Kitabı oku: «Cecilia Valdés o la Loma del Ángel»
Cirilo Villaverde
Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Publicado por Good Press, 2022
EAN 4057664133915
Índice
INTRODUCCION
PROLOGO
PRIMERA PARTE
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
SEGUNDA PARTE
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
TERCERA PARTE
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
CUARTA PARTE
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
CONCLUSIÓN
GLOSARIO
BIBLIOGRAFIA—EDICIONES
NARRACIONES
ARTICULOS EN REVISTAS
ARTICULOS EN EL DIARIO «FARO INDUSTRIAL DE LA HABANA»
OBRAS DE TEXTO
FOLLETOS
TRADUCCIONES
ADAPTACIONES
ESTUDIOS
NOTAS
INTRODUCCION
Índice
Cirilo Villaverde nació el 28 de octubre de 1812 en el ingenio Santiago, cercano al pueblo de San Diego de Núñez (Pinar del Río). Su padre era médico del ingenio y en ese medio pasó sus primeros años.
En 1823 vino a La Habana, donde cursó estudios de pintura, filosofía y derecho. Se recibió de Bachiller en Leyes en 1832, pero apenas ejerció esta profesión. Sus principales actividades fueron la enseñanza y el periodismo.
Trabajó como maestro en los colegios Buenavista y Real Cubano de la capital y La Empresa de Matanzas. Publicó para uso de las escuelas un Compendio geográfico de la isla de Cuba (1845), El librito de cuentos y las conversaciones (1847) y El librito de los cuentos (1857).
Su obra es extensa y variada como periodista y literato. Colaboró en las principales publicaciones de la época.
Dio a conocer sus primeras narraciones—El ave muerta, La peña blanca, El perjurio y La cueva de Taganana—en Miscelánea de Útil y Agradable Recreo (1837) y en El Album, Engañar con la verdad, El espetón de oro y la primera parte de Excursión a Vuelta Abajo, todas en 1838. La Cartera Cubana insertó en su sección de folletines Amores y contratiempos de un guajiro y Una cruz negra, en 1839. La Siempreviva en ese mismo año publicó la primera versión de Cecilia Valdés o La loma del Ángel.
Mientras desempeñaba su cátedra en el colegio La Empresa comenzó a escribir para Faro Industrial de La Habana. De regreso a la capital, fue uno de sus principales redactores y condueño junto a Bachiller y Morales. En este diario aparecieron entre 1842 y 1847 la segunda parte de Excursión a Vuelta Abajo (1842), El guajiro (1842), La peineta calada (1843), Dos amores (1843), El penitente (1844), La tejedora de sombreros de Yarey (1844-45) y otras de menor importancia, así como multitud de notas, crónicas y artículos de crítica literaria y de costumbres calzados con su nombre o con los seudónimos de Sansueña, Yo, El ambulante del oeste, Lola de la Habana y otros.
Villaverde, defensor de los ideales independentistas, participó como propagandista activísimo en la conspiración de La Mina de la Rosa Cubana de 1848. Al ser descubierta la misma por delación de un conjurado fue apresado en La Habana y condenado primero a muerte «en garrote vil» y más tarde a diez años de prisión. Escapó el 31 de marzo de 1849 con otros presos y escondido en la bodega de una goleta costera, llegó a los Estados Unidos.
En Norteamérica continuó luchando por sus principios políticos. Fue en Nueva York secretario de Narciso López, a quien conocía desde 1846, y redactor en jefe de La verdad. Publicó en Nueva Orleans entre 1853 y 1854 el periódico El independiente, etc.
Se trasladó a Filadelfia en 1854, donde vivió como profesor de español y contrajo matrimonio con Emilia Casanova, una destacada activista de la independencia cubana.
Regresó a La Habana en 1858, acogido a la amnistía. Aquí trabajó al frente de la imprenta La Antilla, que publicara algunas obras de interés para nuestras letras, como los artículos de costumbres de Anselmo Suárez y Romero, y colaboró en el periódico literario La Habana en compañía de Sterling y Calcagno, con importantes juicios críticos sobre Betancourt y otros contemporáneos. Volvió poco después a Nueva York, donde continuó sus labores de maestro y periodista. Fue entonces redactor de La América (1861-62), La Ilustración Americana (1865-1869), El Espejo y El Avisador Hispanoamericano. En 1864 fundó con su mujer un colegio en Wechawken. Durante esta segunda estancia en los Estados Unidos continuó luchando por la independencia de Cuba, como muchos otros cubanos de su tiempo. Sólo regresó a la Isla en 1888 por dos semanas.
Murió en Nueva York el 20 de octubre de 1894. Su figura al morir contaba con la admiración y el reconocimiento de sus contemporáneos por su doble condición de patriota y novelista.
La novela que consolidó su fama literaria fue Cecilia Valdés o La loma del Ángel, publicada en su forma definitiva en Nueva York en 1882. Ninguna de sus obras anteriores respondió a empeño tan elevado ni despertó como ésta el entusiasmo del público y la crítica. En ella Villaverde recoge el panorama de la vida cubana desde 1812 hasta 1831. Muestra sus categorías políticas, sociales y económicas y las terribles lacras que padecían. La obra, con sus clases poderosas y sus clases oprimidas, con sus funcionarios venales y su burguesía indolente, con sus mulatos discriminados y sus negros esclavos, con sus familias enriquecidas por el régimen esclavista y sus aristócratas de blasones comprados a la decrépita monarquía española, sirve de esclarecedor prólogo a nuestra historia republicana.
El ambiente de esta época colonial, trasladado con amplitud y minuciosidad a las abundosas páginas del libro, es lo decisivo en la obra, lo que determina su vigencia en la apreciación de los críticos. Porque Cecilia Valdés está muy lejos de ser una obra perfecta. El autor explica en el prólogo su proceso de creación; proceso que indudablemente resintió el saldo final del trabajo. El asunto central—drama de amor, celos, venganza y muerte—apenas difiere de los usuales en los folletines de la época; los personajes en su mayoría no trascienden de los rasgos externos; la acción es desarticulada y digresiva, hurtada a la historia y los personajes principales por criaturas y sucesos de menor cuantía; el estilo, híbrido, plagado de debilidades románticas entre las que alborean atisbos realistas; el lenguaje, oscilante entre el arcaísmo más rebuscando y el espontáneo giro popular nuestro; el desenlace, atropellado, en contradicción con las dimensiones de la narración.
Pero Cecilia Valdés es en nuestra historia literaria, a pesar de esas abundantes y graves deficiencias, la mejor creación novelística del siglo XIX.
Muchos cubanos de hoy la conocen a través de la adaptación teatral de Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla, musicalizada admirablemente por Gonzalo Roig; versión que necesariamente fue vertebrada con la historia de los protagonistas. Despojado del lujo descriptivo de su ambiente, el asunto resulta endeble y melodramático. Esta aplaudida adaptación confirma que lo fundamental en Cecilia Valdés es el ambiente. Su costumbrismo, de vigorosa indagación política, social y económica, es el que atenúa sus defectos y sitúa a la obra en las puertas de la novelística realista.
A LAS CUBANAS
Lejos de Cuba y sin esperanza de volver a ver su sol, sus flores, ni sus palmas, ¿a quién, sino a vosotras, caras paisanas, reflejo del lado más bello de la patria, pudiera consagrar, con más justicia, estas tristes páginas?
El autor
PROLOGO
Índice
Publiqué el primer tomo de esta novela, en la Imprenta Literaria de don Lino Valdés a mediados del año de 1839. Contemporáneamente empecé la composición del segundo tomo, que debía completarla; pero no trabajé mucho en él, tanto porque me trasladé poco después a Matanzas como uno de los maestros del colegio de La Empresa, fundado recientemente en dicha ciudad, cuanto porque una vez allí, emprendí la composición de otra novela, La joven de la flecha de oro, que concluí e imprimí en un volumen el año de 1841.
De vuelta en la capital el año de 1842, sin abandonar el ejercicio del magisterio, entré a formar parte de la redacción de El Faro Industrial, al que consagré todos los trabajos literarios y novelescos que se siguieron casi sin interrupción hasta mediados de 1848. En sus columnas, entre otros muchos escritos de diverso género, aparecieron en la forma de folletines:—El Ciego y su Perro; La Excursión a La Vuelta Bajo; La Peineta Calada; El Guajiro; Dos Amores; El Misionero del Caroní; El Penitente, etc.
Pasada la media noche del 20 de octubre del último año citado, fui sorprendido en la cama y preso, con gran golpe de soldados y alguaciles por el comisario del barrio de Monserrate, Barreda; y conducido a la cárcel pública, de orden del Capitán General de la Isla, don Federico Roncaly.
Encerrado cual fiera en una oscura y húmeda bartolina, permanecí seis meses consecutivos, al cabo de los cuales, después de juzgado y condenado a presidio por la Comisión Militar Permanente como conspirador contra los derechos de la corona de España, logré evadirme el 4 de abril de 1849, en unión de don Vicente Fernández Blanco, reo de delito común y del llavero de la cárcel García Rey; quien de allí a poco fue causa de una grave dificultad entre los gobiernos de España y de los Estados Unidos. Por extraña casualidad los tres salimos juntos en barco de vela del puerto de La Habana; pero nuestra compañía sólo duró hasta la ría de Apalachicola, en la costa meridional de Florida, desde donde me encaminé por tierra a Savannah y Nueva York.
Fuera de Cuba, reformé mi género de vida: troqué mis gustos literarios por más altos pensamientos; pasé del mundo de las ilusiones, al mundo de las realidades; abandoné, en fin, las frívolas ocupaciones del esclavo en tierra esclava, para tomar parte en las empresas del hombre libre en tierra libre. Quedáronse allá mis manuscritos y libros, que si bien recibí algún tiempo después, ya no me fue dado hacer nada con ellos; puesto que primero como redactor de La Verdad, periódico separatista cubano, luego como secretario militar del general Narciso López, llevé vida muy activa y agitada, ajena por demás a los estudios y trabajos sedentarios.
Con el fracaso de la expedición de Cárdenas en 1850, el desastre de la invasión de las Pozas y la muerte del ilustre caudillo de nuestra intentona revolucionaria en 1851, no cesaron, antes revivieron nuevos proyectos de libertar a cuba, que venían acariciando los patriotas cubanos desde muy al principio del presente siglo. Todos, sin embargo, cual los anteriores terminaron en desastres y desgracias por el año de 1854.
En 1858 me hallaba en La Habana tras nueve años de ausencia. Reimpresa entonces mi novela Dos Amores, en la imprenta del señor Próspero Massana, por consejo suyo acometí la empresa de revisar, mejor todavía, de refundir la otra novela, Cecilia Valdés, de la cual sólo existía impreso el primer tomo y manuscrita una pequeña parte del segundo. Había trazado el nuevo plan hasta sus más menudos detalles, escrito la advertencia y procedía al desarrollo de la acción, cuando tuve de nuevo que abandonar la patria.
Las vicisitudes que se siguieron a esta segunda expatriación voluntaria, la necesidad de proveer a la subsistencia de familia en país extranjero, la agitación política que desde 1865 empezó a sentirse en Cuba, las tareas periodísticas que luego emprendí, no me concedieron ánimo ni vagar para entregarme a la obra larga, sin expectativa de lucro inmediato, y por lo mismo tediosa—que demandaba el expurgo, ensanche y refundición de la más voluminosa y complicada de mis obras literarias.
Tras la nueva agitación de 1865 a 1868 vino la revolución del último año nombrado y la guerra sangrienta por una década en Cuba, acompañada de las escenas tumultuosas de los emigrados cubanos en todos los países circunvecinos a ella, especialmente en Nueva York. Como antes y como siempre, troqué las ocupaciones literarias por la política militante, siendo así que acá desplegaban la pluma y la palabra al menos la misma vehemencia que allá el rifle y el machete.
Durante la mayor parte de esa época de delirio y de sueños patrióticos, durmió, por supuesto, el manuscrito de la novela. ¿Qué digo? no progresó más allá de una media decena de capítulos, trazados a ratos perdidos, cuando el recuerdo de la patria empapada en la sangre de sus mejores hijos, se ofrecía en todo su horror y toda su belleza y parecía que demandaba de aquéllos que bien y mucho la amaban, la fiel pintura de su existencia bajo el triple punto de vista físico, moral y social, antes que su muerte o su exaltación a la vida de los pueblos libres, cambiaran enteramente los rasgos característicos de su anterior fisonomía.
De suerte, que en ningún sentido puede decirse con verdad que he empleado cuarenta años (período cursado de 1839 a la fecha) en la composición de la novela. Cuando me resolví a concluirla, habrá dos o tres años, lo más que he podido hacer ha sido despachar un capítulo, con muchas interrupciones, cada quince días, a veces cada mes, trabajando algunas horas entre semana y todo el día los domingos.
Con esta manera de componer obras de imaginación, no es fácil mantener constante el interés de la narrativa, ni siempre animada y unida la acción, ni el estilo parejo y natural, ni el tono templado y sostenido que exigen las producciones del género novelesco. Y tal es uno de los motivos que me impelen a hablar de la novela y de mí.
El otro es, que después de todo, me ha salido el cuadro tan sombrío y de carácter tan trágico, que, cubano como soy hasta la médula de los huesos y hombre de moralidad, siento una especie de temor o vergüenza presentarlo al público sin una palabra explicativa de disculpa. Harto se me alcanza que los extraños, dígase, las personas que no conozcan de cerca las costumbres ni la época de la historia de Cuba que he querido pintar, tal vez crean que escogí los colores más oscuros y sobrecargué de sombras el cuadro por el mero placer de causar efecto a la Rembrandt, o a la Gustavo Doré. Nada más distante de mi mente. Me precio de ser, antes que otra cosa, escritor realista, tomando esta palabra en el sentido artístico que se le da modernamente.
Hace más de treinta años que no leo novela ninguna, siendo Walter Scott y Manzoni los únicos modelos que he podido seguir al trazar los variados cuadros de Cecilia Valdés. Reconozco que habría sido mejor para mi obra que yo hubiese escrito un idilio, un romance pastoril, siquiera un cuento por el estilo de Pablo y Virginia[1] o de Atala y Renato;[2] pero esto, aunque más entretenido y moral, no hubiera sido el retrato de ningún personaje viviente, ni la descripción de las costumbres y pasiones de un pueblo de carne y hueso, sometido a especiales leyes políticas y civiles, imbuido en cierto orden de ideas y rodeado de influencias reales y positivas. Lejos de inventar o de fingir caracteres y escenas fantasiosas e inverosímiles, he llevado el realismo, según entiendo, hasta el punto de presentar los principales personajes de la novela con todos sus pelos y señales, como vulgarmente se dice, vestidos con el traje que llevaron en vida, la mayor parte bajo su nombre y apellido verdaderos, hablando el mismo lenguaje que usaron en las escenas históricas en que figuraron, copiando en lo que cabía, d'après nature,[3] su fisonomía física y moral, a fin de que aquéllos que los conocieron de vista o por tradición, los reconozcan sin dificultad y digan cuando menos: el parecido es innegable.
Apenas si he aspirado a otra cosa. Lo único que debo agregar en descargo de mi conciencia, por si alguien juzgare que la pintura no tiene nada de santa ni de edificante, es que, al situar la acción de la novela en el teatro habanero y época corrida de 1812 a 1831, no encontré personajes que pudieran representar con mediana fidelidad el papel, por ejemplo, del payo Lorenzo, o el del pacato de don Abundio, o el del enérgico padre Cristóbal, o el del santo arzobispo Carlos Borromeo; al paso que abundaban los que podían pasar, sin contradicción, por fieles copias de los Canoso, los Tramoya y los don Rodrigo, matones, bravos y libertinos, cuya generación parece ser de todos los países y de todas las épocas.
Tampoco ha de achacarse a falta del autor si el cuadro no ilustra, no escarmienta, no enseña deleitando. Lo más que me ha sido dado hacer, es abstenerme de toda pintura impúdica o grosera, falta en que era fácil incurrir, habida consideración a las condiciones, al carácter y a las pasiones de la mayoría de los actores de la novela; porque nunca he creído que el escritor público, en el afán de parecer fiel y exacto pintor de las costumbres, haya de olvidar que le merecen respeto la virtud y la modestia del lector.
Por lo demás, si la obra que ahora sale a luz completa, no contiene todos los defectos de lenguaje y de estilo que sacó el primer tomo impreso en La Habana, si hay mayor corrección y verdad en la pintura de los caracteres, si resultan eliminadas ciertas escenas y frases de escasa o dudosa moralidad, si el tono general de la composición es más uniforme y animado, en mucha parte a los consejos de mi esposa, con quien he podido consultar capítulo tras capítulo, a medida que los iba concluyendo.
C. Villaverde
Nueva York, mayo, 1879
PRIMERA PARTE
Capítulo I
Índice
Tal es el fruto de la culpa,
Tello, cosecha de dolor.
Solís
Hacia el oscurecer de un día de noviembre del año de 1812, seguía la calle de Compostela en dirección del norte de la ciudad, una calesa tirada por un par de mulas, en una de las cuales, como era de costumbre, cabalgaba el calesero negro. El traje de éste, las guarniciones de aquéllas y los ornamentos de plata maciza, mostraban a las claras que era rica la persona a que pertenecía tan lujoso equipaje. Prendida estaba de los calamones, no sólo por el frente, sino también por un costado y hasta la mitad del otro,—la cortina o capacete de paño con banda de vaqueta. Sea el que fuese quien ocupaba el carruaje a la sazón, no puede negarse que tenía interés en guardar la incógnita, aunque parecía excusada la precaución, por cuanto no había alma viviente en las calles, ni se divisaba otra luz que la de las estrellas, o la artificial de algunas casas que se escapaba por las anchas rendijas de las puertas cerradas.
Pararon de repente las mulas al trote en la esquina del callejón de San Juan de Dios y salió a espacio y con no poco trabajo de la calesa un caballero alto, bien puesto, vestido de frac negro abotonado hasta el cuello, dejando ver por debajo el chaleco o chupa de color claro, pantalones de carranclán de pie, corbatín de cerda y sombrero de castor con copa enorme y ala angosta. Por lo que podía distinguirse en aquella media luz de las estrellas, las facciones más notables del hombre eran la nariz, que tenía aguileña, los ojos bastante vivos, el rostro ovalado y la barba pequeña. El color de ésta y el del cabello, las sombras del sombrero y de las paredes alterosas del convento vecino, lo oscurecían tal vez sin ser negro.
—Sigue hasta la calle de lo Empedrado—dijo el caballero en tono imperioso, más bajo, apoyando la mano izquierda en la silla de la mula de varas—y espera inmediato a la esquina. En caso que diese la ronda contigo, di que perteneces a don Joaquín Gómez y que aguardas sus órdenes. ¿Entiendes, Pío?
—Sí, señor, contestó el calesero; quien desde que empezó a hablar su amo tenía el sombrero en la mano.
Y siguió al paso de las mulas hasta el punto que le indicó aquél.
El callejón de San Juan de Dios se compone de dos cuadras solamente, cerrado por un extremo en las paredes del convento de Santa Catalina y por el otro en las casas de la calle de la Habana. El hospital de San Juan de Dios, que le da nombre, y que por sus altas y cuadradas ventanas, siempre deja salir el vaho caliente de los enfermos, ocupa todo un lado de la segunda cuadra y los otros tres, casitas pequeñas de tejas coloradas y un solo piso, el de las últimas en particular más alto que el nivel de la calle, con uno y dos escalones de piedra a la puerta. Las de mejor apariencia de ellas eran las de la primera cuadra entrando de la calle de Compostela. Eran todas de un mismo tamaño, poco más o menos, de una sola ventana y puerta, ésta de cedro con clavos de cabeza grande, pintadas de color de ladrillo, aquélla o de espejo o volada[4] y de balaustres de madera gruesa. El piso de la calle se hallaba en su estado primitivo y natural, pedregoso y sin banquetas.
El caballero desconocido, arrimado a las paredes, debajo de los salientes aleros de tejas, se detuvo a la puerta de la tercera casita de su derecha y dio dos golpecitos con la punta de los dedos. Allí sin duda le aguardaban, porque tardaron en abrir lo que tardó en pasar de la ventana a la puerta la persona que quitó la tranca con que se cerraba por dentro. Esa resultó ser la ama de la casa; mulata como de 40 años de edad, de estatura mediana, llena de carnes, aunque conservaba el talle estrecho, los hombros redondos y desnudos, la cabeza hermosa, la nariz algo gruesa, la boca expresiva y el cabello espeso y muy crespo. Vestía camisa fina bordada, de manga corta, y enaguas de sarga sin pliegues ni adorno ninguno.
Había pocos muebles en la sala: arrimada a la pared de la derecha una mesa de caoba, sobre la cual ardía una vela de cera, dentro de una guardabrisa o fanal, y varias sillas pesadas de cedro con asiento y respaldo de vaqueta, clavados con tachuelas de cobre. En aquella época esto se tenía por lujo, mucho más tratándose de una mujer de color, que ocupaba aquella habitación como ama y no como criada. El caballero no le dio la mano al entrar, sólo le hizo un saludo grave sin dejar de ser gracioso y amable; lo que sin disputa era aún más extraño, pues aparte de su diferencia de condición y de raza, la de sus edades respectivas era notable a primera vista y no cabía entre ellos otra relación que la de la amistad, más o menos sincera y desinteresada. Enseguida preguntó en tono triste y acercándose a la mujer cuanto podía, a fin de no levantar la voz, que la tenía algo bronca:
—¿Y qué tal la enferma?
La mulata sacudió la cabeza con aire todavía más triste y contestó con tres monosílabos:
—¡Ah! muy mal.
Algo más animada, aunque sin despejársele el semblante, agregó poco después:
—¿No se lo dije al señor? Entodavía ha de acabar con ella el golpe.
—Pues qué, replicó desazonado el caballero, ¿no me dijo Vd. anoche que estaba mejor y más tranquila?
—Lo estaba, sí, señor; pero la mañana la ha pasado muy desinquieta y agitada. Decía que le daban calor las sábanas, que le ardía la cabeza, y varias veces ha tratado de salirse de la cama buscando aire. De manera que fue preciso mandar por el médico. Vino y recetó un calmante: lo tomó, porque la pobrecita toma cuanto le dan. De sus resultas ya se duerme como una piedra, ya dispierta sobresaltada. ¡Ay, señor, su sueño se parece tanto a la muerte! Me da miedo, mucho miedo. Yo se lo decía al señor desde un principio, el golpe era demasiado para ella. Esa muchacha no tiene fuerzas para soportarlo. ¡Ah! mi señor, de esta hecha la perdemos, lo estoy mirando; me lo ha dado el corazón.
Y no dijo más, porque la emoción le ahogó la voz en la garganta.
—Veo que Vd. se acobarda, seña Josefa, dijo el desconocido con dulzura y sentimiento. ¿Pues no ha tratado Vd. de convencerla de que la separación es sólo por muy corto tiempo? No es ella ninguna chiquilla...
—¡Que si no he tratado! El señor parece que no la conoce entodavía. Ella no oye razones. Es la más voluntariosa y cabecidura que ha nacido. Además, dende ese lance no está en su cabal juicio y razón. ¿El señor mismo no trató aquella noche fatal de consolarla y tranquilizarla? ¿Y qué sacó? Acuérdese lo que semos: nada. El señor va a ver por sus propios ojos que se escogió mal el momento de someterla a semejante prueba. No se habían pasado los cuarenta días y luego tenía una calentura que volaba. Sí, concluyó ya del todo conmovida y llorosa—me tengo tragado que de ésta no sale ella con juicio o con vida.
—Dios querrá, seña Josefa, que no se realicen tan funestos pronósticos, dijo el caballero preocupado. Después de breve rato añadió:—Ella es joven y robusta, y todavía la naturaleza triunfará de todos sus males y penas. Fío más en esto que en la ciencia oscura de los médicos. Aparte de eso, Vd. sabe que se ha hecho lo hecho por el bien de todos, mejor dicho... Más adelante me lo agradecerán, estoy seguro. Yo no podía ni debía darla mi nombre. No, no, repitió como azorado del eco de su propia voz. Nadie mejor que Vd. lo sabe. Vd. que es mujer de razón, conocerá y confesará que así tenía que ser. Es preciso que la chica lleve un nombre, nombre de que no tenga que avergonzarse mañana, ni esotro día, el de Valdés, con que quizás haga un buen casamiento. Para ello no había más remedio sino pasar por la Real Casa Cuna. Esto no ha podido ser más doloroso para la madre, bien lo sé, que para... todos nosotros. Pero dentro de breves días la habrán bautizado y entonces haré que la traiga aquí María de Regla, mi negra, que tres meses hace perdió un hijo del mal de los siete días, y la está amamantando en la Casa Cuna por orden mía. Ella la devolverá sana, salva y cristiana a los brazos de su madre. Yo tengo arreglado todo eso con Montes de Oca, el médico de la Real Casa, por quien a menudo sé de la chica. Al principio lloraba mucho y se negaba a tomar el pecho de María de Regla, por lo que enflaqueció un poco. Pero ya todo eso ha pasado y ahora está gorda y rozagante, es decir, según me ha informado Montes de Oca, porque yo no la he visto desde la noche en que la hice pasar por el torno... Los ojos se me fueron tras ella. Es indecible cuánto me costó ese paso... Pero, a otra cosa. Vd. sabe, sin embargo, que no cabe equivocación.
—Demasiado que lo sé—dijo la mulata enjugándose las lágrimas. No puede equivocarse, no. Por lo tocante a eso estoy tranquila, como que a pesar de sus chillidos, que me partían el alma, le hice la media luna azul en el hombro izquierdo, según el señor me ordenó. Yo no sé a quién le dolería más, si a ella o a mí... La madre, la madre, mi señor, es la que me tiene sin sosiego. Ella no puede resistir. De por fuerza pierde el juicio o la vida. Yo se lo repito al señor.
Seña Josefa, como la llamó el desconocido, se conocía que era mujer inteligente, si bien por el descuido de su educación incurría a menudo en las faltas de lenguaje comunes al vulgo de las gentes en Cuba. A pesar de la madurez de sus años y de sus pesares, conservaba las muestras de una juventud bella y distinguida, buenos ojos, la expresión amorosa de la boca y la redondez del cuello, de los hombros y de los brazos. Tenía el color cetrino que resulta de la mezcla de hembra negra y varón indio; pero lo crespo del pelo y el óvalo del rostro no admitían la probabilidad de semejante maridaje, sino el de madre negra y padre blanco. Cuando joven llevó vida acomodada, tuvo goces y se rozó con gente bien criada y de buenas maneras. Honda debía de ser la pesadumbre que a la sazón la aquejaba, según eran la frecuencia de sus suspiros, la contracción repetida de su entrecejo y la abundancia del humor acuoso en que nadaban sus grandes ojos y le empañaban el brillo. Por lo demás, había en su actitud más desesperación que verdadero pesar. En efecto, como luego veremos, tenía razón sobrada para lo uno y no le faltaba para lo otro.
Hacía ratos que ambos personajes estaban callados, cada cual a vueltas con sus propios pensamientos, que de seguro no coincidían en ningún punto, a tiempo que se oyeron un lamento y un grito desgarrador salidos del interior de la casa. La mujer hizo una exclamación dolorosa, se llevó ambas manos a la cabeza y corrió como desalada por el primer aposento al segundo cuarto. Maquinalmente el caballero hizo con las manos el mismo movimiento y siguió sus pasos en silencio, aunque a cierta distancia. Allí no había más luz que la mortecina de una lamparita de aceite en una mesa, sobre la cual se veía un nicho o retablo de titiritero, donde se veneraba una figura de talla, con traje talar o de mujer, que miraba al cielo y tenía clavada en el pecho una espada, cuya empuñadura parecía de plata. En el lado opuesto había un catre, con colgaduras de seda, ya ajadas, y a la cabecera una silla de cuero, que en el momento que entró allí seña Josefa, la había desocupado una anciana negra, escuálida, imagen de la muerte, cuya cabeza blanca contrastaba con el ébano de su cuello largo y huesoso. Tenía en la mano derecha un rosario y varios escapularios al pecho sobre la camisa blanca; ciñéndola el talle de la falda de cañamazo, una correa negra y larga a lo fraile agustino. Estaba como embebida o rezando con gran fervor, y al tocarle en el hombro seña Josefa, alzó de repente la cabeza, la volvió hacia la puerta del aposento, vio en ella de pie al desconocido, hizo un movimiento de horror o de susto y desapareció por la puerta del fondo sin decir palabra.
Ocupó su lugar seña Josefa. Abrió con tiento las cortinas del lecho, y por señas indicó al caballero que se acercara; lo que hizo éste, al parecer, con repugnancia. Los ojos de ambos se clavaron en el rostro pálido de una muchacha de 20 años, yaciente boca arriba y aparentemente muerta. Porque no se movía a la sazón, tenía los ojos hundidos y cerrados los párpados, cuyas pestañas eran tan largas que daban sombra a las mejillas. La cabeza era lo único que tenía fuera de las sábanas, y eso casi enterrada en la almohada, la cual desaparecía bajo una mata de pelo negro, undoso y esparcido por todas partes en el mayor desorden. De en medio de aquel fondo negro se destacaba el rostro ovalado, pálido de cera de la enferma, con la barba aguda, la frente cuadrada y alta, la boca pequeña, los labios belfos, y la nariz bastante bien hecha para mujer de raza mezclada, como sin duda era aquélla de que ahora se trata. El conjunto era bueno, femenil; pero había tal expresión de angustia y melancolía en el semblante marchito por la enfermedad, que daba lástima el contemplarle. Movida por este sentimiento tal vez seña Josefa dijo al oído del caballero:—Se ha dormido.
La contestación del caballero fue sacudir la cabeza negativamente, acaso porque en aquel instante creyó notar un temblor convulsivo que recorría de pies a cabeza todo el cuerpo de la paciente. Tras el temblor empezó a levantársele el pecho, movimiento fácil de percibir por encima de la sábana, como una ola en mar sereno que repunta, de repente, y precursor del suspiro que exhaló enseguida del fondo del corazón, acompañado de un gemido doloroso y agudo. Comprendiendo el caballero lo que debía sobrevenir, sin poderlo remediar, apartó primero la vista y disimulada y paulatinamente se retiró a los pies de la cama. Incorporada en aquel instante la enferma, exclamó con aire de espanto:
—¡Mamita! ¿Era su merced?
—¡Hija mía! ¿Qué quieres? ¿Estás mejor?
—¡Ah! ¡Mamita! prosiguió la muchacha en el mismo aire de azorada.—La he visto, la acabo de ver. Sí, no me queda duda. ¡Ahí está! agregó señalando al cielo. ¡Se va! ¡Me la llevan! Debe estar muerta. ¡Ay!—Y se le escapó otro grito desgarrador.
—¡Hija! le observó la madre afligida. Dispierta. Tú estás soñando o esas son ilusiones tuyas.
—Venga acá, mamita, mire su merced misma.
Diciendo esto la atraía a sí por el brazo.
—¡Véala! ¿No es aquella la Virgen Santísima dentro de una nube dorada, con los pies desnudos, apoyados en las alas de infinitos ángeles? Ella es. ¡Mire! Por aquí. ¡Allá! Vea. ¡Se eleva!
—Visiones, hija mía. No hagas caso. Acuéstate y descansa.
—¿Cómo quiere su merced que me acueste, si veo que se llevan a mi hija, la hija de mis entrañas?
—¿Pero quién se la lleva, mi vida?
—¿Quién se la lleva? ¿Pues no lo ve su merced? La Virgen Santísima. Se la lleva en los brazos. Debe estar muerta. ¡Ah!
—Ella no se ha muerto, no lo creas; le dijo débilmente seña Josefa, pues sobre este punto no estaba más segura que la enferma. Tu niña está viva y pronto la verás. Esos son sueños tuyos.
—Sueños, sueños, repitió la muchacha, distraída. ¿Yo soñaba? ¿No será más que un sueño? Pero, ¿y mi hija? ¿Dónde está? ¿Por qué me la han quitado? Y de que yo la perdiera su merced tiene la culpa, concluyó diciendo con iracundo ademán y acento.
No tuvo valor seña Josefa para replicar palabra, bien por no irritar más a la enferma con una contradicción poco menos que inútil, bien porque la acusación era directa y fundada. Sólo acertó a volver los ojos hacia su derecha, con lo que los de la enferma naturalmente siguieron la misma dirección y en consecuencia tropezaron con el bulto oscuro del desconocido, que hacía por ocultarse tras las colgaduras de la cama.
—¿Quién está ahí? preguntó apuntando con el dedo. ¡Ah! ¡El es, el ladrón de mi hija! ¡Mi verdugo! ¿Qué vienes a buscar aquí? ¿Vienes, basilisco, a gozarte en tu obra? A tiempo llegas. Gózate a tus anchas. Mi hija ha volado al cielo, lo sé, de ello estoy convencida, yo la seguiré muy pronto; pero tú, tú, causa de nuestra condenación y muerte, tú bajarás... al infierno.
—¡Jesús! exclamó seña Josefa santiguándose. Tú no sabes lo que dices. Calla.
Y anegada en lágrimas se arrojó sobre su hija con el doble objeto de impedirle que se levantara y de que siguiera en aquella terrible increpación contra el caballero desconocido. Por prudencia o por remordimiento, éste callaba e inclinó más la cabeza. El, de todos modos, estaba muy disgustado y luchaba consigo mismo a fin de tomar una resolución. Porque, previéndolo, había venido a ponerse al alcance de las recriminaciones, al parecer justas, de la enferma, quien aunque delirante, le echaba en cara la pérdida de su hija y la ruina de su razón. Mas no hizo por defenderse. Se sentía, al contrario, humillado, altamente ofendido por cuanto siendo sus intenciones las más puras, guiadas por el deseo del bien de todos los inmediatamente interesados, las resultas llevaban camino de ser muy desastrosas. A los ojos de su propia conciencia la justificación era fácil; el mundo, sin embargo, debía juzgarle por los hechos. Y a este juicio le tenía él horror cerval.
Continuaba entre tanto la lucha entre la madre y la hija. Esta, con los ojos de espantada, los cabellos desgreñados, la frente cubierta de sudor copioso, las mejillas encendidas por la fiebre, repelía con ambas manos a la madre y le repetía:—Déjame, mamita, déjame ver esa cara de hereje. Quiero pedirle cuenta de mi hija. El me la ha quitado, él, entrañas de fiera. Y la madre, siempre inundada en lágrimas estrechándola en sus brazos, le respondía:—Por el amor de Dios, hija mía, por la Purísima Concepción de María Santísima, por tu salud, por la de tu hija, que vive y está buena, cállate, tranquilízate. Yo te lo ruego por lo que más quiera.
Pero como se prolongase demasiado aquella lucha, se acercó el caballero a la cama, tomó en la suya una mano de la enferma, la cual ella no rechazó, y con voz grave, mas llena de exquisita ternura, le dijo:
—Charo, óyeme. Te prometo que mañana verás a tu hija. Vuelve en ti. ¡Cálmate! No más locuras.
Séase que de tanto bregar se le agotasen las fuerzas, séase que la impusiese respeto la voz del desconocido, es lo cierto que la enferma, exhalando un profundo suspiro, cayó repentinamente de espaldas en la almohada y allí quedó por breve rato sin movimiento. No creyó menos la madre, al pronto, sino que había expirado. Púsola con ese motivo la mano en el corazón, y como, ya por el susto, ya porque en efecto se le había paralizado la sangre en las venas a la paciente, no sintió por unos instantes las pulsaciones. Así que, grandemente asustada, se volvió para el caballero, que al parecer contemplaba impasible aquella escena muda, y con acento de amarga reconvención le dijo:
—¿Lo ve el señor? Está muerta.
No fue esto parte a hacerle perder al caballero su natural ecuanimidad. Lejos de ello, con mucha calma y deliberación le tomó el pulso a la muchacha, a guisa de médico, y después dijo:
—Traiga Vd. éter. Se ha desmayado. Esta moza está muy débil, necesita alimento.
—El médico lo ha prohibido, observó seña Josefa.
—El médico no sabe lo que se pesca. Dela Vd. caldo. Pero despache con el éter.
Traído el álcali volátil, se le aplicaron a la nariz; pero las únicas señales de vida que dio la muchacha fue un estremecimiento de los párpados, que no abrió por cierto, y un llorar en silencio, o hilo a hilo, según reza la gráfica expresión vulgar. Mientras esto pasaba delante de la cama de la enferma, asomó la cabeza blanca por entre la puerta del fondo, medio abierta, la anciana negra antes mencionada; pero la retiró de golpe persignándose cual si viese al diablo, sin duda porque aún estaba allí el caballero desconocido. Al fin, éste se alejó de aquel sitio de dolor y de tribulación, saludó a seña Josefa con una mera inclinación de cabeza, y salió a la calle murmurando en su despecho:
—¡Y nadie más que yo tiene la culpa!
Capítulo II
Índice
Sola soy, sola nací, Sola me tuvo mi madre, Sola me tengo de andar, Como la pluma en el aire.
Algunos años adelante, mejor, uno o dos después de la caída del segundo breve período constitucional, en que quedó establecido el estado de sitio de la Isla de Cuba y Capitán General de la misma don Francisco Dionisio Vives, solía verse por las calles del barrio del Ángel una muchacha de unos once a doce años de edad, quien, ya por su hábito andariego, ya por otras circunstancias de que hablaremos enseguida, llamaba la atención general.
Era su tipo el de las vírgenes de los más célebres pintores. Porque a una frente alta, coronada de cabellos negros y copiosos, naturalmente ondeados, unía facciones muy regulares, nariz recta que arrancaba desde el entrecejo, y por quedarse algo corta alzaba un si es no es el labio superior, como para dejar ver dos sartas de dientes menudos y blancos. Sus cejas describían un arco y daban mayor sombra a los ojos negros y rasgados, los cuales eran todo movilidad y fuego. La boca tenía chica y los labios llenos, indicando más voluptuosidad que firmeza de carácter. Las mejillas llenas y redondas y un hoyuelo en medio de la barba, formaban un conjunto bello, que para ser perfecto sólo faltaba que la expresión fuese menos maliciosa, si no maligna.
De cuerpo era más bien delgada que gruesa, para su edad antes baja que crecida, y el torso, visto de espaldas, angosto en el cuello y ancho hacia los hombros, formaba armonía encantadora, aun bajo sus humildes ropas, con el estrecho y flexible talle, que no hay medio de compararle sino con la base de una copa. La complexión podía pasar por saludable, la encarnación viva, hablando en el sentido en que los pintores toman esta palabra, aunque a poco que se fijaba la atención, se advertía en el color del rostro, que sin dejar de ser sanguíneo había demasiado ocre en su composición, y no resultaba diáfano ni libre. ¿A qué raza, pues, pertenecía esta muchacha? Difícil es decirlo. Sin embargo, a un ojo conocedor no podía esconderse que sus labios rojos tenían un borde o filete oscuro, y que la iluminación del rostro terminaba en una especie de penumbra hacia el nacimiento del cabello. Su sangre no era pura y bien podía asegurarse que allá en la tercera o cuarta generación estaba mezclada con la etíope.
Pero de cualquier manera, tales eran su belleza peregrina, su alegría y vivacidad, que la revestían de una especie de encanto, no dejando al ánimo vagar sino para admirarla y pasar de largo por las faltas o por las sobras de su progenie. Nunca la habían visto triste, nunca de mal humor, nunca reñir con nadie; tampoco podía darse razón dónde moraba ni de qué subsistía. ¿Qué hacía, pues, una niña tan linda, azotando las calles día y noche, como perro hambriento y sin dueño? ¿No había quien por ella hiciera ni rigiera su índole vagabunda?
Entre tanto la chica crecía gallarda y lozana, sin cuidarse de las investigaciones y murmuraciones de que era objeto, y sin caer en la cuenta de que su vida callejera, que a ella le parecía muy natural, inspiraba sospechas y temores, si no compasión a algunas viejas; que sus gracias nacientes y el descuido y libertad con que vivía, alimentaban esperanzas de bastardo linaje en mancebos corazones, que latían al verla atravesar la plazuela del Cristo, cuando a la carrerita y con la sutileza de la zorra hurtaba un bollo o un chicharrón a las negras que de parte de noche allí se ponen a freírlos; o cuando al descuido metía la pequeña mano en los cajones de pasas de los almacenes de víveres en las esquinas de las calles; o cuando levantaba el plátano maduro, el mango o la guayaba del tablero de la frutera; o cuando enredaba el perro del ciego en el cañón de la esquina, o le encaminaba a San Juan de Dios, si iba para Santa Clara:[5] que todas éstas eran travesuras dignas de celebración en una niña de su edad y parecer.
Su traje ordinario, no siempre aseado, consistía en falda de zaraza, sin más pañizuelo ni otro calzado que unas chancletas, las cuales anunciaban de lejos su aproximación, porque sonaban mucho en las banquetas de piedra de las pocas calles que entonces tenían tales adornos. Llevaba también el cabello siempre suelto y naturalmente rizado. El único ornamento de su cuello era un rosarito de filigrana, especie de gargantilla, con una cruz de coral y oro pendiente, memoria de la madre cara y desconocida.
A pesar de aquella vida suya y de aquel traje, parecía tan pura y linda, que estaba uno tentado a creer que jamás dejaría de ser lo que era, cándida niña en cabello, que se preparaba a entrar en el mundo por una puerta al parecer de oro, y que vivía sin tener sospecha siquiera de su existencia. Sin embargo, las calles de la ciudad, las plazas, los establecimientos públicos, como se apuntó más arriba, fueron su escuela, y en tales sitios, según es de presumir, su tierno corazón, formado acaso para dar abrigo a las virtudes, que son el más bello encanto de las mujeres, bebió a torrentes las aguas emponzoñadas del vicio, se nutrió desde temprano con las escenas de impudicia que ofrece diariamente un pueblo soez y desmoralizado. ¿Y cómo librarse de semejante influjo? ¿Cómo impedir que sus vivarachos ojos no viesen? ¿Qué sus orejas siempre alerta no oyesen? ¿Que aquella alma rebosando vida y juventud no se asomara antes de tiempo a los ojos y a los oídos para juzgar de cuanto pasaba en su derredor, en vez de dormir el sueño de la inocencia? ¡Bien temprano, a fe, llamó a sus puertas la legión de pasiones que gastan el corazón y abaten las frentes más soberbias!
Una tarde, entre otras, pasaba la chica, como de costumbre, a la carrerita, por cierta calle de que no hay para qué mencionar ahora el nombre. Asomadas a una de las altas y anchas rejas de hierro de las ventanas de una casa de apariencia aristocrática, estaban dos niñas poco más o menos de su edad y una joven de 14 a 15, las cuales, como viesen pasar aquella exhalación, según se expresó una de ellas mismas, excitada grandemente la curiosidad de todas, la llamaron con instancia. No se hizo de rogar la mozuela, antes se entró, desde luego por el zaguán, y se presentó con mucho desembarazo a la puerta de la sala, donde ya la esperaba el grupo de las tres jovencitas. Allí, éstas la tomaron por la mano y la llevaron delante de una señora algo gruesa, vestida con mucho aseo, que estaba arrellanada en un ancho sillón y descansaba los pies en un escabel.
—¡Ah! exclamó ésta cuando la hubo visto de cerca. ¡Y qué mona es! Dicho lo cual se enderezó en el asiento, operación que le costó un buen esfuerzo, y agregó:
—¿Cómo te llamas?
—Cecilia, respondió vivamente.
—¿Y tu madre?
—Yo no tengo madre.
—¡Pobrecita! ¿Y tu padre?
—Yo soy Valdés, yo no tengo padre.
—Esa está mejor, exclamó la señora recapacitando.
—Papá, papá, dijo la mayor de las señoritas dirigiéndose a un caballero que estaba recostado en un sofá a la derecha del estrado. Papá, ¿ha visto Vd. niña más preciosa?
—Ya, ya, contestó el padre casi sin volver el rostro. Dejadla en paz. Pero apenas salieron esas palabras de sus labios, reparó en él Cecilia, y entre admirada, y reída, dijo:
—¡Ay! Yo conozco a ese hombre que está ahí acostado. Este, por debajo de las manos, con que ya se sombreaba la frente, le echó una mirada fiera, en que iban pintados su mal humor y disgusto. Enseguida se levantó y dejó la sala, sin decir más palabra. Extraño es en verdad que sólo este hombre no sintiese simpatía por la linda callejera.
—¿Conque no tienes padre ni madre? Tornó a preguntar la buena señora, un si es no es preocupada por la anterior escena. ¿Y cómo vives? ¿Con quién vives? ¿Eres hija de la tierra o del aire?
—¡Ave María Purísima! exclamó la niña doblando la cabeza sobre el hombro derecho y mirando fijamente a sus preguntadoras. ¡Ay, Jesús! ¡Qué gente tan curiosa! Yo vivo con mi abuela, que es una viejecita muy buena, que me quiere mucho y que me deja hacer cuanto yo quiero. Mi madre se murió hace mucho tiempo y... mi padre también. No sé más ni me pregunten más.
Bien quisieran las jovencitas hacer más preguntas, e informarse de otros pormenores acerca de la vida y parentela de Cecilia; pero, por una parte, su padre les había dicho que la dejaran en paz, y, por otra, su madre, ya incapaz de dominar su desazón, les indicó por un gesto muy significativo que era tiempo saliese de allí mozuela tan procaz. Colmada de regalos y despedida al fin, Cecilia, pasaba por el zaguán en vuelta de la calle, a sazón que bajaba de los altos un jovencito en traje veraniego, es decir, de chupa y pantalón de Arabia quien apenas la vio, la reconoció y le dijo desde lo alto:
—Cecilia, ¡eh, Cecilia! Oye, mira.
Ella, sin contener el paso, mas sin dejar de mirar al que le daba voces, le decía hasta la puerta de la calle: ¡Cuico! ¡Cuico! Y al mismo tiempo abría la mano derecha, ponía el dedo pulgar en la punta de la nariz y movía los otros con gran rapidez. Que es una manera de burla que a menudo se hacen los muchachos en nuestras calles, como diciendo: ¡Ah! ¡que te engañé! ¡Ah! que me escapé de tus majaderías.
No es para referir aquí la escena que se siguió a la ida de la chica de aquella casa. Del señor y de la señora puede decirse que no volvieron a mencionar su nombre. Las señoritas, al contrario, aún cuando tornaron a la ventana para ver y saludar a sus amigas, que de vuelta del paseo pasaban en sus lujosas volantas, no cesaron de hablar de Cecilia y de repetir su nombre, ayudándoles entonces el hermano mayor, quien la conocía y a menudo se encontraba con ella cuando iba a la clase de latín del padre Morales, enfrente del convento de Santa Teresa.
En el medio tiempo la chica, siguiendo por la calle adelante salió a la plazuela de Santa Catalina, cuyo terraplén, que corre por todo el frente, subió a saltos, y luego bajó a la calle del Aguacate por una escalera de mampostería. Una vez allí, se dirigió derecho, aunque con cierta cautela, a la casita inmediata a la esquina ocupada por una taberna. No tocó ni se detuvo delante de la puerta, sino que empujó con suavidad la hoja de la derecha o macho, la cual estaba sujeta con una media bala de hierro en el suelo. Había sido de bermellón la pintura de dicha puerta, pero lavada por las lluvias, el sol y el tiempo, no le quedaban sino manchas oscuras en torno de la cabeza de los clavos y en las molduras profundas de los tableros. La ventanilla, que era de espejo y alta, sólo tenía tres o cuatro balaustres, había perdido la pintura primitiva, quedándole un baño ligero de color de plomo. Por lo que toca al interior, su apariencia era más ruin, si cabe, que el exterior. Se componía de una salita, dividida por un biombo para formar una alcoba, cuya puerta daba precisamente hacia la de la calle, y otra a la derecha con salida al patio angosto y no más largo que el fondo de la casita. A la izquierda de la entrada y a la altura de una vara, había un hueco en la pared medianera, a modo de nicho, en cuyo fondo se veía una Madre Dolorosa de cuerpo entero, aunque muy reducido, con una espada de fuego que le atravesaba el pecho de parte a parte. Alumbraban día y noche tan peregrina pintura dos mariposas, es decir, dos hornillas con su pabilo correspondiente, flotando en tres partes de agua y una de aceite, dentro de vasos ordinarios de vidrio. Una guirnalda de todas flores artificiales y de pedazos de cartulina dorada y plateada, ajadas, descoloridas y polvorosas adornaba el retablo. Y en torno, por las paredes, en el biombo y detrás de las puertas y ventanas, gran número de letreros, por ejemplo: ¡Ave María Purísima! ¡La Gracia de Dios sea en esta casa! ¡Viva Jesús! ¡Viva María! ¡Viva la Gracia y muera el Pecado! Con otros muchos por el estilo, que no hay para qué repetirlos. Las estampas, sin cuadro, pegadas a las paredes con obleas o engrudo, eran más numerosas que los letreros, todas de santos, impresas por el impresor Boloña[6] en papel común y recogidas de manos de los demandantes de los conventos a cambio de limosnas, o compradas a la puerta de las iglesias en los días de fiestas.
Reducíase a bien poco el mueblaje, aunque en su poquedad y ruina se conocía que había visto mejores tiempos cuando nuevo. El más apetecible de la casa era una butaca de Campeche, ya coja, con orejas grandes y desvencijada. Agregábanse tres o cuatro sillas de cedro con asiento y respaldo de vaqueta, del mismo estilo, fuertes, macizas y antiquísimas. Hacía juego con ellas una rinconera de la propia madera, cuyos pies estaban labrados en forma de pezuña de sátiro, con molduras y hojas de parra.
A pesar de la estrechez de aquel albergue, había un gato dormilón, varias palomas y gallinas, muy familiarizadas sin duda con sus dos únicos huéspedes humanos, pues que iban y venían, saltaban sobre los respaldos de las sillas, maullaban, arrullaban y cacareaban sin consideración ni temor. A un lado de la alcoba había una cama alta, cuadrilonga, que siempre estaba de recibo, como que era de cuero sin curtir, cuya dureza la suavizaba un colchón de plumas, cubierto perennemente con una colcha de mil y un retazos o taracea. Las columnas salomónicas, en vez de colgaduras, sostenían San Blases, escapularios, cruces de cartón, piedras de vidrio y palmas benditas de los domingos de ramos de muchos años atrás.
En realidad aquélla no era casa sino en cuanto daba abrigo a dos personas, porque, fuera de las dos piezas mencionadas, no tenía comodidad ni más desahogo que el patio dicho, donde estaba la cocina, mejor, fogón, cajoncito de madera lleno de ceniza, montado sobre cuatro pies derechos, y protegido de la lluvia por una especie de alero de mesilla. Nos hemos detenido tanto en la descripción de la casucha donde entró Cecilia, porque pare su imaginación el benigno lector en el contraste que ofrecería una niña tan linda, rebosando vida y juventud, en medio de tanta antigualla, que no parecía sino que el cielo la había colocado allí para decirle a cada rato al oído:—Hija, contempla lo que serás y sé más cuerda.
Pero estamos seguros que eso era lo menos en que ella pensaba, y entonces con doble motivo, cuanto que más le importaba que no la sintiese entrar cierta persona que, de espaldas en la butaca, frente al nicho, parecía rezar o dormitar. Sin embargo, por más tiento que pusiese la picaruela en el modo de asentar la planta, no lo pudo hacer tan callandito que no la oyese y sintiese distintamente la vieja, cuyos oídos eran muy finos, y que entonces no rezaba ni dormía, sino que leía, hecha un arco, en un libro pequeño de oraciones con forro de pergamino.
—¡Hola! le dijo mirándola de soslayo por encima de los aros perfectamente redondos de sus gafas, enhorquilladas en la punta de la nariz, a guisa de muchacho a la grupa de un caballo, ¡Hola señorita! ¿Aquí está Vd? ¿Eh? ¡Qué bueno! ¿Son éstas horas de venir a pedir la bendición de su abuela? (Porque la chica se acercaba con los brazos cruzados.) ¿Dónde has estado hasta ahora, buena pieza? (Habían tocado ya las oraciones.) ¡Qué linda estabas para ir por los óleos! Y echándole mano de pronto, en cuyo acto se le cayó el libro y se espantaron el gato que pestañeaba a menudo sentado en una silla, las palomas y las gallinas. Ven acá, espiritada, añadió; mariposa sin alas, oveja sin grey, loca de cepo; ven, que he de averiguar dónde has estado hasta estas horas. ¿Qué, tú no tienes rey ni Roque que te gobierne, ni Papa que te excomulgue? ¿Adónde se ha visto de eso? ¿Tú no tienes más vida que correr por las calles? ¿No se puede averiguar nadie contigo? Yo te haré entender que hay quien puede. ¡No me quedaba que ver!
Cecilia, lejos de asustarse, ni de huir, con mucha risa se echó en brazos de la malhumorada y gruñidora abuela, y, como para anudarle la lengua, le entregó cuanto le habían regalado las señoritas donde había estado.
Capítulo III
Índice
Malditas viejas,
Que a las mozas malamente
Enloquecen con consejas.
Zorrilla
Con más zalamería y astucia de las que cabían en una niña de su edad, Cecilia abrazó y besó a su abuela, a la cual dio el nombre de Chepilla (alteración caprichosa de Josefa), que así generalmente la llamaban. Bastó eso para aplacar su enojo, y nada hay en ello que extrañar, porque, según adelante veremos, había sido tan infeliz aquella mujer, sentía tal necesidad de ser amada por el único ser que la interesaba de cerca en el mundo, que mantener seriedad con la nieta, hubiera sido lo mismo que prolongar su propio martirio. Por supuesto que selló sus labios de golpe, y no acertó a otra cosa que a contemplarla, bien así como momentos antes había estado contemplando el dulce rostro de María Santísima, en fervorosa oración.
Mientras la niña estrechaba por la cintura a la vieja con sus torneados brazos y recostaba la hermosa cabeza en su pecho, semejante a la flor que brota en un tronco seco y con sus hojas y fragancia ostenta la vida junto a la misma muerte, la figura de seña Josefa se mostraba más extraña y fea de lo que era naturalmente. Su rostro mismo formaba contraste con lo demás del cuerpo. Ya fuese porque tenía la costumbre de llevarse el cabello atrás, ya porque lo sacó de naturaleza, la verdad es que le lucía la frente demasiado ancha, la nariz grande y roma, la barba aguda, y la cuenca de los ojos hundida. Esto daba aviesa expresión a su semblante, no muy fácil de pasar por alto al menos avisado observador. Aún había morbidez en sus brazos, y sus manos podían calificarse de lindas. Pero lo más notable de su fisonomía eran sus ojos grandes, oscuros y penetrantes, restos de una facciones que habían sido agradables, desarmonizadas ahora por una vejez prematura.
Mulata de origen, su color era cobrizo, y con los años y las arrugas se le había vuelto atezado, o achinado; para valernos de la expresión vulgar con que se designa en Cuba al hijo de mulato y negra, o al contrario. Podía tener 60 años de edad, aunque aparentaba más, porque ya empezaba a blanquearle el cabello, cosa que en las gentes de color suele suceder más tarde que en las de raza caucásica. Los padecimientos del ánimo aniquilan primero el semblante que el cuerpo mortal del hombre. Como veremos después, la resignación cristiana, obra de su fe en Dios, pasto con que al fin alimentaba su espíritu en las largas horas consagradas al rezo y a la meditación, sólo la hubiera mantenido en pie contra los embates de su miserable suerte. Por otra parte, con el triste convencimiento del que de una ojeada midió su pasado y su porvenir, y lo que debía y podía esperar de su nieta, hermosa flor arrojada en mitad de la plaza pública, para ser hollada del primer transeúnte, ya en el último tercio de su vida, con los remordimientos de la pasada, antes de airarse, comprendió que le tocaba aplacar la cólera de su juez invisible y procurarse momentos de calma, ínterin sonaba la hora postrimera.
En aquélla en que la sorprende nuestra narración, aunque hubiese cumplido los 80 de su vida, habría creído que había vivido muy poco tiempo si llegaban sus últimos momentos y dejaba tras sí a la nieta joven y desamparada en el mundo, y no le era dado asistir al desenlace de un drama en que ella, bien a su pesar, sin ser la heroína, representaba, hacía tiempo, papel muy importante. Acomodado el carácter de seña Josefa, naturalmente irascible, a la regla de conducta de que antes se ha hablado, como medio de alcanzar el perdón de sus propias culpas, fácil es comprender por qué, si bien justamente enojada con Cecilia porque llegaba tarde, y por otras muchas faltas anteriores, se sentía más bien dispuesta a disculparla que a reñirla. Después, como ella le vino con sus zalamerías, en vez de hurtarle el cuerpo, esto la sirvió de pretexto plausible para confirmarse en su propósito. En su virtud, cambiando prontamente de tono y aspecto, se contentó con preguntarle por segunda vez dónde había estado.
—¿Yo? repitió la niña apoyando ambos codos en las rodillas de la abuela y jugando con los escapularios que le pendían del pescuezo. ¿Yo? En casa de unas muchachas muy bonitas que me vieron pasar y me llamaron. Allí estaba una señora gorda sentada en un sillón, que me preguntó cómo me llamaba yo, y cómo se llamaba mi madre, y quién era mi padre, y dónde vivía yo...
—¡Jesús! ¡Jesús! exclamó seña Josefa persignándose.
—¡Ay! continuó la chica sin parar mientes en la abuela. ¡Qué gente tan preguntona! ¿Y no sabe su merced cómo una de las muchachas aquellas me quería cortar el pelo para hacer una cachucha? Sí, señor. Pero yo me zafé.
—¡Vea Vd. espíritu maligno y por dónde trepa! volvió a exclamar la abuela como si hablase consigo misma.
—Y si no es por un hombre, prosiguió Cecilia, que estaba acostado en el sofá, y regañó a las muchachas y les dijo que me dejaran quieta y luego se fue para su cuarto bravísimo... ¿Su merced no sabe quién es ese hombre, abuelita? Yo lo he visto hablar con su merced algunas veces allá en Paula, cuando vamos a misa. Sí, sí, él es, no me cabe duda. Y ahora recuerdo que es el mismo que cada vez que me encuentra en la calle me dice callejera, perdida, pilluela y muchas cosas. ¡Ah! Y dice que mandará a los soldados que me cojan y me lleven a la cárcel. ¡Qué sé yo cuánto más! Le tengo mucho miedo a ese hombre. ¡Debe ser muy regañón!
—¡Niña! ¡Niña! exclamó sordamente la anciana apartándola un poco de su pecho y mirándola de un modo extraño y fijo, más enojada que sorprendida. Pero como si le ocurriese un grave pensamiento o un doloroso recuerdo y entre amonestarla y aconsejarla, lo que acaso equivalía a alumbrarle aquello de que debía estar ignorante toda la vida, su ánimo triste luchase en un mar de dudas, con sorpresa de la nieta selló de golpe sus labios. Poco a poco fue serenándose el piélago alborotado: se desvanecieron una después de la otra las nubes apiñadas en aquel horizonte naturalmente sombrío; y volviendo a estrechar la niña en sus desnudos brazos, añadió con toda la dulzura que pudo dar a su voz, por naturaleza bronca, con toda la calma de que pudo revestir su semblante:
—¡Cecilia! Hija de mi corazón, no vayas más a esa casa.
—¿Por qué, mamita?
—Porque, contestó la abuela como distraída, no sé verdaderamente, mi alma, no lo sé, no podría decirlo si quisiera..., pero es claro y constante, niña, que esa gente es muy mala.
—¡Mala! repitió Cecilia azorada, ¿y me hicieron tantas caricias, y me dieron dulces, y raso para zapatos? ¡Si tú supieras lo que me chiquearon...!
—Pues no te fíes, niña. Tú eres muy confiada y eso no está bien. Por lo mismo que te chiquearon tanto debías de andar con cuatro ojos. Querían atraerte para hacerte algún daño. Uno no puede decir de qué son capaces las gentes. ¡Tantas cosas suceden ahora que no se veían en mi tiempo...! Cuando menos lo que procuraban era que te descuidaras, para coger unas tijeras y ¡tris! tumbarte el pelo. Sería una lástima, porque tú lo tienes muy hermoso. Además, que ese pelo no te pertenece, sino a la Virgen, que te salvó de aquella grave enfermedad... ¡Acuérdate! Yo le ofrecí que si te ponías buena le daría tu cabellera para adornar su efigie en Santa Catalina. No te fíes te digo.
Esto diciendo, le cogía la cabeza a la nieta entre ambas manos y le desparramaba los copiosos rizos por la espalda y los hombros.
—Sí, replicó Cecilia apretando los labios y levantando con aire de desdén la frente, como yo soy tan boba para que me engañen así, así...
—Sin embargo, hija, lo mejor de los dados es no jugarlos. Yo bien sé que tú eres una muchacha dócil y entendida; pero estoy cierta que no conoces a esa gente. Mira, no les hagas caso; aunque se les seque el gañote llamándote, no vayas a donde están. Mas ahora que me acuerdo: lo mejor es que ni por cien leguas te acerques por su rededores. Luego, ese hombre que tú misma dices que donde quiera que te topa te pone mala cara. ¡Sabe Dios quién será! Aunque no debemos pensar mal de nadie, con todo, como puede ser un santo puede ser un de... (Y se persignó sin concluir la palabra.) El Señor sea con nosotras. Además, Cecilia, tú eres muy inocente, algo atolondrada, y en esa casa... ¿Tú no lo sabes? hay una bruja que se roba a las muchachas bonitas. Por milagro de su Divina Majestad has escapado. Tú estuviste allí por la tarde, ¿no?
—Por la tardecita; todavía no habían encendido las luces en las casas.
—¡Ay de ti si llegas a entrar de noche! Vamos, no vayas más en tu vida a esa casa, ni pases tampoco por la cuadra.
—¡Anjá! Con que allí vive también un muchacho ya grande, que a cada rato lo topo por Santa Teresa con un libro debajo del brazo. Siempre que me ve me quiere coger, me corre detrás y sabe mi nombre...
—Estudiante, perverso, como todos ellos. Cuando menos se le cayó de las uñas al mismo Barrabás. Pero voy viendo que tú tienes una cabecita dura como una piedra, y que por más que me afano en aconsejarte no consigo nada. En efecto, ¿quién ha visto que una niña tan linda como tú se ande azotando calles, con la chancleta arrastro y el pelo suelto y desgreñado, hasta las tantas más cuantas de la noche? ¿De quién aprendes estas malas mañas? ¿Por qué no me has de hacer caso?
—Y Nemesia, la hija de seño Pimienta el músico, ¿no se está en la calle hasta las diez? Antenoche nada menos la topé en la plazuela del Cristo jugando a la lunita con una porción de muchachos.
—¿Y tú te quieres comparar con la hija de seño Pimienta, que es una pardita andrajosa, callejera, y mal criada? El día menos pensado traen a esa espiritada, a su casa en una tabla con la cabeza partida en dos pedazos. La cabra, hija, siempre tira al monte. Tú eres mejor nacida que ella. Tu padre es un caballero blanco, y algún día has de ser rica y andar en carruaje. ¿Quién sabe? Pero Nemesia no será nunca más de lo que es. Se casará, si se casa, con un mulato como ella, porque su padre tiene más de negro que de otra cosa. Tú, al contrario, eres casi blanca y puedes aspirar a casarte con un blanco. ¿Por qué no? De menos nos hizo Dios. Y has de saber que blanco, aunque pobre, sirve para marido; negro o mulato ni el buey de oro. Hablo por experiencia... Como que fui casada dos veces... No recordemos cosas pasadas. Si tú supieras lo que le sucedió a una muchachita, cuasi de tu misma edad, por no hacer caso de los consejos de una abuela suya, la cual le pronosticó que si daba en andar por las calles tarde de la noche le iba a suceder una gran desgracia...
—Cuéntemelo, cuéntemelo, Chepilla, repitió la niña con la curiosidad de tal.
—Pues, señor: una noche muy escura, en que soplaba el viento recio, por cierto que era día de San Bartolomé, en que, como ya te he dicho otras veces, se suelta el diablo desde las tres de la tarde, estaba la muchacha Narcisa, que éste era su nombre, sentada cantando bajito en el quicio de piedra de su casa, mientras su abuela rezaba arrinconada detrás de la ventana... Me acuerdo como si fuera ahora mismo. Pues señor, habían tocado ánimas en el Espíritu Santo, y como el viento había apagado los pocos faroles, las calles estaban muy escuras, silenciosas y solitarias, como boca de lobo. Pues según iba diciendo, la muchachita cantaba y la vieja rezaba el rosario, cuando estando así, cate que se oye tocar un violín por allá en vuelta del Ángel. ¿Qué se figuró la Narcisa? Que era cosa de baile, y sin pedirle permiso a la abuela, sin decir oste ni moste, echó a correr y no paró hasta la loma. Así que la vieja acabó de rezar, creyendo que su nieta estaba en la cama, según era natural, cerró la puerta.
—¿Y dejó en la calle a la pobrecita? interrumpió Cecilia a la contadora con muestras de ansiedad y lástima.
—Ahora verás. La viejecita, antes de acostarse, porque ya era tarde y se caía del sueño, cogió una vela y fue al catre de la nieta para ver si dormía. Figúrate cuál no se quedaría ella que la amaba tanto, al encontrarse con el catre vacío. Corrió a la puerta de la calle, la abrió, llamó a gritos a la nieta: ¡Narcisa! ¡Narcisa! Pero Narcisa no responde. Ya se ve, ¿cómo había de responder la infeliz si el diablo se la había llevado?
—¿Cómo fue eso? preguntó azorada la niña.
—Yo te lo contaré, prosiguió seña Chepa con calma, notando que producía el efecto deseado su cuento de cuentos. Pues, señor, al llegar Narcisa a las cinco esquinas del Ángel, se le apareció un joven muy galán, que le preguntó a dónde iba a aquella hora de la noche.—A ver un baile, contestó la inocente.—Yo te llevaré, repuso el joven; y cogiéndola por un brazo la sacó a la muralla. Aunque era muy escuro, reparó Narcisa que según iban andando el desconocido se ponía prieto, muy prieto, como carbón; que los pelos de la cabeza se le enderezaban como lesnas; que al reír asomaba unos dientes tamaños como de cochino jabalí; que le nacían dos cuernos en la frente; que le arrastraba un rabo peludo por el suelo, vamos, que echaba fuego por la boca como un horno de hacer pan. Narcisa entonces dio un grito de horror y trató de zafarse, pero la figura prieta le clavó las uñas en la garganta para que no gritara, y, cargando con ella, se subió a la torre del Ángel, que, según habrás reparado, no tiene cruz, y desde allí la arrojó en un pozo hondísimo que se abrió y volvió a cerrarse tragándosela en un instante. Pues esto es, hija, lo que le sucede a las niñas que no hacen caso de los consejos de sus mayores.
Dio aquí fin a su cuento seña Chepa y comenzó la admiración, el pavor de Cecilia, la cual se puso a temblar de pies a cabeza y a dar diente con diente, aunque sin cesar de bostezar, porque más era el sueño que el miedo; con lo que, dando traspiés, se fue a la cama, que es a lo que tiraba la astuta vieja. Muchos otros cuentos por el estilo le hizo a la andariega muchacha; pero estamos seguros que no sacó otro fruto con ellos que llenar su cabeza de supersticiones y amilanar su espíritu. Ello es, que no por eso dejó la chica de hacer su gusto, escapándose a veces por la ventana, aprovechándose otras del momento en que la enviaban a la taberna de la esquina inmediata, para andarse de calle en calle y de plaza en plaza: cuándo en pos de la incitativa música de un baile; cuándo tras los tambores de los relevos; cuándo de los carruajes del entierro; cuándo, en fin, de la turba muchachil que arrebata el medio de plata en el bautizo.
Capítulo IV
Índice
Traen el pensamiento Lleno de impudicia, y lo derraman En torpes mil escandalosas voces, Que inficionan el viento Y altamente publican lo que aman.
González Carvajal
Cinco o seis años después de la época a que nos hemos contraído en los dos capítulos anteriores, a fines del mes de setiembre, había dado principio el convento de la Merced a la serie de ferias con que hasta el año de 1832, acostumbraban a solemnizar en Cuba las fiestas titulares religiosas, consagradas a los santos patrones de las iglesias y conventos; novenarios coincidentes a veces con el circular del Sacramento, introducido en el culto de Cuba desde los primeros años del siglo por el Señor Obispo Espada y Landa.
El novenario, de paso diremos, comenzaba nueve días anteriores a aquél en que caía el del santo patrono, prolongándose hasta otros nueve, con lo que se completaban dos novenas seguidas. Es decir, dieciocho días de fiesta, religiosas y profanas, que tenían más de grotescas y de irreverentes que de devotas y de edificantes. En ese tiempo se decía misa mayor con sermón por la mañana y se cantaba salve a prima noche dentro de la iglesia, con procesión por la calle el día del santo.
Fuera del templo había lo que se entendía por feria en Cuba, que se reducía a la acumulación en la plazuela o en las calles inmediatas, de innumerables puestos ambulantes, consistentes en una mesa o tablero de tijeras, cubiertos con un toldo y alumbrados por uno o más candiles de quemar grasa, donde se vendía, no ciertamente artículo alguno de industria o comercio del país, ni producto del suelo, caza, ave ni ganado, sino meramente baratijas de escasísimo valor, confituras de varias clases, tortas, obra de masa, avellanas, alcorza, agua de Loja y ponche de leche. Aquello no era feriar en el sentido recto de la palabra.
Pero esto no era por cierto el rasgo más notable de nuestras fiestas circulares. Había en el espectáculo algo que se hacía notable por demasiado grosero y procaz. Nos contraemos ahora a los juegos de envite y de manos que hacían parte de la feria y que provocaban con sus estupendas, aunque mentirosas ganancias, la codicia de los incautos. Los dirigían y ejecutaban en su mayoría hombres de color y de la peor ralea. Si bien groseros los artificios, no dejaban de engañar a muchos que se daban por muy avisados. Estos tenían lugar en la plazuela o en la calle, a la luz mortecina de los candiles o de los faroles de papel, y tomaban en ellos parte gentes de todas clases, condiciones, edades y sexos. Para las de alta posición social, queremos decir, para los blancos, había algo más decente, había la casa de bailes, donde un Farruco, un Brito, un Illas o un Marqués de Casa Calvo tenían puesta la banca o juego del monte desde el oscurecer hasta pasada la media noche, mientras duraban los dieciocho días de la feria.
Procurábase que la casa o casas de bailes estuviesen lo más vecino que se pudiera a la parroquia o convento en que se celebraba el novenario. En la sala se bailaba, en el comedor tocaba la orquesta, y en el patio se jugaba al juego conocido por del monte. La mesa era larga y angosta, para que cupiesen los más de los jugadores sentados a ambos lados, el tallador a una cabeza y en la otra su ayudante, que dicen gurrupié. Para la protección de los jugadores y de los naipes, en caso de lluvia, frecuentes en el otoño, se tendía un toldo del alero de la casa al caballete de la tapia divisoria de la vecina. No todos los tahures, para vergüenza nuestra sea dicho, eran del sexo fuerte, hombres ya maduros, ni de la clase lega, que en el grupo apiñado y afanoso de los que arriesgaban a la suerte de una carta, quizás el sustento de su familia el día siguiente, o el honor de la esposa, de la hija o de la hermana, podía echarse de ver una dama más ocupada del albur que de su propio decoro, o un mozo todavía imberbe, o un fraile mercenario en sus hábitos de estameña color de pajuela, con el sombrero de ala ancha encasquetado, las cuentas del largo rosario entre el índice y el pulgar de la mano izquierda, y la derecha ocupada en colocar la moneda de oro o plata en el punto que más se daba, perdiendo o ganando siempre con la misma serenidad de ánimo que de semblante.
El banquero, para llamarle por su nombre más decente, era quien hacía el gasto del alquiler de la casa, el de la música y el de las velas de esperma con que se alumbraban la sala de baile, el comedor y la mesa del juego. Todo esto se hacía para atraer a los jugadores. La entrada, por supuesto, era libre, aunque el bastonero, que también tiraba sueldo, no admitía toda clase de persona. En aquella época corría mucho la moneda fuerte, los duros españoles y las onzas de oro. La plata menuda escaseaba, y era cosa de oír el continuo retintín de los pesotes columnarios y sonoras onzas, que maquinalmente dejaban caer los tahures de una mano a otra o sobre la mesa, como para distraer el pensamiento y de algún modo interrumpir el solemne silencio del azaroso juego.
Que nada de lo que aquí se traza a grandes rasgos estaba prohibido o no más que tolerado por las autoridades constituidas, se desprende claramente del hecho de que los garitos en Cuba pagaban una contribución al gobierno para supuestos objetos de caridad. ¿Qué más? La publicidad con que se jugaba al monte en todas partes de la Isla principalmente durante la última época del mando del capitán general don Francisco Dionisio Vives, anunciaba, a no dejar duda, que la política de éste o de su gobierno se basaba en el principio maquiavélico de corromper para dominar, copiando el otro célebre del estadista romano: divide et impera. Porque equivalía a dividir los ánimos, el corromperlos, cosa que no viese el pueblo su propia miseria y su degradación.
Pero esta digresión, por más necesaria que fuese, nos ha desviado un tanto del punto objetivo de la presente historia. Nuestra atención la atraía por completo un baile de la clase baja que se daba en el recinto de la ciudad por la parte que mira al Sur. La casa donde tenía efecto, ofrecía ruín apariencia, no ya por su fachada gacha y sucia, como por el sitio en que se hallaba, el cual no era otro que el de la garita de San José, opuesto a la muralla, en una calle honda y pedregosa. Aunque de puerta ancha con postigo, no formaba lo que se entiende en Cuba por zaguán, pues abría derecho a la sala. Tras ésta venía el comedor con el correspondiente tinajero, armazón piramidal de cedro, en que persianas menudas encerraban la piedra de filtrar, la tinaja colorada barrigona, los búcaros, de una especie de terra cotta y las pálidas alcarrazas de Valencia, en España. Al comedor dicho daba la puerta lateral del primer aposento, ocupado en su mayor parte por dos órdenes de sillones de vaqueta colorada, una cama con colgaduras de muselina blanca y un armario, al que dicen en La Habana escaparate. Otros cuartos seguían a ése, atestados de muebles ordinarios, y paralelo a ellos un patio largo y angosto, también obstruido en parte por el brocal alto de un pozo cuyas aguas salobres dividía con la casa contigua, terminando cuartos y patio en una saleta atravesada y exenta.
En esta última se hallaba una mesa de regular tamaño, ya vestida y preparada con cubiertos como para hasta diez personas; algunos refrescos y manjares, agua de Loja, limonada, vinos dulces, confituras, panetelas cubiertas, suspiros, merengues, un jamón adornado con lazos de cintas y papel picado, y un gran pescado, nadando casi en una salsa espesa de fuerte condimento. En la sala había muchas sillas ordinarias de madera arrimadas a las paredes, y a la derecha, como se entra de la calle, un canapé, con varios atriles de pie derecho por delante. Aquél, a la sazón que principia nuestro cuento, le ocupaban hasta siete negros y mulatos músicos, tres violines, un contrabajo, un flautín, un par de timbales y un clarinete. El último de los instrumentos aquí mencionados se hallaba a cargo de un mulato joven, bien plantado y no mal parecido de rostro, quien, no obstante sus pocos años, dirigía aquella pequeña orquesta.
Ese se veía de pie a la cabeza del canapé por el lado de la calle. Sus compañeros, casi todos mayores que él, le decían Pimienta, y ya fuese un sobrenombre, ya su verdadero apellido, por éste lo designaremos de aquí adelante. Su mirada distraída y aun sombría, no se apartaba de la puerta de la calle, como si esperase algo o a alguien, en los momentos de que hablamos ahora.
Pero aquella puerta, lo mismo que la ventana de bastidor cuadrado, se veía asediada de una multitud de curiosos de todas edades y condiciones, que apenas permitían acceso a la sala a las mujeres y hombres con derecho o voluntad de entrar. Y decimos con derecho o voluntad porque nadie presentaba papeleta, ni había bastonero que recibiese o aposentase. El baile, conocidamente era uno de los que, sin que sepamos su origen, llamaban cuna en La Habana. Sólo sabemos que se daban en tiempo de ferias, que en ellos tenían entrada franca los individuos de ambos sexos de la clase de color, sin que se le negase tampoco a los jóvenes blancos que solían honrarlos con su presencia. El hecho, sin embargo, de tenerse preparado en el interior un buen refresco, prueba, que si aquella era una cuna en el sentido lato de la palabra, parte al menos de la concurrencia había recibido previa invitación o esperaba ser bien recibida. Así era en efecto la verdad. La ama de la casa, mulata rica y rumbosa, llamada Mercedes, celebraba su santo en unión de sus amigos particulares, y abría las puertas para que disfrutaran del baile los aficionados a esta diversión y contribuyeran con su presencia al mayor lustre e interés de la reunión.
Serían las ocho de la noche. Desde por la tarde habían estado cayendo los primeros chubascos de otoño, y aunque habían suspendido hacia el oscurecer, tras haber empapado el suelo, dejando las calles intransitables, no habían refrescado la atmósfera. Lejos de ello, había quedado tan saturada de humedad, que se adhería a la piel y hervía en los poros. Pero no eran estos inconvenientes para los curiosos que, según hemos dicho antes, asediaban la puerta y la ventana, hasta llenar casi la mitad de la angosta y torcida calle; ni para los concurrentes al baile, que a medida que avanzaba la noche llegaban en mayor número, unos a pie, otros en carruaje. Cosa de las nueve la sala de baile era un hervidero de cabezas humanas; las mujeres sentadas en las sillas del rededor y los hombres de pie en medio, formando grupo compacto, todos con los sombreros puestos; por lo cual la cabeza que sobresalía, de seguro que tropezaba con la bomba de cristal, suspendida de una vigueta por tres cadenas de cobre, en que ardía la única vela de esperma para alumbrar a medias aquella tan extraña como heterogénea multitud.
Bastante era el número de negras y mulatas que habían entrado, en su mayor parte vestidas estrafalariamente. Los hombres de la misma clase, cuya concurrencia superaba a la de las mujeres, no vestían con mejor gusto, aunque casi todos llevaban casaca de paño y chaleco de piqué, los menos chupa de lienzo, dril o Arabia, que entonces se usaban generalmente, y sombrero de paño. No escaseaban tampoco los jóvenes criollos de familias decentes y acomodadas, los cuales sin empacho se rozaban con la gente de color y tomaban parte en su diversión más característica, unos por mera afición y otros movidos por motivos de menos puro origen. Aparece que algunos de ellos, pocos en verdad, no se recataban de las mujeres de su clase, si hemos de juzgar por el desembarazo con que se detenían en la sala de baile y dirigían la palabra a sus conocidas o amigas, a ciencia y presencia de aquéllas que, mudas espectadoras, los veían desde la ventana de la casa.
Distinguíase entre los jóvenes dichos antes, así por su varonil belleza de rostro y formas, como por sus maneras joviales, uno a quien sus compañeros decían Leonardo. Vestía pantalón y chupa de dril crudo con listas rosadas, chaleco blanco de piqué, corbata de seda ajustada al cuello por un anillo de oro y las puntas sueltas, sombrero de yarey, tan fino que parecía hecho de holán Cambray, calcetín de seda de color de carne y zapato bajo con hebillita de oro al lado. Por debajo del chaleco, asomaba una cinta de aguas rojo y blanco, doblada en dos y sujetas las puntas con una hebilla también de oro. Esta servía de cadena al reloj en el bolsillo del pantalón. Había allí otro hombre que se distinguía más si cabe que Leonardo, aunque por distinto camino, esto es, por lo que diferían a su opinión y se reían de sus chocarrerías los negros y mulatos, y por la familiaridad con que trataba a las mujeres, sobre todas al ama de la casa. Frisaba ya en los cuarenta años de edad ese sujeto, no tenía pelo de barba, era blanco de rostro, con ojos grandes y alocados, la nariz larga, roja hacia la punta, indicio de su poca sobriedad, la boca grande, más expresiva. Portaba siempre debajo del brazo izquierdo una caña de Indias con puño de oro y borlas de seda negra. Le acompañaba a todas partes, como la sombra al cuerpo, un hombre de facha ordinaria, notable por la estrechez de la frente, por sus movibles y ardientes ojicos, y, sobre todo, por sus enormes patillas negras, que le daban el aire antes de bandolero que de alguacil; empleo que desempeñaba entonces, pues el otro a quien seguía era nada menos que Cantalapiedra, comisario del barrio del Ángel, el cual abandonaba por andarse tras la tentadora cuna.
Rato hacía que la música tocaba las sentimentales y bulliciosas contradanzas cubanas, aunque todavía el baile, para valernos de la frase vulgar, no se había rompido. Acomodaba afanosa el ama de la casa a sus amigas particulares y de más edad en los sillones del aposento, para que a salvo de las pisadas y tropiezos pudiesen gozar de la fiesta al mismo tiempo que no perder de vista a los objetos o de su cuidado, o de su cariño, que como jóvenes quedaban en la sala. Pimienta, el clarinete, se mantenía en pie a la cabeza de la orquesta, tocando su instrumento favorito, casi de frente para la calle, cual si no hubiese entrado aún la persona digna de su música, o quisiera ser el primero en verla entrar. Parecía, sin embargo, inútil este cuidado, por cuanto no entraba hombre ni mujer que no tuviera algo que decirle al paso. A todos estos saludos contestaba él invariablemente con un movimiento de cabeza, si se exceptúa que cuando le tocó su vez al capitán Cantalapiedra, quien con su acostumbrada familiaridad le puso la mano en el hombro y le habló en secreto, contestó quitándose el instrumento de la boca:—Así parece, mi capitán.
Podía advertirse que cada vez que entraba una mujer notable por alguna circunstancia, los violines, sin duda para hacerle honor, apretaban los arcos, el flautín o requinto perforaba los oídos con los sones agudos de su instrumento, el timbalero repiqueteaba que era un primor, el contrabajo, manejado por el después célebre Brindis,[7] se hacía un arco con su cuerpo y sacaba los bajos más profundos imaginables, y el clarinete ejecutaba las más difíciles y melodiosas variaciones. Aquellos hombres, es innegable, se inspiraban, y la contradanza cubana, creación suya, aun con tan pequeña orquesta, no perdía un ápice de su gracia picante ni de su carácter profundamente malicioso-sentimental.
Capítulo V
Índice
—¿Habéis visto en vuestra vida Mujer más airosa? —No. Ni al Parque jamás salió Más aseada y bien prendida
Calderón
Mañanas de Abril y Mayo
Después de dar una vuelta por la sala, el comisario Cantalapiedra se entró de rondón en el aposento, y en son de broma le tapó por detrás los ojos al ama de la casa, en los momentos en que ella se inclinaba sobre la cama para depositar la manta de una de sus amigas que acababa de entrar de la calle. La tal ama de la casa, Mercedes Ayala, era una mulata bastante vivaracha y alegre a pesar de sus treinta y pico cumplidos, regordeta, baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todo por detrás, no se cortó ni turbó por eso; antes por un movimiento natural acudió con entrambas manos a tentar las del que la impedía ver, y sin más dilación dijo:—Este no puede ser otro que Cantalapiedra.
—¿Cómo me conociste, mulata? preguntó él.
—¡Toma! repuso ella. Por el aquel de algunas gentes.
—¿El aquel mío o tuyo?
—El de los dos, señor, para que no haya disgusto.
Tras lo cual el comisario la atrajo a sí suavemente por la cintura con el brazo derecho y le dijo una cosa al paño que la hizo reír mucho; aunque, apartándole con ambas manos, repuso:
—Quite allá, lisonjero. La que trastorna el juicio está al caer. Ya yo ya... Cátela Vd.
Si con estas últimas palabras aludía la Ayala a una de las dos muchachas que en aquel mismo punto se apearon de un lujoso carruaje a la puerta de la casa, hecho anunciado por el movimiento general de cabezas de dentro y fuera de ella, no cabe duda que tenía sobrada razón. No la había más hermosa ni más capaz de trastornar el juicio de un hombre enamorado. Era la más alta y esbelta de las dos, la que tomó la delantera al descender del carruaje lo mismo que al entrar en la sala de baile, de brazo con un mulato que salió a recibirla al estribo, y la que, así por la regularidad de sus facciones y simetría de sus formas, por lo estrecho del talle, en contraste con la anchura de los hombros desnudos, por la expresión amorosa de su cabeza, como por el color ligeramente bronceado, bien podía pasar por la Venus de la raza híbrida etiópico-caucásica. Vestía traje de punto ilusión sobre viso de raso blanco, mangas cortas con ahuecadores, que las hacían parecer dos globos pequeños, banda de cinta ancha encarnada a través del pecho, guantes de seda largos hasta el codo, tres sartas de brillantes corales al cuello, y una pluma blanca de marabú con flores naturales, las que, con el pelo hecho un rodete bajo y un orden de rizos de sien a sien, por detrás, daban a su cabeza el aire de una gorra antigua de terciopelo negro, que es lo que ella o su peluquero se había propuesto contrahacer. La compañera iba vestida y peinada con poco más o menos como ella, pero no siendo ni con mucho tan esbelta y bella, no atrajo tanto la atención.
Volvíanse las mujeres todo ojos para verla, los hombres le abrían paso, le decían alguna lisonja o chocarrería, y en un instante el rumor sordo de:—La Virgencita de bronce, la Virgencita de bronce, recorrió de un extremo a otro la casa del baile. Que la reina de éste acababa de presentarse, sin la orquesta, dieron de ello claras muestras la animación y el movimiento difundidos por todas partes. Al pasar ella por junto al clarinete Pimienta, le tocó con el abanico en el brazo, acompañando la acción con una sonrisa, que fueron parte para que el artista, que por lo visto esperaba aquel instante con ansia devoradora, sacara de su instrumento las melodías más extrañas y sensibles, cual si la musa de sus sueños platónicos hubiese bajado a la tierra y adoptado la forma de una mujer sólo para inspirarle. Puede decirse en resumen que el golpe del abanico surtió en el músico el efecto de una descarga eléctrica cuya sensación, si es dable expresarlo así, podía leerse lo mismo en su rostro que en todo su cuerpo, desde el cabello a la planta. No se cruzaron palabras entre ellos, por supuesto, ni parecían necesarias tampoco, al menos por lo que a él tocaba, pues el lenguaje de sus ojos y de su música era el más elocuente que podía emplear ser alguno sensible, para expresar la vehemencia de su amorosa pasión.
También le tocó con su abanico y se sonrió con Pimienta la compañera de la llamada Virgencita de bronce pero el menos observador pudo advertir que el toque y la sonrisa de la una no tuvieron sobre él, ni con mucho, la influencia mágica de los de la otra. Al contrario, sus miradas se encontraron con natural y sereno movimiento, por donde era fácil colegir que había inteligencia entre ella y el músico, pero aquella inteligencia que tiene por origen la amistad o el parentesco, no el amor. Sea de esto lo que se fuere, Pimienta siguió con la vista a las dos muchachas, en cuanto se lo permitían las gentes, hasta que entraron en el primer aposento, por la puerta del comedor, entonces cesó de tocar y paró la música.
Los jóvenes blancos, con Cantalapiedra a su cabeza, se habían situado al fin en el comedor, cerca de esa puerta de comunicación, para hallarse a la mira, lo mismo de las mujeres que entraban de la calle, como de las que salían a bailar en la sala. El que llamaban Leonardo, no bien notó la aproximación del carruaje en que llegaban las dos muchachas arriba mencionadas, se abrió camino a la calle con alguna dificultad, y se dirigió derecho al calesero, al cual le habló en baja voz. Este, para oírlo, se inclinó desde la silla del caballo que montaba, se quitó el sombrero en señal de respeto, y diciendo,—sí, señor,—al punto echó a escape con el carruaje la vuelta del hospital de mujeres de Paula.
Mientras las dos muchachas pasaban del comedor al cuarto, la más hermosa preguntó a su amiga en tono de voz que pudieron oír algunos de los circunstantes:
—¿Lo has visto, Nene?
—¿Te ciega el amor? contestó la compañera con otra pregunta.
—No es eso, china, sino que no lo he visto. ¿Qué quieres?
—Pues por tu lado pasó como un reguilete, cuando nosotras entrábamos.
Con esto la otra echó una rápida ojeada en torno del grupo de cabezas que la rodeaban y se inclinaban sobre ella, en el afán de verla a su sabor y de atraer sus miradas. Pero no cabe duda que sus ojos no tropezaron con los del individuo, cuyo nombre ninguna de las dos mencionó, porque torció el ceño y dio claras muestras de su desazón. Cantalapiedra, sin embargo, oyendo sus palabras y observando su semblante, dijo: ¡Cómo! ¿Qué, no me ves? ¡Aquí me tienes, cielo!
La joven hizo un mohín muy sonoro y no replicó palabra. Por el contrario, Nemesia, que se perecía por los dimes y diretes, contestó con más viveza que gracia:
—Ahí se podía estar el señor toda la vida. Naide preguntaba por el señor.
—Ni yo hablaba contigo, poca sal.
—Ni se necesita, cristiano.
—¡Qué lengua, qué lengua! repitió el comisario.
Todo esto pasó en un instante, sin volver atrás la cara las muchachas, ni pararse a conversar, sino el tiempo necesario para que los hombres les abrieran paso. Ya en la puerta del aposento, la Ayala recibió a sus amigas con los brazos abiertos y muchas demostraciones de alegría y de cariño. Y ya fuese por cumplimiento, ya porque así en efecto lo sentía, dijo casi a gritos:—Por ustedes se aguardaba para romper el baile. ¿Cómo está Chepilla? continuó hablando con la más joven. ¿No ha venido? Empezaba a creer que había habido novedad.
—Por poco no vengo, contestó la preguntada. Chepilla no se sentía buena, y luego se ha puesto tan impertinente. El quitrín esperó por nosotras media hora por lo menos.
—Más vale que no haya venido, continuó la Mercedes. Porque la cosa va a durar hasta el alba y ella no podría resistir. Denme sus mantas.
Tiempo era ya de que la fiesta comenzase. En efecto, no tardó en presentarse en el aposento ocupado por las matronas un mulato alto, calvo, algo entrado en años, aunque robusto, quien plantándose delante de la Mercedes Ayala, le dijo en voz bronca y con los brazos levantados:
—Vengo por la gracia y la sal para romper el baile.
—Pues, hermano, a la otra puerta, que aquí no es, repuso la Ayala con mucha risa.
—No hay que venirme con ésas, señora, porque yo soy porfiado. Además, que a nadie sino al ama de la casa corresponde el honor de romper el baile; con más que es su natalicio.
—Eso sería bueno si no hubiera en esta selecta reunión muchachas bonitas, a quienes de derecho corresponde el dominio y la gloria en todas partes.
—Ya se ve, agregó el calvo, que no faltan esta noche en tan selecta reunión muchas y muy bonitas muchachas, pero esta circunstancia, que concurre también en el ama de la casa, no les da derecho a romper el baile. Hoy en el día de su santo, Merceditas, es Vd. el ama de la casa, donde celebramos tan fausto día, y es Vd. la gracia y la sal del mundo. ¿He dicho algo? concluyó recorriendo con la vista los circunstantes en busca de su aprobación.
Todos, que más que menos, ya con palabras, ya con la acción, manifestaron su aquiescencia, de manera que la Ayala tuvo que ponerse en pie, y mal su grado seguir al compañero a la sala. Por entonces ya habían despejado los hombres, dejando un buen espacio libre en el centro. El calvo llevaba de la mano a la Ayala, y con ella se cuadró de frente para la orquesta, a la cual mandó en tono imperioso que tocase un minué de corte. Este baile serio y ceremonioso estaba en desuso en la época de que hablamos; pero por ser propio de señores o gente principal, la de color de Cuba le reservaba siempre para dar principio a sus fiestas.
Bailaba aquella anticuada pieza con bastante gracia por parte de la mujer y con aire grotesco por la del hombre, saludaron a la primera los circunstantes con estrepitosos aplausos, y luego, sin más demora, comenzó de veras el baile, es decir, la danza cubana, modificación tan especial y peregrina de la danza española, que apenas deja descubrir su origen. Uno de tantos presentes se arrestó a invitar a la joven de la pluma blanca, como si dijéramos, a la musa de aquella fiesta, y ella, sin hacerse de rogar ni poner ningún reparo, aceptó de plano la invitación. Cuando pasaba del aposento a la sala, para ocupar su puesto en las filas de la danza, se le escapó a una de las mujeres la siguiente audible exclamación:
—¡Qué linda! Dios la guarde y la bendiga.
—El mismo retrato de su madre, que santa gloria haya, agregó otra.
—¡Cómo! ¿Que murió la madre de esa niña? preguntó muy azorada una tercera.
—¡Toma! ¿Que ahora se desayuna Vd. de eso? repuso la que habló en segundo lugar. ¿Pues no oyó Vd. decir que había muerto de resultas de haber perdido a su hija a los pocos días de nacida?
—No entiendo cómo la perdió si vive.
—No me ha dejado Vd. explicar, seña Caridad. Perdió a su hija a los pocos días de nacida porque se la quitaron cuando menos lo esperaba. Hay quien diga que la abuela, para ponerla en la Real Casa Cuna y hacerla pasar por blanca; hay quien diga que la abuela no fue la ladrona, sino el padre de la muchacha, que era un caballero de muchas campanillas y ya se había arrepentido de sus tratos y contratos con la madre. Esta perdió junto con la hija el juicio, y cuando le volvieron la hija, por consejo de los médicos, ya fue tarde, porque si recobró el juicio, que hay quien lo duda, no recobró la salud, y murió en Paula.
—Ha contado Vd. una historia, seña Trinidad, dijo pasito la Ayala con sonrisa de incredulidad a la mulata que acababa de hablar.
—Hija, replicó la Trinidad alto, como me la contaron la cuento; ni quito ni pongo de mi caudal.
—Pues según mis informes, que son de buena tinta, continuó la Ayala, Vd. o la que le contó la historia añadió mucho de su propio caudal. Lo digo porque no se sabe de cierto si la madre de la niña ésta vive o muere; lo único que está bien averiguado es que la abuela oculta a la nieta el nombre de su padre, aunque es preciso ser ciega para no verlo o conocerlo. Cuando menos anda ahora mismo por las ventanas, siguiéndole los pasos a la hija, como que no la pierde de vista un punto. Parece que ese hombre ingrato y desnaturalizado, arrepentido de su conducta con la infeliz Rosarito Alarcón, no halla otro medio de expiar su culpa que seguir a la hija de cuna en cuna y de ponina en ponina, para ver si la liberta de los peligros del mundo. No tenga cuidado. Trabajo le mando. Como que así así se le cortan las alas al pájaro que una vez emprendió el vuelo.
—Pero se puede saber, preguntó la que dijeron Caridad, ¿quién es el señorón de que se trata? Porque aquí tiene Vd. una persona que no lo conoce ni lo ha visto nunca, y no me parece que soy sorda ni ciega.
—Como sé lo que es una curiosidad no satisfecha, seña Caridad, voy a sacarla de dudas, dijo la Ayala acercándose. Creo que hablo con una mujer de secreto, y por eso le digo todo lo que hay en el asunto. Apuradamente no tengo por qué andar con tapujos a estas horas. Sepa que el hombre es...; y poniéndole ambas manos en los hombros a la curiosa, le comunicó en secreto el nombre del individuo. ¿Lo conoce Vd. ahora? concluyó preguntando la Ayala.
—Por supuesto que sí, contestó seña Caridad. Como a mis manos. Lo más que yo conocía. Por cierto que...; pero cállate, lengua.
Serían las diez de la noche y entonces estaba en su punto el baile. Bailábase con furor. Decimos con furor porque no encontramos término que pinte más al vivo aquel mover incesante de pies, arrastrándolos muellemente junto con el cuerpo al compás de la música; aquel revolverse y estrujarse en medio de la apiñada multitud de bailadores y mirones, y aquel subir y bajar la danza sin tregua ni respiro. Por sobre el ruido de la orquesta con sus estrepitosos timbales, podía oírse, en perfecto tiempo con la música, el monótono y continuo chis, chas de los pies; sin cuyo requisito no cree la gente de color que se puede llevar el compás con exacta medida en la danza criolla.
En la época a que nos referimos, estaban en boga las contradanzas de figuras, algunas difíciles y complicadas, tanto que era preciso aprenderlas por principio antes de ponerse a ejecutarlas, pues se exponía a la risa del público el que las equivocaba, equivocación a que decían perderse. Aquel que se colocaba a la cabeza de la danza ponía la figura, y las demás parejas debían ejecutarla o retirarse de las filas. En todas las cunas generalmente había algún maestro a quien cedían o se tomaba el derecho de poner la figura, la misma que al volver a la cabeza de la danza la cambiaba a su antojo. El que más raras y complicadas figuras ponía, más crédito ganaba de excelente bailador, y se tenía a honra entre las mujeres el ser su compañera o pareja. Con el maestro per se, fuera de esa distinción, que se disputaba a veces, había la seguridad de no perderse, ni verse en la triste necesidad de sentarse, sin haber bailado, después de haberse colocado en las filas de la danza.
En la noche en cuestión, bailaba el maestro con Nemesia, la amiga predilecta de la joven de la pluma blanca. Había él puesto muchas y muy raras figuras, dejando conocidamente para lo último la más difícil y complicada. La segunda, tercera, cuarta y quinta parejas salieron airosas de la prueba, ejecutando la figura con los mismos enlaces, desenlaces y actitudes del maestro; pero no obstante el espacio que tuvo para estudiarla y aprenderla el compañero de la apellidada Virgencita de bronce, pues ocupaba en las filas el sexto lugar, a medida que se acercaba su turno, crecía su ansiedad y volvía el rostro hacia los músicos, en ademán suplicatorio, como esperando que adivinaran su aprieto y parasen la música. Aquella inquietud se comunicó a la muchacha, la cual conoció que iba a pasar por la vergüenza de tener que sentarse en lo más animado y divertido de la danza. El temor llegó a dominar todo su ser, poniéndola pálida y nerviosa. Lo que pasaba en el ánimo de esa pareja no tardó en hacerse visible a los ojos de las demás parejas y de muchos de los espectadores del baile.
La idea no más de que la hasta allí reina de la cuna podía verse obligada a retirarse, antes de tiempo, de las filas, había llenado de cruel y envidioso regocijo a las otras muchachas a quienes habían mortificado sobre manera las preferencias y públicos elogios que de ella hacían los hombres desde el momento de su entrada en el baile. En aquellas críticas circunstancias, Pimienta, que no la había perdido tampoco un punto de vista en medio de sus caprichosos giros y del tumulto de la danza, comprendió al vuelo lo que pasaba, y sin advertir a nadie de su intento, paró la música de golpe. Respiró con desahogo el compañero de la joven, y ésta pagó con una sonrisa celestial aquel socorro tan a tiempo del director de la orquesta.
Capítulo VI
Índice
Y del tumulto indiscreto Que ardiente en su torno gira, Ninguno le dijo: "mira, Aquél te adora en secreto. Que oyendo y viéndote está".
Ramón de Palma
Quince de Agosto
Habrá comprendido ya el discreto lector, que la Virgencita de bronce de las anteriores páginas no es otra que Cecilia Valdés, la misma jovenzuela andariega que procuramos darle a conocer al principio de esta verídica historia. Hallábase, pues, en la flor de su juventud y de su belleza, y empezaba a recoger el idólatra tributo que a esas dos deidades rinde siempre con largueza el pueblo sensual y desmoralizado. Cuando se recuerde la descuidada crianza y se una a esto la soez galantería que con ella usaban los hombres, por lo mismo que era de la raza híbrida e inferior, se formará cualquier idea aproximada de su orgullo y vanidad, móviles secretos de su carácter imperioso. Así es que, sin vergüenza ni reparo, a menudo manifestaba sus preferencias por los hombres de la raza blanca y superior, como que de ellos es de quienes podía esperar distinción y goces, con cuyo motivo solía decir a boca llena,—que en verbo de mulato sólo quería las mantas de seda[8], de negro sólo los ojos y el cabello.
Fácil es de creer, que una opinión tan francamente emitida como contraria a las aspiraciones de los hombres de las dos clases últimamente mencionadas, no les haría buena sangre, según suele decirse. Con todo eso, bien porque no se creyese sincera a su autora cuando la expresaba, bien porque se esperaba que hiciera una excepción, bien porque siendo tan bella era imposible verla sin amarla, lo cierto es que más de un mulato estaba perdido de amores por ella, sobre todos Pimienta, el músico, como habrá podido advertirse. Este tal gozaba la inapreciable ventaja sobre los demás pretendientes, de ser hermano de la amiga íntima y compañera de la infancia de Cecilia, con cuyo motivo podía verla a menudo, tratarla con intimidad, hacérsele necesario y ganar tal vez su rebelde corazón a fuerza de devoción y de constancia. ¿A quién no ha halagado en su vida esperanza más efímera? De todos modos, él siempre tenía presente aquel canto popular de los poetas españoles, que principia:—Labra el agua sin ser dura, un mármol endurecido,—y puede decirse, en honor de la verdad, que Cecilia le distinguía entre los hombres de su clase que se le acercaban a celebrarla, si bien semejante distinción, hasta la fecha presente, no había pasado de uno que otro rasgo de amabilidad con un hombre por otra parte muy amable, cortés y atento con las mujeres.
Acabada la danza, se inundó de nuevo la sala y comenzaron a formarse los grupos en torno de la mujer preferida por bella, por amable o por coqueta. Pero en medio de la aparente confusión que entonces reinaba en aquella casa, podía observar cualquiera que, al menos entre los hombres de color y los blancos, se hallaba establecida una línea divisoria que, tácitamente y al parecer sin esfuerzo, respetaban de una y otra parte. Verdad es que unos y otros se entregaban al goce del momento con tal ahinco, que no es mucho de extrañar olvidaran por entonces sus mutuos celos y odio mutuo. Además de eso, los blancos no abandonaron el comedor y aposento principal, a cuyas piezas acudían las mulatas que con ellos tenían amistad, o cualquier otro género de relación, o deseaban tenerla; lo cual no era ni nuevo ni extraño, atendida su marcada predilección. Cecilia y Nemesia, por uno u otro de estos motivos, o por su estrecha amistad con el ama de la casa, no bien concluyó la danza se fueron derecho al aposento y ocuparon asiento detrás de las matronas hacia el comedor. Allí, sin más dilación, se formó el grupo de los jóvenes blancos, porque, ya se ha dicho, aquellas dos muchachas eran las más interesantes del baile. Las personas conspicuas de ese grupo, sin disputa que eran tres: el comisario Cantalapiedra, Diego Meneses y su amigo íntimo el joven conocido por Leonardo. Este último tenía apoyada la mano derecha en el canto del respaldo de la silla ocupada por Cecilia, quien, por casualidad o a posta, le estrujó los dedos con la espalda.
—¿Así trata Vd. a sus amigos? Le dijo Leonardo sin retirar la mano, aunque le escocía bastante.
Contentose Cecilia con mirarlo de soslayo y torcerle los ojos cual si la palabra amigo sonase mal en quien debía saber que era tratado como enemigo.
—Esa niña está hoy muy desdeñosa, dijo Cantalapiedra, que notó la acción y la mirada.
—¿Y cuándo no? dijo Nemesia sin volver la cara.
—Nadie te ha dado vela en este entierro, repuso el comisario.
—Y al señor ¿quién se la ha dado? agregó Nemesia mirándole entonces de reojo.
—¿A mí? Leonardo.
—Pues a mí, Cecilia.
—No hagas caso, mujer, dijo esta última a su amiga.
—Si no fuera por qué... yo te ponía más suave que un guante, añadió Cantalapiedra hablando directamente con Cecilia.
No ha nacido todavía, dijo ella, el que me ha de hacer doblar el cocote.
—Tienes esta noche palabras de poco vivir, le dijo entonces Leonardo, inclinándose hasta ponerle la boca en el oído.
—Me la debe Vd. y me la ha de pagar, le contestó ella en el propio tono y con gran rapidez.
—Al buen pagador no le duelen prendas, dice a menudo mi padre.
—Yo no entiendo de eso, repuso Cecilia. Sólo sé que Vd. me ha desairado esta noche.
—¿Yo...? Vida mía...
En aquella misma sazón se acercó Pimienta por la puerta de la sala saludando a un lado y a otro a sus amigas, y cuando se puso al alcance de Cecilia ésta le echó mano del brazo derecho con desacostumbrada familiaridad, y le dijo, afectando tono y aire volubles:—¡Oiga! ¡Qué bien cumple un hombre su palabra empeñada!
—Niña—contestó con solemne tono, aunque acaso no era para tanto—José Dolores Pimienta siempre cumple su palabra.
—Lo cierto es que la contradanza prometida aún no se ha tocado.
—Se tocará, Virgencita, se tocará, porque es preciso que sepa que a su tiempo se maduran las uvas.
—La esperaba en la primera danza.
—Mal hecho. Las contradanzas dedicadas no se tocan en la primera, sino en la segunda danza, y la mía no debía salir de la regla.
—¿Qué nombre le ha puesto? preguntó Cecilia.
—El que se merece por todos estilos la niña a quien va dedicada: Caramelo vendo.
—¡Ah! Esa no soy yo por cierto, dijo la joven corrida.
—¡Quién sabe, niña! ¡Qué tarde vinieron! agregó hablando con su hermana Nemesia.
—No me digas nada, José Dolores, repuso ésta. Costó Dios y ayuda persuadir a Chepilla el que nos dejase venir solas, porque lo que es ella no podía acompañarnos. Consintió a lo último porque vinimos en quitrín. Y aún así, (para añadir estas palabras miró a Cecilia como consultando su semblante), si no tomamos la determinación de meternos en él, nos quedamos... Chepilla se puso furiosa en cuanto que se asomó a la puerta y conoció...
—Chepilla no se puso brava por nada de eso, mujer; interrumpió Cecilia con gran viveza a su amiga. No quería que viniésemos porque la noche estaba muy mala para baile. Y tenía mucha razón, sólo que yo había dado mi palabra...
Por prudencia o por cualquier otro motivo, Pimienta se alejó de allí sin aguardar a más explicaciones. No sucedió lo mismo con Cantalapiedra, que era hombre curioso si los hay, por lo que con sonrisa maliciosa le preguntó a Nemesia:—¿Se puede saber por qué la Chepilla se puso furiosa luego que reconoció el quitrín en que ustedes vinieron al baile?
—Como que yo no soy baúl de naiden, contestó la Nemesia prontamente, diré la verdad. (Cecilia le pegó un pellizco, pero ella acabó la frase.) Claro, porque conoció que el quitrín era del caballero Leonardo.
Naturalmente las miradas de Cantalapiedra y de los demás presentes al alcance de las palabras de Nemesia, se concentraron en el individuo que ella había nombrado, y aquél, tocándole en el hombro, le dijo:
—Vamos, no se ponga colorado, que el prestar el carruaje a dos reales mozas como éstas en noche tan fea, no es motivo para que nadie sospeche malas intenciones de un caballero.
—Ese quitrín, lo mismo que el corazón de su dueño, repuso Leonardo sin cortarse, están siempre a la orden de las bellas.
Salía entonces Pimienta por la puerta del comedor y oyó distintamente las palabras del joven blanco, convenciéndole, desde luego, de quién era el quitrín en que Cecilia y su hermana Nemesia habían venido al baile. El desengaño le hirió en lo más vivo del alma; por lo que echando una mirada triste al grupo de jóvenes blancos, de seguidas pasó a la sala donde, después de armar el clarinete, tocó algunos registros a fin de que entendieran sus compañeros que era tiempo de que se reuniera de nuevo la orquesta. Afinados los instrumentos, sin más dilación rompió la música con una contradanza nueva, que a los pocos compases no pudo menos de llamar la atención general y arrancar una salva de aplausos, no sólo porque la pieza era buena, sino porque los oyentes eran conocedores; aserto éste que creerán sin esfuerzo los que sepan cuán organizada para la música nace la gente de color. Se repitieron los aplausos luego que se dijo el título de la contradanza, Caramelo vendo, y a quién estaba dedicada, a la Virgencita de bronce. De paso puede añadirse que la fortuna de aquella pieza fue la más notable de las de su especie y época, porque después de recorrer los bailes de las ferias por el resto del año e invierno del subsecuente, pasó a ser el canto popular de todas las clases de la sociedad.
Excusado parece decir que con una contradanza nueva, guiada por su mismo autor y tocada con mucho sentimiento y gracia, los bailadores echaron el resto, quiere decirse, que llevaron el compás con cuerpo y pies; cuyo monótono rumor en toda apariencia duplicaba el número de la orquesta. Bien claro decía el clarinete en sus argentinas notas: caramelo vendo, vendo caramelo; al paso que los violines y el contrabajo las repetían en otro tono, y los timbales hacían coro estrepitoso a la voz melancólica de la vendedora de ese dulce. Pero ¿qué era del autor de la pieza que tanta impresión causaba? En medio del delirio de la danza, ¿había quien se acordara de su nombre? ¡Ay! No. Como la noche avanzaba sin señales de bonanza, desde temprano la gente curiosa de la calle empezó a desamparar la puerta y ventanas del baile, y a las once no quedaba en ellas caras blancas, al menos de mujer. De esta circunstancia se aprovecharon los jóvenes de familias decentes, a que nos hemos referido más arriba, que abrigaban un cierto escrúpulo para ponerse a bailar con las mulatas amigas o conocidas. Cantalapiedra tomó por pareja a la ama de la casa, Mercedes Ayala; Diego Meneses, a Nemesia y Leonardo a Cecilia; y parte por guardar en lo posible la línea de separación, parte por un resto de ese mismo tardío escrúpulo, establecieron la danza en el comedor, no obstante la estrechez y desaseo de la pieza.
Con semejante ocurrencia puede imaginar cualquiera la agonía de alma de Pimienta. Su musa inspiradora, la mujer adorada, se hallaba en brazos de un joven blanco, tal vez del preferido de su corazón; pues como sabemos, no ocultaba ella sus sentimientos, se entregaba toda al delirio del baile, mientras él, atado a la orquesta cual una roca, la veía gozar y contribuía a sus goces sin participar de ellos en lo más mínimo. La turbación de su espíritu no fue, sin embargo, bastante a perjudicar su dirección de la orquesta, ni a influir desfavorablemente en el manejo de su instrumento favorito. Por el contrario, su inquietud y su pasión no parece sino que encontraron desahogo por las llaves del clarinete; se exhalaron, por decirlo así, según lo peregrino y suave de las notas que de él sacaba, esparciendo el encanto y la animación entre los bailadores. Como suele decirse, no quedó títere con cabeza que no bailara, pues se armó la danza en la sala, en el comedor, en el aposento principal y en el angosto y descubierto patio de la casa. ¿Qué mucho, pues, que entonces no pasara siquiera por la mente de los que tanto se divertían y gozaban, que el autor y el alma de toda aquella alegría y fiesta, José Dolores Pimienta, compositor de la contradanza nueva, agonizaba de amor y de celos?
Pasadas serían las doce de la noche cuando cesó de nuevo la música, con lo que a poco empezaron a retirarse las personas que podían considerarse extrañas para el ama de casa, porque hasta entonces no levantó ésta la voz diciendo que era hora de cenar. Y para apresurar la marcha, agarró ella por el brazo a dos de sus mejores amigas y arrastro casi las llevó al fondo del patio donde dijimos que estaba puesta la mesa del ambigú. Tras ellas siguieron las demás mujeres y los hombres, entre los segundos Pimienta y Brindis, los músicos; Cantalapiedra y su inseparable corchete, el de las grandes patillas, Leonardo y su amigo Diego Meneses. Tomaron asiento en torno de la mesa las mujeres, únicas que cupieron, aunque eran pocas; los hombres se mantuvieron en pie cada cual detrás de la silla de su amiga o preferida. Quedaron juntos a una de las cabeceras Cantalapiedra y la Ayala, sin que sepamos decir si por casualidad o por hacer honor al comisario y a su categoría.
No cabe duda sino que el ejercicio del baile había aguzado el apetito de los comensales de ambos sexos, porque apoderándose los unos del jamón, los otros del pescado, aceitunas y demás manjares en algunos minutos, todos comían y habían aliviado la mesa de una buena porción de su peso. Satisfecha la primera necesidad, hubo lugar a los rasgos de galantería y cariño que en todos los países llevarán el sello de la educación que alcanzan las personas que los ejercen. Las de la verídica historia cuya fisonomía trazamos ahora a grandes pinceladas, no eran, en general, de la clase media siquiera, ni de la que mejor educación recibe en Cuba, y puede creerse sin esfuerzo que sus rasgos de galantería y de cariño en ninguna circunstancia tenían nada de delicados ni de finos.
—Que diga algo Cantalapiedra, dijo alguien.
—Cantalapiedra no dice nada cuando come, contestó él mismo mientras roí a la pierna del pavo.
—Pues que no coma si ha de callar, saltó otro.
—Eso no, porque comeré y diré hasta el juicio final, repuso el comisario. ¿Cómo quieren, sin embargo, que diga si aún no he remojado la garganta?
—¡Ahí va mi copa! ¡Ahí va la mía! ¡Tome ésta! exclamaron diez voces por lo menos, y otros tantos brazos se cruzaron sobre la mesa en dirección del comisario, quien, empuñando una tras otra copa, cada cual llena de un vino diferente, se las fue echando al coleto, sin presentar más muestra del efecto que le causaban que ponerse algo rubicundo y aguársele los ojos. Después, llenando su propia copa de rico champaña, tosió, levantó el pecho, y en voz campanuda, aunque un si es no es carrasposa, dijo:
—¡Bomba! En los felices natales de mi amiga Merceditas Ayala, décima:
Yo te digo en la ocasión,
Merceditas de mis ojos,
Que tu vista guarda abrojos,
Pues que punza el corazón.
Ten de un triste compasión,
Que por tus ojos suspira,
Que por tus ojos delira,
Que por tus ojos alienta,
Que por tus ojos sustenta
Esta vida de mentira.
Tras esta improvisación ramplona y de mal gusto, resonaron vivas y aplausos repetidos y estrepitosos, con destemplado golpeo de los platos con los cuchillos. Y como en recompensa de su poética labor, de ésta recibió una aceituna ensartada en el mismo tenedor con que acababa de llevarse el alimento a la boca, de esotra una tajada de jamón, de la de más allá un pedazo de pavo, de aquélla un caramelo, de su vecina una yema azucarada, hasta que la Ayala puso término al torrente de obsequios levantándose y pasando su copa, llena de Jerez, a Leonardo para que improvisara también como lo había hecho el complaciente comisario. Aprovechose éste de la tregua que se le concedía tácitamente, para levantarse de la mesa, ir derecho, aunque disimuladamente, hasta el brocal del pozo, donde, introduciéndose dos dedos en la boca, arrojó cuanto había comido y bebido, que no había sido poco. Y muy fresco y repuesto se volvió a la mesa. Merced a un medio tan sencillo como expedito, pudo tornar a comer y a beber cual si no hubiera probado bocado ni pasado gota en toda la noche. De los demás hombres que habían bebido con exceso y no conocían el remedio eficaz de Cantalapiedra, que más que menos, pocos acertaban a tener firme la cabeza, sin exceptuar al mismo joven Leonardo.
A esa lamentable circunstancia debe atribuirse el que un mozo tan fino como bien educado, se prestara también a hacer coplas y en obsequio de aquella heroína de la fiesta. Pero bien que mal las hizo, siendo no menos aplaudido y regalado que el anterior coplero, aunque fue de notarse que, lejos Cecilia Valdés de celebrar, como los demás, su esfuerzo poético, se mantuvo callada y visiblemente corrida. Tampoco tomó parte Nemesia en la celebración, si bien por causa muy distinta, a saber: por hallarse empeñada en un diálogo rápido y secreto con su hermano José Dolores Pimienta.
—¿Pues no va desocupada la zaga? le decía él.
—Tal vez no, le replicaba ella.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Como sé muchas cosas. ¿Necesito yo tampoco que me den la comida con cuchara?
—Ya, pero tú no te explicas.
—Porque no hay tiempo ahora.
—Sobrado, hermana.
—Luego, las paredes oyen.
—¡Vaya! Cuando se grita.
—Vamos, no seas porfiado. Te digo que no lo hagas.
—Yo no pierdo la ocasión.
—Vas a pasar un mal rato.
—¿Qué me importa si hago mi gusto?
—Te repito, José Dolores, no te metas en camisa de once varas. No seas cabezadura. Con esa porfía me quitas las ganas de ayudarte. Yo entiendo de eso mejor que tú, lo estoy viendo.
Antes que se hubiese calmado el ruido de voces, de palmadas y de golpes en los platos y la mesa, Leonardo le dijo algo en secreto a Cecilia, y salió a la calle arrastrando a Meneses por el brazo, sin despedirse de nadie, a la francesa, como dijo Cantalapiedra cuando los echó de menos. Una vez fuera, a pesar de la lluvia menuda, ambos jóvenes, siempre de brazo, tomaron a pie la calle de La Habana hacia el centro de la ciudad, y en la primera esquina, que era la de San Isidro, Meneses siguió derecho y Leonardo tomó la vuelta del hospital de Paula.
Nubes ligeras, claro oscuras, despedazadas por el viento fresco del nordeste, pasaban unas tras otras en procesión bastante regular por delante de la luna menguante, que ya traspasaba el cenit, y a veces dejaba caer rayos de luz blanquecina. La calle traviesa, angosta y torcida que llevaba el joven Leonardo no se despejó jamás, ni vio él a derechas su camino hasta que llegó a la plazuela del hospital antes dicho, y entonces sólo el lado izquierdo se alumbraba a ratos, pues las paredes de la iglesia de Paula, elevadas y oscuras, proyectaban una doble sombra sobre el espacio exento. Arrimado a ellas, sin embargo, pudo distinguir su carruaje, los caballos del cual agachaban la cabeza y las orejas, en su afán de evitar la lluvia y el viento que les herían de frente. Estaba echado el capacete y no parecía el jinete por ninguna parte, ni en la silla, su puesto acostumbrado, ni en la zaga, ni en el vano de la ancha puerta de la iglesia, que podía servirle de abrigo. Pero a la segunda ojeada comprendió Leonardo dónde estaba. Sentado en el pesebrón del quitrín, le colgaban las piernas cubiertas con las botas de campana, mientras descansaba la cabeza y los brazos, medio vuelto, en los muelles cojines de marroquí. En el suelo yacía la cuarta que en el sueño se le había desprendido de las manos, la recogió Leonardo al punto, levantó un canto del capacete y con todas sus fuerzas le pegó dos o tres zurriagazos a manteniente, por las espaldas presentadas.
—¡Señor! exclamó el calesero, entre asustado y dolorido, descolgándose.
Ya de pie pudo verse que era un mozo mulato, bastante fornido, ancho de hombros y de cara, más fuerte si no más alto que el que acababa de calentarle las espaldas con el zurriago. Vestía a la usanza de los de su oficio en la isla de Cuba, chaqueta de paño oscuro, galoneado de pasamanería, chaleco de piqué, el cuello de la camisa a la marinera, pantalón de hilo, botas enormes de campana, a guisa de polainas, y sombrero negro redondo, galoneado de oro. Debemos mencionar también, como signos característicos del calesero, las espuelas dobles de plata, que no llevaba a la sazón el mulato de que ahora se habla.
—¡Oiga! le dijo su amo, pues lo era en efecto el joven Leonardo; dormías a pierna suelta, mientras los caballos quedaban a su albedrío. ¿Eh? ¿Qué hubiera sucedido si espantados por casualidad, echan a correr por esas calles de Barrabás?
—Yo no estaba dormiendo, niño; se atrevió a observar el calesero.
—¿Conque no dormías? Aponte, Aponte, tú parece que no me conoces, o que crees que yo me mamo el dedo. Mira, monta, que ya ajustaremos cuentas. Lleva el quitrín a la cuna, toma las dos muchachas que trajiste en él y condúcelas a su casa. Yo te espero en el paredón de Santa Clara, esquina a la calle de La Habana. No consientas que nadie monte a la zaga. ¿Entiendes?
—Sí, señor; contestó Aponte, partiendo en dirección de la garita de San José. En la puerta de la casa del baile, sin desmontarse, dijo a un desconocido que entonces entraba:
—¿Me hace el favor de decirle a la niña Cecilia que aquí está el quitrín?
A pesar del aditamento de niña de que hizo uso el calesero hablando de Cecilia, que sólo se aplica en Cuba a las jóvenes de la clase blanca, el desconocido pasó el recado sin equivocación ni duda. Y ella incontinente se levantó de la mesa y fue a coger su manta, seguida de Nemesia y de la Ayala. Esta última las acompañó hasta la puerta de la calle, en donde ya se habían agrupado los pocos hombres que aún no se habían despedido. Allí, teniendo todavía por la cintura a Cecilia, en señal de amistad y cariño, la dijo:
—No te fíes de los hombres, china, porque llevas la de perder.
—Y ¿yo me he fiado de alguno a estas horas, Merceditas? repuso Cecilia sorprendida.
—Ya, pero ese quitrín tiene dueño, y nadie da palos de balde. Tenlo por sabido. Me parece que me explico.
Con esto y con fingir Cantalapiedra que lloraba por la partida de Cecilia, cosa que causó mucha risa, ésta y Nemesia subieron al carruaje dándoles la mano Pimienta, y de hecho quedó desbaratada la reunión.
Podía ser entonces la una de la madrugada. El viento no había abatido ni cesado la llovizna que, de cuando en cuando, arrojaban las voladoras nubes sobre la ciudad dormida y en tinieblas. Conforme reza la expresión vulgar, la oscuridad era como boca de lobo. No por eso, sin embargo, perdió el joven músico la pista del carruaje que conducía a su hermana y a su amiga, antes por el ruido de las ruedas en el piso pedregoso de las calles, le fue siguiendo las aguas, primero al paso redoblando y luego al trote, hasta que le alcanzó cerca de la calle de Acosta. Puso la mano en la tabla de atrás, se impulsó naturalmente con la carrera que llevaba y quedó montado a la mujeriega. Al punto le sintió el calesero e hizo alto.—Apéate, le dijo Nemesia por el postigo.—No hay para qué, dijo Cecilia.—Yo les voy guardando las espaldas, dijo Pimienta.—Apéese Vd., dijo en aquella sazón Aponte, que ya había echado pie a tierra.—¿No te lo decía? añadió Nemesia, hablando con su hermano.—Aquí dentro va mi hermana y mi amiga, observó el músico dirigiéndose al calesero.—Será así repuso éste; pero no consiento que nadie se monte atrás de mi quitrín. Se echa a perder, camará; agregó notando que se las había con un mulato como él.—Apéate, repitió Nemesia con insistencia.
Obedeció José Dolores Pimienta, conocidamente después de una lucha sorda y terrible consigo mismo, en que triunfó la prudencia; pero cediendo y todo en aquella coyuntura, no renunció a la resolución tomada de seguir el carruaje. Volvió a montar el calesero y continuó la carrera derecho hasta desembocar en la calle de Luz, torciendo allí a la izquierda hacia la de La Habana. Cerca del cañón de la esquina estaba un hombre de pie, guarecido del viento y de la menuda llovizna, con las elevadas tapias del patio perteneciente al monasterio de las monjas Claras. En ese punto, paró Aponte por segunda vez el quitrín, el hombre en silencio subió a la zaga, diciendo luego a media voz: ¡Arrea! Partió entonces aquél a escape, pero no sin dar tiempo a que se acercara lo bastante el músico, para advertir que el individuo que le reemplazó en la zaga del carruaje era el mismo joven blanco, Leonardo, que tantos celos le había inspirado en la cuna.
Capítulo VII
Índice
¿Y qué modo de hombre es él, es negocio moscatel, es discreto vergonzoso, o dulce o acibaroso?
Lope de Vega
La Buscona
En el barrio de San Francisco y en una de las calles menos torcidas, con banquetas o losas en una o dos cuadras, había, entre otras, una casa de azotea, que se distinguía por el piso alto sobre el arco de la puerta, y balconcito al poniente. La entrada general, como la de casi todas las casas del país—para los dueños, criados, bestias y carruajes, dos de los cuales había comúnmente de plantón—era por el zaguán; especie de casapuerta o cochera, que conducía al comedor, patio y cuartos escritorios.
Llamaban bajo este último nombre los que se veían a la derecha, a continuación del zaguán, ocupados, el primero por una carpeta doble de comerciante, con dos banquillos altos de madera, uno a cada frente, y debajo una caja pequeña de hierro, cuadrada, que en vez de puerta tenía tapa para abrirse o cerrarse, siempre que se guardaban en ella o se sacaban los sacos de dinero. En el lado opuesto de la casa se veía la hilera de cuartos bajos para la familia, con entrada común por la sala, puerta y ventana al comedor y al patio.
Este formaba un cuadrilátero, en cuyo centro sobresalía el brocal de piedra azul de un aljibe o cisterna, donde, por medio de canales de hoja de lata y de cañerías enterradas en el suelo, se vertían las aguas llovedizas de los tejados. Una tapia de dos varas de elevación, con un arco hacia el extremo de la derecha, separaba el patio de la cocina, caballeriza, letrina, cuarto de los caleseros y demás dependencias de la casa.
Entre el zaguán y los cuartos llamados escritorios, descendía al comedor, apoyada en la pared divisoria, una escalera de piedra tosca con pasamanos de cedro, sin meseta ni más descanso que la vuelta violenta que hacían los últimos escalones casi al pie. Esa escalera comunicaba con las habitaciones altas, compuestas de dos piezas: la primera que hacía de antesala, tan grande como el zaguán; la segunda, todavía mayor, como que tenía las mismas dimensiones que los escritorios sobre los cuales estaba construida y servía de dormitorio y estudio. Con efecto, los muebles principales que la llenaban casi, eran una cama o catre de armadura de caoba, cubierto con un mosquitero de rengue azul, un armario de aquella propia madera, un casaquero o percha de lo mismo, un sofá negro de cerda, unas cuantas sillas con asiento de paja, una mesa a modo de bufete, y una butaca campechana.[9] Sobre los tales muebles se hallaban varios libros, unos abiertos, otros cerrados o con una o más hojas dobladas por la punta, empastados a la española, con canto rojo, todos al parecer de leyes, según podía notarse, leyendo los letreros dorados en los lomos de algunos. En el sofá únicamente dos periódicos en forma de folletos: el más voluminoso con un malísimo grabado que representaba los figurines de un hombre, una mujer y un niño, y llevaba por título La moda o Recreo Semanal,[10] el otro El Regañón.[11]
Abajo, en el comedor había una mesa de alas de caoba, capaz para doce cubiertos, hasta seis butacas en dos hileras frente a la puerta del aposento; en el ángulo el indispensable jarrero, mueble sui generis en el país, y para proporcionar sombrío a la pieza y protegerla contra la reverberación del sol en el patio, había dos grandes cortinas de cañamazo, que se arrollaban y desarrollaban lo mismo que los telones de teatro. En la pared medianera entre el zaguán y la sala, había una reja de hierro, y para dar paso a la luz exterior en esta última, dos ventanas de lo mismo voladizas, que desde el nivel del piso de la calle subían hasta el alero del techo. De la viga principal colgaba por sus cadenas una bomba de cristal; de la pared del costado dos retratos al óleo, representativos de una dama y de un caballero en la flor de su edad, hechos por Escobar;[12] debajo de éstos un sofá, y en dirección perpendicular al mismo, en dos filas, hasta seis sillones con asiento y respaldo de marroquí rojo; en los cuatro ángulos, rinconeras de caoba, adornadas con guardabrisas de cristal o con floreros de china. En la pared, entre ventanas, una mesa alta con pies dorados y encima un espejo cuadrilongo; llenando los huecos intermedios, sillas con profusión.
Era de notarse la cortina de muselina blanca, con fleco de algodón, que pendía de los dinteles de las puertas y ventanas de los cuartos, como para dar libre paso al aire y ocultar sus interioridades de las miradas de los que pasaban por el comedor y el patio. En resumen, la casa aquella, peculiarmente habanera, según se habrá echado de ver por la menuda descripción que de ella hemos hecho, respiraba por todas partes aseo; limpieza y... lujo, porque tal puede llamarse, en efecto, si se tiene en cuenta el país, la época de que se habla, el estilo y calidad del mueblaje, los dos carruajes en el zaguán y la capacidad misma de la morada. ¿Vivía allí una familia decente, bien educada y feliz? Vamos a verlo en breve.
A la hora en que principia nuestro cuento, entre seis y siete de la mañana de uno de los días de octubre, ocupaba una de las butacas del comedor un caballero de hasta cincuenta años de edad, alto, robusto, entrecano, nariz grande aguileña, boca pequeña, los ojos pardos y vivos, la color del rostro rubicunda, la cabeza redonda por detrás; signos éstos característicos de pasiones fuertes y firmeza de carácter. Llevaba el cabello corto, la barba rasurada completamente; vestía bata talar de zaraza sobre chaleco largo de piqué blanco, pantalones de dril y chinelas de ante. Descansaba los pies en una silla con asiento de paja y con ambas manos se llevaba a los ojos un periódico impreso en papel español de hilo del folio común, titulado El Diario de la Habana.[13]
Mientras leía se le presentó un muchacho como de doce años de edad, vestido de pantalones y camisa de listadillo, que venía del fondo del patio y traía en la mano derecha una taza de café con leche, puesta en un plato, y en la otra un azucarero de plata. El caballero, sin enderezarse en la butaca, tomó la taza, endulzó y se puso a sorber y leer con toda calma, mientras el criado, con los brazos cruzados sobre el pecho, se quedó delante de él en pie, conservando en las manos respectivas el plato y el azucarero. Concluida la poción de café con leche, no obstante que el muchacho se hallaba a pocos pasos, le dijo en tono de voz atronadora:—¡Tabaco y lumbre! Salió aquél de carrera a la cocina y volvió a poco por los cuartos escritorios, trayendo entonces una vejiga grande con algunos cigarros[14] arrollados en el fondo y un braserillo de plata con una brasa de carbón vegetal, medio enterrada en un montón de cenizas. El caballero encendió un cigarro y cuando el muchacho se disponía a emprender de nuevo la carrera, le gritó:—¡Tirso!
—¡Señor! contestó también en alta voz como si ya estuviera en la cocina o hablara con sordo.
—¿Has estado arriba? le preguntó el amo.
—Sí, señor, dende que llegó de la plaza el cocinero.
—¿Y cómo es que el niño Leonardo no ha bajado todavía?
—Es querer decir a su merced que el niño Leonardo no quiere que lo dispierten cuando ha pasado mala noche.
—¡Mala noche! repitió el caballero mentalmente. Anda (al esclavo), despiértale y que baje.
—Señor, dijo el muchacho titubeando y confuso. Señor, su merced sabe...
—¿Qué sucede? volvió a tronar el amo, luego que echó de ver que el esclavo se estaba parado y no le había obedecido.
—Señor, es querer decir a su merced, que el niño se pone bravo cuando lo dispiertan, y...
—¿Qué? ¿Qué dices? ¡Ah! ¡Perro! Anda, corre si no quieres subir a puntapiés.
Y como el caballero medio se incorporase para ejecutar la amenaza, no esperó a que se la repitieran para obedecer la orden. En cuatro saltos se puso en lo alto de la escalera, desapareciendo en el dormitorio del joven Leonardo. A tiempo mismo que el muchacho corría escaleras arriba, asomaba por la puerta del aposento una señora algo gruesa, hermosa, de amabilísimo aspecto, las facciones menudas, con el cabello todavía negro, aunque pasaba de los cuarenta de edad, vestida de holán clarín blanco, y abrigada con una manta de burato color canario y toda ella muy pulcra y de ademán reposado y señoril. Sentose al lado del caballero de la bata, a quien, preguntándole por las noticias del día, dio el nombre de Gamboa. Este le contestó entre dientes que la única importante que traía El Diario era la aparición del cólera morbus en Varsovia, donde hacía estragos espantosos.
—¿Y dónde es eso? preguntó la señora bostezando.
—¡Toma! contestó Gamboa. Eso es muy lejos. Figúrate, allá, cerca del Polo Norte, en Polonia. Ya tiene que rodar el señor cólera para llegar hasta nosotros, y entonces... ¡quién sabe dónde estaremos tú y yo!
—¡Dios nos libre de horas menguadas, Cándido! volvió a exclamar la señora con el mismo aire de indolencia de antes.
Bajaba Tirso en este punto los escalones con doble precipitación, si cabe, de aquella con que los había subido; y a no ser porque en tiempo agacha la cabeza, le alcanza en ella un libro que le arrojaron de lo alto, el cual, con la violencia del golpe se hizo pedazos en la puerta del escritorio. Don Cándido alzó la cabeza y la señora se levantó y fue hacia el pie de la escalera, preguntando:—¿Qué ha sido eso? Por toda respuesta el muchacho, muy asustado, le indicó con los ojos al joven Leonardo, que se hallaba en lo alto, envuelto en la sábana, con los puños apretados en señal de cólera y de amenaza. Pero no bien descubrió a su madre, pues lo era aquella señora, cambió de actitud y de semblante; e iba sin duda a explicarle la ocurrencia, cuando ella le contuvo haciéndole una seña muy significativa, que equivalía, poco más o menos a decirle:—Calla, que ahí está tu padre. Por lo que él, sin más demora, dio media vuelta y se volvió al dormitorio.
—¿Viene el niño Leonardo? preguntó Gamboa al esclavo, cual si no hubiera notado la carrera de éste, el librazo contra la puerta del escritorio ni la acción de su esposa.
—Sí, señor, contestó Tirso.
—¿Le diste mi recado? insistió don Cándido en tono de voz más recio y áspero.
—Es querer decir a su merced, repuso el esclavo todo turbado y tembloroso, que... el niño... el niño Leonardo no me dio tiempo.
La señora se había vuelto a sentar, y seguía llena de ansiedad las palabras y los movimientos del semblante de su marido. Le vio ponerse rojo a medida que Tirso soltaba las pocas frases de que en su turbación pudo hacer uso; aún le pareció que iba a levantarse, acaso para pegarle al esclavo, o hacer bajar por la fuerza a Leonardo; en cuya confusa alternativa, a fin de ganar tiempo, le dejó caer la mano derecha en el brazo izquierdo y le dijo en voz muy baja y musical:
—Cándido, Leonardito se viste para bajar.
—Y tú ¿cómo lo sabes? replicó don Cándido con gran viveza, volviéndose para su esposa.
—Acabo de verle a medio vestir, en lo alto de la escalinata, contestó ella con calma.
—Pues tú siempre estás al tanto de cuando Leonardo cumple con su deber, pero eres ciega para sus faltas.
—No sé yo que el porbrecito haya cometido ninguna, al menos recientemente.
—¡Ya! ¿No lo decía yo? Ciega, cieguecita, Rosa, tus mamanteos van a perder a ese muchacho. ¡Tirso! tronó don Cándido.
Antes que volviese Tirso de la cocina, en donde se había refugiado, luego que sus amos entablaron el anterior, brevísimo diálogo, entró por el zaguán adelante el mulato calesero que ya conocen nuestros lectores, por aquella escena en el barrio de San Isidro y noche del 24 de setiembre. Vestía ahora solamente camisa y pantalones cuyas piernas estaban arremangadas hasta poco más abajo de las rodillas, como para dejar ver el borde de los calzoncillos blancos, que formaba dientes en vez de dobladillos. Los zapatos eran de vaqueta muy escotados, con hebilla de plata al lado, y tenía argollas de oro en las orejas, pañuelo atado en la cabeza, el sombrero de paja en la mano derecha, y en la izquierda el ronzal de un caballo que traía rabiatado otro del mismo color y estampa, ambos recién salidos del baño, pues aun escurrían agua o sudor, y el último tenía la cola hecha un nudo. El mulato había cabalgado en el primero desde la caballeriza al baño, cerca del Muelle de Luz, porque todavía llevaba el sudadero, a falta de silla.
—Pero aquí está Aponte, agregó don Cándido viéndole asomar. ¡Aponte!
—No hay necesidad de que preguntes a los criados interpuso doña Rosa.
—Quiero que oigas una de las recientes gracias de tu hijo, insistió el marido. ¿A qué hora trajiste anoche (hablando con Aponte) a tu amo?
—A las dos de la madrugá, contestó Aponte.
—¿Dónde pasó tu amo la noche? añadió don Cándido.
—Es inútil que lo diga, interrumpió la señora. Aponte, lleva esos caballos al pesebre.
—¿Dónde pasó tu amo la noche? repitió don Cándido en voz de trueno, viendo al calesero dispuesto a obedecer la orden de su ama.
—Es dificultoso que yo le diga a su merced mi amo, dónde pasó la noche mi amo el niño Leonardito.
—¡Qué! ¿Cómo se entiende?
—Le digo a su merced, mi amo, que es muy dificultoso, apresuróse Aponte a explicar, notando que don Cándido montaba en cólera; porque primeramente yo llevé el niño Leonardito a Santa Catarina, dispués lo llevé al muelle de Luz, dispués lo estuve esperando en el muelle de Luz hasta las doce de la noche, dispués lo llevé otra vuelta a Santa Catarina, dispués...
—¡Basta! dijo doña Rosa enojada. Quedo enterada.
Aponte se retiró con los caballos, pasando por el comedor y el patio en dirección de la caballeriza, y don Cándido, volviéndose para su mujer, le dijo:
—¿Qué te-a-ele-tal? ¿No te parece reciente la de anoche? Yo no sabía nada, sospechaba únicamente, porque conozco a mi hijo mejor que tú, y ya has oído que se ha estado en Regla hasta las doce de la noche. Tal vez no fue solo. ¿Quiéres oír ahora con quiénes y cómo pasó la mitad del tiempo en Regla? ¿No lo adivinas? ¿No lo sospechas?
—Suponiendo que lo adivinase, que lo palpase, observó doña Rosa con ligero desdén, ¿qué aprovecharía? ¿Dejaría yo por eso de quererlo como lo quiero?
—Pero si no se trata de quererle ni desquererle, Rosa; saltó impaciente don Cándido. Se trata de poner remedio a sus faltas, que ya rayan en lo serio.
—Sus faltas, si las comete, no pasan de calaveradas propias de la juventud.
—Es que las calaveradas, cuando son repetidas y no se les pone coto a tiempo, suelen parar en cosas graves que dan mucho que llorar y que sentir.
—Pues tus calaveradas no te trajeron, que yo sepa, serios ni graves resultados, y eso que las suyas, comparadas con las tuyas, son meros pasatiempos juveniles; dijo doña Rosario con refinado sarcasmo.
—Señora, repuso don Cándido irritado, por más que hiciese esfuerzo visible por ocultarlo: sean cuales fueren las locuras que yo haya podido cometer en mi juventud, ellas no autorizan a Leonardo para que lleve la vida que lleva con... aprobación y aplauso de Vd.
—¡Mi aprobación! ¡mi aplauso! Esa sí que está buena. Nadie mejor que tú es testigo de que, lejos de aprobar y aplaudir las locuras de Leonardito, siempre le estoy aconsejando y aún reprendiendo.
—¡Ya! Por un lado le aconsejas y le reprendes, y por otro le das quitrín y calesero y caballos y media onza de oro todas las tardes para que se divierta, triunfe y corra la tuna con sus amigos. No apruebas ni aplaudes sus locuras, pero le facilitas el modo y medios de cometerlas.
—Eso es, yo facilito el modo y medio cómo se pierda el muchacho. Tú no, tú eres un santo. ¡Oh! Sí, tu vida ha sido ejemplar.
—No sé a qué conduce tan amarga sátira.
—Conduce a que eres muy duro con él, y a que estaría buena tu aspereza si fueses intachable, si no hubieses pecado...
—¿Me tiene él en tan buen concepto como el que la merezco a Vd. señora? ¿Sabe que yo haya pecado?
—Tal vez lo sepa.
—Si Vd. no se lo ha contado...
—No hay necesidad de que yo le enseñe cosas malas. Sería madre desnaturalizada si tal hiciera. Pero él no es ningún tonto, y luego fue demasiado público, escandaloso lo de María de Regla.
—No sería mucho que haya llegado a sus oídos y le provoque a imitarte. El mal ejemplo...
—Basta, señora, dijo don Cándido más desazonado que irritado. Creía, tenía razón para esperar que Vd. hubiese dado eso al olvido.
—Mala creencia, porque hay cosas que no es posible olvidarlas jamás.
—Ya lo veo. Lo que quiere decir eso es, que me he engañado; quiere decir que las mujeres, algunas mujeres, no olvidan ni perdonan ciertas faltas de los hombres. Pero, Rosa, agregó cambiando de tono, nosotros vamos fuera del carril y eso no está bien. La verdad es que si yo soy muy duro, como dices, con Leonardo, tú eres muy débil, y no sé yo qué será peor. El es un loco, voluntarioso y terco, necesita freno más que el pan que come. Advierto, sin embargo, con dolor, que, por pensar en mi dureza, le llevas sin querer, por supuesto, como por la mano a su pronta perdición. De veras, Rosa, tiempo es ya de que sus locuras y sus debilidades cesen; tiempo es ya de tomar una determinación que le libre a él de un presidio y a nosotros de llanto y de infamia eternos.
—¿Y qué remedio adoptar, Cándido? Ya es tarde, ya él es un hombrecito.
—¿Qué remedio? Varios. En los buques de guerra de S. M. hasta a los hombronazos se les mete en cintura. Pensando estaba que no le vendría mal oler a brea por corto tiempo. Apuradamente mi amigo Acha, comandante de La Sabina, está empeñado en enseñarle la maniobra. Ayer nada menos me dijo que me resolviera y se lo entregara, seguro de que le pondría más derecho que un mastelero de gavia. Sí, ésa fue la expresión de que hizo uso. De todos modos, estoy resuelto a poner freno a las demasías de ese mozo.
Conmoviose doña Rosa al oír las últimas palabras de su marido, mucho más al notar el tono de firme resolución con que las emitió; y parte para ocultar las lágrimas que le rebosaban en los ojos, parte por variar el objeto de una conversación que le hería en lo más vivo del alma, se levantó otra vez y se dirigió al patio. En aquel momento mismo bajaba Leonardo la escalera, vestido como para salir a la calle; y ella, que sintió sus pasos, retrocedió al sitio que acababa de dejar al lado de su marido, y en tono de humilde súplica, con voz temblosa por la emoción, le dijo:
—Por el amor de ese mismo hijo, Gamboa, no le digas nada ahora. Tu severidad le rebela y me mata a mí.
—¡Rosa! murmuró don Cándido echándole una mirada de reconvención. Tú le pierdes.
—¡Prudencia, Cándido! replicó doña Rosa, respirando más libremente; porque comprendió que su esposo estaba inclinado por entonces a ejercer aquella virtud. Advierte que ya es un hombre y que le tratas como si fuera un niño.
—¡Rosa! repitió don Cándido con otra mirada de reconvención ¿Hasta cuándo?
—Será ésta la última vez que interceda por él, se apresuró a decir doña Rosa. Te lo prometo.
En esto acababa de bajar la escalera el joven Gamboa y se encaminó derecho a su madre, la cual le salió al encuentro como para mejor protegerle del enojo de su padre. Pero éste, silencioso y cabizbajo, ya penetraba en el escritorio y no vio o se hizo que no vio al hijo besar a la madre en la frente, ni la seña con que ella le indicó que debía saludar también a su padre.
Leonardo no dijo palabra, ni hizo ademán de cumplir con la indicación. Sólo se sonrió, levantó los hombros y se encaminó a la calle, llevando debajo del brazo izquierdo un libro empastado a la española, con los cantos rojos, y en la mano derecha una caña de Indias cuyo puño de oro figuraba una corona.
Capítulo VIII
Índice
¡Para hacer bien por el alma Del que van a ajusticiar!
Espronceda
El reo de muerte
Tiró el estudiante en dirección de la Plaza Vieja por la calle de San Ignacio. En la esquina de la de Sol tropezó con otros dos estudiantes poco más o menos de su edad, que en toda apariencia esperaban su llegada. El uno de ellos no es desconocido para el lector, pues le ha visto en la cuna de la calle de San José. Nos referimos a Diego Meneses. Era el otro de figura menos galana y esbelta, agregando a su baja estatura un cuello muy corto y hombros bastante levantados, entre los cuales llevaba como enterrada una cabeza redonda y chica. Había cierta confusión en su frente más angosta y levantada; los ojos tenía pequeños y penetrantes, la nariz algo arremangada, la barba aguda y la boca fresca y húmeda, por cierto la más expresiva de sus menudas facciones; el cabello crespo y así en su semblante como en su cuerpo se descubría desde luego la gran malicia que animaba su travieso espíritu. Junto con una fuerte palmada en el hombro, Leonardo le dio el nombre de Pancho Solfa. Este, medio sonreído, medio mal humorado del golpe dijo:
—Cada animal tiene su lenguaje, y el tuyo, Leonardo, es a veces muy expresivo.
—Porque te quiero te aporreo, Pancho. ¿Quieres otra caricia?
—Basta, chico. Y se desvió, haciendo un movimiento con la mano izquierda.
—¿Qué hora es? preguntó Leonardo. Recuerdo que no le di cuerda anoche a mi reloj y se ha parado.
—Las siete acaban de dar en el reloj del Espíritu Santo, respondió Diego. Nos marchábamos sin ti, creyendo que se te habían pegado las sábanas.
—Por poco no me levanto en todo el día. Me acosté tarde y mi padre me hizo llamar al amanecer. Él, como se acuesta con las gallinas, madruga siempre. ¿No les parece a ustedes que hay tiempo de dar una vueltecita por la Loma del Ángel?
—Soy de opinión que no, dijo Pancho. A menos que tú, cual otro Josué, tengas la virtud de parar el sol.
—Te pereces por una cita, Pancho, venga o no venga a pelo. ¿Pues no sabes que el sol no camina desde que Josué le mandó parar su carrera? Si hubieses estudiado astronomía sabrías eso.
—Di, más bien, que si hubiera estudiado historia sagrada, dijo Meneses.
—El cuento es, observó Pancho, que sin estudiar a fondo una cosa y otra, sé que el caso participa de ambas y no son ustedes los que me corrigen la plana.
—A todas éstas, caballeros ¿qué lección tenemos hoy? No concurrí a la clase el viernes, ni he abierto el libro en todo este tiempo.
—Govantes señaló para hoy el título tercero, que trata del derecho de las personas, respondió Diego. Abre el libro y verás.
—Pues no he saludado esa materia siquiera, agregó Leonardo. Sólo sé que según el derecho patrio, hay personas y hay cosas; que muchas de éstas, aunque hablan y piensan, no tienen los mismos derechos que aquéllas. Por ejemplo, Pancho, ya que te gustan los símiles, tú a los ojos del Derecho no eres persona, sino cosa.
—No veo la similitud, porque no soy esclavo, que es a quien considera cosa el derecho romano.
—Ya. No eres esclavo, pero alguno de tus progenitores lo fue sin duda y tanto vale. Tu pelo al menos es sospechoso.
—Dichoso tú que le tienes flechudo como los indios. Si vamos a examinar, sin embargo, nuestros árboles genealógicos respectivos, hallaremos que aquéllos que pasan por ingenuos entre nosotros, son cuando menos libertinos.[15]
—Resuellas por la herida, compadre. Vamos, que no es ningún pecado amarrar la mula tras de la puerta. Mi padre es español y no tiene mula; mi madre sí es criolla y no respondo que sea de sangre pura.
—Es que tu padre por ser español, no está exento de la sospecha de tener sangre mezclada, pues supongo que es andaluz, y de Sevilla vinieron a América los primeros esclavos negros. Tampoco los árabes, que dominaron en Andalucía más que en otras partes de España, fueron de raza pura caucásica, sino africana. Por otra parte, era común ahí, entonces, la unión de blancos y negros, según el testimonio de Cervantes y de otros escritores contemporáneos.
—Ese rasguito histórico, don Pancho, vale un Potosí. Se conoce que la cuestión de razas te ha costado algunos quebraderos de cabeza. No paro yo en eso la atención, ni creo que hace bulto ni peso la sangre mezclada. Lo que puedo decir es que, no sé si porque tengo algo de mulato me gustan un puñado las mulatas. Lo confieso sin empacho.
—La cabra siempre tira al monte.
—El refrán no viene al caso; mas si lo dices para afirmar que no te gusta la canela, peor para ti, Pancho, porque eso quiere decir que te gusta el carbón, género mucho más inferior.
En este punto de su conversación iban, cuando entraron por los portales de la Plaza Vieja llamados del Rosario. Estos los forman unas cuatro o cinco casas, pertenecientes a familias nobles o ricas de La Habana, con anchos balcones, apoyados en altos arcos de piedra, cuyas luces cubren durante el día unas cortinas de cañamazo, a manera de velas mayores de barcos. El piso superior de esas casas lo ocupan los dueños o inquilinos, que viven de sus rentas; pero en los bajos, salones en general oscuros y poco ventilados, tienen sus tiendas unos mercaderes al por menor, que llaman baratilleros, quinquilleros propiamente dichos, los cuales, en absoluto, son españoles, por lo común montañeses. Dentro guardan el acopio de géneros y baratijas, y al frente, bajo los arcos de piedra, exponen lo que se entiende por quincalla en unas vidrieras o muestrarios portátiles, que descansan sobre una especie de tijeras. Por la mañana temprano los exponen y por la noche los guardan.
Poco después de las siete de la mañana se principia generalmente la primera de las operaciones aquí mencionadas. Los mercaderes, de dos en dos, sacan las vidrieras, sujetando uno por una cabeza, otro por la otra, como si fueran ataúdes o que pesaran mucho para un solo hombre.
Algunos estaban ya expuestos, y los vendedores se paseaban por delante de ellos en mangas de camisa, a pesar del airecillo de la mañana, cuando entraron en los portales nuestros tres estudiantes.
Llevaban la delantera Leonardo y Diego, riendo y charlando, sin hacer caso de los mozos españoles que iban y venían, afanados en la obra de exponer sus mercancías a tiempo. Detrás, y a paso mesurado, inclinada la cabeza y taciturno, los seguía su condiscípulo Pancho, y ya por esto, ya porque les chocase su facha, la verdad es que el primer buhonero con quien tropezó le echó mano por un brazo y le dijo: ¡Hola, rubio! ¿no quieres comprar un par de navajas de primera? Se desprendió de éste con un esguince y le cogió otro para decirle: Acá, primo, vendo gafas excelentes. Adelante se le interpuso un tercero para ofrecerle tirantes elásticos; un cuarto para meterle por los ojos cortaplumas vizcaínos, superiores a los ingleses. Rodando de uno para otro, ora sonriéndose, ora haciendo un gesto de enfado, el ya molesto estudiante logró adelantar algunos pasos. Al fin, rodeado por varios baratilleros más dispuestos a la burla que a encarecer sus baratijas, se quedó parado y cruzó los brazos. Por fortuna en aquel momento le echaron de menos sus compañeros, volvieron la cara y notaron el cerco que le habían formado. Ignorando la causa, Leonardo, que era intrépido, retrocedió a la carrera, penetró por fuerza por el corrillo y sacó a su amigo del apuro. Mas así que se informó por él mismo de lo que había pasado, rió de ganas y le dijo: Te tomaron por montuno, Pancho. Tú también tienes una figura...
—Mi figura no tiene nada que ver con el asunto, le interrumpió Pancho de mal talante; es que estos españoles tienen más de judíos que de caballeros.
Siguiendo la calle de San Ignacio nuestros estudiantes, a poco andar desembocaron en la Plazuela de la Catedral. Cuando llegaban a los portales de la casa conocida por de Filomeno, les llamó la atención un grupo numeroso y compacto de pueblo que entraba en la misma por el lado opuesto, es decir, por la calle de Mercaderes y el Boquete. La vanguardia, compuesta en su mayor parte de gente de color, hombres, mujeres y muchachos sucios, harapientos y descalzos, ya marchaba, ya hacía alto, y de cuando en cuando volvía atrás la cabeza, como por resorte. Entre dos filas de soldados equipados a la ligera, pues su uniforme consistía de chaqueta de paño azul, pantalón blanco, canana atada al cinto por delante, sombrero redondo y carabina corta, que portaban por los tercios, iban hasta doce mulatos y negros vestidos en traje talar de sarga negra, con caperuza de muselina blanca, cuya punta larga flotaba por detrás de la cabeza, a guisa de gallardete; y cada cual llevaba en la mano derecha una cruz negra de brazo corto y árbol largo. Cuatro de esos lúgubres hombres conducían al hombro, en silla de mano, a una al parecer criatura humana, cuya cabeza y cuerpo desaparecían bajo los pliegues de un paño negro (manto de estameña), cayendo a plomo por fuera de todo el aparato.
A un lado de este ser misterioso venía un sacerdote con sotana negra de seda, bonete en la cabeza y un crucifijo en ambas manos; al otro un negro bastante joven, robusto y ágil. Este vestía pantalón blanco, sombrero redondo y chaqueta de paño negro, en cuya espalda se le descubría una como escalera bordada de seda amarilla. Eso indicaba su oficio, y era nada menos que el verdugo. Andaba a paso medido y no levantaba los ojos del suelo. Detrás venía un hombre blanco vestido de calzón corto, medias de seda, chupa de paño y sombrero de tres picos, todos de color negro. Este era el escribano. Inmediato a él marchaba un militar de alta graduación indicada por los tres entorchados de la casaca y el sombrero de tres picos galoneado de oro, con pluma blanca de avestruz. Cerraban el cortejo otros negros y mulatos en el traje negro talar y caperuza blanca, ya descrito, y más pueblo, todos moviéndose en solemne y silenciosa procesión, pues no se oía otro ruido que los pasos acompasados de la tropa y la voz gangosa del sacerdote recitando las oraciones de los moribundos.
Por esta rápida descripción advertirá el lector habanero que se trataba de un reo de muerte que conducían al patíbulo, acompañándole los hermanos de la Caridad y de la Fe, institución religiosa compuesta exclusivamente de gente de color que se ocupaba en asistir a los enfermos y moribundos y en enterrar a los muertos, principalmente los cadáveres de los ajusticiados. Es bien sabido que la justicia española lleva su saña hasta las puertas del sepulcro, y he ahí la necesidad de la institución religiosa dicha, que se encarga de recoger el cadáver del criminal y de darle sepultura, en vez de los parientes y amigos, privados de esos oficios por la ley o la costumbre.
La tropa que custodiaba al reo en tales circunstancias, en La Habana al menos, era un piquete de la célebre partida de Armona, especie de guardia civil, establecida por Vives, que desempeñaba el papel de la policía de otras partes: el militar de alta graduación, el mayor de plaza, a la sazón coronel Molina, después castellano del Morro, en cuyo empleo murió cargado con el odio de aquéllos a quienes había oprimido y explotado mientras desempeñó el primero de estos cargos: el individuo que conducían al suplicio de la manera referida no era hombre, sino mujer y blanca; la primera tal vez de su clase que ejecutaban en La Habana.
Capítulo IX
Índice
...Esta es la justicia Que facer el Rey ordena...
El Duque de Rivas
D. Alvaro de Luna.
Contarse merece, siquiera sea brevemente, la historia de la mujer cuyo delito se castigaba con la pena de muerte. Casada con un pobre campesino, vivía en los arrabales de la pequeña población del Mariel, no sabemos cuanto tiempo hacía, ni hace mucho al caso tampoco. Pero sin ser joven ni hermosa, contrajo ella relaciones ilícitas con un hombre soltero del mismo pueblo. Séase que el marido averiguara lo que pasaba y amenazara tomar venganza, séase que los amantes quisieran librarse de aquel estorbo, el hecho fue que entre los dos concertaron matarle. Y conseguido esto, que no cuesta gran trabajo matar a un hombre, trataron de ocultar las huellas del crimen descuartizando el cadáver y arrojando a un río inmediato los cuartos ensangrentados, cosidos en un saco. Tales fueron los hechos principales dilucidados en la causa.
Ahora bien, ¿qué papel desempeñó la mujer en el horrible drama? Eso no se puso en claro. En su defensa desplegó tan desinteresada como rara elocuencia el joven y brillante abogado Anacleto Bermúdez,[16] que acababa de llegar de España, en cuyos consejos se había recibido de abogado e hizo en esa causa su estreno como hábil criminalista. El hecho era atroz, sin embargo, y la criminalidad de la mujer quedó probada, pues si no había herido con su propia mano, había tomado parte principal en el asesinato y en la ocultación del cadáver. Se hizo, por tanto, necesaria su condenación a último suplicio, aunque éste fuese el de horca, pues que entonces sólo se aplicaba el del garrote a la gente noble, suceso todavía más raro en Cuba que el de ejecutar a una mujer blanca.
La pena de muerte en horca, en los dominios españoles era, si cabe, más terrible que la del garrote, introducida o generalizada algún tiempo después de aquel a que nos referimos ahora. El verdugo, así que ataba dos sogas al pescuezo del reo, le lanzaba desde lo alto de la escalera, se le montaba a horcajadas en los hombros, y con los calcañales le golpeaba el estómago para apresurar su fin; deslizándose por los pies del ajusticiado, cuyo cadáver, dentro de un traje talar, quedaba meciéndose al aire libre por ocho horas, a dos varas del suelo. Semejante espectáculo no debía presentarse en La Habana con una mujer blanca, por vulgar que ella fuese u horrible su delito.
En tal situación, y cuando hubo fallado el recurso de una supuesta preñez, Bermúdez solicitó y obtuvo como gracia especial que se la hiciera morir en garrote. Recordará el lector que siete u ocho años después de aquel a que nos contraemos ahora, se abolió el suplicio de horca en Cuba, y que hallándose la cárcel en el ángulo occidental del edificio conocido por la Casa de Gobierno, donde funcionaba asimismo el Ayuntamiento con todas sus dependencias, donde residía el Capitán General con las suyas, y existían las escribanías públicas, tenía el reo que recorrer una larga y angustiosa carrera antes que se pusiera fin a su vida en el campo de la Punta, inmediato a la mar. En efecto, por la calle de Mercaderes pasaba a la plazuela de la Catedral, torcía luego a la de San Ignacio, luego a la de Chacón, luego a la de Cuba, enseguida por la orilla de la muralla a pasar por debajo de la puerta abovedada y oscura llamada de la Punta, en que había cuerpo de guardia y daba salida a los cadáveres de la ciudad que llevaban a enterrar en el cementerio general.
Al salir por aquella puerta de plaza sitiada, podía distinguir el reo a lo lejos, frente al arrecibe de la costa contra la cual se rompían las olas del mar en menudos copos de brillante espuma, la máquina terrible, horca, garrote o banquillo en que había de tener fin su vida. Para los de ánimo apocado, la muerte con todos sus horrores era fuerza que se les presentase mucho antes de recibirla. Por suerte, la mujer de que ahora hablamos, desde el momento que la metieron en capilla perdió las fuerzas, y con ellas la conciencia de su horrible situación, siendo preciso, como se ha visto, que la condujeran al lugar del suplicio en silla de mano, sentarla a brazos en el banco del garrote, y, muerta ya, dislocarle la vértebra del cuello para sofocar en su pecho el último soplo de vida.
Cinco o seis años después de los sucesos que acaban de referirse, había cambiado de un todo el aspecto del campo de la Punta. Al yermo desolado y polvoroso que limitaba al oeste las primeras casas de madera de la barriada de San Lázaro, por el sur rimeros de tablas y alfardas importadas de los Estados Unidos del Norte de América, por el norte la mar y el castillo de la Punta, que asomaba sus enanas almenas detrás de apiñadas calderas férreas de Carrón para la elaboración del azúcar, sucedió un edificio de tres cuerpos, macizo, cuadrangular, erigido por el Capitán General don Miguel Tacón para cárcel pública, depósito presidial y cuartel de infantería.
El espacio descubierto que quedó al lado septentrional de ese edificio, todavía se obstruyó más con la construcción de unos cobertizos de madera para abrigo de una parte del presidio, empleada en picar piedra menuda a martillo, con destino al empedrado de las calles de la ciudad, según el sistema de McAdam. Pero, de todos modos, así quedó separada la prisión de la Casa de Gobierno; los presos pasaron a un edificio, aunque defectuoso en muchos respectos, fabricado expresamente para su desahogo y seguridad; hubo más conveniente separación de sexos y de delitos, y, en especial, se redujo a la tercera parte la via crucis de los infelices reos de muerte, pues que apenas se cuentan doscientos pasos de la cárcel nueva a la orilla del arrecife, donde se efectuaban las ejecuciones capitales. De allí y de la Punta, a la parte opuesta, salieron a recibir la muerte del patriota y del héroe, años adelante, Montes de Oca y el joven Facciolo; el General López y el español Pintó; el bravo Estrampes; y, en nuestros días, Medina y León y los inocentes estudiantes de la Universidad de La Habana.
Incorporáronse los tres amigos a la lúgubre procesión, y la acompañaron por el costado de la Catedral hasta la puerta del Seminario, edificio que se extiende por el fondo de ella y da sobre el puerto. No habían abierto aún la entrada a las aulas, y el golpe como de doscientos estudiantes de derecho, filosofía y latín, la flor de la juventud cubana, se dilataba desde las gradas de piedra de la portería hasta el cuartel de San Telmo por un lado, y por el otro largo trecho hacia las bocacalles del Tejadillo y de San Ignacio, a causa de la estrechura de la vía. Por un movimiento espontáneo, la muchedumbre estudiantil se dividió en dos filas, dando paso franco por medio de la calle a la extraña comitiva, a la cual precedía un rumor sordo como de enjambre de abejas que busca donde posarse.
Hizo alto por un momento ante la puerta del Seminario, para dar tiempo a que cuatro hermanos de la Caridad y de la Fe relevasen a los que portaban la silla de mano desde la cárcel. La figura entre tanto, no cambió de posición ni hizo el menor movimiento; pero aunque los pliegues del manto negro ocultaban por completo sus facciones, su nombre y la historia de su crimen corrieron de boca en boca entre todos los estudiantes.
—Nadie diría que llevan ahí a una mujer, dijo un estudiante de latín.
—En efecto, más parece la estatua de una llorona que ser viviente, agregó otro.
—El remordimiento la agobia, dijo un tercero. Por eso dobla la cabeza sobre el pecho.
—Ya, exclamó un estudiante alto, de aspecto amulatado; el caso no es para menos. Ahora supongo yo que está horrorizada de su propio crimen.
—¿Pero está probado, como luz del mediodía, según reza la ley de Partida, preguntó nuestro conocido Pancho, que Panchita mató a su marido?
—Tan cierto es que lo mató que le van a dar garrote, volvió a observar el estudiante amulatado, con cierta sonrisa de desdén. Por más señas que después de muerto le hizo tasajo, y, cosiéndole en un saco de henequén, le arrojó al río para pasto de los peces.
Todo eso no constituía un argumento de la criminalidad de Panchita Tapia, y su tocayo iba a replicar cuando otro estudiante se interpuso diciendo en voz campanuda y acento español:
—Por un tris hace la chica con su consorte lo que dispone la ley de Partida que se haga con el parricida. Sólo faltó que el saco fuera de cuero, que tuviese pintadas llamas coloradas al exterior y que hubiese puesto en el interior un gallo, una víbora y un mono, animales que no conocen padre ni madre.
—La ley de las Doce Tablas,[17] se apresuró a decir Pancho alzando la voz y empinándose un tanto, contento de poder corregirle la plana al estudiante españolado—copiada pedem litterae en las Partidas, que mandó compilar don Alfonso el Sabio—no habla de gallos, sino de perro, víbora y mono, y no porque estos animales conozcan o desconozcan padre o madre, sino simplemente para entregar el criminal a su furor. El Código Alfonsino considera parricida aún a la mujer que mata a su marido. La práctica hoy día es arrastrar al reo en un serón atado a la cola de un caballo hasta el pie del patíbulo. De suerte que, si no arrastran a Panchita Tapia, acusada de ese horrendo crimen, la razón es porque no lo consienten nuestras costumbres. He dicho.
Con esto Pancho se alejó prontamente de aquel grupo, cosa de no dar tiempo a una réplica de parte del estudiante españolado. Pero éste se contentó con decir, viéndole alejarse:
—Se conoce que el chico ha estudiado la lección.
En aquel mismo punto se abrieron las ponderosas hojas de cedro de la puerta del Seminario, más conocido entonces bajo el nombre de Colegio de San Carlos. El gran patio lo constituían cuatro corredores anchos, de columnas de piedra, formando un cuadrado. En el centro había una fuente, y por todo el derredor naranjos lozanos y frondosos. En el lado opuesto a la entrada principal, a la izquierda, había una escalera de piedra que conducía a los claustros de los profesores; a la derecha, una reja que separaba el corredor de un callejón oscuro y húmedo, por el cual se penetraba en un salón lateral, largo y sucio, separado de las aguas del puerto por un jardín o huerto de tapias elevadas. Hacia allá daban unas cuatro ventanillas altas por donde entraba la única luz que a medias alumbraba el salón. Contra la pared de enfrente, en el centro, se poyaba una mala cátedra, y a ambos lados de ella había muchos bancos de madera, rudos, fuertes y de elevado respaldo, colocados transversalmente.
Ahí se enseñaba filosofía; ahí enseñó por la primera vez esta ciencia a la juventud cubana el ilustre padre Félix Varela, quien para ello redactó un texto, apartándose enteramente del aristotélico, único seguido en Cuba hasta entonces, desde la fundación de la Universidad de La Habana, en 1714, en el Convento de Santo Domingo. Cuando después, en 1821, el padre Varela marchó de representante a las Cortes españolas, quedó sustituyéndole en la misma cátedra el más aventajado de sus discípulos, José Antonio Saco, y en los momentos de nuestra historia la desempeñaba el abogado Francisco Javier de la Cruz, por ausencia en el norte de América del propietario y expatriación de su virtuoso fundador.
En el ángulo de la izquierda había otro salón, con entrada directamente del corredor, donde enseñaba latín el padre Plumas. Luego, ocupando casi todo el otro lado, estaba el refectorio de los seminaristas y algunos profesores que residían permanentemente en el mismo edificio, y a la izquierda de la entrada principal estaba la ancha escalinata, dando acceso a los corredores del piso alto. Por ésta subían los estudiantes de derecho no seminaristas; mientras los de filosofía y latín entraban en los salones respectivos, ya mencionados, por las puertas al ras del patio.
En la mañana del día que vamos refiriendo, cuando los estudiantes de derecho ponían el pie en el primer escalón de la escalinata, se detuvieron en masa como reparasen en un grupo de tres sujetos en animada conversación cerca de allí, bajo el corredor. El que llevaba la palabra podía tener de 28 a 30 años de edad. Era de mediana estatura, de rostro blanco, con la color bastante viva, los ojos azules y rasgados, boca grande de labios gruesos y cabello castaño y lacio, aunque copioso. Había cierta reserva en su aspecto y vestía elegantemente, a la inglesa. El otro de los tres personajes se podía decir el reverso de la medalla del ya descrito, pues a un cuerpo rechoncho, cabeza grande, cuello corto, cabello crespo y muy negro: los ojos grandes y saltones, el labio inferior belfo, dejando asomar dientes desiguales, anchos y mal puestos agregaba un color de tabaco de hoja que hacía dudar mucho de la pureza de su sangre. El tercero difería en diverso sentido de los dos mencionados, siendo más delgado que ellos, de más edad, de color pálido y aspecto muy amable y delicado. Este era el catedrático de filosofía, Francisco Javier de la Cruz; el anterior José Agustín Govantes, distinguido jurisconsulto que regentaba la cátedra de derecho patrio; y el primero, nombrado José Antonio Saco, recién llegado del Norte de América.
Precedía a éste la fama de sus escritos en el Mensajero Semanal, que publicaba en Nueva York, según decían, con la cooperación del muy amado padre Varela, principalmente los que versaban acerca de los sucesos y eminentes personajes de la revolución de México y de Colombia. Sobre todo, acababa de leerse en La Habana, produciendo un vivo entusiasmo, su polémica crítico-política con el encargado del Jardín Botánico, don Ramón de la Sagra, en defensa del poeta matancero[18] José María Heredia.
De resultas de eso, los jóvenes cubanos, que ya se daban a la política, comenzaron a alejarse de la clase de botánica que pretendía enseñar La Sagra, burlándose de él a medida que admiraban a Saco, a quien tenían por un insurgente decidido, con cuya opinión, cosa singular, concurría de plano el gobierno de la colonia.
Algunos de los estudiantes de derecho le reconoció, desde luego, por haber estudiado filosofía con él en 1823 y murmuró su nombre, lo que fue bastante para que se pararan e hicieran una exclamación más bien de curiosidad que de otra cosa. Esto hubo de atraer la atención de Govantes, el cual, por señas, ordenó a sus discípulos que salieran al salón de clase, adonde él los seguiría en breve.
Allá, en efecto, se encaminaron de tropel y entraron en el salón con gran algazara, hablando de Saco, de Heredia, de su célebre Himno del desterrado y su no menos famosa oda Al Niágara, inclusa en la colección de sus poesías impresas en Toluca, México; de las lecciones de botánica de La Sagra, y de los héroes de la revolución de Colombia, aunque entonces imperfectamente conocida por la juventud habanera. Cuando, poco después, entró Govantes a paso tardo, con un libro debajo del brazo y el semblante risueño y animado, callaron de golpe los estudiantes y reinó allí completo silencio. Ascendió los tres o cuatro escalones de la cátedra, puso el libro en el ancho pretil y se sentó en la silla de paja, a mano constantemente.
No era el salón de la clase de derecho sólo el más amplio y extenso del seminario, sino también el mejor situado bajo todos conceptos. Tenía la entrada por un extremo, con cuatro ventanas anchas abiertas al corredor, y otras tantas al puerto de La Habana, que daban luz y aire, dejando ver los valuartes de la ciudadela de la Cabaña y parte de los del Morro. Apoyada en la pared medianera, entre las ventanas centrales, se elevaba la cátedra; en frente había dos órdenes de bancos paralelos y a entrambos lados otros muchos colocados transversalmente, de modo que el catedrático, desde su elevado asiento, dominaba toda la clase, no obstante su extensión. Probablemente habría allí congregados hasta 150 estudiantes de varios cursos.
Los que habían estudiado la lección y creían poder explicarla con alguna claridad, presentaban el cuerpo y seguían los movimientos del catedrático. Los que no habían abierto siquiera el libro de texto, por el contrario, no sabían donde esconder la cara ni cómo encogerse. En este caso se hallaba nuestro conocido Leonardo Gamboa, según él mismo lo había dicho a sus amigos Meneses y Pancho Solfa. Como por su talla y su carácter no le fuera fácil ocultarse, nunca se sentaba en frente de la cátedra, sino a los costados, y eso en los últimos bancos. El día que vamos narrando ocupó el asiento de la cabeza en el rincón, desalojando para ello a su amigo Solfa. Después de recorrer Govantes con la vista toda la clase, se dirigió a un estudiante de su derecha, a quien llamó por el apellido de Martiartu, el españolado antes dicho, y le ordenó explicara la lección, cosa que hizo con facilidad y aún lucidez. Luego ordenó hiciera lo mismo al amulatado, que llamó Mena; enseguida a otro de apellido Arredondo, el cual ocupaba puesto frente a frente de la cátedra. Cuando éste hubo concluido la explicación más o menos textual, Govantes volvió los ojos a su izquierda, los pasó por encima de Leonardo—el cual de golpe bajó la cabeza con achaque de recoger el pañuelo dejado caer de intento y los detuvo en el joven que se sentaba en la otra cabecera del mismo banco. No se sabía éste la lección y se quedó callado, por lo cual, tras breve rato, el amable profesor dijo:—el otro, con idéntico resultado. Saltó enseguida al cuarto, luego al sexto, que tampoco pudo responder, hasta que dejando tres o cuatro por medio, dijo a Gamboa:—Usted. Disimuló él cuanto pudo, hizo como que no había oído ni entendido, mas su amigo Pancho le llamó la atención, y entonces, medio mohino, medio corrido, se puso en pie y dijo:
—Maldito si he estudiado la lección.
Semejantes palabras produjeron una risa general. Gamboa, sin inmutarse, continuó:
—Mas, por lo que han dicho los señores que me han precedido en el uso de la palabra, saco en consecuencia que el asunto de que hoy se trata es de los más importantes, y creo que no se me olvidarán los puntos principales para el caso de su aplicación en nuestro foro.
Con esto se sentó de pronto, pegando al mismo tiempo un puntazo con el dedo índice al sufrido Pancho, por el costado, quien, ya de dolor, ya de las cosquillas que le produjo, no pudo menos de dar un salto en el asiento. Su discurso, lo mismo que su acción, por inesperados, causaron una explosión de risa de que, no obstante su seriedad, participó el mismo Govantes; quien, sin más dilación, comenzó la explicación del texto, que versaba, como ya dicho, sobre el derecho de las personas. Definió primero lo que se entendía por persona, según el derecho romano; luego por estado, que dijo se dividía en natural y civil, y que este último podía ser de tres maneras, a saber: de libertad, de naturaleza y de familia. Y entró de lleno en lo que podía denominarse historia de la esclavitud, pintándola no ciertamente en sus relaciones con la sociedad antigua o moderna, sino con el derecho romano, el de los godos y el patrio; porque si bien reinaba bastante libertad de enseñanza entonces en Cuba, las ideas abolicionistas no habían empezado a propagarse en ella.
Govantes en aquel día, como solía, estuvo inspirado, elocuente, dando muestras repetidas de su vasta erudición; en lo cual sin duda no había tenido pequeña parte su reciente entrevista con Saco, el traductor y anotador de las Recitaciones de Heinecio,[19] de texto en el Colegio San Carlos desde el año anterior de 1829. Al ponerse él en pie, pues había sonado la hora de las nueve, los estudiantes imitaron su ejemplo, prorrumpiendo en estrepitosos aplausos.
Capítulo X
Índice
Engañó al mezquino Mucha hermosura; Faltó la ventura, Sobró el desatino; Errado el camino No pudo volver El que por amores Se dejó prender.
D. Hurtado de Mendoza
Decíamos que los estudiantes de derecho patrio imitaron el ejemplo de su profesor poniéndose todos de pie. Pero aunque ganosos de salir del aula, según es de suponerse, permanecieron en sus puestos respectivos hasta que aquél descendió de la cátedra y se dirigió a la puerta de salida, cabeza baja y libro de texto debajo del brazo; entonces desfilaron en dos columnas tras él, en respetuoso silencio.
Los pocos que le acompañaron hasta la puerta de su celda, al fondo de la galería, fueron los seminaristas, pupilos del colegio, los cuales se distinguían por la ropa talar de estameña color pardo que vestían y que les daba la apariencia de monacillos; si bien es seguro que ninguno de ellos seguiría la carrera eclesiástica.
Los otros estudiantes no seminaristas, en el número ya dicho, luego que se alejó el catedrático, deshicieron la formación que traían, se precipitaron por la ancha escalera de piedra, en tropel bajaron al corredor y en el mismo desorden salieron a la calle, cual si los hubiera vomitado de un golpe la amplia portería del Colegio de San Carlos.
Ya en la calle, se derramaron por diferentes rumbos de la ciudad. Un grupo bastante numeroso tomó la vuelta del cuartel de San Telmo en que termina la calle de San Ignacio, torció la de Chacón, enseguida a la de Cuba, en fin, por la de Cuarteles se encaminó a la Loma del Ángel, que era su destino. En este grupo estudiantil, marchando con gran algazara, bien podía notar el curioso lector de anteriores páginas, a los tres constantes amigos: Gamboa, Meneses y Solfa. El primero de éstos sin duda capitaneaba a los demás, porque iba a la cabeza blandiendo en la mano derecha, a guisa de bastón de tambor mayor, la caña de Indias con puño de oro y regatón de plata. A medida que se acercaban a la iglesia del Santo Ángel Custodio, que, como sabe el lector habanero, se halla sentada en la planicie de la Peñapobre, se estrechaba más la vía a causa del declive y del golpe de gentes de ambos sexos, de todos colores y condiciones que llevaban la misma dirección.
Las mujeres blancas, al menos las que no se dirigían a la iglesia, iban en quitrines, los cuales entonces empezaban a generalizarse y a sustituir a las volantes o calesas, que venían usándose desde fines del siglo pasado. Casi todos los ocupaban tres señoras sentadas en el único asiento o de testera de esos carruajes, las mayores a los lados, recostadas muellemente; la más joven en medio y erguida siempre, porque nuestros quitrines ni nuestras volantes se construyen en realidad para tres personas, sino para dos. Aunque pasadas las nueve de la mañana, no calentaba demasiado el sol, a causa de lo adelantado de la estación; por eso casi todos los quitrines llevaban el fuelle caído, mostrando a toda su luz la preciosa carga de mujeres, jóvenes en su mayor parte, vestidas de blanco o colores claros, sin toca ni gorra, la trenza negra de sus cabellos sujeta con el peine de carey llamado peineta de teja, y los hombros y brazos descubiertos.
Las mujeres blancas que iban a pie por aquellas calles pedregosas sin aceras, de seguro se dirigían a la iglesia; lo que podía advertirse por el traje negro y la mantilla de encaje. La gente de color de ambos sexos, en doble número que la blanca, iba toda a pie, parte también a la iglesia, parte paseando o vendiendo tortillas de maíz en tableros de cedro, que era uno de los motivos de la fiesta. Las que se hallaban arrimadas a una u otra pared de la calle, eran por lo común negras de África, pues las criollas desdeñaban la ocupación, sentadas en sillas enanas de cuero, con una mesita por delante y el burén en el brasero a un lado. En la tal losa de piedra oscura tendían con una cuchara de madera la porción de harina de maíz mojada que constituía una torta de tres o cuatro onzas de peso, y cuando estaba doradita con el calor del burén, le esparcían por encima un poco de manteca de vacas, y así calientita y jugosa la ofrecían de venta al transeúnte a razón de medio de plata el par. Muchas señoritas no tenían a menos parar el carruaje y comparar las tortillas de San Rafael, según las denominaban, calientes todavía del indiano burén, pues por lo que parece, era como sabían mejor.
La ocasión de todo aquel bullicio y movimiento era la fiesta de San Rafael, que cae el 24 de octubre, cuya celebración se había principiado, según ya indicamos, nueve días antes. En cada uno de ellos se decía una misa rezada en las primeras horas de la mañana, misa mayor y sermón de diez a doce y salve a la hora de víspera. Durante la novena o circular se mantenía de manifiesto el Santísimo Sacramento, y con tal motivo la iglesia nunca se veía desocupada de los fieles que acudían de todas partes del barrio a ganar indulgencia plenaria.
Como hemos dicho anteriormente, la pequeña iglesia del Santo Ángel Custodio se halla asentada en la planicie estrecha de la Peñapobre, especie de arrecife de poca extensión, aunque bastante elevado respecto al plano general de la ciudad. Para subir a ella había, y hay ahora, dos escalinatas de piedra oscura y tosca, con repechos de lo mismo: una que arranca del fondo de la calle de los Cuarteles, la otra que desciende a la de Compostela, siendo ésta la más larga y pendiente.
En llegando a lo alto de la meseta, que también tiene repecho de piedra, se está en el piso del templo, cuya única nave, en los días de función, como de la que ahora se trata, se descubre toda entera—el altar mayor al fondo, retablo de madera de dos cuerpos—más allá de las dos puertas laterales, casi oculto tras el bosque de cirios blancos, candelabros dorados y plateados, macetas de flores artificiales y gran profusión de relumbrantes cartulinas. A izquierda y derecha se veían dos retablos de menos adornos, en el promedio de la puerta principal y las laterales, y en la media naranja otros dos retablos, en cada uno de los cuales se veneraba algún santo, por lo regular de madera de talla, encerrado en un nicho de cristal. El techo, en forma de caballete, dejaba al desnudo el maderamen de la armadura que estaba cubierta de tejas coloradas, y encima del arco toral, dentro del que había un pequeño coro, se levantaba el cuadrado campanario de piedra de tres cuerpos en disminución ascendente. Hacia el oeste, detrás del cuerpo de la iglesia, se hallaba la sacristía, la habitación del cura enseguida, y otra escalera de piedra menos espaciosa que las del frente, que daba salida a la calle de Egido, especie de callejón hondo, torcido y desigual que corre a lo largo de las paredes de las casas y los baluartes que circundaban la ciudad por la parte de tierra. El patio, por el frente, tiene un malecón de mampostería, al modo de muro de azotea. Pues en ese malecón, en la mañana del día que vamos refiriendo, el segundo o tercero de la novena de San Rafael, varios negros carpinteros se entretenían en levantar con tablas de pino, pintadas de color de cantos de piedra, algo que se asemejaba a las almenas de un castillejo, habiendo ya plantado el asta bandera y casi concluido la obra principal.
Los estudiantes se habían apoderado de todo el repecho de las escalinatas y mesetas; Leonardo Gamboa en lo más alto, con su caña al hombro dirigiendo la maniobra, y no subía por éstas persona alguna, ni pasaba por la calle mujer especialmente, en carruaje o a pie, sin que tuvieran ellos algo que decirle y aún hacerle. El más conspicuo por su voz, por el puesto que ocupaba y por su aventajada talla era Gamboa, prodigando, sin cesar dichos y requiebros, sobre todo a las muchachas bonitas, con sobra de galantería y lastimosa falta de buena crianza. Ellas, sin embargo, ya por el hábito de oírlos desde la cuna, ya porque siempre halaga la celebración, no se daban por ofendidas, antes éstas se sonreían; aquéllas, con el abanico entreabierto, hacían un saludo gracioso a los conocidos o amigos, y no faltaban quienes correspondían a una pulla, con otra pulla, por cierto no de la mejor ley.
Había Leonardo arrebatado un pedazo de tortilla a uno de sus compañeros, y, teniéndole en la mano izquierda, lo brindaba a la joven que mejor le parecía, sin ánimo de dársela a ninguna, ni probarlo él, hasta que, de tres que iban en un quitrín, creyó reconocer la que ocupaba el lado opuesto; por cuya razón, en vez de hacerle el mismo ofrecimiento que a las demás, bajó la mano de pronto y trató de ocultarse tras el repecho de la meseta. La joven le había visto, y reconocido desde luego; sólo que, lejos de sonreírse, como es natural cuando se divisa a un amigo entre multitud de gentes extrañas, se puso más seria y pálida de lo que era, aunque mientras pudo estuvo mirando el sombrero y la frente del estudiante, asomados a pesar suyo por encima del borde del muro de piedra. A tiempo de agacharse Gamboa, por un movimiento involuntario, le echó garra por un brazo a su amigo Meneses, y de modo le apretó, que éste no pudo menos de quejarse y preguntarle:
—¿Qué sucede, Leonardo? Por Dios bendito, suelta, que me desprendes el brazo.
—¿No la conociste? repuso Leonardo enderezándose poco a poco.
—¿A quién? ¿Qué dices?
—A la muchacha aquella del quitrín azul que va sentada a la parte opuesta de nosotros. Pasa ahora las Cinco esquinas. Todavía mira hacia acá. De seguro me ha reconocido. ¡Y yo que la hacía a muchas leguas de distancia! ¿Si creerá que todavía duran los aguinaldos de pascuas?
No sé aún de quién hablas.
—De Isabel Ilincheta, hombre. ¿No la conociste? Bien que te gustaba su hermana Rosa.
—Acabáramos. No la conocí, en efecto. Me pareció muy delgada y trigueña, allá era la más linda del partido.
—Todas las muchachas cuando van para tías se ponen delgadas y palidecen; y lo que es Isabel tiene razón para ambas cosas, pues cuenta mi edad y no abriga esperanzas de casarse pronto.
—Todavía te casas tú con ella el día menos pensado.
—¿Yo? Primero con una escopeta. La chica me gusta, no lo niego; pero más me gustaba allá, en medio de las flores y del aire embalsamado, a la sombra de los naranjos y de las palmas, en aquellas guardarrayas y jardines del cafetal de su padre. Y luego, es una bailadora... de primera. No menos que tu Rosa.
—Deja tranquila a Rosa y volvamos a tu Isabel. Estaba lo que se llama enamorada de ti. ¡La pobre! no te conoce, a lo que entiendo. Porque si vale decir verdad, eres el más inconstante y voluble de los hombres.
—Lo confieso, lo siento, mas no puedo remediarlo; me empeño por una muchacha mientras me dice que no; en cuanto me dice que sí, aunque sea más linda que María Santísima, se me caen a los pies las alas del corazón. Desde mayo no le escribo. ¿Qué pensará de mí? Y es que estas muchachas criadas en el campo son tan empalagosas con su querer... Se figuran que nosotros los mozos de La Habana somos todo cera y miel.
—¿Dónde parará ella?
—De seguro en casa de las Gámez, sus primas, detrás del Convento de las monjas Teresas.
—¿Esperas tropezar ahí con Rosa? Cuando no estaba en el quitrín con Isabel, es claro que no ha venido del campo. En cuanto a mí, te juro que no deseo y temo encontrarme cara a cara con Isabel. Estará ella hecha un moderno virago conmigo. No es mujer a quien se puede ofender impunemente.
—Razón tiene sobrada para estar enojada contigo, y en conciencia debes hacer por aplacar su enojo...
—Conciencia, conciencia, repitió Leonardo en tono desdeñoso. ¿Quién la tuvo jamás en tratándose de mujeres?
—¡Hombre! No digas blasfemias, que hijo eres de mujer.
Esta última observación la hizo Pancho Solfa, que había estado oyendo el breve diálogo de los dos amigos. Leonardo le miró de alto a bajo; no por desprecio, sino porque le sacaba al menos dos palmos de ventaja en estatura, y le dijo serio:
—Tú vas a parar en fraile capuchino. Luego, volviéndose con viveza para Meneses, añadió: Esa muchacha va a trastornar todos mis planes.
—No lo comprendo, dijo Meneses.
—Ya lo verás, repuso Leonardo pensativo. Caballeros, prosiguió hablando con los que le seguían desde el colegio; vámonos que ya esto fastidia.
Conocidamente Leonardo se había puesto de mal humor; algo le contrariaba el ánimo, y él no era hombre para sobrellevar estorbos. Pero apenas bajó a la calle por el lado de la de Compostela, y se vio una vez más en medio del bullicio popular, cuando volvió a su ser natural y a las vivezas de su carácter. En efecto al llegar a las Cinco esquinas, alcanzó un caballero de mediana edad que llevaba la misma dirección que los estudiantes. Leonardo le pasó los brazos por debajo de los suyos, le cubrió los ojos con ambas manos y le dijo, variando el acento:—Adivina quién soy.
En vano el desconocido trató de desasirse de las garras del estudiante, en la persuasión quizás de que el objeto de aquella violencia era robarle a la claridad del día y a la vista del pueblo. Pero Leonardo, luego que se le reunieron los compañeros y multitud de curiosos, soltó al hombre; y, con el sombrero en la mano y la cabeza inclinada, en señal de respeto y arrepentimiento, le dijo:—Pido a Vd. mil perdones, caballero. He sufrido una equivocación lamentable, pero Vd. tiene la culpa, porque se parece a mi tío Antonio como un huevo a otro huevo.
Los estudiantes soltaron la carcajada, por lo mismo que el caballero desconocido, comprendiendo la burla, estalló en expresiones de mal humor y de enojo contra la juventud malcriada e insolente de la época. Aquella ridícula escena pasó con más rapidez de lo que hemos acertado a pintarla, y, como para hacer contraste con ella, no bien pasó Leonardo la calle de Chacón, metió la punta de su caña de Indias en una rolliza tortilla de maíz que empezaba a dorarse al calor del burén de una negra más rolliza todavía y casi desnuda, arrimada a la pared de la esquina y rodeada de sus cachivaches, y la levantó en el aire. Hizo la tortillera una exclamación de angustia, y al enderezarse en el enano asiento, como era tan gorda y pesada, echó a rodar la mesita que tenía delante, donde había otras tortillas ya cocidas, con lo cual se aumentó su disgusto y se menudearon sus gritos. Todos rieron de la ocurrencia, Diego Meneses, quien, por uno de aquellos impulsos nobles y generosos de su buen corazón, sacó del bolsillo del chaleco unos cuantos reales, se los arrojó al pecho abultado de la negra, y acertó a depositárselos en el seno, no obstante el bajo escote del cuerpo de su escasísimo traje.
Si con esto se le pasó el enojo o cesaron sus lamentos, los estudiantes no se detuvieron a averiguarlo. Adelante, en la calle del Tejadillo corta la de Compostela en ángulo recto y luego se encuentra la del Empedrado, dicha así por haber sido la primera en que se empezó a ensayar el sistema de pavimento de las calles de La Habana con chinas rodadas y arroyo en medio. Por ella torció Leonardo a la derecha, y después de saludar a sus compañeros y decir a sus íntimos amigos Meneses y Solfa que podían, si querían, esperarlo en la plazoleta inmediata de Santa Catalina, donde se reuniría con ellos dentro de un cuarto de hora. Pero siendo ya la de almorzar, según la costumbre de Cuba, ellos prefirieron continuar a sus casas respectivas, y así se separaron de Leonardo hasta la noche en la feria del Santo Ángel Custodio.
Una vez solo el estudiante de derecho, cambió de paso y de aspecto repentinamente. Se puso serio y pensativo, mucho más de lo que cabía esperar en un carácter tan alegre y vivaz. Era que le preocupaba demasiado la aparición en La Habana y en la feria, de la joven de Alquízar a quien denominó Isabel Ilincheta. No obstante que lo negase, estaba enamorado de ella, y recelaba que su repentina llegada diese ocasión a revelaciones desagradables, sobre todo, al descubrimiento de sus veleidades, que, por pervertido que tuviese el sentimiento de la decencia, no podían hacerle honor ni dejar de sacarle los colores a la cara.
Varias veces se detuvo y pegó con la punta del bastón en las angostas losas de la acera, de cuyo lujo gozaba entonces, entre otras pocas, la calle famosa de lo Empedrado. Entre seguir y volverse fluctuaban grandemente, pues es bueno que se sepa que aquella no era la dirección de su casa. Dio, al fin, un golpe más recio que los demás con la caña, se la echó al hombro, como solía, y apresuró el paso, murmurando:—¡Qué diablos! A lo hecho, pecho. Todo esto, para confirmarse en la resolución tomada.
A poco andar se encontró en la esquina de la calle del Aguacate, y arrimado a las alterosas paredes del Convento de Santa Catalina, no hizo alto hasta cerca de la esquina en que la calle de O'Reilly corta la que llevaba a la sazón. Allí, dirigió una mirada oblicua a la ventanilla cuadrada y alta de una casucha en la acera opuesta, inmediata a la esquina. Dicha casucha la hemos descrito minuciosamente al final del capítulo II de esta verídica historia. Las hojas de la ventanilla se hallaban entornadas, y por entre los balaustres de cedro, se veían los pliegues de una cortinilla de muselina blanca, la cual se agitaba ligeramente entonces, ya a causa del airecillo de la mañana, ya de los movimientos de alguna persona que estuviese detrás. En la misma disposición, aunque inversa, se veía la desvencijada puerta: la media bala de hierro, de que hemos hablado en otra parte, impedía que se cerrase del todo.
Que había una persona apostada entre la hoja entornada de la ventanilla y la cortina blanca, no cabe duda ninguna, porque apenas Leonardo cruzó y puso la mano derecha en el hueco que dejaba en el marco un balaustre caído, cuando se asomó la cara más linda de mujer que quizás existía en aquel tiempo en La Habana. A su vista, aunque los ojos de la mulata despedían rayos, y no de amor, sino de cólera, quedó completamente subyugado Leonardo, y se olvidó de Isabel, de los bailes de Alquízar y de los paseos por las guardarrayas de palmas y de naranjos en los cafetales de esa comarca. El lector de los primeros capítulos de esta historia tiene delante a Cecilia Valdés. Mantenía los ardientes labios apretados, la sangre quería brotarle de sus redondas mejillas, el abultado seno con dificultad se contenía dentro de las ligaduras del traje de yocó. Al fin fue ella la primera a hablar, diciendo más con el semblante que con la voz:
—¿Para qué ha venido?
—Acabo de salir de la clase, contestó Leonardo en tono humilde y bajo, mas recio.
Cecilia miró al soslayo para adentro, con la mano izquierda abierta hizo seña a Leonardo que bajara algo más la voz y añadió con vehemencia:
—Le han visto hace poco en la loma del Ángel.
—Puede ser, venía para acá.
—Pero se ha detenido mucho, la distancia no es tan grande. ¡Ah! ¡Maldita la mujer que ama!
—Nada se ha perdido, Cecilia. Heme aquí.
—Ya. ¿Mas quién sabe la causa de su demora? Tal vez una mujer...
—Mujer no, te lo juro.
—No me jure, porque entonces menos le creo. El caso es que Chepilla ya está de vuelta de Paula y Vd. se aparece ahora. Ya no hay tiempo de hablar. Hace rato que llegó. Rezaba y dormitaba, supongo que de cansada; y ya levanta la cabeza y pone el oído de ético. (Esto lo dijo mirando otra vez hacia dentro.) A Vd. no le interesa mi amistad, se conoce, y soy una boba que le espero. ¡Maldita sea la mujer que quiere como yo!
—Tu desesperación me asusta, alma mía. Siento el percance, será mañana.
—Es que Chepilla no va todos los días a Paula.
—Me levanté cerca de las siete. Tú sabes a la hora que vinimos de Regla, cerca de la una de la madrugada.
—Eso no impidió que yo me despertase al amanecer. Me acosté con el cuidado y Vd. no, esto hace mucha diferencia.
—Déjate de ese tono irónico que no te sienta ni un poquito. Demasiado sabes tú que te idolatro.
—Obras son amores y no buenas razones, y el hombre que no cumple con una cita...
—No me condenes de ligero. Ya te he dicho la causa de mi demora. Te protesto, sin embargo, que lo siento en el alma, y ya te probaré...
—Malhaya viene tarde. En vano me protesta de su cariño. La persona que quiere bien no engaña. Sí, Vd. me está engañando. Me tiene muy herida. Váyase. Truena Vd., no habla.
Leonardo le cogió la mano y se la llevó a los labios, sin que ella opusiera la menor resistencia, por donde conoció que había pasado el furor de la tormenta y que la muchacha admitiría su visita en primera oportunidad. Con esto él siguió camino y al entrar en la calle de O'Reilly, puso el pie izquierdo en el estribo de una volanta que bajaba de la puerta del Monserrate, zarandeándose dentro de dos larguísimas varas, pendientes de dos enormes ruedas y del lomo de un verdadero Rocinante, y quedó sentado en el cojín de vaqueta. El estremecimiento producido por la repentina entrada del joven, llamó la atención del calesero, quien incontinente volvió la cara a fin de ver la casta de pasajero que había conseguido sin solicitarlo ni esperarlo. Este, a tiempo de caer en el asiento, tronó en voz campanuda y de mando:—A casa.
—¿Y dónde vive el niño? naturalmente preguntó el azorado calesero.
—¡Bruto! ¿Que no lo sabes? Calle de San Ignacio esquina a Luz. Arrea.
—¡Ah! exclamó el calesero, y le pegó tan fuerte latigazo a la pobre bestia en los ijares, que se estremeció toda dentro de la armazón de huesos, doblándose casi en dos, bien del dolor, bien del peso del carruaje, del pasajero y del jinete.
Mientras el estudiante, sacudido como una pelota va camino de su casa en la desvencijada volante séannos permitidas algunas reflexiones. ¿A qué aspiraba Cecilia al cultivar relaciones amorosas con Leonardo Gamboa? El era un joven blanco, de familia rica, emparentado con las primeras de La Habana, que estudiaba para abogado y que, en caso de contraer matrimonio, no sería ciertamente con una muchacha de la clase baja, cuyo apellido sólo bastaba para indicar lo oscuro de su origen, y cuya sangre mezclada se descubría en su cabello ondeado y en el color bronceado de su rostro. Su belleza incomparable era, pues, una cualidad relativa, la única quizás con que contaba para triunfar sobre el corazón de los hombres; mas eso no constituía título abonado para salir ella de la esfera en que había nacido y elevarse a aquélla en que giraban los blancos de un país de esclavos. Tal vez otras menos lindas que ella y de sangre más mezclada, se rozaban en aquella época con lo más granado de la sociedad habanera, y aún llevaban títulos de nobleza; pero éstas o disimulaban su oscuro origen o habían nacido y se habían criado en la abundancia; y ya se sabe que el oro purifica la sangre más turbia y cubre los mayores defectos, así físicos como morales.
Pero estas reflexiones, por naturales que parezcan, estamos seguros que jamás ocuparon la mente de Cecilia. Amaba por un sentimiento espontáneo de su ardiente naturaleza y sólo veía en el joven blanco el amante tierno, superior por muchas cualidades a todos los de su clase, que podían aspirar a su corazón y a sus favores. A la sombra del blanco, por ilícita que fuese su unión, creía y esperaba Cecilia ascender siempre, salir de la humilde esfera en que había nacido, si no ella, sus hijos. Casada con un mulato, descendería en su propia estimación y en la de sus iguales: porque tales son las aberraciones de toda sociedad constituida como la cubana.
El calesero, entre tanto, bajó por la calle de O'Reilly al trote, tomó la de Cuba, cruzó diagonalmente la plazoleta de Santa Clara, torció luego a la calle de San Ignacio, y sin adelantarse un paso paró la carrera a la puerta de la casa que le habían designado. Aquélla era una prueba de que el negro calesero no merecía el dictado de bruto que le dio Leonardo al entrar en la volante. No había acabado de parar ésta, cuando el estudiante saltó a la acera y con la misma rapidez le lanzó una moneda al calesero. Recibiola él en el aire, se la llevó a los ojos, vio que era una peseta columnaria, se persignó con ella, picó espuelas y siguió viaje, diciendo:—Mucha salud, niño.
Capítulo XI
Índice
De mi patria bajo el desnublado cielo no pude resolverme a ser esclavo, ni consentir que todo en la natura fuese noble y feliz menos el hombre.
José María Heredia
A Emilia.
Creyó advertir Leonardo cuando saltó de la volante a la acera, que un militar, en completo uniforme, que caminaba de prisa hacia la Plaza Vieja, se había separado de la segunda ventana de su casa, y que contemporáneamente se había desprendido de un postigo de la misma el bien conocido rostro de una de sus hermanas. Apresuró el paso, y, en efecto, a través de otro postigo de la reja del zaguán, vio a su hermana mayor Antonia, en el acto de alzar la cortina para entrar en el primer aposento, por la puerta que daba a la sala. Le desazonó más de lo que puede imaginarse este inesperado descubrimiento, porque atando cabos se convenció, a no quedarle duda, de que mientras él galanteaba a la mulata allá por el barrio del Ángel, un capitán del ejército español, a la clara luz de una mañana de octubre, le galanteaba la hermana acá por el barrio de San Francisco. El recuerdo del momento placentero que había gozado y que aún se cernía en su mente cual visión brillante, quedó enturbiado, se desvaneció del todo ante la desagradable escena a la ventana de su casa.
De la generación que procuramos pintar ahora bajo el punto de vista político-moral, y de la que eran muestra genuina Leonardo Gamboa y sus compañeros de estudios, debemos repetir que alcanzaba nociones muy superficiales sobre la situación de su patria en el mundo de las ideas y de los principios. Para decirlo de una vez, su patriotismo era de carácter platónico, pues no se fundaba en el sentimiento del deber, ni en el conocimiento de los propios derechos como ciudadano y como hombre libre.
El sistema constitucional que había regido en Cuba, la primera vez de 1808 a 1813, la segunda de 1821 a 1823, nada le había enseñado a la generación de 1830. Para ella habían pasado como un sueño, como cosas del otro mundo o de otro país, la libertad de imprenta, la milicia nacional, el ejercicio frecuente del derecho del sufragio, las reuniones populares, las agitaciones y propaganda de los más exaltados, los conciliábulos de las sociedades masónicas, las cátedras de Derecho y de Economía Política, las lecciones de Constitución del Padre Varela. Después de cada uno de esos dos breves períodos había pasado sobre Cuba la ola del despotismo metropolitano y borrado hasta las ideas y los principios sembrados con tanto afán por ilustres maestros y eminentes patriotas. Habían desaparecido los periódicos libres, los folletos y los pocos libros publicados en las dos épocas memorables, de los cuales, si existía uno que otro ejemplar, era en manos del bibliógrafo, que tenía doble empeño en ocultarle.
Sujeta a la previa censura, había enmudecido la prensa en toda la Isla desde 1824, no mereciendo ese nombre los poquísimos periódicos, que después se publicaban en una que otra población grande de la misma. El estado de sitio en que desde entonces quedó avasallado el país, no consentía la discusión de las cuestiones que más podían interesar al pueblo. Delito grave era tratar de política en público y en privado, hasta el uso de ciertos nombres de personas y aún de cosas estaba estrictamente prohibido. Los sucesos pasados, pues, así dentro como fuera de Cuba, los conatos de revolución en ésta, las resultas de la tremenda lucha por la libertad e independencia en el continente, todo esto quedó sepultado en el misterio y en el olvido para la generalidad de los cubanos. La historia, además, que todo recoge y guarda para la ocasión oportuna, aún no se había escrito.
No faltaban fuera quienes tratasen contemporáneamente de la política militante y se afanasen por hacer llegar a la patria la noticia de lo que pasaba en torno de ella y que podía enseñar al pueblo sus deberes y recordarle sus derechos. A ese fin, entre otros, el virtuoso Padre Varela publicó en Filadelfia El Habanero, de 1824 a 1826; pero el gobierno español le declaró papel subversivo y prohibió su entrada en Cuba. De suerte que puede asegurarse que muy pocos ejemplares circularon en ella. Más tarde, es decir, de 1828 a 1830, emprendió Saco también en el Norte de América la publicación de El Mensajero Semanal, periódico científico-político-literario, el cual, por iguales motivos que el anterior, tuvo escasa circulación en La Habana y no ejerció influencia apreciable en las ideas políticas. Lo único que en ese periódico hizo eco en la juventud habanera, según se ha indicado anteriormente, fue la polémica que su ilustre redactor sostuvo con el director del Jardín Botánico de La Habana, don Ramón de la Sagra, por la apasionada crítica que éste había hecho del tomo de poesías dado a luz en Toluca, en el año de 1828, por el insigne Tirteo[20] cubano, José María Heredia.
Mayor y más general influencia ejercieron en el ánimo de la juventud los patrióticos versos de ese célebre poeta. Sobre todos su oda La Estrella de Cuba, octubre de 1823; su epístola A Emilia, 1824; su soneto a don Tomás Boves. Su Himno del Desterrado, 1825, causó un vivo entusiasmo en La Habana; muchos lo aprendieron de memoria y no pocos lo repetían cuando quiera que se ofrecía la ocasión de hacerlo sin riesgo de la libertad personal. Pero ni aquellos periódicos, ni estos fogosos versos, magüer que rebosando en ideas libres y patrióticas, bastaban a inspirar aquel sentimiento de patria y libertad que a veces impele a los hombres hasta el propio sacrificio, que les pone la espada en la mano y los lanza a la conquista de sus derechos.
Quedaban, además, confusas, si ya no tristes, reminiscencias de las pasadas conjuraciones. De la del año 12 sólo sobrevivía el nombre de Aponte,[21] cabeza motín de ella, porque siempre que se ofrecía pintar a un individuo perverso o maldito, exclamaban las viejas:—¡Más malo que Aponte! De la del año 23 se sabía por tradición, que Lemus, el cabecilla, gemía en un presidio de España; que Peoli se había escapado del cuartel de Belén disfrazado de mujer; que Ferrety, el delator, gozaba de la privanza o favores del Gobierno; y que Armona, el aprehensor y perseguidor de los principales conjurados, continuaba siendo el jefe de la única gendarmería del Capitán General don Francisco Dionisio Vives.
Como rumor no más había corrido que el gobierno de Washington se había opuesto a la invasión de Cuba y Puerto Rico por las tropas de México y de Colombia, y que de esas resultas habían ahorcado allá por Puerto Príncipe en 1826, como emisarios de los insurgentes, a Sánchez y a Agüero.[22] Pero a tal punto habían llegado el olvido y la indiferencia, que en los mismos días a que nos referimos en las anteriores páginas, se seguía causa de infidencia a los cómplices de la conjuración llamada del Aguila Negra, muchos de los cuales estaban presos en el cuartel de Dragones, en el de las Milicias de color, en el castillo de la Punta y en otras partes, y no se echaban de ver síntomas de descontento, siquiera de interés en el pueblo.
También los conjurados cubanos de anteriores intentonas malogradas, o se hallaban aún lejos de la patria, o habían muerto en el destierro, o se les había entibiado el ardor patriótico y llevaban vida oscura y pacífica, consagrados a la reparación de los estragos que habían producido en su salud y su fortuna, el tiempo y las contradicciones de los hombres. No era, pues, ni podía ser ocupación de los que habían vuelto a la patria, la propaganda de las opiniones y proyectos políticos concebidos y acariciados durante los días de la exaltación y de la fe ciega en la libertad.
Por su parte, los criollos y peninsulares emigrados del continente, como para subsanar su conducta cobarde, egoísta o retrógrada en la guerra por la independencia, a su llegada a Cuba, sólo se ocuparon de falsear el carácter de los sucesos, calificando de injustos, de perversos y de innobles los motivos de los sacrificios patrióticos de los revolucionarios, amenguando sus hazañas, convirtiendo en ferocidad hasta sus actos de justicia y de meras represalias. Para esos renegados el republicano o patriota era un insurgente, esto es, un sedicioso, enemigo de Dios y del rey; el corsario, un pirata o musulmán, como llamaba el pueblo a los argelinos que hasta fines del siglo pasado infestaban las costas del Mediterráneo.
El lector habanero, conocedor de la juventud de la época que procuramos describir, nos creerá fácilmente si le decimos que Gamboa no se cuidaba de la política, y por más que le ocurriese alguna vez que Cuba gemía esclava, no le pasaba por la mente siquiera entonces, que él o algún otro cubano, debía poner los medios para libertarla. Como criollo que empezaba a entrar en el roce de las gentes mayores y a estudiar jurisprudencia, sí se había formado idea de un estado mejor de sociedad y de un gobierno menos militar y opresivo para su patria. Sin embargo, aunque hijo de padre español, que, siendo rico y del comercio visitaban con preferencia paisanos suyos, ya sentía odio hacia éstos, mucho más hacia los militares, en cuyos hombros, a todas luces, descansaba la complicada fábrica colonial de Cuba. No cabía, por tanto, que le hiciera buena sangre el que un militar le soplase la hermana querida, antes fueron tan vivos los celos que experimentó, como profundo era el odio que le inspiraba el hombre en su doble carácter de soldado y de español.
En consecuencia, entró en su casa disgustado. La mesa estaba puesta para el almuerzo, y Leonardo, en vez de ir en busca de su madre, como solía, sin ver a nadie se quitó la casaca de paño y arrojó el libro de clase en un asilla, se quitó la casaca de paño y se puso una chupa de dril de rayitas de color. Por breve rato estuvo indeciso entre si se echaría en la cama, la cual con su frescura y mosquitero de rengue azul le convidaba a reposar, o si salía al balcón, donde aún había sombra, se apareció el negrito Tirso y dijo:—Niño, el almuerzo está en la mesa. Y se apresuró a bajar, encontrando ya sentados a su madre y a su padre. A las calladas tomó asiento al lado de la primera, quien desde lejos le echó una mirada amorosa, cual si extrañara y la tuviese desazonada el que él no se le presentara cuando entró de la calle. El segundo ni siquiera levantó la vista del plato en que comía huevos fritos con salsa de tomates, aunque a derechas no había visto al hijo desde el día anterior.
Enseguida fueron saliendo una tras otra de las alcobas las hermanas de Leonardo, preparadas para salir a la calle, y sentándose a la mesa, en silencio, como monjas en el refectorio. Cada cual ocupó en ella su puesto respectivo, es decir, doña Rosa con su hijo preferido a un lado, las tres hijas de esa señora al otro, y don Cándido y el mayordomo en las opuestas cabeceras de la mesa. No era casual, pues, sino constante y deliberada esta distribución; salvo que se alterase por la aparición de algún comensal con quien debía usarse cumplimiento. Indicaba claramente el carácter, los hábitos y predilecciones de la familia entre sí y sobre todo de los padres respecto de sus hijos.
Las preferencias de doña Rosa no podían equivocarse: todas en favor de Leonardo. Las de don Cándido, si algunas dejaba ver en ocasiones señaladas, hacían foco en su hija mayor Antonia.
Era él hombre de negocios, más bien que de sociedad. Con escasa o ninguna cultura, había venido todavía joven a Cuba de las serranías de Ronda, y hecho caudal a fuerza de industria y de economía, especialmente de la buena fortuna que le había soplado en la riesgosa trata de esclavos de la costa de África.
Su tráfico principal en La Habana, aquel que le sirvió de peldaño para subir a la cima de la riqueza, consistió en la negociación de maderas y ripia del Norte de América, teja colorada, ladrillos y cal del país, si bien en el día no se ocupaba de eso exclusiva ni personalmente, sonándole mejor en los oídos el título de hacendado que le daban sus amigos, por el ingenio de fabricar azúcar, La Tinaja, que poseía en la jurisdicción del Mariel, el cafetal Las Mercedes, en la Güira de Melena, y el potrero o dehesa de Hoyo Colorado.
Por hábito, antes que por índole, era reservado y frío en el trato de su familia, teniéndole de ella alejado la naturaleza de sus primitivas ocupaciones y el afán de acumular dinero que se apoderó de su espíritu, luego que contrajo matrimonio con una criolla rica, y de las más encopetadas familias de La Habana.
Al principio de su nueva vida no había sido ejemplar su conducta, ni digna de servir de guía a Leonardo, según nos lo ha dado a entender doña Rosa al final del VII capítulo. Por uno y otro motivo, quizás por su ignorancia supina, no se ocupaba de la educación de sus hijos, mucho menos de su moralidad. Ambos deberes corrían a cargo de aquella discreta señora que, si no poseía la ciencia, sí el instinto y el amor materno más acendrado, con los cuales bien se puede dar la mejor dirección a las arrebatadas pasiones de la juventud. Señaladamente en materia de educación, la caridad es la fuente y el espejo de todas las virtudes.
Como hombre ignorante y rudo, tenía, además, don Cándido, extraño modo de reprender a sus hijos. Ya se ha visto que cuando Leonardo se presentó en el comedor, ni siquiera le miró a la cara. Esta era señal infalible que continuaba enojado con él. En efecto, siempre que alguno de ellos le daba motivo de queja, cosa al parecer frecuente, le castigaba, o creía castigarle, negándole la palabra por días y aún meses seguidos. De suerte que por el padre casi nunca averiguaban los hijos la causa real de su enojo; la madre en estos casos, servía siempre de conducto o intermediario para mantener la paz y la concordia en el seno de la familia.
Antonia, el vivo retrato de doña Rosa en lo físico, contaba 22 años de edad. Leonardo pasaba de los 20, y fluctuaban entre los 18 y 17 sus hermanas menores, Carmen y Adela. Esta última podía pasar en cualquier parte por un modelo acabado de belleza. Poseía todas las condiciones que requerían los estatuarios griegos en la persona cuya estatua debía tallarse: buena cabeza, facciones regulares, formas simétricas, airoso porte, talla esbelta, frente alta y mirada de fuego. Con parecerse ella a la Venus[23] griega más bien que a una de las Parcas,[24] tenía más semejanza con don Cándido que con doña Rosa. Había entre la hija y el padre algo más de lo que se entiende generalmente por aire de familia: la misma expresión fisonómica, el mismo espíritu, llevaba impreso en el rostro el sello de su progenie.
Ocupaba Leonardo en la mesa sitio opuesto al de su hermana Adela, y siempre que el padre se hallaba delante, mientras duraba el almuerzo, o la comida, se cruzaban entre ellos miradas de inteligencia, se sonreían a menudo, sostenían, en suma, conversaciones cariñosas y fraternales con los ojos y los labios, sin proferir una palabra. Que ligaban a los hermanos fuertes lazos de simpatía, parecía del todo evidente. Había del uno para la otra lo que se llama ángel. A no ser hermanos carnales se habrían amado, como se amaron los amantes más célebres que ha conocido el mundo. En la mañana del día que vamos refiriendo no sucedió, sin embargo, lo de costumbre. Leonardo estaba enojado o triste, o extraña y honda preocupación le dominaba el ánimo; lo cierto es que en vano Adela, cual solía, buscó su mirada, puso el entrecejo y trató de quemarle la frente con los rayos de sus divinos ojos, a través de la mesa. Ni una vez se cruzaron sus miradas, no hubo para ella en aquel rostro repentinamente petrificado, un rasgo de cariño. La inocente niña llegó a afligirse. ¿Habíale dado motivo de enojo sin saberlo? ¿Qué tenía su hermano querido? ¿Por qué en las dos o tres veces que le sorprendió mirándola en sorda y muda contemplación, bajó él los ojos de repente o fingió perfecta abstracción e indiferencia? Quizás Leonardo no se explicaba claramente y Adela era muy joven para comprender que aquél hacía, sin quererlo, un estudio comparativo de la encantadora fisonomía de su hermana. ¿Qué pensamientos cruzaban entonces por su mente? Difícil es decirlo; lo único que puede asegurarse como cosa positiva es que había en la contemplación de Leonardo más embebecimiento que distracción mental, más deleite que fría meditación, cual si hubiese descubierto ahora en el semblante de su hermana algo en que antes no había reparado.
Duró el almuerzo como una hora, reinando todo ese tiempo en la mesa el mayor silencio, pues apenas se oía otro ruido que el de los cubiertos de plata, ni más voz que la del que pedía éste o aquel plato distante al negrito Tirso, que ya conocen nuestros Lectores, y a una negra joven y bien parecida, los cuales, con los brazos cruzados sobre el pecho cuando esperaban órdenes, estaban atentos a las exigencias del servicio. El primero, con todo eso, servía principalmente a los hombres, la segunda a las mujeres. Pero uno y otra, era de notarse, le adivinaban a don Cándido hasta los pensamientos, poniéndole delante el plato designado con un mero movimiento de los ojos, a cuyo efecto no apartaban de él los suyos Tirso ni la criada Dolores, mientras servían a los demás comensales. ¡Ay de ellos si esperaban la orden o equivocaban el plato con que deseaba reemplazar el saboreado! El castigo no se hacía esperar: le arrojaba a la cabeza lo primero que se le venía a las manos.
La abundancia de las viandas corría pareja con la variedad de los platos. Además de la carne de vaca y de puerco frita, guisada y estofada, había picadillo de ternera servido en una torta de casabe mojado, pollo asado relumbrante con la manteca y los ajos, huevos fritos casi anegados en una salsa de tomates, arroz cocido, plátano maduro también frito, en luengas y melosas tajadas, y ensalada de berros y de lechuga. Acabado el almuerzo, se presentó un tercer criado, en mangas de camisa, y que por el pringue de su ropa parecía el cocinero, con una cafetera de loza en cada mano y principió a llenar de café y de leche, primero la taza de don Cándido y sucesivamente la de doña Rosa, la de Leonardo, las de las hermanas de éste, acabando por la del Mayordomo, aunque no ocupaba el último lugar en una mesa donde hacía de cabeza el amo y de cola la hija mayor. El Mayordomo no era sino un criado blanco, y nadie mejor que los otros criados definían su posición en aquella casa.
Tomaba la familia el café con leche hirviendo cuando pasó por el comedor en dirección de la calle, nuestro conocido, el calesero Aponte. Aunque todavía en mangas de camisa, llevaba calzadas las altas botas de montar y las macizas espuelas de plata. Conducía del diestro dos caballos enjaezados, cuyas colas estaban cuidadosamente trenzadas y las puntas atadas por un cordón de estambre a una argolla en el fuste de la silla por detrás. Al entrar en el zaguán soltó Aponte la pareja, y sin más demora abrió de par en par la ancha puerta de la calle, suspendió en peso las varas del quitrín por las argollas plateadas que tenían atornilladas al extremo, y gritando:—¡Atrás!, le sacó rodando hasta el medio de la calle, le hizo girar, y le arrimó a la acera de su casa. Enseguida volvió a tomar por la brida la misma caballería de antes, le pegó una fuerte palmada en el vientre con la mano izquierda, casi por fuerza la metió entre varas, y luego colgó éstas por las argollas a unos ganchos dobles de hierro que pendían de la silla, cubiertos por pequeños faldones de vaqueta negra. La otra caballería, la de monta, quedó atada al carruaje por dos fuertes tirantes de cuero, adheridos por sus gazas a un balancín.
Después del café sacó don Cándido la vejiga de los tabacos (cigarros) y metió en ella el brazo hasta el codo; tan honda era. A su vista, Tirso voló a la cocina en busca del braserillo de plata con la brasa del carbón vegetal. Antes que el amo mordiera el remate del cigarro, sin cuyo requisito no arde bien, ya el esclavo, con expresión humilde mezclada de temor, le acercaba la lumbre para que encendiera de su mano. Con la primera bocanada de humo azuloso y acre que sacó del cigarro, se puso en pie y, seguido del Mayordomo, se entró en el escritorio, tan callado como cuando salió de él, una hora antes, para sentarse a la mesa del almuerzo.
La desaparición del padre determinó por sí sola un cambio repentino y completo en el ánimo y conducta de la familia, sin excluir la madre. El corazón de los hijos quedó aliviado, por lo visto, del peso que lo había oprimido, siendo así que a todos ellos, como por concierto, se les alegró el semblante y se les desató la lengua. Leonardo especialmente llevó el entusiasmo al punto de atraer a sí a su madre con el brazo izquierdo para darle uno y otro beso en la mejilla y decirle:
—¿Y qué tiene? (indicando su padre). ¿Está bravo?
—Contigo; repuso concisamente su madre.
—¿Conmigo? Pues ya le mando trabajo.
A poco, sin embargo, se puso de nuevo serio porque, habiendo reparado en su hermana Antonia, que no mostraba tanta expansión como los demás, recordó el incidente en la ventana de la calle.
—Mamá, agregó con más seriedad, se me figura que a ti te pasan la mota y que no lo sientes.
—¿Por qué me dices eso, hijo mío? replicó doña Rosa en el tono de voz más blando imaginable.
—¿Se lo digo, Antonia? preguntó a su hermana con aire malicioso.
Antonia, en vez de contestar, se puso más seria e hizo ademán de levantarse de la mesa, con lo cual añadió Leonardo a la carrera:
—Peor para ti, Antonia, si te levantas y me dejas con la palabra en la boca. No diré nada a mamá; pero es porque tengo ya hecha mi resolución. Se acabaron las visitas de los militares en mi casa.
—Hablas como si fueras el amo, repuso Antonia con desdén.
—No soy el amo, es cierto, mas puedo romperle las patas a uno el día menos pensado, y tanto vale.
—Te expones a que te la rompan a ti.
—Eso lo veremos.
—Supón que en vez de militar español fuera un cadete el que nos visitase, ¿también te opondrías?
—¡Cadete! ¡Cadete! repitió Leonardo con marcado desprecio. Nadie habla de cadetes, que cual los oficiales de milicia son nada entre dos platos. Ya la moda de los cadetes pasó; los últimos quedaron enterrados en las playas de Tampico, a donde, por dicha, se los llevó Barradas. Los que de ellos han sobrevivido a la desastrosa campaña, de seguro le han perdido la afición a las armas. Gracias a Dios que nos vemos libres de su fatuidad.
—De suerte que tu tirria es contra los españoles, como si tu padre fuese habanero.
—Ese odio tuyo a los españoles, dijo doña Rosa, todavía ha de costarnos caro, Leonardo.
—Es que mi odio no es ciego, mamá, ni general contra los españoles, sino contra los militares. Ellos se creen los amos del país, nos tratan con desprecio a nosotros los paisanos, y porque usan charreteras y sable se figuran que se merecen y que lo pueden todo. Para meterse en cualquier parte, no esperan a que los conviden y una vez dentro se llevan las primeras muchachas y las más lindas. Esto es insufrible. Aunque si bien se mira, las muchachas son las que tienen la culpa. Parece que les deslumbra el brillo de las charreteras.
—Respecto de mí, observó Carmen, la regla padece una excepción.
—Y respecto de mí, añadió Adela, sucede la misma cosa. Los militares, por decentes que sean, trascienden a cuartel.
—No hables así, niña, le dijo su madre, que hay militares muy dignos, y sin ir lejos, mi tío Lázaro de Sandoval, que fue coronel del Regimiento Fijo de La Habana, estuvo en el sitio de Pensacola y murió lleno de honores y de cicatrices.
—Pero no se habla de esos militares, mamá, saltó y dijo Leonardo. Se habla de los militares que vinieron de España para reconquistar a México, y que habiendo fracasado allá vuelven aquí para que nosotros paguemos el mal humor de la ignominiosa derrota. A estos militares son a los que ahora me refiero. No es lo peor que trasciendan a cuartel, como dice Adela, sino que son, como hombres, malditísimos maridos. Mientras no llegan a brigadier, viven en los cuarteles o en los castillos, donde tienen por casa pabellones; por criados, asistentes rudos y desvergonzados; por diversión las palizas y carreras de baqueta que les pegan a los soldados; por música, el tambor de diana. Casi nunca se fijan en ninguna parte, porque cuando menos lo esperan, tienen que salir destacados, ya para Trinidad, ahora para Puerto Príncipe, luego para Santiago de Cuba, después para Bayamo... Y si son casados, la mujer y los hijos y los penates, por supuesto, tienen que seguirlos de cuartel en cuartel, de castillo en castillo, de destacamento en destacamento cuando por motivos de economía no se queda ella con sus padres y él no se marcha con sus soldados. Como su objeto es encontrar mujer rica con quien casarse, poco se cuidan del carácter y de los antecedentes de las que al cabo toman por esposa, tarde que temprano, ellas les arañan la cara y ellos las arrastran por el pelo.
No pudo Antonia sufrir más: se levantó de la mesa y se fue a la sala, callada y muy molesta.
—Has zaherido a tu hermana sin motivo, le dijo doña Rosa. Ella no piensa en militar alguno, por mucho que alguno la celebre.
—No piensa en ellos, pero admite galanteos por la ventana, y he aquí lo que me irrita.
—Antonia no es de ésas, por fortuna, hijo mío.
—¿No?—¡Ay, mamá! Parece vas perdiendo la vista del entendimiento y de la cara... No quiero hablar, lo único que digo y repito es que el día menos pensado le rompo una pata a uno de esos soldados.
Enseguida se levantó y cual si nada hubiese ocurrido, o dicho que le desazonara, fue para el puesto que ocupaba su hermana Adela, la estrechó con ambos brazos por la cintura y le dio muchos besos.
—Quita, quita, dijo ella. ¿Pues no estabas enojado conmigo? Me lastimas con la barba.
—¿A dónde bueno, tan emperifollada? le preguntó Leonardo esquivando el asunto indicado por la hermana.
—Vamos a la tienda de Madama Pitaux, que ahora vive en la calle de La Habana número 153. Hace poco que ha llegado de París y, según dicen, ha traído mil curiosidades. De camino pensábamos dar una vuelta por la Loma del Ángel.
Para ir a la Loma ya es muy tarde. Pasa de las once. Y ahora que me acuerdo, ¿han visto Vds. el número IV de La Moda o Recreo Semanal?[25] Desde el sábado se repartió, y está muy interesante.
—¿Tú le tienes ahí? preguntó Carmen. Es extraño que no nos hayan enviado nuestro ejemplar, estando suscritas.
—¿En dónde se suscribieron ustedes?
—En la librería de La Coba, calle de la Muralla, que es el punto más cercano.
—Pues reclamen allá. El ejemplar que yo leí estaba en el mostrador de la botica de San Feliú, porque el mío me ha faltado también. No son nada exactos, que digamos, los repartidores.
—¿Has averiguado quién es la Matilde de que habla La Moda? preguntó Adela a su hermano. Porque Carmen cree que es una que todos nosotros conocemos.
—A mí se me figura, dijo Leonardo, que es un ente imaginario. Tal vez Madama Pitaux sepa algo.
—Pues a mí se me ha puesto, dijo Carmen, que la Matilde de La Moda no es otra que Micaelita Junco. Sucede que ella es la más elegante de La Habana; que su hermano, un verdadero lechuguino, se llama Juanito; que tiene una abuela de nombre doña Estefanía de Menocal—apellido semejante al de Moncada—que le dan en La Moda.
—Voy creyendo que tienes razón, dijo Adela. No puedo negar que el vestido y el peinado que llevaba anteayer en el Paseo Micaelita Junco son idénticos al figurín de La Moda del sábado antes pasado. Por cierto que no me gustó el peinado a la Jirafa. La trenza es demasiado ancha y los bucles muy altos; luego, por detrás la cabeza luce desairada. Las mangas cortas, aglobadas, con sobremangas de blonda, sí me parecen bonitas y le sientan bien a la que tiene el brazo torneado, como Micaelita. Su hermano Juanito, que nos saludó junto a la fuente de Neptuno, ¿te acuerdas?, iba también a la última moda igual al figurín. Le sentaban los pantalones de Mahón sin pliegues, el chaleco blanco y la casaca de paño verde sin carteras. Esa es la moda inglesa, según dicen. ¿Reparaste en el sombrero? La copa tropezaba en las ramas de los árboles de la Alameda con ser Juanito Junco un chiquirritín.
—El corbatín es lo que no me peta, dijo Leonardo. Es tan alto que no deja juego al pescuezo. No los usaré jamás. No me gustan esos collares de perro. Tampoco me petan las casacas a la dernier;[26] parecen de zacatecas. Los angostos faldones bajan hasta las corvas y se me figura que con esa moda se ha querido imitar la cola de las golondrinas. Sobre que se ha empeñado Federico en vestirnos a la inglesa y nosotros estamos mejor hallados con las modas francesas. Uribe tiene más gracia, si no más hábil tijera.
—No saques a Uribe, que es un sastre mulato de la calle de la Muralla y no sabe jota de las modas de París ni de Londres, dijo Carmen con marcado desprecio.
—No piensa así la gente principal de La Habana, repuso Leonardo prontamente. Los Montalvo, los Romero, los Valdés Herrera de Guanajay, el Conde de la Reunión, Filomeno, el Marqués Morales, Peñalver, Fernandina... no se visten con otro sastre. Yo le prefiero a Federico. El, además, recibe los periódicos de modas de París por todos los paquetes[27] del Havre.
Tan entretenida conversación de los hermanos, la interrumpió el calesero presentándose con la cuarta engarzada en la muñeca de la mano derecha y el sombrero redondo en la izquierda, para anunciar que el quitrín estaba listo a la puerta. Luego al punto las dos hermanas menores fueron en busca de la mayor y de sus características mantas y juntas rodearon a la madre para pedirle sus órdenes. Esta señora les hizo el encargo de algunas compras en las tiendas de lencería, o de ropa, y luego se dirigieron ellas por el zaguán a la calle.
No ha de extrañar el lector forastero ver a tres señoritas de la clase que podemos llamar media, salir a las calles de La Habana sin dueña, padre, madre o hermano que las acompañase. Pero con tal que no fueran a pie ni a pagar visita de etiqueta, bien podían dos, mucho más tres jóvenes, recorrer toda la ciudad, hacer sus compras, picotear con los mozos españoles de las tiendas y en las noches de retreta en la Plaza de Armas o en la Alameda de Paula, recibir al estribo del carruaje el homenaje de sus amigos y la adoración de sus amantes. Eso sí, aún para hacer una visita en la vecindad de su casa y a pie, exigía la costumbre, que la cubana, cuando no había pariente de respeto, se acompañase siquiera de su mismo esclavo.
Al entrar Carmen en el quitrín, le dio la mano para subir un joven desconocido que acertó a pasar por allí, después a Adela y últimamente a Antonia, recibiendo de ellas, en pago de su galantería, una sonrisa de agradecimiento.
Así, la más joven y bella de las hermanas ocupó el asiento de en medio, el menos cómodo ciertamente, pero sin duda el más conspicuo y propio para desplegar la habanera sus gracias naturales a maravilla. Desde luego, montó el calesero el caballo de fuera de varas, el que por su suave paso, buena estampa y cola cuidadosamente trenzada, era al mismo tiempo el descanso y el orgullo del jinete; y partió a escape el carruaje en vuelta de la Plaza Vieja.
Capítulo XII
Índice
Por sus juguetes se conoce el niño,
y se conjetura cuales han de ser sus obras.
Parábolas de Salomón
Quedaron al fin solos doña Rosa Sandoval de Gamboa y su hijo Leonardo.
No había sacado éste el talento de su padre para los negocios. Tampoco anunciaba disposición ninguna para la carrera literaria a que le dedicaban, aunque solía hacer versos y escribir articulejos para el Diario y otros periódicos. Su madre, sin embargo, quería que fuese abogado, doctor de la Universidad de La Habana, halagándola la esperanza de que podría por este camino, llegar a oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe, y hasta a Teniente Gobernador, como llamaban entonces a los jueces letrados de nombramiento real. Creía ella con razón que, mediante el dinero y las relaciones de su marido en la Corte, bien podía conseguirse para su primogénito cualquier gracia, honor o título, entre los muchos que, merced a aquellos estímulos, es uso conceder la Corona.
De comerciante, en concepto del padre, no había esperanza de que el mozo llegase a más que alcalde municipal, a consiliario o diputado del Tribunal de Comercio o Real Consulado, empleos de mala muerte, sin honores ni emolumentos. Por otra parte, don Cándido, en realidad, no hacía hincapié en que su hijo estudiase y siguiese ésta ni esotra carrera literaria. ¿Abogado? Ni pensarlo. Se aficionaría a los pleitos, y acabaría con un caudal y con el de sus clientes. Tampoco don Cándido conocía más letras que las del Catón,[28] lo que no le había impedido acumular una fortuna respetable.
Ahora, además, le había nacido el deseo de titular, y no le parecía bien que su hijo, al menos, trocase los libros o la vara del mercader, ni el bonete de doctor, por la corona del conde, aunque hubiese un Santovenia, que por aquellos días precisamente, había hecho el último de los trueques mencionados. No obstante su ignorancia, reconocía que Leonardo no haría raya como hombre de letras, ni como de negocios, y decía para sí o cuando trataba del asunto con su esposa:
—No debemos forjarnos ilusiones. El (su hijo) no dará nunca mucho de sí, por más que uno se afane y gaste dinero en sus estudios. Ahí no hay cabeza sino para enamorar y correr la tuna. Eso se conoce a tiro de ballesta. Pero ¿necesita él tampoco de grandes conocimientos para hacer papel en el mundo?
—¡Ca! No, señor. Fortuna, esto es, dinero te dé Dios, hijo, que el saber poco te vale; reza el proverbio castellano. Y dinero no ha de faltarle cuando yo muera. Luego si logro el título de Conde de Casa Gamboa, que pretendo en Madrid, reunirá el monis con la nobleza, dos adminículos éstos con que el más bruto puede figurar en primera línea, gozar fuero y echarse a roncar a pierna suelta, cierto y seguro de que no le atropellarán por deudas, antes todos le sacarán el sombrero, le traerán en palmitas y le bailarán el agua delante, lo mismo los chicos que los grandes, los hombres de copete que las mujeres bonitas. ¡Ah! ¡Qué tiempo se ha perdido! Si yo hubiese titulado diez años ha, otro gallo nos cantara.
En efecto, Leonardo descubría menos ambición que talento. Por sentado, la esperanza de ser algo por sus conocimientos, por sus estudios, o por su industria, jamás calentó su corazón. Antes confiado en que a la muerte de sus padres sería bastante rico, no hacía esfuerzo ninguno por saber, ni se apuraba por estudiar las lecciones de derecho, y se reía a carcajadas cuando, en son de broma, se decía entre la familia que él podía llegar a ser oidor o conde, o que su padre hacía construir en España, con el fin de titular, un árbol genealógico en que no había de verse ni una gota de sangre de judío ni de moro. Por otra parte, tan humildes eran a la sazón sus inclinaciones, como sus pasiones fuertes e ingobernables.
Gozar era, por aquel tiempo al menos, la suprema ley de su alma. Y es que su madre, porque le quería demasiado, cualquiera creería que, lejos de regir sus desapoderados impulsos, parecía complacerse en darles rienda suelta. ¿Qué necesidades podía experimentar un mozo de sus años y ocupaciones? Libros, trajes, caballos, carruajes, criados, dinero, todo le sobraba; ni el trabajo de pedir casi nunca tenía, porque desde la cuna se había acostumbrado a ver satisfechos sus deseos y aún caprichos, apenas indicados. Con todo eso, no pasaba día sin que le hiciera la madre algún regalo costoso, teniendo además la costumbre de ponerle todas las tardes en la faltriquera del chaleco media onza de oro, a veces una onza. Naturalmente, como entraba ese dinero, así salía, sin conciencia de su valor, y era lo malo que jamás pasaba por la mente del hijo pródigo, que debía guardar para mañana lo que no fuese necesario para los gastos de hoy. ¿Cómo derramaba el oro nuestro imberbe estudiante? Adivinarlo puede el discreto lector, siendo como eran, el juego, las mujeres y las orgías con los amigos la vorágine que consumía el caudal de Gamboa y le agotaba el perfume del alma en la flor de su vida.
Estaba él, pues, sentado, luego que partieron las hermanas, en el puesto que dejó Adela, opuesto a su madre, a la que miraba de hito en hito, de codos en la mesa, con la cara entre las manos y le dijo de repente:
—¿Sabes una cosa, mamá?
—Si no me la dices... contestó ella como distraída.
—No creas que te voy a pedir. Yo no quiero nada.
—Ya, dijo doña Rosa; y se sonrió, pues que comprendió por el exordio que quería algo su hijo muy amado.
—¿Te ríes? Entonces me callo.
—No lo tomes a mal, hijo; me sonrío para que veas que te escucho con complacencia.
—Pues al pasar ayer tarde por la relojería de Dubois, en la calle del Teniente Rey, me llamó para enseñarme... ¿Te vuelves a sonreír? Vas a creer que te voy a pedir alguna cosa. Desde ahora te digo que te engañas.
—No hagas caso de mis sonrisas. Continúa. Deseo oír el fin; ¿qué te enseñó Dubois?
—Nada. Unos relojes de repetición que acababa de recibir de Suiza. Son los primeros que llegan a La Habana, según me dijo, directamente de Ginebra.
Callose en diciendo esto Leonardo y su madre imitó su ejemplo, aunque ésta, al parecer pensativa. Al fin ella fue la primera que rompió el silencio diciendo:
—¿Y qué tal los nuevos relojes de repetición? ¿Te gustaron, hijo mío?
Se le iluminó al joven el semblante, el cual exclamó:
—Muchísimo. Son magníficos, ginebrinos..., pero yo no quiero reloj nuevo, te lo advierto. Todavía sirve el inglés que tú me regalaste el año pasado, sólo que ya no es de moda. Yo no he visto nunca un reloj de repetición y mucho menos ginebrino, que no hay que abrirlo para saber la hora a cualesquiera del día o de la noche. Se empuja el botón de un resorte que tiene dentro de la argolla, y una campanilla interior da la hora y los cuartos. ¡Qué ventaja! ¿Eh, mamá?
—¿Por qué no me hablaste de eso antes de salir tus hermanas? Le habría encargado a Antonia que se pasara por la relojería.
—No me acordé ni tuve ocasión. Papá, además, estaba delante y luego entramos en una conversación... y me distraje. Bien que ellas no entienden de relojes.
Volvió a callar doña Rosa por corto rato, siempre con aire meditabundo, aunque sin manifestar enfado ni seriedad. Entretanto, Leonardo fingía no advertir la actitud abstraída de su madre, ni dar indicios de arrepentimiento por el embarazo en que la había puesto con sus antojadizas indicaciones. Por el contrario, mientras la pobre señora meditaba y echaba cálculos, él no cesaba de sobarse las mejillas con la punta de los dedos y de mirar al techo, cual si contara las vigas del colgadizo.
—¿Te dijo Dubois, continuó al cabo doña Rosa, el precio de sus nuevos relojes?
—Sí... No. ¿Para qué quieres saber el precio? ¿Para comprarme uno? Ya te he dicho que no lo necesito, que no lo quiero. ¿Para comprarles a mis hermanas? No los tiene Dubois de mujer, de hombre únicamente.
—Bien, pero ¿cuánto pide Dubois por sus relojes de repetición para hombre?
—Poca cosa, dieciocho onzas de oro. No pueden ser más baratos, porque son de oro, legítimos ginebrinos y de repetición.
—¿Tu reloj inglés no salió bueno?
—No tan bueno como creía al principio. Ese mismo Dubois te lo vendió, bien me acuerdo; pero es claro que se engañó o te engañó, porque se atrasa y se adelanta a cada rato, y ya le he llevado a la relojería más veces que onzas de oro pagaste por él. Y eso que te costó veinte, más de lo que piden por los ginebrinos. Dinero echado a la calle, mamá. Está visto, los relojes ingleses, aún los de Tobías, fallan a menudo; al contrario, los legítimos ginebrinos son otra cosa, casi todos salen buenos, exactos. Así al menos me dijo Dubois, que tú sabes entiende de relojes y es relojero de primera. Pero no hay que pensar más en eso, mamá; olvidémoslo, lo pasaré sin un reloj de confianza ¡cómo ha de ser!
—No te apures ni te aflijas, hijo, replicó Doña Rosa bastante alarmada. Ya veremos modo de que tengas el ginebrino si tan bueno es como dices y como cree Dubois. Yo siempre pensaba hacerte un regalo de pascuas, será el reloj ese que tanto te ha gustado, aunque de aquí a Navidad va todavía una pila de días. Pero se presenta una seria dificultad.
—¿Cuál? preguntó Leonardo asustado, por más que trató de dominarse.
—Sucede, continuó doña Rosa con suavidad, que en mi bolsa particular no creo que haya ahora todo el dinero requerido para la compra, y se me hace muy cuesta arriba acudir a la de tu padre.
—Pues si depende de papá, debo dar desde ahora por perdida la esperanza del reloj nuevo. El se ha vuelto más tacaño que un judío, al menos todo para mí le parece o caro o inútil; que lo que es para Antonia, ya sabemos que su bolsa siempre está abierta. Yo no sé para qué guarda él tanto dinero.
—Eres injusto con tu padre. ¿De quién es el dinero que tú derrochas? ¿Quién provee al lujo en que vives? ¿Quién trabaja para que tú goces y te diviertas?
—El trabaja, es verdad; él se industria y ahorra, no cabe duda ninguna, pero ¿tendría ahora tanto dinero si cuando se casó con contigo hubieras sido una mujer pobre? ¿A que no?
—Yo aporté al matrimonio unos doscientos mil pesos, que no es ni la cuarta parte de nuestro caudal hoy día. El aumento, ese gran aumento, se debe a los afanes y economías de tu padre, quien no era un pobrete tampoco cuando se casó conmigo; no, señor; tenía sus reales, y tú menos que nadie debías censurar su conducta, la cual, por otra parte, es hija de la tuya con él.
—En eso había de parar el sermón, en mi conducta con papá. El es seco y duro conmigo, ¿puedo yo ser cariñoso y blando con él? Vamos, di tú. Nunca me da tampoco ocasión de mostrarle mi cariño, aunque quisiera. Mas no hablemos del asunto, volvamos la hoja y tratemos de otra cosa, de lo otro. ¿Qué tenía papá cuando se casó contigo?
—Tenía algo, tenía bastante, sí, señor. Tenía un taller de maderas del Norte, tejamaní, ladrillos, cal..., allá en la Alameda o Paseo, cerca de la Punta. El terreno en que se hallaba también le pertenecía, si bien valía poco por ser muy pantanoso y bajo. Tenía asimismo por allí, donde ahora se ha fabricado la casa del colegio de Buena Vista, un barracón. Por cierto que de los últimos bozales que se marcaron en el hombro izquierdo con las letras G y B todavía quedan algunos en el ingenio La Tinaja, que heredé de mi padre. Cándido, en sociedad con don Pedro Blanco, suele traer todavía negros de África. Pero persiguen tanto los ingleses la trata, que se pierden muchas más expediciones que se salvan...
—Figúrate, mamá, dijo Leonardo con mucha risa, aunque bajando la voz, un plagiario de hombres convertido en Conde... del Barracón, por ejemplo. ¡Qué lindo título!—¿No te parece mamá?
—¿Qué quieres decir con esa salida de pie de banco? preguntó doña Rosa molesta no menos que sorprendida.
—¡Ay, mamá! ¿Tú no sabes que según las leyes romanas son plagiarios todos aquellos que roban hombres para venderlos?
—Ya. En ese caso tu padre no es el verdadero plagiario, como dices, sino don Pedro Blanco, quien es sabido, desde su factoría en Gallinas, en la costa de Guinea, (tantas veces he oído esos nombres que se me han quedado impresos) trata negros por baratijas y otras cosas y remite los cargamentos a esta Isla. Tu padre toma los que necesita para sus fincas y los demás los vende a los hacendados, porque él hasta hace poco ha estado actuando como consignatario y antes como socio de Blanco, cuando no se tenía por contrabando la trata de África, o se toleraba. Por su cuenta al menos, no ha despachado sino contadas expediciones. De un momento a otro espera la vuelta de su bergantín Veloz. ¡Dios quiera que no haya caído en las garras de los ingleses!
—Tú, sin querer, estás abogando en mi favor. Yo dije lo que dije en broma, pero es claro, mamá, que conforme a un principio de derecho tanto delito comete el que mata la vaca como el que le sujeta la pata.
—No me vengas con tus principios, tus fines ni tus leyes romanas. Digan ellas y ellos lo que gustes, la verdad es que existe mucha diferencia entre la conducta de tu padre y la de don Pedro Blanco. Este se halla allá, en la tierra de esos salvajes; él es quien los procura en trato, él es quien los apresa y remite para su venta en este país; de suerte que, si hay en ello algún delito o culpa, suyo será, en ningún caso de tu padre. Y, si bien se mira, lejos de hacer Gamboa nada malo o feo, hace un beneficio, una cosa digna de celebrarse, porque si recibe y vende, como consignatario, se entiende, hombres salvajes, es para bautizarlos y darles una religión que ciertamente no tienen en su tierra. Conque si lo dices por esto, ya sabes que, en caso de titular, en lo que por ahora no piensa, no le faltarían títulos bonitos y sobre todo, honrosos. Pues como te decía antes, esta vez no me será dado complacerte sin acudir a la bolsa de tu padre.
—¿Por qué no acudes?
—Porque tendría que decirle la verdad, esto es, que quería el dinero para hacerte un regalo.
—Bien, ¿y qué? El nunca te niega nada.
—Es cierto; pero como está tan enojado contigo, temo que me lo niegue.
—¿Cuándo no está él enojado conmigo, mamá? Esa es enfermedad endémica suya, crónica, mejor dicho. Si salgo, porque salgo; si no salgo, porque me estoy en casa. De todos modos, entra el año y sale el año y papá nunca está contento conmigo. Me ha cogido entre ojos, mamá, ésta es la verdad pura y dura. ¿Para qué andarnos con rodeos? El resultado es que no le pareces bien nada de lo que yo hago o deshago.
—No es tu padre tan injusto, ni tan falto de amor paternal, que si te portaras bien, creería que te portabas mal. Mira, sin ir más lejos, anoche estuviste de correntón en Regla. ¿A qué hora volviste?
—¿Por quién lo ha sabido él?
—Importa poco el conducto, pero sabe que se lo dijeron esta mañana en el muelle de Caballería.
—¡Vamos! Esa no cuela. Al muelle no acuden temprano sino los tasajeros y husmeadores de noticias, porque ése es su mentidero, pasándose la mañana esperando que el Morro señale el Correo de España, barco de Santander o de Montevideo, con harina o con tasajo. Semejantes nenes no frecuentan los bailes del Palacio de Regla. El cuentista ya caigo en quién fue, no pudo ser otro que Aponte. Te aseguro que ya me la pagará el muy perro conversador.
—No fue ese el soplón. Sin embargo, aunque lo hubiese sido, harías mal en pegarle por eso, pues si tu padre le preguntó, no sé yo cómo pudo ocultarle la verdad.
—Pudo decir que no sabía, que no oyó la campana del reloj del Espíritu Santo, que... cualquier cosa, menos que yo vine a tal o cuál hora, ni que estuve acá ni allá. Tiene muy floja la lengua el taita Aponte y papá le dio por la vena del gusto preguntándole. Milagro que no le contó... Pero, en resumidas cuentas, ¿qué estuve yo haciendo en Regla anoche?
—No me lo digas, no quiero saberlo, supongo que no hacías nada malo. El resultado es, Leonardito, que tú no te aplicas a los estudios, que no adelantas en nada bueno ni útil, y que el tiempo que debías dedicar a la lectura y a la meditación, lo desperdicias en fiestas frívolas y en correrías tan dañinas como peligrosas. Eso no puede gustarle a él, ni... a mí tampoco, por lo mismo que te quiero entrañablemente. Quiere tu padre y quiero yo que estudies más y que pasees menos, que te diviertas, pero que no te entregues a la disipación, que no pases malas noches, que te moderes, que..., en una palabra, te portes bien.
La emoción que experimentó doña Rosa la privó del uso de la palabra, arrasándose de lágrimas sus hermosos ojos.
—Tú no sirves para predicador, le dijo Leonardo, tal vez con ánimo de distraer su atención, porque te posesionas demasiado del asunto.
—Por lo que toca a Aponte, continuó doña Rosa luego que se hubo serenado, ya sé que es un conversador, mas, en honor de la verdad, debo decir que tu padre supo la hora a que volviste por el ruido que se hizo en el zaguán con la apertura de la puerta, la entrada del carruaje y las pisadas de los caballos. Con el silencio de la noche, todo ruido es un trueno. El despertó, encendió un tabaco con el yesquero, consultó el reloj e hizo una exclamación de enojo. Yo me hice la dormida. Eran las dos y media de la madrugada... Aún se te conoce en la cara la mala noche.
Hubo otro breve intervalo de silencio entre aquellos dos interlocutores, durante el cual Leonardo bostezó y se esperezó diferentes veces, hasta que, puesto en pie, dijo:
—Me voy a dormir... Si me compras el reloj, bueno; si no, poco importa.
Dio media vuelta y emprendió la subida de la escalera de su dormitorio, paso ante paso, cual si contara los escalones o le costara un grande esfuerzo. La madre, entre tanto, le siguió con los ojos, sin decirle otra palabra ni moverse de la silla; pero así que le perdió de vista en los altos de la escalera, se agitó con viveza y llamó en voz fuerte:—¡Reventos!
A una llamada tan apremiante, no tardó en responder en propia persona el mayordomo mencionado en el anterior capítulo. Era un hombre bajo de cuerpo, rechoncho, trigueño, con la cara redonda y el pelo muy crespo, que así en su aspecto como en sus maneras manifestaba resolución y agilidad. Aunque vestido de limpio, venía en chaleco, trasluciéndose a leguas que procedía de Asturias, tipo no muy común del español entonces en La Habana. Hacía de mayordomo en casa de don Cándido Gamboa, y si llevaba ciertos libros, no se ocupaba tanto en el escritorio, como en otras comisiones más en consonancia con su empleo. Cuando se presentó delante de doña Rosa, tenía la pluma detrás de la oreja, y ella le dijo en tono de mando:
—Reventos, diga a Gamboa que me mande con Vd. veinte onzas.
Fue el hombre y volvió sin demora con el dinero pedido, el cual sacó de la caja de hierro pequeña, debajo de la carpeta, en que había varios sacos atestados de monedas de oro y plata.
—Póngase la chaqueta, añadió doña Rosa derramando las onzas sobre la mesa para contarlas, y vaya ahora mismo a la calle del Teniente Rey, a la otra puerta de la botica de San Agustín, relojería de Dubois, y se compra Vd. el mejor reloj de repetición que haya recibido últimamente de Ginebra. Diga Vd. que es para mí. ¿Se ha enterado Vd.?
—Sí, señora.
—Supongo que Vd. no entiende de relojes.
—No se me alcanza mucho, que digamos, pero en Gijón, donde yo nací y me crié, hay más de una relojería; y un tío mío, hermano de mi madre, que en paz descanse, tenía en la uña, como quien dice, el mecanismo de los relojes.
—No lo decía por tanto, don Melitón, lo decía para prevenirle contra cualesquier engaño que pudieran practicar con Vd., si se creyese que el reloj era para Vd. u otra persona así... ¿Vd. me entiende?
—Ya, ya, estoy enterado.
—Oiga. Recalque Vd. a Dubois que el reloj es para mí. El me conoce y debe saber que le costaría caro...
—Dar a Vd. gato por liebre, interrumpió el mayordomo. Por sentado que le costaría un ojo de la cara, si tal hiciera el muy bellaco. Demasiado lo sé y lo sabe él.
—Yo no le tengo por bellaco, como Vd. dice; sin embargo, bueno es estar prevenido...
—Porque el soldado prevenido nunca fue vencido, volvió a interrumpir el mayordomo, interpretando a su modo el pensamiento del ama.
—¡Ah! Haga que le pongan en una caja fina, como para un regalo. ¿Entiende Vd.?
—¡Toma que si lo entiendo! Perfectamente.
—Bien. Vaya Vd.
—Volando.
—¿Se acordará Vd.? Reloj de oro, de repetición, suizo; quiero decir, ginebrino, de los últimamente recibidos de Ginebra por el relojero Dubois, que vive en la calle del Teniente Rey, a la otra puerta de la botica de San Agustín.
—Sí, sí, señora doña Rosa. Todo eso lo recuerdo y lo tendré presente. Y en un salto...
—¡Oiga! No me limito a 18 onzas. Se quiere el mejor reloj de repetición, ginebrino legítimo, cueste lo que cueste. Si más dinero se necesita, venga Vd. por él.
—Será servida la señora doña Rosa al pie de la letra.
—¡Ah! ¡Reventos! ¡Reventos! Venga acá. Lo principal se me olvidaba. Haga que le pongan por dentro de la tapa esta marca: L. G. S. oct. 24, 1830. No se olvide.
En efecto, en poco más de una hora el Mayordomo estuvo de vuelta y puso en manos de doña Rosa un estuche pequeño, cuadrado, de tafilete, con filetes de oro. Sin duda dicha señora le aguardaba impaciente, porque tomarle, abrirle, contemplarle por breve rato con una especie de alegría infantil, levantarse y meterse en su aposento, sin hacer más caso del Mayordomo, fue todo uno.
No pasó más tiempo que el que acabamos de emplear en la relación de la cómica escena.
Leonardo por su parte, tan seguro estaba de que no se pondría el sol de aquel día, sin que un nuevo reloj viniese a adornar su traje en el bolsillo de sus pantalones, que habiendo tendido éstos en el sofá, enfrente de su cama, se acostó tranquilo, resuelto a dormir y reparar las fuerzas quebrantadas por la fatiga y la falta de sueño de la noche anterior. Dormitaba solamente cuando el ruido de menudos pasos y de las ropas de una mujer, vino a confirmarle en su esperanza. Era su madre. Fingió que dormía y la vio acercarse quedito al sofá, levantar en alto los pantalones, meter en el bolsillo delantero algo redondo que relumbraba mucho, pendiente de una cinta de seda rosada y azul, formando aguas, de más de una pulgada de ancho y seis de largo, sujetas las puntas por una hebilla de oro. Sonriose de placer, y cerró los ojos, a fin de que su madre se retirase en la persuasión que le había preparado una sorpresa.
Al volver doña Rosa los pantalones al sofá, cuidando de que la cinta del reloj quedase visible y deslizar en la faltriquera del chaleco las dos onzas que sobraron de la compra de aquél, le pareció que su hijo se había movido en la cama. Se sobresaltó cual si hubiera estado cometiendo un delito, y entonces, en efecto, entró un rayo de luz en su conciencia de madre, recordó vivamente las palabras de su marido en la conversación de por la mañana temprano, y sintió una especie de arrepentimiento. Algo en su interior la dijo que si no hacía actualmente mal, no resultaría tampoco un bien conocido y sólido de sus demostraciones tiernas y cariñosas con Leonardo, cuando no nacían de méritos contraídos por él, sino de la efusión espontánea e indiscreta de su corazón de madre.
Perpleja, entre recoger la prenda, cosa de guardarla para ocasión más oportuna, y arrostrar por ende la aflicción y el desagrado del hijo, se quedó inmóvil, como transfigurada. Aquél, aunque brevísimo, fue un momento supremo para la triste madre. Al fin echó una mirada furtiva hacia el lecho, vio a Leonardo desnudo de medio cuerpo arriba, con los brazos en la almohada y la hermosa cabeza apoyada en las palmas, el pecho abierto y levantado, subiendo en la aspiración y bajando en la respiración, cual la ola que no llega a romper, la nariz dilatada, la boca entreabierta para dar franco paso a la entrada y salida del aire, pálido el semblante por el sueño y la agitación del día, aunque lleno de salud y de fuerza, un sentimiento de orgullo se apoderó de todo su ser, cambiando de golpe y por completo el orden de sus pensamientos.
—¡Pobrecito! exclamó en tono casi audible. ¿Por qué había yo de privarle de nada, cuando está en la edad de gozar y de divertirse? Goza y diviértete, pues, mientras te duran la salud y la mocedad, que ya vendrán para ti, como han venido para todos nosotros, los días de los disgustos y de los pesares. La Virgen Santísima, en quien tanto fío y pongo toda mi esperanza, no dejará de oír mis ruegos. Ella te proteja y saque en bien de los peligros del mundo. Dios te haga un santo, hijo de mi corazón.
Movió los labios juntos, en señal de lanzar un beso, y fuese tan callandito como vino.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.