Kitabı oku: «El cerebro musical»
Título original: The World in Six Songs
© Daniel Levitin, 2008.
© de la traducción: Francisco López Martín, 2014.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO534
ISBN: 9788491874478
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
1. EMPEZAR POR EL PRINCIPIO o «Las montañas están vivas...»*
2. AMISTAD o «¿La guerra (para qué sirve)?»
3. ALEGRÍA o «A veces parece que estés chalado»
4. CONSUELO o «Antes del Prozac, estabas tú»
5. CONOCIMIENTO o «Tengo que saber»
6. RELIGIÓN o «Preparaos»
7. AMOR o «Que vengan todos»
APÉNDICE. ¿Por qué no tienen música los monos?
CRÉDITOS DE LAS CANCIONES
AGRADECIMIENTOS
NOTAS
A R. C.,
QUE SIEMPRE SABE LA MÚSICA QUE ME GUSTA.
Y A L. R. G.,
QUE DIO AL TRASTE CON TODO EL ASUNTO AQUEL
DE LA GRANJA DE LLAMAS.
1
EMPEZAR POR EL PRINCIPIO
o «Las montañas están vivas...»*
En este momento tengo sobre la mesa un montón de CD que no podrían ser más diferentes: una ópera del siglo XVII de Marin Marais cuya letra describe los sangrientos pormenores de una operación quirúrgica; un cuentacuentos norteafricano cantando una canción con la esperanza de que los ejecutivos que pasan a su lado le den una limosna; una obra escrita hace 185 años que, para ser ejecutada correctamente, precisa ciento veinte músicos, cada cual con su partitura propia e intransferible (la Novena sinfonía de Beethoven). Y, además: cuarenta minutos de gruñidos y chillidos de ballenas jorobadas del Pacífico; un raga del norte de la India con acompañamiento de guitarra eléctrica y caja de ritmos; un coro de los Andes peruanos sobre cómo fabricar una jarra de agua. ¿Me creerían si les digo que existe una oda a los placeres culinarios de los tomates caseros?
Plant’em in the spring eat ’em in the summer
All Winter without ’em’s a caulinary bummer
I forget all about all the sweatin’ and diggin’
Every time I go out and pick me a big ’un
Homegrown tomatoes, homegrown tomatoes
What’d life be without homegrown tomatoes?
Only two things that money can’t buy
That’s true love and homegrown tomatoes.*
GUY CLARK
A unos les parecerá evidente que todo esto es música, pero para otros será motivo de discusión. Muchos de nuestros padres, abuelos o hijos dicen que la música que escuchamos nosotros no es más que ruido. Por definición, el ruido es un conjunto de sonidos arbitrarios, confusos o no interpretables. ¿No será que todo sonido es potencialmente musical y que solo haría falta que entendiéramos su estructura interna, su organización? A esto apuntaba el compositor Edgar Varèse cuando dio su famosa definición de música: «sonido organizado». Lo que a una persona le parece ruido a otra le parece música y viceversa. Por decirlo de otra forma, lo que para unos es Mozart para otros es Madonna; lo que para unos es Prince, para otros es Purcell, Parton o Parker. Es posible que exista una clave para entender qué tienen en común estos conjuntos de sonidos y qué es lo que ha impulsado a la humanidad desde sus albores a interesarse tan profundamente por ellos no como mero sonido, sino como música.
Como dice el musicólogo David Huron, la música se caracteriza tanto por su ubicuidad como por su antigüedad. No existe ninguna cultura, ni presente ni pasada, que carezca de música, y algunos de los objetos más antiguos que se han encontrado en excavaciones arqueológicas son instrumentos musicales. La música es importante en la vida cotidiana de mucha gente en todo el mundo, y lo ha sido a lo largo de toda la historia de la humanidad. Quien quiera entender la naturaleza humana, la interacción entre cerebro y cultura, entre evolución, mente y sociedad, tiene que examinar con atención el papel que ha desempeñado la música en la vida del ser humano, la forma en que la música y la humanidad han evolucionado juntas, moldeándose la una a la otra. Musicólogos, arqueólogos y psicólogos han tocado el tema, pero hasta ahora nadie ha reunido todas estas disciplinas para dar cuenta completa de los efectos que ha tenido la música en nuestra historia social. Este libro es casi como un árbol genealógico, un árbol de temas musicales que dieron forma a la vida de nuestros antepasados, a sus días de trabajo y sus noches de vigilia: la banda sonora de la civilización.
Tanto los antropólogos como los arqueólogos, los biólogos y los psicólogos estudian los orígenes de la humanidad pero, en comparación, se ha prestado muy poca atención a los de la música, y me parece raro. Los estadounidenses gastan más dinero en música que en medicamentos o sexo,1 y la media de tiempo diario que pasan escuchándola es superior a cinco horas.2 Ahora sabemos que puede afectar al estado de ánimo y a la química del cerebro. Comprender más a fondo la historia común entre la música y la humanidad puede ayudarnos a entender mejor nuestros gustos musicales, lo que nos agrada y lo que no, y a dominar el poder que la música ejerce sobre nuestro estado de ánimo. Y, lo que es más importante, comprender nuestra historia conjunta nos permitirá vislumbrar el poder formativo de la música y la forma en que ha guiado el desarrollo de la naturaleza humana.
El cerebro musical explica, al menos parcialmente, la evolución de la música y del cerebro a lo largo de los milenios y en los seis continentes habitados. Afirmo que la música no es una mera distracción o pasatiempo, sino un elemento fundamental de nuestra identidad como especie, una actividad que preparó el camino para conductas más complejas, como el lenguaje, las obras cooperativas de gran alcance y la transmisión de información importante de generación en generación. Propongo seis clases de canciones que nos ayudarán a entender mejor el papel que ha desempeñado la música en la evolución de nuestra especie. Son canciones de amistad, de alegría, de consuelo, de conocimiento, de religión y de amor.
Ahora se puede encontrar casi toda la música del mundo en CD, o en el medio que los está reemplazando a gran velocidad: los archivos digitales de sonido en los ordenadores (llamados genéricamente —con poca precisión— MP3). En lo que respecta al acceso a la música, vivimos en una época sin precedentes. Prácticamente todas las canciones que se han grabado en la historia se pueden encontrar en Internet, y gratis. Y aunque la música grabada no es más que una pequeña parte de toda la que se ha cantado, tocado y oído, es tan abundante —los cálculos apuntan a diez millones de canciones o más— que puede servirnos perfectamente como punto de partida para empezar a hablar de la música del mundo. Gracias a musicólogos y antropólogos intrépidos, ahora podemos acceder incluso a piezas de música raras, indígenas y de la era preindustrial. Las culturas que no han conocido la industrialización ni la influencia de Occidente han conservado su música y, por lo que aseguran sus representantes, es posible que no hayan cambiado desde hace siglos, lo cual nos proporciona una ventana a la música de nuestros antepasados. Cuanta más música escucho de este estilo, así como de artistas occidentales nuevos para mí, más consciente soy de lo inmensa que es y de lo mucho que nos queda por conocer.
Entre la variedad de nuestro legado musical se encuentran canciones sobre personas, como «Bad, Bad Leroy Brown» o «Cruella de Vil»; una canción pegadiza dedicada a un psicópata asesino que mata al juez en su juicio;3 canciones que nos exhortan a comprar tal producto cárnico en vez de tal otro (perritos calientes Armour en lugar de salchichas Oscar Mayer); una en la que se promete cumplir una promesa;4 otra que lamenta la pérdida de un padre;5 música hecha con instrumentos a los que se les atribuyen mil años de antigüedad o recién inventados; música interpretada con herramientas eléctricas; un álbum de villancicos interpretado por ranas; canciones para provocar cambios sociales y políticos; el personaje ficticio de Borat cantando el himno nacional de Kazajstán, también ficticio, que alardea de la industria minera de su país:
Kazakhastan gratest country in the world
All other countries are run by Little girls
kazakhastan number one exporter of potassium
All other countries have inferior potassium.*
Y una canción sobre la contaminación acústica suburbanita:
Here comes the dirt bike
Beware of the dirt bike...
Brainwashing dirt bike
Ground-shaking dirt bike
Mind-bending dirt bike
In control
Soul-crushing dirt bike6*
A pesar de tanta diversidad, creo que existen seis clases de canciones, seis formas en las que siempre hemos hecho y experimentado la música en nuestra vida, y que están cargadas de fuerza explicativa.
He dedicado casi toda mi vida a estudiar, componer e interpretar música: pasé unos años produciendo discos de música pop y rock y ahora dirijo un laboratorio de investigación que se ocupa de la música, la evolución y el cerebro. Sin embargo, cuando empecé este proyecto, me preocupaba pecar de falta de perspectiva. No quería ser egocéntrico ni etnocéntrico. No quería caer en prejuicios de ninguna clase, ya fuesen culturales u otros tan insidiosos como puedan ser los de género, clase y generación, ni siquiera en los de tono o de ritmo. Por eso pregunté a varios amigos músicos y científicos qué era lo que, a su juicio, tenían en común todas las clases de música.
Fui a la Universidad de Stanford a ver a mi viejo amigo Jim Ferguson, director del Departamento de Antropología; fuimos juntos al instituto y somos buenos amigos desde hace treinta y cinco años. Los antropólogos estudian la cultura y la forma en que esta moldea el pensamiento, las ideas y nuestra visión del mundo, y estaba seguro de que Jim me ayudaría a salvar todos los escollos y prejuicios que tan seductores temía podían resultar. Hablamos de las múltiples funciones que tienen las canciones en la vida cotidiana en todo el mundo; nos dimos cuenta de que la música se ha usado de tantas formas a lo largo de los siglos que sería imposible enumerarlas de forma exhaustiva.
Por todas partes se encuentran canciones sobre el trabajo, la sangre, la lujuria, el amor... Hay canciones que cantan la grandeza de la divinidad, otras que dicen que nuestro dios es el mejor de todos, otras que cuentan dónde encontrar agua o cómo hacer una canoa; canciones para conciliar el sueño y para ayudar a mantenernos despiertos. Canciones con letra, con gruñidos y sonsonetes, o que se tocan en un trozo de madera con agujeros, sobre troncos de árbol, con conchas marinas y caparazones de tortuga; canciones que se tocan golpeándose las mejillas y el pecho, al estilo de Bobby McFerrin. Pregunté a Jim qué era lo que tenían en común todas esas canciones. Me respondió que esa no era la pregunta pertinente.
Citando al gran antropólogo Clifford Geertz, Jim dijo que, para intentar comprender la universalidad de la música, la pregunta pertinente no era qué tienen en común todas las clases de música, sino en qué se diferencian. La idea de que la mejor forma de saber lo que es la humanidad consiste en extraer las características comunes a todas las culturas es un prejuicio que tenía yo sin saberlo siquiera. Ferguson —y Geertz— creen que la mejor forma, y tal vez la única, de entender lo que nos hace humanos por encima de todo es plantarnos cara a cara con la enorme diversidad de cosas que hacen los seres humanos. Para comprender la musicalidad humana de la mejor forma posible hay que partir de las particularidades, de los matices, de la inmensa variedad de formas con que nos expresamos.
Somos una especie complicada, imaginativa y adaptativa. ¿Hasta dónde llega nuestra capacidad de adaptación? Hace diez mil años, los seres humanos, junto con sus animales domésticos y su ganado, representaban el 0,1% de la biomasa terrestre vertebrada que habitaba la Tierra; actualmente constituimos el 98%.7 El ser humano se ha expandido y vive prácticamente en cualquier zona climática de la superficie terrestre, por inhabitable que parezca. También somos una especie muy variable.8 Hablamos miles de lenguas distintas y tenemos ideas religiosas increíblemente dispares, y de orden social, y maneras de alimentarnos y ritos de matrimonio. (Ya solo las definiciones de parentesco presentan una variedad pasmosa, como se puede comprobar en cualquier texto universitario de introducción a la antropología.)
Por tanto, a tenor de toda esta diversidad, la pregunta pertinente es si la música cumple una serie de funciones en las relaciones humanas, y de qué manera ha influido cada una de ellas en la evolución de las emociones, la mente y el espíritu humanos en las diferentes etapas intelectuales y culturales de la historia. ¿Qué papel ha desempeñado el cerebro musical en la formación de la naturaleza y la cultura humanas en los últimos cincuenta mil años aproximadamente? Es decir, ¿cómo nos han hecho todas esas músicas lo que somos ahora?
En conclusión, es evidente que son seis las clases de canciones que han dado forma a la naturaleza humana: las de amistad, las de alegría, las de consuelo, las de conocimiento, las de religión y las de amor, pero acepto que no les parezca convincente así como así. Es posible que no se hayan utilizado las seis en un momento y un lugar determinados. Unas han predominado, otras han retrocedido. En estos tiempos modernos, con los ordenadores y las PDA, incluso desde los comienzos de la escritura hará unos cinco mil años, ya no tenemos tanta necesidad de conservar la memoria colectiva en canciones de conocimiento para que no se pierda, aunque muchos niños anglófonos todavía aprenden el abecedario y la sucesión de números con canciones, como la políticamente incorrecta «One Little Two Little Three Little Indians». En muchas culturas del mundo que desconocen la escritura, las canciones para desarrollar la memoria y para aprender a contar siguen siendo esenciales en la vida cotidiana. Como bien sabían los primeros griegos, la música era una forma perfecta de preservar información, más eficaz y eficiente que la simple memorización, y ahora empezamos a conocer el fundamento neurobiológico de esta verdad.
Según muchas definiciones, una «canción» es una composición musical creada o adaptada para ser cantada,9 pero aquí queda un dato sin aclarar: ¿quién hace la adaptación? ¿Tiene que hacerla un compositor u orquestador profesional, como cuando Jon Hendricks añadió a los solos de Charlie Parker unas sílabas sin sentido o cuando John Denver puso letra a la música de la Quinta sinfonía de Chaikovski?10 Yo creo que no. Si canto el riff introductorio de guitarra de «(I Can Get No) Satisfaction», de los Rolling Stones (como hacíamos muchas veces mis amigos y yo a los once años), el autor de la adaptación soy yo y, aunque se separe de la parte vocal de su canción, esa línea melódica, al quedar aislada, se convierte en una «canción» por el mero hecho de cantarla mis amigos y yo. Del mismo modo, podemos cantar «As Time Goes By» con la sílaba «la», sin la letra —tal vez no sepamos que la tiene o no hayamos visto Casablanca—, y eso ya es una canción por el mero hecho de que alguien la canta. Abundando en lo mismo, supongamos que solo hubiera una persona en el mundo que conociera la letra de «As Time Goes By» y que todos los demás nos limitáramos a tararear, silbar o cantar la melodía con la sílaba «la». En este caso, la intuición me dice que no dejaría de ser una canción por el hecho de no cantar la letra.
Somos muchos los que intuimos que la categoría de «canción» es muy amplia e incluye cualquier cosa que se nos ocurra cantar o cualquier serie de sonidos que se le parezca. Insisto: espero que El cerebro musical no sea un libro estrecho de miras desde un punto de vista cultural. La música africana de tambores tiene una función importante en la vida cotidiana de millones de personas y, aunque a algunos les parezca que eso no son canciones, pasar por alto una forma de expresión tan puramente rítmica (y difícil de cantar, salvo para un Mel Tormé o un Ray Stevens) delataría un prejuicio a favor de la melodía. El rock, el pop, el jazz y el hip-hop, que son las formas musicales más populares en la actualidad, no existirían sin la percusión africana, de la que derivan. Como voy a demostrar, la percusión posee, entre otras muchas, la cualidad de producir canciones de vinculación social y amistad que tienen mucha fuerza.
Para entender la evolución de la humanidad y el papel que en ella ha desempeñado la música es muy aconsejable liberar de prejuicios la mente —y el oído—, sin excluir ninguna forma musical antes de tiempo. No obstante, la evolución de la mente y de la música se sigue con más facilidad en la música con letra, porque el significado de la expresión musical es menos discutible. Resulta más fácil hablar provechosamente del significado cuando las notas van unidas a palabras (¿o son las palabras las que se unen a las notas?). Puesto que la música no empezó a grabarse hasta hace unos cien años, y ni siquiera se escribía con toda exactitud hasta unos pocos siglos antes, el legado histórico musical se encuentra principalmente en las letras. Por estas dos razones, El cerebro musical se centra sobre todo en la música con letra.
Utilizo la palabra «canción» por abreviar y, en su sentido más amplio, en representación de todas las formas musicales. Con ella me refiero a cualquier música creada o interpretada por alguien, con o sin melodía, con o sin letra. Me interesa sobre todo la parte de la composición musical que la gente recuerda, la que se le «pega» y sigue recordando hasta mucho después de dejar de oírla, esos sonidos que intentamos repetir más adelante o tocar para otros; esos sonidos que confortan y vigorizan, que acercan a unas personas a otras. Confieso que, inconscientemente, llegué a este proyecto con el prejuicio de que las mejores canciones se popularizan y las canta mucha gente. Es posible que ese prejuicio se deba al tiempo que trabajé en la industria discográfica. Al fin y al cabo, «Happy Birthday» se ha traducido a casi todas las lenguas del mundo (incluso al klingon, como muy saben los seguidores de Star Trek: La nueva generación; la canción se titula «qoSlIj DatIvjaj»).11
Sin embargo, Pete Seeger ha señalado que, en algunas culturas, las mejores canciones son las que se componen para cantarse y tocarse a una única otra persona. Seeger ha escrito canciones como «If I Had a Hammer» y «Turn, Turn, Turn» (esta última, con letra tomada del Eclesiastés).
«Entre los indios americanos —cuenta Seeger—, cuando un joven se fijaba en una muchacha, se fabricaba un caramillo y componía una melodía. Cuando ella iba por agua al arroyo, él se escondía entre la maleza y le tocaba su canción. Si a la muchacha le gustaba, lo seguía y comprobaba a dónde llevaban las cosas. Pero era una canción solo para ella. La canción no podía ser de cualquiera, era personal e intransferible. Pertenecía a una persona. Se podía cantar la canción de otro cuando había muerto, para recordarlo, pero cada cual tenía la suya. Y, naturalmente, en la actualidad, muchos grupos pequeños tienen la sensación de que las canciones son suyas y no les gusta que se conviertan en cosa de todos».
La música tiene a menudo carácter privado, cuando tarareamos, silbamos o cantamos para nosotros al tiempo que hacemos alguna tarea cotidiana. El neurocientífico Ani Patel descubrió que en la isla de Papúa Nueva Guinea la forma musical dominante es la privada.
Todos estamos condicionados en mayor o menor medida por nuestra historia personal y la cultura a la que pertenecemos. Yo tengo los condicionamientos de un varón estadounidense que se crió en California entre las décadas de 1950 y 1960. Pero he tenido la suerte de conocer una amplia variedad de formas musicales. Antes de cumplir cinco años, mis padres me llevaban a ver espectáculos musicales y de ballet y, gracias a obras como El cascanueces o Flower Drum Song, entré en contacto a edad temprana con las escalas y los intervalos orientales: ahora los neurocientíficos creen que el contacto temprano con otros sistemas tonales es importante para apreciar más adelante la música de otras culturas. Si de pequeños somos capaces de aprender cualquier lengua con la que estemos en contacto, también nuestro cerebro es capaz de aprender a extraer las reglas y estructuras de cualquier música con la que entremos en contacto a una edad suficientemente temprana. Eso no significa que no podamos aprender otras lenguas o apreciar otras músicas más adelante, pero cuando nos las encontramos de pequeños, aprendemos a procesarlas de una forma natural porque el cerebro se conecta literalmente por sí solo a los sonidos de estas primeras experiencias. Gracias a mi padre me gustan las big bands y el swing; gracias a mi madre, la música de piano y los standards de Broadway. Mi abuelo materno era muy aficionado a la música cubana y latina, así como a las canciones folclóricas de Europa del Este. Cuando tenía seis años escuchaba a Johnny Cash por la radio y mi cerebro se conectó con el country, el blues, el bluegrass y el folk.
He oído muchas veces que la música clásica es incomparable. «¿Cómo puedes decir sinceramente que esa basura repetitiva y a todo volumen que llaman rock and roll se parece ni de lejos a la sublime música de los grandes maestros?». Adoptar esta actitud supone pasar por alto el pequeño inconveniente de que una de las mayores fuentes de inspiración y gozo de los grandes maestros era la música popular «común» de su época. Muchas de las ideas melódicas de Mozart, Brahms y hasta del bisabuelo Bach se inspiran en las baladas, en los bardos, en la música folclórica europea y en las canciones infantiles. La buena melodía (por no hablar del ritmo) no conoce límites de clase, estudios ni educación.
Casi cualquiera podría escribir sin mucho esfuerzo una lista de las canciones que más le gustan, canciones que nos alegran, nos consuelan o elevan nuestro espíritu, y que nos recuerdan quiénes somos, a quién amamos, de qué grupos formamos parte. Cuando se lo pido a la gente que asiste al laboratorio, siempre me sorprende la diversidad de las respuestas. La música es enorme. La hace gente tan variada como esas listas, gente de formación y procedencia tan diferentes como los que la escuchan. Todos los días nacen formas musicales por evolución de otras anteriores. Y cada nueva canción añade un eslabón a la larga cadena milenaria de mejoras evolutivas en la composición de canciones: unas leves alteraciones de la «estructura genética» de una canción dan como resultado una nueva.
Hay canciones que se dedican a una persona determinada, pero después mejoran (o se diluyen) por exceso de aplicación o de generalización. Cualquier chica que se llamara María o Michelle en los años sesenta (Bernstein y los Beatles), o Alison o Sally en los setenta (Elvis Costello y Eric Clapton), sabe lo que es que la acosen con la canción que lleva su nombre, trátese de amigos o de personas a las que acaba de conocer, que ríen su propia gracia al establecer la sencilla e infantil relación entre el nombre de la chica y el de la canción. Cualquiera que tenga tan poco sentido común como para llegar a cantar a alguien la canción que lleva su nombre comete una tontería doble, porque además cree que es la primera persona a la que se le ocurre hacerlo. A mí me han fastidiado, molestado y provocado incontables veces cantándome «Danny Boy» o «Daniel» (Elton John), esperando, además, que me desternillara de risa por esa muestra de ingenio. Steely Dan tienen la costumbre de cantar a personajes singulares con nombres como Rikki, Josie y Dupree, e incluso la han puesto de moda. Pero, lógicamente, cuanto más raro es el nombre, más eufórico se muestra el torturador de turno. Conozco a gente que se llama Maggie Mae, Roxanne, Chuck E. y John-Jacob (Rod Stewart, los Police, Rickie Lee Jones y una antigua canción infantil), y se quedan asombrados cuando alguien les canta su canción como si a nadie se le hubiera ocurrido hacerlo antes.12
Las canciones de amistad (de vínculación social), como «Smokin’ in the Boy’s Room» y «Tobacco Road», han dado legitimidad y han unido a decenas de millares de estudiantes de bachillerato que, por lo demás, eran unos marginados en sus institutos y se dedicaban a actividades ilegales pero «molonas». Los himnos de colegio y los himnos nacionales son una extensión de esta clase de canciones vinculadoras aunque a mayor escala; puede que la mayor de todas sea la de las canciones que unen al mundo entero, como «We are the World», de Michael Jackson y Lionel Richie. Esta clase de formación grupal y de refuerzo encuentra su expresión en las canciones de amistad, y existen pruebas de que esta clase de canciones han cumplido una función muy importante a lo largo de la historia de la humanidad.
Las de amor también crean vínculos; expresan el amor que se desea, el que se encuentra o el que se pierde. Reflejan un vínculo tan fuerte como para lograr que la gente haga cosas que no siempre redundan en su interés personal. Como canta Percy Sledge, cuando un hombre ama a una mujer, gasta hasta el último céntimo en procurar no separarse de ella.
He’d give up all his comforts
And sleep out in the rain
If she said that’s the way it ought to be13*
¿Por qué nos conmueve tanto la música? Pete Seeger dice que es por la manera en que se combinan el medio y el significado en la canción, por la combinación de la forma y la estructura con un mensaje emocional.
«La fuerza musical proviene de la idea de la forma, mientras que el habla no está tan organizada. Uno puede decir lo que quiere decir, pero, al igual que la pintura, la cocina o cualquier arte, la música tiene forma y propósito. Y el resultado nos fascina, se convierte en algo que podemos recordar. La buena música salta barreras lingüísticas, religiosas y políticas».
Esta mezcla poderosa de emoción y evolución cultural ha producido en nuestro cerebro musical diversidad, poder e incluso historia. Y lo ha hecho de seis maneras definibles.
El estudio de la conducta humana ha experimentado una revolución en los últimos veinte años gracias a la aplicación de los métodos de la neurociencia a la cognición y la experiencia musical. Ahora podemos ver el cerebro en funcionamiento, localizar las zonas que entran en acción al realizar determinadas actividades. Gracias al trabajo combinado de la biología evolutiva y la neurociencia, empezamos a hacernos una idea del proceso de adaptación del cerebro humano al pensamiento y a formular teorías sobre los motivos de su evolución. Uno de los objetivos de este libro es contrastar estas teorías en relación con la música, el cerebro, la cultura y el pensamiento. Si la música ha perdurado tanto en nuestra especie, ¿cuáles son las fuerzas culturales y biológicas que impulsan sus formas y sus usos?
Al principio no existía el lenguaje. Es posible que tuviéramos música antes de poder nombrar. Por supuesto, teníamos sonidos, y nos decían cosas: el trueno, la lluvia, el viento; el sonido de las rocas o las avalanchas cayendo por las colinas; las llamadas de alerta de los pájaros y los monos; los rugidos de los leones y los tigres, los gruñidos de los osos (¡qué miedo!). E imágenes y sonidos que complementaban nuestra conciencia de lo que ocurría en el mundo, unas veces benignos, otras peligrosos. Al carecer del lenguaje, nuestra capacidad para representar lo que no teníamos ante los ojos era sumamente limitada. ¿Era una limitación que estaba en nuestro cerebro o simplemente carecíamos de la capacidad para comunicarnos verbalmente, de palabras que sirvieran como sustitutos de lo que no estaba en nuestra conciencia?
Las pruebas reunidas por la neurociencia evolutiva indican que ambos aspectos van emparejados. Solemos pensar que solo evolucionó nuestro cuerpo —el pulgar oponible, la postura erecta, la percepción de la profundidad—, pero también lo hizo el cerebro. Antes de la aparición del lenguaje, el cerebro humano no estaba plenamente capacitado para aprenderlo, hablarlo o representarlo. El lenguaje fue surgiendo conforme el cerebro adquiría la flexibilidad fisiológica y cognitiva necesaria para manipular símbolos; el uso de verbalizaciones rudimentarias —gruñidos, llamadas, chillidos y gemidos— estimuló el crecimiento de las estructuras neuronales que sustentan el lenguaje. Pero ¿cómo nacieron la música y el lenguaje? ¿Quién los inventó? ¿Cuál es su origen?
Pensar que el lenguaje o la música fueron obra de un solo innovador o que nacieron en un espacio y un momento concretos resulta inverosímil;14 en realidad, surgieron como resultado de un gran número de mejoras, introducidas por legiones de personas a lo largo de milenios y en muchos lugares distintos. Y, sin duda, esas mejoras se desarrollaron a partir de estructuras y capacidades que ya teníamos, heredadas genéticamente de nuestros antepasados animales y protohumanos. Ciertamente, el lenguaje humano es cualitativamente diferente de todos los lenguajes animales, en concreto por su carácter generativo (la capacidad de combinar elementos para crear un número ilimitado de enunciados) y autorreferencial (la capacidad de utilizar el lenguaje para hablar sobre el lenguaje). Creo que la evolución de cierto mecanismo cerebral —probablemente situado en la corteza prefrontal— creó un modo de pensamiento que sustentó el desarrollo del lenguaje y del arte.
Este mecanismo neuronal nos proporcionó las tres capacidades cognitivas que caracterizan al cerebro musical. La primera es la toma de perspectiva,15 la capacidad para pensar en nuestros propios pensamientos y comprender que los demás pueden tener ideas o creencias que difieren de las nuestras. La segunda es la representación, la capacidad de pensar en cosas que no tenemos ante los ojos. La tercera es la reorganización, la capacidad de combinar, recombinar e imponer un orden jerárquico a los elementos existentes en el mundo. La suma de estas tres facultades otorgó a los primeros humanos la capacidad de crear representaciones del mundo —pinturas, dibujos, esculturas— que preservaban los rasgos esenciales de las cosas, aunque no necesariamente todos los detalles. Aislada o conjuntamente, estas tres capacidades son el fundamento del lenguaje y del arte, dos instrumentos que nos permiten representar el mundo no mediante reproducciones exactas, sino preservando sus características esenciales tal como las percibe nuestra mente, y transmitir esa percepción a otras personas. La conciencia de que nuestros sentimientos no son necesariamente los de los demás, junto con el impulso a crear vínculos sociales con nuestros semejantes, dio nacimiento al lenguaje y al arte, a la poesía, al dibujo, a la danza, a la escultura... y a la música.
La posibilidad de hablar de cosas que no tenemos ante nosotros es una propiedad importante del lenguaje. Podemos hablar del miedo o hablar de la palabra «miedo» sin estar asustados. Esta capacidad de representación requiere un enorme poder computacional. Para soportar esta clase de pensamiento abstracto, el cerebro humano tuvo que evolucionar hasta poder manejar millones de fragmentos de información, simultáneos y frecuentemente contradictorios, y conectarlos con otros, anteriores y posteriores.
Para conectar la información, los seres humanos empleamos un instrumento que, a diferencia de los animales, sabemos manejar: la codificación de relaciones. Nos resulta fácil captar la idea de que una cosa es más grande que otra. Si pido a un niño de tan solo cinco años que elija el más grande de los tres cubos que tiene ante sí, acertará sin esfuerzo. Si añado un cubo el doble de grande y le pido que me diga cuál es ahora el más grande de todos, dará la respuesta correcta. Un niño de cinco años tiene esa capacidad; un perro, no.
La comprensión de las relaciones resulta fundamental en música y constituye una piedra angular de todos los sistemas musicales. Una de esas relaciones es la equivalencia de octavas,16 el principio por el que los hombres y las mujeres pueden cantar juntos como si lo hicieran al unísono, pese a que la voz de las mujeres suele ser una octava más alta. Este modo relativo de procesamiento nos permite asimismo reconocer «Cumpleaños feliz», sea cual sea la clave en la que se cante, en virtud de lo que los músicos llaman transposición, y constituye la base compositiva de casi todos los estilos musicales. Pensemos en el comienzo de la Quinta sinfonía de Beethoven. Escuchamos tres notas de la misma altura y duración, seguidas por otra más larga y de menor altura. Beethoven toma este motivo y lo baja en la escala, de modo que las siguientes cuatro notas tienen el mismo contorno y ritmo. Nuestra capacidad para reconocer que el motivo es esencialmente el mismo, aunque las notas no sean idénticas, está guiada por el procesamiento relacional. Las investigaciones que se han llevado a cabo durante décadas en el campo de la cognición musical han demostrado que los seres humanos procesamos la música recurriendo tanto al procesamiento absoluto como al procesamiento relacional, es decir, atendemos tanto a la altura y la duración de las notas que oímos como a sus valores relativos. El alcance de este doble procesamiento parece ser una característica exclusivamente humana.
El desarrollo del lenguaje, de la música, de la poesía y de todas las artes necesitaba estas formas de procesamiento y los mecanismos cerebrales que las sustentan. Como ya he dicho, creo que su origen radica en la evolución de una estructura cerebral común a todos ellos. El arte tiene el propósito de representar algún aspecto de la experiencia humana, y lo hace de forma selectiva. Si un objeto artístico reproduce exactamente su modelo, no es más que una copia. El valor del arte consiste en destacar unos elementos a expensas de otros —centrarse en uno o varios aspectos de la apariencia visual o sonora de la cosa, o de los sentimientos que produce— para llamar la atención sobre los primeros. Podemos hacerlo para recordar cómo nos sentimos ante cierta experiencia o para comunicarla. La música combina la dimensión temporal del cine y la danza con la dimensión espacial de la pintura y la escultura, sustituyendo el espacio tridimensional propio de las artes visuales por un espacio de alturas (o de frecuencias). La corteza auditiva ha llegado a desarrollar mapas de frecuencia que funcionan de manera análoga a los mapas espaciales de la corteza visual.
El impulso que nos guía a la creación artística es tan poderoso que logramos satisfacerlo hasta en las circunstancias más difíciles. Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos prisioneros de campos de concentración alemanes escribieron poesía, compusieron música y pintaron; según Victor Frankl, esas actividades daban sentido a la miserable existencia de aquellos muertos en vida. Frankl y otros autores han señalado que esa explosión de creatividad en circunstancias excepcionales no suele ser el resultado de una decisión consciente para mejorar la vida o nuestra visión de las cosas por medio del arte. Al contrario, se presenta casi como una necesidad biológica, tan esencial como comer y dormir; de hecho, muchos artistas, cuando están abstraídos en su trabajo, se olvidan de las dos cosas.
Ursula Bellugi, profesora del Salk Institute, descubrió una forma de poesía inventada por personas sordas que se comunican mediante la lengua de signos americana. En lugar de utilizar una sola mano para formar ciertos signos, utilizan las dos: mantienen en el aire el signo formado con la mano izquierda mientras la derecha crea un efecto de legato, de superposición visual. Se modifican los signos y se crean ciertas repeticiones visuales —una música para los ojos— análogas a las repeticiones, el fraseo y la métrica de la poesía oral. Creamos porque no podemos dejar de hacerlo, porque nuestro cerebro está programado para ello, porque la evolución y la selección natural favorecieron a los cerebros cuyo impulso creativo podía utilizarse para encontrar refugio o comida en situaciones difíciles, para procrear y cuidar de la descendencia al competir para lograr aparearse. La posesión de un cerebro creativo indicaba flexibilidad cognitiva y emocional, cualidades que podían ser útiles a la hora de cazar o de enfrentarse a conflictos con otros miembros del grupo o con otras tribus.
A lo largo de siglos marcados por la selección sexual, los cerebros creativos se volvieron más atractivos, puesto que podían resolver un abanico más amplio de problemas imprevisibles. Pero ¿cómo se volvieron más atractivos los cerebros musicales? Pensemos en las razones por las que nos gustan los bebés. Supongamos que ciertas personas, a causa de procesos aleatorios que escapan a nuestra comprensión (¡y a la de ellas mismas!), piensan que los niños pequeños son maravillosos, y otras personas no. Dichos procesos son formalmente análogos a aquellos otros por los que uno es más alto que su padre, se queda calvo a los veinticinco años, tiene un gran sentido de la orientación o posee la capacidad de reírse mientras todo su mundo se derrumba. Las personas a las que les gustan los niños —sencillamente por haber ganado un premio en una especie de lotería genética y ser los primeros en su familia que manifiestan esa actitud— pasarán mucho más tiempo con sus hijos, cuidarán más de ellos, jugarán más con ellos y les prestarán más atención que las personas en las que no despiertan el mismo entusiasmo. Al existir millones de casos como estos, habrá más posibilidades de que los padres a los que les encantan los niños tengan hijos más equilibrados, mejor educados y más sanos que los padres a los que no les gustan tanto. Esta diferencia en el estilo de crianza puede hacer que los hijos que han recibido mejores cuidados encuentren pareja y tengan descendencia, aunque solo sea porque hay más probabilidades de que estén sanos y vivan el tiempo suficiente, o tengan los conocimientos y el apoyo necesarios para adquirir comida y techo cuando vayan a procrear. A la larga, el número de descendientes de los hijos cuidados en la infancia será superior.
Es el principio básico de la selección natural de Darwin. Como dice el filósofo Daniel Dennett, no pensamos que los niños sean encantadores porque lo sean intrínseca u objetivamente (signifique eso lo que signifique).17 El proceso evolutivo ha favorecido la descendencia de las personas a las que les gustaban los niños, por lo que esa característica se ha difundido entre la población.
Por analogía, los seres humanos a los que la creatividad les resultaba atractiva procrearon con músicos y artistas, y así —sin saberlo— confirieron una ventaja reproductiva a su descendencia. Es posible que los primeros músicos fueran capaces de forjar vínculos más estrechos con sus semejantes gracias a su mayor habilidad para comunicarse emocionalmente, apaciguar la confrontación y aliviar las tensiones interpersonales. También es posible que pudieran codificar en sus canciones información importante para la supervivencia: las canciones eran fáciles de memorizar y daban a sus hijos una ventaja suplementaria para salir adelante. Por tanto, si nos gusta crear y escuchar canciones, no se debe a ninguna cualidad intrínseca a la música, sino a que nuestros antepasados que disfrutaban con ella sobrevivieron y transmitieron el gen que sustenta esos sentimientos.
Los psicólogos y los biólogos han observado una cosa que nos hace humanos y nos diferencia de las otras especies del planeta. No se trata de que podamos comunicarnos por medio del lenguaje (otros animales, como los pájaros, las ballenas, los delfines y hasta las abejas tienen sofisticados sistemas de señales), ni de que hayamos aprendido a utilizar herramientas (los chimpancés tienen la misma capacidad), ni de que hayamos creado sociedades organizadas (las hormigas también las tienen) o aprendido a engañar (los cuervos y los monos saben hacerlo). Tampoco se trata de que seamos animales bípedos y tengamos pulgares oponibles (como los primates), o de que solamos elegir a una pareja de por vida (como los gibones, los ratones de campo, los peces ángel, las grullas canadienses y las termitas). Lo que más nos diferencia es algo que está fuera del alcance del resto de los animales: el arte.18 Y no ya solo su existencia, sino la importancia que tiene para nosotros. Está demostrado que los seres humanos tenemos un poderoso impulso que nos mueve a crear arte de muy diversos tipos: figurativo y abstracto, estático y dinámico, obras que utilizan el espacio, el tiempo, la imagen, el sonido y el movimiento.
Nuestra necesidad de expresarnos por medio del arte queda patente en las pinturas rupestres y en la decoración de objetos por lo demás utilitarios, como atestigua el descubrimiento de jarras decoradas de treinta mil años de antigüedad. Algunas de las pinturas rupestres más tempranas muestran a seres humanos bailando. Hace casi cien años, la edición de 1911 de la Enciclopedia Británica afirmaba que la poesía había ejercido «un efecto tan grande en el destino humano [...] como el descubrimiento del uso del fuego». Establecer una equivalencia entre la poesía y el fuego es una metáfora atinada y elocuente (¿el fuego del alma de los seres humanos?, ¿el deseo ardiente de expresar sentimientos mediante ritmos y rimas?). No obstante, ¿de verdad creemos que la poesía ejerció un efecto tan profundo en el desarrollo de la historia humana? Así lo afirma la Enciclopedia Británica: la poesía y, posiblemente, las letras de las canciones han cambiado la historia, han iniciado y detenido guerras, han documentado nuestro desarrollo y han transformado nuestras ideas.
Aparte de ser un indicativo de creatividad y de la capacidad de pensamiento abstracto, el desarrollo del cerebro artístico (origen de la poesía, la música, la danza y la pintura) permitió la comunicación metafórica de la pasión y la emoción. La metáfora nos permite explicar cosas de forma indirecta, a veces evitando la confrontación, otras ayudando a comprender lo que resultaba oscuro. El arte nos permite dirigir la atención de una persona hacia aspectos de un sentimiento o de una percepción que de otro modo le habrían pasado inadvertidos, al destacar aquello que nos interesa enmarcándolo, literalmente, para aislarlo de otras ideas o percepciones.
La música y la poesía, artes del sonido, ocupan un lugar privilegiado en la historia de la humanidad: así lo ponen hoy en día de manifiesto los estudios de casos en el campo de la neurología. Las personas que padecen alzhéimer, que han sufrido un ictus o que tienen un tumor o cualquier otra lesión en el cerebro pueden perder la capacidad de reconocer rostros, incluso los de las personas con las que han pasado toda su vida, u objetos tan simples como cepillos o tenedores. Sin embargo, muchas son capaces de recitar poemas de memoria y de cantar canciones que aprendieron de niños. Todo indica que en lo más profundo del cerebro humano existe la capacidad de crear y recordar versos, tanto recitados como cantados. A lo largo de la historia, muchos artistas han sentido la necesidad irrefrenable de escribir música y poesía en campos de batalla, mazmorras, incluso en su lecho de muerte. Sin duda, este impulso surgió de las mismas mutaciones y adaptaciones de la corteza frontal que posibilitaron el nacimiento del arte y del lenguaje. Escribimos y cantamos música y poesía no por sus cualidades intrínsecas, sino porque nuestros antepasados que encontraban placer en ello fueron los que sobrevivieron, se reprodujeron y transmitieron esta preferencia visceral. Si hoy somos una especie musical, poética y artística, es porque nuestros antepasados lo fueron hace miles de años.
Sin embargo, la poesía ocupa en la actualidad un lugar mucho menos importante que en otros tiempos, puesto que a lo largo de los últimos siglos hemos sustituido los poemas por las canciones. Cualquier crío de catorce años escucha más música en un mes que la que pudo escuchar mi bisabuelo durante toda su vida. En un iPod se pueden almacenar veinte mil canciones, una cifra superior a la de los archivos de siete emisoras de radio e infinitamente más elevada que la que los miembros de una tribu de cazadores-recolectores pudieron haber conocido en la prehistoria. Antes de examinar las seis canciones que han modelado la naturaleza humana, debemos explorar con más detenimiento las letras, y preguntarnos si son poesía en todos los casos, y qué es la poesía si es que no cabe identificarla con ellas. Cuando la letra de una canción se aísla de la música, ¿transmite el mismo significado?
En la introducción al volumen que reúne las letras de sus canciones, Sting escribe lo siguiente:
La letra y la música han dependido siempre la una de la otra, como el maniquí y las ropas con que se lo viste: si los separamos, lo que nos queda es un muñeco desnudo y una pila de ropa. La publicación de las letras de mis canciones [...] [invita a plantearse] la pregunta de si la letra de una canción es poesía o es otra cosa completamente diferente [...] Mis productos han quedado despojados de las vestiduras que les daban cuerpo.
Escribir la letra de una canción no es lo mismo que escribir un poema. A diferencia de la estructura del poema, que es intrínseca, la melodía y el ritmo de la música ofrecen una armazón extrínseca. En la música hay notas que resaltan en virtud de su altura, su volumen o su ritmo; esos acentos restringen las palabras que pueden encajar con la melodía, y ayudan a crear el maniquí musical al que se adaptará la ropa de la letra. Por otro lado, en la poesía, las formas y estructuras convencionales que el poeta se impone tienen un significado: la epopeya es apta para la historia, como la elegía lo es para el lamento y la oda para el amor. Tradicionalmente, la poesía se ha estudiado desde el punto de vista de estas formas (patrones rítmicos y métricos, número de versos).19 Los sonetos eran para el amor; la epopeya encajaba con los dísticos; las endechas transmitían tristeza.
Durante toda mi vida he tratado de componer canciones. Sin embargo, los auténticos compositores a los que tengo como amigos siempre me han dicho que, aunque mis melodías tienen fuerza, mis letras cojean. Todas las comunicaciones, propuestas y conferencias que he escrito no me han ayudado a mejorar. Tengo que confesar que la poesía nunca me interesó demasiado y que tampoco la comprendía del todo, pese a haberla estudiado durante todo un curso en la universidad, allá por los setenta. Hace unos diez años, mi amigo Michael Brook, compositor de música instrumental y cinematográfica, me dijo que para componer buenas letras hay que leer poesía.
Al día siguiente me encontré por casualidad con mi antiguo profesor de poesía, al que llamaré Lee, en la universidad donde yo mismo —tras una carrera poco convencional en el mundo de la música— ejercía la docencia. Nos tomamos un café y le dije que quería mejorar como letrista. Le pregunté por la diferencia entre la poesía y las letras de las canciones. Una vez más, había formulado una pregunta inadecuada.
«Las letras son poesía —protestó Lee—. Son dos variedades de una misma cosa. Las letras de la música popular son una clase particular de poesía. Te equivocas al pensar que existe una diferencia tajante entre las dos. La poesía lírica es un género antiquísimo». Lee mencionó el tesoro de la lírica medieval e isabelina, los poemas / canciones de Campion, Sydney y Shakespeare (además de canciones alemanas como «An Sylvia», de Schubert). Señaló la práctica, nada infrecuente, de componer música a partir de poemas: la canción tradicional inglesa «Drink to Me Only with Thine Eyes» utiliza como letra un poema de Ben Jonson, y un músico actual como William Bolcom ha recurrido a autores como William Blake para componer canciones.
John Barr, presidente de la Poetry Foundation y reconocido poeta, ha expresado hace poco una idea similar. Contra la idea de una poesía encerrada en una torre de marfil, ha escrito lo siguiente:
Los amantes de la poesía suelen sentir auténtica vergüenza y hasta asco ante la poesía cowboy, los poemas infantiles, el rap y el hip-hop [...] Su sensibilidad lectora resulta ofendida. (El único placer que les ofrece la lectura es un placer culpable.) Por si fuera poco, Wallace McRae, Tupac Shakur y Jack Prelutsky escribieron obras de esa clase para públicos tan nutridos como devotos. Los defensores de la poesía seria desdeñan estas obras como simples acumulaciones de versos, indignas de la poesía auténtica, y actúan para evitar, en la medida de sus posibilidades, que se reproduzcan en el futuro [...] El resultado es una parcelación del mundo de la poesía.20
Sin duda, las letras de las canciones tienen algo de lo que carecen los poemas: la melodía, el maniquí al que Sting decía haber ajustado la ropa de sus letras. Por definición, la mayoría de los poemas debe transmitir un mensaje emocional combinando rima, metro (la organización de los sonidos en el tiempo, incluida su estructura acentual), metáforas e imágenes verbales para obtener una gran belleza expresiva. Las letras de las canciones pueden contar con los mismos elementos, pero no es obligatorio. La música puede servirles de sostén; la melodía y la armonía pueden proporcionar estructuras acentuales, impulso y una especie de contexto armónico-textual. Dicho de otro modo, la letra de una canción no tiene el propósito de ser autónoma; en cambio, las palabras de los poemas, citando un verso de Sting, «danzan solas».
Durante aquel semestre académico me reunía con Lee una vez por semana. Él llevaba algunos de sus poemas favoritos, y yo algunas de mis letras de canciones predilectas (que él nunca dejaba de recordarme que también eran poesía). Al final comprendí que, en todas sus variantes, la poesía se caracteriza por ser una especie de música. Las estructuras acentuales de las palabras componen de manera natural una especie de melodía. Por ejemplo, en la palabra «melodía», el acento recae en la cuarta sílaba, lo que la destaca de las demás sílabas y lleva a pronunciarla con un tono más elevado. ¡La palabra «melodía» tiene melodía! La buena poesía juega con los sonidos para crear un patrón de alturas placentero, y contiene agrupaciones rítmicas semejantes a las de las canciones. Un poema logrado es una experiencia sensual: la sensación de las palabras en la boca que recita y el sonido que percibe el oído que escucha forman parte del encuentro. A diferencia de la prosa, los poemas —casi todos— hay que leerlos en voz alta. Es lo que suelen hacer los amantes de la poesía. No basta con leer el poema en silencio. El lector necesita sentir el ritmo. De manera análoga, las letras de las canciones están para cantarlas: la simple lectura no transmite todos los matices expresivos que el autor introdujo durante su creación.
Hay alguna que otra letra que puede valerse por sí misma, pero Lee no dejaba de señalar que eso no conlleva superioridad alguna: se trata, simplemente, de otra característica de esa obra concreta. Gracias a nuestros encuentros semanales logré penetrar en el juego que se da entre el sonido y la forma, el significado y la estructura, propio de estos dos tipos de escritura.
Frente a la forma habitual de hablar o de escribir, los poemas y las letras tienen una característica en común: comprimen el significado, lo transmiten con menos palabras que en la conversación o en la prosa. Esta compresión nos invita a convertirnos en intérpretes activos, en partícipes del despliegue de la historia. La mejor poesía —el arte más logrado, en cualquiera de sus variedades— es ambigua. La ambigüedad llama a la participación. La poesía nos obliga a prescindir de la forma en que solemos emplear el lenguaje; la lectura y la escucha de poemas transforman nuestras ideas al respecto; prestamos mucha más atención a todo el eco de las palabras.
Tal vez los aspectos espirituales o emocionales del arte sean sus cualidades más preciadas. La poesía no es una excepción. Su propósito no es ofrecer una mera descripción, sino comunicar sentimientos e interpretaciones personales, subjetivas, de acontecimientos: es como informar de una noticia con el hemisferio cerebral derecho. Helen Vendler, profesora de Harvard e importante crítica de poesía, ha dicho lo siguiente: «Los poemas son especulaciones hipotéticas, no documentos de posición. No ocupan el mismo plano que la vida real; no son votos, ni pronunciamientos desde un podio o un púlpito, ni ensayos. Son el producto de un ensueño».
De vez en cuando nos encontramos con gente que es capaz de recitar poemas de memoria. Todos conocemos a personas que memorizan letras de canciones y las deslizan en la conversación cuando resulta oportuno. ¿Qué hace que un poema o una letra sean buenos? ¿El hecho de que sean fáciles de memorizar? Tengo la cabeza llena de letras que se escapan de sus prisiones neuronales a la primera ocasión. En Stanford, durante un temporal que duró una semana —cosa rara allí—, era como si mi cerebro tuviera vida propia, porque no dejaba de recordar canciones sobre la lluvia. Todo empezó con una de esas sincronicidades junguianas sobre las que escribe Sting. Mientras escuchaba «Rain», oí el estruendo de un trueno, seguido por el tamborileo de una lluvia ligera en el tejado. Poco después empezó a diluviar, así que salí para poner el techo al coche (un California, descapotable, por supuesto) y meter en casa al perro, que ya se había puesto a cubierto bajo las hortensias. Como no podía sacarme de la cabeza el primer verso de una canción de los Beatles («Cuando empieza a llover / corren y esconden la cabeza»), traté de pensar en otra canción. La primera que se me ocurrió fue «Raindrops Keep Fallin’ on My Head», de Bacharach y David, una canción estupenda, pero que no podría sacarme de la cabeza durante una semana —lo sabía por experiencia— si no la cortaba de raíz, y rápido.
Es curioso cómo funciona la memoria: en lugar de pasar a otra composición de Bacharach y David («Do You Know the Way to San Jose?» o «I Say a Little Prayer»), o a otra grabación de B. J. Thomas («Hooked on a Feeling» o «I Just Can’t Help Believing»), o a otra canción con la misma progresión de acordes I-I7 mayor-I7-IV («Everybody’s Talkin’», «Something»), mi corteza frontal se inclinó por buscar en mi hipocampo una canción con la palabra rain («lluvia») en el título. Al instante, de forma inconsciente, mi cerebro recordó «You and Me and Rain on the Roof», de los Lovin’ Spoonful. Me encanta esa canción. La melodía desciende por la escala desde V, sol, hasta el sol de la octava inferior, como en una reminiscencia del modo lidio. Sabía que también tenía el peligro de no podérmela sacar de la cabeza pero, al menos, me serviría para librarme de la melodía de Bacharach. ¿Por qué intentaba librarme de ella? Ah, sí, porque no podía sacarme de la cabeza «Rain». ¡Oh, no! Ya se me había vuelto a meter en la cabeza. ¡Rápido! Piensa en John Sebastian. Ahhhh. «Tú y yo y la lluvia en el tejado». Sol – fa – mi – re – do – sol – la – sol.
Llovió durante todo el día. Empezaron a formarse charcos y los desagües se desbordaron. En las intersecciones de las calles empezaron a formarse escorrentías. Los técnicos de urbanismo no habían instalado imbornales, porque en esta parte del país no suele llover tanto. Siguió lloviendo durante una semana. Mi hipocampo, sobreexcitado, no dejaba de recordarme canciones relacionadas con la lluvia, procedentes de mi inconsciente: «No Rain», de Blind Melon, «Fire and Rain», de James Taylor (y la fascinante versión de Blood, Sweat & Tears), «I Can’t Stand the Rain», de Tina Turner, «Still Raining, Still Dreaming», de Hendrix, y, por supuesto, «The Rain Song», de Led Zeppelin, cuyo primer acorde es un arpegio descendente, que cae como si fuera lluvia. Me felicité por evitar las partes más pegadizas de «Here Comes the Rain Again», de Eurythmics, o «Walk Between the Raindrops», de Donald Fagen. Sin embargo, sonaron «Rainy Days and Mondays» (The Carpenters), «Rainin’» (Rosanne Cash), «Let It Rain» (Eric Clapton con Derek y los Dominos) y dos canciones de uno de mis grupos favoritos: «Who’ll Stop the Rain» y «Have You Ever Seen the Rain?» (Creedence Clearwater Revival). Al final, otros dos de mis grupos favoritos terciaron desde debajo de mi hipocampo y sonaron en mi cabeza como si tuviera un reproductor de CD conectado directamente a las neuronas: «Prayers for Rain», de los Cure, y «Bangkok Rain», de los Cult. ¡Cuántas canciones sobre la lluvia! Y fuera no paraba de llover...
Cuando hablé con Rodney Crowell, uno de mis compositores favoritos, sobre El cerebro musical, me dijo que las primeras canciones compuestas por la humanidad probablemente trataran de los elementos, el clima, el sol, la luna, la lluvia, etcétera, fundamentales para los seres humanos de aquellos tiempos.
En mi siguiente reunión con Lee, el sol había brillado durante dos días. «Here Comes the Sun», pensé mientras cruzaba el campus para verme con él, lo que desencadenó una serie de imágenes sonoras: «Sun King» y «I’ll Follow the Sun» (los Beatles), «Let the Sunshine In» (The 5th Dimension), «Sunny» (Bobby Hebb), «You Are My Sunshine» (interpretada por Ray Charles), «Wake Up Sunshine» (Chicago), «Who Loves the Sun» (The Velvet Underground), «California Sun» (los Ramones y los Dictators), «House of the Rising Sun» (Eric Burdon con los Animals, una de las primeras canciones rock que toqué sin parar durante una semana entera). Lee llevó «The Wind and the Rain», de Robert Frost, y «Give Me the Splendid Silent Sun», de Walt Whitman. Yo llevé letras de Cole Porter y Joni Mitchell.
Muchas de mis canciones favoritas tienen rimas internas, es decir, rimas que se dan en cualquier otra parte del verso que no sea el final, como en esta letra de Cole Porter:
Oh by Jove and by Jehovah, you have set my heart aflame,
(And to you, you Casanova, my reactions are the same).
I would sing thee tender verses but the flair, alas, I lack.
(Oh go on, try to versify and I’ll versify back).*
En los dos primeros versos, el largo sonido de la o se repite en Jove, Jehovah y Casanova; además, hacia el final de ambos se da una casi rima entre heart y are. Porter es también famoso por jugar con expresiones comunes que se usan en la vida cotidiana. Así, la expresión «alas and alack» («por desgracia») se convierte en «alas, I lack» («por desgracia, no lo tengo»). Todo ello sin renunciar a las rimas al final de verso que esperamos encontrar en las canciones de nuestra época: aflame / same y lack / back.
O pensemos en los siguientes versos de «Begin the Beguine», cuyo propio título constituye un juego de palabras visual y sonoro:
To live it again is past all endeavor,
Except when that tune clutches my heart,
And there we are, swearing to love forever,
And promising never, never to part.*
En el tercer verso hay una rima interna entre there y swear. El primer y el tercer verso riman (endeavor / forever), pero Porter añade otra rima a mitad del cuarto verso al repetir never. ¡Ojalá yo pudiera escribir así!
Sin duda, hay gente a la que estos juegos de palabras le interesan menos que el contenido de la canción, personas que estudian las letras atentamente en busca de sabiduría y enseñanzas, como muchos hacíamos en los años sesenta, cuando las estrellas del rock eran nuestros poetas y creíamos que nos transmitían lecciones que habían aprendido con gran esfuerzo.
También hay quien se aprende la letra sílaba a sílaba para recordar la música, pero no presta mucha atención al contenido. Tuve una novia belga; en vacaciones me lo pasaba en grande visitando con ella a su familia y sus amigos en Mons (Bergen, en flamenco), donde estudiaba en la Faculté Polytechnique. Todos sus amigos se sabían «Hotel California», de los Eagles, sílaba a sílaba, pero casi ninguno tenía ni idea de inglés. Cuando cantaban «Warm smell of co-li-tas / Rising up through the air / Up ahead in the distance / I saw a shimmer-ing light», no tenían la menor idea de lo que decían. Como no sabían inglés, tampoco sabían dónde acababa una palabra y empezaba otra, con lo que a veces se preguntaban por el significado de palabras inexistentes, que aparecían tan solo como resultado de unir varias. Pero lo que les producía más curiosidad era el significado de la canción, y a este respecto hube de confesar que, aunque la canción me encantaba —había llegado a aprenderme nota por nota el solo de guitarra para impresionar a otros músicos—, no tenía la menor idea. El impacto emocional de los versos «puedes pagar la cuenta cuando quieras / pero no puedes marcharte» no quedaba disminuido por el hecho de que no supiera lo que Don Henley trataba de decir.
Ahí reside el poder de las letras. La existencia de elementos que se refuerzan mutuamente y que combinan ritmo, melodía, armonía, timbre, letra y significado permite que, en caso de que haya ambigüedades, contradicciones o, directamente, opacidad, como en «Hotel California», unos acudan en ayuda de otros. El hecho de que el significado literal de la canción —o de cualquiera de las de Steely Dan, el rey de las letras crípticas— resulte oscuro no merma su poder. Todos los elementos de la canción se suman para dar un resultado artístico. El conjunto invoca un significado, pero no lo delimita. De hecho, esta es una de las características que explican el poder que las canciones tienen sobre nosotros: como el significado no está perfectamente determinado, el oyente debe adoptar una actitud activa para comprenderlo. La canción es personal porque nos vemos obligados o forzados a otorgarle cierto significado por nuestra cuenta.
Muchos pensamos que tenemos una relación particularmente íntima con los autores de música popular porque sus canciones suenan en nuestra cabeza con su voz. (Por eso mismo, los amantes de la poesía valoran tanto las grabaciones en las que su poeta favorito lee sus propios poemas.) La mayoría escuchamos cientos de veces la misma canción. La voz, los matices y el fraseo del cantante se engastan en nuestros recuerdos, cosa que no sucede con los poemas cuando somos nosotros quienes los leemos. Si nos sabemos de memoria docenas de canciones de un artista, creemos conocer algo de su vida, de sus ideas, de sus sentimientos. El hecho de que el ritmo, la melodía y la estructura acentual se limiten y se refuercen mutuamente, y de que la escucha musical desencadene descargas de dopamina y otras sustancias neuroquímicas, hace que nuestra relación con las canciones se vuelva intensa y perdurable, puesto que activa más regiones cerebrales que cualquier otra experiencia. La conexión con algunas canciones es tan estrecha que los enfermos de alzhéimer recuerdan canciones y letras incluso mucho después de haber olvidado todo lo demás.
Con los Beatles se inició una época en la que los cantantes escribían sus propias canciones. Aunque Chuck Berry era autor de sus canciones, y Elvis Presley coescribió también algunas de las suyas, hasta el enorme éxito comercial de los Beatles —seguido por el de Bob Dylan y los Beach Boys, entre otros—, los amantes de la música no esperaban que los artistas fueran también los autores de las letras. Los Beatles incluso cultivaban aquella especie de conexión personal con su público. Paul McCartney ha contado que, en las primeras canciones del grupo, John Lennon y él intentaban meter todos los pronombres personales que podían. Se tomaban muy en serio la tarea de cultivar una relación muy personal con sus fans, como queda claro en el título de canciones como «She Loves You», «I Want to Hold Your Hand», «P.S. I Love You», «Love Me Do», «Please Please Me» y «From Me to You».
Pese a todo, es importante señalar que la letra es lo menos importante para algunas personas, a las que sobre todo les atraen el ritmo y la melodía. Aunque los argumentos de las óperas son de interés para muchos oyentes, tampoco faltan los que se limitan a disfrutar con la puesta en escena y la belleza de las voces. Incluso en géneros como el pop, el jazz, el hip-hop y el rock, muchos creen que las letras son un mero añadido supeditado a la melodía. «¿Qué tienen que ver las letras con la música?», se preguntan. «Existen solo para que el cantante no tenga que cantar “la la la” todo el tiempo». Y a mucha gente no le importaría nada que los cantantes se limitaran a hacer eso.
Sin embargo, para las personas que saben apreciar las letras de las canciones, comprender por qué hay algunas de tanta calidad resulta muy enriquecedor. Mientras reunía material para el libro, hablé con Sting de las relaciones entre la poesía y las letras. A los dos nos encanta Joni Mitchell, así que hablamos de su canción «Amelia», cuya letra nos parece admirable:
I was driving across the burning desert
When I spotted six jet planes
Leaving six white vapor trails
Across the bleak terrain
It was the hexagram of the heavens
It was the strings of my guitar
Oh Amelia, it was just a false alarm.21*
Obsérvese la repetición de la i larga inglesa en I y driving y de la d en driving y desert en el primer verso, y de la s en spotted y six en el segundo verso. Por supuesto, también está la aliteración entre hexagram y heavens. En la canción destaca una guitarra que conecta la música con la letra. Me encanta que Joni mencione su guitarra de seis cuerdas en el sexto verso; es una de las muchas sutilezas que dotan de coherencia interna a la letra.
Por supuesto, algunas de estas conexiones son simples coincidencias, cosas que a la propia autora se le pasaron por alto. Pero esa clase de conexiones —resultado de la compleja interacción entre la imaginación, el intelecto y el subconsciente— ocupan un lugar destacado en la gran poesía. Aunque el autor no fuera consciente de cuanto se desprende de su obra, los grandes poemas se benefician de esta clase de análisis, a diferencia de los poemas menores, cuyo interés decrece conforme los examinamos. Además, las imágenes son tangibles: un desierto ardiente, estelas de humo blanco, un terreno desolado. La canción dibuja imágenes con palabras. Y también contiene una metáfora: el viaje por el desierto es una metáfora lakoffiana de una relación amorosa.
Muchas canciones del propio Sting manifiestan sensibilidad literaria y auténtica facilidad expresiva, esa cualidad sensual a la que antes me he referido. Examinemos su canción «Russians», por ejemplo:
In Europe and America
There’s a growing feeling of hysteria
Conditioned to respond to all the threats
In the rhetorical speeches of the Soviets
Mr. Khrushchev said we will bury you
I don’t subscribe to this point of view
It would be such an ignorant thing to do
If the Russians love their children too
How can I save my little boy
From Oppenheimer’s deadly toy
There is no monopoly of common sense
On either side of the political fence
We share the same biology
Regardless of ideology
Believe me when I say to you
I hope the Russians love their children too*
Las palabras se deslizan por la lengua con toda facilidad. Son fáciles de pronunciar y producen placer en la boca. Las repeticiones de sonidos vocálicos y consonánticos (la fonología) otorgan ímpetu al poema. El significado está velado con arte por las metáforas. El último verso de la primera estrofa habla de unos hijos; el primer verso de la segunda estrofa menciona a un niño; la bomba atómica se describe desde un punto de vista infantil, «el mortal juguete de Oppenheimer». El poeta se deleita hilvanando expresiones familiares que reverberan en la memoria colectiva: «retóricos discursos», «os enterraremos», «las dos trincheras políticas», etcétera. El mensaje expresa la esperanza de que los «monstruos» de los dos bandos de la Guerra Fría —pues así es como nos enseñaron a ver a nuestros enemigos, como monstruos infrahumanos— encuentren un terreno común —y tal vez el sentido común— en el amor a sus hijos. En todo ello resuenan las palabras pronunciadas durante la guerra de Vietnam por el general William Westmoreland (famosas gracias al escalofriante documental Hearts and Minds), según las cuales los norteamericanos no debíamos avergonzarnos de matar accidentalmente a niños norvietnamitas, porque «la mentalidad oriental no otorga el mismo valor supremo a la vida que nosotros».
Como todo buen poema, las palabras de Sting crean un pulso rítmico. Si añadimos signos diacríticos, veremos claramente la estructura acentual y apreciaremos mejor ese pulso. El primer verso arranca pausadamente: tiene ocho sílabas y solo dos de ellas están acentuadas. El segundo verso acelera el ritmo: once sílabas, con tres acentuadas, y de las cuales más de la mitad (seis) empiezan por consonante. Esta tendencia se mantiene en el tercer verso: nueve de sus diez sílabas empiezan por consonante. El efecto combinado de todo ello es como una serie de pequeñas explosiones (literalmente, son explosiones, puesto que el aire sale expulsado de la boca, a diferencia de lo que ocurre con las vocales) que dan impulso a la letra.
IЙ Éurŏpe aЙd ЙmérЙcă
Thĕre's ă gŕowiЙg feéliЙg ŏf hЙstérЙă
CŏndЙtioЙed tŏ rĕspónd tŏ áll the thréats
Ĭn tЙe rЙetórЙcăl spéecЙes ŏf tЙe SóvЙeЙs
MЙstĕr KhrúshЙhev saЙd, «Йe Йill búrЙ yŏu»
Ĭ dón’t sŭbscrЙbe Йo tЙis poЙnt ŏf viĕw
IЙ’d Йe súch ăn iЙnŏrănt thЙng tŏ dŏ
If the Rússiăns lóve thĕir chЙldrĕn tŏo
Como ocurre con muchos idiomas (aunque no con todos), en inglés se suele elevar el tono en las sílabas acentuadas y bajarlo en las sílabas que no lo están. Si transgredimos esta costumbre, la entonación se confunde con la que suele utilizarse para formular preguntas. Por ejemplo, en la palabra Europe, lo normal es pronunciar un poco más alto la primera sílaba («Eu-») que la segunda («-rope»); si se hiciera lo contrario, parecería que hacemos una pregunta («Europe?»).
En «Russians», Sting entremezcla habilidosamente notas acentuadas y acentos lingüísticos. Eso insufla vida en la letra, al introducir un elemento inesperado y permitir que el texto y la melodía se refuercen mutuamente, sin que domine ninguno de los dos. A veces, la melodía se eleva sobre sílabas sin acentuar. La técnica no funcionaría con una canción dance o funk, donde los acentos lingüísticos y melódicos deben ir al unísono para marcar el ritmo. Pensemos en «I Got You (I Feel Good)», de James Brown:
I feel good
I knew that I would
I feel nice, like sugar and spice
So good, so nice, I got you22*
Dejando aparte el hecho de que todas las palabras (excepto una) son monosílabas, la estructura acentual de la melodía refuerza la estructura acentual de las palabras, lo que contribuye a la insistencia machacona del ritmo.
La letra de «Russians» funciona porque combina el texto con la melodía y fluye con naturalidad. Pero también funciona como poema porque, en ausencia de la melodía, presenta un ritmo propio, un impulso creado por su estructura acentual y el empleo de consonantes oclusivas.
«Amelia» y «Russians» son canciones de gran belleza lingüística y expresiva, que transmiten una interpretación sumamente imaginativa de sus respectivos temas. En lugar de ofrecer una descripción literal, plasman sentimientos e impresiones de acontecimientos contándonos las partes más evocadoras de la historia, a menudo mediante un lenguaje figurativo, sin recurrir a los detalles objetivos que encontraríamos en un artículo periodístico. Además, parece que en ellas late el impulso creativo, la fuerza irrefrenable que llevó al autor a escribirlas. Como sucede con muchas grandes obras de arte, en ellas se trasluce un sentido de lo inevitable, como si hubieran existido siempre y el creador se hubiera limitado a descubrirlas. La tensión armónica hace que las palabras, al unirse con la música, evoquen emociones nuevas. La combinación de la letra con la melodía, la armonía y el ritmo aporta matices y tonalidades que las palabras son incapaces de transmitir por sí solas.
El poder de las artes lingüísticas y visuales procede de su capacidad para crear abstracciones. Cuando el poeta Herbert Read escribió: «El arte, en los albores de la cultura humana, fue clave para la supervivencia, para el perfeccionamiento de las facultades esenciales en la lucha por la vida. A mi juicio, nunca ha dejado de desempeñar ese papel»,23 creo que se refería al proceso de abstracción que se da siempre en la creación y la apreciación de los objetos artísticos, y que constituye una característica del cerebro musical. Los dibujos, las pinturas, las esculturas, los poemas y las canciones permiten a sus creadores representar un objeto ausente, experimentar con distintas interpretaciones y, por tanto —al menos en la imaginación—, tener poder sobre él.24 De ahí procede en última instancia el poder de las canciones y los poemas.
Las canciones nos ofrecen un contexto con múltiples capas y dimensiones, presentes en la armonía, la melodía y el timbre. Las podemos disfrutar de muchas formas: como música de fondo, como objetos estéticos carentes de significado, como música para cantar con los amigos o cuando nos duchamos. Pueden transformar nuestro estado de ánimo y nuestras ideas. Podemos apreciar la melodía, el ritmo, el timbre, la métrica, la línea y las palabras por separado o como elementos combinados. Tal vez «I Got You (I Feel Good)» no haya cambiado la historia de la humanidad, pero ha hecho disfrutar a millones de personas durante millones de horas. En la medida en que somos la suma de todas nuestras experiencias, se ha convertido en parte de nuestros pensamientos y, como saben los neurocientíficos, eso significa que ha sido asimilada por nuestras conexiones neuronales.
Sin embargo, guiar el destino de la humanidad es otra cosa. El cerebro musical cuenta la transformación de la civilización humana gracias a la música, que hizo posible la creación de sociedades y civilizaciones. Otras formas artísticas —la literatura, la escultura, el cine y la pintura— han ejercido una profunda influencia, pero la historia de la humanidad está determinada por la música y su primacía a la hora de moldear nuestra naturaleza. A través del proceso de coevolución del cerebro y de la música, a través de las estructuras corticales y neocorticales, desde el tallo cerebral hasta la corteza prefrontal, desde el sistema límbico hasta el cerebelo, la música ha tenido una capacidad única para in-troducirse en nuestra mente. Y lo ha hecho de seis formas diferentes, cada una con su propia base evolutiva.
El verano pasado estuve en el encuentro anual de profesores de «Kindermusik». Padres, niños y profesores de más de sesenta países participaron en talleres y asistieron a conferencias. A mi juicio, lo más destacado fue la música que se interpretó antes del discurso inaugural. Cincuenta niños de edades comprendidas entre los cuatro y los doce años cantaron la siguiente canción, basada en una pieza tradicional alemana, con palmas sincopadas y movimientos sincronizados:
All things shall perish from under the sky
Music alone shall live
Music alone shall live
Music alone shall live
Never to die*
Los niños se colocaban por parejas ante el micrófono y cantaban los tres primeros versos de la canción en su lengua materna (chino, japonés, rumano, portugués, árabe...) y los últimos en inglés, formando una armonía a tres voces:
Music alone shall live
Never to die
La música, que nunca morirá, nos ha acompañado desde que conquistamos nuestra humanidad. Ha modelado el mundo con seis clases de canciones: canciones de amistad, de alegría, de consuelo, de conocimiento, de religión y de amor.
2
AMISTAD
o «¿La guerra (para qué sirve)?»*
I. Es casi la hora del crepúsculo; la niebla se adensa, desciende pesada, plúmbea, maciza. Imagínate que eres un ser humano prehistórico; estás durmiendo con el resto de tu clan, apiñados en el suelo, junto a los rescoldos del círculo de fuego. Primero notas algo que te perturba, como a algunos de tus compañeros; es una vibración más que un sonido. Te preguntas si ha sido algo real o solo un sueño. Algo retumba, como un trueno lejano o unas rocas que caen. La tierra tiembla y el sonido se acerca. Suena cada vez más fuerte y sientes un escalofrío. Es un ruido de tambores, una avalancha resuelta, sincronizada, como cincuenta rinocerontes que atacaran al unísono para cumplir un plan terrible de aniquilación total. Piensas que el sonido tiene que ser real, pero nunca has oído nada parecido. El clan entero se estremece; tu familia y tus amigos se despiertan, temblorosos e indefensos; vuestro ánimo se encoge incluso antes de saber lo que sucede. La sincronía, la intensidad y el volumen del sonido son aterradores. No sabes si correr o prepararte para luchar. El espanto os paraliza. ¿Qué ocurre? Cuando llegan a lo alto de la colina, los veis, y antes de que el ruido ensordecedor te deje completamente aturdido, observas un grupo de guerreros que golpean sus tambores en una espeluznante demostración de poderío malévolo.
A lo largo de la historia, las tribus solían atacar a sus enemigos por sorpresa, en mitad de la noche, mientras dormían. Las más inteligentes, afortunadas herederas de un poco más de capacidad cognitiva que sus vecinas (gracias a mutaciones aleatorias), reconocieron el poder de los tambores para incapacitar al oponente, minar su valor y alentar a sus propios guerreros. Cada tambor —un mojón cubierto con piel— sonaba un poco diferente a los demás, pero los palos y las piedras golpeaban al unísono, las conchas y los abalorios no dejaban de moverse, y el sonido parecía obra de un solo hombre. Si los invasores podían coordinarse con tanta precisión para tocar el tambor, su violencia sería tan implacable como para aplastar hasta la más formidable resistencia.
Cuando Josué libró la batalla de Jericó, lo que derrumbó las murallas no fue la melodía, como cuenta un midrásh rabínico, sino el ritmo de los tamborileros del ejército hebreo: los aterrados habitantes de la ciudad abrieron las puertas a los invasores, al comprender que era inútil pelear, con la esperanza de que el gesto fuera acogido compasivamente. (Se equivocaron.) En El señor de los anillos, a los pies de la tumba de Balin y rodeado de esqueletos, Gandalf lee la última entrada del cuaderno del mago: «Tiembla la tierra. Tambores... tambores en lo hondo. No podemos salir. Una sombra se mueve en la oscuridad. No podemos salir... Ya vienen».
II. Son las 7.45 de una mañana de noviembre en un instituto de Kansas City (Missouri). Faltan quince minutos para que den comienzo las clases. Detrás de la escuela, cerca de los contenedores y de un campo de baloncesto desierto, hay un grupo de estudiantes fumando. Para algunos es el primer cigarrillo del día; para otros, el tercero. No son los estudiantes aplicados, los buenos atletas, los miembros del coro, ni del taller de teatro, ni del club de ajedrez. Tampoco son los peores alumnos, amenazados de expulsión o evaluados por los psicólogos. Son estudiantes del montón, que pasarían completamente desapercibidos para el resto de la escuela si no fuera porque acuden a ella varias veces al día. La mayoría ha tenido algún problema con los profesores o con el director por incumplir alguna norma; nada serio (estar en el pasillo sin permiso, llegar tarde a clase, no hacer los deberes a tiempo); descuidos y negligencias, nada de violencia. El callejón por el que transitan los camiones de la basura ha recibido el apodo de Calle del Tabaco por generaciones de estudiantes. Al ritual del cigarrillo matutino le sigue el receso de las 10, el almuerzo y el receso de la tarde, ocasiones que también aprovechan para fumar. Exhalan anillos de humo, escupen. Los chicos hablan de coches que saben que nunca tendrán y de películas de Bruce Lee que se saben de memoria. Las chicas hablan de sus hermanos mayores, que no van a casa por la noche, trabajan en cosas horribles y ya tienen pareja.
Ninguno va muy bien de dinero, y cada cigarrillo cuesta casi cincuenta centavos, así que siempre andan preguntándose de dónde sacarán el próximo paquete. Pero son generosos con cualquiera que no tenga para fumar: comparten lo que tienen. Cuando algún desconocido les pide un cigarrillo, comparten el suyo con él. El grupo alterna entre la locuacidad y el silencio, conforme los componentes químicos excitan su lóbulo frontal y calman su sistema límbico.
Muchos tienen iPods gastados o MP3 antiguos, pero cuando fuman juntos se quitan los auriculares y escuchan música de un aparato de música portátil. «El sonido es pésimo —dice uno—, pero así lo oímos todos». Zapatean al ritmo de 50 Cent; algunos elevan el tacón y lo golpean contra el pavimento al ritmo de la batería. Cantan juntos las letras de Ludacris y, cuando suena Christina Aguilera, las chicas ejecutan algunos pasos y hacen algunas poses, mientras los chicos intentan fingir desinterés sin éxito. Pero cuando suena una canción de hace treinta y cinco años, una de las chicas sube el volumen. Enseguida todos bailan al unísono con «Smokin’ in the Boy’s Room», de Brownsville Station:
Smokin’ in the boy’s room
Smokin’ in the boy’s room
Teacher don’t you fill me up with your rules
’Cuz everybody knows that smokin’ ain’t allowed in school!*
Cantan a pleno pulmón y ríen. Están transformados. Es su canción.
Dos escenas diferentes, muy alejadas en el espacio y el tiempo. La música, o al menos su aspecto rítmico, une al primer grupo en el temor. Una canción de los setenta, con una guitarra eléctrica distorsionada, une al segundo grupo en el desafío. Son dos clases de unión muy distintas, pero cruciales para la supervivencia. Las dos establecen unos vínculos de cooperación.
Atacar por sorpresa antes del alba fue una innovación aterradora en el arte de la guerra prehistórica.1 Los atacantes esperaban a que sus oponentes estuvieran profundamente dormidos y atacaban una hora antes de que amaneciera, unas veces en completo silencio, otras con una fanfarria de instrumentos amenazadores, creando todo el ruido y el caos que podían para aterrorizar a sus víctimas. Al atacar a esa hora, tenían a su favor el elemento sorpresa. Las antorchas que portaban les permitían controlar la luz. Cuando salía el sol, medían el alcance de su obra destructiva y capturaban el botín.
Aquí tenemos un ejemplo de evolución y selección de grupos. Los clanes que eran incapaces de desarrollar una estrategia para eludir aquellos ataques morían; sus genes no perduraban. Sin embargo, algunos seres humanos desarrollaron estrategias de defensa, sin duda como consecuencia del mayor tamaño de su corteza prefrontal, una ventaja obtenida por mutaciones aleatorias. Probablemente una de ellas fuera no dormir por la noche y cantar para mostrar que estaban despiertos.
Los mekranoti son una pequeña tribu de cazadores-recolectores que habita en el sur de Pará, en el Amazonas brasileño. Como apenas han tenido contacto con el hombre moderno, los antropólogos creen que su forma de vida probablemente haya cambiado muy poco en el curso de los últimos milenios. Una de sus características más llamativas es que dedican una gran cantidad de tiempo a cantar: las mujeres, una o dos horas por el día; los hombres, dos horas o más por la noche. En una vida consagrada a la subsistencia, esa inversión de tiempo es enorme; sería más productivo dedicarla a conseguir comida o a dormir. David Huron ha escrito lo siguiente:
Los hombres cantan todas las noches, normalmente a partir de las 4.30. Mientras cantan, mueven sus armas vigorosamente. Intentan hacerlo en el registro más grave y acentúan el primer tiempo de un ubicuo compás cuaternario con paradas glotales. El antropólogo Dennis Werner (1984) ha descrito su forma de cantar como «un rugido masculino». Cuando se reúnen en mitad de la noche, evidentemente están somnolientos, y algunos permanecen en su choza hasta pasado un buen rato. A estos simuladores se los suele escarnecer insultándolos.
Según Werner, «a los cantantes les encanta burlarse de los hombres que se quedan en su choza. “¡Levantaos! ¡Los kreen akrore han lanzado ya su ataque y vosotros seguís durmiendo!”, gritan a voz en cuello [...] A veces la befa se dirige concretamente contra los que acostumbran a presentarse tarde» [...]
Como en el caso de muchos pueblos indígenas, el mayor peligro al que se enfrentan los mekranoti es el ataque de otra tribu. La mejor hora para atacar es de madrugada, mientras la gente está dormida. [...] La implicación del grito que se lanza contra los hombres que no acuden a cantar es evidente: la vigilia obedece a motivos defensivos. Cantar los mantiene activos y despiertos.
Los mekranoti son uno de los muchos ejemplos de tribus que cantan para ahuyentar a los depredadores o a vecinos atacantes. Este comportamiento se puede ver como opuesto, o complementario, al uso de la música por parte de los agresores. Los nativos americanos solían cantar y bailar antes de atacar, igual que los atacantes prehistóricos de la historia que hemos contado al principio del capítulo. La excitación emocional y neuroquímica resultante de esos preparativos les infundía el coraje y el vigor necesarios para atacar. Lo que tal vez comenzara como un acto inconsciente e incontrolado —cargar contra sus víctimas mientras cantaban y aporreaban sus tambores como en trance— pudo convertirse en una estrategia en toda regla cuando los vencedores comprobaron el efecto que surtía en sus objetivos. Aunque las danzas de guerra tienen el riesgo de alertar al enemigo sobre la inminencia del ataque, como señala Huron, la activación y la estimulación que aportaban a los atacantes tal vez compensaran la pérdida del factor sorpresa. Esto, combinado con la impresión que producía en el enemigo semejante espectáculo, probablemente hacía que los seres humanos que cantaban, bailaban y marchaban tuvieran una importante ventaja en el campo de batalla. En los siglos XIX y XX, los combatientes más temidos por los alemanes eran los escoceses: el volumen sonoro de sus gaitas y tambores era apabullante, al igual que el hecho de ver una hilera tras otra de hombres uniformados con falda. Los romanos también temían en parte a los escoceses por su música, y por eso construyeron la muralla de Adriano. Como ocurre con los maoríes en Nueva Zelanda, que llevan la cara tatuada, abren la boca y sacan la lengua, la música se convierte en un grito de intimidación contra el enemigo, una táctica conocida desde los tiempos del Antiguo Testamento, en los albores de la historia escrita: «¡Lanzad el grito de guerra, oh naciones, que seréis derrotadas!» (Isaías 8, 9).
Nuestra propia época ha sido testigo de esa clase de intimidación. Las películas de archivo en las que se ve desfilar al ejército nazi resultan aterradoras para mucha gente, aunque ignore la identidad de los militares. La precisa sincronización del movimiento indica un nivel de disciplina e instrucción que supera lo normal. Subconscientemente pensamos que si han alcanzado semejante exactitud en una actividad aparentemente inútil como desfilar, su capacidad de aniquilar al enemigo tiene que ser mayor aún: cientos o miles de soldados ejecutando al unísono una coreografía de muerte y destrucción. Esta clase de intimidación es una de las razones por las que en los desfiles patrióticos la infantería suele marchar por la avenida principal. Análogamente, el canto de los mekranoti, entonado a pleno pulmón y en mitad de la noche, no solo significa que están despiertos y alerta, sino que entre los cantantes-guerreros, unidos en una empresa común, existen profundos vínculos emocionales.
Al cantar utilizamos músculos de la garganta y del diafragma que no empleamos al hablar. Esas diferencias fisiológicas permiten al grupo mantener un mayor volumen durante más tiempo. Al cantar, sobre todo a coro, los mekranoti pueden dar la impresión de que su número supera al real. Además, la sincronización vocal indica que no actúan como entidades independientes, sino que atienden al estado físico y mental de todo el grupo, lo que podría traducirse en una formidable fuerza defensiva en caso de recibir un ataque.
Los primates de los que desciende el homo sapiens son seres manifiestamente sociales. Sin embargo, el hecho de ser sociales e interesarnos por los actos de nuestros semejantes tiene consecuencias indeseables: rivalidades, celos, enfrentamientos por el poder, competición para obtener comida y para procrear con las parejas más deseables (¿recuerdan el instituto?). Esas tensiones sociales son una de las razones fundamentales de que los primates no humanos rara vez viajen en grupos formados por más de algunas docenas de individuos. Mantener el orden social en grupos más grandes resulta sencillamente imposible.
Sin embargo, formar y mantener grupos más nutridos confiere importantes ventajas. En primer lugar, es más probable que los grupos más numerosos logren repeler a los invasores. En una sociedad de cazadores-recolectores, en la cual es difícil encontrar y obtener alimento, los riesgos de que uno de sus miembros vuelva a casa con las manos vacías se diluyen por la acción de los demás. La cooperación permite compartir las provisiones: un individuo puede llegar un día a casa con las manos vacías y, al siguiente, bien cargado.
La diversidad genética de los grupos más amplios (y las posibilidades que brindan para elegir pareja) ofrece una clara ventaja evolutiva: la población será más resistente a las enfermedades y generalmente responderá con mayor flexibilidad a los cambios en el entorno. Estas ventajas se aplican tanto a los insectos y las bacterias como a las personas. No obstante, los insectos no hacen música —que yo sepa—, así que no hablaré de ellos. (En las ciudades de las abejas y de las hormigas existe un orden social complejo y sus miembros adoptan diversos papeles sin que ello obedezca a una organización consciente. En el comportamiento de los insectos podemos apreciar un carácter rítmico, sincronizado, que se asemeja a la música sin serlo en realidad.)
Sin duda, los humanos han superado los condicionamientos biológicos que limitan el tamaño de los grupos formados por otros primates: crearon grupos constituidos primero por centenares de miembros (como demuestra el tamaño de las sociedades de cazadores-recolectores que todavía existen en el planeta), después por decenas de miles y, en la actualidad, por millones. En los Estados Unidos hay nueve ciudades con más de un millón de habitantes; en China, quince ciudades superan los dos millones. La Roma imperial tenía una población de un millón de habitantes en el año 100 d. C.; la antigua Grecia rondaba el medio millón. El Antiguo Testamento (Éxodo 12, 37) dice que seiscientas mil personas abandonaron Egipto durante el Éxodo (que, según Flavio Josefo y otros historiadores, tuvo lugar hacia el 1500 a. C., 150 años arriba o abajo); las enseñanzas rabínicas calculan que el grupo que cruzó el desierto estaba formado por un millón de judíos. Por tanto, los grupos humanos compuestos de cientos de miles de personas han existido al menos desde hace 3.500 años, y los grupos formados por decenas de miles deben de ser mucho más antiguos.
¿Cómo logramos los seres humanos aliviar las tensiones sociales que necesariamente conllevó la creación, primero, de grupos formados por cientos de personas, y, en última instancia, de la sociedad y la civilización?
Yo creo que la base más sólida de los vínculos existentes entre los primeros seres humanos (o protohumanos) estuvo en la coordinación y la sincronización del canto y del movimiento, y que eso fue lo que permitió la formación de grupos humanos cada vez más nutridos, hasta llegar a la sociedad tal como la conocemos. A lo largo de nuestra historia evolutiva se ha dado una correlación entre la música y el baile. El ritmo musical permite al sistema perceptivo humano predecir y sincronizar la conducta individual.2 El sonido tiene ciertas ventajas sobre la imagen: se transmite en la oscuridad, viaja por las esquinas, lo perciben las personas con dificultades de visión. En la sabana es más fácil llamar la atención gritando que agitando los brazos. La música, una forma extremadamente organizada de comunicación sonora, permitía sincronizar el movimiento incluso cuando los miembros del grupo no podían verse unos a otros. Gracias a ella se crearon mensajes vocales que identificaban a los grupos y podían transmitirse de una parte a otra del territorio; los silbidos y las voces de cada tribu debían de funcionar a modo de santo y seña. Tras su creación, estos usos se extendieron rápidamente, al estar en desventaja los grupos que carecían de ellos. Como ha dicho Vernon Reid, de la banda de rock Living Colour: «En África, la música no es tanto un arte como una forma de comunicarse». Cantar en grupo libera oxitocina, una sustancia neuroquímica que contribuye a crear vínculos de confianza.3
Se han realizado estudios (tanto en mi laboratorio como en el de Ian Cross en Cambridge) en los que se ha demostrado que una persona que tamborilea con los dedos contra una mesa se sincroniza en mayor medida con otra que esté haciendo lo mismo antes que con un metrónomo. Aunque el resultado puede parecer contraintuitivo, puesto que el metrónomo marca el ritmo de forma mucho más uniforme y, por tanto, predecible, los estudios indican que los seres humanos tienen la capacidad de adaptarse unos a otros. Esta interacción, que no puede darse con el metrónomo, facilita la coordinación. Es posible que la base evolutiva de esta conducta radique en la coordinación del movimiento, que contribuye a la interacción social. Si caminamos juntos y nos comunicamos con palabras y gestos, la interacción mejora enormemente cuando vamos al mismo paso y avanzamos de forma sincronizada; de lo contrario, la cabeza de la otra persona entra y sale continuamente de nuestro campo visual.
La utilidad de todo ello para la guerra y la caza no agota todos los aspectos de la cuestión. El movimiento sincronizado también facilitó la realización de muchas otras tareas colectivas, desde levantar objetos pesados y construir edificios hasta sembrar con arados. Cuando los hombres prehistóricos emprendían esas actividades, no siempre podían mirar a los demás para sincronizar sus movimientos. Mediante una señal sonora repetitiva, con acentos que indicaran cuándo hacer determinados movimientos, se podrían realizar colectivamente una serie de tareas que ningún hombre sería capaz de llevar a cabo por sí solo. El historiador William McNeill (autor de The Rise of the West [El ascenso de Occidente]) destaca la importancia del movimiento sincronizado en el trabajo manual:
Sin la coordinación rítmica del esfuerzo musical exigido para
arrastrar y alzaprimar piedras pesadas, no se habrían construido
las pirámides de Egipto ni muchos otros monumentos famosos.4
Los remeros de los barcos, dispuestos en un espacio muy estrecho, tenían que sincronizar sus movimientos para que nadie resultara herido. Lo mismo ocurría en el campo de batalla: como escribió Sun Tzu en El arte de la guerra (obra fechada en el siglo V a. C.), si los movimientos de los soldados no estaban perfectamente coordinados, era fácil que hirieran a sus compañeros con sus propias armas. Yo creo que las canciones facilitaban, impulsaban y motivaban la coordinación muscular. Y esas canciones eran esencialmente cantos de amistad, de vinculación social. ¿Qué habría sido de la civilización sin ellas?
En Sumeria, las cosechas dependían de la irrigación a gran escala. Era necesario construir y mantener canales, y regular cómo se distribuía el agua por los campos [...]. Para conseguir tamaños logros, la escala de la sociedad humana tuvo que superar los límites de antaño. Ya no bastaba con poblados compuestos por unos cientos de habitantes. Y las cosechas abundantes que podían obtenerse con una irrigación correcta de los terrenos de aluvión hicieron posible alimentar al número de hombres necesarios para la construcción de templos monumentales en una docena o más de ciudades interconectadas, e incluso disponer de mano de obra y materiales suplementarios. Para alcanzar estos objetivos se necesitaba la cooperación y la coordinación de todos conforme a un plan.
Aunque la investigación de McNeill se centra en los aspectos motrices del movimiento sincronizado, también él cree que la música fue la guía y la argamasa de esa cooperación. Las canciones de trabajo («Whistle While You Work», «Let’s Work Together», «Hard Work») ayudan a pasar el tiempo y pueden aportar alivio, pero ese no es su propósito esencial. Fundamentalmente contribuyen a coordinar el movimiento y las tareas en grupo, así como a imbuir en los participantes el sentimiento de que trabajan con un mismo objetivo. Las canciones de los ferrocarriles son casos especiales de música que unificaba la labor de los trabajadores a través de su intenso componente rítmico (uno, dos, tres, ¡arriba!).5 Esta clase de canciones combinaba los antiguos usos de las canciones con rasgos más modernos y amenos, por ejemplo letras en las que se lanzaban insultos contra los instrumentos de trabajo o incluso contra la parentela del capataz. Las canciones de los presidiarios condenados a trabajos forzados también podrían incluirse en esta categoría (al menos en los casos en que debían trabajar de forma coordinada), o en la de la música como fuente de consuelo, dado que ayudaba a pasar el tiempo y aumentaba el sentimiento de fraternidad entre los presos.
Los cantos y los bailes sincronizados no solo facilitaron la construcción de grandes edificios públicos, sino que también contribuyeron a erigir estructuras políticas. Para relajar las tensiones surgidas dentro de un grupo, se podían promover sentimientos de solidaridad. Sin exigir explícitamente la versión prelingüística de una disculpa, los fuertes vínculos emocionales creados por la música y la danza sincronizadas permitían a las partes enfrentadas conservar su prestigio y aparcar sus diferencias.
Es posible que la evolución seleccionara a los individuos capaces de resolver disputas por medios no violentos, como los que proporcionan la música y el baile. En el plano neuronal, el hipotálamo, la amígdala, la corteza motora y el cerebelo están vinculados tanto con el movimiento como con la emoción. La base de ese nexo entronca con el hecho de que nuestros antepasados tuvieran que moverse para encontrar comida, huir del peligro y aparearse. Al tratarse de tres actividades necesarias para la vida, la evolución creó vínculos entre los núcleos del movimiento y los centros de la motivación; en cambio, los circuitos neuronales encargados de la visión del color o de la orientación espacial no están tan estrechamente conectados con la motivación.
Lo que llamamos emociones son únicamente estados neuroquímicos complejos que se dan en el cerebro y nos motivan a actuar. Por tanto, la emoción y la motivación están vinculadas no solo entre sí, sino también con nuestros centros motores. Aun así, el sistema puede funcionar en el sentido opuesto, dado que la mayoría de los circuitos neuronales son bidireccionales. Nuestras emociones hacen que nos movamos y nuestros movimientos pueden originar emociones. Para un observador neutral, el hecho de bailar sincronizadamente parece explicarse por la existencia de una estrecha relación entre los participantes; para ellos mismos, esa coordinación suele engendrar intensos sentimientos de simpatía, atención y afecto, aunque no haya surgido de ellos. Petr Janata, neurocientífico y músico, ha descrito así la fuerza de esos lazos: «A veces prefiero tocar música y bailar con mi mujer que hacer el amor. Es una experiencia que puede ser más íntima o, como mínimo, que propicia otra clase deintimidad».
Las personas que participan en desfiles —sean soldados o integrantes de una banda musical— afirman que la actividad les hace sentir euforia. Aunque los desfiles pueden resultar aburridos y repetitivos vistos desde fuera, quienes participan en ellos suelen entrar en una especie de estado Zen o de atención concentrada, de vivacidad y excitación, combinados con una sensación de paz casi paradójica; es lo que el psicólogo Mihály Csíkszentmihályi ha llamado «fluir». En general, la razón de que ciertas actividades nos resulten placenteras estriba en la evolución de la especie. Cuando comemos o nos apareamos, se activan mecanismos de recompensa evolutivos, y lo mismo sucede cuando hacemos música o nos movemos de forma sincronizada.
William McNeill recuerda así la época que pasó en la infantería:
Lo que recuerdo ahora, al cabo de los años, es que me encantaba pavonearme (como a la mayoría de mis compañeros, estoy seguro). Marchar sin propósito alguno en el campo de entrenamiento, dándonos aires mientras adoptábamos la postura indicada, pendientes solo de ir acompasados para realizar a tiempo y correctamente el siguiente movimiento, nos producía placer. No hay palabras para describir lo emocionante que resultaba ejecutar al unísono los prolongados movimientos de la instrucción. Lo que recuerdo es una intensa sensación de bienestar, más concretamente una extraña sensación de expansión personal, de crecimiento, de ser más grande que la vida, gracias a la participación en aquel ritual colectivo.6
En su reveladora historia de la instrucción militar sincronizada, McNeill cita a Mauricio de Nassau, Sun Tzu, Tucídides y otras fuentes para explicar la efectividad de la marcha militar y los grandes cambios que introdujo en el campo de batalla. Algunos teóricos de la evolución podrían sostener que esas prácticas son demasiado recientes (desde un punto de vista evolutivo) para que hayan influido en la selección natural, o que esta tenga nada que ver con el placer que aportan. Pero en todo lo que respecta a los peligros que amenazan la supervivencia, la selección natural puede obrar milagros en apenas unas generaciones. Supongamos que, en virtud de una mutación aleatoria, hubiera gente a la que le gustara comer tierra,7 y que el planeta sufriera una epidemia que atacase a millones de personas, y que el virus causante solo pudiera combatirse mediante un componente que se encuentra en la tierra. Las personas que comieran tierra sobrevivirían, y el resto desaparecería al cabo de una o dos generaciones.
Lo que llamamos «instinto» a menudo no es más que el producto de la selección natural. Pensemos en los gatos domésticos. Los gatos cubren sus excrementos con tierra, con arena o con lo primero que encuentren, pero no porque conozcan la teoría microbiana de la enfermedad y pretendan minimizar cualquier posible contagio, sino porque algunos de sus antepasados experimentaron una mutación genética que liberaba ciertos componentes neuroquímicos placenteros (llamémoslos «cóctel de la felicidad») cuando ejecutaban esa acción tras defecar. Los gatos con esta mutación estaban más sanos o transmitían menos enfermedades a su descendencia, lo que contribuyó a su difusión en el genoma.8
Análogamente, los seres humanos a los que les gustaba cantar, bailar y desfilar juntos, y que se sentían tan atraídos por ello como para practicar durante miles de horas, vencían en todas las batallas en las que esa preparación constituía una ventaja.9 Es posible que el intenso placer emocional, e incluso neuroquímico, resultante del movimiento sincronizado tuviera antecedentes prehistóricos. Nuestros antepasados cazadores-recolectores probablemente danzaban alrededor del fuego antes y después de sus cacerías. Al ensayar los movimientos, ganaban precisión y tenían más probabilidades de conseguir su objetivo. Y abatir a grandes y veloces mamíferos con armas de mano debía de requerir la coordinación de varios cazadores. Es probable que la instrucción militar moderna sea una extensión de este comportamiento prehistórico. Tradicionalmente, la música no ha sido solo sonido, sino también acción e interacción entre las personas que la ejecutaban y bailaban a su ritmo.
Seres humanos de todo el mundo afirman que moverse en grupo de manera coordinada genera, además de un fuerte vínculo emocional, sentimientos de naturaleza espiritual: la sensación de la existencia de una conciencia colectiva, de un ser superior o de un mundo invisible, más allá de todo lo que experimentamos. Jamshed Bharucha, psicólogo cognitivo, ha propuesto una explicación para esos sentimientos. Cuando nuestros movimientos se coordinan con los de otros, la sensación de que el grupo tiene vida propia o de que formamos parte de una conciencia colectiva es algo más que un sentimiento maravilloso. Lo que sentimos procede de la actividad neuroquímica de la que hemos hablado más arriba, y lleva al cerebro a buscar una causa. La atribución es una poderosa tendencia automática del cerebro, pero no hay nada que nos autorice a hacer atribuciones causales. Cuando notamos un cambio en nuestro estado emocional, buscamos algo externo que lo explique. En el caso de los grupos sincronizados, vemos a la gente bailando y cantando alegre y excitada. Así es como nuestro extraño sentimiento (procedente de sustancias neuroquímicas) se atribuye a algo que está más allá de nosotros. Las religiones han utilizado la sincronización no solo por su capacidad para cohesionar grupos humanos, sino también porque contribuye a la creencia de que existe algo más grande que nosotros. La sincronización sonora y motora no solo produce un sentimiento placentero, sino que impulsa a creer en fuerzas que trascienden al individuo, por ejemplo las sociedades.
Así pues, la música y el movimiento coordinados contribuyeron a crear vínculos sociales en las cuatro actividades que hemos visto hasta ahora: luchar en la guerra, defenderse contra los ataques, cazar y formar grupos de trabajo. Otro uso crucial de la música fue el de aminorar las tensiones en el seno de unos grupos humanos cada vez más nutridos: la música facilitaba la cohesión de grupo. Esta función precede a la aparición de nuestra especie, el homo sapiens sapiens, y se remonta a uno de nuestros antepasados, el homo erectus, que vivió decenas de miles de años antes. Cuando el homo erectus se irguió y empezó a caminar sobre dos patas, cambió la seguridad relativa de los árboles por la sabana. Al convertirse en una especie cazadora, la sabana proporcionaba más posibilidades de procurarse alimento, pero también presentaba desventajas. Como señala Mithen:
Lejos del amparo de los árboles, la seguridad era una cuestión numérica [...] Sin embargo, había que pagar un precio: cuando muchos individuos deben vivir amontonados, pueden surgir tensiones que desemboquen en conflictos sociales.10
Calmar esas tensiones no es asunto trivial. El medio más utilizado por los primates no humanos es el de acicalarse entre sí, despiojándose y limpiándose unos a otros; de hecho, la intimidad de la relación entre dos primates a menudo se puede determinar por la cantidad de tiempo que dedican a esa actividad. Sin embargo, con el incremento en el tamaño del grupo, necesario para la protección mutua, prodigar esa clase de cuidados a todos los amigos y aliados resultaba imposible. Robin Dunbar, antropólogo de la Universidad de Oxford, ha propuesto la hipótesis de que en el origen de la comunicación vocal se encuentran las demostraciones vocales de afecto. Los homínidos desarrollaron la comunicación vocal (musical o lingüística) para señalar sus relaciones de cooperación y de alianza con un número mayor de miembros del grupo a la vez.
A lo largo y ancho del mundo, en las culturas más diversas, el canto humano adopta dos grandes estilos o formas: la sincronía estricta y la alternancia. En la sincronía estricta, los cantantes sincronizan sus voces exactamente al mismo tiempo, como hacemos al cantar «Cumpleaños feliz» o la mayoría de los himnos nacionales. Para ello, hay que anticipar lo que vamos a cantar (mediante una combinación de operaciones cognitivas de la memoria en el hipocampo, y de la predicción en los lóbulos frontales) y crear, a partir de ahí, un «plan de acción motriz», como lo denominan los neurocientíficos, es decir, un conjunto de instrucciones específicas que se envían a la corteza motora para cantar, tocar o moverse al mismo tiempo que los demás. Los pequeños errores que cometemos al tratar de sincronizarnos con el resto del grupo constituyen una prueba de la participación de los procesos predictivos en la tarea de la sincronización musical. Casi siempre entramos demasiado pronto, lo que indica que no esperamos a oír el próximo tiempo antes de interpretarlo, sino que nos anticipamos a él y preparamos una respuesta por adelantado. La coordinación de la actividad en estas tres regiones cerebrales (el hipocampo, la corteza motora y los centros predictivos de los lóbulos frontales) es posible porque la evolución dotó a los seres humanos de una corteza frontal más grande que las de otros homínidos.
La alternancia se produce cuando la pieza exige que unos miembros canten antes que otros (como en la canción infantil «Row Row Row Your Boat») o tiene una estructura de «llamada y respuesta» (como en la canción de campamento «Sippin’ Cider Through a Straw»). Esta estructura es típica de la música gospel americana, y procede de una antigua tradición africana considerada emblemática de la participación democrática en el hecho musical, sobre todo en las culturas subsaharianas. También se la encuentra en la música clásica de la India (la tradición del norte le da el nombre de jugalbandi o sawaal-javaab), de Sudamérica («coro-pregón») y de Europa («antifonía»). La alternancia requiere la capacidad de tomar perspectiva (el primero de los tres elementos del cerebro musical), y puede verse como una preparación o un precedente de otras actividades cooperativas más utilitarias. Los individuos que podían predecir la conducta de los demás y «leer su mente» tenían una ventaja competitiva dentro del grupo.11
Sin embargo, las razones de que estos fuertes sentimientos de vinculación social se originen precisamente con la música no están completamente claras. Dunbar (como otros autores después de él, incluido Dean Falk) ha defendido que era más efectivo establecer vínculos por medio de sonidos que por medio del contacto físico (el aseo mutuo al que ya nos hemos referido, o la actividad sexual en el caso de los bonobos). Recordemos que la evolución no inventa desde cero; las novedades que introduce no surgen de la nada, sino que proceden de estructuras ya existentes. Los primates no humanos hacían un amplio uso de voces y señales comunicativas: unos sonidos indicaban cierta clase de peligro, otros la presencia de comida, etcétera. Entonarlos de forma sincronizada era un claro signo de que los miembros del grupo se prestaban atención mutua y tenían un interés común. Los primates que lograban inducir sentimientos de felicidad y seguridad en el grupo tenían una ventaja sobre los demás: aquellos políticos en ciernes lograban que el grupo cooperase en mayor medida con ellos, al hacerlo sentir a gusto.
En un contexto más amplio, los individuos con habilidades sociales recibían mayores beneficios: sabían cuándo y cómo obtener ayuda, contra quién debían enfrentarse, en quién podían confiar y a quién debían evitar. Su inteligencia emocional les daba poder sobre el resto. Las sociedades contemporáneas ven en la música una forma de comunicación emocional, tal vez la mejor con la que contamos. Nada hace sospechar que su papel fuera diferente —aunque la música fuese muy distinta— hace miles de años. Los primeros seres humanos debieron de recurrir a la música para comunicar sus estados emocionales y para cumplir una serie de propósitos (políticos), como calmar, vigorizar, organizar e inspirar a sus semejantes.
Un aspecto importante de la cohesión de grupo creada por la música y el baile es que, conforme aumenta el tamaño de los grupos, se forman subgrupos de individuos que no se identifican con los intereses de la mayoría. Carecen del poder o de los recursos necesarios para independizarse, pero el grupo al que pertenecen no satisface sus necesidades. En los albores de la humanidad, esos subgrupos podían estar formados por ancianos suspicaces ante las alianzas establecidas entre los miembros jóvenes, de las que quedaban al margen, o por individuos que no simpatizaban con el líder y se sentían maltratados por él. Históricamente, la música ha sido una de las fuerzas con mayor capacidad para unir a los marginados, a los alienados.
Los fumadores de instituto de los que hemos hablado al comienzo del capítulo conforman uno de esos subgrupos. En los institutos de toda América hay estudiantes que se sienten marginados, escarnecidos o atormentados por sus compañeros más fuertes, más acomodados o más populares. Compartir intereses musicales puede ayudar a los primeros a forjar lazos de solidaridad, como ocurría con «Smokin’ in the Boy’s Room» en el caso de los fumadores. Los estudiantes homosexuales pueden escoger himnos homosexuales como «Walk on the Wild Side», de Lou Reed. La música forma un sentimiento de comunidad que puede unir a liberales («March of the Pigs», de Nine Inch Nails), a conservadores («Courtesy of the Red, White and Blue», de Toby Keith), a jóvenes («My Generation», de los Who), a gente corriente («Poetry and Prose», de Primus) o a trabajadores («Working on the Highway», de Springsteen). La filosofía del amor libre predicada a finales de los sesenta y principios de los setenta se celebró en canciones como «Love the One You’re With», de Stephen Still; los quienes rechazaban podían acogerse a «I Walk the Line», de Johnny Cash, y en la actualidad pueden quedar encandilados por Whitney Houston («Saving All My Love for You») o por Jill Scott («Celibacy Blues»). Cherish the Ladies es un grupo que se ha propuesto preservar la música tradicional irlandesa, sus gigas, aires y reels, y solidarizarse con los descendientes de irlandeses, sobre todo con los que están lejos del hogar; el hecho de que el grupo esté formado por mujeres lo convierte en un modelo para las jóvenes que quieren dedicarse a la música.
Gian-Carlo Rota, mi profesor de matemáticas en el MIT, impartía además un curso de posgrado sobre el existencialismo en los años setenta y ochenta, en el que nos daba chapas con el lema: «La decadencia hace amigos». Curioso mensaje: las personas que hacen juntas cosas antisociales o un tanto extravagantes comparten un vínculo. Lo mismo dice un clásico proto-punk, «Dirty Water», de los Standells: «Estaré en el río Charles», con «amantes, mocosos y ladrones»; buena gente, personas como nosotros. Muchas canciones heavy metal hablan de personas marginadas, desencantadas, y suelen llamar a la solidaridad, como si los aficionados a este tipo de música fueran unos inadaptados pero estuvieran unidos por su amor a ella. Canciones como «White Rabbit», de Jefferson Airplane, con su llamada a «nutrir la cabeza», inspiraron a toda una generación a tomar drogas, o a sentirse bien con ello; quienes las rechazaban podían encontrar apoyo en «Kicks», de Paul Revere & los Raiders, o en «Cold Turkey», de John Lennon.
La socióloga Tricia Rose ha destacado el papel de las raperas negras en la creación de vínculos entre las jóvenes de esa raza, al dar voz a un segmento de la sociedad cuyos problemas suelen quedar silenciados: las raperas «interpretan y expresan los miedos, los gustos y las esperanzas de las jóvenes negras, cuya voz ha quedado relegada a los márgenes del discurso público».12
Las canciones patrióticas —como el himno nacional kazako de Borat, que promete potasio de la mejor calidad— son una extensión natural del poder que tiene la música para crear un «nosotros»: nuestro país, nuestra región, nuestro grupo, nuestros intereses comunes, nuestro equipo de fútbol y hasta nuestro potasio. Aunque los líderes religiosos han empleado el poder de la música para forjar sentimientos de solidaridad y unidad entre sus seguidores, ese uso no debe confundirse con el que se hace en las ceremonias de apertura de las olimpiadas o de otros actos públicos. Los himnos deportivos y los himnos nacionales crean esencialmente vínculos sociales; los himnos religiosos pueden aspirar a crearlos, pero ese no es su propósito esencial.
Las canciones también resultan de utilidad para crear vínculos sociales en la esfera de la política. Como ya he dicho, en los albores de la humanidad la música se utilizaba para suavizar las tensiones en el seno del grupo —autopromoción política— y para dar unidad a los subgrupos, sobre todo a los marginales. Las canciones protesta apelan poderosamente a los vínculos sociales: «Get Up, Stand Up», de Bob Marley; «I Ain’t Marching Anymore», de Phil Ochs; «Let My People Go», de Moses Rabbeinu; o «We Shall Overcome», de Pete Seeger, tienen la capacidad de inspirar, motivar, unir, concentrar y mover a la acción.
Los músicos que han interpretado esta clase de canciones son innumerables, y si el rock tiene un tema recurrente, es la rebelión. El grupo Plastic People of the Universe (PPU) carecía en sus inicios de un programa político, pero mucha gente considera que promovió una revolución en Checoslovaquia.13 La banda se formó en 1968, el mismo año que los tanques soviéticos invadieron el país para acabar con la Primavera de Praga. El nuevo gobierno comunista suprimió la libertad de expresión y encarceló a muchos músicos. También prohibió muchos conciertos de los PPU, no por el contenido de las letras, sino porque sus miembros llevaban pelo largo y emulaban a bandas capitalistas como la Velvet Underground o Frank Zappa and the Mothers of Invention. (El nombre del grupo checoslovaco procedía del título de una canción de Zappa.) En 1970, el gobierno revocó su licencia musical, lo que les imposibilitó conseguir el equipamiento necesario o ninguna clase de contrato; para evitar que las autoridades los detuvieran, tenían que dar conciertos clandestinos.
«Éramos trabajadores —dice Ivan Bierhanzl, su bajista—. Para nosotros era muy importante limitarnos a tocar y a escuchar nuestra música, no ser unos héroes». En 1974 se hizo una redada en uno de sus conciertos; la policía la emprendió a golpes con los asistentes y algunos estudiantes fueron expulsados de la universidad. En 1976 se detuvo a veintiséis personas por asistir a un concierto. Encarcelaron al saxofonista y al letrista. Otros miembros recibieron palizas.
El surgimiento en el país de un movimiento de defensa de los derechos humanos culminó en la Revolución de Terciopelo, que en 1989 puso fin al comunismo. (Tom Stoppard escribió una obra sobre aquellos acontecimientos; se estrenó en 2007.)
Lo curioso del caso de la PPU es que era una banda apolítica, que nunca se consideró activista, disidente o revolucionaria. Su objetivo no era desafiar la política del gobierno; querían tocar su música, sencillamente. Sin embargo, la reacción de las autoridades comunistas acabó creando un grupo de seguidores que la apoyaban a muerte.
Lo más común, no obstante, ha sido que la canción protesta abordara en sus letras cuestiones como la esclavitud, los derechos humanos, la integración racial, la desigualdad económica, la injusticia del sistema judicial («Hurricane», la balada de Bob Dylan inspirada en el caso del boxeador Rubin Carter) y otros problemas sociales. Durante los últimos cuarenta años, un número especialmente elevado de canciones protesta estadounidenses han sido canciones contra la guerra, hasta el punto de que para mucha gente son dos cosas equivalentes. Para los que crecimos en los años cincuenta, sesenta y setenta, las disputas sobre la guerra crearon una fisura que parecía capaz de desgarrar al país. La certeza moral de que la paz era mejor que la guerra parecía innata en ciertas personas; las canciones protesta les dieron el coraje necesario para expresar sus convicciones, aunque eso las convirtiera en objeto de mofa.
A los siete años yo estaba ya en contra de la guerra. Comprendía que la Segunda Guerra Mundial era ineludible; mi abuelo había luchado en ella y, pese a lo terrible del conflicto, la razón era evidente. Un tirano quería aniquilar a todos los judíos; nosotros éramos judíos y algunos países acudieron en nuestra ayuda. Aquella guerra había tenido sentido. Pero en 1965 no se podía decir lo mismo de la guerra de Vietnam. En octubre, los Estados Unidos habían enviado casi dos mil marines a Vietnam. Las hojas empezaban a cambiar de color e hicimos un trabajo con ellas en clase de manualidades. Después del recreo, el maestro nos enseñó un reportaje sobre jóvenes soldados estadounidenses caídos en combate. Nada más llegar a casa, le dije a mi madre que había que llamar al Presidente y decirle que parase la guerra. «No podemos llamarlo —dijo mi madre—, debe de estar muy ocupado. Ya sabes, como cuando tu padre está ocupado en el trabajo y solo se le puede llamar para algo muy, muy, importante».
«Pero esto es importante —insistí—. ¡No hay ningún motivo para que continúe esa matanza! ¡Puede terminar hoy!».
Mi madre descolgó el teléfono, llamó a información y onsiguió el número. A continuación llamó a la Casa Blanca. Hablaba con firmeza y naturalidad, como si llamara a diario al Despacho Oval. «Mi hijo de siete años quiere hablar sobre la guerra con el Presidente». Derivaron la llamada a varios departamentos, hasta llegar al jefe de gabinete, W. Marvin Watson. Mi madre apretó el auricular contra su hombro. «Dice que no puede ponerse ahora, porque está reunido, pero que le transmitirá el mensaje si se lo dices». Me pasó el teléfono. El señor Watson se presentó, me preguntó mi nombre y dónde vivía, y qué era lo que sabía de la guerra.
«Pues que los vietnamitas del norte y del sur se están matando y hemos ido a ayudar, y ahora nos matan a nosotros. En el colegio nos han hablado de unos jóvenes que se enrolaron en el ejército y que han regresado a casa muertos. Por favor, dígale al Presidente que tiene que hablar con ellos. Tiene que decirles que dejen de matarse. Le harán caso».
El señor Watson suspiró. Recuerdo que oí el inquietante ruido de las conexiones a larga distancia de aquellos tiempos, los crujidos y chasquidos en la línea. Respiró hondo y me dijo: «Lo hemos intentado». Se le quebró la voz. «No nos hacen caso. No sabemos qué hacer».
«Dígales que todos somos hermanos —dije yo—. ¡Teneos que dejar de pelearnos!».
«Se lo diré al Presidente —dijo él—. Se lo diré con esas mismas palabras».
Aquella noche, después de irme a la cama, oí a mis padres discutir.
Mi padre y su hermano se libraron de combatir en Vietnam y Corea. A mi abuelo lo reclutaron para el cuerpo médico del ejército cuando tenía 39 años, y estuvo lejos de sus hijos durante cuatro años, en la Segunda Guerra Mundial. Pasó una parte de aquel tiempo en Okinawa, donde libró combates cuerpo a cuerpo. Como médico, en la guerra vio cuerpos destrozados más allá de lo imaginable. Cuando yo tenía siete años, me confesó que, cuando sus hijos tuvieron edad para ser reclutados, intervino —sin su conocimiento— para asegurarse de que sus colegas del Tribunal Médico Militar estaban al tanto de que padecían una serie de problemas médicos que podían haber pasado por alto, y los clasificaron como 4F, inútiles para el servicio militar. Mi padre quería servir a su país, e incluso había tratado de alistarse un año antes, pero mi abuelo se lo había impedido. Aunque nunca le oí quejarse o culparse por no haber ido a luchar, su principal afición, desde que lo conozco, ha sido leer libros y ver películas sobre la Segunda Guerra Mundial.
En los años sesenta, a todos los jóvenes que hubieran cumplido diecisiete años se les asignaba un número de reclutamiento, pero casi todos los alumnos universitarios conseguían una prórroga. Sin embargo, cuando cumplí once años, la guerra se había intensificado. Nixon acababa de llegar a la Casa Blanca y el ejército había empezado a reclutar a todo el que podía: universitarios, doctorandos, estudiantes de medicina, incluso hombres en la treintena. En los noticiarios de la noche veíamos enormes aviones que descargaban cientos de ataúdes cubiertos por banderas en un aeródromo de Texas. Algunos eran vecinos nuestros, los hermanos mayores de chicos de mi edad. Aquel mismo año teníamos que cazar mariposas y clavarlas en una cartulina para la clase de ciencias. Yo no fui capaz y mi madre tuvo que escribir una nota al profesor pidiendo que me asignaran otra tarea. Los noticiarios no dejaban de informar sobre Vietnam, y mi madre, al ver lo preocupado que estaba, me dijo un día mientras cenaba: «Si te reclutan, puedes declararte objetor de conciencia y decir que no quieres ir. Y si no lo aceptan, puedes marcharte a Canadá».
Mi padre dejó caer el tenedor. «¡De eso ni hablar! Si lo reclutan, irá a la guerra. Es su deber como ciudadano norteamericano, su obligación. ¡Ninguno de mis hijos será un desertor!».
Siempre había pensado que mi padre me protegía, que si me ocurría algo grave sería mi escudo. Mi madre replicó: «A esa guerra no irá». Pasaron toda la noche discutiendo, hasta mucho después de que nos enviaran a la cama a mi hermana y a mí. A diferencia de otras noches, en las que discutíamos y nos insultábamos, aquella noche hablamos en voz baja, para que no nos oyeran.
«¿Qué ha querido decir papá? ¿Por qué se ha enfadado tanto?», preguntó.
«Ya has visto en televisión que hay una guerra», susurré.
«Sí, entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur —dijo—.
Una guerra civil». Mi hermana tenía siete años.
«Papa ha dicho que a lo mejor tengo que ir allí».
«¡Nooo! —dijo ella—. ¡Te podrían matar! ¡Papá nunca diría una cosa así!».
Durante la guerra de Vietnam, parecía que todos los estadounidenses con poder o con autoridad estaban a favor de ella, y que los que más estaban en contra no podían hacer nada para detenerla. La situación era distinta a la de la guerra del Golfo o la guerra de Irak, en la que desde el principio hubo gente en Washington que se opuso y mostró su desacuerdo. Para un niño, y más siendo antibelicista como era el caso, la resistencia a Vietnam era como una lucha entre David y Goliat. Muchos nos oponíamos, millones, pero no éramos ricos ni ocupábamos posiciones de poder. Las apuestas parecían estar abrumadoramente en nuestra contra. Aquel año habían asesinado a dos de nuestros más importantes portavoces, Martin Luther King y Bobby Kennedy. Yo había visto el asesinato de Kennedy en directo por la televisión. Mi abuelo murió aquel mismo año. Habíamos tratado de hacernos con el control de la Convención Democrática de 1968, pero no lo logramos. Aquellos hombres, marginados, rebeldes en los límites de la sociedad, habían tratado de hacer oír el mensaje contra la guerra.
La música ayudaba a mantener unida a la resistencia. Cuando tenía nueve años, aprendí «Where Have All the Flowers Gone?» y «Blowin’ in the Wind» en un campamento de verano en las montañas de California. Un supervisor de veintidós años se había traído la guitarra y nos enseñó esas dos canciones protesta en torno a la hoguera. Las cantamos todas las noches durante tres semanas. Conforme la guerra se intensificaba, la radio emitía más canciones por el estilo: «War (What Is It Good For?)», «I Ain’t Marching Anymore», «Universal Soldier», «Eve of Destruction» y «Bring Them Home (If You Love Your Uncle Sam)». Entonces se publicó «Give Peace a Chance», escrita e interpretada por John Lennon sin el resto de los Beatles. No sonaba como una canción de los Beatles, pero aquella voz, tan familiar como los ritmos de guitarra acústica, hacía un llamamiento para poner fin a la guerra. La canción estaba lejos de ser la primera en su género, o incluso la más popular, pero la fuerza de la música y la simplicidad de su mensaje eran desbordantes. Mis amigos y yo nos aprendimos la letra de memoria, aunque era un poco complicada, y la cantábamos mientras nuestros padres nos llevaban en furgoneta a los entrenamientos de la Liga de Béisbol infantil, a los campamentos de los boy scouts y a la escuela dominical. Lennon estaba con nosotros: se había puesto al frente y contribuía a la empresa antibélica. Su carisma e inteligencia tal vez hicieran que la gente nos escuchase. ¡Aquella canción podía lograrlo!
Por todas partes veíamos a jóvenes manifestándose y cantando. La Universidad de Berkeley estaba al otro lado de la colina donde vivíamos, y el movimiento en pro de la libertad de expresión, las protestas, la liberación de las mujeres y la mejora en las relaciones interraciales estaban unidos en una gran causa: nosotros contra ellos.14 Las canciones aportaban sabiduría, ánimos y motivación. Las memorizabas para recordar que el movimiento no existía solo en tu cabeza o en la de un pequeño grupo de conocidos. Simplemente para saber que había gente como tú por todo el país, cientos de miles o millones de manifestantes, cantando las mismas canciones, coreando los mismos eslóganes, era maravilloso. La música infundía un sentido de solidaridad extroardinario.
Entonces llegó la matanza de la Universidad Estatal de Kent, en la que fueron asesinados cuatro manifestantes. En el instituto no se hablaba de otra cosa. Contábamos la historia una y otra vez, sin poder darle crédito. La Guardia Nacional, la institución encargada de proteger a los ciudadanos estadounidenses en caso de emergencia nacional, había matado a tiros a cuatro activistas como nosotros. La semana anterior habíamos celebrado nuestra propia manifestación en el campo de fútbol del colegio, y nos habíamos negado a asistir a clase. Habíamos guardado silencio durante una hora, como cientos de miles de estudiantes de todo el país, en el momento y el lugar indicados. También nosotros habríamos podido ser blanco de los disparos.
Yo estaba obsesionado con los Siete de Chicago. Los consideraba ejemplos a seguir, sobre todo después de que Graham Nash escribiera «Chicago», una canción sobre ellos.
Todos conocíamos la música de Crosby, Stills & Nash. Stills (con los Buffalo Springfield, su banda, en la que también tocaba Neil Young) había cantado unos años antes «For What It’s Worth», una canción contra la guerra:
There’s battle lines being drawn
Nobody’s right if everybody’s wrong
Young people speaking their minds
Getting so much resistance from behind
We gotta stop hey what’s that sound
Everybody look what’s going down*
En su reseña de un documental sobre los años sesenta (emitido en 2007), Neil Genzlinger, crítico del New York Times, escribió lo siguiente: «Aquella asombrosa canción condensó tan perfectamente la agitación de aquella década que un documentalista no puede recurrir a ella sin declarar inconscientemente: “No tengo nada que decir que Stephen Hills no dijera mejor en 2 minutos 41 segundos”. Las dos notas con que comienza, reconocibles al instante, suenan como un despertador».
Nada más producirse los asesinatos de la Universidad Estatal de Kent, Crosby, Stills y Nash entraron en el estudio de grabación con Neil Young. «Teach Your Children» iba subiendo puestos en las listas de ventas y estaba a punto de alcanzar el número uno. Neil acababa de escribir «Ohio» como respuesta al tiroteo de los cuatro estudiantes. «Graham sugirió que publicáramos la canción cuanto antes —recordaría Neil Young—. La decisión era suya, porque era una canción suya la que iba subiendo en las listas, y sabíamos que no era muy probable que tuviéramos dos éxitos al mismo tiempo. Pero a él le parecía importante que se lanzara la canción, así que sacrificó “Teach Your Children” por “Ohio”. Aquello fue todo un gesto». Nash añadiría: «Yo había dejado mi grupo, los Hollies, por desacuerdos sobre la canción que debíamos lanzar. No iba a hacerle a Neil lo que me habían hecho a mí». «Ohio» se convirtió en uno de los himnos más conmovedores contra la guerra; al final de la grabación se oye llorar a David Crosby. Muchas personas que crecieron en los cincuenta, los sesenta y los setenta consideraban que los líderes —políticos o musicales— del movimiento contra la guerra eran héroes: habían tenido el valor de alinearse con la minoría y decir lo que pensaban.
Mis amigos y yo nos pasábamos las horas muertas leyendo todo lo que podíamos sobre los asesinatos, sobre James Earl Ray y Sirhan Sirhan, sobre la Universidad Estatal de Kent. Me di cuenta de que las discusiones sobre la guerra estaban dividiendo mi propia casa, separando a mis padres, que parecían sincronizados en todo. Aquello, junto a la muerte de mi abuelo, que me lo había enseñado todo y había despertado mi interés por la ciencia, me estaba destrozando. Sin embargo, a los once años era incapaz de llorar por el abuelo Joe, por el reverendo King o por el senador Kennedy, por los sesenta mil jóvenes americanos caídos en combate o por los trescientos mil heridos, ni por Allison Krause, Jeffrey Miller, Sandra Scheuer y William Schroeder, aquellos cuatro estudiantes de Ohio. Quería llorar por ellos, por todos nosotros. Pero no estaba preparado.
Al final, la guerra se volvió políticamente insostenible. Era evidente que los Estados Unidos no podían conseguir ninguno de sus objetivos. Es difícil saber hasta qué punto aquello se debía a la música, a la banda sonora que acompañaba a las protestas contra la guerra, pero aquellas canciones estaban presentes en casi todas las marchas y manifestaciones, eran la música de fondo de casi todas las reuniones. Como mínimo, está claro que la gente pensaba en aquel momento que la música ayudaba. Pero ¿cómo pueden las canciones introducir esos cambios?
«El poder de las canciones reside en su forma y su estructura —explica Pete Seeger—. La buena música puede saltar las barreras del lenguaje, la religión y la política, tocar la fibra sensible de ciertas personas, abrir su corazón a ideas que tal vez no habrían sopesado si les hubieran llegado por otro medio».15
«Por supuesto, tengo fe en las canciones —ha dicho Sting—, pero imaginar que una canción podría cambiar algo de la noche a la mañana resulta muy difícil. Lo que sí puedes hacer es plantar una semilla en la mentalidad de otra persona, como otros las plantaron en la mía y me convirtieron en el animal político que soy. Al cantar, puedes plantar la semilla de una idea en un joven, y con el paso del tiempo ese joven puede interesarse en la política u ocupar una posición de poder, y la semilla puede dar su fruto. Seeger ha plantado unas cuantas semillas que tal vez hayan dado su fruto cuarenta o cincuenta años después, en otra generación».
Bruce Cockburn escribió «If I Had a Rocket Launcher», una canción contra la guerra, después de visitar los campos de refugiados de Guatemala, a principios de los años ochenta.16 «Además de comunicar mis experiencias —explica Cockburn—, que es el punto de partida de todas las canciones, si hemos de encontrar una solución que acabe con esta pasión de destrozar a los demás, tenemos que empezar por esa rabia que no conoce límites, una rabia salvaje que no ve ningún problema en pegar un tiro a otra persona [...] La idea era llegar a una clase de público al margen de los políticos, llevándonos allí para que observáramos y emplear nuestra relativa visibilidad para instruir al público canadiense en lo que habíamos visto y recaudar dinero para los proyectos de OXFAM en la región».
Here comes the helicopter—second time today
Everybody scatters and hopes it goes away
How many kids they’ve murdered only God can say
If I had a rocket launcher... I’d make somebody pay
I don’t believe in guarded borders and I dont’t believe in hate
I don’t believe in generals or their stinging torture states
And when I talk with the survivors of things too sickening to relate
If I had a rocket launcher... I would retaliate
On the Rio Lacantun, one hundred thousand wait
To fall down from starvation or some less humane fate
Cry for Guatemala, with a corpse in every gate
If I had a rocket launcher... I would not hesitate
I want to raise every voice—at least I’ve got to try
Every time I think about it water rises to my eyes.
Situation desperate, echoes of the victims cry
If I had a rocket launcher... Some son of a bitch would die*
Willie Nelson, autor de 2.500 canciones, incluida «Crazy», un clásico que Patsy Cline hizo famoso, escribió «Whatever Happened to Peace on Earth?» para protestar contra la guerra de Irak en la Navidad de 2003. «Espero que cause controversia —declaró—. Si escribes algo así y nadie dice nada, lo más probable es que no hayas dado en el blanco».
There’s so many things going on in the world, babyes dying, mothers crying
How much oil is one human life worth
And whatever happened to peace on earth**
La canción protesta de los años sesenta y setenta solía ir acompañada de marihuana, cocaína, LSD, mezcalina, peyote, opio y heroína, además de anfetaminas y barbitúricos. Para la generación de mis padres, todas esas sustancias eran drogas; no distinguían entre sus efectos, sumamente distintos. Como en la actualidad, había drogadictos que vivían al margen de la sociedad y gente que utilizaba las drogas fundamentalmente para huir de sus problemas o eludir sus responsabilidades, o simplemente para pasar un buen rato; sin embargo, también había mucha gente que las utilizaba como una forma de explorarse, de adentrarse en sus procesos mentales o de despertar sentimientos religiosos en una época en la que la religión organizada sufría un declive acelerado. Sus genuinas necesidades espirituales y su deseo de dar sentido al caos político y social que los rodeaba, sumados a la sensación de que las instituciones religiosas tradicionales no tenían nada importante que enseñarles, les hicieron recurrir al yoga, al budismo, a Ayn Rand, Dylan, Baez, Lennon y McCartney, los Jefferson Airplane y, a veces, a las drogas. No he conocido a nadie que tomara anfetaminas o heroína en busca de la iluminación; en realidad, eran sustancias que formaban parte del ambiente. Muchas figuras insignes, como Aldous Huxley, Timothy Leary, Ken Kesey, Ram Dass y John Lennon, habían consumido drogas y hablaban de la capacidad de estas para clarificar las cosas, para expandir el pensamiento, para revelar misterios sobre el mundo y sobre la propia mente.
La combinación de música y drogas demostró tener una potencia que la investigación científica no ha explicado aún. Cada droga actúa de manera distinta en el cerebro y, por tanto, tiene efectos particulares en la experiencia musical. Algunas, como la cocaína y el speed, no alteran sustancialmente la conciencia o la percepción de la música. Sin embargo, las alucinaciones cambian las frecuencias de activación neuronal, lo que puede facilitar las asociaciones y los recuerdos, y avivar la imaginación. Por ejemplo, con LSD o peyote, las alucinaciones pueden alternar con la percepción real, agudizada por conexiones con ideas nuevas, imaginativas, perspicaces y poéticas. Tras una experiencia inducida por las drogas, muchas personas afirman que se comprenden mejor a sí mismas, que comprenden mejor cómo se relacionan consigo mismas y con los demás, y que sienten un vínculo más potente con la naturaleza. Un día, Paul Kantner me explicó que cuando los Jefferson Airplane decían que todo el mundo tendría que tomar LSD y contemplar la naturaleza, «nos imaginábamos a gente como nosotros, sentada en un hermoso parque (como el Parque Golden Gate de San Francisco), rodeada de espíritus libres y afines, en una atmósfera de amor y buena voluntad. No nos paramos a pensar en que la gente fuese a consumir ácido en barrios degradados, rodeados de suciedad, delincuencia y miseria. En un ambiente como ese, las drogas tienen un efecto muy distinto».
Sea cual sea el efecto que tenga cada droga en el cerebro, lo cierto es que siempre se dan interacciones con el entorno, y, además, existen diferencias en el equilibrio neuroquímico de cada persona. Los cerebros presentan múltiples diferencias en su arquitectura (es decir, en el tamaño físico y la organización de sus estructuras esenciales), en las vías disponibles y los niveles de las distintas sustancias químicas que permiten a las neuronas comunicarse entre sí y albergar pensamientos, sentimientos, esperanzas, deseos y creencias. Como neurocientífico familiarizado con más de un centenar de personas que han probado el LSD, he llegado a la conclusión de que esta droga es la más dependiente de factores inobservables en la constitución mental de cada individuo. Hay personas que han experimentado cientos de viajes con ácido sin sufrir consecuencias negativas, mientras que otras no han vuelto a ser las mismas después de tres o cuatro tomas. Muchas de ellas se han instalado en la costa de California, y me las he encontrado en ciudades como Santa Cruz y Santa Bárbara, incapaces de mantenerse mentalmente a flote.
La combinación de música y marihuana suele producir sentimientos de euforia y conexión con las canciones y los intérpretes. El Δ9-THC, su principio activo, estimula los centros de placer del cerebro y altera la memoria a corto plazo. Esta alteración hace que los oyentes se concentren en cada momento de la música a medida que acontece; incapaces de retener lo que acaban de oír o de pensar en lo que vendrá, escuchan la música nota a nota. Como he subrayado en mi libro Tu cerebro y la música, a nivel subconsciente se siguen dando los procesos habituales de formación de expectativas, pero en el plano consciente la música crea lo que mucha gente describe como una detención del tiempo. Sumergidos completamente en el momento, cada nota concentra toda su atención.
Los alucinógenos propiamente dichos, como el LSD, la psilocibina, el peyote y la mezcalina, tienen efectos diferenciados, pero a la sensación de tiempo detenido pueden añadir una especie de experiencia sinestésica o fusional: los datos procedentes de los distintos receptores sensoriales parecen fundirse, y los sonidos pueden evocar sabores, los olores pueden evocar sensaciones táctiles, etcétera. Por razones que no están del todo claras, pero que tienen que ver con la acción del sistema seratonérgico del cerebro, estas drogas pueden generar también sentimientos de unidad con los intérpretes y con las cosas que nos rodean. (La serotonina es un neurotransmisor implicado en la regulación del sueño y los estados de ánimo; es el sistema químico sobre el que actúa el Prozac.) La máxima expresión de esos sentimientos se da cuando los músicos toman alucinógenos, viajan juntos, tocan juntos y experimentan juntos el éxtasis. Durante siglos, compartir esa experiencia espiritual y neuroquímica ha sido uno de los fundamentos sagrados de los ritos de los nativos americanos (tanto del norte como del sur del continente). En nuestra época, los Grateful Dead tuvieron acceso a ella y establecieron una poderosa conexión con los oyentes que, como ellos mismos, tomaban LSD en sus conciertos. El resultado era una experiencia intensamente sincronizada entre los artistas y el público, que se ha descrito con metáforas eléctricas: «Es como si estuviera conectado con ellos»; «Estamos en la misma onda»; «El solo de Jerry ha sido como una descarga eléctrica». Grupos volcados en la improvisación en directo como Phish y la Dave Matthews Band han preservado esta tradición en las últimas décadas.
Por extendido que pareciera el uso de las drogas en los sesenta y los setenta, en realidad formaba parte del movimiento contracultural, practicado por una minoría que formaba parte de la vanguardia (según los defensores de las drogas) o que vivía en los márgenes de la sociedad (según sus detractores). Así pues, cuando mi amigo Oliver Sacks me habló durante mi última visita a Nueva York de algunas de sus aventuras con las drogas en la región del cañón de Topanga, en Los Ángeles, allá por los años sesenta, me quedé sorprendido. Como neurólogo, Oliver sentía especial curiosidad por la acción de las drogas en el sistema nervioso, y quería comprobar por sí mismo a qué se parecía la experiencia. «Una vez tuve un sueño sinestésico con patatas Pringle musicales. En el sueño comía de un tubo de Pringles, y cuando crujían en mi boca sonaba una sinfonía o un concierto en el que cada patata interpretaba algunos compases. Tuve aquel sueño sin haber tomado drogas (aunque tal vez estuviera influido por mis experiencias con ellas). Cuando las tomaba, no solía oír música. Me sentaba al aire libre y observaba el paisaje, o cogía una motocicleta y me daba un paseo. Cuando escuchaba música, sentía muchísimo placer, pero la estructura se me escapaba».
Oliver se acordaba de un día en que estaba en casa de un amigo, solo: «Había tomado mezcalina y probablemente algo de cannabis. Mientras esperaba a que me hiciera efecto, puse el tocadiscos, que estaba en la sala de estar. Estaba disfrutando enormemente de la música cuando empecé a notar los primeros efectos de las drogas, un sabor ligeramente amargo en la boca». Oliver habla con acento británico, y su voz tiene el tono cantarín de los grandes narradores de historias. «De repente, la música venía de todas partes, no solo de los altavoces, y ahogó todos mis pensamientos. Me fundí con una cadena musical de cuatrocientos años de antigüedad que se remontaba a Monteverdi. Vi los colores más maravillosos y el pensamiento se liberó de sus formas habituales. Vi colores que nunca había visto y sentí una intensa sensación de paz. El mundo me parecía más viejo y más organizado de lo que nunca había pensado, y aunque soy ateo confeso, tuve la intensa sensación de estar ante una presencia benevolente, a la que podríamos llamar “el dios de Einstein”».
Al poco de contarme aquella historia, Oliver vino a Montreal, donde vivo, para hablar ante ochocientas personas, en un auditorio lleno a rebosar de la Universidad McGill. Habló de tres de los veintinueve capítulos que componen su libro Musicofilia, historias de personas cuyos trastornos cerebrales habían afectado a su relación con la música. A la mañana siguiente me reuní con él y con su ayudante y editora Kate Edgar en su hotel, para tomar un gran desayuno de bufé. Los bufés con Oliver son toda una experiencia. Lleva porciones pequeñas a la mesa, se las come y se levanta a la velocidad del rayo, con porte de cazador —ojos entrecerrados, espalda encorvada—, en busca de algún tesoro oculto. Sus esfuerzos suelen tener recompensa: aquel día regresó con bizcocho de nueces y plátano, trozos de arenque y un muesli que ni Kate ni yo habíamos visto por ninguna parte.
Estábamos hablando de alucinaciones musicales cuando Oliver se levantó de un salto. Al cabo de unos minutos volvió a la mesa con una fruta en forma de estrella llamada carambola. Oliver nunca da nada por descontado; encuentra placer en una enorme cantidad de pequeños momentos del día. Con precisión de neurocirujano cortó la carambola exactamente por la mitad y estudió cuidadosa y admirativamente el diseño estelado de su interior. Después se la comió, con corazón y todo, mientras yo le hablaba de mis alucinaciones musicales, que suelen aparecer cuando estoy a punto de dormirme («alucinaciones hipnagógicas», en lenguaje técnico). Oliver, el rebelde consumidor de drogas, estaba particularmente interesado en un artículo de opinión que yo había publicado no hacía mucho en el New York Times, donde explicaba las conexiones neurogenéticas y neuroanatómicas entre la música y el movimiento. El artículo acababa con un irónico llamamiento para que el Lincoln Center quitara las butacas y la gente pudiera hacer aquello para lo que la evolución la ha programado: bailar al ritmo de la música. Mientras hablábamos sobre aquel artículo, Oliver se balanceó en la silla. «¿Estás oyendo ahora mismo música en tu cabeza?» le pregunté. «¡Casi siempre estoy oyendo música en mi cabeza!», respondió.
El desayuno transcurría en el restaurante del hotel en el que estaban alojados, el Fairmont Queen Elizabeth. En tono divertido, Oliver mencionó que le habían asignado la suite John Lennon, aunque ignoraba por qué tenía aquel nombre. El motivo era que John se había alojado allí en 1969, como parte de una protesta bien publicitada contra la guerra. Recuerdo haber visto la información sobre aquella estancia emitida por la televisión desde mi casa en California. Aunque yo llevaba ya ocho años viviendo en Montreal, no sabía que el hotel había conservado intacta la habitación, ni mucho menos que llevaba el nombre del músico. Cuando acabamos de desayunar, Oliver, sabiendo que yo era un fan de Lennon, me preguntó si quería verla, así que subimos a la habitación 1742. En cuanto salimos del ascensor, me quedé de piedra. Reconocí el pasillo: era el mismo que había visto en The Huntley- Brinkley Report, el noticiario nocturno de la NBC.
Kate y yo, que somos más o menos de la misma edad, no dejábamos de interrumpirnos mientras le explicábamos a Oliver por qué la habitación se llamaba «Suite John Lennon /Yoko Ono». La última semana de mayo de 1969, Lennon y su mujer habían organizado un acto de protesta contra la guerra de Vietnam. Lennon sabía que su fama movía a los reporteros a seguir todos sus pasos, y quería aprovechar la circunstancia para contribuir desinteresadamente a una causa. A él y a Yoko se les ocurrió la idea de organizar una «camada», el equivalente a una «sentada» en su luna de miel. Se quedarían en la cama durante una semana, hablando con los periodistas sobre la guerra y la paz y aprovechando la oportunidad para exponer sus opiniones. Muchos reporteros se burlaron de ellos; otros se quedaron decepcionados, pues esperaban que hicieran el amor ante las cámaras. La pareja soportó su terrible impaciencia y abrió sus puertas al incesante flujo de periodistas, en general poco interesados en ofrecer una información rigurosa.
Oliver abrió la puerta y nos invitó a pasar. Mi visión de la habitación estaba como desdoblada: la realidad se mezclaba con las imágenes de los noticiarios de la época —HuntleyBrinkley, Cronkite, Peter Jennings—, que competían por suplantarla. El 1 de junio de 1969, Lennon escribió y grabó «Give Peace a Chance» en aquella habitación, con Timothy Leary, Tommy Smothers y otros en los coros. La habitación no ha cambiado ni un ápice, salvo el colchón. De las paredes cuelgan fotos de John y Yoko en el cuarto. Una de ellas, situada al lado de la cama, es en color, y permite apreciar el pelo caoba de John, sus pobladas cejas y un pequeño lunar entre los ojos —uno de los tres que Yoko afirma que tenía, rara vez captados en fotografía— que parece como el tercer ojo de un buda. Sujeta contra el pecho su guitarra Gibson J-160 —nunca he visto una foto de John «agarrando» una guitarra: siempre las acuna, como si fueran un recién nacido— en la que había dibujado unas caricaturas de Yoko y de sí mismo. La foto en color está flanqueada por dos en blanco y negro de la pareja en la cama, hablando con los reporteros; en una de ellas, se ve en primer plano a Timothy Leary; en la otra, a Tommy Smothers.
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