Kitabı oku: «Antonio Gramsci y el Trabajo Social»
Portada

Damián Pachón Soto
(editor)
Autores
Juan Manuel Latorre Carvajal
Damián Pachón Soto
Luz Adriana Díaz Mateus
Raquel Méndez Villamizar

Escuela de Trabajo Social
Facultad de Ciencias Humanas
Universidad Industrial de Santander
Bucaramanga, 2021
Página legal
| LATORRE CARVAJAL, JUAN MANUEL Antonio Gramsci y el trabajo social: elementos para un diálogo pendiente / Juan Manuel Latorre Carvajal… [y otros] ; editado por Damián Pachón Soto Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander, 2021 169p. ISBN : E-PUB : 978-958-5188-09-9 1. GRAMSCI, ANTONIO, 1891-1937 – CRÍTICA E INTERPRETACIÓN 2. TRABAJADORES SOCIALES - FORMACIÓN PROFESIONAL – AMÉRICA LATINA 3. TRABAJO SOCIAL – ASPECTOS FILOSÓFICOS 4. TRABAJO SOCIAL – ASPECTOS POLÍTICOS 5. EDUCACIÓN Y TRABAJO SOCIAL – ASPECTOS MORALES Y ÉTICOS 6. RELACIONES MAESTRO-ESTUDIANTE I. Pachón Soto, Damián II. Díaz Mateus, Luz Adriana III. Méndez Villamizar, RaquelCDD : 361.3 Ed. 23 CEP - Universidad Industrial de Santander. Biblioteca Central |

Antonio Gramsci y el trabajo social
Elementos para un diálogo pendiente
Juan Manuel Latorre Carvajal
Damián Pachón Soto
Luz Adriana Díaz Mateus
Raquel Méndez Villamizar
Profesores, Universidad Industrial de Santander
© Universidad Industrial de Santander
Reservados todos los derechos
ISBN: 978-958-5188-09-9
Primera edición, octubre de 2021
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Bucaramanga, Colombia
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Impreso en Colombia
Dedicatoria
Nos atrevemos a decir que, efectivamente, tanto en la formación como en los discursos de los(as) trabajadores(as) sociales hay un léxico que recurre frecuentemente a conceptos tales como sujeto, autonomía, empoderamiento, emancipación, concientización, transformación social, educación popular, reflexión crítica, etc. Y a partir de estos conceptos, se respaldan teórica y metodológicamente los diagnósticos sociales, proyectos sociales y proyectos de intervención, los cuales quedan impregnados de una bella retórica que en la práctica se enfrenta a las contradicciones tanto epistemológicas como político-estructurales.
Luis A. Vivero-Arriagada
Resumen
Tras el renacer que ha experimentado el pensamiento del italiano Antonio Gramsci en las últimas décadas, especialmente a partir de las relecturas de Ernesto Laclau y de Chantal Mouffe; el surgimiento del partido Podemos en España, y la fuerza que tomó la izquierda latinoamericana en la primera década del siglo XXI, la cual inició su declive con la muerte de Hugo Chávez y con la caída internacional de los precios del petróleo en el año 2013, la presente investigación explora los aportes que el pensamiento del intelectual italiano puede hacer a la disciplina-profesión del trabajo social. Si bien las relaciones entre Gramsci y el trabajo social se han planteado escuetamente en escuelas como las chilenas o brasileras, en Colombia ese diálogo estaba pendiente.
La presente investigación explora cómo categorías gramscianas como ideología, hegemonía, sentido común, intelectual orgánico y tradicional, lectura de la educación, etc., pueden contribuir a la reconfiguración de un proyecto ético-político de la disciplina y de un trabajo social nuevo que aquí es llamado «trabajo social crítico y emancipatorio» (TSCE). Desde este punto de vista, se plantea que la filosofía de la praxis de Antonio Gramsci aplicada al trabajo social no solo supera ciertas limitaciones del marxismo estándar, sino que ofrece nuevas herramientas a los(as) trabajadores(as) sociales para su quehacer y su labor de intervención social. Igualmente, esta apuesta gramsciana implica un llamado a la necesidad de que la profesión supere su complejo de subalternidad epistémica frente a otras ciencias sociales, a la vez que politiza la disciplina poniéndola al servicio de la transformación y el cambio social.
La investigación se ha llevado adelante revisando la inacabada, fragmentaria y dispersa obra de Gramsci, buscando una lectura integral y sintética de esta, interpretando y confrontando sus contenidos con las investigaciones en torno al proyecto ético-político del trabajo social, para así determinar los posibles aportes del pensamiento gramsciano a la disciplina. Es, por esto mismo, una investigación teórica y filosófica, que busca esclarecer rutas para la praxis.
Palabras clave: Gramsci, trabajo social, proyecto ético-político, ideología, hegemonía, sentido común, intelectuales, intervención social.
Introducción
El filósofo italiano Norberto Bobbio (2009) decía que clásico es el autor que cumple, al menos, con tres requisitos: primero, es un intérprete de la época que le tocó vivir, de tal manera que esa época es incomprensible, en parte, sin sus aportes; segundo, ha construido herramientas teóricas, tipologías, categorías, ha acuñado conceptos, etc., imprescindibles para comprender mejor la sociedad y la historia, y tercero, es un autor actual, si bien parcialmente, que cada generación tiene necesidad de releer y de reinterpretar, y lo es justamente porque sus aportes teóricos y conceptuales pueden ayudar a esclarecer el presente (p. 128). Yendo más allá de Bobbio, se puede agregar que también es clásico un autor cuyos aportes pueden ser utilizados fructíferamente en disciplinas distintas a la suya, por ejemplo, en el trabajo social. Un autor clásico lo es, pues, por su legado intelectual y por la vigencia, siempre parcial, de este.
Clásico en cualquier disciplina es también lo que pertenece a una tradición intelectual; tradición que es un pretérito acumulado, un reservorio cultural de ideas. La tradición es lo que la misma historia nos entrega; traditio en latín: ‘algo que se transmite’, un legado. Clásico es lo que sobrevive a las ruinas del tiempo, es lo que deja huella, aquello que nunca se ha ido y que, por lo mismo, siempre ha estado ahí, presente, sin ser barrido por el paso de la historia. Es también lo que sirve de modelo, por ser ejemplar. Es lo que se puede rescatar y poner a actuar en el presente. El filósofo italiano Antonio Gramsci (1891-1937) es uno de esos autores.
Desde su aparición en las primeras décadas del siglo XX, el pensamiento del filósofo italiano Antonio Gramsci realizó aportes significativos a la corriente del marxismo, específicamente, frente al mecanicismo y al dogmatismo del llamado marxismo vulgar. La obra de Gramsci significó una fructífera revolución que engrosó el acervo del pensamiento original de Marx y Engels. Así, es reconocido en procesos actuales como el de Podemos en España (Errejón, 2012); el socialismo autóctono boliviano en la versión de Álvaro García Linera del año 2015; el movimiento Red de Estudios Críticos Latinoamérica (REC), dirigido por Santiago Castro-Gómez (2015); el grupo Presidencialismo y Participación de la Universidad Nacional de Colombia, dirigido por Miguel Ángel Herrera Zgaib y Juan Carlos García (2013), o los estudios del profesor Jorge Gantiva Silva centrados en la actualidad de Gramsci para el pensar y la cultura (1998), entre otros.
¿A qué se debe, entonces, la actualidad de Gramsci? A su renacer en el marco de los procesos políticos contemporáneos y a la vigencia de un arsenal de conceptos útiles, especialmente, en la lógica de la política. Esta es la razón por la cual «Antonio Gramsci vuelve a estar de moda» (Errejón, 2018, p. 7). En efecto, como lo recuerda Íñigo Errejón (2018) —uno de los fundadores del partido Podemos en España—, tras el movimiento 15-M1 de 2011, Gramsci permitió ver que es posible la actividad política entendida como una lucha por el sentido y como articulación de una suma compleja y «contradictoria de iniciativas culturales, sociales y electorales-institucionales que van cambiando los equilibrios de fuerzas en favor de los gobernados» (p. 8). Es decir, se evidenció la posibilidad de construir voluntad común colectiva y articular al pueblo en defensa de la democracia y en claro reto a las oligarquías y sus privilegios.
El regreso de Gramsci se debe, además, a la relectura constructivista y posmarxista de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (2010), que puso en primer plano el concepto de hegemonía. Este término es relevante asimismo para el llamado «ciclo nacional-popular latinoamericano» (2002-2013), iniciado con el chavismo y seguido en países como Bolivia, Ecuador, la Argentina kirchnerista, el Brasil de José Ignacio Lula Da Silva, y que entró en claro retroceso en el año 2013 con la caída del precio internacional del petróleo y la muerte de Hugo Chávez.
Estos procesos políticos trajeron de nuevo la necesidad de repensar el legado de Gramsci para la política contemporánea. De ahí que conceptos como reforma cultural y moral, sociedad civil, guerra de posiciones, lucha por el sentido y la cultura, sentido común, papel de los intelectuales, bloque histórico, voluntad popular y colectiva, voluntad común, articulación política, etc., vuelvan a estar a la orden del día para pensar las posibilidades de la política en sociedades cada vez más plurales, diversas y complejas, y donde no se acepta la muerte de la política o pospolítica, como la llamó Jean Baudrillard (2006), sino que se concibe la historia de manera abierta a la acción práctica, humana y transformadora. Ahora, si clásico es también un autor cuyo arsenal teórico puede usarse en otras disciplinas diferentes a aquella o aquellas en las que realizó su aporte específico, ¿por qué Gramsci y algunas de sus categorías son relevantes para el trabajo social? Responder esta pregunta es el fin del presente trabajo.
Inicialmente, la investigación estaba centrada en la teoría gramsciana del intelectual orgánico y sus posibles aportes al quehacer del profesional del trabajo social. Si el intelectual tiene un papel central en la lucha política, pues no solo interactúa en una relación de sujeto/sujeto con la masa y elabora de una manera unitaria, sistemática y coherente una visión del mundo, sino que la retroalimenta, para impulsar el cambio y crear una contrahegemonía, disputándole el consenso creado a la clase dominante (Gramsci, 1967); si el intelectual crea ideología, hegemonía y se coeduca con el pueblo, es factible determinar los aportes gramscianos al papel que cumple el profesional del trabajo social en su labor de intervención. De esta manera, es posible pensar en un profesional movilizador de una consciencia crítica, comprometido con una contrahegemonía que nace de la sociedad civil y provoca cambios o transformaciones sociales para superar el conservadurismo de la profesión (Morell, 2002; Netto, 2006.
La tesis preliminar era que la teoría del intelectual orgánico del filósofo y revolucionario italiano, revisada analíticamente y con profundidad, podía ofrecer insumos importantes para la práctica del profesional del trabajo social. Sin embargo, durante el proceso investigativo se hizo evidente que la categoría no podía pensarse al margen de otros temas gramscianos, en particular, la concepción del hombre, la ideología, la hegemonía y el sentido común. De tal manera que el proyecto se amplió hacia la necesidad de pensar el trabajo social en relación con esas nuevas categorías gramscianas.
Este nuevo enfoque representa un avance significativo, pues, por un lado, permite una lectura más integral del pensamiento de Antonio Gramsci, y, por otro, explora de manera más amplia los aportes del filósofo italiano al trabajo social. Esta nueva mirada se articula, entonces, bajo la pregunta ¿cómo aporta el pensamiento de Gramsci al proyecto ético-político del trabajo social?
Debe recordarse que el proyecto ético-político del trabajo social se empezó a pensar justo después de los años sesenta, en la llamada reconceptualización de la disciplina-profesión y que, en gran parte, ese proceso se debió a las nuevas miradas del pensamiento crítico, entre ellas, la del marxismo. El objetivo era crear una autoimagen de la profesión, con objetivos, valores y horizontes políticos definidos, comprometidos con la transformación de la sociedad, para así superar el carácter normalizador, disciplinador y adaptativo de la profesión al orden social capitalista dado (Montaño, 2006). En este contexto se dio también la recepción del pensamiento de Gramsci en Colombia y en América Latina, como se muestra en el capítulo dos.
En este orden de ideas, la presente investigación explora los posibles aportes del pensamiento de Antonio Gramsci a la configuración de un nuevo proyecto ético-político para el trabajo social, que aquí se denomina tentativamente «trabajo social crítico y emancipatorio» (en adelante, TSCE). El diálogo entre Gramsci y el proyecto ético-político del trabajo social se aborda en el siguiente orden: una fundamentación antropológica para el trabajo social; el papel que juega la ideología en el proyecto ético-político; el rol de la hegemonía en la construcción de un TSCE; la función que desempeña la profesión y el profesional en la disputa del sentido común de la sociedad; el rol del intelectual orgánico que debe cumplir el profesional del trabajo social, y finalmente se plantean algunas relaciones entre la educación en Gramsci y el trabajo social.
Con esta investigación se espera contribuir a un diálogo pendiente en Colombia, pero que ha tenido ciertos desarrollos, como se mostrará más adelante, en las escuelas de trabajo social en Chile y Brasil. De esta manera, se contribuye filosóficamente a la lectura del trabajo social en Colombia.
Marco teórico
El marco teórico de la presente investigación está constituido por el gran cúmulo de estudios alrededor de la obra de Gramsci, así como por variadas discusiones en torno al proyecto éticopolítico del trabajo social. En el primer caso, la obra de Gramsci debe ser leída como un aporte fundamental al marxismo y como una crítica radical al marxismo vulgar, su positivismo y mecanicismo. En este sentido, el espíritu de su obra se enmarca en los aportes de autores tan importantes para el marxismo de las dos primeras décadas del siglo pasado como lo fueron Georg Lukács (1984) y su Historia y conciencia de clase, y Karl Korsch con el fundamental Marxismo y filosofía (1971), ambos de 1923. Asimismo, se destacan algunos de los postulados de Herbert Marcuse (1981), quien no solo se percató del desplazamiento de la clase obrera y su absorción por la sociedad industrial avanzada (lo que ya Gramsci llamaba americanismo), sino que es el teórico de lo que se llamó la Nueva Izquierda, que también alumbró el problema de la articulación de distintos grupos y sectores políticos.
En este sentido, son imprescindibles las relecturas del pensador argentino, recién fallecido, Ernesto Laclau y de Chantal Mouffe (2010) en Hegemonía y estrategia socialista, así como la revisión de sus tesis por pensadores latinoamericanos como José Aricó (2005, 2011) y Juan Carlos Portantiero (1999, 2015). En estos casos, el pensamiento de Gramsci es un referente para la construcción de alternativas políticas al mundo hegemónico capitalista.
En segundo lugar, el marco teórico lo constituyen las disputas epistemológicas sobre el objeto, los modelos y los fines del trabajo social (García y Meneses, 2009). Esta discusión está relacionada con profundos cambios sociales y epistémicos que se han venido dando desde el siglo XIX hasta lo que va del siglo XXI. En este sentido, para esta investigación es muy importante el giro reconceptualizador de los años sesenta y setenta del siglo pasado, que puso de presente la necesidad de articular el marxismo y el pensamiento crítico con la concepción del trabajo social, la mirada central a la categoría de conflicto y el papel político del profesional. Esto es, el ejercicio de poner en un primer plano el compromiso social con las transformaciones de largo aliento, con el ánimo de superar las visiones de “corto alcance”, asistencialistas, inmediatistas y sin una clara concepción del mundo. Para este ejercicio se destacan aportes sobre la historia y reflexión del trabajo social en los títulos presentados por Manuel Manrique Castro (1982) en De apóstoles a agentes de cambio: el trabajo social en la historia latinoamericana; Carlos Montaño (1998, 2006) en La naturaleza del servicio social: un ensayo sobre su génesis, su especificidad y su reproducción; Marilda Iamamoto (1994, 2018); Norberto Alayón (2004, 2005); María Lucia Martinelli en Servicio social: identidad y alienación; José Paulo Netto (1991, 2002), e Ivete Simionatto (2011), entre los principales.
Desde luego, es preciso aclarar que la atención y la solución concreta de las problemáticas de los sujetos individuales y colectivos es de suma importancia, pero el profesional del trabajo social, si es considerado también un científico social, no puede producir conocimiento al margen de las preocupaciones políticas por transformar la realidad en la cual está inscrito. Ya decía Orlando Fals Borda (2010) que, en estricto sentido, «no hay una producción desinteresada de la verdad» (p. 185), y esta no está desanclada de las relaciones de poder, razón por la cual la ciencia también puede ponerse al servicio de la utopía y la transformación política.
Aspectos metodológicos
Para entablar el diálogo mencionado entre algunas de las categorías de Antonio Gramsci y el trabajo social, hay varios escollos por superar. En el caso de Gramsci: la dispersión, la incompletitud y el carácter fragmentario de su producción filosófica, tal como en sus famosos Cuadernos de la cárcel. A estas dificultades debe sumarse el hecho de que el autor solía escribir de manera cifrada para evitar la censura de las autoridades carcelarias en Italia. Aquí, como en casos similares en la historia del pensamiento —por ejemplo, las obras fragmentarias de Francis Bacon o de Nietzsche—, es preciso
un minucioso trabajo con los textos, cotejos, comparaciones, búsqueda de relaciones y aclaraciones, en el interior de un corpus asistemático, fragmentario e inconcluso que, como toda obra de esa naturaleza, ofrece dificultades y puede presentar pequeñas contradicciones y cambio de pareceres. (Pachón, 2019a, p. 33)
Esta investigación pretende, en la medida de lo posible, sortear estas dificultades. En el caso del trabajo social, dichas dificultades apuntan a posiciones encontradas en torno a la denominada reconceptualización y al proyecto ético-político (Alayón, 2005). Es claro que aquí se presenta una tensión entre el viejo modelo positivista, muy presente aún en la profesión, y las perspectivas influenciadas por el marxismo, como la asumida en este estudio. Sin embargo, estas dificultades pueden sortearse acudiendo a la bibliografía más reciente, que sintetiza esos debates, y en la cual se ha llegado a ciertos acuerdos básicos. Visto el problema así, es posible plantear un ejercicio de integración de las distintas perspectivas del trabajo social, que pueda dialogar con el ejercicio previo de reconstrucción y síntesis de la obra de Gramsci, especialmente con las categorías objeto de análisis que serán relacionadas con el trabajo social.
Es preciso aclarar que para la presente investigación se usa básicamente el método crítico (Horkheimer, 2008), entendido como una perspectiva que analiza lo dado, lo naturalizado, el régimen intelectual que sustenta la realidad del momento; realiza juicios y los valida con un análisis de la estructura social, de manera holística, y los fundamenta en la totalidad, entendida esta no como algo dado, sino como un desiderátum de la investigación misma. De la misma manera, este método no renuncia al pensamiento normativo, donde las demandas no realizadas de la historia sirven de faro para la necesaria transformación política, compromiso no solo del trabajo social, sino de la filosofía.
Así mismo, como investigación documental, no puede renunciar a la hermenéutica, la cual se comprende como interpretación (Gadamer, 1992) y como arte de hacer comprensibles los textos que se analizan, se cotejan y comparan. Después de tal comprensión de textos, el espíritu (la razón) puede trascenderlos para postular relaciones inéditas y formas nuevas de ver y pensar lo real.
Estructura capitular
La exploración de los aportes de la filosofía de Gramsci al trabajo social se desarrolla en cinco capítulos. Los dos primeros tienen como objetivo principal exponer el contexto de la reflexión, con el fin de orientar al lector en el diálogo. En el primer capítulo se expone el surgimiento del trabajo social en el continente, su rol en el contexto de la llamada cuestión social, producto de la era del capital, y el giro fundamental que empieza a dar la profesión con el llamado proceso de reconceptualización ocurrido en la segunda mitad del siglo XX.
En el segundo capítulo, titulado «Gramsci en Colombia», se parte del análisis de la deficiente recepción de la obra de Marx en América Latina, debido principalmente a la no publicación de su obra temprana que impidió entender sus fundamentos filosóficos, a la traducción tardía o la ausencia de buenas traducciones, al dogmatismo del partido comunista que censuró interpretaciones heterodoxas y alternativas, etc., lo cual ocasionó una anómala recepción de su doctrina en otras disciplinas, entre ellas, en el trabajo social. Este problema también tuvo incidencia en el acercamiento que desde América Latina se hizo a la obra de Gramsci. En este apartado de la investigación se analiza la recepción de Gramsci en Colombia, de la mano de lo que se ha llamado una «historia social de la filosofía» (Pachón, 2016), partiendo desde los años cincuenta hasta lo que va del siglo XXI. Aquí se plantean nuevos elementos y una nueva interpretación de la recepción del pensador italiano en el país. Se muestra que la deficiente recepción de Marx incidió en una deficiente recepción de Gramsci, y, a su vez, esto permite explicar, como se deduce de la exposición de los siguientes capítulos, la ausencia de un diálogo del trabajo social colombiano con uno de los pensadores más interesantes y creativos de la tradición marxista. Si bien ese diálogo se dio parcialmente en Brasil y en Chile, en Colombia es una tarea pendiente; es justamente esa tarea la que subsana, en parte, el presente trabajo. Estos dos capítulos facilitan, para quien no proviene del trabajo social, conocer parte de la historia y los debates de la disciplina; y a quienes no provienen de la filosofía, comprender mejor la evolución y algunas discusiones en el interior del marxismo.
En el capítulo III, titulado «El marxismo en la reconceptualización del trabajo social», se explora el encuentro entre el marxismo y el trabajo social en la segunda mitad del siglo XX, poniendo de presente los límites profesionales del trabajo social, en cuanto se encontraba convertido en una disciplina de control y adaptación social que favorecía el mantenimiento y reproducción del statu quo, y generaba incluso jerarquías y privilegios en sus propios profesionales. De esta manera, el trabajo social contribuía a la explotación de la sociedad y ofrecía paliativos que no solucionaban los problemas estructurales de la sociedad capitalista. Se muestra asimismo cómo el marxismo contribuyó a una crítica fructífera de la profesión y a su politización, pero se denuncia la manera anómala en que el trabajo social aplicó un marxismo sin Marx, y usó de manera recortada o equivocada, en muchos casos, su arsenal teórico. Desde luego, esta accidentada y mutilada recepción del marxismo en el trabajo social se debe al «déficit en la recepción» de Marx que se menciona en el capítulo II.
El capítulo IV, titulado «Gramsci y el trabajo social: elementos para un dialogo», explora propiamente la relación entre el pensador italiano y sus posibles aportes para la constitución de un proyecto ético-político de un TSCE. Aquí se plantean los presupuestos necesarios para ese diálogo y se critican algunas tendencias de la disciplina, donde el marxismo es asumido como una teoría omnicomprensiva, sin fisuras, como si su doctrina constituyera una autarquía epistémica que permite solucionar los problemas de la profesión y dar paso a un mundo nuevo. Se pone de presente, más bien, que en las condiciones actuales es necesario reconocer los límites del marxismo y abrir el trabajo social a otras disciplinas, pues no ofrece herramientas para todos los ámbitos de intervención profesional; asimismo, se resalta que el trabajo social debe superar el «complejo de hijo de puta epistémico», pues la disciplina/profesión debe aceptar sin subalternidad ni vergüenza que puede (y debe) producir conocimiento teórico de la realidad justo como cualquier ciencia social. Este capítulo permite comprender mejor por qué Gramsci, asumido críticamente y sin apologías, ofrece mejores perspectivas que Marx para establecer un diálogo con el trabajo social.
En este capítulo se plantea que Gramsci puede aportar al proyecto ético-político del trabajo social en los siguientes aspectos: una fundamentación ontológica y antropológica que rescata la dimensión práxica del hombre, o lo que aquí se llama antropoiesis y desfatalización del ser; la necesidad de consolidar un marco ideológico para la profesión; la búsqueda de la hegemonía ad intra de las agremiaciones profesionales y ad extra en la sociedad civil; la disputa del sentido común, y, por último, la lectura del profesional del trabajo social como intelectual orgánico.
El capítulo V explora otra posible relación de Gramsci con el trabajo social. Este revisa en particular los aportes de Gramsci a la educación y la pedagogía, y la manera en que estos se relacionan con la educación popular y con algunas de las prácticas de intervención del trabajo social. Este capítulo evidencia y resalta la idea de la necesidad del trabajo pedagógico y colectivo con los sujetos, a fin de producir transformaciones emancipatorias.
Finalmente, en las conclusiones se recogen de manera sucinta los hallazgos de la investigación, fruto del recorrido capitular. Se enfatiza en el objetivo de esta investigación: abrir una discusión en torno a las posibilidades de usar la filosofía de la praxis de Antonio Gramsci como una caja de herramientas que pueda ser útil para los(as) profesionales del trabajo social. También se buscaba establecer un diálogo entre la filosofía y la profesión, con el objetivo de aportar teóricamente a las reflexiones de la disciplina. Se esperaba que el texto abriera una discusión con otras escuelas del trabajo social del continente, que permitiera valorar y replantear las relaciones entre la tradición marxista y la profesión, reconociendo sus aportes y sus limitaciones. Se espera que esta investigación satisfaga estas expectativas.
Damián Pachón Soto
Director de la investigación
1 El 15-M es el movimiento de Los Indignados que tomó fuerza en el año 2011 y que se manifestó en varias ciudades de Europa y Estados Unidos. En el caso específico de España, se refiere a las aglomeraciones, especialmente encabezadas por las juventudes, que tuvieron lugar el 15 de mayo en diferentes ciudades, en clara oposición al régimen neoliberal, a la dictadura económica de los bancos, a los desahucios de las viviendas, al bipartidismo y la corrupción, entre otras causas. El 15-M llevó la discusión pública a la plaza y se mostró como un claro proceso de radicalización de la democracia participativa.
Cuestión social y las bases de la profesionalización del trabajo social en América Latina
Luz Adriana Díaz Mateus
De apóstoles a agentes de cambio (1982) es el texto presentado por Manrique Castro sobre la historia latinoamericana del trabajo social. Este, además de sugestivo, presenta de manera clara los dos polos en los cuales se mueve la identidad de la profesión: apóstoles, que representa la relación entre el servicio social y la tradicional acción caritativa y benéfica de grupos religiosos y filántropos; y agentes de cambio, que representa la identidad profesional, resultado de la crítica en el interior de la profesión, que se conoce como reconceptualización. Este proceso aporta nuevas bases para entender el sentido de la acción profesional y su papel político en el contexto de intervención.
A partir del proceso de reconceptualización, principalmente bajo la influencia de las ideas desarrollistas y marxistas, como menciona Manrique Castro (1982), la profesión encuentra una existencia en el trabajo comunitario y adquiere un papel específico respecto al bienestar y el desarrollo. El trabajo social crítico es el resultado de este proceso, y le permite a la profesión renovarse y alinearse con un proyecto de sociedad más amplio que constituye su sentido actual. La historia del surgimiento y desarrollo de la profesión en el caso particular de América Latina muestra esta evolución. Ambas tradiciones configuran lo que es hoy el trabajo social, y sus características principales están determinadas por estos antecedentes.
En primer lugar, el surgimiento del trabajo social en América Latina se identifica en el año 1925, cuando Alejandro del Río crea la primera Escuela de Servicio Social en Santiago de Chile. Esta escuela funcionó bajo el nombre de su fundador, y su inicio coincide con el proceso de reforma del Estado chileno en materia de legislación laboral: «Leyes de previsión social, la del seguro obrero obligatorio, las leyes de habitación obrera, el derecho de huelga, la sindicalización legal, la protección en el trabajo de niños y mujeres» (Manrique Castro, 1982, p. 66). Estas formas de protección social y laboral son implementadas en el momento en que el país se encuentra en un proceso temprano de industrialización y, como señala Manrique Castro (1982), se vive una «reorganización de la base productiva del país y, por ende, alteración de las relaciones entre las clases sociales» (p. 64).
Ya desde el año 1924 había sido creado en Chile el Ministerio de Higiene, Asistencia y Providencia. Estos dos órganos son los encargados de garantizar la puesta en marcha de la legislación que pretendía responder a las demandas de los trabajadores y garantizar la salud de sus familias. El ministro fue el mismo Alejandro del Río, posterior precursor de la primera escuela de visitadoras sociales. Con formación en Europa, el médico chileno, preocupado por la promoción de la salud y de la asistencia pública, pretende «superar el abordaje clínico y terapéutico, pues sustentaba que los condicionantes de la higiene personal, condiciones de vivienda y orientación al cuidado básico eran elementales para la salubridad pública» (Goin, 2016, p. 85). Según Goin, Alejandro del Río plantea a la Junta Nacional de Beneficencia la formación de visitadoras sociales, para que en colaboración con el área médico-social contribuyeran al dictamen y tratamiento médico.
La primera escuela de servicio social contaba con una formación de dos años que incluía estudios de «instrucción cívica, psicología, higiene y deontología, atención de enfermos, estadística, técnicas de oficina, legislación, higiene y beneficencia, puericultura, organización de la beneficencia pública y contabilidad, entre otros». Adicional a lo anterior, «se formaba y se titulaba a visitadoras sociales para que comenzaran a actuar en los hospitales y a visitar los domicilios de las personas necesitadas» (como se cita en Bueno, 2017, p. 76). Además, también hacían parte de la intervención profesional «los hábitos de vida, la organización del consumo y del conjunto de la economía doméstica, el papel de la mujer en el seno del hogar, el uso del tiempo libre, etc.» (Manrique Castro, 1982, p. 37). Si bien la preocupación estaba centrada en la legislación laboral, también era visible el interés por la adaptación exitosa del trabajador a su nueva condición de vida, lo que efectivamente contribuía al esperado orden social.
El carácter moralizador atribuido a la profesión en sus inicios era evidente en el papel de los visitadores sociales. El concepto de inadaptación social prevalecía en el entendimiento de la realidad de pobreza de los individuos, a quienes se les adjudicaba una deficiencia moral que era la raíz de sus problemas (Morell, 2002). En esta primera etapa, hay una fuerte influencia de las ideas desarrolladas por Mary E. Richmond, quien no discutía con el planteamiento anterior, sino que afianzaba la idea «de ayudar a los individuos a lograr una mejor adaptación en la sociedad modificando las conductas antisociales» (Morell, 2002, p. 138). Morell señala que los aportes teóricos en estos inicios del trabajo social provenían del análisis estructural-funcionalista, y que «las teorías desarrolladas por Herbert Spencer y sus discípulos americanos, así como la aplicación de la biología darwinista al pensamiento social, contribuyeron a dar una base supuestamente científica a la interpretación individualista de los fenómenos sociales» (p. 139).
Vale aclarar que la teoría funcional estructuralista no influye profundamente en las escuelas de formación religiosa católica, como es el caso de escuelas en Brasil y Colombia (Salamanca y Valencia, 2017, p. 127), en las cuales se reproduce una formación profesional tradicional o conservadora, entendida como
… la práctica empirista, reiterativa, paliativa, y burocratizada de los profesionales, parametrizada por una ética liberal burguesa y cuya teleología consiste en la corrección —desde un punto de vista claramente funcionalista— de resultados psicosociales considerados negativos o indeseables, sobre el sustrato de una concepción (abierta o velada) idealista y/o mecanicista de la dinámica social, siempre presupuesta la ordenación capitalista de la vida como un dato factual que no se puede eliminar. (Como se cita en Salamanca y Valencia, 2017, p. 130)
Si bien la iniciativa de creación de la primera escuela de trabajo social en manos de un médico chileno influye en la orientación que reciben los profesionales del servicio social, y se reconoce la profesión como una subprofesión que complementa el trabajo de los médicos, yendo más allá, se interpreta el surgimiento de la profesión como una necesidad de ampliar el aparato del Estado en el nuevo campo de la asistencia social. Esa sería la causa principal del auspicio en la creación de las primeras escuelas de servicio social en América Latina.
Las iniciativas de protección social
La sociedad cambiante por el proceso de modernización capitalista en Chile es el contexto que favorece el desarrollo de la profesión. Se sienten para entonces los efectos o las expresiones de desigualdad generadas dentro del modelo de producción capitalista. Lo que fue en Europa la «cuestión social», se vive igualmente en Chile y América Latina, debido precisamente a los procesos de industrialización y urbanización de la época. La nueva clase trabajadora, principalmente migrantes del campo a la ciudad, declina ante condiciones de pobreza y miseria inhumana. Así relata Martinelli (1997) la crisis enfrentada por el capitalismo en su expansión y las consecuencias reflejadas en la vida de la clase trabajadora; condiciones que son análogas para el caso de América Latina:
El crecimiento de la clase trabajadora excedía la demanda de mano de obra, hipertrofiando el ejército industrial de reserva y produciendo el inquietante fenómeno de la generalización de la pobreza, por los riesgos sociales implícitos. En los distritos industriales donde se concentraba la población obrera, la escuálida cara de la miseria, más que una metáfora, era la dura realidad; era la cara de un amplio segmento de la población relegado a una vida subhumana. La ausencia de inversiones en infraestructura urbana, el marcante desprecio por las condiciones de vida del trabajador, en especial lo que se refiere a salud y de habitación, producían un apreciable deterioro de la calidad de vida obrera, que era acompañada de un significativo aumento de los niveles de morbilidad y de mortalidad de la población adulta e infantil. Viviendo una vida minada por enfermedades, por el hambre, por adversidades de las condiciones de trabajo, y habitando locales insalubres e impropios para la vida humana, la familia obrera tenía su expectativa de vida reducida, siendo frecuentes los óbitos de adultos, jóvenes y niños. (p. 78)
Esta vida precaria, insalubre y marginal constituía la principal característica de la clase trabajadora; era la expresión de las desigualdades de clase, porque había una porción de la población que deambulaba intentando vender su mano de obra a cambio de un pago que le permitiera sobrevivir, y había otra que se enriquecía desmedidamente por los frutos del trabajo de esa mano de obra. La pobreza era generalizada.
La «cuestión social» no era exclusivamente el problema de la precarización, sino que a ello se sumaba el embate político, es decir, la posición que asumía la clase trabajadora para intentar subvertir el orden burgués. Había un descontento en la población, y la clase trabajadora organizada era una amenaza para el orden social. Esta clase trabajadora puso en escena pública la «cuestión social», como señala Martinelli (1997), y generó así también una inestabilidad política, una turbulencia social, porque había una fuerza que venía a hacer contrapeso al orden social establecido. Precisamente por esto, Manrique Castro (1982) reconoce en Chile un momento de inestabilidad política y de turbulencias sociales con realce en el papel del movimiento obrero y del movimiento popular.
El interés del Estado, sumado a las demandas de la clase trabajadora, permite configurar la estructura en la cual surge el profesional de trabajo social. La respuesta del Estado a las demandas de legislación laboral se explica entonces por esa confluencia de intereses de clase, donde se mantenía el orden social a la vez que se respondía a las demandas de la clase trabajadora. Se tiene, entonces, una situación de pauperización de la clase trabajadora, dada por las relaciones sociales capitalistas y por un embate político de esta misma clase. Estas dos circunstancias constituyen la llamada «cuestión social», están relacionadas y son expresiones de las desigualdades de clase. El embate político y la posición de fuerza política que ocupa la clase trabajadora explican la preocupación y movilización del Estado para convocar formas de enfrentar lo que comúnmente se denominaría pobreza.
En este contexto, el Estado se establece como mediador institucional para mantener el orden social en las condiciones de desarrollo capitalista, por medio de la legislación laboral y social. La formación del Estado social o Estado de bienestar tiene como asiento estas condiciones, y la intervención del Estado intenta atender esas necesidades de la clase trabajadora. Era necesario el impulso de profesionales como el asistente social, que hacían parte de la estructura que ponía en escena esta legislación. Netto (2002) interpreta la intervención sistemática del Estado burgués en la «cuestión social» como un proceso que supera las medidas represivas, y lo considera «integrador» al asumir la forma de políticas sociales en el marco de lo cual se institucionaliza la profesión (p. 21).
Vale resaltar que para algunos autores lo que promueve esta acción del Estado es un reformismo social que en nada cambia las condiciones estructurales en la distribución de ingresos o desigualdades de clase. De ese modo, según Mandel (1985), el Estado social es funcional a la coexistencia de estas desigualdades y a la permanencia de los intereses de la clase dominante. Lo que se promueve con el Estado social no es una redistribución de la renta, como podría pensarse, sino un reformismo social que no cambia las estructuras de poder, sino que estabiliza la economía capitalista:
Todas las ilusiones subsecuentes relativas a un «Estado social» se basan en una extrapolación arbitraria de la tendencia en la falsa creencia en que una redistribución creciente de la renta nacional quitaría al capital para dar al trabajo [...] Las ilusiones en cuanto a la posibilidad de la socialización a través de la redistribución no pasan de etapas preliminares de desarrollo de un reformismo cuyo fin lógico es un programa completo para la estabilización efectiva de la economía capitalista y de sus niveles de lucro. (Mandel, 1985, p. 339)
La influencia de la Iglesia católica
Este es el doble interés presente en la constitución del Estado social y las estructuras necesarias para su puesta en marcha. A lo que se debe agregar el importante papel que cumple la Iglesia católica en la profesionalización del trabajo social. Como ya se vio, la primera escuela de servicio social tiene un origen estrecho en la acción del Estado, quien, a su vez, respondía a las presiones de la clase trabajadora. A esto se suma la Iglesia católica, que empieza a jugar un papel importante en la formación impartida en estas primeras escuelas. La relación Iglesia-profesión trabajo social se origina en Europa y Norteamérica, y no es la excepción para el caso de América Latina. El hecho de ser la principal gestora de obras asistenciales y de caridad hace que la Iglesia católica sea también un actor influyente en el origen de la profesión.
Así, en 1929, también en Chile surge la segunda escuela de trabajo social y la primera con influencia de la Iglesia católica. A diferencia de la escuela fundada en 1925 por el médico chileno Alejandro del Río, la escuela católica Elvira Matte de Cruchaga, fundada en 1929, no tenía su papel limitado a la ocupación del médico, y su carácter era confesional. Otra gran diferencia entre estas escuelas es que la Matte de Cruchaga se establece como el modelo de escuela que se propaga para América Latina, atribuido este proceso a la fuerte influencia ideológica de la Iglesia (Manrique Castro, 1982). Independiente de las diferencias entre estas dos escuelas, Manrique Castro señala que «lo fundamental era la coincidencia de ambas al ser herramientas funcionales a la defensa, resguardo y reforma del régimen de clases imperante» (p. 72).
Manrique Castro se pregunta sobre la conveniencia de la creación de dos escuelas de servicio social, que en apariencia podría no ser importante, y llega a la conclusión de la necesidad que tenía la Iglesia católica de renovar sus intelectuales orgánicos, donde el trabajo social es propicio para este proceso:
¿Por qué fue necesaria la creación de la escuela EMC si pocos años antes se había fundado aquella gestada por el Dr. Alejandro del Río? ¿No era posible reforzar aquel primer esfuerzo? ¿Cuáles eran las motivaciones que determinaban su creación? La formación de la escuela EMC está situada en el contexto de los intereses globales de la Iglesia católica, que procura colocarse a la cabeza del conjunto del movimiento intelectual para recuperar su sitial de conductora moral de la sociedad […] la Iglesia debía redoblar su acción en los terrenos más diversos, renovando sus intelectuales orgánicos y dotándolos de los instrumentos de acción que el momento requería. (p. 68)
La intervención del trabajo social en la «cuestión social» es ahora la preocupación de la Iglesia. Los alcances de la Iglesia católica en su intervención corresponden a un proceso generalizado en América Latina, una respuesta global basada en un discurso oficial —menciona Manrique Castro (p. 72)—, por supuesto, ajustado a las consecuencias de los procesos de desarrollo capitalista. La Iglesia experimentó la pérdida de poder y privilegios propios del feudalismo, y su estrategia ideológica debía surcar otros rumbos que le permitieran mantener la influencia social que ha mantenido en toda su historia:
Asentada en diferentes estrategias de recuperación de su hegemonía, tanto práctica como ideológica, fue con la constitución de centros de estudio, de universidades y movimiento de jóvenes que la Iglesia se movió para restaurar el dominio perdido con la eclosión industrial, una vez que se sentía amenazada por la amenaza marxista, junto a la organización y lucha de la clase trabajadora y por la irreversible sociedad de mercado. (Goin, 2016, p. 90)
Se entiende que siguiendo lo dispuesto en la encíclica Rerun Novarum se desarrollan los primeros programas de protección social. Miranda (2003) señala que parte de la renovación católica que surge a finales del siglo XIX es una respuesta de la Iglesia ante la pérdida de los privilegios que implicaba la naciente industrialización en el mundo y el establecimiento de nuevas relaciones sociales no tradicionales. En efecto, el contenido de la encíclica no deja nada que confrontar en relación con lo mencionado. La encíclica contiene parámetros de convivencia en la relación capital-trabajo, y dispone lo concerniente al auxilio a las clases inferiores; la propiedad privada como derecho natural y personal; la providencia paterna que no puede ser sustituida por la providencia del Estado; la aceptación paciente que cada hombre debe hacer de su propia condición, donde es imposible que todos sean elevados al mismo nivel, y el respeto de los patrones por la dignidad del trabajador, entre otros.
Esta encíclica, junto con Quadragesimo Anno (1931), viene a estructurar el llamado catolicismo social ya iniciado en Europa. Este fenómeno es responsable del surgimiento de profesiones sociales y paramédicas que eran asemejadas a un sacerdocio, en concreto: enfermería, asistencia social y auxiliadores familiares (Miranda, 2003). Este autor refiere que este catolicismo considera que la acción benéfica y caritativa era insuficientes para atender las problemáticas sociales propias del capitalismo industrial, y, por tanto, promueve el corporativismo en cabeza de organizaciones patronales, sindicatos y el Estado. Particularmente, Miranda (2003) plantea que:
Ante el fracaso de la filantropía y la caridad que se muestran impotentes y sin capacidad de elaborar respuestas adaptadas a la nueva situación el Estado, ha de entrar en escena predicando la solidaridad, el deber social, estableciendo leyes sociales por las que se suprime el pago en especies (1887), se regula el trabajo de las mujeres y los niños (1889), aparecen las ordenanzas de los talleres (1896), se regula el contrato de trabajo (1900), la indemnización por los accidentes de trabajo (1903) o el descanso dominical en las empresas industriales y comerciales (1905). (p. 370)
Este interés por las condiciones de vida de la clase trabajadora contrasta con la selección de las alumnas desde unos parámetros puramente burgueses. Esta direccionalidad “elitista” que menciona Manrique Castro (1982) incluía la admisión de las alumnas a partir de criterios como la edad (haber cumplido 21 años), certificado médico, antecedentes de honorabilidad, recomendación del párroco, curso completo de humanidades y reseña manuscrita sobre la vida de la postulante. Solo las damas de la sociedad podían cumplir con estos requisitos, incluidos los importes económicos por derechos de matrícula. Así, se encuentra un grupo de mujeres burguesas formadas para ayudar y asistir a la clase trabajadora en sus precarias condiciones de vida.
Bien señalan Mendoza et al. (2017) esta amalgama de intereses en el surgimiento de la profesión: «sancionada por el Estado, avalado por la Iglesia y como parte del proyecto hegemónico de la burguesía» (p. 66). En este mismo sentido, Martinelli (1997) señala que la profesión:
[…] nace articulada con un proyecto de hegemonía del poder burgués, gestada bajo el manto de una gran contradicción que impregnó sus entrañas, pues producida por el capitalismo industrial, inmersa en él y con él identificada «como el niño en el seno materno», buscó afirmarse históricamente —su propia trayectoria lo revela— como una práctica humanitaria, sancionada por el Estado y protegida por la Iglesia, como una mistificada ilusión de servir. (p. 72)
La expansión de la profesión en América Latina
A partir de la influencia de la escuela católica Elvira Matte de Cruchaga, se inicia la creación de las escuelas de servicio social en América Latina: Colombia, en el año 1936; Uruguay, en 1937; Argentina, en 1940, y Perú, en 1939. «Se trata —sin duda— de una institución pionera que sirvió de modelo a otros centros de formación» (Manrique Castro, 1982, p. 96), lo que dio al trabajo social un espacio propio, adecuado a los requerimientos históricos.
En el caso de Colombia, el primer programa de trabajo social fue desarrollado en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, en Bogotá, como parte de la tesis de grado de María Carulla, entonces estudiante de la Escuela de Asistencia Social de Barcelona. En Colombia asimismo la escuela de trabajo social es auspiciada en un contexto de industrialización en sectores como los de calzado, textil, construcción, siderurgia y metalurgia; los cambios propios de la industrialización generan una mayor intervención del Estado en la economía y emergencia de los barrios obreros (Leal, 2015). La «cuestión social» era latente en Colombia: deficiente y precario sistema de servicios públicos, hacinamiento en las viviendas, alta tasa de fecundidad, esperanza de vida de 31 años, mortalidad infantil, analfabetismo del 68 %, enfermedades infectocontagiosas, entre las principales (Leal, 2015, p. 39). «La situación en Colombia era bastante confusa, se vivía un proceso de transición entre la servidumbre y el trabajo asalariado, en el cual los trabajadores desconocían sus derechos y faltaba mucha solidaridad en las relaciones humanas» (Leal, 2015, p. 40).
Para Colombia, se infiere en ese contexto un trabajo social muy comprometido desde la realidad de los trabajadores y un fuerte trabajo comunitario, particularmente, para atender las problemáticas de pobreza en aquella época:
Las primeras escuelas de servicio social en el país lideraron la fundación de centros sociales en los barrios populares y obreros. La escuela anexa al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario creó los secretariados sociales […] En Medellín estos centros se denominaban residencias sociales […] Esta institución de bienestar social desarrolla programas educativos para jóvenes y niños, presta auxilios económicos, servicios médicos y odontológicos. Los procesos de intervención profesional se basan en las metodologías de caso, con personas y familias afectadas por problemas económicos o espirituales, así como el servicio social de grupo con los obreros de las fábricas o habitantes de los barrios para suplir las deficientes institucionales de bienestar social y la falta de centros de salud en la ciudad. (Leal, 2015, p. 42)
La primera formación de la profesión en Colombia no se aleja de lo que era la experiencia latinoamericana. Quiroz (como se cita en Bueno, 2017) señala que los conocimientos impartidos en la formación profesional se articulaban con los métodos de caso, grupo y comunidad, y se fundamentaba la formación con conocimientos de las ciencias sociales, como la sociología, la antropología y la economía. Adicionalmente, según el autor, la formación ética se mantenía desde el catolicismo, y la enseñanza se orientaba «a la protección de la familia o el cuidado del hogar, y estaban muy articuladas con el ámbito de la medicina y el bienestar social» (p. 78). Con el Decreto Reglamentario 1572, la formación pasa de titulación como visitadoras sociales a titulación como asistentes sociales. Se expanden las escuelas de servicio social en Colombia: Medellín, en 1944; Colegio Mayor de Cundinamarca y Bolívar, en 1947, y Cajicá y Cali en 1953. En 1952 se reglamenta la enseñanza de trabajadores sociales en universidades, y a partir de allí se evidencian los esfuerzos por introducir conocimientos científicos en la enseñanza profesional (pp. 78-79).
Con la marcada influencia del Estado y la religión en la formación de las primeras escuelas de servicio social en América Latina, se gesta la profesión en una tradición conservadora, elitista y «desmovilizadora» (Manrique Castro, 1982, p. 58). Estos hechos históricos influyen en la identidad profesional actual, y se reconocen unas características profesionales relacionadas con la identidad atribuida por el capitalismo en su necesidad de control social, por el carácter subalterno por cumplir con esa legitimidad funcional a la hegemonía dominante, por el atributo femenino y la predominancia empírica.
Esta amalgama de acontecimientos que rodea el origen de la profesión deja una línea invisible y delicada, muy fácil de transgredir, entre el servicio social como producto de la tecnificación de la asistencia y la caridad cristiana y el servicio social como producto de los intereses de la clase hegemónica. Estos dos orígenes, efectivamente evidenciados en la historia sobre el origen de la profesión, llevan a considerar dos tesis presentadas por Montaño (1998) sobre la naturaleza profesional. La primera, la tesis endogenista, parte de una visión particularista, en la cual la profesión resulta de una opción personal de aquellos preocupados por la profesionalización, organización y sistematización de la caridad y la filantropía, quienes consiguieron su objetivo con el auspicio de la Iglesia y el Estado, y como el resultado de una evolución de formas de ayuda y asistencia. En esta primera tesis, menciona Montaño (1988), brillan los nombres propios y se desconsidera la historia de la sociedad como causa de la génesis profesional:
Aquí no aparece un análisis del contexto social, económico y político como determinante o condicionante del proceso de creación de esta profesión, apenas, en la mejor de las hipótesis, se sitúa históricamente este fenómeno sin que él redunde en un análisis exógeno, estructural, del surgimiento del servicio social. Por lo tanto, en esta tesis, la relación del servicio social con la historia y la sociedad es adjetiva, circunstancial, accidental; hay una clara visión de externalidad, de exterioridad, en la consideración de lo social para el análisis de la historia profesional. (p. 18)
Montaño (1998) presenta también su segunda tesis desde la perspectiva histórico-crítica. Al contrario de la tesis endogenista, aquí el origen del servicio social profesionalizado se explica como una determinación histórica, resultado de las condiciones sociales y políticas propias del orden económico, particularmente, en la etapa del capitalismo monopólico. En este momento histórico, con los antagonismos de clase, el Estado se configura como un Estado intervencionista o de bienestar, que por vía de la política social legitima los derechos conquistados por la clase trabajadora y garantiza la reproducción ampliada de capital. El asistente social como ejecutor de la política social queda en medio de este dilema, entre la defensa de los trabajadores y la protección del orden social, económico y político capitalista:
Esta búsqueda de legitimación y consenso es canalizada a través de las políticas públicas y específicamente a través de las acciones desarrolladas por los asistentes sociales, en cuanto ejecutores de estas. Así, por un lado, se tiende al establecimiento de una especie de “acuerdo” entre los sectores sociales, entre las clases, como forma de mantener el orden, atendiendo algunas demandas puntuales de los sectores subalternos. Por otro lado, parece necesario el control social, la desmovilización mediante la disminución de la insatisfacción. (Montaño, 1998, p. 78)
No se podría dar total validez a una postura u otra; sin embargo, autores representativos en el estudio de la profesión, como José Paulo Netto (2009), remarcan que la profesionalización del trabajo social no se puede atribuir a la evolución de la caridad o la filantropía, sino que, decididamente, la legitimidad se vincula a la dinámica de la fase monopólica del capitalismo, en donde se adquiere un espacio en la división sociotécnica del trabajo, particularmente, en las políticas sociales. Esta reproducción de relaciones sociales capitalistas de la profesión no se da de manera monolítica, refiere Iamamoto (1994). Al contrario, la profesión también ofrece respuestas a las necesidades de la clase trabajadora, presentadas de manera organizada por medio de movimientos sociales que acercan la clase trabajadora al acceso a derechos sociales.
Es necesario comprender estos procesos de cambio en el interior de la profesión en el contexto social y político, viendo ese conservadurismo de la profesión como una fase inicial que evolucionó para subvertir ese rumbo profesional, particularmente como en el caso de la reconceptualización, que inicia un proceso de inflexión y ruptura (Parra, 2007, p. 1) bajo las ideas desarrollistas y marxistas que se expandieron por América Latina entre los años cincuenta y sesenta.
Desarrollismo y marxismo en el movimiento de reconceptualización
La reconceptualización se reconoce como un movimiento crítico que se da en el interior de la profesión del trabajo social entre la mitad de la década de los sesenta y la mitad de la década de los setenta, principalmente en América Latina. En este periodo, la profesión desarrolla una fuerte postura de crítica y debate respecto al compromiso político frente a la realidad y la teorización en el interior de la formación profesional. Es claro que hasta entonces, por la experiencia en el origen y desarrollo profesional, el servicio social era concebido estrechamente ligado a las acciones asistenciales y caritativas, tanto de la Iglesia como de grupos filántropos. Sin embargo, la reconceptualización permite una fuerte discusión sobre el papel conservador que desempeñaba la profesión, particularmente su papel moralizador y reproductor de las relaciones sociales hegemónicas, lo que lleva a la reconfiguración de los planteamientos teóricos, metodológicos y ético-políticos de la profesión vigentes hasta ese momento.
El principal aporte de la reconceptualización fue su debate con la perspectiva conservadora de la profesión. «A partir de la década de 1960, las bases conservadoras y antimodernas que sustentaban teórica y metodológicamente a la profesión en América Latina entran en crisis» (Parra, 2007, p. 3), y, por tanto, son cuestionadas las bases europeas y norteamericanas que habían sido el referente para la creación de las primeras escuelas. Ahora se buscaba diseñar una intervención profesional que respondiera a las particularidades de la realidad de América Latina.
La reconceptualización, lejos de ser un proceso exclusivo y homogéneo de la profesión, debe ser considerado en el marco de una transformación en el contexto latinoamericano, que es aceptado y rechazado al mismo tiempo por diferentes sectores. Hoy se mantiene un rechazo a este movimiento, expresado en el intento de volver a ciertos autores clásicos que explican la profesión desde el endogenismo, positivismo y funcionalismo, que teórica y políticamente identificaban el inicio de la profesión. La reconceptualización se ha llegado a considerar como un retroceso en el desarrollo profesional (Montaño, 2006).
Gustavo Parra (2007) identifica el movimiento de reconceptualización en el periodo 1965-1975, subdividido en tres importantes etapas: fundación, auge y crisis. Se detecta un periodo corto de este proceso de reconceptualización; sin embargo, con significativas conexiones en el trabajo social latinoamericano y desarrollos académicos importantes que cobraron vigencia en los planes de estudio y reflexiones profesionales vigentes. De las principales características presentadas por Parra (2007) para estas etapas, se destacan los siguientes aspectos:
Fundación (1965-1968)
En esta etapa, iniciada en Argentina, Brasil y Uruguay, se presentan tres acontecimientos que inician el movimiento latinoamericano de la reconceptualización: el primero, el I seminario Regional Latinoamericano de Servicio Social; el segundo, la modificación del plan de estudios de la Universidad de la República en Montevideo, Uruguay, y, el tercero, la creación de la revista Hoy en el servicio social en Buenos Aires, Argentina (p. 4). Estos escenarios permiten propagar las ideas sobre un trabajo social crítico, que, lentamente, como señala Parra (2007), introducen las ideas de la modernización profesional. Se destacan las publicaciones propias con artículos sobre trabajo social, escritos por trabajadores sociales que tienen como foco principal el papel de la profesión en el desarrollo y que amplían su producción académica al «debate sobre el papel ideológico y político del profesional, la formación profesional, los métodos de intervención, los fundamentos teóricos de la profesión, buscando dar respuesta a la realidad latinoamericana» (p. 6). En esta misma etapa, en 1967, se realiza también el I Seminario de Teorización del Servicio Social organizado por el Centro Brasileño de Cooperación e Intercambio de servicios sociales (CBCISS), donde se produce lo que posteriormente se conocerá como Documento de Araxá. Esta etapa también se identifica con la creación de grupos como la Generación del 65, la cual buscaba aplicar el desarrollo comunitario en sintonía con las ideas desarrollistas que llevaran a superar el subdesarrollo y la dependencia de grandes potencias, como Estados Unidos.
Auge (1969-1972)
Los espacios ganados en la primera etapa entran en una expansión en todo el continente. Se amplían las publicaciones sobre el trabajo social que contienen el debate sobre sus funciones y su papel respecto al desarrollo comunitario. Según Parra (2007), «aparece de manera contundente la influencia del marxismo en el trabajo social» (p. 7); esto se evidencia en particular en el IV Seminario Regional Latinoamericano de Servicio Social, desarrollado en Chile, donde «aparece la preocupación sobre la ideología, la alienación, la praxis, la investigación, la marginalidad, la concientización, la revolución y las políticas sociales» (p. 7). Hay que destacar que en este periodo el trabajador social se empieza a entender desde un papel concientizador y revolucionario.
En 1970, en el V Seminario Regional Latinoamericano de Servicio Social, en Bolivia, se habla del «imperialismo» como causa del subdesarrollo, y se señala el compromiso del trabajo social con el diagnóstico de las realidades del continente, «rechazando los modelos estructural y funcionalista de la profesión, provenientes del extranjero, para que el ejercicio profesional se encuentre dirigido al cambio de estructuras al mismo tiempo que integrado a otras fuerzas que buscan también este objetivo» (p. 7). Otro momento importante en este periodo de auge fue en 1970 la realización del Seminario sobre Metodología del Servicio Social, organizado también por el CBCISS en la ciudad de Teresópolis, Brasil. El resultado de las reflexiones de este seminario constituye un refuerzo del Documento de Araxá, que permite consolidar la propuesta desarrollista en el interior de la profesión.
Crisis (1974-1975)
Se considera que esta etapa señala la crisis de la reconceptualización, aunque, bien apunta Parra (2007), se debe considerar una crisis y no el final de este proceso. Las dictaduras militares se entienden como parte de la causa del retraso; por ejemplo, países como Argentina, Chile y Brasil, bajo gobiernos dictatoriales, ven restringidos sus derechos y libertades. La crisis afectó todo un proyecto revolucionario. En este momento (1974) fue creado el Centro Latinoamericano de Trabajo Social (CELATS), como resultado de este proceso de reconceptualización:
[…] orientado a promover el conocimiento de las causas de la «marginación» de los grupos mayoritarios de América Latina para apoyar cambios estructurales necesarios para modificar dicha situación y ubicando al trabajo social como contribución para crear una sociedad más justa. (Parra, 2007, p. 10)
La reconceptualización está paralelamente acompañada por algunos desarrollos conceptuales que influencian las ideas de cambio, renovación y ajuste del trabajo social latinoamericano. Se destaca en este documento la influencia de las ideas desarrollistas que circulaban en el continente, y, como se observa al presentar las etapas anteriores de fundación y auge, ponen al trabajo social en el escenario del desarrollo comunitario como «agente de cambio». Se destaca también la apropiación de teorías marxistas que colocan al trabajador social en el escenario del cambio estructural, revindicando las clases subalternas y explotadas. Los dos procesos se fusionan y las concepciones asidas de estas dos corrientes por parte de la profesión influyen sobre lo que hoy se reconoce como el trabajo social crítico. En este texto se consideran principalmente el desarrollismo y el marxismo, pese a que se identifican otras influencias en la teoría de la dependencia, las propuestas concientizadoras de Paulo Freire y la teología de la liberación (Alayón, 2004, p. 32).
Precisamente sobre las ideas desarrollistas, Manrique Castro (1982) destaca el protagonismo que viene a ocupar el trabajo social como profesión que, interactuando con los equipos multidisciplinarios, aporta en el desarrollo comunitario como campo de intervención profesional. La creación de la Organización de Estados Americanos (OEA) y del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales, que incluye la Sección de Servicio Social como órgano anexo, lleva a una directa influencia de la OEA en la formación y práctica de trabajadores sociales latinoamericanos y a una preocupación por la formación profesional en el campo del desarrollo comunitario. De este modo, la comunidad como método de intervención y los métodos previos como caso y grupo quedaron en segundo plano ante la potencialidad que suponía el ejercicio del desarrollo comunitario, en donde, además de atender problemas individuales o de grupo, se vinculaban proyectos generales de desarrollo. De esta manera, el trabajo social pasó por una etapa de revalorización que lo impulsó hacia nuevas responsabilidades y a una situación más expectante dentro de las administraciones públicas que pasaban también por un proceso de modernización en aquel momento (Manrique Castro, 1982, pp. 137-138).
Adicional a lo anterior, Manrique Castro (1982) señala que este impacto sobre la profesión fue mayor cuando el desarrollo pasó de ser una propuesta para resolver los problemas de atraso a convertirse en práctica y directiva de acción política de diversos regímenes latinoamericanos, lo que impulsó una «humanización» del capitalismo en sus diferentes facetas. Debido a esto, los trabajadores sociales del continente procedieron a suscribir con su práctica el programa de desarrollismo, y crearon identidad, compromiso y reconocimiento social de la profesión. Ante estas condiciones, las universidades debieron responder a las exigencias de desarrollo, adecuando los planes de estudio, sus métodos de enseñanza y sus sistemas de prácticas a la reorientación que estaba tomando la profesión. Manrique Castro (1984), en su detallado recuento, refiere que se crea un consenso sobre el papel de los trabajadores sociales como agentes de cambio, lo que implica no solamente una transformación del individuo, sino también un cambio en las estructuras e instituciones sociales, las cuales se convirtieron en vocero de las necesidades de los individuos y de su derecho para promover un cambio.
En cuanto al marxismo, su apropiación en el trabajo social, como afirma Iamamoto (2018), pasa de la militancia a la profesión, en una relación que se deduce no era delimitada ni clara y que colocaba al profesional en un papel «revolucionario» que no le correspondía ejercer. Refiere la misma autora que lo anterior explica las primeras aproximaciones teóricas al marxismo por medio de «manuales de divulgación del “marxismo oficial”, autores descubiertos en la militancia política (Lenin, Trotsky, Mao, Guevara) cuyas producciones eran selectivamente apropiadas en una óptica utilitaria en función de exigencias practicas inmediatas» (p. 214).
La principal crítica al movimiento de reconceptualización fue su carácter partidario. Para Montaño (2006), una de las críticas a la reconceptualización radica en confundir la tarea profesional con la tarea político-partidaria. Hubo un acelerado proceso de politización que llevó a una desvalorización de la profesión, enfatiza Alayón (2004), «empujando a algunos sectores de colegas al rechazo y hasta abandono del trabajo social, optando por diversas formas de acción política directa» (p. 35). Como menciona este autor, el deseo del cambio estructural, al ser legítimo, transciende las funciones profesionales, y si bien desde la profesión podrían realizarse aportes que favorezcan la organización y movilización social de los sectores populares, no se puede optar por el trabajo social si se busca eliminar la explotación, transformar la sociedad capitalista dependiente o buscar la revolución.
Según Iamamoto (2018), las primeras aproximaciones a la teoría marxista en la profesión no apropian las categorías trabajo, teoría del valor, autovaloración por la explotación del trabajo, fruto del lucro; es decir, la crítica a la economía política. Este alejamiento conceptual y el extremo practicismo en el que se interpreta el marxismo podrían entenderse como el motivo por el cual algunos autores refieren el famoso «marxismo sin Marx».
Sin embargo, esta postura no es unánime. Otras referencias presentan un acercamiento significativo entre Marx y el trabajo social y los importantes aportes para el desarrollo teórico y práctico de la profesión. Incluso podría pensarse que la limitación teórica inicial fue superada y los avances profesionales están marcados por la apropiación de estas teorías:
En todo el proceso que se siguió a la creación del Centro Latinoamericano de Trabajo social (CELATS), la contribución del marxismo fue fundamental para los avances del trabajo social como profesión y área del conocimiento en el continente, aunque en una apropiación lenta. Comienza a ser profundizado más sistemáticamente, a partir de las publicaciones del CELATS, en particular la revista Acción Crítica, con larga distribución entre los profesionales de trabajo social en el continente; mas también a partir de la academia, las universidades, y en Brasil, en particular, con los cursos de posgrado. Su herencia es profunda en la transformación de la conciencia crítica y de una nueva cultura de los trabajadores sociales en América Latina. (Batista, 2016, p. 7)
Según Batista (2016), la teoría crítica marxista avanzó desde Althusser, Gramsci, Lukács, Lefebvre y el propio Marx. Por el interés de este documento, se destacan los aportes de Gramsci al trabajo social en relación con la concepción de hegemonía, intelectual, partido político, Estado ampliado, ideología y filosofía de la praxis. Simionatto (2011) señala que no se encuentra en Gramsci una discusión sobre las determinaciones económicas, punto central de la teoría marxista, sino que Gramsci aporta a la reflexión en el plano de lo estructural y superestructural:
Se puede afirmar que, en el ámbito del marxismo, Gramsci se presenta en ese periodo como uno de los referentes que le permite al trabajo social preguntarse sobre cuestiones relativas a las instancias estructurales y superestructurales, con reflexiones no solamente en la esfera económica, sino también política, ideológica y cultural. Entrarán en escena consideraciones relativas a las clases sociales, el Estado, la sociedad civil, el papel de las ideologías y de los intelectuales en el análisis y comprensión de la realidad social, posibilitando el desarrollo de una actitud más crítica e investigativa. (p. 25)
Definitivamente, en el marco del movimiento de reconceptualización, Gramsci se introduce como autor de referencia en la interpretación de la realidad latinoamericana y del papel del servicio social dentro de este contexto. Simionatto señala que «el proceso de reorganización del Estado, la necesidad de fortalecimiento de la sociedad civil y la dinámica misma de la realidad brasilera incentivaron a los profesionales a buscar nuevos referentes que posibilitaran recuperar la práctica y la formación profesional» (p. 170). Estas reflexiones se encuentran limitadas al escenario académico; sin embargo, desde allí se dan las propuestas investigativas que buscan superar los límites de la profesión. En el escenario del marxismo, las ideas gramscianas vienen a auspiciar esos nuevos análisis e interpretaciones de la realidad (2011).
Según Simionatto (2011), en Brasil se reconoce la obra de Marilda Iamamoto Legitimidad y crisis del servicio social como uno de los principales análisis basados en fuentes originales de Marx con algunas referencias a Gramsci, especialmente el tema de los intelectuales. En los años setenta, Gramsci era la base teórica de muchos trabajos académicos del servicio social. De este último aspecto se destaca el importante aporte en la comprensión del trabajador social como intelectual orgánico y su responsabilidad frente a las clases subalternas. Para Simionatto, no siempre estas interpretaciones teóricas sobre el intelectual orgánico fueron correctas, y se creó una visión mesiánica errónea de la profesión. En resumen, para el autor, lo que sí puede afirmarse es que desde la academia se expandieron las reflexiones que usaban como marco teórico las ideas gramscianas y, desde estas reflexiones, surgen los planteamientos del papel político en la práctica profesional.
Se destaca también la obra del profesor Vicente de Paula Faleiros, en su libro Trabajo social: ideología y método, publicado en 1972, en Buenos Aires, y reeditado en 1981, en Brasil, bajo el título de Metodología e ideología del trabajo social (Simionatto, 2011). El texto, según Simionatto (2011), tiene ya sus fuentes en categorías gramscianas, y entrecruza el concepto de hegemonía e intelectual orgánico con el concepto de poder en Foucault. El texto presenta una «denuncia del trabajo social tradicional, resaltando la dimensión política de la práctica profesional y su vinculación histórica con el capitalismo y los intereses de la clase dominante» (p. 175). Para el autor, Faleiros supera el discurso académico analizando la práctica real de la profesión en el marco de la sociedad capitalista.
Ciertamente, la reconceptualización cambia la historia de la profesión y logra que se cuestionen tres aspectos: la tradición evolucionista explicativa del origen de la profesión, el soporte empirista que naturaliza los problemas sociales y la intervención atomizada o pulverizada desde la acción estatal (Alayón, 2004). En conclusión:
Todo esto es posible que se desarrolle a partir de la semilla de la autocrítica, nacida allí, en este movimiento. Como vimos, este movimiento tuvo un desarrollo diverso en su primera década y nos llevó a planteamientos simplistas y negadores de la historia misma, los cuales se resumen en el «mesianismo» —ilustrado con el «rol de agente de cambio»— y el «fatalismo», inmovilizador y negador de la capacidad creativa derivado de la comprensión instrumentalista, mecánica del papel del Estado y de la inserción que en él hace el trabajo profesional. Sin embargo, lo cierto es que es la cuna del pensamiento crítico del trabajo social. (p. 37)
En la reconceptualización se logra el reconocimiento y la indagación de la dimensión política de la profesión, y el afianzamiento de la necesidad de intervenciones desarrolladas con la mediación de la teoría. Surge el impulso al desarrollo de la producción teórica y la necesidad de profundizar el estudio de los vínculos entre la profesión y la sociedad; el develamiento de la naturalización de las necesidades y problemas sociales; la creación de la posibilidad de pensar las imposibilidades hasta entonces no pensadas y aceptadas, y de situar tales imposibilidades ya no de manera esencialista, sino situadas histórica y socialmente. Por último, cabe resaltar el replanteo de la siempre conflictiva relación entre teoría, método y empirismo (Alayón, 2005).
A partir de los aportes teóricos y las tendencias en la interpretación respecto de la formación y acción profesional, Iamamoto (2018) resume el proceso de reconceptualización en cuatro puntos, que constituyen la preocupación central que este movimiento aporta a la profesión: 1) la comprensión de las relaciones de dependencia de Latinoamérica respecto de países centrales; 2) la vinculación del proyecto profesional con las luchas de los movimientos sociales; 3) la introducción en la reflexión epistemológica, metodológica e ideológica propia de la profesión, y 4) la politización de la acción profesional comprometida con la transformación de desigualdades. Este debate lleva a considerar propuestas como el trabajo social alternativo, que incorpora, entre otros, los elementos señalados anteriormente por Imamoto, y que abre las posibilidades de intervención del trabajo social en temas comunitarios, de desarrollo y de transformación social.
En este mismo sentido, Netto (2006) subraya cómo el trabajo social en esta etapa de la reconceptualización configura su proyecto ético-político y adopta, o pretende asumir, un proyecto societario que, en su momento, recogiera los intereses de la clase en disputa; en este caso, la clase trabajadora y las clases subalternas. Lo anterior, bajo la lógica, señala el mismo autor, de que estas clases disponen de menos condiciones al momento de enfrentar un proyecto societario, que ha sido históricamente construido por intereses de clase y que ha inclinado la balanza al proyecto burgués.
En su momento, las bases de este proyecto estuvieron enfocadas en los siguientes aspectos: construcción de un nuevo orden social, sin exploración y sin dominación de clase, etnia o género; defensa intransigente de los derechos humanos, equidad y justicia social en la perspectiva de la universalización al acceso de bienes y servicios relativos a las políticas y programas sociales; ampliación y consolidación de la ciudadanía puesta como garantía de los derechos civiles, políticos y sociales de las clases trabajadoras; énfasis en una formación académica cualificada, fundada en concepciones teórico-metodológicas, críticas y sólidas, capaces de viabilizar un análisis concreto de la realidad social, con formación que debe abrir vía a la preocupación con la (auto)formación permanente, y estimular una constante preocupación investigativa; compromiso con la calidad de los servicios prestados a las poblaciones, incluida la publicidad de los recursos institucionales, instrumento indispensable para su democratización y universalización, y, sobre todo, para abrir decisiones institucionales a la participación de los usuarios; por último, la articulación con los segmentos de otras categorías profesionales que comparten propuestas similares y, en particular, con los movimientos que se solidarizan con la lucha general de los trabajadores (2006).
Si bien el proyecto ético-político del trabajo social no debe ser mesiánico, sí debe considerarse como un punto de referencia para el actuar profesional. Esta construcción es un proceso permanente, que nutre el ejercicio profesional y da bases importantes del actuar en los contextos de intervención. Los orígenes y el papel del trabajo social han sido un tema de álgido debate, lo cual, lejos de empobrecer la historia de esta profesión-disciplina, la ha enriquecido construyendo análisis éticos, políticos y metodológicos que han contribuido a profundizar en los objetos de conocimiento y en los objetos de intervención. Lo anterior es parte del tributo del proceso de reconceptualización, que, si bien luego de su crisis se podría declarar un proceso extinto, nunca fue perdido. La reconceptualización aportó esa visión emancipatoria que refiere Malagón (2012), posibilitó pensar una nueva sociedad y abrigar la confianza en construir nuevas realidades. Específicamente, permitió
[…] la interpretación crítica y holística de las formas de alienación que produce la sociedad capitalista; la recuperación de la inteligencia sobre la capacidad que tiene la especie humana para autoconstruirse e idear utopías que posibiliten el perfeccionamiento ilimitado de lo humano y del planeta como el laboratorio originario de existencia de la especie, y, en esta medida, la ideación de los lenguajes, formas de concienciación, organizaciones y prácticas que permitirían la superación de la lógica del lucro. (p. 259)
La reconceptualización se reconoce como una etapa hasta los años noventa, cuando se considera que se inicia la posreconceptualización. Según Malagón (2012), en la posreconceptualización se entendió la poca viabilidad del trabajo revolucionario de la profesión, y se identificaron tres tendencias: la vuelta al funcionalismo de la profesión, la diferenciación entre la dimensión disciplinar y profesional del trabajo social, y la aceptación de la «supervivencia en el capitalismo».
En la posreconceptualización, la profesión sigue enfrentando debates respecto a su papel en la sociedad capitalista y las formas de afrontar desafíos del neoliberalismo. Estos desafíos pasan por examinar resultados de los procesos neoliberales, tales como la privatización del Estado, la globalización de la economía, el desempleo, la desprotección social y la concentración de la riqueza, entre otros (Netto, 2006). Propuestas como la expuesta en capítulos siguientes de un TSCE apropia estos aportes históricos y algunos aportes teóricos como el caso de Gramsci, para replantear la profesión y responder a estos cambios que nos comprometen también con la renovación de la acción profesional.
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