Kitabı oku: «Salvini & Meloni»

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Daniel V. Guisado y Jaime Bordel Gil

Salvini & Meloni

Hijos de la misma rabia: cómo la derecha radical se hizo con el control de la política italiana

A nuestros padres, por hacer que la vida sea posible.

A Xiana y Andrea, por hacer que la vida valga la pena.

A nuestra gente, por hacer que la vida sea mejor.

El virus que se propaga a lo largo de la vía Emilia infectando a miles de empleados postales para quemar las Cámaras del Trabajo tiene que haber sido incubado en tiempos de paz. No puede ser de otra manera. No es que renacieran en la guerra, simplemente la guerra los devolvió a su propio ser, los hizo volverse lo que ya eran. Quizá el fascismo no sea el hospedador de este virus que se propaga sino el hospedado.

Antonio Scurati

M. El hijo del siglo

© de la obra: Daniel V. Guisado y Jaime Bordel Gil

© de la edición: Apostroph, edicions i propostes culturals, SLU

© de la cubierta: Apostroph

© de la ilustración de cubierta: Roma: la Lupa con Romolo e Remo (bronzo etrusco nel Museo Capitolino). Autor desconocido. Bajo licencia Creative Commons / Compartir igual 3.0:

ISBN: 978-84-123711-8-5

Edición: Apostroph

Corrección: Dièresi

Diseño de cubierta: Apostroph

Diseño de tripa: Mariana Eguaras

Maquetación: Apostroph

Primera edición en papel: diciembre 2021

Primera edición digital: diciembre 2021

Apostroph, edicions i propostes culturals, SLU

www.apostroph.cat

apostroph@apostroph.cat

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Agradecemos el apoyo de todos ellos.


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Agradecimientos

Aunque este libro tiene dos autores, hay muchas más personas que han puesto su granito de arena sin las cuales este proyecto nunca hubiera podido salir adelante. En primer lugar, agradecer a nuestros editores Patricia y Bernat por su confianza y por ayudarnos a mejorar y pulir los aspectos más problemáticos de la obra. No son tiempos fáciles para los jóvenes y es un gusto encontrar a gente que apueste por nosotros.

Merecen una mención especial Alex, Javi, Víctor y Xiana por su ayuda con el primer borrador del libro. Cuando aún no había nadie, ahí estuvieron ellos para señalarnos errores y aciertos que contribuyeron a mejorar el texto. Tampoco nos olvidamos de Carlos, que conoció el proyecto desde el principio y estuvo ahí para apoyarnos y aconsejarnos en todo momento. Ni por supuesto de nuestros padres y amigos, tanto los que leyeron el texto y dedicaron horas y días a corregirnos faltas de ortografía, como los que simplemente estuvieron ahí para darnos calor y ánimo durante este largo proceso.

Por último, agradecer a Enric Juliana y Ferrán Gallego que se prestaran a colaborar en este proyecto. Sus entrevistas han sido un magnífico broche final a la obra, y hablando con ellos hemos aprendido más que con horas de estudio y lectura. Y por supuesto a Jorge Del Palacio, que escribe el prólogo de este libro y que fue nuestro profesor en la Universidad Carlos III de Madrid. Con él aprendimos mucho como alumnos, y seguimos aprendiendo a día de hoy. De corazón, gracias a todas y a todos.

Daniel y Jaime

Prólogo

Los caminos de la derecha italiana

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la política italiana ha sido uno de los escenarios privilegiados por la ciencia política como campo de investigación y análisis de la vida de partidos. El escenario italiano ofrecía a los politólogos la posibilidad de satisfacer su interés por las transiciones a la democracia desde regímenes autoritarios, de estudiar el proceso de cambio pacífico de monarquía a república, de entender la naturaleza de los procesos de modernización en el seno de un país occidental o de analizar las causas del nacimiento del terrorismo en una democracia. Finalmente, de entender la evolución de un sistema de partidos de nueva factura que desarrollaba su competición por el poder en un mundo marcado por la polarización ideológica de la Guerra Fría.

El politólogo florentino Giovanni Sartori, uno de los padres de la ciencia política contemporánea, bautizó el nuevo sistema de partidos italiano nacido en la posguerra y apoyado en la Constitución de 1948 como “pluralismo extremo polarizado”. Debido, principalmente, a la presencia de dos partidos con clara vocación antisistema: el Partido Comunista Italiano —el PCI, el partido comunista más poderoso de Occidente— y el Movimiento Social Italiano (MSI). Dos partidos cuya existencia solo encuentra sentido en la continuidad en el tiempo de un mundo dividido por la rivalidad entre Washington y Moscú.

La implosión del sistema de partidos nacido en la posguerra en el periodo 1992-1994, no contribuyó a disminuir el interés de la ciencia política por la política italiana. Al contrario, la desaparición abrupta, por distintas causas, de los principales partidos que habían estructurado la competición política desde el final de la Segunda Guerra Mundial en Italia convertía al país transalpino, de nuevo, en un laboratorio único para el análisis politológico. De un lado, el final de partidos como la DC o el PSI por causas de corrupción abría el campo para estudiar procesos degenerativos de partidos políticos en democracia, asociados a problemas de financiación como indicaba el nombre del caso Tangentopoli. De otro lado, el final del PCI tras la caída del Muro de Berlín produjo una crisis existencial sin precedentes en la izquierda italiana. Sobre todo al contribuir a poner en cuestión no pocos mitos asociados a la autonomía organizativa e ideológica del PCI frente a la URSS.

El hundimiento del sistema de partidos en el periodo 1992-1994 por problemas de corrupción, encuentra su imagen arquetípica en la salida de Bettino Craxi, líder del PSI, del hotel Raphael de Roma mientras una multitud le lanzaba billetes y monedas. Fue un 30 de abril de 1993 y puede parecer un tiempo lejano, aunque ha sido recordado con éxito por la serie de televisión 1993. Sin embargo, hay elementos de juicio para afirmar que la política italiana de hoy es aún heredera de la radicalidad de los cambios que se produjeron en el sistema de partidos italiano a comienzos de los noventa. No en vano, el sistema político posterior a las elecciones de 1994 se conoce en medios académicos y periodísticos como Segunda República. Todo ello a pesar de que no se ha registrado ninguna cesura en el orden constitucional inaugurado en 1948.

En este sentido, el profesor Marco Tarchi —uno de los principales expertos en la derecha italiana— afirma que Fratelli d’Italia tiene una “historia corta y una larga genealogía”. Tarchi se refiere, precisamente, a que el partido que hoy lidera Giorgia Meloni, a pesar de ser fundado en 2012, debe ser analizado a la luz de la historia de las adaptaciones organizativas e ideológicas de la derecha posfascista al sistema de partidos de la Segunda República. Precisamente, a la transformación que en 1994 convierte el MSI en Alleanza Nazionale bajo el liderazgo de Gianfranco Fini. Del mismo modo, tanto el origen de Forza Italia —fundado en enero de 1994—, como el de la Lega —fundado como Lega Nord en 1991—, deben buscarse en los convulsos años en los que el sistema de partidos de la Primera República empieza a mostrar sus primeros síntomas de debilidad, que no cesarán hasta registrar su hundimiento.

Al igual que los partidos y coaliciones de la izquierda en Italia han encontrado muchas dificultades para repetir el liderazgo del PCI sobre su electorado, en la derecha italiana, ni Forza Italia, ni la Lega Nord, ni Alleanza Nazionale encontraron el modo, ni el equilibrio, ni la base de colaboración necesaria, para ocupar el espacio hegemonizado por la DC. Un partido que, si bien no podía catalogarse estrictamente de “derecha”, recogía el voto útil de posiciones conservadoras por su timbre anticomunista. Como decía el periodista Indro Montanelli, “Turatevi il naso, ma votate DC”. Sin embargo, la caída del primer gobierno Berlusconi en mayo de 1995 al perder el apoyo de la Lega de Umberto Bossi, cuando Il Cavaliere ni siquiera había cumplido un año en la sede del Palazzo Chigi, fue el preludio de todas las dificultades que la derecha italiana post DC iba a encontrar para ofrecer a su electorado un proyecto coherente y unitario, capaz de subordinar los matices ideológicos e intereses de cada partido, más allá de las estridentes consignas contra la izquierda excomunista.

Precisamente, el escenario político que aborda el presente libro también puede leerse como el resultado del proceso fallido de unificación de la derecha italiana en torno a un nuevo sujeto político: Popolo della Libertà. El nuevo partido de Berlusconi, fundado en 2008, absorbió al partido posfascista Alleanza Nazionale para responder estratégicamente al nacimiento del Partito Democratico en 2007. Un nuevo partido, el PD, fruto de la fusión de ex comunistas y ex democristianos, que se presentó en público con Walter Veltroni como líder y el objetivo claro de construir una gran mayoría electoral de centroizquierda, lo suficientemente amplía para sacudirse el poder de chantaje de los pequeños partidos radicales de izquierda. Los cuales, siguiendo el diagnóstico de los ideólogos del PD, entorpecían la vida de coalición y la acción de gobierno, como había comprobado Prodi al perder el poder en 2007 al enfrentarse a su socio de coalición Rifondazione Comunista.

La gran victoria del PdL de Berlusconi en las elecciones de 2008 parecía poner, finalmente, a la derecha italiana rumbo a la consolidación de un nuevo gran partido de masas. Un partido capaz de recuperar la tracción electoral de la DC, de ocupar su espacio en la sociedad y de dirigir un proyecto políticocultural renovado con vocación hegemónica. Sin embargo, los constantes desencuentros de Gianfranco Fini y Silvio Berlusconi pusieron de manifiesto, una vez más, la falta de madurez de un proyecto unitario de la derecha italiana. Al margen, como siempre, de su capacidad para mostrar una aversión común al mundo excomunista.

En este contexto, la caída del cuarto gobierno de Berlusconi en noviembre de 2011 —provocado por la crisis económica que también se llevó por delante a Sócrates en Portugal y a Zapatero en España—, derivó en el nombramiento del gobierno técnico de Mario Monti. Y, de paso, el apoyo de Berlusconi al nuevo gobierno Monti, explicable en clave europeísta, catalizó un proceso de transformación radical de los partidos de la derecha italiana cuyos resultados nos llevan hasta hoy. Porque el gobierno Monti, sostenido principalmente por Berlusconi y el PD, es el escenario en el que en Italia toma cuerpo un robusto consenso populista que combina, con efectos de refuerzo, una dialéctica europeísmo-soberanismo con la fractura política/antipolítica. Una combinación que sirve, no solo para explicar el auge electoral del M5S, que ganaría las elecciones de 2013 y 2018, sino para entender los valores de fondo que operan en la lepenización de la Lega dirigida por Salvini desde 2013, como en el proyecto de nacionalismo radical diseñado por Giorgia Meloni para Fratelli d’Italia a partir de 2012.

Jorge del Palacio

Universidad Rey Juan Carlos

¿Radicales o extremistas?

La derecha radical italiana

Matteo Salvini y Giorgia Meloni. Ellos son los hijos de un nuevo siglo en el que la derecha radical parece que avanza inexorablemente hacia el gobierno. Ambos ya estuvieron en el poder. Salvini compartiendo gobierno con el Movimento 5 Stelle en 2018 y Meloni con Berlusconi diez años antes. Hoy todos los sondeos indican que ambos serían capaces de gobernar sin necesidad de apoyos externos. Pero, ¿cómo se ha llegado a una situación en la que dos partidos de la derecha radical ocupan todo el espacio de la derecha italiana?

Antes de nada, debemos aclarar los conceptos fundamentales que se utilizarán a lo largo de todo el libro. Tanto la Lega de Matteo Salvini como el Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni son dos partidos que pertenecen a la derecha radical populista, es decir, la derecha radical. Optamos por este concepto y no por otros más ampliamente utilizados, como el de ultraderecha o extrema derecha, porque nos permite posicionarnos metodológicamente.

Aunque los conceptos “radical” y “extremista” suelen usarse indistintamente, sobre todo en espacios mediáticos, la literatura académica que aborda estos partidos los distingue como objetos de estudio claramente diferentes. Por un lado, un partido de extrema derecha se fundamenta en una clara oposición a la democracia liberal, tratando de socavarla desde dentro o desde fuera. Por el contrario, un partido radical de derechas, aunque ataque ciertos principios liberales —como los límites constitucionales y el pluralismo—, no busca la destrucción o la sustitución directa del sistema democrático. Los radicales tensionan y desvirtúan la democracia liberal, pero no se oponen a ella frontalmente.

Así pues, ¿qué entendemos por partidos radicales populistas de derecha? En esencia son formaciones con tres características constitutivas: nativismo, autoritarismo y populismo. Según este núcleo ideológico, desarrollado por el politólogo holandés Cas Mudde, este tipo de organizaciones políticas buscan que los estados estén poblados exclusivamente por miembros del grupo nacional, y no por miembros no-nacionales (nativismo); basan su acción política en la crítica y el cuestionamiento sostenidos de las instituciones liberales (autoritarismo); y emplean una lógica discursiva basada en un nosotros enfrentado a un ellos (populismo).

Tanto la Lega de Salvini como el Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni cuentan con estas características. Sin embargo, los orígenes de estas formaciones son bien distintos. Aunque en la actualidad ambas puedan incluirse en la categoría de “derecha radical”, sus antecesores provienen de tradiciones muy alejadas entre sí. Por un lado, la Lega viene de ser un partido etnorregionalista del norte de Italia, es decir, una formación con una fuerte impronta independentista, y un discurso étnico dirigido hacia un enemigo interno —Roma y el sur de Italia— y no tanto externo —los inmigrantes. Por otro, Fratelli d’Italia es heredera de Alleanza Nazionale, y esta, a su vez, del Movimento Sociale Italiano (MSI), partido neofascista nacido tras la derrota de las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial que reivindicaba el legado mussoliniano.

El MSI sí puede ser catalogado como un partido de extrema derecha. Nunca renegó de las atrocidades cometidas por el régimen fascista de Benito Mussolini1, y su oposición al sistema (de partidos) de la Primera República iba más allá de los partidos que lo formaban, rechazaba el sistema democrático en su conjunto. En 1995, cuando el partido se transforma en Alleanza Nazionale (AN), se abandonan algunos de los rasgos y reivindicaciones fascistas que habían permanecido en el MSI. Se acepta definitivamente la democracia —aunque se mantiene un perfil crítico—, se condena cualquier tipo de dictadura y se rechaza el racismo y el antisemitismo. Algunos autores han definido este paso como la transformación del neofascismo al posfascismo2, aunque en este punto no hay consenso en la literatura. Sin querer entrar en una discusión teórica profunda que excedería los límites de este libro, en el resto de la obra nos referiremos al MSI como una formación neofascista y al AN como posfascista. Es una distinción necesaria porque muestra que el cambio del MSI a AN no fue meramente nominal, y con el paso de los años tuvo implicaciones estratégicas e ideológicas de gran calado.

La Lega y Fratelli d’Italia son hijas de tradiciones ideológicas muy dispares que han confluido bajo el paraguas de la derecha radical populista. Para entender cómo hemos llegado a esta situación debemos remontarnos a la primera gran crisis del sistema político republicano en Italia. Un periodo que nos recuerda a la noción de crisis de autoridad desarrollada por Antonio Gramsci, en la que “muere lo viejo sin que termine de nacer lo nuevo”, dando lugar a un “interregno donde ocurren los más diversos fenómenos morbosos”3.

Casi un siglo después de la muerte del pensador sardo, a comienzos de los años noventa del siglo pasado, Italia atravesaría una crisis que parecía salida de la pluma de Gramsci. La gran mayoría de la clase dirigente italiana se vio implicada en una trama de corrupción que le obligó a abandonar la política, y entre 1992 y 1994 el país se vio sumergido en un interregno del que efectivamente emergerían los más diversos fenómenos. Silvio Berlusconi, la Lega Nord de Umberto Bossi y la Alleanza Nazionale de Gianfranco Fini fueron las primeras consecuencias de esta crisis. Después vendrían Matteo Salvini, el Movimento 5 Stelle y, por último, Giorgia Meloni. Y es que casi treinta años después, los ecos de Tangentopoli4 siguen resonando en el laboratorio político italiano.

Tangentopoli y la muerte de la Primera República

La Primera República es el sistema de partidos que se estableció en Italia tras la Segunda Guerra Mundial y en el que un gran número de formaciones contaban con representación parlamentaria, pero enfrentaba a dos grandes polos: uno democristiano y otro comunista. En ciencia política este sistema se denomina pluralista polarizado5. Esta polarización, a diferencia de lo que ocurría en otros países, no se tradujo en una alternancia de estas dos fuerzas en el poder, y toda la Primera República estuvo gobernada por la Democracia Cristiana (DC), a excepción de un breve paréntesis de gobiernos socialistas y republicanos apoyados por la misma DC6.

El veto a los comunistas se estableció desde las primeras elecciones democráticas en 1948, en las que la DC, con una campaña ferozmente anticomunista, obtuvo una contundente victoria sumando casi trece millones de votos (un 48,51%). A partir de ahí la Democracia Cristiana acapararía el poder durante casi medio siglo a través de pactos con una serie de partidos menores, como el Partido Republicano (PRI), el Partido Liberal (PLI) o el Partido Social-Demócrata (PSDI), a los que a partir de los años sesenta se uniría un Partido Socialista (PSI) que comenzó compartiendo listas con el Partido Comunista en los cuarenta y terminó como socio predilecto de los democristianos en los ochenta.

A la Democracia Cristiana se la conocía coloquialmente como la ballena blanca. Un partido imposible de desplazar del poder y cuyo fin máximo era evitar que el elefante rojo —el Partido Comunista— alcanzase el gobierno. El partido, que siempre contó con el apoyo de los Estados Unidos y el Vaticano, lograría este objetivo excluyendo del poder estatal durante décadas a los comunistas a pesar de sus buenos resultados. El PCI gobernó regiones y ayuntamientos a lo largo y ancho del país, pero siempre le fue vetada cualquier tipo de participación en el gobierno de la nación. Los comunistas gobernarían durante décadas algunas de las regiones más prósperas del país como la Toscana, la Umbría o la Emilia-Romaña7, pero jamás llegaron a poner un pie en el Palazzo Chigi8.

Además de la falta de alternancia, la otra anomalía de la Primera República italiana era la de contar con el partido comunista más fuerte de Europa Occidental. El Partido Comunista Italiano no solo tenía un enorme apoyo popular, sino que además estaba presente en todos los ámbitos de la sociedad italiana. La red comunista se extendía desde el mundo sindical hasta el editorial, sin olvidar el titánico trabajo de base realizado por las organizaciones locales del partido o la amplia difusión que tenía el diario del partido, L’Unità, que distribuía cientos de miles de ejemplares por el país. El partido llegó a tener más de dos millones de afiliados y siempre osciló entre un cuarto y un tercio de los votos, sobrepasando los doce millones y medio de votantes en las elecciones de 1976.9

A pesar de su amplia popularidad, el PCI jamás logró alcanzar el apoyo suficiente como para superar en votos a la DC. El veto al PCI perpetuó la presencia de la DC en las instituciones, y así los democristianos coparon durante décadas todo tipo de cargos públicos, desde ministerios hasta empresas y entes públicos. Cincuenta años en los que se fue tejiendo una red de corrupción que acabó implicando a casi todos los partidos que habían gobernado con la DC y que salió a la luz a comienzos de los noventa.

El 17 de febrero de 1992, el socialista Mario Chiesa es arrestado en su despacho mientras recibía un soborno de un empresario que quería asegurarse la adjudicación de una contrata pública. Con esta detención comenzarían los procesos de Mani Pulite10, que destaparon una red de sobornos que implicó a los máximos responsables de la DC, el PSI y el mundo industrial y empresarial. Este proceso, que como hemos comentado, también se conoció como Tangentopoli, echó abajo el edificio de la Primera República, y en menos de dos años los partidos que habían dominado la vida política nacional durante el periodo republicano desaparecieron.

El país estaba entre indignado y conmocionado. En esos años surgiría por primera vez un sentimiento de odio popular contra la corrupción política que trascendía el eje izquierda y derecha. Este rechazo a la casta de políticos corruptos emerge en 1992, pero la ira y el resentimiento acumulados se sumarían a una lista de agravios que se prolonga hasta nuestros días11.

En aquel momento, quienes capitalizarían los réditos del desastre no fueron los comunistas, sino Silvio Berlusconi. El PCI, que al no haber tocado poder parecía el mejor situado para ganar en un río tan revuelto, llevaba años sumergido en un proceso de “renovación” que dinamitó el presente y el futuro del comunismo italiano y le impidió tomar el relevo de la DC. Tras la caída del Muro de Berlín, el secretario general del PCI Acchile Occhetto acompañado de los dirigentes de la facción de los miglioristi —el ala más moderada y posibilista del partido— impulsó una renovación que pretendía abandonar las siglas y abrir el partido a sectores más amplios de la población que le permitieran llegar al gobierno12. El proceso se llevó a cabo tras numerosas disputas internas y con un tercio de los dirigentes y la militancia en contra, dando lugar a dos partidos: por un lado, el Partito Democrático di Sinistra (PDS) de Occhetto y los miglioristi, y por otro Rifondazione Comunista (RC), que agrupó a los disconformes con el giro moderado y el abandono de las siglas. Lo dramático, sin embargo, no fue la división en dos partidos, sino que por el camino se perdieron 800.000 afiliados del 1.400.000 que tenía el PCI en 1989. Una auténtica tragedia política que según Lucio Magri, exmilitante del PCI y autor de una de las mejores historiografías del comunismo italiano, dejó una masa de población huérfana de referentes, un terreno fértil para la demagogia populista13.

El suicidio del PCI y los escándalos de corrupción de Tangentopoli transformaron profundamente la política italiana. El país comenzaría la década de los noventa con un sistema político prácticamente inalterado desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y la terminaría con un nuevo sistema electoral y todos los partidos de la Primera República transformados o desaparecidos. Comenzaba la Segunda República.

El padre de la Segunda República

De las cenizas de la Primera República emergería la figura de Silvio Berlusconi. Un popular empresario dueño del equipo de fútbol AC Milan y de varios canales de televisión que daría el salto definitivo a la política en 1994. Íntimo amigo de Bettino Craxi14, miembro de la logia P215, y una de las personas más ricas del país, Silvio Berlusconi no era ni mucho menos un ejemplo de integridad y transparencia. Los italianos no tardarían en descubrirlo y pocos años más tarde las causas judiciales comenzarían a acechar su figura.

Sin embargo, en aquel momento Berlusconi gozaba de una gran popularidad. Erigido como modelo de hombre de éxito, el empresario triunfó en las elecciones de 1994 con un discurso que cargaba contra la partitocracia y los comunistas totalitarios, y abogaba por una reducción del papel del estado y mayor libertad para las empresas. Gracias a un sofisticado uso de los sondeos de opinión y de la imagen, Berlusconi consiguió absorber la protesta contra los partidos y construir un “populismo desde arriba marcado por el nuevo lenguaje de la comunicación publicitaria comercial”16. La agencia Publitalia’80, propiedad de Berlusconi, modeló un mensaje que se adaptaba a los nuevos tiempos y, sobre todo, a los nuevos formatos.

Las constantes apariciones de Berlusconi en televisión inauguraron un nuevo estilo comunicativo que autores como el filósofo francés Pierre-André Taguieff denominaron telepopulista17. Este telepopulismo berlusconiano cambiaba la relación entre el líder y el pueblo, pasando de la tradicional relación entre representante y representado a un nuevo vínculo entre líder y espectador. El papel de Berlusconi era el de un “demagogo telegénico o un actor en la era de la videopolítica”18, un personaje afable y carismático que representaba al “país feliz” y prometía una sociedad de clases medias, con menos burocracia, menos impuestos y mayor felicidad. Los viejos comunistas como Occhetto y D’Alema con sus trajes apagados y sus discursos anticuados representaban a la vieja política, mientras que “Silvio el triunfador” era el líder de la sociedad civil, el único que representaba a un pueblo alegre y trabajador.

Para lograr este objetivo, Berlusconi impulsó una plataforma creada a su imagen y semejanza, un instant party19, que recibió como nombre uno de los lemas futbolísticos que se emplean para animar a la selección nacional: Forza Italia. Las alusiones al deporte estuvieron muy presentes en el discurso de Il Cavaliere y su irrupción definitiva en la política fue denominada discesa in campo, un término que se emplea cuando los futbolistas saltan al terreno de juego. Berlusconi presentó su candidatura a las elecciones como si se tratase de una estrella del fútbol que sale en la segunda parte para salvar al equipo. Un relato que funcionó, aunque se encontraba bastante alejado de la realidad.

Lejos de ser una irrupción espontánea, la candidatura de Berlusconi se llevaba gestando al menos desde un año antes. Il Cavaliere ya estaba tanteando el terreno para las elecciones regionales y municipales de 1993, y estos comicios le permitieron calcular sus posibilidades e intuir quienes serían sus aliados para llegar al Palazzo Chigi. La Lega Nord en el norte, y el Movimento Sociale Italiano en el sur, hicieron una auténtica demostración de fuerza en un escenario en el que la DC, tras los escándalos de Tangentopoli, no presentó candidatos en las regiones y ayuntamientos más importantes del país. La etnoregionalista Lega Nord obtuvo importantes victorias, mientras que los neofascistas del MSI, pese a caer derrotados frente a la izquierda, consiguieron más del 45% de votos en la segunda vuelta de las elecciones municipales de Roma y Nápoles, donde la nieta del Duce, Alessandra Mussolini, se presentó candidata a alcaldesa.

El apoyo de Berlusconi a los candidatos del MSI en Roma y Nápoles sería el primer paso para una posterior alianza entre Forza Italia y la extrema derecha que perduraría durante años. Berlusconi necesitaba tanto a la Lega como a Alleanza Nazionale —partido en el que se transformó el MSI en 1994— para gobernar, por lo que el líder de Forza Italia incluyó ministros de ambas formaciones en sus cuatro gobiernos. 1994 fue el año en el que se rompió el tabú y la extrema derecha se sentó por primera vez en un Consejo de Ministros. Berlusconi había abierto la puerta de las instituciones a una extrema derecha que había llegado para quedarse.

Berlusconi lo cambió todo... o no

Silvio Berlusconi es una de las figuras centrales de la Segunda República, el nuevo sistema de partidos que surge en la década de los noventa. Italia pasó de la Primera a la Segunda República sin tocar una sola coma de la Constitución de 1948, y en esta nueva etapa, con una ley electoral que premiaba concurrir en coalición para favorecer las mayorías, el tablero político se dividió en dos grandes polos que se alternaron en el poder, uno de centroderecha y otro de centroizquierda.

La coalición de centroderecha estuvo dominada por Silvio Berlusconi desde su irrupción en 1994 hasta las elecciones de 2018. En ella, además de Forza Italia, también estaban la Lega Nord y Alleanza Nazionale. AN era una extrema derecha más clásica, heredera del MSI y perteneciente a una tradición posfascista que se había moderado en los últimos años con el liderazgo de Gianfranco Fini. La Lega Nord era un experimento político mucho más reciente, circunscrito a las regiones del norte y con un discurso etnoregionalista y xenófobo bastante duro hacia los italianos del sur del país. Más adelante también utilizarían esa xenofobia contra la población inmigrante.

Berlusconi no tuvo ningún reparo en pactar con estas dos fuerzas porque las necesitaba para derrotar al centroizquierda, que ahora agrupaba desde católicos progresistas hasta excomunistas. La situación pareció estar bajo control durante mucho tiempo, y el liderazgo de la coalición era indiscutible. Ni los herederos del MSI, ni un partido que insultaba a la mitad de los italianos podían superar a la máquina electoral berlusconiana. Por ello, desde el entorno de Forza Italia se normalizó la presencia de estos actores en las instituciones, se hizo la vista gorda con los elementos más antidemocráticos de su discurso, e incluso se potenciaron algunos de sus temas preferidos en la agenda mediática. Por poner un ejemplo, los canales de televisión de Mediaset —propiedad de Berlusconi— bombardearon durante años a la ciudadanía con noticias sobre crímenes cometidos por inmigrantes, alimentando el rechazo hacia la población de origen extranjero20. En la cabeza de Berlusconi, el centroderecha sería el principal beneficiario de este bombardeo de comunicación, que culpaba a los gobiernos de centroizquierda de ser incapaces de gestionar la inmigración. Aunque ese descontento no se tradujera en votos a su partido, serviría de igual manera para hacerlo primer ministro. La estrategia funcionó durante años, pero al final terminó fracasando.


Hoy, la Forza Italia de Berlusconi es la tercera fuerza de la derecha a más de diez puntos de la segunda, y eso demuestra hasta qué punto los cálculos le salieron mal al magnate milanés. Berlusconi creyó poder domesticar a estos dos monstruos, lo consiguió durante un tiempo, pero fue incapaz de prever que acabarían devorándole. En aquel momento nadie imaginaba que hoy estaríamos en esta situación, y la gran pregunta es: ¿cómo se ha llegado hasta aquí? ¿Cómo ha pasado Silvio Berlusconi de ser el pope de la derecha italiana a convertirse en una fuerza política completamente subalterna?

Probablemente no haya una única respuesta a este fenómeno, pero una de las más sugerentes es la expuesta por el periodista político Paolo Mossetti en su última obra, Mil máscaras. La deriva del nacionalpopulismo italiano. En ella, el autor señalaba que la sociedad transalpina llevaba décadas acumulando partículas de resentimiento21. Estas partículas, fruto de la destrucción, la despolitización y el declive de las sucesivas crisis de los últimos cuarenta años; dicho resentimiento dio lugar a una masa de reacción que acudió a votar en tromba a la Lega y al M5S en 201822. Hoy, esta masa constituye el electorado de la extrema derecha.

En Italia, una parte importante de la ciudadanía culpa de todos sus males al centroderecha moderado, a las instituciones europeas y a los partidos progresistas. Desde la pérdida de poder adquisitivo con la transición al euro —gestionada por el gobierno de centroizquierda de El Olivo—, hasta los recortes impuestos por el ejecutivo tecnocrático de Mario Monti, pasando por la gestión del fenómeno migratorio, el desempleo juvenil o el recorte de las pensiones con normas como la Ley Fornero23. La caída de Berlusconi y el ascenso fulgurante de los dos partidos a su derecha es fruto de unas heridas que se profundizaron tras la crisis de 2008, pero que llevaban presentes desde la década de los noventa, cuando irrumpe la Lega Nord en el norte del país y aumenta el voto a la Alleanza Nazionale de Fini. Si observamos los resultados electorales desde 1994 hasta hoy, la suma de las tres derechas —Forza Italia, la Lega y la Fratelli d’Italia sucesora de la Alleanza Nazionale— es prácticamente idéntica a la de nuestros días. Es la correlación de fuerzas entre los tres partidos la que ha dado un vuelco. El espacio para estas fuerzas existía desde hacía tiempo y esperaba la llegada de alguien capaz de aprovecharlo.

Uno de los lemas del partido era “Non rinnegare, non restaurare” (ni renegar, ni restaurar): https://www.youtube.com/watch?v=KrXYAInhmOY

Para profundizar más sobre la transición del MSI a AN:

Ignazi, Piero. “From neo-fascists to post-fascists? The transformation of the MSI into the AN”, West European Politics, 19:4 (1996): 693-714.

Gallego, Ferran. “The Extreme right in Italy from the Italian social movement to post-fascism”. Institut de Ciències Polítiques i Socials (1999).

Gramsci, Antonio; Sacristán, Manuel (ed.). Antología. Ediciones Siglo XXI, 1978. p. 313.

Término con el que se conoció popularmente a los escándalos de corrupción destapados en los años 90. En italiano la palabra tangente significa soborno, por lo que el término Tangentopoli significaría “Ciudad de los sobornos”.

Sartori, Giovanni. “El pluralismo polarizado en los partidos políticos europeos”, Revista de estudios políticos 147 (1966). p. 21-64

Los dos gobiernos del republicano Spadolini (junio 1981-agosto 1982) y (agosto 1982-diciembre 1982), y los de los socialistas Craxi (1983-86 y agosto 1986-abril 1987) y Amato (junio 1992-abril 1993) fueron los únicos ejecutivos que no estuvieron encabezados por un democristiano durante la Primera República.

La Umbria es una de las regiones centrales del país. Colindante con el Lacio (región donde se encuentra Roma), la ciudad más importante de la región es Perugia, y en ella también se encuentra Asís, donde vivió y murió San Francisco de Asís. Hoy está gobernada por Donattella Tesei, de la Lega. Por su parte, Emilia-Romaña es la región donde se encuentra Bolonia. Una de las llamadas zonas rojas del país, donde nunca gobernó la derecha, y que aún a día de hoy cuenta con un presidente de centroizquierda, Stefano Bonaccini del PD.

Sede del Gobierno y del Primer Ministro.

El PCI obtuvo en 1976 su mejor resultado en unas elecciones parlamentarias, con 12.616.650 votos (un 34,37%).

Manos Limpias, en italiano.

Mossetti, Paolo. Mil máscaras. La deriva del nacionalpopulismo italiano Siglo XXI Editores, 2021. p. 118

Bordel, Jaime; V. Guisado, Daniel. “Di qualcosa D’Alema! El largo invierno de la izquierda italiana”. Revista LaU, (2021),

https://la-u.org/di-qualcosa-dalema-el-largo-invierno-de-la-izquierda-italiana/

Magri, Lucio. El Sastre de Ulm. El viejo topo, 2009. p. 366

Líder del PSI y una de las figuras centrales en la trama de Tangentopoli. Fue condenado a casi diez años de cárcel y huyó a Túnez para evitar la prisión. Allí fallecería en el año 2000.

La logia P2 fue una sociedad secreta de corte anticomunista que trató de influir en la política italiana durante toda la Primera República. A ella pertenecían desde políticos democristianos hasta miembros de la policía o las Fuerzas Armadas y figuras importantes del mundo empresarial como Silvio Berlusconi. Para saber más sobre la logia P2 y sus conexiones con los atentados terroristas de la década de los 70: Turone, Giuliano. Italia oculta: Terror contra democracia. Trotta, 2019.

Veiga, Francisco, et al. Patriotas Indignados: Sobre la nueva ultraderecha en la posguerra fría. Neofascismo, posfascismo y nazbols. Alianza Editorial, 2019. p. 291.

Taguieff, Pierre-André. L’illusione populista. Bruno Mondadori, Milano, 2003.

Taguieff en: Revelli, Marco. Populismo 2.0. Giulio Einaudi Editore, Torino, 2017. p. 125

Un partido sin apenas estructura ni militantes creado a imagen y semejanza de su líder. Más en: Ibíd. p. 123.

Mossetti, Paolo. Mil máscaras. La deriva del nacionalpopulismo italiano. Siglo XXI Editores, 2021. p. 99.

Ibídem.

Ibídem., p. 149.

Ley en materia de pensiones aprobada durante el gobierno de Mario Monti apoyada por el centroizquierda y el centroderecha que fue duramente criticada por aumentar la edad de jubilación y recortar las pensiones.

EL HOMBRE FUERTE DE ITALIA

1. El hombre fuerte de Italia

El hombre común, el hombre de la calle, es así: la vida cotidiana se basa en su falta de preparación, porque sabe que son otros los profesores, los que han estudiado y son quisquillosos. Y como dice Salvini, “prefiero el carnicero al erudito”

David Allegranti

Linkiesta

Sus publicaciones atraen a decenas de miles de personas cada día. Sus intervenciones en la televisión alcanzan amplias cuotas de audiencia. Su manera de hablar, de vestir y de expresarse es popular, nunca anodina. No hay espacio para las expresiones técnicas o para las frases grandilocuentes que el político medio usa para esquivar preguntas difíciles. Si va a Florencia, lleva una camiseta con el nombre de la ciudad, si va a comer a algún restaurante tradicional, sube una publicación comentando lo buena que está la comida o recomendando los productos de la zona a través de sus redes sociales. Como si saliera de un cómic, su metamorfosis de vestimenta es apabullante. Estética desenfadada en televisión. Ropa popular en la calle. Traje en el Parlamento. Su misión es infundir la sensación de que tiene respeto institucional, pero sigue siendo una persona del pueblo y, sobre todo, para el pueblo.

En los mítines, que a consecuencia del nuevo fenómeno de campaña permanente son cada vez más frecuentes e ininterrumpidos, se hace fotos con todo el mundo. No es una exageración, en cada acto las colas para recibir il selfie del Capitano (el selfie del Capitán) duran horas. El hombre habla con todo el mundo. Su paciencia, a veces, parece infinita. Saluda, posa, sonríe, se despide. Así, con cientos de personas que fácilmente pueden alcanzar el millar. Reivindica la normalidad del día a día. La de los italianos de a pie. Dice detestar los chismes de palacio; esa política que hacen los hombres serios de traje.

Habla lo justo, pero sonríe a todo el mundo. Cuando abre la boca es para destacar lo obvio. Sabe poco de cada cosa, pero lo cuenta de forma magistral, afirma el periodista Matteo Pucciarelli1. Mientras escucha los problemas o las alabanzas de la gente va contando pequeñas anécdotas, sobre todo personales, acerca de su maravillosa hija o se deshace en elogios hacia el lugar en el que se desarrolla el acto. En cada selfie genera un pequeño contacto, un mínimo esfuerzo, de una repercusión gigantesca. La persona agraciada con la foto la sube a Facebook, Twitter, Instagram. Inserta un pequeño comentario destacando lo alegre, cordial y cercano que es este hombre. Parece haber entendido que la política no va de tecnicismos o de hombres de negro que no se parecen a la gente corriente. Habla en un lenguaje que el italiano medio conoce. Sabe que la política que entiende todo el mundo es la de la normalidad, la que habla de arancini en Sicilia o de pesto en Génova, que alaba los paisajes de la Toscana y sus raíces en la Lombardía. Escucha y habla del día a día. Interpela al estómago, a las pasiones.

Matteo Salvini es el hombre. Desde hace años su apellido suena con contundencia no solo en Italia, también en el resto del mundo y, con especial énfasis, en los círculos derechistas más importantes de Europa occidental. El interés en torno a su figura no es para menos. Desde que a finales del 2013 sustituyera a Roberto Maroni en la secretaría de su partido, la Lega (Nord), ha transformado radicalmente a su formación y a la derecha de su país. Tanto en valores como en resultados y poder. Bajo su auspicio la Lega ha pasado de 1,3 millones de votos en las elecciones generales de 2013 a los 9,1 millones en las europeas de 2019, pasando por los 5,7 de las generales de 2018.

La revolución Salvini ha hecho que la Lega volviera al poder con cotas nunca vistas bajo los gobiernos previos con Berlusconi. Ha cambiado el nombre de la formación y la ha implantado más allá del río Po, frontera natural y simbólica de la Lega Nord. Ha conseguido, incluso, ganar las últimas elecciones europeas. Muchos de estos elementos tienen que ver con una personalidad arrolladora, así como con una estrategia constante e intensa. Salvini ha cambiado la política del país desde las redes sociales, pero también desde los medios de comunicación y las instituciones.

A Il Capitano —“El Capitán”, uno de sus principales apodos—, le gustan los baños de masas, nada a la perfección entre el gentío y lo disfruta. No lo oculta, no lo necesita, pero estos rasgos de narcisismo de los que adolecen todos los políticos de primera línea se ven compensados por una extraña y singular capacidad de sentir y medir la temperatura de la sociedad. Su anemómetro personal es uno de sus puntos fuertes, y consiste en adaptar el mensaje a los vientos políticos para gustar a todo el mundo, en cualquier momento y en cualquier lugar. Puede sostener una cosa y la contraria, puede publicitar comidas y restaurantes, tomarse mojitos en la playa y publicarlo en sus redes sociales, ir de viaje, criticar y defender lo mismo en poco tiempo y cambiar de alianzas según sople el viento. El fin parece ser el propio medio. Todo con una flexibilidad asombrosa a partir de unas declaraciones superficiales que nunca entran en polémicas y deja a la imaginación de cada cual pensar lo que quiera. Ganan los votantes en la autorrealización; gana Salvini en consenso. Pero como toda goma de mascar, las fuerzas que empujan en direcciones opuestas amenazan con romper el castillo político que ha construido Salvini. El hombre fuerte de Italia que prometía conquistarlo todo y a todos no vive su mejor momento, pero sigue siendo uno de los políticos con mayor capacidad de control sobre la agenda política.

Pucciarelli, Matteo. Anatomia di un populista. La vera storia de Matteo Salvini. Feltrinelli, 2016.

2. Lega Nord: el elefante en la cacharrería

No importa la edad que tengas, el trabajo que realices o la tendencia política que tengas: lo que importa es quién eres, y todos somos lombardos. Este es el dato realmente importante, ha llegado el momento de recordarlo dándole concreción política.

Umberto Bossi

Lombardia Autonomista, 1982

Si una persona no estuviera muy informada de la historia política italiana reciente, podría pensar que el fenómeno de Salvini y su partido son relativamente nuevos. Los resultados de una coyuntura de crisis cíclica que vive Italia, y afecta a todos los países europeos. Sin embargo, esta afirmación es una verdad a medias. El hombre, Matteo Salvini, y la fórmula, un partido populista de derecha radical1, que ha conseguido posicionarse como primera fuerza política en el fragmentado mapa político transalpino, sí son nuevos. Por el contrario, el partido detrás del político, la Lega Nord2, es actualmente el más longevo de la Italia actual, y no es ninguna novedad.

Es imprescindible mencionar varios elementos. El primero, es que el partido actual, la Lega, solo es la última metamorfosis que ha sufrido una formación política cuyos orígenes se remontan a la década de los ochenta. La segunda, es que dichos orígenes son fragmentarios, pues nunca hubo una Lega originaria o fundacional, sino varias “ligas” regionales que acabarían confluyendo en la Lega Nord.

Si uno piensa en la fuerza histórica y regional de la actual Lega de Salvini, dos regiones aparecen en todos los análisis y ensayos sobre la formación: el Véneto y la Lombardía. En esta última región septentrional, el partido, con sus diferentes listas de candidatos, nunca ha bajado del 15% en todas las elecciones regionales celebradas desde 1990, entrando en el gobierno hasta en tres ocasiones. En la región del Véneto, donde se halla la ciudad de Venecia, el partido ha cosechado resultados incluso más sorprendentes. Tras una etapa como fuerza testimonial durante sus primeros años (1985-1995), con porcentajes de voto entre el 3% y el 6%, le siguió una fase con cifras similares a la de la Lombardía, hasta desembocar en el actual reinado de Luca Zaia, presidente de la región. Zaia ha ganado en tres ocasiones consecutivas (2010, 2015 y 2020), y es uno de los políticos mejor valorados del país.

La Lega ha obtenido importantes resultados en muchas otras regiones como Liguria, Piamonte, Emilia-Romaña, Toscana o Marcas, pero todos estos éxitos electorales se circunscriben al liderazgo más reciente de Matteo Salvini. Los orígenes históricos, mucho antes de que el partido tuviera una intención de voto tan grande, se encuentran en el Véneto y en la Lombardía.

De los escombros partidistas surgen las ligas

La Lega Lombarda se funda en 1984 por un joven Umberto Bossi que ya empezaba a destacar en las organizaciones políticas de aquella época y que acabaría siendo el futuro líder de la Lega Nord. Esta pequeña organización surge con unos ejes programáticos muy sencillos y, hasta ese momento, poco explotados en el tablero político nacional: reclamo de autogobierno para la Lombardía y una fuerte crítica al sistema de partidos surgido de la posguerra italiana. Ambos elementos adornados con un folklore propio de la región norteña como los himnos, los símbolos o la comida. Entre estos rasgos fundacionales ya se puede atisbar la evolución a partir de la década de los noventa: un partido con apariencia antisistema pero que se presenta con una serie de demandas autonomistas para la zona septentrional del país, el territorio que parte del río Po y es conocido como Padania. De hecho, este mismo rasgo antipartidista mutará durante el mandato de Salvini en coordenadas eminentemente antielitistas, que le permitirán convivir e incluso gobernar de la mano del Movimento 5 Stelle. Sin embargo, el objetivo principal por el que surge la Lega Lombarda es reclamar la autonomía e incluso la independencia de la región del norte.

En 1985, en los primeros meses de existencia del partido, tuvieron que enfrentarse a las primeras elecciones regionales de la Lombardía. Con una estructura débil y poco organizada solo obtuvieron 28.000 votos, el 0,46%. Sin embargo, algo empezaba a moverse en la región, y tan solo cinco años después, en la cresta de la ola de la crisis del sistema de partidos, con una Democracia Cristiana y un Partido Comunista Italiano en horas bajas, la Lega Lombarda se coloca en segunda posición por delante del histórico Partido Comunista. ¿Qué ocurre en este periodo? Lo que sucede son dos elecciones que sitúan a la organización en el imaginario de miles de ciudadanos del norte. En primer lugar las elecciones nacionales de 1987, en las que la Lega Lombarda consigue por primera vez un diputado y un senador (el propio Umberto Bossi, futuro líder del partido). Y en segundo lugar las elecciones europeas de 1989, donde obtiene dos europarlamentarios y más de medio millón de votos. Es a partir de este momento cuando Bossi y sus aliados consiguen entrar con fuerza en la escena política italiana y hacerse con el control y el protagonismo del resto de núcleos de la Lega, diseminados en distintas regiones del norte, pero sobre todo imponerse a su principal rival en la pugna del autonomismo septentrional, la Lega Veneta.

El conflicto entre las dos ligas era inevitable. En un interregno en el que ambas formaciones compartían agenda era cuestión de tiempo que una acabara imponiéndose sobre la otra. En esta disputa una destacó desde el comienzo. La Lega Veneta no solo se estrenó en las elecciones europeas y regionales de 1984 y 1985 con apoyos superiores a la Lombarda —3,4 y 3,7% respectivamente—, sino que además siempre se consideró como “la madre de todas las ligas”3. Fundada cuatro años antes que la de Bossi, sus ejes programáticos ya eran el federalismo fiscal y la autonomía veneciana. Sin embargo, los rápidos éxitos electorales generaron conflictos internos que debilitaron a la organización y al proyecto político. Las consecuencias inmediatas fueron una disputa por el liderazgo entre Achille Tramarin y Franco Rochetta, una escisión radicalizada que tomó el nombre de Lega due, y un retroceso electoral en 19854. Estos traspiés comenzaron a debilitar a la formación.

Bossi tomó nota de los problemas que asediaban a la Lega Veneta e intentó evitarlos. Dotó la Lega Lombarda de una organización todavía débil pero claramente vertical, y se adhirió a las reivindicaciones autonomistas de su compañera del Véneto. Estas maniobras causaron disputas y negociaciones entre ambas ligas ya desde 1985. En las elecciones generales de 1987 los vénetos perdieron a su único diputado nacional y en las de 1989, ya en coalición con la Lombarda, no consiguió recuperarlo, condenada a una posición subalterna respecto a Bossi5.

La Lega Lombarda siguió un camino electoral opuesto a su rival, obteniendo el 2,9% en sus primeras elecciones de 1987, el 8,1% en 1989 y el 18,9% en las regionales de 1990. Fue entonces cuando la Lega Veneta, “la madre de todas las ligas”, no tuvo más remedio que convertirse en una sección territorial de la recién creada Lega Nord de Umberto Bossi.

El éxito de Bossi no solo tuvo que ver con las debilidades de su hermana y competidora en el Véneto. También supo diferenciarse añadiendo dos elementos: una crítica a la partitocracia romana y un etnoregionalismo alimentado por la oposición al sur. Esto es, Bossi impregnó a la organización, ya desde el principio, de un fuerte discurso populista y antipartidista en los años previos al estallido de Tangentopoli. Así, el autonomismo se vio complementado con una dicotomía norte/sur muy fuerte. Para Bossi y su grupo, uno de los principales problemas del norte próspero e industrial era una capital y un mezzogiorno atrasados, corruptos y vagos que vivían a costa de los norteños. Así lo pondrían de manifiesto en el primer artículo de la revista Lombardía Autonomista: “Nuestro fundamental interés común es la liberación de la Lombardía de la feroz y sofocante hegemonía del gobierno centralista de Roma a través de la autonomía lombarda”6.

Conforme se daba el proceso de transformación de la Lega Lombarda a la Lega Nord, que nacería oficialmente en 1991, el sujeto del etnoregionalismo fue variando desde la identidad lombarda hasta la nueva identidad padana. La Padania, un territorio que alude a las regiones del valle del Po —a veces incluyendo la Toscana, Umbría y Marcas—, se convirtió en el significante de la demanda independentista. Con la convergencia de estas organizaciones y su posterior evolución, daba comienzo la andadura de la Lega Nord antes del estallido de la Primera República.

Partido protesta y populista

Tres meses después del comienzo de Mani Pulite en 1992, a punto de nacer la Segunda República, tienen lugar las primeras elecciones a las que concurre Umberto Bossi como líder de la Lega Nord. El extraordinario éxito electoral, cuarta fuerza política del país con más de tres millones de votos, sirvió como acelerador de la descomposición del sistema de partidos. Nacía el último partido de la Primera República y el primero de la Segunda República, un puente político que décadas después se convertiría en la formación más longeva del sistema de partidos actual.

El discurso de Bossi, crítico con la corrupción del sistema en un ambiente de insatisfacción política, le permitió conseguir un resultado que, en perspectiva, fue abrumador. En las anteriores elecciones generales, la Lega Veneta y la Lega Lombarda juntas obtuvieron menos de medio millón de votos. Dos años después, esta cantidad se multiplicó por seis presentándose la Lega Nord en menos de la mitad de las regiones de Italia7. En todo el país obtuvo el 8,7% de los votos, pero en regiones como Lombardía superó el 17% y en Véneto el 23%. Estos resultados aceleraron la crisis de un sistema político cuyas identidades partidistas estaban resquebrajándose, y en el que la dialéctica izquierda/derecha, por sí sola, ya no permitía entender las dinámicas de competición electoral. Se abría un nuevo eje de entre la nueva y la vieja política, y la crítica al establishment permitía la reordenación de los bloques electorales. De esta manera la Lega Nord, que tenía experiencia previa como partido protesta8, pudo obtener nuevos votantes que, con la independencia como eje programático central, no hubiera tenido capacidad de atraer. Así lo cuentan Passarelli y Tuorto:

El nacimiento de la Lega Nord no produjo la crisis del sistema de la Primera República, pero sí contribuyó a debilitarla y a evidenciar sus carencias sobre la ineficacia del accountability. La Lega Nord se rebeló como amplificadora de la crisis […] formando de hecho un espacio político y electoral en el que esta nueva fuerza fue capaz de representar la expresión y necesidad de la renovación.9

Bossi supo identificar la necesidad de complementar el regionalismo con un discurso impugnatorio que, en medio de una crisis institucional y política, le permitió ponerse en el centro de las demandas de la ciudadanía. Anhelos de distinta índole —regeneración, nuevas identidades, modernización— encontraron en la formación de Bossi la garante de estas demandas heterogéneas. Este proceso no distará mucho del que llevará a cabo Salvini dos décadas más tarde.

Los datos evidencian esta coyuntura de crisis sin parangón. El índice de inestabilidad10 política en 1992 llegó a niveles inéditos desde las primeras elecciones democráticas tras la caída del fascismo, y el porcentaje agregado de los dos principales partidos —Democracia Cristiana y Partido Comunista— pasó del 61% en 1987 al 45,8% solo cinco años después. El bipartidismo se estaba viniendo abajo. Por primera vez en cuarenta años más de la mitad de los italianos eligieron opciones distintas de la comunista y la democristiana.

No obstante, convertirse en un partido protesta en una crisis política no bastaba. El etnoregionalismo seguía siendo un elemento fundacional y permitía presentarse como la alternativa al creciente desprestigio de las instituciones, pero era necesario algo más. Decidieron crear un enemigo interno, los terroni. La fractura de Italia en bloques norte y sur, patente desde la unificación e independencia del país, se vio acrecentada por los cambios socioeconómicos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. La industria y las tecnologías avanzadas que se instalaron de forma mayoritaria en el norte reportaron importantes beneficios a estas regiones, provocando un creciente agravio comparativo económico con el mezziogiorno italiano, mucho más atrasado y con menos inversión pública. Esto permitió que la Lega Nord complementara su mensaje antipartidista señalando al sur como un área de ineficacia que penalizaba el despegue de regiones como la Lombardía o el Véneto: los ciudadanos norteños eran trabajadores, los del sur eran vagos. El partido de Bossi jugó una carta de reclamo autonomista para liberarse, precisamente, de este atraso sureño. El norte era el núcleo económico y Roma debía permitirle administrar sus recursos de forma independiente. El famoso lema “Roma Ladrona” fue usado para designar a una élite política romana que vivía a todo tren a costa de condenar al norte.

A partir de 1990 nace el “Plan Bossi” que consistía en reivindicar, a través de identidades locales norteñas, la autonomía del norte contra un sur subsidiario y atrasado, así como contra una élite política anquilosada y corrupta a punto de estallar; populismo y etnoregionalismo combinados bajo una misma formación política. La Padania contra los terroni. La Lega Nord contra el Pentapartito11. Como hemos visto, en las elecciones de 1992 y 1994 este plan comienza a dar rápidamente buenos resultados electorales. La antipolítica se abrió paso en un terreno fértil y cómodo para la Lega Nord, que permitió a Bossi afianzarse como líder del partido. Con mayores apoyos en el campo que en las ciudades, la Lega Nord pasó de dos consejeros comunales en el Véneto en 1985, a veintiuno en 1990 y cincuenta y siete en 1995 en todo el norte. En diez años su implantación territorial daba signos de ser una de las más fuertes, y su organización se hacía cada vez más férrea, atrayendo a ciudadanos desafectos con la política y los partidos. Entre estos nuevos simpatizantes atraídos por la idea de una nueva política se encontraba un joven estudiante de periodismo llamado Matteo Salvini.

Las complicadas relaciones con Berlusconi

En 1994 Berlusconi y Forza Italia irrumpen en la escena política. Esto pone en aprietos a Bossi y su Lega Nord. La desaparición de la Democracia Cristiana y del Partido Comunista le aseguraban un avance electoral progresivo en el futuro inmediato, pero la discesa in campo12 del empresario recién llegado comenzó a complicar este proyecto.

El “Plan Bossi” empezó a venirse abajo. A pesar de obtener los mismos escaños, Forza Italia obtuvo cinco millones de votos más que la Lega Nord en 1994, una cifra que le permitió proclamarse líder del centroderecha. Bossi aceptó gobernar con Berlusconi, pero las relaciones entre ambos siempre fueron tensas debido al ambiente de desconfianza mutua. Las tensiones aumentaron cuando se demostró que el gobierno empezaba a pasar factura a Bossi, que unos meses después, en las elecciones europeas del mismo año, perdió más de un tercio de sus votos. La distancia entre ambas elecciones fue de tan solo tres meses. A pesar de entrar a gobernar, la evidente posición subalterna de los de Bossi y un electorado que no se sentía claramente de derechas13, pasó factura al partido. El descalabro provocó la salida de la Lega Nord del gobierno de Berlusconi y el inicio de una nueva estrategia, la Corsa Solitaria, a partir de 1996.

Para esta andadura solitaria, Bossi abandonó en diciembre de 1994 el gobierno, causando la formación del primer gobierno técnico de Lamberto Dini y, poco después, la convocatoria de elecciones anticipadas en 1996. Bossi entendió que debía volver a los orígenes y no optar claramente por ningún bloque ideológico. Ni el centroderecha de Berlusconi ni el centroizquierda de Prodi. Aparentemente dio resultados. La Lega Nord no se presentó bajo ninguna coalición y obtuvo medio millón de votos más que en los anteriores comicios, recuperando el terreno perdido en las europeas. Sin embargo, la izquierda liderada por Romano Prodi consiguió la victoria. La estrategia solitaria de Bossi, por tanto, debía mutar de nuevo para no caer en tierra de nadie en la oposición. Así, la Lega Nord, que había añadido el lema “por la Independencia de la Padania” a su nombre, se embarcó en una táctica soberanista que tendría como principal elemento la convocatoria de un referéndum de independencia en 1997.

El referéndum fue anecdótico, pero tremendamente sintomático del limbo en el que se hallaba una formación que estaba entre las dos orillas ideológicas y partidistas de la Italia del momento. Existía riesgo de sufrir una suerte de parálisis programática e identitaria. ¿Qué quería ser la Lega Nord? ¿Un partido con fuertes demandas independentistas? ¿Un partido protesta? La opción elegida variaba cada año, cuando no parecía estar optando por todas a la vez. La indefinición y los constantes giros tuvieron la primera consecuencia importante en 1999, cuando en las elecciones europeas perdió más de la mitad de los casi cuatro millones de votos que había obtenido tres años antes. Así pues, Bossi volvió a imponer otro giro estratégico: vuelta al bloque derechista y atenuación de las demandas independentistas, ya no se buscaría la independencia de la Padania, sino una mayor autonomía regional a partir del 2000.

Desde entonces la Lega Nord volvería a ser el principal aliado de Silvio Berlusconi. Forza Italia conseguiría la presidencia de las regiones norteñas —Piamonte, Lombardía, Liguria y el Véneto— gracias al apoyo de la formación de Bossi, aunque ésta seguía perdiendo terreno en sus principales bastiones14. Sin embargo, lo peor estaba por venir. En las elecciones generales de 2001, que supondrían la vuelta al poder de Berlusconi, la formación del norte obtuvo el peor resultado de su historia con menos del 4% del total de votos, tres veces menos que los posfascistas de Alleanza Nazionale, y perdiendo definitivamente la batalla por la hegemonía del norte ante Forza Italia. Solo consiguió resistir en algunas pequeñas localidades del noroeste de Lombardía. Berlusconi obtuvo un éxito absoluto y Bossi se vio obligado a apoyar sus sucesivos gabinetes con tal de frenar su declive electoral. Seis años después la Lega Nord volvía al poder15, pero había perdido más de la mitad de los votos.

Desde sus tres ministerios —Justicia, Trabajo y Seguridad Social, y Reformas Institucionales— el partido de Bossi persiguió políticas autonomistas y contra la inmigración clandestina. Dos ejes que marcarán la comunicación de la Lega Nord desde ese momento, preparando el terreno para que Matteo Salvini pueda aprovecharlo una década más tarde. Además, inauguró la nueva estrategia di lotta e di governo16, que consistía en desarrollar una doble acción política: ser un partido institucional dentro del gobierno y un partido outsider fuera de él. Dicho de otro modo, no solo era un partido outsider y de gobierno, sino que era un partido de gobierno outsider; en palabras de Passarelli:

Denunciaba las ineficiencias del establishment, rememorando las características de la Lega Nord antisistema de los años noventa y al mismo tiempo promocionando acciones de gobierno.17

En años sucesivos la Lega Nord se sumió en un duro trance de estancamiento electoral, y en las siguientes elecciones europeas y regionales del norte el partido repitió resultados, con una pérdida de la presidencia en Liguria y Piamonte a favor del centroizquierda, y en las generales de 2006 obtuvo 300.000 votos más. Esas cifras insuficientes lo dejaban a gran distancia del resto de competidores de la derecha italiana. Por el camino, Bossi sufrió un ictus cerebral y comenzaron a surgir los primeros rumores de una sustitución en el liderazgo del partido. Rumores que su precario estado de salud suspendieron en el tiempo.

A pesar de ello, y tras una década de resultados mediocres y tácticas contradictorias, su figura empezó a ser cuestionada. Bossi intentó buscar un nuevo revulsivo con el Movimiento por la Autonomía, un partido que le permitió presentarse en regiones hasta el momento vírgenes para la Lega Nord, como la Toscana, Umbría y Marcas, pero que no condujo a ningún resultado satisfactorio. Este intento de expansión electoral se vio acompañado de una dura derrota programática: en cinco años de gobierno con Berlusconi, la Lega Nord no había conseguido ninguna de sus reclamaciones autonomistas. El devolution, una serie de reformas constitucionales que sobre el papel darían una mayor autonomía a las regiones del norte, fue rechazado en ambas cámaras y la Lega Nord se presentó a las siguientes elecciones sin éxitos políticos importantes que presentar a su electorado.

En 2006 y a pesar de recuperar un mínimo del terreno electoral, la coalición de centroizquierda consiguió vencer a la de centroderecha. A pesar del varapalo, dos años más tarde la inestabilidad del nuevo gobierno hizo inevitable la convocatoria de unas elecciones anticipadas en las que la Lega Nord se convertía en la tercera fuerza más votada de Italia y alcanzaba, de nuevo, los tres millones de votos. Una tendencia que se confirmaría al cabo de tres años en unas elecciones europeas donde los de Bossi duplicaron sus europarlamentarios.

Finalmente, en 2010 también llega un vuelco a nivel regional para el partido. La Lega Nord accede a la presidencia de las regiones de Véneto y Piamonte, mientras que en Lombardía y Liguria duplica resultados. También entra por primera vez en el Parlamento de la Toscana (6,5%), Marcas (6,3%) y Umbría (4,3%). Unos éxitos muy importantes para una formación con aspiraciones autonomistas y muy anclada en el norte del país.

Todo este ascenso se trunca en 2012 cuando Bossi se ve envuelto en un caso de corrupción, el Caso Belsito, que le señala como principal investigado por haberse apropiado de dinero público del partido para usos familiares y personales. La investigación en 2018 condenará tanto a Bossi como a su tesorero a un año y diez meses de cárcel, y a pagar cuarenta y nueve millones de euros18. Bossi fue apartado y el liderazgo recayó en las manos de Roberto Maroni, un hombre de su confianza que llevará al partido a repetir similares resultados a los del 2001, con el 4% de los votos. El partido, condenado por segunda vez, se enfrentaba a un retroceso tras otro y las perspectivas no eran halagüeñas.

En esta coyuntura empezó a hacerse hueco, cada vez con más fuerza, el nombre de Matteo Salvini, al que muchos veían como una marioneta que podía ser útil como líder interino y de transición. Nadie supo ver al hombre que revolucionaría la Lega Nord y la derecha italiana.

Este tipo de partidos, de acuerdo con Cas Mudde, mezclan tres elementos básicos: nativismo, autoritarismo y populismo. Desde los noventa son cada vez más importantes. Para ver más sobre ello: Mudde, Cas. The populist radical right: A reader. Taylor & Francis, 2016. p. 1-10.

Desde este momento se hará referencia a la Lega Nord para hablar del partido previa llegada de Salvini y a la Lega como el partido que transforma el mismo político a su llegada a la secretaría.

Passarelli, G., Tuortu, D. Lega & Padania: Storie e luoghi delle camicie verdi. Il Mulino, 2012. p. 25

En las elecciones generales de 1983 y las regionales de 1985 la Lega Véneta se dejó más de 10.000 votos sobre un total de 125.000 que obtuvo en las de 1983.

Ambas ligas concurrieron a las europeas, pero los dos únicos eurodiputados fueron para la Lega Lombarda, y por eso la Lega Veneta también quedó condenada al ostracismo en el Europarlamento.

Passarelli, G., Tuortu, D. Lega & Padania: Storie e luoghi delle camicie verdi. Il Mulino, 2012. p. 29

La Lega Nord se presentó en ocho de las dieciocho regiones del país, consiguiendo cincuenta y cinco diputados y veinticinco senadores.

Un partido protesta es aquel partido que obtiene el apoyo de votantes que quieren mostrar su descontento con el sistema votando a un partido que perciben como ajeno a dicho sistema o se opone al mismo de forma explícita. Para más sobre esto: Van der Brug, W., Fennema, M., & Tillie, J, “Anti-immigrant parties in Europe: Ideological or protest vote?”, European Journal of Political Research, (2000): 37(1), 77-102.

Passarelli, G., Tuortu, D. Lega & Padania: Storie e luoghi delle camicie verdi. Il Mulino, 2012. p. 33

Calculado como el cambio, entre dos elecciones seguidas, del porcentaje de voto a partidos individuales en valor absoluto (Corbetta, Parisi y Schadee, 1988).

Término que hace referencia a los cinco partidos principales que componían el sistema político italiano y gobernaron el país durante toda la década de los ochenta: la Democracia Cristiana, el Partido Socialista Italiano, el Partido Socialista Democrático Italiano, el Partido Liberal Italiano y el Partido Republicano Italiano.

Expresión utilizada en fútbol para hacer referencia a la entrada al campo de un jugador. Es también una expresión que utilizó Berlusconi cuando anunció su candidatura: https://www.youtube.com/watch?v=UpXOAIFFpBQ

No tanto como el resto de sus compañeros de coalición. En 1994 los electores de la Lega Nord se situaban en un 5,2 en la escala ideológica, más cerca de la media del electorado italiano (4,2) que de Forza Italia (6,3) y Alianza Nacional (7,1).

En Lombardía la Lega Nord perdió casi 200.000 votos, en Véneto 150.000, en Liguria uno de cada tres votos y en Piamonte la mitad de los apoyos que obtuvo en 1995.

Volvió al poder con tres ministerios, una cifra que parecía excesiva teniendo en cuenta su apoyo electoral. Alianza Nacional, que triplicaba a los de Bossi en porcentaje de voto, obtuvo solo un ministerio más. Esto se entendió como compensación por parte del empresario.

Albertazzi, D., McDonnell, D., & Newell, J. L. “Di lotta e di governo: The Lega Nord and Rifondazione Comunista in office”. Party Politics, 2011: 17(4), 471–487.

Passarelli, G., Tuortu, D. Lega & Padania: Storie e luoghi delle camicie verdi. Il Mulino, 2012, p. 51.

Además, Bossi y su hijo también estarán en el centro del debate público cuando a ambos se les acuse en 2017 de usar indebidamente fondos del partido. Para saber más sobre los casos de corrupción en los que se han visto envueltos los Bossi: La Repubblica. 2017. “Spese Con i Fondi Della Lega, La Procura Chiede La Condanna per Umberto Bossi e Suo Figlio,” March 27, 2017. https://milano.repubblica.it/cronaca/2017/03/27/news/bossi_processo_lega_milano_appropriazione_indebita_fondi-161555835/.


3. ¿Quién es Matteo Salvini?

Aquí no hay fascistas, hay italianos orgullosos de serlo. Quien defiende Italia no es fascista.

Matteo Salvini, 20191

Matteo Salvini nació en Milán el 8 de marzo de 1973. Periodista de profesión, pronto entra en política con la Lega Nord. Su primera tarjeta de militante la obtiene en 1990. Sus motivos son dos, la crisis política y la migratoria: “Estaba a punto de estallar Tangentopoli, y a la periferia de Milán estaban llegando los primeros extranjeros”, recuerda el propio Salvini en Anatomia di un populista2. A diferencia de la gran mayoría de políticos italianos, Salvini nunca ha cambiado de partido. De ideas, muchas veces; de formación, nunca. Un rasgo llamativo y disonante en el país del trasformismo3. Como muchos políticos de la Segunda República, es hijo adoptivo de la televisión italiana. Su rostro aparece por primera vez como invitado en el programa televisivo Doppio Slalom, y años después, en 1993, volverá a participar en Il pranzo è servito, uno de los programas de preguntas y pruebas más veteranos de la televisión italiana. Como se puede comprobar, la característica mediática es común en muchos representantes italianos; los políticos no pasan por la televisión, surgen de ella. El otro gran Matteo —Renzi— tuvo unos orígenes parecidos4.

Salvini empieza a militar en la Lega Nord de Umberto Bossi, pero no en cualquier corriente. Se sitúa en posiciones de extrema izquierda del partido que piden la independencia de la Padania, pero con claros énfasis sociales y de clase. Es elegido concejal solo un año después de su participación en Il pranzo è servito, y una de sus tareas más importantes —que añade una contradicción más a su historial— es la de defender con uñas y dientes al Leoncavallo, uno de los centros sociales más importantes de Milán. Leoncavallo surge en los setenta en una de las zonas fabriles más importantes de Milán, en el barrio de Casoretto, y tiene orígenes marcadamente antifascistas, cuyo centro gravitacional político siempre basculó entre excatólicos y marxistas-leninistas5. Los vínculos izquierdistas no son propiedad exclusiva de Salvini. Otros dos históricos dirigentes de la Lega Nord, Umberto Bossi y Roberto Maroni, también comenzaron su trayectoria política en ambientes y formaciones de izquierda6, lo que evidencia la indefinición ideológica que atravesó la formación norteña en sus primeros años.

La andadura izquierdista de Salvini no acaba aquí. En 1997 Bossi, en un alarde de giro político, decide convocar elecciones a un parlamento nuevo —e imaginario— que tiene como finalidad representar, exclusivamente, al norte de Italia, a la Padania. Al Parlamento Padano se une Salvini, que se presenta encabezando la lista electoral “Comunistas Padanos”. Sin embargo, la política local y un parlamento imaginario se le quedan pequeños y pronto empieza a moverse por otros ambientes. Consigue trabajo en La Padania, un periódico fundado por Davide Caparini, uno de los leguistas más veteranos. Un periódico oficial partidista con una amplia difusión local en el norte.

Al futuro hombre fuerte de Italia le gusta la experiencia en el periódico. Su formación periodística, su participación televisiva y su incipiente protagonismo en el partido se van combinando a la perfección. Empieza a entender la política mediática y cómo podría funcionar mejor. Probablemente en estos años adquiere las nociones fundamentales para saber nadar entre aquellas masas que corearán su nombre y de las que tanto disfrutará veinte años después. Va un paso más allá y al periódico suma la radio. En 1999 se convierte en reportero de Radio Padana Libera, donde conocerá a los que en un futuro formarán el núcleo duro de la comunicación del partido, cuando él tome las riendas en 2013. Mientras tanto, sigue ascendiendo. Ahora es Secretario joven de la Lega y Secretario provincial7 en Milán.

En 2004, como si de la mano del destino se tratara, a Umberto Bossi le cambian de circunscripción para las elecciones europeas en el último momento. La Lega Nord obtiene cuatro escaños. Salvini está entre ellos. Si Bossi no se hubiera apartado, la historia hubiera podido ser distinta, pero Salvini se convierte en europarlamentario. En Bruselas trabaja poco y se cansa rápido. Solo presenta dos mociones y nueve preguntas en comisiones y debates8. En dos años, motivado por un recurso que impone un miembro del partido al que Salvini quitó el puesto en 2004, abandona el Europarlamento y vuelve a Italia. De su primera etapa en las instituciones europeas solo se queda con Franco Bossi, hermano del líder de la Lega Nord, que durante dos años meses fue su asistente. Como su hermano Umberto, Franco Bossi es un personaje muy polémico que terminó siendo condenado por la justicia9.

En 2006 vuelve al Consejo Comunal de Milán, donde será jefe de grupo y Vicesecretario nacional de la Lega Nord. Dos años después es elegido diputado nacional. Salvini sigue moviéndose, sigue ascendiendo, pero Roma no le gusta. Un periodista escribe en Il Giornale que “a Teo [como le llaman los amigos], Roma le provoca urticaria”10. Unos meses después, la capital de Italia no le convence y se presenta a primarias internas para volver al Europarlamento. Lo consigue. En 2009 comienza su segunda etapa en Bruselas, y no será la última. Su sitio parece ir cambiando. No parecen designaciones arbitrarias del partido, sino decisiones tomadas por iniciativa del joven leguista. Cambian los lugares, pero su objetivo, ascender e ir haciéndose un hueco entre las filas superiores, sigue siendo el mismo. Cada vez está más cerca del momento en que su figura empezará a crecer y se dará a conocer más allá de las escuadras y límites del norte.

Durante los siguientes cuatro años, Salvini trabaja un poco más en las instituciones europeas. Presenta ciento ochenta y ocho preguntas parlamentarias y cincuenta informes como ponente alternativo, aunque solo uno como ponente principal. Participa en la Comisión de Mercado Interior y Protección del Consumidor, en la Delegación para las Relaciones con la India y para las Relaciones con la Península de Corea. No hay ningún acontecimiento mediático. Ninguna muestra evidente de soberanismo, proteccionismo o populismo. Salvini pasa desapercibido. No hay vídeo viral. No hay debate acalorado. Pero en 2013 las cosas empiezan a cambiar.

El 27 de abril, Cécile Kyenge se convierte en ministra de Integración, primer cargo de ese rango en ser ocupado por una persona negra en la historia de Italia. Las críticas se disparan. Salvini aprovecha y apunta a que Kyenge es el “símbolo perfecto de una izquierda hipócrita y benévola que quiere regularizar la inmigración clandestina”11. Salvini convierte a Kyenge en diana de sus críticas. Tendrán lugar diversas intervenciones y debates acalorados entre ellos, todos en televisión. El tono es tan sensacionalista que en un debate político traen a las dos hijas de la ministra Kyenge para que hablen con Salvini. La mediatización es tan grande que Salvini propone un referéndum para votar la abolición del Ministerio de Integración. “Lo que falta es trabajo, y los inmigrantes no sirven”. Mientras tanto, Salvini sigue hablando del otro referéndum, del de la secesión de la Padania. Kyenge dimite en febrero del 2014 porque ya no soporta más ataques racistas. No volverá a haber ningún otro ministro o ministra de Integración en Italia, al menos hasta el momento de escribir estas líneas.

Salvini aprende varias lecciones que pronto aplicará. Aprende que se puede condicionar al gobierno desde los medios, con debates, intervenciones y acusaciones acaloradas. Cuanto más radicales son sus declaraciones, mejor marco de debate obtiene y mayor dificultad encuentran sus adversarios para contrarrestarlo. También descubre que el control de la agenda lo puede manejar por sí mismo. Ya no solo es qué se dice lo que atrae los focos y las cámaras, sino quién lo dice. Y si esta estrategia ha dado frutos una vez, ¿por qué no más veces?

En septiembre del 2013, Salvini participa en una manifestación en la ciudad de Ceto, en Lombardía, para defender a los trabajadores de siete fábricas del norte a causa del problema de la ILVA de Tarento12. Vuelve a funcionar, sigue en prime-time. El político aprovecha estos meses para posicionarse como el próximo líder de la Lega Nord y se presenta a las primarias del partido. Roberto Maroni, secretario, decide no presentarse tras obtener en febrero del 2013 el peor resultado de la historia de la formación: 1.390.156 votos, el 4% y tan solo 18 diputados, cuando cuatro años antes había obtenido casi cuatro millones de votos. Maroni será uno de los primeros cargos en huir a las fortalezas institucionales del norte como presidente de la región de la Lombardía. Le seguirán varias figuras importantes e históricas y la formación estatal quedará vacía. La Lombardía y el Véneto, regiones fundacionales del partido, son los refugios. Salvini empieza a ver la autopista hacia el liderazgo despejada de las intromisiones de los dirigentes históricos.

En las primarias que tienen lugar en Turín, Umberto Bossi hace aparición después del Caso Belsito13 y decide competir contra Salvini. Es un secreto a voces que los resultados ya están decididos por un acuerdo entre bambalinas conocido como “Patto del Pirellone” entre Maroni, Salvini y Flavio Tosi, en aquel momento alcalde de Venecia14. La victoria de Salvini es total, y con el 82% de los votos se convierte en el nuevo Secretario Federal de la Lega Nord.

El animal político

Salvini llega a los mandos de un partido que está en estado de coma inducido. Todos los medios de comunicación coincidían en que los últimos resultados electorales habían condenado a la formación al ostracismo político y, también según esos medios, la Lega Nord estaba dando sus últimos coletazos eligiendo a un hombre de paja, joven y poco experimentado. La misma opinión circulaba dentro del partido; Salvini era un personaje mediático sin ningún valor político15. No había ideas, solo confeti y fuegos de artificio. Pintura. Maquillaje generacional. No había un plan profundo o un esquema de pensamiento detrás del nuevo hombre mediático. La vieja guardia del partido lo había abandonado yéndose a las regiones del norte, dando por perdido al partido y asegurándose una jubilación tranquila. La elección del joven Matteo era el último aliento de la formación más antigua de la política italiana. En poco más de cuatro años Salvini demostraría que se equivocaban.

En su proclamación como nuevo líder se ven banderas de la Padania, símbolos del sol de los Alpes, colores verdes, simbología que desde los noventa acompañó a la Lega Nord. El nuevo líder quiere que le vean como lo que es, un militante más; necesita legitimación simbólica y se rodea de continuismo. Salvini aparece en el escenario ante un eslogan: “El futuro es la Independencia”. Pero la demanda independentista se irá alejando cada vez más de los planes, de la escenografía y del folklore del partido. Salvini lo sabe; las balas de la independencia son desde hace años de fogueo. No sirven para el partido, tampoco para su ambición política. De hecho, empieza a esbozar la que será una de sus apuestas más importantes en los próximos años:

Debemos recuperar la soberanía económica que hemos perdido con la Unión Europea. Nos hemos cansado. […] Esta no es la Unión Europea, es la Unión Soviética, un gulag del que saldremos” [...] No queremos morir de inmigración, no queremos morir de paro, no queremos morir de fanatismo islámico. Si esto significa ser populistas, pues bien, yo estoy orgulloso de ser populista. Los otros son los esclavistas, los asesinos. Viva el populismo.16

Salvini vuelve a replicar la estrategia que le ha puesto en el centro del debate unos meses antes. Soltar frases que giren las cámaras de televisión hacia su persona para recorrerse todos los platós de televisión donde soltar su bomba política y estar en boca de todo el mundo: Italia debe abandonar la Unión para recuperar su esplendor, Italia no quiere morir de fanatismo islámico, Salvini alaba el populismo a su manera. Sus adversarios políticos se echan las manos a la cabeza. Es un lunático. No sabe dónde está. No entiende de política económica o monetaria. Los descalificativos abundan, pero los marcos que compitan con el suyo, que convenzan a la gente de la locura de su propuesta, brillan por su ausencia. El nuevo líder de la Lega, mientras tanto, sigue saliendo en los medios de comunicación.

Para que su nueva estrategia surta efecto lo primero que debe hacer es ocupar los resortes fundamentales del partido: la comunicación. Y lo hace, por fin la experiencia de Radio Padania Libera le es útil. No tarda en colocar en los puestos de comunicación a su nueva guardia pretoriana, los compañeros que conoció en los noventa en su experiencia periodística, los que le acompañaron como eurodiputado y en sus recientes performances mediáticas. Empieza a nacer formalmente La Bestia, un conjunto de consejeros, de expertos y de spin doctors —en 2019 eran treinta y cinco— que han sido los encargados de construir, principalmente en redes sociales, la imagen actual de Il Capitano. En el centro de la máquina social se encuentra Luca Morisi, un empresario, profesor de filosofía y experto en medios digitales en la Universidad de Verona que ha transformado la comunicación de Salvini desde el 2012 creando, entre otras cosas, La Bestia. Esta máquina comunicativa tiene como función principal analizar diariamente las redes para identificar la orientación del debate público y utilizar las corrientes de opinión para que el mensaje de Salvini llegue lo más lejos posible.

La Bestia ha profundizado en la desintermediación comunicativa, el proceso en el que los medios ya no son el filtro desde el que se construyen los mensajes y marcos políticos. Ahora son los propios políticos, desde sus redes, los que introducen los mensajes en la sociedad, que después son difundidos en los platós de televisión o estudios de radio17. No hay una fórmula mágica, pero sí hay trabajo constante y diario en el análisis de las noticias para determinar cuál es el tema y cuál debe ser el mensaje que lanzar. Los números demuestran la efectividad de esta técnica. A la llegada de Salvini a la Secretaría de la Lega Nord, contaba en Facebook con 60.000 seguidores. A comienzos del 2021 eran ya 4,4 millones. En otras redes también ha dado buenos resultados: 1 millón en Twitter; 2,3 en Instagram; 383.000 en TikTok18.

Sin embargo, cometeríamos un error si viéramos en La Bestia la fórmula mágica del meteórico éxito de Salvini. No hay fórmula, ni perfecta ni imperfecta. La tecnopolítica funciona y cada vez domina más la política de cualquier país, pero no lo es todo. Aunque se generasen algoritmos capaces de insertar mensajes medidos a la perfección del sentir común más general, se seguiría necesitando un animal político capaz de masticarlos y dominarlos. Salvini es ese animal político, no un fenómeno creado por un grupo de técnicos.

Cómo funciona La Bestia

Salvini tuvo claro desde el principio que el partido solo podía despegar si se desvinculaba de las herencias más pesadas, la de Bossi y la de la independencia padana. Y para ello necesitaba que la gente creyera que estaba ante algo nuevo, no ante la tradicional Lega Nord incapaz de atraer a nuevos sectores de la sociedad. El medio para conseguir este objetivo lo halló en su figura. Salvini debía sublimar al partido con sus postulados para crear algo nuevo. Las redes y La Bestia jugaron un papel crucial. ¿Cómo funciona este entramado comunicativo?

Las ideas son sencillas. Siempre es mejor hablar que estar callado, hay que convertir las críticas, en la medida de lo posible, en virtudes propias, y el protagonista siempre debe ser el mismo Salvini. Como comentábamos anteriormente, una de las claves de Salvini es la capacidad de decir una cosa y la contraria. Una flexibilidad dialéctica que deja espacio para que diferentes ciudadanos encuentren un lugar común en lo que dice el líder leguista. Siempre sin entrar al fondo de la cuestión, siempre utilizando un lenguaje básico que entienda el adolescente y la anciana. Es capaz de subir a su propia cuenta publicaciones criticando la “invasión inmigrante”19 o viralizando agresiones realizadas por inmigrantes, y fotos con simpatizantes de otras nacionalidades. Incluso es capaz de conseguir que el primer senador negro de Italia vaya, precisamente, en sus listas20. Muchos pueden ver incoherencia en sus palabras y actos, pero otros podrían ver la capacidad de conseguir consensos entre la población ofreciendo aquello que todos quieren ver y oír. Una gran flexibilidad discursiva y pragmática.

La Bestia tiene gran parte de la responsabilidad. Este es el equipo de técnicos que analizan y generan los discursos que, posteriormente, Salvini reproduce en televisión, radio y sedes parlamentarias. No al revés. Si durante una semana la noticia más repetida es la de un inmigrante que ha agredido a un italiano, las redes de Salvini se llenarán de videos, titulares, declaraciones e incluso testimonios sobre la misma. Siempre a través de mensajes con una gran carga negativa porque son los que más engagement consiguen generar.

Gracias al trabajo de análisis que llevaron a cabo los profesores y escritores Giovanni Diamanti y Lorenzo Pregliasco21, podemos conocer los patrones en redes sociales de Salvini y La Bestia. Por ejemplo, sabemos que suele publicar en redes sociales por la tarde y por la noche —ambos periodos suman el 75% de las publicaciones totales en 2018— y una media diaria de once posts en Facebook, pero que en febrero de 2018, mes previo a las elecciones generales del mismo año, llegó a subir un promedio de catorce publicaciones al día con una media de más de 50.000 interacciones, récord absoluto en Italia hasta la actualidad.

Un repaso rápido a sus redes nos permite ver las publicaciones que siempre repite: exposición de agresiones cuyos instigadores son siempre inmigrantes, fotos de comidas, memes contraponiendo sus acciones a las de los demás rivales políticos, titulares de noticias acompañados por exabruptos o adjetivos del tipo “¡hay que escucharlo!”, “locura” o “hipócrita”, fotos con sus hijas o pareja, videos de intervenciones suyas en televisión cuidadosamente recortadas y, la mayoría de las veces, la bandera italiana.


Como Margherita Barbieri22 explica, La Bestia correlaciona votos con likes. Aunque en la realidad dicha correlación no se produce, sí es fundamental para generar una sensación de pertenencia comunitaria. “A mis mítines acude muchísima gente, por lo tanto, el pueblo está conmigo, mientras que a aquellos del Partido Democrático no acude nadie, están lejos del pueblo”. Fotos cuyo enfoque permite creer que Salvini siempre llena los actos, y siempre sube fotos con sus simpatizantes. Hashtags de apoyo a Salvini, ya sea utilizando la ironía, como #colpaDiSalvini —culpa de Salvini— o, en su defensa, como #iotoconSalvini —yo estoy con Salvini—. El objetivo es que Salvini parezca el político más querido y valorado, que miles de personas le apoyan, escuchan y le quieren ver.

Probablemente el evento más destacado fue “Vinci-Salvini” —Vence Salvini—, un concurso online durante la precampaña al que la gente podía inscribirse y obtener puntos haciendo clic en “me gusta”, comentando y compartiendo, y que ofrecía a los ganadores una llamada telefónica de Salvini y una publicación con la foto de los vencedores. El premio gordo era un café con Salvini, podías saludarle y hacerte un vídeo con él. El objetivo más obvio era aumentar las interacciones, cosa que se consiguió, pero también difundir de forma fidelizada y organizada toda la producción mediática en un momento electoral clave. Y a través de esto último crear la imagen de un Salvini querido y parecido al hombre común. Pero, ¿cómo?

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