Kitabı oku: «Semiótica tensiva»



Título original: Sémiotique tensive
Colección Biblioteca Universidad de Lima
Semiótica tensiva
Primera edición digital, octubre de 2016
© Claude Zilberberg, 2006
© De la traducción: Desiderio Blanco
© De esta edición:
Universidad de Lima
Fondo Editorial
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Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN versión electrónica: 978-9972-45-377-9
Índice
Presentación
PRIMERA PARTE: GRAMÁTICA TENSIVA
Introducción
I. Premisas
I.1 Premisas generales
I.1.1 La dependencia
I.1.2 La dirección
I.1.3 La alternancia primordial
I.1.4 Primera aproximación a los estilos tensivos
I.1.5 La progresividad
I.2 Premisas particulares
I.2.1 La complejidad
I.2.2 Análisis del análisis
I.2.3 El hecho semiótico
II. De las valencias tensivas a los valores semióticos
II.1 Cassirer y el “fenómeno de expresión”
II.2 Las formas elementales de la variabilidad tensiva
II.3 La pertinencia semiótica
II.4 La tensividad
II.5 De las dimensiones a las sub-dimensiones
II.6 Declinación de las sub-dimensiones
II.7 Fisonomía de las estructuras paradigmáticas
II.7.1 Primera analítica de lo sensible
II.7.2 Segunda analítica de lo sensible
II.7.3 Tensividad y sistematicidad
II.8 Formalidad y contrariedad de los valores semióticos
III. La sintaxis discursiva
III.1 Los operadores generales
III.1.1 La “constelación”
III.1.2 El comercio de la implicación y de la concesión
III.2 La sintaxis intensiva
III.2.1 Dirección general
III.2.2 Los modos de concomitancia (el tempo)
III.2.3 Los modos de captación (la tonicidad)
III.2.4 Colusión de los modos de concomitancia y de los modos de captación
III.3 La sintaxis extensiva
III.3.1 Dirección general
III.3.2 Los modos de presencia (la temporalidad)
III.3.3 Los modos de circulación (la espacialidad)
III.4 ¿Un sujeto desbordado?
IV. Centralidad del evento
IV.1 Presencia del evento
IV.2 Aproximación figurativa al evento
IV.3 Aproximación figural al evento
IV.4 ¿Hacia una imagen-evento?
IV.5 “Evenemencialidad” e historicidad
V. Semiótica y retórica
V.1 Situación de la retórica
V.1.1 Disponibilidad de las categorías semióticas
V.1.2 La dimensión retórica de la estructura elemental
V.2 Aristóteles y la “retórica profunda”
V.3 Interdependencia de la lengua, de la retórica y del mito
V.4 Categorización de la retórica
V.5 De la sintaxis tensiva a la retórica
Conclusión I
SEGUNDA PARTE: ENSAYO DE MÉTODO “LA MUERTE DE LOS POBRES” DE CH. BAUDELAIRE ANÁLISIS TENSIVO
Introducción
I. El método
II. Las magnitudes expansivas
II.1 El plano de la expresión
II.1.1 La arquitectura del soneto
II.1.2 El trabajo de la rima
II.1.3 La regulación del verso simbolista
II.1.4 La rima como proyecto
II.2 El plano del contenido
II.2.1 El título
II.2.2 El presentativo c’est
II.2.3 La interjección hélas! [¡Ay!]
III. Las magnitudes partitivas
III.1 Los cuartetos
III.2 De los cuartetos a los tercetos
Conclusión II
TERCERA PARTE: GLOSARIO DE SEMIÓTICA TENSIVA
BIBLIOGRAFÍA
Presentación
El presente libro no tiene equivalente exacto en francés. La edición francesa incluye lo que constituye la primera parte de esta obra, con el título de Elementos de gramática tensiva, título que cubre todo el volumen, y el Glosario. La segunda parte ha sido preparada especialmente por el autor para la edición española. Se trata de una aplicación metodológica de las teorías expuestas en la primera parte a “La muerte de los pobres”, soneto de Baudelaire incluido en Las flores del mal.
Esta obra consta, pues, de tres partes. Primera parte: “Gramática tensiva”; segunda parte: “Ensayo de método”, análisis tensivo de “La muerte de los pobres”; y, tercera parte: “Glosario de semiótica tensiva”.
La “Gramática tensiva” de Cl. Zilberberg trata de fundamentar las bases mismas de la significación en la tensividad fórica, tal como lo adelantó Greimas en Semiótica de las pasiones, libro escrito en colaboración con J. Fontanille. A partir de aquel impulso teórico, Zilberberg plantea unas premisas epistemológicas sobre las cuales desarrolla luego las relaciones que se establecen entre las valencias tensivas y los valores; aborda la compleja problemática de la sintaxis discursiva, tanto en la dimensión de la intensidad como en la dimensión de la extensidad; diseña luego el lugar que le corresponde al evento en la semiótica tensiva, para terminar con un estudio sobre la retórica y su centralidad en el proceso de construcción de la significación.
Esa primera parte constituye un verdadero tratado, condensado es cierto, de semiótica tensiva. Como de costumbre, el pensamiento de Zilberberg es denso, riguroso e inventivo; podríamos decir que es un pensamiento “poiético”, entendiendo la “poiesis” como un proceso continuo de creación intelectual. Eso reclama una lectura detenida y atenta. Los textos de Zilberberg no hacen concesiones al lector; al contrario, le piden una entrega total; cada frase está preñada de contenido semio-lingüístico, contenido ceñido, apretado, ante el cual el lector se ve obligado a detenerse para lograr desentrañarlo. El estilo de la exposición se pliega perfectamente a esa densidad conceptual, y la novedad de las nociones y de las relaciones que construye le obligan con frecuencia a inventar nuevos términos, que enriquecen el metalenguaje, sin duda, pero que pueden crear alguna dificultad de comprensión en el momento de la lectura. Ese rigor intelectual y esa novedad estilística asustan y atraen al mismo tiempo al lector. Porque leer a Zilberberg es un verdadero reto.
El desarrollo de la semiótica tensiva, a partir de la apertura instaurada por J. A. Greimas con De la imperfección y con Semiótica de las pasiones, ha encontrado en Claude Zilberberg el pensador que necesitaba. La semiótica tensiva no es una nueva semiótica, iconoclasta, que reniegue de la semiótica greimasiana clásica; por el contrario, constituye un verdadero desarrollo de ciertos aspectos que ya estaban en germen en aquella semiótica, centrada principalmente en la narratividad. Pero las nociones de estesis y de tensividad fórica introducidas por el mismo Greimas en sus dos últimas obras mencionadas, han servido para ampliar la teoría, para reformular algunos conceptos y para abordar ámbitos de significación que estaban vedados a la semiótica clásica por falta de dispositivos adecuados. En ese sentido, Zilberberg se atreve a introducir limitaciones en los dispositivos clásicos como el esquema narrativo, el recorrido generativo y el cuadrado semiótico, sin renegar de ellos, sin negar su eficacia en el nivel que les corresponde; pero poniéndolos en su sitio y limitando su alcance. Esa discusión con el maestro es lúcida y enriquecedora en todo momento.
Por otro lado, Zilberberg es un científico y somete sus aportes teóricos a la más rigurosa formalización. No se limita a la simple descripción fenomenológica de los hechos de significación; los obliga a pasar por la exigente horma de las estructuras formales. De ahí la invención de nuevos dispositivos explicativos, como las redes y los diagramas, que vienen a dar cuenta de la emergencia de los valores de significación en el discurso en acto y de los recorridos que siguen en el espacio tensivo.
Para mantener ese rigor, Claude Zilberberg acude a sus fuentes predilectas del campo de la lingüística: Saussure, Hjelmslev, Brøndal, Benveniste; del campo filosófico: Cassirer, Valéry, Bachelard, Merleau-Ponty; del campo antropológico: Lévi-Strauss, Mauss. Pero su lectura de esas fuentes es siempre innovadora, y pone de relieve aspectos que con frecuencia se han pasado por alto. A la luz de esa nueva lectura, los autores clásicos adquieren una insólita vigencia y esclarecen zonas del ámbito del sentido que habían permanecido en la sombra.
*
Claude Zilberberg es consciente de que una teoría semiótica tiene que pasar la prueba de su aplicación a los discursos concretos. Y en ese sentido, ha puesto a prueba en diversas ocasiones la teoría que hoy nos presenta. En esta ocasión se ha propuesto analizar in extenso un soneto de Ch. Baudelaire, que figura en Las flores del mal; el soneto se titula “La muerte de los pobres”.
Pero no se trata aquí de un análisis meramente semántico al uso, ni siquiera de un análisis estructural clásico al estilo del realizado por R. Jakobson y Cl. Lévi-Strauss sobre “Los gatos”, también de Baudelaire, ni de otros análisis semióticos conducidos bajo los postulados de la semiótica narrativa y discursiva. Se trata de un análisis tensivo. Lo que quiere decir que Cl. Zilberberg va a indagar los fundamentos sensibles, los cimientos afectivos de los que emerge la significación en discurso, el substrato más profundo que rige la articulación de la significación. Por citar solo un ejemplo de cómo opera el análisis tensivo aplicado por Zilberberg, y para poder apreciar la orientación que sigue ese análisis, adelantamos el siguiente fragmento:
Volviendo al séptimo verso del soneto, y para cerrar su análisis, asumimos que las promesas cifradas en la inscripción y en la monumentalidad del libro, están en concordancia tensiva unas con otras; que la inscripción opera un repunte, mientras que el libro en posición de englobante de la inscripción proyecta un redoblamiento:

Podemos decir que el séptimo verso sigue los pasos de la construcción de un objeto de valor, y que dicho objetivo es alcanzado cuando el objeto cambia de ambiente, es decir, cuando deja la atonía por la tonicidad (pp. 367-368).
Ese es el tenor del análisis tensivo profesado por Zilberberg. Pero para eso pone en marcha una vasta enciclopedia, una competencia semántica que le permite incorporar al análisis los aportes de otras ciencias humanas como la filosofía, la antropología, la fenomenología, las ciencias literarias, a través de los autores predilectos de su devoción intelectual: Cassirer, Valéry, Merleau-Ponty, Lévi-Strauss, Bachelard, Proust, Baudelaire, Benjamin, Banville, Claudel, Deleuze, Wölfflin, Sartre, Heidegger, Nietzsche, Montaigne, Pascal, Rousseau, Simmel, Wittgenstein, y una larga lista de otros autores citados en apoyo de sus propuestas analíticas. No se trata de referencias complementarias solamente. Sus aportes enciclopédicos entran al texto del autor por la puerta estrecha de la tensividad; vienen a iluminar las tensiones que se están analizando en ese momento y son sometidos a los mismos postulados analíticos aplicados al texto que se encuentra en la mesa de disección. No son textos de complemento erudito, son textos que permiten esclarecer la dimensión de la tensividad fórica que se juega en lo más profundo del texto analizado.
Un ejemplo de ese acopio de textos que iluminan la tensividad discursiva del poema (pp. 323-324):
... las tensiones evocadas por Pascal en el siguiente fragmento conciernen —al pie de la letra— a las sub-valencias cuyo sistema constituye el fondo de la hipótesis tensiva: “La razón actúa con lentitud, y con tantos puntos de vista, apoyándose sobre tantos principios que debe tener siempre presentes, que a toda hora se adormece o se pierde por no tener presentes todos esos principios. El sentimiento no actúa de esa manera: actúa instantáneamente, y está siempre dispuesto a actuar. Es preciso, pues, basar nuestra fe en el sentimiento; de lo contrario, será siempre vacilante” (Pensamientos).
La distensión mayor se refiere al reparto del tempo: celeridad en el caso del “corazón”, lentitud desesperante en el caso de la “razón”; por demasiado numerosas, las “razones de la razón” se entorpecen unas a otras y “ralentizan” su curso. Por solidaridad estructural, ese reparto se repite en el ámbito de la tonicidad y en sus derivaciones actanciales: el “corazón” actúa, mientras que la “razón” es “siempre vacilante”; si la celeridad apela a la instantaneidad, la “razón” compromete doblemente la duración, puesto que participa de dos duraciones al mismo tiempo: la individual del “hábito” y la duración supra-individual de la “costumbre”. La costumbre genera nuestras pruebas más fuertes y más duras; nos inclina al automatismo (…). Finalmente, la “razón” “se adormece o se pierde”, es decir, que habita en la exterioridad. Obtenemos así la red siguiente:

Las dos columnas de la derecha configuran, respectivamente, el perfil tensivo de la “razón” y del “corazón”. El “corazón” y la “razón” ocupan, pues, regiones distintas en el espacio tensivo:

El lector se preguntará, sin duda, qué relación tiene este análisis con el análisis del poema de Baudelaire. Pues dicho análisis surge a propósito de la repetición insistente de la expresión “c’est” y de los problemas tensivos que genera en el nivel de la enunciación, el principal de los cuales es el de la fiducia [confianza].
El autor acude también con mucha frecuencia a las definiciones de los diccionarios. No para explicar, como es obvio, el significado habitual y rutinario de los términos —eso sería ingenuo y deleznable—, sino para descubrir las dimensiones y sub-dimensiones tensivas que soportan la definición misma. Y se apoya para ello en el postulado de Valéry según el cual: “Todo ha sido dicho ya por el diccionario” (Cahiers). Un ejemplo para terminar (p. 294):
La definición [de “pobre”] del Micro-Robert comprende dos secuencias distintas: la primera: “Quien carece de lo necesario o que solo tiene lo estrictamente necesario”, se refiere al estado del sujeto de estado, lo que quiere decir que se sitúa en la duración. Esa definición conlleva una evaluación, es decir, un punto de fragilidad; en efecto, el Micro-Robert esboza una alternancia paradigmática: [lo necesario vs lo estrictamente necesario]; “estrictamente” es definido sobriamente como “lo que constituye un minimum”, en ese sentido, tenemos razones para aceptarlo como el límite, la culminación de un proceso de decadencia:

Como puede observarse, los aportes del diccionario, como aquellos que provienen de los campos de la sociología o de la antropología, apuntan siempre a la tensividad fórica que se encuentra en la base del modelo analítico aplicado por el autor.
Nos hemos permitido adelantar estas “calas” del análisis efectuado por Zilberberg a fin de evitar posibles “derivas” de lectura en lectores poco familiarizados con el modelo tensivo. Los aportes de las definiciones del diccionario, así como los acopios de la “enciclopedia” del autor no son paráfrasis marginales ni comentarios eruditos sobre el “tema” del soneto de Baudelaire; son verdaderas intervenciones pertinentes que amplían los alcances del estudio emprendido, y se someten siempre a las exigencias del modelo.
*
El “Glosario de semiótica tensiva” resume y amplía al mismo tiempo la teoría expuesta en la primera parte y a lo largo del análisis mismo. Basta con echar un vistazo a la entrada Espacio tensivo para darse cuenta de esta capacidad del Glosario. Se ha hablado con frecuencia, a lo largo de la obra, de la medida de la intensidad y de la medida de la medida, es decir, de cómo y con qué instrumentos se mide esa medida. Pues bien, en la descripción-explicación del espacio tensivo, con el rigor semio-lingüístico que lo caracteriza, Zilberberg aporta los mecanismos de la medida de la medida, que, a pesar de estar repetidamente dichos a lo largo del texto, no se habían relacionado, tal vez, claramente con esa función. Esos instrumentos son simplemente los “más” y los “menos”. Dado que la dimensión de la intensidad es la dimensión de la afectividad, de la calidad, de la fuerza, de la energía, magnitudes todas ellas continuas y graduales, solo se pueden medir por medio de “más” y de “menos” [más intenso/ menos intenso; más fuerte/ menos fuerte; más rápido/ menos rápido; más tónico/ menos tónico]. Y en ese sentido, el [“menos” de “más”] y el [“más” de “menos”] miden el proceso de decadencia tensiva, que va del [solo “más”] al [nada de “más”], y por tanto [solo menos]; mientras que la ascendencia, que va del [solo “menos”] al [nada de “menos”], y por tanto [solo “más”], es medida por el [“menos” de “menos”] y por el [“más” de “más”].
Este Glosario constituye un aporte decisivo al desarrollo y precisión del meta-lenguaje tensivo, y es de esperar que tendrá nuevos desarrollos hasta convertirse en un verdadero Diccionario canónico de la tensividad.
*
Esta edición española de la obra de Cl. Zilberberg constituye una verdadera Summa de semiótica tensiva. En su condensación actual, está llamada a cumplir, salvando las debidas distancias, el papel que cumplieron en su momento Semántica estructural, Maupassant. La semiótica del texto: ejercicios prácticos y Diccionario razonado de la teoría del lenguaje, de A. J. Greimas, en el campo de la semiótica narrativa clásica.
Desiderio Blanco
PRIMERA PARTE
GRAMÁTICA TENSIVA
Introducción
La primera parte del presente libro es producto de algunas intenciones y de determinadas circunstancias. Por lo que se refiere a las intenciones, el autor es el único que puede hablar, lo cual no significa, sin embargo, que se halle bien ubicado para hacerlo. Con riesgo de anticipar, nuestro propósito no escapa a las exigencias semióticas que vislumbra en los discursos que examina, de tal modo que nuestro propio discurso tiene como característica la receta de los conceptos que mezcla. Tales conceptos directores son tres: (i) la dependencia antes que la oposición por lo que atañe a la estructura, puesto que la oposición presupone la estructura; (ii) la foria por lo que se refiere a la dirección, en la medida en que los destinos posibles de la foria motivan la dirección, cosa que ya establecía el cuadrado semiótico; (iii) el afecto por lo que respecta al valor, dado que esas dos magnitudes se apoyan mutuamente, evitando de ese modo pensar en valores sin afecto y en afectos sin valor. Pero ya sabemos que la excelencia de una receta reside tanto en el inventario cerrado de los ingredientes que intervienen en su elaboración como en su exacta dosificación. Esa evaluación, sin embargo, no corresponde ya al autor.
Por lo que se refiere a las circunstancias, este libro, en su primera parte, responde a una doble demanda de Louis Hébert. En un primer momento, nos invitó a redactar para los curiosos y no iniciados un texto que resumiera las orientaciones de la semiótica tensiva. La ejecución de ese pedido dio por resultado un Breviario de gramática tensiva,1 el cual, por las convenciones propias de ese género discursivo, resultó demasiado elíptico. De ahí, un segundo pedido vino a completar el primero: ampliar el Breviario, cuyo contenido se ha distribuido en los sitios pertinentes a lo largo de este libro.
Independientemente del contenido que aborda y de la evaluación que reclama por parte del lector informado, toda obra establece una relación que la desborda con el momento forzosamente singular de su aparición. En el caso de la semiótica greimasiana, ese delicado momento es fácil de identificar: es el momento del “giro fenomenológico”, sin que se pueda determinar ya si depende de una culminación hegeliana o de una negación confesable, si se toma en cuenta la recomendación verbal del mismo Greimas: hay que salir de Propp. Ni lo uno ni lo otro, sin duda; o tal vez, lo uno y lo otro, si admitimos que los términos complejos encierran el monopolio de los enigmas.
Efectivo o no, fundado o no, aquel “giro fenomenológico” constituyó una exigencia. Al hacer suyas las posiciones de la fenomenología, especialmente tal como fue configurada en la obra de Merleau-Ponty, ¿no se alejó la semiótica de su doble referencia saussuriana y hjelmsleviana? Si ese fuera el caso, ¿no tenemos derecho a considerar que, “fatigado”, lo concebido da paso a la “frescura” de lo percibido? Dejamos de lado aquí la cuestión de saber si una disciplina exigente puede cambiar de base conceptual sin sufrir importantes consecuencias.
Lo anteriormente planteado nos permite formular nuestro propósito personal. Si la primacía atribuida a lo percibido parece alejar la semiótica de sus proclamadas referencias lingüísticas, la atención que nosotros otorgamos, con otros y después de otros, a las vivencias y a lo sentido permite mantener intactas las referencias lingüísticas, sin que eso suene a paradoja o a provocación de nuestra parte. En efecto, no creemos que lo concebido y lo vivido sean irreconciliables, como generalmente se piensa, y el sintagma “gramática del afecto” no constituye, en nuestra opinión, un oxímoron. Es indudable que los principios de base tienen que ser ampliados y reformulados, tarea que constituye la materia de los dos primeros capítulos de este libro, en los que se presenta la estructura de las valencias y se esboza una formulación de los valores propiamente semióticos. El tercer capítulo desarrolla los aspectos fundamentales de la sintaxis tensiva, tratando de seguir, en la medida en que lo permite este momento concreto del desarrollo de la semiótica, el proceso de conversión de las categorías en operaciones simples,2 capaces de ser explotadas por los sujetos, en nombre de la reciprocidad entre la morfología y la sintaxis, obstinadamente defendida por Hjelmslev:
… nos vemos forzados a introducir consideraciones manifiestamente “sintácticas” en “morfología” —introduciendo en ella, por ejemplo, las categorías de la preposición y de la conjunción, cuya única razón de ser es sintagmática— y a incluir en la “sintaxis” hechos plenamente “morfológicos”, reservando forzosamente a la “sintaxis” la definición de casi todas las formas que se ha pretendido reconocer en “morfología.3
Está claro: “al final de los finales”, las identidades paradigmáticas son… sintagmáticas; lo paradigmático no es más que una traza.
Los dos últimos capítulos amplían el campo. El cuarto plantea la cuestión de cómo una semiótica que tiene que vérselas con las vivencias, que acoge el sobrevenir, puede ignorar el evento* que inopinadamente toca a la puerta. Providencial o catastrófico, el evento se encuentra tautológicamente en la base de los afectos más turbadores que pueden golpear a los sujetos. El último capítulo examina las consecuencias de la aplicación del punto de vista tensivo a una herencia incierta de nuestros días: la retórica. En los límites de este trabajo, nos atenemos a determinados aspectos de la retórica, esforzándonos en mostrar que entre la lingüística, la semiótica tensiva, la antropología y la tropología aristotélica existen caminos y pasajes; que el ejercicio de algunas figuras retóricas está en consonancia con la problemática a la vez lexicológica, gramatical y antropológica de las taxonomías culturales: las figuras privilegiadas por Aristóteles y por la tradición operan desplazando una determinada magnitud de una clase a otra clase adyacente. En esas condiciones, el punto de vista tensivo se presenta —felizmente, en nuestra opinión— como un punto de confluencia y como una garantía de continuidad. Mofada, denigrada, ridiculizada, la retórica se conserva con buena salud por la sencilla razón de que es solidaria con los fundamentos más íntimos de nuestro ser, de los que, sin duda, somos menos los agentes que los pacientes. Y eso es lo que falta por comprender.
La sanción final, hemos dicho, le corresponde al lector; el autor no es más que un lector entre otros. Sin embargo, en nombre de la concesión, a la que esta obra le otorga un lugar decisivo, no está prohibido que ese “quidam” [el autor] formule sus propios puntos de vista. En nuestra opinión, la semiótica tensiva se contenta con presentar un punto de vista para centralizar magnitudes consideradas menores hasta ahora: las magnitudes afectivas. Al lado de conceptos considerados como ya adquiridos: la diferencia saussuriana, la dependencia hjelmsleviana, este ensayo se esfuerza por otorgar un lugar adecuado a la medida, al valor de los intervalos, dado que nuestras vivencias son —¿primero?, ¿sobre todo?— medidas tanto de los eventos que nos cautivan como de los estados que, por su persistencia, nos definen.
Unas palabras más: no hay nada en este ensayo que contradiga lo expuesto en Tensión y significación,4 escrito en colaboración con J. Fontanille; pero si tuviéramos que citar esta obra, tendríamos que colocar llamadas al pie de cada página, alargando innecesariamente el ya abundante rosario de referencias y de anotaciones. Remitimos, pues, al lector a la consulta permanente de dicha obra.
El sujeto percibiente deja de ser un sujeto pensante “acósmico”, y la acción, el sentimiento, la voluntad han de ser explorados como maneras originales de acomodar un objeto, puesto que “un objeto se presenta como atrayente o repugnante antes de presentarse como negro o azul, como circular o cuadrado”.
MERLEAU-PONTY, CITANDO A KOFFKA
I.
Premisas
Habiendo perdido ya su inocencia y su poder de oráculo, el discurso teórico se ve obligado a mostrar la lista de los ingredientes necesarios para alcanzar el valor veridictorio que pretende. En ese sentido, plantearemos dos clases de premisas: premisas generales, aquellas que atañen al “hombre razonable” de nuestros días, y premisas particulares, propias del semiótico en el momento en que se encuentra trabajando.
I.1 Premisas generales
I.1.1 La dependencia
La primera premisa que mencionaremos es la de la adhesión a la estructura más que al estructuralismo, sobre todo a la luz de lo que ha sucedido en los últimos decenios, en que el término pasó a ser declinado en plural: los estructuralismos. Desde nuestro punto de vista, el valor epistémico de la definición de estructura propuesta por Hjelmslev en 1948 permanece intacto; “entidad autónoma de dependencias internas”. Esa definición, que concuerda con la definición de la “definición” formulada en los Prolegómenos, conjuga una singularidad: “entidad autónoma” y una pluralidad: “dependencias internas”.1 En el plano del contenido, esa conjugación remite a una complementariedad provechosa: (i) si la singularidad no estuviera correlacionada con una pluralidad, sería impensable por ser inanalizable; (ii) si la pluralidad no fuera susceptible de ser resumida y condensada en y por la singularidad nombrable, se quedaría al margen del discurso, como le sucede a la interjección. En segundo lugar, esa definición rebasa el adagio estructuralista que reza: la relación prima sobre los términos; la economía del sentido capta únicamente relaciones entre relaciones, ya que “[los] objetos del realismo ingenuo se reducen a puntos de intersección entre esos haces de relaciones”.2 El plano de la expresión acoge los términos bajo esta consideración.
I.1.2 La dirección
La segunda premisa se refiere al lugar que conviene reconocer a lo continuo. No se trata de volver a abrir una querella sin objeto: la “mansión del sentido” es suficientemente amplia como para acoger tanto lo continuo como lo discontinuo, dado que ni lo continuo ni lo discontinuo hacen sentido por sí mismos, sino únicamente por su concurso mutuo. Lo más razonable sería tomar sus hipóstasis como “variedades” circunstanciales y ocasionales. Desde nuestro punto de vista, la pertinencia debe ser atribuida a la dirección reconocida en el discurso, es decir, a la reciprocidad tanto paradigmática como sintagmática del incremento y de la disminución. Son varias las consideraciones que abogan a favor de ese privilegio. En primer lugar, y sin hacer una religión del isomorfismo entre ambos planos, consideramos que, en el plano de la expresión, el acento ocupa un lugar tan singular que difícilmente aceptaríamos que no jugara ningún rol en el plano del contenido. Nos adherimos a Cassirer cuando habla, en el primer tomo de Filosofía de las formas simbólicas, del “acento de sentido”. En segundo lugar, en desacuerdo con su opción inicial, la semiótica se ha visto obligada a conceder un lugar insigne al aspecto, más allá de su aplicación al proceso: figuralmente hablando, el aspecto es el análisis del devenir ascendente o decadente de una intensidad, que ofrece al observador atento los más y los menos.3 Esta aproximación reconoce su deuda con G. Deleuze, quien a su vez se reconoce deudor de Kant. En Francis Bacon, lógica de la sensación, Deleuze rebasa, en términos que le son propios, la dualidad de lo paradigmático y de lo sintagmático: “La mayoría de los autores que han enfrentado este problema de la intensidad de las sensaciones parece haber encontrado la misma respuesta: la diferencia de intensidad se experimenta en una pendiente”.4 Deleuze remite a un pasaje difícil de la Crítica de la razón pura, titulado “Anticipación de la percepción”, en el que Kant plantea que la sensación es una magnitud intensiva: “Así, pues, toda sensación, y por tanto toda realidad en el fenómeno, por pequeña que sea, tiene un grado, es decir, una magnitud intensiva, que siempre puede disminuir; y entre la realidad y la negación hay una serie continua de realidades y de percepciones posibles, cada vez más pequeñas...”.5 El texto citado enlaza entre sí dos categorías de capital importancia: (i) la dirección, en este caso, decadente, lo que significa que la estesis se dirige inexorablemente hacia la anestesia, hacia lo que Kant llama “la negación = 0”; (ii) la división en grados y en partes de grados. Es posible considerar el concepto de serie, que también aparece en Brøndal, aunque a partir de otros presupuestos, como un “sincretismo resoluble” entre esas dos categorías.
La presencia insoslayable de Kant conlleva un indudable riesgo de confusión en la terminología semiótica. Desde la perspectiva del significante, interfieren tres parejas de conceptos: (i) el par [extenso vs intenso], ausente igualmente en los Prolegómenos, aunque de primordial importancia para satisfacer una de las principales preocupaciones de Hjelmslev como es la reconciliación entre la morfología y la sintaxis; (ii) el par [magnitud extensiva vs magnitud intensiva], exigido por Kant; (iii) el par [extensidad vs intensidad] que, desde la perspectiva tensiva interviene como análisis de la tensividad (volveremos sobre esto más adelante). Si se desligan los términos de sus definiciones, esa coincidencia terminológica conlleva algunos malentendidos: (i) entre la perspectiva kantiana y el punto de vista tensivo la coincidencia es bienvenida pero fortuita; (ii) entre las categorías hjelmslevianas y las categorías tensivas se produce un quiasmo, ya que para Hjelmslev las categorías extensas son directrices, mientras que para el punto de vista tensivo, la intensidad, es decir, la afectividad, rige la extensidad; (iii) finalmente, y salvo mejor parecer, Hjelmslev no menciona a Kant al hablar de intenso y extenso, de intensivo y extensivo, de intensional y extensional.
I.1.3 La alternancia primordial
Creemos que, en la perspectiva abierta por Saussure y por Hjelmslev al mismo tiempo, debe inscribirse una hipótesis de orden semiótico, o sea, que la semiótica le debe al primero la arbitrariedad y la linearidad, y al segundo, el carácter jerárquico. La importancia de esas nociones para la semiótica es tal que reclaman algunas puntualizaciones. La arbitrariedad no ha de reservarse exclusivamente al signo, sino que debe ampliarse a la semiosis total, en el sentido en que lo arbitrario significa que lo que adviene podría no haber advenido. Lo cual quiere decir, ante todo, que la semiótica tiene por objeto prioritario la problemática —con frecuencia anacrónica— de lo posible. En segundo lugar, la linearidad remite no tanto al hilo del discurso cuanto a su extensión. Y si conjugamos esos dos datos, ese cruce obliga a poner en evidencia extensiones diferenciales. Finalmente, la teoría de las funciones propuesta por Hjelmslev, sobre todo en el capítulo XI de los Prolegómenos, ha vinculado la noción de dependencia con la de relación, demasiado incierta. De tal suerte que nos vemos obligados a discernir entre las extensiones diferenciales, que conforman la trama del discurso, y las relaciones, que son ante todo, y tal vez únicamente, de dependencia. Lo posible y la alteridad, lo extenso y la aspectualidad, lo dependiente y la rección se inscriben como criterios que habrán de ser satisfechos.
La tarea es triple: en primer lugar, conviene aislar morfologías, es decir, agrupamientos, “moléculas” de rasgos intensivos y extensivos debidamente identificados, sin lo cual no sabríamos de qué estamos hablando; en segundo lugar, tenemos que poner de relieve las jerarquías, admitiendo como operadores privilegiados la rección y la modalización; finalmente, tanto las primeras como las segundas no se instalan en el ser sino en la transición: no son: advienen o provienen si lo hacen con lentitud, sobrevienen como resultado de la celeridad y configuran por eso mismo el campo de presencia. Lo cual significa que las entidades semióticas, las “figuras” en la terminología de Hjelmslev, no son rasgos sino vectores, o mejor aún: no son participios pasados concluidos sino participios presentes en devenir, en acto. Una teoría que subordina el espacio al tiempo y el tiempo al tempo se coloca, en consecuencia, bajo el patrocinio de Heráclito más que bajo el de Parménides.
Desde el punto de vista epistemológico, las tres exigencias señaladas anteriormente, a saber, la búsqueda de lo posible, de lo extenso y de lo dependiente, en la medida en que convergen, definen un punto de vista: el punto de vista semiodiscursivo. Dicho punto de vista —si se acepta la definición propuesta por Valéry en los Cahiers: “La ciencia consiste en buscar en un conjunto la parte que pueda expresar todo el conjunto”6— afecta al discurso desde el discurso mismo, y al hacerlo, le reconoce a la sinécdoque un alcance que los antiguos aparentemente no le atribuyeron.
Tales operaciones ponen en juego categorías que nos aporta el estudio del plano de la expresión, tal como ha sido efectuado por los lingüistas y por los fonetistas independientemente de sus divergencias teóricas. Desde el punto de vista paradigmático, la intensidad tiene como categorías de primer orden el estallido y la debilidad; desde el punto de vista morfológico, la tonicidad tiende hacia la concentración y su morfología es entonces, en el plano de la expresión, acentual, y según la convención terminológica propuesta por J. Fontanille y por nosotros mismos, sumativa en el plano del contenido.7 Dicha concentración entra en contraste con la difusión hacia la cual se dirige toda concentración si no se interpone un dispositivo retensivo eficaz. Designamos ese proceso como modulación en el plano de la expresión y como resolución en el plano del contenido. Desde el punto de vista sintagmático, que concierne solo a las relaciones de consecución en el enunciado, cuando la sumación precede y, por ello, dirige la resolución, admitimos que el esquematismo es decadente, o distensivo, en el sentido en que el dispositivo global se dirige de la tonicidad a la atonía. Cuando esas posiciones son invertidas en el enunciado, es decir, cuando el discurso contempla la resolución en un primer momento y tiende a la sumación, decimos que el esquematismo es ascendente. La regla del esquematismo decadente puede ser considerada como degresiva [decreciente], mientras que la del esquematismo ascendente se presenta como progresiva. Añadamos, desde el punto de vista terminológico, que la proyección de una dirección tensiva cualquiera sobre una extensión abierta define un estilo tensivo que conduce y controla la marcha discursiva de las significaciones locales, concepción que concuerda con la de Merleau-Ponty en La prosa del mundo: “El estilo es lo que hace posible toda significación”.8 Lo cual nos permite ya una primera organización de lo que proponemos designar como estilos tensivos:

En cuanto tales, esas magnitudes solo son virtuales, puesto que es el discurso, como lo sugiere Saussure en el Curso de lingüística general (CLG),9 aunque sin detenerse demasiado en ello, el que categoriza esas magnitudes, según la acepción que Hjelmslev atribuye a ese término en El lenguaje: “Categoría, paradigma cuyos elementos solo pueden ser introducidos en determinados lugares y no en otros” [de la cadena sintagmática]”.10 Consideremos primero la decadencia: la sumación, vista como una “vivencia de significación” (Cassirer), pertenece al orden del evento, es decir, de un sobrevenir que hace enmudecer al discurso como recurso inmediato, por falta de respuesta adecuada. Si la sumación exclamativa es violenta y el afecto demasiado intenso, entonces la falta de respuesta instantánea se acercará a la interjección, a la transición entre el mutismo de aquel a quien la detonación del evento deja “sin voz” y la recuperación de la palabra, la cual, con su propio tempo, a su modo, resolverá “a la larga”, normalizará “tarde o temprano” ese evento en estado, o sea, en discurso, y con el correr del tiempo, en anales. Con esto, adoptamos, adaptamos mejor dicho, la posición de Cassirer, quien, en Filosofía de las formas simbólicas, no duda en afirmar la sobredeterminación acentual de las significaciones míticas, es decir, directrices: “El único núcleo algo firme que nos queda para definir el ‘mana’ es la impresión de extraordinario, de inhabitual y de insólito que conserva”.11 Según eso, el evento se aproxima a la interjección, a un sincretismo, o a un incremento de sentido que el discurso está llamado a resolver:
Podemos decir, de manera a la vez exacta y errónea, que la fórmula del mana-tabú es el fundamento del mito y de la religión del mismo modo que la interjección es el fundamento del lenguaje. De lo que se trata en ambas nociones es de lo que podríamos llamar interjecciones primarias de la conciencia. No han adquirido aún ninguna función de significación y de presentación: se parecen a sonidos que no traducen más que la excitación del afecto mítico.12
I.1.4 Primera aproximación a los estilos tensivos
Toda distinción semiótica, de cualquier orden que sea, genera un dilema: una vez reconocida la dualidad [a/b], entre esas dos magnitudes polares [a] y [b] ¿hay “algo” o no hay “nada”? ¿Hay “algo”, es decir, un camino en términos figurativos, una secuencia de “grados” según el Micro-Robert cuando trata de lo “progresivo”: 1. que se efectúa demanera regular y continua. V. Gradual. Un desarrollo progresivo. 2. Que sigue una progresión, un movimiento por grados? Decir que [a] se opone a [b] es lo mismo que decir que [a] está más o menos alejada de [b] y que esa distancia tiene que ser evaluada, por la simple razón de que dicha distancia constituye su definición misma.
Esta actitud admite que entre [a] y [b] existe una brecha, un intervalo, y lo llena, la “amuebla” de una manera o de otra; la otra actitud deja vacío ese intervalo y establece, si la expresión tiene algún sentido, una solución de continuidad, es decir, opta por el “nada”. La semiótica greimasiana es ambivalente en este punto: (i) la teoría, siguiendo a V. Brøndal, prevé para las estructuras elementales dos términos complejos, transicionales por posición: [s1 + s2] y [no-s1+no-s2] pero que no cumplen ningún rol en la teoría, salvo ignorancia o injusticia de nuestra parte; (ii) en cambio, para las estructuras narrativas de superficie, condensadas en el “esquema narrativo” tan caro a Greimas,13 la secuencia regulada de las pruebas instaura una progresividad y, en cierto sentido, una sapiencia. Por nuestra parte, entre [a] y [b], es decir, entre el evento y el estado, aceptamos que interviene una modulación resoluble, es decir; analizable —punto de vista que será defendido más tarde— en términos de valencias. La analítica de la decadencia tensiva se presenta por el momento como sigue:

El evento entra así en la lista de las categorías directrices de nuestra hipótesis teórica, pero hay que observar de inmediato que lo propio del evento consiste en realizarse como una intrusión, como una “penetración” (Valéry), como una “brusquedad eficaz” (Focillon), tal como lo veremos en el capítulo IV de esta primera parte. Por lo que se refiere a la noción de modulación, es una “caja negra” que visitaremos en II.2.
Uno de los méritos del concepto de espacio tensivo, por rústico que sea, es el de obligarnos a interrogarnos por la amplitud, la velocidad y la duración de los devenires, a no considerarlas como algo obvio, sino a constituirlas en preguntas provechosas. En términos solo en apariencia escolares, se trata de aclarar con la mayor precisión posible de qué modo un participio presente, congruente con el evento, se transforma en participio pasado, congruente con el estado.14 Como sucede con frecuencia, las distinciones semánticas de la lingüística se convierten, desde el punto de vista semiótico, en significantes, o sea, en preguntas difíciles, en la medida en que las respuestas que se puedan adelantar comprometen una teoría del sentido, es decir, una integración fuera de alcance por el momento.
Veamos ahora el estilo tensivo de la ascendencia. La relación de contrariedad establecida entre la decadencia y la ascendencia tensivas pertenece al plano de la expresión. Estaríamos muy equivocados si imaginásemos que basta con cambiar la dirección de la decadencia paraobtener la fisonomía de la ascendencia semiótica, al modo en que media vuelta es suficiente para que un observador convierta un ascenso en descenso, y a la inversa.
La ascendencia tiene como punto de partida la permanencia, la persistencia de un estado vivido por el sujeto, ya que, según el Micro-Robert, la duración es el núcleo del lexema “estado”: “Manera de ser (de una persona o de una cosa) en lo que tiene de durable (opuesto a devenir)”. Ese estado, cuando afecta al sujeto, presupone una lentitud extrema, la cual constituía para Baudelaire uno de los rostros del horror, según se desprende del segundo terceto del poema “De profundis clamavi”:
Je jalouse le sort des plus vils animaux
Qui peuvent se plonger dans un sommeil stupide,
Tant l’écheveau du temps lentement se dévide!
[Envidio la suerte de las fieras más viles
que pueden sumergirse en su estúpido sueño.
¡Tan lenta se devana la madeja del tiempo!]
Dicho estado, del que podría decirse que “no pasa”, puede ser considerado como una identidad o como una vacuidad, a las que el sujeto pretende poner fin, lo cual solo puede hacerlo un sujeto de la mira, un sujeto intencional. Mientras que el evento capta al sujeto, o más exactamente sin duda, lo desliga de sus competencias modales y lo transforma en sujeto del padecer, la ascendencia determina a un sujeto según el actuar, invitándolo a pasar a la acción. La cuestión de la modulación, del tránsito, se presenta en términos que nada tienen que ver con los que hemos propuesto para la decadencia: si el evento destruye la duración, la ascendencia desarrolla, despliega ante el sujeto el tiempo futuro y esa apertura del tiempo construye un sujeto según el llegar a [arribar]. La tabla siguiente pone de manifiesto las diferencias entreambas actitudes subjetales:

Desde nuestro punto de vista, la inteligibilidad y la solidez de las relaciones verticales establecen la preeminencia del tempo: la precipitación, en el caso de la decadencia, la lentificación, en el caso de la ascendencia, hacen que el sujeto en el orden de la decadencia, atrapado en el tumulto del evento, y el sujeto en el orden de la ascendencia sean como extraños uno a otro. ¿No decimos en el lenguaje familiar de un sujeto estupefacto que hay que esperar a que “vuelva en sí”? De suerte que la decadencia y la ascendencia se presentan como las dos esferas disjuntas de la existencia semiótica inmediata; lo vivido, es decir, el ir y venir incesante entre esas dos esferas, constituye una prueba para el sujeto. Tal dualidad, que no deja de recordar, aunque equivocadamente, el hecho masivo, ininterrumpido, insensible de la acomodación sensorial, y el desdoblamiento actancial que comanda, remiten a los capítulos cuatro y cinco de esta primera parte, consagrados, respectivamente, al evento y a la semiotización de la retórica. A la esfera del evento va asociado un sujeto del asombro, a la de la retórica, un sujeto del control. Lo cual exige dos precisiones.
La primera no tiene demasiada importancia: las prácticas significantes son artes dirigidas por la búsqueda de la excelencia, es decir, por la superlatividad, en el orden que les corresponde, y esa excelencia, en el caso de la retórica, es asertada por el destinatario cuando declara o concede, según el término definitivo acuñado por Aristóteles en la Retórica, que ha sido “persuadido”: “La retórica trata de aquello que está destinado a persuadir”.15 Y puesto que la semiótica reconoce la existencia, al lado de las semióticas verbales, de semióticas no-verbales, resulta consecuente ampliar la mencionada dualidad, admitiendo, junto a las retóricas verbales, retóricas no-verbales, para dar cuenta del desplazamiento operado en el plano de la expresión. Cuando en su Tratado de los tropos Dumarsais declara: “... las figuras, cuando son empleadas a propósito, procuran vivacidad, fuerza y gracia al discurso...”;16 cuando en Las figuras del discurso Fontanier asegura: “Los Tropos tienen lugar o por necesidad y por extensión, a fin de suplir a las palabras que le faltan a la lengua para expresar determinadas ideas, o por elección y por figura, a fin de presentar las ideas con imágenes más vivas y más cautivantes que sus signos propios”,17 tanto uno como otro tienen en cuenta lo que el gran crítico de arte B. Berenson llamaba —con toda pertinencia, desde nuestro punto de vista— “la intensificación de la vida”. El gastrónomo, al que se le hace agua la boca con solo pensar en los exquisitos platos que se están preparando en la cocina, ¿no espera acaso que la habilidad del chef le haga franquear el intervalo tensivo que separa lo insípido de lo sabroso? Y de manera parecida, ¿el gran escritor no es aquel que, llegado al borde de la banalidad, logra elevar su estilo hasta el estallido, término supremo de la dimensión de la intensidad? Inmediatamente después de la frase que acabamos de citar, Aristóteles añade: “Eso es lo que nos hace decir que la retórica no tiene reglas aplicables a un género de objetos determinado”. Queremos atribuir a esa afirmación una extensión que manifiestamente Aristóteles hubiera rechazado si la hubiera conocido. Y en ese sentido, planteamos la pregunta siguiente: desde el momento en que la retórica no está ligada “a un género de objetos determinado”, ¿no se confunde su campo de ejercicio con el de la significación en su conjunto? Volveremos sobre esto en el capítulo V.
La segunda precisión tiene que ver con el estatuto de la afectividad y con las incertidumbres que siguen rodeándola por lo que se refiere al lugar que se le asigna. Entre el psicoanálisis, que la erige en directriz constante de las manifestaciones y de los discursos tanto individuales como colectivos, y la glosemática, que la virtualiza al reducir la semántica a la sola sustancia del contenido,18 no es previsible la conciliación, a pesar de la buena voluntad expresada por ambas corrientes. Dicha confrontación deriva la cuestión hacia la necesidad o no del fundamento de las disciplinas: ¿le conviene a una disciplina que trata de ser rigurosa rechazar toda heteronomía, toda vinculación con otras disciplinas? ¿O es preferible buscar alguna dependencia en relación con un conjunto de postulados conexos e irrecusables? La cuestión ha sido planteada y sigue planteándose en el campo de las matemáticas,19 y Hjelmslev mismo ha tratado —sin ocultarlo apenas— de “adherirse” a la epistemología de las matemáticas.20 Personalmente, si al modo del psicoanálisis, mantenemos la presunción de una dependencia del sentido en relación con la afectividad,21 sugerimos no obstante el desplazamiento siguiente: mientras que el psicoanálisis propugna una anterioridad insuperable de la afectividad, reduciendo el presente a un rebrote y a una hipotiposis apenas enmascarada del pasado remoto del individuo, calificado como “reprimido”, nosotros inscribimos la afectividad en sincronía, como un conjunto de funcionamientos descriptibles, analizables y sobre todo “gramaticalizables”, y, bajo esas premisas, creemos que atribuimos a la afectividad tanto su “eficiencia” (Cassirer) como su “inmanencia” (Hjelmslev). Con ese doble título, incorporamos la afectividad, bajo el nombre de intensidad, como uno de los dos ejes constitutivos del espacio tensivo. La tabla siguiente completa las fisonomías respectivas de la decadencia y de la ascendencia tensivas:

Antes de seguir adelante, conviene subrayar que el discurso está colocado —por su misma naturaleza y no porque así lo queramos nosotros— bajo el signo de la reflexividad: tiene que ser conocido y es el medio para llegar a conocer; es el problema y la solución, si es que existe.22 Tal circularidad justifica el lugar que asignamos a la retórica en este ensayo. Así como ni la carpintería ni la ebanistería proporcionan una química de la madera, así tampoco el arte del discurso proporciona una ciencia del discurso, aunque no le sería del todo ajena. Después de todo, la Morfología del cuento, de V. Propp, es tanto un arte del relato como una ciencia del relato.
I.1.5 La progresividad
Por el hecho de estar injertados en la afectividad, concebida como un juego incesante de preguntas y respuestas entre el yo y el no-yo, los estilos tensivos tienden a prevalecer cuando admiten la coexistencia entre ellos; tienden, en cambio, a la exclusividad cuando decretan la alternancia. En un fragmento de Mon coeur mis à nu [Mi corazón al desnudo], Baudelaire propone la universalidad de la modalidad, familiar a todos nosotros, del “poco a poco”, es decir, de la “caja negra” de la “ascendencia tensiva”:
Hay que estudiar en todos sus modos y maneras, tanto en las obras de la naturaleza como en las obras del hombre, la universal y eterna ley de la gradación del poco a poco y del poquito a poquito, con sus fuerzas progresivamente crecientes, como los intereses en materia de finanzas. Lo mismo sucede con la habilidad artística y literaria; lo mismo con el tesoro variable de la voluntad.23
El paradigma de la modulación tensiva se presenta ahora como sigue:

Las ciencias humanas, retóricas por naturaleza, si no pueden por el momento enunciar “buenas” leyes y aportar pruebas objetivas, pueden al menos presentar ejemplos.24 En ese sentido, la línea divisoria de las artes poéticas pasa por la asimetría que hemos postulado entre la ascendencia y la decadencia. Con pequeños matices diferenciales, el voluntarismo estético de Baudelaire es el mismo que el de Boileau, y nos parece significativo que los versos que resumen el punto de vista de Boileau sean justamente los que destacan la lentitud y la duración, es decir, las valencias que constituyen el fundamento de la ascendencia tensiva:
Hâtez-vous lentement, et, sans perdre courage,
Vingt fois sur le métier remettez votre ouvrage: (....)
[Apresúrense lentamente, y, sin perder el ánimo, sometan veinte
veces su obra al oficio: (...)]
Al extremo opuesto de ese voluntarismo razonado se coloca la actitud surrealista que podríamos calificar de fatalista, o de providencialista; si aplicamos a la propuesta de Breton la dualidad existencial [sobrevenir vs llegar a], nos daremos cuenta de que el poeta no llega a la imagen, sino que la imagen le sobreviene (lo sorprende): “De la aproximación en cierto modo fortuita de dos términos surge una luz particular, la luz de la imagen, a la cual nos mostramos infinitamente sensibles”.25 Breton es formal: “… los dos términos no se deducen uno de otro…”.26 Anticipando un poco, conviene remarcar que la repercusión de la imagen tiene algo que ver con la captación de una desmesura cuyos funtivos de primer orden son la vivacidad del tempo y la importancia del intervalo recorrido: “El valor de la imagen depende de la belleza del fulgor obtenido; por consiguiente, resulta de la diferencia de potencial entre los dos conductores. Cuando esa diferencia apenas existe, como en el caso de la comparación, la chispa no se produce”. La comparación “eléctrica” aducida por Breton funciona como un análisis.
Las dos poéticas comparadas suponen competencias modales opuestas, cada una con su lado positivo y su lado negativo. Si Boileau y Baudelaire ponen por delante el “tesoro variable de la voluntad”, es decir, un querer-querer, dicho de otro modo, la forma redoblada, amplificada, retórica del querer, el surrealismo prefiere en principio practicar la abstención y dejar el campo libre a lo fortuito, es decir, a ese azar cuya denegación ha obsesionado permanentemente a Mallarmé: “… y cuando el azar, vencido palabra por palabra, se alinea en alguna medida, por pequeña y diseminada que sea, el blanco regresa indefectiblemente, gratuito hasta hace un momento, inevitable ahora, para concluir que nada hay más allá y para autenticar el silencio”,27 e indudablemente uno de los grandes méritos de Breton es el haber mostrado que la actitud surrealista exige una energía tan obstinada, tan vigilante como aquella de la que se jactaba el voluntarismo estético, dominante hasta ese momento. Tenemos, entonces:

Según Breton, los resultados del “sobrevenir” son desiguales, pero a fin de cuentas, son considerados por el autor superiores a los del “llegar a”:
En conjunto, [los resultados] de Soupault y los míos propios presentan una notable analogía: el mismo vicio de construcción, un desfallecimiento de la misma naturaleza, pero también, de una y otra parte, la ilusión de una inspiración extraordinaria, mucha emoción, una selección considerable de imágenes, de tal calidad que ninguno de nosotros hubiera sido capaz de construir una sola aunque le hubiera dedicado mucho tiempo, un pintoresquismo muy especial y, aquí y allá, alguna proposición de una bufonería llena de agudeza.28
La positividad de la “bufonería” reclama una puntualización de nuestra parte, relativa a la estética de Baudelaire. Con frecuencia, nos olvidamos de que debemos también al autor de Las flores del mal la integración de lo “bizarro” al discurso estético: “Lo Bello es siempre bizarro. (…) Yo repito a menudo que lo Bello contiene siempre una pizca de bizarrería, de bizarrería ingenua, involuntaria, inconsciente, y que dicha bizarrería es la que lo hace ser particularmente Bello…”.29 Nos limitaremos a tres observaciones que no podemos desarrollar aquí:30 (i) con ligeras variantes, Baudelaire y Breton hubieran podido intercambiar los textos citados o suscribirlos conjuntamente; (ii) para el actor-individuo Baudelaire, la dualidad de la estética no constituye un problema en la medida en que propugna el derecho que tiene cada cual a contradecirse; (iii) la división que Baudelaire hace de la estética no es la misma que hemos propuesto para los estilos tensivos elementales, cosa que Focillon afirmaba con toda pertinencia a propósito de los estilos clásico y barroco, a saber, que en virtud de la fórmula valencial que representan, constituyen “estados de todos los estilos”.
El imperativo de Boileau: “Apresúrense lentamente”, nos viene a recordar que el discurso, recurriendo especialmente al oxímoron, es capaz de superar las contrariedades mejor aceptadas. Del mismo modo, W. Benjamin ve en la celeridad y en la tonicidad del juego de azar la composición de lo fortuito y de la voluntad, del “sobrevenir” y del “llegar a”, es decir, para el jugador auténtico —el que gana para mejor perder— el medio de “entregarse de cuerpo y alma” a una secuencia acelerada de “jugadas”:
El entretenimiento del juego, sin embargo, es de una naturaleza singu lar. Un juego hace pasar el tiempo con tanta mayor rapidez cuanto con mayor rudeza está sometido al azar, cuanto menor es el número de combinaciones que implica la partida (las “bazas”) y más rápida su sucesión. En otros términos, cuanto más importantes son los elementos aleatorios de un juego, más rápidamente se desarrolla. Esa circunstancia será determinante a la hora de definir eso que constituye la “ebriedad” auténtica del jugador. Esta reposa en esa particularidad que caracteriza al juego de azar y que consiste en provocar la presencia de espíritu haciendo aparecer una rápida sucesión de constelaciones totalmente independientes unas de otras, cada una de las cuales apela a una reacción original, totalmente inédita, del jugador. Ese hecho se traduce por el hábito que tienen los jugadores de no apostar, en lo posible, hasta el último momento…31
No se podría decir mejor que, padecida o querida, la precipitación es la maestra de los tiempos “fuertes” de la existencia.
I.2 Premisas particulares
A decir verdad, se trata menos de premisas particulares que de premisas particularizadas, puesto que el examen que vamos a iniciar se refiere a la complejidad, al análisis y a la factualidad semióticos.
I.2.1 La complejidad
En las propuestas de las ciencias humanas, la complejidad funciona frecuentemente como una contraseña y casi siempre como un motivo de confusión debido a los desplazamientos de puntos de vista y de isotopías que se operan aturdidamente entre las diferentes perspectivas. Pero para quien se propone efectuar las aclaraciones deseables, se plantea el problema de la terminología, pues carecemos de ella. Con cargo a equivocarnos, nosotros distinguimos cuatro “clases” de complejidad, cada una de las cuales encierra un tipo de dificultad.
La primera que se presenta a nuestra consideración la vamos a designar complejidad discursiva, y mejor, mítica. Ha atraído la atención de los antropólogos, que no han podido dejar de advertir que las culturas y los discursos que retienen su atención establecen entre las “cosas” relaciones sorprendentes y, por decirlo de algún modo, indefectibles, como lo señala Cassirer:
El todo y sus partes están íntimamente entrelazados y ligados unos a otros por el destino —y lo siguen estando aún cuando en los hechos se encuentran separados. Aun después de la separación, lo que amenaza a una parte amenaza también al todo. Quien domina una parte, por pequeña que sea, del cuerpo del hombre, aunque solo sea su nombre, su sombra, su reflejo en el espejo —cosas que, para la intuición mítica constituyen “partes” reales de ese hombre—, domina al hombre completo y ejerce sobre él una violencia mágica.32
La sinécdoque, que en nuestro universo de discurso es una figura retórica, es decir, un ornamento, aquí es una forma de vida, pues en nuestro mundo civilizado el unicornio, la sirena y el centauro ya solo sirven para divertir a los niños.
La segunda clase que vamos a considerar es la complejidad de composición, y la vamos a referir a un pasaje ya mencionado de los Prolegómenos: “Los ‘objetos’ del realismo ingenuo se reducen a puntos de intersección de esos haces de relaciones (…). Las relaciones o las dependencias que el realismo ingenuo tiene por secundarias y que presuponen los objetos, son para nosotros esenciales: son la condición necesaria para que existan puntos de intersección”.33 Dado que Hjelmslev solo admitía a Saussure como precursor, tenemos la impresión de que esa complejidad del objeto no hace más que prolongar la amplificación que el maestro de Ginebra concedía al término de “relatividad”: “… sólo dichas diferencias existen y (…) por eso mismo, todo objeto sobre el cual trata la ciencia del lenguaje es precipitado en una esfera de relatividad, al margen por completo de lo que se entiende habitualmente por ‘relatividad’ de los hechos”.34
Esa toma de posición plantea una dificultad puesta de manifiesto de inmediato por el análisis que tomamos de Vendryes:
El francés (…) ha encontrado dos medios para expresar el aspecto (…). Uno consiste en el empleo del prefijo verbal re- para remarcar la acción instantánea por oposición a la acción durativa. Así rabattre [rebajar, abatir…]. Rabaisser [bajar, rebajar…] significan no derribar de nuevo o aún más, sino simplemente hacer que el rebajamiento siga a la elevación, sin tomar en cuenta el tiempo que se necesita para hacerlo (…). Pero existe otro medio para traducir la acción del aspecto: es el empleo del verbo reflexivo. Sólo hay que comparar défiler [desensartar], trotter [trotar] con se défiler [escabullirse], se trotter [largarse]. Con frecuencia, se combinan los dos procedimientos…35
Este breve análisis muestra que la problemática del aspecto desborda ventajosamente la irrelevante confrontación del perfectivo y del imperfectivo y que pone en juego categorías a las que están subordinados tanto el perfectivo como el imperfectivo, como trataremos de demostrar más adelante. Nos limitaremos por ahora a dos observaciones sucintas: en primer lugar, en el plano de la expresión, el campo de ejercicio del aspecto no debería quedar reservado al verbo, como algunos tienden a pensar; en segundo lugar, en el plano del contenido, el aspecto mantiene con el tempo la relación de un presuponiente con el presupuesto que lo controla.
Al lado de la complejidad de composición, hay que mencionar la complejidad de constitución, conocida en semiótica con los nombres de término complejo y de término neutro, términos de los que da cuenta la semiótica greimasiana, aunque sin aportar el más mínimo modo de empleo… A propósito de esos términos, la posición de Greimas decreta una relación de contrariedad entre los semas [s1] y [s2], que el término complejo supera afirmando [s1 + s2], combinación que Greimas/ Courtés comentan de la siguiente manera en Semiótica 1: “El problema de la generación de tales términos no tiene hasta ahora solución satisfactoria”. Y de hecho, la transformación de una alternancia en coexistencia, en relación con las premisas declaradas del binarismo, no deja de crear dificultad, ya que el hecho, por carencia de fundamento de derecho, es masivo, según el mismo Greimas: “La ‘coexistencia de los contrarios’ es un problema arduo, heredado de una larga tradición filosófica y religiosa”. Además, en muchas culturas, es la oposición y no la conjunción la que es o ha sido problemática, así como durante milenios lo impensable ha sido la mortalidad del alma y no su inmortalidad.
La cuarta clase de complejidad es la complejidad de desarrollo, en virtud de la cual se asegura la interacción de magnitudes que se hallan en contacto. Según Saussure, es preciso “dar cuenta de lo que pasa en los grupos…”,36 es decir, de un evento; y añade: “… un grupo binario implica cierto número de elementos mecánicos y acústicos que se condicionan recíprocamente; cuando uno de ellos varía, tal variación tiene sobre los demás una repercusión necesaria que se puede calcular”. De manera inesperada, esa aproximación dinámica, interactiva de la dependencia se parece más a la perspectiva de Brøndal que a la de Hjelmslev. En el estudio titulado Definición de la morfología, Brøndal postula la existencia de dos “especies de categorías”, las “relaciones”, designadas por [ρ] y los géneros, designados por [γ], con vocación de combinarse entre sí, pero sobre todo de “crecer” y de “decrecer”, así como de producir, en correlación con dichas variaciones, las categorías lingüísticas37 según su diversidad; sin embargo, en razón de su densidad, el pensamiento de Brøndal es difícil de seguir hasta el final.
No vamos a intentar aquí hacer una integración artificiosa de las cuatro clases de complejidad que hemos presentado. No obstante, se abren dos direcciones. En primera aproximación, la complejidad discursiva, la complejidad mítica es apoyada por la complejidad de constitución: en su Teoría general de la magia, M. Mauss establece, al formular las “leyes de la magia”, la prevalencia operativa de la “simpatía”, de la “conexión” según Brøndal:
Es posible distinguir, a través del revoltijo de las expresiones variables, tres leyes dominantes. A las tres se las puede denominar leyes de simpatía, si incluimos en la simpatía, la antipatía. Tales son las leyes de contigüidad, de similaridad, de contraste: las cosas que se hallan en contacto están o permanecen unidas, lo semejante produce lo semejante, lo contrario actúa sobre lo contrario.38
Resulta claro que asoman aquí en sordina algunas categorías directrices de la retórica. Por lo demás no es indiferente que el modelo presentado por Lévi-Strauss en El pensamiento salvaje mantenga, en último término, como característica compatible y de hecho compartida, la tensión entre la metonimia en el caso de la contigüidad, y la metáfora en el de la semejanza.
La segunda dirección atañe a la relación que se puede establecer —o no— entre la complejidad de composición, cuyo héroe sería Hjelmslev, y la complejidad de desarrollo, que tendría como héroe a Brøndal. Esa dualidad de la complejidad de composición y de la complejidad de desarrollo ha sido avanzada por el mismo Hjelmslev en el estudio titulado “Estructura general de las correlaciones lingüísticas”. Hjelmslev distingue dos posibilidades en el análisis: el análisis por dimensiones, que es el que él recomienda y practica en La categoría de los casos, y el análisis por subdivisión, defendido por R. Jakobson:
El análisis por dimensiones consiste en reconocer, dentro de una categoría, dos o más sub-categorías que se entrecruzan y se compenetran. (…) El análisis por subdivisión consiste en repartir los miembros de una categoría superior en dos o más clases, de las cuales una por lo menos comprende dos miembros como mínimo.39
Podemos precisar y enriquecer ahora la diferencia entre las dos especies de complejidad: en el caso de la complejidad de composición, solo existe yuxtaposición de las dimensiones, mientras que en el caso de la complejidad de desarrollo se ejerce una compenetración, una interacción entre las dimensiones. Queda claro que la complejidad de desarrollo exige o proporciona “más” que la complejidad de composición, lo que nos obliga a preguntar de qué modo y por qué vías de complejidad de desarrollo sustituye a la complejidad de composición. La dualidad expuesta esboza una semiosis:

En esa óptica, la oposición binaria no es la respuesta, sino más bien la pregunta. La respuesta consiste en el descubrimiento o en la invención de un camino que conduzca de un término a otro.40 Para Kant, la transición entre el concepto y la imagen, entre lo inteligible y lo sensible, se efectúa por medio del esquematismo. Cassirer ha hecho de esa noción una “inducción amplificante”, en expresión que tomamos de Bachelard:
El lenguaje, con los nombres que da a los contenidos y a las relaciones espaciales, posee un esquema semejante, al cual hay que referir todas las representaciones intelectuales para hacerlas aprehensibles y representables por los sentidos. Todo ocurre como si las relaciones intelectuales e ideales solo pudieran ser captadas por la conciencia lingüística si son proyectadas en el espacio y “reflejadas” analógicamente en él.41
Cassirer sostiene aquí la anterioridad del concepto, pero veremos más adelante que la peculiaridad de lo que denomina “fenómeno de expresión” consiste en recusar tanto esa dependencia como esa orientación.
Por nuestra parte, damos a la noción de esquematismo su extensión más general: ¿cómo pasar de una relación de coexistencia del tipo: “y…y…”, a una relación de dependencia asimétrica del tipo: “de [x] a [z], en nuestro caso, de lo sensible a lo inteligible, de los estados de alma a los estados de cosas? En términos de G. Deleuze, en Diferencia y repetición,42 ese paso se efectúa por medio de una “implicación” que se realiza anulándose, y se anula realizándose en una “explicación”. En esa perspectiva, la tensividad no es propiamente hablando una tercera categoría inédita a la espera de su circunscripción, sino un intervalo entre la estructura de la intensidad y la de la extensidad, o mejor aún, la prolongación de una reciprocidad creadora, condición sine qua non de la interdefinición.
Nos limitaremos a hacer aquí tres escuetas observaciones: (i) a nuestro modo de ver, el enigma no reside en el paso de la simplicidad a la complejidad, que es lo que constituye la característica de la complejidad de composición y de la complejidad de constitución, sino más bien en el tránsito inverso, o sea de la complejidad de desarrollo al análisis que descubre en ella y recuenta las unidades, que son las obreras: “… el sistema consiste en categorías cuyas definiciones permiten deducir las unidades posibles de la lengua”;43 (ii) la complejidad de las magnitudes semióticas se desprende de la complejidad del espacio tensivo, tema que será abordado en el capítulo siguiente; (iii) la complejidad de composición y la complejidad de desarrollo difieren en un punto importante: las operaciones efectuadas a partir de la complejidad de composición son confiadas a terceros, es decir, a actantes, mientras que en el caso de la complejidad de desarrollo, son inmanentes a las magnitudes mismas, ya que estas últimas son ante todo vectores interdependientes definidos por su dirección tensiva y por su propia fuerza. Desde el momento en que los términos [a] y [b] varían en función recíproca, el término [a] se confunde con el programa que ejecuta y se convierte en un contra-programa, en una resistencia para el término [b], que se le enfrenta, y recíprocamente en el caso singular y enigmático de las correlaciones inversas. No se puede decir lo mismo de la complejidad de composición. Es evidente que se cambia de imaginario: los actantes se hacen explícitos en la complejidad de composición, mientras que en la complejidad de desarrollo se mantienen implícitos.
I.2.2 Análisis del análisis
Nos gustaría señalar, en primer lugar, los límites de nuestro propósito: no vamos a tratar aquí del análisis en sí, sino del análisis semiótico, es decir, que nos atendremos a las condiciones y a las disposiciones que lo singularizan. Los maestros reconocidos de la disciplina tienen pareceres divergentes sobre la cuestión del objeto exacto del análisis: (i) Saussure pone por delante la diferencia y la oposición, que el Curso de lingüística general, siendo lo que es, parece aceptar como intercambiables; (ii) Hjelmslev desconoce ambos términos —y es difícil pensar que ese doble olvido sea fortuito— y solo acepta el término de dependencia, el cual forma parte de la primera lista de “indefinibles”;44 (iii) Brøndal, como hemos visto anteriormente, es sensible a la dinámica interna de la complejidad; (iv) Jakobson, Lévi-Strauss45 y Greimas, por su parte, han puesto el acento en la oposición. Indudablemente, para esos autores, se trata solamente de predominios y no de exclusiones. En el Curso de lingüística general, Saussure mismo ha relativizado seriamente la prioridad de la diferencia: “Por lo regular, no hablamos por medio de signos aislados, sino con grupos de signos, con masas organizadas, que son a su vez signos. En la lengua, todo se resuelve en diferencias, pero también en agrupamientos”,46 y esa rectificación modera considerablemente la distancia que adopta Hjelmslev en los Prolegómenos.
Puesto que es preciso adoptar una posición, no se trata de echarlo a la suerte, sino de mantener, en lo posible, la coherencia: creemos que el tipo de complejidad que hemos destacado, a saber, la complejidad de desarrollo, da prioridad a la dependencia y, en consecuencia, a las enseñanzas de los Prolegómenos: el espacio tensivo es, por principio, complejo, puesto que se basa en la dependencia que tiene la extensidad en relación con la intensidad, en la que los estados de cosas tienen en relación con los estados de alma. Desde nuestro punto de vista, el concepto de dependencia exige el apoyo de dos categorías auxiliares: el intervalo y la asimetría; el intervalo, dado que un paradigma no opone elementos, como se repite insistentemente: lo que hace es contrastar, disgregar, graduar, en la medida en que demanda una sola cosa: que el término siguiente supere positiva o negativamente al precedente. Una vez admitida, esa exigencia reclama una tipología razonada de los intervalos significativos elementales, de los que trataremos en el capítulo siguiente. En ese sentido, el punto de vista tensivo es ampliamente deudor de la aspectualidad. La asimetría, por su parte, es una noción delicada, que remite: (i) a la desigualdad de los potenciales inmanentes de los términos acercados, y por tanto a la medida; (ii) a la desigualdad modal que se desprende de la desigualdad anterior, la cual permite comprender que la semiótica de la oposición haya cedido poco a poco terreno a una semiótica de la modalidad; (iii) y en el plano lingüístico, a la rección. Entre esas magnitudes, lo único que se da, a fin de cuentas, son desplazamientos del punto de vista; tal como lo indica Hjelmslev, dichas entidades semióticas constituyen una complejidad de tal naturaleza que si una de ellas tiene que ser definida, las otras se presentan de inmediato como definientes de primer orden. Hjelmslev exige que la categoría mantenga tanto esa relatividad como ese predominio:
La categoría es un paradigma dotado de una función definida, reconocida la mayor parte de las veces como un hecho de rección. (…) Categoría y rección están, pues, en función una de otra; la categoría se reconoce como tal por la rección y la rección, a su vez, existe en virtud de la categoría. Lo sintagmático y lo paradigmático se condicionan mutuamente.47
De donde se infieren dos consecuencias nada despreciables. En primer lugar, la oposición, ausente de los tres índices que figuran en los Prolegómenos, no ocupa el primer lugar, sino que es circunstancial: “… una correlación puede ser manifestada también por una oposición exclusiva; la exclusión no constituye más que un caso especial de la participación, y consiste en que algunas casillas del término extensivo no son ocupadas por elemento alguno”.48 En segundo lugar, los conceptos mayores de la teoría hjelmsleviana, si no de su imaginario, forman, desde cierto punto de vista, una declinación, mejor aún, una transición por etapas entre la extensión y la localidad, entre el sistema y sus “detalles”; la extensión tiene por fiadora la “homogeneidad de la dependencia”, que es ciertamente mucho más que un “indefinible”. Según el autor de los Prolegómenos:
El factor particular que caracteriza la dependencia entre la totalidad y las partes, lo que la diferencia de una dependencia entre la totalidad y otras totalidades y hace que los objetos descubiertos (las partes) puedan ser considerados como interiores y no como exteriores a la totalidad (es decir, al texto) parece ser la homogeneidad de la dependencia: todas las partes coordinadas, que resultan únicamente del análisis de una totalidad, dependen de dicha totalidad de una manera homogénea.49
La localidad tiene por fiadora la función; finalmente, la categoría y la rección encaminan, transportan el arcano de la dependencia desde el todo hasta sus partes más alejadas, como sucede por ejemplo con los casos (Hjelmslev), con las preposiciones (Brøndal) y hasta con los indefinidos (Greimas).
Por su generalidad superior, la dependencia prevalece sobre la oposición, exaltada durante los años sesenta, y se impone como el objeto central del análisis; de ahí la corrección aportada a la definición tradicional del análisis:
Se puede reconocer, pues, fácilmente que lo esencial, en el fondo, no consiste en dividir un objeto en partes, sino en adaptar el análisis de tal manera que se adecue a las dependencias mutuas que existen entre esas partes y que nos permita igualmente dar cuenta de dichas dependencias de manera satisfactoria.50
I.2.3 El hecho semiótico
Ese desplazamiento de insistencia desde la oposición a la dependencia y a la función51 modifica la fisonomía de eso que llamamos, a falta de mejor término, el hecho semiótico. En la perspectiva greimasiana, que ha concebido y aplicado —el caso es muy raro— una gramática narrativa eficaz, el hecho semiótico propio de esa gestión es indudablemente el programa narrativo. Creemos haber mostrado que la sintaxis fundamental es ya narrativa,52 pero esa preeminencia, que le viene bien al relato y al cuento popular, el cual ha servido de modelo al relato, no se adapta a la semiótica tensiva, la cual se preocupa ante todo por la relación existencial, inmediata, imperativa entre el yo y el no-yo, que Merleau-Ponty, en Fenomenología de la percepción, acepta como “una primera capa de significación”:
Sucede que el habla y las palabras conllevan una primera capa de significación como algo adherido y que da origen al pensamiento como estilo, como valor afectivo, como mímica existencial, antes que como enunciado conceptual. Bajo la significación conceptual de las palabras descubrimos una significación existencial que no solo es traducida por ellas, sino que las habita y es inseparable de las mismas…53
El hecho semiótico vale por su poder de integración y de conciliación. Lo que le exigimos es que declare la clase de complejidad que escoge. En ese sentido, acogemos la complejidad de composición, en la medida en que considera el objeto como un “haz de relaciones”, en nombre de la extensidad, pero la sometemos a la complejidad de desarrollo porque esta última dinamiza la dependencia convirtiéndola en interdependencia creadora, y esa complejidad de desarrollo la situamos en la dimensión de la intensidad. El predominio de la complejidad de desarrollo tiene por consecuencia que la sintaxis intensiva proceda necesariamente por ascendencia o por decadencia: por concordancia, en el caso de las correlaciones conversas; por discordancia, en el caso de las correlaciones inversas. Finalmente, el hecho semiótico en cuanto localidad está condicionado por su pertenencia al espacio tensivo, producto a su vez de la proyección de la intensidad sobre la extensidad, de lo sensible sobre lo inteligible. De proceder en forma diferente, el analista se ve conducido a plantear, como Hjelmslev lo hizo, una trascendencia, y tal vez una —contra-intuitiva— extrañeza del afecto, puesto que el “esquema” hjelmsleviano es una “forma pura”, y para decirlo de una vez, “algebraica”. Como lo subrayaremos en el capítulo siguiente, resulta cómodo creer que se ha expulsado la afectividad de la esfera del sentido, pero recordaremos a modo de ejemplo bien conocido, que el cuadrado semiótico, cuyas premisas eran en principio “lógico-semánticas”, requería, para empezar a “girar”, de la “foria”, la cual no tiene ciertamente naturaleza “lógico-semántica”.54
Para atenuar la aridez de esta presentación, propondremos un ejemplo: la dualidad de los estilos clásico y barroco tal como surge de los análisis magistrales de H. Wölfflin en Conceptos fundamentales en la historia del arte.55 En primer lugar, la penetración de la que constantemente hace gala Wölfflin llama al semiótico a la modestia y al reconocimiento: siendo como es la obra de Wölfflin un análisis permanente, lo que el semiótico hace cuando toma en cuenta ese texto, es analizar un análisis, y contribuir con ello a consolidar la continuidad discursiva a la que tanto debe. Desde nuestro punto de vista, la semiótica caería en falta si cortara esa continuidad con la gran cultura analítica de la que participa. Bajo ese punto de vista, podemos considerar que Greimas, a pesar de las protestas del mismo Propp, ha completado y llevado más allá de los límites fijados56 el trabajo innovador de Propp; y a la inversa, sin la calidad definitiva de los análisis de Propp, el trabajo de Greimas no hubiera sido lo que es.
En relación con el contenido, una de las hipótesis interpretativas recurrentes de Wölfflin estipula que el estilo clásico apunta a lo acabado de la apariencia, mientras que el estilo barroco lo hace a lo inacabado de la aparición: “Lo que ahora [en el Barroco] se trata de captar es la aparición de la realidad, es decir, algo totalmente distinto de aquello a lo que da forma el arte lineal [del Renacimiento], cuya visión está siempre condicionada por el sentido plástico. (…) Uno es el arte de lo que es, el otro el arte de lo que aparece”.57 Wölfflin expresa incluso esa tensión en términos que nos son familiares: el estado y el evento: “Su intención no es la de alcanzar la perfección del cuerpo arquitectónico, la belleza de la ‘planta’, como diría Winckelmann, sino el evento, la expresión de un cierto movimiento del cuerpo”;58 y también la tensión entre el ser y el tránsito: “La búsqueda del instante que pasa, en la factura del cuadro del siglo XVII, es también uno de los elementos esenciales de la ‘forma abierta’”.59 En el plano de la expresión, nos limitaremos aquí a la primera de las cinco categorías plásticas estudiadas por Wölfflin, la que se refiere a la tensión entre la línea y el contorno. La tensión directriz opone el respeto de los contornos a la “desvalorización creciente” de la línea, que es la rúbrica del estilo barroco. Nosotros vinculamos esa tensión plástica a la tensión directriz inmanente a la extensidad, a saber: [selección vs mezcla]. Con esas atingencias del análisis de Wölfflin, que podríamos multiplicar con suma facilidad, el estilo clásico y el estilo barroco se configuran recíprocamente; la definición deja paso a la interdefinición. Pues en verdad no existe definición en sí; lo que existe es una red que distribuye lugares, definidos por la intersección de los funtivos de las dos categorías:

Sin embargo, la presentación más apropiada de la dinámica interna de la complejidad de desarrollo es el diagrama, el cual sugiere por su misma ingenuidad de qué modo, por la modulación súbita o progresiva del régimen de las valencias de tempo, se pasa de la alternancia a la coexistencia:

Antes de pasar al capítulo siguiente, nos gustaría subrayar tres puntos: (i) la definición no ocupa, ni en la red ni en el diagrama, más que una región, y por lo tanto, una definición, cualquiera que sea su exactitud, está siempre a la espera del término que le servirá de espejo y del que se siente solidaria; (ii) la red se ubica en la paradigmática y constituye un objeto de la captación; el diagrama se coloca del lado de la sintagmática, y es objeto de la mira; (iii) en nuestra opinión, la red y el diagrama, si se aceptan como válidos, llevan a cabo, cada cual a su modo específico, el análisis de la dependencia en cada discurso: en este caso, la dependencia del contorno en relación con el tempo.
Adoptando la noción de estilo propuesta por Merleau-Ponty, tendremos:

II
De las valencias tensivas a los valores semióticos
La particularidad del punto de vista tensivo no consiste en “afectivizar” (Bally) o en “reafectivizar” el sentido, sino en descubrir las condiciones de una reciprocidad ininterrumpida del afecto y de la forma, en superar el tenaz prejuicio según el cual el afecto “dionisíaco” solo vendría a turbar, a descomponer la forma “apolínea”, que, por sí misma, tendería hacia el “álgebra” según Saussure, hacia el “esquema” según Hjelmslev, planteado como “forma pura, definida independientemente de su realización social y de su manifestación material”.1 Ya lo hemos mencionado en el primer capítulo: la tutela que ejerce lo sensible sobre lo inteligible no es discutida por nadie; el punto que plantea problemas es el de saber dónde conviene ubicarla exactamente. Hjelmslev la inscribe en la sustancia del contenido, Greimas la confía a la sintaxis modal. Ese anclaje insuperable del sentido en la afectividad, que la semiótica se ha decidido a asumir en voz alta, estaba latente en lo que se ha llamado el “giro modal”, pero se ha tenido que esperar la Semiótica de las pasiones para calibrar su importancia.
Sin desconocer los límites rápidamente alcanzados por dicha investigación, si uno se pregunta por la línea seguida actualmente por la semiótica, podríamos decir que al lado de una semiótica fascinada, si no alienada por la producción, la apropiación y la circulación de los objetos de valor, va adquiriendo cuerpo una semiótica del evento no menos consistente.2 Si se concibe la semiótica como una disciplina insular, orgullosa, replegada sobre sí misma, que genera por análisis y catálisis sus categorías, sin deber nada a nadie, entonces se podría decir que la semiótica se desarrolla en virtud de las carencias que descubre o que inventa. Pero si, al contrario, se concibe la semiótica como una disciplina abierta, acogedora, como dirección de pensamiento entre otras no menos estimables, entonces podemos reconocer convergencias con las contribuciones de aquellos a los que R. Char llama los “grandes precursores”, aunque no usen la jerga semiótica. Entre estos últimos, la obra de Cassirer —profundamente humanista y escandalosamente ignorada— debería ocupar, en nuestra opinión, un lugar de preferencia.
II.1 CASSIRER Y EL “FENÓMENO DE EXPRESIÓN”
En el tomo tercero de Filosofía de las formas simbólicas, Cassirer analiza lo que él denomina el “fenómeno de expresión” en cuanto “fenómeno fundamental de la conciencia perceptiva”; al hacerlo, le asigna un lugar eminente con el fin de darle al tomo segundo, consagrado al “pensamiento mítico”, una base digna de su consistencia y de su resonancia.
La definición del “fenómeno de expresión” es el resultado de una operación de selección que pone de relieve los límites del giro fenomenológico, a veces recomendado:
[La percepción concreta] no se resuelve jamás en un simple complejo de cualidades sensibles —como claro u oscuro, frío o caliente— sino que, cada vez, se adhiere a una tonalidad de expresión determinada y específica; nunca está exclusivamente regulada por el “qué” del objeto, sino que capta el modo de su aparición global, el carácter seductor o amenazador, familiar o inquietante, tranquilizador o angustioso que reside en ese fenómeno tomado como tal, independientemente de su interpretación objetiva.3
Esa distribución entre “cualidades sensibles y caracteres expresivos”4 no constituye por sí sola una estructura, pues toda estructura implica, de un lado, una “función semiótica” que distinga y asocie un plano de la expresión y un plano del contenido, y de otro, dos pares al menos de magnitudes capaces no solo de variar por sí mismas —lo que no es gran cosa— sino de variar ya en razón directa ya en razón inversa unas de otras. La hipótesis de Cassirer, en el magistral capítulo segundo de la primera parte del tomo tercero, plantea que los devenires respectivos de la esfera del conocimiento teórico y de la esfera de lo vivido varían en razón inversa unos de otros; ese reparto, el mismo que Hjelmslev propuso para la sustancia del contenido, y sus desarrollos resultan, según creemos, conformes en todos sus puntos con los devenires inmanentes de las categorías tensivas. Lo cual significa, para cada una de las dos dimensiones, que: (i) la esfera de los “fenómenos de expresión” es literalmente acentual, puesto que se encuentra bajo el signo de la tonicidad intensiva y de la concentración extensiva;5 (ii) la esfera de las percepciones es, según Cassirer, la esfera de la “indiferencia” y de la dispersión, magnitudes que nosotros aceptamos como las derivadas canónicas de la desacentuación intensiva y de la dispersión extensiva: “El rasgo que mejor distingue ese mundo [de la expresión] del mundo de la conciencia teórica, es la indiferencia que opone a las diferencias de significación y de valor más importantes del mundo de la conciencia teórica”.6
Aproximadamente, dicha correlación se presentaría así:

Según Cassirer, y dada la amplitud de su perspectiva, el “fenómeno de expresión” atañe al contenido del mito,7 pero esa dehiscencia, decisiva a nuestro parecer, perdura, sobre todo en Merleau-Ponty, cuando, por ejemplo, en El ojo y el espíritu invoca, evoca esa “capa de sentido bruto del que el activismo no quiere saber nada”.8 Entre el pensamiento mítico y la fenomenología contemporánea, lo único que difiere es el revestimiento discursivo: mientras que el mundo mítico es, según Cassirer, un mundo encantado o demoníaco,9 es decir, provisto de una actorialidad exuberante, el mundo que la fenomenología proyecta solo conserva, en relación con el del mito, “la certeza de una eficacia viviente, experimentada por nosotros” [Cassirer], por lo que se refiere al sujeto, y “la irradiación” por lo que se refiere al objeto.10 La temática de la irradiación en El ojo y el espíritu se conjuga con la de la “metamorfosis”, desarrollada por Cassirer: en virtud de su “fluidez”, no existen magnitudes que no puedan evadirse de las clausuras establecidas, así como, según Merleau-Ponty, el agua de la piscina está —“concesivamente”— en la piscina y fuera de la piscina al mismo tiempo:
[El agua de la piscina] la habita y se materializa en ella, no está contenida en ella, y si levanto los ojos a la pantalla que forman los cipreses en la que juega la red de los reflejos, no puedo negar que el agua también la visita, o al menos envía hacia allí su esencia activa y viviente. Esa animación interna y viviente, esa irradiación de lo visible es lo que el pintor trata de captar bajo los nombres de profundidad, de espacio, de color.11
Todo ocurre como si, colocada ante el hecho consumado de la virtualización del pensamiento mítico en nuestro universo de discurso, la fenomenología se empeñara en actualizar, en reavivar en su propio discurso las categorías directrices de esos universos “característicos” en el momento mismo en que se disuelven, soportando frontalmente, sin poderla controlar en ese instante, la potencia del conocimiento teórico. En su honor y aparentemente a su pesar, la fenomenología —especialmente en las obras de Merleau-Ponty y de Bachelard—12 se presenta en muchos aspectos como una laicización del pensamiento mítico, en el sentido en que, si resulta fácil desprenderse de lo “divino”, parece vano pensar que hemos terminado para siempre con lo “religioso”.
II.2 LAS FORMAS ELEMENTALES DE LA VARIABILIDAD TENSIVA
El problema semiótico, a la vez simple y complicado, consiste en deducir, a partir de una categoría debidamente establecida, las unidades —nos gustaría decir: la “moneda suelta”— que circulan por los diferentes discursos, que son convocadas a formar parte de ellos o que de ellos son retiradas. De lo que se trata es de sorprender las condiciones en las que una dirección tensiva, es decir, afectante, se fragmenta en momentos distintos, interdefinidos, y sin embargo dependientes de la dirección que los conduce: para ello y bajo beneficio de inventario, dos son los requisitos que deben ser formulados: (i) conviene aceptar la medida no solamente como la base efectiva de los semas, sino también como la mediación entre lo extenso y lo restringido; (ii) sin duda, esos momentos se dan en la sucesión, pero ese dato no contradice el principio estructural: “Ese mecanismo, que consiste en un juego de términos sucesivos, se parece al funcionamiento de una máquina cuyas piezas ejercen una acción recíproca, aunque estén dispuestas en una sola dimensión”.13
Por lo menos a partir de Leibniz,14 el problema de la continuidad ha dividido a los autores. La semiótica no ha podido evitar el dilema: ¿exige la pertinencia la prevalencia de lo discontinuo, como en un comienzo lo creyó Greimas, o la de lo continuo? No entraremos de nuevo en ese debate; nada se gana con alargar indefinidamente las perspectivas. Ya lo hemos indicado: el problema que a partir de Saussure se plantea en semiótica una y otra vez se refiere a la obtención de las unidades. En el Curso de lingüística general, Saussure identifica determinación y delimitación: “La entidad lingüística no está completamente determinada sino cuando está delimitada, separada de todo lo que la rodea en la cadena fónica. Esas entidades delimitadas o unidades son las que se oponen en el mecanismo de la lengua”.15 La reflexión de Saussure, en la medida en que concierne aquí al plano de la expresión, no nos da luces sobre las unidades del plano del contenido. La semiótica tensiva, basándose en la correlación experimentada entre la medida intensiva y el número extensivo, plantea que las características de la unidad deben estar en concordancia con esa orientación epistémica general, so pena de quebrar la homogeneidad;16 bajo esa condición no negociable, la unidad tiene que ser mensurable o/y numerable, mensurable en intensidad, numerable en extensidad.
Antes de considerar sistemáticamente las formas elementales de la variabilidad semiótica, quisiéramos mostrar que esas formas se ejercen incesantemente en la lengua en calidad de prosodemas que informan y controlan las vivencias del sujeto, al modo de lo que en música se denomina los matices, que son en primer lugar imposiciones de tempo y de tonicidad que hablan directamente al “alma”. Las palabras “vez” y “golpe”, por poco que se las escuche un instante aisladamente, dejan entender en sordina las categorías intensivas de tempo y de tonicidad que nos ocupan. El Micro-Robert de los escolares señala para la palabra “vez”: “Caso en que un hecho se produce”. Advertimos de inmediato que la primera parte de la definición del semema “vez” se refiere directamente al sobrevenir, puesto que el definidor “caso”, definido a su vez como “aquello” que “llega a”, puede ser aceptado como el grado débil, átono, inacentuado, del sobrevenir; la segunda parte de la definición remite a la enumeración y a la serialidad. Si “vez” es el término débil, “golpe” se inscribe como su correlato fuerte, acentuado:

No sin razón el teatro en sus dos géneros tiene como resorte el justamente llamado “golpe de teatro”, del cual Aristóteles hizo en la Poética el resorte de su análisis.
Los sintagmas fijos, las banalidades estilísticas, los clichés son en este punto valiosos y decisivos, porque captan y manifiestan las coerciones tensivas que tratamos de poner al descubierto. Como el “golpe” es “seco” y “súbito”, su medida indudable fija al mismo tiempo la de “vez” como extensión. De tal suerte que la “vez” y el “golpe” difieren por las valencias que compendian; por las valencias y no por los semas, ya que estos últimos son ilimitados, y no así las valencias, pues la gramaticalidad es estrechamente dependiente de la escasez de los inventarios.17 La reciprocidad tensiva de la “vez” y del “golpe” se establece así:

Si consultamos los grandes diccionarios, apenas encontraremos definición que no sea formulada en términos de “golpe (s)” cuando es tónica, y en términos de “vez” [“veces”] cuando es átona. El sintagma fijo “tomar un vaso” es definido consensualmente como una metonimia, pero no lo sería “tomar un trago”.* Invocar el peso del uso, la creatividad del habla contra la normatividad de la lengua no explica nada. Por el contrario, si consentimos en incorporar la expresión “boire un coup” [tomar un trago] al espacio tensivo, comprenderemos que el complemento de objeto mítico “un coup” [un golpe] tonaliza, “renueva” el verbo. Los sememas “vez” y “golpe” funcionan como prosodemas imperativos que indican o recuerdan al usuario los matices que hay que respetar para conferir a la ejecución de los programas la prosodia que les conviene. ¿Acaso no se dice en Francia que beber es un arte que exige a veces un exclamativo “trago”, es decir, según el Micro-Robert, “una buena cantidad de líquido que se pasa de un solo tirón, de un solo “golpe”, y otras veces una rítmica sucesión de “pequeños sorbos”? ¿Acaso no compendia toda una práctica recurrente, sobre todo si es compartida, ceremonial, toda una escala, una medida, un ritmo, que son al fin y al cabo las recíprocas del sujeto mismo?
Si los “golpes” y las “veces” son fijos y respetados, entonces solo queda una pregunta válida: sabiendo que los primeros son más bien divisores y las segundas más bien multiplicadores, ¿cuál es el balance entre unos y otras? Pero si el ¿cuánto? deja paso al ¿cómo?, la pregunta se enuncia de otra manera: exactamente, ¿cómo se pasa del estilo intensivo: “beber de un solo golpe, de un solo tirón”, al estilo extensivo: “beber a pequeños sorbos, a pequeños tragos?; ¿cómo se pasa de un “continuum no analizado pero analizable” (Hjelmslev) a una articulación que proyecta forzosamente una medida y un número que a fin de cuentas se ajustan armoniosamente entre sí? Hjelmslev, que vio claramente el problema, se contenta —reverencia obliga— con declarar a ese propósito: “… no existe formación universal, sino solamente un principio universal de formación”;18 pero de esa “formación”, por discreción tal vez, no dice ni una palabra. Si la mayor parte de analistas se contentan con los “datos inmediatos” de la percepción, algunas mentes se esfuerzan por penetrar en el secreto de la fabricación de tales datos; para Valéry, por ejemplo: “Se trata de hallar la construcción (oculta) que identifica un mecanismo de producción con una percepción dada”.19 La pregunta que surge entonces es: ¿pero cómo saber si esa “construcción oculta” es la correcta? Independientemente de la aplicación, de la “adecuación” según Hjelmslev, sujeta siempre a caución,20 se pueden mencionar dos condiciones selectivas: (i) la reconciliación de la calidad y de la cantidad, que corresponde al concepto de medida, la cual permite, a bajo costo, la cualificación de las cantidades y la cuantificación de las cualidades; (ii) la satisfacción del “criterio de simplicidad” sobre el cual tanto ha insistido Hjelmslev, ya que lo coloca por encima de la exhaustividad y de la no-contradicción, y considera la simplicidad como una propiedad del lenguaje: “No es necesario considerar el lenguaje como algo complicado; al contrario, se le debe considerar como algo simple”.21
En el libro de entrevistas Parábolas y catástrofes, R. Thom, citando al físico Fr. Perrin, propone una síntesis de las exigencias respectivas de Valéry y de Hjelmslev, resumiendo la orientación científica en los siguientes términos: se trata de “sustituir lo visible complicado por lo invisible simple”.22 Este resumen es seductor indudablemente, pero hemos visto en el capítulo primero que uno de los paradigmas epistémicos de la semiótica se refería al tipo de complejidad que convenía aplicar, y nosotros hemos recalcado que, para nuestros fines, era la complejidad de desarrollo la que tenía nuestra preferencia.
En los “Principios de fonología”, Saussure se ha dedicado a obtener ese “mecanismo de producción” de las magnitudes analizables, radicalmente simple. Indiferente para la mayor parte de estudiosos, la cuestión que le preocupa a Saussure puede enunciarse en los términos siguientes: dada una totalidad [T], en la que el análisis ha descubierto dos constituyentes [t1] y [t2], si la actitud epistémica habitual es ascendente: de [t1] y [t2] hacia [T], la dirección inversa es la que acapara su atención: de [T] hacia [t1] y [t2]:
En realidad, vemos ahora que la definición de una sola [sílaba o sonante] no hubiera sido suficiente, porque el hecho de que haya tantas sílabas o sonantes no proviene en absoluto de una dependencia recíproca entre los dos términos. Proviene de una dependencia común de esos dos términos frente a un tercero, puesto en evidencia anteriormente y que reside en la sucesión de las implosiones y de las explosiones…23
No se trata, pues, de “terminar” en la sílaba, sino más bien de “comenzar” por ella y de conservar siempre ese anclaje. De acuerdo con la convención terminológica planteada en el primer capítulo, el análisis tiene por término ab quo una complejidad de desarrollo: en este caso, la sílaba. Saussure distingue, en calidad de constituyentes de la sílaba, no rasgos distintivos, sino la implosión, anotada como [>] y la explosión, anotada como [<], de donde deriva “cuatro combinaciones teóricamente posibles”: el “grupo explosivo-implosivo” [< >], el “grupo implosivo-explosivo” [> <], el “eslabón explosivo” [< <], el “eslabón implosivo” [> >].24 Saussure otorga un lugar eminente a la segunda combinación [> <], una “existencia propia”, puesto que la “primera implosiva” produce, cualquiera que sea su característica fonológica, lo que Saussure denomina el “punto vocálico”. De lo que se trata es de identificar prioritariamente “funciones en la sílaba” que comanden la identificación de los rasgos, lo cual viene “después” y no “antes”.
En virtud del isomorfismo entre la forma de la expresión y la forma del contenido, nos vemos obligados a indagar en la forma del contenido el equivalente de ese nivel silábico intermedio, encargado de “menudear”, de “detallar”, en una palabra de “repartir” las direcciones establecidas en el nivel superior, y ahora anterior, del esquematismo. La cuestión puede formularse de la siguiente manera: ¿cuál es el equivalente inferior —y hasta cierto punto, la manifestante— de una dirección decadente o ascendente? O mejor aún: ¿cuáles son las funciones de segundo rango subsumidas por las funciones de primer rango? Al abrigo de ese patrocinio, acogemos lo más y lo menos como las unidades últimas de la progresividad y de la degresividad, así como anteriormente hemos aceptado la “vez” y el “golpe” como los prosodemas imperiosos para el control de la ejecución del programa por el ejecutante.
Lo más y lo menos pueden funcionar: (i) de manera intransitiva, es decir, valer por sí mismos; (ii) de manera transitiva, produciendo los sintagmas concesivos: más de menos y menos de más; (iii) de modo reflexivo, produciendo sintagmas falsamente redundantes: más de más y menos de menos. Como se adelantó en el capítulo anterior, la ascendencia y la decadencia se definen por su orientación ingenua, lineal y continua: de menos hacia más por ascendencia; de más hacia menos por decadencia. Por supuesto, se puede decir que la ascendencia y la decadencia se oponen entre sí, pero con eso no se ha dicho gran cosa, porque con la misma fuerza se pueden componer, pueden avenirse entre sí, así como en el esquema prosódico de la frase francesa básica una apódosis se encadena con una prótasis, es decir, una decadencia sucede a una ascendencia, una y otra de extensión variable.
Algunas demostraciones suponen entidades “ocultas”: nos representamos los orígenes y los finales de la ascendencia y de la decadencia como “costalillos”, como “envolturas” exclusivas que solo contienen, según los casos, más o menos. Tendremos entonces:

La decadencia se dirige de la plenitud a la nulidad, mientras que la ascendencia efectúa el recorrido inverso. Los límites, en cuanto resultado de una operación de selección, son implicativos, mientras que los términos intermedios, en la medida en que son mezclados, “impuros”, son concesivos: de ese modo, la concesión interviene tanto entre magnitudes como en el corazón mismo de las magnitudes.
Lo cual nos permite enfrentar la etapa siguiente, que consistirá en distinguir los procesos respectivos de la ascendencia y de la decadencia, y confrontar así los componentes descubiertos: en presencia de una ascendencia realizada, es decir, de un paroxismo absoluto de plenitud que solo comporta “más”, el trastorno introducido por la decadencia consistirá necesariamente en la sustracción de al menos un “más”. La continuación del proceso la denominamos atenuación y la definimos en términos de degresividad como la proyección en el campo de presencia de cada vez menos de “más”. Las retóricas, de Longino a Fontanier, conocen bien esa dinámica bajo los nombres de “amplificación”, de “incremento” y, también, de “superincremento”.25 Y como la naturaleza o/y nuestro imaginario tienen horror al vacío, podemos suponer que el retiro de un más es compensado, de inmediato o “en diferido”, por la adición de un menos, con lo cual obtenemos el correlato de la atenuación, a saber, la aminoración, cuya dinámica interna es simétricamente inversa y no obstante concordante con la de la atenuación, puesto que amplifica la negatividad, proyectando en el campo de presencia cada vez más de menos. Somos así testigos de ese momento extraordinario en el que una dirección tensiva emana —misteriosamente en parte— una partición:

Podríamos detenernos ahí, ya que, con pocas diferencias y en el mejor de los casos, esa es la práctica de los diccionarios. En efecto, la mayor parte de las veces, estos últimos se contentan con recoger la dirección ascendente o decadente e invocan el cómodo criterio de la sinonimia, es decir, un caso de sincretismo juzgado como no resoluble, en lugar de tratar los resultantes de la partición. Podemos repetir, a propósito de la atenuación y de la aminoración, la misma partición que acabamos de hacer con la decadencia, es decir, oponer entre sí la atenuación y la aminoración. Desde el momento en que son aceptadas como direcciones, se hacen diferenciables, en este caso, “aspectualizables”. Hemos mencionado ya ese momento cuando hablamos del trastorno de la decadencia y de la ascendencia. Basta con hacer recaer el “acento de sentido” sobre ese momento para que aparezca la distinción deseada: como en el caso precedente, hacemos una “parada” en el curso de la degresividad, una interrupción que nos permite oponer la unicidad de una intervención a su reiteración, lo cual nos devuelve a la problemática de los “golpes” y de las “veces”, considerada anteriormente. Como los términos son tomados del diccionario, resultan forzosamente aproximativos: cuando el retiro afecte solamente a un “más”, hablaremos de moderación, pero si la operación se repite a partir del punto alcanzado por la moderación, admitiremos que nos hallamos en presencia de la disminución. Tenemos ahora:

Antes de seguir adelante, tenemos que señalar que la moderación y la disminución no tienen el mismo objeto figural: la moderación opera sobre un límite, una magnitud extrema (Culioli), un súper-contrario en la terminología que introduciremos dentro de poco, mientras que la disminución actúa sobre el resultado de la moderación, es decir, sobre un grado. Al hacerlo, encamina el proceso desde el grado alcanzado hacia el grado siguiente. Aceptando como unidades “atómicas” los “más” y los “menos”, y admitiendo que un sema concentra ¿uno?, ¿más de uno?, ¿varios “más” o “menos”?, planteamos una reciprocidad plausible y ventajosa entre la calidad y la cantidad semióticas.
Si se acepta el procedimiento descrito, queda claro que, a partir de una dirección adecuadamente identificada, el análisis termina por proporcionar, por proyectar unidades: la presentación que ofrecemos a continuación encadena dos particiones: la partición de una dirección, en un primer momento; la partición de una partición, en un segundo momento. Proponemos la integración “ascendente” —o la deducción “decadente”— que lleva de una dirección tensiva reconocida a las unidades que controla:

Con las diversas premisas que hemos postulado, admitimos la ascendencia y la decadencia como direcciones [N1], la atenuación y la aminoración, de una parte, el repunte y el redoblamiento, de otra, como categorías [N2] en relación con la dirección; finalmente, las derivadas del rango siguiente se convierten en unidades [N3] en relación también con la dirección [N1].
Sería demasiado enojoso repetir la misma demostración para el caso de la aminoración, por un lado, y para el repunte, por otro. Nos contentaremos con producir las redes correspondientes:
Para la aminoración:

Para el repunte:

Para el redoblamiento:

La reagrupación de las cuatro redes en una sola permite establecer la homogeneidad del dispositivo de conjunto: por lo demás, lo “más” y lo “menos”, esa moneda inmediata de lo sensible, son morfemas con cuya ayuda se pueden describir las desigualdades vectoriales que nos permiten “hacer el balance” y, aun arrastrados por la corriente precipitada de los afectos, saber “dónde nos encontramos”:

Sin que lo hayamos buscado deliberadamente, surge aquí una aritmética tensiva, tosca sin duda, a tono con la lengua, puesto que la oposición operativa en N3 es:
[al menos uno] vs [más de uno]
pues para el discurso, de hecho si no de derecho, ¿qué es una multiplicación si no una serie acelerada de añadidos?, ¿qué es una división si no una serie precipitada de retiros? Para los diccionarios, al servicio siempre de los usuarios, la multiplicación y la división son, figuralmente hablando, los superlativos cómodos y diligentes de la suma y de la resta, y en discurso, los catalizadores de la desmesura afectante del evento; el que sufre cuando se propone persuadir o conmover a su interlocutor, ¿no tiene acaso que precisar que “está sufriendo mil males”? La tensión indicada concierne al nivel N3 en la red que acabamos de presentar, y configura ese nivel como rítmico, y más exactamente como “trocaico” [—∪], es decir, que el acento “recae” sobre la primera unidad expresada:

Nos gustaría adelantarnos a una objeción, que se refiere a la circularidad: las valencias, en este caso el tempo, son al mismo tiempo lo que mide y lo medido, pero tal circularidad es finalmente virtuosa y consecuente; el ejemplo es ingenuo sin duda, pero pesamos manzanas, magnitudes pesadas, con unidades de peso, así como los físicos miden... medidas y correlaciones entre esas medidas. Según la perspectiva que hemos adoptado, a saber, el establecimiento de la reciprocidad entre la cantidad y la calidad, no es indiferente que, en discurso, algunas magnitudes vivenciales se presenten, unas como productos, otras como cocientes.
II.3 LA PERTINENCIA SEMIÓTICA
El Micro Robert define la lentitud como una “falta de rapidez, de vivacidad”; dicho de otro modo, a una descripción “imparcial” sustituye una evaluación y una moralización implícita. ¿Cómo dar cuenta de esa deriva? Independientemente de sus eventuales complementos de determinación, la lentitud generalmente es despreciada.*
La cuestión reside en la diversidad de los microuniversos y del asombro que suscitan cuando se ponen en contacto unos con otros; esa es la cuestión que se plantea Montesquieu en Las cartas persas: “¿Cómo uno puede ser persa?”, es decir, ¿singular, extravagante incluso? Sin embargo, la cuestión requiere ser precisada: es indudable que los hombres difieren culturalmente de hecho, pero ¿cómo establecerlo por derecho, sin alegar simplemente su legítimo derecho o su fantasía? Si las estructuras solo admiten lo necesario y desconocen lo posible, la empresa de fundación está mal orientada.
Los funtivos de una dimensión o de una sub-dimensión varían en razón inversa uno de otro. Si consideramos el tempo, por ejemplo sus dos funtivos, la rapidez y la lentitud lo hacen de esa manera. En nuestro universo de discurso, fascinado por la instantaneidad, no siempre la velocidad es unánimemente buscada, sino más bien el espasmo de la aceleración: la ascendencia de la rapidez y la decadencia de la lentitud se imponen con más fuerza. Pero, por conmutación, existe la posibilidad de convocar, en nombre de la “mira”, la ascendencia de la lentitud y la decadencia de la rapidez, lo que podemos representar del modo siguiente:

En esta configuración, la lentitud es creciente y la rapidez decreciente, y esta última, si tuviera que ser definida, sería considerada como “falta de lentitud, de serenidad”. La realización de la decadencia interviene como condición que controla la realización de la ascendencia, y eso en un doble sentido: el repunte se ejerce si la atenuación ha tenido lugar, así como el redoblamiento interviene si la aminoración se ha completado. Comprendemos ahora por qué el Micro-Robert, en lugar de dedicarse a definir la lentitud, efectúa el proceso. La pertinencia semiótica se define, así, por dos rasgos: (i) la euforia; (ii) el acrecentamiento. En términos stendhalianos, eso equivale a preguntarse por la dimensión o la sub-dimensión que contiene para ese sujeto una “promesa de felicidad”.
Dada la precipitación actual de las prácticas, de eso que Valéry, con sentido profético, denominaba ya en un texto de 1925, “la intoxicación por la prisa”, la lentitud existencial está hoy —¿y para siempre?— virtualizada:
… Pero, para mí, el ocio interior se pierde. Estamos perdiendo esa paz esencial de las profundidades del ser, esa ausencia inestimable durante la cual los elementos más delicados se refrescan y se reconfortan (…). Nada de preocupaciones, nada de porvenir, nada de presión interior; por el contrario, una suerte de reposo en estado puro los devuelve a su grado de libertad propio (…). La fatiga y la confusión mental son a veces de tal magnitud que uno añora ingenuamente la vida de los tahitianos, los paraísos de simplicidad y de pereza, las vidas de forma lenta e inexacta, que nosotros jamás hemos conocido…26
Si la adhesión de Valéry no deja de plantear algunas reservas, si no carece de un toque de ironía, podemos leer en el poema en prosa de Baudelaire, titulado “Invitación al viaje”, un fervor indudable: “Sí, en esa atmósfera sería bueno vivir allá lejos, donde las horas más lentas contienen más pensamientos, donde los relojes anuncian la felicidad con más profunda y más significativa solemnidad”.27 La lentificación en el plano de la expresión es la clave de la superlatividad beatificante, valor supremo, según Baudelaire.
Proponemos denominar conversión el paso de la negatividad a la positividad; el término está más próximo de la acepción religiosa corriente que de la que le atribuye Semiótica 1. La conversión constata las consecuencias de la conmutación de la dirección cuando, por ejemplo, la lentitud, no aceptando ser considerada como una rapidez insuficiente, invierte la perspectiva y se burla de la rapidez, acusándola de precipitación, incapaz de ofrecer al “alma” esa felicidad superior de la que habla Rousseau en el “Quinto Paseo” de los Ensueños de un paseante solitario, en términos muy semejantes a los de Valéry.
Esa intrincación concordante de los datos valenciales, de la concesión, del recurso cruzado al mejoramiento y a la peyoración, en fin, de la “mira” omnipresente de la superlatividad, se deja leer en este bello análisis de G. Bachelard:
Entonces, todo es positivo. Lo lento no es lo rápido refrenado; lo lento imaginario también quiere su exceso. Lo lento es imaginado en una exageración de la lentitud, y el ser imaginante goza no de la lentitud sino de la exageración de la lentificación. Observen cómo brillan sus ojos, lean en su rostro la alegría fulgurante de imaginar la lentitud, la alegría de ralentizar el tiempo, de imponer al tiempo un porvenir de dulzura, de silencio, de quietud. Lo lento recibe así, a su manera, el signo de lo demasiado, el sello mismo de lo imaginario.28
Si la doxa rechaza el exceso, la concesión no toma en cuenta ese rechazo, pasa de largo y opta por afirmar “concesivamente” la bondad y la deseabilidad del exceso. Nos encontramos en presencia de una figura de discurso que no es ajena a la hipérbole, pero que tampoco se reduce a ella; la designaremos, a falta de mejor término, como lo superlativo-concesivo.
Una anécdota debida a Mahler muestra el alcance discursivo insigne de la concesión: “Cuando advierto que un adagio no ha producido ningún efecto sobre el público, lo reformulo la vez siguiente no más rápida sino más lentamente”.29 Según el punto de vista implicativo imputado al público, lo bastante rechaza lo demasiado, mientras que para la penetrante visión de Mahler lo demasiado rechaza lo bastante, denunciándolo como insuficiente. En el metalenguaje que preconizamos, observamos que las categorías operan “a la vista”: Mahler estima que la doxa, representada aquí por el público, espera una atenuación de la lentitud, pero él adopta la opción inversa: redoblar la lentitud y exceder “concesivamente” el exceso mismo. Volveremos sobre esto en el capítulo siguiente, pero los dos últimos textos citados, en virtud de su convergencia, confirman la hipótesis de que el discurso, en su progresión, trata de reconocer la dirección de crecimiento elegida, a partir de los “más” y de los “menos” que han ocurrido y que han sido capitalizados, aun cuando la dirección sea decadente. En nuestro universo de discurso, se apunta al acrecentamiento del tempo y de la tonicidad; sin embargo, el pensamiento hindú, que tiende, según se sabe, hacia la “extinción completa”, valora por encima de todo lo concesivo-superlativo de atonía como programa de base, y la aminoración, es decir, cada vez más de menos, como programa de uso. Cassirer resume en los siguientes términos su análisis del budismo: “La llama de la vida se extingue ante la pura mirada del conocimiento. ‘La rueda se quiebra, la seca corriente del tiempo ya no fluye; la rueda rota ya no gira: es el fin del sufrimiento’”.30
Esa convocación de lo superlativo-concesivo no es privilegio, ni mucho menos, de los más grandes artistas. La semiótica corriente —cualquiera que sea la isotopía en la que se efectúa el proceso: la explotación profana o la santidad— lo solicita igualmente. Si consideramos el motivo ético del perdón y nos planteamos por un instante la cuestión: ¿cuál es el objeto del perdón, lo perdonable o lo imperdonable? Sin reflexionar, puesto que en este punto la reflexión es inútil, cualquiera responderá espontáneamente: el perdón verdadero tiene por objeto lo imperdonable en la medida en que lo perdonable conlleva ya el perdón; y a partir del enunciado lapidario: perdonar lo imperdonable, resulta fácil catalizar una estructura concesiva y exclamativa: “a pesar de que el acto que has cometido es absolutamente imperdonable, ¡yo te perdono!” Creemos que la modalidad del sujeto, en la medida en que este hace un esfuerzo, en que “tira” de sí mismo, y la concesión del proceso están en connivencia. Inmerso en el espacio tensivo, el motivo del perdón, como cualquier otro motivo, observa el reparto de las valencias tónicas:

Dejando de lado la jerga académica, el sentido común va directo al grano y considera que, en este asunto como en muchos otros, hay “perdón” y “perdón”, y que los méritos del “sublime” perdón de lo imperdonable no tiene comparación con el “mediocre” perdón de lo perdonable. La imposibilidad se convierte en medida del valor modal del perdón. Y podríamos multiplicar los ejemplos.
Los géneros discursivos eminentes, especialmente el mito y la leyenda, así como la conversación ordinaria, están “imantados” por lo increíble, por lo maravilloso, por lo sorprendente, por lo prodigioso. El enunciado básico se construye menos a partir de la relación enunciva entre un tema y un predicado que a partir de la relación enunciativa entre un enunciador, convencido del carácter increíble, “sobrenatural” del evento que refiere y la legítima propensión a la duda que supone en el enunciatario al que se dirige: “No me lo vas a creer, y yo en tu lugar reaccionaría de la misma manera, pero te juro que es verdad”. Para el enunciatario, no se trata de validar una afirmación, sino más bien de acoger como tal una exclamación, es decir, la marca de un sobrevenir irrecusable. Con frecuencia, se trata de reducir el intervalo tensivo que se produce entre lo creíble y lo increíble por medio de prácticas rituales, como por ejemplo, jurar por la vida de la madre o de los hijos, por medio de la exhibición de pruebas aceptadas como indiscutibles, y también acudiendo a testigos diversos. La concesión dramatiza la veridicción, ya que el enunciatario es invitado a ratificar la presentación concesiva que el enunciador establece: “A pesar de que las apariencias se pongan contra mí, digo la verdad”. Ese es el problema lancinante de Rousseau en sus escritos autobiográficos.
II.4 LA TENSIVIDAD
Si las teorías progresan, lo hacen como los cangrejos: avanzan con paso lento hacia sus premisas o, más precisamente, hacia la explicitación de sus premisas. La semiótica no opera de manera diferente: le ha tomado tiempo integrar la foria y la estesia que la mide como categorías rectoras de primer rango. De modo que, lejos de limitarnos a aceptar a regañadientes la afectividad y de restringirla a la modesta función de complemento circunstancial de modo, la integramos plenamente, bajo el nombre de intensidad, como magnitud rectora de la pareja que se deriva de la escisión inaugural:

Esa bifurcación exige algunas precisiones: (i) la tensividad es el lugar imaginario en el que se reúnen la intensidad —es decir, los estados de ánimo, lo sensible— y la extensidad —los estados de cosas, lo inteligible—; (ii) esa junción indestructible define un espacio tensivo de acogida y de calificación para todas las magnitudes que ingresan en el campo de presencia: al entrar en ese espacio, toda magnitud discursiva se ve calificada primero por la intensidad y por la extensidad, y luego, por las sub-dimensiones que la intensidad y la extensidad controlan; (iii) en consonancia con las enseñanzas de Hjelmslev, una desigualdad creadora liga la extensidad a la intensidad: los estados de cosas dependen de los estados de ánimo. Ese predominio de lo sensible sobre lo inteligible, evidente ya en el epígrafe de este libro, se apoya —como hemos visto en II.1— en lo que Cassirer llama “fenómeno de expresión”. Las determinaciones intensivas y extensivas se denominan valencias,31 término usual en las ciencias humanas; por su parte, el valor surge de la asociación de una valencia intensiva con una valencia extensiva, asociación cuyo tenor precisaremos más adelante. El garante global, la tensividad, y el garante local, el valor, participan ambos de la complejidad de desarrollo, examinada en I.1.3.
Dado que el análisis es como un “desplegable” (Hjelmslev), conviene considerar los funtivos de cada una de las dos dimensiones:
(i) en el caso de la intensidad, los funtivos están constituidos por la pareja:
[estallante vs débil]
(ii) en el caso de la extensidad, por la pareja:
[concentrado vs difuso]
Esas parejas controlan el acceso al campo de presencia: una magnitud penetra en el campo de presencia de acuerdo con el quantum de estallido y de eventualidad que concentra. Como el estallido (o brillo) reclama esquemáticamente la persistencia, la magnitud en cuestión es referida a sí misma según los modelos de variabilidad examinados en II.2. Por lo que se refiere a la extensidad, se trata de apreciar, a partir de selecciones y de mezclas admitidas o prohibidas, el grado de composición o de exclusividad que la magnitud admite: ¿constituye una clase por sí sola? ¿O forma parte “amigable” de otras clases? Recordemos que la problemática social, o societal, como se la prefiere designar ahora, es de orden extensivo: desde el momento en que el sujeto procede por selecciones y mezclas, recíprocas unas de otras, está en la obligación de incluir a los excluidos, unas veces, y otras, de excluir a los incluidos.32
Como el hecho semiótico es complejo, damos por supuesto, si atendemos a los discursos, que entre la intensidad y la extensidad se produce una correlación inversa “implacable”, una especie de “ley de bronce” que agrupa, por un lado lo estallante y lo concentrado, y por otro, lo débil y lo difuso. Todo ocurre como si el estallido adviniese a costa de la difusión, y recíprocamente; como si la multiplicación, en cuanto principio de lo difuso, se cambiara en división como apoyo del estallido. De acuerdo con esa disposición estructural, el redoblamiento del brillo (estallido) “aristocrático” o “monárquico” se obtiene a costa de la “democrática” difusión:

Hemos colocado en el extremo superior derecho el lugar de la utopía, de eso que Baudelaire llama en “Invitación al viaje”, el “verdadero país de Jauja”, aquel que desconoce la escasez y por tanto el “horror económico”.
II.5 DE LAS DIMENSIONES A LAS SUB-DIMENSIONES
El acento puesto en la intensidad y la extensidad se ve confirmado por sus respectivas analíticas: (i) la intensidad conjuga el tempo y la tonicidad; (ii) la extensidad conjuga la temporalidad y la espacialidad. La intensidad no es ajena a la noción —indefectiblemente oscura— de fuerza, pero como su ser es un hacer y nada más que eso, como hace sentir sus efectos, estos se miden por su carácter súbito, “abrupto”, y por su energía; las cualidades, ilusorias como cualidades, subsumen cantidades en devenir. La extensidad se refiere a la extensión del campo que la intensidad controla, en el entendido de que la extensión de ese campo es, en primera instancia, temporal: el tiempo humano, el tiempo discursivo se encuentra siempre más allá del tiempo. Desde el punto de vista terminológico, la intensidad y la extensidad asumen el rango de dimensiones; el tempo y la tonicidad, por un lado, la temporalidad y la espacialidad, por otro, asumen el de sub-dimensiones.
El contenido de las relaciones propiamente semióticas ha quedado ocultado por la atención que Saussure y sus seguidores prestaron al carácter distintivo de las unidades, así como por su alejamiento de la retórica, el cual hace pensar que “lo” retórico solo es una región insignificante del sentido. En este punto, las premisas adoptadas por nosotros adquieren toda su eficacia, particularmente por la proyección de la estructura sobre las vivencias ascendentes y decadentes. Lo cual plantea la cuestión siguiente: ¿si la estructura es gramatical, cómo gramaticalizar las vivencias? Si, para la lingüística, la intensidad se encuentra “fuera”, “al lado” de las cosas, para nosotros se halla en su corazón mismo. Es posible obtener el incremento por dos vías diferentes: por correlación conversa, de tipo implicativo: “más…más”, o “menos…menos”, o por correlación inversa, de tipo concesivo: “más…menos”, o “menos…más”.
Cuando la estructura toma a su cargo las exigencias estructurales que afectan a esos “datos inmediatos”, surgen cierto número de “teoremas” semióticos. Si la intensidad, como dimensión, rige la extensidad, ese control se mantiene debido a lo que Hjelmslev llama la “homogeneidad” entre las sub-dimensiones que pertenecen a dimensiones distintas. Debemos considerar además dos casos: cuando la correlación es conversa o inversa. Veamos primero el caso de la correlación conversa: (i) las sub-dimensiones pertenecen a la misma dimensión: en ese caso, el tempo y la tonicidad se intensifican mutuamente y el efecto de sentido se siente como arrebato; la temporalidad y la espacialidad se comportan del mismo modo y el efecto esperado es la generalización; (ii) las sub-dimensiones pertenecen a dimensiones distintas: la proyección de la tonicidad sobre la temporalidad alarga la duración y proyecta lo memorable, ese “porvenir del pasado”; la tonicidad realza la espacialidad: cuanto más fuerte es la tonicidad, más amplio es su campo de desenvolvimiento. La proyección de la tonicidad sobre la espacialidad informa, según G. Deleuze, la profundidad.
Consideremos ahora el caso de las correlaciones inversas: el tempo abrevia la temporalidad, en consonancia con una observación de Einstein: “El tiempo, inseparable de la velocidad, es solo una cuestión de perspectiva, su cronología, una ilusión”; la velocidad creciente, vivida por los humanos, abrevia la duración de su hacer: cuanto más aumenta la velocidad menos larga es la duración, de tal modo que el ser es solo un efecto propio de la extrema lentitud: el tempo opera lo mismo en relación con la espacialidad, es decir, la contrae, término tomado del poema “La casa del pastor”, de Vigny:
La distance et le temps sont vaincus. La science
Trace autour de la terre un chemin triste et droit.
Le Monde est rétréci par notre experience
Et l’ équateur n’ est plus qu’ un anneau trop étroit.
[La distancia y el tiempo están vencidos. La ciencia
traza alrededor de la tierra un camino triste y derecho.
El Mundo es contraído por nuestra experiencia
y el ecuador no es más que un anillo demasiado estrecho.]
¿Es pertinente precisar el contenido semiótico de los operadores que convocamos, a saber, la alternancia entre las correlaciones conversa e inversa? Si las ciencias humanas se complacen en afirmar que el todo es más que la suma de las partes, no se preocupan, en cambio, de indicar el origen de ese suplemento, de ese imperceptible desbordamiento. Sin pretender ver en los símbolos más que una representación cómoda, planteamos que la correlación conversa capta la relación como un producto que nos ofrece ese suplemento-desbordamiento esperado:
[a + b] < [a x b]
De lo cual se deducen algunas consecuencias para cada una de las dimensiones consideradas: (i) el producto del tempo por la tonicidad tiene como resultado necesario el estallido o el destello, forma intensa del brillo, significado inapreciable de toda exclamación. Bastará con un solo ejemplo: en el fragmento de los Pensamientos, que se refiere a la jerarquía de los “tres órdenes”, y que remite a Arquímedes, Pascal dice: “Sin su brillantez, Arquímedes sería igualmente venerado. No libró batallas visibles, pero aportó a todos los espíritus sus invenciones ¡Cómo brilló a los ojos de los espíritus!”. La reciprocidad multiplicadora del tempo y de la tonicidad sirve de fundamento verosímil a los valores del destello, es decir, de la superlatividad; (ii) el producto de la mayor extensión temporal por la mayor extensión espacial da por resultado necesario la universalidad, es decir, los llamados valores de universo. Cada cual en su orden, las sub-dimensiones funcionan como coeficientes. Con el mismo razonamiento, la correlación inversa funcionaría como una división. La red que sigue a continuación reagrupa las seis combinaciones posibles entre las sub-dimensiones:

Si las direcciones semánticas que conducen a esas “intersecciones” son válidas, se puede fácilmente comprender que la retórica sea más bien amplificante, aspecto que examinaremos con más detalle en el capítulo V de esta primera parte.
II.6 DECLINACIÓN DE LAS SUB-DIMENSIONES
Es preciso articular ahora, sobre una base formal común, las dos sub-dimensiones intensivas, el tempo y la tonicidad, al igual que las dos sub-dimensiones extensivas, la temporalidad y la espacialidad. Al no ser exclusiva de ninguna de esas sub-dimensiones, la base formal evita privilegiar alguna de ellas a costa de las demás. Las variaciones y las vicisitudes de todo tipo que afectan al sentido provienen de su inmersión en lo “moviente” (Bergson), en lo inestable e impredecible, en la foria, para decirlo con una sola palabra. Los sempiternos lugares comunes y los géneros convertidos en rituales contienen, a veces hasta detienen esa efervescencia. Proponemos llamar foremas a esas magnitudes encargadas de mostrar la foria sin falsearla —es decir, sin inmovilizarla— que condensa, desde cierto punto de vista, cada una de las cuatro sub-dimensiones mencionadas. Para calificar discursivamente un hacer que ocurre en algunas de las sub-dimensiones, es importante reconocer tres “cosas”: su dirección, el intervalo recorrido y su impulso. Antes de proseguir, quisiéramos indicar que, por azar, hemos encontrado una tripartición similar en Binswanger: “La forma espacial que hasta ahora hemos abordado ha sido caracterizada mediante la dirección, la posición y el movimiento”.33 Esa convergencia no es sorprendente, sobre todo cuando se reconoce la deuda que Merleau-Ponty tiene con los psicólogos, entre los que se cuenta Binswanger. Pero, para nosotros, no se trata de espacializar —inductivamente— la significación, sino más bien de semiotizar el espacio.
Como todo inventario, esa tripartición es ciega. En primer lugar, la dirección y la posición son presuponientes, y el impulso, presupuesto. Hemos adoptado el término de forema para indicar que los presuponientes son deudores de su presupuesto. La primacía del impulso concuerda con otros dos datos: por una parte, el predominio del padecer sobre el actuar; por otra, la rección que postulamos de la intensidad sobre la extensidad. En segundo lugar, pero desde otra perspectiva, la dirección aventaja a la posición y al impulso cuando el actuar se libera de la autoridad del padecer con el propósito de satisfacerlo, de colmarlo. Abordamos con esto la cuestión del sujeto, pero con la condición de pensar las vivencias del sujeto en términos de deformación, de acomodación, de respuesta, inmediata o diferida, a las solicitaciones del no-yo.
Desde el punto de vista epistemológico stricto sensu, la valencia es identificada como la “intersección” de un forema y de una subdimensión. Dicho sea de paso, si, como lo indica Hjelmslev en los Prolegómenos, las “buenas” definiciones son “divisiones”, ello se debe a que las magnitudes semióticas del plano del contenido son complejas, complejidad que es inherente, según el caso, a una intersección o a un desarrollo. Las características a priori de las valencias son precisamente aquellas que les permiten circular y “comunicarse” unas con otras, medirse unas a otras dentro del discurso y, con ello, asegurar el ir y venir indispensable entre lo local y lo global. Esa doble lógica de la complejidad y de la “intersección”, conducida metódicamente, produce, en todas las acepciones del término, doce parejas de valencias, en las que intervienen los tres foremas y las cuatro sub-dimensiones:

Describiremos brevemente las valencias obtenidas en cada una de las sub-dimensiones. Para el tempo, la dirección tiene como dilema la pareja: ¿aceleración o lentificación? Frecuentemente se escucha decir que nuestra época conoce una aceleración sin precedentes debido al auge de las tecnologías, pero si bien el hecho es innegable, su explicación parece frágil, ya que el paso del arte del Renacimiento al arte del barroco, de acuerdo con los análisis de Wölfflin, también se caracterizó por una aceleración notable con tecnologías constantes; esta observación es igualmente válida para algunos períodos de la música. Con respecto a la posición, las diferencias de tempo, las asincronías, generan retrasos y adelantamientos desde el punto de vista objetal; desde el punto de vista subjetal, crean precursores y rezagados nostálgicos, lo cual proporciona a los historiadores algunas de sus categorías. Por último, con respecto al impulso, la aceleración como proceso supone cierta vivacidad de parte del actante, una energía que supera aprehensiones, resistencias y obstáculos.
Pasemos a la tonicidad, término tomado de la prosodia en el plano de la expresión, y de la retórica tropológica en el plano del contenido. El dilema fundamental se plantea entre tonificación y atonización —tales denominaciones han sido tomadas de Bachelard—; a la primera corresponde la acentuación, la atribución del invalorable “acento de sentido” (Cassirer); a la segunda, corresponde su debilitamiento. Dejamos de lado la cuestión de la ambivalencia y de la reversibilidad del crecimiento y del decrecimiento; las cantidades negativas son también susceptibles de crecimiento y de disminución: ¿no es cierto acaso que una disminución de la tonicidad se traduce “mecánicamente” por un aumento de la atonía? De modo que la positividad se refiere tanto al crecimiento como al decrecimiento: por ejemplo, en el pensamiento religioso hindú, lo que tiene sentido, por el “principio del nirvana”, es el crecimiento de la atonía. Para un occidental, en busca siempre de “entretenimientos”, eso constituye una vacancia, un “vacío” insoportable, mientras que para el universo hindú de discurso es un “clímax” deseable, en la medida en que, para quienes los viven, los estados contemplativos son estados de plenitud. En lo que se refiere a la posición, la tonalización y la atonización generan, en virtud de los más y de los menos que fatalmente suscitan, distancias diferenciales orientadas; cuando el punto de vista, es decir, el discurso, selecciona lo más de más, hablamos de superioridad y, cuando prevalece lo más de menos, hablamos de inferioridad. Por último, con respecto al impulso, la tonalización exige como garantía, como fondo de reserva que autoriza la continuidad del hacer y su anticipación, la tonicidad, al igual que la atonización remite a la atonía, concebida como un “agujero negro” en cuyo interior la energía se pierde y se consume.
Desde el punto de vista tensivo, la temporalidad es una categoría “como otra cualquiera”, es decir, es analizable. De ahí que sea necesario tomar frente a ella una doble distancia: (i) primero, de la consigna de los años sesenta, que afirmaba que “las estructuras eran acrónicas” y que la temporalidad era solo un ornamento, una concesión al antropomorfismo siempre resurgente; (ii) segundo, de cierta tradición filosófica, basada en San Agustín, que aseguraba: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, sé lo que es; pero si alguien me lo pregunta y trato de explicarlo, no sé qué es”.34
Nuestra aproximación es más razonable: mientras no se demuestre rigurosamente que la temporalidad constituye una excepción, una singularidad, una anomalía, aceptaremos que los foremas determinan una flexión temporal, “ni mejor ni peor” que las otras tres. El forema de la dirección discrimina, por una parte, la “captación”, la retención, la potencialización de lo ocurrido; por otra, la “mira”, la protensión, la actualización del porvenir, o, dicho en palabras de Valéry, el palpitar recurrente del “ya” y del “todavía no”; tales valencias, que se miden recíprocamente, son “vivencias de significación” (Cassirer) y se ordenan mediante relaciones de anterioridad y de posterioridad, dando lugar a cronologías estrictas o laxas. Como lo ha mostrado Lévi-Strauss en su polémica con Sartre, una cronología concentra una velocidad, un ritmo, una textura; una cronología es una malla de calibre variable. Ahí también sería conveniente distinguir entre la forma científica de la historiografía y la forma semiótica, que afecta a la historia como disciplina interpretativa. En efecto, no toda anterioridad es igualmente significativa: las hay interrogativas, cuando se determina que los dos acontecimientos observados pertenecen a la misma temporalidad. Al respecto, es claro que el psicoanálisis opta por una temporalidad continua en la que los después siguen dependiendo estrechamente de los antes, es decir, de lo que sobrevino en la temprana infancia. Pero, en nuestra opinión, es la proyección del forema del impulso la que permite la apropiación práctica, pragmática, familiar, de la temporalidad por parte de los sujetos: algunas, indudables, como la brevedad y la longevidad, miden la duración y quedan ligadas a nuestra discreción, por medio de determinadas convenciones y restricciones. Jamás pondremos fin al debate sobre el tiempo, pero esa ignorancia no tiene gran importancia y permanece ajena al uso, al “empleo” del tiempo, tal como aparece en la espera, en la paciencia o en la impaciencia, pasiones comunes del tiempo.
La espacialidad, por tener un lugar preponderante en nuestro universo de discurso, es mejor aceptada. El forema de la dirección distingue no orientaciones geográficas sino lo que subyace a esas orientaciones, a saber, la tensión entre lo abierto y lo cerrado, que permite al sujeto formular, por una parte, programas elementales de ingreso, de penetración y, por otra, programas de escape, de salida, en función de la tonicidad del entorno. A partir de la obra de los escritores, y sobre todo de los poetas, geógrafos del imaginario, G. Bachelard ha dicho, especialmente en La poética del espacio, todo lo que podía decirse sobre ese tema. Las figuras de lo abierto y de lo cerrado se encuentran en una relación de asimetría: la presencia de por lo menos un cierre, una bolsa, una oclusión…, establece la apertura como tal. Igualmente, el forema de la posición, que discrimina lo interior de lo exterior, presupone en “algún lugar” la existencia de un cierre. Al igual que para la temporalidad, es preciso determinar si dos magnitudes pertenecen o no al mismo espacio. El forema del impulso establece el contraste entre el reposo y el movimiento, entre la permanencia en un sitio y el desplazamiento, estigmatizado este último por Baudelaire en “Los búhos”. Este forema es el sincretismo resoluble de la potencia y de la inercia, el recinto mental donde se miden mutuamente.
En la medida en que son “términos” del significante y “complejidades de desarrollo” del significado, estas valencias operan como funciones, mejor aún, como funcionamientos; son gramaticales en sentido estricto, puesto que son intersecciones homólogas de aquellas que proponen las gramáticas; así en francés, el adjetivo posesivo “son” [su] es, desde el punto de vista del poseedor, una tercera persona, y, desde el punto de vista de la cosa poseída, masculino y singular. El formalismo de las sub-valencias es del mismo orden, quizás con un poco más de sofisticación: la sub-valencia del reposo tiene como “armónicos”, o como sub-valencias de fondo, la longevidad, o si se prefiere, la permanencia, la atonía y finalmente la lentitud paroxística de la detención. En resumen, las sub-valencias intervienen conjuntamente, de acuerdo con el modelo de la sinfonía más que con el de la sonata. Si apelamos a Claudel, desconocido como semiótico, podemos observar el efecto señalado:
Un seul grattement de l’ongle et la cloche de Nara se met à gronder et
à résonner.
(…)
Et l’âme tout entière s’émeut dans les profondeurs superposées de son
intelligence.35
[Con un solo rasguño, la campana de Nara se pone a tañer y a resonar.
(…)
El alma entera se conmueve en las profundidades superpuestas de
su inteligencia.]
Una de las tareas del léxico consiste en permitir, en función de esa solidaridad de la estructura, la selección de aquella subvalencia que concuerde con el topos desarrollado por el discurso. Esa profundidad de la valencia no está ausente de las lenguas si le prestamos oído: de tal modo que, en francés, si se toma en cuenta el orden canónico de su aparición en el discurso, el artículo indefinido y el artículo definido también se oponen como lo que sobreviene a lo que ha sobrevenido. Sin embargo, como la dimensión del sobrevenir no es tomada en cuenta, ese esbozo de declinación tensiva permanece ignorado.*
La red aquí propuesta atribuye a cada subvalencia una ubicación, pero la constitución de la red se encuentra en el fundamento de otras dos propiedades estructurales: (i) la rección de las sub-dimensiones por el mismo forema es homogeneizante, como sucede en la lengua, donde la serie dé-faire, dé-coudre, dé-tacher, dé-composer, dé-charger… [deshacer, descoser, despegar, descomponer, descargar] atrae todo término que conlleve la idea de “alejamiento, separación, privación de un estado o de una acción” (Grand Robert), aun si, como en el caso de déchirer [desgarrar], la sílaba dé- no remite al prefijo latino dis-. Con respecto a las “relaciones asociativas”, Saussure ha mostrado en el Curso de lingüística general que la lengua no es demasiado puntillosa en esa materia; (ii) la conmutación de los foremas dentro de una misma sub-dimensión es diferenciante, comparable a un análisis espectral: la sub-dimensión cambia de sesgo o de aspecto (en la acepción genérica del término) en función del forema seleccionado.
II.7 FISONOMÍA DE LAS ESTRUCTURAS PARADIGMÁTICAS
Si dejamos de lado el psicoanálisis, al Valéry de los Cuadernos, los capítulos que Cassirer dedicó al “fenómeno de expresión” en Filosofía de las formas simbólicas, a Nietzsche por supuesto y a algunos otros, la afectividad es considerada desdeñable por unos y, por otros, más clarividentes, embarazosa, como si la cuestión de por dónde abordarla agotase la problemática. La “desretorización” de la lingüística operó en el mismo sentido. No faltan agudas monografías sobre tal o cual afecto o pasión; sin embargo, aún hace falta una analítica a priori de lo sensible que concuerde con los avances de la semiótica. De ninguna manera pretendemos decir aquí la última palabra; tratamos simplemente de indicar las categorías que, en nuestra opinión, debería tomar en cuenta una analítica razonada del afecto para incorporarlas a la red de los doce pares de subvalencias que acabamos de presentar, ya que las valencias son formas del plano de la expresión y los afectos son formas del plano del contenido.
II.7.1 Primera analítica de lo sensible
El primer punto que vamos a subrayar consiste en recordar que el estructuralismo se empantanó en los términos, sin llegar a concebir las propiedades mismas de la relación. Ya hemos mencionado dos aspectos: que, por ser complejos, los términos son ante todo definibles, y que, por otra parte, son el resultado de una intersección bidimensional o multidimensional.
Es necesario avanzar ahora un poco más y formular los rudimentos de una semiótica del intervalo. La diferencia saussuriana ha sido concebida, como si fuera evidente, en términos de contrariedad y de contradicción, aunque no todos los contrarios tienen el mismo valor, pues, según Bachelard en La dialéctica de la duración, “es posible invocar dos tipos de casos en función de si los contrarios se erigen a partir de una hostilidad decisiva o si nos encontramos frente a una contrariedad mínima”.36 Por nuestra parte, distinguimos entre super-contrarios tónicos y distantes y sub-contrarios átonos y cercanos, asignando la tonicidad al plano del contenido y la distancia al plano de la expresión. Para aligerar la exposición, es necesario hacer algunas precisiones terminológicas. Dado un gradiente que va de [s1] a [s4] y que marca una pausa en [s2] y en [s3], [s1] y [s4] intervienen como super-contrarios, y [s2] y [s3], como sub-contrarios (Sapir*):

De conformidad con la herencia hjelmsleviana, esa es una estructura mínima, ya que [s1] y [s4] se oponen a [s2] y [s3], al mismo tiempo que se oponen entre sí. Pero, de acuerdo con la perspectiva semiótica del intervalo, lo esencial se encuentra en otra parte: desde el punto de vista tensivo, disponemos de dos intervalos nítidos, el intervalo mayor [s1 ↔ s4] y el intervalo menor [s2 ↔ s3]. Salgamos al paso de una objeción aparentemente legítima: ¿por qué privilegiar esos dos intervalos por encima de [s1 ↔ s2] y [s3 ↔ s4]? La solidaridad enlaza, más allá de su “aborrecimiento” mutuo, los extremos [s1] y [s4]; ambos comparten el mismo “desprecio” por los términos intermedios. La misma hipótesis aparece en Goethe, en su Tratado de los colores:
El ojo no puede ni quiere mantenerse un solo instante en el estado uniforme específicamente determinado por el objeto. Una tendencia a una suerte de antagonismo lo obliga y, al oponer un extremo al otro, un intermedio a otro, reúne instantáneamente los contrarios y se esfuerza en constituir una totalidad, tanto cuando los fenómenos son sucesivos como cuando coexisten en el tiempo o en el espacio.37
Esa estructura mínima no deja de tener alguna semejanza con el cuarteto de rimas enlazadas “a la francesa”, en el que riman entre sí los versos extremos [primero y cuarto] y los versos intermedios [segundo y tercero]. Como la semiosis es omnipresente, la serie [s1-s2-s3-s4] puede ser aceptada como plano de la expresión, y las alternancias [s1 ⇔ s4] vs [s2 ⇔ s3], como plano del contenido. Tal dispositivo dista mucho de instaurarse a expensas de la complejidad: si un análisis selecciona n términos, el número de términos complejos realizables será inferior en una unidad [n - 1] e incluye como posibilidades [s1 + s2], [s2 + s3] y [s3 + s4].38
Solo pedimos una cosa a este dispositivo: la desigualdad entre los dos intervalos indicados, es decir, que el intervalo de los sub-contrarios [s2 ⇔ s3], quede siempre comprendido —como exige Sapir— dentro del intervalo de los super-contrarios [s1 ⇔ s4], porque de esa desigualdad elemental deducimos dos formas-afecto notables: (i) la carencia, que no es más que el término final de la proyección del intervalo [s1 ⇔ s4] sobre el intervalo [s2 ⇔ s3]; (ii) a la inversa, el exceso, que no es más que el resultado final de la proyección del intervalo [s2 ⇔ s3] sobre el intervalo [s1 ⇔ s4]. Dicho en otros términos, los intervalos intervienen doblemente: como término regido y como función regente; como evaluado y como evaluador. De ahí se deducen varias consecuencias: la carencia, central para el psicoanálisis y para la narratología greimasiana, deja de ser una magnitud huérfana puesto que encuentra de pleno derecho su correlato paradigmático, el exceso, cuya discursivización se halla, desde Longino hasta Michaux, en el corazón mismo de la retórica bajo el nombre de lo sublime. Desde el punto de vista teórico, nos encontramos súbitamente en presencia de lo que sería preciso llamar, siguiendo las enseñanzas de Greimas, la ilusión sémica: aun cuando la fenomenología y la psicología de la percepción no nos llevaran por esa vía, los semas deberían ser considerados como significantes cómodos —¿no comparten acaso su rusticidad y su robustez?— pero no como significados. En la perspectiva del contenido, solo existirían puntos de vista provisionales, operaciones de proyección, aplicaciones, perspectivas recíprocas e… ilusiones. Seguramente, la epistemología de la semiótica tendrá que adaptarse, que erradicar el positivismo renaciente, en la medida en que esas catálisis no se refieren a magnitudes sino a operaciones relativamente inéditas. La fuerza de la consigna de Saussure: “la lengua es una forma y no una sustancia” permanece intacta.
A ese primer juego de intervalos, que proporciona una identidad inequívoca a cada valencia, conviene añadir una característica que responde a nuestro segundo postulado, el cual sostiene que un devenir, “tarde o temprano”, procede por aumento o por disminución, por ascendencia o por decadencia. En efecto, si fuera necesario imaginar las valencias, estas serían vectores más que unidades o segmentos de un listón, y, como ya lo hemos indicado, participios de presente antes que participios de pasado. Las categorías aspectuales de que disponemos se ajustan al estado de avance del proceso, pero hacen caso omiso de su orientación tensiva: ascendente o decadente. Por lo demás, la aspectualidad lingüística es doblemente restrictiva: (i) privilegia el verbo y desconoce la notable labor de análisis incluida en otras regiones del léxico; (ii) en su sentido restrictivo, se limita al grado de culminación o no culminación del proceso. La incoatividad solo aparece con la tripartición [incoativo-durativo-terminativo].
Las condiciones que es preciso cumplir son sencillas: (i) la aspectualidad debe distribuirse equitativamente sobre el conjunto del devenir y ser capaz de caracterizar en cualquier momento algún instante de ese devenir; (ii) debe respetar la ambivalencia insuperable del sentido y reconocer, por ejemplo, que la tonicidad creciente puede ser descrita también como atonía decreciente, así como es posible igualmente expresar una atonía creciente como tonicidad decreciente. Bajo esta perspectiva, hemos propuesto en otro lugar un juego de categorías aspectuales, con las siguientes características: (i) le deben más a la retórica, al espíritu de la retórica, que a la lingüística, lo cual resulta consecuente, ya que la retórica tiene como objeto el discurso, e incluso la vehemencia del discurso, además de que el discurso se encuentra siempre fuera del alcance de una lingüística que, pusilánime, se limita al ámbito de la frase; (ii) esas categorías aspectuales son generales, es decir, independientes de todo contenido, y por ello, a semejanza del número, se aplican a todas las magnitudes, sin que ninguna pueda pretender seriamente escapar al devenir.
Estamos ya en condiciones de volver sobre el contenido de la homogeneidad semiótica, abordado en II.2. La homogeneidad consiste, pues: (i) en la deducción de categorías [N2] a partir de una alternancia de dirección [N1]; (ii) en la deducción de unidades [N3] netas, cómodas y “fáciles de manejar” por los sujetos, a partir de las categorías [N2]; dichas unidades están constituidas por dos tipos de intervalos reconocidos y por las posibilidades sintácticas que ofrecen a los sujetos.
Una vez que se ha aprovechado la desigualdad fundamental que existe entre los intervalos “homotéticos” [s1 ⇔ s4] y [s2 ⇔ s3], es preciso abordar ahora los intervalos sucesivos que permiten situar el devenir ascendente o decadente de tal o cual valencia en el discurso, lo cual nos lleva a precisar qué es lo que sucede cuando una valencia “sale” del intervalo [s1 ⇔ s4] y “entra” en el intervalo [s2 ⇔ s3], y recíprocamente. Sin duda, nuestra intervención es “arbitraria”, de acuerdo con el término empleado por Hjelmslev en los Prolegómenos, pero creemos de buena fe que adoptamos la convención más sencilla: (i) cuando [s1] es planteado como valencia paroxística, llamaremos atenuación al intervalo [s1 ⇔ s2] a fin de oponer a la decadencia consigo misma, y al intervalo [s3 ⇔ s4] le llamaremos aminoración; mediante la operación de recursividad, debería ser posible alcanzar la “infinita pequeñez”, tan cara a Pascal; (ii) cuando [s4] es planteado como una valencia nula, su nulidad exige que sea recorrido el intervalo [s4 ⇔ s3], a lo que denominamos un repunte, el cual disjunta del “no ser”, es decir, del tedio moderno. El discurso podría quedar ahí, pero también puede ir más allá de [s3]: en consecuencia, aceptaremos que al repunte le sigue el redoblamiento, que se instala en el intervalo [s2 ⇔ s1]. Estas categorías así interdefinidas se lo deben todo a la retórica y a la poética, por ejemplo a la poética de Rimbaud, que en sus mejores momentos es una poética del repunte y del redoblamiento. Insistimos en que la retórica “siente” mejor las singularidades del discurso que la lingüística. Para reafirmar estas ideas, podemos observar que en el análisis de “Los gatos”, de Baudelaire, realizado por Jakobson y Lévi-Strauss, es notorio que “lo” lingüístico sirve —¡únicamente!— como plano de la expresión y “lo” retórico como plano del contenido, sobre todo al final. Tendremos, entonces:

Tomando en cuenta los límites del presente ensayo, no abordaremos aquí los derivados subsiguientes, los cuales o bien conjugan un límite y un grado para las dos orientaciones [s1 ⇔ s2], [s4 ⇔ s3], o bien dos grados [s2 ⇔ s3], o finalmente, un grado y un límite [s3 ⇔ s4]. La integración del paradigma, es decir, de la morfología propia de la contrariedad, y de la sintaxis tensiva del devenir, adopta la forma siguiente:

Las categorías aspectuales garantizan el funcionamiento del sistema, ya que las propiedades generales de este último, a saber: su orientación ascendente o decadente, por un lado, y su “analizabilidad”, por otro, se convierten en foremas locales que asignan a cada sub-valencia una dirección tensiva y una identidad precisa.
II.7.2 Segunda analítica de lo sensible
La lógica de la “intersección” y de la red conduce a determinar cada forema aceptado por cada una de las cuatro categorías aspectuales, y, puesto que involucra siempre una sub-dimensión, a considerar el producto de esa rección como una sub-valencia. Dado que, por una parte, las denominaciones funcionan como detenciones y como “amarras”, y por otra, como un medio de intercambio entre los sujetos, conviene dar nombre a ese universo de sentido variable, inestable y provisional. Las denominaciones que proponemos son provisionales y por tanto perfectibles, y son tal vez tributarias de una pancronía que, según Hölderlin, Brøndal y algunos otros, aunque por razones diferentes, alteraría la exactitud del equilibrio entre la expresión de la intensidad y la de la extensidad, y, en consecuencia, llevaría a las lenguas hacia una abstracción simbólica descarnada. No es nuestra intención abordar aquí ese tema.
El entrecruzamiento mental de los tres foremas con las cuatro categorías aspectuales elementales produce mecánicamente doce sub-valencias en cada dimensión. Las presentamos a continuación sin más preámbulos:
El tempo:

La tonicidad:

La temporalidad:

La espacialidad:

¿Cómo validar el contenido semiótico de esas magnitudes que, por tener el doble estatuto de lexemas y de figuras, se encuentran a medio camino entre la lingüística y la retórica? Jakobson mostró que la función metalingüística no era exclusiva de los doctos, sino que era inmanente a la práctica inmediata de la lengua, que los sujetos recurrían a la definición, a la restricción o a la extensión, a la precisión o a la suspensión; pero no mostró, al parecer, la condición objetal de esa actividad metalingüística recurrente. Desde nuestro punto de vista, esa condición se apoya en el hecho de que los lexemas pueden ser definidos en la medida en que son analizables, y son analizables porque son todo lo que pueden ser, es decir, porque no son más que… análisis a cargo de un significante en sí mismo no-conforme; de esa manera, el significado del pronombre personal /tú/ comprende tres magnitudes de contenido: una indicación de número, una indicación de persona y una indicación de nominativo, aunque las dos magnitudes de la expresión [t-u] no remiten “analíticamente” a las tres magnitudes del contenido. Los lexemas no funcionan de otro modo, y las definiciones de los diccionarios, a las que la cantidad de magnitudes ponen en apuros, analizan intuitivamente —y con pertinencia— los lexemas en términos de sub-valencias, pero caso por caso, si así se puede decir. Solo daremos un ejemplo, que corresponde a la segunda sub-valencia de la primera red: el “rezago” [francés: traîner], cuya denominación es cuestionable, puesto que carecemos [en francés] del sustantivo correspondiente, ya sea que esa laguna se deba a incompetencia nuestra o que haya que atribuirla a lo que Mallarmé llamaba la imperfección de las lenguas. El Micro-Robert propone además —quisiéramos decir: poéticamente— “traînasser” y “traînailler”, formas de las que hablaremos más adelante.
De acuerdo con el Micro-Robert, el sentido intransitivo de “traîner” admite las cuatro direcciones tensivas previstas. En cuanto a la intensidad: (i) una indicación de tempo, en este caso de aminoración de la velocidad: “6o Ir muy lentamente, retrasarse. Ne traîne pas en rentrant de l’école [No te retrases al volver de la escuela]. —Actuar muy lentamente. Le travail presse. Il ne s´agit pas de traîner— [El trabajo urge. No hay que retrasarse]”; (ii) una indicación de tonicidad decadente, de la que no sabríamos decir si se trata de una atenuación o de una aminoración. “7o Peyorativo: Ir sin rumbo o permanecer mucho tiempo (en un lugar poco recomendable o poco interesante). V. Errar, vagabundear. Traîner dans les rues [Andar por las calles, andar callejeando]”. En cuanto a la extensidad: (i) una indicación temporal de duración bajo el signo del redoblamiento: “3o Encontrarse, subsistir. Les vieilles notions qui traînent dans les livres scolaires [Las viejas nociones que subsisten en los libros escolares]. Durar demasiado, no acabar nunca. Cela traîne en longueur [Esto no tiene cuándo acabar]. V. Eternizar”; (ii) una indicación espacial de reposo: “1o (Suj. Cosa). Estar tirado en el suelo. Vos lacets traînent par terre [Tus cordones se arrastran por el suelo. 2o Estar colocado o dejado sin orden. Des vêtements qui traînent sur une chaise. [Vestidos dejados sobre una silla]”. La coherencia y la flexibilidad de la red resuelven la divergencia de las “variedades”.
Con estas indicaciones previas es posible comprender que Valéry haya podido escribir: “Todo está dicho en el diccionario”,39 sin que sepamos si se alegraba de ello o lo lamentaba. Dentro de los límites de nuestro propósito, nos hemos esforzado en mostrar que el modelo de las valencias estaba justamente ahí, y que era inmanente, eficaz y sugerente; pero queda claro que las definiciones aportadas conllevan otras magnitudes de contenido: unas actanciales y actoriales, otras axiológicas, como sucede con la oposición entre “la calle” y “la escuela”… Los dos derivados peyorativos “traînasser” y “traînailler” no se encuentran fuera del sistema, sino más bien en su centro mismo, ya que remiten a la sub-valencia de tempo y manifiestan, mediante el adverbio “muy”, tanto un sub-contrario como un super-contrario. Hay que señalar que, puesto que el modelo de las valencias pone el acento sobre una doble sobre-determinación —la de la temporalidad por medio del tempo y la de la espacialidad por medio de la tonicidad—, nos encontramos, desde el punto de vista tensivo, frente a un inventario. El Micro-Robert efectúa tácitamente esa doble operación al asociar “ir muy lentamente” con “retrasarse”, como si eso fuera evidente, como si el contenido de lentitud excesiva tuviera por plano de la expresión el retraso,40 lo que confirmaría que la semiosis es ininterrumpida.
II.7.3 Tensividad y sistematicidad
El estructuralismo triunfante de los años sesenta-setenta, a propósito de las unidades que privilegiaba, solo tomaba en cuenta dos exigencias: (i) desde el punto de vista paradigmático, los términos contrarios, por ejemplo la pareja [blanco vs negro], deberían formar una estructura especular; (ii) desde el punto de vista sintagmático, cada término tenía que poder ser contradicho. Apoyado en [s1], el cuadrado semiótico se encargaba de operar la resolución del contradictorio [no-s1] en el contrario [s2], pasando del “no-blanco” al “negro”. Como este aspecto es harto conocido, no hay por qué insistir en él. Por el contrario, debemos mencionar dos dificultades importantes: (i) las tesis de Hjelmslev relativas al tenor de los sistemas, en las últimas páginas de La categoría de los casos, no fueron tomadas en cuenta por Greimas y su “escuela”; (ii) los términos complejos, tanto el positivo [y… y…] como el negativo [ni… ni…], fueron tomados en consideración, ciertamente, pero no jugaron ningún papel en los análisis concretos, sin que se explicase nunca la razón de esa negligencia.
Por nuestra parte, planteamos la hipótesis de que esas desigualdades, esas transgresiones a la propia teoría se debieron al hecho de que no nos encontramos en presencia de un espacio único, cosa que está implícita en la concepción del cuadrado semiótico, tal como ha sido presentado y representado. En consecuencia, nosotros postulamos la partición del espacio sistémico en dos regiones gobernadas por el tipo de correlación que en ellas se ejerce, cláusula que nos permite entrever algo así como un paradigma de paradigmas. Si este planteamiento es aceptado, la correlación inversa se convierte en el garante esquemático de la concepción hjelmsleviana:

mientras que la correlación conversa proyecta el término complejo y el término neutro sobre el arco de esquematización:

Este dispositivo vale para los universos implicativos, pero estos últimos están a merced de la concesión, es decir, existe siempre la posibilidad subversiva de fulminar las aserciones mejor establecidas, como las que se encuentran a cada paso, por ejemplo, en la obra de E. Jabès: “Más alto que lo más alto, más bajo que lo más bajo, está lo neutro”.41 Lo neutro, que generalmente es definido como una doble aminoración, se impone aquí como un doble redoblamiento, es decir, como superlativo.
II.8 FORMALIDAD Y CONTRARIEDAD DE LOS VALORES SEMIÓTICOS
Los valores semióticos son el resultado del concurso de la intensidad y de la extensidad:

Y en forma de gráfico:

Lo que importa cuando se pone atención a los discursos no es la significación en sí de ambos órdenes, sino lo que cada uno representa “a los ojos” del otro: (i) para los valores de universo, sensibles a las valencias extensivas, los valores de absoluto son ciertamente intensos, pero presentan el grave defecto de ser concentrados [limitados]; los valores de universo, por su parte, son débiles, pero ofrecen la ventaja, superior, a sus ojos, de ser difusos [amplios]; (ii) para los valores de absoluto, sensibles sobre todo a las valencias intensivas, los valores de universo son difusos, pero débiles; los valores de absoluto, por su parte, son ciertamente concentrados [restringidos], pero su destello compensa con creces esa deficiencia.
De ese modo, cada orden de valores descalifica necesariamente a sus contrarios en virtud de las preferencias valenciales que mantienen. Las observaciones de W. Benjamin relativas a la desaparición del “aura” confirman nuestra hipótesis de conjunto. El punto de partida es la constatación, indiscutible en su opinión, de la “liquidación general”42 de los valores de absoluto. Para W. Benjamin, la obra de arte se caracteriza por su unicidad: “A la más perfecta reproducción le falta siempre una cosa: el aquí y el ahora de la obra de arte. Toda su historia se encuentra ligada a esa presencia única y a ella sola”.43 A esa unicidad se oponen actualmente la proliferación de las reproducciones, su accesibilidad y su casi-gratuidad, aunque el número interviene aparentemente como un divisor estable para los valores de absoluto, que sería el uno, y como un divisor creciente, y tal vez indefinido, para los valores de universo, aumento que aminora para el imaginario el quantum de destello impartido a cada cual. En el estudio que consagra a Valéry, W. Benjamin cita un extracto del Agradecimiento a la Academia, en el cual Valéry detalla tanto el “declive del aura” como la decepción, el fuerte ataque al amor propio que inflige a cada uno de nosotros:
Toda novedad se disuelve en las novedades. Toda ilusión de ser original se disipa. El alma se entristece e imagina con dolor particular, mezclado de profunda e irónica compasión, a esos millones de seres armados de plumas, a esos innumerables agentes del espíritu, cada uno de los cuales se siente en su momento creador independiente, causa primera, poseedor de una certeza, fuente única e incomparable, y ahí está ahora, envilecido por el número, perdido en la muchedumbre creciente de sus semejantes, después de haber vivido laboriosamente y de haber consumido sus mejores días para distinguirse eternamente.44
Finalmente, la distancia es un elemento constitutivo del “aura”, aspecto que W. Benjamin aborda “concesivamente”: “Se podría definir [el aura] como la única aparición de algo lejano tan cerca como sea posible.45 Y como su definición lo dejaba entender, el “aura” subsiste en la profundidad que logra preservar, a pesar de que la reproducción apunta a la mayor proximidad posible y a una disponibilidad permanente: “En forma de fotografía o de disco [la reproducción] permite acercar la obra al espectador o al oyente; (…) multiplicando los ejemplares, sustituye un evento que solo se produce una vez por un fenómeno de masas”.46 Una vez más, podemos observar cómo el discurso trastrueca una implicación expectada en provecho de una concesión inesperada: quien pensaba acercarse se aleja, mientras que aquel que ha sabido guardar distancia ve que el aparecer avanza hacia él. La problemática de la novedad es una restauración del reparto y de la irreconciliación de los valores discursivos.
El carácter imprevisible del sentido, que lo identifica como algo que es preciso conocer, y la eventualidad resultante dependen de la respuesta que se dé a una pregunta “renovada sin cesar”: ¿será preciso suponer entre los valores de destello y los valores de universo una correlación conversa o una correlación inversa? Si se opta por una correlación conversa, ambos tipos de valor se acrecentarían mutuamente, y todo sería para bien en el mejor de los mundos posibles… En cambio, si impera una correlación inversa, los valores de destello se debilitarán a medida de su extensión y de su difusión.
El debate plantea, pues, una alternativa de gran envergadura: si las correlaciones conversas garantizan la infinitud semiótica, las correlaciones inversas respetan un principio —enigmático— de constancia al atribuir a cada magnitud, en su momento, una función de divisor —y no de multiplicador, como sucede con las correlaciones conversas—, como si estuviera sometida a un principio de constancia tal que, si una magnitud se incrementa, su correlato decrece necesariamente:

Independientemente de las magnitudes semánticas así captadas o, más bien, sin distinguir las unas de las otras, esa bifurcación se postula como un paradigma liminar que invita a los sujetos a elegir entre la “y” de la correlación conversa y la “o” de la correlación inversa. Si para la perspectiva discursiva es importante “hacerse una idea” acerca de las magnitudes inscritas en el campo discursivo, para el punto de vista meta-discursivo lo que importa es saber si un discurso específico declara la compatibilidad o la incompatibilidad entre esas magnitudes, como si el ser mismo de las magnitudes dependiera únicamente de la modalidad de su intervalo. No se trata de penetrar en el supuesto trasfondo de las cosas, sino de responder a la pregunta insalvable de Saussure: ¿alternancia o coexistencia? “Todo lo demás es literatura”, como dice el poeta.
III
La sintaxis discursiva
A pesar de su evolución, la epistemología de la semiótica greimasiana sigue siendo ampliamente deudora de las enseñanzas de Hjelmslev. Prestaremos atención particular a dos puntos: a la relación entre sistma y proceso, que forma parte de los “cinco rasgos fundamentales (…) [de] la estructura fundamental de toda lengua”, y al proyecto declarado de “socavar la base de la bifurcación tradicional de la lingüística en morfología y sintaxis”.1 Entre esas dos direcciones epistemológicas, se hace presente una tensión: por una parte, consolidar la diferencia entre sistema y proceso; por otra, disminuirla. Sin entrar aquí en los detalles que serían necesarios, tenemos la impresión de que los actores que asumen esas tareas no son exactamente los mismos, en el sentido de que sería el teórico “Hjelmslev” quien asumiera la primera y el lingüista “Hjelmslev”, la segunda. Subsiste el hecho de que las dos exigencias no se sitúan en el mismo plano y de que la moderación de una diferencia presupone su reconocimiento. Investigaremos primero la mediación entre morfología y sintaxis en el ámbito de la intensidad, y después, en el de la extensidad.
III.1 LOS OPERADORES GENERALES
La singularidad de una teoría depende en gran parte de las operaciones semánticas que privilegia. La dialéctica hegeliana está vinculada a la Aufhebung [superación]; la filosofía de Nietzsche, a la paradoja: “Hay que proteger a los fuertes contra los débiles”; la fenomenología, a la catálisis… La semiótica greimasiana ha apostado por el cuadrado semiótico y especialmente por la implicación [no s1 → s2] considerada como irresistible. Pero de hecho, lo que el cuadrado semiótico deja escapar es lo aleatorio, lo fortuito, la detonación de lo inesperado, el evento…, los cuales, al no poder inscribirse en la estructura, son atribuidos a sujetos no competentes. Más aún, el cuadrado semiótico favorece la alternancia, es decir, las operaciones de selección [tri] y desconoce el alcance mítico de la coexistencia, es decir, de las operaciones de mezcla [mélange]. A la teoría de las funciones, de Hjelmslev, se le pueden reprochar muchas cosas, pero no esa, precisamente.
III.1.1 La “constelación”
La definición de la estructura que propone Hjelmslev: “entidad autónoma de dependencias internas”,2 daría la impresión a primera vista de que no da cabida alguna al evento, o sea, que si el evento sobreviene, no procede conforme a la estructura, sino contra ella o fuera de ella. En la medida en que el adjetivo “internas” plantea una exclusión, la problemática parece casi desesperada. Basándonos en el texto mismo de Hjelmslev, tomado a la letra, proponemos otro acercamiento. Admitiremos que las funciones seleccionadas están situadas en un espacio diferenciado por un doble motivo: en razón del grado de coerción que les imponen y por su relación con la dualidad sistema-proceso. De conformidad con el primero, la interdependencia o dependencia mutua indica la coerción más fuerte; las otras dos funciones debilitan ese rigor:
Aparte de las interdependencias, hay que prever dependencias unilaterales en las que uno de los términos presupone al otro, pero no a la inversa, e incluso dependencias más laxas, en las que los dos términos no se presuponen en absoluto, pero pueden no obstante figurar conjuntamente (en el proceso o en el sistema), por oposición a términos que son incompatibles y que se excluyen entre sí.3
En segundo lugar, y a pesar de que el texto de los Prolegómenos prevé tres series de términos: una en el sistema, otra en el proceso y una tercera indiferente, se plantea una asimetría, como “de pasada”, entre el sistema y el proceso: “Desde un punto de vista realista, esta situación se deriva del hecho de que el proceso tiene un carácter más ‘concreto’ que el sistema, y el sistema tiene un carácter más ‘cerrado’ que el proceso”.4 En el grado de coerción, se puede reconocer la eficacia de la dimensión de la intensidad, y en la asimetría [abierto vs cerrado], subsiste entre el sistema y el proceso el trabajo propio de la dimensión de la extensidad, dado que tarde o temprano el proceso se esfuerza en abrir el sistema del cual depende. Las tres funciones conservadas constituyen también, o ante todo, los diferentes momentos de una dinámica interna:

Las funciones seleccionadas se inscriben en el imaginario humano por cuanto este último procede “en última instancia” por selecciones y por mezclas: por su gran rigor, colocaremos aparte la interdependencia, así como, en nombre del debilitamiento, resaltaremos la constelación; en virtud de la complejidad, atenderemos a la determinación. Por el hecho de que no ignoran ni la necesidad ni la asimetría ni lo fortuito, las funciones están en condiciones de responder, satisfaciéndolas, a las exigencias del sujeto. Y así, en su ámbito de ejercicio, un sistema efectivo comporta por necesidad cierta elasticidad: con la interdependencia, se cierra sobre sí mismo, mientras que con la constelación, acoge, incorpora lo que en nombre de la interdependencia debería rechazar. Pero ese juego, que pone de manifiesto la comparación de las tres funciones, es del mismo orden que el que la concesión introduce en un universo de discurso dirigido por la implicación, y por lo demás, la concesión queda claramente expresada en el texto de Hjelmslev: “… donde los dos términos no se presuponen en absoluto, pero donde pueden no obstante figurar conjuntamente…”. La concesión constituye algo así como una revancha del hecho sobre el derecho, tanto si una selección viene a alterar una mezcla establecida y justificada, como si una mezcla perturba una selección motivada. El evento, por su repentinidad inesperada, es la “variedad” acelerada del hecho. Si la implicación extiende y anexa, la concesión, en cierto sentido, libera.
III.1.2 El comercio de la implicación y de la concesión
La semiótica greimasiana ha reconocido, en el nivel del cuadrado semiótico, tres tipos de relaciones: la contrariedad [s1 ↔ s2], la contradicción [s1 → no s1] y la implicación [no s1 → s2]. La primera concierne a la captación de un estado de cosas y no a un hacer propiamente dicho; quedan dos relaciones operativas, una disjuntiva, otra conjuntiva. Esta descripción nos parece, sin embargo, incompleta: no “dice” nada del ambiente discursivo que rodea dichas relaciones. Creemos que debe ser introducida una segunda dimensión: la tensión entre la implicación y la concesión.
La introducción de esa dimensión permite oponer la conjunción y la disjunción a sí mismas, haciendo surgir conjunciones respectivamente implicativas y concesivas, disjunciones respectivamente concesivas e implicativas, es decir, toda una red. Toda red requiere de un punto de vista, de una orientación: (i) la conjunción y la disjunción no son operaciones distintas y sucesivas; son contemporáneas y tensivas, lo que quiere decir que unas veces un programa conjuntivo se impone a un contra-programa disjuntivo y otras veces un programa disjuntivo domina sobre un contra-programa conjuntivo; (ii) definimos la implicación por el predominio de un programa sobre un contraprograma y, consecuentemente, la concesión por el predominio de un contra-programa sobre un programa. En tal sentido, una red exige siempre un punto de vista. Con estas precauciones, proponemos la red siguiente, cuyas denominaciones aproximadas comentaremos después.

Las relaciones concesivas se distinguen de las relaciones implicativas por su extensión discursiva: solo existen relaciones concesivas en discurso. Las relaciones implicativas son tendencialmente aforísticas y generalizantes, y su aproximación define, en parte, el sistema de creencias y de prácticas de cada sociedad. Correlativamente, las relaciones concesivas intervienen cuando se quiebran las relaciones implicativas. Consideremos un ejemplo “escolar”: “Se ahogó porque no sabía nadar”; aquí opera la relación implicativa entre competencia y performancia. El enunciado anterior resulta átono si se lo compara con el enunciado concesivo siguiente: “Se ahogó a pesar de que sabía nadar”. Este último enunciado, portador de un valor de evento, por tanto tónico, reclama un marco discursivo del que puede prescindir el enunciado implicativo por estar potencializado.
Por lo que acabamos de decir, se puede comprender que la determinación en el plano del contenido y la rección en el plano de la expresión hayan acaparado principalmente la atención: ambas remiten al hecho masivo de la concordancia en lingüística, y a la armonía, a la coherencia, a la gramaticalidad en general. Llamamos extraños a los enunciados concesivos porque son estrictamente conformes con la definición que de este término ofrece el Micro-Robert: “Muy diferente de lo que estamos acostumbrados a ver, a saber; lo que asombra, lo que sorprende”. Los enunciados concesivos son enunciados de ruptura, ruptura de las concordancias admitidas. Según Valéry, no sería ilegítimo elevar lo extraño al rango de estilo:
Un hombre no es más que un puesto de observación perdido en la extrañeza.
De golpe, advierte que se halla sumergido en el sinsentido, en lo inconmensurable, en lo irracional; y todo le parece infinitamente extraño, arbitrario, inasible. Su mano extendida ante él le parece monstruosa. —Deberíamos decir lo Extraño— como decimos el Espacio, el Tiempo, etc.
Yo considero ese estado próximo del estupor como un punto singular e inicial del conocimiento. Constituye el cero absoluto del Reconocimiento…5
Aunque la predicación y su trasfondo filosófico hayan acaparado la atención en detrimento de la persuasión intersubjetiva, nosotros defendemos la idea de que la tensión ininterrumpida entre implicación y concesión se encuentra en la base de la dinámica del discurso, en una medida que es preciso investigar. La exigencia inmanente de cuestionamiento afecta, directa o indirectamente, la alternancia paradigmática entre implicación y concesión y, desde el punto de vista de la diacronía inmediata o restringida que todo discurso comporta, es claro que la modernidad reclama la concesión, lo “bizarro” según Baudelaire: “Lo que no es ligeramente deforme tiene un aire insensible; de donde se sigue que la irregularidad, es decir, lo inesperado, la sorpresa, el asombro constituyen un aspecto esencial y característico de la belleza”.6 Lo que se conoce como estética de Baudelaire, aunque tal designación no es más que un expediente dudoso, consiste en otorgar a la concesión el lugar central que la praxis discursiva atribuye de ordinario a la implicación; a propósito de Poe, Baudelaire habla de esas “composiciones extrañas que parecen haber sido creadas para demostrarnos que lo extraño forma parte integrante de la belleza”.7
III.2 LA SINTAXIS INTENSIVA
Nuestro propósito es de conciliación: nos proponemos establecer que la base valencial de la significación con sus dimensiones y sub-dimensiones respectivas está de acuerdo con las conquistas más recientes de la lingüística. Si la sintaxis manifiesta una dirección, dicha dirección debe tomar en cuenta, en primer lugar, el contenido de la dimensión tensiva considerada: la intensidad; en segundo lugar, tiene que respetar la partición de la intensidad en dos sub-dimensiones: el tempo y la tonicidad, y ha de formular, para cada sub-dimensión, los operadores que le corresponden.
III.2.1 Dirección general
A propósito de la definición semiótica del objeto, Greimas insiste en “la ausencia de cualquier otra determinación previa [del objeto] que no sea su relación con el sujeto”. Se puede decir lo mismo del afecto y de la valencia que lo identifica desde el punto de vista cognitivo y que lo mide desde el punto de vista tímico: ¿cómo es posible que lo que afecta y perturba al sujeto, casi siempre por sorpresa, no se sitúe por derecho en el centro mismo del campo discursivo?
Derivados de nuestro segundo postulado, que modaliza lo continuo como ascendente o como decadente, hemos planteado el aumento o la disminución como parte del sistema. Pero ¿en qué se convierten esos primitivos en el proceso? Para Hjelmslev, las relaciones propias del sistema son del orden de “o…o…”, y las que son propias del proceso son del orden de “y…y…”, de manera que el proceso acerca por medio de sus propios procedimientos lo que el sistema distancia en su orden propio. Dicho esto, podemos introducir la hipótesis relativa a la inflexión tensiva de la sintaxis: los términos del paradigma de base se tornan objetos uno para el otro, lo que quiere decir que un incremento tiene como objeto interno una disminución, y una disminución tiene como objeto interno un incremento. Ese entrelazamiento proporciona a la sintaxis intensiva su razón y su necesidad, y la sitúa bajo la modalidad anticipadora del prevenir o bajo la modalidad reparadora del satisfacer [subvenir], según el caso: si la disminución es probable, el sujeto tratará de prevenirla; si ya ha comenzado, se esforzará por reabsorber esa carencia creciente.
En el plano de la expresión, y en el caso específico de la tonicidad, más fácil de formular, nos limitaremos a afirmar que la sintaxis intensiva cultiva, en ascendencia, el redoblamiento por medio de la hipérbole, aunque un examen atento de los grandes discursos revela que dicho acercamiento es un tanto miope, puesto que no capta la labor de zapa que efectúa una negatividad eficiente, cuya necesidad ha puesto de manifiesto Deleuze en Diferencia y repetición. Si desde la mira la hipérbole aumenta y amplifica, es porque “capta” el bajo continuo, como en sordina, de la decadencia.
El mismo entrelazamiento se encuentra en el primer rango de derivados de la ascendencia y de la decadencia. En efecto, las categorías aspectuales se ordenan por parejas: (i) la atenuación y el redoblamiento; (ii) la aminoración y el repunte. Por otra parte, una estructura puede activar la transitividad o la reflexividad. El primer caso lleva a proyectar cuatro sintagmas elementales que “darán materia” al discurso. En decadencia: (i) una atenuación tiene por objeto de rechazo, y no de búsqueda, un redoblamiento; se aplica al pico de intensidad que apunta al redoblamiento; (ii) la aminoración reconduce hacia la nulidad, hacia el paroxismo de la atonía que el repunte había superado. De manera simétrica e inversa, en ascendencia: (i) el repunte afecta a la aminoración; (ii) el redoblamiento impacta a una atenuación a la que se empeña en reducir para dar a la tonicidad su lustre y su brillo. En cuanto a la reflexividad, el sujeto puede soportar un repunte y llevarlo hasta un redoblamiento, es decir, aumentar un incremento, o disminuir una atenuación hasta llevarla a la aminoración, o sea, acrecentar todavía más una disminución.
Unas palabras de Cézanne así lo confirman: “Para mí, la realización de mis sensaciones es siempre muy penosa. No logro llegar a la intensidad que se despliega frente a mis sentidos, no logro esa magnífica riqueza de color que anima la naturaleza”.8 La anotación de Cézanne plantea una situación de paroxismo: “esa magnífica riqueza de color que anima la naturaleza”, que funciona como un emisor y que se transmite en un primer momento, sin pérdida alguna, a un receptor sensible: “la intensidad que se despliega frente a mis sentidos”; esa “intensidad” potencializada sufre un proceso de atenuación que exige de Cézanne un redoblamiento de cuyo éxito él se muestra escéptico: “No logro llegar a…”. En ese sentido, se puede decir que la inquietud se encuentra en el centro mismo de toda poética exigente.
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