Kitabı oku: «¿Qué fregados has estado haciendo?»

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Para Lía, Ragú y Tuki.

Prólogo

¡Hola!, no sé muy bien cómo empezar esto, que nervios… escucho mi propia voz en la cabeza como si tuviera un micrófono frente a mí. Ok, para entrar en contexto, este escrito está empezando como cualquier otro de mis escritos, que siguen la fórmula:

Vivir un acontecimiento + un BOOM + aprendizaje = escrito nuevo

La razón por la que estoy nerviosa de iniciar esto es porque nunca me había atrevido a compartir mis escritos personales. Esta vez es distinto, y después de un trabajo de reflexión, sentí como si fuera algo que debía hacer. Pero no como un «deber», sino como algo que en realidad me llena mucho solo con pensarlo. Compartirlo de corazón, con una intención pura, si es que alguien se siente identificado con sentirse super fuera de lugar, con sentir que no pertenece a ningún sitio, que no hay vocación, que nada lo llena… Quiero compartir esto porque así me sentí yo, pero fui aprendiendo de todos esos sentimientos y fui consciente desde que tomé la decisión de dejar el «camino que estaba hecho para mí» y hacer el mío propio, salirme de las expectativas ajenas y aprender por mi propia cuenta a conocerme a mí misma.

Por muchos años me perdí de la lupa pública e incluso amigos cercanos con los que de repente me escribía me decían: «… es que no sé ni dónde vives ahora, ni en qué andas, ¿qué fregados has estado haciendo?, ¿eh?»… Pues aquí está mi respuesta, esto es lo que he estado haciendo estos años, bienvenido… Ah caray, está perro, me estoy imaginando que esto lo está leyendo alguien más a parte de mí, y ah jijo. ¡Pero! Como no quiero que pierda esa chispa de autenticidad que siento que caracteriza un escrito que se hace con intención personal, lo escribiré como si me estuviera hablando a mí misma, como esas cartas que a veces me escribo para no olvidar.

No sé si algún día alguien más lea esto, no sé si lo termine, no sé si me atreva a compartirlo o a publicarlo, pero de ser así, espero que se quede en su formato original y estas palabras de incertidumbre que son tan importantes para mí, también las estés leyendo… tú.

Alto, alto, alto… ¿Mencioné que estamos en el 2021? Pues sí, hoy es justo la mitad del año, en el día de mitad de mes: 15 de junio del 2021. Ahora que lo pienso es un buen día para iniciar con un proyecto importante, realmente cualquier día es especial para hacerlo. ¿Por qué lo decidí hoy? ¿Hacer un corte en mi línea temporal? Aun creo que me falta muchísimo por aprender, en realidad ni siquiera estoy segura si en esta vida me vaya a dar tiempo. Decidí iniciar en este momento de mi vida porque tomé una pausa para voltear a ver el camino que he estado recorriendo hasta ahora y pude valorar todos mis aprendizajes que, déjame decirte, han sido muchísimos y esto es una forma de inmortalizarlos.

De mi mamá aprendí que cuando pones tus talentos al servicio de los demás sientes la verdadera realización, espero que esto llegue a las manos indicadas, hecho con mucho amor para el servicio de la comunidad, como el espacio del Canal 5 en mi infancia.

Quiero aclarar que no soy un sensei, no tengo un Premio Nobel, no descubrí la cura contra el cáncer ni inventé un producto mamalón como el Post-It, simplemente soy una persona, que se ha sentido feliz, se ha sentido de la shit, que ha llorado de emoción y de desilusión, que ha iniciado proyectos que se le han venido abajo y otros que la han subido a otro nivel. No soy extraordinaria, simplemente soy alguien que se ha tomado el tiempo de reflexionar su camino por esta vida de la forma en la que me siento cómoda, que es escribiendo, porque así creo que le doy chance a todas las personalidades que viven en mi cabeza de dictarme su parte. Ah, bueno, eso sí, lo que se me olvidó mencionar es que tengo un ligero grado de demencia y para fines de protección al consumidor creo que tengo que advertirte: sigue leyendo bajo tu propio riesgo… just kidding!

A continuación, encontrarás una serie de eventos a los que les he llamado coloquialmente: Mi Lifeline (línea de vida), desde el 2016 hasta la actualidad, 2021… Esta línea de vida está dividida en quince capítulos y al final de cada de uno, resumí los aprendizajes más significativos de ese momento en mi vida, a esta sección la llame: «Agarré la onda de…», porque cuando aprendes vas entendiendo, agarrando la onda, como decimos acá en Méx. No quise cambiarle el nombre para mantener la autenticidad original, porque así lo iba escribiendo en mis diarios… Amsori.

Introducción

*Nota. Lo que está por iniciar no es la versión de cómo pasaron las cosas exactamente, es una versión de mi perspectiva y mis aprendizajes. Ofrezco una disculpa de antemano a los detalles, personas y recuerdos que no mencioné.

Todo inicia en un lugar llamado la Comarca, en donde vive Frodo Baggins… jaja ojalá así empezara mi vida y mi aventura estuviera llena de hobbits, dragones y cosas cool, pero no, esa solo es mi peli favorita. Esta historia empieza en una oficina, en el piso tres, me parece, no recuerdo ni quiero llenar esto con detalles narrativos, aaah, porque cómo me encanta hacerle a eso, pero este escrito tiene fines más generales que una narración literaria romántica y detallada, así que trataré de ir al grano en cada etapa.

(Tono de narrador de Disney)

Corría el año 2016 en un edificio de oficina en la zona más «empresarial» de la gran ciudad de México (tono de narrador de Disney acaba aquí), ahí, en el piso tres o algo así, en mi cubículo o «caballeriza» como yo le llamaba. Yo estaba por cumplir un año en la empresa, no es que iba contando cada mes como un logro, sino que lo recuerdo porque en realidad nunca me había destacado por durar tanto tiempo en algo. (Un año, yo sé, no te burles, el tiempo es subjetivo)

Mi vida de oficina la divido en dos fases, la primera la llamo: «Oda a la productividad» y la segunda: «Oda a la procrastinación».

Oda a la productividad

Ok, entonces hay que regresar el tiempo un año… al 2015. Yo entré a trabajar en esa importante empresa internacional unos meses después de graduarme, fresca y muy verde, con mucho por aprender. Conocí a mi jefe, quien me invitó a audicionar, digo, a la entrevista, en una comida donde pasé todo el tiempo hablando en un acento castellano, todo por haber estado viendo la serie de Isabel (muy recomendable, tío… bueno creo que solo vi la primera temporada).

Mi «aún no jefe» se convirtió en mi amigo de mesa, platicamos acerca de mi carrera (Comunicación y Medios Digitales) y mis aspiraciones; después de un tiempo me habló de una vacante disponible en su equipo de trabajo, yo de primera pensé: «¿trabajar? ¿En una empresa, sentada en una oficina?». Siempre he sido un animal silvestre y mi naturaleza fue decirle «chido tu cotorreo, brother» jaja… No, en realidad estamos hablando de una persona de renombre en la empresa y sobre todo un señor de la edad de mi papá, obviamente con mucho respeto le dije: «te agradezco, conozco a mucha gente de mi generación, polluelos recién egresados, seguramente a alguien le va a interesar (con mi acento de realeza española)».

Recuerdo muy bien que él me respondió: «me interesa tu perfil». Después de pensarlo, no mucho porque yo tomo decisiones inmediatas e impulsivas, me dije: «Órale, va… no está mal, no pierdo nada en ir y lo mejor, si es que me quedo trabajando ahí, por fin podría pagar la renta del depa y elegir en qué zona quiero vivir». No me gustaba el depa donde había estado viviendo los últimos meses de mi carrera y eso que vivía con dos de mis mejores amigas.

Pues, entré. El proceso fue bastante rápido y en cuestión de semanas me vi en las oficinas muy bien vestidita, muy cookie y perfumada, con un café en la mano, no me gustaba el café, pero si iba a trabajar en una oficina iba a hacerlo con todos los clichés posibles para jugar en mi cabeza a que estaba en una película, así que debía tomarme muy en serio mi papel. Entré como siempre echándole las ganas del mundo, super puntual y entregando todo al pie de la letra. No tenía muchos amigos más que la misma gente de mi área, todos ya eran «adultos», como yo les llamo a esa especie que aún no acabo de entender: casados, con hijos, y con años de experiencia en la empresa.

Esta primera fase la disfruté mucho, descubrí lo que es que un pequeño renacuajo se tuviera que hacer camino en un mundo de tiburones empresariales. Aún recuerdo cómo me costaba tanto alzar la voz al principio para pedir algún reporte o lo que fuera que me solicitaran los altos rangos y cómo gracias a mi jefe, que fue el mejor mentor, aprendí a hacerme escuchar y moverme como tenía que hacerlo para llegar a algún lado dentro de la organización.

La relación con mi jefe me ayudó mucho y toda mi energía se centraba en dar siempre algo más de lo que mi puesto pedía de mí, por lo que él y yo desarrollamos una buena química laboral y en verdad puedo decir que se convirtió en mi maestro y amigo. Era como ese maestro cool de la universidad que admiras y ves parriba. Aprendí tantas cosas que era capaz de hacer laboralmente hablando y me sentí bien, con un propósito y una dirección, una buena dirección porque era clara y yo la entendía, la seguía y sobre todo la trataba de innovar.

Lo mejor de todo, es… ¡Que me mudé, tío! (ah, no, perdón, aquí ya había terminado el acento castellano) … Me mudé a una zona que yo misma elegí, decoré mi cuarto y por primera vez tuve… (inserte sonido de trompetas por favor) ¡Un baño propio dentro de la habitación! Suena absurdo, pero siempre tuve que compartir con mi hermana, después con mis compañeras de universidad, luego me mudé con mis amigas (no se me olvida que me ponías a tallar el inodoro con piedra pómez… sí, te hablo a ti Calar, marcaste mi vida y mis pobres manos), pero por fin en ese hermoso depa en el piso… ¿tres? Jaja todo es el piso tres, tenía por primera vez en mi vida un baño propio y por fin era madre proveedora para Lía (mi hija canina) y empezaba a sentirme como el «adulto» que veía en las pelis, es más hasta sobreactuaba mi cansancio cuando regresaba del trabajo para darle un dramatismo nivel Hollywood, todo un espectáculo, un espectáculo que sabía bien.

Oda a la procrastinación

Mi jefe, mi sensei, mi maestro, mi Gandalf (Daniela debes parar con las referencias de El Señor de los Anillos) se fue de la empresa, terminó un ciclo en su vida y tomó la decisión de hacer algo nuevo, otra cosa que le admiro y me enseñó con su partida, es tomar al toro por los cuernos (y aquí entre nos, su historia fue muy buena, le acabó yendo muy bien, pero bueno esperemos a que él escriba su libro ahora pa’ que nos cuente). Cuando él se fue, al ser la cabeza más grande de mi área, hubo todo un desmadrito y una mezcolanza en el organigrama, imagínate, yo tuve tres jefes en un lapso de un mes y sentí que mi vida laboral se desmoronaba.

De estar en un puesto en donde tenía la libertad y sobre todo la motivación de echar a andar lo que estaba descubriendo, que eran mis talentos, pasé a un puesto al que yo le llamo «gris».

Las personas que se quedaron a cargo decidieron que mi puesto no era necesario para un área de ventas. No los juzgo para nada, la verdad es que mi puesto no estaba listo para una organización con un esquema cuadrado, creo que tomaron una buena decisión ya que no había una persona con una mentalidad tan creativa para liderarlo y yo sin duda necesitaba dirección.

Pasé de exponer frente a personas, organizar eventos, crear actividades de integración, diseñar gráficos y liderar negociaciones con empresas digitales a… hacer reportes de venta en Excel y enviarlos y… pues básicamente eso. No digo que no eran importantes, pero obviamente mi creatividad, que la verdad a veces me inunda y no la puedo calmar, necesitaba salir a la superficie, ¿cómo lo hizo? jugando, como siempre…

Siempre me he considerado una persona puntual pero ahora lo era aún más, y todo con el fin de acabar mis reportes para la hora de la comida (la verdad es que siempre he trabajado super rápido, no sé si bien, pero sí rápido)… ¿Qué pasaba con todo el tiempo disponible? ¡Pura diversión! Empecé a hacer amigos rápidamente. Mi prioridad ya no era el trabajo, ni los reportes de ventas, sino hacer algo para que mi creatividad encerrada saliera de paseo por esos pasillos. Muy pronto tenía un «grupito» de amigos y usaba mi segundo tiempo laboral para reír y divertirme con ellos. Recuerdo que los motivaba a hacer pausas activas con mi música de reggaeton, les mandaba correos con fotomontajes estúpidos, e incluso les daba clases de turco, no, yo no sé hablar turco, pero después de la comida me empecé a enseñar turco a mí misma con ayuda de Google Traductor.

Esto es lo que pasaba, me ponía una pashmina en la cabeza a modo de burka, sacaba mi libreta y empezaba con mis clases personales, a repetir en voz baja frases como: Benim ismin Daniela (mi nombre es Daniela) y Günaydın arkadaşlar (buenos días, amigos). Poco a poco y venciendo su nivel de incredulidad logré que mis amigos de oficina me llamaran Hoca (profesora) e incluso que me entregaran tareas y deberes. Eso sí, tampoco era güey, iba enviando mis reportes (terminados desde la 1:00 p.m.). paulatinamente durante la tarde para que pareciera que estaba trabajando sin parar, no era raro de creer pues eran reportes muy largos, y que te llevaran todo el día hacerlos era suuuper creíble.

Y aquí inicia todo y todo inicia porque aquí termina… What?

En ese tiempo no lo sabía y simplemente empecé a sentirme mal, triste, como si nada tuviera sentido. Hoy me doy cuenta de que ese sentimiento aparece cuando dejamos de sentirnos productivos. Nos golpea esa ansiedad, esa emoción de decir: «meh, ¿cuál es el punto de todo esto?». Sí, yo reía todos los días, la verdad es que saber divertirme es mi especialidad, pero este sentimiento de vacío se hacía cada vez más grande y cada vez más difícil de ignorar.

Un día estaba lista para empezar mis clases de turco, cuando de pronto la página de internet me llevó a ver una noticia que me llegó al corazón, un devastador terremoto en Ecuador había dejado muchísimos estragos en el país. Aún recuerdo como me quedé pensando en esto cuando cerré la pestaña de la noticia y mi reporte de Excel listo para ser enviado paulatinamente durante la tarde se desplegó ante mí. Recuerdo el haber pensado «¿Cómo es posible que yo esté sentada pasando presupuestos y estados de venta de productos comestibles cuando hay gente que ha perdido todo? ¿Cómo es posible que yo, hoy, que me siento fuerte y joven, esté aquí tecleando copy-paste en cifras para crear tablas dinámicas, cuando hay gente que necesita estas ganas, esta fuerza y esta energía para levantar su… vida?».

De camino al depa, en el tráfico de la ciudad, pensé qué sentido tenía lo que estaba haciendo, miré mi vida y entonces imaginé mi lápida si un camión me atropellara en ese momento:

Epitafio: «Les dije que me sentía mal, culeros»… no, no es cierto… en realidad algo más parecido a esto:

«Aquí yace Daniela, madre de Lía, hija, amiga y trabajadora que solo trabajó por inercia, para cobrar su catorcena y pagar la renta de su depa y sus pedas de jueves a sábado…».

«¿Y qué más? Nada más, no hay nada más, esa es la persona que soy hoy, que yo elegí ser hoy». Solo ese pensamiento salió a flote, dejé de disfrutar mis fiestas los fines, dejé de emocionarme con el mensaje del dude que había conocido en el antro la noche anterior, dejé de sentirme orgullosa de terminar los reportes de ventas a velocidad gacela.

«¿Qué sentido tenía todo esto?», pensaba todos los días cuando llegaba a mi casa, es más ya ni siquiera le encontraba el punto a mis dramatizaciones de Hollywood.

__________

Un día, no recuerdo cuál y no recuerdo dónde ni cómo, pero tuvo que ser un día, llegó a mí una iluminación que me hizo pensar: «Si yo no tengo vocación en la vida, está bien, no pasa nada, igual y existimos personas que no venimos con eso, como algunos otros que desde pequeños saben lo que quieren, pero entonces si ya de plano nada tiene sentido y no soy buena para algo, pues entonces qué mejor manera de existir que yéndome a ayudar a los demás, creo que es una buena forma de no desperdiciar mi existencia ni robarle oxígeno a mis compañeros humanos, me tengo que ir a ayudar a los que lo necesitan».

Recuerdo que antes de hablarlo con alguien más, me puse a investigar de organizaciones de voluntariado en Ecuador y pruuum… la verdad es que internet me mostró muchísimas con solo scrollear y dar clics. Cuando vi que lo que estaba planeando no era nada del otro mundo y era factible, empecé a contactarme con algunas de estas organizaciones. Siempre he sido un persona muy impulsiva y de hecho este escrito estará lleno, hasta el día de hoy, de decisiones tomadas por impulsos sin mucho tiempo dedicado al análisis, y al cabo de unos días mi decisión estaba tomada. Me entrevisté con uno de los organizadores y todo iba viento en popa. Dejé mi depa de inmediato y me moví con agilidad de zorro para conseguir a mi reemplazo y evitar ser asesinada por mis roomies, vendí algunas cosas con esa misma agilidad y regresé con mis maletas y una sonrisa amigable a casa de mis papás, tenía que ahorrar al menos tres meses de salario sin pagar renta ni servicios para tampoco irme a ayudar con los bolsillos vacíos, si no, iba a ser yo la que terminaría pidiendo ayuda. Perdón Lía, se acabó la vida de perro de las Lomas (Lía volviendo a croquetas a granel).

La vida me puso varias pruebas para que no dudara de mi decisión, y es que yo creo que cuando tomas una decisión hay que apoyarla hasta el final, porque una decisión tomada es la mejor decisión. Recuerdo que aun sin decirle a nadie de mi equipo de trabajo que pensaba irme, recibí dos importantes ofertas dentro de la misma empresa. Una, la más ambiciosa era un salto enorme (parece ser que algo había estado haciendo bien y yo ni cuenta me había dado). Le conté a mi mamá y recuerdo que los ojitos le brillaron cuando le dije de lo que trataba el nuevo puesto, los beneficios y sobre todo las prestaciones que tendría. Al final los rechacé y agradecí que la vida me mandara eso, porque por un tiempo dudaba si estaba tomando la decisión de irme por huir de un trabajo que no me traía felicidad, pero cuando la vida me mandó tremendo ofertón de dos nuevos puestos haciendo cosas con más peso y una incluso con gente a mi cargo, me di cuenta de que no podía esperar para llegar a la mitad del mundo y me puse feliz de saber que mi decisión estaba tomada por las razones correctas. ¡Nos vamos, señores!

En ese tiempo mi trabajo ya no sabía tan mal, pues de nuevo todo tenía un propósito, que era trabajar unos meses más para ahorrar e irme, y eso fue increíble porque me tomé el tiempo para darme cuenta de todo lo que había aprendido y de agradecerle a las personas que se habían cruzado por mi camino en la empresa, porque de todos había aprendido algo.

Recuerdo que tuve muchos piques con una supervisora, estábamos totalmente en canales opuestos, creo que siempre me vio como la niñita tonta y malcriada que llega y todo se le da fácil, no la juzgo para nada, al contrario creo que no estaba del todo equivocada, y el destino se encargó de moverme de ahí para que yo siguiera mi camino y dejara de ser esa niña consentida. Me acerqué con ella y de corazón le agradecí el tiempo que se tomó para enseñarme cosas, porque seguramente le costó trabajo ya que no me aguantaba mucho, pero aun así lo hizo bien, también le dije que aunque no lo creyera la admiraba mucho como mujer, madre de familia y profesional, super trabajadora que había logrado llegar a donde estaba desde cero con esfuerzo y dedicación. Creo que cuando verdaderamente te das el tiempo de reflexionar las cosas buenas que ves en las personas (porque siempre hay) y de compartirlas con honestidad, conmueves a la gente. Aún recuerdo sus ojos empañados y el abrazo tan largo que me dio, y fue quizás el abrazo más especial porque es el que más recuerdo de cuando dejé de formar parte del mundo laboral en la gran Ciudad de México, no por nada es del único que escribí, o, ¿no? ;)

Pues listo… aquí arranca mi paso a lo desconocido y las cosas que verdaderamente me abrieron la mente y sobre todo el mundo a los veintiséis años, cuando yo creía que ya sabía de todo. Cuando creía que por haber viajado a diferentes países y conocido gente de muchas partes del mundo, por haber probado la ayahuasca, por haber conocido lo que era una relación de noviazgo formal y por haber trabajado y vivido sola, ya… conocía todo y estaba segura que mi vida había llegado a la recta final donde no había vocación para mí y la mejor forma de vivir mis años restantes era haciendo algo por los demás. Y mira como es la vida, que lo que llegué a pensar que era mi capítulo final, se convirtió en mi introducción.

Capítulo 1:

Hola, soy… Paulina

No era mi primera vez en Ecuador, conocía el país, lo había visitado antes porque mi hermana, de otra madre, y alma gemela vive ahí. Creo que gran parte de haberme sentido conmovida con la noticia del terremoto se debía a que ya sentía un cariño especial por el país.

Yo llegué una semana antes de que iniciara mi voluntariado con el fin de visitar a mi amiga Carca (claramente es un apodo) y pasar unos días con ella. Me di cuenta de que iba con otro chip, una mentalidad completamente diferente a la que tenía viviendo en México, con ganas de ser una persona entregada a ayudar a los demás, analicé esto en el trayecto a la ciudad donde iba a comenzar mi voluntariado. Iba sentada en mi asiento en ese autobús pensando en la noche anterior, cuando Carca me llevó a una fiesta con sus amigos, en ese ambiente que llegas y hay niñas más chiquillas, todas guapas arregladisimas hasta la punta de los pelos y los weyes solo buscando ligar y empedar, seguramente unos meses atrás yo hubiera estado rayada de estar ahí, hubiera elegido alguna canción y gritado: shot, shot, shot! Esta vez fue diferente, estuve ahí parada mirando a todos y todas sintiéndome perdida y fuera de lugar, cosa rara en mí, sobre todo en fiestas, y nunca olvidaré esa porque fue la vez que peor lo he pasado, fue entonces cuando me di cuenta de que me había exprimido como a un barro esa mentalidad que traía de antes. Esa fiesta tan superficial me supo a shot de mezcal en ayunas pero, me hizo darme cuenta de que yo quería probar otra fase de mi vida. Estaba lista.

Y aquí es donde Paulina entra en escena. Fui conocida como Paulina por un error en la mátrix… un error en mi solicitud al voluntariado donde mi segundo nombre se convirtió en mi nombre de pila incluso antes de llegar al país. No me molestó para nada, ni siquiera pensé en corregirlo, nunca había usado mi segundo nombre como el principal, pero por alguna razón quedaba bien para iniciar esta nueva etapa de mi vida, un nuevo comienzo con un nuevo nombre, mejor que un corte de pelo, pensé, porque en ese entonces conservaba mis hermosos rizos largos… hoy ya los trasquilé por completo… pero bueno volviendo al tema…

Cuando llegué, la ciudad estaba destruida por el terremoto, parecía el set de The Walking Dead, la serie de zombies. Nunca había visto edificios caídos. Me di cuenta de inmediato de que ya no estaba en México, recuerdo que llegué y no reconocía la estación de autobuses como una estación de autobuses, no sabía dónde estaba, llegué, así como de: «¿qué pedo?». No tenía señal en mi celular, ni internet, ni nada. Más sola que Babe el puerquito valiente, en una ciudad nueva y desconocida.

Fueron a recogerme los chicos de la organización y desde el minuto cero probé el encanto de los lugareños, la calidad de personas hermosas que me recibieron con los brazos abiertos, de inmediato me hicieron sentir super bienvenida. Me llevaron a la casa de la señora con quien iba a vivir mis próximos tres meses de voluntariado. Sobra decir lo linda que es la señora, tan generosa y amable. Me instalé en su casa y me di cuenta de lo fácil que resultaba para mí sentirme en casa en cualquier lugar, y por primera vez fui consciente de lo que llamaría mi superpoder en los años siguientes: mi adaptabilidad.

Al final no fue un voluntariado como el que yo me imaginé al principio de casi casi llegar a levantar escombros. Por el tiempo que seguí trabajando para no renunciar de inmediato y ahorrar para llegar ahí, esos voluntariados habían terminado y ya estaban puestos los albergues. Los voluntariados que había ahora eran con el fin de llevar apoyo moral. La gente estaba super bajoneada y el objetivo principal de estos convenios era tratar de que el país sintiera que no estaba solo, en mi caso como sabía hablar inglés el objetivo era hacer actividades en una escuela y trabajar con los chiquillos para ayudarlos con otro idioma. So… nice to meet you, guys!

¿Has escuchado alguna vez a alguien decir que cuando haces un trabajo de voluntariado, el voluntario termina siendo al que ayudan más? Creo que tengo que reestructurar esa frase, pero solo quiero decirte que es verdad. Te vas con la mentalidad de ayudar y terminas conociéndote y sanando, y al final aprendes mucho más, y te quedas con la sensación de que te ayudaron más a ti de lo que tú ayudaste. Eso me pasó. No tengo más que amor y agradecimiento hacia las personas que conocí en esa hermosa ciudad que al principio, para ser honestos, no veía hermosa para nada.

El proyecto

Mi proyecto se trataba básicamente de estar con niños de todas las edades, inventando actividades, conversando con ellos en una escuela local. Poco a poco empecé a involucrarme con más actividades en dicha escuela pues estaba enfocada al cien en estar ahí, sin pensar en salir de fiesta o estar activa en mis redes sociales, y lo que pasó fue increíble. Con ayuda de la directora, con la que ya me llevaba super bien, inventamos un proyecto audiovisual que incluía la participación de toda la escuela. ¿Proyecto audiovisual? Sí, así como suena. En ese momento, no sé de donde me saqué la seguridad de decir: «Órale, va». Es más, lo pienso ahorita y digo nooombre, no sé ni como lo haría. Mi teoría es que cuando estás verdaderamente enfocado en algo, con el corazón al cien, no hay fallas, y lo sientes, te sientes seguro. Pues el punto es que me lancé a liderar ese nuevo proyecto que nada tenía que ver con lo que inicialmente iba a hacer. El proyecto consistía en trabajar en las tardes, crear un taller para los chicos de prepa (en mi vida había trabajado con chicos tan grandes) y hacer un video institucional. A ver, sí, estudié Comunicación y Medios Digitales, pero me sentía super oxidada y sin muchos recursos para llevarlo a cabo, aun así nos lanzamos como equipo a lo desconocido, y no sabes… de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

Presentamos el proyecto en un evento de clausura a modo de «alfombra roja». Toda la escuela ayudó, los niños estaban emocionados, hubo espectáculo de medio tiempo con el equipo de baile, niñas hermosas que bailaban danza regional ecuatoriana. Yo fui maestra de ceremonias. Me sentía presentadora de los Óscar en ese auditorio de ladrillos lleno de ventiladores, al final recuerdo que a modo de sorpresa, mi equipo, los chicos con los que trabajé en la producción de los videos, tomaron el micrófono, yo no lo esperaba y las palabras que me dijeron llenaron mi corazón. Nunca había llorado en público.

No tenía ni idea de que yo, una simple mortal, podía haber inspirado a los chicos de la manera en la que lo hice y lo que me dijeron lo llevo conmigo hasta el día de hoy, creo que más permanente que un tatuaje.

Ah… pero no acaba ahí. ¿Recuerdas que te conté que mi creatividad me inunda a veces?, pues no recuerdo cómo fue, pero el hecho de estar trabajando en actividades en inglés, me hizo darme cuenta de que se me daba bien eso de ser teacher, o por lo menos me gustaba. Uno de los maestros de inglés de la escuela tenía su propia academia de idiomas donde daba clases en las tardes, después de quedar con él y organizarnos… (inserte sonido de tambores aquí), ¡me dio un grupo! Ahora también en las tardes daba clases a chicos de universidad… Sí, de universidad, parecíamos compañeros reunidos después de clases para hacer proyectos… y la verdad es que en cuestión de muy poco tiempo, sí se convirtieron en mis amigos.

Sí, obvio sabía que yo era mayor, no estaba chavorruqueando, pero me encantaba darles clases, hacíamos actividades super divertidas y después de clase me enseñaban la ciudad. Cuando terminó mi tiempo de teacher y yo estaba por mudarme, recuerdo que me hicieron una cena de despedida, y se tomaron el tiempo uno por uno de dedicarme unas palabras. Aún con solo recordar esa noche me atrapa un sentimiento de eterno agradecimiento, y sin duda creo que me enseñaron más a mí de lo que yo a ellos. Me enseñaron su calidad humana, me enseñaron que tenemos todo lo que necesitamos para curarnos los unos a los otros, y ¿qué crees? Otra vez lloré en público.

Gracias a esta experiencia por primera vez me di cuenta de lo que era llorar de felicidad, normalmente si estaba feliz me reía como imbeshil, pero esta vez era nuevo eso de sentir desde lo más profundo esa fuerza que sale en forma de agua y lo único que sientes es amor y gratitud, guau es la sensación más deliciosa y le agradezco tanto a las personas que me hicieron conocerla.

Creo que una persona que es feliz y agradecida con lo que tiene, proyecta una magia tan fuerte que te puede hacer cambiar el panorama y la visión que tienes de las cosas, cambiar la perspectiva, eso lo aprendí aquí. Cuando llegué a la ciudad la verdad, estaba devastada y no la veía bonita, no físicamente. La gente de ahí es tan feliz y está tan orgullosa de su ciudad, de su comida, de su gente y de corazón te enseñan su hogar, que te cambian la percepción, y en verdad yo lo que veía como un pueblito equis de repente había zonas que me recordaban a Miami, así cambió mi percepción. Creo que aplica para todo.

Tú puedes cambiar la percepción que los demás tienen de ti, sintiéndote feliz y agradeciendo lo que eres tú, ¿es fácil o difícil? Eso solo depende de ti. Puede ser tan fácil como cambiar tu mindset en 3, 2, 1… listo, ¿ya? O puede tomarte tiempo, días, meses, años… no importa, no es tiempo perdido, es tiempo en el que vas a descubrir cosas de ti.

Mi paso por Ecuador no terminó ahí, cuando mi proyecto llegó a su fin, me lancé a la ciudad natal de Carca para pasar con ella unos días antes de regresar a México. Oh sorpresa, esos «días» se convirtieron en meses enteros. Fui cambiando mi boleto de regreso poco a poco y sin darme cuenta ya tenía trabajo y estaba buscando un depa para que Carca y yo nos mudáramos. Estaba planeando quedarme a vivir ahí. Todo se fue dando y ahora veía al país como un nuevo hogar en donde empezar una nueva vida.

Los primeros meses acompañaba a Carca a su estudio, en donde yo pasaba el tiempo dibujando… Desde chiquilla me gustaba, pero fue en Ecuador donde me reconecté con ese hobby de la infancia y empecé a dibujar a todas horas. Gracias a que Carca tenía un estudio de diseño, abundaban los materiales, y a mí nunca me faltaba donde estar garabateando ideas. Poco a poco me empecé a involucrar con los proyectos y ayudaba en lo que podía. Eran días de felicidad porque incluso sin sentir una obligación de trabajo, podía crear y diseñar junto con las chicas del estudio y acompañar a Carca a las obras.

Después de un tiempo, un amigo nuevo, que obviamente conocí por Carca estaba buscando a alguien que llevara las riendas de su empresa, un coworking que había puesto con su socio, déjame decirte que algo que siempre me llamó la atención de la gente de mi edad de Ecuador, es que son super emprendedores, casi todas las personas que conocí tenían su propia empresa. Bueno pues, después de pensarlo en la casa de playa de Carca donde pasamos año nuevo, tomé la decisión de decir que sí… aceptar el trabajo y… pues instalarme ya un poco más en forma.

Así fue como volví al mundo laboral, esta vez fue todo un reto, porque aunque el país no sea tan diferente de México, hay muchas cosas que desconocía, como el RUC… no tenía ni idea que era eso, es una especie de RFC, mis compañeros de trabajo morían de risa cuando en mi primera llamada con un cliente me pidieron el RUC y yo con mi acento de RBD, como ellos lo llamaban, decía: «sorry , el ¿qué…?».

Al cabo de un tiempo, dejé de sentirme una turista visitando a su amiga del alma, y empecé a hacer mi camino, enfocada en un divertido trabajo donde era yo la que tomaba las decisiones del día a día, me encargaba de la administración en general, organización de eventos, labor de ventas, visitas guiadas por el lugar, actividades de integración entre las empresas, manejo de las redes, etc. También empecé a conocer mucha gente ya que había eventos cada semana, gente maravillosa que impulsaba mi creatividad con mis ilustraciones, talento que había redescubierto unos meses atrás…. Así fue como nació la ilustradora en mí, y empecé a venderlas y exponerlas en el coworking donde trabajaba.

Los fines de semana tenían sabor a sal. Todos los viernes, nos íbamos a la casa de la playa de Carca y pasábamos los días en el mar, entre tablas de surf, paddle boards y booguies, así fue como conocí algo que desde chiquilla, cuando lo único que quería era ser una sirena, siempre quise conocer… el fondo del mar. Carca me regaló de cumpleaños un curso de buceo y al cabo de unas semanas ambas estábamos certificadas… nos costó mucho trabajo volver a usar zapatos después de querer vivir bajo el mar todo el tiempo.

Me podía acostumbrar a esta vida fácilmente, me di cuenta de que solo necesitaba las olas del mar para que mis niveles de felicidad subieran hasta las nubes, me hacían olvidar de todo, incluso de si extrañaba a mi Lía, familia o amigos de México. La idea de quedarme a vivir ahí no sonaba nada mal. Me sentía como lugareña, estaba haciendo amigos por mi cuenta e incluso ya tenía a mi doctor de cabecera después de pasar lo que hasta el día de hoy ha sido el dolor físico más grande que he sentido y que me dejó una cicatriz en el interior del oído después de una incisión, si había sobrevivido a eso, podía con todo. Como trabajaba, también podía darme el lujazo de viajar con Carca y hacer nuestros roadtrips no solo por el país, sino ampliar nuestros horizontes a nuevas tierras más al sur, lo cual también me tenía feliz como una lombriz. Un amigo me estaba ayudando a legalizar mi estadía en el país con una boda express… aaah verdad, no es cierto, sino por medio de hacer mi trabajo oficial, en papel y todo… y con eso, el plan estaba formalmente armando: me mudaría de manera permanente, solo tenía que traer a Lía al país y mi vida estaría resuelta.

A la vida no siempre le parecen nuestros planes, con ayuda de Carca, mi hermana desde lejos (porque ella vive en Estados Unidos desde el 2013), me dio un de las mejores noticias que podía recibir, ¡Mi sister estaba embarazada!… ¡íbamos a tener una bebé! Así lo sentía yo, ya que mi hermana y yo, siempre, desde chiquillas, hemos sido muy unidas. La noticia movió el centro de mi universo, y más cuando me dijo que estaba por ir a México a visitar a todos y darles la noticia en persona, yo también quería ir a México a verla con la panza y ser parte de tremendo notición. Para sorpresa de muchas personas, Carca incluida, yo tomo decisiones al instante y sin pensar mucho… Los planes ecuatorianos hechos hasta ahora se me borraron cuando vi en la pantalla del celular la foto del ultrasonido de ese huevecillo que se estaba formando en el interior de Mana, y decidí volver… No era tan fácil como ir y regresar, ya que obviamente yo quería estar con mi hermana cuando naciera mi sobrina, y… planeaba quedarme con ella algún tiempo para conocer y cuidar a mi bebé… porque desde ese momento sentí que era mía.

Gracias Ecuador, por todos los momentos, las enseñanzas y las hermosas personas que conocí, me los llevé en el corazón, hasta el día de hoy, y partí con destino a mi bello país que había dejado un año atrás…

Agarré la onda de…

De apreciar la magia de vivir el momento presente. Me di cuenta de que casi toda mi vida había pasado agarrando la onda de lo que hacía hasta que ya lo vivía, hasta que los acontecimientos se convertían en memorias. Así es, vivía de memorias. Aventarme a vivir en un país nuevo, a hacer algo nuevo (voluntariado), en una ciudad donde no conocía a nadie, me permitió pasar tiempo sola y conocerme más. Tal vez suene muy básico pero para mí fue algo totalmente nuevo el aprender las rutas de los autobuses de la ciudad para llegar a la playa, por ejemplo, y actividades nuevas como esta, me permitieron saborear el presente conscientemente, y al hacerlo me llené de una sensación de autenticidad.

De mi adaptabilidad. Fue aquí, en Ecuador, donde descubrí un talento natural que era sentirme en casa en donde fuera, adaptarme a diferentes culturas, hogares, tradiciones y círculos sociales. La diversidad me encantó.

De cómo la felicidad puede cambiar nuestra percepción. Creo que esto aplica para todo. La felicidad es super contagiosa, una persona feliz te llena de esta energía de seguridad, de gratitud y de plenitud, tanto que te cambia la percepción de lo que sea: de alguna cosa, de un lugar, incluso de ella misma. En un ejemplo más superficial, pero que aplica aquí, no te has preguntado a veces cómo hay personas que tienen muchísimo pegue y no están exactamente afiliadas a la lista de «belleza física convencional»… Si te has percatado de esto y miras más al fondo, seguramente te encuentres con una personan feliz, una persona segura que irradia esa energía tan linda y tan autentica que es imposible pasar por alto y te atrae a ella, de la manera que sea. Eso es mucho más valioso, ¿no crees?

De que somos lo que nos cura. Creo que tenemos dentro de nosotros todo lo que necesitamos para ser felices. Creo que todos nosotros somos parte de un mismo equipo, que podemos sanarnos los unos a los otros.

De que lanzarse a lo desconocido trae siempre aprendizajes nuevos, por lo tanto nunca habrá arrepentimientos, ya de entrada ganamos algo.

Capítulo 2:

¿Qué pasó, paisanos? ¿Me extrañaron?

Regresé a México con toda la pila recargada, incluso recuerdo que llegué casi casi a cambiar maletas porque tuvimos un viaje familiar que hicimos con los hermanos de mi mamá y mis primas. Teníamos que caminar todo el día en los parques, mi mamá me dijo que me veía con un brillo especial e incluso hasta más «derechita» (postura correcta).

Ay, ay, ay, de verdad que si no fuera cansado para leer escribiría este capítulo con colores diferentes en cada letra, esta fue una época super feliz para mí, regresé a mi país y no me había dado cuenta de cuánto lo había extrañado. Me llenó el corazón volver a reencontrarme con mi Lía, ver a mis amigos y reírme hasta que me doliera la panza, conocer sus nuevas casas y todo lo que había cambiado en un año donde me desconecté de mi antiguo mundo, pero lo que no olvidaré fue cuando mi hermana aterrizó en el país y la vi con su panza gigante. Se veía hermosa.

Una tarde, en casa de mis papás nos acostamos en la sala, la tarde estaba soleada y preciosa, recuerdo que mi hermana y yo nos reíamos como hienas tontas, no recuerdo ahora de qué, pero recuerdo la sensación de estar con ella, reunidas después de tanto tiempo, después de todo lo que viví y lo que ella estuvo viviendo, verla ahí echada como morsa con la panza por fuera y mi sobrina por dentro. Mientras yo acariciaba a Lía sobre mi barriga y mi hermana se sobaba la suya en el sillón frente a mí, me sentí emocionada, como cuando sabes que algo increíble está por pasar y ahí puse a prueba algo que aprendí en Ecuador, vivir el momento presente y creo que lo logré porque aún recuerdo esa tarde, ese momento que dos estúpidas gallinas risueñas compartieron en la sala de casa de sus papás.

Con Mana en la ciudad, y al ser ella la primera nieta, era como si hubiera una celebridad viviendo en casa, todos los días algún primo, tío o amigo pasaba a saludar. Mi mamá se puso las pilas y creo que esa bebé tuvo más baby showers que todos sus compañeros de clase prenatal, uno con sus amigas, uno con la familia, uno nomás porque sí, uno en petit comité… bueno pura fiesta en ese tiempo. Mi hermana tuvo que irse pronto pues ya estaba al borde de no poder volar, regresó a su casa en Estados Unidos y yo aún llevada por la emoción de sentirme celebridad empecé mi tour por las casas de mis amigos, obvio todo con la intención de darle espacio a mis papás… ajá…

Fue una época distinta a la que había dejado un año atrás. Sí, seguíamos pasándolo súper y saliendo de fiesta, pero era diferente; creo que empecé a sentir que estábamos creciendo, lo cual no está nada mal. Empecé a disfrutar las salidas y las pláticas con mis amigos de una nueva forma y fue ahí cuando me di cuenta de que hay gente que sale de tu vida porque cumplió su ciclo, hay gente que llega para enseñarte cosas nuevas y también ¿sabes qué? Descubrí que hay gente que regresa cuando menos te lo esperas, y eso está bien.

Tuve una hermosa dosis de mexicanidad, Lía, amistad y familia, pero ¿qué crees?… una noche mi papá corrió a despertarme, tenía a mi mamá en el teléfono con la noticia de que mi sobrina estaba por nacer… Mi papá cambió su vuelo y nos fuimos en la madrugada. —¡Bye, Lía, te quedas con tus tías!—. Fue una locura, aterrizamos casi en vivo pero lo logramos… Cuando llegamos al hospital la bebé aún seguía en su horno, nos esperó… (no es por adelantarme pero mi papá y yo somos sus personas favoritas, creo que desde ese entonces nuestro vínculo ya estaba hecho sin siquiera darnos cuenta pues la bebé nos esperó).

Era el 15 de agosto del 2017 a las 9:08 de la noche cuando se escuchó en los pasillos del Hospital St. Lukes, el hermoso canto de una sirena… bueno, los berridos de mi rosada bebé… Cuando la escuché desde el pasillo, mi corazón se saltó un beat, en serio… estaba demasiado emocionada, no podía creer que estaba a punto de conocer a mi sobrina, había imaginado este momento mucho tiempo atrás y ahora sí, chakachakan, estaba por vivirlo en carne propia. Después de entrar al cuarto, tengo una laguna mental pues no recuerdo quién estaba ahí, supongo que mi hermana, obviamente, pero todo se desvanece hasta el momento en que la cargué por primera vez. Era tan pequeña y tan indefensa, para mí no había nadie más en el mundo más que ella y yo, todo desapareció y solo la vi a ella, esos ojitos hinchados y cerrados, su boquita rosada y hermosa. Fue la primera vez en mi vida que cargaba a un bebé tan pequeño, la verdad es que nunca habían sido de mi gracia, pero esto era diferente, ella era… mi sobrina, ella era mi bebé. Me sentía como esas leonas que viven en manada y todos los cachorros se convierten en sus cachorros. Bastó un segundo de tenerla en mis brazos para que esa bebé despertara algo en mí que no sabía que podía sentir. Y así sin pensarlo otra vez… las lágrimas de felicidad llegaron. «Yo siempre te voy a cuidar, yo siempre te voy a querer, mi Ragú».

El siguiente mes fue de aprendizaje total para todos en casa de mi hermana, como familia muégano que define a los mexicanos, vivimos bajo el mismo techo, mis papás, mi hermana, mi cuñado, mi bebé y yo. Solo faltaba agregar a Lía a la ecuación y el mundo así era perfecto. Recuerdo que ese tiempo fue muy divertido, yo tenía el turno de cuidar a la gorda de 1:00 a. m. a 4:00 a. m. ya lo sé, me hicieron wey cuando acepté el turno pero era nuestro momento y no lo cambio por nada. Ragú dormía el 80 % de esas tres horas sobre mi panza mientras yo veía por enésima vez mi serie favorita: The Office con el volumen muy muy bajito para no despertarla, pero suficiente para no quedarme dormida. Me da risa pensar, cómo los primogénitos gozan de todas estas cosas. Cuando es el primer bebé el mundo alrededor se deshace porque no le falte un par de ojos encima. Mi hermana tuvo a mi segunda sobrina tres años después y déjame decirte, sin afán de adelantarme, que la historia fue completamente diferente, pero bueno, aquí no juzgamos y yo era parte de ese mundo que giraba alrededor de la bebita más linda que había visto en toda mi vida.

Mi papá se fue al poco tiempo, nos quedamos los demás viviendo en comuna. Mi hermana siempre fue una mamá cool… nunca se quejó de nada, ni dejó de hacer ejercicio, cero sobreprotectora (en serio aunque siempre había alguien en turno, me daba pase libre para hacer lo que quisiera con la bebé —videos estúpidos y demás— y siempre ha sido una persona que ama tener la casa llena y gente rodeándola, a diferencia del lobo solitario que tiene por hermana, yo. Pues en toda su moción de invitar hasta al cartero a su casa llegaron ¡mis amigas! Y no creas que fuimos así de ingratas, estuvimos pocos días para después irnos a Chicago, este viaje es importante porque fue un parteaguas para mí. Mi vida estaba siendo tan feliz, se amontonaban las buenas cosas y buenas experiencias. A ese viaje lo llamé: el viaje relax. Me di cuenta de que mientras dejas fluir las cosas, las cosas se acomodan solas y no hay nada mejor que eso.

Al principio recuerdo que yo iba un poco nerviosa porque no tenía un presupuesto como el de mis acompañantes, que eran desde ese entonces parte de la vida laboral que yo había abandonado, pero como dije antes, simplemente flui y puse a prueba mi teoría de que el dinero también es energía y mientras más lo muevas y lo uses más pronto regresa a ti. Claro que… si podía ahorrarme ciertas cosas, pues, ¿cómo no? ¡Más que bienvenido! y como ya estaba graduada de mochilera profesional, viajar en tren y desayunar de galletas de cortesía era un arte dominado por mí. Así que ahí te voy Chicago… con una cifra en mi tarjeta que hubiera impedido a la mayoría de las personas que conozco decir: ¡me largo de viaje!

En este trip éramos cuatro amigas sin presión, simplemente dejándolo ser, y no me lo vas a creer, pero no existieron itinerarios ni planes, es más, después del desayuno que estaba incluido en nuestro hotel, nos dábamos el lujo de echar la sobremesa con el cafecito y muy cínicas las cuatro nos subíamos a bañar y… ¡a arreglar! Eso jamás pasaba en un viaje, normalmente agarrábamos el mood viajero, zapatos cómodos, cola de caballo y ‘amonos a conocer la ciudad. Este viaje fue distinto, fue calmado, fue de relajación y glamuroso, porque la ciudad se prestaba para un viaje así. Salíamos en divas, peinadas, perfumadas, enrímeladas y accesoradas, caminando tomadas del brazo a descubrir las sorpresas que la ciudad tenía para ofrecernos. ¿Foto aquí? ¡Cómo no! ¿Foto acá? Pero, por supuesto, ¿qué, ya no quieren caminar? Nombreee no pasa nada… pum pum pum… un coctel con vista al Bean.

Qué viaje, al final visitamos todos los lugares que en algún momento escribimos en una lista sobre una servilleta de algún bar. No hubo presión, solo risas, fotazas pa’l Insta y un montón de lágrimas… pero buenas, como en la obra de Aladdin, que nos conectó con nuestra infancia, pues a pesar de ser de países diferentes (Ecuador y México) nos dimos cuenta de que nos unían recuerdos parecidos. Este viaje fluyó porque nuestra mente fluía, porque nos decidimos a soltar y solo sentir y vivir. Y este fue uno de los que más he disfrutado en mi vida.

Cuando mis amigas se fueron y regresé a casa de Hermana, ella y mi cuñado me esperaban con una bomba que iba a cambiar mi vida en el momento en que dije que sí. ¡Ay no!, ya conté el final, eché a perder la sorpresa… pero bueno, me propusieron regresar después de las vacaciones de diciembre, pues ellos pensaban pasar en México esas fechas para llevar a la bebé a conocer a la familia, tipo un ritual de presentación como el de Simba en El Rey León, y bueno, ¿en qué iba?… Ah sí, me propusieron volver después de esas fechas decembrinas a quedarme con ellos por seis meses, vivir en su casa y ser la nanny oficial de la bebé. Mi hermana moría por regresar a la oficina y repito, por ser la primera bebé, sentían feo enviarla a una guardería, ahora que lo escribo años después me doy cuenta de lo ridículos que somos a veces como familia, pero en esos momentos yo también pensé «¿Mi bebé a una guardería? Pero ¿estamos locos? ¡Para eso tiene tía!»… No había nada que perder y mucho que ganar y como ya sabes porque yo solita me eché de cabeza al inicio de este párrafo, obviamente dije que sí. Volvería a inicios del año siguiente… I’ll be back…

A mediados de octubre de ese año, después de estar casi dos meses en Estados Unidos regresé a México con Lía. Esos meses en mi país aproveché para hacer cosas nuevas, empecé a ilustrar más y busqué nuevas formas de vender mis dibujos como en impresiones en tazas, playeras, imanes… uy, eso de encontrar proveedores me consumía todas las mañanas, pero me tenía entretenida. A la par empecé a jugar fútbol después de años de no hacerlo, no recordaba qué tanto me encantaba defender la portería, no, no era la portera, era defensa, pero bueno es que solo pisar la cancha yo transmutaba a Marcelo del Real Madrid. La verdad no era tan buena, pero ah cómo me divertía jugando a las 10:00 p. m. bajo la lluvia con mis amigas y mi prima. También regresé al tenis, otro deporte que me gustaba compartir con Prima y pasábamos jugando en el club deportivo a que nos dábamos vida de señoras ricas, aunque en realidad solo éramos dos desempleadas dando de raquetazos. A mí no me llamaba buscar un trabajo, ya tenía mi plan para la siguiente temporada, iba a ser nanny de la mejor bebé del mundo en unos meses, y entonces pensé… «Mmm ¿qué puedo hacer este tiempo?»… Lo descubrí… aún tenía algunos ahorros y que mejor manera de «despedirme» del mar por unos meses que irme a bucear a Galápagos. Lo hablé con Lía, estaba de acuerdo en que me fuera no por seis, sino por siete meses, en los que viviría con sus abuelos. El plan se armó y apenas brindamos: ¡Feliz Año Nuevo!, tomé mis maletas y con mi fiel backpack en la espalda me lancé un mes a pasar en Ecuador con mi segunda familia que tanto extrañaba.

Ir solo por un mes a Ecuador fue retador, quería hacer tantas cosas, visitar a tanta gente y el tiempo se me iba de las manos. No me dio tiempo de verlos a todos, y aunque me dio un poco de nostalgia, apenas mis pies tocaron la reserva protegida de las islas Galápagos, todo lo demás se me olvidó, hasta Lía… no es cierto.

Agarré la onda de…

De lo que es el amor incondicional, ese que no espera nada de regreso, solo se siente y te sale por todos los poros. Creo que estamos acostumbrados a querer así a muchas personas desde antes de ser conscientes de ello, por ejemplo a nuestros papás o hermanos, pero cuando en realidad te topas con una situación que te hace sentir ese amor tan puro, consciente desde el punto inicial, tu vida cambia. Para mí fue con mi sobrina, pero estoy segura de que las personas que han sido papás, o las que se han enamorado no me van a dejar mentir que este amor tan fuerte y puro, es algo memorable, digno de dedicarle reflexión.

De que al dejar fluir las cosas, se acomodan solas. Sí, es verdad, hay que pensar las cosas, somos seres pensantes, bla, bla, bla, pero hay momentos en donde dejar ir, dejar fluir es lo que necesitamos para arreglarlo todo y volvernos a sentir en balance. Muchas veces el hecho de sobrepensar nos inunda y nos lleva a sentirnos aún más perdidos… Soltar en los momentos que podemos, en los momentos necesarios, trae consigo una sensación de paz… y aparte de comer, estornudar o hasta hacer popó, no hay sensación más rica que la paz.

Capítulo 3:

No todo es lo que parece…

Y así acabó este año, este año que te acuerdas que ¿lo quería escribir en letras de colores? Aún sigo pensando que 2017 ha sido de los años más especiales, y todo lo que acabas de leer para mí sigue oliendo a arcoíris y unicornios, pero no todo fue así. Yo tiendo a recordar las cosas que me hacen feliz, enfocarme en ellas y olvidar lo que me dio en la mother, pero justo ahora que estoy exprimiendo mi memoria y desempolvando recuerdos, tengo que honrar los capítulos de mi vida que no fueron tan buenos, porque me llevaron a grandes enseñanzas, a tener mayor seguridad en mis zapatos y sobre todo a los mejores aprendizajes.

Así como hay días buenos y días que no lo son tanto, este capítulo empieza así… regresemos tantito la historia a mediados del 2017 cuando regresé a México y esta vez sacude la brillantina y el azúcar con lo que escribí lo de antes…

(Unos meses antes) (Inserte sonido de disco rebobinado)

Regresé de Ecuador con la pila recargada y viví un viaje familiar muy especial al lado de mi familia y mis primas bebés que ya no son bebés pero para mis ojos siempre las veo sonreír con sus dientes de leche… Al volver, pasé un tiempo en casa de mis papás esperando que mi embarazada hermana y mi cuñado hicieran su entrada triunfal en tierras nacionales, pero antes de que esto pasara yo tuve un shot de realidad.

Después de pasar tanto tiempo en otro país, con otras costumbres, otra gente, otros aires y otros planes, regresar a darme cuenta que ya no tenía idea de qué carajos hacer con mi vida me pegó como un puñetazo del Canelo centrado en mi carita… Viviendo en Ecuador consideré la idea de mudarme para allá e iniciar una vida nueva, cambiar ese chip en mi cabeza me hizo darme cuenta de que me encontraba homeless, de vuelta en casa de mis papás, sin planes y viviendo de ahorros. Claro que Lía era como un chocolate después de una rutina de ejercicio, un jugo helado de frutas después de bucear, una barra de internet a media carretera que me hacía no sentirme sola…

Debido a mi nuevo tiempo libre, mi mamá me invitaba a sus planes señoriales, clases de yoga mañaneras, desayunos laborales con sus amigas y entre esa vida de señora activa fui a dar con ella a un centro de meditación y sanación espiritual. Recuerdo que nos invitaron a una plática a cargo de una de las dueñas del centro, una guapísima y delgadita mujer arreglada increíble, con una presencia que inundaba todo el auditorio. Mientras ella hablaba a mí me atacó una ola de calor, que empecé a sudar de inmediato, tuve que doblar uno de los folletos que nos dieron en la entrada y usarlo como abanico. Cuando la plática terminó, ella se acercó a mí, me ofreció una disculpa por mirarme tanto, yo ni cuenta me di, pero bueno mi miopía tampoco me había dejado enfocar todos los detalles. Me dijo que la luz que yo irradiaba la había distraído y era difícil de ignorar… asuuumadre no tenía ni idea de que literalmente sacara luz. Algo pasó en esa plática entre ella y yo que tuvimos una conexión especial, ahora entendía más el porqué de mi ola de calor. Desde ese momento volví al centro para platicar con ella y cada vez que lo hacíamos, aprendía mucho de diferentes técnicas de sanación de cuerpo, mente y alma.

Al ser ahora visitante frecuente del centro, empecé a conocer gente y poco a poco me fui abriendo a compartir Mi Mundo Paranormal con alguien que no fuera mi mamá y mi Mana (hermana). Las personas con las que hablaba me inspiraban confianza y un ambiente seguro así que me dejé llevar como pluma que lleva el viento un día y escupí lo que yo pensaba que me hacía rara y no compartía con nadie… asuumadre, ahí va…

Mi mundo paranormal empezó cuando era pequeña. Desde que tengo memoria siempre he tenido mucha imaginación. Nunca me costó jugar sola, al contrario siempre lo prefería. Yo tenía mi propio mundo, mi propia Narnia. Hablaba con mis amigos imaginarios, con las cosas, con los animales, conmigo misma y descubrí que era mi lugar seguro y mi lugar favorito. Cuando eres chiquillo la imaginación es tan poderosa que muchas veces puedes confundirla con la realidad, y es lo que siempre concluía cada que me pasaban cosas que no podía explicar.

Desde que era niña he padecido hasta el día de hoy de parálisis de sueño y cuando era chiquilla simplemente pensaba que seguía jugando, incluso dormida. Mientras crecía me lo explicaba a mí misma como sueños super vívidos y las marcas en mi cuerpo cuando despertaba se debían a haber dormido en una mala posición o a haberme movido mucho durante la noche porque pues… sueños vívidos, ¿no?

Cuando compartí con los chicuelos que conocí en este centro de sanación, me encontré con gente de mi «especie» y para mi sorpresa lo que yo había vivido era conocido para muchos de ellos. En la madre, o sea, que no era solo mi imaginación. Las personas que conocí siempre se caracterizaron por ser muy positivas y estaban muy bien agarradas de su fe, el problema era que yo no, no en esos momentos, yo no sabía en qué creer, ni cómo sentirme segura creyendo en alguien o algo. Estaba tambaleante, y ahora cuando tenía episodios de parálisis, me asustaba demasiado pues ya no era algo de mi imaginación, era real y más gente veía y sentía lo mismo que yo. Me costaba trabajo dormir, casi no lo hacía y las pocas horas en la noche en que lo lograba siempre eran con Disney Channel en la tele, de fondo, acompañándome en todo momento. Pobre Lía, me volví dependiente de ella y no estaba tranquila hasta que la señorita regresaba del jardín de su última ida al baño nocturna y se acostaba junto a mí.

Cuando tienes miedo, atraes más miedo, y cosas que antes explicaba como marcas por dormir «chueca» ahora eran más visibles y por lo tanto se sentían más dolorosas. Dormir ya no solo me daba miedo, sino que me dolía. Es por eso que en el día me sentía cansada casi siempre y empecé a sentirme triste, perdida y ahora asustada… Una combinación no muy recomendable.

Compartí estos acontecimientos con mi manada paranormal y como siempre con una disposición inmediata empecé a recibir ayuda, consejos y oídos en donde descargar mis miedos. La diferencia entre ellos y yo era, sin duda, su fe, esa fe que los mantenía unidos y que los ayudó a controlar y vencer sus miedos y episodios agarrándose fuerte de ella. Yo intenté, pero en verdad que cuando intentas forzar algo no ves los resultados inmediatos y por lo tanto vuelves a la incredulidad. Yo no entendía esto aún, y lo único que me ocasionaron estos intentos fallidos y forzados de acercarme a una fe, fue alejarme más de ella. Yo no era capaz de, siquiera, pronunciar la palabra: Dios. Durante años había ido con mi familia a misas católicas, con mi hermana a congregaciones cristianas, a grupos en la selva para alabar al universo y a la madre naturaleza y no, no había conexión conmigo, al menos no la sentía. Nada de eso tenía un significado para mí, por ahí no iba la cosa.

Entendí algo, esto es hasta que estás listo, así que date tiempo, no te sientas mal si no es inmediato, es horrible escuchar o leer esto cuando quieres un cambio ya y ahora, pero las cosas llegan a su tiempo.

Como es de esperarse, este momento de mi vida no fue el mejor para mí, se acabaron los conciertos en el carro a todo volumen, mis salidas a correr y mis paseos con Lía, en los que jugábamos e imaginábamos cosas divertidas, se convirtieron en una persona más paseando a su perro en un parque.

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190 s. 1 illüstrasyon
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9788411145589
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