Kitabı oku: «Análisis del discurso político»
Portada

Giohanny Olave Arias
Johan Duarte Sáenz
Jerónimo Moncayo Rojas
Cristian Acosta Olaya

Universidad Industrial de Santander
Facultad de Ciencias Humanas
Escuela de Idiomas
Bucaramanga, 2022
Página Legal
| OLVAVE ARIAS, GIOHANNY Análisis del discurso político: combates verbales de Gustavo Petro / Giohanny Olave Arias… [y otros]Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander, 2022 139p.: il., tablas ISBN IMPRESO: ISBN E-PUB: 978-958-5188-21-1PETRO URREGO, GUSTAVO FRANCISCO, 1960- – PENSAMIENTO POLÍTICO 2. DERECHAS E IZQUIERDAS (POLÍTICA) – COLOMBIA 3. COLOMBIA – POLÍTICA Y GOBIERNO – SIGLO XX 4. COLOMBIA – GOBIERNO – POLÍTICA – SIGLOS XX-XXI 5. PARTIDOS POLÍTICOS – COLOMBIA 6. DEMOCRACIA DELIBERATIVA – COLOMBIA 7. POLÍTICOS COLOMBIANOS – SIGLO XX 8. LIDERAZGO POLÍTICO – COLOMBIA 9. ANÁLISIS DEL DISCURSO – INVESTIGACIONES – COLOMBIA I. Duarte Sáenz, Johan II. Moncayo Rojas, Gerónimo III. Acosta Olaya, CristianCDD: 320.5309861 / 324.22861 Ed. 23 CEP - Universidad Industrial de Santander. Biblioteca Central |
Análisis del discurso político:
Combates verbales de Gustavo Petro
Giohanny Olave Arias*
Johan Duarte Sáenz
Jerónimo Moncayo Rojas
Cristian Acosta Olaya
*Profesor, Universidad Industrial de Santander
© Universidad Industrial de Santander
Reservados todos los derechos
ISBN: 978-958-5188-21-1
Primera edición, marzo de 2022
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Bucaramanga, Colombia
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Dedicatoria
Cuando comienza la discusión, por regla general, cada una de las partes está convencida de tener la razón de su lado; en su transcurso ambas llegarán a dudarlo; el final debe ser, evidentemente cuando se estipule, cuando se demuestre la verdad. En lo que a esta respecta, ahí ya no se mezcla la dialéctica, pues su función es idéntica a la del maestro de esgrima, que no repara en quién tenga efectivamente la razón en la riña que condujo al duelo. Atacar y parar es lo único que cuenta.
(Dialéctica erística. Schopenhauer
(2011[1864], p. 55)
Prólogo
Francisco Gutiérrez Sanín1
Es posible que para hacerle plena justicia a este libro haya que comenzar diciendo lo que no es. No es, ciertamente, una hagiografía de —y tampoco una diatriba contra— la figura política en la que los autores se concentran. Ni tampoco constituye lo que podría llamarse un balance de lo que ha hecho —o, en este caso, ha dicho— Gustavo Petro. Es, por el contrario, un conjunto de trabajos especializados, con dos hilos conductores: la perspectiva erística en el análisis del discurso y el protagonista.
En la medida en que Gustavo Petro se ha convertido en una figura central de la política colombiana, y que en el año 2022 encabeza todas las encuestas publicadas hasta el momento, a nombre de una coalición de fuerzas que no ha gobernado al país, esto da al análisis de sus palabras y sus acciones un interés inmediato. Sin embargo, todo el libro está marcado por un esfuerzo tácito, pero a la vez imposible de no notar, de escapar a la inmediatez. Los autores observan con razón que la producción intelectual sobre diferentes figuras públicas —y sobre Petro en particular— ha ido en aumento, pero que una parte importante de ella ha tenido un carácter “sectarizado”, de apoyo o repudio. Los autores no se proponen revelar trampas ocultas o tesoros escondidos en las palabras de Petro, que no están a la vista del observador profano, y que en cambio sí pueden encontrar personas formadas especialmente para mirar por debajo de la superficie. No: quieren emprender una tarea menos espectacular, pero —creo— más importante: la de entender cómo discute y debate Petro. Esa ha de ser la razón por la que la palabra “combates” aparece en el título. Pero el lector no debe llamarse a engaño. La fórmula de este libro está constituida por 99 % de análisis y muy poco de épica (de pronto, nada).
Es posible que a veces sea difícil vadear el lenguaje especializado, pero las virtudes del enfoque general se materializan en resultados de alto interés. Para mí —un lector formado en la ciencia política e interesado sobre todo en las interacciones estratégicas entre fuerzas políticas—, el principal de ellos se plantea desde el principio, y se desarrolla y enriquece a lo largo de todo el libro: el difícil equilibrio que ha tenido que mantener Petro a lo largo de estos años entre “convicción y mesura”. Los autores muestran en detalle cómo Petro ha manejado a través de sus múltiples debates dos registros: el de líder transformador y el de líder capaz de mostrar flexibilidad e interactuar fructíferamente con otras fuerzas políticas. Ni los autores ni yo estamos sugiriendo aquí alguna forma de duplicidad o alguna virtud taumatúrgica que ha escapado a la atención del gran público, sino la tensión dinámica en la que se encuentra un dirigente político que ha sido capaz de movilizar a su electorado alrededor de una promesa de transformación, pero que a la vez tiene que apelar a otros auditorios para construir una expectativa verosímil de arribo al poder. Esto también le ha servido para intentar diferenciarse de otras figuras de izquierda.
Los autores reflexionan, a través de análisis cuidadosos, sobre las diferentes maneras como se revela esta tensión. Recuerdan al lector, por ejemplo, que, recién elegido Santos, Petro entró en fuertes polémicas con algunos de sus copartidarios del Polo, que le reprochaban la disposición a dialogar con el nuevo presidente, que —vale la pena que el lector lo tenga en cuenta— había sido ministro de defensa y el candidato escogido de Uribe.
Durante la campaña presidencial de 2022, Petro también tuvo que administrar esa tensión fundamental entre “convicción y mesura”. Por un lado, marca su diferencia con las posturas de políticos más convencionales, destacando los aspectos transformadores de su propuesta. Por el otro, hace un esfuerzo enorme por correrse al centro, por construir o por lo menos promover relaciones viables con diferentes actores del llamado establecimiento, y de mandar mensajes tranquilizadores a auditorios que tradicionalmente no se consideran de izquierda. Esto último incluye a empresarios y, más controversialmente, a líderes políticos que una parte significativa de su base social puede considerar difícil de tragar.
El hecho mismo de la tensión entre convicción y mesura plantea dos preguntas simples pero muy importantes para el analista político. La primera es dónde deja esto la retórica de la “polarización”, como el gran mal por superar de la política colombiana. He criticado varias veces tal retórica, y la lectura de este texto me reafirmó en mis convicciones alrededor de este punto: tanto por lo que se plantea aquí sobre los debates, como por lo que se reconstruye sobre la trayectoria de Petro. Quizás el tono de esos debates sea desapacible, agresivo o caudillista; dejo la evaluación del asunto a quienes tengan las destrezas, la sensibilidad y el interés para hacerlo2. Pero su contenido está marcado por un esfuerzo consciente, a veces penosamente consciente, por llegar al votante —y también al liderazgo— convencional, tradicional y centrista; por construir alianzas y encontrar nuevos electorados; por hallar terrenos comunes con sus adversarios dialógicos; por administrar la tensión entre “convicción y mesura”. Nada que sugiera un movimiento a los extremos en el eje convencional izquierda–derecha3.
La segunda pregunta es sobre los costos y los beneficios de administrar esa tensión. Si Petro se siente seguro con el voto de izquierda y de protesta, tendrá entonces margen de maniobra para correrse al centro. A la vez, algunos de esos movimientos han causado ya problemas de acción colectiva relativamente serios dentro de su coalición. En caso de que llegara a ganar, es seguro que esa tensión también marcaría a su gobierno y a su bancada parlamentaria. A la vez, el condicional revela qué tanto esta tensión es estructural (es decir, no depende simplemente de la voluntad del liderazgo, sino que está dada por las circunstancias específicas del país).
Estas son apenas algunas reflexiones a propósito de este libro metódico, serio, lleno de hallazgos y marcado por un espíritu analítico ejemplar.
1 Profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia.
2 Los autores de este libro ciertamente están en posesión de las capacidades, pero —como ya dije— su foco de atención es otro.
3 Convencional y limitado, en el sentido de que no capta el carácter multidimensional de la política contemporánea. Pero limitado no quiere decir que carezca de contenido. De hecho, tanto la política colombiana como la de muchos otros países está mostrando elocuentemente que ese eje está plenamente vigente (aunque haya otras líneas de fractura relevantes, etc.).
Presentación
Empezamos a escribir este libro la noche del 17 de junio de 2018, cuando las redes sociales y los canales de noticias en internet enardecían los ánimos con los resultados electorales de una contienda presidencial histórica en Colombia. Los candidatos, Iván Duque Márquez y Gustavo Petro Urrego, con propuestas de gobierno decididamente antagónicas, habían opuesto dos caminos por los cuales llevar al país después de haber firmado un acuerdo de paz con la guerrilla más antigua del mundo.
La coyuntura parecía repetir el protagonismo de la lucha armada como factor decisivo para la elección presidencial durante medio siglo en Colombia, pero el escenario era distinto: Duque prometía “corregir” los acuerdos firmados; Petro, implementarlos. Esta divergencia, que estructuró en gran medida el contenido de sus campañas, presenta la contienda de 2018 como un punto de inflexión en nuestra democracia, no solo por las consecuencias de implementar (o no) las reformas pactadas, sino también por la participación política de actores ahora desarmados y por la resistencia a esa inserción institucional por parte de los sectores discrepantes.
La campaña presidencial de 2018 y sus procesos democráticos, analizados en otras obras específicas (Montilla y Jiménez, 2020, por ejemplo), nos sirven para ubicar al lector en un momento particular de nuestra historia reciente, como circunstancia y condicionante principal para la emergencia de los discursos de sus protagonistas. Este libro propone una perspectiva de análisis para esos discursos. Nos interesa la voz del candidato que no ganó; su puesta en escena como político en campaña, sus estrategias de combate verbal durante la contienda y sus modos de gestionar la derrota electoral.
Gustavo Petro no es un actor desconocido en la política colombiana: exguerrillero del Movimiento 19 de Abril (desmovilizado en 1990), exmiembro de la Cámara de Representantes por Cundinamarca (1991-1994) y por Bogotá (1998-2006), exsenador (2006-2010), exalcalde de Bogotá (2012-2015) y excandidato presidencial, en 2010. En una curiosa nota de prensa, desde el extrañamiento de la mirada internacional, el Americas Quarterly lo definía como «un tipo de baja estatura, flaco y de gafas, propenso a pasarse horas debatiendo temas complicados» (Brodzinsky, 2017, 25 de octubre, párr. 1). En efecto, es ya un lugar común que las opiniones más positivas sobre Petro se concentren en su ejercicio como polemista, por ejemplo, en los debates de control político en el Congreso de la República o en sus denuncias sobre la connivencia entre paramilitares y políticos en el país. No es tan generalizado, en cambio, que se felicite su administración en la alcaldía de Bogotá y aún menos su militancia guerrillera.
En 2010, Petro presentó su primera candidatura presidencial en representación del Polo Democrático Alternativo (PDA) y obtuvo el 9,2 % de la votación, lo que posicionó al partido con cierto potencial decisorio para la “segunda vuelta” (jornada electoral definitiva). La diferencia temporal entre estas dos fechas de votación fue de 12 días. En aquel intermedio, Petro, fuera de la decisión deliberada del partido, se reunió con Juan Manuel Santos (dos veces presidente: 2010-2014 y 2014-2018), quien se perfilaba como el candidato sucesor del proyecto uribista, totalmente contrario al PDA. Esta reunión ocasionó una ruptura entre el candidato y su partido. Finalmente, Petro se retiró de la colectividad y fundó un movimiento con el que obtuvo la alcaldía de Bogotá, en 2011.
Petro fue alcalde mayor de la ciudad de Bogotá desde inicios de 2012 hasta el 2014. Fue destituido por la Procuraduría General de la Nación, en una trama de acusaciones de incompetencia administrativa y de enemistades políticas en la pugna entre izquierda y derecha en las instituciones gubernamentales. Sin embargo, un mes después fue restituido a su cargo, por intermediación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y terminó el mandato a finales de 2015.
En 2017, después de la firma de los acuerdos de paz entre el segundo gobierno de Santos (cuyo principal contrincante fue Álvaro Uribe y su partido Centro Democrático) y las FARC-EP, Colombia vive una transformación en su espectro partidista. El grupo exguerrillero conforma la FARC (Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común) como partido. El Movimiento Progresistas, con el que Petro había obtenido la alcaldía mayor, se transformó en la Colombia Humana. Se creó una coalición de centro-izquierda entre la Unión Patriótica (UP), la Alianza Social Independiente (ASI), el Movimiento Alternativo Indígena y Social (MAIS) y el movimiento Colombia Humana. Esta coalición se llamó Lista de la Decencia (también conocida como Decentes). En el examen de estos avatares, específicamente sobre el nivel de gobernación, Abadía (2018) acierta al afirmar que «en 2011 y 2015 entra la modalidad de coalición electora como nueva estrategia para avalar candidatos»; afirmación que se puede proyectar a otras instancias, como la presidencial.
Del espectro de las agrupaciones y partidos políticos de derecha surge una coalición conocida como Gran Alianza por Colombia. Iván Duque, candidato del uribismo, resulta elegido por la coalición, conformada por el Centro Democrático, Colombia Justa Libres, MIRA (Movimiento Independiente de Renovación Absoluta) y el Partido Somos Región Colombia. Este nuevo horizonte conformó el grueso de las votaciones.
En las elecciones presidenciales de 2018, Petro, candidato de la coalición, pasa a segunda vuelta y obtiene una votación sin precedentes para un candidato de izquierda en el país: 8’034.189 votos. Sin embargo, la noche del 17 de junio es elegido Iván Duque como presidente de Colombia, con 10’398.689 votos (Registraduría Nacional del Estado Civil, 2018). Estos resultados conducen a Petro a continuar en campaña durante el gobierno de Duque, desde la tribuna de la oposición y con el altavoz de una curul automática en el Senado de la República, adjudicada por el estatuto de la oposición, en vigencia a partir del año 2017.
A partir de ese itinerario agitado de nuestra historia política reciente, nos preguntamos por algunos sentidos orientados, movilizados y, sobre todo, disputados en el discurso de Petro durante la campaña presidencial. Asumimos, con Voloshinov (2009[1929], p. 47), que en los signos—ideológicos— de cada discurso se cruzan acentos diversos en pugna, de manera que analizamos esos discursos principalmente como arenas de luchas en que los sentidos se disputan a través de acciones de fuerza, sobre las cuales proponemos interpretaciones.
El análisis del discurso como ejercicio interpretativo
El trabajo colectivo que presentamos, aunque está escrito a varias manos, se adscribe en su conjunto a una visión teórico-metodológica que concibe el análisis del discurso al mismo tiempo como un campo académico y como una práctica interpretativa, de carácter crítico e interdisciplinar (Arnoux, 2006, 2019).
La tarea común que emprendemos en los capítulos es la construcción de corpus de datos naturales (extraídos de sus fuentes originales de difusión) que presentan interés para las preguntas previas de los analistas. Entendemos el corpus como una «disposición articulada de documentos» (Aguilar et al., 2014, p. 35), cuya construcción es una parte constitutiva del trabajo investigativo, resultado —y no simplemente un punto de partida— de los procesos de indagación (p. 37). Asimismo, somos conscientes de que la forma de todo corpus «constituye una estabilización provisoria (…) que se mantiene solo hasta que aparezcan huellas que movilicen otros modos de pensar la puesta en serie y la delimitación» (p. 62) de nuevos materiales4.
Los datos de cada corpus son tratados de manera abductiva por medio del relevamiento de huellas que funcionan como indicios de explicaciones acerca de regularidades o de singularidades identificadas. El método analítico de base es el establecido por el “paradigma indicial”, como denomina Ginzburg (1999, 2006) al conjunto de procedimientos conjeturales del investigador social, que transforman una sospecha razonable en pruebas (textuales, materiales) sobre una hipótesis; explotan la potencialidad cognoscitiva de las excepcionalidades dentro de las series; y fundamentan sus reflexiones teóricas en la riqueza de los casos elegidos.
Dado que las regularidades discursivas pueden escapar a la planeación estratégica y consciente de los sujetos en acción, el método indicial lleva al analista a considerar los detalles que parecen irrelevantes y a proponer relaciones u órdenes entre estos para dar cuenta de mecanismos que construyen significados y orientan su interpretación, más allá de las intencionalidades de los sujetos empíricos. En cuanto al procedimiento abductivo, el método observa con atención los materiales textuales como acontecimientos o hechos singulares y «desemboca en la hipótesis de otro hecho particular que se supone es la causa de los primeros. Se elabora, así, un saber que, por cierto, no podrá escapar totalmente a su carácter conjetural» (Arnoux, 2019, p. 18). Las hipótesis se ponen a prueba hermenéuticamente con trayectos constantes entre las teorías de base y los datos recolectados.
Las marcas discursivas son las que el analista interpreta en diálogo con los saberes históricos que activan el corpus y los saberes propios de las disciplinas que lo abordan (Arnoux, 2009). En esa medida, la noción particular de discurso con la que operamos es, fundamentalmente, la articulación entre un texto y su lugar social, con lo cual el objeto de análisis no es ni la organización textual ni la situación de comunicación, sino aquello que los anuda a través de un modo de enunciación. Pensar los lugares independientemente de las palabras que ellos autorizan o pensar las palabras independientemente de los lugares de los que forman parte sería permanecer fuera de las exigencias en las que se basa el Análisis del discurso (Maingueneau, 1999, p. 65)
Añadimos a este punto de vista el ofrecido por Orlandi (2001, p. 13), para quien el discurso funciona al vincular a los sujetos con la historia, en procesos complejos de producción de subjetividades y de efectos de sentido entre esos sujetos: «el discurso es el lugar en el que se puede observar la relación entre lengua e ideología, comprendiéndose cómo la lengua produce sentidos por y para los sujetos» (p. 10).
El enfoque erístico del análisis discursivo
La lucha verbal ha sido objeto de interés para varias perspectivas del análisis del discurso. Amossy (2014), por ejemplo, plantea un modelo sociodiscursivo para entender la lucha verbal como “discurso polémico”, en el marco de la socialdemocracia europea; se centra en definirlo como una modalidad argumentativa para la coexistencia en el disenso y en reconocerlo por la instalación de lógicas dicotómicas, la polarización del espacio social y la desacreditación entre los oponentes. En general, la propuesta es un avance de la ya clásica noción de polémica de Kerbrat-Orecchioni (1980), donde lo principal es el ataque a un blanco. Sin detenernos sobre estas características, podemos resaltar que este modelo se plantea bajo el presupuesto político de una democracia de base donde la palabra pública fluye sin mayores obstáculos. Sin embargo, la pregunta por las características de la democracia regional, en general, y por la colombiana, en particular, puede poner en cuestión ese presupuesto.
La perspectiva erística, por su parte, se interesa por los fenómenos de inscripción en el discurso de discordias apasionadas y desbordadas, en que las reglas del debate ceden ante los imperativos del combate. La manifestación discursiva de desacuerdos de este tipo configura disputas en las cuales los participantes se atacan y se defienden, a través de acciones simbólicas de fuerza y de hostilidad; entre estas, cobran especial importancia las agresiones verbales y paraverbales. La erística constituye una dimensión de la expresión del desacuerdo; una condición transversal de las relaciones sociales y, por extensión, de buena parte de las interacciones argumentativas, si bien ella misma no constituye un tipo de argumentación5, sino más bien su reverso: la erística es una modalidad más dentro del debate público, como lo es también el debate racional y el discurso polémico, pero no a través de sus mismos procedimientos, pues conserva una parte sustancial de la naturaleza material del combate físico que, a priori, no responde a exigencias normativas, pero sí a parámetros o componentes que aparecen regularmente (Olave, 2019a, p. 50).
Como lo sugiere Budzyńska (2013, p. 15), las aproximaciones conceptuales a la erística tienen una fuerte dependencia de los momentos disciplinares en los cuales se originan. Para el caso de la retórica clásica, la erística es presentada como un juego verbal contencioso, engañoso y deleznable (Platón, 1987) o como un modo de razonamiento defectuoso y falso para la refutación racional (Aristóteles, 1995). En Schopenhauer (2011[1864]), en cambio, la erística es el trasfondo de la dialéctica; el arte de las disputas en que los sujetos buscan ganar a cualquier precio, usando todo tipo de estratagemas verbales. Kotarbiński (1963), por su parte, continúa la reflexión de Schopenhauer, pero define la erística como una competencia o habilidad en las disputas para ganar el reconocimiento de un tribunal que juzga y define quién tiene la razón. Este punto de vista, con énfasis en los veredictos judiciales, ha sido recuperado desde finales del siglo pasado en el ámbito ruso (por ejemplo: Blazevic & Selivanov, 1999).
Recientemente, se han evaluado los trabajos crecientes sobre erística (Kampka, 2014; Kochan, 2005; Lewinski, 2012; Min Liu, 2016; citados en Hordecki, 2018) como aproximaciones con un marcado énfasis instrumental en las técnicas o tácticas de la disputa y con poca atención a los contextos socioculturales dentro de los cuales aparecen.
El área de los estudios clásicos también viene prestando atención a la erística como un conjunto de técnicas de refutación derivadas de la dialéctica socrática, pero con objetivos diferentes a la búsqueda de la verdad. En la antigüedad clásica, esas técnicas no aluden a una escuela o movimiento en particular, sino que se les llama “erísticas” para etiquetarlas peyorativamente, con lo cual se denostaba a los intelectuales de la época que no compartían las ideas de Platón y, por lo tanto, no merecían llamarse “filósofos” (Mársico, 2014; Ramírez Vidal, 2016). Sin embargo, como lo propone Gardella (2017), la erística logra configurar una dialéctica socrática alternativa, centrada en los modos de la antilogía, con funciones críticas (la imposibilidad de acceder a lo real a través de las palabras), persuasivas (la imposición de un punto de vista sobre otro acerca de la misma cosa) y refutativas (la capacidad de objetar cualquier posición u opinión sobre algo).
En el trabajo que proponemos, la erística es abordada interpretativamente en su dimensión discursiva, como prácticas insertas en disputas públicas contingentes, históricas y políticas, en que los actores luchan apasionadamente por someter a sus adversarios para reforzar un orden social determinado y profundizar desacuerdos específicos en la esfera pública. Esa profundización de las discordias tiene múltiples funciones en el ámbito democrático; por ejemplo, vehiculizar y darle resonancia a la indignación de sectores sociales tradicionalmente oprimidos (Reygadas, 2015), alcanzar acuerdos más sólidos después de radicalizar las posiciones en pugna (Gilbert, 2006) o destrabar inercias violentas a través de victorias retóricas en las que todos los contendientes se declaran ganadores (Olave, 2019b).
La erística se constituye a través de intercambios verbales cara a cara (heterogestionados presencialmente o clásicamente “dialécticos”), oratorios (monogestionados o tradicionalmente “retóricos”) o en polílogos (intercambios sincrónicos o asincrónicos en plataformas digitales). En esta medida, pretendemos profundizar en la modalidad erística de un conjunto de interacciones dialécticas y oratorias de Gustavo Petro en sus discursos electorales y poselectorales, como candidato presidencial.
Nuestra contribución abona a un conjunto creciente de investigaciones académicas sobre la figura política de Gustavo Petro, que han empezado a aparecer especialmente en formatos monográficos y de tesis universitarias. El mapa de esos intereses es heterogéneo: el modelo de democracia agonística y el proyecto hegemónico en el discurso de Petro (González, 2018; Olivar, 2013); la narrativa mesiánica de su última campaña presidencial (Gómez, 2019) y la movilización de sus votantes a través de Twitter (Prada, 2018); su discurso “populista socialdemócrata” sobre la corrupción (Kajsiu y Tamayo, 2019); sus acentos progresistas en la construcción discursiva de la figura del ciudadano (Martínez Burgos, 2018); y la evaluación de su gestión administrativa (Ramírez, 2014) y comunicativa (Becerra, 2016) como alcalde de Bogotá; entre otros.
En general, desde la diversidad de las disciplinas en las que anclan, estos trabajos revelan la presencia protagónica de Petro en las dinámicas políticas y electorales de la última década. En el mismo sentido, se trata de aproximaciones analíticas que interrogan, con diferentes niveles de profundidad, la relación identitaria que pretende establecer esta figura pública con los sectores populares y con las minorías de diferente orden. Esas preguntas comúnmente incluyen el intento de dilucidar los presupuestos ideológicos del discurso petrista y la evaluación de los alcances y limitaciones de su gestión gubernamental.
Mucho menos prolífica y curiosamente sectarizada es la producción bibliográfica dedicada enteramente a Petro. Dos de los trabajos más visibles se oponen explícita y radicalmente a favor (Cuesta, 2019) y en contra (Rodríguez y Gómez, 2019) de su paso por la alcaldía mayor, lo cual hace más interesante el contraste entre opiniones que el contenido mismo de estas obras. Lo mismo ocurre con las lecturas sobre Petro en clave de “populismo” (Giraldo Ramírez, 2018), que suelen alertar la llegada de un régimen “populista” al poder presidencial en cabeza del exalcalde.
Por nuestra parte, esperamos profundizar las discusiones y puntos de vista acerca de Gustavo Petro como figura política de múltiples aristas, vigente en la dinámica democrática contemporánea. La perspectiva teórico-metodológica que asumimos, dentro del campo del análisis del discurso, permite que ofrezcamos una interpretación crítica de esa figura actuando en escenas de combate verbal, bajo los imperativos de la contienda electoral y de las luchas libradas en torno a sentidos disputados en público. Dentro de esas escenas también se construye el sujeto político en y a través de sus propios discursos, “sujetado” a las exigencias del combate. Nos apartamos, entonces, de la ilusión de revelar o evaluar intenciones ocultas, trucos manipulatorios o posiciones ideológicas encriptadas, así como de pretensiones tanto adversariales como apologéticas en torno al personaje o a la persona. Nos interesa, en cambio, ampliar las discusiones sobre esta figura al interrogar su “puesta en arena”, esto es, los modos como despliega acciones de lucha verbal frente a diferentes condiciones de la contienda política, en el marco de algunas escenas de competencia electoral.
El primer capítulo es una reflexión sobre Gustavo Petro como político, sobre el rol que asume dentro del contexto democrático colombiano en la última década. Reparamos, particularmente, en el dificultoso equilibro que existe entre la convicción y la mesura, retomando la perspectiva de Weber (1979) en torno al “político profesional” y actualizándola como herramienta interpretativa para interrogar el ambiente de pugnacidad por el poder en el país, en general, y de la elección presidencial de 2018, en particular.
En el segundo capítulo, analizamos una estrategia de combate verbal apuntalada en el discurso ambientalista, cuyo eje central resulta ser el petróleo como objeto en disputa dentro del proyecto económico gubernamental, en contraste con las propuestas con las que compite. El componente ambiental constituye una estrategia discursiva que busca instalar preocupaciones ecológicas, en contraposición a las denominadas “políticas de la muerte”, dentro del debate electoral y las escenas oratorias del candidato.
En el tercer capítulo, analizamos una tensa entrevista realizada días antes de la primera vuelta presidencial, en mayo de 2018, por parte de un equipo periodístico adverso al proyecto político de Petro. El caso permite indagar en los modos de asumir la animadversión de los oponentes y sus embates verbales, a través de cuatro mecanismos o “contragolpes” de carácter metadiscursivo.
El último capítulo compara dos discursos claves en la trayectoria política de Petro: ambos, discursos de aceptación de la victoria electoral del candidato opositor, una vez que se conocieron los resultados en las elecciones de 2010 y 2018. El análisis de estos discursos poselectorales nos ayuda a comprender las funciones erísticas de este tipo de discursos; en síntesis, cómo ayudan a gestionar la derrota de facto, presentándola como victorias que le permiten a Petro la continuidad de su proyecto político.
Para finalizar, evitamos conscientemente asentar una conclusión general del estudio, a través de la inclusión de un epílogo que pretende dejar abiertas las reflexiones y las rutas analíticas desarrolladas en cada capítulo. Consideramos que el énfasis en las disputas políticas es una de las vías más claras por las cuales el análisis del discurso y, en general, las ciencias sociales, profundizan su relevancia para la vida cotidiana en nuestras democracias.
4 Aunque esta perspectiva sobre el corpus en análisis del discurso rechaza explícitamente la idea de interpretación y la opone a la de «trabajo sistemático de indagación en el archivo» (Aguilar et al., 2014, p. 52), consideramos que se trata de reflexiones metodológicas que no contradicen, sino que complementan la práctica interpretativa del analista de discursos.
5 Por lo tanto, no se inscribe en alguna teoría de la argumentación ni conforma otra, sino que recupera una discusión filosófica clásica dentro de la dimensión dialéctica del logos, que opone la tradición platónico-aristotélica a la tradición sofística y erística. La primera de ellas se actualiza en la pragmadialéctica (van Eemeren, 2010) y la lógica informal (Walton, 1999, 2003); la segunda, en la dialéctica de Schopenhauer (2011[1864]).
Sobre convicción y mesura en Gustavo Petro, el político
Introducción
En 2019 se cumplieron cien años de la conferencia de Max Weber pronunciada para la Asociación Libre de Estudiantes de Múnich, posteriormente conocida como “La política como vocación”6. Esta intervención de Weber, muchas veces reproducida junto a “La ciencia como vocación” en una sola obra intitulada El político y el científico (2009), ha sido comentada durante un siglo sin perder su vigencia para pensar problemas concretos de la práctica política contemporánea. Ciertamente, “La política como vocación” es un llamado sin tapujos a reflexionar sobre el rol del líder político profesional, de las cualidades de aquel que decide vivir de y para la política. Podría decirse que allí Weber esboza, con una erudición inigualable, una serie de reflexiones acerca del papel que cumplen los actores políticos frente a la comunidad en la que se desenvuelven.
Basta recordar, de hecho, uno de los pasajes cruciales de esta obra para destacar su actual pertinencia. En la conferencia de 1919, Weber les pregunta a los estudiantes muniqueses sobre lo que lleva a una persona a dedicarse a la profesión política. Frente a esto, inmediatamente, responde el sociólogo alemán: lo que motiva al líder político es un sentimiento de poder, «[l]a conciencia de tener una influencia sobre los hombres, de participar en el poder sobre ellos y, sobre todo, el sentimiento de manejar los hilos de acontecimientos históricos importantes» (p. 82). Lo anterior, entonces, eleva «al político profesional, incluso al que ocupa posiciones formalmente modestas, por encima de lo cotidiano» (p. 82). Sin embargo, esta influencia no puede ser ejercida a cualquier precio o de cualquier manera. Para Weber —no sin una imbricación fuerte de normativismo con realismo—, al político se le plantea una cuestión crucial, a saber, «cuáles son las cualidades que le permitirán estar a la altura de ese poder […] y de la responsabilidad que sobre él arroja. Con esto entramos ya en el terreno de la ética» (Weber, 1979, pp. 152-153).
Como lo explicita el mismo pensador alemán, sus reflexiones en “La política como vocación” remiten a uno de los tres tipos ideales de legitimidad; en contraste a la tradicional y la legal-racional, Weber se aboca a reflexionar sobre la “legitimidad carismática” como cualidad indeleble de todo “caudillaje político”. Ahora bien, es importante aclarar que estas referencias tanto al caudillo (Führer) como al lugar de la legitimidad carismática no son empleadas por Weber en un sentido peyorativo. Es más, para este autor, la imbricación de carisma y vocación es tal que la primera está presente en todo liderazgo propio de un sistema de competencia partidista por el poder del Estado; es, por ende, una cualidad ineludible de cualquier «jefe de partido» (Weber 1979, p. 87; Casullo, 2014, p. 296).
Así pues, para Weber son tres las cualidades más importantes y decisivas que debe tener un líder político: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura. Si la primera es la entrega entusiasta a una “causa” (ética de la convicción) y la segunda es el norte moral de toda acción política (ética de la responsabilidad), la tercera remite necesariamente a la capacidad «para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad» (p. 153); es decir, la mesura le sirve al político para tomar prudente distancia frente a «los hombres y las cosas». No saber «guardar distancias», agrega Weber, es uno de los «pecados mortales» de todo político; es solo la capacidad de la augenmass7 la que le permite «la doma del alma que caracteriza al político apasionado» y lo distingue del simple «diletante político “estérilmente agitado”» (Weber, 1979, p. 153). En definitiva, para Weber, en la conjunción de estas tres cualidades reside la “fuerza” del político; y, en la imposibilidad de sostener en equilibrio estos tres rasgos fundamentales, los políticos profesionales tienden a caer en una trampa sumamente humana: «la muy común vanidad», que según el sociólogo alemán es la «enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda mesura, en este caso de la mesura frente a sí mismo» (Weber, 1979, p. 154).
Al tomar como excusa los planteamientos de Weber y relacionarlos con el actual contexto de pugna política, puntualmente en la Colombia contemporánea, un “político profesional” con claros rasgos carismáticos y de una convicción incontestable, abocado hoy por hoy a disputar el control del Estado, es Gustavo Petro. Como ya lo mencionábamos en la presentación de este libro, Petro no es una figura reciente ni tampoco un outsider de la política colombiana: además de su legado como miembro de una guerrilla urbana en la década de 1980 y su paso a la legalidad en distintas instancias legislativas, su gran entrada a la competencia electoral a nivel nacional se dio con su candidatura presidencial en 2010; posteriormente, la ruptura con su partido de procedencia —el Polo Democrático Alternativo (PDA)— y la creación de su propia fuerza partidista le permitieron llegar a la primera magistratura de la capital del país (la alcaldía de Bogotá), lo que finalmente lo catapultó de nuevo a las presidenciales de mayo y junio de 2018.
Por supuesto, estos hitos en la carrera política de Petro han estado acompañados de opiniones de todo tipo: muchas veces sus contrincantes le han indilgado tener rasgos personalistas, y han aseverado que es un líder poco dado a recibir consejos y que adolece de una autorreferencialidad insoportable. Petro, en efecto, ha sido —y es todavía— retratado como un político profesional vanidoso que carece de todo sentido de la proporción. Lo anterior, de hecho, se ha venido reafirmando en este largo periodo poselectoral de junio de 2018 en adelante, muchas veces respaldado por las intervenciones públicas de Petro —a través de redes sociales, puntualmente desde Twitter—, cuestión que nos lleva a formular la siguiente pregunta: ¿es realmente Petro, en términos weberianos, un político “estérilmente agitado”?
Las herramientas analíticas brindadas por Weber que se esbozan aquí para pensar el petrismo no pretenden repetir los epítetos que se le endosan al candidato de la Colombia Humana. Apelando a una supuesta vanidad, tanto sus enemigos como críticos más cercanos consideran a Petro como un dirigente político impredecible y egocéntrico, que no ha logrado construir una fuerza electoral con cuadros políticos profesionales, donde él es justamente el centro de todas las miradas afines (Tufano, 26 de octubre de 2020). Muchas veces, estos rasgos hacen que se le compare con líderes cuestionablemente democráticos en la región —con Nicolás Maduro, por lo general—, dándole cierre a una argumentación que hace equivalente al autoritarismo con el polo izquierdo del espectro político.
Nuestra perspectiva, por consiguiente, no pretende replicar desconfianza, aunque tampoco desea reproducir la apología hacia este dirigente colombiano: no se busca aquí reivindicar el rol de Petro como aquel que asume estoicamente la pura ética de la convicción, en tanto sinónimo de una actitud “parresiasta” (Foucault, 2017[1982-1983]), que arriesga su propia vida y triunfo político en nombre de “la verdad” de la comunidad; pese a que así se defina a sí mismo: «He practicado la parresía lo que me pone en riesgo de ostracismo o de gobernar. Más que el sofista que al final no deja nada, prefiero el coraje de la verdad» (Petro, 19 de mayo de 2018).
El curioso tuit podría hacernos preguntar por la conexión entre aquella ética de la convicción y este coraje requerido para decir verdades que incomodan, y, sobre todo, si es posible que el político por vocación pueda ser identificado como la deriva moderna del sujeto de la parresia en el mundo clásico de donde lo rescata Foucault. Además, ¿puede ser parresiasta quien dice serlo? ¿No estaría más cerca de la retórica autoelogiosa esa actitud de adulación (propia) del político en campaña, es decir, no sería justo lo contrario de la parresia?8 Sin embargo, no discutiremos ese problema, a medio camino entre la política y la retórica. Antes bien, este texto quiere retomar la perspectiva weberiana para reflexionar sobre el dificultoso equilibrio que existe entre la convicción y la mesura para la acción política, tomando como caso a Gustavo Petro, quien seguramente será el candidato presidencial de la izquierda colombiana en las elecciones de mayo del 2022.
En este sentido, contrastaremos dos coyunturas específicas, dos momentos de este líder político. Por una parte, analizaremos la lectura del propio Petro sobre su salida del PDA a fines de 2010 por establecer un diálogo con el presidente Juan Manuel Santos en el segundo semestre de aquel año; por otra parte, el momento de nuestro interés se enmarca en la segunda vuelta presidencial en junio de 2018, donde el candidato Gustavo Petro realizaría un particular diálogo electoral con adversarios de distinto signo político para interpelar al votante en blanco.
Consideraremos aquí que estos intermezzos de negociación y diálogo en la vida política de Petro, que llamaremos “avances aliancistas”, no siempre implicaron mesura o el cercenamiento de su convicción. Creemos que ambas ocasiones dieron muestra de que la ética de convicción en este líder de izquierda puede morigerarse sin dejar de tensionar el campo político en disputa; a su vez, ponen en evidencia que Petro puede generar un diálogo con sectores que a primera vista son antagónicos, generando coaliciones o respaldos electorales concretos.
Con todo lo anterior, queremos concluir algo simple: en el contexto actual de sectarización política en Colombia, Petro precisa promover la construcción de más momentos aliancistas, conjugando el sentido de la proporción, la ética de la convicción y la de la responsabilidad; esto si su pretensión es, desde una mira descarnada y realista de la política, no solo poner en cuestión los calificativos de sus adversarios, sino —y más importante aún— construir una fuerza plural de actores que logre ponerle un límite al dominio político del uribismo y de la centro-derecha tradicional colombiana.
Arena: ruptura y recomposición partidista
Después de vencer en una poco apretada segunda vuelta, Juan Manuel Santos asumió la presidencia de Colombia en agosto de 2010. El gobierno de Santos, en efecto, ganó el beneplácito del electorado en junio de aquel año al erigirse como la continuidad de los gobiernos de Álvaro Uribe (2002-2010), caracterizados principalmente por el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas y la lucha contrainsurgente total, además de haber transformado radicalmente el balance institucional del país (Gutiérrez Sanín, 2006). Dicho triunfo se dio frente a Antanas Mockus, candidato del Partido Verde.
Petro, por su parte, quedó a mitad de camino en su carrera presidencial, en una cuarta posición en la primera vuelta, con un poco más del millón trecientos mil votos. Esto lo llevó a tomar dos decisiones diferentes pero concatenadas entre sí. En primer lugar, dada la alta votación que había obtenido en mayo de 2010, Petro decidió reclamar como suya la jefatura del Polo Democrático Alternativo, cuestión que le fue denegada por las autoridades mismas del partido —el excandidato del Polo buscaría dicha jefatura en detrimento del liderazgo de Clara López, su anterior fórmula vicepresidencial—. En segundo lugar, y a los pocos meses de esta pugna interna del PDA, Petro decidió establecer diálogos con el presidente Santos, lo que generó el rechazo de su partido de origen y desembocó finalmente en su salida del Polo a fines de 2010.
Al respecto, finalizando aquel año (1 de diciembre de 2010), Petro habló públicamente sobre sus motivos para romper filas con el PDA. Por una parte, el excandidato del Polo explicó que antes de «dar un paso al costado» lo que había dado era un «paso hacia el frente» en la construcción de un espacio democrático y amplio, que a diferencia del PDA no excluyera la democracia; esto lo decía no solo por el “no” a su jefatura, sino por el respaldo del Polo a Iván Moreno, hermano del exalcalde Samuel Moreno, acusado por el mismo Petro de corrupción desde 2009. Asimismo, el excandidato presidencial aseguraba en una entrevista que, lejos de construir una disidencia del Polo, lo que pretendía formar era un «bloque democrático»; concluye que dentro del Polo se había sentido maltratado y que haber estado en dicho partido fue como «arar en el mar».
Frente a lo anterior, se resalta que, justamente desde una posición enarbolada como dialoguista, el excandidato presidencial del PDA estableció comunicación con el presidente Santos, en ese momento abiertamente uribista. De esta manera, Petro tensionaba el espacio interno del Polo, cuyas directivas se negaban a avalar sus consideraciones plebiscitarias acerca del liderazgo y la democracia dentro del partido —según él, la jefatura era suya gracias a casi un millón y medio de votos—. Incluso, desde agosto de 2010, distintos dirigentes del PDA habían desestimado la actitud “dialogante” de Petro con el gobierno recientemente electo de Juan Manuel Santos.
Desde una misiva enviada al presidente en dicho mes, Petro le habría planteado establecer conversaciones en torno a tres temas indiscutiblemente propios del progresismo colombiano: recuperación de las tierras en poder de las mafias, derecho al acceso al agua y la reparación integral de las víctimas. Al respecto, sin embargo, el senador del PDA, Jorge Enrique Robledo, aseveraría que la propuesta de diálogo era contraria a la posición del Polo y que Petro se había comunicado con Santos como forma de reproche a su partido, es decir, porque no pudo obtener la jefatura; según Robledo, «se hizo una votación y él [Petro] perdió», por lo cual concluye que el excandidato presidencial buscaba simplemente poner al PDA «a la cola de Juan Manuel Santos» (Robledo dice que Petro…, 4 de agosto de 2010; Carta de Petro a Santos…, 24 de junio de 2010).
Como se sabe, meses después de su ruptura con el Polo Democrático, Petro conformaría en 2011 su propia organización política, Movimiento Progresistas, plataforma que le serviría para alcanzar la alcaldía de Bogotá durante el periodo 2012-2015. Sin embargo, en la perspectiva de Petro acerca de su legitimidad política dentro del PDA, lo que lo llevaría a transformar el escenario político colombiano entre 2010 y 2011 sería justamente su voluntad de diálogo ‒con el presidente Santos‒, es decir, una propuesta claramente interesada en construir consensos sobre temas básicos. Es, pues, desde un lugar a todas luces de mesura, en detrimento de la convicción opositora del Polo, que Petro pudo distanciarse de este último y formar una agrupación política propia (Progresistas). Este sería el preludio de Bogotá Humana y de lo que se conocería, casi una década después, como la Colombia Humana.
Segunda vuelta electoral de 2018. Diálogo desesperado o ética de la responsabilidad
A mediados de junio de 2018 fue electo Iván Duque como nuevo presidente de Colombia; candidato del uribismo ya nucleado en el partido Centro Democrático. Como dijimos antes, con más de diez millones de votos, Duque venció en segunda vuelta al candidato de la Colombia Humana, Gustavo Petro, quien obtuvo una votación histórica para un candidato de izquierda en el país: ocho millones de votos. Teniendo como precedente los argumentos esgrimidos en su salida del PDA en 2010, resultaba coherente que Petro volviera a argumentar que los millones de votos que obtuvo eran propios, lo que lo convertiría en el líder por antonomasia de la izquierda colombiana9.
Ahora bien, asumir esta idea, dicho sea de paso, muy propia del petrismo actual, como una verdad incontestable, termina por ocluir no solo el carácter plural y contingente del voto colombiano —dados los polos dominantes de uribismo versus antiuribismo, que desdibujan los límites y las identidades partidarias—, sino que además pierde de vista las reiteradas intervenciones de dicho líder para mostrarse como un candidato razonable y mesurado —tomando, como se verá en otros capítulos de este libro, las banderas de la implementación de los acuerdos de paz de la Habana y la defensa del medio ambiente—. Considerar que los votos por la Colombia Humana son solo de Petro, en efecto, soslayaría uno de los actos simbólicos más importantes de su campaña para el ballotage presidencial de 2018. Hablamos, por supuesto, de la firma de los “doce mandamientos” de Petro con Antanas Mockus.
En primer lugar, el episodio, a pocos días de realizarse la segunda vuelta presidencial (8 de junio de 2018), estaba cargado de referencias religiosas que exceden la idea misma de «las piedras de Moisés». Ciertamente, en una mesa con mantel blanco y girasoles, y frente a una multiplicidad de medios de comunicación, se reunieron Antanas Mockus y Claudia López, del Partido Verde —esta última, excandidata a la vicepresidencia en la fórmula de Sergio Fajardo—, junto con Gustavo Petro10. La futura alcaldesa de Bogotá explicaría allí que el lugar donde estaban —la plaza que colinda la iglesia del “Voto Nacional”— era un lugar construido más de cien años atrás, con la idea de reconciliar a liberales y conservadores luego de la Guerra de los Mil Días. De esta manera, la “reconciliación” no remitía simplemente a una alianza política —López aclara que no hay una coalición electoral con Petro, sino una preocupación compartida frente al triunfo del uribismo—, sino un rito de connotación cristiana, de paz entre hermanos, que se reviste de las prácticas eclesiásticas. López (8 de junio de 2018) va a ser reiterativa en la naturaleza del acto:
Aquí venimos a encontrarnos como dos proyectos distintos. No venimos aquí (…) a unir ni a fusionar la Coalición Colombia con la Colombia Humana; ambos son dos proyectos distintos que seguirán siendo distintos y compitiendo fraternalmente en las reglas de la democracia (López, 8 de junio de 2018, 8’07”-8’35”)
En segundo lugar, y rompiendo con el formalismo de los anuncios políticos de cualquier alianza política, el centro del acto de reconciliación fue la jura de “doce mandamientos” por parte de Petro, que se comprometía a cumplir en caso de llegar al poder ejecutivo. Los mandamientos quedarían grabados en dos piedras que remiten figuradamente a las cargadas por Moisés al descender del Sinaí; Petro prometió finalmente ubicar las placas en su despacho si ganaba la presidencia. En las palabras grabadas en dos tablas de mármol se puede leer:
I) No expropiaré.
II) No convocaré a una Asamblea Constituyente.
III) Manejaré los recursos públicos como recursos sagrados.
IV) Impulsaré la iniciativa privada, el emprendimiento y la formalización.
V) Garantizaré la democracia pluralista y el respeto a la diversidad.
VI) Respetaré el Estado social de derecho.
VII) Respetaré el acuerdo de paz.
VIII) Nombraré a los más capaces.
IX) Garantizaré la igualdad de género.
X) Impulsaré el tránsito a las energías limpias.
XI) Impulsaré la educación pública gratuita y de calidad para todos los colombianos.
XII) Garantizaré el cumplimiento de los resultados de la consulta contra la corrupción.
Candidato Presidencial 2018 – Gustavo Petro (firma)
El contenido de los compromisos se deja leer en dos conjuntos de mandamientos que responden al uribismo, en clave adversarial, y al Partido Verde, en clave cooperativa.
Especialmente los mandamientos I, IV, V y VI parecen dirigirse a la campaña rival, en la cual se había instalado la asociación de Petro con el régimen venezolano de Nicolás Maduro y, por ende, su candidatura se concebía como una amenaza para la democracia colombiana. El persuasivo “castrochavismo”, fantasma de la conversión del país en un Estado socialista, impulsado por el expresidente Uribe Vélez, formaba parte integral de la estrategia de campaña del uribismo y empezaba a consolidar sus propios sintagmas, como el de “Petrochavismo” (por ejemplo: Martínez Lloreda, marzo 1 de 2018).
Al respecto, son muy dicientes las promesas de no expropiar, no atentar contra el capital privado y negar cualquier convocatoria a una Asamblea Constituyente; estas prerrogativas, a todas luces, se le han indilgado al proceso chavista en Venezuela. A su vez, el uso “sagrado” de los recursos públicos y el pluralismo político buscaban desmarcar a Petro del mote de “caudillo populista”, terco y personalista. Y, finalmente, los “mandamientos” de igualdad de género, nombramiento de los más capaces y el respeto a la “consulta anticorrupción” —esta última a realizarse el 26 de agosto de 2018— apelaban claramente a construir un proyecto político que le diera primacía a la meritocracia y que combatiese las lógicas venales dentro de la política colombiana.
Los demás mandamientos retoman las banderas programáticas o los principios declarados por el Partido Verde, y sus eslóganes mejor instalados, para incorporarlos en la contienda de la segunda vuelta. Evidentemente, el texto guionado está escrito a varias manos y el hecho de que desborde en número la analogía del decálogo cristiano puede estar mostrando la huella del disenso entre voces (de Petro, López y Mockus) que terminan enunciando colectivamente a través de un listado de puntos en común que no suscitan controversia entre las partes.
La metáfora religiosa en esta escena de campaña apela a los símbolos que activan fácilmente el reconocimiento de valores cristianos ampliamente compartidos. Los recursos utilizados remiten explícitamente a esos lugares comunes tanto en el montaje del acto (las tablas de mármol, la estola blanca con la cruz bordada en hilo dorado, el juramento verbal y los amplios testigos “congregados”) como en el contenido de las “tablas de la ley” (la enumeración romana, la reiteración del futuro simple de indicativo, el rostro siluetado de Petro en una de las placas y, claro, la definitiva firma sobre piedra).
Desde el punto de vista de la enunciación y de su puesta en escena (Maingueneau, 2014, pp. 123-133), el acto público apela a componentes de la escenografía11 litúrgica para desplazar la campaña política hacia ámbitos sacramentales. Como veremos, la solemnidad dialogal del compromiso adquirido por el candidato Petro puede dispersar los miedos al castrochavismo y sumar los votos afines al Partido Verde, legitimando al candidato a través de la promesa ceremoniosa. Mockus inquiere de forma sacerdotal —la mencionada estola, de hecho, rezaba la bendición “podemos ir en paz”— y repetía en cada compromiso el apelativo “Petro”, igual que en los géneros sacros del juramento. El jefe de la Colombia Humana contestaba, con base en un guion escrito:
- Mockus: Petro: ¿Se compromete usted a no expropiar?
- Petro: Me comprometo a no expropiar, nunca lo he hecho.
- Mockus: Petro: ¿Se compromete usted a no convocar una Asamblea Constituyente?
- Petro: Me comprometo a no convocar una Asamblea Constituyente y a defender a fondo la Constitución de 1991.
- Mockus: Petro: ¿Se compromete a manejar los recursos públicos como recursos sagrados?
- Petro: Me comprometo a manejar los recursos públicos como recursos sagrados y a mantener la disciplina fiscal. No solo me comprometo, sino que lo he hecho: jamás me he robado un solo peso de los colombianos o las colombianas.
- Mockus: Petro: ¿Se compromete a impulsar la iniciativa privada, el emprendimiento y la formalización?
- Petro: Sí. Ratifico mi compromiso de impulsar la iniciativa privada en millones de colombianas y colombianos, el emprendimiento y la formalización de la economía, con un trabajo decente y con colombianas y colombianos con todos los instrumentos para poder trabajar.
- Mockus: Petro: ¿Se compromete a garantizar la democracia pluralista y el respeto a la diversidad?
- Petro: Sí, me comprometo. La democracia es el objetivo de mis 40 años de lucha.
- Mockus: Petro: ¿Se compromete a respetar el Estado social de derecho?
- Petro: Sí, me comprometo a defender la independencia entre las ramas del poder público, la participación real y efectiva de la ciudadanía, la justicia social, que son el fundamento del Estado social de derecho (López, 8 de junio de 2018, 4’27”- 6’55”).
El acto finaliza dándole protagonismo a la bendición de la estola, para cerrar la analogía con la liturgia cristiana en un ir y venir entre esta última y la contienda política:
Podemos ir en paz… ¡a ganar! ¡Podemos ir en paz a ganar! (López, 8 de junio de 2018, 31’:34”-31’:37”)
La reformulación del cierre litúrgico transforma el conocido «Podéis ir en paz. Demos gracias al Señor» en la forma inclusiva del “nosotros” y añade el remate más próximo a la arenga proselitista. Sobre la base de ese grito de esperanza atravesado por la fe (cristiana), la inclusividad aquí se juega de manera específica, no solo en general para captar adeptos e indecisos, sino especialmente para convencer a los verdes, hasta ese momento rivales de Petro en la primera vuelta, de que él podría también representarlos en la jornada final de elecciones. En la escenografía litúrgica, así, se depositaba la estrategia de promover la confianza en Gustavo Petro a través de un “voto de fe”.
Más allá del lugar sacerdotal de Mockus —otro personaje por analizar dentro de la larga trayectoria de este líder del Partido Verde, dada su tendencia a representar figuras externas a la política (superhéroes, por caso)—, el contenido programático de esta supuesta liturgia resulta ser interesante en tanto que se pone en escena un compromiso por parte de Petro que, a nuestro parecer, remite justamente a la mesura política. Si bien varios de los “mandamientos” están en sintonía con las propuestas de campaña de Petro —energías limpias, implementación de los acuerdos de paz entre el gobierno de Santos y las FARC-EP, la educación pública y gratuita, etc.—, como vimos, hay otros que buscan prácticamente cuestionar, o al menos conjurar, los miedos de un Gobierno nacional en manos del conductor de la Colombia Humana. Dicho en otros términos, el compromiso con actores ajenos, o contrarios, a su propia fuerza electoral solo podía darse en tópicos que evocaban la construcción de un proyecto político personalista, autoritario y transformador de las reglas de juego institucionales. Nuevamente, y para retomar a la figura usada por Petro una década antes, para dar «un paso hacia el frente» en su proyecto electoral, tenía que dar, al mismo tiempo, «un paso a un costado».
Al respecto, para nosotros lo más interesante de este acto es la forma de “lucha” política asumida aquí por el dirigente de la Colombia Humana. La “eucaristía política” brindada por Mockus no dio ciertamente espacio para una arenga o discurso propio de Petro, al menos frente a los medios (“un paso al costado”). De hecho, los que hablaron públicamente fueron sus antiguos contrincantes, quienes brindaban su apoyo en la coyuntura del ballotage, buscando así correr el posicionamiento general del Partido Verde de votar en blanco. Sin embargo, lejos de asumir un compromiso pasivo, no son menores las respuestas del candidato presidencial del antiuribismo. Como se vio en el citado juramento, la respuesta «me comprometo» de Petro venía acompañada de una salvedad, es decir, de un ataque o, si se quiere, de una aclaración que de alguna manera reconfiguraba el compromiso llevándolo a su propia retórica política («un paso hacia el frente»). Por ejemplo, la iniciativa privada sería respetada en tanto brinde trabajo decente. Dicho en otras palabras, frente a la pasividad que suponía el acto, Petro redundaba en su posición de líder que no pierde sus convicciones y ni su coherencia («de mis 40 años de lucha»). Es un “avance aliancista” donde, en definitiva, el frágil equilibrio entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad queda en evidencia.
Conclusiones
El triunfo de Duque en las elecciones presidenciales de 2018 —si dejamos fuera de la discusión las recientes acusaciones de fraude para el candidato del uribismo— parece sugerir que el “avance aliancista” de Petro fue insuficiente para persuadir el voto en blanco en el ballotage. No obstante, el acto de los “doce mandamientos” muestra, a pocos días de los comicios, la forma como la conciliación y la mesura no van en detrimento del proyecto político de la Colombia Humana; incluso, como vimos anteriormente, el mismo acto de compromiso supuso también una reformulación, una conjunción interesante y simultánea de repliegue y lucha discursiva.
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