Kitabı oku: «Sociología filosófica»


© LOM ediciones Primera edición, septiembre de 2021 Impreso en 1000 ejemplares ISBN Impreso: 9789560014450 ISBN Digital: 9789560014825 RPI: 2021-a-7283 Motivo de portada: Imagen de janeb13 en Pixabay Todas las publicaciones del área de Ciencias Sociales y Humanas de LOM ediciones han sido sometidas a referato externo. Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 6800 lom@lom.cl | www.lom.cl Diseño de Colección Estudio Navaja Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile
Índice
Agradecimientos
Introducción
Primera parte Teoría
Capítulo 1 La idea de sociología filosófica Capítulo 2 Entre sociología y filosofía. La pregunta por lo humano Capítulo 3 Nacionalismo y cosmopolitismo: perspectivas sociológicas y filosóficas Capítulo 4 El problema de la secularización: cuatro miradas a la fragilidad de los órdenes sociales modernos (con Rodrigo Cordero) Excurso 1 Humanismo y sociología
Segunda parte Intervenciones
Capítulo 5 La teoría social moderna como derecho natural postmetafísico: el caso Jürgen Habermas Capítulo 6 La sociología filosófica de Niklas Luhmann. Un estudio sobre «La economía de la sociedad» Capítulo 7 Progreso y cambio social en la sociología conservadora de Robert Nisbet Capítulo 8 Concepciones de sociología en la sociología constitucional contemporánea Excurso 2 Modernismo, redes y culto a la novedad. La ontología fallida de Bruno Latour
Bibliografía
Agradecimientos
Es un placer mencionar a los amigos y colegas que generosamente han dedicado tiempo y atención a la lectura de borradores de estos textos, o me han hecho comentarios, preguntas y sugerencias que han ayudado a dar forma a sus argumentos: Omar Aguilar, Daniel Alvaro, Rafael Alvear, Nicolás Angelcos, Margret Archer, Esperanza Bielsa, Tom Brock, Brian Callan, Mark Carrigan, Dante Castillo, Vincenzo Cicchelli, Gerard Delanty, Kieran Durkin, Dave Elder-Vass, Rodrigo Figueroa, Robert Fine, Steve Fuller, Rodrigo González, Ana Gross, Peter Holley, Juan Jiménez, Alonso López, André Magnelli, Paula Mena, Marcus Morgan, Jordi Mundó, Karen O’Reilly, Sebastián Raza-Mejía, Diego Rossello, Francisco Salinas, Martin Savransky, Nikos Sotirakopoulos, Simon Susen, Csaba Szaló, Cristian Tileaga, Beltrán Undurraga, Frederic Vandenberghe y Frank Welz. Agradezco también a Felipe Padilla la traducción preliminar de aquellos artículos que fueron publicados originalmente en inglés. Como ya es costumbre, Aldo Mascareño y Rodrigo Cordero han escuchado generosamente mis ideas en innumerables ocasiones. Les agradezco su paciencia, así como la confianza de que algo interesante puede surgir de ellas. También a Silvia Aguilera, de LOM, quien decidió seguir adelante con este libro aun en las circunstancias difíciles que nos han tocado vivir recientemente.
Hay un momento de la trayectoria académica cuando los cargos directivos se transforman en un deber inevitable. Esa administración puede ser tediosa y en ocasiones es incomprendida, pero ofrece también una oportunidad para contribuir a que el trabajo académico tal y como es se acerque a aquello que imaginamos que debiese ser: un espacio intelectualmente estimulante, de aprendizaje permanente y donde prima la racionalidad del mejor argumento. Más allá del éxito o fracaso de ese objetivo, la posibilidad de seguir escribiendo e investigando mientras uno se desempeña en esos roles depende en gran medida del trabajo de los equipos que toman en sus hombros el día a día de esa administración académica: mi sincero reconocimiento a Camila Claps y Constanza Venegas, en la Universidad Diego Portales, y a Carolina Apablaza, en la Universidad Adolfo Ibáñez, por la forma impecable en que llevan los procesos y programas a su cargo.
Muchas gracias a mi familia: Paula, Leonor, Jeannette, Raúl, Mara, Carla y Juanita.
Después de casi 18 meses de encierro por la pandemia, que sin duda nos han hecho reconsiderar la clase de animales sociales que somos, quisiera dedicar este libro a los amigos y amigas de toda la vida: Andrea Valdivia, Andrés Velasco, Iván Mlynarz y María José Reyes.
Los proyectos Fondecyt Regular (1181585 y 1200208) han entregado apoyo financiero para la finalización de este texto.
Santiago de Chile, Junio de 2021
Introducción
Al hacer filosofía, intentamos despojarla de los excesos del universalismo y de su celo prescriptivo. Al hacer sociología, resistimos la elevación de cualquier identidad y procedencia particular por sobre nuestra condición humana universal
Robert Fine (2017, 279)
Quisiera comenzar esta introducción con una referencia autobiográfica. Al poco tiempo de haber iniciado mis estudios de sociología en la Universidad de Chile, a inicios de la década de 1990, me quedó claro que mis intereses eran más cercanos a la filosofía que a la sociología. Si iba a tener la motivación para terminar la licenciatura que había comenzado, inevitablemente me las iba a tener que ingeniar para concentrarme en aquellas áreas más cercanas a la filosofía. En esa época tuve la fortuna de asistir como oyente a un curso que Ernst Tugendhat dictó en el Instituto de Filosofía de la Universidad Católica (con vergüenza, admito que nunca me presenté ni le pedí permiso para asistir a sus clases. Tampoco me atreví a preguntar en todo el semestre). El curso, que debía ser sobre la Crítica de la Razón Práctica de Immanuel Kant pero que Tugendhat decidió dictar sobre la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, no hizo más que confirmar que en esos temas se concentraban mis intereses genuinos. Exploré en esa época la posibilidad de un cambio de carrera, pero el curriculum extremadamente rígido de las licenciaturas habría significado tener que comenzar nuevamente desde cero, cuestión financieramente impensable. Un consejo, que ha probado ser acertado, me convenció además que «daba un poco lo mismo» si uno terminaba un grado u otro, porque después uno podía hacer un posgrado para afinar la puntería y seguir aprendiendo. Es así como me transformé, desde esa época y hasta ahora, en sociólogo «profesional» y filósofo «amateur».
Este volumen reúne un conjunto de artículos, escritos entre 2012 y 2019, en su mayoría como contribuciones a volúmenes editados o invitaciones a conferencias, seminarios y charlas. La idea original de su publicación se remonta a mediados de 2018 y son tantas las cosas que han pasado desde entonces que en algún sentido varios de estos ensayos pueden parecer piezas de museo que refieren a un mundo que ya no existe. Sin embargo, el hecho de que no se refieran directamente al estallido en Chile en octubre de 2019, ni menos a la pandemia del COVID, me parece que ofrece la oportunidad de tomarse un respiro frente a esta cotidianidad que no nos da descanso. Es también un intento por recuperar, reconstruir o reinventar algunas preocupaciones que me siguen convocando como preguntas fundamentales.
El propósito que reúne estos trabajos es poner en relación sociología y filosofía y la forma en que estas conexiones han dado vida a la idea de sociología filosófica. Junto con mi libro anterior, publicado por LOM (Chernilo 2011), así como dos publicados en inglés más recientes (Chernilo 2013; 2017a), este también da cuenta de la conversación que intento establecer entre ambas tradiciones. Por supuesto, sus relaciones pueden ensayarse mediante las ideas de teoría sociológica, filosofía social, pensamiento social o teoría social, todas las cuales están disponibles en diversos contextos y en cuyo apoyo pueden esgrimirse distintas razones. Su mérito principal es que esos términos indican una orientación intelectual que, para constituirse, requiere de tradiciones de pensamiento distintas e intereses de conocimiento diversos. Por un lado, las ideas de pensamiento social y teoría social se encuentran más cerca de mis intereses y las he usado en distintos contextos, puesto que además de la dimensión estrictamente conceptual enfatizan el carácter interdisciplinario, históricamente orientado y sobre todo la doble cualidad descriptiva y normativa que inspiran mis investigaciones. Por el otro, la noción de teoría sociológica enfatiza una idea disciplinar más estrecha y que tiende a asociarse a sistemas teóricos cerrados a la Parsons, mientras que la idea de filosofía social parece enfatizar una dimensión aun más especulativa cuyo vínculo con la realidad histórica está mediado por presupuestos metafísicos que no podemos realmente sostener (a la Spengler). Como una forma de dar identidad y clarificar los intereses que motivan mi trabajo, en los últimos años he venido intentando delinear la idea de sociología filosófica como un tipo específico de programa teórico que se toma en serio las relaciones entre filosofía y sociología con miras a ponerlas a trabajar conjuntamente en la exploración de ideas normativas en la sociedad –por ejemplo, la justicia, la igualdad, la autonomía– y de las propiedades antropológicas en que esas ideas normativas se sostienen –por ejemplo, la responsabilidad, la reflexividad, el lenguaje–.
El punto de partida de mi estudio para el desarrollo de la sociología filosófica es el hecho, relativamente obvio, de que la sociología y la filosofía no son solo tradiciones distintas que se han conformado en trayectorias históricamente disimiles, sino que ellas tienen pretensiones de conocimiento diferentes. Si a la sociología subyace una pretensión científica que refiere a la comprensión empírica y positiva de la sociedad moderna, a la filosofía subyace una pretensión más reflexiva sobre las condiciones de la experiencia humana en general. Por supuesto, ello no significa que la sociología pueda o deba ser no-normativa ni que la filosofía pueda o deba obviar desarrollos empíricos o procesos históricos. Pero sí implica que tanto sus practicantes profesionales como el público más amplio que está en ocasiones interesado en ellas, están en la búsqueda de formas distintas de conocer el mundo. Uno llega a la sociología y a la filosofía por razones distintas y, por lo general, demanda de ellas respuestas que también son distintas.
En su libro El Principio de la Responsabilidad, el filósofo judío-alemán Hans Jonas afirma que «mientras que una generación tiene las ciencias que hereda, cada generación tiene las humanidades que se merece» (Jonas 1984, 164-165). El objetivo de ese texto era reforzar la idea de la irrefutabilidad científica del riesgo ecológico inminente en que vive la sociedad industrial para, desde allí, sugerir cursos de acción colectivos que permitan impedir un desastre natural de escala global. Aquel libro transformó a Jonas en una celebridad, puesto que, entre otras cosas, sirvió de inspiración al Partido Verde alemán que durante la década de 1970 logró entrar al parlamento federal por primera vez. Su tesis central es que, enfrentada a los problemas medioambientales del presente, el dilema principal de la humanidad es asegurar a nuestros descendientes un planeta en el que sea posible una vida humana digna. Tomando como referencia el formalismo de la ética kantiana, Jonas sostiene que para llevar a cabo una vida que pueda describirse como genuinamente humana debemos mantener el planeta en un estado tal que haga posible la autodeterminación de los seres humanos del futuro. Escéptico de las ideas de progreso o evolución, Jonas no tiene dudas de que es un deber moral de la generación presente para con las futuras el entregarles un planeta que no se encuentre en condiciones peores a las actuales. Les debemos a nuestros hijos e hijas la posibilidad de desarrollar una forma de vida que sea al menos comparable con aquella que nosotros tenemos en términos de la capacidad real para decidir cómo querrán vivir.
El diagnóstico empírico en que se basa el argumento de Jonas es herencia del desarrollo científico y técnico al que había llegado la sociedad en ese momento. Pero la conciencia y, sobre todo, la disposición para hacer frente a esos desafíos no son cuestiones que se reciban pasivamente; por el contrario, se trata de decisiones que reflejan el tipo de individuos que somos y la clase de sociedades que hemos construido. La capacidad y la voluntad de la especie humana para hacerse cargo de sus problemas más importantes son dos caras de una misma moneda que si bien tienen dinámicas distintas –la pregunta por la capacidad se responde de forma técnico-científica, la cuestión de la voluntad es un asunto ético-político– se requieren mutuamente. Ninguna funciona por sí sola. Más allá de la ironía de la idea de que cada generación tiene «las humanidades que se merece» (que en su caso debe leerse como una crítica contra el hermetismo, elitismo y arrogancia de las humanidades posmodernas), el argumento clave de Jonas es que el conocimiento del mundo natural despliega una exterioridad, una objetividad, que no es posible ni deseable en el caso de los asuntos humanos, respecto de los cuales siempre mantenemos una conexión interna: ellos contienen el principio agencial de la responsabilidad entendida como la capacidad para actuar de otro modo. Lejos de establecer una jerarquía entre formas de conocimiento superiores e inferiores, esta diferencia en el tipo de conocimiento que ciencia y filosofía producen demuestra que efectivamente las necesitamos a ambas1.
Desde una perspectiva distinta, Hannah Arendt también reflexiona sobre la relación entre las distintas pretensiones de conocimiento de la ciencia y de la filosofía. En la siguiente cita, Arendt no se sitúa en el horizonte intelectual de la modernidad, sino que utiliza un lenguaje más general –existencial incluso–. Ella plantea esta reflexión de la siguiente manera:
Las preguntas últimas surgen de la experiencia real del no-saber, que es donde se revela uno de los aspectos básicos de la condición humana terrenal. Al plantearse preguntas últimas que no tienen respuesta, el hombre se posiciona a sí mismo como un ser que hace preguntas. Esta es la razón por la que la ciencia, que plantea preguntas que sí tienen respuesta, se origina en la filosofía y tal origen se mantiene como una fuente permanente a lo largo de las generaciones. Si el hombre perdiese la facultad de hacerse preguntas últimas, perdería al mismo tiempo su facultad para hacerse preguntas que sí tienen respuesta (Arendt 2005, 34)
Para Arendt, y este es un argumento que comparto, no se trata de que algunas preguntas sean más fundamentales que otras o que algunas preguntas sean primarias y otras secundarias. Incluso la idea de que algunas interrogantes pueden responderse definitivamente, mientras que otras no, debe tomarse con distancia, puesto que tampoco las interrogantes científicas responden a ese patrón. Por el contrario, nos enfrentamos a interrogantes de distinta naturaleza y que se alimentan y requieren mutuamente: el que algunas preguntas tengan respuesta y otras no dice relación con el tenor de qué y cómo se pregunta y no con las respuestas propiamente tales. La filosofía es resultado de la necesidad existencial de plantearse interrogantes que no tienen respuestas definitivas, las que a su vez encuentran nuevo vigor a partir de los cambios y novedades sobre las que las ciencias frecuentemente nos informan. Es justamente el horizonte posmetafísico de la reflexión contemporánea lo que permite el acercamiento de ambas tradiciones: cuando las ideas trascendentales de razón, historia y naturaleza ya no están disponibles para garantizar certezas de ningún tipo, cuando la política misma no puede guiarse sino por su propia relación incierta con valores, normas, principios e instituciones que son ellas mismas resultados de la acción humana, entonces el horizonte metafísico de las preguntas más generales ha de aceptar las limitaciones que implica estar insertas en un contexto histórico determinado. Lejos de significar un final para la filosofía, que ya no podría reclamar para sí una posición de privilegio incuestionada, ni tampoco una victoria «definitiva» para la ciencia, que entonces podría deshacerse de la filosofía, es este horizonte el que permite el diálogo entre ambas en tanto formas de conocimiento distintas pero compatibles.
Plantear las cosas de esta forma significa también tomar distancia de posiciones aun predominantes tanto al interior de la filosofía como al de la sociología, donde se continúa intentando establecer una jerarquía entre ellas. Desde el lado de la filosofía, esta sensibilidad se expresa en la idea de que todo conocimiento empírico es por definición inferior al que ella puede producir no solo porque aspira a mantener su posición de conocimiento primero (en la modernidad, esto lo comparten pensadores tan distintos como Hegel y Heidegger), sino también cuando el discurso filosófico deviene la forma general del lenguaje conceptual (como en Derrida). Desde el lado de la sociología, sobran también ejemplos de quienes sostienen que ella es justamente la superación de la filosofía en tanto un conocimiento legítimo del mundo social se puede desplegar ahora únicamente a través de su alineamiento con la ciencia moderna (desde Comte a Luhmann pasando por Durkheim). Sin embargo, en muchas de sus mejores versiones, sociología y filosofía no solo guardan bastante en común sino que están destinadas a relacionarse y aprender la una de la otra. Las preguntas sociológicas fundamentales son siempre también, en último término, preguntas filosóficas sobre qué nos hace los seres humanos que de hecho somos. Asimismo, las preguntas filosóficas más permanentes son también sociológicas en tanto hacen referencia a los contextos sociales en que las propias interrogantes surgen y tienen lugar.
Otra forma de comprender la relación entre ambas tradiciones, una que por lo demás tampoco genera acuerdo en las comunidades de sociólogos y filósofos profesionales, es la idea de que están indefectiblemente unidas por la pregunta tradicional sobre las condiciones sociales de la vida buena: ambas reflexionarían sobre lo que es con miras a comprender e incluso imaginar formas nuevas de lo que podría o debería ser. Tomando nuevamente como referencia a Arendt, ella se declara decepcionada tanto del dogmatismo filosófico como del positivismo científico que se han apoderado de las tradiciones académicas de los siglos XIX y XX. Cuando Arendt usa la idea de pensamiento político para describir el tipo de trabajo intelectual con el que sí se siente identificada, se refiere a un tipo de reflexión que combina ciencia social, filosofía e historia recurriendo a lo mejor de cada una de esas tradiciones. En ninguna parte queda ello más claro que en su análisis del fenómeno del totalitarismo de la primera mitad del siglo XX, en especial cuando analiza la institución que refleja de manera más pura su carácter monstruoso: los campos de concentración. Dice Arendt:
Describir los campos de concentración sine ira et studio [sin resentimiento ni favor] no es ser «objetivo» sino condonarlos, y tal perdón no cambia con la condena que el autor se puede sentir obligado a adjuntar pero que permanece desconectada de la propia descripción. Cuando usé la imagen del infierno no lo hice metafóricamente sino literalmente (…) creo que la descripción de los campos de concentración como infierno en la tierra es más «objetiva», es decir, es más adecuada a su esencia, que las afirmaciones de naturaleza puramente psicológica o sociológica (Arendt 1953, 79, mis cursivas)
Más allá de la retórica con que en la frase final se vuelve a castigar a las ciencias sociales de la época, quisiera interpretar su argumento de la siguiente manera. Arendt busca una forma de combinar descripción y evaluación normativa donde cada una mantiene su autonomía y la afirmación misma de tal autonomía pasa por su capacidad para establecer relaciones entre ellas antes que por su separación radical. La noción de descripción normativa parece capturar su idea de que la mejor forma de describir adecuada y rigurosamente un fenómeno es encontrar un concepto que dé cuenta también de su dimensión inherentemente normativa. Por supuesto, no todos los eventos en el mundo social tienen una dimensión normativa tan nítida o descarnada como los campos de concentración y no en todos los casos será necesario o incluso posible encontrar conceptos con la capacidad evocativa de «infierno en la tierra». Sin embargo, muchos fenómenos sociales sí tienen características normativas constitutivas y la mayoría de los sociólogos y filósofos concordarán además de que ellos representan justamente las cuestiones más significativas de sus respectivos campos. En buena medida, son esos motivos los que explican el hecho de que se dediquen a sus temas preferidos.
Dicho esto, es cierto que es una cosa es afirmar que descripción y normatividad están relacionadas, otra cosa es intentar especificar de qué tipo de relaciones estamos hablando. Quisiera entonces ofrecer algunas reflexiones programáticas que apuntan en esa dirección.
Descripción y normatividad no son actividades consensuales o que puedan ellas mismas ser descritas y evaluadas «neutralmente». Por el contrario, acercarse a la comprensión de sus relaciones requiere aceptar su propia complejidad interna: cada una es en sí misma una actividad polémica que permite interpretaciones disímiles, cuando no contrapuestas, de en qué consisten realmente. Desde el lado de la descripción, por ejemplo, aparece la discusión sobre si la tarea de la ciencia no es en realidad la explicación de los fenómenos, qué ha de entenderse exactamente por explicación (causalidad, probabilidad, relaciones de sentido) y, por cierto, cuál es el rol de la teoría en tales descripciones y explicaciones. Desde el lado de la normatividad, se aprecia una heterogeneidad similar no solo a partir de las diferencias entre distintas posiciones éticas sino a partir del conjunto de definiciones ontológicas sobre las que tales diferencias éticas están construidas. Incluso si no aceptamos un constructivismo extremo donde toda afirmación es en última instancia equiparable a cualquier otra o responde a interminables mediaciones sociales, tampoco es evidente como habríamos de decidir sobre si una descripción de un fenómeno específico es «superior» a otra –y, para qué decir, en el caso de los juicios normativos–.
A pesar de lo anterior, es posible intentar al menos establecer con precisión los criterios a partir de los cuáles una descripción o juicio normativo es considerado adecuado o inadecuado, superior o inferior, y hacer de la evaluación de esos criterios una meta-regla. Un problema con este camino es que puede transformarse en una regresión infinita: ¿con qué criterios se decide qué ha de considerarse un buen criterio? Pero la imposibilidad de arribar a respuestas definitivas no tiene por qué conducir a la parálisis: por ejemplo, podemos perfectamente tomar decisiones provisionales, establecer rangos de aceptabilidad respecto de cuestiones específicas, o concordar que en ciertos aspectos estamos en mejores condiciones de hacer afirmaciones fuertes y en otros no. De hecho, eso es precisamente lo que caracteriza tanto la ciencia como la filosofía en tanto actividades intelectuales: la discusión sobre afirmaciones, así como sobre los criterios de admisibilidad de las afirmaciones, es dinámica y evoluciona constantemente.
En el caso de las ciencias sociales, de hecho disponemos de algunas ideas relativamente consensuadas para evaluar la calidad o pertinencia de distintos argumentos: integridad teórica (no todo vale, el eclecticismo teórico tiende a ser penalizado), rigurosidad metodológica (la aplicación de técnicas y métodos debe seguir ciertos pasos que no son prescindibles o meramente arbitrarios), precisión empírica (la evidencia debe tratarse reflexiva y balanceadamente) y cuidado ético (la integridad de los participantes no es un valor transable). Respecto de cuestiones normativas, sin embargo, no disponemos ni en sociología ni en filosofía de guías de este tipo, entre otras cosas, porque la pregunta por la admisibilidad de distintos criterios está en el centro de los debates éticos. Por mi parte, la idea de sociología filosófica apunta justamente en esa dirección, al afirmar que concepciones de lo humano –de naturaleza humana incluso– subyacen a la mayor parte de nuestras descripciones del mundo social y que el contenido sustantivo de esas concepciones de lo humano funciona como horizonte de tal dimensión normativa. Debemos, por tanto, no solo explicitar cuáles son esas concepciones de lo humano sino que, al hacerlo, hemos de deslindar también si ellas favorecen un concepto universalista de humanidad donde todos los miembros de la especie son vistos como provistos de la misma capacidad para crear y recrear la sociedad (aunque, por supuesto, bajo condiciones desiguales y que no son de su elección). Esa es, por cierto, la posición que se defiende en estas páginas.
La sociología es, a todas luces, hija de la inversión que Marx hace de la dialéctica hegeliana: para comprender las ideas debemos entender también las relaciones sociales en que esas ideas surgen y se desarrollan. En los términos que lo estoy planteando aquí, es Marx quien da el golpe de gracia a la filosofía, no porque decida eliminarla sino porque le entrega primacía a la futura sociología –al estudio de los fenómenos sociales– y con ello relega a la filosofía a un lugar secundario2. De Marx hemos heredado también dos posibilidades metodológicas sobre como implementar efectivamente este postulado: en la interpretación determinista, las ideas dependen de las relaciones sociales y no son más que su epifenómeno; en la interpretación moderada, las ideas tienen autonomía relativa y ambas esferas se interrelacionan e influencian mutuamente. Si ambas opciones están disponibles al interior de la obra del propio Marx, ello se debe tal vez al hecho de que en realidad no se trata de caminos distintos: mientras que la idea de autonomía relativa es una contradicción en los términos, no tiene tampoco sentido decir que las ideas dependen en un sentido fuerte de los hechos sociales (uno no aprende a hablar sueco por el hecho de saber que en ese país hace frío muchos meses cada año o que tiene un estado de bienestar generoso desde el punto de vista de sus prestaciones sociales). La idea de sociología filosófica busca entonces reguardar tanto la necesidad filosófica de respetar la autonomía de las ideas (en este caso, la dimensión universalista de las ideas normativas) como la relevancia de comprender los contextos y relaciones sociales en que tales ideas han surgido y se despliegan cotidianamente.
Sociología filosófica
Hechas estas aclaraciones generales, puedo ahora definir el programa intelectual de la sociología filosófica como un enfoque que busca explicar las concepciones de lo humano y de la naturaleza humana que están en operación, pero por lo general permanecen implícitas en el mundo social.
1. La sociología filosófica toma la antropología filosófica como punto de partida. En su mejor versión, por ejemplo en Ernst Cassirer (1977), la antropología filosófica que surge a inicios del siglo XX es un intento por re-unir el conocimiento científico y filosófico sobre qué es un ser humano. En espíritu y forma, pero también en contenido y contexto, la antropología filosófica se posiciona en la encrucijada crítica donde se espera que conocimiento científico y filosófico sean aun capaces de unificación incluso si apuntan ya en direcciones distintas, cuando no opuestas. Incluso si este requerimiento de unificación no se cuestiona, y en ocasiones eso sí sucede, la exigencia de reunión se hace no solo en clave epistemológica sino también en clave ontológica. Este enfoque dual sobre los seres humanos es resultado, y debe mantenerse, en razón de la propia dualidad de la condición humana: los seres humanos son en parte cuerpos vivos que están controlados por sus necesidades, emociones y adaptación físico-química al mundo y son también seres conscientes que se constituyen mediante sus intuiciones intelectuales, estéticas y, por cierto, morales (Cassirer 2000).
2. Esta tensión entre ciencia y filosofía, entre cuerpo y alma, se expresa también en una de las ideas centrales de la antropología filosófica: la naturaleza humana. En la modernidad, las referencias a la naturaleza son siempre sospechosas: ¿qué es la naturaleza? ¿Existe tal cosa como una «naturaleza prístina»? ¿Puede «la naturaleza» concebirse como la fuente a partir de la cual lo humano se constituye? Posiblemente la dimensión sociológicamente más importante en esta dirección la planteaba ya Hobbes (1996) ¿cuál es la relación entre lo natural y lo artificial donde lo primero refiere al individuo y lo segundo a lo social? Estas preguntas sobre la naturaleza conducen a la sociología hacia un territorio ambiguo: por un lado, las ideas de causalidad, diferenciación y evolución son muy importantes en la tradición sociológica en general (es decir, no solo para el funcionalismo); por el otro, la relación de la disciplina con la biología y la genética, en tanto ellas desafían la idea de la autonomía de lo social, no es precisamente fluida (Fuller 2011; Rose 2013). Algo similar puede decirse respecto de las ideas de naturaleza humana, que anteceden con mucho el surgimiento de la imaginación científica moderna y son parte crucial de la tradición filosófica. En este caso, la noción de naturaleza invoca ideas distintas como estabilidad, características constitutivas y realización plena; se refiere a las propiedades intrínsecas del ser y a su relación teleológica con fines que le son inmanentes y través del cual se constituye. Por cierto, en este contexto, las ideas de naturaleza humana van más allá de la demostración filosófica convencional y adoptan un giro más bien especulativo: reflejan, y contribuyen a articular de manera explícita, respuestas a la pregunta sin respuesta qué son los seres humanos puesto que ellas no pueden nunca justificar realmente de dónde proviene la especificidad de la condición humana.
3. Si mantenemos a la vista la intuición original de que la antropología filosófica intenta reunir el conocimiento científico y filosófico sobre qué es un ser humano, es entonces evidente que el desafío «biológico» no es autoexplicativo sino que solo se hace visible mediante elaboración filosófica. Más aun, el valor de verdad de esta crítica viene de la mano de desarrollos empíricos sustantivos y se sustenta sobre todo en el éxito tecnológico de las neuro-tecno-ciencias. En alguna medida, la sociología contemporánea se enfrenta al dilema clásico del advenedizo: entre más busca demostrar que ya pertenece definitivamente al establishment intelectual más dolorosa le resulta la crítica que se hace aun a su estatuto científico. La nueva tendencia de escritos «post» o «anti-humanistas», lejos de ofrecer una separación con la tradición que estoy describiendo, pertenece claramente a ella (Braidotti 2011; Haraway 1991). Sus contenidos específicos y estilo son por supuesto distintos, pero sus preocupaciones por la unidad interna del genero humano, en qué medida los seres humanos son únicos en relación con otros seres vivientes, y cuán susceptible es la naturaleza humana a distintas formas de manipulación social, son todas preguntas que forman parte del repertorio clásico de preocupaciones de la antropología filosófica. Encontramos aquí más que un eco de las críticas anteriores al humanismo en Nietzsche (2008), Heidegger (2006) o Lyotard (1993). De hecho, la pregunta fundamental es exactamente la misma: en qué medida los desarrollos de la tecnología moderna ponen fin al ser humano tal y como lo conocemos. O, dicho de otra manera, en qué medida la idea misma de humanidad ha sido siempre solo una ilusión. En la corriente principal de la sociología, esta posición se repite en las afirmaciones crecientemente excéntricas de Bruno Latour (2013) sobre la necesidad definitiva de una ontología radicalmente nueva que abandone la distinción entre humanos y no-humanos. Este género se constituye entonces mediante su propia combinación de argumentos en parte científicos y en parte especulativos (más no necesariamente filosóficos). Así, incluso el escepticismo sobre la posibilidad de fundamentar valores universales, nos recuerda periodos anteriores de la antropología filosófica a mediados del siglo XX. Por mi parte, sostengo que es preciso invertir su pretensión de originalidad –y no solo porque no hay nada menos original que una pretensión tal de novedad–. Este tipo de interrogación es en realidad paradigmática de la tan humana frustración con la frustrante inevitabilidad de la pregunta ¿qué es y cómo se reconoce a un ser humano?
4. Este giro o reacción naturalista debe tomarse con cuidado: el naturalismo tiene desde hace ya un tiempo mala reputación en la filosofía y las ciencias sociales. Al naturalismo se lo critica, por un lado, porque incluso la tesis de que los seres humanos tienen realmente una naturaleza biológica no permite afirmar después que es ahí reside el corazón de aquello que nos hace específicamente humanos por oposición a otras especies vivas. El problema no radica en la delimitación de necesidades o disposiciones humanas básicas sino que estos argumentos empobrecen y hacen más estrechas nuestras concepciones de lo humano: del hecho de que la autoconservación sea prerrequisito para la emergencia de las instituciones sociales no se sigue que la competencia es el valor social fundamental o que allí radica el núcleo de aquello que nos constituye como seres humanos que viven en sociedad. Una segunda crítica al reduccionismo naturalista depende de la primera y sostiene que el naturalismo falla porque es incapaz de dar cuenta de las ideas que le sirven de base. Sin importar si la entendemos como una empresa científica, religiosa o filosófica, la pregunta sobre qué nos hace humanos se sostiene en intuiciones intelectuales y morales que no son reducibles a cuestiones biológicas o relaciones causales. La crítica es distinta a aquella que se centra en si la autonomía de la conciencia puede o no comprenderse, científicamente, como un fenómeno emergente a partir de interacciones neuronales. Dice más bien relación con el hecho de que las motivaciones universalmente humanas que son constitutivas de la ciencia, la filosofía, el arte o la religión no pueden incluirse en el conjunto relativamente estrecho de actividades humanas que son esenciales desde el punto de vista de la adaptación física y reproducción material de la especie. Estas motivaciones no responden a una concepción causal de las relaciones en el mundo natural sino que son ideales en un sentido que es difícil, o derechamente imposible, captar científicamente.
5. Si usamos a Pierre Bourdieu (1994) como caso paradigmático de la sociológica contemporánea, es instructivo que la relación algo paradójica entre materialismo y constructivismo de su teoría se traduzca en su obra en el tipo de «clausura a las ideas» que es propia del naturalismo reduccionista. La sociología reproduce con ello las versiones más débiles de ese naturalismo. El desarrollo de la física y ciencias naturales modernas, que comienza en el siglo XVII, se basa en la idea de un cosmos cuyos elementos materiales son inertes. La idea de un mundo natural conformado materialmente pero desprovisto de agencia es trasladada por Bordieu al mundo social, que se entiende como un dominio autónomo poblado por varios «campos», «fuerzas», «causalidades» y «diferenciales de poder». Pero mientras que es relativamente claro por qué un mundo donde prima la causalidad (y por tanto no tiene ideas) puede funcionar en el caso del universo físico o natural, ello no es así en el caso de la vida social. Bourdieu nos devuelve a una situación pre-clásica: mientras que los sociólogos de primera generación intentaron dar cuenta de las relaciones entre factores ideales y factores materiales, y se quebraron la cabeza intentando resolver este problema, la situación actual es que el asunto ha sido abandonado y se reproduce simplemente una versión paradójica del argumento naturalista. Incluso si hay agentes en el mundo social, ellos solo reconocen y se movilizan por sus intereses, identidades y estrategias: son agentes sin ideas. El precio por este reduccionismo lo paga la sociología en su incapacidad para explicar la posición de los valores que son centrales para los rendimientos funcionales de las distintas instituciones sociales: cuando los bancos velan por sus propios intereses y no los de sus clientes, es decir, cuando descuidan sus tareas normativas, sufren también los resultados funcionales de sus operaciones.
6. La sociología filosófica toma a la filosofía como un recurso fundamental, pero asume también que la filosofía contemporánea puede continuar solo a partir de la renuncia a su pretensión fundacional de controlar el desarrollo del conocimiento humano. Mal que mal, ese es un reconocimiento común a filosofías tan disimiles como las de Adorno (2007), Habermas (1990b) y Sloterdijk (1987). Las proezas empíricas y tecnológicas de las ciencias modernas permiten la continuación de la filosofía porque su promesa de transformarse en el marco general de todo conocimiento ya no está disponible (Por cierto, a través de las humanidades y las ciencias sociales la misma crítica a la filosofía está disponible en relación con el conocimiento sobre el mundo humano). La testaruda necesidad de la antropología filosófica radica en su tan humana particularidad en tanto búsqueda de aquello que compartimos como seres humanos. Una universalidad verdadera no está al alcance de los seres humanos sino que, en caso de existir, es resorte de aquellos seres racionales puros que tal vez ya no habitan el mundo moderno y que, si aún existen, hace 200 años ya nos decía Kant (1997) que no guardan mayor relación con los seres humanos. El intento por comprender la vida humana por medios puramente humanos continúa porque sigue estando incompleto y debe continuar porque no tiene fin: se lo lleva a cabo no a pesar sino precisamente porque es siempre y necesariamente nuestra segunda mejor opción (Blumenberg 2011).
7. En la delimitación de un campo para la sociología filosófica, es claro que ella no sustituye la investigación sociológica empírica; tampoco la concibo como una filosofía fundacional con intención necesariamente critica. Sostengo, sin embargo, que las ideas de lo humano operan como marco de referencia normativo para la vida social. Este marco puede entenderse como trascendental en un sentido delgado, es decir, como límites a aquello que es posible y tal vez también deseable en la sociedad; es trascendental en un sentido medio, puesto que puede influenciar lo que sucede en la sociedad solo a través de la propia sociedad, y es trascendental también en el sentido fuerte de que las fuerzas sociales no pueden sin más alterarlas. Estas ideas de lo humano crean las condiciones para el despliegue de la vida social sin ella misma estar en condiciones de actuar directamente sobre la sociedad. Pero un componente igualmente importante de nuestras concepciones de lo humano es que las ideas de justicia, identidad, dignidad o vida buena tienen ellas mismas existencia universal: todas invocan la capacidad específicamente humana de descentramiento, la posibilidad de abandonar la perspectiva de la primera persona y apuntar a un principio de imparcialidad como ideal regulativo. El valor normativo de estas ideas no puede reducirse a factores materiales sino que siempre vuelve, y por ello también depende, de nuestras concepciones sobre en qué consiste ser humano.
La cita de Robert Fine que sirve de epígrafe a esta introducción apunta a que, más que tradiciones o incluso formas de conocimiento radicalmente distintas, con la filosofía y la sociología estamos en presencia de sensibilidades diferentes donde una nos alerta a los excesos y déficits de la otra. Como en un cuadro o sinfonía, son finalmente los contrastes los que dan vida, y permiten realzar, las características distintivas de cada elemento.
Los capítulos que componen este libro
Como ya mencioné, los textos aquí reunidos fueron publicados ya como artículos independientes. Sin embargo, han sido íntegramente revisados para su publicación en este volumen y no son reediciones literales de esas versiones originales. Me he tomado la libertad de reescribir, eliminar o agregar párrafos o referencias bibliográficas.
El texto está divido en dos partes. La primera parte, «Teoría», reúne cuatro ensayos y un excurso que buscan explicitar cómo entender las relaciones entre sociología y filosofía. El capítulo 1 ofrece el argumento más general sobre la idea de sociología filosófica y para ello establece las coordenadas intelectuales en que ella se inserta, explica algunos de los usos posibles de las ideas de lo humano en las ciencias sociales contemporáneas y ofrece también un ejemplo sobre sus potenciales de aplicación en relación con algunos debates recientes sobre derechos humanos. El capítulo 2 también intenta explicar la idea de sociología filosófica, pero sigue un camino distinto: por un lado, se ofrece una narración estilizada de la historia de la pregunta por lo humano en las ciencias sociales y las humanidades de los últimos 100 años, desde el surgimiento de la antropología filosófica en las primeras décadas del siglo pasado hasta el debate contemporáneo sobre poshumanismo, realismo crítico y el enfoque de las capacidades. Por el otro, se introducen un conjunto de propiedades antropológicas a partir de la cuáles sería posible conceptualizar la normatividad social: la autotrascendencia, la adaptación, la responsabilidad, el lenguaje, las evaluaciones fuertes, la reflexividad y la reproducción de la vida (estas son las propiedades antropológicas que se discuten en detalle en mi libro Debating Humanity). Como se trataba de un texto inusualmente breve, el Capítulo 2 es el texto que he intervenido más significativamente.
El capítulo 3 despliega la dualidad del enfoque sociológico-filosófico que estoy impulsando al mostrar que, para comprender las principales dimensiones sociológicas de las relaciones entre nacionalismo y cosmopolitismo, es preciso preguntarse también por cómo ellas tienen lugar en la inefable dialéctica moderna entre universalismo y particularismo. Se ofrece así un ejemplo concreto a partir del cual explorar los rendimientos tanto descriptivos como normativos de combinar ambas perspectivas. El capítulo 4, escrito en coautoría con Rodrigo Cordero y publicado aquí con su autorización, usa el enfoque de la sociología filosófica para comprender distintos debates sobre la secularización. Partiendo de la premisa de que la pregunta por la secularización es otra forma de interrogar la pretensión de autonomía de las sociedades modernas, ese capítulo busca capturar una ambivalencia fundamental de estos órdenes sociales: la necesidad de la sociedad de organizar sus prácticas e instituciones siguiendo reglas propias, así como de justificar racionalmente los valores en los que tales prácticas e instituciones descansan (incluso cuando ellas fracasan en estar a la altura de esos valores). Esta primera parte se cierra con un excurso sobre las relaciones entre sociología y humanismo a partir de la reseña de dos excelentes libros recientes donde, desde perspectivas muy distintas, se intenta reflotar ese vínculo. Tanto desde el paradigma filosófico del pragmatismo norteamericano como para el caso de la teoría crítica de Frankfurt (representada aquí en la obra de Erich Fromm), lo que aparece es la idea de una sociología filosóficamente informada y orientada hacia los problemas normativos más significativos del presente.
La segunda parte del libro, «Intervenciones», busca desplegar, en debates contemporáneos específicos, las intuiciones generales que se ofrecen en la primera parte. Si la idea de sociología filosófica ha de tener rendimientos como programa intelectual, ello debe demostrarse en su capacidad para iluminar discusiones concretas. El capítulo 5 explora la forma en que Jürgen Habermas establece las relaciones entre filosofía y sociología en su propio trabajo. Dicho capítulo plantea la tesis de que si bien el pensamiento de Habermas está efectivamente inmerso en la tradición del derecho natural racional –lo que incluye sus justificaciones para el rol de la sociología en las sociedades modernas–, ello es posible únicamente porque Habermas se toma en serio la idea del horizonte postmetafísico de la modernidad: es decir, donde todo argumento es provisional y está sujeto a pruebas racionales o empíricas. El capítulo 6 utiliza la reciente traducción que Aldo Mascareño ha realizado del libro La Economía de la Sociedad de Niklas Luhmann para leer a Luhmann desde la perspectiva de la sociología filosófica. Junto con explorar algunos de los presupuestos antropológicos y normativos del sociólogo alemán, el capítulo reconstruye brevemente su teoría de los medios de comunicación simbólicamente generalizados para explorar el rol que la dimensión corporal –su anclaje simbiótico– juega en el caso de la economía a través del dinero y el problema de la satisfacción de necesidades.
El capítulo 7 está también centrado en un autor específico. El sociólogo norteamericano Robert Nisbet es una figura inusual en la historia de la disciplina en ese país por su proveniencia de clase trabajadora, el carácter abiertamente conservador de su pensamiento y la orientación historicista de su trabajo en una sociología que es fundamentalmente empírica. Ese capítulo despliega los elementos centrales de su pensamiento sociológico y político, a la vez que busca vincularlo con visiones similares como las de Karl Löwith y Leo Strauss. El capítulo 8 se centra en una literatura sociológica reciente que versa sobre el «problema constitucional». Ella busca trascender el nacionalismo metodológico de pensar las constituciones como ancladas necesariamente en las formaciones estatales y formas de organizar la vida política en su interior. El capítulo explora el tipo de presupuestos conceptuales y antropológicos que informan algunas de esas concepciones contemporáneas de los estudios en sociología constitucional con miras a explicitar sus fundamentos normativos. Al igual que la primera parte, esta culmina con un texto más breve donde se discuten las relaciones entre epistemología, ontología y normatividad en la obra de Bruno Latour. Para ello, me concentro en la publicación reciente de su Investigación sobre los modos de existencia, donde Latour entrega argumentos adicionales para explicar y justificar las decisiones más importantes de sus trabajos anteriores. La crítica que allí se ofrece debiera al menos mostrar las dificultades de todo orden que se gatillan a partir de una concepción antropológica como la suya, que se demuestra débil normativamente e inconsistente conceptualmente.
1 La orientación intelectual de Jonas se conoce como naturalismo ético y su concepto central es la idea de biología filosófica que, por supuesto, es tributaria de la idea de antropología filosófica de principios del siglo XX y es parte de la herencia que informa mi idea de sociología filosófica. Un análisis sistemático del pensamiento de Jonas está disponible en el Capítulo 4 de mi llibro Debating Humanity. Towards a Philosophical Sociology (Chernilo 2017a).
2 No es un argumento que esté en condiciones de desarrollar en detalle aquí, pero incluso la fenomenología de Husserl –el punto más alto del idealismo filosófico después de Marx– contiene también en su interior la intuición sociológica de que para lograr un entendimiento puro debemos comprender las cosas tal y como son. Es decir, la validez interna de la filosofía de Husserl se juega también externamente, en el afuera del «mundo de la vida». Cuando Heidegger radicaliza, o para otros traiciona, la fenomenología de su mentor, su desplazamiento es hacia una exterioridad aún más pronunciada: la disolución de la filosofía en filología que lleva a cabo Heidegger depende de una metafísica de la autenticidad. La vida buena del filósofo es entendida como una vuelta a la simpleza y la filosofía queda disuelta en esa búsqueda a un retorno a supuestos orígenes pre-filosóficos.
Primera parte Teoría
Capítulo 1 La idea de sociología filosófica
La crisis de confianza de los últimos años en muchas de nuestras instituciones sociales más importantes plantea preguntas complejas para la sociología. La prensa, la policía, el parlamento, la iglesia católica, los bancos y las agencias calificadores de riesgo son todas instituciones funcionalmente específicas y, debido a ello, se les encomienda tanto la protección como la promoción de valores que son integrales a su contribución social: información independiente y confiable, protección civil, representación y toma de decisiones, orientación moral, salvaguarda de nuestros bienes privados. En la mayoría de los casos, los procedimientos que debieron haber prevenido sus comportamientos institucionales deficientes estaban bien instalados y eran bien conocidos por los individuos en posiciones de responsabilidad. A ciudadanos y científicos sociales nos preocupa por igual comprender por qué los valores que la sociedad esperaba razonablemente que fueran protegidos estaban, por el contrario, siendo conscientemente erosionados por sus propios guardianes.
Para la sociología, es inesperado que no estemos aquí frente a ejemplos de anomia, diferenciación funcional o jaulas de hierro. En mi opinión, nuestro desafío es doble. Primero, un aspecto subyacente pero común a todas estas crisis se refiere a la ubicación problemática de lo normativo en la vida social. Ellas demuestran que, a pesar de su fragilidad, lo normativo no es mera divagación idealista sobre ideas desconectadas de la realidad, puesto que el rendimiento funcional de estas instituciones se vio erosionado por el abandono de sus deberes normativos para con el resto de la sociedad. Lo normativo no es el ámbito central de la vida social –posiblemente nunca lo fue– pero tampoco es posible conceptualizar lo social adecuadamente sin él. De seguro la sociología no es responsable de lo que sucedió en estas crisis, incluso si su moralismo y politización acrítica resultan altamente frustrantes en ocasiones. Con todo, aún necesitamos explorar si la sociología pudo haber contribuido, inconscientemente al menos, en estas crisis a través de sus descripciones del mundo social en que las ideas normativas no juegan rol alguno. Su representación convencional de lo social ha sido vaciada de toda orientación normativa y tanto la atrofia como la hipertrofia de lo normativo son igualmente nocivas. La segunda pregunta también remite a la infraestructura filosófica del pensamiento sociológico; en este caso, cómo pueden nuestras explicaciones conectar defectos institucionales con las acciones y prácticas de individuos particulares: editores de medios, miembros del parlamento, oficiales de la policía, sacerdotes y traders, para quienes las tentaciones simplemente eran demasiado grandes como para ser resistidas. De seguro esto está relacionado con el debate entre estructura y agencia en la sociología. Pero quisiera sostener que nuestra habilidad para explicar las relaciones entre acciones individuales y defectos institucionales aún debe ser rastreada en las concepciones implícitas de naturaleza humana que tienen lugar al interior de las explicaciones sociológicas. Estas dos preguntas, los valores y la naturaleza humana, o más bien, las fuentes de lo normativo en la vida social y un principio de humanidad son, como argumento en lo que sigue, centrales a la idea de sociología filosófica que me propongo desarrollar.
Desde luego, el estatus de nuestra humanidad compartida ha sido un tema central del debate en la tradición occidental de pensamiento social y político. Aun si miramos sólo al siglo veinte, la Segunda Guerra Mundial marca un punto de quiebre convencional: por un lado, la afirmación de que solo hay hipocresía en la invocación de la idea de humanidad como una noción moral más elevada, como resulta evidente en Carl Schmitt (2007), Martin Heidegger (2006) y, a pesar de todas sus diferencias políticas, también en Jean-François Lyotard (1991); por el otro, el reconocimiento que apela a ideas de humanidad –en Karl Jaspers (2000) y Hannah Arendt (1998a)– falló dramáticamente en su intento de prevenir crímenes de guerra. No obstante, ella se mantiene como un recurso fundamental de nuestro imaginario normativo. Debates más recientes al interior de la sociología muestran también un interés en el estatus de la idea de humanidad, cuyo foco ahora está en cómo las (bio)tecnologías están transformando la composición de nuestra especie tanto en teoría como en la práctica (Fuller 2011; Latour 1993; Rose 2013). De hecho, preguntas similares han sido planteadas también en debates motivados metodológicamente (Adkins y Lury 2009; Back 2012; Back y Puwar 2012). Comparto con estas discusiones la preocupación respecto de que necesitamos más y mejor sociología, así como su visión de que esto requiere una discusión explícita de las implicaciones ontológicas y políticas del trabajo científico. Pero me parece más problemático su apoyo algo apresurado a puntos de vista post-sociales e incluso post-humanos. Más bien, quisiera sugerir que no nos encontramos en posición de hacer tales afirmaciones porque, entre otras cosas, no entendemos del todo el papel que las nociones de naturaleza y de naturaleza humana han jugado de hecho en la historia y teorías de la sociología. A su vez, esta exploración puede ayudarnos a dar cuenta de las dificultades de la sociología para entender lo normativo.
La idea de sociología filosófica que este libro despliega busca dilucidar las relaciones entre nociones implícitas de naturaleza humana y conceptualizaciones explícitas de la vida social, a la vez que plantea que emerge una vocación normativa en la sociología a partir de los presupuestos implícitos al interior de la teorización sociológica respecto de nuestra humanidad compartida. La sociología filosófica reflexiona sobre la infatigable centralidad de lo normativo en la vida social y busca observarla, al mismo tiempo, tanto sociológica como filosóficamente: las preguntas que importan a los sociólogos son siempre, en última instancia, también preguntas filosóficas. A continuación, introduzco brevemente los principios centrales de la idea de la sociología filosófica por medio de tres proposiciones interrelacionadas.
1. Las relaciones entre la sociología y la filosofía. La idea de sociología filosófica se ha venido conformando a partir de una serie de intervenciones durante los últimos cien años. Se toma en serio la historia de las ideas y plantea que los intentos de auto-aclaración histórica son esenciales en el trabajo conceptual (Gouldner 1965; McCarthy 2003). En todo caso, este no es solo un ejercicio de precedencia histórica porque, para ser verdaderamente sociológicas, estas reconstrucciones requieren de justificación en relación con problemas contemporáneos. Una consecuencia adicional de este planteamiento es que las demandas por novedad no son ni activamente buscadas ni automáticamente aceptadas como criterio de éxito explicativo; la obsesión actual con la novedad, con la innovación o con cambios épocales radicales, me parece, puede haber erosionado nuestra habilidad efectiva para comprender las transformaciones sociales contemporáneas (Chernilo 2010, 133-153).
2. Un principio de humanidad. En tanto se concentra en explicar la vida social como un dominio autónomo y emergente, las ideas de naturaleza humana han permanecido exploradas insuficientemente en la sociología. La naturaleza humana es tratada como un residuo metafísico que debe definitivamente dejarse de lado. Aún así, estos presupuestos sobre la naturaleza humana se mantienen ampliamente presentes en la sociología contemporánea tanto conceptualmente como, incluso, en sus materiales docentes (Leahy 2012). Pero no todas las concepciones de naturaleza humana son igualmente adecuadas para los propósitos del trabajo sociológico, por lo que mi propuesta es que el principio de humanidad de la sociología debe ser inequívocamente universalista en su orientación. Más abajo contrastaré ideas sustantivas y teleológicas de la naturaleza humana, que tienden a ser reduccionistas, con un principio de humanidad contrafactual más abstracto, que opera como un ideal regulativo central en la sociología.
3. La doble fuente, social y pre-social, de lo normativo en la vida social. Las perennes preocupaciones normativas de la sociología son un resultado directo de su principio de humanidad; volvemos constantemente sobre las consecuencias de la acción en los seres humanos, sobre el impacto de las instituciones sociales en los desarrollos futuros de la vida humana. A fin de comprender lo normativo, necesitamos conceptualizarlo tanto sociológica como filosóficamente: lo normativo está hecho por el hombre y es socio-históricamente cambiable; de allí su cualidad estrictamente inmanente, pero también es pre-social, y por lo tanto cuasi-trascendental, ya que un principio de humanidad que se mantiene en gran medida intocable por las fuerzas sociales es condición de la posibilidad de conceptualización de la vida social.
El resto del capítulo está estructurado de la siguiente forma. Parto con la delimitación histórica de la idea de sociología filosófica (I), para después dilucidar los principales usos y abusos de las ideas universalistas en las ciencias sociales (II) e intentar aplicar la sociología filosófica a algunos debates recientes sobre derechos humanos (III). Cierro con unas breves conclusiones (IV).
I.
La idea de sociología filosófica que se despliega en este trabajo busca delimitar de mejor forma una rica historia de interconexiones entre la sociología y la filosofía durante los últimos 200 años. Como lo hace desde el punto de vista de la sociología, podemos distinguir tres estrategias para observar sus interrelaciones. Primero, una vía positivista entiende la tradición filosófica como la herencia pre-científica de la sociología, mientras que su futuro pertenece al trabajo empírico y estrictamente científico. Dentro del canon clásico, esta actitud es mejor representada por Emile Durkheim, quien dedicó mucho trabajo a la especulación filosófica y planteó que una separación estricta entre sociología y filosofía era en sí misma una proposición filosófica que, en última instancia, resultaba imposible (Durkheim 1960, 1982). Pero el rasgo característico de este punto de vista es que, aunque importante, el trabajo con fuentes filosóficas no es una tarea sociológica en sentido estricto (Luhmann 1994; Merton 1964).
Una segunda corriente queda constituida por intentos explícitos de auto-clarificación epistemológica. Aquí, el foco está en dilucidar la lógica de los argumentos científicos de la sociología en un argumento que podemos retrotraer a los debates metodológicos de Max Weber (1949). Debates como idealismo vs. materialismo, individualismo vs. colectivismo, o realismo vs. constructivismo, todos pertenecen a esta corriente, y también podríamos incluir aquí la meta-teoría sociológica así como descripciones más historicistas de la historia de la sociología, escritas a fin de iluminar sus compromisos cognitivos más amplios (Benton 1977; Levine 1995; Ritzer 1988). La tercera aproximación es cercana a la filosofía social y utiliza la tradición filosófica para clarificar las motivaciones normativas de la sociología (Ginsberg 1968; Hughes 1974). La influencia de Karl Marx (1975) sobre el desarrollo futuro de la sociología es posiblemente paradigmática de este tipo de vinculación, en tanto la teoría crítica posterior entiende que la reconfiguración de las preguntas normativas es la contribución clave de la filosofía a la sociología científica (Adorno 2000; Habermas 1987; Marcuse 1973). Pero este movimiento más normativo no lo encontramos solo en la tradición crítica, sino que está también disponible para posiciones «nostálgicas» o conservadoras (Nisbet 1967; MacIntyre 2007). Es posible que estas tres aproximaciones a las relaciones entre filosofía y sociología no agoten todas las opciones disponibles, pero sí capturan las actitudes más representativas. La sociología filosófica toma elementos de las tres posiciones: contribuye al proyecto científico de la sociología al mantener las demandas normativas y cognitivas separadas pero en constante interacción (versiones 1 y 2), así como contribuye también a la infraestructura filosófica de la sociología porque la propia investigación sociológica es siempre susceptible de un escrutinio normativo posterior (versión 3).
El uso que hago aquí de la idea de sociología filosófica tiene poco que ver con la aplicación del análisis de redes a la historia intelectual, como en la Sociología de las Filosofías de Randall Collins (2002). Más bien, se inspira en la idea general de la antropología filosófica. Ella puede ser definida como una interrogación sistemática sobre conceptos generales de humanidad en su relación con nuestros rasgos antropológicos fundamentales (Hacker 2010)3. Sin embargo, la sociología filosófica es distinta de la antropología filosófica en tanto busca desentrañar las relaciones entre concepciones implícitas de naturaleza humana y concepciones sociológicas explícitas del orden social, para así reflexionar sobre el problema de lo normativo en la vida social. Es un tipo de sociología filosóficamente informada más que una aproximación estrictamente normativa o una reflexión sobre los condicionamientos sociales de la reflexión filosófica4.
La idea de sociología filosófica alcanzó una modesta notoriedad en la sociología alemana a inicios del siglo XX. En el contexto de una disciplina que intelectual e institucionalmente aún estaba en desarrollo, la sociología filosófica no tuvo nunca la intención de reemplazar la investigación social empíricamente orientada. Más bien, estaba pensada para clarificar los supuestos que eran constitutivos, aunque no directamente centrales, al establecimiento científico de la propia sociología. En su exposición durante la Primera Conferencia de Sociología en Alemania en 1910, Ferdinand Tönnies definió la sociología filosófica como una indagación sobre la organización lógica de los conceptos sociológicos, tanto dentro de la propia sociología como en sus relaciones con otros campos científicos. Más aún, dadas sus raíces históricas en la filosofía, la sociología moderna era vista como una respuesta a preocupaciones normativas en la sociedad contemporánea, por lo que debería mantenerse fundamentalmente conectada a preguntas sobre «conducta ética y la vida buena» (Tönnies 2005, 57). Plantea que la sociología debe asirse a la invitación del Oráculo de Delfos, conócete a ti mismo: la sociología debe convertirse en «el intento imparcial por hacer justicia a esta proposición» (Tönnies 2005, 72). En este sentido, la referencia temprana a la sociología filosófica en Tönnies es en parte epistemológica y en parte normativa: se pregunta cómo se usa el conocimiento sociológico a la vez que sostiene que la contribución normativa esencial de la sociología a la sociedad radica en la orientación reflexiva de conocerse a uno mismo5.
También Georg Simmel (1909) tomó la idea de una sociología filosófica como parte de su bien conocida interrogación kantiana sobre los supuestos «trascendentales» que hacen posible la sociedad. Simmel sugirió además que hay una dimensión metafísica en la sociología filosófica: para poder avanzar como ciencia, la sociología debe estar preparada para superar las restricciones que emergen del ritmo más lento con el que de hecho evolucionan todas las ramas de la ciencia. Para que la sociología se pueda hacer verdaderamente significativa en debates públicos de mayor alcance, necesita moverse no sólo más rápido sino que de modo más radical que la ciencia. Es solo gracias a este trabajo de anticipación filosófica, plantea Simmel, que dotamos de significado cultural a los fenómenos sociales que estudia la sociología. Las preguntas sociológicas más apremiantes son precisamente aquellas para las que respuestas exclusivamente científicas resultan a todas luces insuficientes:
¿Es la sociedad el propósito de la existencia humana o es un medio para el individuo? ¿Yace el valor último del desarrollo social en el despliegue de la personalidad o de la asociación? ¿Son el sentido y el propósito inherentes al todo en los fenómenos sociales o exclusivamente en los individuos? (Simmel 1950, 25)6.
Simmel y Tönnies comparten motivos epistemológicos y normativos para el proyecto de una sociología filosófica, pero no buscan ni socavar la sociología científica ni hacer de la sociología una suerte de superación dialéctica de la filosofía.
Es posible argumentar que la intervención de mayor importancia en esta delimitación temprana de la sociología filosófica proviene de la obra de Karl Löwith, sobre todo de su texto Max Weber y Karl Marx (2003). Publicado por primera vez en 1932, el libro plantea que ambos autores lograron reunir con éxito los dos géneros intelectuales en los que él estaba interesado: la filosofía, antigua y venerable, y la radical y novedosa ciencia social. En términos empíricos, Weber y Marx estaban interesados por igual en el capitalismo y ofrecieron interpretaciones radicalmente distintas de su emergencia y funcionamiento. Pero hay otra dimensión en sus escritos, la que para Löwith resulta más significativa y en la que sus elementos comunes se hacen visibles: el corazón «de sus investigaciones es uno y el mismo […] qué hace ‘humano’ al hombre dentro del mundo capitalista» (Löwith 2003, 42-43). De seguro, esta indagación filosófica no era el objetivo explícito de ninguno de los dos autores, pero ahí se encuentra sin duda «su motivo original» (Löwith 2003, 43). Weber y Marx ofrecen un nuevo tipo de trabajo intelectual que está, simultáneamente, informado empíricamente y orientado normativamente, y esto es justamente lo que los hace «sociólogos filosóficos» (Löwith 2003, 48). Es justamente mediante la combinación de enfoques científicos y filosóficos que ellos abordaron preguntas intelectuales fundamentales: la interrelación de factores materiales e ideales en la vida humana, la condición inmanente y trascendental del tiempo histórico, las relaciones entre la acción social y el destino humano, la desconexión entre las preocupaciones existenciales que todos compartimos como seres humanos y nuestros contextos sociohistóricos particulares. De este modo, la sociología se vuelve un programa en el cual su desafío científico fundamental, comprender el capitalismo moderno, solo es posible sobre la base de una búsqueda filosófica de un principio de humanidad que es fundamentalmente normativo7.
II.
El interés de Löwith en este vínculo entre teorías generales de la sociedad moderna e ideas filosóficas de la humanidad y naturaleza humana no es del todo excepcional8. De hecho, uno de los primeros motivos de la sociología fue la crítica del «pensamiento metafísico» anterior, y las referencias a lo humano en singular eran precisamente el tipo de carga metafísica que la sociología estaba destinada a dejar atrás. En esas discusiones tempranas, las ideas de humanidad y de naturaleza humana parecían socavar el argumento fuerte de la sociología sobre la autonomía de las relaciones sociales como un campo legítimo de investigación autónomo y estrictamente científico (Chernilo 2013; Manent 1998). No existe una solución definitiva a estos desafíos porque, a la vez que un principio de humanidad universalista es condición de posibilidad de las explicaciones sociológicas –sólo los seres humanos son capaces de crear y recrear la sociedad en todas las épocas y lugares y todos los seres humanos tienen este potencial–, el estatus de esta humanidad compartida continúa siendo problemático tanto filosófica como normativamente9.
Los ensayos de Ralf Dahrendorf en Homo Sociologicus y La Sociología y la Naturaleza Humana, publicados por primera vez en 1957 y 1962, respectivamente, marcan un punto de inflexión en esta reconstrucción (Dahrendorf 1973). El término sociología filosófica no tiene figuración central en sus textos, pero los trabajos se enfocan explícitamente en el problema de la naturaleza humana en la sociología. Para Dahrendorf, el homo sociologicus es la contribución clave de la sociología americana para el establecimiento de una disciplina verdaderamente científica –similar, de hecho, a lo que el homo oeconomicus ya había logrado en la economía–. El comportamiento de roles, estable y predecible, es la representación de la sociología de aquel aspecto específico de la vida humana que constituye su particular objeto de estudio: «El homo sociologicus se encuentra en el punto donde el individuo y la sociedad se intersectan […] Para el sociólogo, el individuo es sus roles sociales» (Dahrendorf 1973, 6–7, mis cursivas). Plantea que al conceptualizar explícitamente el homo sociologicus, la sociología se aleja de las reflexiones metafísicas y separa totalmente sus preocupaciones descriptivas y normativas: la intención explícita del homo sociologicus es no dar cuenta de ideas definitivas o sustantivas de naturaleza humana.
Por el contrario, al concentrarse solo en el comportamiento que resulta empíricamente observable, la sociología renueva su vocación científica en términos de «poderosas teorías explicativas de la acción social». A su vez, esto le permite a la sociología dejar atrás el proyecto utópico de «describir con precisión y de modo realista la naturaleza del hombre» (Dahrendorf 1973, 76). Pero aquello que se gana en precisión científica y poder predictivo, Dahrendorf cree que la sociología lo pierde en términos de su capacidad de observación normativa. La descripción de la sociedad moderna de su tiempo debía incluir la exploración de problemas tales como el conformismo, la adaptación pasiva a la producción de masas y el riesgo del totalitarismo, todos los cuales apuntan al problema normativo de la alienación, de manera que el homo sociologicus simplemente no puede comprender: «la sociología ha pagado la exactitud de sus proposiciones con la humanidad de sus intenciones y se ha convertido en una ciencia totalmente inhumana, amoral» (Dahrendorf 1973, 59). La dificultad que Dahrendorf reconoce, pero que en última instancia no es capaz de resolver, es que el homo sociologicus nos permite explorar el conformismo como un aspecto clave de la vida social solo si, simultáneamente, impedimos a la sociología explorar la habilidad de esos mismos seres humanos para resistir y superar el conformismo: el éxito explicativo se paga al precio de la impotencia normativa.
En vez de derrotismo o pesimismo, la consecuencia que me gustaría extraer de esto es que no todas las concepciones de humanidad o de naturaleza humana son igualmente adecuadas para el propósito de un programa sociológico fuerte. De hecho, observamos al menos tres modos generales en que las concepciones de lo humano han operado en la sociología durante su historia. Las llamo el modo sustantivo, el teleológico y el contrafactual.
Modo sustantivo. Un primer grupo de ideas de naturaleza humana que se encuentra en la sociología se deriva de forma más bien directa de la filosofía. Estas son concepciones que primero se desarrollaron en la filosofía occidental y luego permearon en las ciencias sociales modernas de forma más o menos explícita (Trigg 1999). No puedo analizar aquí en detalle combinaciones precisas entre ideas de la naturaleza humana y conceptulizaciones de las relaciones sociales, pero algunas conexiones son fácilmente rastreables y son ilustrativas de mi argumento:
En el marxismo, la idea de reproducción material de la vida humana, así como los cambios respecto de cómo el trabajo humano se actualiza históricamente, conducen a la emergencia de distintos modos de producción y a cambios en las condiciones de explotación del hombre por el hombre.
En el psicoanálisis, los impulsos sexuales que conforman nuestras estructuras profundas de personalidad dan cuenta del establecimiento de tabús morales y regulaciones institucionales que constituyen los cimientos del orden social.
En el utilitarismo, se toma como base nuestra disposición orgánica a buscar placer y evitar el displacer, lo que conlleva cálculos de maximización para el establecimiento de todo tipo de instituciones sociales.
En las teorías del poder, nuestra subjetividad es el resultado de disputas y formas de dominación a un grado tal que todas las formas de interacción social son axiomáticamente definidas como conflictivas.
En las teorías del lenguaje, la comunicación humana es el atributo fundamental de nuestra especie, de modo que las instituciones sociales deben ser comprendidas y han de ser evaluadas sobre la base de cómo ellas impiden o promueven formas más libres de comunicación humana.
Todas estas concepciones de naturaleza humana ofrecen un cierto tipo de orientación universalista: los seres humanos están igualmente dotados de ese atributo clave a través del cual la vida social se crea y recrea. Sin embargo, más problemática resulta su conflación entre lo social y lo humano: el poder, el trabajo o el lenguaje se vuelven tanto la dimensión clave de nuestra humanidad común como el principio general de la propia vida social. También está el riesgo de que ideas sustantivas sobre la naturaleza humana se vuelvan descripciones reduccionistas de la vida social de modo tal que, más que con un principio de humanidad abstracto, terminemos con una descripción monista y autoritaria de una única forma aparentemente adecuada de actualizar la naturaleza humana.
Modo teleológico. La historia del pensamiento sociológico muestra la recurrencia de aproximaciones evolucionistas, modernizantes, historicistas y dialécticas en las que la teleología juega un rol central (Nisbet 2009). Aquí, las ideas de naturaleza humana son definidas menos en términos de un rasgo universal único y más en relación con el despliegue histórico de ciertas tendencias que conducirán al desarrollo total de nuestras propiedades humanas, así como al establecimiento de un orden social inequívocamente progresista. Los argumento teleológicos pueden haber perdido gran parte de su viejo atractivo, pero una de sus contribuciones centrales, que aún se mantiene, es el hecho de que permiten destacar la tensión entre el aspecto «trascendental» de todas las ideas de historia –es decir, se presupone que la historia tiene un cierto orden– y la «inmanencia», o contingencia, que es propia de toda trayectoria socio-histórica: todas las concepciones sociológicas del cambio histórico tienen que ser capaces de acomodar ambos planos (Blumenberg 1983; Koselleck 2007; Löwith 1964). El universalismo reduccionista que estaba aún disponible para las ideas sustantivas de la naturaleza humana queda ahora erosionado, debido a que categorías completas de seres humanos –judíos, esclavos, negros, mujeres, niños– han sido puestos fuera de la familia humana porque fueron considerados «incapaces» de florecer o «de mantenerse» al día con la velocidad de los desarrollos históricos (Edelstein 2009; Fine and Spencer 2017).
Modo contrafactual. Una tercera posibilidad, y aquella que la sociología filosófica prefiere, es concebir la idea de humanidad como el contrafactual más importante de la sociología. En tanto ideas regulativas, los contrafactuales suponen cierta referencia sustantiva, pero un rasgo central es que en vez de ser «meros constructos», las ideas contrafactuales son «operativamente efectivas» (Habermas 2003c, 107–8)10. Me permito a continuación discutir brevemente dos casos en los que se encuentra en acción un principio sociológico de humanidad de este tipo.
En su tardío Teoría de la Acción y la Condición Humana, Talcott Parsons reflexiona explícitamente sobre el problema de nuestra humanidad compartida. Parsons aplica ahí su bien conocido paradigma de las cuatro funciones –el AGIL– que ya había probado para la conceptualización de los otros niveles de la realidad (natural, personal, social y cultural). Su objetivo es ahora utilizarlo para la comprensión de nuestros atributos humanos fundamentales, los rasgos distintivos que nos hacen la especie que somos. En otras palabras, el AGIL debe ahora operar también desde un «punto de vista antropocéntrico» que sea capaz de incluir el punto de vista genérico de la especie humana como un todo, así como también «la perspectiva del individuo humano concreto» (Parsons 1978, 361, 391). Este principio de humanidad diferencia explícitamente entre aspectos sociales y humanos en la medida que se enfoca en aquellos «presupuestos del orden social al nivel humano» (Parsons 1978, 371). Más significativo aun es que, además de conceptualizar las conexiones entre las relaciones sociales y los atributos humanos, la definición de Parsons evita el reduccionismo gracias a la naturaleza multi-nivel del esquema AGIL. El lenguaje resulta central para la función integrativa (I), y un sentido de «trascendencia», una preocupación por el sentido de la vida, es clave para la función de latencia (L). Pero, por supuesto, los humanos no somos seres puramente ideales, de modo que su conceptualización de la condición humana posee también un locus externo: el sistema orgánico de nuestra personalidad, que es central para la función del logro de objetivos (G), y la constitución físico-química con la que los humanos se adaptan al entorno natural (A). Esta aproximación multidimensional al principio de humanidad es una observación que debemos retener, porque, por un lado, despliega los supuestos universalistas sobre nuestra humanidad común como seres tanto materiales como ideales y, por el otro lado, conecta nuestras comprensiones de lo humano y lo social sin elidirlas. De hecho, la dimensión télica (L) explica la habilidad humana fundamental de pensarnos y representarnos a nosotros mismos al imaginar un estado de cosas distinto; es capaz de capturar la capacidad específicamente humana de suspender temporalmente el punto de vista auto-centrado que caracteriza todas las formas de vida y con cuya ayuda recurrimos también a aquellas justificaciones que no descansan en el punto de vista egocéntrico.
Mi otro punto de referencia es el llamado explícito que Margaret Archer hace a la sociología contemporánea para clarificar su principio de humanidad. En primer lugar, esto se relaciona con un sentido del yo continuo que es «anterior» a nuestra «socialidad» (Archer 2009, 377). Un segundo rasgo de este principio de humanidad es la capacidad de imaginación normativa: «los seres humanos tienen el potencial único de concebir nuevas formas sociales» (Archer 2009, 382). Y hay también un tercer elemento: todas las formas de comprensión en las ciencias sociales requieren que «ellos», los sujetos de nuestros estudios, y «nosotros», los investigadores, compartamos atributos humanos clave como miembros de la misma especie. Aunque siempre tentativo, y más allá de lo que se pueda perder en el proceso, nuestro trabajo como científicos sociales depende de cómo las experiencias humanas pueden ser entendidas, compartidas y luego comunicadas a otros que no han estado nunca ahí: tenemos la necesidad de favorecer la transmisibilidad de las experiencias humanas en escenarios históricos y socio-culturales altamente heterogéneos. Más aún, este principio de humanidad contiene implicancias normativas intrínsecas, porque nos permite
juzgar si las condiciones sociales son deshumanizantes o no. Sin este punto de referencia […] puede encontrarse una justificación para toda clase de organización política, incluyendo aquellas que colocan a ciertos grupos más allá del umbral de la humanidad (Archer 2009, 382)11.
Dependiendo de cómo entendamos nuestras tareas científicas podríamos decidir o no explicitar en detalle estas consecuencias normativas pero, en cualquier caso, son integrales al funcionamiento de la sociología. En tanto idea regulativa, este principio de humanidad hace evidente que la investigación sociológica trata a todos los seres humanos como igualmente equipados para crear y recrear la vida social y esa es la razón que explica por qué importa tanto que no podamos escoger, ni alterar a voluntad, los contextos fundamentalmente desiguales y socialmente creados dentro de los que ejercemos estas capacidades. La sociología busca entender las experiencias de cambio, variabilidad y conflicto en que las distintas formas de la vida social están organizadas. Pero solo reconocemos distintos escenarios sociales como sociales porque somos capaces de retrotraerlos a nuestra pertenencia humana común: en cualquiera de las historias sociológicas que contamos, los sujetos que participan de ellas bien podríamos haber sido nosotros. Es la empatía humana antes que la socio-cultural la que hace posible el trabajo sociológico.
En resumen, entones, el principio de humanidad de la sociología sostiene una orientación universalista en tres planos: conceptualmente, puesto que todos los seres humanos son igualmente capaces de crear y recrear la vida social; metodológicamente, puesto que el conocimiento científico social es susceptible de ser traducido a través de distintos contextos históricos y culturales; y, normativamente, puesto que ofrece la oportunidad de evaluar si prácticas e instituciones sociales favorecen o socavan el desarrollo de aquellas propiedades fundamentales que son constitutivas de nuestra humanidad común. El principio de humanidad es la condición de posibilidad del conocimiento sociológico; es el ideal regulativo propio de la sociología.
III.
Este principio de humanidad de la sociología hace evidente la tensión entre su compromiso explícito, con el carácter en gran parte construido de la realidad social, su énfasis en el cambio histórico, la variabilidad sociocultural y el desacuerdo normativo, y el requerimiento más bien implícito de que la unidad de la especie humana es un hecho pre-social. Si la estructura cognitiva de la sociología depende igualmente del estatus emergente de lo social y de un principio de humanidad que es independiente de las fuerzas sociales, entonces esta clarificación contribuye tanto como desafía al proyecto intelectual de la sociología como un todo.
En este sentido, Reinhard Bendix ha planteado que, a medida que progresan y se vuelven cada vez más exitosas en la producción de conocimiento empírico de la sociedad, «[l]as ciencias del hombre han crecido en conjunto con una visión escéptica de la naturaleza humana, y esta última plantea preguntas sobre la utilidad del conocimiento social» (Bendix 1970, 58). Mientras más agudo se vuelve el científico social en comprender la realidad social, más difícil es seguir creyendo en su perfectibilidad; mientras más aprendemos sobre cómo funciona la sociedad, más nos damos cuenta de lo difícil que es cambiarla. Esta conciencia sobre nuestra propia falibilidad humana socava la confianza colectiva en la razón como aquella capacidad humana central que puede conducirnos a alguna clase de progreso social. Bendix habla entonces de una tensión entre las justificaciones explícitas con las que las ciencias sociales buscan legitimidad, a saber, su promesa de que ellas son efectivamente capaces de contribuir al mejoramiento social, y un efecto colateral, mayormente indeseado, de la investigación social: el hecho de que la naturaleza humana es, en última instancia, inconmensurable en relación con la vida social: la realidad social no cambia de acuerdo a las predicciones de las ciencias sociales y la naturaleza humana difícilmente llega a cambiar. Bendix (1970, 11) anticipó el desafío irracionalista que desde entonces se ha convertido en corriente principal de la sociología: el argumento de la naturaleza humana como algo que no puede ser socialmente alterado (al menos no a voluntad), se ha convertido, erróneamente, en descripciones reduccionistas de la vida social, del conocimiento científico y de nuestra propia humanidad común. Se confunde la independencia relativa de la naturaleza humana respecto de factores sociales con visiones reduccionistas que solo consideran los elementos irracionales de la humanidad, y con ello terminamos con concepciones de lo social y lo humano que están totalmente vaciadas de contenido normativo. Este irracionalismo es incapaz de dar cuenta de su propia posición y no deja tampoco espacio para comprender lo normativo como un aspecto relevante de la vida social misma.
La sociología contemporánea posiblemente se encuentra dividida entre una comprensión no-normativa de lo normativo (Abend 2008; Elder-Vass 2010; Turner 2010) y posiciones militantes que son altamente normativas en su orientación (Burrawoy 2005)12. La sociología filosófica sostiene que una comprensión no-normativa de lo normativo solo resuelve la mitad del problema, ya que únicamente da cuenta de su aspecto socialmente construido, pero toma también distancia de la sociología militante, porque para ella lo normativo se asume como evidente y no plantea un reto intelectual verdadero: la primera reduce lo normativo a aquello que la gente piensa que es lo normativo, mientras que la segunda, más que comprenderla reflexivamente, sabe de antemano en qué consiste la auto-clarificación normativa. En ambos casos, parece adecuado sostener que la corriente principal de la sociología se ha vuelto escéptica de su propia capacidad de pensar lo normativo como una dimensión autónoma de la vida social. Tal vez de forma paradójica, y por medio de argumentos explícitamente anti-positivistas, el constructivismo, el postmodernismo, el postcolonialismo y el globalismo, todos contribuyen a un objetivo clave que la agenda positivista tradicional nunca fue capaz de cumplir integralmente. Todos ellos terminan sosteniendo que nuestras disciplinas están, de hecho, mal equipadas para conceptualizar, no digamos proponer o criticar, preguntas normativas. Sin embargo, la situación actual va más allá de los sueños más extremos del positivismo tradicional porque, mientras que allí los desafíos normativos eran reales aunque ajenos a la propia investigación científica, nuestra situación contemporánea parece ser una amplificación ontológica del positivismo: lo social ha sido vaciado completamente de cualquier dimensión normativa. Podemos refrasear este asunto en términos del problema weberiano de la neutralidad valorativa de la ciencia social. Para Weber, nuestros compromisos científicos no nos salvan de tener que decidir qué debemos hacer en la vida social y política, puesto que el mundo moderno está poblado por demasiadas orientaciones de valor. El planteamiento contemporáneo, al contrario, es que ya no quedan valores en el mundo social y con ello se lo reduce a luchas de poder, negociación estratégica o políticas de la identidad, todas las cuales quedan desprovistas de cualquier orientación normativa. Aceptar la dificultad de tomar decisiones normativas y llamar entonces al imperativo de la responsabilidad personal para tomar decisiones –ese es, finalmente, el dilema de Weber– es completamente distinto (y por cierto también más desafiante) que buscar estratégicamente cualquier argumento disponible para defender aquello que es bueno para nosotros.
Por lejos, la posición más influyente en la sociología contemporánea es la de Pierre Bourdieu13. En su compromiso con causas políticas, Bourdieu se relaciona constantemente con preguntas normativas. Pero él no conceptualiza la normatividad sociológicamente, ella no queda incluida en su teoría como una dimensión real del mundo social, porque el conflicto, el poder y las luchas le dan forma a su ontología de lo social: «la particularidad de la sociología es que toma como su objeto a los campos de lucha –no el campo de la lucha de clases, sino que el campo de las propias luchas científicas. Y el sociólogo ocupa una posición en estas luchas» (Bourdieu 1994, 10). La motivación normativa de su sociología militante es que los intereses de los actores menos poderosos deben ser favorecidos en contra de los actores que concentran el poder. Los sociólogos pueden ser vistos como un amplificador reflexivo con cuya ayuda los actores subordinados consiguen hacer avanzar sus intereses en cualquier campo y cada vez que sea necesario. Mi problema no son las opciones políticas de Bourdieu, sino su indiferencia ante la necesidad de la auto-clarificación normativa en la vida social (Honneth 1986). De hecho, en términos de concepciones de la naturaleza humana, Bourdieu acepta sin problemas que la sociología
inevitablemente apela a teorías antropológicas […] solo puede progresar verdaderamente sobre la condición de hacer explícitas estas teorías que los investigadores siempre traen a colación […] y que generalmente no son más que la proyección transfigurada de sus relaciones con el mundo social (Bourdieu 1994, 19)
Mientras más exploramos la conexión entre concepciones de lo social y de la naturaleza humana en la sociología de Bourdieu, más claramente surgen concepciones reduccionistas sobre la primacía de intereses y luchas. Ellas son entonces las que lo conducen a una concepción irracionalista de lo social:
hay una forma de interés o función que yace detrás de cada institución o práctica […] la magia específicamente social de una institución puede constituir casi todo como un interés y como un interés realista, por ejemplo, como una inversión (tanto en el sentido económico como en el psicoanalítico), que es objetivamente recompensado, más o menos en el largo plazo, por una economía (Bourdieu 1994, 18).
Volvamos ahora a las crisis que mencioné en los párrafos iniciales de este capítulo. Empíricamente, la sociología de Bourdieu predice que siempre habrá ganadores y perdedores (recordemos: hay intereses detrás de cada práctica e institución); normativamente, la sociología anticipa también de qué lado debieran estar nuestras lealtades como sociólogos. Los actores con más poder toman ventaja de sus posiciones privilegiadas porque esto es lo que todos haríamos (¿todos han hecho alguna vez?) en circunstancias similares. Si las relaciones de poder cambian, otros actores tomarán su lugar, harán cosas similares y, eventualmente, pecarán de vicios similares. Puede que la sociología de Bourdieu contribuya a la descripción estructural de estas crisis, pero su enfoque resulta insuficiente porque los fenómenos sociales no pueden ni deben ser siempre y necesariamente entendidos en términos de ganadores y perdedores. Además, él no puede ver los aspectos clave respecto de lo que está normativamente en juego en cada una de estas instituciones ni qué rol juegan los factores normativos en estas crisis. De hecho, esta incapacidad va más allá de la sociología de Bourdieu, puesto que concepciones irracionalistas de la naturaleza humana, que se centran en nuestros impulsos innatos, autenticidad primordial y negociación estratégica, son igualmente incapaces de captar cómo entran en juego las preguntas normativas en la sociedad. Estas descripciones, que carecen de una comprensión normativa de la vida social, son la contribución no buscada de la sociología a nuestro malestar social contemporáneo; son la propia distopía autocumplida de la sociología: no tomamos en cuenta factores normativos como parte de lo que tenemos que explicar sociológicamente ya que nuestras ontologías de lo social no permiten un espacio tal para lo normativo. Por el contrario, me parece que una explicación de las crisis contemporáneas sí debe incluir sus aspectos normativos pero, para que lo normativo emerja como un aspecto autónomo de la vida social, necesitamos de un principio de humanidad no reduccionista.
Permítanme ahora, brevemente, justificar un poco más algunos de estos argumentos programáticos en relación con el campo de la emergente sociología de los derechos humanos (Cushman 2012). De partida, históricamente, la sociología de los derechos humanos aún necesita explorar de modo más exhaustivo sus conexiones con la Ilustración y la tradición del derecho natural (Fine 2009, Capítulo 5). Esto resulta sociológicamente importante en términos de la clarificación de las concepciones de dignidad humana que dan soporte a los derechos humanos (Habermas 2010), así como de las tensiones entre los derechos humanos y la soberanía popular como fuentes co-originales de la legitimidad normativa moderna (Habermas 2005). Sin duda tenemos que enfrentar el desafío relativista que proviene del hecho de que, como todas las instituciones sociales, los derechos humanos son siempre y necesariamente interpretados socialmente (Anleu 1999; O’Byrne 2012). Y está también el problema de su insuficiente implementación práctica, así como su éxito solo parcial en términos de sus propios estándares normativos (Morris 2010; Nash 2009). La clave aquí es que las críticas que he planteado contra las conceptualizaciones no normativas de lo social aplican igualmente a ideas no normativas de los derechos humanos; en tanto éstos no pueden ser justificados sobre la base de fundamentos puramente particularistas (Waters 1996), sus fundamentos universalistas deben hacerse cada vez más sofisticados (Donnelly 2003; Young 2003). La contribución de la sociología filosófica puede hallarse entonces en el desentrañamiento de las interconexiones entre el fundamento antropológico de un principio de humanidad que se mantiene pre-social y sus siempre ambivalentes actualizaciones sociales y culturales.
Al interior de la sociología, Bryan Turner ha ofrecido un principio de este tipo: nuestra constitución corporal y fragilidad humana son las dimensiones pre-sociales y universales de nuestra humanidad común, que pueden servir como el umbral universalista a partir del cual es posible evaluar las instituciones sociales y, desde ahí, fundamentar los derechos humanos (Turner 1993, 2006a). A lo largo y ancho de la historia, y en todas las culturas, los seres humanos hemos desarrollado la idea de que ciertas prácticas e instituciones son causa de miseria para otros seres humanos y que, por ello, estas deben ser evitadas y rechazadas (Moore 1972). Los derechos humanos son definidos a través de una principio de humanidad que articula estos elementos trascendentales o pre-sociales a medida que se van actualizando en diversos escenarios sociales; o, para decirlo de otro modo, una idea inmanente del orden social requiere de una representación de su propia trascendencia interna: todos los seres humanos individuales están igualmente dotados con los mismos atributos antropológicos, los que entonces son desigualmente actualizados en los contextos sociales y culturales que los humanos crean mediante su vida en común (Nussbaum 2006). La normatividad de los derechos humanos solo puede justificarse en relación a un universal, pero ella es vivida y actualizada en los detalles particulares de nuestras formas de organización social realmente existentes; su normatividad resulta inmanente porque solo tiene lugar en sociedades concretas, pero es también trascendental en términos de nuestra habilidad innata de reconocer a los otros, y a nosotros mismos, como miembros de la misma especie humana. El principio de humanidad plantea límites cognitivos respecto de cómo explicamos la sociedad y también límites normativos respecto de lo que es aceptable en la sociedad. Abarca una tensión entre justificaciones inmanentes, que hacen a los argumentos racionalmente aceptables, y los fundamentos trascendentales que los vuelven obligatorios.
IV.
Ofrezco la idea de sociología filosófica como una invitación a aceptar la necesidad de un mayor autocontrol normativo como un componente permanente de las tareas científicas de la sociología. Para explicar a qué me refiero exactamente, quisiera concluir con tres justificaciones adicionales.
Primero, como se ha dicho, lo que convierte la operación disfuncional de instituciones en crisis sociales más generales no son solo las consecuencias materiales de estas crisis, sino también sus déficits normativos. Comprender la legitimidad erosionada de estas instituciones es una tarea central de la investigación sociológica, pero esto solo es posible si lo normativo es conceptualizado explícitamente como normativo; es decir, como un momento autónomo de la vida social. Una lección clave de la escalofriante descripción del juicio de Adolf Eichmann por Hannah Arendt (2006) es que no existe un quiebre ontológico radical entre los perpetradores y las víctimas: puede que algunos hubiesen actuado distinto en circunstancias similares, pero muchos (posiblemente la mayoría) no lo habrían hecho. Concepciones reduccionistas de la naturaleza humana hacen más fácil desviar la atención de aquello que está normativamente en juego: cómo y por qué otros seres humanos actuaron bajo circunstancias particularmente difíciles. Para que lo normativo pueda emerger como dimensión autónoma, necesitamos que la sociología observe qué más, aparte de consideraciones hedonistas, egocéntricas o cínicas, está en juego para los actores sociales: aun si el universalismo no es todo lo que necesitamos a fin de comprender lo normativo, la dimensión normativa de la vida social no puede ser conceptualizada adecuadamente sin un principio universalista de humanidad.
Segundo, las consideraciones normativas se hacen sociológicamente visibles en la medida en que nos preguntamos por qué ciertos intereses son importantes para los propios actores. Debemos desentrañar aquello que está normativamente en juego tras sus decisiones estratégicas en términos de sus concepciones de lo bueno, la justicia, la democracia o la libertad. Así, por ejemplo, los movimientos nacionalistas pueden justificar sus demandas separatistas a partir de principios tanto democráticos como xenofóbos y este tipo de clarificación normativa resulta central para la investigación sociológica (Mann 2005; Capítulo 4). Las gramáticas modernas de justificación no son meras racionalizaciones de intereses materiales y posiciones de poder, sino que se basan en ideas de humanidad común que se conectan a concepciones de justicia socialmente diferenciadas (Boltanski y Thévenot 2006). Las cosas que importan a las personas son subjetivamente importantes para ellos porque les hablan de las potencialidades y limitaciones que son comunes a todos los seres humanos (Sayer 2011).
Tercero, los seres humanos tenemos la habilidad común de representarnos a nosotros mismos en el mundo en que vivimos mediante la imaginación de nuevas instituciones y reglas, así como anticipando estados ideales frente a problemas que sabemos que tal vez nunca tienen solución definitiva. Pero, para que podamos desarrollar estas conceptualizaciones, debemos aún cuestionar los tabús culturalistas y construccionistas de la sociología contemporánea: los seres humanos poseen sentido transcultural y transhistórico de «auto-trascendencia»: llegamos a comprender el mundo en que vivimos al imaginarnos que uno mejor es de hecho posible (Archer 2009; Joas 2000; Voegelin 2000b, Capítulo 2). La vida social transcurre en la medida que los seres humanos negociamos aquello que queremos, podemos y debemos hacer. La relación tensional entre deseos, oportunidades y demandas que constituye la plasticidad se mantiene siempre problemática para las ciencias sociales porque son un momento constitutivo de la condición humana como algo simultáneamente individual y social.
Podemos, y por cierto, debemos reflexionar sobre ciborgs post-humanos, actantes no humanos, culturas materiales y transformaciones biopolíticas, y puede que eventualmente tengamos que redefinir nuestras ontologías de lo humano y lo social en consecuencia (ver Excurso 2). Pero la sociología filosófica ofrece el recordatorio de que, primero, aún no entendemos del todo qué ideas de lo humano están en operación en nuestras conceptualizaciones de lo social y, segundo, que todas estas observaciones importan sobre la base de una intervención humana anterior y sistemática; nos preocupamos por ellas debido a sus consecuencias sobre la vida humana y social. La perenne tensión entre descripción y normatividad de la sociología debe explicarse, en última instancia, porque nos referimos a acciones y consecuencias humanas, a la reducción o expansión de oportunidades en nuestras propias vidas humanas. El postmodernismo, el globalismo y el postcolonialismo, todos han contribuido al descentramiento político y epistemológico de demandas universalistas espurias. Y aun así, a medida que sus argumentos han sido usados y abusados, su crítica comienza a parecer agotada e inconsecuente. Si la crítica sociológica ha de mantenerse, necesitamos reconsiderar antes que abandonar la pregunta por el universalismo en las ciencias sociales. La sociología filosófica es una invitación a intentar comprender de modo más completo quiénes son los seres humanos que habitan el mundo social.
3 La tradición alemana de la antropología filosófica está asociada, durante las décadas de 1910 y 1920, con los trabajos de Ernst Cassirer (1977) y Max Scheler (2009) y, con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, con los nombres de Arnold Gehlen (1980), Helmut Plessner (1970) y Helmut Schelsky (Heidegren 1997). La diferencia entre ambas generaciones es, sin embargo, crucial: Cassirer y Scheler están comprometidos con la tradición universalista de la Ilustración en un modo que resulta ajeno a autores como Schelsky y Gehlein. Para mayor discusión, véase Honneth y Joas (1988), Heidegren (1997) y Magerski (2012).
4 Otra fuente importante, que no puedo seguir aquí, es la idea de biología filosófica de Hans Jonas (2001, 83, 92) que busca reunir, por medio de un concepto de libertad, la antropología filosófica con una filosofía de la naturaleza (Chernilo 2017a, 111-133; 2017b).
5 Sobre la visión de la sociología de Tönnies como un proyecto dual, normativo y descriptivo, véase Bond (2013)
6 Del mismo modo, véase la discusión sobre la «metafísica sociológica» de Simmel en Harrington y Kemple (2012).
7 Una discusión más exhaustiva del trabajo de Löwith está disponible en Chernilo (2011, 75-101).
8 Una excepción notable es el trabajo de Dennis Wrong (1977, 55–70; 1994, 14–36, 70–109)
9 El reciente giro postcolonial ha vuelto consciente a la sociología de que estas son dificultades reales (Gutiérrez-Rodríguez et al. 2010). Pero si se sostiene dogmáticamente un rechazo a entregarle valor normativo alguno a una concepción universalista de la humanidad, ello conduce a consecuencias no sólo contraproducentes sino autodestructivas (Cadenas 2018)
10 Sobre ideas e ideales regulativos, véase, de modo paradigmático, Kant (1973, 485–86). Respecto a cómo los ideales regulativos son efectivamente operativos en la investigación social, véase Emmet (1994). He discutido el rol de los ideales regulativos para la sociología en Chernilo (2007, 25-32; 2011, 27-45).
11 Para una elaboración mayor de estas ideas, véase Archer (2000). He discutido en detalle tanto la orientación antropológica de Parsons como la de Archer en Chernilo (2017a, 87-110 y 181-205).
12 La colección de Hitlin y Vaisey (2010) estudia este campo con la intención de rectificar el déficit de la sociología al conceptualizar lo normativo.
13 Para el 11 de octubre del 2018, Bourdieu era el sociólogo más citado en Google Scholar con cerca de 650.000 citas. Marx y Weber vienen en segundo y tercer lugar respectivamente y sus citas combinadas están muy por debajo de las de Bourdieu.
Capítulo 2 Entre sociología y filosofía. La pregunta por lo humano
Este capítulo continúa el argumento programático del anterior y explora en qué medida las relaciones entre la sociología y la filosofía, de las que se nutre el proyecto de la sociología filosófica, nos permiten avanzar en algo nuestro conocimiento sustantivo sobre aquellas dimensiones de lo humano sobre las que se construyen las ideas normativas en la sociedad. El capítulo se estructura de la siguiente manera. Comienzo con una breve historia sobre cómo se ha abordado la pregunta por lo humano durante los últimos cien años (I), para después introducir un conjunto de dimensiones antropológicas que me parecen significativas desde el punto de vista del estudio de los fenómenos normativos en la sociedad (II). La sección final saca algunas conclusiones sobre las orientaciones fundamentales de la sociología filosófica (III).
I.
La pregunta ¿qué es un ser humano? puede rastrearse a los orígenes mismos de la filosofía (Blumenberg 2011; 2015). Su reconstrucción sistemática es, posiblemente, un ejercicio enciclopédico imposible que equivaldría, entre otras cosas, a escribir una historia exhaustiva del conjunto de motivaciones existenciales de individuos, grupos y civilizaciones cuando deciden reflexionar sobre sí mismos como individuos, como colectivos y como especie.
Sin embargo, los últimos cien años marcan un punto de inflexión en la historia de la pregunta por lo humano en las ciencias sociales y humanidades y ello me permite demarcar un período de tiempo a partir del cual esta reconstrucción sí es viable. A contar de ese momento se constituye una incipiente tradición, simultáneamente científica y filosófica, que se planeta explícitamente la pregunta «qué es el ser humano» (Schnädelbach 1984). Dicho de otra forma, es en este período cuando se despliega por primera vez un intento autoconsciente y organizado por comprender la condición humana: se trata de un intento explícito porque aquí la pregunta por lo humano se aborda directamente y no a través de preguntas sobre el arte, la divinidad, la razón, el alma o la libertad. Es también un intento sistemático porque tiene lugar al interior de las tradiciones científicas y filosóficas de la modernidad que, de una forma u otra, entienden que el conocimiento progresa de forma acumulativa de modo que los saberes anteriores, sus aciertos tanto como sus errores, sirven de base para los desarrollos presentes y futuros14.
En esta sección, mi reconstrucción está organizada cronológicamente en cinco períodos. Para cada uno de esos momentos me concentro en el tipo específico de pregunta por lo humano que, a partir de allí, se instala como estrategia principal tanto en las humanidades como en las ciencias sociales.
1. La antropología filosófica alemana. 1910-1940
Asociada con los nombres de Max Scheler (2009) y Ernst Cassirer (1977), y desarrollada originalmente en la Alemania de inicios del siglo XX, la característica fundamental de la naciente tradición de la antropología filosófica fue el desarrollo de un enfoque cuyo objetivo explícito es contestar la pregunta «qué es un ser humano». Su orientación general es la idea de que una aproximación dual, tanto científica como filosófica, es necesaria para lograr este objetivo puesto que esa dualidad es constitutiva de la propia existencia humana: los seres humanos son en parte organismos vivos controlados por sus impulsos, emociones y procesos adaptativos al mundo natural, y son también seres conscientes que se definen por sus percepciones intelectuales, estéticas y morales. La idea de naturaleza humana se transforma así en el concepto más importante de la antropología filosófica, puesto que permite observar ambos momentos de la condición humana: la dimensión de la adaptación orgánica, que se ha de estudiar científicamente, y la dimensión normativa, que ha de ser aprehendida filosóficamente.
Después de este período inicial, la antropología filosófica ha continuado desarrollándose, con distintos énfasis y de forma más bien intermitente, hasta nuestros días (Plessner 1970; Gehlen 1980; Marquard 1989; Blumenberg 2011). El resultado más significativo de la antropología filosófica como tradición es posiblemente la tesis de que la idea de naturaleza humana puede seguir usándose sólo si es que se la acepta de forma restringida: los seres humanos son fundamentalmente indeterminados en cuanto a su adaptación orgánica y ello explica el hecho de que las instituciones sociales y prácticas y las tradiciones culturales sean esenciales para la vida humana: la existencia cultural de los seres humanos es la más importante de sus necesidades naturales. O, dicho de otra manera, los seres humanos están definidos por su incurable necesidad de preguntarse por las condiciones existenciales de su propia humanidad.
Sin embargo, en tanto tradición que surge a partir de la filosofía de fines del siglo XIX, algunos de los presupuestos básicos de la antropología filosófica se nos presentan como problemáticos. Para los estándares intelectuales contemporáneos, la dualidad científico-filosófica de su proyecto es potencialmente atractiva en el sentido de que no responde a la idea de límites disciplinares definidos de forma estrecha o arbitraria. Por el contrario, y como tendremos ocasión de observar más adelante, hay algo especialmente sugerente en el carácter híbrido de sus discusiones. Pero en sus desarrollos iniciales, la antropología filosófica se basa en una confianza algo «ingenua» en la capacidad empírica y predictiva de la ciencia moderna, así como en una confianza igualmente «ingenua» en la capacidad reflexiva de la filosofía como momento culminante del intelecto humano15.
2. El debate entre Sartre y Heidegger a fines
de la Segunda Guerra Mundial
El fin de la segunda guerra mundial marca un punto de inflexión en la trayectoria de la pregunta por lo humano. En octubre de 1945, en un hall repleto y expectante, Jean-Paul Sartre dicta una conferencia que no hará más que acrecentar su estatus como el primer gran intelectual público del siglo XX (Baert 2015) y que fue publicada al año siguiente como El Existencialismo es un Humanismo, el argumento de Sartre (2007) es que la idea de libertad humana se refiere al carácter eminentemente social de nuestras concepciones morales más profundas. Sartre aboga por una idea irreductiblemente universalista de libertad e igualdad de los seres humanos como principios fundamentales para la reconstrucción europea después del fin de la guerra. Al mismo tiempo, Sartre defiende una posición que solo puede describirse como un antropocentrismo reduccionista: el «hombre» es la medida de todas las cosas. Es ese antropocentrismo, además, el que habría de servir para justificar el horizonte normativo de su posición: la dignidad es una propiedad exclusiva de los miembros de la especie humana y es la única forma en que las sociedades modernas pueden ofrecer justificaciones normativas16. Sartre formula explícitamente la idea de una empatía universal donde el compromiso político y moral con los oprimidos del mundo se basa primordialmente en el hecho de que compartimos con ellos un horizonte humano general antes que circunstancias o características identitarias específicas. No exento de problemas y contradicciones, el horizonte normativo del pensamiento de Sartre está definido aquí por ideales humanistas que vienen del Renacimiento y, sobre todo, de la Ilustración.
El polo opuesto de esta posición la encontramos en Martin Heidegger. Por un lado, Heidegger había sido ya crítico del programa de la antropología filosófica porque la idea de naturaleza humana reduce al ser humano a su condición animal. En pasajes que son sin duda susceptibles de interpretaciones distintas, ya en el inicio de Ser y Tiempo, Heidegger (1993a) deja ver el error categorial de antropologizar, de humanizar, su propuesta del Dasein. Pero la discusión explicita de Heidegger sobre el problema de lo humano solo tiene lugar en el contexto de su réplica a Sartre. En su Carta sobre el Humanismo, Heidegger (2006) responde que la supuesta solución de volver al humanismo para desde allí intentar reconstruir un continente devastado es peor que la enfermedad que se intenta curar. Lejos de ser una respuesta a los crímenes y atrocidades cometidos durante la guerra, el igualitarismo y el antropocentrismo de la Ilustración, los pilares más importantes del humanismo contemporáneo, serían sus principales causas. Esas ideas de humanidad no han hecho otra cosa que traicionar su promesa original de proteger a los seres humanos de su propia capacidad para transformar el mundo porque, cuando se las deja sin control, ellas han demostrado que los seres humanos son perfectamente capaces de destruirse mutuamente. Lejos de entregar certezas y ofrecer alternativas normativamente aceptables, el antropocentrismo moderno es expresión de un orgullo desmesurado y alienante de seres que están intoxicados por la ciencia y la técnica moderna, por la capacidad transformadora del estado burocrático y la democracia política. Son seres vivientes que han perdido la noción sobre sus propios límites. Lejos de ofrecer una posición normativa viable, la única manera de salvaguardar lo humano, sostiene Heidegger, es entregando a poetas y filósofos el rol de «guardianes del ser». Sin explicar nunca como su defensa de un humanismo aparentemente más elevado y sublime es compatible con su apoyo entusiasta al proyecto nazi –sin haber mostrado nunca siquiera remordimiento por su apoyo al régimen (Rockmore 1995; Faye 2009)– Heidegger ofrece como salida una utopía conservadora e irracionalista: sólo una idea mística y elitista del «ser» es capaz de proteger a la humanidad de su autodestrucción en la sociedad de masas17.
3. La crítica anti-humanista. 1960-1980
La relevancia del intercambio entre Sartre y Heidegger no radica solo en el contenido específico del debate sino en la influencia que ha tenido en el devenir de la discusión sobre lo humano en las ciencias sociales y humanidades posteriores. Poco y nada tienen en común autores como Althusser (2003), Derrida (1991), Foucault (1997), Levi-Strauss (1970), Luhmann (2007), Lyotard (1993) y Sloterdijk (2009a): sus estilos de escritura, intereses de conocimiento, presupuestos ontológicos, autodescripciones normativas y posicionamientos políticos difícilmente podrían ser más variados o incluso contrapuestos. Sin embargo, todos comparten una crítica al tipo de humanismo que Sartre defiende y aceptan como verdadera la aseveración de Heidegger de que el antropocentrismo y el humanismo moderno son responsables de las peores atrocidades cometidas durante los últimos trescientos años en nombre del supuesto bienestar general de la humanidad. Las ideas «universales» de lo humano que hemos heredado de la Ilustración serían ontológicamente inadecuadas porque distorsionan antes que iluminan las características definitorias de la especie, serían epistemológicamente deficientes porque se basan en supuestos errados sobre la cognosibilidad del fenómeno humano, y serían ideológicamente perniciosas porque se prestan con excesiva facilidad para múltiples prácticas excluyentes y perversiones que atentan precisamente contra el universalismo que pretenden defender. En la célebre formulación de Gaston Bachelard (2002), las pre-comprensiones de lo humano con las que operan las ciencias y filosofía moderna son un verdadero obstáculo para una compresión adecuada de la realidad: impiden el descentramiento que es necesario para comprender la naturaleza y la sociedad, a la vez que su instrumentalización las transforma en herramientas dúctiles para proyectos inmorales o perversos.
Con independencia de los argumentos específicos que la crítica de cada uno de estos autores desplegó contra el antropocentrismo y el humanismo moderno, el resultado principal de este período es la tesis de que es preciso «abandonar», «disolver» o «deconstruir» toda pretensión de hablar de lo humano en singular y en general. El problema no radica en las dificultades de tal o cual concepto específico de lo humano sino en la legitimidad de la pregunta misma que intenta comprender la especie de forma unificada y como depositaria de una cualidad normativa irreductible. Por el contrario, es este el período en que se instala la tesis de que machismo, clasismo, racismo y eurocentrismo son todos resultados, en última instancia, de la hipostatización que está a la base de las ideas modernas de lo humano. La crítica interna o inmanente a esas ideas ilustradas de lo humano son impotentes, cuando no abiertamente ilusorias, en su capacidad para «reformarse internamente» y contribuir a la crítica de prácticas e instituciones excluyentes. La forma más fidedigna de narrar ahora la historia de la modernidad sería justamente adoptar el punto de vista de las atrocidades cometidas en nombre de los que debieran ser sus valores más elevados. Humanismo y antropocentrismo no son más que una forma de autoengaño y han devenido en el problema normativo más importante de la modernidad.
Al mismo tiempo, no está demás destacar el hecho de que, mediante esta crítica al humanismo, posiciones críticas y conservadoras tienden a acercarse. Más allá de las diferencias normativas y de todo tipo que uno encuentra en pensadores tan disímiles como Carl Schmitt (2007) y Theodor Adorno (2007), hay algo incómodamente común en la crítica que ambos realizan al devenir del ideario normativo ilustrado de la modernidad y la forma en que el humanismo deviene en la forma ultima de ideología, literalmente de autoengaño, del siglo XX.
4. El giro post-humanista. 1990-2000.
Hecha ya la crítica a los presupuestos excluyentes de las ideas supuestamente universales sobre lo humano, el giro posthumanista de los últimos treinta años tiene como foco la redefinición de lo humano más allá del humanismo y del antropocentrismo de las posiciones anteriores. De lo que se trata ahora es de ampliar el horizonte de críticas posibles al humanismo del período anterior y efectivamente repensar lo humano con independencia de tales presupuestos (Braidotti 2013; Connolly 2011; Haraway 1991). Si bien este conjunto de pensadores no constituye tampoco un movimiento unificado –algunos de hecho rechazan el apelativo de posthumanismo– el punto clave en su separación, en relación con el movimiento anterior, es que las críticas de género, clase y raza que los inspiraron son todas aun antropocéntricas en el sentido de que no trascienden realmente un horizonte estrictamente humano: las categorías, prácticas e instituciones que así se cuestionan están todas formadas por grupos de seres humanos que rechazan las injusticias a las que han sido sometidos. Por el contrario, lo que se requiere ahora es un descentramiento aún mayor en la medida en que el «otro» que aparentemente reclama inclusión es abiertamente no-humano. La dimensión post de este posthumanismo indica un punto de fuga hacia movimientos como el ecologismo, el animalismo o el cyborgismo: su observación definitiva es que la redefinición de lo humano debe ahora hacerse cargo de dimensiones como la naturaleza, los animales y la tecnología en su capacidad para redefinir lo humano (Fuller 2011; Clark 2003; Rose 2013).
Al mismo tiempo, este momento posthumanista está constituido por su propia combinación de argumentos, en parte especulativos y en parte empíricos, que curiosamente se hacen eco de las anteriores críticas del humanismo. De hecho, sus problemáticas fundamentales no son del todo distintas a las que se han atribuido a las generaciones anteriores, a saber: cuán abierta a la manipulación social se encuentra la naturaleza humana, en qué medida la evolución de la tecnología moderna pone fin al ser humano tal y como lo conocemos hasta ahora, o si la idea misma de humanidad no es más que una simple ilusión de corta duración y altamente perniciosa. Dentro de la corriente principal de las ciencias sociales contemporáneas, Bruno Latour (2013) ha presentado argumentos de este tipo para justificar la necesidad de una ontología completamente nueva que nos permita prescindir de la distinción entre humanos y no-humanos (Excurso 2). Pero una dificultad fundamental de este argumento es que pierde de vista el hecho de que su propia orientación normativa es paradigmática de la frustración fundamentalmente humana con la pregunta de qué es ser humano. Cuando la literatura posthumanista rechaza el «fundamentalismo» en que se sustentan las ideas «humanistas» tradicionales, ella utiliza el término para indicar algo muy similar a lo que en la década de 1960 se consideró como pensamiento «burgués» o «ideológico» y que en la década de 1920 fue tratado como posiciones «metafísicas» injustificadas. En ese sentido, parte de la sensibilidad «interdisciplinaria», por llamarla de algún modo, que informó los orígenes de la antropología filosófica reaparece ahora en la fluidez con que argumentos de distinta clase se combinan de forma creativa para repensar lo humano. Por otro lado, se mantiene el problema sobre cómo justificar afirmaciones normativas que apelan a la necesidad de proteger o promover determinados grupos mientras, simultáneamente, se descree de cualquier apelación posible a ideas fuertes de humanidad.
5. La recuperación antropológica de inicios del siglo XXI
Tanto el horizonte universalista de la antropología filosófica como el igualitarismo de la posición de Sartre no han desaparecido completamente del debate contemporáneo, más allá de que hayan efectivamente quedado en una posición defensiva. Posiblemente, el enfoque de las capacidades –representado paradigmáticamente en el trabajo de Martha Nussbaum (1992; 2006)– y el realismo crítico –a partir, sobre todo, del trabajo de Margaret Archer (2000; 2009)– ofrecen los intentos más claros y explícitos por recuperar la pregunta por lo humano en general en el contexto de las sociedades contemporáneas.
Ambas posiciones comparten una defensa del horizonte universalista del humanismo ilustrado y la importancia de mantener ideales normativos basados sobre todo en el principio de la igualdad fundamental de todos los seres humanos. Para ellas, el argumento central es justamente que, junto con comprender tal igualdad fundamental, las vidas concretas de individuos y grupos se ven afectadas por prácticas y estructuras que no solo conspiran contra tal igualdad sino que refuerzan sistemáticamente condiciones de desigualdad. El objetivo que une ambas propuestas es, por tanto, la doble condición de mejorar las justificaciones normativas para las ideas de igualdad así como contribuir a la transformación de las condiciones sociales que producen y cristalizan la desigualdad.
Por supuesto, el «catálogo» específico de las propiedades antropológicas que definen lo humano es objeto de discusión, pero en último término los argumentos convergen en la necesidad de reconocer la integridad física, personal y moral de los seres humanos individuales (Excurso 1). Los humanos son seres que poseen continuidad de conciencia para verse a sí mismos como un único individuo a lo largo de su vida; los humanos son seres que negocian una multiplicidad de identidades, a veces contradictorias, con las que se reconocen unos a otros como miembros de la misma especie y son también seres que pueden crear e interpretar artefactos culturales del más variado tipo. Fundamentalmente, los seres humanos tienen la extraordinaria capacidad de descentramiento que les permite reflexionar sobre su propia posición en el mundo natural y social. Es esa capacidad la que, en definitiva, no solo permite constantemente reflexionar sobre las fortalezas y debilidades de las formas anteriores de humanismo, sino que ella también es la responsable de nuevas inclusiones (Fine 2009).
Para mis propósitos en este capítulo, tanto el enfoque de las capacidades como el realismo crítico se basan en tres ideas principales: (1) la reflexión sobre lo humano debe hacerse sobre la base empírica del conjunto amplio de conocimientos que ofrecen las ciencias naturales, las ciencias sociales, las humanidades y la filosofía. (2) Las propiedades humanas básicas que nos definen como especie tienen origen pre-social, pero sólo pueden actualizarse socialmente. Si bien se trata de propiedades humanas básicas, ello no implica que exista una única forma de responder a tales necesidades: la variabilidad cultural de la especie humana en nada contradice la posibilidad y necesidad de hacer afirmaciones generales sobre nuestras cualidades antropológicas fundamentales. (3) La referencia a estas propiedades humanas básicas ofrece la posibilidad de un horizonte normativo inmanente –un principio universalista de humanidad– donde prácticas e instituciones que atentan contra el desarrollo o despliegue de tales propiedades han de ser rechazadas.
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