Kitabı oku: «Soy Jesús, vida y esperanza»
Soy Jesús, vida y esperanza
Daniel Plenc

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Soy Jesús, vida y esperanza
Daniel Plenc
Dirección: Jael Jerez
Diseño de tapa: Andrea Olmedo Nissen
Diseño del interior: Giannina Osorio
Ilustración: Darrel Tank
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXXI
Es propiedad. © 2012, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-398-2
| Plenc, Daniel OscarSoy Jesús, vida y esperanza / Daniel Oscar Plenc / Dirigido por Jael Jerez / Ilustrado por Darrel Tank. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: OnlineISBN 978-987-798-398-21. Cristología. 2. Jesucristo. I. Jerez, Jael, dir. II. Tank, Darrel, ilus. III. Título.CDD 226.5 |
Publicado el 23 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
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Prólogo
Vida, plenitud, sentido y esperanza. ¡Cuánto necesitan estas cosas los seres humanos! ¡Cuánto las buscan por los caminos más diversos! El hombre no se resigna a la mera existencia, efímera y carente de razón y de futuro. El objeto de su búsqueda es huidizo e incierto, aun para las mentes más brillantes y los intelectos más cultivados. Entonces desespera de sí, mismo y mira al cielo en busca de una señal que le devuelva la ilusión y la perspectiva trascendente.
Este libro procura crear un ámbito donde Jesús pueda presentarse a sí mismo y hablarnos de su oferta de una vida en plenitud y esperanza. Toma el Evangelio de Juan como su texto y las ocasiones cuando Jesús se identifica como el “Yo Soy” en el último año de su ministerio.
Las más sugestivas metáforas desfilarán delante del lector, invitándolo a comprenderlas en su simplicidad y cotidianeidad. El pan y la luz; una puerta y un pastor, el camino y la vid, así como los sublimes tópicos de la resurrección, la verdad y la vida. Cada predicado será una fuente de riqueza insospechada, ante el reto de comprobar lo que Cristo vino a traernos.
Jesús puede hacer que lo comprendamos tal como él lo desea. Que miremos por momentos en el misterio de su Persona divina y eterna, convertida en carne humana, apta para el sacrificio redentor. A la luz de Jesús irán apareciendo las doctrinas más importantes que profesarán quienes lo siguen con sinceridad.
Nos proponemos, en definitiva, escuchar lo que el Señor tiene para decirnos sobre su Persona y su obra, con la convicción de que es posible hallar en esas palabras una razón para la vida, con proyección de eternidad y de una existencia de abundancia espiritual y de plenitud de sentido.
Vayan las páginas que siguen al encuentro de todos aquellos que, sabiéndolo o no, necesitan la certeza de haber encontrado un camino para la vida y una razón para la esperanza.
Daniel Oscar Plenc
Capítulo 1
Cuando todo sea rutina
Las actividades rutinarias (esas cosas que hacemos y repetimos casi sin pensar), ocupan una porción importante de nuestro tiempo cotidiano. En ocasiones, la vida misma parece volverse una rutina. Se ahondan las huellas acostumbradas, hasta que lo usual nos sofoca, insensibiliza y automatiza, robándonos el sentido y la alegría. La rutina nos hace actuar sin reflexionar, nos deja existir casi sin vivir. Nos brinda una comodidad que no satisface, una tradición que aburre y agobia.
Esos tiempos de rutina pueden interrumpirse ante lo sorpresivo, que cambia el curso de las cosas y nos obliga a dejar de repetirnos. Esas sorpresas, dichosas o sombrías, sacuden nuestras costumbres, planteándonos desafíos renovados. Descubrir a Dios, acaso sea la mayor de las sorpresas que puede renovar para siempre el sentido de la vida.
El relato bíblico registrado en el capítulo tercero de Éxodo, cuenta de un encuentro de Moisés con Cristo en el Sinaí (también llamado Horeb), que ciertamente lo sacó de su rutina. Esas apariciones divinas de las cuales hablan las Escrituras reciben el nombre de “teofanías”. Bien podría hablarse aquí de una “cristofanía”. La manifestación gloriosa sorprendió al patriarca, pues no esperaba que algo tan singular le pudiera suceder. Nada volvería a ser igual después de este momento.
Según los datos de la cronología bíblica, Moisés debió nacer por el 1525 a.C., y era ya el año 1445 a.C. Habían transcurrido ochenta años desde que Amram y Jocabed, sus piadosos padres de la tribu de Leví, lo recibieran con temor y angustia, por el decreto real de muerte que se aplicaba a todos los hebreos varones que nacían en territorio egipcio. Habían pasado ochenta años desde que la princesa egipcia lo rescatara de las aguas del Nilo, a fin de adoptarlo y educarlo.
Cuarenta años habían quedado atrás desde que una decisión equivocada y temeraria lo obligó a dejar Egipto para refugiarse en Madián, del otro lado del golfo de Akaba. Con Séfora formó una familia, y adoptó el oficio de pastor. Como buen ovejero trashumante, en busca de pasturas llegó finalmente a la llanura frente al Sinaí. Con ochenta años encima, es probable que Moisés no tuviera grandes expectativas para su vida, ni muchos planes para el futuro. Los desafíos usuales de la subsistencia y del hogar lo habían llevado a la rutina. Algo, sin embargo, debía preocuparlo desde hacía largo tiempo, y era la condición de sus hermanos hebreos cautivos y esclavizados en Egipto. Moisés, seguramente, incluyó estas inquietudes en sus reflexiones y en sus plegarias cotidianas.
Fue entonces cuando lo sorprendió la visión de Cristo; visión de la cual aprendió lecciones que marcaron definitivamente su existir. Esas lecciones pueden ser significativas para nosotros, como lo fueron para Moisés, pues Dios no ha perdido su capacidad de sorprender a los hombres. Un acercamiento a la presencia divina puede orientar nuestro derrotero y abrir ante nosotros un camino de esperanza.
El notable pasaje de Éxodo 3:1 al 15 contiene algunas ideas, que podemos adoptar en medio de la rutina de nuestro transitar.
Lección acerca de la santidad y la reverencia
“Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios.
Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía.
Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema.
Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí.
Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es.
Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios” (Éxo. 3:1-6).
Moisés se había acostumbrado a las cosas comunes. Todo era común a su alrededor, tan común como su trabajo de pastor. El sol abrasador de aquellos parajes castigaba como siempre el paisaje semiárido del Sinaí. Hasta sus expectativas y esperanzas se habían vuelto vulgares. Es que los hombres se inclinan con naturalidad a las cosas comunes y seculares (aquello que se limita a este tiempo y a este mundo). Sin embargo, el Cielo había comenzado a obrar cosas muy poco frecuentes, delante de sus mismos ojos. La zarza era común, no así el fuego que resplandecía sin quemar. El Ángel de Dios apartó a Moisés de las cosas acostumbradas y lo confrontó con la santidad de las cosas divinas. El Nuevo Testamento suma al antiguo relato algunos detalles interesantes: “Al cabo de cuarenta años se le apareció un ángel en el desierto del monte Sinaí, sobre la llama de una zarza ardiendo. Moisés se maravilló al ver la visión [...] Moisés temblaba y no se atrevía a mirar” (Hech. 7:30-32).
¿Tierra santa? La santidad es un tema bíblico de extrema importancia. Santo es, en esencia, aquello que ha sido separado, dedicado o consagrado. Sobre todo, Dios es santo. Dios es el totaliter aliter [totalmente otro], como decía el teólogo suizo Karl Barth. Y ese Dios santo pide que sus hijos también lo sean. Santo puede ser un hombre, un pueblo, un tiempo, un nombre divino, un lugar. Es decir, cualquier cosa que se dedica a Dios o a su servicio. Sobre todo, la santidad tiene que ver con la presencia de Dios, y la reverencia es la respuesta humana adecuada. El lugar que Moisés pisaba no tenía nada que lo hiciera especial, salvo la presencia divina. Esa presencia hizo de aquella tierra profana un lugar santo. Era importante para Moisés saber que Dios estaba allí; solo necesitaba saber cómo acercársele.
¿Cómo pueden los hombres falibles acercarse a un Dios santo? Respondiendo a su invitación y tal como él lo indica, es decir, con reverencia.
La idea bíblica de reverencia, respeto o “temor” indica una actitud de fidelidad y una disposición a la obediencia. Tiene el sentido amplio de un estilo de vida que honre a Dios; un caminar con Dios haciendo su voluntad. Escribió Elena de White: “La verdadera reverencia se manifiesta por medio de la obediencia”.1 De igual forma se ha definido el culto como la manifestación de reverencia en su presencia.
El comentario de Elena G. de White es oportuno. “La humildad y la reverencia deben caracterizar el comportamiento de todos los que se allegan a la presencia de Dios. En el nombre de Jesús podemos acercarnos a él con confianza, pero no debemos hacerlo con la osadía de la presunción, como si el Señor estuviese al mismo nivel que nosotros. Algunos se dirigen al Dios grande, todopoderoso y santo, que habita en luz inaccesible, como si se dirigieran a un igual o a un inferior. Hay quienes se comportan en la casa de Dios como no se atreverían a hacerlo en la sala de audiencias de un soberano terrenal”.2
Una experiencia similar vivió Jacob ante otra manifestación de la presencia de Dios. El patriarca exclamó en aquella oportunidad: “¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo” (Gén. 28:17).
Cuando los hombres son capaces de descubrir la presencia de Cristo en medio de las cosas comunes de la vida, dan lugar a uno de los sentimientos más sublimes y necesarios, el del respeto y la reverencia. Elena de White dice que “la verdadera reverencia hacia Dios nos es inspirada por un sentido de su infinita grandeza y un reconocimiento de su presencia”. Añade: “La presencia de Dios hace que tanto el lugar como la hora de la oración sean sagrados. Y al manifestar reverencia por nuestra actitud y conducta, se profundiza en nosotros el sentimiento que la inspira”.3
Moisés supo, lo que nosotros necesitamos aprender: que Dios está presente, invitándonos a acercarnos con un profundo sentido del privilegio y la responsabilidad de vivir en su presencia.
Lección acerca del interés de Dios por sus hijos
“Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, a los lugares del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo.
El clamor, pues, de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen” (Éxo. 3:7-9).
Moisés se había alejado de Egipto cuarenta años atrás, sin por ello perder sus raíces ni olvidar a su pueblo esclavizado. Fue por defender a un hebreo maltratado que debió huir a la tierra de Madián (Éxo. 2:11-15). Aunque se había criado en la corte del Faraón, sabía que aquellos esclavos sometidos a las tareas más pesadas eran sus hermanos. Ahora, junto a la zarza que ardía, Moisés entendió que su ansiedad por su pueblo era también la preocupación de Dios.
La lección que el anciano pastor empezaba a entender es todavía significativa: Dios ve la aflicción, oye el clamor, conoce las angustias de sus hijos. El Señor en el que hemos confiado no es un ser distraído, desinteresado o desatento. El Dios de la Biblia no se parece en nada al Dios que imaginaron los filósofos deístas. Estos pensadores racionales creyeron que todo lo que no pudiera explicarse por la razón debía desecharse como superstición. Dejaron de lado la revelación y creyeron en una religión natural, implantada en la naturaleza del hombre. No negaban la existencia de un Dios creador, pero descreían de su intervención en el mundo. Notables patriotas americanos como Benjamín Franklin (1706-1790) y Tomás Jefferson (1743-1826) adhirieron al deísmo. El Señor que se apareció a Moisés tampoco se parecía a la divinidad concebida por el panteísmo. El panteísmo cree que todo es Dios, y que Dios es todo. Dios deja de ser una persona, para confundirse con la naturaleza. Es cierto que Dios trasciende a las cosas que ha creado, mas no al punto de volverse indiferente. Tampoco está tan cerca como para confundirse con los elementos de la naturaleza y dejar de ser una persona.
Dios está en lo alto, sin dejar de mirarnos. Nuestras aflicciones lo conmueven y nuestras súplicas llegan a sus oídos. Cuando comenzamos a vivir en la presencia de Cristo, comprendemos que no estamos solos ni abandonados. La soledad y el desconsuelo ceden ante la esperanza que surge de la confianza en un Dios que ve nuestra aflicción, que oye el clamor de sus hijos y puede librarnos.
Escribió un judío cautivo durante la Segunda Guerra: “Creo en el sol, aunque no esté brillando; creo en el amor, aunque no lo sienta; creo en Dios, aunque esté callado”. El silencio divino no significa indiferencia ni abandono. Como lo expresaba certeramente una anciana creyente, cuando daba testimonio de su vivencia con Dios: “Yo vivo sola, pero no me siento sola; porque cuando me arrodillo para orar, siento que Dios está conmigo”.
Lección acerca de la humildad, la confianza y la obediencia
El diálogo entre Dios y Moisés continuó, mientras la sorpresa del patriarca iba en aumento. Tenía instrucciones adicionales que aprender.
“Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel.
Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?
Y él respondió: Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte” (Éxo. 3:10-12).
Moisés se había educado en Egipto, el gran centro político, militar y cultural de ese tiempo. Disfrutó de privilegios que se negaron a los demás hebreos. Como “hijo de la hija de Faraón” (Heb. 11:24), gozaba de prestigio e influencia. Dice la Biblia de Jerusalén: “En esa coyuntura nació Moisés, que era hermoso a los ojos de Dios. Durante tres meses fue criado en la casa de su padre; después fue expuesto y le recogió la hija de Faraón, quien le crió como hijo suyo. Moisés fue educado en toda la sabiduría de los egipcios y fue poderoso en sus palabras y en sus obras” (Hech. 7:20-22). Escribió Elena de White al respecto: “En la corte de Faraón, Moisés recibió la más alta educación civil y militar. El monarca había decidido hacer de su nieto adoptivo el sucesor del trono, y el joven fue educado para esa alta posición”.4
Sin embargo, había para su vida planes muy diferentes trazados por Dios; proyectos que entonces no alcanzaba a vislumbrar y para los cuales no era competente. “Moisés no estaba preparado para su gran obra. Aún tenía que aprender la misma lección de fe que se les había enseñado a Abraham y a Jacob, es decir, a no depender, para el cumplimiento de las promesas de Dios, de la fuerza y sabiduría humanas, sino del poder divino”.5 No obstante, esa era historia pasada. Alejado por cuarenta años de “los tesoros de los egipcios” (Heb. 11:26), había ingresado en la escuela del desierto y había aprendido mucho en contacto con las obras del Creador. La austeridad de aquellas soledades le enseñó la humildad y la paciencia, la desconfianza propia y la dependencia de Dios. “Así desarrolló hábitos de atento cuidado, olvido de sí mismo y tierna solicitud por su rebaño, que lo prepararon parar ser el compasivo y paciente pastor de Israel. Ninguna ventaja que la educación o la cultura humanas pudiesen otorgar, podría haber sustituido a esta experiencia”.6
Ante el llamado de Dios, Moisés pregunta: “¿Quién soy yo?”. No quedaba en él rastro alguno de suficiencia propia ni conciencia de su capacidad. “Moisés llegó a ser paciente, reverente y humilde, ‘muy manso, más manso que todos los hombres que había sobre la tierra’ (Núm. 12:3), y sin embargo, era fuerte en su fe en el poderoso Dios de Jacob”.7 Ahora el Señor lo anima a sumar a su vivencia la confianza en Dios y la obediencia a su voz. Le aseguró: “Ve, porque Yo estaré contigo”. Hay aquí un mandato: “Ve”, así como una promesa extraordinaria, tantas veces repetida por Dios a sus hijos: “Yo estaré contigo”. Sus mandatos no son imposiciones ni arbitrariedades, son habilitaciones, promesas y bendiciones disfrazadas. Quien rechaza el mandato pensando que no puede, rechaza a Aquel que lo hace posible. Tal vez no exista otra promesa más sublime que esta: “Yo estaré contigo”; ya que estar con Dios es mucho más que saberse acompañado; es contar con él, es recibir todo lo que falta; es un vínculo vital que fortalece y transforma. Moisés se miró a sí mismo cuando dijo “¿Quién soy yo?”. Una pregunta que no necesitaba respuesta. La réplica de Dios fue: “Yo estaré contigo”. Como si el Señor le dijera: Lo importante no es quién eres, sino quién está contigo.
Un encuentro con la persona gloriosa de Cristo es siempre un recordatorio de nuestra pequeñez, al tiempo que una invitación a la aceptación confiada del plan de Dios para nuestra vida. Más importante que saber quién soy yo, es darme cuenta de quién es el que me llama y quién es el que va conmigo. La humildad es el punto de partida; la confianza en Dios es lo que sigue. La humildad aleja la confianza propia y predispone para la seguridad que podemos tener en Dios. La intimidad con Dios conduce a la obediencia, porque los mandatos divinos son promesas de realización. Esas promesas que vienen de lo alto son portales para un existir lleno de sentido y esperanza.
Lección del conocimiento de Dios
El patriarca tenía en su mente cuestiones no resueltas, las que transfirió al Señor con toda naturalidad.
“Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé?
Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.
Además Dios dijo a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos” (Éxo. 3:13-15).
El monoteísmo es parte esencial de la religiosidad hebrea. Max Weber dice que el judaísmo fue la primera religión rigurosamente monoteísta. Este concepto se proyectó luego al cristianismo y al Islam. La estructura del pueblo hebreo asienta sobre el lema: “Un Dios, un pueblo, una ley”. Esa cualidad, fundamental desde los tiempos de los grandes patriarcas, se había perdido en gran medida durante la esclavitud de Israel en Egipto. Moisés necesitaba saber a ciencia cierta cómo nombrar a Dios, y se anticipa a la cuestión que bien podría surgir: “¿Cuál es su nombre?” Preguntar por su nombre equivalía a indagar respecto de cómo es Dios; cómo es su naturaleza. La respuesta de Dios, enigmática como parece, deja otra lección que el patriarca y su pueblo necesitaban aprender. Una lección que todavía se necesita escuchar. Antes de poder hacer algo por su pueblo, Moisés necesitaba saber más de Dios. Esa era, sin duda, su mayor necesidad. Es también nuestra necesidad más elemental.
La respuesta divina fue: “YO SOY EL QUE SOY”. El texto que la encierra es considerado como una de las revelaciones culminantes del Antiguo Testamento. No obstante, encierra cierta dificultad. “YO SOY EL QUE SOY” equivale a “Yo soy el que existo”. Alude al que existe, desde siempre y para siempre. Describe al Ser que trasciende a todo y que, sin embargo, actúa en todo, incluyendo la historia de los hombres. Los dioses paganos no pasan de ser invenciones y fantasías, con ninguna realidad. El Dios que se había aparecido a Moisés es el único existente. El sagrado nombre que en las Escrituras del Antiguo Testamento se registra con cuatro consonantes hebreas (YHWH) y se traduce como Yahvé, Yahveh o Jehová, está vinculado al verbo “ser”. Un nombre tan sagrado que los israelitas nunca pronunciaban. Lo reemplazaban por “el Señor”. Las implicaciones son inmensas. Dios es eterno y existe por sí mismo. El YO SOY era en sí mismo una promesa, no solo de la existencia, sino de la presencia real de Dios con su pueblo.
Toda la Biblia enseña sobre la eternidad de Dios. Esa existencia sin límite de tiempo nos admira y reconforta. Abraham invocó al Señor en Beerseba y lo llamó “Dios eterno” (Gén. 21:33). David bendijo el nombre de Dios, cuya existencia es “de eternidad a eternidad” (1 Crón. 16:36), “desde el siglo y hasta el siglo” (1 Crón. 29:10), “desde la eternidad y hasta la eternidad” (Sal. 106:48). Isaías se refirió a Dios como “el que habita la eternidad” (Isa. 57:15). El rey Nabucodonosor emergió del paganismo y se dispuso a alabar y glorificar “al que vive para siempre” (Dan. 4:34). Algo similar ocurrió con Darío de Media, quien ordenó temer ante el Dios que “permanece por todos los siglos” (Dan. 6:26). Pablo asegura que solo Dios es eterno (Efe. 3:21; 1 Tim. 1:17; 6:16). El Apocalipsis alude al YO SOY de Éxodo 3:14, cuando dice que los seres celestiales adoran a Dios, “el que era, el que es, y el que ha de venir” (Apoc. 4:8); y los veinticuatro ancianos se postran y adoran “al que vive por los siglos de los siglos” (Apoc. 5:14), diciendo: “Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras y que has de venir [...]” (Apoc. 11:16).
La Biblia vuelve vez tras vez a la idea del YO SOY. Quince siglos después de la aparición a Moisés, el Dios eterno se hizo hombre y volvió a manifestarse al mundo en la persona de Jesús. En varias ocasiones singulares de su ministerio empleó la misma expresión que había usado con Moisés, diciendo simplemente “Yo Soy”, sin predicado (véase Juan 4:26; 8:24, 28, 58; 13:19). Siete veces utiliza la expresión “Yo soy” con predicado (véase Juan 6:35, 51; 8:12; 10:7, 9; 10:11, 14; 11:25; 14:6; 15:1, 5). Esas declaraciones constituyen descripciones magníficas de su Persona y de su obra salvadora. Estas afirmaciones serán el motivo de estudio de este libro: Yo soy el pan de vida. Yo soy la luz del mundo. Yo soy la puerta de las ovejas. Yo soy el buen pastor. Yo soy la resurrección y la vida. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Yo soy la vid verdadera.
“Fue Cristo quien habló a Moisés desde la zarza del monte Horeb diciendo: ‘YO SOY EL QUE SOY’ [...] Así dirás a los hijos de Israel: ‘YO SOY me envió a vosotros’ (Éxo. 3:14). Tal era la garantía de la liberación de Israel. Asimismo cuando vino ‘en semejanza de los hombres’, se declaró el YO SOY”.8
En estas expresiones Jesús se describió a sí mismo. Por ellas podemos entender su misión y su obra perdurable. Ellas explican la razón por la que Jesús es la esperanza de vida. En realidad, la palabra “esperanza” no está presente en el Evangelio de Juan. Surge, sin embargo, de cada relato, de cada ilustración, de cada palabra del Señor. El Evangelio de Juan no habla mucho de las realidades futuras. En él, las cosas que Dios hará son tan ciertas que ya están presentes.9 En Juan, el futuro ya ha llegado y los dones de Cristo ya están disponibles ahora.
Conclusión
Luego de la visión del Sinaí, la vida de Moisés no volvió a ser la misma. La revelación de Cristo rompió para siempre la monotonía de su vida. Su existir se volvió tantas veces más interesante, más ocupado y más trascendente de lo que había podido imaginar. Su encuentro con el YO SOY le mostró un sentido más profundo y perdurable.
La edad no parece ser importante, ni la condición personal ni las expectativas sobre el presente o el futuro. Un acercamiento a la presencia del Señor puede darnos una dimensión insospechada. Puede ser el inicio hacia la vida y la esperanza. Durante las sesiones de un congreso cristiano, un hombre maduro daba testimonio de la felicidad que había encontrado en el Señor. “Lo único que lamento” –dijo– “es no haberlo conocido antes”.
¿Cuáles son los significados que se desprenden de la experiencia de Moisés ante la gloria divina?: (a) Que en medio de las cosas comunes de la vida es posible hallar algo diferente, porque existe un Dios santo. (b) Que el Ser santo no es indiferente, sino que se interesa por sus hijos. (c) Que el Dios de los cielos también está con nosotros y tiene un plan para ofrecernos. (d) Que en medio de lo efímero de todo lo que nos rodea, existe para siempre.
Quien se allega a la presencia divina puede también aprender a confiar en el amor, en el interés y en el plan de Dios para su vida. Todo cambia cuando se vive ante Dios. El Eterno se transforma en la esperanza de la vida.
1 Elena de White, My Life Today (Washington, D. C.: Review and Herald, 1952), p. 284.
2 __________, Patriarcas y profetas (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1971), pp. 256, 257.
3 __________, Profetas y reyes (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1957), p. 34.
4 __________, Patriarcas y profetas, p. 250.
5 Ibíd., p. 253.
6 Ibíd., p. 254.
7 Ibíd., p. 255.
8 __________, La segunda venida y el cielo, trad. Juan Carlos Viera (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2005), p. 17.
9 Juan Mateos y Juan Barreto, Vocabulario teológico del Evangelio de Juan (Madrid: Ediciones cristiandad, 1980), p. 97.
Capítulo 2
Cuando algo te falte: “Yo soy el pan de vida”
Los siete “Yo soy” son una peculiaridad del Evangelio de Juan. El apóstol Juan era un sobreviviente, cuando fue movido por la inspiración a escribir el sublime relato. En las postrimerías del primer siglo, los demás apóstoles habían muerto y, probablemente, quedaban pocas personas que hubiesen conocido al Señor. “Como último sobreviviente de los discípulos que estuvieron íntimamente relacionados con el Salvador, su mensaje tuvo una gran influencia en el establecimiento del hecho de que Jesús era el Mesías, el Redentor del mundo. Nadie podía dudar de su sinceridad, y mediante sus enseñanzas muchos fueron inducidos a salir de la incredulidad”.10 A la sazón, el apóstol vuelve a contar la historia de Jesús a quienes no habían tenido el privilegio de ser testigos de su ministerio.
Impactan la sencillez y la profundidad espiritual del Evangelio de Juan, uno de los documentos más inspiradores del Nuevo Testamento. Se parece poco a los otros Evangelios. El autor del cuarto Evangelio cuenta historias diferentes, no registra parábolas y los milagros son pocos, aunque elegidos reflexivamente.
Su autor, Juan, hijo de Zebedeo, nunca usa su propio nombre para hablar de sí mismo. En cambio, se presenta como el discípulo al que Jesús amaba. Cuando menciona el nombre Juan, es para referirse al Bautista. No da la impresión de un hombre preocupado por su identidad personal, sino por la identidad de Jesús. Se supo amado y transformado por el Señor; entonces, propuso a sus lectores una experiencia personal con Jesús como la que él había disfrutado. O, tal vez entendió que la identidad más significativa se construye a partir de sentirse amado y aceptado por el Señor.
Entre otras características, el Evangelio de Juan reitera la fórmula “Yo Soy” (griego égo eimí) por parte de Jesús. Los símbolos que sirven de predicados nos hablan de la persona y de la obra de Jesús. Todos ellos están tomados de la vida diaria, de las cosas comunes como el pan o la luz, las ovejas o la vid.
Es posible que los “Yo Soy” estén relacionados con alguno de los milagros de Jesús. John R. W. Stott observó que Juan construyó su Evangelio alrededor de seis o siete “señales” seleccionadas (Juan 20:30, 31), y las asoció con las grandes declaraciones de Cristo que comienzan con las palabras “Yo soy”.11
Varios “Yo soy” tienen claras conexiones con las fiestas de Israel. La frase “Yo soy el pan de vida” se pronunció en el tiempo de la Pascua, la principal celebración de la primavera, y se relaciona claramente con el milagro de la multiplicación del pan. “Yo soy la luz del mundo” se corresponde con la fiesta de los Tabernáculos, celebrada en otoño, y con el sanamiento del ciego de nacimiento. “Yo soy la puerta de las ovejas” y “Yo soy el buen pastor” tienen el mismo contexto. La expresión “Yo soy la resurrección y la vida” pertenece al tiempo invernal de la fiesta de la Dedicación, o Hanukah, y se pronunció poco antes de la resurrección de Lázaro. “Yo soy el camino, la verdad y la vida” y “Yo soy la vid verdadera” se asocian una vez más con la Pascua hebrea.
El pan de vida
Dijo Jesús: “Yo soy el pan de vida” (Juan 6:41, 48). Esta declaración se encuentra en el capítulo seis del Evangelio de Juan, uno de los textos más importantes del Nuevo Testamento. Acerca de él escribió Elena de White: “La Palabra del Dios viviente debe ser nuestra guía. Cada uno debe comprender que depende de Aquel a quien pertenece por creación y por redención. Lean y estudien las declaraciones registradas en el capítulo seis de Juan. Oren para lograr una comprensión de estas verdades. Me alarma ver la debilidad espiritual de quienes han tenido una luz tan grande. Si hubieran caminado en esta luz, serían fuertes en el Señor”.12
“Y estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos” (Juan 6:4). Se trataba posiblemente de la Pascua del año 30. Grandes contingentes viajaban entonces a Jerusalén para la festividad que conmemoraba el éxodo de Israel. La peregrinación al Templo era amenizada con la entonación de alegres alabanzas (los Salmos 120 al 134 eran conocidos como cánticos ascensionales, llamados también graduales o de las subidas). En realidad, los siete “Yo Soy” se pronunciaron entre la Pascua del año 30 y la pascua del 31. En la primera Jesús habló del pan; en la última de la vid; ambos elementos relacionados con la Pascua y con la Cena del Señor.
De las cuatro pascuas ocurridas durante el ministerio de Jesús, esta fue la única en que estuvo ausente de Jerusalén (Juan 2:13; 5:1; 12:1, 12). Ya no le era fácil volver, pues los dirigentes lo habían rechazado. Regresaría en la siguiente Pascua, para ofrecer el sacrificio de su propia vida como cordero de Dios. Jesús habría de morir el día de la Pascua y en la hora del sacrificio. Aunque se mantuvo alejado del gran Templo, no dejó de hablar del pan, elemento siempre presente en la fiesta de Pascua.
La alimentación de los cinco mil en Galilea preparó el escenario. ¡Qué día fue aquel! La multitud entusiasmada había querido hacerlo rey (Juan 6:1-15). Todo parecía indicar el amanecer de un nuevo día, después de tantos años de opresión extranjera. A duras penas logró Jesús convencerlos de su error acerca de la naturaleza de su obra y de su Reino.
Cuando Jesús se marchó, la muchedumbre lo siguió a Capernaúm, en la otra orilla del Mar de Galilea (Juan 6:22-24). En la sinagoga de aquella comunidad cercana al lago, Jesús les habló de un pan diferente, que pocos lograron comprender (Juan 6:25-59). Cinco veces Jesús se identificó como el pan de vida (Juan 6:35, 41, 48, 51, 58).
Teniendo delante de nosotros estas escenas y prestando oídos a las palabras incomparables del Señor, vamos a plantearnos un par de preguntas sencillas, para nuestra edificación espiritual. Encontrar respuestas adecuadas a estos interrogantes puede significar un hallazgo perdurable de sentido y esperanza.
¿Por qué necesitamos comer este pan?
En primer lugar, porque solo ese pan otorga vida eterna. “Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo” (Juan 6:32, 33). Un poco más adelante en su discurso, Jesús insiste en la idea de la vida otorgada por el pan. “Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (Juan 6:50, 51). Al cierre de la exposición, la idea retorna con renovada fuerza. “Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente. Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Capernaum” (Juan 6:57-59).
El pan es uno de los alimentos más antiguos y extendidos del mundo. Es un alimento básico que se puede preparar de muchas maneras, mezclando harinas o granos molidos con líquidos. La harina puede ser de trigo, centeno, cebada, maíz, arroz, papas, soja, etc. Cuando se emplea levadura, la masa se fermenta produciendo burbujas gaseosas, que incrementan su volumen y la porosidad. El pan ácimo no lleva levadura. En la Edad Media el pan blanco estaba reservado para los ricos y el negro para los pobres. Sin embargo, las ideas actuales de alimentación saludable han vuelto a valorar los panes integrales, o negros.
Es interesante que en las islas del sur del Pacífico exista el llamado árbol del pan. Se lo cultiva porque su fruto es el principal alimento de la zona. Este tiene una pulpa blanca y harinosa, con la cual se pueden elaborar panes y otros alimentos muy apreciados.
En tiempos de Cristo, el pan se hacía con harina de varios cereales integrales, ricos en nutrientes. En muchos casos, no se trataba de un complemento para la comida, sino que el pan era la comida. Junto al mar de Galilea, el pan y el pescado eran en realidad la base de la alimentación. No podría Jesús haber apelado a un símbolo más comprensible y cotidiano. Sin embargo, sabroso y nutritivo como era, el pan de cada día no era más que una ayuda para sostener la vida. En su discurso, Jesús no está hablando de esa vida necesitada del alimento diario. Comer de este pan significa tener vida eterna, porque el pan es Jesús.
El Señor se compara a sí mismo con el maná que alimentó a Israel durante los años de su peregrinaje (Juan 6:31-33, 49-50). De esa manera, volvía a poner en la mente de sus oyentes el antiguo y conmovedor relato de la caída del maná registrado en el Éxodo (Éxo. 16:4, 5, 14, 26, 31, 35). Escribió el salmista al respecto: “Sin embargo, mandó a las nubes de arriba, y abrió las puertas de los cielos, e hizo llover sobre ellos maná para que comiesen, y les dio trigo de los cielos. Pan de nobles comió el hombre; les envió comida hasta saciarles” (Salmos 78:23-25).
La palabra “maná” (del hebreo mân) significa, literalmente, “¿Qué?”, porque el pueblo asombrado preguntó: “¿Qué es esto?” (Éxo. 16:15). Ese alimento, menudo y redondo, sabía a “hojuelas con miel” y a “aceite nuevo” (Éxo. 16:14, 31; Núm. 11:8). Los israelitas recogían diariamente un gomer (como dos litros) (Éxo. 16:16), con excepción del día de reposo. Es posible que la milenaria evocación del maná perdure en los dos panes que muchos judíos siguen colocando sobre la mesa familiar cada sábado. Conmemoran así la doble porción de maná que caía el viernes y de la cual comían durante el sábado. Se proponen, como antaño, recordar y observar el sábado, encendiendo dos luces a la puesta del sol. Hay importantes lecciones en el relato del maná; lecciones del esfuerzo cotidiano por la búsqueda del pan y de la necesidad del reposo y la gratitud; enseñanzas acerca del empeño y la responsabilidad, así como de la confianza y la entrega.
El maná fue un don de Dios entregado a su pueblo, sustento y esperanza de vida en la ruta árida del desierto. Era un pan celestial que descendió a la tierra para dar vida a los hombres que lo recogieran. Concentraba en sí mismo todo lo que necesitaban para conservarse sanos y fuertes. Como lo escribió Moisés: “Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre” (Deut. 8:3). Con todo, el maná no daba vida eterna; solo la simbolizaba. El maná era todavía un alimento efímero y temporal. Miles y miles de aquellos que comieron diariamente el maná murieron en el desierto, sin llegar a la tierra prometida. Jesús es el verdadero pan de una nueva Pascua, portador de un alimento celestial recibido por fe.
Jesús era más que los panes multiplicados milagrosamente la tarde anterior en las cercanías del mar de Galilea: Jesús da vida eterna, una vida que no puede ser destruida ni con la misma muerte. “Todo el Evangelio de Juan define el ministerio de Cristo como la acción de traer vida abundante, o la plenitud de la vida, a los seres humanos (Juan 10:10). Esto se hace evidente en la frecuencia de la palabra vida, cuya presencia es mucho más abundante en los doce primeros capítulos, que relatan la acción de Cristo entre los incrédulos. En esta sección, el término vida se menciona 32 veces”.13
En los Evangelios encontramos pocas evidencias de que Jesús haya utilizado con frecuencia la palabra “salvación”. Habló del Reino eterno de Dios y habló de “vida”. En Juan, “vida” equivale a salvación, vida espiritual y abundante en el tiempo presente, y vida eterna en el día postrero. Así lo creía Elena de White: “Para el cristiano, la muerte es tan solo un sueño, un momento de silencio y tinieblas. La vida está oculta con Cristo en Dios [...]”.14
Un estudiante universitario realizaba una serie de lecciones de estudio de la Biblia, cuando se confrontó con la triste noticia del fallecimiento prematuro de su padre. Se sentía golpeado y entristecido, necesitado de esperanza. La doctrina de la resurrección le dio aliento, aunque no lograba evitar la idea de que su padre seguía viviendo en alguna parte. Se preguntaba si el alma de su padre no estaba en ese “espíritu” que vuelve a Dios, según lo expresa Salomón (Ecl. 12:7). Comprendió, finalmente, que su padre estaría siempre en la mente de Dios hasta el día de la restauración final y del reencuentro, en el día del regreso de Cristo. El verdadero pan del cielo, Jesucristo, vino para ofrecernos una esperanza tal. Esperanza de vida eterna, en medio de la finitud de cuanto nos rodea.
Hay otra razón que justifica comer del pan ofrecido por el cielo; este pan puede saciar el alma. “Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mi viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:35).
El pecado nos ha quitado muchas cosas: el hogar edénico, la santidad, la alegría del contacto directo con Dios, la vida misma. Pero, ni seis mil años de enemistad, autosuficiencia y pecado nos han quitado el hambre y la sed de Dios. Agustín lo expresó en forma muy hermosa, al decir: “[...] nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti”.15 Billy Graham solía decir que en el corazón de cada ser humano existe un hueco que tiene la forma de Dios.
El hambre y la sed representan necesidades humanas fundamentales. Tanto el hambre como la sed se definen como la gana y la necesidad de comer/beber; como apetito o deseo vehemente de algo. En la conocida pirámide del psicólogo humanista estadounidense Abraham Maslow (1908-1970), las necesidades fisiológicas (alimentación, agua, aire, sueño, abrigo) están en la base. Una vez satisfechas, se puede pensar en las siguientes: seguridad o protección (libertad de peligro, ansiedad y amenaza), aceptación social (afecto, amor, pertenencia y amistad), autoestima (autovalía, éxito, prestigio), conocimiento, estética y autorrealización. Al compararse con el pan, Jesús se ofrece a sí mismo como fuente irreemplazable y fundamental de satisfacción.
La multitud quería ese pan, pero se negó a recibir a Cristo. Lo mismo podría ocurrirnos si no nos abastecemos del pan vivo. Andaremos hambrientos y sedientos toda la vida. ¡Cuántos han dejado transcurrir el tiempo sin haber encontrado jamás aquello que de verdad sacia! Solo Cristo puede colmar una existencia fragmentada, incompleta y, tal vez, vacía. El pan espiritual es vida eterna; comerlo trae esperanza de eternidad, de trascendencia, de una existencia con sentido verdadero. La invitación de Jesús a comer de ese alimento celestial llega a nosotros, personas necesitadas de esperanza.
¿Cómo obtener el pan de vida?
En primer lugar, debemos venir a Cristo, es decir, creer en él. “Para recibir la vida es necesario ir a Jesús y creer en él”.16 “Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:35). Hay en este texto un indudable paralelismo entre “venir” y “creer”, como lo hay entre el “hambre” y la “sed”. Venir a Cristo es creer, porque la fe nos acerca al Señor y la incredulidad nos aparta. Sea como fuere que definamos el pecado, este es siempre separación, mientras la fe es unión espiritual con Jesucristo. Ese acto de fe encierra enormes bendiciones de paz, armonía y perdón. “Todo el que venga a Jesús con fe, recibirá perdón”.17
Juan presenta un equilibrio entre el aspecto objetivo y el subjetivo de la salvación. En el capítulo 6 del Evangelio se expone con claridad la parte divina y la parte humana de todo el proceso. Venir a Cristo es nuestra parte en el plan de salvación; todo lo demás lo ha hecho Dios. En realidad, es todo lo que como seres humanos podemos hacer; pero es también todo lo que necesitamos hacer.
En segundo lugar, debemos dejar de resistir la atracción de Dios. Siguió diciendo Jesús: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Este es uno de los pasajes más bellos del sermón de Capernaum. Allí, Cristo está diciendo que aunque él rechaza a los que se acercan con intereses egoístas y temporales, acepta a todo aquel que se allega a su presencia con sinceridad de corazón. Algunas cosas son de importancia evidente en la obtención del pan de vida prometido por el Señor, y lo primero es no rechazar la atracción del Padre. Como en otras ocasiones, Juan incluye al “todo”. Todo el que siente la atracción del Padre viene a Cristo. Entonces añadió: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:44). Y una vez más: “Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (Juan 6:65). La versión Reina-Valera 1995 traduce traer como “atraer”. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo trabajan juntos por la salvación de los hombres. El Padre da, o trae, a las personas a Cristo por medio del Espíritu. Nadie se acerca al Señor, sino por obra divina; tampoco, nadie se acerca a Jesús sin ser recibido por él. La promesa impide pensar en el rechazo, porque la negación del Señor es definida. Es posible creer en la aceptación divina, ya que el cumplimiento de la promesa resulta de los pasos precedentes. “Al que a mi viene, no le echo fuera” dijo Jesús. Este “no”, en su forma original es una negación enfática, equivalente a “nunca”, “bajo ningún concepto”, o “de ninguna manera”. Una certeza tal vuelve más hermosa la promesa y nos invita a creer en su aceptación, porque así lo ha prometido.
El pecador nunca es rechazado cuando se acerca movido por la atracción del Padre. Comentando estos pasajes, escribió Elena de White: “Nadie vendrá jamás a Cristo, salvo aquellos que respondan a la atracción del amor del Padre. Pero Dios está atrayendo a todos los corazones a él, y únicamente aquellos que resisten a su atracción se negarán a venir a Cristo”.18 Agrega la misma autora: “La luz que resplandece de la cruz revela el amor de Dios. Su amor nos atrae a él. Si no resistimos esta atracción, seremos conducidos al pie de la cruz arrepentidos por los pecados que crucificaron al Salvador. Entonces el Espíritu de Dios produce por medio de la fe una nueva vida en el alma. Los pensamientos y los deseos se sujetan en obediencia a la voluntad de Cristo. El corazón y la mente son creados de nuevo a la imagen de Aquel que obra en nosotros para someter todas las cosas a sí”.19
Si no nos resistimos al magnetismo divino, nos acercaremos a Cristo. “Aunque el pecador no puede salvarse a sí mismo, tiene sin embargo algo que hacer para conseguir la salvación. ‘Al que a mí viene, no le echo fuera’. (Juan 6:37) Pero debemos ir a él; y cuando nos arrepentimos de nuestros pecados, debemos creer que nos acepta y nos perdona. La fe es el don de Dios, pero el poder para ejercitarla es nuestro. La fe es la mano de la cual se vale el alma para asir los ofrecimientos divinos de gracia y misericordia”.20
Ese acudir a Cristo ocurre en la condición misma en que el pecador se encuentra y en el momento en que este lo decida. “Algunos parecen creer que deben estar a prueba y que deben demostrar al Señor que se han reformado, antes de poder contar con su bendición. Mas ellos pueden pedir la bendición de Dios ahora mismo. Deben tener su gracia, el Espíritu de Cristo, para que los ayude en sus flaquezas; de otra manera no pueden resistir al mal. Jesús se complace en que vayamos a él como somos, pecaminosos, impotentes, necesitados. Podemos ir con toda nuestra debilidad, insensatez y maldad y caer arrepentidos a sus pies. Es su gloria estrecharnos en los brazos de su amor, vendar nuestras heridas y limpiarnos de toda impureza. Miles se equivocan en esto: no creen que Jesús los perdona personal e individualmente”.21
Reciben el pan y el agua de la vida quienes se dejan llevar por la atracción del Espíritu y se acercan a Cristo. El alimento de vida nutre a todo el que se aferre de la promesa de la aceptación del Señor.
Finalmente, hemos de permitir que Cristo se incorpore definitivamente a nosotros. “Comer la carne y beber la sangre de Cristo equivale, entonces, a creer; esto es, aceptar a Cristo creyendo que Él puede perdonar los pecados”.22
“Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el día postrero, porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él” (Juan 6:53-56).
El pan que comemos se convierte en nuestra carne y nuestra sangre. Del mismo modo, Cristo quiere ser parte de nuestra vida para siempre. Bien haremos en repetir el pedido de los oyentes de Jesús: “Señor, danos siempre este pan” (Juan 6:34). La respuesta del Señor será la misma que la de antaño: “Yo soy el pan de vida”.
El primer “Yo Soy” del Evangelio de Juan es, en sí mismo, una invitación a la aceptación de Cristo como aquel que vino para satisfacer nuestras más profundas y auténticas necesidades. Una apelación a la búsqueda diaria del alimento espiritual que se encuentra en su Palabra y del pan material seis días a la semana, apartando el séptimo para el reposo y la adoración. Es nuestro privilegio responder positivamente a su invitación de acercarnos a él, creyendo en su promesa de vida eterna, e invitarlo a formar parte de nuestra existencia.
10 Elena de White, La edad dorada, trad. David P. Gullón (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2004), pp. 204, 205.
11 John R. W. Stott, Cristianismo básico, trad. C. René Padilla, 2ª ed. (Buenos Aires: Ediciones Certeza, 1977), p. 41.
12 White, Alza tus ojos (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1982), p. 179.
13 Mario Veloso, Comentário do Evangelho de Joâo (Santo André, Sâo Paulo: Casa Publicadora Brasileira, 1984), p. 164.
14 White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1955), p. 731.
15 San Agustín, Confesiones, trad. Antonio Brambilla Z. (Buenos Aires: Ediciones Paulinas, 1990), libro I, cap. 1.
16 Veloso, ibíd.
17 White, Hijos e hijas de Dios (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1978), p. 14.
18 __________, El Deseado de todas las gentes, p. 351.
19 __________, ibíd., p. 148.
20 __________, Patriarcas y profetas, p. 458.
21 __________, El camino a Cristo (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1985), pp. 52, 53.
22 Veloso, Comentário do Evangelho de Joâo, p. 170.
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