Kitabı oku: «Cuautepec. Actores sociales, cultura y territorio»

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UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA CIUDAD DE MÉXICO

DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA

RECTORA

Tania Hogla Rodríguez Mora

COORDINADORA DE DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA

Marissa Reyes Godínez

RESPONSABLE DE PUBLICACIONES

José Ángel Leyva

La publicación de esta obra fue posible gracias al apoyo de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación del Distrito Federal, mediante el convenio especifico de colaboración SECITI número 060/2013, celebrado con la Universidad Autónoma de la Ciudad de México para el Impulso a los Programas de Desarrollo Académico para la Investigación Científica, Social, Humanística y Artística, proyecto número UACM/13-13/083/int.


COLECCIÓN: LA CIUDAD


Cuautepec. Actores sociales, cultura y territorio

Primera edición 2021

D.R. © Iván Gomezcésar Hernández y Cuauhtémoc Ochoa Tinoco

© Universidad Autónoma de la Ciudad de México

Dr. García Diego, 168,

Colonia Doctores, alcaldía Cuauhtémoc,

C.P. 06720, Ciudad de México

publicaciones.uacm.edu.mx

ISBN (ePub) 978-607-8692-51-4

Esta obra se sometió al sistema de evaluación por pares doble ciego y su publicación fue aprobada por el Consejo Editorial de la UACM.

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida, archivada o transmitida, en cualquier sistema —electrónico, mecánico, de fotorreproducción, de almacenamiento en memoria o cualquier otro—, sin hacerse acreedor a las sanciones establecidas en las leyes, salvo con el permiso expreso del titular del copyright. Las características tipográficas, de composición, diseño, formato, corrección son propiedad del editor. Hecho en México.

Índice

PRESENTACIÓN

Iván Gomezcésar Hernández

INTRODUCCIÓN

Cuauhtémoc Ochoa Tinoco

Iván Gomezcésar Hernández

Territorio y urbanización en Cuautepec

LA SIERRA DE GUADALUPE: FUENTES DOCUMENTALES, INTERPRETACIONES, HISTORIAS

Hernán Correa Ortiz

Introducción

Geología, paisaje, territorios

Las fuentes etnohistóricas

Tierra, poblamiento y jurisdicción: 1531-1928

Guadalupe sobrepoblada: por una memoria histórica viva

Aperturas y nuevas perspectivas

DEL SET CINEMATOGRÁFICO AL CAOS METROPOLITANO. APUNTES SOBRE CUAUTEPEC EN LOS ALBORES DEL SIGLO XXI

Cuauhtémoc Ochoa Tinoco

Introducción

El encanto del pueblo

El ejido, la industrialización y el territorio en transformación

Urbanización popular: las nuevas formas de habitar Cuautepec

Metropolización y caos urbano

Consideraciones finales

Vida festiva y proyectos culturales en Cuautepec

FIESTAS POPULARES Y VIDA CULTURAL EN CUAUTEPEC

Iván Gomezcésar Hernández

Martes de carnaval, Cuautepec, 2015

Importancia de las fiestas

El pueblo de Cuautepec

La fiesta del Señor de Cuautepec y la fiesta del Cuarto Viernes, la continuidad de la cultura antigua y la irrupción de las organizaciones políticas

La fiesta del Cuarto Viernes de Cuaresma

La fiesta de la Virgen del Carmen y la división del pueblo

Las fiestas cívicas como elemento identitario

La Semana Santa y la mestización de las fiestas

Los Huehuenches y el fortalecimiento identitario

Desfile del Día de Muertos

Las fiestas en las colonias y otras fiestas

La fiesta y las comunidades y los núcleos indígenas en Cuautepec

Consideraciones finales

T+C / TERRITORIO MÁS CREATIVIDAD, POLÍTICAS CULTURALES Y AUTOCONSTRUCCIONES IDENTITARIAS EN CUAUTEPEC

Irma Ávila Pietrasanta

Territorio

C+D, políticas públicas de promoción de la cultura

T+C en Cuautepec, autoconstrucciones culturales e identitarias

Producción artística de habitantes de Cuautepec

Las escuelas de arte

Centros culturales

Iniciativas sociales en torno al arte y la cultura

T+C, los márgenes como posibilidad

Epílogo

ACTORES, ESPACIOS Y DINÁMICA CULTURAL EN CUAUTEPEC

Paulina Ibarrarán Hernández

Introducción

¿Dónde se encuentran los actores colectivos dedicados a la difusión y promoción del arte, la cultura y la recreación en Cuautepec?

En miras de una construcción identitaria y hacia la búsqueda de transformación social

A modo de conclusión

Diversidad étnica en Cuautepec: estudios de caso

LA CASA DE CULTURA VISTA HERMOSA: ESPACIO DE DIFERENCIACIÓN ÉTNICA Y CULTURAL EN CUAUTEPEC

Olivia Leal Sorcia

Introducción

Los nahuas oriundos de Chilacachapa, Guerrero, y su incidencia en la construcción de un centro comunitario a partir de su participación en un comité vecinal

Funcionamiento actual de la casa de cultura: entre la autonomía y los fines institucionales

La promoción de la diferencia étnica y cultural impulsada desde la casa de cultura

Disputas sociales y políticas por la Casa de Cultura Vista Hermosa

MUNDOS DISTANTES: DIVERSIDAD INDÍGENA EN CUAUTEPEC

Ismael Pineda Peláez

El norte de la Ciudad de México: crisol de identidades

Consolidación y conexión indígena: los zapotecos en la colonia Malacates

El mundo de la poesía urbana: hip-hop indígena en Cuautepec

Fiesta y rimas candentes: distintas maneras de ser indígena en la ciudad. Consideraciones finales

CONCLUSIONES

Anexos

Anexo 1. Acuerdos y propuestas de la comunidad cultural del valle de Cuautepec sobre la relación y cooperación entre la comunidad y la Universidad Autónoma de la Ciudad de México

Anexo 2. Fotografías

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

Libros, capítulos de libro, artículos y tesis

Fuentes de archivo

Fuentes documentales oficiales

Fuentes etnohistóricas

Fuentes de información electrónica

Documentos audiovisuales

Entrevistas

Obras citadas del proyecto Diagnóstico Cultural Participativo de Cuautepec

SOBRE LOS COORDINADORES Y LOS AUTORES

Notas al pie

Presentación
IVÁN GOMEZCÉSAR HERNÁNDEZ

La Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) define entre sus funciones sustantivas, además de las tradicionales de docencia, la investigación, la difusión y la extensión, la cooperación. Es esta última el marco en que se desenvuelve el libro que el lector o lectora tiene en las manos. Cooperación es, en primer lugar, que la ubicación del plantel Cuautepec, como otros de esta universidad, obedece al imperativo de hacer valer el derecho a la educación allí donde más se necesita. Cooperación es solidaridad con las zonas en donde, pese al rezago escolar y social en general, se carecía de un espacio dedicado a la educación superior y, por tanto, se limitaba el horizonte de las perspectivas de vida de la zona.

Pero la ubicación del plantel no sólo entraña el compromiso con los estudiantes potenciales de una región rezagada, sino también con la región misma. Esto es, la UACM se concibe no sólo como instrumento útil para los estudiantes considerados como seres individuales, sino también como parte de una sociedad determinada y de actores sociales específicos. Los estudiantes y también trabajadores y algunos profesores son parte de las comunidades que existen ahí y, por tanto, son el vínculo natural de la universidad con su entorno.

Cooperación significa también que el resto de las funciones sustantivas tengan que ver con el principio de interactuar con la región y con sus habitantes. Que en la docencia exista espacio, en grado y orientación diversa, para aspectos, problemas y potencialidades de la región. Que la difusión y la extensión no sean una relación unilateral o vertical de una institución que lleva conocimientos y cultura, sino que comparta, se retroalimente y permita insertarse en la sociedad local de manera horizontal.

Pero sobre todo cooperación significa que parte importante de la investigación y la creación académicas estén orientadas a conocer, problematizar y, en última instancia, a proponer y actuar en esa realidad circundante. Si somos capaces de establecer un sólido vínculo basado en la investigación y la creación, podremos llevar la cooperación a su sentido más importante, que entraña la capacidad de hacer realidad, en sentido humanista concreto, lo que la universidad se ha propuesto.

Cooperación en materia de investigación implica entender la capacidad intelectual de las comunidades y, por tanto, establecer un verdadero diálogo que supone reconocer mutuamente que existe un ámbito en que la comunicación es posible y fructífera, a partir del respeto a las formas de ser, de actuar y de las diferencias existentes. También implica reconocer que la academia puede establecer un puente intelectual con las comunidades sin perder por ello su especificidad y sentido crítico.

Estas ideas, aunque todavía siguen siendo más un objetivo que una realidad plena, nos han acompañado en este proyecto, una tarea en la que cabe reconocer que existen importantes antecedentes por parte de profesores y el área de difusión del plantel Cuautepec, quienes esperamos continúen con nuevos proyectos.

Este libro es producto del ejercicio de cooperación que un grupo de profesores y estudiantes, con el apoyo de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Ciudad de México y de la UACM, llevamos a cabo con la participación, durante más de un año, de diversas organizaciones culturales y comunidades de Cuautepec.

Agradecemos el apoyo institucional y sobre todo la respuesta de las comunidades. Una de nuestras más grandes satisfacciones es que varias de ellas han continuado por su parte con una intensa labor de fortalecimiento de la vida cultural de la región, como parte de un impulso propio pero también de la huella que el proyecto dejó.

Esperamos que el libro sea útil para el debate y que sea un punto de partida para que el diálogo de saberes alcance nuevos derroteros en nuestra universidad.

Introducción
CUAUHTÉMOC OCHOA TINOCO
IVÁN GOMEZCÉSAR HERNÁNDEZ

El trabajo que tiene el lector en sus manos se originó a partir del interés de conocer y entender qué es y qué sucede en la gran área que circunda la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), plantel Cuautepec. Generalmente el asombro, la inquietud y, en no pocas ocasiones, el temor se expresan en quienes asisten por diversas razones a este plantel universitario ubicado al extremo norte de la Ciudad de México. La inicial hostilidad del medio no permite reflexionar sobre los otros que comparten el territorio, los que viven y construyen su hábitat día a día de diferentes formas, y que sin proponérselo son ya parte de la comunidad universitaria, la cual ahora es referente de la comunidad de Cuautepec.

La localidad está rodeada de cerros, entrecruzada por riachuelos y pendientes en el norte; en el este y el oeste la resguardan cerros que en algún tiempo no muy lejano fueron bosques, pastizales o minas de cantera; y en el sur ocupa un valle que se abre hacia la cuenca del Valle de México. Hoy, Cuautepec es una zona densamente poblada, ubicada en el norte de la delegación Gustavo A. Madero. Es parte de los pueblos, barrios y colonias que componen la región de la Sierra de Guadalupe. Colinda con los municipios mexiquenses de Tlalnepantla de Baz, Ecatepec, Coacalco y Tultitlán. Hacia el sur la delimitación territorial del actual Cuautepec está formalmente indefinida, pero histórica e imaginariamente está determinada a partir de la vía del ferrocarril México-Veracruz, que atraviesa el valle de oriente a poniente, y que divide a éste de las colonias de Ticomán, Acueducto de Guadalupe y Tenayuca.

El entorno está marcado por los rastros de la urbanización popular, la exclusión social y la pobreza, aunado a la estigmatización basada en un imaginario del miedo, la lejanía y el olvido. Esta situación llevó a varios miembros de la comunidad universitaria a plantearse la tarea de ir más allá de las aulas y explorar diversas facetas de este enorme conglomerado urbano. Se consideró que el aspecto cultural era el más pertinente y necesario, pues de él se tenían estelas que, pese a su discreta difusión y limitada presencia en la universidad, daban cuenta de una vitalidad inusitada.

Aunado a todo ello, la situación de ser un pueblo de larga tradición con una historia de encuentros y desencuentros con el poder, de una conflictividad interna fluctuante y un cúmulo de momentos, personajes y lugares históricos relevantes hacía de este sitio una interrogante necesaria de, al menos, comenzar a develar.

Este interés creciente se convirtió en el proyecto de investigación Diagnóstico Cultural Participativo en Cuautepec, el cual se realizó entre 2014 y 2015. El proyecto fue apoyado por la UACM y la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación del Gobierno del Distrito Federal (SECITI). Tuvo como propósito primordial analizar la vida cultural de Cuautepec en sus diversas aristas e identificar el papel y la acción de los principales actores sociales y culturales que participan en ella. Para este análisis se planteó recuperar la perspectiva de los propios actores y habitantes de la zona sobre sus prácticas culturales, sus tradiciones, sus proyectos artísticos, sus necesidades y dificultades en torno a la producción, distribución y accesos en este ámbito. Por ello se buscó que fuera un diagnóstico cultural participativo, que lograra una verdadera interlocución entre investigadores, estudiantes y comunidades.

La investigación se basó en la idea del diálogo de saberes, y tuvo como objetivo general realizar un primer acercamiento a la realidad cultural de Cuautepec, mediante la sistematización de la información disponible y, sobre todo a través del recorrido geográfico, el contacto directo y la interlocución con actores socioculturales e instituciones públicas existentes en la región.

Dos de las actividades principales del proyecto que proporcionaron información relevante y que permitieron el acercamiento con los actores antes mencionados fueron, por una parte, un arduo trabajo de campo en barrios, colonias y unidades habitacionales de la zona de Cuautepec y, por otra, la realización del seminario Actores Sociales y Vida Cultural en Cuautepec.

Como parte del seminario se llevaron a cabo cinco sesiones (una por mes), en las cuales se realizaron nueve mesas de trabajo donde se abordaron y discutieron diversas temáticas sociales, culturales e históricas, no sólo de la localidad en cuestión sino sobre el norte de la Ciudad de México. En el marco del seminario también se impulsaron actividades que permitieron conocer y apreciar la riqueza artística y cultural de algunas comunidades, colectivos, grupos y creadores individuales. En las diferentes actividades del seminario participaron alrededor de treinta personas y representantes de veinte organizaciones de la sociedad civil e instituciones públicas, quienes presentaron ponencias, dieron conferencias o compartieron experiencias comunitarias. Gracias a la amplia convocatoria que tuvo el seminario se logró conocer a académicos y estudiantes que han desarrollado trabajos de investigación, algunos de ellos consolidados y otros inéditos. La presentación de resultados de dichas investigaciones generó un gran interés y curiosidad por parte de los asistentes.

Cabe señalar que quienes participaron no sólo fueron profesores, alumnos o egresados de la UACM; también fueron miembros de distintos colectivos y agrupaciones culturales y sociales de la zona: artistas y promotores culturales que trabajan o tienen vínculos con las comunidades del norte de la ciudad, investigadores y estudiantes de diferentes instituciones de educación superior (Universidad Autónoma Metropolitana, Universidad Nacional Autónoma de México, Escuela Nacional de Antropología e Historia), personal adscrito a otras áreas sustantivas de la UACM, funcionarios públicos, así como pobladores locales que a título personal asistieron y participaron en los debates o compartieron su visión y sus memorias en torno al Cuautepec de ayer y hoy.

Cabe resaltar esta heterogeneidad de actores participantes, pues proporcionaron una diversidad de perspectivas en los análisis, en las formas de investigar y en las maneras de difundir los resultados de sus indagaciones y su quehacer en general. Asimismo, se compartieron materiales valiosos, como fotos, audios, libros, folletos, recopilaciones hemerográficas, documentos históricos, que dan cuenta de la necesidad de poner más atención en Cuautepec y el norte de la Ciudad de México desde otras claves investigativas. Los artículos de este libro representan tan sólo una parte de lo que finalmente se logró compilar a través del proyecto Diagnóstico Cultural Participativo en Cuautepec.

Para el caso de los trabajos reunidos en este libro, consideramos al menos tres dimensiones de análisis que permitieran tener una aproximación más sistemática a nuestros temas de investigación. Estas dimensiones son territorio, cultura e identidad.

En décadas recientes se ha cuestionado la relevancia de los territorios en sus dimensiones local, regional y hasta nacional, pues se plantea que los procesos globalizadores desmantelan fronteras, tienden a homogeneizar las sociedades y a diluir las particularidades culturales y sociales. Se piensa que los territorios van perdiendo capacidad de definir las prácticas, sentidos y pertenencias de los individuos. Sin embargo, reconocemos la importancia actual de esta dimensión en la vida social. Como bien afirma Gilberto Giménez: «Los territorios siguen […] funcionando como espacios estratégicos, como soportes privilegiados de la actividad simbólica y como lugares de inscripción de las excepciones culturales».1

En esta línea de reflexión todo territorio es un espacio en el que se satisfacen diversas necesidades económicas, sociales y políticas de cada sociedad, empero, su función no sólo «[…] se reduce a esa dimensión instrumental; el territorio es también objeto de operaciones simbólicas y una especie de pantalla sobre la que los actores sociales (individuales o colectivos) proyectan sus concepciones del mundo».2 Por ello, el territorio tiene una estrecha relación con la cultura pues éste «constituye por sí mismo un “espacio de inscripción” de la cultura, entendida ésta como la dimensión simbólico-expresiva de todas las prácticas sociales, incluidas sus manifestaciones subjetivas u objetivadas».3

Al ser un espacio constitutivo del entramado simbólico de una colectividad, el territorio, en sus diversas escalas, va generando vínculos afectivos y de pertenencia de los sujetos en torno a él. Estos vínculos se expresarán en la valoración y apropiación de elementos que caracterizan ese espacio, los cuales pueden ser prácticas culturales, tradiciones, geosímbolos, memoria colectiva, pasados compartidos, futuros deseados, sistemas de representaciones, normas y símbolos, entre otros. Todo ello se interioriza paulatinamente y se convierte en referentes de inclusión a una colectividad. De esta forma se configura una pertenencia socioterritorial que tiende a derivar en la creación de diferentes identidades, muchas de ellas de carácter local o próximo como las que se generan en la aldea, el barrio, la colonia o la pequeña ciudad. En este sentido, nuestra investigación tuvo como una de las guías de trabajo caracterizar y particularizar diversas pertenencias o identidades de grupos representativos que habitan el valle de Cuautepec. Esta labor trajo descubrimientos muy interesantes que en el texto se anotan con amplitud.

Ahora bien, es preciso establecer que las identidades no son estáticas sino que se conforman a partir de una relación dialéctica entre continuidad y cambio, como plantea José Manuel Valenzuela: «Las identidades sufren transformaciones en el tiempo y el espacio [...] [son] procesos cambiantes, aun cuando los diferentes componentes de la identidad presentan ritmos de cambio disímiles».4 Sin duda, esta premisa fue imprescindible para entender la dinámica de poblaciones urbanas que poseen un denso entramado histórico cultural de raíz rural y alimentadas actualmente por un afluente indígena, como es el caso de Cuautepec.

Al respecto, cabe comentar que a partir de la década de 1980, Cuautepec experimentó un crecimiento demográfico explosivo, producto de fuertes oleadas migratorias, muchas de ellas compuestas por grupos indígenas. La llegada permanente de nuevos pobladores dio como resultado una urbanización acelerada que impactó radicalmente el paisaje natural, pero particularmente generó un territorio donde lo multicultural se afianzó con fuerza. Es decir, se generaron procesos de identificación individual y grupal que se contrastan a partir del reconocimiento de otro u otros, con quienes se comparte el territorio, pero con quienes históricamente mantienen diferencias a partir del origen, las formas familiares, las creencias religiosas, las simpatías políticas, la lengua, entre otros aspectos. En un espacio multicultural como Cuautepec, estos procesos de permanente contraste e identificación entre grupos representan su sello característico.

Por lo anterior, y retomando el análisis de las identidades en territorios complejos y dotados de diversidad, podemos anotar que éstas no siempre establecen coordenadas que dan sentido y direccionalidad a las acciones y modos de vida de todos o la mayoría de los individuos y colectividades, ya que las identidades no «determinan la totalidad de los campos de interacción social. Las personas se encuentran insertas en diferentes ámbitos identitarios, en donde no necesariamente coinciden con personas con las cuales comparten referentes de identidad»;5 es decir, no todos los individuos de un territorio comparten de forma unánime o del mismo modo una determinada identidad.

Este planteamiento se constató en nuestro trabajo de campo, al reconocer diferentes grupos que no asumen sólo una determinada pertenencia (étnica, cultural, vecinal), sino que en algunos casos la complementan con su participación en otros grupos o sectores sociales e incluso políticos, mientras que en otros las identificaciones permanecen distantes o, en ciertos casos, están enfrentadas y en conflicto.

Para concluir con esta breve aproximación a los ejes analíticos de nuestra investigación, es ineludible exponer que esta relación compleja y permanente entre territorio, cultura e identidad se alimenta de las formas en que se produce el espacio urbano y los actores sociales que intervienen en la producción de ese andamiaje social y físico. Entonces, para entender los diversos procesos que aquí estudiamos fue necesario tener claro que la organización del espacio refleja las formas de relación social y política que han construido quienes habitan determinado territorio, y al mismo tiempo que los procesos sociales producen formas espaciales específicas, resultado de la lógica de apropiación del territorio.6 En el caso de Cuautepec es innegable que los fenómenos socioculturales que se manifiestan en la actualidad están vinculados estrechamente al proceso de urbanización popular que ha definido su organización espacial y su estructura social. Así pues, con este marco general de referencia se diseñó la estrategia metodológica y se definieron las pautas de trabajo.

El equipo del proyecto estableció varias rutas de acercamiento. Una fue el estudio del territorio, posteriormente la identificación y análisis de diferentes actores y, finalmente, el estudio de las distintas dinámicas sociales y culturales de la región, tomando en cuenta la oferta y demanda sociocultural que caracteriza esta zona periférica de la Ciudad de México.

Una de las principales vías para poder dar cuenta de las experiencias, expresiones, características, paisajes y estructuras de las colonias que conforman la región de Cuautepec fue la utilización de un método de registro etnográfico lo bastante flexible para que pudiera englobar en lo descriptivo, gráfico y narrativo la diversidad y pluralidad de la región. Entre las principales actividades que se realizaron fueron recorridos de identificación por colonia, registro del equipamiento sociocultural (casas de cultura, museos, bibliotecas, espacios culturales, etcétera) por pueblo, colonia y unidad habitacional, entrevistas semiestructuradas a habitantes de Cuautepec han observado la historia, dinámica y distintos procesos socioculturales de la región.

También hubo acercamiento con servidores públicos y personal de organizaciones de la sociedad civil que laboran en torno a las problemáticas enfocadas en los ámbitos sociales, culturales y artísticos de la zona. Al mismo tiempo se realizó una descripción general de las celebraciones, fiestas, manifestaciones políticas, artísticas y sociales de las colonias reconocidas dentro de la demarcación de Cuautepec como núcleo urbano. Finalmente se consideró importante identificar y registrar el equipamiento urbano (parques, plazas, jardines, deportivos, arenas y quioscos) pues en las urbanizaciones periféricas éstos tienen un papel relevante en las formas de habitar: son espacios públicos articuladores de la vida urbana.

Finalmente se procesó toda la información recabada y se creó una base de datos que contiene de manera general información sobre las características poblacionales, urbanas, sociales, culturales y artísticas de gran parte de las colonias ubicadas en la región de Cuautepec. A partir del material recabado se han elaborado diferentes documentos y realizado actividades que han brindado a estudiantes, profesores e investigadores nuevas maneras de percibir y analizar el valle de Cuautepec.

Este libro, como se comentó en párrafos anteriores, es resultado en buena medida del esfuerzo investigativo del proyecto Diagnóstico Cultural Participativo en Cuautepec en sus diferentes etapas. El trabajo de campo, la sistematización de la información, la amplia revisión bibliohemerográfica realizada por estudiantes y profesores, así como las interesantes discusiones en las sesiones del Seminario Actores Sociales y Vida Cultural en Cuautepec, llevado a cabo durante 2015, contribuyeron a que los participantes del proyecto tuvieran una panorama más preciso sobre el valle de Cuautepec. No obstante, fue el vínculo y diálogo con diferentes actores sociales y culturales de la zona lo que permitió entender ciertos procesos y aguzar nuestras miradas hacia otros fenómenos, actores y temáticas que, si bien estaban consideradas en un principio, posteriormente fueron elementos centrales para analizar y participar de alguna manera en la reflexión de la realidad sociocultural de la localidad.

De forma breve exponemos el orden y los temas que conforman este volumen. Está compuesto por un conjunto de artículos que abordan diversas facetas del valle de Cuautepec, especialmente las relacionadas con los actores y procesos culturales, así como los contextos históricos y urbanos que les dan origen. Los textos se agrupan en tres grandes temáticas: la primera está relacionada con la historia y el territorio; la segunda, con actores, dinámicas y políticas culturales, y la tercera, con estudios de caso que muestran formas específicas de habitar Cuautepec, por parte de actores que poco se han estudiado en la zona, como son los indígenas.

La primera parte del libro, Territorio y urbanización en Cuautepec, se inicia con un artículo donde el territorio y la historia proveen de elementos para entender no sólo Cuautepec sino la región en la que está inmersa. El gran esfuerzo de síntesis histórica lo realiza Hernán Correa Ortiz en «La Sierra de Guadalupe: fuentes documentales, interpretaciones, historias». El autor propone una serie de aspectos para reflexionar acerca de la Sierra de Guadalupe como una región desde el punto de vista histórico y social. Parte de la idea de unidad geológica, geográfica y fisiográfica, la cual documenta ampliamente. Con base en esa propuesta de unidad regional, analiza procesos políticos, demográficos y culturales contemporáneos que permiten ubicar a Cuautepec en una perspectiva más amplia de la que tradicionalmente se le ha observado. El autor presenta un interesante y provocativo planteamiento de análisis de la zona norte de la Ciudad de México; con ello pretende abrir paso a la crítica y al debate de esta propuesta, a partir de la premisa de que la Sierra de Guadalupe es una unidad y, al mismo tiempo, una realidad histórica y social heterogénea.

El segundo artículo también aborda el territorio como un factor relevante en la conformación sociocultural de Cuautepec. En el texto «Del set cinematográfico al caos metropolitano. Apuntes sobre Cuautepec en los albores del siglo XXI», Cuauhtémoc Ochoa Tinoco expone aspectos generales de los procesos de urbanización en el valle de Cuautepec en la segunda mitad del siglo XX y la primera década del presente. El objetivo de esta revisión es brindar al lector el contexto y claves para entender tanto la dinámica sociocultural como la acción de diversos actores en el espacio urbano, que han llevado a la localidad estudiada a convertirse en un entramado de interacciones sociales y culturales diverso, complejo, desigual y conflictivo. La premisa que guía el análisis es que aproximarse a esta localidad requiere tener en cuenta la relación entre la organización del espacio y las relaciones sociales que se reproducen en ella. Al mismo tiempo, es preciso analizar cómo procesos sociales producen formas espaciales específicas, resultado de la lógica de la apropiación de los pobladores que históricamente han estado en ese espacio y de quienes a partir de las oleadas migratorias han llegado a esta área periférica de la ciudad. Por ello el autor analiza tanto los aspectos históricos del pueblo como el proceso de urbanización popular que ha configurado a Cuautepec en un territorio de múltiples rostros, de densidades urbanas variables y realidades políticas y socioculturales singulares, aunque muchas de ellas compartidas con otros pueblos y asentamientos populares de la Ciudad de México.

La segunda parte del libro, Vida festiva y proyectos culturales en Cuautepec, la integran tres artículos en los que se exponen características de la dinámica cultural de la localidad, en la cual se identifican dos líneas de análisis: por un lado, las fiestas populares, cívicas y religiosas, cuya larga data permite entender ciertas lógicas sociales actuales; por otro lado, el estudio del campo cultural local, que se distingue por su heterogeneidad de propuestas, actores, finalidades y actividades, así como por su vitalidad, pese al deteriorado contexto social y urbano en el que se desenvuelve.

En el primer caso, está la colaboración de Iván Gomezcésar Hernández, quien escribe «Fiestas populares y vida cultural en Cuautepec». En el artículo se analiza la vida cultural de Cuautepec desde la perspectiva de sus fiestas populares, entendidas como elementos de continuidad de su origen como pueblo originario, hasta la situación actual en que las fiestas expresan la creciente hibridación cultural, producto de la intensa migración. Revisa algunas fiestas, como la patronal o la del Cuarto Viernes de Cuaresma, que representan la herencia antigua de esta región, y otras más complejas, como la de la Semana Santa, que tiene apenas poco más de 40 años, pero que constituye una de las manifestaciones más grandes y más diversas en la que se expresan rasgos propios de ese pueblo originario y de su realidad urbana periférica, constituida por sus dos barrios, sus decenas de colonias populares y unidades habitacionales de interés social. Por último, Gomezcésar analiza lo que define como renacimiento identitario expresado en el carnaval de los Huehuenches y la fiesta de Día de Muertos, celebraciones en las que las organizaciones culturales buscan conscientemente reforzar un sentido de pertenencia regional y una autonomía de acción que las ha caracterizado.

En la línea de análisis del campo cultural se ubica el texto de Irma Ávila Pietrasanta, «T+C / territorio más creatividad, políticas culturales y autoconstrucciones identitarias en Cuautepec». En él se explora la relación entre el territorio y sus habitantes a través de la creatividad como elemento de autoconstrucción identitaria. Ávila plantea que en un contexto de abandono o fracaso de políticas públicas en materia de cultura, las propuestas autónomas de las comunidades, con o sin fines de lucro, se transforman en opción de crecimiento real para sus habitantes. Expone cómo los habitantes apoyados de su creatividad construyen su identitario colectivo, así como opciones propias para ejercer sus derechos culturales. A partir de este análisis la autora apunta algunas propuestas de políticas públicas adecuadas para enfrentar los desafíos de comunidades como Cuautepec.

Otro de los trabajos de la temática anterior es el de Paulina Ibarrarán Hernández, «Actores, espacios y dinámica cultural en Cuautepec», en el que se exponen los resultados de un estudio exploratorio sobre las relaciones entre actores, así como los vínculos que han surgido entre las diversas agrupaciones, personajes y colectivos de la localidad con algunas instituciones, como la UACM. El trabajo abona al análisis de la dinámica cultural en Cuautepec a partir de las formas de organización, participación e interacción de las agrupaciones y colectivos que se dedican a la gestión de actividades artísticas, culturales y de recreación. Identifica que el quehacer de dichos actores tiene como característica fundamental la autogestión, lo que ha contribuido a la construcción de una identidad propia por medio de la participación activa en sus comunidades. Ibarrarán elabora un detallado mapa de los actores y sus relaciones entre ellos y con instituciones de diferente índole. Con base en ese estudio relacional descubre el papel relevante que tiene la UACM en la vida cultural de la localidad, dado que es una de las entidades que ha mantenido una relación con buena parte de los actores sociales y ha tenido la mayor presencia en la comunidad, tanto desde el espacio académico como en la intervención directa mediante la investigación participativa por parte de estudiantes y profesores, además de la creación de instancias de extensión y vinculación universitaria. Con ello, la autora da cuenta de las potencialidades que puede desencadenar la consolidación de los vínculos entre la universidad y la sociedad civil organizada de Cuautepec.

En la tercera parte del libro, Diversidad étnica en Cuautepec: estudios de caso, se presentan dos artículos que abordan estudios específicos relacionados con el mundo indígena asentado en la zona de Cuautepec, los cuales proporcionan elementos para aproximarse al tema de los indígenas en espacios periurbanos.

El primero es «La Casa de Cultura Vista Hermosa: espacio de diferenciación étnica y cultural en Cuautepec», de Olivia Leal Sorcia. En él se expone la historia de la edificación de la Casa de Cultura Vista Hermosa, localizada en la zona suroriente de Cuautepec, justo en las faldas intermedias del cerro del Chiquihuite. La importancia de su edificación radica en que fue el resultado de un trabajo de organización impulsado principalmente por varias familias de origen nahua agrupadas en torno de un comité vecinal local. En particular se analizan los diversos usos actuales asignados al recinto, producto de los intereses vecinales, en cuanto representa el principal espacio público al que acceden decenas de familias asentadas en esta zona límite entre Cuautepec y el Estado de México. Otro tema que se analiza son las disputas que se han generado entre diversos actores sociales, a partir de la promoción de actividades impulsadas desde esta casa de cultura, las cuales apelan al reconocimiento de la diversidad étnica y cultural presente en el asentamiento, mientras que, por otro lado, se disputa el acceso a programas sociales impulsados principalmente por la delegación Gustavo A. Madero, pues el recinto cultural es el principal espacio para la difusión y gestión de dichos programas. El escrito representa un primer acercamiento a considerar conceptualmente la casa de cultura como un espacio etnificado; esto es, un espacio de encuentro grupal y familiar, el cual constituye una recreación de la sociabilidad urbana, anclada ésta a una cultura propia, en este caso, la matriz sociocultural nahua, de la cual forman parte los chilas, término con el cual se autonombran y que deriva de Chilacachapa, pueblo de origen de los nahuas, ubicado en el estado de Guerrero.

El último texto, de Ismael Pineda Peláez, se titula «Mundos distantes: diversidad indígena en Cuautepec». El trabajo muestra las diferentes formas de habitar la Ciudad de México desde una identificación indígena específica. El análisis se centra en el espacio periférico de Cuautepec; su argumento principal son los resultados estadísticos del censo poblacional 2010 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía que revelan la presencia de una gran población indígena en dicho núcleo urbano. ¿Quiénes son?, ¿dónde están?, ¿qué hacen? Son preguntas básicas que Pineda se plantea para moldear la estructura del texto y establecer al mismo tiempo sus alcances. Las estrategias de trabajo se enfocan en la distinción y caracterización de las diferentes manifestaciones indígenas en la región; en este caso se consideran dos variables principales: 1) los grupos aglomerados que generan colectividades representativas y 2) los individuos que concentran parte de su cultura de manera dispersa a lo largo de la ciudad y en múltiples eventos de la vida cotidiana. Se aborda un grupo indígena aglomerado (zapotecos) que revitaliza su vida comunitaria a partir de festejar una imagen religiosa y, por otro lado, se retoma un caso peculiar de una expresión artísticocultural (hip-hop indígena) que se define como un perfil juvenil orientado a la manifestación individual de lo indígena.

A partir de estos dos casos se puede reflexionar sobre los medios por los cuales las comunidades indígenas (aglomeradas o dispersas) viven, se apropian y revitalizan variados elementos que componen su cultura de origen.

Es preciso anotar dos aspectos significativos de este libro. Uno es el aporte que hace esta obra al conocimiento actual sobre Cuautepec. A lo largo de la investigación se realizó una exhaustiva búsqueda y revisión bibliográfica, hemerográfica y documental relacionada con el valle de Cuautepec y la región de la Sierra de Guadalupe. Aunado a ello está el material recopilado durante varios años por los autores de los distintos apartados. Los materiales son diversos en temática, fuentes, profundidad, sistematicidad y veracidad; si bien no podemos decir que es todo lo escrito sobre el tema, sí es una colección abundante sobre él. Así pues, esperamos que esta obra ayude a armar cada uno de los rompecabezas de quien se decida a decir algo sobre esta región. La reunión de estos acervos constituye uno de los aportes del proyecto al conocimiento de Cuautepec.

El otro es un aspecto siempre polémico entre los habitantes de la localidad. A lo largo de la historia, la escritura del nombre del pueblo se ha ido modificando por diversas razones. Ello ha generado confusión, debates y desacuerdos sobre la forma de escribirse y su significado.

Cuando se indagan los antecedentes históricos de la nomenclatura de la localidad, nos encontramos con diferentes maneras de escribirlo; por ejemplo: en la época colonial se conocen documentos en los que se escribía Quauhtepetl, Quautepec o Quateque. Desde el siglo XVIII hasta nuestros días lo más frecuente es Cuauhtepec y Cuautepec.7 Como se observa, el vocablo se ha ido transformando y adquiriendo diferentes grafías y significados. Sin embargo, Cuauhtepec con h ha sido un referente histórico y de identidad de muchos de los habitantes que tienen varias generaciones de haberse establecido en este lugar. También tiene un sentido de resistencia ante las acciones que, en diversas ocasiones, el gobierno de la ciudad, el gobierno federal y las instancias de representación popular (congreso federal y asamblea legislativa) han realizado de manera autoritaria en el territorio y en la vida de la comunidad; por ejemplo: redefinir la división del territorio y las formas de organización ciudadana sin consultar y dialogar con sus habitantes, imponer nombres de calles, avenidas y colonias y hasta la grafía del lugar sin considerar la historia de la localidad ni a quienes habitan en ella.

En los diferentes apartados del libro no se aborda el debate de forma explícita ni se expone la importancia de este aspecto en la conformación de la identidad de los pobladores originarios o de quienes han llegado en las décadas recientes. Sólo queremos dejar apuntado este tema pues a lo largo del libro está presente.

Quienes participamos en este proyecto consideramos pertinente emplear Cuautepec dado que es el término convencional más utilizado, incluso de manera oficial. Sin embargo, estamos conscientes de la discusión en la cual ambas posiciones tienen consideraciones de carácter semántico, histórico y de tradición, que por cuestiones de espacio no es posible desarrollarlas aquí. Así pues, en este libro, el lector encontrará en todos los artículos Cuautepec sin h, sin embargo, se respeta el uso de la h de todos aquellos libros, documentos históricos, mapas, artículos periodísticos, etcétera, en donde así esté escrito. El debate está abierto. Nosotros pensamos que es necesario, empero será en otra oportunidad que podamos abundar en este tema que, sin duda, sobrepasa el objetivo de este trabajo.

Como se puede observar, el libro puede tener variadas lecturas y, sin duda, será motivo de discusión y análisis, no sólo académicos sino en ámbitos institucionales y de la comunidad de Cuautepec. Si esto se da, pensamos que una de nuestras intenciones al iniciar el proyecto se ha cumplido.

Finalmente, es importante anotar que el presente libro busca responder a una de las razones que explican el proyecto universitario de la UACM, inserto en varias de las zonas más rezagadas y conflictivas de la Ciudad de México: mantener el diálogo fecundo y constante entre estudiantes, profesores y pobladores de estos espacios, diálogo que entendemos como un hecho intelectual, esto es, que reconoce en los actores sociales, tanto como en los universitarios, conocimientos relevantes y capacidad de interlocución, enriquecidos por la diversidad de experiencias, enfoques y por el encuentro mismo.

Esperamos que este trabajo sea el inicio de muchos otros que amplíen el horizonte de conocimiento sobre Cuautepec. Asimismo, deseamos que este esfuerzo sirva para que los diferentes actores de la comunidad valoren y potencien su relación con la UACM y otros espacios educativos, culturales y sociales, y finalmente, que nuestra propuesta contribuya para articular esfuerzos que lleven a mejorar las condiciones de vida de la población y se puedan imaginar otras formas de habitar este territorio en el que la cultura y el arte tengan un lugar privilegiado.

Territorio y urbanización en Cuautepec

La Sierra de Guadalupe: fuentes documentales, interpretaciones, historias
HERNÁN CORREA ORTIZ
Introducción

En este capítulo nos proponemos aportar elementos para reflexionar acerca de la Sierra de Guadalupe como una región, desde el punto de vista histórico y social. Partimos de la idea de unidad geológica, geográfica y fisiográfica, y desembocamos en el desenvolvimiento de procesos políticos, demográficos y culturales contemporáneos. El propósito es abrir paso a la crítica y el debate de esta propuesta, tomando en consideración que la sierra es una heterogénea composición histórica y social.

La sierra tiene dos caras principales: la que se aprecia desde México, al sur, y la faz visible desde los lagos del norte. Sin embargo, no se pueden dejar de mencionar los otros puntos cardinales: la vertiente oriental está en frente del lago de Texcoco, y por el poniente nos topamos con la cordillera o Sierra de las Cruces.

Actualmente, la sierra está rodeada en su totalidad por la conglomeración urbana de México. Históricamente, se han considerado las secciones lacustres como subregiones de la Cuenca de México: así, en los lagos al norte de la cuenca, a los pies de la Sierra de Guadalupe están Tultitlán, Coacalco y Ecatepec; además Cuautitlán, Zumpango, Xaltocan y Tecámac constituyen una región en sí. En cuanto a los lagos del centro, en el extremo norte están Tlalnepantla, Tenayuca y el Tepeyac; además Azcapotzalco, Chapultepec, México, Tlatelolco y demás islotes circundantes son otra región. En cambio, no se ha considerado que el conjunto de la Sierra de Guadalupe sea una región cultural en sí, como no sea desde una perspectiva geológica o geográfica.

Empezaremos por considerar las características físicas que le confieren unidad geológica a esta región. Sin embargo, de entrada esto contrasta con una gran diversidad cultural e histórica. Sostendremos que la suma de estas visiones de un territorio es lo que nos permite hablar de una región histórico-cultural que incluye dos vertientes: una geografía física y una geografía humana constituyen una región marcada más que nada por ser un crucero de fronteras.

Plantear la idea de «región» en situación de frontera se entenderá mejor cuando nos adentremos en el tema de las fronteras políticas del periodo Posclásico, también llamado «chichimeca», en donde aparecen diversas ciudades-Estado, o altepeme, y diversas entidades etnopolíticas. Se hace necesaria la referencia inmediata a Tenayuca como un centro rector en la Cuenca de México, en un momento dado. Tenanyocan,1 como centro ecuménico del altiplano central, tuvo su carácter de ciudad principal alrededor del siglo xii; la capital chichimeca de Xolotl no duró mucho, no obstante que su poblamiento como región tuvo una larga duración, una muy larga continuidad histórica. Posteriormente quedó atravesada por el conflicto histórico, etnopolítico, entre los tepanecas de Azcapotzalco y los acolhuas de Texcoco, que se repartieron la dominación en el poniente y el oriente de la cuenca, respectivamente, entre los siglos XIII y XIV. Si sumamos a esta complejidad la existencia de otros señoríos chichimecas como Xaltocan, Cuautitlán y Ecatepec, visibles desde la cara norte de la Sierra de Guadalupe, o de México y Tlatelolco, al sur, es que llegamos a considerar la sierra como una región atravesada por las disputas por el poder en la Cuenca de México en el periodo Posclásico.

También consideraremos cómo las divisiones administrativas coloniales, llamadas alcaldías mayores, o corregimientos, y asimismo las divisiones administrativas del periodo republicano, llámense distritos, municipios o delegaciones —más aún en el presente— vuelven a mostrar sucesivos mapas de la sierra más como un lugar de cruce de fronteras que como una región.

En este texto también intentaremos enunciar, presentar y analizar diferentes conjuntos de fuentes documentales que nos hablan de las características históricas (políticas, económicas, sociales y culturales) de la Sierra de Guadalupe, desde su más remota antigüedad hasta la actualidad.

Para reconstruir el periodo Posclásico (900-1500) no sólo contamos con fuentes arqueológicas, sino que, como para toda la Cuenca de México, contamos con una diversa cantidad de fuentes etnohistóricas que se refieren a la complejidad etnopolítica de esta región del México central, a partir del legado tolteca. Cabe anotar que la mayoría de estas fuentes etnohistóricas fueron generadas en los primeros siglos de la dominación colonial española y tienden a legitimar la continuidad de una clase noble indígena, que era propietaria de tierras privadas en diferentes locaciones de la cuenca.

Tenemos, por otra parte, una abundante historiografía contemporánea que nos permite adentrarnos en el panorama político, religioso y económico de la Cuenca de México en el periodo colonial. En ese sentido, podemos reconstruir las líneas generales de los ciclos de descenso y recuperación demográfica de los pueblos de indios durante los tres siglos de la Colonia. Asimismo, podemos apreciar, en contraste, el auge de las haciendas agrícolas, ganaderas y explotadoras de recursos naturales en esta región, cuya misión era básicamente nutrir el mercado de la capital de la Nueva España, quizás la ciudad más poblada de todo el hemisferio americano. Gracias a estas fuentes también podemos reconstruir el desarrollo histórico de todos los pueblos que conforman la región de la sierra (tanto las cabeceras como los pueblos sujetos), desde la época colonial hasta el agotamiento de la reforma agraria.

En síntesis, intentamos mencionar la importancia de tomar en consideración otras fuentes de información que hacen referencia a los principales determinantes y efectos del proceso de desarrollo urbano, a partir del fenómeno de explosión demográfica: el proceso de industrialización, la expansión de la urbanización, la transformación del perfil sociocultural de la población, la aparición de nuevas problemáticas sociales, la determinación de zonas de reserva ecológica y finalmente la orientación económico-productiva, resultante de dicho proceso de masificación urbana.

Concluimos que el tiempo presente del territorio de la sierra está ocupado por el crecimiento exponencial de la población urbana durante la segunda mitad del siglo XX, lo que nos enseña un nuevo paisaje en sus faldas y laderas, originalmente precario y en vías de estabilización en términos demográficos.

Para volver al punto de partida, el criterio principal para considerar la Sierra de Guadalupe como una región es, al mismo tiempo, el medio físico y político: una geografía montañosa, boscosa, borde de la planicie lacustre, región compleja y asombrosa, hoy por hoy está en estado de riesgo por causas antrópicas, y la comparten cinco entidades locales: cuatro municipios del Estado de México (Tultitlán, Coacalco, Ecatepec, Tlalnepantla) y una delegación de la Ciudad de México (Gustavo A. Madero).

Geología, paisaje, territorios
OBRA GEOLÓGICA

La Sierra de Guadalupe es una formación física bastante singular: inserta en medio de la Cuenca de México, es un vértice limítrofe en medio del asentamiento poblacional más denso, en términos históricos, de cuantos se puedan encontrar en la América Septentrional. Esto es paradójico: una montaña inhóspita en el centro del mayor desarrollo cultural urbano mesoamericano.

Un aspecto básico para entender las descripciones fisiográficas de la Sierra de Guadalupe es que, habiendo quedado total y densamente rodeada por la ciudad, aproximadamente desde la década de 1970, es una de las mayores reservas naturales interurbanas en el mundo. Son alrededor de seis mil hectáreas de zonas montañosas y boscosas, empinadas, llenas de pliegues y lugares recónditos, en medio de una de las ciudades más pobladas del mundo.2

Para descubrir la antigüedad geológica de la Sierra de Guadalupe es necesario referirse a la periodización geológica, en particular a la era Cenozoica, que en términos geológicos apunta a lo «más reciente». La formación de relieve, producto de la colisión entre la placa tectónica norteamericana y la placa submarina de Cocos, se inició en el periodo Eoceno, hace aproximadamente cincuenta millones de años. Entre el amplio abanico de los acontecimientos geológicos que formaron la Cuenca de México, se destaca un estrato que ha sido llamado Supergrupo Pachuca, en el que se incluyen los afloramientos de roca volcánica más antiguos de la Sierra de Guadalupe: se considera que la edad de estos eventos abarca del Oligoceno tardío al Plioceno temprano, y comprende todo el Mioceno: es decir, ocurrieron entre 25 y 5 millones de años atrás. En dicho estrato geológico se han agrupado los eventos volcánicos que definieron el perfil de la Sierra de Guadalupe, así como la sierra de Pachuca, la sierra de Tepotzotlán y aun la sierra del Tepozteco, fuera de la Cuenca de México, en el estado de Morelos. Por contraste, otras formaciones, como la sierra de Chichinauhtzin o el Eje Neovolcánico Transversal, que atraviesan como una muralla el sur de la cuenca, son más recientes y corresponden al Pleistoceno. La sierra de las Cruces, al poniente, la sierra de Tláloc y la sierra Nevada, al oriente, son estratos posteriores a la formación de la Sierra de Guadalupe y del Supergrupo Pachuca, correspondientes al final del Mioceno y principios del Plioceno.3

Uno de los hallazgos más interesantes en el estudio que llevó a cabo Campa Uranga y su equipo, a instancias de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), es el que se refiere a las diferentes edades geológicas que aquí están presentes, esto con base en un muestreo de rocas, tomado en diferentes latitudes y altitudes de la Sierra de Guadalupe. Campa describe:

CUADRO 1. ÉPOCAS GEOLÓGICAS MÁS RECIENTES


EraPeriodoÉpoca
Cenozoico: «relativo a las formas de vida recientes»PaleógenoPaleoceno: «lo más antiguo de lo reciente» (empezó hace 65 millones 500 mil años)
Eoceno: «amanecer de lo reciente» (empezó hace 56 millones de años)
Oligoceno: «poco reciente» o «la época reciente en donde hubo pocas formas de vida» (empezó hace 34 millones de años)
NeógenoMioceno: «menos reciente» (empezó hace 23 millones de años)
Plioceno: «continuación de lo reciente» (empezó hace 5 millones 332 mil años)
CuaternarioPleistoceno: «lo más reciente» (empezó hace 2 millones de años)
Holoceno: «totalmente reciente» (empezó hace 11 mil años y comprende el presente)

Fuente: adaptado de Coenrads et al. (2008), Geológica. Las fuerzas dinámicas de la tierra, pp. 48-63, 70-71.

Los ensambles de las rocas de la sierra no muestran una continuidad por su propio origen, sino que hay una secuencia de tres ensambles superpuestos en el tiempo: 1) Mioceno en la base, 2) Plioceno en la parte superior, y finalmente 3) Cuaternario en los rellenos aluviales.4

Esto quiere decir que la sierra se formó muy lentamente: primero emergiendo de entre los mares, gracias a la actividad volcánica; luego tomando forma muy lentamente, gracias a la erosión, y por último sumando nuevas actividades volcánicas en épocas más recientes. Esto es posible descubrirlo a partir del análisis de los materiales rocosos, su composición físicoquímica y la ubicación cartográfica. No es de sorprender que, más adelante, cuando abordemos la dimensión cultural de la sierra, vuelvan a aparecer los nombres de los tipos de rocas que uno puede encontrar en los numerosos afloramientos de la Sierra de Guadalupe: rocas andesíticas, rocas dacíticas y riodacitas, rocas basálticas, ignimbritas y tobas, flujos piroclásticos, rocas epiclásticas, capas de pómex, pues con estos mismos materiales se labró una parte importante de la construcción del paisaje cultural de la Cuenca de México.5

Tampoco es extraño que una gran parte del conjunto de trabajos geológicos estén dedicados al señalamiento de los riesgos por causas antrópicas, es decir, por las condiciones creadas por y para los seres humanos. Un ejemplo de ello es el trabajo coordinado por García Palomo en el que, a partir de considerar el crecimiento demográfico de las últimas cuatro décadas, se intentan reconocer las condiciones adversas para la población que habita en determinados lugares de la Sierra de Guadalupe, con ciertas características geológicas y geomorfológicas.6 Esto llevó a un equipo de profesionales del Instituto de Geología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) a realizar un convenio de colaboración con la Dirección de Protección Civil del Gobierno del Distrito Federal, para desarrollar un mapa de riesgos por deslizamientos de tierra en esta región. En este trabajo se identificaron 206 sitios de peligro por deslizamiento. De lo más destacable es que señalan cómo influyen, para determinar un posible riesgo de deslizamientos de ladera que afecte a la población, las condiciones naturales de la Sierra de Guadalupe como las geológicas, geomorfológicas y climáticas, además de los factores humanos como deforestación, cambios de las condiciones originales de las pendientes, abundante tránsito pesado y explotación de minas a cielo abierto. Sin embargo, éste no es el único estudio que hace referencia al concepto de riesgo como una determinante geológica para las comunidades que habitan y poblaron las laderas de la sierra: también existen interesantes estudios sobre los tipos de inundaciones7 y sobre las consecuencias de la deforestación.8

Como vemos, la ciencia que tiene un alcance más remoto en el tiempo tiene sensibilidad por la existencia de riesgos para la población actual, y señala acuciosamente la necesidad de trabajar en programas de manejo ambiental que no hagan a un lado la importancia de la participación o de la organización social.9

OBRA ARQUEOLÓGICA

La arqueología tiene como uno de sus propósitos principales reconstruir la vida de la gente del pasado, pero además ordenarla en su desarrollo histórico. Esto último no siempre es fácil pues no es común que se puedan reunir las condiciones técnicas y materiales sobre las cuales se lleven a cabo investigaciones que estudien secuencias históricas prolongadas. Sin embargo, para el caso de la Cuenca de México, contamos con una valiosa obra arqueológica que explora su poblamiento preurbano a partir de una serie de excavaciones realizadas en la vertiente sur de la Sierra de Guadalupe. Nos referimos a las excavaciones realizadas por el arqueólogo norteamericano George Clapp Vaillant en Zacatenco, entre los años 1928 y 1929; Ticomán, entre 1929 y 1930, y en el sitio de El Arbolillo, en 1930.10

Vaillant realizó diversas excavaciones en estos sitios, que están alineados de suroriente a norponiente sobre la vertiente sur de la Sierra de Guadalupe, y propuso una clasificación de los materiales, a partir de tipologías cerámicas, que sirven para conocer mejor y para trazar una secuencia evolutiva del periodo Formativo o Preclásico. Esta secuencia expresa la aparición y desarrollo de las sociedades aldeanas y aldeanas nucleadas, previas a las sociedades urbanas estatales complejas. Además, Vaillant excavó en San Juanico, en la vertiente suroriental de la Sierra de Guadalupe, y en muchos otros sitios de la Cuenca de México; por ejemplo, en Tlatilco y San Miguel Amantla, cerca de Azcapotzalco; y en otros sitios que están entre los bordes de la sierra de Santa Catarina y el lago de Chalco, en el actual municipio de Ixtapaluca, como son los sitios de Zohapilco, Tlapacoya y Ayotla, al suroriente.

MAPA 1. PAISAJE ANTIGUO DE LA SIERRA DE GUADALUPE


Fuentes: Campa et al. (2009), Du Solier (1949), López Wario (1993), Reygadas Vértiz (1935), Vaillant (2009). Cartografía: Mapoteca Jorge A. Vivó, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México.

Todos los anteriores son sitios reconocidos como principales asentamientos aldeanos en la Cuenca de México. El hallazgo y la caracterización de la diversidad de los materiales y, en especial, el análisis de los tipos cerámicos, le valieron para determinar diversas fases y subfases entre el Posclásico Medio y Tardío: fechas como El Arbolillo I (1000-800 a. C.), El Arbolillo II, fase La Pastora (800-500 a. C.), fase Zacatenco (700-400 a. C.), fase Cuautepec (700-600 a. C.), fase Ticomán (400-200 a. C.), son el resultado de la descripción de secuencias de ocupación de dichos sitios. Éstos se pueden agrupar en tres fases o grupos principales: un grupo al que se le llamó Medio Inferior, cuyos puntos relacionados son Copilco, al sur, y Zacatenco, en la Sierra de Guadalupe; una fase intermedia, dominada por la presencia de Tlatilco; y un grupo Medio Superior, que relaciona un sitio en el sur, Cuicuilco, con otro sitio de la Sierra de Guadalupe, Ticomán.

Sin entrar a la minuciosidad descriptiva de dichos estudios arqueológicos, destacaremos dos cosas: que los tipos cerámicos y el estilo de las figurillas hallados en la región de Zacatenco, Ticomán y Cuautepec (algunas de influencia olmeca) sirven aún hoy como tipos referentes para investigar asentamientos similares y contemporáneos (aldeas pequeñas, donde vivían entre 100 y 500 personas, a lo largo y ancho de las riberas lacustres); pero también hay que llamar la atención sobre la existencia de las primeras evidencias de construcciones arquitectónicas de edificios públicos y de primitivos sistemas de irrigación, ambas, características fundamentales del posterior desarrollo urbano estatal que se consolidará en Cuicuilco y Teotihuacán.

Estos trabajos están realizados deliberadamente para un público de arqueólogos especializados en el análisis de los materiales cerámicos, de utensilios y figuras votivas, y dedicados al análisis de secuencias de tipos y sus variaciones de subtipos, restos óseos, materiales líticos y patrones de asentamiento. Lo interesante es que los resultados permiten reconstruir en los sitios referidos sendas secuencias de poblamiento que van desde los 1 500 años antes de nuestra era hasta 600 de nuestra era, es decir, contienen información que abarca cerca de dos milenios del proceso de formación sociohistórico en la Cuenca de México; dicho con otras palabras, muestran indicios de cómo ocurrió la transformación cultural desde el periodo Formativo Medio (olmeca) hasta el periodo Clásico (teotihuacano).

Más allá de este trabajo fundacional, que indica secuencias evolutivas históricas, existe un abanico diverso de trabajos arqueológicos, bien sea a través de la arqueología de intervención integral y restauración, como las obras sobre Tenayuca, que permiten conocer aspectos de sitios y periodos particulares, o bien sea a través de la arqueología de salvamento y estudios locales o interdisciplinarios, como se verá en las obras de Córdoba Barradas, López Wario y García Samper.

Mencionaremos en primer lugar el trabajo clásico y voluminoso de José Reygadas Vértiz.11 Este grueso volumen puede considerarse una obra monumental, singular: es una recopilación de artículos de diversos autores y especialistas, en función de la intervención arqueológica que se llevó a cabo en la pirámide de Tenayuca, entre 1925 y 1935. Aquí confluyen trabajos de diversas áreas, como el del ingeniero Reygadas Vértiz, que describió las excavaciones y la conservación que se llevó a cabo en la pirámide; el de Ignacio Marquina, que realizó un análisis arquitectónico del monumento y sus diferentes fases constructivas; o el trabajo conjunto del propio Marquina, Enrique Juan Palacios y Luis Ruiz, sobre el significado cosmológico de la orientación de la pirámide. Asimismo, Alfonso Caso, Miguel Ángel Fernández y Moisés Herrera realizaron estudios iconográficos sobre el simbolismo religioso presente en la decoración del templo, como por ejemplo las serpientes esculpidas en roca basáltica alrededor de la pirámide. Por su parte, los historiadores Enrique Juan Palacios y Roque Ceballos Novelo cubrieron la historia documental de Tenayuca. Mientras que Eduardo Noguera hizo un análisis de la cerámica del sitio, el cual es un estudio pionero acerca de la enorme complejidad que existe en la Cuenca de México durante el periodo Posclásico, o el posterior a la caída de Teotihuacan y anterior al ascenso de Tenochtitlan, época durante la cual el sitio de Tenayuca estuvo ocupado continuamente.

Podemos destacar que ésta es una obra que conjuga las herramientas antropológicas e históricas, a semejanza de la obra monumental de Manuel Gamio, La población del valle de Teotihuacan (1922), y, como esta última, se sitúa dentro del espectro de la antropología política de la primera mitad del siglo XX, cuando se emplea la «antropología» para el diseño de las políticas del Estado en materia de pueblos indígenas: lo que se llamó la política integracionista.12

Otro ejemplo de una obra que pretende mostrar la complejidad de una secuencia cerámica para un solo sitio es la de Wilfrido du Solier Massieu, que hace una recopilación de los tipos cerámicos desde el punto de vista de la localidad de Ecatepec, y presenta una serie abigarrada que comprende desde los tipos Ticomán-Zacatenco, Teotihuacano, Coyotlatelco, Cholulteca, y las distintas fases de la cerámica llamada Azteca.13

Dentro de la literatura arqueológica más reciente hay que mencionar a Luis Alberto López Wario, quien realizó una admirable reconstrucción cartográfica del territorio en toda la ribera oriental de la Sierra de Guadalupe, desde las Salinas de Tultitlán hasta San Juan Ixhuatepec, a partir del análisis de la transformación espacial, antes que hacer una estratigrafía de un proceso específico. Aun así, construye una periodización: pero en este caso la primera fase corresponde a la del desarrollo urbano mesoamericano, de sistemas de poblados nucleados dispersos, que va de 500 a 1600 d. C.; una segunda fase de reagrupación colonial y poscolonial, que va de 1600 a 1950; una tercera fase caracterizada por la industrialización, de 1950 a 1970; y una cuarta fase de crecimiento macrocefálico, cuando se presentan los mayores índices de aumento demográfico, de 1970 a 1985. Hay que considerar que estas últimas fechas pueden variar de un contexto a otro, o de un espacio a otro, pero es justo reconocer que esta propuesta de periodización arqueológica y de análisis interdisciplinario (el análisis arqueológico e histórico del espacio) es un campo de trabajo que aún no se ha agotado y que bien podría dar nuevos frutos.14

Por su parte, Luis Córdoba Barradas realizó diversos trabajos sobre Tultitlán, donde se destaca la preocupación por realizar una secuencia de ocupación que incluye el Preclásico, Clásico, Epiclásico, Posclásico Temprano, Posclásico Tardío y Colonial. De hecho, lo interesante de sus trabajos es que combina el empleo de fuentes orales, documentales e iconográficas, como en el trabajo donde reconstruye la simbología de San Antonio de Padua, el santo patrono de Tultitlán, o aquél donde habla sobre el sistema de barrios y pueblos de Tultitlán, a partir de un conjunto de marcadores e inscripciones modeladas en piedra. Del mismo autor existe una referencia sobre la plataforma piramidal de Coacalco, donde hace una caracterización del sitio en el Posclásico, en el que se encuentra gran variedad de cerámicas de los tipos Azteca II, Azteca III y Rojo Texcoco. No debemos dejar de mencionar el estudio sobre los hallazgos relativos a la fauna pleistocénica, realizados bajo el concepto de salvamento, que se hicieron en los bordes de las riveras de los lagos en la década de 1990, entre ellos en Tultitlán, Coacalco y Ecatepec.15

Mención aparte merecen dos trabajos de Asunción García Samper sobre los pueblos de Ecatepec. En uno de ellos hace una larga reconstrucción arqueológica, desde los «horizontes» Arqueolítico, Cenolítico, hasta el Preclásico o Formativo, en donde toma en consideración no sólo la cerámica sino los determinantes ecológicos y productivos.16 Mientras que en otro más hace un análisis iconográfico de diferentes representaciones en piedra: una representación de Tlahuizcalpantecuhtli, perteneciente a la época Azteca, que es toda una maravilla pictográfica, situada en la cueva de Tecotines, en el cerro de Ehecatepetl, y que había reportado el propio Wilfrido du Solier en 1939;17 un marcador de juego de pelota con la inscripción de Ehécatl-Quetzalcóatl; una escultura de un mono y una imagen de Xochiquetzal, localizadas entre Coacalco y Ecatepec; y una serie de piedras labradas, localizadas en el pueblo de Santa Clara Coatitla, como son una imagen de Chicomecóatl, una imagen de Xilonen y una piedra grabada con un técpatl o cuchillo de obsidiana, entre otras.18

Como síntesis de todo lo anterior podemos referir que la Cuenca de México es un espacio privilegiado para la investigación arqueológica, y que la Sierra de Guadalupe no es la excepción, dado que contamos para la región con una vasta serie de trabajos estratigráficos y obras interdisciplinarias, que conectan a la arqueología con la etnohistoria.

Las fuentes etnohistóricas
UNA REGIÓN DE FRONTERAS

Como se mencionaba al principio del capítulo, para adentrarnos en el abigarrado mundo documental de la etnohistoria, y en la búsqueda del esclarecimiento de las complejidades del Posclásico, es necesario hacer la caracterización de la Sierra de Guadalupe como un espacio fronterizo, marcado por diversos planos históricos sobrepuestos, en donde el poder y la dominación de unos estados sobre otros era cambiante, lo cual dejó como resultado una región sumamente heterogénea en términos culturales y políticos.

La dinámica de la historia política en la Cuenca de México a partir del año 1200, es decir, a finales del Posclásico Temprano o principios del Posclásico Tardío, está marcada por el complejo fenómeno de transferencia y transformación del poder político desde Tula hacia la Cuenca de México. Así, lo que muestran las fuentes históricas del siglo XVI y XVII es la historia y la relativa importancia de las ciudades-Estado, o centros de poder con afiliaciones etnopolíticas determinadas. Tal es el caso de Tenayuca, Azcapotzalco y México, al sur de la Sierra de Guadalupe, y de Cuautitlán, Tultitlán y Ecatepec, al norte de ésta.

Para relacionar esta geografía política con el contexto histórico que nos ocupa, debemos señalar la existencia de, por lo menos, tres tipos diferentes de fuentes primarias. La diferencia estriba en el origen étnico y político de las fuentes, lo que se puede hacer visible al analizar su contenido. El primer conjunto son las fuentes históricas de origen acolhua; el segundo son las fuentes históricas de origen mexica; y el tercero, son las fuentes con un punto de vista tepaneca. Desde luego, cada fuente es un caso excepcional que habría que analizar a detalle; para nuestros propósitos consideramos indispensable distinguir la naturaleza de cada una de estas fuentes para entender, desde su base cultural, quién narra la historia política. No es lo mismo que la historia la narren quienes se asumen como herederos del linaje gobernante de Texcoco, que si lo hacen los descendientes, los aliados o quienes se aglutinaron en torno al poder de México Tenochtitlan.

En el primer conjunto encontramos documentos que narran la historia política de la Cuenca de México durante el Posclásico, tal es el caso del Códice Xólotl, en cuya primera lámina se representa un mapa con los pueblos toltecas ya asentados en la cuenca, como Culhuacán, y los pueblos chichimecas, como Tenayuca, en donde se asienta el caudillo Xólotl. Cabe recordar que después de la caída de Tula casi todos los pueblos migrantes de la cuenca estuvieron sometidos a los chichimecas de Xólotl, como lo muestra la lámina ii, en donde los líderes políticos de otros pueblos chichimecas, otomíes, tepanecas y acolhuas se rinden a éste. Pero no sólo el Códice Xólotl, sino también el Mapa Tlotzin, el Mapa Quinatzin y el llamado Códice en Cruz son elaborados por tlacuilos indígenas acolhuas durante el siglo XVI, a solicitud de los conquistadores españoles. Todos los anteriores forman parte de la colección de documentos antiguos mexicanos, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de París.

Estas fuentes, al igual que las Obras históricas de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, hablan del desarrollo político de la cuenca según el punto de vista de los descendientes mestizos del linaje gobernante de Texcoco, y particularmente este último autor se sostiene en la exaltación histórica de los señores acolhuas. Es así que en la lámina vi del Códice Xólotl se puede apreciar el momento en que Quauhtitlan, Ecatepec, Acalhuacan, Cohuatitlan y Tenanyocan, es decir, todos los pueblos al norte y al oriente de la Sierra de Guadalupe, son aliados militares de Texcoco, situación que va a permanecer desde el siglo XIII hasta el siglo XIV.19

Por otra parte, existen obras igualmente importantes para reconstruir la historia de la Cuenca de México como los Anales de Cuauhtitlán o los Anales de Tlatelolco, que son manuscritos en lengua náhuatl elaborados por tlacuilos indígenas anónimos, las cuales guardan relaciones textuales entre sí. Todas son fuentes con narraciones complejas, que describen la llegada de las oleadas migratorias y las intrincadas genealogías de los diferentes linajes gobernantes, desde la llegada a la Cuenca de México de los chichimecas hasta la derrota de México por parte de los españoles, pero siempre conservan el punto de vista del linaje gobernante de un pueblo aliado a México-Tenochtitlan durante el proceso de conquista. A este conjunto podemos sumar las fuentes propiamente mexicas, como es el caso del Códice Durán, o fuentes pictóricas como el Códice Mendoza y el Códice Azcatitlan, que, a diferencia de los anteriores, son códices pictóricos, pero que guardan semejanzas y paralelismos en cuanto a la narración histórica.20

De acuerdo al Códice Azcatitlan los mexicas pasaron, a finales del siglo XIII o principios del siglo XIV, por los siguientes lugares de la Sierra: Ecatepec, Tolpetlac, Cohuatitlan, Tecpayocan, Yohualtécatl, Tenanyocan. Lo anterior no sólo significa una etapa dentro de una larga peregrinación, sino que indica la reconfiguración en el equilibrio de poderes, de un nuevo balance posterior a un reacomodo político. Lo mismo se confirma en las otras fuentes referidas en donde el reacomodo no sólo se realizaba sobre la base de la guerra de dominación, sino a través de las alianzas matrimoniales. Estos fenómenos están íntimamente ligados con el «entreveramiento» de los derechos sobre la tierra y la reorganización del territorio en el Posclásico, lo cual está basado en una política que abraza la llegada de distintos pueblos o culturas inmigrantes y que segmenta a las entidades políticas en pueblos y barrios, con diferentes tradiciones culturales y especializaciones, según la división social del trabajo.21

Por último, y a diferencia de las anteriores que son narraciones míticas-históricas que buscan legitimar una dominación, existen otras fuentes que son elaboradas durante la Colonia por nuevos actores que han decidido construir una interpretación histórica que les permita defenderse de otros particulares o de otros pueblos que reclaman ser propietarios de tierras. Tal es el caso del Códice de Tlatelolco y los códices del Grupo Ixhuatepec.

El Códice de Tlatelolco habla de la recuperación de la jerarquía perdida por Tlatelolco durante la época colonial, a expensas de sus antiguos aliados y posteriormente verdugos, los tenochcas, cuando después de la Conquista obtuvieron de nuevo sus anteriores privilegios políticos. El hecho implicaba que Tlatelolco recuperara su jerarquía política como cabecera de diversos pueblos de la Sierra de Guadalupe, como Huixachtitlan, parcialidad de Coacalco, Acalhuacan, en la esquina nororiental, Santa Clara Coatitlan, San Juan Ixhuatepec, Santa Isabel Tula, Santa María Cuauhtepec y Chiquiuhtepec (el cerro de Chiquihuite), entre otras estancias coloniales recuperadas por Tlatelolco. Debemos decir que todas las anteriores fueron pueblos sujetos por el Estado tepaneca, cuya capital era Azcapotzalco, pero que fueron transferidos a Tlatelolco después de la llamada guerra Tepaneca de 1427. Esta guerra implicó un nuevo ordenamiento político en la cuenca.

La otra cara de la moneda la ejemplifican los códices del Grupo Ixhuatepec, que muestran la reacción de indígenas propietarios de tierras (diríamos medianos propietarios, principales en sus pueblos) argumentando que habían sido otorgadas por el tlatoani de México, ante el despojo que ellos denuncian haber sufrido a manos de Diego de Mendoza Austria Moctezuma (un gran propietario y autoridad de la república de indios de Tlatelolco), pleitos que ocurren a partir del siglo XVI. Lo que estaba en juego en estos pleitos sobre tierras ya no era el dominio político sino la posibilidad del disfrute de las tierras, y con ello asegurar una base económica de explotación.22

Esta condición de frontera, y de frontera cambiante, entre diferentes espacios de poder no dejará de existir con la llegada de los conquistadores españoles. Al contrario: si bien el territorio dejó de estar repartido en tres partes (el dominio tepaneca al poniente, el dominio mexica en el centro y el dominio acolhua al oriente), a partir de la colonización europea el territorio se organizará en nuevas estructuras político territoriales y económico productivas heredadas del mundo indígena antiguo. La Sierra de Guadalupe seguirá siendo un vértice desde donde se señalarán las fronteras entre las nuevas entidades del poder local.

LA TRANSFIGURACIÓN RELIGIOSA GUADALUPANA

Ahora agregaremos una nueva dimensión a los problemas que nos ha revelado esta mirada a las fuentes etnohistóricas: si las anteriores nos hablan de las complejidades para analizar la transformación política y económica durante el proceso de colonización española, con las que siguen buscaremos introducir el problema de la historia de la transformación religiosa y cultural.

El espacio de la Sierra de Guadalupe es fundamental para comprender dicha transformación, toda vez que en uno de sus cerros tiene lugar el mito de la transformación de Tonantzin Cihuacóatl en Nuestra Señora de Guadalupe, advocación religiosa que le da el nombre a nuestra región. Este complejo proceso nos remite, en primera instancia, a la cosmovisión mesoamericana, cuyo fundamento es la dualidad cósmica, y su principio femenino Coatlicue o Cihuacóatl, a quien también se le llamó Tonan o Tonantzin, denominación que también valía para Ilamatecuhtli y Chicomecóatl.23

Esta multiplicidad de entidades religiosas femeninas se explica, a la luz de varios estudios, por agregaciones —prefiero decir, en lugar de sincretismos— de diversas tradiciones culturales a lo largo de los tiempos. Así, por ejemplo, Itzpapalotl («Mariposa de obsidiana»), Cihuacóatl («Mujer serpiente») y Coatlicue («Madre de los dioses») son deidades chichimecas, o sea de los pueblos migrantes del norte desde finales del periodo Clásico. Mientras que Tlazoltéotl («Diosa devoradora de la inmundicia»), Xochiquetzal («Flor preciosa») y Chicomecóatl («Diosa del maíz») eran veneradas desde una mayor antigüedad en la Cuenca de México, como formas de reverencia a la tierra y la agricultura.24

Así pues, no debe causar sorpresa que una de las evidencias arqueológicas de los antecedentes mesoamericanos de la Virgen de Guadalupe, como es el Códice de Teotenantzin, sea una representación de dos deidades femeninas, en medio del paisaje de la sierra, cerca de un ojo de agua y rodeadas de vegetación xerófila propia de estos lugares. En el centro de la imagen, las dos esculturas en bajorrelieve representan a diosas femeninas, que aparecen de frente, distintamente ataviadas. Al margen hay una glosa que explica: «Estas dos pinturas son unos diseños de la diosa que los indios nombran Teotenantzin que quiere decir Madre de los Dioses a quien en la gentilidad daban culto en el cerro del Tepeyac, donde hoy lo tiene la Virgen de Guadalupe».25

FIGURA 1. EL CÓDICE DE TEOTENANTZIN


Nota: Detalle del dibujo de “los relieves del cerro de Zacahuitzco”. Dibujo a tinta y aguada, anónimo, elaborado por encargo de Lorenzo Boturini, c. 1736-1743. Tomado de la exposición “El capitán Dupaix y su álbum arqueológico de 1794”, Museo Nacional de Antropología e Historia, 2015.

Una parte del análisis del Códice de Teotenantzin está dedicado a inferir la posible ubicación geográfica original de las imágenes señaladas. López Luján y Noguez determinan que las piedras con las efigies de las dos diosas estaban en un pequeño promontorio llamado Coyoco, al norte del cerro de Tepeyac, junto al cerro de Zacahuitzco. Podemos decir que existía un verdadero paisaje sagrado en toda la sierra, pues al igual que en Tepeyac, Coyoco y Zacahuitzco, se suman los cerros de Yohualtécatl y Tecpayotépetl. A este último, según el Códice Azcatitlan, acudían los guerreros tlatelolcas y tenochcas a celebrar rituales de autosacrificio. Además, en el cerro Yohualtecatl, según fray Bernardino de Sahagún, se hacían rituales de sacrificios de niños durante la veintena de Atlcahualo. Por su parte, Johanna Broda hace referencia de la existencia de un «paisaje ritual en la Cuenca de México», donde la Sierra de Guadalupe queda justamente en el vértice norte de un paisaje cuyo centro ocupa México-Tenochtitlan. La realización de una festividad el 12 de diciembre, al inicio del ciclo de invierno, no parece ser un cambio, sino la continuidad de un lugar de culto milenario que lleva en sí mismo la marca de las fronteras entre distintas e insondables épocas de la historia.26

Santa María de Guadalupe, cuya veneración se funda en la narración de una aparición en las montañas de Extremadura, en cambio, es signo de «hispanidad». Es sugerente que la leyenda hable de la reaparición de una imagen de la madre de Jesús, de piel oscura, con su hijo entre los brazos, que habría estado oculta en tiempos de la dominación musulmana en la península ibérica, y cuyo significado en árabe es «corriente de agua escondida», según expone Nebel.27

En 1340, tras la victoria española en una batalla en contra de los moros, fue construido el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, que pronto llegó a convertirse en un convento de elevado prestigio y un foco de cultura e historia, vinculado con la monarquía de Castilla y la orden de los jerónimos. A partir de la expansión española hacia ultramar nacieron santuarios de esta virgen en múltiples lugares del Nuevo Mundo, por ejemplo, Chuquisaca, Potosí, Lima, Pisco, Oruro, Cochabamba, Quito, Bogotá, incluso Goa y Manila, en Asia, en donde se repiten los atributos de María como «patrona» de quienes pelearon en la Reconquista, bajo su protección y la del apóstol Santiago.

Ya en el contexto de las campañas evangelizadoras, las culturas y religiones mexicanas antiguas no sucumbieron con la colonización europea, antes bien, se resignificaron en un proceso que no sólo sobrevivió a la Conquista, sino que ha influido hasta el presente en la sociedad. La veneración a Nuestra Señora de Guadalupe en el santuario de la diosa Tonantzin Cihuacóatl, según los frailes franciscanos, se inició muy temprano, pocos años después de la Conquista. Pero la materialidad del suceso aparicionista ha sido muy discutida y ha conducido a permanentes controversias entre los llamados aparicionistas y antiaparicionistas.28

De lo que no puede haber sombra de duda es de la eficacia de la imagen como apoyo en la cristianización de Mesoamérica, tanto como valor pedagógico en el empeño misionero como instrumento en el aprendizaje y comprensión de los símbolos indígenas. Edmundo O’Gorman intentó desentrañar los orígenes del culto y la imagen guadalupana. Por una parte, a partir de la santificación de una antigua geografía sagrada, trazó lo que él llama «la invención del guadalupanismo indígena», enfocada en la imagen de Tonantzin-Guadalupe. Por otra, sin oponer a aquélla «la invención del guadalupanismo novohispano», se enfocó en explicar cómo se creó un mito paralelo a éste, bajo el nombre de Guadalupe, que abre un camino de apropiación simbólica y de devoción para los criollos.29

No se puede dudar de la importancia de un relato como el Nican mopohua como fuente principal de lo que se ha llamado el «acontecimiento guadalupano». Este documento escrito en el siglo XVI y publicado por primera vez en 1649 narra en lengua náhuatl las apariciones y milagros de Nuestra Señora de Guadalupe. Una de las más notables traducciones al español de ese relato, hecha por Miguel León-Portilla, afirma que aquél es, a la vez, un mensaje cristiano enmarcado en el pensamiento indígena. Lo anterior, dado el uso múltiple de difrasismos, por la presencia de conceptos «prehispánicos sobre la divinidad suprema, la muerte, los merecimientos y destinos de los seres humanos», y por la estructura narrativa de los cantares nahuas, in xóchitl in cuícatl, lo que, según su parecer, bordea los linderos no sólo de la expresión literaria, sino de la filosofía y de la teología.30

Otro hecho también insoslayable es que la figura central de este mito cristiano indígena ha sido para México el más poderoso polo de atracción y fuente de identidad y de inspiración de la conciencia nacional. Uno de los mayores estudiosos del tema de Guadalupe como emblema nacional, el historiador francés Jacques Lafaye, afirma que «la acumulación de poder sacro representada por la imagen de Guadalupe tuvo como primer efecto provocar grandes peregrinaciones y expresiones multitudinarias de la devoción colectiva».

Hoy por hoy, a lo largo de todo el año, no sólo el 12 de diciembre, las peregrinaciones marcan nuestro territorio de manera vívida y colorida. No pasó por alto Lafaye las múltiples dimensiones que la «prodigiosa imagen» impregna en la espiritualidad mexicana, la toponimia, la antroponimia, para no mencionar la política y las luchas de emancipación popular. Y sentencia: «estas observaciones nos llevan a atender el aspecto indígena, “indigenista” incluso, de la devoción a la Guadalupe».31

Quiero dedicar un último espacio para añadir la idea del historiador alemán Richard Nebel, quien atento al «mensaje guadalupano» cree percibir en él una fuente de reflexión dogmático moralizante, una dimensión ético social vinculada mucho después, en un momento determinado, al movimiento conocido como «teología de la liberación». Al hablar de «guadalupanismo popular», Nebel no se refiere a una «institución» sino a «un modo de vivir de aquellos individuos donde se preservan en sus usos y costumbres elementos fundamentales de la tradición nahua prehispánica, pero introducidos y subordinados a la estructura católica de valores y conceptos».32

En este abordaje de la Sierra de Guadalupe como una región de fronteras, no podríamos dejar de reconocer que es en esta geografía en donde se han cruzado los caminos de la intensa transformación cultural y religiosa a lo largo de la historia colonial.

FIGURA 2. VISTA DE LA SIERRA Y LA VILLA DE GUADALUPE EN EL SIGLO XVII


Fuente: Lámina XX de la Colección de Códices Mexicanos de la Biblioteca Nacional de París.

Tierra, poblamiento y jurisdicción: 1531-1928

Después de haber hecho un breve reconocimiento de los orígenes del poblamiento y la reconfiguración del orden religioso y cultural colonial en esta región, procesos que sobrepasan los miles de años de duración, pasaremos a referir el proceso histórico estructural, demográfico y socioeconómico. Este recorrido histórico principia con la aparición de las nuevas categorías jurisdiccionales y con la aparición de los pueblos o repúblicas de indios, y de las haciendas, a finales del siglo XVI. Concluiremos en el momento en que este modelo de organización social se quiebra, con el inicio del proceso de masificación urbana. Este proceso abarca más de tres siglos de historia.

Para adentrarnos en ello ya hemos mencionado el antecedente de la formación de señoríos étnicos (radicados en ciudades-Estado) durante el Posclásico Tardío, lo cual nos ayudará a comprender el proceso de definición de pueblos (cabeceras y sujetos) durante el primer siglo de la colonización española.

CABECERAS, SUJETOS Y JURISDICCIONES POLÍTICAS

El historiador norteamericano Charles Gibson alude al proceso por el cual los españoles incorporaron sus conceptos urbanísticos para influir y ordenar las comunidades indígenas: ciudades, villas, pueblos, aldeas y lugares; designaban el tipo de asentamiento según su tamaño, y no por su adscripción histórica, siguiendo el ordenamiento político mesoamericano.33

Los españoles, dice Gibson, utilizaron un criterio «subimperial o preimperial», que no es otra cosa que en lugar de escoger a las tres capitales establecidas durante la Triple Alianza, designaron como cabeceras a aquellas comunidades que contaban con un linaje gobernante, que los indígenas llamaban tlatoani, y que los antropólogos han traducido como ciudade-Estado. Por lo tanto, el criterio para designar las cabeceras se enmarca en el proceso de reconfiguración política, desde los inicios del Posclásico tardío —al que hemos aludido en una sección anterior—, y no en la estructura del dominio mexica.34

En consecuencia, dentro de la zona de dominio mexica, Ecatepec fue designada como cabecera, en la medida en que fue reconocida como una comunidad de linaje tlatoani, relativamente tarde, en 1428, por los propios mexicas en medio de la guerra contra los tepanecas. «Los españoles reconocieron la filiación mexica de Ecatepec otorgándola en encomienda a la hija de Moctezuma y esto fortaleció su status de cabecera».35

En la zona tepaneca la situación fue un poco más compleja. Dentro de los pueblos de indiscutible linaje tlatoani, Tultitlán y Tenayuca recibieron el rango de cabeceras. Sin embargo, la condición de Estado dinástico de Tenayuca aparece cuestionada en algunas fuentes del siglo XVI. La explicación que sugiere Gibson es que esto se debe a la emergencia de Tlalnepantla y Teocalhueyacan como cabeceras, aparejado al hecho de que Tenayuca estaba sometida a Tenochtitlan en el momento de la conquista.36

De aquí se desprende que todos los demás pueblos eran «sujetos». Un pueblo sujeto se define como una comunidad que debe tributos y otras obligaciones a los funcionarios de las cabeceras. Un sujeto era por lo general un calpulli, pero ya habíamos señalado la complejidad en la estructura territorial en el Posclásico tardío. Algunas estancias de la sierra fueron reclamadas por Tlatelolco, como es el caso de Tolpetlac, Coatitla y Xaloztoc, aunque formalmente estaban dentro de la jurisdicción de Ecatepec, que había sido considerada una cabecera aparte.37

Algunos otros sujetos hicieron esfuerzos por establecerse como cabeceras por derecho propio. Es el caso de Coacalco, que, siendo una estancia de Ecatepec, reclamó en nombre de la «memoria» su estatus de cabecera anterior a la conquista mexica.38

Por otra parte, al sur de la Sierra de Guadalupe, la península del Tepeyac quedó integrada a la jurisdicción de la Ciudad de México, como estancia de Tlatelolco. Es en este entrecruzamiento en donde, según el historiador mexicano Edmundo O’Gorman, la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es la «flor novohispana de la Contrarreforma», y él también señala cómo es este escenario en donde se lleva a cabo la contienda central entre el Arzobispado de México y los frailes mendicantes. Ya no será la Villa de Guadalupe, desde la segunda mitad del siglo XVI, sólo un espacio sagrado de la geografía indígena, sino el lugar determinante de las relaciones de poder entre las principales facciones de la iglesia.39

En el periodo colonial tardío la estructura de cabecera-sujeto fue teniendo menor importancia: la exacción de tributo se realizó de acuerdo a tasaciones individuales o por comunidades, a la par que los caciques perdieron autoridad en todas partes. Además, en la medida en que surgieron las haciendas y los ranchos se efectuaron las «congregaciones» o nuevas concentraciones de núcleos de población indígena.

La decadencia del concepto de cabecera-sujeto puede verse concretamente en el caso de Tlalnepantla, que fue una sede eclesiástica intermedia fundada entre la Tenayuca náhuatl y la Teocalhueyacan otomí. En el siglo XVI Tlalnepantla fue designada como cabecera. Pero Tenayuca siguió siendo considerada como tal, dada su tradición como sede de un linaje tlatoani, mientras que Teocalhueyacan, sujeto otomí de Tacuba, fue distintamente clasificada como estancia, barrio, cabecera, parte y pueblo. Ambas fueron encomiendas desde un principio: Teocalhueyacan lo siguió siendo hasta muy avanzado el periodo colonial, mientras que Tenayuca dejó de serlo en 1544.

Ambas subdivisiones mantuvieron gobiernos indígenas, aunque sus distintos sujetos eran frecuentemente confundidos por los españoles, que tendían a considerar todos los pueblos subordinados a Tlalnepantla, o a pensar en Tenayuca o Tlalnepantla como un solo pueblo. La situación de cabecera-sujeto bajo Tlalnepantla no era de ninguna manera sencilla. Se complicó más con la proximidad de varios sujetos de Tlatelolco, incluyendo Santa María Coatepec [Cuautepec], San Jerónimo Tepetlacalco...40

El descenso demográfico durante los siglos XVI y XVII significó la decadencia para estas dos cabeceras, Tenayuca y Teocalhueyacan, ahora consideradas como estancias, frente a la expansión de Tlalnepantla considerada cabecera de jurisdicción. La política de congregaciones (efectuada en 1603) afectó a las dos: la primera fue mandada a incorporarse a Tlalnepantla, aunque tropezó con la objeción y apelación de los indígenas; mientras que la segunda dejó de ser mencionada gradualmente y fue convertida en una aldea dentro de la hacienda de Santa Mónica.

En el siglo XVIII estos mismos procesos continuaron. Tlalnepantla, todavía considerada como cabecera, era cinco veces más grande que Tenayuca. Teocalhueyacan había sido absorbida por la hacienda, y la encomienda que sobrevivía se entendía como parte de Tlalnepantla. Los sujetos de Tlatelolco perdieron su conexión con su cabecera original. La magnífica hacienda de Santa Mónica, al oeste de Tlalnepantla, dominó la región, mientras que otras haciendas y ranchos presionaban sobre los territorios de los pueblos.

La autoridad pública dominante, durante buena parte del periodo colonial, fue el corregidor: entre 1550 y la introducción de las intendencias, de origen borbónico, en 1786. Esta figura fue establecida para restar poder a los encomenderos, si bien es muy conocido que su concentración de poder local los llevó a obtener ventajas personales frente a las comunidades indígenas. El corregimiento exigía una delimitación del territorio y para ello las unidades cabecera-sujeto fueron nuevamente la base esencial. Así surgieron estas unidades territoriales compactas que trataron de suprimir las superposiciones territoriales heredadas de la complejidad espacial de los señoríos prehispánicos. Así, tenemos que nuestra región es nuevamente el lugar fronterizo entre cuatro jurisdicciones diferentes: Tacuba, al surponiente; México, al suroriente; Ecatepec, al nororiente; Cuauhtitlán, al norponiente.

MAPA 2. JURISDICCIONES COLONIALES EN LA SIERRA DE GUADALUPE


Fuentes: Gerhard (1986), Gibson (1996). Cartografía: Mapoteca Jorge A. Vivó, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México.

La conveniencia y la política señalaban que los límites indígenas fueran preservados en las jurisdicciones del corregimiento: conveniencia porque los límites ya existían; política, porque de otra manera habría habido una mayor desintegración de la sociedad indígena.

CUADRO 2. CABECERAS, ENCOMIENDAS, JURISDICCIONES POLÍTICAS DE LOS PUEBLOS DE LA SIERRA, SIGLOS XVI-XVIII


Fuente: Gibson (1996, pp. 40-41, 43-44, 47, 60, 69).

En los siglos XVII y XVIII, con el desarrollo de la vida económica, la importancia de los corregimientos, antecedente de los ayuntamientos, se acentuó aún más, debido a las posibilidades que ofrecían para el enriquecimiento personal. Los corregimientos fueron articuladores de la vida económica; por lo tanto, tres rasgos de sus funciones merecen una mayor atención a los investigadores: la recaudación del tributo indígena, las derramas que generaban ciertas actividades productivas y el control del comercio local son unos de los temas por conocer mejor.

El único movimiento histórico importante de los pueblos de la sierra, durante el primer siglo del México Independiente, había sido en términos de sociabilidad política: la creación de las municipalidades. A partir de 1824 las relaciones de poder y la representación política local se ejercerán desde los ayuntamientos. Las cumbres más elevadas de la sierra pasaron a ser las mojoneras de las propiedades privadas que marcaban los límites de estos cinco municipios. Recordemos que, durante la colonia, sólo Ecatepec, plenamente desde un principio, y Tlalnepantla, a partir de la centralidad religiosa que adquirió en el siglo XVII, habían logrado el estatus de cabeceras, lo cual se ratificaría en 1824, cuando se erigieron como municipios. Caso aparte, el ayuntamiento de Tultitlán fue uno de los pocos y de los primeros en erigirse como tal en 1820, amparado en la Constitución de Cádiz, luego de que en España se restableciera la monarquía constitucional. Después de la Independencia, y mediante la ley que creó el Distrito Federal (la cual se puso en práctica en 1826), la Villa de Guadalupe fue agregada a éste y adquirió también el rango de municipio. El último en establecerse como tal es Coacalco, que en 1862 fue segregado de Ecatepec y obtuvo así el rango de ayuntamiento libre.41

EL SISTEMA DE HACIENDAS-PUEBLOS COMO DETERMINANTE ECONÓMICO

En esta sección analizaremos el factor de la tierra y del trabajo como ejes de la economía productiva en la región, desde la etapa colonial hasta principios del siglo XX. Nótese que, desde la Conquista, los intereses de los españoles en torno a la posesión de la tierra en la Cuenca de México estuvo concentrada en el poniente, por ser éstas las tierras mejor irrigadas por las corrientes que bajan de la Sierra de las Cruces.

Pero antes de describir la ubicación y la vocación de las haciendas en la región, es importante mencionar que los colonizadores españoles utilizaron tres métodos principales para adquirir las tierras de los indígenas durante el siglo XVI y aun posteriormente. El primero fue la compra directa a propietarios indígenas, en la mayoría de las ocasiones de manera fraudulenta o ventajosa. El segundo método suponía el uso de los privilegios de encomienda o de las autoridades políticas.42 Y un tercer método, que superó a los demás, fue la otorgación de una merced de tierras por parte de la autoridad virreinal.43

Por otra parte, si bien el límite sur de la Sierra de Guadalupe colinda con la que fue la región favorita para el cultivo de trigo (entre Tacuba y Tacubaya), una buena parte de las mercedes otorgadas antes de 1630 fue un triángulo de estancias ganaderas (entre Teocalhueyacan, Tlalnepantla y Tenayuca), al sudoeste de la sierra. También el eje Tultitlán-Cuautitlán se dedicó al pastoreo, al noroeste de ésta. En particular, los pueblos de Tenayuca y Tultitlán ya estaban rodeados de propiedades españolas desde 1580, con la consecuente pérdida de tierras cultivables y la emigración constante.44

En la primera mitad del siglo XVII empieza a imponerse la denominación de «hacienda», por sobre la de «estancias de ganado», menor o mayor, o «caballerías» de siembra agrícola, que se habían utilizado desde el principio de la colonización. Esto coincide con el hecho de que la sociedad indígena había alcanzado el punto más dramático de debilidad y fragmentación por causa de las epidemias y la muerte. La respuesta de la administración colonial ante esta situación fue imponer las congregaciones de poblaciones indígenas, que no era otra cosa más que el desalojo de tierras de aquellos pueblos más severamente diezmados.

Se mandaron a hacer varias congregaciones en Ecatepec, Tlalnepantla y Tultitlán. En Ecatepec había «entre diez y doce estancias, algunas bastante lejos de la cabecera»,45 antes de las congregaciones de 1603. En 1593 fueron congregadas varias estancias de Tlalnepantla, mientras que, como se dijo, a mediados del siglo XVII, Teocalhueyacan (Teocalhuacan) fue transferido a Tlalnepantla. Igualmente, en 1604 se ordenó congregar a los cuatro o cinco sujetos de Tultitlán, en este caso, sin éxito, lo que demuestra las variadas tendencias en este proceso y la fuerza del apego de los indígenas a sus tierras.

Esta época es de profundas transformaciones: el proceso de congregaciones tendió a controlar más a la población indígena sobreviviente, para tenerla cerca y a disposición de los hacendados, y para favorecer el proceso de enajenación de las mejores tierras. Por otro lado, la configuración territorial de los pueblos es posterior a este momento, y es por ello que resulta tan difícil rastrear la existencia de algunos «pueblos sujetos» o parcialidades antes del siglo XVII.

A fuego lento iba sobreviniendo un proceso de concentración de tierras, a través de mercedes que iban pasando de unos dueños a otros, a veces vendidas, a veces por medio de procesos legales; quizás fueran segmentadas, pero volvían a quedar incorporadas en una misma propiedad. Es el caso de la hacienda de Los Portales, cercana a Tultitlán, que se había formado a partir de 15 mercedes originales otorgadas a distintos receptores a mediados del siglo XVI, y que a finales del siglo XVIII dominaba el panorama al norte de la región.

Un caso único en su género es el de las haciendas salineras de San Antonio Aragón y Santa Ana Aragón, al sur de la región, y pertenecientes a los gobiernos indígenas de Tenochtitlan y Tlatelolco, respectivamente. Sin embargo, hacendados españoles rentaron todos sus establecimientos a las mismas comunidades indígenas, incluso «los arrendatarios mantenían sobre la comunidad un tipo de control comparable al servicio por deudas».46

MAPA 3. CENTROS DE HISPANIZACIÓN CULTURAL: CABECERAS, HACIENDAS Y RANCHOS


Fuentes: Gerhard (1986), Gibson (1996). Cartografía: Mapoteca Jorge A. Vivó, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México.

A finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX continúan, y se profundizan, las líneas generales hasta aquí trazadas. Dicha profundización está marcada por el proceso de liberalización de las tierras de comunidades indígenas, primero con la «extinción de parcialidades», y posteriormente, y de manera más radical, con la «desamortización de bienes de comunidades indígenas».47

Durante el porfiriato ocurren cambios importantes en las relaciones de producción y en el mercado, aunque en lo fundamental sigue dominando la economía de la hacienda. La Ciudad de México da su primer estirón, en todas las direcciones, y hacia el norte ocupa febrilmente los terrenos que durante casi un siglo había regateado a las comunidades.

La multiplicación de los ranchos y de las fábricas que disputan el espacio y los recursos a otras explotaciones, la introducción de ferrocarriles, la construcción de diques y obras de irrigación en las haciendas y en las fábricas, la creación de compañías agrícolas e industriales que introdujeron cambios en los cultivos, en las técnicas y en los aprovechamientos del paisaje, son materia de análisis para revisar la idea de la «hacienda rutinaria y carente de innovación».48

Ejemplo de este tipo de transformaciones es la hacienda ganadera El Rosario, al norte de Azcapotzalco, en donde no sólo se vivieron los primeros pasos de la tecnificación de la industria lechera, sino que allí mismo, unos pocos años después de la Revolución, se conformaría uno de los primeros sindicatos de jornaleros agrícolas a instancias de Fidel Velázquez, una de las figuras fundadoras de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Uno de los campos que sería necesario conocer mejor es el que aborda las relaciones entre haciendas y comunidades en esta región. Algunos historiadores la han definido como una relación simbiótica, otros como de presión por parte de las propiedades privadas y de contrapesos por parte de las comunidades. En definitiva, los hilos que tejen esta relación en la región que estudiamos no son conocidos lo suficiente.

Guadalupe sobrepoblada: por una memoria histórica viva

Hemos intentado significar a través de la expresión Guadalupe sobrepoblada el más reciente capítulo del proceso histórico regional, en el que la economía campesina se vio totalmente desplazada por los efectos transformadores del desarrollo urbano. Su inicio está marcado por una serie de reformas políticas que sufrió el Distrito Federal, desde finales del siglo XIX, y la ulterior eliminación de los municipios en esta entidad. Ya desde 1898, en plena dictadura porfiriana, el mapa de la Sierra de Guadalupe se vio significativamente afectado por la incorporación de Cuautepec al Distrito Federal. Hernández Franyuti sugiere que esto se debió a la necesidad de tener un punto elevado que funcionara como vértice geodésico, a partir del cual se iniciaría la modernización del catastro en la entidad capital.49

Si en apariencia esto sólo afectaba a la porción sur, más pequeña, de la Sierra de Guadalupe, tenemos que treinta años más tarde, con la reforma política de 1928, al ser eliminadas las municipalidades, entre ellas la de Guadalupe Hidalgo, ya estaban sentadas las bases de una acentuación en la pérdida de la autonomía política de las comunidades de la región.50 El vínculo entre la Ciudad de México y la Villa de Guadalupe tendía a conformar un solo continuum urbano y a borrar las particularidades de las localidades históricas.51

Esta franja, o avenida de la modernidad, serviría como la puerta de entrada de una ola de transformaciones que terminaría abrazando a toda la región de la sierra en el curso de medio siglo. Dicho proceso lo podemos observar mediante el menoscabo de la productividad agrícola de los ejidos, el cual es semejante en toda la región.

MAPA 4. LOS PUEBLOS DE LA SIERRA DE GUADALUPE EN MEDIO DEL DESARROLLO URBANO METROPOLITANO DE LA CIUDAD DE MÉXICO


Fuentes: Fabila (1958), Ward (2004). Cartografía: Mapoteca Jorge A. Vivó, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México.

EL PENOSO VIA CRUCIS DE LA REFORMA AGRARIA

El acelerón demográfico más significativo en esta región ocurrió desde que la Ciudad de México avanzó decididamente hacia la industrialización, a partir de 1930.

La gran ciudad se convertiría en el destino preferido para los migrantes, venidos de áreas rurales, por lo general próximas, remotas algunas veces. Las cifras son elocuentes: para 1900 en la Ciudad de México apenas había alrededor de cien mil habitantes, pero en 1940 ya sobrepasaba el millón. En el curso de los treinta años siguientes la situación se precipitó: la capital pasó a tener ocho millones y medio de habitantes.

El proceso al que aludiremos en este apartado implica de manera paralela, y paradójica, el desmantelamiento de las grandes haciendas (cuando las comunidades campesinas fueron dotadas de tierras ejidales merced al reparto agrario que sobrevendría a la Revolución, después de 1920) y el crecimiento de la ciudad a expensas de un proceso de industrialización y de masificación urbana.

Si observamos las cifras de población de las cinco municipalidades de la Sierra de Guadalupe en la primera mitad del siglo XX (véase cuadro 3), veremos un dinamismo demográfico que jamás se había visto. Durante el siglo XIX los municipios reseñados se habían movido mínimamente. Sólo la concentración urbana de la Villa de Guadalupe superaba los diez mil habitantes a principios del siglo,52 mientras que todos los demás poblados podían ser considerados villorrios de hacienda, congregados en torno a cabeceras municipales, constituidas como conglomeraciones de habitantes y de actividades políticas y comerciales, que no pasaban de los tres mil habitantes.

CUADRO 3. COMPARATIVO DE LA EVOLUCIÓN DEMOGRÁFICA. MUNICIPIOS DE LA REGIÓN SIERRA DE GUADALUPE, 1900-1960


Fuentes: inegi, Censos Generales de Población, Archivo Histórico de Localidades (2009). Notas: 1 Distrito (1900) o municipalidad (1921) de Guadalupe Hidalgo. 2 En 1928 quedó incorporada a Azcapotzalco, por lo tanto la población de 1930 es calculada con base en las principales localidades que pertenecían a la demarcación. 3 A partir de 1932 será nuevamente segregada y denominada delegación Gustavo A. Madero, una de las trece que entonces componían el Distrito Federal.

La primera oleada de la reforma agraria, en la década de 1920, produjo algunas modificaciones en la propiedad de la tierra dentro de la región de la sierra. Entre 1921 y 1933 fueron repartidas un poco más de cuatro mil quinientas hectáreas, mientras que en el periodo de profundización del reparto de tierras (durante el gobierno de Lázaro Cárdenas) se agregaron a esta cifra cerca de tres mil hectáreas en propiedad de las haciendas. Los beneficiarios fueron los 28 pueblos de la región: ninguno se quedó por fuera. En total fueron 7 578 hectáreas repartidas, lo que nos da un promedio de 270 hectáreas por pueblo.53

Existen abundantes detalles sobre la aplicación de la Reforma Agraria. Sin embargo, aquí debemos puntualizar sólo algunos de los rasgos más sobresalientes. En primer lugar, hay que mencionar el hecho de que la calidad de las tierras otorgadas no era bastante para echar a andar a los ejidos como unidades productivas autosuficientes. De las 7 500 hectáreas entregadas en dotación de ejido (sin contar las otras dos mil que ya les pertenecían a los núcleos habitados de los pueblos), sólo 519 eran terrenos de riego, es decir, un 6.8 por ciento era lo suficientemente apta para la agricultura. Mientras que 2 246 eran terrenos de temporal, es decir, terrenos de valle medianamente aptos para la siembra, y correspondían al 29.6 por ciento del total de las dotaciones. En cambio, la mayor parte de los terrenos eran agostaderos o cerriles (4 813 hectáreas; 63.5 por ciento), terrenos impropios para la agricultura, de los cuales se podía sacar un limitado beneficio económico como zonas de pastoreo para el ganado menor, además de los recursos obtenidos de los magueyes y la recolección forestal.

Un segundo aspecto a destacar es que ni siquiera la existencia de parcelas de riego era suficiente para garantizar la posibilidad de una explotación agrícola intensiva, debido a que dichas dotaciones dependían de la asignación de recursos hidráulicos, los cuales van a seguir en disputa entre los pueblos y las haciendas. Como nos lo enseña la documentación presente en el Archivo Histórico del Agua, los ejidos están enfrascados en una pelea con las autoridades y las haciendas por la concesión de dotaciones de agua de los ríos Cuautepec, de Los Remedios, Tlalnepantla, San Javier y Cuautitlán, entre 1940 y 1960, para poder beneficiar sus unidades de producción agrícola. Dicha pelea no siempre fue favorable a los pueblos, por las restricciones que establecían las propias dependencias públicas en torno al control de las corrientes permanentes en una zona de importancia estratégica, como lo es la zona donde se proyectaba el desarrollo urbano industrial de la Ciudad de México.

En tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, la actividad agropecuaria ya no era el eje de la vida económica. En los censos e informes técnicos del Archivo de la Reforma Agraria podemos encontrar una caracterización del tipo de ocupación laboral de los beneficiarios del reparto. Un elemento altamente significativo es la caracterización laboral de los ejidatarios de esta región: en la totalidad de las comunidades campesinas que recibieron dotaciones ejidales, los ejidatarios no se ocupaban de sus parcelas, sino que alquilaban la mano de obra necesaria, mientras que éstos se alquilaban en fábricas, establos y otras actividades de la economía urbana. No es una exageración decir que todos los ejidatarios fueron, en un principio, trabajadores calificados, proletarizados, asalariados.

Por último, cuando hacia 1950 ya había concluido el reparto, dado el agotamiento de las tierras disponibles, que estaba determinado por la norma de «inafectabilidad» de las propiedades privadas, empezó un ciclo de menoscabo de las tierras ejidales. Al principio se expropiaron fracciones relativamente pequeñas de las comunidades para obras públicas; paralelamente, y ante el crecimiento interno de los mismos pueblos, se urbanizaron zonas ejidales. Antes de 1960 ya habían sido objeto de expropiación 130 hectáreas de las que habían sido dadas en dotación. Pero en los treinta años siguientes el crecimiento de las expropiaciones sería vertiginoso. Algunos pueblos quedaron rodeados por la mancha urbana, otros apenas conservarían los terrenos de agostadero.

CRECIMIENTO Y ESTABILIZACIÓN DEMOGRÁFICA

Este proceso de menoscabo de las tierras ejidales es quizás el más dramático en la historia de los pueblos. En la región de la sierra no podríamos entender toda la dimensión de su dramatismo si no consideramos paralelamente el proceso de industrialización fabril que vivió la región entre 1940 y 1980. La industrialización en la región se realiza en dos frentes: la zona industrial Vallejo, a partir de 1940, y las zonas industriales de Tultitlán y Ecatepec, a partir de 1960. Los efectos que esto generó en la estructura demográfica de la región y en la orientación productiva de los pueblos los podemos entrever si observamos la dinámica poblacional en los años referidos (véanse cuadros 3 y 4).

En Tlalnepantla y Gustavo A. Madero los índices más elevados de crecimiento demográfico se presentaron entre 1950 y 1980, alcanzando en las dos primeras décadas un crecimiento promedio sostenido del diez por ciento anual, tasas altísimas.

En la Gustavo A. Madero, se pasó de 204 833 habitantes a 1 384 431, es decir, llegaron más de un millón de personas a poblar la región en el transcurso de estos años. Desde 1980 hasta el presente se ha venido manifestando un crecimiento inverso de la población. Éste puede estar concentrado en las zonas habitadas en la parte plana de la Cuenca de México (situación que comparte con delegaciones céntricas como Cuauhtémoc, Benito Juárez y Azcapotzalco), mientras que en la parte que comprende el valle de Cuautepec es posible determinar que el poblamiento no se detiene sino hasta 1990, cuando la delimitación de una zona de reserva ecológica frenó el crecimiento urbano.

En Tlalnepantla, el crecimiento no fue menos dramático: de 29 000 habitantes pasó a contar con 778 000, es decir, se multiplicó casi 27 veces en 30 años. Sin embargo, después de 1990 las cifras disminuyeron sensiblemente, y se llegaron incluso a presentar años de crecimiento demográfico negativo. A diferencia de la Gustavo A. Madero, en donde el descenso ha sido constante en los últimos 30 años, aquí se han presentado ciclos oscilatorios con tendencia a la baja.

Por contraste, en los municipios ubicados al norte de la sierra la explosión de la población fue más tardía. Las tasas de crecimiento más elevadas en Tultitlán y Coacalco fueron entre 1970 y 2000, aunque podemos demostrar que aún en el presente tienen elevados índices de crecimientos. Tultitlán (5.74 por ciento) y Coacalco (5.50 por ciento) ocupan un lugar entre las diez municipalidades con mayor índice de crecimiento a partir de 1990.

CUADRO 4. COMPARATIVO DE LA EVOLUCIÓN DEMOGRÁFICA. MUNICIPIOS DE LA REGIÓN SIERRA DE GUADALUPE, 1970-2010


Fuentes: Ward (2004), Sedesol, Conapo e Inegi, Delimitación… (2004), Inegi, Censo… (2005, 2010).

En lo que respecta a Ecatepec, no está de más subrayar que se trata del municipio más poblado del país actualmente: tiene cerca de un millón setecientos mil habitantes, cuando en 1960 difícilmente pasaba de los quince mil habitantes. En la actualidad, las tasas de crecimiento no se comparan con las que se presentaron entre 1970 y 2000, pero aun así no ha logrado la misma situación de contracción demográfica que sí se presenta en los municipios al sur de la sierra.

El promedio de la tasa anual de crecimiento en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México es de 1.47 por ciento. Dos demarcaciones presentan tasas decrecientes de crecimiento: Tlalnepantla (–0.17 por ciento) y Gustavo A. Madero (–0.37 por ciento), ubicados en la vertiente sur de la sierra. Entre los municipios que superan esta media hay tres de los cinco que comparten la sierra: Ecatepec (2.41 por ciento), Tultitlán y Coacalco. No es casualidad que los tres estén ubicados hacia el norte de la ciudad y de la sierra, donde se abren las posibilidades más cercanas de crecimiento de la mancha urbana.

En cuanto al proceso de cambio del perfil económico-productivo en la región, tenemos que tomar en cuenta que desde los primeros años de la década de 1990, la curva del crecimiento industrial llegó a un punto de inflexión, en la medida en que dejó de crecer la cantidad de trabajadores vinculados a actividades fabriles, y la cantidad de establecimientos industriales.

A este perfil industrial debemos sumar el incremento de actividades comerciales, en particular, y el desarrollo de las actividades económicas terciarias, en general, las cuales van de la mano con el crecimiento urbano ya consolidado. El siguiente dato expresa de manera notable la consolidación del desarrollo demográfico en la región: desde 1980, la suma total de la población en estas cinco demarcaciones representa entre el 23 y el 22 por ciento de la población total de la «megalópolis».54

Podríamos decir que la estocada final a los ejidos de la región lo constituyó la demarcación de zonas de reserva ecológica, proceso que demoró en consolidarse desde 1976, cuando se decretó la creación del Parque Estatal Sierra de Guadalupe, en el Estado de México, hasta 1991, cuando se expropiaron los polígonos ejidales de Cuautepec, que conforman el Área Natural Protegida Sierra de Guadalupe en la Ciudad de México. Entonces, es el Estado, a través de sus dependencias (estatales y municipales) dedicadas al manejo ecológico, el que entra a ocupar un lugar como actor en el manejo del espacio en la sierra.

Sin embargo, este proceso va a estar mediado por la disposición de recursos públicos entregados a dichas dependencias por parte del Banco Interamericano de Desarrollo, a fin de que se ponga fin a la urbanización en las faldas de la Sierra de Guadalupe. A partir de 1993 se llevó a cabo un programa de recuperación de la sierra, enfocado en la reforestación, la construcción de torres para vigilancia de incendios forestales, amén de la edificación de una serie de instalaciones que, se suponía, habrían de servir para desarrollar actividades ecoturísticas.

En 1997, tras una serie de reformas políticas en el Distrito Federal (1987, 1993 y 1996), se rompió la hegemonía política priista y se dio el caso de la llegada al poder en esta entidad de un partido diferente al partido de Estado. En las primeras elecciones verificadas en el Distrito Federal, Cuauhtémoc Cárdenas logró la jefatura de gobierno. Por otra parte, el mismo año se realizaron elecciones municipales en el Estado de México, en donde Coacalco y Tlalnepantla fueron ganadas por candidatos del Partido Acción Nacional (PAN). Nos quedamos sin la posibilidad de arrojar conclusiones definitivas sobre los complejos procesos sociopolíticos en la región. Sin embargo, en mi opinión, es posible pensar en un movimiento social dirigido hacia la recuperación del poder local, el reconocimiento de los derechos políticos de las localidades, su autonomía territorial y administrativa.

Nos encontramos en este tiempo presente frente a la necesidad de extender y profundizar los análisis en términos socioeconómicos, políticos y culturales. A falta de ellos, diremos que la situación de muchas de las nuevas comunidades de la sierra, en la era de la masificación, conserva su carácter de marginación, a pesar de los evidentes procesos de consolidación material. Las problemáticas de dichas comunidades son crecientes y exigen de sus habitantes imaginación y compromiso.

Para poner sólo un ejemplo: en julio de 2015 se declaró la Alerta AMBER en casi todos los municipios de la región, excepto Coacalco, sin que ello signifique una variación real en el comportamiento violento hacia la población femenina. Hace falta escribir y publicar más: analizar bases de datos y fuentes estadísticas; trabajar con la población local, por ejemplo, en ejercicios de escritura de la memoria, como también es necesario construir reflexiones históricas de orden político y cultural, aplicables en el contexto local.

Como conclusión, habría que decir que aún estamos muy lejos de conocer un panorama completo de la composición y la actividad de las organizaciones sociales y políticas de base local en la Sierra de Guadalupe. Un examen atento a éstas será una de las muchas tareas pendientes que tenemos los investigadores sociales preocupados por este importante entorno geográfico. Los resultados del proyecto Diagnóstico Cultural Participativo en Cuautepec, son una pequeña pero significativa contribución en ese aspecto, que debería replicarse en otros espacios y a diferentes escalas.

Aperturas y nuevas perspectivas

La enumeración de temas con la que concluimos este informe no sólo permite desprender el evidente estado iniciático de una investigación de carácter regional, sino también marcar el sendero de los posibles trabajos que habría que continuar, con el ánimo de tener un mejor perfil de la historia de la Sierra de Guadalupe.

Es de suma importancia iniciar un estudio más profundo sobre la tenencia de la tierra en la región: considerar el proceso de configuración de las propiedades privadas en la región de la sierra, determinar la forma en que las haciendas se apoderaron casi en su integridad del territorio de la sierra hasta 1920, estudiar el carácter simbiótico de las relaciones laborales que se tejieron entre haciendas y comunidades, son algunos de los temas que deja pendientes este informe.

También es necesario hacer una evaluación más detallada del proceso de la reforma agraria, en la que también se hace imperioso agregar las voces de los ejidatarios actuales para poder comparar los datos de los archivos con las perspectivas de los actores campesinos que fueron rezagados por la dinámica urbana. Éste es sólo uno de los aspectos que deja un incompleto panorama de la evolución del ejido en la región hasta 1960. Habría que profundizar en la revisión de los expedientes en el periodo más reciente, lo que implicaría conocer mejor el proceso de expropiación de los ejidos y la configuración de nuevas colonias populares en la sierra.

En este contexto, el entorno de Cuautepec se constituye como un caso paradigmático en donde, parafraseando a Jorge Durand —un investigador que trabajó en las invasiones al pueblo de San Bernabé Ocotepec en la década de 1980—, «la ciudad invadió al ejido», y lo transformó, pero en donde la reproducción del pueblo estuvo cifrada en su capacidad de adaptación. La incorporación de un sistema social en donde se convive alrededor de un núcleo que se identifica como «pueblo originario» y una serie de satélites llamados colonias populares configuran un nuevo sistema que está para ser tomado en consideración por investigadores y universitarios, que, por cierto, en el caso de la UACM, llegaron como una de las introducciones más recientes al cuadro social del valle de Cuautepec.

Esto será posible mediante la explotación de las fuentes de información presentes en archivos tales como el Archivo General de la Nación, el Archivo Histórico del Agua y el Archivo General Agrario, entre otros. Por otra parte, es importante llevar a cabo una intensa revisión documental: observar comparativamente los censos económicos, las memorias municipales o delegacionales sobre el reciente desarrollo urbano, dar cuenta de la transformación de las actividades sociales, económicas y políticas en los últimos años. De igual manera, es prioritario desplegar desde la Universidad una investigación participante, que se preocupe no sólo por el conocimiento exterior de las organizaciones sociales, políticas y comunitarias de base local, en el contexto de las reconfiguraciones políticas de las últimas décadas, sino que se inmiscuya en sus fines y objetivos, o en la creación y reformulación de éstos.

Del set cinematográfico al caos metropolitano. Apuntes sobre Cuautepec en los albores del siglo XXI
CUAUHTÉMOC OCHOA TINOCO*
Introducción

En este artículo exponemos aspectos generales de los procesos de urbanización en el valle de Cuautepec en la segunda mitad del siglo XX y la primera década del presente. El objetivo de esta revisión es brindar al lector el contexto y claves para entender la dinámica sociocultural y la acción de los diversos actores en el espacio urbano, que han llevado a esta localidad, enclavada en el norte de la Ciudad de México, a convertirse en un entramado de interacciones sociales y culturales diverso, complejo, desigual y conflictivo.

Presentamos procesos y características de la zona que hasta fechas recientes se han comenzado a estudiar, ya que, no obstante ser una de las localidades de mayor población y densidad demográfica y social de la Ciudad de México, existen pocos trabajos de investigación o de sistematización de información sobre ella.

Aproximarse a esta localidad requiere tener en cuenta la relación entre la organización del espacio y las relaciones sociales que se reproduce en ese territorio. Al mismo tiempo, es preciso analizar cómo procesos sociales generan formas espaciales específicas, resultado de la lógica de la apropiación de los pobladores que históricamente han estado en ese lugar y de quienes, a partir de las oleadas migratorias, han llegado a esta área periférica de la ciudad. Por esto analizamos tanto los aspectos históricos del pueblo como el proceso de urbanización popular que ha configurado a Cuautepec como un espacio caótico, de múltiples rostros, de densidades urbanas variables, realidades políticas y socioculturales singulares, que sin embargo, son al mismo tiempo compartidas, en ciertos aspectos, con otros muchos pueblos y asentamientos populares de la gran Ciudad de México.

El encanto del pueblo

Los tres huastecos cantan. La gente se divierte. Todo es alegría y jolgorio. Los avatares y penurias tienen un final feliz. El lugar de los acontecimientos es una comunidad idílica. Los paisajes y los habitantes parecen corresponder a una localidad imprecisa del mundo rural mexicano: cerros cubiertos de árboles, riachuelos de agua cristalina, caminos rústicos que marcan las amplias llanuras, magueyeras interminables y el casco viejo del pueblo instalado en el lugar con atributos que evocan tranquilidad y armonía, ahí junto a un río, cerca de los cerros, y frente a él un valle que la mirada apenas logra distinguir. El centro del poblado cumple satisfactoriamente los requisitos de cualquier pueblo de la «provincia mexicana»: su iglesia, un pequeño edificio de gobierno, los portales comerciales y la escuela; todo ello alrededor de un parque con árboles y espacios para estar plácidamente y al mismo tiempo ver pasar por igual a la gente y a la vida. Ese pueblito no estaba enclavado en alguna de las Huastecas, era Cuautepec, la población más norteña de la Ciudad de México. ¿La Huasteca cerca de la Ciudad de México? Imposible; sin embargo, con la magia del cine ello era factible… La fiesta huasteca sigue, pero la vida pasa. Hoy ese escenario es memoria e historia.

UN PUEBLO EN LOS MÁRGENES DE LA CIUDAD

La película Los tres huastecos (1948), protagonizada por el popular actor Pedro Infante y la actriz Blanca Estela Pavón, se ha convertido en un referente de los pobladores originarios de Cuautepec para hablar de su pasado y recrear su añoranza, así como puerta de entrada a los viejos y nuevos habitantes a la historia del valle de Cuautepec. Si bien es un filme que muestra muchos de los estereotipos de la comedia ranchera de la época de oro del cine nacional, no deja de presentar aspectos significativos que distinguían en aquel momento esta localidad del norte la Ciudad de México. Los atributos de un pueblo típico y campirano lo llevaron a convertirse, a finales de la década de 1940 y principios de la de 1950, en un set cinematográfico en el que se filmaron películas en las cuales se exaltaban aspectos tradicionales de la vida del campo mexicano. Entre otras películas filmadas, cuyas tras bambalinas aún recuerdan algunos habitantes de aquel pueblo, están La oveja negra (1949), No desearás la mujer de tu hijo (1949), La mujer que yo perdí (1949), entre otras.

En la primera mitad del siglo pasado no hubo cambios significativos en el crecimiento poblacional de la localidad. Si a finales del siglo XIX el pequeño pueblo tenía, según registros censales, 968 habitantes,1 y en 1900 había 1 608 pobladores; para la década de 1920, después de la vorágine revolucionaria, llegó a tener 2 269 habitantes. En 1930 casi se duplicó la población al registrarse 4 337 habitantes, y en 1950 la población era de 5 960 habitantes.2

A pesar de que desde la década de 1930 la Ciudad de México vivió una acelerada expansión territorial y un crecimiento demográfico notable como consecuencia de la industrialización, Cuautepec no experimentó modificaciones demográficas notables ni cambios relevantes en la dinámica social, política, cultural y económica de la zona. Tampoco hubo transformaciones radicales en la organización espacial en el valle ni en la relación funcional entre el pueblo y las diferentes poblaciones con las que históricamente había estado vinculado, como el caso de Tlalnepantla y la Villa de Guadalupe.

En esos años el pueblo conservaba las características que lo habían distinguido durante décadas, producto, en buena medida, de su historia vinculada al reparto agrario que se inició después de la revolución armada (1917), hecho relevante que dio lugar a la formación del ejido de Cuautepec a partir de la dotación de tierras, lo cual marcó, sin duda, la vida social y la organización territorial del pueblo. El reparto agrario impactó la forma en que se desarrolló Cuautepec décadas posteriores. La repartición ejidal dotó a cada ejidatario de media hectárea, lo que generó una atomización de la propiedad y con ello de la producción agrícola. Aunado a ese factor, las pendientes de los cerros y la escasa irrigación influyó en la poca capacidad productiva de la tierra y por ende en la disminución de la rentabilidad de la tierra. Aunque se siguió cultivando el campo, produciendo pulque, criando animales, es posible que aquella situación provocara que los habitantes se tuvieran que dedicar más al comercio y a otras actividades productivas, algunas en el valle y otras afuera de la localidad, principalmente en la Villa de Guadalupe, Tlalnepantla y la zona central de la Ciudad de México.

Tal vez un cambio significativo en este panorama fue la consolidación de los dos barrios del pueblo de Santa María Cuautepec: el barrio de arriba y el barrio de abajo, como se les denominaba a finales del siglo XIX.3 Sobre la creación y desarrollo de los barrios hay diversas versiones, las cuales no necesariamente coinciden en motivos ni en tiempos de su fundación. Por ejemplo, existe una versión que da cuenta de un desdoblamiento del barrio de arriba a partir de la defensa del territorio, motivado por diferencias entre los pobladores de Cuautepec y los dueños de la hacienda de la Escalera, la familia de la señora Dolores Barrón de Rincón Gallardo. Por esa circunstancia el pueblo de Cuautepec quedó dividido formalmente en dos barrios principales: el Alto y el Bajo, ambos localizados en la parte central del valle.

Otra explicación plantea que a partir de 1950 decae la población de Cuautepec debido a conflictos internos entre los pobladores (por pugnas entre barrios), que llevaron a la división del pueblo y la fundación de otro en territorios que eran propiedad de los nativos, el cual se denominó Cuautepec Barrio Bajo, y más adelante se transformaría en Cuautepec de Madero.4 Esta explicación es poco probable, dado que los barrios ya se mencionan tanto en documentos oficiales como en testimonios de muchos de los pobladores originarios en las dos últimas décadas del siglo XIX. Por ello, con base en la información e indicios recabados por García y Viveros y otras informaciones expuestas en trabajos como Cuauhtepec: memorias de ayer y hoy, se puede afirmar que la dinámica del pueblo de Cuautepec en la primera mitad del siglo XX se organizó con base en la existencia de dos barrios, separados físicamente pero relacionados funcionalmente y con referentes histórico-culturales comunes. Posteriormente, en la segunda mitad del siglo pasado, se conformarían dos poblaciones con lógicas de funcionamiento y organización diferentes, las cuales impactarían en la fisonomía del pueblo en su conjunto.

En términos generales la actividad agrícola en ese periodo seguía orientada hacia la producción de maíz, alfalfa, frijol, calabaza y nopal (productos que eran básicamente de autoconsumo), además de la elaboración y distribución de pulque. Se mantenían sin grandes modificaciones las actividades comerciales, ganaderas y extractivas (la cantera y el barro). Las formas de organización social y cultural tradicionales permanecían, aunque no exentas de conflictos entre familias y barrios. Las fiestas religiosas católicas y cívicas eran muy importantes para la vida de la comunidad. Entre las más relevantes podemos mencionar la del Cuarto Viernes de Cuaresma, la celebración del 1° de julio, dedicada al Señor de Cuautepec —Preciosa Sangre de Cristo— o la de Nuestra Señora del Carmen, del 16 de julio. Entre las segundas están las fiestas patrias de septiembre, el día de la Revolución Mexicana o el natalicio de Juventino Rosas, el 25 de enero. Tal vez las primeras eran las que más contribuían a cohesionar a todos los habitantes, pero en particular a los originarios o nativos.5

Las características de la economía de la zona y la falta de servicios y equipamientos urbanos hacían que los pobladores se trasladaran para trabajar, estudiar y satisfacer necesidades médicas, sociales y educativas, a los centros urbanos más cercanos, como la Villa de Guadalupe, el municipio de Tlalnepantla de Baz y el centro de la Ciudad de México. Si bien la relación con esas poblaciones era relevante, no se puede afirmar que era intensa, es decir, todavía se experimentaba cierta distancia, no sólo física, con respecto a la lógica urbana de aquellos lugares.

Entre 1940 y 1950 se inicia el proceso de conurbación con el Estado de México. En el norte la superficie urbana alcanza los límites entre el municipio de Tlalnepantla y la delegación Gustavo A. Madero. No obstante, esta tendencia no se apreciaba todavía en lo que comprendía el valle de Cuautepec. El crecimiento poblacional de ambos barrios se concentraba principalmente en las áreas urbanizadas respectivas, aunque había una mayor dispersión poblacional en Cuautepec, Barrio Alto.

En 1950 el área urbana de la Ciudad de México, ubicada aún dentro de la superficie del Distrito Federal, era aproximadamente de 1 352 hectáreas, lo que representó un incremento del 31 por ciento con relación a 1941.6 Este aumento en el área urbana de la ciudad daba cuenta de acelerados procesos de urbanización que estaba experimentando la capital del país. La centralización y concentración de la economía en la ciudad propició un proceso migratorio campo-ciudad que impactó en las formas y tiempos de los procesos de urbanización de la capital. Paulatinamente los efectos del binomio industrialización-urbanización se comenzarían a observar en las periferias rurales de la ciudad, en particular, en el norte de la naciente metrópoli.

El ejido, la industrialización y el territorio en transformación

Las magueyeras y los campos de cultivo dominaban la vista de quienes se adentran al lejano territorio de Cuautepec. En ese paisaje también se divisaba el rancho El Arbolillo con su viejo y gran casco principal. En su entorno cientos de vacas deambulaban de un lado a otro durante el día. Más al fondo de la postal se yerguen con cierta discreción algunas construcciones emblemáticas de los dos barrios, así como humildes caseríos dispersos alrededor de ambos sitios. Todavía el «domicilio conocido» era la dirección postal de muchos de sus pobladores. Esos dos barrios con el tiempo se convertirían en dos pueblos diferentes, no sólo por su separación física, sino por su propia vida cotidiana; no obstante, las dos localidades tenían situaciones y problemas en común. El trabajo de la tierra aún era frecuente en la vida de los pobladores del ejido; éste vivía sus buenos tiempos como espacio de identidad y toma de decisiones sobre su territorio, sin embargo, paulatinamente este panorama empezó a cambiar: las áreas urbanas de Barrio Alto y Barrio Bajo se fueron extendiendo, nuevos pobladores se fueron asentando en las periferias de los pueblos y en las faldas de los cerros circundantes, como en los cerros del Chiquihuite, Loma la Palma, la Corona, entre otros. La vorágine industrializadora de mediados de siglo fue integrando territorios del norte de la ciudad a la lógica urbana, ya fuese como asiento de la pujante industria nacional o como hogar de miles de trabajadores fabriles, muchos de ellos migrantes rurales de orígenes tan diversos como maneras de adaptarse a la nueva tierra prometida. Cuautepec fue uno de esos territorios conquistados. En el inicio, sus tradiciones culturales y prácticas políticas que caracterizaban su vida pueblerina se mantuvieron hasta que la demografía y el nuevo orden urbano lo permitieron.

PROGRESO INDUSTRIAL, EXPANSIÓN URBANA Y ESPACIO RURAL

A principios de la década de 1960 la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM) estaba conformada por quince delegaciones del Distrito Federal, más cuatro municipios en el Estado de México; su población ascendió a 5 155 327 habitantes, y la superficie urbana a 41 690 hectáreas. En relación con 1950, la población se había incrementado en casi 73 por ciento, mientras que el área urbanizada, en poco más de 58 por ciento.7

El aumento espectacular de la población y la expansión territorial hacia diversas áreas de la ciudad, tanto en el Distrito Federal como en el Estado de México, provocaron profundos cambios en la estructuración y funcionamiento de la ciudad y en los tipos de poblamiento. Durante la década de 1970,

la ciudad y el espacio metropolitano sufrieron notables transformaciones, no sólo por el incremento de población sino también por los cambios efectuados en la red vial, el desarrollo de las zonas industriales y la apertura de reservas territoriales en el Estado de México, dentro del mercado formal e informal, mediante fraccionamientos de tipo popular, medio y alto, y de colonias populares no planificadas.8

Por estos años el crecimiento urbano se desarrolló con mayor intensidad hacia el norte del Distrito Federal ya que el proceso de industrialización de esa etapa requería de nuevos espacios para su localización y para la vivienda de los trabajadores. El área urbana se fue extendiendo hacia la delegación Gustavo A. Madero, Azcapotzalco, los municipios de Tlalnepantla, Ecatepec y Naucalpan. Este crecimiento urbano consolidaría la tendencia a la metropolización y la expansión periférica en el norte de la ciudad.9 En el caso del área urbana del Distrito Federal, éste experimentó un crecimiento considerable al llegar a 22 379 hectáreas (15 por ciento de su territorio), lo que significó un incremento de 51.67 por ciento con respecto a la década de 1950. Por su parte, en el área conurbada del Estado de México, el crecimiento fue espectacular ya que se expandió a una superficie de cerca de 1 050 hectáreas, lo que representó un incremento de cien por ciento.10

En ese periodo aparecieron colonias populares y zonas residenciales, o bien crecieron significativamente algunos pueblos, aunque éstos aún estaban separados de la mancha urbana. Entre ellos estaban Cuautepec con sus dos barrios (Barrio Alto y Barrio Bajo —hoy de Madero—), Ticoman y Zacatenco, así como algunas colonias circundantes a éstos, como Progreso Nacional, Santa Rosa y San Juan de la Escalera.11 Así pues, diversos autores coinciden en que uno de los aspectos relevantes que impactaron la dinámica urbana y la composición social en el área de Cuautepec fue el proceso de industrialización de la ciudad, fundamentalmente el establecimiento de zonas industriales en el norte de la ZMCM, como las de Vallejo, Tlalnepantla y Ecatepec.12

Para 1950 Cuautepec tenía una población cercana a los 6 000 habitantes y una década después se contabilizaron 11 897 habitantes.13 Esto significó un incremento de casi cien por ciento de la población en la localidad, lo cual provocó el inició de una espiral deficitaria tanto en el acceso a los servicios urbanos básicos (agua, luz, drenaje, transporte, etcétera) como en equipamiento social mínimo (escuelas, mercados, centros de salud, etcétera). Las necesidades se fueron incrementando, y para atenderlas los habitantes estrecharon sus vínculos con la Ciudad de México, principalmente con la ciudad central (delegaciones Cuauhtémoc, Venustiano Carranza, Miguel Hidalgo y Benito Juárez) y con el área industrial del noroeste metropolitano (Azcapotzalco, Tlalnepantla y Naucalpan). Aspectos como el empleo, la educación, la salud, el entretenimiento y los trámites burocráticos fueron aspectos que intensificaron esa relación.

No obstante el arribo de nuevos pobladores y los cambios en el entorno físico de los pueblos, en su conjunto la localidad era pequeña, dominada aún por un paisaje rural, con cerros abundantes en vegetación, un valle con áreas todavía dedicadas a actividades agrícolas, ganaderas y extractivas, comunicada por rústicas y escasas vías y sin equipamientos urbanos de gran dimensión. Su vida comunitaria se mantenía con las pautas tradicionales de la primera mitad del siglo a pesar de los inéditos procesos que iban gestándose en diferentes partes del valle y sus alrededores.

Asimismo, las relaciones políticas y sociales no sufrieron grandes cambios: la participación y la representación de los diversos grupos de la comunidad (ejidatarios, comerciantes, familias originarias, grupos de colonos, etcétera) estaban definidas por los mecanismos e instancias corporativos de los gobiernos priistas, los cuales funcionaban a partir de reglas institucionales y de prácticas informales. Si bien las relaciones entre esos grupos no estaban exentas de conflictos, éstos se resolvían en el marco de las reglas del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y del gobierno en turno.14 Alma Zenón identifica con precisión este entramado político y social:

Al interior el pueblo era representado por las autoridades locales, subdelegados o jueces de paz y el ejido. Ambos eran poseedores del control y el poder, por lo que incidían y tomaban decisiones sobre el pueblo en los ámbitos políticos y económicos, así como en la realización de festividades religiosas y cívicas. Sin embargo, estas figuras enfrentaron condiciones que influyeron en la urbanización: desunión del ejido; las tierras eran poco fértiles; las actividades económicas importantes estaban monopolizadas; no recibieron apoyo e infraestructura para fortalecer el comercio o la agricultura.15

Estos actores de la comunidad mantenían relaciones con las autoridades delegacionales de la Gustavo A. Madero, con los líderes y representantes del partido oficial a través de sus organizaciones como la Confederación Nacional Campesina (CNC) o, a finales de la década de 1960, con la Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP). Con el tiempo las formas de organización política y de representación comunitaria, así como las figuras de autoridad y sus vínculos con las representaciones locales de la delegación y el gobierno de la ciudad se fueron readecuando. La nueva organización espacial que se estaba configurando, sin duda, redefiniría las relaciones sociales y políticas e impactaría de manera notable en los procesos culturales.

Paulatinamente se comenzaron a experimentar cambios, sobre todo, en los nuevos asentamientos ubicados en los alrededores de los dos barrios, sin embargo, ello aún no causaba variaciones significativas en la vida de la comunidad. Se continuaba con prácticas culturales y formas de vida impregnadas todavía de una cierta ruralidad en diversos grupos de la localidad: las fiestas religiosas y las celebraciones cívicas, la preeminencia de las relaciones familiares, la reproducción de diversas tradiciones y las actividades relacionadas con la economía campesina.16 Este panorama se compartía con otros pueblos de la zona norte de la ciudad. Raúl Nieto apunta con precisión que en estas poblaciones se podía observar lo siguiente:

[para los habitantes] las fiestas religiosas del barrio y del pueblo, así como las festividades civiles, escolares y familiares le daban sentido al año. Al lado del trabajo domiciliar extendido en estos pueblos [se] encontraban actividades económicas más cercanas a la vida rural como la crianza de animales, o incluso el cultivo de ínfimas superficies agrícolas que milagrosamente han subsistido envueltas en un ambiente de febril actividad urbana e industrial.17

Si bien en este periodo había un vínculo más o menos constante con áreas más urbanizadas como la Villa de Guadalupe y Tlalnepantla, las formas de vida y de organización social y políticas locales no sucumbían aún a las reglas del orden urbano dominante.

Urbanización popular: las nuevas formas de habitar Cuautepec

Todo cambió. El valle y los cerros se poblaron, las colonias se extendieron, las necesidades se multiplicaron y las formas de vivir el territorio fueron diferentes a las de los viejos pobladores originarios. La ciudad llegó, pero la ciudad de la autoconstrucción, la ciudad de la escasez y la urgencia, la del pedazo de tierra a cambio de lealtad política, de la promesa a bajo costo, de la penuria a largo plazo. Todo cambió. La planeación urbana brilló por su ausencia, lo fundamental fue responder a las necesidades, no de los habitantes, sino del proceso de acumulación capitalista y del control social de la hegemonía priista de la gran ciudad capital. En medio de los sinuosos y laberínticos hábitats autoplanificados a la buena de Dios y en favor de la máxima ganancia, surgieron nuevas relaciones sociales, no tersas ni idílicas, pero finalmente necesarias para satisfacer los requerimientos mínimos de la existencia de los ciudadanos invisibles. Invisibles para el gobierno, pero no entre ellos, pues al reconocerse como similares compartieron sus orígenes, sus andares, sus tradiciones, sus formas de ver el mundo, sus agobios y esperanzas, Sin saberlo del todo, ello los llevó a reivindicar su derecho a la ciudad. La diversidad campeó en las empinadas laderas, en las primeras y recientes colonias, en los mercados y en las escuelas, en las formas de creer y adorar lo divino y lo pagano. La arquitectura popular provee al entramado urbano una mezcla de formas, colores, proporciones, texturas que golpean a la mirada estética y sobre todo a la conciencia. En este torrente de procesos que han dado forma a un modo de hacer ciudad, la comunidad originaria se desdibujó, se aferró al pasado y poco pudo hacer para que su territorio se convirtiera en lo que hoy es: una de la franjas de urbanización popular más importante de la Ciudad de México. Fue por indiferencia, por desconocimiento, por necesidad o por la obtención de ganancias fáciles, a saber. Las magueyeras, los arroyos, las milpas, las arboledas, las vacas y las fiestas tradicionales inevitablemente pasaron a ser parte de tantas postales del recuerdo. Todo cambió; sin embargo, la memoria y las vivencias de los habitantes de este intrincado lugar son un gran caudal de agua que corre subterráneamente y que busca salidas para extenderse en la superficie y dar cuenta de lo que fue, es y puede ser Cuautepec.

URBANIZACIÓN POPULAR

La urbanización en el valle de Cuautepec se aceleró vertiginosamente entre las décadas de 1970 y 1980, proceso que produjo transformaciones radicales tanto en el territorio como en las características socioculturales de la zona. En este apartado analizaremos estas dos relevantes décadas de fin de siglo.

En pocos años aumentó el número de colonias en torno a los barrios. Posteriormente la urbanización se extendió prácticamente en todo el valle, alcanzó áreas como las de Chalma de Guadalupe y La Pastora, entre otras. Este crecimiento trajo consigo la paulatina diferenciación entre los barrios y la autodefinición de sus habitantes como pueblos distintos: Cuautepec Barrio Alto y Cuautepec Barrio Bajo o de Madero, aunque la historia común siguió siendo un elemento articulador de su identificación como una localidad más amplia.

Las faldas de los cerros circundantes que conforman la Sierra de Guadalupe comenzaron a cubrirse también de viviendas precarias sin orden aparente. Esta ocupación paulatina de la periferia norte de Distrito Federal (y como la de toda las periferias de la ciudad) por parte de población trabajadora, sectores sociales integrados a la economía formal e informal respondió, en buena medida, a las dificultades de estos sectores para acceder al mercado formal de la vivienda. Esta ocupación se constituyó en la única solución habitacional masiva para atender la demanda de este bien en la ciudad, a pesar de que, en general, se producía en suelo de propiedad irregular, con desapego a la normatividad urbana y en condiciones físicas inadecuadas para su establecimiento y desarrollo.

La delegación Gustavo A. Madero y Cuautepec, en particular, fueron un ejemplo de la forma en que continuó el crecimiento urbano en muchas áreas del Distrito Federal, pese a las restricciones al mercado formal de suelo urbano para la creación de nuevos fraccionamientos, establecidas en la década de 1960. La demanda de miles de migrantes y habitantes de la ciudad que necesitaban de tierra para vivienda provocó la adquisición u ocupación irregular de terrenos no aptos para el desarrollo urbano, en áreas de difícil topografía o en tierras ejidales y comunales, las cuales no estaban disponibles en el mercado inmobiliario formal.

El tipo de poblamiento que se produjo, y que hasta este momento es el dominante en Cuautepec, es el que se denomina colonia popular. Este tipo de urbanización, según Emilio Duhau, es producto de procesos en donde los sectores populares acceden al suelo a través de la urbanización irregular y en los que predomina la autoproducción de vivienda y de su hábitat en general, es decir, es la construcción de un territorio urbano desde la iniciativa de los pobladores, por medio de sus propias capacidades de organización colectiva, ocupación, intervención y participación. A partir de estos elementos, este autor define la urbanización popular como el

hábitat producido de modo progresivo a través del mecanismo de autoconstrucción, generalmente (aunque no siempre) dentro de un marco que supone algún tipo de irregularidad jurídica en la modalidad de posesión del suelo, la subdivisión del mismo y de producción de vivienda.18

Este tipo de urbanización se configura fundamentalmente a partir de fraccionamientos ilegales y de la compra irregular del suelo en los márgenes del área urbana oficialmente reconocida. Las condiciones que prevalecen en un mercado de suelo «no formal» son el predominio de un bajo precio del suelo, el déficit creciente de satisfactores básicos como la vivienda y los servicios urbanos, así como acciones gubernamentales ambivalentes relacionadas directamente con las irregularidades prevalecientes en este tipo de asentamientos. Así pues «los rasgos fundamentales que caracterizan las formas de producción de la vivienda en los barrios informales son la autoproducción progresiva, el autofinanciamiento, la libertad para construir y la adaptabilidad al ciclo vital familiar».19

La progresividad de la producción de la vivienda y del entorno urbano no se realiza solamente con base en el esfuerzo familiar sino que intervienen factores de carácter económico, social y político, que hacen que las dinámicas urbanas de las colonias populares, como en el caso de Cuautepec, sean complejas, diferenciadas y conflictivas. En general, se pueden identificar algunas etapas en la vida de estos asentamientos, como lo expone Priscilla Connolly:

Estos asentamientos se caracterizan por el desapego a la normatividad urbana y por el orden de construcción del paisaje. Primero, se ocupan los terrenos con viviendas provisionales; luego, se introducen paulatinamente la infraestructura y los servicios, proceso que es acompañado por el gradual mejoramiento de las construcciones y por la regularización de la tenencia de la tierra. Muchas veces, se exige la afiliación política a cambio de lealtad política. Por los apoyos gubernamentales para su consolidación y mejoramiento, la creación de las colonias populares puede considerarse como una forma de política habitacional tácita.20

En el caso de Cuautepec, al perder importancia las actividades agropecuarias como medio de subsistencia de los nativos y al disminuir la mano de obra en ellas por el traslado de trabajadores a labores industriales en zonas relativamente cercanas, los ejidatarios y propietarios privados decidieron vender sus parcelas ante la demanda creciente de suelo urbano por parte de los nuevos trabajadores industriales y migrantes que se asentaron en la ciudad. Si bien el modelo de expansión urbana fue el de la colonia popular, el valle adquirió una heterogeneidad a partir de los tipos de poblamiento que se fueron desarrollando; esto fue el resultado de los diferentes tiempos de conformación de cada una de esas colonias, de su geografía y de las necesidades y formas específicas de movilización y participación de sus pobladores para satisfacerlas. Muchas de las colonias que se crearon en este periodo se pueden clasificar como colonias populares de baja densidad o «en formación», es decir, asentamientos que generalmente no contaban con obras de urbanización o tenían una urbanización básica mínima, con lo cual las deficiencias en los equipamientos y en los servicios eran importantes y las edificaciones de vivienda en su gran mayoría eran de carácter provisional.21

Entre las colonias más antiguas que crecieron vinculadas y en torno a los dos pueblos están la Palmatitla, Loma la Palma, Forestal y Tepetatal, en Barrio Alto, y en Barrio Bajo: El Carmen, Benito Juárez, Ahuehuetes, Cocoyotes, El Arbolillo, La Pastora y Zona Escolar. Décadas después éstas fueron rodeadas y articuladas a otras decenas de colonias y unidades habitacionales de diferentes características, de las que se comentará más adelante.

Así pues, las décadas de 1970 y 1980 fueron de un gran crecimiento urbano, cuya tendencia continuó en las dos últimas décadas del siglo XX.

LA ORGANIZACIÓN DEL TERRITORIO Y LOS TIPOS DE POBLAMIENTO

Para entender los diversos procesos que aquí desarrollamos de forma panorámica, es necesario tener claro que la organización del espacio refleja las formas de relación social y políticas que han construido quienes habitan determinado territorio y, al mismo tiempo, que los procesos sociales producen formas espaciales específicas, resultado de la lógica de apropiación del territorio.22 A partir de esta premisa exponemos a continuación los factores que han intervenido en el proceso de poblamiento de nuestra zona de estudio, así como las características espaciales y socioculturales resultado de ese proceso.

Los tipos de poblamiento,23 es decir, las distintas modalidades de producción del espacio habitable que caracterizan a Cuautepec, son básicamente tres: el pueblo conurbado, los conjuntos habitacionales y, sobre todo, las colonias populares en sus tres variantes: en formación, en proceso de consolidación y las consolidadas.

Las colonias populares constituyen el tipo de poblamiento de mayor peso en la zona. Estos asentamientos tienen deficiencias en todos o en parte de sus aspectos constitutivos, es decir, en las viviendas, los servicios urbanos, en los equipamientos, etcétera: «Con frecuencia son producidas con la intervención directa de sus propios habitantes, ellos mismos gestionan y administran un proceso mixto de autoconstrucción y contratación de trabajadores más o menos calificados».24 Un elemento central en este tipo de poblamiento es que se forma no importando su condición de regularidad o irregularidad frente a las distintas formas de tenencia de la tierra, ni frente a la normatividad urbana vigente. Finalmente, la función habitacional es predominante en estas colonias populares, pero dado su origen frecuentemente irregular, no es extraño encontrar diversos usos del suelo, como pueden ser los comerciales, de servicios y hasta industriales.

La expansión urbana tuvo como base el ejido de Cuautepec. Sólo algunas colonias se crearon en terrenos de propiedad privada (como las colonias la Palmatitla, Cocoyotes, Ahuehuetes y del Bosque); la mayoría se construyeron en las parcelas ejidales sin programas ni planes que dieran orden y regularan la dinámica inmobiliaria. Aunado a ello, la falta de visión de muchos ejidatarios por defender o intervenir en la transformación de su territorio, así como las concesiones ilegales y los acuerdos clientelares entre el pri, las autoridades capitalinas, grupos de pobladores y ejidatarios marcaron el implacable proceso urbanizador. Alma Zenón expone con precisión esta situación:

los delegados, funcionarios o líderes priistas de la delegación Gustavo A. Madero […] consintieron la formación de zonas urbanas o asentamientos irregulares como una estrategia política; por una parte estaban de su lado ejidatarios y los comisariados [ejidales], que vendían tierras sin represalias de las autoridades delegacionales, y por otra, ellos mismos les ofrecían a colonos y organizaciones populares las tierras del pueblo, con la condición de obtener un voto seguro en beneficio de su partido político.25

A mediados de la década de 1970, el entorno natural se volvió irreconocible. Las actividades agropecuarias disminuyeron hasta extinguirse como medio de subsistencia de los habitantes originarios. La extensa planicie y los cerros alrededor de los dos barrios de Cuautepec se fueron poblando bajo la lógica del mayor beneficio económico del fraccionador clandestino o del ejidatario convertido en un rústico agente inmobiliario; esto derivó en una organización del espacio desarticulada, desordenada y sin los mínimos elementos urbanos que satisfacieran las necesidades colectivas de los «avecindados». Un vista panorámica ilustrativa del territorio antes del inicio de este proceso la podemos observar en la carta topográfica Cuautitlán E-14-A-29 (véase figura 3).

Fueron diversas las formas de atender y gestionar las demandas urbanas y sociales. Algunos lo hicieron de forma individual; otros, por medio de instancias delegacionales relacionadas a ciertos personajes, familias y grupos de la localidad; algunos más, organizados en asociaciones o agrupaciones de colonia, unos vinculados al PRI y otros con un carácter básicamente independiente y ciudadano. Los nuevos pobladores generaron formas e instancias de organización y participación diferentes a las tradicionales de los nativos (comisariado ejidal, subdelegado político o clubes sociales). Lucía Álvarez caracteriza esas nuevas organizaciones:

FIGURA 3. CARTA TOPOGRÁFICA DE CUAUTEPEC HACIA 1975


Fuente: Carta Topográfica “Cuautitlán”, E14-A-29, Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (1975).

Las primeras organizaciones vecinales surgieron en la década de los sesenta y fueron muy versátiles, adaptándose a las características de la administración pública y realizando muchas veces gestiones directas con las autoridades y los representantes en turno; ya sea con el Departamento del Distrito Federal, con la delegación Gustavo A. Madero o con los diputados. Se trataba de organizaciones que pretendieron mantenerse independientes pero que en algunos momentos entraron a las estructuras partidarias o corporativas para tener acceso a la gestión.26

En las décadas de 1960 y 1970 imperó una organización amplia de colonos agrupados en la Federación de Colonias Populares del Distrito Federal, que si bien estaba integrada al pri, tenía una agenda y lógica de acción independientes a las de ese partido. Esta organización fue central en la gestión de servicios públicos y equipamiento e infraestructura urbana, no sólo en cada colonia sino a escala regional (norte de la delegación Gustavo A. Madero).27 Posteriormente se transformaría en la Asamblea de Colonias y Unidades Habitacionales del Valle de Cuautepec, ligada al PRI aunque ya no de forma orgánica, pero con mayor margen de maniobra política y con una visión ciudadana en la relación con el gobierno. Sin embargo, es necesario anotar que a la par de la presencia de la Federación existían diversas agrupaciones de vecinos, no necesariamente formalizadas, que realizaban tareas permanentes de gestión de servicios públicos y apoyos sociales en una escala micro: la colonia.28

En las décadas posteriores, desde la de 1980 hasta el presente, las formas de organización social y comunitaria variaron, resultado de la presencia de un arcoíris de actores sociales muy diversos en términos sociales, políticos e ideológicos, lo cual se expresó en un repertorio de movilizaciones amplio, el cual se utilizó para obtener los satisfactores colectivos ante los gobiernos delegacionales y el gobierno central de la ciudad (Departamento del Distrito Federal).

Una muestra clara de este vertiginoso crecimiento urbano es el aumento poblacional acelerado que experimentó la zona. Como ya se apuntó, para 1970 había 51 555 habitantes, hacia 1980 el valle tenía 243 600 habitantes, lo que significó un incremento de más de 400 por ciento en una década. Sin duda, éste es el periodo de mayor cambio demográfico y de transformaciones sustanciales en la estructura urbana y en la sociedad local. En 1990 la población llegó a 273 434 habitantes, lo que representó un minúsculo crecimiento con respecto a la década anterior, aproximadamente de 30 000 habitantes.

Sin duda, un aspecto fundamental en este crecimiento poblacional y en los procesos de organización del espacio urbano han sido las continuas olas migratorias de personas de diversos estados del país como Hidalgo, Oaxaca, Guerrero, Estado de México, Puebla, Veracruz, Chiapas, entre otros. Esta diversidad de orígenes generó, en un primer momento, conflictos entre los originarios y los «avecindados»; conflictos que se diluyeron por el peso demográfico de los segundos, aunque aún no han desaparecido del todo.

Metropolización y caos urbano

Cuautepec despierta temprano. Desde las cuatro de la mañana el peregrinar cotidiano de decenas y más tarde de miles de personas, hacia innumerables e inimaginados destinos de la metrópoli, se hace presente en sus principales calles y avenidas. Al tiempo que amanece, las largas y lentas filas de vehículos particulares y de pasajeros hacia la Ciudad de México se asemejan a un gran río de luces que sale del valle. Suplicio colectivo salir… y entrar en la obscuridad de la noche algo similar o peor. El paisaje dominante es de un gris triste con destellos de colores tanto en la planicie como en las laderas pronunciadas de los cerros circundantes, gris que da cuenta de una de las maneras en que los pobres producen ciudad. El entorno general es autoconstruido, agreste y difícil de ordenar en una simple mirada. Del verde abundante de los cerros poco queda; ello muestra las muchas necesidades de la gente, los pocos recursos que poseen y de la casi inexistencia de gobierno. El ritmo y la intensidad de la vida cotidiana del pueblo, las colonias y las unidades habitacionales las imponen el trabajo y la escuela. Tal vez los horarios escolares generan la mayor interacción entre los diversos habitantes y se experimenta en términos prácticos la densidad demográfica, social y cultural de la localidad. Sin embargo, otros espacios y tiempos también tiene su lugar en el vigoroso y abigarrado latir del norteño pueblo-barrio-ciudad: las noches para resolver pendientes del día, los acelerados y caóticos sábados, los domingos de guardar, familiares o de entretenimiento. Todo ello se expresa de diversas maneras. Así pues, la realidad es diversa, múltiple, compleja y contradictoria como la misma ciudad, pero con particularidades que le hacen ser un pueblo urbano de la periferia interior.

EL PRESENTE METROPOLITANOS

Como se ha comentado anteriormente, en la década de 1970 se intensifica el crecimiento demográfico y territorial de la ciudad. Los pueblos de las periferias sufren las consecuencias de la metropolización de la Ciudad de México. En el caso de Cuautepec el aumento de la población fue acelerado y el área urbanizada se extendió de forma desordenada, como en todas las periferias del Distrito Federal. En este apartado revisaremos algunos aspectos relevantes que caracterizan al valle en los años recientes, del inicio de este siglo hasta 2015.

A finales de la década de 1990, según el gobierno del Distrito Federal, la población total de Cuautepec era de 199 142 habitantes, que representaba el 15.86 por ciento de la población de la delegación Gustavo A. Madero. Hacia el año 2000, Cuautepec alcanzó una población de cerca de 290 000 y para 2010, según el censo, se tenían 305 964 habitantes.29 Esta cantidad representaba aproximadamente el 25 por ciento de los habitantes de la delegación Gustavo A. Madero (1 185 772) y el 3.4 por ciento de la población total del Distrito Federal (8 851 080), datos que dan cuenta de la dimensión demográfica de Cuautepec.

Aunque el proceso urbanizador en este periodo disminuyó en su ritmo y extensión, no desapareció la creación de nuevas colonias o ramificaciones de otras más antiguas. En conjunto se habían multiplicado los asentamientos irregulares en sus diversas modalidades, lo que contribuyó a acentuar las carencias urbanas y la desigualdad en su acceso a los bienes colectivos de la ciudad, ya que ello se sumaba a las ya existentes en décadas anteriores. En ese momento las necesidades no sólo estaban vinculadas a los aspectos indispensables del hábitat sino que se relacionaban con otro tipo de infraestructuras, equipamientos y servicios de otras características, de coberturas diferenciadas y niveles de atención mayores, como los casos de la salud, la educación, el entretenimiento, la movilidad, etcétera.

Para el inicio del presente siglo, la población estaba asentada a lo largo de la planicie del valle, principalmente en cerros, laderas y cauces de ríos. La ocupación del territorio se siguió efectuando de manera legal en algunos casos, pero sobre todo por asentamientos irregulares, lo cual impactó en el entorno natural y al mismo tiempo obstaculizó el acceso a bienes y servicios colectivos de la ciudad para los nuevos pobladores, como suele suceder en este tipo de poblamiento.30 Gabriela Wiener plantea que por la accidentada topografía de la localidad y la creciente densificación demográfica, la introducción de servicios básicos y equipamiento urbano ha sido problemática, insuficiente y desigual, al tiempo que la movilidad urbana y el acceso a otros bienes y servicios urbanos también han sido conflictivos y en ocasiones inasequibles.31 Este panorama, sin duda, ha afectado la calidad de vida de los habitantes y limitado las oportunidades de desarrollo de la localidad.

El proceso de poblamiento de Cuautepec generó cambios significativos en el orden urbano. Al crecer los barrios y sus colonias aledañas, se fue diferenciando un barrio del otro: a partir de sus problemáticas, necesidades, formas de participación social y política, así como de sus propias historias, familias, tradiciones y herencias colectivas, sucedió paulatinamente la conformación de dos pueblos diferenciados. Aunque esto no tiene un carácter oficial, en términos prácticos es así como funcionan actualmente. No obstante, se mantiene una perspectiva de Cuautepec como una demarcación más amplia que los dos pueblos.

En los años recientes ambos pueblos han perdido la centralidad debido al crecimiento de la zona urbana. No obstante, Barrio Alto y Barrio Bajo o de Madero son los lugares más significativos en la historia del lugar y en la memoria de habitantes originarios así como de avecindados de muchos años. Allí se ubican aún construcciones, lugares y elementos que son referentes de lo que fue y ha sido este pueblo y que alimentan y dan motivo a la memoria colectiva de los habitantes. Ejemplo de ello son algunas construcciones históricas, como la iglesia de la Preciosa Sangre de Cristo, templo del siglo XVIII, las plazas centrales de los barrios, algunos edificios públicos, escuelas y casas privadas, además de calles y parajes. Tales elementos han sido espacios para la vida festiva tanto religiosa como cívica o lugares donde se han efectuado acontecimientos de carácter político, social y cultural.

Junto a los pueblos de Cuautepec, Barrio Alto y de Madero (Barrio Bajo), la zona está constituida por colonias «antiguas» (con más de cuatro décadas de existencia) y de reciente creación. Entre las primeras podemos enlistar las ya mencionadas Palmatitla, Tepetatal, La Forestal, Zona Escolar, Benito Juárez, La Pastora, Chalma de Guadalupe, Castillo Chico y Grande, Jorge Negrete, Loma la Palma, Ahuehuetes, San Antonio, Lomas de Cuautepec, Del Carmen, Compositores Mexicanos, Malacates, Cocoyotes, El Arbolillo, San Miguel, Arboledas, Juventino Rosas, Felipe Berriozabal, La Casilda. Entre las colonias más jóvenes están Malacates, Ampliación Malacates, del Bosque, Luis Donaldo Colosio, Tlacaélel, Valle Madero, Vista Hermosa, Solidaridad Nacional, Tlalpexco, 6 de Julio, entre otras. Las unidades habitacionales más grandes de la zona son Arbolillo I, II y III, Matías Romero, Francisco Villa, México Izapa (véase la actual traza urbana del valle de Cuautepec en el mapa 5).32

MAPA 5. CUAUTEPEC EN EL PRESENTE METROPOLITANO (2015)


Fuente: Proyecto Diagnóstico Cultural Participativo en Cuautepec, 2014-2015. Cartografía: Mapoteca Jorge A. Vivó, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México.

Después de más de cuatro décadas de urbanización popular en la zona (1970-2015), ésta se ha transformado al consolidarse algunas áreas y experimentar cambios en su dinámica sociodemográfica y económica, es decir, la cobertura de los principales servicios urbanos se han satisfecho, en términos generales, en cantidad, aunque no necesariamente en calidad; las viviendas han mejorado en términos de los materiales de construcción y las dimensiones de éstas; y el equipamiento social, aunque deficiente, se tiene en términos básicos. Los pueblos y las colonias más antiguos son las áreas más consolidadas, en tanto que en las de reciente urbanización los asentamientos son aún precarios, con problemas para acceder a los servicios públicos y con un nivel socioeconómico bajo. En este sentido, Emilio Duhau y Angela Giglia establecen que

el ciclo socio-espacial típico de las colonias populares se inicia en condiciones de gran precariedad, albergando una población mayoritariamente pobre (estrato socio-espacial bajo), y culmina en la mayoría de los casos en el estrato medio-bajo, contando con grados significativos de consolidación urbana y una composición social mucho más heterogénea que la correspondiente a la etapa de formación del asentamiento.33

La heterogeneidad social está también relacionada con los tipos de poblamientos populares existentes. Si bien al principio existieron las colonias populares de baja densidad, en la actualidad conviven éstas con colonias populares en proceso de consolidación, es decir, asentamientos que, independientemente del periodo de su fundación, no cuentan con una urbanización completa y cuyas construcciones habitacionales presentan diferentes grados de terminación, pudiendo coexistir edificaciones provisionales, en proceso y completamente terminadas; y con colonias consolidadas que se caracterizan por contar con obras completas de urbanización, las construcciones son definitivas y generalmente se encuentran terminadas o en la última etapa de su conclusión.34

La inclinación de las calles, el accidentado territorio donde se ha extendido la urbanización popular tienen consecuencias en el funcionamiento urbano de la zona, el cual presenta problemas de movilidad y accesibilidad, así como de integración social y espacial. El equipamiento social tanto en las zonas altas como en el área central es insuficiente y deficiente; sin embargo, en las urbanizaciones más recientes, que se ubican en las partes altas de la sierra, incluyendo el cerro del Chiquihuite, la problemática es más grave, pues por su condición geográfica las colonias ahí localizadas «carecen de espacios públicos adecuados al esparcimiento, el deporte y la cultura, lo cual trae consigo fracturas espaciales, fragmentación urbana y social, división del territorio en una misma región y desintegración comunitaria».35

En el entramado urbano se mantienen algunos elementos arquitectónicos y urbanos del casco del pueblo más antiguo, como la plaza Miguel Hidalgo y el templo de la Preciosa Sangre de Cristo, así como algunos edificios públicos, como la Casa del Pueblo y la antigua escuela primaria Juventino Rosas (hoy jardín de niños República Mexicana). En el caso del Cuautepec Barrio Bajo existe la plaza central Madero, así como el templo de Nuestra Señora del Carmen y la antigua subdelegación, actualmente el Juzgado del Registro Civil del Distrito Federal número 50. Aunado a ello, en ambas localidades existen algunas viejas casonas que mantienen algunos elementos tradicionales de las casas del antiguo pueblo, como los corredores interiores, el patio central, techos de altura considerable, paredes de adobe o piedra, entre otros aspectos arquitectónicos. Prácticamente todas son de propiedad privada y con peligro de desaparecer en poco tiempo por la fragmentación de los inmuebles o su venta para otros usos no habitacionales.

No obstante las grandes transformaciones experimentadas en el último medio siglo en toda la metrópoli, Cuautepec comparte con otros muchos pueblos de la Ciudad de México algunas características similares que los han modelado en las décadas recientes y que les han permitido resistir y existir en la faz urbana. María Soledad Cruz sintetiza algunos de estos aspectos compartidos por estas poblaciones:

Gran parte de sus tierras han sido ocupadas por colonias populares y unidades habitaciones, tal parece que la urbanización tomó sus tierras y ellas se poblaron con grupos de bajos recursos y con serios problemas de equipamiento y servicios urbanos, [sin embargo] esto no subsumió su estructura, de hecho mantienen su «identidad territorial» ya que se identifican con una traza urbana distinta a las colonias urbanas y con prácticas sociales que se han recreado a través del tiempo.36

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22 ekim 2025
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ISBN:
9786078692514
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