Kitabı oku: «Meditación primordial»
Este libro te propone soltar toda concepción de la meditación asociada al trabajo y al estudio de prácticas complejas que requieran de una gran fuerza de voluntad y sacrificio. Si una supuesta meditación no desarrolla alegría y libertad, no es meditación.
La estrategia de la Meditación Primordial es tan simple como poderosa: te habita una sabiduría orgánica que lleva miles de millones de años desarrollándose desde el origen del Universo, y esa sabiduría es la misma que existe en tus semejantes, en los animales y las plantas. Ese saber ancestral hace que tu corazón palpite, que tus pulmones absorban el oxígeno, que tu sistema digestivo sepa qué enzimas debe utilizar para convertir los alimentos en energía, emociones y pensamientos. Sólo entrando en la profundidad de tu propio interior y en todo lo que te rodea puedes reconocerlo.
Es un método que te acompañará hasta lograr que una nueva concepción de tu propia identidad y del mundo florezcan espontáneamente, y podrás asumir los desafíos de tu vida cotidiana desde un lugar absolutamente nuevo.
Es más beneficiosa una meditación profunda de 3 minutos, realizada varias veces al día, que una meditación de 1 hora, forzada, tediosa y que, por eso mismo, se practica raras veces. Experimentando serenidad, descanso, relajación y un encuentro cada vez más profundo contigo, lograrás un encuentro con tu naturaleza original, tu propio Ser y el del Cosmos.
La Meditación Primordial se plasmará en todos los aspectos de tu vida: tu salud física y mental, tu autoestima, tus relaciones y tu trabajo. Entonces la compasión, la solidaridad, el cuidado de la vida en todas sus formas, el respeto por las otras personas y tu relación con el medio ambiente serán una consecuencia natural y espontánea.
Sólo una humanidad consciente de su identidad con todo lo que existe en el Cosmos puede convertirse en una especie que cuide y preserve la vida en esta tierra.

Daniel Taroppio es psicólogo clínico, egresado con Diploma de Honor y Medalla de Oro, magíster en Desarrollo Personal e Interpersonal, escritor y profesor universitario de grado y posgrado. Inició sus investigaciones en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. En su búsqueda por integrar las visiones científicas y espirituales, se especializó en el Esalen Institute de Estados Unidos (cuna de la Psicología Humanística y Transpersonal), la Findhorn Foundation y el Clunny Hill College de Gran Bretaña, en el Grof Transpersonal Training del Dr. Stanislav Grof (USA) y en el Integral Institute de Ken Wilber (USA), entre otros. Conoció, estudió y/o trabajó con maestros tales como Stanislav Grof, Ken Wilber, Viktor Frankl, Stanley Kripner, Karl Pribram, Eileen Caddy, David Spangler, William Bloom, Steve Andreas y Norberto Levy, entre otros.
Es presidente de la Fundación Universitaria de Estudios Integrales, con sede central en Argentina, presidente Honorario de la Corporación Latinoamericana de Pensamiento Integral, con sede en Ecuador, cofundador de la Fundación Tierra del Encuentro en Chile, y miembro de la Association for Transpersonal Psychology (USA).
Es autor de numerosos artículos y libros, entre ellos, Vínculo Primordial y Danza Primal, publicados por Ediciones Continente, y Coaching Primordial, publicado por Ediciones Eleusis.
En la actualidad, dirige la Formación en Coaching, Terapia Primordial y Danza Primal en Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú, Uruguay, España y Estados Unidos, y recorre el mundo brindando capacitación y trabajando por el pleno desarrollo humano y la expansión de la consciencia.
Su sitio web es www.transpersonals.com; en Twitter, Facebook e Instagram @DanielTaroppio.
Daniel Taroppio
Meditación primordial El arte de vivir en la presencia
Método contemplativo del Modelo Interacciones Primordiales

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía del autor
Portada
Dedicatoria
Agradecimientos
Prólogo I
Prólogo II
Introducción. Desmitificar la meditación
Primera parte. La meditación primordial y el modelo interacciones primordiales ¿Qué significa que un encuentro sea trascendente? El desafío de las relaciones humanas El ego y la búsqueda de valía El Modelo Interacciones Primordiales: sus métodos y disciplinas La Práctica Integral Integralidad, Meditación, Coaching y Psicoterapia: al César lo que es del César La integralidad mal entendida Sacralizando la vida cotidiana Los métodos del Modelo Interacciones Primordiales Lingüística Primordial Movimiento Primordial Meditación Primordial Las disciplinas del Modelo Interacciones Primordiales Coaching Primordial Psicoterapia Primordial Danza Primal
Segunda parte. Meditación primordial. Habitando el cuerpo vivo y consciente Habitando el cuerpo vivo y consciente ¿Por qué a la mayoría de las personas le cuesta meditar? La necesidad humana de una identidad El espacio y el tiempo El lenguaje y la imaginación La relación con el propio ego La meditación y la sombra Ego, sistema nervioso y estados ampliados de conciencia La dimensión del Fundamento, lo Causal La no-dualidad Psicoterapia, coaching, meditación y temporalidad Malos entendidos sobre la meditación Meditación Primordial y creatividad Meditación Primordial y su relación con otros tipos de meditación El cómo de la meditación 1. Métodos de meditación en función del nivel de actividad 2. Métodos de meditación en función de los recursos que se utilicen 3. Métodos de meditación en función del objetivo 1. Meditación Psicofísica Efectos fisiológicos de la meditación Meditación Primordial y salud psicofísica. Núcleo Primordial, energías sutiles y sanación Efectos psicosociales de la meditación 2. Meditación Existencial 3. Meditación Transpersonal Las 7 Capacidades Primordiales de la persona plenamente viva Mandala del Sí Mismo, Núcleo Primordial (Perfección Original), las 7 Capacidades Primordiales y las disociaciones Metodología de la Meditación Primordial La estrategia fundamental de la Meditación Primordial El proceso gradual de la Meditación Primordial ¿Es realmente posible experimentar la no-dualidad? Experiencias en las que es más factible realizar la no-dualidad
Tercera parte. Práctica de la meditación primordial Actitud básica de todo docente y practicante de Meditación Primordial Formas de Meditación Primordial Meditación Primordial Instantánea y Meditación Primordial Completa Cuatro elementos fundamentales de la meditación profunda Consciencia, sensibilidad y postura corporal Respiración Narrativa: la voz meditativa interior, afirmaciones y mantras Cómo desarrollar la voz meditativa interior Afirmaciones Mantras Visualizaciones Meditación Primordial Instantánea Meditación Primordial y Danza Primal Pasos de la Meditación Primordial Instantánea Los 7 pasos de la Meditación Primordial Instantánea 1. Integrar sensibilidad, respiración, narrativa (afirmaciones) y visualizaciones 2. Reconexión con tu cuerpo y con el plano físico del Universo 3. Conexión con tu energía y con el plano energético del Universo 4. Percepción de la Presencia Primordial en ti (lo sutil) 5. Percepción de la Presencia Primordial en todo (lo Causal) 6. Realización de la no-dualidad 7. Salir al mundo. Servir Narrativa de la Meditación Primordial Instantánea Guía práctica para instructores e instructoras 1. Integrar sensibilidad, respiración, narrativa (afirmaciones) y visualizaciones 2. Reconexión con mi cuerpo físico y el plano físico del Universo 3. Reconexión con mi energía y el plano energético del Universo 4. Percepción de la Presencia Primordial (sutil) en mi 5. Percepción de la Presencia Primordial (causal) en todo 6. Realización de la no-dualidad 7. Salgo al mundo. Sirvo Meditación Primordial Completa Acerca de la complejidad de la práctica Una reflexión acerca de la integración de métodos Serie completa. A.1 Tai Chi Chuan A2. Pranayama Kapalabhati pranayama Cómo y por dónde expulsar el aire Beneficios de kapalabhati Samavritti pranayama. El pranayama cuádruple Beneficios de samavritti B. Continúa como la Meditación Primordial Instantánea Descripción en detalle del paso 3. La órbita microcósmica Los puntos críticos de la órbita Práctica de la órbita microcósmica y ejercicios energéticos de visualización Los bandhas Conclusión
Apéndice Coaching, Psicoterapia y Danza Primal Lingüística, Movimiento y Meditación Primordial La relación entre Coaching y Psicoterapia Estados internos y “realidad externa” El Modelo de las Interacciones Primordiales y la mirada integral Coaching, Danza Primal y Psicoterapia Primordial La comunicación, las relaciones humanas y las organizaciones desde una mirada trascendente ¿En qué se diferencian de otras formas de coaching, psicoterapia y trabajo grupal? Lingüística Primordial. Una nueva dimensión del lenguaje y la comunicación humana Movimiento Primordial Metodología del Movimiento Primordial Nuestra corporalidad crea mundos Los objetivos del Movimiento Primordial Lingüística y Movimiento Primordial Meditación Primordial Meditación y salud La meditación y la búsqueda del sentido Práctica del Coaching, la Psicoterapia Primordial y la Danza Primal Danza Primal Orígenes de la Danza Primal Consideraciones finales Interacciones Primordiales y vida personal Interacciones Primordiales, organizaciones y liderazgo La formación en Coaching, Psicoterapia Primordial y Danza Primal
Créditos
Otros títulos de esta editorial
Al Gran Misterio
de la existencia,
fuente de toda búsqueda
científica y espiritual
Agradecimientos
A mi familia, que paciente y amorosamente ha sostenido el proceso de escribir este libro y aceptado las ausencias por mis viajes de trabajo y por mis retiros de escritor. Confío en que este trabajo los acompañe en su propio proceso de evolución.
A mis estudiantes y pacientes, que han sido una inagotable fuente de inspiración, gracias a su confianza y entrega. Con sus inquietudes, preguntas y cuestionamientos, me ayudan a revisar permanentemente todo lo que pienso, siento y digo.
A mis colaboradores en Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú, Uruguay, Estados Unidos y España, por sus aportes, sus críticas, su apoyo incondicional y, sobre todo, por su amistad y su afecto.
Como en todos mis libros, agradezco a los grandes maestros y maestras del pensamiento contemporáneo con quienes tuve el privilegio y el honor de compartir momentos inolvidables, compartiéndome en algunos casos no sólo su saber, sino incluso sus hogares y sus familias: Viktor Frankl, Norberto Levy, Stanislav Grof, Ken Wilber, Rolando Toro y Eileen Caddy. Del mismo modo, muchos otros hombres y mujeres de ciencia, pensadore-as, investigadore-as, así como contemplativo-as de todas las épocas, me han aportado sus intuiciones a través de sus obras. Me resultaría imposible nombrarlos a todos y todas, por lo que voy a representarlos en los siguientes: Patanjali, Lao Tse, Heráclito, Hypatia de Alejandría, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila, Wilhelm Reich, Carl G. Jung, Teilhard de Chardin, Jiddu Krishnamurti, Thomas Merton, D.T. Suzuki, Alan Watts, Fritz Perls, R.D. Laing, Erich Fromm, Rollo May, Aldous Huxley, Rupert Sheldrake, David Bohm, Abraham Maslow y Michael Washburn. A todos ellos, mis honras y gratitud.
Ana María González Garza y Eduardo Grecco me siguen honrado con sus generosos prólogos, su profunda comprensión de mi trabajo y, sobre todo, con el tesoro de su amistad.
Quiero agradecer muy especialmente a mi amiga y colega Martha Ubieta por su invalorable cooperación en la revisión de los manuscritos.
Prólogo I
Desde hace bastante más de tres décadas Daniel Taroppio se ha distinguido como un líder en el campo tan joven como antiguo del proceso evolutivo de la consciencia corpóreo-psico-socio-espiritual. Ha dedicado su vida al desarrollo de métodos dirigidos a recuperar la memoria de nuestro origen, las raíces fundamentales de nuestra existencia, el Vínculo Primordial que nos permite no sólo recobrar sino experimentar el sentido de pertenencia a la Fuente Original de nuestra naturaleza humana. Con su profundo interés por desentrañar el Misterio del Origen y la natural tendencia de la naturaleza humana hacia la trascendencia, junto a ese estilo literario que le es propio, en el que lo complejo se torna sencillo, Daniel entreteje saberes, experiencias, metáforas, símbolos, imágenes, técnicas y prácticas a través de su Modelo de Interacciones Primordiales.
El modelo al que hacemos referencia incluye al Movimiento Primordial y la Danza Primal como un método a través del cual, al ritmo de la música, la respiración consciente y los movimientos primigenios -aquellos que nos fueron dados al nacer- va abriendo el horizonte de la conciencia hacia la recuperación de la memoria original, nuestra esencia cósmica. Un segundo método de este modelo es la Lingüística Primordial, dirigido a poner palabras a la experiencia, a favorecer la interacción con el mundo circundante, la relación interpersonal y el reencuentro consigo mismo, con el otro, con los otros, con la comunidad humana entera y con el Universo del cual formamos parte y participamos. Estas dos metodologías se complementan y enriquecen con la Meditación Primordial, tema central de este libro, que permite tanto la integración y la trascendencia de las dimensiones bio-psico-social-espiritual como el redescubrimiento de la sabiduría organísmica propia de nuestra naturaleza.
Esta trilogía de métodos que Daniel desarrolla se centra en el proceso evolutivo de la conciencia humana que, a lo largo de su existencia, integra los niveles o dimensiones fundamentales de su naturaleza: el físico, el energético y el sutil que una vez integrados van más allá de lo humano al despertar al ámbito de lo Causal, Fuente y Origen del Vacío Primordial que todo lo contiene.
Un hecho que no podemos negar es que existen innumerables posturas, métodos y teorías acerca de la meditación, que se encuentran inmersos en los dogmas y creencias de las diversas religiones y tradiciones espirituales, pero el objetivo y los alcances de la Meditación Primordial no se encuadran ni se asientan en ninguna de éstas, aunque pueden llegar a ser compatibles. Lo que distingue a la Meditación Primordial que Daniel plantea es que ésta no requiere de dogmas, creencias, posturas y prácticas en ocasiones complicadas, por tratarse de un método que nos conduce a despertar a nuestra memoria original. Por lo tanto, su objetivo no pretende alcanzar algún estado de conciencia extraordinario sino ampliar el horizonte de la conciencia hacia aquellos planos que trascienden la existencia y entrar en contacto con el estado natural de la mente, la memoria original de nuestra verdadera esencia. Así contemplada, la meditación se convierte en vida, en el camino de vuelta a casa, al desentrañar el misterio milagroso del encuentro con el Flujo Universal.
Daniel no se limita a explicar, describir y fundamentar ampliamente su propuesta sobre la Meditación Primordial y a explicar con detalle su práctica, sino que a través de las páginas de este libro va llevando al lector a un viaje a lo largo de la historia del Flujo Universal de la Existencia. Para ello, aborda una serie de temas que nos permite comprender a profundidad la complejidad de la naturaleza humana, con su sombra y su luz, así como a cobrar consciencia de la importancia vital de lograr la integración de los opuestos ego / persona, adentro / afuera, bueno / malo pensamiento / experiencia, inconsciente / consciente, verticalidad / horizontalidad, inmanencia / trascendencia, sujeto / objeto, salud / enfermedad, ciencia / misticismo, religión / espiritualidad, ser / tener que, entre otros, abrazando la totalidad en una única Conciencia Cósmica.
He tenido la fortuna de conocer a Daniel desde hace muchos años a lo largo de los cuales se ha ido forjando una amistad profunda, mutuamente enriquecedora, caracterizada siempre por el respeto, el afecto, y el apoyo recíprocos. Al sumergirme en la lectura de las páginas de este libro no sólo he llegado a reafirmar mis conocimientos, experiencias, creencias y valores, sino, como siempre que leo o escucho a Daniel, aprehendo nuevas formas de ser, estar y actuar en el mundo.
Por todo lo antes dicho, considero este libro como un excelente medio para el desarrollo humano integral, una obra legítima y notable por su originalidad, su precisión y valentía, por lo que no queda más que darle la bienvenida y aprovechar su existencia.
DRA. ANA MARÍA GONZÁLES GARZA,
México, julio de 2017
Prólogo II
Prologar a un hombre de la talla de Daniel Taroppio resulta una aventura de aprendizaje profundo y amoroso. Es alguien que conjuga, al mismo tiempo, una escritura focalizada, escrita con el arte de una mente que traza sus líneas con la precisión de un experimentado cirujano, sin perder por ello belleza y, al mismo tiempo, una capacidad de conectar espacios de pensamiento que abren una ventana de luz dentro del corazón. Y esto sólo es posible plasmar, cuando se cuenta con un extenso y profundo recorrido clínico y una sólida formación teórica.
En esta oportunidad, nos encontramos con un texto desafiante y cuestionador de muchas creencias, que portamos como hábitos, sin darnos espacio a ver que la realidad funciona de un modo diferente, más noble y sencillo de lo que imaginamos. Por ejemplo, el recordarnos que meditar no supone esfuerzo, sacrificio, ni es una tarea dificultosa, sino algo bien distinto: “…es el arte de descansar en la profundidad de nuestro Ser” (Daniel Taroppio).
Si bien es cierto que su propuesta forma parte de otra más abarcativa, fundada en el Modelo de Interacciones Primordiales, el propio texto con el que hoy nos encontramos posee una unidad propia. Al leerlo me hizo recordar una conferencia sobre el budismo en el relato de Jorge Luis Borges, que escuché en el año 1977 en el Teatro Coliseo, en la ciudad de Buenos Aires y que años más tarde tuve el placer de saborear en un hermoso libro que lamentablemente he perdido.
Es curioso que un hombre como Borges, que siempre se autodesignó como agnóstico, haya tenido una atracción inmensa por el misticismo y las religiones. Y, más singular aun, es el hecho de la inmensa comprensión que poseía sobre el budismo sin ser, como tampoco lo es Taroppio, un profesante de esta visión del mundo. Decía en esa charla: “Creo que lo importante no es que vivamos el budismo como un juego de leyendas, sino como una disciplina; una disciplina que está a nuestro alcance y que no exige de nosotros el ascetismo. Tampoco nos permite abandonarnos a las licencias de la vida carnal. Lo que nos pide es la meditación, una meditación que no tiene que ser sobre nuestras culpas, males o nuestra vida pasada”.
En esa misma conferencia, Borges insistía en que una de las cosas que más admiraba del budismo era su esencia tolerante y, por lo tanto, el hecho de no juzgar. Que el budismo no empuja a hacer afiliación y que uno puede ser budista y cualquier otra cosa sin ningún problema. En ese momento y para ilustrar su punto, Borges narraba que cuando Asoka, emperador de la India, se convirtió al budismo, no pretendió imponer a ninguno su nueva convicción. Un budista tiene ante sí la posibilidad de ser creyente de lo que desee: luterano, puritano, bautista, metodista, presbiteriano, calvinista, sintoísta, taoísta, católico, musulmán o judío. Por lo contrario ningún católico, judío o musulmán tiene autorización para ser budista.
Estas dos ideas: “no es necesario el esfuerzo para meditar” y “practicar la tolerancia, comenzando por uno mismo”, me parece que son parte del horizonte esencial que contiene este libro.
Daniel Taroppio ha sabido conjugar un recurso, la meditación, con un proceso, conectarnos con nuestro Ser profundo, y plasmar su visión y su experiencia en un texto que, como esa conferencia de Borges en mi historia personal, cambia las vidas de quienes lo leen.
DR. EDUARDO H. GRECCO,
México, verano de 2017
Los primeros rayos de sol comienzan a despuntar sobre las cumbres de los Himalaya, y lentamente van pintando con nuevos colores las laderas de las colinas. Las hojas de los árboles comienzan a brillar, los pájaros despiertan y cantan. El Ganges, llamado en India “La Gran Madre”, pues la baña y la nutre toda, comienza a regalarme ese color verde esmeralda que lo caracteriza aquí, en las altas montañas. Amanece, y mi corazón celebra con alegría la llegada de un nuevo día. En este instante, entre estas montañas y frente a este río sagrado, completo este libro, al que le he dedicado muchos años de exploración interna y externa.
Voy a entregarlo al mundo con la esperanza de que estimule a muchas almas a reconocer en la meditación la fuente de paz, salud, armonía y realización más poderosa que ha creado la humanidad.
Nada en este libro me pertenece. Todo aquí es el resultado de miles de años de búsqueda y experimentación por parte de incontables espíritus exploradores. Sólo he procurado en este libro brindar una mirada moderna, integradora de la espiritualidad, la ciencia, la vida cotidiana y el compromiso social y medioambiental. Y, por sobre todo, he puesto énfasis en desarrollar un método simple, libre de todo dogma, de sistemas de creencias y accesible a toda persona interesada en enriquecer su experiencia existencial.
Mi principal compromiso en todo este trabajo ha sido compartir únicamente lo que he experimentado por mí mismo, y aquello de lo que puedo dar fe en mi propia vida.
Rishikesh, India, 20 de diciembre de 2018
Introducción
Desmitificar la meditación
Desde el inicio mismo de este libro, voy a permitirme sugerirte que sueltes toda concepción de la meditación asociada al esfuerzo, la ascética y al estudio de prácticas complejas que requieran de una gran fuerza de voluntad y sacrificio; y, más aún, de aquellas que requieran de la entrega de tu autonomía a cualquier forma de autoridad externa. No hay manera más rápida de perder el propio camino que seguir a otros. De hecho, te invito a regular la práctica de los ejercicios que aquí compartiré en función de tu propio ritmo, tiempo y disponibilidad. Y a analizar todo lo que aquí encontrarás desde tu más agudo sentido crítico. Es muy importante que tengas en cuenta que brinda muchos más beneficios una meditación de tres minutos, realizada varias veces al día y todos los días, que una meditación de 40 minutos, forzada, tediosa y que, por estos mismos motivos, se practique sólo de vez en cuando. De la misma manera, fluye con mucha mayor facilidad todo conocimiento que sea compatible con tu razón y tu intuición, que aquél que debe ser aceptado como creencia, por provenir de alguna autoridad externa. Si una supuesta meditación no desarrolla tu alegría y tu libertad, no es meditación. A lo largo de estas páginas, te prometo que irás descubriendo que meditar consiste en un regalo que podrás hacerte, cada vez que puedas brindarte al menos un breve espacio para respirar conscientemente y experimentar serenidad, descanso, relajación y un encuentro cada vez más profundo contigo, hasta llegar, paulatina (o quizás súbitamente) al encuentro con tu más profunda identidad, tu naturaleza original, tu propio Ser.
También compartiré contigo métodos más extensos y sofisticados, los que podrás ir incorporando fluidamente, en la medida en que vayas ahondando en tu práctica y tu propio interior te vaya pidiendo más, pero te aseguro que, en todo caso, será el bienestar que vayas experimentando el que te irá llevando suavemente a un trabajo más y más sutil y transformador. Recuerda: sólo tres minutos, todas las veces al día en que necesites quietud y descanso en medio del trajín cotidiano, y lo demás vendrá solo.
El objetivo más importante de este libro, la buena noticia que quiero compartirte, es que la meditación, con todos sus enormes y profundos beneficios, es una práctica sencilla, natural y accesible, que puede convertirse en uno de los momentos más gratificantes y placenteros de tu vida cotidiana. Partiendo de una práctica de sólo 3 minutos al día, te aseguro que, poco a poco, querrás repetir esos instantes cada vez más veces a lo largo de tu jornada. En un momento te encontrarás meditando 20 minutos, que es un tiempo mínimo, y luego querrás más y más. Pero permite que esto ocurra poco a poco, sin sobreexigirte, sin presionarte y, sobre todo, sin enojarte con tus propias limitaciones.
Con mucha frecuencia, las personas me plantean que no meditan porque no tienen tiempo libre para ello. Según me cuentan, su vida transcurre entre trabajar, comer y descansar. Suelo preguntarles entonces cuál es su serie de televisión favorita, si asisten a un gimnasio, cuál es el bar donde más les gusta encontrarse con sus amigos, cuál es el centro de compras del cual más disfrutan, cuánto tiempo dedican en sus computadoras o teléfonos para leer las noticias y visitar sus redes sociales y, por lo general, de inmediato mencionan todas estas actividades. Es decir, que siempre encontramos un tiempo cuando estamos decididos a hacer algo. Por supuesto, no estoy proponiendo que para meditar tengamos que dejar de encontrarnos con nuestros amigos, abandonar el gimnasio o privarnos de salir de compras de vez en cuando. De ninguna manera; todas estas actividades son parte de una vida normal, y no encontrarás en este libro ninguna invitación al sacrificio, todo lo contrario. Se trata simplemente de administrar nuestro tiempo con inteligencia y creatividad. Esos momentos que solías brindarte para pensar en problemas, fumar un cigarrillo o revisar compulsivamente tu teléfono móvil (costumbres no muy saludables) se convertirán poco a poco en oportunidades inmejorables para cambiar tus patrones respiratorios, tu postura corporal y llevar tu mente a espacios de quietud y profundo descanso. Paulatinamente, los beneficios en tu salud física y tu quietud mental irán llevando tu experiencia a dimensiones más y más profundas de la realidad, y te encontrarás un día con tu más auténtica identidad, ese prístino nivel de tu propio interior en el que vives en unidad con todo lo que existe.
La meditación constituye la práctica central de todo proceso de desarrollo y sanación transpersonal, es decir, de todo camino que procure ir más allá del ego y la personalidad básica. Por ello es tan importante esclarecer qué significa meditar, del modo más sencillo en que nos sea posible hacerlo.
La esencia de la meditación no consiste meramente en adoptar posturas, hacer visualizaciones de símbolos desconocidos ni producir sonidos extraños, rodeándonos de objetos exóticos y atándonos a sistemas de creencias. Todos estos pueden ser elementos que formen parte de ejercicios que nos permitan acercarnos a la meditación, pero la meditación en sí no requiere de ningún tipo de prácticas complicadas ni mucho menos de dogmas.
La meditación es la más sencilla de las actividades humanas. El problema es que hemos olvidado regresar a ella por nuestra tendencia a pensar compulsivamente. El defecto más importante de nuestro cerebro, en su actual estado evolutivo, es que no sabemos cómo dejar de pensar. Esto se complica aún más por el hecho de que nuestro pensamiento opera casi permanentemente en función de planificar el futuro a partir del pasado, buscando sobre todo evitar el dolor (seguridad) y conseguir satisfacciones (placer). Debido a que la mayor parte del tiempo que dedicamos a pensar es absorbida por los problemas no resueltos del pasado, por el temor a que se repita lo temido, o a fantasear placeres futuros, toda esta actividad nos aleja de nuestro cuerpo, de nuestros sentidos y de la realidad presente. Ésta es la trampa de esta maravillosa función evolutiva que es la capacidad de pensar. Nuestra evolución como especie nos ha convertido en seres pensantes, lo cual constituye un salto evolutivo extraordinario. Pero cuando no podemos dejar de pensar y el pensamiento se convierte en una actividad compulsiva, este logro evolutivo se vuelve en nuestra contra, y nos convertimos en personas incapaces de vivir y disfrutar el momento presente. La meditación procura precisamente evitar que caigamos en esta trampa, sin dejar de recurrir al pensamiento, la razón y la lógica, cuando son realmente necesarios.
Pensar implica jugar con imágenes y hablar con nosotros mismos, mediante lo cual construimos realidades “mentales” que tienen efectos fisiológicos y psicológicos tan importantes y “reales” como los estímulos del mundo externo, como los “hechos objetivos”. Por esta razón, cuando el pensar se torna compulsivo (diálogo interno y flujo permanente de imágenes, muchas veces inconducentes) se convierte en un factor de alienación y pérdida del contacto con la realidad sentida, tanto interna como externa. El pensar compulsivo nos aleja de los sentidos, de nuestro cuerpo, de la realidad viva, es decir, de la presencia, y nos arroja a una existencia mental, abstracta, desvitalizada, vacía, ajena a lo único real: el instante actual. La palabra “actual” proviene del latín actualis, que significa “estar en el acto”. No es casualidad que, en inglés, actually significa “en realidad”, “realmente”, “en efecto”, “en concreto”. Todo nos indica que el instante presente es lo único real que podemos experimentar. Aun cuando estemos recordando el pasado o planeando el futuro, ese “acto” está ocurriendo en el instante presente.
El pensamiento es una función biopsíquica autoprotectora, que destina la mayor parte de su actividad a buscar suministros, seguridad y placer mediante la planificación del futuro en función de la experiencia del pasado. Es decir, que el pensamiento está siempre atado al tiempo lineal, recordando lo que ocurrió y anticipando lo que podría ocurrir (generando resentimiento, culpa, temor, angustia, expectativas, deseo, ansiedad). En su accionar anticipatorio y compulsivo, procurando siempre evitar el dolor y asegurar el placer, termina, paradójicamente, generando tensión, frustración y sufrimiento. Es decir, genera una contracción de la consciencia1, lo que produce dolor, o sea, todo lo contrario a lo que busca.
El pensar compulsivo nos estresa, nos angustia, nos saca del presente. Buscando tener todo planeado y controlado para autoprotegernos, nos vamos cerrando, contracturando, perdiendo fluidez, frescura y espontaneidad. Así nos vamos convirtiendo en una cápsula separada del eterno Flujo Universal y terminamos siendo remolinos que se olvidaron que son el río, olas que han olvidado que son el mar, células que han perdido su consciencia de formar parte de un organismo mayor que las contiene, y por ello se sienten solas. Somos el agua del mar que se introdujo en una botella y olvidó lo que es fluir sin un envase, llegando incluso a temer lo que hay fuera de él, cuando lo que hay fuera del envase es también agua de mar, es decir, ella misma. Este simple olvido es lo que llamamos nuestra “herida básica” (concepto que aclararemos más adelante), el origen del egotismo, el estilo de vida basado en la autodefensa -vivir acorazados para no ser lastimados- y la compensación -pretender que todo está bien y que somos más y mejores de lo que en realidad nos sentimos ser. Y constituye el origen fundamental de todos los males que nos provocamos a nosotros mismos y a los otros.
Los métodos del Modelo Interacciones Primordiales (Lingüística, Movimiento y Meditación Primordiales)2 que describiremos a continuación, nos permiten sanar esta herida básica recuperando nuestra memoria original, nuestra propia naturaleza. Integrando el trabajo corporal-energético, lingüístico-cognitivo y meditativo, estas disciplinas nos permiten corregir nuestros errores existenciales y pasar de la existencia separada, angustiada y neurótica, al gozo extático de la experiencia unitiva, del fluir en la libertad y la confianza. Estamos hablando entonces del más profundo nivel de sanación, liberación y desarrollo personal al que podemos aspirar. No se trata aquí de poner parches psicológicos o químicos y de pasarse la vida tapando un hueco para que aparezca otro, sino de ir a la raíz del sufrimiento humano, personal y social. Al perder el contacto con la Fuente de la Vida, nos convertimos en frutos que han perdido la conexión con el árbol del que han surgido y nos sentimos huérfanos, sin raíces, despojados de lo que en otros trabajos he denominado “El Vínculo Primordial”3, es decir, la unión con el Todo, el Ser Universal, el Cosmos, el Gran Espíritu, Jehová, la Divina Madre, la Energía Universal, Dios, la Conciencia de Buda, Alá, Brahma, el Tao, Sunya, o como cada quien prefiera llamarlo. Ante esta dimensión, las palabras deben abandonar su pretensión (legítima en otros dominios) de establecer distinciones y de alcanzar significados excluyentes. De hecho, muchos lo llaman lo Inefable, es decir, lo Innombrable.
Nuestra herida básica no es el resultado de un trauma psicológico, sino una condición existencial inherente a nuestra naturaleza colectiva. Desde el momento en que nuestra especie desarrolló su neocórtex, dejamos de vivir inmersos en nuestros paisajes y en el presente, como lo hacen los animales. Pudimos ir más allá del momento, imaginar, planear, anticipar. Poco a poco esta maravillosa herramienta evolutiva nos permitió trascender las urgencias de nuestro cuerpo: pudimos tomar distancia de nuestras necesidades físicas, del dolor, del deseo, y experimentamos esta capacidad mental como una gran liberación. Gracias a ésta pudimos posponer la satisfacción inmediata de nuestros impulsos sexuales y agresivos. La moral y la posibilidad de regular nuestro comportamiento para vivir en comunidad, son resultados del desarrollo de esta capacidad evolutiva, son el lado psicosocial de este desarrollo neurológico. Sin embargo, con el correr de los milenios, esta toma de distancia de nuestro cuerpo (que fue muy saludable) comenzó a devenir en una disociación (lo cual no fue favorable), y al perder la experiencia viva de nuestra corporalidad, comenzamos a experimentarnos a nosotros mismos como algo ajeno a la naturaleza. Separarnos de nuestro cuerpo, que es una manifestación de la naturaleza, implicó separarnos también de la naturaleza toda. Este paso evolutivo de ninguna manera puede ser considerado como totalmente negativo. Como iremos viendo a lo largo de este libro, el desarrollo del lenguaje y el pensamiento nos ha constituido como seres humanos. Somos lo que somos como individuos y como especie porque hemos desarrollado el lenguaje y el pensamiento abstracto. Sin embargo, este enorme progreso ha traído aparejada la profunda sensación de alienación, de orfandad, de separación de la naturaleza y del Universo que experimenta la absoluta mayoría de los seres humanos. Los distintos traumas psicológicos que podemos ir experimentando a lo largo de nuestra vida (y que requieren de atención psicológica), tales como pérdidas, separaciones, abusos o abandonos, por citar sólo algunos, se montan sobre esta herida básica y pueden empeorarla. Así como todas las experiencias de amor, cuidado y aceptación ayudan a sanarla. Pero es fundamental comprender que la herida básica no es una cuestión meramente psicológica, no es algo que nos ocurrió y que podemos encontrar en nuestra biografía para reparar. La herida básica es una condición de nuestra especie, y ha determinado la forma en que habitamos este planeta y nos relacionamos entre nosotros y con el medio ambiente. Es la expulsión del Paraíso, el pecado original (que nada tiene que ver con haber hecho algo malo como individuos o como especie), es la caída, la separación básica, la pérdida primordial.
En la mayoría de las conferencias y cursos que brindo suele aparecer la siguiente pregunta: en términos de la evolución del Universo y de nuestra especie, ¿qué sentido tiene que debamos experimentar esta separación? Si el desarrollo del pensamiento abstracto y el lenguaje ha determinado la existencia de esta herida, de esta alienación, ¿entonces por qué se han desarrollado? ¿Constituyen un error en la evolución de la especie humana? ¿Por qué perdemos el sentido de unidad; por qué ha ocurrido la separación dando lugar al individualismo, al egotismo, que es el origen de todo sufrimiento personal y colectivo?
La humanidad ha creado muchos mitos para dar explicación a este fenómeno que trasciende por completo nuestra capacidad actual para comprenderlo, y algunos de ellos poseen una asombrosa belleza poética: la expulsión del Paraíso en la Biblia (que analizaremos más adelante); el Leela4 en la tradición hinduista; la separación del Tao o el mito de Pan-Gu en China; Muspel y Niflhiem en Escandinavia; Temeu y Gucumatz en la cultura Maya; y tantos más alrededor del mundo y los milenios.
Como lo expreso en muchos pasajes de este libro, procuro no recurrir a explicaciones metafísicas que exijan creer ciegamente en cualquier forma de explicación de los grandes misterios de la existencia. Y al mismo tiempo soy consciente de que pretender ir más allá de una metáfora o un mito en el afán de conocer o interpretar las intenciones del proceso evolutivo del Universo, es sin duda una osadía y una arrogancia. El solo hecho de atribuirle intencionalidad, ya lo es. Que cada parte constituya una síntesis del todo no significa que pueda comprender a la totalidad. Sin embargo, es legítimo el intento de profundizar cada vez más en nuestras preguntas, en la búsqueda de hacer nuestro propio aporte a este majestuoso proceso evolutivo que llamamos Cosmos.
Sabemos que la evolución del pensamiento y el lenguaje constituyó la expulsión del Paraíso. Una vez que estos desarrollos psiconeurológicos estuvieron plenamente desplegados, perdimos la fusión que experimentan los animales, y todo ser humano extraña esa experiencia de profunda integración con lo que lo rodea. Sin embargo, esta unidad de la que goza el animal, es una unidad inconsciente. Los vegetales y los animales son uno con su paisaje, pero no son conscientes de ello. Quizás, el sentido evolutivo de nuestra alienación es que perdemos esa profunda unidad inconsciente, pero tenemos la posibilidad de alcanzar una unidad superior, siendo conscientes de nosotros mismos e incluso tal vez, devolviéndole al Universo consciencia de sí. Pareciera que, evolutivamente, tenemos que experimentar esta agonía existencial a fin de pasar de la fusión inconsciente del animal a la unión consciente y trascendente de la mente realmente despierta.
Probablemente, nuestra actual alienación, sea sólo un instante evolutivo en el eterno flujo del Tao, una ilusión de la consciencia, como afirmaba Einstein, de la cual todos podemos despertar haciendo el trabajo necesario, y de la cual quizás, la humanidad entera despertará cuando una masa crítica haya alcanzado esta evolución de la consciencia.
Por tratarse de un tema existencial, universal, inherente a todo ser humano, trabajar en la sanación de la herida básica, constituye una condición previa para la posterior sanación de las innumerables heridas psicológicas que experimentamos los seres humanos y que se acumulan en nuestro inconsciente colectivo, generando el sufrimiento global que presenciamos día a día. Ésta es precisamente la función de la meditación en general y, muy especialmente, del método que aquí compartiremos.
La Meditación Primordial es un método orgánico, sencillo, enraizado en la profundidad de nuestro cuerpo vital en el presente infinito, que es lo mismo que decir el sin-tiempo. Nos brinda la posibilidad de meditar en todo momento y lugar, como una práctica permanente de presencia y apertura a la vida, centrado en la recuperación de la experiencia vital-energética del aquí y ahora.
La esencia de la Meditación Primordial consiste en profundizar, agudizar y sensibilizar la percepción de nuestro propio interior, hasta que podamos descubrir en lo más profundo de nosotros mismos nuestra corporalidad orgánica, nuestra cualidad energética y finalmente la inteligencia cósmica que nos habita brindándonos vida y consciencia a cada instante.
Consiste en sencillos ejercicios respiratorios, de consciencia corporal y apertura a nuestra realidad energética-vibratoria, como medios para alcanzar la percepción de las dimensiones sutiles de nuestro organismo; luego, de nuestros semejantes; y, finalmente, del Universo como un todo.
Nuestro ego es el resultado de nuestra historia, de nuestras interacciones con el ambiente, nuestra familia y la sociedad. En cambio, nuestro Ser original, la información que nos constituye desde el momento en que fuimos concebidos, pertenece al eterno fluir del Universo; por ello ha sido denominado lo “no nacido”, aquello que no pertenece al devenir, a las circunstancias.
Retomando el ejemplo del remolino y el río, o las olas y el mar, podemos afirmar a modo de metáfora, que tal remolino puede tener consciencia de remolino, consciencia de río, consciencia de mar o conciencia de agua, y todas son reales. En tanto permanezca en la consciencia de remolino, es decir creyendo que es sólo eso, un evento circunstancial en la corriente, en algún momento de su evolución sabrá que, así como en un instante comenzó, tarde o temprano desaparecerá, siendo absorbido nuevamente por el río al cual pertenece y del cual es sólo una configuración, una forma pasajera. Comenzará entonces a experimentar la angustia de la impermanencia, de la disolución, es decir, la consciencia de la muerte. Esto es precisamente lo que ocurrió con nosotros como especie, en el momento en que se desarrolló nuestro neocórtex y pudimos recordar el pasado y anticipar el futuro. Fuimos la primera especie en este planeta que tomó consciencia del morir. Si, por el contrario, el remolino accediera a la conciencia de río, comenzaría a experimentar la posibilidad de que la corriente lo absorba como una simple transición a otro estado de ser, mucho más vasto y fluido, y comenzaría a disfrutar de jugar con la corriente sin apegarse a las formas momentáneas. Esto es lo que ocurre con los seres humanos que comienzan a entender que forman parte de una totalidad más abarcativa, dentro de la cual se mueven aparentemente separados, trascendiendo así la ilusión de la separación. Y si el río expandiera su consciencia, dejaría de temer al llegar a su desembocadura, pues comprendería que él no muere en el mar, sino que se convierte en mar. Y si el mar pudiera realizar un trabajo sistemático para expandir aún más su percepción y accediera a la conciencia de agua, comprendería entonces que su identidad más profunda no es la de esta forma particular que adopta el río cuando se arremolina, ni tampoco la del río entero en todo su transcurrir desde la montaña hasta el mar, ni aun la del océano entero, sino la de este misterioso elemento que no sólo puede ser río, lago o mar, sino que puede manifestarse como algo sólido al congelarse, como líquido al derretirse o como gas al evaporarse. Y podríamos ir aún más allá en esta metáfora, trascender incluso la consciencia de hidrógeno y oxígeno, alcanzar la dimensión de las partículas subatómicas y la del vacío que contienen, llegando así a la dimensión vibracional que crea y sostiene a todo el Universo. Nuestro remolino comprendería que él, al igual que todo lo que existe, es energía vibratoria condensada en una forma material pasajera. Y yendo aún más allá, podría comprender que no es sólo energía vibratoria, sino que, en lo más profundo, él es esa inteligencia que integra las partículas vibratorias para constituir el oxígeno y el hidrógeno, y luego los sintetiza para crear agua. Entonces nos encontramos en la Conciencia Cósmica, la experiencia de unidad, la epifanía, la revelación del carácter unitivo y sagrado de todo lo que existe, lo que implica a su vez la auténtica sanación de lo que hemos denominado nuestra herida básica, es decir, la sensación de estar aislados, separados de la naturaleza, sin raíces profundas en el Universo.
Y lo más importante, para alcanzar esta profunda comprensión, no necesitamos de ningún sistema de creencias, pues se trata de una experiencia inmediata para quien hace el trabajo de buscarla. Todo lo que acabamos de describir, acerca de la forma en que se constituye la materia a partir de fenómenos vibracionales, ha sido demostrado por la ciencia. Quien posea una fe para orientarse en su vida, podrá interpretar esta vivencia de acuerdo con la misma, y le dará a esta presencia, un nombre, una identidad, con forma y atributos; quien no, lo hará desde una mirada empírica o científica, y lo considerará como el misterio del Universo. En ningún caso habrá contradicciones ni incompatibilidades. Esta profunda mirada yace en el corazón de todas las religiones más allá de sus diferencias culturales, y se encuentra también en la búsqueda empírica de la verdad que caracteriza a la ciencia.
A lo largo de la vida, desde el preciso instante de nuestra concepción, vamos pasando por estadios y experiencias similares a las que hemos descrito con la metáfora del remolino. Varias de estas etapas, como la que nos lleva desde ser un embrión a ser púber, se dan de forma casi automática; sin embargo, llega un momento en el cual es preciso asumir el compromiso del desarrollo personal y transpersonal para alcanzar niveles de consciencia en los cuales experimentar la unidad, la naturaleza original, la profunda consciencia del propio Ser.
Así entendido, sin necesidad de recurrir a fantasías metafísicas, el Ser se nos revela como una apertura más allá (antes, después y fuera) del espacio y el tiempo, más allá del nacimiento y la muerte, no siendo nunca desvirtuado por las circunstancias de la vida, pues pertenece al Flujo Universal del que todo emerge y al que todo retorna. El agua puede ir hacia y volver del cielo interminablemente, adoptando en este viaje eterno las más innumerables formas y ocupando incontables espacios, como vapor, nube, gota de rocío, arroyo, río o mar, pero el hidrógeno y el oxígeno, así como la energía vibratoria que los crea y los integra, seguirán siendo siempre lo mismo. Sólo la experiencia viva y directa (es decir sentida, no sólo pensada) de esta dimensión, permite que el ego descanse de su temor permanente y de su compulsiva y agotadora búsqueda de seguridad, placer y evitación del dolor. Si en lugar de aferrarnos a ser agua de una fuente, de un río, de un lago o del mar, nos percibimos a nosotros mismos como una maravillosa síntesis de hidrógeno y oxígeno, y aún más allá, como un vacío vibratorio (subatómico, cuántico) que adopta la forma de moléculas, podremos estar abiertos y disfrutar de todas las formas en que podamos experimentarnos a nosotros mismos y a los otros, cuya naturaleza más profunda es idéntica a la nuestra. Ésta es la esencia de la libertad, de la sanación superior, de la trascendencia, y es la fuente de la más auténtica y profunda moral, es decir, la que no proviene de mandatos, sanciones ni castigos, sino de la percepción inmediata de nuestra unidad con todo lo que existe, y especialmente con nuestros semejantes, es decir, del amor.
Cuando me refiero al Ser no estoy recurriendo a ningún concepto metafísico. Según la física, los mismos átomos que aparecieron a partir del Big Bang siguen existiendo ahora, formando distintos cuerpos celestes y todo lo que éstos incluyen. Cada vez que un sol estalla, libera al espacio los materiales esenciales con los que se construirá un nuevo sol, así como planetas y asteroides. Los átomos que formaban parte del sol desaparecido constituirán ahora un nuevo sol. Como los mismos físicos suelen decir, los átomos “reencarnan” eternamente, y en cada nueva “reencarnación” mantienen la información, la memoria que traen desde el pasado. Es probable que muchos de los átomos que constituyen tu cuerpo hayan existido desde el mismo Big Bang; y con seguridad, todos ellos han sido parte de soles que estallaron y liberaron los materiales esenciales con que se construyeron otros soles, y así hasta formar parte de la tierra de la que tú has emergido, o de los asteroides que, según otras teorías, trajeron las bacterias de las que surgió la vida en nuestro planeta. En cualquier caso, somos portadores de una información cósmica ancestral y extraordinaria.
La mayoría de las concepciones científicas afirma que sólo los seres vivos son capaces de conservar y transmitir información a través de su descendencia. La gran pregunta entonces es: ¿cómo surgió la vida de la materia inanimada? Según la teoría más aceptada, la vida en nuestro planeta surgió de elementos inorgánicos que, en lo profundo de los mares, sufrieron la influencia de reacciones químicas generadas por explosiones volcánicas submarinas, las que generaron las primeras formas de existencia biológica: las bacterias. Otra teoría, como hemos visto, sugiere que las primeras bacterias llegaron a la tierra transportadas por asteroides, los que trajeron gran parte del agua que conformó los océanos y que hoy forma el 70% de tu cuerpo. Sea cual fuere la teoría correcta, la pregunta sigue vigente: ¿de dónde provino la información que organizó los elementos inorgánicos constitutivos de los seres vivos y, mucho más aún, la que diseñó sus funciones orgánicas a lo largo de millones de años de evolución? Sencillamente no lo sabemos. Éste constituye uno de los más profundos misterios del Universo. Pero hay algo de lo que tenemos certeza: esa información, esa memoria, nos habita; habita en ti, y te regala la experiencia de vivir segundo a segundo. Esa información que ha recorrido el Universo durante millones de años, y que es la misma que crea y organiza todo en el Cosmos, está presente en lo más profundo de ti, y lo hace de una forma única e irrepetible. En cada uno palpita una síntesis original e irrepetible que nos brinda nuestra identidad más profunda, de allí el valor sagrado de toda forma de vida. Esto es lo que somos antes de convertirnos en personas con un ego más o menos adaptado o inadaptado a las modas sociales y culturales de cada época. Esta información cósmica es nuestro Ser original, una fuente de energía y sabiduría extraordinaria que está ahí, en lo profundo de ti, esperando ser descubierta y liberada. Esta sabiduría cósmica, omnipresente y eterna, es la que buscamos experimentar con la Meditación Primordial, pues constituye un método diseñado para acceder a la vivencia directa de esta dimensión en nuestro interior. Estamos hablando entonces de una auténtica experiencia, es decir, de un hecho empírico, verificable y comprobable, ante el cual carece de sentido la antigua antinomia entre religión fundamentalista y ciencia materialista5.
El encuentro con nuestro Ser cósmico, con nuestra memoria primordial, produce una profunda transformación, no sólo en la forma en que nos percibimos, sino también en la forma en que percibimos a los demás y en cómo concebimos la realidad. Es un regalo que la meditación nos brinda y que se plasma en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. En los próximos capítulos veremos con detalle los efectos de la meditación en nuestra salud física y mental, en nuestra autoestima, nuestras relaciones interpersonales y nuestro trabajo. Pero las consecuencias de esta expansión de la consciencia van mucho más allá de la salud y el bienestar psicofísico personal. Sus consecuencias morales y éticas en la convivencia humana y en nuestra relación con el medio ambiente, con todos los seres sensibles que lo habitan, son extraordinarias. Cuando desde la vivencia, no sólo desde el intelecto, nos percibimos como manifestación de un principio que posee la maravillosa capacidad de adoptar todas las formas, colores, aromas, sonidos y vibraciones que podamos imaginar, el sentido sagrado de todo lo que existe se nos revela de manera instantánea e irrefutable. De este modo, la compasión, la solidaridad, el cuidado de la vida en todas sus formas y el respeto por la integridad de las otras personas se convierten en una consecuencia natural, espontánea e inmediata.
Afirmo entonces, que la práctica de la meditación se ha convertido en una condición fundamental para nuestra supervivencia como especie y para la preservación de nuestro planeta. Sólo una humanidad consciente de su identidad con todo lo que existe en el Cosmos puede convertirse en una especie que cuide y preserve la vida en esta tierra, en lugar de ser su principal amenaza, como lo es en la actualidad.
Es preciso repetir que esta experiencia no es el resultado de fantasías ni creencias ingenuas. Se trata de un hecho fundamental e incontrastable, para acceder al cual sólo es preciso desarrollar las habilidades necesarias, como en toda práctica. De ninguna manera hablaré aquí de esas promesas de eternidad que nuestro pequeño y temeroso ego ansía. No estoy interesado en ningún método que garantice la existencia eterna de nada que sea individual y separado, como cada ser humano; pues todo lo que es individual termina diluyéndose nuevamente en el Todo. Plantas, animales, personas, montañas, mares, planetas, estrellas, galaxias, no importa su tamaño, no importa cuánto duren, todo está destinado a esfumarse, tarde o temprano, para volver a La Fuente. No me referiré a ningún sistema que nos prometa un resultado mágico en el futuro. Estoy hablando de una práctica que permite, a toda persona que se comprometa a llevarla a cabo sistemáticamente, liberarse de todo mecanismo de conducta, patrón, actitud o dogma que, de una manera más o menos sutil, la mantenga encerrada en la ilusión de la existencia separada de la totalidad, a fin de que pueda experimentar, no mañana ni después de la muerte, sino aquí y ahora, la experiencia de absoluta unidad con lo único que es eterno, La Gran Madre y Gran Padre de todo lo que existe, el Universo, la Existencia, la Vida o cualquiera de los otros nombres que ya hemos mencionado.
Abandonar las ilusiones de eternidad no le quita sentido a la vida, todo lo contrario. No estamos hablando aquí de nihilismo ni de negación de la trascendencia, sino simplemente de soltar la necesidad del ego de proyectarse en fantasías de eternidad de las cuales no tiene ninguna evidencia, para, en cambio, experimentar el fluir eterno de la existencia en el aquí y ahora, fuera del tiempo lineal, libre de las angustias y aprehensiones generadas por la consciencia del pasado y el futuro. Abandonar las ilusiones de eternidad no sólo no le quita sentido a la vida, sino que colma de brillo, intensidad y profundo significado a cada instante que nos toca experimentar. Su carácter efímero no le quita belleza a la rosa, ni gracia a la sonrisa de un niño, ni trascendencia a ese beso que cambió nuestra vida para siempre. Una mente meditativa encuentra la eternidad en cada segundo.
Insisto, porque es fundamental: como esta práctica no se basa en ningún sistema de creencias, puede ser llevada a cabo por personas que pertenezcan a cualquier religión e incluso por agnósticos y ateos. No es preciso creer ni estar en contra de ninguna creencia para recuperar la experiencia de unidad y vivir en la presencia.
Sin embargo, es perfectamente válida la siguiente pregunta: si en nuestra realidad cotidiana estamos más identificados con el remolino que con el río, con la botella que con el mar; si nos sentimos una parte aislada y sola en lugar de experimentar el éxtasis del Flujo Universal; si la aprehensión y el miedo que siente toda parte separada nos va volviendo personas atemorizadas e inseguras, o bien agresivas y prepotentes (lo cual no es más que una compensación del temor) ¿cómo podemos hacer para alcanzar esta experiencia de apertura, de confianza, de libertad? ¿Cómo podemos volver a sentirnos mar en lugar de olas separadas, ríos en lugar de remolinos? ¿Cómo recuperamos la existencia desde el Ser y su infinita amplitud en lugar de seguir viviendo desde el ego y su permanente contracción?
Y si a esta pregunta la enmarcamos dentro de una cultura y una época en la cual se concibe al ser humano como una pura personalidad y un ego formado por las condiciones del medio ambiente; si las modas filosóficas niegan de raíz la existencia del Ser y nos describen como una mera neuro-computadora programada por sustancias químicas y lenguaje; si la mayor parte de los estímulos y la información que recibimos en las sociedades contemporáneas nos incentivan a encerrarnos más y más en nuestro interior, ¿en qué podremos basarnos para alcanzar una experiencia de auténtica libertad?
Y si a toda esta situación la completamos con mensajes pseudoreligiosos, que nos hablan de una sola verdad, un solo dios, un solo pueblo elegido, una sola tradición válida, todo lo cual, en lugar de unir, divide, y nos encierra aún más en nuestros pensamientos defensivos y neuróticos, ¿a qué clase de conexión podremos recurrir para rescatarnos de todo lo que separa, y volver a la unidad?
Es preciso reconocer que existen muchos malos entendidos acerca de la meditación. Iniciar una práctica sin haber realizado una reflexión profunda acerca de ellos, puede terminar causando confusión y ser contraproducente.
A todas estas preguntas y confusiones procuraré, con la mayor dedicación y honestidad que me sean posibles, brindar respuestas y aclaraciones a lo largo de esta exploración, para luego pasar a la práctica sobre una base consistente. Evitaremos entonces caer en el error de sólo aplicar técnicas cuya naturaleza profunda no es comprendida, y podremos avanzar en el camino de la autoexploración, con conciencia y confianza.
1 Uso del vocablo consciencia: dado que en castellano, a diferencia de lenguas como el inglés o el alemán, no existen dos términos para distinguir el simple darse cuenta de la realidad en el estado de vigilia, de la capacidad moral y ética, que sería más asimilable a la concepción de conciencia espiritual, me tomaré la licencia de usar el vocablo “consciencia” (con s) para la primera acepción; y ”conciencia” (sin s), para la segunda. A lo largo de este trabajo se encontrará este término en ambas acepciones, aunque en algunos casos no es simple determinar cuál es la más apropiada.
2 Estos tres métodos son llevados a la práctica mediante tres disciplinas que permiten la aplicación del Modelo Interacciones Primordiales en la vida cotidiana: el Coaching Primordial, la Psicoterapia Primordial y la Danza Primal, que serán desarrollados más adelante.
3 Daniel Taroppio, El Vínculo Primordial, Ed. Continente, 2010.
4 La concepción hinduista del Universo como un juego creado por Dios, en el cual él juega a las escondidas con nosotros.
5 Para una discusión más profunda sobre este tema ver El Vínculo Primordial, Op. Cit., “Introducción” y el capítulo sobre “El camino científico y el camino religioso”.
PRIMERA PARTE LA MEDITACIÓN PRIMORDIAL Y EL MODELO INTERACCIONES PRIMORDIALES
Gran parte del poder transformador y liberador de la Meditación Primordial se asienta en el hecho de que pertenece a un marco más amplio, el Modelo Interacciones Primordiales, un profundo abordaje del ser humano que permite el desarrollo de sus potencialidades evolutivas, fundamentalmente a través del poder del trabajo con las relaciones interpersonales. En esta búsqueda, explora las dimensiones más profundas de las interacciones humanas y el sentido trascendente de las dinámicas que se desarrollan entre las personas, los grupos, las organizaciones e incluso las naciones y las culturas.
Su tesis fundamental consiste en considerar al encuentro trascendente entre las personas como el sentido más profundo de la existencia y de todo proyecto humano.
He desarrollado este Modelo en una extensa bibliografía6. Para quien sienta interés en una comprensión más profunda y global de la Meditación Primordial y no tenga acceso a estas obras, he incluido un apéndice al final de este libro, donde lo desarrollo con cierto detalle. Aun así, brindaré en las próximas hojas una breve síntesis de ese apéndice, pues considero indispensable tener una noción básica de este modelo, para alcanzar una comprensión más cabal de la Meditación Primordial, que es sólo una parte del mismo.
¿QUÉ SIGNIFICA QUE UN ENCUENTRO SEA TRASCENDENTE?
Afirmaba más arriba que la tesis fundamental de este modelo consiste en considerar al encuentro trascendente entre las personas como el sentido más profundo de la existencia y de todo proyecto humano.
La trascendencia se hace presente en las relaciones humanas cuando las personas que las experimentan pueden percibir su naturaleza más profunda, en sí mismas y en sus semejantes, y comprenden que cuando dos almas se encuentran, el Universo se está encontrando consigo mismo. Hasta nuestro conocimiento actual, somos la única especie que ha podido llevar su exploración hasta los orígenes del Universo y, por lo tanto, estamos haciendo que el Universo sea consciente de sí mismo. Y esto no sólo se logra mediante la exploración científica del Cosmos, sino también al profundizar en nuestro propio interior y en las profundidades de las relaciones humanas, en las cuales dos personas, dos expresiones del Universo, pueden encontrarse, siendo conscientes de esta dimensión.
Interacciones Primordiales afirma que cualquiera sea la naturaleza de las relaciones, vínculos o interacciones que mantengamos con otras personas, hay una cualidad mucho más profunda que está siempre presente. Más allá de que estemos aceptando o rechazando, encontrándonos o separándonos, dando o recibiendo, comprando o vendiendo, siempre que dos personas interactúan, por el solo hecho de que ambas forman parte de una totalidad mayor que es el Flujo Universal (el mar, no las olas) existe la posibilidad potencial de que este hecho sea reconocido, y la cualidad de la relación cambie completamente. Pero para que una persona pueda percibir la naturaleza universal de otra, antes debe haber podido realizar esto en sí misma.
El reconocimiento de nuestra naturaleza fundamental constituye la condición necesaria para lo que nuestra cultura más necesita: el encuentro, la creación de equipos, la solidaridad, el cuidado mutuo, el respeto entre los géneros, las generaciones, los países y las culturas y, en última instancia, la paz.
La auténtica consideración por la vida y los derechos de las otras personas, sólo puede florecer cuando hemos podido reconocer nuestra naturaleza sagrada como seres universales, para desde allí reconocerla en el semejante. Entonces todas las diferencias sociales, culturales, económicas, religiosas, de edad, de género o de cualquier otra naturaleza, se diluyen instantáneamente y accedemos juntos a fluir en el infinito océano del encuentro, es decir, del amor.
Sin embargo, esta capacidad de reconocer la sacralidad en sí mismo y en las demás personas no es algo que pueda desarrollarse por mero voluntarismo. Contamos con este maravilloso don, pero la mayoría de las personas lo pierde a expensas de los procesos de educación disfuncional y las heridas psicológicas, que propician el desarrollo de personalidades cerradas, endurecidas y disociadas, con todo lo cual se pierde la sensibilidad necesaria para desarrollar esta percepción de sí mismo y del prójimo.
Por esta razón, es absolutamente insuficiente permanecer en la mera declaración de lo valioso que sería acceder a esta cualidad de contacto con uno mismo y con los otros. El solo hablar acerca de esto, asistir a conferencias o leer libros que nos relaten sobre relaciones idealizadas, por lo general no tiene el menor efecto transformador en nuestras vidas. Si verdaderamente queremos acceder a la profundidad de los encuentros humanos, antes deberemos hacer el trabajo necesario para liberarnos de los patrones disfuncionales de nuestra personalidad, que son los que convierten a los vínculos en verdaderos campos de batalla.
Desde el Modelo Interacciones Primordiales afirmamos que la vida de relación constituye el camino espiritual más intenso que un ser humano puede elegir. No hay renuncia ni ascética más desafiante y transformadora que la vida de convivencia, tanto en la familia y la amistad como en el trabajo o los espacios públicos. Por eso nuestro mayor desafío al desarrollar este modelo fue acompañarlo de metodologías que permitieran aplicarlo en las situaciones concretas que experimentan las personas, los grupos y las organizaciones en su vida cotidiana.
Es muy fácil encontrar paz y armonía estando aislados en lo alto de una montaña. Como hasta muchos monjes ermitaños lo reconocen, el verdadero desafío está en el mundo, en el valle, es decir, en la cotidianidad del hogar, de la oficina, de la calle. Sólo allí se ve de qué estamos hechos y, lo más importante, cuál es el trabajo que tenemos que realizar para sanarnos y liberarnos. No hay espejo más contundente para el autoconocimiento que las relaciones que mantenemos con el prójimo, con la naturaleza e incluso con lo sagrado. En mi propia cotidianidad, cada vez que necesito hacer un repaso sobre lo que me resta sanar en mí mismo y en mi vida, me basta con recordar los vínculos en los que aún tengo temas pendientes. Y como soy consciente de que es probable que me queden temas pendientes hasta muy avanzada edad, o quizás hasta mi último aliento, tengo la certeza de que este método me permitirá trabajar conmigo mismo durante toda mi existencia.
6 Este Modelo teórico se encuentra desarrollado en la siguiente bibliografía:
Daniel Taroppio, Interacciones Primordiales, Ediciones FUDEI, 2006.
Daniel Taroppio, Comunicación Primordial, Ediciones FUDEI, 2006.
Daniel Taroppio, El Vínculo Primordial, Op. Cit.
Daniel Taroppio, Danza Primal, Ediciones Continente, 2011.
Y el presente trabajo.
El desafío de las relaciones humanas
EL EGO Y LA BÚSQUEDA DE VALÍA
Hemos visto que nuestro ego es el resultado de nuestra biografía, de la relación con nuestra familia, medio ambiente y cultura. El ego se constituye con la estrategia que hemos desarrollado para adaptarnos al mundo, para ser aceptados y queridos. Mientras que nuestro Ser original consiste en la información ancestral, cósmica, que recibimos como potencia en el momento en que fuimos concebidos, y que podemos desplegar (o no) a lo largo de nuestra existencia. Esta potencialidad va mucho allá de lo que se entiende corrientemente como genética, la que hace referencia sólo a las funciones biológicas. Esta información pertenece al eterno fluir del Universo, a esos átomos que aparecieron a partir del Big Bang, y que siguen formando parte de objetos que aparecen y desaparecen, adoptando, entre otras, nuestra forma, nuestra existencia personal. Dado que esta información cósmica es infinita y se combina en incontables formas, cada ser humano constituye una probabilidad única a irrepetible.
Pero esta potencialidad no se realiza automáticamente, de la manera en que crecen, por ejemplo, nuestras uñas, cabellos o dientes. Esta información pude verse afectada por muchos factores que nos alejan de nuestra naturaleza original y, por lo tanto, requiere de nuestro propio trabajo personal para ser recuperada y desplegada.
Veíamos que el reencuentro con nuestro Ser universal, nuestra memoria primordial, la forma en que lo universal se manifiesta en cada ser humano, produce una profunda transformación, no sólo en nuestra autopercepción, sino también en la forma en que percibimos a las demás personas y en cómo comprendemos la realidad.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando perdemos el contacto con nuestra naturaleza cósmica? ¿Cuáles son las consecuencias de este olvido?
La herida básica consiste en la pérdida de contacto con nuestra naturaleza original, con nuestro Ser universal. En la medida en que el ego pierde el contacto con este núcleo de información primordial, comienza a experimentar una profunda sensación de vacío, de falta de valor intrínseco. Al igual que un árbol que ha perdido sus raíces, comienza a padecer una profunda desnutrición psicoespiritual. A partir de allí comienza una carrera compulsiva por recuperar su sensación de valía, buscando nutrientes, muchas veces, en el lugar equivocado. En la medida en que no lo hace por el camino correcto, que consistiría en buscar interiormente su identidad fundamental −su origen cósmico− esa carrera lo lleva de frustración en frustración. En tanto somos la manifestación de un poder universal creador de vida, no hay absolutamente nada en el mundo exterior que pueda brindarnos algo parecido a la conciencia de este valor fundamental. Por ello, la búsqueda del propio valor en el exterior es siempre infructuosa.
¿Significa esto que quien realiza un profundo trabajo interior termina desvinculándose del mundo, perdiendo el contacto con la alegría y la satisfacción genuinas que pueden brindarnos las gratificaciones cotidianas de la vida? De ninguna manera. En realidad, ocurre todo lo contrario: cuando lo que hacemos no tiene un carácter defensivo o evasivo sino que fluye desde el contacto con nuestra naturaleza más genuina, todo lo bello de la vida, las relaciones interpersonales, los placeres sensoriales, la contemplación de la belleza del mundo natural, el arte y, en fin, todo aquello que trae felicidad a nuestro corazón, no sólo no se pierde sino que adquiere un brillo y una riqueza mucho más intensas. Cuando lo que hacemos no busca compensar nuestra sensación de carencia o falta de valor, todo se torna mucho más real, vibrante, auténtico y significativo.
Si esto no se comprende, el ego comienza a desarrollar todo tipo de estrategias para sentirse valioso. Muchas actitudes y comportamientos importantes y significativos, al ser desarrollados de esta manera defensiva, pierden su cualidad y su sentido original, convirtiéndose en modalidades que sólo llevan a la frustración. Podemos describir varias formas infructuosas para alcanzar este fin: la búsqueda de valer por medio del poder, del tener, del hacer, del saber, del pertenecer, del sentir e incluso, la búsqueda de valer por el dar o el sufrir, pero en todos los casos, la meditación profunda, complementada con otros medios de autoconocimiento, puede aportar la clave para liberarnos de estas actividades compulsivas y frustrantes.
La búsqueda de valía personal por el poder caracteriza a las personas que sienten que son importantes en la medida en que dominan, controlan, coaccionan, someten, sobornan, compran, venden, esclavizan, critican, juzgan. Una de las formas de valía por el poder está dada, por ejemplo, por el poder de seducir, de conquistar, de convencer. En estos casos las personas se sienten poderosas en la medida en que subyugan y atrapan. Su falsa sensación de valía crece en la medida en que sienten que otras personas las observan y se sienten atraídos por ellas. En muchos casos este poder de atracción les permite manipular las decisiones ajenas a través de sus atractivos. Otro ejemplo se da en la violencia, en la posibilidad de dominar por medio de la fuerza física o de la coerción moral (desvalorizar, humillar) o a través del poder económico (sobornar, estafar).
Una forma curiosa de poder se manifiesta en el juzgar y criticar. La persona juzgadora y criticona se siente poderosa en la medida en que muestra las debilidades, errores o flaquezas ajenas (proyectando las propias), una actitud que sólo genera rechazo y que, a la larga, suele abocar a una existencia solitaria y triste.
Detrás de todas estas variantes de búsqueda de valía por medio del poder, podemos intuir que el individuo fantasea la voz de sus padres repitiendo: “demuéstrame que puedes y te amaré”. Por supuesto, tanto en este caso como en todos los que mencionaremos seguidamente, estas voces pueden, o no, haber existido. Eso no es lo relevante. El caso es que la persona cree que existieron y mantiene su existencia como voz interior.
La búsqueda de valía por el hacer se presenta en las personas que padecen una compulsión a la acción, que sienten que permanentemente serán juzgadas o criticadas por no haber hecho lo suficiente, algo que procuran compensar invirtiendo una enorme cantidad de esfuerzo cada día. En los casos más graves, toda esta actividad termina siendo inconducente, es decir, no son personas realmente efectivas sino personas que hacen por hacer. Esto también aparece en personas realmente efectivas, por lo tanto la cualidad que realmente permite detectar esta búsqueda de valor, no pasa necesariamente por la efectividad o el éxito sino por la motivación que está detrás de la acción. Cuando lo que se busca es valer a través de la acción, el sentimiento profundo no está dado por el hacer cosas que impliquen un servicio, una auténtica entrega desde el amor, o una satisfacción interna y real, sino por una necesidad compulsiva de no caer en la falta, en el “pecado” de la inactividad, en la holgazanería. Suelen ser personas con una enorme dificultad para encontrar el sosiego, el descanso, la tranquilidad. Les cuesta muchísimo convivir con las cosas pendientes, pues padecen una eterna sensación de estar en deuda, de no haber hecho todo lo posible. Detrás de esta compulsión suele estar la sensación de la mirada de los padres (real o fantaseada) que juzgan la falta de determinación y acción y castigan lo que ellos pueden haber considerado como vagancia. La voz inconsciente en estos casos repite permanentemente: “haz mucho para que te amen mucho”.
Las personas que buscan valer a partir del tener sufren una compulsión a la posesividad. Viven identificados con las cosas que poseen, confunden su Ser interior con sus posesiones y viven en una permanente búsqueda de nuevos objetos, porque por supuesto, ninguno alcanza. Lo que en un momento fue la casa ideal, en poco tiempo quedará chica; el auto perfecto pasará de moda; la ropa más elegante ya no lucirá bien; entonces, la carrera por el consumismo es eterna. Hasta las relaciones interpersonales, el trabajo y la búsqueda de gurúes pueden caer en esta modalidad, lo que lleva a estar saltando de una pareja, de un empleo o de una maestra o maestro a otro, incesantemente. No es de extrañar la alta frecuencia de alcoholismo, drogadicción, promiscuidad e incluso suicidios que se presenta en las personas altamente adineradas. Quien no tiene, puede seguir moviéndose por la búsqueda ilusoria. Quien lo tiene “todo” y descubre que allí no hay nada, o se ilumina, o cae en la peor de las depresiones.
Cuando este tipo de personas, en lugar de identificarse con los objetos, se identifica con el dinero, entonces en lugar de comprar, lo que hacen es acumularlo patológicamente, lo que es muy distinto al ahorro sano. La persona que ahorra tiene en vista un objetivo al cual no puede llegar de manera inmediata, pero cuando llega, utiliza sus ahorros y disfruta de lo que ha conseguido. La persona que acumula patológicamente termina no llegando nunca a nada concreto, puesto que lo que busca es la falsa seguridad en la posesión del dinero mismo. Estas personas pueden llegar al final de sus días sin haber disfrutado nunca de lo que ahorraron. En estos casos, no hay cuenta bancaria que sea suficiente, siempre estarán preocupadas por conservar y juntar más y más. Una patología bastante grave se presenta en aquellas personas que acumulan objetos innecesarios, e incluso tóxicos y peligrosos. Existen personas que acumulan animales. Se conocen casos de personas que han llegado a convivir con decenas de perros o gatos en pequeñas casas, tornando su espacio vital en algo tan antihigiénico, que para cualquier otra persona sería insoportable. Pero de todas las formas de posesividad, la más triste es la del amor. Cuando esta tendencia retentiva pasa por la afectividad, las personas pueden pasar sus vidas en la más profunda soledad (no pudiendo entregar el amor), o bien intentar poseer a otra persona, la que se convierte en un objeto de su propiedad. Aquí la voz interior perece repetir: “todo es escaso, en especial el amor, consigue todo el que puedas y acumúlalo”.
La búsqueda de la valía personal a través del saber, caracteriza a las personas que hacen de su inteligencia y de sus conocimientos un objeto narcisista que sólo sirve para adornar su personalidad. No importa en estos casos el servicio que puedan prestar al mundo a través de sus conocimientos, sino la exhibición, muchas veces ampulosa, de lo que saben. Son las personas que viven detrás de títulos, de grados académicos, y que se ufanan de ser llamadas expertas, referentes, licenciadas, magisters, doctoras, eruditas. Los claustros universitarios, con todos sus rituales y pompas, están llenos de este tipo de personalidades. En lugar de ser movidas por el amor a la verdad y a su alumnado, buscando un encuentro mutuamente enriquecedor, sólo disfrutan de subirse a su púlpito y hablar desde las alturas de su conocimiento a los “ignorantes” que las rodean y las miran con admiración. Ése es su alimento egótico. Lo más lamentable de estas personalidades, es que en su búsqueda de valía a través de los conocimientos, pueden terminar operando en contra de la auténtica búsqueda de la verdad. Todas las ideas nuevas resultan amenazantes para su frágil ego, parapetado detrás de sus paradigmas y teorías. A la larga se convierten en un impedimento para la evolución del conocimiento y la ciencia. Pero por supuesto, ellas están convencidas de ser paladines de la verdad. Como en todos estos casos, en la medida en que la persona no bucee en su propia emocionalidad y en su sombra7, mantendrá discursos pseudointelectuales en los que ninguna observación hará mella. Nunca admitirán que combaten a los innovadores por miedo a perder su propio status y su poder; ellas están convencidas de que lo hacen defendiendo el “status de la ciencia”. Otro tanto ocurre con los artistas que sólo crean pensando en la exhibición, los deportistas que sólo esperan que su performance sea admirada o incluso los profesionales que viven en busca del reconocimiento. En todos estos casos, el verdadero sentido del saber, que consiste en ser instrumentado para el servicio, se pierde en los laberintos del ego patológico, es decir, del egotismo. Su voz interior les repite: “muéstrame cuánto sabes y te diré cuánto te amo”.
Muchas personas obtienen sensación de valía por el hecho de pertenecer. En este caso lo importante es demostrar que uno es parte de un club, élite, raza, pareja, clan, género, religión, sindicato, partido o de cualquier otra organización que brinde sensación de formar parte, es decir, en definitiva, de identidad a través de la pertenencia. En muchos casos, las personas están dispuestas a perder su individualidad, su autonomía y su capacidad de decidir por sí mismas, con tal de pertenecer y recibir la aceptación del exterior. Estas personas sufren profundamente por celos, por el peligro de ser desplazados. Pueden tornarse hipersensibles a los juicios, las críticas e incluso a comentarios no muy graves de otras personas, que amenacen su sensación de ser aceptadas, de formar parte. Para ellas es fundamental sentir que son reconocidas, que tienen un rol: ser la esposa, el marido, el socio, el miembro, el partidario, y la posibilidad de perder estos espacios las angustia profundamente. El temor a ser traicionadas suele hacer sus vidas, y las de quienes los rodean, muy difíciles de sobrellevar. Aquí el mensaje inconsciente es: “sé parte de, sé mío, sé mía, pertenéceme y sólo entonces te amaré”.
Otra modalidad de buscar sensación de valía es la compulsión a sentir. En este caso las personas buscan incesantemente tener experiencias, vivir aventuras, viajar, arriesgarse, explorar cosas nuevas, tener romances, conocer el peligro, liberar adrenalina. En efecto, suelen volverse adictas a esta hormona y caer en una carrera desenfrenada por lo nuevo, lo excitante, lo desconocido. Otra modalidad de esta tendencia se manifiesta en la compulsión al placer, que lleva a los excesos en la comida, las sustancias, el sexo y en toda forma de gratificación.
En todos los casos de compulsión a sentir, el pensamiento es atacado y desvalorizado, y entonces las personas caen en la impulsividad, en el desenfreno, con las graves consecuencias que esto suele traer aparejadas.
A lo largo de todo este trabajo voy a insistir en la importancia del sentimiento, de trascender la relación puramente mental y abstracta con la realidad, que es consecuencia de la disociación del cuerpo. Por lo tanto, de ninguna manera estoy desvalorizando aquí el valor de sentir, de experimentar, de vivir intensamente, así como tampoco la importancia de hacer, tener, poder o saber. Lo que estoy señalando es que cuando el sentir, o cualquier otra actividad, se tornan compulsivos, defensivos y se convierten en formas de evitar el contacto con las propias carencias, entonces dejan de ser capacidades y conductas saludables que enriquecen nuestra vida y se convierten en obsesiones que nos limitan y empobrecen. La voz interior de los experimentadores compulsivos suele manifestarse como “siente, siente, siente, te amaré en tanto y en cuanto no pienses”.
Una de las formas egóticas de procurar una sensación de valía más difíciles de detectar es la de dar. Aparentemente, nada es más lejano al egoísmo que el dar. Sin embargo, al igual que en todas las otras modalidades, en ésta, lo que debemos considerar no es la acción en sí misma sino la intencionalidad más profunda, la fantasía de base, la actitud desde la cual se hace lo que se hace. En este caso, el dar no es el resultado de una auténtica generosidad, puesto que lo que se busca es comprometer a la persona que ha recibido, para que devuelva lo que recibió haciendo sentir valiosa a quien se lo dio.
Todas estas formas de obtener valía terminan siendo, tarde o temprano, generadoras de mucho sufrimiento, pues ninguna de ellas permite obtener lo que se está buscando; pero quizás la forma más curiosa y dolorosa sea la búsqueda de valor e identidad a través del sufrir. Las personas que eligen este difícil camino sienten que valen, que merecen ser consideradas, queridas y respetadas, por el hecho de que sufren. A mayor sufrimiento se consideran más importantes y más merecedoras de la valoración de otros. Este camino no sólo trae un enorme sufrimiento para la persona que lo transita sino para todos aquellos que la rodean. La tendencia a victimizarse permanentemente convierte la convivencia con ellas en una experiencia muy complicada. Estas personas construyen a su alrededor un laberinto en el cual no hay salida para el sufrimiento, el que las atrapa tanto a ellas como a las personas con quienes conviven. “Muéstrame cuánto sufres y te amaré en la misma medida”, parecen escuchar.
Podríamos explorar muchas otras modalidades, y por supuesto, podemos encontrar muchas de ellas, en distintas proporciones, en cada persona. La preponderancia de cada uno de estos patrones determina distintos estilos de personalidad. Pero más allá de la enorme variedad de estrategias egóticas que los seres humanos hemos desarrollado, lo importante es comprender el factor esencial que todas comparten: el olvido del valor intrínseco de nuestra naturaleza primordial y la búsqueda de valía en el mundo exterior. Casi todo lo que hacemos los seres humanos, podemos hacerlo desde una actitud defensiva, lo que traerá aparejada cada vez más frustración; o podemos hacerlo de un modo genuino, lo que traerá aparejada la auténtica felicidad.
Por más disfuncionales que sean todos estos patrones, y muchos otros, es fundamental no juzgarlos como tendencias autodestructivas del ego. El ego no busca autodestruirse; lo que hace es buscar formas ignorantes de nutrir su identidad a partir de su sensación de no valer, de no ser real. Y dado que en efecto no es real, ninguno de estos caminos le brinda verdadera satisfacción. En efecto, el ego puede terminar autodestruyéndose y destruyendo todo lo que le rodea, pero cuando esto ocurre, lo hace por error. Autodestruirse, no es su motivación más profunda, sino una consecuencia de su ignorancia existencial. Es muy importante discriminar entre las consecuencias desfavorables y no deseadas que aparecen como consecuencia de la ignorancia, de las que podrían aparecer como resultado de una tendencia innata a la autodestrucción. En general, las teorías que proponen la idea de que el ego busca autodestruirse, se mueven dentro de lo que denomino el “paradigma del mal”, que concibe la existencia de una maldad original que habita en todo ser humano. Este paradigma sólo genera rechazo y agresividad hacia aquello definido como malo, con lo cual perpetúa el sufrimiento. Como especie, nos urge cambiar esta mirada por el “paradigma de la ignorancia”, que genera el deseo de asistir, enseñar, educar a aquello que produce daño para que deje de hacerlo. Ésta es la actitud que es preciso cultivar hacia nuestro ego y sus limitaciones. El paradigma del mal termina siempre desembocando en la necesidad del castigo. El paradigma de la ignorancia conduce a la educación.
Es preciso volver a señalar, como espero poder demostrar con mayor claridad a lo largo de todo este trabajo, que esta mirada de ninguna manera propone la renuncia al mundo. No se trata de renegar de los beneficios de vivir en una casa que nos agrade, de disfrutar de un buen auto, de rechazar el ahorro o de aislarnos en la soledad para evitar relaciones en las que podamos caer en alguna forma de manipulación. Nada de esto es crecimiento personal ni evolución espiritual, es escapismo, es miedo a la vida. Lo que aquí propongo es una relación libre y sin identificaciones con las cosas del mundo, lo que es muy distinto. Poder, hacer, tener, saber, pertenecer, sentir, dar e incluso experimentar el dolor, son todos condimentos fundamentales de la vida. Si nuestro paso por el mundo no implicara experimentar todas estas posibilidades, nuestra existencia no tendría sentido alguno. No es cuestión entonces de mantenernos en una asepsia existencial, de renunciar a todo, de no tener experiencias, sino de explorar todo ello pero sin identificaciones, sin perdernos en las cosas, sin confundir nuestro Ser con el saber, el tener, el hacer o cualquiera de las otras posibilidades.
La única solución a todas estas tendencias es comprender que el ego no existe, que es sólo un conjunto de funciones psíquicas (memoria, atención, concentración, juicio crítico, identidad, etc.) sin realidad ontológica. Y lo mismo ocurre con nuestra herida básica, que es sólo un malentendido, un grave error existencial, una ilusión de la consciencia. Cuando esto se comprende, se abandona la búsqueda exterior de valor y la persona comienza un auténtico camino de búsqueda interior. Esta búsqueda lleva a la comprensión de que es absolutamente absurdo buscar la valía en el exterior. Cuando nos reconocemos como la manifestación única y original de un movimiento evolutivo que ha invertido 13.700 millones de años en producirnos; cuando nos percibimos como hijos e hijas del Universo, de la Vida, de Dios o de lo que prefiramos creer, la sensación de valor florece espontáneamente y llena la existencia de una riqueza interior que jamás puede obtenerse en la búsqueda de posesiones, logros o conquistas exteriores. No emergimos a la creación sólo en el momento de nuestra concepción. Somos la manifestación de un flujo creativo universal que nos está creando en este momento, aquí y ahora, y somos parte activa, en la co-creación de este milagro que es la vida.
Es aquí donde la meditación cumple un rol que no puede ser reemplazado por ninguna otra disciplina. Como iremos viendo, la psicoterapia, el coaching, el counseling, la medicina, las terapias corporales, el arte y muchas otras prácticas, son aportes invaluables en este proceso de auto descubrimiento y nunca deben dejarse de lado. Pero es la meditación la única que nos lleva por un camino directo al encuentro con el propio Ser interior, con nuestra naturaleza fundamental, con la identidad suprema.
¿Y qué tiene que ver todo esto con las relaciones humanas? Pues bien, todas estas actitudes disfuncionales que hemos descrito tienen su espacio de expresión en las relaciones interpersonales. Toda esta búsqueda en el mundo externo de sentir que valemos, se lleva a cabo manipulando a otras personas. Manipulamos a través del poder, de la seducción, de nuestra inteligencia, de nuestras posesiones, del dar o de nuestro sufrimiento. Cuando dos personas que se mueven en algunas de estas modalidades se encuentran, lo que ocurre entre ellas no puede llevar a otro lugar que la frustración, el desencanto y, a la larga, muchas veces, al odio mutuo. Por eso, aunque se practique en la soledad, la meditación profunda, sistemática y complementada con otras disciplinas, es el mejor camino posible para el desarrollo de vínculos saludables.
Sólo quien se encuentra con las demás personas desde su identidad más profunda, deja de usarlas para llenar sus vacíos internos.
Cuando nos encontramos con personas que han realizado su identidad fundamental, que viven desde su Ser, no desde su egotismo, lo que sentimos es el verdadero regocijo del encuentro humano. Ya sea que se trate de amistades, docentes, familiares o pareja, el encuentro de dos almas que no se necesitan mutuamente para sentir que valen, sino que se encuentran para compartir su propia belleza, sus propios conocimientos, sus búsquedas y su naturaleza más profunda, constituye una fiesta para el Universo. Sólo desde esta profunda conciencia del valor interior, nacen auténticamente los atributos más importantes de la naturaleza humana. Cuando no tengo nada que defender, no tengo a nadie que atacar, por lo tanto la compasión, la solidaridad y el perdón son las consecuencias naturales que empiezan a primar en las relaciones interpersonales.
En la medida en que vamos construyendo un ego y lo empezamos a experimentar ilusoriamente como algo real, sólido, que existe en nuestro interior, empezamos a rodearlo de una coraza defensiva (mental y corporal). Esta coraza hecha de prejuicios, creencias y actitudes rígidas, se convierte en una superficie contra la cual los comentarios, juicios, críticas y supuestas ofensas que nos puedan realizar, chocan, impactan y generan sufrimiento. Sobre esta superficie endurecida, estas energías no sólo impactan sino que rebotan, dirigiéndose nuevamente hacia quienes supuestamente las lanzaron. En ese momento, las idas y venidas de energías desfavorables comienzan a generar los conflictos, los prejuicios y el enfrentamiento.
Muy distinta es la experiencia de las acciones de otras personas cuando las vivimos desde nuestro Ser más profundo. El Ser fundamental es inasible, transparente, se manifiesta en el espacio y el tiempo, pero no pertenece a ellos. Frente a esta presencia, las supuestas ofensas, simplemente pasan de largo, ni lastiman ni rebotan. Dejamos entonces de sentir permanentemente agresiones, ataques, juicios, criticas, ofensas y, desde una profunda comprensión y compasión, experimentamos los conflictos interpersonales como resultados de la confusión en la que la mayoría de las personas suele vivir. Entonces dejamos de refractar y podemos realmente comenzar a servir al propósito trascendente de la convivencia y la paz. Y no estoy hablando aquí de nada idealizado. Existen en la historia humana muchísimos ejemplos de mujeres y hombres que realizaron esta comprensión y la llevaron a la acción a lo largo de sus vidas. Buda, Jesús, Hypatia, San Francisco de Asís, Juana de Arco, Martin Luther King, Mandela, Gandhi, la Madre Teresa y tantos millones de héroes y heroínas anónimas, como por ejemplo, la cantidad de personas voluntarias que recorren las zonas más devastadas de nuestro mundo, ejerciendo el poder, el hacer, el saber, el pertenecer, el sentir, el dar e incluso el doler, en una entrega generosa al servicio de quienes los necesitan.
Tengamos presentes estos cuatro conceptos fundamentales que iremos profundizando y comprendiendo mejor a lo largo de todo este recorrido:
1 Existe una herida básica, una pérdida fundamental, un error que es el resultado del olvido de nuestra naturaleza original, de nuestra identidad más profunda, en la que somos unidad con el Universo.
2 Esta pérdida conduce al desarrollo de un ego disfuncional que, habiendo perdido el sentido de su valor intrínseco, comienza a desarrollar todo tipo de estrategias para sentir su valía a través de algo que cree que va a encontrar en el mundo externo.
3 Esta búsqueda de valía en el mundo externo se despliega fundamentalmente en el ámbito de las relaciones humanas, que termina convirtiéndose en un espacio de manipulación interpersonal que conduce permanentemente a la frustración y el enfrentamiento.
4 Sólo la búsqueda interior de nuestra identidad más profunda, la recuperación de nuestra memoria cósmica y del valor único e irrepetible que cada ser humano encarna, como manifestación de los millones de años de evolución del Universo y la vida, permite trascender y sanar desde su raíz este padecimiento. La psicoterapia en el caso de la patología o el coaching en el caso de personas sanas, y la meditación profunda, constituyen los caminos más indicados para esta sanación.
A fin de llevar estas intuiciones a una aplicación práctica, el Modelo Interacciones Primordiales ha desarrollado tres disciplinas de aplicación: el Coaching Primordial, la Psicoterapia Primordial y la Danza Primal. El primero para ser aplicado en el ámbito del crecimiento personal y las organizaciones, la segunda para ser aplicada en el ámbito de la psicología clínica8 y la tercera para su instrumentación en grandes grupos de trabajo corporal-energético-vivencial.
7 La sombra constituye el receptáculo de todos nuestros rasgos de carácter, emociones, deseos y aspectos internos rechazados, negados y reprimidos. Dada la importancia de este concepto, que aparecerá en muchas ocasiones durante este libro, dedicaré más adelante un capítulo para su tratamiento en relación con la meditación.
8 En el apéndice final “Interacciones Primordiales, Coaching, Danza Primal y Psicoterapia”, me extiendo acerca de mi concepción de las diferencias entre el Coaching y la Psicoterapia, dos disciplinas que mantienen algunos elementos en común, pero que nunca deben ser confundidas.
El Modelo Interacciones Primordiales: sus métodos y disciplinas
El Coaching, la Psicoterapia Primordial y la Danza Primal se caracterizan por su búsqueda sistemática de la integralidad, tanto en la teoría como en la práctica. Los procesos de transformación personal, organizacional y social son tan desafiantes y al mismo tiempo tan imperiosamente necesarios en nuestro mundo actual, que es preciso abordarlos por todas las puertas de acceso de que disponen los seres humanos para sanarse, crecer y liberarse. Por ello incluyen metodologías de trabajo corporal, emotivo, lingüístico, cognitivo, energético y meditativo que, como ya adelantamos, han sido denominadas: Movimiento Primordial, Lingüística Primordial y Meditación Primordial. La aplicación integrada de estas metodologías despliega el poder del trabajo corporal-emocional-energético, el diálogo, el desarrollo cognitivo y la meditación en los procesos de transformación personal e interpersonal.
Antes de describir sintéticamente estos tres métodos, entre los cuales la Meditación Primordial cumple el rol fundamental de enlazarlos y darles su sentido más profundo, es importante que dediquemos un pequeño espacio a reflexionar acerca de la integralidad.
LA PRÁCTICA INTEGRAL
La práctica integral es una concepción surgida de la Psicología Integral, que procura brindar una respuesta efectiva al anhelo de reunir nuestra búsqueda trascendente con nuestras necesidades cotidianas.
La Psicología Transpersonal-Integral es la primera en la historia de la psicología académica y científica que reconoce la sabiduría milenaria de la humanidad, integrando dos grandes fuentes: las auténticas psicologías subyacentes en las grandes tradiciones espirituales de la historia y la psicología moderna.
Para esta escuela, la Biblia, los Upanishads, los sutras budistas, la cábala, el taoísmo, el sufismo o el misticismo cristiano, no son simplemente compendios de mitologías, creencias y dogmas, sino que, trascendiendo sus versiones míticas e incluso fundamentalistas, descubre en ellos complejos sistemas de psicología que brindan herramientas para la comprensión y desarrollo de la personalidad y para su trascendencia.
Existe en las tradiciones espirituales de la humanidad un profundo conocimiento que la psicología científica ha despreciado históricamente, pues no ha sabido diferenciar entre las formas patológicas de la pseudoreligiosidad y la auténtica experiencia espiritual.9
Por su parte, las tradiciones antiguas carecen por lo general de los aportes de la psicopatología y la psicoterapia, y por lo tanto sus dificultades aparecen cuando es preciso confrontar la sombra, los aspectos oscuros y por lo general negados de nuestra personalidad. Existen metodologías ancestrales para que una persona sana llegue a ser más sana y plena, y para evitar la enfermedad física y mental, pero la meditación no cura la neurosis ya instalada (aunque puede ayudar muchísimo), así como la psicoterapia no lleva a la iluminación (pero ayuda a dirigirse a ella). La Psicología Transpersonal-Integral propone la integración de estos dos caminos para llegar a la plena realización del Ser.
Aunque nos cueste aceptarlo, es preciso reconocer que una persona con desequilibrios mentales, que se dedique sólo a meditar, puede terminar agravando su enfermedad. No se puede prescribir sólo trabajo espiritual para una persona que no está equilibrada, así como no se puede prescribir sólo terapia para una persona que está buscando el camino de la iluminación; es preciso integrar ambas disciplinas. Para honrar esta mirada tendremos que ser humildes y aceptar que hay otros caminos y profesionales que pueden completar los nuestros y así servir mucho mejor a quienes nos consultan o aprenden a nuestro lado.
Somos una unidad bio-psico-socio-espiritual. El cuerpo (suponiendo que existe algo así en forma aislada) necesita comida, gimnasia, medicina física. La mente necesita conocer sus impulsos, sus instintos, su dimensión emotivo-afectiva, desarrollar sus facultades cognitivas y la posibilidad de relacionarse; y esto no se obtiene con la dieta ni con el trabajo espiritual aislándonos en la montaña. Para esto hay que “bajar al mundo”, y aquí es la psicoterapia la que logra los mejores resultados. Y albergamos una necesidad espiritual que requiere de un trabajo trascendente, como la contemplación, el yoga, el servicio, la oración y la meditación. Entonces ningún plano reemplaza al otro. El gran desafío de la Psicología Transpersonal-Integral, como lo afirma Ken Wilber, es “integrar a Freud con Buda” (o Cristo, Mahoma, Lao Tse o la sabiduría del Universo si así lo preferimos).
El ego y sus disfunciones (egotismo y neurosis) no pueden ser trascendidos simplemente porque se los condene y critique o mirando hacia otro lado, pretendiendo que no existen. El rechazo del ego y la incapacidad de contemplarlo, comprenderlo y de esta manera sanarlo y trascenderlo, no es más que otra de las lamentables consecuencias de la disociación entre las tradiciones espirituales y la psicología moderna. Mientras las grandes tradiciones místicas nos han aportado maravillosas revelaciones del reino del espíritu, la psicología occidental nos ha develado los misterios de buena parte del inconsciente. Sólo una mirada que integre ambas perspectivas podrá brindarnos la anhelada libertad.
INTEGRALIDAD, MEDITACIÓN, COACHING Y PSICOTERAPIA: AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR
Nuestra percepción de lo que rechazamos y consideramos que debería ser transformado no incluye sólo al mundo externo. Obviamente, también podemos auto-observarnos y rechazar algunos aspectos nuestros. Cuando esta percepción de lo que no nos hace bien en nuestro interior y el posterior trabajo de cambio se realizan de manera fluida, decimos que una persona está mentalmente sana, pues se transforma a sí misma y al medio ambiente de manera regulada, ecológica y satisfactoria. Sin embargo, esta función de autoobservación, detección de lo que no es satisfactorio y consecuente transformación, en muchos casos deja de operar de manera autorregulada. En estos casos el auto-rechazo se torna disfuncional y la persona pierde paulatinamente la capacidad de transformarse y transformar al medio ambiente de acuerdo con sus necesidades y respetando las de sus semejantes. Es entonces cuando aparecen el sufrimiento y, eventualmente, la patología.
Hay una creencia muy generalizada en los medios espirituales y es la que afirma que el acceso a los planos espirituales o no duales de la realidad transforma mágicamente lo que ocurre en las dimensiones materiales o duales. Para decirlo en otros términos, desde esta errónea mirada, bastaría con que un esquizofrénico meditara para que su padecimiento mental se sanare. Existe también la contraparte, que afirma que la psicoterapia basta para reemplazar a una práctica espiritual sistemática.
Lo cierto es que la práctica meditativa no sólo no reemplaza a la psicoterapia, sino que, en muchos casos, puede incluso estar contraindicada. El acceso a la trascendencia suele estar supeditado a un extenso trabajo de autoconocimiento en los planos más simples y cotidianos de la existencia. El trabajo sobre nosotras y nosotros mismos, sobre nuestras relaciones interpersonales, el desarrollo de nuestras potencialidades más básicas y la armonización de nuestras vidas es un requisito indispensable para pretender adentrarnos en los planos más sutiles de la realidad. Y muchas veces esto no es posible sin la ayuda de la psicoterapia (o el coaching, en caso de que nuestros desafíos no involucren condiciones patológicas), con profesionales que mantengan una postura abierta y ecuánime hacia la espiritualidad10. El descuido de esta condición, seguido de la permanente búsqueda de las alturas, acompañada de un desprecio de lo pequeño, lo bajo y lo cotidiano, puede terminar conduciéndonos a compartir el destino de Ícaro, quien, en su búsqueda omnipotente de alcanzar el sol con sus propias alas, sólo consiguió que éstas se quemaran, para terminar cayendo de manera estrepitosa. La enorme cantidad de personas que mantienen un brillante discurso de tono espiritual, mientras su existencia material constituye un caos, avala este planteo. Esto no implica que una persona con trastornos psicopatológicos no pueda tener acceso a experiencias espirituales, pero es preciso distinguir entre experiencias esporádicas y mantener una vida espiritual armónica e integrada a la vida cotidiana.
Del mismo modo, la psicoterapia no sustituye a la meditación. Si bien, correctamente instrumentada, constituye un excelente puente hacia la trascendencia, esto no implica que pueda llevar a los mismos resultados. De hecho, en muchos casos, hasta puede convertirse en un obstáculo.
Cuando un camino espiritual no asume el plano de la mente y sus complicaciones, especialmente la sombra y las relaciones interpersonales, termina convirtiéndose en una evasión. Cuando la psicología tradicional no asume el plano del espíritu, la psicoterapia se convierte en un laberinto en el que nunca trascendemos el nivel del ego, y por lo tanto se vuelve infructuosa e interminable.
Entonces, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. A Freud lo que es de Freud y a Buda lo que es de Buda.
Interacciones Primordiales reconoce que las tradiciones espirituales nos han brindado las mejores herramientas para el estudio de los niveles superiores de la consciencia, mientras que la psicoterapia nos ha brindado las mejores herramientas para investigar los planos inferiores. Necesitamos una escalera para subir a la azotea y otra para bajar al sótano, si no, siempre un sector de la casa va a quedar descuidado.
Cada persona debe ser tratada en forma distinta, con respeto por los varios planos de conciencia en que presente sus planteos. Interacciones Primordiales no es un modelo reduccionista ni elevacionista11. No sostiene por ejemplo que los problemas espirituales son siempre producidos por trastornos sexuales (como lo hacen algunas teorías reduccionistas) o que los problemas sexuales son siempre espirituales (como lo hacen algunas teorías elevacionistas), sino que respeta el planteo de quien consulta y el nivel en que experimenta sus desafíos, adoptando una práctica personalizada e integral. Para ello se trabaja en diversos planos y con diversas disciplinas. Pero todas éstas deben surgir de una visión integradora del ser humano, la sociedad y el Cosmos.
LA INTEGRALIDAD MAL ENTENDIDA
Una cosa es integrar y otra muy distinta es mezclar indiscriminadamente. Una concepción muy errónea de la integralidad consiste en creer que basta con reunir alguna práctica corporal-energética, una emocional-relacional, otra práctica lingüística-cognitiva y algún ejercicio espiritual, para que un método pueda ser considerado integral. Este error es gravísimo y puede generar graves perjuicios a las personas que se acerquen a este tipo de propuestas.
Para que un conjunto de métodos y técnicas sea realmente efectivo no basta con que tome en cuenta todas las dimensiones de lo humano. Es preciso también que lo haga desde un núcleo conceptual en lo posible único, y si no, por lo menos, de diversos marcos que sean realmente factibles de ser integrados en una síntesis coherente.
Un ejemplo que suelo utilizar con frecuencia pues me parece muy ilustrativo, es si podríamos, por citar sólo alguna combinación, hablar de un “yoga psicoanalítico”. Aunque pueda parecer interesante introducir en una sesión de psicoanálisis algunos ejercicios de yoga, no podemos desconocer que el psicoanálisis y el yoga parten de concepciones de la naturaleza humana absolutamente incompatibles. Lo que para el yoga es la meta fundamental de la práctica: la unión con el principio universal, para muchos psicoanalistas consiste en una regresión psicótica, pues en general el psicoanálisis (salvo honrosas excepciones) nunca distinguió entre la unión que puede alcanzarse en los más altos niveles de la consciencia, con la fusión característica de los procesos regresivos patológicos.
La mera mezcla de técnicas sin considerar los modelos y los supuestos de los cuales provienen, puede llevarnos a propiciar prácticas confusas y en algunos casos hasta perjudiciales.
Para que una práctica pueda ser considerada verdaderamente integral debe estar arraigada en una concepción única y coherente del ser humano, de sus aspectos sombríos, de sus potencialidades, de sus rasgos saludables y patológicos y de todas sus dimensiones. Cuando los métodos surgen a partir de un mismo núcleo teórico, entonces son coherentes entre sí. Sólo a partir de esta integración podremos trabajar con el cuerpo, la emoción, el lenguaje y la trascendencia, con la confianza en que todo lo que hacemos es coherente y apunta en el mismo sentido. De lo contrario sólo estaremos haciendo una mescolanza que puede terminar produciendo lo contrario de lo que estamos buscando.
Aun así, es válido preguntarnos cómo se puede integrar todas estas prácticas en la agitada vida cotidiana, en la que caemos en la creencia de que apenas tenemos tiempo para lo urgente. La respuesta es muy simple: despertando la visión integral en las pequeñas cosas.
SACRALIZANDO LA VIDA COTIDIANA
Sostener una visión integral en la cotidianidad, implica trascender las acciones mecánicas, rutinarias y repetitivas, convirtiéndolas en actos conscientes en los que podemos percibir la profundidad inherente a todo lo que hacemos. Por ejemplo, la ducha matutina puede ser sólo un acto ordinario o ser un baño de purificación de todas las mañanas; comer puede consistir sólo en atiborrarse de sustancias tóxicas o en un acto sacralizado de nutrición del vehículo de nuestra conciencia; la sexualidad puede consistir en un acto biomecánico de descarga o evasión de la soledad, o puede ser un encuentro sagrado de unión entre dos seres humanos, que trascienden su alienación gracias al afecto mutuo; trabajar puede ser algo aburrido y mecánico para ganar dinero o puede ser un acto de autorrealización y servicio a la comunidad. Entonces, cuando la visión integral está incorporada, uno descubre la práctica integral todos los días, sin necesidad de un lugar especial ni horarios programados, simplemente sacralizando la vida instante a instante. Por supuesto que esto no descarta los beneficios de la meditación y los ejercicios psicofísicos, sino que los incluye. Por esta misma razón proponemos realizar breves meditaciones, pero repetidas a lo largo del día, a fin de ir profundizando nuestra percepción de los actos cotidianos.
“Cruzamos el infinito a cada paso; nos encontramos con la eternidad en cada segundo”, nos recuerda el gran poeta bengalí Rabindranath Tagore.
Es preciso asumir que mientras hablamos del desarrollo psico-espiritual, la guerra, la injusticia social y el terror siguen llenando las páginas de los medios de comunicación. ¿Qué responsabilidad nos toca frente a esta realidad?
El trabajo integral trasciende nuestros pequeños intereses personales. Los seres humanos tenemos una responsabilidad ineludible en la evolución de la conciencia. Y éste no es un tema burgués ni un divertimento intelectual. De esto depende el futuro de la vida en este planeta: de la sencilla actitud cotidiana, que nos lleve a expandir nuestra conciencia cada día un poco más. La alienación básica de nuestra conciencia, el sentirnos en estado de separación de todo lo que existe, es la raíz de la mayoría de nuestros males. Ésta es la enfermedad esencial, y sólo la meditación, ayudada por la psicoterapia (o el coaching, o el counseling) individual y grupal, puede sanarla.
Este trabajo se torna primordial. Como seres vitales necesitamos contactarnos con nuestra información primaria, que lamentablemente se empieza a bloquear cuando no recibimos la educación adecuada para crecer en libertad. Necesitamos recuperar nuestra memoria primal, el contacto con la Fuente, el origen de la vida, y desde allí nutrirnos, crecer y sanarnos. De lo contrario, la frustración crónica genera las semillas de la violencia.
Me considero un pensador evolucionista, y asumo que el Universo tiene un sentido, que no es todo casualidad y que la conciencia humana ha evolucionado y seguirá haciéndolo, aunque no de manera lineal. Cuando alguien repite que “estamos peor que 2.000 años atrás”, afirmo que lo dice simplemente porque no vivió hace 2.000 años. Estoy de acuerdo en que siguen existiendo el imperialismo, la explotación de los humildes y nuevas formas de esclavitud, pero no en una forma tan brutal como en la época de Atila, del Gengis Kan o el Imperio Romano. Me da mucha pena salir a la calle y ver niños “trabajando”, pero era peor ver gente crucificada en la puerta de la propia casa. Me produce mucha tristeza saber que hay gente esclava de un salario bajo, y que aún existe la esclavitud literalmente, pero ya no se vende gente en las plazas públicas como se hacía antes. Es lamentable el mal uso de la tecnología, pero yo no querría volver a la época donde la gente moría de infecciones porque no se había descubierto la penicilina. Hay muchísimo por cambiar, pero creo que el ser humano ha evolucionado y sigue haciéndolo, porque el camino de la evolución es infinito. Indiscutiblemente, nuestro extraordinario progreso tecnológico no ha ido acompañado de un desarrollo moral y espiritual compatible. Pero aun así, estamos evolucionando.
Considero que la clave para que la conciencia siga evolucionando está en la integración de la práctica corporal-psico-socio-espiritual. Si no desarrollamos una cultura en la cual el ejercicio físico, la dieta, el trabajo energético, la terapia, las relaciones interpersonales, el servicio y la práctica espiritual se integren, vamos a seguir disociados. Para alcanzar la paz en el mundo, antes tenemos que integrar nuestra sombra y nuestra luz, nuestro infierno y nuestro cielo interiores.
Las culturas disociativas producen métodos disociativos. Los métodos disociativos producen personas disociadas. Y las personas disociadas, que viven en guerra consigo mismas, no hacen más que llevar su guerra interior afuera, sembrando el horror en el mundo. Según su energía lo harán pegándole a su mujer, persiguiendo a quienes piensan diferente o arrojando aviones contra los edificios, pero su estado de conciencia es siempre el mismo. El trabajo vivencial del Modelo Interacciones Primordiales nos lleva a estados de conciencia en los que realmente comprendemos y sentimos que somos una unidad con la totalidad de la vida. Una persona que accede a esta experiencia, pero no una o dos veces, sino en forma sistemática, no necesita cursos de moral. Una persona así, sana su división esencial, encarna el bien y lo expresa espontáneamente en su vida. En esto consiste sacralizar la cotidianidad.
Todos los métodos del Modelo Interacciones Primordiales apuntan en esta misma dirección, por eso los describiremos muy sintéticamente en las próximas hojas, pero es la Meditación Primordial la que constituye la práctica central, puesto que más allá de las profundas experiencias que podamos experimentar durante una sesión de terapia, de Coaching Primordial o en un taller de Danza Primal, es la actitud contemplativa la que puede traernos de vuelta a la experiencia de unidad una y otra vez, de manera sistemática, no esporádica, a fin de que nuestra conciencia se asiente cada día más en ese espacio interior y sagrado, en el que fluimos en unidad con la totalidad de la vida.
Veamos una breve descripción de estas tres metodologías y de estas tres disciplinas que, como mencionaba más arriba, pueden ser vistas con mayor detalle en el apéndice final.
9 Como he mencionado en una nota anterior, he tratado este tema con mayor profundidad en El Vínculo Primordial, Op. Cit., “Introducción” y el capítulo sobre “El camino científico y el camino religioso”. Remito allí a quien tenga interés en una comprensión más profunda de la relación entre ciencia, religión y espiritualidad.
10 Las formas de psicoterapia y coaching que reniegan de la espiritualidad, caen en el mismo error que las religiones que reniegan de la psicoterapia. Es exactamente la misma estrechez de uno y otro lado.
11 El reduccionismo consiste en explicar los fenómenos que ocurren en un plano de la realidad mediante las leyes de planos menos complejos. Por ejemplo, pretender explicar la espiritualidad mediante variables biológicas, que por supuesto siempre están presentes (aun los estados más elevados de consciencia implican una determinada química cerebral) pero no alcanzan para entender la trascendencia en toda su dimensión. Una cosa es afirmar que las experiencias místicas tienen un sustrato neuroquímico, y otra cosa muy distinta es sostener que no son más que un fenómeno neuroquímico. El elevacionismo hace todo lo contrario, procura explicar los fenómenos que ocurren en un plano de la realidad mediante las leyes de un plano superior. Un ejemplo clásico es confundir una simple enfermedad mental con una auténtica experiencia mística.
Los métodos del Modelo Interacciones Primordiales12
Durante más de 30 años, el Modelo Interacciones Primordiales se ha ido desplegando en un cuerpo teórico, en disciplinas y en métodos que han honrado permanentemente la importancia fundamental de la integralidad. La Psicoterapia, el Coaching Primordial y la Danza Primal son disciplinas que se asientan en la aplicación integrada y sistemática de tres métodos: la Lingüística Primordial, el Movimiento Primordial y la Meditación Primordial, que permiten operar sobre todos los ámbitos de la experiencia humana simultáneamente, y es precisamente esta aplicación conjunta de los tres, lo que brinda a este trabajo su gran poder transformador. Por su puesto podemos, por ejemplo, contar con un espacio y un tiempo para la práctica de la Meditación Primordial y otro para el Movimiento Primordial, pero en una sesión de Psicoterapia, Coaching o Danza Primal, todos estos métodos se aplican en forma integrada, y precisamente en esta aplicación integrada radica su potencia terapéutica, transformadora y liberadora.
LINGÜÍSTICA PRIMORDIAL
Constituye una integración de la Psico-Neuro-Inmuno-Endocrinología, el estudio del lenguaje y el trabajo cognitivo. Brinda la posibilidad de trabajar directamente sobre nuestros paradigmas y modelos de pensamiento, a través de la relación entre nuestros diálogos internos e interpersonales, nuestra bioquímica, nuestras emociones y nuestra relación con las otras personas. Trabaja sobre la forma en que la palabra determina los estados corporales-emocionales, los vínculos y viceversa.
Se ha demostrado repetidamente que nuestros diálogos internos e interpersonales afectan directamente nuestra salud celular, nuestro estado mental, nuestros vínculos y, por ende, la salud de todo grupo humano, desde familias hasta organizaciones. La capacidad de desarrollar diálogos sabios y afectuosos, con nuestras partes internas y con las demás personas, constituye una fuente de salud física, emocional y vincular, y la clave del éxito profesional y organizacional.
La Lingüística Primordial opera sobre el Núcleo Bio-Psico-Lingüístico que determina nuestra salud físico-emocional, la de nuestras relaciones interpersonales y carreras profesionales.
Simultáneamente brinda un abordaje lingüístico que procura detectar y esclarecer los patrones manipulativos de nuestra comunicación interna y con quienes nos rodean, a fin de que nuestro hablar se torne transparente, genuino y poderosamente efectivo. De este modo, se favorece el encuentro profundo entre los seres humanos aun en los ámbitos que suelen ser más despersonalizantes.13
El trabajo con la Lingüística Primordial se centra en los siguientes objetivos fundamentales:
Propiciar un lenguaje asentado profundamente en el organismo y por lo tanto no disociativo.
Desarrollar modalidades de comunicación intrapersonal que generen estados internos de equilibrio, armonía y salud psicofísica.
Comprender y desarticular todas las formas de manipulación verbal características de la comunicación entre las personas no integradas (interpretaciones, lecturas de mente, juicios) que afectan sensiblemente la capacidad de encuentro interpersonal y la efectividad en las tareas compartidas.
Favorecer las formas de comunicación auténticas, que propician el encuentro humano y el desarrollo de organizaciones efectivas. Lo que llamamos “hablar desde el cuerpo”.
Detectar, comprender y deconstruir los sistemas de interpretaciones, juicios y creencias disfuncionales sobre la vida y sobre nosotros mismos, que restringen nuestras posibilidades de desarrollo.
Fortalecer los sistemas de interpretaciones, juicios y creencias motivantes y expansivos que viabilizan el pleno desarrollo de las personas y los grupos humanos.
MOVIMIENTO PRIMORDIAL
Es una modalidad de Trabajo Corporal-Energético que permite trabajar con nuestra corporalidad, estado emocional, afectividad y creatividad, activando la energía vital, el sistema inmuno-endócrino, la expresividad y la capacidad de encuentro. No se trata de una forma de ejercicio físico, baile, coreografías ni movimientos complicados, sino de recuperar simples movimientos ancestrales que hemos perdido en la agitada vida moderna y por la educación represiva. Constituye un profundo método de liberación y expresión corporal-energética-emocional. Se practica mediante la aplicación de ejercicios individuales, en pareja o en grupos, desplegando dinámicas donde la interacción interpersonal desde el cuerpo y la emoción constituyen el factor fundamental de aprendizaje y cambio.
Su práctica nos permite recuperar nuestras posturas, movimientos y patrones respiratorios primigenios, poniendo a nuestra disposición profundas energías universales que hemos olvidado durante los procesos de socialización disfuncionales.
MEDITACIÓN PRIMORDIAL
Es el objeto central de este libro, por lo que no es preciso que nos extendamos acerca de ella en esta sección. Sólo vamos a remarcar aquí la importancia que adquiere en un modelo integral, para lo que vamos a describirla sintéticamente.
La Meditación Primordial permite el acceso a una profunda experiencia orgánica de arraigo, relajación, descanso y expansión de la conciencia mediante el contacto con la corporalidad energética, vibracional y trascendente. Además, posee el potencial de ser aplicada también con objetivos terapéuticos en los planos cotidianos de la existencia.
La práctica contemplativa no sólo brinda resultados vinculados a la trascendencia en términos estrictamente espirituales. Es también fundamental en los temas psicológicos-existenciales. Meditar permite desplegar la capacidad de objetivar los propios procesos mentales, de manera que, en lugar de funcionar a través de patrones inconscientes, podemos, mediante ejercicios específicos, convertir a estos patrones en objetos de nuestra percepción y de este modo tomar distancia y desidentificarnos de ellos. Los seres humanos contemplamos la “realidad” a través de nuestros sistemas de interpretaciones, juicios y creencias14, muchas veces determinados por nuestros patrones emocionales inconscientes; pero sólo raras veces y en condiciones muy especiales, nos dedicamos a contemplar estos patrones, a auto-observar nuestros sistemas de interpretación. Es decir que nuestros patrones de percepción e interpretación nos resultan transparentes, vemos a través de ellos, pero no los vemos a ellos. Durante la meditación, estos patrones comienzan a tornarse visibles para nosotros.
La integración de estos tres métodos posibilita el despliegue de profundos procesos de crecimiento y transformación personal, grupal y organizacional.
Veamos un ejemplo práctico de trabajo integral: cualquier psicoterapeuta o coach con la suficiente experiencia, ha comprobado que uno de los elementos que más perjudican la calidad de vida de las personas son los juicios infundados y disfuncionales que albergamos acerca de nosotras y nosotros mismos, de las demás personas y de la existencia. Un juicio es infundado cuando no se asienta en evidencias empíricas suficientes; y es disfuncional cuando, en lugar de abrir caminos y conectarnos con nuestras potencialidades y oportunidades, los cierra, los ignora y nos devuelve una imagen desvalorizada de nosotras y nosotros mismos o un panorama atemorizante de la realidad. Los juicios infundados son verdaderos “techos de vidrio”. No los vemos, pero están ahí, impidiendo nuestro vuelo. Constituye una ingenuidad creer que los juicios infundados y disfuncionales pueden cambiarse mediante argumentos que ofrezcan juicios diferentes. Cuando un juicio infundado y/o disfuncional es sostenido pese a producir sufrimiento, esto se debe a factores emocionales inconscientes que están fuera del alcance de los argumentos racionales. Por este motivo, la única forma de transformar un juicio disfuncional arraigado en experiencias profundamente emocionales, como por ejemplo un trauma psíquico, es que el mismo sea deconstruido mediante otra experiencia emocional también poderosa. Si durante la profunda impotencia que genera, por ejemplo, una experiencia de violación, una persona ha formulado el juicio inconsciente de que deberá permanecer siempre oculta para no llamar la atención, pues será incapaz de defenderse en caso de un ataque, esto va a determinar un patrón conductual que llevará permanentemente a la inhibición, a un temor patológico y a un empobrecimiento de la propia existencia. De nada sirve, en estos casos, recurrir al voluntarismo ingenuo o al mal llamado “pensamiento positivo” (que muchas veces consiste en un pensamiento negador y evasivo) y proponerle a la persona en cuestión que haga afirmaciones del tipo “yo puedo defenderme”, “esto no volverá a ocurrir”, o brindarle argumentos racionales acerca de las posibilidades estadísticas de volver a pasar por la misma experiencia.
La Psicoterapia Primordial enfocaría un caso similar mediante un triple trabajo integrado y sistemático. Por ejemplo, se podría comenzar por recrear dramáticamente la situación traumática con toda su carga emocional y, mediante las técnicas del Movimiento Primordial, se propiciaría que la persona tome contacto con posturas, gestos, visualizaciones y patrones respiratorios que le permitan responder a esta situación disponiendo de sus energías vitales más primarias, previendo, huyendo a tiempo, defendiéndose o incluso atacando a su agresor (obviamente, no se trata de estimular a las personas a realizar actos heroicos o venganzas en la realidad material, sino a liberar esas energías reprimidas y asumir el propio poder, en espacios simbólicos y cuidados). Este tipo de experiencias produce una reconfiguración emocional del recuerdo traumático y deja las puertas abiertas para una segunda etapa: el trabajo lingüístico cognitivo, mediante el cual se pueden revisar las actitudes, juicios, creencias y patrones conductuales que pueden haber llevado a exponerse a semejante experiencia, a fin de que la misma no vuelva a repetirse. El trabajo lingüístico con los juicios disfuncionales puede prevenir también que la persona comience a culparse cuando en realidad ha sido una víctima, algo bastante común en estos casos. Por su parte, la Meditación Primordial permite desarrollar la capacidad de observar el propio funcionamiento como un objeto de la consciencia. De este modo, en lugar de vernos a nosotros mismos y a la realidad desde nuestros propios patrones inconscientes, vamos aprendiendo a convertir a estos mismos patrones en objetos de nuestra percepción. Por último, la práctica meditativa puede llevarnos a una contemplación más profunda y desapegada de nuestras experiencias existenciales, a fin de acceder a una lectura y comprensión trascendente de las mismas y a extraer aprendizajes, incluso de las experiencias traumáticas.
Las dinámicas de diálogos interiores y vivencias experimentales15 que instrumentamos en nuestro método de psicoterapia, permiten objetivar nuestros procesos internos y de esta manera desidentificarnos de ellos, lo cual se convierte en un proceso aún más profundo cuando esto es llevado a la práctica meditativa cotidiana. De este modo, el trabajo emocional-corporal-energético, se integra al trabajo lingüístico cognitivo y a la práctica contemplativa, generando un feedback sumamente poderoso y efectivo. Por supuesto, este ejemplo que aquí describimos muy sintéticamente, no implica que el trabajo terapéutico deba ser realizado siempre en este mismo orden. De hecho, se puede entrar a la experiencia por cualquiera de sus puertas y, en tanto y en cuanto las tres metodologías se apliquen y se integren, el resultado será igualmente satisfactorio.
12 Es importante distinguir entre métodos y disciplinas. Un método es un conjunto ordenado de procedimientos para alcanzar un fin. Una disciplina constituye un sistema ordenado de conceptos teóricos, métodos y técnicas. Existen disciplinas académicas, científicas, deportivas, etc. Interacciones Primordiales cuenta con tres métodos y tres disciplinas que los aplican.
13 Ver Daniel Taroppio, Comunicación Primordial, Ed. FUDEI, 2006.
14 En el Modelo Interacciones Primordiales denominamos a estos sistemas de patrones perceptivos Configuraciones Emotivo Cognitivas, o C.E.C.
15 A los que denominamos Diálogos Internos de Reconfiguración (D.I.R) y Vivencias Experimentales de Reintegración (V.E.R.)
Las disciplinas del Modelo Interacciones Primordiales
Como hemos adelantado, estos tres métodos se integran en tres disciplinas que han sido diseñadas para ser aplicadas en diferentes ámbitos: el Coaching Primordial16 para el trabajo con personas sanas y en organizaciones e instituciones, la Psicoterapia Primordial para el ámbito de la clínica por parte de profesionales de la salud y la Danza Primal para el trabajo vivencial en grandes grupos.
COACHING PRIMORDIAL
Es un método de acompañamiento profesional, basado en un proceso de diálogo transformador y expansivo, que permite diseñar y generar resultados más efectivos y satisfactorios en la calidad de vida, familias, carreras, negocios, organizaciones y comunidades que construyen las personas sanas.
PSICOTERAPIA PRIMORDIAL
Incluye, y es importante subrayar que incluye, sin descartar lo anterior, la posibilidad de realizar psicodiagnóstico y abordaje terapéutico en los casos de patologías.
DANZA PRIMAL
Constituye una disciplina grupal, que implica un mayor compromiso afectivo y emocional, lo que la hace especialmente indicada para trabajar con personas que están en busca de un mayor autoconocimiento y de una profunda liberación personal. El nombre danza es metafórico y hace referencia a despertar la capacidad de sentir la vida como un flujo de vitalidad y alegría. No se trata de una forma de baile, coreografías ni movimientos complicados sino de recuperar simples movimientos ancestrales que hemos perdido en la agitada vida moderna y en los procesos de educación y socialización represivos.
Estas tres disciplinas integran sistemáticamente los tres métodos hasta aquí descritos.
Veamos, a modo de ejemplo, cómo opera esta integración en los procesos de asimilación de la sombra (que como hemos visto, contiene todo lo que rechazamos y no asumimos en nuestra propia personalidad), lo que ya hemos destacado como un paso fundamental en todo proceso integral de crecimiento personal. La sombra puede ser trabajada tanto en las sesiones de Psicoterapia o Coaching Primordial, como en los talleres de Danza Primal.
Sintéticamente, podríamos decir que los ejercicios de Movimiento Primordial, con su intensidad generada por las consignas, las posturas primordiales, los movimientos, los sonidos y la interacción con las demás personas, nos brindan la posibilidad de descubrir nuestra sombra y encarnarla en el mismo acto de contactar y expresar nuestras emociones primarias más reprimidas, las que, como hemos visto, suelen estar en la raíz de nuestros juicios disfuncionales. Es decir que en lugar de hablar acerca de nuestros juicios disfuncionales, vamos directamente a su base emocional.
Una vez que la emocionalidad que los sustenta se ha manifestado, la Lingüística Primordial nos permite revisar estos juicios disfuncionales que generamos cuando nos posee o cuando reprimimos y nos disociamos de nuestra sombra.
Los ejercicios de diálogos interiores de reconfiguración y vivencias experimentales de reintegración (DIR y VER) nos facilitan trascender el egocentrismo y el narcisismo que nos lleva a proyectar nuestra sombra en otra persona, puesto que nos ayudan a ponernos en su lugar.
Y la Meditación Primordial, integrada a los métodos anteriores, nos permite desarrollar la capacidad de contemplar ecuánimemente todo lo que emerge a nuestra conciencia, sin juicios ni rechazos, hasta integrar y trascender nuestros aspectos sombríos.
El objetivo de la práctica contemplativa es comprender que no somos ninguna de esas voces ni personajes internos, tanto los que nos agradan como los que rechazamos, para ir acercándonos cada vez más a la identidad suprema y a la no dualidad.
En esencia, se trata de dejar de mirar a través de nuestros patrones inconscientes (las C.E.C.) y empezar a mirar a esos patrones como objetos.
Lo fundamental es comprender que ninguno de estos métodos es efectivo por sí mismo; sólo la integración de los tres puede generar resultados profundos y cambios sostenibles en el tiempo. Por ello, las tres disciplinas del Modelo Interacciones Primordiales, la Psicoterapia, el Coaching y la Danza Primal, las integran permanentemente. En cada una de ellas puede estar priorizado uno de estos métodos, pero lo cierto es que en las sesiones de Psicoterapia y Coaching también se trabaja con el cuerpo; en los talleres de Danza Primal también se piensa y se integra cognitivamente, y en todos los casos, la meditación completa los procesos.
Por ejemplo, una vez que mediante el trabajo corporal y los diálogos internos hemos comprendido las motivaciones disfuncionales de nuestras voces o aspectos internos, entonces es mucho más sencillo, mediante la contemplación, desidentificarnos de ellos. En cambio, si trabajamos únicamente con la meditación, sin procesar las emociones que estos aspectos internos generan, es mucho más difícil la integración y la desidentificación. De la misma manera, si sólo llevamos a cabo un trabajo corporal y emocional, podemos pasarnos la vida haciendo catarsis, sin alcanzar nunca la diferenciación necesaria como para dejar de identificarnos con nuestras emociones. Otro tanto ocurre cuando el trabajo meramente lingüístico nos lleva a hablar y hablar de nuestros temas, sin contactar nunca con las emociones que siempre están vinculadas al cuerpo y que, por lo tanto, sólo el trabajo corporal-energético-emocional puede develar.
La Meditación Primordial propone el acceso a distintos niveles de profundidad en el encuentro con nosotras y con nosotros mismos. Meditar consiste simplemente en abrirnos a esta apertura que ya somos, no a algo especial que debamos llegar a ser.
Ésta es precisamente la esencia de la Meditación Primordial: percibirnos como la manifestación de una conciencia pura que se expresa en el espacio-tiempo como energía y luego como materia y vida.
La meditación es un camino de vuelta a casa, y para ello lo primero es sensibilizarnos, abrirnos, sutilizarnos, sentir al Universo como materia vibratoria, luego como energía, luego como consciencia y por último como un vacío vibrante que todo lo contiene.
Cuando podemos autopercibirnos como un organismo vibratorio y luego como energía sutil que fluye en el océano eterno de la energía universal, es mucho más sencillo percatarnos de que somos esa misma Conciencia atemporal de la que todo el Cosmos ha emergido. En esta experiencia expansiva y extática el temor es sanado desde su misma raíz y la alegría y la libertad son las consecuencias naturales.
La Lingüística Primordial nos permite trabajar desde un nivel lingüístico-cognitivo con todos los juicios y creencias disfuncionales que limitan nuestra existencia. El Movimiento Primordial nos ayuda a desbloquear nuestro cuerpo, por lo general tenso, contracturado y cargado de emociones no expresadas. Pero es la Meditación la que finalmente (aunque la practiquemos desde el comienzo) nos abre a la libertad de la conciencia de unidad más allá de la separación del egotismo.
Meditar es sanar y trascender la mirada focalizada en lo separado, en la materia, en lo accidental, en la forma, donde nace el temor, y llevarla hacia lo sutil, donde todo es Uno, y brota la confianza.
Por ello es tan importante desmitificar la meditación, liberarla de los dogmas, de los sistemas de creencias y de los rituales, los cuales son importantes únicamente en la medida en que tomemos contacto con la esencia de la experiencia meditativa, que consiste fundamentalmente en la liberación del egotismo que separa y el ingreso en el espíritu que es Uno.
Cuando esta experiencia de unidad va integrándose a la vida cotidiana, se va materializando y concretando en actitudes, gestos, miradas y formas de entender la existencia. Entonces la alegría y la libertad empiezan a convertirse en la moneda corriente de nuestros días.
Como ya hemos visto, meditar no consiste en adoptar posturas extrañas y practicar rituales esotéricos y complejos. Meditar es respirar profundo, sonreír, abrir la mirada, extender la mano, exponer el corazón, disfrutar de cada instante, estar en contacto profundo con el cuerpo y las emociones, expandir los sentidos. Es verdaderamente ver, tocar, oler, saborear y escuchar la vida.
Poco a poco, esta apertura a la vida concreta, aquí y ahora, nos va sensibilizando hasta tal punto en que comenzamos a tomar contacto con La Fuente original y eterna de la cual esta vida ha emergido. Comprendemos entonces que este emerger no es algo que ha ocurrido en un instante remoto del pasado (ya sea nuestro nacimiento o el mismo Big Bang), sino una realidad viviente que está renaciendo y recreándose en forma permanente, instante a instante. Ser unidad con este florecimiento permanente, con el milagro de la vida, éste es el regalo que nos brinda la meditación. Por ello, tanto el Coaching y la Psicoterapia Primordial, como la Danza Primal, están entretejidas por la práctica contemplativa, las que les brinda sustento e integración.
Las imágenes 1 a 7 ilustran de qué modo este modelo vincula todos los ámbitos de la experiencia humana con métodos específicos de abordaje para cada uno, integrando a todos ellos. Y el Mandala del Sí Mismo, que será explicado en detalle más adelante, grafica el cuerpo teórico central de todo este modelo. Contamos entonces con una concepción integral que busca llegar a todos los ámbitos de la experiencia humana, un cuerpo teórico del cual se desprenden 3 metodologías, y 3 disciplinas en las cuales se aplican.
Después de visualizarlas, o mejor aún, de leer el apéndice en el cual se explica todo este modelo, te resultará mucho más simple comprender la concepción integral de la meditación que aquí compartiremos.
16 El modelo teórico, los métodos y las técnicas del Coaching Primordial pueden ser también aplicados en la práctica del Counseling.
SEGUNDA PARTE MEDITACIÓN PRIMORDIAL
Habitando el cuerpo vivo y consciente
La meditación es el arte de descansar en la profundidad de nuestro Ser, es decir, en esa dimensión de nuestro interior en la que sentimos que no hay nada que hacer, que buscar, que alcanzar ni que cambiar, sólo fluir en el espacio infinito de la conciencia. No se trata de control mental ni de ninguna forma de esfuerzo, tampoco es una negación de nuestros aspectos interiores sobre los que tenemos que trabajar ni de nuestras responsabilidades y tareas cotidianas. Es tomar contacto con el estado natural de la mente, el Ser Original, la Fuente, la Gracia, la Presencia y reposar en esa quietud y silencio donde nada nos apura ni aflige.
En medio de todos los trajines y esfuerzos que marcan nuestra vida contemporánea, encontrar un espacio para la quietud y el silencio no es sólo una bendición para el alma, sino una fuente de salud cuya importancia es fundamental para nuestro organismo.
La Meditación no es una tarea, ni un sacrificio, ni un esfuerzo. Realizada con la actitud correcta (no persiguiendo fines de maestría mental, viajes místicos ni control del pensamiento) es la actividad más relajante y gozosa del día.
Meditar consiste en descansar en la misma dimensión de la que, paradójicamente, hemos huido toda la vida: la profundidad abismal del momento presente, lo que llamo la “magia del instante”. El instante presente tiene cualidades mágicas por la extraordinaria capacidad de transformación que se despliega ante la mente cuando salimos de la cadena del pasado y el futuro, del recordar y el planear, para lanzarnos a la infinitud del aquí y el ahora. Comprenderemos mejor este concepto a medida que avancemos.
Como hemos visto, la Meditación Primordial no incluye conceptos religiosos ni creencias de ninguna naturaleza, por lo que no implicará más peso en nuestras cabezas, ya atiborradas de información. Es prescindente y a la vez compatible con cualquier sistema religioso o de creencias, pues está diseñada sólo para brindarnos una experiencia directa y vivencial de nuestra pertenencia a la totalidad del Universo. Esto es lo que permite sanar desde su raíz la profunda sensación de alienación y vacío, que en los tiempos que corren nos amenaza permanentemente.
Se basa en ejercicios físicos, seguidos de una actividad contemplativa, que nos permiten recuperar el contacto con las dimensiones profundas, energéticas del propio organismo, donde se encuentran las raíces que nos conectan con la totalidad de la vida. Los ejercicios respiratorios y los estados meditativos influyen directamente en nuestra química interior, y más aún en la intimidad vibracional de nuestras moléculas, produciendo efectos inmediatos de armonización y por lo tanto de sanación. Desde el punto de vista energético, la meditación produce un estado cerebral característico de los procesos intuitivos y de percepción interna, comprobable en el electroencefalograma, que favorecen los procesos de regeneración celular, sanación, lucidez mental y creatividad. Es por lo tanto una gran aliada en el cuidado de la salud psicofísica y relacional.
Pero, como hemos adelantado en la introducción y veremos en detalle más adelante, el objetivo de la Meditación Primordial va mucho más allá de la salud psicofísica, aunque la integra. El sentido más profundo de este método es devolvernos la vivencia de nuestra identidad fundamental, cósmica, a través de la experiencia directa de la información universal que nos habita y nos brinda la posibilidad de vivir.
Sin embargo, para que todos estos beneficios puedan ser experimentados, es preciso desarrollar un estado mental al que es muy difícil acceder mientras permanecemos en la ansiedad, la angustia, la preocupación por el futuro, el estrés o la neurosis.
¿POR QUÉ A LA MAYORÍA DE LAS PERSONAS LE CUESTA MEDITAR?
Un enfoque profundo de la meditación que nos permita responder a esta pregunta requiere, necesariamente, de una comprensión igualmente profunda de aquellos factores psicológicos que atentan contra nuestra posibilidad de alcanzar la quietud y la paz interior. En esta sección vamos a explorar en profundidad estas dificultades, a fin de que nuestra práctica meditativa no consista en una evasión, sino en un encuentro profundo con todo lo que somos, en nuestra luz y en nuestra sombra. De lo contrario, terminaremos cayendo en los planteos voluntaristas que, ante la pregunta ¿cómo puedo hacer para meditar?, responden: “¡esfuércese y medite!”.
Desde una mirada integral, se torna evidente que la comprensión de la meditación no puede ser alcanzada si sólo la exploramos desde una perspectiva espiritual. Los factores psicológicos, fisiológicos, sociales y culturales son fundamentales para entender nuestras dificultades a la hora de meditar.
Vamos a realizar un breve viaje en la historia de nuestra evolución para comprender por qué a la mayoría de las personas le resulta tan complejo acceder a la experiencia meditativa profunda. He desarrollado este tema con mucha mayor profundidad y detenimiento en otro trabajo, al que nuevamente remito a quienes tengan interés en explorar este tema con mayor detenimiento.17
La física cuántica, en una significativa cercanía con las intuiciones de las antiguas tradiciones espirituales, nos ha revelado que el Universo es fundamentalmente un fenómeno vibratorio. En las profundidades de lo aparentemente sólido e impenetrable, existe una dimensión vibratoria que posee una cualidad extraordinaria: la de vibrar en tantas frecuencias y modalidades que a partir de allí se crea todo lo que existe. Son distintas cualidades vibratorias las que constituyen la existencia de la luz, del sonido, del aire, del fuego, del agua, de los minerales y de todos los elementos de la tabla periódica. Y es la evolución y creciente complejidad de la interacción entre estos elementos la que ha generado la existencia de los soles, los planetas, la aparición de la vida y la evolución de las especies.
Desde esta mirada, todo lo que existe es sólo una manifestación particular de un fenómeno vibratorio universal. Desde este océano vibratorio emergen las formas individuales. A esta vibración, de la que todo ha emergido y continúa emergiendo sin cesar, la he denominado el Flujo Primordial del Universo, para enfatizar su carácter de proceso dinámico, no de cosa estática, y para evitar el uso de nombres religiosos que alejen del tema a los no creyentes. Es decir entonces, que todo lo que existe, incluyéndonos a todos los seres humanos como especie y a cada ser humano individual, constituimos una manifestación particularizada de este flujo universal, único e indivisible.
Podríamos decir que detrás de todas las notas individuales existe el fondo del sonido; que detrás de todos los colores existe el fondo de la luz; que detrás de lo amargo, lo dulce, lo salado o lo ácido existe el fondo del sabor; que detrás de la infinita gama de olores existe el aroma; o como ya hemos dicho, que por debajo de las olas existe un solo océano y más allá de los remolinos existe un solo río.
Tras millones de años de este extraordinario proceso evolutivo, en el cual desde Lo Uno18 han ido emergiendo las formas particularizadas, la creciente complejidad de formas particulares interactuando entre sí terminó produciendo algo tan maravilloso como la vida, la cual continuó a su vez particularizándose en una increíble variedad de líneas evolutivas vegetales y animales.
Un rasgo fundamental de toda forma en la cual la unidad se manifiesta en forma particular, es que para seguir existiendo como forma particular y no ser reabsorbida nuevamente por su medio ambiente, debe esforzarse permanentemente. Todo ser vivo debe respirar, beber, comer, protegerse de depredadores, prevenir los fenómenos naturales desfavorables y realizar un sin número de tareas para seguir existiendo en forma separada. Desde una mirada estrictamente biológica, dejar de existir como forma separada significa sencillamente diluirse en la totalidad, es decir, morir.
Hasta el momento no existe una sola teoría absolutamente demostrada que pueda explicarnos cómo ocurrió el origen de la vida, es decir, de qué manera aparecieron las primeras células diferenciándose del océano primordial (o del agua de algún asteroide que después se estrelló en la tierra) mediante una membrana. Millones de años después, un pequeño organismo similar a un gusano, que habitaba las profundidades del océano, sufrió una mutación en sus células que le permitió empezar a detectar y organizar diferencias en su entorno, de una manera completamente distinta a como lo hacían las demás formas vivas hasta ese momento19. Podríamos decir que en ese momento surgió el primer protocerebro en este planeta, y ese órgano no ha dejado de evolucionar hasta el día de hoy.
Entre todas las líneas evolutivas que surgieron a partir del reino animal, hubo una que en su proceso evolutivo desarrolló su cerebro de una manera cualitativa y cuantitativamente muy diferenciada. Millones de células sobre millones de células comenzaron a interconectarse y a procesar cada vez mayores cantidades de información, hasta que esa complejidad produjo un salto cualitativo extraordinario, y aparecieron sobre esta tierra organismos que terminaron por devenir en la especie humana.
En un momento de nuestra evolución, la complejidad de las interconexiones celulares de nuestro cerebro nos permitió organizar la experiencia del pasado y anticipar el futuro, y más aún, nos habilitó a pensar sobre nuestra propia existencia, es decir, alcanzamos la reflexión, palabra que tiene el mismo origen que reflejo, o sea, pudimos mirarnos en el espejo de nuestro propio pensamiento. Muchos libros sagrados de la humanidad describen este momento inédito. La misma Biblia lo hace con gran elocuencia y belleza. En el mito de la expulsión del Paraíso, se dice que Adán y Eva probaron el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Es extraordinario advertir que un corte transversal del cerebro nos brinda una imagen muy similar a la de un árbol. Lo que implicaría quizás que lo que la Biblia trata de decirnos es que en el momento que desarrollamos un neocórtex, pudimos viajar al pasado y al futuro y pensar acerca de nuestros actos. Salimos del paraíso de la inocencia animal que sólo vive en el presente absoluto, pues los animales permanecen siempre en la magia del instante (aunque, como hemos visto, lo hacen de manera inconsciente). Habitar el presente absoluto como lo hacen los animales implica no conocer la culpa, los resentimientos o los remordimientos característicos de quien carga con su pasado; ni los deseos, las angustias y aprensiones de quien puede imaginar su futuro. Es decir que hubo un momento en nuestro proceso evolutivo en el cual perdimos el paraíso de la inocencia, en la cual habita cualquier especie que no posea una corteza cerebral tan evolucionada como la de la especie humana. Los animales experimentan dolor y miedo, pero sólo cuando la herida o el peligro aparecen, no antes; por lo tanto, no sufren ansiedad. Cuando una vaca está a punto de ser sacrificada experimenta terror, y se llena de adrenalina (la cual será consumida luego por quien se la coma). Es decir que los animales son sensibles y sufren. Pero hasta que eso ocurra, nunca vamos a encontrar una vaca que mientras pasta en el campo, se pregunte “qué sentido tiene la vida, para qué estoy comiendo, para qué traje terneritos al mundo, si todos terminaremos como hamburguesas”. Es decir que los animales no sufren “a cuenta”, no se anticipan a los eventos lejanos. Son uno con el paisaje y el momento presente.
¿Significa esto que para recuperar el Paraíso debemos regresar a la animalidad? Por supuesto que no. Los animales pueden habitar el paraíso de la inocencia donde no hay reflexión sobre el bien y el mal, pueden permanecer en el presente absoluto, pueden vivir “desnudos” como Adán y Eva, pero en cierta forma, de manera similar (aunque distinta) a los minerales y a los vegetales, no son conscientes de ello. Como adelantamos en la introducción, los seres humanos tenemos la extraordinaria posibilidad de recuperar esa presencia en el aquí y ahora, pero además podemos hacerlo con conciencia. Por lo tanto, la evolución espiritual no implica de ninguna manera una regresión a la animalidad, sino una trascendencia de la cualidad humana de estar separados para re-unirnos, pero no en la inconsciencia del animal sino en la conciencia superior de la trascendencia.
Es fundamental en este punto comprender que el cerebro, como órgano biológico, surgió para intentar garantizar la supervivencia. Cuanto más evolucionado el cerebro de una especie, mayores posibilidades de sobrevivir y perpetuarse tienen quienes pertenecen a ella. En el caso del cerebro humano esto adquiere características muy distintas a las del reino vegetal o animal.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.