidades de eso que yo —apuntó ella con una expresión extraña.
—No creo —Josh soltó una risita—. He pasado por ahí. Probé. No funcionó.
—¿Estuviste casado?
A Josh lo sorprendió su tono de asombro. Había supuesto que Anna se lo habría contado.
—Lo estuve.
—¿Ella vive en Sweet River? —preguntó Stacie con curiosidad—. ¿Tenéis hijos?
—Se mudó a Kansas City después del divorcio —dijo él con serenidad—. Sólo estuvimos casados un par de años. No lo bastante para tener hijos.
Entonces él había querido un bebé, pero Kristin no había estado lista aún. Después se había alegrado de no haberlo tenido.
—Siento que no funcionara —Stacie le tocó el brazo, compasiva.
—Tuve mi oportunidad —Josh se encogió de hombros—. Seguramente tendré unas cuantas aventuras y moriré solo.
Josh no podía creer que su cerebro hubiera formulado esa idea, y mucho menos que sus labios la hubieran expresado en voz alta. No era lo que sentía en realidad, no exactamente.
A diferencia de algunos de los hombres que conocía, a Josh le gustaba la idea de pasar su vida con una mujer y siempre había creído que sería un buen esposo. Aunque su fracaso con Kristin le había hecho dudar de sí mismo un tiempo, sabía que tenía mucho que ofrecer a la mujer adecuada.
—Encontrarás a alguien —dijo ella con voz suave. Rodeó su cuello con los brazos y se acercó a su cuerpo—. Tu alma gemela está en algún sitio. Seguro que ahora mismo está buscando el camino para llegar hasta ti.
Él sabía que debería apartarla, pero le gustaba demasiado su proximidad. Sobre todo desde que el «alma gemela» que rondaba su mente había empezado a parecerse mucho a la mujer que tenía entre sus brazos.
—Yo no…
Ella rozó su boca con los labios para silenciar su protesta.
—Di: «Tienes razón, Stacie. Así será».
Aunque a Josh no le gustaba que nadie pusiera palabras en su boca, estaba dispuesto a decir lo que hiciera falta si eso servía para mantenerla cerca de él unos segundos más.
—Stacie —se inclinó y empezó a besar su cuello—. Tienes razón.
Ella gimió y echó la cabeza hacia atrás, exponiendo la piel marfileña de su cuello. Él deslizó la lengua por su mandíbula y oyó su jadeo.
—Di «Así será» —consiguió decir Stacie, aunque su respiración se había agitado.
—Stacie —puso las manos en sus caderas y la apretó contra su cuerpo—. Así es como va a ser.
Cerró los labios sobre los de ella y bebió de su boca. Sus lenguas se encontraron en una deliciosa danza y toda intención de separarse se esfumó.
La necesidad de hacerla suya lo abrasaba. Quería que lo amara…
Esa idea fue como un jarro de agua fría sobre el fuego que consumía su buen juicio. Dio un paso atrás y soltó su cabello, ignorando su murmullo de protesta.
—Pensándolo mejor, esto —intentó controlar el temblor de su voz sin conseguirlo del todo—, es muy mala idea.
Stacie dejó caer las manos a los lados, con el corazón desbocado y la respiración entrecortada. Hizo un esfuerzo por recuperar la compostura. No quería que él notara cuánto la había afectado el beso. Resistió la tentación de tocarse los labios que aún le cosquilleaban.
—La belleza del paisaje siempre me afecta de esta manera —dijo Stacie cuando el silencio empezaba a alargarse demasiado—. Cuando estaba en cuarto curso, la líder de nuestro grupo Scout femenino y su esposo nos llevaron a la Isla Mackinac. Al ver la isla aparecer en la distancia, me excité muchísimo. Por desgracia, el pobre señor Jefferis estaba a mi lado.
—¿Besaste al esposo de la jefa del grupo Scout? —Josh abrió los ojos de par en par.
—Tenía diez años —se tragó una risita—. Apreté su brazo con todas mis fuerzas.
Josh se echó a reír, divertido.
—¿Qué voy a hacer contigo? —preguntó.
Stacie sabía bien lo que quería que hiciera. Anhelaba estar de nuevo en sus brazos, sintiendo sus labios en los suyos; pero él tenía razón, era mala idea. Sin embargo, el deseo persistía.
Necesitaba poner distancia entre ellos, al menos hasta sentirse más capaz de resistirse a la tentación. Miró a su alrededor y vio un estrecho sendero detrás de él. Adivinó que era un camino alternativo de vuelta hacia los caballos.
—Atrápame —se dio la vuelta y echó a correr por el sendero—. Si puedes —lo retó.
—¡Stacie, no!
Ella oyó su grito, pero no paró. El sendero desapareció pocos pasos después y tuvo que centrar toda su atención en abrirse camino entre los densos arbustos y las ramas de los árboles.
Oyó a Josh acercarse y se planteó rendirse, pero decidió seguir adelante.
—Stacie, hay serpientes…
Su mente apenas había registrado las palabras cuando pisó algo blando pero firme. Una sensación de desastre descendió sobre ella. Quizás echar a correr había sido un error.
Entonces oyó un siseo y supo que no había «quizás» que matizara su error.
Capítulo 8
EL terrible siseo fue seguido por un intenso dolor en el tobillo. Stacie gritó y saltó hacia atrás. Casi se le paró el corazón al ver una gran serpiente marrón brillante con manchas negras.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Josh con los ojos ensombrecidos por la preocupación.
Stacie se tragó un sollozo y señaló el reptil de metro y medio de longitud que estaba desapareciendo en dirección opuesta.
La mirada de Josh se aguzó. Un segundo después, se acuclilló y le alzó la pernera del pantalón.
—No me siento muy bien —el mundo empezó a dar vueltas y a oscurecerse alrededor de Stacie.
—Inclínate —ordenó él, obligándola a bajar la cabeza—. Inspira profundamente.
Stacie apoyó las manos en los muslos y se concentró en su respiración. Unos segundos después la oscuridad remitió.
—Me arde el tobillo —aunque por dentro estaba temblorosa como la gelatina, sonó serena.
—Voy a llevarte a casa.
Josh la alzó en brazos y emprendió el camino de regreso.
A pesar de la quemazón del tobillo, Stacie se estremeció de placer al estar en sus brazos. Nunca la habían llevado así. Era muy… de película medieval.
Pronto llegaron al claro y él la sentó en el suelo y se arrodilló a su lado.
—Voy a echar un buen vistazo.
Stacie intentó recordar lo que había aprendido sobre mordeduras de serpiente en el curso de primeros auxilios que recibió en la facultad.
—¿Vas a hacerme un corte y a chupar el veneno?
Él alzó la cabeza y soltó el aire con alivio.
—Tal y como creía, no ha sido una cascabel.
Stacie no quería dudar de él, pero el reptil que había visto se parecía mucho a las serpientes de cascabel que había visto en Mundo Animal.
—La serpiente que señalaste parecía una pituophis —siguió él—. Tienen un colorido parecido a las serpientes de cascabel, pero el cuerpo y la cabeza son algo distintos. No quería aventurar nada hasta examinar la mordedura, pero ahora que la he visto, estoy seguro.
—¿Cómo puedes estar seguro? —preguntó ella, aunque él parecía convencido.
—Las cascabel sólo tiene colmillos en la mandíbula superior, cuando atacan dejan una o dos marcas —explicó Josh—. Las pituophis tienen colmillos arriba y abajo, así que dejan dos hileras de puntos.
Stacie se miró el tobillo. Había cuatro marcas.
—¿Son venenosas?
—No. No tienen veneno.
—He tenido suerte —dijo Stacie con alivio.
—Mucha suerte.
—No tendría que haber echado a correr así.
—Y yo debí decirte que podía haber serpientes entre los arbustos.
Ella pensó que era muy amable por intentar asumir la responsabilidad. Pero había sido ella quien se había adentrado en la zona boscosa sin pensarlo y tendría que sufrir las consecuencias.
—El tobillo aún me duele algo. ¿Eso es normal?
—Sufrí una mordedura cuando era niño —dijo Josh—. Recuerdo que dolía mucho.
Acababa de decirlo cuando ella sintió una insoportable punzada de dolor en el tobillo. Gimió y apretó los labios para no gritar.
—Vamos —Josh se enderezó y le ofreció la mano—. Te llevaré de vuelta a donde están los caballos. En casa te limpiaré la herida.
—Puedo andar —dijo ella, pensando que los caballos estaban bastante lejos.
—No hace falta que te hagas la valiente —dijo él con firmeza. Stacie intuyó que perdería la discusión. Aun así, titubeó.
—No quiero que te hagas daño en la espalda cargando conmigo tanto rato.
—No te preocupes por eso —soltó una risita y la alzó en brazos—. A menudo cargo con terneras tan grandes como tú.
Stacie se sorprendió, pero luego se echó a reír. Sólo un vaquero podía comparar a una mujer con una ternera y resultar encantador. Durante todo el camino fue muy consciente de la anchura de su torso y la fuerza de sus brazos. Para no pensar en el dolor, ni en él, parloteó sobre su aversión hacia serpientes, roedores y bichos rastreros en general.
Cuando llegaron junto a los caballos, Josh subió a Stacie en Ace, no en Brownie.
—Puedo montar sola —protestó ella.
—Podrías volver a marearte. Y no quiero que te caigas —su tono no dio lugar a discusión. Segundos después, estaba sentado tras ella.
A Stacie le preocupó que Brownie no los siguiera, pero la yegua no se despegó de ellos. Por supuesto, la reaparición de Bert con sus perritos debió de animarla a seguir en marcha.
Para cuando estuvieron de vuelta en el rancho, el tobillo de Stacie había empezado a hincharse. Tras dejar los caballos al cuidado de uno de sus vaqueros, Josh insistió en llevarla a la casa.
Stacie no discutió. Él la dejó en un sillón con reposapiés y se fue. Volvió segundos después con un vaso de agua y cuatro cápsulas.
—¿Qué es eso? —preguntó Stacie.
—Ibuprofeno, ochocientos miligramos —contestó él—. Te quitará el dolor —al ver que ella lo miraba interrogante, sonrió—. Te recuerdo que mi madre es enfermera.
—¿Y ahora qué? —preguntó Stacie, tras meterse las cápsulas en la boca y tomar un trago de agua.
—Relájate. Te lavaré el tobillo con jabón antiséptico y luego te pondré hielo.
Stacie se miró el pie. Si se hubiera puesto las botas vaqueras rosas, como Josh había sugerido, el cuero habría protegido su piel. Pero ella había optado por zapatillas deportivas sin calcetines.
—¿Por qué no voy al baño y me lavo yo? —dijo—. Mientras lo hago puedes preparar el hielo.
—¿Y si te mareas? —preguntó él, poco convencido.
—No me marearé —afirmó ella—. Me sentí rara al principio, pero fue por el susto. Ahora estoy mejor.
—¿Estás segura?
—Sí.
Josh desapareció en la cocina y Stacie cojeó pasillo abajo, intentando apoyar la mayor parte del peso en el pie izquierdo. Llegó al cuarto de baño jadeante y temblorosa. Se apoyó en la encimera e inspiró profundamente para calmarse.
—¿Cómo vas? —preguntó una voz al otro lado de la puerta.
—¿Puedo sacar una toallita limpia del armario?
—Utiliza cuanto necesites.
Varios minutos después, Stacie regresó a la sala sintiéndose más controlada. La quemazón y el dolor no habían empeorado, pero tampoco habían mejorado mucho.
Agotada y dispuesta a que la mimaran, se sentó en el sillón y dejó que Josh se ocupara de ella. Le puso desinfectante en las heridas y luego una bolsa de hielo, envuelta en un almohadón, sobre el tobillo hinchado.
—Tendrás que tener el hielo unos veinte minutos —miró su reloj—. ¿Quieres comer o beber algo?
Stacie apoyó la cabeza en el suave cuero del respaldo. Aún tenía el estómago lleno y, además, no le atraía la idea de comer.
—Prefiero que te quedes aquí y me hagas compañía.
—Pasar un rato con una chica bonita —Josh esbozó una sonrisa—. Creo que puedo hacerlo.
Antes de que pudiera sentarse, llamaron a la puerta de la calle. Miró a Stacie.
—Me pregunto quién podrá ser.
Ella se encogió de hombros y cruzó los dedos para que quienquiera que fuese no se quedara mucho tiempo. En ese momento no le apetecía nada charlar con desconocidos.
El timbre volvió a sonar y Josh miró a Stacie.
—Volveré enseguida. Quédate quieta.
—Sí, señor —Stacie se llevó la mano a la sien simulando un saludo militar—. Pero si en la puerta hay una serpiente, no la dejes entrar.
Josh se rió y fue a abrir. Lo sorprendió encontrar a Wes Danker en el umbral.
Como era habitual en él, entró sin esperar invitación y se quitó el sombrero.
—No te lo vas a creer. Un golpe de fortuna.
Josh tuvo que sonreír. La última vez que había visto a Wes tan excitado había sido cuando Sharon empezó a vender bollos de chocolate en el supermercado.
—¿Qué ocurre?
—Han llegado los buenos tiempos, eso ocurre —Wes fue hacia la puerta y luego volvió hacia Josh—. Y no sólo para mí, también para ti.
En el último «golpe de fortuna» de Wes, Josh había acabado perdiendo varios cientos de dólares en las tragaperras de Lucky Lil, en Big Timber.
—Venga ya, Wes. Probé una vez, pero no me gusta el juego, por muy trucadas que estén las tragaperras.
—Esto no es ningún juego, amigo —dijo Wes con su estruendosa voz—. Es un negocio seguro.
Stacie se enderezó en el sillón. Sabía que estaba mal cotillear, pero no tenía otra opción. Wes tenía una de esas voces que se proyectaban. De hecho, incluso entendía algunas de las palabras que decía Josh.
Por lo que había oído, Wes quería convencerlo de algo y Josh se negaba a picar.
—Misty te vio en el baile anoche —dijo Wes—. A la mujercita le gustó lo que vio. Ya sé que tú y Stacie… eh, no intentes decirme que no te fijaste en ella.
Josh dijo algo que Stacie no captó.
—Eso es —la voz de Wes resonó en la sala—. La rubia guapa con tetas enormes.
Josh contestó en voz baja y ambos rieron. Stacie apretó los puños.
—A su amiga Sasha le gusto —dijo Wes con voz satisfecha—. Misty y ella están trabajando en Millstead este verano.
«Millstead». Stacie había oído ese nombre. Tardó un segundo en recordar que era un rancho de vacaciones situado al sur de Sweet River. La mayoría de sus empleados eran de la zona, pero según Anna también contrataban a forasteros.
—Lo mejor es que las chicas sólo estarán aquí durante el verano —siguió Wes—. Podemos enrollarnos, pasarlo bien y, si nos cansamos, decirles adiós en septiembre.
Stacie sintió un pinchazo de irritación. No podía creer que Wes pasara por allí un domingo por la tarde para ofrecerle un lío a Josh. Por lo visto, el gigantón había olvidado que su amigo ya estaba emparejado. Ignoró la vocecita de su cabeza que le recordó que Josh estaba libre. Sólo la había llevado al baile porque Seth lo había presionado. Y había pujado por su cesta porque nadie más iba a hacerlo…
Dejó de pensar y aguzó el oído. No consiguió entender la respuesta. Maldijo el hielo que tenía en el tobillo, con acercarse unos pasos habría oído absolutamente todo.
—Voy hacia allí ahora —dijo Wes—. ¿Quieres acompañarme?
Stacie volvió a escuchar un murmullo incomprensible. Pero cuando la puerta se cerró y Josh volvió a la sala sin Wes, exhaló con alivio.
—¿Cómo te encuentras? ¿Necesitas más hielo? —inquirió él. Ella negó con la cabeza.
—¿Quién era?
—Wes —Josh agitó la mano con descuido—. Quería salir por ahí.
—¿Y lo has rechazado? —Stacie consiguió que su voz sonara serena e indiferente.
—Claro —Josh sonrió—. Quería quedarme en casa y cuidarte.
Stacie escrutó sus ojos. Aunque no se hubiera ido con el gigantón esa noche, eso no significaba que no fuera a hacerlo otro día.
Pero en la profundidad líquida de los ojos azules sólo encontró preocupación… por ella.
Una sensación de calidez ascendió por su espalda. Josh era un buen hombre. Cariñoso, listo y encima guapo. Imaginárselo en brazos de otra mujer le puso los nervios de punta.
—Stacie —la voz de Josh interrumpió sus pensamientos—. ¿Estás bien?
Ella parpadeó. Él se colocó a su lado, se agachó y puso una mano en su pierna. Frunció la frente con gesto de preocupación.
—Tienes una expresión rara. ¿Te duele más el pie?
Stacie miró el rostro que alguna mujer afortunada amaría algún día. El de un hombre al que a ella misma le resultaría fácil amar.
Una mujer inteligente dejaría que Josh se liara con Misty, la chica del rancho de vacaciones. Una mujer inteligente se daría cuenta de que eso podría implicar que se rompiera algún corazón cuando acabase el verano, pero al menos no sería el suyo. Una mujer inteligente nunca expresaría la escandalosa propuesta que rondaba sus labios.
Sin embargo, cuando Stacie abrió la boca, supo que se adentraba por un camino mucho más peligroso que el que había recorrido esa tarde.
—He oído lo que te sugería Wes.
Él la miró con sorpresa.
—Espero que sepas que…
—Yo tengo mi propia propuesta —habló rápidamente, antes de perder el coraje.
Él ladeó la cabeza.
—Si te apetece una aventura —le dijo—, tenla conmigo.
Capítulo 9
EN un rodeo, un toro lo había desmontado y Josh se había quedado sin aire en los pulmones. Se sentía igual que en ese momento. Se preguntó si Stacie había dicho realmente que estaba dispuesta a tener una aventura sin compromisos. Con él.
—¿Disculpa?
Las comisuras de los labios de Stacie se curvaron en una sonrisita sexy.
—Podríamos empezar ahora mismo.
Él bajó la mirada de sus labios a las suaves curvas visibles bajo la blusa rosa, mientras procesaba la petición. Se le secó la boca al imaginar cómo sería sentir sus senos bajo las palmas encallecidas por el trabajo, el sabor que tendrían bajo su lengua. Tuvo una erección instantánea.
Aunque su cuerpo había respondido con toda claridad, él nunca había pensado con esa parte de su anatomía y no pensaba empezar a hacerlo en ese momento.
Su mente lo urgió a decir que no. Abrió la boca, pero no pudo emitir el monosílabo.
—¿Josh? —un rastro de incertidumbre, que no cuadraba con la directa oferta que acababa de hacer, ensombreció el bello rostro de Stacie.
Él sabía que dudar era una locura. Pero para él, la intimidad nunca se había limitado a librarse de una comezón. Cuando le hacía el amor a una mujer, era porque ella le importaba.
Recorrió a Stacie con la mirada y comprendió que sí le importaba. Y si no aceptaba su oferta, muchos hombres se ofrecerían voluntarios para ocupar su lugar, incluido su amigo Wes Danker.
Josh lo vio todo rojo durante un segundo. Amigo o no, ningún otro hombre de Sweet River iba a tocar a Stacie. De repente tuvo claro cuál sería su respuesta, cuál tenía que ser.
Agarró su mano y miró sus preciosos ojos castaños.
—Vale —incluso mientras rezaba por no arrepentirse de su decisión, se le aceleró el pulso—. Tengamos una aventura.
Mientras Josh bajaba el estor de su dormitorio, un estremecimiento de excitación recorrió la espalda de Stacie y una mariposa revoloteó en su garganta. Con una sencilla frase su vida había pasado de ser lenta, y algo aburrida, a adquirir el frenesí de un tren a toda máquina.
Había hecho una sugerencia y él había aceptado. Y su mirada ardiente le garantizaba que ambos estarían desnudos en menos de quince minutos.
«Sólo es sexo», se dijo, «nada que no puedas manejar».
—¿Qué tal el tobillo? —preguntó Josh, mirándola con ojos oscuros y penetrantes.
—Bien —contestó ella. Era cierto siempre que no pasara mucho tiempo de pie o lo moviera. Por suerte, no tenía intención de seguir en posición vertical mucho más tiempo.
Él sonrió y se acercó más, con los ojos cargados de excitación. Ella se preguntó cuánto tardarían en llenarse de desilusión.
—Antes de que empecemos, tengo que hacerte una confesión —le dijo.
—Eso suena… interesante.
Stacie hizo girar un mechón de cabello entre los dedos. Al hacer su impulsiva oferta había olvidado un detalle muy importante.
—No soy buena amante.
A pesar de la expresión atónita de Josh, siguió.
—Soy aburrida en la cama. No tengo mucha experiencia. Y, bueno, me distraigo con facilidad.
—¿Con…?
Se acercó hasta estar ante ella. Stacie captó el aroma especiado de su colonia. Nunca se había dado cuenta de que el azul de sus ojos estaba salpicado de motitas doradas. Ni de que tenía las pestañas tan largas que…
—¿Con qué te distraes? —insistió él.
En ese momento la estaba distrayendo su proximidad, pero ésa no era la respuesta correcta. Stacie notó que el rubor le teñía el rostro. Sólo había pretendido alertarlo para que no esperase demasiado, no iniciar una larga explicación sobre sus carencias en el terreno sexual.
—Normalmente con comida —contestó, al ver que seguía mirándola expectante.
—¿Te gusta comer mientras haces el amor? —sonó más interesado que molesto.
—No, tonto. Planifico menús.
—¿Después?
—Durante —Stacie se ruborizó aún más.
—¿Quiénes eran esos tipos? —la miró boquiabierto.
A ella le sorprendió que quisiera oír nombres.
—Es obvio que no estaban haciendo su labor si podías planificar menús mientras te hacían el amor —continuó él.
Stacie pensó que «hacer el amor» era una expresión algo fuerte tratándose de una aventura.
—¿Consideras el sexo una labor?
—La «labor» de un hombre es proporcionar placer a su pareja —replicó Josh—. Confía en mí. Lo único en lo que vas a pensar esta noche es en lo bien que estamos juntos.
Soltó una risita al ver la expresión dubitativa de su rostro.
—Supongo que tendré que convencerte —se quitó la camisa y la dejó caer al suelo.
Stacie comprobó que tenía un cuerpo fantástico. Unos hombros anchos que disminuían hasta las caderas estrechas. Un pecho perfectamente esculpido y salpicado de vello oscuro.
Los planos y músculos de su cuerpo estaban perfectamente equilibrados. No tenía un cuerpo tonificado por rutinas de gimnasio, sino endurecido por el trabajo físico.
Era una pena que él no fuera a encontrarla igual de perfecta. Sus senos de tamaño medio no eran material de página central de revista y, aunque tenía el vientre plano, los músculos perfilados brillaban por su ausencia. Con dedos temblorosos, empezó a desabrocharse la blusa, esperando no decepcionarlo mucho.
Antes de que acabara con el segundo botón, él cerró la mano sobre la suya.
—No hay prisa —dijo con una voz sexy y grave, que hizo que la sangre de ella se le espesara en las venas—. Rápido está bien, pero lento es aún mejor.
Tenía los dedos ásperos y Stacie se preguntó cómo sería sentir esas manos callosas sobre sus senos.
Ése fue su último pensamiento coherente. Él se sentó a su lado y la besó. Acarició su piel con la boca, depositando suaves besos en sus labios, su mandíbula y cuello abajo, manteniendo las manos sobre sus hombros.
Mordisqueó el lóbulo de su oreja y luego volvió a sus labios. Ella los entreabrió y, cuando él no profundizó en el beso, deslizó la lengua en su boca.
Él cuerpo de él se estremeció y ella tardó un segundo en descubrir la razón. Hasta que comprendió que se estaba riendo.
—¿Qué te hace tanta gracia? —se apartó bruscamente.
—Para ser dos personas que quieren ir despacio, parecemos empeñados en movernos rápido.
—Tú no —el tono quejoso de Stacie reflejó su frustración—. Tú podrías tomarte toda la noche.
Josh no pareció ofenderse. De hecho, sus labios se curvaron en una sonrisa y sus ojos se llenaron de satisfacción.
—Parece que estoy haciendo mi labor.
—¿Qué quieres decir?
—Dime, con sinceridad, ¿has pensado en recetas mientras nos besábamos?
—No —le espetó Stacie—. He estado demasiado ocupada intentando que metieras la lengua en mi boca y sentir tus manos en mis pechos.
—Me gusta una mujer que pide lo que quiere —sus ojos llamearon. La tumbó sobre la cama y empezó a desabrocharle la blusa mientras besaba sus labios de nuevo—. Y me gustas tú.
Habló despacio, con la misma calma con la que la acariciaba. Aunque el cuerpo de Stacie clamaba por el contacto de piel contra piel, saber que él no se apresuraría ni la dejaría atrás la reconfortó.
Josh había prometido que le haría disfrutar y, aunque no hacía mucho que lo conocía, estaba segura de que era un hombre de palabra.
Cuando por fin cerró una mano sobre su pecho y deslizó la lengua en su boca, un desconocido cosquilleo puso fin a todo pensamiento analítico. Y cuando su ropa se unió a la de él en el suelo, el deseo se transformó en necesidad.
Durante el resto de la noche su mundo fue Josh, y lo único importante él y ella… uniéndose en uno.
Josh se puso de costado, el sol matutino lo había despertado. La mayoría de los días estaba fuera antes del amanecer, pero ése en concreto las tareas podían esperar. Saciado y satisfecho, se estiró, sin ganas de dejar atrás el sueño que había sido la noche anterior.
La noche había sido increíble. Habían dejado de lado el pensamiento racional y las inhibiciones y no habían mirado atrás.
Al percibir que Stacie se movía, Josh abrió los ojos. Lo sorprendió ver a su amante apoyada en un codo, observándolo, con el cabello oscuro enmarcando su rostro y expresión demasiado seria. Considerando lo tarde que se habían dormido, parecía muy despierta.
—¿Te arrepientes de algo? —preguntó ella, antes de que pudiera darle los buenos días.
—Hay muchas cosas de las que me arrepiento —Josh se apoyó en los codos—. ¿Tienes algo específico en mente?
—Esto —contestó ella—. Tú. Yo. Juntos. Desnudos.
Tras el entusiasmo que había demostrado él la noche anterior, no entendía la pregunta. Pero la seriedad de su rostro indicaba que la respuesta era importante para ella.
—No —afirmó con sinceridad—. No me arrepiento absolutamente de nada.
—Interesante —se incorporó con brusquedad, sin preocuparse de la sábana que cayó hasta su cintura—. Yo siento lo mismo.
Josh se dijo que estaban hablando y debería estar mirando su rostro. Por desgracia sus ojos parecían tener otra opinión y recorrían sus deliciosas curvas. Había explorado cada centímetro de su cuerpo, pero verla a la luz del día lo sobrecogió.
Como si pudiera leerle el pensamiento, ella sonrió levemente, se inclinó hacia delante y rozó su boca con los labios.
—Eres el vaquero más sexy que he conocido. Aparte de ser un amante fantástico.
Josh se había empeñado en conseguir que disfrutara tanto como él. Por lo visto, lo había conseguido. Henchido de orgullo, le guiñó un ojo.
—Te prometí hacerte olvidar esas recetas.
Stacie se rió y sus mejillas se tiñeron de rubor.
—Lo conseguiste.
—Fue fácil —deslizó un dedo por su sedosa mejilla—. Tú hiciste que fuera fácil.
Apretó los labios antes de decirle que había sido fácil por cómo le hacía sentirse. Pero sus sentimientos eran problema suyo, no de ella.
Ella se movió de nuevo, enredó los dedos de una mano en su cabello y le besó las comisuras de los labios. Él inhaló su embriagador olor a jazmín.
—¿Estás seguro de que no tienes más?
—¿Más?
—Preservativos.
El cuerpo de Josh, que estaba más que listo para ponerse en marcha, se desinfló al recordar que la noche anterior habían utilizado el puñado que había encontrado en un cajón.
—No quedan.
—Ojalá hubiera seguido tomando la píldora —Stacie suspiró—. Pero no era necesaria y…
—Hay otras maneras de divertirse —dijo Josh—, que no conllevan riesgo de embarazo.
—¿Como montar a caballo o jugar con Bert?
La mirada inocente de Stacie no engañó a Josh ni un segundo. Soltó una carcajada.
—Pensaba en actividades más… íntimas.
—Tengo una amiga en Denver —los ojos de Stacie se iluminaron—. Ella y su novio hacen juegos de rol. Recuerdo que una vez él simuló ligársela en un bar. Ella hacía el papel de chica de pueblo que visita la ciudad por primera vez. Siempre pensé que podía ser un juego divertido.
Josh nunca había sido un gran actor, pero no quería apagar el entusiasmo de Stacie. O permitir que volviera a pensar en planificar menús.
La primera vez que habían hecho el amor, ella había estado insegura, titubeante en sus caricias. Hasta que él le había demostrado con acciones y reacciones que estaba abierto a cualquier cosa que deseara probar. Y por lo visto «cualquier cosa» incluía hacer teatro.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó, intentando inyectar entusiasmo a su voz.
—Primero nos vestiremos…
—¿Vestirnos?
—Déjame hablar —alzó la sábana y se tapó el pecho. Parecía empeñada en que le prestara atención—. Cuando estemos vestidos, yo bajaré y empezaré a preparar el desayuno.
El juego perdía atractivo por momentos. Pero el entusiasmo de Stacie crecía, así que forzó una expresión de interés y sonrió animoso.
—Entonces, ¿qué?
—Tú llamas a la puerta y simulamos que es nuestro primer encuentro —dijo ella—. Pero con una diferencia importante.
Josh rezó por que la diferencia fuera muy grande, porque hasta ese momento el juego no tenía nada a su favor. Aparte, por supuesto, de que hacía sonreír a Stacie.
—¿Te ha ocurrido alguna vez conocer a alguien que te impresionara hasta el punto de querer saltarte todas las convenciones sociales y saltar sobre él, es decir, sobre ella?
Él lo pensó y recordó el momento en que vio a Stacie en el porche de Anna.
—Sí, me ha ocurrido.
—A mí también —afirmó ella.
A Josh se le contrajo el estómago en un ataque de celos, tan inesperado como ridículo.
—Cuando te vi a ti, me sentí así —musitó ella—. Estabas increíblemente atractivo.
Era un cumplido agradable, pero Josh no había olvidado su crítica.
—Te decepcionó que fuera un vaquero.
—Pero seguiste pareciéndome sexy.
—A ver si lo entiendo. Llamo a la puerta. Inicio mi ataque y…
—Yo estoy dispuesta y deseosa —sonrió—. Pero no hay preservativos, así que los pantalones tienen que seguir en su sitio.
—Me gusta este juego —aceptó él, empezando a ver sus posibilidades, a pesar de las restricciones.
—¿Nos vemos abajo en veinte minutos? —Stacie enarcó una ceja.
—Trato hecho —dijo él, sonriente de expectación.
Capítulo 10
A STACIE, ante la cocina de Josh, le costaba estarse quieta. Le parecía increíble haber sugerido el juego y haber conseguido que Josh lo aceptara.
«Pide y te será dado», pensó. La frase bíblica del sermón del domingo anterior no era aplicable a situaciones como ésa, pero sin duda ser directa había funcionado.
Se estremeció de excitación.
Todo estaba listo. El café borboteaba en la reluciente cafetera, el beicon perfectamente hecho se escurría en toallas de papel y los huevos revueltos estaban casi a punto cuando se oyó un golpecito en la puerta de la cocina.
Stacie bajó el fuego y fue hacia la puerta con el corazón acelerado. Le sudaban las palmas de las manos cuando abrió la puerta.
—Buenos días, señora —Josh se quitó el sombrero—. Soy Josh Collins.
—Stacie Summers —le ofreció la mano—. Encantada de conocerlo.
—El placer es mío —sujetó su mano unos momentos y ella sintió un cosquilleo en el brazo.
Stacie tomó aire y le indicó que entrase. En vez de sentarse a la mesa, como ella esperaba, Josh se acercó a ella.
—¿Tiene hambre? —tartamudeó. La sangre le bullía en las venas por su proximidad.
—Mucha —contestó él con una voz grave y sexy, que la hizo pensar en sábanas revueltas y cuerpos empapados de sudor.
—Yo también —se humedeció los labios con la punta de la lengua—. Estoy muy hambrienta.
Josh extendió los brazos hacia ella, pero Stacie se escabulló y fue hacia la cocina. No tenía por qué ser una escena sencilla o rápida. La noche anterior había descubierto que la mitad de la diversión residía en la anticipación.
Acababa de apagar el fuego y servir los huevos en dos platos cuando sintió unos brazos rodear su cintura.
—Huele bien aquí —susurró él contra su cuello.
—Es el café —le contestó—. Lo he molido yo misma.
—No es el café —restregó la nariz contra su cabello—. Hueles a flores de primavera.
—Me gustan los hombres que saben decir piropos —se volvió hacia él.
—A mí me gustaría comprobar si sabes tan bien como hueles —la mirada de Josh descendió a sus labios.
—Yo…
La boca de Josh se cerró sobre la suya antes de que pudiera responder. Sus labios iniciaron un delicioso asalto a sus sentidos y Stacie se olvidó de respirar. Para cuando él la soltó, le temblaban las rodillas y tuvo que apoyarse en la encimera.
—Sí. Sabes tan bien como hueles —dijo él mirando su pecho.
Stacie sintió que sus senos se tensaban contra el fino tejido de algodón, anhelando la caricia de sus labios.
—Vaya —Stacie se abanicó con la mano—. Empieza a hacer calor aquí. ¿Te importa que me desabroche la blusa?
—¿Necesitas ayuda? —sus ojos chispearon bajo la luz del fluorescente.
—No hace falta —sintiéndose muy traviesa, desabrochó cada botón con exagerada lentitud. Finalmente, la blusa se abrió.
—No llevas sujetador.
—Tampoco llevo bragas —le contestó con una sonrisa maliciosa—. Pero, por supuesto, no voy a quitarme los pantalones.
—Claro que no —la sonrisa de él se amplió.
Dio un paso hacia ella y le abrió la blusa. Posó las manos en sus senos y le acarició los pezones con los pulgares. Stacie gimió.
—Tengo que probar… —Josh inclinó la cabeza.
Acababa de atrapar un tenso pezón con la boca cuando la puerta se abrió de golpe.
—Los caballos… —Seth se calló y se puso rojo como la grana.
Josh giró en redondo y ocultó a Stacie con su cuerpo, mientras ella se cerraba la blusa.
—¿No sabes llamar? —le espetó Josh.
—He visto luz —tartamudeó Seth—. Los hombres han ensillado a los caballos y están listos.
—¿Listos para qué?
—Pediste ayuda para trasladar al ganado esta mañana —dijo Seth.
Josh soltó una palabrota y se pasó la mano por el pelo.
—Se me había olvidado —rezongó.
—Lo entiendo —dijo Seth con una mueca inocente que no engañó a nadie—. Tenías otras cosas… entre manos.
Stacie bajó la cabeza y deseó que la tierra se abriera a sus pies para desaparecer.
—Ya vale, Seth —le advirtió Josh—. Lo que hayas visto, o creas haber visto, es cosa de Stacie y mía. No tuya. Ni de nadie más. ¿Entendido?
—Desde luego —afirmó Seth de inmediato.
—Entonces está claro.
—No he visto nada.
—Bien —resopló Josh.
Seth miró el plato de huevos revueltos y su rostro se iluminó.
—¿Te importa que desayune? Estoy muerto de hambre.
Stacie aparcó el todoterreno de Josh ante la casa de Anna, recordando sus tiempos de instituto. En aquella época habría temido que sus padres estuvieran levantados, esperándola para echarle un sermón. En ese momento lo que la angustiaba era ver a sus compañeras. Si estuvieran en Denver, pasar la noche fuera no habría tenido ninguna relevancia, pero allí todo parecía distinto.
Stacie bajó del vehículo y cerró la puerta con cuidado para no hacer ruido. Echó un vistazo a su hogar temporal. Aunque las habitaciones de la planta superior estaban a oscuras, había luz en la cocina.
Eso significaba que al menos una de sus compañeras estaba en pie. También implicaba que si entraba por la puerta trasera, le harían todo tipo de preguntas a las que no tenía muchas ganas de contestar.
Miró con añoranza la puerta delantera, que le permitiría evitar la cocina, pero sabía que utilizarla sólo serviría para posponer lo inevitable. Cuadró los hombros, fue hacia la parte de atrás y abrió la puerta mosquitera de la cocina.
—Estoy en casa —anunció con voz alegre.
—Justo a tiempo —Anna se dio la vuelta con una cuchara de madera en la mano—. La avena está casi lista.
Mientras que Stacie seguía luciendo la ropa del día anterior, Anna llevaba un vestido de verano rosa y crema, con sandalias a juego. Lauren iba más informal. Como Stacie, la psicóloga llevaba vaqueros y blusa de algodón. Pero la blusa de Lauren estaba recién planchada, no arrugada tras pasar una noche en el suelo.
—¿Estás haciendo el desayuno? —Stacie no pudo ocultar su sorpresa. Anna guisaba bien, pero evitaba la cocina siempre que podía.
—Anna se ha puesto doméstica —Lauren alzó la vista del New York Times y esbozó una mueca irónica—. No sé qué pensar al respecto, pero si significa desayunar caliente, estoy a favor.
—Me apetecían gachas de avena —dijo Anna—, y tú no estabas.
—Porque ha pasado la noche con Josh —Lauren se llevó la taza de café a los labios, pero no bebió. Miró a Stacie por encima del borde, curiosa—. ¿Qué tal va, por cierto?
—¡Lauren! —exclamó Anna—. No se deben hacer preguntas sexuales. Al menos, no de sopetón.
Lauren se atragantó con el café, pero recuperó la compostura rápidamente.
—Preguntaba cómo estaba él, no cómo funciona en la cama. Pero no me importaría…
—Josh está ocupado —Stacie fue al armario, sacó una taza y se sirvió café—. Está con Seth y un grupo de hombres, trasladando el ganado a otra parte del rancho.
Stacie no entendía la razón del traslado, pero sabía que duraría todo el día. Por eso se había ofrecido a conducir ella misma de vuelta a casa. Y si hablar de ganado la libraba de comentar su vida sexual, estaba dispuesta a hacerlo durante horas.
—Las vacas me recuerdan a los perros —dijo Stacie—. Cuando te miran con esos enormes ojos marrones, parece que te leen el pensamiento.
—Hablas como Dani —Anna movió la cabeza, pero sonrió—. Lauren y yo cenamos con ella y con Seth anoche. Se está haciendo mayor. Me cuesta creer que pronto cumplirá siete años.
Aunque a Anna no le había apetecido volver a Sweet River, ni siquiera de veraneo, estaba disfrutando de volver a conectar con su familia. Cada vez que hablaba de su hermano y de su sobrina le brillaban los ojos.
«Ojalá Paul y yo estuviéramos así de unidos», pensó Stacie. Pero lo cierto era que Seth aceptaba y apoyaba el sueño de Anna de tener su propia boutique, así que no había motivo de tensión entre ellos. Sintió un pinchazo de envidia.
—Seth está planeando una gran fiesta para Dani —dijo Lauren—. Estamos invitadas.
Stacie pensó que pasar de hablar de ganado a fiestas de cumpleaños era bastante surrealista.
—El diario de Denver de ayer publicó una noticia que debes leer —dijo Anna, cambiando de tema otra vez—. Sobre un concurso de cocina.
—¿Quién lo patrocina? —preguntó Stacie, picada por la curiosidad.
—¿Conoces Jivebread? ¿Esa empresa de catering de Denver que es tan popular? —preguntó Anna.
—Por supuesto —el corazón de Stacie se saltó un latido. Jivebread, renombrada por sus recetas innovadoras y eclécticas, era la empresa de sus sueños. Le habían hecho un par de entrevistas de trabajo, pero habían contratado a chefs con más experiencia que ella.
—Buscan recetas innovadoras —siguió Anna—. El ganador recibirá cinco mil dólares y la posibilidad de trabajar con su equipo de catering durante un año.
—Eso sería una oportunidad fantástica —dijo Stacie con voz serena—. ¿Quiénes son los jueces?
Anna estiró el brazo y agarró un recorte de periódico que había en la encimera. Tomó un sorbo de café y lo miró.
—Abbie y Marc Tolliver —dijo.
Stacie emitió un gruñido. En cualquier otro caso habría tenido posibilidades, pero con esos dos casi no merecía la pena probar.
—¿Eso es un problema? —preguntó Lauren.
—Un problema gordo —Stacie no quería sonar negativa, pero tenía que ser realista—. Presenté una receta al concurso «Lo mejor de Denver» hace un par de años. Marc y Abbie fueron los jueces de la última ronda. Mi plato no les gustó nada.
Aunque su crítica había tenido validez y había aprendido de sus comentarios, su estilo de cocina no había cambiado mucho desde entonces.
—Eso no implica que no vaya a gustarles lo que presentes esta vez —dijo Anna, con lealtad.
—Tal vez la pasión de Stacie haya cambiado —Lauren tomó un sorbo de café y lanzó a Stacie una mirada penetrante—. De las recetas a los hombres. A un vaquero en concreto.
—Mi pasión no ha cambiado —afirmó Stacie mirando a sus compañeras—. Trabajar para Jivebread sería un sueño hecho realidad. Sea lo que sea que hay entre Josh y yo… no es permanente. Si consiguiera ese puesto, saldría de aquí pitando.
Anna abrió la boca pero, en vez de contestar, se concentró en llenar tres cuencos con gachas de avena y ponerlos en la mesa.
—Seth mencionó que hoy iba a ayudar a Josh —Lauren ladeó la cabeza—. ¿Te vio antes de que salieras de allí?
—Nos cruzamos —rezongó Stacie, recordando la expresión atónita de Seth—. Creo que lo sorprendió tanto verme como a mí verlo a él.
—Así que sabe que pasaste la noche allí —comentó Lauren.
Stacie se rió, aunque no le encontraba ninguna gracia al asunto.
—Digamos que no dudo que sabe exactamente lo que hay entre Josh y yo.
—¿Qué hay entre Josh y tú? —preguntó Anna, sentándose frente a Stacie.
—Química, Anna, química —intervino Lauren—. Mezclada con intereses comunes, es una combinación muy potente.
—Ya, pero creía que a Stacie no le gustaban los vaqueros —dijo Anna, claramente confusa.
—Y no me gustaban —Stacie empezó a sentirse como un animalito atrapado—. Es decir, no me gustan.
—¿No te gusta pero te acostaste con él? —Lauren alzó una ceja.
—No me gusta su estilo de vida —aclaró Stacie—. Pero Josh sí me gusta.
—¿Sabes que estuvo casado? —comentó Anna con expresión inescrutable.
—Me lo dijo él.
Anna apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia ella.
—¿Te dijo que Kristin era una chica de ciudad que le dejó claro a todo el pueblo que estar con Josh no era razón suficiente para quedarse? Después de su marcha, Josh pasó casi un año sin hacer vida social, ni siquiera con los chicos.
El tono de advertencia de Anna resultó obvio, pero fue su deje de censura lo que irritó a Stacie.
—Habla claro, Anna —dijo Stacie, controlando su mal humor.
—No quiero verlo herido, Stace —dijo Anna con los ojos cargados de preocupación—. Habría que ser ciego para no ver las chispas que saltan entre vosotros cuando estáis juntos. Sé que está de miedo. Pero también es vulnerable.
«¿Y yo no lo soy?», pensó Stacie.
—Me gusta y yo le gusto a él.
—¿Te plantearías quedarte en Sweet River? —preguntó Lauren, echándose una cucharadita de azúcar moreno en los cereales.
—No —dijo Stacie—. Pero no es ningún secreto. Josh sabe que debo completarme a mí misma antes de ser la compañera de un hombre.
—¿Completarte a ti misma? —Anna se rió—. Cielo, te está afectando pasar tanto tiempo con Lauren.
—Lo que ha dicho tiene sentido —apuntó Lauren, sin darle a Stacie tiempo a responder—. Habría más gente feliz en el mundo si hombres y mujeres se dieran permiso para perseguir sus sueños.
—Gracias, Lauren —dijo Stacie.
—Eh, yo no digo que Stacie deba renunciar a su sueño —Anna sonó ofendida por la sugerencia—. Sólo digo que he visto cómo mira a Josh.
—Sin olvidar cómo la mira él —añadió Lauren.
—No puedo negarlo —admitió Stacie—. Hay atracción. Pero es puramente sexual. Y los dos queremos que la cosa siga así.
Capítulo 11
JOSH se detuvo ante la casa de Anna. El día anterior, el traslado del ganado no había acabado hasta la puesta del sol. Cuando llegó a casa, sólo había deseado caer en la cama y dormir.
Sus labios se curvaron en una sonrisa. Había estado medio muerto sobre la silla de montar, pero la noche que había pasado con Stacie merecía eso y más.
Josh nunca había estado con una mujer con tanta capacidad para dar y recibir placer.
Aunque hacía poco que se conocían, entre Stacie y él se había formado un vínculo de confianza. Una confianza que les había permitido explorar sus cuerpos con un atrevimiento y una pasión poco habituales al principio de una relación. Esperaba que ella no sintiera remordimientos. Él no sentía ni el más mínimo.
Bostezó y miró su todoterreno. Se había levantado temprano y uno de sus vaqueros lo había dejado en el pueblo. Llevaba un juego de llaves extra en el bolsillo, así que podía recoger su vehículo y volver al rancho sin molestar a nadie.
El problema era que no le apetecía hacerlo. Quería ver a Stacie. Quería hablar con ella. Sobre todo, quería asegurarse de que se sentía a gusto con lo ocurrido entre ellos. Tras la llegada de Seth, les había sido imposible hablar en privado.
Miró la casa. Se preguntó si eran imaginaciones suyas o había luz en la parte de atrás. Josh iba a echar un vistazo cuando se abrió la puerta delantera. La mujer que se había adueñado de sus sueños salió al porche con cuatro grandes cajas blancas en los brazos.
Estaba concentrada en cerrar la puerta, una maniobra complicada con las manos llenas.
Josh fue hacia ella. Aceleró el paso al ver que las cajas se ladeaban. Corrió escalera arriba cuando las dos cajas superiores se le escapaban. Estiró los brazos y las atrapó antes de que cayeran al suelo. «Buena parada, Collins», pensó.
—Josh… —la voz de Stacie lo sacó de su momentánea abstracción—. ¿Qué haces aquí?
—He venido a recoger el todoterreno —respondió él. Se miró los brazos—. Y a salvar estas cajas.
Stacie sonrió y Josh, aliviado, se relajó. No sabía por qué había temido sentirse incómodo al verla de nuevo. Se trataba de Stacie, una mujer que le gustaba… y mucho.
—Siento que hayas tenido que venir hasta aquí.
—Yo no —dijo él, pensando que estaba bellísima con la luz del amanecer—. Me ha dado la oportunidad de verte de nuevo.
—Sí, bueno… —un leve rubor tiñó sus mejillas.
—¿Adónde vas?
—Al Coffee Pot —contestó ella—. Merna me compra bollos de canela de martes a sábado.
Él captó la satisfacción de su voz, pero se obligó a no darle demasiada importancia. Stacie había dejado claro que se marcharía de Sweet River a finales de verano, para buscar su edén.
—No sabía que trabajaras para Merna.
—Hay muchas cosas de mí que no sabes —soltó una risita—. Si me devuelves mis cajas, me pondré en marcha. Merna insiste en que entregue los bollos a las siete en punto.
—Te acercaré —Josh señaló su todoterreno—. Cargaré con las cajas e incluso puede que te invite a un café.
Josh temió que Stacie fuera a rechazar la oferta, porque titubeó un segundo. Pero luego esbozó una sonrisa resplandeciente y fue hacia el coche.
Stacie supo que ocurría algo extraño en cuanto abrió la puerta del Coffee Pot. Para ser las siete menos diez de la mañana de un martes, el café estaba a rebosar. Normalmente a esa hora sólo había un par de abuelos sentados junto a la ventana, jugando a las damas. Ese día todas las mesas estaban ocupadas por jubilados de ambos sexos jugando a las cartas.
—Gracias a Dios que has llegado —Merna corrió a saludarlos con la cafetera en la mano—. Todo el mundo está pidiendo bollos de canela.
Stacie sintió una cálida satisfacción. Sus bollitos de trigo integral habían tenido mucho éxito. Por eso Merna le había pedido que empezara a hacer distintas variedades de panecillos y magdalenas en fase de prueba.
Trabajar para el Coffee Pot era fantástico. No sólo probaba nuevas recetas, sino que además le pagaban por hacer lo que más le gustaba.
—¿Por qué hay tanta gente? —preguntó Stacie, mientras Josh llevaba las cajas al mostrador.
—Campeonato de cartas —dijo Merna—. Ha empezado a las seis y media.
—¿Tan pronto? —Stacie no pudo ocultar su sorpresa. Siempre había pensado que la gente se jubilaba para poder dormir hasta más tarde.
—Por aquí casi todo el mundo se ha pasado la vida levantándose antes del amanecer —la voz de Merna reflejó el aprecio que sentía por sus clientes—. De hecho, estaban esperando en la puerta cuando llegué, a las seis.
—Deseando probar los fabulosos bollos de canela de Stacie, sin duda —Josh le guiñó un ojo.
—Los bollos, ay, cielos, hay que ponerlos en platos ahora mismo —Merna se volvió hacia una mujer que salía de la cocina—. Shirley, ¿puedes ayudarme a servir todo esto?
—Echaré una mano —se ofreció Stacie.
—Tú ya has hecho tu parte haciéndolos.
—No ha sido problema —sonrió Stacie—. Me encanta la repostería.
—Sí, pero por culpa de los bollos, Josh y tú habéis tenido que madrugar. Recuerdo los tiempos en que mi Harold aún vivía. La mañana era nuestro momento favorito para hacernos cariñitos.
Las palabras flotaron en el aire un momento. Stacie rezó para no ponerse colorada.
—Josh no ha pasado la noche conmigo, Merna —dijo Stacie con voz templada, teniendo cuidado de no dar importancia al comentario. Por lo que sabía la gente, Josh y ella no eran más que conocidos. Y quería que siguiera siendo así.
Josh ya era conocido en el pueblo como el vaquero al que una chica de ciudad había hecho morder el polvo. Stacie no quería ser la segunda.
Josh se tomó su tiempo mientras aparcaba ante casa de Anna. Stacie había estado distinta en el camino de vuelta: reservada y esforzándose por mantener la conversación en un plano general.
Había notado el cambio en su actitud cuando Merna comentó que habían dormido juntos. A Josh no le gustaba que la gente cotilleara, pero era inevitable en un pueblo pequeño. No podía hacerse nada para impedirlo.
—Gracias por traerme —dijo Stacie con el tono agradable que solían utilizar las mujeres para librarse de un hombre—. Será mejor que entre.
Bajó del coche sin darle la oportunidad de que le abriera la puerta.
Él bajó también. Puso la mano en su brazo y sintió la calidez de la piel desnuda. Ella se detuvo y la mirada de anhelo que vio en sus ojos le dio esperanzas de seguir teniendo alguna posibilidad.
—¿Quieres venir conmigo al partido de béisbol del sábado? —Josh no recordaba la última vez que se había sentido tan inseguro, pero siguió adelante—. Sweet River juega contra Big Timber. Será un buen partido.
Le pareció ver un destello de interés ante la mención del béisbol, pero se esfumó tan rápido que pensó que tal vez lo había imaginado.
—Gracias por la invitación —Stacie jugueteó con su reloj de pulsera—. Pero no creo que sea buena idea.
Él se sintió como si hubiera recibido un puñetazo en la boca del estómago. Se dijo que no debía aventurar conclusiones. No sabía qué no era buena idea: si el partido de béisbol, el día de la semana o salir con él.
—¿Es por mí? —preguntó, obligándose a seguir sonriendo—. ¿O es que no te gusta el béisbol?
Ella titubeó y él adivinó que iba a rechazarlo.
—En nuestra primera cita decidimos que no era buena idea salir juntos —dijo Stacie.
—Es cierto.
Josh no sabía a qué se debía el brusco cambio de opinión. Ella había sugerido que tuvieran una aventura, se preguntó si también se estaba retractando de eso.
Lo que vio en sus ojos le sirvió de respuesta. Sin duda, ella tenía derecho a cambiar de opinión. Pero eso no significaba que él lo entendiera.
Mientras la acompañaba al porche empezó a hablar de la sequía que estaban experimentando en la zona. Habían hablado del tiempo la primera vez que estuvieron juntos en el porche. Parecía apropiado retomar el tema esa última vez.
—No entiendo por qué no quisiste ir con Josh, teniendo la oportunidad —dijo Anna—. Es un fanático del béisbol.
Stacie caminaba junto a Anna por la acera, deseando que su amiga dejara el tema. En los últimos cuatro días habían hablado de eso demasiadas veces.
—Este fin de semana no está en el pueblo, ¿recuerdas?
—Pero no estaría en Billings si hubieras aceptado su invitación —señaló Anna—. Habría esperado hasta el jueves que viene, aprovechando que se celebra la subasta de ganado.
—No tuve otra opción —dijo Stacie, exasperada—. Nuestra relación empezaba a convertirse en noticia de portada en el pueblo. No quería que la gente rumoreara, sobre todo después de mi marcha, que no había podido satisfacerme, igual que no pudo satisfacer a Kristin.
—Pero…
—Me dijiste que no le hiciera daño —recordó Stacie a su amiga—. Eso es lo que intento.
—¿Dijo Josh que le molestaran los cotilleos? —preguntó Anna, pensativa—. ¿O que no quería volver a salir contigo?
—No —Stacie apretó los dientes y contó hasta diez—. Fue decisión mía.
—¿Fue porque temías que rompiera contigo?
—Por Dios santo, Anna, déjalo ya —pidió Stacie. Su amiga debería entender que estaba haciendo lo mejor para Josh. Si él no le importara, le daría igual hacerle daño—. Cambiemos de tema. Háblame del equipo de béisbol de Sweet River.
Desde que tuvo edad para agarrar una pelota, Stacie había adorado el pasatiempo favorito de América. Aunque no tenía talento natural para los deportes, siempre había sido una espectadora apasionada.
—El equipo es mixto, lo que está muy bien —explicó Anna—. Se compone de antiguos jugadores de instituto y de universidad de esta zona. El pueblo los apoya muchísimo. Hoy juegan con su gran rival: Big Timber.
Stacie comprendió que el estadio estaría a rebosar. Eso reforzó su convencimiento de haber hecho bien al rechazar la invitación de Josh. Sin embargo, habría sido divertido ir con él. A Anna no le interesaba mucho el béisbol, pero cuando Stacie había mencionado que le gustaría ir, se había ofrecido a acompañarla.
Cuanto más se acercaban al estadio, más gente veía. Anna, a pesar de llevar años lejos de allí, conocía a casi todo el mundo. Y Stacie descubrió que ella misma tenía su club de admiradores.
—Te lo juro —dijo Anna después de que otra persona las detuviera—, ¡tus bollos de canela se han convertido en lo más demandado del pueblo!
Stacie había pasado tantos años sin que nadie alabara sus dotes culinarias, que adoraba los cumplidos.
—Me alegra que a la gente le guste lo que hago. Agradezco mucho a Merna que me haya dado la oportunidad de hacer lo que más me satisface. Sweet River tiene suerte de contar con un café tan agradable.
—Espero que siga teniéndolo —comentó Anna, críptica.
—¿Qué quieres decir?
—Se rumorea que Merna va a venderlo y trasladarse a California.
—No me lo ha mencionado —dijo Stacie. Aunque ella no estaría allí cuando pusieran el café en venta, le disgustó la noticia. Sabía lo que significaba el café para la comunidad. No era sólo un sitio donde comer algo, sino un lugar de reunión y relación para los lugareños.
—Tal vez se lo quede Shirley —aventuró Stacie—. Ella lo dirige cuando Merna no está.
—Sería la sucesora lógica —afirmó Anna—. Pero puede que no tenga el capital. O que no quiera asumir toda la responsabilidad.
—¿Por qué lo vende Merna? ¿Es porque necesita dinero?
—He oído que la hija de Merna, que vive en California, está divorciándose y quiere tener a su madre cerca de ella.
—Me cuesta creer que no me haya dicho nada.
—Tal vez no ocurra —dijo Anna con despreocupación—. No se puede decir que la gente haga cola para comprar negocios en Sweet River.
—Supongo…
—No te preocupes, estoy segura de que pasarán al menos dos meses más. Tendrás trabajo hasta que te marches.
Stacie comprendió que Anna había malinterpretado su preocupación. No estaba pensando en sí misma. Le preocupaba lo que ocurriría con Al y Norm, que jugaban allí a las damas todas las mañanas. Y con las señoras que iban a almorzar los jueves y luego se quedaban a jugar una partida de bridge. Los niños también se quedarían sin lugar donde ir a la salida del colegio.
—Hace buena tarde para un partido.
Stacie se dio la vuelta. Tardó un segundo en reconocer al pastor Barbee. Con camiseta azul y gorra de béisbol, no se parecía nada al hombre que daba sermones desde el púlpito cada domingo. Su esposa también estaba muy informal con un chándal azul claro.
—Pensé que vendrías con Joshua —la señora Barbee miró a su alrededor como si esperase la mágica aparición del vaquero.
—He venido con Anna —Stacie miró a su amiga. Anna sonrió, alzó la mano y agitó los dedos.
—No os metáis en problemas, chicas —aconsejó el pastor Barbee con voz sonora.
—Que tengas suerte encontrando a Joshua —dijo la señora Barbee cuando ellas se alejaban.
—Así es la vida en un pueblo —dijo Anna. Ambas rieron y siguieron caminando hacia el estadio.
—No me puedo creer que Lauren no haya querido venir —dijo Stacie, cada vez más animada.
—Dudo que Lauren haya ido nunca a un partido de béisbol, a juzgar por su infancia —bromeó Anna—. Es algo demasiado vulgar para su padre.
Por lo poco que había dicho Lauren sobre su padre, Anna debía de tener razón. Las dos veces que Stacie había visto al respetado investigador y profesor de universidad, él había sido cortés pero tan intenso que casi daba miedo. Desde luego no era el tipo de hombre que podía imaginarse comiendo perritos calientes y bebiendo cerveza en un partido de béisbol.
—Tal vez Lauren lo pruebe algún día —Stacie enlazó su brazo con el de Anna y apretó suavemente—. Me alegro de que hayas venido conmigo.
—Ahí está —dijo Anna, tras dar la vuelta a una esquina.
Stacie sintió una oleada de nostalgia. El estadio le recordó al de su instituto, con sus asientos de madera. La única diferencia era que los que veía estaban pintados de color azul.
—Vamos a por algo de comida —sugirió Anna.
Acababan de terminarse los perritos calientes cuando Anna empezó a quejarse de dolor de estómago. Tras dos viajes de urgencia al aseo, una vieja amiga se ofreció a llevarla a casa en coche.
Stacie había insistido en acompañarla, pero su amiga se había negado en redondo. Así que antes de que empezara el partido, Stacie se encontró en la parte superior de las gradas, sola.
Tomó un sorbo de cerveza helada y echó un vistazo a su alrededor, asombrándose al comprobar a cuánta gente reconocía. Estaba echando un vistazo al banquillo del Sweet River cuando vio a Josh.
Se quedó sin aire y se preguntó qué hacía él allí. Aunque intentó desviar la mirada, no pudo. Él no la había visto, así que se tomó su tiempo estudiándolo. Estaba al extremo de una grada, hablando con un hombre mayor.
Igual que muchos de los admiradores del Sweet River, Josh lucía una camiseta azul. La prenda acentuaba el ancho de sus hombros. Ella no pudo evitar recordar cómo se habían movido los músculos de su espalda cuando lo acariciaba.
Tragó saliva para librarse del peso que le atenazaba el corazón. Los últimos cuatro días, sin verlo ni hablar con él, habían sido insoportables. Pero había decidido que era necesario mantener las distancias. Si siguieran viéndose, todos los considerarían una pareja. Las expectativas de los lugareños aumentarían, para desmoronarse cuando ella volviera a la ciudad. No iba a permitir que el pueblo se riera de Josh o rumoreara que era incapaz de satisfacer a una chica de ciudad.
Sin embargo, no haría ningún mal ser cortés y saludarlo. Se había medio levantado cuando vio a Wes Danker volver del puesto de comida seguido por dos chicas guapas. Una de ellas tenía una melena oscura y rizada y una sonrisa deslumbrante. La otra era una rubia muy bien dotada.
Misty.
Stacie se sentó, sintiendo el amargor de la bilis en la boca. Se preguntó si Josh había llamado a la rubia cuando ella rechazó su invitación. Tal vez por eso había regresado de Billings. Quizá Misty fuera la nueva aventura de Josh.
Sintió el pinchazo de algo tremendamente parecido a los celos. El perrito caliente se transformó en un pesado ladrillo en su estómago.
Wes señaló los asientos vacíos y Josh se hizo a un lado para dejarles pasar. Stacie notó que Misty se ponía la última, para sentarse junto a Josh.
—¿Está ocupado ese asiento?
Stacie dejó de mirar a Josh y vio a Alexander Darst en el pasillo. En vez de llevar pantalones cortos o vaqueros y camiseta, como la mayoría de los espectadores, su primera «pareja» llevaba pantalones de vestir y una camisa. La única concesión que había hecho a la informalidad del evento era dejarse la corbata en casa.
—Está libre —sonrió Stacie.
—No estaba seguro de si llegaría a tiempo —Alex se sentó junto a ella—. Me he liado con el trabajo en el despacho.
—Hoy es sábado.
—Era el único día que tenía libre el cliente —Alex se encogió de hombros.
Stacie no supo por qué se sorprendía. Su hermano trabajaba los fines de semana. En Denver, muchos de sus amigos trabajaban sesenta horas a la semana casi por rutina. Stacie comprendió que una de las cosas que le encantaba de Sweet River era su ritmo tranquilo. Para su sorpresa, la clase de lugar que antes la volvía loca se había convertido en un estandarte para ella.
—¿Te gusta el béisbol? —le preguntó a Alex.
—No especialmente. Pero cada una de estas personas es un cliente en potencia. Decidí que ya era hora de salir y socializar. ¿Qué me dices de ti?
—He venido con mi amiga Anna. Pero ha empezado a encontrarse mal y ha tenido que irse. Me encanta el béisbol, así que me he quedado.
—Por suerte para mí —dijo él, sonriente.
Stacie se preguntó cómo podía haber pensado que era guapo. Aunque era obvio que le cortaba el cabello un buen estilista y que sus pantalones de vestir eran a medida, sus rasgos eran demasiado perfectos y estaba muy delgado.
También tenía el irritante hábito de hablar sin descanso. Escuchó su parloteo durante ocho entradas, mirando de vez en cuando a Misty y a Josh. Pero cuando Misty apoyó la cabeza en el hombro de Josh, Stacie decidió no volver a mirar.
Apretó los labios y sacó una hoja de papel y un bolígrafo del bolso. Aunque el partido estaba a punto de acabar, empezó a anotar los strikes, carreras y errores cometidos.
—¿Qué haces? —preguntó Alex.
—Registrar las estadísticas —dijo ella entre dientes, resistiéndose al deseo de mirar a Josh y a Misty—. Mis hermanos solían jugar al béisbol y mi padre llevaba los libros para el entrenador. Me enseñó a hacerlo.
—Tu padre y tú debéis de estar muy unidos.
Ella captó el deje de envidia en su voz y, de repente, comprendió que era verdad. Su padre y ella habían estado muy unidos. Hasta que él decidió dirigir su vida—. Lo estábamos…, es decir, lo estamos.
—Tienes suerte —dijo él—. Mi padre tenía expectativas que yo no conseguía cumplir.
Stacie miró a Alex. La tristeza que vio en sus ojos la sorprendió.
—Apuesto a que ahora se enorgullece de ti.
—Quería que me dedicase a la abogacía empresarial —dijo Alex—. Yo, en cambio, quería vivir en una ciudad pequeña y hacer un poco de todo.
—¿Cómo acabaste aquí? —Stacie no recordaba si se lo había dicho en su «cita».
—Vinimos a Montana de vacaciones cuando era niño. Me encantaron las montañas y los grandes espacios abiertos. Cuando acabé la carrera, intenté hacer lo que él esperaba de mí. Trabajé en Chicago y luego me trasladé aquí.
—¿Qué te parece vivir en Sweet River? —Stacie esperaba escuchar una ristra de alabanzas.
—Un poco decepcionante —dijo él, en cambio.
—¿Por qué? —preguntó Stacie.
—La gente de esta zona es cauta —hizo una pausa, como si quisiera elegir bien sus palabras—. Muchos prefieren viajar a Big Timber para solucionar sus asuntos legales a acudir a un desconocido.
Stacie frunció el ceño. Entendía lo que Alex decía, pero no tenía sentido.
—Llevo aquí menos tiempo que tú, pero todo el mundo me ha parecido más que acogedor.
—Seguramente porque una de tus amigas es de aquí —señaló Alex—. Además, ¿no estás saliendo con un lugareño?
—Él y yo éramos…, somos amigos —Stacie no dio más explicaciones. No le parecía bien hablar de Josh con ese hombre—. ¿Estás planteándote regresar a Chicago?
—No —dijo Alex—. No. Estoy seguro de que el negocio mejorará con el tiempo —afirmó, casi como si quisiera convencerse a sí mismo.
Alex parecía sincero y Stacie deseó poder ayudarlo de alguna manera.
—¿Has pensado en… no sé, vestirte de manera más… informal? —suavizó la sugerencia con una sonrisa.
—¿Ir a la oficina en vaqueros y camiseta? —Alex se estremeció—. No podría. No sería nada profesional.
—No me refiero a la oficina —dijo Stacie—. Sino a esto, un evento deportivo. Uno no lleva pantalones de vestir y zapatos italianos a un partido, al menos si quiere encajar en el ambiente.
—Supongo…
—Y otra cosa, Clipper es la barbería que hay en la calle Mayor, a un bloque del Coffee Pot. Pruébala. Si frecuentas los locales de aquí, es posible que ellos también apoyen tu negocio.
Casi esperaba que Alex se riera de sus sugerencias. Sin embargo, él pareció considerarlas seriamente.
—Te gusta esto —dijo él, por fin.
—¿Qué?
—Te gusta estar aquí, en Sweet River.
—Claro. Es un lugar fantástico.
—¿Has decidido quedarte? —la miró con curiosidad—. Sé que la vez que salimos juntos estabas deseando volver a Denver, pero pareces haberte aclimatado.
—He…
El chasquido de un bate rasgó el aire y Stacie y Alex se pusieron en pie con el resto de la multitud. Era la novena entrada, Sweet River bateaba y llevaba una carrera de desventaja. Con un corredor en base, era la oportunidad del equipo de casa para obtener la victoria.
—¡Corre, corre! —gritó Stacie.
Los corredores hicieron su trabajo. Cuando el bateador llegó de nuevo a su base, la multitud rugió y Stacie empezó a dar botes, abrazando a toda la gente que tenía alrededor. Cuando Alex la abrazó, ella le devolvió el abrazo. Se sentía en la cima del mundo hasta que vio a Josh mirándola con expresión de incredulidad y asombro.
Capítulo 12
EL corazón de Josh dejó de latir y luego empezó a palpitar de golpe. Por fin entendía por qué Stacie lo había rechazado. Tenía sentido que eligiera a un tipo que parecía recién salido de una revista de moda, en lugar de a un vaquero de botas sucias.
Le había dejado claro que no le gustaban los vaqueros la primera vez que lo vio. Pero él había creído que había cambiado de opinión. Era obvio que no. Apretó los dientes.
—Eh, Collins —Wes le dio un golpe en las costillas—. Vamos a Earl’s a celebrar la victoria.
Josh miró a Wes y a las dos mujeres. Había regresado pronto de Billings y había telefoneado a su amigo para ver si iba a ir al partido. Wes no le había mencionado que iba a llevar a Sasha y a Misty con él.
Aunque Misty parecía una chica agradable no era su tipo, y lo último que quería Josh era prolongar la velada. Pero la mirada suplicante de Wes le impidió negarse. Algo le decía que si él no iba, las chicas se irían. A él no le importaba, pero sabía que a Wes sí.
—Iré —accedió—. Pero sólo un rato.
—Es noche de karaoke —Misty se agarró a su brazo—. Espera a oírme cantar. Lo hago muy bien.
El primer impulso de Josh fue desasirse del gesto posesivo. Pero intuyó que Stacie lo miraba, así que sonrió a la pechugona rubia.
—Háblame de ti. No hemos tenido tiempo de hablar durante el partido.
Lo cierto era que habían tenido de sobra, pero había estado demasiado ocupado pensando en Stacie para prestar atención a Misty. Recordaba, por la presentación de Wes, que era una chica de campo y había crecido en un rancho cerca de Cheyenne.
—¿Te he dicho que Sasha y yo rellenamos un cuestionario para esa investigadora universitaria? —Misty lo sujetó con más fuerza, apoyando un seno contra su brazo—. Tenemos mucho en común y los dos somos de campo. Apuesto a que me emparejan contigo.
Josh no supo qué decir. Misty tenía razón. Habría sido la mujer perfecta para él. Sólo había un problema: no era Stacie.
Misty charló alegremente de camino a Earl’s, una taberna de vaqueros que estaba a la vuelta de la esquina del Coffee Pot. Wes encontró un sitio para aparcar cerca de donde Josh había dejado su coche.
Mientras pasaban por delante del café, Josh no pudo evitar pensar en lo bien que habían estado las cosas entre Stacie y él tan sólo cuatro días antes. Hasta la mañana en que la había ayudado a entregar…
—Adoro sus bollos de canela —dijo Misty, interrumpiendo su historia sobre sus días de participación en rodeos—. Sasha y yo venimos en nuestro día libre sólo para comernos uno.
—Son enormes —añadió Sasha—. Y buenísimos.
Wes miró a Josh como si esperara un comentario suyo. Pero Josh no quería ni mencionar los malditos bollos de canela.
—Josh conoce a la mujer que los hace —dijo Wes—. Ella…
Iba a decir más, pero Josh le lanzó una mirada gélida. Lo último de lo que quería hablar esa noche era de Stacie Summers.
—A mí también me gustan —Wes cambió de tercio. Se dio una palmadita en el estómago—. Algunos dirían que me gustan demasiado.
Las chicas se rieron.
Siguió un momento de delicioso silencio. Hasta que Misty empezó a hablar de la vez en que había llegado a las semifinales nacionales en el circuito de rodeos.
Para cuando llegaron a la taberna, Josh estaba listo para salir corriendo. Wes debió de percibirlo porque señaló una gran mesa redonda que había al fondo del bar.
—¿Por qué no vais los tres y la ocupáis antes de que nos la quiten? —dijo—. Yo pediré la pizza y la cerveza.
—Tenemos que apuntarnos al karaoke —Misty miró a Josh de reojo—. Todo el mundo dice que sueno como Shania.
Josh forzó una leve sonrisa. Cuando las chicas se alejaron, se volvió hacia Wes.
—Me está volviendo loco. Tengo que…
—No la escuches —dijo Wes—. Dame quince minutos más. Es lo único que te pido.
Josh miró la puerta con anhelo.
—Después, si quieres, puedes irte —dijo Wes—. No intentaré impedírtelo.
—Sólo quince minutos. Después me largaré.
Josh fue hacia la mesa. En eso Wes había tenido razón, el local se estaba llenando rápidamente. Unos minutos después todas las mesas estaban ocupadas y Misty había pasado a contarle cómo había conseguido trabajo en el rancho de vacaciones.
Josh escuchaba con cortesía, pero no dejaba de pensar en el nuevo abogado del pueblo. Misty hizo una pausa para tomar aire y Josh se dio cuenta de que una de las cosas que más le gustaban de Stacie era que no estaba enamorada de su propia voz.
Wes llegó segundos después, pero no solo.
—¿Adivináis a quién he encontrado buscando una mesa libre? Les he dicho que podían unirse a nosotros.
Incluso antes de alzar la cabeza, el leve aroma a jazmín indicó a Josh a quién se refería. Hizo acopio de todo su control para forzar una sonrisa y no estrangular a Wes allí mismo.
Se puso en pie y ofreció su mano al hombre.
—Josh Collins —dijo a modo de presentación—. Tengo un rancho a sesenta kilómetros de aquí.
—Alexander Darst —esbozó una sonrisa amistosa—. Soy el nuevo abogado del pueblo.
—Encantado de conocerte.
Lo primero que Josh notó fue que tenía las manos suaves y sin callos. Lo segundo, su tamaño. Era más bien pequeño, como Stacie había dicho que le gustaban los hombres. Se le encogió el corazón.
—Me alegra verte de nuevo, Josh —dijo Stacie con voz suave, casi lírica comparada con el tono agudo y nasal de Misty.
Josh la miró y lo sorprendió que no luciera su sonrisa habitual. Se recordó que su felicidad no era problema suyo. Ya no. No desde que lo había echado de su vida para salir con un tipo de ciudad.
La saludó con la cabeza. Pero algunos hábitos no eran fáciles de olvidar y se descubrió apartándole una silla para que se sentara.
—Gracias —dijo ella.
Cuando sus miradas se encontraron, él desvió la vista temiendo lo que podrían revelar sus ojos.
Por suerte, en ese momento llegó la pizza junto con una jarra de cerveza y vasos para todos, incluidos Alex y Stacie.
—Me pregunto si tendrán vino… —titubeó Alex.
Josh no captó la mirada que Stacie le lanzó al abogado, pero Alex cerró la boca, levantó la jarra y llenó su vaso y el de Stacie.
Aunque los quince minutos que Josh le había concedido a Wes habían pasado, no podía marcharse sin dar la impresión de que huía de Stacie. Así que intentó centrarse en la conversación y no en ella. No fue fácil. Cuando estaba cerca, su cuerpo tenía ideas propias.
—Al escenario, Misty y Sasha —llamó el pinchadiscos.
Misty dio un gritito y se levantó de un salto.
—Deseadnos suerte —dijo.
—Buena suerte —dijo Josh, aliviado al verlas dirigirse al escenario.
No tardó más de dos segundos en darse cuenta de que tenía un problema. Aunque se alegraba de que Misty se hubiera ido, mientras estaba en la mesa había podido dedicarle toda su atención. En ese momento Wes y Alex hablaban de estrategias de inversión y no le quedó más remedio que hablar con Stacie.
—¿Qué te ha parecido el partido? —la tímida sonrisa de Stacie hizo que Josh comprendiera que se sentía tan incómoda como él.
—Ha estado bien —Josh se giró para encararse a ella—. ¿Y a ti?
—La remontada del final fue muy emocionante —apretó los dedos alrededor de su vaso—. Empecé a dar saltos y a abrazar a todo el mundo.
Sus palabras flotaron en el aire. Josh se quedó inmóvil. No sabía si era su forma de decirle que no había nada entre el abogado y ella. Pero si ése era el caso, no entendía que hubiese ido al partido con él.
«Estás dando demasiada importancia a un simple comentario. Es la clase de hombre que busca, tú no lo eres», pensó.
—Me sorprendió verte con Darst —Josh mantuvo una expresión neutra y tono indiferente, como si hablase de precios de ganado con otro ranchero—. ¿Desde cuándo salís juntos?
—¿Salir? —Stacie hizo una mueca—. No salgo con Alex. Es agradable, pero no es para mí.
—Estabas en el partido con él —el corazón de Josh había empezado a dar vuelcos. Carraspeó—. Y estás con él ahora.
—¿Misty y tú tenéis una cita?
—No. Desde luego que no.
—Estuviste en el partido con ella —señaló Stacie—. Y estás con ella ahora.
—Wes la trajo con él —Josh se preguntó cuándo le había hecho pasar de la ofensiva a la defensiva—. Vine con ellos a tomar una cerveza, pero Misty y yo no estamos saliendo.
—Yo fui al partido con Anna —explicó Stacie, con tanta naturalidad como él—. Pero se sentía mal y volvió a casa. Alex llegó tarde y se sentó a mi lado por casualidad.
—Lo abrazaste —dijo Josh.
—Abracé a todos los que había a mi alrededor. Estaba contenta de que hubiéramos ganado —Stacie lo miró a los ojos—. Pero no abracé a nadie como te abrazo a ti.
Aunque el bar estaba poco iluminado, fue imposible no captar la emoción de sus ojos. Josh se sintió más confuso que nunca.
—Me dejaste —dijo—. Todo iba de maravilla entre nosotros. De repente, decidiste que no querías volver a verme.
—No ocurrió así —Stacie miró a Alex y a Wes para asegurarse de que no estaban escuchando.
—A mí me dio esa impresión —dijo Josh. Eso era lo más que iba a desvelar de sus sentimientos.
Las mujeres acabaron su canción de karaoke y recibieron un largo aplauso. Josh juntó las manos y aplaudió con el resto de la sala. Misty tenía razón en una cosa: cantaba muy bien.
Sin embargo, gruñó al ver que volvían hacia la mesa. El gruñido se transformó en un vítor silencioso al ver que Misty y Sasha se detenían a flirtear con un grupo de ruidosos admiradores.
—Tenemos que hablar —dijo Stacie—. Pero no aquí.
Josh sabía que sería más difícil escabullirse cuando Misty volviera a la mesa. Pero él no la había invitado a salir, así que se sentía libre. No sabía cuál sería el caso de Stacie…
—¿Y Alex?
—Ya he contestado a esa pregunta —Stacie alzó la barbilla.
Josh supo que se le acababa el tiempo. Podía aferrarse a su orgullo y decirle a Stacie que no había nada de que hablar. Pero aún tenía preguntas que sólo ella podía contestar.
Se puso en pie y Stacie hizo lo mismo. Wes y Alex hicieron una pausa en su conversación. Josh sacó un par de billetes del bolsillo y los dejó en la mesa.
—Voy a llevar a Stacie a casa —dijo.
—Supongo que te veré más tarde —Wes le lanzó una mirada especulativa.
Josh asintió y miró al abogado.
—Encantado de conocerte, Darst.
—Lo mismo digo —Alex miró de uno a otro.
Josh salió de la taberna con mucho mejor ánimo que el que había tenido al llegar. Stacie estaba con él e iba a llevarla a casa.
La única pregunta pendiente era si acabarían en casa de ella o en la de él.
Stacie había tenido la esperanza de que pudieran sentarse en uno de los bancos de metal que había en la calle Mayor. Pero había demasiada gente paseando para poder mantener una conversación privada.
Podrían ir a casa de Anna, pero allí se encontrarían con el mismo problema. Considerando que había roto con Josh por salvaguardar su reputación, que los vieran juntos, aunque fuese hablando, no era buena idea.
—¿Podríamos dar un paseo en coche? —preguntó Stacie—. Sé que la gasolina está cara…
—Lo tengo aparcado a la vuelta de la esquina —contestó él.
Stacie no se relajó hasta que estuvieron en el vehículo y en la carretera de salida del pueblo. Miró a Josh de reojo.
—Tienes preguntas que hacerme —adivinó.
—Unas cuantas.
Ella comprendió que no iba a ponérselo fácil. No lo culpaba por ello. Los últimos cuatro días habían sido duros para ella, pero al menos había sabido por qué era preferible que no se vieran. Él no. Y eso era culpa de Stacie.
Se avergonzó. El comentario de Merna había sido como una campana de alarma para ella. Josh podría acabar sufriendo por su aventura.
—Debo de parecerte una veleta —soltó una risa seca—. Por pasar de caliente a fría en sesenta segundos.
—No entiendo lo que está ocurriendo en tu cabeza. Por eso estoy aquí. Para enterarme.
—Fue por ti —soltó Stacie; se le había encogido el corazón al captar el dolor y confusión de Josh—. Lo hice por ti.
Él apretó el volante con más fuerza.
—¿Es porque soy un vaquero? ¿Porque no soy la clase de hombre que quieres… ni siquiera para una aventura?
—No —Stacie contuvo las lágrimas, comprendiendo cuánto daño le había hecho—. No quería verte herido. No quiero que la gente hable de ti cuando me marche, que digan que eres el hombre al que siempre dejan las chicas de ciudad. ¿No lo entiendes? No podría soportar que ocurriera eso.
Unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Se las limpió rápidamente, esperando que él no se hubiera dado cuenta.
—¿Estás diciendo que todo se debe al cotilleo? —su voz subió de volumen con cada palabra.
—No quiero que nadie se ría de ti —a Stacie se le partió el corazón en dos—. Nunca. Y menos por culpa mía.
—No quieres hacerme daño —afirmó más que preguntó él.
—Nunca.
—Entonces retira tu despedida —tensó la mandíbula—. No me preocupa el cotilleo.
—Cuando me marche, será difícil —Stacie, incapaz de resistirse más, se inclinó y le agarró la mano—. Doloroso. Muy doloroso. Para los dos.
En cuanto lo dijo, supo que Anna había tenido razón. No sólo le preocupaba que hirieran a Josh con cotilleos. También estaba preocupada por ella misma. Temía no ser capaz de dejarlo cuando llegase el momento.
Pero ella quería, necesitaba más bien, encontrar su edén personal.
—Estoy dispuesto a correr ese riesgo —dijo él en voz baja—. ¿Lo estás tú?
Josh dejó la autopista y tomó una carretera secundaria, pero Stacie no prestó atención. Le daba vueltas la cabeza. Se preguntaba si era capaz de pasar dos meses más con ese hombre y luego marcharse sin más.
—El partido de béisbol habría sido más divertido si hubiésemos estado juntos —dijo Josh con voz persuasiva—. Disfrutamos el uno con el otro. ¿Por qué íbamos a pasar el próximo par de meses solos?
—¿No te molestarán los cotilleos? —insistió Stacie.
—¿Te parezco la clase de tipo que presta atención a esas cosas? —Josh soltó una risita.
—No. No me lo pareces.
—¿Entonces?
Ella abrió la boca, pero la cerró al oír ladridos de perros. Bert y sus cachorros corrían junto al todoterreno.
—Ésta es tu casa.
—Lo era la última vez que estuve aquí.
—¿Por qué estamos aquí?
—Dije que iba a llevarte a casa —paró el vehículo y esbozó una lenta sonrisa—. No dije a casa de quién.
—Si esperas que me quede a dormir, te aviso que no he traído pijama —dijo ella. Adoraba a ese hombre, sin duda alguna.
—No es problema —sonrió él.
Stacie sintió una intensa emoción. No sólo adoraba a ese hombre, lo amaba. Comprendió que estaba donde quería y necesitaba estar, al menos por el momento.
El mes siguiente fue como un sueño. A veces Josh tenía que pellizcarse para asegurarse de que era real. Nunca había sido tan feliz. Stacie y él pasaban juntos cada minuto que tenían libre.
Un día ella incluso lo acompañó a buscar reses perdidas por el rancho. Acabaron haciendo el amor bajo el sol de mediodía y el cielo azul.
Ese día iba a comer con Stacie aprovechando que había ido al pueblo a por suministros. Ya había acabado sus compras y le sobraban treinta minutos. Así que fue a la calle Mayor y aparcó ante el banco. Media hora era más que suficiente para hacer una visita rápida a su padre.
La noche anterior su padre le había dejado un mensaje pidiéndole que fuera a verlo la siguiente vez que estuviera en el pueblo.
Josh saludó al cajero con la mano y se encaminó a la parte trasera del banco. La puerta del despacho de su padre estaba abierta. Bill Collins alzó la cabeza al oírlo. Una sonrisa iluminó su rostro bronceado.
—Entra, hijo. Cierra la puerta para que tengamos algo de intimidad.
A Josh lo sorprendió la petición. La última vez que había cerrado esa puerta fue para decirle a su padre que Kristin lo había abandonado.
—Tienes buen aspecto —su padre asintió con aprobación—. Más feliz que la última vez.
—Las cosas van bien en el rancho —Josh miró el reloj de pared y tomó nota de la hora.
—He oído que las cosas también han mejorado en tu vida personal —su padre le indicó que se sentara en el sillón de cuero que había ante el escritorio. Josh obedeció.
—Se podría decir eso.
—A tu madre y a mí nos gustaría conocer a tu nueva novia —dijo su padre—. Sobre todo considerando que la cosa va en serio.
—No vamos en serio —Josh le dio a su padre la respuesta que daba a todos los que preguntaban—. Stacie y yo sólo somos buenos amigos.
—Eso no es lo que hemos oído decir.
—Suponía que habías vivido en este pueblo el tiempo suficiente para no escuchar cotilleos.
—Rosalee le dijo a tu madre que la señorita Summers pasa la noche en tu casa a menudo.
La sonrisa de Josh se heló en su rostro. Rosalee Barker era la mujer que se ocupaba de cocinar y limpiar. Había trabajado para sus padres muchos años, hasta medio jubilarse. Sin embargo, en la actualidad trabajaba para él y había creído que preservaría su intimidad.
—Rosalee acaba de perder un trabajo.
—No te enfades —su padre alzó ambas manos—. Rosalee sólo se lo ha dicho a tu madre. Sabes que ella no dirá nada.
—Mamá te lo dijo a ti —señaló Josh.
—Sabemos que no estarías con esa mujer si no te importara —su padre frunció el ceño—. Lo que no entiendo es por qué no nos has dicho nada. No es tu estilo.
—Ya no estoy en el instituto, papá —dijo Josh con ligereza—. No tengo que presentaros a todas las chicas con las que salgo.
—Nos gusta conocer a las que son importantes para ti —repuso su padre—. Venid a cenar mañana, sobre las seis. Será una cena informal.
—No es buena idea.
—¿Por qué no?
—Sé cómo iría la cosa. Empezaríais a preguntar por nuestros planes de futuro —Josh se imaginaba la expresión de Stacie si su madre empezaba a hablar de cuánto deseaba tener nietos—. Como no tenemos futuro, sería incómodo. Stacie se marchará de Sweet River dentro de poco. Ése será el fin de nuestra relación.
—¿No pensáis seguir en contacto?
—¿Qué sentido tendría? —la frustración dio a la voz de Josh un tono más seco del que habría deseado. Había considerado esa posibilidad, pero sabía que sería posponer lo inevitable—. Ella no quiere vivir aquí. Ése es el quid de la cuestión.
—¿Sabe que la quieres? —su padre se levantó y fue hacia la ventana.
—¿Qué te hace creer que la quiero?
—Eres mi hijo. Te conozco.
Josh deseó negar sus sentimientos por Stacie, pero no pudo.
—¿De qué serviría decírselo? Stacie tiene que elegir su camino en la vida.
—En los negocios hay que tener en cuenta todos los datos para tomar una buena decisión —afirmó Bill Collins.
Su padre hacía que sonara sencillo, pero Josh sabía cuánto significaba para Stacie encontrar su edén. Decirle que la quería sería equivalente a un chantaje emocional.
No iba a hacerlo. Ni siquiera aunque significase perder a la mujer a la que amaba.
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