Kitabı oku: «Mujeres de ciencia»
© del prólogo: Clara Grima, 2019.
© del texto Sophie Germain: una innovadora en la teoría de los números: Clara Grima y Alberto Márquez, 2016.
© del texto Marie Curie: la radioactividad y los elementos: Adela Muñoz Páez, 2012.
© del texto Lise Meitner: la fisión nuclear: Roger Corcho Orrit, 2013.
© del texto Emmy Noether: la creación del álgebra abstracta: Antonio Jesús López Moreno, 2017.
© de las fotografías de Sophie Germain: una innovadora en la teoría de los números:Album: 55; Archivo RBA: 30, 33, 35ai, 35ad, 35b, 37, 43, 50, 57, 63, 65a, 69, 84, 91, 92, 97, 101, 103ai, 103ad, 103bi, 103bd, 113, 115, 116, 137, 139ai, 139ad, 139bd, 151, 157ai, 157ad, 157bi; Central Intelligence Agency (CIA): 133; Miek Messerschmidt: 139bi; Arad Mojtahedi: 79; C. J. Mozzochi, Princeton, N.J.: 99; Rodrigo Tetsuo Argenton: 65b; Bert Seghers: 157bd.
© de las fotografías de Marie Curie: la radioactividad y los elementos: Aci Online: 177ai, 177b, 185a, 185bd, 207b, 259, 273ai, 289ai, 289ad, 289bi, 289bd; Album: 247, 251ad, 270; Archivo RBA: 177ad, 178, 251b, 273b, 292; Getty Images: 248, 251ai, 273ad; Museo Curie, Archivos Curie & Joliot-Curie: 185bi, 207a, 210; Universidad de Manchester: 233.
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Infografías: Joan Pejoan.
Diseño de cubierta: Elsa Suárez.
© RBA Coleccionables, S.A.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición: marzo de 2019.
REF.: RPRA517
ISBN: 9788491873693
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Índice
Prólogo, por Clara Grima
Sophie Germain: una innovadora en la teoría de los números
Introducción
Primeros años en un París revolucionario
Teoría de números
El premio de la Academia de las Ciencias
Vuelta a la teoría de números
Filosofía y psicología
Últimos años
El legado de Sophie Germain
Marie Curie: la radioactividad y los elementos
Introducción
Una polaca en París
Polonio y radio
Gloria y tragedia
La vida sin Pierre
Lise Meitner: la fisión nuclear
Introducción
Un paseo por la nieve
La radiactividad
El descubrimiento de elementos radiactivos
La fisión nuclear
La reacción en cadena
Emmy Noether: la creación del álgebra abstracta
Introducción
Una mujer entre dos mundos
De la «cacería de invariantes» al sueño de Gotinga
Los anillos «noetherianos» y el método que revolucionó el álgebra
Un adiós en la cumbre de las matemáticas
Bibliografía
Álbum fotográfico
Prólogo
por
CLARA GRIMA
Que la ciencia es la mano que mece el progreso de la humanidad, es algo que no debería ser necesario recordar a estas alturas del siglo XXI. La investigación científica es uno de los pilares fundamentales sobre los que construiremos nuestro bienestar futuro, y para esa tarea no podemos despreciar ningún aporte; necesitamos la ayuda de todos.
Por desgracia, como reflejo indudable de la sociedad, tradicionalmente se ha venido marginando a la mitad de la población: las mujeres. Hoy en día todo parece dominado por la economía y ésta, en buena medida, es impulsada por el desarrollo científico y tecnológico. Así las cosas, parece absurdo que se infrautilice a la mitad de los recursos disponibles de uno de los bienes más importantes a la hora de generar riqueza: el cerebro humano. Nadie se plantea que una fábrica con gran demanda de su producción autolimite ésta a la mitad sin ningún motivo real u objetivo. Sin embargo, en ciencia y tecnología esto ha sido la norma durante siglos. Y, aunque cada vez en menor medida, se sigue haciendo en la actualidad.
Una forma simple de contrastar lo dicho en las líneas anteriores consiste en pedir en cualquier encuesta que se nombre a algún científico. Difícilmente encontraremos entre las respuestas nombres de mujeres, con la posible excepción de Madame Curie. A veces, mis amigos físicos se quejan de que cuando dicen que lo son la gente les responda con la frase manida de «mira, como Einstein» o «mira, como Stephen Hawking». Yo les respondo que más triste es que, como me ocurre a mí, cuando digo que soy matemática mis interlocutores se queden en un «mira, como…» sin que les venga a la cabeza el nombre de una matemática de la historia.
Los referentes son necesarios. Por muchas razones. Por justicia histórica, por supuesto, y para que sirvan de eso, de referentes, a futuras generaciones de mujeres que quieran dedicar su vida al maravilloso y apasionante mundo de la investigación científica.
Aunque solo fuera por esta razón, estas cuatro biografías son casi eso: una necesidad, una deuda. Pero es que, además, las vidas y las obras de estas cuatro mujeres, de estas cuatro científicas, son apasionantes en sí mismas. De todas ellas podemos extraer grandes enseñanzas. Para ello, sus aportaciones científicas se tratan con un lenguaje riguroso y comprensible, cosa que no abunda incluso en muchas de las biografías de científicos más conocidas, en las que se suele incidir, principalmente en datos biográficos sin entrar en detalle en sus aportaciones intelectuales.
Con este libro, podemos adentrarnos en el tiempo, en la vida y en la obra de cuatro grandes mujeres. Entre el nacimiento de la primera, Sophie Germain, 1776, año de la Declaración de independencia de Estados Unidos y la muerte de la última, Lise Meitner en 1968, han transcurrido dos siglos que han visto muchos cambios a todos los niveles, tanto políticos, como sociales o científicos. Los acontecimientos que rodearon a estas cuatro mujeres fueron de capital importancia en sus vidas: la Revolución francesa y la época napoleónica en el caso de Sophie Germain, la ocupación de Polonia por parte del Imperio ruso y la Primera Guerra Mundial para Marie Curie, el nazismo tanto para Emmy Noether como para Lise Meitner y la Segunda Guerra Mundial, en el caso de esta última, marcaron el mundo en el que les tocó vivir y desarrollar su ciencia.
Confío en que el lector, a estas alturas, haya abandonado la lectura de este prólogo abalanzándose sobre la primera parte del libro para saber sobre la vida, la obra y la sociedad en la que vivió Sophie Germain. Pero para los más rigurosos o remisos creo que toca glosar cada una de las figuras que quedan recogidas en esta selección.
Sophie Germain nació en París, en 1776, en el seno de una familia burguesa. Vivió su niñez y adolescencia durante la Revolución francesa, y para refugiarse de la inseguridad de las calles optó por la tranquilidad de la nutrida biblioteca familiar. Allí descubrió su amor por las matemáticas y decidió dedicar el resto de su vida a estudiarlas. Naturalmente, el camino no iba a ser fácil: la universidad le estaba vedada a las mujeres y tuvo que contar siempre con el apoyo de compañeros generosos, en primer lugar de alumnos que le proporcionaron las notas de clase de ilustres profesores, posteriormente, mediante la vía epistolar, con estos últimos, con los que, para disimular su condición femenina, usaba el seudónimo de Monsieur Le Blanc. Con dicho nombre consiguió cartearse, propagando así algunos de sus logros, con los matemáticos más conocidos de su época, hasta llegar a Carl Friedrich Gauss. Sus estudios no se limitaron a la Teoría de Números sino que participó y llegó a conseguir el prestigioso Premio de la Academia de Ciencias con su estudio sobre vibraciones.
La segunda de las biografiadas, en orden cronológico, es la más conocida de todas, la primera mujer en conseguir un Nobel, y la primera persona en conseguir dos galardones: Marie Curie, nacida en Varsovia en 1867. En cada una de las páginas de su biografía descubrimos facetas que no son fáciles de encontrar en otros textos. Por favor, no deje el lector de leer la introducción y no podrá parar hasta haber concluido el resto del perfil en el que viajará desde el descubrimiento de los primeros fenómenos radiactivos y la síntesis de elementos químicos, hasta llegar a comprender qué eran dichos fenómenos, encontrando así el núcleo atómico y las partículas que lo constituyen. Todo ello acompañada por Émile Zola y los hermanos Lumière, en el marco de un efervescente París en los comienzos del siglo XX, hasta llegar a la ruptura de la Gran Guerra en la que la Curie se involucró muy activamente.
La tercera de nuestras científicas es Lise Meitner (Viena, 1878). Una mujer que, a pesar de su origen judío, lideró un grupo de científicos en la Alemania nazi que realizó un descubrimiento fundamental: en los experimentos que había realizado poco antes el italiano Enrico Fermi bombardeando uranio con neutrones, no se había obtenido un nuevo elemento, sino que había fisionado el núcleo de uranio en dos núcleos menores. Ella fue la primera en observar la fisión nuclear en un estudio tan importante que mereció el premio Nobel. Aunque, curiosamente, en la academia prefirieron dárselo a su colega Otto Hahn. En un mundo de hombres su entusiasmo y persistencia hicieron que se acabase convirtiendo en una figura de primer nivel en el campo de la Física Nuclear.
Por último, pero no menos interesante es la figura de Emmy Noether, nacida en Baviera en 1882. Fue considerada por muchos la mujer más importante en la historia de las matemáticas. Revolucionó por completo el campo de las estructuras algebraicas, no solo dando fundamento y definiendo rigurosamente algunas de dichas estructuras, sino mostrando su conexión con otros campos como la física. A pesar de ello, por su condición de mujer, siempre se le negó la posibilidad de un puesto digno en la universidad. Emmy Noether fue, sin duda, una de las mentes más brillantes del siglo XX. Fue quien nos enseñó una nueva forma de entender nuestro universo: nos mostró que todo es simetría. La física actual no tendría sentido sin la participación de Noether para clarificar puntos esenciales de nuestro entendimiento de los fenómenos físicos. Ahora, el aroma de Noether impregna todos los rincones de las teorías físicas de vanguardia y reinterpreta las teorías clásicas desde Newton hasta nuestros días.
Como he dicho anteriormente, solo las vidas de estas cuatro mujeres ya fueron apasionantes, pero es que además sus aportaciones contribuyeron a mecer la cuna de la Ciencia y lo hicieron en un mundo que no estaba preparado aún para rendirse a su evidente talento científico. Disfruten la lectura y no se priven de compartir estas fascinantes historias en cualquier sobremesa. Es de justicia.
CLARA GRIMA
Doctora en matemáticas y divulgadora
Sophie Germain
Una innovadora en la teoría de los números
Introducción
Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX Francia sufrió numerosas transformaciones: desde la monarquía de Luis XVI hasta la Revolución para desembocar en el gobierno de Napoleón y la vuelta a la monarquía. En el campo de las ciencias o, más general, de las ideas, también los cambios fueron notables. Gran parte de lo ocurrido en este terreno es el producto de la Enciclopedia de D’Alembert y Diderot editada entre 1751 y 1772. La burguesía de dicho país fue en gran medida la responsable de todas esas transformaciones y la beneficiaria de ellas. Mejor dicho, los miembros masculinos de la burguesía fueron los protagonistas de todo. Sin embargo, en el seno de una de dichas familias burguesas, en el París de 1776 nació una mujer que durante toda su vida lucharía por ser valorada según sus méritos y no por su condición.
Efectivamente, el día 1 de abril de 1776 nació Sophie Germain, a la que muchos consideran la primera mujer de la historia que realizó investigaciones matemáticas originales, ya que las anteriores féminas interesadas por las matemáticas se dedicaron, principalmente, a su estudio o enseñanza. Pero para ello hubo de superar numerosas dificultades.
Sophie Germain contó con la ventaja de que su casa albergaba una espléndida biblioteca donde se encontraba el libro Histoire des mathématiques (Historia de las matemáticas) de Montucla y este fue el primer contacto de la matemática con la disciplina. Se cuenta que la historia de la muerte de Arquímedes a manos de un soldado romano que se puede encontrar en esta obra marcó profundamente a la joven, que se había refugiado en la biblioteca de su padre para evitar las calles durante los disturbios que acompañaron a la Revolución (tenía ella trece años cuando estalló la Revolución francesa). Sophie se preguntaba cómo podía ser una disciplina tan interesante como para hacer que alguien como Arquímedes estuviera tan absorto en ella que le condujera a su muerte y, por ello, decidió que merecía la pena dedicarse a su estudio.
Para dicho estudio empezó con algunos de los libros que estaban en su biblioteca familiar y parece ser que se dedicó a ello con tanto ahínco que sus padres, preocupados, le prohibieron o le limitaron las horas de lectura. Posteriormente tuvo acceso a las notas que algunos profesores proporcionaban a sus alumnos de la Escuela Politécnica (creada cuando Sophie Germain tenía dieciocho años) ya que ella, por su condición de mujer, tenía vedado el acceso a las aulas. A raíz de dichas notas empezó a relacionarse con algunos de los matemáticos más importantes de la época; primero, y principalmente, por vía epistolar y en algunas ocasiones a través de visitas que gestionaba su madre.
En sus cartas, empleaba un nombre masculino, Monsieur Le Blanc, del que se sabe realmente poco y no se tienen los detalles precisos de su relación con Sophie Germain, para intentar que se le abrieran algunas puertas que estaban cerradas para todas las mujeres. Poco a poco fue labrándose un nombre entre la comunidad científica y llegó a cartearse con Carl Friedrich Gauss, considerado el matemático más importante de la época y uno de los más decisivos en toda la historia de las matemáticas.
Pero no se limitó a relacionarse con otros matemáticos; ya en sus primeras cartas con ellos les exponía el fruto de sus estudios y la solución de algunos problemas. Naturalmente, al estar inclinada hacia la investigación, se planteó retos en este sentido y durante años estuvo embarcada en intentar ganar uno de los premios especiales que la Academia de Ciencias proponía. Así, en 1811 Germain participó en un concurso de la Academia para explicar los fundamentos matemáticos de los patrones que el músico y matemático alemán Ernst Chladni había obtenido al hacer vibrar distintas placas. Después de ser rechazada por dos veces y tras muchas vicisitudes, en 1816 ganó el concurso, lo que la convirtió en la primera mujer en conseguirlo. Realmente, eran tantas las dificultades, que también fue la primera en intentarlo. Sin embargo, no fue invitada a la ceremonia de entrega del premio ya que ninguna mujer que no fuera esposa de un académico podía asistir a las sesiones de la Academia. En el caso de Sophie Germain, esto se solucionó a raíz de su amistad con Joseph Fourier, quien cuando fue elegido secretario permanente de la Academia, una de las primeras gestiones que realizó fue enviarle una carta para que Sophie pudiera estar presente, como invitada, en todas las reuniones de la Academia.
Con respecto a sus aportaciones matemáticas, se pueden agrupar en dos categorías: las relacionadas con el premio de la Academia y aquellas que tienen que ver con la teoría de números. Su trabajo sobre elasticidad comenzó en 1809 y contó con el apoyo y el asesoramiento de Legendre. Sin embargo, Germain no tenía los conocimientos suficientes para desarrollar con rigurosidad toda la maquinaria necesaria para resolver el problema de interpretar matemáticamente los patrones de vibración que se habían observado en las demostraciones de Chladni, y su primer intento fue rechazado en 1811 ya que no justificaba cómo se llegaba a las ecuaciones que proponía. Cabe destacar que uno de los académicos, Lagrange, usando algunas de las ideas de ese trabajo, consiguió dar una ecuación válida que predecía los patrones. A partir de la ecuación de Lagrange, Sophie Germain elaboró su segundo intento, que tampoco consiguió el premio pero que corregía algunos de los errores de la primera memoria y mostraba predicciones acerca del comportamiento de placas vibrantes que se vieron cumplidas. Finalmente, en su tercer intento, en 1816, la Academia le concedió el premio especial. Sin embargo, en contra de lo que había ocurrido con otros premios, la Academia no publicó su obra y lo tuvo que hacer ella a sus expensas cinco años más tarde. A lo largo de dicho trabajo, lo que destaca es la relación que encuentra entre las fuerzas involucradas para devolver una placa o una superficie elástica a su estado de reposo original con la curvatura de la superficie. Para ello, introdujo el concepto de «curvatura media», que aún hoy en día se sigue estudiando y que tiene una gran importancia en problemas de optimización.
Sus trabajos en teoría de números empiezan con la lectura del libro de Adrien-Marie Legendre Ensayo sobre la teoría de números, publicado en 1798 (aunque ella ya conocía la disciplina pero de una forma mucho más superficial), y, sobre todo, a raíz de la publicación de la obra de Carl Friedrich Gauss Disquisitiones arithmeticae, que llegó a sus manos en 1801. En principio se limitó a realizar los ejercicios que se proponían en dicho libro y a intentar demostraciones alternativas a algunos de los resultados y que no siempre eran válidas. Posteriormente, demostró algunos resultados relativamente menores en teoría de residuos, los restos de las divisiones enteras. Pero tras conseguir el premio de la Academia de Ciencias, volvió a algunas de las ideas que había apuntado antes y desarrolló un plan para intentar probar el último teorema de Fermat, que es uno de los grandes problemas de la matemática, que llevó de cabeza a numerosos matemáticos durante más de 350 años. Fue conjeturado por Pierre de Fermat en 1637 y dice que xn + yn = zn no tiene soluciones enteras en x, y y z para n mayor o igual a 3. Hasta el intento de Sophie Germain, lo único que se habían conseguido eran demostraciones parciales para unos cuantos, muy pocos, exponentes particulares (los casos interesantes aparecen cuando n es primo) y nadie había propuesto ni siquiera algún plan para intentar conseguir una demostración general. La primera propuesta en este sentido la realizó esta matemática francesa y partía de la base de intentar encontrar unos primos auxiliares para cada primo. Aunque la propia Sophie Germain vio que no para todos los primos existían dichos primos auxiliares, su razonamiento era válido para todos los primos que los tuvieran. Tras el trabajo de Germain, fue necesario que pasaran casi otros doscientos años para que un matemático británico, Andrew Wiles, diera una demostración correcta y completa del último teorema de Fermat utilizando técnicas y conceptos que no existían, en absoluto, en la época de Germain y mucho menos en la de Fermat.
Al margen de esos avances, las propuestas de Germain permitieron profundizar en un campo, como es el estudio de los primos, que aún hoy en día sigue presentando muchas incógnitas y que ha probado su gran actualidad al ser muy utilizados en los sistemas criptográficos actuales.
Desde dos años antes de su muerte, Sophie Germain fue consciente del advenimiento de esta al serle diagnosticado un cáncer de mama y, muy característico de ella, aun admitiendo que la ciencia del momento no podía hacer nada por sanarla ni casi por aliviar los terribles dolores que la acechaban, se dedicó a tratar de poner en orden los trabajos y pensamientos que había ido acumulando a lo largo de su existencia. Gracias a esa labor, también ha llegado hasta nuestros días una obra fuera de las matemáticas y que se podría decir que está enmarcada entre la filosofía de la ciencia y la psicología. Curiosamente, durante parte del siglo XIX, este fue el trabajo más conocido de Sophie por parte del público no especialista.
Murió el 25 de junio de 1831 a los cincuenta y cinco años de edad. Y puede considerarse como eje fundamental de su vida la lucha por ser considerada una persona y por ser valorada por sus méritos independientemente de su sexo. Desgraciadamente, aunque la mujer fue ocupando poco a poco parcelas de igualdad con respecto al hombre, es posible decir que todavía se presentan numerosas injusticias, que los hombres y las mujeres siguen siendo juzgados en muchas ocasiones más por su procedencia, el color de su piel o su sexo. Sigue haciendo falta más gente como Sophie Germain.
No tuvo la vida que quiso, pero luchó por ella y ese combate se vio recompensado con algunos éxitos de los que no solo ella se benefició. Pero, como la misma Sophie Germain escribió: «No hay duda de que la felicidad del sabio desagrada a los malvados; el espectáculo de la paz perturba su alma agitada, como la vista de un buen día entristece al desgraciado que no lo disfruta».
CRONOLOGÍA
| 1776 | El 1 de abril nace en París en el seno de una familia burguesa Marie-Sophie Germain. |
| 1789 | El 14 de julio estalla la Revolución francesa. Sophie Germain se refugia en la biblioteca de su padre y comienza sus estudios en matemáticas. |
| 1794 | Se funda la Escuela Politécnica y, aunque Sophie Germain tiene prohibido el acceso a sus aulas por ser mujer, se hace con las notas de algunos de los profesores. |
| 1795 | Comienza la correspondencia de Sophie Germain con Joseph-Louis Lagrange, en la que le plantea sus avances en matemáticas. |
| 1803 | Comienza la correspondencia de Germain con Carl Friedrich Gauss, quien había publicado años antes sus Disquisitiones arithmeticae. |
| 1809 | Se convoca el premio especial de la Academia de Ciencias sobre la vibración de superficies elásticas. |
| 1811 | Sophie Germain entrega la primera memoria para el premio de la Academia de Ciencias, que queda desierto y se prorroga dos años más. |
| 1813 | Sophie intenta, por segunda vez, conseguir el premio de la Academia de Ciencias. |
| 1816 | Gana el premio de la Academia de Ciencias, por su tercer trabajo en la vibración de superficies elásticas. Es la primera mujer que lo consigue. |
| 1816 | Vuelve a sus estudios en teoría de números, especialmente en el último teorema de Fermat. |
| 1823 | Se le permite asistir, como invitada, a las sesiones de la Academia de Ciencias de París. |
| 1829 | Le diagnostican un cáncer de mama. |
| 1830 | Publica sus últimos trabajos: una recopilación sus logros en la vibración de superficies elásticas y sobre las soluciones enteras de una ecuación. |
| 1831 | En mayo escribe su último texto: una carta al matemático italiano Guglielmo Libri. El 27 de junio muere en París a la edad de cincuenta y cinco años. |
| 1833 | Se publica la primera edición póstuma de sus escritos filosóficos, recuperados por su sobrino Armand Lherbette. |
Primeros años en un París revolucionario
El 4 de julio de 1776 fue el día de la proclamación de la independencia de Estados Unidos. Francia había sido derrotada poco antes por los británicos en la guerra de los Siete Años, así que, tras la Declaración de Independencia, el movimiento separatista estadounidense fue bien recibido en Francia. Aunque el soporte del pueblo llano podría pensarse como más natural, no deja de ser paradójico que la aristocracia, en un grave error de cálculo que posiblemente le costaría la vida a muchos de sus miembros, también lo apoyara. Naturalmente, desde Estados Unidos, la alianza con una nación poderosa como Francia fue considerada una prioridad y así Benjamin Franklin (1706-1790), uno de los padres fundadores de Estados Unidos, fue nombrado embajador en París al final de ese mismo año. Pero un poco antes, durante la primavera de 1776, había llegado ayuda material y financiera a los rebeldes desde el otro lado del Atlántico. En definitiva, y en ello radica el error de cálculo de la aristocracia francesa, la revolución americana sirvió como un estímulo a las propias aspiraciones de los descontentos con el régimen imperante en Francia y fue uno de los principios de los acontecimientos que acaecerían trece años después.
Durante la primavera de 1776, más concretamente el 1 de abril, nacía Marie-Sophie Germain, la segunda hija de Ambroise-François Germain y Marie-Madelaine. El padre de Sophie era un comerciante de sedas y otros tejidos, aunque algunas fuentes lo señalan también como joyero, y poseía un establecimiento en la Rue Saint Denis, cerca del cruce con la Rue des Lombards. La Rue Saint Denis, aunque en esa época era la calle que usaban los reyes para entrar triunfalmente en la ciudad, desde la Edad Media hasta nuestros días se ha caracterizado por albergar toda forma de negocio relacionado con el sexo, por lo que no podía ser considerada una zona totalmente noble, aunque sí muy céntrica y propicia para los comercios. En el mismo edificio en el que tenía Ambroise su tienda vivía la familia, entonces compuesta por el matrimonio y la mayor de las hermanas de Sophie, nacida el 20 de mayo de 1770 y llamada Marie-Madelaine igual que su madre. Tres años después del nacimiento de Sophie vino al mundo la última de las hermanas, Angelique-Ambroise.
Así pues, Sophie Germain nació en el ámbito de una familia de la burguesía acomodada y culta, clase social que desempeñó un papel protagonista en la historia de Francia durante toda la vida de la matemática. Además, aunque había una cierta diferencia de edad entre las tres hermanas, se puede afirmar que la vida más o menos convencional de las otras dos permitió a Sophie dedicarse en cuerpo y alma a su gran pasión: las matemáticas. Debido a que los matrimonios de sus hermanas mejoraron la economía familiar, que nunca fue mala, Sophie no tuvo necesidad de trabajar. La hermana mayor, Marie-Madelaine, se casó con el notario Charles Lherbette. Fruto de este matrimonio nació Armand, el 16 de septiembre de 1791, quien estuvo muy ligado con su tía Sophie. La menor de las hermanas, Angelique-Ambroise, tuvo dos matrimonios, ambos con doctores. Su primer marido, René-Claude Geoffroy, tenía una amplia y selecta clientela y ello hizo que disfrutaran de una posición muy acomodada que, junto con la situación de su hermana mayor, repercutió en la de sus padres y en Sophie. Así, en 1798 la familia se trasladó al número 23 de la Rue Sainte-Croix de la Bretonnerie, a una casa muy cercana a la anterior aunque todavía relativamente modesta, pero más amplia y en una calle más tranquila. Finalmente Sophie y sus padres tuvieron otra mudanza y en 1816 se instalaron en la gran mansión en la que vivían Angelique-Ambroise y su familia, en el número 4 de la Rue de Braque.
DESCUBRIMIENTO DE LAS MATEMÁTICAS
Todos estos cambios tuvieron lugar cuando Sophie ya era adulta, así que su niñez y su juventud se desarrollaron en el ambiente mucho más modesto del piso situado encima de la tienda de su padre, quien tenía una gran pasión por todo lo que significara la cultura, como tantos de los de su clase. La razón de esa fascinación hay que localizarla en la Enciclopedia del matemático Jean le Rond D’Alembert (1717-1783) y el filósofo Denis Diderot (1713-1754). Esta obra, que empezó a aparecer en 1751 y se concluyó en 1772, ejerció una influencia tremenda sobre la burguesía francesa ya que su propósito fue reunir y difundir los frutos del conocimiento acumulados hasta entonces y, además, exponer la ideología laicista, pragmática y materialista que sentaría la base ideológica de la Revolución. Uno de los editores principales de la Enciclopedia fue D’Alembert, que era uno de los matemáticos más destacados de su época, por lo cual esa disciplina se consideraba parte fundamental del bagaje cultural en toda familia burguesa. Así, es sabido que en la biblioteca de Ambroise-François Germain había varios textos matemáticos y entre ellos destacaban el Cours de mathématiques à l’usage des gardes du pavillon et de la marine (Cursos de matemáticas para el uso de la los guardias del pabellón y de la marina) de Étienne Bézout (1730-1783), publicado a partir de 1766 e Histoire des mathématiques de Jean-Étienne Montucla (1725-1799), que se editó en 1758. El primero de ellos fue el producto del nombramiento de Bézout como profesor del cuerpo de artillería y constaba de varios tomos que contenían buena parte del conocimiento matemático de la época. Tanto es así que se llegó a convertir en el principal libro de referencia para los candidatos a ingresar en la prestigiosa Escuela Politécnica. Pero no menos interesante era el libro de Montucla, que era una de las obras más notables del siglo XVIII por la amplitud y profundidad de los temas tratados, así como por la claridad y la precisión con la que eran discutidos, tanto las aplicaciones como la partes más abstractas.
Parece ser que en el libro de Montucla, Sophie leyó una de las historias que más profunda huella le dejaría, la de Arquímedes de Siracusa, que se relata de este modo:
Tal era la pasión de Arquímedes por estas ciencias (matemáticas y mecánica) que se olvidaría de la comida y la bebida, sus siervos tendrían que recordárselas y casi tendrían que obligarlo a satisfacer estas necesidades humanas. Ni siquiera la confusión de la invasión romana de Siracusa podía distraerlo de sus estudios favoritos. Todo ello le ocasionó la muerte, ya que un soldado romano no atendió las órdenes de proteger su vida cuando Arquímedes fue insolente con él, abstraído como estaba, con unos cálculos geométricos.
Se dice que Sophie, impresionada con esta historia, quiso aprender esa disciplina que había apasionado tanto a un gran hombre como Arquímedes hasta llevarlo a la muerte. La misma anécdota hizo temer a la matemática que Carl Friedrich Gauss (1777-1855) corriera la misma suerte cuando el ejército napoleónico invadió Prusia y ello motivó que usara sus influencias para tratar de preservar la integridad del ilustre matemático alemán.
IDENTIDAD DE BÉZOUT
Étienne Bézout fue un matemático prestigioso que legó para la posteridad varios resultados que aún se siguen utilizando, como la «identidad de Bézout», que figura en su Cours de mathématiques à l’usage des gardes du pavillon et de la marine, uno de los primeros libros que estudió Sophie. En dicho resultado se afirma que si a y b son números enteros diferentes de cero con máximo común divisor d, entonces existen enteros x e y tales que
ax + by = d.
Aunque la identidad toma el nombre de Étienne Bézout, este lo que hizo fue generalizar para polinomios en una variable dicho resultado que ya aparecía en la obra de otro matemático francés, Claude-Gaspard Bachet (1581–1638), más de un siglo antes. Sin embargo, la de Bézout no ha sido la última de las generalizaciones del resultado de Bachet y, por ejemplo, el llamado «teorema de los ceros de Hilbert» (Hilbertsche Nullstellensatz, en alemán), del prestigioso matemático David Hilbert (1862-1943), puede ser considerado también como una generalización a cualquier número de polinomios con varias indeterminadas del resultado de Bézout. Aunque el teorema de Hilbert suele ser enmarcado como una generalización del teorema fundamental del álgebra y de otro resultado de Bézout (conocido como «teorema de Bézout»), también es verdad que admite un enunciado (y demostración) que sustenta una afirmación que generaliza la identidad de Bézout. En particular, si se tienen n polinomios sin soluciones en común, el Nullstellensatz afirma que el 1 es un elemento de la estructura algebraica que genera dichos polinomios.
Sin embargo, parece ser que la familia de Sophie no aprobaba totalmente su entusiasmo por el estudio de las matemáticas. En una de las fuentes sobre su vida a las que más verosimilitud se da, un obituario escrito por el matemático italiano y amigo suyo Guglielmo Libri (1803-1869), se describe esta situación:
[...] superó todos los obstáculos con los que su familia trató primero de impedir un gusto tan extraordinario para su edad, no menos que para su sexo, levantándose por la noche en una habitación tan fría que la tinta a menudo se helaba en el tintero, trabajando cubierta de mantas bajo la luz de una lámpara, incluso cuando, para obligarla a descansar, sus padres habían apagado el fuego y le habían quitado su ropa y las velas de la habitación.
Todo ello se producía a pesar de que Sophie había nacido en el mejor de los ambientes posibles: una familia burguesa cultivada, con un padre liberal y en cuya casa se respiraba el ambiente de cambio debido al paso por ella de numerosos filósofos y economistas que departían con su padre.
REVOLUCIÓN FRANCESA
Un suceso que marcó completamente la vida de Sophie Germain fue la Revolución francesa. Los antecedentes ideológicos de dicho movimiento hay que buscarlos a partir de 1751 en un grupo de filósofos franceses, los «enciclopedistas», cuyos pensamientos y enseñanzas contribuyeron a minar los cimientos del Derecho Divino en el que se sustentaban los reyes. Ello motivó que la corriente de pensamiento que se impuso en Francia fuese «la Ilustración», cuyos principios se basaban en la razón, la igualdad y la libertad. Este movimiento había servido de impulso a las Trece Colonias norteamericanas para la independencia de su metrópolis europea coincidiendo con el nacimiento de Sophie. Tanto la influencia de la Ilustración como el ejemplo de Estados Unidos sirvieron de «trampolín» ideológico para el inicio de la revolución en Francia, que tuvo sus cimientos en la burguesía acomodada como Ambroise-François Germain, muy implicado políticamente. Por su casa pasaron algunos de los protagonistas de la época que impulsarían los cambios que iban a suceder.
Tanto se involucró su padre en política, que fue elegido miembro de la llamada «Asamblea Nacional» (en francés, Assemblée nationale). Esta fue una institución enmarcada en la Revolución francesa, justo previa a ella, que existió desde el 17 de junio de 1789 hasta el 9 de julio de ese mismo año. La toma de la Bastilla, usada como una prisión estatal por los reyes de Francia, fue el 14 de julio de 1789 y se considera la fecha clave de la Revolución. A pesar de su corta duración, se la considera un precedente fundamental de todo lo que vendría posteriormente, ya que por primera vez el pueblo, o buena parte de él, representado en la Asamblea Nacional plantó cara al rey. Cabe destacar el «juramento del juego de pelota», un compromiso en el que los miembros de la Asamblea prometieron no separarse y reunirse, cualesquiera que fueran las circunstancias, hasta que la Constitución del reino estuviera establecida y fundada sobre base firme. Fueron 576 diputados, entre los que se encontraba Ambroise-François Germain, los que firmaron el juramento, y solo uno rehusó hacerlo.
Posteriormente, el padre de Sophie volvería a ser elegido miembro del Parlamento, más concretamente de la «Convención Nacional» (en francés, Convention Nationale). Esta cámara, formada desde el 19 de septiembre de 1792 hasta el 30 de octubre de 1795, llegó a concentrar los poderes, tanto legislativo como ejecutivo, aunque este último pasó en septiembre de 1793 a manos del «Comité de Salvación Pública» (en francés, Comité de salut public, entendiendo «salut» en su significado latino de «salvación») que acabó implantando la época conocida como «el Terror». Dicho período se caracterizó por una brutal represión, la cual motivó cierta psicosis de peligro e incertidumbre entre gran parte de la población francesa y, más concretamente, la parisina.
Es evidente que la época que le tocó vivir a Sophie Germain marcó profundamente su vida, y existen tres factores que conviene destacar. Por una parte, ser miembro de una familia culta, burguesa y acomodada le permitió tener acceso a algunos de los textos más actualizados sobre matemática y física. Por otra parte, la misma Revolución que empezó cuando Sophie tenía trece años, pero sobre todo la época del Terror, cuando ella ya había cumplido los diecisiete, hicieron aconsejable una cierta reclusión en su casa que fomentó sus estudios. Y, por último, su condición de mujer supuso un freno terrible contra el que hubo de luchar toda su vida.
ESCUELA POLITÉCNICA Y MONSIEUR LE BLANC
Así pues, la formación de Sophie Germain fue totalmente autodidacta y tras la lectura de los libros de Bézout y Montucla, estudió otros textos. Entre ellos destaca Leçons de calcul différentiel et de calcul intégral (Lecciones de cálculo diferencial y de cálculo integral), del matemático Jacques Antoine Joseph Cousin (1739-1800). Este libro, al igual que ocurría con el de Bézout, es fruto del trabajo de Cousin como instructor en la Escuela Militar de París, donde ejercía de profesor de Matemáticas desde 1769. Posiblemente el padre de Sophie tuvo algún contacto con Cousin, que también estuvo involucrado en labores políticas y fue encarcelado durante la época del Terror. Esto significó que Cousin fuera uno de los primeros matemáticos con los que Sophie se encontró en persona, ya que se sabe que fue a visitarla a su casa para animarla a continuar con sus estudios.
Uno de los muchos ejemplos de la fuerza de voluntad y del afán de instruirse de Sophie Germain es que, después de leer los libros mencionados, se animó a aprender latín y griego, cosa que hizo también de forma autodidacta y en relativamente poco tiempo. Decidió estudiarlos porque estos idiomas, sobre todo el latín, eran los de difusión de la ciencia en su época. Una vez dominadas ambas lenguas, también afrontó la lectura de algunas obras de Isaac Newton (1643-1727) o Leonhard Euler (1707-1783). Ambos son considerados dos de las tres cumbres de las matemáticas, junto con Carl Friederich Gauss.
UN CALENDARIO PARA UNA REVOLUCIÓN
El calendario republicano francés (Calendrier républicain, en francés) es un calendario propuesto durante la Revolución francesa y empleado entre 1792 y 1806, hasta que Napoleón lo derogó. El diseño intentaba adaptar el calendario al sistema decimal y eliminar del mismo las referencias religiosas. Fue diseñado por el matemático Gilbert Romme, con la ayuda de los astrónomos Joseph Jerôme Lalande, Jean-Baptiste Joseph Delambre y Pierre-Simon Laplace, y del poeta Fabre d’Églantine, quien dio los nombres a los meses y los días. El año se dividía en 12 meses de 30 días más 5 o 6 días adicionales, para las fiestas republicanas: los Sansculottides. Los meses se llamaban, en otoño, «vendimiario», «brumario» y «frimario»; en invierno, «nivoso», «pluvioso» y «ventoso»; en primavera, «germinal», «floreal» y «pradial», y en verano, «mesidor», «termidor» y «fructidor».
Calendario republicano del año II. |
El siguiente paso en la formación de Sophie va asociado a la creación de la Escuela Politécnica de París, que debe su origen también a la Revolución de 1789, ya que fue creada para paliar el déficit de ingenieros. Dicha carencia motivó que la red de transportes del país, descuidada durante varios años por lo convulso de la situación política, necesitara importantes mejoras. El Comité de Salvación Pública creó una llamada «Comisión de Obras Públicas», a través del decreto del 21 de Ventoso del año II (11 de marzo de 1794). El propio Comité había suprimido el calendario gregoriano e impuesto el calendario revolucionario, en el que los nombres de los meses estaban asociados principalmente a la climatología o la agricultura. El ingeniero Jacques-Élie Lamblardie (1747-1797), el matemático Gaspard Monge (1746-1818) y el también matemático, físico y militar Lazare Carnot (1753-1823) recibieron la misión de organizar una nueva «Escuela Central de Obras Públicas». El 28 de septiembre de 1794 (el 7 de Vendimiario del año III, en el calendario revolucionario) se creó oficialmente esta escuela, que pasó a llamarse Escuela Politécnica un año más tarde.
La Escuela fue inaugurada el 21 de diciembre de 1794 ante 272 alumnos y numerosas personalidades como el químico Antoine-François Fourcroy (1755-1809) y Joseph-Louis Lagrange (1736-1813), uno de los matemáticos más importantes de la época y que pasó a formar parte del profesorado. Aunque en los primeros cursos hubo ciertas dificultades, pronto la Politécnica alcanzó un gran prestigio debido al estricto proceso de selección de los alumnos, a los métodos de enseñanza, a la calidad y exigencia del profesorado y a los puestos de élite que se alcanzaban en la administración tras pasar por sus aulas.
En un primer momento, la Escuela no admitió a mujeres entre sus aulas. Además, en 1805 Napoleón militarizó el centro y sus alumnos pasaron a ser considerados cadetes del ejército. Aunque fue dotada en 1970 de un estatus civil, aún hoy en día sigue manteniéndose ligada al Ministerio de Defensa, es dirigida por un general y los alumnos franceses poseen estatus militar. Por todo ello, la Politécnica no admitió a alumnas hasta 1972. Sin embargo, tal y como narra Libri en su obituario sobre Sophie Germain:
Con el establecimiento de la Escuela Normal y de la Escuela Politécnica, [Sophie] obtuvo para su propio uso los apuntes de las clases de diferentes profesores. La química de Fourcroy y el análisis [matemático] de Lagrange llamaron especialmente su atención. En ese momento, estos profesores, al final de sus cursos, empleaban la excelente práctica de exigir a sus alumnos que presentaran sus observaciones por escrito. Mademoiselle, usando el nombre de un estudiante de la Escuela Politécnica, envió las suyas a Lagrange.
Para enviar sus notas a Lagrange, Sophie usó el nombre de Monsieur Le Blanc. Se sabe que en la clase del primer año de la Escuela Politécnica estaba inscrito un estudiante con el nombre de Antoine-Auguste Le Blanc. Se conoce poco de Le Blanc, salvo que era un año mayor que Sophie, que había crecido en París y que tras su graduación fue admitido en la Escuela Nacional de Puentes y Caminos, una excelente institución cuyo currículo estaba orientado hacia la práctica de la ingeniería y que requería de un riguroso entrenamiento en matemáticas y ciencias para la entrada. Cómo llegaron a conocerse él y Sophie, si es que alguna vez lo hicieron, permanece incierto, pero no es difícil imaginar que en un París mucho más pequeño que el actual y dentro de una misma clase social no era raro cierto contacto. Sin querer calumniar a Antoine, que murió a la edad de veintidós años antes de poder asistir a la Escuela Nacional de Puentes y Caminos, es verosímil imaginar un arreglo amistoso por el que Le Blanc asistiera a las clases y Sophie se encargara de realizar algunas de las tareas asignadas por los profesores basándose en los apuntes que él le pasaba. Otras fuentes, sin embargo, señalan que, en realidad, Sophie y Antoine nunca llegaron a conocerse, sino que ella se enteró de que Le Blanc había dejado los estudios y, en algún sentido, usurpó su personalidad. Aunque es muy posible que Sophie fuera capaz de ello y de mucho más, dado su interés en aprender, esta versión parece más inverosímil puesto que no explica cómo le llegaban los apuntes de las clases y cómo hacía para entregar los trabajos asignados. Además, parece ser que, pese a las pequeñas trampas que se le están asignando, Le Blanc era un excelente alumno que había conseguido acceso primero a la Escuela Politécnica y, después, a la Escuela Nacional de Puentes y Caminos.
Sea como fuere, el caso es que a través de esos trabajos Sophie entró en contacto con el primero de los grandes matemáticos de su época, ya que Lagrange quedó impresionado con la profundidad y el rigor de los trabajos de Monsieur Le Blanc. Finalmente, Lagrange acabó descubriendo quién era realmente la autora de dichos trabajos, posiblemente el propio Le Blanc acabó confesando la realidad. Al saber que el alumno que más le había impresionado era, en realidad, una mujer, Lagrange no solo no se molestó, sino que se desplazó al hogar de los Germain para expresar su admiración por Sophie, aunque los detalles exactos de dicha visita no son conocidos, ni la respuesta de Sophie o de sus padres ante ella.
LA HISTORIA DE LAS FUNCIONES ELÍPTICAS
Joseph-Louis Lagrange nació en Turín y era de ascendencia francoitaliana. Son muchas las aportaciones que realizó a la matemática y la física, pero una de las más importantes la produjo siendo extremadamente joven. Cuando tenía tan solo diecinueve años envió una carta a Leonhard Euler, el matemático más prolífico y prestigioso del siglo XVIII y uno de los más grandes de la historia, en la que le proponía la resolución del «problema de la isoperimetría», que se venía discutiendo desde hacía más de cincuenta años. Dicho problema consiste en resolver cuál es la curva de menor longitud que encierra una misma área y Lagrange lo hizo con un método novedoso conocido como «cálculo de variaciones», técnica que sigue usándose hoy en día para la obtención de óptimos de funciones. Lagrange, atraído por el rey Federico II el Grande de Prusia, que quería «al matemático más grande para el rey más grande», vivió en Berlín durante veinte años. A la muerte del monarca, se trasladó a París, donde desarrollaría el resto de su carrera.
Joseph-Louis Lagrange. |
Lo que sí es evidente es que después del encuentro con Lagrange, Sophie pasó a ser más o menos conocida entre el activo círculo científico parisino. En este sentido, Libri comentó que:
La aparición de esta joven geómetra armó un gran revuelo y Mademoiselle Germain no tuvo que esperar mucho tiempo para ver a los científicos de mérito superior venir a ella. Sus conversaciones proveyeron de alimento a su mente.
No se conocen los nombres de todos esos «científicos de mérito superior», pero se conserva cierta correspondencia que atestigua el contacto con algunos. Por ejemplo, entre ellas se encuentra una carta de un tal «M. Bernard» dirigida a la madre de Sophie en nombre del anciano «ciudadano» Cousin, el autor de Leçons de calcul différentiel et de calcul intégral que Sophie había estudiado poco antes. En ella, solicitaba un encuentro entre el prestigioso profesor y Mademoiselle Germain y se ofrecía a poner a su disposición todos los recursos que poseía para la práctica y profesión de la ciencia, entre ellos su amplia biblioteca.
En cualquier caso, en esa época, a finales del siglo XVIII, comenzó el contacto epistolar de Sophie Germain con numerosos científicos, especialmente matemáticos, costumbre que no abandonaría el resto de su vida y gracias a la cual se ha podido reconstruir casi la totalidad de su legado matemático, ya que gran parte de él no fue publicado en vida de la matemática francesa. Sin embargo, no siempre esos contactos fueron fructíferos ya que se conserva una carta del afamado astrónomo Jérôme Lalande (1732-1807) que da que pensar en un más que conflictivo encuentro entre ambos y también que Sophie podía llegar a tener un carácter fuerte y difícil:
4 de noviembre de 1797
Señorita:
Sería difícil que alguien me hiciera sentir más la imprudencia de mi visita y la desaprobación de mis respetos de lo que usted me hizo ayer. Sin embargo, para mi habría sido difícil prever el resultado.
Todavía no puedo entender ni reconciliar lo que pasó con los talentos que mi amigo Cousin me contó [sobre usted]. Todo lo que me queda por hacer entonces es pedir disculpas por mi imprudencia. Uno aprende en cada edad, y las lecciones que uno aprende de una persona tan agradable y sabia como usted permanecen más duraderas que las de otros.
Me dijo que había leído el Système du Monde de Laplace y que no quería leer mi breve trabajo sobre astronomía. Dije que pensaba que no podía entender el uno sin el otro. Supongo que fue esta sugerencia la que causó su ira. Por ello me disculpo.
Atentamente.
Imaginarse a una joven de veintiún años en el siglo XVIII, por mucha revolución que hubiera transcurrido o por muy «ciudadanos» que fueran todos, iracunda ante las sugerencias de uno de los astrónomos más acreditados de la época y que contaba con sesenta y cinco años en ese momento, es significativo del difícil carácter y de la firmeza de las convicciones de Sophie Germain. Pero existe otro dato más en esta anécdota y que puede ser ilustrativo de algo más profundo en las ideas de Sophie: el libro de Lalande estaba escrito especialmente para mujeres. Este hecho, que hoy puede verse como un insulto, era tremendamente avanzado para la época, en la que muchos consideraban que la mujer no debía dedicarse a esas disciplinas, aunque fuera en una versión simplificada como la de Lalande. Pero es evidente que Sophie no se consideraba entre la potencial audiencia de ese libro y por ello le hizo ver que había leído el texto de Laplace, comentario que a buen seguro no entendió el anciano astrónomo, y con ello vendría el equívoco que desató la ira de la joven. Desde 1795 hasta su muerte en 1807, Lalande estuvo enemistado con Sophie, aunque tal vez sea más apropiado decir que ella lo estuvo con él.
En cualquier caso, está claro que desde entonces se desató una profunda enemistad entre ellos, como atestiguan varias cartas que se prolongan en el tiempo. Por ejemplo, en una invitación a una cena en 1800 en la que se asegura a Sophie que Lalande no estará presente. Además, se conservan otras cartas de 1802 en las que se menciona que Sophie está enemistada no solo con Lalande sino también con sus amigos. Estas últimas epístolas no dejan de ser curiosas en el sentido de que dan pistas sobre diferentes hechos notables. En primer lugar, la importancia que se le daba a Sophie Germain a principio del siglo XIX aunque no constara ningún trabajo suyo publicado; en segundo lugar, de nuevo el carácter determinado de una joven sin posición académica reconocida, y, por último, el importante papel que ejercía su madre entre ella y el resto de la sociedad, como una especie de intermediaria ya que, a veces diversas personalidades se dirigían a Madame Germain para solicitar una cita con la matemática o para hacerle destacar cierto punto que creían de su incumbencia. Concretamente, en 1802, el prestigioso helenista Jean-Baptiste-Gaspard d’Ansse de Villoison (1750-1805), que fue famoso por haber reconstruido La Iliada de Homero, quiso dedicar un poema con versiones en griego y latín a los científicos franceses más importantes de la época. Ansse de Villoison tuvo la mala idea de incluir en él tanto a Sophie Germain como a Lalande pero, precavidamente, avisó de sus intenciones a la joven cuando ya tenía concluidos los poemas y esperaba la imprenta. Se desconoce la respuesta exacta de ella, pero en la siguiente carta dirigida a su madre le aseguraba que había destruido ambos poemas tal y como era deseo de su hija, lo cual prueba también cuánto eran valorados los caprichos de alguien a quien se le estaba vetado entrar en algunas de las instituciones científicas de la época.
JÉRÔME LALANDE: EL «ENEMIGO» DE SOPHIE GERMAIN

Jérôme Lalande era hijo de una familia acomodada de una zona rural y sus padres lo enviaron a París para que estudiara leyes. Sin embargo, quiso el azar que se alojara en el Hotel Cluny, donde el astrónomo Joseph-Nicolas Delisle (1688-1768) tenía su observatorio, así que fue arrastrado a la astronomía y se convirtió en el discípulo celoso favorito tanto de Delisle como del atrónomo Pierre-Charles Le Monnier (1715-1799). Terminados sus estudios jurídicos, estaba a punto de regresar a su localidad natal para ejercer como abogado, pero Le Monnier obtuvo permiso para enviarlo a Berlín, para realizar observaciones sobre la paralaje lunar a la vez que el astrónomo Nicolas-Louis de Lacaille (1713-1762) hacía lo propio en el cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica). Lo exitoso de sus mediciones, realizadas con veinte años, catapultó su fama y fue elegido miembro de la Academia de Ciencias Berlín y astrónomo adjunto de la Academia francesa.
Entre sus obras más destacadas se encuentran unas tablas planetarias que mejoraban los cálculos realizados por Edmond Halley (1656-1742), en las que se incluían precisiones sobre el paso del famoso cometa que lleva el nombre del astrónomo inglés.
Por lo tanto, a finales del siglo XVIII, Sophie Germain era una joven, aunque no tanto bajo los parámetros de su época, que no estaba casada ni comprometida, con lo cual su familia casi había renunciado a la máxima aspiración a la que anhelaba un matrimonio con tres hijas: que se casaran con alguien de buena posición. Afortunadamente para ella, a pesar de ciertas reticencias iniciales, su hogar era muy liberal para su tiempo y gozaba de una buena economía. Ambos hechos le permitieron dedicarse al estudio de las matemáticas que le apasionaban, aunque es muy posible que con su tesón lo hubiera conseguido aún en condiciones más adversas.
Teoría de números
Aunque Sophie Germain había estudiado los primeros resultados en teoría de números a través del texto Cours de mathématiques à l’usage des gardes du pavillon et de la marine de Bézout, en el que se da una visión amplia de las matemáticas de la época, dicho contacto fue solo tangencial. Su interés por dicha disciplina nació a raíz de la publicación, en 1798, del libro Essai sur la théorie des nombres (Ensayo sobre la teoría de números) de Adrien-Marie Legendre (1752-1833). Posiblemente por consejo de Lagrange, Sophie se hizo con uno de los primeros ejemplares de dicha obra y comenzó su lectura y estudio. Sin embargo, como ya era su costumbre, no se limitó a ello sino que una vez concluida una primera lectura, estableció una relación epistolar con Legendre similar a la que ya tenía con Lagrange o más fructífera aún si cabe. Tanto la lectura del libro como el ánimo que recibió del propio autor empujaron en un principio a Sophie al estudio de de la teoría de números y no al cálculo infinitesimal al que era más cercano Lagrange, aunque Sophie hizo gran uso de sus conocimientos en dicho campo más adelante.
No se conserva la mayoría de la correspondencia entre Sophie y Legendre, pero, por lo que se sabe, en las cartas, el matemático francés animaba a la joven a continuar con sus estudios a la vez que le daba consejos sobre qué abordar en cada momento, y así se estableció una «extraña» relación maestro-alumna entre ellos. Extraña porque era epistolar principalmente. Aunque no está establecido que Legendre la visitara como había hecho Lagrange, no es descartable en absoluto que alguna vez se encontraran, ya que ambos eran invitados a diversas celebraciones culturales en el ferviente mundo parisino de principios del siglo XIX.
ADRIEN-MARIE LEGENDRE
Legendre fue sin duda uno de los grandes matemáticos de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Aunque algunos biógrafos señalan que nació en Toulouse en septiembre de 1752 y se mudó siendo joven a París, la mayoría de sus biografías señalan la capital francesa como su ciudad natal. Lo cierto es que Legendre quería que se le recordase solo por sus matemáticas y contaba poco de sus primeros años de vida. Hijo de una familia acomodada, recibió una educación elitista en matemáticas y física en el Colegio Mazarin en París. Con tan solo dieciocho años defendió su tesis doctoral, presagiando con ello una fructífera carrera científica. Gracias a la recomendación de Jean le Rond D’Alembert, otro gran matemático francés y uno de los pioneros del estudio de las aplicaciones en física de las ecuaciones diferenciales, Legendre fue profesor en la Escuela Real Militar de París, donde coincidió con Pierre-Simon Laplace, otro ilustre de las matemáticas y la física en Francia. Este nombramiento en la Escuela Militar le obligó a estudiar y profundizar en problemas de balística. Gracias a ello, en 1782, ganó el premio de la Academia de Berlín al determinar la curva descrita por las balas de cañón y bombas en función de distintas condiciones iniciales. En los años posteriores, Legendre obtuvo importantes resultados sobre la resolución de ecuaciones indeterminadas de segundo grado, fracciones continuas, probabilidad y rotación de los cuerpos no sometidos a aceleración. Estos trabajos le valieron el ingreso como miembro de la Academia de Ciencias de París, en 1783, donde presentó un estudio sobre atracción de elipsoides en el que aparecían, por primera vez, lo que hoy se conocen como «polinomios de Legendre».
El 13 de mayo de 1791 Legendre se convirtió en un miembro del comité, dentro de la Academia de Ciencias, cuya tarea era estandarizar los pesos y medidas, participando con ello en el desarrollo del Sistema Métrico Decimal. Colaboró, además, en la nueva medición del meridiano terrestre para obtener la unidad de longitud. Cuando en 1793 el gobierno revolucionario decidió suprimir la Real Academia de Ciencias, dejándole sin salario, publicó Éléments de géométrie (Elementos de geometría), una revisión de la obra de Euclides. A lo largo de su fructífera carrera publicó también trabajos sobre mecánica celeste, teoría de números y funciones elípticas. Murió en París en el año 1833, después de una larga enfermedad.
Caricatura a la acuarela de Legendre. |
El trato que le daban personalidades tan prestigiosas como Lagrange o Legendre, así como la consideración que iba alcanzando en los ambientes científicos franceses, era muy del agrado de Sophie, a la que se le supone una fuerte personalidad ya que, como se ha descrito, no dudaba en enfrentarse con las personas con quienes discrepaba y tampoco era tímida a la hora de ponerse en contacto con todos aquellos a los que admiraba científicamente. Germain no luchó directamente contra la discriminación que sufría la mujer en la academia, sino que trató solo de buscar un reconocimiento propio; ella creía que a una persona había que valorarla solo y exclusivamente por sus méritos. Los varones que la apreciaron como científica no hicieron extensivo ese juicio al resto de las mujeres y más bien la vinieron a considerar como un hecho aislado al que había que respetar y valorar pero nada más. No vieron una injusticia flagrante que, por el mero hecho de ser mujer, muchas puertas le estuvieran cerradas, y esos mismos varones nunca consideraron la posibilidad de iniciar una lucha por un mundo académico más igualitario.
Sophie conocía con total seguridad las «ecuaciones diofánticas» y los «números primos» gracias a la lectura de varios libros como el de Bézout o el de Montucla, pero ninguno de ellos trataba estos temas con la profundidad del libro de Legendre. Sophie dedicaría a ambos campos una buena parte de sus estudios durante el resto de su vida. El otro campo principal en sus trabajos fue el de la «elasticidad», que, curiosamente, también aparece en la correspondencia con Legendre.
Las ecuaciones diofánticas se diferencian de las habituales porque se buscan solo las soluciones enteras; por lo tanto, para que tengan sentido, en general han de involucrar a dos o más variables, ya que con una única variable se obtiene una solución, si es de primer grado, o hasta tantas soluciones como el grado de la ecuación, y lo único que hay que hacer es comprobar si alguna de ellas es entera. Por ejemplo, x + y = 1 tiene infinitas soluciones, algunas no enteras como x = 1/2 e y = 1/2, pero esas soluciones no son las que interesan cuando se habla de ecuaciones diofánticas, sino otras como x = 1 e y = –1, en las que tanto la x como la y toman valores enteros. Aunque la solución de las ecuaciones diofánticas lineales como la del ejemplo es relativamente elemental y aparece ya en el libro de Legendre, y en muchos otros antes de él, es en el caso de las ecuaciones de grado superior en las que surgen problemas extraordinariamente difíciles como el último teorema de Fermat.
CINCO MARINEROS Y UN MONO
Se dice que una ecuación diofántica es lineal cuando las incógnitas solo aparecen elevadas a 1, como por ejemplo: x + y = 6. Esta ecuación tiene infinitas soluciones enteras: (0,6), (1,5), (–12, 18)… Cuando la solución de una de estas ecuaciones representa la solución de un problema real, se dan condiciones que sirven para elegir una o varias soluciones del conjunto infinito de estas. Un ejemplo de condición podría ser que x e y deben ser positivas. Uno de los problemas clásicos que se resuelven usando estas ecuaciones se hizo muy popular gracias a Martin Gardner (1914-2010), posiblemente el mayor divulgador de matemáticas de todos los tiempos, y es el «problema de los monos y los cocos». Su enunciado es el siguiente:
Cinco marineros y un mono naufragan en una isla desierta. Los marineros pasan todo el primer día recogiendo cocos. Por la noche, uno de ellos despierta y, desconfiado, decide separar su parte. Divide los cocos en cinco montones, toma su parte y, como sobra un coco, se lo da al mono. Poco después, un segundo náufrago se despierta y hace lo mismo. Uno tras otro, el tercero, cuarto y quinto náufragos hacen lo mismo. Al día siguiente por la mañana, dividen los cocos en cinco montones sin que sobre ninguno. ¿Cuántos se habían recolectado inicialmente?
Si se llama x0 al número inicial de cocos, y xi al número de cocos que se guarda el marinero número i y F al número de cocos que le toca a cada marinero por la mañana, se obtiene una primera ecuación: x0 = 5x1 + 1 Puesto que el primer marinero divide los cocos en 5 grupos de x1 cocos, se lleva sus x1 cocos y le deja uno al mono. Cuando se despierta el segundo marinero, solo quedan 4x1 cocos, lo que les ha dejado el primer marinero, sus 4 partes. El segundo marinero lo divide en 5 partes iguales, llamadas x2, y le da uno al mono. Por lo tanto: 4x1 = 5x2 + 1. Siguiendo el razonamiento se llega a este sistema de ecuaciones diofánticas lineales:

Operando sobre este sistema de ecuaciones se llega a la conclusión de que la resolución de este problema de cocos y monos consiste en resolver esta única ecuación diofántica:

cuyas infinitas soluciones son de la forma:

Existe una solución para cada valor de t. Tomando t = 0 se llega a la conclusión de que la menor solución es que los marineros recogieron 3.121 cocos; el primero se llevó 624 cocos, el segundo 499, el tercero 399, el cuarto 319 y el quinto 255. Sin olvidar los 5 del mono.
Si bien el libro de Legendre contenía un extenso compendio de todo lo que se sabía hasta finales del siglo XVIII sobre teoría de números, su contenido original era más bien escaso. Sin embargo parece ser que fue el propio autor y correspondiente de Sophie quien le recomendó la lectura de la obra Disquisitiones arithmeticae de Gauss.
«VUESTRO MÁS SINCERO ADMIRADOR: GAUSS»
Disquisitiones arithmeticae fue un libro rompedor. Antes de su publicación la teoría de números no tenía un cuerpo como tal y esencialmente la constituían una colección de teoremas y conjeturas aislados unos de otros. Gauss reunió todos los trabajos de sus predecesores y les dio forma en un marco común, rellenando huecos, corrigiendo demostraciones e, incluso, extendiendo el tema de estudio de numerosas formas. Pero no solo los contenidos tuvieron una gran importancia, la propia estructura del trabajo, con los enunciados de los teoremas seguidos por sus demostraciones de sus posibles corolarios, estableció un formato estándar para textos posteriores que aún perduran hoy en día. Disquisitiones arithmeticae marcó el punto de partida para el trabajo de otros matemáticos del siglo XIX, tales como Ernst Eduard Kummer (1810-1893), Peter Gustav Lejeune Dirichlet (1805-1859) y Julius Wilhelm Richard Dedekind (1831-1916), y abrió las puertas a un nuevo mundo a la propia Sophie Germain.
Es de suponer que un ejemplar de Disquisitiones arithmeticae cayó en manos de Sophie a finales de 1801 o comienzos de 1802, y se dedicó a su estudio en cuerpo y alma durante los meses sucesivos. Una vez terminada una primera lectura de una obra que fue de los últimos textos científicos que se redactaron en latín como lingua franca, se dedicó a releerlo tratando de profundizar en todo lo que allí había.
Al igual que no tenía problemas en reprimir a sexagenarios ilustres si ella no los consideraba acertados, como ocurrió con el astrónomo Lalande, Sophie Germain sabía apreciar el talento y en base a él trataba a los hombres con los que se relacionó. Por lo tanto, cuando se decidió a escribir a Gauss lo hizo con el mayor de los respetos, aun siendo él un año menor que ella, pero ya por aquel entonces considerado uno de los pilares de las matemáticas que se desarrollaban.
GAUSS, EL «PRÍNCIPE DE LOS MATEMÁTICOS»
Carl Friedrich Gauss es uno de los más grandes matemáticos de todos los tiempos y ya desde muy joven su talento fue apreciado y considerado entre sus contemporáneos. Nació en Brunswick, Alemania, el 30 de abril de 1777. Su padre tenía un modesto negocio que no le permitía financiar los estudios de sus hijos. A los siete años ingresó en la escuela primaria, y de esa época es conocida la anécdota de que a los dos años de estudiar en ella, durante la clase de aritmética, el maestro propuso el problema de sumar los números del 1 al 100. Gauss halló la respuesta casi inmediatamente. Cuando se comprobaron las soluciones se vio que la suya era correcta, mientras que no lo eran muchas de las de sus compañeros. Al parecer, este relato es falso y procede de una elegía a Gauss después de su muerte escrita por Wolfgang Sartorius (1809-1876), quien ni tan siquiera menciona que ese fuera el problema planteado. A los catorce años, fue presentado ante el duque de Brunswick, que, fascinado, decidió hacerse cargo de todos sus gastos durante el bachillerato. Allí conoció al matemático Martin Bartels (1769-1836) y se dedicaron al estudio de las matemáticas, aunque pronto el alumno superó al profesor. En estos años se empezaron a gestar algunas de las ideas y formas de ver las matemáticas que caracterizaron posteriormente a Gauss. Se dio cuenta, por ejemplo, del poco rigor en muchas demostraciones de los grandes genios que le precedieron, como Newton, Euler, Lagrange y otros más. Su forma de entender el rigor marcó las matemáticas desde principios del siglo XIX hasta nuestros días. A los diecisiete años tuvo sus primeras ideas intuitivas sobre la posibilidad de otro tipo de geometría no euclídea. A los dieciocho, se dio a la tarea de completar lo que, a su juicio, habían dejado sin concluir sus predecesores en materia de teoría de números. Para Gauss, «La matemática era la reina de las ciencias y la aritmética era la reina de las matemáticas». Así, en 1801 publicó Disquisitiones arithmeticae, aunque anteriormente había sido el primero en probar rigurosamente el teorema fundamental del álgebra. En 1809 fue nombrado director del Observatorio de Gotinga y en 1835 formularía la ley o teorema de Gauss, del que se derivarían dos de las cuatro ecuaciones de Maxwell. Murió en Gotinga el 23 de febrero de 1855.
Carl Friedrich Gauss. |
La correspondencia conocida entre Sophie Germain y Carl Friedrich Gauss consta de catorce cartas, diez de Germain y cuatro de Gauss. Puede que alguna se haya perdido, pero en ese caso es casi seguro que se trate de alguna carta de las escritas por Gauss, porque las cartas de Germain fueron conservadas por el propio matemático y fueron legadas a la Academia de Gotinga después de su muerte y allí se clasificaron y estudiaron. Por otra parte, después de la muerte de Germain, gran parte de sus papeles cayeron en manos de su amigo, el matemático italiano Libri, y las cartas sufrieron el destino de la dispersión, ya que cuando este huyó a Londres en 1848 se llevó consigo una gran parte, pero no toda, de su vasta colección. Muchos documentos fueron confiscados por las autoridades francesas en su departamento de la Sorbona. Es muy posible que entre los documentos requisados, y que se han perdido, hubiera escritos de Sophie y cartas dirigidas a ella.
Las matemáticas que Sophie expuso en sus cartas y notas adjuntas son, a veces, difíciles de seguir o entender. Los resultados que presentó a Gauss no tienen la apariencia de obras pulidas o bien organizadas, y sus escritos, especialmente las notaciones, no siempre son fáciles de interpretar. Pero su análisis prueba que dichas cartas contenían muchos resultados interesantes que Gauss valoró en su justa medida. La primera de las cartas de Sophie a Gauss, con fecha del 21 de noviembre de 1804, comienza:
Señor,
Vuestras Disquisitiones arithmeticae han sido durante mucho tiempo el objeto de mi admiración y mis estudios.
Pero justo a continuación comenta un resultado que aparece en el último de los capítulos y cómo este puede ser utilizado en un problema considerado por Lagrange. Para terminar le pide que si le contesta la carta, la dirija a Sylvestre de Sacy, quien se la hará llegar, y firma como: «Vuestro muy humilde servidor y muy asiduo lector. Le Blanc». Antoine Isaac Sylvestre de Sacy (1758-1838) era un prestigioso lingüista y su trabajo ejerció una gran influencia sobre uno de sus alumnos, Jean-François Champollion (1790-1832), quien descifró la piedra de Rosetta que permitió leer los jeroglíficos egipcios.
Dicha primera carta contiene un apéndice muy extenso en el que trata, sobre todo, dos resultados. El primero es el desarrollo que aparece en el último de los capítulos de Disquisitiones arithmeticae. Y el segundo es un intento mucho más revolucionario de afrontar uno de los problemas más famosos de las matemáticas, el último teorema de Fermat.
PRIMERAS APROXIMACIONES AL ÚLTIMO TEOREMA DE FERMAT
Sin duda uno de los teoremas más destacados de la historia es el teorema de Fermat, que tardó más de 300 años en ser demostrado. Pierre de Fermat (1601-1665) escribió, alrededor de 1637, en el margen de su ejemplar de la Arithmetica del matemático griego Diofanto de Alejandría (200/214 d.C.- 284/298):
Es imposible descomponer un cubo en dos cubos, una potencia cuarta en dos potencias cuartas, y en general, una potencia cualquiera, aparte del cuadrado, en dos potencias del mismo exponente. He encontrado una demostración realmente admirable, pero el margen del libro es muy pequeño para escribirla.
En el lenguaje actual, el teorema puede enunciarse del siguiente modo:
La ecuación xn + yn = zn no tiene soluciones enteras positivas en x, y, z para cualquier exponente entero n > 2.
Hoy en día se acepta que es imposible que Fermat tuviera esa demostración que proclamaba tener, y es muy factible que él mismo se diera cuenta de ello algo después de escribir su famosa nota al margen del libro de Diofanto, ya que el primer resultado parcial de cara a su resolución lo dio el propio matemático (y no tenía sentido que diera una solución a un caso particular si tenía la demostración general) cuando demostró que su resultado era cierto para n = 4.
FERMAT, UN ABOGADO CLAVE EN LA HISTORIA DE LAS MATEMÁTICAS
Pierre de Fermat fue un jurista y matemático francés continuador de la obra de Diofanto en el campo de los números enteros y cofundador del estudio matemático de la probabilidad, junto con Blaise Pascal (1623-1662), y de la geometría analítica, junto con René Descartes (1596-1650). Mantuvo correspondencia con los grandes científicos de su época y gozó ya en vida de gran estima e inmensa reputación. Interesado por las matemáticas, consagró a ellas su tiempo de ocio y en 1637 figuraba entre los principales cultivadores europeos de esta ciencia. Entabló amistad con el matemático Pierre de Carcavi (1600-1684), quien le presentó al padre Marin Mersenne (1588-1648), amigo de todos los científicos franceses de la época, y que le puso en contacto con Gilles de Roberval (1602-1675) y con Descartes. El trato con el difícil e inquieto genio de Descartes no resultaba fácil para nadie, ni tampoco lo fue para Fermat. Ambos discutieron sobre cuestiones científicas como la refracción de la luz y el método de los máximos y mínimos. Fueron necesarias la mediación de Roberval y toda la prudencia de Fermat para mantener por lo menos fríamente correctas las relaciones personales entre los dos sabios. Muy viva, en cambio, fue la amistad entre Fermat y Pascal. De talante modesto, Pierre de Fermat solo llevó a la imprenta su monografía Dissertatio geometrica de linearum curvarum comparatione e hizo públicos algunos de sus mayores descubrimientos a través de breves comunicaciones verbales y epistolares. Sus escritos fueron publicados póstumamente por su hijo Samuel en 1679. Sus aportaciones más conocidas fueron en teoría de números, como el «pequeño teorema de Fermat», según el cual:
siendo p un número primo, si se eleva un número a a la p-ésima potencia y al resultado se le resta a, lo que queda es divisible por p.
Este resultado se utiliza como test de primalidad y se aplica en criptografía. Aunque, sin duda, por lo que es más conocido es por el enunciado del último teorema de Fermat, formulado en 1637 y demostrado en 1995 por el matemático británico Andrew Wiles (n. 1953).
Pierre de Fermat. |
Después de este paso, también era elemental ver que bastaba demostrar el resultado para las potencias primas ya que si existía una solución (a, b, c) a la ecuación y n no era primo ni 4, entonces n se podía expresar como el producto de primo p mayor que 2 (o de 4) por otro número k y la ecuación de Fermat quedaría:
xpk + ypk = zpk
pero esto sería equivalente a:
(xk)p + (yk)p = (zk)p,
por lo que (ak, bk, ck) sería una solución entera de xp + yp = zp.
Pero tuvo que pasar más de un siglo para que se diera el siguiente paso y para ello fue necesario que lo hiciera un genio como Euler, quien en 1770 demostró el teorema para n = 3. Aunque su demostración contenía un error, el mismo Euler había dado previamente algunos resultados que permitían subsanarlo.
En 1804, fecha de la primera carta de Sophie a Gauss, solo los casos para n = 3 y n = 4 (y los múltiplos de esos números) del último teorema de Fermat se sabían resolver. Pero en el apéndice de su primera carta a Gauss Sophie dio un primer intento de demostración para un conjunto de números que cumplían una cierta propiedad:
Se puede demostrar la imposibilidad de encontrar números enteros que satisfagan la ecuación xp-1 + yp-1 = zp-1 cuando p es un primo de la forma 8n + 7.
Evidentemente, si p es un número primo mayor que 3, p – 1 no solo no lo es, sino que es par. Luego, ese resultado en sí tiene un interés menor, pero históricamente es crucial porque plantea el primer intento de demostración para una familia suficientemente amplia de números y no para un caso particular. Por desgracia, su razonamiento contenía algún error y no se podía llegar a extraer la conclusión que proclamaba, aunque sí que está claro que abrió nuevas ideas en la propia Sophie que cristalizarían años más tarde.
DESENMASCARANDO A MONSIEUR LE BLANC
En general, parece ser que cada vez que Sophie recibía una carta de Gauss ella se apresuraba a responder, mientras que el matemático alemán tardaba mucho más en sus contestaciones, con una notable excepción: cuando supo que Monsieur Le Blanc era, en realidad, una mujer, de nombre Sophie Germain. Las circunstancias de ese descubrimiento son como siguen: en 1806 se iniciaron las guerras napoleónicas y Francia entró en conflicto con Prusia. El éxito del Ejército francés en Jena en octubre de dicho año abrió el camino para la ocupación y el asedio de la mayor parte de Prusia. Sophie, que quedó en su día muy impresionada por la historia de Arquímedes y recordando el destino del genio de Siracusa en circunstancias similares, se interesó por la seguridad de Gauss. Solicitó un favor a un amigo de la familia, M. Pernety, comandante de la Artillería francesa en la campaña prusiana, que era responsable de mantener el sitio en Breslau. Sophie le solicitó que descubriera el paradero de Gauss y que se asegurara de que no lo maltrataran. M. Pernety ordenó a M. Chantal, comandante del batallón, que viajara unas doscientas millas al oeste, a la ciudad ocupada de Brunswick, para llevar a cabo esta misión, que se coronó con total satisfacción, ya que Chantal se encontró con el propio Gauss, a quien le dijo que quien había rogado por su protección era su conocida Mademoiselle Germain. A lo que Gauss contestó que la única dama parisina que conocía era a Madame Lalande, que era la mujer del sobrino del «enemigo» de Sophie, el astrónomo Lalande. Todo esto fue comentado en una carta que Chantal envió a Pernety, en la que se le informaba del éxito de su misión ya que Gauss se encontraba perfectamente a salvo. Inmediatamente, Pertnety escribió a Sophie y esta se vio obligada a informar a Gauss de su verdadera identidad. El contenido de dicha carta era el siguiente:
Señor,
La consideración debida a los hombres superiores justifica el encargo que hice al General Pernety para hacerle saber que usted se merece la estima de cualquier gobierno ilustrado.
En el relato que me realizó M. Pernety de la misión que le había encomendado me informó que durante la misma mi nombre ha salido a relucir. Esto me lleva a manifestarle que no soy completamente desconocida por usted como puede llegar a pensar, pero debido al temor al ridículo asociado a ser una mujer científica, anteriormente he usado el nombre de Le Blanc para enviarle esas notas que, sin duda, no merecen la indulgencia con la que me ha contestado.
La apreciación que le debo por el aliento que me ha dado, al mostrarme que me considera entre los amantes de la sublime aritmética cuyos misterios ha desarrollado, fue mi motivación particular para intentar tener noticias de usted en un momento en que los problemas de la guerra me hicieron temer por su seguridad. Y he sabido con completa satisfacción que ha permanecido en su casa tan tranquilo como las circunstancias lo permitían.
Espero, sin embargo, que estos acontecimientos no le mantendrán demasiado tiempo alejado de sus investigaciones astronómicas y especialmente aritméticas, porque esa parte de la ciencia tiene una atracción particular para mí, y siempre admiro con nuevo placer los vínculos entre las verdades expuestas en su libro. Por desgracia, la capacidad de pensar profundamente es un atributo reservado a unas cuantas mentes privilegiadas, y estoy segura de que no voy a encontrar ninguno de los desarrollos que deduce, aparentemente sin esfuerzo, de aquellos que ya ha dado a conocer.
Incluyo con mi carta una nota destinada a mostrarle que he mantenido un apetito de análisis que la lectura de su trabajo ha inspirado y que me ha proporcionado continuamente la confianza para enviarle mis débiles intentos sin ninguna otra recomendación que la buena voluntad concedida por los científicos a los admiradores de su trabajo.
Espero que la información que hoy le he confiado no me prive del honor que me ha otorgado con un nombre prestado, y que dedicará unos minutos a escribirme noticias de usted mismo. Crea, señor, el interés que le concedo, y asegúrese de la sincera admiración con que tengo el honor de ser
Su muy humilde servidora
Sophie Germain
Acaba la carta con una posdata en la que da su verdadera dirección. En realidad, no acaba aquí, ya que, siguiendo su costumbre, vuelve a incluir un voluminoso apéndice con más resultados matemáticos dejados a la consideración de Gauss.
En poco más de un mes, Gauss respondió a Sophie, y en su respuesta del 20 de abril no hay ni un ápice de reticencia por el recién descubierto género de su correspondiente, más bien todo lo contrario, ya que escribe:
El gusto por las ciencias abstractas en general y sobre todo por los misterios de los números es muy raro: no es de extrañar, pues, que los encantos de esta ciencia sublime en toda su belleza se revelen solo a aquellos que tienen el valor de penetrar en dichos misterios. Pero cuando una mujer, debido a su sexo, a nuestras costumbres y a prejuicios, tropieza con obstáculos infinitamente mayores que los hombres para familiarizarse con sus nudosos problemas, pero los supera y penetra en lo más escondido, tiene sin duda el más noble valor, extraordinario talento y un genio superior. Nada puede demostrarme de una manera más halagadora y menos equívoca que los atractivos de esa ciencia, que han dado tanta alegría a mi vida, no son más quiméricos que el favor con que la ha honrado.
A continuación, Gauss le muestra que alguna de las afirmaciones que había realizado no eran ciertas, proporcionando algún contraejemplo, hecho que prueba de nuevo la atención con la que el consagrado matemático leyó las notas de Sophie, ya que no eran nada triviales. Sophie había afirmado que si la suma de la n-ésima potencia de dos números era de la forma x2 + ny2 entonces la suma de los dos números también se podía poner como z2 + nt2. El contraejemplo que dio Gauss fue:
1511 + 811 = 8649755859375 + 8589934592 = 86583457993967 =
= (1595826)2 + 11(745391)2
Y afirmó que 15 + 8 = 23 no se podía expresar de la misma forma.
Pero no quedó así el asunto y Gauss recogió el falso enunciado de Sophie y trató de salvar lo que pudo de él utilizando algunos resultados de su propia cosecha y llegó a proponer a Sophie tres teoremas de los que no incluía su demostración «para no privarla del placer de encontrarlas por ella misma, si las consideraba dignas de su tiempo». Acabó su carta Gauss rogándole que continuaran su correspondencia y que no se interrumpiera por haber mostrado Sophie su verdadera identidad.
LA ARITMÉTICA MODULAR DE GAUSS
La aritmética modular, protagonista de la mayor parte de la correspondencia entre Germain y Gauss, fue introducida por este último en su libro Disquisitiones arithmeticae. La idea intuitiva de dicha aritmética la proporciona un reloj, ya que se dispone solo de doce números. Por razones de coherencia en el caso de la aritmética se empieza en 0, así que esos doce números del reloj van del 0 al 11. Entonces, si la suma (o el producto) de dos números es menor o igual a 11, el resultado es el mismo que en los números enteros clásicos, pero si el resultado de la operación es mayor que 11, al valor obtenido se le tiene que «trasladar» con la equivalencia conocida de que las 12 son las 0, las 13 la 1, las 14 las 2, y así sucesivamente. Otro método de decir lo mismo es que dos enteros son equivalentes si cuando al mayor de ellos se le resta el menor queda un múltiplo de 12.
Naturalmente, el ejemplo del 12 sirve para cualquier entero positivo n mayor que 1 (porque para 1 solo se tendría el 0), y se hablaría de «aritmética módulo n», y es especialmente interesante cuando n es un primo ya que en dicho caso la aritmética es mucho más rica, permitiendo todas las operaciones clásicas de la aritmética entera. Por ejemplo, para n = 5 se dispone de los números 0, 1, 2, 3 y 4. La suma y el producto se definen como se ha descrito anteriormente. Pero más interesante es que cada número distinto de 0 tiene un inverso (dos números son inversos si su producto es 1), ya que 1 · 1 = 1, 2 · 3 = 1 y 4 · 4 = 1. Y si se dispone de inverso se puede dividir, operación que no se puede realizar dentro de los enteros, ya que al dividir un entero por otro el resultado no siempre es un entero.
Doscientos años después de la introducción de la aritmética modular por parte de Gauss, dicha matemática está por todas partes, puesto que internamente los ordenadores la usan y la mayoría de los métodos criptográficos que están en boga hoy en día, como el RSA, utilizan sus propiedades. También se fundamentan en dicha aritmética los métodos de corrección de errores, como los que se usan en los CD de música o los DVD, o de detección de errores, como los dígitos de control en las cuentas bancarias o las letras en documentos de identidad.
La aritmética modular fue introducida en 1801 por Carl Friedrich Gauss en su libro Disquisitiones arithmeticae. |
Naturalmente, ella se dedicó a las demostraciones de los resultados que le proponía Gauss y en menos de un mes ya las tenía completadas. Así pues, escribió una nueva carta que también contenía resultados de su propia cosecha. La respuesta a esa carta fue la última que envió o que se conserva de Gauss, quien tardó unos seis meses en contestar (le pedía disculpas por ello), y en ella le informaba de su nueva posición como profesor en la Universidad de Gotinga. Durante algún tiempo Sophie siguió enviando cartas a Gauss, pero, al no obtener respuesta, esos mensajes terminaron también. Sin embargo, no debe considerarse que la falta de respuestas por parte del alemán se debiera a una falta de aprecio, ya que en varias ocasiones Gauss mostró su respeto hacia Sophie ante terceras personas. Por ejemplo, en una carta al astrónomo Heinrich Wilhelm Olbers (1758-1840) explicaba que las demostraciones de dos teoremas que Gauss le había enviado eran una obra muy brillante de Sophie Germain. Además se sabe que János Bolyai (1802-1860), uno de los fundadores, junto con el propio Gauss y el ruso Nikolái Lobachevski (1792-1856), de la geometría no euclidiana, en alguna ocasión le solicitó a Gauss que le hablara más sobre Sophie. El problema es que ella no fue consciente de esas cartas y puesto que su posición en la comunidad científica, que tan reticente era a aceptarla por su condición de mujer, dependía de ese tipo de gestos que ella pudiera airear fue necesario buscar un nuevo reto. Durante los cuatro años que duró la relación epistolar, entre 1804 y 1808 —aunque Sophie escribió otras dos cartas más, una en 1819 y otra en 1829—, Gauss atravesó por una situación complicada desde el punto de vista profesional, con una gran cantidad de frentes abiertos en sus investigaciones y con traslados por motivos laborales. Aun así el trato que deparó a Le Blanc primero y, sobre todo, a Sophie más tarde, fue siempre de igual a igual, valorando en grado sumo sus capacidades matemáticas.
Prácticamente la totalidad de la temática de dicha correspondencia trataba sobre teoría de números, siendo siempre la fuente de inspiración la obra Disquisitiones arithmeticae. Muchos de los temas trataban sobre fórmulas o desarrollos relacionados con lo que hoy es conocido como «aritmética modular», introducida por primera vez por Gauss en su libro, y también sobre propiedades de números enteros.
El premio de la Academia de las Ciencias
La Academia de Ciencias francesa fue creada en 1666, durante el reinado de Luis XIV fruto del impulso del ministro Jean-Baptiste Colbert (1665-1683), quien trató de modernizar diversos aspectos de Francia, dinamizando el comercio, la industria y la innovación. Sin embargo, sus reformas no consiguieron todos sus objetivos, en especial el saneado de las cuentas del Estado, debido a las numerosas guerras en las que se embarcó el monarca y que supusieron una auténtica sangría a las arcas reales. En ese sentido, el propio ministro eligió a un pequeño grupo de sabios, que se congregaron el 22 de diciembre de 1666 en la biblioteca del rey, y allí tuvieron lugar las primeras sesiones de trabajo, que tenían un carácter relativamente informal. La institución fue alcanzando un gran prestigio hasta la llegada de la Revolución francesa, que la disolvió en 1783, para crear, dos años más tarde, el Instituto Nacional de Ciencias y Artes, que reagrupaba a las antiguas academias científicas, literarias y artísticas. Cada una de las secciones fue adquiriendo cada vez más autonomía hasta llegar a una situación similar a la prerrevolucionaria en 1816.
Algo que siempre caracterizó a la Academia desde los tiempos iniciales de Colbert fue la misión de impulsar el desarrollo de la ciencia y ello se canalizó a través de iniciativas de popularización como la llevada a cabo con el Sistema Métrico Decimal, de la que fue una de sus principales impulsoras, o la convocatoria de premios por la resolución de profundos problemas científicos. En esta categoría, uno de los más famosos fue el convocado en 1818 para tratar de explicar las propiedades de la luz y en el cual participó el ingeniero Augustin-Jean Fresnel (1788-1827), que fue uno de los primeros en afirmar que la luz era una onda. Es interesante señalar que Siméon Denis Poisson (1781-1840), que era uno de los miembros del comité de jueces y partidario de la teoría corpuscular, buscó una manera de refutar la afirmación de Fresnel. Poisson pensó que había encontrado un error cuando demostró que la teoría de Fresnel predecía que una mancha brillante en el eje existiría en la sombra de un obstáculo circular, donde debería haber completa oscuridad según la teoría corpuscular. El punto de Poisson no era fácilmente observable en situaciones cotidianas y, como él no lo encontró, lo interpretó como una refutación que desmentía la teoría de Fresnel. Sin embargo, el jefe de la comisión, François Arago (1786-1853), quien llegaría a ser primer ministro de Francia, decidió realizar el experimento con más detalle y, para sorpresa de todos, logró observar el lugar previsto, lo que convenció a la mayoría de los científicos de la naturaleza ondulatoria de la luz. Lo que siguió a continuación llega hasta la física cuántica, pero esto ya es otra historia.
CONCURSO SOBRE LA ELASTICIDAD
En 1808 visitó París un físico aplicado y músico alemán llamado Ernst Chladni (1756-1827), el cual hizo una demostración de su simple e ingenioso método para obtener ciertos patrones sobre superficies que vibran. Para ello, tomaba una placa de vidrio, la cubría con polvo o arena muy fina, la sostenía con dos dedos en los lados opuestos de la placa y pasaba por su borde un arco de violín, lo que causaba que la placa vibrara y emitiera un tono puro. El polvo se agitaba por las vibraciones y se movía hasta llegar a ciertos puntos en los que no había movimiento. Las ondas estacionarias tienen la particularidad de presentar zonas o puntos donde la amplitud de la vibración es máxima y otras donde esta se anula. Cuando la placa vibraba, el polvo fino tendía a desplazarse desde las zonas de máxima vibración a las zonas de vibración nula y por la falta de movimiento de esos puntos ya no se desplazaba y se obtenía como resultado un patrón de líneas o curvas que designaban la forma de la vibración causada por el arco. Las diferentes frecuencias sonoras inducían diferentes modos de vibración, de este modo se podían visualizar distintos patrones sobre la placa que iban cambiando conforme se modificaba la frecuencia del sonido.
CHLADNI, UN PIONERO EN VARIOS CAMPOS

Ernst Florens Friedrich Chladni nació el 30 de noviembre de 1756 en Wittenberg, Sajonia, en el seno de una familia culta y acomodada que provenía de Kremnica, entonces parte de Hungría y en la actualidad perteneciente a Eslovaquia, por lo que tanto Alemania como Hungría y Eslovaquia lo reclaman como suyo. Su obra más importante, por la que a veces es etiquetado como el «padre de la acústica», incluía la investigación sobre placas vibratorias que motivó un premio de la Academia de Ciencias promovido por Napoleón y al que dedicó gran esfuerzo Sophie Germain. Chladni también calculó la velocidad del sonido para diferentes gases. En la misma línea, diseñó y perfeccionó algunos instrumentos musicales. Pero no solo se limitó al estudio de temas relacionados con la acústica, también fue el primero en sugerir que los meteoritos tenían un origen extraterrestre, aunque en principio esta idea fue ridiculizada por sus contemporáneos, que creían en un origen volcánico de los meteoritos. Poco a poco se acumularon evidencias que llevaron a pensar, aún en vida de Chladni, que tenía razón y su libro Sobre el origen del Hierro de Pallas y otros similares, y algunos fenómenos naturales asociados es considerado el primer tratado científico sobre meteoritos.
El sencillo experimento de Chladni probaba que una placa vibra con ciertos patrones, pero la explicación de por qué se producían no se conocía. Es más, variando el número de soportes que sostenían la placa o su posición y modificando el lugar en la que el arco la hacía vibrar, se generaban patrones diferentes. El número de patrones parecía infinito, los dibujos que describían eran únicos para cada circunstancia y los resultados solo podían ser reproducidos si uno duplicaba exactamente las condiciones iniciales que los generaron. Determinar matemáticamente qué hacía que se formaran esos patrones y predecir la forma que iban a adoptar en función de las distintas variables que desempeñaban un papel en su formación suponía un reto magnífico.
Afrontar dicho desafío tenía una doble motivación para Sophie Germain. Por una parte, ella siempre se había movido por el afán de descubrir y de resolver problemas; por otra parte, porque el problema había alcanzado una cierta notoriedad ya que la exhibición de Chladni había causado bastante revuelo en los círculos científicos e intelectuales de París. Tanto es así que el emperador Napoleón Bonaparte (1769-1821) estableció en 1809 un premio extraordinario para el primero que diera una explicación plausible de por qué se producían los patrones de Chladni y cómo se podía predecir su forma.
Puede resultar extraña la involucración de Napoleón en el premio, pero en realidad la participación del emperador era en un grado mayor de la que se puede pensar en primera instancia. Desde el comienzo de su carreraz prestó un gran interés a la ciencia en general y a las matemáticas en particular, tanto es así que al final del siglo XVIII ocupó un puesto en la Academia gracias al apoyo de su amigo Laplace y en el año 1800 la llegó a presidir. Para ocupar este puesto privilegiado se argumentó su condición de líder y organizador de la campaña de Egipto, que tuvo un importante componente científico. Efectivamente, en la expedición al país del Nilo participó un grupo de 167 científicos y especialistas que eran expertos en distintas materias como matemáticas, física, química y biología, así como ingenieros, arqueólogos, geógrafos e historiadores. Entre ellos figuraban el matemático Gaspard Monge —uno de los miembros fundadores de la Escuela Politécnica—, el también matemático Jean-Baptiste Joseph Fourier (1768-1830), el físico Étienne-Louis Malus (1775-1812) , el químico Claude-Louis Berthollet (1748-1822) o el geólogo Déodat de Dolomieu (1750-1801). Bajo la dirección de Vivant Denon (1750-1801), que años más tarde sería director del Museo del Louvre, recorrieron el país haciendo exploraciones arqueológicas, proponiendo mejoras en ingeniería, copiando textos, dibujando edificios antiguos, realizando estudios etnológicos, geológicos, zoológicos y botánicos… Todos estos trabajos quedaron recogidos en la obra Description de l’Égipte (Descripción de Egipto), publicada en veinte tomos entre 1809 y 1822 y que se convirtió en la máxima referencia de la egiptología durante décadas.
Los premios por logros científicos se habían ofrecido en Francia durante gran parte del siglo XVIII y se habían utilizado para incentivar el trabajo en áreas que el gobierno consideraba de importancia nacional. Después de la reorganización de la Academia de Ciencias en 1795 se decidió que cada año se iba a proponer y juzgar un concurso en las ciencias físicas y otro en las ciencias matemáticas. Cada premio simbólicamente equivalía a un kilogramo de oro, que en 1803 se fijó en 3.000 francos.
Normalmente una comisión de cuatro o cinco personalidades destacadas era la encargada de establecer la temática de los premios. Posteriormente, otra comisión de expertos juzgaba los trabajos recibidos, y los premiados, en caso de haberlos, ya que con mucha asiduidad se declaraban desiertos, recibían su galardón en la siguiente sesión de enero. Al margen de estos premios «ordinarios», existían otros que el propio Napoleón había institucionalizado y que estaban dotados con fondos gubernamentales directamente. Uno de ellos pretendía premiar la mejor obra cada año sobre «fluidos galvánicos» o «galvanismo». En el año 1808 este premio no fue concedido porque no hubo experimentos que se consideraran de suficiente calidad. Legendre sugirió que se podía dividir el premio en dos, pero en una reunión general de la Academia de Ciencias, el 13 de febrero de 1809, se llegó a una conclusión totalmente distinta y que afectaría a Sophie Germain. Así, se propuso a Napoleón lo siguiente:
[...] que los 3.000 francos no se destinen este año para descubrimientos en galvanismo y sean empleados en animar un análisis matemático de los experimentos realizados por Ernst Chladni sobre la vibración de placas resonantes.
La respuesta del emperador aprobando lo que se le sugería no se hizo esperar y en una semana la Academia la recibió. Una comisión formada por Laplace, Legendre, el matemático e ingeniero Gaspard de Prony (1755-1839) y el cristalógrofo René Just Haüy (1743-1822) fue elegida para elaborar un programa para el premio. Puesto que las Academias estaban formalmente unificadas en el Instituto Nacional de Ciencias y Artes en ese período aún revolucionario y la reunión ordinaria de la de Ciencias iba a tardar seis meses en tener lugar, le solicitaron a la Academia de Francés y Literatura que les permitiera anunciar el premio en la suya, que tendría lugar en abril.
Así, en la reunión de la Academia de Francés y Literatura celebrada el primer lunes de abril de 1809 se anunció el premio con esta convocatoria:
Su Majestad el Emperador y Rey, que se ha dignado llamar a M. Chladni ante él y a ver sus experimentos, estando impresionado por el impacto que el descubrimiento de una teoría rigurosa que explicara todos los fenómenos rendidos sensibles por estos experimentos tendría sobre el progreso de la física y el análisis, desea que la [Primera] Clase haga de este el tema de un premio que se propondrá a todos los eruditos de Europa. Esta nueva concepción del genio benevolente, que anima las grandes y profundas opiniones de Su Majestad para el progreso y la propagación de la Ilustración, será recibida con reconocimiento por todos los pueblos que honran y cultivan las ciencias.
La [Primera] Clase ha propuesto, así, para el sujeto del premio, el desarrollo de una teoría matemática sobre la vibración de superficies elásticas, y una comparación de dicha teoría con experimentos.
El premio será una medalla de oro, valorada en 3.000 francos.
Se concederá en una sesión pública el primer lunes de enero de 1812.
Las inscripciones serán admitidas hasta el primero de octubre de 1811. Esta fecha final no tiene excepción.
Algunos autores han manifestado su extrañeza sobre algunos de los hechos que rodean a esta convocatoria, como el que se cambiara un premio anual por este extraordinario o la premura en todo el proceso. Parece ser que en gran parte estuvo motivado por el deseo de Laplace de promocionar la carrera de Siméon Denis Poisson. Esta teoría es alimentada por hechos concretos ya que el denominador común de todas las comisiones involucradas en el premio fue Laplace, quien, en contra de la propuesta de Legendre de dividir el premio en galvanismo, propuso transformarlo en uno sobre los patrones de Chladni. Además, también formaba parte de la comisión que propuso el programa para el premio. Asimismo, algunos contemporáneos manifestaron que ese premio había sido urdido por Laplace para elevar la figura de Poisson, al que creía por su formación muy capaz de resolver el problema que se planteaba. Entre los que se manifestaron en dicho sentido, se encontraba François Arago (1786-1853), que fue nada menos que el biógrafo del propio Poisson, el cual dijo que el sentimiento de Laplace hacia Poisson era como el de un padre, lo cual le hizo luchar por conseguir una buena posición para su «ahijado».
Curiosamente había dos personas que estaban de alguna forma cualificadas para afrontar el problema propuesto por la Academia: Siméon Denis Poisson y Sophie Germain. La matemática, por un lado, había trabajado en un problema más simple que inició Leonhard Euler y que se podría considerar como el equivalente elástico del problema de las placas. Efectivamente, desde la época pitagórica, se conocían bien las propiedades de una cuerda vibrante por su relación con la música y las matemáticas, y tanto D’Alambert como Lagrange y Euler habían formulado un modelo matemático. Es más, los dos últimos habían generalizado el problema de la cuerda a dimensión dos considerando una membrana vibrante, lo que podría llamarse el «problema del tambor». Lo que Chladni demostró con su exhibición es que, al igual que los modos de una cuerda vibrante o una membrana poseen nodos donde no hay movimiento, una placa plana en vibración también posee curvas o líneas donde tampoco existe movimiento. Así que una aproximación similar al problema parecía factible.
LAPLACE, JUEZ Y PARTE EN EL PREMIO DE LA ACADEMIA
Una de las figuras claves en el mundo científico parisino y mundial de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX fue Laplace , quien, junto con Poisson, desempeñaría un papel importante en la vida de Sophie Germain a partir de 1809. Pierre-Simon Laplace nació en una familia acomodada de granjeros de la baja Normandía y aunque los primeros datos de su vida no están muy claros, parece ser que estudió y empezó su carrera en la Universidad de Caen. Fue recomendado a D’Alembert, quien estableció contacto con él y le propuso problemas de gran dificultad que este resolvió con presteza. Así pues, D’Alembert lo recomendó a su vez para un puesto de profesor en la Escuela Militar de París en 1767, en la que tuvo entre sus discípulos a Napoleón Bonaparte, con el que tuvo una buena relación hasta la muerte del corso. En 1785 fue nombrado miembro de la Academia de Ciencias, y en 1795, miembro de la cátedra de Matemáticas del Nuevo Instituto de las Ciencias y las Artes, que llegó a presidir en 1812. Su labor fue importante en matemáticas, física y astronomía. Resumió y amplió el trabajo de sus predecesores en su Traité de mécanique céleste (Tratado de mecánica celeste) de cinco volúmenes entre 1799 y 1825. Este trabajo tradujo el estudio geométrico de la mecánica clásica a uno basado en el cálculo infinitesimal de Newton (1642-1727) y Leibniz (1646-1716), abriendo una gama más amplia de problemas. En estadística, la interpretación bayesiana de la probabilidad fue desarrollada principalmente por Laplace. Igualmente, formuló la «ecuación de Laplace» y fue pionero en la «transformada de Laplace» que aparece en muchas ramas de la física y de las matemáticas. Además, reformó y desarrolló la hipótesis nebular del origen del sistema solar y fue uno de los primeros científicos en postular la existencia de agujeros negros y la noción de «colapso gravitatorio».
Pierre-Simon Laplace. |
Por otro lado, Laplace confiaba en que Poisson pudiera modelar el problema como una densa red de nodos que se atrajeran y repulsaran como si estuvieran unidos por unos muelles que buscaran un equilibrio intermedio entre estar muy estirado o demasiado comprimido. Así que cuando se convocó el premio Laplace estaba convencido de que tan solo Germain y su protegido Poisson iban a participar. Sin embargo, no se conoce el grado de involucración de este último y ni si llegó a completar algún trabajo, puesto que cuando finalizó el plazo dado por la Academia, solo se había presentado una memoria, la firmada por Sophie Germain.
«OÍR» LA FORMA DE UN TAMBOR
¿Qué significa «oír» la forma de un tambor? Para tratar de responder esta cuestión, es necesario saber que el tambor suele estar compuesto de una caja de resonancia y de una membrana que al vibrar produce el sonido, que es amplificado por dicha caja. El objetivo de la pregunta es, en realidad, sobre la forma de la membrana, que es la que produce el sonido, y se trata de determinar si dos membranas con forma distinta pueden llegar a producir el mismo sonido. Más concretamente, en la mayoría de los tambores la membrana es circular, pero se podrían construir tambores con membranas triangulares o con aspectos aún más exóticos. Y el sonido que producen los tambores depende de ciertos números asociados a varias ecuaciones bien conocidas. Esos números se llaman «autovalores» y desempeñan un papel fundamental en muchos problemas y aplicaciones de las matemáticas. Así que reformulando la pregunta quedaría: ¿Pueden dos membranas con formas distintas tener asociados los mismos autovalores y, por tanto, producir el mismo sonido? Esta cuestión fue formulada en 1966 por Mark Kac (1914-1984), aunque recogía aspectos planteados unos veinte años antes por Hermann Weyl (1885-1955). Nada más darse a conocer el artículo de Kac, John Milnor (n. 1931), uno de los matemáticos más brillantes de la segunda mitad del siglo xx, dio una primera respuesta (en realidad había encontrado su ejemplo dos años antes): dijo que existían tambores que suenan exactamente igual, producen el mismo sonido y cuyas membranas tienen forma totalmente distinta, pero en dimensión 16. Para encontrar una respuesta en dimensión dos hubo que esperar 25 años más, hasta que tres matemáticos —Carolyn Gordon, David Webb y Scott Wolpert— construyeron dominios bidimensionales que no son iguales pero que suenan exactamente igual. Bien es verdad que la forma de los tambores también es un tanto «exótica», como puede verse en la siguiente figura:

Dos membranas con estas formas producen exactamente el mismo sonido.
PRIMER INTENTO DE SOPHIE GERMAIN
Para juzgar si el trabajo de Sophie era merecedor del premio, el 21 de octubre de 1811 se formó una comisión integrada por Legendre, Laplace, el matemático Sylvestre François Lacroix (1765-1843) y el también matemático y físico Étienne-Louis Malus (1775-1812). Sophie escribió más tarde estas palabras cuando publicó sus resultados, explicando sus intenciones cuando supo de la convocatoria del premio:
En cuanto, me enteré de los primeros experimentos de M. Chladni, me pareció que el análisis [matemático] podía determinar las leyes que los rigen. Pero aprendí de un gran geómetra [Lagrange], cuyas primeras obras se habían dedicado a la teoría del sonido, que este problema contenía dificultades que ni siquiera sospechaba. Dejé de pensar en ello.
Ver los experimentos de M. Chladni durante su estancia en París despertó de nuevo mi interés. Empecé a estudiar las memorias de Euler sobre el caso lineal, ciertamente no con la intención de competir por el premio extraordinario propuesto por la Academia, sino solo por querer apreciar las dificultades que las condiciones del programa presentaban.
Sin embargo, afrontara o no el problema propuesto con determinación, lo que sí es cierto es que desde el primer momento hubo un flujo constante de correspondencia con Legendre, que ejerció como su valedor, en la misma medida que Laplace apostaba muy firmemente por Poisson. En esas cartas, Sophie le iba mostrando sus progresos, tanto en el estudio de los planteamientos de Euler como en sus avances en el caso de las placas.
Sophie Germain, como se ha dicho, se basó en varios resultados del estudio que hizo Euler sobre el caso de la vibración de una varilla. Euler había definido una ecuación diferencial que reflejaba el comportamiento de cada punto de una varilla unidimensional. Esa ecuación diferencial era de grado cuatro y admitía una gran variedad de soluciones; entre ellas, Euler escogía aquellas en las que cada punto describía una trayectoria ascendente y descendente similar al movimiento de un péndulo, lo que se conoce como «movimiento vibratorio regular». Al margen de ello, era necesario fijar ciertas condiciones en la varilla y el matemático consideró varios casos. Dos de ellos fueron de especial interés para Sophie, puesto que son los que trató de ampliar.
En el primer caso, la varilla está fijada por sus extremos admitiendo rotación, así que esos extremos lo único que fijan es su posición, en contra de la fijación total, que mantiene los extremos no solo fijos sino horizontales. En el segundo caso, la varilla está sujeta a uno de los dos extremos con una fijación total y al otro está sostenida de tal forma que permita girar. Euler se planteó cada uno de estos dos casos, pero de tal forma que también se fijaba la varilla por un tercer punto, así se quedaba sujeta por tres puntos: los dos extremos y uno intermedio. Euler solo estudió el caso en el que dicho punto intermedio es el centro de la varilla y Sophie amplió dicho resultado, intentando estudiar para cualquier fracción racional de la longitud de la varilla. Sin embargo, encontró dificultades en extender los razonamientos de Euler para el segundo de los casos y se puso en contacto con Legendre en enero de 1811, exponiéndole sus avances en el primer caso y sus dificultades en el segundo. Legendre le respondió con prontitud, pero en su carta no solo dudaba de su solución extendiendo el resultado de Euler en el primer caso, sino que criticaba incluso la labor de este. En realidad, Legendre estaba equivocado y tanto la solución parcial de Euler como la de Sophie eran totalmente válidas, aunque es posible que un tanto confusas en sus demostraciones. Pero, de nuevo, apareció el carácter de Sophie Germain y a pesar del gran respeto que le tenía a Legendre, no aceptó sus críticas y mantuvo, con razón, que sus soluciones eran válidas. Tan solo una semana después de la primera carta de Legendre a Sophie, ella ya había respondido a la crítica que se le hacía y Legendre había admitido su error. Ante una nueva carta de la matemática, el miembro de la Academia respondió que ahora había leído con más atención la obra de Euler, señalando algunos errores de Germain, pero que, por otra parte, se sentía cansado en general del problema.
Finalmente, gracias a los consejos de Legendre y ampliando los estudios de Euler, Sophie remitió su obra para que fuera considerada para el gran premio extraordinario de la Academia el 21 de septiembre de 1811, diez días antes de que se acabara el plazo para concursar.
RESOLUCIÓN DE LA PRIMERA CONVOCATORIA DEL PREMIO DE LA ACADEMIA
Aunque la entrada al concurso era anónima, parece muy claro que algunos de los miembros del jurado conocían la identidad de la única participante. En cualquier caso, mostrando cierta ansiedad, Sophie Germain le escribió a Legendre preguntando por noticias. La respuesta de este, el 22 de octubre de 1811, daba toda la información necesaria y posiblemente secreta:
Señorita,
Su memoria no se ha perdido; es la única que hemos recibido sobre el problema de la vibración de las superficies. Ayer designamos a cinco comisionados para examinarla. Tengo el honor de ser uno de ellos. M. Laplace, Lagrange, Lacroix y Malus son los otros cuatro. No he dicho nada; le aconsejo, así, guardar silencio hasta que se haga un juicio definitivo.
Soy, con todos los sentimientos que usted conoce, su devoto siervo.
Legendre
La cantidad de información que contenía esa carta es inmensa a pesar de sus pocas líneas. En primer lugar, Legendre comunica a Sophie que no hay más contendientes y, además, le pide un secretismo que él mismo está lejos de guardar. Más adelante, el 10 de noviembre de ese mismo año, el matemático volvió a romper ese secreto con otra carta muy significativa en la que informa a Germain de la suerte que puede correr un suplemento que esta le había enviado directamente.
Señorita,
Su memoria está circulando. Lacroix la tenía en sus manos el lunes pasado. Mañana averiguaré a quién se la ha pasado y añadiré el suplemento. Los comisionados entonces juzgarán si tomar en cuenta este suplemento o no. Además, me ocuparé de que el señor Lagrange no se demore en leerlo todo.
No hay ninguna dificultad, creo, en el caso particular en que el péndulo tiene la velocidad requerida para subir a la extremidad de su diámetro vertical. El cálculo demuestra que requiere un tiempo infinito para que el péndulo llegue a este punto. Y allí su movimiento desaparecerá.
Mademoiselle, en el respeto de mis sentimientos más distinguidos.
Legendre
Aunque los mensajes originales de Sophie Germain que motivaron estas respuestas no se conservan, parece claro que la primera memoria que entregó no estaba totalmente completa o al menos ella lo consideraba así y se tomaba con gran interés todo lo que tuviera relación con el premio.
Aunque el anuncio de la resolución del jurado debía hacerse público en enero de 1812, un mes antes Sophie Germain ya conocía el resultado, ya que el 4 de diciembre de 1811 Legendre le escribió una carta en la que le informaba que no era portador de buenas noticias y que la ecuación principal que ella había desarrollado para modelar el problema de la vibración no era correcta. También, en la misma carta, Legendre le informa que Lagrange había deducido siguiendo su razonamiento una ecuación que sí parecía correcta, dándole argumentos que justificaban su afirmación de que las noticias no eran buenas. Efectivamente, la ecuación diferencial propuesta por Lagrange es la que hoy en día proporciona la base para el análisis de los casos estáticos y dinámicos del análisis de láminas. Pero cabe aclarar que el propio Lagrange siempre afirmó que llegó a la ecuación correcta a través de los razonamientos de Sophie, así que parte del mérito le correspondía también a ella. Es más, él mismo asumió uno de los puntos de partida fundamentales de la memoria presentada por la matemática y es que las fuerzas que determinan la vibración dependen funcionalmente de la curvatura de la lámina. El problema es que esta enunciación de Sophie no estaba tampoco suficientemente justificada en su memoria. Después de esas noticias, era de esperar que la única aspirante al premio especial de la Academia no obtuviera el galardón. Sin embargo, no todo fueron malas noticias, ya que a la vez que el premio se declaraba desierto, se reconocía que no se había tenido tiempo suficiente para presentar un trabajo de calidad, así que se concedía una prórroga, abierta a nuevos concursantes, y que permitía la entrega de memorias hasta comienzos de octubre de 1812.
SEGUNDA CONVOCATORIA DEL PREMIO
Así, para su segundo intento para ganar del premio de la Academia, Sophie Germain tenía que superar fundamentalmente dos dificultades. En primer lugar, justificar que las fuerzas involucradas tenían una relación con la curvatura de la placa y, por otra parte, resolver los errores que había cometido para pasar del caso uno dimensional al dos dimensional. En realidad, los pasos necesarios para generalizar desde el punto de vista técnico las ecuaciones de Euler y aumentar en uno la dimensión habían sido publicados en el libro de Lagrange Mécanique analytique (Mecánica analítica), así que la segunda de las tareas era relativamente simple, solo era cuestión de estudiar detenidamente dicho libro y comprender los métodos en él expuestos. Pero determinar la forma en que la fuerza elástica dependía de las curvaturas principales era un problema mucho más difícil. Lagrange no había tenido éxito en esto, si es que lo había intentado, y tanto Poisson como el matemático e ingeniero Claude-Louis Navier (1785-1836) se enfrentaron a este punto. Pero existía un tercer problema: la resolución de la propia ecuación diferencial de Lagrange que Legendre había proporcionado a Sophie, quien se encontraba con la dificultad de que su formación autodidacta, que había estado conducida principalmente hacia la teoría de números, no tenía la profundidad suficiente para afrontar con éxito ese tercer reto.
Evidentemente, dos de las tres dificultades que afrontaba Sophie Germain eran meramente técnicas y solo consistían en adquirir la pericia suficiente en cuestiones en las que otros matemáticos de su época podían desenvolverse, como le había demostrado Lagrange, aunque ello le llevaría a obtener resultados inéditos. Sin embargo, el tercero de los obstáculos —ligar las fuerzas involucradas con la curvatura— iba más allá y era la principal tarea que tenía que afrontar si quería triunfar en esta segunda convocatoria.
La solución de Euler del problema de la varilla vibrante pasaba por relacionar las fuerzas con la curvatura de la varilla. Si se aproxima una varilla por una curva C, se puede definir la curvatura de forma intuitiva. Basta con aproximar cada punto P de la curva a la circunferencia que mejor se ajuste a la curva alrededor de dicho punto (lo que se consigue derivando dos veces) y se define la curvatura como el inverso del radio, r, de dicha circunferencia (figura 1). De este modo, si se está en una recta, la circunferencia que la aproxima tiene radio infinito y la curvatura se define como 0.

La circunferencia de radio r es la que mejor se aproxima a la curva en el punto P, y con r se determina la curvatura de la curva en P.
En el caso de las superficies, el problema es más complejo y hay distintos modos de medir el grado en el que una superficie «se curva» en un punto dado. Uno de los métodos es considerar las curvaturas de las curvas que se obtienen al cortar la superficie por los distintos planos perpendiculares a ella que contengan al punto. Si se supone que la superficie se puede derivar, en cada punto se tiene un plano tangente a la superficie y, por tanto, un vector perpendicular a dicho plano, lo que se conoce como el «vector normal». Así pues, si se consideran todos los planos que contienen a la recta que definen el punto y el vector normal, cada plano cortará a la superficie en una curva que contiene al punto en cuestión, si se dan las curvaturas de cada una de dichas curvas. De este modo, se está definiendo de alguna forma la curvatura de la superficie en cada punto. Naturalmente, esto entraña la dificultad de que para cada plano se obtiene una curva con curvatura distinta. Por ejemplo, en el caso del cilindro, si se corta en un punto de tal forma que se obtenga una circunferencia, se consigue la máxima de las curvaturas, y si se corta perpendicularmente, se obtiene una recta que tiene curvatura 0. Sophie definió la que actualmente se conoce como «curvatura media», que es exactamente la media entre la mayor y la menor de las curvaturas siempre dadas por planos perpendiculares (figura 2) y con ella elaboró su memoria.

Cada uno de los planos principales, al cortarlos con la superficie, da lugar a sendas curvas. Las curvaturas principales de la superficie son las curvaturas de esas dos curvas.
Parece ser que, en contra de lo que ocurrió con la primera convocatoria del premio, en su segundo intento Sophie estuvo trabajando de forma muy privada y poco a poco fue ganando una gran confianza en sí misma, porque comprobaba que sus ecuaciones predecían los patrones de Chladni con mucha precisión. Esa confianza consigo misma contrastataba con un incremento de la desconfianza con respecto a los jueces. Por una parte Lagrange, que era uno de los que más podía llegar a apreciar su labor, había muerto en abril de 1813, y por otra, parece evidente que se había producido un distanciamiento entre ella y Legendre.
La nueva memoria, de más de cien páginas, se recibió el 21 de septiembre de 1813 y de nuevo fue la única presentada. En este sentido, es sabido que Poisson estaba trabajando en el problema pero, al haber conseguido una plaza en la Academia, ya no le urgía ganar el premio para su promoción, así que pasó a formar parte del jurado que decidiría sobre el trabajo de Sophie, junto a Laplace, Lacroix, Legendre y el matemático Lazare Carnot.
La primera parte de la memoria estaba dedicada a justificar que la ecuación diferencial correcta era la que ya dedujo Lagrange a partir de su primera memoria, aunque no daba argumentos convincentes y estaba llena de errores y de suposiciones cuanto menos atrevidas y poco fundamentadas. Una vez aceptada la ecuación, se trataba de encontrar soluciones y en este campo, que en la primera memoria presentaba también ciertas carencias, se observa que todo estaba mucho más fundamentado. Así, presentó cuatro formas de soluciones.
POMPAS DE JABÓN
Si se introduce un bastidor de alambre en una disolución de agua con jabón, al sacar el bastidor se obtiene una lámina de jabón. Se puede demostrar que esa lámina toma la forma de una superficie que, entre todas las que cubren el hueco del bastidor, es la que tiene un área mínima. Pero, además, se da una característica sorprendente: dicha superficie tiene curvatura media, como la que definió Sophie Germain, igual a 0. Esto es debido a que se puede demostrar que las superficies que minimizan el área son aquellas con curvatura media nula. Sin embargo, si se hace una pompa de jabón, no es esa la propiedad que tiene la superficie de la pompa, pero sí algo muy similar: las pompas de jabón describen superficies de curvatura media constante. Aunque pueda parecer solo y exclusivamente un divertimento, las superficies que tienen curvatura media 0, denominadas «superficies minimales», tienen mucha importancia en relación con otras disciplinas. Así, para demostrar diversos resultados de superficies minimales se puede recurrir a simulaciones del movimiento browniano en ellas. También existe una relación con los agujeros negros y su horizonte de sucesos, más concretamente con el llamado «horizonte aparente», y en ingeniería molecular y ciencia de los materiales, ya que por sus propiedades desempeñan un papel importante en objetos autoensamblantes. También, en arquitectura ha habido mucho interés en las estructuras de tensión o arquitectura textil, que están estrechamente relacionadas con superficies mínimas. Un ejemplo famoso es la cubierta del Estadio Olímpico de Múnich, de Frei Otto (1925-2015), inspirado en superficies de jabón.

Estadio Olímpico de Múnich.
Una ecuación diferencial es una ecuación que liga mediante operaciones algebraicas a una función con algunas de sus derivadas. Las ecuaciones diferenciales constituyen un campo fundamental dentro de las matemáticas y sus aplicaciones, ya que multitud de fenómenos en física, química, ingeniería y otras ciencias pueden modelarse con ecuaciones diferenciales. Cada una de las soluciones de una ecuación diferencial representa una curva (si es una ecuación en una única variable) que se puede representar en el plano. De este modo, una ecuación diferencial da lugar a toda una colección de curvas o trayectorias. Para fijar cuál de entre todas las soluciones que da una ecuación diferencial es la que se desea, es necesario dar unas condiciones iniciales. Por ejemplo, si un conejo corriera a lo largo del eje Y y soltáramos un galgo en un punto del plano, este describiría una curva de persecución del conejo que dependería de las posiciones iniciales de cada uno y de las velocidades relativas. Justamente estas posiciones y velocidades son las llamadas «condiciones iniciales» que determinan qué solución particular es la que interesa. Por otra parte, en ciertos problemas físicos, como el problema de la cuerda vibrante, además de las condiciones iniciales puede ser necesario introducir otro tipo de condiciones llamadas «de contorno». Por ejemplo, en el caso de las vibraciones de la membrana de un tambor las condiciones iniciales serían la posición inicial y la velocidad inicial de cada punto de la membrana, mientras que la condición de contorno vendría dada por la imposición de que esta esté fijada al bastidor a lo largo de su borde, en todo momento.
Por lo tanto, el primer paso de la memoria de Sophie Germain era encontrar la ecuación diferencial, el segundo integrarla y describir sus soluciones y el tercero establecer unas adecuadas condiciones de contorno. Para ello, de nuevo se basó en los estudios de Euler y dio razones para su paso a dimensión dos. Pero, otra vez, las razones que argumentaba tampoco parecían de gran peso desde un punto de vista matemático.
Una vez que tuvo las soluciones y las condiciones de contorno, la siguiente tarea fue comparar sus soluciones con los patrones proporcionados por Chladni. Sin lugar a dudas, la gran similitud entre sus predicciones y los resultados experimentales fue lo que más favorablemente consideraron los jueces. Parecía claro que las soluciones aportadas por Germain eran bastante ajustadas a la realidad, pero el fallo de su memoria era que no había conseguido justificar razonablemente y con el uso de una matemática rigurosa cómo llegar a las soluciones que proponía.
La propia Sophie tenía que ser consciente de que algunos de los argumentos que aportaba carecían de peso y trató de enviar algún añadido a su memoria y una vez más a través de Legendre. Pero era evidente que la relación con este se había enfriado y su respuesta, en diciembre de 1813, fue muy distinta de las que la matemática autodidacta recibió con ocasión de la primera convocatoria del premio. En cualquier caso, la carta en sí permite vislumbrar bien los fallos de la memoria presentada y trata de dar un avance honesto de lo que puede ocurrir con respecto a la resolución del jurado:
Señorita,
No entiendo en absoluto el análisis que me envía. Hay ciertamente un error en la escritura o en el razonamiento, y me hace creer que no se tiene una idea muy clara de las operaciones de las integrales dobles en el cálculo de las variaciones. Su explicación de los cuatro puntos no me satisface. Lagrange tenía razón al considerar dos elementos consecutivos en la curva elástica y medir la elasticidad por el ángulo de estos dos elementos. No hay elementos análogos en las superficies, o por lo menos aquellos que hemos considerado no son una analogía. Un elemento de la superficie tiene una proyección dxdy. El elemento tiene una proyección de (dx + ddy) (dy + ddy). Estas dos proyecciones son dos cuadrados diferentes. Además, la naturaleza de los planos no se ajusta a estas proyecciones, ya que un plano no pasa por cuatro puntos. Hay una gran falta de claridad en todo esto.
No intentaré señalarle todas las dificultades en una materia que no he estudiado especialmente y que no me atrae. Por lo tanto es inútil ofrecerme a reunirme con usted y discutirlas. Además, el asunto ha terminado. No hay nada más que cambiar en la memoria y, a pesar de toda mi buena voluntad, no puedo hacer nada.
Sin embargo, parece ser que su ecuación es verdaderamente la de la superficie vibrante. Dejando a un lado el análisis, el resto, en cuanto a la explicación de los fenómenos, puede ser válido.
Si la comisión de la Academia fuera de esta opinión, podría, por lo menos, recibir una mención honorable. Pero espero que el análisis incorrecto no perjudique el resto de la memoria y las partes de la misma que son correctas.
En cualquier caso existe la posibilidad de publicar su investigación, restablecer el análisis correcto o minimizarlo, y su trabajo le dará honor. Esto sería quizá lo que se debió haber hecho en primer lugar. Pero le prometo siempre el secreto más profundo, y, si no ha cometido alguna otra indiscreción, será como si la cosa fuera nula y sin valor.
Le ruego acepte mi respeto y completa devoción.
Legendre
Tal y como vaticinó Legendre, la comisión decidió darle una mención honorífica a Sophie Germain y declarar el premio desierto, pero, además, se convocó una nueva edición del premio con un plazo de dos años, fijando la fecha final para recibir propuestas el 1 de octubre de 1815.
TERCERA CONVOCATORIA DEL PREMIO
Por lo tanto, en agosto de 1814 se estaba a medio camino de la finalización del plazo otorgado para la tercera convocatoria del premio extraordinario. Sin embargo, en dicha fecha, durante la sesión de la «Primera Clase», nombre oficial por esa época de la Academia de Ciencias, Poisson comenzó a leer una memoria de su autoría en la que afirmaba que había dado con la solución. Esta llegaba a través de considerar una aproximación molecular en la que la lámina está compuesta por múltiples partículas unidas por una especie de muelles que hacen que busquen una posición de equilibrio ni muy cercanas, ni muy alejadas, tal y como ya había propuesto Laplace en su día.
Anteriormente, Poisson ya había presentado una memoria a la Primera Clase sobre un tema que era objeto de una competencia pública. Eso fue en 1812, antes de su elección como miembro de la Primera Clase, cuando su memoria sobre la distribución de la carga eléctrica en los objetos había ocasionado la retirada de un premio. Ahora, sin embargo, las circunstancias eran diferentes. Poisson se había convertido en un miembro de la Academia y en 1813 había sido uno de los jueces de la competencia para el premio extraordinario. No era costumbre que los miembros de la Primera Clase compitieran por premios que ellos habían establecido. Seguramente la lectura de las memorias de Poisson sobre el análisis de las superficies elásticas vibrantes podría considerarse como una conducta inapropiada y así se lo hizo saber Legendre, que lo interrumpió en su lectura. Después de alguna discusión, Poisson pudo continuar con la exposición de su trabajo, en el que llegaba, según sus palabras, de forma rigurosa a la ecuación de Lagrange, en clara alusión al trabajo de Sophie Germain.
En realidad, hoy en día, no se considera correcto deducir la ecuación de Lagrange mediante métodos moleculares, tal y como hizo Poisson, al margen del poco ético uso que hizo de la información previa de la que disponía. Es aceptable tratar de llegar a una ecuación conociendo de antemano el resultado al que se quiere llegar, pero el mérito de probar que al integrar dicha ecuación, con las debidas condiciones de contorno, se iban a obtener funciones que predecían bien el experimento de Chladni era, evidentemente, de Sophie Germain. Sin embargo, Poisson en su memoria solo decía que la fórmula que él llegaba a deducir aparecía en una entrada anónima al premio extraordinario que había recibido una mención honorífica.
Realmente, puesto que el premio fue impulsado por Laplace para lanzar la carrera de Poisson, entonces incipiente, y ya que este, por una parte, había alcanzado los honores que para él se pretendían y, por la otra, parecía que había resuelto totalmente el problema, después de la publicación de sus trabajos (el único que podía haber probado que su método molecular no tenía mucho sentido era Lagrange, pero había muerto hacía poco), Poisson pretendió que se suspendiera la convocatoria del premio extraordinario.
Se ha de suponer que Sophie quedó muy afectada por el anuncio de Poisson, ya que es sabido que paró en sus esfuerzos por terminar su tercera memoria. Al margen de la validez o no de la aproximación molecular, era evidente que Poisson iba a estar entre los jueces que dictaminaran sobre su memoria en esa tercera convocatoria, y también estaba claro que iba a ejercer una fuerte presión para que no le otorgaran a ella el premio y, con él, la gloria de haber resuelto un problema que Poisson proclamaba de su autoría.
SIMÉON DENIS POISSON

Poisson realizó importantes aportaciones en física y matemáticas, y en esta última destacaron sus trabajos en geometría diferencial y teoría de las probabilidades. Aunque empezó a formarse como cirujano de la mano de un tío suyo, pronto se vio que en la disciplina en la que destacaba notablemente eran las matemáticas. En 1798 ingresó en la Escuela Politécnica de París y dos años más tarde ya tenía publicado el primero de sus muchos trabajos científicos. Grandes matemáticos de su época, como Lagrange, remarcaron su capacidad para las matemáticas y Laplace lo consideró casi como un hijo. Desempeñó numerosos puestos docentes en las instituciones más prestigiosas del país. También obtuvo muchas distinciones y, en algún caso, ejerció su poder para degradar a sus enemigos personales. A pesar de sus muchos deberes oficiales, encontró tiempo para publicar más de trescientas obras, varias de ellas extensos tratados, siendo considerado uno de los matemáticos más prolijos de la historia. La «distribución de Poisson» es una de las principales distribuciones de probabilidad discretas y la probabilidad de que ocurra un determinado número de eventos durante cierto período de tiempo o espacio, si esos eventos ocurren con un probabilidad conocida. Por ejemplo, en el problema: «En un taller el promedio de coches reparados es de 4 coches a la hora. ¿Cuál es la probabilidad de que en 30 minutos se reparen menos de 3 coches?», la fórmula de Poisson es:

donde λ es la probabilidad en el intervalo k y e es el número de Euler = 2,718281… Así, en este caso λ = 2 y, por lo tanto, hay que calcular la probabilidad de que no se repare ningún coche, más que se repare 1, más que se reparen 2:

Sin embargo, el premio siguió adelante, ya que es de suponer que los argumentos dados por Poisson no convencieron a todos, empezando por Legendre, que consiguió que se convocara una comisión que estudiara la situación del premio. Aunque dicha comisión nunca hizo públicos sus resultados, la convocatoria siguió adelante. En cualquier caso, parece ser que se llegó a un acuerdo interno que Legendre comunicó a Sophie: el premio iría a parar a ella si era capaz de producir una memoria sin los fallos anteriores.
El tercer trabajo presentado por Sophie tenía la mitad de la longitud y contenía algunas diferencias significativas. En primer lugar no se limitó al estudio de placas planas, sino que admitió superficies más generales y en ese momento le dio mayor protagonismo a la curvatura media. Es de suponer que hizo esa ampliación para tratar de diferenciarse de los resultados anunciados por Poisson y que se limitaban al caso plano. Además incluyó una última sección en la que describía algunos intentos de experimentos con placas cilíndricas, en las cuales no obtuvo resultados muy concluyentes. Aunque en esta tercera memoria no se corregían las lagunas presentadas en las dos anteriores, es posible que este intento de generalizar los experimentos le diera a la comisión argumentos suficientes para concederle, por fin, el premio extraordinario, y así, la comisión compuesta por Poisson, Laplace, Legendre, el físico y matemático Louis Poinsot (1777-1859) y el físico, astrónomo y matemático Jean-Baptiste Biot (1774-1862) anunció:
La [Primera] Clase ha recibido solamente una memoria, una secuela a la que obtuvo una mención honorable en 1814 y a la cual el autor ha agregado nuevos progresos. La ecuación diferencial dada por el autor es correcta aunque no se ha deducido de una demostración.
Sin embargo, la manera en que se han discutido las integrales particulares que la satisfacen, la comparación con los resultados observados por M. Chladni y, finalmente, los nuevos experimentos intentados en superficies planas y curvas para probar las indicaciones del análisis, la hacen merecedora del premio… La autora es Mademoiselle Sophie Germain, de París.
La ceremonia oficial de proclamación del premio extraordinario fue el 8 de enero de 1816 y a ella no pudo asistir la galardonada, ya que a las sesiones de la Academia las únicas mujeres admitidas eran las esposas de los académicos. Esto cambiaría de forma excepcional para la propia Sophie Germain a raíz de su amistad con Joseph Fourier, al cual conoció ese mismo año y que le consiguió entradas especiales que le permitieron asistir a las sesiones, pero para ello todavía tendrían que pasar siete años más.
Aunque no fue el motivo principal de su trabajo a partir de finales de 1815, Sophie Germain siguió puliendo su memoria en el problema de la vibración y publicó su ensayo premiado a sus propias expensas en 1821, sobre todo porque quería presentar su obra en oposición a la de Poisson. Añadió algún comentario sobre los posibles fallos que su propio método pudiera tener. En 1826 presentó una versión revisada de su ensayo de 1821 a la Academia. La revisión incluía intentos de aclarar su trabajo introduciendo ciertas hipótesis simplificadoras. Esto puso a la Academia en una posición incómoda, ya que sentían que el documento era «inadecuado y trivial». Pero el matemático Augustin-Louis Cauchy (1789-1857), que había sido nombrado para revisar su trabajo, recomendó que lo publicara y ella siguió su consejo. Todavía apareció una publicación más de Germain sobre el tema después de su muerte, pero en dicha última obra se centra mucho más en los aspectos geométricos de las superficies.
Vuelta a la teoría de números
Era evidente que para Sophie Germain el tema de la elasticidad, la deducción de ecuaciones diferenciales que regían fenómenos físicos y todo lo concerniente a sus trabajos matemáticos desde 1809 hasta finales de 1815 no eran el terreno en el que se sentía más confortable, aunque más tarde volvió a trabajar en ello, con vistas sobre todo a reflejar sus estudios en publicaciones. El principal afán de Sophie había sido demostrarle a la sociedad científica que era una matemática de valía y que necesitaba dejar de ser considerada como una curiosidad al margen de la élite matemática de la época. Posiblemente, después de obtener el premio extraordinario, el paso más lógico hubiera sido pelear por conseguir que su trabajo se viera publicado, ya que, en contra de toda lógica, la Academia de Ciencias no llevó a la imprenta la obra ganadora. Puede que ello estuviera determinado por la actitud de Poisson, y la propia Germain sentía que, a pesar de todos sus esfuerzos, seguía sin ser considerada miembro de pleno derecho de la comunidad científica.
Sin embargo, dos hechos vinieron a rescatarla del posible callejón sin salida que hubiera supuesto enfrentarse a Poisson abiertamente y, con él, a la Academia. El primero, su nueva amistad con Fourier, que sucedió a un cierto enfriamiento en su relación con Legendre y, sorprendentemente, en segundo lugar, un nuevo premio de la Academia de Ciencias francesa.
La misma sesión de la Academia que proclamó a Sophie Germain ganadora del premio extraordinario hizo público un nuevo concurso en matemáticas. Nada más y nada menos se galardonaría a aquel que fuera capaz de dar una demostración del último teorema de Fermat.
Y DE NUEVO, GAUSS
Como se ha comentado en el capítulo anterior, Fermat en su copia de la Arithmetica de Diofanto anotó (aunque con otro lenguaje) que la ecuación no xn + yn = zn tenía soluciones enteras positivas en x, y, z para n mayor o igual a 3. En el caso n = 2 existían infinitas soluciones de este tipo, conocidas como «ternas pitagóricas». El propio Fermat había dado una demostración del resultado cuando n = 4 y Euler había manifestado lo propio para n = 3, y aunque su demostración inicial era incorrecta, otros resultados del propio Euler permitieron resolver el caso. Hay que aclarar que si el último teorema de Fermat es cierto para un determinado número mayor que 2, entonces también lo es para todos sus múltiplos, por lo tanto, basta con demostrar el teorema para n = 4 y todos los primos.
Pero, aunque en ochenta años no se había avanzado nada en el problema, en 1816 no se pensaba que una solución fuera incalcanzable. Así que el premio tenía sentido y a Sophie le permitió volver a su amada teoría de números, por tanto tiempo arrinconada. No solo eso, sus avances en el último teorema de Fermat fueron los más destacados hasta el momento y habrían de pasar unos cien años más para ver aportaciones similares.
COLOREANDO TERNAS PITAGÓRICAS
Una terna pitagórica es un trío de números naturales a, b y c que verifican la igualdad a2 + b2 = c2. Es el caso de los números 3, 4 y 5, ya que, 32 + 42 = 52. Aunque se llamen ternas pitagóricas son muy anteriores al matemático griego Pitágoras (569-475 a.C.). Unas cuantas aparecen en la tablilla Plimpton 322, por ejemplo, 4.601, 4.800 y 6.649, que es una terna bastante espectacular. Asimismo, Euclides recogió en el libro los Elementos, escrito hacia el año 300 a.C., buena parte de lo que los pitagóricos habían descubierto sobre ellas. En los años ochenta del siglo pasado, el matemático Ronald Graham (n. 1935) ofreció 100 dólares al que supiera responder a la pregunta: «¿Se pueden colorear los números naturales {1,2,3,…} con dos colores de forma que no haya tres números del mismo color y que formen una terna pitagórica?» Así el 3, el 4 y el 5 no pueden tener los tres el mismo color y lo mismo con todas las demás ternas pitagóricas. En mayo de 2016 apareció un artículo de los científicos Marijn J. H. Heule, Oliver Kullmann y Victor W. Marek en el que demostraban que todos los números hasta 7.824 se podían pintar con dos colores de tal forma que toda terna pitagórica menor que dicho número no es monocromática, pero que eso no era posible para todos los números a partir de 7.825. La demostración de estos autores era asistida por ordenador, pero implicaba también unas reducciones que permitieron que los cálculos fueran factibles, ya que realizar todas las posibles asignaciones de colores es impracticable incluso para todos los ordenadores de la Tierra trabajando simultáneamente puesto que existen 27.825 combinaciones posibles y dicho número es muchísimo mayor que el número de átomos en el universo, que es del orden de 2250.
La tablilla Plimpton 322, desenterrada en Larsa, cerca de Babilonia, y a la que se calculan unos 3.800 años de antigüedad. |
No existen evidencias de que Sophie Germain pretendiera competir por el premio y, desde luego, no presentó ninguna memoria antes de la finalización del plazo establecido por la Academia. Se había fijado en la primera convocatoria que los trabajos tenían que ser enviados antes del 1 de octubre de 1818; puesto que no se recibió ningún trabajo, se amplió el plazo hasta el 1 de octubre de 1820 y al no recibirse nada por dicha fecha, se decidió cancelar el premio. A pesar de no querer participar, parece evidente que la convocatoria animó a Sophie a trabajar de nuevo sobre el tema, incluso reanudó su correspondencia con Gauss diez años después de haberse interrumpido la comunicación entre ellos. En dicha carta, en mayo de 1819, Germain le comunicó al sabio alemán que estaba trabajando en el último teorema de Fermat y, aunque no se dan todos los detalles, parece ser que iba en la búsqueda de una demostración general para todos los casos, en contra de lo que se había avanzado hasta el momento, que era para un par de casos particulares. No consta que Gauss respondiera nunca a esta carta.
LA LEYENDA DE WOLFSKEHL
El premio de la Academia no fue el único asociado al último teorema de Fermat. Existe otro, el premio Wolfskehl que el matemático británico Sir Andrew John Wiles (n. 1953) consiguió en 1995. Este premio está rodeado de una leyenda que muchos aseguran que es totalmente verídica, aunque hay pocos testimonios de ello. Paul Wolfskehl (1856-1906) fue un médico de familia de banqueros que, debido a una esclerosis múltiple, tuvo que cambiar su profesión a la de matemático, a raíz de lo cual quedó atrapado por el último teorema de Fermat, sin conseguir una demostración que tanto anhelaba. Por otra parte, al parecer Wolfskehl se enamoró de una mujer que no le correspondía. Así que su enfermedad, la frustración por no poder demostrar el último teorema de Fermat y el desengaño amoroso le llevaron a planear un suicidio. Pero no de cualquier manera, sino en un día concreto y a una hora determinada, ambos autoimpuestos por él mismo. Según parece, Paul era tremendamente ordenado. Llegado el día, estaba Wolfskehl redactando su testamento y cuando terminó vio que faltaban todavía unas horas para que llegara el momento de suicidarse. Así que decidió pasar ese rato echando un vistazo a un trabajo de Ernst Kummer sobre el último teorema de Fermat. Al darle una vuelta encontró lo que él creía que era un error, por lo que intentó subsanarlo. La cuestión es que se metió tanto en el tema que cuando se dio cuenta se le había pasado la hora del suicidio. La leyenda cuenta que esto hizo recapacitar a Wolfskehl, que rompió el testamento y olvidó a la mujer, y que el hecho de evitar su prematura muerte le llevó a instaurar un premio de 100.000 marcos a quien demostrara que el último teorema de Fermat era cierto, siempre que lo hiciera antes del 13 de septiembre de 2007. Aunque no está clara la razón por la que eligió esa fecha, el plazo lo cumplió de sobra Wiles, por lo que en 1997 cobró el premio.
Paul Wolfskehl. |
Sin embargo, Legendre prestó suma atención a los esfuerzos de Germain por avanzar en el último teorema de Fermat, así que la fue guiando en sus demostraciones, señalando las posibles lagunas, ya que Sophie carecía a veces del rigor que ya se exigía a las matemáticas a principios del siglo XIX, y además, ejerció un papel fundamental cuando abordó casos particulares más que una demostración del teorema general. Sin duda, esta fue la primera ocasión en la que Sophie Germain trabajó con un colega en una colaboración entre iguales, ya que en el caso de las placas Legendre actuó más bien como un guía.
Se puede reconstruir la aportación sobre el tema de Sophie Germain en una memoria publicada por el propio Legendre, Recherches sur quelques objets d’analyse indéterminée et particulièrement sur le thèoréme de Fermat (Investigaciones sobre algunos objetos de análisis indeterminado y en particular sobre el teorema de Fermat), en la que se la menciona en una nota a pie de página.
Lo más importante del plan de Germain para probar el último teorema de Fermat es que fue la primera persona que desarrolló un método que pretendía ser válido para una cantidad infinita de primos, aunque todavía quedarían infinitos primos, en principio, para los que no se conocería la validez del teorema. A la postre, su método era válido, al menos, para todos los primos menores que 100, aunque Legendre consiguió extenderlo para todos aquellos menores que 197.
EL TEOREMA DE SOPHIE GERMAIN
Hasta principios del siglo XIX solo se conocía la validez del último teorema de Fermat para dos valores fundamentales, el 3 y el 4. Se denominan «fundamentales» porque todo múltiplo de un número que verifique el teorema también lo verifica. Esto es fácil de comprobar con el siguiente argumento: si un cierto número p corrobora el teorema significa que xp + yp = zp no tiene soluciones enteras. Si se considera cualquier q múltiplo de p, este será de la forma q = k · p, y de existir tres enteros que confirmen la ecuación de Fermat para q, se deduciría que existen otros tres enteros que la constatan para p. Efectivamente, si a, b y c son esos tres enteros que hacen válida la ecuación de Fermat para q, significa que ak, bk y ck serían otros tres enteros que verificarían la ecuación de Fermat para p, ya que:
(ak)p + (bk)p = akp + bkp + aq + bq = cq = ckp = (ck)p.
Naturalmente, esto era un comentario trivial del que fue muy consciente Fermat desde el primer momento, así que solo había que demostrar el teorema para los números primos y, de ellos, solo se tenía la demostración del 3. Lo grandioso del resultado de Sophie Germain es que daba un método que era aplicable a toda una colección de primos que verificaran cierta propiedad y demostró que todos los primos menores que 100 verificaban esa propiedad. Todo ello forma parte de lo que es conocido como «el gran plan de Sophie Germain para demostrar el último teorema de Fermat». Y se puede afirmar que la matemática parisina fue la primera persona que desarrolló una estrategia general para demostrar dicho teorema, cosa que, hasta entonces, no habían hecho ni Euler, ni Gauss, ni los otros matemáticos que solo se centraron en casos particulares. Para ver ese resultado y la propiedad mencionada hay que conocer algunos conceptos previos, principalmente el de «primos auxiliares», introducidos por Germain.
LOS PRIMOS AUXILIARES
La idea de «primos auxiliares» fue expuesta en la primera de las dos cartas que Sophie Germain escribió a Gauss. Se trata de construir, para cada primo, un conjunto de primos auxiliares. Estos números se basan en la aritmética modular sobre la cual trataba buena parte de la correspondencia original entre Germain y Gauss. Para ella, dado un primo p, un auxiliar suyo tiene que ser otro primo de la forma 2np + 1, siendo n otro entero cualquiera, tal que si se divide xp (para todos los valores de x entre 1 y 2np) por 2np + 1 no se obtienen dos restos consecutivos. Por ejemplo, para comprobar que 11 es un primo auxiliar de 5, el primer paso es calcular x5 para todos los enteros entre 1 y 10:
{15, 25, 35, 45, 65, 75, 85, 95, 105} =
= {1, 32, 243, 1.024, 3,125, 7.776, 16.807, 32.768, 59.049, 100.000}
El siguiente paso es dividir todos esos números por 11 y considerar tan solo los restos. Estos son:
{1,10,1,1,1,10,10,10,1,10} = {1,10}
y como 1 y 10 no son consecutivos, 11 es primo auxiliar de 5.
Para p = 5 el valor de 11 se obtiene en 2np + 1 haciendo n = 1; si se identifican n = 2 se obtiene 21, que no es primo. Para n = 3 se obtiene 31, que sí es primo, pero resulta que si se calculan todas las potencias de x5 para los números comprendidos entre 1 y 30, se dividen dichas potencias por 31, y se consideran los restos, se obtiene {1, 5, 6, 25, 26, 30}; 25 y 26 son consecutivos, por lo tanto, 31 no es primo auxiliar de 5. Se puede comprobar que para 5 los números 11, 41, 71 y 101 son primos auxiliares, entre muchos otros.
LOS DOS CASOS DEL ÚLTIMO TEOREMA DE FERMAT
Precisamente, a raíz de los trabajos de Sophie Germain se vio la conveniencia de dividir el último teorema de Fermat en dos casos para tratar de demostrar cada uno de ellos por separado. Estos dos casos son:
• Caso 1: xp + yp = zp no tiene solución en enteros positivos y tal que ni x, ni y, ni z son divisibles por p.
• Caso 2: xp + yp = zp no tiene solución en enteros positivos y tal que exactamente uno y solo uno entre x, y o z es divisible por p.
Obsérvese que si dos de los valores x, y o z que satisfacen la ecuación de Fermat son divisibles por p, entonces el tercero también lo es y, por lo tanto, se puede reducir, tal y como se ha dicho anteriormente, el problema a potencias que no tengan dicho factor común.
EL GRAN PLAN
El primer resultado importante en el gran plan de Sophie Germain fue la siguiente proposición:
Si p es un primo impar y existe una solución entera de la ecuación de Fermat ap + bp = cp entonces cualquier primo auxiliar de p divide a a, b o c.
Este resultado es cierto y no es difícil de probar y constituyó la primera piedra del gran plan de Sophie. La segunda era tratar de probar que para cada primo existían infinitos primos auxiliares. Efectivamente, si se demuestra que cada primo tiene infinitos auxiliares, entonces se deduce el último teorema de Fermat. La razón es la siguiente: si se supone, por reducción al absurdo, que el último teorema de Fermat es falso, eso significa que existe un primo p para el que existe una solución entera de la forma ap + bp = cp entonces, por la proposición anterior, cualquier primo auxiliar de p divide a a, b o c. Pero si existen infinitos primos auxiliares de p, entonces a, b o c tienen que tener infinitos divisores, pero el número de divisores de cualquier número es finito.
El problema del gran plan de Sophie Germain fue que ella misma se dio cuenta de que no existían infinitos primos auxiliares para cualquier primo. Así, en una carta a Legendre, manifiestó que para n = 3, los únicos primos auxiliares eran 7 y 13. Así que su estrategia no era válida, al menos no para todos los primos.
REDUCTIO AD ABSURDUM
La demostración por reductio ad absurdum (reducción al absurdo) es una técnica de comprobación de resultados muy empleada en matemáticas. Consiste en evidenciar que una proposición matemática es verdadera probando que si no lo fuera conduciría a una contradicción. Un ejemplo típico de reducción al absurdo es el usado por Euclides para demostrar que existen infinitos primos. El matemático griego formuló dicho resultado en la proposición 20 del libro IX de su obra Elementos. Su argumentación seguía el siguiente esquema:
Si el conjunto de los números primos es finito, sean p1, p2 ···, pn todos los números primos. Se considera el producto de todos ellos más uno, q = p1 · p2 · ... · pn +1. Este número es obviamente mayor que 1 y distinto de todos los primos de la lista; además, ninguno de la lista divide a q. El número q puede ser primo o compuesto. Si es primo se tiene un número primo que no está en el conjunto original. Si, por el contrario, es compuesto, entonces existirá algún factor primo p que divida a q(q = pn+1), pero ese p no puede estar en la lista, ya que se ha dicho que ninguno de la lista divide a q. La consecuencia es que el conjunto que se escogió no es el de todos los números primos, porque existen números primos que no pertenecen a él y esto es independiente del conjunto finito que se tome.

Fragmento de los Elementos de Euclides escrito en papiro y hallado en el yacimiento de Oxirrinco, Egipto.
ENUNCIADO DEL TEOREMA DE SOPHIE GERMAIN
Sin embargo, los primos auxiliares sí que son útiles para demostrar un resultado válido relacionado con el último teorema de Fermat y es el conocido como «teorema de Sophie Germain». Lo importante para dicho teorema es que solo es necesaria la existencia de un primo auxiliar, y su enunciado dice:
Si para un primo p existe un primo auxilar q tal que ninguna potencia de p al dividirla por q da p, entonces en cualquier solución entera de la ecuación de Fermat, ap + bp = cp , p2 divide a a, b o c.
Aunque este teorema no sirve para deducir el último teorema de Fermat, como sí ocurriría con el «gran plan» de haber sido válido, sí que vale para encontrar primos específicos para los cuales se verifique el primer caso del teorema de Fermat. Para ello, dado un primo completo, basta con encontrar un primo auxiliar q, tal que ninguna potencia de p al dividirla por q dé el propio p. Naturalmente, los primeros primos que Sophie intentó son aquellos que son de la forma 2p + 1 donde p es primo. Estos son los conocidos como «primos de Sophie Germain». La razón por lo que son tan importantes en su razonamiento es que si 2p + 1 es primo, entonces, forzosamente ha de ser un primo auxiliar de p y, además, se verifica la condición del teorema de Sophie Germain; esto es: ninguna potencia de p al dividirla por 2p + 1, si 2p + 1 es primo, da de resto p. Los primeros primos de este tipo son: 2, 3, 5, 11 y 23 y el mayor conocido hasta principios de 2017 era 2618163402417 x 21290.000 -1, que tiene 388.342 dígitos. Se conjetura que existen infinitos primos de Sophie Germain, pero es un problema que permanece abierto. Estos primos se utilizan en criptografía para sistemas de clave pública que se basen en el uso de par de primos de gran tamaño o en la generación de sucesiones pseudoaleatorias.
LA DEMOSTRACIÓN DEL ÚLTIMO TEOREMA DE FERMAT
Después del trabajo de Sophie Germain y durante el siglo XIX se realizaron diversos progresos en la demostración del último teorema de Fermat. El primero de los intentos de dar una demostración general proviene del matemático francés Gabriel Lamé (1795-1870) y trataba de factorizar la ecuación de Fermat usando números complejos. Como pronto se vio, dicha idea fallaba porque los números complejos no se descomponen de forma única como producto de potencias de primos. Pero usando ese plan, Ernst Kummer sí que dio el primer gran salto adelante a mediados del siglo XIX, probando que el teorema era cierto para todos los números que él llamó «primos regulares», de los cuales aún no se ha demostrado que existan infinitos. Pero quedaban todos los irregulares, que sí se saben que son infinitos. En cualquier caso, las técnicas introducidas por Kummer relacionan el teorema de Fermat con estructuras algebraicas como son los ideales. Los siguientes pasos fueron parciales, aunque gracias a ciertas técnicas y al uso de ordenadores, a principios de los años noventa del pasado siglo se sabía que la conjetura era cierta para exponentes menores que cuatro millones.
La gloria y todos los honores que conlleva el haber demostrado el último teorema de Fermat le corresponden a sir Andrew Wiles, quien desde muy niño estaba obsesionado con el teorema. Sin embargo, al estudiar matemáticas se especializó en curvas algebraicas, o sea, en el estudio de propiedades geométricas de espacios que vienen definidos por ecuaciones. Entonces, a mediados de los ochenta del siglo XX, el matemático alemán Gerhard Frey (n. 1944) esbozó una conexión entre cierta propiedad deseable de las curvas algebraicas, la llamada «conjetura de Taniyama-Shimura», y el último teorema de Fermat y que fue demostrada en 1985 por Kenneth A. Ribet (n. 1948). Fue entonces, cuando Wiles sintió que el anhelo desde su infancia había sido puesto en su área de especialización y desde ese momento se dedicó en cuerpo y alma a intentar demostrar el caso particular de la conjetura de Taniyama-Shimura, que era necesario para obtener el último teorema de Fermat. En 1993 creyó que había conseguido su objetivo, pero se descubrió un fallo en su demostración, que tardó dos años en solucionar con la ayuda de su exalumno de doctorado Richard Taylor (n. 1962).
Andrew Wiles. |
Como p = 3, 5, 11 y 23 son primos de Sophie Germain, de su teorema se deduce que el caso 1 del último teorema de Fermat es válido para estos valores. En otras palabras, si existe una solución entera de la ecuación de Fermat para alguno de ellos, ap + bp = cp, entonces p ha de dividir a a, b o c.
Sophie Germain nunca publicó el teorema que lleva su nombre, pero Legendre sí lo hizo. Al parecer, ella originalmente solo enunció que p, y no p2, dividiría a uno de los tres números solución de la ecuación de Fermat y fue a través de su correspondencia con Legendre como llegó al enunciado antes mostrado.
Es de suponer que estos resultados sobre un teorema al que tantos se habían enfrentado, y seguirían enfrentándose, infructuosamente, le proporcionaría a Sophie más satisfacciones que el propio premio de la Academia. Al fin y al cabo, con el tema del premio ella no sentía estar trabajando en uno de sus temas de mayor interés y muchas de las herramientas necesarias no las había adquirido en su labor de autoformación. Además, aunque había conseguido el premio, este no dejaba de estar acompañado por algunas reservas y Germain era consciente de las carencias de su memoria final.
AMISTAD CON FOURIER
La primera evidencia de la amistad entre Sophie Germain y Joseph Fourier procede de una carta enviada por el matemático en 1816 y, desde entonces, son numerosos los testimonios que atestiguan que su relación fue muy sincera. Los dos compartían un carácter similar —dócil externamente, pero de fuertes convicciones internamente—, y ambos, al contrario de lo que ocurría con el resto de sus colegas, estaban solteros. Ello no les llevó a ningún tipo de aventura amorosa y parece claro que su relación se limitó al terreno de la amistad en todo momento.
JOSEPH FOURIER

Jean-Baptiste Joseph Fourier nació en 1768 fruto del segundo matrimonio de su padre, un humilde sastre, con Edmée Germaine Lebègue. Su niñez estuvo marcada por las dificultades económicas y la pérdida de seis de sus hermanos, quedando huérfano a los diez años, para ser adoptado por Joseph Pallais, organista del templo de Auxerre, quien le procuró mejorar su formación. Estudió en la Escuela Normal Superior de París, donde tuvo entre sus profesores a Lagrange, y Laplace y posteriormente ocupó una cátedra como docente en la prestigiosa Escuela Politécnica. Adicionalmente, Fourier participó en la importante expedición de Napoleón Bonaparte a Egipto en 1798 y muchos años después fue quien introdujo más seriamente a Jean-François Champollion en el tema de la egiptología. En 1817, entró en la Academia de Ciencias francesa y al cabo de cinco años se convirtió en el secretario perpetuo de las secciones de Matemáticas y Física. Hacia 1820, Fourier calculó que un objeto del tamaño de la Tierra y con su distancia del Sol debería ser considerablemente más frío de lo que es realmente la Tierra, y aunque sugirió que la radiación interestelar podría ser responsable de gran parte del calor adicional, también consideró la posibilidad de que la atmósfera actuara como aislante, y es reconocido como la primera persona que propuso lo que a día de hoy se conoce como «efecto invernadero». Murió en París el 16 de mayo de 1830. Una de sus aportaciones matemáticas sigue estando de plena actualidad y se usa en multitud de aplicaciones. Efectivamente, su resolución de la ecuación del calor lo llevó a introducir las llamadas «series de Fourier», que permiten expresar funciones periódicas como combinaciones de senos y cosenos. Los coeficientes que acompañan a dichos senos y cosenos están relacionados con la conocida «transformada de Fourier» y son muchos los usos de ambas herramientas en áreas de la ciencia e ingeniería como la física, la teoría de los números, la combinatoria, el procesamiento de señales, la teoría de la probabilidad, la estadística, la óptica, o la propagación de ondas, entre otras.
Pero había otra cuestión que unía a Fourier y a Germain: ambos habían sido blanco de los ataques de Poisson. Poisson había presentado una memoria poco ética sobre la temática del premio por el que estaba luchando Sophie Germain, pero muchos años antes también había actuado de forma poco amistosa con Fourier. Los dos matemáticos se conocían al menos desde 1802, cuando Poisson fue nombrado profesor adjunto de Fourier en la Escuela Politécnica. Es de suponer que desde esa época, Poisson, que siempre había sido el número uno en sus estudios, desarrolló algún tipo de animadversión hacia Fourier.
El enfrentamiento más claro entre ellos surgió en 1808. Posiblemente la aportación más importante de Fourier fue su Mémoire sur la propagation de la chaleur dans les corps solides (Memoria sobre la propagación del calor en los cuerpos sólidos), que había presentado ante la Academia en 1807, aunque la presentaría corregida de los errores que tenía años después, en 1822. En ella desarrollaba algunas herramientas fundamentales que aún hoy en día se siguen utilizando en campos muy diversos, como la transformada de Fourier o las series de Fourier. Pero, por otra parte, dicha memoria tenía algunos puntos flacos en la solidez de sus argumentos y así lo observó la comisión encargada de examinarla. Lo curioso del caso es que dicha comisión la componían Lagrange, Laplace, Monge y Lacroix, pero el que elaboró el informe, en 1808, fue Poisson —que ni siquiera era miembro de la Academia— y se centró principalmente en los aspectos negativos de la memoria, posiblemente por algún resquemor de cuando Fourier era su superior y porque lo consideraba un rival para entrar en la Academia. Finalmente, Poisson entró en la Academia en 1811, mientras que Fourier no lo hizo hasta 1817.
La rivalidad, aunque no directa, entre Fourier y Poisson continuó cuando el primero decidió presentarse al puesto de secretario permanente de la Academia, a finales de 1822. Aunque Poisson no compitió por el puesto, sí lo hizo uno de sus protegidos, Jean-Baptiste Biot. Por alguna carta del propio Fourier a Sophie Germain, se sabe que esta hizo campaña bastante activa por su amigo. Finalmente Fourier consiguió imponerse al protegido de Poisson y, poco después, en uno de sus primeros actos como Secretario permanente, le escribió otra carta a Germain comunicándole que cada vez que deseara asistir a una de las sesiones de la Academia podría hacerlo y que para ello ponía a su disposición «uno de los asientos reservados en el centro de la sala». Curiosamente, poco antes de la elección de Fourier, su antecesor en el cargo le había escrito a la propia Sophie Germain haciéndole ver la imposibilidad de conseguir uno de los asientos que ahora se le brindaban, ya que estaban reservados para los dignatarios y las esposas de los académicos.
En esta misma época, a principios de los años veinte del siglo XIX, fue cuando Sophie preparó sus manuscritos sobre el trabajo ganador del premio de la Academia de Ciencias para su publicación, ya que la Academia no había hecho en su momento. Por la numerosa correspondencia entre ellos, es evidente que era Fourier el que la animaba y ayudaba y no Legendre. Fourier trataba de conseguir que la deducción de la ecuación, que era uno de los puntos débiles del trabajo de Germain, tuviera más base que en la memoria original. Pero es evidente que este no era el campo en el que Sophie se sentía más confortable y esas lagunas permanecieron en la forma final. A lo largo de todo el preámbulo del trabajo de la matemática se hace referencia a Poisson sin citarlo, en la misma medida que él había ignorado a Germain.
En general, la memoria de Sophie obtuvo un buen recibimiento, se valoraba su capacidad de predecir los patrones y, en algún caso, se criticaba ligeramente la forma de justificar las ecuaciones. Pero matemáticos muy destacados, tales como Cauchy, Navier, Legendre o el matemático y astrónomo Jean-Baptiste Joseph Delambre (1749-1822), hablaron positivamente sobre ella. Aunque todos ellos hicieron ver, de una u otra forma, las carencias de la obra.
Es muy posible que estas críticas, pese a venir acompañadas de elogios, hicieran mella en Sophie, ya que, dada su condición, que le impedía participar en los debates científicos de igual a igual, no pudo rebatirlas, al margen de que contenían una gran parte de verdad. A todo ello, por esas fechas fueron apareciendo unos cuantos trabajos que solucionaban de forma mucho más satisfactoria el problema de la vibración de placas, viniendo a echar sal sobre las heridas de Sophie y, desde entonces, su interés en producir nuevas matemáticas decreció notablemente.
Curiosamente, el primero de dichos trabajos es del propio Fourier y, en realidad, no contradice en absoluto las aportaciones de Sophie, sino que proporciona otras herramientas. Efectivamente, ya desde 1818, en una serie de aportaciones, Fourier demostró que el movimiento de la placa podía ser puesto como una suma de senos y cosenos, en el tipo de suma infinita conocidas como «series de Fourier». En realidad lo que aportaba este trabajo era una aplicación más de su técnica, que ya había usado en la ecuación del calor y que fue usada en multitud de casos más hasta nuestros días.
Sin embargo, quien sí dio una interpretación mucho más completa, y que es la considerada actualmente como satisfactoria, fue Claude-Louis Navier. El matemático también tuvo sus problemas con la Academia, puesto que la evaluación de su memoria se dilató sobremanera en el tiempo y, mientras tanto, uno de los evaluadores, Cauchy, presentó un trabajo muy similar que trató de imponer dado su prestigio. Cabe destacar que el propio Navier en su memoria, que finalmente tuvo que publicar al margen de la Academia, agradecía el trabajo de Sophie Germain como una precursora y motivadora del suyo.
En cualquier caso, a pesar de estos trabajos y de sus lagunas en la materia, Sophie, posiblemente movida por el orgullo, todavía mandó una memoria más a la Academia sobre el tema, tratando de estudiar casos más generales como considerar distintos grosores de la placa, con lo cual se aproximaba más a los casos reales. Pero su nuevo trabajo seguía presentando las lagunas de los anteriores y, además, Poisson se aseguró de ser uno de los evaluadores, así que el resultado no tardó demasiado en llegar y fue negativo, como era de esperar. Este sería el último esfuerzo de Sophie en realizar una aportación original en el campo de las matemáticas.
Filosofía y psicología
Sophie Germain fue una hija de la Enciclopedia, que, si bien nació a mediados del siglo XVIII, durante los borbones, fue el impulso que llevó a muchos intelectuales a oponerse a la monarquía y supuso el germen de la Revolución. La actividad cultural que empezó a despertar su curiosidad era fruto del ambiente que se vivía en su hogar, con un padre que, aunque nunca en primera línea, fue partícipe y tenía amistades entre los protagonistas de la Revolución.
Naturalmente, la deriva del período del Terror supuso un freno para todo, pero duró relativamente poco, desde septiembre de 1793 hasta la primavera de 1794, y cogió a Sophie siendo aún una adolescente. Su época más activa se sitúa entre 1798 y 1820, y buena parte de esos años transcurren bajo el mandato de Napoleón Bonaparte, que gobernó desde 1804 hasta 1814 y, después, durante un período de cerca de cien días en 1815. A pesar de dejar sin efecto algunos de los avances democráticos conseguidos durante la Revolución, hecho que ya había ocurrido de forma muy acusada durante el Terror, Napoleón siempre quiso la supremacía de Francia en todos los campos, y en el científico muy especialmente. Ello motivó que no solo franceses llegados de cualquier punto del país se concentraran en la capital, sino que el ambiente científico parisino se viera enriquecido con extranjeros como Alexander von Humboldt (1769-1859), quien entre 1804 y 1827 se estableció en París, a pesar de que su país, Prusia, del que recibía un salario como consejero del rey, estuvo en guerra con Francia durante parte de ese período. No consta que Humboldt estableciera relación con Sophie a pesar de que el prusiano, en su frenética actividad, tuviera por costumbre frecuentar a todo tipo de gente interesada en las distintas disciplinas científicas. Sí que se se sabe que en sus viajes visitó Inglaterra y, en repetidas ocasiones, a Mary Sommerville (1780-1872), una matemática autodidacta al igual que Sophie.
Naturalmente, ese ambiente propició que las mentes curiosas como la de Sophie Germain se interesaran no solo por una disciplina, sino por toda la ciencia en general. Además, durante un cierto período, la Academia de Ciencias estuvo fundida con el resto de las instituciones similares, como la de Francés y Literatura, así que la corriente favorecía la multidisciplinariedad. Por ello, no debe de extrañar que Sophie no estuviera interesada únicamente en las matemáticas, y que sus lecturas e intereses abarcaran horizontes mucho más amplios.
MALOS TIEMPOS PARA LA CIENCIA
Si bien está claro que en esos años el ambiente era sumamente propicio al intercambio de ideas y a la incentivación de nuevos descubrimientos, aunque las lecturas y los estudios de Germain fueran amplios, lo que trascendía al exterior se centraba en las matemáticas. Pero, durante un corto período en 1814 y después de los «Cien días» de Napoleón, se impuso la Restauración borbónica en Francia y los borbones volvieron a reinar. Aunque los gobiernos de Luis XVIII (entre 1814 y 1824) y Carlos X (entre 1824 y 1830) tuvieron que aceptar algunas de las realidades surgidas con la Revolución francesa que estaban muy consolidadas en la sociedad, como la monarquía constitucional o el parlamentarismo, este período se caracterizó por una profunda transformación de la vida política y social en Francia. Así, esos años estuvieron marcados por una aguda reacción conservadora y por el restablecimiento de la Iglesia católica como poder en Francia, no solo político, sino también dictador de moral y opuesto a muchos avances científicos. Ello motivó que el ambiente científico de intercambio de ideas y, sobre todo, la incentivación de la exploración de nuevos campos se vieran si no interrumpidos, muy frenados. Algunos de los sabios europeos que se habían establecido en Francia durante muchos años, como Humboldt, acabaron marchándose ante el cambio de ambiente que se percibía en la capital del reino.
Todo esto viene a significar que en buena parte de los años veinte del siglo XIX se dieron las circunstancias adecuadas tales como cierto cansancio o madurez de Germain (según se quiera ver desde un punto de vista más negativo o positivo) o un ambiente general menos propicio hacia el intercambio de ideas en las ciencias, para que Sophie abandonara su afán por obtener nuevos resultados matemáticos y tratara de ampliar sus horizontes. Para ello, también es muy posible que influyera un acontecimiento más positivo, como era que desde que Fourier fue nombrado secretario permanente de la Academia, Sophie podía asistir sin problemas a las reuniones que tenían lugar en su sede central.
Desde esa madurez, Sophie Germain elaboró una teoría más o menos unificadora del proceso de creación tanto en las ciencias como en las artes y trataba de encontrar los puntos en común que podían existir entre dichas disciplinas, a veces tan dispares.
Sus escritos filosóficos no aparecieron publicados hasta después de su muerte y no está claro en qué medida Sophie deseaba su publicación. Los manuscritos fueron encontrados por su familia, y su sobrino Armand Lherbette (1791-1864) les dio forma y los publicó.
Estos escritos fueron agrupados en dos obras, una de ellas más ambiciosa, Considérations générales sur l’état des Sciences y des Lettres (Consideraciones generales sobre el estado de las ciencias y las letras), y la otra, Pensées diverses (Pensamientos diversos), que es más, tal y como su nombre indica, una recopilación de diversas reflexiones sin un hilo conductor entre ellas.
ENTORNO FILOSÓFICO DE SOPHIE GERMAIN
La corriente filosófica dominante en Francia en el tiempo en que se supone que Sophie Germain escribió sus Considérations era el positivismo. Dicha escuela se basaba en no admitir como válidos científicamente otros conocimientos, sino los que proceden de la experiencia, rechazando, por tanto, toda noción a priori y todo concepto universal y absoluto. Es evidente que las matemáticas más abstractas ejercieron una influencia determinante sobre dicha línea de pensamiento y así el hecho es la única realidad científica, y la experiencia y la inducción, los métodos exclusivos de la ciencia.
El término «positivismo» fue utilizado por primera vez por el filósofo y matemático francés del siglo XIX Auguste Comte (1798-1857), pero algunos de los conceptos positivistas se remontan al británico David Hume (1711-1776), el francés Saint-Simon (1760-1825) y el alemán Immanuel Kant (1724-1804), aunque buena parte de los adscritos al positivismo dedicaron varias obras a refutar a este último.
Comte eligió la palabra positivismo sobre la base de que señalaba la realidad y la tendencia constructiva que él reclamó para el aspecto teórico de la doctrina. En general, se interesó por la reorganización de la vida social para el bien de la humanidad a través del conocimiento científico, y por esta vía, del control de las fuerzas naturales. Los dos componentes principales del positivismo, la Filosofía y el Gobierno (o programa de conducta individual y social), fueron más tarde unificados por Comte en un todo bajo la concepción de una religión, en la cual la humanidad era el objeto de culto. Numerosos discípulos de Comte rechazaron, no obstante, aceptar este desarrollo religioso de su pensamiento porque parecía contradecir la filosofía positivista original. Muchas de las doctrinas de Comte fueron más tarde adaptadas y desarrolladas por los filósofos sociales británicos John Stuart Mill (1806-1873) y Herbert Spencer (1820-1903), así como por el filósofo y físico austríaco Ernst Mach (1838-1916), y se puede considerar el positivismo como la corriente precursora de la sociología.
ARMAND LHERBETTE
El hijo de Marie-Madelaine Germain, hermana mayor de Sophie, y el notario Charles Lherbette fue político y jurista. Nació el 16 de septiembre de 1791 en París y murió el 28 de de mayo de 1864, también en la capital francesa. Tuvo una carrera relativamente brillante como abogado y en la que destacó por sus ideas liberales. Apoyó inicialmente la Monarquía de Julio, una monarquía constitucional liberal en Francia bajo el reinado de Luis Felipe I, que comenzó con la Revolución de Julio de 1830 y terminó con la Revolución de 1848, lo cual le llevó a ser nombrado por el rey fiscal en Bernay a finales de 1830, pero renunció rápidamente, convirtiéndose en un oponente de la monarquía a la que consideraba insuficientemente democrática. Fue diputado por el departamento de Aisne (en la región de la Picardía) desde 1831 hasta 1850, primero como opositor de izquierda a la monarquía y, a partir de 1848, con la Segunda República, entre los bancos de la derecha.
La pintura La Libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix (1798-1863) , homenaje a los insurrectos en París el 28 de julio de 1830. |
Los primeros escritos de Comte aparecieron en los años veinte del siglo XIX, justamente en el período en el que Sophie Germain dejó de producir obra original en matemáticas. Pero Comte no era el único filósofo que marcaba las tendencias en los círculos parisinos, sino también alguien tan influyente como el filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), quien, entre 1819 y 1827, viajó a Weimar, Bruselas, los Países Bajos, Leipzig, Viena a través de Praga y París, donde fue recibido con veneración por los círculos filosóficos.
CONSIDERACIONES SOBRE EL ESTADO DE LAS CIENCIAS Y LAS LETRAS
Aunque se enmarcaba dentro de la corriente del positivismo, la obra principal fuera de las matemáticas de Sophie Germain, Considérations générales sur l’état des Sciences y des Lettres (Consideraciones sobre el estado de las ciencias y de las letras), es mucho más introspectiva y algunos autores la han clasificado como un trabajo precursor de la psicología. La obra, tal y como fue publicada, consta de dos capítulos. El primero es una mera introducción y viene a ocupar un diez por ciento del total, y en ella presenta la tesis que desarrolla y justifica a lo largo de todo el escrito. El conjunto de la exposición está recogido en el segundo capítulo, que abarca el resto del trabajo.
La tesis general que desarrolla Germain a través de Considérations es que aunque parezca que las ciencias y las letras están muy alejadas, en realidad los procesos mentales que llevan a una obra de ciencias o a una artística son muy similares. Para ello, trata de mostrar que algunas de las virtudes que se reconocen al buen artista, sobre todo partiendo del ejemplo de la literatura y, más concretamente, de la poesía, también están presentes en la labor del científico. Naturalmente, esto no es una idea totalmente original por su parte, ya que algunos escritores anteriores ya habían suscrito dicha teoría, como Nicolas de Condorcet (1743-1794), quien en su obra Esquisse d’un tableau historique des progrès de l’esprit humain (Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano) escribió: «Ignoran que Arquímedes y Euler han puesto en sus obras tanto como Homero y Ariosto mostraron en sus poemas». Es evidente que Sophie Germain conocía dicha obra y de ella tomó algunas ideas.
AUGUSTE COMTE: FILÓSOFO, SOCIÓLOGO Y ALTRUISTA

Comte nació en Montpellier el 19 de enero de 1798. Desde muy temprana edad rechazó el catolicismo tradicional y también las doctrinas monárquicas. Ingresó en la Escuela Politécnica de París en 1814 pero fue expulsado dos años después por haber participado en una revuelta estudiantil. Durante algunos años fue secretario particular del teórico socialista Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon, cuya influencia quedaría reflejada en algunas de sus obras. Creó la palabra «altruismo» y se puede decir que dicha invención determinó parte de su vida ya que, por ejemplo, dio clases gratuitas de astronomía y escribió una enciclopedia de varios tomos, todo para mejorar un mundo avaro en el que él solo se empobreció. Sus ideas tuvieron tal influencia que la fundación de algunos países, como Brasil, estuvo basada en su ideario. En la bandera y el escudo de dicho país se lee «Orden y Progreso», parte de la tríada filosófica de Comte: «Altruismo, Orden, Progreso». La idea básica de Comte era que todas las ciencias formaban una jerarquía, de manera que cada estadio dependía del anterior de acuerdo con la complejidad de los fenómenos estudiados. En la base estaban las matemáticas, seguidas de la mecánica, la física, la química, la biología y, por último, encabezando la pirámide de las ciencias, se encontraba la ciencia de la sociedad, o sea, la sociología. Comte vio en esta ciencia las respuestas a los problemas del hombre y la sociedad en contraposición a algunas de las ideas que generaron la Revolución francesa, como las de Voltaire y Rousseau, a los que acusaba de generar utopías metafísicas irresponsables e incapaces de otorgar un orden social y moral a la humanidad. Los últimos años del pensador francés quedaron marcados por la alienación mental y las crisis de locura en las que se sumía durante prolongados intervalos de tiempo. Poco antes de su muerte, su obra desembocó en una «religión de la humanidad» y Comte se erigió en el sumo sacerdote. Finalmente, el 5 de septiembre de 1857 falleció en París.
Aunque ese era el pensamiento general que repitió en diversas ocasiones, la verdad es que cuando se refería a ciencias se centraba en las matemáticas casi exclusivamente. Pero debe tenerse en cuenta que Sophie Germain aceptaba la estructura de la ciencia que propuso el positivismo y en ella la matemática constituía la base de todas las ciencias y, por lo tanto, lo que se decía en cuanto a característica necesaria para la creatividad en matemáticas se aplicaba, en alguna medida, al resto de las ciencias. Igualmente, cuando hablaba de artes, se solía limitar a la literatura, y en ambos casos se apoyaba en hechos que entendía que todos aceptan más que en citas o ejemplos concretos. Para justificar su tesis, Sophie Germain realizó un recorrido por la historia de la invención humana, tanto científica como artística. En dicha exposición trató de mostrar que siempre se ha caminado hacia ideas más abstractas partiendo, en los primeros pasos, de cosas concretas, cercanas, tangibles. Así, los primeros relatos no eran más que reproducciones de hechos acontecidos realmente y las manifestaciones iniciales de la ciencia no eran más que constatación de fenómenos cercanos. Naturalmente, este proceso hacia la abstracción no era una idea enteramente original de Sophie Germain y ya había sido manifestada en alguna ocasión por otros autores como el pensador alemán Goethe (1749-1832).
LA PARADOJA DE CONDORCET
Nicolas de Condorcet (1743-1794) fue un filósofo, científico, matemático, político y politólogo francés en cuya obra se puede ver un antecedente de las Considérations de Sophie Germain. En el campo de las matemáticas, al margen de ciertos estudios sobre cálculo infinitesimal, es conocido hoy en día por la llamada «paradoja de Condorcet», que se aplica en economía y en matemáticas electorales. Siendo en este último campo el primero de muchos resultados matemáticos que prueban que es imposible desarrollar un sistema electoral completamente justo. En su variante más simple, la paradoja de Condorcet prueba que si tres personas manifiestan su orden de preferencia por tres productos (o tres candidatos o partidos), ello no permite deducir un orden entre los tres productos. Por ejemplo, si los individuos 1, 2 y 3 manifiestan los siguientes órdenes en las preferencias sobre tres productos:
Individuo 1: A, B, C,
Individuo 2. B, C, A,
Individuo 3: C, A, B,
no se puede escoger un producto ganador. Ya que el producto A es superado por el C en dos ocasiones, este lo es por el B en otras dos. Mientras que el B es peor que el A para dos de los individuos.
Nicolas de Condorcet. |
Después, Sophie Germain se centró en el lenguaje, como base de la comunicación y, sobre todo, para fijar ideas. En la misma línea, sostuvo que las lenguas fueron creadas para comunicar conceptos sencillos y concretos para, posteriormente, transformarse en el mismo proceso de abstracción. Ello conlleva que el idioma contenga ciertas contradicciones o una base no del todo rigurosa que pueden llevar a confusiones. El único lenguaje libre de dichas confusiones es el matemático que nació de la geometría hasta llegar al álgebra o al cálculo infinitesimal. No todas las ciencias han conseguido librarse de las contradicciones propias de lenguaje, ya que las ciencias naturales, la religión o la política se basan (o basaban) solo y exclusivamente en los idiomas propios de quienes se dedican a sus estudios. Sin embargo, gracias a Descartes y a Newton, la física se unió con la matemática, lo cual podía abrir la posibilidad de que las ciencias de la naturaleza acabaran adoptando un lenguaje unificado con las matemáticas. Esta idea de la «infalibilidad del lenguaje matemático» estaba totalmente aceptada a principios del siglo XIX y deberían transcurrir unos cien años para que el trabajo de algunos matemáticos como Georg Cantor (1845-1918), Bertrand Russell (1872-1970), Kurt Gödel (1906-1978) o Hilbert vinieran a desmontarla.
Por último, Sophie Germain volvió a su idea inicial, sosteniendo que las ciencias y las artes parecen muy dispares pero que los procesos que llevan a la invención en unas y en otras son los mismos. A lo largo de su obra, Germain no dio citas ni mencionó autores para apoyar su tesis. De hecho, solo introdujo una cita de D’Alembert en el prefacio de la Enciclopedia y mencionó a otros tres autores, todos científicos, Descartes, Newton y Arquímedes.
No se sabe el formato final que le hubiera dado Sophie Germain a sus Consideraciones si se hubiera encargado del proceso de publicación, que fue dos años posterior a su muerte y llevado a cabo por su sobrino. Pero puede suponerse que habría incluido unas conclusiones a modo de resumen de su tesis y puede que algunos textos que apoyaran sus argumentos. En algún sentido, parte de los escritos que podrían aparecer se pueden deducir a partir de su otra obra no matemática, publicada también por Armand Lherbette, Pensamientos diversos.
PENSAMIENTOS DIVERSOS
Si en Consideraciones se observa que no es una obra totalmente terminada, sus Pensamientos diversos no son más que una colección de frases e ideas sin un hilo conductor común que seguro que Sophie iba anotando en diversos cuadernos y que su sobrino agrupó para su publicación. Buena parte de ellos constituyen un buen complemento de la obra Consideraciones y cabe pensar que fueron notas que iba tomando durante la redacción de esta última. Por ejemplo, cuando dice: «Las fábulas nacen a través de la tradición, por lo tanto, debemos hallar aquello que se ha confiado a la tradición y todo lo que ha arrastrado de este río engrosado con tantas fuentes diferentes» es evidente que está pensando en algunas de las ideas que desarrolló con mayor profundidad en las Consideraciones.
Hay también una cierta cantidad de esos pensamientos en los que trata de reflexionar sobre las matemáticas en sí, como unidad, entre los cuales pueden destacarse: «El álgebra no es más que geometría escrita y la geometría no es más que álgebra con dibujos», «El método completo del cálculo integral será una revolución en geometría, similar a la de la aplicación del álgebra, y la de la invención del cálculo diferencial» o «Toda ecuación es una igualdad. ¿Qué son las propiedades de una curva? Una igualdad entre productos o la combinación de ciertas rectas encerradas y delimitadas por esa curva».
A lo largo de esta biografía, buena parte de esos Pensamientos diversos adornan los distintos capítulos y pueden ser consultados, pero hay un par de ellos, un tanto más largos, que suponen una incursión en terrenos de la física que llevan a reflexiones interesantes. Puesto que nunca se han considerado de especial relevancia sus estudios en física, si bien sus trabajos sobre elasticidad pueden enmarcarse dentro de dicha disciplina, tan difícil de distinguir de las matemáticas, se ve en ellos que sí dedicó sus pensamientos a una cuestión que suscitó el debate entre la comunidad de los físicos durante más de doscientos años y cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días. Esos textos dicen:
Laplace propuso dos cuestiones nuevas e interesantes. La primera es saber si la acción de la gravedad es instantánea independientemente de la distancia. Para responderla, Laplace remarca que todo lo que se transmite a través del espacio puede verse en cada uno de sus puntos. Según nuestra percepción, la idea de tiempo está ligada (inseparablemente) a la del espacio: la noción de velocidad nace de esta idea. Una velocidad mayor corresponde a un tiempo menor, y si pensamos en una velocidad infinitamente grande, le asociamos siempre un tiempo infinitamente pequeño.
No podemos eliminar el tiempo de nuestro razonamiento. Quizás esta concepción se deba solamente al hábito de nuestras observaciones. Si en la naturaleza existe una acción instantánea, para nosotros es nula porque no la podemos comparar. Todo hecho único será siempre inconcebible. Por lo tanto, es muy posible que, al no poder analizar la materia, al no poder ver sus elementos desnudos, ni comprender el mecanismo de acción mutua entre ellos, no podamos percibir cómo la fuerza de la gravedad actúa instantáneamente a gran distancia. Pero esta dificultad para concebir un efecto no es una razón para creer en su existencia, como muy bien dice el señor Laplace, aunque todas las observaciones nos dan razones para pensar que la acción de esta fuerza es instantánea, no debemos concluir que es realmente así; de hecho, existe una importante diferencia entre una acción insensible y una acción nula.
Sea como fuere, las circunstancias hacen superflua esta consideración; cualquiera que sea el tiempo que la atracción emplee para alcanzar los límites de su esfera, no produce ningún cambio en el orden de los fenómenos. Toda la diferencia está en el primer instante. Se ha necesitado un tiempo para que la fuerza y la energía sean transmitidas al cuerpo que se va a mover pero, una vez que han llegado, las fuerzas se suceden inmediatamente y dicho cuerpo se mueve como si la acción hubiese sido instantánea. Parece que, forzados por el hecho de admitir una facultad atractiva en cada uno de los puntos, no hay razón para pensar en el tiempo necesario para dicha acción; ¿qué tipos de objetos lo retrasará? ¿Cómo podríamos concebir la fuerza atractiva atravesando el espacio y separándose de los cuerpos en los que creemos que reside? ¿Qué es, pues, esta potencia tan aislada sino un ente abstracto que no puede existir en la naturaleza?
Si nos hemos habituado a considerar siempre el tiempo como un elemento necesario para la comunicación de las fuerzas motrices, es porque hemos visto los efectos del impulso que, actuando por la transmisión de movimiento entre las moléculas contiguas, necesita más tiempo para alcanzar el cuerpo sometido a su acción puesto que los puntos extremos son más lejanos. Pero nada de esto sucede en la atracción [de la gravedad], creo que es instantánea.
El señor Laplace plantea una segunda cuestión que deriva naturalmente de la primera; se pregunta si la atracción [de la gravedad] actúa de la misma forma sobre cuerpos en reposo que sobre cuerpos en movimiento. Si suponemos un tiempo necesario para la trasmisión de la gravedad, podríamos pensar que el cuerpo en reposo no puede escapar de su acción, sino que se queda esperándola, mientras que el cuerpo en movimiento podría huir de ella. Por pequeño que sea el tiempo de transmisión, la velocidad del cuerpo podría ser tan grande que pudiese escapar, al menos parcialmente. El resultado sería simplemente un cambio en el movimiento. Laplace eligió la velocidad de la luz para realizar la comparación, y vio que era necesario suponer a la propagación de la gravedad una velocidad ocho millones de veces mayor. Tal sería, pues, el poder de la naturaleza para transportar los efectos de las causas en sus vastos dominios. ¡Con qué variedad y asombrosa diferencia ha dado a los diferentes seres la facultad de moverse!
Este es un ejemplo de un enconado debate acerca de la naturaleza de la gravedad y de sus características más íntimas, que tuvo lugar desde la mismísima formulación de la ley de la gravitación universal de Newton en 1687. Esta teoría fue, y sigue siendo, una maravillosa construcción de la mente humana que permitió desentrañar muchos de los misterios del universo. Con la teoría newtoniana de la gravedad se pudo entender el movimiento de los astros y determinar que su física era exactamente la misma que la que explicaba la caída de los cuerpos hacia el suelo según dictaba la experiencia.
Una de las características inherentes a la gravitación universal de Newton, entendida como la correcta explicación de la gravedad, es que la interacción gravitatoria entre distintos cuerpos solo depende proporcionalmente del producto de masas de los mismos e inversamente del cuadrado de la distancia que separa sus centros. Es decir, la atracción gravitatoria es instantánea, según Newton. Cambiar la masa de uno de los cuerpos o variar la distancia entre cuerpos distintos acarrea una instantánea variación de la fuerza de atracción entre los mismos.
Sin embargo, la teoría de la gravedad de Newton no estaba carente de problemas. Entre los más problemáticos destacaba la sorprendente dificultad con la que esta teoría se encontraba a la hora de explicar el movimiento de la Luna alrededor de la Tierra. A partir de 1693, el astrónomo inglés Edmond Halley estudió los resultados sobre eclipses solares de los que se disponía en esas fechas y encontró que el mes lunar, lo que tarda la Luna en orbitar la Tierra medido en días terrestres, se estaba acortando lentamente. Esto lo pudo hacer observando que el tiempo de entrada y salida de la Luna en el disco solar en los eclipses se estaba volviendo más corto. Por lo tanto, Halley concluyó que la Luna estaba aumentando su velocidad orbital respecto a la Tierra. El caso es que por esas fechas ya se conocía que un producto de la velocidad orbital por la distancia de separación entre los cuerpos que se orbitaban mutuamente —lo que se conoce como «momento angular»— había de ser constante. Dicho de otro modo, el momento angular es una cantidad conservada. Por lo tanto, si la Luna estaba aumentando la velocidad angular eso tendría que tener como consecuencia que el radio de la órbita respecto a la Tierra se estaba acortando. La Luna se debería estar acercando a la Tierra. Como última consecuencia la Luna acabaría precipitándose contra nuestro planeta.
Esta predicción, la de la aceleración del movimiento orbital de la Luna, produjo un incesante debate entre los expertos de la época, y figuras como el propio Newton, Euler, Lagrange y otros propusieron explicaciones que distaban mucho de ser satisfactorias.
Todo esto cambió en 1776 cuando Laplace afrontó el problema con una mentalidad más abierta y estableció que existían cuatro formas de modificar la teoría de la gravedad de Newton para poder explicar el movimiento de la Luna. El primer cambio sería modificar la forma de la fuerza de la gravedad para que en determinadas situaciones no dependiera inversamente del cuadrado de la distancia entre los cuerpos involucrados sino que la dependencia fuera con otras potencias de dicha distancia. Esta fue pronto descartada porque los experimentos mostraban que la fórmula de Newton, con la dependencia inversa respecto al cuadrado de la distancia, era correcta dentro de los límites experimentales y observacionales. La segunda modificación propuesta sería que distintos cuerpos con distintas composiciones responderían de forma diferente a la gravedad. Por supuesto, ningún experimento pudo corroborar esta suposición. La tercera establecía que se debería de poner en entredicho la propagación instantánea de la gravedad, es decir, la gravedad se transmitiría de un cuerpo a otro con una elevada velocidad pero finita al fin y al cabo. Por último, la cuarta modificación sería asumir que la atracción gravitatoria entre dos cuerpos no sería igual si estos estuvieran en reposo o en movimiento. Cabe recordar que por las fechas en las que se dio este debate el concepto de «reposo absoluto» tenía perfecto sentido. Las dos últimas modificaciones propuestas están relacionadas entre sí ya que si un cuerpo siente una gravedad diferente si está en reposo o si está en movimiento, ello solo puede ser posible si la gravedad tiene una velocidad de propagación finita. Si este es el caso, un cuerpo que escape de otro a una velocidad mayor que la velocidad de propagación de la gravedad no será afectado por esta.
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Calendario republicano del año II.
Joseph-Louis Lagrange.
Caricatura a la acuarela de Legendre.
Carl Friedrich Gauss.
Pierre de Fermat.
La aritmética modular fue introducida en 1801 por Carl Friedrich Gauss en su libro Disquisitiones arithmeticae.
Pierre-Simon Laplace.
La tablilla Plimpton 322, desenterrada en Larsa, cerca de Babilonia, y a la que se calculan unos 3.800 años de antigüedad.
Paul Wolfskehl.
Andrew Wiles.
La pintura La Libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix (1798-1863) , homenaje a los insurrectos en París el 28 de julio de 1830.
Nicolas de Condorcet.