Kitabı oku: «Misioneros en Sudamérica»
Misioneros en Sudamérica
Pioneros del adventismo en Latinoamérica
Daniel Oscar Plenc

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Prólogo
Introducción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Bibliografía
Misioneros en Sudamérica
Pioneros del adventismo en Latinoamérica
Daniel Oscar Plenc
Dirección: Pablo D. Ostuni
Diseño del interior: Rosana Blasco, Leandro Blasco
Diseño de la tapa: Leandro Blasco
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e-book
MMXXI
Es propiedad. © 2008, 2013 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-437-8
| Plenc, Daniel OscarMisioneros en Sudamérica : Pioneros del adventismo en Latinoamérica / Daniel Oscar Plenc / Dirigido por Pablo D. Ostuni . - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBarchivo digital: onlineISBN 978-987-798-437-81. Misiones Cristianas. 2. Iglesia Adventista. I. Ostuni, Pablo D., dir. II. Título.CDD 266.67 |
Publicado el 01 de junio de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
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Prólogo
Existen monumentos de toda clase. En Egipto están las famosas pirámides, luchando por emerger de las arenas que amenazan con sepultarlas. Con sus cúspides pétreas, compiten entre ellas en un vano esfuerzo por perforar el cielo siempre límpido o quebrar la achatada monotonía del desierto. La Gran Muralla del Oriente, colosal monumento milenario y epítome de la absoluta inutilidad de toda protección basada en estrategias meramente humanas, serpentea por las planicies de la China. Otros monumentos, mucho más reducidos en imponencia, abundan por doquier, hasta llegar a considerar las minúsculas imágenes estampadas sobre los sellos postales.
El propósito de todos ellos es uno y el mismo, luchar contra el más poderoso destructor: el paso del tiempo. Ni el poder, ni la fama, ni las riquezas –todos atractivos juguetes que entretienen y absorben a los humanos– logran resistir exitosamente la penosa e implacable erosión del olvido. Hasta formidables monumentos de metal y piedra terminan convertidos en informes montones de escombros, con sus mensajes evaporados en la nada.
Pero hay un monumento, mucho más endeble, que logra vencer con un grado superlativo de permanencia, la niebla opacante y siempre destructora del olvido: la página impresa. Los monumentos materiales nos dicen muy poco; aun los millones y millones de lápidas en los cementerios expresan datos de poca trascendencia respecto de quienes pretenden rememorar. Y cuando el tiempo también lleva a la tierra del olvido a familiares y amigos de los fallecidos, esas mismas lápidas terminan enmudeciendo los nostálgicos mensajes de remembranza grabados sobre ellas.
Con la página impresa, especialmente la del registro histórico, la memoria adquiere permanencia. Sin ella –en palabras del Predicador– “su memoria es puesta en olvido y no tienen más parte en todo lo que se hace bajo el sol” (Eclesiastés 9:5 y 6). Esta es la gran tarea de la Historia: rescatar del olvido, resucitar ese episodio y esa vida, y extender su influencia a través de un registro objetivo y desapasionado de los aciertos y los desaciertos, de los triunfos y los fracasos, de los pasos firmes y los tropiezos de la persona que nos precedió. Es por todo ello que, bien se ha dicho: “la historia es la maestra de la vida”.
En esta magnífica obra, el Dr. Daniel Oscar Plenc, se nos revela como cuidadoso restaurateur, quien valientemente cruza el río Leteo –el río más allá del cual se extiende la “tierra del olvido” según la mitología griega– rescata cautivos de esa tierra, y les da nueva vida contándonos sus biografías ejemplares. Ellos quisieron escalar esas cumbres de heroísmo y sacrificio para darnos lo que gozamos hoy.
Los personajes escogidos y rescatados por el Dr. Plenc, en solemne e inspiradora procesión, desfilan uno a uno en las páginas de este libro, no como militares llenos de gloria, fogueados en numerosos combates, ni como científicos de nota, con logros que nos encandilan, ni como respetados empresarios que supieron amasar cuantiosas fortunas. No, no fueron hombres admirados por proezas castrenses, intelectuales o financieras quienes escogió el autor de este desfile. Son personas que, sin ser militares, debieron librar severos combates como guerreros del Señor; sin ser científicos, fueron verdaderos campeones en el avance de la Ciencia de todas las ciencias -la ciencia de la salvación-; y sin ser empresarios, fueron fieles mayordomos en la administración de los magros recursos que les fueron confiados para llevar adelante una empresa humanamente imposible.
El desfile lo es también de hitos, de episodios (muchos de ellos serios y solemnes, pero también otros de carácter risueño, que matizan con pinceladas de humor las viñetas biográficas recuperadas en este precioso trabajo), de lugares, de fechas y de vibrantes testimonios de fe.
A través de los 14 capítulos de esta obra llegaremos a conocer a varios de aquellos que ya no están con nosotros y, sin embargo, murieron “en el Señor”. Por ello, “sus obras”, por bendición del mismo Señor, perduraron, se desarrollaron y llegaron a nosotros. Así, rescatados del tiempo y de la distancia, con una abundante documentación que lo respalda, Plenc nos brinda la emotiva oportunidad de conversar con alguien que regresó a Sudamérica –Jorge Riffel–, otro que no quiso que se hablara de nada sino solamente de la verdad –Reinhardt Hetze– y otro más, cuya presencia despertaba santo asombro –Francisco H. Westphal.
El desfile continúa con el médico abnegado y resuelto –Roberto H. Habenicht–, el joven que únicamente con su Biblia en la mano, inspiró la apertura de un colegio –Luis F. Ernst–, aquel para quien vida y misión eran sinónimos –Thomas S. Davis–, el apasionado por las publicaciones y la misión –Eduardo W. Thomann–, el predicador que no temía ni la altura ni los peligros –Fernando A. Stahl–, quien no conoció vacilaciones ni retrocedió ante obstáculo alguno en el cumplimiento de la misión –Pedro Kalbermatter–, el fogoso vocero del evangelio –Walter Schubert–, y aquel para quien los problemas eran tan solo un peldaño más en la escalera hacia el éxito –Pedro M. Brouchy. Además, muchos otros valientes del Señor aparecen mencionados aquí y allá en esta obra, para que recordemos sus aportes en el establecimiento de la misión en estas latitudes.
Humberto R. Treiyer
Doctor en Teología
Libertador San Martín, Entre Ríos, Rep. Argentina
Septiembre de 2007
Introducción
Una docena de nombres fundacionales del adventismo sudamericano encabezan los segmentos de este libro. Otra cantidad indefinida de ellos aparecen salpicados en sus páginas. Fueron elegidos por su accionar decisivo en los días del establecimiento de la obra. Compartieron la esperanza del advenimiento en cada uno de los países hispanos de la División Sudamericana y desarrollaron las distintas áreas del ministerio redentor de la denominación.
Este libro también es un recuerdo. Evoca un puñado de hombres y mujeres que mostraron los atributos que las circunstancias requerían. No se trata de una mirada nostálgica al pasado, sino de un espacio para la reflexión en torno de las cualidades que siguen siendo necesarias para la consumación de la tarea por ellos comenzada.
Las narraciones no están destinadas a la exaltación humana o al enaltecimiento de sus logros. Sus protagonistas no estuvieron libres de defectos ni exentos de errores personales y estratégicos. Pero como la misma Escritura lo ilustra en la abundancia de sus relatos, estas historias necesitan ser contadas, por las lecciones que encierran y por los desafíos que plantean. Más que un tributo hacia quienes se nombra, las páginas que siguen están destinadas a la valoración de las providencias de Dios y de los recursos infinitos de la gracia en la capacitación de los agentes que se colocan en sus manos.
Las pretensiones del trabajo son escasas. No reclama originalidad absoluta, ni rigor científico. No está libre de inexactitudes, parcialidades o subjetividades. Pretende ilustrar, motivar, despertar inquietudes, incluso conmover e invitar a una experiencia de fe más rica, más abnegada y dispuesta a colocarse en el camino del servicio.
La proclamación de la esperanza del advenimiento que eclosionó en América del Norte por 1844, llegó a Sudamérica cinco décadas después. El Cielo se valió de los hombres y las mujeres mencionados en este libro, así como de tantos otros a los que es imposible aludir. La observación de ese escenario donde se desarrollaron los hechos, es siempre ocasión para el asombro, la gratitud y el compromiso.
Las personas que protagonizaron estas historias ya no existen. Pero existen los frutos perdurables de su obra. Existe también la necesidad de completar la tarea iniciada y de cumplir a cabalidad con el cometido sagrado de predicar el Evangelio, para salvación de los hombres y para la gloria de Dios.
Si esta obra merece ser dedicada, que lo sea a los siervos anónimos de Dios que llevan adelante la misión y cuyas obras de amor están registradas en los libros del cielo.
Daniel Oscar Plenc
Libertador San Martín, Entre Ríos
República Argentina
Agosto de 2007
Capítulo 1

Jorge H. Riffel
Volver a Sudamérica
El encuentro de Jorge H. Riffel y su familia con Reinhardt Hetze en el pequeño puerto de Diamante, provincia de Entre Ríos, Argentina, marcó el inicio de la proclamación del mensaje adventista en el cono sur de América. Las palabras fervientes del primer misionero de sostén propio cayeron en los oídos atentos de su primer converso. Mientras el carro ruso del anfitrión transportaba trabajosamente a los viajeros ese viernes de principios de 1890, se impartieron lecciones bíblicas destinadas a perdurar y a extenderse a los rincones más apartados del continente.
Los comienzos del mensaje
Jorge H. Riffel llegó al vasto extremo austral de América decidido a compartir la esperanza del regreso de Cristo. Era el momento oportuno para traer la luz del cielo al “continente descuidado”.1 Francisco H. Westphal, primer pastor adventista en trabajar en esas tierras, consideró a Riffel y a Hetze como auténticos apóstoles del adventismo en Sudamérica.2
Sobre los inicios de la obra adventista en la región del Río de la Plata, escribió José W. Westphal: “De tres maneras diferentes, independientes unas de otras, y casi al mismo tiempo, la verdad llegó a la Argentina e inició su obra entre personas de tres nacionalidades diferentes”.3 Es probable que los primeros en abrazar el adventismo del séptimo día en Sudamérica fueran Pedro Peverini y su familia, colonos italianos radicados en Las Garzas, cerca de la ciudad de Reconquista, en la provincia de Santa Fe. Pedro era católico y su esposa valdense cuando aceptaron las doctrinas por la lectura de periódicos en francés publicados en Suiza. Por 1885 tomaron importantes decisiones espirituales sin haber conocido nunca a un miembro de la iglesia. Colonos suizo-franceses también se conectaron con la iglesia por medio de revistas publicadas en Europa. La familia Dupertuis, de Felicia y la familia Pidoux, de la colonia de Grütly, en la provincia de Santa Fe, formaron otro núcleo de creyentes.4 El tercer grupo, encabezado por Jorge H. Riffel, era de ascendencia ruso-alemana y se radicó en Crespo, en la provincia de Entre Ríos.
El final de un largo viaje
Los Riffel provenían originalmente del cantón de Valais, en el valle del Alto Ródano, en el suroeste de Suiza. Por causa de su fe protestante, muchos se vieron obligados a escapar al norte de Suiza, para trasladarse luego al sur de Alemania, donde se dedicaron a la agricultura. La economía devastada por las guerras hizo que la invitación de Catalina la Grande, volviera tentadora la opción de mudarse a las márgenes del río Volga en Rusia.5 Como otros miles de inmigrantes, los Riffel se trasladaron al imperio de los zares en la segunda mitad del siglo XVIII.6
Las perspectivas parecían halagüeñas, pero la nueva patria fue dura con ellos. Los inviernos eran largos e intensos y las inundaciones frecuentes. Con el desarrollo de la región, vino la escasez de tierras y el empeoramiento de las condiciones de vida. Los jóvenes fueron obligados a realizar el servicio militar, a veces por años. Entonces decidieron que era tiempo de ponerse en camino, esta vez hacia el Nuevo Mundo. A fines de 1876, Jorge Riffel, su esposa María L. Ziegler y su hijo David, salieron en tren hasta Bremen y luego por barco hacia Sudamérica.7 Muchos otros familiares y amigos hicieron lo mismo, dirigiéndose tanto al norte como al sur del continente.8 Federico, hermano de Jorge, su esposa Cristina y cuatro niños se dirigieron a los Estados Unidos. El destino de Jorge y los suyos por algunos años fue Río Grande do Sul, en Brasil. De nuevo las condiciones para sembrar trigo en esas tierras tropicales no fueron favorables y, como otros lo habían hecho antes, se dirigieron a Entre Ríos, en la República Argentina.9
Las tierras eran buenas y el contacto con parientes y conocidos de la comunidad alemana los hizo sentirse cómodos. Pero las cosechas solían ser magras por falta de lluvias y otras veces las langostas las devoraban completamente. En todo ese tiempo de trabajos y luchas los Riffel mantuvieron contacto epistolar con sus familiares que habían emigrado de Rusia a los Estados Unidos. Hay evidencias de que algunos de ellos habían conocido las doctrinas adventistas y las habían estado compartiendo con sus parientes de Sudamérica. Fue en esas circunstancias cuando Federico Riffel los invitó a unirse a ellos en la próspera región norteamericana de Kansas. Jorge, María y David vendieron sus cosas, se despidieron de los suyos y por 1885 se establecieron en Tampa.
Poco imaginaban entonces que además de prosperidad material hallarían una nueva y emocionante experiencia espiritual. El anuncio de unas reuniones de evangelización en alemán ofrecidas por el pastor Louis R. Conradi, de Michigan, cautivó su atención.10 Muchos colonos aceptaron el mensaje y se gozaron en la esperanza adventista. Jorge, María y David Riffel fueron bautizados por el pastor H. H. Schulz en torno a 1888, lo mismo que Federico y su familia.11 A fines del año siguiente, Jorge ya no pudo guardar sólo para sí lo que había encontrado y decidió regresar a la Argentina como misionero. Lo animaban por lo menos dos razones: Uno de sus amigos le había escrito, diciéndole que guardaría el sábado si hubiera algún otro que lo hiciera con él. Además, había leído un artículo en un periódico alemán que lo impresionó con la necesidad de predicar el evangelio en esas tierras abandonadas.
Lo acompañaron con el mismo propósito otras tres familias alemanas, las de Osvaldo y Eva Frick, Augusto y Cristina Yanke, y Adán y Eva Zimmermann, con sus hijos Lidia y María.12 Federico ya tenía una gran familia de diez hijos y decidió permanecer en Kansas. Entretanto, Jorge había enviado cartas e impresos a sus allegados de la Argentina con mensajes cargados de entusiasmo acerca de las profecías bíblicas, la venida de Jesús y el sábado. La respuesta del cielo a sus oraciones había sido clara: “Ve de nuevo a la Argentina. Retorna a Sudamérica como un evangelista laico”.
Mientras las tres familias que ingresaban por primera vez al país se demoraban con trámites de inmigración, los Riffel remontaron lentamente el río Paraná hasta llegar a Diamante en febrero de 1890. En el viaje de un par de horas hasta la casa de Reinhardt Hetze en Barranca Blanca, Jorge Riffel dio su primer estudio bíblico y logró una decisión significativa. Ese fue sólo el comienzo de un ministerio fecundo en los primeros años del adventismo sudamericano. Al llegar al hogar, María Gerlach de Hetze les dio la bienvenida. Al día siguiente Jorge Riffel celebró un culto, que algunos han denominado la primera Escuela Sabática de Sudamérica. Hanna Hetze, entonces de cuatro años, dijo mucho después que Riffel abrió su Biblia y habló acerca de Adán y Eva.
Riffel decidió evangelizar el área de Crespo y se radicó en un lugar conocido como Aldea Jacobi. Pronto llegaron las otras tres familias y pusieron manos a la obra, alternando el cultivo del maíz y del trigo con la proclamación de las buenas nuevas. Se les unieron ocho familias y pronto había veinte nuevos guardadores del sábado que se congregaban en casa de los Hetze. Con ese grupo de creyentes organizaron una comunidad rural que llamaron La Isla, en un área situada entre dos arroyos. Hanna Hetze contó que había dos hileras de casas separadas por un camino. El crecimiento del núcleo de adventistas hizo cada vez más evidente la necesidad de un pastor.
Llegan nuevos obreros
Para sumarse a los esfuerzos pioneros de Jorge Riffel, llegaron al país en 1891 los misioneros norteamericanos Elwin W. Snyder, Albert B. Stauffer y Clair A. Nowling. Su tarea principal consistía en la distribución de publicaciones adventistas como medio de evangelización. No hablaban español y no tenían libros en español, sólo en inglés, alemán y francés. Como fruto de su esfuerzo se convirtió en 1892 un joven inglés llamado Lionel L. Brooking, quien dejó su empleo en el ferrocarril para ser un misionero. En ese mismo año la Junta de las Misiones Extranjeras envió a L. C. Chadwick a la Argentina para visitar a los colportores. Visitó también a las familias alemanas de Entre Ríos en compañía de Stauffer, que hacía de traductor. Al volver a los Estados Unidos informó: “En sus pequeñas casas de barro, se realizaron las mejores reuniones que he tenido. Tan deseosos estaban por conocer más de la verdad que en la pieza donde estábamos había muchas personas sentadas en el suelo, mirando con ansiedad al orador”. En 1893 fue enviado el hermano Richard B. Craig como director de publicaciones; el mismo que habría de recibir en su casa de Buenos Aires al pastor Francisco H. Westphal, en agosto de 1894 y habría de crear junto a su esposa la primera escuela primaria adventista de Sudamérica para alumnos de habla inglesa.
Después de algunos días de viajes y peripecias llegó Westphal al hogar de Jorge Riffel, donde fue recibido con inmensa alegría. Escribió el pastor visitante: “La hermandad de Crespo me recibió bondadosamente, y nunca olvidaré la casita de barro del hermano Jorge Riffel, en la cual permanecí”. Bajo la dirección de Francisco H. Westphal, se organizó en 1894 la primera iglesia adventista en el territorio de la División Sudamericana, cerca de Crespo, provincia de Entre Ríos, con 36 miembros.13 La reunión organizadora se realizó en una humilde casa de adobe. Muchos no pudieron entrar y permanecieron fuera escuchando por la puerta abierta, a pesar del aire frío de fines del invierno. Jorge Riffel fue elegido anciano. Junto a Reinhardt Hetze fue por muchos años un pilar de la iglesia. La feligresía ascendió pronto a 60 miembros. Hetze donó tierras, otros fabricaron ladrillos de adobe y construyeron la capilla con techo de paja y piso de tierra que les sirvió por más de diez años hasta su demolición y traslado.14 Simples tablones sin respaldo servían de asientos. Los niños se reunían con los adultos, salvo en los días de calor cuando era posible sentarse bajo los árboles. No había púlpito, sólo una mesa y algunas sillas, ninguna de las cuales era igual a otra. Sólo tres años después, la iglesia tenía 116 miembros y comenzó a proyectarse en sus hijos. Escribió el pastor Westphal en la revista de la iglesia: “Esperamos que esta iglesia enviará muy pronto muchos obreros al vasto campo de cosecha”. Sus palabras se cumplieron, porque no menos de 80 misioneros, entre ellos unos quince pastores, han salido de Crespo Campo y decenas de descendientes de estas primeras familias llevaron el evangelio a distintos lugares de Sudamérica y del mundo.
Vínculos de sangre y de fe
Entre las primeras familias adventistas se formaron vínculos de fe y de parentesco. La amistad entre Juliana Weiss y David Riffel surgió en los momentos de descanso de la cosecha del trigo. David era un apuesto joven de 22 años que, desde su cabalgadura, dirigía la segadora. Juliana, de 15 años, lo observaba con el rostro iluminado mientras colaboraba con las tareas agrícolas. Al final de la siega, Jorge Riffel vino a visitar a Valentín Weiss para pedir la mano de Juliana para su hijo David.15 Reinhardt Hetze y Ernesto Roscher fueron los testigos del casamiento. En los siguientes 24 años, Juliana y David tuvieron dieciséis hijos (13 varones y 3 mujeres).16 A pesar de los muchos quehaceres, se esforzaron por dar a sus hijos una educación cristiana que los preparase para el servicio. Todos ellos habrían de pasar por el colegio de Camarero (actual Universidad Adventista del Plata). Hubo un año en que siete hermanos estudiaban al mismo tiempo en el colegio. Existía allí “la pieza de los Riffel”, porque David había realizado un buen aporte al momento de su construcción.17 Varios aprendieron a tocar instrumentos musicales y se destacaron en otras actividades. Entre los integrantes de la familia Riffel hubo agricultores, comerciantes, enfermeros, un diputado provincial, un jefe de gobierno municipal, un ahijado del presidente de la República y cinco pastores (Juan, Jorge, José, Andrés y Benjamín).18
Cada sábado, la familia de David Riffel se trasladaba a la Escuela Sabática y el culto. Al comienzo en carro y luego en un Ford modelo T, el primer automóvil de toda la zona. Sus hijos podían hacer memoria del repaso de la lección de la semana, que Juliana, folleto en mano, hacía en voz alta mientras recorrían los quince kilómetros que los separaban de la capilla. Además de la numerosa familia, los Riffel acogieron a otras personas, niños, jóvenes, maestros de escuela y ancianos que necesitaban un lugar donde vivir. Entonces, la depresión económica de los años 30 golpeó a la familia de David Riffel, trayendo consigo días de tristeza y desánimo. Dejaron su casa en aldea Jacobi y se mudaron a una finca en Crucecita Séptima. David enfermó y falleció inesperadamente en 1937. Juliana continuó con la finca, mientras trabajaba como enfermera y partera de la zona. Pasó sus últimos años en Viale, realizando un reconocido servicio en el hospital. Falleció en 1963, a los 82 años.
Un misionero incansable
Es imposible reconstruir la nómina de aquellos que fueron inicialmente llevados a la fe por el trabajo de Jorge Riffel. Ni siquiera se cuenta con la lista de los miembros de la primera iglesia. Se sabe que él bautizó a los primeros adventistas de la Argentina. Otros ancianos como Reinhardt Hetze, y probablemente Daniel Weiss y Gottlieb Feder también realizaron bautismos en los arroyos de la zona. Entre las primeras familias que aceptaron el mensaje se encontraban las de Reinhardt Hetze, Ernesto Roscher, Jorge Lust, Conrad Keip, José Weiss, Daniel Weiss, Godofredo Schmidt, Godofredo Schneider, Jorge E. Bernhardt, Gottlieb Feder, Godofredo Block y Godofredo Dalinger. Muchos, si no todos los que integraron la primera iglesia, ya habían sido bautizados antes de la llegada del pastor Westphal.
Jorge Riffel estuvo íntimamente ligado a la iglesia, su organización y sus instituciones. Fue miembro de la junta directiva de la Asociación Unión Sudamericana, organizada en 1906. Un congreso reunido en 1907 reconoció su servicio y le otorgó una licencia ministerial.19 Un año más tarde Riffel formó parte de la comisión encargada de proyectar la creación del Sanatorio Adventista del Plata, e integró posteriormente su junta directiva.
El recuerdo de Jorge Riffel permaneció a lo largo del tiempo entre aquellos que se beneficiaron con su ministerio. Juan Riffel, uno de sus parientes que permanecía en Rusia, recibió de Jorge el dinero suficiente para costear el viaje a la Argentina. Jorge permitió que el dinero le fuera devuelto con trabajo y en muchas ocasiones conversó con Juan acerca de la verdad. Un día Juan se cansó y le dijo: “¿Por qué no me deja tranquilo?”. Por toda respuesta, Jorge citó Santiago 4:17: “y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado”. Juan pensó en estas palabras y aceptó el mensaje, agradecido por lo que Jorge Riffel había hecho por él. Cuando el hermano Jorge Kimmel, de la Iglesia de Colonia Centenario, Entre Ríos, le preguntó por qué había dejado las fértiles tierras de Kansas para volver a Sudamérica, Jorge contestó: “Vine porque sabía que usted necesitaba conocer la verdad”. Agregó Kimmel: “En gran parte me hice adventista por él y fue él quien me bautizó junto con mi esposa”. En su concepto, Riffel había sido un gran hombre, “pues amaba las almas y hacía lo mejor para que aceptasen a Cristo”. Santiago, el mayor de los nietos de Jorge Riffel, podía destacar tres grandes cosas de su abuelo: Primero, su espíritu de oración. Santiago era joven y salía a caballo a visitar a sus amigos. A veces llegaba tarde en la noche y el abuelo, todavía levantado, lo estaba esperando para orar con él. Segundo, su espíritu misionero. Sus giras lo llevaron a recorrer la región hasta la ciudad de Concordia, en las costas del Río Uruguay. Hacía largos viajes en carro para tener reuniones y volvía tarde en las noches, sin dejar por ello de sembrar la tierra y de cuidar los rebaños. Tercero, su espíritu de generosidad. Riffel estuvo entre aquellos que enviaron dinero para la compra de una imprenta en Chile y colaboró de muchas formas con el avance de la obra.
Cuentan sus descendientes que Jorge Riffel era de baja estatura, entusiasta, inquieto, extrovertido y excelente predicador. Se lo veía siempre con un bastón en la mano. Pero su estatura espiritual puede medirse con los frutos abundantes de su labor evangelizadora. Como primer misionero laico merece una página en el recuerdo de los héroes del Señor en los primeros tiempos. Su historia, tantas veces contada, necesita repetirse en beneficio de aquellos que viven en los tiempos de la terminación de la obra.
Las palabras de E. H. Meyers parecen acertadas a la hora de rememorar el accionar de este notable misionero: “Verdad es que los comienzos en Sudamérica fueron humildes, así como los instrumentos usados y los métodos. Pero el mensaje ha penetrado en todo rincón de esta gran división de la superficie terrestre y de ella se está recogiendo una buena cosecha. La mayor parte del fruto parece proceder de los más sencillos y tal vez a menudo descuidados medios. Realmente, cuanto más estudiamos y repasamos los hechos que acompañaron el comienzo de nuestra obra en Sudamérica y seguimos las huellas de los progresos hechos hasta la hora presente, más nos convencemos de que Dios gobierna y vigila, y de que la divina Providencia dirige la preparación de esta parte de la gran viña para la vendimia del Gran Segador”.20
1 Desde América del Norte el mensaje adventista se difundió a los diferentes continentes en la última parte del siglo XIX. J. N. Andrews fue enviado a Europa en 1874; S. N. Haskell llegó a Australia en 1885; otros misioneros establecieron la obra en África en 1887; A. T. Stroup y Guillermo A. Lenker trabajaron en Asia desde 1894; Jorge H. Riffel comenzó su tarea en Sudamérica en 1890 y para 1894 la Asociación General había enviado al primer pastor, Francisco H. Westphal, cuando ya había varias decenas de creyentes.
2 Francisco H. Westphal, Pionero en Sudamérica, Trad. Silvia C. Scholtus de Roscher (Libertador San Martín, Entre Ríos: Centro de Investigación White, 1997), vii.
3 José W. Westphal, Review and Herald, 1924. E. H. Meyers, Reseña de los comienzos de la obra en Sudamérica (Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1940), 7.
4 Por 1885, Julio Dupertuis y su esposa Ida Arn leyeron Les Signes des Temps y comenzaron a guardar el sábado. Se les unieron las familias Rostán, Arn, Mathieu, Dobantón y Pidoux. Julio Dupertuis, Alberto Arn, Floris Mathieu, Arnoldo Pidoux y Dobantón fueron bautizados por el pastor Jean Vuilleumier en 1896.
5 Catalina II la Grande, nacida en Alemania y emperatriz de Rusia por 34 años (1762 a 1796), ofreció a los agricultores alemanes la posibilidad de trabajar la tierra en esa región sureña poco poblada. Además de otorgar facilidades para pagar su viaje, obtener tierras y viviendas, se les prometió libertad religiosa, excepción al servicio militar y respeto por su cultura. Muchos de estos llamados alemanes del Volga emigraron al continente americano un siglo después. Catalina se había casado con Pedro III, Zar de Rusia, y se había unido a la Iglesia Ortodoxa Rusa.
6 Otros 30.000 alemanes emigraron a Rusia entre 1764 y 1767 y se ubicaron al oeste del río Volga formando decenas de aldeas prósperas. En una generación hicieron de esa zona inhóspita del imperio, una región próspera y adelantada. Constituyeron también una barrera de protección contra los intentos invasores de los cosacos.
7 Georg Heinrich Riffel, tercer hijo de Petter Riffel y Susana Kraft, nació en Rusia en 1850 y falleció en Aldea Jacobi, Entre Ríos, el 19 de enero de 1917. Su esposa María L. Ziegler había nacido en 1852 y falleció el 5 de abril de 1910. Su hijo David Riffel (1873-1937), tenía en ese tiempo tres años y los acompañó en su largo peregrinaje hasta radicarse definitivamente en la Argentina.
8 Frederick Riffel (1845-1921), hermano mayor de Jorge se radicó en la zona de Kansas, en los Estados Unidos.
9 El presidente Avellaneda favoreció la inmigración y colonización, entregando tierras a los colonos europeos. A partir de 1878 comienzan a llegar alemanes del Volga a la provincia de Entre Ríos. En 1880, los Riffel deciden trasladarse a la zona de Crespo.
10 El evangelista alemán Louis Richard Conradi (1856-1939), de 29 años, ayudado por S. S. Shrock, celebró reuniones en Hillsboro y Lehigh donde se organizaron dos iglesias con un total de 252 miembros.
11 Aparentemente, Frederick y Christina habían comprado libros a un colportor alemán y ya los habían leído antes de la llegada de Conradi. Jacob, el hijo mayor de Federico, llegó a ser pastor adventista.
12 Osvaldo Frick (1853-1945), había nacido en Rusia y se unió a la Iglesia Adventista en Kansas, en 1886. Su esposa Eva L. de Frick (fallecida en 1942) lo acompañó a la Argentina. Anna Frick, hija de Osvaldo Frick, se casó con el pastor Godofredo Block. Augusto Yanke (1864-1943), también había nacido en Rusia. Emigró con sus padres a los Estados Unidos en 1883. Se convirtió al adventismo dos años después. Tenía 26 años al llegar a la Argentina. Augusto y su esposa Cristina (fallecida en 1950) habrían de radicarse en Crespo y luego en Ramírez hasta el final de sus días. Los Zimmermann permanecieron un tiempo y regresaron a los Estados Unidos, dejando dos hijas.
13 La Enciclopedia Adventista informa que la primera iglesia de Sudamérica fue organizada en Georgetown, Guyana Británica, en 1887.
14 Probablemente entre 1895 y 1906, cuando se levantó la capilla de ladrillos en otro lugar. No existe de la primera capilla ni siquiera un registro fotográfico.
15 Juliana María Weiss de Riffel (1880-1963) nació en el oeste de Polonia. De niña emigró al Brasil con sus padres, Valentín Weiss y Ana Carlota Hammer. De ese país volvieron a trasladarse a la Argentina. Se casaron el 22 de julio de 1896.
16 Santiago (1897-1972), David (1898-1972), Daniel (1901-1972), María Luisa (1903-1963), Samuel (1904-1975), Enrique (1905-1994), Juan (1907-1987), Jonatán (1908-1996), Jorge (1910-1994), José (1911-2006), Andrés Hipólito (1912-1997), Benjamín (1914-1998), Rosita Elisa (1918-1994), Ana (1920-2001). Dos hijos fallecieron en la niñez: Daniel, (en 1901) y Alejandro (en 1916).
17 La pieza de los Riffel era la primera del lado izquierdo, a la entrada de la residencia. David Riffel había donado mil pesos cuando se construía el hogar de varones.
18 Juan fue director de departamentos en la Unión Austral y en la División Sudamericana. Daniel llegó a ser Diputado Provincial. Jorge fue pastor en Ecuador, Perú y Argentina. José trabajó en Argentina, Chile, Perú y Uruguay. Andrés Hipólito fue ahijado del presidente de la república, Dr. Hipólito Irigoyen. Fue pastor, trabajó en instituciones educativas, en la dirección de departamentos y en la administración, tanto en la División Sudamericana como en la División Interamericana. Trabajó en Argentina, Chile, Uruguay, Cuba, Costa Rica, Puerto Rico, Colombia y los Estados Unidos. Benjamín fue director de publicaciones y de otros departamentos en la Unión Austral, en Perú y promotor de ventas de la Pacific Press, en California.
19 El presidente de la Asociación era N. Z. Town, el vicepresidente J. W. Westphal, secretario y tesorero Arturo Fulton.
20 E. H. Meyers dirigió la obra de publicaciones de la División Sudamericana entre 1923 y 1927 (Meyers, 30).
Capítulo 2

Reinhardt Hetze
“Hábleme de la verdad”
Reinhardt Hetze fue uno de los primeros adventistas de Sudamérica y la primera persona en aceptar el mensaje por el trabajo misionero de Jorge H. Riffel. Su casa, ubicada en la confluencia de los arroyos Gómez y Ensenada, cerca de la actual Universidad Adventista del Plata, fue el escenario de la primera reunión bíblica celebrada por los adventistas del séptimo día en el territorio de la División Sudamericana. Con sus recién llegados compatriotas ruso-alemanes, Hetze guardó su primer sábado. A ese mensaje que decidió abrazar en esa ocasión habría de dedicar el resto de su vida. Fue anciano de iglesia por 30 años y un ferviente misionero.21
El viaje hacia la fe
Reinhardt Hetze y María Gerlach se habían casado en 1873. Dejaron Rusia en 1887 y se radicaron en la República Argentina22, mientras que el hermano mayor de Reinhardt, llamado Gottlieb, había emigrado a los Estados Unidos. Gottlieb Hetze se hizo adventista en Kansas y regresó a Rusia como misionero de sostén propio. Con posterioridad fue ordenado al ministerio y se desempeñó como evangelista y director de departamentos. Por 20 años trabajó incansablemente en las aldeas alemanas a lo largo del río Volga. Luego de su traslado definitivo a los Estados Unidos continuó ayudando a la gente de Rusia con ropa, dinero y publicaciones.23 Es posible que Reinhardt haya conocido las doctrinas adventistas por medio de su hermano Gottlieb, antes de su decisivo encuentro con Riffel. Lo cierto es que todavía no estaba resuelto a practicarlas y difundirlas.
El relato que Reinhardt Hetze hizo a la revista de la iglesia sobre esa etapa importante de su vida es sencillamente conmovedor: “Antes que el hermano Riffel volviera de Kansas, Estados Unidos, recibí una carta de mi hermano que vivía allí y también otra del hermano Riffel, en la que me decían que este último vendría para traernos la verdad del sábado. Yo vivía a dos leguas de la Aldea Protestante, cerca de Diamante. Cuando supe que había llegado enganché mi caballo y fui a verlo. Empezó a hablarme de mi hermano, pero yo le dije: ‘No me hable de mi hermano; hábleme de la verdad’.
“Un vecino dijo: ‘El no ganará nada aquí en la Aldea Protestante’. Yo le respondí: ‘Ya me ha ganado a mí’. El segundo día vino la gente a mi casa. Había 60 presentes. La primera persona que gané fue mi esposa. Luego tuvimos reuniones todas las noches. Dimos estudios bíblicos y predicamos por todas partes. Al llegar el pastor Francisco Westphal empezó a trabajar y pronto ganamos 120 miembros y nos dividimos en dos iglesias, a saber, Diamante y Ramírez”.24
Hetze se sentía feliz de observar el cuarto mandamiento a pesar de la renuencia inicial de su esposa. No por ello dejaba María de acompañar a su esposo en sus momentos de oración bajo un árbol cercano. Se cuenta que en una ocasión María preparó la masa para el pan en sábado y Reinhardt volcó decididamente la masa cruda para que la comieran los cerdos. No es posible saber cuándo y dónde fueron bautizados, pero es bien probable que Reinhardt y María hayan sido bautizados juntos por el hermano Jorge Riffel.
Instrumento de bendición
Hetze había demorado su decisión hasta la venida de Riffel, pero una vez tomada comenzó a compartir su fe con todo aquel que quisiera escucharlo. Muchos lo vieron como un mensajero del cielo y aceptaron gustosamente sus palabras, otros lo ridiculizaron y menospreciaron. Fue tratado como loco, incluso fue atacado por perros, pero su ánimo nunca decayó por ello. Algunas veces sus opositores fanáticos le tendieron trampas en el camino para hacerlo caer. Otras veces tiraron piedras sobre los techos de las casas para interrumpir las reuniones. No faltaron quienes soltaron los cerdos de los chiqueros para producir escándalos en los patios de las casas donde daba sus estudios bíblicos.
El hermano Hetze no era un pastor reconocido o un conferenciante ilustrado. Como lo había hecho en Rusia, nunca dejó de trabajar la tierra para sostener a su esposa y a sus ocho hijos.25 Su trabajo le permitió ser generoso con la iglesia, sus instituciones y la comunidad. Fue de invalorable apoyo para la iglesia y su misión. Cuando terminaba la cosecha, el agricultor se transformaba en predicador y salía con su carro a hacer visitas en el vecindario y en las poblaciones cercanas a fin de compartir el evangelio. Creía que Cristo vendría muy pronto y sentía la urgencia de proclamar el advenimiento de su reino. Al tiempo se unió a los creyentes radicados en Aldea Jacobi para formar con ellos la primera iglesia de la División Sudamericana.
Los Hetze abrieron primero su casa para las reuniones de la iglesia, luego donaron tierras donde los miembros y algunos vecinos levantaron una rústica capilla. Ese recinto rural congregó a los adultos y a los niños que integraban la iglesia. Allí el pastor Westphal predicó sus sermones inolvidables. En ese lugar la señora Westphal reunía a los niños y les enseñaba a cantar y a orar, sin más textos que una Biblia y un himnario en alemán. Reinhardt fue anciano de la iglesia de Crespo Campo por más de 25 años. Era un hombre celoso de las normas de la iglesia y defensor del orden, la reverencia y la puntualidad. Quienes asistieron a la iglesia desde su niñez no recuerdan que alguna vez la Escuela Sabática haya empezado un minuto tarde.
Los dirigentes de la obra sabían que podían confiar en Reinhardt Hetze y encomendarle las tareas más exigentes. En una ocasión fue enviado por el pastor José W. Westphal a visitar hermanos a fin de confirmarlos en la fe y capacitarlos para la misión. En respuesta a esa invitación se trasladó a Lucas González, provincia de Entre Ríos, donde dirigió la semana de oración, bautizó a ocho personas y celebró las ordenanzas del Señor. Sólo un tiempo después bautizó a otras tres personas en la localidad entrerriana de Ramírez. En 1907, un congreso de la Asociación, de cuya junta directiva formaba parte, puso en sus manos una credencial misionera, como muestra de reconocimiento por el ministerio que voluntariamente desarrolló desde aquella vez cuando abrió su corazón al Señor Jesús y a su Palabra.
En parte por el esfuerzo de Reinhardt Hetze, la iglesia de Crespo extendió su influencia a la localidad de Ramírez, donde habría de surgir una iglesia hija. Uno de los primeros pastores que surgieron en estas tierras, Godofredo Block, la organizó en 1923. Enrique Schneider ofreció su vivienda como lugar de reuniones hasta que en 1939 se construyó la capilla que se usó por más de 20 años. En su vejez, Hetze volvió a ofrecer su casa para el inicio de una escuela adventista.26
“Yo soy tu ángel”
Así transcurrieron 45 largos años de fidelidad y de servicio. Reinhardt sabía que el final de sus trabajos y luchas se acercaba rápidamente. Con mucha fiebre provocada por una septicemia avanzada, fue internado en el Sanatorio Adventista del Plata al cuidado de su nieto Santiago. El lunes de su última semana vivió momentos muy singulares. Con su cuerpo enfermo y una mente intacta lo relató con estas palabras: “Estaba profundamente dormido. De repente me despertó una luz muy brillante. Al abrir los ojos, vi delante de mi cama la figura de un ángel. Era muy alto. Sus cabellos, rubios y largos, caían delicadamente sobre sus hombros. Su vestido era blanco como la nieve. Su rostro brillaba como el sol. Su mirada era tierna y me sonreía amablemente. Cuando quise saber qué era lo que estaba viendo, el ángel me dijo: ‘Reinhardt, no temas. Yo soy tu ángel. Soy el mismo ángel que te acompañó aquel viernes de tarde, cuando en el camino entre el puerto de Diamante y tu casa, aceptaste a Jesús como tu Salvador. Soy el mismo ángel que cerró la boca de los perros para que no te mordieran cuando la gente te echaba de sus casas porque les ofrecías la Biblia. He sido enviado para decirte que así como tu Salvador murió un viernes para entrar en el reposo sabático, el viernes de esta semana serás recogido y dormirás en paz. Ten buen ánimo y confía en el Señor’”.27
El pastor Santiago Bernhardt Hetze narró mucho después su propia vivencia de aquellas horas memorables. “El que esto escribe dormía en la misma habitación. Cuando llegó la mañana, el abuelo me hizo parar en el mismo lugar donde el ángel le había aparecido, y me relató lo que había visto y oído durante la noche. A pesar de que la fiebre alta lo estaba consumiendo visiblemente, el tono de la voz era claro, la mirada inteligente, el pensamiento bien hilvanado, y revelaba una profunda paz interior”.28 Luego hizo llamar a una de sus cinco hijas y a una de sus tres nueras. “Cuando ellas llegaron, en forma admirablemente lúcida y tranquila volvió a relatar la visión con más o menos las mismas palabras, y dio las siguientes instrucciones: ‘Llamen a todos mis hijos. Deseo despedirme de ellos. Que Alejandro (el hijo mayor, en cuya casa el abuelo vivía) compre y traiga el ataúd antes de la puesta del sol el viernes. Deseo que me vistan de blanco, como mi ángel. Llévenme a casa el viernes de noche y pónganme en el lugar donde está mi cama. Quiero ser sepultado junto a mi esposa. Avisen a todos los hermanos de las iglesias de mi fallecimiento. Que el Dr. Carlos Westphal (director del sanatorio en ese tiempo) tenga a su cargo el servicio religioso”.29
Todos sus hijos, menos David que no recibió la noticia a tiempo, se hicieron presentes. “A medida que se acercaba el momento señalado por el ángel aquel último viernes de tarde, el abuelo entraba en agonía. Tenía la mirada fija hacia arriba, y movía las manos como si quisiera correr el velo de algo que le interesaba [...] Con la desaparición de los últimos rayos del sol de aquel viernes 15 de diciembre de 1939, la vida de Reinhardt Hetze, pionero del movimiento adventista en Sudamérica, se apagó pacíficamente. Los servicios póstumos se cumplieron tal como él había pedido”. Una gran cantidad de hermanos y amigos se reunieron en el cementerio de Ramírez el sábado por la tarde cuando Hetze fue sepultado junto a su esposa. Le sobrevivieron ocho hijos, 65 nietos y 49 bisnietos. Sus restos y los de su esposa descansan actualmente en el cementerio de Aldea Jacobi, en el panteón de la familia de Alejandro Bernhardt.
El recuerdo de un misionero
Puede decirse de Reinhardt Hetze: “Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Apoc. 14:13). En la opinión de una de sus nietas, el abuelo había sido un gran misionero que condujo a muchas personas a Cristo y a la iglesia. Tuvo el privilegio de ser autorizado a bautizar a muchos de ellos. Vivieran cerca o lejos, hubiera buen tiempo o lluvia y frío, nada impedía a los Hetze dirigirse a la iglesia para adorar al Creador. Como era frecuente entre los primeros adventistas de Sudamérica, Reinhardt fue un hombre dadivoso y entregado. Envió dinero en 1905 para la adquisición de una imprenta en Chile. En 1906 participó de una memorable reunión en Gualeguay donde se decidió la creación del Sanatorio Adventista del Plata. Tal vez no disponía de dinero, pero prometió donar una cuadra de lino para el proyecto. Su espíritu misionero se perpetuó en muchos de sus descendientes, dado que más de 50 de ellos han trabajado o trabajan como obreros en la causa de Dios.
Francisco H. Westphal lo consideró un apóstol. Su hermano José W. Westphal escribió acerca de él: “Por muchos años sirvió como uno de nuestros cuidadosos y eficientes ancianos”.30 Para el adventismo sudamericano, fue un ejemplo de lo que todo verdadero creyente debe ser en este tiempo, un defensor y propagador entusiasta del evangelio de Jesucristo.
21 Reinhardt Hetze nació el 21 de enero de 1851, en Dreispetz, Saratow, Rusia, y murió el 15 de diciembre de 1939, en el Sanatorio Adventista del Plata, pocos días antes de cumplir 89 años.
22 María Gerlach de Hetze nació el 8 de septiembre de 1856 y falleció el 8 de septiembre de 1911, a la edad de 55 años. El Dr. Roberto Habenicht habló en la casa de duelo. Reinhardt y María se habían casado en 1873.
23 Gottlieb Hetze (1848-1927), también nacido en Dreispetz, sobre el río Volga, en Rusia, emigró en 1883 a los Estados Unidos, donde vivió en Kansas y en Oklahoma. Falleció en Okeene, Oklahoma.
24 Reinaldo Hetze, La revista adventista, 30 de enero de 1933.
25 Los hijos de su primera esposa fueron David, Santiago, Alejandro, Amalia, Catalina, Julia, Emilia y Ana. David se casó con María Nuss, Alejandro con Paulina Lust, Amalia con Juan Ziegler, Catalina con Andrés Lerke, Julia con David Heinitz, Emilia con Godofredo Klos y Ana con Alfredo Bernhardt. Reinhardt volvió a casarse con María Schott.
26 En 1961, el anciano pastor Godofredo Block condujo una serie de conferencias bíblicas a lo largo de seis meses. Al concluir se había organizado una Escuela Sabática de 100 miembros y se impulsó la construcción de un nuevo templo, que habría de inaugurarse en 1964.
27 Santiago Bernhardt Hetze, “Yo soy tu ángel”, Revista adventista, Mayo 1982, 13.
28 Ibíd.
29 Ibíd.
30 J. W. Westphal, The Advent Review and Sabbath Herald, August 12, 1920, 6.
Capítulo 3

Francisco H. Westphal
“Yo lo miraba asombrado”
Francisco H. Westphal llegó al puerto de Diamante, Entre Ríos, Argentina, en agosto de 1894.31 Nadie lo esperaba. La carta donde avisaba de su arribo no había llegado. Solo y sin conocer el idioma local, dio los primeros pasos de un fructífero ministerio de casi treinta años en los comienzos de la obra adventista en Sudamérica. “Fue un privilegio –escribió después– ser el primer ministro ordenado de los Adventistas del Séptimo Día para trabajar en Sudamérica”.32
Los primeros misioneros de la iglesia en estas tierras fueron algunos residentes ruso-alemanes que habían conocido el mensaje mientras vivían en el estado de Kansas, Estados Unidos y habían retornado a la Argentina para compartir su nueva fe. El hermano Jorge H. Riffel había escrito a la Asociación General solicitando un misionero que hablara el alemán.
Su llegada a Sudamérica
El pastor Westphal, con su esposa María Thurston y dos hijos, arribó a la Argentina el 18 de julio de 1894, luego de un mes de viaje. La travesía iniciada en Nueva York los había llevado por Inglaterra, Francia, Portugal, Cabo Verde y Brasil antes de concluir en la ciudad de La Plata, en la provincia de Buenos Aires. William H. Thurston, hermano de la esposa de Westphal, quedó en Brasil junto a su esposa, como misionero de sostén propio. El hermano R. B. Craig, un colportor llegado el año anterior para ayudar a E. W. Snyder, C. A. Nowlen y A. B. Stauffer, estaba en el puerto para recibirlos.
Westphal permaneció en Buenos Aires unos pocos días para establecer a su familia. Llegó al puerto de Diamante sobre el río Paraná a medianoche. Durmió en un hotel y se alojó luego en el hogar de un hombre que hablaba alemán y lo había invitado a su casa.33 Un carro que contrató al día siguiente lo trasladó hasta el lugar donde vivían los hermanos en las cercanías de la ciudad de Crespo, en la provincia de Entre Ríos.
La primera reunión terminó muy tarde esa noche, porque los creyentes y los vecinos invitados le pidieron que les hablara una y otra vez. Así lo narró el pastor Westphal: “Cuando supieron de mi llegada, inmediatamente dieron la noticia a sus vecinos. Temprano esa primera noche, se reunió mucha gente proveniente de todas direcciones. Fui notificado que habían llegado para escucharme. Yo estaba realmente feliz de que vinieran tan temprano, pues deseaba terminar temprano la reunión, cambiarme de ropa y así librarme de los ‘animalitos’ [piojos y pulgas] que se me habían pegado durante la noche y el día.
“Después de hablar por una hora, terminé la reunión con un himno y una bendición, e informé a la audiencia que podían retirarse y regresar temprano la tarde siguiente para otro servicio de culto. Pero la congregación se arrodilló a orar, cantaron varios himnos por iniciativa propia, y luego se sentaron y me miraron con los ojos hambrientos de la verdad, deseando escuchar más. Así que hablé durante otra hora, y una vez más se cantó el himno final y se pronunció la bendición. Pero para mi consternación una vez más se arrodillaron en una sesión de oración, cantaron más himnos, y se sentaron a escuchar más de la preciosa verdad. Me sentí impelido a predicar un tercer sermón, el cual escucharon con un interés cabal. Era la una de la mañana cuando terminó esta memorable primera reunión, de la cual, de mala gana, los presentes consintieron en retirarse: ‘Nos retiraremos para poder venir mañana de noche otra vez’”.34
La primera iglesia se organizó sólo algunas semanas después. Esa congregación de 36 miembros habría de ser la primera iglesia adventista organizada en el territorio de la División Sudamericana. Pero el mensaje encontró aceptación y pronto la membresía aumentó a más de 200. Otras iglesias fueron organizadas por Westphal en un plazo relativamente corto. La segunda surgió ese mismo año en San Cristóbal, provincia de Santa Fe, con sólo diez miembros. A su regreso a Buenos Aires en el verano de 1895, organizó la tercera iglesia con unos doce miembros. En la segunda mitad del año inició sus actividades la iglesia de Felicia, provincia de Santa Fe, con 25 miembros. Fue en ese lugar donde el pastor Westphal oró en español por primera vez, al implorar por la sanidad de una niña. Nueva Helvecia, en la República Oriental del Uruguay, habría de ver el surgimiento de otra iglesia en 1896.
Las responsabilidades de los primeros misioneros eran muchas, los recursos pocos y las comodidades casi nulas. La Junta de las Misiones Extranjeras de la Asociación General había nombrado a Francisco H. Westphal presidente de la Misión de la Costa Este de Sudamérica (Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil). Cuando los recursos se terminaron, el pastor O. A. Olsen, presidente de la Asociación General, le escribió diciéndole que no podían enviarle dinero. Westphal entendió –según las palabras del pastor Olsen– “que nosotros estamos tan cerca del Señor en Sudamérica como lo están ellos en Norteamérica”.35
Otros obreros se sumaron al trabajo del pastor Francisco H. Westphal. Como evidencia del apoyo que se dio a las misiones extranjeras, el congreso de la Asociación General –celebrado en Battle Creek en 1895– decidió enviar a la Argentina a Lucy Post como instructora bíblica, a Ole Oppegard como misionero de sostén propio para trabajar con los escandinavos, y a Jean Vuilleumier como pastor y evangelista para la gente de habla francesa. Lucy Post fue la primera instructora bíblica de Sudamérica. En Nueva Palmira, Uruguay, organizó una Escuela Sabática y posteriormente trabajó por seis años en Buenos Aires.36 Jean Vuilleumier vino de Suiza con suficiente conocimiento de idiomas como para dirigir reuniones en francés, alemán, español e inglés. “En 1896 llegó para engrosar las filas de los misioneros en la Argentina un personaje inolvidable, con una pierna de palo y un corazón de oro: Nelson Z. Town”.37 Había sido enviado como secretario tesorero de la Misión de la Costa Oriental, pero fue además el creador de la primera revista en español de Sudamérica, el primer director de la escuela de Las Tunas, provincia de Santa Fe y del Colegio Camarero (luego Colegio Adventista del Plata), presidente de la Asociación del Río de la Plata (Argentina, Paraguay y Uruguay); dirigió el Departamento de Publicaciones de la Asociación General y volvió a la Argentina para presidir la Unión Austral.38
Una labor fructífera
Ya en 1895, Francisco H. Westphal había viajado al Brasil para bautizar conversos y organizar congregaciones. Dos veces fue librado de peligrosos ataques de los enemigos de su obra. Luego de la gira de cinco meses regresó a Buenos Aires, para enterarse que su hija Helen había muerto hacía dos semanas, luego de padecer sarampión y fiebre escarlatina. Las cartas donde la señora Westphal relataba su odisea nunca llegaron. Un matrimonio de misioneros de otra denominación la acompañó en esos momentos de dolor y soledad.
La señora Westphal no era sólo una sacrificada esposa de misionero; ella misma sirvió como secretaria del Departamento de Escuela Sabática y de la Sociedad de Tratados y como tesorera de la obra en la Costa Este. En Chile trabajó como secretaria de la Escuela Sabática por diez años, fue preceptora en el colegio por cinco años y tesorera por otros cinco. También fue secretaria misionera del campo por varios años. Por un tiempo los Westphal se establecieron en el campo cerca de Crespo, junto al primer grupo de hermanos. Al principio vivieron en una pequeña casa de adobe con un sólo cuarto y piso de tierra.
En 1898, a sólo cuatro años de los comienzos de la iglesia, Westphal estimuló el surgimiento de la obra educativa. La llegada de Luis Ernst desde Uruguay en busca de una institución que lo preparara como misionero decidió el asunto. Con unos 250 adventistas en toda la provincia de Entre Ríos, la mayoría de ellos humildes campesinos, se decidió la creación de la primera escuela. Allí enviaron a sus hijos para formarlos como predicadores del pronto regreso de Cristo. Entre los primeros alumnos que llegaron a ser misioneros podría recordarse a Santiago Mangold, Godofredo Block, Ignacio Kalbermatter y Pedro Kalbermatter.
Luego de su regreso a los Estados Unidos, Westphal recordaría esos primeros días y esos años bendecidos. Nombres y ocasiones quedaron grabados en la mente del pionero. No olvidó el bautismo de la familia de Luis Kalbermatter en los alrededores de San Cristóbal, provincia de Santa Fe, realizado en una cisterna a la que bajó en un balde. Recordaba también el bautismo de casi todos los integrantes de la familia Mangold, también en San Cristóbal y el bautismo de los Peverini. Westphal permaneció dos semanas en la casa de campo de Guillermo Mangold. A uno de los hijos de 23 años no le resultó grata la prolongada presencia del pastor. Cuenta el propio Santiago: “Yo era un gran fumador, me gustaban las carreras de caballos, y me decía: ‘Si este hombre queda aquí voy a tener que cambiar de vida’, y no tenía muchas ganas de hacerlo”.39 Pero el pastor Westphal supo hablar a su corazón con perseverancia y discreción. Santiago Mangold llegó a ser pastor y misionero en Argentina, Chile, Ecuador y Paraguay.
Westphal tuvo en su mente un lugar especial para los primeros adventistas sudamericanos: Jorge Riffel y su esposa, los primeros en recibirlo a su llegada; Osvaldo Frick, que también había aceptado el mensaje en Kansas y había viajado a Sudamérica; el hermano Reinhardt Hetze, el primero en aceptar las enseñanzas de Riffel y anciano de iglesia por muchos años. Westphal recordaba a Conrad Keip que una vez lo socorrió con alimentos en un momento de necesidad; a Jorge Lust que donó tierras para el colegio y construyó una casita de dos habitaciones para la familia del pastor. Consideró a Ernesto Roscher y a José Weiss como pilares de la obra. También a Godofredo Block que se proyectó como pastor y ganador de almas. No olvidó al hermano Hugo y su esposa, de Nueva Helvecia, Uruguay.
Nuevos horizontes
La salud de los Westphal los obligó a trasladarse por tres años a los Estados Unidos en 1900, dejando una obra establecida en Argentina, Uruguay, Chile y Brasil, con más de mil miembros bautizados.40 El Dr. Roberto H. Habenicht vino como fundador de la obra médica misionera. El pastor José W. Westphal, hermano de Francisco, llegó en 1901 como administrador de la iglesia en Sudamérica.41 Fue probablemente el más destacado organizador de la iglesia en estas latitudes. En reemplazo de la Misión Sudamericana, organizó y presidió la Unión Misión Sudamericana, en 1901. En octubre de ese año se organizó la Asociación del Río de la Plata. En marzo de 1906, José W. Westphal organizó y presidió la Unión Asociación Sudamericana, en Paraná, provincia de Entre Ríos, con la presencia de W. A. Spicer, secretario de la Asociación General.42 Continuó como presidente de la Unión Austral, desde 1916, cuando se organizó la División Sudamericana; fue luego secretario consejero de la División Sudamericana, y en 1930 fue secretario de la Asociación General.43 Se lo vio como un dirigente espiritual y un poderoso predicador. Tres de sus hijos fueron pastores, uno médico y una hija fue educadora.
El año 1904 encontró a Francisco H. Westphal de nuevo en estas tierras. Se estableció por dieciséis años en Chile, la mayor parte como presidente de la obra en ese país. Los colportores Thomas H. Davis y Frederick W. Bishop habían iniciado la predicación diez años antes. Westphal recordaba a Víctor, Eduardo y Walter Thomann, lo mismo que a Carlos Krieghoff, ordenado luego al ministerio. Los hermanos de la Argentina lo volvían a ver en las reuniones generales de la iglesia. Para visitarlos cruzó dos veces la cordillera de los Andes a lomo de mula. Otras iglesias fueron organizadas en Chile, como aquella en el lejano sur, sobre el Estrecho de Magallanes. Desde Chile tuvo la oportunidad de visitar Perú y Ecuador predicando y bautizando.
Westphal había llamado a Sudamérica un “continente descuidado”. Finalizada su misión escribió: “El continente sudamericano se está convirtiendo rápidamente en el ‘continente de la oportunidad’”.44
Tal como se lo recuerda
Tan impactante como el modesto relato de su propia tarea es el recuerdo de aquellos que conocieron de cerca a Francisco H. Westphal.45 Se ha dicho que Westphal era “un hombre de condiciones de pionero auténtico: sencillo, sincero y resuelto, un hombre de una sola pieza, que no retrocedía en el desierto ni se hundía en el mar; que respetaba a los humildes y no temía a los grandes, que amaba al prójimo y confiaba en Dios”.46 El pastor Chester Westphal, hijo de José Westphal, describió una vez a su tío con un toque de humor: “Él era el santo de la familia”, dijo. La misma opinión tenía María Kremer de Stein, en 1968, cuando afirmó: “Era un santo, una verdadera criatura de Dios”.47 El Dr. Herbert Westphal, otro de sus sobrinos, narró acerca de los últimos años de Francisco Westphal. Ya jubilado en Glendale, California, no se cansaba de realizar visitas y de dar estudios bíblicos. Con él se inició la iglesia hispana de la ciudad de Los Ángeles.
Susana Block de Beskow, a pesar de sus 96 años, tenía presente al pastor Westphal. Dijo ella: “Cuando era una niña hasta me sentaba en su falda”. El pastor Niels Wensell contó en su ancianidad de su contacto con Westphal. “En mayo de 1918 asistimos a unas conferencias presentadas por el pastor Francisco Westphal en Punta Arenas, Chile. El pastor Westphal había organizado una iglesia pequeña que por mucho tiempo fue la iglesia más austral del mundo”. Agregó entonces: “Desde la primera conferencia ya quedamos convencidos de que ese era el camino del Señor. Tanto a José como a Francisco los tenemos en el más alto concepto como siervos de Dios que verdaderamente han sido una inspiración”.
A los 79 años, el pastor Santiago Bernhardt, nieto de Reinhardt Hetze, valoraba la sencillez y amigabilidad del pastor Westphal, quien había compartido muchas veces la mesa de su familia. El pastor José Riffel, nieto de Jorge Riffel, a los 80 años, no podía ocultar su admiración. Su abuelo había sido el primer misionero de sostén propio y había escrito a los Estados Unidos pidiendo un pastor. Antes de la llegada de Westphal él mismo había instruido y bautizado a los primeros creyentes. Fue luego primer anciano de la primera iglesia.
Recordó José Riffel: “Entonces el pastor Westphal comenzó a predicar y vivía en el campo, en una chacrita con una casita humilde. En el invierno siguiente empezó a llover y a llover y estuvo así como quince días sin salir, y un converso llamado Conrad Keip, a quien mi abuelito adoctrinó y bautizó, tuvo la impresión de que la familia Westphal no tenía alimentos. Y le dijo a la esposa, “–Vamos a tener que llevar comida al pastor”. Cargaron papas, leche, manteca, huevos y verduras, y en el barro, soportando el frío, llevaron los alimentos al pastor que los necesitaba. El pastor Westphal se sorprendió: “–¿Cómo supo Ud. que no tenemos alimentos?”. Carlos Westphal era un niño entonces, pero no olvidó el gesto. Después de muchos años, siendo médico y director del sanatorio adventista recibió al hermano Keip, viejo, enfermo y pobre, lo atendió y suplió sus necesidades hasta el final de sus días.
Agregó el pastor Riffel: “Me acuerdo mucho del pastor Westphal. Él estuvo muchos años acá. Tenía una barbita larga, blanca [...] En el fondo de nuestra casa, en Aldea Jacobi, cerca de Crespo, se edificó la primera capilla, hecha de adobe de barro. Pero después había más adventistas cerca de Camps y construyeron la siguiente capilla que todavía está allí y ahora se usa como museo. A esa capilla asistí yo hasta los quince años. También fui a la escuela primaria de la iglesia”. Entonces evocó sus nueve años en el colegio adventista y sus felices 42 años como misionero.48 Pero la impresión causada por el pastor Westphal estaba intacta: “Yo lo miraba asombrado, y observaba su rostro, su bondad. De los sermones habré entendido muy poco, pero su ejemplo, su cariño, su sonrisa, su vida [...]”.
Los años pasaron. Godofredo Dalinger fue testigo de la organización de la primera iglesia cuando tenía trece años. Ochenta años después podía recordar aquellos días y ciertamente no había olvidado al pastor Westphal: “El pastor Westphal predicaba con elocuencia y convicción. ¡Era un pastor tan fervoroso! Yo creo que nunca más en la vida tendremos un pastor como era este pastor Westphal”. También llegó el centenario en 1994 y con él un nuevo recuerdo de aquel misionero que en 1894, cansado del viaje, predicó en alemán tres sermones la primera noche y condujo personas a Cristo en ese primer encuentro.
De las palabras recogidas surge tal vez el perfil de aquel misionero, y de todo verdadero misionero: consagración, fervor, sencillez, valor, bondad, amor y pasión por las almas necesitadas de Cristo y de la esperanza de su regreso.
31 Frank (Francisco) Henry Westphal (1858-1944), nacido en New London, Wisconsin, era el segundo de los once hijos de Gustavo Westphal y Enriqueta Maas. Se convirtió en adventista a los 19 años, asistió al Colegio de Battle Creek e ingresó al ministerio pastoral, siendo ordenado en 1883. Enseñó en el Union College, Lincoln, Nebraska. Se casó a los 28 años con María Thurston y tuvo cuatro hijos: Carlos, Elena (fallecida en 1895), Rut y Gracia. Era pastor en Illinois cuando en 1894 fue llamado a Sudamérica donde fue el primer ministro ordenado de la denominación y fundador de la primera iglesia. Vendió enseguida su chacra de 24 hectáreas. El 18 de julio de 1894 se embarcaron a Southampon, Inglaterra, y de allí a La Plata, Buenos Aires. Regresó definitivamente a los Estados Unidos en 1920. A la muerte de su esposa en 1932, volvió a casarse con Dena Barr. Francisco falleció a los 85 años, el 25 de febrero de 1944. Don F. Neufeld, ed., Seventh-Day Adventist Encyclopedia, Second Revised Edition (Hagerstown, MD: Review and Herald Publishing Association, 1996), 2:870-871.
32 Francisco H. Westphal, Pionero en Sudamérica, Trad. Silvia C. Scholtus de Roscher (Libertador San Martín, Entre Ríos: Centro de Investigación White, 1997), vii.
33 El pastor Westphal describió la forma de vida de los alemanes del Volga de la zona en la que trabajó. Estos se organizaban en colonias compuestas por un grupo de quince a treinta familias. Sus casas se construían de adobes secados al sol, tenían pisos de tierra alisada y se techaban con paja brava. En general contaban con dos ambientes, uno para comer y dormir, y el otro para cocinar. En una cocina de esas y cubierto con una frazada vieja intentó dormir el pastor Westphal antes de trasladarse a Crespo. F. H. Westphal, “Argentine Republic”, The Review, 30 octubre 1894.
34 Westphal, Pionero en Sudamérica, 6-7.
35 El pastor O. A. Olsen fue presidente de la Asociación General entre 1888 y 1897.
36 En 1903 retornó a los Estados Unidos, donde murió en 1937 a los 92 años de edad.
37 Héctor J. Peverini, En las huellas de la Providencia (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1988), 84.
38 La revista El faro apareció en 1897; la escuela de Las Tunas ofreció breves cursos desde 1899 y el Colegio Camarero inició sus clases en 1900. Town presidió la Asociación del Río de la Plata desde 1901; trabajó en la Asociación General de 1908 a 1930 y su presidencia en la Unión Austral se extendió hasta 1933.
39 Peverini, 57.
40 Francisco H. Westphal enseñó por tres años en el College View, Nebraska, hasta que la recuperación de su salud le permitió regresar a Sudamérica.
41 Joseph William Westphal (1861-1949), también nacido en New London, Wisconsin. Convertido en 1879, comenzó su ministerio a los 22 años y fue ordenado en 1891. Se desempeñó como pastor y presidente de la obra en Kansas. Trabajó en Sudamérica desde 1901 hasta 1930 cuando regresó a los Estados Unidos. Fue a España por dos años y se retiró a la edad de 71 años.
42 También en 1906 se creó la Misión del Alto Paraná (Paraguay, Corrientes y los territorios nacionales de Misiones, Chaco y Formosa).
43 Delegados de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay y Uruguay, con la presencia de W. W. Prescott, se reunieron en La Plata, Buenos Aires, Argentina, en febrero de 1916, para organizar la División Sudamericana de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, con oficinas en Buenos Aires. Fue elegido presidente el pastor O. Montgomery. En la misma sesión se organizó la Unión Austral (Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay) con oficinas en Buenos Aires y la presidencia de José W. Westphal. En 1921, la Asociación Argentina se divide en Asociación de Buenos Aires, Misión Argentina Central, Misión de Mendoza y Asociación del Norte Argentino. En 1926 se crea la Misión Magallánica que desaparece en 1943. En 1950 existían la Asociación Bonaerense, la Misión de Cuyo, la Asociación Argentina Central y la Misión del Norte. En 1961 se creó la Misión Patagónica. En 1971 se creó la Asociación Argentina del Sur. Terminó la Misión de Cuyo, que se integró a la Asociación Argentina Central. En 1984 se creó la Misión Argentina del Sur. En 1988 se creó la Misión Argentina del Noroeste y la Asociación Argentina del Norte.
44 Su libro se llamó originalmente Pioneering in the Neglected Continent (Nashville, Tennessee: Southern Publishing Association, 1927).
45 Entrevistas realizadas por el Dr. Víctor Casali, del Centro de Investigación White, a Herbert y Chester Westphal en 1994, y a Susana Block de Beskow, Niels Wensell, Santiago Bernhardt y José Riffel en 1991.
46 Peverini, 53.
47 Ibíd., 63.
48 El pastor José Riffel, fallecido en 2006, y su esposa Lidia Kremer de Riffel fueron misioneros en Argentina, Uruguay, Chile y Perú.
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