Kitabı oku: «Catálogo Monumental de España: Provincia de Álava»

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Cristóbal de Castro

Catálogo Monumental de España: Provincia de Álava

Inventario general de los monumentos históricos y artísticos de al nación


Publicado por Good Press, 2021

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664094087

Índice

PRÓLOGO

CAPÍTULO PRIMERO MONUMENTOS PREHISTÓRICOS

CAPÍTULO II MONUMENTOS CELTAS

CAPITULO III MONUMENTOS DE LA CIVILIZACIÓN ROMANA

CAPÍTULO IV MONUMENTOS DE LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA

ÉPOCA ROMÁNICA

ÉPOCA OJIVAL

ÉPOCA DEL RENACIMIENTO

ÉPOCA MODERNA

VITORIA

CATEDRAL VIEJA SANTA MARÍA DE SUSO

HOSPITAL CIVIL DE SANTIAGO

PALACIO DE LA DIPUTACIÓN

PLAZA NUEVA

AYUNTAMIENTO

CASA DEL CORDÓN

PALACIOS DE VENDAÑO, ÁLAVA Y OTROS

CATEDRAL NUEVA (EN CONSTRUCCIÓN)

BASÍLICA DE ARMENTIA

BASÍLICA DE ESTÍBALIZ

ABERÁSTURI

ALEGRÍA

AMURRIO

ANDAGOYA

ANGOSTINA

AÑÚA

ARCINIEGA

ARGANDOÑA

ARZUBIAGA

BELUNZA

BERNEDO

BETOÑO

CATADIANO

CICUJANO

CONTRASTA

DONÁS

DURANA

EL BURGO

EL CIEGO

EGUILETA

ERENCHUN

ESTABILLO

EZQUERECOCHA

GACEO

GÁCETA

GAMARRA-MAYOR

GAMARRA-MENOR

GARDELEGUI

GAUNA

GOJAIN

GUILLERNA

GUEVARA

GÚJULI

HUETO DE ABATO

HUETO DE ARRIBA

IGOROIN

LA BASTIDA

LA GUARDIA

LANDA

LASARTE

LEZA

LEZAMA

LEGARDA

LEORZA

LOPIDANA

MAESTU

MANURGA

MAROÑO

MARQUÍNEZ

MENDIZÁBAL

MENDOZA

MEZQUÍA

MIÑANO-MENOR

MONASTERIOGUREN

MURGA

NAFARRATE

NANCLARES DE GAMBOA

NANCLARES DE LA OCA

OCIO

OLANO

OTAZU

OYARDO

OYON

PÁGANOS

PEÑACERRADA

PORTILLA

QUEJANA

RESPALDIZA

SALINILLAS DE BURADÓN

SALVATIERRA

SOJOGUTI

ULLÍBARRI-ARRAZUA

UNZÁ

URRIALDO

URRÚNAGA

ZALDUENDO

ZAMBRANA

ZUAZO DE ÁLAVA

ZUAZO DE CUARTANGO

ZURBANO

LÍNEAS FINALES

ÍNDICE DEL TEXTO

ÍNDICE GENERAL DE GRABADOS

SITUACIÓN DE LOS LUGARES QUE SE CITAN EN ESTA OBRA [para agrandar] [para agrandar más]

PRÓLOGO

Índice

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora

Campos de soledad, mustio collado,

Fueron un tiempo Itálica famosa...

(Rodrigo Caro.—A las ruinas de Itálica.)

INVENTARIAR los monumentos de un país es renovar su Poesía y acrecer su Historia. El pasado, como el espíritu, no muere, sino que, libre de las impurezas materiales, se ennoblece y enseñorea con el escudo de armas del recuerdo.

«Recordar—dice Eurípides—es resucitar.» La Arqueología bien puede llamarse «ciencia de las resurrecciones»; porque un dolmen, un hacha de silex, una columna rota, una lápida descifrada, pueden ser una teogonía, una batalla, una raza, un pueblo puestos en pie.

De todo el patrimonio artístico, el lote más fecundo es el del recuerdo. Porque el recuerdo de una guerra esculpe el Partenón y dicta la Ilíada; el recuerdo de un Hombre-Dios llena el mundo de catedrales y de oraciones; el recuerdo de una mujer escribe la Divina Comedia, pinta la Gioconda y compone la Novena Sinfonía. Porque el recuerdo, en fin, es tan humano, que recordando vive la Humanidad, y cuando muere, muere tan sólo para dar vida al recuerdo.

El predominio evocador se dilata por todas las naciones cultas. Paralelo al florecimiento económico desenvuélvese, activo como él y con fiebre investigadora más alta y más noble, el florecimiento histórico-artístico. Los pueblos rivalizan en maquinaria y en documentación. Se diría que, junto a las «guerras de tarifas», nacen las «guerras arqueológicas»; que, para ennoblecer sus nuevas riquezas, cada cual busca su blasón.

De esta hidalga ansiedad moderna surge la Historia, armada de todas armas, como Palas surgió de la cabeza de Zeus. Las ciencias y las artes forman el «coro espléndido» de la Evocación; bibliografía, antropología, numismática, geología, códices, palimpsestos, iconografía, arquitectura, heráldica, toda la espesa fronda del boscaje histórico surge con exuberancia tropical.

La paciencia del monje, la audacia del explorador, el experimento del sabio, aportan a la Historia sus ansiedades. Y cuando en nuestros días levantan Mommsen y Ferrero, Rambaud y Lavisse, sus admirables monumentos de reconstrucción, la Historia no es ya un sangriento reflejo de la Epopeya ni un mudo archivo paleográfico, sino que, abarcándolo todo con sus ojos de Argos conmovido, convierte el estilete ingenuo de Herodoto en la pluma polígrafa de Maspero y de Paul Guiraud.

La riqueza monumental y artística de España estaba amortizada por la incuria, oculta por la «mano muerta» de la ignorancia o del desdén. El Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, con noble aliento de cultura y de modernidad, inicia esta labor desamortizadora, creando los Catálogos monumentales y artísticos de todas y cada una de las provincias. España, en este punto de honor patrio está, pues, incorporada a Europa.

RECORRIDO DE LA PROVINCIA.

DOCUMENTACIÓN Y PLAN DEL CATÁLOGO.

La provincia de Álava es pobre de extensión, pero riquísima en poblados. En sus 3.044 kilómetros cuadrados se asientan con la capital 85 villas y 348 aldeas, en muchas de las cuales hay algún testimonio de arqueología.

La empresa, pues, de recorrerla escrupulosamente, registrando sus monumentos y archivos, tomando apuntes y fotografías, aconsejándonos de sus hombres más insignes, hubo de ser tan larga como trabajosa.

Y más lo hubiera sido, al punto de rendir nuestros entusiasmos, de no habernos favorecido tan hidalgamente, ya con libros, ya con fotografías, ya con sus provechosas indicaciones, los señores gobernador civil, D. Salvador Aragón, que nos guió en las excursiones a las basílicas de Armentia y de Estíbaliz; el señor obispo de la diócesis, D. José Cadena y Eleta, que, tras de dispensarnos su cooperación personal, facilitándonos Memorias, planos, folletos, manuscritos y fotografías de la grandiosa catedral en construcción, puso a disposición nuestra, por una orden a los arciprestes, todos los archivos parroquiales del obispado; el presidente de la Diputación, D. Federico Baráibar, quien tras de acompañarnos con su amable y profunda ciencia de poeta y de arqueólogo a la Diputación, al Museo provincial, a varios otros monumentos de la provincia, nos hizo el don valioso de sus libros, folletos, planos y apuntes, autorizándonos para reproducir la numerosa colección de fotografías que remitiera hace años a la Real Academia de Bellas Artes; y los arquitectos de la catedral nueva, en construcción, D. Javier de Luque y D. Julián Apraiz, a quienes por igual debemos gratitud, en su frecuente y reiterada cooperación a la presente obra.

Después de varios días de estancia en Vitoria, donde con tan amable y sabia compañía, no solamente recorrimos y estudiamos sus monumentos de más nota y valor, sino que compusimos el plan de excursión a los pueblos y las aldeas que ostentan un prestigio de arqueología, realizamos ya fácilmente las excursiones a Armentia, Estíbaliz, Arriaga, Eguílaz, Maestu, Antoñana, El Ciego, La Guardia, Labastida, Zambrana, Amurrio, Ayala, Arciniega, Lezama, Altube, Amézaga, Murguía, Ondátegui, Villarreal, Mendíbil, Elorriaga, Matauco, Echábarri, Salvatierra, Urabain, Vicuña, Gauna, Alegría, El Burgo y otras.

De regreso a Madrid, lozanas aún y palpitantes nuestras impresiones, procedimos a la investigación documental en archivos y bibliotecas, acudiendo a la autoridad y saber de los Sres. Conde de Cedillo, D. Narciso Sentenach, D. Antonio Garrido y D. Adolfo Herrera, que componen la Comisión mixta, organizadora de las provinciales de Monumentos, todos los cuales nos favorecieron con sus consejos y bondades en términos que exceden, aun siendo mucha, nuestra gratitud.

Por sus indicaciones y con la diligencia que pedía nuestro entusiasmo, nos fuimos orientando a través del espeso bosque de la Bibliografía, habiendo conseguido examinar, además de los clásicos en la materia—Quadrado, Ponz, Carderera y Ceán Bermúdez, entre otros,—el extensísimo Viaje a las Iglesias de España, de D. Joaquín Lorenzo Villanueva, y la España Sagrada, del P. Flores; el tomo IV (Vascongadas) de la magna obra España, sus monumentos y artes; su naturaleza e historia, redactado, como se sabe, por D. Antonio Pirala; el rico, extenso y elocuente Diccionario geográfico histórico, de la Academia de la Historia; obras todas de consulta general; la bibliografía especial, geológica, geográfica, histórica, eclesiástica, monumental y artística de la provincia de Álava, en la cual bibliografía descuellan la Historia civil e Historia eclesiástica de la M. N. y M. L. provincia de Álava y los Compendios históricos de las ciudades y villas de Álava (Vitoria, 1798; Pamplona, 1797, y Pamplona, 1798), de D. Joaquín José de Landazuri y Romarate; las Noticias sobre las vías, poblaciones y ruinas antiguas, especialmente de la época romana, en la provincia de Álava (Madrid, 1875), de D. F. Coello y Quesada; los Estudios monumentales y arqueológicos de las provincias Vascongadas (Revista de España, 1871), de D. José Amador de los Ríos; los Apuntes arqueológicos de Álava (Vitoria, 1872), y El libro de Álava (Vitoria, 1877), de D. R. Becerro de Bengoa; la Crónica general de España, de D. José Bisso (Madrid, 1868); Armentia, su obispado y su basílica de San Andrés, y Vitoria y los 43 pueblos de su jurisdicción, de Blas Díaz de Arcaya; la clásica y crédula Vida de San Prudencio, de Bernardo Ibáñez de Echavarri; el Camino romano de Álava, del sabio clérigo Lorenzo del Prestamero; la Epigrafía armentiense y En el dolmen de Arriaga, de D. Federico Baráibar; el Discurso de los dólmenes alaveses, de D. Julián Apraiz; los Alaveses ilustres, de D Vicente G. de Echavarri; la Espeleología de Álava, de D. Luis Heintz y Lloll; el Obispado y fueros de Álava, de D. F. Carrera y Candi, y la Geografía de Álava, de D. Vicente Vera, obras estas tres últimas incluídas en la voluminosa Geografía del país vasco-navarro, dirigida por el Sr. Carrera y Candi y copiosamente enriquecida con planos, mapas, fotografías y estadísticas, que acrecen su valor científico, artístico y literario.

Ordenados nuestros apuntes, planos, mapas, fotografías y manuscritos, hemos dispuesto el plan de la presente obra, procurando seguir los métodos históricos modernos, esto es, ir evocando cronológicamente la aparición de las diversas civilizaciones y con ellas las de sus monumentos y gesta de arte.

Tocante a las fotografías, siguen al texto como su resumen plástico, y, conforme a justicia, las que nos han sido diligentemente facilitadas, llevan al pie los nombres de sus generosos prestatarios.

En tales condiciones, ya que no de saber, de escrupulosa investigación emocional y documental, hemos acometido la honrosa y, para nuestros cortos medios, difícil empresa que el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes se sirvió confiarnos, por Real orden de 31 de julio de 1912, y que señalará, por sus aciertos, el saber y la autoridad de nuestros consejeros y auxiliares, y marcará, en sus deficiencias, las huellas desafortunadas, pero diligentes, de nuestros grandes entusiasmos...




CAPÍTULO PRIMERO
MONUMENTOS PREHISTÓRICOS

Índice

...Antes que una voz tan solo diera

El nacimiento al mundo

Y la tierra arrancara del profundo

Abismo de los mares...

(Milton.—El Paraíso perdido.)

vocamos las noches de la Prehistoria, el nacimiento del planeta, la hora divina en que, según el Génesis, «Dios, viendo que era buena su obra, descansó»; la hora caótica en que, según la Geología, o por el agua o por el fuego cristalizó el mundo terrestre.

La vista natural nada distingue entre las sombras infinitas; pero los ojos sobrenaturales del creyente, del geólogo y del poeta, han proyectado, en las negruras angustiosas, claridades de fe, de ciencia y de mito.

Porque allí donde el mísero cuerpo humano duda y flaquea, allí está prepotente el alma, encendiendo en las sombras sus luminarias fulgurantes...

Hasta la aparición del hombre, la Historia, que es archivo de la Humanidad, está increada. Pero la Religión, la Ciencia y la Poesía son tres hadas hermanas que aguardan al que va a nacer, rezando, meditando y cantando junto a la cuna...

APARICIÓN DEL HOMBRE EN LA TIERRA.

TEORÍAS DE LOS MÁS CÉLEBRES GEÓLOGOS.

AHASVERUS Y TOPSIUS.

¿Cuándo aparece el hombre en el planeta?

La autoridad de Carlos Vogt lo señala, como es sabido, en el período diluvial. «Hasta ahora—dice en su famosa obra Prelecciones sobre el hombre—no se ha encontrado huella alguna que suponga su aparición más antigua; por todas partes sólo hemos hallado pruebas de la aparición del hombre después del gran período glacial, después del terreno glacial de la península escandinava, de Inglaterra, de Suiza..., etcétera, etc.»

El geólogo español Sr. Vilanova, en su Manual de Geología y en las interesantes conferencias que sobre «El hombre fósil» dió en el Ateneo de Madrid, sostiene la simultaneidad del origen del hombre y del período cuaternario.

Prehistoriadores tan insignes como el P. Laurent, como Veiht, como Vorizio, afirman que la historia de la creación cabe dentro de la cronología bíblica. Otros no menos prestigiosos, como Carpenter, Prestwich, Delesse, Milne, Edwars, Lartet y Quatretages, defienden una cronología independiente del Génesis y anterior a él en miles de años.

Pero esta confusión de teorías racionalistas o católicas, acrecentada hasta el mareo por el caos de hipótesis modernas—las cuales, ordenadas y resumidas por sir John Luboock en su reciente obra El hombre antes de la Historia, nos abruman, pero no nos persuaden,—mantienen el problema en pie.

Tras de sus afanosas incursiones por el espeso bosque bibliográfico, el investigador moderno se halla en perplejidad idéntica a la en que se encontraron los sorprendidos por las Listas de Manatón o por Los fósiles, de Boucher de Phertes.

Nada hay cierto; todo es hipótesis. Escriturarios y geólogos disputan a lo largo de los siglos como un grupo de ciegos a lo largo de rutas infinitas. Diríase que el Tiempo, único juez inapelable en la vida como en la muerte, se resiste a ser enjuiciado por ese prisionero suyo que llamamos Humanidad.

Hasta los testimonios materiales—cortes de tierras, cavernas huesosas, hachas, uñas, pedazos de arcilla cocida, trozos de grafito..., etcétera,—son, en lugar de pruebas definitivas, alegatos que se incorporan a esta dialéctica secular. Los períodos geológicos, que antes eran como las lucecillas del camino, hoy, tras las exploraciones de E. Martel revelando el mundo subterráneo y creando la nueva ciencia espeleológica, apenas si dan luz en estas jornadas. Y la Prehistoria, noche del planeta y noche de la Humanidad, se ofrece a los espíritus melancólicos como una evocación de Ahasverus en su avatar, que no acabará nunca, y a los espíritus escépticos, en aquel perfil de cigüeña con anteojos, que llamó Eça de Queiroz «el sabio Topsius, miembro del Instituto imperial de excavaciones históricas».

Que se trate del hombre bíblico o del hombre darwiniano; que se acepte el período terciario o el cuaternario, en ningún caso la cronología humana deja de ser lo que es: tinieblas.

¿Qué antigüedad asignar al hombre? ¿En cuál región terrestre apareció primero? ¿Cuáles huellas señalan sus primeros pasos?

Las tres hadas que se disputan al recién nacido—Religión, Ciencia y Poesía—han tejido con oro de ilusiones tres evangelios diferentes. La Biblia y sus exégetas de todos los tiempos nos hablan del Paraíso terrenal, situado entre el Eufrates y el Tigris, y de Asia, «cuna del género humano».

La Geología y sus patriarcas más ilustres señalan, unas veces, continentes desaparecidos, como la Atlántida, otras, las capas de acarreo de la Florida; otras, las praderas flotantes del Nilo; otras, las cuevas subterráneas del canal Sodertel, en Finlandia. Es decir, que las interpretaciones geológicas sobre el lugar de aparición del hombre son tantas, no ya como continentes actuales y desaparecidos, sino como naciones vivas y muertas.

La Poesía, por su parte, más rica de invenciones y de emociones, ha repartido los tesoros de sus leyendas, donando una leyenda a cada raza y un poema originario a cada idioma. Ahora es el Ramayana; ahora las tradiciones incas; ya es Walmiki; ya son los Nibelungos. ¿Qué pueblo no se cree el mayorazgo de la Humanidad? ¿Qué idioma no se juzga el precursor o el heredero directo del precursor?

El último Congreso de Prehistoria celebrado en Tolosa, de Francia, después de discutir el misterio de la cronología humana con la solemnidad, la ciencia y la dialéctica de un Concilio, no solamente dejó sin formular un dogma o cuando menos una teoría, sino que, al intentar fijar la talla del hombre de las cavernas—en vista de hachas, huesos, púas, vasijas y diversos fósiles de excavaciones recientísimas,—hubo de repetir al mundo expectante la sentencia atribuída a Sócrates por Plutarco: «Sólo sé que no sé nada.»

La revista contemporánea L’homme préhistorique vino a decir lo mismo en un artículo de su redactor-jefe Marcelo Baudouin.

La Geología encuentra en Álava huellas características de la «Serie terciaria» en el sistema eoceno inferior o numilítico de las cuevas y peñas del castillo de Marquínez, en los bancos de conglomerados de Páriza y Ajarte y en los páramos y mesetas de La Guardia, y de la «Serie cuaternaria» en los depósitos diluviales de la llanura de Vitoria.

La aparición del hombre se acusa en las grutas, cavernas y simas de Arrate, de Basocho, de Laño y de Marquínez. Hay huellas de trabajo humano en las cuevas de los Gentiles, de Basocho; hornacinas, huesos y cerámica en las de Laño, y sepulturas en las de Marquínez. En la monumental Geografía del país vasco-navarro, al estudiar la geología y paleontología de Álava, expone D. Vicente Vera muy curiosas observaciones sobre el particular.

Y en la parte de dicha obra «Obispado y fueros», encomendada al sabio erudito Sr. Carreras Candi, se dice que «en los tiempos ante-romanos, una raza autóctona pobló el territorio de las actuales provincias vascongadas, cuyas huellas aun hoy se descubren por su lenguaje y escrituras característicos y también por la fisiología».

«De los períodos prehistóricos—continúa el citado Sr. Carreras Candi—se han hallado diversidad de objetos y armas de piedra, semejantes a los encontrados en las demás regiones de España.

»Su cultura artística, de tanto relieve en las cuevas santanderinas de Altamira y del Castillo, no ha dejado rastro de esta índole en la provincia de Álava. Merecen, sin embargo, un lugar en la reseña, las esculturas de la cueva de Marquínez, por la rareza de estas obras de arte, si bien su antigüedad parece menor que la de aquellas pinturas.»

ESCULTURAS PREHISTÓRICAS.

¿Qué esculturas son estas de las cuevas de Marquínez? Son figuras toscas y sin relieve apenas, más que labradas, como arañadas en la piedra. Ofrecen la rigidez del primitivismo, la casi ausencia de curvas y la actitud hierática.

La desproporción de cabeza y tronco les da un sello de primitiva ingenuidad. Una de ellas, los brazos sobre el pecho, tiene la verticalidad de una momia. La otra, sentada sobre un caballo, apoya su diestra en el pescuezo.

Esculturas prehistóricas de Marquínez.

Ambas, como arañadas en el bloque de un gran peñasco, despiertan en el visitante honda emoción, y su ingenuidad ruda y toscos trazos nos hablan de hombres fabulosos, gigantescos, que cubiertos de pieles y los cabellos en desorden, penetran en la cueva dando gritos y esgrimiendo las hachas de pedernal.

¿Qué antigüedad se asigna a estas esculturas? ¿Son de los aborígenes o de los invasores? Los eruditos alaveses D. Sotero Mantelli, don Ricardo Becerro de Bengoa, D. Miguel Rodríguez Ferrer y D. Ladislao Velasco, no dilucidan la cuestión. El Sr. Amador de los Ríos, que tan prolijamente abogó por considerar el monumento megalítico de San Miguel de Arrechinaga, en Vizcaya, «cual misterioso lazo que uniendo, dentro del suelo vascongado, en indestructible cadena, las edades prehistóricas con los tiempos históricos, perpetúa y transmite hasta nuestros días la memoria de aquellos hombres a quienes fué dado acaso el asentar su planta por vez primera en sus encrespados valles y montañas», no menciona las esculturas de Marquínez.

Solamente el Sr. Carreras Candi, en su monumental Geografía del país vasco-navarro, sostiene que esas tallas de la piedra son esculturas protohistóricas, inclinándose a que los hombres que las trabajaron fueron los primitivos, los primeros habitantes del suelo alavés.


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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
10 ekim 2024
Hacim:
311 s. 203 illüstrasyon
ISBN:
4057664094087
Yayıncı:
Telif hakkı:
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