Kitabı oku: «Universo paralelo»

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Universo paralelo

Ellos descubrieron una nueva medicina, el Dios real y el amor verdadero

Luiz Fernando Sella - Daniela Tiemi Kanno


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

TÚ ¿ERES NISSEI, SANSEI, O NO SE QUÉ?

LA ISLA DE LA MAGIA

CONSTRUYENDO MI CASTILLO EN LA ARENA

BAJO FUEGO CRUZADO

DIOS ES FIEL

DE REGRESO A LAS VILLAS MISERIA

MIENTRAS TANTO…

SOÑAR EN GRANDE

ENTRANDO EN CHOQUE

EL UNIVERSO PARALELO

LA CURA VERDADERA

LA ENCRUCIJADA

“NO TEMAS, PORQUE YO ESTOY CONTIGO”

“UNA SOLA CARNE”

PREPARÁNDONOS PARA LA MISIÓN

EL CARIBE AFRICANO

OTRO VIAJE MISIONERO MÁS

EL PRÓXIMO PASO

EL FIN DE LA HISTORIA

APÉNDICE

Universo paralelo

Ellos descubrieron una nueva medicina: el Dios real y el amor verdadero

Luiz Fernando Sella y Daniela Tiemi Kanno

Título del original: Universo Paralelo. Eles descobriram uma nova medicina, o Deus real e o verdadeiro amor, Casa Publicadora Brasileira, Rodovia SP 127, Km 106, Tatuí, Brasil, 2014.

Dirección: Pablo M. Claverie

Traducción: Graciela López de Pizzuto

Diseño de tapa: Renan Martín

Diseño del interior: Giannina Osorio

Ilustración de tapa: Shutterstock (Banco de imágenes)

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. © Casa Publicadora Brasileira (2014). © Asociación Casa Editora Sudamericana (2015, 2021).

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-414-9


Sella, Luiz FernandoUniverso paralelo: Ellos descubrieron una nueva medicina: el Dios real y el amor verdadero / Luiz Fernando Sella ; Daniela Tiemi Kanno. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineTraducción de: Graciela López de Pizzuto.ISBN 978-987-798-414-91. Vida cristiana. 2. Relatos. I. Kanno, Daniela Tiemi. II. López de Pizzuto, Graciela, trad. III. Título.CDD 248.5

Publicado el 15 de abril de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

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Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

TÚ ¿ERES NISSEI, SANSEI, O NO SE QUÉ?

Por Daniela

Yo soy sansei, tercera generación de inmigrantes japoneses. Mis abuelos vinieron a la República del Brasil, desde el Japón, después de la guerra. Y, como una verdadera descendiente, crecí en un hogar en el cual mis padres, y toda la familia, intentaban mantener la disciplina y las costumbres orientales, siguiendo los principios sintoístas por tradición.

Mis abuelos fueron los fundadores de la Asociación Japonesa de la ciudad, el Bunka. Y, aun antes de ser alfabetizada en portugués, yo ya concurría a una escuelita en la cual aprendí la lengua japonesa. Crecí escuchando canciones tradicionales del Japón, siempre teniendo amiguitos también descendientes de japoneses, y comiendo platos típicos japoneses, tales como gohan, sushi y missoshiru. Cuando alguien moría, toda la familia se reunía para la “misa” en un templo sintoísta, y encendíamos incienso a los muertos. Todos los domingos, mientras mis tíos se reunían para jugar a las barajas, las mujeres se quedaban, expectantes, a fin de mirar en la televisión el programa “Oshin”, una novela que contaba la historia de una niñita que había sido cambiada por una bolsa de arroz.

A los seis años de edad me matricularon en un colegio de monjas, donde casi todos mis primos ya habían estudiado. En un país católico, necesitábamos hacer el catecismo, para después poder casarnos en la iglesia. La disciplina y las costumbres rigurosamente exigidas por las monjas agradaban a mi familia. En la misma época, me inicié en mi primer deporte, la natación; e inmediatamente mis padres me enviaron para que estudiara piano.

–Ustedes necesitan, por lo menos, hacer un deporte y tocar un instrumento –nos decía a mis hermanos y a mí nuestro padre, en tono muy serio.

Mis padres siempre dedicaron todo su tiempo y su dinero a proporcionarnos lo mejor, a fin de que disfrutáramos de mejores condiciones de las que habían tenido ellos. Mi padre, siendo médico, vivía haciendo guardias y trabajando mucho. Mi madre dedicaba su tiempo a las idas y las venidas desde una escuela hacia la otra. Me acuerdo que en la puerta de la heladera había un papel con los horarios de clases de piano, japonés, catecismo, natación, tenis... Aun así, a veces ella se perdía, y acababa olvidando a alguno de sus hijos en algún lugar.

Ya en los primeros años de estudio, me mostré como una alumna dedicada y muy esforzada.

–¿Qué vas a ser cuando seas grande? –me preguntaban las personas.

–¡Médica! –respondía yo, con mucho orgullo y convicción.

Cuando recibía regalos, los que más me interesaban no eran las muñecas, sino aquellos que tenían que ver con los hospitales, muñequitos vestidos de médicos, camillas y ambulancias.

–¡Dani va a ser médica! –decían todos.

Recibí la influencia para esta profesión no solamente de mi padre, sino también de dos primos médicos, que siempre fueron referentes para mí. Desde que era una criatura, siempre manifesté por ellos una gran admiración y cariño. Me acuerdo de un episodio en el cual mi prima, mientras estudiaba Medicina, me llevó a concurrir a una clase con ella. Y terminó recibiendo una observación del profesor, pues yo todavía era una criatura y estaba dificultando la clase.

Pasé mi infancia y mi adolescencia estudiando mucho.

–Dani, ¡ya es hora de dormir! –decía mi madre, a altas horas de la noche.

–Ya voy... Solamente necesito estudiar un poco más.

Yo necesitaba estudiar para ser siempre la mejor alumna. Cuando me sacaba un 9,5 en las pruebas me sentía frustrada, por no haber conseguido el tan deseado 10.

A los 16 años, cuando me estaba preparando para el examen de ingreso en la universidad, estando muy cansada de tanto estudiar y de la exigencia que yo misma me imprimía, comencé a cuestionarme: ¿Quién dijo que yo quiero estudiar Medicina?

Con el espíritu de rebeldía típico de una adolescente, fui a hablar con mi padre:

–Totchan [padre, en japonés], ya no sé si realmente quiero rendir el examen de ingreso para Medicina...

–Y entonces, ¿qué es lo que piensas hacer? –me preguntó mi padre, con los ojos extremadamente abiertos por el asombro.

–No sé. Creo que Publicidad –respondí, sin tener la más mínima noción de lo que realmente estaba queriendo hacer.

–De acuerdo –respondió él–. Sin embargo, si piensas que ya eres adulta y quieres hacer tu voluntad, a partir de ahora tendrás que solventarte: puedes comenzar a trabajar y a pagar tus cuentas; incluso el curso de preparación para el ingreso.

Tragué en seco. Las clases de piano que yo dictaba apenas alcanzaban a pagarme mis lujos. Y, con una mezcla de rabia y orgullo, resolví en ese mismo momento cambiar de idea y hacer el examen de ingreso a Medicina.

Cuando los padres de los adolescentes me cuentan acerca de sus hijos, sus dudas y sus nervios con los exámenes de ingreso a las universidades, me acuerdo de mi historia y las comparto con ellos, a fin de que se queden más tranquilos. No resulta fácil decidirse por una profesión cuando todavía no tenemos casi nada de vivencias y experiencias de vida.

*****

“Triiiiiinnnnn”, sonó el teléfono de mi casa.

–Dani, soy la madre de Érika. Salió la lista de aprobados en el examen de ingreso, y ¡vi tu nombre en el diario!

–¿Mi nombre?

Terminé aprobando en uno de los exámenes más demandados del país, casi sin quererlo. Tantos años estudiando, y ahora había llegado la hora de comenzar una nueva faceta de mi vida. Sin embargo, yo no estaba muy feliz. Me sentía insegura.

–Vamos a Botucatu, a fin de hacer tu matrícula y conocer la ciudad –me dijo mi padre.

“¿Botucatu?”, pensé, “¿Dónde quedará ese lugar?”

La facultad quedaba en el interior del Estado, a 250 km de São Paulo, en el Brasil. ¡Todo fue tan rápido! Ni siquiera tuve tiempo de pensar en lo que estaba sucediendo. Por primera vez estaría lejos de mi familia, viviendo con estudiantes de todos los lugares del Brasil, e iniciando una carrera a la cual le dedicaría la mayor parte de mi vida.

Vivir en el interior no formaba parte de mis planes; siempre fui metropolitana. Me gustaba mucho la vida agitada de São Paulo, las fiestas y los amigos.

–Dani, Érika va a vivir en un alojamiento de estudiantes japoneses. ¿Te gustaría compartir el cuarto con ella? –me preguntó mi madre.

El alojamiento de los estudiantes cobijaba a cerca de cincuenta alumnos, de los más variados cursos. Las alas masculina y femenina estaban separadas por una escalera en “T”, que estaba justo en el medio del edificio. Los cuartos estaban distribuidos en un corredor, y cada uno era para dos estudiantes. Dentro de los cuartos, solamente había una pequeña mesa para estudiar y un armario para colocar la ropa. Todo era muy simple, sin ningún confort. Los baños se compartían, así como también el lavadero y el comedor. Existía solo una heladera, para que pudiéramos dejar nuestras golosinas. Sin embargo, aun dejando el nombre escrito en letras gigantescas, no existía ninguna garantía de que tu yogur o tu chocolate estuvieran allí cuando tú los procuraras. Muy acostumbrada a tener todo muy organizado, siempre todo muy “derechito”, inmediatamente percibí que para sobrevivir tendría que cambiar mis conceptos. Mi vida de “niña mimada” había llegado a su fin.

Entonces, rápidamente me fui adaptando y armonizando con todos.

En los primeros días de clases, los veteranos hacían una fiesta de recepción a los recién llegados, donde todos eran “bautizados”. Después de un ritual en el que cada novato se quedaba en el centro de una ronda, se cantaba una canción; acabada esta ceremonia, teníamos que beber un vaso grande de cachaça (la bebida alcohólica destilada de la caña de azúcar más popular del Brasil). Los veteranos, todos a nuestro alrededor, aplaudían hasta que el novato tomara el último sorbo. Yo no estaba acostumbrada a tomar bebidas alcohólicas; sin embargo, ofrecer resistencia hubiese sido peor. Me acuerdo de que los ingresantes que se rebelaban contra esta chacota quedaban “marcados” para siempre con los veteranos. Aceptar las bromas de mal gusto parecía ser la única solución. En ese bautismo, cada uno recibía un apodo. Y el que yo recibí, inmediatamente después de haberme matriculado, fue “Tim Tim”.

*****

Mis primeras impresiones acerca de la medicina

–En este salón de clases, nadie entra y nadie sale –dijo mi profesor de Anatomía, omnipotente en su chaquetilla mugrienta, mientras ponía una traba a la puerta del aula.

El olor al formol se desprendía de los cadáveres, que habían sido retirados de un gran tanque de acero inoxidable. A los alumnos se los distribuyó en grupos. Cada grupo recibió una camilla, con un cadáver para disecar. Me quedé observando durante un instante, alrededor de mí, la reacción de mis compañeros de clase: algunos sentían náuseas a causa del fuerte olor del formol, que impregnaba todo el salón de clases; otros estaban atónitos, por la presencia de aquellos difuntos endurecidos. El silencio imperaba en el siniestro ambiente, y todos intentaban contener las emociones y los sentimientos que aquella escena les producía.

Durante el primer año, la grilla de materias estaba casi totalmente cubierta por las clases de Anatomía. Yo me pasaba horas y horas intentando memorizar los nombres de cada arteria, casa nervio, cada músculo del cuerpo. La complejidad de cada estructura impresionaba cada vez más mi mente; sin embargo, yo no sentía el más mínimo placer por convivir con los cadáveres. El formol se me quedaba impregnado en las fosas nasales, y todo parecía que tenía ese mismo olor: mi ropa, mis libros, la comida.

–¿Quiere comer carne? –me preguntaba la cocinera que servía las bandejas de comida en el almuerzo.

Solamente al observar los bifes, sentía náuseas.

–¡Es igual al cadáver! –comentaban los alumnos en el comedor, comparando la carne bovina con los músculos que disecábamos en las clases.

Desde ese momento, comencé a dejar de comer carne.

Apenas sí podía esperar a que llegara el viernes para ir a pasar el fin de semana en mi casa.

–Me parece que no me está gustando Medicina –le comenté a mi padre.

–Pero ¿por qué, hija mía?

–No soporto estar viendo personas muertas todo el día –le respondí.

–Aguanta un poco más. Durante el segundo año, mejora –me respondía él, esperanzado.

Ya en el segundo año, salí del laboratorio de Anatomía para entrar en el de Microbiología. En esta materia, estudiábamos los parásitos, los hongos y las bacterias en láminas.

Al regresar a mi casa, mis padres me preguntaban:

–¿Cómo marcha la carrera?

–Me parece que no me está gustando...

–¿Por qué, hija mía? –me preguntaban mis padres, un poco preocupados.

El año anterior lo había pasado enteramente con difuntos; y ahora con “bichos” muertos. ¿Cómo era posible que estuviese feliz?

–Aguanta un poco más. El tercer año es muy interesante –decía mi padre, convencido de que todo iba a mejorar.

Durante el tercer año, los alumnos comenzaban a ir frecuentemente al hospital. Con nuestros estetoscopios en el cuello y vistiendo ropa blanca, ya comenzábamos a sentirnos “más médicos”. A esa altura de la carrera, los alumnos comienzan a tener los primeros contactos con pacientes “vivos”.

Un hospital universitario funciona como un centro de referencia. Y, como tal, acaba recibiendo los peores casos de la región.

–Dani, ¿cómo está yendo la carrera? –insistía en preguntarme mi padre.

–Creo que no me está gustando...

–Aguanta, que el año que viene todo va a mejorar.

*****

El tiempo fue pasando, y yo ya estaba entrando en el cuarto año de la facultad: noches enteras sin dormir, estudios y más estudios... y una infinidad de enfermedades y palabras diferentes con las cuales tenía que familiarizarme.

A fin de poder soportar todo eso, finalmente acabé encontrando mis “válvulas de escape”: participaba de todas (o casi todas) las fiestas de la Universidad; aprendí a contemplar la naturaleza en las innumerables cascadas y valles de la región. ¡Hasta participé de una banda de rock integrada solamente por mujeres! ¡Cuántas juergas y peligros pasé durante ese período!

En esa época, ya no vivía más en la casa de los estudiantes japoneses. Érika se había ido, a fin de realizar pasantías. Entonces me fui a vivir en una casa en la que compartía el alquiler con otras tres muchachas. La casa siempre estaba llena de gente, ¡todo era solamente fiesta! Desde temprano por la mañana hasta la noche, siempre estábamos recibiendo las visitas de amigos de otros cursos de la Universidad. Las personas se sentían muy cómodas: siempre había algo para comer, espacio para tomar sol, un atelier de arte en el fondo... ¡Todo era una maravilla! Sin embargo, a pesar de toda la alegría, el tiempo estaba pasando...

Llegó el quinto año de la Facultad, y las cosas comenzaron a ponerse más serias. En ese período, hasta el sexto año, entrábamos en la fase del internado: casi todas las actividades se realizaban dentro del hospital. A los alumnos se los dividía en grupos pequeños, y se los distribuía entre las diversas especialidades y las diferentes salas agrupadas por enfermedades. La competitividad aumentaba entre los estudiantes, y la mayoría ya comenzaba a definirse en cuál área querría especializarse.

–Me parece mejor que disminuyamos las fiestas aquí, en casa, pues las cosas se están poniendo más serias ahora –comenté con mis compañeras de casa.

Y ellas, rápidamente, estuvieron de acuerdo.

Todo estaba acordado. Sin embargo, un día, cuando volvía de una guardia, después de treinta horas sin dormir, llegué a la casa. Estaba loca de ganas de dormir.

–¡Hola, Tim Tim! ¡Qué bueno que llegaste! –con estas palabras me recibieron algunos amigos.

Miré hacia adentro de la casa, y vi que había muchas personas; estaban comiendo y bebiendo, al son del rock and roll.

“No lo puedo creer”, pensé. Mi cuerpo y mi mente estaban prácticamente anestesiados de tanto sueño. Y lo que yo más deseaba en ese momento era tomar un baño y dormir.

–Resolvimos hacer una cenita para conmemorar la absolución de Neguinho –intentó explicarme una amiga, señalando hacia un muchachito que venía en mi dirección.

Él era de baja estatura, tez negra, y tenía una sonrisa graciosa, pues mostraba los dientes medio arruinados en su boca.

“¡Madre mía!”, pensé. “¡De donde será este muchacho!” No me acordaba de haberlo visto antes, ni en las fiestas ni en ningún otro lugar. Estaba tan cansada y confusa que ni siquiera podía razonar coherentemente.

–Entonces, chicos, me parece que necesito dormir –dije, intentando disculparme, para no ser antipática.

Una compañera se me acercó y comenzó a contarme un hecho que había ocurrido algunos años antes de que yo ingresara en la Universidad. Un comisario había apresado a varios estudiantes por drogas, y aquel muchacho había acabado siendo el chivo expiatorio de esa confusión. Había estado preso durante dos años, y justo aquel día había recibido la absolución. Y la “conmemoración” estaba siendo hecha justamente en mi casa.

Sin entender de una manera clara lo que estaba sucediendo, me quedé medio cohibida, sin saber qué hacer, hasta el momento en que ese muchacho se acercó a mí y me dijo:

–Me gustaría mucho agradecerles por la recepción de todos ustedes aquí, en esta casa. Le agradezco mucho a Dios por lo que él ha hecho en mi vida: yo era analfabeto, y aprendí a leer la Biblia en la cárcel. Me gustaría compartir con ustedes, una vez por semana, un texto bíblico y hacer una oración en esta casa. ¿Podría hacerlo?

“¿Leer la Biblia aquí, en casa? ¡Qué cosa extraña!”, pensé.

Sin embargo, después de entender mejor la historia del muchacho, ¿cómo podría negarme a un simple pedido?

*****

El contacto con la Biblia

Todas las semanas, el muchachito venía con una pequeña Biblia debajo del brazo. Como la casa estaba siempre llena de personas, nos reuníamos todos en una gran mesa en la cocina y acompañábamos la lectura bíblica. Para leer un capítulo, Neguinho demoraba casi media hora. Al terminar una frase, yo ni me acordaba acerca de qué estaba leyendo. Sin embargo, todos respetaban la reverencia con la que él realizaba aquella lectura. Después de leer, él nos contaba acerca de su experiencia dentro del presidio. Terminábamos la reunión haciendo un círculo tomados de las manos, y realizábamos una oración.

Se sucedieron algunos encuentros de este tipo en nuestra casa. No sé cuántos. Y nadie tenía Biblias en la casa.

Me pareció que era necesario que procurásemos algunas, de modo de acompañar la lectura del muchacho.

Me acordé de una que había tenido en mi niñez. Sin embargo, a pesar de haber estudiado toda mi infancia en un colegio católico y de haber tomado el catecismo, nunca había leído la Biblia. Llamé por teléfono a mi casa, pero nadie sabía dónde estaba mi Biblia.

Una amiga consiguió el teléfono de la Sociedad Bíblica del Brasil y encargamos algunas. De esta manera, comenzamos a acompañar la lectura de aquel humilde y simpático muchachito.

Cuando las Biblias llegaron por correo, percibí que tenían algunos mapas acerca de los viajes que había realizado el apóstol Pablo por Asia Menor, con algunos datos históricos interesantes. Observé que aquellas Biblias eran diferentes; en realidad, aquellas eran Biblias de estudio, con explicaciones que yo nunca había visto o estudiado.

“¿Qué significó la muerte de Jesús?” “¿Por qué ese hombre había cambiado la historia del planeta?, y ¿por qué él quita los pecados?” Y “¿Qué es el pecado?”; todas estas preguntas me habían acompañado durante la infancia. No obstante, nunca había buscado con real interés las respuestas. Apenas aceptaba que Jesús era el Hijo del Dios, y que él había muerto por nosotros. Sin embargo, nunca había comprendido qué tenían que ver estos hechos con mi vida personal. Y tampoco jamás había mostrado mucho interés en saberlo; hasta que comencé a ver aquellos mapas y curiosidades. Surgió entonces, en mí y en el grupo, un interés por buscar un conocimiento mayor.

–¿Vamos a comenzar a estudiar la Biblia? –nos propuso un amigo, cuya madre era cristiana.

Todos aceptaron. La madre de él, que vivía a más de quinientos kilómetros de distancia de donde nosotros estábamos, tuvo la iniciativa de enviarnos estudios bíblicos por correo. Comenzamos a hacer los estudios de manera muy informal, sin entender mucho el significado de las cosas. Sin embargo, el interés en saber más acerca de la Palabra de Dios crecía dentro de mi corazón.

*****

A medida que el tiempo pasaba, el gusto por las fiestas fue disminuyendo. Y el día de la graduación se aproximaba.

–Y entonces, Tim Tim, ¿ya sabes cuál es la especialización que vas a realizar?

Yo no tenía la más mínima idea de lo que haría. Ya había pasado haciendo residencias en todas las especialidades, y ninguna me llamaba la atención. No lograba imaginarme dentro de un hospital ni dentro de un consultorio. Todos mis compañeros ya estaban encaminados, convencidos de sus decisiones, pero yo no sabía qué especialización haría.

Me había decepcionado de la Medicina. Durante la carrrera, percibí que la profesión estaba muy corrompida por el capitalismo. Los médicos se mostraban más preocupados por prescribir drogas que por resolver los problemas de los pacientes. Estábamos como esclavizados por la industria farmacéutica: para cada medicamento lanzado en el mercado, se exigía un nuevo protocolo de prescripciones y de atención. Además de esto, muchas de las investigaciones que se desarrollaban estaban patrocinadas por esas industrias farmacéuticas.

Leandro, el amigo que me había introducido en los estudios bíblicos, sabiendo de la crisis por la cual estaba pasando, me comentó acerca de una clínica de tratamientos naturales que quedaba a unos sesenta kilómetros de São Paulo.

–¿Quién sabe? Tal vez puedas identificarte con el trabajo de ellos.

Sin saber nada acerca de este tipo de tratamientos, acepté la invitación para conocer el lugar. La clínica estaba rodeada de mucho verde, y tenía un gran lago; sin embargo, parecía estar vacía. No había nadie para explicarnos acerca de los tratamientos. Aunque había una placa de madera con una inscripción tallada, que me llamó la atención: “Aire puro, luz solar, agua, reposo, temperancia, ejercicios físicos, alimentos saludables y confianza en Dios: he aquí los verdaderos remedios”. Encontré aquellas palabras muy interesantes; sin embargo, como no había nadie para darme alguna explicación, quedé desanimada.

Al regresar a la facultad continué con mis dudas, y la ansiedad iba en aumento. Hasta que, a una semana de la graduación, un amigo que sabía de mi situación y compartía las mismas angustias que yo se me acercó, diciendo:

–¡Tim, Tim, ya sé lo que vas a hacer tú! El ministro de Salud está lanzando un nuevo proyecto en São Paulo, y ellos necesitarán profesionales con tu perfil para poder implantar el programa. Es en el área de Salud Pública.

Mi amigo comenzó a describir el programa, y era realmente lo que más se acercaba a la idea de la medicina con la cual era mi ideal trabajar. Sentí alivio al saber que mi futuro, de alguna manera, se estaba encaminando. Era como si un nuevo aliento de vida hubiera entrado en mí.

Me quedé más tranquila. Con el diploma en la mano y todas las pruebas ya realizadas, resolví tomarme algunos días para descansar.

LA ISLA DE LA MAGIA

Por Daniela

“¡Florianópolis! ¡Qué lugar maravilloso!”, pensé, acostada en una hamaca paraguaya, mientras contemplaba el mar verde esmeralda y sentía una suave brisa que acariciaba mi rostro. “Algún día voy a vivir aquí”.

Ya había aprendido a disfrutar de esta isla cuando todavía era adolescente, mientras pasaba algunas vacaciones con la familia. El sol, el mar, las bellas playas y la vida mucho más tranquila me atraían hacia aquella pequeña porción de paraíso. Realmente, ¡aquella era la “Isla de la Magia”!

Después de descansar algunos días allí volví a São Paulo. Había llegado la hora de comenzar a trabajar e iniciar mi especialización.

Mi primer empleo fue en un centro de salud en Mauá, en el ABC Paulista. El municipio estaba iniciando el Programa de Salud de la Familia, una estrategia del Gobierno que había surgido para mejorar las condiciones de salud en el país. El programa invierte en la atención primaria de la salud, es decir, en la prevención y en la promoción. Para esto, se contratan equipos de salud con médicos, enfermeros y técnicos, a fin de que trabajen en conjunto con los agentes comunitarios, que son personas de ese mismo lugar. Para conocer mejor a la comunidad, estos agentes actúan como facilitadores, a fin de que los equipos puedan desempeñar sus actividades en concordancia con la realidad local.

Además de atender en el consultorio del centro de salud, yo realizaba visitas en las casas, dentro de las villas miseria. Inmediatamente, en el comienzo de mis actividades allí, comencé a enfrentarme con una realidad totalmente diferente de aquella que yo había experimentado en la universidad: los protocolos de atención no podían llevarse a cabo, por falta de presupuesto y organización; los medicamentos de última generación ni siquiera existían en la farmacias populares, y el pueblo hablaba un lenguaje bastante diferente del académico. Apenas llegaba al centro de salud, en el primer horario de la mañana había una fila inmensa de personas que aguardaban. Tenían sus rostros desfallecientes, cansados, anémicos. Realizaba una consulta cada diez o quince minutos. Con una historia clínica en la mano, llamaba a un paciente detrás de otro.

–¡James Dean [Djeimes Dim]! ¡James Dean Da Silva! –llamé un día.

Nadie respondió.

Después de atender a toda esa fila, me había sobrado la historia clínica del primero que había llamado. “¡Madre mía!”, pensé, “¡creo que no es hoy el día en que voy a conocer al famoso artista de Hollywood!”

Cuando ya estaba saliendo del consultorio, lista para ir a almorzar, oí a alguien que golpeaba a mi puerta.

–Doctora, usted se olvidó de llamar a mi hijo –me abordó una mujer mulata, con un pañuelo sucio en la cabeza, con los dientes amarillentos y la apariencia de la misma miseria estampada en el rostro.

Observando que la muchacha estaba con un bebé en los brazos, envuelto en una pañoleta ajada y sucia, inmediatamente me anticipé:

–¡Oh, sí! ¡Entonces este es James Dean! –afirmé–. Yo ya lo había llamado, y tú no respondiste...

–No, doctora, ¡es James Dean [Jãmes Deã]!

*****

Iniciando el tratamiento natural

–Señor Juan, su presión está en 17/10! Usted tiene que tomar los medicamentos todos los días, ¿me entendió? –le dije con autoridad.

–¡Ah, hija mía, ni siquiera sé cuál es el remedio de la presión! –me respondió, sacando de su bolsillo una bolsa plástica llena de comprimidos fuera de sus embalajes originales–. ¿Es el amarillito o el verdecito?

–Señor Juan, ¿qué medicamentos son estos? ¿Por qué usted mezcló todo así? –le pregunté, ya perdiendo la paciencia.

–Estos remedios son de la diabetes de mi “muié” (mulher, en portugués: mujer); este es de mi nietito, que está con gripe; y este, para tratar el dolor en las “cóistas” (costas, en portugués: espaldas).

Respiré hondo y conté hasta diez.

Conocer y convivir con la dura realidad del país no fue nada fácil. La distancia que separaba mi mundo del de estos pobres miserables, el universo académico de la realidad, ¡era del tamaño del infinito!

Parecía sentir todo el peso de la responsabilidad de la profesión y la condición social de esas personas sobre mis espaldas. Sentía culpa, tristeza, y una cierta frustración.

Entonces, decidí desahogarme con alguien.

–Teresa –dije llamando a una enfermera de mi equipo–, creo que tenemos que hacer alguna cosa, no es posible continuar así...

Teresa era una señora cristiana, muy experimentada como enfermera. Siempre que yo estaba insegura, allí estaba ella, con toda la seguridad que solamente la experiencia te puede dar.

–Quédese tranquila, Dani, ¡Dios nos ayudará! –respondía ella, con una sonrisa en el rostro.

En esa misma época, el secretario de Salud del municipio, percibiendo que se gastaba mucho dinero en medicamentos que se utilizaban de manera inapropiada, contrató a una monja con experiencia en tratamientos naturales, para dar entrenamiento a todos los equipos del centro de salud.

–Coloquen la arcilla y el agua en un recipiente de vidrio; mézclenlo y aplíquenlo en la región donde la persona siente el dolor –nos explicaba la monja, muy segura de aquello que nos estaba enseñando.

“¿Arcilla para tratar el dolor? No lo creo”, pensé. “Me van a revocar el diploma”.

Nunca había visto algo parecido. Sin embargo, sabiendo que los tratamientos propuestos no tenían contraindicaciones ni efectos colaterales, y que la iniciativa venía de la propia Secretaría, resolví hacer la prueba en algunos pacientes.

En los comienzos, se compraba la arcilla en pequeñas cantidades. La enfermera preparaba todo en una sala, y me llamaba para que aplicara los emplastos alrededor de las rodillas, en las manos y en las caderas de las personas que tenían artritis y artrosis. Dejábamos a los pacientes en una sala de reposo, acostados en las camillas, hasta que la arcilla aplicada comenzara a secarse. Después de haberla retirado, los pacientes nos relataban la mejoría de sus dolores.

Comencé a mostrarme impresionada con los resultados positivos. ¡Tan simples y tan eficaces! Interesada por conocer un poco más acerca de ese método de tratamiento, intenté estudiar más acerca de cómo podría utilizar los recursos naturales de la mejor manera posible con el propósito de poder ayudar a mis pacientes. El propóleo para el dolor de garganta y el jugo de coles para el dolor de estómago ya eran tratamientos que mi familia utilizaba, con resultados positivos. En ese momento, decidí que también formarían parte de mis prescripciones.

*****

Subiendo y bajando los morros, huyendo de los tiroteos que se suscitaban cuando llegaba la droga, entrando en la casa de aquellas personas tan sufridas, comencé a reflexionar acerca del significado de la vida.

“¿Por qué tengo de todo y estas personas no tienen nada?” “Si Dios existe, ¿dónde está su justicia?” Estas eran algunas preguntas para las cuales yo buscaba respuestas, mientras regresaba al confort de mi hogar.

Al mismo tiempo que trabajaba, comencé mi especialización en el área de Salud Pública.

Coincidentemente, dos amigas que habían vivido conmigo en la época de la facultad también se habían mudado a la capital. Una de ellas estaba deprimida por causa de una relación conturbada. Y, como ya habíamos iniciado los estudios bíblicos en la época de la facultad, Leandro nos sugirió:

–Vamos a llevarla a la iglesia, y pedir la ayuda de algún pastor.

No recuerdo el motivo, pero no fui con mis amigos.

Ellos llegaron a una iglesia en Pinheiros, para un culto de miércoles a la noche, sin conocer a nadie. Al terminar la predicación, permanecieron en el banco, discutiendo si podrían continuar haciendo los estudios bíblicos con algún teólogo en São Paulo. El problema era que no conocían a nadie en aquella iglesia, y mucho menos a un teólogo. En el mismo instante, alguien tocó la espalda a uno de ellos:

–Encantado de conocerlos. Mi nombre es Hércules. Soy estudiante de Teología y necesito dar estudios bíblicos. ¿A ustedes les gustaría estudiar la Biblia?

–¡No lo puedo creer! –respondió mi amiga, muy entusiasmada–. ¡Vamos a comenzar ahora mismo!

–Ahora no –dijo el muchacho, sonriente–. Aunque podemos combinar para un día de la semana.

De esta manera, comenzamos nuestro primer estudio bíblico, en un departamento en Moema. Al comienzo, éramos un grupo de cuatro personas: tres médicas y un filósofo. Muy feliz y entusiasmada con el primer estudio dirigido, resolví llamar a otra amiga:

–Érika, ¿te gustaría estudiar la Biblia con nosotros?

–No creo mucho en eso –respondió ella–; sin embargo, te voy a acompañar.

Hércules nos había hecho una propuesta: que el estudio se realizara una vez por semana y que tuviera unos cuarenta minutos de duración. Sin embargo, no podíamos dejarlo ir si antes no lográbamos que respondiera a todas nuestras inquietudes. Y esto le llevaba casi tres horas.

–Chicos, el estudio está muy bien, pero me tengo que ir –nos decía el estudiante de Teología, intentando despedirse–. Tengo que tomar el tren subterráneo.

–No te preocupes, nosotros te podemos llevar –le respondía Érika sin titubear.

Después de algunos meses, advirtiendo que el grupo era muy cuestionador, Hércules decidió enviarnos con un pastor con mayor experiencia; era un señor que ya no tenía muchos cabellos. No era fácil dar estudios a un grupo como el nuestro. Además de tener muchas dudas, colocábamos, muchas veces, en jaque al pastor. Me acuerdo de la pelada del pastor, que se ponía coloradita; él sudaba. Sin embargo, siempre tenía las respuestas para todos nuestros cuestionamientos.

Pasados algunos meses, el simpático pastor se tuvo que mudar de São Paulo, y nos envió a un abogado que daba estudios bíblicos en Brooklin, otro barrio de São Paulo.

El vasto conocimiento bíblico e histórico del Dr. Ruy, quien lo transmitía de una manera tan clara que hasta los más humildes serían capaces de entender, fue lo que nos proporcionó una comprensión más profunda de la Biblia.

Nuestras dudas eran cada vez más respondidas. Y el entendimiento sobre la vida y la misión de Jesús se nos ampliaba. El significado del pecado, el plan de la salvación, el regreso de Jesús... ¡Él nos exponía cada tema de una manera tan fascinante y explicativa! Era como si estuviéramos descubriendo un nuevo mundo, revelando secretos que nos llevarían hacia la eternidad. Quedábamos tan absortos en los estudios que no sentíamos que el tiempo pasaba.

Después de que pasaron dos años, y comenzamos a poner en práctica las enseñanzas de la Biblia, empezamos a frecuentar la iglesia semanalmente, disminuimos las salidas a los bailes nocturnos e intentábamos mejorar nuestros hábitos en general. Solamente nos faltaba dar el último paso: entregar nuestra vida a Jesús, por medio del bautismo.

*****

Una propuesta indecente

Pasados dos años de haberme recibido, haciendo dos especializaciones al mismo tiempo y trabajando en medio de una villa miseria, comencé a estar estresada. Todos los días, al transitar por la Avenida Paulista, miraba hacia los controladores de calidad de aire, y estos decían: “Pésimo”; “Malo”; “¿Cómo puedo vivir en un lugar donde hasta el aire está pésimo?”, pensaba yo. El tránsito era infernal, los asaltos, los motoqueros, el barullo... Todo me irritaba. Lo que yo más quería era salir de la metrópoli y disfrutar de una vida más tranquila.

“Triiiiiiinnnnnnnn”, sonó el teléfono en mi casa.

–Hola, Dani. Soy Carlos, de Floripa (Florianópolis). Estoy pensando en abrir un nuevo negocio en un barrio supergenial de la isla.

–¡Qué fantástico! Y... ¿qué podría hacer yo para ayudarte? –le pregunté.

–Dado que el comercio que alquilé tiene un restaurante inactivo, ¡pensé que tú podrías montar un restaurante aquí! ¿Por qué no vienes aquí, para conocer la zona?

“¡No lo puedo creer, esta es mi oportunidad!”, pensé.

–¿Vivir en Floripa, a la orilla de la laguna? ¡Qué maravilla! –respondí yo, en voz alta.

Con mucho entusiasmo, fui a contar a mi familia la idea de salir de São Paulo y aventurarme en un restaurante.

–No me parece que sea una buena idea –me dijo mi padre, bien serio.

–¡Tú no sabes cocinar! –me recordó mi madre.

–¡Esta es una oportunidad única; no puedo perderla! –les respondí, intentando convencerlos de que aquella sería mi única chance de salir del estrés.

Estando ya recibida, con el diploma en la mano, yo pensaba que era lo suficientemente adulta como para tomar mis propias decisiones. Y mis padres sabían que discutir sería una pérdida de tiempo.

–Tú eres la que sabe –dijo mi padre–. En caso de que todo salga mal, tienes que saber que estaremos aquí, esperándote.

No aguardé un segundo más. Acomodé mis cosas y salí con un automóvil lleno de valijas. Vivir en Floripa sería realizar un antiguo sueño. Y yo sabía que para poder estar más cerca de Dios necesitaría vivir más cerca de la naturaleza, y en un lugar más tranquilo.

En medio de la carretera, me puse a reflexionar acerca de lo que sería vivir en la isla. “Tendré una vida más simple: sin miedo a los asaltos; sin tener que estar en medio del tráfico, para ir a trabajar; nada de villas miserias en las proximidades. ¡Seré la persona más feliz del mundo!” Y tuve una sensación de libertad en el alma. Estar cerca de la playa y de la naturaleza me fascinaba.

Cuando llegué allí, fui rápidamente al lugar donde tendría mi primer negocio.

El restaurante estaba dentro de una embarcación, con vista hacia el mar desde todos los ángulos. Entré en el salón: el piso estaba lleno de polvo, con algunas sillas desparramadas y puestas en pilas. Las cacerolas y la vajilla estaban dentro de armarios húmedos y arruinados por el salitre del mar, lo cual demostraba que el restaurante había estado abandonado hacía algún tiempo.

Sin embargo, los rayos de sol que se reflejaban en el agua del mar, las gaviotas que volaban y el olor del mar impedían que algún pensamiento negativo floreciera en mi mente. Yo alimentaba la convicción de que estaba en el lugar correcto, en la hora correcta. Tomé mi celular y llamé a Carlos:

–Llegué. ¡El lugar es realmente maravilloso! ¿Vamos a negociar con el propietario?

–Ah, Dani, ¿ya llegaste? –me respondió él, titubeando.

–Sí, aquí estoy. ¡Y lista para cerrar el negocio!

–Claro. No te pude llamar antes... pero ya vendieron el restaurante...

–¿Cómo es esto? ¿A quién se lo vendieron? –pregunté asustada, despertándome en ese momento del sueño.

–Discúlpame, Dani. No te pude avisar. Fue todo muy rápido. Llegó un empresario de São Paulo, con mucho dinero. Él está comprando todo por aquí.

–¿Quién es ese tipo? –pregunté, indignada.

–Es un amigo de Tchelo, que trabaja aquí, en la marina –continuó diciéndome.

Fastidiada por la vuelta atrás de mi compañero, fui a aprovechar la playa con un matrimonio de amigos que estaba en la isla a fin de pasar unos días conmigo. Cuando les conté acerca del restaurante, ellos quisieron conocer el lugar, para verificar las condiciones en las que este se encontraba. Y había algo que me decía que tenía que volver allí.

Cuando llegué a la embarcación, al estacionar el automóvil frente a un jet ski, pude notar que había un hombre que arreglaba el motor de la máquina. Y entonces descendí del automóvil.

–Hola. Mi nombre es Daniela –me presenté–. Sé que el restaurante ya fue vendido, pero ¿podría dar una mirada con mis amigos?

–Sí –me respondió el hombre de una manera indiferente, sin siquiera mirarme, mientras sostenía varias herramientas en las manos.

–Y, por casualidad... ¿sabes quién lo compró? –insistí.

Dejando las herramientas en un rincón, se volvió hacia mí y, con cara de sorpresa, me dijo:

–Sí. Es un amigo mío, de São Paulo. Él también es japonés. Resolvió venirse para aquí con la intención de huir de la rutina y del estrés que ha estado soportando en los últimos años. Y, dicho sea de paso, está buscando un socio. ¿Por qué no lo llamas? Estoy seguro de que ustedes van a llevarse bien –me sugirió, anotando los datos del contacto en una tarjeta.

Aquello, simplemente, no podía ser una coincidencia. ¡Parecía que todo se estaba preparando para que yo viviera en la tan soñada “Isla de la Magia”!

CONSTRUYENDO MI CASTILLO EN LA ARENA

Por Daniela

–¡Mamá, es de verdad! –dijo la criatura pellizcándome el brazo.

–¡Discúlpeme, señorita! Resulta que en Floripa nosotros solamente vemos a los japoneses en los libros –dijo la madre, intentando arreglarlo.

Esto había sucedido cuando yo todavía era una niña, en un período de vacaciones que pasé con mi familia en la isla. Realmente, encontrar descendientes de orientales en Florianópolis era una rareza. Y ese era uno de los motivos por los cuales mi madre no había aprobado mi mudanza a ese lugar.

–¿Cómo vas a encontrar un marido allá? –preguntaba ella, preocupada por mantener las tradiciones de la cultura.

Mi madre es la más pequeña de ocho hermanos. Todos los miembros de la familia, aun cuando se pusieron de novios en el Brasil, se casaron con descendientes de japoneses. Al primer primo que se puso de novio con una gaijin (en japonés significa “extranjero”) acabaron mandándolo al Japón para estudiar, en una tentativa de la familia de deshacer la relación entre ellos.

Desde que era pequeña, siempre viví en ambientes en los cuales la cultura japonesa estaba presente: la primera escuelita, la música, la comida. En la facultad, la colonia japonesa también era muy activa. Hasta el alojamiento de estudiantes en el que viví desde el momento en que llegué a Botucatu estaba siendo patrocinado por una entidad del Japón.

Mantener la cultura y las tradiciones de nuestros ancestros era una preocupación que siempre estuvo muy presente en nuestra familia.

La decisión de mudarme a Florianópolis quebrantó a todos, principalmente a mis padres. Yo no sabía mucho acerca de mi futuro socio; sin embargo, el hecho de que él fuera japonés me trajo cierta seguridad.

Sentí que estaba en el lugar correcto, a la hora correcta.

*****

Las primeras emociones en la “Isla de la Magia”

Mis primeros días fueron intensos después de conocer a Marcos. Mi socio era muy comunicativo y enérgico; su ritmo de trabajo era el de alguien que recién hubiera llegado del Japón:

–¡Tenemos que agilizar las cosas! ¡La temporada comienza en dos semanas! –ordenaba él, con aires de general.

Igual que yo, él no tenía experiencia en el ramo gastronómico. Abrir la empresa, contratar empleados, comprar la vajilla, conseguir proveedores, hacerse de un stock, hacer la propaganda, armar el menú... todo era nuevo; para mí y para él. Sin embargo, a los tropezones, armamos un restaurante en solamente dos semanas.

Explorar una nueva área, totalmente diferente de la Medicina, sería un gran desafío para mí. Sin embargo, como siempre me gustó enfrentar los desafíos, encaraba todo con naturalidad. Hasta que comenzó la temporada de verano.

“Triiiiiinnnnn”, sonó el teléfono del restaurante.

Era una amiga que había vivido conmigo en la facultad, y que participaba de los estudios bíblicos en São Paulo.

–Y, todavía mejor –continuó contándome ella–; mi novio y yo vamos a entregar nuestras vidas a Dios, y el bautismo de todo el grupo será en las vísperas del casamiento. ¡No puedes dejar de venir, amiga!

–Ven, Tim Tim. Todos nos vamos a bautizar. ¡Tienes que estar aquí! –me dijo otra amiga.

Pude percibir que todos estaban muy felices.

Estando de acuerdo con todo lo que ya había estudiado, también me gustaba la idea de bautizarme. Sin embargo, estaba tan concentrada en el nuevo emprendimiento que resolví postergarlo.

–Lo siento mucho, pero no estaré con ustedes. ¡Que sean muy felices! –les respondí–. Más adelante, quizá yo también haga esta entrega a Dios.

*****

–¿Se acabó el shimeji? ¿Dónde has visto un restaurante japonés sin shimeji? –gritaba mi socio, disconforme conmigo–. Y el sakê, ¿todavía no llegó?

Terminé abriendo un restaurante donde no existía la mano de obra especializada ni los productos para elaborar los platillos del menú. Todo llegaba desde São Paulo, o de Curitiba.

–Por favor, ¿tienes pescado para el sashimi? –le pregunté al empleado de la pescadería.

–¿Eh? –me respondió él, con cara de quien nunca había escuchado aquella palabra.

–Sa–shi–mi –deletreé–. SA–SHI–MI. ¿Me has entendido? –repetí, desesperadamente.

Nunca me imaginé que sería tan difícil conseguir comprar pescado para hacer sashimi en una isla. Por no tener muchos orientales, Floripa no ofrecía lo mejor en materia prima para proveer a un restaurante japonés.

No me llevó mucho tiempo percibir que si quería ofrecer algo de buena calidad yo misma tendría que entrar en las cámaras frigoríficas de los pesqueros, para escoger los mejores pescados. Con botas blancas en los pies, delantal de plástico y cofia en la cabeza, allí estaba la médica convertida en gourmet, observando las branquias y los ojos de los pescados, aprendiendo a seleccionar los que estaban más frescos para el consumo del shasimi.

–¿Quiere llevar un salmón?

–¿Cuánto pesa? –le pregunté.

–Veinticuatro kilogramos. ¡Está fresquito! –me lo ofreció el vendedor, todo orgulloso.

–Lo voy a llevar –respondí.

Al sacar el pescado de la cámara frigorífica, apenas lograba cargarlo. ¡Era casi de mi tamaño!

–Deja que yo te ayude, muchacha. ¡Este no lo puedes manejar tú; no! –afirmó el vendedor.

Llegué al restaurante oliendo a pez muerto.

–Dani, están faltando nabos y el pepino japonés. El camión no los trajo de São Paulo –me dijo el sushiman.

–¿Cómo qué no? Ya lo pedí hace dos semanas.

Y así fueron mis primeros días en el nuevo negocio. Con el pensamiento de que Dios estaba dirigiendo las cosas, nutría la esperanza de que todo fuera a andar bien.

Cuando se acabó la temporada de verano, la sociedad inmediatamente se transformó en una relación amorosa.

Cuando estudiaba la Biblia, tuve el conocimiento de la instrucción de Dios: “No formen yunta con los incrédulos. ¿Qué tienen en común la justicia y la maldad? ¿O qué comunión puede tener la luz con la oscuridad?” (2 Cor. 6:14).1 Aun así, racionalicé: “Después puedo enseñarle la Biblia a Marcos. Él también va a entregar su vida a Cristo”. Finalmente, él demostraba ser una persona de principios, honesta en los negocios y con un círculo de influencia muy grande.

“¿Habrá Dios preparado todo esto para que nosotros nos encontráramos en Florianópolis? ¿Será esta la persona con la cual me casaré?”, me preguntaba. El lugar donde siempre quise vivir, un japonés más maduro para guiarme, un trabajo para proporcionarme mi sustento. Todo indicaba que esta sería una linda historia de amor.

*****

–Tengo que cerrar un negocio en el Japón. No sé cuándo vuelvo –me dijo Marcos, preparando una pequeña valija.

–¿Y el restaurante? –le pregunté.

–Búscate un administrador, para ayudarte. Tú no tienes habilidad para manejar el dinero.

Ya desde el principio, pasé por muchos apuros financieros y emocionales. Marcos no se quedaba más de dos semanas en el restaurante, y yo intentaba rebuscármelas durante su ausencia. Los negocios que él tenía demandaban que viajara todo el tiempo, y nuestra relación no se desarrollaba de la manera que yo esperaba; ni como socios, ni como novios.

Mi cotidianidad era muy vertiginosa, y no sentía cómo pasaba el tiempo. El restaurante me consumía todo el tiempo y, cuando caí en la cuenta, ya me estaba preparando para la segunda temporada de verano. Al reflexionar acerca de mi vida, caí en la cuenta de que estaba lejos de mi familia, lejos de mis amigos, lejos de mi profesión; y, lo peor de todo, lejos de Dios.

Entonces, comencé a sentirme culpable por no haber seguido las orientaciones de mis padres y haber despreciado el consejo de Dios. “¿Qué comunión podrá haber entre el que cree y el que no cree?”, meditaba yo, con mucha tristeza.

“¡Creo que seré infeliz por el resto de mi vida! ¡Perderé mi salvación!” Yo lloraba todas las noches al volver del trabajo. Estaba sola y muy angustiada, con el peso de la culpa en mi conciencia. Sentía la necesidad de desahogarme con alguien que pudiera entender mi angustia espiritual.

–Doña Regina, necesito hablar con usted.

Doña Regina era una de las cocineras del restaurante. Muy cristiana y tranquila, con un poco más de cincuenta años, era una persona que traslucía confianza. Ella sabía lo que me estaba angustiando y de la culpa que yo sentía. Le conté acerca del miedo que estaba sintiendo de perder mi salvación.

–¿Por qué estás creyendo eso? –me preguntó ella, con aires de madre.

–Porque yo estaba estudiando la Biblia con mis amigos, cambié mis hábitos de vida y, en vez de entregar mi vida a Dios, me vine para acá, para hacer mi voluntad, sin preguntarle a Dios si esa era su voluntad. ¡Y todavía, me uní en yugo desigual! Desobedecí voluntariamente a Dios. Actué en contra de lo que está escrito en su Palabra –desesperada, le continué relatando.

–Hija mía, quédate tranquila. Si estás arrepentida, es porque el Espíritu Santo te está hablando. Confiesa tus pecados a Dios en oración, y busca la iglesia en la que estabas congregándote, para continuar con tus estudios. Dios te va a perdonar, y te va ayudar en todo. Mantente siempre en oración y no te desanimes.

En la isla, no conocía a nadie que se congregara en la Iglesia Adventista del Séptimo Día, iglesia de la cual yo participaba en São Paulo. Sin embargo, por la providencia divina, aquel estudiante de Teología que había dado los primeros estudios bíblicos a nuestro grupo de amigos, Hércules, se casó con Érika, mi amiga de la infancia; ahora ellos estaban viviendo en una ciudad de Santa Catarina. Entonces, entré en contacto con ellos, y comencé a compartirles mis experiencias y mis frustraciones.

–¡Ven para aquí, a pasar el fin de semana con nosotros, Dani!

A pesar de estar viviendo en el mismo Estado, las ciudades estaban un poco distantes; sin embargo, el sacrificio de encontrarme con ellos valdría la pena. Necesitaba desahogarme con personas amigas, y me sentí muy aliviada al poder compartir con ellos mi situación. ¡Qué confort sentimos cuando estamos juntos con verdaderos amigos!

Mi amiga también estaba pasando por un momento difícil. Sus padres, por ser descendientes de japoneses, se habían puesto en contra de su bautismo y de su casamiento. Sin embargo, allí estaba ella: firme, enfrentando sus luchas y experimentando unas situaciones totalmente diferentes de las costumbres con las cuales había sido criada. No siempre yo podía viajar para encontrarme con ellos; sin embargo, el poco tiempo que pasábamos juntos era muy precioso. Inmediatamente, Hércules me preguntó:

–Tendremos un bautismo en la iglesia dentro de una semana. ¿Por qué no aprovechas esta oportunidad? Piensa en esto.

Aquella invitación golpeó muy fuerte en mi corazón. Estaba sinceramente dispuesta a ser bautizada en las aguas y entregar mi vida a Dios. Sin embargo, había algo que todavía me impedía tomar mi decisión: yo fumaba, y no pensaba dejar mi vicio.

*****

Oír la voz de Dios

Aprendí a convivir con el cigarrillo desde temprano, ya en el vientre de mi madre. Nací prematura, y mis padres siempre fumaron. En la facultad, el cigarrillo de clavo de olor (kretek) estaba siempre presente en los bailes. En el restaurante, era mi compañero en las noches solitarias.

–Haz una oración, y pide ayuda a Dios para que puedas dejar ese vicio –me dijo el joven pastor.

“¡Oración!... Muy fácil decir eso para un pastor, que nunca fumó en su vida”, pensé. Sin embargo, ¿sería posible que Dios realmente me escuchara?

Entonces, resolví intentar, pues no tenía nada que perder. Hablé con Dios, estando de pie: “Si es que tú, Señor, existes, y quieres que yo sea bautizada exactamente en ese día que está proponiendo el pastor, ayúdame a dejar de fumar. Señor, tú me creaste, y sabes cuánto me gusta el cigarrillo”. Hice esta oración y me fui a dormir.

A la mañana siguiente, me desperté e inmediatamente encendí un cigarrillo:

–¡Puaj! –dije, sintiendo un gusto terrible en la boca.

“Pienso que será porque estoy en ayunas”, racionalicé.

Fui al restaurante, y aquel día trabajé toda la mañana sin parar. Después del almuerzo, cuando todos los clientes ya se habían ido, encendí un cigarrillo, como de costumbre. Y sentí náuseas.

“Creo que comí muchas frituras”, pensé.

Volví a trabajar, a fin de poder atender a los clientes en la cena. Durante la noche, también fue todo muy vertiginoso. Cuando estaba haciendo el cierre de caja y el último cliente salió por la puerta, pensé: “¡Uf, que día concurrido! ¡Voy a encender un cigarrillo!”

Era una linda noche de luna llena. Descendí apresuradamente hasta el deck de madera que estaba hacia el mar, y en dirección a la mesa en la cual había dejado un paquete de cigarrillos y el encendedor. Estaba loca de ganas de fumar. Sin embargo, al acercarme a la mesa...

“¿Dónde están mis cigarrillos? ¿Y mi encendedor?”

Era casi de madrugada, y todos ya se habían ido. Estaba sola.

Comencé a revisar ansiosamente dentro del restaurante, para encontrar cigarrillos: en los cajones, en los estantes, en la caja registradora, en la cocina. Sin embargo, no encontré ninguno.

Me puse furiosa, pensando en quién podría haberse llevado mi paquete de cigarrillos. Muchos pensamientos pasaron por mi cabeza, y comencé a razonar sobre cómo podría conseguir un cigarrillo a aquella hora de la madrugada. Pensé en salir para comprarlos; sin embargo, en aquel horario no habría nada abierto. Un sentimiento de frustración comenzó a dominarme, ¡y el deseo de fumar aumentaba! Ya con la sangre que me subía a la cabeza y percibiendo que no tendría éxito en fumar aquella noche, resolví desistir de la idea e irme. Subiendo las escaleras que me llevaban hacia adentro del restaurante, escuché una suave voz: “No vas a fumar más”.

Me detuve, como dura, en la posición en que estaba, con un pie en un escalón y el otro pie en el otro escalón. Me quedé estática por un segundo: “¿Quién estará hablando conmigo?”

Silencio. La luna llena era el único testigo.

“Creo que es Dios quien está hablando conmigo”, pensé. Cerré los ojos, y comencé a reflexionar acerca de la oración que había hecho la noche anterior. Yo realmente había pedido ayuda a Dios para dejar de fumar, si era su voluntad que yo pasara por las aguas del bautismo esa misma semana.

Las escenas de todo el día pasaron por mi cabeza como si fueran en película: el gusto desagradable en la boca a la primera hora de la mañana, las náuseas, las corridas en el trabajo; el hecho de que el paquete de cigarrillos y el encendedor hubieran desaparecido. Aun cuando había tenido ganas de fumar, ¡no logré fumar en todo el día!

Entendiendo que Dios realmente me estaba queriendo mostrar algo, ese mismo día llamé por teléfono a Hércules, y decidí ser bautizada.

*****

¿Qué es el bautismo, de acuerdo con la Palabra de Dios?

Adán y Eva fueron creados a imagen y semejanza de Dios. Fueron creados con una naturaleza espiritual, amorosa. Y también con la libertad de elección. Disfrutaban de las bendiciones que Dios había dejado para ellos y eran muy felices. Hasta que, en uso del libre albedrío que tenían, resolvieron desobedecer a Dios. Y el pecado entró en el mundo.

Pecado es todo aquello que nos aleja del amor del Creador. Dios había advertido al matrimonio: “[...] Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás” (Gén. 2:16, 17). Con la desobediencia, “ciertamente morirás”: esa sería la consecuencia natural; es decir, estaríamos todos condenados a la muerte eterna.

Sin embargo, aun cuando pecaron, fue otorgada a este matrimonio –y a todos nosotros–, una nueva oportunidad de vida. Esta chance se nos dio por intermedio de Jesús, la Deidad encarnada en forma humana, a fin de librarnos de la muerte eterna. Él tenía la misión de entregar su vida con el objetivo de salvarnos de la condenación. En lugar de morir nosotros, él decidió morir por nosotros, para pagar el precio de nuestra desobediencia y darnos una nueva oportunidad: “[...] El que cree en mí vivirá, aunque muera” (Juan 11:25).

Y Jesús, aun sin tener pecado en sí, fue bautizado en las aguas del río Jordán, para darnos el ejemplo. Se identificó con nosotros, pecadores, dando los pasos que tenemos que dar nosotros. Al salir del agua, se inició una nueva fase en su vida. Él había venido a establecer el plan de salvación, y debía cumplir su misión, muriendo en nuestro lugar. Casi setecientos años antes de que Cristo viniera al mundo, Isaías ya lo había profetizado: “[...] como cordero, fue llevado al matadero [...] el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros [...]” (Isa. 53:7, 6). Por intermedio de él tenemos, nuevamente, acceso al Trono del Padre.

Cuando aceptamos el sacrificio que Jesús hizo por nosotros y dedicamos nuestra vida a hacer la voluntad de Dios, y no la nuestra, estamos listos para ser bautizados. El bautismo es una declaración pública de amor a Jesús. Simboliza el renacimiento, el inicio de una nueva vida. Dejamos las cosas viejas atrás e iniciamos una nueva jornada, procurando vivir de acuerdo con la voluntad de Dios; la cual nos es revelada en su Palabra.

1Todos los textos bíblicos transcritos en esta obra han sido extraídos de La Biblia, Nueva Versión Internacional.

BAJO FUEGO CRUZADO

Por Daniela

–¿Quieres un cigarrillo? –me ofreció Marcos, extendiéndome el paquete.

–No, muchas gracias –le respondí, medio avergonzada.

–¿Quiere decir que no vas a fumar más porque te volviste creyente? –me preguntó él, con un aire irónico.

Después del bautismo, la diferencia entre él y yo comenzó a ser mucho más evidente. Nuestros caminos se regían por diferentes principios. No podía sacar de mi cabeza que necesitaba desarmar la sociedad.

–Necesitamos conversar... –le sugerí, con miedo de la reacción que él pudiera tener.

–Ahora no. Tengo una reunión urgente –me respondió él, poniéndose el saco–. Tal vez, yo regrese la próxima semana.

Parecía que él sabía lo que yo tenía que decirle y estaba huyendo de la situación.

Al decidir vivir en Florianópolis, habíamos dejado la familia, los amigos, el empleo; en fin, todo, para invertir en un lugar donde soñábamos construir una vida nueva. Disolver la sociedad sería confirmar que nosotros dos habíamos cometido un error, y que el sueño se desharía.

Esta no era una situación simple de resolver. Pero no podía ser postergada. Las pocas veces que nos encontrábamos, yo intentaba introducir el tema de la sociedad:

–¿No te gustaría alguien más rico y experimentado, para ser tu socio? –le sugería yo, intentando desprenderme de la sociedad.

A lo que él me respondía:

–Yo sé que el negocio no está yendo de la manera que imaginábamos; sin embargo, necesitas ser más perseverante. Si quieres tener éxito, necesitas tener paciencia y esforzarte más. ¿O acaso quieres regresar a São Paulo y vivir en ese infierno?

Mientras él me decía estas cosas, los recuerdos de las escenas del tránsito en la ciudad, el olor de las cloacas en la carretera Marginal Pinheiros y el estrés que yo había experimentado los días enteros, venían a mi mente. Y esto me dejaba sin respuestas durante algún tiempo. Abandonar el restaurante de inmediato significaba que tendría que volver a la metrópolis. Y yo no estaba segura de que valdría la pena regresar.

*****

El tiempo fue pasando, y las idas y venidas de mi socio comenzaron a disminuir. Él aparecía cada vez menos en la isla. Rápidamente yo descubriría que él se estaba relacionando con otra mujer.

La convicción de que necesitaba deshacer la sociedad únicamente aumentaba. Y, por no poder conseguir contactarme más con él, comencé a sentir una fuerte angustia. Entonces intenté explicar al administrador de los negocios de él acerca de mis creencias, los nuevos principios que regían mi vida como cristiana, intentando convencerlo de que sería imposible que mantuviéramos la sociedad.

–De acuerdo –me dijo él–. Entonces consiga a alguien que quiera comprar su parte.

Mientras no conseguía alguien para suplantarme, fui poniendo en práctica lo que estaba aprendiendo: comencé a congregarme con más asiduidad en la iglesia y continué con mis estudios bíblicos. El fumar y el beber ya no formaban parte de mi rutina. Los antiguos amigos comenzaron a cuestionarme: “¿Qué es lo que estás haciendo, Dani? ¿Yendo a la iglesia? Necesitas disfrutar de la vida, beber, andar mucho de novia. ¡Tú eres joven!”

Las conversaciones, los bailes, los noviazgos; todo me parecía muy superficial y sin sentido. La comprensión de la existencia de un universo paralelo abría mis ojos, para poder discernir el mundo de una manera totalmente diferente. En realidad, nada había cambiado; era yo la que había cambiado.

Cuando buscamos hacer la voluntad de Dios, las personas más cercanas a nosotros comienzan a sentirse extrañadas por nuestro comportamiento, nuestras decisiones y nuestro estilo de vida. Y muchas de ellas, al no entender, acaban alejándose. Esto también me ocurrió: cuanto más intentaba vivir de acuerdo con lo que Dios me pedía, más incómodas se sentían las personas.

Sin embargo, mientras que algunos amigos salían de escena, otros fueron entrando. En mi nuevo rumbo, fui conociendo a personas maravillosas, las cuales me demostraron una sincera amistad, sin intereses, y me ayudaron mucho en momentos difíciles y de importantes decisiones.

*****

–Dani, tienes que volver a practicar la medicina –me dijo una clienta del restaurante.

Mary Ann era una mujer pelirroja, muy simpática y bonita. Siendo médica, trabajaba en el área en que yo misma me había especializado; y ese día estaba en el restaurante conmemorando su compromiso con un italiano.

–Cuando te decidas a dejar el restaurante, llámame por teléfono –me dijo ella, escribiendo su número de teléfono en una agenda rosada que estaba en la caja.

Cuando me mudé a Floripa, no había pensado en dejar la medicina; había ido con un buen currículum y ya había recibido dos propuestas para trabajar. Pensaba que podría conciliar las dos cosas, trabajando media jornada como médica y la otra media como dueña del restaurante. Sin embargo, con el paso del tiempo pude percibir que el restaurante me absorbía por completo. Y quedé totalmente alejada de la profesión.

Para volver a ejercer como médica, en primer lugar debía deshacer la sociedad. Sin embargo, con todas las tentativas frustradas, no sabía qué más hacer. Mi familia rápidamente comenzó a notar la situación.

–Dani, ¿qué estás haciendo allí? ¿Por qué no regresas a casa? –me decía mi madre por teléfono, sintiéndose disconforme.

–¿Está todo bien contigo? –me preguntaba mi hermana.

–Quédense tranquilos: está todo bien. –les respondía yo, con un aire de tristeza estampada en la voz.

Realmente, mi voluntad era regresar. Sin embargo, no podía abandonar todo y salir corriendo. Además de tener una empresa en funcionamiento, me sentía responsable por los empleados que había contratado. Y era eso lo que me impedía realizar cualquier acción precipitada.

¿Has sentido alguna vez la sensación de estar en un camino donde no puedes encontrar la salida?

*****

Mientras no encontraba la salida...

–¡Por favor, una caipirinha de sakê!

–¡Mozo, más whisky, por favor!

Pasé muchas noches en vela atendiendo clientes que bebían whisky, sakê, vinos y espumantes. Los mozos hasta recibían un entrenamiento para servir el sakê. El ritual fascinaba a los clientes, y los empleados estaban felices porque ganaban más propinas. Sin embargo, soportar las bromas de mal gusto, las conversaciones sin sentido y hasta las peleas de quienes se embriagaban no era nada fácil.

Después de cuatro años de servir bebidas, ya no aguantaba más. La idea de ganar dinero con algo que perjudicaba a las personas no me agradaba; y ahora sabía que tampoco agradaba a Dios.

“El vino lleva a la insolencia, y la bebida embriagante al escándalo; ¡nadie bajo sus efectos se comporta sabiamente!” (Prov. 20:1). “Ni tú ni tus hijos deben beber vino ni licor” (Lev. 10:9).

–Creo que no quiero vender más bebidas alcohólicas –le confesé a un amigo.

–Pero las bebidas alcohólicas ¿no son lo que más ganancias te da?

Realmente, las mayores ganancias del restaurante provenían de la comercialización de las bebidas alcohólicas. Sin embargo, como médica, ya tenía el conocimiento de los perjuicios del uso del alcohol; y, como cristiana, tenía el entendimiento de cómo el alcohol afectaba la espiritualidad de las personas.

–Me parece que sería bueno para ti que oraras al respecto, ya que a tu socio no le va a gustar nada esto –me aconsejó mi amigo.

Como la comunicación con Marcos estaba cada vez más difícil, lo único que me quedaba era orar. Poco a poco, fui desarrollando una relación más íntima con Dios. Lo hice mi confidente, mi consejero, mi consolador. Oraba todo el tiempo, sin parar. Recuerdo haberme despertado muchas veces de rodillas, con las piernas dormidas, durante las madrugadas. Para cada decisión que tenía que tomar, la última palabra era de Dios.

Comprendiendo que, justamente, Dios no aprobaba el uso del alcohol, resolví dejar de vender bebidas alcohólicas. Sabía que enfrentaría oposición; sin embargo, mi sentido del deber para con el prójimo era más fuerte.

Después de la decisión, mi socio ya no aparecía más, ni los compañeros que tomaban cerveza y whisky toda la noche. Los clientes fueron desapareciendo... y las cuentas, aumentando. Solamente me restaba pedir ayuda a Dios y saber qué era lo que él quería de mí.

*****

“Toc, toc”, alguien golpeaba en la puerta de vidrio.

–¿Sí? –abrí la puerta del frente del restaurante.

–¿Tú eres Daniela? –me preguntó un hombre de mediana edad, muy simpático.

–Soy yo –respondí, intrigada–. ¿En qué puedo ayudarlo?

–Te traje unos libros para que estudies –e inmediatamente fue entrando y abriendo sobre la mesa del escritorio los libros sobre salud.

Pude notar que eran libros usados, al ver las páginas amarillentas, y también porque estaban todos marcados. Él había separado con clips de colores los capítulos que yo debía leer.

–¡Adiós! Después me devuelves los libros –dijo, despidiéndose rápidamente.

“¿Qué está sucediendo aquí? ¿De dónde vino esa persona?”, pensaba yo, mientras miraba cómo aquel extraño daba la vuelta en la esquina de la cuadra.

Todavía confundida, y entendiendo que aquel podría ser un mensajero del Señor, regresé a los libros, a fin de verificarlos: La ciencia del buen vivir [El ministerio de curación]; Medicina y salvación; Consejos sobre salud; Consejos sobre el régimen alimenticio... Los títulos llamaban mucho mi atención, pues trataban acerca de salud, y de la medicina.2

Como alguien que está con mucho hambre, comencé a leer aquellos libros, devorando su información. En menos de un mes, me leí casi todo. Por intermedio de aquella lectura, entendí la verdadera misión de un médico. Yo debía cuidar del ser humano de una manera integral, relacionando el cuerpo, la mente y el espíritu.

Además, comencé a comprender mejor la importancia del estilo de vida en la salud: alimentación natural, agua, aire puro, ejercicio físico, luz solar, confianza en Dios, reposo y abstinencia de las cosas perjudiciales. “Muy interesante”, pensé. Y decidí poner en práctica todo aquello que acababa de leer. Ya había dejado de lado el hábito de fumar; entonces, a partir de ese momento cambiaría mis hábitos en el comer y el beber.

Ya había evitado las carnes rojas a partir de las clases de anatomía. Progresivamente, también fui abandonando el uso de carnes blancas. Dejé de usar azúcar, y la leche y sus derivados los suspendí después de eso. En poco tiempo, percibí un gran cambio en mi salud: no sentía más dolores en el estómago ni tenía hinchazón de barriga. Mi piel, que antes estaba llena de acné, se puso mucho mejor. Mi disposición aumentaba día a día, principalmente con la práctica de ejercicios físicos. Y, reflexionando acerca de mi historia, acerca de todas las tentativas de huir de la Medicina, noté que era Dios quien había estado dirigiendo todo para que me convirtiera en una médica. Y el deseo de actuar como médica misionera fue creciendo en mi corazón.

*****

–Por favor, una caipirinha de sakê.

–Tenemos cocteles de frutas naturales, sin alcohol –respondía el entrenado mozo, con el nuevo menú en la mano.

Después de verificar los resultados positivos en mi salud, resolví cambiar toda la propuesta del restaurante. Además de dejar de vender bebidas alcohólicas, el restaurante comenzó a tener un menú más natural.

–¿Qué? ¿Ustedes no sirven más bebidas alcohólicas aquí? –dijo el cliente, levantándose bruscamente para irse.

Cuanto más intentaba yo explicarles mis motivaciones para hacer todo eso, más indignadas se ponían las personas.

–¿Te estás volviendo loca? –me preguntó un fiel cliente, desaprobando los cambios.

Y cuanto más practicaba lo que yo juzgaba que era lo correcto, más dinero perdía.

–¡El Dios al cual tú sirves no existe! ¡Necesitas de esto, del dinero! ¡DI–NE–RO! –vociferó otro, con los ojos muy abiertos y los dedos apuntando hacia los dólares.

–¡Yo maldigo este lugar! –gritó otro más, deambulando por el restaurante, con los brazos levantados hacia arriba.

Era totalmente comprensible que la mayoría de los clientes no estuviera de acuerdo con los cambios. Sin embargo, la agresividad con la cual muchos reaccionaban no era normal. Los empleados y yo nos quedábamos asustados.

–Madre mía, Dani, ¿te parece que estas reacciones son normales? –me preguntó uno de ellos.

–No sé... –respondí con el corazón acelerado–. Creo que esta es una guerra espiritual.

Al ser bautizada, las personas me alertaron sobre que el diablo no se pondría feliz con mi entrega a Jesús, y que alguna cosa en el mundo espiritual comenzaría a suceder. Y en ese momento estaba viviendo ese conflicto. No eran las personas las que estaban enojadas conmigo, sino el enemigo de Dios. La convicción de que alguna cosa se había sacudido en ese universo paralelo aumentaba a medida que se iban sucediendo los cambios.

“Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas”. (Mat. 6:24). “Así mismo serán perseguidos todos los que quieran llevar una vida piadosa en Cristo Jesús” (2 Tim. 3:12).

La batalla se había iniciado, y decidí firmemente que no volvería hacia atrás. Cuanto más buscaba a Dios, más problemas aparecían. “Señor, ¿por qué tengo que pasar por todo esto?”, cuestionaba yo.

Satanás quiere que los hijos de Dios queden confundidos en el medio del camino; quiere que duden de su Palabra y terminen desistiendo de seguirlo. Sin embargo, cuando me sentía desanimada, esto venía a mi mente: “Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes” (Sant. 4:7).

Aquella estaba siendo una dura prueba de fidelidad y confianza en Dios. Sin embargo, la Palabra de Dios renovaba mis fuerzas: “Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas” (Isa. 43:2).

Mi fe estaba siendo probada; y mi carácter, lapidado. Necesitaba aprender a confiar en Dios, y no en el dinero; en sus planes, y no en los míos.

2 No podría ser coincidencia. Dios, realmente, estaba intentando mostrarme algo.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
225 s. 9 illüstrasyon
ISBN:
9789877984149
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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