Kitabı oku: «Un Meta-Modelo Cristiano católico de la persona - Volumen II»

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La psicología no es más que una de las principales tradiciones de sabiduría que han intentado comprender a la persona. Otras fuentes de sabiduría, como la antigua tradición filosófica occidental y la tradición teológica judeocristiana, con sus tres mil años de antigüedad, también han contribuido de manera significativa a nuestra comprensión de la persona. Colectivamente, estas tres tradiciones —psicología, filosofía y teología— ofrecen percepciones únicas y complementarias de la persona, y la exclusión de cualquiera de las tres disminuye o distorsiona nuestra comprensión de la naturaleza humana.

El objetivo principal de la presente obra es emplear estas tres tradiciones de sabiduría para conseguir desarrollar un marco integrador, sintético, integral y realista que permita comprender a la persona: el Meta-Modelo Cristiano Católico de la Persona (MMCCP). Y el objetivo final de la presente obra es demostrar cómo dicho Meta-Modelo puede enriquecer enormemente las ciencias psicológicas, así como la práctica de la salud mental.

Un Meta-Modelo Cristiano Católico de la Persona

Integración con la psicología y la práctica de la salud mental

Volumen II


Colección Razón Abierta

Comité Científico Asesor

Daniel Sada (Universidad Francisco de Vitoria)

Federico Lombardi S. J. (Fundación Joseph Ratzinger)

Stefano Zamagni (Universidad de Bolonia. Johns Hopkins University)

Paolo Benanti (Pontificia Universidad Gregoriana)

Andrew Briggs (Universidad de Oxford)

Rafael Vicuña (Pontificia Universidad Católica de Chile)

Javier Prades (Universidad Sán Dámaso)

© 2021 Paul C. Vitz, William J. Nordling y Craig Steven Titus de la edición

© 2021 Los autores de sus textos

© 2021 Editorial UFV

Universidad Francisco de Vitoria

editorial@ufv.es

Diseño cubierta: Cruz más Cruz

Primera edición: julio de 2021

ISBN volumen II edición impresa: 978-84-18746-30-7

ISBN volumen II edición digital: 978-84-18746-31-4

ISBN volumen II edición EPUB: 978-84-18746-35-2

ISBN obra completa edición impresa: 978-84-18746-32-1

ISBN obra completa edición digital: 978-84-18746-33-8

ISBN obra completa edición EPUB: 978-84-18746-36-9

Depósito legal: M-20499-2021

Impresión: Producciones Digitales Pulmen, S. L. L.

Este libro ha sido sometido a una revisión ciega por pares.


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Impreso en España – Printed in Spain

Índice

PARTE III (CONT.)

APOYO FILOSÓFICO

13. SENSORIAL-PERCEPTIVA-COGNITIVA

Matthew R. Mcwhorter, Paul C. Vitz y Craig Steven Titus

14. EMOCIONAL

Christopher Gross, Craig Steven Titus, Paul C. Vitz y William J. Nordling

15. RACIONAL

Craig Steven Titus, Paul C. Vitz y William J. Nordling

16. VOLITIVA Y LIBRE

Craig Steven Titus, William J. Nordling y Paul C. Vitz

PARTE IV

APOYO TEOLÓGICO

17. CREADA A IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS

Craig Steven Titus, Paul C. Vitz y William J. Nordling

18. CAÍDA

Craig Steven Titus, Matthew R. Mcwhorter y Christopher Gross

19. REDIMIDA

Matthew R. McWhorter y Craig Steven Titus

PARTE V

APLICACIONES TEÓRICAS Y CLÍNICAS DEL META-MODELO

20. PRINCIPIOS PARA LA FORMACIÓN

William J. Nordling, Harvey Payne y Craig Steven Titus

21. CONCEPTUALIZACIÓN DE CASOS: EL META-MODELO CRISTIANO CATÓLICO DE LA PERSONA COMO MARCO

Su Li Lee y William J. Nordling

22. FACTORES CURATIVOS DE LA PSICOTERAPIA DE GRUPO

Philip Scrofani y Margaret Laracy

23. CONTEXTUALIZANDO EL DSM-5. CONSIDERACIONES PARA ENRIQUECER EL DIAGNÓSTICO PSICOLÓGICO

Philip Scrofani y G. Alexander Ross

24. EVALUACIÓN PSICOLÓGICA

Frank J. Moncher y Philip Scrofani

25. LA VIRTUD EN LA PRÁCTICA DE LA SALUD MENTAL: UN ESTUDIO COMPARATIVO DE CASO

Frank J. Moncher y Craig Steven Titus

26. PSICOLOGÍA SOCIAL

G. Alexander Ross



13
Sensorial-perceptiva-cognitiva
MATTHEW R. MCWHORTER, PAUL C. VITZ Y CRAIG STEVEN TITUS

La persona forma un todo. En conjunto, las personas percibimos y comprendemos el mundo, a otras personas y a nosotros mismos. Cuando negamos que la persona sea una unidad cuerpoalma, hacemos una injusticia a la persona (capítulo 8, «Plenitud personal»). De la misma forma, provocamos una injusticia sobre la persona cuando negamos o descuidamos la exploración del conocimiento y la conciencia. Dado que las personas son multidimensionales, cometemos más injusticias cuando no reconocemos sus múltiples capacidades o cuando las subestimamos.

El presente capítulo analiza la gama de capacidades sensoriales-perceptivas-cognitivas que subyacen y contribuyen a nuestra comprensión humana. Se trata de un ejercicio de psicología filosófica clásica, que es una visión de la persona (antropología humana) sustentada por el pensamiento y los métodos que permiten una comprensión realista del mundo y de la vida humana (Aquino, 1273/1981; Aristóteles ca. 350 a. C./2000c; MacIntyre, 1999; Popper, 1983; Wojtyła, 1979). Siempre bajo el enfoque multidisciplinar y «multicapa» de comprensión de la persona que aporta el Meta-Modelo, tratamos de integrar los hallazgos de la neurociencia (Kolb y Whishaw, 2009; Siegel, 2012; et al.), para establecer así una interacción útil con la tradición realista. Esta visión filosófica y psicológica incorpora, por lo tanto, elementos de la neurociencia, así como una teoría realista del conocimiento y ejemplos aplicables a la práctica de la salud mental.

Comenzando por Gustav Fechner y Wilhelm Wundt en el siglo XIX, la psicología contemporánea adoptó una metodología experimental que permitía comprender las funciones sensoriales, perceptivas y cognitivas, así como las funciones emocionales básicas de la persona (Ashley, 2013b, pp. 21 y 22; Ashley, Deblois y O’Rourke, 2006, p. 137; Wundt, 1904). Partiendo de observaciones empíricas sobre la conducta y cognición humanas, este campo del conocimiento se ha interesado en especial sobre el análisis de las bases neurológicas de las capacidades mentales (sobre la orientación teórica de la neuropsiquiatría, véase Beck, 1979, pp. 8-9). No obstante, una tendencia habitual es tratar las experiencias humanas de la cognición y afecto simplemente como eventos neuroquímicos o como movimientos ascendentes, efectos emergentes que surgen del sustrato material y biológico de la persona (Murphy, 1998; Siegel, 2012; Życiński, 2006). En general, gran parte de la psicoterapia contemporánea procede del sesgo filosófico producido por el materialismo reductor (Ashley, 2013b, p. 25). Como formas extremas de esos enfoques reduccionistas y materialistas, los tratamientos farmacológicos pueden considerarse soluciones totalmente adecuadas para todos los trastornos psicológicos (Życiński, 2006). Pero, recientemente, los científicos han estado desarrollando importantes enfoques, no reductores, en los campos de la teoría, la investigación y la práctica de la salud mental (Beauregard y O’Leary, 2008; Enright y Fitzgibbons, 2014; Worthington, 2003; Worthington, 2005). La psicología positiva, gracias al énfasis que concede a la voluntad, ofrece otra perspectiva, no reductora (Peterson y Seligman, 2004).

En contraste con los enfoques estrictamente materialistas, lo que sigue es una consideración cristiana, no reductora, de las capacidades sensoriales, perceptivas y cognitivas de la persona, examinando no solo los aspectos materiales y fisiológicos de la persona, sino, a la vez, la mente y la conciencia de sí misma entendidas como no materiales o espirituales. Las actividades sensoriales-perceptivo-cognitivas pueden distinguirse de las capacidades intelectuales superiores de la persona, así como de la autoconciencia no material (Aquino, 1265/2001, 60.2). Si bien las sensaciones, percepciones y conocimientos contribuyen a la realización del ser humano, el examen de esas capacidades no basta por sí solo para explicar plenamente cómo y por qué las personas perciben y evalúan el mundo que les rodea e interactúan entre ellas. Mientras que el conocimiento humano comienza con las sensaciones, no obstante, no termina en ellas (capítulo 15, «Racional», y capítulo 16, «Volitiva y libre»).

En el presente capítulo se describe el primero de los cuatro pasos necesarios para analizar los tipos de conocimiento y afecto humanos. Los cuatro capítulos se dirigen a la persona como sensorial-perceptiva-cognitiva, emocional, racional, y volitiva y libre, reconociendo varias formas de conocer y amar. En este capítulo examinaremos detalladamente el carácter sensorial-perceptivo-cognitivo de la persona. Consideramos, en primer lugar, cómo las capacidades sensoriales de la persona nos permiten recibir e interactuar con el mundo exterior. A continuación, ofreceremos una breve descripción de las sensaciones particulares asociadas con cada uno de los cinco sentidos primarios. Seguidamente, examinaremos las actividades asociadas con capacidades perceptivas de orden superior, como el recuerdo y las evaluaciones básicas de la experiencia. En cuarto lugar, trataremos la cuestión de las disposiciones cognitivo-afectivas, ordenadas y desordenadas (o positivas y negativas) que resultan del condicionamiento de las capacidades perceptivas de orden superior (capítulo 14, «Emocional»). A lo largo de todo este capítulo analizamos cómo la dimensión sensorial-perceptivo-cognitiva de la persona permite interactuar en un encuentro activo con el mundo.

RECEPTIVOS AL MUNDO EXTERIOR

Las personas interactuamos con nuestro entorno físico y con toda la realidad a través de una jerarquía de capacidades. En el caso de la sensación, la actividad de cada capacidad sensorial constituye una actividad de la persona considerada como una unidad cuerpo-alma. La experiencia de sensación de la persona implica un cambio fisiológico determinado, como, por ejemplo, cuando los elementos de la retina responden al brillo y al color (De Anna, 2000, p. 48). Nuestras capacidades de percepción de orden superior, como capacidades fisiopsicológicas, reciben información del mundo físico circundante, reaccionan a él y se comprometen con él. Los receptores sensoriales especializados son únicos para cada capacidad sensorial y contribuyen a la realización de cada tipo de sensación particular (Kolb y Whishaw, 2009, p. 198). Estos receptores sensoriales pueden estar orientados exteroceptivamente a propiedades sensibles, que se encuentran fuera del cuerpo de la persona (como la forma de las cosas exteriores) o interoceptivamente, orientados a propiedades sensibles, fisiológicamente internas, en el cuerpo de la persona (como podría ser un dolor abdominal o de cabeza) (Kolb y Whishaw, 2009, p. 201). Los receptores de los sentidos están conectados con neuronas especializadas en el cerebro (Goldstein, 2010, pp. 26-27).

Las reacciones biofisiológicas instintivas a nivel reflejo (como la dilatación de la pupila del ojo con poca luz) actúan de manera prevolitiva (es decir, independiente del ejercicio de la voluntad). De manera similar, las inclinaciones naturales responden a sensaciones de los objetos en el mundo exterior alrededor de una persona. Entre ellas figuran la inclinación a la autopreservación (reacción a sensaciones de comida y bebida) y las inclinaciones que implican otras atracciones a objetos sensoriales (como las atracciones a otras personas en asociación con el disfrute del bien de la comunidad), que surgen antes del consentimiento de la voluntad. Algunas de estas inclinaciones naturales hacia las necesidades y bienes básicos disponibles en el mundo exterior son: a) comunes a todas las cosas (autoconservación); otras son: b) compartidas entre los seres humanos y otros animales (unión sexual y crianza de la descendencia); y otras son: c) propias de la naturaleza humana (inclinaciones naturales a conocer la verdad, especialmente sobre Dios, y a vivir con otros en una comunidad racionalmente ordenada, así como a apreciar la belleza) (Aquino, 1273/1981, I, 5.4 ad 1; I-II, 94.2; II-II, 145.2; Juan Pablo II, 1993, §51). El fracaso en el cumplimiento de estas inclinaciones propiamente humanas a través de la interacción con personas y objetos en el mundo exterior puede conducir a trastornos psicológicos. No obstante, esas inclinaciones suelen quedar ocultas bajo esos trastornos. Asimismo, estas inclinaciones subyacen a preceptos éticos, las vocaciones y las virtudes por las que estimulamos racionalmente la realización moral y espiritual (véase el apartado «Inclinaciones naturales, ley natural y norma personalista» en el capítulo 11, «Realizada en la virtud»).

LOS CINCO SENTIDOS PRIMARIOS

Los cinco sentidos primarios del cuerpo (visión, oído, olfato, gusto y tacto) a veces se denominan sentidos «externos». El término «externo» indica en este caso que tales sentidos permiten a la persona orientarse entre las propiedades de las cosas, que existen fuera de ella, en el entorno físico circundante. No obstante, estos sentidos primarios a veces implican sensaciones que son respuestas no solo a estímulos exteriores, sino también a estímulos que son fisiológicamente interiores al cuerpo de la persona (como el hambre) (Kolb y Whishaw, 2009, p. 201). Con el objetivo de realizar esa distinción, haremos referencia estrictamente a los cinco sentidos «primarios» y no a los sentidos «externos».

Cada uno de esos cinco sentidos primarios está orientado hacia un único tipo de propiedad sensitiva (Ashley, 2013b, p. 154). Ya sea debido a que la propiedad sentida sea externa al cuerpo (como por ejemplo, en el caso del sonido producido por una orquesta) o interna (dolor abdominal), son realidades dentro de las capacidades de los sentidos: la sensación implica conocer lo que está cerca de la persona «ahora mismo», en este momento temporal (Aquino, 1269/2005b, p. 158). Una propiedad sensible es una cualidad específica (por ejemplo, el brillo, el sonido, olor, sabor, temperatura o dolor), que afecta o actúa sobre la capacidad sensorial (Aquino, 1268/1994a, §§383-384; Macdonald, 2007, p. 346). La capacidad sensorial es directamente receptiva a esa cualidad sensible específica —o queda inmediatamente afectada por ella (Aquino, 1266/2005c, q. 13). El hecho de percibir una sensación es en sí mismo receptividad: «Sentir es quedar afectado de alguna forma» (Aquino, 1269/2005a, p. 185). Por ejemplo, cuando los receptores de substancias químicas están activados, activan parcialmente el gusto y el olfato; cuando los fotorreceptores están activados, activan parcialmente la visión (Bear, Connors y Paradiso, 2007, p. 252, p. 290). La «experiencia» de sensación, no obstante, sigue siendo un acontecimiento notable, con una calidad especial (sobre la consciencia básica o qualia 1, véase Vitz, 2017, y el capítulo 6, «La persona como capas integradas»), que trasciende nuestras explicaciones físicas de la actividad neurológica.

Se podría decir que cada elemento receptivo dentro de una capacidad sensorial está «naturalmente equipado» para actuar sobre una propiedad sensible específica, o sobre un estímulo sensorial específico (Aquino, 1268/1994a, §387). Tales propiedades sensibles producen sensaciones cuando las condiciones son apropiadas (Aquino, 1273/1981, I, 78.3 ad 2). La capacidad sensorial es en sí misma pasiva, frente a estas propiedades sensibles: «el objeto sensible imprime su semejanza al sentido» (Aquino, 1269/2005a, p. 198). La semejanza que se recibe mediante la sensación puede denominarse «impresión» (Aquino, 1269/2005a, p. 185). A veces, esto también se denomina intención sensorial (Aquino, 1273/1981, I, 78.3; Macdonald, 2007, pp. 347 y 348). Para subrayar el carácter dinámico de la capacidad sensorial, se podría hablar de su orientación intencional (Kenny, 1994, p. 34) o de su «direccionalidad», que se refiere a la forma en que la capacidad sensorial apunta hacia el estímulo que la activa (Tellkamp, 2007, p. 276).

Todo sentido primario sano dispone de una especie de certeza cognitiva con respecto a la propiedad sensible específica a la que está orientado. El conocimiento de un sentido primario saludable no puede ser «falso» cuando se considera en relación con la propiedad sensible que percibe (Aquino, 1268/1994a, §384, §630; Aristóteles, ca. 350 a. C./2000c, 427b13). Asimismo, el sistema de órganos fisiológicos que permite a una persona tener sensaciones puede sufrir en sí mismo una patología (por ejemplo, alucinaciones asociadas a la psicosis o al uso de drogas). Por consiguiente, las sensaciones de una persona pueden considerarse anormales en comparación con las sensaciones de otras personas cuyos sistemas orgánicos están bajo una norma aceptada de funcionalidad saludable. Asimismo, cualquier sentido primario puede resultar falible en la exactitud de su sensación cuando esa capacidad sensorial se utiliza de manera aislada en un intento de discernir una propiedad sensata común (como el intento de determinar la causa de un sonido utilizando solo el sentido del oído) (Aquino, 1268/1994a, §385).

Aunque podríamos decir que una impresión sensorial «representa» una propiedad objetiva de una realidad exterior (por ejemplo, la sensación del calor de un fuego), esto debe entenderse cuidadosamente para apreciar cómo las capacidades sensoriales de una persona le permiten experimentar la realidad del mundo que le rodea. Este es el punto de partida de la filosofía realista. Una impresión sensorial puede no concordar entre la capacidad sensorial y el objeto sentido, de forma que el último influya sobre el primero. Esta posición filosófica (llamada «realismo indirecto o representativo») es representada por el filósofo John Locke (2008) y contrasta con el realismo del Meta-Modelo Cristiano Católico de la persona. La posición de Locke queda abierta a la carga escéptica de que tal impresión de hecho oscurece o bloquea el acceso a la realidad, un defecto que eventualmente lleva al «fenomenalismo» y al antirrealismo, ejemplificado por el filósofo David Hume (BonJour, 2010, pp. 124-125; Sokolowski, 2008, pp. 157-161). Para el Meta-Modelo, la impresión sensorial individual forma la actividad misma de la sensación. En otras palabras, la impresión sensorial no es una entidad insertada entre el receptor sensorial y su objeto, sino que constituye la estructura de la sensación misma, una estructura que es realmente acorde con la propiedad sentida (Aquino, 1273/1981, I, 85.2; de Anna, 2000, pp. 48-49; Decaen, 2001, p. 186).

Es decir, existe un cierto tipo de unidad estructural entre la capacidad sensorial activada y la propiedad sensorial percibida (Aquino, 1273/1981, I, 87.1 ad 3). No obstante, la unidad o identidad que consideramos aquí es la identidad de la sensación, como identidad sentida o experimentada, estructural o codificada, no ontológica. En otras palabras, la capacidad de sentir no se vuelve ontológicamente idéntica a la propiedad real (no son un solo ser o una sola entidad), sino que solo se experimentan como idénticas (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000c, 425b27-28; Aquino, 1268/1994a, §590; Esfeld, 2000, p. 327). La semejanza que se imprime en el sentido, aunque permite que la capacidad sensorial se unifique con la propiedad sentida, tiene su propio estatus ontológico, como estructura o código interno, distinto de esa propiedad real: la propiedad sensible existe realmente en la naturaleza, mientras que su semejanza, impresa en la capacidad sensorial, depende de la ocurrencia del estímulo real para su existencia (Aquino, 1268/1994a, §553; Aquino, 1269/2005b, p. 156; Haldane, 1983, p. 235, Tellkamp, 2007, p. 276). Cuando los elementos exteriores de una propiedad sensible se replican en un sentido primario como un código interno, el modo de ser que tienen esos elementos como replicados difiere de su existencia en la realidad objetiva (Aquino, 1268/1994a, §418; Burnyeat, 2001, pp. 132-133). De esta manera, es útil tener en cuenta que «todo lo que se conoce se conoce bajo la forma del conocedor» (Aquino, 1273/1981, I, 14.1 ad 3). En términos realistas, el estímulo externo es la realidad misma. La sensación es un código interior de la realidad externa. En este contacto, la realidad del estímulo está presente en la sensación codificada.

Asimismo, sigue siendo cierto que existe una verdadera unidad, estructuralmente codificada, que se produce entre la capacidad de los sentidos y la propiedad real de los sentidos. En otras palabras, los sentidos del cuerpo permiten conocer e interactuar con el mundo circundante, en su realidad. En el mismo momento de la sensación, la persona conoce la realidad presente, y la siente de tal manera que la experiencia cualitativa de esa sensación contiene en sí misma el contacto con la realidad. Es en este sentido como el presente enfoque para comprender las capacidades sensoriales y perceptivas ejemplifica un realismo filosófico. Si apelamos a los sucesos de ilusión o de identidad equivocada como motivos para dudar de la fiabilidad de los sentidos (véase Descartes, 1641/2000, p. 105), se podría reconsiderar que esos sucesos son más bien indicativos de un fracaso en el procesamiento humano de la sensación, a un nivel cognitivo superior, y no de un fracaso a nivel de la sensación. El hecho mismo de que una persona pueda llegar a reconocer que un juicio anterior es erróneo indica que tiene acceso a la realidad, lo que corrige su malentendido (para un análisis de esta observación como fundamento de un realismo científico, véase Popper, 1975, 1983; también Almeder, 1996). La realidad y la sensación de realidad son anteriores en el tiempo al pensamiento sobre la realidad.

Pasamos ahora a considerar brevemente cada uno de los sentidos primarios. El sentido de la visión o vista es principalmente un sistema exteroceptivo, orientado a propiedades sensibles, que se encuentran fuera del cuerpo de la persona (Kolb y Whishaw, 2009, p. 213). La visión es receptiva de propiedades sensibles singulares o discretas (como el brillo de un objeto), así como de propiedades sensibles comunes (como la forma y el tamaño). Los datos del sentido visual pueden ser a veces interoceptivos, como cuando la manipulación física del ojo produce sensaciones visuales interiores (por ejemplo, la experiencia con fosfenos) o cuando se sufren alucinaciones visuales. Las sensaciones de la vista se procesan en la región de la corteza visual del lóbulo occipital (Goldstein, 2010, pp. 26, 74).

El sentido del oído es también principalmente un sistema exteroceptivo, orientado a propiedades sensibles reales, que están fuera del cuerpo (Kolb y Whishaw, 2009, p. 213). El sentido del oído es receptivo a la propiedad discreta sensible del sonido, incluyendo cualidades auditivas como la estridencia o su contrario. Los sonidos pueden describirse en función de su tono, intensidad y timbre (Goldstein, 2010, pp. 264-268). El sentido del oído también puede ser a veces interoceptivo, como cuando se oye el desplazamiento del fluido interior (por ejemplo, en la trompa de Eustaquio), o como cuando se experimenta una transducción anómala (como en la patología del tinnitus —véase Bear, Connors y Paradiso, 2007, p. 376), o se experimentan alucinaciones auditivas, a veces precipitadas por las drogas, o por psicopatologías graves. Las sensaciones auditivas se procesan en la corteza auditiva, que se encuentra situada en el lóbulo temporal del cerebro (Goldstein, 2010, p. 26, pp. 280-281).

El sentido del olfato es receptivo a la propiedad sensible discreta del olor o del aroma, incluidas otras características asociadas como la acritud o la nocividad. Las sensaciones relacionadas con los olores se basan en el encuentro con partículas diminutas de la cosa sentida; estas se procesan en los cortex olfatorios (Goldstein, 2010, p. 364). Mientras tanto, las sensaciones relacionadas con el gusto —también basadas en pequeñas partículas de lo que se degusta— se reciben en el núcleo solitario (SN), situado en el tronco cerebral, y a continuación se transmiten al tálamo y se procesan en el lóbulo frontal del cerebro (Goldstein, 2010, pp. 368-367). El olor y el sabor están íntimamente interconectados.

La capacidad sensorial táctil o tacto es el sentido más penetrante y básico, y es común a todos los animales (Aquino, 1273/1981, I, 91.1 ad 3; Ashley, 2013b, p. 155; Goldstein, 2010; Kolb y Whishaw, 2009). Dado que esta capacidad sensorial se extiende a lo largo de todo el sistema nervioso, e incluye múltiples receptores en toda la piel, a veces se denomina también «sentido cutáneo» o «sistema cutáneo» (Goldstein, 2010, pp. 329 a 352). El sentido del tacto o hapsis (que implica sensaciones táctiles de presión y densidad) es solo una modalidad de este sistema multifacético, que también incluye la nociocepción (la sensación de dolor o de temperaturas incómodas) (Kolb y Whishaw, 2009, p. 213). El mismo sistema sensorial incluye asimismo el sentido propioceptivo de la persona, que implica la consciencia corporal general y la sensación de posición corporal en el espacio (Goldstein, 2010, p. 330). El tacto es único entre los cinco sentidos primarios, en el sentido de que responde a más de un tipo discreto de propiedades sensibles (por ejemplo, por medio del tacto percibimos tanto la presión como la temperatura) (Aquino, 1268/1994a, §384; Macdonald, 2007, p. 346). Las sensaciones táctiles se procesan en la corteza sensorial somática, situada en el lóbulo parietal del cerebro (Goldstein, 2010, p. 26; Ashley, 2013b, p. 155).

PERCEPCIONES DE ORDEN SUPERIOR O COGNICIONES

A continuación pasaremos del debate de la consideración de la sensación al tema de las percepciones. Las palabras «sensación» y «percepción» se utilizan a veces como sinónimos (véase, por ejemplo, Aquino, 1273/1981, I, 78.3 ad 3 y 91.1 ad 3; III Supp., 92.2 ad 7). Pero las dos palabras también pueden distinguirse. Las capacidades perceptivas de orden superior incluyen la capacidad sintética (consciencia básica o conocimiento), la imaginación, la memoria y una capacidad básica de evaluación. La capacidad sintética consiste en una capacidad perceptiva de orden superior que diferencia y clasifica las impresiones sensoriales individuales recibidas a través de los sentidos primarios y también aprehende cosas enteras, personas enteras, etc. La imaginación es una capacidad perceptiva que almacena estas impresiones (Aquino, 1266/2005c, q. 13). La memoria es una capacidad perceptiva que recuerda las impresiones almacenadas (Aquino, 1266/2005c, q. 13). Por último, la capacidad de evaluación elemental es una capacidad perceptiva que reconoce las cosas y personas individuales, y también las evalúa (por ejemplo, en términos de daño potencial o utilidad. Muchos animales tienen un tipo de capacidad similar) (Aquino, 1266/2005c, q. 13). Las capacidades perceptivas de orden superior procesan y evalúan los datos sensoriales que se reciben de los cinco sentidos primarios (Aquino, 1273/1981, I, 78.4; Ashley, 2013b, pp. 158-173). A continuación examinaremos cada una de estas capacidades perceptivas de orden superior. Al igual que en el caso anterior sobre el tratamiento de los sentidos primarios, también consideraremos brevemente las investigaciones actuales en neurociencia para complementar nuestra investigación filosófica.

CAPACIDAD DE SÍNTESIS

Nuestra primera capacidad perceptiva de orden superior es la capacidad sintética, que incluye, a través de su funcionamiento, la consciencia del objeto percibido. Esta capacidad permite a las personas, y a numerosos animales, interactuar con un objeto en su plena totalidad, como podría ser un rostro humano, o un gato. Esta capacidad ha sido denominada «sentido común», ya que implica una receptividad primordial que es una especie de raíz común y fundamento de los cinco sentidos primarios (Aquino, 1268/1994a, §602; di Martino, 2008, p. 88; McLuhan, 2015, p. 9). La expresión «sentido común» no se utilizará aquí debido al significado diferente que esta frase tiene en el uso popular en inglés (Ashley, 2013b, pp. 166 y 167).

A diferencia de un sentido primario, la capacidad sintética no recibe impresiones individuales o discretas de un tipo particular de propiedad sensible (como las propiedades visuales solamente o las propiedades auditivas solamente). En realidad, la capacidad sintética es receptiva a todas las impresiones individuales que se originan en los cinco sentidos primarios (Aquino, 1273/1981, I, 1.3 ad 2, y 57.2; Aquino, 1268/1994a, §390; en relación con el 57.2, véase di Martino, 2008, p. 95). En este sentido, la capacidad sintética es receptiva a todo (Aristóteles, ca. 350 a. C. /2000b, 449a18). Cada uno de los sentidos primarios contribuye, mediante un tipo específico de sensación, a la capacidad sintética de compromiso y procesamiento ulterior (Aquino, 1269/2005b, pp. 156 y 157).

Una actividad significativa correspondiente a la capacidad sintética es diferenciar entre los diversos tipos de datos sensoriales que una persona encuentra (Aquino, 1268/1994a, §390, §§601-614; Aquino, 1266/2005c, q. 13; Aristóteles, ca. 350 a. C./2000c, 426b14-427a16). Por ejemplo, la capacidad sintética es capaz de distinguir el brillo de la dulzura, o la sensación de calor de un olor desagradable. Esta actividad es neurológica, no intelectual, en el sentido de que implica una diferenciación de impresiones de sentido discretas, no la diferenciación de estructuras o patrones inteligibles (Aquino, 1268/1994a, §601). Esta actividad de diferenciación puede describirse como una especie de juicio perceptivo negativo o «afirmación» negativa (por ejemplo, lo que sucede cuando se prueba con un terrón de azúcar: «la dulzura del objeto difiere de su blancura») (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000c, 426b22, 428a1; también Aquino, 1268/1994a, §604). Es importante subrayar que esta actividad de la capacidad sintética es preintelectual y prelingüística. El hecho de que las dos sensaciones necesiten ser diferenciadas indica que ambas, aunque sean sentidas a través de capacidades separadas, son captadas en un solo acto de percepción (Aquino, 1268/1994a, §604). Así pues, la capacidad sintética implica de alguna manera una consciencia multisensorial (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000c, 426b22; también Aquino, 1268/1994a, §604). Dado que la función principal de esta capacidad es permitir a la persona percibir diversas propiedades sensibles de forma conjunta, su actividad principal se denomina sintética.

Esta capacidad implica la consciencia de un todo real, que a su vez estructura las propiedades sensoriales discretas como partes. Es, como algunos pensadores observan, un «sentido gestáltico» (de Haan, 2014, p. 404).

Existen formas idealistas y realistas de entender la actividad de la capacidad sintética. La perspectiva idealista interpreta la capacidad sintética como una estructura generada internamente, aplicada a la sensación. Este relato supone que las sensaciones diversas y separadas se sustentan en una estructura psicológica a priori originada, absoluta y enteramente, en el interior del que conoce (Kant, 1787/1996, I, Sección II, Libro I, Capítulo 2, Sección 2, §§15-20 [B129-146]; Libro II, Capítulo 1 [B176-177]).

La perspectiva realista que defiende el Meta-Modelo propone que la capacidad sintética responde a estructuras de sensación existentes en el objeto real, del que se es consciente. En otras palabras, la capacidad sintética no crea la estructura que permite su percepción. La estructura holística que fundamenta la capacidad sintética es en sí misma un objeto de percepción (Aquino, 1259/1954, 15.1 ad 3; Aquino, 1273/1981, I, 1.3 ad 2). En este sentido, la capacidad sintética es receptiva y pasiva, en relación con el todo sensible real que percibe (Aquino, 1268/1994a, §612). No obstante, una vez que la persona percibe la estructura holística de un objeto, esas estructuras se conservan como recuerdos y pueden ser recordadas para facilitar el reconocimiento de este o de objetos similares.

El conjunto real, entonces, que aporta estructura a la actividad de la capacidad sintética, es ontológicamente anterior a la percepción de la capacidad sintética y existe independientemente de esa capacidad. Las condiciones de la realidad (exploradas por la ontología) son previas e independientes de las personas que perciben y conocen la realidad. La razón por la que la capacidad sintética nunca percibe partes opuestas en el mismo conjunto simultáneamente y en el mismo respeto (por ejemplo, nunca se percibe «esta manzana es dulce y no dulce» a la vez) no es porque esto viole las reglas de una lógica estipulada de antemano e impuesta a la consciencia humana (véase Kant, 1787/1996, I, Sección II, Libro II, Capítulo 2, Sección 2 [B195-197]). Más bien, la percepción de tales opuestos simultáneamente no ocurre porque tales opciones coexisten de forma simultánea y en el mismo sentido que las partes de conjuntos ontológicos concretos en la realidad.

No se debe apelar a la falibilidad en la percepción (de nuevo, por ejemplo, la experiencia de la identidad equivocada de otra persona o las ilusiones perceptivas) como motivo para dudar de la capacidad sintética de ponerse en contacto con los verdaderos seres físicos. Una vez más, es necesario observar que se tratar de errores de reconocimiento, que se producen en un nivel de procesamiento más alto (a saber, en la actividad de la capacidad de evaluación, que se examina más adelante), no son errores de la capacidad de síntesis. Es más bien la capacidad sintética la que permite a la realidad corregir más tarde los raros momentos en que la capacidad de evaluación queda sujeta a la ilusión.

Debido a su capacidad de estar en contacto con objetos complejos en la realidad, la capacidad sintética también es capaz de diferenciar los objetos reales de los productos de la imaginación. Esta capacidad puede ejercerse al despertar de un sueño, para diferenciar el contenido de los sueños de las sensaciones reales (Aquino, 1273/1981, I, 84.8 ad 2; Ashley, 2013a, pp. 315 y 316). De esta manera, la capacidad sintética permite a una persona discernir si la estructura holística originada a partir de un aporte sensorial es real o se trata de su imaginación o memoria, es decir, también permite ser conscientes de las diferencias entre realidad y fantasía. No obstante, la evaluación de este contenido también puede desarrollarse a un nivel cognitivo más alto. La capacidad sintética —en los humanos, con la ayuda de niveles de procesamiento más altos— también es capaz de identificar que un sentido primario está operando: en otras palabras, mediante la capacidad sintética se percibe que se ve, o que se oye, o saborea (Aquino, 1273/1981, I, 78.4). Asimismo, la capacidad sintética permite también a una persona percibir que vive (en la medida en que la consciencia de la sensación ya es un indicio de que se está vivo) (Aquino, 1268/1994a, §390).

Las sensaciones de los sentidos primarios se envían al tálamo para su procesamiento y a continuación son procesadas en los cortes sensoriales primarios y secundarios y, por último, en la corteza de asociación, donde la información sensorial se procesa adicionalmente (Stillings et al., 1995, p. 293). La capacidad sintética integra los diversos tipos de datos sensoriales procedentes de los sentidos primarios de forma evocadora del procesamiento y la integración que tiene lugar en la corteza de asociación (Ashley, 2013a, pp. 317 y 318; Ashley, 2013b, p. 167, p. 333; de Haan, 2014, p. 403; Kenny, 1994, p. 34; Macdonald, 2007, pp. 369 y 370; Pasnau, 2002, p. 198; Peghaire, 1943, p. 132; Tellkamp, 2012, p. 611). Nuestra consideración de la actividad integradora de nuestra capacidad sintética comparada con nuestra actividad integradora en la corteza asociativa, se refiere a una cuestión abierta en la neurociencia filosófica (llamada «problema de la unión»), que se refiere a cómo se sintetizan los diversos elementos discretos de la sensación en el cerebro, para producir una experiencia unificada (Kolb y Whishaw, 2009, pp. 17, 263). Es poco probable que nuestra capacidad sintética, entendida en este caso como una integración de las sensaciones, sea procesada por un centro cortical aislado, que tenga la función específica de unir varios tipos de datos sensoriales, debido a que todavía no se ha identificado ningún centro de este tipo en las investigaciones de anatomía neurológica. Más bien, la capacidad sintética, entendida así, comprendería más probablemente una red de conexiones intercorticales que incluyen la corteza de asociación (Kolb y Whishaw, 2009, p. 263). Si asumimos esta perspectiva teórica, la capacidad sintética podría entenderse como una capacidad perceptiva compleja, que depende de una interacción recíproca entre los lóbulos, frontal, parietal, temporal y occipital, en donde se realizarían las funciones de síntesis de impresiones visuales, auditivas y táctiles discretas.

Algunos pensadores afirman asimismo que, debido a su función integradora, la capacidad sintética debería identificarse como una consciencia básica, sensibilidad o consciencia animal (Peghaire, 1943, p. 123). La palabra «consciencia» puede ser tratada de esta forma ampliamente, como un sinónimo de «cognición» en el significado más general de la palabra (Ashley, 2013b, p. 154). La palabra «consciencia» también puede ser usada más estrictamente como sinónimo de «sintiencia», es decir, consciencia animal básica o sensibilidad (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000c, 427a16; sobre esta forma de conocimiento de los sentidos en contraste con el conocimiento intelectual, véase Aquino, 1273/1981, I, 85.3). La consciencia, tal y como se entiende bajo la perspectiva realista actual, no se reduce solo a un producto epifenoménico de la actividad cerebral (Kolb y Whishaw, 2009, p. 652).

Con respecto a nuestra consciencia básica, la consideración de la capacidad sintética se relaciona de nuevo con una cuestión abierta en la neurociencia filosófica, a saber, el problema de la identificación de los correlatos neuronales de los fenómenos conscientes elementales. Tal y como hemos señalado anteriormente, si la capacidad sintética (asociada a una red de conexiones intercorticales) es una capacidad perceptiva-cognitiva compleja que permite una experiencia sensorial unificada e integrada, entonces esta capacidad se correlaciona con —o es— la consciencia o el conocimiento básico (Goldstein, 2010, p. 39). Esta forma elemental de consciencia es distinta, y no se reduce a los procesos biológicos y materiales de la sensación primaria que integra. En el presente análisis, podríamos ir más allá y proponer que la consciencia básica, tal y como la describimos aquí, es cualitativamente distinta de los correlatos neurobiológicos asociados con su propia actividad (sobre la consciencia básica, véase Vitz, 2017). A la vez, esta consciencia básica constituye una expresión de la unidad de la experiencia de los animales. En lo que respecta a los seres humanos, recientes estudios en neurociencia consideran que las resonancias magnéticas realizadas a pacientes comatosos sugieren que la red neuronal asociada con la consciencia básica puede incluir una pequeña región del tronco encefálico (el tegmento pontino dorsolateral) y dos regiones corticales (la ínsula central anterior y el córtex del cíngulo anterior) (Fischer et al., 2016). A este respecto, la corteza insular y la corteza cingulada también podrían participar en la red de conexiones intercorticales que involucran a la corteza de asociación estudiada anteriormente.

La consciencia o la consciencia animal no implican necesariamente la autoconsciencia (Ashley, 2013b, p. 152). Esto es evidente cuando entendemos el tipo básico de consciencia como una especie de reflectividad de objetos percibidos (Wojtyła, 1979, pp. 31-34). Pero la consciencia, interpretada como un espejo quedaría incompleta si se considera solo en sí misma, sin su orientación hacia los objetos percibidos (Wojtyła, 1979, p. 38). Un espejo no se refleja a sí mismo; refleja objetos que son ontológicamente distintos del propio espejo. Así pues, la percepción de la consciencia de uno mismo (autorreflexión o conocimiento de sí mismo) pertenece a una capacidad diferente, que está vinculada al lenguaje (Wojtyła, 1979, pp. 36 y 304, nota final 17; en cuanto a la consciencia de sí mismo y el lenguaje [qualia 2], véase Vitz, 2017; también el capítulo 6, «La persona como capas integradas»). Mientras que la consciencia general de los animales incluye la consciencia de sus sensaciones fisiológicas interoceptivas (como el dolor), la consciencia de uno mismo es algo más que la mera consciencia de la percepción (que es la actividad de la capacidad sintética como se ha descrito anteriormente, por ejemplo, percibir que uno está viendo u oyendo). Más bien, la autoconsciencia implica la percepción de uno mismo como el agente que está percibiendo (Ashley, 2013b, pp. 195 y 196). No obstante, esta actividad en particular no tiene por qué interpretarse como algo totalmente irrelevante. La neurociencia contemporánea, por ejemplo, ha identificado la corteza prefrontal media como operativa en los ejercicios cognitivos que implican la autorreferencia (Heatherton et al., 2006, p. 18; Pfeifer, Lieberman y Dapretto, 2007, p. 1324).

CAPACIDAD DE MEMORIA

Las impresiones sensoriales individuales de primer nivel, originadas en los sentidos primarios, así como las de segundo nivel, originadas por la capacidad sintética, se almacenan y recuerdan mediante la capacidad de memoria (Aquino, 1266/2005c, q. 13). La memoria que consideramos aquí es una capacidad perceptivo-cognitiva de orden superior que implica actividad neurológica. Nuestra presentación, siempre que no indiquemos lo contrario, considerará la simple memoria, que es similar en muchos aspectos a la que se encuentra en los animales superiores. Esta memoria sensorial-perceptiva es diferente, y a un nivel inferior, que la memoria intelectual, es decir, la memoria no material, que pertenece al intelecto del alma y que puede subsistir sin el cuerpo (capítulo 8, «Plenitud personal», y capítulo 15, «Racional»; véase asimismo Aristóteles, ca. 350 a. C./2000c, 430a18; con respecto a la memoria intelectual, véase Aquino, 1273/1981, I, 79.6-7; Aquino, 1259/1954, 10.2, especialmente el anuncio 1). Nuestras consideraciones se centrarán únicamente en esta capacidad de almacenamiento y recuperación sensorial-perceptiva, basada en correlatos neuronales y no en la memoria que pertenece a la capacidad superior del intelecto, que trasciende dichos correlatos neuronales.

El acto de recordar implica una consciencia básica de revivir conscientemente una percepción pasada (lo que incluye una «reactivación» de las vías neuronales asociadas al recuerdo). Se puede llegar a decir que, de alguna manera, esa revitalización también implica la reactivación de la consciencia pasada; esto explica los desconcertantes síntomas psicológicos asociados con la reexperimentación de eventos de trauma o de vergüenza intensa (Keyes, Underwood, Snyder, Dailey y Hourihan, 2018; Linley y Joseph, 2004; Schore, 2002; Sokolowski, 2000, p. 68, p. 71). Al considerar la memoria debemos diferenciar entre la memoria a corto plazo y la memoria a largo plazo (Kolb y Whishaw, 2009, pp. 434, 513-518; Stillings et al., 1995, pp. 40 y 41). Asimismo, es posible diferenciar entre recuerdos explícitos e implícitos: mientras que un recuerdo explícito es un recuerdo consciente de un acontecimiento experimentado, el recuerdo implícito se ejemplifica a través de una respuesta espontánea a una percepción (Kolb y Whishaw, 2009, p. 493; Siegel, 2012, pp. 88 a 90). Esas respuestas pueden producirse de maneras que la persona desconozca (por ejemplo, una persona puede temer espontáneamente un hospital, solo con verlo, pero sin entender por qué). La memoria implícita también se ejemplifica mediante una habilidad o hábito adquirido, que analizaremos más tarde cuando tratemos las disposiciones cognitivas (Kolb y Whishaw, 2009, p. 493, p. 705). Frecuentemente, asociados con recuerdos implícitos también puede haber recuerdos explícitos, entrelazados con las respuestas emocionales (Bear, Connors y Paradiso, 2007, p. 582; Siegel, 2012, pp. 88 a 90). Los recuerdos explícitos dependen de un circuito neuronal que involucra el hipocampo, la corteza rinal, en el lóbulo temporal, y la corteza prefrontal en el lóbulo frontal, mientras que los recuerdos implícitos dependen por completo de la neocorteza y de las estructuras dentro de los ganglios basales (Kolb y Whishaw, 2009, p. 499, p. 510).

CAPACIDAD IMAGINATIVA

Las percepciones de la capacidad sintética, junto con sus sensaciones constitutivas, se conservan a través de una capacidad perceptiva diferente llamada imaginación (Aquino, 1273/1981, I, 78.4). Esta capacidad, de orden superior, permite a una persona producir copias mentales o réplicas de sensaciones y percepciones. Estas réplicas pueden entonces ser percibidas a su vez (como, por ejemplo, cuando uno evoca una imagen mental de un árbol ante su «ojo interno» después de haber visto un árbol real con sus ojos corporales). Tales réplicas son parecidas a las «semejanzas» residuales de las experiencias primarias, similares a la impresión de una imagen dejada en la cera o un boceto de un objeto (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000a, 450a31). A veces se han denominado «fantasmas» (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000c, 428a1). En este caso, las llamaremos «imágenes mentales» (con la salvedad de que este término también lo usaremos para denotar sonidos, gustos, olores y sensaciones táctiles replicadas, así como objetos completos captados por la capacidad sintética).

Es la capacidad sintética que percibe una imagen mental producida por la imaginación (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000a, 450a10-11). Cuando la consciencia de la capacidad sintética percibe una imagen mental como su objeto, la imagen es débil y se debilita en comparación con la percepción de un objeto real (Aristóteles, ca. 350 a. C./1994, 1370a29). A la vez, tales réplicas pueden ser tan eficaces como realidades presentes, para provocar el afecto en una persona (como el deseo o la aversión) (Aquino, 1268/1994a, §669). Elementos de objetos previamente percibidos (como por ejemplo, el oro o las alas de una estatua de un ángel) pueden ser retenidos en la propia capacidad imaginativa. La capacidad imaginativa permite a las personas combinar los elementos retenidos en nuevos diseños. De esta manera, es posible construir combinaciones totalmente imaginarias (como un centauro o un caballo alado) (Aquino, 1273/1981, I, 78.4). Mientras que la función retentiva de la capacidad imaginativa es común a todas las personas y otros animales, esta función combinada constituye una capacidad humana única (Wolfson, 1935, p. 122).

La imaginación se caracteriza adecuadamente como una capacidad perceptiva de orden superior y no como un sentido primario, ya que puede activarse cuando las realidades sensibles ya no están físicamente presentes: las imágenes mentales pueden ser recordadas por una persona después de que la sensación primaria haya cesado (como ocurre en los sueños) (Ashley, 2006, p. 205). No obstante, tal como hemos mencionado anteriormente, las sensaciones de los sentidos primarios nunca son falsas (consideradas estrictamente en orientación a propiedades sensibles específicas), aunque las síntesis de la imaginación pueden ser falsas al contrastarlas con la realidad (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000c, 428a5-13, 428b18; véase también Aquino, 1268/1994a, §§641-647, §661; Frede, 2001, p. 163).

Así como la imaginación difiere de los sentidos primarios, también su modo de combinar las imágenes mentales retenidas difiere de la actividad de otras capacidades humanas, como la capacidad de formar opiniones. La formación de fantasías imaginativas puede implicar una especie de juego libre de invención (Aquino, 1268/1994a, §633). Mientras que la imaginación y la capacidad cognitiva, que forman las opiniones, producen combinaciones que son verdaderas o falsas en comparación con la realidad, una opinión que alcance el estatus de creencia implica, por parte de la persona, llegar a la convicción de su verdad mediante un proceso de razonamiento. Por el contrario, la formación de combinaciones imaginativas no presupone un proceso de razonamiento. Esto es evidente debido al hecho de que los animales distintos de los humanos pueden poseer algún tipo de capacidad imaginativa básica, pero carecen tanto de la capacidad de combinar imágenes de forma original como de razonar (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000c, 428a19-25; también Aquino, 1268/1994a, §§649-650).

La capacidad imaginativa de la persona también puede diferenciarse de su memoria. Es útil esbozar esta diferencia, ya que la imaginación y la memoria se confunden fácilmente (Sokolowski, 2000, p. 69). El enfoque filosófico contemporáneo distingue estas dos capacidades a través de un análisis fenomenológico (es decir, mediante una consideración introspectiva de las realidades a la luz de cómo se experimentan). Este análisis yuxtapone el modo de consciencia que opera cuando una persona está enfocada hacia un objeto presente (lo que podría llamarse atención perceptiva) con el modo de consciencia presente cuando la persona está enfocada en la consciencia interior, como son los recuerdos o las fantasías (Sokolowski, 2000, pp. 71 a 75; Sokolowski, 2008, pp. 140 y 141). Asimismo, el modo de consciencia operativa cuando una persona está enfocada a los productos de su imaginación es diferente del modo de consciencia presente, cuando la persona está enfocada en sus recuerdos. La imaginación cumple la función de representar realidades para la consciencia, mientras que la memoria recuerda percepciones almacenadas, de realidades pasadas (Sokolowski, 2000, p. 67).

Otra diferencia entre la imaginación y la memoria es el realismo asociado a las percepciones almacenadas en nuestra memoria. En personas psicológicamente sanas, la certeza suele estar ausente en cuanto a la afirmación de la realidad de los productos de su imaginación (Sokolowski, 2000, p. 71). Solo un realismo muy limitado puede aumentar la capacidad imaginativa. Así se produce cuando fantaseamos con posibles futuros, que podrían ocurrir. Si bien esas proyecciones imaginativas hacia el futuro pueden permitir a la persona tomar decisiones, el temor a posibilidades meramente imaginarias también puede provocar una ansiedad infundada (Sokolowski, 2000, pp. 73 y 74).

Es necesario realizar una observación final sobre la relación entre la imaginación y la salud mental. Cuando una persona se encuentra sana, su intelecto regula el uso e influencia de su capacidad imaginativa. En otras palabras, el uso activo del poder de combinación de la imaginación (para producir una imagen compuesta que afecte de alguna manera a la persona) se encuentra siempre en las personas sanas subordinado a su intelecto y su volición (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000c, 427b19; también Aquino, 1268/1994a, §633). No obstante, la capacidad imaginativa puede convertirse en una influencia predominante sobre una persona en momentos de enfermedad, sueño, enfermedad psicológica grave, o durante la aparición de fuertes pasiones como la ira (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000c, 429a7-9; también Aquino, 1268/1994a, §670). Con respecto a este punto, sería útil observar la conexión entre la imaginación y las respuestas emocionales a los estímulos. Trataremos este tema en el próximo capítulo.

CAPACIDAD DE EVALUACIÓN

La capacidad de evaluación elemental, o básica, se encuentra en el nivel más alto de procesamiento sensorial-perceptivo. En este nivel superior, la capacidad de evaluación puede ejercer una influencia descendente (de arriba abajo), tanto en la imaginación como en la capacidad de síntesis. En los seres humanos, esta capacidad interactúa con su capacidad intelectual, que es aún más elevada, pero también distinta a ella (la capacidad de evaluación se denomina a veces capacidad «cognitiva»: véase Klubertanz, 1952). Las investigaciones sobre la naturaleza y funcionamiento de esta capacidad es un área actual de investigación, que se beneficiará enormemente del esfuerzo de integración de la filosofía con las ciencias psicológicas (especialmente en relación con la teoría y la terapia cognitivas) (Ashley, 2013c, pp. 290-291).

En la mayoría de los animales superiores podemos encontrar una capacidad de evaluación similar, obtenida mediante una estimación instintiva. Considérese, por ejemplo, la atracción de un pájaro por la comida o la inclinación natural de una oveja por evitar los lobos (Aquino, 1273/1981, I, 78.4; Ashley, 2013b, pp. 171 a 173; Ashley, 2013c, p. 291). Esta capacidad, en los animales es activada a través de impresiones sensoriales individuales, que producen evaluaciones automáticas e instintivas. Estas evaluaciones surgen sin deliberación por parte del animal (Aquino, 1259/1954, 24.2; Cates, 2009, p. 114). Por ejemplo, un animal puede, por instinto, evitar un depredador dañino. A este respecto, ciertos animales también manifiestan una especie de inteligencia animal cuando llegan a juicios evaluativos correctos (Aquino, 1268/1994a, §629; Aquino, 1272/1993, §1215; Aquino, 1269/2005a, Capítulo 1, p. 184; Aquino, 1259/1954, 24.2, 25.2; para el ejemplo de la inteligencia de los delfines, véase Bearzi y Stanford, 2010; MacIntyre, 1999, pp. 21 a 28; Pryor y Norris, 1991). Esos juicios pueden, en animales superiores, implicar la evaluación de los medios más adecuados para obtener los fines deseados (por ejemplo, los delfines, cuando cazan peces para alimentarse pueden cambiar su curso de acción cuando un intento inicial resulta infructuoso) (MacIntyre, 1999, pp. 25 y 26).

La capacidad de evaluación en los humanos es mucho más compleja. Esta capacidad es «evaluativa» en el sentido de que permite a las personas discernir y evaluar los objetos de su consciencia, por ejemplo, «este animal debe ser evitado» (hostil) o «este animal se aproxima» (amable) (Aquino, 1259/1954, 25.2; Cates, 2009, p. 120). Esta evaluación puede entrañar ciertas reacciones que se producen sobre la base de las inclinaciones naturales (por ejemplo, la inclinación natural a la autopreservación se manifiesta a través del deseo de amamantar que se encuentra en los mamíferos). Pero la capacidad de evaluación en los humanos se desarrolla a medida que transcurre el tiempo. Los niños, por ejemplo, suelen ser incapaces de evaluar de manera adecuada el beneficio o daño posible de la mayoría de los objetos que les rodean. Esto se debe a que las inclinaciones naturales de las personas son, en gran medida, indeterminadas con respecto a su realización en actividades prácticas (por ejemplo, se puede experimentar una inclinación natural a satisfacer el hambre, pero no saber con certeza si una determinada sustancia puede consumirse como alimento o no); las aplicaciones específicas de inclinaciones naturales generales son siempre posteriores a la educación (cultura) y a la adquisición de experiencias de vida; este conocimiento se aplica en la actividad práctica a medida que se va desarrollando la capacidad de evaluación (Ashley, 2006, pp. 433 y 434; Ashley, 2013c, p. 291). La neurociencia contemporánea observa que esta capacidad de evaluación perceptiva, en particular, involucra la región prefrontal del lóbulo frontal del cerebro (Kolb y Whishaw, 2009, p. 430). De acuerdo con la constitución neurológica de esta capacidad, su uso y realización varía de una persona a otra, al igual que las diferencias fisiológicas (Aquino, 1265/2001, 75.16).

Las funciones de la capacidad de evaluación humana pueden clasificarse en tres categorías principales: reconocimiento, valoración y recuerdo. Con respecto al reconocimiento, la capacidad de evaluación trabaja «comparando y contrastando» formas particulares. Por ejemplo, para identificar a un individuo cuando la persona reconoce a un amigo entre una multitud de personas (Aquino, 1266/2005c, q. 13). El proceso de reconocimiento de la capacidad de evaluación también puede funcionar de manera discursiva, incluyendo una serie de operaciones mentales como el interrogatorio, la comparación y la memoria de referencia (Aquino, 1964, §1255; Aquino, 1272/1993, §1255; Peghaire, 1943, pp. 137-138). Estas operaciones permiten una especie de análisis de un objeto sensible presente y de sus propiedades. Este análisis recurre a las memorias almacenadas con el propósito de juzgar su correspondencia, igualdad, diferencia y similitud. Este proceso se produce, por ejemplo, cuando la persona compara un objeto presente, captado a través de capacidad de síntesis (consciencia), con un recuerdo. Mediante la aplicación y comparación de recuerdos con tales objetos, la persona es capaz de juzgar si el individuo actual es igual, diferente o similar al del recuerdo. Cuando se juzga que la realidad presente es la misma que la que se conserva en la memoria almacenada, se produce un acto de reconocimiento: «esta cosa o persona en particular me es conocida». La capacidad de evaluación puede entenderse, por lo tanto, como la que permite captar el carácter único de un objeto individual, como esta persona, o este juguete (Aquino, 1268/1994a, §396, §398). Existe una importante diferencia entre la capacidad de evaluación y la capacidad sintética (consciencia): la capacidad sintética integra sensaciones discretas en la experiencia unificada de la consciencia, mientras que la capacidad de evaluación recuerda el afecto (las emociones) y la cognición relacionada con los objetos presentes mediante la referencia a la memoria.

Ciertos animales superiores también son capaces de reconocer e identificar objetos y personas individuales (MacIntyre, 1999, pp. 27, 41). Pero la capacidad de evaluación es una capacidad más desarrollada en los humanos, permitiéndoles reconocer las características distintivas de otras personas. Mediante esta capacidad, la persona es capaz de comprender quién es la otra persona —que podría ser, por ejemplo, un hermano o primo— basándose en propiedades de nivel superior. Podría ser como referirse a la «socrateidad» de Sócrates (Aquino, 1266/1932, q.8 a.3). Otra utilización distintiva de la capacidad de evaluación por parte de los humanos es el reconocimiento de lo que constituye un objeto o cosa individual (por ejemplo, reconocer a Sócrates como un hombre, es decir, como humano) (Aquino, 1268/1994a, §398; Black, 2000, pp. 67-68).

Asimismo, la capacidad de evaluación de una persona no solo separa las percepciones individuales entre sí mediante un proceso de comparación (por ejemplo, percibiendo a una persona como perjudicial y a otra como útil), sino que también puede sintetizar conjuntamente las percepciones individuales (Aquino, 1259/1954, 10.5; Aquino, 1265/2001, 73.14; Peghaire, 1943, p. 137) (por ejemplo, cuando se percibe que una persona es peligrosa pero a la vez se percibe que está contenida). Se trata de una síntesis de percepciones, no de una síntesis de sensaciones (esta última se produce por medio de la consciencia, o de la capacidad de síntesis, tal y como se ha señalado anteriormente). En esta actividad sintética, la capacidad de evaluación es similar a la de la imaginación.

Con respecto a la valoración, la capacidad evaluativa, mediante una síntesis de percepciones se es capaz de formar un juicio de valor (por ejemplo, «esta herramienta será útil para mi proyecto») (Aquino, 1266/2005c, q. 13; Ashley, 2006, p. 205; Ashley, 2013b, p. 171). No obstante, mientras que las síntesis perceptivas de nivel inferior (consciencia) no están sujetas a falibilidad, el proceso evacuativo es falible, como se evidencia cuando alguien identifica erróneamente una realidad presente, o cuando una persona toma decisiones basándose en juicios falsos en relación con asuntos individuales (por ejemplo, «debo huir ya que este hombre me persigue», cuando en realidad no existe ninguna persecución). Se puede juzgar erróneamente la realidad con respecto a cualquier función de evaluación (por ejemplo, en el caso de una identidad equivocada o de personas que sufren delirios). Aunque siempre es necesario juzgar con precaución debido a que el juicio puede ser erróneo, esta observación no justifica necesariamente la adopción de una epistemología de la duda universal (Maritain, 1932/1995, p. 82).

La capacidad de evaluación dispone de su propia estructura única, en la que se basa el proceso de evaluar objetos (por ejemplo, «esta sustancia es perjudicial» o «esa herramienta me es útil»). No se deriva de los sentidos primarios ni de la capacidad de síntesis (consciencia básica) (Aquino, 1273/1981, I, 78.4, 81.2 ad 2; Allers, 1941b, pp. 212-213; Peghaire, 1943, p. 133; Gasson, 1963, p. 9). Asimismo, aunque la capacidad sintética permite diferenciar lo dulce de lo caliente, no permite valorar en qué medida un objeto percibido es útil. Tal y como podemos observar en los animales, la percepción evaluativa de la utilidad puede provenir de una reacción instintiva a un objeto de la consciencia (como cuando un pájaro reacciona a la paja y la utiliza para construir un nido). No obstante, en los seres humanos, la percepción del valor de la capacidad de evaluación puede ser el resultado de un proceso de investigación y deliberación de mayor nivel (Aquino, 1266/2005c, q. 13; Aquino, 1266/1953, a.13, p. 330).

Mediante las actividades de reconocimiento de individuos y la evaluación de estos, la capacidad de evaluación puede desencadenar una reacción afectiva posterior, como respuesta a la identificación de un individuo que se ha reconocido (Aquino, 1273/1981, I, 81.3). Por ejemplo, el reconocimiento de un cuidador puede desencadenar una simple reacción afectiva positiva (Siegel, 2012, pp. 88 a 90). En los animales se producen respuestas similares al reconocer a sus cuidadores. De una manera más compleja, una persona puede quedar agradecida por un trabajo determinado, que realiza en busca de unos ingresos previstos que le debería aportar (Ashley, 2013b, p. 178). No obstante, tal y como se ha señalado previamente, las evaluaciones de los objetos detectados también pueden surgir de la imaginación (Aquino, 1273/1981, I, 81.3 ad 2). La imaginación, por lo tanto, también puede provocar una reacción afectiva como respuesta a un objeto (ya sea una realidad presente o una fantasía).

Otra función de la capacidad de evaluación es facilitar el recuerdo de una percepción almacenada en la memoria. Este procedimiento de evaluación se suele denominar «recuerdo» o «reminiscencia» (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000a, 451a18; también Aquino, 1269/2005a, p. 184; Aquino, 1273/1981, I, 78.4; Aquino, 1266/2005c, q. 13). El recuerdo difiere de la recuperación de un recuerdo (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000a, 451a20-21, 451b8). El recuerdo consiste en un proceso discursivo mediante el cual recuperamos las cogniciones previas para conseguir un propósito (tales cogniciones pueden ser una sensación de un sentido primario o una percepción de orden superior), como cuando, ante varias opciones, recordamos el camino más seguro para volver a casa (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000a, 451b2-5; también Aquino, 1269/2005a, pp. 208 y 209).

Bajo la tradición aristotélica, la capacidad de evaluación se denomina «intelecto pasivo» (Aquino, 1265/2001, 60.1), término que no emplearemos aquí. En cambio, nos referiremos a ella como una cognición de orden superior, que tiene alguna similitud y alguna interacción con la capacidad intelectual. Ambas capacidades aprehenden objetos que solo están relacionados incidentalmente con los objetos de sensación primaria (Aquino, 1268/1994a, §396; Lisska, 2007, pp. 6-7). No obstante, la capacidad de evaluación se puede diferenciar de la capacidad intelectual, de varias maneras. En primer lugar, la capacidad de evaluación es una capacidad orgánica y neurológica, mientras que la capacidad intelectual es inmaterial (Tellkamp, 2012, p. 627; Vitz, 2017). Esta diferencia lleva a observar una diferencia en el funcionamiento: la capacidad de evaluación conoce la realidad mediante la comparación de percepciones particulares de realidades concretas, mientras que la capacidad intelectual conoce la realidad mediante la comparación de patrones universales, inteligibles, que están separados de la materia (Aquino, 1273/1981, I, 78.4; Aquino, 1265/2001, 60.1).

Una segunda diferencia entre la capacidad de evaluación y la capacidad intelectual es que la capacidad de evaluación cumple una función preparatoria para el intelecto, al proporcionar imágenes mentales de la imaginación y la memoria (Aquino, 1265/2001, 60.1, 73.16, 73.28, 81.12; Lonergan, 1997, p. 184). Esas imágenes mentales se almacenan en la imaginación y la memoria, pero no se almacenan en el intelecto (Aquino, 1265/2001, 73.14; Barker, 2012a, p. 218). En otras palabras, las imágenes mentales se originan en fuentes fisiológicas y neurológicas y se conservan en estructuras neurológicas (a saber, en la memoria y la imaginación) (Aquino, 1273/1981, I, 89.1; Aquino, 1265/2001, 81.12; Cohen, 1982, p. 201; Egnor, 2017).

Una característica común a la capacidad de evaluación y la capacidad intelectual es que, así como la capacidad de evaluación actúa e influye en nuestras emociones (en la medida en que las funciones corticales superiores pueden superponerse al sistema límbico), nuestra capacidad intelectual actúa e influye sobre nuestra capacidad de evaluación (Aquino, 1273/1981, I, 81.3 y 78.4 ad 5; Cates, 2009, p. 116). Debido a que la capacidad evaluativa (que es una inclinación ascendente, de abajo hacia arriba) se ve afectada por la capacidad intelectual (influencia descendente, de arriba hacia abajo), la capacidad de evaluación puede entenderse como «participante» en la dimensión no material de la persona y la razón (Aquino, 1273/1981, I, 78.4; Aquino, 1268/1994a, §397; Pasnau, 2002, p. 254). Con respecto a este punto, la capacidad de evaluación reconoce lo que es un individuo, es decir, la naturaleza común de una cosa. La capacidad de evaluación, sustentada así por el intelecto, puede influir en la interpretación que se da a los sentidos primarios (por ejemplo, cuando se particulariza la comprensión universal que se tiene de la «humanidad» y se combina con la percepción individual de «Sócrates», como ejemplo de humanidad). La capacidad de evaluación sirve así para instanciar el conocimiento universal almacenado en nuestra memoria intelectual. De esta manera, una persona puede reconocer a Sócrates, tanto como «Sócrates», como «humano», tal y como hemos señalado anteriormente (Aristóteles, ca. 350 a. C./1997, 100b2; también Aquino, 1272/1970, II.20, p. 239; Lonergan, 1997, p. 43; véase también Aristóteles, ca. 350 a. C./2005, 184a25; Aquino, 1269/1999, I.1, §§9-11).

No obstante, el reconocimiento por parte de la capacidad de evaluación de lo universal (humanidad) en lo particular (Sócrates) no implica que la capacidad de evaluación conozca la naturaleza universal como tal, separada e independiente de los objetos particulares (Peghaire, 1943, p. 140). Más bien, la capacidad de evaluación media entre patrones universales que son inteligibles a la capacidad sintética (consciencia básica) de una forma que siempre particulariza e individualiza (Aquino, 1259/1954, 10.5 ad 4; Aquino, 1273/1981, I, 20.1 ad 1 y 81.3; Ashley, 2013c, p. 291). Por ejemplo, cuando una persona sabe, mediante su intelecto y de forma «universal», que el curry es siempre sabroso (dado que todas las cosas son iguales), cuando su capacidad sintética reconoce que esa cosa individual presente es curry, su capacidad de evaluación evalúa una realidad presente a la luz de su conocimiento previo «universal». De este modo, se reconoce una propiedad común, «salado», como presente en este objeto individual. La capacidad de evaluación media entre el nivel más alto de reconocimiento sensorial-perceptivo y la actividad intelectual no material.

La capacidad de evaluación desempeña un papel similar cuando se trata de mediar juicios éticos universales en situaciones concretas (por ejemplo, no se debe robar este artículo actual a su propietario, ya que en general es inmoral robar) (Allers, 1941a, p. 106; Aquino, 1273/1981, I, 86.1 ad 2; Pasnau, 2002, pp. 254 y 255). Por esta razón, se entiende también por capacidad de evaluación la capacidad humana que sirve para la deliberación necesaria cuando se toma una decisión ética sobre una acción determinada (en esto podemos ver la interacción entre la deliberación, el recuerdo y la comparación de las cosas individuales) (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000a, 453a13-14; también Aquino, 1269/2005a, p. 230). A este respecto, la capacidad de evaluación puede desarrollarse a través de la virtud de la sabiduría práctica (Aquino, 1273/1981, IIII, 49.2). Al igual que en el caso de la aplicación de juicios éticos universales, la capacidad de evaluación también se aplica sobre las expectativas generales de la previsión humana en circunstancias particulares («está nublado fuera y oigo truenos; por lo tanto, esto significa normalmente que lloverá, así que debo evitar un camino sujeto a inundaciones») (Aquino, 1259/1954, 10.2 ad sc 4).

Las diferentes funciones de la capacidad de evaluación y de la capacidad intelectual producen una distinción notable en la epistemología, que tiene una importancia metodológica, a saber, producen una distinción entre el conocimiento experiencial y la intelección (Aquino, 1271/1926, §18; Aquino, 1272/1995, §18; Barker, 2012b, p. 61). El conocimiento experiencial implica un compromiso atento con las realidades sensoriales-perceptivas-cognitivas individuales y la observación de estas (Aquino, 1273/1981, I, 114.2; Barker, 2012b, p. 46). Por el contrario, la intelección se produce cuando la persona capta y comprende una naturaleza universal (como la humanidad). La actividad de cualquier capacidad humana se produce de acuerdo con una estructura derivada de la realidad. Dicha estructuración se produce a cada nivel jerárquico de actividad (sensación, percepción y comprensión). De esta manera, así como la sensación de una capacidad sensorial se produce de acuerdo con una impresión sensorial, de la misma forma la percepción de una capacidad perceptiva de orden superior implica una estructura holística propia, que puede almacenarse en la memoria y, de la misma forma, la comprensión de la capacidad intelectual se produce de acuerdo con su propia estructura distintiva (Aquino, 1273/1981, I, 84.4 y 85.1).

En contraste con el intelecto, que conoce a través de patrones universales inteligibles, separados de los objetos materiales, una menor capacidad de evaluación permite a un conocedor tener solamente un conocimiento experimental de una comunalidad concreta, que se discierne como presente en numerosas percepciones de la misma cosa, evento o persona (Aquino, 1272/1970, II.20, p. 237; Aquino, 1272/1995, §17; Barker, 2012b, pp. 57 a 63). Esta comunalidad concreta, conocida por su menor capacidad evaluativa, es inseparable de las percepciones sensoriales particulares en las que se encuentra.

Se dice de forma adecuada que una persona «comprende» solo en virtud de su intelecto, que considera la realidad mediante patrones inteligibles universales (Aquino, 1265/2001, 73.15). Aunque las comparaciones realizadas durante el proceso de evaluación pueden permitir actos posteriores de comprensión o percepción que son estrictamente no materiales, la capacidad de evaluación siempre permanece centrada en distintos objetos concretos (Lonergan, 1997, p. 56); siempre está orientada y fundamentada en cosas individuales particulares (p. 53). En los siguientes escenarios puede encontrarse un ejemplo que contrasta el conocimiento experiencial e intelectual: utilizando su capacidad de evaluación propiamente humana, un médico observa que una cierta medicina es un factor común que curó a un grupo particular de pacientes de una dolencia. Mediante su intelecto, ese mismo médico juzga que esta medicina curará —universalmente hablando— a los pacientes y a cualquier persona que sufra de esa dolencia, en igualdad de circunstancias (Aquino, 1272/1970, II.20, p. 237). Estos dos tipos de procesamiento cognitivo son distintos y operan a diferentes niveles de conocimiento. No obstante, también están relacionados, en el sentido de que el nivel inferior contribuye a la actividad del nivel superior: así como el conocimiento experimental de la capacidad de evaluación de una comunalidad concreta depende de la integración de muchas percepciones (recuerdos e imágenes mentales), el conocimiento universal del intelecto mediante un patrón inteligible separado depende de la integración de muchos casos de conocimiento experimental (Aquino, 1273/1981, I, 58.3 ob 3.; Aquino, 1272/1995, §18; Aristóteles, ca. 350 a. C./1997, 100a4; Aristóteles, ca. 350 a. C./2003, 980b28).

Solo cuando el intelecto comprende un universal completo, los principios de las artes y las ciencias pueden establecerse plenamente en la mente humana (Aquino, 1272/1970, II.20, p. 237; Aristóteles, ca. 350 a. C./1997, 100a4-100b4; véase también Aquino, 1265/2001, 60.12-14). La percepción evaluativa de una comunalidad es «casi lo mismo» que la intelección a través de un universal; las percepciones evaluativas, de hecho, pueden permitir a la persona conseguir un éxito general en las actividades prácticas (Aquino, 1272/1995, §17). Esto es evidente en el caso de personas que disponen de un conocimiento experiencial de primera mano (sin haber estudiado la ciencia relacionada) y tienen éxito en sus actividades prácticas, mientras que otras personas que no disponen de un conocimiento experiencial de primera mano pueden fracasar, aunque hayan estudiado esa ciencia extensamente. (Aquino, 1272/1995, §20, §22). No sería erróneo comparar la capacidad intelectual y la capacidad de evaluación de uno de la misma manera que se podría comparar la teoría y la praxis, la ciencia y la aplicación, la contemplación filosófica y la vida moral activa.

En este punto, se es más capaz de entender cómo el intelecto depende de la capacidad de evaluación y también cómo la capacidad de evaluación prepara las imágenes mentales para la consideración por el intelecto: la capacidad de evaluación prepara imágenes mentales cuando gracias a su función de reconocimiento discierne características particulares comunes a múltiples percepciones y experiencias. Una vez que una persona, gracias a su capacidad de evaluación, reconoce que existe un rasgo común, presente en múltiples percepciones de la misma realidad, puede utilizar su intelecto para aislar esa característica común y considerar la estructura o patrón inteligible en sí, de forma independiente a la percepción y sensación. Es así como se llega al punto clave del conocimiento humano natural. No obstante, el intelecto de la persona, en el caso de esta función, sigue dependiendo de la actividad preparatoria inicial de su capacidad de evaluación (del mismo modo que la capacidad de evaluación depende de la memoria y la imaginación de la persona, y estas capacidades de percepción dependen a su vez de los sentidos corporales). Es importante observar que las diferentes preparaciones de imágenes mentales (reconocimiento de los diferentes comunalidades) conducen necesariamente a diferentes actos de comprensión (Aquino, 1273/1981, II-II, 173.2; Lonergan, 1997, p. 184). Por lo tanto, las variaciones en la percepción evaluativa conducen a diversas perspectivas, diferencian las ciencias y dan base a diversas visiones del mundo.

En resumen, mediante la interacción de la capacidad de evaluación y el intelecto, se puede considerar la aplicación de principios universales a casos particulares, al igual que cuando se utiliza la imaginación para pensar en un triángulo singular, que se ajuste a principios geométricos universales, o cuando imaginamos un objeto en movimiento que se comporta de acuerdo con los principios universales de la física, o cuando imaginamos, en el ámbito interpersonal, un acto de abnegación conforme a la vocación universal de los cónyuges en el matrimonio (Aquino, 1272/1993, §1214; Ashley, 2006, p. 205).

DISPOSICIONES COGNITIVAS

Las capacidades sensoriales-perceptivas-cognitivas pueden formarse y desarrollarse mediante acciones repetidas. La capacidad de síntesis, por ejemplo, puede ser condicionada para adquirir habilidad en la diferenciación de grados, matices de color o sabores (Aquino, 1272/1993, §1215). En el caso de la capacidad evaluativa ocurre un proceso similar. A través de evaluaciones recurrentes de las percepciones, de respuestas conductuales similares y de operaciones evaluativas repetidas, la persona desarrolla gradualmente diversas disposiciones. Algunas disposiciones inclinan a la persona a actuar de manera ordenada, lo que contribuye a conseguir su realización personal, o, por el contrario, a actuar de manera desordenada, lo que aleja a la persona de la salud y la vida correcta (capítulo 14, «Emocional»). Por ejemplo, en una sala de urgencias un médico joven puede sentir repulsión inicialmente por la vista de lesiones graves. No obstante, con la experiencia, esas repulsiones suelen desvanecerse, y el médico puede evaluar y ofrecer una intervención útil, como resultado de su nueva disposición.

El condicionamiento que se produce a través de la experiencia de la vida, puede conducir a la adquisición de predisposiciones que influyen en una persona al evaluar los objetos de percepción. En este sentido, una persona puede experimentar una atracción automática refleja (o repulsiones) hacia otras personas, objetos y tipos de comportamientos (por ejemplo, el deseo de tomar chocolate al verlo). Esas apreciaciones automáticas adquiridas pueden entenderse como «prerracionales» de múltiples maneras. Por ejemplo, en el caso de una familia, la evaluación automática es prerracional cuando los valores de los padres son interiorizados por el niño y utilizados cuando ese niño elige perseguir ciertos bienes o comportarse de cierta manera sin deliberar (Ashley, 2006, p. 434; Lambert y McShane, 2010, p. 122, nota 34).

Tales juicios, a su vez, influyen en las emociones, y contribuyen al posterior desarrollo racional de las virtudes morales, a un nivel mental aún más alto. Frecuentemente, pueden afirmar juicios y elecciones racionales y, en general, motivar a la persona en una dirección «ascendente» (es decir, implicar inclinaciones desde abajo). Por ejemplo, cuando una persona observa un abuso sobre un niño en un mercado puede reaccionar automáticamente con ira, lo que corroboraría el juicio racional de que tal comportamiento es inmoral. Pero reaccionar espontáneamente a un hecho concreto a través de un juicio evacuativo (por ejemplo, repulsivo) no constituye en sí mismo (como una simple percepción evaluativa) un acto moral completo. En el ejemplo de la observación del abuso de niños, la evaluación inicial llevaría a otro acto cognitivo que implicaría la aplicación de una norma ética universal (Juan Pablo II, 1993; Tito, 2013).

Mediante procesos descendentes (de arriba abajo), tales como la orientación del intelecto y la reflexión sobre la experiencia, la capacidad de evaluación también puede formarse a través de una disposición virtuosa, que lleve a la realización humana, a saber, la virtud moral de la prudencia, que incluye disposiciones asociadas, como proporcionar buenos consejos y respetar la ley (Aquino, 1272/1993, §§1214-1215, §1255). La virtud moral cardinal de la prudencia, aunque es propiamente una virtud del intelecto, contribuye a un sano ejercicio de la capacidad de evaluación (Aquino, 1273/1981, II-II, 47.3 ad 3; I-II, 50.4 ad 3 y 56.5).

De manera similar, mediante el ejercicio frecuente de la memoria (es decir, a través de la reflexión), una persona puede desarrollar la capacidad de recordar (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000a, 451a12-14; véase también Aquino, 1269/2005a, pp. 203 a 204). La capacidad evaluativa puede condicionarse, en el proceso de recordar, a seguir una secuencia particular de pensamientos para la recuperación de un recuerdo valioso (Aristóteles, ca. 350 a. C./2000a, 451b10-452a1; también Aquino, 1269/2005a, pp. 211 a 214). Asimismo, ese condicionamiento puede implicar el desarrollo de disposiciones como las que podrían implicar conseguir una capacidad atlética o una habilidad manual refinada. Estas disposiciones adquiridas pueden entenderse como recuerdos implícitos o corporales, tal y como hemos señalado anteriormente (Ellis, 2004; Ellis y Ellis, 2011; Beck, 1979; Kolb y Whishaw, 2009, p. 705).

La capacidad de evaluación puede modificarse, también, de tal manera que contribuya a la aparición de psicopatologías (Journet, 1924, pp. 37 y 38; Ripperger, 2013, p. 280). Las evaluaciones cognitivas desordenadas pueden interferir en la interpretación de la experiencia de una persona y provocar respuestas afectivas indeseadas. La psicoterapia se ocupa especialmente de abordar esas disposiciones cognitivas disfuncionales, las voliciones y los estados emocionales que no contribuyen a la realización y el bienestar de la persona (Ashley, 2013b, p. 317). Desde un punto de vista filosófico, la enfermedad psicológica puede, con cierta probabilidad, asociarse principalmente con una mayor capacidad de evaluación (Ashley, 2013c, p. 291). Los patrones de pensamiento disfuncionales se producen frecuentemente en conjunción con estados afectivos y conductas desordenadas, lo que puede conducir a esquemas cognitivos que se convierten en patologías psicológicas (Ashley, 2013b, p. 334). La psicoterapia permite facilitar el cambio con respecto a estos esquemas o patrones disfuncionales (Sperry y Sperry, 2012, pp. 71 y 72).

CONCLUSIÓN: BASES PARA UN CONOCIMIENTO ACTIVO Y UN ENCUENTRO ACTIVO CON EL MUNDO

Tal y como se desprende claramente del apartado anterior, las capacidades sensoriales, perceptivas y cognitivas implican un espectro de cognición básico. Este espectro varía, desde los cinco sentidos primarios hasta las capacidades perceptivas-cognitivas de orden superior y, en última instancia, hasta capacidades no materiales de la persona, que implican al intelecto superior y al uso del lenguaje. Aunque son distintas, estas diversas clases de cognición están todas orientadas a la realidad. La sensación asociada con cada sentido primario activado es un tipo de cognición primordial. El nivel de cognición asociado a las capacidades perceptivas-cognitivas de orden superior es más refinado que el que se encuentra a nivel de los sentidos primarios, de la misma forma que el intelecto no material de la persona (o «razón universal») permite una cognición que es aún más elevada que la que se produce a nivel de las capacidades perceptivas-cognitivas (Aquino, 1273/1981, I, 78.4). Sobre la base de una experiencia sensorial-perceptiva-cognitiva, la persona tiene un encuentro activo con el mundo real.

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14
Emocional
CHRISTOPHER GROSS, CRAIG STEVEN TITUS, PAUL C. VITZ Y WILLIAM J. NORDLING

¿Por qué algunas personas prolongan su ira en estados de rencor, mientras que otras perdonan? ¿Por qué algunas personas buscan el placer sexual y el afecto emocional fuera de su compromiso conyugal, mientras que otras permanecen fieles? ¿Por qué algunas personas se sienten compulsivamente atraídas por la comida, el alcohol o las drogas, mientras que otras controlan sus deseos en estos asuntos? ¿Por qué algunas personas quedan atrapadas en espirales de miedo, mientras que otras expresan valentía? Existen razones detrás de tales comportamientos y tendencias emocionales. Algunas de estas acciones parecen estar motivadas por una emoción desenfrenada, mientras que otras parecen estar enraizadas en la razón y acompañadas de una emoción controlada. Dado el papel destacado que desempeñan las emociones en la creación de una vida realizada, la comprensión de las emociones es importante para muchas disciplinas que tratan de comprender a la persona; entre ellas se incluyen las disciplinas de las ciencias psicológicas y sociales, la neurociencia, el derecho e incluso la teología.

A lo largo de la historia, el papel de las emociones en la vida moral ha sido de gran interés para los estudiosos de la condición humana. Por ejemplo, el término tradicional para las emociones ha sido «pasiones», y, en su trabajo La ciudad de Dios, Agustín (427/1972) esboza la disputa entre los aristotélicos peripatéticos y los estoicos romanos sobre el papel de las emociones en la vida humana (IX.4). Los aristotélicos sostenían que, incluso la persona virtuosa experimenta emociones, pero en el caso de los virtuosos, las emociones se rigen por la razón, es decir, por juicios sabios. En línea con los aristotélicos, el movimiento de psicología positiva también reconoce la necesidad de desarrollar disposiciones emocionales virtuosas (Peterson y Seligman, 2004), al igual que la terapia centrada en las emociones (Greenberg y Johnson, 1988; Greenberg, 2012); la terapia de comportamiento dialéctico (Linehan, 1993) habla de este proceso en términos de habilidades de regulación de las emociones. Los estoicos romanos, por el contrario, sostenían que el hombre virtuoso no se ve afectado por sus emociones debido a que las ha erradicado. Para los estoicos, según Agustín, las emociones solo interfieren en la adquisición y el ejercicio de la virtud. Algunas teorías cognitivo-conductuales reflejan el punto de vista de los estoicos, en la medida en que contemplan las emociones como base de las cogniciones y del comportamiento irracional (Ellis, 2004; Beck, 1979)

Por su parte, Agustín sostiene que las emociones son una parte importante de la persona y de la vida moral. En efecto, contrariamente a los estoicos, Agustín (427/1972) insiste en que algo distintivamente humano falta en nuestras acciones morales si se realizan sin emociones como la compasión (IX.5). No obstante, siguiendo a los aristotélicos, así como a las Escrituras, también mantenemos que las emociones deben ser controladas y entrenadas para evitar que el hombre se convierta en un esclavo de ellas (Agustín, 427/1972, IX.4).

Basándose en Agustín y Aristóteles, Aquino (1273/1981) dedica una atención significativa a la emoción en su «Tratado de las pasiones», en la Suma (I-II, 22-48). Al igual que Agustín, Aquino sostiene que las capacidades emocionales forman parte importante de nuestra naturaleza humana y son fundamentalmente buenas (I-II, 24.4). No obstante, dependiendo de cómo interactúen con la razón y la voluntad, las emociones pueden ser moralmente buenas o malas. Implican actos, como expresiones de ira, o disposiciones, como la tendencia a la ira (I-II, 24.1). En total, Aquino estudia once emociones diferentes, incluyendo el miedo, la ira y el amor o el deseo, y las virtudes que son necesarias para moderarlas adecuadamente y lograr la realización de la persona (I-II, 23.4).

Las conclusiones fundamentales de Aquino sobre la bondad de nuestras capacidades emocionales, así como nuestra necesidad de dominarlas, están respaldadas por la experiencia común y clínica. La experiencia humana común demuestra que sentimientos como la ira extrema o la indiferencia completa son perjudiciales para la persona, así como para sus relaciones con los demás. Este es el caso de quienes luchan continuamente contra emociones demasiado intensas o empobrecidas; un objetivo de prácticamente todas las psicoterapias contemporáneas es ayudar a las personas a integrar sus emociones, de modo que puedan alcanzar el bienestar personal (racional y volitivo, y también interpersonal) (Gondreau, 2013, p. 148).

Recuperando y recurriendo a la sabiduría de Agustín, Aristóteles y Aquino, e incorporando las ideas de la psicología contemporánea, el presente capítulo trata de explicar la relación adecuada entre razón y emoción, así como de aclarar el lugar potencial positivo que tienen las emociones en la vida moral. El Meta-Modelo Cristiano Católico de la Persona sostiene que las capacidades emocionales son inherentemente buenas, ya que constituyen aspectos naturales de la persona (capítulo 2, «Premisas teológicas, filosóficas y psicológicas»). Las capacidades emocionales forman parte de la unidad cuerpo-alma de la persona, que es un don de Dios. Las emociones influyen en toda vida humana, incluyendo la autocomprensión, las relaciones interpersonales, la acción moral, la vida espiritual y la libre búsqueda de objetivos. No obstante, mientras que las capacidades emocionales son inherentemente buenas en el orden de la naturaleza, las emociones particulares se convierten en buenas o malas en función de su moralidad, en función de cómo son evocadas por la razón y la voluntad e interactúan con ellas. Algunas emociones se consideran malas en sí mismas: la desvergüenza, la envidia y la malicia (deseando el mal) (Aristóteles, ca. 350 a. C./1941, 1107a9-19). Entre las emociones que se consideran buenas —en la medida en que se fundamentan en la razón— se incluyen el coraje, la modestia y la templanza. Para contribuir a la realización, las capacidades emocionales de la persona deben estar formadas por virtudes morales.

Para explicar cómo la persona forma estas virtudes basadas en la emoción y por qué las emociones son significativas en la acción moral, el presente capítulo procede de la siguiente manera. La primera parte define una emoción y la distingue del temperamento y los estados de ánimo, y la segunda examina el papel de las emociones en la acción moral y en la vida espiritual, siempre bajo el Meta-Modelo y comparándolo con enfoques reduccionistas. Las secciones tres y cuatro estudian la relación entre las emociones y las influencias ascendentes —de abajo arriba— y descendentes —de arriba abajo—. En el quinto apartado examinaremos el grado de responsabilidad moral de las personas producido por sus emociones, mientras que en las secciones finales analizaremos cómo las capacidades emocionales se forman mediante la virtud, o pueden quedar deformadas debido a los vicios, así como las virtudes basadas en las emociones pueden transformar o sanar los vicios.

¿EN QUÉ CONSISTE UNA EMOCIÓN?

Cualquier intento de integrar los conocimientos teológicos, filosóficos o psicológicos en relación con las capacidades emocionales se encuentra inmediatamente con un obstáculo importante en los aspectos relativos al lenguaje.

Thomas Dixon (2003) señala que la palabra «emoción» no fue predominante hasta los siglos XVIII y XIX, cuando se convirtió en una palabra y categoría popular en los escritos psicológicos. Antes de ese período, los fenómenos que ahora se denominan comúnmente emociones se estudiaban en términos de pasiones, afectos o sentimientos (Dixon, 2003). Los intentos iniciales de vincular la emoción, tal y como la trata Aquino, con la psicología moderna, se encuentran en las obras de Magda Arnold y Robert Edward Brennan (Arnold, 1960; Brennan, 1941; véase también Shields y Kappas, 2006).

Aquino (1273/1981) se refiere a los movimientos del afecto sensorial (apetito sensorial), que frecuentemente llama pasiones. Asimismo, los distingue de los afectos del intelecto (apetito intelectual), a los que llama voluntad (III, 15.4 y I-II 22.3; véase también Lombardo, 2011, pp. 75-77). Juan de Damasco (ca. 745/1958) define una pasión como sigue:

Un movimiento de la facultad apetitiva [capacidad afectiva] que se percibe como resultado de una impresión sensorial del bien o del mal. También puede definirse de otra manera: la pasión es un movimiento irracional del alma debido a una impresión del bien o del mal (II.22).

Aquino (1273/1981) afirma que el movimiento de las capacidades afectivas sensoriales va siempre acompañado de un cambio corporal (I-II, 22.2 ad 3). Así, cuando uno experimenta miedo o ira, el corazón puede acelerarse o las manos temblar. Estos cambios corporales están relacionados más propiamente con los afectos del apetito sensorial que con los afectos relacionados con la voluntad, y también pueden ser más evidentes en el caso de las pasiones (Aquino, 1273/1981, I-II, 22.3; Lombardo, 2011, pp. 75-77; Miner, 2009, p. 35). No obstante, los afectos de la voluntad también se acompañan de algún cambio corporal, al menos a nivel neurológico, debido a que las personas constituimos una unidad de cuerpo y alma (Aquino, 1273/1981, I-II, 22.1). Propiamente hablando, solo Dios y los ángeles, que no tienen cuerpos físicos, pueden experimentar afectos, como la ira, sin algún cambio corporal (Aquino, 1273/1981, I, 82.5 ad 1; I-II, 22.1 y 22.3; Siegel, 2012, §AI-27). Aunque son distintos, los afectos intelectuales (voluntad, intención, elección) y los afectos sensoriales (pasiones) no están completamente desconectados. Aquino (1273/1981) señala que los afectos de la voluntad se desbordan frecuentemente en el apetito de los sentidos y excitan pasiones, como la alegría de la contemplación, que se desborda para aliviar la pena (I-II, 38.4 ad 3 y 77.6; Lombardo, 2011, pp. 89-93) o la alegría de comprender la pena bajo el contexto de un nuevo significado (Frankl, 1959).

Esta categoría más moderna de emoción es más amplia y difícil de definir que la pasión o el afecto en el pensamiento de Aquino. Dixon (2003) observa de forma pesimista que «una excesiva inclusión de la “emoción” ha hecho imposible la existencia de un consenso sobre lo que constituye una emoción» (p. 246). Esta dificultad para reducir el significado del término «emoción» se ha visto exacerbada por el hecho de que el interés por las emociones se ha extendido más allá de la religión, la filosofía y la psicología, para alcanzar otros campos como la neurociencia y el derecho.

A pesar de este desafío, la palabra emoción sigue siendo útil, en particular en este trabajo de integración (Damasio, 1994). Tal y como hemos mencionado, el término se utiliza en múltiples disciplinas y es lo suficientemente amplio como para incluir la pasión y el afecto. Por tanto, todas las pasiones que Aristóteles o Aquino tratan en detalle serían ciertamente consideradas actualmente como emociones bajo cualquier definición del término. No obstante, a la luz de los trabajos de Dixon y dados los variados usos del término, es importante explicar la emoción debido a que la utilizaremos en el resto del presente capítulo.

Distinguimos la capacidad de emoción de la persona de los actos de emoción, así como de una disposición de esa capacidad. Mediante nuestra capacidad emocional, los seres humanos percibimos afectivamente el significado de la realidad, en diálogo con nuestras cogniciones sensoriales-perceptivas. Esto constituye el primer paso de la inteligencia general, con el apoyo de las emociones (las emociones implican un paso básico en el conocimiento del mundo exterior, por ejemplo, hacia el acercamiento o hacia la evitación). La comprensión y el razonamiento de una persona sobre la verdad están relacionados con las emociones. Por ejemplo, la verdad sobre el concepto de bueno o malo se encuentra ya desde la infancia temprana, en la formación de la representación interna de la buena y la mala madre, es decir, cuando la madre es vista como toda buena y amorosa o toda mala y cruel. Nuestras emociones afectan asimismo a nuestra capacidad de expresar bondad hacia los demás. Existen muchas emociones, como el miedo, la audacia y el deseo, que tienen influencias sociales y espirituales. La capacidad de emoción es en sí misma inherentemente buena. Una emoción constituye una respuesta afectiva corporal personal a la realidad. A través de la emoción, las personas se conmueven por los valores y la inteligibilidad que experimentan. Este movimiento emocional queda influenciado por juicios racionales, así como por fuerzas sociales y por la gracia divina. Las expresiones particulares de las emociones son buenas, neutras, o malas. Con el tiempo y a través de actos emocionales repetidos, las capacidades emocionales de la persona adquieren disposiciones buenas o malas, lo que influye a su vez en sus respuestas emocionales futuras.

Esta definición reconoce que las emociones implican movimiento (Wojtyła, 1979, p. 224). Dependiendo de si el estímulo se percibe como atractivo o repulsivo, las emociones «evocan movimiento» (Siegel, 2012, §AI-27). Preparan a la persona para dirigirse libremente hacia un valor percibido, o alejarse de él (Wojtyła, 1979, p. 251; véase también, Frijda, 1986, p. 71). Por ejemplo, cuando una persona experimenta asco, se aparta del objeto del asco o busca su eliminación (Scarantino, 2016, p. 22). Esta definición también reconoce que las emociones (o capacidades afectivas sensoriales) interactúan con la cognición sensorial-perceptiva de la persona, así como con su razón y voluntad y con sus capacidades interpersonales, tal y como puede apreciarse en la tabla 14.1. (Siegel, 2012, §AI-27; Miner, 2009, pp. 65-82). No obstante, es necesario tener en cuenta que numerosas emociones se experimentan de forma inconsciente. Frecuentemente, la psicoterapia trata de hacer que la persona sea consciente de sus emociones irracionales.

¿EN QUÉ SE DIFERENCIA EL RELATO DEL META-MODELO SOBRE EL PAPEL DE LAS EMOCIONES EN LA VIDA MORAL DE LOS ENFOQUES REDUCCIONISTAS?

Lamentablemente, hasta el recientemente renovado interés en la ética de la virtud, el tratamiento de las emociones por parte de Aquino —poder participar en la razón, así como el marco teológico y filosófico en el que se situaron— ha sido en gran medida ignorado por los filósofos, en particular por aquellos fuera de la tradición moral católica (según lo descrito por MacIntyre, 2007). Por ejemplo, Chandra Sripada y Stephen Stitch (2004) sostienen que «desde la época de Platón hasta los últimos decenios del siglo XX, la opinión dominante era que las emociones son muy distintas de los procesos de pensamiento racional y de toma de decisiones, y frecuentemente constituyen un importante impedimento para esos procesos» (p. 133). Robert Solomon (1993), en su obra The Passions: Emotions and the Meaning of Life hace afirmaciones similares (p. 10). Estos últimos filósofos también están en desacuerdo con la neurociencia contemporánea (Damasio, 1994; LeDoux, 1998).

En parte, estas omisiones se deben a la amplia influencia de los filósofos de la Ilustración, que ofrecieron dos puntos de vista radicalmente diferentes sobre la importancia de las emociones. Sus posiciones contrastaban fuertemente con la visión de Aquino (Gondreau, 2013, pp. 175-182). Desconfiando de las emociones y buscando aislar la razón de su influencia, Descartes y Kant defienden diferentes formas de racionalismo emocional (Barad, 1991). Para Descartes (1649/1989), las emociones solo perturban la tranquilidad del alma, y para Kant (1797/1996), interfieren con la capacidad de la persona para cumplir con su deber moral. Para estos filósofos, las emociones tienen poco papel positivo en la vida moral (Sherman, 1997). Hobbes (1651/1994) y Hume (1740/2000), por el contrario, elevan las emociones por encima de la razón y sostienen que la razón debe ser esclava de las emociones. Según Hobbes y el emotivismo de Hume, las emociones nos sirven como fuente de juicios morales y como motivación para actuar (Barad, 1991).

TABLA 14.2. Estructura de las capacidades humanas, de acuerdo con las premisas filosóficas del MMCCP


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El análisis de las emociones del Meta-Modelo difiere significativamente de los puntos de vista de estos filósofos de la Ilustración y también se distingue de otros enfoques de las emociones que se encuentran en las ciencias biopsicosociales. Dentro de estas ciencias existen al menos seis tradiciones teóricas sobre la emoción: neodarwiniana, jamesiana, cognitiva, socioconstructivista, desarrollista y neurocientífica (Evans y Cruse, 2004). Además de exhibir diferentes premisas sobre los enfoques de las emociones y la realización humana, estas perspectivas valoran las emociones de maneras muy diferentes: Ya sea como el bien más elevado (epicureismo y hedonismo), como irracional (Platón, Hegel, Ellis), como sospechosa (Budismo, Freud, Kant), como el centro de la piedad —sentir la completa dependencia de lo divino (Schleiermacher)—, como guía fiable (Rogers, Hume), o como capacidades básicamente buenas que necesitan ser entrenadas (Aquino, Agustín, Seligman). En algunos puntos estas perspectivas se cruzan o complementan con la comprensión de las emociones del Meta-Modelo, pero en otros puntos divergen de él considerablemente. Por ejemplo, al igual que la teoría socioconstructivista de las emociones, reconoceríamos que las capacidades emocionales de una persona quedan moldeadas por las experiencias familiares y la cultura (Teske, 2003, p. 195). Pero, siguiendo a Evans (2001) y Ekman (1992), rechazamos la afirmación socioconstructivista más radical de que nuestras experiencias emocionales están casi completamente dictadas por la cultura.

RELACIÓN ENTRE LA EMOCIÓN Y LAS INFLUENCIAS ASCENDENTES (DE ABAJO ARRIBA)

Las emociones en la antropología de Aquino se dividen en dos grandes categorías: emociones de deseo y emociones de iniciativa (Aquino, 1273/1981, I, 81.2; Ashley, 2013, pp. 174-175). La capacidad emocional del deseo (concupiscible) busca lo que es placentero y evita lo que es dañino. La capacidad de iniciativa (irascible) se refiere a la superación de obstáculos para conseguir los bienes que una persona desea, así como evitar las cosas perjudiciales. De esta forma, las emociones del deseo son el amor y el odio, la atracción y la aversión, y la alegría y la tristeza. Estas emociones son provocadas ante la presencia o ausencia de un bien. Las cinco emociones de iniciativa son la esperanza y la desesperación, el miedo y la audacia, y la ira (Aquino, 1273/1981, I-II, 23.4). Estas emociones nos permiten tomar la iniciativa para lograr un bien difícil o esperar pacientemente el momento prudente para actuar, pero también pueden hacer que nos apartemos de un bien difícil, como en el caso del miedo o la desesperación paralizantes. Es importante señalar, como indica Robert Miner (2009), que una capacidad afectiva sensorial es una capacidad pasiva que requiere «algo más para activarla» (p. 69). ¿Qué es lo que activa estas capacidades?

Las emociones pueden ser provocadas por estímulos sensoriales y percepciones de orden superior, especialmente por la capacidad evaluativa (evaluaciones prerracionales o subconscientes), ascendentes (de abajo hacia arriba), como fenómenos emergentes derivados de la cognición sensorial-perceptiva, que influye en las capacidades afectivas sensoriales. La imaginación, que con frecuencia trabaja con la información proporcionada por los sentidos primarios y otras percepciones de orden superior, puede activar las emociones (Aquino, 1273/1981, I, 81.3 ad 2; I-II, 9.1 ad 2; Fritz-Cates, 2009; Miner, 2009, pp. 65 a 69). (Si desea más información sobre una visión general de todas las capacidades perceptivas de orden superior, incluida la imaginación, consulte el capítulo 13, «Sensorial-perceptiva-cognitiva»). Esta activación de las emociones también puede ocurrir desde el momento en que se produce la aprehensión sensorial, sin ningún razonamiento ni ejercicio de pensamiento discursivo (Aquino, 1273/1981, I, 81.3 ad 2; Aquino, 1272/1993, VII.6, §1388, §1393). Por ejemplo, una persona a la que le encanten los filetes puede oler la combustión del carbón, recordar el último que comió, imaginar otro e inmediatamente experimentar el deseo de encontrar y asar otro más (Miner, 2009, p. 68).

La capacidad sensorial afectiva también puede ser movida por la capacidad de evaluación (Aquino 1273/1981, I, 81.3; Loughlin, 2001, p. 46). Para ilustrar este punto, Miner (2009) nos ofrece el siguiente ejemplo (pp. 79 a 81): imaginemos que un niño pequeño se quemase colocando su mano en una estufa caliente, y al mes siguiente se quemase de nuevo con una calentador de queroseno. Unos meses más tarde, se encuentra de pie ante una hoguera y experimentará miedo y decidirá no tocarla, aunque no tenga experiencia ni de ver ni de estar cerca de una hoguera. Toma esta decisión y experimenta un sano temor debido a su capacidad de evaluación, soportada por su memoria sensorial, lo que le permite juzgar que la fogata es caliente y peligrosa. Debemos observar que la emoción, en sí misma, no surge en este caso como un instinto. Más bien, se suscita sobre una base de experiencias individuales pasadas, basadas en la memoria, así como en la imaginación y la capacidad de evaluación, así como de experiencias que especifican y dirigen aún más su inclinación natural a evitar el dolor (Ashley, DeBlois y O’Rourke, 2006, p. 147).

RELACIÓN ENTRE LA EMOCIÓN Y LAS INFLUENCIAS DESCENDENTES (DE ARRIBA ABAJO)

Las emociones no solo surgen de las capacidades sensoriales-perceptivas-cognitivas ascendentes. También son provocadas por juicios y elecciones intelectuales, así como por fuentes espirituales descendentes (de arriba abajo), es decir, como fenómenos supervenientes (Elliot, 2006; Fritz-Cates, 2009: Kahneman, 2011; Pinckaers, 2005). Por ejemplo, al comprender racionalmente la maldad e injusticia de una política y práctica como el aborto bajo demanda, sentimos ira justa, o cuando al optar por un encuentro sexual arraigado en nuestra memoria podemos avivar el deseo sexual. Asimismo, existe un tipo especial de emoción espiritual, que desborda las virtudes teologales vertidas en nosotros por Dios. Mientras que la caridad y la esperanza perfeccionan la voluntad, y la fe perfecciona el intelecto, estas virtudes influyen en el conjunto de la persona, incluyendo nuestras capacidades emocionales. Por ejemplo, en medio de un conflicto o dificultad, las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, así como otras experiencias de trascendencia, pueden aportar consuelo y aliento, de la misma forma en que nuestra amistad con Dios (caridad) puede producir experiencias de profunda alegría y paz (Aquino, 1273/1981; Dickens, 1859/1989; Frankl, 1959; Lewis, 1961; Lombardo, 2011).

Estos ejemplos dan la impresión de que las capacidades emocionales, impulsadas por la dificultad (irascible) y regidas por el deseo (concupiscente) obedecen necesariamente a la razón y a la voluntad. Esta interpretación de la razón y la voluntad es, en el mejor de los casos, solo parcialmente verdadera debido a que es el resultado de la naturaleza específica de la relación entre nuestras capacidades superiores (intelectuales, lingüísticas) y las inferiores (sensoriales). Cuando la voluntad ordena a una parte del cuerpo que se mueva, entonces se mueve (a menos que se vea afectada, por ejemplo, por una lesión o por la fatiga). No puede resistirse. No obstante, la razón y la voluntad solo poseen un control parcial sobre las emociones. Como los ciudadanos libres, los poderes inferiores están sujetos al gobierno, pero también se pueden resistir a las órdenes. Gondreau (2013) describe esta libertad limitada de las potencias inferiores como una especie de «cuasi autonomía» (p. 164). Si bien las emociones (capacidades afectivas sensoriales) no pueden ser dominadas por la razón, pueden participar en ella, ya sea ocasionalmente, por el mero hecho de seguir las órdenes de la razón, o de forma más consistente, cuando son moldeadas por la virtud (Aquino, 1273/1981, I, 81.3 ad 2; Aristóteles, ca. 350 a. C./1941, I.13). Por ejemplo, tanto los humanos como los animales inferiores, cuando desean cruzar una habitación, experimentan que sus cuerpos se mueven en respuesta a su deseo. A pesar de eso, al entrar en una casa en llamas, en medio del miedo, una persona con la virtud del coraje es capaz de actuar a pesar de su emoción. Dada su cuasi autonomía, cuando las emociones impulsadas por el deseo o la dificultad se producen por influencias ascendentes (de abajo hacia arriba) la persona puede verse abrumada por la emoción y quedar cegada por la razón, o rechazarla activamente (Aquino, 1273/1981, I, 81.3 ad 2; véase también Aquino, 1268/1947, Capítulo 224).

¿Cómo influye en la razón la desobediencia de las potencias inferiores? En realidad, las emociones (capacidades afectivas sensoriales) no pueden mover la voluntad directamente, sino que interfieren el funcionamiento correcto del intelecto y la voluntad de tres maneras diferentes (Aquino, 1981, I-II, 77.1). En primer lugar, las emociones pueden distraer al intelecto, de modo que el individuo no considere la moralidad de su acción (Aquino, 1981, I-II, 77.1; DeYoung, McCluskey y Van Dyke, 2009, p. 102). DeYoung et al. (2009) dan el ejemplo de «un agente que busca el placer dedicándose a los chismes, sin detenerse a pensar en cómo podría dañar el buen nombre de alguien» (p. 102). En segundo lugar, la pasión puede convertir un aparente bien en atractivo para un agente, que sin la emoción no sería atractivo (Aquino, 1273/1981, I-II, 6.4 ad 3 y 77.1; DeYoung et al., 2009, p. 102). Por ejemplo, un hombre puede ser dócil y no estar inclinado a la violencia. No obstante, bajo la influencia de una fuerte ira, podría golpear a alguien que le ha insultado, lo que le puede parecer un buen acto, o al menos, un acto justificable. En tercer lugar, las emociones pueden abrumar la razón por completo. Uno puede, en sentido figurado, quedar cegado por la pasión y quedar desprovisto de razón, como en casos extremos de miedo, deseo o ira (Aquino, 1273/1981, I-II, 6.7 ad 3; Cessario, 2001, p. 112). Vemos este tipo de emoción cegadora con frecuencia en conductores, que experimentan una ira extrema en la carretera y ponen en peligro sus propias vidas, así como las de los demás. También puede suceder en el caso de personas que sufren diversas psicopatologías, como depresión o ansiedad.

Cuando una persona elige, voluntaria y repetidamente, seguir las atracciones y repulsiones distorsionadas de sus capacidades inferiores, en lugar de conseguir la guía de la razón, la persona adquiere disposiciones desordenadas (Hartel, 1993, p. 189). Esta rebelión reduce la verdadera libertad de las personas, al convertirlas en esclavas de sus emociones, alejándolas así de su realización (Agustín, ca. 397/1998, VIII.5.10). Según Agustín, en el principio, el hombre fue creado por Dios en paz consigo mismo; las capacidades inferiores obedecían a las superiores sin rebelarse (Agustín, 427/1972, XIV.19; véase también Aquino, 1272/2003, 4.2, p. 205). No obstante, como resultado de nuestro pecado original, el hombre se encuentra frecuentemente en guerra consigo mismo y experimenta fuertes emociones, que influyen en su voluntad para actuar en contra de la orientación que aporta la razón (Gondreau, 2013, p. 165; véase también Aquino, 1272/2003, 4.2, p. 205; Agustín, 427/1972, XIV.19). Aunque nuestro apetito sensible quedó herido por el pecado, su inherente bondad natural no se destruyó. Nuestras emociones desempeñan un papel importante en nuestras acciones morales, pero deben ser ordenadas adecuadamente y puestas bajo la dirección de la razón y el juicio prudente, mediante la formación de un carácter virtuoso y de virtudes particulares. Antes de examinar cómo nuestras capacidades emocionales se perfeccionan a través de la virtud y deforman a través del vicio, en el siguiente apartado estudiaremos la responsabilidad moral de la persona en sus emociones.

EMOCIONES Y RESPONSABILIDAD MORAL

Las emociones son multidimensionales y pueden ser observadas desde diferentes perspectivas, incluyendo la filosófica, la psicológica y la neurocientífica. En este apartado nos centraremos en la dimensión moral de las emociones. Sin reducir su significado, este aspecto es importante para comprender la acción libre del ser humano. Las personas normalmente describen y conciben las emociones como fuerzas o energías que simplemente nos suceden, que no podemos controlar y de las que no somos responsables. No obstante, la ética de la virtud, enraizada en la ley natural y la tradición aristotélica-tomista, tal y como la utilizamos en el Meta-Modelo, nos ofrece una posición más matizada sobre la forma en que las emociones surgen de las buenas capacidades y se relacionan con ellas (Aquino, 1273/1981, I, 81.2; Agustín, 427/1972, XII.5). Las emociones en sí mismas son consideradas buenas o malas solo cuando son controladas por la razón y la voluntad (CIC, 2000, §1767). Pueden ser moralmente buenas o malas en función de cómo influyen en nuestras elecciones morales y cómo son evocadas y utilizadas por nuestra razón y voluntad. Tal y como vimos en el apartado anterior, es posible evocar voluntariamente emociones que son buenas o malas, moralmente hablando. Por ejemplo, una pareja podría desarrollar una emoción moralmente buena fomentando intencionadamente la calma para que puedan llegar a la comprensión y el perdón mutuos. Por el contrario, un esposo estaría fomentando una emoción moralmente mala estimulando el resentimiento e ira egoísta, ya que esta actitud bloquearía la comunicación y el perdón de su esposa. O no consiguiendo mantener sus sentimientos de ira a un nivel en el que pueda producirse una comunicación constructiva. Por ejemplo, incluso el amor puede ser malo. Este es el caso cuando se ama la heroína o como cuando se ama de forma desordenada, por ejemplo, en una relación adúltera. Bajo este contexto, san Agustín (427/1972) sostiene que las emociones son malas si lo que se desea o ama es malo, y buenas si lo que se desea o ama es bueno (XIV.7). En la medida en que los actos, disposiciones y prácticas evocan y fomentan voluntariamente emociones morales y espirituales desde el «corazón», somos responsables de ellas (Mc 7:21; CIC, 2000, §§1762-1775). Es importante reconocer dos puntos más sobre la moralidad de las emociones. En primer lugar, las emociones voluntarias pueden evaluarse como moralmente buenas o malas, independientemente de que la persona realice o no una acción exterior motivada por una emoción (Mt 5:28; Mattison, 2008, p. 82). Por ejemplo, una persona podría sentir odio hacia los judíos pero nunca llevar a cabo una acción de odio contra ellos. Dejando de lado las cuestiones relativas a la culpabilidad del individuo para adquirir tal disposición, el acto mismo de elegir odiar sigue siendo —objetivamente hablando— moralmente incorrecto (Vitz, 2018; capítulo 11, «Realizada en la virtud»).

En segundo lugar, las emociones pueden surgir de elecciones racionales, ya sea de forma directa o indirecta. La persona puede usar su razón y voluntad para excitar su emoción, ya sea de manera positiva, o negativa (Cessario, 2001, p. 112). Por ejemplo, una persona puede elegir recordar y reflexionar sobre un incidente del pasado para despertar su ira de nuevo. Las acciones virtuosas, por el contrario, pueden producir efectos en la voluntad que desbordan y excitan la emoción indirectamente. Aquino (1273/1981) da el ejemplo de la alegría, que se puede desbordar de la voluntad a las emociones cuando se realiza un acto de justicia (I-II, 59.5). Estos segundos movimientos son moralmente buenos o malos en función de las consecuencias morales de la decisión tomada. También existen influencias descendentes (de arriba hacia abajo) desde fuera de la persona, por ejemplo, existen fuerzas relacionadas con el demonio (Blai, 2017; Gallagher, 2005; Lhermitte, 2013; véase también el capítulo 18, «Caída») y las elecciones desordenadas de otras personas que pueden influir en las emociones de la persona (capítulo 12, «Interpersonalmente relacional»).

Si bien las emociones voluntarias pueden evaluarse como moralmente buenas o malas, la persona no es responsable del tipo de emoción que solo constituye un primer movimiento y que surge antes del consentimiento de la voluntad (Aquino, 1273/1981, I-II, 89.5; Mattison, 2008). Estas emociones prevolicionales surgen espontáneamente de las evaluaciones iniciales (ya sea la evaluación de la sensación, la imaginación o la capacidad de evaluación adecuada). Como respuesta a una evaluación, la persona puede experimentar una alegría repentina al ver una hermosa puesta de sol, o de ira al percibir un mal, o de impaciencia en un atasco de tráfico. Estos tipos de primeros movimientos se producen sin ninguna cooperación intencional de la voluntad, y no se originan en una disposición estable y firme dentro de la persona. También se puede considerar que las personas no son responsables de ciertas emociones cuando han sido educadas para tenerlas desde la infancia. Existen ejemplos de tales emociones negativas de las que no somos responsables, identificados y entendidos en las Escrituras: «Enfádate, pero no peques» (Sal 4:4); «Enfádate, pero no peques; no dejes que el sol se ponga sobre tu ira» (Ef 4:26; véase también Vitz, 2018).

No obstante, cabe señalar en este punto que no todos los movimientos prevolicionales se sitúan fuera del control de la persona. Existen emociones inconscientes de las que no somos responsables. Pero sí somos responsables de las emociones inconscientes que originalmente elegimos, o aceptamos conscientemente. A medida que una persona envejece y se forma a sí misma a través de elecciones, se producen otros movimientos prevolicionales que no son del todo espontáneos, sino que surgen de una disposición moralmente buena o mala, que una persona ha desarrollado dentro de sí misma (Mattison, 2008). Volviendo al ejemplo anterior, si un individuo lee literatura antisemita, construye un vicio de odio dentro de sí mismo y, por lo tanto, sentirá odio al pasar por delante de una sinagoga. Será responsable de ese movimiento de odio, aunque surja sin una reflexión racional o un consentimiento deliberado en ese momento. Del mismo modo mediante disposiciones virtuosas: cuando un hombre virtuoso ve a una joven atractiva entrar en la habitación, ve su plena humanidad y dignidad en lugar de un objeto que pueda satisfacerle sexualmente. Su respuesta emocional prevolitiva es digna de alabanza, y surge de la virtud de la castidad que posee (Mattison, 2008, p. 63), dado que las disposiciones emocionales que son moralmente buenas o malas contribuyen o perjudican la realización de la persona. En el siguiente apartado examinaremos con mayor detalle cómo la persona construye la virtud o el vicio dentro de sus capacidades emocionales.

CAPACIDADES EMOCIONALES, VIRTUD Y VICIO

Recientes investigaciones neurobiológicas (LeDoux, 1998) sugieren que la emocionalidad humana juega un papel más significativo en la acción moral de lo que se pensaba en el pasado. En efecto, esta investigación sugiere que los actos intencionales necesitan del apoyo emocional para su concentración, consistencia y ejecución. Por ejemplo, en el marco de una ira justa, que ayuda al esfuerzo intencional de corregir una injusticia, existen dos extremos: a) una exagerada ira o furia, que puede cegarnos en cuanto a la forma de corregir la injusticia, y b) una ira o indiferencia inadecuada, que tiende a impedirnos prestar suficiente atención a la injusticia y a nuestra responsabilidad para corregirla. Damasio (1994) llega a sugerir que sin emociones los seres humanos no podrían actuar racionalmente. Desde una perspectiva constructiva, las emociones bien ordenadas ayudan a los humanos a actuar de acuerdo con principios racionales y con sus vocaciones.

Aristóteles (ca. 350 a. C./1941) sostiene que la virtud moral implica no solo una acción correcta sino unos sentimientos correctos sobre esa acción moral: «el hombre que se abstiene de placeres corporales y se deleita en este hecho es moderado» (II.3, 1104b4-6). Uno de los rasgos distintivos del hombre verdaderamente virtuoso son las emociones bien ordenadas. Aristóteles compara al hombre virtuoso, que hace lo correcto y se siente bien al hacerlo, con el hombre que lucha contra las malas emociones y el hombre que se rinde ante ellas. El hombre que se controla a sí mismo (continente) frecuentemente hace lo correcto, pero con frecuencia tiene que luchar contra sus emociones, que le empujan hacia la elección negativa. El hombre débil (incontinente) también está en guerra consigo mismo, pero no posee el mismo autocontrol. Sabe lo que es correcto, pero es incapaz de resistirse a sus pasiones y cede a las malas emociones y a los actos consecuentes. Una persona controlada por el vicio ni siquiera posee esta capacidad de lucha dentro de sí mismo. Elige hacer lo que está mal y se siente bien con ello (Aristóteles, ca. 350 a. C./1941, VII.1-4; Sokolowski, 1982, pp. 57-58).

Aunque los seres humanos compartimos una naturaleza común, las capacidades emocionales del individuo quedan moldeadas por una variedad de influencias y experiencias personales. La cultura, familia, amigos, religión y las diferencias entre sexos contribuyen a la formación de las emociones (Goleman, 2005; Brizendine, 2007, 2010; Gilligan, 1982; Rhoads, 2004). Las emociones también quedan influenciadas por las experiencias individuales, como indicábamos en el ejemplo del niño pequeño y el fuego en el apartado anterior. Las emociones de una persona también se ven afectadas por la gracia de Dios y por las virtudes morales infusas y los dones del Espíritu Santo. No obstante, los seres humanos también dan forma a sus emociones a través de sus propias decisiones y acciones.

Como ya hemos mencionado, aunque las personas no seamos moralmente responsables de las emociones que surgen como movimientos prevoluntarios, totalmente espontáneos, los humanos podemos, a través de prácticas y elecciones formativas, desarrollar disposiciones emocionales estables, ordenadas de acuerdo con nuestra verdadera realización. Las emociones se ponen al servicio de la ley natural y la razón justa a través de las virtudes cardinales de la templanza y la fortaleza (coraje), que ordenan las capacidades emocionales del deseo y de la toma de iniciativas respectivamente. Las virtudes asociadas con el coraje incluyen la paciencia, la perseverancia y la esperanza, o la toma de iniciativas, y la generosidad. Las virtudes asociadas a la templanza incluyen la castidad, la humildad y la mansedumbre. Explicando la necesidad y el dominio de cada virtud, Aquino (1273/1981) indica que el coraje «se refiere principalmente al miedo a las cosas difíciles que pueden alejar la voluntad de seguir la razón» (II-II, 123.3), mientras que «la templanza denota una especie de moderación y se refiere principalmente a aquellas emociones que tienden hacia bienes sensibles, [a saber] el deseo y el placer y, por consiguiente, a los sufrimientos que surgen de la ausencia de esos placeres» (II-II, 141.3). (Véase apartado también el capítulo 11, «Realizada en la virtud».)

Dado que el acto de elegir entra exclusivamente en el dominio de la voluntad, estas virtudes no provocan, en sentido estricto, una elección correcta. No obstante, facilitan la acción moral, al arraigar capacidades emocionales que tienden hacia un verdadero bien y hacia la obediencia a Dios, así como a la razón correcta y la guía de la voluntad. Al ordenar las emociones, se eliminan los obstáculos para una acción virtuosa, ayudando así a lograr una vida de realización (Cessario, 2002, p. 163). Asimismo, las emociones virtuosas también pueden centrar la atención de la razón sobre un acto virtuoso que debe realizarse, como cuando por compasión por la miseria de otro, una persona se ve obligada a considerar la posibilidad de ofrecer su ayuda (Aquino, 1273/1981, I-II, 24.3 ad 1; Agustín, 427/1972, 9.5).

Del lado contrario, mediante sus elecciones, los seres humanos podemos deformar las capacidades emocionales del deseo y de la toma de iniciativas, adquiriendo vicios que nos llevarán al languidecimiento. Para ilustrar este punto, Mattison (2008) ofrece el siguiente ejemplo (p. 85): un padre puede sentirse frecuentemente enfurecido por el comportamiento de sus hijos, incluso cuando no están haciendo nada malo. Al principio, cuando empieza a experimentar esta ira, intenta suprimirla. No obstante, tras un tiempo, en lugar de contenerse (mostrando autocontrol), permite que su ira lo consuma, y procede a gritar a sus hijos. Pronto, su ira desordenada no se limitará a sus hijos y comenzará a arremeter contra su esposa, amigos y otros miembros de la familia también por ofensas percibidas. Este padre es claramente intemperante, y sufre específicamente el vicio de la ira excesiva. Su ira desordenada le conduce a realizar malos actos y afecta negativamente a sus relaciones con sus seres queridos, inhibiendo su capacidad de realización.

El trabajo de Goleman de 2005 sobre las emociones confirma y refuerza la importancia de formar adecuadamente nuestras emociones. Inspirándose en los hallazgos psicológicos de Mayer y Salovey (1989), así como en la visión de Aristóteles sobre las emociones, Goleman destaca la importancia de lo que él denomina inteligencia emocional. La inteligencia emocional incluye ser capaz de utilizar constructivamente las propias emociones, comprender empáticamente las emociones de los demás y emplear las emociones para apoyar relaciones exitosas (p. xxiii). Según Goleman, la inteligencia emocional es necesaria no solo para el bienestar físico, sino también para la realización de la familia, la comunidad y la profesión. Las deficiencias en la inteligencia emocional hacen que el individuo sea susceptible a una serie de vicios, como la impaciencia, el chismorreo y los celos (p. xxiii).

REFORMANDO NUESTRAS EMOCIONES

Una vez que nuestras capacidades emocionales están bien o mal formadas —generalmente cuando somos jóvenes— es difícil cambiarlas. No obstante, como adultos, frecuentemente somos llamados a cambiarlas. Esto es especialmente necesario en el campo de la psicoterapia para el tratamiento de emociones como el odio, la ansiedad y la depresión. Las virtudes y los vicios, incluidos los relativos a nuestras capacidades afectivas sensoriales inferiores, alteran profundamente el carácter de las personas. Aristóteles (ca. 350 a. C./ 1941, 1152a30-34) y Aquino (1273/1981) comparan la «disposición operativa» de la virtud y el vicio con una especie de segunda naturaleza dirigida a la acción moral (I-II, 55.4). Aquino (1273/1981) afirma que una disposición «es como una segunda naturaleza, y aún se queda corta» (I-II, 53.1 ad 1). En el caso del vicio, existe esperanza cuando todavía existe la posibilidad de cambio hacia la virtud. Asimismo, una disposición parcialmente formada puede entenderse en un sentido como un carácter de la persona, menos permanente, más inestable y fácil de cambiar (Aquino, 1273/1981, I-II, 49.2 ad 3) que una disposición totalmente formada, que puede ser modificada, pero solo con esfuerzo.

Incluso mediante la ayuda de la gracia de Dios, el cambio es difícil para el individuo cuyas capacidades emocionales han sido desordenadas por el vicio. Aunque la gracia sana al pecador de los vicios, frecuentemente queda algún rastro de ese pasado, el comportamiento permanece aún en la persona por los efectos negativos producido por el vicio adquirido (Aquino, 1272/2005, a. 10 y 16). Cuando las disposiciones contrarias continúan obstaculizando al individuo para conseguir una vida bajo la gracia, este lucha contra sus emociones y se aferra a su pura fuerza de voluntad en lugar de experimentar la facilidad de una virtud bien establecida (Aquino, 1272/2005, a. 11 y 15).

Sherwin (2009) pone como ejemplo al venerable Matt Talbot como la materialización del tipo de persona que Aquino imagina cuando reconoce el poder y la naturaleza profunda del vicio. Talbot, un obrero irlandés, sufría de intemperancia; fue un alcohólico desde su adolescencia hasta su conversión a los veintiocho años. A partir de entonces, dejó el alcohol y dedicó su vida a Dios y al servicio de los pobres. A pesar de su conversión, su anterior estilo de vida le atraía y le daba instrucciones; recordó el sabor, el agradable estado mental que le aportaba, y a sus viejos amigos. Particularmente al principio de su nueva vida cristiana, sintió un fuerte deseo de beber y volver a sus antiguas prácticas. Aunque la gracia divina le aportó la virtud moral infusa de la templanza, las influencias de sus antiguas disposiciones viciosas adquiridas aún permanecen. A pesar de todo, y con la ayuda de la gracia de Dios durante un largo tiempo, fue capaz de superar incluso este deseo de su vida anterior (Sherwin, 2009).

Hallazgos relativamente recientes en el campo la neurociencia sobre la plasticidad del cerebro confirman las ideas de la ética de la virtud aristotélica-tomista sobre la dificultad de superar el vicio. Las investigaciones han demostrado que el cerebro «puede cambiar su propia estructura y función a través del pensamiento y la actividad» (Doidge, 2007, p. xix). Si bien parecería que este poder del cerebro facilitase la conquista del vicio, Doidge señala que «una vez que se produce un cambio plástico particular en el cerebro y se fija sólidamente, puede evitar que se produzcan otros cambios» (p. xx). Se refiere a este fenómeno como «la paradoja plástica» (Doidge, 2007, p. xx).

Para ilustrar la plasticidad del cerebro, Doidge (2007) pone como ejemplo el aumento desenfrenado de la pornografía en Internet y el correspondiente aumento de la adicción a la pornografía (pp. 103 a 109). Debido a que las neuronas que se disparan entre sí se conectan, los usuarios de pornografía envían imágenes a los centros de placer de sus cerebros (pp. 108-109). Con el tiempo, lo que antes les parecía sexualmente excitante, como el sexo con novias o cónyuges, se vuelve menos excitante. Tienen que llevar sus experiencias de pornografía a su relación sexual, recordando mientras tienen relaciones sexuales las imágenes que han visto. Con el tiempo, a medida que los usuarios se van sensibilizando a las imágenes contempladas, anhelan intensamente la pornografía y necesitan aún más imágenes gráficas para producir el mismo efecto, aunque en realidad no les guste la pornografía (pp. 108 y 109). En un lenguaje más tradicional, el usuario de pornografía ha abusado de su deseo sexual y él mismo ha construido el vicio de la lujuria en sí mismo. Su transformación requerirá que ignore el vicio producido por falta de control, y consiga el autocontrol que aporta la virtud de la castidad. Necesita progresar, reordenando en primer lugar su cognición para saber que la castidad es buena, mientras que la falta de control no lo es. Esto implica pasar del vicio de la lujuria a la decisión del autocontrol. A continuación, tendrá que reordenar su voluntad para conseguir tomar decisiones castas. Finalmente, también se ayudará adquiriendo un deseo casto (templanza, en particular castidad). A lo largo de esta transformación, sus cogniciones, elecciones y emociones desordenadas deberán ser modificadas para conseguir motivar y apoyar la virtud, en lugar de la lujuria.

Dado que este proceso es extremadamente difícil, la persona se verá muy favorecida por prácticas virtuosas y amigos, así como por diferentes formas de psicoterapia, incluida la terapia cognitiva-conductual (Ellis, 2004), la terapia experimental y la terapia centrada en las emociones (Greenberg, 2012; Greenberg y Johnson, 1988), así como por la misericordia y la gracia de Dios (Mattison, 2004, pp. 172-175; Mattison, 2008, pp. 87-90).

CONCLUSIÓN

El punto de vista católico comprende la importancia de la razón, la voluntad, las relaciones interpersonales y la gracia divina en la vida de las emociones. Disponemos de una capacidad limitada para controlar nuestras emociones particulares. Pero las emociones sí participan en la razón, ya sea: a) cuando una persona desea seguir libremente el control de la razón y desarrolla las disposiciones morales emocionales para hacerlo, o b) cuando los movimientos prevoluntarios espontáneos —que surgen de las disposiciones emocionales adquiridas— empujan a la razón. Las emociones son moralmente buenas o malas, en función de cómo participan y son influenciadas por la razón y la voluntad. En los Evangelios, la propia expresión de las emociones de Jesús, como la ira (Jn 2:15) y la pena (Jn 11:35), nos ofrecen un modelo de integración de la emoción, la razón y la voluntad (Gondreau, 2007, 2009; Titus, 2009). Recurriendo a la sabiduría de la tradición católica cristiana, el Catecismo de la Iglesia Católica (2000) asocia las emociones con el crecimiento en «la perfección moral [que] consiste en que el hombre sea empujado al bien, no solo por su voluntad sino también por su apetito sensible [las emociones], como en las palabras del salmo: «Mi corazón y carne cantan de alegría al Dios vivo» (Ps. 84:2, §1770).

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15
Racional
CRAIG STEVEN TITUS, PAUL C. VITZ Y WILLIAM J. NORDLING

La humanidad ha sido identificada a través de sus logros, y sus logros se han identificado con la razón o la inteligencia. Los principales logros de la inteligencia incluyen el lenguaje sintáctico y las herramientas complejas, las diferentes culturas y el arte, la literatura y las historias, así como los avances tecnológicos y los descubrimientos científicos, los progresos económicos y médicos, y los avances terapéuticos. Estos logros están enraizados en el instinto y los impulsos, así como en la intuición y la inteligencia racional. A un nivel más personal y oculto, los logros de la humanidad también se encuentran en la autocomprensión de cada persona, así como en las relaciones interpersonales, especialmente con la familia, los amigos y la comunidad. Por supuesto, existe asimismo un lado negativo en la historia humana, como en el caso de las guerras e injusticias, o de la indiferencia hacia los necesitados, o de los prejuicios contra ciertas razas y culturas, o en la falta de miras amplias a nivel personal, familiar y comunitario. Afirmar que los humanos son racionales e inteligentes no niega la presencia de la ignorancia o de esquemas cognitivos distorsionados, por ejemplo, los impulsos narcisistas, o de envidia o agresividad, que no están de acuerdo con la razón. Nuestra propia capacidad de identificar tanto los logros como los fracasos, está asimismo arraigada en la inteligencia racional humana.

Entre las cuestiones que se abordan en el presente capítulo y en el resto del volumen, se encuentra el argumento de que la dimensión intelectual de la experiencia humana se basa, en gran medida, e incluso depende en cierto modo, en dimensiones sensoriales-perceptivas-cognitivas y emocionales de la inteligencia y que, incluso, se basa en niveles no conscientes, así como en experiencias interpersonales. Simultáneamente, ni lo intelectual ni lo sensorial pueden reducirse el uno al otro (véase tabla 15.1. y los capítulos 13, «Sensorial-perceptiva-cognitiva», y 14, «Emocional», en las dos celdas inferiores de la tabla 15.1., así como el capítulo 16, «Volitiva y libre», que corresponde a la celda superior derecha). En particular, la capacidad de la persona para conocer y amar espiritualmente distingue la cognición intelectual (la capacidad de la mente para comprender, saborear y conocer) del afecto intelectual (la capacidad para elegir, amar y hacer justicia), y ambos se distinguen de la cognición y la emoción sensorial-perceptiva. No obstante, todas estas capacidades existen bajo el concepto de persona única y unificada. En el siguiente capítulo, sobre la persona como volitiva y libre, nos centraremos en el afecto intelectual, es decir, el corazón o la voluntad. Observando que la persona es racional y explicando cómo se desarrolla, el presente capítulo estudia otro aspecto significativo del paradigma multidimensional de la persona bajo el Meta-Modelo Cristiano Católico, esto es: la persona no puede ser entendida sin contemplar su unidad o totalidad.

En el presente capítulo abordaremos en primer lugar la dimensión cognitiva intelectual de nuestras inclinaciones naturales, que alimentan nuestra capacidad de razón y de conocimiento de la verdad. Estas se expresan en conexión con nuestras inclinaciones biopsicosociales, a veces inconscientes, hacia el conocimiento. En segundo lugar, abordaremos la naturaleza de los objetos de conocimiento y cómo contribuyen a nuestra realización. Asimismo, estudiaremos el contexto de los conocimientos y recuerdos autoconscientes, preconscientes e inconscientes, contextualizando el debate en términos de fuentes emergentes (biológicas; de abajo arriba) y supervenientes (espirituales; de arriba abajo) (Aquino, 1273/1981, I 79.3 y 84.1; Aquino, 1268/1994a, §397; Ashley, 2006, p. 434). En tercer lugar, distinguiremos cómo la cognición humana varía, desde lo sensorial-perceptivo hasta lo intelectual, con especial consideración de la influencia de la gracia, especialmente sobre el conocimiento infundido, como la fe. En particular, tomaremos en consideración cómo la razón humana busca la verdad en medio de los actuales desafíos del relativismo. A continuación, las creencias se presentan como el conocimiento, con asentimiento volitivo, que puede manifestarse en creencias cotidianas así como en la creencia última, o religiosa. En las dos secciones siguientes de este capítulo estudiaremos el autocontrol, el razonamiento práctico (la virtud de la prudencia), junto con sus virtudes asociadas, opuestas al vicio, así como la influencia que los principios cristianos y la gracia tienen en el razonamiento moral práctico y en la acción. Por último, identificaremos la fuente de la belleza, su singularidad y capacidad para revelar la realidad e invitar a la contemplación. Este capítulo, junto con el resto del volumen, presenta asimismo un marco básico o filosófico que permite comprender la inteligencia y razón humanas a la luz de la persona, considerada como una unidad espiritual cuerpo-alma y realizada a través de sus vocaciones y virtudes. Interpersonalmente relacional, sensorial-perceptiva-cognitiva y emocional, así como volitiva y libre (en la figura 15.1. se presentan los datos en su contexto, así como las relaciones que se establecen con el conjunto de las premisas basadas en la razón aportadas por el Meta-Modelo).

TABLA 15.1. Estructura de las capacidades humanas correspondientes a las premisas filosóficas del MMCCP


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¿CUÁLES SON LOS TIPOS BÁSICOS DE INTELIGENCIA Y RAZONAMIENTO HUMANOS?

Los humanos expresan su inteligencia bajo diferentes formas. En primer lugar, nos comunicamos a través del lenguaje en las narraciones, que vehiculan significado y sentido personal e interpersonal. Cada persona vive su propia historia personal, pero cada historia personal está entrelazada con sus narraciones familiares. Las narraciones familiares incluyen relatos de amigos y enemigos, así como de viajes que nos llevan lejos de casa y que nos devuelven a casa de nuevo. También existen narraciones cósmicas últimas, basadas en la fe, que comunican el conocimiento de la fuente de la vida, su significado actual y su realización final (Hauerwas, 1981a, 1981b). A lo largo de estas narraciones, existen narraciones o discursos básicos (filosóficos) y técnicos (científicos) que tienen gramáticas o formas particulares de utilizar la razón para alcanzar el conocimiento (MacIntyre, 1984, 1990, 1999). Estas gramáticas del discurso incluyen métodos inductivos, deductivos, y mixtos y aplicados.

FIGURA 15.1. Premisas filosóficas del Meta-Modelo Cristiano Católico de la Persona


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Expresamos la racionalidad discursiva formal y conceptual cuando, en medio de experiencias de realización humana, captamos la realidad y formulamos conceptos, principios y teorías sobre cómo estimular la realización (Dewan, 1995; Seligman, 2004, 2012; Wojtyła, 1979, pp. 14-15). Por ejemplo, si observamos la realización de una pareja en la que cada uno se preocupa por el otro, son fieles, y se dedican atentamente a la familia, comprendemos rápidamente cuáles son las condiciones potenciales (como el compromiso público), los principios (como el cuidado amoroso y la fidelidad) y las teorías (como la teoría del apego) que ayudan a explicar la realización entre esos cónyuges y dentro de su familia.

Asimismo, razonamos deductivamente desde principios lógicos, preceptos de la ley moral natural, principios y preceptos basados en la fe, así como pruebas o principios basados en la experiencia, llegando fácilmente a las conclusiones sobre lo que es lógico, éticamente correcto o moralmente bueno, y cuáles son las prácticas terapéuticas válidas. Razonamos de manera deductiva partiendo de principios abstractos (como el principio de la no contradicción) hasta conclusiones más concretas (como en el caso de los argumentos no contradictorios). En el ámbito de la salud mental y la realización matrimonial, por ejemplo, partimos de los principios racionales que se encuentran en las tradiciones basadas en la fe, que están relacionadas con la institución del matrimonio, para guiar así nuestro discernimiento y acción sobre la fidelidad conyugal y la apertura a una nueva vida en familia. La aplicación de estos principios puede requerir otros medios terapéuticos, que favorezcan concretamente los objetivos del matrimonio, como, por ejemplo, el aumento de respeto y atención mutuos en una pareja concreta, mediante una terapia de mejora de las relaciones.

Estos métodos, o formas de pensar y comunicar —inducción, deducción y combinaciones de ambos— son simples como principios, pero producen tipos complejos de discursos y narrativas. Son útiles para distinguir cómo nuestras capacidades cognitivas, conscientes e inconscientes, e instintivas e intuitivas, identifican la revelación del ser (contemplación ontológica). Y de la misma forma, cómo nuestras capacidades emocionales responden a la bondad del ser (afirmación afectiva). Estas formas de pensar también contribuyen a comprender el propósito (tanto el descubrimiento de un significado como, en otro nivel, la creación de un significado), la dirección de nuestras acciones, y la responsabilidad por nuestras intenciones y motivos.

¿QUÉ APORTAN LAS CIENCIAS PSICOLÓGICAS Y LA REFLEXIÓN FILOSÓFICA A LA COMPRENSIÓN DE LA INTELIGENCIA Y LA RAZÓN?

La psicología ha tenido un gran interés en la capacidad humana de razonamiento, como se puede apreciar a través de las numerosas formas de medir la razón, conceptualizadas en el término inteligencia. Se han desarrollado varios tipos de medidas o pruebas de inteligencia. Algunos ejemplos de ello son la escala de evaluación de la capacidad cognitiva de Stanford-Binet y el cociente de inteligencia y la encuesta de inteligencia de adultos de Weschler (WAIS-III). Recientemente, los investigadores han tratado de medir distintos tipos de inteligencia (Deary, 2001), incluida la cognitiva (Neisser, 2014), la volitiva (Baumeister y Tierney, 2011), la emocional (Salovey y Mayer, 1989; Goleman, 1995, 2006; Siegel, 2012) y la social (Siegel, 2012). No obstante, existen diferentes tipos de inteligencia, como la interpersonal y espiritual, que evitan una métrica empírica y la reducción a actividades mentales o neuronales cuantificables (Aquino, 1265/2001, II.60.2). Se ha trazado un enfoque complejo de las capacidades y aptitudes individuales en términos de «inteligencias múltiples» (Gardner, 2006), no centrado únicamente en las capacidades mentales.

Por otra parte, la visión filosófica cristiana de la unidad personal y una comprensión más amplia de la racionalidad y la libertad responsable nos llevan a afirmar que nuestras capacidades intelectuales subyacen no solo al proceso de búsqueda personal de la verdad, sino también a la búsqueda interpersonal de una realización que solo es posible cuando se basa en la vida familiar y el compromiso comunitario (véase el capítulo 16, «Volitiva y libre», sobre la libertad de excelencia). Tal y como ya hemos mencionado, el nivel más amplio de inteligencia se refleja a lo largo de la historia de la humanidad, a través de la ciencia y la tecnología (Ashley, 2006, 2013); de sus sistemas económicos, culturales y artísticos; así como del trabajo y ocio con significado (Pieper, 1952/2009); y finalmente, en la contemplación, religión y culto divino (Aquino, 1273/1981; Agustín, 401/2007; Bellah, 2011).

La experiencia humana está llena de esfuerzos autoconscientes e inteligentes para comprender el significado de la vida de uno mismo y del cosmos. En el centro de estas experiencias, aunque a veces de forma inconsciente, se encuentra la inclinación por la existencia, la bondad, la verdad, las relaciones humanas y la belleza (Schmitz, 2009). Todo contribuye a nuestra realización, diaria y definitiva. Frecuentemente buscamos estas propiedades trascendentales del ser por su propio bien, más que por su utilidad. Por ejemplo, existe una gratuidad y una utilidad limitada —o incluso una responsabilidad añadida— en la búsqueda de la justicia (de la que uno no se beneficia visiblemente, sino que exige que uno dé al otro al que se le debe algo), a través de la contemplación de la verdad o en la resolución de fórmulas matemáticas (sin ningún beneficio práctico ni beneficio monetario). También en el reconocimiento de la dignidad de toda la humanidad (que aumenta las responsabilidades de uno hacia los demás); o en la búsqueda de experiencias trascendentales de la naturaleza (que proporcionan un asombro pasajero y unos momentos de alegría imperecedera). Incluso, a veces, buscamos estas propiedades bajo nuestro propio riesgo personal o incluso de la humanidad, por ejemplo, cuando buscamos la belleza (esquí en polvo fuera de pista), o en los descubrimientos (expediciones al Polo Sur), o el conocimiento (investigación nuclear).

Debido a nuestra inteligencia autoconsciente y a nuestro deseo de conocimiento, buscamos la verdad de hechos sobre el cosmos, y recibimos revelaciones personales hechas por otros seres humanos y también, para muchos, por Dios. Bajo una medida humana más completa, la inteligencia autoconsciente incluye diferentes tipos de conocimiento y amor, es decir, tanto sobre la cognición intelectual (intuición y razón) como sobre el afecto intelectual (voluntad). El surgimiento de la consciencia humana parece haber ocurrido más bien repentinamente, hace unos cincuenta mil años (Vitz, 2017). Es casi seguro que implicó el desarrollo de la capacidad humana para el lenguaje y aparentemente ha seguido desarrollándose hacia niveles más sofisticados desde su inicio. La singularidad de esta autoconsciencia humana, basada en el lenguaje, nos separa ampliamente incluso de los animales más avanzados (Berwick y Chomsky, 2016; Bikerton, 2014; Deacon, 1997; Klein, 1999; Suddendorf, 2013).

INCLINACIONES RACIONALES

Los humanos incorporan un deseo y una necesidad natural de conocimiento. Deseamos conocer el mundo, a otras personas, y, naturalmente, a nosotros mismos, de forma integrada con nuestra necesidad de amor, intencionalidad y libertad (Sherwin, 2005). Nos hacemos preguntas como ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Existe una finalidad en la vida en general? ¿Existe una finalidad o propósito y significado en mi vida? La sed de ciencia cuantificable forma parte de este anhelo, pero también lo es el deseo de conocimiento cualitativo de otras personas, de empatía interpersonal y autocomprensión.

¿QUÉ PAPEL JUEGAN NUESTRAS INCLINACIONES NATURALES EN EL CONOCIMIENTO Y LA RAZÓN?

Entre las inclinaciones naturales que experimentan los seres humanos, el deseo natural de conocimiento sirve como semillero de virtudes intelectuales, morales y teológicas relacionadas tanto con el conocimiento como con el amor (véase el capítulo 11, «Realizada en la virtud»). Nuestra curiosidad está ligada a nuestro sentido natural de responsabilidad por nuestros pensamientos y acciones. Fundamenta el deseo de saber qué hacer éticamente, así como el juicio de la consciencia (guiado en parte por la virtud moral de la prudencia; Aquino, I-II, qq. 47-56; Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], 2000, §§1783-1789, §1806). Y la conciencia necesita ser entrenada. Por ejemplo, es natural que queramos saber no solo qué somos las personas (debido a nuestra naturaleza humana) y cómo nos realizamos como personas y en familia y comunidad (experiencia personal y vocaciones). También queremos saber qué es lo que estamos llamados a hacer (qué debemos hacer éticamente), y por qué a veces actuamos de manera que herimos a los demás y a nosotros mismos, e incluso a aquellos a quienes más amamos.

Estas experiencias humanas, de intentar conocer más para conseguir la realización, demuestran que la mente humana no solo está interesada en la supervivencia (aunque, por supuesto, existan actividades humanas conscientes e inconscientes —de los sistemas neuronales, hormonales, así como de otros sistemas humanos— que hacen posible la supervivencia), sino que, asimismo, la mente está interesada en el conocimiento del mundo, de uno mismo y de los demás. Además, estamos interesados en la trascendencia final y en Dios. Si la mente fuese simplemente un subproducto de la supervivencia, o un epifenómeno del «gen egoísta» (Dawkins, 1976/2016), solo haría cálculos estadísticos del valor o utilidad de la supervivencia de cada acción y persona.

No solo buscamos el conocimiento para prolongar la vida y lograr la sanación física y psicológica, sino que también trabajamos al servicio de la libertad, la paz, la prosperidad económica, así como de la sanación espiritual y la reconciliación. Estas cualidades, no obstante, no pueden reducirse a la supervivencia, incluso cuando tienen valor de supervivencia (Nagel, 2012). Mientras que nos preocupamos por la supervivencia del individuo, la familia o el patrimonio genético, a la vez dedicamos nuestras vidas a la exploración del significado de la vida de manera teórica, práctica y personal. Buscamos verdades comúnmente conocidas sobre el mundo y la verdad última que van más allá de cualquier utilidad. Buscamos la belleza más allá de su valor de supervivencia y de su verdad ética, incluso cuando otros se oponen fuertemente a nuestra búsqueda, y aunque pueda tener un coste emocional para nosotros. Asimismo, los humanos dan sus vidas, a pesar del precio a pagar, por ejemplo como padres de sus hijos, como soldados de un país y como mártires de su fe.

Bajo la luz de una posición filosófica católica cristiana, entendemos que esta inclinación natural por el conocimiento y la verdad (junto con los aspectos cognitivos de otras inclinaciones naturales, como hemos visto en los dos últimos capítulos y veremos en siguiente) desempeñan un papel constructivo no solo desde el punto de vista del conocimiento y la contemplación humana, sino a través de la motivación y la libre agencia, en el sentido y la estética, así como en la ética y responsabilidad. Asimismo, las inclinaciones racionales están presentes en nuestra búsqueda de realización cotidiana y de beatitud última (Aquino, 1273/1981, I-II, 94.2; Levering, 2008; Pinckaers, 1995; Schmitz, 2009). Buscamos conocer la verdad, que no es simplemente una relación exacta entre la mente y la realidad. La verdad también la encontramos a través de la revelación del ser y del descubrimiento del significado de la existencia, así como del conocimiento personal de otros humanos, del conocimiento metafísico de la fuente última de toda existencia y verdad (que es Dios), así como de la exigencia ética engendrada por la naturaleza concreta de cada persona y sus compromisos vocacionales. Una parte importante de nuestra dedicación a la verdad y el conocimiento es nuestro deseo y esfuerzo por su preservación y enseñanza, dirigidos hacia el bien de los demás y de la sociedad.

¿CÓMO INFLUYE NUESTRO IMPULSO BÁSICO POR EL CONOCIMIENTO EN LA CONDUCTA INTERPERSONAL?

Nuestra curiosidad natural por conocer la verdad no se satisface con respuestas teóricas sobre la naturaleza humana, o teorías sobre el valor de la supervivencia o informaciones científicas sobre la función cerebral. Buscamos no solo conocer el mundo y a los seres humanos, sino también interactuar con ellos. Este deseo no es un simple despliegue de conocimiento innato, ni se satisface con datos científicos y explicaciones parciales. En realidad, este deseo subyace en la búsqueda para descubrir quiénes son las personas, el significado de nuestra relación con ellas, y el propósito de nuestras vidas. El deseo natural de conocimiento y verdad nos conduce hacia un significado más completo de la vida humana, a nivel racional, interpersonal, ético, metafísico y místico. Al hacerlo, nos afirmamos sobre cómo actuamos, cómo nos comprometemos y en quiénes nos convertimos (Wojtyła, 1979, 1993). Este deseo natural funciona como una semilla de virtud y como una forma de conocer la dirección que nos ofrece la ley moral natural. Nuestro deseo natural va creciendo. Partiendo de inclinaciones no desarrolladas, llegamos a la intuición de lo que es bueno y correcto y lo que no lo es, a qué constituye nuestro fin, así como al discernimiento sobre los medios para conseguir ese fin, y a los actos responsables, a las disposiciones virtuosas, a la madurez moral y espiritual. Este deseo es también profundamente interpersonal, ya que el conocimiento se adquiere tanto a través de las relaciones interpersonales, como en nuestras comunidades y sus narrativas.

Filosóficamente hablando, llegamos a la ley moral natural a través de nuestra participación racional humana en una realidad objetiva ordenada. Teológicamente hablando, la participación racional en la ley moral natural constituye asimismo una participación racional en la ley eterna (Rom 1:19-20 y 2:14-15; Aquino, 1273/1981, I-II, 91.2). Su origen divino se afirma y clarifica a través de la revelación divina, que se encuentra, por ejemplo, en las dos tablas del Decálogo (Ex 20, 1-17; véase asimismo el capítulo 17, «Creada a imagen y semejanza de Dios», en particular el apartado «Orden divino y moral»). San Juan Pablo II (1993) identifica cómo en la creación Dios da a la humanidad sabiduría y amor, así como un «fin último, por medio de la ley inscrita en el corazón» (1993, §12; cf. Rom 2:15); y la denomina, de acuerdo con la tradición clásica, ley natural.

El conocimiento de la ley moral natural tiene una influencia directa sobre nuestra agencia humana. Este conocimiento es transformador y performativo. Conocer la verdad de la realidad nos muestra los verdaderos bienes a perseguir, y favorece los actos virtuosos, así como la verdadera realización. La ley natural subyace en el deseo de las virtudes morales o espirituales, que construyen positivamente las relaciones con los demás y con la fuente de la realidad (capítulo 11, «Realizada en la virtud», especialmente el apartado «Inclinaciones naturales, ley natural y norma personalista»). Nuestro impulso por saber está entrelazado con el impulso de hacer lo que es bueno, así como de nuestra realización, de acuerdo con la naturaleza de la persona. El precepto básico de la ley moral natural es este: hacer el bien y evitar el mal (Aquino, 1273/1981, I-II, 94.2). Los preceptos secundarios comprenden aquellos deberes y virtudes que prohíben el asesinato y protegen la vida, prohíben el adulterio o la promiscuidad y favorecen la fidelidad. Impiden el abandono de los padres y respaldan el honrarlos, etc. Estos preceptos están confirmados por la tradición católica cristiana, tal y como se encuentra en el Decálogo (Ex 20:1-17), en el sermón de la montaña (Mt 5:6) y en las exhortaciones morales de san Pablo (Gál 5; Ef 5), así como en fuentes magisteriales, como los documentos del Concilio Vaticano II (1965b) y las encíclicas de san Juan Pablo II (1993). A nivel teológico, los preceptos secundarios (deberes y virtudes) que conciernen a Dios incluyen no descuidar la adoración a Dios, sino lo contrario: reconocer a Dios; no tomar el nombre de Dios en vano, sino honrarlo; no desatender el domingo o el día de descanso del sábado, sino usarlo para buscar un ocio con significado, incluyendo, especialmente, la adoración a Dios.

El hecho de que los preceptos de la ley queden enraizados en inclinaciones naturales no implica que los preceptos sean obvios para todos (Aquino, 1273/1981, I-II, 94.4; Austriaco, 2011). No obstante, la posible existencia de una ignorancia culpable (no tener el conocimiento moral que deberíamos tener), los malentendidos, la negación de la verdad, los esquemas cognitivos disfuncionales, así como otros desórdenes de la razón, no refutan ni el hecho de que los humanos tengan una inclinación natural a conocer la verdad de su realización moral, ni el hecho de que este conocimiento suponga ventajas sobre cómo actuamos ética y espiritualmente. Estos contra ejemplos nos llevan a la conclusión de que debemos centrar nuestra atención en las causas físicas, psicológicas, sociales, así como en las éticas y espirituales del desarrollo y del declive personal, de la sanación, el desorden, y la cognición y la ignorancia.

¿EL CONOCIMIENTO HUMANO ES SIMPLEMENTE UNA CUESTIÓN NEUROLÓGICA?

Las neurociencias cognitivas han hecho recientemente importantes descubrimientos acerca de la correlación entre la actividad de las regiones cerebrales y la experiencia humana, incluida la acción moral. Uno de los descubrimientos más significativos ha sido que los diferentes circuitos del cerebro apoyan una intuición rápida (percepción, intuición y emoción) en oposición a la cognición reflexiva (discursiva racional) más lenta (Kahneman, 2011). Así, las neurociencias han identificado cómo la emoción se entrelaza con la cognición, y la cognición con la emoción. Por ejemplo, durante el desarrollo en la infancia y la edad adulta, recientes estudios muestran que los circuitos neuronales particulares y globales subyacentes para la agencia moral incluyen no solo cogniciones de orden superior, sino también empatía y emociones (Decety y Howard, 2013). Existen estudios particularmente significativos sobre el desarrollo, en la infancia, tanto de la cognición moral como de la emoción. Por ejemplo, es fácil observar que incluso los niños pequeños tienen nociones de justicia y compromiso en sus juegos e interacciones interpersonales (Hamlin, 2013). Las neurociencias continuarán inevitablemente identificando conexiones: la forma en que nuestro sistema neurológico se integra en todo el cerebro y cuerpo (Siegel, 2012); las regiones del cerebro que soportan la expresión de la intuición intelectual, la cognición moral y la emoción moralmente relevante (Siegel, 2012); e incluso, las neuronas que se correlacionan con la oración y las creencias infusas (Beauregard, 2012).

Aunque es útil de diversas maneras, la correlación de las regiones neuronales y el conocimiento se ha expresado a veces de manera latentemente reduccionista (Damasio, 2010). Esta tendencia sostiene que un modelo cerebral explica la totalidad de la persona y sus experiencias de percepción, emoción, pensamiento y voluntad (Churchland, 2001). Esta tendencia atribuye erróneamente a una parte del organismo (el cerebro) lo que propiamente solo puede atribuirse al todo (la persona). Este error lógico ha sido llamado la falacia mereológica (Bennett y Hacker, 2003, p. 73). ¿Cuáles son algunos de los indicios de que existe algo más en los humanos que la mera función biológica y neurológica? Algunos neurocientíficos reconocen que el cerebro no explica completamente el comportamiento o inteligencia de la humanidad. Por ejemplo, Gazzaniga (2006) dice: «La neurociencia nunca encontrará el cerebro al que corresponde la responsabilidad, debido a que eso es algo que atribuimos a los humanos —a las personas— no a los cerebros» (p. 101). Además de no poder explicar la autocomprensión y la libertad de la persona, las actividades neuronales por sí solas no pueden explicar la influencia de la gracia divina en estas actividades (Beauregard y O’Leary, 2008; Egnor, 2017). Asimismo, se observa el fracaso del naturalismo y del determinismo mecanicista (Życiński, 2006) para explicar la autoconsciencia humana, así como la inteligencia racional, el libre albedrío y la intencionalidad moral, el valor y el significado, y la mente misma. Ese fracaso ha llevado a algunos filósofos a buscar principios de orden en el cosmos, que son teológicos en la forma más que mecanicistas (Nagel, 2012). Admitir que el conocimiento humano no es simplemente una cuestión de neurociencia, no desacredita las ciencias biológicas y neurológicas. Más bien, establece un principio que abre un diálogo, a la luz de la comprensión de la totalidad de la persona, así como de sus capacidades racionales humanas.

OBJETOS DE CONOCIMIENTO

Los seres humanos disponen de un conocimiento limitado sobre las cosas, así como formas limitadas de conocerlas. Llegamos a recibir el conocimiento bajo nuestro modo humano de ser y saber (Aquino, 1259/1994b). No obstante, podemos llegar a conocer numerosas cosas con precisión, lo que frecuentemente requiere no solo el esfuerzo y la reflexión, sino, a la vez, herramientas para obtener algunos tipos de conocimiento. Por ejemplo, la velocidad de una partícula (si no su posición a la vez) puede ser conocida (principio de Heisenberg). El proceso normal de desarrollo de un cigoto humano puede ser conocido. Y se pueden conocer los estilos de apego de la madre y el hijo. No obstante, todos estos diferentes tipos de conocimiento incorporan características diferentes y algunas limitaciones.

Para obtener el conocimiento de los objetos se requieren diferentes preguntas y métodos de estudio. Asimismo, es necesario reconocer que lo que queremos saber (nuestras preguntas) determina cómo llegamos a conocer el objeto de conocimiento (métodos). Un método que no sea adecuado para un objeto revelará, en el mejor de los casos, solo una parte de su ser o de sus cualidades. Cuanto más compleja sea una cosa, más complejos serán los métodos de estudio. Por ejemplo, el nivel de complejidad va aumentando progresivamente, desde el estudio de los minerales (química) al estudio de los gatos (anatomía, biología, zoología) hasta el estudio de las personas (neurología, medicina, psicología, sociología), su agencia moral y su fin último (antropología filosófica y teológica, ética y teología moral).

El conocimiento de un ser humano en particular está formado por la cosa real como objeto de estudio, dependiendo de la forma en que el objeto, incluidas las personas, se revele a sí mismo, y de los métodos e instrumentos disponibles que permiten ayudar en el proceso (Sokolowski, 2000).

El conocimiento humano, en términos globales, puede identificarse como un conocimiento de los sentidos y de las cogniciones perceptivas de orden superior (capacidad sintética, memoria, imaginación, capacidad de evaluación), conocimiento intelectual (intuición y razón) y conocimiento científico (que se distingue según el enfoque del método científico sobre los objetos). Estos tipos de conocimiento pueden ser conscientes o no conscientes, como en los casos en que los recuerdos reprimidos producen ciertas psicopatologías, o cuando se experimentan traumas graves antes de que los recuerdos puedan ser codificados a través del lenguaje (es decir, antes de los cuatro años) (Schore, 2002). El conocimiento humano implica, además, no solo la diada conocimiento-ignorancia, sino también matices que distinguen las creencias, opiniones y dudas (véase tabla 15.1.).

¿QUÉ TIPOS DE CONOCIMIENTO AYUDAN A LA REALIZACIÓN
Y EL FLORECIMIENTO HUMANOS?

El conocimiento necesario para la realización humana es más moral, más personal, y comúnmente más simple y disponible, que el conocimiento que los especialistas manifiestan. Los expertos y especialistas buscan expresiones refinadas de conocimientos estéticos, filosóficos, científicos y espirituales. Contribuyen a una mayor comprensión de la humanidad y el cosmos (Ashley, 2006; Maritain, 1932/1959). No obstante, no todas las personas son expertas en un campo de conocimiento concreto, y mucho menos en todos ellos. Lo que los humanos necesitan para comenzar su realización en la vida cotidiana es más humilde que eso. Podemos realizarnos incluso en medio de tipos de ignorancia y olvido. Asimismo, la enorme cantidad de información disponible que puede desviar nuestra atención de las prioridades de la vida nos lleva a reconocer que incluso existen ventajas en cierta ignorancia (ignorancia, por ejemplo, de la vida personal de las celebridades) o en no saberlo todo a la vez. Incluso aunque no seamos capaces de describir su búsqueda, todas las personas buscamos una comprensión general de qué es ser una persona (naturaleza y realización humanas) y también buscamos aquello a lo que estamos llamados para dedicar nuestras vidas (vocaciones). Por ejemplo, para alcanzar la realización debemos comprender nuestras vocaciones y conocimientos básicos necesarios para vivirlas correctamente. Esta búsqueda implica un autoconocimiento personal, así como un conocimiento de los demás, pero, a la vez, requiere establecer relaciones interpersonales con los individuos (especialmente con los miembros de la familia, con amigos, colegas de trabajo, etc.) y con Dios (en quien mucha gente cree explícitamente). No obstante, sin el conocimiento de la vocación personal, y también interpersonal y definitiva, los humanos nos sentimos perdidos en el hilo de la historia y de nuestra propia historia. Además, los seres humanos buscan el conocimiento práctico de cómo avanzar en sus vocaciones particulares en niveles cotidianos (por ejemplo, como esposo o esposa, como padre o madre, como profesional de la salud mental, o como alguien necesitado de terapia), así como a niveles últimos (por ejemplo, a través de la bondad, la justicia y la santidad en relación con Dios). Estos conocimientos prácticos, que permiten superar los procesos de languidecimiento y, a la vez, facilitar la realización, se comparten entre los miembros de las familias, entre los amigos, en las escuelas, en las comunidades religiosas y a través del trabajo de los profesionales de la salud mental.

¿PODEMOS CONOCER MÁS ALLÁ DE NUESTRA CONCIENCIA INMEDIATA?

Percibimos el mundo a través de diferentes fuentes, a lo largo del tiempo. El conocimiento sensorial de los demás y de nosotros mismos sirve como un elemento básico para tipos de conocimiento más complejos. El nivel consciente, que implica a diferentes tipos de cognición sensorial-perceptiva e intelectual de los que somos conscientes, constituye solo una fracción de nuestro conocimiento. Nuestro conocimiento consciente se sustenta en los instintos, las sensaciones, las percepciones de orden superior (como la imaginación, la memoria y las evaluaciones de orden inferior), así como en la intuición y la comprensión, el razonamiento teórico y los juicios prácticos sobre conceptos, personas y realidad. Por ejemplo, el conocimiento consciente del principio moral de protección de la vida está arraigado 1) en un conocimiento instintivo y biológico (de abajo arriba) de la bondad de las cosas existentes —que hemos experimentado a través de los sentidos y las percepciones de orden superior—; 2) en la comprensión espiritual, intuitiva e intelectual (de arriba abajo) de la bondad de las cosas existentes, como provenientes de una fuente última de bondad y vida.

Los términos «consciente» e «inconsciente» (incluyendo el preconsciente) se utilizan para comprender el conocimiento y experiencia humanos. La psicología se ha centrado en un desarrollo ascendente (de abajo arriba) del conocimiento y la consciencia. El Meta-Modelo Cristiano Católico de la Persona reconoce no solo un movimiento emergente (de abajo arriba), sino también un movimiento superveniente (descendente, o de arriba abajo) en el desarrollo del conocimiento y la consciencia. Las influencias supervenientes sobre la no consciencia y la consciencia constituyen los niveles intelectuales y espirituales humanos, incluyendo la gracia y la forma en que la gracia perfecciona la naturaleza (Aquino 1273/1981, I, 1.8 ad 2). La preconciencia del espíritu se refiere al conocimiento espiritual descendente, o superveniente, de los conceptos y el uso del intelecto, así como la presencia y el funcionamiento de la gracia divina (Maritain, 1953, p. 108).

El conocimiento personal se acumula y matiza a través de la experiencia, a medida que buscamos unir nuestro conocimiento sensorial-perceptivo con el conocimiento intelectual de nosotros mismos y de los demás. En parte, también se nutre de niveles no conscientes, que se originan tanto a nivel suprarracional (del preconsciente, relativo al área espiritual) como a nivel subracional (del no consciente, relativo al dominio automático e instintivo). Las cogniciones sensoriales-perceptivas humanas (tales tomo la memoria, la imaginación, la evaluación) y el intelecto están unidos dentro del alma humana. A través de ellas accedemos a las intuiciones sobre la verdad de la realidad, y son con las que, mediante el razonamiento, organizamos el conocimiento de los sentidos externos, la imaginación interna, así como los conceptos y las ideas.

Así, el conocimiento consciente depende de fuentes que no son del todo conscientes, al menos inicialmente, y necesitan reflexión, retrospección y la ayuda de otras personas. Nos hacemos conscientes de nuestras percepciones y evaluaciones no conscientes (o preconscientes) basadas en efectos no solo a través de nuestra consciencia básica (capacidad de síntesis) sino también mediante la ayuda de otros y bajo patrones de cognición ascendentes (de abajo arriba) y descendentes (de arriba abajo).

En un movimiento ascendente, por ejemplo, se parte de la realidad que se encuentra y de la percepción sensorial de la misma. Por ejemplo: experimentamos una lesión, sufrimos el dolor físico, percibimos el peligro mediante una evaluación subracional, no consciente, de la situación, sentimos repulsión o miedo, centramos nuestra atención en el origen del dolor y el peligro, tomamos consciencia de la lesión, del peligro y del rechazo, y empezamos a pensar en las medidas adecuadas para evitar en el futuro más lesiones a uno mismo o a los demás, incluidas ideas para conseguir un refugio seguro, o la ayuda necesaria para conseguir atención médica y seguridad.

En otra dirección, en un movimiento descendente, de arriba hacia abajo, de deliberación y elección racional, mientras intentamos mantener la cabeza clara y fría, primero tenemos una intuición sobre la necesidad de preservar nuestra vida (seguridad y salud) y luego la deseamos. Reconocemos que existe alguna posibilidad de alcanzar la seguridad y luego nos proponemos buscarla. Deliberamos sobre las formas de proteger nuestra vida y luego las consentimos. Decidimos sobre los medios particulares para conseguir seguridad y luego elegimos uno. Finalmente, ejecutamos el plan real negociando, huyendo, atacando, etc. (Aquino, 1273/1981, I-II, 11-17; Clayton y Davies, 2006; Murphy, 2006).

Asimismo, influimos en nuestros hábitos cognitivos y afectivos no conscientes (como nuestras emociones y conductas) de forma descendente. Por ejemplo, nuestras distorsiones cognitivas, o esquemas disfuncionales u otros trastornos cognitivos, pueden producirnos emociones disfóricas; no obstante, podemos utilizar nuestros pensamientos racionales, con la ayuda de terapias cognitivas, para calmar y ayudar a corregir esa distorsión (Beck, 1979; Ellis y Ellis, 2011). Asimismo, nuestras actividades conscientes también pueden convertirse en patrones de pensamiento, no conscientes o adquiridos. Intencionalmente damos forma a nuestras disposiciones cognitivas y racionales. Por ejemplo, podemos formar disposiciones cognitivas para resistir la ansiedad, basadas en una formación mediante guiones cognitivos y habilidades de autorrelajación, así como mediante la concentración de nuestra atención en un objeto que no nos produzca ansiedad, pánico o ira.

¿DE QUÉ MANERA EL CONOCIMIENTO CONSCIENTE IMPLICA OTROS TIPOS DE CONOCIMIENTO?

Existen dos tipos de conocimiento no consciente (incluido el preconsciente), a dos niveles diferentes —de abajo arriba (emergente) y de arriba abajo (superveniente)— que influyen en la consciencia, como ya hemos mencionado. En primer lugar, interviene la inteligencia humana de forma ascendente, que también involucra tipos automáticos instintivos y habituados, de conocimiento no consciente. Este conocimiento subracional influye en la cognición sensorial-perceptiva, en las emociones y en los juicios racionales de los humanos (Ashley, 2013; Kahneman, 2011; Maritain, 1959). Las influencias y el conocimiento inconsciente pueden tomar sus raíces en experiencias de la juventud o en traumas vividos. Aunque no se reconozcan, pueden influir en nuestras vidas cognitivas y afectivas. Las fuentes de conocimiento no conscientes incluyen no solo el instinto básico, sino también la capacidad de evaluar rápidamente las características atractivas o repulsivas de una cosa o una persona. Este juicio es posible gracias a nuestra capacidad de evaluación (Aquino, 1273/1981, I, 78.4; Ashley, 2013; Tellkamp, 2012; véase también el capítulo 13, «Sensorial-perceptiva-cognitiva»). Tal evaluación puede informar a la inteligencia sobre nuestras emociones, de la misma forma que nuestras posteriores reflexiones racionales nos informarán sobre la persona o la cosa. A esto se le ha llamado inteligencia emocional e inteligencia social (Damasio, 2010; Goleman, 1995, 2006). No obstante, tal y como veremos a continuación, existen más potencialidades en la inteligencia humana completa salvo si reducimos la mente a una simple creación del cerebro o a un epifenómeno de abajo arriba (Davies, 2006; Murphy, 1998; Pinker, 2009; Życiński, 2006).

En segundo lugar: queda asumido que existen varios niveles de estructura y actividad descendentes. Asimismo, existen influencias no conscientes, o preconscientes, que se manifiestan a través de las capacidades y actividades intelectuales humanas. También existen influencias preconscientes y suprarracionales, que son el resultado de la gracia y de los dones del Espíritu Santo. Estas influencias divinas son preconscientes, en el sentido de que son ontológicamente anteriores, o superiores, a la consciencia (Agustín, 401/2007, VII.17). La preconciencia del Espíritu afecta a las capacidades intelectuales y espirituales de conocer y amar (Aquino, 1273/1981, I, 79.3 y 84.1; Aquino, 1268/1994a, §397; Ashley, 2006, p. 434). Tales influencias implican, por ejemplo, ser iluminados recibiendo el don de la comprensión (CIC, 2000,§1831) o estar inspirado para afirmar verdades que trascienden la capacidad del intelecto natural de la persona (Aristóteles, 1941c; Pinckaers, 2005, p. 387; Vaticano II, 1965a, §§7-11). Tales influencias descendentes solo pueden ser comprobadas indirectamente (Vaticano II, 1965b, §36).

La forma en que nuestro conocimiento consciente implica estos otros tipos de conocimiento se evidencia cuando las influencias espirituales alcanzan a nuestra afectividad. Experimentamos una interacción entre la emoción sentida, el amor voluntario y el afecto espiritual y religioso, que puede desbordarse en la emoción. De esta forma, podemos experimentar alegría espiritual, paz intelectual y dolor emocional a la vez. Por ejemplo, imaginemos una hija que ama a su padre, y que tiene fe en Dios y en la vida después de la muerte. Puede, en el momento de su muerte, sentir un verdadero dolor emocional por la pérdida de su padre, así como una alegría y paz espiritual bajo la esperanza de que Dios le conceda el descanso eterno y la bienaventuranza (véase el capítulo 19, «Redimida», el capítulo 14, «Emocional», y el capítulo 16, «Volitiva y libre»).

¿CÓMO ENTIENDE LA PSICOLOGÍA EL CRECIMIENTO Y DESARROLLO DE LAS PERSONAS?

La búsqueda del conocimiento sobre el yo puede ser entendida psicológicamente (mediante teorías de desarrollo), filosóficamente (a través de la metafísica, la epistemología y una ética basada en la ley natural) y teológicamente (mediante una exploración religiosa de la ley divina y la revelación).

Desde una perspectiva psicológica, existen diferentes enfoques para comprender el desarrollo del yo que incluyen la cognición, la familia y las influencias socioculturales, así como las implicaciones en la emoción y el comportamiento. Piaget (1929) centra la atención sobre el desarrollo cognitivo humano. Kohlberg (1981, 1984; Kohlberg, Boyd y Levine 1990) amplía la labor de Piaget centrándose en el desarrollo moral cognitivo, entendido especialmente como el juicio de la justicia. La influencia de Vygotsky (1962, 1978) contribuye a ampliar el estudio del desarrollo, para incluir una perspectiva sociocultural. Gilligan (1982) explora cómo el cuidado de otras personas es importante en la agencia moral, y cómo sin él no comprenderíamos el desarrollo moral en las mujeres (el cuidar de otras personas también es pertinente en el caso de los hombres, como veremos más adelante). Bowlby (1982, 1988) y sus estudiantes (Ainsworth, Blehar, Waters y Wall, 1978; Hazan y Shaver, 1987; Mikulincer y Phillip, 2007) reconocen la importancia de los estilos de apego en el aprendizaje, en la agencia, así como en las relaciones interpersonales a lo largo de toda la vida. Erikson (1979, 1994) y Hoffman (2001) contribuyen asimismo a una nueva noción de crecimiento, que implica no solo el desarrollo cognitivo, sino también el social y emocional. En particular, las etapas de desarrollo de Erikson implican etapas interpersonales, que van desde una etapa egocéntrica, pasando una etapa de latencia, hasta llegar a la verdadera relacionalidad. Gardner (2006), asimismo, trata de ampliar la noción de inteligencia y cognición a la de «inteligencias múltiples», incluidas las aptitudes a nivel musical, visual, lingüístico, lógico-matemático, corporal, interpersonal, intrapersonal, naturalista y existencial (pp. 8 a 21). De forma más reciente, la psicología positiva introduce un esbozo de la realización psicológica humana en términos de virtudes y fortalezas de carácter (Peterson y Seligman, 2004; López y Snyder, 2009).

Las diferentes formas psicológicas para llegar al autoconocimiento implican diferentes aspectos de la experiencia, como la lectura literaria o la participación en conversaciones sobre uno mismo, ya sea con la familia o con amigos. La psicoterapia aporta en la actualidad una importante contribución, llevando a los clientes al autoconocimiento, al igual que las lecturas sobre psicología y sus hallazgos actuales, y las reflexiones sobre los éxitos y fracasos en la vida de uno mismo.

¿CÓMO CONOCEMOS A LA PERSONA DESDE LAS PERSPECTIVAS FILOSÓFICAS Y TEOLÓGICAS?

Desde los puntos de vista filosófico y teológico, la búsqueda del conocimiento de uno mismo puede clasificarse en cuatro dimensiones antropológicas, que permiten obtener una síntesis de nivel superior sobre el conocimiento de uno mismo y los demás, situando este conocimiento dentro de un contexto racional.

En primer lugar, los humanos se conocen a sí mismos a través del reconocimiento personal de su propia existencia, cogniciones y afectos. La máxima de Delfos es «conócete a ti mismo». Este es uno de los aforismos filosóficos más antiguos (Platón, ca. 370 a. C./2001, 229e). Expresa una sed de sabiduría comúnmente experimentada (Rom 12:2-3; Gál 6:3) que es más profunda que el conocimiento particular de la música y las artes, o de las ciencias y las matemáticas, o de la psicología y la sociología. Implica dimensiones personales, éticas y sapienciales.

En segundo lugar, el conocimiento de los demás nos conduce a una comprensión más profunda de uno mismo que la que podría obtener uno solo. La humanidad es social por naturaleza y por vocación. Aprendemos acerca de nosotros mismos a través de la comprensión de nuestro ser, masculino o femenino, a través de las interacciones con nuestras familias, y como respuesta a nuestras vocaciones básicas para la realización. No solo existe el conocimiento interpersonal, que llega a través de las primeras sonrisas y signos de afecto de la madre y la educación de los padres, sino también el conocimiento sistemático y científico de la persona en relación, a través de las ciencias sociales y la psicología (MacIntyre, 1999).

En tercer lugar, la experiencia de la realidad (el libro de la naturaleza o la creación) proporciona una base para el conocimiento intuitivo y el juicio metafísico sobre la existencia, la bondad, la verdad, las relaciones, la belleza y la fuente de todo ello, es decir, Dios (Rom 1:19-20; Aquino, 1273/1981; Maritain, 1959; Schmitz, 2009).

En cuarto lugar, la experiencia de la Revelación Divina (el libro de la Palabra de Dios) comunica una información más precisa sobre Dios y sobre las vocaciones humanas, la historia de la salvación, la ley moral natural y la ley divina (Lc 8:10; Juan Pablo II, 1998, §4, §9, §19; Vaticano II, 1965a). Este conocimiento de Dios conduce a una mayor comprensión, intra e interpersonal, especialmente en lo que respecta al carácter personal de la llamada a la realización final (2 Pe 1:2-9).

¿CUÁL ES LA IMPORTANCIA DEL DESEO Y EL CONOCIMIENTO DE DIOS?

Existe una gran importancia moral y clínica en el hecho de que los humanos busquen la verdad sobre su propia realización a través de su autoconocimiento y experiencia, así como a través de los tipos de cognición que se encuentran en las artes y la literatura, las ciencias y la tecnología, la filosofía y la revelación divina. Esta perspectiva cristiana sobre el conocimiento del bien y el mal no se limita al conocimiento práctico (e inclinación natural) de que hay que perseguir el bien y evitar el mal (Jn 14:15). Tampoco se limita al conocimiento subjetivo. En la base de la cognición humana se encuentra la inquietud del deseo hacia la verdad, incluyendo la unión interpersonal con la fuente de la verdad. En sus Confesiones, san Agustín (401/2007) se dirige personalmente a Dios como fuente, exclamando: «Nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti» (I.1.2). El conocimiento moral, que se encuentra en los mandamientos y la doctrina moral de la tradición cristiana, está arraigado en el conocimiento de Dios a través de Jesucristo y en el Espíritu Santo (Juan Pablo II, 1993, §§6-27). La creencia de que Dios llama a cada persona por su nombre para una vida de fe y bondad, conlleva un gran significado moral, clínico (Frankl, 1959/2000) y empírico (VanderWeele, 2017a, 2017b). Por ejemplo, aunque la esperanza teológica está principalmente arraigada en la fe, proporciona más que información sobre la salvación. La esperanza se convierte en «performativa», haciendo que los creyentes vivan de forma diferente. La fe, vivida en la esperanza, ofrece un nuevo significado en el camino de la vida, así como una fuente de alegría y paz, incluso durante las pruebas y el sufrimiento (Benedicto XVI, 2007, §§1-2).

CONOCIMIENTOS SENSORIALES, PERCEPTIVOS, COGNITIVOS E INTELECTUALES

Los humanos no inventan las normas morales objetivas, ni la verdad de las cosas o el orden del universo. Los comprendemos solo en parte, y no solo debido a la razón humana. En el complejo proceso del conocimiento humano descubrimos algo de la verdad objetiva y las normas, que sirven de base para una acción razonable para conseguir leyes y costumbres más concretas (sobre el orden divino y la ley natural, véase el capítulo 17, «Creada a imagen y semejanza de Dios»). Para conseguir una comprensión más amplia de la inteligencia es necesario resistirse al estrecho racionalismo y relativismo modernos. En particular, es necesario reconocer que, frecuentemente, los enfoques laicos presuponen que las cosmovisiones religiosas y metafísicas son insignificantes para conseguir un conocimiento válido de la persona. El efecto de esta premisa laica es la negación inherente o absoluta de las cosmovisiones metafísicas no reduccionistas que sostienen numerosos profesionales de la salud mental y científicos sociales, como Bandura (1997, 2006), Beauregard (2012), Frankl (1959), Fowers (2005), Giorgi (1970) y Romanyshyn (1982), así como muchos psicólogos positivos, como Joseph y Linley (2006) y López y Snyder (2009).

Las respuestas viables requieren un enfoque no reduccionista, que integre las fuentes de conocimiento científicas, históricas y culturales (Benedicto XVI, 2006). Esta búsqueda de un alcance más amplio de la comprensión reconoce que la inteligencia humana implica una interacción, frecuentemente no percibida, bajo un proceso de recepción y entrega de hechos, conocimientos, y comprensión o sabiduría. Como vimos anteriormente, somos unidades cuerpo-alma humanas, por lo tanto también animales racionales. Nuestra forma de conocer queda influenciada por nuestras cogniciones sensoriales e intelectuales. Existen: a) inclinaciones naturales (hacia la verdad y la belleza), b) sensaciones (la apreciación táctil de la temperatura del niño), c) percepciones de orden superior (las evaluaciones sobre lo que está peligrosamente caliente para un niño), así como d) instancias de conocimiento intelectual fundamentadas en la experiencia y la razón básicas (como tomar la temperatura del niño y llamar al médico), y, e) como los cristianos mantienen la gracia de Dios.

El proceso de conocer no consiste simplemente en una adquisición del significado del mundo y su estructura. En realidad, el conocimiento está ligado también al amor, y al amor a personas particulares (por ejemplo, amar al niño cuando está enfermo y malhumorado o a la madre y al padre de uno incluso cuando han actuado de manera poco amable), y a la búsqueda de objetivos muy particulares (como podrían ser cosas diferentes, como disfrutar de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn o buscar ayuda terapéutica para la depresión).

¿POR QUÉ DISTINGUIR CONOCIMIENTO SENSORIAL-PERCEPTIVO-COGNITIVO E INTELECTUAL?

Para resistirnos a reducir la persona a la mente y la mente al cuerpo, necesitamos identificar de manera sólida la unidad espiritual cuerpo-alma de la persona, como fuente de conocimiento tanto sensorial-perceptivo como intelectual-lingüístico. Si los humanos fuésemos simplemente seres materiales, es decir, si cada persona no fuese una unidad cuerpo-alma espiritual, no necesitaríamos distinguir la cognición sensorial-perceptiva del conocimiento intelectual. Solo tendríamos las capacidades sensoriales-perceptivas-cognitivas a través de las cuales percibimos los colores, percibimos las cosas de color y nos repelen las cosas que son peligrosas o nos atraen las que son beneficiosas. O, si fuéramos materialistas, podríamos mantener que existe una estructura neuronal superior que explica nuestra comprensión fundamental de la verdad y la atracción por el bien, así como la relacionalidad humana y otras realidades inmateriales. Pero se ha demostrado de forma convincente que la unidad cuerpo-alma humana es la forma más útil de entender cómo experimentamos algo más que cognición y emoción sensorial-perceptiva y sus correlatos neuronales (Beauregard y O’Leary, 2008; Nagel, 2012; Vitz, 2017). A través de la observación y el juicio racional podemos identificar las primeras causas y principios (Aristóteles, ca. 350 a. C./1941a) de la dimensión intelectual (incluyendo la lingüística) y espiritual de cada persona, que nos proporcionan una explicación basada en el significado y dirigida a un propósito (teológico), más allá de lo que valoramos como personas.

Decir que una persona es una unidad cuerpo-alma espiritual (unidad hilomórfica) es diferente a decir que una persona es una mente, o un corazón, o un alma, o un cuerpo, o un espíritu (capítulo 8, «Plenitud personal»). No obstante, se considera que las capacidades sensoriales primarias y las capacidades perceptivas de orden superior constituyen el fundamento del conocimiento sensorial-perceptivo (de abajo arriba), así como las capacidades intelectuales (incluidas las lingüísticas) y espirituales (incluida la gracia de Dios) se consideran la fuente del conocimiento intelectual (de arriba abajo).

¿Qué es el conocimiento sensorial-perceptivo? La cognición sensorial-perceptiva se refiere a sentir y percibir cosas particulares. Por ejemplo, a través de nuestros sentidos primarios sabemos que un objeto está en la gama de los rojos (rosa), o que el sonido nos evoca intensidad (Mozart), que el olor es picante (gorgonzola), que el sabor es amargo (chocolate) y que el objeto es áspero (papel de lija). Pero también a través de nuestras percepciones cognitivas tenemos recuerdos de una persona, imágenes de la persona en un nuevo entorno, y atracciones a lo que es útil y repulsión a lo que es peligroso para la persona (capítulo 13, «Sensorial-perceptiva-cognitiva»).

El conocimiento sensorial-perceptivo-cognitivo se alcanza a través de los sentidos externos del tacto y las claves propioceptivas, la vista, el oído, el gusto y el olfato, que son cinco formas diferentes de recibir información sobre el mundo. También incluye las cogniciones perceptivas de orden superior —como la capacidad sintética, la imaginación, la memoria y la capacidad de evaluación— que son otras formas de recibir y procesar la información básica de la realidad (Ashley, 2013). De particular interés, la capacidad de evaluación constituye una percepción de orden superior, percibimos bajo nuestra forma personal que una persona o cosa es encantadora o insoportable, atractiva o repulsiva.

¿QUÉ ES LO QUE DISTINGUE A LOS CONOCIMIENTOS INTELECTUALES AUTOCONSCIENTES?

¿Qué es el conocimiento intelectual? En conjunto, la cognición sensorial-perceptiva humana de las cosas y las personas se complementa con el conocimiento intelectual autoconsciente (intelecto, concepción y lenguaje) que está enraizado en la realidad, así como en la experiencia y el conocimiento básicos de la vida interior de cada persona (Pinckaers, 1995, pp. 48 a 82; Vitz, 2017). La cognición intelectual implica conocer los rasgos universales de las realidades experimentadas (tales como la humanidad, o la justicia, o la belleza), que una vez aprehendidas (intelección) pueden ser conceptualizadas (palabras y principios internos) y expresadas por medio del lenguaje (palabras y discurso externos) (Aquino, 1273/1981, I, 27.1; Aquino, ca. 1272/2010, I.1, §25-§29; Dewan, 1995). Este tipo de cognición constituye la base de la cultura humana (creación y apreciación), así como de herramientas complejas (ciencia y uso). Una visión realista del conocimiento sensorial-perceptivo-cognitivo e intelectual-lingüístico se basa en el tipo único de experiencias espirituales (intelectuales y de gracia), así como de las relaciones interpersonales que establecen los humanos (Beauregard y O’Leary, 2008). Esta visión realista del conocimiento afirma que el conocimiento humano es objetivo, aunque a veces falible (Popper, 1975).

El conocimiento y la racionalidad humanas son diferentes a los de otros animales, tal y como se evidencia en nuestra capacidad para el lenguaje sintáctico, el uso de herramientas complejas, la agencia libre consciente e intencionada, la ciencia, la preservación del conocimiento y ciertas relaciones sociales (Berwick y Chomsky, 2016; Bikerton, 2014; Deacon, 1997; Klein, 1999; Suddendorf, 2013; Vitz, 2017). Asimismo, según Sokolowski (2000, p. 158) y la fenomenología realista, tenemos acceso, a través de nuestro intelecto, a diferentes aspectos de la realidad. Podemos intuir y determinar racionalmente la verdad de los hechos sobre el cosmos, así como hacer juicios racionales sobre nuestra naturaleza humana. Asimismo, podemos participar en la recepción personal y en la revelación de aspectos de la verdad particulares a cada persona, y de Dios. Nuestra profunda vida interior, representada por este conocimiento intelectual autoconsciente y amor, se basa, de varias formas, en el conocimiento sensorial-perceptivo-cognitivo, así como en la experiencia espiritual de base. Nuestro conocimiento intelectual puede ser intuitivo (implica perspicacia y comprensión), discursivo (se alcanza por medio del razonamiento) o infundido (implica una creencia bajo la gracia) (Lonergan, 1992).

Basándonos en nuestro conocimiento sensorial-perceptivo-cognitivo, que es subracional, y en nuestra experiencia preideacional y contemplativa de la realidad (Pinckaers, 1995), gracias a nuestras capacidades intelectuales las personas intuimos la verdad y la belleza de una persona o una cosa (para una presentación más completa de la epistemología y la metafísica, véase Aristóteles, ca. 350 a. C. /1941a; Ashley, 2006; Maritain, 1959, 1953; Popper, 1975; Schmitz, 2009). La experiencia de tal conocimiento propiamente intelectual (del ser, de la verdad, de la bondad, la relación, la belleza) subyace a la convicción filosófica (y católica) de que los humanos están compuestos de una unidad espiritual alma-cuerpo. No somos simplemente materia o espíritu puro (como los ángeles). Los seres humanos disponemos de un intelecto unificado, que es tanto intelectualmente receptivo, como racionalmente activo, para lograr captar y comprender a las personas y las cosas (Aquino, 1268/1994a; Aristóteles, ca. 350 a. C./1941c; McInerny y O’Callahan, 2014). La receptividad activa y la actividad receptiva del intelecto, aunque unidas, son denominadas «intelecto posible» e «intelecto agente», respectivamente, por Aquino (1270/1968). Nuestras capacidades intelectuales o espirituales perciben la realidad a través de la intuición o la inferencia de la existencia, de la naturaleza, el potencial y las relaciones de la cosa o la persona (Aquino, 1265/2001, II.60.22).

La comprensión intelectual (intelligere) implica una comprensión básica (intuición simple) de la experiencia, recibida a través de los sentidos corporales, sobre la naturaleza, verdad, bondad y belleza de las cosas, de nosotros mismos y del mundo. Lo que, en última instancia, nos lleva a considerar nuestra primera fuente (Aristóteles, ca. 350 a. C./1941a; Aquino, 1273/1981, I, qq. 84-87). A través de la comprensión intelectual, intuimos la validez de las verdades: «una cosa no puede ser y no ser a la vez» (principio de no contradicción), y «se debe hacer el bien y evitar el mal» (primer principio de la razón práctica). La intuición proporciona principios básicos de conocimiento autoconsciente, que se perfeccionan y aplican a través del razonamiento discursivo (Aquino, 1259/1994b, II.15.1; Ashley, 2013; Lonergan, 1992; Pieper, 1952/2009, p. 11).

¿CUÁL ES LA NATURALEZA DEL DISCURSO RACIONAL (INCLUYENDO EL DISCURSO MORAL)?

El discurso racional consciente e intencional (ratio) ejercita una cognición reflexiva enraizada en la realidad y en nuestra experiencia y conocimiento básicos de esa realidad. Involucra un tipo de discurso racional cuando uno se aconseja y reflexiona sobre el curso de las acciones prácticas (Aquino, 1273/1981, II-II, 49.5). El discurso racional ejercita asimismo la capacidad inferencial del intelecto mediante la deducción lógica. La deducción pasa de los principios e hipótesis a las aplicaciones y prácticas. En un movimiento complementario, el intelecto puede formar generalizaciones e hipótesis basadas en la experiencia y las observaciones (Popper, 1975; Robinson, 2007). Si bien el discurso racional del razonamiento deductivo es distinto del discurso racional de la formación de hipótesis, el razonamiento científico requiere ambos procesos (O’Donohue, 2013; Oskawa, 2002). De manera similar, el razonamiento práctico requiere la formación de hipótesis sobre la acción y las situaciones morales, y una especie de deducción de los principios morales (Aquino, 1273/1981, II-II, 49.5 ad 2; Aquino, 1272/2003, 3.9 ad 7; Osborne, 2012, p. 282).

En resumen, el razonamiento pasa de la experiencia a la formación de hipótesis que expliquen la experiencia. Las teorías psicológicas se constituyen de esta manera cuando se basan en experiencias prácticas, pruebas empíricas y casos de la salud mental así como en psicopatología. Por ejemplo, las observaciones de personas que pueden superar las dificultades cuando se les proporcionan recursos y esperanza llevan a comprender el efecto de la resiliencia, del apego seguro frente al inseguro (Ainsworth, Blehar, Waters y Wall, 1978; Bowlby, 1982, 1988). Tales observaciones conducen también a la formación de hipótesis en la psicología. Por ejemplo, la esperanza se construye sobre vías cognitivas y agencia personal, y conduce a la resiliencia ante las dificultades (Snyder, 1994; Rand y Cheavens, 2009).

El razonamiento deductivo es otro aspecto del complejo uso de la razón en la ciencia, la psicoterapia, la ética y la cultura. Por ejemplo, la razón discursiva es operativa en el método científico cuando prueba (verifica o refuta) una hipótesis a través de observaciones medidas. Esas pruebas suelen implicar, en primer lugar, hacer una inferencia deductiva con respecto a los resultados que lógicamente se obtendrían si la hipótesis fuera cierta, y luego estructurar un experimento para discernir la presencia de esos resultados (como cuando se realizan análisis de sangre para verificar o negar un diagnóstico médico) (Copi y Cohen, 2005, p. 527). La deducción es asimismo operativa cuando los profesionales de la salud mental añaden al tratamiento de sus clientes prácticas terapéuticas basadas en pruebas, verdades filosóficas intuidas sobre la humanidad, o teorías psicológicas sobre el desarrollo de las personas. Un proceso similar se encuentra en el razonamiento moral. Por ejemplo, en la ética profesional (American Psychological Association, 2010; American Counseling Association, 2014), un profesional de la salud mental se adhiere a principios como «beneficencia y no daño», «fidelidad y responsabilidad» y «justicia», y los aplica en su práctica al concluir deductivamente que debe remitir a un cliente a otro profesional, debido a un conflicto de intereses.

¿CUÁL ES LA NATURALEZA DE UN CONOCIMIENTO FUNDAMENTADO EN EL DON DE LA GRACIA?

Existe un conocimiento que solo es posible a través de la experiencia de la fe. El cristiano considera que este conocimiento está infundido por el don de la gracia. Dios da un conocimiento de sí mismo, que es a la vez un conocimiento amoroso y un amor conocedor. El conocimiento basado en la fe suscita un asentimiento agraciado del intelecto y un consentimiento de la voluntad, en respuesta al encuentro con Dios, que se revela y nos informa de la verdad sobre el mundo y sobre nosotros mismos (Aquino, 1273/1981, II-II, 6.1; Francisco, 2013; Pieper, 1997). Por ejemplo, a través de la fe infusa y la caridad la atención intelectual de nuestra mente y el deseo de amor de nuestra voluntad se unifican y permiten comenzar a acercarse a Dios, a la primera verdad en ser conocida y el mayor bien que amar. Asimismo, podemos conocer verdades sobre Dios y sus obras, como la verdad sobre Dios como comunión interpersonal trina, sobre la creación del mundo por parte de Dios, sobre la redención de la humanidad por parte de Dios a través de Jesucristo y sobre la necesidad de justicia y perdón para realizarse (capítulo 19, «Redimida»). Así como un razonamiento humano sin ayuda no es inmediatamente consciente de la actividad biológica no consciente (como, por ejemplo, la actividad de los neurotransmisores y las hormonas), tampoco es inmediatamente consciente de los movimientos no conscientes de la gracia (CIC, 2000, §2005). No obstante, el modelo católico reconoce que tal conocimiento, conocido de forma natural y revelado de forma divina, puede influir en la acción humana. Mediante la ayuda del conocimiento natural y religioso, razonamos sobre la realidad del ser (ontología) y sobre las formas racionales de relacionarse con seres particulares (ética). Por ejemplo, a través de la revelación divina como un evento de gracia mediado por el contacto con la Palabra de Dios (Escrituras y magisterio; Vaticano II, 1965a), encontramos los modelos de los santos y una narrativa global que constituye una base para relacionarnos con las personas, no simplemente como objetos (fuentes de calor o nutrición o placer), sino como personas que manifiestan su propia dignidad, hechas a imagen de Dios (Gn 1, 2), y llamadas a una nueva vida en Dios a través de Cristo (2 Cor 5:27).

¿QUÉ TIPO DE VERDAD PUEDE ALCANZAR LA RAZÓN HUMANA?

A través de la cognición intelectual, buscamos conocer la verdad sobre nosotros mismos, sobre otras personas y sobre el mundo mismo. Tomada en su totalidad, esta capacidad no solo es subjetiva y personal, sino también objetiva con respecto al conocimiento común que el intelecto capta sobre la condición humana y sobre el universo, origen y fin últimos de todo lo que existe. Según Juan Pablo II (1993), la vocación intelectual humana está ligada a dos factores: la verdad y la libertad. A través del conocimiento, la comprensión y la dedicación a la verdad, los seres humanos expresan no solo una libertad frente a la ignorancia (que siempre es solo parcial) sino también una libertad para cumplir humildemente su vocación, como buscar el amor, la bondad y la santidad; fundar familias y criar hijos; y trabajar con fines constructivos, incluida la participación en la sanación de los necesitados (capítulo 16, «Volitiva y libre»).

Aunque la comunidad científica busca una comprensión más completa de la verdad de los hechos, en general, la revelación de la verdad de cada persona es limitada y continua. Una búsqueda de la verdad fáctica y la verdad personal es inadecuada para comprender a la persona sin la búsqueda de la fuente última del ser. El conocimiento de la naturaleza de la humanidad, la belleza de cada persona y la expansión del universo es incompleto sin el reconocimiento de su trascendente primera y última fuente (White, 2009). No obstante, el pleno conocimiento de la fuente trascendente y el fin de la vida y la verdad, que es Dios, no se puede alcanzar con la razón humana sin ayuda. Requiere una autorrevelación divina que no es un logro humano sino un don de Dios (Ex 3:14-15; Jn 14:6; 1 Cor 2:9-13). Aunque el conocimiento humano de la verdad sea limitado, existe una fuente de la verdad, Dios, que es también la fuente de la existencia, la bondad, la comunión y la belleza. La perspectiva católica ofrece su visión, humildemente, sobre cómo toda verdad participa en la única fuente de la verdad absoluta, cada una en función de su naturaleza (Juan Pablo II, 1998; MacIntyre, 1990, p. 200; Wojtyła, 1993, 2011).

¿PUEDE EL PENSAMIENTO CUANDO SE ACERCA A LO TRASCENDENTE SATISFACER EL ANHELO HUMANO POR LA VERDAD Y EL SIGNIFICADO?

Juan Pablo II (1998) sostiene que cualquier filosofía verdadera que contribuya al conocimiento humano de la verdad no se cerrará a la realidad de lo trascendente (§81). No obstante, los argumentos a favor del relativismo moral, del determinismo materialista y del nihilismo, suelen basarse en retos sobre si los seres humanos pueden conocer la verdad y el significado trascendente y objetivo. Estos argumentos pueden atraer nuestra atención, especialmente cuando los expone un científico (por ejemplo, Dawkins, 2008) o un psicólogo (por ejemplo, Ellis, 1980). Pueden contener un núcleo de verdad y muchos datos científicos. Pero estos argumentos no son convincentes en última instancia para la mayoría de las personas, porque muestran una ignorancia o negligencia significativa de la naturaleza existencial, moral y espiritual del ser humano (Beauregard y O’Leary, 2008; Nagel, 2012; McGrath, 2004; Ratzinger, 2007). Frente a las interpretaciones materialistas, las personas anhelan un relato más completo de la naturaleza humana, que incluya la consideración de la realización, la responsabilidad y la libertad. Este anhelo constituye una respuesta a la insuficiencia de las interpretaciones materialistas (Nagel, 2012; Feser, 2008; Spitzer, 2010, 2015); y se expresa en amplias búsquedas metafísicas y religiosas para comprender el significado de nuestras vidas. Los datos científicos se limitan a determinados campos relativos a fenómenos observables o mensurables. De manera similar, los relatos de la experiencia subjetiva también son limitados (Kahneman, 2010). El interés de los datos científicos, de los estudios clínicos y la investigación estadística (hallazgos cuantitativos), junto con los relatos narrativos de la experiencia del cliente (informes cualitativos), no debe impedir que los humanos vean que existe más verdad que un comportamiento medido empíricamente o relatado a través de la narrativa (Bruner, 1986, 1990, 1991; Geertz, 1973; Hauerwas, 1981a, 1981b; MacIntyre, 1984, 1990, 1999). Lo que debe recuperarse es la comprensión de que la persona, como ser racional, puede ir más allá de la métrica y clasificación de fenómenos observables, pasando a un nivel más profundo de conocimiento de la realidad, que comprenda sus estructuras fundamentales (Vaticano II, 1965b, §15). En este sentido, existen profundidades de carácter interpersonal, moral y espiritual que pueden ser aprehendidas y comprendidas. Experimentamos un anticipo de significado más profundo, de verdad más plena (especialmente la verdad última), de libertad (particularmente la libertad por excelencia), así como de realización (incluso beatitud eterna), debido a que anhelamos más de lo que nuestra limitada experiencia nos ha dado. La verdad, la libertad y la realización nos motivan en este mundo. La verdad última, la libertad y la realización nos motivan en este mundo y nos dirigen hacia el siguiente.

TIPOS DE CREENCIAS

Como se ha mencionado anteriormente en el presente capítulo, la creencia es un tipo de conocimiento. Debe distinguirse de otros como la cognición sensorial-perceptiva y los conocimientos teóricos y prácticos. Además de esos tipos de asentimiento firme, las creencias también deben diferenciarse de la duda (es decir, de la falta de una inclinación cognoscitiva a afirmar un juicio u otro que lo contradiga), la sospecha (inclinarse a afirmar una opción pero con solo una ligera motivación) y la opinión (inclinarse a afirmar una opción pero sin dejar de temer que pueda ser errónea) (Aquino 1273/1981, II-II, 2.1; véase también, Aristóteles, ca. 350 a. C./1941c; Agustín, 401/2007; Popper, 1975; Zagzebski, 1996, 2009). En el caso de las creencias, es necesario atender no solo al objeto de conocimiento, sino también a los métodos de aproximación a los objetos de creencia particulares, así como a la autoridad de los testigos de la creencia. En esta sección ofreceremos una comprensión de la creencia, más amplia que la noción filosófica analítica contemporánea de creencia, que se define en esta escuela como la actitud que uno tiene cuando considera que algo es verdad (Schwitzgebel, 2015). Asimismo, aunque existen diferentes significados y matices del término «creencia», propondremos uno que puede aclarar un aspecto importante de este tipo de conocimiento humano multifacético.

¿QUÉ TIPOS DE CREENCIAS SE ENCUENTRAN EN LA PSICOTERAPIA COGNITIVA?

Para preparar el estudio de las ideas filosóficas y teológicas sobre las creencias, en primer lugar distinguiremos entre las diversas nociones de creencia de la psicología cognitiva. Por ejemplo, dentro de la terapia cognitiva (TC), existen «creencias centrales» o esquemas cognitivos, y creencias beneficiosas frente a las disfuncionales y pensamientos automáticos que surgen de esos sistemas de creencias (Dobson, 2012, pp. 16-17, 56-57). Las creencias fundamentales están relacionadas con las convicciones sobre las características y el potencial de las personas, así como de la realidad (Young, Klosko y Weishaar, 2006). Subrayan la forma en que percibimos la realidad, nos entendemos a nosotros mismos e interpretamos a los demás. Esas personas y acontecimientos pueden interpretarse con precisión, o malinterpretarse (Dobson, 2012, pp. 64 y 65). La terapia cognitiva busca aprovechar las creencias centrales beneficiosas. Presupone que podemos modificar nuestras creencias fundamentales mediante intervenciones cognitivas. Esto puede describirse como «reestructuración cognitiva» o «cambio de esquema» (Dobson, 2012, p. 57, pp. 83 y 92; véase también Sperry y Sperry, 2012, pp. 71 y 72). Durante el tratamiento terapéutico de un cliente, tanto la terapia cognitiva como la terapia racional emotivo-conductual (TREC) evalúan la influencia de las creencias en las experiencias emocionales y en el comportamiento de una persona (para la TC, véase, por ejemplo, Young, Rygh, Weinberger y Beck, 2007, pp. 259-260; para la TREC, véase Ellis y Ellis, 2011). Esas creencias fundamentales pueden producir psicopatologías, como en el caso de las fobias (Beck, 1979, p. 168). Es posible que una persona no siempre sea consciente de la influencia en sus procesos de pensamiento y comportamiento, ya que las creencias pueden ser inconscientes en el sentido descrito anteriormente (Jones y Butman, 2011, p. 217). La terapia racional emotivo-conductual distingue las creencias racionales de las irracionales, ya que estas últimas se consideran cogniciones disfuncionales, sesgadas y erróneas (véase Ellis, 1980; Ellis, 2001, p. 81; Ellis y Ellis, 2011). Las intervenciones terapéuticas localizadas están dirigidas a alterar las creencias centrales distorsionadas que confirman el aislamiento social, el narcisismo, el pesimismo y la desconfianza. Por último, cabe señalar que algunos investigadores de la psicoterapia cognitiva emplean la noción de «sistemas de creencias automáticas» para describir lo que de otro modo podría denominarse instinto, intuiciones, juicios prediscursivos y disposiciones cognitivas (Martin y Santos, 2014).

¿QUÉ ES UNA CREENCIA?

Existen dos tipos principales de creencias que analizaremos aquí: las creencias cotidianas y las religiosas. Desde una perspectiva filosófica, una creencia es una acción compleja, que implica dimensiones conscientes e inconscientes de la persona, así como relaciones interpersonales. Es un tipo de conocimiento, pero también es más. Los diferentes tipos de creencias humanas emplean diversas formas de asentimiento, elección y juicio relacionados con un objeto, que de alguna manera es inseguro para nosotros en la actualidad. Distinguimos las «creencias» del conocimiento científico (aunque algunos conocimientos científicos sean teóricos o hipotéticos y como tales puedan considerarse como una «creencia científica»), y distinguimos esta noción filosófica de creencia de la de las «creencias centrales» psicológicas, que acabamos de mencionar.

Existen dos elementos comunes que distinguen esta comprensión de las creencias filosóficas. Según Pieper (1997), «creer siempre significa creer en alguien y creer en algo» (p. 29). Comúnmente, experimentamos dentro de nosotros mismos, y dentro de los demás, el deseo de hablar de forma verdadera sobre lo que sabemos. Creemos y confiamos en los testimonios personales. Esta capacidad de creer subyace a casi toda la interacción social. La creencia requiere la convicción en la veracidad y el conocimiento de alguien, lo cual es necesario para determinar la verdad que se tiene al alcance, así como para asentir a ella. Asimismo, cuando creemos en alguien y en algo, nos comprometemos con todo nuestro ser consciente, expresando un reclamo sobre el conocimiento aceptado por el libre albedrío e incluso por las emociones. Tales creencias implican un amor que «va hacia delante», un compromiso que nos mueve a través de una conexión empática con el otro (Pieper, 1997, p. 35). La duda, por el contrario, constituye una vacilación sobre la veracidad o el conocimiento presentado por el otro, y pone en duda la comunicación humana normal. Según Ratzinger (2004), la creencia y la duda están estrechamente relacionadas en la persona: el creyente siempre lleva consigo una brizna de duda, y los que no creen también llevan su brizna de duda (pp. 46 y 47). La duda no debe confundirse con una sana reflexión sobre la realidad o la contemplación de la verdad. Asimismo, las falsas creencias, es decir, las que están en contradicción con la realidad y con los propios compromisos, pueden ser destructivas para la realización, por ejemplo, la falsa creencia de que la mentira contribuye más a la realización que la honestidad.

¿QUÉ ES UNA CREENCIA HABITUAL?

Podemos distinguir las creencias habituales, cotidianas, de las religiosas. Una creencia habitual no es empíricamente verificable como lo es el conocimiento de la tabla periódica de elementos, ni es identificable ni tan formalmente válida como lo es una ecuación matemática, como 2 + 2 = 4. Las creencias cotidianas, más bien, implican realizar una afirmación que no se puede validar sin confiar en algún testigo con autoridad (Ratzinger, 2006, pp. 79-82), por ejemplo, es como cuando alguien afirma «la cena me revuelve el estómago». La fuente de esa creencia suele ser la credibilidad del testigo o el ejemplo de otra persona. Por ejemplo, tengo confianza en Juan, lo creeré cuando diga «estoy sufriendo» o «lo siento». Esas creencias cotidianas, o habituales, también pueden surgir de la capacidad de cada persona para evaluar la experiencia personal, como cuando uno aprehende la intención de otra persona basándose en signos y comportamientos percibidos (por ejemplo, juzgar, basándose en el lenguaje corporal, que alguien está siendo deshonesto y, por lo tanto, no creer sus afirmaciones cuando explica que ha sido lesionado por otra persona). Las creencias cotidianas, o habituales, se refieren a toda una gama de conocimientos y dependen del tipo de autoridad que se atribuya a un determinado testigo, incluida la propia autoridad como intérprete de la experiencia personal. El desarrollo de las virtudes ayuda a las personas a evaluar reflexivamente tales creencias. Por ejemplo, la prudencia ayuda a las personas a evaluar los mejores medios que creen que les llevarán a conseguir sus objetivos (CIC, 2000, §1806), mientras que la caridad guía a las personas a dar interpretaciones favorables a las intenciones de los demás (CIC, 2000, §2478).

¿EN QUÉ CONSISTE UNA CREENCIA RELIGIOSA?

Las creencias religiosas surgen de una manera similar al desarrollo de las creencias cotidianas, pero existen diferencias importantes. Una de estas diferencias es que las creencias religiosas no están orientadas a asuntos cotidianos, sino que abordan cuestiones últimas sobre la realidad y el propósito humano. En general, las creencias religiosas guían la atención de la mente de la persona hacia lo trascendente. En las religiones teístas, esto puede implicar entrar en una relación con Dios, que trasciende la historia humana.

La psicología positiva (Peterson y Seligman, 2004) reconoce que las creencias y prácticas religiosas están enraizadas en la trascendencia humana y que «constituyen la base de los tipos de atribuciones que las personas hacen, de los significados que construyen y de las formas en que llevan a cabo sus relaciones» (p. 600). Esta influencia beneficiosa general de las creencias y prácticas religiosas comprometidas ha sido bien documentada en los últimos decenios (Koenig, King y Carson, 2012; Ross y Wagner, 2012; VanderWeele, 2017a, 2017b).

Considerada desde una perspectiva cristiana, la creencia religiosa o la fe son dones de la gracia (que es una virtud teológica) a través de la cual los seres humanos asumen la existencia de Dios y entran en relación con él (CIC, 2000, §1814; Francisco, 2013; véase «Fe» en el capítulo 19, «Redimida»). La fe religiosa, sustentada por la caridad, lleva a reflexionar sobre Dios con amoroso asentimiento, confiando en su autoridad (Agustín, 429/1992, 2.5; Pieper, 1997, p. 50). En particular, la persona que busca una comprensión de las realidades afirmadas a través de la creencia religiosa continúa «pensando mientras afirma» la naturaleza y existencia de Dios, así como las verdades reveladas por Dios (Aquino, 1273/1981, II-II, 2.1; CIC, 2000, §158). Esto sucede cuando alguien acepta voluntariamente la veracidad de la revelación de Dios y cree en Jesucristo como el Hijo de Dios y en la cabeza del cuerpo místico, la Iglesia, o cree que la persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. El consentimiento de la persona a través de sus creencias religiosas y la experiencia es posible directamente a través de la gracia infusa de la fe, apoyada por los dones del Espíritu Santo que conecta a la persona con Cristo (CIC, 2000, §152).

El contenido de la fe se comunica indirectamente a través de testigos humanos (Rom 10:17). Existen diferentes tipos de testigos: las Sagradas Escrituras, la tradición apostólica, el magisterio de la Iglesia, la vida de los creyentes y las palabras de los amigos. No obstante, incluso con el apoyo de tales testigos, existe una distancia que permanece entre el asentimiento del intelecto a través de la creencia, y el conocimiento directo de algo por parte del intelecto. En esta vida, el conocimiento de Dios es indirecto, procediendo a través de la naturaleza (Sab 13:5; Rom 1:20) y mediante del asentimiento bajo la gracia a la revelación (CIC, 2000, §153). Seguimos reflexionando sobre Dios, pero podemos tener dudas sobre el grado en que comprendemos a Dios, aunque no tengamos ninguna duda sobre la existencia de Dios o de su amor por nosotros (Ratzinger, 2004).

La distancia entre la reflexión de la fe y nuestra recepción de la visión beatífica directa de Dios crea el anhelo de una comprensión más completa de la verdad (Agustín, 401/2007). Como Aquino indica, «la cognición aportada por la creencia no calma el ansia sino que la enciende» (1265/1975, 40,5; citado en Pieper, 1997, p. 53). Así como las creencias cotidianas pueden verse afectadas por psicopatologías y pecados, en la fe teológica se pueden encontrar diferentes tipos de inquietud de la mente y del corazón. Asimismo, la inquietud y ansiedad de la psicopatología pueden producirse debido a que una persona duda de la bondad de otras personas.

Según Juan Pablo II (2006), un tipo de duda sobre la naturaleza del don de Dios está en el corazón del pecado original. El Génesis (capítulo 3) relata cómo Adán y Eva eligieron desobedecer a Dios una vez que fueron llevados a sospechar que Dios les estaba ocultando algo. En el orden de la redención, desde una perspectiva cristiana, la verdadera paz se encuentra solo en Dios, aunque existan dudas e inquietud. El viaje hacia esa paz puede implicar un tipo constructivo de desajustes temporales, pero no la desconfianza en Dios. Esta inquietud puede utilizarse de manera constructiva, al proporcionar una vía para numerosos tipos de crecimiento y sanación, que se hacen posibles a través de la fe y de la apertura al movimiento del Espíritu Santo (véase la sección ¿Cuáles son los dones del Espíritu Santo? en el capítulo 19, «Redimida»). Los fenómenos de sufrimiento espiritual, incluyendo «las noches oscuras del alma», como las de san Juan de la Cruz (1579/2010) o santa Teresa de Calcuta (2007), muestran cómo se puede forjar una conexión más profunda con Dios, incluso bajo la incertidumbre o en la sequedad y oscuridad espiritual.

CONTROL RACIONAL Y PÉRDIDA DE CONTROL

Existen numerosas influencias negativas que desvían nuestros pensamientos y acciones de nuestros objetivos. Experimentamos solo un rango limitado de acciones libres y consistencias en la cognición, debido a las influencias internas y externas. Por ejemplo, nuestras emociones pueden influir en nuestros pensamientos sobre otras personas. Gottman (1999) menciona la «anulación del sentimiento negativo», que sucede cuando emociones negativas como el odio o la desconfianza filtran la interacción positiva en nuestras relaciones interpersonales. Por ejemplo, estas emociones pueden enturbiar la comunicación entre cónyuges, o entre padres e hijos. De esta manera, una persona no vería las dimensiones positivas de las palabras, hechos o intenciones, de su esposa o esposo. En casos graves, incluso los recuerdos pueden distorsionarse. También se produce una «anulación del sentimiento positivo» cuando las emociones positivas filtran las interacciones interpersonales negativas. Asimismo, los desórdenes biológicos, psicológicos o sociológicos pueden llevar a la pérdida o disminución de la capacidad racional de una persona para conseguir controlar sus emociones, cogniciones o acciones. Esta pérdida o reducción del control es también el resultado de lo que los cristianos reconocen como los efectos persistentes del pecado personal, social y original.

¿CUÁLES SON LOS LÍMITES Y VENTAJAS DEL AUTOCONTROL?

Debido a la caída del ser humano, la adquisición de virtudes que nos permiten dominar nuestras acciones también requiere la ayuda de las otras capacidades. Mientras que la sabiduría práctica se completa solo a través de la acción racional, también necesita el apoyo de las virtudes de la voluntad y las virtudes de las capacidades emocionales. Por ejemplo, las virtudes de las emociones (como la templanza o el autocontrol) requieren no solo tiempo y esfuerzo para desarrollarse sino también la ayuda de la razón, así como de la voluntad, la emoción, junto con la ayuda de los demás. Aunque el crecimiento en la virtud es ayudado por la gracia de Dios (CIC 2000, §1811), el desarrollo del autocontrol suele ir acompañado de una continua lucha interior (Rom 7:15-25). No obstante, es una experiencia común percibir que los seres humanos podemos desarrollar la capacidad de ejercer pensamientos responsables y llevar a cabo actos libres. Guiados por la razón correcta (pero no sin el esfuerzo ni sin el apoyo de la voluntad y la emoción), las personas podemos controlar directa e indirectamente nuestros pensamientos y acciones. Fuentes bíblicas y clásicas (Rom 1-2; Aristóteles, ca. 350 a. C./1941c; Platón, ca. 360 a. C./1961a), así como estudios recientes (Bandura, 1997; Damasio, 2010; Kahneman, Slovic y Tversky, 1982) coinciden en que los seres humanos pueden regularse a sí mismos de esta manera, aunque el autocontrol pueda ser incompleto y no satisfaga las expectativas propias, o de los demás. Además, por otra parte, la capacidad de control de uno mismo no es necesariamente proporcional a las medidas de inteligencia. Por ejemplo, un estudio empírico sobre la «autodisciplina» en los adolescentes (Duckworth y Seligman, 2005) determinó que los niveles de autocontrol entre los estudiantes de octavo grado eran un mejor predictor del rendimiento escolar que el coeficiente intelectual. El estudio llegó a la conclusión de que los niños que no hacían ejercicio de autodisciplina lograban un desarrollo más limitado de su potencial intelectual.

¿CUÁLES SON LOS MEDIOS DIRECTOS DE AUTOCONTROL RACIONAL?

Los humanos disponemos de una gran área de control, que incluye tanto la locomoción corporal como la agencia moral. Por ejemplo, podemos elegir consistentemente y justamente devolver lo que se debe a un vecino, y podemos elegir facturar a un cliente de forma razonable y honesta. Comúnmente buscamos desarrollar creencias racionales, habilidades y virtudes que nos dispongan a actuar libremente para lograr nuestros objetivos y realización. Aunque la capacidad intelectual es característica de la especie humana, sus aplicaciones razonadas son personales. Se expresa a través de las diversas vías morales posibles para cada esfuerzo constructivo, para la solución de problemas y la construcción de soluciones, así como a través de la diversidad cultural o los trastornos individuales que las acompañan. No obstante, hay veces en que reaccionamos con patrones automáticos que no exhiben opciones racionales libres, como, por ejemplo, cuando una pareja mantiene interacciones perjudiciales entre ellos de forma repetida. Un momento importante para las personas a través de la racionalidad podría ser, por ejemplo, cuando la pareja llega a percibir sus pautas de interacción negativas. Esta toma de consciencia, o percepción, puede llevar a conseguir un cambio positivo significativo, tal y como demuestran diversos modelos de psicoterapia, como la terapia centrada en la emoción, la terapia cognitiva-conductual y la terapia racional emotivo-conductual, o como en el caso de los enfoques basados en la atención plena (capítulo 16, «Volitiva y libre»).

¿QUÉ SON LOS MEDIOS INDIRECTOS DE AUTOCONTROL?

Existen otros aspectos del autocontrol en los que los seres humanos solo pueden influir indirectamente (Gondreau, 2013). Solo tenemos un control racional indirecto de nuestras emociones y de las percepciones de los sentidos, así como de las evaluaciones que surgen de ellas y de la imaginación. Por ejemplo, cuando nos enfrentamos a una injusticia, podemos redirigir nuestra atención a otro objeto para calmar nuestras emociones o, en su lugar, podemos centrarnos en la injusticia para estimular nuestra ira y capacidad de tomar decisiones. Nuestras pasiones y sentimientos, así como los estados de ánimo, son movimientos internos, que interactúan e influyen en múltiples dimensiones de nuestra personalidad, siendo la razón consciente solo una de ellas. Por ejemplo, podemos ser arrastrados en diferentes direcciones por estímulos externos y por nuestros estados biológicos (véase el capítulo 14, «Emocional»).

VIRTUDES Y VICIOS RACIONALES

Nuestras inclinaciones naturales hacia conocer y amar constituyen un semillero no solo de nuestras virtudes intelectuales y morales, sino también de sus vicios relacionados. Al no estar especificadas en sí mismas, las inclinaciones naturales deben cultivarse a través de la experiencia, el estudio, y la práctica, para conseguir que la persona pueda desarrollar sus creencias, junto con esas fuerzas resistentes de la mente y el corazón, denominadas virtudes intelectuales y morales (Aristóteles, ca. 350 a. C./1941b; DePaul y Zagzebski, 2003; Pakaluk, 2005). El desarrollo de las virtudes puede ser identificado a través de lo que la terapia cognitiva denomina esquemas cognitivos saludables, pensamientos automáticos y conductas de adaptación, incluyendo la autoayuda (Dobson, 2012, pp. 78-83; Beck, 1979, pp. 31 a 33; Beck, Rush, Shaw y Emery, 1979, pp. 12 y 13; Young, Klosko y Weishaar, 2006). La psicología positiva denomina a tales esquemas y patrones de comportamiento «fortalezas de carácter» y «virtudes» (Peterson y Seligman, 2004). Debido a la naturaleza de nuestras disposiciones intelectuales y disposiciones morales nos convertimos en lo que pensamos, queremos y sentimos, para bien y para mal. Llegar a ser virtuoso es un desafío para cada persona, tanto para el profesional clínico como para el cliente. Cuando los enfoques psicoterapéuticos y de asesoría destacan la potenciación de las fortalezas o virtudes de carácter del cliente, la psicología puede tener un impacto directo en el cliente (Harris, Thoresen y López, 2007).

Los profesionales de la salud mental se enfrentan a un reto especial cuando están expuestos a sufrimientos psicológicos personales (por ejemplo, depresión, narcisismo, o abuso de sustancias). Asimismo, se produce un desafío especial en la respuesta al sufrimiento, al desorden y a la debilidad moral y espiritual del cliente, a través de los vicios relacionados (por ejemplo, el odio a sí mismo y a los demás) (Langberg, 2006). La vinculación empática con tales clientes puede ser a veces intelectual y emocionalmente agotadora, así como moral y espiritualmente tóxica. Se trata de una situación difícil, en la que algunos terapeutas pueden identificarse y adoptar algunos de los atributos negativos de sus clientes. Los terapeutas deben esforzarse por resistir el efecto que estos atributos negativos puedan tener sobre ellos, y desarrollar virtudes en sus propias vidas que les permitan desarrollar correctamente su trabajo clínico profesional (Meara, Schmidt y Day, 1996).

¿CÓMO SE DESARROLLAN LAS VIRTUDES Y VICIOS RELACIONADOS CON EL RAZONAMIENTO PRÁCTICO?

Como resultado de usar nuestra inteligencia para perseguir repetidamente la realización (o, por el contrario, para perseguir repetidamente patrones de pensamiento y comportamiento que llevan al languidecimiento), nos disponemos a actuar bien (o a actuar de forma desordenada). Del lado aplicado, o moral, la razón práctica correcta fundamenta el proceso de intentar buenos fines (tanto cotidianos como últimos), así como de buscar los medios adecuados para alcanzar los objetivos planteados (Aquino, 1273/1981, II-II, 47.2). Por ejemplo, un esposo permanece fiel a su esposa rechazando los actos que comprometan su compromiso, pero también realizando actos positivos que reafirman su amor. Tal uso correcto de la razón práctica se desarrolla por la virtud moral cardinal de la sabiduría práctica o la prudencia, así como por sus virtudes asociadas, que ayudan a estar correctamente dispuestos a discernir y aconsejar, adjudicar y realizar acciones morales de acuerdo con nuestros compromisos éticos y objetivos espirituales (Tito, 2013). Por ejemplo, en el contexto del matrimonio, un hombre y una mujer juntos disciernen y eligen, como objetivo adecuado, valorar la fidelidad concretamente, evitando las tentaciones adúlteras y rechazando y corrigiendo los pensamientos inmorales, permaneciendo así fieles el uno al otro, en pensamiento, palabra y obra. El compromiso intelectual y práctico de los cónyuges con la fidelidad se convertirá en una disposición que, no obstante, requerirá un esfuerzo moral (y el apoyo espiritual y de la gracia) si desean ser verdaderamente fieles de por vida. Por la misma razón, la repetición de pensamientos, palabras y acciones infieles, forman los hábitos opuestos, que facilitan la repetición de estas acciones y la creación de una disposición que constituye un vicio.

¿QUÉ HABILIDADES Y FORTALEZAS REQUIERE EL RAZONAMIENTO PRÁCTICO?

Para poder razonar de forma correcta cuando nos enfrentamos a desafíos prácticos, en medio de la contingencia, necesitamos persistentemente descifrar la información, planificar las metas, resolver los problemas, buscar soluciones, así como encontrar el significado. En este proceso repetido, crecemos aprendiendo de los errores y corrigiendo los juicios erróneos. No lo hacemos como individuos aislados, sino con el apoyo de otros. El razonamiento práctico requiere el uso de capacidades y habilidades. Por ejemplo, los miembros de una familia necesitarán utilizar su memoria (para recordar sus promesas de ser fieles), su inteligencia (para encontrar los buenos objetivos a los que apuntar), su sagacidad (para enfrentar los desafíos a la solidaridad familiar), su razón (para encontrar los buenos medios para alcanzar objetivos comunes), su precaución (para evitar los peligros que amenazan la vinculación), y su buen consejo (encontrando modelos que disponen de sabiduría práctica) (Aquino, 1273/1981, II-II, 50). Asimismo, necesitamos habilidades prácticas y fortalezas para oponernos a los vicios (imprudencia y negligencia), así como para evitar las falsas apariencias de la razón práctica (astucia, engaño y preocupación ficticia sobre el futuro). En términos psicológicos, las racionalizaciones, las negaciones y los mecanismos de defensa ofrecen un parecido con la verdad, aunque solo son un parecido. Aprendemos a ejercer virtuosamente nuestras capacidades racionales a través de nuestras familias y comunidades, que nos llevan de ser dependientes a ser independientes, reconociendo a la vez nuestra continua interdependencia (MacIntyre, 1999). Este aprendizaje queda favorecido por prácticas inteligibles (como, por ejemplo, la participación en el culto comunitario) que conforman nuestra experiencia familiar, social, cultural y religiosa. Existen disposiciones cognitivas, específicas y prácticas, asociadas a estas diferentes áreas de sabiduría práctica. Lo que diferencia estas diversas disposiciones de la sabiduría práctica es su fin, u objetivo al que se orienta cada disposición (Aquino, 1273/1981, II-II, 47.11). Por ejemplo, el uso eficaz y bueno del razonamiento práctico para el bien de una familia requiere un conjunto de disposiciones cognitivas diferentes de (aunque interrelacionadas con) las disposiciones necesarias para razonar, para conseguir el bien de un Estado en el caso de la política, o por el bien del cliente en el caso de la psicoterapia. En la medida en que se puede juzgar que los objetivos prácticos incorporan diferentes grados de valor y bondad, es fácil entender que las disposiciones cognitivas de una persona, orientadas hacia fines más elevados, son prioritarias sobre las demás disposiciones, y las regulan (Aquino, 1273/1981, II-II, 47.11 ad 3). Por ejemplo, se puede considerar que el bien de la familia es mayor que el bien de los asuntos personales

Aprender razonamiento práctico requiere competencias cognitivo-afectivas, apoyo social, así como normas morales, bajo prácticas contextualizadas. A excepción de los casos en que existen graves defectos cognitivos-afectivos, y siempre que se disponga de una calidad adecuada de vinculación y educación por parte de los padres, educadores y otros modelos de su comunidad, los niños generalmente pueden desarrollarse correctamente para conseguir la racionalidad madura, el buen juicio del que normalmente disponen los adultos (MacIntyre, 1999). No obstante, se necesita experiencia, práctica y disciplina. La prevalencia y complejidad del razonamiento, así como su relación con la voluntad y las emociones, lo ponen en el centro de la teoría de la virtud, sin considerar la virtud como algo racionalista o fácil. En la teoría de la virtud, el desarrollo positivo de este potencial racional depende también de las normas morales que guíen nuestro juicio y acción hacia los verdaderos bienes, alejándonos de lo que es malo. Estas normas sitúan sus raíces en la ley moral natural y en la ley divina.

¿EN QUÉ ASPECTOS ES DIFERENTE EL RAZONAMIENTO PRÁCTICO CRISTIANO INFUNDIDO?

La conciencia de la persona forma la base del juicio moral. La conciencia es una brújula moral (Francisco, 2013, §35). La conciencia de la persona, no obstante, debe ser conformada y ejercitada. Esta formación se produce, en parte, a través del crecimiento en la virtud de la sabiduría práctica o la prudencia, que constituyen guías inmediatas de la conciencia (CIC, 2000, §1806). La sabiduría práctica es, por entenderlo de forma simple, la «razón correcta» con respecto a los actos humanos a realizar (Aquino, 1272/1999b, a. 1 ad 3 y a. 2). Cualquier persona puede comenzar a adquirir sabiduría práctica a través de las experiencias de su vida (Aquino, 1273/1981, II-II, 47.14 ad 3). El ejercicio de esa prudencia adquirida involucra a la ley civil, y también a la ley moral natural (Aquino, 1273/1981, II-II, 48.1), estando esta última escrita en el corazón humano (Rom 2:14; Vaticano II, 1965b, §16).

A la vez, es necesario tener en cuenta que la capacidad humana para comprender la ley moral natural, así como para adquirir la virtud de la sabiduría práctica, ha quedado afectada negativamente por la caída humana (Aquino, 1273/1981, I-II, 85.3; CIC, 2000, §1811, §1960; Juan Pablo II, 1993, §36; capítulo 18, «Caída»). La gracia santificante de Cristo es necesaria para restaurar y justificar nuestra naturaleza humana caída, tras lo cual la persona puede beneficiarse de nuevo, disponiendo de la «razón correcta» (esto se puede observar, por ejemplo, en el efecto que la caridad teológica produce sobre el discernimiento racional de la justicia social) (CIC, 2000, §1889). La gracia santificante de Cristo también proporciona a la persona que responde la oferta de redención de Dios, una ley divina de amor, que dirige la vida humana hacia la bienaventuranza sobrenatural en Cristo (Mt 22:37-40; Aquino, 1273/1981, I-II, 91.4 ad 1). Asociada con la recepción de su ley divina (que involucra la gracia del Espíritu Santo dentro del corazón de la persona —Jer 31:33; Rom 5:5; Heb 10:16; CIC 2000, §1966), la persona recibe también la gracia de un tipo especial de virtud moral (Aquino, 1272/1999a, a. 10). Entre estas virtudes morales infusas se encuentra la sabiduría práctica cristiana única, que ayuda a la persona a ejercer su razonamiento moral con referencia a la ley divina y hacia el objetivo de la beatitud (Aquino, 1273/1981, I-II, 63.4; II-II, 47.14 ad 3). En este sentido, el razonamiento práctico cristiano es único, en el sentido de que está habilitado por la gracia de Dios, animado por la caridad teológica, y orientado a un fin espiritual último.

De este análisis se desprende que un buen razonamiento práctico depende de la consideración de numerosas fuentes diferentes (por ejemplo, la ley moral natural, la ley civil, la ley divina), así como del desarrollo de las fortalezas del carácter virtuoso, tal y como se sugiere en los escritos del movimiento de psicología positiva (Joseph y Linley, 2006; Peterson y Seligman, 2004). Un buen razonamiento moral requiere un buen carácter, así como un buen apoyo interpersonal. No se trata de un acto intelectual aislado, mediante el cual se pueda llegar automáticamente a conclusiones correctas. De la misma forma, el correcto razonamiento moral no es mecánico —como se produciría en una calculadora o utilizando un algoritmo—, sino que también se basa en compromisos interpersonales y llamadas personales, así como en emociones y experiencias.

Cualquiera que se haya enfrentado a un conflicto de intereses o a un caso difícil, puede ser testigo de que tales situaciones requieren que informemos a nuestras conciencias y recurramos a la competencia y sabiduría de los demás, y a la nuestra propia. Aunque los cristianos siempre permanecen imperfectos en muchos aspectos, buscan seguir a Cristo, sirviéndose de prácticas de origen cultural, filosófico y religioso que permitan desarrollar su carácter moral y espiritual. En la formación de la conciencia personal, los católicos cristianos recurren específicamente a los recursos de la tradición viva. También practican su fe a través de la oración, la liturgia, los sacramentos y los actos de misericordia y caridad. Asimismo, buscan el consejo de otras personas: a través de amigos sabios, directores espirituales, del estudio de la vida de los santos, y fundamentalmente, mediante la guía del Espíritu Santo (Jn 14:26; CIC, 2000, §1811; Cessario, 1996, pp. 162 y 169; Juan de Santo Tomás, 1644/2016; Pinckaers, 2005, pp. 385 a 395; véase también el capítulo 19, «Redimida»). El sermón de la montaña de Jesús (Mt 5-6), así como las exhortaciones morales de san Pablo nos aportan principios que nos permiten formarnos consciencias, reflexiones prácticas y actos morales. Por ejemplo, a través del servicio a los pobres y en la defensa de la vida (Juan Pablo II, 1995, §93; Pinckaers, 2005, pp. 321-341).

BELLEZA

Ser racional permite a las personas experimentar la belleza de una manera profunda. De hecho, los humanos estamos hechos para la belleza. La búsqueda de la belleza surge como una inclinación natural (Juan Pablo II, 1993, §51) y lleva a una persona más allá de sí misma, en una relación con lo que es bello. Esta inclinación significa que las personas disponen de una capacidad estética por naturaleza. Este sentido se desarrolla a través de la cultura, que permite apreciar la belleza y estar más en sintonía con ella. Los seres humanos nos sentimos atraídos por la belleza bajo sus muchas formas, como la naturaleza, la cultura, la música, la danza y las bellas artes (Scruton, 2011, 2012).

Las personas contemplan la belleza desde el primer momento de su ser y en su muerte. La naturaleza transitoria de la mayor parte de la belleza (por ejemplo, de un amanecer o de una pieza musical) empuja a las personas a buscar otra belleza siempre presente y eterna. De manera similar, los científicos pueden encontrar la belleza en el orden natural y la grandeza del cosmos (Dubay, 1999). Por ejemplo, un científico podría reflexionar sobre la maravilla de la fotosíntesis y del orden inherente a la tabla periódica de elementos.

Asimismo, inspirados por las maravillas de la belleza, las personas buscamos hacer cosas bellas. Imitamos lo que observamos, y buscamos replicar la belleza descubierta y, por lo tanto, contribuimos con algo de nosotros mismos al hacerlo. Esta noción no reduccionista de la belleza nos permite buscar sus niveles más profundos, como los que se encuentran en cada persona, familia y cultura, y en el medioambiente. Todas estas afirmaciones básicas sobre la belleza nos llevan a reflexionar sobre varias cuestiones: ¿De dónde viene la sed humana de belleza? ¿Qué es único en muchos de los aspectos de la belleza humana? y ¿Cómo exige la belleza una respuesta como la contemplación y el elogio de su origen?

¿CUÁL ES LA BASE DE LA SED HUMANA DE BELLEZA?

La belleza, luminosidad, armonía e integridad son cualidades de todo lo que existe, incluso cuando estas cualidades están ocultas a la vista directa. Una persona puede tener sed de belleza al igual que tiene sed de la vida misma. La belleza se encuentra en la bondad de todo lo que existe, en todo lo que es verdadero y en todo lo que es bueno en las relaciones interpersonales. En general, quienes están familiarizados con una forma de arte en particular, tienden a estar de acuerdo con los mejores ejemplos de esa forma de arte, aunque en el caso de las innovaciones se necesite algún tiempo para desarrollar un consenso. La belleza, tal y como argumenta Pieper en El ocio y la vida intelectual (Leisure, the Basis of Culture, 1952/2009), se recibe y se crea. La belleza está basada en la realidad: en las personas reales, en las relaciones reales y las cosas reales. Nuestra medida de belleza se encuentra en una forma o patrón, que no solo vemos y recordamos sino que imaginamos y conceptualizamos de nuevas maneras. La belleza y el orden (así como la fealdad y la deformidad) se relacionan con la forma de la cosa. Platón (ca. 360 a. C./1961b, ca. 360 a. C./1961c) habla de un reino de las formas, incluyendo la «belleza». Cada cosa bella participa en la belleza final. Aristóteles (ca. 350 a. C./1941a, ca. 350 a. C./1941d), por el contrario, habla de la belleza en las cosas mismas. No existe un reino separado donde existan las formas de las cosas; más bien, cada cosa comunica una forma, que es compartida por otras cosas similares. La noción cristiana de la belleza de Aquino atribuye la belleza a la causa ejemplar de toda belleza, que es Dios. Se puede entender que su relato reconoce la belleza como un rasgo trascendental del ser y de las cosas reales en la medida en que las personas y las cosas participan en un patrón trascendental de belleza (Maritain, 1930/2016; Schmitz, 2009; Scruton, 2011, 2012).

La belleza es una realidad metafísica del ser. A través de nuestra imaginación e ideas, podemos apreciar la belleza que encontramos e imaginamos. La propia naturaleza proporciona la inspiración y la medida de la belleza. Cuando contemplamos las cosas, personas y acciones bellas, se nos aporta una inteligibilidad de la belleza, incluso cuando formamos un dúo musical, o construimos una silla. A través de nuestra experiencia básica, sentimos, imaginamos e intuimos la belleza. No solo recibimos la forma de la belleza que proviene de la realidad. Asimismo, creamos activamente la belleza, de diferentes maneras humanas. Utilizamos nuestra imaginación e ideas para lograr hacer surgir la novedad en los pensamiento, en la palabra y en las cosas, como ejemplo en la obra literaria del escritor, el pintor, el poeta, carpintero, cocinero, arquitecto, o cineasta.

Existen tres cualidades que clásicamente se ha visto que constituyen la belleza. En primer lugar, la medida de la belleza se revela en la persona o en la integridad y plenitud de la sinfonía. Reconocemos el valor estético de todo el ser, según la naturaleza y estructura de la cosa: por ejemplo, reconocemos un caballo (no solo su oreja izquierda), un niño (y no solo su rodilla ensangrentada), incluso una pareja de casados (no solo un hombre y una mujer). En segundo lugar, la belleza se encuentra en la proporción o armonía de una persona, o de un edificio. Nos atrae la forma y textura de cada cosa, la acción o la persona. Por ejemplo, la belleza de la justicia se encuentra en la proporción adecuada a través de lo que se debe, sobre la base de los compromisos, de la naturaleza humana y de las relaciones interpersonales. En tercer lugar, la belleza se encuentra en el brillo o luminosidad de una persona, o de una puesta de sol. Incluso percibimos que una sonrisa radiante significa un estado de placer o alegría, como en los rostros de los novios el día de su boda o de los amigos perdidos hace tiempo en un encuentro sorpresa (Aquino, 1273/1981, I, 5.4 ad 1; II-II, 145.2; Sevier, 2015, pp. 103 y 104).

¿QUÉ ES ÚNICO EN LA BELLEZA HUMANA?

La verdadera belleza humana no consiste primordialmente en una cuestión de apariencia física, aunque la belleza física pueda percibirse comúnmente como una de las fuentes de atracción más familiares, y la deformidad física frecuentemente se identifique de manera simplista como repulsiva. Más bien, las cualidades más profundas de la belleza se encuentran y producen en las virtudes, que llevan a la realización a una persona, como, por ejemplo, el amor abnegado de una madre por su hijo, la fidelidad de los cónyuges tras cuarenta años de matrimonio, o la paciencia y sabiduría que restablece la amistad tras una disputa entre vecinos (Maritain, 1953). Según la tradición católica cristiana, la belleza que es más profunda que las apariencias (Prov 31:30; 1 Pe 3:4) se encuentra en la buena esposa (Ecl 26:16), y en la sabiduría simbolizada por la barba de un anciano (Prov 20:29), así como en la rectitud moral y espiritual (Aquino, 1273/1981, II-II, 145.2). Estas cualidades morales y espirituales de la belleza se encuentran preeminentemente en el Hijo de Dios, que manifiesta «la belleza del Señor» (Sal 27:4; Aquino, 1273/1981, I, 39.8).

¿DE QUÉ FORMA LA BELLEZA SOLICITA LA CONTEMPLACIÓN?

La belleza exige la admiración que surge como una reacción espontánea a lo bello (Gilson, 1965/2000, p. 20). En cierto sentido, la admiración por lo bello es una respuesta a un tipo de vocación (Scarry, 1999, p. 126n7). En otras palabras, lo hermoso llama a ser reconocido, apreciado y amado por las criaturas racionales. La experiencia de la belleza creada nos lleva a contemplar nuestra propia existencia y fuente, ya sea de una sola persona y sus acciones, o de alguna otra parte de la realidad, o en última instancia la fuente suprema de todo lo que es bello. Por su naturaleza, la belleza invita a los seres humanos a practicar la tarea de estar abiertos y receptivos a Dios, a través de la experiencia de las realidades creadas, así como a centrar su atención en la profundidad y la fuente de la belleza (Sab 13:5; CIC, 2000, §32). En particular, es la luminosidad, la armonía y la integridad lo que nos atrae hacia la belleza trascendental y su fuente divina. La belleza exige más que una simple admiración, una contribución e inversión. Invita a un esfuerzo creativo y comunitario para conseguir la belleza en nuevas formas culturales, relaciones y de vida personal.

A niveles contemplativos y creativos, la belleza puede ser terapéutica (Laracy, 2011). Su contemplación responde a una profunda llamada a la comunión con la fuente de la verdadera belleza. La creación de belleza, tanto en la vida como en las obras, responde a vocaciones concedidas por Dios, a través de las cuales las personas participamos activamente en el don que constituye la realización del conjunto de nuestra persona (cuerpo y alma), así como de nuestras relaciones. Según Pieper (1952/2009), la experiencia de la belleza física, moral y espiritual, crea una sed por llegar la fuente absoluta de la belleza. Cada revelación de la belleza en las personas y las relaciones, y en la realidad en general, nos lleva a buscar y a esperar contemplar la fuente última de toda integridad, proporción y luz. Esa contemplación facilita la realización de las personas.

CONCLUSIÓN

El Meta-Modelo Cristiano Católico contempla a cada persona como racional. Cada persona constituye un agente movido por inclinaciones racionales, conocimiento, creencias, autocontrol, virtud, vocación y belleza, bajo formas que son verdaderamente humanas y singularmente personales. El enfoque del Meta-Modelo no implica ni un racionalismo (en la tradición de Descartes) ni un idealismo pragmático (en la tradición de Kant). Más bien, el Meta-Modelo considera a las personas como agentes racionales, capaces de experimentar y conocer la realidad, así como de participar en las relaciones interpersonales. A lo largo de la presente obra, y en este capítulo, a través del enfoque como seres intelectuales y racionales, se nos recuerda la totalidad y la relacionalidad de las personas. En el estudio anterior mostrábamos cómo la reflexión sobre la belleza nos produce tal consideración de plenitud interpersonal. La experiencia de la belleza se produce en el contexto de la revelación de la realidad y de la revelación de las personas. Estos enfoques aportan claridad al conocimiento humano sobre el cosmos, así como a su autoconsciencia y autocomprensión Bajo este enfoque, la experiencia humana de la realidad se ilumina mediante principios inteligibles y, a su vez, estos principios inteligibles se aclaran mediante la experiencia. Adicionalmente, la claridad aumenta cuando las ciencias psicológicas entran en escena, así como cuando la reflexión teológica nos ofrece apoyo —como hemos visto en el presente capítulo y seguiremos viendo a lo largo del presente volumen. El diálogo a tres bandas de la filosofía, la teología y la psicología que se expone en el presente capítulo, aunque utiliza principalmente una perspectiva filosófica, emplea un lenguaje receptivo, que busca integrar las percepciones de la experiencia personal, la religión y las ciencias. Continuaremos este estudio en el próximo capítulo, centrado en la persona como volitiva, como un agente del libre albedrío y el cambio.

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