Kitabı oku: «Asia Central. Análisis geopolítico de una región clave»

Universidad Nacional Autónoma de México
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Publicaciones
Asia Central.
Análisis geopolítico de una región clave
Mohamed El Yattioui y Claudia Barona
Coordinadores

México 2022
Asia Central. Análisis geopolítico de una región clave
Mohamed El Yattioui y Claudia Barona, coordinadores
Catalogación en la publicación UNAM. Dirección General de Bibliotecas y Servicios Digitales de Información
Nombres: El Yattioui Mohamed, Badine, editor. | Barona Castañeda, Claudia, editor.
Título: Asia Central: análisis geopolítico de una región clave / Mohamed El Yattioui y Claudia Barona, coordinadores.
Descripción: Primera edición. | México : Universidad Nacional Autónoma de México, 2021. | Serie: Colección Universitaria de Estudios sobre Asia y África ; 9.
Identificadores: LIBRUNAM 2107735 (impreso) | LIBRUNAM 2128400 (libro electrónico) | ISBN 9786073048491 (impreso) | ISBN 9786073056571 (libro electrónico).
Temas: Asia Central -- Relaciones exteriores -- 1991- . | Geopolítica -- Asia Central. | Asia Central -- Política y gobierno -- 1991- .
Clasificación: LCC JZ1711.5.A75 2021 (impreso) | LCC JZ1711.5 (libro electrónico) | DDC 327.58—dc23
Asia Central. Análisis geopolítico de una región clave
Esta investigación, arbitrada por pares académicos, se privilegia con el aval de la institución editora.
Primera edición electrónica en formato Epub: enero 2022
DR © 2022. Universidad Nacional Autónoma de México
Coordinación de Humanidades
Circuito Mario de la Cueva s/n, Ciudad Universitaria,
Coyoacán, 04510, Ciudad de México
Programa Universitario de Estudios sobre Asia y África
Calle de Filosofía y Letras 88,
Copilco Universidad, Coyoacán, 04360, Ciudad de México
ISBN: 978-607-30-5657-1
Esta obra contó con financiamiento de la Universidad de las Américas Puebla ( UDLAP)

Esta edición de un ejemplar de (4.3 MB) fue realizada por el Área de Ediciones y Publicaciones Electrónicas del Programa Universitario de Estudios sobre Asia y África de la UNAM. La edición, formación y producción de este ejemplar fue realizado por María del Carmen Uribe Rangel.
La obra Asia Central. Análisis geopolítico de una región clave fue publicado en versión impresa en septiembre de 2021 por el Programa Universitario de Estudios sobre Asia y África de la Coordinación de Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México. Coordinación editorial: Andrea S. Reyes Lozano. Diseño de portada: Yussef A. Galicia Galicia.
Esta edición y sus características son propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Prohibida su reproducción parcial o total por cualquier medio sin autorización escrita de los titulares de los derechos patrimoniales.
Hecho en México / Made in Mexico
Índice
1 Prólogo
2 Introducción
3 El islam en el Asia Central postsoviética Introducción Renacimiento de la identidad islámica en Asia Central Estado y religión: instrumentalización de un “islam oficial” Irrupción del islam político y radical Conclusión
4 Pensar el nacionalismo después del nacionalismo: apuntes sobre Kazajistán y Kirguistán Introducción Korenizatsiya: la creación de las naciones dentro de la nación soviética Kazajistán o la construcción nacional como indigenización del nosotros y diasporización de los otros Kirguistán o la asimilación cultural en la creación de un nacionalismo monocultural ¿Se puede hablar de un modelo alternativo de nación en el Asia Central “nómada”?
5 Asia Central y el mercado de tierras raras Introducción Asia Central en su contexto geográfico e histórico: un marco explicativo de su relevancia geopolítica Imaginación geopolítica: Asia Central bajo una interpretación occidental talasocrática Fundamentos de la estrategia china de seguridad energética en su proyección de poder en Asia Central Asia Central en la competencia por el control de minerales estratégicos y críticos: el nuevo mercado de tierras raras Conclusión
6 La Zona Libre de Armas Nucleares de Asia Central Introducción Contexto histórico y geopolítico para la creación de una zona libre de armas nucleares en Asia Central Zona libre de armas nucleares: aproximación histórica, jurídica y política La negociación del Tratado de Asia Central El aporte de la Zona Libre de Armas Nucleares en Asia Central Desafíos de la zlan de Asia Central Conclusión
7 La influencia de Estados Unidos en Asia Central y la respuesta de Rusia y China Metodología Introducción Los nuevos países de Asia Central La conformación del Estado nacional La estrategia geopolítica de Estados Unidos en Asia Central La respuesta de Rusia a los intereses geopolíticos estadounidenses La Organización para la Cooperación de Shanghái La Organización para la Cooperación de Shanghái y la situación geopolítica en el Asia Central como respuesta de Rusia y China La nueva ruta de la seda y el equilibrio geopolítico en la zona Conclusión
8 Perspectivas de las relaciones ruso-europeas en Asia Central postsocialista Introducción Relaciones ruso-europeas en Asia Central Conclusión
9 Las implicaciones geoeconómicas de las relaciones entre Turquía y las repúblicas de Asia Central entre 1991 y 2019 Introducción Las relaciones entre Turquía y las repúblicas de Asia Central entre 1991 y 2002 Las relaciones económicas y comerciales limitadas Las relaciones energéticas y políticas ambiciosas Las profundas relaciones culturales y religiosas Las relaciones entre Turquía y las repúblicas de Asia Central entre 2002 y 2019 La profundizacion de las relaciones económicas y comerciales El desarrollo profundo de las relaciones energéticas y políticas La complejidad de las relaciones culturales y religiosas Balance y perspectivas de las relaciones entre Turquía y las repúblicas de Asia Central Anexos
10 El afianzamiento del control de los recursos energéticos en Asia Central por Rusia y China: una relación entre la cooperación y la disputa Introducción A manera de contexto China y Rusia, una relación compleja Política y energía en Asia Central Transporte y el control de la región a través de organismos de cooperación regional Reflexiones finales
11 Asia Central: intereses y estrategia de China en la disputa por la hegemonía regional del territorio ex soviético Introducción Asia Central: panorama general y perfil de una región geoestratégica Los intereses de China en Asia Central La nueva ruta de la seda: todos los caminos llevan a China Conclusión
12 Irán como actor estratégico importante entre Rusia, China y el Asia Central Introducción Continuidad, transición y cambio: de la Unión Soviética e Irán a la República Islámica y Rusia Irán, Rusia, el Cáucaso y Asia Central: seguridad y cooperación La Organización para la Cooperación de Shanghái y el debate sobre la membresía iraní Conclusiones
13 Sobre los autores
Prólogo
Asia Central. Análisis geopolítico de una región clave es un libro que resulta muy pertinente por varias razones. En primer lugar, la obra analiza una región del mundo de alta importancia por su tamaño y posición geográfica, la disponibilidad de recursos naturales y por el tipo de actores involucrados, como son China, Rusia, Irán, Turquía y otros. En el sistema internacional contemporáneo, estas naciones se han convertido en actores clave por su peso e influencia en la zona. Además, hay otros países que tienen interés en la región, como es el caso de Estados Unidos. En segundo lugar, los autores de cada capítulo son especialistas en el tema, lo que garantiza una alta calidad académica de cada capítulo. Tengo el gusto de conocer a la mayoría de ellos y puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que se han convertido en autoridades académicas en el tema. En tercer lugar, el análisis de esta región se hace desde diferentes perspectivas, como son la política, la económica, la geográfica, la energética, la religiosa y otras. Este rasgo hace que el libro produzca un examen plural, multidisciplinario e integral. Pero hay un enfoque que predomina en el conjunto de los capítulos del libro y que sirve de hilo conductor: el de la geopolítica.
Por esta razón, quiero detenerme un momento para compartir algunas ideas sobre el tema de la geopolítica. Esta rama del conocimiento se ha convertido, hoy día, en un instrumento muy útil para entender la realidad global porque combina diferentes perspectivas disciplinarias, como son las Relaciones Internacionales, la Ciencia Política, la Historia y la Geografía. Entonces, podemos definirla como una subdisciplina científica que se encarga de estudiar las decisiones de los Estados basadas en consideraciones de poder relacionadas con el espacio. El supuesto aquí es que esas acciones buscan un beneficio directo que genere capacidades basadas en condiciones de territorio, posición geográfica, recursos naturales y clima. A lo largo de la historia, el objetivo principal de muchos Estados ha sido aumentar el territorio y apropiarse de nuevos enclaves estratégicos para aumentar el poder, garantizar la seguridad, defender las rutas comerciales y tener acceso a materias primas. Es decir, la geopolítica está muy vinculada con la política de seguridad y comercial.
La relación del hombre con la geografía surgió al momento en que los primeros humanos en la Tierra buscaron controlar los medios físicos —como el fuego— para su aprovechamiento. Asimismo, se refugiaron en cuevas para protegerse del clima y en la etapa nómada tuvieron que trasladarse para encontrar mejores lugares, y para ello tuvieron que recurrir a rutas seguras. En esos momentos nació la práctica de la geopolítica,1 es decir la relación entre la especie humana y la tierra. Más adelante, las civilizaciones se asentaron en lugares específicos. Pero el criterio para decidir dónde instalarse permanentemente estaba relacionado directamente con elementos geopolíticos, como la cercanía a ríos o lagos para el riego en la agricultura; el asentamiento en valles para fines de seguridad, la disponibilidad de tierras fértiles y materias primas, y climas adecuados para las actividades humanas.
La Geopolítica no es una ciencia nueva. Los estudios más antiguos se remontan a Sun Tzu, quien escribió El arte de la guerra, una de las primeras obras que relacionó la estrategia militar con las características del terreno. Incluso la misma Biblia puede ser todo un tratado de Geopolítica por sus referencias a los lugares santos, los movimientos migratorios y los conflictos relacionados con los lugares. Sin embargo, la Geopolítica, como disciplina de estudio, surge formalmente a finales del siglo xix y principios del xx con las ideas de autores como Alfred Mahan, Rudolf Kjellén, Friedrich Ratzel Halford Mackinder y Karl Houshofer. Una fortaleza de esta rama del conocimiento es que pudo explicar los principales conflictos bélicos hasta esa fecha; por ejemplo, Napoleón inició las guerras napoleónicas a principios del siglo xix para aumentar el poder de Francia expandiendo su territorio.
La geopolítica, como campo de estudio, tuvo un auge muy importante antes de la Segunda Guerra Mundial. Por ejemplo, a finales del siglo xix, Mahan afirmaba que era un requisito tener predominio marítimo para que un Estado se pudiera erigir como potencia. Más adelante, Estados Unidos utilizó estas ideas para la construcción del Canal de Panamá y para buscar el control del golfo de México y del océano Pacífico cuando obtuvo Cuba, Puerto Rico y Filipinas luego de una guerra con España. Más adelante, Ratzel le otorgó una base científica que buscaba predecir el comportamiento de los Estados por medio de leyes vinculadas a su entorno geográfico. Este autor alemán planteaba al Estado como organismo territorial e introdujo dos conceptos clave para la Geopolítica: lebensraum (espacio vital) y raumsinn (sentido del espacio). Más adelante, el sueco Kjellen, quien acuñó el término “geopolítica” para referirse a la relación entre poder y geografía, veía al Estado como “ser vivo” que nace, crece, se reproduce y muere. Esta visión explicaba el auge y caída de los grandes imperios, como fueron el griego, egipcio, romano, otomano, ruso, etcétera.
Por su parte, el alemán Haushofer convirtió a la geopolítica en un instrumento científico para el poder del Estado y se refería a las fronteras como organismos vivos (flexibles), lo que posibilitaba que los límites territoriales pudieran modificarse. El principal problema es que estas ideas fueron utilizadas como un justificante de la expansión nazi en los años cuarenta del siglo pasado. Por su parte, el británico Mackinder planteaba que el poder marítimo había perdido poder frente al terrestre. Fue este autor quien propuso la teoría del “pivote” o heartland (zona central y oriental de Asia). El argumento era que “quien controle el heartland, controla el mundo”. Sin embargo, el estadounidense Spykman contraargumentó y afirmó, basado en las tesis de Mahan, que el poder marítimo era vigente. Así, este autor desarrolló su teoría del rimland, cuyo principal planteamiento era que el poder se encontraba en las costas: “Quien controle el rimland, controla el mundo”.
Luego de la Segunda Guerra Mundial, la Geopolítica cayó en desuso e inclusive adquirió una fama negativa porque había sido utilizada por los nazis para justificar sus invasiones territoriales. Sin embargo, el tema era altamente relevante. Prácticamente todos los hechos ocurridos durante el periodo de la Guerra Fría estuvieron vinculados, directa o indirectamente, con la geopolítica. Los principales eventos pudieron explicarse en función de la relación entre poder y geografía, como fueron las guerras de Corea y Vietnam, la crisis de los misiles en Cuba, la invasión soviética a Afganistán, etcétera. A pesar de que la Geopolítica estaba ausente en el análisis científico, en la práctica estaba presente. Fue en los años setenta y ochenta cuando esta disciplina empezó a tener auge de nuevo. Los analistas de los temas internacionales reconocieron que muchos de los conflictos se podían explicar a través del prisma de la Geopolítica, lo cual incentivó el interés por la disciplina.
Hoy no podemos negar la importancia de la geopolítica. Los principales eventos, al inicio del siglo xxi, están vinculados de una manera u otra al territorio, a los recursos naturales, a las rutas comerciales, a la necesidad de otorgar seguridad, mantener rutas, etcétera. Los conflictos como el de Siria, Crimea, Yemen, Venezuela, la guerra comercial entre China y Estados Unidos, la confrontación entre Estados Unidos e Irán y Corea del Norte, el proyecto de construir un muro fronterizo entre Estados Unidos y México, la crisis del petróleo de 2020 e, inclusive, la expansión del covid-19, son asuntos que tienen un origen geopolítico y que se pueden explicar a partir de esta disciplina.
Tampoco podemos negar que la geopolítica está íntimamente vinculada a la vida cotidiana de las personas hoy día. En general, las personas buscan vivir en un lugar que cumpla con ciertos requisitos, como son precios accesibles, seguridad, disponibilidad de servicios y vías de acceso fluidas. Los trabajadores, para acudir a su lugar de labor, eligen rutas que sean más cortas y de menor tiempo. La gente que migra, sea por razones climáticas, desastres naturales, sequías, o falta de trabajo en sus lugares de origen, entre otros motivos, busca lugares en donde pueda encontrar mejores condiciones. Incluso, los turistas toman decisiones en función de las características geográficas del lugar de destino, como son distancia, bellezas naturales, climas benignos, disponibilidad de infraestructura, fácil acceso, existencia de transporte, entre otras. Todo lo anterior está claramente vinculado a la geopolítica puesto que el ser humano busca algún beneficio en función de la geografía.
Regresando al tema central del libro, una aportación importante es que analiza un tema poco estudiado: Asia Central. La mayoría de los trabajos que analizan Asia normalmente se enfocan en la Cuenca del Pacífico o en el Medio Oriente debido a que son regiones con cierta dinámica económica, una mayor presencia de conflictos, cierto tipo de recursos naturales o se generan temas de seguridad. Por ello, las principales potencias en el mundo están más enfocadas a estas dos subregiones de Asia y prestan menor atención a los países centrales. Además, muchas de las naciones que conforman la región surgieron muy recientemente, como es el caso de las repúblicas ex soviéticas, lo que explica la escasez de estudios centrados en el centro asiático. En México, ocurre una situación muy similar. Los estudios se concentran en el Asia Pacífico debido a que el país pertenece a su cuenca. Así, el interés por estudiar la parte media de ese continente es escaso. Por ello, la publicación de este libro resulta una decisión atinada. La región tiene una importancia geopolítica muy relevante, por su tamaño, sus recursos naturales y por la repercusión que varias naciones tienen en el tablero global.
El libro abre con el capítulo sobre el islam en la región, escrito por un destacado experto en el área, como es el caso del Dr. Enrique Baltar, a quien conozco de hace muchos años y me une una estrecha amistad. El siguiente capítulo versa sobre Kazajistán y Kirguistán, dos Estados postsoviéticos recientes. La autora es Soledad Jiménez Tovar del prestigioso Centro de Investigación y Docencia Económicas (cide). En la siguiente colaboración, Abner Munguía plantea un tema novedoso, como es el mercado de las “tierras raras” de la subregión. Por su parte, Juan Alberto Trujano plantea un tema de suma importancia para esa región y el mundo: las armas nucleares. México ha sido un importante promotor del desarme y ha tenido diplomáticos sobresalientes reconocidos en el asunto, como fueron Alfonso García Robles y Miguel Marín Bosch, a quien está dedicado este trabajo.
El papel de actores externos involucrados en el área no podía faltar. Por ello, Ana Teresa Gutiérrez del Cid, una de las principales expertas mexicanas en Rusia, analiza la influencia de Estados Unidos en Asia Central y la respuesta de Rusia. En la misma lógica, sigue la colaboración de Mauricio Alonso Estevez, quien diserta sobre las relaciones ruso-europeas en el Asia Central postsocialista. El siguiente capítulo es de Mohamed Badine El Yattioui, uno de los coordinadores y un promotor de los estudios de la Geopolítica en México, quien analiza las implicaciones geoeconómicas de las relaciones entre Turquía y las repúblicas de Asia Central.
El tema energético también está incluido en la obra. Por ello, Aura Cruz y Mariana Aparicio discuten sobre el afianzamiento del control de los recursos energéticos en Asia Central por parte de Rusia y China. Las autoras definen esa relación entre la disputa y la cooperación. En el siguiente capítulo, Enrique Catalán plantea los intereses y las estrategias de China en su disputa por la hegemonía regional del territorio ex soviético. Finalmente, una de las principales expertas mexicanas en Irán, Marcela Álvarez Pérez, analiza el papel de ese país como un actor estratégico para la región. Como se puede observar, el libro es muy completo en cuanto al análisis de Asia Central. Su aportación es muy amplia para los estudios en México sobre esa subregión y llena un vacío en los estudios de los escenarios regionales en nuestro país. Por ello, extiendo una sincera felicitación a los coordinadores del libro y a cada uno de los coautores.
Rafael Velázquez
Profesor de la Universidad Autónoma de Baja California (uabc)
Expresidente de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales (amei)
Miembro de la Academia Mexicana de las Ciencias (amc) y
del Sistema Nacional de Investigadores (sni).
1 En minúsculas, significa la práctica. En mayúscula, significa la disciplina.
Introducción
La expresión Asia Central, así como Medio Oriente, proviene de una visión del mundo occidental y las subdivisiones inventadas por sus geógrafos en el siglo xix y principios del xx (Djalili y Kellner, 2000). El objetivo, mantener una política regional que facilitara la explotación. Al respecto, Michel Foucault afirmó que clasificar, en este caso una región, es un mecanismo de poder y una lógica para la explotación de los recursos naturales. La identificación de particularidades que no admiten contraste, sigue la lógica del colonizador.
Durante la Guerra Fría, el concepto de Asia Central perdió su valor al ser una región asimilada como parte de la ex Unión Soviética. Sin embargo, mantuvo su importancia como frontera de seguridad, lo cual le permitió estar presente en el tablero de Medio Oriente, un papel que mantienen hasta el día de hoy cada uno de los jóvenes Estados que lo conforman, sea de manera individual o en bloque.
Asia Central, integrada por Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán, fue adquiriendo protagonismo como espacio geopolítico autónomo. Mackinder (1904) habló de ello refiriéndolo como el “eje geográfico de la historia”. En él se fueron generando nuevas dinámicas de cooperación con todo su vecindario (Rusia, China, Irán y Afganistán) así como con el resto del mundo (la Unión Europea y Estados Unidos).
Para entender con claridad cómo es que estos procesos y dinámicas interestatales se han desarrollado, es importante analizar su contexto desde inicios de la última década del siglo xx, pues, con la caída del modelo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (urss), estos países han luchado para cimentar nuevas relaciones comerciales, económicas y políticas entre sí.
Factores antropológicos tales como sus expresiones étnicas, lingüísticas, comerciales y demás manifestaciones socioculturales, ilustrarán el panorama actual de las dificultades más notorias en la región.
El enfoque demográfico será entonces una pieza clave para entender por qué este bloque ha sido utilizado como zona de paso entre los extremos continentales que van desde China hasta Europa, del este y central, y cómo es que en la actualidad ha ganado cada vez mayor protagonismo.
Desde un punto de vista geográfico, el litoral distingue a Asia Central del resto del continente: está lejos de los mares abiertos —a 2,000 km del mar Negro y el golfo Pérsico— y de los océanos —el más cercano, el Pacífico, está a 5,000 km de distancia.
Casi treinta años después de la caída de la urss, Asia Central sigue siendo una de las regiones más olvidadas del planeta. Sin embargo, su ubicación, su estatus como zona de tránsito e importancia energética, la reposicionan como área de interés desde el 11 de septiembre de 2001 con el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York, y el ataque estadounidense contra los talibanes en Afganistán un mes después. Desde entonces, Rusia, China y Estados Unidos han perfilado una nueva relación con los cinco países, postura que de igual manera han tomado Turquía e Irán.
Actualmente, en estas ex repúblicas soviéticas, aunado a los conflictos internos, temas como la organización religiosa o política-democrática han quedado relegados a tal grado que sus habitantes se han convertido en no menos que meros espectadores de la vorágine de intereses extranjeros de explotación económica, de la que tanto escribió Foucault. Países tales como los mencionados en el párrafo previo, serán entonces una muestra del interés dado a esta importante región.
Los coordinadores de este libro, historiadores de profesión, creemos que uno de los objetivos de la Historia como disciplina es exponer los hechos para que los lectores juzguen por sí mismos. En este sentido, la obra que presentamos tiene como objetivo dar a conocer los elementos que definen a Asia Central como una zona estratégica en el tablero del Medio Oriente, una región que se ha encontrado a expensas de las potencias regionales y globales, y que, por motivos diversos, no ha logrado un desarrollo propio exitoso.
Dividida en diez capítulos, aborda la importancia del islam en la conformación del Estado, la definición de un nacionalismo étnico frente al cívico, las injerencias de Rusia y China, así como el papel de Irán, Turquía y Estados Unidos en sus procesos nacionales económicos e identitarios. Estos trabajos permitirán que el lector tenga un panorama amplio de lo que fue y es Asia Central.
No quisiéramos finalizar sin agradecer a los autores del libro por creer en el proyecto y tener tanta paciencia. Asimismo, los colaboradores del Seminario permanente de estudios sobre el Islam, ilm-udlap, Miguel Ángel Guevara Becerra y Rodrigo Omar Gonzáles Gracia, fueron un eje de este proyecto en la revisión y edición de la obra. Agradecemos de igual forma, al Programa Universitario de Estudios sobre Asia y África (pueaa, unam) así como a la Universidad de las Américas Puebla (udlap) por su respaldo y apoyo en su publicación. Muchas gracias.
Mohamed El Yattioui / Claudia Barona
Seminario permanente de estudios sobre el Islam, ilm (udlap)
csgs, aue, Dubai
San Pedro Cholula, Puebla, a 13 de noviembre de 2020

Referencias
Djalili, M. R. y Kellner, T. (2000), “Moyen-Orient, Caucase et Asie centrale: des concepts géopolitiques à construire et à reconstruire?”, Central Asian Survey, vol. 19, núm. 1, pp. 117-140.
Lacoste, Y. (1993), Dictionnaire de géopolitique, Flammarion.
Mackinder, H. J. (1904), “The geographical pivot of history”, The Geographical Journal, vol. 23, núm. 4, pp. 421-437.
El islam en el Asia Central postsoviética
Enrique Baltar
Introducción
A finales de 1991, una tras otra, las cinco repúblicas soviéticas de Asia Central —Kirguistán, Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán y Kazajistán— proclamaron su independencia después de 67 años de haber sido incorporadas por el régimen de Stalin a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (urss). La balcanización de Asia Central fue una expresión más de la desintegración general del sistema y de la recomposición de la geografía política del extinto espacio soviético, formalmente desmembrado con la firma del Tratado Belovezha y del Protocolo de Almá-Atá en diciembre de 1991. Sin embargo, las características de la región confirieron a ese proceso rasgos particulares y pusieron en primer plano varios problemas de gran importancia para el curso de la subsiguiente transición política, como las contradicciones entre autoritarismo-democracia, regulación-modernización económica, nacionalismo-regionalismo y secularismo-religión, esta última de mayor interés para el propósito de este capítulo.
Si bien las repúblicas de Asia Central no estuvieron ajenas a los vientos de cambio y a la efervescencia política y social que socavaron las bases del sistema en los últimos años de existencia de la urss, tanto el impacto de la corriente reformista hacia el interior de sus estructuras internas (partidistas y gubernamentales), como la participación regional en el proceso final de cambio, fueron comparativamente bastante pobres dentro del contexto general del espacio soviético. La independencia de las cinco repúblicas centroasiáticas resultó una alternativa inevitable del fracasado proyecto de conservar una Unión Soviética renovada y del fallido golpe de Estado de agosto de 1991. En todos los casos, la nueva realidad representó la continuidad en el poder de las élites dirigentes del viejo régimen, por lo que la independencia vino acompañada de un férreo autoritarismo que frustró la posibilidad de una verdadera transición democrática y que, con algunas variaciones, se ha mantenido casi incólume hasta la actualidad.
En congruencia con su vocación autoritaria y neosoviética, los gobiernos centroasiáticos tampoco favorecieron la adopción de políticas de apertura y modernización económica. Durante casi tres décadas de independencia, las economías de los cinco países han conservado en lo esencial la especialización heredada de la división soviética del trabajo como proveedores de productos primarios, especialmente energéticos y agrícolas. Esa dependencia económica, fuera del marco del sistema autárquico y planificado que la generó, inhibió el crecimiento económico y abonó el terreno para el incremento del desempleo, la pobreza y el deterioro de las condiciones de vida de amplios sectores de la población, especialmente rurales, convirtiéndose en factores potenciales de la migración laboral extra-regional, sobre todo a Rusia, y también de muchos conflictos locales dentro del abigarrado escenario étnico centroasiático, los cuales se han encargado de alimentar estrechos nacionalismos de corte etno-regional que han hecho más difícil la ya compleja tarea de construir identidades nacionales que fundamenten las artificiales fronteras territoriales heredadas de la era soviética.
Los nuevos Estados soberanos nacieron así dentro de un contexto de pluralidad étnica y sin el anclaje de identidades nacionales propias. La necesidad de diferenciarse de su anterior identidad soviética, creó condiciones propicias en todos ellos para que el islam se convirtiera en un punto de reencuentro con una vieja y rica tradición cultural autóctona, totalmente disociada de ese pasado soviético. En consecuencia, la evolución de las cinco repúblicas centroasiáticas desde 1991 se ha visto inmersa, con especificidades y grados diferentes, en una doble contradicción: por una parte, entre el creciente renacimiento del islam a nivel societal y la acción de un Estado interesado en instrumentalizar parcialmente esos valores religiosos sin renunciar a su carácter secular; y por otra, entre la vocación autoritaria del Estado, que pretende mantener bajo control el ámbito religioso, y las crecientes expresiones de oposición religiosa a la política interventora y represiva gubernamental, incluyendo las modalidades más radicales de extremismo violento.
La presunta vinculación de este último con las redes de la yihad internacional ha sido un tema que durante las últimas dos décadas ha despertado interés por la islamización del Asia Central postsoviética, aunque desde perspectivas diferentes. La corriente predominante centra su atención en la expansión del islam político y el extremismo violento en Asia Central como una amenaza latente para la seguridad y estabilidad regionales (Baran, 2005; Idrees, 2016; Mori y Taccetti, 2016; Karin, 2017; Lang, 2017). En contraste, hay quienes sostienen que la islamización no conlleva necesariamente la radicalización y consideran exagerado el peso atribuido al extremismo islámico por tratarse de una fuerza muy reducida en el espectro del islam regional (Heathershaw y Montgomery, 2014); o incluso afirman que el islam hanafí profesado tradicionalmente en Asia Central —tolerante, liberal y distante de la cultura árabe— no es por naturaleza político, violento ni incompatible con la democracia y, por ende, no representa en sí mismo un caldo de cultivo para el radicalismo (Priego, 2009).
Esas diferencias derivan, en no poca medida, del carácter multidimensional implícito en el proceso de islamización de Asia Central después de 1991, por eso en este capítulo trataremos de abordarlo en tres ámbitos diferentes. Primero, como fenómeno social, asumiendo como tal el renacimiento de la fe y práctica religiosa en las sociedades centroasiáticas, así como el creciente papel de los valores, tradiciones e instituciones islámicas en la vida cotidiana de las personas. Segundo, en su dimensión estatal, que presupone la acción para mantener la islamización bajo control gubernamental y transformarla en un “islam oficial” que sirva a la vez de instrumento de legitimación política y de contención a la influencia del islamismo radical y de cualquier otra forma de oposición religiosa moderada. Y tercero, como medio de activismo político, que conlleva el análisis particular del espectro de expresiones políticas del islam, tanto de aquellas con pretensiones de erigirse en partidos opositores dentro de la política nacional, como de los diversos grupos que se oponen al estado secular y buscan implantar la ley islámica, ya sea por medios constitucionales, por la labor misionera o a través de la yihad violenta. En las siguientes páginas se analizará en detalle cada una de estas dimensiones del proceso de islamización.
Renacimiento de la identidad islámica en Asia Central
La incorporación de Asia Central a la urss supuso una ruptura con una larga historia de influencia islámica en la región que, de diversas formas, había contribuido a moldear sus particularidades y tradiciones culturales a lo largo de doce siglos. A finales del siglo vii y principios del viii, el islam llegó a la zona junto con la conquista árabe de la Transoxiana, enclavada entre los ríos Amu Daria y Sir Daria, y que hoy forma parte de Uzbekistán, Tayikistán, Kirguistán y Kazajistán. Los califatos omeya y abasí no lograron afianzar por mucho tiempo su presencia en una zona de confluencia de fuertes rivalidades y después de un siglo de enfrentamientos con iranios, turcos y chinos el dominio árabe desapareció. Pero la semilla del islam perduró y siguió creciendo gracias, por una parte, a la función intermediadora de Asia Central en el comercio entre China y Oriente Medio, que transformó lugares como Bujara, Samarkanda y Kokand en grandes ciudades bazares y en centros difusores del islam; y por otra, a la adopción de la religión por muchos gobernantes locales (Mori y Taccetti, 2016, p. 7).
La adscripción de los gobernantes al islam contribuyó a promover la nueva religión entre las élites dominantes y a conformar lo que Ernest Gellner denominó “alto islam” (1992, pp. 10-11), del cual emanó una particular jerarquía religiosa esencialmente sunita, patrocinada por gobernantes seculares y partidaria de la escuela hanafí, con una interpretación más flexible de la doctrina religiosa, desligada del puritanismo de la tradición árabe (Priego, 2009, pp. 236-237) e influida por la herencia cultural de los diversos poderes sucesivos y de las costumbres locales. Aunque los gobernantes al parecer no recurrieron a la conversión forzosa de la población, durante los siglos posteriores también se fue configurando gradualmente un amplio “bajo islam” por su difusión entre los sectores populares. Ese islam “folklórico”, enriquecido por costumbres y tradiciones locales, se fue transformando en un pilar fundamental de la identidad cultural en la región y, gracias a ello, incluso muchos pueblos nómadas entraron en la órbita de la civilización islámica (Khalid, 2014). Hacia el siglo xviii el islam se había implantado amplia y sólidamente en las sociedades centroasiáticas.
Entre 1863 y 1885 el Asia Central cayó bajo la órbita del imperio zarista. Hasta la Primera Guerra Mundial el dominio ruso en la región enfrentó frecuentes expresiones de rebeldía motivadas por su política económica, cultural y de colonización de tierras. Pero el triunfo de la revolución bolchevique en 1917, de orientación comunista y antirreligiosa, desató una beligerancia significativamente mayor contra las medidas impositivas del nuevo régimen de Moscú. La nacionalización de tierras, la prohibición de las madrasas y la clausura de los tribunales islámicos representaron un fuerte golpe al orden tradicional y provocaron el estallido de una vasta resistencia armada encabezada por la clase media terrateniente, jefes tribales y líderes religiosos, con amplio apoyo de la población local. Durante seis años el movimiento nacionalista basmachi (bandoleros), denominado así despectivamente por el poder soviético, luchó por impedir la consolidación del nuevo régimen, pero finalmente fue aplastado en 1924, año en que los territorios de Asia Central pasaron a formar parte de la urss.
El islam quedó estigmatizado y fue duramente asediado por la política estalinista durante los años veinte y treinta, la cual arreció la prohibición de las escuelas y cortes islámicas, convirtió a los líderes religiosos en blancos de sus purgas políticas, y cerró la mayoría de las mezquitas, cuyo número descendió drásticamente de 26,000, en 1912, hasta un millar hacia 1941 (Peyrouse, 2007, p. 42). Sólo tras la entrada de la urss a la Segunda Guerra Mundial, la política estalinista suavizó su intolerancia religiosa como parte de la estrategia para defender a la “madre patria” de la agresión nazi. A finales de 1943 el gobierno soviético estableció la Junta Espiritual de Musulmanes de Asia Central y Kazajistán (jemak), cuya misión principal fue establecer una rigurosa diferenciación entre las prácticas religiosas “puras y correctas” y las “tradicionalistas y retrógradas” (Epkenhans, 2016, p. 182). Así el islam fue reconocido y dotado de una estructura bajo control gubernamental, compulsada a cooperar y mostrar lealtad al régimen. La jemak se convirtió en el único cuerpo representativo oficial de los musulmanes hasta la desintegración de la urss en 1991.
Durante la era soviética el islam fue desplazado de los espacios públicos y la política oficial promovió con especial fervor la secularización de la conciencia religiosa, no sólo por medio de la represión y la censura a la libertad de credo, sino también a través de la construcción y promoción de una nueva idea de la cultura e identidad “nacional” (soviética), y de la realización de grandes proyectos en materia de educación sustentados en los principios del ateísmo científico, los valores del “hombre nuevo” (comunista) y la emancipación de la mujer, todo ello ampliamente difundido desde las escuelas, las organizaciones sociales, los medios de comunicación masiva y las diferentes manifestaciones artísticas, especialmente la literatura y la cinematografía. La política de “ateización” e imposición de la “cultura soviética” consiguió coaptar al islam y lo obligó a adoptar una versión “oficial”, pero no logró erradicar la influencia de unos valores profundamente arraigados en la tradición regional y que, de diversas formas, siguieron permeando las relaciones sociales y la vida cotidiana (Heathershaw y Montgomery, 2014, p. 5). Incluso, a pesar de la represión y del entorno ideológico hostil, muchos líderes espirituales siguieron propagando las ideas religiosas entre sus discípulos y mantuvieron sus escuelas clandestinas (hujra) para la enseñanza coránica, sobre todo en el aislado valle de Ferganá, territorio compartido por las repúblicas de Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán (Peyrouse, 2007, p. 41).
El inicio de la perestroika en 1985 creó las condiciones para la reversión del proceso de desislamización emprendido durante las seis décadas precedentes. El nuevo ambiente de apertura política, la libertad de las identidades religiosas y el despertar de una fuerte crítica social contra las bases del modelo soviético, contribuyeron a que una tradición islámica contenida y restringida, pero no destruida, pudiera retomar fuerza al calor del proceso de crisis general que condujo al colapso del sistema y a la desintegración de la urss. A finales de los años ochenta se multiplicaron las asociaciones musulmanas, creció el número de mezquitas, la educación religiosa volvió a ser permitida, la literatura islámica procedente del Medio Oriente comenzó a circular internamente y los puntos de vista religiosos encontraron algunos espacios de expresión en los medios de comunicación (Alonso, 2005, p. 10). El proceso de renacimiento islámico, por consiguiente, era ya una tendencia en curso a finales de la era soviética.
Pero después del colapso de la urss, la islamización de la sociedad entró en una significativa fase de crecimiento en las cinco repúblicas centroasiáticas. Tras el fin del sistema comunista, y dentro del contexto de las nuevas independencias “nacionales”, el progresivo reencuentro con la identidad islámica devino en un recurso de autoidentificación socialmente viable (también para los Estados, como se verá en el apartado siguiente), por su estrecha ligazón a la historia y cultura anterior al periodo de la sovietización forzada de Asia Central. Ello determinó que después de 1991 tuviera lugar un fuerte incremento de la actividad islámica, tanto al nivel de la religiosidad personal, como de la visibilidad del islam en el ámbito público (Heathershaw y Montgomery, 2014, p. 4).
Más allá de las características específicas de cada país, en el desarrollo de ese fenómeno, calificado frecuentemente como resurgimiento, renacimiento o reislamización, puede apreciarse la transición por tres estadios fundamentales (Nogoybayeva, 2017, pp. 19-20). El primero tuvo un contenido de externalidad identitaria, que implicó la revalorización y apropiación de la cultura islámica por un creciente número de personas autodefinidas como musulmanas. El sistema ateísta desapareció y el arsenal simbólico del islam fue ganando terreno en la vida pública y privada. La narrativa política incorporó expresiones religiosas, se rehabilitaron muchos lugares históricos relacionados con el pasado islámico, se celebraron festividades religiosas, se abrieron nuevas mezquitas e instituciones educativas, creció el número de personas que incorporaron los pilares del islam a su cotidianidad, en especial los rezos rituales, y aumentó el interés de los creyentes por las peregrinaciones a los lugares sagrados de la Meca y Medina (hajj). La idea de pertenencia a una comunidad islámica global también se abrió paso en el imaginario colectivo y en el ámbito de la política formal. El ascenso sostenido de la identidad musulmana, como veremos más adelante, no se enfiló en contra de la secularidad del Estado, ni siquiera en el caso de Tayikistán, donde un partido islámico fue parte activa en la trágica guerra civil de 1992-1997, pero en poco más de dos décadas logró definir con mucha más claridad la adscripción religiosa de la inmensa mayoría de la población.
Como muestra la siguiente tabla, en la actualidad 85% del total de la población de Asia Central ex soviética se considera musulmana, en su inmensa mayoría sunita de tradición hanafí. Cuatro de los cinco países están por encima de ese promedio, con Tayikistán y Kirguistán a la cabeza. Sólo en Kazajistán la población musulmana está todavía algo distante del resto de sus vecinos. Pero si se tiene en cuenta que en 2001 la cantidad era de sólo 47% (Baltar, 2003, p. 101), eso significa que en menos de veinte años los musulmanes kazajos pasaron de ser menos de la mitad a convertirse en una imponente mayoría. Los años de la independencia también trajeron una relativa expansión del sufismo, forma mística y heterodoxa del islam con viejas raíces históricas en la región, que combina el pensamiento esotérico, la experiencia mística y el culto a los santos como formas de comunión con Dios. Resulta difícil medir el peso de las creencias sufistas en los países centroasiáticos por la ausencia de datos y porque muchas de sus prácticas están incorporadas a la tradición popular y pueden convivir con una adscripción musulmana hanafí tolerante y poco puritana. Sin embargo, después de 1991, muchos santuarios de maestros sufís también fueron rehabilitados para convertirse en centros de peregrinaje.

En cambio, la presencia del chiismo en los países de Asia Central constituye una expresión meramente testimonial por su insignificante peso demográfico. La comunidad chía ha estado asociada con dos minorías étnicas fundamentales. La más importante es la azerí que vive en partes de Turkmenistán, Kazajistán, Uzbekistán y Kirguistán; y la otra es la población de origen iranio integrada a la minoría tayika radicada en las regiones de Samarkanda y Bujara, en Uzbekistán. Sin embargo, el resurgimiento islámico en la región no parece haber contribuido como en otras partes a exacerbar el fenómeno del sectarismo religioso, quizá porque la mayor amenaza para las pequeñas minorías chías no ha provenido de la abrumadora mayoría sunita sino de los propios gobiernos centroasiáticos, quienes bajo la suspicacia de la infundada influencia de Irán se han encargado de reprimir su actividad, obligándolas a sobrevivir casi en condiciones de clandestinidad, sobre todo en Turkmenistán y Uzbekistán (Peyrouse e Ibraimov, 2010, pp. 91-93).
A la par de la masa de creyentes, crecieron vertiginosamente las instituciones islámicas. De las cinco repúblicas centroasiáticas, fue Tayikistán la que vivió con más intensidad el resurgimiento islámico durante los años de la perestroika. En diez años las mezquitas se decuplicaron, de 12, en 1980, a 128, en 1990. Pero de 1991 a 2016 el crecimiento de las mezquitas se multiplicó 30 veces, llegando a la cifra de 3,930, el país con mayor cantidad de centros de oración y también con el mayor nivel de concentración de imanes (líderes religiosos) por habitante, uno por cada 2,210 personas. La misma tendencia puede apreciarse en los otros países. Hacia 2016, en Kirguistán estaban reconocidas oficialmente 2,669 mezquitas y 112 instituciones de educación religiosa; 2,516 y 13 en Kazajistán; y 2,065 y 11 en Uzbekistán (Nogoybayeva, 2017, pp. 8-10).
En el segundo estadio de la reislamización la cuestión principal se centra en la internalización de la conciencia religiosa. En muchos casos, el reconocimiento de la adscripción confesional es sucedido por la necesidad de comprender el significado y los principios del islam, de conocer el contenido del Corán y la Sunna como fuentes de autoridad religiosa, o de entender qué se dice en árabe durante las ceremonias rituales. Un sector creciente de creyentes se vuelve más piadoso y, en consecuencia, aumenta su demanda acerca de la interpretación correcta de los preceptos islámicos (Nogoybayeva, 2017, pp. 19-20). Cada vez más, el “ser” musulmán se asume como “pensar y vivir” de acuerdo con las normas del islam. Es difícil saber con precisión cuándo y cómo sucede esa transición, y más aún determinar su magnitud con alguna exactitud. El incremento de la educación religiosa puede ser un indicio a tener en cuenta, pero el fenómeno no sólo se limita a los espacios dedicados a la enseñanza formal del islam, también ocurre en las mezquitas y hasta en el ámbito familiar e individual. No obstante, la evidencia del potencial acumulado se refleja con el inicio de las expresiones de un tercer estadio, cuando esa nueva fuerza pasa a la acción y comienza a proyectarse en el plano social o incluso político.
El activismo islámico viene a aumentar la presión sobre el estado secular para que adopte una postura más permisible hacia los valores religiosos o, incluso, para que se conduzca de acuerdo con ellos. Dentro de esa acción colectiva, sin embargo, es necesario hacer una distinción entre islamismo e islam como recursos de movilización diferentes, si bien es cierto que en principio pudiera aceptarse con reservas que la expan-sión del segundo contribuye a generar mejores condiciones, aunque no necesaria e inevitablemente, para el ascenso del primero. El islamismo o islam político, que será abordado en el último apartado, constituye una forma de instrumentalización de la religión con objetivos políticos y, en su expresión más radical, representa una fuerza antisistema que pretende transformar el Estado secular en uno islámico. En contraste, la otra forma de actividad colectiva proviene de una espiritualidad piadosa compartida (islam) por personas y grupos sociales comprometidos con un modo de vida, mas no interesadas en cuestionar la autoridad política (Shaykhutdinov y Achilov, 2014, p. 388). Ese creciente activismo social, fruto del ascenso de la religiosidad cotidiana, en general no tiene carácter antisecular, por el contrario, muchas veces argumenta sus demandas como parte de los derechos de libertad religiosa consagrados en las constituciones seculares. Como parte de esas acciones, podemos considerar las presiones en torno a cuestiones relacionadas con la extensión del ámbito de expresión de esa religiosidad, como el uso del hijab en lugares públicos, centros laborales y escuelas; la realización de rezos en las calles, el uso de la barba, el llamado al rezo (azan) a través de micrófonos, o las cuotas para realizar el hajj y el umrah (peregrinaciones a la Meca), las cuales han sido recurrentes en los cinco países centroasiáticos, con más o menos intensidad, especialmente durante la última década. Esas presiones, generadoras también de polémicas a nivel social, evidencian la contradicción entre dos realidades coexistentes dentro de las sociedades centroasiáticas, la religiosa y la secular, pero difícilmente podrían ser consideradas en sí mismas como acciones de oposición política, aunque todas ellas representan de hecho claras transgresiones a los firmes límites impuestos por los gobiernos centroasiáticos a la reislamización de la sociedad.
Estado y religión: instrumentalización de un “islam oficial”
El resurgimiento islámico en Asia Central aconteció en un escenario político particular que determinó, desde un inicio, la naturaleza de la relación con el Estado y la posición de éste frente al mismo. Las nuevas constituciones políticas promulgadas entre 1992 y 1993 consagraron en los cinco países, en unos casos de manera más explícita que en otros, el carácter secular del Estado y el derecho a la libertad de credo religioso, pero esos pilares esenciales en una democracia moderna perdieron gran parte de su significado real en el contexto de regímenes autoritarios abiertamente represivos y opuestos a las libertades democráticas, incluyendo la religiosa.
Las independencias conllevaron la preservación del poder de la vieja élite comunista conservadora. En todos los casos, los antiguos primeros secretarios del Partido Comunista y presidentes de los sóviets supremos se convirtieron en los nuevos presidentes de las repúblicas independientes. En cuatro de ellos —Kazajistán, Uzbekistán, Turkmenistán y Kirguistán— la transición formal transcurrió sin mayores dificultades porque la oposición reformista había sido aplastada desde antes de la separación en 1991. Sólo en Tayikistán, donde las corrientes democrática e islamista formaron un frente opositor unido, el cambio resultó traumático y terminó desencadenando una cruenta guerra civil entre 1992 y 1997. El temor por la crisis tayika reforzó la solidaridad de los países vecinos, los cuales en 1993 convinieron en crear la Comunidad de Estados de Asia Central, una especie de santa alianza del autoritarismo regional. Gracias a ese apoyo, y también al de Rusia, el régimen de Emomali Rahmon logró resistir el embate y negociar un acuerdo de paz que le permitió mantenerse en el poder después de 1997.
Durante al menos los primeros 15 años de independencia no hubo ningún tipo de cambio político en Asia Central. Las repúblicas presidencialistas se convirtieron en gobiernos personalistas y el poder estuvo férreamente concentrado en manos de una generación de políticos formada en la escuela de la era soviética. En Turkmenistán, Saparmurat Niyázov gobernó desde 1991 hasta su muerte en 2006. Askar Akáiev fue presidente de Kirguistán de 1991 a 2005, año en que un movimiento de protesta espontáneo (Revolución de los Tulipanes) lo obligó a dejar el cargo. En los otros tres países la vida de las autocracias ha sido mucho más prolongada. En Uzbekistán, Islam Karímov ejerció un poder absoluto hasta su muerte en 2016; Nursultán Nazarbáyev hizo otro tanto en Kazajistán hasta 2019; y en Tayikistán el presidente Emomali Rahmon está por concluir su cuarto mandato de siete años (2013-2020).
Por otro lado, al concluir el poder de la rancia élite neosoviética, la sucesión quedó en manos de una segunda generación de figuras que ya no provenía de la alta jerarquía de la era soviética, pero sí del capital político creado por los prolongados poderes autocráticos y que, por consiguiente, estaba más interesada en el mantenimiento de esos regímenes que en promover una apertura democrática. Tras la muerte de Niyázov en 2006, asumió la presidencia de Turkmenistán su ex Viceprimer Ministro, Gurbangulí Berdimujamédov, quien utilizó el modelo autoritario de su predecesor para perpetuarse en el poder hasta la actualidad (Borh, 2016). En Kirguistán, a pesar de la Revolución de los Tulipanes y la caída de Akáiev en 2005, los cambios políticos no lograron promover una transición estable por la propensión de los mandatarios posteriores a reproducir los patrones autoritarios, las prácticas de corrupción y la violación de las libertades civiles (icg, 2016). El fin de la era Karímov tampoco trajo cambios significativos en Uzbekistán. El sucesor y ex primer ministro, Shavkat Mirziyoyev, ha seguido una línea más liberal en cuanto a la apertura económica del país, pero sin modificar los pilares del sistema político (icg, 2017a). En el caso de Kazajistán, la renuncia de Nursultán Nazarbáyev en 2019 y la elección de Kassym-Jomart Tokáyev, ex primer ministro (1999-2002) y presiden-te del Senado (2013-2019), abrió también en teoría la misma disyuntiva entre continuidad y cambio, aunque todavía resulta bastante riesgoso anticipar el curso que pueda seguir ese proceso (Bohr et al., 2019). A pesar de sus múltiples dificultades, más previsible se vislumbra el escenario futuro en Tayikistán donde, gracias al referendo orquestado en 2016, el presidente Emomali Rahmon ha venido preparando el camino para agenciarse un nuevo periodo o sentar las bases de una dinastía familiar traspasando el poder a su primogénito Rustam Emomali, alcalde de la capital del país (International Crisis Group, 2017b).
La evolución política regional en el periodo postsoviético refleja, por tanto, claros elementos de continuidad con la herencia del antiguo régimen comunista. Dentro de ese panorama, la relación Estado-religión, en general, y Estado-islam, en particular, también estuvieron esencialmente influidas por esa visión continuista. La actitud de los gobiernos autocráticos hacia el resurgimiento islámico estuvo determinada por el interés de subordinar el proceso a un estricto control estatal y de instrumentalizarlo como recurso de legitimación política a través de la construcción de un “islam oficial”. Si durante la era soviética la función de ese islam oficial fue neutralizar el potencial subversivo que la religión suponía para un régimen promotor de una nueva cultura atea y supranacional, su misión después de 1991 ha estado ligada al rescate y fortalecimiento de una identidad cultural autóctona que legitime y proporcione un sentido histórico a las nuevas realidades estatales. Esa diferencia de funciones contribuye a entender la postura de los gobiernos centroasiáticos de promover en cierta medida la islamización de la sociedad, y de hasta ribetear con símbolos religiosos la política del estado secular, pero asegurando los mecanismos de control necesarios para evitar que el fenómeno trascienda los límites deseables y pueda convertirse en un problema para la estabilidad de los poderes autocráticos.
Siguiendo la tradición de la Junta Espiritual de Musulmanes de Asia Central y Kazajistán de la era soviética, cada república creó su propia “administración espiritual” como única instancia de autoridad y representación religiosa bajo control gubernamental. La esfera religiosa fue sometida gradualmente a una política fiscalizadora por parte de los estados, quienes se mostraron muy activos en la promulgación de leyes, registros y procedimientos regulatorios. La constitución de organizaciones religiosas quedó sujeta a estrictos registros oficiales. El proselitismo religioso, la labor misionera y las actividades políticas fueron legalmente prohibidas. A los imanes se les requirió acreditarse y renovar sus documentos periódicamente para ejercer sus oficios rituales. Con el tiempo también empezaron a recibir estipendios estatales, pagados de manera indirecta a través de organismos no gubernamentales, como el caso de la Fundación Iman para el Desarrollo de la Cultura Espiritual en Kirguistán (Nogoybayeva, 2017, p. 42), con lo cual muchos fueron transformados de facto en funcionarios públicos.
Después de cierta espontaneidad durante los primeros años, la construcción de mezquitas y otras obras religiosas se regularon legalmente, requiriendo el otorgamiento de licencias y permisos estatales. La clausura de mezquitas y centros religiosos, considerados ilegales por carecer de esas autorizaciones oficiales, se convirtió en un poderoso instrumento para el ejercicio del control gubernamental. En los últimos años, muchos lugares de culto islámico han sido forzados a cerrar sus puertas por carecer de los registros oficiales, sólo en 2017 fueron clausuradas por esa razón 2,000 mezquitas en Tayikistán (AsiaNews, 2018). Aunque la responsabilidad por la edificación de los lugares de culto no recae en los gobiernos, sino en la comunidad de creyentes y en patrocinadores externos como Turquía, Arabia Saudita y otras monarquías del Golfo, estos han ejercido una fuerte supervisión sobre el ámbito interior de las mezquitas, sometiendo a revisión y censura los sermones de los imanes e incluso instalando cámaras de seguridad para monitorear las instalaciones. La educación islámica también sufrió restricciones. Se impidió la enseñanza privada de la religión, y las escuelas y universidades islámicas creadas después de 1991 quedaron insertadas dentro del sistema de educación general y tuvieron que compartir su currículo religioso con materias de las ciencias seculares.
Desde la perspectiva gubernamental, la política de control se justifica por la necesidad de conservar la pureza del islam “tradicional” y sustraerlo de la influencia perniciosa del radicalismo salafista foráneo. Con ese propósito, la narrativa gubernamental ha promovido, por un lado, la simbiosis entre islam “oficial” y “tradicional”, basada en el reconocimiento de la adscripción del islam centroasiático a la escuela de pensamiento hanafí, de naturaleza menos rigorista y tradicionalmente apolítica; y por el otro, su contraposición con el islam extremista, violento y ajeno a la tradición cultural de la región (Omelicheva, 2017, pp. 8-9). A medida que el islam aumentó su influencia en las sociedades centroasiáticas, la instrumentalización de un islam oficial como encarnación de la identidad cultural se hizo tanto más importante. La tradición sirvió para condenar públicamente los vicios de la influencia occidental y justificar las prácticas políticas autoritarias. Creció el interés por recuperar el patrimonio y la memoria histórica asociada al islam, y figuras casi olvidadas de grandes juristas y maestros sufís adquirieron nueva relevancia. Las referencias religiosas en los discursos se hicieron más recurrentes y el capital simbólico del islam comenzó a usarse como recurso de movilización con fines políticos y electorales. Los presidentes de las cinco repúblicas, en particular, empezaron a mostrar un especial empeño por proyectar una imagen personal asociada al islam. El uso del Corán en las investiduras presidenciales y las peregrinaciones a la Meca de los mandatarios constituyeron dos expresiones inequívocas del nuevo papel legitimador conferido al islam, aunque también del interés de insertarse en el mundo musulmán para asegurarse el acceso a la solvente banca islámica (Khaki y Malik, 2013; Hoggarth, 2016), como alternativa a la tradicional dependencia económica de Rusia, y más recientemente de China.
Pero además de su utilidad como línea diferenciadora entre un islam bueno y autóctono, y otro nocivo y extranjero, la exaltación de la tradición hanafí sirvió también para legitimar la aspiración de los gobiernos centroasiáticos de mantener al islam totalmente fuera del ámbito político. A lo largo del periodo postsoviético los partidos de orientación religiosa han estado expresamente prohibidos por la ley en todos los países, con la única excepción de Tayikistán durante los años 1997-2015 donde, como resultado de la guerra civil, tuvo lugar un intento fallido de coexistencia de un partido islámico dentro del marco de un estado secular (Nogoybayeva, 2017, p. 36).
El Partido del Renacimiento Islámico de Tayikistán (irpt), fundado en 1991 por Said Abdullo Nuri, encabezó la Oposición Tayika Unida (otu), el frente combinado de fuerzas islamistas y demócratas seculares que combatieron al régimen de Emomali Rahmon durante la guerra civil. Después de un difícil proceso de negociación auspiciado por Naciones Unidas y otros actores internacionales, en 1997 Rahmon y Nuri aceptaron suscribir un acuerdo de paz sobre la base de la repartición del poder, mediante el cual la otu aceptó desmovilizar sus fuerzas militares para insertarse dentro del proceso de reconciliación nacional. El Protocolo Político del acuerdo de paz concedió a la otu 30% de los puestos gubernamentales, incluidos algunos ministerios, y consagró el compromiso de realizar enmiendas constitucionales (Abdullo, 2001, pp. 51-52). Como resultado, los grupos integrados en la otu fueron legalizados y el irpt se convirtió en un partido político con cierto peso en la estructura formal de gobierno. En el 2000 el irtp participó por primera vez en unas elecciones legislativas y obtuvo dos de los 63 escaños en disputa.
Durante los quince años siguientes se desarrolló una relación controversial entre un partido islamista con creciente visibilidad pública y aspiraciones de fortalecer el papel de la religión en la sociedad, y un estado secular bajo la égida del Partido Democrático del Pueblo de Tayikistán, de Emomali Rahmon, interesado en anular progresivamente a la oposición para consolidar su hegemonía política (ifes, 2015, pp. 1-3). El desenlace sobrevino en 2015 cuando el gobierno tayiko involucró al irtp en el frustrado intento de golpe de Estado liderado por el viceministro de defensa Abdukhalim Nazarzoda. La Suprema Corte de Justicia prohibió de inmediato las actividades del irtp y en un referendo nacional celebrado en mayo de 2016, el gobierno de Rahmon consiguió la aprobación para la ilegalización de los partidos políticos de orientación religiosa y nacionalista. De esa forma concluyó una experiencia excepcional derivada de la guerra civil, que permitió al régimen tayiko retomar la tradición de los estados centroasiáticos de procurar mantener al islam al margen de la política. A pesar de ello, sin embargo, todos tuvieron que lidiar con la amenaza latente de un islamismo radical dispuesto a desafiar al estado secular fuera del ámbito del sistema y de la política formal.
Irrupción del islam político y radical
La presencia de un islam radical en la región no constituye un fenómeno nuevo ni importado, como tampoco parece tener la exagerada importancia que la narrativa oficial le atribuye como amenaza a la seguridad interna de los países centroasiáticos. Sus raíces se remontan a las décadas de los sesenta y setenta, durante el periodo soviético, cuando el valle de Ferganá devino en el centro fundamental de la resistencia doctrinaria al islam oficial impuesto desde el Kremlin, y en campo de confrontación entre conservadores de la escuela hanafí e islamistas de orientación hanbalí y shafi’í (Peyrouse, 2007, p. 52), contradicción acentuada en los años siguientes por la perestroika, la influencia de la situación en el vecino Afganistán tras la intervención militar soviética, y la crisis final del régimen comunista. De modo que el islam político en Asia Central tuvo antecedentes propios que, en cierta forma, abonaron el terreno para el desarrollo de una corriente salafista en el periodo posterior a 1991.
Sin embargo, la delimitación del ámbito de acción del islam radical y de su peso real durante el periodo postsoviético, resultan cuestiones más difíciles de determinar por la ambigüedad en el manejo de la terminología, en buena medida influida por la perspectiva del discurso oficial dentro y fuera de la región. La tendencia a considerar cualquier acción religiosa conservadora y/o política del islam como sinónimos de islamismo (islam político) o salafismo genera una confusión que desvirtúa la relación entre religión y política en Asia Central (Heathershaw y Montgomery, 2014, p. 7). El islamismo engloba un fenómeno de naturaleza bastante heterogénea, pero la esencia de su radicalismo está determinada, en primera instancia, por su carácter regenerador y la aspiración de implantar un Estado basado en la ley islámica; y, en segunda, por los medios utilizados para su consecución, siendo el yihadismo su expresión violenta y más extremista.
Esa distinción debería dejar fuera del islamismo las manifestaciones políticas cuyo propósito no es subvertir el carácter secular del Estado, sino, en todo caso, oponerse o mostrar el descontento de ciertos grupos sociales hacia las políticas particulares de los gobiernos. El caso ya analizado del irtp en Tayikistán constituye un buen ejemplo de un tipo de relación entre islam y política que no encuadraría bien dentro del molde salafista, ya que su programa nunca tuvo un carácter abiertamente antisecular, pero sí fungió como una oposición al gobierno dentro de un esquema constitucional por más de quince años. Tampoco encajarían como acciones de un islam político o radical aquellas relacionadas con las expresiones contestarias aisladas de sectores representantes de un islam piadoso y conservador. Sin embargo, la verdadera dimensión del islam político ha sido consistentemente distorsionada por la instrumentalización de una doble asociación: entre islamización e islamismo, y entre oposición política e incremento del radicalismo islámico. Ambas inferencias son construcciones de los gobiernos autoritarios para aplastar a los oponentes políticos y posicionar la idea, dentro y fuera de sus países, de los peligros de una islamización no regulada estrictamente por el Estado. La paradoja detrás de esas asociaciones es que el islamismo ha sido, en realidad, un producto menor dentro de la tendencia general a la islamización de la sociedad, no determinada por ella y distribuida geográficamente de manera desigual, con una gran concentración en el valle de Ferganá (Idrees, 2016, p. 6), compartido por Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán, y con bases de operaciones que han estado la mayor parte del tiempo, en algunos casos, fuera del territorio de Asia Central.
Después de 1991 el ascenso del islamismo tuvo básicamente dos vertientes fundamentales de expresión; por un lado, mediante la acción expansiva de agrupaciones transnacionales partidarias de establecer un Estado islámico por medios generalmente pacíficos; y, del otro, por la aparición de organizaciones locales autónomas de corte yihadista, con una proyección más agresiva y violenta. El exponente más importante del primer tipo es la Hizb ut-Tahrir al-Islami (ht) [Partido de Liberación Islámica], organización surgida en Jerusalén oriental en 1953, que experimentó un progresivo auge en las décadas siguientes hasta convertirse en una de las agrupaciones panislamistas más populares, con varios millares de simpatizantes en diferentes partes del mundo (Karagiannis, 2010, p. 13). El programa de la ht promueve la estrategia de la “yihad previolenta” como vía para conseguir inicialmente el estado islámico por medios pacíficos a través de la incesante islamización de la sociedad (Mori y Taccetti, 2016, p. 10), aunque acepta el recurso de la yihad violenta en una etapa posterior para materializar la aspiración suprema de implantar un califato global.
Desde finales de los noventa la ht encontró un terreno fértil en Asia Central para expandir su influencia. Sin la presencia de otras grandes organizaciones islamistas competidoras, su mensaje del cambio social por medios pacíficos logró cierta resonancia en la región debido al vacío ideológico del periodo postsoviético, a las frustraciones sociales por las serias dificultades económicas y, también, por la carencia de canales para expresar el descontento hacia las políticas gubernamentales. Gracias a ello, la ht se convirtió en la principal agrupación islamista en todas las repúblicas centroasiáticas, con excepción de Turkmenistán en donde su presencia ha sido mucho menor. En Tayikistán, la ht no sólo se confrontó con las autoridades sino también pretendió erigirse en el rival ideológico del único partido religioso legalizado de la región, el irtp (Karagiannis, 2010, p. 15).
Desde sus inicios, la labor misionera y las demostraciones antigubernamentales de la ht fueron fuertemente reprimidas, especialmente en Uzbekistán, su bastión principal, lo que coadyuvó a que su actividad se moviera con más rapidez hacia los otros estados de la región. Sobre todo después de 2001, en que la organización fue proscrita en varios países occidentales, los gobiernos centroasiáticos le otorgaron el tratamiento de grupo terrorista, aunque tal percepción fuese poco compartida a nivel social por la naturaleza no violenta de sus acciones (McGlinchey, 2009). La respuesta punitiva, sin embargo, produjo dos efectos indeseables y en cierta forma contradictorios. Uno fue la escisión de grupos inconformes con la estrategia de la ht y partidarios de pasar a una acción más agresiva, los cuales formaron nuevos pequeños grupos más radicales y violentos, como el Hizb-an-Nusra y Akramiylar (Baran, 2005, pp. 47-49; Alonso, 2005). El otro fue que indirectamente contribuyó a incrementar la popularidad de ht y a llamar la atención sobre su mensaje, no ya de las capas más humildes, sino también de algunos sectores de las clases medias, lo cual contribuyó a que la agrupación islamista pudiera mantener su presencia pese a la represión, si bien su influencia, a diferencia de la narrativa oficial, difícilmente constituya una amenaza a la seguridad (Karagiannis, 2010, p. 15).
La Tablighi Jamaat (tj) es la otra organización transnacional islamista con actividad en la región. Fundada en India durante la década de 1920, la tj logró también ejercer alguna influencia por Asia Central después de 1991. Con una orientación aún más moderada, la tj rechaza la violencia como medio para establecer el estado islámico e incluso prohíbe a sus miembros el activismo político por considerarlo causa de división (fitna) entre los musulmanes. Como grupo salafista piadoso defiende el proselitismo como instrumento de regeneración del islam y vía para lograr el objetivo de un estado basado en la sharía. Para los líderes de la tj, la actividad misionera en la base, realizando proselitismo de puerta en puerta, constituye una especie de yihad pacífica encaminada a fortalecer la fe religiosa y el papel social de las mezquitas (Mori y Taccetti, 2016, p. 11). No obstante, desde la perspectiva gubernamental, esa imagen apolítica ha servido poco para librarla del estigma de ser una amenaza salafista y, por consiguiente, de la represión de las autoridades. Lejos de verla como una fuerza alternativa y de contención del islam radical, la mayoría de los políticos temen que, bajo ciertas circunstancias sociales, el proselitismo transformador de la tj pueda contribuir a la radicalización de una juventud insatisfecha, razón por la que sus actividades fueron prohibidas en todos los países de la región, excepto en Kirguistán.
La segunda vertiente de expresión del islamismo en la región, el yihadismo violento, tuvo su exponente más importante en el Movimiento Islámico de Uzbekistán (miu), y su evolución generalmente se divide en tres periodos fundamentales: 1991-2000, 2001-2014 y después de 2014 (Lang, 2017, pp. 1-2). Durante los años 1991-2000 el islamismo radical tuvo su epicentro en el valle de Ferganá, especialmente en las zonas de población uzbeca, y su actividad estuvo vinculada a la lucha por derrocar a los regímenes neocomunistas en Uzbekistán y Tayikistán. En 1991 surgió el grupo salafí Adolat dirigido por Tahir Yuldashev, un ideólogo islámico uzbeco, y por Juma Namangani, un veterano del ejército soviético también de origen uzbeco, radicalizado tras su experiencia militar en la campaña de Afganistán. Debido al contexto de inestabilidad inicial que siguió a la independencia y a la debilidad del poder central uzbeco, Adolat logró imponer su autoridad temporal en la provincia de Namangán, en el extremo norte del valle de Ferganá, y desde allí confrontó al gobierno de Islam Karímov para imponer la sharía en todo Uzbekistán. Tras la ofensiva exitosa del régimen, los remanentes de la agrupación movieron su base de operaciones a Tayikistán en 1992, cuando recién iniciaba la guerra civil en ese país.
Las fuerzas de Adolat se aliaron con Abdullo Nuri y lucharon al lado del irpt contra el gobierno de Emomali Rahmon. De 1992 a 1997 su líder Namangani estuvo al frente de las operaciones militares en Tavildara, región montañosa y relativamente próxima a la frontera con Afganistán. Pero los acuerdos de paz de 1997 provocaron el distanciamiento entre Nuri y Namangani debido a la intransigencia del segundo a pactar con el gobierno, aunque de hecho siguió conservando su base de operaciones y reclutamiento en el valle de Tavildara. En 1998, las fuerzas de Adolat y de otros pequeños grupos radicales se unificaron bajo el liderazgo de Namangani y Yuldashev para constituir el Movimiento Islámico de Uzbekistán (miu) (Mori y Taccetti, 2016, p. 10) con el objetivo principal de combatir al régimen de Islam Karímov, si bien sus acciones violentas se extendieron también a las partes kirguisa y tayika del valle de Ferganá. El fallido atentado a Karímov en 1999, atribuido presuntamente a la agrupación yihadista, intensificó la persecución contra el miu y las presiones al gobierno tayiko para que lo expulsara de la región de Tavildara, lo cual conllevó su salida de Tayikistán y el inicio de su capítulo afgano.
Para ese entonces Afganistán se había transformado en el centro neurálgico de la subversión islamista regional (Baltar, 2003, pp. 97-116). Tras la conquista de Kabul en 1996 y la proclamación del Emirato Islámico encabezado por el mulá Omar, la posibilidad de un predominio talibán sobre todo el territorio, alentada por su incontenible avance hacia el norte, impulsó la conformación de un frente antitalibán integrado por las demás facciones rivales, comúnmente conocido como Frente Unido o Alianza del Norte. Con excepción de Pakistán, principal apoyo externo del talibán, los países del entorno regional, incluidas las repúblicas centroasiáticas, se inclinaron a favor del Frente Unido, no sólo por el temor a su radicalismo islámico, sino también por la nueva asociación que forjaron con Osama bin Laden y Al Qaeda, que implicó el traslado a territorio afgano del centro operacional de la yihad global y el establecimiento de campos para el entrenamiento de millares de yihadistas de diversas partes del mundo, incluida Asia Central.
Mientras que las facciones tayikas y uzbecas del Frente Unido optaron por cambiar su postura hacia los gobiernos de Emomali Rahmon e Islam Karimov, el miu decidió aliarse al talibán en la lucha contra el Frente Unido a cambio de su apoyo para establecer sus bases en el norte de Afganistán, y desde allí emprender acciones en Uzbekistán y el resto del valle de Ferganá. Desde finales de 1999 el miu participó en las ofensivas del talibán en las provincias del norte y entró en relación directa con Al Qaeda y Osama bin Laden, con lo cual comenzó su inmersión dentro de la corriente yihadista global. Hasta ese momento la visión del miu acerca de la yihad había sido bastante simplista, a pesar de las pretensiones teológicas de Yuldashev y del paso de algunos de sus militantes por madrasas pakistaníes (Brill, 2007, p. 28).
El segundo periodo corresponde al capítulo pakistaní del miu. Bajo la presión de la campaña militar de Estados Unidos en Afganistán después de los atentados del 11/09, el miu siguió la misma estrategia del talibán y de Al Qaeda de cruzar la frontera con Pakistán para buscar refugio en Waziristán, una de las agencias autónomas de las Áreas Tribales Federalmente Administradas (fata, por sus siglas en inglés) (Baltar, 2009, pp. 57-60). La nueva realidad provocó una escisión dentro de la agrupación islamista entre quienes insistían en la lucha contra Karímov y los partidarios de unirse a la yihad global, lo que llevó a la formación del Grupo de la Yihad Islámica a principios de 2002, que cambiaría el nombre por el de Unión de la Yihad Islámica (iju, por sus siglas en inglés) en 2005. Sin embargo, la lejanía geográfica que supuso el éxodo a las fata, anuló cualquier distinción de propósitos e impuso un curso muy parecido a las dos agrupaciones islamistas. En la práctica, Asia Central, en particular el valle de Ferganá, perdió su centralidad como escenario de operaciones, aunque continuó siendo una fuente de reclutamiento y blanco de actos terroristas aislados con un valor más simbólico que desestabilizador. Las acciones del miu y la iju se encaminaron principalmente a combatir, junto al talibán y a Al Qaeda, al ejército pakistaní en Waziristán y a las fuerzas de la otan en Afganistán; y también se convirtieron en un instrumento al servicio de la yihad global por su presunta participación en la ejecución de atentados y actos terroristas en Europa, Rusia y Asia Central entre 2004 y 2012 (Lang, 2017, p. 2). Aunque el exclusivismo étnico nunca tuvo importancia primordial, a medida que aumentó el compromiso del miu y la iju con la causa yihadista internacional, también se acrecentó su carácter multicultural con la incorporación de militantes centroasiáticos, azerbaiyanos, turcos e incluso pakistaníes.
El tercer periodo inició en 2014 con la salida del miu y la iju de Waziristán, justo en el momento de la intensificación del conflicto en Siria, del ascenso de Estado Islámico (isi) y de su ruptura con Al Qaeda. Ante la dimensión de sus acciones violentas, el gobierno de Islamabad decidió endurecer su política hacia el talibán pakistaní (ttp) y ordenó una dura ofensiva militar contra sus bases en Waziristán. En consecuencia, las dos agrupaciones yihadistas se vieron obligadas a dejar el lugar que había sido su santuario por doce años. Muchos de sus militantes viajaron a Siria para integrarse a la yihad y otros se adentraron de nuevo en Afganistán, donde Estados Unidos y la otan habían evacuado al grueso de sus tropas y la responsabilidad de la seguridad había sido entregada al gobierno afgano (Baltar, 2018 y 2019). El miu y la iju adoptaron posturas distintas ante la disputa entre Abu Bakr al-Baghdadi y Aymán az Zawahirí por el liderazgo del yihadismo internacional. La primera se unió simbólicamente a isi en 2015 y poco después su líder cayó abatido en un enfrentamiento con el talibán, lo que prácticamente condujo a la desactivación de la organización. La iju, aunque muy debilitada, mantuvo la asociación con el talibán y Al Qaeda, y sus militantes siguieron participando en operaciones conjuntas en Afganistán.
A partir de 2014 las viejas organizaciones yihadistas originarias de Asia Central perdieron importancia y sus fuerzas decrecieron considerablemente debido al éxodo hacia Siria y a los enfrentamientos entre facciones. Pero el islamismo radical asumió una nueva forma de expresión a través de la incorporación de muchos jóvenes centroasiáticos a la lucha en Siria. La propaganda islamista, y particularmente de isi, consiguió atraer voluntarios para la yihad en Siria en los cinco países de la región, y también en sus núcleos de migrantes laborales en Turquía y Rusia. De 2014 a 2017 fueron reclutados entre 2,000 y 5,000 combatientes, los cuales en muchos casos viajaron a Siria con sus familias. Con la intención de frenar el flujo, los gobiernos adoptaron leyes para imponer penas severas de prisión a los ciudadanos que de manera ilegal tomaran parte en conflictos armados y operaciones militares en territorio de otros países (Karin, 2017, pp. 16-17).
Los combatientes centroasiáticos en Siria, tanto los veteranos de las filas del miu y la iju, como la nueva generación reclutada en la región, tendieron a formar brigadas propias de acuerdo a su adscripción étnica (jamaats), que a su vez quedaron incorporadas a formaciones yihadistas más grandes enfrentadas al régimen de Bashar al-Asad, y también entre ellas. Las de mayor notoriedad fueron el Batallón Imam Bukhari, la Katibat al Tawhid wal Jihad y la Sabri Jamaat. El primero parece haber sido organizado por viejos elementos del miu e integró a combatientes de Asia Central, sobre todo de origen uzbeco. Inicialmente subordinada aisi, después terminó uniéndose al grupo islamista rival Jabhat Fateh al-Sham, antiguo Frente Al-Nusra asociado de Al Qaeda. La segunda estuvo formada básicamente por voluntarios kirguisos y también luchó en las filas del Jabhat Fateh al-Sham. Y la tercera, compuesta principalmente de elementos tayikos y uzbecos, luchó bajo el mando de isi (Karin, 2017, pp. 23-24). Algunos de estos grupos establecieron conexiones en sus países de origen para el reclutamiento de militantes y la realización de acciones terroristas ocasionales con fines propagandísticos.
Desde el inicio los gobiernos de la región calificaron el flujo de yihadistas como una gran amenaza potencial para la seguridad de Asia Central, preocupación que aumentó tras la derrota territorial de isi a principios de 2018 y el descenso de la yihad en Siria, debido a la posibilidad de un probable retorno de los combatientes centroasiáticos a sus lugares de origen. Hasta ahora tal temor no ha estado justificado y, en opinión de algunos, el éxodo de voluntarios lejos de ser un riesgo fue realmente beneficioso para los regímenes centroasiáticos, ya que la propia historia del miu demuestra la imposibilidad de un reflujo masivo y consideran más probable que ese potencial yihadista, en vez de regresar, se relocalice en un nuevo escenario de conflicto (Lang, 2017, p. 4). El punto no deja de ser discutible, ya que también hay ejemplos de lugares donde el repunte del islamismo estuvo asociado al regreso de veteranos yihadistas, aunque ese retorno no haya ocurrido de manera inmediata y masiva. En cualquier caso, se trata de un potencial en barbecho susceptible de activarse dentro o fuera de la región, por lo que resulta también probable que el impasse del momento constituya la antesala transicional hacia un nuevo periodo en la evolución del radicalismo islámico en Asia Central.
Conclusión
De lo tratado en las páginas anteriores se desprenden varias ideas esenciales que conviene destacar a modo de cierre. A pesar del férreo control estatal y el efecto disolvente de la modernización secular y atea impulsada por el régimen comunista, el poder soviético no consiguió anular totalmente el peso histórico del islam en las repúblicas de Asia Central, y en cierto grado la influencia de éste se mantuvo latente a través de la tradición cultural y de la sobrevivencia de bastiones de resistencia religiosa en el valle de Ferganá, que fueron semilleros tanto de la ortodoxia hanafí no oficial como de los primeros ideólogos del salafismo islamista. La perestroika y la descomposición política del sistema crearon las condiciones para la reversión del proceso de desislamización de la sociedad en un momento de crisis de los viejos valores, situación que allanó el camino al inicio de un resurgimiento religioso que cobró especial relevancia después de la proclamación de las independencias en 1991.
La reislamización de las sociedades centroasiáticas constituyó en buena medida una respuesta espontánea y natural a la fuerte crisis de identidad que sobrevino luego de casi siete décadas de pertenencia a la urss. Si durante ese periodo la histórica y peculiar relación entre etnicidad y religión sirvió de cobijo al islam para conservar su presencia en Asia Central a través de la tradición popular, después de 1991 esa misma relación proporcionó un pilar esencial en la percepción de una identidad propia y diferenciada del pasado soviético. En consecuencia, el resurgimiento islámico en el periodo postsoviético ha estado asociado a la construcción de una nueva identidad dentro de los marcos de un estado secular y de una religiosidad cotidiana básicamente inspirada en una tradición hanafí tolerante, heterodoxa y apolítica.
Con la justificación de mantener la islamización dentro de esos límites, los gobiernos autocráticos impusieron un fuerte control sobre ella, mostrando gran desconfianza hacia el grado de raigambre social de la misma tradición que pretendía fundamentar el nuevo contenido identitario. La rigidez de la regulación estatal, más que una necesidad socialmente justificada, fue un rasgo de continuidad con el pasado que respondió a la vocación autoritaria de una élite gobernante neosoviética interesada en suprimir cualquier fuente potencial de oposición, resistencia o crítica al régimen. La construcción de un islam oficial, autoproclamado tradicional, trató de cumplir la doble función de instrumentalizar los valores religiosos con fines de legitimación política y de establecer una diferenciación con las interpretaciones y prácticas religiosas consideradas peligrosas e ilegales. El principio de libertad de credo quedó así supeditado a las necesidades reproductivas del autoritarismo político.
Por otra parte, y más allá de esa narrativa política, existe poca evidencia que demuestre la relevancia de la radicalización como tendencia subyacente al proceso general de islamización en Asia Central. La corriente salafista, en su vertiente pacífica y violenta, ha estado presente en la región y seguramente seguirá en el futuro, pero su influencia hasta ahora parece haber sido sobredimensionada en términos cuantitativos y cualitativos, especialmente como factor de amenaza a la seguridad regional. Los grupos islamistas más agresivos asociados al miu se vieron obligados a salir de Asia Central a finales de los noventa y desde entonces no hicieron más que alejarse de su región de origen. En los últimos veinte años los yihadistas centroasiáticos ganaron celebridad por su beligerancia en Afganistán, Pakistán y Siria, y también por su asociación con Al Qaeda y Estado Islámico en la perpetración de actos terroristas en diversas partes del mundo. Pero de manera particular, sus operaciones han sido poco significativas en Asia Central después de 2001, donde las acciones violentas ejecutadas representan menos de 1% de los actos terroristas registrados a nivel global. La naturaleza autoritaria y represiva de los regímenes centroasiáticos ha impedido al islamismo radical, local y transnacional, echar raíces sólidas dentro de la región, convirtiéndose más bien en un centro expulsor de militantes hacia otros lugares. Pero, por otro lado, al reprimir e imponer fuertes restricciones a la libertad religiosa, esa política también actúa como un agente promotor de la radicalización interna, creando una especie de círculo vicioso que, unido al cúmulo de frustraciones económicas y políticas, encierra ciertamente un peligro potencial para el futuro de los países de Asia Central.
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Pensar el nacionalismo después del nacionalismo: apuntes sobre Kazajistán y Kirguistán
Soledad Jiménez
Introducción
A pesar de la construcción de una narrativa histórica que busca el origen de la nación desde tiempos inmemoriales, el concepto de nación y el fenómeno del nacionalismo surgieron en una etapa mucho más reciente. Estudios sobre el surgimiento del nacionalismo han sido constantes en las ciencias sociales. A partir del trabajo de autores como Benedict Anderson (1993), existe el entendimiento de que la noción de nación es un fenómeno que data del siglo xviii y corresponde con el ejercicio de homogeneización de la población y de la producción, implementado por los nacientes Estados-nación. La estandarización llevada a cabo por el Estado sería entonces un elemento clave en el proceso de desarrollo del nacionalismo como una ideología que si bien tiene una dimensión política muy clara tendría una incidencia en la identidad de los individuos que participan de la comunidad política. El nacionalismo, en este sentido, sería una condición sine qua non de la modernidad (Gellner, 2001). En el caso concreto del Asia Central, invadida y dominada por el Imperio ruso en los siglos xviii y xix (Kireev, Aleĭnikova, Semenyuk et al., 1961), las naciones y los nacionalismos no aparecieron sino hasta el siglo xx. En este capítulo se analizan los matices del nacionalismo contemporáneo en Kazajistán y Kirguistán. Así, se busca diferenciar entre el nacionalismo étnico, o aquella apropiación o incorporación identitaria de la noción nacional implementada por el Estado pero asumida por la población en general, y el nacionalismo cívico, donde la nación es entendida como una comunidad política asociada más allá de rasgos étnicos o culturales específicos. Ello es de particular relevancia en la ex Unión Soviética, donde se dieron varios tipos de nacionalismo que convivían de forma simultánea y se nutrían mutuamente.
La razón para tomar estos casos y leerlos conjuntamente obedece a varios criterios metodológicos. El primero de ellos tiene que ver con la falta de conocimiento sobre la región al momento de la expansión rusa y, por lo tanto, a la inexistencia de un trabajo cartográfico necesario para poder pensar los territorios nacionales. Al momento de la expansión rusa hasta esos territorios, la cual no fue concretada sino hasta bien entrado el siglo xix, no había una distinción clara en las fronteras políticas y culturales que pudieran orientar a las autoridades imperiales rusas para poder distinguir divisiones dentro de la provincia del Turkestán, como fue denominada el Asia Central rusa en su conjunto en el siglo xix (Morrison, 2006 y 2008; Nishiyama, 2000; Pierce, 1960). Las expediciones al extremo oriental ruso (la de Kamchatka sirvió de modelo para este tipo de investigaciones) y a Asia Central fueron los primeros materiales con los que trabajó la recién fundada Sociedad de Geografía de la Academia Imperial de Ciencias (Gorshenina, 2014; Tolz, 2005, 2008, 2009 y 2011; Torma, 2011; Werth, 2007). En la Sociedad de Geografía se forjó la identidad imperial rusa y se discutió, entre otros temas que afectan la geopolítica actual, la distinción y frontera entre Europa y Asia (Knight, 1995, 2000, 2008 y 2009; Lieven, 1995 y 1999; Sunderland, 2004, 2007 y 2010). En dichas expediciones se hablaba de la “estepa kazajo-kirguís” (Levshin, 1996). De este modo, en el periodo imperial no había una distinción clara entre lo que ahora son Kazajistán y Kirguistán, de no ser porque la primera es esteparia y la segunda montañosa. En todo caso, lo que caracterizaba a la estepa kazajo-kirguís era su población nómada, hecho que no cambiaría hasta las campañas soviéticas de sedentarización forzada (Jacquesson, 2011).
De este modo, el pasado nómada sería el segundo criterio para hablar de Kazajistán y Kirguistán de manera conjunta. En términos históricos, la distinción nómada-sedentario fue fundamental para hablar de Asia Central. En otro lado he explicado con mayor detalle esta distinción (Jiménez, 2017), en este capítulo me limitaré a mencionar la existencia de un norte de Asia Interior1 habitado por confederaciones tribales nómadas y un sur habitado por organizaciones sedentarias. Aún en la actualidad esta dicotomía desempeña un papel muy importante en la diferenciación cultural. La historiografía soviética tendió a ver a los pueblos nómadas como más atrasados en la escala evolutiva trazada por una interpretación marxista-leninista de la historia, mientras que los pueblos sedentarios estarían más avanzados. La historiografía producida tras la desintegración de la urss no continuó con la visión marxista-leninista. De hecho, las nuevas historias nacionales comenzaron a escribirse desde una perspectiva que exalta tanto lo nómada como lo sedentario, según el caso nacional que se analice, pero con una distinción importante: aquellos países con un pasado sedentario contraponen la relación sedentario-nómada a la de civilización-barbarie, mientras que los países con un pasado nómada buscan romper con dicha lógica. La antigua estepa kazajo-kirguís era, entonces, parte del mundo nómada de Asia Interior.
El tercer criterio que justifica el estudio conjunto de Kazajistán y Kirguistán es que, precisamente, tras la desintegración de la Unión Soviética ambos países han transitado por caminos más bien disímiles en lo que a nacionalismo se refiere. Por ello planteo que se requiere de un análisis paralelo que permita entender las similitudes y diferencias en la construcción del nacionalismo de ambos países, a fin de entender lo caprichoso que puede ser el proceso de construcción nacional de sendas entidades políticas que hoy en día son tan diferentes a pesar de su pasado común.
Las características reseñadas en esta introducción, además, se prestan para un análisis que problematice el enfoque poscolonial, tan en boga en los últimos años a partir de la recuperación del trabajo de Edward Said (1978, 1993) y de los padres de los estudios culturales (Hall, 1996; Hoggart, 1957; Thompson, 1963; Williams, 1957). En la interpretación de académicos indios (Bhabha, 1994; Guha, 1982) hay una dimensión identitaria del pasado colonial que pesa tanto en los excolonizadores como en los excolonizados. De esta manera, en el caso de aquellos territorios que anteriormente fueron colonias, es necesario tomar en cuenta los cambios y matices que la sujeción colonial imprimió en la configuración de los nuevos nacionalismos (Mellino, 2008; Trouillot, 2017 [1995]). En el caso de Asia Central este debate es particularmente fértil por las múltiples lecturas que se pueden hacer del pasado soviético, lo cual se relaciona, a su vez, con el debate sobre la pertinencia del uso de la categoría “postsoviético” como una muy específica que denota esta tensión colonial (Moore, 2001; Slezkine, 1994).
Este capítulo está dividido en cuatro apartados. En el primero se habla de la delimitación del mapa soviético y las fronteras kasaja y kirguís. En el segundo apartado se muestra un panorama general de la conformación del nacionalismo en Kazajistán a partir de 1991. Un ejercicio similar para el caso de Kirguistán es el tema del tercer apartado. Para finalizar, en el cuarto apartado se hace un análisis comparativo y se ofrecen las conclusiones.
Korenizatsiya: la creación de las naciones dentro de la nación soviética
El Turkestán, antiguo nombre de la actual Asia Central, tenía como rasgos distintivos la práctica mayoritaria del islam (aunque la región siempre se caracterizó por ser multiconfesional) y un paisaje lingüístico túrquico en el norte (el caso de la estepa kazajo-kirguís) y persa en el sur. No obstante, el Turkestán era una región multilingüe cuya estandarización lingüística no llegaría sino hasta la implantación del régimen soviético. De hecho, el régimen imperial no se había consolidado cuando ocurrió el triunfo de la revolución rusa; más aún, en 1916 inició una rebelión en contra de la ocupación rusa de Asia Central (MacKenzie, 1974), pero los bolcheviques lograron negociar con la dirigencia rebelde la adhesión de Asia Central a la Rusia revolucionaria (Fitzpatrick, 2012). Más tarde, las discusiones al interior del Komintern, sobre todo en los cuatro primeros congresos que siguieron a su fundación (1919- 1922), permitirían la creación, en 1922, de la urss, propuesta como una alternativa para superar el pasado imperialista y colonizante que conllevó la expansión imperial rusa en los dos siglos anteriores (Schlesinger, 1977; Schram y Carrere, 1974). Las autoridades soviéticas tenían claro que habría que conformar una federación de repúblicas libremente asociadas, pero no había una idea clara de las fronteras que cada una de estas repúblicas deberían tener o cuál sería el criterio para definir quién debería vivir en dichas repúblicas.
Como muestra Francine Hirsch (2005), diseñar el mapa de la Unión Soviética conllevó también un arduo proceso de clasificación étnica, la cual fue posible, por un lado, por la aplicación de censos a lo largo y ancho del territorio y, por el otro, por la investigación del modo de vida, costumbres y tradiciones de todos sus pueblos. De este modo, sin las tecnologías culturales del poder —como Hirsch denomina al acto de hacer mapas—, la aplicación de censos y el diseño de museos etnográficos, no habría sido posible prefigurar la diversidad cultural de la urss y con ello delimitar las naciones, nacionalidades y pueblos que conformarían el mosaico cultural soviético. La concepción de la historia desde la visión marxista-leninista tendría su traducción en una compleja taxonomía cultural que colocaría a cada pueblo en una etapa específica de desarrollo cultural, cuyo objetivo final era la asimilación cultural sucesiva de acuerdo con la etapa en la que cada pueblo fue colocado. Así, los más “evolucionados”, por ejemplo, los rusos, serían una natsiya, término que puede traducirse al castellano como “nación”, seguidos por la natsional’nost’ (nacionalidad), la cual estaba más evolucionada que la narodnost’,2 que estaba por encima sólo de los ostal’nye narody, término ruso que tendría el significado literal de “el resto de los pueblos” (el resto de los narod, véase nota al pie 2). Estos últimos debían asimilarse en las narodnosti, las cuales, a su vez, deberían asimilarse a las natsional’nosti, que se asimilarían a las natsii. En un mundo en el que solamente hubieran natsii se podría superar la etapa nacional y, de allí, conformar un nacionalismo cívico, basado en la ciudadanía, pero “limpio” de cualquier rasgo folklórico. De estas categorías, únicamente aquellos que entraban en la categoría de natsiya o natsional’nost’ tendrían el derecho a tener una república aparte. Cabe destacar que, en el caso de Asia Central, todas las “nacionalidades titulares” eran natsional’nosti, lo cual implicaba la desaparición de los rasgos identitarios de las mismas como un proyecto nacional mayor, aunque no se dijo nunca expresamente, es de suponerse que la natsiya en la que se asimilarían sería la rusa. Tan sólo en el momento de la creación de este complejo sistema de etiquetas étnicas, la Unión Soviética es ya una excepción en lo que se refiere a nacionalismo monocultural. Si bien el proyecto de estandarización monocultural era el objetivo último, y esa etapa correspondería con la creación de un nacionalismo étnico, en la “etapa nacional”, como puede apreciar el lector, lo que crearon los etnógrafos soviéticos fue una serie de nacionalismos étnicos que convivirían simultáneamente con un nacionalismo común a todos, el soviético, exacerbado por la lucha común contra la invasión alemana en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, es difícil decir que el nacionalismo soviético fuera necesariamente monocultural y/o cívico.
De esa manera fue que se designaron las “nacionalidades titulares” de cada república que conformaba la urss. En la etapa nacional, por tanto, la exaltación de lo folklórico, siempre y cuando no contradijera los ideales socialistas, era una de las características de la urss, esto fue denominado por Martin (2001) como “acción afirmativa”. A esta acción afirmativa, en la que además se registró y promovió el folklor oficial de todas las entidades étnicas que conformaban la Unión Soviética, correspondió la campaña conocida en las décadas de 1920 y 1930 como korenizatsiya, término traducido normalmente como “indigenización”.
Además del folklor, la korenizatsiya permitió la promoción de las “lenguas nacionales”, dando una justificación ideológica a la promoción del ruso como lingua franca, pero, al mismo tiempo, ello condujo a que, en lugares como Asia Central, se estandarizaran también las lenguas mayoritarias, algo inédito en la historia de la región (Pavlenko, 2008). Este doble proceso, tanto de la designación de las lenguas de las nacionalidades titulares y su consecuente estandarización, como la promoción del ruso como lingua franca, sería uno de los pilares del nacionalismo contemporáneo en toda el área que alguna vez constituyó la Unión Soviética. Tanto las lenguas titulares como el ruso estaban presentes en el sistema de instrucción pública, pero de manera diferenciada: mientras el ruso era el principal medio de instrucción pública, principalmente a nivel superior, así como la lengua en que se publicaban temas científicos y los principales periódicos, las lenguas titulares aparecían en la educación básica, haciendo que en cada república todas las etnicidades, pertenecientes o no a la nacionalidad titular, tuvieran nociones básicas de esa lengua, pero que la comunicación interétnica se llevara a cabo sobre todo en ruso. Gradualmente, hablar la lengua de la nacionalidad titular se convirtió en un asunto de la vida privada, incluso para las propias nacionalidades titulares. Hacia el final del periodo soviético, muchas eran las personas de nacionalidades titulares cuya lengua materna era más bien el ruso y no la de su etnicidad.
El panorama lingüístico que acabo de describir aplica tanto al caso de Kazajistán como al de Kirguistán. Hubo, además, movimientos poblacionales durante el periodo soviético que comenzaron a diferenciar a ambos países. El primero de ellos tuvo que ver con campañas de sedentarización que afectaron de igual manera a kazajos y kirguises. Si bien no fueron obligados, tener un lugar de residencia específico, registrado por las autoridades soviéticas, era necesario para acceder a los beneficios que ofrecía el Estado, tales como educación y atención médica. En las entrevistas recabadas durante mi trabajo de campo entre 2011 y 2012, los testimonios concordaron en que, si bien fue difícil, los pueblos nómadas terminaron por aceptar el nuevo modo de vida, con excepción de los gitanos. De este modo comenzaron a crecer las ciudades fundadas en el siglo xix por las autoridades imperiales rusas tanto en Kazajistán como en Kirguistán.
En el caso de Kazajistán, sin embargo, hubo una excepcionalidad en el periodo de la Segunda Guerra Mundial. Ante el miedo de colaboracionismo con Alemania o Japón en cualquiera de ambos frentes de lucha, las autoridades soviéticas decidieron deportar masivamente a pueblos enteros desde el Volga (alemanes que habían llegado allí desde el siglo xviii), el Cáucaso y el extremo oriental (sobre todo coreanos). Muchos de estos pueblos pudieron regresar a sus lugares de origen, pero algunos debieron quedarse en Kazajistán ante la negativa soviética de permitir el regreso, y algunos simplemente decidieron quedarse (Diener, 2004; Pohl, 1999; Uehling, 2004; Westren, 2012). Como consecuencia de estas deportaciones, aunado a las migraciones de eslavos desde el siglo xix y de otros pueblos que llegarían del Imperio Qing en el siglo xix, tales como dunganos y uigures, Kazajistán tiene, hoy por hoy, una lista de más de cien etnicidades conviviendo dentro de su territorio.
En general Asia Central fue vista como una “tierra virgen” (ruso, tselina), pero sobre todo a Kazajistán se le consideró como un espacio vacío que debía llenarse. Además de las deportaciones mencionadas, Kazajistán fue escenario de campañas de agricultura industrializada intensiva y de la carrera espacial soviética, pues la urss instaló allí la estación espacial Soyuz, la cual se renta ahora a la Federación Rusa. Como consecuencia de ello, el país heredó varios retos del periodo soviético que inciden profundamente en el sentimiento antiruso actual, tales como la catástrofe ecológica del mar Aral o la contaminación por la estación espacial.
El caso de Kirguistán fue distinto en este tenor. A Kirguistán, en cambio, no llegaron pueblos deportados. Ello es así tal vez por lo accidentado de su paisaje: las montañas impiden la construcción de pueblos con la facilidad que otorga la estepa en Kazajistán. No obstante, sí hubo algunos polos de industrialización, sobre todo en el norte del país: muchos de los electrodomésticos consumidos en la urss se producían en Kirguistán. La promoción de la industrialización en el norte del país contribuyó a la separación norte-sur que tan acusadamente divide a Kirguistán en la actualidad.
Como se ha mostrado en este apartado, si bien la estepa kazajo-kirguís había sido vista de forma similar en el periodo imperial, el periodo soviético fue el que determinó la diferenciación actual entre Kazajistán y Kirguistán. La tendencia soviética a mirar a Kazajistán como un espacio vacío hizo que las autoridades lo reservaran como un escenario para el futuro y, por lo tanto, implementaron allí campañas de experimentación productiva o tecnológica. Por otro lado, en el caso de Kirguistán, hubo una subordinación en la que ni siquiera se le consideró como una nación pujante (a diferencia de Kazajistán). Ello es más claro si se toma en cuenta que “Kirguistán” era el nombre oficial, pero era común llamarlo “Kirguiziya”, como si fuera una mera provincia del imperio. Estas diferencias se harían aún más patentes tras la desintegración de la Unión Soviética, como podremos ver en los siguientes apartados.
Con el panorama ofrecido hasta aquí, considero que es claro que para hablar de nacionalismo en relación con estos países es necesario hacer una distinción entre lo kazajo y lo kirguís como la exaltación de una identidad étnica; y lo kazajistaní y kirguistaní para referirse a una identidad cívica que aplicaría no solamente a kazajos y kirguises, respectivamente, sino a toda la población multiétnica que habita ahora las dos repúblicas. Esta dicotomía es muy relevante, pues, además de permitir entender las especificidades de los nacionalismos de ambos países, al mismo tiempo señala de forma más acusada las variaciones que el antiguo nacionalismo soviético configuró.
Kazajistán o la construcción nacional como indigenización del nosotros y diasporización de los otros
Tras la independencia de Kazajistán, una nueva manera de hacer política entre las élites, combinada con la inercia del modo soviético de hacer política, derivó en lo que Edward Schatz (2004) denominó “políticas de clan modernas”. De acuerdo con Schatz, a pesar de las políticas étnicas soviéticas que habrían buscado acabar con subunidades étnicas, en este caso los clanes kazajos, dichas identidades no sólo sobrevivieron, sino que se transformaron. Si bien antes de los soviets los kazajos se organizaban en clanes en una sociedad nómada pastoril, durante el periodo soviético estos clanes pudieron insertarse en el sistema político local. Tras la desintegración de la urss se convirtieron en grupos de poder bien definidos que pactaban alianzas siguiendo una lógica similar a la de las antiguas confederaciones tribales. Esta lógica al interior de la élite se ha combinado con una muy creativa manera de transformar cómo se administra la diversidad cultural kazajistaní heredada del pasado soviético.
En primer lugar, hacia el final del periodo soviético, la nacionalidad titular en Kazajistán, los kazajos, representaban sólo 30% de la población total. Además, los kazajos urbanos estaban sumamente “rusificados”. En la ex Unión Soviética se usa este término para referir que una persona hable ruso como su principal —sino único— medio de comunicación. Junto con el aspecto lingüístico, la rusificación refería también a un olvido de la “identidad propia”. Cabe destacar que esa “identidad propia” fue la diseñada durante la korenizatsiya, cuando se definió el folklor oficial de cada una de las etnicidades soviéticas. De este modo, un kazajo cuya familia no había hablado sino ruso durante tres generaciones tendría la “obligación” identitaria de hablar idioma kazajo para considerarse un “kazajo de verdad”. De este modo, las identidades presoviéticas, por ejemplo, las que suprimieron las campañas de sedentarización, entraron en contradicción con lo que podríamos llamar la identidad koren, como he designado a este folklor oficial tan celebrado en el periodo soviético (Jiménez, 2014). Lo presoviético y lo koren entraron en diálogo al momento de surgir los nuevos nacionalismos.
Para superar esta situación, desde inicios de la década de 1990 se promovió la inmigración a Kazajistán de oralman, palabra kazaja que significa “retornados”. Los oralman son kazajos étnicos que vivían en otros países. La mayoría de ellos provenían del propio espacio ex soviético, sobre todo de Rusia y Uzbekistán, así como de Irán, Afganistán, Mongolia y de la República Popular China, principalmente de Xinjiang. Esto ayudaría a aumentar el número de kazajos en el país. Es importante resaltar que la ideología koren asumía una forma homogénea de la identidad, así que los promotores de la migración no contemplaron los problemas que los oralman tuvieron que enfrentar. Para empezar, el predominio de la lengua rusa en Kazajistán. Ello no representó problemas para los oralman soviéticos, pero para aquellos que venían de otros países, sus competencias lingüísticas eran, de pronto, irrelevantes en el nuevo contexto de construcción nacional. Además, en el caso de la lengua kazaja, tanto los oralman como los kazajos locales hablaban dialectos diferentes, por lo que, si bien podían entenderse mutuamente, a menudo había tensión sobre cuál de los dialectos era el más “correcto”. La estandarización de la lengua kazaja inició oficialmente apenas hasta 2008.
Adicional al tema lingüístico, está el económico. Algunos de estos oralman, como los que llegaron de Mongolia, aún practicaban el nomadismo pastoril, lo cual implicó sedentarizar a estos nuevos migrantes (imponiendo una identidad koren, soviética) y se les ubicó en pueblos construidos para ellos. La integración de los oralman ha sido un reto enorme que no puede resolverse hasta la fecha. Hay mucho descontento en ellos y sienten que las promesas que se les hicieron no fueron cumplidas (undp, 2006). Con todo, entre la llegada de los oralman y la emigración masiva de otras etnicidades de Kazajistán, sobre todo rusos y alemanes, los kazajos representan en la actualidad más de 60% del total poblacional.
Acabar con el predominio de la lengua rusa ha sido también uno de los objetivos de las autoridades kazajas. En Kazajistán existen tres lenguas que el Estado promueve: el ruso como lengua oficial, el kazajo como lengua estatal y el inglés como lengua de comunicación internacional. En la educación básica, los niños deben aprender de manera obligatoria las tres lenguas. En principio, estas reglas no parecen muy diferentes a la del periodo soviético, la diferencia radica en la promoción masiva de la lengua kazaja. Medios de comunicación, prensa, publicaciones, señalización vial, todo aparece ahora en lengua kazaja. El número de escuelas donde el kazajo —y no el ruso— es el medio principal de instrucción se ha multiplicado exponencialmente como resultado de la combinación del apoyo estatal y de las iniciativas de los “patriotas kazajos” (Fierman, 2005 y 2006).
El nacionalismo de los kazajos, tras 1991, ha abierto la puerta a la creación de un país donde ellos son la mayoría étnica, y donde el kazajo, en la última década, se está convirtiendo en la lengua de esa nueva nación. La kazajización lingüística es una campaña que también ha afectado a los kazajos rusoparlantes, pero su objetivo principal han sido los grupos no-kazajos, los cuales, como ya indiqué, suman más de una centena. La ideología koren ha sido el mejor marco para colocar esta noción de la nación kazaja que tendría una “mentalidad” común, una lengua común y podría ostentar su derecho a la autodeterminación nacional dentro de un territorio específico, como dicta la definición estalinista de nación (Stalin, 1913).
En la última década, las autoridades kazajistaníes han hablado de los kazajos como el único grupo indígena de Kazajistán, a pesar de que el territorio ha sido una zona de tránsito de múltiples pueblos a lo largo de la historia, y que los kazajos, como categoría étnica diferenciada de los kirguises y de los mongoles, sea un efecto de la clasificación étnica soviética. Entre kazajos y mongoles la diferencia a nivel lingüístico puede ser mucho más acusada, pero entre kazajos y kirguises, por su parte, la diferencia lingüística es mucho menor, reduciéndose, sobre todo, a la fonética —no obstante, mucha gente afirma que Chinguis Jan, el líder del imperio mongol, fue kazajo.
De hecho, entre las élites intelectuales es relativamente común encontrar la narrativa de que los soviets colonizaron Kazajistán, en una extensión de la ocupación imperial rusa. De este modo, la “defensa nacionalista” de Kazajistán sería un ejercicio de decolonialidad. Cabría aquí hacerse la pregunta: ¿puede haber una decolonización en los términos identitarios diseñados por los “colonizadores”? Porque defender la nación koren es defender la nación como fue planteada en términos soviéticos. La indigenización de los kazajos es llevar a sus últimas consecuencias la identidad koren con todas las contradicciones que conlleva, entre ellas, por ejemplo, las surgidas del programa oralman.
A su vez, si se piensa en las categorías étnicas del periodo soviético, hay un juego interesante en el cambio de significados. Hoy por hoy, la nación kazajistaní estaría compuesta por los kazajos (los indígenas) y todos los demás grupos no-kazajos que llegaron después en una diáspora, cuya interpretación rusa es que son aquellas minorías nacionales, grupos religiosos o étnicos, que viven en un lugar distinto a su lugar de origen. Ya he discutido en otro lado las ambigüedades del término “diáspora” como categoría analítica (Jiménez, 2016); pero cabe mencionar que aquí, en el entendimiento político de esta categoría, pretenden incluir a pueblos cuya llegada al actual territorio de Kazajistán antecede a la creación y constante redefinición de las fronteras políticas. Sumado a lo anterior, en la mayoría de los casos no existe ya un vínculo (ni práctico ni emocional) con el “país de origen” de muchas de estas minorías. Pongamos un ejemplo que puede ayudar a problematizar el caso de las minorías de la urss: ¿Qué tipo de diáspora serían los chechenos? Su lugar de origen es el Cáucaso ruso, por tanto, si son una diáspora de Chechenia, entonces son una diáspora de un país que “no existe” y si son considerados como una diáspora rusa, entonces ello contradice las identidades koren que, de hecho, han generado gran animosidad entre chechenos y rusos. En entrevistas con minorías varias, me he encontrado el reclamo de no sentirse una diáspora, pues su lealtad patriótica es hacia Kazajistán, una narodnost’ de Kazajistán: “¡nosotros no migramos, aquí nacimos!” (comunicación personal, Almaty, 2016).
Davenel (2012 y 2013) muestra resultados similares a los que expongo en este texto para el caso de las minorías tratadas de forma distinta al periodo soviético. Davenel plantea que si bien el vocabulario político continúa incluyendo los mismos términos que en el periodo soviético, el sentido ha cambiado y en vez de natsii, natsional’nosti y narodnosti, estamos frente a dos natsii que conviven al mismo nivel en términos políticos: la nación kazaja, que representaría la élite nacional y pondría las reglas del nuevo juego nacionalista, y la nación kazajistaní, que representaría a todos, incluida la nación kazaja, y hablaría de un nacionalismo cívico donde los rasgos étnicos no serían relevantes. Sin embargo, estas dos naciones no se encuentran al mismo nivel, de hecho, la nación kazajistaní estaría subordinada a la nación kazaja. Todo ello bajo las ropas de superar el pasado colonial. En este caso estamos presenciando la decolonización y reivindicación de lo kazajo (en su versión koren) y la subordinación y colonización interna de lo no-kazajo.
Un ejemplo muy claro de lo anterior es la entidad que representa a los no-kazajos en Kazajistán. En 1995 fue “refundada” la Asamblea de los Pueblos de Kazajistán (en ruso: Assambleya Narodov Kazajstana) por el entonces presidente Nursultán Nazárbayev. Digo que fue refundada porque la asamblea era, de hecho, una institución soviética que exaltaba la diversidad cultural de la urss. En su nueva versión, la de 1995, la Asamblea debía lidiar con los problemas de todas las etnicidades del país y contribuir a crear una identidad supraétnica, la kazajistaní. En 2007, Nazarbáyev, aún en el poder, decidió cambiar el nombre de la Asamblea. A partir de ese año, el plural le cedió paso al singular, ahora se llama Asamblea del Pueblo de Kazajistán (en ruso: Assambleya Naroda Kazajstana). El motivo de este cambio fue que, precisamente, Nazarbáyev pensaba que todos los pueblos del país estaban listos para abrazar el nacionalismo supraétnico ya mencionado. La supresión del plural tiene una dimensión política muy clara. Se espera que los no-kazajos dejen sus especificidades étnicas como una prerrogativa política para que los kazajos tengan esa exclusiva.
Finalmente, la última pieza en el rompecabezas de la construcción del nacionalismo kazajistaní tras la independencia, es el tema del pasaporte. En el periodo soviético existían dos pasaportes que usaban los ciudadanos de toda la Unión. El primero era el pasaporte internacional, donde se escribía la ciudadanía (soviética) y la república de la que el portador del documento fuera originario. El segundo era el pasaporte interno, documento necesario para poder transitar dentro de la urss. En ese pasaporte figuraban los datos de la república de origen y la etnicidad a la que pertenecía el portador. Tras la desintegración de la urss, hubo un gran debate sobre qué hacer con los pasaportes internos, ya que podía prestarse a discriminación en el caso de ciertas etnicidades. En el caso de Kirguistán, por ejemplo, desde 2016 se ha suprimido el dato de la etnicidad del propietario del documento. Pues bien, Kazajistán ha mantenido el pasaporte interno tal como funcionaba en el periodo soviético, permitiendo así la discriminación ya mencionada. La korenizatsiya en la Unión Soviética fue un ejercicio de fragmentación de identidades y lealtades étnicas, el nacionalismo kazajistaní tras 1991 se ha mantenido en la retórica de generar un nacionalismo cívico que rompa con tales fragmentaciones para crear un pueblo, si no unificado, por lo menos unido. ¿Será que mantener el pasaporte koren es un descuido en la conformación del nacionalismo kazajistaní contemporáneo, o, quizás, que dicho nacionalismo es, en su núcleo, koren? Llega aquí el momento de proveer un punto de comparación.
Kirguistán o la asimilación cultural en la creación de un nacionalismo monocultural
Cuando se cruzan las fronteras hacia el sur de Kazajistán, nos encontramos con un mundo completamente diferente. He mencionado la subordinación de Kirguistán desde el periodo soviético. A diferencia de sus vecinos en Asia Central, Kirguistán no pareció tener la misma riqueza que explotar. Quiero comenzar este apartado con una lógica distinta a la anterior. En vez de iniciar con el periodo soviético, lo haré con un evento relativamente reciente. En 2010, Kirguistán apareció en las noticias internacionales debido a sendos conflictos interétnicos que involucraban a kirguises y uzbecos en el norte y sur del país. En el caso del norte, el conflicto ocurrió en un pueblo en las inmediaciones de Tokmok. En la ciudad de Tokmok hay un cruce fronterizo que conecta con el pueblo de Sortobe, en Kasajistán, y sólo la población local puede usarlo; los viajeros con pasaporte internacional precisan ir al cruce entre Kordai (Kazajistán) y Bishkek (Kirguistán).
En el apartado anterior mencioné que muchos electrodomésticos usados en la urss se producían en Kirguistán. Pues, bien, el complejo industrial que los fabricaba estaba en Tokmok. Después de 1991, las cadenas de distribución de bienes y servicios se rompieron. Ya no hubo un mercado para los electrodomésticos kirguistaníes ni hubo un mercado donde adquirir los insumos para continuar con la fabricación de manera rentable. El polo industrial de Tokmok, que alimentaba a las familias en ambos lados de la frontera entre Kazajistán y Kirguistán, desapareció subrepticiamente. Y así Kirguistán entró en una recesión de la que no ha podido recuperarse. La región aledaña a la ciudad de Tokmok es un botón de muestra.
En los días posteriores al conflicto en Tokmok, enfrentamientos entre kirguises y uzbecos estallaron en la ciudad de Osh, en el extremo sur del país. Al parecer, el conflicto en las inmediaciones de Tokmok tuvo eco en todo el país y la confrontación de pronto había tomado tintes étnicos (Akiner, 2016). Osh y Tokmok son dos ejemplos muy claros de los efectos que el nacionalismo kirguís koren ha tenido en las últimas tres décadas.
En una estancia de investigación en Tokmok, en 2011, me contaron la siguiente versión del conflicto. Después de la desintegración de la Unión Soviética, y tras el declive de la economía de Tokmok, algunos de esos pueblos se dedicaron intensivamente a la agricultura y la ganadería. Sobre todo, tener vacas en casa se volvió una prerrogativa, dada la afición a los productos lácteos entre los pueblos nómadas de Asia Central. Un uigur de uno de los pueblos decidió empezar a producir yogurt y smetana, un estilo ruso de crema fresca. Para tal efecto, compraba la leche que sus vecinos producían en sus casas. Eso comenzó en los años noventa del siglo pasado. Para 2010, este uigur ya había construido una fábrica de lácteos que además producía quesos de diverso estilo. Esta empresa proveía de productos lácteos en todo el norte de Kirguistán y en algunos pueblos del lado kazajistaní de la frontera. Vecinos kirguises me dijeron que este uigur era muy arrogante y no daba precios justos por la leche que todos le vendían. Vecinos no-kirguises me dijeron que los kirguises sintieron envidia de la prosperidad que este uigur había tenido en los últimos años. No se sabe quién fue el autor material o intelectual, pero la fábrica de productos lácteos encabezada por este uigur fue incendiada, lo cual implicó un corte a los ingresos de muchas familias de esa zona, no sólo por el comercio de la leche, sino porque varios vecinos trabajaban como empleados en la fábrica.
La dicotomía kirguís/no-kirguí es muy importante en este conflicto. A diferencia del análisis del apartado anterior, en este caso no hay un discurso de indigenización de la nacionalidad titular de Kirguistán: los kirguises. Tampoco hay una política que invite a kirguises en el exterior a asentarse en Kirguistán. Ello se debe a dos razones principales. La primera, que los kirguises sí constituían la mayoría poblacional al momento de la independencia; la segunda, que la economía de Kirguistán está muy deprimida lo que ha ocasionado que el país pasara de ser receptor a expulsor de migrantes. En los últimos años se han multiplicado los estudios sobre migrantes kirguises en Moscú y San Petersburgo, principales ciudades a las que han llegado a trabajar los migrantes centroasiáticos en las últimas tres décadas (Abashin, 2017).
En las anteriores secciones de este capítulo se ha realizado una lectura que compara la situación soviética con la actual a fin de hacer patente al lector cómo los nacionalismos actuales en los países analizados (Kazajistán y Kirguistán) son un eco de cómo la URSS diseñó su propio nacionalismo en la administración de la inmensa diversidad cultural allí existente. Una vez relatado lo ocurrido en la región de Tokmok en 2010, puede decirse que los intentos soviéticos de construir unidades étnicas homogéneas, en el caso de Kirguistán, tampoco funcionó. El caso de Tokmok muestra las complejidades de un país donde, con todo y el rezago económico, es mucho más rico en el norte que en el sur, allende las montañas. El sur ha quedado excluido de la ayuda del exterior. En Kirguistán la presencia de organizaciones no gubernamentales (ong) de toda índole ha ayudado más al norte que al sur (Bond y Koch, 2010). Sin embargo, norte y sur parecen tener ecos mutuos, como la violencia interétnica iniciada en Tokmok y replicada con mayor violencia en el sur, más concretamente en Osh.
Osh se encuentra en un valle muy grande llamado Ferganá. El valle de Ferganá, en términos históricos, fue una escala muy importante en las llamadas rutas de la seda. En el periodo soviético, cuando se delimitaron las fronteras de cada una de las repúblicas que conformarían la urss, el valle de Ferganá fue repartido entre Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán. Independientemente de estas fronteras, el valle continuó su vida como una unidad territorial, además de que esas fronteras significaban poco para la población local. Incluso después de la desintegración de la Unión Soviética, el valle de Ferganá mantuvo su unidad y fluidez. Con el nuevo milenio, sin embargo, la situación cambió drásticamente. A inicios del siglo xxi, las fronteras que confluían en el valle de Ferganá fueron aseguradas y, por primera vez en su historia, fue necesario que sus habitantes gestionaran un pasaporte para poder cruzar al otro lado del valle. Actividades cotidianas como visitar familiares, hacer negocios, o simplemente salir a pasear, de pronto se vieron obstaculizadas por el despliegue de las “estatalidades” kirguistaní, tayikistaní y uzbekistaní (Bichsel, 2009; Hilgers, 2011; Liu, 2011, 2012; Reeves, 2014; Reeves, Rasanayagam y Beyer, 2014). La mayor parte de este valle se ubica en Uzbekistán, pero las partes que están en los otros dos países son muy importantes en su dinámica vital. En términos económicos, sobre todo, el lado kirguistaní es particularmente relevante. Ello es así dada la prohibición de la importación directa de mercancías chinas a Uzbekistán y la vocación local del comercio entre Kirguistán y la República Popular China (rpc).3 De este modo, en el mercado que se ubica muy cerca al cruce fronterizo entre Uzbekistán y Kirguistán, en el valle de Ferganá, es donde los comerciantes de Uzbekistán se surten de productos chinos para transportarlos a su país (Jiménez y Lavička, 2019).
Es importante hablar de las particularidades identitarias de Ferganá para poder ver cómo se ha transformado el nacionalismo kirguís y kirguistaní en las últimas décadas. En una estancia de campo en la ciudad de Osh, en el verano de 2016, pude registrar que, si bien aún se puede hablar ruso en este lugar, las generaciones más jóvenes tienen un conocimiento más débil de esta lengua. Las lenguas predominantes son el kirguís y el uzbeco. Incluso la población rusa local habla esas lenguas. Hay una combinación compleja de estos idiomas como medio de enseñanza en las escuelas: el ruso sigue siendo la lengua principal de instrucción. No obstante, en la calle se hablan las otras dos. Al mismo tiempo, dada la presencia de comerciantes provenientes de India y Pakistán, el inglés y el urdu se suman al panorama lingüístico local. Algunos habitantes locales, aquellos que se dedican al comercio, hablan también japonés, coreano y chino, dados los viajes que deben realizar a estos países para poder negociar y comprar los productos correspondientes. Sobre todo, el chino ha florecido en el valle de Ferganá, pues la ciudad de Osh es a donde llegan los comerciantes de insumos para la construcción con productos que traen desde la rpc. En Osh no sólo hay comerciantes provenientes del propio valle sino también los que vienen del este y sur de Asia, así como de la Federación Rusa, Ucrania y Turquía. Así, el turco forma parte del paisaje lingüístico de la ciudad de Osh. En pocas palabras, el conflicto del valle de Ferganá ha pasado de la construcción del Estado-nación, como Reeves, (2014), mostró en su etnografía, a convertirse en uno de los puntos vibrantes del comercio regional. De este modo, la distinción entre el “norte desarrollado” y el “sur rezagado” en la narrativa de Kirguistán puede ser puesta en duda. Sin embargo, si bien el comercio ha hecho que la economía de Osh comience a recuperarse, el norte sigue siendo el lugar de poderío político.
A pesar de la fragmentación de Kirguistán y la distinción norte-sur como un rasgo de diferenciación entre los kirguises, el nacionalismo koren, que indicaría la necesidad de una prerrogativa kirguís a los recursos disponibles en el país, hace sentir sus efectos claramente. En el caso de Osh, según versiones recabadas en 2016 por la autora de este capítulo, la violencia comenzó como un acto de indignación tanto de kirguises como de no-kirguises. Los primeros, porque parecería inaudito que los no-kirguises tengan mayor éxito en los negocios; los segundos, porque históricamente había habido una armonía interétnica que el nacionalismo de las últimas décadas ha estado desquebrajando. En el valle de Ferganá, los kirguises y uzbecos locales, así como extranjeros migrando en una época reciente, forman un mosaico muy complejo de diversidad étnica que retrata mejor la realidad cotidiana. De esta manera, las agresiones comenzaron a tener un giro que se orientó hacia lo más “distinto” en los ojos locales: los uigures.
Los uigures son un pueblo originario, históricamente, de Siberia. Hace varios siglos migraron hacia lo que actualmente es Xinjiang, estableciéndose en las ciudades oasis de esta provincia china. Tras convertirse al islam, después de haber sido nestorianos, budistas y zoroastristas, el etnónimo “uigur” desapareció; sin embargo, los uigures llegaron a formar un imperio poderoso y junto con el Imperio chino tuvieron conflictos con la confederación nómada kirguís (Bellér-Hann, 2008; Brophy, 2016; Jiménez, 2009; Millward, 2007).
Manás es el poema épico kirguís en el que se narran las hazañas de los kirguises en su lucha contra los uigures y los chinos (Gullette, 2010; Heide, 2008). En los últimos veinte años, Manás ha sido uno de los pilares en la construcción del nacionalismo kirguís de la época independiente. Ahora bien, en la distinción nómada-sedentario, kazajos y kirguises pertenecerían a la primera categoría, mientras uzbecos y uigures a la segunda. Incluso lingüísticamente, son más cercanos entre sí los “nómadas”, por un lado, y los “sedentarios”, por el otro. Ello agrega un marcador más de diferencia entre lo nómada y lo sedentario en Asia Central. A veces, uigures y uzbecos son vistos como pueblos muy parecidos, si no el mismo. Así, las agresiones en Osh fueron hacia los “uzbecos”, pero, presumiblemente, habrían sido más bien contra los uigures, quienes tienen familiares en Xinjiang y, por lo tanto, se han enriquecido en los últimos años gracias a la práctica del comercio. De ser así, los conflictos interétnicos en Ferganá no fueron por la fragmentación del valle hace un par de décadas, sino un efecto del nacionalismo kirguís koren que ha obstaculizado el desarrollo de un nacionalismo cívico, o kirguistaní.
Para entender, además, la contraposición entre lo kirguís y lo “chino” como un rasgo fundamental de la definición de lo primero como una negación de lo segundo, quiero llevar al lector al oriente del país a la ciudad de Karakol, aproximadamente a una hora en carretera del lago Yssyk Kul y en las faldas de las montañas que sirven de frontera entre Kirguistán y la República Popular China. Karakol es una ciudad que fundaron los rusos en el siglo xix, cuando la estepa kazajo-kirguís fue incorporada al Imperio ruso. Además de rusos, en esta pequeña ciudad se establecieron uigures, dunganos y sart-kalmak; estos tres llegaron como migrantes desde el Imperio chino hacia finales del siglo xix y se establecieron en el Imperio ruso como refugiados políticos (Jiménez, 2014). A pesar de que el Imperio chino presionó al ruso para conseguir una extradición, éste se negó contundentemente a aprobarla. En Karakol, por tanto, se pueden ver las tensiones entre el mundo nómada y el sedentario que ya he señalado como básicas para entender los nacionalismos de la región centroasiática. En la versión contemporánea de Manás, quien finalmente asesina al héroe kirguís es un kalmak, razón por la cual los sart-kalmak no son bien vistos en la sociedad kirguís actual, a pesar de que sus linajes están relacionados y, hoy por hoy, salvo por algunos marcadores de diferencia, tales como el pan o detalles mínimos de vida cotidiana; de hecho, los sart-kalmak se han asimilado casi por completo a la cultura y lengua kirguises koren (Alymbaeva, 2017). Por su parte, los uigures y los dunganos siguen teniendo una ambigüedad que los vincula más, en el imaginario local, con la República Popular China (Brophy, 2016; Jiménez, 2016). Ello es así a pesar de la presencia de ambas etnicidades desde hace varios siglos en toda la región centroasiática. La construcción de las historias nacionales koren en ambos lados de la frontera (la soviética y la china popular) es lo que ha generado y exacerbado la contraposición de estas identidades para establecer una alteridad diferenciadora y específica. Esta identificación de lo “chino”, en el más amplio sentido del término, es lo que hace tan específico el caso de Kirguistán; si bien podemos encontrar rasgos de sinofobia en otras partes de Asia Central, el componente “chino” en Kirguistán encarnaría al enemigo de lo kirguís por excelencia, ello como efecto de la recuperación del poema Manás como el contenedor del origen del pueblo kirguís diferenciado de otros pueblos de origen turco en Asia Central.
Como he mostrado en este apartado, la alternativa para uno de los países más pobres del mundo, en lo que a construcción de un nacionalismo se refiere, ha sido la victimización de la condición colonial hasta sus últimas consecuencias. Igual que Kazajistán, Kirguistán se asume como una excolonia del Imperio ruso y, además, una excolonia de la Unión Soviética. Como consecuencia, Kirguistán ha apelado a la ayuda exterior para conseguir salir de su rezago económico en vez de intentar convertirse en una potencia regional, que es la apuesta de Kazajistán. Ello, sin embargo, ha derivado en un nacionalismo donde la prerrogativa la tienen los kirguises por sobre los no-kirguises o, al menos, se cree que ellos deberían tenerla. Además de la doble colonialidad, la imperial rusa y la soviética, Kirguistán tiene una ambigua retórica de ser una neocolonia de la Federación Rusa y de la República Popular China, así como de estar en la mira del crecimiento kazajistaní. De este modo, no es que el nacionalismo kirguís asuma una superioridad por sobre los no-kirguises (a diferencia del nacionalismo kazajo), sino que, en contraste, busca construir la superioridad que le ha sido negada a los kirguises a lo largo de su historia. Kazajistán es la “grandeza recuperada”, Kirguistán es la “grandeza por construir”.
¿Se puede hablar de un modelo alternativo de nación en el Asia Central “nómada”?
En este capítulo he descrito pormenorizadamente el proceso mediante el cual se perfilaron los nacionalismos en Kazajistán y Kirguistán. En primer lugar, al momento en que el Imperio ruso orquestó su expansión hacia estos espacios, había una percepción de que el territorio ocupado por ambas entidades era uno solo: la estepa kazajo-kirguís. En la imaginación imperial rusa, por tanto, había una identificación de la unidad identitaria étnica kazajo-kirguís. Dicha unidad, sin embargo, sería fragmentada en las décadas posteriores. De esta manera la estepa kazajo-kirguís decimonónica fue dividida, en las décadas de 1920 y 1930, en dos repúblicas soviéticas: Kazajistán y Kirguistán. El proceso de delimitación y separación, no sólo de lo kazajo y lo kirguís, sino de todas las etnicidades de la Unión Soviética, fue llevado a cabo durante una campaña conocida como korenizatsiya, término ruso que normalmente es traducido como “indigenización”. La korenizatsiya permitió delimitar las fronteras entre los pueblos que compondrían la urss y los respectivos espacios que habitarían. Llamo nacionalismo koren a esta identidad folklorizada y artificialmente unificada durante el periodo soviético.
La noción de lo koren como un nacionalismo esencialista es el eje rector de los dos apartados dedicados a analizar por separado los casos de Kazajistán y Kirguistán. El argumento que subyace en el análisis es que fue precisamente la korenizatsiya la que perfiló la diferenciación entre los kazajos y los kirguises, al tiempo que hablaríamos de dos tipos de nacionalismo en ambos países: un nacionalismo étnico, donde lo kazajo y lo kirguís son identificados como aquellos que deberían ostentar la mayor cantidad posible de privilegios, y un nacionalismo cívico, donde los no-kazajos y los no-kirguises deben subordinar sus especificidades folklóricas y prerrogativas políticas y económicas a las “nacionalidades titulares” designadas en tiempos de la korenizatsiya.
No obstante, en ambos casos persiste una retórica de que el actual nacionalismo étnico es una forma de descolonización de las identidades de las nacionalidades titulares en ambas repúblicas. Al mismo tiempo, el nacionalismo étnico actúa en detrimento del nacionalismo cívico, lo que produce relaciones de colonialismo interno con respecto a etnicidades no-kazajas y no-kirguises. Ello muestra la contradicción de un nacionalismo “decolonial” que, sin embargo, continúa funcionando bajo la lógica del marco étnico conceptualizado e implementado por los antiguos “colonizadores”. Subsiguientes investigaciones deberían concentrarse en analizar con mayor detalle cómo se desarrollan estas relaciones de kazajos y kirguises con no-kazajos y no-kirguises, no sólo desde la perspectiva de las nacionalidades titulares, ejercicio de este capítulo, sino también desde la perspectiva de las etnicidades no titulares.
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