Kitabı oku: «Lo que decimos de ellos»


Lo que decimos de ellos. La Guerra del Pacífico en la historiografía y manuales escolares peruanos
Primera edición impresa: Universidad Bernardo O’Higgins
Fábrica 1990 (2.o Piso), Santiago Fono: 224772214 2019
Segunda edición impresa: Universidad de Lima. Agosto, 2019
Primera edición digital: abril, 2020
© Daniel Parodi Revoredo
© José Chaupis Torres
De esta edición
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Imagen de portada: Francisco González Gamarra. Combate de Angamos, 1953. Sala Almirante Miguel Grau Seminario, del Congreso de la República del Perú. Fotografía de portada: Diego Panta
Este libro ha recibido evaluación académica bajo la modalidad de referato externo por pares ciegos, quienes son destacados especialistas en el área.
Versión e-book 2020 Digitalizado y distribuido por Saxo.com Perú S. A. C. https://yopublico.saxo.com/ Teléfono: 51-1-221-9998 Avenida Dos de Mayo 534, Of. 404, Miraflores Lima - Perú
Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN 978-9972-45-516-2
Índice
Presentación
Óscar Quezada Macchiavello Rector de la Universidad de Lima
Claudio Ruff Escobar Rector de la Universidad Bernardo O’Higgins
Prólogo
Hugo Neira
Introducción
Daniel Parodi Revoredo
Primera parte. La Guerra del Pacífico vista desde el Perú, Daniel Parodi Revoredo
La república frustrada y el enemigo perverso. La Guerra del Pacífico en la Historia de la República del Perú de Jorge Basadre
Nación contra nación: la relación con Chile en los manuales escolares peruanos (1975-2016)
Segunda parte. Historiografía y escuela: posibilidades y dificultades, José Chaupis Torres
Ni vencedores ni vencidos. Reflexiones historiográficas para repensar la Guerra del Pacífico
Textos escolares en conflicto: relaciones históricas peruano-chilenas en las aulas
A Carolina
Presentación
Es muy grato y esperanzador presentar una obra como Lo que decimos de ellos. La Guerra del Pacífico en la historiografía y manuales escolares peruanos. Grato, pues esta investigación se cimienta en la necesidad de un encuentro de identidades nacionales llamadas a cumplir con la exigencia histórica de construir un destino común. Esperanzador, pues, al incorporar el bagaje de lo sufrido —que incluye el aprendizaje de nuestros errores—, desbroza un camino de comprensión y de transformación. Somos transformados cuando comprendemos. Y la comprensión es hija de la consciencia.
La real y cabal transformación integradora será resultado de un paciente e inteligente cultivo de la comprensión y de la empatía, entendidas como formas de vida inscritas en las prácticas educativas de nuestros países. En ese contexto creador de consciencia, el libro que presentamos, escrito por los historiadores Daniel Parodi y José Chaupis Torres, es una herramienta decisiva para superar la separación nosotros/ellos, manifiesta en el título, con vistas a un nosotros mayor que envuelva e incluya a dos naciones hermanas.
Vivimos tiempos de profundas mutaciones tecnológicas. Una serie de circunstancias, que no es del caso detallar, demandan la globalización de la política. Precisamente, es en las universidades donde se va vislumbrando y gestando la idea de innovar las dinámicas políticas de los países. En la dimensión educativa, los problemas e intereses globales, cada vez más relevantes, obligan a asumir modelos de interpretación de la historia que preparen a los estudiantes para afrontar las realidades inciertas y desafiantes que están por venir, si no han llegado ya. Eso no implica que se debilite el orgullo de la identidad y de la historia nacional de cada país. Se trata, más bien, de superar antiguas divisiones que hoy ya no tienen ningún sentido y de complementar las lealtades locales con aquellas otras que ponen en la mira la gran patria sudamericana, el planeta y, sobre todo, la humanidad.
El Perú y Chile están llamados a dar al mundo un verdadero ejemplo de cooperación con visión de futuro. Libros como este son un contundente emblema de ese propósito.
Dr. Óscar Quezada Macchiavello
Rector de la Universidad de Lima
Presentación
Lo que decimos de ellos. La Guerra del Pacífico en la historiografía y manuales escolares peruanos, de autoría de los historiadores peruanos Daniel Parodi y José Chaupis Torres, es la nueva obra editada en conjunto por la Universidad Bernardo O’Higgins, de Chile, y la Universidad de Lima, del Perú.
Este libro responde a la necesidad de fortalecer los lazos entre nuestros países, parte importante del ideario de Bernardo O’Higgins Riquelme, cuyo liderazgo influyó de manera fundamental en el proceso de las independencias de Chile y el Perú. En este caso, los autores lo hacen a partir de la investigación, la honestidad intelectual y la reflexión rigurosa, respecto de nuestro pasado común asumiéndolo desde el respeto y la colaboración. Aquí se discute cómo se han construido en la historiografía y en la educación del Perú, los imaginarios respecto de Chile tras el fin de la Guerra del Pacífico, conflicto que persiste en la memoria de ambas naciones y, por lo tanto, debe estudiarse con seriedad y madurez para reinterpretar este hito de nuestra historia desde nuevas perspectivas.
La publicación también cumple con el mandato que toda Universidad tiene con la sociedad: ser un espacio de pensamiento y creación de nuevos conocimientos que permitan una mejor comprensión de la realidad, enriquezcan el debate contemporáneo y funden las bases para su desarrollo material y espiritual, desde las especificidades del trabajo de las humanidades, las ciencias y las artes.
En definitiva, la obra de Daniel Parodi y José Chaupis Torres es un ejemplo de lo que debe ser la promoción de la integración y cooperación entre Chile y Perú, revisitando el pasado e invitando a construir nuestro futuro.
Dr. Claudio Ruff Escobar
Rector de la Universidad Bernardo O’Higgins
Prólogo
La invitación a escribir el prólogo de este libro por parte de Daniel Parodi, y que es un honor, me hace pensar en una invitación que hace muchos años me hizo un peruano, Hugo Orellana, que era artista y residía en un castillo en Francia, de lo más antiguo. En efecto, era su propiedad y la herencia de la esposa francesa de una rama de nobles. El hecho es que pasamos un buen fin de semana pero más que todo, me sorprendió el plano de la mansión. Había salas diversas, y no siempre unas conducían a las otras. No siempre por donde se entraba se salía. Había algo de laberinto pero intencionado. De la sala de música (barroca) se pasaba a un lugar con libros. El estanque era aladeño a una sala mortífera que no tenía, en nuestro tiempo, ningún uso. Ahora bien, si el prólogo es, como manda el canon literario, una suerte de pieza preliminar que permite orientar al lector, comenzaré diciendo que Parodi y su colega José Chaupis Torres, para ocuparse de Chile, abordan no un tema determinante y relevante sino varios. Lo que hace a este libro varias veces importante.
Me sorprende y aplaudo cómo esta obra enfrenta tres temas a la vez. A saber, una obra de historia que incluye al mismo tiempo a Chile y el Perú. En segundo lugar, la Guerra del Pacífico vista por los peruanos, en especial, por Jorge Basadre. Y ese Perú del XIX, y «la república frustrada y el enemigo perverso», no es lo que él piensa, el historiador Parodi. Era lo que tronaba en la cabeza de los peruanos tras esa guerra. Y para que no fuese poco, los manuales de historia, «los manuales peruanos». Otras tres salas de recibo, las ocupa José Chaupis Torres. El libro es corto, pero la problemática que plantean es enorme. Va desde la guerra misma, los efectos, las lecturas, los hechos reales y los imaginarios. Y los tres temas se interactúan.
A Daniel Parodi, lo leo y lo sigo. Desde su artículo sobre los peruanos patriotas y chilenos fidelistas, desde lo que ha visto nada menos que Ruben Vargas Ugarte (2017). Luego, uno anterior, sobre Conflicto y reconciliación, presentado poco después del fallo de La Haya (2014). Por último, un texto del mismo año «Sobre la pedagogía para la reparación». Siempre con la idea de una integración chileno-peruana. ¿Adónde va Parodi?
En la Historia como ciencia, hay diversas corrientes y escuelas. Algunas ligadas a los acontecimientos políticos y las guerras. Otras, como la École des Annales de Fernand Braudel (1900-1985), más cercana a las ciencias sociales. Pero después de la hegemonía de esa escuela, la historia se convirtió en diversas historias. Ya no es solo el estudio del pasado sino de las ideas, como es el caso de Benedetto Croce (1866-1953). Entre paréntesis, el amigo de Mariátegui. Otros practican hoy el estudio de las relaciones del hombre con la naturaleza, el Estado, la cultura. Tiempos nuestros de la microhistoria y a la vez de la historia nacional. Alguien ha dicho, desde la historia en pedazos a la historia global. ¿Cuál es la que ha elegido nuestro historiador Parodi?
Cuando digo que lo sigo es que he acudido a algunas de sus conferencias, en particular en una en la que también me habían invitado, en torno al Bicentenario y el tema de la independencia. En ese instante, y lo digo con franqueza, descubrí una cosa: Parodi estudia no solo la historia sino a los historiadores. Es el caso de Basadre, desde las primeras páginas de este libro. Retoma conceptos que resumen la visión de Basadre, esa guerra del Pacífico a la que el Perú llega sin naves de guerra, porque «las ventas del guano se habían empleado para ampliar las burocracias civil y militar». La poca preocupación por parte de Manuel Pardo.
Lo que decimos de ellos se orienta a dos dominios fundamentales. El primero, esa guerra, que tanto nos duele y escandaliza, fue la primera vez que «el Perú se mira a sí mismo» (Parodi). Es el comienzo de la primera generación crítica del Perú —y esto es lo que pienso— que empieza con Manuel González Prada, de 1888 hasta su muerte, 1919. Ya sabemos el resto, tanto en la historia, la vida política, las ideas, Haya, Mariatégui, Porras, Sánchez, Víctor A. Belaunde, Vallejo, y luego la generación de los 50 y después, Flores Galindo, Matos Mar, Julio Cotler. Un listado inacabable. El interminable (y saludable) debate sobre qué es el Perú y qué somos los peruanos. Sin olvidar la literatura, de Ciro Alegría a José María Arguedas y Mario Vargas Llosa.
Pero hay algo más. Y lo ha dicho Parodi. Le interesa la gente, los peruanos corrientes, lo que en la historia contemporánea son las otras formas de la historia. Algo más allá incluso de las clases sociales, como en los discípulos de Marx. Más lejos, menos organizados, esa representación tan evidente de lo que llamamos pueblo, pueblo llano. Si Parodi alterna sus trabajos comparativos con esa historia inmediata, el pueblo, puede que entonces eso lo lleve a lo que también le importa, la didáctica de la Historia. Y es el espacio donde todo se va a decidir, las aulas.
Le deseo ese viaje por las otras historias. Esa historia del pueblo peruano que nadie se ha atrevido a abrazar. Y acaso, una tarea que espero de su parte. Luchar por que la historia sea retomada como una disciplina. Algo que ha desaparecido con el constructivismo y las clases por áreas. No se puede estudiar historia y a la vez geografía y economía. Eso no se hace en ningún lado y por eso que nuestros alumnos en los tests de PISA son «los últimos de la clase» como ha dicho Nicolás Lynch. Por lo demás, confío en lo que intenta Parodi. El Perú es una comunidad de destino.
Hugo Neira
Introducción
El 26 de junio del 2018 viví una experiencia singular. Me encontraba en Santiago de Chile, invitado por la Universidad Bernardo O’Higgins (UBO), para presentar la compilación Relecturas de la Guerra del Pacífico, en la que varios historiadores de ambos países han escrito diferentes relatos sobre dicha conflagración, pero con el denominador común de que ninguna de ellas trata de batallas sangrientas ni de epopeyas o héroes militares. Más bien tratan de ciudadanos, sacerdotes, de la prensa, la literatura, etcétera. De hecho, la compilación de la UBO es una invitación a dejar de lado, por un momento, los lugares comunes de la guerra, para sumergirnos en sus aspectos más cotidianos.
Sin embargo, la experiencia singular no fue esa, a pesar de que contó con un lleno de bandera en el salón principal de la bella y antigua casona donde funciona el Centro Cultural de la UBO, en la que se destacó la presencia del embajador del Perú y de altas autoridades universitarias. No, mi real inquietud se centraba en lo que iba a ocurrir al día siguiente, el 27, cuando, como anticipo del libro que en estas líneas estoy introduciendo, se me encargó contarle a un grupo de jóvenes universitarios chilenos, de los primeros semestres de la carrera de pedagogía en historia, nada menos que la “versión peruana de la Guerra del Pacífico”.
No sé si mis colegas de la UBO Germán Morong y Patricio Ibarra ponderaron el desafío, más pedagógico que académico, que significó para mí su invitación a dictar esa charla. Como maestro universitario, me preocupaban varias cosas: la primera era cómo establecer una relación basada en la confianza con un grupo de estudiantes ya compacto, estructurado, pues se encontraban finalizando el semestre académico. Se conocían muy bien entre ellos, pero yo nos los conocía, ni ellos a mí.
Si algo me han enseñado mis largos años de docencia universitaria es que “conectar” y generar empatía con los jóvenes que de pronto están sentados frente a ti es el paso decisivo, fundamental, para triunfar o fracasar en la enseñanza de una materia. Y lo es mucho más si la intención es crear una atmósfera colaborativa en el aula, en la que el proceso cognitivo se produzca, menos desde la charla del maestro, y más a través de la participación de los estudiantes durante la sesión y en el debate subsecuente. Entonces me preguntaba ¿cómo lograr algo así con jóvenes que no conozco y a los que, de seguro, la presencia de un historiador peruano que ha venido a narrarles su versión de la “guerra con Chile” tendería, en primera instancia, a alejarlos más de mí, en lugar de acercarlos?
Entonces se me ocurrió desnacionalizar el ambiente y preocuparme más por el vínculo profesor-estudiante que, reitero, es lo primero que se tiene que construir en el proceso cognitivo. Pero ¿cómo hacerlo? Yo solo contaba con un par de horas, tal vez un poco más, para conocerlos, empatizar, exponer, fomentar la participación y propiciar un debate. Les señalé que teníamos dos opciones: o me veían como a un profesor nuevo, que recién introduce el curso, y manteníamos una actitud distante; o, por el contrario, me veían como un profesor conocido que les estaba dictando la última lección del curso, con quien ya tienen familiaridad pues ya se había generado con él, a través de las sesiones, una relación cercana. Ambas afirmaciones eran ciertas, pues ese día, en apenas dos horas, yo iba a comenzar y a terminar mi relación profesor-estudiante con ellos, por lo que los invité a adoptar todos juntos la segunda opción; es decir, que me vean como a un viejo conocido, con el que habían compartido un vínculo de meses, basado en el respeto y la confianza.
Al iniciar la sesión, les expliqué que hace décadas se ha superado la idea de que existe una sola historiografía o una sola versión de la historia del Perú, de Chile o del país que fuere; y que mi exposición iba a versar sobre la visión del historiador Jorge Basadre acerca de la Guerra del Pacífico, desarrollada en su célebre obra monumental titulada Historia de la República del Perú. Añadí, seguidamente, que mi elección se debía a que Basadre era referente fundamental en el Perú, inclusive para los manuales escolares, los que suelen recoger la periodificación con la que él organiza el relato del siglo XIX y de parte del siglo XX peruanos.
Ya en la sesión realizamos un ejercicio muy interesante: fui tocando los diferentes periodos de la Guerra del Pacífico, con énfasis especial en sus causas y en el periodo de la ocupación, y les pedí que deduzcan ellos mismos cuáles podrían ser los imaginarios tradicionales peruanos acerca del conflicto. La verdad, no erraron una sola vez: señalaron que, para la historiografía peruana, Chile debía ser el responsable del conflicto porque ambicionaba el salitre de Atacama y Tarapacá, así como un enemigo hostil por los excesos de la ocupación chilena.
Luego nos detuvimos en una suerte de teoría de la conspiración, relativa a los mismos eventos, y que aparecía en las visiones tradicionales del Perú y de Chile, de manera idéntica pero invertida. Me refiero al vínculo que discursivamente hemos establecido entre la guerra de la Confederación Perú-Boliviana y la Guerra del Pacífico, las que en ambos países se relacionan causalmente. Así, para los peruanos, la intervención de Chile en la guerra contra la Confederación demuestra que fue una constante en este país la intención de atacar al Perú y despojarlo de sus riquezas, como efectivamente lo hizo durante la guerra del 79. Para los chilenos, en cambio, la Confederación y el tratado de la Alianza Defensiva de 1873 constituyen la prueba de que el Perú y Bolivia siempre se confabularon en su contra.
Habiendo decodificado los enfoques tradicionales de las historiografías peruana y chilena, se inició el debate. Pronto me llamó la atención que, en efecto, en solo dos horas habíamos logrado desnacionalizar el abordaje del tema. Entonces nos convertimos en un grupo de académicos y de pedagogos en formación preocupados por una problemática específica: ¿cómo enseñar la Guerra del Pacífico sin que nos siga separando, y, sobre todo, sin que siga separando a las nuevas generaciones? Y fue así que comenzaron a fluir las ideas.
La experiencia que he relatado me hizo recordar las bellas páginas de Ryszard Kapuściński (2007, pp. 11-28) en Encuentro con el otro, en las que imagina lo que podría ocurrir de toparse súbitamente dos grupos humanos trashumantes, de la era nómada o presedentaria. El autor polaco colige tres posibilidades frente a dicho contacto: la primera degenera en un enfrentamiento violento: la guerra; la segunda, al contrario, propicia el diálogo, el intercambio amistoso, y, eventualmente, la integración. En la tercera, ambos grupos se mostrarán completamente indiferentes el uno con el otro, transitarán muy cerca, como en las aceras opuestas de una calle muy angosta, pero no atinarán a cruzarla para conocerse; si acaso, se mirarán de reojo.
En analogía con los grupos trashumantes de Kapuściński, me he preguntado por la relación del Perú frente a Chile y viceversa, pues se trata de dos colectividades con conciencia de sí y mi primera constatación es que la tercera opción nunca se ha producido entre ambas porque peruanos y chilenos nunca hemos sido indiferentes entre nosotros. Esta comprobación es importante porque demuestra que nos conocemos bastante y que estamos en contacto hace muchísimo tiempo.
De hecho, no faltan quienes, retrotrayendo el origen de la relación binacional a tiempos remotos, han señalado que el primer encuentro entre ambos grupos es el viejo conflicto entre pizarristas y almagristas durante el período de conquista. Más allá de lo que considero una metáfora, en efecto, las relaciones entre el virreinato y su capitanía fueron muy fluidas pues eran gobernados por la misma administración. Además, el intercambio comercial fue dinámico inclusive después de la independencia, gracias a ese circuito cerrado que solemos llamar “azúcar por trigo”, con el que las élites del norte del Perú y Lima, y las de Valparaíso y Santiago, prosperaron tras la emancipación de España.
Pero la república trajo también la rivalidad comercial entre el Callao y Valparaíso, y en el contexto de la gran depresión mundial de 1873, a la guerra del 79, cuando nuestras naciones se enfrentaron como lo hicieron los grupos de que habla Kapuściński. Entonces nos hicimos mucho daño, mucho más el ganador al perdedor, el invasor al invadido; y aunque los contactos diplomático, comercial y humano se retomaron poco después, igual se generó un antes y un después alrededor de aquella infausta guerra. Esta dejó profundas huellas en ambas colectividades y la tantas veces mencionada “desconfianza mutua” se instaló en sus corazones, desde sus más altas autoridades hasta los sectores populares.
El nuevo milenio, sin embargo, trajo consigo nuevos vientos, los que propagaron el aroma de la globalización, de la importancia de concurrir en bloque a la economía mundial, tanto como del fin de las ideologías, que, entre otros paradigmas, puso en tela de juicio al nacionalismo decimonónico, tanto como a nuestra propia disciplina académica: la historia, más aún a su todavía vigente vertiente positivista. En realidad, esta venía siendo desafiada desde la década de 1920, cuando los franceses de Annales le dijeron al mundo que la historia debía ser total y que tenía que incluir en sus estudios los aspectos sociales, económicos y de mentalidades. Sin embargo, las biografías de grandes hombres, las épicas narraciones de batallas y los héroes militares sobrehumanos nunca pasaron de moda.
En todo caso, con el advenimiento del nuevo milenio, peruanos y chilenos logramos conversar del pasado doloroso; es decir, esos dos grupos humanos que se enfrentaron hace 140 años, recientemente han sentado en la misma mesa a sus historiadores y también a sus autoridades políticas y diplomáticas; inclusive, desde hace muy poco, a sus gabinetes ministeriales. El origen de este acercamiento podría ser material, pues hoy las economías de nuestros países están básicamente interrelacionadas; pero también hemos notado que diversos actores desean superar esa sempiterna desconfianza mutua que es evidente que no se irá por sí sola, esa tarea no se la podemos dejar al tiempo.
Y es entonces que, paso a paso, nos hemos colocado ad portas de iniciar una política binacional de reconciliación, la que erija lugares de la memoria comunes, donde una colectividad pueda reconocer los momentos históricos en los que la otra la apoyó; tanto como lamentar solemnemente la agresión, que, en el pasado, pudo infligirle a su contraparte. Estos gestos, pues eso es lo que son, tienen la virtud de sosegar los ánimos de quienes aún resienten heridas lejanas, pero que solo el otro, con su palabra sincera, logrará cicatrizar definitivamente.
Y es hacia esta finalidad a la que apunta Lo que decimos de ellos, libro que analiza los discursos de la historiografía y manuales escolares peruanos —básicamente para subrayar que aún se escriben en clave decimonónica— y que busca establecer cuáles son las ideas fuerza respecto del propio país y del otro —Chile— que luego devienen en imaginarios que, de una forma u otra, afectan la realidad cotidiana. Aunque esta investigación refiere tangencialmente a Bolivia, su énfasis está centrado en la construcción de un yo y un otro, peruano y chileno, respectivamente, a través de la narración histórica de la Guerra del Pacífico.
La contraparte de este trabajo la publicamos el 2010, se tituló Lo que dicen de nosotros (Parodi, 2010)1. En ella realizamos un ejercicio similar respecto de los discursos de la historiografía y manuales escolares chilenos, y de cómo estos construían al yo y al otro, también desde un enfoque positivista y nacionalista, funcional a las corrientes historiográficas del siglo XIX. Sin embargo, la presente investigación cuenta además con la participación de mi colega y amigo el historiador José Chaupis Torres, sanmarquino, que es referente obligado en esta temática. Su inclusión en este volumen es imprescindible para brindarle al público una visión completa del discurso historiográfico tradicional y de la historia escolar peruanos acerca de los países que nos ocupan y del rol que estas les asignan, a cada uno, en las obras que hemos pesquisado.
A estas alturas, creo que es pertinente señalar que, tratándose de una compilación, esta introducción se abstendrá de presentar un marco teórico más específico del que hemos planteado en sus primeras páginas, y lo mismo para el caso del estado de la cuestión. La razón es que cada uno de sus capítulos cuenta con sendos análisis que estamos seguros superarán con creces cualquier ausencia que pudiese observarse en estas páginas introductorias.
La presente compilación se divide en dos partes. La primera, de mi autoría, contiene dos capítulos: el primero decodifica los capítulos que Jorge Basadre dedica a la Guerra del Pacífico desde las herramientas teóricas del análisis crítico del discurso y la dialéctica de la alteridad. De esta manera, hemos podido establecer cómo el célebre historiador tacneño construye imágenes bastante precisas del Perú y de Chile, las que luego se han trasladado a los manuales escolares y de allí a la colectividad, bajo la forma de imaginarios.
El segundo capítulo pesquisa, desde el mismo enfoque teórico, los contenidos de una quincena de manuales escolares publicados entre 1975 y 2016. En este caso, nos hemos limitado al texto, vale decir a sus relatos para indagar su evolución y observar si, con el advenimiento de la enseñanza por competencias, tanto como del cambio paradigmático que tuvo lugar con la caída del muro de Berlín en 1989, aquellos han experimentado alguna modificación sustancial. Este capítulo es sinérgico al primero y permite distinguir claramente aquellas virtudes y defectos de cuya amalgama se construyen los imaginarios del propio país y de Chile, respecto de la Guerra del Pacífico y del periodo inmediato anterior.
La segunda parte de esta investigación le corresponde al historiador José Chaupis Torres y permite, sumándose a la primera, ofrecer una visión completa de la manera como el Perú se mira a sí mismo y a Chile. La sección de Chaupis Torres también se divide en dos capítulos. El primero nos ofrece una rigurosa revisión de la historiografía peruana y de su evolución desde los tiempos de la emancipación hasta la actualidad. Tras la ocurrencia de la Guerra del Pacífico, Chaupis Torres indaga y establece la manera como las diferentes corrientes historiográficas, que se han sucedido unas a otras, enfocan el conflicto, culminando su pesquisa analizando las publicaciones más recientes y actuales. Culmina el autor este capítulo con una potente reflexión acerca de los pasos que debemos seguir —respecto de la memoria histórica— para dar lugar a la reconciliación entre el Perú y Chile.
El segundo capítulo del historiador José Chaupis Torres nos devuelve al universo de los manuales escolares con un ensayo que es sinérgico y complementario al que desarrollo en la primera parte de este libro. A diferencia de mi trabajo, que se enfoca más en el discurso histórico, Chaupis Torres aborda los manuales escolares a través del estudio comparativo entre dos editoriales: Santillana y Norma. De esta manera, establece los diferentes enfoques de una y otra. Seguidamente, el autor se centra en el estudio de las actividades didácticas y establece hasta qué punto favorecen la integración entre nuestros pueblos, o, por el contrario, siguen alejándonos, cada vez, más y más.
¿Qué queremos con Lo que decimos de ellos? Lo que queremos es decodificar los discursos e imaginarios históricos que representan al Perú y Chile, siempre elaborados a la sombra de la Guerra del Pacífico. Una vez decodificados, esto es, descubiertos en sus rasgos distintivos que remiten a estilos decimonónicos de escribir el pasado, podremos enfrentar sus eventos más dolorosos bajo enfoques más contemporáneos. De esta manera, nuestra apuesta es potenciar la integración entre nuestros pueblos, la que ya es una realidad irreversible, incluyéndole a aquella una nueva dimensión del pasado poseedora de una mirada ejemplificadora, de respeto y solidaridad binacional. Esta mirada, en lugar de distanciarnos cada tanto, deberá incorporarse a la historia que comparten dos pueblos que hace décadas tienen como objetivo común el desarrollo compartido.
No quisiera concluir la introducción a esta obra sin darles las gracias a quienes la han hecho posible. A las autoridades de la Universidad de Lima, a su rector Óscar Quezada Macchiavello y al director de su Fondo Editorial Giancarlo Carbone de Mora; gracias por apostar por el nuevo proyecto de un profesor también nuevo, en su casa de estudios. Del mismo modo, a sus homólogos de la Universidad Bernardo O’Higgins, a su rector Claudio Ruff Escobar y al director del Centro de Estudios Históricos de dicha universidad Germán Morong Reyes, al rector Ruff por su apuesta por el Perú, al amigo Germán por ser el gran impulsor de este proyecto.
He querido dejar para el final mi agradecimiento al amigo José Chaupis Torres, quien es coautor, junto conmigo, de esta obra. Hace algunos años buscaba un nuevo punto de partida, tras un breve y azaroso paso por la política, y fue José quien me convocó a lo que se convirtió en todo un reencuentro con mi especialidad académica y con muchos otros amigos historiadores del Perú y Chile, quienes también me acogieron con los brazos abiertos. A todos ellos las gracias; todos ellos son, de algún modo, coautores de esta obra.
Daniel Parodi Revoredo
Lima, 8 de agosto del 2018
Primera parte
La república frustrada y el enemigo perverso: la Guerra del Pacífico en la Historia de la República del Perú de Jorge Basadre
INTRODUCCIÓN
La primera parte de esta compilación no se explica sin mi libro Lo que dicen de nosotros: La Guerra del Pacífico en la historiografía y manuales escolares chilenos (2010), del que “La Guerra del Pacífico vista desde el Perú” es su continuación o contraparte1. Originalmente pensamos difundir ambas obras en una sola publicación, pero los avatares propios de una trayectoria académica han querido que esta última aparezca después de la otra, y que incorpore dos importantes trabajos de mi amigo y colega José Chaupis, cuya presencia en el derrotero de los estudios históricos peruano-chilenobolivianos, y de aquellos que analizan las representaciones e imaginarios que de ellos se desprenden, es una referencia obligada en esta área del conocimiento académico.
Asimismo, el presente artículo, “La república frustrada y el enemigo perverso: la Guerra del Pacífico en la Historia de la República del Perú de Jorge Basadre” es la segunda edición, corregida y aumentada, de otra previa, la que hemos potenciado y ampliado con nuevos soportes teóricos y bibliográficos (Parodi, 2010b). Conforma, asimismo, parte de un conjunto de trabajos en los que he desarrollado una metodología de acercamiento al pasado sobre la base de una serie de influencias teóricas, marcadas por los estudios sobre la memoria histórica, los imaginarios colectivos, la alteridad y el análisis crítico del discurso. Más recientemente, le he sumado a este marco conceptual los aportes de la teoría sobre la reconciliación internacional y de la moderna geopolítica crítica, que supera su versión clásica y coloca a la subjetividad, y a la percepción sobre el yo y el otro, en una posición sustantiva, inclusive en la definición de la política internacional de los estados (Cabrera, 2014).
Este conjunto de trabajos persigue la finalidad de deconstruir y desentrañar los discursos históricos oficiales que en ambos países, Perú y Chile, se vierten en la colectividad a través de sus respectivas historiografías tradicionales y sus manuales escolares. Para el caso que nos ocupa —las corrientes historiográficas— hemos seleccionado la obra Historia de la República del Perú de Jorge Basadre como objeto de estudio, pues contiene los tópicos principales de la historiografía peruana acerca del Perú republicano y la Guerra del Pacífico.
Tras seleccionar la colección de Basadre, por considerarla la obra desde la que brota la periodificación oficial de la historia de buena parte del devenir del Perú independiente, y bajo el enfoque del análisis crítico del discurso histórico, indagamos las influencias ideológicas, de contexto espacial-temporal, así como las bases sobre las cuales se escriben estos relatos. Estos, a su vez, diseminan una serie de ideas-fuerza que es preciso identificar y clasificar, pues son ellas, finalmente, las que se vierten en la sociedad y se transforman en representación social, memoria e imaginarios colectivos.
Somos conscientes de las limitaciones de esta apuesta metodológica, pues se centra en lo cualitativo y porque una sola tradición historiográfica puede contar, y de hecho cuenta, con representantes que defienden puntos de vista distintos sobre uno o varios temas. Por ello sostenemos que los resultados de esta investigación, como los de las anteriores que hemos publicado, y que se construyen sobre un enfoque similar, que paulatinamente hemos enriquecido, persiguen el objetivo de establecer los ejes ideológicos y temáticos centrales de una corriente, escuela o historiografía determinada. Esto no niega la atingencia ni la circulación de otros discursos paralelos que pudiesen contradecirlos.
Nuestro objetivo es mostrar cómo se organiza la estructura del discurso oficial o tradicional en su generalidad; luego, la historia en tanto que disciplina, trata siempre de la interpretación y explicación del pasado, por lo que siempre producirá versiones diversas y atingentes, las que pueden ubicarse en tiempos ya remotos, así como en las publicaciones más recientes. Nosotros sostenemos que en eso consiste precisamente la dialéctica de la historia y que de ella se desprende su constante e interminable renovación, no solo sobre la base de nuevos hallazgos, sino, principalmente, de nuevos enfoques.
La problemática que anima este trabajo es la constatación de que la ideología nacionalista, que encontró su máxima difusión y desarrollo en el siglo XIX, y las narrativas históricas que produjo, mantienen una importante presencia en los tiempos actuales. Esta situación parece imponerse como una cuña sobre el paradigma posmoderno vigente y contradice las teorías que proponen el fin del Estadonación y de los proyectos de construcción nacionales (Beltrán, 2001; Dussel, 1995; Innerarity, 1989).
Esta persistencia del nacionalismo en un contexto posnacional, que Jürgen Habermas delinea con maestría en su ya clásico Más allá del Estado nacional (1998), es evidente en América Latina, espacio geográfico que, sin darle la espalda a los cambios paradigmáticos advenidos desde el fin de la Guerra Fría, parece adherido a la topografía de un archipiélago de estadosnacionales, en el que cada isla se aferra a su pequeña historia y en el que los puentes e intersecciones entre sus relatos son aún escasos y ocupan posiciones muy periféricas frente a la narración central o dominante.
Recientemente algunos de estos países han potenciado la recíproca integración económica, pero, al mismo tiempo, no han dejado de friccionar entre sí por cuestiones fronterizo-territoriales. Estas tensiones se definen y vivencian desde intensas experiencias patrióticas, alojadas dentro de una definición decimonónica del concepto de soberanía que requiere una urgente revisión. Al respecto, en una reciente publicación, el historiador Eduardo Cavieres Figueroa advierte, en lo referente a la relación chilenoboliviana, que también aplica a su símil peruano-chileno, lo siguiente:
Nuestras relaciones con Bolivia están muy determinadas por estos conceptos de historia oficial del siglo XIX, que en este caso, además, tiene que ver con la plena aplicación por parte de ambos Estados, en diversos sentidos, del concepto decimonónico de soberanía. (Cavieres, 2016, p. 52)
Para el caso que nos ocupa, proponemos la permanencia de la utopía liberal-nacionalista decimonónica en el discurso histórico peruano. Esta se cimienta sobre políticas estatales orientadas hacia la conformación del ciudadano moderno, plenamente identificado con la causa patriótica, con el proceso de construcción de la nación y con la sociabilidad política republicana, que se basa en el apego a la ley, las instituciones, la virtud cívica, etcétera (Anderson, 1997; Hobsbawm y Ranger, 2002; Neira, 2012).
Sin embargo, una característica particular de la historiografía tradicional peruana es que no presenta un relato homogéneo, ni mucho menos celebratorio sobre el periodo histórico que recrea. Por el contrario, un tópico fundamental en el discurso oficial acerca de esta etapa, en específico respecto del siglo XIX, es el planteamiento del fracaso de la referida utopía liberal-nacionalista.
Esta particularidad remite al diálogo que existe entre la historia — entendida como narración del pasado— y la realidad que busca reconstruir y explicar. Sobre este punto, Hayden White sostiene, refiriéndose al positivismo histórico del siglo XIX, que el relato historiográfico construye su universo de sentido dentro de su propia textualidad, de acuerdo con el estilo, modalidad argumentativa o bagaje ideológico de su autor, desgarrándolo bruscamente de los acontecimientos que supuestamente expone y explica (White, 1992, pp. 9-12).
A la perspectiva de White se opone Julio Aróstegui, quien afirma que existe una relación dialéctica entre el discurso histórico y el pasado que evoca. Por consiguiente, vincula la teoría con la realidad y sugiere que los acontecimientos y personajes que cobran vida en el relato provienen del mundo real que se encuentra extramuros del texto y que se entrelaza de manera compleja con aquella otra realidad que la narración produce. En tal sentido, aunque el texto histórico es incapaz de reproducir con exactitud los eventos del pasado, sí desarrolla un intenso vínculo con ellos, por lo que presenta niveles muy discutibles, pero al mismo tiempo aceptables, de verdad y de verosimilitud (Aróstegui, 1995, pp. 261-268).
La postura de Aróstegui ha sido recientemente refrendada por Heraclio Bonilla, quien sostiene, refiriendo a la disciplina histórica, que “el establecimiento de estas relaciones de causalidad implica el despliegue de un conjunto de procedimientos que vinculan la teoría con la realidad y que constituyen la metodología de una ciencia” (Bonilla, 2017, pp. 25-26).
Respecto de la memoria colectiva, Michael Pollack sostiene que la enmarcación de la memoria —entendida como un esfuerzo de los grupos dominantes en una colectividad dada, por dejar sentada una narración homogénea acerca del pasado grupal— no puede elaborarse de manera arbitraria. Por ello, la difusión de una historia oficial que no cumpla con mínimos requisitos de justificación y que consista en la falsificación pura y dura del pasado será rechazada por la colectividad de destino, al carecer de vinculaciones suficientes con el pasado que se intenta recrear (Pollack, 1993, p. 35).
Basándonos en estas premisas teóricas, sostenemos que la historiografía tradicional peruana proyecta imágenes complejas y contradictorias acerca del siglo XIX republicano debido a la imposibilidad de soslayar la intermitente pero continua interrupción del orden constitucional perpetrada por erráticos caudillos militares. A esta realidad se le sumará de inmediato otra más aterradora, el hecho maldito, el desastre de la Guerra del Pacífico, con todo lo que supuso la derrota y la ocupación chilena de la mayor parte del territorio del Perú por espacio de cuatro años.
De allí se desprende la idea del fracaso de la utopía liberal-nacionalista, o de la república misma, en tanto que proyecto político. No es casualidad que, en manuales escolares y textos de difusión, el periodo inmediato posterior a la guerra se denomine Reconstrucción Nacional, deslizando así la idea de encontrar un nuevo principio tras la destrucción y colapso de lo avanzado hasta entonces.
Por el contrario, la historia oficial peruana nos ofrece imágenes más coherentes y homogéneas del otro, es decir, de Chile. Este es definido como un sujeto ordenado pero agresivo y dado al expansionismo. La diáfana imagen de Chile en la historiografía tradicional peruana remite a la construcción, en clave nacionalista, de relaciones de alteridad entre la nación propia y las vecinas, con la finalidad de adherir el ciudadano al proyecto nacional en curso, a través de la constatación de la existencia de entidades nacionales análogas que constituyen una amenaza para la propia (Todorov, 1991; Catalani, 2003).
Como hemos ya señalado, la fuente primaria que utilizamos en la presente pesquisa es la Historia de la República del Perú de Jorge Basadre en su reedición del 2005. La elección realizada fue complicada y sencilla al mismo tiempo. Complicada porque, en sentido estricto, Basadre más que representante de la historiografía tradicional es un gran renovador que se distancia de la llamada generación del novecientos, cuyos principales representantes fueron Víctor Andrés Belaúnde y José de la Riva-Agüero, e introduce el marco conceptual de la escuela francesa de Annales a los estudios históricos peruanos, aporte que se expresa en obras tan depuradas como La multitud, la ciudad y el campo en la historia del Perú (1947) o El azar en la historia y sus límites (1973).
Sin embargo, su Historia de la República del Perú, obra monumental compuesta de varios tomos, y que motivó múltiples reediciones en vida del autor hasta la década de 1970, y otras tantas reimpresiones posteriores, se ha convertido en referente obligado al que se recurre incesantemente para periodificar las etapas de las que trata. De hecho, hasta el día de hoy, los nombres con los que el historiador tacneño denominó las fases de la era republicana se reproducen una y otra vez en textos escolares y manuales de difusión, al punto de que podemos animarnos a lanzar la hipótesis de que los imaginarios y representaciones históricas acerca de este periodo, que circulan en la colectividad, se vinculan muy cercanamente al relato que Basadre hizo de este.
Al respecto, es justo comentar la reseña que acerca de la presente temática publicase el historiador chileno Rafael Sagredo, quien sostiene acertadamente que Basadre presenta a la Guerra del Pacífico como la expiación de una serie de desaciertos, de la corrupción y la inestabilidad política peruanas desde la Independencia hasta el estallido de aquella conflagración. Al respecto dice Sagredo que Basadre:
Narra la historia de un Perú asolado por las guerras de Independencia, luego por las luchas intestinas que consumieron recursos, aquejado por lacerantes problemas de definición nacional y sometido a la secuela de trastornos que dejaron profunda huella. (Sagredo, 2004, p. 210)
El presente artículo se divide en dos partes, lo que nos permite analizar por separado los discursos acerca del Perú y de Chile que contiene la obra sujeta a pesquisa. Este procedimiento ha favorecido la comparación, al final, de los imaginarios con los que el autor recrea las características de ambas naciones.
EL PERÚ
La obra de Jorge Basadre denuncia el deficiente manejo de la administración pública por parte de la clase gobernante y cuestiona la eficacia del proyecto liberal-nacionalista decimonónico. Las negativas imágenes iniciales que describen el Perú son luego contrastadas con otras que exaltan el heroísmo demostrado por los militares y la población civil en la Guerra del Pacífico. Esta última proposición sugiere la gestación de una nación incipiente en un contexto caracterizado por la adversidad.
La crisis de la nación incipiente: el Perú decimonónico en la obra de Jorge Basadre
Desde mediados del siglo XIX, la situación financiera del Perú mostró una evidente mejoría debido al descubrimiento de las propiedades fertilizantes del guano, el abono que aves migratorias depositan en diversas islas del litoral peruano. La comercialización de este fertilizante natural permitió superar la crisis económica que devino tras la guerra de Independencia y dotó al Estado de abundantes recursos que le permitieron ampliar sustantivamente el gasto público, ensanchar el aparato estatal y realizar diversas obras de infraestructura.
Sin embargo, la historiografía peruana coincide en reconocer que los recursos provenientes del guano no fueron bien utilizados por el Estado. Esta situación, agravada por los compromisos financieros adquiridos tras la firma del Contrato Dreyfus en 1869, y por los efectos de la gran depresión mundial de 1873, habría generado una espiral de endeudamiento que propició la bancarrota fiscal y empobreció al país en los años previos al estallido de la Guerra del Pacífico.
En particular, Basadre sostiene que el Estado aprovechó mal las riquezas obtenidas de la venta del abono y que su presupuesto pasó a depender casi completamente de dichos ingresos. Estos se habrían utilizado fundamentalmente para ampliar las burocracias civil y militar (Basadre, 2005, t. VII, p. 80).
Por lo demás, una medida que adoptó el gobierno de Manuel Pardo para hacer frente a la crisis económica derivada de la gran depresión mundial de 1873 y del agotamiento de los ingresos guaneros, fue la aplicación del estanco y la posterior nacionalización de las industrias salitreras. Basadre también cuestiona esta política estatal y denuncia flagrantes casos de corrupción en su aplicación.
Sostiene el autor que los resultados de las tasaciones de la infraestructura expropiada fueron en muchos casos sobrevaluados para beneficiar a las empresas extranjeras que operaban en Tarapacá, las que habrían ejercido presión para obtener indemnizaciones excesivas (2005, t. VII, p. 270).
Asimismo, señala que el monopolio estatal del salitre resultó ser una medida ineficaz, toda vez que este nitrato también se expendía desde el litoral boliviano de Atacama. Añade que varios inversionistas de Tarapacá lograron colocar su producto en el mercado, perjudicando así el pretendido monopolio y la fijación estatal de los precios del fertilizante. Basadre concluye su reflexión cuestionando la adopción de esta medida y sugiriendo que pudieron aplicarse políticas más eficaces:
En lo que atañe al salitre, hubo que seguir pagando a los antiguos dueños y se generó el despilfarro en generosas comisiones de dinero con este motivo y otros; los consignatarios extranjeros y los bancos limeños no fueron eficaces para que en Europa diera resultados positivos el experimento, pues los intereses de esas entidades chocaban inflexiblemente. La producción salitrera en Bolivia y, en parte, la acción de capitalistas independientes en Tarapacá llegaron también hasta los mercados. Lo que pudo ser espléndido negocio bajo una administración adecuada, se malogró. Mejor que expropiar hubiese sido imponer un impuesto razonable sobre esta industria en la que, al lado de capitales extranjeros hubo, repetimos, un buen porcentaje de peruanos, merecedores de estímulo. (Basadre, 2005, t. VII, p. 273)
Para Basadre, la mala administración estatal del salitre encontró su colofón en la Guerra del Pacífico. Durante el conflicto las fuerzas chilenas ocuparon el departamento de Tarapacá y se apoderaron del nitrato y de la capacidad instalada para explotarlo. Para el autor, esta situación agravó la crisis fiscal e implicó la quiebra de diversas entidades bancarias, las que se declararon en bancarrota cuando dejaron de administrar la comercialización del salitre (Basadre, 2005, t. VII, p. 275).
Asimismo, la política de adquisiciones militares del Estado peruano en la década previa a la Guerra del Pacífico es observada por el historiador tacneño. Basadre cuestiona la negativa del gobierno a adquirir dos blindados en Europa en 1874, cuando inclusive ya se había firmado el contrato que formalizaba la compra de dichos elementos bélicos.
Sostiene Basadre que en aquellas circunstancias solo los diputados Miguel Grau y José Rosendo Carreño se opusieron a la anulación de la transacción. Recuerda además el testimonio de José Antonio de Lavalle, quien al manifestar al presidente Manuel Pardo su preocupación por los dos blindados que Chile compró en 1874, habría obtenido la siguiente respuesta: “Yo también he hecho construir ya dos blindados que se llaman el Buenos Aires y el Bolivia” (Basadre, 2005, t. VIII, p. 243). Finalmente, Basadre asocia la anulación del referido contrato con la crisis hacendaria que por aquel entonces atravesaba el país y que ya hemos referido:
Se ha visto ya en el capítulo correspondiente a la política hacendaria de 1872–1876 cómo se consignó en el Presupuesto de 1874 para la compra de armamento naval, la partida presupuestal específica suprimida al efectuarse, bajo los efectos de la tremenda crisis fiscal, la considerable economía que implicó tan grave decisión. (Basadre, 2005, t. VIII, p. 221)
Por otro lado, Basadre afirma que el Tratado de Alianza Defensiva suscrito con Bolivia en 1873 supuso un evidente riesgo para la nación, pues se asoció la suerte del Perú con la de Bolivia. Indica que, en lugar de aquel, debieron realizarse los esfuerzos necesarios para contrarrestar la superioridad naval adquirida por Chile. Sugiere que, en todo caso, la no adquisición de los blindados debió llevar al Perú a abandonar su alianza con Bolivia y a mejorar sus relaciones con Chile, para de este modo cautelar la seguridad territorial del país (Basadre, 2005, t. VIII, p. 222).
Para Basadre, la desorganización del Estado se expresó también a inicios de la Guerra del Pacífico. En aquel entonces el Perú habría carecido de un sistema tributario eficiente. Por ello se tuvo que recurrir a una política de empréstitos de emergencia, con la que contribuyeron algunos bancos. Sin embargo, la difícil situación de las entidades financieras peruanas obligó al gobierno a ampliar la base tributaria, a aumentar los impuestos y a recurrir a donativos patrióticos. Asimismo, tuvieron que suspenderse los pagos de las deudas externa e interna (Basadre, 2005, t. IX, p. 35).
En suma, Basadre cuestiona la gestión del Estado peruano, de la que se desprendió la aguda crisis financiera de la década de 1870. Denuncia, además, la comisión de una serie de errores políticos y diplomáticos. De ello se colige la situación de desventaja del Perú en la Guerra del Pacífico y, de manera específica, su inferioridad militar frente a Chile.
La crítica de Basadre a las diferentes políticas aplicadas por el Estado peruano en las décadas y años previos al estallido del conflicto configura una imagen negativa de la administración pública del país y cuestiona los resultados del proyecto liberal-nacionalista aplicado desde la Independencia y durante el transcurso del siglo XIX. Desde esa perspectiva, los imaginarios del desorden, el despilfarro y la corrupción configuran las primeras vistas del yo colectivo de la nación embrionaria.
Fuerzas de flaquezas: emerge la nación de sus cenizas
Jorge Basadre matiza sus primeras apreciaciones sobre el Perú, centradas en el desorden administrativo y la corrupción, cuando trata la participación de los peruanos en la Guerra del Pacífico. Para este caso, el autor exalta el patriotismo y vocación de sacrificio tanto de los oficiales, de las fuerzas regulares, como de los soldados y la población civil, constituida en milicias urbanas.
Un ejemplo preclaro de la voluntad combativa de la oficialidad peruana lo constituye el coronel Francisco Bolognesi, quien encontró su muerte en la Batalla de Arica, el 7 de junio de 1880, junto con la mayoría de soldados que defendieron aquel puerto. Basadre comenta el genio organizativo del viejo militar y el empeño con el que dispuso su defensa (Basadre, 2005, t. IX, p. 75).
Destaca también la actitud de Bolognesi ante la visita del comisionado chileno Juan de la Cruz Salvo, quien lo conminó a la rendición en el entendido de que la suerte de Arica estaba echada. El autor recuerda la respuesta del célebre coronel, la que constituye un elemento central en la retórica romántico-nacionalista peruana, que proyecta la imagen de la valentía de la oficialidad, siempre dispuesta a alcanzar el martirologio en aras de la causa nacional:
Salvo dijo que tenía el encargo de pedir la rendición de la plaza “cuyos recursos en hombres, víveres y municiones conocemos”.
“Tengo deberes sagrados, repuso Bolognesi, y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”. (Basadre, 2005, t. IX, p. 77)
Seguidamente, Basadre exalta el patriotismo del resto de los oficiales peruanos en Arica, a los que Bolognesi reunió para refrendar en ellos su decisión de combatir hasta las últimas consecuencias. Resalta el autor el respaldo unánime que recibió el jefe de la plaza. Refiere como, uno a uno, fueron consultados sus oficiales y destaca que, a pesar de la superioridad de las fuerzas con las que debían batirse, todos aceptaron sin dilación un destino patriótico en ciernes (Basadre, 2005 t. IX, p. 79).
El historiador realza el heroísmo de la oficialidad ariqueña subrayando además la presencia de civiles junto a los militares de profesión, y menciona a acaudalados jóvenes y hombres maduros que, no obstante sus vidas prósperas, no faltaron al llamado de la patria. Entre todos ellos, el autor glorifica particularmente la gesta heroica de Alfonso Ugarte:
La emoción colectiva habría puesto, pues, un ropaje de poesía épica a una realidad esencial. Alfonso Ugarte, el millonario de Tarapacá, el joven apacible, se lanzó simbólicamente con su caballo a la inmensidad mucho antes del 7 de junio. (Basadre, 2005, t. IX, p. 90)
Un aspecto que Basadre subraya con especial énfasis es la participación de la sociedad civil en diversos episodios de la Guerra del Pacífico. Para el caso de la batalla de Arica, sostiene que la mayoría de los defensores del puerto meridional era oriunda de este y que se trataba de civiles que se enrolaron en el Ejército espontáneamente, animados por una incuestionable voluntad combativa (Basadre, 2005, t. IX, p. 89).
Asimismo, Basadre destaca la conformación de las líneas defensivas que tuvieron la misión de proteger Lima de la inminente ocupación chilena. Sostiene el autor que, para la ocasión, llegaron a la capital contingentes de todas partes del país; en algunos casos batallones e incluso pobladores andinos que fueron trasladados a la costa bajo la dirección de los terratenientes serranos. También participaron los miembros de diferentes colegios profesionales y de las oficinas de la administración pública, así como los empleados del Poder Judicial o los miembros de los gremios artesanales como plateros, herreros y fundidores (Basadre, 2005, t. IX, pp. 122-123).
Además, Basadre pone de relieve la actuación de la población indígena en la campaña de la resistencia que el general Andrés Avelino Cáceres levantó en la Sierra Central. Sostiene que se trató de héroes anónimos que pelearon valientemente a pesar de carecer de los recursos bélicos indispensables, los que, por el contrario, el enemigo poseía en abundancia. De esta manera, se destaca el heroísmo mostrado por todos los componentes de la sociedad peruana en la Guerra del Pacífico. Para el autor, la valentía de los peruanos es una singularidad que los caracteriza como colectivo, pues, desde su perspectiva, no abundan los pueblos con tal vocación de sacrificio (Basadre, 2005, t. IX, p. 293).
Basadre extiende la referida virtud a los diversos sectores sociales que componen la nación peruana. Es así como la oficialidad del Ejército, las clases acomodadas, las clases medias urbanas —artesanos, profesionales y funcionarios públicos— y la población indígena rural comparten el atributo común del heroísmo y la abnegación patriótica.
De esta manera, el autor contrapone las imágenes iniciales del caos institucional peruano y de la corrupción administrativa con otras en las que el elemento humano de la sociedad se destaca por sus virtudes. Así, el peruano colectivo parece mostrar una particular fortaleza para enfrentar desafíos. Ciertamente, Basadre enfatiza con reiteración la dispareja correlación de fuerzas militares en los enfrentamientos, la que siempre favoreció al invasor y destaca el valor de los peruanos que en toda circunstancia se sobrepusieron a la adversidad.
Finalmente, la exaltación del heroísmo de los diferentes componentes de la sociedad coadyuva a la proyección de un imaginario nacional inicial, en el que las virtudes antes enunciadas configuran las características del ser nacional. Así pues, en las bambalinas del discurso de Basadre subyace, bajo la crítica a la gestión pública, la afirmación de una nación embrionaria, engendrada sobre sólidas bases morales:
Aquellos hechos y aquellos mártires no envejecerán nunca, cualesquiera que sean los cambios y las alternativas del porvenir. Nosotros, todos nosotros, nos volveremos viejos, moriremos y entraremos en el anonimato, y a ellos, en cambio, los años no los condenarán. Y así como ocurrió, felizmente con otros hechos y con otros personajes históricos, es la de ellos, una primavera sin ocaso en este país donde ha habido y hay tantas noches tenebrosas. (Basadre, 2005, t. IX, p. 89)
CHILE
Seguidamente examinamos el tratamiento que el autor realiza del desempeño de Chile en el conflicto bélico. La narración de la actuación de la nación chilena en la guerra contribuye con la difusión de un imaginario homogéneo acerca del enemigo o contrincante. Este es descrito como una sociedad ordenada, pero con notables tendencias al expansionismo y la agresividad.
El orden imperialista: primeras vistas de Chile
Jorge Basadre configura el imaginario de Chile resaltando su orden institucional, la claridad de sus objetivos geopolíticos, así como su vocación imperialista. De esta manera, representa al otro resaltando su tendencia a la expansión territorial, la que se desarrollará paulatinamente a lo largo del siglo XIX.
Principia Basadre exponiendo las tesis del ministro chileno Diego Portales, a quien presenta como el artífice de la política internacional de su país, la que, desde sus planteamientos iniciales, se habría trazado como meta imperiosa impedir el fortalecimiento del Perú, pues podría amenazar la existencia de Chile. Desde estas premisas, Portales planteó la destrucción de la Confederación Perú-Boliviana:
El omnipotente ministro chileno Diego Portales, en una carta desde Santiago […] explicó claramente su actitud ante la Confederación Perú-Boliviana. Dijo allí: “Va, usted, en realidad, a conseguir con el triunfo de sus armas la segunda independencia de Chile […] La posición de Chile frente a la Confederación Perú-Boliviana es insostenible”. (Basadre, 2005, t. II, p. 132)
Basadre desarrolla la idea del expansionismo pacífico del Estado y población chilenos, el que, con el transcurrir de las décadas, habría dado paso a otro de naturaleza, más bien, violenta. El expansionismo pacífico se habría expresado en la paulatina colonización de los territorios salitreros de Atacama, que en aquel entonces formaban parte de Bolivia. Es así como, apenas producida su independencia política de España, pobladores de Chile atravesaron el río Salado, que demarcaba las fronteras coloniales entre las audiencias de Charcas y Santiago, y lograron la anexión de la región de Paposo a su país (Basadre, 2005, t. VIII, p. 206).
Seguidamente, se sugiere que el Estado chileno aplicó una política sistemática de expansión hacia el norte. Desde esa perspectiva, Basadre sostiene que la firma del tratado de 1866 entre Bolivia y Chile favoreció los intereses de este último país. Para el autor, este proyecto perseguía finalidades aún más ambiciosas, pues buscaba correr las fronteras territoriales hacia el norte, de manera que Chile poseyese la totalidad de las regiones salitreras y Bolivia el puerto de Arica, que por aquel entonces formaba parte del Perú.
Gravoso como era este tratado para Bolivia, no presentaba el máximum de las pretensiones chilenas. Chile entregaba la zona comprendida al norte del paralelo 24. El ministro Vergara Albano propuso la cesión por parte de Bolivia de todo su litoral, o cuando menos hasta Mejillones, inclusive, “bajo la formal promesa (escribió años después el canciller de Melgarejo, don Mariano Donato Muñoz) de que Chile apoyaría a Bolivia de modo más eficaz para la ocupación armada del litoral peruano hasta el morro de Sama […] en razón de que la única salida natural que Bolivia tenía al Pacífico era el puerto de Arica”. (Basadre, 2005, t. VIII, p. 207)
Para Basadre un resultado parcial de la aplicación de esta política fue la invasión pacífica del litoral boliviano, la que se concretó a través de una serie de medidas adoptadas por el Estado chileno y gracias a diversas inversiones que en dicha región realizaron los empresarios de este país. Menciona el autor varias concesiones que el Estado boliviano otorgó a los salitreros chilenos, así como la explotación de minas de plata, entre otras actividades económicas realizadas en la provincia litoral de Atacama (Basadre, 2005, t. VIII, pp. 2007-2008).
De esta manera, desde los años que siguieron a su Independencia, Chile habría manifestado una explícita voluntad de expansión territorial y de apropiación de los recursos que existían en el litoral boliviano. Es así como el avance de mineros informales, la inversión de capitales privados, la explotación del salitre a gran escala y la política del Estado, configuran juntas la imagen de una nación expansiva e imperialista.
Basadre construye el imaginario del imperialismo de Chile a través de un discurso que establece una lógica de continuidad entre diferentes acontecimientos que tuvieron lugar desde su Independencia hasta el estallido y desarrollo de la Guerra del Pacífico. Así, la voluntad expansiva del Estado se habría manifestado desde los inicios republicanos y configura una representación del otro como sujeto hostil.
Por último, la idea del expansionismo pacífico de la nación chilena muta paulatinamente hasta adoptar las características de un expansionismo violento o agresivo. En tal sentido, el imaginario que representa a Chile como una potencia imperialista adoptará sus formas definitivas al producirse la invasión militar de las provincias salitreras de Atacama y Tarapacá, en Bolivia y el Perú, respectivamente.
Armamentismo y agresividad: la “naturaleza” del otro
En la obra de Jorge Basadre, la carrera armamentista que emprendiese Chile antes de la guerra del 79 es un elemento que viene aparejado con la idea del expansionismo que refiriéramos en el acápite anterior. De esta manera, la suma de ambos factores constituye el imaginario de la agresividad chilena, la que luego se manifiesta en acontecimientos militares específicos.
Según Basadre, ya desde tiempos de la Confederación Perú-Boliviana, Chile superaba las fuerzas navales de las potencias aliadas, lo que le permitió incursionar en dos ocasiones sobre el Perú y liquidar el proyecto confederado en 1839. Sobre este particular, destaca también el orden del Estado chileno, el que se manifestó prácticamente desde su fundación política. Refiere así su eficiente administración y la eficacia de sus fuerzas armadas (Basadre, 2005, t. II, p. 175).
Tiempo después, Chile recuperó el dominio marítimo que perdiera temporalmente en la década de 1860, tras la compra peruana de la fragata Independencia y el monitor Huáscar. En 1874, el Estado chileno adquirió los buques Cochrane y Blanco Encalada con los que contrarrestó y superó de nuevo a las fuerzas de la armada del Perú.
Para Basadre, la crisis hacendaria de Chile, que se produjo como correlato de la gran depresión mundial de 1873, no fue razón suficiente para poner a la venta sus blindados, los que conservó a toda costa. Señala el autor que el poder marítimo chileno era tan grande que incluso superaba al de los Estados Unidos de Norteamérica, lo que motivó el recelo y la preocupación de autoridades de dicho país. Además, Basadre advierte que los demás estados de la región no imitaron la política armamentista de Chile. Por el contrario, refiere que el Perú desistió de gestionar la incorporación de la República Argentina a la alianza Perú-Boliviana con lo que “volvió las espaldas al armamentismo” (Basadre, 2005, t. VIII, p. 218).
Chile había perdido, en relación con el litoral, la aquiescencia o la maleabilidad sumisa de los gobernantes bolivianos al producirse la caída de Melgarejo y la derrota de Quevedo; pero estaba ganando la carrera armamentista o, mejor dicho, corriendo solitariamente en ella al adquirir los blindados Cochrane y Blanco Encalada y algunas unidades menores. (Basadre, 2005, t. VIII, p. 221)
Como señalásemos líneas arriba, según Basadre el correlato del armamentismo chileno es la tendencia a la agresividad, la que se hizo evidente durante el desarrollo de la Guerra del Pacífico. Sin embargo, aquella característica se habría manifestado ya en acontecimientos anteriores. Es así como, durante la Guerra contra la Confederación, el bando de peruanos que la enfrentaba se habría distanciado de sus coyunturales aliados chilenos debido a los actos de vandalismo cometidos por sus contingentes militares (Basadre, 2005, t. II, pp. 141–142).
En relación con la guerra de 1879, Basadre denuncia los desmanes perpetrados por las tropas chilenas que ocuparon el puerto de Mollendo, el cual fue incendiado por la soldadesca que se encontraba en estado de ebriedad. La misma conducta se presentó tras la Batalla de Chorrillos, en donde, a decir del autor, las fuerzas chilenas llegaron a enfrentarse entre ellas mismas, lo que ocasionó centenares de bajas. También describe violaciones, asesinatos y orgías sexuales, entre otros actos deplorables:
El cementerio se volvió un lugar donde soldados beodos celebraron orgías y llegaron a desenterrar cadáveres de sus tumbas para ayudar a sus enloquecidos camaradas. El olor de los muertos y del incendio resultaba irrespirable. Entre aquellos estuvo un médico inglés de 80 años, asesinado delante de la casa del ministro de su país. (Basadre, 2005, t. IX, p. 152)
Para Basadre, la tendencia a la expansión territorial y la voluntad imperialista del Estado chileno se concretaron luego en la política armamentística del Estado, la que perseguía, como objetivo final, la realización de la guerra. Los imaginarios que acerca de Chile proyecta la obra configuran una personificación homogénea del conjunto de la nación enemiga. Esta se presenta como un sujeto colectivo ambicioso, agresivo e inescrupuloso en los medios empleados para la consecución de sus fines, características que luego se vierten en los individuos, quienes las pondrán en evidencia en los desmanes antes reseñados.
Del texto de Basadre también se desprende la idea del orden de las instituciones de Chile, el que, sin embargo, se utiliza para fines perversos. Se sugiere en el texto que la buena administración del Estado chileno degeneró en la aplicación de políticas hostiles y agresiones en contra de sus vecinos. De esta manera, Basadre le atribuye a Chile una natural tendencia hacia el mal, la que se expresará en diversos acontecimientos de su historia.
CONCLUSIONES
En nuestro libro Lo que dicen de nosotros, analizamos la obra de Sergio Villalobos, Chile y Perú, la historia que nos une y nos separa (Villalobos, 2002). Concluimos entonces que esta difundía la idea del nacionalismo triunfante de Chile. Sostuvimos que el referido imaginario se sustenta en las victorias militares obtenidas por dicho país, así como en el éxito alcanzado en la ejecución de su proyecto político liberal-nacionalista (Parodi, 2010).
Por el contrario, la Historia de la República del Perú de Jorge Basadre no divulga una visión optimista del Perú, país cuya conducción administrativa y política cuestiona severamente. Esta constatación nos permite afirmar, en la línea de Michael Pollak, que la narración histórica no puede proyectar, sin más, imaginarios maniqueos acerca del pasado que evoca, al contrario, requiere adecuados niveles de verosimilitud para alcanzar a instalarse en la comunidad de destino (Pollack, 1993).
En segundo lugar, el texto de Basadre constituye una historia nacional. Esta característica se advierte en la configuración ideológica de su obra, así como en algunos elementos retóricos de la misma. La utopía liberal-nacionalista es la finalidad última del relato, la que constituye el eje fundamental de la trama, tanto como el horizonte que el célebre historiador le otorgó a su trayectoria académica y política. El desempeño de los personajes y acontecimientos de la historia se evalúa de acuerdo con su aporte, beneficioso o perjudicial, a la consecución de la referida utopía. Asimismo, se advierte en el análisis la ponderación del heroísmo y de la voluntad combativa como atributos morales positivos del grupo y del individuo, lo que remite a los tópicos tradicionales del nacionalismo decimonónico y a los procesos de construcción nacionales de dicha centuria.
No obstante, la obra de Basadre se encuadra también dentro de los linderos de la escuela francesa de Annales, pues constituye una historia total de la sociedad materia de la investigación. De esta manera, los capítulos de sus tomos presentan acápites en los que desarrollan los aspectos económicos, sociales, culturales y demográficos de la historia republicana del Perú —los que no forman parte de la materia que estudia la presente investigación— y que se entremezclan con el tratamiento más tradicional de los hechos políticos, administrativos y militares que hemos estudiado en estas páginas.
En tercer lugar, el discurso que el autor desarrolla en su obra acerca de la nación propia no alcanza a establecer con claridad sus principales características y singularidades. Más bien, encontramos que la ambigüedad es un elemento central en la configuración del sujeto nacional.
Por ello, hallamos una notable contradicción entre la evaluación negativa de la conducción política del Estado y la exaltación de los altos valores patrióticos adjudicados a la población combatiente. Esta impide una personificación eficaz y homogénea de la nación, pero refleja una alta correspondencia entre la narración histórica y el pasado referido que manifiesta, en los acontecimientos concretos, similares contrasentidos. Paradójicamente, es del mismo imaginario que sugiere el fracaso de la utopía republicana-nacionalista —que se desprende de la narración de los aciagos acontecimientos de la Guerra del Pacífico— desde donde Basadre le da forma al sujeto nacional del futuro, patriótico y abnegado.
Como cuarto punto, vemos que, en contraposición con el caso peruano, Basadre no encuentra mayores dificultades para proyectar un imaginario homogéneo de la nación enemiga o del otro. En su obra, Chile es personificado como un sujeto nacional cuya eficiente organización lo lleva a lucubrar el ataque, despojo y la destrucción de sus vecinos.
Chile y los chilenos definirán tempranamente su vocación imperialista, así como las políticas específicas que concretarán la realización de aquella. En tal sentido, el proyecto nacional originario ya perseguía el objetivo de ejecutar un expansionismo pacífico que se tornará paulatinamente violento. Asimismo, la ventaja obtenida en la carrera armamentística simboliza la previsión característica de la conducción política, la que sin embargo se empleará de acuerdo con finalidades perversas.
La agresividad y el salvajismo se manifiestan en el sujeto chileno cuando ataca militarmente. Este parece ser el último y más central de los elementos con los que Basadre representa al otro. De esta manera, los chilenos son despojados de su humanidad y se constituyen en un ente acechante que amenaza la existencia del yo o nosotros colectivo, en este caso el Perú.
En síntesis, la Historia de la República del Perú, que Jorge Basadre actualizase hasta la década de 1970, denota la vigencia del proyecto nacional peruano. Las diversas reediciones de la obra ratifican su actualidad como texto fundamental que contiene el discurso oficial sobre el período independiente del Perú. En sus contenidos, no obstante, se aprecia también la crítica a la administración del Estado, la que remite a la necesaria cuota de verosimilitud que legitima el texto histórico, la que el autor interioriza en su producción intelectual.
Pero antes de dejar a un lado la problemática de la verosimilitud del relato de Basadre, al confrontarse con la realidad relatada, debemos ubicarlo en el contexto del paradigma historiográfico del autor, al que situamos en una transición entre la historiografía positivista, que tiene en Leopoldo Von Ranke a su máximo representante, y la escuela francesa de Annales, de Marc Bloch y Lucien Febvre, con su memorable planteamiento de la historia total, que incorporó a la disciplina el estudio de la sociedad, la economía, las mentalidades, la vida cotidiana, etcétera.
No obstante, en el relato de Jorge Basadre acerca de la Guerra del Pacífico notamos la preeminencia de lo militar, lo administrativo y lo político; así como la exaltación de los grandes héroes; y es desde esa mirada y desde ese paradigma que ponderamos la verosimilitud de su relato. Al mismo tiempo, la obra Chile-Perú: la historia que nos une y nos separa, de Sergio Villalobos, que analizamos en Lo que dicen de nosotros, difunde un relato que la sociedad chilena adoptó sin problemas y que encuentra en el orden institucional y en la idea de la nación guerrera, a la vez que civilizada, a los pilares fundamentales de su imaginario nacional. Por cierto, ambas tradiciones historiográficas se encuentran actualmente en un proceso de intensa revisión por historiadores cuyo modelo de análisis es más contemporáneo y distinto del positivista, lo que no obsta la vigencia de los imaginarios tradicionales referidos.
Antes de concluir el presente capítulo, quisiéramos reflexionar acerca de la relación entre un relato del pasado, narrado en los términos que aquí hemos descrito, y los imaginarios que de dicha narración se desprenden y proyectan en la sociedad, la que, a su turno, dialécticamente los convierte en otros relatos parecidos, aunque más sencillos, radicales y sentenciosos. Hemos señalado en varias publicaciones, y en esta misma obra, que una historia nacional que difunde en la sociedad una imagen del otro básicamente asociada a una guerra de conquista y anexión territorial, difícilmente elaborará una visión de ese otro que no lo eternice en el rol del enemigo que amenaza la existencia del yo colectivo.
Por esta razón es imperativo problematizar esta temática, para establecer la influencia que los imaginarios sobre el pasado tienen en el presente e implementar las políticas culturales y educativas pertinentes. Estas deben trazarse como objetivo que la sociedad pondere las percepciones que hemos referido en estas páginas como una construcción intelectual que, finalmente, remite a acontecimientos que tuvieron lugar en el siglo XIX.
Con esta meta, en los últimos años, historiadores del Perú y Chile hemos emprendido una serie de proyectos como Las historias que nos unen, que tuve el honor de compilar con el doctor Sergio González, Premio Nacional de Historia en Chile. Su intención fue mostrar a nuestras dos colectividades otros eventos del pasado binacional en los que primaron la amistad, la colaboración y el espíritu integracionista (Parodi y González, 2014).
Sin embargo, el impacto de estos esfuerzos no calará hondo sin una política oficial binacional que se preocupe por difundir dichos relatos en la escuela, junto con aquellas historias que en efecto nos separan, pues no se trata de invisibilizarlas cuando es definitivo que, en un país y el otro, son constitutivos de la nacionalidad y de los imaginarios con los que el ciudadano incluye al pasado en su identidad personal y colectiva. También por esa razón publiqué el 2014 una compilación que titulé Conflicto y reconciliación. Con ella quise llamar la atención sobre la necesidad de conversar juntos acerca del pasado doloroso en lugar de apelar, sencillamente, al fácil recurso de voltear la página, pues el individuo como la sociedad, sin un intenso trabajo de retrospección, se han mostrado incapaces de superar los eventos dolorosos del pasado.
Por el contrario, debemos apuntar hacia una relectura de la Guerra del Pacífico que nos permita comprender que sus malos recuerdos pertenecen a un pasado definitivamente terminado y enmarcarla dentro de una competencia pedagógica fundamental que es la educación para la paz. Esta requiere, necesariamente, la implementación de políticas de la memoria y de la reconciliación que contemplen gestos oficiales y para-diplomáticos de cada país hacia el otro, de acuerdo con los roles desempeñados durante la Guerra del Pacífico, y empáticos con los sentimientos y las necesidades presentes de sus colectividades.
Este es el gran proyecto que debiéramos emprender, sin temor ni prejuicios, más bien con madurez y respeto, peruanos y chilenos. Volveremos sobre el tema en las conclusiones del siguiente capítulo.
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