Kitabı oku: «El amante de Lady Chatterley»
El amante de Lady Chatterley

El amante de Lady Chatterley (2020) D. H. Lawrence
Editorial Cõ
Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.
edicion@editorialco.com
Edición: Noviembre 2020
Imagen de portada: Sarah Goodridge. Original from The MET museum. Digitally enhanced by rawpixel.
Traducción: Benito Romero
Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.
Índice
1 Lady Chatterley o la Gran Bretaña frente al espejo
2 I
3 II
4 III
5 IV
6 V
7 VI
8 VII
9 VIII
10 IX
11 X
12 XI
13 XII
14 XIII
15 XIV
16 XV
17 XVI
18 XVII
19 XVIII
20 XIX
Lady Chatterley o la Gran Bretaña frente al espejo
Prólogo
El amante de Lady Chatterley no sólo es la historia de Constance Chatterley, su marido el baronet Clifford Chatterley y el guardabosques Oliver Mellors, también es una aguda radiografía de la idiosincrasia de una Gran Bretaña en tránsito entre dos épocas y enfrentada consigo misma, que se debatía entre los últimos vestigios señoriales propios del paisaje bucólico y rural, ensuciado ya por la extracción de carbón, necesaria para el funcionamiento de las grandes máquinas, y las ciudades cosmopolitas fruto de la Revolución Industrial. Era un tiempo incierto para un país aturdido por los aires de cambio que tenía un pie en el pasado y otro en la modernidad, que aún estaba herido por la Primera Guerra Mundial y sostenía precariamente las añejas costumbres y estructuras sociales heredadas del siglo XIX que se hallaban a punto de derrumbarse.
Quizá por ello esta novela de David Herbert Lawrence, una de las más escandalosas de su tiempo, resultó demasiado para un Reino Unido roto y en transición: no sólo por las descripciones explícitas del intercambio carnal, sino también por retratar la decadencia de la vieja Inglaterra, encarnada por Clifford Chatterley, y su metamorfosis en una nación mecanizada, con un nuevo estilo de belleza urbana, ajena a la fealdad de la pobreza rural y abierta a valores liberales que constituían un atentado ideológico y moral contra la “organicidad natural” del antiguo régimen, como la movilidad de clases que representa Oliver Mellors y el vivo deseo de Constance por un sirviente de su marido. Así, El amante de Lady Chatterley vio la luz en Florencia en 1928, en una edición privada, y sólo fue publicada en la Gran Bretaña en 1960.
Si bien desde la perspectiva de nuestra actualidad la narración parece ingenua, incluso en sus momentos más eróticos, y exagerada la conmoción que causó, vista con los ojos de los años veinte del siglo pasado es fácil advertir por qué fue tan incómoda. Además de profundizar en la insumisa sexualidad de Constance, abundando en las razones psicológicas de su desencanto, Lawrence también lanzó dardos de ironía contra la escena literaria e intelectual de su momento —la misma que lo calificó de pornógrafo e impidió la publicación del libro—, sostuvo un discurso antibelicista y añadió una sutil representación de la homosexualidad masculina como algo casi natural. A la vez, dentro de una sociedad en la que el feminismo iba en ascenso y Freud todavía era una moda, ofreció buenas razones para la rebeldía de la protagonista y su desobediencia conyugal, y acabó por ponerse de su parte, en el polo contrario del rancio conservadurismo de la aristocracia terrateniente.
La novela no sólo es un espejo de su tiempo, sino un continuo juego de contrastes y reflejos opuestos que van más allá de los registros paisajísticos: Constance Chatterley es una mujer educada, moderna, capaz de sostener opiniones y tomarse libertades íntimas y de clase; está muy consciente de sus inquietudes sexuales y de su necesidad de satisfacerlas, pero también conoce la abnegación, la abstinencia y el placer derivado del intelecto: de ahí su conexión con Clifford, su marido discapacitado, para quien el sexo es una urgencia poco importante en comparación con sus preocupaciones artísticas y su voraz apetito de éxito; por eso mismo, no le molesta la posibilidad de que su mujer sea infiel siempre que, de preferencia, lo sea con alguien de su misma clase y con algo de inteligencia.
De igual forma, en oposición a la defensa de los valores puritanos de la vieja Inglaterra que comparten los amigos de Clifford, el bolchevismo —término que en la novela resume las luchas sociales de las masas tras el triunfo de la Revolución de Octubre— es definido, en medio de charlas ilustres en la augusta propiedad de los Chatterley, como una máquina que absorbe al ser humano impulsado por el odio a la burguesía, que a su vez es el paradigma del individualismo. Para Clifford ese odio, esa desconexión orgánica que mueve a la crítica literaria de la que se burla acremente, es la misma fuerza visceral que devasta los campos envenenados y consume los antiguos castillos solariegos como lo consume a él; un odio físico que obtiene su alimento de los aires de cambio y que, sin que Clifford lo sepa, forma parte de él mismo.
A su vez, en el extremo más distante de Clifford y su afectado refinamiento está Oliver Mellors, antiguo miembro del ejército que ha elegido el oficio de guardabosques y la austera soledad de su cabaña. Miembro de la clase baja, pero hombre culto hecho de lecturas y siervo altivo, retador, uno de los que no inclinan la cabeza, Mellors es un hombre a caballo entre el régimen que agoniza y el reinado de la máquina, aunque ha renunciado a ambos. Carente de ambiciones, sólo la pasión es capaz de sacudir su tedio: ese será su vínculo con Constance Chatterley.
Más allá de este entramado de contrastes y reflejos sociales, y de su incisivo análisis psicológico, histórico y contextual, Lawrence —observador mordaz— tuvo la sorpresiva capacidad de prever asuntos muy lejanos a su época, como la fertilización in vitro, que proponía como una opción para que las mujeres dejaran de preocuparse por la maternidad, y la internet. Cito: “En nuestros días los confines del mundo están a cinco minutos de Charing Cross. Mientras las conexiones inalámbricas están activas, en la tierra no hay lugares lejanos”. Esa oración podría haber sido escrita en la Inglaterra de hoy, y ser aún su reflejo.
No es de extrañar entonces que El amante de Lady Chatterley resultara una novela escandalosa y adelantada a su tiempo. No fue, tampoco, la primera obra de Lawrence que pasó por manos censoras —su publicación en el Reino Unido tuvo lugar tras un largo juicio casi cuarenta años después de la primera edición italiana—; su tercera novela, El arco iris (1915), corrió la misma suerte tras una investigación por obscenidad. Muchos años más tarde, tras la prohibición de El amante..., Lawrence respondió a sus detractores con una serie de versos satíricos y un ensayo sobre el tema: Pornografía y obscenidad.
David Herbert Richard Lawrence nació el 8 de septiembre de 1855 en el pueblo minero de Eastwood, Inglaterra, punto de referencia al que solía regresar en su trabajo literario. Fue hijo de Arthur John Lawrence, un minero casi analfabeto, y de la docente Lydia Beardsall. Obtuvo su primer reconocimiento al ganar un concurso de relatos breves del diario Nottingham Guardian. Posteriormente, en 1908, se trasladó a Londres y se dedicó a la enseñanza hasta 1911, año en que, tras una grave neumonía, dejó su trabajo como profesor para entregarse por entero a la escritura.
Amigo de Katherine Mansfield y de Aldous Huxley, y elogiado a contrapelo de la crítica por E. M. Foster, quien lo llamó “el novelista imaginativo más grande de nuestra generación”, pasó gran parte de su vida en un intenso peregrinaje con la salud quebrantada por la neumonía, la malaria y la tuberculosis. A pesar de ello, y del hostigamiento que sufrió por su obra, se movía cómodamente en varios géneros: lo mismo escribió novelas, libros de cuento, ensayo y poesía, obras teatrales y crónicas de viaje que ejercicios de crítica literaria y traducciones. El amante de Lady Chatterley es su novela más conocida.
I
La nuestra es esencialmente una época trágica, así que nos negamos a asumirla de manera trágica. Ha ocurrido el cataclismo, nos hallamos entre las ruinas y comenzamos a construir pequeños hábitats, a crear nuevas esperanzas. Es un trabajo pesado, no hay un camino terso hacia el futuro: pero rodearemos los obstáculos o pasaremos sobre ellos. Hemos de vivir, no importa cuántos firmamentos se hayan desplomado.
Esta era a grandes rasgos la posición de Constance Chatterley. La guerra había derribado el techo sobre su cabeza y ella cayó en la cuenta de que había que vivir y aprender.
Se había casado con Clifford Chatterley en 1917, cuando él volvió a casa con un mes de permiso. La luna de miel duró un mes. Luego él retornó a Flandes, de donde fue enviado de nuevo a Inglaterra más o menos en trozos. Constance, su esposa, tenía por entonces veintitrés años; él, veintinueve.
El apego de Clifford a la vida era maravilloso. No murió y los trozos parecieron unirse de nuevo. Durante dos años estuvo en manos de los médicos. Luego lo dieron de alta y retornó a la vida con la mitad inferior del cuerpo, de las caderas para abajo, paralizada para siempre.
Esto ocurrió en 1920. Clifford y Constance volvieron a su hogar, Wragby, la casona familiar. El padre de Clifford murió y Clifford se convirtió en baronet, Sir Clifford, y Constance en Lady Chatterley. Comenzaron a su vida doméstica y conyugal en la más bien desolada casa de los Chatterley, con un ingreso insuficiente. Clifford tenía una hermana, que había abandonado la casa. Por lo demás, no había parientes cercanos. El hermano mayor había muerto en la guerra. Clifford, inválido para siempre, y sabiendo que no tendría hijos, volvió al hogar en las brumosas Midlands para, mientras pudiera, mantener vivo el nombre de los Chatterley.
No se hallaba abatido. Podía moverse en una silla de ruedas y tenía otra silla impulsada por un pequeño motor, de modo que podía pasear sin prisas por el jardín y visitar el melancólico parque del cual estaba orgulloso, aunque fingía que no le interesaba.
Como había sufrido mucho, la capacidad de sufrimiento casi lo había abandonado. Permanecía ajeno, brillante y jovial, casi podría decirse que chispeante, con el rostro sonrosado y de apariencia sana y los ojos de un azul pálido luminosos y desafiantes. Eran sus hombros anchos y fuertes, sus manos poderosas. Vestía ropa cara y usaba elegantes corbatas de Bond Street. Aun así, en su rostro podía advertirse la mirada vigilante y el aire ausente de un inválido.
Casi había perdido la vida y lo que quedaba era inapreciable para él. En el ansioso brillo de sus ojos era notorio cuán orgulloso estaba de seguir vivo después de la catástrofe. Herido en lo profundo, algo dentro de él había perecido y una parte de sus sentimientos se había esfumado. Quedaba un vacío de insensibilidad.
Constance, su esposa, era una mujer de buen color y aspecto campesino, pelo castaño y un cuerpo fuerte, movimientos pesados, llena de una excepcional energía. Tenía unos ojos grandes e inquisitivos, una voz dulce y suave, y parecía recién llegada de su pueblo natal. Nada de esto era cierto. Era hija del viejo Sir Malcolm Reid, en otros tiempos muy conocido como miembro de la Real Academia de Pintura. Su madre había sido una fabiana culta de los días venturosos del prerrafaelismo. Educadas entre artistas y socialistas cultos, Constance y su hermana Hilda habían gozado de lo que podría llamarse una formación estética nada convencional. Habían sido llevadas a París, Florencia y Roma para respirar arte, y también en otra dirección, a grandes congresos socialistas en La Haya y Berlín, donde los oradores hablaban en todas las lenguas civilizadas y a nadie le extrañaba.
En consecuencia, desde temprana edad las dos chicas no se sentían intimidadas ni por el arte ni por las ideas políticas. Constituían su ambiente natural. Eran a la vez cosmopolitas y provincianas, con el provincianismo cosmopolita del arte fusionado con las ideas sociales puras.
Fueron enviadas a Dresde a la edad de quince años, entre otras cosas para aprender música. Y la pasaron muy bien allí. Vivían su libertad entre estudiantes, discutían sobre temas filosóficos, sociológicos y artísticos con los hombres, y eran tan competentes como los hombres: mejores aún, puesto que eran mujeres. Vagabundeaban por los bosques con vigorosos jóvenes provistos de guitarras, ¡cling, clang! Cantaban las canciones de los Wandervogel, jóvenes amantes de la naturaleza, y eran libres. ¡Libres! Qué palabra tan grande. Al aire libre, en las mañanas de los bosques, con jóvenes lujuriosos y de voces magníficas, libres de hacer lo que quisieran y, sobre todo, de decir cuanto les viniera en gana. Era la charla la materia suprema: un apasionado intercambio de palabras. El amor era un ingrediente menor.
Hilda y Constance habían tenido tímidas aventuras amorosas a la edad de dieciocho años. Los jóvenes con quienes charlaban tan apasionadamente y cantaban con tanto brío y acampaban con entera libertad bajo los árboles, deseaban por supuesto el contacto amoroso. Las muchachas dudaban, pero se hablaba tanto del asunto que sin duda era muy importante. Y los hombres se mostraban ávidos y humildes. ¿Por qué una chica no podía ser como una reina y ofrendarse como un regalo?
De modo que se regalaron, cada una al joven con quien sostenía las discusiones más íntimas y sagaces. Tales discusiones eran lo esencial: hacer el amor y relacionarse eran sólo una suerte de reversión primitiva con una pizca de anticlímax. Luego, la chica se hallaba menos enamorada del muchacho y algo dispuesta a odiarlo, como si él hubiese invadido la vida privada y la libertad interior de ella. Porque, por supuesto, si se era una chica. toda la dignidad y el sentido de la vida consistían en poseer una libertad absoluta, perfecta, pura y noble. ¿Qué otra cosa significaba la vida de una chica? Sacudirse las viejas relaciones y sometimientos.
Por mucho que se abonara con sentimientos, el asunto del sexo implicaba una de las más antiguas y sórdidas relaciones y sumisiones. Los poetas que lo glorificaban eran hombres en su mayoría. Las mujeres siempre habían sabido que existía algo mejor, algo más alto. Y ahora lo sabían con mayor certidumbre que nunca. La inmaculada y hermosa libertad de una mujer era infinitamente más portentosa que el amor sexual. El único inconveniente era que los hombres estuvieran tan rezagados de las mujeres en este asunto: insistían como perros en la cuestión del sexo.
Y una mujer tenía que ceder. Un hombre era como un niño con apetitos. Y la mujer tenía que concederle lo que deseaba o él, como un niño, se tornaría desagradable y escaparía y estropearía lo que era una relación muy grata. La mujer podía ceder ante un hombre sin someter su yo interior, libre. Eso que los poetas y los lenguaraces del sexo no parecían tomar en cuenta lo suficiente. Una mujer podía tomar a un hombre sin entregarse verdaderamente. Podía tomarlo sin someterse a su poder. Más bien, podía usar la cuestión del sexo para ejercer poder sobre él. Le bastaba con contenerse en las relaciones sexuales y dejar que el chico finalizara y se desgastara sin que ella llegara al punto crítico: entonces ella podía prolongar la relación y alcanzar su orgasmo usándolo como una mera herramienta.
Las dos hermanas habían tenido ya experiencias amorosas cuando llegó la guerra y las apresuraron a volver a casa. Ninguna se había enamorado de joven alguno, a menos que él y ella fueran verbalmente muy cercanos: es decir, a menos que estuvieran profundamente interesados en conversar. Qué asombrosa, profunda e increíble emoción se percibía al hablar apasionadamente con un joven de verdad inteligente durante horas, y seguir haciéndolo día tras día durante meses... ¡Y no se daban cuenta de ello hasta que sucedía! La promesa del paraíso: “Tendrás hombres con quienes hablar”, nunca fue formulada. Y se cumplió antes de que ellas supieran lo que significaba una promesa así.
Y si después de la intimidad estimulada por estas discusiones vívidas e intensificadas por el alma el sexo era más o menos inevitable, pues que así fuera. Fin del capítulo. Tenía una emoción propia: una extraña emoción que vibraba dentro del cuerpo, un espasmo final de autoafirmación, excitante como la última palabra, y muy semejante a la hilera de asteriscos que podía ponerse para señalar el final de un párrafo y romper con el tema.
Cuando las chicas volvieron a casa durante el verano de 1913, Hilda de veinte años y Connie de dieciocho, a su padre no le quedó duda de que habían vivido la experiencia amorosa.
L’amour avait passe par la, como alguien dijo. Pero el padre era un hombre de experiencia y dejó que la vida siguiera su curso. En cuanto a la madre, una inválida nerviosa en los últimos meses de su vida, deseaba que sus hijas fueran “libres” y “se realizaran”. Ella nunca había logrado ser ella misma, se le había negado. Sabría el cielo por qué, pues era una mujer con ingresos propios y determinación. Culpaba al marido. La verdad es que dependía de una vieja huella de autoridad que dominaba su mente o su alma y de la que nunca pudo deshacerse. Nada que ver con Sir Malcolm, quien permitía que su independiente, hostil y nerviosa cónyuge viviera a su modo, mientras él seguía su particular camino.
De modo que las chicas eran libres y volvieron a Dresde y la música y la universidad y los jóvenes. Amaba cada una a su respectivo joven y cada joven las amaba con la pasión de la atracción mental. Todas las admirables cosas que los jóvenes pensaban, declaraban y escribían, lo pensaban, declaraban y escribían para ellas. El joven de Connie era musical, el de Hilda, técnico. Y ellos simplemente vivían para las chicas. En sus cerebros y en sus emociones mentales, claro. En otros aspectos mostraban cierto rechazo, aunque no lo sabían.
Era evidente que el amor había pasado por ellos: es decir, la experiencia física. Era curiosa la delicada e inconfundible transformación que experimentaban los cuerpos de hombres y mujeres: la mujer florecía, se redondeaba sutilmente, sus ángulos de juventud se suavizaban y su expresión era nerviosa o triunfal; el hombre se tornaba tranquilo, introvertido, la forma de sus hombros y sus nalgas era menos firme, más difuminada.
En el auténtico entusiasmo sexual dentro del cuerpo, las hermanas casi sucumbieron ante el extraño poder masculino. Pronto se recuperaron, tomaron tal entusiasmo como una mera sensación y permanecieron libres. Los hombres, en gratitud a la mujer por la experiencia sexual, permiten que sus almas escapen hacia ellas. Y después era como si hubieran perdido dos monedas y recuperado una. El hombre de Connie podía estar enfurruñado y el de Hilda mostrarse un tanto burlón. ¡Así son los hombres! Ingratos y jamás satisfechos. Cuando no los aceptas te odian porque no los quieres; y cuando los acoges de nuevo te odian por cualquier otra razón. O sin razón alguna, son niños descontentos y es imposible satisfacerlos, aunque la mujer haga cuanto pueda.
Como quiera que sea, estalló la guerra. Hilda y Connie volvieron apresuradamente a casa, donde habían estado en mayo para los funerales de su madre. Antes de la Navidad de 1914 sus jóvenes alemanes habían muerto y las hermanas los lloraron, los amaban apasionadamente y pronto los olvidaron. Ya no existían.
Las dos jóvenes vivían en la casa paterna —en realidad materna— de Kensington y alternaban con el grupo de jóvenes de Cambridge, el grupo que se pronunciaba por la “libertad”, los pantalones de franela, las camisas de franela de cuello abierto, una muy cultivada especie de anarquía sentimental, una voz susurrante y unos modales extremadamente sensibles. Inesperadamente, Hilda se casó con un hombre diez años mayor, el miembro más antiguo del grupo de Cambridge, hombre al que no le faltaba el dinero y gozaba de un confortable empleo hereditario en el gobierno: para más, escribía ensayos filosóficos. Se fue a vivir con él a una modesta casa en Westminster y se codeó con esa sociedad de gente del gobierno que no ocupa los puestos más altos pero que es, o podría ser, el auténtico poder intelectual de la nación, gente que sabe de qué habla o habla como si lo supiera.
Connie realizaba una forma atemperada de trabajo bélico y se reunía con los intransigentes de pantalón de franela de Cambridge, que por el momento se reían de todo. Su “amigo” era Clifford Chatterley, un joven de veintidós años que abandonó a toda prisa Bonn, donde estudiaba los aspectos técnicos de la minería del carbón. Antes había pasado dos años en Cambridge. Ahora era teniente en un regimiento elegante y, gracias al uniforme, podía burlarse de todo de manera encantadora.
Clifford Chatterley era de clase más alta que Connie. Connie pertenecía a la intelectualidad acomodada, pero él era un aristócrata. No de los más elevados, pero lo era. Su padre era baronet y su madre era hija de un vizconde.
Si bien Clifford era de más noble cuna que Connie, de más “alta sociedad”, a su manera resultaba provinciano y tímido. Se sentía confortable en el limitado “gran mundo”, es decir, en la sociedad aristócrata terrateniente, pero lo intimidaba y lo ponía nervioso ese otro gran mundo constituido por las vastas hordas de las clases medias y bajas y los extranjeros. La verdad sea dicha, lo asustaba un poco la humanidad de las clases medias y bajas, y los extranjeros que no pertenecían a su clase. De alguna manera paralizante, era consciente de su indefensión, aunque poseía la defensa del privilegio. Curioso fenómeno de nuestros tiempos.
De allí que la indulgente seguridad de una chica como Constance Reid lo hubiera fascinado. En el caótico mundo exterior, ella era mucho más dueña de sí que Clifford dueño de sí mismo.
Aunque Clifford también era un rebelde, incluso se rebelaba contra su clase. Quizá rebelde sea una palabra excesiva. La verdad es que estaba atrapado en el rechazo general y popular de los jóvenes de todo convencionalismo y de cualquier clase de autoridad. Los padres eran ridículos: el suyo, tan obstinado, el que más. Los gobiernos eran ridículos: en especial el nuestro, de esos que siempre esperan ver qué pasa. Los ejércitos eran ridículos, y lo eran los viejos generales mediadores, sobre todo el congestionado Kitchener. También la guerra fue ridícula, aunque mató mucha gente.
De hecho, todo era un poco ridículo o muy ridículo. Todo lo relacionado con la autoridad en el ejército, el gobierno o las universidades, era ridículo hasta cierto punto. Y también eran ridículas las aspiraciones de la clase gobernante a gobernar. Sir Geoffrey, el padre de Clifford, era intensamente ridículo, talando árboles y sacando a los hombres de su mina para lanzarlos a la guerra; y él mismo era prudente y patriótico, aunque gastaba en su país más dinero del que obtenía.
Cuando la señorita Chatterley —Emma— llegó de las Midlands a Londres para realizar labores de enfermería, hacía constantes comentarios, de manera discreta, sobre Sir Geoffrey y su resuelto patriotismo. Herbert, el hermano mayor y heredero, se reía con ganas, aunque eran sus árboles los que talaban para apuntalar trincheras.
Clifford se limitaba a sonreír nerviosamente. Todo era ridículo, en verdad. ¿Y si se estaba muy cerca uno devenía ridículo también? Al menos la gente de otra clase, como Connie, era sincera acerca de algo. Creía en algo.
Eran más sinceros acerca de los Tommies y la amenaza de la conscripción, y la escasez de azúcar y caramelos para los niños. En todos esos temas las autoridades eran ridículamente culpables. Pero Clifford no se lo tomaba en serio. Para él las autoridades eran ridículas por naturaleza, no por los caramelos o los Tommies.
Las autoridades se sentían ridículas y se comportaban de manera ridícula y entretanto todo era como una fiesta del sombrerero loco. Hasta que las cosas empeoraron y Lloyd George vino a salvar la situación. Esto sobrepasaba el ridículo, y el joven rebelde dejó de reír.
En 1916 Herbert Chatterley murió en combate y Clifford se convirtió en heredero. Cosa que lo aterrorizaba. Sin embargo, su importancia como hijo de Sir Geoffrey y muchacho de Wragby le fueron inculcados de tal modo que nunca pudo escabullirse. Sabía que también esto, a los ojos del vasto y crispado mundo, era ridículo. Heredero ahora y responsable de Wragby. ¿Acaso no era terrible? Y al mismo tiempo espléndido y, quizá, sencillamente absurdo.
Nada tenía Sir Geoffrey de absurdo. Era mediocre y nervioso, introvertido y obstinadamente determinado a salvar a su país y su propia posición, con Lloyd George o con quien fuera. Así de aislado estaba, tan divorciado de la Inglaterra que era en verdad Inglaterra; tan profundamente incapaz que se permitía tener una buena opinión de Horatio Bottomley Sir Geoffrey defendía Inglaterra y a Lloyd George, como sus antepasados habían defendido Inglaterra y a San Jorge, y jamás entendió la diferencia. De modo que talaba árboles y apoyaba a Lloyd George e Inglaterra, a Inglaterra y a Lloyd George.
Y quería que Clifford se casara y tuviera un heredero. Clifford sentía que su padre era un anacronismo sin esperanza. ¿Pero en qué le iba él por delante, excepto en la penosa sensación de que todo era ridículo, y en el supremo ridículo de su propia posición? Así y todo, tomo su baronía y Wragby con gran seriedad.
La alegre excitación había salido al fin de la guerra... muerta. Demasiada muerte, demasiado horror. Un hombre necesitaba apoyo y consuelo. Un hombre necesitaba tener un ancla en el mundo seguro. Un hombre necesitaba una esposa.
Los Chatterley, dos hermanos y una hermana, habían vivido curiosamente aislados, encerrados uno con otro en Wragby, a pesar de sus relaciones. La sensación de aislamiento intensificó los lazos familiares, el sentido de la debilidad de su posición, un sentido de indefensión, a pesar de, o a causa de, el título y la tierra. Se hallaban al margen de las Midlands industrializadas en las que transcurrían sus vidas. Y se habían marginado de su clase social a causa de la naturaleza taciturna, obstinada y solitaria de Sir Geoffrey, su padre, de quien hacían escarnio, pero a quien debían su naturaleza sensible.
Los tres afirmaban que podrían vivir juntos para siempre. Y ahora Herbert había muerto Y Sir Geoffrey deseaba que Clifford se casara. Sir Geoffrey casi no lo mencionaba, pero su muda y lúgubre insistencia dificultaba la resistencia de Clifford.
Pero Emma dijo ¡no! Era diez años mayor que Clifford y sostenía que el matrimonio constituiría una deslealtad, una traición a lo que habían defendido los jóvenes de la familia.
A pesar de todo Clifford se casó con Connie y pasó un mes de luna de miel con ella. Corría el año terrible de 1917 y estaban tan unidos como dos personas juntas en un barco que se hunde. Clifford era virgen cuando se casó y la parte sexual no significaba mucho para él. Con exclusión de esto, él y ella se entendían a la perfección. Y a Connie la contentaba esa intimidad que iba más allá del sexo, más allá de la satisfacción masculina. Por su parte, Clifford no parecía empeñado únicamente en buscar su satisfacción, como sucede con tantos hombres. No, la intimidad era más profunda, más personal. Y el sexo era un simple accidente, un agregado, uno de esos curiosos procesos orgánicos obsoletos que persistían en su propia torpeza, pero no eran realmente necesarios. Connie deseaba tener hijos, aunque sólo fuera para fortalecerla ante su cuñada Emma.
Pero a principios de 1918 Clifford fue enviado a casa destrozado y no hubo hijos. Y Sir Geoffrey murió de vacuidad.
II
Connie y Clifford se establecieron en Wragby en el otoño de 1920. La señorita Chatterley, disgustada aún por la deserción de su hermano, se había mudado a un pequeño piso en Londres.
Wragby era una antigua casona alargada de piedra parda comenzada a mediados del siglo XVIII y con añadidos posteriores, hasta que se convirtió en una madriguera sin distinción. Se hallaba en una elevación en medio de un parque de viejos robles, pero, ¡ay!, a corta distancia podía verse la chimenea de la mina de Tevershall, cercada por nubes de humo y vapor, y entre un húmedo y brumoso ambiente, la tosca aglomeración del poblado de Tevershall, que comenzaba casi a las puertas del parque y extendía su fealdad sin esperanza a lo largo de un par de kilómetros: casas, hileras de casas de ladrillo miserables y pequeñas, con techos de pizarra negra, ángulos agudos y una tristeza obstinada y vacía.
Connie estaba acostumbrada a Kensington, a las colinas de Escocia, a las ondulaciones de Sussex: esa era su Inglaterra. Con la actitud estoica de los jóvenes, le bastó una mirada para asumir la fealdad sin alma de la minería de carbón y hierro de las Midlands, y la tomó como lo que era, algo inconcebible en lo que no valía la pena pensar. Desde las deprimentes habitaciones de Wragby podía escuchar el traqueteo de las cribas del pozo, el zumbido de los motores, los rumores metálicos en el patio de maniobras, el ronco lamento de las locomotoras. El tiradero del pozo de Tevershall estaba ardiendo, había estado ardiendo durante años y costaría una fortuna apagarlo. Así que lo dejaron arder. Y cuando el viento soplaba en su dirección, lo cual ocurría a menudo, la casa se llenaba de la peste de la combustión sulfurosa de los excrementos de la tierra. Incluso en los días sin viento el aire olía a cosa subterránea, azufre, hierro, carbón, ácidos. Y aun en las rosas navideñas las manchas se asentaban con persistencia, inverosímiles, como un maná negro que caía de un cielo de perdición.
Bueno, allí estaba: ¡inevitable como el resto de las cosas! Era espantoso, ¿mas para qué esforzarse? Así era y así seguiría siendo. Era parte de la vida, como todo lo demás. Por la noche, en el bajo techo de nubes ardían temblorosos manchones rojos, hinchándose y contrayéndose como dolorosas quemaduras. Eran los hornos. Al principio este horror fascinaba a Connie, era como si viviera bajo la tierra. Luego se acostumbró. Y por las mañanas llovía.
Clifford decía que Wragby le gustaba más que Londres. La comarca tenía voluntad propia y su gente poseía agallas. Connie se preguntaba qué más tendrían: ciertamente, ni ojos ni mente. Eran personas demacradas, amorfas y tristes como la campiña e igualmente hostiles. Aunque en su profundo farfullar del dialecto y en el restregar de sus claveteadas botas de trabajo contra el asfalto cuando volvían a casa en pandillas, había algo terrible y un tanto misterioso.
No hubo bienvenida para el joven propietario, ni fiestas ni comité de recepción, ni siquiera una flor. Sólo un oscuro trayecto en automóvil por un camino oscuro y húmedo, en medio de árboles sombríos, cruzando la pendiente del parque donde grises y húmedas ovejas se alimentaban, hasta el montículo donde la casa desplegaba su fachada parda y el ama de llaves y su marido merodeaban como inseguros huéspedes sobre la faz de la tierra, listos para musitar unas palabras de bienvenida. No hubo comunicación entre la casa Wragby y Tevershall. Nada. No se tocaron las gorras ni hubo reverencias. Los mineros se limitaron a mirar, los comerciantes levantaron sus gorras hacia Connie como si fuera una conocida y asintieron nerviosos hacia Clifford. Eso fue todo. Un golfo intransitable y una especie de resentimiento silencioso en cada lado. Al principio Connie sufrió la permanente llovizna de resentimiento que venía del poblado. Luego se endureció ante ella y la convirtió en un tónico, algo revitalizante. No que Clifford y ella fueran aborrecidos, sólo que pertenecían a una especie distinta de los mineros. Golfo infranqueable, inefable brecha, tal como quizá no exista al sur de Trento. Pero existe en las Midlands y en el infranqueable golfo del norte industrial, a través del cual no hay comunicación posible. Te quedas en tu lado y me quedo en el mío. Extraña negación del pulso común de la humanidad.
El poblado simpatizaba con Clifford y Connie en abstracto. Pero en la carne concreta: —¡Déjame en paz! —de cada lado.
El párroco era un buen hombre de unos sesenta años, dedicado a su trabajo y personalmente reducido casi a la ausencia de identidad por el silencio —¡Déjame en paz!— del poblado. Las esposas de los mineros eran en su mayor parte metodistas. Los mineros no eran nada. El atuendo oficial que llevaba el clérigo era suficiente para ocultar el hecho de que era un hombre como cualquier otro. No, era el señor Ashby, una especie de institución de rezos y sermones.
El obstinado e instintivo “Somos tan buenos como usted, así sea Lady Chatterley”, confundía y desconcertaba muchísimo a Connie al principio. La extraña y sospechosa falsa amabilidad con la cual las esposas de los mineros acogían sus intentos amistosos; el insólitamente ofensivo tinte de: “¡Oh, Dios mío! Ahora soy alguien, Lady Chatterley me dirige la palabra, pero no tiene por qué pensar que no soy tan buena como ella”, que siempre oía en las voces a medias zalameras de las mujeres, le resultaba insoportable. No había manera de superarlo. Era un acto de rebeldía totalmente ofensivo.
Clifford se desentendió de todos ellos y Connie aprendió a hacer lo mismo; pasaba a su lado sin mirarlos y ellos la veían como si fuera una muñeca de cera andante. Cuando tuvo que tratar con ellos, Clifford se mostró altivo y desdeñoso; de nada servía ser amable. De hecho, se portaba altanero y despreciativo con cualquiera que no fuera de su clase. Mantenía su estatus y no hacía intento alguno de conciliación. Y la gente ni lo quería ni lo rechazaba; formaba parte de las cosas, como el tiradero de la mina o como el mismo Wragby.
Clifford era extremadamente tímido y muy consciente de que era un inválido. Odiaba el trato con la gente excepto sus sirvientes. Porque dependía de una silla de ruedas y una silla de motor. Aun así, seguía vistiéndose con elegancia, gracias a sus sastres caros, y usaba las cuidadas corbatas de Bond Street como antaño y se veía tan inteligente e impresionante como siempre. Nunca había sido uno de esos afeminados jóvenes modernos: era más bien campestre, de rostro rubicundo y hombros anchos. Pero su voz suave y reflexiva, y sus ojos, a la vez audaces y asustados, seguros e indecisos, revelaban su naturaleza. Su comportamiento era a menudo arrogante, y luego volvía a ser sencillo y discreto, casi tembloroso.
Connie y Clifford estaban muy unidos, a la distante manera moderna. A Clifford, el golpe de la invalidez lo había lastimado en lo profundo y le impedía ser relajado y frívolo. Era una cosa herida. Y como tal, Connie se apegaba a él apasionadamente. Aunque de nada servía que percibiera la limitada relación que tenía él con la gente. En cierto sentido, los mineros eran su gente, pero Clifford los veía como objetos más que como hombres, parte de la mina más que de la vida, toscos fenómenos naturales en vez de seres humanos como él. De alguna manera les temía, no soportaba que lo miraran ahora que era un lisiado. Y la extraña y agreste vida de los mineros le parecía tan poco natural como la de los erizos.
Clifford sentía un remoto interés, como el de un hombre que mirara a través de un microscopio o un telescopio. No tenía trato. No trataba con nadie, salvo, por tradición, con Wragby, y mediante el estrecho lazo de la defensa de la familia, con Emma. Más allá, nada le afectaba. Connie se daba cuenta que ella misma no le interesaba; quizá no había nada que rescatar en él; simplemente se negaba al contacto humano.
La verdad es que Clifford dependía totalmente de ella, la necesitaba en todo momento. Aunque era un hombre grande y fuerte, se hallaba indefenso. Podía desplazarse en la silla de ruedas y pasear con lentitud por el parque en la silla motorizada. Y cuando estaba solo era un caso perdido. Necesitaba a Connie para que le confirmara que él existía.
Y aun así era ambicioso. Le había dado por escribir relatos, extraños relatos personales sobre gente que había conocido. Historias ingeniosas, vengativas y, de alguna misteriosa manera, carentes de significado. Su capacidad de observación era extraordinaria y peculiar. Pero no había emoción, ningún contacto real. Era como si todo sucediera en el vacío. Y como en nuestros días el territorio de la vida es por mucho un escenario artificialmente iluminado, los relatos eran fieles a la vida moderna, esto es, a la psicología moderna.
Clifford era morbosamente sensible cuando se trataba de sus relatos. Deseaba que todos los consideraran buenos, los mejores, superiores. Aparecían en revistas muy modernas y eran elogiados o desaprobados, como se acostumbra. A Clifford el rechazo lo torturaba, eran cuchillos que le clavaban. Como si todo su ser estuviera comprometido en esas historias.
Connie le ayudaba tanto como podía. Al principio con gran entusiasmo. Clifford, a su manera monótona, insistente, persistente, le consultaba todo, y ella respondía con su plena capacidad. Como si su alma, su cuerpo y su sexo despertaran y pasaran a los relatos del marido. Esto la emocionaba y la absorbía.
La vida física de la pareja era casi inexistente. Ella tenía que supervisar el manejo de la casa. Aunque el ama de llaves había servido muchos años a Sir Geoffrey, y la anciana casi seca, superlativamente correcta, que apenas podía llamarse sirvienta o incluso mujer, la que servía la mesa, había estado en la casa durante cuarenta años. Incluso las mujeres de la limpieza ya no eran jóvenes. ¡Era horrible! Lo mejor que podía hacerse con ese sitio era dejarlo en paz. ¡Todas esas habitaciones que nadie usaba, la rutina de las Midlands, la limpieza mecánica y el orden mecánico! Clifford había insistido en contratar una nueva cocinera, la mujer con experiencia que le había servido en su piso en Londres. Por lo demás, el lugar parecía gobernado por la anarquía mecánica. Todo funcionaba a la perfección, con estricta limpieza y estricta puntualidad, incluso con estricta honestidad. Para Connie se trataba de una anarquía metódica. No existía el calor de un sentimiento que mantuviera la casa orgánicamente unida. Era tan deprimente como una calle por la que nadie pasa.
¿Qué podía hacer Connie sino dejar las cosas como estaban? Así que dejó la casa por la paz. La señorita Chatterley acudía de vez en cuando con su fino rostro aristocrático y, triunfal, se regocijaba al ver que nada había cambiado. Nunca perdonaría a Connie por haberla expulsado de la unión intelectual con su hermano. Era ella, Emma, quien debería ayudar a Clifford a pulir sus relatos, sus libros; las historias de los Chatterley, algo nuevo en el mundo que ellos, los Chatterley, habrían creado. No habría otra categoría. Ninguna relación orgánica con el pensamiento y la expresión de antes. Únicamente algo nuevo en el mundo: los libros Chatterley, enteramente personales.
El padre de Connie, en una fugaz visita a Wragby, confesó a su hija:
—En cuanto a los trabajos de Clifford, son ingeniosos, pero no tienen sustancia. ¡No perdurarán!
Connie miró al corpulento caballero escocés que tan bien se las había arreglado en la vida, y sus ojos, sus azules y siempre azorados ojos, se opacaron. ¡No tienen sustancia! ¿Qué quiso decir con eso? Si los críticos lo elogiaban, el nombre de Clifford era casi célebre e incluso ganaba dinero, ¿qué quería decir su padre con eso de que no había nada en los escritos de Clifford? ¿Qué más podría haber?
Connie había adoptado la pauta de los jóvenes: lo que había en el momento era todo lo que había. Y un momento seguía a otro sin que necesariamente se correspondieran.
Durante su segundo invierno en Wragby, su padre le dijo:
—Connie, espero que no permitas que las circunstancias te conviertan en una demi-vierge.
—¡Una demi-vierge! —dijo vagamente Connie—. ¿Por qué no?
—A menos que así lo prefieras, por supuesto —dijo su padre sin demora. Y a Clifford, cuando se vieron a solas, le dijo lo mismo—: Me temo que a Connie no le sienta ser una demi-vierge.
—Una semivirgen —repuso Clifford, traduciendo la expresión para no equivocarse. Lo pensó un momento y su rostro enrojeció. Se hallaba molesto, se sentía ofendido—. ¿En qué sentido no le sienta? —inquirió con sequedad.
—Está muy delgada, angulosa. No es su estilo. No es una muchacha tipo sardina, sino una robusta trucha escocesa.
—¡Espero que sin las manchas! —dijo Clifford.
Más tarde pensó decir algo a Connie sobre el estado semivirgen de la situación entre ellos. No se atrevió. Gozaba de gran intimidad con ella y a la vez no eran suficientemente íntimos. En su mente y en la de ella, estaban muy unidos, pero en lo corporal no existían el uno para el otro y los dos se resistían a admitir el corpus delicti. Era muy íntimos y al mismo tiempo completamente ajenos.
Connie sospechó que su padre había dicho algo y ese algo rondaba en la cabeza de Clifford. Ella sabía que a él no le importaba que fuera una semivirgen o una mujerzuela, siempre que él no se enterara o no se lo hicieran ver. Lo que los ojos no ven y la mente no conoce, no existe.
Connie y Clifford llevaban casi dos años en Wragby viviendo su vida deficiente y absorbidos por Clifford y su trabajo. Sus intereses nunca habían dejado de fluir en torno a su trabajo. Hablaban y peleaban en torno a la composición, y sentían como si verdaderamente algo estuviera sucediendo, verdaderamente en el vacío.
Y hasta entonces la vida transcurría: en el vacío. Lo demás era una no existencia. Allí estaba Wragby, la servidumbre... como algo espectral, algo que no existía. Connie paseaba por el parque y por los bosques que circundaban el parque, disfrutaba la soledad y el misterio, pisaba la hojarasca otoñal y en primavera cortaba prímulas. Pero todo era un sueño o, mejor, un simulacro de realidad. Las hojas de roble eran para ella hojas de roble reflejadas en un espejo, y ella misma era una silueta sobre la que alguien había leído, recogiendo prímulas que sólo eran sombras o recuerdos, o meras palabras. Sin sustancia para ella, nada... ¡Sin roce, sin contacto! Sólo la vida con Clifford, ese interminable tejido de historias telarañas, minucias de conciencia, esos relatos de los cuales Sir Malcolm había dicho que no tenían sustancia y no prevalecerían. ¿Por qué tendría que haber algo en ellas, por qué tendrían que durar? Basta para cada día su propia maldad. Basta para cada momento la apariencia de realidad.
Clifford tenía numerosos amigos, en realidad conocidos, y los invitaba a Wragby. Invitaba a personas de todas clases, críticos y escritores, gente que ayudaría a promover sus libros. Y se sentían halagados por la invitación a Wragby y se volcaban en elogios. Connie lo entendía perfectamente. ¿Por qué no? Ese era uno de los fugaces reflejos del espejo. ¿Qué había de malo en ello?
Connie era la anfitriona de esa gente, casi todos varones. Incluso era la anfitriona para las ocasionales amistades aristocráticas de Clifford. Era una muchacha dulce, sanguínea, de apariencia campesina, pecosa, de grandes ojos azules, acairelado cabello castaño, voz afable y poderosas caderas, considerada muy “femenina” y algo anticuada. No era una chica “tipo sardina”, como un muchacho de pecho plano y nalgas escasas. Era muy femenina y muy inteligente.
De modo que los hombres, sobre todo los que no eran muy jóvenes, eran muy atentos con ella. Sabiendo la tortura que sufriría el pobre Clifford ante el menor indicio de coqueteo de parte de ella, no animaba a sus admiradores. Permanecía callada y como ausente, y no buscaba el contacto con ellos. Clifford estaba orgulloso de sí mismo.
La parentela de Clifford la trataba con amabilidad. Ella se daba cuenta de que tal amabilidad indicaba que no la temían, y juzgaba que esa gente sólo la respetaría si la asustaba un poco. Pero tampoco tenía contacto con ellos. Los dejaba ser amables y desdeñoso, los dejaba pensar que no había necesidad de desenvainar el acero y ponerse en guardia. No tenía una verdadera relación con ellos.
Pasó el tiempo. Aunque ocurriera cualquier cosa, nada sucedía, porque Connie se mantenía maravillosamente ajena al contacto. Ella y Clifford vivían en sus ideas compartidas y en los libros de Clifford. Connie recibía visitas, siempre había alguien en la casa. El tiempo pasaba como en los relojes, ocho y media en vez de siete y media.
III
Connie era consciente de su creciente intranquilidad. A causa de su falta de relaciones la inquietud iba apoderándose de ella como una locura. Crispaba sus nervios, aunque ella no lo deseara, tensaba su espina dorsal cuando ella no deseaba esforzarse sino reposar confortablemente. Era algo que se agitaba dentro de ella, en el útero, en alguna parte, y Connie sentía que debía saltar al agua y nadar hasta sacudírselo; una locura sin sosiego hacía latir violentamente su corazón, sin motivo. Y adelgazaba.
Pura y simple inquietud. A veces echaba a correr a través del parque, abandonaba a Clifford y se tendía boca abajo entre los helechos. Para escapar de la casa tenía que huir de la casa y de todo el mundo. El bosque era su único refugio, su santuario.
Pero no era un verdadero refugio, un santuario, porque no tenía vínculos con él. Era solamente un lugar donde podía ocultarse del resto. Nunca había comprendido el verdadero espíritu del bosque... si es que existía tal despropósito.
Sabía vagamente que de alguna manera se estaba quebrando. Sabía vagamente que se había desconectado: había perdido la comunicación con el mundo vital y lleno de sustancia. ¡Sólo le quedaban Clifford y sus libros, que no existían, que carecían de contenido! Vacío en el vacío. Lo entendía vagamente. Y era como golpearse la cabeza contra una roca.
Su padre la aconsejó nuevamente.
—¿Por qué no te buscas un novio, Connie? Te haría mucho bien.
Ese invierno Michaelis estuvo de visita unos días. Era un joven irlandés que
había hecho fortuna en Estados Unidos gracias a sus obras de teatro. Por un tiempo fue acogido con entusiasmo por la buena sociedad londinense, porque sus obras abordaban la buena sociedad. Paulatinamente la buena sociedad se dio cuenta de que había sido ridiculizada por esa rata dublinesa de alcantarilla y vino el repudio. Se le tildó de bruto y sinvergüenza. Se descubrió que odiaba lo inglés, y para la clase que lo descubrió ese era el peor de los crímenes. Lo descuartizaron y sus restos fueron arrojados a la basura.
Con todo, Michaelis tenía un apartamento en Mayfair y paseaba por Bond Street la imagen de un caballero, nadie puede lograr que los mejores sastres rechacen a los clientes de la peor calaña si esos clientes pagan.
Clifford había invitado a ese joven de treinta años cuando la carrera del joven pasaba por un mal momento. Clifford no titubeó. Michaelis llegaba quizás a los oídos de un millón de personas; y siendo como era un forastero desesperado, sin duda agradeció la invitación a Wragby en esa coyuntura, cuando la buena sociedad lo repudiaba. Tal agradecimiento sin duda “beneficiaría” a Clifford en Estados Unidos. ¡En buena hora! Un hombre recibe numerosos elogios, sean cuales fueren, si se habla bien de él, especialmente “allá”. Clifford era un recién llegado y era notable el sano instinto publicitario que tenía. Al final Michaelis lo mostró de manera muy noble en una de sus obras y Clifford se vio como un héroe popular. Hasta la reacción final, cuando se dio cuenta de que había sido ridiculizado.
A Connie la sorprendió un poco la imperiosa y ciega necesidad de Clifford de ser conocido: es decir, ser conocido por el vasto y amorfo mundo del que nada sabía y ante el cual sentía un miedo incómodo; conocido como escritor, como un escritor moderno de primera clase. Gracias al competente Sir Malcolm, viejo cordial y fanfarrón, Connie sabía que los artistas deben promoverse y empeñarse en colocar su mercancía. Pero su padre se valía de canales establecidos y usados por los miembros de la Real Academia para vender sus cuadros. Clifford, en cambio, descubría medios de publicidad de todo género. Invitaba a toda clase de gente a Wragby, sin demeritarse ni un ápice. Decidido a construir un monumento a su reputación tan rápido como pudiera, utilizaba todo tipo de escombros para lograrlo.
Michaelis llegó puntual en un coche magnífico, con chofer y sirviente. ¡Ataviado en el más puro estilo Bond Street! Al verlo, algo en el espíritu bucólico de Clifford retrocedió. Michaelis no era exactamente... no exactamente... de hecho, no era del todo lo que... lo que su apariencia intentaba mostrar. Para Clifford esto era suficiente y definitivo. A su pesar se portó amable con él, con el éxito asombroso que lo enaltecía. La diosa meretriz de la Fortuna, como la llamaba, rugiente y protectora, custodiaba a un Michaelis a veces humilde, a veces desafiante, y esto intimidaba a Clifford por completo: él también deseaba prostituirse en el altar de la diosa meretriz, la Fortuna, si ella lo aceptaba.
Michaelis no tenía nada de inglés, a despecho de todos los sastres, sombrereros, barberos y zapateros del mejor distrito de Londres. No, definitivamente Michaelis no era un inglés: tenía un rostro incorrecto, plano y pálido, incorrecto el porte, incorrecta la actitud de hallarse a disgusto. Abrigaba resentimiento y rencor: cosa evidente para cualquier caballero inglés, que jamás se permitiría mostrar algo así en su comportamiento. El pobre de Michaelis había sufrido infinidad de coces y aun ahora parecía vivir con el rabo entre las piernas. Mediante el más puro instinto y la más auténtica desvergüenza, con sus obras teatrales se había abierto paso a los escenarios y a los proscenios. Se había ganado al público. Y supuso que los días de las coces habían llegado a su fin. Ay, no era así. Nunca lo sería. Porque en cierto sentido él pedía las patadas. Anhelaba hallarse en un sitio que no le correspondía, entre las clases altas inglesas. ¡Y cómo disfrutaban los otros las coces que le asestaban! ¡Y cómo los odiaba!
Con todo, este bastardo dublinés viajaba con sirviente en un auto magnífico.
Algo en él agradaba a Connie. No era presuntuoso, no se hacía ilusiones acerca de sí mismo. Conversaba con Clifford con buen juicio, de manera breve y práctica, sobre todo lo que Clifford deseaba saber. No era expansivo ni monologaba. Entendía que había sido invitado a Wragby para que lo utilizaran y, como un viejo, astuto y casi indiferente hombre de negocios, o un gran hombre de negocios, se dejaba interrogar y respondía con el mínimo dispendio de sentimientos.
—¡Dinero! —dijo alguna vez—. El dinero es una especie de instinto. Y hacer dinero es el talento natural de un hombre. No es nada que se busque. No es un truco que se practique. Es una especie de accidente de la propia naturaleza; una vez que se empieza a hacer dinero se sigue haciéndolo, supongo que hasta cierto punto.
—De alguna manera se tiene que empezar —dijo Clifford.
—¡Desde luego! Se tiene que participar en el juego. Quien está fuera no consigue nada. Hay que abrirse paso. Y una vez que se logra, nada se puede hacer por evitarlo.
—¿Habría hecho dinero si no fuera por el teatro? —preguntó Clifford.
—Posiblemente no. Podría haber sido un buen escritor o uno muy malo, pero lo que soy es un escritor, un escritor de teatro, y así tenía que ser. No tengo la menor duda.
—¿Cree que estaba destinado a ser un autor de piezas populares? —preguntó Connie.
—¡Ese es exactamente el punto! —dijo Michaelis volviéndose repentinamente hacia ella—. ¡No hay razón alguna! Nada que ver con la popularidad. Nada que ver con el público, si de eso se trata. No hay en mis obras nada que las haga populares. No es eso. Son como el clima, algo que tiene que ser así en ese momento.
Volvió hacia Connie los ojos lentos, muy abiertos, ojos que se hallaban hundidos en una desilusión total, y ella tembló ligeramente. Michaelis se veía muy viejo, infinitamente viejo, construido con capas de desilusión acumuladas sobre él generación tras generación. Como estratos geológicos; y al mismo tiempo se veía desolado como un niño. De cierta manera era un marginado, pero conservaba la bravura desesperada de su existencia de rata.
—Es maravilloso lo que ha conseguido, a su edad —dijo Clifford meditativo.
—Tengo treinta años... Sí, treinta —dijo Michaelis de manera brusca y rápida, con un curiosa risa hueca, triunfal y amarga.
—¿Está usted solo? —inquirió Connie.
—¿Quiere decir si vivo solo? Tengo a mi sirviente. Es griego, o eso dice, y es un inútil. Pero lo conservo. Y voy a casarme, debo casarme.
—Suena como si le fueran a extirpar las amígdalas —dijo Connie y echó a reír—. ¿Será muy difícil?
Michaelis la miró con admiración.
—Mire usted, Lady Chatterley, de alguna manera lo será. Me he dado cuenta, perdone, me he dado cuenta de que no puedo casarme con una inglesa, ni siquiera con una irlandesa...
—Pruebe con una estadounidense —dijo Clifford.
—¡Oh, una estadounidense! —Michaelis echó a reír con una risa hueca—. No. Le pedí a mi sirviente que me busque una turca, algo así, algo oriental.
El extraño y melancólico espécimen de tan extraordinario éxito maravilló a Connie; se rumoraba que sólo de Estados Unidos percibía un ingreso de cincuenta mil dólares. A veces era apuesto; a veces, cuando miraba a los lados y hacia abajo y la luz caía sobre él, tenía la belleza silenciosa y perdurable de una máscara tallada en marfil negro, de ojos plenos, fuertes cejas extrañamente arqueadas, la boca inmóvil y comprimida; una franca inmovilidad momentánea, esa intemporalidad a la cual Buda aspira y que en ocasiones los negros expresan sin siquiera aspirar a ella; ¡algo muy antiguo y congénito a la raza! Eones de formar parte del destino de la raza, en vez de nuestra resistencia individual. Y luego cruzar a nado, como ratas en un río oscuro. Connie sintió un súbito y extraño impulso de simpatía hacia él; un arrebato mezclado con compasión y teñido de repulsión, casi equivalente al amor. ¡El forastero! ¡El forastero! ¡Y lo llamaban sinvergüenza! ¡Mucho más miserable y arrogante parecía Clifford! ¡Mucho más estúpido!
Michaelis se dio cuenta al instante de que la había impresionado. Volvió hacia ella sus luminosos y ligeramente saltones ojos castaños con una mirada indiferente. Estaba evaluándola, midiendo la impresión que le había producido. Con los ingleses nada podía salvarlo de ser el eterno marginado, ni siquiera el amor. Y no escaseaban las mujeres que se apasionaban por él. También las inglesas.
Michaelis sabía en qué situación se encontraba frente a Clifford. Eran dos perros hostiles que hubieran querido mostrarse los dientes y en vez de eso sonreían obligados. Con la mujer, no estaba tan seguro.
El desayuno era servido en las habitaciones. Clifford nunca comparecía antes de la comida, y el comedor era deprimente. Después del café Michaelis, inquieto y lleno de energía, se preguntaba qué podía hacer. Era un hermoso día de noviembre, hermoso para Wragby. Le echó una mirada al melancólico parque. ¡Dios mío! ¡Qué lugar!
Envió un sirviente a preguntar si podía hacer algo por Lady Chatterley: había pensado viajar a Sheffield en coche. La respuesta llegó: ¿le importaría subir al salón de Lady Chatterley?
Connie tenía un pequeño salón en el tercer piso, la parte más alta del centro de la casa. Las habitaciones de Clifford se hallaban, por supuesto, en la planta baja. Michaelis se sintió halagado por la invitación y siguió ciegamente al mensajero; nunca se daba cuenta de las cosas, no tenía contacto con lo que le rodeaba. En el salón lanzó una mirada distraída a las finas reproducciones alemanas de cuadros de Renoir y Cezanne.
—Tiene aquí un hermoso lugar —dijo con su sonrisa extraña, como si le doliera sonreír, mostrando los dientes—. Muy buena idea instalarse en lo más alto.
—Lo mismo pienso —dijo ella.
El salón era lo único alegre y moderno en la casa, el único sitio en Wragby donde la personalidad de Connie se desplegaba. Clifford nunca lo había visto y ella no invitaba a subir a casi nadie.
Connie y Michaelis se sentaron uno a cada lado de la chimenea y conversaron. Ella lo interrogó sobre su vida, su madre y su padre, sus hermanos. Los demás despertaban siempre su interés, y cuando su simpatía se despertaba, perdía el sentido de clase. Michaelis habló con franqueza de su vida, con gran sinceridad, sin afectación, exhibiendo con sencillez su amarga e indiferente alma de perro callejero, y mostrando al final un destello de vengativo orgullo gracias a su éxito.
—¿Por qué es usted un ave solitaria? —preguntó Connie; y de nuevo él le dirigió la mirada radiante e inquisitiva de sus ojos castaños.
—Hay pájaros que son así —replicó Michaelis. Luego, con un toque de ironía familiar, añadió—: Pero, veamos, ¿qué pasa con usted? ¿No es usted también un ave solitaria?
Connie, sorprendida, lo pensó unos instantes.
—Sí, en cierto sentido. No tanto como usted.
—¿Soy por entero un pájaro solitario? —preguntó él, y desplegó la mueca que tenía por sonrisa, como si le dolieran los dientes; una sonrisa burlona, y sus ojos eran permanentemente melancólicos, o estoicos, o desilusionados, o temerosos.
—¿Por qué? —dijo Connie, con el aliento entrecortado, mirándolo—. Usted lo es, ¿o no?
Se sentía terriblemente atraída por Michaelis, lo cual casi la hizo perder el equilibrio.
—Tiene usted toda la razón —dijo él, volviendo la cabeza para mirar hacia los lados, hacia abajo, con esa extraña quietud de las viejas razas apenas presente en nuestros días. Eso hacía que Connie perdiera la capacidad de verlo como alguien independiente de ella.
Él la miró con la mirada enérgica que todo lo veía, todo lo registraba. A la vez, el niño que lloraba en la noche, lloraba desde su pecho, hacia ella, de una forma que conmovía las entrañas de Connie.
—Es muy amable al preocuparse por mí —dijo él, lacónico.
—¿Y por qué no iba a hacerlo? —exclamó ella, con la respiración agitada.
Él respondió con su risa burlona, sibilante.
—Así las cosas, ¿puedo tomar su mano un minuto? —dijo él de improviso, fijando los ojos en ella con un poder casi hipnótico y enviándole una carga de atracción que a ella le tocó fibras íntimas.
Connie lo miró con fijeza, deslumbrada y transfigurada, y él se acercó, se arrodilló ante ella, tomó sus pies, hundió el rostro en su regazo y allí se quedó, inmóvil. Aturdida, Connie miró con azoro le tierna nuca apoyada en su regazo, sintió la presión del rostro de Michaelis en sus muslos. En su ardiente turbación, no pudo evitar que su mano se posara, con ternura y compasión, en la nuca inofensiva, y él tembló con un profundo estremecimiento.
Luego él alzó hacia ella la mirada de sus intensos ojos brillantes de imponente atractivo y ella fue incapaz de resistirse. Del fondo de su pecho brotó la respuesta, un inmenso deseo: le daría lo que fuera, cualquier cosa.
Michaelis era un amante extraño y delicado, dulce con las mujeres. Temblaba sin lograr controlarse y al mismo tiempo permanecía distante, consciente de los sonidos exteriores.
Para ella todo eso no significaba nada, sino que ella se había entregado a él. Después él dejó de temblar y se quedó quieto, muy quieto. Entonces ella, con dedos cariñosos y compasivos, acarició la cabeza que descansaba sobre su pecho.
Cuando Michaelis se levantó, besó las manos de Connie, luego los pies envueltos en pantuflas de gamuza, y en silencio se retiró hasta el final de la habitación, donde permaneció de espaldas a ella. Después de unos minutos de silencio él se dio vuelta y se acercó a ella, sentada de nuevo junto a la chimenea.
—Supongo que me odiará —dijo él de manera tranquila e inevitable. Ella alzó los ojos, rápida.
—¿Por qué habría de hacerlo? —preguntó.
—Casi todas lo hacen —dijo él, y en seguida corrigió—. Quiero decir que eso ocurre con las mujeres.
—No tengo razones para odiarlo —dijo ella con resentimiento.
—¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Así tendría que ser! Es usted muy buena conmigo —dijo él lloriqueando.
Connie se preguntó por qué se sentiría él miserable.
—¿Quiere volver a sentarse? —dijo ella. Él se volvió hacia la puerta.
—¡Sir Clifford! —dijo él—. ¿No estará...?
Ella lo pensó un momento.
—¡Tal vez! —dijo mirándolo—. No me gustaría que Clifford lo supiera, ni siquiera que lo sospechara. Le dolería mucho. Pero no me parece que hayamos obrado mal, ¿no cree?
—¿Obrar mal? ¡Buen Dios, no! Es usted infinitamente buena conmigo. Apenas puedo soportarlo.
Él se hizo a un lado y ella cayó en la cuenta de que estaba a punto de sollozar.
—No es necesario que se entere Clifford, ¿verdad? —suplicó—. Le haría mucho daño. Si no lo sabe, si nada sospecha, nadie saldrá lastimado.
—¡Por mi parte no sabrá nada! —dijo Michaelis vehemente—. Usted se daría cuenta. Yo mismo lo confesaría —rio con su risa hueca y cínica ante tal idea. Ella lo miró azorada y él añadió—: ¿Puedo besar su mano e irme? Creo que iré a Sheffield y comeré allí. Si me es posible, volveré para el té. ¿Puedo servirle en algo? ¿Puedo estar seguro de que no me odia y no me odiará? —finalizó con una apremiante nota de cinismo.
—No lo odio —dijo Connie—. Lo aprecio.
—¡Ah! —dijo él con pasión—, prefiero que me diga eso y no que me ama. Significa mucho más... Hasta esta tarde. Tengo mucho en qué pensar hasta entonces. —Besó sus manos con humildad y se fue.
—Ese joven me parece insoportable —dijo Clifford durante la comida. —¿Por qué? —inquirió Connie.
—Bajo esa fachada se oculta un patán. Listo para saltar sobre nosotros. —Creo que la gente lo ha tratado muy mal —dijo Connie.
—¿Te parece? ¿Y crees que emplea su valioso tiempo en obras de caridad? —Creo que es una persona generosa.
—¿Con quién?
—Eso no lo sé.
—Claro que no lo sabes. Creo que confundes la falta de escrúpulos con generosidad.
Connie no respondió. ¿Sería cierto? Era posible. La falta de escrúpulos de Michaelis ejercía sobre ella cierta fascinación. Él avanzaba kilómetros mientras Clifford reptaba unos cuantos metros. A su manera, Michaelis había conquistado el mundo, justo lo que Clifford deseaba. ¿Los medios y las formas? ¿Eran los de Michaelis más despreciables que los de Clifford? ¿La forma en que el pobre marginado se había abierto paso a empujones y codazos y por las puertas traseras era peor que la manera de Clifford de promoverse hacia la celebridad? La diosa meretriz del éxito era una perra perseguida por miles de perros jadeantes con la lengua de fuera. El primero que la conseguía, que obtenía el éxito, era el verdadero perro entre los perros. De modo que Michaelis podía llevar la cola en alto.
Lo más extraño era que no lo hacía. Volvió hacia la hora del té con un gran ramo de violetas y lirios y la misma expresión abatida. Connie a veces se preguntaba si no se trataba de una especie de máscara para desarmar a los oponentes, porque no la alteraba. ¿Era en verdad un perro desconsolado?
La imagen de perro triste persistió toda la tarde, y mediante ella Clifford percibió la disimulada insolencia. Connie no la advirtió, quizá porque no iba dirigida a las mujeres, sólo a los hombres y sus conjeturas y figuraciones. Esa indestructible insolencia interior del exiguo sujeto era lo que hacía que los hombres se lanzaran sobre Michaelis. Su mera presencia era una afrenta para un hombre de sociedad, así la disfrazara con buenos modales.
Connie estaba enamorada de él, pero se las arreglaba para abismarse en el bordado mientras los hombres hablaban y así no evidenciar su secreto. En cuanto a Michaelis, era perfecto; el mismo joven melancólico, atento y lejano de la tarde anterior, a millones de grados de distancia de sus anfitriones, sobrio en sus comentarios y sin tomar jamás la iniciativa. Connie se figuraba que había olvidado lo de la mañana. No, no lo había olvidado. Mas no ignoraba el sitio que le correspondía, el mismo de siempre, el que pertenece a los marginados de nacimiento. Hacer el amor no era para él algo personal. Eso no haría que cambiara: de ser un perro sin dueño, a quien todo mundo envidia su collar dorado, a ser un perro de buena sociedad.
En el fondo de su alma era un marginado, un antisocial, y así lo aceptaba en su interior, por muy de Bond Street que luciera su exterior. Su aislamiento era una necesidad, tal como la apariencia de conformidad y el roce con las personas inteligentes le resultaban necesarios.
El amor ocasional, como bálsamo y consuelo, era también algo bueno, y él no era ingrato. Por el contrario, estaba ardientemente, dolorosamente agradecido, casi hasta las lágrimas, por un poco de cordialidad natural y espontánea. Bajo la piel pálida de su rostro inmóvil y desilusionado, su alma de niño sollozaba con gratitud por la mujer y ardía por volver a ella, mientras su alma marginada intuía que iba mantenerse alejado de ella.
Michaelis halló la oportunidad de hablarle mientras encendían las velas del vestíbulo.
—¿Puedo verte?
—Yo te iré a ver —dijo ella.
—Oh, está bien.
Esperó largo tiempo y al fin ella acudió.
Era Michaelis un amante tembloroso y excitado, su orgasmo llegaba pronto y
todo terminaba. Había algo curiosamente infantil y desvalido en su cuerpo desnudo: era como un niño desnudo. Sus defensas provenían todas del ámbito del ingenio y la astucia, una astucia instintiva, y cuando se hallaban en suspenso parecía él doblemente desnudo, como un niño, de carne tierna y sin terminar, que se debatía sin ayuda.
Desataba en la mujer una desesperada especie de compasión y avidez, un deseo físico sin freno que él no lograba satisfacer en ella. Él siempre alcanzaba el orgasmo y terminaba rápido, luego se encogía sobre el pecho de ella y recuperaba un poco de su insolencia, mientras ella yacía aturdida, defraudada, perdida.
Muy pronto Connie aprendió a abrazarlo, a conservarlo dentro de ella cuando él había terminado. Y entonces él era generoso y curiosamente potente; se mantenía erecto dentro de ella y le permitía, mientras seguía activa, salvajemente, apasionadamente activa, alcanzar su propio punto crítico. Y cuando él percibía el frenesí de ella persiguiendo su satisfacción orgásmica mediante la dura y erecta pasividad de Michaelis, experimentaba él una curiosa sensación de orgullo y complacencia.
—¡Ah, espléndido! —murmuraba ella temblorosa, y se quedaba quieta, aferrada a él. Y él yacía impecable en su aislamiento, aunque de alguna manera orgulloso.
Esa vez se quedó sólo tres días y con Clifford se portó exactamente como la primera tarde; y con Connie también. Nada fracturaba su apariencia.
Escribió a Connie con el mismo lastimero tono de siempre, a veces ingenioso, y con un algún extraño rasgo de asexuado afecto. La clase de desesperado afecto que parecía sentir por ella, aunque la lejanía esencial era la misma. Se hallaba desesperado en el corazón de sí mismo y le agradaba vivir desesperado. Se diría que odiaba la esperanza. Une immense esprance a travers la terre, leyó en alguna parte, y su comentario fue: “... y la maldita ahogó todo lo que valía la pena”.
Connie nunca lo entendió verdaderamente, pero a su manera lo amaba. Y todo el tiempo percibió en ella el reflejo de desesperanza de Michaelis. Ella no podía amar del todo en la desesperanza. Y él, siendo un desesperado, jamás podría amar del todo.
Así que durante mucho tiempo siguieron escribiéndose y ocasionalmente reuniéndose en Londres. Ella aún deseaba la emoción física y sexual que podía conseguir con él mediante su propia actividad, una vez terminado el pequeño orgasmo de Michaelis. Y él aún deseaba dárselo. Y eso bastaba para mantenerlos en contacto. Y era suficiente para concederle a ella un tipo de seguridad sutil, algo ciego y apenas arrogante. Se trataba de una confianza casi mecánica en sus poderes, combinada con un gran entusiasmo.
Estaba terriblemente contenta en Wragby. Y usaba toda su excitación y alegría para estimular a Clifford, quien escribió sus mejores páginas por esa época y era casi feliz a su extraña y ciega manera. Era realmente Clifford quien cosechaba los frutos de la satisfacción sexual que ella obtenía de la pasiva erección de Michaelis dentro de ella. Aunque desde luego nunca lo supo, y de haberlo sabido no habría dado las gracias.
Cuando esos alegres y estimulantes días de Connie se fueron y ella se hallaba irritable y deprimida, ¡cómo los añoraba Clifford! Quizá, de haber conocido el secreto, hubiese deseado que ella y Michaelis estuvieran juntos de nuevo.
IV
Connie siempre tuvo el presentimiento de que su amorío con Mick, como la gente llamaba al dramaturgo, no llegaría muy lejos. Y al parecer otros hombres nada significaban para ella. Estaba atada a Clifford. Él deseaba una parte de su vida y ella se lo daba. A su vez, ella deseaba una parte de la vida de un hombre y esto no podía dárselo Clifford. Hubo ocasionales encuentros con Michaelis, pero como a ella se lo decían sus intuiciones, eso llegaría a su fin. Mick era incapaz de perseverar. Era parte de su naturaleza romper cualquier relación y sentirse libre, aislado, de nuevo un perro vagabundo. Era su mayor necesidad, aunque siempre decía: ¡Ella me rechazó!
El mundo, suponemos, está lleno de posibilidades, que se reducen a muy pocas en la mayor parte de las experiencias personales. Hay montones de buenos peces en el mar, se dice, pero las vastas masas parecen ser de macarela y arenque, y si no se es macarela o arenque es posible que no se encuentren buenos peces en el mar.
Clifford avanzaba hacia la fama y el dinero. La gente acudía a verlo. Connie siempre recibía a alguien en Wragby. Si no eran macarelas eran arenques, ocasionalmente un bagre o una anguila.
Había algunos asiduos, hombres que habían estado en Cambridge con Clifford. Por ejemplo Tommy Dukes, que había permanecido en el ejército y era general brigadier. “El ejército me deja tiempo para pensar y me exime de las batallas de la vida”, decía.
Otro era Charles May, un irlandés que escribía ensayos científicos sobre las estrellas. Un tercero era Hammond, escritor. Los tres eran más o menos de la edad de Clifford, jóvenes intelectuales del momento. Todo ellos creían en el cultivo de la mente. Cualquier otra cosa que hicieran pertenecía a la vida privada y no importaba gran cosa. Nadie le pregunta a otro a qué hora va al retrete. Eso no le interesa sino a quien le concierne.
Y así con la mayor parte de los asuntos de la vida cotidiana. Cómo ganas tu dinero, si amas a tu esposa, si tienes amoríos. Todas esas cuestiones pertenecen al ámbito privado y sólo interesan a quien le conciernen, como eso de ir al retrete, que no tiene interés para nadie más.
—Lo más notable acerca del problema sexual —dijo Hammond, un hombre alto y delgado, con mujer y dos hijos, aunque mucho más apegado a la máquina de escribir—, es que, estrictamente, no existe tal problema. No queremos seguir a un hombre al excusado, ¿por qué seguirlo cuando se va a la cama con una mujer? Ahí radica el problema. Si no le pusiéramos a una cosa más atención que a la otra, no habría problema. Es algo totalmente inútil, sin sentido, un asunto de curiosidad malsana.
—¡Del todo, Hammond, del todo! Pero si alguien comienza a enamorar a Julia, empezarás a calentarte, y si el asunto sigue, pronto estarás hirviendo de rabia. —Julia era la esposa de Hammond.
—¡Por supuesto! Y lo mismo sucedería si el tipo se pone a orinar en un rincón de mi habitación. Hay lugar para esas cosas.
—¿Quieres decir que no te molestarías si alguien hiciera el amor con Julia en un sitio discreto? —Charlie May lo dijo con intención mordaz, porque había pretendido coquetear con Julia y Hammond lo paró en seco.
—Claro que me molestaría. El sexo es algo privado entre Julia y yo, y por supuesto me irritaría si alguien trata de entrometerse.
—De hecho —dijo el delgado y pecoso Tommy Duke, que parecía mucho más irlandés que May, quien era pálido y más bien gordo—. De hecho, Hammond, tienes un fuerte instinto de propiedad y una sólida voluntad de autoafirmación y quieres triunfar. Desde que decidí quedarme en el ejército me he apartado de los asuntos del mundo, y ahora veo cuán desmesurado es el deseo de afirmación y éxito de los hombres. Por encima de toda medida. Toda nuestra individualidad corre en ese sentido. Y por supuesto los hombres como tú creen que lo harán mejor si una mujer los respalda. Por eso eres tan celoso. El sexo es para ti una pequeña dinamo vital entre tú y Julia, útil para alcanzar el éxito. De sentir que te inclinas al fracaso, comenzarías a coquetear, como Charlie, que no tiene éxito. La gente casada, como tú y Julia, tiene etiquetas, como los baúles de los viajeros. La etiqueta de Julia dice Señora de Arnold B. Hammond, como un baúl en el tren, que pertenece a alguien. Y tu etiqueta indica: Arnold B. Hammond, a cargo de la Señora Arnold B. Hammond. ¡Sí, tienes mucha razón, mucha razón! La vida intelectual requiere una casa confortable y comida decente. Tienes toda la razón. También necesita la posteridad. Y todo depende del instinto para el éxito. Ese instinto es el pivote en torno al cual todo gira.
Hammond se veía molesto. Estaba orgulloso de la integridad de su mente y de no ser un esclavo del tiempo. Lo cual no le impedía buscar el éxito.
—Muy cierto, no se puede vivir sin efectivo —dijo May—. Debes tener cierta cantidad para vivir y pasarla bien. Incluso para pensar con libertad hay que disponer de cierta cantidad de dinero. O el estómago te pondrá un alto. Aunque me parece que tendrías que prescindir de las etiquetas en el sexo. Somos libres de hablar con cualquier persona, ¿por qué entonces no lo seríamos de hacer el amor con cualquier mujer que desee hacerlo con nosotros.
—Ha hablado el lascivo celta —dijo Clifford.
—¡Lascivo! Está bien, ¿por qué no? No entiendo por qué le haría más daño a una mujer durmiendo con ella que bailando con ella. O incluso conversando del clima. Se trata de un intercambio de sensaciones y no de ideas, eso es todo.
—Promiscuo como un conejo —dijo Hammond.
—¿Y por qué no? ¿Qué hay de malo con los conejos? ¿Son peores que una humanidad neurótica y revolucionaria, poseída por un odio nervioso?
—Aun así, no somos conejos —dijo Hammond.
—¡Precisamente! Tengo una mente: debo hacer ciertos cálculos en cierta disciplina astronómica que me concierne más que la vida y la muerte. Y a veces la digestión interfiere. El hambre también puede interferir de manera desastrosa. De la misma forma que el hambre de sexo se entromete en mi vida. ¿Qué más?
—Yo habría pensado que es la indigestión sexual la que te causa serios problemas —dijo Hammond irónico.
—¡Para nada! No me sobrealimento ni fornico en exceso. Uno puede decidir cuánto come. Tú quisieras matarme de inanición.
—¡De ninguna manera! Puedes casarte.
—¿Cómo sabes que puedo? Quizá no sea compatible con mis procesos mentales. El matrimonio podría anquilosar mis procesos mentales. No estoy diseñado para esa función, ¿y por eso tendría que estar encadenado en una perrera como un monje? ¡Basura, muchacho! Debo vivir y hacer mis cálculos. Y necesito una mujer de vez en cuando. Me niego a hacer un drama y rechazo toda prohibición y todo intento de condenarme moralmente. Me sentiría avergonzado de ver una mujer etiquetada con mi nombre, dirección y la estación de destino del tren, como un baúl lleno de ropa.
Los dos hombres no se habían perdonado el asunto de Julia.
—Es una idea graciosa, Charlie —dijo Dukes—. Eso de que el sexo sea otra forma de hablar, donde pones en acción las palabras en vez de decirlas. Supongo que tienes razón. Podríamos intercambiar con las mujeres tantas sensaciones y emociones como ideas sobre el clima y mucho más. El sexo sería una especie de conversación física natural entre un hombre y una mujer. No se habla con una mujer a menos que se tengan ideas en común; esto es, lo haces sin interés alguno. De la misma manera, a menos que compartas una emoción o cierta simpatía con una mujer, no te acostarías con ella. Pero si se tiene...
—Si se tiene la clase adecuada de emoción o simpatía con una mujer, tienes que acostarte con ella —dijo May—. Es lo único decente, llevársela a la cama. Así como, cuando tienes interés en hablar con alguien, lo único decente es tener una conversación. No acobardarte y morderte la lengua. No, hay que decir lo que se tiene que decir. Y lo mismo en el otro caso.
—No —dijo Hammond—. Es un error. Tú, por ejemplo, May, despilfarras la mitad de tu fuerza con las mujeres. Nunca utilizas de la manera correcta ese magnífico cerebro que tienes. Buena parte de ese talento se va por otro lado.
—Es posible... y muy pequeña parte del tuyo se gasta de ese modo, Hammond, muchacho, casado o no. Puedes mantener la pureza y la integridad de tu cerebro, pero se te está secando. Por lo que veo, tu mente inmaculada se está quedando seca como las cuerdas de un violín. Simplemente la subestimas.
Tommy Dukes estalló en una carcajada.
—¡Adelante, par de cerebros! —dijo—. Mírenme. No realizo ningún trabajo intelectual puro y elevado, nada sino garabatear unas cuantas ideas. Y no me he casado ni persigo mujeres. Creo que Charlie tiene razón, si quiere correr detrás de las mujeres, es libre de hacerlo, no muy a menudo. Yo no se lo prohibiría. En cuanto a Hammond, tiene sentido de la propiedad, por lo tanto le van bien el camino recto y la puerta estrecha. Ya verán que será uno de nuestros hombres de letras antes de sucumbir. A B C de pies a cabeza. Falto yo. No soy nada. Un folletín. ¿Y qué hay de ti, Clifford? ¿Crees que el sexo es una dinamo que ayuda a los hombres a lograr el éxito?
En esos momentos Clifford hablaba poco, no se arriesgaba. Sus ideas no eran suficientemente vitales para hacerlo, se hallaba confundido y sensible. Se sonrojó, parecía incómodo.
—Bueno —dijo—, como estoy fuera de combate, no tengo nada que decir sobre ese tema.
—Para nada —dijo Dukes—. Tu parte superior no está fuera de combate. Tu vida cerebral está sana, intacta. Queremos escuchar tus ideas.
—Aun así —tartamudeó Clifford—, no dispongo de muchas ideas. Creo que casarse y que todo vaya bien representaría lo que pienso. Por supuesto, que un hombre y una mujer se cuiden entre sí es una gran cosa.
—¿Qué tiene de gran cosa? —preguntó Tommy.
—Pues... perfecciona la intimidad —dijo Clifford, incómodo como una mujer en ese tipo de charla.
—Bueno, Charlie y yo pensamos que el sexo es una especie de comunicación, como el habla. Si una mujer empieza una conversación sexual conmigo, me parece natural que la terminemos en la cama, en el momento oportuno. Por desdicha, no hay mujer que comience algo así conmigo, y por lo tanto me voy solo a la cama y eso no me hace peor. Al menos eso espero, porque ¿cómo voy a saberlo? De cualquier modo eso no interfiere con abstrusos cálculos astronómicos o con la escritura de obras maestras. Soy simplemente un compañero que fisgonea en el ejército.
Hubo un silencio. Los cuatro hombres fumaban. Connie, sentada allí, dio otra puntada en su costura... ¡Sí, allí se hallaba! Callada, quietecita como un ratón para no interrumpir las inmensamente importantes especulaciones de esos inteligentes caballeros. Tenía que estar allí. No la pasaban tan bien sin su presencia, sus ideas no fluían tan libremente. Clifford era mucho más evasivo y nervioso, se intranquilizaba pronto en ausencia de ella y la charla se dificultaba. A Tommy Dukes le iba mejor, la presencia de ella lo inspiraba. Hammond no le gustaba a Connie, le parecía egoísta en un sentido mental. Y Charles May, aunque le simpatizaba en algunos aspectos, le parecía desagradable y desordenado a pesar de sus estrellas.
Infinidad de tardes había escuchado Connie las discusiones de aquellos cuatro hombres y uno o dos más. Y no le molestaba que jamás llegaran a conclusión alguna. Le gustaba escuchar sus opiniones, especialmente cuando Tommy era uno de ellos. Era asunto gracioso. En vez de que la besaran o la tocaran con sus cuerpos, le abrían sus mentes. ¡Era muy divertido! ¡Pero qué mentes tan frías!
Y también era irritante. Ella le tenía más respeto a Michaelis, cuyo nombre mencionaban todos con sumo desprecio, como un arribista rústico, un patán maleducado de la peor clase. Rústico y patán o no, llegaba a sus propias conclusiones. No se limitaba a pasear en torno de ellas con millones de palabras en un desfile de la vida intelectual.
A Connie le agradaba la vida intelectual, la apasionaba. Aunque en este caso le parecía exagerada. Le encantaba hallarse allí, entre nubes de humo, en esas afamadas reuniones de los compinches, como los llamaba en privado. La gratificaba, y también la hacía sentirse orgullosa, que ellos ni siquiera pudiesen hablar sin su presencia silenciosa. Tenía un inmenso respeto por el pensamiento, y esos hombres trataban de pensar honestamente. Aunque había por ahí un gato que no se atrevía a pegar el salto. Tenían en común que todos hablaban de algo, pero lo que ese algo significaba para su vida, no sabría decirlo. Era algo que Mick tampoco aclaró.
En tanto, Mick no hacía nada más que cruzar por su vida y poner ante los demás tantos obstáculos como le ponían a él. Era en verdad un antisocial, razón por la cual Clifford y sus compinches se oponían a él. Clifford y sus amigos no eran antisociales, más bien hacían su parte para salvar a la humanidad o cuando menos para instruirla.
Hubo una interesante velada la tarde de un domingo, cuando la conversación de nuevo derivó hacia el amor.
—Bendito sea el vínculo que une nuestros corazones en algún tipo de parentesco —dijo Tommy Dukes—. Quisiera saber cuál es ese vínculo. El que nos une en este momento es la fricción mental entre uno y otro. Aparte de esto, poco es lo que nos une. Nos separamos y nos decimos palabras maliciosas, como otros malditos intelectuales del planeta. Maldito sea todo el mundo, porque todo el mundo hace lo mismo. De otra manera separémonos y ocultemos los rencores que abrigamos contra los otros musitándoles palabras azucaradas. Es curioso que la vida intelectual al parecer florezca con las raíces en el resentimiento, un resentimiento inefable y sin medida. ¡Siempre ha sido así! ¡Observen a Sócrates, en Platón, y el séquito que lo rodea! Rencor puro. Y auténtica alegría cuando se despedaza a alguien. ¡Protágoras o quien sea! ¡Y Alcibíades y los demás discípulos perros de presa se unen a la refriega! Debo señalar que uno prefiere a Buda tranquilamente sentado bajo un árbol, o a Jesús predicando a sus discípulos pequeñas historias dominicales, en santa paz y sin pirotecnia verbal. No, radicalmente hay algo erróneo en la vida intelectual. Enraizada en el rencor y la envidia, la envidia y el rencor. Conocerás el árbol por sus frutos.
—No creo que todos seamos unos resentidos —protestó Clifford.
—Mi querido Clifford, piensa en la forma en que nos hablamos, todos nosotros. Y yo soy el peor de todos. Porque infinitamente prefiero el rencor espontáneo a las falsas palabras edulcoradas. Veneno puro. Si comienzo a hablar de lo buen amigo que es Clifford, etcétera, pobre Clifford, merecerá compasión. Por el amor de Dios, digan todos ustedes lo peor que se les ocurra acerca de mí y sabré que me aprecian. Si me llenan de elogios, sabré que estoy perdido.
—Pues yo creo que de verdad nos apreciamos —dijo Hammond.
—Deberíamos... Nos lanzamos palabras rencorosas, hablamos mal de los otros a sus espaldas. Y yo soy el peor.
—Yo creo que confundes la vida intelectual con el ejercicio crítico. Y estoy de acuerdo contigo, Sócrates dio a la actividad crítica un gran impulso, e hizo mucho más —dijo Charlie May con actitud magisterial. Los compinches mostraban cierta pomposidad bajo su asumida modestia. Todo se decía ex cathedra, aunque se fingían humildes.
Dukes se negó a abordar el tema de Sócrates.
—Es verdad, la crítica y el conocimiento no son la misma cosa —dijo Hammond. —Por supuesto que no lo son —intervino Berry, un joven moreno y tímido que
había llegado a ver a Dukes y se quedó a pasar la noche. Todos lo miraron como si un asno hubiera hablado.
—No hablaba del conocimiento sino de la vida intelectual —dijo Dukes sonriente—. El conocimiento verdadero proviene de la conciencia del cuerpo entero; del vientre y el pene tanto como del cerebro y la mente. La mente sólo puede analizar y racionalizar. Si se deja que la mente y la razón gobiernen todo lo demás, lo único que lograrán es criticar y matar todo. Es todo lo que pueden hacer. Y esto es muy importante. Sabe Dios que la crítica es hoy muy importante, una crítica implacable. Por lo tanto vivamos la vida intelectual y la gloria en nuestro resentimiento, y acabemos el viejo espectáculo podrido. Pero, lo advierto, es así: mientras vives tu vida, eres de alguna manera un todo orgánico con la vida entera. Y una vez que comienzas la vida intelectual arrancas la manzana, cortas la conexión entre la manzana y el árbol: la conexión orgánica. Y si no hay en tu vida nada más que vida intelectual, eres una manzana cortada, has caído del árbol. Y entonces es una necesidad lógica abrigar rencor, como para la manzana caída pudrirse es una necesidad natural.
Clifford abrió mucho los ojos: para él todo era palabrería. Connie reía para sí misma.
—De modo que todos somos manzanas caídas —dijo Hammond en tono ácido y petulante.
—Pues hagamos sidra de nosotros mismos —dijo Charlie.
—¿Qué piensan ustedes del bolchevismo? —preguntó el moreno Berry, como si todo lo anterior llevara a ese tema.
—¡Bravo! —rugió Charlie—. ¿Qué piensan del bolchevismo?
—¡Vamos! —dijo Dukes—. Hagamos polvo el bolchevismo.
—Me temo que el bolchevismo es un tema mayúsculo —dijo Hammond agitando la cabeza con suma seriedad.
—Para mí —dijo Charlie—, el bolchevismo no es nada más que un odio superlativo a lo que llaman lo burgués, aunque lo que llaman burgués no está del todo definido. Es el capitalismo entre otras cosas. Los sentimientos y las emociones son algo tan burgués, que habría que inventar un hombre que no los tuviera. El individuo, en especial el hombre independiente, es burgués, de modo que debe ser suprimido. Cada uno debe sumergirse en lo más grande, lo social soviético. Incluso un organismo es burgués: por lo tanto el ideal es lo mecánico. Lo único que es una unidad inorgánica, compuesta de muchas partes, todas esenciales, es la máquina. Cada hombre es una parte de la máquina, y la fuerza que impulsa la máquina es el odio, el odio a lo burgués. Para mí eso es el bolchevismo.
—¡Absolutamente! —dijo Tommy—. Aunque también me parece una descripción perfecta de todo el ideal industrial. El ideal del dueño de la fábrica en una cáscara de nuez, aunque nunca aceptará que la fuerza motriz sea el odio. Es el odio, siempre; odio a la vida misma. Basta con echarle una mirada a las Midlands, si es que no les queda claro. Todo es parte de la vida de la mente, es un desarrollo lógico. —Niego que el bolchevismo obedezca a una lógica, rechaza la mayor parte de
las premisas —dijo Hammond.
—Vamos, querido, permite la premisa material, tal como lo hace la mente pura.
Exclusivamente.
—Al menos el bolchevismo ha llegado al fondo —dijo Charlie.
—¡El fondo! ¡Un fondo sin fondo! Dentro de poco los bolcheviques tendrán el
mejor ejército del mundo, con el mejor equipo mecánico.
—Esto no puede seguir, este asunto del odio. Tiene que haber una reacción
—dijo Hammond.
—Bueno, hemos aguardado durante años, no podemos esperar más. El odio
es algo que crece como cualquier otra cosa. Es el inevitable resultado de imponer ideas a la vida, de imponer nuestros más profundos instintos, instintos que forzamos de acuerdo con ciertas ideas. Nos conducimos con una fórmula, como una máquina. La mente lógica pretende llevar la voz cantante, y esa voz deviene odio puro. Todos somos bolcheviques, pero somos hipócritas, Los rusos son bolcheviques sin hipocresía.
—Hay muchos caminos distintos de la ruta soviética —dijo Hammond—. Los bolcheviques no son inteligentes.
—Claro que no. Aunque a veces resulta inteligente pecar de ingenuo, si se quiere alcanzar un objetivo. Personalmente, considero que el bolchevismo es una tontería, pero también me parece que la vida social en occidente es una tontería. En consecuencia considero que nuestra célebre vida intelectual es una tontería. Somos tan indiferentes como los cretinos y tan apáticos como los idiotas. Todos somos bolcheviques, aunque con otro nombre. Nos creemos dioses, ¡hombres como dioses! Lo mismo que los bolcheviques. Uno tiene que ser humano y tener un corazón y un pene para librarse de ser un dios o un bolchevique, porque estos son la misma cosa. Son muy buenos para ser verdaderos.
En el silencio condenatorio surgió la ansiosa pregunta de Berry.
—Entonces crees en el amor, Tommy. ¿No es así?
—¡Oh, querido muchacho! —dijo Tommy—. ¡No, querubín! ¡Nueve de cada diez
veces, no! El amor es otra de esas tonterías de nuestro tiempo. Amigos con cinturas ondulantes, pequeñas pervertidas del jazz con nalgas de niño, como botones de un abrigo. ¿Te refieres a esa clase de amor? ¿O al tipo de amor de la propiedad en común en busca del éxito, la clase de amor mi-marido-mi-esposa? ¡No, mi querido amigo, no creo en nada de eso!
—¿Entonces en qué crees?
—¿Yo? Intelectualmente creo en tener un corazón noble, un pene juguetón, una inteligencia vivaz y el valor de decir “mierda” delante de una dama.
—Pues todo eso lo posees —concluyó Berry.
Tommy Dukes echó a reír a carcajadas.
—¡Eres un ángel, muchacho! ¡Ojalá lo tuviera! ¡Ojalá lo tuviera! No, mi corazón
es tan insensible como una papa, mi pene se dobla y nunca levanta la cabeza, preferiría cortármelo que decir “mierda” delante de mi madre o de mi tía, auténticas damas, no lo dudes. Y la verdad no soy inteligente, soy un simulador. Sería maravilloso ser inteligente: entonces estaría vivo en todas las partes mencionadas y las innombrables. El pene levantaría la cabeza para decirle “¿Cómo estás?” a una persona de verdad inteligente. Renoir decía que pintaba sus cuadros con el pene, y lo hacía, ¡magníficos cuadros! Me gustaría hacer algo con el mío. ¡Dios!, uno sólo es capaz de hablar. Otra tortura sumada a las del Hades. Y Sócrates comenzó todo.
—Hay excelentes mujeres en el mundo —Connie alzó la cabeza y al fin habló.
A los hombres no les gustó. Connie tendría que haber fingido que no había escuchado. Odiaban admitir que había escuchado tan de cerca esa conversación.
—Dios mío, si no son buenas conmigo, ¿qué importa cuán buenas puedan ser?
—No, no tiene sentido. Simplemente no puedo vibrar al unísono con una mujer. No hay una mujer a la que desee cuando estoy frente a ella, y voy a empezar a obligarme a hacerlo. ¡Por Dios, no! Seguiré como hasta hoy y viviré una vida intelectual. Es lo único honesto que puedo hacer. Soy muy feliz conversando con mujeres, pero es algo puro, irremediablemente puro. ¡Irremediablemente puro! ¿Qué opinas tú, Hildebrand?
—Es menos complicado si uno conserva la pureza —dijo Berry. —Sí, la vida es completamente simple.
V
Una helada mañana con un poco de sol de febrero, Clifford y Connie dieron un paseo por el parque hasta llegar al bosque. Clifford en su silla motorizada y Connie caminando a su lado.
El aire pesado conservaba un olor a azufre, pero ellos estaban acostumbrados. El horizonte cercano se hallaba rodeado de una niebla opalescente, con humo y escarcha, y en lo alto se percibía un retazo de cielo azul; era como dentro de un recinto, siempre dentro. La vida siempre es un sueño o un delirio, dentro de un recinto.
Las ovejas tosían en el áspero y seco pasto del parque, donde el hielo azuloso se acumulaba en las cavidades de los matorrales. Cruzaba el parque un sendero que llegaba al portón de madera, una delgada cinta color de rosa. Clifford lo había mandado cubrir hacía poco con grava tamizada de la orilla del pozo. Cuando la piedra y los desechos del inframundo se habían quemado y liberado su azufre, la gravilla se había tornado de un color rosa brillante, del tono de un camarón en días secos, y más oscuro, del color de un cangrejo, en días húmedos. Ahora mostraba un color camarón pálido, con escarcha de color blanco azulado. A Connie le agradaba esa alfombra de gravilla de un brillante color de rosa. Incluso un viento dañino puede traer algo bueno.
Clifford condujo con cautela por la pendiente de la colina, Connie tenía una mano sobre la silla. Enfrente se hallaba el bosque, delante los avellanos y más allá la densidad purpúrea de los robles. En la linde del bosque los conejos retozaban y mordisqueaban. De pronto los grajos alzaron el vuelo en una hilera negra y se alejaron en una franja del firmamento.
Connie abrió el portón de la cerca y Clifford, esforzándose, se internó en el amplio sendero de herradura que se abría paso en una pendiente entre los avellanos desnudos. La arboleda era lo que quedaba del gran bosque donde Robin Hood cazaba, y el sendero era un antiguo camino que cruzaba el condado. Ahora, por supuesto, era sólo una vereda entre el bosquecillo privado. La carretera a Mansfield viraba allí hacia el norte.
En la fronda todo se hallaba inmóvil, en el suelo las hojas muertas mantenían la escarcha en el lado oculto. Un azulejo llamó ásperamente y muchos pájaros revolotearon. Pero no había caza, no quedaba un faisán; los habían aniquilado durante la guerra y el bosque había quedado sin protección, hasta que ahora Clifford había contratado de nuevo al guardabosque.
Clifford amaba el bosque, sobre todo los viejos robles. Sentía que habían sido suyos durante generaciones. Y deseaba protegerlos. Quería que ese sitio fuera inviolable, aislado del mundo.
La silla avanzaba con lentitud por la pendiente, meciéndose y sacudiéndose sobre los terrones congelados. De repente, a la izquierda apareció un claro donde no había nada más que un grupo de helechos muertos, algunos arbolitos largos y delgados brotando aquí y allá, grandes tocones que mostraban las marcas de la sierra y sus retorcidas raíces sin vida. Y manchones negros donde los leñadores habían quemado ramas y basura.
Se trataba de uno de los sitios que Sir Geoffrey había mandado talar durante la guerra a fin de sacar madera para las trincheras. La colina entera, que se elevaba con suavidad a la derecha del camino, estaba desnuda y extrañamente abandonada. La cima de la loma, donde antaño proliferaban los robles, mostraba su desnudez, y desde allí podían verse, por encima de los árboles, la vía férrea de la mina y las nuevas fábricas de Stacks Gate. Connie se había detenido y miraba, se trataba de una brecha en el virtuoso aislamiento del bosque. Una fisura que permitía la entrada del mundo. Pero nada le dijo a Clifford.
Ese sitio desnudo siempre encolerizó a Clifford. Había estado en la guerra y sabía lo que significaba, pero nunca se enojó tanto como cuando vio esa colina desnuda. Aunque había ordenado que la replantaran, eso no lo eximió de odiar a Sir Geoffrey.
Clifford mantuvo una expresión invariable mientras la silla ascendía con lentitud. En la cumbre, la detuvo; no deseaba correr riesgos en el descenso largo y ajetreado. Miraba el verdoso trayecto de descenso, una despejada senda entre los helechos y los robles, que al pie de la colina viraba y desaparecía. El camino desplegaba una curva sencilla y encantadora, perfecta para damas y caballeros en sus educadas monturas.
—Creo que éste es realmente el corazón de Inglaterra —dijo Clifford a Connie sentado allí bajo el tenue sol de febrero.
—¿De veras? —preguntó ella, mientras se sentaba en un tocón al lado del sendero con su vestido azul de punto.
—¡Claro que sí! Esta es la vieja Inglaterra, su corazón, y quiero mantenerlo intacto.
—¡Oh, sí! —dijo Connie. Y escuchó las sirenas de las once de la mañana de la mina de Stacks Gate. Clifford estaba tan acostumbrado a ese sonido que no lo escuchó.
—Quiero este bosque perfecto, intocado. Deseo que nadie pase por aquí —dijo Clifford.
Había cierto patetismo. El bosque conservaba algo del misterio de la vieja y salvaje Inglaterra, aunque las talas de Sir Geoffrey durante la guerra habían constituido un duro golpe. ¡Qué inmóviles estaban los árboles, con sus innumerables ramas retorcidas recortándose contra el cielo, y sus obstinados troncos grises elevándose desde los helechos marrones! ¡Con qué seguridad los pájaros revoloteaban entre el follaje! Alguna vez allí había habido ciervos, arqueros, monjes que viajaban sobre asnos perezosos. El sitio recordaba, seguía recordando.
Bajo el sol pálido, la luz acariciaba el pelo suave y rubio de Clifford, su inescrutable rostro sonrosado.
—Cuando vengo aquí, más que en cualquier otro momento, me duele no haber tenido un hijo —declaró.
—El bosque es más antiguo que tu familia—dijo con delicadeza Connie.
—¡Mucho más! —dijo Clifford—. Y lo hemos preservado. De no ser por nosotros habría desaparecido, como el resto de los bosques. ¡Hay que cuidar la vieja Inglaterra! —¿Hay que hacerlo? —dijo Connie—. ¿Tiene que ser preservada contra la nueva
Inglaterra? Es triste, lo entiendo.
—Si no protegemos la vieja Inglaterra, no habrá Inglaterra en absoluto —dijo Clifford—. Y los que poseemos este tipo de propiedades y las amamos, tenemos el deber de preservarlas.
Hubo una pausa triste.
—Sí, durante un tiempo —dijo Connie.
—¡Durante un tiempo! Es todo lo que podemos hacer, nuestra pequeña parte.
Desde que tenemos este lugar, cada hombre de mi familia ha hecho su parte. Debemos oponernos a los convencionalismos, pero mantener la tradición.
De nuevo hubo una pausa.
—¿Qué tradición?
—¡La tradición de Inglaterra! ¡De todo esto!
—Sí —dijo Connie con tranquilidad.
—Por eso tener un hijo ayuda —dijo Clifford—. Somos eslabones de una cadena. A Connie no le interesaban las cadenas, pero no dijo nada. Pensaba en la curiosa impersonalidad del deseo de Clifford de tener un hijo.
—Siento mucho que no podamos tener un hijo —declaró.
Clifford la miró con toda la intensidad de sus ojos de un azul pálido.
—Casi sería bueno que tuvieras un hijo de otro hombre —dijo—. Si lo educáramos en Wragby nos pertenecería y pertenecería a este lugar. No tengo gran aprecio por la paternidad. Si pudiéramos criarlo sería nuestro, continuaría la tradición. ¿No crees que vale la pena considerarlo?
Connie al fin se dignó mirarlo. Su niño, el niño de ella, para él era sólo algo necesario.
—¿Y quién podría ser el hombre? —preguntó.
—¿Tiene importancia? ¿Nos afectan profundamente esas cosas? Tenías un amante en Alemania, ¿y qué ocurrió? Casi nada. Me parece que esos pequeños actos, esas pequeñas relaciones que hacemos en la vida no importan gran cosa. La gente muere, ¿y ahora dónde está? ¿Dónde... dónde están las nieves de antaño? Es lo que perdura en nuestras vidas lo que importa; me importa mi propia vida, su larga continuidad y desarrollo. ¿Qué importancia tienen las relaciones ocasionales? ¡Especialmente las relaciones sexuales ocasionales! Si la gente no les diera tan ridícula importancia se verían como el apareamiento de las aves. Y así debe ser. ¿Qué importancia tienen? Es el compañerismo de una vida lo que vale. Vivir juntos el día a día, y no el hecho de acostarse juntos una o dos veces. Tú y yo estamos casados y eso no lo cambia lo que pueda sucedernos. Tenemos el hábito del otro. Y el hábito, a mi modo de ver, es mucho más vital que cualquier excitación circunstancial. Un asunto amplio, lento y duradero, es por lo que vivimos, no por un espasmo ocasional. Poco a poco, al vivir juntas dos personas forman una especie de unísono, vibran de manera intrincada la una con la otra. Ese es el secreto del matrimonio, no el sexo; o no solamente la función sexual. Tú y yo estamos entretejidos en el matrimonio. Si nos apegamos a eso podríamos arreglar este asunto del sexo, así como podemos concertar una cita con el dentista, puesto que físicamente el destino nos ha acorralado ahí.
Connie escuchaba sentada, en parte con asombro y en parte temerosa. No lograba descifrar si Clifford tenía razón o no. Allí estaba Michaelis, a quien ella amaba, o al menos eso se decía a sí misma. Pero ese amor era sólo una excursión de su matrimonio con Clifford, del largo y moroso hábito de la intimidad forjado a través de muchos años y paciencia. Tal vez el alma humana necesitase excursiones, y no había por qué negárselas. Pero después de la excursión había que volver a casa.
—¿Y no te importaría con quién tuviera el hijo? —inquirió Connie.
—¿Por qué, Connie? Confiaría en tu natural instinto de decencia y selección. Tú no permitirías que te tocara alguien inapropiado.
¡Ella pensó en Michaelis! Representaba completamente la idea de Clifford del tipo inapropiado.
—Hombres y mujeres podemos tener idea distinta del hombre inapropiado.
—No —replicó Clifford—. Tú piensas en mí. No creo que te interese un hombre que me resulte antipático. Tu temperamento no te lo permitiría.
Ella guardó silencio. Esa lógica era incontestable porque estaba absolutamente equivocada.
—¿Y esperarías que te contara todo? —dijo ella, mirándolo de manera casi furtiva.
—Para nada, sería mejor que no lo supiera. Supongo que estás de acuerdo conmigo en que el sexo casual no es nada comparado con una larga vida juntos, ¿es así? ¿No crees que uno puede subordinar el sexo a las necesidades de una larga vida? Utilizar el sexo, ¿no es algo a lo que nos vemos forzados? Después de todo, ¿tienen valor esas excitaciones pasajeras? ¿No se reduce el problema entero de la vida a la construcción de una integridad personal al paso de los años, en vivir una vida plena? Una vida incompleta, parcial, no tiene sentido. Si la carencia de sexo pone en peligro la integridad de tu vida, sal a buscar una aventura amorosa. Si la falta de un niño atenta contra tu plenitud, haz lo posible por tener un hijo. Pero sólo hazlo para tener una vida plena, una larga conjunción armónica. Y tú y yo podemos lograrlo, ¿no crees? Si nos adaptamos a las necesidades y al mismo tiempo unimos esa adaptación en una sola pieza a la vida constante que hemos vivido. ¿No te parece?
Connie se sintió agobiada por esas palabras. Sabía que teóricamente él tenía razón, pero cuando ella pensó en la vida constante vivida con él, titubeó. ¿Era su destino seguir entretejiendo su vida con la de él el resto de sus días? ¿Nada más?
¿Eso le deparaba la vida? ¿Era justo? Tenía que conformarse con tejer una vida estable a su lado, en una sola pieza, quizás ocasionalmente bordada con la flor de una aventura. ¿Cómo podría ella saber cuáles serían sus sentimientos un año después? ¿Cómo podría cualquiera saberlo? ¿Cómo era posible decir sí para años y años? ¡El pequeño sí había durado lo que un suspiro! ¿Por qué tendría que verse atrapada por esa volátil palabra? ¡Por supuesto, tenía que revolotear y desaparecer, seguida por otros síes y noes! Como se alejan las mariposas.
—Creo que tienes razón, Clifford. Hasta donde logro entender, estoy de acuerdo contigo. Sólo los giros de la vida pueden aportar un nuevo sentido.
—En tanto la vida nos lo ofrezca. ¿Estás de acuerdo?
—¡Oh, sí! Estoy de acuerdo, de veras.
Connie estaba mirando una spaniel de pelaje pardo que había salido de un sendero lateral y los veía con la nariz levantada ladrando suavemente. Detrás de la perra apareció caminando a grandes zancadas un hombre con una escopeta, que parecía dispuesto a atacarlos; de pronto el hombre se detuvo, saludó y se dio vuelta para seguir su camino colina abajo. Era el nuevo guardabosque, pero había asustado a Connie al aparecer rápido y amenazante. Así lo había visto ella, como una repentina amenaza surgida de ninguna parte.
Era un hombre vestido de pana verde y con polainas, al viejo estilo; tenía una cara colorada y un bigote rojo y ojos glaciales. Bajaba ya de prisa la colina.
—¡Mellors! —lo llamó Clifford.
El hombre se dio vuelta y saludó con un ademán militar breve y rápido, ¡era un soldado!
—¿Quieres darle vuelta a la silla y echarla a andar? Así será más fácil —dijo Clifford.
El hombre se echó la escopeta al hombro y se acercó con pasos rápidos y suaves a la vez, como si fuera invisible. Era delgado y no muy alto, y silencioso. No dirigió la mirada a Connie, sólo a la silla.
—Connie, él es el nuevo guardabosque, Mellors. ¿No ha hablado aún con su señoría, Mellors?
—No, señor —repuso Mellors con palabras maquinales, neutras.
El hombre se levantó el sombrero y mostró su cabello grueso, casi rubio. Miró a Connie a los ojos con una mirada escrutadora, audaz, impersonal, como si la estudiara. Ella se sintió intimidada e inclinó la cabeza hacia él. Mellors se quitó el sombrero con la mano izquierda e hizo una leve reverencia, como un caballero, sin pronunciar palabra. Permaneció un momento inmóvil, con el sombrero en la mano.
—Ya tiene tiempo aquí, ¿verdad? —le dijo Connie.
—Ocho meses, señora. Quiero decir, su señoría —corrigió el hombre con tranquilidad.
—¿Y le gusta?
Connie lo miraba a los ojos. Mellors entrecerró los ojos, con ironía, tal vez con insolencia.
—Sí, su señoría, gracias. Me criaron aquí.
Hizo otra breve reverencia, se dio vuelta, se puso el sombrero y se dirigió a la silla. En las palabras finales su voz había adoptado el pesado arrastre del dialecto, quizá con algo de burla, porque hasta ese momento no había mostrado indicios de dialecto. Podría decirse que era casi un caballero. De cualquier modo era un tipo curioso, rápido, aislado, solitario y seguro de sí mismo.
Clifford echó a andar el pequeño motor y el hombre giró con cuidado la silla para colocarla de frente al declive que conducía, curvándose suavemente, a la penumbra de los avellanos.
—¿Es todo, señor Clifford? —preguntó el hombre.
—No, será mejor que me acompañe, por si se detiene. A veces el motor no tiene fuerza suficiente para subir.
El hombre echó una mirada en torno buscando a la perra, una mirada reflexiva. El spaniel lo miró y movió la cola levemente. Una breve sonrisa que parecía burlarse de Connie o provocarla, aunque de forma amable, asomó a los ojos del hombre un instante y en seguida se desvaneció y el rostro quedó inmóvil, sin expresión. Comenzaron a bajar la cuesta con rapidez, el hombre con una mano en la barra de la silla, sujetándola. Más parecía un soldado redimido que un sirviente. Algo en su porte le recordó a Connie a Tommy Dukes.
Cuando llegaron a la arboleda Connie echó a correr y abrió el portón que daba al parque. Mientras lo detenía, los dos hombres pasaron a su lado mirándola. Clifford con aire crítico; el otro con una fría curiosidad impersonal, queriendo descubrir cómo era ella. Y ella vio en sus impersonales ojos azules una mirada de sufrimiento y desapego, aunque no exenta de calor. ¿Por qué era tan arrogante, tan lejano?
Clifford detuvo la silla en cuanto cruzaron el portón, y el hombre acudió rápido y cortés a cerrarlo.
—¿Por qué corriste para abrir? —le preguntó Clifford a ella con una voz suave y tranquila que mostraba su disgusto—. Mellors lo hubiera hecho.
—Pensé que seguirían de frente —dijo Connie.
—¿Y dejar que corrieras tras de nosotros? —dijo Clifford.
—A veces me dan ganas de correr.
Mellors tomó de nuevo la silla, al parecer desentendido del entorno, pero Connie sabía que se fijaba en todo. Mientras empujaba la silla por el empinado ascenso del parque, Mellors comenzó a respirar agitado, con los labios entreabiertos. En realidad era un hombre frágil. Lleno de vitalidad, pero frágil y con tendencia a sofocarse. El instinto femenino de Connie lo descubrió.
Connie se quedó atrás, dejó que la silla avanzara. La mañana se había tornado gris; el trozo de cielo azul que se veía entre los círculos de neblina se había cerrado, como si le hubieran colocado una tapadera, y hacía un frío lacerante. Pronto nevaría. ¡Todo gris, todo gris! El mundo parecía exhausto.
La silla aguardaba en lo alto del sendero color de rosa. Clifford buscó a Connie con la mirada.
—¿Acaso estás cansada? —le preguntó.
—¡Oh, no! —dijo ella.
Pero lo estaba. Comenzaba a lastimarla un misterioso y agotador anhelo, una
gran insatisfacción. Clifford no se dio cuenta: no era el tipo de cosas que lo motivara. Pero el extraño lo advirtió. Para Connie, en su mundo y en su vida todo parecía raído, agotado, y su insatisfacción era más antigua que las colinas.
Llegaron a la casa por la parte de atrás, donde no había escalones. Clifford se las arregló para trasladarse a la silla de ruedas de la casa; tenía unos brazos fuertes y flexibles. Connie le ayudó a acomodar sus piernas muertas.
El guardabosque, mientras esperaba el permiso para retirarse, observaba con atención, no se perdía detalle. Palideció, con algo cercano al temor, cuando Connie tomó en sus brazos las piernas inertes y las llevó a la otra silla, mientras Clifford giraba el cuerpo. Mellors parecía asustado.
—Gracias por la ayuda, Mellors —dijo Clifford indiferente, mientras se dirigía a las habitaciones de la servidumbre.
—¿Se le ofrece algo más, señor? —dijo Mellors con voz neutra, como salida de un sueño.
—Nada más. Buenos días.
—Buenos días, señor.
—Buenos días. Ha sido muy amable en subir la silla. Espero que no se haya fatigado —dijo Connie mirando al guardabosque, que se hallaba fuera.
La mirada de Mellors se posó en ella un instante, como si despertara. Era muy consciente de su presencia.
—¡No, no fue muy pesado! —dijo rápidamente. Luego su voz adquirió el tono tosco de la jerga coloquial—. ¡Buenos días a usted, señoría!
—¿Quién es el guardabosque? —preguntó Connie durante la comida. —Mellors. Ya lo conoces.
—Sí, pero... ¿De dónde salió?
—De ninguna parte. Es de Tevershall. Creo que hijo de un minero.
—¿Y él ha sido minero?
—Herrero en la mina, creo que jefe de herreros. Fue guardián aquí dos años, antes de la guerra, hasta que se alistó. Mi padre siempre tuvo muy buena opinión de él, así que cuando volvió y fue a pedir trabajo de herrero en la mina, lo traje de regreso como guardián. Me alegró mucho contar con él, es casi imposible encontrar por aquí un buen guardabosque, se necesita un hombre que conozca a la gente.
—¿Es casado?
—Lo fue. Pero su mujer se enredó con... con varios hombres y acabó con un minero de Stacks Gate. Creo que sigue viviendo allí.
—Entonces, ¿está solo?
—Más o menos. Su madre vive en el poblado, y creo que tiene un hijo. Clifford fijó en Connie la mirada de sus ligeramente prominentes ojos azul pálido, en los cuales apareció cierta vaguedad. Parecía alerta en primer plano, pero en el fondo, como en la atmósfera de las Midlands, había bruma, una niebla humosa.
Y la bruma parecía avanzar. De modo que cuando miró a Connie a su manera peculiar, mientras le daba una precisa información peculiar, ella percibió que la mente de Clifford se llenaba de niebla, de nada. Y eso la asustó. Clifford parecía impersonal, al borde de la idiotez.
Vagamente discernió una de las grandes leyes del espíritu humano: cuando el alma emocional recibe un golpe lacerante que no mata el cuerpo, el alma parece recuperarse en la medida en que el cuerpo se recupera. Pero esto es sólo apariencia. En realidad no es sino el mecanismo de un hábito reasumido. Poco a poco la herida del alma comienza a hacerse sentir, como un moretón que lentamente lleva a lo profundo su terrible dolor, hasta que llena por completo la mente. Y cuando creemos que nos hemos recuperado y olvidado, los terribles efectos secundarios alcanzan su peor momento.
Eso había sucedido con Clifford. Una vez que estuvo “bien”, una vez que volvió a Wragby y escribía sus cuentos y a pesar de todo se sentía seguro de la vida, parecía haber olvidado y recuperado su ecuanimidad. Y entonces, lentamente, al paso de los años, Connie percibió que la herida del horror y del miedo emergía y se extendía en Clifford. Por un tiempo se había mantenido en lo profundo, adormecida, como si no existiera. Y ahora lentamente comenzaba a afirmarse en la propagación del miedo, casi una parálisis. Mentalmente Clifford permanecía alerta, pero el traumatismo del gran golpe se extendía gradualmente en su yo afectivo.
Y mientras se diseminaba en él, Connie sintió que la invadía. Poco a poco se extendía en ella un pavor interno, un vacío, una indiferencia hacia todo. Cuando Clifford se hallaba excitado era capaz aún de charlar con brillantez y, por así decirlo, controlar el futuro: como en el bosque, cuando habló de que ella tuviera un hijo y diera un heredero a Wragby. Y el día siguiente las brillantes palabras no eran sino hojas muertas desmenuzándose y convirtiéndose en polvo, sin significado, arrastradas por una ráfaga de viento. No eran las frondosas palabras de una vida verdadera, jóvenes y enérgicas y adheridas al árbol. Eran las hordas de hojas caídas de una vida inútil.
Así lo veía ella en todas partes. Los mineros de Tevershall de nuevo hablaban de huelga, y a Connie le parecía que no se trataba de una manifestación de energía sino de una herida de guerra que había estado en suspenso y lentamente salía a la superficie y creaba el gran dolor de la inquietud y el estupor y el descontento. La herida era profunda, muy profunda. Era la herida de una guerra inhumana y falsa. Tomaría muchos años a la sangre vital de las generaciones disolver el vasto coágulo negro de sangre magullada, inserto muy adentro de las almas y los cuerpos. Y necesitaría una nueva esperanza.
¡Pobre Connie! Al paso de los años, lo que la afectó fue el temor a la nada en su vida. La vida intelectual de Clifford y la suya propia comenzaron gradualmente a sentirse como nada. El matrimonio de la pareja, la vida juntos, se basaba en un hábito de intimidad del que él hablaba: había días en que todo no era sino vacío, nada. Se trataba sólo de palabras, excesivas palabras. La única realidad era la nada, y sobre ella una verborrea hipócrita.
En eso descansaba el éxito de Clifford: ¡la diosa meretriz! Cierto, casi era famoso y sus libros le daban mil libras. Su fotografía estaba en todas partes. En una de las galerías había un busto de él y en otras dos tenían un retrato suyo. Parecía el más moderno entre las voces modernas. Con su sorprendente instinto de inválido para la publicidad, en cuatro o cinco años se había convertido en el más popular de los jóvenes “intelectuales”, aunque Connie no lograba ver dónde entraba lo intelectual. Clifford era muy competente para ese análisis levemente humorístico de las personas y sus motivos, que al final hace pedazos todo. Era como esos cachorros que hacen trizas los cojines del sofá, sólo que él no era joven y juguetón, sino curiosamente viejo y obstinadamente engreído. Era extraño y eso no era nada. Esta era la sensación que multiplicaba su eco en el fondo del alma de Connie: era una bandera, una maravillosa demostración de nada. Y a la vez alarde. ¡Un alarde! ¡Un alarde! ¡Un alarde!
Michaelis había tomado a Clifford como el personaje principal de una obra de teatro; ya había diseñado la trama y escrito el primer acto. Michaelis era mejor que Clifford para crear una demostración de nada. Era el último grano de pasión que quedaba en esos hombres: la pasión de demostrar. Sexualmente carecían de pasión, estaban muertos. Y ahora no era dinero lo que buscaba Michaelis. Clifford jamás había puesto en primer término el dinero, aunque se lo embolsaba siempre que podía porque el dinero era el troquel y la marca del éxito. Y era el éxito lo que ellos anhelaban. Deseaban, ambos, hacer una demostración concreta, una muestra de sí mismos capaz de cautivar por un tiempo a la vasta población.
Era extraño, prostituirse a los pies de la diosa meretriz. Para Connie, que estaba fuera de eso, y en quien se había extinguido toda emoción que pudiera nacer de aquello, de nuevo era la nada. Incluso prostituirse ante la diosa meretriz era nada, aunque los hombres se prostituyeran mil veces. Eso también era la nada.
Michaelis le escribió a Clifford sobre la pieza teatral. Connie, por supuesto, lo sabía desde tiempo atrás. Y Clifford de nuevo se entusiasmó. De nuevo sería exhibido, alguien lo mostraría, y él iba a sacar provecho. Así que invitó a Michaelis a Wragby, con su primer acto.
Michaelis llegó en el verano con un traje de color pálido y guantes blancos de gamuza, con orquídeas de color malva para Connie, encantador, y el primer acto fue un gran éxito. Incluso Connie estaba emocionada, con la escasa emoción que le quedaba. Y Michaelis, excitado gracias a su capacidad de emocionar, estuvo maravilloso, hermoso a los ojos de Connie. Ella veía en él la antigua inmovilidad de una raza que ya no podría ser desilusionada, una extremada impureza, tal vez, que sigue siendo pura. En el lado lejano de la prostitución a la diosa meretriz, Michaelis parecía puro, puro como una máscara africana de marfil que sueña la impureza como pureza en sus curvas y planos de marfil.
El momento de auténtica emoción con los dos Chatterley, cuando sencillamente arrastró a Connie y a Clifford, fue uno de los acontecimientos supremos en la vida de Michaelis. Había tenido éxito: los había entusiasmado. Incluso Clifford se enamoró temporalmente de él, para decirlo de algún modo.
La mañana siguiente Mick se hallaba más impaciente que nunca: inquieto, consumiéndose, con las intranquilas manos en los bolsillos del pantalón. Connie no lo había visitado esa noche y él no sabía dónde encontrarla. ¡Frivolidad! En su momento de triunfo.
Subió a la sala de estar por la mañana. Connie estaba segura de que él vendría. Y el nerviosismo de Mick era evidente. Le preguntó que pensaba de su obra. ¿Le parecía buena? Necesitaba oír alabanzas: eso lo estimulaba hasta la última emoción, más allá que un orgasmo. Y ella lo elogió con vehemencia. Aunque en el fondo de su alma sabía que no era nada.
—¡Mira! —dijo él de repente—. ¿Por qué no hacemos las cosas bien? ¿Por qué no nos casamos?
—Pero yo soy casada —dijo ella estupefacta.
—¡Ah, eso! Él aceptará el divorcio. ¿Por qué no nos casamos? Quiero casarme. Es lo que más me conviene. Casarme y llevar una vida normal. Mi vida ha sido un desastre, siempre haciéndome pedazos. Mira, estamos hechos el uno para el otro, uña y carne. ¿Por qué no nos casamos? ¿Hay alguna razón para que no lo hagamos?
Connie lo miraba azorada y no sentía nada. Los hombres eran todos iguales, nada les importaba. Les estallaba la cabeza como si fueran cohetes y esperaban arrastrarte al cielo junto con sus varas.
—Ya te dije que soy casada —dijo Connie—. Y no puedo dejar a Clifford. Lo sabes.
—¿Por qué no? ¿No entiendo por qué no? —gritó Michaelis—. En seis meses ni siquiera se dará cuenta de que te has ido. Para él nadie existe, excepto él mismo. Por lo que veo, a ese hombre no le sirves para nada, está completamente inmerso en sí mismo.
Connie sabía que era cierto. Pero también entendía que Mick estaba haciendo una exhibición de abnegación.
—¿No todos los hombres están inmersos en sí mismos? —dijo Connie.
—Más o menos, lo admito. Un hombre tiene que hacerlo, para abrirse paso. Pero ese no es el asunto. El asunto es cuánto tiempo le concede un hombre a una mujer. ¿Puede hacerla feliz o no puede? Si no puede, no tiene derecho a esa mujer. —Michaelis hizo una pausa y miró a Connie con sus hipnóticos ojos color avellana—. Yo creo —añadió— que puedo darle a una mujer los mejores momentos a que ella pueda aspirar. Eso lo garantizo.
—¿Qué clase de buenos momentos? —preguntó Connie, mirándolo todavía con una especie de desconcierto que parecía nacer de la emoción, aunque no sentía nada en absoluto.
—¡Toda clase de buenos momentos, maldita sea! ¡Todo! Vestidos, joyas hasta cierto punto, los mejores clubes nocturnos, el trato con las personas que quieras conocer, vivir al límite, viajar y ser conocidos en cualquier parte. Toda clase de buenos momentos.
Habló rodeado del brillo del triunfador, y Connie lo miraba como una mujer deslumbrada, pero no sentía nada. Las radiantes promesas de Mick apenas le provocaban un cosquilleo en la superficie de la mente. Su yo más exterior, que en otro momento se hubiera emocionado, apenas respondió. Tales promesas no le provocaban sentimiento alguno, no se dejaba atrapar. Allí sentada, miraba a Mick aturdida, pero nada sentía, sólo percibía en algún lugar el desagradable olor de la diosa bastarda.
Echado hacia adelante en la silla, con el alma en vilo, Mick la miraba histéricamente: nadie podría adivinar si su vanidad estaba ansiosa de escucharla decir ¡sí!, o si tenía miedo de que ella dijera ¡sí!
—Tengo que pensarlo —dijo Connie—. No puedo decidir ahora. Podrá parecerte que Clifford no me importa, pero me importa mucho. Si supieras lo desvalido que...
—¡Maldita sea! Si se trata de hacer valer nuestras desgracias, comenzaré por decirte que estoy muy solo y siempre lo he estado y me paso la vida llorando. ¡Maldita sea! Hablamos de alguien a quien sólo recomienda su invalidez.
Mick se dio vuelta, sus manos se agitaban furiosas en los bolsillos del pantalón. Esa tarde le dijo a Connie:
—Esta noche vendrás a mi habitación, ¿verdad? Ni siquiera sé dónde está la tuya. —Está bien —dijo ella.
Esa noche fue un amante muy excitado, en su extraña y frágil desnudez. A Connie le resultó imposible alcanzar el orgasmo antes de que él terminara, aunque Mick despertó en ella cierta pasión ansiosa con su desnudez y suavidad de niño; entonces ella tuvo que seguir después de que él hubo terminado, en el tumulto salvaje y la agitación de sus entrañas, mientras él se mantenía heroicamente erecto y dentro de ella, con toda su voluntad y su generosidad, hasta que ella alcanzó el orgasmo y estalló en breves y extraños gritos.
Cuando al final salió de ella, Mick, con su vocecita amarga y casi desdeñosa dijo:
—No puedes terminar al mismo tiempo que el hombre, ¿verdad? ¡Tienes que hacerlo a tu modo! ¡Tienes que ser la reina de la función!
Ese pequeño discurso, en ese momento, fue uno de los mayores desencantos en la vida de Connie.
Porque esa forma pasiva de darse era, de manera evidente, la única forma de Mick de tener una relación sexual.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Connie.
—Sabes bien lo que quiero decir. Continúas horas después de que me vengo. Y tengo que apretar los dientes hasta que terminas por tu propio esfuerzo.
Connie quedó estupefacta ante la inesperada brutalidad, en ese momento en que se hallaba encendida por el placer más allá de las palabras y sentía por él una especie de amor. Porque, después de todo, como tantos hombres de su tiempo, él terminaba así antes de haber comenzado. Y eso obligaba a la mujer a continuar activa.
—¿No quieres que obtenga mi propia satisfacción? —dijo ella.
—¡Lo quiero! —dijo Michaelis con una sonrisa sombría—. ¡Está muy bien! ¡Resisto con los dientes apretados mientras me haces el favor!
—¿Lo quieres o no? —insistió Connie.
Michaelis eludió la pregunta.
—Todas las malditas mujeres son iguales —dijo—. O no terminan nunca, como si estuvieran muertas. O esperan hasta que el compañero quede satisfecho y entonces comienzan a solazarse y el amigo tiene que aguantar. Nunca tuve una mujer que se viniera en el momento en que yo lo hago.
Connie escuchó a medias la genial información masculina. Lo que la asombró fue el sentimiento de Michaelis contra ella, su incomprensible brutalidad. Y se supo inocente.
—¿Pero quieres mi satisfacción o no? —repitió ella.
—¡Oh, claro que sí! Me muero de ganas. Pero vieras qué divertido es para un hombre eso de esperar que la mujer acabe.
Este discurso fue uno de los más duros golpes en la vida de Connie. Mató algo en ella. Ella no había estado interesada en Michaelis; cuando él empezó, a ella no le interesaba. Era como si nunca lo hubiera deseado. Pero una vez que él la enardeció, a ella le pareció natural alcanzar el paroxismo con él. Ella casi lo había amado por eso, y esa noche casi lo amaba y deseaba casarse con él.
Gracias quizás al instinto él se dio cuenta y decidió liquidar de golpe todo el espectáculo, el castillo de naipes. Y todos los sentimientos sexuales de Connie hacia él o hacia otros hombres se derrumbaron esa noche. Su vida se distanció de la Michaelis tan completamente como si él jamás hubiera existido.
Y ella volvió al tedio de cada día. No había nada sino la vacía rutina de lo que Clifford llamaba la vida integrada, la larga convivencia de dos personas habituadas a vivir en juntas en una casa. ¡La nada! Aceptar esa gran nada de la vida parecía ser el único propósito de la vida en común. ¡Todas las pequeñas cosas importantes y trascendentes que forman la suma total de la nada!
VI
—¿Por qué en nuestros días los hombres y las mujeres no se quieren? —le preguntó Connie a Tommy Dukes, que era más o menos su oráculo.
—¡Claro que se quieren! No creo que desde que apareció la raza humana haya habido un momento en que los hombres y las mujeres se quisieran tanto como hoy. ¡Una tendencia genuina! Tómame como ejemplo. A mí me gustan mucho más las mujeres que los hombres. Las mujeres son más valientes, uno puede sincerarse con ellas.
Connie examinó esas palabras.
—¡Sí —dijo—, pero nunca quieres saber de ellas!
—¿Y qué estoy haciendo en este momento, si no es hablar con toda franqueza
con una mujer? —Sí, hablar...
—¿Y qué otra cosa podría hacer si fueras un hombre? Hablar con entera sinceridad.
—Quizá nada más. Pero una mujer...
—Una mujer espera agradarte y que hables con ella, y al mismo tiempo que la ames y la desees. Y me parece que esas dos cosas se excluyen mutuamente.
—¡Pues no debería ser así!
—Sin duda el agua no debería ser tan húmeda, se sobrepasa en humedad. ¡Pero así es! Me gustan las mujeres y me gusta hablar con ellas, por lo tanto no las amo ni las deseo. Esos dos binomios no se dan al mismo tiempo en mí.
—Yo creo que deberían suceder.
—Muy bien. El hecho de que las cosas deban ser algo más de lo que son, no atañe a mi departamento.
—No es cierto —dijo Connie después de ponderar esas palabras—. Los hombres pueden amar a las mujeres y pueden hablar con ellas. No veo cómo lleguen a amarlas sin conversar con ellas, sin ser amistosos y cercanos. ¿Cómo podrían hacerlo?
—Bueno —dijo Dukes—, no lo sé. De nada sirve generalizar. Sólo conozco mi propio caso. Me agradan las mujeres, pero no las deseo. Me agrada conversar con ellas, aunque conversar con ellas me obligue a intimar en una sola dirección, y eso me aparta de ellas en lo que concierne a los besos. ¡Allí tienes! Pero no me tomes con modelo, es posible que yo sea un caso especial: uno de esos hombres a quienes les gustan las mujeres, pero no las aman. Incluso llegaría a odiarlas si me obligan a fingir amor o algo que parezca amor.
—¿Y eso no te entristece?
—¿Por qué? ¡Para nada! Me basta con ver a Charlie May y otros hombres que tienen líos amorosos. No, no los envidio. Si el destino me envía una mujer que yo desee, santo y bueno. Pero no conozco a ninguna mujer que desee y nunca he encontrado una. Bueno, me imagino que soy un hombre frío, aunque hay muchas mujeres que me gustan.
—¿Yo te gusto?
—¡Mucho! Y eso no es motivo para besuquearnos, ¿no te parece?
—¡No lo es! —dijo Connie—. ¿Y no debería serlo?
—¿Por qué, en nombre del cielo? Clifford me simpatiza, ¿pero qué dirías si le plantara un beso?
—¿No hay una diferencia?
—En lo que a nosotros respecta, ¿en qué consiste? Somos seres humanos inteligentes, y el asunto de ser macho o hembra es accidental. Exactamente accidental. ¿Te gustaría que en este momento comenzara a actuar como un macho del continente y todo el tiempo hablara de sexo?
—Lo odiaría.
—Ahí tienes. Déjame decirte, aunque en verdad soy un ente masculino, jamás me cruzo con una mujer de mi especie. No las extraño, simplemente me gustan las mujeres. ¿Quién podría obligarme a amarlas o fingir que las amo, a participar en el juego del sexo?
—Yo no. ¿No crees que algo está mal?
—Quizá desde tu punto de vista. Desde el mío, no.
—Sí, yo creo que algo está mal en la relación de hombres y mujeres. La mujer
ya no fascina al hombre.
—¿Y el hombre fascina a la mujer?
Connie valoró el otro lado de la cuestión.
—No mucho —dijo convencida.
—Entonces olvidémonos de todo esto y vamos a ser decentes y sencillos, como deben tratarse dos seres humanos. ¡Maldita sea esa exigencia artificial del sexo! ¡La rechazo!
Connie sabía que Tommy estaba en lo correcto. Y sus palabras la hicieron sentirse desolada, desolada y perdida. Como una astilla en un estanque tenebroso. ¿Cuál era su posición? La de ella o la que fuera.
Su juventud se rebeló. Los hombres eran cosas viejas y frías. Todo era viejo y frío. Y Michaelis la había decepcionado, no era un buen hombre. Los hombres no la querían, los hombres no querían a ninguna mujer, ni siquiera Michaelis.
Y los peores eran los patanes que fingían interesarse y en seguida iniciaban el juego del sexo.
Era deprimente y había que soportarlo. Y era cierto, los hombres no fascinaban a las mujeres: lo mejor era engañarse pensando que lo hacían, como ella se había engañado con Michaelis. Mientras tanto te limitabas a vivir y no había nada más. Connie entendía perfectamente por qué la gente asistía a fiestas y bailaba jazz o chárleston hasta caer de agotamiento. De una u otra forma tenías que expulsar tu juventud, o ella te devoraría. ¡La juventud, qué cosa más espantosa! Te sentías tan viejo como Matusalén y aun así la cosa bullía y no te permitía sentirte a gusto. Una horrorosa clase de vida. Y sin perspectivas. Casi deseó haberse ido con Mick y hacer de su vida una fiesta interminable, una noche entera de jazz. Eso hubiera sido mucho mejor que recluirse en una tumba.
Uno de sus días malos salió ella sola a pasear en el bosque, lentamente, sin prestar atención, sin saber siquiera dónde estaba. El estampido no muy lejano de un arma la sobresaltó y la molestó.
Luego, cuando ya se iba, oyó voces y retrocedió. ¡Gente! No deseaba ver gente. Entonces su fino oído captó otro sonido y se reanimó; el llanto de un niño. Sin perder tiempo se dirigió al lugar, alguien estaba maltratando a un niño. Avanzó a zancadas por el camino húmedo, dominada por la ira. Se sentía dispuesta a montar una escena.
Al doblar un recodo vio dos figuras en el camino, poco más adelante: el guardabosque y la niña que lloraba, vestida con un abrigo morado y un gorro de algodón. —¡Ah, cállate ya, pequeña zorra! —se escuchó la voz colérica del hombre, y el llanto subió de tono.
Constance se acercó, los ojos relampagueantes. El hombre se volvió hacia ella y la saludó con frialdad; estaba pálido de ira.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué llora la pequeña? —exigió Constance apremiante, con la respiración agitada.
Una débil sonrisa, como de burla, apareció en el rostro del hombre. —Pregúntele a ella —dijo crudamente, con acento local.
Connie sintió como si él la hubiera golpeado en el rostro, que súbitamente
enrojeció. Desafiante, encaró al hombre, le clavó la mirada de sus llameantes ojos de un azul oscuro.
—Le pregunté a usted —jadeó ella. Él hizo una extraña reverencia y se levantó el sombrero.
—Así es, señoría —dijo, y añadió en dialecto vernáculo—. Pero no puedo decírselo. —Y se convirtió en un soldado inescrutable y pálido por la contrariedad.
Connie se volvió hacia la niña, una pequeña de nueve o diez años, de rostro colorado y cabello negro.
—¿Qué te pasa, querida? ¿Por qué lloras? —le dijo, con la apropiada dulzura convencional. Los tímidos sollozos se hicieron más violentos y eso desató mayor dulzura de Connie.
—¡Está bien, está bien, ya no llores! Dime qué te hicieron —en el tono de Connie había una intensa ternura. Hundió una mano en un bolsillo de su chaqueta y encontró una moneda de seis peniques.
—¡Ya no llores! —dijo inclinándose ante la niña—. Mira lo que tengo para ti.
Sollozos, gemidos, una mano se alejó de la cara llorosa y un astuto ojo negro se posó por un momento en la moneda. Luego hubo más sollozos, aunque contenidos. —¡Dime qué te pasa, dime! —dijo Connie y puso la moneda en la mano regordeta, que se cerró sobre ella.
—¡Es por... es por el gatito!
Estremecimientos del llanto que cedía.
—¿Qué gatito, querida?
Después de un breve silencio el tímido puño, apretando la moneda, señaló un matorral de zarzamoras. —¡Ahí!
Connie dirigió la mirada a ese punto y allí estaba tendido un gran gato negro, con sangre encima.
—Oh —dijo Connie con asco.
—Un cazador furtivo, señoría —dijo el hombre en tono irónico.
Connie lo miró con enojo.
—No me extraña que la niña llore —dijo—, mató ese gato delante de ella. ¡No me extraña nada que llore!
Mellors miró a Connie a los ojos, mudo, despectivo, sin ocultar sus sentimientos. Y de nuevo ella se sonrojó; había montado una escena y se dio cuenta de que el hombre no la respetaba.
—¿Cómo te llamas? —dijo con aire jovial a la niña—. ¿No quieres decirme tu nombre?
La pequeña respiró profundo y luego dijo con voz aflautada. —Connie Mellors.
—¡Connie Mellors! ¡Qué bonito nombre! ¿Saliste con tu papá y él le disparó a un gatito? Pero era un gato malo.
La niña la miró con sus atrevidos ojos oscuros, escrutándola, midiéndola y midiendo su compasión.
—Quería quedarme con mi abuela —dijo la niña. —¿Y dónde está tu abuela?
La niña señaló el camino con un brazo.
—En la casa.
—Ah... ¿Quieres ir con ella?
La niña se estremeció. Parecía que de nuevo echaría a llorar.
—¡Sí!
—¿Quieres que te lleve? ¿Quieres que te lleve con tu abuela? Para que tu papá
pueda hacer su trabajo —Connie se volvió hacia el hombre—. Es su hija, ¿verdad? Él saludó. Asintió con un ligero movimiento de la cabeza.
—¿Puedo llevarla a la casa? —preguntó Connie.
—Si su señoría lo desea.
El guardián de nuevo la miró a los ojos con una mirada tranquila, imparcial. La mirada de un hombre muy solo, independiente.
—¿Quieres ir conmigo a la casa, con tu abuela?
La niña volvió a piar.
—¡Sí! —dijo con una sonrisa forzada.
A Connie le disgustó; era una niña mimada y falsa. Sin inquina, le enjugó la
cara y la tomó de la mano. El guardián saludó en silencio.
—¡Que tenga buen día! —dijo Connie.
Se hallaban a cerca de kilómetro y medio de la casa. Cuando divisaron la pintoresca casita del guardabosques, Connie la mayor estaba harta de Connie la menor. La niña estaba llena de trucos, como un pequeño mono, y muy segura de sí misma. La puerta de la casa estaba abierta y de dentro venía un traqueteo. Connie se detuvo y la niña se soltó y echó a correr hacia el interior. —¡Abuela ¡Abuela!
—¿Por qué has vuelto tan temprano?
Era la mañana de un sábado y la abuela había estado puliendo la estufa. Tenía puesto un delantal de arpillera, llevaba un cepillo en una mano y mostraba una mancha de tizne en la nariz. Era una mujer pequeña y seca.
—¿Qué está pasando? —dijo, y rápidamente se pasó un brazo por la cara cuando vio a Connie frente a la casa.
—Buenos días —dijo Connie—. La niña estaba llorando, así que la traje a casa.
La abuela se dirigió a la niña.
—¿Dónde está tu padre?
La nieta se aferró a las faldas de la abuela y sonrió.
—Estaba con ella —dijo Connie—, pero le disparó a un gato furtivo y la niña se asustó.
—¡Oh, Lady Chatterley, no tenía por qué tomarse la molestia! Se lo aseguro. Ha
sido muy amable de su parte, pero no tenía por qué molestarse en traerla. ¡Habrase visto! —la vieja se volvió hacia la pequeña—. ¡La buena de Lady Chatterley tomándose esas molestias por ti! ¡Sin ninguna necesidad!
—No fue molestia, sólo un paseo —dijo Connie sonriendo.
—¡Fue muy amable de su parte, se lo agradezco! ¡Así que ella estaba llorando! Sabía que algo iba a pasar en cuanto se alejaran. Esta niña le tiene miedo, eso es lo que pasa. Para ella es como un extraño, muy extraño, y no creo que lleguen a llevarse bien. Él es muy raro.
Connie no supo qué decir.
—¡Mira, abuela! —dijo la niña, radiante.
La vieja vio la moneda de seis peniques en la mano de la niña.
—¡Ah, seis peniques! Oh, su señoría, no tiene que hacerlo, no tiene por qué.
¿Ves qué buena es Lady Chatterley contigo? Has tenido suerte esta mañana.
La mujer pronunció el nombre como toda la gente del pueblo lo hacía:
Chat’ley. “¿Ves qué buena es Lady Chat’ley contigo?”
Connie no pudo evitar ver la nariz de la vieja y ésta se limpió con negligencia
la cara con el dorso de la muñeca y no logró quitar el tizne.
Connie comenzó a alejarse.
—Le agradezco mucho, Lady Chat’ley, se lo aseguro... Dale las gracias a Lady
Chat’ley —ordenó a la niña.
—Gracias —gorjeó la pequeña.
—Adiós, cariño. Buenos días —dijo Connie riendo y se alejó aliviada.
Le pareció curioso que ese hombre delgado y altanero tuviera por madre a esa mujer pequeña y sagaz.
Tan pronto como Connie se fue, la mujer se acercó al trozo de espejo que
tenía en la cocina y se vio la cara. Viéndola, con un pie golpeaba el piso con impaciencia.
—¡Tenía que encontrarme con este tosco delantal y la cara sucia! ¡Bonita idea va a tener de mí!
Connie se dirigió lentamente a su hogar en Wragby. ¡Hogar! Era una palabra excesivamente cálida para esa enorme y tediosa madriguera. Era una palabra que había tenido sus días, pero ahora era una palabra caduca. Todas las grandes palabras, le parecía a Connie, eran para su generación palabras decrépitas: amor, alegría, felicidad, hogar, madre, padre, marido; todas esas palabras grandes y dinámicas estaban medio muertas y agonizaban cada día. El hogar era la casa donde vivías, el amor era un elemento sobre el que no te engañabas, alegría era una palabra que se aplicaba a un buen chárleston, felicidad era un término hipócrita utilizado para confundir a los demás, un padre era un individuo que disfrutaba su propia existencia, un marido era el hombre con quien vivías y a quien levantabas el ánimo. En cuanto al sexo, la última de las grandes palabras, era un término usado en las fiestas para describir la excitación que te duraba un tiempo y luego te dejaba más andrajoso que nunca. ¡Deshilachado! Era como si estuvieras hecho de un material barato que se iba deshaciendo en la nada.
Todo lo que quedaba era un terco estoicismo: y en él se hallaba un inequívoco placer. En la experiencia de la nada de la vida, fase tras fase, etapa tras etapa, había cierta espantosa satisfacción. ¡Eso era todo! Siempre era ésta la última declaración: hogar, amor, matrimonio, Michaelis: ¡Eso era todo! Y cuando uno muriera sus últimas palabras serían: ¡Eso era todo!
¿Dinero? Quizás en este caso no pudiera decirse lo mismo. El dinero siempre hacía falta. El dinero, el éxito, la diosa meretriz, como Tommy Dukes se empeñaba en llamarla citando a Henry James, era una necesidad permanente. No podía gastarse la última moneda y decir luego: ¡Eso es todo! No, si llegaras a vivir diez minutos más, ibas a querer más monedas para esto o lo otro. Para que el negocio siguiera funcionando automáticamente, requerías dinero. Era indispensable tenerlo. Y no necesitabas nada más. ¡Eso era todo!
Porque, por supuesto, no tenías la culpa de estar vivo. Una vez que estás vivo, el dinero es una necesidad, la única necesidad absoluta. En caso de apuro puedes conseguir cualquier cosa. Pero no dinero. Enfáticamente, ¡de eso se trata!
Connie pensó en Michaelis y el dinero que podría haber tenido con él e incluso el que ella no deseaba. Prefería los ingresos menores que ella ayudó a ganar a Clifford con sus escritos, escritos que ella había ayudado a hacer. “Clifford y yo juntos ganamos mil doscientas libras al año escribiendo”, así lo consideraba ella. ¡Hacer dinero! ¡Hacer dinero! De la nada. ¡Sacándolo del aire! ¡La última hazaña de la que humanamente se puede estar orgulloso! Lo demás eran tonterías.
Connie volvió a casa a unir fuerzas con Clifford, para inventar otro cuento a partir de la nada, un cuento que significaba dinero. Clifford parecía preocuparse mucho de la calidad de sus relatos. A ella esto no le preocupaba. ¡No tiene sustancia!, había dicho su padre. ¡Doce cientos de libras el año anterior!, fue la réplica simple y definitiva.
Cuando eres joven, dispones los dientes, muerdes y resistes hasta que el dinero comienza a fluir de un lugar invisible; era una cuestión de poder. Era una cuestión de voluntad; una muy sutil y poderosa emanación de tu voluntad que te devuelve la misteriosa nada del dinero, una palabra escrita en un trozo de papel. Una suerte de magia triunfal. ¡La diosa meretriz! Bien, si uno ha de prostituirse, ¡que sea a la diosa meretriz! Siempre se podía despreciarla, así uno se haya prostituido ante ella, lo cual era magnífico.
Por supuesto, Clifford aún respetaba tabús y fetiches infantiles. Deseaba que lo consideraran “verdaderamente bueno”, lo cual era un completa tontería. Lo de verdad bueno era lo que se imprimía. No era bueno ser de verdad bueno y quedarse con el material. Era como si los hombres “realmente buenos” perdieran el autobús. Después de todo sólo se vive una vez, y si pierdes el autobús te quedarás en la calle con el resto de los fracasos.
Connie contemplaba un invierno en Londres con Clifford, el siguiente invierno. Él y ella habían cogido bien el autobús y bien podían viajar un tiempo en la parte alta, para exhibirse.
Lo único malo era que Clifford tendía a mostrarse confuso, ausente, a caer en ataques de depresión vacíos. Era la herida de su psique emergiendo. Y eso provocó que Connie quisiera gritar. Oh, Dios, si el mecanismo de la conciencia fallaba, ¿qué se debía hacer? ¡Al diablo con todo, cada uno hacía su parte! ¿Había que defraudar?
A veces Connie lloraba amargamente, e incluso en pleno llanto se decía: Tonta, mojando pañuelos. Como si sirviera de algo.
Desde Michaelis había decidido que no quería nada. Esa parecía la solución más simple para lo que de otro modo sería insoluble. No deseaba más de lo que tenía, sólo deseaba seguir adelante con lo que había conseguido: Clifford, los relatos, Wragby, la renta Lady Chatterley, dinero y fama, tal como sucedía. Quería seguir adelante con todo. Amor, sexo, toda esa clase de cosas, sólo agua helada. Lámelo y olvídalo. Si en tu mente no dependes de ello, no es nada. Especialmente el sexo. ¡Nada! Resuélvelo en tu mente y terminará el problema. El sexo y una bebida, los dos duran más o menos lo mismo, producen el mismo efecto y tienen un costo aproximado.
¡Un niño, un bebé! Esa seguía siendo una de las grandes emociones. Connie se internaría cautelosamente en ese experimento. En primer término elegir un hombre, y era curioso, no había en el mundo un hombre del que deseara tener un hijo. ¡Un hijo de Mick! ¡Qué pensamiento repulsivo! Mejor tener un hijo de un conejo. ¿Tommy Dukes? Era muy amable, pero de alguna manera era imposible asociarlo con un bebé, pertenecía a otra generación. Terminaba en sí mismo. Y entre el resto del amplio número de amistades de Clifford no había un hombre que no despertara su desprecio si imaginaba tener un hijo con él. Había varios que podían ser elegidos como amantes, incluido Mick. ¡Pero dejar que engendraran un hijo en ti! ¡Uf! Humillación y abominación.
¡Eso era todo!
Connie tenía el niño metido en la cabeza. ¡Espera! ¡Espera! Tamizaría generaciones enteras de hombres hasta dar con uno que valiera la pena. “Recorre las calles y callejones de Jerusalén y trata de encontrar un hombre”. Había sido imposible encontrar un hombre en la Jerusalén del profeta, aunque abundaban los humanos de sexo masculino. ¡Pero un hombre!, ¡c’est une autre chose!
Connie tenía la idea de que tendría que ser un extranjero: no un inglés y mucho menos un irlandés. Un extranjero auténtico.
¡Espera! ¡Espera! El próximo invierno iría con Clifford a Londres, y el siguiente irían al extranjero, el sur de Francia, Italia. ¡Espera! No había prisa con el niño. Era un asunto exclusivamente suyo, y el único punto que, a su extraña manera femenina, se tomaba en serio hasta el fondo de su alma. No se arriesgaría con el primero en llegar, ¡no, nunca! Se puede elegir un amante en cualquier momento, pero no al hombre que engendrará un hijo en tu vientre. ¡Espera, espera!, esto es algo muy diferente. “Recorre las calles y callejones de Jerusalén...” No se trata del amor, se trata de un hombre. Uno al que incluso se pueda odiar en lo personal. Y si era el hombre, ¿qué podía importar el odio personal? Esto tenía que ver con otra parte de uno mismo.
Como de costumbre había llovido y los senderos estaban muy húmedos para la silla de Clifford, pero Connie salía. Salía sola todos los días, principalmente al bosque, donde se hallaba sola todo el tiempo. No veía a nadie por allí.
Esta vez quería enviarle un mensaje al guardián, y como el mensajero estaba en cama con influenza —siempre parecía haber alguien con influenza en Wragby—, Connie se ofreció para ir a la casa de campo.
El aire era suave y siniestro, como si el mundo agonizara lentamente. Gris, pegajoso y silente, incluso el que llegaba de las minas de carbón, porque los pozos estaban trabajando corto tiempo y ese día estaban detenidos por completo. ¡El fin de todas las cosas!
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